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Ocho hábitos sencillos para mantener alta nuestra motivación diaria…


Infobae(S.Pardo) — Lo esencial: La motivación es clave para sostener conductas que nos acercan a nuestras metas. Según los especialistas, esta fluctúa y depende de diversos factores. Brinda beneficios en distintas áreas de la vida, desde la salud mental hasta el rendimiento laboral.

Por qué importa: la desmotivación puede llevar a un ciclo de emociones negativas y menor rendimiento. Mantener la motivación es crucial para el bienestar y el éxito personal.

  • La motivación mejora la energía, confianza y relaciones interpersonales.
  • La pérdida de motivación puede derivar en apatía y baja productividad.

– Qué es la motivación

Es el motor que nos empuja para alcanzar nuestros objetivos, superando los obstáculos que se presenten. Casi inadvertida, sin embargo, es la fuerza que nos conduce y mantiene viva nuestra ilusión para lograr lo que queremos.

A veces flaquea, y es en ese momento cuando sentimos que nos falta el impulso para seguir adelante en busca de la meta. Pero estar motivado es muy bueno, dicen los expertos, y es imprescindible para el éxito personal.

El licenciado Matías Gonzalo Sánchez Sanda (MN 75.283), miembro del Departamento de Psicoterapia de INECO explicó a Infobae: “La motivación es el proceso adaptativo que energiza y dirige nuestro comportamiento hacia un objetivo o meta. Es un estado de disponibilidad para realizar ciertas acciones tendientes a lograr algo que se busca o desea.

Además, señaló que es importante entender que la motivación es un proceso dinámico, fluctuante en el tiempo y en distintos contextos o situaciones y que está influida por muchos factores.

Los objetivos a alcanzar pueden ser de diferentes tipos, afirmó Jorge Lareo Otero, psicólogo especializado en adicciones, jóvenes y adultos (M35527) del Instituto Psicológico Cláritas de Madrid, España:

  • Laborales: ser valorado por el jefe, aumento del sueldo, disfrutar más del trabajo, etc.
  • Relacionales: ser apreciado por la pareja, pasar más tiempo con los hijos, cuidar a nuestra madre, etc.
  • Salud: estar más en forma, prevenir enfermedades, etc.
  • Personales: tener más conocimiento o más cultura, estar más tranquilo, etc.

Dos tipos de motivación

Sánchez Sanda explicó que existen dos tipos de motivaciones: extrínsecas e intrínsecas.

La motivación extrínseca está relacionada con la expectativa de los incentivos y resultados de una acción, es decir, realizar una actividad como medio para conseguir un fin. Un buen ejemplo de la motivación extrínseca son las conductas que se realizan para obtener dinero, que funcionan como un motivador externo”, indicó el psicólogo.

En cambio, la motivación intrínseca se relaciona al propio valor en sí mismo de la conducta, “es decir, cuando nos encontramos motivados realizando una actividad por el mero placer de realizarla, sin que haya una recompensa externa de por medio. Un ejemplo podría ser aprender a tocar un instrumento musical”.

El licenciado Sánchez Sanda destacó que “la motivación nos permite sostener las conductas que nos acercan a nuestros objetivos, y reducir o cambiar las conductas que nos alejan de ellos. Además, el nivel de motivación que se tiene frente a una conducta va a mediar la dificultad para llevarla a cabo”.

Los beneficios de la motivación

Jorge Lareo Otero destacó los siguientes:

  • Físicos: mayor activación y energía, menos dolor muscular, mejora los hábitos de sueño.
  • Emocionales: Ilusión, felicidad, confianza.
  • Laborales: mejor rendimiento, mejor adaptación al equipo, satisfacción profesional.
  • Relacionales: aumenta y mejora la comunicación en la relación con familia, amigos, pareja.

Motivación y cerebro

La motivación involucra varias regiones del cerebro, principalmente la amígdala y la corteza prefrontal, que deben colaborar eficazmente para generar una acción adecuada, explicó la doctora Avigail Lev, psicóloga clínica a ScienceFocus.

La amígdala, centro emocional, regula la respuesta al miedo y puede impulsar la acción; sin embargo, un exceso de ansiedad, explicó Lev, puede resultar paralizante. La corteza prefrontal interviene al planificar, dividir tareas en pasos más pequeños y utilizar funciones ejecutivas superiores para alcanzar los objetivos.

La dopamina también juega un papel fundamental en la motivación, indicó a ScienceFocus la doctora Amy Reichelt, neurocientífica de la Facultad de Biomedicina de la Universidad de Adelaida en Australia. Este neurotransmisor permite aprender de las experiencias y ayuda a decidir acciones que conducen a resultados positivos.

La dopamina se libera en oleadas que afectan al núcleo accumbens, una región del cerebro que es clave en la recompensa y el esfuerzo. Está relacionada no solo con el placer sino con el deseo e impulsa la acción.

¿Cómo se relaciona todo esto con la motivación? Mantenerla implica, en primer lugar, evitar estímulos que impulsan a realizar actividades no deseadas, como las “tentaciones constantes” de las redes sociales, que promueven comportamientos que podrían distraernos de nuestros objetivos reales.

Al mismo tiempo, dicen los expertos, mantener la motivación también requiere encontrar métodos para desencadenar la liberación de dopamina al realizar tareas que debemos hacer. Esto implica identificar y asociar estas actividades con experiencias gratificantes, reforzando el impulso necesario para llevarlas a cabo.

Cómo nos afecta la desmotivación

En la otra cara de la moneda se encuentra la desmotivación. Cuando los objetivos vitales no se logran y esta situación persiste, es común que surjan emociones como la tristeza, que drenan la energía de la persona. Con el tiempo, esta falta de progreso puede apagar la motivación y las ilusiones de lograr los objetivos.

“Estar desmotivados va a generar que nos sea mucho más difícil poder llevar a cabo una tarea. Así, van a aparecer cogniciones disfuncionales y emociones negativas, impactando en nuestro rendimiento”, expresó el psicólogo de Ineco.

Cómo aumentar la motivación

Sánchez Sanda afirmó que para impulsar la motivación, lo primero que debemos hacer es tener en claro y definir frente a qué conducta u objetivo a cumplir queremos estar más motivados. Además, tenemos que identificar cuál es nuestro estado motivacional frente a la conducta a realizar o cambiar.

Algunas estrategias que podemos implementar para aumentar nuestra motivación son:

1. Identificar cuáles son las metas que nos motivan en la vida. El primer paso es conocer qué objetivos son los que nos impulsan y ver si estos objetivos son realmente importantes para nosotros. “Es importante parar de vez en cuando y evaluar los objetivos que nos estamos fijando en la vida. Analizar si estos son alcanzables, valorar la balanza esfuerzo/beneficio y medir si puedo alcanzarlos a corto, medio o largo plazo, etc.”, recomendó Lareo Otero.

2. Establecer metas realistas. “Esto es clave a la hora de sostener la motivación. Cuando se fijan metas poco realistas, se corre el riesgo de no cumplirlas, resultando en la aparición de emociones negativas, cogniciones disfuncionales, y en la disminución de la percepción de autoeficacia”, señaló Sánchez Sanda.

3. Planificar los movimientos que se deben hacer: esto permite organizar las tareas del día a día, lo que facilita mayor motivación y mejores resultados.

4. Anticipar obstáculos: permite estar más preparados frente a la aparición de problemas a la hora de alcanzar un objetivo, reduciendo la presentación de pensamientos y emociones negativos. Esto genera un impacto positivo en el mantenimiento de la motivación.

5. Identificar causas de desmotivación. “Si no me es posible lograr motivación es porque algo me está pasando en la vida que hace que mi motor de energía no encienda. Puede ser cansancio, soledad, pérdidas (trabajo, relaciones, etc.). Es importante darnos cuenta de qué nos pasa para así poder atender nuestras necesidades y recuperar la energía”, afirmó Lareo Otero.

6. Lograr un compromiso real. Si se desea obtener resultados, es fundamental definir una fecha límite. Esta es la clave para convertir el deseo en una acción concreta.

7. Hacer un balance de los pros y contras: “Es muy importante realizarlo porque ayuda a evaluar la conducta cuando el saldo del balance resulta positivo, y cuando se obtiene un resultado negativo nos permite ver la relevancia de discontinuarla; dando como resultado el aumento de la motivación para iniciar el cambio”, explicó Sánchez Sanda.

8. Ser positivos. En lugar de quejarnos y ver lo que no nos gusta de una situación, dirigir el foco de nuestra atención hacia la parte positiva y lo que podamos aprender de la experiencia que estamos atravesando.

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Ensayo: «Hasta que la muerte los separe»…


Hasta que la muerte los separe pablo amargo

JotDown(C.Fabbri/Ilustración P.Amargo) — Emilio y Julia se casaron en Argentina a comienzos de la década del noventa. El país estaba sumido en una crisis inflacionaria, en una ola masiva de privatizaciones y frente a un régimen monetario de convertibilidad del dólar. Los índices de desempleo eran altísimos y la criminalidad se había desatado.

Vivir en la Argentina era atravesar niveles de un videojuego. Pero Emilio y Julia estaban enamorados y querían casarse por iglesia. Habían nacido en Argentina y tenían ganas de vestirse de blanco y de dar el sí frente a un altar católico hasta que la muerte los separe.

Julia no había conocido a sus padres. No sabía quiénes eran. Vivía con su abuela en una casa en provincia de Buenos Aires y no tenían plata. Nada de plata tenían, apenas unos pesos debajo de la almohada. Comían matambre y salchichas. Fue la familia de Emilio quien compró el vestido de novia para Julia a un precio presumible.

Fue en una galería de la avenida Santa Fe, en pleno centro, que Julia se miró al espejo de un probador mientras daba vueltas sobre sí con toda esa tela blanca y creía que así se cumplían los sueños. O que los sueños eran eso: vestirse bien, abrazar a un hombre, dejar que los días pasen. 

El casamiento fue en una iglesia cerca del río de La Plata. Emilio esperó a su futura mujer al costado del sacerdote, un hombre que miraba el reloj cada tanto, como si estuviera llegando tarde a todos lados, todo el tiempo. Emilio miró a su esposa a los ojos intentando no marearse y, después de prometerle una infinidad de cosas, la besó. Julia hizo lo mismo.

Caminaron hacia la puerta de la iglesia envueltos en un aplauso infinito. Gente trastornada, preocupada por sus futuros, aplaudía a esos dos jóvenes que se aventurarían a una vida de clase media aspiracional.

Esa clase que no reconoce su clase, que permanentemente quiere escalar hacia otra más alta y, en el afán de subir, decae, hasta que todo ese movimiento de ascenso y descenso vuelve a empezar. Emilio y Julia tenían veinte años cuando se casaron. Tenían piernas fuertes y corazones sanos.

Veranearon en Misiones como luna de miel y se sacaron fotografías delante de las cataratas del Iguazú, una de las siete maravillas del mundo según la revista Time y la revista Gente. En las fotos se los puede ver serios pero tranquilos, con las cejas imperturbables. Lo que más se destaca son sus anillos de oro blanco.

En casi todas las fotos de la luna de miel tienen la misma cara, como si hubieran hecho un fotomontaje, en realidad, y nada de eso hubiera sucedido realmente. Aunque sí. Volaron por Aerolíneas Argentinas, que ahora pertenecía al grupo Iberia, y también se sacaron fotos arriba de la nave. Las mismas caras.

El mismo poco y gran entusiasmo. Al regreso a Buenos Aires, decoraron el departamento de Emilio para tener una sensación parecida a la novedad, conmover algo en ese inmueble que ya los venía hospedando hacía al menos un año. 

Lectio Divina: 16 de agosto de 2019 - Iglesia en Aragon

El primer tiempo fue estable. La familia de Emilio tenía empresas y ganaba en dólares, entonces el matrimonio podía subsistir gracias a ellos sin grandes preocupaciones. Julia intentó terminar su carrera de Psicología en la Universidad pública pero le fue imposible.

Los docentes no cobraban sus sueldos y suspendían las jornadas laborales. Julia abandonó entonces la ruta de su propio deseo y se quedó quieta, porque, ¿qué otra cosa podía hacer más que buscar un puñado de hijos? 

  • Entonces quedó embarazada. 

Julia tenía veinticinco años cuando llegaron las primeras náuseas. Ni bien lo supo llamó a su abuela por teléfono para contarle. La mujer estaba contenta pero también penosa. La noticia la había puesto a pensar en su propia hija, en la madre de Julia.

En dónde estaría, si estaría bien, en qué hubiera dicho cuando se enterara de que sería abuela, a tan corta edad, en este país, en este continente, debajo de todas esas nubes tan claras o de ese cielo tan hipnótico.

Pero, por supuesto, la abuela de Julia no dijo ni una palabra. Solamente felicitó a su nieta con esas palabras que se dicen. Julia no quiso pensar en sus padres invisibles esta vez.

Había algo particular en los rasgos de Julia, algo que hacía que no se pareciera a ningún ser humano de este mundo. Algo en la rigidez de sus orejas largas, un poco marcianas, o en el hueco infinito que tenía entre los dientes, en el diastema que seguramente había heredado de su padre revolucionario.

Julia tenía el gesto de una niña permanente. Alguien que, más allá de envejecer de manera orgánica, jamás luciría como el paso de su propio tiempo. Julia era una mujer desfasada, bucólica, fastidiosamente ingenua. Y ahí, con sus vestidos de volados y la permanente en el pelo, se erguía su primer embarazo. 

A los meses llegó Octavio. Era un bebé inmenso, también desfasado. Emilio le besaba la frente a su hijo mientras le juraba cosas que después no podía recordar.

La familia tipo tenía intenciones de mudarse a un departamento más grande, pero, más allá de la modesta fortuna que la familia de Emilio amasaba gracias a la ley de convertibilidad del ministro de Economía argentino, no había dinero suficiente para costear una nueva vivienda. Al año, Julia se volvió a embarazar.

Cuando llamó a su abuela para contarle la novedad, la mujer no se sorprendió y a duras penas entendió de qué le estaba hablando. Respondió con unas felicitaciones mareadas, y mencionó algo de unos pastizales en el fin del mundo. Julia no insistió, pobre mujer. Ya estaba un poco cansada, además, de los lazos de sangre y de lo inconcluso del pasado.

Paulo nació inmenso también.

No había enfermero que comprendiera cómo ese bebé había cabido en el estómago de esa mujer que parecía una niña extraviada. 

Emilio, Julia, Octavio y Paulo formaron una dinastía en la ciudad de Buenos Aires en la que nada de la crisis los afectaría y en la que erguirían el cuello por sobre cualquier desastre que los pudiera llegar a involucrar.

La vida sería pasear en auto por paisajes destacados, esquiar o escalar, nadar en los mares, viajar a otros países, ver crecer, no discurrir ni contradecir, cerrar los ojos, mirar hacia delante sin chocarse con los muebles. 

Los abuelos de Julia murieron a comienzos de la década del 2000, con un lapso de meses entre una muerte y la otra. El anciano no le vio sentido a la existencia sin la anciana y, ni bien visualizó lo vacíos que podrían llegar a ser los días de ahí en adelante, se le detuvo el corazón en un acto tan mecánico como inverosímil. Julia los despidió acompañada de sus hijos.

Emilio no pudo estar presente por problemas con la empresa familiar y con cierta nómina de empleados. Julia lloró como nunca antes delante de ese cajón abierto, y tener la cara tan arrugada la ayudó a que la vieran, al menos por un rato, como a una persona de su edad.

Paulo la miró, sorprendido, y le preguntó si lloraba porque las cosas se terminaban y Julia le respondió que no, que en absoluto. Que las cosas no tenían un fin. Que eso de los desenlaces era un invento.

Ya habían pasado más de veinte años del casamiento de Emilio y Julia, y sus hijos no estaban casi nunca en el departamento. Era Julia quien pasaba los días mirando por la ventana hacia la calle, como cumpliendo un horario de oficina. Se levantaba de la cama, abría las persianas, dejaba pasar el día y las volvía a bajar para acostarse a dormir.

Ni Emilio ni Julia se dirigían la palabra. No había asuntos que exigieran ningún intercambio de ideas. Octavio y Paulo no necesitaban resolver problemas, no eran hijos exigentes. Sus abuelos paternos podían darles cualquier cosa que se les cruzara por la cabeza. Pero ni siquiera se les cruzaban tantas cosas. 

El domicilio de Emilio y de Julia era un lugar silencioso ahora, repleto de cortinas, fundas de sillones, portarretratos y relojes de pared. Julia se miraba en el espejo de cuerpo entero que tenía dentro del placard y algunos días, sobre todo los miércoles, se preguntaba cosas.

¿Esto era ser felices? ¿El amor era haber deseado durante unos años y después haber dejado de desear? ¿El amor era simplemente recordar lo que alguna vez habían deseado?

Había gente en la televisión que se divorciaba. Que rompía aquel acuerdo de amarse en la pobreza y en la riqueza, en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte los separe.

Había gente que todavía, a su edad, tomaba decisiones. Esa misma noche, mientras miraban la repetición de unos penales definitorios, Julia le preguntó a Emilio si eso era ser felices. ¿Felices? Emilio al principio no la escuchó, pero cuando agudizó el oído no supo qué responderle.

Cómo dormir en habitaciones separadas sin acabar con la pareja | El Correo

No estaba seguro tampoco. Apagaron el televisor y escarbaron durante horas en el significado de la pregunta, pero no llegaron a ningún acuerdo. ¿Separarse era una posibilidad? 

El país no era un conflicto en ese momento. Había aire para preguntarse otras cosas, para asomar la cabeza. Los peligros venían de otra parte. Emilio y Julia se sumieron en un silencio más profundo aún. Octavio y Paulo los visitaban de vez en cuando, y en el medio de la cena, les preguntaban si estaban conflictuados porque intuían que eso era un final. Julia les respondía que no.

Que las cosas no tenían un fin. Que eso de los desenlaces era un invento. Después volvía a llenarles el plato de comida para cerrarles el pico, como si fueran pichones de torcaza. 

Minutos antes de apagar la luz para irse a dormir, Emilio miraba el techo mientras Julia leía el apartado cultural del diario argentino. Entonces si en la televisión los matrimonios se terminaban y así volvían a renacer, ¿ellos debían hacer lo mismo? Julia negaba en voz alta cualquier posible movimiento desconocido, pero a diario soñaba que viajaba en un vagón repleto de valijas que saltaban cada vez que el tren agarraba un pozo.

Emilio juraba que dejar ir la vida de matrimonio era como inyectarse oxígeno en las venas. ¿Reestablecer una vida nueva sin ese cuerpo que había tenido al lado desde siempre? ¿Quién querría hacer eso? Separarse era morir, entonces patria o muerte.

Cuanto más se aseguraban de querer seguir juntos, más ganas tenían de no verse nunca más las caras estúpidas y joviales que habían tenido a lo largo de todos esos años, esas tardes y esas noches llenas de mosquitos, de publicidades, de planes familiares en coberturas de salud.

No podían compartir el espacio ni el oxígeno. Había algo que debía terminar, aunque no pudiera terminar en absoluto.

Y como si lo hubieran planeado sin haber planeado nada, Julia se adueñó de la cocina, y Emilio, de los balcones. Julia, de la habitación matrimonial, y Emilio, del viejo cuarto de sus hijos adolescentes, Julia, del baño principal, y Emilio, del baño de servicio. Si Octavio visitaba a su padre, no podía hablar con su madre. Paulo hacía lo mismo. Era uno o el otro. Ya no los dos. 

El matrimonio se había convertido en una comunidad de abejas que trabajaba para un mismo panal sin cruzarse jamás. Si alguien los veía por la calle, caminando con distancia pero por la misma vereda, como celadores, podía verles un pequeño brillo en los ojos. Ese destello leve del consuelo a medias. 

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Los Nazarenos: características e historia de este movimiento artístico…


Friedrich Overbeck fotografiado por Franz Hanfstaengl

Psicología y Mente(S.R.Comas) — Roma, 1810. En el abandonado monasterio de San Isidoro se ha reunido un grupo de artistas conocido como Hermandad de San Lucas. Provienen del norte de Europa y lucen larguísimas barbas y vestidos un tanto desaliñados, que hacen que los paisanos les empiecen a llamar I nazareni (los nazarenos). Estos pintores se entregan a una vida humilde, dedicada por entero a la religión y al arte.

Los nazarenos fueron uno de los primeros movimientos cohesionados de protesta contra el arte academicista oficial. Enmarcados en la corriente general del Sturm und Drang germano y, por tanto, del Prerromanticismo, fueron el claro precedente de la Hermandad Prerrafaelita que, a mediados del siglo XIX, recuperó sus postulados artísticos.

En el artículo de hoy realizaremos un recorrido por el origen y la obra de este grupo de pintores, tristemente olvidado en la actualidad y que, sin embargo, tanto supuso para la historia del arte.

– Los nazarenos o la Hermandad de San Lucas: el origen de un nombre

Los habitantes de Roma los llamaban nazarenos, nombre con el que han pasado a la historia. Sin embargo, ellos se autodenominaron siempre Hermandad de San Lucas, en alusión al santo evangelista que, según la tradición, realizó un retrato de la Virgen, por lo que ha sido considerado siempre el patrón de los pintores.

ante todo, recuperar la religiosidad medieval que, según ellos, se había perdido con el auge de la pintura académica del siglo XVII y, sobre todo, del XVIII. Este espíritu religioso era, en realidad, de una modernidad asombrosa en la época, puesto que entrañaba una reacción contundente contra las normas artísticas y culturales imperantes.

Es por ello por lo que se ha venido considerando la Hermandad de San Lucas como una de las primeras contracorrientes artísticas; si los nazarenos hubieran vivido en el siglo XX, sin duda se habrían clasificado entre las primeras vanguardias.

. La búsqueda de la espiritualidad perdida

Johann Friedrich Overbeck. San Sebastián, 1813-1816. Museum Berggruen
Johann Friedrich Overbeck. San Sebastián, 1813-1816. Museum Berggruen

Como siempre, para entender un movimiento artístico debemos situarnos en el contexto social e histórico.

Nos encontramos a principios del siglo XIX. El academicismo triunfa en los países meridionales, especialmente en Francia, donde Napoleón utiliza el majestuoso Neoclasicismo como vehículo para la expresión de su poder y su grandeza.

Este lenguaje, que se inspira directamente en los modelos clásicos (especialmente, en los de la Antigua Roma) es ideal para plasmar el lenguaje marcial y austero de la nueva Francia.

Pero en el norte de Europa las cosas son diferentes.

Los países germanos nunca han tenido una romanización tan profunda, por lo que su identificación con el Neoclasicismo es escasa.

Por el contrario, ya desde el siglo XVIII empieza a eclosionar en los territorios de la actual Alemania un profundo sentimiento anti-academicista y profundamente nacionalista, que se traduce en el movimiento del Sturm und Drang.

Este movimiento, englobado en la genérica nomenclatura de prerromanticismo, es la semilla de donde florecerá la hermandad de los nazarenos. Con el Sturm und Drang, este grupo de artistas comparte los ideales de retorno a una supuesta “pureza” original, que sólo puede hallarse en el pasado medieval.

De cualquier manera, existen diferencias claras entre la estética de la Hermandad de San Lucas y los artistas prerrománticos alemanes. Mientras que estos últimos se ven influidos por una evidente corriente nacionalista, los nazarenos huyen de cualquier grandilocuencia y prefieren un retorno a la sencillez y humildad cristianas primitivas.

  • La Edad Media como fuente constante de inspiración

Para ello, no sólo se fijan en modelos germanos del XV (como, por ejemplo, Alberto Durero). De hecho, su principal objetivo es el arte italiano anterior al Cinquecento: Fra Angelico, Il Perugino, el primer Rafael. La adoración al arte de antes de la aparición del academicismo es profunda y casi obsesiva. 

Los nazarenos ven en la Edad Media un mundo primitivo y verdadero, donde no primaba la forma de representación, sino el significado espiritual de lo creado. En parte, tenían razón, pero, como siempre, en su filosofía existe cierta dosis de idealización.

Es cierto e indiscutible que el arte medieval no busca perfecciones formales. Lo realmente importante es qué se representa; las creaciones artísticas buscan, pues, la expresión genuina y directa de un mensaje, generalmente religioso, y esto es lo que fascina a los nazarenos.

A principios del siglo XIX, el arte se ha “corrompido” y se ha vendido a la forma. En consecuencia, para estos artistas es menester recuperar el espíritu sencillo del artesano medieval que, a su juicio, no posee el ego ni la personalidad que caracteriza al artista moderno, y crea sólo en base a este impulso espiritual genuino.

Bien, está claro que la visión nazarena era a todas luces exagerada. Porque, a diferencia de lo que ellos creían, el artesano medieval no creaba mediante un impulso religioso, sino bajo las directrices de los comitentes que le encargaban la obra. Su trabajo era, en última instancia, un trabajo por encargo, como podía ser el trabajo de un zapatero o de un cestero.

Por tanto, a pesar de que, lógicamente, los artistas podían imbuir su obra de cierta originalidad, no debemos olvidar que el arte en la Edad Media era una simple tarea manual como cualquier otra.

Los miembros de la Hermandad de San Lucas, en cambio, ven a estos artesanos como “niños”, en el sentido más puro de la palabra. A sus ojos, el artista medieval representa un mundo en el que el sentir humano no está todavía corrompido, y por ello toman estos modelos para su inspiración.

En este sentido, están muy lejos de la idea de Giorgio Vasari, que sostenía que la infancia representaba la “torpeza” creativa, y la adultez, su sublimación.

  • Los grandes protagonistas del movimiento artístico
Peter von Cornelius, Sagrada Familia, 1809-1811
Peter von Cornelius, Sagrada Familia, 1809-1811

El 10 de julio de 1809, dos jóvenes estudiantes de la Academia de Bellas Artes de Viena fundan la Hermandad de San Lucas, la Lukasbund.

Se trata de Friedrich Overbeck (1789-1869) y su compañero Franz Pförr (1788-1812), que se convertirán en los primeros líderes y en el alma del movimiento.

Los dos se sentían bastante hastiados del ambiente neoclásico que reinaba en la academia, y juraron recuperar el “arte verdadero” a través de una lucha constante contra los preceptos academicistas.

Fue Overbeck el que diseñó el que sería el emblema de la hermandad y que debería figurar en todos los cuadros que produjeran sus miembros, en la parte trasera del lienzo. 

En el emblema aparecían, entre otros elementos, las iniciales de los primeros componentes de la hermandad, que, además de los fundadores, comprendía también a los pintores Ludwig Vogel (1788-1879), Johann Konrad Hottinger (1788-1827), Joseph Wintergerst (1783-1867) y Joseph Sutter (1781-1866).

Un detalle que nos recuerda inevitablemente a los prerrafaelitas, sus herederos más directos, que firmaban todos sus cuadros con las iniciales PRB (Pre Raphaelite Brotherhood).

La obra de Overbeck es el resumen perfecto de los ideales que mueven a los nazarenos.

Algunas de sus obras son tan fieles al estilo del primer Rafael que bien podrían confundirse con una obra del maestro renacentista: por ejemplo, la extraordinaria María e Isabel con Jesús y Bautista niños, ejecutada en 1825 y que retrotrae irremediablemente a las madonnas rafaelitas.

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Etana: el rey que voló hasta los cielos…


Esfinge(F.G.Santiago) — En el Ashmolean Museum de Oxford hay una curiosa pieza de 4000 años de antigüedad conocida como el «prisma de Weld-Blundell».

Fue descubierta en un yacimiento de la antigua ciudad de Nippur por el investigador germano-americano Hermann Hilprecht y, desde la publicación de su contenido en 1906 es, posiblemente, uno de los descubrimientos que más ha dado que hablar a los estudiosos, ya que contiene, escrita en lengua sumeria y caracteres cuneiformes, una detallada lista de los reyes sumerios desde los tiempos anteriores al diluvio hasta los reyes de la dinastía Isin, la última a la que hace referencia, fechada en el siglo XVIII a. C.

Esta no es la única lista de reyes sumerios que existe, pero sí la más competa de todas las que se han descubierto hasta la fecha.

Según esta lista, antes del diluvio hubo ocho grandes reyes, algunos de los cuales han pasado a la historia como parte de los relatos míticos sumerios, protagonizando las epopeyas que conforman el rico imaginario sumerio.

Uno de esos reyes fue Etana.

  • El rey, el mito

Para conocer la historia de Etana, rey de Kish, hay que recurrir a fuentes ajenas a las listas reales sumerias.

Hasta el momento se han encontrado varias versiones de este mito a través de distintas tablillas encontradas en Susa y Tell Harmal (versión paleobabilónica), Assur (versión de Asiria) y Nínive (versión neoasiria). Se sabe que la historia de este rey es bastante anterior a las tablillas que se han encontrado.

De hecho, existen sellos cilíndricos, el más antiguo fechado en el 2300 a. C., donde se representa gráficamente la historia de Etana. La narración como tal de la vida de Etana se atribuye a Lu-Nanna, un personaje que se pierde, como el mismo rey, en la mitología y simbología sumeria.

Según algunas fuentes, Lu-Nanna era un Apkallu o Abgal, que se traduce como «gran hombre pez» o «barquero». Los Apkallu eran, según las tradiciones, espíritus sabios creados por el dios Ea en persona, que actuaban como asesores de los grandes reyes desde los tiempos anteriores al diluvio.

El primero de ellos fue Oannes y el último, posiblemente, Lu-Nanna. Después de que el último Apkallu redactara la historia del mítico rey de Kish, el relato se difundió ampliamente por casi toda Mesopotamia.

Prisma Weld Blundell

Lu-Nanna habría vivido después de la inundación bajo el reinado del Shulgi, perteneciente a la tercera dinastía sumeria de Ur (2094-2047 a. C.). Sobre el rey Shulgi hay textos que narran cómo, un día, decidió ir corriendo desde la ciudad de Nippur a la de Ur, separadas por 160 km.

Al llegar a Ur se bañó, comió algo, se echó a dormir y, al día siguiente, hizo el mismo trayecto pero en sentido inverso. En total, 320 km. Aunque la fama de Shulgi como gran rey no tiene tanto que ver con aquella carrera como con algunas de las construcciones que mandó edificar.

Curiosamente, existen representaciones del rey portando sobre su cabeza materiales de construcción, participando en la edificación como un obrero más.

Volviendo a la lista real sumeria, se sitúa el reinado de Etana sobre los siglos XXIX o XXVII a. C., y se menciona que su reinado duró más de 1500 años. Otras versiones se muestran algo más «realistas» en cuanto a la duración de su mandato, dándole solo 635 años. Etana habría sido uno de los reyes del periodo protodinástico II.

La lista sitúa ese periodo y lo describe así: «Después de que el diluvio hubiera terminado, y la realeza hubiera descendido del cielo, la realeza pasó a Kish». De Etana, como rey, se lee en la lista: «Etana de Kish, el pastor, quien ascendió al cielo y consolidó todos los reinos extranjeros».

Y es que, aparte de por el mito, Etana sería reconocido como un gran rey, justamente por haber dado estabilidad a las tierras del sur de Mesopotamia, aunándolas bajo la cultura sumeria, sometiendo a vasallaje a las ciudades de Súmer y Elam entre otros.

  • El águila y la serpiente

Una de las características de los mitos es que recurren a los símbolos para transmitir ideas y realidades de carácter psicológico. De esa manera, aunque el tiempo y la introducción en otras culturas modifiquen la historia, los elementos simbólicos permanecen, aunque se pierdan las claves para interpretarlos en toda su amplitud.

Podemos decir que el mito de Etana se divide en dos partes: la primera, en la que se habla de un conflicto entre una serpiente y un águila, y la segunda, en la que a raíz de lo acaecido anteriormente, el águila ayuda a Etana a encontrar la planta del nacimiento.

En la primera parte, se presenta la historia del águila y la serpiente. Ambas viven en un árbol crecido en el santuario de Adad: el águila en las ramas y la serpiente entre las raíces. Dado que son dos animales tradicionalmente enemistados, el águila propone a la serpiente un pacto de amistad y de ayuda mutua ante Shamash, el dios del Sol.

Al inicio, la serpiente se niega, desconfiando del águila, a quien la serpiente advierte: «Un malvado es el que rompe la amistad ante Shamash. Si te comportas de forma malvada, afligirás su corazón, serás una abominación para los dioses y habrías cometido un sacrilegio», tras los cual, ambas sellan el pacto sobre la montaña donde se halla el santuario.

Etana sobre el águila

Durante un tiempo, ambas conviven sin problemas y comparten las presas con las que alimentan a sus respectivas crías. Sin embargo, un día el águila decide devorar a las crías de la serpiente, rompiendo así el pacto sellado ante Shamash. Cuando la serpiente descubre la muerte de sus crías, exige venganza por el sacrilegio.

El dios Shamash escucha la súplica de la serpiente y le cuenta qué hacer para obtener su venganza. Le dice que ha dejado para ella un toro salvaje en el prado: «Abre su interior, rasga su panza, planta tu morada en su vientre. Toda clase de pájaros del cielo descenderán a comer su carne. El águila bajará con ellos.

Él no advertirá su desdicha, buscará ansiosamente la parte blanda de la carne, irá de acá para allá, se acercará a la grasa que cubre los intestinos. Cuando penetre en el interior, atrápala tú por sus alas, corta sus alas, sus garras, desplúmala y arrójala a una insondable fosa para que muera con una muerte de hambre y de sed».

Todo sucede como anunció Shamash, y el águila acaba desplumada, sin garras y sin alas en el fondo de un profundo foso. El águila, al verse ante una muerte tan terrible, suplica a Shamash, quien le recrimina el sacrilegio cometido. Sin embargo, aunque el dios se niega a acercarse a ella, le vaticina que le enviará a un hombre, y que será él quien le preste ayuda.

  • La eterna lucha

Como decíamos antes, los símbolos que se usan en los mitos requieren una clave para interpretarlos adecuadamente, ya que la narración simple de los «hechos» míticos no basta para alcanzar a comprender la profundidad de la enseñanza encierran.

El águila representa la altura, lo celeste, el espíritu identificado con el Sol. Se asocia también a los dioses del poder y de la guerra en relación con el rayo, el fuego, la luz y el aire. Es también, en ocasiones, un mensajero de los dioses o de lo divino.

Por su parte, la serpiente representa la energía y la fuerza pura, por lo que una de las características más interesantes de este símbolo es que es ambivalente, ya que la fuerza y la energía no son malas ni buenas en sí, sino según el uso que se haga de ellas.

Por eso es fácil encontrar a veces a la serpiente representando la maldad y la destrucción, pero también la sabiduría y la curación, como ocurre en el simbolismo asociado a Esculapio o Seraphis, capaz al mismo tiempo de curar y de matar. Es, asimismo, símbolo de las aguas, de la resurrección, del eterno retorno y del tiempo (como espiral sobre el cuerpo del Zurván iranio).

Serpiente y águila están asociados al árbol, ya que el águila necesita de sus ramas para posarse en este mundo, y la serpiente lo precisa para elevarse recorriendo verticalmente su tronco. El árbol es, por tanto, el símbolo que conecta el cielo con la tierra.

Simbólicamente, la enemistad entre el águila y la serpiente representa la lucha entre dos fuerzas opuestas: la materia y el espíritu; lo terrestre y lo celeste. No es raro encontrar imágenes en las que se muestra al águila dominando o devorando a la serpiente.

Así, aunque ambos animales disponen de una simbología propia, juntos representan el necesario dominio del espíritu uno sobre la multiplicidad de la materia; un dominio imposible de conseguir sin lucha y sin el sacrificio de uno mismo.

Así, encontramos al águila que devora una serpiente sobre el nopal, en la antigua Tenochtitlán; al ave Garuda de la India como enemigo encarnizado de las serpientes o la visión que tienen los griegos en la Ilíada del águila devorando una serpiente, interpretado por Calcante como una señal de la victoria griega.

Historia de Etana

La representación de esta lucha es versátil, y no siempre vemos los mismos símbolos, pero sí los mismos elementos simbólicos. En Egipto no es un águila, sino Horus, el dios halcón, el que a veces aparece lanceando a la serpiente Apophis.

Sin embargo, la representación más frecuente es la de Ra, el dios Sol, transformado en el «gran gato de Heliópolis» Miuty, el que hiere a Apophis, representante de las fuerzas maléficas del inframundo. Igualmente, encontramos a Apolo y a Heracles, ambas divinidades solares, que en el inicio de sus «aventuras» deben enfrentarse a una serpiente y matarla.

En Mesoamérica, los nahuatl adoraron a la serpiente emplumada Quetzalcoatl, simbolizando la capacidad de lo celeste de sublimar lo terrestre, o de lo espiritual para elevar lo material.

  • La planta del nacimiento

Volvemos al mito.

Mientras el águila se consumía de hambre y sed en lo más profundo del foso, Etana, rey de Kish, suplicaba a Shamash ayuda con un problema no menos grave que el del águila: no conseguía tener descendencia; esencial para dar continuidad al trono y cumplir adecuadamente con sus deberes como soberano.

Etana reza para que el dios del Sol le muestre dónde encontrar la planta de los nacimientos, que le permitirá finalmente engendrar un hijo.

En esta ocasión Shamash tampoco interviene directamente, sino que le dice al rey que encontrará un águila en un foso, y que ella será la que le conduzca hasta la planta de los nacimientos. Etana se lanza a recorrer los caminos hasta que encuentra al águila, totalmente deshecha y a punto de morir de hambre y sed.

El rey comienza a alimentarla. Poco a poco le va devolviendo las fuerzas. Incansablemente le lleva alimentos y la ayuda a moverse y ejercitarse en el foso. Las alas vuelven a crecerle, al igual que las plumas y las garras. Etana enseña al águila de nuevo a volar y así, al octavo mes, el águila logra salir de su castigo y ofrece a Etana ayudarle en lo que necesite.

El rey solo quiere una cosa: la planta de los nacimientos, así que el águila sube al rey sobre su lomo y se dirige con él a lo más alto del cielo, en busca de Ishtar, la señora del amor, la vida y los nacimientos.

Después de una serie de vicisitudes, y a través de una serie de sueños proféticos en los que Etana y su esposa se ven rindiendo homenaje a los dioses, el águila interpreta que, para conseguir un hijo, Etana debe ir hasta el cielo del dios Anu (justamente, dios del cielo y rey de los dioses).

De nuevo, montado sobre el lomo del águila, el rey emprende vuelo hacia los cielos, llega a la puerta de los dioses Anu, Enlil, Ea, Sin, Shamash, Adad e Ishtar, abren la puerta y pasan a través de ella.

Lista real sumeria

Aquí termina la historia. En realidad, no es que termine así. Los textos que hablan del mito están escritos fundamentalmente en tablillas de arcilla que han sufrido el paso del tiempo. Generalmente, están incompletas debido a que, físicamente, les faltan fragmentos o hay líneas dañadas.

Conforme los investigadores van encontrando y traduciendo tablillas han ido completando las partes de la historia que falta en otras. Sin embargo, el final no está.

No se sabe si finalmente el mito resuelve el problema sucesorio de Etana, aunque hay que presumir que sí, que una vez que águila y rey atravesaron las puertas del cielo, los dioses aceptaron la redención del águila y el valor de Etana, y le concedieron el don que tanto ansiaba.

Y debió de ser así, ya que la lista real sumeria afirma que Etana fue sucedido en el trono por Balih, su hijo.

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Quién fue Jean Piaget, el psicólogo que creía que un niño no es un adulto en miniatura y planteó las 4 etapas del desarrollo cognitivo infantil…


Jean Piaget rodeado de un grupo de personas con sonrisas
De la biología a psicología y la epistemología: Jean Piaget transformó la manera de ver el aprendizaje en los seres humanos.

BBC News Mundo(F.D.Ruiz/The Conversation) — ¿Qué tienen en común la observación de moluscos y una teoría revolucionaria sobre la mente infantil?

La vida y obra de Jean Piaget ofrecen una respuesta fascinante a esta pregunta. Desde su formación como biólogo hasta convertirse en uno de los psicólogos más influyentes del siglo XX, Piaget transformó nuestra comprensión de cómo los niños piensan y aprenden.

Su «Psicología del niño», escrito con su colaboradora Bärbel Inhelder, sigue siendo un pilar importante en la educación moderna y en la psicología del desarrollo. En este artículo, comprenderemos cómo un biólogo suizo llegó a cambiar el panorama educativo para siempre.

– Un investigador precoz

Una pequeña mira con una lupa
Para Piaget, el conocimiento no es simplemente una acumulación pasiva de hechos, sino que es el resultado de la interacción constante entre el niño y su entorno.

Jean Piaget nació el 9 de agosto de 1896 en Neuchâtel, Suiza.

A los 11 años, Piaget ya había publicado su primer artículo científico sobre un gorrión albino que observó en un parque cercano.

La historia es más que una anécdota curiosa; refleja el temprano interés de Piaget por la observación detallada de la naturaleza, algo que marcaría su enfoque en la investigación a lo largo de su vida.

En la adolescencia, continuó publicando trabajos sobre moluscos, lo que lo llevó a obtener un doctorado en Ciencias Naturales a la edad de 21 años.

Sin embargo, a medida que profundizaba en la biología, Piaget comenzó a interesarse por preguntas más amplias sobre el conocimiento y la mente humana.

Este interés le llevó a cambiar de rumbo, orientándose hacia la psicología y la epistemología, disciplinas en las que se convertiría en una de las figuras más influyentes.

– De la biología a la psicología infantil

Una caja con una serie de pruebas de inteligencia que se usaban en 1937.
Piaget encontró más llamativas las respuestas equivocadas que daban los niños a las pruebas de inteligencia que las correctas.

En París, Piaget trabajó con Théodore Simon, colaborador de Alfred Binet, el creador de las pruebas de inteligencia.

Durante este tiempo, Piaget realizó un importante descubrimiento: las respuestas incorrectas de los niños en las pruebas de inteligencia eran más reveladoras que las correctas.

A partir de estos errores, Piaget comenzó a formular la idea de que los niños no piensan de la misma manera que los adultos, sino que pasan por una serie de etapas cualitativamente distintas a lo largo de su desarrollo.

Para Piaget, el niño no es simplemente un adulto en miniatura: piensa de una manera completamente distinta. Su convicción lo llevó a abrir la puerta a la creación de su influyente teoría del desarrollo cognitivo.

– Las 4 etapas del desarrollo cognitivo

Una niña con un teléfono de juguete
Uno de los famosos experimentos de Piaget planteaba que los niños tienen una capacidad limitada para entender otras perspectivas entre los 2 y 7 años.

Piaget describió el desarrollo cognitivo de los niños a través de cuatro etapas principales:

  • Etapa sensoriomotora (0-2 años). Los niños experimentan el mundo principalmente a través de sus sentidos y acciones físicas. En esta fase desarrollan la “permanencia del objeto”, es decir, la comprensión de que los objetos siguen existiendo aunque no se vean.
  • Etapa preoperacional (2-7 años)Durante esta etapa, los niños comienzan a utilizar el lenguaje y los símbolos, pero su pensamiento sigue siendo egocéntrico. Un ejemplo curioso que ilustra este egocentrismo es la famosa anécdota en la que Piaget observó a su hija pequeña hablando por teléfono y asumiendo que su interlocutor podía ver lo que ella veía, mostrando cómo el niño en esta fase aún no comprende completamente las perspectivas ajenas.
  • Etapa de las operaciones concretas (7-11 años)Los niños comienzan a pensar de manera lógica sobre situaciones concretas. Aquí, Piaget realizó unos de sus experimentos más conocidos, donde los niños tenían que juzgar si la cantidad de líquido que contenían dos vasos de formas diferentes era la misma. Descubrió que, en esta etapa, los niños entienden que, aunque la forma cambie, la cantidad de líquido sigue siendo la misma.
  • Etapa de las operaciones formales (12 años en adelante)En esta última etapa, los adolescentes desarrollan la capacidad de pensar de manera abstracta y lógica, un paso fundamental para el razonamiento científico y matemático.

– El método clínico y la observación directa

Retrato de Piaget
Piaget usó la observación científica para entender la manera en la que los niños desarrollan conocimientos.

Una de las grandes innnovaciones de Piaget fue su uso del método clínico, que consistía en observar y cuestionar a los niños de manera abierta, sin imponerles respuestas o direcciones.

Este enfoque le permitió descubrir cómo los niños construyen activamente su conocimiento a través de la interacción con el mundo que les rodea.

Para Piaget, el conocimiento no es simplemente una acumulación pasiva de hechos, sino que es el resultado de la interacción constante entre el niño y su entorno.

Esta construcción del conocimiento tiene lugar a través de dos procesos clave: la asimilación, a través de la que el niño incorpora nueva información a sus esquemas existentes, y la acomodación, que le permite ajustar estos esquemas para adaptarse a nuevas experiencias.

– Impacto en la educación

Un niño revisando debajo de las rocas de un río
Piaget defendía la idea de que las cosas que se le enseñan a un niño son cosas que deja de descubrir o aprender por sí mismo.

El trabajo de Piaget ha tenido un impacto profundo en la pedagogía. Sus teorías sugieren que el aprendizaje no es lineal ni homogéneo para todos los niños, sino que debe adaptarse a las etapas del desarrollo cognitivo de cada uno.

Piaget defendía que la enseñanza debería centrarse en proporcionar experiencias ricas y variadas que permitieran a los estudiantes explorar y descubrir por sí mismos.

Para Piaget, los educadores tienen un papel esencial como guías que ayudan a los niños a construir su propio conocimiento. Destacó la importancia de la libertad en el aprendizaje. Y consideraba que el principal objetivo de la educación es formar personas que sean capaces de hacer cosas nuevas, no simplemente repetir lo que otras generaciones han hecho.

En otras palabras, el aprendizaje debe ser un proceso activo que fomente la creatividad y el pensamiento crítico, en lugar de una mera memorización de hechos. Como él mismo resumió: «Todo lo que se le enseña a un niño, se le impide inventarlo o descubrirlo».

– Legado y relevancia actual

Una niña explora un lago
Muchas de las teorías de la pedagogía actual se basan en las teorías y experimentos de Piaget.

Aunque algunas partes de su teoría han sido revisadas con los avances en la neurociencia y la psicología moderna, el legado de Piaget se mantiene pertinente.

Sus ideas sobre el desarrollo infantil y la importancia de adaptar la enseñanza a las necesidades cognitivas del niño continúan influyendo en las prácticas pedagógicas en todo el mundo.

Su enfoque desde la experimentación y la observación detallada le permitió observar de cerca cómo los niños construyen activamente su conocimiento.

Demostró que, al igual que en el caso de los moluscos que estudió en sus primeras observaciones biológicas, el desarrollo intelectual de los niños es un proceso orgánico y progresivo.

Cada etapa es un paso en la construcción de un conocimiento más profundo y más complejo, un proceso que define quiénes somos y cómo entendemos el mundo que nos rodea.

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El tiempo más largo del mundo…


El tiempo más largo del mundo

The conversation(C.M.Pina) — La edad de la Tierra es de 4 540 millones de años, y ese es el tiempo más largo del mundo. Los geólogos fueron los primeros en darse cuenta de la inmensidad del pasado y, además, lo midieron.

Al hacerlo, introdujeron el concepto de tiempo profundo o geológico, en el que ha transcurrido todo lo concebible en nuestro planeta.

– La hipótesis del tiempo geológico

Una de las principales preocupaciones científicas de los fundadores de la geología fue la de comprender y medir tiempos que nadie había medido: el tiempo que tardan en elevarse y erosionarse las montañas, el que tardan en desplazarse los continentes o el que tardó en formarse nuestro planeta.

Desde mediados del siglo XX, el desarrollo de los métodos geocronológicos nos ha permitido conocer estos tiempos con precisión y actualmente es posible determinar la antigüedad de cualquier roca, incluidas las extraterrestres.

Pero la idea de tiempo geológico se desarrolló mucho antes de que pudiera medirse. En realidad, ese tiempo, que también se llama a veces tiempo profundo, fue una hipótesis propuesta por los geólogos ante la necesidad de explicar observaciones que mostraban que los procesos geológicos habían estado operando incesantemente desde los lejanos orígenes de la Tierra.

– El abismo del tiempo

James Hutton (1726-1797) fue uno de los primeros científicos que sospechó que los procesos geológicos eran extraordinariamente lentos.

La evidencia la encontró una mañana de junio de 1788 cuando llegó en una pequeña embarcación junto con James Hall (1761-1832) y John Playfair (1748-1819) a Siccar Point, no muy lejos de Edimburgo.

En Siccar Point (Escocia) se puede todavía ver como unos estratos horizontales se disponen sobre otros verticales. En este afloramiento, James Hutton encontró en 1788 una prueba de que los procesos geológicos tienen lugar a lo largo de enormes periodos de tiempo.

En Siccar Point el mar había dejado al descubierto estratos dispuestos casi verticalmente sobre los que descansaban horizontalmente otros estratos más modernos.

Ensimismado ante el hallazgo, Hutton comprendió que aquello que estaba observando con sus amigos era el resultado de un extraordinario fenómeno geológico: el plegamiento, como si fuera el fuelle de un acordeón, de los estratos más antiguos, su posterior erosión y la deposición y consolidación de sedimentos más modernos.

Estaba claro que esa secuencia de procesos requería mucho tiempo para producirse. Como más tarde escribió su amigo Playfair, delante de esas rocas “la mente parecía sentir vértigo al mirar tan lejos en el abismo del tiempo”.

Hutton también fue consciente de algo igualmente importante: la formación, transformación y destrucción de rocas se tenía que haber repetido muchas veces a lo largo de la historia de la Tierra, “sin que encontremos indicios de un principio ni perspectivas de un final”.

En aquella salvaje costa escocesa nació nuestro actual concepto de tiempo geológico.

– Lo que nos cuentan las rocas

Los geólogos deben extraer la información contenida en las rocas para desvelar su historia. Eso requiere saber lo que verdaderamente nos pueden contar las rocas.

A esa cuestión dedicó su vida el geólogo Charles Lyell (1797-1875), quien llegó a la conclusión de que los procesos geológicos que podemos observar actualmente –como la sedimentación, la erosión, las erupciones volcánicas y los terremotos– son, en esencia, los mismos procesos que actuaron en el pasado.

Marcas de oleaje en una llanura mareal actual (izquierda) y en una roca de más de 200 millones de años de antigüedad (derecha). Estas dos imágenes son una evidencia de que los procesos geológicos son esencialmente siempre los mismos. 

La conclusión de Lyell nos permite interpretar lo que observamos en las rocas recurriendo a causas y mecanismos que operan en la actualidad, algo que se suele expresar con frecuencia con la frase: el presente es la llave del pasado. Desde que fue enunciado, este principio se ha convertido en el fundamento de toda investigación geológica, incluida la que se comienza a hacer en otros planetas.

– El error de Darwin

La extensión del tiempo geológico fue también una de las principales preocupaciones de Charles Darwin (1809-1882). Para que la selección natural fuera un mecanismo de evolución efectivo era necesario que operara durante periodos de tiempo inmensamente largos. La validez de su teoría dependía dramáticamente de la edad que tuviera la Tierra.

Los cálculos del prestigioso físico William Thomson (1824-1907) en 1862, solo tres años después de la publicación de El origen de las especies, no reducían la angustia de Darwin

Thomson, basándose en una estimación de la velocidad de enfriamiento de la Tierra desde un estado inicial incandescente, afirmó que su edad sería de entre 20 y 100 millones de años. Esa edad de la Tierra era demasiado corta para que la evolución de las especies pudiera tener lugar por selección natural.

Darwin, preocupado por cómo los cálculos de Thomson cuestionaban su teoría, decidió hacer su propia estimación: calculó el tiempo que tardarían en erosionarse las formaciones rocosas jurásicas y cretácicas de Weald, al sureste de Inglaterra.

Para su cálculo, Darwin asumió que el mar había erosionado esas formaciones a razón de una pulgada (2,54 cm) por año. Aunque ese valor de velocidad de erosión era razonable, se trataba sólo de una estimación basada en observaciones generales.

Darwin concluyó que las formaciones de Weald tenían una edad de unos 300 millones de años (el tiempo que supuestamente había tardado el mar en erosionarlas).

Darwin supo, poco después, que sus cálculos eran erróneos y que había subestimado las fuerzas erosivas. En posteriores ediciones de El origen de las especies corrigió a la baja sus cálculos, pero no consiguió dar un valor convincente para las formaciones de Weald. Actualmente se sabe que estas formaciones tardaron unos 66 millones de años en erosionarse.

Thomson también hizo varias revisiones de sus sofisticados cálculos que, para desesperación de Darwin y sus colegas, proporcionaron edades para la Tierra aún menores. El desacuerdo entre geólogos y biólogos, por un lado, y físicos, por otro, condujo a una animada controversia.

Y el siglo XIX acabó sin que nadie hubiera podido medir el tiempo geológico con precisión.

Diagrama del tiempo geológico. La mayor parte de las pruebas de que la Tierra es antigua se encuentran en las rocas que forman la corteza terrestre. Las capas de roca registran los acontecimientos del pasado, y enterrados en ellas se encuentran los restos de la vida: las plantas y los animales que evolucionaron a partir de estructuras orgánicas que existían hace 3.000 millones de años. 

– Relojes para el tiempo profundo

A comienzos del siglo XX, el eminente físico Ernst Rutherford (1871-1937) y su entonces discípulo Frederick Soddy (1877-1956) ya se habían percatado de que la desintegración radiactiva de ciertos elementos podría usarse para datar rocas y, por lo tanto, para determinar la edad de la Tierra.

La idea era sencilla: si conociéramos la velocidad a la que se transforma un elemento en otro (por ejemplo, el uranio en plomo), y pudiéramos medir la relación entre la cantidad del elemento originario (uranio) y el elemento derivado (plomo) en una roca, podríamos estimar su edad.

En la práctica, la datación radiométrica de rocas no es una tarea sencilla y transcurrieron varias décadas antes de que los científicos pudieran determinar la edad de la Tierra.

Algunos de los avances más notables en el desarrollo de métodos de datación de rocas los llevaron a cabo el químico Bertram B. Boltwood (1870-1927) y el geólogo Arthur Holmes (1890-1965), quienes se centraron en la desintegración del uranio en plomo y proporcionaron las primeras (y poco fiables) medidas de rocas en las primeras décadas del siglo XX.

– El tiempo profundo

En el año 1956, el geoquímico Clair Cameron Patterson (1922-1995) determinó con exactitud la edad de la Tierra en 4 555 millones de años, un valor muy próximo a los 4 540 (+/-45) millones de años medidos recientemente con técnicas de datación radiométrica más avanzadas. Por fin, el tiempo profundo se había podido medir.

En la actualidad se han desarrollado varios métodos de datación de rocas, basados casi todos en series de desintegración de elementos radioactivos, como las del uranio-plomo, el samario-neodimio, el potasio-argón y el rubidio-estroncio.

Con las edades que proporcionan estos métodos, y sin perder de vista el principio “el presente es la llave del pasado”, los geólogos van poco a poco desvelando lo que ocurrió en la Tierra y en otros planetas a lo largo del tiempo más largo del mundo.

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No importa lo que tus padres hicieron, AHORA el responsable de tu vida eres TÚ…


No importa lo que tus padres hicieron, AHORA el responsable de tu vida eres TÚ

La mente es maravillosa(R.Aldana) — Da igual.

No importa lo que tus padres hicieron o dejaron de hacer en su momento. 

En el presente el responsable de tu vida eres tú. 

Eres responsable de lo que creas para ti, de la familia que construyes, del auto-amor que practicas, de los abrazos que te das, del calor del afecto que generas para ti y para los que te rodean.

Sí, es cierto, lo que nos sucede en la infancia, en la adolescencia e incluso en la adultez con nuestros progenitores nos marca para toda la vida.

Sin embargo, eso no nos exime de la responsabilidad que tenemos sobre nuestra vida y nuestras emociones. 

El presente es el momento ideal para depurar nuestro pasado y desintoxicar nuestra vida sentimental.

Si el frío del afecto paterno es todavía constante, es hora de echarte encima prendas de abrigo y de encender la estufa. Las excusas y los rencores no nos permiten vivir y, mucho menos, construir un hogar en nuestro interior.

Porque un hogar es cálido y convivir en permanencia con el recuerdo de una crianza con defectos solo convierte nuestro yo afectivo en un gélido iglú. No podemos vivir si no hemos sanado nuestras heridas, si no hemos dejado a un lado el filo de los cuchillos…

– Sanar heridas de un legado disfuncional de la infancia

En mayor o menor medida todos tenemos tintes de toxicidad en nuestra infancia. 

Ocurre que en algún caso lo negativo pesa más que lo positivo y, por ende, la familia se convierte en una red compleja de relaciones, vínculos y sentimientos torcidos o ambivalentes.

Hay figuras paternas que no son sinónimo de alegría, identidad, unión, lealtad, respeto, amor y fidelidad. 

La elaboración de los vínculos con nuestros padres lejos de ese ideal nos convierte en calderos en ebullición, los cuales son génesis de dinámicas complejas y dañinas.

Puede que a simple vista se nos vea en calma, pero en realidad en lo profundo escondemos verdaderas fuerzas antagónicas que luchan por engrasar nuestras creencias, nuestros valores y nuestros sentimientos hacia el mundo y hacia nosotros mismos.

En la infancia, la familia es lo que representa nuestra realidad y nuestra referencia, por lo que no es extraño que tendamos a repetir ciertos patrones, aunque estos sean disfuncionales.

Manos heridas

Los padres son personas y como personas que son, cometen errores.

Sin embargo, el dolor provocado en el hijo se mantiene.

En este sentido, al igual que afirmamos sin pudor que debemos aprender de nuestros errores, TAMBIÉN PODEMOS HACERLO DE LOS ERRORES COMETIDOS POR NUESTROS PROGENITORES.

Así, quien no ha tenido la suerte de crecer en una familia totalmente funcional, tiene que realizar un trabajo doble para fortalecerse y apreciar el sentimiento de amor y respeto hacia uno mismo y hacia su entorno.

Para lograr esto es bueno contar con la guía de un profesional de la salud mental, el cual nos ayudará a abrir las vías de comunicación con nosotros mismos.

Las conductas autodestructivas y de castigo hacia los demás deben ser reevaluadas y rechazadas por nuestro YO PRESENTE, el cual se constituye como un yo adulto y con capacidad de discernir sobre la posibilidad de realizarse a sí mismo.

Rescatar la idea de que somos merecedores de amor y de que podemos brindarnos seguridad y afecto incondicional en primera persona es esencial para sanar las heridas que las figuras paternas, una o ambas, crearon en nuestro niño interior.

evitación mirar hacia delante

Infancia es destino, diría Freud; pero lo cierto es que no podemos vivir indefensos toda nuestra vida bajo la excusa de que tuvimos una infancia complicada y para nada ideal. 

Debemos interiorizar el mensaje de que da igual lo destructivas que hayan sido nuestras relaciones paterno-filiales, las perspectivas  sobre nuestro futuro nos corresponden a nosotros.

Verdaderamente este punto supone un reto ambicioso, pues requiere una gran voluntad de trabajo interior parar rechazar los juicios parentales de los que venimos alimentando (o desnutriendo) a nuestra autoestima toda la vida.

Seas quien seas, sentirte valioso y merecedor de la felicidad y del amor es un pilar fundamental para tu capacidad de desarrollo vital. 

Esto requiere que seas altamente empático o empática contigo, reconociendo a través de esa empatía el derecho a vivir tu propia vida tal y como tú elijas.

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Ensayo: La autoestima y su reverso tenebroso…


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JotDown(E.A.R.Nieto) — Uno de los conceptos centrales en la era del yo es el de la autoestima. Como muchos términos científicos del ámbito psico, experimentó una gran difusión en la cultura popular. Por todos lados parece que se apuesta a favor de nuestra autoestima. Aunque uno se lo proponga, resulta muy difícil esquivar los mensajes que nos empujan a querernos más y mejor.

¿Y cómo quejarse de eso sin parecer un amargado o un rencoroso? ¿Quién puede estar en contra de reforzar la autoestima de los demás? Estos enunciados hiper-positivos esconden una trampa, como cualquier proposición que no admita réplica por ser totalmente positiva.

Durante mi residencia de psiquiatría una de mis maestras me dio un consejo que no pude apreciar completamente en su momento, pero que cada vez me ha parecido más sensato. Ante mis ansias polemistas y guerreras a nivel teórico, me aconsejó «intentar encontrar siempre la intención positiva del concepto, incluso rechazándolo».

Desde entonces, siempre que mi mente repudia categóricamente algo, intento ponerme en el lugar de las personas que lo pensaron. Ningún concepto o teoría es un completo despropósito sino que generalmente surgen con una cierta intención de mejora y progreso. Pero, claro, por múltiples motivos algunos conceptos o constructos se convierten en auténticos agujeros negros de consecuencias no previstas, muchas de ellas negativas.

Algo de esto ha sucedido con la autoestima. Nació con una pretensión de otorgar un estatus científico al amor propio, pero se ha convertido en un gigantesco coladero con el que poder justificar ante los demás actitudes de aprobación incondicional o bien de independencia extrema. La AE ha evolucionado —en gran medida contra las pretensiones iniciales de quienes la definieron— como un pretexto para no sentirnos mal rechazando al otro.

Ha ido soltando el lastre de cualquier limitación o negatividad para convertirse en una agrupación de cualidades positivas que permitan una alta competencia social.

Parte de esta evolución es debida a la propia estructura del término. Se suele decir que la AE es el componente valorativo del autoconcepto. Este último es definido en el ámbito de la psicología cognitiva como el conocimiento y las creencias que el sujeto tiene de sí mismo en todas las dimensiones y aspectos que lo configuran como persona.

Se trataría de este modo de una descripción supuestamente objetiva de la persona sobre sí misma  —mentira, ya que todos hacemos trampas al solitario— que daría lugar posteriormente a una valoración emocional o etiqueta evaluativa, la AE.

Hábitos efectivos para recuperar la autoestima y evitar sufrir una crisis  personal

Entrar en las razones por las cuales la AE colonizó todo Occidente nos llevaría demasiado lejos.

Sí que es importante observar cómo en la historia de las ideas psicológicas tenemos que dar la razón a Marx cuando decía a quien quisiera escuchar que los grandes sucesos históricos aparecían primero como tragedias y después como farsas.

El psicoanálisis freudiano es profundamente trágico, hijo de una época en la que el imperialismo de la razón daba sus últimos coletazos.

Definió un sujeto-héroe clásico rehén de un destino inconsciente. A caballo entre Edipo y Narciso. Freud nunca pretendió otra cosa que ser un científico natural, aunque a veces pueda parecer lo contrario.

La tragedia fue iluminar los aspectos inconscientes de la mente y la resistencia feroz que ello generó en cuanto que supuestamente devaluaba la ratio y al ser humano. Hubo enfrentamientos teóricos fabulosos, traiciones, herejías. Pero la polémica acabó amainando y la sociedad hizo un pacto de silencio con los descubrimientos psicoanalíticos.

Se pasó del rechazo furibundo de lo reprimido inconsciente a asumir que el nuevo sujeto occidental debía ser un sujeto liberado, emancipado, empoderado. He aquí la farsa, no en el sentido de engaño sino en el de comedia. Este proceso de conversión fue fantásticamente descrito por Adam Curtis en su documental El siglo del Yo.

De alguna manera en la sociedad se convirtió la tragedia íntima de la represión psicosexual en la comedia de la liberación. El sujeto tenía que estar liberado de todo tipo de cadenas, pudores, vergüenzas y limitaciones. Estaba naciendo el sujeto total, que únicamente goza. Es verdad que ciertas corrientes del psicoanálisis —generalmente norteamericanas— contribuyeron alegremente a este proceso, mientras que otras lo combatieron de forma activa.

Pero la sociedad aceptó en gran medida lo inconsciente al precio de convertir el proyecto psicoanalítico de liberación en una farsa. Y en esas estamos cuando hoy en día aparecen imágenes en TV de una pareja haciendo el amor en el metro a la vista de todos y dicha acción es considerada por cierta izquierda como un acto de liberación, como una respuesta a la opresión. Pero, al mismo tiempo, se ha producido una privatización a la fuerza del espacio y la mirada pública, un avasallamiento del otro.

¿Cómo denunciar ciertos actos profundamente agresivos y realizados en nombre de la autonomía y el empoderamiento sin caer en un ánimo represor? He ahí el problema en el que cae frecuentemente el ciudadano que se pretende ilustrado. Y, por cierto, he ahí una de las trampas de la socialdemocracia. Falta en la sociedad andamiaje teórico que sostenga la importancia del vínculo con los demás. El sujeto político de las democracias liberales ha caducado.

Desgraciadamente, están siendo los partidos políticos populistas quienes lo han recuperado a su manera disparatada. En este tipo de escenas se produce la pinza perfecta entre represores y liberados, en tanto ambos vienen a evacuar cualquier consideración hacia los otros. Los primeros, en nombre de la ley y las tradiciones; los segundos, en nombre del sujeto y el progreso.

El problema es que la libertad, como sostiene Byung-Chul Han, es una palabra relacional; uno se siente libre en una relación lograda, en una coexistencia satisfactoria.

Todo lo anterior no es más que uno de los factores que dan cuenta de esta transformación del sujeto, de la represión a la liberación prácticamente sin solución de continuidad. Maslow y su simplista jerarquización de las necesidades humanas dio el espaldarazo definitivo a la autoestima.

La situó del lado de la autorrealización y siempre por encima de la necesidad de aceptación social, de seguridad y de las necesidades fisiológicas. A día de hoy ya se ha rechazado esta visión teocrática y cartesiana de las necesidades humanas, pero no es menos cierto que sigue marcando la mentalidad actual. Maslow y Rogers comenzaron a difundir la aceptación incondicional del cliente-paciente.

Se asumía que los problemas psicológicos se derivaban del sentimiento de autodesprecio e indignidad, lo cual habría que erradicar mediante respeto, estimación y amor hacia el cliente. Imposible oponerse a esto, ¿verdad?

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De este modo se sentaron las bases para la explosión de la autoestima, que tuvo lugar en los años ochenta. De forma muy progresiva, los otros significativos en la vida de cada uno fueron desalojados. Mejor dicho, podían permanecer mientras fueran meros espectadores que estuvieran de acuerdo con la valoración que el sujeto hacía de sí mismo. Si la valoración de los otros significativos no encajaba con la del sujeto, dichas personas eran expulsadas porque entorpecían el desarrollo de una alta autoestima. 

Se dejó atrás un ideal de salud en el que la persona se acepta tal y como es, la verdadera autoestima. Y se evolucionó a un ideal de persona-compendio de cualidades positivas, que excluía cualquier negatividad o limitación. El empresario de sí mismo. Es por esto que Han comenta que hoy mucha gente ya no busca en sí mismo pecados sino pensamientos negativos. La valoración de sí mismo perdió todo rigor para convertirse en un cajón de sastre donde meter todo aquello que supuestamente impulsa al sujeto.

Nada de autoaceptación, ¿qué tienen que ver mis relaciones con si yo me quiero o no? Había que jugar a la ruleta. O tienes una alta autoestima o eres un perdedor. Uno de los personajes que mejor ha encarnado esta lógica endiablada es el de Jake Gyllenhaal en Nightcrawler, quien navegaba continuamente entre esos dos extremos, pero siempre desde el rechazo frontal al otro-competidor-enemigo.

Sin pretenderlo seguramente, la autoestima se ha convertido en una ruta que muchas veces acaba en el aislamiento. Parte del desastre se debe a la extirpación académica de lo inconsciente y la erogeneidad, lo que nunca va a encajar del todo en nuestra vida. Afortunadamente, las últimas teorías científicas y disciplinas como el neuropsicoanálisis lo han recuperado para el debate. Cuando se equipara vida psíquica a conciencia y voluntad, se tensionan las relaciones de forma insoportable.

De este modo, o uno se ata a las valoraciones que hacen los demás de nosotros o impone sus propias valoraciones de sí mismo a los demás. Cara o cruz, actividad o pasividad. La autoestima como lucha supone una reactualización moderna de la parábola hegeliana del amo y el esclavo. Ambos luchan a muerte por ver quién somete a quién.

Como se diría hoy, quién tiene baja y alta autoestima. No hay mejor ejemplo de ello que un anuncio en TV de estos días de una conocida marca de automóviles, según el cual la gente se divide solamente —para qué otras consideraciones— en «dos clases de personas, los pilotos y los copilotos, los que llevan las riendas y los que no». Amo y esclavo en toda su crudeza, para que luego digan que la filosofía no sirve de referente.

El inconsciente no es una oculta caja de mierda —crítica pertinente al psicoanálisis clásico que se le ha hecho en otras épocas— sino precisamente aquello que no encaja, aquello que nos vincula con otros sin saber muy bien por qué, aquello que se resiste a ser atrapado por el yo. El psicoanálisis moderno ha pasado de entender lo inconsciente como lo malo debajo de la alfombra a algo más vivo, algo que nos une a los otros o al pasado de forma autónoma, algo que ya no está solamente en la mente de uno.

La autoestima llevaba en sí misma el potencial desarrollo negativo que aquí tratamos. Es uno de los constructos que más ha contribuido al surgimiento del individuo que se explota a sí mismo, en aras de la positividad total. En los manuales de educación se considera en gran medida que la identidad se basa en el autoconocimiento.

Sin ánimo de querer cargar excesivamente contra ellos, es fácil comprender que eso es falso a todas luces. La identidad es un proceso que tiene lugar tras la incorporación de otras personas significativas, que actúan como modelos identificatorios, muchas veces de forma inesperada para el sujeto.

¿En serio alguien fanático del Barça cree que su identidad tiene que ver con un autoconocimiento total de las razones por las que se siente culé? De ninguna manera, es algo que sale de las tripas, de lo afectivo-inconsciente, de experiencias interpersonales tempranas que le marcaron.

La autoestima y 5 técnicas para reforzarla- Christian Cherbit

Evidentemente hay una intención positiva en tales manuales y pautas pedagógicas.

Pero esa forma de ver la realidad puede llegar a suponer una auténtica cárcel mental en tanto que «la respuesta que una persona da en las diferentes situaciones de su vida depende de lo que piense de sí misma […] nuestra manera de relacionarnos, el modo en que nos enfrentamos a las nuevas situaciones y estímulos, incluso nuestra apariencia externa… todo llevará el sello de ese juicio».

¡Vaya presión hacia el sujeto!

Tú eres el responsable de tu suerte, porque tú eres el responsable de tu autoestima y si te va mal en la vida, es que tú no te quieres lo suficiente.

Mensaje repetido de forma compulsiva en los últimos años como todo el mundo sabe, especialmente en los manuales de autoayuda más chuscos. He ahí los efectos de extirpar el vínculo inconsciente con los otros y asimilar sujeto=conciencia.

En otro manual para educadores se considera que «la autoestima es una experiencia íntima que habita en mi interior: es lo que yo pienso y siento respecto a mí mismo, no lo que otra persona siente y piensa respecto a mí». De ahí a la consideración del otro como enemigo y amenaza a mi autoestima hay solamente un paso.

Para ser honesto, en estos manuales se intenta siempre considerar la dignidad de las personas, pero no es menos cierto que se abusa de fomentar la adquisición de identidad a toda costa, lo cual siempre tiene lugar por exclusión de los demás. No hay nunca definición e identidad sin descarte de otros elementos. ¿Por qué hay que tener tan claro quién es uno? ¿Alguien me puede decir qué aporta eso?

De este modo se dio vía libre al refuerzo de la autoestima, que saltó desde la psicología a la pedagogía y de ahí a la calle. Si hay problemas, son de falta de amor propio y demasiada sumisión a la valoración de los demás. Independencia a toda costa. O el vínculo con los amigos y demás familiares ayuda a construir una alta autoestima o debe ser erradicado porque lastra al niño.

¿Y dónde encaja el humor en todo eso? O el humor es solamente positivo o también sobra. Todos los compañeros del colegio nos poníamos motes, nos reíamos un poco del profesor que se atoraba con la informática, calentábamos la punta del boli Bic rayándolo a saco contra la mesa para después quemar al compañero de al lado, dibujábamos barbaridades sexuales en el libro del compañero que se tenía que levantar a escribir en la pizarra…

Yo no sé si eso fomentaba mi autoestima… pero desde luego me hacía sentirme vivo y conectado, amén de descojonarme. «La autoestima es de nosotros, reside en nosotros y se refiere a nosotros». ¡Toma ya!  Básicamente los demás no pintan nada, excepto para ver el espectáculo. El lazo con los demás se convierte en irrelevante porque nunca es utilitarista, si es genuino.

El puro placer de sentirte conectado con otra persona, de conversar por conversar, de reírte con y de alguien, de hacer el payaso, de soltar una maldad, de disfrutar haciendo el amor, de lograr quedarte en silencio con un amigo sin comerte la cabeza, de olvidarte de ti un rato cuando se está en grupo… todo se puede llegar a convertir en amenazas a la autoestima.

¿Por qué? Porque son actividades que nos vinculan, que nos amarran al otro en el buen sentido y que… nos ponen a su merced. Alta autoestima ha sido convertido en sinónimo de no estar a merced de nadie. A esto se refería Houellebecq con la Ampliación del campo de batalla.

Bajo el paraguas del refuerzo de la autoestima se han legitimado socialmente relaciones tremendamente asfixiantes. ¿Si estoy reforzando el amor propio del niño… por qué debería tener algún límite? Pensamiento que, por cierto, hace muy complicado frustrarle, no vaya a ser que se lesione su autoestima.

Se ha exacerbado la expresión de los sentimientos amorosos hasta la náusea, hasta convertir el amor en muchos casos en una auténtica parodia. En psicoanálisis es bien sabido que una de las rebeliones más exitosas no es la lucha sino precisamente la parodia, la farsa, lo grotesco.

Ahí tenemos a los rebeldes idiotas de la película de Lars Von Trier como uno de los ejemplos más bellos. No hay más que pensar en un conocido programa de radio que se ha convertido en una auténtica fábrica de psicopatología, de sufrimiento futuro tapizado con emocionalidad pornográfica.

En dicho programa, el locutor —que pasó de instigar frikis a la ñoñería más ordinaria, no es casualidad— llama por ejemplo a una niña pequeña y le pasa el mensaje de su padre, quien le dice entre llantos e hipos a la niña cosas del pelaje de no sé qué haría en mi vida sin ti, eres el centro de mi vida, me levanto todos los días por ti, me has salvado la vida, etc.

Esto supone una crueldad extrema en toda regla y un acto de egoísmo salvaje en tanto extirpa a los niños uno de sus derechos más fundamentales, el de vivir despreocupados de las cosas de los adultos.

Como haríamos todos, la pobre niña se creerá que efectivamente es el centro de la vida de su padre y otras patrañas semejantes, llenando su pequeña vida de prematuras angustias, tristezas y tensiones. ¡Todo sea por el amor! ¡No puede haber nada malo en el afecto!

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Hay que prestar especial atención al hecho de que los teóricos de la autoestima la consideran una respuesta afectiva a los pensamientos relacionados con el autoconcepto. Nuevamente una falacia científica —la idea falsa de que la corteza cerebral controla arriba-abajo los afectos y los procesos corporales— que ha sido refutada hace tiempo desde diferentes disciplinas.  

O sea, los afectos de la persona son producto y nada más de los pensamientos que ella tenga de sí misma. Pero la verdad es bastante diferente, de modo que los afectos están muy relacionados con las expectativas y las pretensiones que tenemos hacia alguien. Pero nuevamente esto no ha llegado a los reforzadores de la autoestima… si el niño está triste, es que no se quiere lo suficiente, ergo hay que insistir en la autoestima y apartar relaciones tóxicas que perturben este proceso.

Volviendo a la carga negativa de la AE, es fácil ver los efectos destructivos que está teniendo en las familias. Como decíamos antes, se ha convertido en uno de los principales legitimadores de las relaciones de exclusividad total. Se puede dar la matraca al niño o niña sin freno porque lo hacemos por su autoestima, ahora los padres pueden presentarse ante los hijos como todo amor. 

Contra lo que se pueda pensar y los diagnósticos apocalípticos tertuliano-cuñadistas, la familia nunca ha tenido antes el poder casi ilimitado del que goza hoy en día. En otras épocas los padres se veían obligados a compartir la crianza con otras instituciones: club social, otros padres, ateneo, iglesia, bar del pueblo, club deportivo, etc.

Esto no quiere decir que en aquellos lugares todas las opiniones fueran acertadas, pero implicaban de facto un elemento más con derecho a opinión. Un freno ante el atosigamiento familiar. De igual manera que una pareja a veces se desangra en discusiones infinitas precisamente porque falta un tercer elemento que pueda hacer de mediador y freno.

Siempre nos cortamos un poco cuando hay otro ojo mirando. Gran parte de las cansinas polémicas educativas tienen que ver con que precisamente no se acepta la influencia emocional que puede tener un profesor, al que se trata de reducir a un paria suministrador de pura información cognitiva.

Aceptar que el niño desarrolla un vínculo afectivo con él implica la idea de compartir crianza y tolerar la no exclusividad, tolerar la presencia de un tercer foco. Hoy en día esto se acepta… malamente. La AE ha propagado la idea de que nuestros hijos deben ser extensiones nuestras, y punto.

No deben tener otras identidades, nadie más debe influir. El hecho de que el poder de la familia actual prácticamente sea ilimitado en ese sentido —líbreme Dios de decir algo en contra del sacrosanto derecho de las familias a la crianza completa— es uno de los factores que más daño está haciendo en los vínculos familiares.

No hay paradoja aquí. La asfixia —la sobreprotección no existe, como me dijo otro maestro— es de tal calibre a veces que ello dinamita los sanos vínculos familiares.

Además de la familia, la explosión de la AE ha dado lugar a relaciones infumables, o tóxicas según se dice ahora. Esta es una de las razones por las que el humor —lo negativo homeopático— se proscribe y por las cuales la indignación generalizada llega a ser estomagante. El amor propio acaba siendo tan exagerado que cualquier maldad, chorrada, tontería se convierte en blanco de la ira.

O el humor me hace quererme más y mejor, o debe ser acallado. Pero lo malo es que muchas veces nos reímos de aquello que va claramente en contra de nuestra moralidad, de nuestras convicciones o de nuestra tan preciada identidad. No se trata de tener la piel fina sino de la resistencia fanática a asumir cierta carga de negatividad inconsciente en uno.

Ello equivaldría a tener baja autoestima. ¡No puede ser! En la explanada de lapidación virtual en que se ha convertido Twitter todo ello se lleva al paroxismo, a la épica. Aparecen como setas sujetos que se dedican laboriosamente a buscar causas para indignarse. Cuando uno se identifica con el amor, con lo bueno, lo positivo o con la gente, se da vía libre a crucificar al otro.

Lo que implica que todo lo negativo está fuera, claro. Ningún trol tuitero piensa en sí mismo como indigno, equivocado o fanático. Y los efectos de esto se pueden ver en la calle, en los trabajos, en las amistades, etc.

Psicólogo Terapia Autoestima en Madrid

Los vínculos humanos se resisten a ser clasificados como únicamente positivos, pero lo cierto es que, como animales sociales, necesitamos vínculos.

Fomentar el ideal del sujeto charltonhestoniano que solo confía en sí mismo, que ve todo vínculo como sospechoso, que cree no necesitar nada de nadie es una barbarie, además de ser anticientífico.

Denigrar los vínculos humanos no es aislar al sujeto, es amputar al sujeto.

Que no nos extrañe entonces cuando el sujeto amputado, alienado, desvinculado, escoja opciones políticas extremas.

Son las únicas desgraciadamente que han puesto la cuestión del vínculo en primer plano.

De hecho, es la pura esencia del proyecto populista.

Como ya dijo Freud, se trata del hombre fuerte que dará amor a toda su gente por igual,el que nos permitirá sentirnos hermanos otra vez. ¿Nos suena de algo últimamente? Por supuesto son patrañas. Pero, como estamos viendo por la fuerza de los hechos, las fantasías no dejan de tener fuerza.

El resto de opciones políticas, desde la socialdemocracia clásica hasta el liberalismo contemporáneo, han dejado desierto este campo de juego, han escamoteado el debate convirtiendo al sujeto político en una pura abstracción, un ente etéreo —perdón por la cacofonía— que sobrevuela las relaciones humanas sin mojarse con nadie.

No existen cerebros ni mentes aislados, ni en la infancia ni en la edad adulta. Las perturbaciones graves de los vínculos de apego en la infancia pueden llegar a alterar el desarrollo estructural del cerebro. Hasta ese punto llega la importancia del vínculo.

Es fácil reconocer la motivación positiva que albergaban los teóricos de la AE, pero lo cierto es que el omnipresente refuerzo de la AE ha degenerado en una parodia de alta autoestima, capacitación y positividad. El desarrollo de una alta autoestima —de un individuo que lo va a petar— se ha convertido en un fabuloso pretexto para dar carta blanca a relaciones irrespirables en las que un tercero externo se convierte sistemáticamente en el que viene a joder.

 ¿Cómo destacar la importancia del vínculo, cómo salir de la dictadura de la positividad sin caer en el cinismo?

nuestras charlas nocturnas.

Ida Laura Pfeiffer: la primera mujer mochilera…


Ida Laura Pfeiffer (1797-1858), reconocida como la primera mujer en dar dos vueltas al mundo
Ida Laura Pfeiffer (1797-1858), reconocida como la primera mujer en dar dos vueltas al mundo

La primera impresión es siempre única. El primer amor, la primera aurora, el primer contacto con una isla de los mares del Sur, son recuerdos aparte en nuestra vida y despiertan una especie de virginidad de los sentidos…

(Robert Luis Stevenson. En los mares del sur, 1896)

Meer(U.A.Gutierrez) — La única niña en una casa con un montón de niños no quiere jugar con sus muñecas, prefiere correr, saltar, trepar árboles y morirse de risa jugando a la guerra con sus hermanos. ¡Esto es totalmente inapropiado!, se queja su madre ante su padre pidiendo su intervención, ¡nuestra hija tiene que aprender a comportarse como una dama y a vestirse como tal!, insiste en vano.

El hombre concede a su hija el derecho de una infancia libre y feliz, es tan sólo una niña, déjala tranquila, mujer, responde, aunque el siglo diecinueve recién está naciendo.

Las guerras napoleónicas espantan a Europa. La niña cumple nueve años, su padre enferma y muere. Con la llegada de la muerte a casa, la libertad de la pequeña termina. Su madre encarga vestidos para ella, le prohíbe participar en “juegos de hombres” y empieza a educarla para ser una dama, ¡como corresponde! Napoleón invade Austria y la familia es forzada a hospedar a funcionarios franceses.

La pequeña los odia y sueña con ser un soldado para expulsarlos de su casa y de su tierra. A los doce años, asiste obligada al desfile triunfal de Bonaparte en Viena. No quiere mirar, su madre la abofetea, pero la niña cierra los ojos y nadie puede abrírselos a la fuerza.

Llegó hasta a quemar con cera las yemas de sus dedos para liberarse de los ejercicios de costura, bordado y piano, que tanto la aburrían. Ella sólo quería releer los libros de viaje de la biblioteca de casa, aunque ya se los sabía de memoria. Algún día viajaré por todo el mundo, soñaba y parecía un delirio, porque en su tiempo, las mujeres como ella sólo cosían, bordaban o tocaban el piano.

Su madre contrató un nuevo tutor para que su educación le permitiera conseguir un marido adecuado, aunque le advirtió que ante los hombres debía mostrarse un poquito tonta. A los caballeros no les gustan las sabihondas, mujer que sabe latín, no tiene marido ni tiene buen fin, recuérdalo, hija. Las nuevas lecciones incluyeron francés, italiano, dibujo y más piano.

Ida Laura Pfeiffer (1797-1858) fue una exploradora y escritora de viajes austriaca
Ida Laura Pfeiffer (1797-1858) fue una exploradora y escritora de viajes austriaca

Esta hija mía por fin parece haber sentado cabeza, se dijo la madre cuando notó la docilidad con que la joven comenzó a aceptar las sesiones de clase y el esmero que por fin empezó a poner en su arreglo personal.

Pero la cabeza de la joven estaba más en las nubes que nunca, porque se había enamorado del nuevo tutor y él se había enamorado de ella.

Él no esperaba que ella aparentara ser un poquito tonta, le gustaba tal como era y no hubo sesiones de clase más felices que aquellas.

Tutor y pupila hablaban de tierras remotas, paisajes de fuego y hielo, selvas tropicales, tribus caníbales y veleros trasatlánticos. 

Nos casaremos y viajaremos por el mundo, se juraron y lo creyeron posible, hasta que la mano de la joven fue negada al tutor por tratarse de un Don Nadie.

Él perdió el empleo y el amor y ella el amor, el mundo y casi la razón.

A su madre le tomó más o menos cinco años vencer la resistencia de la joven a un casamiento conveniente.

Cuando cumplió veintidós y era casi una solterona para sus tiempos, su madre logró casarla con un viudo veinticinco años mayor que ella. Era un abogado, funcionario del Gobierno y no amaba a la joven.

El matrimonio se instaló en un pueblo a casi doscientos kilómetros de Viena. Entre bostezo y bostezo, ella parió con dolor los dos niños que concibió sin amor.

El dinero no era una preocupación. El sueldo del abogado cubría lo necesario y lo superfluo. Hasta el día en que el hombre se dio cuenta de que el gobierno de la provincia estaba lleno de corruptos y los denunció.

Los acusados fueron detenidos y enjuiciados pero la carrera del acusador terminó porque sus compañeros lo consideraron un espía y lo tildaron de traidor. Fue despedido, el dinero dejó de llegar y el hombre no pudo levantar la cabeza.

Entonces su mujer tuvo que dictar clases de piano y de dibujo para mantener a la familia. ¿Y éste era el matrimonio que aseguraría mi bienestar económico? ¿Me habré convertido en una Doña Nadie ahora que trabajo de tutora?, se hubiera preguntado de haber tenido tiempo para hacerlo, pero no lo tenía.

Preparaba las lecciones para sus alumnos, limpiaba la casa, atendía a sus hijos y a su marido, cocinaba, lavaba y planchaba la ropa y estiraba los centavos. Su marido enfermó y no quiso pesar sobre ella. Se separaron civilizada y discretamente y ella regresó a casa de su madre en Viena con sus dos niños, para evitar el gasto de un alquiler.

Siguió dictando clases. Sólo Dios sabe lo que sufrí durante esos años, dijo mucho tiempo después.

Cumple cuarenta y cinco años, y según la opinión de su tiempo, es una vieja, casi-casi una anciana. Sus hijos han crecido y los dos trabajan, pueden valerse por sí mismos, se dice satisfecha. Su madre acaba de morir y le ha dejado un poquito de dinero. Cuenta los billetes de su herencia y piensa.

A raíz del interés que despertaron sus crónicas, Ida se convirtió en una exitosa escritora de viajes
Mines of Danemora, ilustración de «Visit to Iceland and the Scandinavian North» (1853) de Ida Laura Pfeiffer

El recuerdo de un sueño le da una idea que le acelera el corazón.

Toma su sombrero, sale de casa, visita a un abogado y le pide que redacte un documento.

Luego hace una compra y su corazón le salta en el pecho. 

Visitaré a una amiga en Estambul, dice a sus hijos y miente porque hará mucho más que ir a Estambul.

Recorrerá el mundo y grabará su nombre en la historia como la primera viajera mochilera, aunque no llevará una mochila.

Es el año mil ochocientos cuarenta y dos.

Uno de los peligros de los viajes de entonces era morir por culpa de alguna epidemia.

Alrededor del año de nacimiento de la viajera, un científico británico había descubierto la vacuna contra la viruela, pero la viruela no era la única aliada de la muerte.

El cólera y la peste bubónica remodelaban las ciudades obligando a sus autoridades a apartar los cementerios, y cada poco tiempo un rebrote aterraba a la humanidad.

A la vacuna contra la rabia le faltaban más de cuarenta años para nacer y hasta hacía no más de tres décadas, el remedio para los humanos atacados por ella había sido asesinarlos.

Por ello, el documento que encargó a un abogado antes de viajar fue su testamento.

El otro peligro para las viajeras de entonces era el mismo que para las viajeras de hoy. Una mujer sola, sin nadie que la cuide, siempre ha sido un blanco caminante. Pero el dinero que su madre le había dejado, con el que ella cumpliría su sueño, no era mucho y no podía permitirse el lujo de contratar a un sirviente que la protegiera.

Su edad jugó a su favor, porque, aunque los años suelen fungir de enemigos de las mujeres arrancándoles los encantos visibles, también les hacen un favor porque un blanco invisible es un blanco menos vulnerable. De haberse tratado de una joven, su deseo habría sido considerado absolutamente inapropiado, porque una viajera menor sólo era bien vista del brazo de un marido, funcionario, explorador, científico o pastor, pero marido.

Navegó por el Danubio en un barco a vapor que la dejó en el Mar Negro. Cruzó del lado europeo al asiático en una canoa parecida a un kajak. Constantinopla, como seguía llamándose a Estambul, le pareció una mezcolanza fascinante de idiomas, tradiciones y culturas. Iré a Tierra Santa, decidió allí, porque quería ver la tierra de Cristo y recorrer sus caminos.

Notó que los ceños fruncidos de los extraños, sobre todo europeos, ante su falta de acompañante, se distendían en sonrisas comprensivas cuando comentaba que estaba en camino a la tierra de Jesús. Qué mujer tan piadosa, querer conocer Tierra Santa es comprensible, ¡completamente comprensible!

Rumbo a su destino, casi se murió de calor en Beirut y cuando caminó sobre las huellas de Jesucristo, creyó que se moriría de emoción.

The geysers, ilustración incluida en "Visit to Iceland and the Scandinavian North" (1853) de Ida Laura Pfeiffer
The geysers, ilustración incluida en «Visit to Iceland and the Scandinavian North» (1853) de Ida Laura Pfeiffer

Después, pasó por Siria; conoció el gran misterio de Líbano: las ruinas de Baalbeck, un conjunto de templos fenicios con bloques de más de mil toneladas en los que las piedras más pequeñas sirven de base a las piedras más grandes; paseó por las pirámides de Egipto; tomó un vapor a Italia, paró en Sicilia y en Nápoles.

Volvió a Viena diez meses después de haber salido y su llegada fue más triunfal que la de Napoleón Bonaparte, había recuperado el sueño que un día perdió, había visto el mundo, volvería a hacerlo y nada la detendría.

Traía un diario lleno de anotaciones y en el corazón una revelación: una mujer nunca se siente más libre que cuando camina sola en un lugar por primera vez.

Cuando su viaje llegó a oídos de un editor amigo de la familia, el editor la visitó y le propuso publicar sus anotaciones.

 ¡Pero son sólo mis impresiones!, respondió asustada porque no tenía inquietudes literarias.

 ¡Precisamente por eso!, insistió él y le dio una razón estupenda: podrías ganar dinero para seguir viajando.

Viaje de una vienesa a Tierra Santa, firmado sólo con las iniciales del nombre de la viajera, se publicó en mil ochocientos cuarenta y tres.

Comenzó a planear su próximo viaje y como en el primero se había muerto de calor, decidió que tocaba morirse de frío.

Eligió uno de los destinos más impresionantes del planeta, la tierra del hielo y del fuego, la de los glaciares y los volcanes, la de mares congelados y arroyos hirvientes, la que nació sobre una herida de la tierra y tan atarantada, que no pudo decidir si pertenecer a un continente o a otro y se sentó sobre dos a la vez: Islandia.

Llegó en barco desde Dinamarca y recorrió la isla en un carro tirado por caballos. Acampó entre cráteres, cerca de fumarolas y escaló el volcán más activo de Islandia, el Hekla o “La Puerta del Infierno”, como se le conoce en la mitología escandinava. Tiene menos de mil quinientos metros de altura, el volcán, y antes de erupcionar, avisa con temblores de tierra.

Y como no avisó, ella subió hasta el cráter de la cima, desde allí contempló el paisaje más alucinante y se supo la mujer más libre del mundo.

Hacía poco que Islandia había logrado tener su propia Constitución y hasta un gobierno autónomo con limitaciones, pero las condiciones de vida forzaban a muchos de sus ciudadanos a emigrar. A ella no le gustaron los islandeses, le parecieron rudos, sucios y su comida, aburrida. Antes de volver a casa, viajó por Noruega y parte de Suecia.

Cuando hizo su entrada triunfal a Viena, además de las anotaciones en su diario, llevaba muestras de plantas, rocas y daguerrotipos, que había aprendido a tomar. Vendió las muestras y los daguerrotipos a los museos y su editor publicó Viaje al norte escandinavo y la isla de Islandia.

Entre el primero y el último de sus viajes pasaron dieciséis años. Sola y libre, dio la vuelta al mundo dos veces y sólo contrató guías locales cuando recorrió zonas inexploradas. Conoció costumbres distintas, civilizadas, salvajes y hasta delirantes. Visitó el harén de un Pachá, las mujeres en él la sorprendieron por su ignorancia y por su aspecto, eran analfabetas, no hablaban más que un idioma y le parecieron gordas.

Cruzó desiertos en caravanas de camellos y unos bandidos que trataron de asaltarla una vez, terminaron ayudándola a montar la carpa en la que acampó. Se escandalizó de la libertad sexual de las mujeres de Tahití, que gozaban sin culpa. Admiró el ascetismo hindú.

Mines of Danemora, ilustración de "Visit to Iceland and the Scandinavian North" (1853) de Ida Laura Pfeiffer
Mines of Danemora, ilustración de «Visit to Iceland and the Scandinavian North» (1853) de Ida Laura Pfeiffer

En lo que ahora es Indonesia, desestimó los consejos de los occidentales y quiso conocer a una tribu de caníbales cuyo plato favorito eran los misioneros.

Los caníbales agradecieron su curiosidad con una danza de bienvenida, aunque un poco más tarde le indicaron con gestos que se la iban a comer.

Casi muerta del susto, se las arregló para decirles en su idioma que una mujer tan vieja no podía ser sabrosa.

Les hizo gracia, la dejaron partir, y así se convirtió en uno de los pocos europeos que pudieron contar una historia semejante.

No sabía nadar ni flotar, pero cruzó un río agarrándose a las ramas que lo rodeaban porque lo encontró en su camino.

Volvió a desobedecer a los europeos que solía encontrar y quiso conocer a una tribu que cortaba las cabezas de sus enemigos y las dejaba clavadas frente a sus poblados.

Los encontró honestos, afables y modestos, y lamentó no poder pasar más tiempo entre ellos… “me estremeció, pero no pude dejar de preguntarme si, después de todo, nosotros, los europeos, no somos realmente igual de malos o peores… ¿no está cada página de nuestra historia llena de horribles actos de traición y asesinato?”, escribió.

Aprendió que, si compartía su comida con las ratas de los barcos, ellas la dejaban dormir en paz.

Cruzó el Cabo de Hornos como los valientes más listos y la realidad desaforada del continente mágico la dejó turulata. Describió a sus indios como primitivos e inferiores, presenció incendios pavorosos en el Brasil, se defendió de un asaltante a puro paraguazo y supo que las hormigas de la selva amazónica son mucho más temibles que una tribu de caníbales.

Cuando pasaba demasiado tiempo entre infieles, extrañaba un poco la comodidad de la cristiandad compartida, pero una vez que llegó a Rusia muerta de aquella nostalgia, los rusos la encerraron porque la creyeron espía. “¡Oh, buenas gentes árabes, turcas, persas, indias! Con qué seguridad atravesé vuestras tierras paganas e infieles y aquí, en la cristiana Rusia, cuánto he tenido que sufrir…”, escribió cuando la liberaron y volvió a casa.

La siguiente vez que alguien encerró a la viajera, fue nada menos que La Calígula de Madagascar, como apodan los historiadores a la Reina Ranavalona. 

La Bloody Mary de Madagascar, como también se le llama, ordenó matanzas sistemáticas de cristianos para mantener a su país fuera de la influencia extranjera, aunque los estudiosos afirman que no sólo mató cristianos, sino que diezmó a su población a punta de guerras, trabajos forzados y un sistema de justicia delirante.

Ranavalona sospechó de la viajera y la acusó de conspirar para derrocarla, y aunque logró escapar con vida, contrajo la enfermedad que la mató poco después, en Viena.

La viajera libre murió en octubre del año mil ochocientos cincuenta y ocho, a los sesenta y un años. A partir de su tercer libro, había comenzado a firmar con su nombre completo, Ida Pfeiffer. Sus crónicas se tradujeron a varios idiomas y se vendieron por montones. Fue elegida miembro de las Sociedades Geográficas de Berlín y París, la de Gran Bretaña se negó a admitirla porque era sólo una mujer.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar…

(Antonio Machado)

nuestras charlas nocturnas.

El Herodión, palacio y tumba de Herodes el Grande…


Vista aérea del emplazamiento del Herodión, lugar de descanso eterno del rey Herodes.

FJT — Herodes el Grande es recordado por su crueldad y por ser un soberano despótico y vengativo (esto se lo debemos al historiador Flavio Josefo) y no tanto por ser un gran rey. Pero probablemente fue el monarca más grande de Israel, más incluso que Salomón y David (cuyos hechos son en su mayor parte leyendas).

Ya sea por sed de gloria o por querer favores políticos, Herodes fue un gran constructor: renovó el Segundo Templo de Jerusalén, edificó la fortaleza Antonia, erigió una gran ciudad como Cesarea Maritima, embelleció la antigua ciudad de Samaria (Sebaste), construyó palacios en Jericó y en la fortaleza de Masada, construyó hipódromos, anfiteatros, acueductos, templos… así como la tumba que ordenó construir para el día de su muerte, el Herodión.

Herodes murió a consecuencia de una larga enfermedad que los judíos no dudaron en atribuir a un castigo por sus crímenes.

(…) la fiebre era suave, no revelando al tacto un ardor tan grande como el mal que producía por dentro. Se le desarrollaron úlceras en los intestinos, tenía dolores especialmente tremendos en el recto, y en los pies se le formaron ampollas con un líquido traslúcido. Un mal semejante le afectaba también al pecho. Y, por cierto, sus partes pudendas sufrieron la gangrena, que se las infectó de gusanos. Experimentaba una respiración jadeante. Y sufría convulsiones en todos los miembros(…) (Flavio Josefo)

El Herodión desde dentro. 

A pesar de ello no se aplacó ni al final de su vida. Dejó en su testamento escrito que cuando llegara su hora, trescientos nobles -que se encontraban encerrados en el hipódromo de Cesarea– fueran ejecutados para así llorar más su muerte. La orden no se llegó a dar, nadie se atrevió a ejecutarla. También dejó por escrito que quería ser enterrado en la fortaleza-mausoleo de Herodión, a doce kilómetros al sur de Jerusalén.

Durante años se buscó su tumba y la búsqueda tuvo su premio en el año 2007. El profesor Ehud Netzer encontró su magnífico mausoleo tras cuarenta años de investigación sobre el terreno. La fatalidad quiso que el profesor falleciera tres años después en el mismo lugar de su descubrimiento.

De 24 metros de altura, constaba de dos plantas, la primera, cuadrada, y la segunda, circular con un tejido puntiagudo. En su interior se encuentran apartamentos reales y en la base del monte se pueden ver oficinas y anexos del palacio. Un inmenso jardín rodeado de columnas servía de depósito de agua, agua proveniente de un acueducto de cinco kilómetros.

Se encontraba destrozado, en ruinas, y su sarcófago despedazado probablemente debido a que los rebeldes judíos lo ocuparon en la gran revuelta del año 64 d. C. queriendo destruir todo lo que representaba su rey más odiado.

De Herodes -pese a todos sus esfuerzos para ser recordado- nunca se han encontrado ni retratos, ni monedas, ni grabados de su imagen. Solo nos queda lo escrito por Flavio Josefo y los restos de su monumental legado arquitectónico.

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