La mente es maravillosa(V.Sabater) — El comportamiento disruptivo no aparece solo en la infancia y adolescencia. Los adultos con este patrón evidencian rasgos antisociales, desafío a la autoridad y conductas de riesgo.
Cuando Pablo estaba en el instituto era el más problemático de su clase. Se peleaba con sus compañeros, rompía el mobiliario escolar, ignoraba instrucciones y tenía una actitud muy desafiante. Ahora, con 20 años, ha amenazado a su jefe con golpearlo, porque lo acaba de despedir del trabajo. Este es uno de los tantos ejemplos de perfiles de comportamiento que podemos ver con frecuencia en muchos ámbitos y que se conocen como conductas disruptivas.
Se trata de acciones que interfieren con el funcionamiento normal de un escenario social. El impacto suele ser inmenso, tanto a nivel académico, familiar, laboral y personal del propio individuo. La detección temprana, sumada a una intervención multidisciplinar podría traer notables mejoras en estos casos.
– Conductas disruptivas: definición y características
Pocas realidades son tan importantes para el ser humano como la correcta regulación de las emociones y saber ajustar el comportamiento en cada situación. En esta conjunción hay un perfecto equilibrio entre lo cognitivo, lo social y lo emocional. Por eso, se dice que las conductas disruptivas son uno de los mayores problemas para la convivencia y el bienestar.
De hecho, un campo en donde se estudia esta dinámica es el educativo. Al respecto, un trabajo realizado en la Universidad del País Vasco revela que queda mucho por comprender sobre esta dimensión comportamental. Necesitamos desarrollar más programas de intervención para dar respuesta a estos niños que el día de mañana deben saber desenvolverse en múltiples escenarios sociales. Profundicemos un poco más.
. Cómo se manifiesta en la población infantojuvenil
Los niños y adolescentes con conductas disruptivas muestran patrones constantes de comportamiento terco, irritable y poco cooperativo. Estas características son visibles en el núcleo familiar, pero en la escuela el problema se agrava. La convivencia con sus iguales y con las figuras de autoridad, se vuelve disfuncional, manifestándose casi siempre a través de las siguientes dimensiones.
-Síntomas emocionales
Deseo de venganza: cuando se les corrige, reprende o se lleva a cabo alguna acción que procesan como injusta, estos niños y adolescentes no dudan en dejarse arrastrar por esta emoción reactiva para volcar su ira sobre los demás.
Falta de responsabilidad: demuestran una gran dificultad para asumir la responsabilidad de sus acciones. De hecho, no dudan en culpar a otros de sus malos procederes o justifican su comportamiento de forma muy arbitraria e irracional.
Problemas para regular emociones: hay una clara tendencia a la impulsividad. Son, por lo general, niños y niñas con muy poca resistencia a la frustración y que estallan en ataques de ira, con abruptos cambios de humor. Además, evidencian escasa capacidad para autorregularse.
Ansiedad y estrés: este grupo poblacional suele presentar rasgos de frustración, ansiedad, irritabilidad y, como se señala en Italian Journal of Pediatrics, también expresan una marcada tendencia a la depresión. Sienten que viven en un mundo injusto, que les oprime y castiga casi a cada instante.
-Síntomas cognitivos
Sesgos cognitivos: suelen interpretar mal las acciones o intenciones de los demás, asumiendo hostilidad o amenazas donde no las hay.
Problemas de memoria y atención: el comportamiento disruptivo se manifiesta con problemas para focalizar la concentración de manera sostenida, recordar datos o consolidar información.
Baja capacidad de organización y planificación: en este perfil solemos observar una clara falta de habilidades organizativas. Esto les dificulta la gestión de tareas diarias y asumir responsabilidades.
Enfoque mental inflexible: conllevan serios problemas para aplicar un razonamiento reflexivo, paciente e inductivo. Esa inflexibilidad les impide tomar buenas decisiones y resolver problemas de manera efectiva.
-Características conductuales
Conducta egoísta: suelen centrarse casi de manera exclusiva en sus propias necesidades o deseos, sin tener en cuenta los de los demás.
Problemas de convivencia: son niños y adolescentes con serios problemas de integración en el aula o en su grupo de iguales, debido a su actitud retadora e impulsividad.
Desafío a la autoridad: se niegan a recibir órdenes o instrucciones, cuestionan y discuten con los adultos y, además, demuestran actitudes desafiantes y provocativas.
Agresividad: este colectivo infantojuvenil suele estar detrás del bullying, intimida, utiliza un lenguaje violento y puede derivar en conductas agresivas con las personas, animales o mobiliario.
. Cómo se manifiesta en la población adulta
En adultos, la conducta disruptiva puede manifestarse de maneras que afectan las relaciones personales y profesionales. Pensemos que la intervención social y psicológica en la población infantojuvenil no es sencilla, con lo cual es frecuente alcanzar los 18, 20 o 30 años con el mismo patrón de comportamiento. El problema es más que evidente. Veamos sus características:
Posibles problemas de adicciones.
Dificultad para mantener un empleo.
Tendencia a la ansiedad o depresión.
Tendencia a involucrarse en altercados.
Inconvenientes para conservar relaciones.
Desavenencias frecuentes con otras personas.
Los problemas mentales latentes pueden agravarse.
Es posible implicarse en actividades peligrosas o imprudentes.
– ¿Cómo saber si estamos ante un trastorno disruptivo?
Es importante señalar que hay comportamientos disruptivos que no siempre son sinónimo de un trastorno psicológico. A menudo, podemos tener niños en el aula con problemas puntuales para regular su conducta debido a una mala gestión emocional, y no por ello presentar algún problema clínico.
En estos casos, es recomendable llevar a cabo un buen diagnóstico, además de analizar su entorno, historial y comportamiento en diferentes escenarios. Veamos los criterios asociados a los trastornos disruptivos, del control de los impulsos y de la conducta de acuerdo con el DSM-5:
. Característica central
Dificultad continuada para resistir los impulsos o las tentaciones de llevar a cabo actos que pueden ser perjudiciales, para sí mismo y/o para los demás. Esta particularidad aparece de manera temprana en los niños de entre 4 y 5 años. Sin embargo, es en la adolescencia cuando alcanza el mayor pico de intensidad. Entonces, dada la problemática conductual, se les deriva a salud mental.
Asimismo, lo que vemos siempre es a una población infantojuvenil que ocasiona serios problemas en el aula. La agresividad, los problemas de confianza y el trato violento tanto a sus iguales como a sus maestros son ese elemento nuclear que siempre se repite.
. Persistencia
No son acciones o reacciones puntuales u originadas por estados ocasionales de estrés o ansiedad. Nos encontramos ante un patrón persistente de comportamiento, en el cual el niño o adolescente evidencia una adaptación social muy deficiente. La reactividad emocional, la impulsividad y la agresividad son características estables en el tiempo, que no suelen responder a simples correcciones, advertencias o imposición de límites.
. Conductas habituales
Algunas conductas en particular suelen evidenciar el perfil de un trastorno disruptivo, las mismas suelen presentarse en cualquier escenario y contexto. Se trata de las siguientes:
Falta de empatía.
Ausencia de culpabilidad.
Agresividad a personas y animales.
Destrucción de objetos y mobiliario.
Conductas repetitivas de incumplimiento de normas sociales.
La duración de este comportamiento debe durar doce meses o más.
– Tipos de trastornos de la conducta disruptiva
Los trastornos disruptivos, del control de los impulsos y de la conducta trazan un patrón peligroso para la seguridad de los demás y para los estándares de cualquier sociedad. Asimismo, como señalan en una publicación de Brain Sciences, configuran no uno, sino varios trastornos con sus características propias. Los analizamos:
Piromanía: poco frecuente, pero se presenta mediante impulsos recurrentes o deseos imperiosos de iniciar un fuego de forma deliberada.
Trastorno de la conducta: patrón persistente de comportamiento antisocial, agresivo, o desafiante que viola las normas sociales y los derechos de los demás.
Trastorno negativista desafiante (TND): actitud desafiante y hostil hacia figuras de autoridad como padres, maestros, supervisores, etc. Puede derivar en respuestas violentas o muy conflictivas.
Trastorno explosivo intermitente: episodios repentinos de agresividad extrema o reacciones exageradas que no se alinean con la situación social en la que se encuentran. Son características desreguladas que ya podemos ver en niños de 3 y 4 años.
Cleptomanía: comportamiento impulsivo e irresistible por apropiarse de objetos que, en muchos casos, ni siquiera son útiles ni necesarios para el uso personal. A menudo, lo que se hace con ellos es esconderlos, regalarlos o devolverlos al cabo de los días.
Trastorno de la personalidad antisocial: es muy frecuente entre la población. The Egyptian Journal of Neurology, Psychiatry and Neurosurgeryofrece este dato y lo describe como una clara falta de empatía, desvergüenza, impulsividad, desprecio por normas sociales y tendencia a la manipulación.
– Causas asociadas a estas conductas disfuncionales
Cuando nos encontramos con un niño o adulto que evidencia conductas disruptivas, es importante comprender cuál es su entorno. Factores como el contexto, la genética y la biología median en el desarrollo de este patrón comportamental. Son realidades psicológicas muy complejas donde se integran múltiples dimensiones a la vez. Las analizamos enseguida.
. Factores biológicos
Existen trabajos bastante completos como The Wiley Handbook of Disruptive and Impulse‐Control Disorders (2017), que nos permiten tener una visión más integral sobre esta realidad clínica. Las conductas disruptivas presentan con frecuencia una base biológica que no puede dejarse de lado. Estos serían los factores que la explican:
Desequilibrios químicos: los niveles anormales de neurotransmisores como la dopamina y la serotonina pueden afectar el comportamiento y la regulación emocional.
Genética: este tipo de acciones suelen tener un origen genético. Si hay antecedentes familiares de trastornos del comportamiento o de salud mental, el riesgo es mayor.
Neurobiología: determinadas alteraciones en ciertas áreas del cerebro, como el sistema límbico y la corteza prefrontal, relacionadas con la regulación de emociones y el control de impulsos, pueden contribuir a estas conductas.
. Factores sociales o contextuales
El entorno en el que se desarrollan las personas que afrontan esta realidad está bastante ligado al origen del diagnóstico. Mira lo que se debe considerar:
Contexto psicosocial: el abandono, el abuso psicológico o sexual, la pobreza y el sentirse descuidados o desprotegidos podrían derivar en esta clase de conductas.
Interacción familiar: seguro que habrás deducido esta variable. Es posible que la falta de disciplina consistente, el maltrato o la exposición a la violencia en el hogar aumenten el riesgo de comportamientos disruptivos.
Falta de supervisión: la ausencia de supervisión adecuada de los progenitores puede promover que el niño o adolescente participe en actividades de riesgo o problemáticas. Poco a poco termina normalizándolas e integrándolas.
. Desencadenantes psicológicos
Hay elementos desde el ámbito de la psicología, por ejemplo, vinculados a la gestión emocional, también entendidos como causantes del trastorno en cuestión. Se trata de estos:
Trastornos del desarrollo: cuando realizamos una evaluación psicológica de estos niños o adultos, se suele detectar la presencia del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Ambas realidades pueden coexistir juntas.
Problemas de regulación emocional: el sustrato de toda conducta disruptiva parte siempre de la dificultad para manejar emociones intensas, como la ira o la frustración, lo que tiende a llevar a reacciones impulsivas o agresivas.
Baja autoestima: en ocasiones, los sentimientos de inseguridad o baja autoestima pueden desencadenar comportamientos desafiantes como mecanismo de defensa. No obstante, ten en cuenta que esta variable no explica por sí misma el patrón disruptivo. Debe acompañarse a su vez de varios de los elementos descritos antes.
– ¿Cómo se manejan los patrones disruptivos?
Los docentes saben que hacer frente a un comportamiento disruptivo es muy agotador.
Esto mismo es lo que destaca un trabajo divulgado desde la Universidad de Oslo.
Se necesitan enfoques muy estratégicos y empáticos que atiendan la realidad de cada persona.
Asimismo, es decisivo que esta labor se inicie desde edades tempranas. Veámoslo.
. Intervenciones sociofamiliares
Analizar el contexto familiar del niño.
Crear un entorno que sea más estructurado.
Aportar una buena psicoeducación sobre este problema y sus efectos.
Fomentar una comunicación abierta y estrategias de disciplina consistentes en casa.
Trabajar en los problemas familiares que puedan contribuir al comportamiento disruptivo.
. Terapia psicológica
Realizar una adecuada evaluación psicológica.
Incluir herramientas para el control de los impulsos.
Guiar en el aprendizaje de la empatía y las habilidades de regulación emocional.
Ayudar al niño a identificar pensamientos que conducen a comportamientos disruptivos.
Enseñar técnicas de relajación, habilidades de comunicación, así como de resolución de problemas.
. Intervenciones en el aula
Formación específica en conductas disruptivas.
Dotación de medios para maestros y profesores.
Recompensar los comportamientos positivos para incentivar su repetición.
Incluir formaciones en el aula sobre comunicación emocional y control de impulsos.
Crear un sistema de puntos que pueda canjearse por premios al alcanzar ciertos objetivos.
Implementar un Plan de Educación Individualizada (IEP) para estudiantes con necesidades especiales.
– Un problema silencioso de gran impacto
El comportamiento disruptivo e inapropiado, más que una barrera para el aprendizaje, es un problema de convivencia. No atajarlo desde la escuela y en edades tempranas, daría al mundo adultos incapaces de manejarse en sociedad. La violencia, el desafío a la autoridad y la infelicidad serán los pilares que guiarán sus vidas. Es necesario ser más sensibles a esta realidad.
El manejo de tales conductas requiere un enfoque comprensivo que aborde las necesidades individuales y las circunstancias del entorno. En esta meta se necesita aunar esfuerzos y políticas por parte de todos los agentes sociales. Familia, escuela y administraciones públicas deben situar la mirada en esta dinámica que, de algún modo, nos afecta a todos.
JotDown(J.Peláez) — En junio de 2014 infinidad de medios de comunicación nacionales y sobre todo internacionales abrían, no solo su sección tecnológica, sino incluso algunas de sus portadas con una noticia que invitaba a la indignación: Facebook había llevado a cabo un «experimento secreto para manipular las emociones de casi setecientos mil usuarios».
La noticia surgía tan solo unos días después de la publicación en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) de un estudio realizado por los investigadores Adam Kramer, Jamie Guillory y Jeffrey T. Hancock titulado Evidencias experimentales de contagio emocional a través de redes sociales.
El llamativo título del estudio y, sobre todo, el hecho de que se hubieran utilizado las publicaciones de usuarios de Facebook sin haberles avisado con anterioridad, hizo que una especie de locura hipocondríaca se apoderara de numerosos medios acusando a los responsables de la célebre red social de «manipular las emociones de los usuarios».
Como podréis comprobar en las portadas de la imagen superior, y a poco que busquéis por internet, la información ofrecida sobre el estudio en multitud de periódicos, radios y televisiones fue bastante exagerada y poco acorde con lo que realmente sucedió. Hubo incluso telediarios que abrieron sus ediciones con frases como «Facebook nos utiliza como ratas de laboratorio» o «Facebook juega con las emociones de los usuarios».
El estudio publicado en PNAS que levantó la polémica.
Lo cierto es que el paper publicado en PNAS es bastante inocuo —yo diría incluso que bastante evidente— pero sobre todo está muy alejado de los titulares sensacionalistas que vivimos en la prensa.
Realmente todo lo que hicieron los investigadores fue analizar las publicaciones de un gran número de usuarios de Facebook (N=689.003) y llegar a la conclusión de que las emociones que mostraban en sus actualizaciones eran muy proclives de propagarse a otros usuarios.
De esta manera, si en Facebook ves una publicación triste de alguno de tus amigos es muy probable que tu próxima actualización esté acorde a esa emoción, o si lees un artículo alegre que algún amigo ha compartido, es muy probable que tu próximo mensaje en Facebook sea también alegre.
Por supuesto fue un error, un grave error, no haber comunicado a los usuarios que sus publicaciones estaban siendo objeto de un estudio sociológico.
Sí, pero también es cierto que después de conocer en qué consistía realmente el paper publicado no hay signo de manipulación alguna a nadie. Es más, las actualizaciones son públicas y cualquiera puede hacer un estudio, encuesta o análisis de lo que se comparte en Facebook, Twitter o cualquier otra red social abierta.
Deberían haber pedido permiso, repito. Sí, claro. Pero de ahí a manipular emociones, ratas de laboratorio o jugar con los sentimientos de los usuarios hay un abismo.
«Facebook nos utiliza como ratas de laboratorio». Hombre, no es para tanto….
No obstante, Facebook pidió perdón públicamente —unas disculpas bastante light, cierto, pero acordes con el venial pecado que habían cometido— y en el artículo científico de PNAS se incluyeron dos actualizaciones —marcadas en rojo en la imagen superior— en las que se manifestaba un «Editorial expression of concern» y posteriormente una corrección.
Demasiado pescado para tan poca caña.
He querido empezar por atrás —todo lo relatado hasta ahora representa solamente el final de la historia— porque lo realmente fascinante de este tema no es lo que conocimos en la prensa. El cómo se llegó a este estudio, los prolegómenos y la cadena de sorpresas que llevaron a realizarlo es otra historia mucho más increíble y apasionante.
Es la historia, desconocida pero fascinante, del experimento de Facebook sobre las emociones. La han desvelado hace pocas semanas, Jad Abumrad y Robert Krulwich en el fabuloso podcastRadiolab que se emite en la National Public Radio de Estados Unidos.
Y nuestro relato comienza aquí: 26 de diciembre de 2011.
La Navidad es un lío para Facebook. En esas fechas las felicitaciones, eventos, y las notificaciones de los usuarios escribiendo a sus familiares vuelan elevando el tráfico de la red hasta las nubes. Actualmente hay aproximadamente 1390 millones de personas con perfil en Facebook, esto lo convertiría —virtualmente— en el país más poblado de la Tierra, superando a China que tiene 1357 millones. De hecho, en la actualidad, hay más usuarios de Facebook que católicos.
Las cifras en esta historia son fundamentales. El fenómeno social que representa Facebook no tiene precedentes en ninguna época de la humanidad. Lo diré en letra: mil cuatrocientos millones de usuarios activos. Ni siquiera contamos todos los perfiles borrados.
La actividad diaria que puede llegar a generar un número de ese calibre es espeluznante. Cualquier pequeño problema que surja en esa página, aunque tan solo afecte a un ínfimo porcentaje de usuarios, es un problema de cientos de miles de afectados.
Pensad solamente en las fotos. Aquí va una cifra: en 2011, año en el que se inicia nuestro relato, se subieron a Facebook setenta mil millones de fotos. No os perdáis en los números, intentad empaparos de ellos para comprender el conjunto completo. Un siete seguido de diez ceros… foto, foto, foto, foto.
Miles de fotos por segundo subidas por usuarios en todo el mundo. Solamente en aquella semana de Navidad de 2011, desde el 24 de diciembre hasta el 1 de enero, se subieron a Facebook más fotos que en toda la historia de Flickr.
Eso ya lo sabían los informáticos de Facebook cuando se fueron de vacaciones navideñas. Lo que no sabían era lo que se iban a encontrar al regresar a las oficinas el día 26 de diciembre: millones y millones de denuncias sobre esas fotos. ¿Qué había ocurrido?
Facebook tiene una política muy estricta con sus contenidos. No permite imágenes de desnudez, de consumo de drogas, fotos de actividades ilegales… Sin embargo aquella cantidad de photo’s report era simplemente desmesurada.
Los responsables se reunieron y antes de hacer nada al respecto, antes de escribir al usuario o retirar ninguna de esas fotos denunciadas, decidieron echarles un buen vistazo.
Primera sorpresa: el 97% de todas esas fotos eran imágenes corrientes y molientes. En la inmensa mayoría no solo no había nada ilegal, es que ni siquiera eran fotos de mal gusto… muchas eran de familias celebrando las entrañables fechas en las que estaban, fotos de mascotas o de parejas sonrientes.
El ingeniero informático de Facebook Arturo Bejar explica que no sabían qué hacer ante aquel aluvión de foto-denuncias. ¿Revisarlas todas? Imposible. Examinar una por una y decidir si retiraban tal cantidad de fotos hubiera necesitado de un ejército de trabajadores durante meses y meses.
Imaginad una nave industrial entera, llenadla con diez mil mesas, diez mil sillas, diez mil ordenadores y diez mil personas revisando individualmente cada foto antes de decidir si había que borrarla o no… No, aquello necesitaba una solución más específica.
Facebook decidió probar algo diferente para ahondar en el problema. ¿Por qué quería la gente retirar esas fotos? Bueno, vamos a preguntarles a unos cuantos usuarios a ver qué dicen. Segunda sorpresa: la gran mayoría de los que habían denunciado esas fotos, ¡estaban en la foto!
Esto no era una cuestión de fotos ilegales, de desnudez, de imágenes violentas… Era una cuestión personal de los usuarios. Muchas eran de parejas que habían roto, usuarios que no querían aparecer en esa fiesta junto a su cuñado con el que se llevaban fatal, mascotas que habían fallecido y les hacían sentirse tristes, o simplemente les daba vergüenza aquel momento y aquella foto.
No era un problema de denuncia, allí en aquellas imágenes había sentimientos, dramas humanos, relaciones y emociones.
En aquel momento para denunciar una foto en Facebook hacías clic en la opción de photo reporty la enviabas. No había nada más, no existía ningún mecanismo que incluyera el motivo por el que querías eliminar esa foto de la red social exceptuando los motivos legales de violencia, ilegalidad, etc. Los usuarios denunciaban fotografías pero no podían decir por qué querían que fuesen retiradas.
Opciones de fotos en Facebook.
Se organizó una nueva reunión para decidir qué hacer a continuación. La decisión ya no era si retiraban unas cuantas fotos o no, esto era algo más profundo y la gran pregunta que rondaba las cabezas de los responsables de Facebook ahora era qué pensaban los usuarios sobre sus propias fotos. Así que hicieron lo más lógico, preguntarles.
Se eligieron unos cuantos miles de usuarios que habían denunciado fotos y se les preguntó lo siguiente: «¿Qué sientes cuando ves esta foto?».
A continuación incluyeron varios epígrafes para que el usuario pudiera elegir: 1. Embarrasing (vergüenza, embarazoso), 2. Anger (enfado), 3. Sadness (tristeza), etc. Eligieron algunas emociones y al final añadieron una opción extra que ponía «otras» en donde el usuario podía escribir lo que quisiera.
Los resultados de esta pregunta fueron muy confusos, al menos en un principio.
Aproximadamente un 50% de los que contestaron eligieron alguna de las opciones predeterminadas, mientras que el otro 50% utilizaron la opción Others. Lo extraño es que la mayoría de que aquellos que eligieron Others escribieron como respuesta: «It’s embarrasing». Una respuesta que paradójicamente ya estaba en las opciones anteriores.
¿Qué ocurre aquí? ¿Por qué tanta gente escribía en la opción Others y elegían una respuesta que ya existía en las opciones que Facebook le daba al principio?
Después de darle muchas vueltas al asunto se fijaron en que los usuarios que habían contestado «It’s embarrasing» estaban modificando su pregunta para ser más específicos. Cuando les preguntaban: ¿Cómo te sientes cuando ves esta foto? La opción 1. Embarrasing significaba que el usuario se sentía avergonzado…
Pero no era eso lo que los usuarios querían expresar, no eran ellos los que estaban avergonzados. ¡Era la foto! IT’S embarrasing… la foto es embarazosa, la foto es vergonzosa. Aunque soy yo el que aparece en la foto, no soy yo… es la foto.
Cada paso que daban les hacía comprender que estaban ante una cuestión psicológica. La relación entre emociones personales y tecnología debía ser tratada por alguien más aparte de un puñado de ingenieros informáticos. Necesitaban expertos en psicología para poder llegar al fondo del asunto.
Lo siguiente que decidieron hacer fue deshacerse de las opciones y empezar desde cero.
¿Queremos que el usuario nos explique cuál es el problema con esa foto? Bien, pues dejemos que lo explique él mismo. No demos opciones predeterminadas, pongamos simplemente una caja en blanco de diálogo entre el usuario molesto por la foto y el usuario que la subió. Solo eso, simple y directo: se abre un pop-up entre dos usuarios y que ellos hablen para solucionar el problema.
¿Resultado? Desastroso… Menos del 20% de los usuarios a los que pusieron en contacto para solucionar el problema de la foto utilizaron realmente esa caja de diálogo en blanco. Parece que poner opciones predeterminadas funcionaba mejor que dejar a los usuarios que arreglasen por ellos mismos la cuestión de si retirar o no la foto.
Pero resulta que esa ausencia de diálogo significaba algo, y estaba bastante claro: los usuarios no quieren tratar problemas embarazosos con otros usuarios.
Los ingenieros comprendieron que podría resultar algo violento que un usuario tuviera que arreglar ese problema con otro usuario que, en el caso de estas fotos, posiblemente era tu exnovia o alguien con quien no quieres hablar.
Claramente los usuarios estaban diciendo: «Es tu problema Facebook, arréglalo tú, yo no voy a hablar con ese otro usuario para que quite la foto».
En Facebook volvieron las reuniones y surgió otra idea: ¿Y si los ponemos en contacto con una opción ya predeterminada por nosotros? Sigamos con la caja de diálogo pero ahora en lugar de dejarla en blanco, vamos a poner nosotros el mensaje.
De esta manera a los usuarios que habían reportado una foto que querían que fuese borrada se les abría una caja de diálogo con la siguiente frase: «Ey, me gustaría que quitases esa foto».
Era una frase sencilla, directa —algunos consideraron que era incluso demasiado directa— que podría solucionar el asunto de las fotos. Y no se equivocaban: resultó que el porcentaje de usuarios se incrementó notablemente hasta casi un 60%, una mejoría impresionante respecto al pobre 20% que quisieron usar la caja en blanco.
Estaban ante una de las primeras conclusiones en firme: en este tema tan delicado los usuarios prefieren las opciones dadas por un tercero —en este caso Facebook— antes que entablar un diálogo directo con la persona que subió la foto.
Ante este primer éxito decidieron probar con otras frases para comprobar cuál era la más adecuada para el usuario. Y así se incluyeron otras versiones como «¿Te importaría quitar esa foto?», «Perdona que te moleste, ¿podrías quitar esa foto?», «Por favor, ¿podrías quitar esa foto?», etc.
Los datos, respuestas y porcentajes comenzaron a aparecer y el equipo de Facebook analizó también la tasa de éxito de cada una de estas opciones de pregunta comparándolas con el porcentaje de fotos que el otro usuario había accedido a retirar.
Los ingenieros de Facebook se encontraron delante de sus narices y sin haberlo buscado en un primer momento muchas respuestas a cuestiones fascinantes de psicología, de emociones y de la relación del usuario frente a una tecnología que incluye interacciones sociales con otros usuarios.
Llamaron a un puñado de especialistas en diversas ramas —psicología, neurociencia, comportamiento social— para que les ayudaran a tratar con aquel torrente de información y finalmente llegaron a algunas conclusiones.
Por ejemplo: Poner el nombre del usuario al que pides algo ayuda a que lo consigas. Así, la frase «Ey, ¿te importaría quitar esa foto?» funciona peor que si se incluye su nombre: «Ey, Javier, ¿te importaría quitar esa foto?». Descubrieron que utilizar «¿Te importaría quitar esa foto?» (Would you mind take down this photo?) funciona mejor que «¿Podrías quitar esa foto?» (Could you take down this photo?).
Se encontraron incluso que pedir perdón antes de pedir algo no funciona: las frases que incluían términos como «Perdona» o «Disculpa que te moleste» conseguían que menos usuarios retiraran las fotos.
Actualmente, y después de muchos quebraderos de cabeza, la caja que aparece en Facebook cuando quieres quitar una foto tiene el siguiente aspecto e incluye las cuatro razones más utilizadas por los usuarios:
Opciones de facebook para pedir que se quite una foto en la actualidad
Esta historia de fotos, denuncias y respuestas de usuarios hizo que los responsables de Facebook comprendieran la necesidad de incluir entre su plantilla a especialistas en conducta humana y psicología.
Diariamente tienen que lidiar con cientos de millones de relaciones entre personas, emociones y sentimientos encontrados, un campo en el que los informáticos y analistas de datos con los que contaban se veían desbordados.
Y es ahora donde vuelvo a recordar la dimensión del fenómeno Facebook y sus números. Mil cuatrocientos millones de personas metidas en un mismo lugar, relacionándose y comunicándose a un nivel jamás visto en la historia del ser humano.
Un campo increíble con posibilidades ilimitadas para estudiar la conducta humana y para realizar estudios científicos que nos ofrezcan respuestas a infinidad de cuestiones sociológicas, políticas, psicológicas…
Es un terreno fascinante para investigar, aprender y conocer y personalmente no me gustaría renunciar a él; aunque eso sí, estimados responsables de Facebook, lo mejor es que en un futuro primero pidan permiso a sus usuarios.
Marcianos(Hery) — La Alemania nazi ha sido el centro de atención y especulación de todo mundo desde hace más de siete décadas. Desde aquel conflicto bélico llamado Segunda Guerra Mundial, las personas no han dejado de cuestionarse cómo un régimen de horror pudo impulsarse a través de una nación avanzada, moderna y comprometida con el progreso.
En lo que refiere al desmedido horror de los nazis, existe un tema extrañamente fascinante sobre la mitología oculta, sus significados, secretos y misterios. La combinación del misticismo y el poderío militar alemán en la época dio pie a toda una subcultura de estudios sobre el tema.
Uno de los aspectos más llamativos sobre el nazismo hace referencia a algo que fue llamado Wunderwaffen, armamento sofisticado de tecnología avanzada incluso para los estándares modernos.
Las Wunderwaffen van desde simples miras láser hasta motores de propulsión a chorro supersónicos, cosas que en la década de 1940 no existían más que la ficción, pero que ya eran contempladas por los científicos alemanes cómo posibilidades y en algunos casos llegaron a fabricarse prototipos. Otras armas jamás abandonaron el papel, pero no por eso dejan de ser espectaculares.
– ¿Qué parte de esta historia es verdad y cuánto fue pura invención?
Como cualquier complejo militar industrial, los nazis tenían programas de desarrollo e investigación, así como ingenieros y empleados a su completo servicio. Al interior de estas industrias armamentistas existieron incontables programas y planos para el desarrollo de armas avanzadas.
A medida que la mano de obra y los recursos financieros fueron limitándose en el transcurso de la guerra, una menor cantidad de proyectos fueron sacados a flote, y algunos de estos que siguieron hasta el final del conflicto eran simplemente increíbles.
En la actualidad conocemos prácticamente la totalidad de programas militares en desarrollo durante el gobierno de los nazis. Hacia el final de la guerra, los Aliados lograron apoderarse de diversas instalaciones relativamente intactas y de estos lugares se obtuvieron tecnología, planos y documentos. Incluso prototipos de maquinaria.
Mucho de este material debió haber sido destruido por los propios nazis, pero cuando vieron la guerra perdida, la prioridad fue ocultar los crímenes cometidos en los Campos de Exterminio.
Los planos confiscados por los Aliados mostraban que los nazis estaban comprometidos con la construcción de aviones caza, como los modernos Messerschmitt Me 262 y el Heinkel He 162, dos aeronaves muy superiores a cualquier aparato de la época.
Hacia el final de la guerra, algunas tropas ya iban equipadas con el Zielgerät ZG-1229 Vampir, miras infrarrojas que les proporcionaban visión nocturna, mucho antes que los estadounidenses concibieran la idea.
El auge del período militar nazi se dio durante el programa de desarrollo del misil de crucero V-1 y del proyectil balístico suborbital de larga distancia, el V-2. Se probaron 3000 prototipos y más de la mitad logró alcanzar el espacio, 15 años antes que lo hiciera el Sputnik 1.
Diagrama del V-1.
– Vehículos aéreos para la guerra.
Pero existieron otros planos mucho más fantásticos.
Entre los vehículos aéreos teníamos al Horten Ho-229, un avión de propulsión a chorro el Mach 2.2, Lippisch P13a un caza con alas en formato delta, un avión espía de altitud similar al U-2 estadounidense llamado DFS-228, y hasta un avión con alas en rotación, el Messerschmitt P.1101, que se convirtió en el precursor del Bell X-5.
También existían planos para el desarrollo de aviones capaces de realizar despejes y aterrizajes verticales.
Messerschmitt P.1101
Los nazis también intentaron desarrollar en forma agresiva el proyecto para su Amerika Bomber, un avión bombardero con una capacidad de vuelo suficiente para desplegar ataques sobre los Estados Unidos. Los nazis creían que desplegando bombarderos sobre las ciudades estadounidenses podrían cambiar el curso de la guerra.
Dichos aviones incluían variantes del Arado E 555 e incluso de un vehículo suborbital llamado Silbervogel que llegó a ser probado. Con estos aviones, en teoría, los nazis serían capaces de lanzar bombas sobre Nueva York y Boston, devastando a las dos principales ciudades de Estados Unidos.
Horten Ho-229
Arado E 555
– Vehículos terrestres y anfibios.
En tierra los alemanes tenían planos para la construcción de enormes tanques blindados. La tecnología de tanques nazis durante la guerra superaba por mucho a la de los aliados. El Tiger II tenía una capacidad de movilidad, velocidad y blindaje impresionante, casi comparable con las de los tanques actuales. Pero los planes implicaban construir armas aún más grandes y letales.
El Landkreuzer P.1000 Ratte y el P.1500 Monster, requerían a una tripulación de 40 y 100 hombres respectivamente. Eran máquinas colosales, equipadas con cañones de largo alcance que recordaban más a trenes que a tanques.
Podían disparar las más grandes piezas de artillería diseñadas hasta la fecha, proyectiles de 800 milímetros con un poder de destrucción abominable. Si hubieran sido producidos, esos tanques podrían reducir ciudades enteras a ruinas.
Landkreuzer P.1000 Ratte y P.1500 Monster eran colosales.
En el agua, los nazis planeaban construir un nuevo modelo de submarino capaz de disparar sus misiles V-2 desde alta mar hasta las ciudades estadounidenses. El plan era construir estos dispositivos como plataformas móviles de lanzamiento, capaces de transportar hasta 100 misiles de largo alcance.
Tres llegaron a desarrollarse, incluso una quedó lista antes del final de la guerra, pero el atraso en las pruebas de los misiles V-2 respecto al desarrollo del submarino imposibilitaron su despliegue. Posteriormente, el proyecto de la plataforma fue empleado por estadounidenses y soviéticos en los años 50.
– Armamento nuclear.
Los nazis también estaban cerca de desarrollar armas atómicas para equipar sus misiles V-2. Documentos secretos obtenidos del alto comando alemán, muestran que un proyecto para la construcción de complejos de enriquecimiento de uranio estaba en proceso.
Con dicho material en las manos, no pasaría mucho tiempo antes que lograran fabricar armas de destrucción masiva.
V-2 Alemán.
Mientras el Proyecto Manhattan estaba sucediendo en los Estados Unidos, había un hermano gemelo en Alemania: el Uranverein, o Club del Uranio. El Uranverein tuvo un arranque tan prometedor como el Proyecto Manhattan, y quizá mucho más eficiente; sin embargo, los nazis no tenían recursos para profundizar en las investigaciones y el curso de la guerra frenó cualquier progreso.
La operación con reactores alemanes para crear plutonio requería de agua pesada, proveniente casi exclusivamente de la Estación Hidroeléctrica de Vemork en Noruega, un sitio que producía nitrógeno con fines agrícolas.
El Club del Plutonio fue desmantelado por aquella que quizá fue una de las operaciones de sabotaje más importantes en la historia: la Operación Gunnerside, en la que un pequeño comando noruego fue lanzado tras las líneas enemigas y esquiaron hasta Vemork.
A continuación, escalaron los acantilados dónde se encontraba la planta, ingresaron al complejo a través del ducto de ventilación y plantaron explosivos.
La explosión destruyó todo el suministro alemán de agua pesada y la mayor parte del equipo necesario para su producción. Tres mil soldados fueron enviados tras los saboteadores, pero el comando noruego se las arregló para escapar.
El comando noruego responsable por el sabotaje.
Meses después el complejo volvió a operar, pero los bombarderos aliados lograron damnificar las instalaciones una vez más. Los alemanes hicieron un último intento de enviar un cargamento de agua pesada a través de buques cargueros en el Mar del Norte.
Otro heroico equipo de comandos noruegos, entre los que participaba el legendario guerrillero Knut Haukelid, logró plantar explosivos a bordo. Con la embarcación fuera de juego, los submarinos terminaron el servicio y enviaron la carga a las profundidades del océano.
Aquello afectó tanto al programa nazi de armas atómicas que terminaron cancelándolo.
Varios especialistas en tecnología creen que los científicos del Club del Uranio llegaron a realizar pruebas simulando explosiones atómicas. Sin embargo, las armas tenían el «interior hueco», lo que quiere decir que aunque contaban con la tecnología para explotar material radiactivo, no fueron abastecidas con plutonio.
Los historiadores defienden que era cuestión de tiempo hasta que los nazis desarrollaran por completo su programa nuclear y estuvieran listos para crear bombas atómicas. Si el Club del Uranio hubiera continuado con sus investigaciones la guerra podría haber finalizado de una forma muy diferente.
En el 2006, un grupo de científicos encontró trazos de radiación en estaciones de investigación usadas en los tiempos de guerra, rastros de energía que comprueban la manipulación de compuestos radiactivos. Esto nos muestra que los alemanes poseían la tecnología, aunque el suministro de plutonio fuera escaso.
– Platillos voladores y Die Glocke.
Todo esto nos lleva al increíble proyecto de la Wunderwaffen nazi, un dispositivo ultrasecreto apodado Die Glocke, cuyo significado es «La campana».
La campana sería un vehículo aéreo con forma de disco, generalmente descrito como un disco volador. Cuando se habla de la Wunderwaffen nazi, muchos investigadores inmediatamente piensan en estos misteriosos discos, sus nombres y denominaciones.
En ninguna base o complejo industrial tomado por las fuerzas aliadas se encontró algo remotamente parecido a La campana, al menos no que se sepa.
Sin embargo, hay muchos planos y documentos que sugieren la construcción de estas máquinas aéreas de diseño absurdo.
El origen de los discos voladores nazis es discutido a detalle en un libro escrito a mediados de 1990 por el historiador militar polaco Igor Witkowski titulado «La verdad sobre la Wunderwaffen».
En la obra, Witkowski nos relata una historia sensacional: este sujeto habría obtenido acceso a documentos secretos dirigidos a un oficial nazi llamado Jakob Sporrenberg en los últimos días de la guerra.
A través de diversas transcripciones, el autor relata la forma en que tuvo conocimiento sobre el Proyecto Campana que implicaba el desarrollo de un vehículo aéreo con motores gravitacionales de flotación.
Pese a esto, se desconoce si el libro de Witkowski tiene algo de verdadero o es pura ficción especulativa. No ofrece evidencias sobre la existencia y nadie parece apoyar sus ideas y conclusiones. El personaje principal del libro, el oficial de la SS Sporrenberg tampoco pudo confirmar los alegatos.
Este hombre fue ejecutado por crímenes de guerra en 1952. Se sabe que Sporrenberg fue un oficial severo que enfrentó a los partisanos en Polonia y tuvo poca conexión con la ciencia aérea y grupos de desarrollo de armas en el ejército.
Pero aunque existan pocas pruebas para sustentar la existencia del disco volador alemán, el misticismo que rodea al régimen ayuda a propagar este tipo de creencias. Después de todo, el misticismo y el mundo oculto formaron parte inherente de la legión nazi.
– El origen de las teorías.
El régimen siempre resultó un condensador de teorías extrañas y controversiales.
El origen de estas teorías parece tener lugar en el trabajo de dos autores franceses en la década de 1960 con un trabajo titulado «El amanecer de Los Hechiceros» (The Moaning of the Magicians), donde se especulaba sobre las múltiples tradiciones místicas y sociedades secretas activas en Alemania.
Entre estás oscuras sociedades influyentes en los años que antecedieron a la guerra, una llamaba la atención poderosamente, se hacía llamar la Sociedad Vril.
. La Sociedad Vril.
La misteriosa Sociedad Vril estaba integrada por ocultistas, autodenominados hechiceros, supuestos satanistas y personas muy importantes en el medio político que darían origen al Partido Nazi.
Según el libro, la Sociedad Vril se ofreció para perfeccionar el ejército alemán y convertirlo en una máquina de guerra eficiente, virtualmente imbatible, cuyo poder estaría sustentado en el conocimiento místico y tecnologías hasta entonces desconocidas.
La base de todo esto sería el Vril. La Sociedad creía en la existencia de esta misteriosa sustancia que ofrecía una fuente de energía inagotable. Empleando el Vril, cuyo origen para la orden es místico, las máquinas de guerra del ejército nazi funcionarían sin parar y sin la necesidad de mantenimiento.
La sustancia mágica ayudaría a crear soldados invencibles sirviendo como una fórmula para la salud y la longevidad.
Es un poco extraño creer que los nazis realmente creyeron estos conceptos que parecen retirados de historias de ciencia ficción, pero según parece muchas personas importantes en la cúpula del partido nazi creían en la existencia del Vril y en sus increíbles propiedades.
Esto es tan cierto que invirtieron millones de marcos antes de la guerra en expediciones infructíferas buscando a la civilización ancestral que ocultaba el secreto del Vril.
. ¿Pero, cuál es la relación entre el proyecto Die Glocke y el Vril?
Los teóricos creen que el disco volador nazi sería una máquina abastecida por el místico combustible y que era base para el funcionamiento de sus motores antigravitacionales. La gran ventaja del Vril sobre los demás combustibles era el hecho de que el fluido garantizaba una autonomía de vuelo indefinida.
Una vez adaptados, los motores permitirían vuelos largos y estables, las distancias simplemente dejarían de importar.
Viktor Schauberger
Pero existieron otros proyectos de discos voladores en desarrollo por el ejército alemán.
El más popular quizás sea un dispositivo aéreo conceptualizado por Viktor Schauberger, un científico austriaco que encabezó un proyecto que tenía como objetivo construir un vehículo aéreo con un formato innovador.
Los planos de estos proyectos secretos dejan bien en claro que Schauberger buscaba una especie de disco volador. El científico concibió un sistema de propulsión llamado «Vortex líquido» que para algunos, al menos en la teoría, podría funcionar.
Schauberger trabajó en un complejo militar relacionado a la Luftwaffe en Leolstein entre 1938 y 1945. En el lugar tenía autoridad para construir prototipos y realizar pruebas. Su mayor éxito habría sido un prototipo de metro y medio con 135 kilogramos de peso, equipado con un motor eléctrico que generaba un campo antigravitacional que permitía que el aparato flotara.
Según Schauberger: «si el agua o el aire rotan en una fuerza giratoria de oscilación llamada coloidal, puede generarse energía suficiente que permita la capacidad de levitación».
En otra prueba que tuvo lugar en 1942, otro prototipo habría levitado a 2 metros de altura para desplazarse mediante la ayuda de motores horizontales. Esta máquina habría cargado a dos pasajeros, pero no funcionó durante mucho tiempo. Algunos creen que el programa tenía la intención de construir una tabla voladora primitiva y no un vehículo de altitud.
Al final de la guerra, el complejo de investigaciones de Schauberger fue destruido por las bombas soviéticas. El científico y su equipo recibieron órdenes de destruir los prototipos e incinerar las plantas y documentos para que nada cayera en manos de los enemigos. Schauberger afirmó hasta el final de su vida que cumplió esa orden sólo en parte.
Para librarse de una condena, aceptó destruir los prototipos, pero mantuvo los planos de su investigación en un intento de negociar con los estadounidenses la tecnología en la cual venía trabajando. No se sabe si dicha historia es verdadera, pero Schauberger migró a Estados Unidos en 1945 y se estableció en Houston donde alegaba haber trabajado en una división secreta relacionada con la fuerza aérea estadounidense.
Schauberger no vivió mucho para contarlo a causa de una enfermedad degenerativa. En su lecho de muerte habría declarado «me quitaron todo. Ya no tengo nada. No tengo nada, ni siquiera a mí mismo». El científico murió en 1947.
Durante la década de 1950 los estadounidenses intentaron desarrollar dispositivos aéreos con aerodinámica arriesgada como el Avro-Car y el Neg-G que asemejaba mucho a discos voladores típicos del proyecto Glocke.
Desafortunadamente, estos emprendimientos terminaron siendo abandonados a comienzos de los años 1960 cuando los aviones de propulsión a chorro se convirtieron en las armas más eficientes del arsenal aéreo alrededor del mundo.
Las súper armas de Hitler quizá jamás llegaron a salir del papel, pero siguen fascinándonos y aterrorizándonos como todo aquello que tiene que ver con el régimen nazi.
Historias de la historia(J.Sanz) — La figura del diablo se ha representado a lo largo de la historia de múltiples formas, incluso muchos, en algún momento, le hemos llegado a poner el rostro de alguien que, por su forma de actuar, bien podría haber vendido su alma al personaje en cuestión.
Hoy vamos a descubrir quién era, a qué se dedicaba… y qué cara tenía.
Se llamaba Luis Antonio de los Arcos y fue un mediocre escultor.
Luisa Roldán (1652 – 1704), «La Roldana«, fue una de las principales figuras de la escultura religiosa del Barroco de finales del siglo XVII y principios del XVIII.
Su maestro fue Pedro Roldán, su padre, que dirigía uno de los mejores talleres de Sevilla. Consiguió llegar a ser escultora de cámara de Carlos II y Felipe V.
Su vida fue un mundo de luces, en lo profesional, y de sombras, en lo familiar.
Se enamoró de Luis Antonio de los Arcos, aprendiz en el taller de su padre, y volvió a demostrar su carácter al casarse en contra de la voluntad de su progenitor. Casados ya, Luis Antonio confirmó todas las sospechas del padre de Luisa: escultor de feria, pendenciero, borracho, derrochador, mantenido… «una joya».
En 1692 Luisa recibe el encargo de Carlos II para realizar la obra «el Arcángel San Miguel con el diablo a sus pies«, que formaría parte del conjunto escultórico del Monasterio de San Lorenzo del Escorial, donde hoy se puede contemplar.
La genial escultora decidió poner las cosas en su sitio y ponerles cara a los protagonistas de su obra: representó a San Miguel con su propia cara y le puso el rostro de su marido al diablo.
Esta imagen forma parte de la escultura en madera policromada «El arcángel San Miguel con el diablo a sus pies» de Luisa Roldán.
El recuerdo de su marido ha quedado como la representación del diablo.
Psicología y mente(P.S.Gómez) — ¿Qué tienen en común un cuento de hadas y una estafa? Más de lo que imaginas, aunque no lo parezca. Los estafadores románticos crean historias de amor muy elaboradas para ganarse tu confianza y, finalmente, estafarte.
A continuación, descubre cómo puedes identificar a estos impostores y proteger tu corazón (y tu bolsillo) de sus artimañas.
. ¿Qué son las estafas del amor en Internet?
Imaginate que conoces a alguien en línea. Las conversaciones fluyen con facilidad, sientes una conexión especial y poco a poco te vas enamorando. Sin embargo, detrás de esa persona idealizada puede esconderse un estafador.
Las estafas del amor en Internet son engaños que ocurren principalmente en plataformas digitales como redes sociales o aplicaciones de citas. Los estafadores crean perfiles falsos con fotos atractivas y personalidades encantadoras para atraer a sus víctimas. Su objetivo es ganarse tu confianza y construir una relación lo suficientemente sólida para pedirte dinero.
Estos estafadores son expertos en manipulación emocional. Te harán sentir una persona especial, comprendida y deseada. A medida que la relación avanza, empezarán a compartir contigo historias personales conmovedoras o a inventar situaciones de emergencia que requieren ayuda económica urgente. Si caes en su juego, es probable que te sientas la presión de ayudarles, sin darte cuenta de que te han engañado.
Aunque, desde fuera, parece muy fácil de identificar, estas estafas son efctivas porque apelan a nuestros deseos más profundos: el amor, la compañía y la conexión humana. Al crear un vínculo emocional fuerte, los estafadores hacen que sea más difícil para sus vícCómo reconocer a un estafador romántico
Veamos este tema desde dos perspectivas: desde su perfil psicológico y desde las principales acciones que suele efectuar una persona dedicada a hacer estafas del amor en Internet. Conociendo esto, será mucho más fácil que puedas reconocerlo.
. Rasgos psicológicos de los embaucadores
El perfil psicológico del estafador del amor es complejo. Detrás de la fachada encantadora y seductora que presentan, se esconde una persona altamente manipuladora, capaz de adaptar su comportamiento para satisfacer las necesidades emocionales de sus víctimas. Aunque no todos los estafadores comparten las mismas características, suelen presentar un patrón de comportamiento común.
Un rasgo distintivo de estos estafadores es su egocentrismo. Se consideran el centro del universo y buscan constantemente atención y admiración. Esta necesidad de validación constante los lleva a construir una imagen idealizada de sí mismos, a menudo exagerando sus logros y cualidades.
La falta de empatía es otra característica común en estos perfiles. A diferencia de las personas sanas, los estafadores del amor no son capaces de ponerse en el lugar de los demás y comprender sus sentimientos. Esta carencia emocional les permite manipular y herir a otros sin ningún remordimiento.
Sin embargo, estos individuos compensan sus deficiencias emocionales con una gran inteligencia social. Son expertos en leer a las personas y detectar sus vulnerabilidades. Observan atentamente el lenguaje corporal, los gestos y las palabras de sus víctimas para identificar sus puntos débiles y así adaptar sus estrategias de manipulación.
Además, poseen una gran habilidad para comunicarse de manera persuasiva y encantadora. Utilizan un lenguaje cuidadosamente seleccionado y un tono de voz seductor para ganarse la confianza de sus víctimas.
Una vez que han establecido suficiente cercanía, los estafadores del amor comienzan a utilizar diversas tácticas para controlar y manipular a sus víctimas. Estas pueden incluir el aislamiento social, la culpabilización, gaslighting (hacer dudar a la víctima de su propia percepción de la realidad) y las amenazas. Su objetivo final es obtener algún tipo de beneficio, ya sea económico, emocional o simplemente el placer de controlar a otra persona.
. Acciones y mentiras más comunes al estafar
Comencemos hablando de la creación de su personaje. Generalmente, los estafadores suelen presentarse con los siguientes perfiles:
El soldado en el extranjero: Un perfil falso se hace pasar por un militar desplegado en otro país y solicita dinero para cubrir gastos de viaje o equipamiento.
**El heredero solitario: **Este personaje se presenta como un millonario que necesita ayuda para transferir una gran suma de dinero a cambio de una parte.
El inversionista exitoso: El estafador ofrece la oportunidad de invertir en un negocio lucrativo y garantiza altas ganancias.
Además, también es importante que prestes atención a estas señales de alerta:
Progresión rápida de la relación: Parece que desarrollan sentimientos intensos muy rápidamente y te hacen creer que has encontrado a tu alma gemela.
Historias poco creíbles: Inventan excusas para no conocerte en persona o para pedirte dinero con urgencia.
Presión para que tomes decisiones apresuradas: Te instan a enviar dinero o a compartir información personal de forma inmediata.
Aislamiento: Intentan separarte de tus amigos y familiares para tener un mayor control sobre ti.
Excesivos cumplidos: Te halagan constantemente y te hacen sentir especial.
Amenazas: En algunos casos, si intentas terminar la relación o no cumples con lo que les piden, pueden amenazarte con hacerte daño o revelar información privada.
– Consecuencias de una estafa romántica
Más allá del impacto directo en la cuenta bancaria, las consecuencias económicas de una estafa de amor pueden generar un gran estrés emocional. La pérdida de dinero no solo implica dificultades materiales, sino también una sensación de vulnerabilidad y desconfianza en el futuro.
Esta pérdida financiera puede generar dificultades económicas a corto y largo plazo, dificultando el cumplimiento de obligaciones básicas y el logro de metas. En los casos más graves, las víctimas pueden verse obligadas a endeudarse, agravando aún más su situación financiera.
A su vez, la preocupación constante por las finanzas y la dificultad para salir de una situación económica precaria pueden contribuir a la aparición de problemas de ansiedad y depresión.
Entre otras consecuencias emocionales, podemos mencionar:
Traición y desconfianza: La sensación de haber sido engañado por alguien en quien confiabas puede generar una profunda desconfianza en las relaciones interpersonales.
Vergüenza y culpa: Muchas víctimas se sienten avergonzadas y culpables por haber sido engañadas, lo que puede llevar al aislamiento social.
Depresión y ansiedad: La experiencia de una estafa de amor puede desencadenar trastornos emocionales como la depresión y la ansiedad.
Baja autoestima: La autoestima se ve afectada al darse cuenta de que alguien ha manipulado tus emociones y ha abusado de tu confianza.
Miedo a volver a enamorarse: Después de sufrir una estafa, muchas personas desarrollan miedo a volver a abrir su corazón y a establecer nuevas relaciones.
– Cómo prevenir las estafas del amor en internet
Las estafas románticas siguen ocurriendo. Sin embargo, existen medidas que puedes tomar para protegerte y evitar caer en estas trampas. Entre ellas, te recomendamos las siguientes:
. Verifica siempre la identidad
Antes de involucrarte emocionalmente con alguien que conociste en línea, solicita una videollamada. Esto te permitirá confirmar su identidad y detectar cualquier inconsistencia entre su perfil y la persona real.
. Desconfía de las promesas rápidas
Si alguien te declara su amor o te propone una relación seria en muy poco tiempo, ten cuidado. Recuerda siempre que las relaciones más auténticas se construyen con el tiempo y la confianza.
. Evita compartir información personal
No reveles información sensible como tu dirección, número de teléfono, información financiera o detalles sobre tu rutina diaria hasta estar seguro de la identidad y las intenciones de la otra persona.
. Sé cauteloso con las solicitudes de dinero
Ninguna persona que genuinamente esté interesada en ti te pedirá dinero, especialmente al inicio de la relación. Desconfía de cualquier solicitud de dinero, sin importar la urgencia que te presenten.
. Utiliza plataformas seguras
Para minimizar riesgos, elige plataformas de citas populares y con buena reputación. Antes de registrarte, revisa detenidamente sus políticas de privacidad y seguridad. Estas plataformas suelen tener sistemas de verificación de perfiles que ayudan a filtrar cuentas falsas y proteger a sus usuarios.
. Confía en tu intuición
Tu intuición es un gran aliada. Si algo te genera dudas o incomodidad al interactuar con alguien en línea, no lo ignores; esto podría indicar que algo va mal. Presta atención a lo que sientes y recuerda que no tienes la obligación de continuar una relación si algo te parece sospechoso.
– Me han estafado: ¿Qué hago?
Si tienes la sospecha o la cereza de que has sido víctima de una estafa, ten en cuenta lo siguiente:
Detén la comunicación inmediatamente: Bloquea a la persona en todas las plataformas y evita cualquier contacto futuro.
Recopila pruebas: Guarda todas las conversaciones, fotos, correos electrónicos y cualquier otra evidencia que puedas tener. Esto será útil si decides denunciar la estafa.
Denuncia a la plataforma: Informa a la plataforma de citas o red social donde conociste a la persona sobre la estafa. Muchas plataformas tienen sistemas para reportar perfiles sospechosos.
Contacta a tu banco: Si has realizado algún pago, comunícate con tu banco de inmediato para informar sobre la transacción fraudulenta y solicitar una investigación.
Busca apoyo: Habla con amigos, familiares o un profesional de la salud mental sobre lo que te está sucediendo. Comparte tu experiencia y busca su apoyo emocional.
El A23a es enorme. Su cima plana, similar a una mesa, se extiende hasta el horizonte.
BBC News Mundo(J.Amos/E.Rivault) — Al A23a, el mayor iceberg del mundo, le ha ocurrido algo extraordinario.
Lleva meses girando sobre sí mismo al norte de la Antártida, cuando en realidad debería estar avanzando junto con la corriente oceánica más poderosa de la Tierra.
Los científicos afirman que el bloque helado, que tiene más de la mitad de tamaño de Puerto Rico o el doble de la superficie del Gran Londres, quedó atrapado en la parte superior de un enorme cilindro giratorio de agua.
Es un fenómeno que los oceanógrafos denominan columna de Taylor y es posible que el A23a no escape de su carcelero en años.
«Normalmente se piensa que los icebergs son cosas pasajeras; se fragmentan y se derriten. Pero éste no», observó el experto polar Mark Brandon.
«A23a es el iceberg que se niega a morir», declaró a BBC News el investigador de Open University.
Vista desde el espacio: el A23a debería haber partido hace tiempo hacia aguas mucho más cálidas.
La longevidad del iceberg está bien documentada. Se desprendió de la costa antártica en 1986, pero casi inmediatamente quedó atrapado en el fondo del mar de Weddell.
Durante tres décadas fue una «isla de hielo» estática. No se movió. No fue hasta 2020 cuando volvió a flotar y comenzó a ir a la deriva otra vez, lentamente al principio, antes de dirigirse hacia el norte, hacia aire y aguas más cálidos.
Puede que el iceberg se esté desmoronando por los bordes, pero la mayor parte permanece intacta.
A principios de abril de este año, el A23a se adentró en la Corriente Circumpolar Antártica (ACC), un monstruo que mueve cien veces más agua por todo el planeta que todos los ríos de la Tierra juntos.
Esto debía propulsar al iceberg, de casi un billón de toneladas, hacia el Atlántico Sur, donde pasaría al olvido.
Sin embargo, el A23a no fue a ninguna parte. Permanece en su lugar justo al norte de las islas Orcadas del Sur, girando en sentido contrario a las agujas del reloj unos 15 grados al día. Y mientras siga así, logra escapar de la decadencia y desaparición.
– ¿Qué lo tiene atrapado?
El A23a no ha vuelto a tocar tierra. Hay al menos mil metros de agua entre su parte inferior y el fondo marino.
Un tipo de vórtice descrito por primera vez en los años 20 por un físico brillante, Geoffrey Ingram Taylor, ha detenido su trayectoria.
Este académico de Cambridge fue pionero en el campo de la dinámica de fluidos e incluso participó en el Proyecto Manhattan para elaborar un modelo de la estabilidad probable de la primera prueba de bomba atómica del mundo.
El profesor Taylor demostró cómo una corriente que encuentra un obstáculo en el fondo marino puede, en las circunstancias adecuadas, separarse en dos flujos distintos y generar entre ellos una masa de agua en rotación a toda profundidad.
En este caso, la obstrucción es una protuberancia de 100 km de ancho en el fondo del océano conocida como Banco de Pirie. El vórtice se encuentra en la parte superior del banco y, por ahora, el A23a es su prisionero.
El iceberg cubre un área de 3.600 kilómetros cuadrados.
«El océano está lleno de sorpresas y esta característica dinámica es una de las más bonitas que se pueden ver», afirma el profesor Mike Meredith, del British Antarctic Survey.
«Las columnas de Taylor también pueden formarse en el aire; se ven en el movimiento de las nubes sobre las montañas. Pueden tener sólo unos centímetros de diámetro en un tanque de un laboratorio experimental o ser absolutamente enormes, como en este caso, en el que la columna tiene un iceberg gigante en medio».
– La importancia del fondo marino
No se sabe cuánto tiempo pasará el A23a en esa prisión, pero cuando el profesor Meredith colocó una boya científica en una columna Taylor sobre otra protuberancia al este del Banco de Pirie, el instrumento flotante seguía girando en su sitio cuatro años después.
El iceberg A23a ilustra a la perfección, una vez más, la importancia de comprender la forma del fondo marino.
Las montañas, cañones y pendientes submarinas influyen profundamente en la dirección y mezcla de las aguas, así como en la distribución de los nutrientes que impulsan la actividad biológica en el océano.
Y esta influencia se extiende también al sistema climático: es el movimiento de masas de agua lo que ayuda a dispersar la energía térmica por todo el planeta.
El comportamiento del A23a puede explicarse porque el fondo oceánico al norte de las Orcadas del Sur está razonablemente bien estudiado.
No ocurre lo mismo en la mayor parte del resto del mundo.
En la actualidad, sólo una cuarta parte del fondo marino de la Tierra ha sido cartografiada al mejor nivel moderno.
Las áreas del fondo del océano en negro aún no han sido estudiadas adecuadamente.
The conversation(A.R.Martínez/A.J.Sánchez/E.R.alonso/F.L.Muñoz/P.D.Peralta) — La percepción habitual de que la melatonina –molécula implicada en la regulación de procesos celulares como la cronobiología, la inflamación, el daño oxidativo, la regulación inmunitaria y el metabolismo– es un compuesto seguro se debe, en parte, a la calificación otorgada por diversas agencias reguladoras de medicamentos.
Por ejemplo, la Administración Federal de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos considera que es un suplemento alimenticio, por lo que no exige prescripción médica para su dispensación (disponible hasta 10 mg).
Numerosos estudios han documentado la baja toxicidad de la melatonina en un amplio rango de dosis, sin evidenciar efectos adversos graves o de importancia clínica significativa. Sin embargo, falta información concluyente sobre su toxicidad crónica, su impacto en poblaciones específicas y su interacción con otros medicamentos.
– Gran potencial terapéutico
El concepto de la seguridad absoluta de la melatonina no se alinea con la variedad de sistemas fisiológicos a los que afecta. Esta asociación explicaría la profusión de estudios sobre su aplicación en patologías diversas, incluida la covid-19, aunque sin resultados firmes en muchos de ellos.
Por otro lado, su condición de medicamento huérfano (destinado a tratar enfermedades raras) en la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) hace aumentar las indicaciones basadas en modelos experimentales: asfixia y retinopatía perinatales, preeclampsia, retinitis pigmentosa, síndrome radiactivo agudo, hemorragia intracerebral no traumática, enterocolitis necrotizante…
Como pautas autorizadas, la EMA contempla las siguientes: insomnio en pacientes mayores de 55 años (2 mg en comprimidos de liberación sostenida); insomnio en pacientes de 2 a 18 años con trastornos del espectro autista y síndrome de Smith Magenis (1 mg y 5 mg en comprimidos de liberación sostenida, con una dosis máxima de 10 mg). Toda presentación en dosis igual o superior a 2 mg requiere su autorización como medicamento en el mercado europeo.
La autorización de la EMA como inductor del sueño ha despertado interés sobre los posibles efectos secundarios en niños y su uso prolongado. Se ha reconocido que no hay estudios sólidos que avalen su seguridad a largo plazo en la población infantil, en mujeres embarazadas o a dosis elevadas. Estas indicaciones tendrían la consideración de usos off-label (no reflejados en su ficha técnica).
– Faltan estudios sobre sus efectos adversos a largo plazo
Aunque la melatonina posee un gran potencial por sus efectos antioxidantes, de eliminación de radicales libres e influencia sobre la expresión de genes, no hay información concluyente que respalde su uso clínico en nuevas patologías, ni que garantice su seguridad en tratamientos habituales y prolongados. Es crucial diseñar estudios con altos estándares de calidad que permitan identificar posibles efectos adversos a largo plazo.
Ante todo, resulta curioso que la FDA, una autoridad mundial en regulación de fármacos, no haya clasificado los preparados con melatonina exógena como medicamentos, permitiendo su dispensación over-the-counter (venta libre sin receta).
Esta situación paradójica no impide que la misma FDA advierta sobre los posibles efectos adversos de su administración para trastornos del sueño, como problemas con los ritmos circadianos e insomnio, debido a la ya citada falta de estudios concluyentes sobre su toxicidad a largo plazo.
– Seguridad y eficacia comprometidas
La melatonina es un principio activo ampliamente accesible, pero su regulación varía según la región del mundo.
En la Unión Europea, las pautas son más estrictas (como las de la EMA, que exige receta médica para dosis de 2 mg o superiores). Contrastan con la facilidad de acceso en mercados menos restrictivos, donde es considerada suplemento alimenticio y los productos presentan una amplia variabilidad en el contenido de la molécula. Esto, sumado a la posibilidad de incorporar melatonina en el equipaje al viajar, genera preocupación.
En este contexto, la seguridad y eficacia del principio activo pueden verse comprometidas –especialmente en las formas comerciales de venta libre– debido a varios factores. Estos incluyen la sustitución de principios activos, la presencia de contaminantes y sustancias no deseadas, una elaboración que no cumple con las buenas prácticas de fabricación y un etiquetado que no garantiza la dosis real y el estándar de calidad.
Otro factor de incertidumbre, agravado por las diferencias en la regulación, es su uso como coadyuvante en el tratamiento de enfermedades graves. Esto puede llevar a interacciones no deseadas o al enmascaramiento de síntomas.
Tres ejemplos ponen de manifiesto la necesidad de regular y estudiar el uso de la melatonina de manera más rigurosa:
Aumento del riesgo de sufrir síndrome serotoninérgico, asociado al uso de antidepresivos de la familia de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina en pacientes con cáncer, trastornos metabólicos, cardiovasculares o neurodegenerativos.
Uso inadecuado en niños. En EE. UU. se ha observado una utilización inapropiada y excesiva de melatonina por parte de cuidadores de menores, incluyendo bebés. Esto subraya la importancia de seguir las pautas pediátricas recomendadas para evitar riesgos innecesarios. A este respecto, la UE regula su empleo como medicamento desde 2018.
Administración fuera de las indicaciones aprobadas. Este sería el caso del uso de melatonina en el tratamiento de la adicción a opioides como el fentanilo, auténtica crisis de salud pública en los EE. UU.
Podemos concluir que, aunque la melatonina ha demostrado beneficios terapéuticos en ensayos in vitro y en modelos preclínicos, es crucial garantizar su uso seguro y efectivo a largo plazo. Para ello, es fundamental evaluar sus efectos adversos en períodos prolongados, especialmente a dosis altas.
Además, se debe asegurar la calidad y pureza de los productos, identificar las dosis óptimas y validar los beneficios terapéuticos mediante ensayos clínicos controlados y aleatorizados.
Nunca, ni siquiera mediante el examen más estricto, podemos llegar del todo a las fuentes secretas de la acción. Inmmanuel Kant
O la razón de que todos queramos ser guapos, delgados y maravillosos
JotDown(S.Parro) — Los houyhnhnms son una raza de seres semejantes a los caballos que resultan sorprendentemente bellos a los ojos de Lemuel Gulliver, el protagonista de la obra de Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver. No en vano, el nombre de houyhnhnms viene a significar «perfección de la naturaleza».
A su vez, el contraste lo marcan los Yahoos, una raza de seres humanoides que son gobernados por los houyhnhnms, y que son la quintaesencia de la emoción, la estupidez y la suciedad. Al regresar a su mundo, Gulliver, sumido en la depresión, no puede dejar de identificar a los seres humanos con los Yahoos, a la vez que empieza a hablar de otra forma con los caballos de su establo.
Lo que había cambiado en la mente de Gulliver es que ahora ya disponía un modelo de perfección en el que observarse y compararse. Gulliver se desespera porque la humanidad, y él mismo, no estaba a la altura de los hoyhnhnms.
Si ellos habían logrado la perfección, entonces los humanos también podían aspirar a alcanzarla. Porque los factores que diferenciaban la perfección de la imperfección ya se habían puesto de manifiesto, eran localizables y, en consecuencia, corregibles.
El sardónico Swift solo pretendía que reevaluáramos lo que consideramos perfecto, y que temiéramos haberlo encontrado. Los hoyhnhnms, en ese sentido, son como las mujeres delgadas, o las que se adhieren al canon de belleza vigente del 90-60-90. La publicidad y, en general, los medios de comunicación no mienten cuando nos dicen que a través de la delgadez alcanzaremos la perfección, que dicha fórmula es la Fórmula.
Tienen razón. La gente delgada, en general, sobre todo si es esbelta y muestra una cara arquetípicamente bonita, tiene más éxito social en todos los aspectos de la vida. Mejores oportunidades laborales, más amigos, una disculpa mayor de sus deslices morales. La delgadez te proporciona algo muy parecido a la perfección. La publicidad no miente, al menos no del todo.
Y precisamente por eso la publicidad parece haberse convertido en el enemigo a batir en nuestra eterna cruzada por minimizar los efectos del físico y otros rasgos superficiales. Pero si la publicidad no miente, ¿describe la realidad? ¿O primero ha forjado una realidad ficcional como la de Gulliver para que todos nosotros, pobres mortales, dispongamos de un espejo que refleje nuestros defectos, mayormente en forma de tejido adiposo extra?
Un error fundamental que cometen las aserciones sociológicas, y que las distancia de las aserciones matemáticas, químicas o físicas, es que estas abordan asuntos endiabladamente más complejos que no pueden descomponerse en piezas fundamentales, como quien desmonta un coche para deducir su funcionamiento.
Cuando nos adentramos en un fenómeno social no estamos en un ordenado jardín francés, sino en una impenetrable y alambicada jungla tropical que nos empuja a realizar conexiones espurias entre fenómenos.
Como el tema objeto de glosa en el presente texto: que las mujeres adecuan su estética y su personalidad en función de los dictados de los medios de comunicación, las modas diseñadas en despachos de ejecutivos y el machismo recalcitrante que rezuman los filmes de Hollywood. O, en realidad, quién o qué nos persuade para hacer lo que no queremos hacer.
El rompecabezas (casi) infinito
Se dice que el concepto «celulitis» se propagó por primera vez el 15 de abril de 1968 en un número de la revista Vogue.
Hasta entonces, Vogue se centraba más en la ropa que en el cuerpo, pero de resultas de la anarquía de estilos, su dictado ya no parecía ser hegemónico. Vogue, pues, parece que usó esta maniobra para originar un problema, casi un dilema existencial, en las mujeres de todo el mundo a pesar de que la celulitis es un estado natural del cuerpo femenino (no una enfermedad) que afecta al 85%-98% de las mismas después de la pubertad.
Por si fuera poco, no hay estudios científicos que garanticen la posibilidad de suprimir definitivamente la celulitis, de modo que Vogue se aseguraba que el problema semejaba al del burro que persigue una zanahoria que cuelga eternamente a unos centímetros de su belfo.
Esta historia es tan cinematográfica que, intuitivamente, se nos antoja una explicación plausible al problema de la mujer en relación con su peso. Se localiza al enemigo, se radiografía su acción y se establece un vínculo causal entre la acción y el efecto provocado. Es tan fácil que debe ser cierto. Porque tendemos a dar por verdaderas las explicaciones que no dejan cabos sueltos, son sencillas de articular y, además, encajan en nuestra intuición.
Sin embargo, los cambios sociológicos no son producto de causas únicas y elementales, y tales causas distan mucho de ser intuitivas. La cadena causal de un hecho y el efecto provocado por este no va de A a B, sino que se quiebra en zigzag. Algo incluso mucho más enredado que una manguera que lleva guardada demasiado tiempo en un cobertizo.
La obsesión por la dieta no la originó Vogue, como tampoco el pistoletazo de Gavrilo Princip al archiduque Francisco Fernando de Austria originó la Primera Guerra Mundial. Tales hechos, en cualquier caso, serían detonantes circunstanciales. Pero toda la cadena causal subsiguiente, a modo de red inextricable, tuvo lugar de ese modo porque los nodos o puntos de conexión de la red estaban situados de determinada manera.
Cualquier alteración espacial de un nodo habría frustrado la cadena de acontecimientos, o habría desencadenado otra línea de acontecimientos totalmente distinta. Por eso la mayoría de ucronías son tan seductoramente simples.
Si nuestro propósito es condenar a Vogue, tal vez la creación de la palabra «celulitis» sea suficiente. Pero si aspiramos a ahondar en los verdaderos motivos que empujan a la gente a preocuparse de su celulitis, entonces hemos de procurar que el árbol no nos eclipse la imagen del bosque; o rociar un aerosol que revele la red oculta de seguridad por rayos láser, como en una película de espionaje.
En lo tocante al ejemplo concreto de Vogue, se suele obviar que a principios del siglo XX también pasó de moda el corsé, que se había usado de forma generalizada desde hacía quinientos años. Las curvas, tanto artificiales como naturales, empezaron su declive, y se impuso la línea esbelta y delgada. Este podría ser otro nodo de la red causal. Tal y como señala también Ulrich Renz en su libro La ciencia de la belleza, con la llegada de los Juegos Olímpicos de 1896:
A las mujeres se les recomendó la práctica de la gimnasia, la bicicleta, el patinaje sobre tierra y sobre hielo. La natación, una actividad que antaño solo se realizaba por prescripción médica, se convirtió en la delicia de ambos sexos. Quien no podía permitirse un artilugio recién inventado, la báscula para el cuarto de baño, recurría a las básculas públicas que se instalaron por doquier.
Tras décadas de delgadez en las que se entronizó el prototipo de la garçonne, hubo un breve renacer de las formas exuberantes justo después de la Segunda Guerra Mundial, cuyos iconos más representativos fueron Marilyn Monroe, Anita Ekberg o Brigitte Bardot. Según algunos analistas, ello se debió a la relativa escasez de hombres durante la guerra, y la oleada de matrimonios celebrados después, que sacó a muchas mujeres de sus puestos de trabajo.
Más tarde, regresaron de nuevo las sílfides como Audrey Hepburn. En los años sesenta, llegó Vogue, la delgadez extrema representada por la lolita Twiggy, que se considera la primera modelo internacional de la historia, cuyas medidas icónicas fueron 91-58-81. Más tarde hubo una época de masculinización de la mujer, aparejada a la igualdad de sexos vindicada por las culturas hippie, beat y feminista.
A mediados de los ochenta, irrumpió de nuevo la moda lúbrica, popularizándose la lencería, que en la década anterior se había considerado un instrumento de opresión. Pero, en general, durante las últimas décadas del siglo XX, la mujer fue adelgazando progresivamente de resultas, se teoriza, de su adscripción al mundo profesional.
También disminuyó el tamaño de los pechos con relación a la cintura. Según esta interpretación (una de tantas), el adelgazamiento podría estar aparejado a la igualdad de sexos, tal y como apunta el periodista económico del New York TimesEduardo Porter en su libro Todo tiene un precio:
Un estudio de decenas de sociedades primitivas reveló que las mujeres rollizas son menos deseables en sociedades que valoran el trabajo de la mujer, lo que sugiere que la grasa corporal asociada a un depósito de energía y a una gran capacidad reproductiva mayores también dificultan el éxito en el trabajo.
Solo hemos realizado un superficial recorrido por la historia de la moda a lo largo del siglo XX, y sin embargo todo parece responder a caprichos, ciclos y la permanente necesidad de reinventarse, todo ello jalonado de explicaciones sociológicas contradictorias. ¿Dónde está el nodo dominante? ¿Cómo encontrarlo si, además, empezamos a retrotraernos a siglos pretéritos?
Es innegable que hoy en día encontramos más sofisticaciones en la moda y en el cuerpo, al menos en la historia moderna, y L´Oréal tiene un valor en bolsa tres veces superior al de General Motors. Pero también es cierto que hoy en día disponemos de más tiempo libre que nunca antes en la historia. (Y General Motors probablemente aspira a vender más que L´Oréal, ¿acaso no invierte lo suficiente en publicidad?).
Las razones que conducen a una mujer a tomar la decisión de someterse a un régimen espartano que la aproxime estéticamente a una modelo de pasarela son tantas y están tan imbricadas que recuerdan a la arquitectura conectiva de internet. El nodo de Vogue, o la constelación de nodos vinculados con la «publicidad», solo es uno más, no constituye el primer motor de nada (de hecho, probablemente es un reflejo de otros nodos).
Responsabilizar a la publicidad o a los medios de comunicación en general de fomentar determinado canon de belleza es como acusar al Sol de la existencia de los nenúfares y las placas fotovoltaicas.
La red causal de los fenómenos sociológicos es concéntrica, invertebrada, pantagruélica, recuerda a la geometría fractal, se autorreplica sin principio ni fin, como la hipernovela que mencionaba Calvino. Una narración de los hechos al modo de John Barth o Thomas Pynchon, que se ramifica y muta con la celeridad de un virus, nutre distintos estratos narrativos al estilo de un palimpsesto e inspira caudalosas notas a pie de página y comentarios de texto.
Aún ignoramos el número de nodos de la red que configura el acto volitivo de mantener un cuerpo delgado y esbelto, así como la influencia relativa de cada uno de ellos (y en muchos casos, cuando explicamos uno, nacen dos más, como en una hidra). Pero sí se han localizado algunos que empiezan a conocerse con bastante precisión. A continuación, vamos a enumerar algunos de ellos, y al intentar aislarlos descubriremos que, a su vez, están conectados a nodos pertenecientes a otras redes.
– El nodo The Breakfast Club
The Breakfast Club, 1985.
Cuando se analiza el poder de los medios de comunicación, tiende a olvidarse uno de los eslabones más poderosos de la cadena causal entre la prescripción de una tendencia y la adopción expresa de la misma por parte de un individuo: lo que opinarán los demás de su decisión. La opinión de los demás, sobre todo si los demás son semejantes, resulta nuclear a la hora de construir nuestra reputación.
Si nos reafirmamos continuamente en que somos independientes y que no nos importan en absoluto las opiniones ajenas es precisamente porque nos importan sobremanera. Las opiniones ajenas conforman en gran parte cómo nos vemos a nosotros mismos, y por otro lado ofrecen información a los demás sobre quienes somos. La opinión ajena es incluso más importante que la propia si esta procede del nicho social en el que tratamos de prosperar.
Un nicho social no es un club o una secta, sino la organización grupal espontánea que surge en todo conjunto de individuos que comparte una cultura.
En ese sentido, un colegio es mucho más que un lugar donde aprender los afluentes del Nilo: sobre todo constituye una máquina de clasificación social. Insertos en un microcosmos que es fiel reflejo del mundo, como lo acontecido en la isla en la que prosperaron los niños de El señor de las moscas, el clásico de la literatura inglesa de William Golding, los adolescentes aprenden en qué nicho social encajan mejor, y allí tratan de formarse una reputación que determinará el resto de su vida.
Las cosas son un poco más complicadas que los roles estereotipados de la película El club de los cinco (The Breakfast Club, 1985), con una princesa, un atleta, un empollón, un futuro delincuente y una rarita. En el mundo real, las clasificaciones sociales son más porosas, menos definidas, y sobre todo más sensibles a los mutágenos: un geek puede ser nerd, o hipster, pero también un poco empollón; de igual forma, puede penetrar en el nicho heavy, gótico o emo, aunque sea tangencialmente.
Habrá hispters que lo son en algunos aspectos, y hipsters como recién salidos de las calles de Williamsburg. Nerds con toques geeks, o más gafapastas que geeks, o nerds derivados de lo queer, o pijos disfrazados de hippies, pijos de pura cepa, mods rozando el postureo pijo. Y así ad infinitum.
Sin embargo, el filme de John Hughes resulta interesante en otro punto: al aislar a cada uno de estos alumnos representativos de un nicho social para obligarlos a compartir aula de castigo un sábado por la mañana, todos ellos se verán de pronto iluminados por una epifanía: la ingeniería social a la que están sometidos, que les ha obligado a forjar un carácter artificioso. En definitiva, que todos desempeñan un cliché en el que resaltan, pero que dicho cliché impone también servidumbres y cierta desposesión del Yo.
Aislados durante un día del universo social, todos los personajes pueden contemplarse desde fuera y advertir que en realidad son marionetas de ellos mismos, víctimas del personaje que han debido construirse para ser aceptados por los miembros de su grey. Todos advierten también que una vez reinsertados en las clases normales, seguirán desempeñando su papel, olvidándose para siempre de aquella fugaz alianza interclasista en forma de sesión psicoanalítica.
Esta tendencia a clasificarnos (y autoclasificarnos) en nichos sociales es completamente natural, y no solo se produce en el ámbito de un instituto, sino en todo grupo de personas lo suficientemente numeroso en el que valga la pena competir por obtener admiración, reputación y, en consecuencia, amigos que proporcionen respaldo y una buena pareja sexual.
Cada nicho social tiene sus propias normas de conducta, su código indumentario, lo que se considera digno de alabanza o de oprobio. El chismorreo, el rumore, rumore de Rafaella Carrá, por su parte, hace las veces de difusor de información acerca de la reputación de cada uno de nosotros así como de productor de las normas sociales intragrupos e intergrupos.
Para establecer cómo se originaban estas dinámicas, en 1954 (irónicamente el mismo año de publicación de El señor de las moscas) un científico social llamado Muzafer Sherif reunió a un grupo de veintidós chicos de once años de Oklahoma y los instaló en un camping de Robbers Cave State Park. Dividió a los chicos en dos grupos, que fueron bautizados como Serpientes de Cascabel y Águilas.
Bastó una semana de separación entre ambos grupos para que, a la hora de participar en juegos competitivos, los Serpientes de Cascabel y los Águilas quedaran enemistados en un grado muy profundo, originándose toda clase de peleas y represalias entre miembros de ambos bandos.
Finalmente, ambos grupos se organizaron en paradigmas culturales distintos por el mero hecho de desmarcarse de los otros: unos optaron por la agresividad, los otros por la paz; unos maldecían, otros prohibieron las maldiciones. Lo más interesante de este experimento que había creado una sociedad artificial (y por tanto simplificada) es que los grupos se habían formado aleatoriamente.
No había diferencias reales entre los Serpientes de Cascabel y los Águilas. Pero sus integrantes no tardaron en encontrar dichas diferencias, o en crearlas si era necesario; empleando la comunicación, el chismorreo, para afianzarlas.
Lord of the Flies, 1963.
En el mundo real, uno acaba siendo Serpiente o Águila por motivos más complejos, en los que intervienen las propias destrezas y capacidades (por ejemplo, un adolescente obeso nunca se planteará ser admitido en el nicho social de los atletas).
Pero la elección de un nicho social (que se produce a nivel inconsciente, porque también tendemos a acercarnos a las personas que se parecen a nosotros), también tiene un componente azaroso: por ejemplo, quizás en una ocasión resaltamos intelectualmente en un examen, y muchos nos empujaron entonces a etiquetarnos como intelectuales o empollones, fuimos repudiados por otros grupos, también fuimos acogidos por grupos en los que se valoraba la faceta nerd, geek o empollona, y así sucesivamente, como una bola del millón rebotando en mil obstáculos hasta que es engullida por una tronera.
A su vez, en función de nuestra adhesión a uno u otro nicho social, la belleza, la delgadez o la juventud, por ejemplo, serán rasgos que proporcionarán mayor puntuación social: una animadora recibe mayor presión para mantenerse delgada que una aficionada al anime.
Las intrincadas dinámicas que nos empujan a uno u otro nicho aún son invisibles para los científicos sociales, y además se tornan inaprensibles porque se construyen ad hoc, en función del boca a boca, y se espolean continuamente por el miedo a la exclusión social, que es la mayor fuente de ansiedad de un adolescente.
Porque como señala el profesor de Biología y Matemáticas de la Universidad de Harvard Martin A. Nowak en su libro Supercooperadores: «La sociedad es un enorme tapiz de clubes, multidimensional y siempre en expansión […] La pertenencia a la misma organización se convierte en un buen motivo para que la amistad surja entre dos personas o para que se establezca un vínculo entre sus respectivas redes sociales».
Como escribió el novelista Tom Wolfe, nuestra personalidad adulta (ideas políticas incluidas) se construye en función de los aliados y opuestos sociales con los que tuvimos que lidiar de adolescentes.
Añadamos a la coctelera nuestras predisposiciones genéticas (tanto para escoger nicho social como para desarrollarnos más tarde en él), y derribaremos cualquier idea romántica e individualista sobre la forja de la personalidad.
Desde una perspectiva totalmente contraintuitiva, un nueva hornada de psicólogos, como Judith Rich Harris (El mito de la educación) o Steven Pinker (La tabla rasa), argumentan que el papel de los progenitores en toda esta configuración social es meramente testimonial: siempre que los padres se comporten como tal (sin producir algún tipo de menoscabo psicológico en sus hijos), los adolescentes adoptarán sus roles sociales a expensas de lo que propugnen los padres.
Si los hijos se parecen a los padres, según esta tesis, no es porque la información se transmita por vía cultural, sino por vía genética. El resto forma parte de la interacción con los semejantes del adolescente. Los progenitores, en ese sentido, se han comparado con la vitamina C: su ausencia es nociva, pero su presencia apenas sirve para mantener nuestra salud y quizás prevenir un resfriado: el exceso de vitamina C, o el exceso de aspiraciones paternofiliales, sencillamente se excreta.
Para ejemplificarlo, los sociólogos Richar Urdí, Peter Bearman, Barbara Entwisle y Kathleen Harris llevaron a cabo una monstruosa investigación de 90.118 alumnos de 145 institutos de Estados Unidos, la llamada Add Health Study, que aún sigue en marcha a día de hoy.
Después de cruzar todos los datos procedentes de múltiples baterías de preguntas, descubrieron que la fecha de iniciación en la actividad sexual de los adolescentes no dependía de la educación de los padres, sino del número de amigos, la edad, el género y los resultados académicos de los amigos del adolescente.
Los datos ofrecían otra correlación llamativa: en los institutos donde se promovía la virginidad, si tales grupos sociales eran cerrados (no se relacionaban con alumnos o semejantes del exterior), entonces el inicio de la primera relación sexual no se retrasaba, como cabría suponer. Sin embargo, en los institutos abiertos sí que se retrasaba.
La razón podría estribar en que mantener la virginidad en un contexto donde todo el mundo lo intenta por igual no resulta atractivo para un adolescente, cuya naturaleza reside en rebelarse contra la norma para experimentar cierta identidad que le favorezca socialmente, aumentando así su estatus.
En un lugar abierto donde los alumnos se relacionan con otras personas que no mantienen la promesa de virginidad, la promesa puede tener efectos psicológicos beneficiosos de identidad singular por hallarse en una posición minoritaria.
O dicho de otro modo: si en una escuela de alumnos internos, por ejemplo, todos visten de uniforme, no llevar uniforme constituye una hazaña; en un instituto donde hay relación con otros institutos con sus propios uniformes o códigos indumentarios, llevar el uniforme reafirma la identidad de grupo al que se pertenece frente a los demás. Es decir, Águilas y Serpientes de Cascabel.
Para evitar que se formen nichos sociales y, en consecuencia, la ansiedad social aparejada, las instituciones escolares han puesto en práctica toda clase de estrategias infructuosas. Una de las más polémicas ha sido la obligación de vestir con uniforme. En su ingenuidad, los adultos creemos que uniformando la vestimenta de los alumnos también evitaremos que estos busquen diferencias entre ellos y generen nichos sociales excluyentes.
Pero no resulta sencillo escamotear una pulsión biológica tan fuertemente arraigada en nuestro ADN, de modo que los alumnos se afanarán en buscar otros motivos para diferenciarse, por muy espurios que sean.
Por ejemplo, cuando imponemos un uniforme escolar, según cuenta el filósofo de la Universidad de Toronto Jospeh Heath en su libro Rebelarse vende, los alumnos se rebelan, como lo hace irónicamente Angus Young, el veterano guitarrista de AC/DC, cada vez que toca en un concierto.
El uniforme, al tornar homogénea la vestimenta de los adolescentes, imposibilita que se generen clases sociales. Los alumnos, entonces, buscarán otros signos distintivos para formar grupos. Pero, incluso con uniforme, la vestimenta ejerce determinada función, y por tanto el uniforme solo acota parcialmente la carrera armamentística de la vestimenta:
Quien quiera saber mil y una maneras de «personalizar» un uniforme de colegio solo tiene que preguntar a las chicas que lo llevan.
Los puños de la blusa pueden remangarse o remeterse hacia dentro, doblarse hacia fuera o abotonarse por las buenas; las corbatas pueden llevarse sueltas o ceñidas, rectas o torcidas; los botones pueden desabrocharse en sitios estratégicos y las faldas pueden acortarse o alargarse de muchas maneras (como la clásica de enrollársela en la cintura al salir de casa por la mañana y recolocarla al volver por la tarde).
Además, cuentan con los complementos, una zona gris en la estricta normativa relativa al uniforme, pero un subcontinente entero en el mundo de la ropa femenina. Existen un millón de opciones solo en cuanto a joyas, relojes y bolsos. Por si esto fuera poco, las chicas pueden llevar el pelo como quieran, cosa que plantea el consiguiente abanico de posibilidades.
– El nodo contagio social
Esta sincronización social con los demás parece que nos convierte en individuos gregarios, carentes de personalidad, meros copiadores de normas externas, obsesionados con la imagen que ofrecemos a los demás. Esto es cierto, pero a la vez constituye nuestro mayor don. Uno de los rasgos más importantes que nos distingue de los animales es nuestra capacidad de copiar a los demás con relativa facilidad.
Copiando a nuestros padres, por ejemplo, adquirimos destrezas para nuestra supervivencia, y también nos refugiamos en la sabiduría colectiva para afrontar la incertidumbre. Desde los pocos meses de vida, somos capaces de sonreír si alguien nos sonríe.
Al transcurrir los años, incluso, somos incapaces de dejar de repetir canciones que se nos meten en la cabeza, o la forma de hablar de alguien con el que hemos interactuado el tiempo suficiente. Cuando mantenemos una conversación, enseguida nos sincronizamos involuntariamente con los demás.
Nuestra capacidad de imitación también es, en consecuencia, la fuente de nuestra empatía, nuestra capacidad de ponernos en la piel ajena. Incluso a la hora de proponernos un reto intelectual, tenemos en cuenta lo que opinan los demás al respecto, porque ser un lobo solitario queda bien en una canción, pero resulta profundamente gravoso en el mundo real: nuestro cerebro no se desarrolla convenientemente si no socializa, sincroniza y empatiza con los demás. La soledad es la muerte.
Y la mejor forma de evitar la soledad consiste en experimentar que somos también parte de las otras personas, incluso hasta el límite de responder a una pregunta tal y como los demás esperan que lo hagamos, aunque nosotros creamos por un instante que no es así.
Algo que pone en evidencia Solomon Asch en un célebre experimento consistente en mostrar tres líneas de distinta longitud a un grupo de voluntarios. En realidad, la mayoría de las personas trabajaban para Asch y debían afirmar que las líneas tenían la misma longitud. Frente a esta presión grupal, los voluntarios auténticos manifestaron que así era en un 70% de los casos, aunque era evidente que las líneas eran diferentes.
No importa si nos equivocamos si la manada nos acepta, amén de que consideramos intuitivamente que al actuar como lo hace el resto reducimos el riesgo de equivocarnos. Como manifestó el economista JohnMaynard Keynes, es más fácil equivocarse con la multitud que enfrentarse a la multitud y decir la verdad.
Nicholas A. Christakis, sociólogo de la Universidad de Harvard, y James H. Fowler, profesor de ciencias políticas de la Universidad de California, San Diego, inciden en este contagio social para explicar la epidemia de obesidad que asola Estados Unidos en su libro Conectados.
En él han calculado que si nuestro mejor amigo engorda, nuestro riesgo de engordar se multiplica por tres. Y si los gordos no están tan cerca de nosotros, a través de las redes sociales pueden llegar a influirnos igualmente, aunque nunca los hayamos visto ni sepamos de ellos:
Si empezamos a correr regularmente para ponernos en forma, es muy posible que alguno de nuestros amigos haga lo mismo, aunque también es posible que, sencillamente, lo invitemos a venir con nosotros y acceda a acompañarnos. De igual modo, si empezamos a comer alimentos que engordan, nuestro amigo puede imitarnos; pero también puede suceder que lo invitemos a comer en restaurantes donde sirven comida alta en calorías. […]
Pero la imitación no es la única forma de propagación de la obesidad. […] Por ejemplo, podríamos observar a las personas que nos rodean, ver que están engordando y esto podría cambiar nuestra idea de cuál es el tamaño corporal aceptable. El hecho de que muchas personas empiecen a engordar puede modificar nuestro punto de vista sobre lo que significa estar gordo. Lo que se contagia de persona a persona es lo que los sociólogos llaman una norma, que es una expectativa compartida de lo que resulta apropiado.
Desde esta perspectiva, resulta imposible concebir que la publicidad posea la capacidad de incidir en lo que resulta aceptable o no en todos los nichos sociales, ni siquiera en uno de ellos. Los nichos sociales se construyen a sí mismos, y de forma emergente. Nadie, individualmente, decide qué rasgos poseerá determinada cultura. No existe un dictador cultural, ni sería posible que existiera a no ser que se dividiera en diversos miembros relevantes de un nicho social determinado.
Porque las regularidades culturales emanan de las relaciones entre individuos, así como de sus procesos de mimética, sincronía, empatía y, también, competición por reputación. Nadie decide poner de moda el yoyó. El yoyó se puso de moda porque un número indeterminado (e imposible de identificar) de individuos con influencia social adquirió el hábito de usar el yoyó frente a los demás, y los demás quisieron adquirir parte de esa molancia imitándoles. El chismorreo hizo el resto.
Para ilustrar este conjunto de fuerzas sociales en el tema de la delgadez de las mujeres, el psicólogo Thomas Cash, de la Universidad de Old Dominion, comprobó que las mujeres que debían autoevaluar su belleza se puntuaban más bajo tras contemplar fotografías de mujeres muy atractivas.
Sin embargo, y aquí se advirtió lo más relevante, eso no ocurrió cuando las fotos venían acompañadas con nombres de marcas. Es decir, se identificaba a esas bellezas como modelos, no como iguales, las mujeres no se sentían tan intimidadas.
Es cierto que muchos individuos socialmente influyentes adoptan patrones culturales de los medios de comunicación o la publicidad, pero este proceso se produce aleatoriamente, no sistemáticamente, por ello algunas campañas publicitarias triunfan y otras no lo hacen.
Por si fuera poco, muchas campañas no imponen un patrón cultural, sino que tratan de copiarlo de los individuos más influyentes para maximizarlo y proyectarlo sobre las masas. Es decir, que la publicidad, en tales casos, no prescribiría, ni siquiera describiría, el producto que trata de vender: sencillamente reflejaría la realidad de los consumidores potenciales.
Ahí reside el motivo de que en el mundo del marketing exista la figura del coolhunter, un buscador de tendencias que no inventa, no impone nada, sencillamente explora qué se lleva en determinado nicho social para adaptarlo al producto comercial que trata de vender.
El universo de interacciones sociales que configuran quienes tienen el poder de influir en los demás no es tan vaporoso e inextricable como las relaciones cuánticas entre las partículas subatómicas, pero aun así distan mucho de ser visibles para los científicos sociales.
Algunos han dedicado libros enteros a tratar de radiografiarlas, como es el caso de Malcolm Gladwell en La clave del éxito, donde simplifica las tipologías de individuos de cualquier nicho social en tres clases, cada una con sus propias funciones, como si se tratara de un juego de rol.
En primer lugar, los maven (término que procede del yiddish que significa «el que acumula conocimientos»). Los maven son a quienes consultamos antes de comprar algo. No solo son personas que disfrutan estando a la última o conociendo los detalles de cualquier innovación, sino que también disfrutan contándoselo a todo el mundo, adoctrinando, ayudando, supervisando.
En segundo lugar están los conectores: individuos que conocen a mucha gente, mantienen interacciones efímeras con muchas personas diferentes, evitando cultivar amistades largas y duraderas. Los conectores no solo son importantes por el número de personas que conocen, sino también por la clase de personas que conocen.
Finalmente, en tercer lugar, existen los vendedores natos. Individuos que resultan convincentes y persuasivos de manera natural. Son algo así como hipnotizadores sociales.
Maven, conectores y vendedores natos pueden propagar cualquier idea o tendencia rápidamente por la red social, contagiándola como si fuera una gripe, hasta que adquiere resonancia social. Pero ni siquiera controlando estas tres clases de individuos, si es que eso fuera posible, podemos propagar una idea.
Para que la propagación tenga lugar, la idea o tendencia que se propaga debe poseer algunos requisitos. Por ejemplo, debe tener gancho, ser llamativa por alguna razón, o fácilmente asimilable por la mayoría, entre otros muchos factores que, aún hoy, los sociólogos, psicólogos y expertos en marketing tratan de averiguar a tientas.
Ya en su visionario ensayo de 1978 Micromotivos y Macrocomportamiento, el premio Nobel de Economía Thomas C. Schelling resumía de esta manera la telaraña invisible que interrelaciona todas nuestras decisiones y opiniones:
La gente influye en otra gente y se adapta a otros individuos. Lo que las personas hacen afecta a lo que hacen otras personas […] Cuando usted se corta el cabello, cambiará, muy sutilmente, la impresión que otras personas tienen de lo largo del cabello de la gente.
Algunas de las campañas publicitarias más punteras, sabedoras del escaso impacto que tiene la publicidad convencional, han optado por tratar de manipular artificialmente la dinámica social anteriormente descrita. Por ejemplo, la marca Nike decidió obsequiar con un nuevo modelo de zapatillas deportivas a determinados afroamericanos que jugaban en las canchas de barrio en el Bronx, en Nueva York.
También les pagaban una pequeña cantidad de dinero a cambio de que llevaran las zapatillas deportivas durante determinado tiempo. Finalmente, a través de mavens, conectores, vendedores natos y otros elementos de la red social que probablemente aún no hemos descubierto, las zapatillas se volvían cool entre la comunidad negra.
El siguiente salto se daba desde la comunidad negra hacia la comunidad blanca más alternativa, que acostumbra a adoptar tendencias de la comunidad negra más callejera. A continuación, los blancos alternativos acababan por contaminar a los blancos normales, incluso a tiburones de Wall Street que buscan emociones fuertes en su tiempo libre, como conducir una Harley o dejarse ver en un club de raperos.
Estas estrategias también las han llevado a cabo otras marcas, al igual que antiguamente, en las obras teatrales, existía un grupo de gente remunerada para aplaudir e inducir el aplauso en el resto del público. Apple, por ejemplo, envió a un grupo de actores para hacer cola en las tiendas antes de la salida de un nuevo iPhone. Las editoriales pagan mucho dinero para aparecer en determinadas listas de los más vendidos, aunque no sea cierto. O tal y como denunciaba Naomi Klein en su libro No Logo:
Eso ya había comenzado a suceder hacia el otoño de 1998, cuando el fabricante coreano de coches Daewoo contrató dos mil estudiantes universitarios de doscientas instituciones para que hablaran a sus amigos sobre esos automóviles. De manera semejante, Anheuser-Busch paga destacamentos de universitarios estadounidenses de ambos sexos para promover la cerveza Budweiser en fiestas y bares.
– El nodo cronológico
Cada vez hay más personas preocupadas por su cuerpo, ello resulta innegable, pero también hay cada vez más personas preocupadas por su salud mental, su salud cardiovascular, la nutrición, los problemas medioambientales, el sufrimiento animal, o incluso del final de Gran Hermano. Disponemos de más información, y de más tiempo para gestionarla, que en cualquier otro momento de la historia.
Una semana del New York Times contiene más información que la media de la que disponía un ciudadano del siglo XVII en toda su vida. Como explica Matt Ridley en su libro El optimista racional, cubrir las necesidades básicas antes del siglo XX ocupaba la mayor parte del tiempo; lo cual puede ejemplificarse en una campesina malawi moderna, que usa el 35 % de su tiempo cultivando, el 33 % cocinando y limpiando, el 17 % buscando agua potable y el 5 % recogiendo leña.
Es decir, solo le queda un 10 % de tiempo para hacer cualquier otra cosa. Con todo, el deseo de tunear nuestro cuerpo ha sido una constante en todas las épocas, lo cual también explica que ahora sea una preocupación de primer nivel.
Si páginas atrás hacíamos un repaso al siglo XX, podemos retroceder todavía más en el tiempo, centrándonos en personas que disponían de más tiempo y recursos de lo habitual: las clases aristocráticas. Hace ciento cincuenta años, antes de la irrupción de los medios de comunicación de masas, la gente con posibles no salía de casa sin ponerse una peluca enharinada y una espesa capa de maquillaje. Tal y como ha señalado Ulrich Renz en su libro La ciencia de la belleza:
…la parte ‘civilizada’ de la humanidad tenía que embutirse en un aparato hecho de emballenados o de barras de acero que apenas permitía respirar […] Era un rito que comenzaba durante la infancia y conseguía estrechar la caja torácica de tal manera que los órganos internos se desplazaran de sitio. Comparado con este método, la cirugía plástica parece una solución mucho más humana.
En tiempos pretéritos, el culto a la belleza no solo era un privilegio de una pequeña élite ociosa: los ritos relacionados con el cuerpo también implicaban preferir un cadáver bonito (o en sintonía con la moda vigente) a una vida larga y saludable: a pesar de las hambrunas, los bosquimanos del desierto del Kalahari usan cantidades ingentes de grasa animal para mantener el cuerpo brillante.
La necesidad de proteger el pie al caminar empezó en el Neolítico, pero en la Francia del siglo XIV el zapato ya se convirtió en símbolo de linaje, medido a través de la longitud de la punta, que llegó a alcanzar los treinta centímetros.
Los primeros tacones, que tantos problemas de espalda provocan en sus usuarios, datan del año 1533, y eran empleados por mujeres de la alta sociedad como señal de lujo y elegancia. Algunos tacones llegaron a sobrepasar los trece centímetros, lo que obligaba a algunas mujeres a usar bastones para guardar el equilibrio.
Ahora hay más personas, más recursos, más tiempo, más medios de comunicación, de modo que esa propensión a exhibir el aspecto más deseable se ha democratizado y se regenera cada vez a mayor velocidad, tal y como escribe el filósofo Alain de Botton en Ansiedad por el estatus:
Mientras que, a lo largo de gran parte de la historia documentada, la moda se había mantenido como mínimo durante décadas, ahora era posible identificar estilos diferentes cada año que pasaba (en la Inglaterra de 1753 el púrpura era lo que estaba en boga para las mujeres, en 1754 le llegó el turno al lino blanco con estampado rosa, y en 1755 al gris paloma).
Según la tesis doctoral La influencia de la publicidad, entre otros factores sociales, en los trastornos de la conducta alimentaria: anorexia y bulimia nerviosa, de María Victoria Carrillo Durán, profesora titular de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la UEx, en Estados Unidos el 70 % de las chicas están a régimen, y más del 95 % de las mujeres sobrevalora su cuerpo en un 25 % de su peso.
En 1992, el 25 % de los norteamericanos se ha sometido a una dieta. Estas cifras se incrementan a medida que escalamos por la pirámide de Maslow.
Según esta jerarquía de necesidades humanas concebida por el psicólogo estadounidense Abraham Maslow, las necesidades de cada nivel de la pirámide deben estar satisfechas antes de poder o querer subir al siguiente nivel. En la base de la pirámide se encuentra el aire, el agua, el pan y otras necesidades fisiológicas. Justo encima, las necesidades de seguridad y estabilidad. El nivel intermedio está ocupado por el amor y la pertenencia al grupo.
Encima, el reconocimiento social en forma de estatus y reputación. Y en la parte más elevada se hallan las necesidades de autorrealización, que tienen que ver con el crecimiento personal y el sentimiento de sentirse realizado. Como es evidente, las modas asociadas al culto al cuerpo solo se desarrollan plenamente si todos los niveles de la pirámide están satisfechos.
Esa es la razón de que la publicidad solo exista en sociedades donde la mayor parte de sus integrantes han alcanzado la cúspide de Maslow. En esta tesitura podemos competir con los demás a través de dietas, ejercicios y consumo conspicuo. Que publicidad y culto al cuerpo hayan tenido lugar al mismo tiempo, pues, no revela que uno sea causa del otro, sino que ambos necesitan un contexto determinado para desarrollarse.
Este contexto es tan poderoso que puede extenderse por toda la naturaleza. El marketing del aspecto incluso se emplea en otras especies animales, como las colas de los pavos reales o las melenas de los leones. De hecho, parece existir una correlación entre el grado de poligamia de una especie y su propensión a los ornamentos, sus cantos, sus danzas y su escenificación, lo cual sugiere un vínculo directo con el éxito reproductivo en un mundo de darwiniana selección sexual.
Si cambiamos el foco del análisis, incluso podemos afirmar que la belleza se usa para atraer a otras especies en aras de un mayor éxito reproductivo, tal y como ha señalado Ulrich Renz en La ciencia de la belleza: «La fresa también ejerce en cierto modo de objeto sexual y se presenta al transeúnte con su color rojo, provocativo y apetitoso, con el objeto de poner en circulación sus semillas».
– El nodo tabla rasa
Hasta ahora hemos explorado el universo de las interacciones sociales y cómo de las mismas puede emerger una cultura. Sin embargo, toda interacción social también está determinada por nuestras predisposiciones biológicas. Por ejemplo, puede que encontremos casos de individuos que, debido a la tómbola genética, tiendan a copiar modelos que aparecen en los medios de comunicación.
O que sencillamente estemos prestando demasiada atención a personas disfuncionales, algo no tan difícil habida cuenta de que un importante porcentaje de individuos sufre desórdenes mentales diversos. Por ejemplo, se estima que el 1 % de la población mundial padece esquizofrenia.
No son muchos a nivel porcentual, pero estamos hablando de setecientos millones de personas. Por causas genéticas, «la anorexia es ocho veces más común en las personas que tienen parientes con el trastorno», explica María Victoria Carrillo Durán.
A pesar de que en el Parlamento francés se debatió un proyecto de ley que penalizaba la incitación a la anorexia con tres años de prisión y una multa de cincuenta mil euros, la anorexia no se contrae con solo verla (de hecho también hay casos de chicas invidentes que desarrollan anorexia nerviosa).
Por esa razón no se han producido aumentos de casos de anorexia, y se conocen casos descritos desde la Edad Media, aunque sí hay más mujeres que confiesan padecerla o más médicos que las diagnostican. Si el 93 % de las personas que la sufren son mujeres parece estar relacionado con el tipo de cerebro que desarrolla la mujer, tal y como señala el neurólogo Dick Swaab, que dirigió durante tres décadas el Instituto Holandés de Investigaciones Cerebrales, en su libro Somos nuestro cerebro:
Todos los síntomas apuntan a que se trata de una enfermedad del hipotálamo […] Una serie de síntomas permanecen incluso después de que se recupere el peso perdido, como los trastornos de la glándula tiroides y la función de la glándula suprarrenal. […] Un último argumento a favor de la localización del proceso patológico en el hipotálamo es que todos los síntomas de la anorexia nerviosa pueden desencadenarse cuando hay un quiste, un tumor o cualquier otro defecto en el hipotálamo.
A juicio de Swaab, todo el cuadro clínico de la anorexia se puede explicar a través de una patología hipotalámica que es más frecuente en el sexo femenino y que lleva aparejados otros factores que aumentan el riesgo de padecerla. Todavía se conoce poco sobre la naturaleza de este proceso, pero se barajan diversas teorías.
Por ejemplo, el factor desencadenante se produciría en el desarrollo del cerebro en el útero materno, predisponiendo al cerebro a liberar sustancias opioides durante la escasez de alimento o ayuno, activándose así el centro de recompensa bajo el cuerpo estriado.
Descubrir, pues, la naturaleza de la anorexia parece estar más relacionado con un escáner cerebral que con un estudio de la historia de la moda y la presión de los medios de comunicación. Sea como fuere, los investigadores no encuentran una razón universal que explique la anorexia.
Dejando a un lado el problema de la anorexia, y centrándonos en la simple delgadez, la biología también tiene un peso específico, incluso imbricándose en las dinámicas sociales. Pongamos el caso de un niño que salta al vacío desde un quinto piso creyéndose que puede volar porque horas antes ha visto la película Superman.
Si bien dicha anécdota puede adquirir el estatus de categoría gracias al poder multiplicador de los medios de comunicación, ¿sería racional evitar la emisión de películas como Superman porque un niño, dos, o diez han saltado desde un quinto piso? ¿Cómo podemos saber que dicho salto mantiene una relación de causa-efecto con la película y no estamos ante una falacia post hoc ergo propter hoc?
¿Se tienen en cuenta los desajustes químicos y emocionales? Y, sobre todo, ¿Cómo saber si dicho niño presentaba un cuadro psicológico que le predisponía a confundir realidad y ficción?
Todos nosotros disponemos de una enorme capacidad de imitar y copiar a los demás, incluso a nivel inconsciente. Cuando salimos del cine posiblemente nos hemos impregnado de cierto tono emocional del protagonista, a través de nuestra afinada empatía, o hablamos un poco como él, o incluso fruncimos de esa manera tan curiosa el ceño, o amusgamos los ojos cuando miramos en lontananza, Clint Eastwoodstyle.
Sin embargo, estos contagios suelen ser efímeros. Al cabo de unos días, volvemos a ser nosotros mismos, como si nuestra personalidad fuera elástica. O buscamos otro referente para copiar durante un tiempo. La forja de la personalidad y de actitudes duraderas se produce de un modo distinto. Entre otras cosas, porque desde una temprana edad somos capaces de diferenciar realidad y ficción, y los personajes de ficción no son nuestros semejantes.
Las personas que no son capaces de hacer esta distinción o son víctimas de una sobreimitación pueden sufrir una patología, como el desorden conocido como ecopraxia. La ecopraxia consiste en que el cerebro carece de un factor inhibitorio para impedir la imitación de las acciones de otros. Es un desorden que suele estar asociado al autismo, porque la distinción entre uno mismo y los demás se ha tornado ambigua.
Si bien los niños suelen imitar más fácilmente a los demás, porque forma parte de su proceso de aprendizaje, la mayoría no sufre ecopraxia.
Y mucho menos si el niño está contemplando una ficción, como Superman. Para descubrir cuán diferentes son los patrones de activación del cerebro cuando este procesa personajes reales o irreales, investigadores del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y del Cerebro Humano llevaron a cabo un estudio publicado en PLoS ONE en 2009 que llevaba por título «Reality = Relevance? Insights from Spontaneous Modulations of the Brain’s Default Network when Telling Apart Reality from Fiction».
A los voluntarios se les expuso a tres grupos de individuos: familia y amigos (grupo de alta relevancia), gente famosa (relevancia media) y personajes de ficción (relevancia baja), mientras escudriñaban sus cerebros a través de imagen por resonancia magnética funcional (fMRI).
La hipótesis de trabajo consistía en demostrar que la exposición a contextos de alto grado de relevancia producirían una activación más intensa de la corteza prefrontal media y la corteza cingulada posterior (amPFC y PCC), regiones que parecen implicadas en gran medida en el pensamiento autorreferencial y en la memoria autobiográfica.
Los resultados de la investigación sugieren que la hipótesis es cierta. Al menos en cuanto a neuroimagen, amPFC y PCC se activan con más potencia frente a alguien relevante para nosotros que ante un personaje famoso, y más ante este último que ante un personaje de ficción, como Cenicienta.
O como ha escrito David DiSalvo en su libro Qué hace feliz a tu cerebro:
Estrictamente hablando, los medios no son en forma alguna la causa de ningún tipo de comportamiento humano. Decir otra cosa sería incorporar la anticuada idea, abandonado hace ya mucho tiempo, de la «mente en blanco» de nuestra naturaleza humana.
En Estados Unidos, a medida que los niños y adolescentes tienen un mayor acceso a contenidos audiovisuales violentos, con videojuegos como GTA o películas como Matrix, los índices de violencia no dejan de descender, como ha apuntado el psicólogo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro.
Japón, donde el consumo de violencia mediática es aún mayor, presenta índices de violencia todavía más bajos. En consecuencia, sacar conclusiones apresuradas sobre la influencia de la publicidad en nuestros hábitos aislando algunas correlaciones resulta de todo punto erróneo, como ha señalado el profesor de Psicología de la Universidad de Virginia Eric Turkheimer en su estudio Mobiles: A Gloomy View of research into Comlex Human Traits:
Ninguna conducta compleja en seres humanos libres se debe a una serie lineal y aditiva de causas. Cualquier resultado importante, como la conducta delictiva adolescente, presenta innumerables causas interrelacionadas, cada una de las cuales tiene innumerables efectos potenciales, lo que a su vez origina una prodigiosa complejidad ambiental antes incluso de llegar a la certeza de que los efectos ambientales se codeterminan unos a otros, o de que el paquete interacciona también con los innumerables efectos de los genes.
En resumidas cuentas, excluyendo nuestro genoma, el esclarecimiento de la fuente de tal o cual comportamiento humano ya resulta endiabladamente difícil de localizar, pero si incluimos el genoma, entonces el problema queda elevado a la enésima potencia.
Los cánones de belleza, además, si bien difieren en algunos aspectos, comparten un buen número de rasgos universales, como una dermis libre de impurezas, que denota salud. También se han analizado las preferencias sexuales de diversas culturas, concluyéndose que existe una relación permanente entre caderas, cintura y torso. Y tales cánones no son arbitrarios, sino que se acogen a lo que evolutivamente se consideró signo de buena salud y fecundidad.
Por ejemplo, la razón de que a los hombres les atraigan más los pechos de una mujer antes que su codo o su rodilla nada tiene que ver con la moda, sino con la selección sexual, tal y como teoriza la psicología evolutiva: aquellos antepasados que sentían predilección por los pechos grandes, que más tarde serían el alimento de la prole, se reprodujeron con más éxito que aquellos que quedaron engatusados por los codos, o sencillamente no encontraron nada especial en un pecho. Lo mismo puede aducirse al resto rasgos considerados seductores por todas las culturas. T
ales cánones fueron grabados a fuego en nuestro cerebro durante nuestra larga existencia como cazadores-recolectores, como lo está nuestra predilección por los alimentos grasos (en el pasado constituyeron fuentes necesarias para la supervivencia, en un contexto de escasez calórica) o que nos riamos más frecuentemente en compañía que solos (en el pasado la sonrisa fue una suerte de lubricante social).
Estas predisposiciones biológicas también imponen que las mujeres estén más preocupadas por su delgadez, y por tanto por su belleza física, que los hombres, que deben estar más preocupados por mostrar los suficientes recursos. Estos roles evolutivos no se perpetúan necesariamente en la actualidad, y mucho menos en todos los individuos, sino que actúan como una especie de instinto primario, como el miedo al fuego. Instintivamente, las mujeres se preocupan más de su cuerpo y los hombres más de su cartera; aunque la cultura vigente pueda moldear esos instintos hasta hacerlos desaparecer.
El problema es que las culturas no nacen de la nada, sino que están determinadas también por las predisposiciones biológicas de sus individuos: genes y cultura, así, se imbrican de tal modo que resulta a veces difícil determinar qué causa qué o si esa pregunta tiene sentido. Muchos expertos, ante el eterno debate nature vs nurture, sencillamente zanjan la cuestión aduciendo que una es reflejo de la otra, y viceversa.
En otras palabras, nuestros instintos siempre intentarán aflorar en cualquier tipo de cultura, y dicha cultura también se organizará, en parte, en función de dichos instintos. Por eso es más frecuente que un hombre acaudalado esté acompañado de una chica joven y no a la inversa. Por eso los coches caros suelen ser comprados mayoritariamente por hombres.
Por eso las mujeres dedican más horas a acicalarse. Y, como ha estudiado el catedrático de psicología social David Buss tras preguntar a 10.047 personas de treinta y siete culturas distintas en seis continentes y cinco islas que van de Alaska al territorio zulú, esta constante se produce de manera generalizada en todo el planeta.
De ello no debe deducirse que debamos apoyar o reforzar tales roles, sino que al combatirlos no solo combatimos ideas, sino genes; y también que una sociedad que no se rija mayoritariamente por esos roles debe ser necesariamente una sociedad levantada sobre basamentos anómalos.
Naturalmente, esta no es la última palabra al respecto, todavía queda mucho camino en los estudios en cazadores-recolectores y los estudios transculturales, y algunos flecos de evidencia escurridiza quizá nunca queden esclarecidos (como se ha dicho antes, la sociología no es como desmotar un coche en piezas). Lo que propone Buss y otros psicólogos evolutivos, no obstante, es solo un marco de referencia biológico que no deberíamos obviar a la hora de analizar cualquier construcción social.
– El nodo obesidad epidémica
Super Size Me (2004).
El planteamiento de que entre publicidad y moda vigente existe una relación causal resultaría mucho más convincente si cada vez hubiera más gente delgada, más ajustada a dichos cánones de belleza. Pero no la hay. De hecho está pasando justo al contrario.
El sobrepeso y la obesidad constituyen una epidemia global. Estados Unidos, uno de los mayores promotores del 90-60-90 a través de sus superproducciones y carísimos spots, tiene la tasa más alta de obesidad en el mundo desarrollado. Desde 1980, la obesidad se ha más que doblado en todo el planeta. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 2,6 millones de personas mueren anualmente a causa de la obesidad o el sobrepeso.
La OMS define el sobrepeso como un IMC igual o superior a 25, y la obesidad como un IMC igual o superior a 30. El IMC (índice de masa corporal) se obtiene a través del peso en kilogramos dividido por el cuadrado de la talla en metros (kg/m2). Mil millones de adultos tienen sobrepeso, y más de trescientos millones son obesos. La obesidad infantil es uno de los problemas de salud pública más graves del siglo XXI.
A pesar de que se han escrito miles de libros sobre el pecado de la gula, dicho pecado nunca se ha erradicado porque está evolutivamente conectado a nuestra supervivencia: como se ha dicho, solo los antepasados que experimentaban la necesidad de ingerir grasas y azúcares a fin de sobrevivir a los rigores de la escasez de alimentos fueron los que se reprodujeron, dejándonos en herencia genética una necesidad que ya resulta obsoleta frente a la abundancia de alimentos.
Pero las hipótesis sobre la razón principal de que la obesidad haya alcanzado cotas epidémicas no dejan de multiplicarse. Probablemente ingerimos más comida basura que antes. También somos más sedentarios. También se alega que una de las causas podría ser la invención de la luz eléctrica: al desincronizarse nuestros ciclos de vigilia y sueño, que están sincronizados con la luz natural, se alteran los sistemas del cerebro que regulan el metabolismo, como si Thomas Edison fuese el equivalente a Ronald McDonald.
Otros investigadores sostienen que se ha producido un profundo cambio en nuestra población de bacterias intestinales. Incluso se ha sugerido que determinados tipos de obesidad se contagian a través de un virus, concretamente los adenovirus Ad-36. Todas estas posibles razones podrían ser ciertas simultáneamente, o quizá hay detrás razones más poderosas que se mantienen ocultas en la jungla de las dinámicas sociales más sutiles, y que nos obligan a ganar kilogramos a la vez que se entroniza cada vez más la estética de calendario de taller mecánico.
De igual forma, resulta metodológicamente incorrecto aducir que son los medios de comunicación (con sus spots de alimentos cada vez más calóricos) los que persuaden a las personas de engordar. Lo único que sabemos es que existen, simplificándolo mucho, inputs mediáticos que promueven la delgadez e inputs mediáticos que promueven la comida calórica, y a su vez un incremento del número de personas con problemas de sobrepeso y obesidad.
Lo que sabemos es que Barrio Sésamo debe evitar que Triki, el monstruo de las galletas, engulla las susodichas para decantarse por alimentos sanos, que no engorden, a la vez que nos lamentamos de los anuncios que fomentan la ansiedad por no exhibir las curvas de Praxíteles.
Tal vez los anuncios sobre productos calóricos o cadenas de restaurantes de comida basura son menos persuasivos que los que promueven la idea de que exhibir determinado canon de belleza incrementará tu reputación social, y sencillamente ocurre que sentimos más placer comiendo a la vez que disminuimos nuestra puntuación social que sometiéndonos a una dieta hipocalórica a la vez que sumamos puntos sociales.
O tal vez las patatas fritas son tan adictivas como la marihuana, como señala un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences por parte de investigadores italianos y estadounidenses del Instituto Italiano de Tecnología de Génova en colaboración con la Universidad de California en Irvine; y, entendiendo la comida como una droga, se aclara el motivo de que la mayoría prefiera comer a ponerse a dieta.
En caso de que estemos en lo cierto, ello redunda en el hecho de que la razón de nuestra conducta no estriba solamente en la posible persuasión de la publicidad, sino también en nuestra biología: ingerimos más calorías porque la tentación es muy poderosa, más poderosa que la publicidad en contra de las calorías.
Sea como fuere, de nuevo podemos pecar de simplistas si analizamos de este modo el problema. Porque habrá personas que tienen predisposición genética a sentir más placer comiendo, probablemente las mismas que tienden a volverse adictas a determinadas drogas. Habrá personas cuyo rendimiento metabólico les condene a engordar comiendo lo mismo que alguien que mantiene su Índice de Masa Corporal a raya.
También habrá personas que psicológicamente necesitarán en mayor medida el refuerzo social de otras personas, y por tanto tendrán más incentivos para ponerse a dieta (sobre todo si ejercen profesiones o desempeñan roles sociales en los que el aspecto físico sea continuamente fiscalizado). Otras, sin embargo, preferirán destacar en otros aspectos y disfrutar de los placeres de las calorías vacías.
Otras sentirán un placer superlativo, rayano en el masoquismo, practicando algún deporte quemagrasas o sometiéndose a los rigores de una dieta hipocalórica. En definitiva, podemos encontrar estímulos múltiples para una misma postura, y todos esos estímulos también deben tenerse en cuenta a la hora de evaluar epidemiológicamente las razones subyacentes de que cada vez haya más obesos, más delgados, más bulímicos, más sedentarios, más anoréxicos o más enfermos cardiovasculares.
La razón y la voluntad juegan un importante papel en la toma de decisiones y el ejercicio del autocontrol, pero la razón y la voluntad, además de ser permeables a las circunstancias, también dependen de nuestros genes. Por esa razón, a pesar de que disponemos de más información que nunca sobre los riesgos de determinadas conductas, estas parecen perpetuarse hasta que, no se sabe muy bien cómo, de repente desaparecen.
La publicidad, si no conecta con la cultura emergente del nicho social en el que pretende incidir, también se revela ineficaz. Un buen ejemplo de ello son las campañas de educación sexual, según un informe de 2001 de Douglas Kirby («Understanding What Works and What Doesn´t in Reducing Adolescent Sexual Risk-Taking») sobre más de trescientos de estos programas.
Se observó que, a grandes rasgos, tales programas no ejercieron efecto alguno en la conducta sexual o el uso de anticonceptivos, a pesar de los riesgos que suponía no hacer caso a las recomendaciones. El miedo, sencillamente, no era suficiente. En 1960, el psicólogo social Howard Levanthal realizó un experimento en el que usaba el miedo para convencer a los alumnos de Yale para que se pusieran la vacuna antitetánica.
Se entregaron dos clases de folletos informativos: uno muy impactante, con siete páginas ilustradas sobre los efectos del tétanos, como las víctimas con catéteres urinarios; y otro folleto más descriptivo y sin imágenes. Los alumnos que habían recibido el folleto versión gore estaban más concienciados acerca de los peligros del tétanos.
Sin embargo, a la hora de contabilizar los alumnos que finalmente acudían a vacunarse en el edificio del campus habilitado para ello, el porcentaje apenas superaba el 3 %, y no había diferencia entre los alumnos que habían leído el folleto tremendista y el folleto más formal.
Parece que se cumple aquella idea popular de que los jóvenes hacen justo lo contrario de lo que dicen los adultos, pero a la vez damos por sentado que la publicidad no la realizan los adultos o que los jóvenes son incapaces de darse cuenta de que un joven contextualizado en un spot, una campaña o un consejo cualesquiera está en realidad repitiendo lo pautado por los adultos.
Sacred and profane.
– El nodo democrático
Los estereotipos son atajos mentales eficaces cuando se sustentan en datos parcialmente ciertos, pero se revelan como gigantescos obstáculos si se fundan en datos incorrectos. Como no tenemos tiempo de ponderar uno a uno todos los estereotipos, finalmente apostamos por asumir que todos o la mayoría son ciertos, dado que la gente que nos rodea así lo considera también.
Cuando asumimos que un estereotipo es cierto a pesar de que no lo es, se cumple el fenómeno de la profecía autocumplida. Por ejemplo, el color del pelo no influye en la inteligencia de las mujeres, pero las rubias (incluso las teñidas) obtienen un rendimiento intelectual más bajo porque ellas mismas asumen que las rubias son más tontas.
La belleza también arrastra un puñado de estereotipos que propician las profecías autocumplidas. Estadísticamente, los hombres más feos o con defectos faciales son los que dan con sus pies en la cárcel. La fealdad no tiene nada que ver con la moral, pero las personas feas se consideran más inmorales que los facialmente bellos, de modo que la gente trata de un modo diferente a los feos, y los propios feos tienen una autoimagen distorsionada de ellos mismos.
Por su parte, las mujeres que se ajustan al canon de belleza vigente también reciben un trato social distinto que modifica su personalidad y su modo de conducirse por el mundo.
Como los cánones de belleza son ligeramente cambiantes y se adaptan de un modo distinto a las culturas, también tendemos, en aras de economizar nuestra energía cognitiva e integrarnos en nuestro nicho social, a considerar atractiva a una mujer por el mero hecho de que mucha gente la considera atractiva.
El caso más palmario tiene lugar con las estrellas del cine o del pop, que a pesar de que en muchas ocasiones presentan una belleza objetiva similar o incluso inferior a mujeres de nuestro entorno, acaban convirtiéndose en bellezas inalcanzables, perfectas, intocadas. El mismo fenómeno tiene lugar entre los hombres triunfadores o las estrellas del rock ante la percepción de las mujeres: muchos de ellos pueden mostrar asimetría facial o baja estatura, y aun así convertirse en un Adonis por mor del juicio mayoritario.
Si se muestran fotografías de hombres a mujeres, estas puntuarán más alto en atractivo a los hombres que aparezcan con una mujer que les mire con una sonrisa en la boca. Las puntuaciones también mejoran si el hombre está casado. Si en la fotografía aparece con su pareja, la puntuación aumenta solo en el caso de que la pareja también sea atractiva.
Tal y como ya sugería el psicólogo Daniel Gilbert, la opinión de otras mujeres es muy importante para una mujer que debe evaluar la conveniencia de estar con un determinado hombre: es una forma rápida y eficaz de tasar sus características, un atajo en términos de tiempo y energía.
La opinión de los semejantes influye de tal modo en la percepción de la belleza de alguien que incluso se detecta físicamente en el cerebro, como sugirió un estudio llevado a cabo por un equipo de psicólogos de la Universidad de Harvard liderado por Jamil Zeki y bajo el título «Social Influence Modulates the Neural Computation of Value», que fue publicado en Psychological Science.
En el estudio, las fotografías de ciento ochenta mujeres fueron puestas en tela de juicio por parte de catorce jóvenes mientras se sometían a un escáner cerebral. En función de cómo hubieran calificado previamente otros voluntarios aquellos mismos rostros, los catorce jóvenes no solo valoraron de uno u otro modo los rostros, sino que al contemplar dichos rostros se producía un efecto definitivo en aquellas regiones cerebrales que estaban relacionadas con el concepto de recompensa.
Según los propios investigadores, las mismas estructuras neuronales implicadas en la valoración de determinados asuntos, como la belleza o el buen sabor de un alimento o bebida, se ponen en funcionamiento cuando nos sentimos de acuerdo con la opinión de los demás.
Este eslabón causal, pues, influye también en el modo en que socialmente construimos la belleza, en una suerte de democracia estética. Estas diminutas interacciones sociales quedan totalmente al margen de los cánones impuestos por los mass media (si acaso los mass media propician que determinadas personas voten un tipo de belleza frente a otra).
Como se ha dicho anteriormente, existen patrones de belleza universales porque están íntimamente asociados a la supervivencia de la especie. Podríamos llamar a este tipo de belleza «belleza genética». Pero existe otra clase de belleza que podríamos llamar «belleza del pavo real», y que fue descrita por primera vez por el biólogo Amotz Zahavi. La delgadez extrema es un rasgo muy codiciado por algunas mujeres, pero ¿cuál es la razón si nunca resultó determinante para nuestros antepasados?
La razón es la misma por la cual nuestros antepasados se tatuaban determinadas figuras en el cuerpo, o se ensanchaban la oreja con adminículos para tal efecto, creando orejas monstruosas.
Porque esos rasgos caricaturizados también pueden estar ligados a la supervivencia por otro motivo: el mismo que provoca que un pavo real de cola hiperbólica, tan grande que incluso impide que el pavo pueda escapar de los depredadores, resulte atractiva para las hembras, hasta el punto de que tiene más éxito reproductivo que otros pavos más ágiles. Ese motivo es el estatus informativo.
Cuando un pavo real sigue vivo con una cola tan desproporcionada y llamativa está enviando el siguiente mensaje: a pesar de este lastre, consigo vivir, a pesar de que soy más lento, necesito más energía para mantenerme vivo y, en general, este peso muerto no sirve absolutamente para nada, estoy vivito y coleando (nunca mejor dicho). Esa parece ser la clave principal de la «belleza del pavo real»: no sirve para absolutamente nada.
Cuando se adquiere un Porsche o un Ferrari a un precio que no se corresponde con la calidad intrínseca del vehículo, se está enviando el mismo mensaje: tengo tantos recursos que puedo permitirme llevar un coche incómodo y llamativo y no morir en el intento.
Es la razón por la cual existe el Potlatch: una ceremonia llevada a cabo por los pueblos indios de la costa del Pacífico en el noroeste de Norteamérica que consiste en regalar o incluso destruir riqueza frente a los demás, para demostrar que tienes tantas cosas y eres tan generoso que ello no menoscabará tus recursos. Los bienes, pues, se cambian por prestigio.
La delgadez extrema opera al mismo nivel. No resulta un rasgo de «belleza genética», pero sí de «belleza pavo real». Al mostrarse muy delgada, la mujer está enviando inconscientemente el mensaje de que dispone del tiempo y los recursos necesarios para mantenerse delgada. Las clases de bajo nivel socioeconómico son las más obesas, razón de más para que la delgadez, cuanto mayor sea, mejor transmitirá este mensaje.
Mantenerse delgado, además, es minoritario, cada vez más, así que la delgadez es propia de una élite social. Cuanto más gravoso sea mantener un handicap, más a salvo estará de los falsificadores. Este prestigio llama la atención reproductiva del hombre, que, a su vez, puede incrementar su reputación y su valor en el mercado al emparejarse con una mujer muy delgada.
A lo largo de la historia, las clases pudientes siempre han querido desmarcarse de las clases medias, y las medias de las bajas, a través de aparatosas ceremonias del handicap.
En la antigua Roma, por ejemplo, los plebeyos comían con las manos usando todos los dedos, y como aún no se usaban los cubiertos, las personas de mayor estatus social se desmarcaban de esa costumbre comiendo solo con tres dedos. La forma de saber si eras de buena familia consistía en no tener manchado nunca ni el anular ni el meñique.
Otrora, mantenerse gordo constituía un verdadero desafío, así que los delgados eran considerados miembros de baja estofa. Ahora, en un contexto de exceso de comida barata y calórica, la delgadez denota aristocracia. Naturalmente, si mucha gente adquiriera esta delgadez extrema, ser delgado perdería su estatus.
Entonces las clases altas buscarían otro modo de distinguirse de la clase baja. Cuando contemplamos el mundo desde esta perspectiva de la «belleza de pavo real», todo adquiere un nuevo significado, en palabras de Ulrich Renz:
Para indicar un estatus pueden servir todo tipo de cargas y de incomodidades: cuellos estrechos con corbatas estranguladoras, chaquetas excesivamente ceñidas, a ser posible acompañadas (para los amantes de un handicap superior) de un chaleco y con cuarenta grados a la sombra.
O bien se pueden utilizar también suelas resbaladizas, zapatos de tacón que impiden caminar correctamente y materiales delicados que deben ser, por supuesto, caros y que no pueden lavarse en la lavadora.
Lo más significativo es que los hombres de la época se pirraban por las prostitutas que no estaban encorsetadas, tanto en lo literal como en lo figurado, pues el corsé era más una afirmación del estatus y de las respetabilidad que de la belleza: entre 1830 y 1890, «el cuerpo no constreñido llegó a ser observado como símbolo de libertinaje, cuerpo holgado conducta holgada», según María Victoria Carrillo Durán.
En consecuencia, la publicidad se aprovecha y refuerza la asociación delgadez/reputación, como Gucci lo hace con sus productos. La delgadez, pues, sería como vestir determinada marca muy cara.
Y, al igual que las marcas muy caras se mantienen caras precisamente para espantar a las clases bajas que quieren fingir un estatus que no poseen, ello podría justificar el procedimiento antieconómico de que determinadas firmas o incluso tiendas de ropa solo dispongan de tallas por debajo de la media nacional: al lanzar ese mensaje de exclusividad, las firmas y tiendas también adquieren el estatus de las clases altas.
– El nodo la publicidad describe, no prescribe
Puesto de perritos calientes frente a un anuncio en Manhattan.
Como ya se ha referido anteriormente, la cultura es una suerte de jungla hobbesiana con mimbres darwinianos en la que solo sobreviven los mejores (o los que resaltan más sin perder el respaldo del nicho social parejo). El problema es que no existe ningún baremo para determinar qué rasgos comparten las mejores culturas entendidas como las que mejor se adaptan o las que mejor anidan en los cerebros.
También, como sucede en el reino animal, algunos rasgos culturales prosperan mejor en determinados ámbitos que otros a niveles infinitesimales. Actualmente, la ingeniería del marketing puede dirigirse a un segmento de edad, a un sexo, a una clase social.
Pero todas esas divisiones son toscas y funcionan como un diagrama de Venn que ni siquiera parece un arabesco, sino un garabato. Si bien es cierto que algunas modas o tendencias parecen penetrar transversalmente en la mayoría de nichos sociales, muchas se quedan en la superficie; y otras sencillamente se conocen, pero de ello no se deduce que persuadan a la gente a ejecutar determinada acción: ponerse a dieta o comprar determinado producto dietético, por ejemplo.
Posiblemente un Blockbuster de Hollywood como Star Wars se conoce hasta en la aldea más remota del mundo, y las canciones del verano, como buenos earworm, raramente son ignoradas por los habitantes de un determinado país. Pero saber una cosa no significa que vayamos a actuar en consecuencia. Muchos tararean la canción del verano a la vez que la odian. Todo el mundo conoce los efectos perjudiciales de fumar, pero la gente continúa fumando.
Millones de personas pueden convertir en viral un spot de televisión, pero la mayoría ni siquiera recordará qué se anunciaba; y si lo recuerda, no lo comprará. Y es que a lo máximo que puede aspirar la publicidad es a ejercer una función descriptiva: nos informa acerca de las características de un producto, y de lo felices que seremos si lo adquirimos. Sin embargo, el consumidor no se gastará su dinero si el producto queda fuera de sus intereses.
Un ejemplo extremo: imaginemos que sometemos a un grupo de hombres a una batería de anuncios publicitarios sumamente persuasivos sobre las bondades de usar determinado lápiz de labios. Es probable que ninguno de esos hombres adquiera el lápiz de labios, aunque no pueda evitar, por ejemplo, canturrear la canción que sonaba en uno de los spots.
Si la publicidad está teledirigida a determinados segmentos es porque la publicidad, per se, no resulta persuasiva: en primera instancia pretende reflejar los ya formados estereotipos del segmento al que se dirige, o al menos encajar de algún modo su nueva propuesta en una realidad preexistente.
Con todo, el mensaje publicitario no solo debe conectar con las presuntas necesidades del consumidor, con los anhelos y ambiciones propias (y cambiantes) del segmento social al que pertenece. La publicidad también debe competir consigo misma. De hecho, muchos publicistas aceptan que su objetivo no es tanto crear nuevas necesidades o deseos en el consumidor, sino robarle clientes a la competencia directa.
Sobre todo en los casos en los que un producto sufre un decremento de la demanda global. Por ejemplo, desde la década de 1980, en Estados Unidos se vende cada vez menos cerveza. Por esa razón es uno de los sectores con el presupuesto publicitario más alto: cada vez hay menos consumidores y las marcas se los disputan. La publicidad, entonces, puede obrar como un seductor de consumidores ya convencidos, que simplemente se decantan por una marca u otra, tal y como explica el Joseph Heath en Rebelarse vende:
La publicidad no es inocua, y probablemente influya en nuestra mentalidad y nuestros hábitos de consumo. Sin embargo, tiene menos que ver con el lavado de cerebro que con la seducción. Así como una buena técnica de seducción se basa en la idea de una relación sexual, la publicidad se basa en necesidades y deseos que ya existen.
No se puede seducir a una persona a la que no le interese el sexo, y no se puede vender un blanqueador dental a una persona que no dé importancia a su aspecto físico.
Fijémonos, por ejemplo, en la publicidad dirigida a los niños (o más concretamente a los que los publicistas llaman tweens, niños entre los seis y los doce años), por ser el segmento probablemente más permeable a los mensajes publicitarios.
Las compañías estadounidenses gastan un total de 15 000 millones de dólares al año en campañas de publicidad y marketing dirigidas a la infancia, porque ellos pasan 3,5 horas diarias delante de la televisión, recibiendo así 40 000 anuncios al año, según detalla la economista y socióloga Juliet B. Schor en Nacidos para comprar: los nuevos consumidores infantiles.
Frente a tamaño caudal de inputs, el niño no puede prestar atención a todos, ni siquiera le interesan todos, y tampoco es capaz de convencer a sus padres para que sacien todos sus caprichos. De modo que el niño escoge, discrimina, impone órdenes de prelación, se informa de lo que han comprado sus amigos y un largo etcétera que dista mucho de la posición de sumisión expresa que parece derivarse de la ingeniería publicitaria.
Los niños conocen cientos de marcas, pero solo deciden comprar un puñado de ellas. La publicidad, como cualquier otro organismo biológico, debe adaptarse, sobrevivir a los depredadores y hallar huéspedes donde anidar y reproducirse. La publicidad es, por tanto, descriptiva, y también está sometida a los rigores de la supervivencia. La única publicidad persuasiva es la que, en efecto, parece persuadir, y ella es solo una ínfima minoría.
Ciñéndonos al tema de intervenir artificialmente en el canon de belleza, muchos consumidores están informados de que ser delgado resulta más ventajoso socialmente que no estarlo, pero de ello no se deduce que la gente decida adelgazar.
Las cifras de consumo infantil en Estados Unidos son mucho más elevadas que en cualquier parte del mundo, tal y como señala Schor: los estadounidenses conforman solo el 4,5 % de la población mundial, pero los niños estadounidenses consumen el 45% de la producción global de juguetes.
Si la publicidad jugara un papel importante aquí, los estadounidenses deberían ser los que más publicidad reciben del mundo, con diferencia; pero a la vez también deberíamos encajar en dicha suposición por qué los niños estadounidenses son los que más sobrepeso sufren de todo el mundo.
¿La razón es que reciben más anuncios de comida basura? ¿Por qué las imágenes sobre delgadez no contrarrestan el efecto? ¿El hecho de que los niños estadounidenses compren más que los europeos tiene que ver con el hecho de que el 18% de los gases responsables del calentamiento global del mundo se emitan en Estados Unidos, frente al 13% que emite la Unión Europea, siendo los estadounidenses 300 millones individuos y los de la UE 500 millones?
¿O quizás tiene algo que ver que en Estados Unidos se asocie el dinero al esfuerzo individual y menos al azar o a condiciones favorables de partida? ¿O que los europeos prefieran más tiempo libre a mayor renta, al contrario que los estadounidenses? ¿Cómo influyen las bases históricas sobre las que se han levantado estas políticas? La retahíla de preguntas y contradicciones es tan extensa que la línea que discurre entre la publicidad y la forma del cuerpo de una mujer no puede ser recta y definida.
El primer intelectual que difundió la idea de que la publicidad emplea técnicas psicológicas eficaces para empujar al consumo quizá sea el sociólogo estadounidense Vance Packard en su libro Las formas ocultas de la propaganda, publicado en 1957. Desde entonces, a medida que nuestra comprensión del funcionamiento del cerebro ha ido creciendo, no han aparecido más estudios rigurosos que sugieran que la publicidad sea capaz de manipular las necesidades de los consumidores.
En algunas circunstancias, la publicidad parece establecer una correlación entre anuncio-venta. El problema es que no se conocen tales circunstancias. De conocerse, la actividad más lucrativa no sería la Bolsa o el ladrillo: bastaría con invertir un billón de dólares en publicidad para recoger posteriormente el doble o el triple de lo invertido.
– El nodo nadie sabe nada
Al exceso de crédito que otorgamos a la capacidad de las ciencias sociales de explicar comportamientos complejos, se le suma nuestra tendencia a sobreestimar lo bien que nos conocemos a nosotros mismos, o el grado de control volitivo que ejercemos sobre nuestras decisiones, en contraposición al resto de personas.
Como sucede cuando se pregunta a los conductores si se consideran por encima de la media y la mayoría responde que sí (una contradicción en sí misma), el efecto Wobegon (la tendencia a sobrestimar nuestras capacidades y subestimar las capacidades ajenas) también tiene lugar cuando se nos pregunta acerca del poder de la publicidad: a nosotros no nos engañan, pero sí observamos que los demás se dejan llevar en exceso por las modas y los cánones de belleza vigentes.
En otras palabras: el mundo está lleno de tontos que imitan lo que emite la televisión, pero no es nuestro caso.
De igual forma, los profesionales de cualquier actividad también exageran sus competencias, haciendo cierta aquella célebre sentencia de George Bernard Shaw: «todas las profesiones son conspiraciones contra los legos». Eso incluye a los expertos en marketing.
En un estudio que llevaron a cabo Paul J. H. Schoemaker y J. Edward Russo, en el que entregó a un grupo de ejecutivos un cuestionario para esclarecer cuánto sabían sobre sus respectivas actividades, los gerentes del sector publicitario ofrecieron respuestas de las que el 90% estaba seguro de que eran correctas; pero el 61% de las respuestas fueron erróneas. Tras realizar pruebas a más de dos mil personas, concluyeron que el 99% de los profesionales sobrevaloraba su éxito.
Sobre la influencia de la publicidad en los trastornos de la alimentación, por ejemplo, cuanto más antiguas son las fuentes bibliográficas consultadas, más se tiende a ofrecer una causa determinada.
No obstante, a medida que aumenta nuestra comprensión de la naturaleza humana, también lo hace la complejidad de las razones que la configuran, tal y como señala María Victoria Carrillo Durán: «en la mayoría de textos y bibliografía sobre este tema ya aparece la anorexia y otros trastornos como una enfermedad causada por múltiples factores, que se pueden resumir en factores individuales, biológicos y psicológicos, familiares y culturales.»
En aras de maquillar las deficiencias del marketing, de la que no solo viven muchos profesionales, sino que sustenta económicamente, a través de publicidad y patrocinios, la mayoría de los medios de comunicación, se acumulan datos, se inventan fórmulas, se aplican métricas, se crean sistemas, convirtiendo en ciencia incluso lo que no puede someterse a los rigores del método científico.
Todo jalonado de términos grandilocuentes, retórica que suena bien pero que tiene un significado ambiguo, percepción de pautas inexistentes, tendencia a buscar la confirmación más que la refutación y continuas confusiones entre correlación y causalidad. La falta de modestia epistemológica, el estudio de cómo sabemos lo que sabemos, nos conduce a olvidar con demasiada frecuencia que casi todo lo que pensamos o creemos no es susceptible de análisis consciente.
Y si no somos capaces de entendernos a nosotros mismos, mucho menos estamos preparados para entender las motivaciones ajenas, llegando al fondo de las circunstancias, allá donde cualquier acto se produce por una sucesión de fichas de dominó desplomándose secuencialmente.
O como resume David Brooks en El animal social: «No es posible entender ningún episodio aislado de su sitio en el flujo histórico: la infinidad de acontecimientos anteriores, causas diminutas y circunstancias que le afectan de maneras visibles e invisibles.» Solo podemos vislumbrarlo, y con vislumbrarlo no es suficiente. No al menos para pronunciar juicios categóricos.
Y eso concierne también al presente texto, que solo constituye una borrosa aproximación a la naturaleza del ser humano, como si contempláramos la intrincada y precisa danza mecánica de un reloj suizo a través de unos ojos que sufren cataratas y presbicia.
– Epílogo: ¿cuál es el nodo más débil?
Es casi imposible señalar el comienzo de una moda. Para cuando empieza a reconocerse como tal, sus orígenes se pierden en el pasado, y tratar de localizarlos es exponencialmente más difícil que, pongamos por caso, buscar las fuentes del Nilo. En primer lugar, probablemente haya más de una fuente.
En segundo lugar, estás tratando con la conducta humana; Speke y Burton solo tuvieron que enfrentarse a cocodrilos, rápidos y la mosca tsetsé. En tercer lugar, sabemos algunas cosas sobre los ríos (por ejemplo, que fluyen cuesta abajo), pero las modas parecen brotar creciditas de la nada y sin ningún motivo aparente. Vean si no el caso del puenting. O el de las lámparas de Java. (Oveja mansa, Connie Willis)
Imaginemos que pretendemos cambiar el canon de belleza vigente, evitar que las personas sigan obsesionadas con su cuerpo, en general, y con adelgazar, en particular. ¿Qué eslabón de los anteriormente mencionados es el más fácil de romper? ¿Cuál originaría un cambio más profundo? ¿Hacia qué dirección debemos invertir nuestros esfuerzos? ¿Tal vez solo nos deberíamos rodear de personas que no le otorguen tanta importancia al físico? ¿Debemos, en fin, acogernos al camino gandhiano de la resistencia pasiva? ¿Resistirnos numantinamente a la colonización ideológica como el poblado de Astérix? ¿Imbuirnos en el estoicismo senequista?
Habida cuenta de que parece que muchos nodos retroalimentan a otros, parece de todo punto ineficaz neutralizar uno, y abarcar todos los nodos se nos antoja una empresa en exceso ambiciosa. Acaso una solución delirante, aunque plausible, pasaría por diseñar una píldora para adelgazar totalmente efectiva. Como se ha dicho antes, si todo el mundo adquiere el estatus aparejado a la delgadez, ser delgado ya no constituirá un objetivo prioritario. Tal vez porque si elimináramos la presión social hacia el culto al cuerpo, la epidemia de obesidad todavía sería más preocupante. Quién sabe. Los efectos colaterales de cualquier pequeño cambio son impredecibles, como la mariposa que aletea en la otra parte del mundo y origina un huracán sobre nuestras narices. En definitiva, ¿de qué hilo deberíamos tirar sin miedo de que se produzca una serie de catastróficas desdichas?
Lo que parece evidente es que obligar a los anunciantes a vender algo que la gente no quiere comprar no es el camino más inteligente. Además, la gente enseguida identifica cualquier sermón disfrazado de proclama cool.
Los niños no comerán más verduras porque Triki, el monstruo de las galletas, lo haga: si Triki tiene la capacidad de empujar a los niños a comer más galletas será, en cualquier caso, porque las galletas también resultan más atractivas al paladar del niño.
Las tremebundas advertencias que se pusieron en las cajetillas de tabaco de medio mundo, con estampas muy gráficas de lo que podría pasar a quien mantuviera el hábito de fumar, no redujo el consumo de tabaco: irónicamente, el consumo se ha desplomado en los países en los que se ha hecho más incómodo fumar: mayores impuestos y prohibición en lugares públicos (con todo, como hemos advertido anteriormente, esto es solo una correlación, y quizá estamos pasando por alto otro factor invisible).
En el extraordinario relato de ciencia ficción de Ted Chiang, ¿Te gusta lo que ves?, incluido en la antología La historia de tu vida, se propone una droga que altera nuestra percepción de la belleza.
Tras la intervención, que incide en el nodo biológico de nuestra relación amor/odio con la belleza, las personas se vuelven incapaces de determinar quién es guapo y quién es feo. Todo el mundo parece igual. Lo que permite a la gente evaluar a los demás en función de otros motivos, acaso menos superficiales.
La maestría del cuento de Chiang radica en que logra convencernos de que juzgar a los demás por otros motivos parece igualmente injusto. Es decir, discriminar a una mujer obesa no es deseable, pero tampoco lo es discriminar a un hombre calvo, pobre o de voz aflautada. De hecho, Chiang logra cambiar la polaridad de nuestra opinión en diversas ocasiones a lo largo del cuento. Y al final ya no sabemos qué pensar.
En la medida de mis posibilidades, he aspirado a que este texto induzca la misma sensación: ya no sé qué pensar. Pero, sobre todo, he aspirado a convencer al lector de todo lo que, bajo ningún concepto, debe seguir pensando.
El vaso, un objeto tan simple y cotidiano, tiene una historia sorprendentemente rica y compleja que se remonta a los albores de la civilización.
Desde sus inicios como un simple recipiente para almacenar líquidos hasta su evolución como símbolo cultural y religioso, el vaso ha sido testigo de eventos históricos trascendentales, ha servido como herramienta para el desarrollo humano y ha dejado una huella imborrable en la cultura material de la humanidad.
Los primeros vasos fueron creados por la necesidad humana de almacenar y transportar líquidos. Los materiales disponibles en la época, como la madera, la piedra y la arcilla, fueron utilizados para crear recipientes rudimentarios. La evidencia arqueológica sugiere que las primeras vasijas de arcilla cocida datan de hace unos 000 años a.C., en el período Neolítico.
La técnica de cocción de la arcilla, que permitió la creación de vasijas más resistentes y duraderas, se desarrolló en Mesopotamia y Persia alrededor del 000 a.C., y se extendió a Egipto en los siglos siguientes.
La invención de la cerámica marcó un hito en la historia del vaso. La arcilla, un material abundante y versátil, permitió la creación de vasijas de diferentes formas y tamaños, adaptables a diversas necesidades. La cerámica también permitió la decoración de los vasos, lo que dio lugar a la aparición de las primeras expresiones artísticas en la historia humana.
A lo largo de la historia, el vaso ha trascendido su función práctica y se ha convertido en un símbolo cultural y religioso. En la antigua Mesopotamia, los vasos se utilizaban en ceremonias religiosas y se decoraban con motivos religiosos. En el antiguo Egipto, los vasos se usaban como ofrendas a los dioses y se enterraban con los faraones en sus tumbas.
En la Grecia antigua, los vasos se convertían en auténticas obras de arte. La cerámica griega se caracterizaba por su exquisitez y belleza, y los vasos se decoraban con escenas de la vida cotidiana, mitos y leyendas. Los vasos griegos eran tan apreciados que se exportaron a otras culturas, donde se convirtieron en objetos de colección.
En las culturas precolombinas, los vasos también tenían un significado religioso.
Los vasos de cerámica se utilizaban en ceremonias y rituales, y se decoraban con motivos religiosos y simbólicos.
Los vasos de cerámica precolombinos son considerados hoy en día como obras de arte y se encuentran en museos de todo el entorno.
El vaso ha evolucionado constantemente a lo largo de la historia, adaptándose a las necesidades y los gustos de las diferentes culturas.
Desde las vasijas de cerámica rudimentarias hasta los vasos de cristal sofisticados, el vaso ha sido un reflejo de la evolución de la tecnología y la estética humana.
La introducción del vidrio en la fabricación de vasos marcó un nuevo hito en la historia de este objeto. El vidrio, un material transparente y resistente, permitió la creación de vasos más delicados y elegantes. Los vasos de cristal se convirtieron en un símbolo de riqueza y distinción, y se utilizaban en las mesas de los más poderosos.
En el siglo XIX, la producción industrial de vasos se desarrolló a gran escala, lo que hizo que los vasos se volvieran más accesibles para la población en general. La introducción de nuevas técnicas de fabricación, como el soplado de vidrio, permitió la creación de vasos de diferentes formas y tamaños, adaptables a las necesidades de la sociedad moderna.
El vaso ha estado presente en la cultura popular desde tiempos inmemoriales. En la literatura, el vaso ha sido utilizado como símbolo de la fragilidad de la vida, la belleza efímera y la naturaleza fugaz del tiempo. En la pintura, el vaso ha sido un tema recurrente, desde las naturalezas muertas del siglo XVII hasta las obras abstractas del siglo XX.
En el cine, el vaso ha sido utilizado como un elemento narrativo, un símbolo de la soledad, la nostalgia o la esperanza. En las canciones, el vaso ha sido una fuente de inspiración para las letras, que hablan de amor, desamor, alegría y tristeza.
En la actualidad, el vaso sigue siendo un objeto esencial en nuestra vida cotidiana. La tecnología ha permitido la creación de vasos de materiales innovadores, como el plástico y el metal, que son más ligeros, resistentes y duraderos. Los vasos también se han convertido en objetos de diseño, con una gran variedad de formas, colores y texturas.
El vaso ha dejado de ser un simple recipiente para convertirse en un objeto con un significado cultural, social y tecnológico. El vaso es un reflejo de nuestra historia, nuestra cultura y nuestra evolución como especie.
Tabla de Vasos Históricos
Tipo de Vaso
Material
Cultura
Uso
Período
Vasija de arcilla cocida
Arcilla
Neolítico
Almacenamiento de líquidos
000 a.C.
Vasija de cerámica
Arcilla
Mesopotamia
Ceremonias religiosas
000 a.C.
Vasija de cerámica
Arcilla
Egipto
Ofrendas a los dioses
000 a.C.
Larnax
Cerámica
Grecia
Sarcófago
Siglo XV a.C.
Lecito
Cerámica
Grecia
Contenedor de ungüentos
Siglo VIII a.C.
Lutróforo
Cerámica
Grecia
Vasija para agua
Siglo VI a.C.
Crátera
Cerámica
Grecia
Vasija para mezclar vino
Siglo V a.C.
Alabastrón
Cerámica
Grecia
Vasija para perfumes
Siglo IV a.C.
El vaso, un objeto aparentemente simple, encierra una historia rica y compleja que refleja la evolución de la humanidad. Desde sus inicios como un simple recipiente hasta su transformación en un símbolo cultural y religioso, el vaso ha sido un testigo silencioso de la historia y una fuente de inspiración para la creatividad humana.
Historias de la historia(J.Sanz) — Estamos hablando del científico sueco Emanuel Swedenborg (1688 – 1772) que, si hacemos caso de Wikipedia, fue hidrógrafo, fisiólogo, astrónomo (fabricando él mismo sus propias lentes, su telescopio y su microscopio), relojero, lingüista (hablaba quince lenguas), biógrafo, poeta, editor, psicólogo, filósofo, matemático, geólogo, metalúrgico, botánico, químico, físico, ingeniero en aeronáutica, dibujante, músico, ingeniero de minas, tesorero, cosmólogo, teólogo…
Además de las múltiples materias en las que desarrolló su trabajo, llegó a ser un referente, en vida y tras su muerte, en los trabajos de científicos, escritores y artistas como William Blake (calificado por The Guardian como «el mayor artista que Gran Bretaña ha producido«), Ralph Waldo Emerson, William B. Yeats… y Jorge Luis Borges.
Borges, en una conferencia en la Universidad de Belgrano en 1978, dijo:
Voltaire dijo que el hombre más extraordinario que registra la historia fue Carlos XII. Yo diría: quizá el hombre más extraordinario -si es que admitimos esos superlativos- fue el más misterioso de los súbditos de Carlos XII, Emanuel Swedenborg»
Entonces, ¿qué ocurrió para que muchos lo cataloguen de místico o espiritista? Tomar un té con Jesucristo.
A Swedenborg también le gustaba mucho viajar y llevaba un diario de viajes donde apuntaba cualquier detalle que le sirviese para sus trabajos. En los viajes por los Países Bajos y Londes, 1744 y 1745, anotó una extraña visión:
un desconocido, que silenciosamente le había seguido por las calles de Londres, y de cuyo aspecto nada sabemos, apareció de pronto en su cuarto, se sentaron a la mesa y tomando el té le dijo que era el Señor.
Le encomendó la tarea de reconducir la labor de la Iglesia, la interpretación de las escrituras y, facultado con la posibilidad de visitar el Cielo y el Infierno, revelar a la humanidad los secretos de la vida después de la muerte. El resto de su vida lo dedicó a la misión encomendada.
En 1849 se constituyó la Fundación Swedenborg en Nueva York. Hoy en día, sus fines son la difusión de sus obras teológicas, libros contemporáneos y videos sobre el crecimiento espiritual, ofrecer conferencias y talleres, y mantener una biblioteca de literatura Swedenborg.
En 1910, se reconoció el carácter extraordinario de su intelecto y el Rey Gustavo V de Suecia presidió el tributo nacional con que se decidió honrar su memoria.