Historia de la historia(O.L.Mato) — El 24 de marzo de 1603, a las 2:45 de la mañana, Isabel l de Inglaterra dejaba de existir. Con ella concluía el reinado más largo de todos los monarcas que habían regido Inglaterra y llegaba a su fin la Casa Tudor.
Hija de Enrique VIII y Ana Bolena, Isabel tenía un recuerdo muy vago de su madre, acusada de infidelidad y decapitada por orden de su padre, quien se volvió a casar al día siguiente de la ejecución, cuando aún no se había secado la sangre del patíbulo. Isabel acababa de cumplir tres años y fue declarada ilegítima. Nadie pensaba que esa niña de cabellos cobrizos podría llegar a reina …
Al cumplir diez años, su padre había ejecutado a doce duques, cuatrocientos miembros de la nobleza, dos cardenales, dieciocho obispos y quinientos monjes. Para entonces, se había casado con otras tres mujeres y también había ejecutado a una de ellas. Quizás fue por estas razones (y otras sobre las que solo podemos especular), que Isabel no era partidaria del matrimonio, aunque su título de “Reina Virgen” probablemente haya sido una exageración poética, pues contó con varios favoritos en su corte.
Isabel sobrevivió al reinado de Eduardo Vl, al breve mandato de Jane Grey y al de su media hermana María, una ferviente católica que la encarceló a fin de evitar su liderazgo entre los protestantes.
Tras la muerte de María, apodada Bloody Mary -María la Sanguinaria- dada su inclaudicable intención de restaurar el catolicismo en Inglaterra y su falta de escrúpulos para ordenar ejecuciones de quienes se opusieran a su voluntad evangelizadora, Isabel ascendió al trono con la intención de consolidar una Iglesia Anglicana independiente de la Santa Sede.
A pesar de esta decisión, que le granjeó la enemistad de media Europa, comenzando por la España de su ex cuñado Felipe ll, las políticas de Isabel fueron más moderadas que las de su padre y hermanos.
Isabel tenía como lema “video et taceo” (veo y callo).
Si bien no persiguió activamente a los disidentes, pudo evitar ser víctima de varias conspiraciones gracias a un aceitado servicio secreto que la mantenía al tanto de todo lo que pasaba en su reino y en Europa.
La relación con España fue especialmente conflictiva, con una guerra espasmódica marcada por períodos de paz y otros de enfrentamientos masivos. Uno de los episodios más destacados fue el ataque de la Gran Armada, que concluyó con una de las más sonadas victorias logradas por Inglaterra. Paralelamente, aventureros como Sir Francis Drake, John Hawkins y Walter Raleigh rapiñaron las ciudades y naves del Imperio donde nunca se ponía el sol.
El choque entre Inglaterra y España no solo fue armado, sino también cultural, a fin de justificar tanta violencia y el robo descarado del oro que venía de las colonias americanas. Fue entonces cuando surgió la “Leyenda Negra”, que denunciaba los excesos y arbitrariedades de los españoles. Si bien estos fueron reales, se omite mencionar que los ingleses cometieron actos similares, cuando no peores. La leyenda subsiste hasta hoy, con películas y libros que justifican la cleptocracia instaurada en el periodo isabelino como un merecido castigo a la perfidia hispana.
Los británicos han cantado loas a la derrota de la Gran Armada, pero mantuvieron un incómodo silencio sobre la malograda intención de Drake de invadir España por la costa cantábrica y Portugal (por entonces en manos del odiado Felipe II), así como los problemas para apoyar a los protestantes holandeses que combatían al dominio hispano.
El fracaso del “Draquez”, como le decían los españoles, le hizo perder el favor de la reina y debió conformarse con un puesto secundario hasta que, décadas más tarde, Isabel le confío una misión que terminó en desastre y en la muerte del pirata.
La efigie de Isabel I de Inglaterra sobre el sepulcro que comparte con su medio hermana y enemiga, María Tudor o María I de Inglaterra
Por esos años, Isabel mantuvo una conflictiva relación con su prima María Estuardo, hija de una hermana de Enrique VIII, a quien tuvo por años cautiva hasta que decidió decapitarla por temor a un resurgimiento del catolicismo en Inglaterra.
La falta de descendencia directa fue un problema durante todo su reinado. Isabel se resistió a compartir el trono con un cónyuge, aunque no le faltaron aspirantes. Por años mantuvo una estrecha relación con Robert Dudley, conde de Leicester, a quien conocía desde niña y había compartido con la joven Isabel la incertidumbre de no saber si verían un nuevo amanecer…
Su relación, más que amistosa, era un secreto a voces en la corte. La muerte sospechosa de la esposa de Dudley tiñó el vínculo de sospechas de asesinato que nunca pudieron demostrarse. Dudley tuvo otros romances e incluso un hijo natural, pero estos deslices no parecieron hacer mella en el vínculo de intimidad que los unió hasta la muerte del conde.
Otro de sus pretendientes fue el duque de Anjou, hermano del rey de Francia. Aunque se sentían atraídos, casarse con un católico estaba fuera de toda opción para la reina, cabeza de la Iglesia Anglicana. También fue cortejada por alguno de sus favoritos, como Sir Water Raleigh, al punto que la reina se enfureció cuando se enteró que este se había casado en secreto con una dama de la corte. Sin embargo, ningún testimonio puede confirmar que la Reina Virgen no lo haya sido…
La muerte de su principal consejero, William Cecil, pesó sobre el ánimo de la reina, quien había confiado ciegamente en sus decisiones.
En enero de 1603, Isabel se resfrió y decidió mudarse al Palacio de Richmond, su residencia más cálida. Con 69 años a cuestas y 40 de un reinado saturado de guerras e intrigas, Isabel sentía que el fin se aproximaba. Su gente más cercana, incluido su amado Dudley, habían muerto. Nada podía esperar ya de esta vida…
Una piorrea crónica, producto de su mala dentadura, le provocaba infecciones constantes, que se complicaron con una faringitis. Una sed pertinaz la atormentaba. En estas condiciones, le era difícil conciliar el sueño, por lo que se la veía deambulando por el palacio a deshoras, como si estuviera cavilando. Cansada, se acostó sobre unos almohadones en uno de sus aposentos y se quedó en silencio con un dedo en la boca. Así estuvo durante cuatro días y sus noche, hasta que un absceso en la garganta drenó espontáneamente, brindándole un breve alivio.
Sin embargo, la infección se diseminó y evolucionó en una neumonía.
Ante una muerte inminente, se impuso el tema de quién sucedería a la Reina Virgen. Los ministros se dirigieron a sus aposentos y, con toda parsimonia, le preguntaron si deseaban que James Vl de Escocia, el hijo de su prima María, a quien ella misma había ordenado ejecutar, fuera su sucesor. Sin decir palabra, Isabel consintió con un gesto casi displicente, mientras el arzobispo de Canterbury rezaba por su alma.
Entrada la noche, Isabel quedó inconsciente y, pocas horas más tarde, la reina que marcó una época, se fue de este mundo.
Isabel l de Inglaterra fue cantada por poetas, exaltada por sus victorias, odiada por sus enemigos y recordada en tierras lejanas que se llamaron Virginia por sus supuestas virtudes intactas.
The Conversation(M.M.M.Marqués) — Pocos elementos del vudú son tan popularmente conocidos –gracias especialmente a las películas– como las voodoo dolls, muñecos o muñecas vudú.
En la pantalla grande aparecen en escenas en las que alguien les clava algún objeto con la intención de causar daño a las personas que, teóricamente, representan –con mejor o peor fidelidad–.
Aunque su creación puede deberse a razones tanto buenas como malas, también pueden ser muñecos meramente representativos. Por ello, algunos reivindican dentro de esta misma categoría a la denominada Venus de Willendorf y a otras figuras del Paleolítico Superior, el Neolítico o la Edad del Bronce.
Las muñecas mágicas pertenecen al amplio campo de la magia de la imagen, y buscan canalizar una fuerza sobrenatural hacia un propósito concreto. Con su elaboración se persigue que las acciones ejecutadas sobre una imagen se reproduzcan en la persona representada.
Para potenciar su efecto, en el relleno de las muñecas se incluyen pelo, recortes de uñas, saliva u otros fluidos corporales de quien será afectado por el hechizo, o bien una pequeña pertenencia personal, como una pieza de joyería o un peine.
Independientemente del propósito último que tengan, las muñecas mágicas tienen que ser activadas para acceder a su poder, en ceremonias o rituales que suelen exigir el trabajo de un experto hechicero o sacerdote.
– Muñecas mágicas desde la Prehistoria
Muñeca vudú perforada con trece alfileres, encontrada en un jarrón de terracota con una tablilla de plomo con un hechizo de atadura.
Ya en el Calcolítico europeo, puede relacionarse la rotura de figurillas de arcilla, el acto de envolverlas u otras manipulaciones con acciones mágicas.
Sabemos de inscripciones y referencias literarias de la Grecia y Roma antiguas, en el siglo VI a. e. c., con muñecas de cera o lana que son quemadas (en muchos casos), atravesadas con agujas o sacrificadas de otro modo.
Se conocen actos mágicos “protagonizados” por muñecos –a veces reforzados con elementos orgánicos del sujeto del hechizo– desde el reinado de Ramsés III (en el siglo XII a. e. c.) hasta el Éufrates del siglo XIV, pasando por Juan XXII –que se sintió amenazado por figuras de cera– o las elaboradas por hechiceros en el siglo XIV para hacer perecer a Carlos de Valois.
Sabemos también de la existencia de figurillas perforadas durante los reinados de Carlos IX y Enrique III de Francia, y otras de uso mágico durante el reinado de Luis XIII, así como en sucesos posteriores.
También se dieron casos en Inglaterra, como el intento de atentado a Enrique VI mediante la exposición a fuego lento de una efigie suya de cera elaborada por hechiceros.
En Canarias –a donde llega la magia desde Castilla, Andalucía y Portugal– el método más utilizado para maleficiar era precisamente utilizar al muñeco que representa a la víctima del hechizo.
Lo encontramos desde los primeros decenios del siglo XVI hasta el siglo XIX. Suelen estar hechos de cera, o de tela procedente, generalmente, de la ropa del maleficiado. El muñeco es normalmente clavado con alfileres y enterrado.
Poppets de 1293 hechas con masilla y papel.
Hay testimonios de que un tipo de muñecos mágicos muy frecuente en el folclore inglés, los poppets, llegaron a América al menos a finales del siglo XVII, probablemente llevados por los colonos.
En concreto, aparecieron en los “juicios de las brujas de Salem”.
Durante el interrogatorio de Candy, el 4 de julio de 1692, esta presentó dos rudimentarios muñecos de trapo.
Los objetos causaron terror entre las testigos, que se afligieron cuando los pellizcaron y dijeron que se sentían quemar cuando se prendió fuego a uno de los trapos.
Al sumergir estos objetos en agua dos de las testigos sufrieron ataques como si se ahogasen.
– Muñecos de poder
La magia de la imagen puede presentar también otros aspectos muy interesantes. En el vudú la efigie tiene, en ocasiones, un papel meramente representativo, con esencia espiritual y fuerza simbólica, pero sin que haya acción física sobre ella.
Muñeco haitiano de tela representando a un hungan, arte popular, siglo XXI. Altura: 23 cm. M. M. M.
Así, se conoce la existencia de un muñeco que representa un hungan, sacerdote del vudú haitiano, un personaje muy respetado al que se atribuyen los poderes de clarividencia y adivinación.
En la película de terror La serpiente y el arco iris, de Wes Craven (1988), se puede ver a un hungan con atuendo característico, gorro y pañuelo rojos, dirigiendo una ceremonia.
Igualmente en el documental Los Misterios del Vudú aparece a un hungan de Artibonito (Haití) con gorro y pañuelo rojos invocando al Baron-Samedi, uno de los loa (espíritus) del vudú haitiano.
Durante esa ceremonia, vemos que, colocadas cerca del lugar donde el sacerdote desarrolla el rito, reposan unas muñequitas rojas y negras que representan a personas.
La ceremonia que se desarrolla tiene como objetivo que el Baron-Samedi imparta justicia en un litigio, ejecutando su sentencia sobre el culpable. Las muñecas serán las encargadas de transmitir el resultado a las personas que representan.
En resumen, la tradición de muñecos mágicos existe desde hace miles de años, y perdura, sobre todo, en Luisiana y Haití, donde el sistema mágico-religioso del vudú sigue vivo.
National Geographic(C.Vacas) — Enseñar, ofrecer, regalar, proveer y dedicar, entre otros, son verbos que reflejan el impulso humano de ser generoso: la evolución nos ha programado para socializar y cooperar con el prójimo, independientemente de cuáles sean las normas culturales que moldeen estas interacciones.
Varias investigaciones así lo han demostrado: una de los más recientes, publicada en la revista científica Nature, realizó un análisis sobre la forma en que personas de distintos países y contextos sociales compartían recursos, y confirmó lo que ya sugería Aristóteles allá por el IV a.C.: que los actos de bondad son universales, y que nos enriquecen como seres humanos.
Así, que sabemos dar está claro, como también que ello nos llena. Pero, ¿qué papel ocupa nuestra capacidad para recibir cuando hablamos de satisfacción personal? Arthur C. Brooks, científico de Harvard y experto en felicidad, responde a esta pregunta con una metáfora simple: «la generosidad es más sana y mejor cuando, como la circulación de la sangre, da vueltas y vueltas».
– Si quieres hacer feliz a alguien, pídele un favor
Si dar —sea cariño, conocimiento, bienes materiales o tiempo— nos hace más felices, inevitablemente tendremos que aprender a recibir lo mismo para hacer felices a los demás.
El científico, de hecho, cuenta en su columna Cómo construir una vida, en The Atlantic, que la filosofía del «dar pero no tomar» esconde detrás una forma de egoísmo, «porque se apropia para el dador de todo el prestigio moral de la generosidad, mientras que impone al receptor un sentimiento de deuda«, explica.
Aunque la clave del altruismo reside en no esperar nada a cambio, Brooks insiste en que debemos ofrecer a nuestros amigos, familiares, cercanos, e incluso a los extraños, la oportunidad de ser generosos con nosotros. Solo con esta reciprocidad se llega, en palabras del experto, a la plena felicidad, tanto personal como de los individuos con los que interactuemos.
Asimismo, los estudios en la materia sostienen que pedir a alguien un pequeño favor puede abrir la puerta a que, más adelante, la generosidad de esa persona aumente, debido a la sensación de felicidad que ha producido ese primer acto de ayuda: citando a Benjamin Franklin en su columna, «aquel que una vez te ha hecho un favor estará más dispuesto a hacerte otro, que aquel a quien tú mismo has obligado».
– Pero no de cualquier manera
No significa esto, sin embargo, que, por la premisa de hacer felices a los demás, vayamos a estar pidiendo favores a diestra y siniestra. Las investigaciones realizadas hasta la fecha apuntan más bien a actos cotidianos como invitar a un café, abrir la puerta a alguien que va cargado, hacer compañía durante la realización de una actividad tediosa (trámites y gestiones, por ejemplo) o incluso dar un consejo.
Y en cuanto a lo último, aconsejar es precisamente una acción que a la gente le encanta llevar a cabo: nos sentimos bien cuando alguien nos pide opinión acerca de una cuestión sobre la cual pensamos que tenemos cierta experiencia o autoridad, independientemente de que al final la otra persona no siga nuestras recomendaciones.
Así pues, es una buena práctica social, dice Brooks, pedir consejo expresamente a los demás: un pequeño gesto recíproco que, además, no genera gran gasto ni de energía ni de dinero.
Con todo, es importante saber dónde está el límite y tener en cuenta lo que el experto describe como «escandalosa presunción de generosidad»: las personas con las que nos relacionamos no tienen la obligación de ser generosos con nosotros, por lo que una exigencia por nuestra parte podría desencadenar su rechazo y, en consecuencia, un episodio de descontento.
Del mismo modo, la deuda nunca puede ser un ingrediente presente en la receta de las interacciones sociales: «los favores son solo eso, favores», señala Brooks, y pensar que la persona que nos los ofrece busca un beneficio de nuestra parte constituye no solo una ofensa a su bondad, sino también un reflejo de lo que somos.
JotDown(F.J.Tapiador) — En España, el verso de once sílabas se empezó a cultivar en serio en el Renacimiento. En los siglos que han transcurrido, esta medida ha hecho fortuna y hoy se acepta que es el que mejor se adapta a la forma de hablar en castellano, el que corresponde de manera natural con grupo fónico mayor; ese segmento de un discurso considerado como límite en una pronunciación normal y no forzada.
Es decir, el que queda delimitado por dos pausas sucesivas de la articulación. Sucediendo además que a partir de doce sílabas los versos suelen ser compuestos (un alejandrino, de catorce, es casi siempre un 7+7), el endecasílabo viene a ser lo más largo que se puede decir vocalizando sin respirar.
Si identificamos una respiración con una idea, y de ahí a un verso con una idea, tendremos que el endecasílabo es la manera ideal para transmitir algo de cierta extensión de una manera natural. La unidad de pensamiento poético mayor en castellano. En francés, por cierto, la medida es un poco diferente: en ese idioma se dejan de contar sílabas a partir del último acento. En inglés también es diez.
Si hay un grupo fónico mayor, lo habrá menor.
Efectivamente.
En castellano, ese se corresponde con ocho sílabas, el octosílabo de los romances, el de los temas populares, festivos, y de ideas sencillas.
Pero es difícil hilar una idea completa con solo ocho sílabas, y aun siendo el octosílabo el más largo de los cortos, a menudo no es suficiente.
Las coplas de Manrique son una excepción, aunque más allá de las dos más conocidas, su esquema resulta monótono.
Por el otro lado, el de los versos que tienen más de once sílabas, tenemos el alejandrino, un verso que exige una cesura, un corte para no ahogarte al recitar (porque la poesía es para ser dicha).
No soy al único al que los versos de catorce sílabas le parecen pesados, ampulosos y solemnes, quizá porque cuando los estudiábamos en el instituto lo hacíamos a través de Los cisnes de RubénDarío. Versos tales como:
Brumas septentrionales nos llenan de tristezas, se mueren nuestras rosas, se agotan nuestras palmas, casi no hay ilusiones para nuestras cabezas, y somos los mendigos de nuestras pobres almas.
justifican la crítica de «decoradores de la decadencia» que les hicieron a los modernistas. El tema del poema no ayuda tampoco a apreciar al alejandrino como se merece, pero hay que reconocer que tampoco los versos más antiguos y épicos aguantan una medida tan larga.
Retrato de hombre con la cruz de caballero de la orden de Alcántara, alguna vez creído retrato de Garcilaso de la Vega, que introdujo el verso endecasílabo italiano en la poesía española.
Un ejemplo de Berceo:
En Toledo la buena esa villa real, que yace sobre Tajo esa agua caudal, hubo un arzobispo coronado leal, que fue de la Gloriosa amigo natural.
Esto, la cuaderna vía, con su cesura bien indicada, está muy bien en pequeñas dosis.
Al cabo de un rato, cansa por su monotonía.
El poema del Cid, ese que estudiaban durante varios meses los que iban por letras en educación secundaria, le pasa algo parecido.
Resulta interesante por su encaje en la historia del español (el primer poema largo en esta lengua) más que por sus virtudes poéticas, las cuales Borges, —sensible a la épica, pero también a la lírica— calificó de rústicas.
El verso de siete sílabas se ha usado mucho en la poesía castellana, y queda bien combinado con el once.
Pero empleado por sí mismo ofrece pocas posibilidades expresivas.
Las estrofas de heptasílabos acostumbran a quedarse cortas para tratar temas de cierto calado.
A los versos intermedios entre ocho y once, a los de nueve, diez, doce y trece, se les tiene por incompletos, como que les falta algo.
Al de doce se le ha tachado de empalagoso. Compárese el famoso endecasílabo:
se muestra la color en vuestro gesto
Con una versión en doce sílabas:
en vuestro gesto se muestra la color
Cualquier lector habitual de poesía notará la diferencia: el primero fluye (gracias a la colocación de los acentos), mientras que el segundo se atasca en «gesto», y después en «la». Ambos versos dicen exactamente lo mismo, pero uno de manera poética y el otro prosaica.
Como se ve, los acentos son fundamentales para que un verso castellano funcione. Marcan su ritmo sonoro, que en otros idiomas se basa en la intensidad, cantidad, entonación, aliteración o rima, pero que en español se asienta con fuerza en el acento. Esto es algo que no sucede en, por ejemplo, el latín o el griego, que priman la cantidad. Un hexámetro clásico suena bien no por dónde estén colocados los acentos, sino por la cantidad de sus sílabas, breves o largas. En castellano, todas las sílabas duran lo mismo.
Mi editor de poesía, Abelardo Linares, me dijo hace muchos años que la poesía sigue unas reglas tan precisas como la física. Me sorprendió mucho su afirmación, y debo confesar que enarqué las cejas al escucharla, pero viniendo de él, no la olvidé. Con el tiempo y tras reflexionar, he venido a darle la razón.
Hay versos buenos y versos malos; estrofas que funcionan y estrofas que se despeñan, y hay razones técnicas que explican el éxito o fracaso de los poemas.
Las durezas rítmicas ocasionales se pueden emplear con fines estéticos, como la disonancia en la música, pero hay reglas entreveradas en la manera que tenemos de hablar en español, en la estructura rítmica de la lengua, que hacen que en poesía no valga cualquier cosa, por más que haya gente que se empeñe en que unas palabras en cierta disposición sobre una página conforman un poema.
Los tratadistas llevan hablando de estas cosas desde hace siglos. El Terenciano o Arte Métrica de Gregorio Mayans i Siscar (1770) recoge ya algunas de las ideas que he recogido arriba. Pero fue Andrés Bello con sus Principios de la Ortolojía (sic) y Métrica de 1835 quien marca un punto de ruptura.
De alguna manera, fue él quien fundó la métrica moderna, aunque hoy se discrepe de su concepción del ritmo. La ciencia del verso (1908) de Mario Méndez Bejarano es también una obra formidable cuyo título es una declaración de intenciones. Más cerca de nosotros, es muy conocido el texto de Tomás Navarro Tomás (Métrica española, 1956), pero sobre todo los de Isabel Paraíso (La métrica española en su contexto románico, 2000), y de Antonio Quilis (Métrica española, 1969), reeditados incansablemente al ser textos de referencia en los estudios universitarios de filología.
La premiada tesis de Quilis, publicada en 1964, es un buen ejemplo de lo que se puede lograr analizando la mecánica de la poesía empleando métodos físicos. Trata sobre el encabalgamiento, ese desajuste entre sintaxis y métrica que tantas alegrías nos da a los poetas al permitir huir de la monotonía y sorprender al lector. Como todo recurso, hay que usarlo con moderación. Aunque también sirve para parir engendros, como hizo fray Luis de León cuando perpetró esto:
Y mientras miserable- mente se están los otros abrazando con sed insacïable del peligroso mando, tendido yo a la sombra esté cantando.
No es un error de composición. Fray Luis hizo eso, una tmesis, para que la estrofa se pudiera considerar una lira. Pero no es esa la idea de esta licencia. Garcilaso sí que sabía usarla bien:
Dante Alighieri, creador de la estrofa denominada tercetos encadenados, por Sandro Botticelli.
Las hojas que en las altas selvas vimos
cayeron, y nosotros a porfía
en nuestro engaño inmóviles vivimos
El salto entre «vimos» y «cayeron» se adecúa perfectamente a lo que se está diciendo. La forma sigue al contenido: las hojas efectivamente parecen caer de un verso a otro. Acabamos de leer el primer verso felices, ingenuos de nosotros, y al empezar el segundo, viene el mazazo. El placer estético que se experimenta al leer eso es extraordinario. Con este otro ejemplo de Herrera, el gran Herrera, sucede lo mismo:
Quebrantaste al cruel dragón, cortando
las alas de su cuerpo temeroso.
Aquí coinciden el corte de las alas y del verso.
Casi se las puede ver desplomarse cuando se empieza a leer el segundo verso.
El adjetivo «temeroso» introduce un sentimiento adicional que culmina los dos versos y los enriquece.
Aclarar ahora —para acabar con este aparte sobre el encabalgamiento— que hay dos escuelas sobre cómo se deben leer los versos.
Unos dicen que la pausa versal se hace siempre.
Otros afirman que el encabalgamiento evita esa pausa, una postura a mi juicio incomprensible, porque destroza el efecto que persigue la licencia.
La tesis de José Manuel Bustos (1992) creo que zanjó la cuestión, aunque aún se escuchan poemas leídos sin la debida pausa al final del verso. Si se sabe que esa era la intención del autor, no hay problema, pero al menos Garcilaso y Herrera (y legión de poetas tras ellos) pensaban como Bustos.
Volviendo a la tesis de Quilis, el de Larache llegó muy lejos en su aplicación de la física para cuantificar el ritmo y elucidar la mecánica de la poesía. Su análisis de sonogramas mediante una técnica de análisis de Fourier que se emplea para identificar armónicos fue más que novedosa en España teniendo en cuenta los medios limitados con los que contaba, ya que estábamos aún en la era analógica, la de las grabadoras de cinta.
Hoy, en la digital, es mucho más fácil. Gracias a la tecnología, cualquiera puede analizar el canto de un pájaro con una aplicación del teléfono e identificar la especie a la que pertenece. Lo mismo para la voz. Mi lectura del famoso primer verso del soneto XXIII de Garcilaso tiene este aspecto:
Además de la «pausa boomer» (ese medio segundo del principio sin nada, que tanta gracia hace a mis estudiantes), se aprecia que esta «huella dactilar» del primer verso del soneto XXIII de Garcilaso permite medir con precisión, a la décima de segundo, los acentos y las pausas. A partir de ahí se pueden sacar conclusiones que pueden llegar a ser muy sofisticadas, como hizo Quilis.
Su tesis es muy recomendable, pero como en tantas otras cosas, llega un momento en que para avanzar en el conocimiento experto del tema hace falta estudiar. La divulgación tiene sus límites y su ámbito, que es fundamentalmente excitar la curiosidad y animar a leer sobre el tema.
Le mecánica del endecasílabo es lo suficientemente rica como para haber merecido decenas de libros, tesis y artículos en revistas técnicas. Como verso de once sílabas, tiene un acento fijo en la décima sílaba. Luego puede tener otro en la sexta o en la cuarta. En el primer caso se habla de un endecasílabo mayor. En el segundo de uno menor.
Los endecasílabos mayores, los que llevan acentos en la sexta y décima sílaba, pueden tener un tercero en la primera, segunda o tercera sílaba. Se les llama endecasílabos enfáticos, heroicos y melódicos, respectivamente.
Pero puede haber más acentos, claro, lo que multiplica las combinaciones. En 1891 Eduardo de la Barra se entretuvo en hacer una bonita compilación de ritmos con ejemplos de versos castellanos, que en formato tabla (y aportando algunos ejemplos diferentes) sería algo así:
Estos treinta tipos de endecasílabos son los más comunes. En realidad, solo los veintitrés primeros son kosher; aunque a los versos dactílicos algunos tratadistas los tachan de horrendos. Dicen (y es verdad) que no tienen gracia, que suenan a prosa, y que parecen octosílabos a los que se le ha pegado un trisílabo.
Nótese que los endecasílabos buenos no tienen acento en la séptima: si se lo pones, creas un octosílabo y entonces las tres sílabas que quedan dan la impresión de ser un añadido. Las estructuras rítmicas que hacen el número 24 y 25 de la tabla se los tuvo que inventar Bello para ejemplificar sin ofender a nadie que esas dos combinaciones de acentos suenan fatales.
Como regla general, dos acentos seguidos estropean el ritmo del endecasílabo. Se puede hacer un verso de esa forma, pero tiene que haber una buena razón para ello; un contenido que se adecúe a ese tropiezo rítmico, como en el caso del encabalgamiento.
Los versos del final de la tabla: los galaicos (también llamado «de gaita gallega», y ese nombre no pretendía ser un halago), guaraníes y sáficos inversos se tienen por monótonos. El ejemplo que he escogido del sáfico inverso de Darío es particularmente doloroso al oído.
Es de un empezar brillante, con acento en la primera, para atropellarse en la sexta y séptima; lo cual puede ser aceptable si lo que dice el verso es congruente con esa idea, pero no es el caso. Darío era muy bueno, y ya quisieran la variedad de su poesía los modernistas franceses de su época, pero este verso no es muy afortunado.
El último caso de la lista, el endecasílabo melódico 3-8-10, presenta otras complicaciones, pero tampoco es especialmente agradable al oído. Se puede arreglar rítmicamente, cambiando «cuanto» por «cuánto», lo que lo convertiría en un melódico largo, pero eso no es lo que quería decir Garcilaso en su canción segunda. En poesía, añadir un tilde, una coma, o alterar el orden de las palabras cambia un (buen) poema, cosa que no sucede con la prosa. La forma es clave.
Hay más elementos que contribuyen al ritmo de un poema. Se le puede añadir textura, o timbre a los acentos. Hasta se ha identificado a cada letra con un conjunto de características, y a su repetición en los versos con sonoridades e intenciones estéticas concretas. En el caso de las vocales, la «a» se considera una letra que no es suave pero sí magnífica, cuya repetición resulta adecuada para hablar de temas importantes.
La «e» se considera la mejor vocal, no tan sonora como la «a», pero clara, graciosa y elegante, sin que ofenda al oído cuando se repite (no en vano el valenciano tiene tres sonidos para esta letra). La «i», siendo floja, serviría para las cosas débiles, y su repetición acordaría bien con temas tristes.
La «o» expresa un carácter repentino, y repetida sirve para expresar afecto, engrandeciendo la oración. Por último, la «u», que es nasal, se emplea para temas ocultos, de misterio y oscuridad. A estas disquisiciones de los preceptistas uno las puede hacerle el caso que quiera, pero sí que es cierto que «búho» es un palabra que asusta y que resulta oscura, una palabra que realmente da miedo (lo que, por otro lado, se conjuga mal con ese precioso animal).
Con las consonantes también hay una serie de reglas más o menos subjetivas. Sí que es cierto que repetir el sonido de la «c» o de la «k» queda feo, que demasiadas eses hacen un verso sibilante, pero que cansa; o que la «n» refrena a la vocal que la sigue (como se puede ver en el sonograma de arriba) siendo una letra que va bien para hablar de temas interiores. Lo mismo que con las vocales, a esto se le puede dar el crédito que se quiera, pero nadie me negará que «Alicia» es un nombre precioso.
Caligrama de Guillaume Apollinaire.
A la zeta (fonéticamente es |a ‘li θja|) se la considera la consonante más suave; y a la ele, líquida, blanda y dulce.
Enlazadas con dos aes y dos íes (que se compensan: la magnífica «a» sonora queda modulada por la debilidad y languidez de la «i»), el conjunto es una combinación irresistible al oído.
Ante este despliegue de preceptos que a muchos parecerán arbitrarios surgen varias dudas.
La primera, si hay que saber de esto para escribir buenos poemas.
Naturalmente que no, y habrá poetas excelentes que jamás hayan oído hablar de estas cosas.
Construir un buen poema requiere sobre todo de oído, sensibilidad y buen gusto, que son destrezas que se adquieren leyendo mucha poesía.
Para que un verso suene bien no hace falta saber por qué lo hace, de la misma manera que para bailar bien no hace falta saber ni mecánica ni física.
Hace falta práctica. Y por supuesto nadie te obliga a escribir en endecasílabos.
Esta medida, en el Renacimiento, fue objeto de furibundos ataques de, por ejemplo, José de Castillejo.
Aunque Alfonso X y el marqués de Santillana ya habían compuesto versos de once sílabas, a mucha gente los de Garcilaso, italianizantes, les sonaban raros. A los nuevos ritmos cuesta acostumbrarse.
La segunda duda que puede surgir, relacionada con esto último, es si estas reglas se pueden romper. Ante esto hay que recordar que por supuesto, que el arte es transgresión continua, pero también que lo que dicen los preceptistas suele ser una senda firme, un camino seguro del que salirse únicamente cuando ya se domina, al igual que una cosa es lo que te enseñan en la autoescuela cuando aprendes a conducir y otra cosa la forma de conducir de Fernando Alonso subido a un F1.
Hay que transgredir si se quiere ir más allá, claro, pero para eso primero hay que dominar de lo que se trate, ya sea escribir poemas, novelas o diseñar satélites. Advertir no obstante que es raro que en la ciencia del verso una transgresión inconsciente se traduzca en un poema feliz. Es mucho más probable que se trate de un error que afecte gravemente a algún aspecto del poema.
No hay que olvidar tampoco que la inmensa mayoría de las obras que han sobrevivido al paso del tiempo son las que cumplen con las «leyes físicas» de la poesía de las que hablaba Linares.
¿Podemos extender estas ideas sobre el endecasílabo para juzgar si un poema «es bueno»? No tan rápido. Con el ritmo del verso solo hemos arañado la superficie, y de un único metro, el de once sílabas.
Los lectores hacemos trampas al leer, yendo más deprisa o más despacio para ajustarnos a lo que suponemos que tiene medir un verso, especialmente con las estrofas clásicas, que nos inducen unas medidas determinadas. Hay muchos matrices y excepciones. Un verso como
En tanto que de rosa y azucena
se puede contar como de diez o de once sílabas, dependiendo de cómo se lea la sinalefa, si doble o triple. De la métrica se sacan tesis doctorales; no es un tema trivial ni que se pueda despachar en un artículo. Por otro lado, el análisis de un poema completo requiere tratar no solo el ritmo, sino también y como mínimo: tema, asunto, estructura, título, citas, pragmática, y niveles léxico, semántico y sintáctico. El tema de la traducción es otro mundo: traducir el endecasílabo al francés al español es una odisea.
Queda todavía mucho que decir sobre el resto de los aspectos de un arte, la lírica, que no solo es una fuente casi inagotable de placer estético, sino una actividad que proporciona una aproximación singular al mundo. La poesía culta vive en el reino de la metafísica, de lo que no se puede explicar, de lo que está —por definición— más allá del conocimiento científico. Ese mundo solo puede ser, si acaso, vivido; no explicado. Lo que la poesía pretende es en realidad un imposible: trasladar lo inefable.
Lo hace no explicando, sino mediante la resonancia, generando una vibración sutil que pretende ser capaz de inducir un estado correspondiente en el lector. Pero ese intento desesperado, en el marco de lo que desde Kant y Wittgenstein sabemos que no puede formar parte del saber compartido de la especie, la convierte en una necesidad y en una forma única de comunicación humana.
El Soufrière Hills, en la isla caribeña de Montserrat, es uno de los volcanes más activos del mundo.
(J.P.Ventura) — Convivir con un volcán en un espacio de 16 kilómetros de largo y 10 de ancho no es una buena idea.
La imponente vista del Soufrière Hills no intimidó a los irlandeses, que en 1632 comenzaron a instalarse en la deshabitada isla de Montserrat, bautizada así por Cristóbal Colón en recuerdo de la virgen homónima.
Tras varios choques militares con los franceses, el Imperio Británico estableció una colonia permanente a partir de 1783, con capital en la ciudad de Plymouth.
El pico más alto de la isla, un volcán de algo más de 1.000 metros sobre el nivel del mar, recibió un nombre que combinaba francés e inglés, Soufrière Hills, como muestra del pasado histórico de la zona.
Los geólogos británicos detectaron que estaba dormido, y tras estudiarlo concluyeron que había entrado en erupción en el año 1550. Inactivo desde entonces, el Soufrière Hills sorprendió a todos el 18 de julio de 1995.
Se había sentido actividad sísmica en los años treinta y sesenta del siglo XX, pero lo ocurrido en los noventa ya forma parte de la historia del Caribe. El volcán reclamó el dominio sobre la isla de Montserrat.
La mañana de aquel martes veraniego comenzó con una columna de humo que alertó a todos los isleños.
Rápidamente el Gobierno evacuó Plymouth, de 4.000 habitantes, y ubicó a toda la población en la mitad norte de la isla.
Lo que iba a ser una relocalización temporal acabó alargándose 60 semanas. El Soufrière Hills llevaba tiempo durmiendo y había despertado con ganas.
No dejó de escupir fuego entre 1995 y 1997.
El 25 de junio de 1997 una explosión especialmente fuerte provocó la muerte de 19 personas. Pese a la virulencia y duración del episodio volcánico, éstas serían las únicas víctimas mortales.
Un notable éxito por parte de las autoridades, teniendo en cuenta las reducidas dimensiones de la isla y la población total, más de 11.000 personas.
Las continuas erupciones generaron lluvias de piroclastos que acabaron por sepultar completamente Plymouth. Las estructuras de varios edificios resistirían los golpes de roca, pero sucumbirían ante los letales lahares que se deslizaron por las laderas del Hills.
Los lahares son un fenómeno asociado con las erupciones volcánicas. Son corrientes de barro (agua + sedimentos) formadas por el deshielo en las cumbres de los volcanes o por las lluvias que caen sobre las laderas cubiertas por los restos de la erupción.
Las rocas, piedras y troncos movilizados por la explosión volcánica se mezclan con el agua (del deshielo o de la lluvia) para formar un peligroso flujo de sedimentos que desciende a gran velocidad por la ladera, llevándose consigo todo a su paso.
Además de Plymouth, otros pueblos que fueron sepultados por los lahares del Soufrière Hills son Amersham o Weekes, hoy en día irreconocibles a vista de satélite. Afortunadamente toda la población había sido desalojada.
Al quedar Plymouth sepultada bajo piroclastos y barro, en 1998 el Gobierno decidió mover la capital de manera temporal a la ciudad de Brades, en el norte de la isla. Pese a la instalación de servicios públicos y la apertura de varias tiendas, la pequeña localidad apenas llegaría a reunir a 1.000 habitantes.
La idea del Gobierno era construir una nueva capital en Little Bay, un proyecto de 200 millones de dólares que no comenzaría realmente a llevarse a efecto hasta 2019, veinte años después, cuando se pusieron las primeras piedras del nuevo puerto.
Montserrat, tras la erupción de 1995
Muy pocos de los que habitaban Montserrat antes del episodio volcánico de 1995-1997 verán Little Bay completada: dos tercios de la población dejó la isla durante la eterna erupción y no ha regresado. Más de 7.000 personas se asentaron en el Reino Unido y en las islas caribeñas cercanas.
Si una de las lenguas de barro y rocas bajó desde el Soufrière Hills en dirección a Plymouth, otra avanzó hacia el norte y sepultó el único aeropuerto de la isla. El W. H. Bramble Airport, nombrado en honor del primer presidente del país, fue completamente destruido por el lahar, y dejó a Montserrat accesible únicamente por mar.
Rápidamente el Gobierno decretó una zona de exclusión que cerraba el paso a la mitad sur de la isla, una drástica medida que sigue en activo. En 2005 un nuevo aeropuerto se abrió en Brades.
Tras más de dos décadas de la explosión, Montserrat es actualmente el país menos visitado del mundo. Aun así, la desgracia ha dejado para el recuerdo una Pompeya moderna, una ciudad fantasma que se puede sobrevolar en helicóptero: Plymouth, la única capital de jure del mundo que es una ciudad fantasma.
El desastre fue mayúsculo, pero el peligro no ha desaparecido. Nuevas explosiones en 2006, 2007 y 2010 recordaron a los habitantes que quedaban en Montserrat quién era el dueño de la isla. Además, en verano de 2003 la cumbre del Soufrière Hills se derrumbó movilizando 210 millones de metros cúbicos de material hacia el mar, en un colapso que se alargó durante 18 horas.
Aunque desde los años 70 se habían realizado prospecciones para analizar el potencial geotérmico de Montserrat, no fue hasta 2013 cuando el Departamento de Desarrollo Internacional del Reino Unido se decidió a financiar la construcción de tres pozos de 3.000 metros de profundidad en busca del ansiado calor magmático. La energía geotérmica podría salvar de la ruina a la isla.
El mítico productor musical George Martin, afincado en la isla desde 1979, organizó el concierto benéfico Music for Montserrat para recaudar fondos y ayudar a los afectados.
A la llamada de Martin acudieron Elton John, Paul McCartney, Sting, Eric Clapton, Phil Collins, Mark Knopfler y muchos otros artistas.
El concierto tuvo lugar en el Royal Albert Hall el 15 de septiembre de 1997. Se recaudaron 1,5 millones de libras.
El retroceso de los glaciares se ha acelerado como consecuencia del cambio climático
Meer(R.A.Torres) — Años después del “decepcionante y colosal fracaso” de la Cumbre Río+20, entre el 2019 y el 2022, el presidente Jair Bolsonaro permitió que intencionalmente se deforestaran cerca de 34,000 kilómetros cuadrados de selva amazónica para favorecer la explotación comercial del terreno, dedicarlo a la ganadería y la agricultura intensiva y promover la minería, aplicando políticas de gobierno tendientes a la reducción de la protección ambiental que favorecían abiertamente la comercialización y la explotación agrícola y empresarial.
Todo esto fue en detrimento de las tribus indígenas que habitaban las zonas devastadas y, ni que decir, de la devastación de la vida silvestre y la contaminación ambiental provocada.
A la Cumbre Río+20 del 2012 le siguieron varias Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático o COP. La última y más importante fue la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2023.
¿Por qué? Porque esa COP (más conocida como COP28 de Dubái, Emiratos Árabes Unidos), por primera vez en la historia, concluyó con varios resultados significativos:
Principio del fin de la era de los combustibles fósiles: Se acordó la necesidad de abandonar los combustibles fósiles, sentando las bases para una transición justa y equitativa.
Objetivos de energía renovable y eficiencia energética: Se estableció la meta de triplicar la capacidad de energía renovable y duplicar las mejoras en eficiencia energética para 2030.
Fondo para pérdidas y daños: Se creó un fondo con aportaciones iniciales de 700 millones de dólares para apoyar a las comunidades vulnerables.
Compromisos de empresas del sector energético: Varias empresas del sector del gas y petróleo se comprometieron a reducir sus emisiones de CO2 y metano.
Participación récord: La cumbre contó con una participación sin precedentes de países y grupos de la sociedad civil.
Y también, por primera vez, se tomaron medidas importantes para abordar la deforestación:
Legislación más estricta: Se acordó fortalecer las leyes que regulan la tala de árboles y proteger los bosques.
Áreas protegidas: Se establecieron nuevas reservas forestales y parques nacionales para conservar ecosistemas críticos.
Monitoreo y control: Se implementaron sistemas avanzados de monitoreo para detectar y prevenir actividades ilegales de tala y explotación forestal.
Restauración de ecosistemas: Se lanzaron iniciativas para restaurar áreas degradadas mediante la reforestación y la rehabilitación de suelos.
Participación comunitaria: Se promovió la participación de comunidades locales en la gestión y conservación de los bosques.
Esas medidas no solo buscaban proteger los bosques existentes, sino también restaurar los ecosistemas degradados y asegurar un enfoque sostenible y equitativo sobre el tema por parte de los países miembros en las futuras cumbres.
Muy tristemente debo decir que eso no se cumplió. La COP 29 celebrada en Bakú, Azerbaiyán, concluyó con resultados insuficientes.
El principal acuerdo fue triplicar la financiación a los países en desarrollo, pasando de $100.000 millones anuales a $300.000 millones de dólares anuales para el año 2035, con el objetivo de proteger las vidas y medios de subsistencia de los habitantes de esos países.
¿Por qué digo insuficientes?
Porque, actualmente, el cambio climático le cuesta al mundo cerca de $16 millones/hora, según dio a conocer un informa del Foro Económico Mundial en el 2023, y se espera que ese costo vaya en aumento, año tras año.
Teniendo en cuenta que 1 año tiene 8760 horas, para el año 2035 el cambio climático le habrá costado al mundo más de $1.681.920 millones, más de 5,6 veces lo propuesto en la COP 29.
Otro informe señala que el costo global de los daños causados por el cambio climático rondará entre los $1.7 y $3.1 trillones al año para el 2050. Estos daños incluirían la infraestructura, la propiedad pública y privada, la agricultura y la salud humana.
Para el 2025, la COP 30 será en Belém de Pará, Brasil. Esperemos que, para esa ocasión, los países sí alcancen acuerdos suficientes. De lo contrario, estaremos sentenciando a la humanidad a nuestro propio antropoceno.
No obstante, a partir de la COP 30, la humanidad (es decir, los representantes de los gobiernos que la representan, valga la redundancia) debería centrarse en reducir al máximo la contribución al cambio climático por la acción humana, con las causas ya mencionas: gases de efecto de invernadero, contaminación industrial y de productos de consumo como plásticos, deforestación y sobrexplotación de los recursos naturales.
¿Por qué? Porque, al igual que crecerá el costo global de los daños causados por el cambio climático, también crecerán, año a año, los efectos del cambio climático sobre el planeta.
Los eventos como huracanes y ciclones tropicales serán cada vez más fuertes y frecuentes. También las inundaciones y sequías, y el aumento de la temperatura se hará más drástico.
De hecho, las proyecciones de modelos climáticos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) concluyó que, durante el Siglo XXI, la temperatura superficial global subirá entre 0,3 °C y 1,7 °C para su escenario de emisiones más bajo, a entre 2.6 °C y 4.8 °C para el mayor escenario.
Conclusiones que, desde que dio el Quinto Informe de Evaluación (AR5) en el año 2013 (informe en el que se basó la primera proyección de escenarios) no han sido disputadas por ninguna organización científica de prestigio nacional o internacional. Por el contrario, han sido respaldadas por las academias nacionales de ciencia de los principales países industrializados, usando modelos de mitigación.
¿Qué nos traerá todo eso a futuro? Los efectos anticipados del cambio climático a futuro proyectan aumento en las temperaturas globales, la subida del nivel del mar, un cambio drástico en los patrones de las precipitaciones y una expansión de los desiertos subtropicales.
Se espera, además, que el calentamiento sea mayor en la tierra, principalmente en las superficies cubiertas por concreto y en las ciudades. Y, en relación a los océanos, que el más acentuado se de en el Ártico, con un continuo retroceso de los glaciares, el permafrost y la banquisa.
Ya lo estamos viendo: fenómenos meteorológicos extremos más frecuentes, olas de calor y frio, sequías, lluvias torrenciales, fuertes nevadas, acidificación del océano, extinción de especies animales y vegetales.
Para nosotros los humanos, se espera una clara y fuerte amenaza a la seguridad alimentaria global por la disminución del rendimiento de las cosechas, la pérdida de los hábitats naturales y la migración masiva.
Psicología y Mente(N.Pérez) — Los tiempos cambian y también la forma de criar a los niños. Prácticas como la lactancia a demanda, el colecho, la alimentación sin azúcares, la crianza sin castigos y la validación emocional han reemplazado el modelo tradicional por uno más centrado en el apego seguro y la autonomía infantil. Para muchos abuelos, estos cambios resultan desconcertantes y generan fricciones con sus hijos, ahora convertidos en padres.
Pilar, abuela de un niño pequeño, lo ha vivido así: “A veces tenemos que decirles: ‘Te acuerdas que yo te he criado?’”, explica con una mezcla de asombro y resignación. Crió a su hija en otra época, cuando volver al trabajo a los tres meses y alimentar con biberón era la norma. “Le di biberón porque lo de dar el pecho ni en mis mejores sueños”, recuerda.
Hoy, le sorprende la importancia que tiene la lactancia materna en la crianza de su hija. “Es genial que las madres puedan elegir, pero ahora parece que todo gira en torno a eso”. Lo que más le pesa, explica, es la sensación de ser «cuestionada». “A veces nos sentimos demonizados”, admite. Pilar nunca imaginó dar indicaciones a su madre o suegra sobre cómo criar a su hija, pero ahora percible que ella, como abuela, recibe instrucciones detalladas sobre qué hacer y qué evitar.
Para María Rosa Resola, psicóloga infanto-juvenil y directora del Centro Imago en Villalba, Madrid, el problema no es solo la diferencia de enfoques: «Ha habido un cambio de paradigma en pocos años. En cuestión de tres décadas, se ha avanzado mucho en investigación en salud y el modelo de crianza ha cambiado», explica a Psicología y Mente.
Esto, argumenta Resola, hace que muchos abuelos, que en su momento recibieron una crianza en la que sí se invalidaron sus emociones infantiles, ahora tengan dificultades para entender cómo validar y acompañar emocionalmente a sus nietos. A la vez, esto hace que se sientan juzgados por sus propios hijos.
La nueva generación de padres tampoco sienten tenerlo fácil. El sistema actual, las jornadas maratonianas y la precariedad laboral y de conciliación han convertido a los abuelos en una red indispensable para la crianza. En España, un 35% de los mayores de 65 años cuidan de sus nietos varios días por semana, según Aldeas Infantiles SOS (2023). Este porcentaje es superior al de países como Francia (13%) o Alemania (15%), pero menor que el de México (61%) o Ecuador (86%).
Laura, madre de dos niños, ha tenido que encontrar un equilibrio entre su crianza y la participación de los abuelos. “Intentamos que los niños vayan con sus abuelos para estrechar vínculos y que no sea solo para sacarnos trabajo a nosotros”, explica. La maternidad cambió su relación con su propia madre.
“Cuando te conviertes en madre, revisas mucho tu relación con ella, porque ya no eres solo su hija, eres la madre de su nieta” y cuenta como ha tenido que ir moldeando la comunicación con sus propios padres para que no se sintieran «fiscalizados». Una tarea que, segun apunta, no ha estado exenta de conflictos: “Antes, si un niño se enfermaba, enseguida le daban antibióticos.
Ahora seguimos otras recomendaciones médicas, y eso les cuesta entenderlo”. También le ha resultado difícil explicarles por qué sus hijos no consumen azúcar ni sal en los primeros 3 años de vida. “Al principio les costó mucho aceptar que no les podrían dar un helado, pero con el tiempo han entendido que es un regalo en forma de salud”.
Para muchos abuelos, estas restricciones pueden ser difíciles de asimilar. Alberto, de 67 años y abuelo de dos, lo expresa con frustración. “Hablo con amigos de mi edad y todos se sienten igual: desplazados”, dice. Y añade: “Cuando se trata de comida, te hacen sentir como si fueras un asesino en serie”, comenta con ironía. Si bien reconoce que los nuevos padres están bien informados, cree que a veces son “demasiado radicales”.
“Los padres de hoy están demasiado influenciados por los ‘gurús’ de la crianza y la alimentación», se queja. Aunque entiende la importancia de una alimentación saludable, no comparte las restricciones extremas. “No le voy a dar caramelos todos los días; pero soy su abuelo, y el domingo debería poder comprarle un helado o un capricho”, rebate.
Sobre los límites y las licencias que los abuelos pueden tener con los nietos, Resola señala: «Un abuelo que un domingo da un helado no es un problema. Los niños entienden la flexibilidad. Pero si los abuelos pasan demasiado tiempo con ellos, como está pasando, no pueden estar constantemente dándoles caprichos, porque deja de ser una excepción y se convierte en norma», apunta la psicóloga.
– Del “no” al azúcar al “no” a los regalos
En el caso de Laura, el choque con sus propios padres también se ha dado con el tema de los regalos y el consumismo.
“Nos cuesta hacerles entender que, en lugar de comprar un juguete nuevo, los niños pueden heredar uno usado”.
Para los abuelos, que crecieron con carencias materiales, esta idea es difícil de aceptar.
En esa línea se expresa Pilar, su hija también le puso restricciones en el número de regalos en Navidad: “Al final, lo acabas entendiendo, pero te apenas”, explica resignada.
Otro tema que genera debate es la educación emocional. “Tienen muy interiorizado el ‘No llores por esta tontería’, mientras que nosotros procuramos evitar esas frases”, explica Laura. Para evitar conflictos, en su familia han optado por que cada uno hable con sus propios padres y que no haya cruces tensionales.
“En los temas de salud, aunque sea a regañadientes, nos hacen caso. Pero la ‘sorpresita’ de los abuelos para sus nietos es una batalla perdida”, dice con resignación esta madre.
A pesar de las tensiones, Pilar y Alberto no se resignan a perder su identidad como abuelos a la vez que interiorizan los cambios. Pilar admite que lee mucho sobre crianza para entender a su hija pero confiesa: “Cada vez voy ejerciendo de abuela como yo quiero”. Alberto, tambien admite saltarse algunas de las normas de crianza que le imponen sus hijos: “Me las salto porque quiero ejercer de abuelo”.
– Cómo hablar con nuestros padres sobre crianza y sin conflictos
Para evitar que estas diferencias generacionales se conviertan en conflictos, María Rosa Resola recomienda algunas estrategias:
Validar su experiencia: «Sé que hiciste lo mejor que pudiste con lo que sabías en ese momento, y te lo agradezco».
Explicar que la ciencia avanza: No es cuestión de modas, sino de nuevos conocimientos sobre el desarrollo infantil.
Hablar desde el ‘yo’ en lugar del ‘tú’: En vez de «Vosotros lo hicisteis mal», decir: «Nosotros hemos decidido hacerlo de esta forma porque nos hace sentir más tranquilos».
Involucrarlos: Ponerlos en situaciones donde puedan colaborar sin sentirse excluidos.
Compartir información sin imponer: Libros, artículos o videos pueden ayudar a generar un cambio de perspectiva. “Desde la empatía y la claridad, es posible explicar por qué criamos diferente, sin culpar ni herir. Al final, todos —padres y abuelos— queremos lo mismo: el bienestar de los niños”, concluye Resola.
Para que una idea sea aceptada debe pasar por tres fases:
En primer lugar, será ridiculizada; después, sufrirá una oposición violenta; y, por último, será aceptada como evidente.
(Arthur Schopenhauer, 1788 -1860)
JotDown(B.Ortín) — La primera referencia de la palabra vanguardia nos remite a su etimología Avant garde: los que van delante protegiendo al resto.
Lo vanguardista comporta un riesgo, ya que puede poner en peligro lo ya conseguido. Y eso conecta con un temor atávico que se refiere a la posibilidad de expulsión de la propia tribu. Esto nos pasa cuando lanzamos alguna idea nueva a nuestros grupos de referencia y tememos que no sea aceptada y, en consecuencia, que podamos sufrir desaprobación. También pasa cuando las publicamos, como es el caso de la inquietud incipiente que siento al escribir este artículo
La vanguardia quiere dar respuesta a una necesidad colectiva detectada, aunque su aceptación no sea inmediata.
En el caso de las disciplinas que estudian el comportamiento humano, uno de los primeros y vanguardistas relatos de construcción de la personalidad estuvo a cargo del psicoanálisis freudiano. Teoría que aspiraba a ordenar el discurso de la propia historia biográfica y con ello a mitigar el sufrimiento existencial del paciente.
Hasta entonces el pensamiento colectivo estaba más orientado a que la persona se adaptara mecánicamente a la sociedad en la que le había tocado vivir sin tener en cuenta sus peculiaridades subjetivas. El psicoanálisis enfatiza una teoría de la personalidad que devuelve al ser humano el poder y autogobierno sobre su propia vida.
Más adelante, a algunos pensadores les pareció que era una disciplina demasiado racional y muy volcada al pasado. En este tiempo emerge la escuela Gestalt, entre otras, que hace valer la importancia de lo que sentimos emocionalmente en el momento presente.
También surge la Terapia Breve y Estratégica con el fin de acortar tiempos de duración del proceso terapéutico y orientar la atención al tiempo presente en lugar del pasado. Este enfoque enfatiza que la clave del cambio personal no está tan vinculada a generar un nuevo discurso sobre la propia vida sino a orientarse a la acción en el aquí y ahora, comportándose de un modo diferente al que se tenía por costumbre.
Imaginemos la historia de alguien que se está ahogando en el río y pide ayuda a una persona que está en la orilla. En ese momento, este le responde:
—Disculpe, antes de socorrerlo y para hacerlo correctamente, voy a visitar el nacimiento del río para poder comprender las causas que le han llevado a usted a esta situación.
Es fácil imaginar que la persona del río incremente su inquietud por lo que le va a tocar esperar hasta que su rescate se realice. El tipo piensa que quizá hubiera sido más eficiente que le ayudara a salir del río como fuera y con más serenidad investigar el proceso que le llevó a esta situación.
Este sería el relato que quizá le contaría la Terapia Breve al psicoanálisis.
El enfoque cognitivo conductual también está vinculado con la prescripción de acciones y comportamientos adecuados para el paciente.
Otras escuelas como la arteterapia o la neurolingüística echaron de menos la mente sensorial. Defendieron que además del pensamiento racional, es relevante nuestro sistema perceptivo. Ya que todo lo que pensamos se inició con un proceso de percepción de imágenes, sonidos y sensaciones. Y esta es la base del pensamiento. Si logramos cambiar esa percepción, podremos alterar nuestro pensamiento y emoción sobre lo que nos preocupa.
El enfoque sistémico también nos llamó la atención sobre la importancia del contexto familiar y social en el que se produce el síntoma para poder interpretarlo correctamente.
Recuerdo la historia del joven que estaba interno en un centro de reforma judicial en alguna ciudad de Rusia. Este joven tenía la costumbre de embadurnarse a diario con sus propias heces. Este comportamiento está identificado como síntoma grave de desorden mental.
En una ocasión, un adulto que estaba a cargo de los internos y que estaba observando a este joven, se preguntó a sí mismo en voz alta: —¿Por qué hará esto este muchacho? Otro interno que pasaba por ahí y lo escuchó, le respondió: —¿Qué haría usted para no ser violentado sexualmente en un lugar como este? Y era cierto, a este joven nadie se le acercaba jamás. De modo que lo que parecía un síntoma de desorden mental funcionaba como sistema de defensa en un contexto altamente amenazante.
Volviendo a la evolución de las disciplinas del comportamiento.
Más adelante, se volvió a echar de menos la influencia de nuestro pasado en el presente y cobró nuevo vigor, el trabajo con el árbol genealógico.
La psicogenealogía nos dio excelentes claves para relacionar lo que nos preocupa ahora con las vivencias de nuestros ancestros.
Algunos psicoanalistas del este de Europa como María Torok, Eiguer y Boszormeny Nagy, entre otros, comprobaron el daño de la Segunda Guerra Mundial, cinco o seis generaciones posteriores, cuando todo había ya pasado hace tiempo.
El pasado es hermoso porque nunca comprendemos una emoción en el momento. Se expande más tarde, y por eso no tenemos emociones completas sobre el presente, tan solo sobre el pasado.
(Virginia Woolf)
Tampoco deseo repasar y nombrar todas las disciplinas que estudian el comportamiento humano. Existen muchas escuelas significativas en este sentido. Solo pretendía mostrar el mecanismo por el que se genera el cambio de enfoque en distintas épocas históricas y cómo pueden llegar a convertirse en propuestas innovadoras.
Y entonces, podemos entender la vanguardia como la mejora permanente de la comprensión de la realidad. Pero ¿cuándo ocurre? ¿Cómo sentimos que hay que renovar lo que nos es conocido?
En líneas generales, cuando los humanos detectan una necesidad que no está cubierta con la actual línea de pensamiento, se disponen a generar alguna solución para ello. Sin embargo, no me parece fácil detectar una nueva necesidad a estas alturas. Más bien me inclino a pensar que la mentalidad colectiva detecta algo esencial que el tiempo presente ha olvidado. Y en esas épocas de transición entre lo clásico y lo novedoso se produce una crisis que genera inseguridad individual y colectiva.
El viejo mundo muere
El nuevo tarda en aparecer
Y en ese claroscuro
surgen los monstruos.
(Antonio Gramsci)
Entonces, ¿la vanguardia mira hacia adelante o hacia atrás en el tiempo? ¿Se orienta al futuro o revisa que no se pierda la completitud alcanzada en el pasado? ¿Busca lo novedoso o desea recuperar lo clásico?
¿El tiempo es lineal o circular? El mito del eterno retorno
(Mircea Eliade)
Cada época tiene una vanguardia que conecta con cosas antiguas con el objetivo de dar completitud a la vida, como si vigilara que no se pierda lo esencial.
Por ejemplo, el arte abstracto nació a partir del exceso de realismo figurativo. Por otra parte, los impresionistas se inspiraron en Goya y los artistas tradicionales japoneses. Y Picasso, con el cubismo, se inspiró en el antiguo arte africano para iniciar una de las vanguardias más relevantes del siglo XX.
El realismo y, por otro lado, la expresividad pictórica altamente simbólica en pintura, dio nacimiento a la práctica del collage, que buscaba incorporar un fragmento de la realidad vital a la obra artística. Como si dijera: no nos olvidemos de lo que ocurre en la realidad.
De otro modo, pero en una línea parecida, el discurso punk quiso recuperar la parte sombría de nuestra civilización ante la luminosidad amorosa y globalizadora de la cultura hippy.
A veces pienso que es posible que la época que vivimos en la arquitectura con ese predominio actual de lo blanco y lo liso está preparando una nueva etapa de formas y colores hiperexpresivos y voluptuosos.
En otro sentido, podríamos definir lo clásico como un espacio intermedio que conecta el presente con lo que sirvió a la humanidad en el pasado. Quiero decir: desde siempre.
Plantear ideas innovadoras o recuperar dimensiones de la realidad que con la evolución histórica han quedado olvidadas. Esta es la paradoja que debemos afrontar.
Una idea bastante vanguardista es la que aborda la educación de niños pequeños basada en el concepto del continuum de Jean Liedloff.
La autora cuenta en su obra que asistía a contradictorias propuestas educativas relacionadas con temas como que:
—Hay que dar lactancia materna hasta que el bebé quiera.
O por el contrario:
—No. Hay que destetar al niño tras varios meses de lactancia.
—Hay que acostumbrar al niño a que duerma solo a partir de tal o cual edad.
—No, no. El niño debe dormir en la cama de los padres hasta que él mismo decida independizarse.
—Es mejor educar al niño en la escuela.
—No. Lo mejor es la educación sin escuela.
Saturada de escuchar propuestas tan contradictorias para abordar la educación de la infancia, decidió investigar cuál era la mejor para los niños, y se planteó el ambicioso proyecto de contrastar la educación de niños pequeños en todas las culturas de la Tierra.
La autora concluye que la mejor educación es la que responde a las necesidades más básicas del ser humano y que se refieren a los siguientes aspectos:
Comer.
Defendernos.
Huir.
Agruparnos.
Reproducirnos.
Cuidar a la prole.
Además de la supervivencia, también estamos dispuestos a:
Reír
Mantener interés por la naturaleza.
Pertenecer a grupos de referencia.
Este es un excelente ejemplo de cómo la vanguardia recupera el pasado y conecta con lo más importante y esencial para defender la vida. El concepto del continuum: propuesta avanzada y orientada a recuperar la atención a las necesidades esenciales humanas.
Necesitamos la capacidad de re imaginar lo que ya conocemos
(Mary Shelley)
En el campo de la salud tenemos ejemplos similares. La medicina integrativa de tipo naturista o la psiconeuroinmunología se basan en recuperar los mecanismos naturales que el ser humano tiene desde siempre para defender su salud.
Disponemos de un mecanismo natural que nos sirve para elegir lo mejor para defender la vida y que se conoce como circuito de recompensa.
Este mecanismo nos indica de modo natural qué acciones son mejores o peores para defender la vida.
En esto se basa la sensación de satisfacción que nos envía nuestro sistema perceptivo cuando ejecutamos acciones que favorecen la propia existencia e incluso la del género humano.
En el campo de la pedagogía, los sistemas educativos más vanguardistas defienden la recuperación de pedagogías de la vieja escuela.
Como la propuesta peripatética que practicaba la enseñanza de la botánica, por ejemplo, caminando por la naturaleza contrariamente al concepto de guarderías, cuyo nombre ya describe las instituciones que guardaban a los niños mientras las madres y los padres realizaban interminables jornadas laborales.
Hay que recordar que muchas de esas guarderías se ubicaban en la puerta de la fábrica en los inicios de la industrialización.
No hay nada más clásico que la educación actual de vanguardia. La cual defiende una educación sin libros de texto, explorando la sociedad saliendo en lo posible fuera del espacio de las aulas y favoreciendo el proceso de investigación de cada alumno. Palabra que, por cierto, viene etimológicamente de la expresión: sin luces.
En el campo de lo afectivo relacional, la propuesta poliamorosa está conectada con la crianza colectiva de los niños pequeños. En este punto conviene recordar que la Patria Potestas se regula por primera vez en el Código Romano, en el año 753 a. C. Antiguamente, la crianza de los niños se abordaba en el seno comunitario de la tribu.
En este contexto, estaba claro quién era la madre. Y quizá los padres se hartaron de no saber quiénes eran sus hijos e implantaron esa ley. Por cierto, cuando los conquistadores españoles fueron a América, se encontraron un panorama muy parecido en cuanto a la crianza comunitaria de los niños e impusieron este Código Romano también en las culturas indígenas.
En consecuencia, podemos decir que la vanguardia se moviliza para atender las necesidades básicas del ser humano. Esas son las que insisten y se abren espacio en la vida porque su satisfacción es lo que ha llevado a la humanidad hasta aquí.
Una vida es un periodo demasiado corto para saber cómo hay que vivir una vida
Se encontraron fragmentos del cerebro de cristal de hasta 2 cm.
BBC News Mundo(G.Rannard) — Casi 2.000 años después de que un joven muriera en la erupción del volcán Vesubio, los científicos han descubierto que su cerebro se conservó cuando se convirtió en vidrio en una nube de ceniza extremadamente caliente.
Los investigadores encontraron el vidrio en 2020 y especularon que era un cerebro fosilizado, pero no sabían cómo se había formado.
Los trozos de vidrio negro del tamaño de una arveja se encontraron dentro del cráneo de la víctima, de unos 20 años, que murió cuando el volcán entró en erupción en el año 79 d. C. cerca de la actual Nápoles.
Los científicos ahora creen que una nube de ceniza de hasta 510 °C envolvió el cerebro y luego se enfrió muy rápidamente, transformando el órgano en vidrio.
– Tejido cristalizado
Herculano, cerca de Nápoles, fue preservado casi en su totalidad por las cenizas y otros materiales de la erupción volcánica.
Se trata del único caso conocido de tejido humano -o cualquier material orgánico- que se haya convertido en vidrio de forma natural.
«Creemos que las condiciones muy específicas que hemos reconstruido para la vitrificación [el proceso de transformación de algo en vidrio] del cerebro hacen que sea muy difícil que haya otros restos similares, aunque no es imposible», dijo a BBC News el profesor Guido Giordano, de la Università Roma Tre.
«Se trata de un hallazgo único», afirmó.
El cerebro pertenecía a un hombre muerto en su cama dentro de un edificio llamado Collegium, en la calle principal de la ciudad romana de Herculano.
Los fragmentos de vidrio encontrados por los científicos varían de tamaño entre 1 y 2 centímetros a unos pocos milímetros.
– Una nube de humo y ceniza
El joven murió en su cama, en la foto se indican el pecho y el cráneo.
La erupción masiva del Vesubio envolvió Herculano y la cercana Pompeya, donde vivían hasta 20.000 personas. Se han encontrado los restos de unas 1.500 personas.
Los científicos ahora creen que la nube de ceniza caliente descendió primero del Vesubio, probablemente causando la mayoría de las muertes.
Una corriente de gas caliente y materia volcánica, también llamada flujo piroclástico, siguió y sepultó la zona.
Los expertos creen que la nube de ceniza convirtió el cerebro del hombre en vidrio porque el flujo piroclástico no habría alcanzado temperaturas lo suficientemente altas ni se habría enfriado lo suficientemente rápido.
El proceso de formación del vidrio requiere condiciones de temperatura muy específicas y rara vez ocurre de forma natural.
Para que una sustancia se convierta en vidrio, debe haber una enorme diferencia de temperatura entre la sustancia y su entorno.
Su forma líquida debe enfriarse lo suficientemente rápido para no cristalizarse cuando se vuelve sólida, y debe estar a una temperatura mucho más alta que su entorno.
El equipo utilizó imágenes con rayos X y microscopio electrónico para concluir que el cerebro debe haber sido calentado al menos a 510 °C antes de enfriarse rápidamente.
No se cree que otras partes del cuerpo del hombre se hayan convertido en vidrio.
Solo el material que contiene algo de líquido puede convertirse en vidrio, lo que significa que los huesos no podrían haberse vitrificado.
Otros tejidos blandos, como los órganos, probablemente fueron destruidos por el calor antes de que pudieran enfriarse lo suficiente como para convertirse en vidrio.
Los científicos creen que el cráneo proporcionó cierta protección al cerebro.
La investigación se publica en la revista científica -una publicación donde los investigadores informan de su trabajo a otros expertos- Scientific Reports.
Meer(C.Acuña) — Un relato de este apellido original, personal, que viajó y terminó en paisajes variopintos. Una historia de algunas personas y personajes que lo llevan, de por qué parece que vivo en más de un lugar al mismo tiempo y me lo hacen saber con cartas, e- mails y facturas que llegan a mi buzón.
– Acu, Acuñense, Acuñalogía ¿De dónde venimos?
Me paseo por las secciones de un supermercado francés en Madrid que vende productos del mundo a buenos precios y que visito frecuentemente. Entre latas de cochinita pibil, dulce de leche argentino y salsa korma de la India, me encuentro con un bote de mermelada de cereza, con un diseño y etiquetado artesanal muy cuidado que enseguida atrae mi atención.
Lo tomo y descubro que la mermelada está elaborada con cerezas de Serra da Estrela, en Portugal, en la zona central del país. Cunha Alta, en la región de Viseu, es un freguesía de esta zona y todo apunta a que de ese lugar salió el primer Acuña a recorrer los caminos del mundo.
Para resumir la genealogía debemos tomar en cuenta los dos posibles puntos de orígenes: el primer miembro documentado de este linaje es Gutierre Peláez, quien recibe tierras entre el Duero y el Miño. Su hijo, Paio Gutierre, recibe más tierras de su padre porque apoya la consolidación del reinado portugués.
Uno de sus hijos, de los tres matrimonios que tuvo, Fernâo Pais, participa en la Toma de Lisboa, una de las tantas batallas de la Reconquista. A cambio, recibe la concesión del señorío de Cunha-Alta, en Viseu, a tres kilómetros de Serra da Estrela, de donde tomaron su apellido, pues desde el siglo XII se usaban ya los apellidos toponímicos.
Entre los siglos XV y XVI, se conoce por la historia de Portugal, país que más ha estudiado el origen del apellido, que varios Acuña partieron hacia el gran suceso que originó el descubrimiento o la colonización de América. Manuel José da Costa Felgueiras Gayo es autor del libro Nobiliário de Famílias de Portugal, compuesta por 33 volúmenes, por mencionar un ejemplo.
Del lado español de la Península Ibérica, el origen lo reclaman tanto la región de Tuy/Tui en Galicia y también de Teverga, en Asturias/Asturies.
Los tratadistas que se han encargado de estudiar el apellido y la investigadora medieval Margarita Torre, coinciden en que el linaje viene de la Casa Real de León, del mismo Gutierre Peláez, que vino desde Tuy/Tui, cruzando Castilla y Portugal a lo largo del tiempo y desde ahí embarcándose a América.
Cuentan que Pedro Toribio Vásquez de Acuña, es el primer Acuña en llegar a Lima, al entonces ya Virreinato del Perú y desde ahí sus descendientes suben hacia el norte, bajan hacia el sur.
Tristan de Acuña, Verde, escarpada y lejana. Así puede definirse la isla.
Entonces recuerdo que a finales del siglo XX, poniéndome histórica e histérica por igual, a una parte de mi familia Acuña, unos 200, casi todos descendientes de algún Acuña fundador en Ecuador y de otro Acuña fundador en un pueblo llamado Ayabaca, en la zona noroccidental de los Andes en Perú, se les ocurrió realizar un reencuentro de Acuñas y me ofrecí a indagar sobre nuestros orígenes y, sobretodo, a saciar la curiosidad de los mayores de dar con nuestro escudo, bandera, estandarte o el símbolo que diera cuenta de nuestra “importancia”. Di con ella: impresión de camisetas y banderines por doquier.
Los García, Pérez y González nos sobrepasan en cantidad, de lejos, no hay quién lo ponga en duda. Pero para entonces yo ya sabía que los Acuña veníamos de una casa de linaje portuguesa (también creo que fuimos pastores pero no es tan chic contarlo así), que el apellido se castellaniza y que Cunha Alta había tenido alguna relevancia durante su época romana por su situación geográfica central y los caminos que la enlazaban con el resto de Lusitania.
En el pasillo de los productos lácteos dos sorpresas más: mantequilla de Serra de Estrela y Queijo da Serra, queso de la Sierra, con Denominación de Origen Protegido, uno de los quesos más producidos y consumidos de Portugal. En el pasillo de los chocolates, otra más: chocolate puro de Serra de Estrela en una caja metálica con la imagen de una mujer estilo años 60 con traje de ski.
Según algunos libros consultados que hablan de las genealogías y castas europeas para la formación de alianzas, el Acunha y D’Acunha en portugués devino en Acuña y de Acuña, en su forma castellana, y Gascuña, según otros, oriundo de la región francesa de Gasconne, casi sin registros que lo avalen. Así, estas son las variantes asociadas más conocidas.
Como les pasará a muchos, o quizá sólo a las que somos análogas, con el diccionario y con la RAE una tiende a tener una relación contradictoria. A mí me pasa a menudo y, así, rescato del verbo acuñar el significado que me parece más acertado con nosotros y nostras: “Dar forma a expresiones o conceptos, especialmente cuando logran difusión o permanencia.”
Permanecer. Vaya si hemos permanecido tanto Acuña regado por el mundo. En la actualidad, es en Latinoamérica donde más presencia tenemos y la descendencia viene más de la rama gallega o asturiana o castellano-leonés que antes les contaba. Yo provengo de la rama portuguesa que nombraban algunos de mis tíos, refiriéndose a Serra de Estrela, incluso algún Acunha de Castelo Branco, también muy cerca de la zona original.
Mi querida Argentina es el país con mayor cantidad de personas que llevan este apellido. He intentado buscar en su censo más reciente la cantidad exacta, sin éxito. Pero el futbolista argentino Marcos Acuña, parte de la selección argentina que ganó la Copa del Mundo 2022 en Qatar, me hizo “agrandarme” entre mis amigos argentinos y hasta llorar.
Amiga argentina durante el partido, cada una conectada en su lado del Atlántico. Ella: “¿Podría ser primo tuyo?” Yo, descarada: Si, es primo lejano por parte de padre” Amiga de nuevo: “¿Posta? (“¿de verdad?”). Después aclararada la broma entre risas.
Mi vecino desconocido, Chile, es pródigo y fecundo de Acuñas.
Aquí saben que el primer Acuña en Chile data de 1863.
El origen de todos ellos es español, según las páginas web que encontré de algunas familias ahí.
Se reúnen, faltaría más, y a lo mejor hasta hacen asados.
Me dieron ganas de enviarles un email, decirles que soy una oveja Acuña extraviada y que necesito un asado para curarme la nostalgia de vivir a 10 mil km del continente.
Es curiosa la relación con mi vecino y sus Acuña.
Cuando aún vivía en Lima, descubrí las empanadas de pino y el pebre, en el único lugar donde las hacían en Lima, La Casa de las Empanadas – cerró hace unos años, en mi barrio Jesús María- y una señora chilena en el local me preguntó si lo era, a lo que respondí que no, hipnotizada por ese delicioso relleno que no me dejaba hablar.
Luego me preguntó por mi nombre a lo que respondí segurísima “Claudia Acuña”. Se me quedó mirando con suspicacia y me preguntó sí sabía que en Chile había una cantante con mi nombre.
Le dije que nanay* – del quechua, es una negación más amorosa- y me fui a casa a buscarla en Internet. La Claudia Acuña chilena es una fantástica cantante de jazz que os recomiendo escuchar si no la conocen.
También hay otra Claudia Acuña chilena, de la que me llegan facturas que van directo a la papelera de mi correo electrónico. No obstante, recibo sus multas de tráfico o la activación del Via T de su coche por la autopista Vespucio de Santiago. Firme defensora de la GDPR no mencionaré sus recorridos. Pero la curiosidad mató al gato.
Por eso, a ella mi agradecimiento por hacerme circular por esa autopista y otras calles de Santiago sin nunca haber estado ahí, al mismo tiempo que trabajo en Madrid.
Pienso: si voy a Chile algún día, ¿sería confundida con ella o con otra Claudia Acuña?¿me preguntarían si tengo claro los límites de velocidad?. Tendría que mostrar este artículo y sus infracciones (lo siento tocaya), explicarle al oficial de inmigración que somos muchos Acuña y que las empanadas no pueden esperar. Y me dejaría entrar al país, casi segura.
De la verde Colombia, que ocupa el tercer lugar por el número de Acuñas, sólo tengo un “primo” Carlos, al que le pido, si acaso leyera este artículo, que escriba bien su correo y que sus estados de cuenta los tenga al día. También a la papelera. Encontré Acuñas en Tolima, Cundinamarca, Santa Marta, Pasto, en prácticamente cada uno de los departamentos colombianos.
Tampoco pude acceder a ninguna base de datos oficial con el número exacto. Compartimos en Latinoamérica, el gusto por las reuniones.
De Perú, el país de los amores y dolores por igual, tenemos más claro, por parte de mi familia, comparando los relatos de los más viejos, el origen portugués. Un día se me ocurrió indagar sobre si algún tío bisabuelo podría tener documentos que acrediten ese origen. Todos categóricos, yo ya vivía en Europa, me contestaron: tienes que ir a Serra da Estrela, a ti que te queda cerca y hablar en la municipalidad o en la iglesia.
Me tiento. Dudo, reculo y calculo: vivo a 4h de Cunha Alta si voy en coche, a 10h si tomo el autobús y el tren, a un día completo si me da por ir en bicicleta. Planeo un viaje a Cunha Alta este próximo invierno europeo.
En Perú, los Acuñas se asentaron mayormente en la zona norte del país. Me he cruzado con Acuñas de Cajamarca, que tiene sentido por el devenir de la historia de la Conquista Española, ya saben, la historia de Atahualpa y el cuarto lleno de oro, pero que nada sabían de los Acuñas del norte, más cerca de Ecuador, razón por la que, hasta hace unos años, nos reunimos las familias a los dos lados de la frontera.
Dos historias definen la relación con mi apellido. La primera: un político Acuña, de dudosa reputación, se presentó a las elecciones de 2016, lo que provocó tener que aclarar durante un tiempo, entre mis conocidos, que yo nada tenía que ver con él. Este candidato me hizo rabiar durante aquella campaña. Fiel a mi misma, no iba a dejar las cosas así, sin aclarar.
Como en cada elección presidencial, las campañas de los candidatos inundan los barrios de los expatriados-inmigrantes-desarraigados, léase todo junto, que vivimos en distintos barrios de Madrid. Un día volviendo del trabajo, me encuentro empapelada la estación cerca de mi casa con la cara de este señor. Pues bien, me dediqué a despegar los afiches y ya de paso le hacía un favor ciudadano a algún compatriota desinformado que pasara por ahí.
La segunda anécdota es todo lo contrario. Me da orgullo porque compartimos apellido y porque es una mujer que vale oro, ese mismo oro que las codiciosas mineras quisieron extraer cerca de su tierra, tratando de tergiversar los registros de propiedad, destruyendo su casa, hostigando a su familia, con complicidad de la policía y el gobierno.
Rosario de Acuña Villanueva de la Iglesia. Grabado publicado en La Ilustración de la Mujer, 8-6-1884.
La historia de Máxima Acuña que se enfrentó a dos mineras estadounidense y peruana en Cajamarca se hizo eco en varios medios nacionales e internacionales por el ataque indiscriminado hacia ella y los agricultores que apoyaron su lucha. Amnistía Internacional intervino pidiendo protección para ella, la CIDH no dio respuesta ni la defendió. Con el apoyo de sus abogados, Máxima demostró que las tierras eran suyas. En 2016, recibió el premio Goldman por su defensa del medio ambiente.
En Paraguay, Costa Rica, Venezuela, Nicaragua también un nutrido grupo de Acuñas viven ahí. Encontré una web que menciona un número aproximado en cada país. No puedo precisar el año en el que se hace ese conteo. En México, lindo y querido, encontré una ciudad, Ciudad Acuña, ¿mi ciudad?, nombrada así por el escritor méxicano Manuel Acuña. Es una ciudad fronteriza del Estado de Coahuila en el estado de Texas.
Ningún rincón del mundo se nos escapa. Descubro que la isla de Tristán de Acuña, llamada así por el navegante portugués, es la isla más remota del planeta, territorio británico de ultramar (¿de quién sino sería? Es una ironía, de las mías, pero al fin verdad, continúo), en el Atlántico, sin aeropuerto y a 3360 km de Suramérica. Para llegar, según el artículo de la BBC en español, se toma un vuelo a Ciudad del Cabo, Sudáfrica y buscas a algún pirado con velero que quiera llevarte navegando por 18 horas, casi rezando por tu vida en medio de las aguas bravas. Con suerte, empapada pero viva, llegas a su capital Edimburgo de los Siete Mares.
En España, donde vivo, sólo sé de un pueblo, Acuña de Pontevedra, también en Galicia, que desconocía. Una amiga gallega me la mencionó y yo, descreída, tuve que confirmarlo en Google Maps. ¿Encuentros de Acuña en este lado del mundo? Ninguno. Aquí la Acuña más cercana con la que me encontré fue una chica de Zamora que trabajaba de cajera en un Carrefour y que se sorprendió cuando le dije que yo tenía el mismo apellido. “Somos pocos, eres la primera que conozco” -me dijo-.
Y así, investigando estos cruces históricos leo sobre Pedro de Acuña, que fue gobernador de Filipinas, caballero de la Orden de San Juan, en el siglo XVI. Tengo amigas filipinas a las que tendré que preguntar con sutileza. Yo les preguntaré en inglés, ellas debatirán en tagalo sobre qué decirme y las heridas históricas seguirán abiertas y vigentes en español, en portugués, en inglés.
– La redención Acuña o el karma nos lo cobrará
Preparando este artículo en la biblioteca de mi barrio encuentro el libro “¿Heredar la historia familiar?: lo que la ciencia nos revela sobre la psicogenealogía” de Bárbara Couvert, donde se menciona que “Recientes descubrimientos científicos (…) describen procesos fisiológicos que nos permiten comprender cómo la historia de un ancestro puede alcanzarnos y marcarnos incluso antes de nuestra concepción. También muestran que podemos transformar ese legado y cómo hacerlo.”
El otro libro que reviso se titula “¡Ay mis ancestros!: Vínculos transgeneracionales, secretos de familia, síndrome de aniversario, de transmisión de traumatismos y práctica del genosociograma” de Anne Ancelin Schuetzenberger y en una de sus páginas se lee: “Una especie de lealtad invisible nos impulsa a repetir, queramos o no, situaciones agradables o acontecimientos dolorosos y muchas veces debemos pagar las deudas contraídas en el pasado por nuestros ancestros”.
Entonces me olvido de los aventureros, nobles, conquistadores, inquisidores, gobernadores y toda clase de sátrapas de la historia pasada y me redimo leyendo sobre, por ejemplo, Rosario de Acuña (Madrid, 1 de noviembre de 1850- Gijón, 5 de mayo de 1923) escritora, pensadora y periodista española que fue considerada en su época como una de las más avanzadas vanguardistas en el proceso español de igualdad social de la mujer y el hombre. En 1876 se introdujo en la dramaturgia con su primera obra de teatro, Rienzi el tribuno, un alegato contra la tiranía.
Rosario de Acuña Villanueva de la Iglesia. Grabado publicado en La Ilustración de la Mujer, 8-6-1884.
Con apenas 16 años, visitó la Exposición Universal de París de 1867 lo que da cuenta del valor de la libertad y la educación que tenía de sus padres pero también fue objetivo de las iras de los sectores más conservadores de la España de su época.
Se ganó el reconocimiento de los sectores sociales y culturales afines al libre pensamiento, vinculados en ocasiones con agrupaciones republicanas. En abril de 1891, Rosario de Acuña estrenó su drama más valiente y desde luego el más famoso por atrevido y escandaloso, Obra anticlerical por antonomasia, acusando a la Iglesia católica de institución «manipuladora y moldeadora de conciencias».
Se trata, al fin y al cabo, de saber un poco de dónde viene una, qué tenemos en común los que compartimos este singular apellido, qué pasaría si dos Acuñas se cruzan por la calle, más allá de fronteras o países. ¿Nos reconoceríamos? ¿Nos daríamos un abrazo? Claro que sí, sin dudarlo, por supuesto.