Psicología y Mente(R.Wohlmuth) — Entendemos el concepto de migración como el cambio de residencia de un lugar a otro. Esta ha existido desde siempre. Recientemente podemos ver por los medios de comunicación que se ha intensificado gracias a problemas políticos, económicos, sociales o bien ambientales tales como los incendios ocurridos en California.
Existen diferentes tipos de inmigrantes que se encuentran en una situación obligada a abandonar su país. Por ejemplo: deportaciones, asilo político, cambio de residencia, cambios laborales que obligan a cambiar de ciudad o país, cambiar de ambiente o probar “suerte”. Estos mismos pueden ser o no permanentes.
– El duelo migratorio
El inmigrante puede encontrar serios obstáculos internos para integrarse al nuevo ambiente. Suele presentar mecanismos de disociación e idealización por el nuevo ambiente que está experimentando y desvalorización y angustias persecutorias por el lugar y gente y bienes que ha dejado.
La disociación le sirve para evitar el duelo, resentimiento, remordimiento y sobre todo las ansiedades depresivas que se agudizan cuando se trata de una migración voluntaria. Las motivaciones de la migración influyen en las condiciones internas para afrontarla, tomando en cuenta la personalidad previa del individuo y el momento vital en que se encuentra.
La migración es una de las experiencias más importantes que provocan estrés, ansiedad y depresión inclusive trastornos disociativos o psicóticos por los cambios de adaptación de la persona; también existen sentimientos de emoción y esperanza. En cualquiera de los casos existe en el individuo: frustración, incertidumbre e incluso culpa.
Pero a qué se debe esta frustración; esta puede darse porque si la situación por la que hace su cambio de residencia fue obligada por ejemplo el desplazamiento de los poblados en guerra, desarrollando consigo más problemas emocionales que no tenían consigo; estas personas afrontan un stress tan fuerte que pueden sentir miedo, confusión dudas y dolor emocional.
El migrante individual presenta extrañeza familiar y se siente culpable por los familiares y amigos que dejó en su lugar de origen. Esta afectación está influenciada por la edad, sexo, su cultura y por la que se va de su país de origen.
Por ejemplo, en los niños existe un impacto muy fuerte ya que les crea sentimientos de inseguridad, miedo y nostalgia por las personas que han dejado. El irse es morir un poco y deben elaborar un duelo tanto el que se va como los que se quedan.
– Las etapas del duelo
La migración es como una muerte y por eso tiene que pasar por las mismas etapas que un duelo:
Existe la fase de negación donde todavía no nos convencemos de lo que ha sucedido y actuamos como si nada estuviera sucediendo.
Rabia o protesta, y nos preguntamos porque nos tuvimos que ir, ¿por qué me sucedió a mí? La rabia se puede sentir cuando está siendo difícil el cambio y se nos dificulta adaptarnos a éste, al lugar nuevo por ser diferente y nos da miedo.
Fase de negociación y culpa. En esta fase entendemos los pros y contras de nuestra decisión y en la mayoría de los casos sentimos culpa por haber dejado a nuestros seres queridos.
Etapa de depresión y tristeza es cuando ya vemos consumado el hecho de haber migrado y entramos a la etapa de adaptación y resignación. Esta depresión puede entorpecer el actuar de la persona en el nuevo lugar, aumentando más cuando hay problemas con el idioma y las costumbres.
Por último, viene la etapa de aceptación. Este proceso no es lineal y cada persona según su personalidad y circunstancias ya que la vive de manera diferente. Aquí entra el proceso de gratitud al conectarte con lo bueno que estás encontrando. Puedes comenzar a perdonar si alguien te hizo daño y provoco que te fueras de tu país.
Existe una diferencia en la elaboración del duelo de manera normal o patológica. Existen dos tipos de culpa, una persecutoria que puede presentarse con somatizaciones, melancolía e inclusive psicosis; y otra depresiva que presenta una tendencia reparatoria verdadera que permite la correcta elaboración del duelo.
La identificación melancolía ante el que se va es parecida al proceso de duelo por la muerte de alguien ambivalentemente querido o bien un lugar u hogar. Pueden aparecen síntomas hipocondriacos y somatizaciones cuando existe la partida de alguien muy importante y significativo para la persona. Esto puede darse por el deseo de controlar el objeto ausente en el cuerpo.
– Una experiencia para crecer
Como podemos imaginarnos este proceso es muy parecido al de la pérdida y adquisición de experiencias nuevas. La manera de enfrentar estas etapas es hablando al respecto, aceptando realmente cómo te sientes. Cuando el dolor psíquico no es tolerado como un sufrimiento depresivo puede llegar a transformarse en un sentimiento persecutorio por lo que el irse es vivido como una “expulsión del hogar” aun cuando haya sido una decisión propia.
Después se puede vivir el dolor de la separación de manera maniaca con sentimientos de culpa, pero también pueden existir sentimiento de éxito por abandonar a los que se quedan. Por otro lado, las personas que se quedan experimentan sentimientos de abandono y pérdida con sentimientos de rabia hacia el que está migrando. Esto puede darse por diversas situaciones desde la envidia hasta sentir abandono por la persona.
La experiencia de inseguridad que sienten los inmigrantes recién llegados están determinados no solo por la incertidumbre y ansiedades frente a lo desconocido, sino también la inevitable regresión que esas ansiedades conllevan; los hace sentir desamparados.
Existen varias pérdidas que experimentan los inmigrantes como son sus pertenencias muy importantes, la pérdida transitoria de las capacidades yoicas y de su propia identidad; debido al impacto de la migración. Es crucial que exista una figura confiable que ayude a neutralizar estas ansiedades y temores a lo nuevo que se puede asemejar a cuando el bebé se siente solo al buscar el rostro de la madre. Una figura confiable puede ser el hecho de comenzar con hacer vínculos con otras personas que ya experimentaron algo similar o hacer comunidad, por ejemplo, de su mismo habla. De no establecer este tipo de vínculos existe la probabilidad de ocio, vicios, adicciones para “justificar” su sentir o no sentir.
Bowlby (1960) al estudiar la teoría del apego observó que el niño al tener figuras confiables en su vida, se calmaba la angustia de separación.
Cuando la persona tiene objetos buenos interiorizados es más fácil su adaptación al nuevo ambiente, pero aun así necesita encontrar gente con la que se sienta bien recibida y protegida.
Las reacciones persecutorias están relacionadas a estos objetos internos.
El individuo recurre así a diferentes mecanismos de defensa como son la disociación para contrarrestar estas ansiedades persecutorias y depresivas; a la vez también evitar los sentimientos de confusión por no tener bien diferenciado lo viejo y lo nuevo.
Otro mecanismo es la idealización del lugar nuevo al que llega que provocan estados hipomaniacos por lo son transitorios.
En este mecanismo vemos relacionadas las ansiedades depresivas con los sentimientos de pérdida de lo que se está dejando y la adaptación maniaca que logra la identificación rápida al nuevo lugar tratando de olvidar el propio.
Otros al contrario no desean dejar atrás ni sus costumbres, ni el idioma y buscan relacionarse con personas que tengan su mismo lugar de origen. La lengua materna llega a ser muy investida a la hora de migrar a un lugar donde se habla un idioma distinto a la lengua materna. A la lengua materna está ligada a las vivencias infantiles, sentimientos relacionados a las primeras relaciones de objeto, a los padres.
Otra circunstancia importante es que a veces la migración provoca el revivir nuestra situación edípica ya que pueden simbolizar los dos lugares a los padres que ante los cuales surge un sentimiento ambivalente y conflictos de lealtades. Recuerda que si necesitas apoyo o estás en una situación similar no dudes en pedir ayuda.
JotDown(T.Rabtan) — En el mes de agosto de 1944, nosotros, internados cinco meses antes, nos contábamos ya entre los veteranos.
Como tales, nosotros, los del Kommando 98, no nos habíamos asombrado de que las promesas hechas y el examen de química aprobado no hubiesen tenido consecuencias: ni asombrados ni demasiado tristes: en el fondo, todos teníamos cierto temor a los cambios: «Cuando se cambia, se cambia para peor», decía uno de los proverbios del campo.
Mas en general la experiencia nos había demostrado ya infinitas veces la vanidad de toda previsión: ¿con qué objeto esforzarse en prever el porvenir cuando ninguno de nuestros actos, ninguna de nuestras palabras lo habría podido influenciar en lo más mínimo? Éramos viejos Häftlinge; nuestra sabiduría consistía en «no tratar de entender», ni imaginarse el futuro, no atormentarse por cómo y cuándo acabaría todo: no hacer y no hacerse preguntas.
¿Conozco el miedo? Me lo pregunto seriamente por no acumular más palabras inútiles y por no perpetrar nuevos énfasis. Primo Levi, en Si esto es un hombre, tarda pocas páginas, las mismas que le llevan a Auschwitz, en decir «Ya no teníamos miedo». No creo que mienta, aunque más tarde utilice la palabra miedo varias veces. Su narración es un work in progress.
El mismo Levi lo explica mejor, lo pienso desde mi ignorancia, en el párrafo que comienza este artículo. El miedo se enraiza en la previsión. Lo hay cuando hay futuro.
Suelo mencionar una frase maravillosa de Polibio que conocí en la inigualable obra de Basil Liddell Hart, Estrategia: la aproximación indirecta, y que viene a decir que para el ser humano lo más insoportable es la incertidumbre y que, una vez ha tomado una decisión, es capaz de arrostrar las más terribles dificultades.
La incertidumbre y el miedo fueron paridos por la misma madre. Los seres vivos somos extravagantes centros de disipación, aceleradores de la muerte térmica, estructuras transitorias, mejoradas por un impulso destructor. Y la muerte es la cuenta que nos trae la naturaleza después del festín.
Hay quien dice que no tiene miedo a la muerte. Incluso parecen existir pruebas circunstanciales de ello, aunque nunca conoceremos la verdad sobre tan interesante cuestión: los únicos testigos válidos no pueden ser traídos al tribunal porque están muertos.
Admitamos como hipótesis verosímil que la frase «peor que la muerte» no solo sea un lugar común: cómo es posible que nos dé más miedo lo que pueda sucedernos que el propio hecho de dejar de existir y que, pese a ello, admitamos tanto para seguir viviendo.
Levi, en uno de los lugares más espantosos que pueda imaginarse, incurre en una aparentemente paradójica contradicción: afirma que tenían miedo al cambio, porque siempre era para peor, para luego afirmar que supieron de la vanidad de la previsión y decidieron no atormentarse por cómo y cuándo acabaría todo.
Creo, con una convicción llena de dudas, que la fuente principal del miedo es la incertidumbre. Es también la fuente de nuestro placer. Así, en cierto sentido, nuestro miedo sería producto de nuestro afán por ser felices. Las religiones, esas adormideras, lo saben bien: siempre intentan asegurar un estado final inmutable.
No es que esa eternidad lo sea de felicidad por alguna cualidad añadida. Llaman felicidad a la ausencia de miedo. A la parálisis. A la nada. Al todo. A esas metáforas en las que fluimos hacia la quietud eterna. La manifestación más extrema de esta perversión se encuentra en el budismo, enemigo del yo.
Nuestro afán por el placer es tan poderoso que siempre hay quien explora caminos nuevos. La cultura es «lamarckiana»: los aciertos, tanto los imaginados como los insospechados, pueden ser retenidos. Y llegamos a deshacernos voluntariamente de lo que nos es absolutamente inútil, sin acumular órganos vestigiales. Los avances y la acumulación son resultado de la tensión entre el miedo a lo nuevo y la búsqueda de la felicidad.
Levi dice que tenían miedo al cambio porque siempre era para peor. Vivían y no querían dejar de vivir. No, al menos Levi, ni aquellos que no se quitaron la vida. Sin embargo, poco después afirma que su sabiduría consistía en no querer prever el futuro. No imagino nada más angustioso que saber que cada futuro segundo está en las manos de decisiones ajenas a toda racionalidad. Que no sirva para nada decidir hacer o no hacer, que cualquier cálculo sea inútil. Pese a ello, Levi afirma que se «acostumbraron».
Que crearon en su mente una rutina que consistía en no tener rutina alguna. Que para no tener miedo al cambio excluyeron que el comportamiento arbitrario de sus verdugos se incluyera dentro del cambio. Es como si sus guardianes se convirtieran en el fondo, en el paisaje, como fenómenos naturales, como lo que los anglosajones llaman «actos de Dios». Es como si en las mentes de esas pobres gentes los nazis ya no fueran hombres.
A nosotros nos parece terrible. Nos atemoriza físicamente un lugar así, porque es imposible, sin sufrir el mal en grado tan extremo, alcanzar el estado psicológico de los que sí lo sufrieron, hombres para los que el futuro era ese lugar en el que no cambiaba nada, en el que su vida solo consistía en estar vivos, porque se les había privado de la oportunidad de escoger.
Por eso creo que vivir sin miedo es imposible. Hay placer y miedo, como ruido de fondo, en el simple hecho de poder actuar, es decir, de estar vivos.
Avanzamos a tientas, intentando sucesivamente distinguirnos y camuflarnos. Cada decisión es la apertura de oportunidades para el error y el dolor, pero es la única manera de vivir. Y cada estructura creada, cada regla moral, cada costumbre, cada ley, son pasos sobre sagrado, mosquetones que aseguran las cuerdas con las que nos asomamos a los abismos. Somos conservadores por miedo.
La incertidumbre es la fuente del miedo porque nos impide prever el futuro. Cuando repetimos caminos conocidos lo hacemos porque son los que nos permiten calcular las consecuencias de manera más fiel. Sí, lo sabido y perfectamente anticipado nos puede dar miedo o placer, pero de forma trivial.
Lo prueba la disminución progresiva del placer y del dolor cada vez que recorremos el camino trillado. El éxito de las disciplinas dirigidas a controlar el miedo, a minimizar sus efectos, se basa precisamente en replicar situaciones que generan el estado mental que se pretende dominar. Es decir, se basa precisamente en la previsión y la repetición.
No me extrañaría que alguien que busca controlar el miedo a toda costa tenga un miedo insensato por el miedo mismo, por dejarse llevar por él.
El miedo no mata la mente. A la mente solo la mata la muerte. Temes, luego existes.
BBC News mundo — En septiembre del año 490 a.C. un soldado corría descalzo en dirección Esparta, para pedir ayuda pues el poderoso ejército imperial de Persia amenazaba a Grecia.
Había partido de Maratón, que queda al este de Atenas y cuyo nombre significa hinojo, por la aromática hierba que crecía abundantemente en esa localidad.
El hemeródromo, un heraldo o mensajero corredor, se llamaba Filípides y recorrió 260 kilómetros de terreno escarpado en menos de dos días.
Eso fue lo que relató la principal fuente histórica de las guerras greco-persas, el historiador griego Heródoto.
No mencionó, sin embargo, otra aún más famosa hazaña del veloz mensajero quien, según se dice, corrió sin parar desde el campo de batalla de Maratón hasta Atenas, llevando la noticia de la victoria del ejército ateniense sobre los persas, y del inminente regreso de los soldados a la ciudad para protegerla.
Tras cumplir su misión, colapsó y murió extenuado.
Esa historia inspiró a un miembro del Comité Olímpico, Michel Bréal, a proponer que la distancia de la carrera entre el lugar de la batalla y la capital griega se utilizara como longitud de referencia para uno de los eventos más agotadores de los Juegos Olímpicos modernos, que recibió el nombre de la ciudad: el maratón.
Y es por eso que, cada año, miles de personas se someten a 42 fatigantes kilómetros en eventos de carreras de longitud maratoniana en todo el mundo.
Varios escritores han mezclado los dos relatos, afirmando que Filípides corrió en ambas ocasiones e incluso luchó en la batalla; otros eruditos consideran que ambas historias son apócrifas.
– Dudas
Aunque la mayoría de los historiadores coinciden en que Filípides fue una persona real, los relatos de sus acciones heroicas ya eran confusos cuando se escribieron por primera vez, unos 50 años después de que supuestamente ocurrieron los hechos.
No es sorprendente que los 2.500 años transcurridos desde entonces hayan hecho poco para separar los hechos de la leyenda, y persistan las dudas sobre cuánto hay de cierto en el relato.
No obstante, lo que dejó de ser un interrogante fue si su hazaña es posible.
En 1982, el comandante John Foden y cuatro oficiales de la Fuerza Aérea Real británica se fueron a Grecia para comprobar si realmente era posible recorrer una distancia de casi 250 kilómetros en menos de dos días.
Filípides dando la noticia de la victoria en la batalla de Maratón a los atenienses. (Obra de Luc-Olivier Merson)
Tres del grupo lo lograron.
De manera que Filípides efectivamente pudo haber hecho lo que se sospecha no era más que una leyenda.
Aún más legendario es que, según Heródoto, el viaje del heraldo fue de ida y vuelta, y lo hizo en el espacio de tres días.
Tuvo que regresar, nuevamente descalzo y armado únicamente con una espada corta, pero con la pesada carga de malas noticias: los espartanos estaban dispuestos a ayudar, pero tardarían más de una semana en llegar.
Las dudas sobre todo el episodio no se circunscriben al raudo mensajero; hay aspectos del combate que tampoco convencen.
La batalla de Maratón pasó a la historia como el momento en el que las ciudades-Estado griegas le mostraron al mundo su valentía y ganaron su libertad.
La derrota de una fuerza invasora enviada por el hombre más poderoso del planeta en ese entonces -el Rey de los Reyes de Persia, Darío I el Grande- a manos de un ejército ateniense mucho más reducido es una de las más espectaculares proezas de la historia militar.
Los detalles se los debemos a Herótodo, el primer gran historiador.
Pero hay un dato que a los historiadores de hoy en día les parece fantasioso: Heródoto cuenta que los atenienses empezaron su embestida a casi un 1,5 kilómetros de distancia de la línea de combate de los enemigos.
¿Es posible que los atenienses corrieran toda esa distancia, cargando lanzas y escudos, y además tuvieran la energía suficiente para vencer a los persas?
«La batalla tuvo lugar en el sitio más cercano a Atenas en el que los persas podían desembarcar, la planicie de Maratón», relata el historiador de Antigüedad Jason Crawley, de la Universidad Metropolitana de Manchester.
«Su victoria estaba asegurada: tenían una ventaja de 2 a 1 y sus oponentes griegos eran todos aficionados, mientras que el persa era un ejército imperial
«Debían haberlos aplastado, pero contra todo pronóstico, fueron vencidos».
– ¿Cómo pudo ser?
«Hubo un choque de dos sistemas militares opuestos», explica el historiador.
«Los persas, con su infantería ligera, preferían el combate a distancia con armas como las jabalinas.
«Los helenos sólo sabían combatir cuerpo a cuerpo: estrellarse contra el enemigo y apuñalarlo sin merced. ¡Los persas no esperaban encontrarse con gente tan loca!».
Heródoto relata que los griegos corrieron «8 estadios», unos 1.500 metros. Pero para los historiadores, eso no tiene sentido.
«Pensamos que el relato creció al ser contado».
La BBC buscó un conejillo de indias para ponerlo a prueba, y la historiadora Iszi Lawrence fue la primera en levantar la mano.
Para su sorpresa, dijo, la cita para cumplir con su cometido, no fue en «una playa que se pareciera a las griegas, en la que correría con un grupo de jóvenes idealmente ligeros de ropa».
Fue en un laboratorio de deportes, donde le pusieron una máscara azul enorme en la cara y un monitor de ritmo cardíaco en el pecho.
Estaba en manos de Steve Atkins, director de Deportes, Ejercicio y Fisioterapia en la Escuela de la Salud de la Universidad de Salford.
Su intención era hacerle a Lawrence unas pruebas fisiológicas, psicológicas y mecánicas para simular las condiciones en las que estaban los soldados atenienses en la batalla de Maratón.
«¿¡Psicológicos?!», exclamó Lawrence sorprendida.
Y le sorprendió aún más lo que tenía que cargar en la prueba de la caminadora.
«Lo mínimo que llevaban los soldados griegos era un escudo redondo grande llamado aspis, que pesaba 8 kilos y tenía casi un metro de diámetro; un casco metálico; algún tipo de armadura en el cuerpo; probablemente protectores en las piernas y una larga lanza con puntas afiladas en ambos extremos», le informó Crawley.
«¿Qué tan grande era esa lanza?», preguntó Lawrence; «Más grande que quien la llevaba», le respondieron.
También estaba presente Martyn Matthews, un científico de Deportes en la Universidad de Salford con más de 30 años de experiencia aconsejando atletas de élite.
Nada de eso excusa lo que le hizo a la historiadora.
«Te voy a poner un chaleco que pesa 18 kilos y también voy a pedirte que cargues dos pesas, para replicar el peso que esos soldados llevaban», le anunció.
Y aplicó la ciencia del siglo XXI a una guerra de la antigüedad.
La estatua de Filípides en el noreste de la ciudad de Atenas.
Tras correr 6 minutos, el corazón de Lawrence estaba latiendo a 173 pulsaciones por minuto, lo que contrasta con los 138 latidos por minuto que Atkins había tomado como medida de control cuando corrió sin peso encima.
Interesante pero ¿qué pudo deducir un historiador de la Antigüedad después de ésta y las otras pruebas?
«Que lo que dijo Heródoto sobre el avance a toda velocidad en una distancia tan larga y en esas condiciones es sencillamente es imposible«, responde Crawley.
De haber corrido así, al llegar a dónde el enemigo les esperaba habrían estado exhaustos.
«La otra cosa que cuenta Heródoto es que la batalla duró ‘mucho tiempo’. Eso es muy relativo. Hasta dos minutos de combate cuerpo a cuerpo, cargando todo ese peso, bajo el sol ardiente, es mucho tiempo».
«Desde mi punto de vista, este experimento respalda la teoría de que las batallas en la Antigüedad se resolvían rápido».
– ¿Punto final?
Por interesantes que sean este tipo de experimentos, ¿hasta qué punto pueden realmente reproducirse las condiciones en las que se encontraban -por ejemplo- los atenienses hace dos milenios y medio?
«Las palabras ‘realmente’ y ‘reproducirse’ son las claves», le responde a la BBC Carenza Lewis, arqueóloga de la Universidad de Lincoln.
«Por supuesto que estudiar la manera en la que respondemos fisiológicamente al uso de energía y cuánto tiempo podemos mantener una actividad intensa nos da una idea aproximada de la capacidad que tienen los seres humanos», agrega.
«El problema es que se trata de otra época. No sabemos mucho sobre el estado físico o la vida cotidiana de los griegos que estaban combatiendo».
«Por otro lado, uno nunca puede reconstruir la experiencia pues nunca puede meterse en sus mentes: la idea de que el miedo te da alas, de que si alguien te ha enardecido, puedes exceder tus propias capacidades… todo eso es muy difícil de cuantificar», indica Lewis.
Además, ¿cuán comparables son las exigencias físicas cotidianas de los labradores en la antigüedad con las modernas?
«Creo que el estado físico de la gente era mucho mejor», señala David Miles, el director de Arqueología de English Heritage.
«Incluso dos generaciones atrás, en Reino Unido, lo eran. A mi abuelo no le parecía gran cosa caminar 12 kilómetros al pub, pues nunca tuvo auto… ni siquiera bicicleta».
«Estamos hablando de gente que de por sí en su mayoría era fuerte, por sus actividades cotidianas. Agrégale que entrenaran saltando obstáculos para poder abarcar grandes extensiones de terreno», anota Miles.
«Ciertamente las señales de osteoartritis que vemos en los esqueletos lo demuestran pues nos indican el alto nivel de actividad de aquellos antiguos griegos«, confirma Lewis.
The Objective(L.Reyes) — Una noche de finales de enero de 1972, un fantasma se apareció a dos pescadores de camarones de la Isla de Guam: era un soldado japonés salido de la Segunda Guerra Mundial como si hubiese venido a través de un túnel del tiempo. Pero de donde surgía era de la jungla, donde había vivido como una alimaña salvaje durante 27 años. No sabía nada de la bomba atómica de Hiroshima ni de la rendición de Japón en 1945, era lo dicho, un fantasma del pasado.
En realidad se trataba del sargento Shoichi Yokoi, que formaba parte de la guarnición de 18.500 soldados japoneses que en 1944 defendieron Guam de la infantería de Marina norteamericana hasta la muerte. Lo de «hasta la muerte» era literal, como solía ser frecuente entre los militares japoneses de la II Guerra Mundial, se habían conjurado a no rendirse jamás, incluso a suicidarse antes que caer prisioneros. Los americanos únicamente pudieron capturar a 485 japoneses del contingente de 18.500.
Pero hubo un puñado de hombres que ni murieron ni fueron capturados, lograron esconderse en la jungla y siguieron la batalla, aunque ya no era frente a los marines americanos, era frente a la naturaleza. El sargento Yokoi formaba parte de un grupo de diez de estos fugitivos, que terminarían convirtiéndose en fieras selváticas, luchando por la supervivencia en un medio hostil.
Poco a poco, el medio los fue devorando. Hacia 1964 solamente quedaban tres, pero dos murieron de hambre y durante los últimos ocho años de su vida salvaje, Yokoi se quedó solo, como un animal de una especie a punto de extinción.
Esta brutal historia nos sirve de referencia de otra aún más brutal, la batalla de Guam, librada durante 20 días del verano de 1944 entre el Cuerpo de Marines de los Estados Unidos y el Ejército Imperial japonés por una remota isla del Archipiélago de las Marianas. No fue nada nuevo, la forma en que se combatió por las pequeñas islas del Pacífico, a veces meros atolones, fue de las más sangrientas de los anales de la guerra.
La primera de ellas, la batalla de Guadalcanal, enfrentó a 60.000 marines con 36.000 japoneses, duró seis meses y murieron 7.000 americanos y 31.000 japoneses. En noviembre de 1943 hicieron falta 35.000 soldados americanos para conquistar el minúsculo atolón de Tarawa, defendido por 3.000 japoneses.
Solamente hubo 17 prisioneros. Y en la batalla más famosa de la Infantería de Marina norteamericana, Iwo Jima, lucharon 70.000 marines contra 21.000 japoneses: los americanos sufrieron 6.000 muertos y 8,000 heridos, pero de los 21.000 japoneses sólo sobrevivieron 216.
Habrán observado los lectores que la batalla de Guadalcanal fue por una isla que tiene el nombre de un pueblo de Sevilla. Por otra parte, el combate decisivo de la batalla de Guam tuvo lugar en un monte que dominaba toda la isla desde su centro, llamado Barrigada.
Y aquí surge otra sorpresa. ¿Por qué aparecen nombres españoles en el Pacífico Central? Es sólo gracias a las películas americanas que algunos hemos oído hablar de Guam o Guadalcanal, por lo demás a los españoles nos parecen tan lejanos como los cráteres de la Luna.
Y, sin embargo, Guam fue descubierta y colonizada por nuestros antepasados, pasó a formar parte del olvidado Imperio español del Pacífico, y hoy día, aunque sea una dependencia de Estados Unidos, la mayoría de su población es de raza mestiza hispano-isleña, practica la religión católica y habla un idioma descendiente del castellano.
El aeropuerto de Guam, en la actualidad
– Dominar lo desconocido
Los primeros europeos que llegaron a Guam fueron los navegantes españoles que le estaban dando la vuelta al mundo por primera vez en la Historia, la expedición de Magallanes-Elcano. Arribaron el 6 de marzo de 1521 y la bautizaron Isla de los Ladrones, porque los nativos tenían la mano larga. Pese a todo, para ellos llegar a Guam fue como llegar al cielo, porque habían estado tres meses sin ver tierra y estaban muertos de hambre y corroídos por el escorbuto.
Nadie podía saber qué era aquella inmensidad de agua que llamamos Pacífico, y la ruta que siguió Magallanes, bordeando la punta Sur del continente americano para cruzar el estrecho que lleva su nombre, le obligó a una travesía en diagonal del océano, en la que efectivamente no se encuentra ni un islote. Guam, en cambio, era la antesala de las Filipinas, pegadas al continente asiático, el final del Pacífico. Y para Magallanes el final de su vida, pues el 27 de marzo de 1521 murió peleando contra los indígenas filipinos.
En los años siguientes las expediciones españolas fueron surcando un mar que no tenía propietarios, incorporando territorios insulares a aquel Imperio en donde «no se ponía el sol». En 1526 Alonso de Salazar descubrió las Islas de las Hermanas, luego llamadas Carolinas en honor al rey Carlos II, y las Islas de los Pintados, actualmente llamadas Marshall.
Curiosamente, el atolón de Bikini, tristemente célebre por ser el lugar de más alta radioactividad del mundo, debido a las pruebas de bombas atómicas norteamericanas, había sido bautizado Isla de los Buenos Jardines por los españoles.
Años más tarde, en 1568, la expedición de Álvaro de Mendaña que buscaba la «Terra Australis Incognita» (es decir, Australia), tomó posesión de Guadalcanal en nombre del rey de España. Pero todas esas empresas, que salían de las costas del Virreinato de Nueva España (México), al que pertenecía el Pacífico entero, tenían un problema: no volvían. Todavía no se habían encontrado los vientos o las corrientes que permitieran atravesar el Pacífico de Oeste a Este.
En 1564, por instrucciones de Felipe II, se organizó en México una gran expedición que debía atravesar el Pacífico y hacer efectiva la soberanía española sobre las Filipinas, reclamadas por Portugal. Era una expedición de guerra, cinco naves y 350 hombres al mando de Miguel López de Legazpi, hidalgo y alto funcionario del Virreinato.
Pero el cerebro de la empresa era el fraile agustino Andrés de Urdaneta, un sabio cosmógrafo que debía encontrar el camino de vuelta a México, lo que llamaban el «tornaviaje».
La flota de Legazpi zarpó de Barra de Navidad, un puerto y astillero de Jalisco, el 21 de noviembre de 1564, y tras una travesía de 93 días llegó a Guam a finales de enero del 65, tomando inmediatamente posesión de la isla en nombre del rey de España. El jefe local era hijo del que cuatro décadas atrás había matado a 30 españoles en una banquete-trampa en Filipinas, y decidió atacar a Legazpi.
Aunque tenía un ejército de 2.500 hombres, los cañones de las naves sembraron el pánico, y Legazpi desembarcó como conquistador. Luego también conquistaría Filipinas.
Legazpi había cumplido su misión, pero Urdaneta también culminaría la suya, pues encontró el camino de vuelta a América siguiendo la Corriente de Kuroshio, que traza una curva por el Norte del Pacífico en dirección al Este. A partir de ese momento España disfrutaría de una extraordinaria ruta comercial exclusiva, la del «Galeón de Manila» o «Nao de China», que una vez al año enviaba productos españoles y americanos hasta China, y se traía de vuelta a Acapulco mercancías exóticas de Oriente.
La Plaza de España de Agaña, la capital de Guam. La señal está rotulada en español y en chamorro, la lengua de origen hispano que hablan muchos isleños. Esta plaza es uno de los sitios históricos de la isla
Así se integrarían en la cultura española los mantones de Manila.
Para el Galeón de Manila resultaba vital contar con una base de suministro en la Isla de Guam, como lo había sido para Magallanes, y durante un siglo ese fue su papel en el Imperio Español del Pacífico. Pero en la década de 1680 la piadosa reina Mariana de Austria, viuda de Felipe IV y madre de Carlos II, impulsó una política de evangelización para extender el cristianismo a las Islas de los Ladrones, que cambiarían su nombre por Islas Marianas en honor a ella.
La misión la llevarían a cabo los jesuitas, que se establecieron en San Ignacio de Agaña, que hasta el día de hoy sería la capital de Guam. Pero con la evangelización llegó también la colonización con gente venida de Nueva España. Agaña, donde recalaban siempre el Galeón de Manila, no sólo sería la capital de lo que se titulaba oficialmente Guaján, que era como llamaban a su isla los nativos, era también la ciudad más importante del Pacífico.
Se desarrolló así una nueva nación de raza mestiza hispano-isleña, que practicaba el catolicismo y que hablaba el chamorro, que es un híbrido del castellano y la lengua austronesia. La colonia tuvo su mejor momento en la centuria siguiente, en el llamado Siglo de la Luces, cuando llegó desde Manila, donde tenía un alto puesto militar, el gobernador Mariano Tobías, un ilustrado, que introdujo grandes reformas para modernizar y desarrollar Guaján.
En 1898, con la derrota de España ante Estados Unidos en la Guerra de Cuba, los vencedores yanquis se premiaron con las Filipinas y la Marianas, y Guaján pasó a llamarse Guam. Todavía conservábamos las Carolinas, pero se las vendimos a Alemania. Se había acabado el sueño del Imperio Español del Pacífico.
The conversation(L.G. de Rivera) — Cuando miramos atrás hacia la Prehistoria, lo hacemos un poco por encima del hombro. Como si estuviéramos a años luz de aquellos trogloditas que vivían en cuevas e, imaginamos, andaban por ahí en taparrabos. Sin embargo, quizá no seamos tan diferentes de ellos, al menos, en lo fundamental.
Tenían, como nosotros, sus sabios, sus expertos, sus científicos. Ni siquiera podríamos asegurar que cualquier sapiens de 2025 esté mejor preparado que algunos homínidos de entonces.
Muchos de nosotros, hoy, no tendríamos ni idea de cómo levantar templos colosales como el dolmen de Menga (Antequera, Málaga, 3800-3600 a. e. c.), un ejemplo de los sofisticados conocimientos de ingeniería, geología, geometría, física y astronomía que poseían los viejos cavernícolas.
Tampoco muchos nos atreveríamos a practicar una trepanación, algo que ya hacían los primeros neurocirujanos a finales del Paleolítico. Diversos hallazgos en la península ibérica muestran que en la prehistoria ya se realizaban operaciones de oído o intervenciones en el cráneo para aliviar distintas patologías. Y lo mejor es que la mayoría de los individuos operados muestran signos de supervivencia.
Por otra parte, las evidencias de que superaban lesiones traumáticas, procesos infecciosos y patologías complejas dejan claro que practicaban cuidados como el lavado, drenaje, vendado o alimentación de los enfermos. En el contexto de una economía de subsistencia, estos pacientes no habrían sobrevivido sin recibir atención de los miembros de su comunidad.
Además, sabemos que a los primitivos les gustaba divertirse, como a nosotros, y socializar alrededor de la hoguera. Si era con música, mucho mejor. También los niños jugaban entonces y tenían juguetes. Los adultos los mimaban y valoraban su rol dentro de la comunidad, como sugieren los ajuares que los acompañaban en diversos enterramientos.
Como a nosotros, no les gustaba pasar frío. Y no tenían un pelo de tontos a la hora de buscar cobijo. Lo demuestran yacimientos como el encontrado en el prepirineo catalán, que sirvió como refugio a neandertales en tiempos glaciales. Eso no impedía que padecieran, en ocasiones, lluvias torrenciales e inundaciones inesperadas, como ocurrió con los habitantes del yacimiento del Barranco León (Orce, Granada) hace 1,5 millones de años.
Y, hablando de neandertales, como a los de las cavernas, a los sapiens de hoy les sale a veces el ramalazo xenófobo y racista. Aunque haya siempre gente abierta, solidaria y tolerante a la diferencia y con ganas de aprender cosas nuevas de los extranjeros, exactamente igual que ocurría entonces.
Cuando algunos grupos de sapiens se cruzaban con grupos de neandertales, no siempre había guerra. También hubo amistad, cooperación y mestizaje, sobre todo, en tiempos difíciles.
¿De verdad somos tan distintos de ellos? Si nos quitan la ropa de marca, la inteligencia artificial y los PFAs, es posible que no.
Business Insider(K.M.Korducki) — El mito minimalista-millennial comenzó a principios de la década de 2010, pero hace años que los millennials no son minimalistas. Es más, puede que nunca lo fueran. Si se miran los datos, los estadounidenses de cada generación han gastado más o menos lo mismo en la mayoría de las principales categorías de consumo durante las últimas cuatro décadas.
ace aproximadamente una década, cargué un par de maletas medianas, tres bolsas grandes de Ikea, un par de contenedores de 38 litros, un cesto de la ropa sucia y dos gatos muy sedados en una furgoneta y me mudé de Toronto a Nueva York. Todas mis pertenencias cabían perfectamente en mi nueva y diminuta habitación de Brooklyn, con un montón de metros cuadrados de sobra. Resulta que mi relativa falta de cosas estaba de moda.
En aquella época, los millennials como yo comprábamos y poseíamos menos, supuestamente rompiendo el patrón del consumismo estadounidense. Publicábamos en Instagram nuestros espacios interiores poco amueblados y demasiado beige. Rechazábamos la propiedad de coches y las casas en las afueras en favor de las bicicletas, los coches compartidos y los apartamentos en grandes ciudades con compañeros de piso. No gastábamos nuestro dinero en cosas, sino en experiencias, y también lo publicábamos en blogs.
«Si los millennials no son del todo una generación que conduce ni posee, casi seguro que serán una generación menos conductora y menos propietaria», declaraba un artículo de septiembre de 2012 en The Atlantic titulado La generación más barata. Nuestra reputación no tardó en encontrar una expresión ingeniosa: los millennials éramos una generación de minimalistas.
Mientras escribo esto desde el mismo dormitorio diminuto de Brooklyn, puedo ver las puertas de mi armario haciendo fuerza contra el peso de una bolsa de basura a punto de reventar llena de ropa desechada que siempre tengo la intención de reciclar.
Las tres bolsas de Ikea están llenas de ropa sucia, que mi pareja o yo probablemente lavaríamos si no tuviéramos muchas otras cosas que ponernos. Nuestra cómoda está llena de compras impulsivas que encontrarías en la cola de una droguería. Se me ocurren algunos calificativos para describir el estado de mi entorno, pero minimalista no es uno de ellos.
Aunque mis coetáneos de entre 28 y 43 años aún no se han desprendido de nuestra relación con el menos es más, ese viejo estereotipo ya no resiste el escrutinio.
Los datos de consumo sugieren que no nos resulta difícil gastar el dinero que tanto nos ha costado ganar en bienes y servicios, experiencias y cosas. A medida que construimos nuestras trayectorias profesionales y formamos familias, nuestros hábitos de compra se parecen cada vez más a los de la generación X y los boomers cuando tenían la edad que tenemos ahora.
Hace años que los millennials no somos minimalistas. De hecho, puede que nunca hayamos sido minimalistas.
El mito minimalista-millennial comenzó a principios de la década de 2010, tras la Gran Recesión. Como «próxima generación» de líderes, trabajadores y derrochadores, el comportamiento de mis contemporáneos interesaba mucho a vendedores, empresarios y economistas.
Así que cuando mi generación, sacudida por una recesión catastrófica, no compraba tanto como nuestros predecesores, se extendió la preocupación de que nuestra disminución del poder adquisitivo —o peor aún, nuestras prioridades y valores radicalmente diferentes— podría señalar el final de la fiebre consumista que había impulsado la economía estadounidense desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
A lo largo de la década, un rastro de datos de encuestas parecía respaldar estas preocupaciones. En una encuesta Harris de 2016, el 78% de los millennials afirmaron que preferían pagar por una experiencia antes que por bienes materiales, frente al 59% de los baby boomers. Una encuesta de Nielsen de 2015 también reveló que los millennials salían a comer casi el doble que sus padres: preferían comerse sus riquezas a acumularlas.
En 2014, la traducción al inglés del libro de Marie Kondo The Life-Changing Magic of Tidying Up (La magia del orden, en su traducción al español) vendió más de nueve millones de ejemplares, lo que generó una industria de aspirantes a organizar la vida de los millennials.
La tendencia minimalista no era del todo falsa desde un punto de vista cultural. «La recesión impulsó a la gente a fetichizar la sencillez y a hacer de la austeridad una virtud, a sacar el máximo partido de lo que se tiene en lugar de dar prioridad a consumir más o a consumir cosas más llamativas», afirma el escritor Kyle Chayka, cuyo libro The Longing for Less (Desear menos, en su versión en español), publicado en 2020, ahonda en el eterno atractivo de una forma de vida más sencilla.
La era posterior a la recesión también fue testigo del auge de los smartphones, que dio paso a la sobrecarga sensorial digital. De la noche a la mañana, los apartamentos y las redes sociales se inundaron de espacios abiertos y líneas puras del diseño moderno de mediados de siglo (o, al menos, de las propuestas de Ikea). «Hay mucho caos en nuestros móviles», señalaba Chayka. «¿Por qué querrías más caos en tu entorno físico?».
El minimalismo de los millennials se convirtió en un test de Rorschach de ansiedad económica. Dependiendo de quien lo viera, nuestra percepción del menor consumo podría haber señalado una salida virtuosa del ciclo envenenado de producción, compra y eliminación.
Para otros, confirmaba la sospecha generalizada de que éramos una generación de Peter Pans mimados que se negaban a dejar las tostadas de aguacate, a comprar coches, casas y cantidades de cosas del tamaño de una casa, y a crecer de una vez. Aunque en gran medida se trataba de una tendencia estética, el mito del minimalismo millennial era tan importante para la identidad cultural de mi generación que bien podría haber sido real.
Pero en realidad, esta teoría del lento desarrollo económico siempre fue un espejismo. Durante las décadas de 1950 y 1960, el gasto de los consumidores representaba aproximadamente el 60% del PIB de EEUU; desde principios de la década de 2000, a pesar de la supuesta falta de gasto de los millennials, se ha mantenido estable por debajo del 70%.
Por ejemplo, una de las grandes compras de las que más se hablaba y que los millennials evitaban: los coches. La propiedad de un automóvil ha sido un elemento central del sueño americano desde los años 50, cuando la salud de la industria automovilística quedó estrechamente ligada al crecimiento económico y la prosperidad del país.
Las cadenas de montaje de las fábricas, «recién renovadas con los dólares del Tío Sam«, dejaron de ser necesarias para construir tanques y municiones que se enviaban al extranjero y se reutilizaron para fabricar decenas de miles de coches nuevos, que los consumidores estadounidenses compraban con entusiasmo, según escribió la historiadora de Harvard Lizabeth Cohen en su libro de 2004 A Consumers’ Republic.
Incluso ahora, la demanda de automóviles se considera un indicador del gasto de los consumidores y de la economía estadounidense en general.
No es casualidad, por tanto, que la aparente resistencia de los millennials a la propiedad de un coche, en particular, salte a la vista como prueba de nuestra ética de consumo radicalmente cambiante. Uno de los datos más difundidos procedía de un análisis del CNW Group de 2010, según el cual los estadounidenses de entre 21 y 34 años eran responsables de tan solo el 27% de las compras de coches nuevos, frente al 38% de 1985.
Los medios de comunicación citaron estos datos como prueba de que los millennials, en su conjunto, estaban menos interesados en comprar coches que sus padres de la generación boomer o sus hermanos mayores de la generación X.
Lo que no tuvieron en cuenta fue cómo las circunstancias actuales –como los efectos de una crisis económica muy reciente, especialmente entre los adultos jóvenes que acababan de incorporarse al mercado laboral– podían alterar la forma en que la gente gastaba su dinero, especialmente en artículos caros como coches nuevos.
En 2016, la junta de la Reserva Federal publicó un informe que pretendía dejar las cosas claras al señalar que la narrativa contra el automóvil de los millennials no tenía en cuenta la Gran Recesión.
El informe argumentaba que la recesión económica casi con toda seguridad influyó en el gasto de la gente tanto o más que los cambios tecnológicos y culturales que se estaban produciendo al mismo tiempo. Prueba de ello es que los jóvenes adultos volvieron a comprar coches a mediados de la década de 2010.
En la actualidad, los millennials se han puesto totalmente al día: desde 2020, hemos representado casi el 30% de las matriculaciones de vehículos nuevos de la nación, una tasa que está más o menos a la par con los baby boomers y solo ligeramente por debajo de la de la generación X, según la investigación de Experian. Pero cuando se publicó el informe de la Reserva Federal, ya era demasiado tarde. El tópico de que los millennials son minimalistas estaba ya muy asentado.
Si los millennials no somos minimalistas, ¿qué somos exactamente? Los sociólogos dirían que es una pregunta equivocada, ya que los comportamientos y estilos de vida de las personas cambian con el tiempo, al igual que las normas y prioridades sociales. La cuestión no es cómo definir mejor a los millennials como consumidores, sino si el gasto de los jóvenes adultos de esta generación es muy diferente del de generaciones anteriores.
Para encontrar respuestas, podemos recurrir a los registros de gasto de los consumidores. Desde 1984, la Oficina de Estadísticas Laborales viene realizando sus Encuestas de Gasto de los Consumidores para ver cómo gastan el dinero las diferentes generaciones de estadounidenses. En 1984, la mayoría de los boomers ya habían superado la veintena, lo que dificulta la comparación directa con los millennials.
Aun así, ofrece una base útil para comparar el gasto de los distintos grupos de edad a lo largo del tiempo. Efectivamente, cuando se ajusta a la inflación, los estadounidenses menores de 25 años, entre 25 y 34 años, y entre 35 y 44 años han gastado más o menos lo mismo en la mayoría de las principales categorías de consumo durante las últimas cuatro décadas, con caídas momentáneas que coinciden con periodos de recesión seguidos de recuperaciones.
Si bien es cierto que los millennials están gastando más de su presupuesto en billetes de avión y alquileres vacacionales que las generaciones anteriores a la misma edad, lo mismo puede afirmarse de los miembros de la generación Z, la generación X y los baby boomers: todos están derrochando en viajes en este momento.
Como los adultos más jóvenes suelen tener menos responsabilidades familiares y mucho menos patrimonio que los adultos en su plenitud profesional, gastan menos en general.
A medida que sus gastos e ingresos se acumulan con el tiempo, gastan más, sobre todo cuando los niños entran en escena, trayendo nuevas bocas que alimentar, cuerpos que vestir y aficiones que equipar. Ahora que los millennials tienen sus propias familias, están aún más abrumados por el desorden que sus padres boomer, enterrados bajo montones de juguetes cada vez más baratos.
En otras palabras, el estilo de gasto de los millennials no es especial; es cíclico.
Además, según un informe de la Asociación Nacional de Agentes Inmobiliarios, los millennials representan ahora la mayor parte de los compradores de vivienda, con un 38% del mercado.
Nuestra inclinación hacia la propiedad de la vivienda tampoco es nueva. Casi habíamos alcanzado a nuestros padres boomer allá por 2019, según Freddie Mac; el 43% de nosotros teníamos casa en propiedad, justo por debajo del 45% de los baby boomers que pudieron comprar su primera vivienda entre los 25 y los 34 años. Lo que no comprábamos a los 20 años, lo estamos compensando a los 30 y 40.
«Existe una narrativa continua de que los millennials no pueden permitirse una vivienda o no son propietarios de casas, que son inquilinos, pero cuando se miran los datos, los jóvenes de 25 a 34 años tienen las mismas probabilidades de ser propietarios de una vivienda ahora que en 1993″, señala Bryan Rigg, economista de BLS que supervisa los microdatos de la Encuesta de Gastos de Consumo para uso público. «Realmente, muchos de los patrones de gasto son similares».
Una excepción importante es que los veinteañeros y treintañeros de hoy se sienten mucho más cómodos endeudándose para comprar cosas –como coches y casas– que en el pasado.
Para bien o para mal, la memoria pública es corta. Es posible que muchos de los jóvenes de hoy ni siquiera sepan que la actual generación de treintañeros se consideraba minimalista.
Hay indicios de que el resto de nosotros también empezamos a olvidarlo. Quizá hayas leído algo sobre el nuevo trend de TikTok que está arrasando entre la generación Z: una alternativa consciente a la cultura del haul que se ha desarrollado en torno a la moda ultrarrápida y las plataformas de comercio electrónico ultrarrápidas. Es un enfoque totalmente nuevo de las cosas. Algunos han afirmado que incluso podría ralentizar la economía. Esta vez, lo llamamos «núcleo de subconsumo».
La Mente es maravillosa(V.Sabater) — Con solo 6 años, Sara se dio cuenta de que su madre no la quería. Tampoco su padre, un hombre autoritario y alcohólico que se comunicaba con ella a través de los gritos y el desprecio. Más tarde, sufrió bullying en el colegio y nunca llegó a tener un vínculo de amistad significativo con nadie. Ahora, en la edad adulta, encadena un fracaso sentimental tras otro.
La mayoría de los traumas complejos se inician en la etapa más vulnerable del ser humano: la infancia. La vida de esta joven es el claro ejemplo de esta condición, en la cual alguien experimenta situaciones estresantes de forma continuada en el ámbito relacional. En estas personas, llegada la edad adulta, la sensación que más los acompaña es la de creer que hay algo erróneo o defectuoso en ellos/as. Profundicemos en este tema.
– Claves para reconocer el trauma complejo
El psiquiatra Paul Conti explica en su libro Trauma, la epidemia invisible (2024) que el problema de este trastorno es que muchas personas no son conscientes de que lo sufren. Mientras el trauma simple (o «T» mayúscula) es más fácil de detectar porque aparece tras un evento adverso (como un accidente de tráfico), en el trauma complejo se acumulan múltiples «t» minúsculas o experiencias dolorosas.
En consecuencia, es frecuente ver en terapia a hombres y mujeres pidiendo ayuda por temas de pareja o por esa ansiedad persistente de la que no conocen la causa, sin saber qué hay detrás de dichos sufrimientos. Cuando se profundiza en la línea de vida, casi siempre detectamos numerosas heridas emocionales, como el abuso, el abandono, la negligencia… Veamos ahora cómo se manifiesta.
. Sistema nervioso desregulado
Al exponerse desde niños a adversidades, el sistema nervioso puede quedar en un estado de hiperactivación (hiperalerta) o de colapso (hipoactivación). Esto se traduce en síntomas como ansiedad crónica, hipervigilancia, altibajos emocionales, insomnio o una constante sensación de entumecimiento emocional y físico.
Asimismo, ten en cuenta que la desregulación del sistema nervioso mantenida en el tiempo deja en tu organismo un nivel elevado de cortisol y adrenalina. No solo tu mente y tus emociones se alteran, sino que también sufre tu cuerpo. Ello explica la necesidad de que las terapias incluyan siempre enfoques somáticos para restaurar el equilibrio del sistema nervioso y fomentar la recuperación.
. Alteraciones en la identidad
Tal y como señalan en la revista Journal of Adolescence, una de las formas en que se manifiesta el trauma complejo es con la distorsión de identidad. Sucede que muchas personas construyen con los años una imagen negativa y muy autodistorsionada de sí mismas. Y el hecho de arrastrar tantas invalidaciones, decepciones e historias de sufrimiento, hace que uno/a se sienta defectuoso/a.
Es más, si esos hechos se inician en la niñez, suelen asumirse creencias muy destructivas, como «no merezco ser amado/a» o «estoy roto/a para siempre», etc. Lo más desgastante es que estas percepciones no solo afectan la autoestima, sino también su autoeficacia o la capacidad para establecer objetivos vitales y trabajar por ellos.
. Disociación y desconexión emocional
Una de las experiencias más invalidantes con las que transita una persona con esta clase de trauma es la disociación. Es como si, de pronto, estuvieras fuera de ti y no pudieras conectar con lo que te envuelve. También es frecuente tener la sensación de estar en piloto automático o de observar parte de tu vida como si fueras espectador y no protagonista.
Aunque esta respuesta responde a un mecanismo del cerebro para aliviar el dolor y, como tal, puede ser adaptativa durante el evento traumático, a largo plazo trae problemas. Lo que ocasiona es la incapacidad de procesar las emociones, no poder construir relaciones auténticas y menos tener una vida plena.
. Hipersensibilidad: todo me hace daño
La hipersensibilidad en el trauma se evidencia de dos maneras. La primera, procesando las actitudes, conductas o críticas de los demás de forma más sensible y ansiosa. Todo duele, todo preocupa y genera inquietud. Por otro lado, también aparece una sensibilidad extrema a ciertos estímulos que puedan recordar experiencias traumáticas pasadas (desencadenantes).
Estos estímulos pueden ser sonidos, palabras, olores o incluso situaciones sociales que, si bien no representen un peligro real, activan una respuesta emocional intensa como miedo extremo, ansiedad e ira. El agotamiento emocional en el que puede caer la persona en estas situaciones termina por debilitar sus recursos psicológicos.
. Dificultades cognitivas
Para entender esta clase de trauma, visualiza a alguien perdido en su propia mente. El impacto emocional que generan esas vivencias adversas es tan profundo, que aparecen alteraciones en la memoria y la atención. Como curiosidad, se ha visto en diversos estudios que los niños con traumas complejos presentan un peor rendimiento cognitivo que quienes no han sufrido hechos estresantes.
Piensa que el cerebro, al estar en un estado constante de estrés, prioriza la supervivencia por encima de la organización de recuerdos. Lo que resulta de esto es que las personas experimentan olvidos frecuentes, amnesia disociativa, confusión y una sensación de desconexión con la propia historia personal. Todo ello genera frustración y aparece la impotencia y la sombra de la desesperanza.
. La culpa y la vergüenza
Puede que te llame la atención, pero quienes han padecido experiencias de abuso, negligencia o humillación, se avergüenzan de sí mismos. Es más, con frecuencia, nos encontramos con pacientes que se sienten culpables de sus historias terribles de ASI (abuso sexual infantil). Estas autopercepciones aniquilan por completo una autoestima de por sí muy fragmentada.
¿Por qué se atribuyen la culpa? El origen está en un mecanismo de defensa. Si soy una niña y mi padre me hace daño, podré sobrevivir mejor si me atribuyo la responsabilidad y disculpo a quien me pone el desayuno cada día y me lleva al colegio. Poco a poco estas ideas disfuncionales pueden manifestarse más tarde en conductas autolíticas (autolesiones).
. Problemas físicos y somatización
Una forma recurrente en que se manifiesta un trauma complejo es mediante dolores crónicos, trastornos gastrointestinales, migrañas o fatiga persistente. Son problemas fisiológicos que surgen sin una causa médica clara. El estrés acumulado y emociones tan intensas como la vergüenza y la culpa, ya citadas, terminan por somatizarse.
Este vínculo entre cuerpo y mente subraya sin la importancia de abordar esta condición desde un enfoque integral. Ignorar estas manifestaciones físicas puede perpetuar el sufrimiento. Solo como ejemplo: son muchas las pacientes que llegan a consulta con enfermedades como la fibromialgia y que evidencian, sin saberlo, la marca de un trauma no tratado.
– ¿Cuál es el origen de un trauma complejo?
En este tipo de trauma, el entorno social y familiar tienen una relevancia nuclear.
Cuando tus figuras de apego, como padres o cuidadores, son también tus fuentes de maltrato o negligencia a lo largo de tu desarrollo, la mente se queda atrapada en una paradoja emocional: dependes de dichas figuras para sobrevivir, pero, al mismo tiempo, son el origen de tu sufrimiento.
Esta condición clínica tiene múltiples desencadenantes que terminan conformando un todo.
La violencia o desatención familiar, la sensación de inseguridad, el abuso, la invalidación emocional o el acoso escolar son un ejemplo de ello.
Son hechos estresantes que aparecen, sobre todo, cuando el cerebro aún está en desarrollo y carece de estrategias para lidiar con realidades tan devastadoras.
– ¿Se puede superar «para siempre» este tipo de trauma?
Un trauma complejo puede superarse siempre que exista un compromiso auténtico y se reciba la terapia psicológica adecuada. Son procesos largos y profundamente personales en los que, una vez finalizada la intervención clínica, es necesario mantener un control continuado de los síntomas. Repasemos qué se puede hacer para transitar estas condiciones.
. Tomar conciencia del problema
Es común que las personas con traumas complejos derivan en adicciones por la necesidad de silenciar el dolor emocional. Las conductas de escape y el no querer asumir determinados hechos del pasado, hace difícil que pidan ayuda especializada. Sin embargo, es esencial. Tomar conciencia de que hay algo que no va bien y que necesitas comprometerte con la terapia es un paso determinante.
. Considerar la terapia integradora
En los últimos años, cobra valor un enfoque terapéutico centrado en el trauma que resulta muy efectivo; hablamos del modelo integrador. En este caso, lo que procede es recurrir a herramientas y abordajes terapéuticos de las distintas escuelas psicológicas para dar respuesta de manera individual a cada paciente y a sus necesidades particulares. Estos serían algunos ejemplos:
Modelo PARCUVE.
Técnicas proyectivas.
Terapia de esquemas.
Prácticas de mindfulness.
Terapia somática centrada en el trauma.
Técnicas de regulación del sistema nervioso.
Terapia de los sistemas de familia interna (IFS).
Terapia de desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR).
. Cumplir las tres fases de sanación
Ten siempre en cuenta que los traumas complejos requieren que pases por tres etapas muy concretas a lo largo de tu proceso terapéutico. No pienses en la terapia como un camino en línea recta; hay retrocesos e instantes de crisis. Pero esos momentos de dificultad son esenciales para la propia superación de esta condición. Toma nota de esas tres fases:
Estabilización: el primer paso es crear un entorno de seguridad emocional para enseñarte estrategias de regulación del sistema nervioso. En este sentido, las técnicas de grounding, así como ejercicios sensoriales y las prácticas de mindfulness suelen ser clave.
Procesamiento de los recuerdos traumáticos: esta fase se enfoca en trabajar con los fragmentos del «yo» que han quedado rotos por el trauma. A través de enfoques terapéuticos como el EMDR, por ejemplo, se busca abordar y procesar esos recuerdos para integrar las experiencias de manera más saludable.
Rehabilitación e integración: en la última etapa, tu labor requerirá que reconstruyas tu vida de una manera plena y equilibrada. Esto incluye fortalecer tus relaciones, establecer nuevas metas académicas o laborales y, por encima de todo, consolidar una identidad más resiliente que se irá edificando con la superación de esas vivencias adversas de tu pasado.
– Dar voz a las heridas silenciosas
Un trauma, ya sea simple o complejo, es una herida abierta que solemos llevar en silencio durante años.
Por lo general, se tarda bastante en pedir ayuda y, cuando se hace, el desgaste mental y físico es inmenso.
Porque como señala Gabor Maté en El mito de la normalidad (2023), un trauma no es algo que te pasó ayer, es algo que revives cada día.
Debemos dar voz y visibilizar la necesidad de pedir ayuda.
Hay muchas personas con infancias truncadas que difícilmente se sostienen en la edad adulta.
Y hay adultos con vidas rotas que no saben cómo reconstruirse mientras el mundo les pide que sigan funcionando.
Toda herida puede sanarse de nuevo con los hilos de la comprensión, la justicia y el respeto.
JotDown(C.Frabetti) — A finales del siglo pasado se popularizó la equívoca denominación «Eva mitocondrial» para referirse a una antepasada común que, según indican nuestras mitocondrias, compartiríamos todos los humanos actuales.
Una denominación tan sensacionalista como inadecuada, pues sugiere la idea de una madre primigenia de la especie humana que nunca existió ni pudo existir.
Hablar de una «primera persona» no tiene ningún sentido, ni siquiera como entelequia, y solo sirve para fomentar una visión mítico-religiosa de la humanidad que, lamentablemente y a pesar de las evidencias científicas, dista mucho de haber sido superada.
Supongamos por un momento que le concedemos a la tal «Eva mitocondrial», o a la famosa australopiteca Lucy, o a cualquier otra posible madre ancestral, el título de primer ser humano.
¿Qué pasa con sus progenitores? ¿Eran menos humanos que su hija?
Los cambios evolutivos son tan pequeños y graduales que hacen falta miles o millones de años para que su acumulación resulte significativa, por lo que son totalmente imperceptibles a nuestra escala temporal, y sería absurdo considerar pertenecientes a especies distintas a los miembros de generaciones próximas entre sí.
Si Lucy era humana, o humanoide, también lo eran sus padres, y sus abuelos, y sus bisabuelos… ¿Hasta dónde tendríamos que remontarnos para encontrar un primer antepasado claramente no humano?
La pregunta no tiene respuesta: hemos topado, una vez más, con la vieja y omnipresente paradoja sorites o paradoja del montón, atribuida a Eubúlides de Mileto. Si de un montón de arena vamos quitando granos uno a uno, ¿en qué momento dejará de ser un montón? ¿Es posible que un solo grano marque la diferencia entre ser un montón y no serlo?
La paradoja de Dawkins
En el fascinante libro de Richard DawkinsLa magia de la realidad, hay un capítulo titulado «¿Quién fue la primera persona?», en el que plantea la paradoja de la clasificación por especies.
Como respuesta a su pregunta, Dawkins propone el siguiente experimento mental: imagina un enorme montón de fotografías que empieza con tu propia foto, seguida por la de tu padre, la de tu abuelo, tu bisabuelo… y así hasta abarcar ciento ochenta y cinco millones de generaciones.
¿Qué nos encontraríamos?
«Nos encontramos con la paradoja de que nunca hubo una primera persona —dice Dawkins— porque cada persona pertenece a la misma especie que sus padres, y puedes ir tan atrás como quieras en el tiempo, sacar una fotografía del montón y descubrir que tu abuelo de hace millones de años era un pez».
El término «especie», por tanto, no es sino una convención para aludir a las diferencias genéticas entre individuos separados por miles de generaciones.
¿El huevo o la gallina?
En última instancia, la de Dawkins es una actualización/generalización de la vieja paradoja/aporía del huevo y la gallina.
¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? Para los creacionistas, la respuesta está clara: Dios creo a la gallina a su imagen y semejanza (no en vano al Espíritu Santo se lo representa como una paloma), y esta clueca primigenia puso el primer huevo (de gallina), seguido de todos los necesarios para dar lugar a una primera generación de polluelos y polluelas capaces de garantizar la perpetuación de la especie.
Ilustración del aspecto que tendría el ‘Corythoraptor jacobsi’, dinosaurio descubierto en China
Pero a los no creyentes anteriores a Darwin, la pregunta los abocaba al abismo sin fondo de una regresión infinita, pues parece evidente que todo huevo (de gallina) lo pone una gallina y toda gallina sale de un huevo.
Y sin embargo, si sustituimos la pregunta por otra equivalente, la respuesta es obvia. ¿Qué viene antes, la infancia o la madurez? La infancia, claro. Y el huevo es la infancia —o la preinfancia— de la gallina. Asunto resuelto: puesto que el huevo es la etapa embrionaria y la gallina es la etapa madura del mismo individuo, el huevo es anterior a la gallina. Pero lo único que hemos hecho es sustituir un misterio por otro. ¿De dónde salió el huevo destinado a convertirse en la primera gallina?
Un misterio que la mal llamada teoría de la evolución (puesto que no es una teoría sino un hecho sobradamente comprobado) resuelve diciendo que no hubo una primera gallina, del mismo modo y por la misma razón que no hubo una primera persona humana.
Si en el álbum familiar de una gallina buscáramos una foto de hace unos doscientos millones de años, nos encontraríamos con un dinosaurio.
El primer huevo
¿Y el primer huevo? No el primer huevo de gallina, sino el primer huevo en general, el padre (o la madre más bien) de todos los huevos. ¿Cabe hablar de un huevo primigenio? Tal vez sí. Porque un huevo, en última instancia, es una célula muy grande.
Y, recíprocamente, las células microscópicas son huevos muy pequeños, que, al igual que los de gallina (o de cualquier otro animal), se dividen una y otra vez dando lugar a nuevas células, más o menos diferenciadas según los casos.
Y es posible que todas las formas de vida que hay en nuestro planeta procedan de una misma célula primigenia, por más que quienes no admiten que somos parientes (y además muy próximos) de los chimpancés y los gorilas, mucho menos puedan admitir que también seamos parientes de las moscas, las lombrices y las zanahorias.
Y es que realmente cuesta creer que una acumulación de pequeñas mutaciones haya llevado desde los primitivos seres unicelulares, que durante unos tres mil millones de años fueron los únicos seres vivos del planeta, hasta nosotros. Es tan difícil de concebir que no solo los fundamentalistas religiosos se resisten a aceptar el evolucionismo biológico.
Alguien tan cultivado como el premio nobel de Literatura Isaac Bashevis Singer, por ejemplo, llegó a decir que admitir el evolucionismo es como creer que si dejamos en una isla un trozo de cristal y un poco de hierro, con el tiempo se convertirán en un reloj.
La dificultad de asimilar la idea de la evolución de las especies tiene que ver con el hecho de que nuestra escala temporal —la duración de la vida humana— es insignificante en comparación con el tiempo transcurrido desde que apareció la vida en la Tierra, hace más de cuatro mil millones de años.
En un período de tiempo tan inconcebiblemente largo, la acumulación de pequeños cambios, por lentos e imperceptibles que sean, puede dar lugar —y de hecho ha dado lugar— a transformaciones asombrosas.
Dorada medianía
Protágoras de Abdera
Decía Protágoras de Abdera, uno de los grandes filósofos de la antigua Grecia, que el hombre es la medida de todas las cosas.
Y alguien apostilló irónicamente que el hombre es la medida de todas las cosas pequeñas.
Lo cual tampoco es exacto, pues lo muy pequeño nos resulta tan remoto e inconcebible como lo muy grande.
Y eso vale tanto para el espacio como para el tiempo.
Los nanómetros quedan tan lejos de nuestra experiencia directa como los años luz, y los picosegundos de los procesos atómicos nos resultan tan ajenos como los eones.
Estamos en una zona intermedia de las escalas espacial y temporal, a medio camino entre lo inconcebiblemente grande y lo inconcebiblemente pequeño, entre lo inimaginablemente rápido y lo inimaginablemente lento.
Una aurea mediocritas, como diría Horacio, que, además de invitarnos a la humildad, no deja de tener ciertas ventajas adaptativas.
Una combinación de fotografías muestra a supervivientes de los campos de concentración Lea Zajac de Novera, Pedro Buchwald, Sheyna Shneyder, Gheorghe Legmann, Gabriel Benichou, Lola Mandelkier Sztrum, Octavian Fulop, Francine Christophe, Julia Wallach, Eva Shainblum e Idessa Hangas, Gyorgyi Nemes
Infobae/afp(Y.Pasquet) — Ochenta años después de la liberación del campo de exterminio nazi de Auschwitz-Birkenau, unos 40 supervivientes, repartidos por 15 países y cuatro continentes, hablaron con la AFP entre noviembre y enero, para recordar sus vidas y su esfuerzo de transmisión como antídoto al olvido.
Estos supervivientes tenían 15 años, 4 años, siete meses. Algunos incluso nacieron en los campos de concentración y exterminio: Auschwitz-Birkenau, Bergen-Belsen, Buchenwald, Ravensbrück…
En estos últimos meses, estos supervivientes, residentes en Israel y Estados Unidos pero también en México, Argentina, Chile, Sudáfrica, Canadá, Francia, Alemania, Polonia, Hungría y Rumanía, posaron ante los fotógrafos y camarógrafos de AFP. En su casa o en un estudio fotográfico, solos o rodeados de sus hijos, nietos y bisnietos. En algunos casos, ante las fotos de sus descendientes, su mayor triunfo.
Deportada entre la edad de 4 años y medio y los seis en los campos de Vught y Westerbork (Países Bajos) y luego en el de Bergen-Belsen (Alemania), la francesa Evelyn Askolovitch insiste en el imperativo de hablar, porque, tal como recuerda, forma “parte de la ultimísima generación” de supervivientes.
“Cómo pudo el mundo permitir un Auschwitz? Porque ese [crimen] fue con premeditación”, se pregunta desde Santiago de Chile Marta Neuwirth, que tiene ahora 95 años, nació en Hungría y fue deportada a los 15 al mayor campo de exterminio nazi, en la ocupada Polonia.
Alrededor de 1,1 millones de personas, entre ellas un millón de judíos y también gitanos y resistentes polacos, fueron asesinados en Auschwitz entre 1940 y la liberación del campo por el ejército soviético el 27 de enero de 1945.
La esposa de Gershon Willinger, superviviente del Holocausto, Jane, señala las fotos de su familia, extendidas sobre la mesa del comedor de su casa
En total, seis millones de judíos fueron exterminados en Europa por la maquinaria de muerte del III Reich.
“¿Por qué?”, se pregunta a sus 97 años, desde Canadá, Gyorgyi Nemes, natural de Budapest y deportada sucesivamente a Ravensbrück, Flossenbürg (Alemania) y Mauthausen (Austria). “A día de hoy, sigo sin saber por qué nos odiaban tanto”.
– Testimoniar para darle sentido a la vida
Para muchos, el hecho de dar testimonio ha dado un sentido a sus vidas, después de haber perdido a sus padres en las cámaras de gas, de ver a su hermano o a su hermana morir de inanición, de agotamiento, de alguna enfermedad. Muchos supieron apenas al terminar la guerra que su familia había desaparecido.
Julia Wallach, casi centenaria, tiene por momentos dificultades a la hora de hablar. Entonces se interrumpe, o llora.
“Es demasiado duro de contar”, suspira esta mujer parisina que sobrevivió a dos años de infierno en Birkenau. Un nazi la hizo bajar in extremis de un camión que se dirigía a una cámara de gas.
Pero, por muy duro que sea, quiere seguir dando testimonio de lo vivido.
“Mientras pueda hacerlo, lo haré”, insiste. A su lado, su nieta Frankie se pregunta: “Cuando ella ya no esté, y hablemos de esto, ¿quién nos creerá?”.
Precisamente para evitar eso, Naftali Furst, un israelí de 92 años nacido en Bratislava, y que estuvo deportado en cuatro campos, entre ellos Auschwitz-Birkenau, viaja desde hace años a Alemania, a Austria, a República Checa y a otros países. Allí efectúa visitas y da charlas, “para que las jóvenes generaciones no olviden nunca lo sucedido”.
El superviviente del Holocausto Wladyslaw Osik, de 82 años, que nació en el campo de exterminio de Auschwitz el 17 de julio de 1943, muestra su partida de nacimiento expedida después de la guerra
La misma tenacidad que muestra Esther Senot, una francesa nacida en Polonia que el pasado diciembre, con 97 años, no tuvo apuro en afrontar el rudo invierno polaco para acompañar a unos estudiantes de secundaria a Birkenau.
Situado a tres kilómetros del campo principal de Auschwitz, este extenso lugar alberga todavía la rampa de “selección”, adonde llegaban los trenes, así como los hornos crematorios y los barracones, rodeados de alambres de espino y de postes de cemento.
Senot mantiene la promesa que le hizo en 1944 a su hermana Fanny cuando estaba a punto de morir. Antes de expirar alcanzó a decirle: “He llegado al final, no merece la pena, no iré más allá. Si logras volver (…), me prometes que contarás todo lo que nos ha ocurrido. Para que no seamos los olvidados de la Historia”.
“Para que no hayamos muerto para nada”, reflexiona a modo de eco, en Montreal, Eva Shainblum, de 97 años, nacida en lo que ahora es Rumanía y que a los 16 fue deportada al campo en el que fue asesinada casi toda su familia.
Durante años, los supervivientes de la Shoah tuvieron dificultades para hablar. La gente no quería escuchar lo que había sucedido en los campos de concentración y de exterminio.
De hecho, hubo que esperar al 7 de diciembre de 1970 para que el canciller alemán Willy Brandt, en un acto de contrición que dio la vuelta al mundo, se pusiera de rodillas ante el monumento erigido en memoria de las víctimas del alzamiento del gueto judío de Varsovia, implorando el perdón para su pueblo.
– “Ni siquiera un grito”
Han pasado 80 años o más, pero los testigos recuerdan con precisión el horror de la selección, efectuada a veces por un simple gesto de cara de un funcionario nazi, la bestialidad de las SS, la muerte planificada a escala industrial.
El superviviente del Holocausto Gershon Willinger posa con su esposa Jane, sus nietos Eitan y Rachel, su hijo Boaz y su hija Merav
En la multitud de relatos, se repite de entrada el recuerdo del interminable viaje a los campos en condiciones insoportables, encerrados como ganado en vagones atiborrados, sin comida.
“Éramos unas 80 personas, mujeres, niños, ancianos, con un cubo para hacer nuestras necesidades, sin agua, sin pan (…) como animales”, dice en Alemania, su país natal, Albrecht Weinberg, de 99 años.
“Cuando llegamos (a Auschwitz), había presos vestidos de traje con palos que gritaban ‘¡fuera!’. Los viejos caían, había una pila delante del vagón, y los jóvenes pasaban por encima”, recuerda.
Nate Leipciger, canadiense de 96 años nacido en Polonia, deportado a los 15, recuerda con espanto la deshumanización a la que de inmediato se veían reducidos, nada más bajar de esos trenes inmundos.
“En cuestión de minutos pasábamos del estado de hombre libre al de detenido, con un número en el brazo, y sin documento de identidad”, detalla.
“Nos quitaban la ropa, el pelo, todo lo personal, y nos convertíamos en un objeto. Perdíamos la capacidad de actuar como seres humanos”.
“Objetos”, pues, que eran “seleccionados” en la rampa: los más jóvenes, los de más edad, los más frágiles, a la muerte inmediata en las cámaras de gas. Los demás, a sufrir el calvario del trabajo forzado.
“Nos separaban. Las mujeres y los niños de un lado, los hombres del otro. Había una larga rampa, y al final, una mesa con soldados de las SS. Una vez allí nos miraban y hacían una señal, a la derecha, o a la izquierda. No teníamos idea de lo que eso significaba. Pero luego lo entendimos”, recuerda desde Canadá el centenario Ted Bolgar, nacido en Hungría, y que para recibir a la AFP se puso la kipá en la cabeza.
Marta Neuwirth, que en Auschwitz-Birkenau clasificaba la ropa de las detenidas, recuerda las columnas de mujeres sin ropa, “día y noche”, que venían de unos vagones procedentes “de todas partes”.
“Vimos una cola larga de mujeres, sin ropa, porque les hacían tirar la ropa al suelo, y después eso se recogía y se llevaba donde trabajamos nosotros, a las bodegas. Estaban paradas, tranquilitas. Ellas pensaron que se iban a ir a duchar (…) Ni siquiera un grito, nada, tranquilitas. E iban bien sanas, altas, bien al horno. Y esto día y noche”,cuenta.
La superviviente del Holocausto Barbara Wojnarowska-Gautier, de 84 años, nacida en Varsovia el 17 de enero de 1941, posa con fotografías de su hija Joanna y sus nietas Aleksandra y Karolina
Tal fue el destino trágico que conocieron la hermana y la madre de Ted Bolgar, gaseadas al llegar y cuyos cuerpos “fueron quemados de noche”. Él pudo escapar presentándose como electricista.
Los detenidos eran reducidos a trabajos forzados, sometidos a los verdugos nazis y a sus ayudantes.
Albrecht Weinberg instalaba cables subterráneos en Auschwitz-Birkenau. “El trabajo era tan duro, y el ingeniero (…) tan brutal, que a veces tres personas morían de agotamiento en un solo día”, cuenta.
“Aquello era ferocidad, salvajismo. Ni siquiera encuentro las palabras para expresarlo”, abunda la francesa Ginette Kolinka, de 99 años, al recordar la brutalidad de los kapos, esos prisioneros que estaban encargados de vigilar a los deportados.
Y a todo ello se añadía el hambre.
El polaco Marek Dunin-Wasowicz, de 98 años, deportado al campo de Stutthof, en la actual Polonia, trata de describir su calvario. “En el campo, pasaban semanas enteras en las que no comía nada. Era hambre de verdad. Me desmayaba porque tenía hambre”.
Y la enfermedad. Y los experimentos médicos. Como los que padeció el estadounidense Sami Steigmann, de 85 años, cuando era un niño en Mogilev-Podolsky, en Ucrania, frontera con Moldavia.
Todavía hoy siente dolores “de forma permanente”, cuenta este hombre indigente que vive de ayudas sociales.
“Tomé medicamentos muy fuertes que crean dependencia, pero hace unos 45 años decidí aprender a vivir con ese sufrimiento, sin medicamentos”, añade este anciano, que luce una corbata con la bandera de Israel.
– Un recuerdo que sigue persiguiéndoles
Ochenta años después, el desgarrador dolor de haber sobrevivido sigue persiguiéndoles.
Hirsz Litmanowicz fue deportado con 11 años a Auschwitz-Birkenau junto a su hermano. Lo trasladaron después a Sachsenhausen, en Alemania, donde se probó la vacuna contra la hepatitis B en su cuerpo.
Él sobrevivió. Su hermano, en cambio, murió. “Porque a mí me eligieron para estos experimentos y a él no. Ni siquiera pude despedirme de él ni darle un abrazo”, recuerda este peruano nacido en Polonia.
A sus 93 años ha sido seis veces abuelo y ocho veces bisabuelo. “Siento más que nunca el dolor de lo que he soportado. Hoy no puedo dormir por las noches, tengo pesadillas”, confiesa, hundiéndose en un gran sillón, rodeado de fotos de su familia.
El superviviente del Holocausto Wladyslaw Osik, de 82 años, que nació en el campo de exterminio de Auschwitz el 17 de julio de 1943 con su hija Anna, el 9 de enero de 2025
El canadiense Pinchas Gutter, de 92 años, describe algo similar. “Siempre que pienso en el Holocausto, lo primero que me viene a la mente es mi hermana” gemela, cuenta el hombre, nacido en Polonia y deportado a Majdanek, cuando el país estaba ocupado.
Nada más llegar a este “infierno apocalíptico”, el niño de 11 años fue separado de Sabrina. ¿Su único recuerdo de ella? Verla con su “trenza rubia” corriendo hacia su madre.
“Lo he olvidado todo de ella (…) No tener el más mínimo recuerdo de ella, saber cómo era, sólo esa trenza, me duele muchísimo”, contó.
En Buenos Aires, Pedro Polacek, de 88 años y nacido en Praga, recuerda a su padre asesinado. “A lo que me enseñó antes de que nos deportaran: me enseñó a afrontar la vida”, cuenta el anciano, deportado a Theresienstadt, en República Checa, cuando apenas tenía seis años.
Eva Erben, una israelí de 84 años que también nació en Praga, recuerda en cambio a su madre. “Me hablaba de lo que haríamos cuando volviéramos a casa, qué compraríamos, qué zapatos nos pondríamos, qué ropa nos pondríamos e iríamos a visitar a gente, a arreglarnos los dientes”, cuenta la mujer, deportada a Theresienstadt y a Auschwitz-Birkenau.
Era “una heroína” que murió tras “la marcha de la muerte” cuando, al acercarse los soldados soviéticos, los nazis obligaron a los deportados a recorrer cientos de kilómetros, en harapos, bajo la nieve y el frío glacial, en dirección a Alemania y Austria, continuó.
– Miedo al olvido y antisemitismo
¿Habrán servido sus testimonios ochenta años después? Los últimos supervivientes expresaron a la AFP la angustia que les inspira el mundo actual.
“No esperaba que fuera tan importante evocar el Holocausto 80 años después. Pero lo es. Debido al terrible aumento del antisemitismo en todo el mundo”, señaló Nate Leipciger.
La época actual le recuerda los años 30, cuando, ante la amenaza del Tercer Reich, “nadie quería acogernos como refugiados”, añadió. “Salvo el hecho de que hoy tenemos Israel”, dijo.
Son pocas las veces en las que el antisemitismo resurgió con tanto calado desde la Segunda Guerra Mundial, en particular desde los ataques del movimiento islamista palestino Hamás en el sur de Israel el 7 de octubre, que desencadenaron la guerra en Gaza.
El regreso de la extrema derecha les genera también espanto. Sea en Italia, dirigida por la jefa del partido Fratelli d’Italia (FDI) Giorgia Meloni o en Alemania, donde el partido AfD conoce importantes avances.
“El presente es muy sombrío”, opina el vienés Erich Richard Finsches, de 97 años. Superviviente de Auschwitz-Birkenau, vio con pavor la histórica victoria del Partido de la Libertad (FPÖ) en Austria. En su opinión, se ha engañado a los votantes del mismo modo que Adolf Hitler -nacido en Austria- engañó a los alemanes.
También existe un gran miedo al olvido. Miedo a “que se ahoga en la memoria de la Historia”, teme Pinchas Gutter. O en el incesante flujo de las redes sociales, dice Eva Shainblum.
“Lo veo, incluso con mis nietos”, lamenta. “Me preocupo por la nueva generación porque hoy no tienen la paciencia de escuchar, tienen esa máquina (teléfono inteligente) y están en ella día y noche”.
“Durante décadas se dijo que hablábamos demasiado de ello (…) pero cuantas más generaciones hay, menos se sabe lo que pasó”, ahonda la húngara Judit Varga Hoffmann, de 97 años y deportada a Auschwitz-Birkenau.
Esta combinación de fotografías muestra a supervivientes de los campos de concentración Rosa Schneeberger, Eva Erban, Raquel Lily Soriano Alhadeff, Dolly Hirsch Bramson, Marta Neuwirth, Anna Chuchana, Janina Iwanska, Pole Wladyslaw Osik y Barbara Wojnarowska-Gautier
Elena Jabina, una rusa de 82 años, incluso cree que tras la muerte de los supervivientes “probablemente no quedará ningún recuerdo”. Fue deportada al campo de concentración de Klooga, Estonia, cuando apenas era un bebé de siete meses.
“Hay una frase del Talmud que dice: ‘el que olvida su pasado es condenado a revivirlo’”, advierte Catherine Chalfine cuando recuerda la historia de su padre Gabriel Bénichou, nacido en Argelia francesa hace 98 años y detenido en Marsella. Desde esa ciudad del sur de Francia fue deportado a Auschwitz-Birkenau.
Para Rosa Schneeberger, sinti austriaca de 88 años, deportada a los cinco al “campo gitano” de Lackenbach, es desolador ver cómo se extinguen la cultura y la lengua de su minoría romaní.
“Los sinti están desapareciendo” porque “la mayoría murieron durante la guerra” y ya no hay suficientes supervivientes para mantener una comunidad.
– Resistir
Pese a todo, ahí sigue el mensaje de esperanza y la inquebrantable fe en la vida de quienes tan cerca estuvieron de perderla siendo muy jóvenes.
Emociona escuchar a Gyorgyi Nemes desde Montreal, que tras contar “el infierno” de su deportación, cierra la entrevista con estas palabras: “Enterré a mi marido hace diez años, pero tengo un hijo, una nuera y mi familia. Como les digo, soy la personas más afortunada del mundo”.
Y qué decir de la sudafricana Ella Blumenthal, de 103 años, que sobrevivió al gueto de Varsovia, a Majdanek, a Auschwitz-Birkenau y a Bergen-Belsen, que habla del “arte de la supervivencia” y del “milagro” de seguir vivo.
“Me ayudaron a sobrevivir, a seguir en pie para poder decir: ‘qué mundo tan maravilloso’”, exclama esta mujer, que nació en Varsovia y perdió a toda su familia, 23 personas en total, a manos del nazismo.
El leitmotiv común de todos estos supervivientes es resistir. Todos, a su manera, lanzan un vibrante llamamiento en favor de la libertad, la paz y la tolerancia.
“Hay que tener siempre la esperanza de sobrevivir y luchar por ello”, dice la argentina Raquel Lily Soriano Alhadeff, de 97 años, nacida en Rodas, una isla griega por entonces bajo dominación italiana. Con apenas 18 años, esta mujer logró escapar de Kaufering, un campo satélite del de Dachau, en Alemania, poco antes de ser liberado.
“Hay que pasar el testigo a los jóvenes”, insiste Marek Dunin-Wasowicz, comprometido con la resistencia polaca a los 15 años, y que 75 años más tarde fue testigo en uno de los últimos procesos a responsables nazis, en este caso el del ex guardián de las SS Bruno Dey.
Los jóvenes “son nuestra única esperanza”, añade, y deben “recordar no sólo a los que murieron, sino también lo que ocurrió, para que eso no vuelva a suceder”.
A ellos precisamente se dirige el francés Guy Poirot, cuya supervivencia es un absoluto milagro. Nacido a comienzos de 1945 en el campo de concentración de Ravensbrück, vivió en él sus primeros 46 días de existencia.
“Escuchen, ustedes los jóvenes, a quienes les han dado una conciencia (…) trabajen juntos, reflexionen juntos”, proclama. “¡La vida es un compromiso!”.
ABC(A.C.Jerez) — Una mañana del último día de enero de 1954 la policía irrumpía en el lujoso domicilio número 72 de la calle Princesa de Madrid. Durante la inspección haría un descubrimiento que pasaría a ser una de los grandes capítulos de la crónica negra de España.
Entre habitaciones llenas de animales disecados, los agentes encontrarían una lechera con una mano diseccionada. La sospechosa era la enigmática Margarita Ruiz de Lihory, a la que su hijo había denunciado. Una marquesa que había amputado una extremidad a su hija, Margot.
El escándalo consiguió vender cientos de ejemplares del semanario de sucesos ‘El Caso’ y alimentó una desenfrenada rumorología.
La historia de Lihory ha fascinado a muchos. Llamada la Mata-hari española, fue una mujer polifacética. Agente doble, aventurera, falsificadora de cuadros…, llegó incluso a salvarle la vida a Franco con sus conocimientos en medicina.
Fue amante de grandes personalidades y en el libro ‘Franco top secret’ se relata que esta misteriosa española formó parte del Círculo 30, que se describe como el germen de lo que sería después el servicio secreto español con sedes en Ceuta, Melilla o Tánger, entre otras plazas.
Entre sus amistades estaban Primo de Rivera o Blasco Ibáñez. A raíz del escándalo de la mano amputada, numerosos curiosos se acercaron a su famosa residencia de Albacete por la que se decía que pasaban personajes extraños y llamativos, como científicos de la Alemania nazi.
Se llegó a especular con que también tuvo como invitado al médico Josef Mengele. Juan Rada, veterano periodista de investigación e historiador, ha estudiado de cerca este caso en su libro ‘Grandes casos de la crónica negra’ y ha llegado a contar que ya de mayor Lihory guardó algunos de sus mejores secretos en un libro autobiográfico que usaba como seguro de vida. que aumentó aún más su misterio.
– De las páginas del ‘New York Times a su misión en Marruecos
Margarita Ruiz de Lihory pertenecía a la nobleza valenciana. Era hija de Soledad Resino de la Bastida, marquesa de Villasante y condesa de Val del Águila, y de José María Ruiz de Lihory y Pardines, barón de Alcalalí y San Juan de Mosquera.
Margarita Lihory
Se convirtió en una de las primeras abogadas de España. Pero también fue actriz, bailarina y una pintora de prestigio que llegaría a ganar la medalla de oro del Concurso Nacional de Bellas Artes. Asimismo, dio conciertos como pianista en Nueva York, Washington, México o La Habana.
Pero antes de todo eso se había casado con tan solo 17 años con Ricardo Shelly, de ascendencia irlandesa, con el que tuvo cuatro hijos que envió a un internado. Cuando su marido se fue con otra más joven, ella empezó a viajar por el mundo.
Llegó a codearse con el presidente estadounidense John Coolidge. Y el archiconocido empresario Henry Ford llegaría a regalarle un valioso collar de perlas, que le valdría aparecer en ‘The New York Times’. Y en los tiempos en que Primo de Rivera había sido gobernador de Valencia cultivó una amistad que le llevaría a su primera misión como espía en el extranjero.
Le encargó que entrara por Melilla en Marruecos para incorporarse a la guerra que estaba teniendo lugar como corresponsal de guerra.
– Un torniquete y una serie de experimentos
Los rifeños se querían independizar y su líder era Abd el-Krim. El objetivo era seducirlo mientras escribía excelentes crónicas y recopilaba información de inteligencia. De hecho, esta fue clave para evitar que Francisco Franco cayera en una emboscada. Y cuando fue gravemente herido por una bala en el bajo vientre fue Lihory la que le practicó un torniquete que evitó que muriese. En agradecimiento, Franco la nombraría capitán honorario del Ejército español.
Rada, en sus entrevistas, también ha dicho que Lihory compartía la ‘baraka’ (buena suerte ) de Franco. Y durante la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial volvería a ejercer como espía porque era lo que realmente le apasionaba.
Las particularidades de Lihory también se extienden a sus actividades en las residencias que tenía repartidas por España. Siempre fueron motivo de rumor entre los locales que decían que en su palacete de Albacete se practicaba algún tipo de actividad clandestina. En esta casa se habían aventurado dos jóvenes que dijeron haber visto quirófanos para animales y material médico.
Rada ha explicado que se trataba de dos militares alemanes que tenían un pasaporte falso y estaban trabajando en el desarrollo de un veneno y su antídoto. Y también en un sistema de envenenamiento de las aguas, para en caso de sitiar una ciudad dejarla sin acceso al agua potable.
– Un ritual y unas notas en una caja fuerte
Pese a todo este historial, Lihory no había atraído la atención del gran público hasta el famoso caso de la mano amputada. Cuando el suceso ocurrió, el fundador de ‘El Caso’ tuvo que seguir la consigna del censor, que no quería ver en primera página una foto de una mano flotando en una lechera, de modo que escribió con bolígrafo para la portada: ‘El misterio de la mano cortada’.
Ese día el semanario alcanzó un récord de ventas. «Se cuenta que un avispado quiosquero del barrio de Tetuán fue con una furgoneta comprando todos los ejemplares que veía, a dos pesetas y los revendía a cinco pesetas», relató Reda para la radio.
Cuando la policía se personó en el domicilio, además encontraron mechones de pelo y unos globos oculares. Margot, la hija de la espía, llevaba tiempo enferma de leucemia. Y Rada ha detallado que era conocida por su comportamiento ejemplar y su ayuda a los más necesitados.
Hasta el punto de que Lihory llegó a pensar que su hija era una santa y por eso quería conservar partes de ella como reliquias. Una idea que venía de los rituales que había observado en sus viajes por África.
Lihory y su marido consiguieron librarse de la cárcel y del psiquiátrico por la intervención de las altas esferas del momento, y al demostrarse que la disección había sido ‘post mortem’, por tanto no se trataba de un asesinato. La orden era dar carpetazo al asunto.
Además, Lihory alardeaba de que había ido guardando numerosas pruebas de personajes influyentes durante sus tiempos como espía. Secretos que de salir a la luz podrían comprometer a nombres importantes. Un contenido que había convertido en un libro y lo ocultaba en una caja fuerte jde un banco.
Un tesoro que ‘El Caso’ también quiso encontrar, pero el intento fue infructuoso. Lihory acabó su días arruinada y se vio obligada a vender sus joyas para sobrevivir. La enterraron en el cementerio de Albacete, donde también estaba su hija Margot.