Saturno devorando a un hijo (1819-1823) de Francisco de Goya
JotDown(D.L.Varela) — Uno de los regalos más absurdos que se le puede hacer a un niño es un reloj. Ningún niño necesita un reloj. La medición del paso del tiempo es una angustia exclusiva de los adultos que, afortunadamente, no alcanza a los pequeños. De hecho, los niños viven ajenos al paso del tiempo, al menos hasta que comienzan a adquirir conciencia de la propia muerte, algo que sucede entre los cinco y los nueve años de edad aproximadamente.
Sin embargo, los adultos favorecemos esta preocupación prematuramente, con nuestras maniáticas llamadas de atención sobre el reloj para que se den prisa, acaben los deberes o se metan pronto en cama.
El mundo se mueve cronómetro en mano y ningún hecho que estemos viviendo en el presente, hayamos vivido en el pasado, o tengamos previsto vivir en el futuro, puede aislarse de los parámetros de temporalidad. Cuando acabe de leer este párrafo será un poco más tarde y usted un poco más viejo.
Desde que Crono, dios del tiempo en la mitología griega, se comiese a sus propios hijos para evitar que lo destronasen, el tiempo no ha parado de fagocitar a cada uno de los seres que han habitado el mundo para demostrar, una y otra vez, que somos solo piezas finitas dentro de ese tostón llamado eternidad.
La batalla contra Crono es una lucha perdida de antemano y a pesar de ello, la preocupación por el paso del tiempo ha sido una constante en la historia de la humanidad. Astrónomos, filósofos y científicos de todas las épocas históricas han tratado de encontrarle sentido más allá del tic-tac de las agujas del reloj.
Los actuales psicólogos y neurocientíficos señalan que la clasificación del tiempo según la percepción humana atiende a los criterios de interioridad o exterioridad. El tiempo externo, medible, nos afecta a todos por igual. El tiempo interno se divide en el biológico o circadiano y el autobiográfico.
Mientras el primero es el que el cuerpo utiliza para realizar sus funciones fisiológicas (diferenciar entre el sueño y la vigilia, la producción de hormonas o la regeneración celular) el segundo, o autobiográfico, es el tiempo percibido o tiempo de la memoria. El tiempo que afecta a la cognición y que provoca que, según las situaciones, las horas vuelen o sean dolorosamente lentas.
Matar el tiempo (o asesinarlo, dependiendo de la ocasión) es una de las actividades favoritas de esta especie que curiosamente no deja de buscar la longevidad en un vano intento de ser un poco menos mortales. Paradójicamente, aburrirse es un pecado imperdonable en un mundo dominado por la invasión de información y la filosofía fast.
Dado que el paso del tiempo solo preocupa a los adultos en general, y a los más mayores en particular, ¿se podría explicar la agudización en la percepción —más rápido cuanto más viejos somos— únicamente por el agotamiento del reloj biológico o, lo que es lo mismo, por una mayor proximidad al nicho?
Según David Eagleman, neurocientífico, la percepción de la aceleración de la vida a medida que nos hacemos mayores se explica por el menor gasto energético que implican las experiencias cotidianas. Una vez pasados los treinta, la mayor parte de acontecimientos no suponen una gran novedad, lo que implica que nuestro cerebro no se esfuerce en leer esos datos y, por tanto, no recuerde con detalle lo que nos está ocurriendo.
Es decir, la percepción propia del tiempo guarda una gran relación con la memoria autobiográfica.
Por eso, cuando somos niños y jóvenes la vida se nos dilata para poder aprender (y aprehender) la mayor parte de cosas que utilizaremos en nuestra adultez y vejez.
Al prestar más atención, la sensación de tiempo transcurrido es mayor.
Lo mismo sucede con los estímulos inesperados (positivos o traumáticos) que son percibidos por nuestro cerebro como más duraderos en comparación con los frecuentes.
De pequeños tampoco tenemos pasado, así que nuestro cerebro tiene pocos datos que recordar (la conocida como «amnesia infantil» llega hasta los cuatro años de edad). No obstante, los mayores pasamos grandes cantidades de tiempo recordando hechos pasados.
Probablemente usted tenga una sensación parecida a las siguientes. Cuando estaba en el colegio los veranos eran larguísimos y le daba tiempo a hacer de todo, incluso a echar de menos las clases y a los amigos. En el instituto, cada verano podía ser una épica de amoríos que se sucedían lentamente entre los primeros besos y las lágrimas de los deseos no correspondidos.
Las dilatadas noches de aventuras que acababan a las dos y la dura pelea por que le dejasen alargar un poco el fin de semana. En la universidad, puede que tuviese que aguantar las pesadas prácticas de trabajo que multiplicaban la duración del verano al punto de que casi se hacía más largo que el divertido invierno.
Para muchos, luego vino la formalización de la vida conyugal y los niños. Revivir la propia infancia a través de ellos. Pero los niños crecen y, mierda (perdón), usted se parece cada vez más a sus padres.
El filósofo Immanuel Kant fue el precursor de la actual psicología del tiempo, al cuestionar las explicaciones que Aristóteles había dado sobre el tiempo absoluto. Kant creía que «el tiempo es únicamente una condición subjetiva de nuestra intuición humana, y en sí mismo, fuera del sujeto, no es nada».
La percepción subjetiva del tiempo explica que mi perro no experimente ningún sentimiento de culpa después de procrastinar todo el día en un letargo infinito. El siguiente en apoyar la teoría de la subjetividad del paso del tiempo fue un físico. Albert Einstein puso de manifiesto que el tiempo, al igual que el espacio, son relativos.
Aunque a partir de los cuarenta años el reloj de la pared de la cocina corra a la misma velocidad que cuando usted tenía veinte, puede que los días se conviertan en una sucesión de acontecimientos similares por los que transcurrirá sin apenas percibirlos.
Si usted no es una persona curiosa y preocupada en seguir cotilleando, no habrá apenas gasto energético, ni esfuerzo que le obligue a prestar atención a los detalles. Probablemente, le resultará imposible recordar apenas nada del trayecto del camino al trabajo de esta mañana o lo que desayunó ayer. Yo le ayudo: lo mismo que hoy.
John Wearden, profesor de la Universidad de Keele y experto en la percepción del tiempo, señala que la lentitud y rapidez del tiempo están íntimamente relacionadas con la fijación subjetiva en el paso del mismo. El tiempo rápido, asociado a las cosas buenas, no se mide mientras se vive. Estamos demasiado ocupados disfrutando.
Wearden también dice que las personas mayores y con poca actividad acusan la lentitud y pesadez de los días y, sin embargo, los meses se les hacen cortos. Esta combinación de que los meses se acaban tiene relación directa con el tiempo biológico, o lo que le queda a uno de vida por delante, y la lentitud de los días con el puro aburrimiento y la falta de nuevas actividades.
Las juegos de la memoria son los responsables de la sensación que tienen la mayor parte de los abuelos con respecto a que «cualquier tiempo pasado fue mejor». Los abuelos que han tenido una infancia y una juventud de penas y diezmos recuerdan mayormente momentos de dicha y felicidad a medida que envejecen.
El psicólogo Douwe Draissma señala que a lo largo del tiempo nuestra memoria modifica nuestro pasado para convertir nuestra propia biografía en una ficción. La que nosotros queremos que nos acompañe.
Que la ilusión de la aceleración vital tiene que ver precisamente con esa ralentización de los relojes fisiológicos y con el efecto de la reminiscencia debido a la gran cantidad de recuerdos almacenados en la infancia, cuando el cerebro era una esponja y Franco regalaba abrazos a los niños mutilados.
La cultura y la sociedad en que nos encontramos inmersos (y también la influencia de las religiones) han conseguido que no nos resulte insoportable vivir a pesar de que sabemos lo que nos espera. La imaginación, el deseo de devenir, de trascender de alguna manera (a través de descendencia biológica o por nuestros actos por los que deseamos mejorar la vida de los siguientes, o ser simplemente recordados) dan sentido al futuro y a la propia vida.
Las opciones que nos quedan como seres mortales son escasas. Podemos no hacer nada nuevo y dejar que la vida pase tediosa y pausadamente, o bien podemos intentar aprender algo cada día, vivir con pasión como si fuese el último (de hecho, puede serlo) y no mirar el reloj.
Cuando nos queramos dar cuenta habremos vivido una vida llena de aventuras pero habrá pasado muy rápida. Eso sí, siempre podremos teñir la ficción que les endosaremos a nuestros nietos de bastante realidad. (Ya saben: Rodrigo Rato fue el mejor ministro de Economía de la democracia y Esperanza Aguirre aquella anciana que donaba médula ósea a los refugiados sirios en sus ratos libres).
En el libro El reloj de arena, publicado en Alemania en 1957, el filósofo Ernst Jünger escribe en esta línea sobre el sentido del tiempo: «Quien vive inmenso en este altivo mundo de titanes, en sus goces, en sus ritmos y peligros, puede conseguir grandes cosas, pero no es capaz de juzgarlas. (…)
En este sentido, el reloj de arena es un buen punto de apoyo para la crítica del discernimiento, una adición sedante a nuestro mundo vertiginoso, una adición anterior a Copérnico, pero aún más relevante si tenemos en cuenta que nos hallamos en un terreno que separa la doctrina de Copérnico de un nuevo concepto del tiempo y del espacio».
Hace algunos años, en una entrevista de televisión, el escritor Camilo José Cela, ya anciano, hizo este comentario sobre su prolífica existencia: «No importa lo larga que sea la vida, sino lo ancha». A Camilo, como en tantas otras ocasiones, se le entendió todo. ¿Ancha o larga? Yo la prefiero ancha. Siempre.
El monte Prince en la Tierra de Marie Byrd, Antártida.
L.B.V.(G.Carvajal) — La Tierra de Marie Byrd es un vasto territorio que, debido su tamaño imponente y su localización en el continente más inhóspito del planeta, ha logrado mantenerse en un curioso limbo político: no ha sido reclamado por ninguna nación soberana.
Con una extensión de 1.610.000 kilómetros cuadrados (similar a la de Mongolia o Irán), este espacio situado en la Antártida Occidental es el territorio no reclamado más grande del mundo. Se encuentra al sur del océano Pacífico y al este de la barrera de hielo de Ross y el mar de Ross, extendiéndose hasta la cordillera Transantártica que separa la Antártida Oriental de la Occidental.
Su nombre hace referencia a Marie Byrd, esposa de Richard E. Byrd, el oficial naval estadounidense que exploró extensamente la Antártida en las primeras décadas del siglo XX.
En 1902, Robert Falcon Scott, desde su barco Discovery, divisó la lejana costa occidental del territorio, pero sería en 1929 cuando Dean Smith, piloto de la primera expedición antártica de Byrd, realizó los primeros sobrevuelos de la región.
Mapa de la Antártida con las reclamaciones territoriales. La Tierra de Marie Byrd es el único territorio no reclamado.
Esta expedición marcó un hito en la exploración antártica, descubriendo las Montañas Rockefeller y las cordilleras de Ford, que se encuentran en el corazón del territorio que Byrd nombró en honor a su esposa.
Byrd regresó con una nueva expedición entre 1933 y 1935, adentrándose en las montañas Fosdick con una partida de trineos dirigida por Paul Siple y Franklin Alton Wade. A su vez, las exploraciones aéreas permitieron identificar nuevas tierras, extendiendo el conocimiento hacia la costa de Ruppert y más allá.
En 1939, el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, instruyó a los miembros de la Expedición del Servicio Antártico de los Estados Unidos a tomar medidas para reclamar parte de la Antártida, incluyendo la Tierra de Marie Byrd.
Uno de los aviones de la Expedición Antártica Byrd en 1929.
Aunque las actividades de Estados Unidos en la región sentaron las bases para una posible reclamación, esta nunca se formalizó debido al Tratado Antártico de 1959. Este tratado, firmado por más de 50 países, congeló todas las reclamaciones territoriales en el continente y estableció la Antártida como una reserva natural dedicada a la investigación científica.
Curiosamente, durante las décadas que siguieron al tratado, algunos mapas estadounidenses mostraron la Tierra de Marie Byrd como un territorio perteneciente a Estados Unidos, un eco lejano de las expediciones de Byrd y los intentos de reclamación anteriores.
No obstante, su estatus como tierra de nadie persiste, convirtiéndolo en una rareza geopolítica en un mundo donde cada centímetro de tierra parece estar bajo el control de alguna nación.
En 1957 los Estados Unidos establecieron la Base Byrd en las coordenadas 80°S, 120°W, que permaneció en uso hasta 1972 (y fue la inspiración para la famosa película de John Carpenter “La cosa”, de 1982), convirtiéndose desde entonces en un campamento temporal de verano del Programa Antártico (United States Antarctic Program).
Otras bases temporales se han establecido a lo largo de los años en el territorio, incluyendo la base rusa Rúskaya en la costa Ruppert, que también se utiliza como estación de verano.
Una vista de la base Byrd en 2010.
La Tierra de Marie Byrd Land no solo es un desierto blanco e interminable cubierto por la capa de hielo de la Antártida Occidental (WAIS por sus siglas en inglés), ya que debajo se esconde una vasta provincia volcánica que ha estado activa durante millones de años.
Las investigaciones más recientes han descubierto la presencia de una pluma del manto terrestre, una columna de roca caliente que se eleva desde las profundidades de la Tierra y que podría estar alimentando los 23 volcanes documentados hasta ahora en la zona. Esta pluma no solo es responsable de la actividad volcánica, sino que también podría estar contribuyendo al derretimiento del hielo en ciertas áreas.
También posee varios glaciares, de los cuales el Thwaites, ubicado en la costa oriental, ha sido objeto de intensos estudios en las últimas décadas debido a su rápido retroceso. Conocido como el «glaciar del juicio final» por algunos científicos, el Thwaites podría desestabilizar una parte significativa del WAIS (capa de hielo de la Antártida Occidental), lo que resultaría en un aumento catastrófico del nivel del mar a nivel mundial.
Un estudio de la Universidad de Washington encontró que el glaciar está contribuyendo al 4 % del aumento del nivel del mar en todo el planeta.
El monte Murphy en la Tierra de Marie Byrd, Antártida.
Dado que el Tratado Antártico prohíbe la reclamación territorial por parte de países, en 2001 Travis McHenry reclamó la Tierra de Marie Byrd a título personal para el Gran Ducado de Westarctica. Y en 2008 también lo hizo el Gran Ducado de Flandrensis, pero ambas micronaciones vieron frustrados sus intentos.
marcianosz.com — En 2009, la desaparición de Larry Ely Murillo Moncada desafió tanto a las autoridades como a la comunidad, envolviendo el caso en un manto de misterio que persistió durante más de diez años. Murillo Moncada perdió la vida en circunstancias tan inesperadas como trágicas. Quedó atrapado detrás de un refrigerador en un supermercado mientras descansaba. La tienda, que posteriormente cerraría sus puertas, mantuvo en sus instalaciones el cuerpo de este hombre durante una década.
Este supermercado, un No Frills, clausuró operaciones tres años antes de que encontraran el cuerpo de Murillo Moncada. Esta interrupción en el negocio complicó el reconocimiento del cadáver, puesto que la edificación permaneció vacía y los refrigeradores fuera de uso. La falta de mantenimiento y actividad en el local contribuyó a que el tiempo y deterioro siguieran su curso sin que se detectaran olores sospechosos de descomposición.
El día en que Murillo Moncada desapareció, era uno de sus días libres. Sin embargo, era común que los empleados acudieran al supermercado para resolver pendientes, adelantar trabajo o intercambiar turnos. Su desafortunada decisión de subir al refrigerador, espacio que los empleados solían usar para relajarse entre descansos, resultó en un accidente fatal. El estrecho espacio, de unos 45 centímetros detrás del aparato, impidió su escape, sellando su trágico destino.
– El cadáver de Larry Ely Murillo Moncada.
La autopsia practicada a los restos de Murillo Moncada no arrojó señales de traumas, llevando a los investigadores a concluir que se trataba de un accidente. Aparentemente, el ruido constante de los refrigeradores en funcionamiento anuló cualquier intento de pedir auxilio.
Y la ubicación aislada del lugar, una sala trasera del supermercado, hizo que su ausencia parara inadvertida. Durante años, diversos equipos investigaron su desaparición, pero no fue hasta que se realizaron pruebas de ADN que su identidad se confirmó, mucho tiempo después.
La vestimenta encontrada junto a él, descrita por sus padres en las denuncias iniciales de desaparición, resultó determinante para corroborar de quién se trataba. Todo el procedimiento de identificación se prolongó debido al avanzado estado de descomposición y las circunstancias particulares que rodearon la escena del accidente.
El cierre de la tienda y su posterior abandono fueron factores que no solo retardaron el hallazgo del cuerpo, sino que también hablaron del abandono que se puede dar a casos considerados «fríos». La intervención de las autoridades, alimentada por las demandas de respuestas por parte de la familia, resultó clave para resolver el caso.
– El legado.
El trágico desenlace del caso de Larry Ely Murillo Moncada resalta de manera perturbadora cómo los percances imprevistos y las negligencias pueden convertir lo rutinario en una horrible tragedia. El macabro hallazgo de su cadáver, oculto detrás de un refrigerador por una década, estremeció a la comunidad, evidenciando la necesidad urgente de compromisos serios con la seguridad en el trabajo y en cualquier entorno laboral.
Las prácticas laborables descuidadas y la flagrante omisión de medidas de seguridad mínimamente adecuadas condenaron a este joven, apenas en el inicio de su vida adulta, a un destino tan cruel como evitable.
Las condiciones infernales de su muerte, atrapado en una estrecha cavidad donde sus gritos quedaron ahogados por el rugido de las máquinas, subrayan la importancia de implementar protocolos exhaustivos aún en trabajos que podrían parecer inofensivos.
La historia de Larry Ely Murillo Moncada no sólo invita a recordar siempre estas carencias, sino que obliga a un serio examen sobre la protección de los empleados. Su desafortunado destino, revelado tras años de incertidumbre, deja una huella dolorosa pero esencial en el ámbito laboral moderno.
Las fallas mínimas en procesos rutinarios pueden, si no se abordan con seriedad, desencadenar desastres impensables, subrayando así la desesperada necesidad de reformas efectivas.
El equipo de la selección nacional argentina recorriendo las calles colmadas de hinchas tras alzarse con la Copa del Mundo, 20 de diciembre de 2022, Buenos Aires, Argentina
Meer(S.Rey) — El fútbol, que es mucho más que solo un deporte en todo el mundo, surgió en Inglaterra en el Siglo XIX.
Sin embargo, se habla de que en el siglo III a.C. en China los soldados de la Dinastía Han tenían un ejercicio llamado Ts’uh Kúh en el cual pateaban con los pies algo similar a una pelota en dirección a una red; también se dice que existieron otras variantes en la antigua Grecia y Roma.
Sin embargo, el nacimiento del fútbol moderno se ubica en Gran Bretaña.
Nació como un juego entre amigos, conocidos o vecinos. En un principio, se desarrolló entre estudiantes de universidades como Cambridge, de donde se establecieron los primeros reglamentos. Pero, por otro lado, los que también empezaron a armar equipo fueron los obreros, quienes jugaban con otros compañeros de las fábricas.
Entrenaban, tenían un uniforme o remeras propias del equipo y viajaban al pueblo vecino a competir contra otros. Los dueños de las fábricas eran algo así como los directores técnicos, sponsors, presidentes, dueños del equipo y organizadores de los torneos.
Se encargaban de conseguir partidos, conversaban con otros dueños de fábricas que tenían equipos a cargo, y se ocupaban de pagar los pasajes en tren a sus jugadores.
Las cosas comenzaron a darse tal y como las conocemos hoy cuando estos cuasi directores técnicos se ocuparon de traer a sus equipos a nuevos integrantes que no pertenecían a sus fábricas. Eran hombres que, a cambio de un trabajo mejor, aceptaban el cambio de equipo, a pesar de que eso significaba una traición al equipo de origen y que el resto del plantel del nuevo equipo no los recibiera con los brazos abiertos.
Pero hasta ese momento el fútbol seguía siendo un deporte amistoso.
Las cosas cambiaron radicalmente cuando a uno de estos “DT” se le ocurrió la idea de formar un equipo con los mejores. Todos esos jugadores que estaban en otros equipos, pero reunidos y jugando para él. El tema es que no lo hizo a cambio de un trabajo mejor, sino que a cambio de dinero.
Ya no eran obreros, sino que se empezaba a profesionalizar el deporte porque ahora ganaban un sueldo por jugar a la pelota.
Por supuesto que esto no fue bien recibido. Comenzaron los conflictos, se juzgó a los jugadores que aceptaban jugar por plata, “vendiéndose” solo por dinero. Otros equipos más tradicionales se oponían, reclamaban que no era válido y que había que restarles puntos o incluso descalificarlos de los torneos.
Pero como todo en la historia, fue transicionando y de a poco normalizándose, hasta que terminó siendo un tema aceptado.
Hoy en día, los niños sueñan con ser jugadores de fútbol, las sumas de dinero por jugar unos pocos años de la vida son exorbitantes, y el fútbol inspira pasión como en ese entonces, pero a niveles inexplicables.
Y a eso quería llegar.
En todo el mundo se juega al fútbol, pero no se vive de la misma manera y en Argentina lo sabemos perfectamente.
Cualquiera que haya viajado por el mundo puede confirmar que lo primero (o único) que nos dice cualquier extranjero al escuchar que somos de Argentina es “Maradona” y “Messi”.
Se entusiasman como si nosotros mismos fuéramos uno de ellos, solo por haber nacido en el mismo país que los mejores jugadores del mundo.
Lo que generan once personas jugando a la pelota no tiene sentido, pero la pasión la vivimos y sentimos en todo el país, e incluso en el mundo, si hasta en Bangladesh alientan por nuestra selección.
El fútbol logró que seamos fieles a cábalas que no tienen ningún sentido; pero para cada persona sí, tiene todo el sentido del mundo.
En el fútbol somos fieles creyentes de las costumbres, las energías, las coincidencias y las palabras a favor o en contra. Existe un contrato tácito entre cada argentino y argentina de no decir nada que pudiera dar mala suerte. No poner en palabras el deseo de que algo que queremos que suceda, definitivamente va a suceder.
Viendo el partido de la Copa América entre Argentina y Ecuador, un peruano hizo un comentario al pasar sobre que era obvio que Argentina iba a volver a ganar. Fuimos a penales y los nervios y la bronca del resto de los presentes se enfocó en él por haber hecho ese comentario “yeta”.
No sé si terminó de dimensionar la locura que nos genera este deporte, pero estoy segura de que nunca más va a abrir la boca durante un partido de la Selección Argentina.
En 2022 volvimos a salir campeones del mundo, y todavía no entendemos la locura que se vivió esos días. Más de dos millones de personas asistimos sin convocatoria previa al obelisco.
Las ganas de festejar se vivían en las calles, las autopistas, en los balcones llenos de banderas, arriba de los semáforos y postes de luz, y hasta en la piel de miles que se tatuaron a Messi, la copa del mundo o la fecha de la final.
En un país lleno de tantas diferencias de distintos tipos, un equipo de hombres jugando atrás de una pelota logró lo que nadie: que toda la Argentina hiciera fuerza por el mismo bando. No existieron grietas, la energía de todo un país estaba en el mismo lugar, por un sueño cumplido que trasciende el ámbito deportivo.
Y así volvió a pasar el pasado 14 de julio en la final de la Copa América entre Argentina y Colombia, donde salimos Bicampeones y revivimos un poco de esa locura mundialista que vivimos en 2022. El obelisco volvió a llenarse, aunque esta vez a las 2 de la mañana y con mucho frío, porque nada le importa al hincha, solo la celebración de que el equipo de su país haya salido campeón.
No tiene sentido, no se puede explicar. El fútbol es mucho más que un deporte y no se puede discutir, por lo menos para los más de cuarenta y seis millones de argentinos que compartimos esta misma religión.
Business Insider(A.Roger/trad.C.Gálvez) — Cuando llevé a mi hijo a su cita con el alergólogo, me pidieron mi opinión al respecto, aunque siento que no puedo aportar demasiado.
Esperamos unas semanas, le hicieron algunas pruebas, recibimos un diagnóstico y un plan de tratamiento y tuvimos un problema con el seguro que nos hizo perder el tiempo. Vamos, lo que viene siendo lo típico en la sanidad estadounidense.
Pero entonces, recibí la encuesta.
El correo electrónico contenía las preguntas habituales. ¿Cómo calificaría el servicio recibido? ¿Qué probabilidades hay de que se lo recomiende a un amigo? Pero sí tengo que decir que me sorprendió mucho que me preguntasen si estaba satisfecho con la atención prestada por el alergólogo pediátrico.
Mi hijo recibió el tratamiento médico necesario a una velocidad acorde con su urgencia. Estaba bien. ¿Qué podía yo aportar en ese aspecto?
El asunto me molestó tanto que empecé a fijarme en las encuestas de satisfacción del cliente y, como seguramente habrás visto, todo el mundo las hace. Parece que cada servicio que pago viene acompañado de una cortés petición de mi opinión. Un restaurante. Un hotel. Una tienda. La compañía de seguros que me hizo perder el tiempo.
Cada vez que compro algo o interactúo con alguien: otra encuesta. Mientras le contaba esta historia a mi editor, le llegó un mail. ¡Una encuesta! ¿Cómo había ido todo? ¿Cuánto duró la espera? ¿Cuál es su grado de satisfacción con los conocimientos y la profesionalidad del vendedor que le atendió?
La mayoría de las veces no me piden que evalúe la calidad de un producto o servicio. Me piden que evalúe la experiencia, lo que impulsa nuestra hiperactiva economía de servicios. El actual tsunami de encuestas nos ha convertido a todos en analistas de optimización para empresas multimillonarias.
Ya es bastante molesto que yo proporcione mano de obra gratuita para ayudar a una empresa a mejorar la cotización de sus acciones o a «evaluar» a un empleado mal pagado, con exceso de trabajo y no sindicado. Pero empiezo a sospechar que tampoco es ético.
No son imaginaciones mías. Todos recibimos cada vez más encuestas. El gasto mundial en investigación de mercado se ha duplicado desde 2016, hasta superar los 80.000 millones de dólares anuales. Más de la mitad de ese dinero se reparte en Estados Unidos, y una quinta parte (¡16.000 millones!) se dedica a encuestas a clientes.
Consideremos la experiencia de Qualtrics, una de las mayores empresas de datos de encuestas. El año pasado, analizaron 1.600 millones de respuestas a encuestas. Esto supone un aumento del 4% respecto al año anterior, y las respuestas del primer trimestre de 2024 superaron en un 10% las previsiones de Qualtrics.
Su análisis de «datos no estructurados», es decir, llamadas telefónicas de atención al cliente y conversaciones online, alcanzó los 2.000 millones de conversaciones el año pasado. Este año, la empresa prevé un aumento del 62%.
¿Por qué de repente hay tantas encuestas? Porque hoy en día la gente tiene tantas opciones que no se molesta en quejarse cuando algo no le gusta. Simplemente buscan otra web igual de accesible. Si una empresa les cabrea o decepciona, sencillamente buscan otra.
«Las quejas por una mala experiencia han descendido un 10% desde 2021», afirma Brad Anderson, presidente de producto e ingeniería de Qualtrics. «Lo que pasa es que ahora se limitan a cambiar de sitio».
Por ello, las empresas están utilizando encuestas en un intento de aferrar a esos clientes poco leales. Al fin y al cabo, es mucho más caro captar un nuevo cliente que conservar uno antiguo.
Lo difícil es que los estudios de marketing han demostrado que la calidad objetiva de un producto importa menos que si satisface las expectativas del cliente. «La calidad», como dice un trabajo de investigación, «es lo que el cliente dice que es». La satisfacción del cliente está correlacionada con la rentabilidad, con el precio de las acciones, con el éxito.
Y para terminar de ponernos filosóficos, ¿qué es la satisfacción? Durante décadas se ha intentado averiguarlo. En 2004, un consultor de Bain llamado Fred Reichheld dio con la respuesta. La llamó Net Promoter Score (Puntuación del promotor neto).
Antes de que te cuente de qué se trata, permíteme hacerte una pregunta: en una escala del 1 al 10, ¿con qué probabilidad recomendarías este artículo a otra persona?
Eso es. Eso es lo que hace el Net Promoter Score (NPS). Si afirmas que recomendarías algo a otra persona, por definición significa que te ha satisfecho. Misterio resuelto.
El NPS apareció al mismo tiempo que el uso cada vez más extendido de internet y las redes sociales, lo que facilitó mucho las preguntas. Las llamadas telefónicas, el correo postal… todo eso lleva mucho tiempo y es caro. Pero las encuestas enviadas por correo electrónico y SMS son rápidas y baratas.
En el marketing estadounidense, el NPS se convirtió en una moda imparable, a la que siguieron otras métricas: la puntuación de satisfacción del cliente, la puntuación del esfuerzo del cliente y demás mediciones de toda la experiencia del cliente.
Una encuesta, o el seguimiento de las llamadas al servicio de atención al cliente, podían revelar la fidelidad, la intención de volver a comprar, las partes específicas del «viaje del cliente» que resultaban más agradables. «La gente ya no elige en función de la calidad objetiva.
El valor se mide por mucho más que las características objetivas del producto», afirma Nick Lee, profesor de marketing de la Warwick Business School.
En el apogeo de la llamada economía colaborativa, las encuestas a los clientes tenían la capacidad de solventar la falta de información del mercado, actuando en dos direcciones. De repente, tanto los conductores como los usuarios de Uber tenían que preocuparse por sus puntuaciones.
No obstante, a finales de la década de 2010 se hizo evidente que todas esas reseñas y valoraciones estaban perdiendo utilidad con el tiempo. Estaban sujetas, resultó, a la «inflación de la reputación». Al final, todo recibe cuatro estrellas sobre cinco.
El exceso de encuestas a clientes ha creado un problema para los profesionales del marketing. Las encuestas por correo electrónico son como las antiguas llamadas automáticas: se eliminan sin ni siquiera mirarlas.
«La gente recibe tantas solicitudes de encuestas que es más probable que se niegue a participar en ellas», afirma James Wagner, investigador del Instituto de Investigación Social de la Universidad de Michigan. Es lo que se llama sobreencuestar, y hace que sea menos probable que la gente responda.
Esto implica que, para tener validez estadística, las empresas tienen que enviar más encuestas, lo que reduce aún más la tasa de respuesta, y fuerza a las empresas a enviar aún más encuestas en un bucle sin fin. En una escala de 1 a 5, la satisfacción del cliente con las encuestas de satisfacción del cliente se dirige a cero.
En realidad, nadie está seguro de que estas encuestas midan lo correcto. «Las empresas recopilan regularmente medidas de satisfacción del cliente, Net Promoter Scores, cosas así. Pero la cuestión es qué hacen con ellos y con qué fines estratégicos.
La mayoría lo hacen por costumbre, no porque estén pensando en mejorar sus estrategias», afirma Christine Moorman, profesora de administración de empresas de la Universidad de Duke que dirige una encuesta semestral a cientos de directores de marketing.
Las grandes empresas de encuestas no se limitan a entregar a sus clientes una hoja de cálculo Excel gigante y enviarles una factura. Ofrecen análisis sofisticados de los datos que recogen. Pero, a menos que esas cifras estén vinculadas a posibles cambios, «¿qué sentido tienen?», se pregunta Lee, profesor de marketing de Warwick.
«Este modelo de negocio, basado en el valor de esos datos, es cuestionable, ya que la gente no sabe qué hacer con ellos y deja que sea la agencia la que haga las valoraciones», añade Lee. Que una empresa obtenga un montón de resultados de encuestas no significa que sepa qué hacer con ellos.
Las encuestas a los clientes no solo son malas para las empresas. Después de leer la abundante investigación sobre cómo se utilizan realmente, he llegado a la conclusión de que son incluso peores para nosotros, los clientes sobreencuestados.
Cada vez que un científico quiere hacer una investigación con seres humanos, es todo un reto. Siempre conlleva riesgos, desde exponer a las personas a un medicamento no probado hasta simplemente hacerles perder el tiempo.
Para obtener la aprobación de una Junta de Revisión Institucional, la relación riesgo-beneficio debe ser alta, proporcionar algún beneficio a la humanidad. Eso se llama «equilibrio». Y si un experimento propuesto en seres vivos no lo tiene, no se debe hacer el experimento.
Quizá habría que evaluar las encuestas para saber si existe ese equilibrio. Si las empresas utilizan realmente los datos para mejorar un producto o una experiencia, hay beneficio para el cliente. Pero, ¿y si solo se utilizan para mejorar el valor de las acciones o la rentabilidad de la empresa? ¿O para disciplinar o despedir a los empleados? Ahí no hay equilibrio.
Y eso sin tener en cuenta si yo, el encuestado, di mi consentimiento para que los datos que proporcioné se utilizaran de esa manera, una clave de la investigación ética.
«Quizá deberíamos tener que informar previamente a la gente de lo que vamos a hacer con los datos antes de obtenerlos. Sería una forma de impedir que las empresas lo hagan indiscriminadamente», sugiere Lee. Pero sabe que eso es imposible. «Estaríamos añadiendo burocracia al sistema, algo muy impopular entre las empresas», añade.
Y lo que es peor, para una gran cantidad de servicios, tú y yo somos las últimas personas a las que se debería pedir opinión. Cosas como las visitas al médico, los servicios jurídicos o las clases en el colegio son «bastante difíciles de evaluar para el usuario.
Pedimos opiniones a los clientes sobre estas cuestiones, pero es difícil que un cliente te dé una opinión inmediata, porque aún no sabe lo que es la calidad», afirma Lee. La clase de la universidad que odiabas porque era dura, y a las 8 de la mañana, puede resultar ser tu recuerdo académico favorito y la base de tus habilidades profesionales 15 años después.
Que tu mecánico haya sido simpático no implica que te haya arreglado bien el coche.
Tendrás que conducir durante un tiempo para descubrirlo.
Lee tiene datos inéditos que comparan el rendimiento de los hospitales del Servicio Nacional de Salud británico con encuestas realizadas tanto a pacientes como a empleados.
«No es sorprendente que los mejores hospitales tengan la mejor opinión de los pacientes y de los trabajadores», afirma.
Pero lo sorprendente es que la opinión de los trabajadores, y no las respuestas de los clientes, es lo que más se correlaciona con la calidad.
Resulta que los usuarios no saben muy bien qué es qué.
¿Sabes lo que sí es bueno para clasificar toneladas de datos? La inteligencia artificial.
A medida que las encuestas por correo electrónico obtienen índices de respuesta cada vez más bajos, las empresas de marketing de consumo han empezado a pregonar su perspicacia a la hora de aplicar la IA a los comentarios online, las publicaciones en redes sociales y las transcripciones de los centros de atención telefónica.
Puede que estas nuevas herramientas, basadas en grandes modelos lingüísticos, consigan obtener mejores respuestas de los consumidores encuestados en exceso. «Es la capacidad de detectar una respuesta de baja calidad y volver a pedir más datos al cliente.
Cuando hacemos la segunda pregunta, el 40% de las veces el cliente se compromete y proporciona más datos. El número de sílabas de la segunda respuesta se multiplica por 9″, afirma Anderson.
Ahora bien, ¿cómo valoraré mi experiencia al ser entrevistado por una IA? Puede que obtenga más datos procesables de mí que el correo electrónico del alergólogo de mi hijo. Pero estoy seguro de que no se lo recomendaré a un amigo.
La mente es maravillosa(E.Sánchez) — Seguramente has oído hablar de la oxitocina, una hormona asociada a muchos de nuestros gestos de cariño, como los abrazos.
Su fama es bien merecida.
Se trata de un hallazgo científico muy valioso, que corrobora algo que todos hemos sabido desde siempre: los abrazos confortan, sanan y hacen la vida más feliz.
Hace unas décadas se descubrió que cuando las mujeres dan a luz segregan fuertes cantidades de oxitocina.
Esta hormona atenúa el dolor del parto y, en cambio, facilita que aparezca un sentimiento intenso de afecto por el recién nacido.
Se traduce en deseos de abrazar, de dar besos, de acariciar.
Lo mejor vino después. Con diferentes experimentos que se realizaron en todo el mundo, pudo comprobarse que eran muchas más las situaciones que activaban la producción de esta hormona. Se descubrió, por ejemplo, que un abrazo de 5 segundos la estimula; pero uno de 20 segundos la activa y equivale a un mes de terapia.
Maravilloso, ¿cierto? Pero la cosa no para ahí. Los besos que son percibidos como una manifestación de amor son también liberan oxitocina.
El bienestar emocional no es la única consecuencia positiva de la segregación de esta hormona. También incide decisivamente en el bienestar físico. Ayuda a que te enfermes menos y a que sanes más rápido, en caso de que algo te afecte. Fortalece el sistema inmunológico y mejora el funcionamiento de tu corazón. Es un pequeño prodigio químico que enriquece tu vida.
– ¿Cómo activar la hormona de los abrazos?
La oxitocina es una hormona que se activa fundamentalmente a través del contacto físico. Se libera fácilmente a través de los abrazos y los besos, pero también responde a otros estímulos como una palabra afectuosa o incluso una simple palmadita en el hombro.
Todos tenemos en la piel unos receptores que se llaman corpúsculos de Meissner.
Esos componentes nos permiten percibir la temperatura, la textura de las cosas, las caricias, los pellizcos, etc.
Tan pronto como reciben el estímulo, envían una señal a tu corteza cerebral que interpreta de qué clase de estímulo se trata.
Pues bien, tenemos más de estos corpúsculos en las manos y en los labios.
En un experimento llevado a cabo en la Universidad de California se monitoreó el funcionamiento del cerebro de un grupo de voluntarios a través de resonancias magnéticas funcionales.
Así se pudo comprobar que un abrazo estimulaba notablemente la producción de oxitocina. En el grupo estudiado, dicho abrazo debía provenir de una persona por la que no se sintiera atracción sexual, ni enamoramiento. Este estudio también probó que a más oxitocina, menos cortisol, que es la hormona del estrés.
– Datos que quizás no conoces sobre la hormona de los abrazos
Para que comprendas mejor el funcionamiento de la hormona de los abrazos, a continuación compartimos algunos datos que quizás no conocías y que te permitirán entender por qué la oxitocina se ha convertido en el centro de interés de muchos estudios.
La hormona de los abrazos se produce en la glándula pituitaria. Está regulada por las células del hipotálamo, que a su vez incide en todas las glándulas del organismo. Como quien dice: tiene que ver con todo el cuerpo.
Cuando la oxitocina se produce, aparece en la sangre. Si eso ocurre, la amígdala desencadena una serie de reacciones que se traducen en un comportamiento más generoso y tranquilo.
En 1998 se descubrió que los niños autistas tienen niveles menores de oxitocina. En 2003 se hizo un experimento en el que se les administraba esta hormona por vía intravenosa y se observó un descenso en las conductas automatizadas de estos niños.
La oxitocina es un excelente antídoto contra los miedos y fobias sociales. En otras palabras: si estás en una situación social que te provoca temor, probablemente un abrazo de alguien que en ese momento tengas cerca te reconfortará.
Los abrazos contribuyen a disminuir la tristeza y a mejorar el funcionamiento de la presión arterial. Por otro lado, los besos tienen un efecto similar al de un analgésico, pero además contribuyen a quemar calorías y a disminuir las arrugas.
La hormona de los abrazos también contribuye a que se produzca más serotonina y dopamina. En palabras más comunes, reduce el estrés y ayuda a que tengas una actitud más positiva frente a la vida.
La industria famaceutica permite que podamos aumentar nuestros niveles de oxitocina mediante fármacos. Pero, ¿por qué privarte de los abrazos y los besos?
No tienes que buscarlos en ninguna farmacia, son gratuitos y además te ayudan a romper esas barreras de soledad. Barreras que muchas veces son las potenciadoras de tus angustias.
Esquire(A.Thompson)/Gradesaver/Coope/bbc(N.Yousif) — La idea de estar perdido en una isla desierta, rodeado de naturaleza salvaje y sin ningún contacto con la civilización, es un escenario que ha cautivado la imaginación de la humanidad durante siglos. Desde novelas como robinson crusoe hasta películas como náufrago, la lucha por la supervivencia en un entorno hostil ha sido un tema recurrente en la cultura popular.
Pero más allá de la ficción, existen historias reales de personas que se han enfrentado a este desafío, historias que nos muestran la resiliencia humana, la capacidad de adaptación y la importancia de la esperanza en momentos de adversidad.
– Los seis de Tonga: Una historia de supervivencia y esperanza
En 1965, seis adolescentes del Reino de Tonga, en un acto de rebeldía juvenil, robaron un barco con la intención de llegar a Australia. Su aventura terminó en un naufragio, dejándolos varados en la isla desierta de Ata. A pesar de la falta de recursos, los jóvenes demostraron una asombrosa capacidad de supervivencia. Aprendieron a pescar, a construir refugios, a extraer agua de los árboles y a cultivar alimentos. Su experiencia en la isla duró 18 meses, un tiempo durante el cual se enfrentaron a la soledad, al hambre, a la enfermedad y a la constante amenaza de la naturaleza.
Lo que diferencia a la historia de los seis de Tonga de la novela de Golding es la ausencia de violencia y la prevalencia de la cooperación. Los jóvenes se apoyaron mutuamente, resolvieron sus conflictos de manera pacífica y se mantuvieron unidos frente a la adversidad. Su experiencia es un testimonio de la capacidad humana para la bondad y la resiliencia, incluso en las circunstancias más extremas.
En junio de 1965, seis adolescentes tonganos tomaron una traviesa decisión: escaparse de su internado en Nuku’alofa, la capital del país, para pasar un divertido día de pesca todos juntos. El grupo estaba liderado por Sione Fataua de 17 años. Lo acompañaba el fortachón Luke Veikoso, de 16; Stephen Tevita, el manitas del grupo; Kolo Fekitoa, el artista; y Mano Totau de 16, y el benjamín, David Tevita, de 15, que como más tarde confesó, fue elegido por ser el único de los seis que sabía navegar.
El plan de los seis chicos no era muy elaborado. Escaparse del colegio aprovechando un descuido y robar un pequeño bote de apenas 7 metros de eslora con el que salir a pescar. Navegaron unas 5 millas hacia el norte de la isla de Tongatapu y disfrutaron de una agradable tarde de pesca. Al anochecer, decidieron prolongar un poco más su insensata aventura y echar el ancla para pasar la noche durmiendo bajo las estrellas del Pacífico.
Mientras los chicos dormían, el tiempo comenzó a cambiar. El cielo estrellado se fue cubriendo de nubes y el viento comenzó a mover la frágil embarcación en la que estaban los chicos. Cuando se despertaron en mitad de una tormenta ya era muy tarde para reaccionar. El viento había roto la amarra del ancla y navegaban a la deriva por el océano más extenso del planeta.
Durante ocho días, los jóvenes navegaron a la deriva en un bote muy deteriorado por la tormenta, y sobreviveron con agua de lluvia y los peces que lograban capturar. Los vientos les transportaron más de 320 kilómetros, hasta que divisaron a lo lejos la isla de ‘Ata. Era el momento de la verdad, su única salvación pasaba por llegar a tierra firme.
Después de pensárselo, los chicos decidieron actuar: se tiraron al agua y nadaron durante 36 horas, con ayuda de los restos de su bote naufragado, hasta que lograron por fin pisar tierra en esta isla deshabitada.
La isla de ‘Ata es una de las 169 islas que forman el archipiélago de Tonga. Situada a unos 160 kilómetros de Tongatapu, la islaprincipal del archipiélago, durante años estuvo habitada, aunque una catástrofe cambió su historia para siempre.
Sus orígenes se remontan a los primeros habitantes del país, ya que, según la leyenda de Tonga, ‘Ata y ‘Eua fueron las primeras islas habitadas por tonganos. Durante muchos años, los escasos 200 habitantes de la isla vivían prácticamente aislados del mundo, hasta que en 1863, el barco esclavista Grecian, con el capitán McGrath al mando, llegó a la costa de la isla.
Según cuenta la leyenda, fue el alcalde de la isla el que convenció a la mayoría de sus habitantes de que subieran a bordo del barco para realizar «un intercambio comercial». Lo cierto es que, una vez 144 de ellos montaron en la nave, el capitán los encerró y partió con ellos a bordo, con el propósito de venderlos como esclavos en Perú.
Cuando el rey de Tonga escuchó la historia, mandó a buscar a los pocos habitantes que quedaban para evacuarlos a ‘Eua, por lo que el antiguo pueblo de Kolomaile, escenario de esta tragedia, quedó con los pollos de los que vivían los antiguos indígenas como únicos habitantes.
Al llegar a la isla, los seis adolescentes se refugiaron en una pequeña cueva en un acantilado, donde vivieron durante tres meses. Fueron 90 días de mucha hambre y sed, y sus únicos alimentos los obtenían de las gaviotas, a las que cazaban para comerse su carne y sus huevos y beberse su sangre.
Fueron días muy duros para los chicos, como explicaba Mano en una entrevista a la ABC australiana: «Rezábamos día y noche por ser rescatados. Tenía miedo, hambre y frío. La mayoría de los días llovía sin parar y había mucho viento».
Esta soledad sirvió a los pobres chicos para unirse aún más: «Un grupo de gente que no sabe dónde está y no tiene suficiente comida y bebida…No estábamos de acuerdo en todo, pero no hay más remedio que trabajar juntos para sobrevivir».
Con el paso del tiempo, comenzaron a organizar paseos para explorar la isla, y, una mañana, tras una marcha de dos días, encontraron por casualidad las ruinas abandonadas de Kolomaile.
A partir de entonces, la situación de los jóvenes mejoró. Encontraron los descendientes de los pollos que habían abandonado los pobladores originales, las antiguas plantaciones de plátano y taro, y reutilizaron los mecanismos que los antiguos habitantes utilizaban para almacenar el agua de lluvia.
Stephen logró hacer fuego utilizando dos palos y los chicos se fueron turnando durante un año para asegurarse de que la preciada hoguera nunca se apagara.
Un día, los chicos distinguieron a lo lejos una embarcación que navegaba no muy lejos de la isla. Inmediatamente, avivaron las llamas e hicieron señales para llamar la atención de los tripulantes del barco que podía salvarles la vida. El navío empezó a virar, llenando a los jóvenes de esperanza, pero todo se desmoronó cuando se dieron cuenta de que se alejaba de la isla
A partir de madera y coco, Kolo logró fabricar una guitarra con la que entretenerse tocando música y cantando por las noches. Juntos, los seis adolescentes compusieron hasta cinco canciones con las que disfrutar durante su particular confinamiento.
Hartos de esperar a que alguien los encontrara, los chicos pasaron a la acción: utilizando troncos de árbol construyeron una pequeña lancha con la que navegar de vuelta a casa. Apenas un kilómetro después de partir, la embarcación se rompió, obligando a los chicos a retornar una vez más a la isla.
Afortunadamente, pocos días después, el 11 de septiembre de 1966, un barco pesquero australiano se acercó a la isla de ‘Ata y su capitán, Peter Warner, se mostró sorprendido al ver trozos de vegetación quemados. Warner, picado por la curiosidad, ordenó acercarse a la isla, y pudo observar a los seis adolescentes desnudos. Desde la distancia, por miedo a que fueran peligrosos, intentó comunicarse con ellos, y se sorprendió al darse cuenta de que le respondían en perfecto inglés: «Somos seis y creemos que llevamos aquí unos quince meses».
El capitán dudó debido del aspecto de los jóvenes, como explicó Mano en una entrevista: «Estaban muy asustados, porque estábamos desnudos, con el pelo largo. Nos tiramos al agua y nadamos hasta el barco. El señor Warner no puso la escalera porque estaban asustados. Por suerte, pudimos hablar con ellos en inglés, nos hicieron algunas preguntas. Nos enseñaron la foto de la reina y dijimos: ‘sí, esa es nuestra reina Salote».
Una vez admitió a los jóvenes en el barco, el capitán contactó por radio con la capital tongana, Nukuʻalofa, donde le explicaron que los seis adolescentes habían sido dados por muertos, e incluso se habían celebrado funerales por ellos.
Los jóvenes fueron recibidos con honores por todos al llegar a casa. Por todos, menos por una persona: el dueño del barco en el que habían huido los denunció por robo y tuvieron que responder a unas preguntas de los agentes. Una vez se aclaró todo, se celebró un gran banquete al que fue invitado, cómo no, el capitán del barco que los había rescatado.
Más tarde, los chicos volvieron a la isla, donde grabaron un documental sobre su aventura.
– Los 3 náufragos rescatados en una isla desierta tras escribir HELP en la arena de una playa
Los tres hombres fueron rescatados el 9 de abril, luego de haberse perdido el día de Pascua.
En 2020, tres marineros de Micronesia fueron salvados por las Fuerzas de Defensa de Australia después de deletrear «SOS» en la playa.
Tres hombres fueron rescatados por la Guardia Costera de Estados Unidos frente a una isla en Micronesia después de que escribieran la palabra “HELP” (ayuda, en inglés) utilizando hojas de palmera.
Fueron encontrados nueve días después de que partieran en un viaje en barco a la isla Pikelot, un espacio coralino deshabitado a unos 667 kilómetros de Guam.
Es la segunda vez en cuatro años que se rescata a personas en ese lugar.
La Guardia Costera dijo en un comunicado que los tres marineros eran experimentados. Se habían embarcado en su viaje en barco desde el atolón Polowat, una isla que forma parte de los Estados Federados de Micronesia.
Partieron el domingo de Pascua en un esquife tradicional de seis metros con motor fuera de borda. Después de que no regresaran durante varios días, un familiar alertó a la Guardia Costera de Guam, que lanzó una misión de búsqueda.
– El rescate
Los socorristas buscaban inicialmente en un área de más de 78.000 millas náuticas cuadradas en un periodo de malas condiciones climáticas. Pero acabaron localizando a los hombres desde el aire gracias al improvisado mensaje que decía “HELP».
«En un notable testimonio de su voluntad de ser encontrados, los marineros deletrearon ‘HELP’ en la playa usando hojas de palma, un factor crucial para que fueran descubiertos», dijo la teniente Chelsea García, quien dirigió la misión el día que fueron encontrados.
Más adelante, el personal de la Guardia Costera lanzó desde el aire paquetes de supervivencia y una radio mientras uno de sus barcos se dirigía a la isla. Los marineros respondieron por radio y dijeron que gozaban de buena salud y tenían acceso a alimentos y agua.
Fueron rescatados el día 9 de abril. Micronesia, en el Pacífico occidental, está formada por unas 600 pequeñas islas esparcidas en una vasta extensión oceánica. Aunque está deshabitado, el atolón Pikelot suele ser visitado temporalmente por cazadores y pescadores.
– Increíbles historias reales de personas que sobrevivieron a perderse en el mar
El océano es como un desierto húmedo: no hay comida, ni agua, ni refugio, y en todas las direcciones, la vista es simplemente una brillante reflejo de la nada. Por no hablar de que abundan los depredadores peligrosos, que acechan justo debajo de las profundidades. Sí, hablamos de los temidos tiburones, que en mar abierto son implacables en muchas ocasiones.
Un naufragio en mar abierto puede ser una sentencia de muerte. Si un equipo de rescate no llega en las primeras 48 horas, probablemente nunca lo hará. Aprender a sobrevivir requiere habilidad, coraje y un montón de suerte. Miles de kilómetros en algunos casos, sobreviviendo sin prácticamente comida y sobreviviendo con el agua de la lluvia y las pocas capturas en forma de pájaros o pescados que pasaban por ahí y fueron cazados.
Aunque suene duro, cuando leas lo que viene a continuación te darás cuenta de que es todavía peor, porque la exposición al sol y la falta de agua es una mezcla mortal.
– Filo Filo, Etueni Nasau y Samu Pelesa
En muchas cadenas de islas del Pacífico, la gente utiliza pequeñas embarcaciones para navegar de una isla a otra. Las islas están lo suficientemente cerca entre sí como para que navegar de una a otra sea un modo de viajar relativamente sencillo, barato y directo.
Para tres adolescentes de la pequeña isla de Tokelau, navegar era una rutina. Sin embargo, cuando Filo Filo, Etueni Nasau y Samu Pelesa zarparon el 5 de octubre de 2010, el viaje sería más largo de lo que ninguno de ellos esperaba.
Poco después de adentrarse en el océano, los tres adolescentes perdieron de vista la orilla y se desorientaron. Sin saber cuál era el camino a casa, el grupo se perdió, alejándose cada vez más de tierra.
Habían llevado agua suficiente para dos días, pero ésta se agotó rápidamente y tuvieron que recurrir al agua de lluvia. Al cabo de unas semanas -sin comida y sin señales de rescate- se desesperaron lo suficiente como para atrapar un pájaro y comérselo.
Mientras tanto, tras un mes sin noticias, su comunidad creyó que los chicos habían muerto. Alrededor de 500 personas asistieron a un servicio funerario conmemorativo por los chicos, lo que representa un tercio de la población total de la cadena de islas.
Tras pasar más de un mes a la deriva en el mar, los tres chicos no tenían comida ni agua, y sufrían una exposición al sol extrema. Su situación era tan grave que empezaron a beber agua de mar, señal inequívoca de que la muerte está cerca. Cuando sólo les quedaban días o incluso horas de vida, un barco pesquero a medio camino entre Samoa y Fiyi los avistó. Habían quedado a la deriva más de 800 kilómetros.
El marinero rescató a los tres chicos y los llevó a un hospital en Fiyi, y luego de vuelta a sus hogares en Tokelau. Habían estado perdidos en el mar durante 50 días en total.
– Brad Cavanagh y Deborah Kiley
Deborah Kiley no era ajena a los mares. Había pasado la mayor parte de su vida trabajando como tripulante en yates de todo el mundo. Así que pensó que enrolarse como tripulante del velero Trashman, de casi 18 metros, en octubre de 1982, era un trabajo más. Pero resultó ser todo lo contrario.
John Lippoth, el capitán del barco, llevó a su novia Meg Mooney para que la acompañara. Los otros dos miembros de la tripulación eran Mark Adams y Brad Cavanagh. El plan era llevar el yate desde Annapolis (Maryland) hasta Florida para reunirse con su propietario.
La primera mitad del viaje fue bastante tranquila, aunque Kiley empezó a notar cosas que la inquietaban. Por ejemplo, Lippoth no paraba de poner excusas para bajar a cubierta, y Kiley no tardó en darse cuenta de que el capitán tenía miedo al mar. Además, Lippoth y Adams se pasaron todo el viaje completamente borrachos. De las cinco personas que iban en ese yate, sólo Kiley y Cavanagh eran marineros experimentados y capaces.
Después de que el barco pasara por Carolina del Norte, el viaje dio un giro hacia peor. Apareció una enorme tormenta de la nada, y el Trashman se dirigió directamente al corazón de la misma. Kiley recuerda vientos de más de 70 nudos y olas de 12 metros tan potentes que agujerearon el barco. Dos días después de zarpar, el yate, destrozado por el mar, empezó a hundirse.
La tripulación consiguió llegar a un bote salvavidas, pero no antes de que la jarcia del barco hiriera gravemente a Mooney, dejándole graves laceraciones en brazos y piernas. Su hemorragia atrajo a los tiburones, que siguieron al bote salvavidas durante el resto del viaje. La tripulación se encontró a la deriva, sin provisiones ni agua, a kilómetros de tierra.
Dos días después del hundimiento del Trashman, Lippoth y Adams, ya deshidratados por el alcohol y muertos de sed, empezaron a beber agua de mar. Empezaron a alucinar y a divagar de forma incoherente. Al tercer día, Lippoth -en un estado de delirio- se lanzó al agua e intentó nadar hasta la orilla. Inmediatamente fue atacado y muerto por los tiburones. Al poco tiempo, Adams también saltó por la borda, murmurando algo sobre ir a buscar cigarrillos. Los tiburones también le atacaron, con tanta violencia que el barco giró y el agua se volvió roja.
Esa noche, Mooney sucumbió a sus heridas, muriendo por envenenamiento de la sangre. Kiley y Cavanagh, los dos únicos que quedaban, tuvieron que arrojar su cuerpo por la borda, donde también fue devorada por los tiburones. Poco después, Kiley y Cavanagh, al borde de la muerte, fueron avistados por un carguero ruso frente a la costa de Cabo Hatteras. La tripulación los rescató cuatro días después de que abandonaran el barco, y cinco días después de zarpar.
– Steven Callahan
Steven Callahan es un experto en navegación. Concretamente, un ingeniero naval que lleva navegando en barcos desde que era joven. Incluso construyó su propio barco, llamado Napolon Solo, y zarpó de Rhode Island en 1981. Sus viajes le llevaron por todo el Atlántico: primero a las Bermudas y luego a la costa de Europa. A la vuelta, con destino a Antigua, se encontró con problemas.
Una semana después de zarpar hacia su casa, empezó a gestarse una tormenta. La tormenta era relativamente suave, y Callahan dijo que no estaba preocupado. Pero su barco chocó con algo que abrió un enorme agujero en el fondo. Callahan sospechó que se trataba de una ballena o de un gran tiburón.
El barco empezó a llenarse de agua y Callahan consiguió llegar a su balsa hinchable. Pero necesitaba los suministros de emergencia en la cabina, que ya estaba bajo el agua. Sumergiéndose una y otra vez, consiguió recuperar comida, agua, bengalas, un fusil submarino, alambiques solares y un puñado de otros artículos. En definitiva, estaba especialmente bien equipado para estar a la deriva.
Y es una buena cosa, porque Callahan estuvo a la deriva en su balsa durante 76 días. Durante ese tiempo, se enfrentó a amenazas de inanición, deshidratación, tiburones y pinchazos en la balsa. Finalmente, unos marineros de la costa de Marie-Galante, cerca de Guadalupe, lo vieron. Había perdido un tercio de su peso y apenas podía mantenerse en pie, por lo que lo llevaron a un hospital para que recibiera tratamiento. Sin embargo, Callahan ni siquiera pasó la noche, sino que optó por recuperarse en la isla, mientras hacía autostop por las Antillas.
Mucho más tarde, Steven Callahan trabajaría como asesor en la película La vida de Pi, aportando sus conocimientos de supervivencia en el mar para que la película fuera más realista.
– Poon Lim
Poon Lim tiene el récord mundial de mayor supervivencia en una balsa salvavidas. Y no es un récord que parezca que se puede batir facilmente.
Poon era un marinero chino del buque mercante británico SS Benlomond durante la Segunda Guerra Mundial. El barco había salido de Ciudad del Cabo (Sudáfrica) camino de Nueva York cuando un submarino alemán lo atacó a unos cientos de kilómetros de la costa de Brasil. Ese encuentro destruyó el barco, pero Poon logró escapar con un chaleco salvavidas. Fue el único superviviente del barco.
Después de unas dos horas, Poon encontró una pequeña balsa de madera y subió a ella. Sorprendentemente, la balsa contenía algunos suministros de supervivencia, como comida, agua y bengalas. Pero cuando los días se convirtieron en semanas y la comida empezó a escasear, Poon tuvo que improvisar.
Empezó a fabricar un anzuelo improvisado y a pescar. Con su nuevo suministro de alimentos y el agua de su balsa, pensó que podría sobrevivir. Todavía tenía sus bengalas, y todo lo que tenía que hacer era esperar a que un barco se acercara.
Entonces las cosas se pusieron peor. Una tormenta arreció, y Poon perdió toda su comida y agua. Sin provisiones y al borde de la muerte, Poon tuvo que llegar al límite para sobrevivir. Con sus últimas fuerzas, atrapó un pájaro que pasaba por allí y lo mató, bebiendo su sangre para saciar su sed.
Poon se dio cuenta de que si quería sobrevivir, necesitaría una fuente de agua más permanente. La única disponible estaba protegida por muchos dientes afilados. Aun así, Poon reforzó su sedal y empezó a intentar pescar tiburones. Consiguió enganchar uno y lo subió a bordo. Bebió la sangre del hígado del tiburón para mantenerse.
Después de 133 días, Poon quedó a la deriva cerca de la costa de Brasil, donde unos pescadores lo rescataron y lo llevaron a un hospital para que se recuperara. A pesar de llevar casi medio año perdido en el mar, sólo había perdido unos 6 kilos y podía caminar por sí mismo.
– Maurice y Marilyn Bailey
En 1973, Maurice y Marilyn Bailey planeaban cumplir su sueño de mudarse de su casa en Inglaterra a Nueva Zelanda. Vendieron su casa, compraron un yate y zarparon con sus posesiones. Creían que el viaje sería placentero. Se equivocaron.
La primera mitad de su viaje fue bien, y pasaron por el Canal de Panamá en febrero de ese año. Poco después, se encontraron con problemas, o mejor dicho, los problemas se encontraron con ellos.
Mientras los dos estaban bajo cubierta, sintieron un gran impacto. La pareja se precipitó a la cubierta y vio una ballena sumergida en el agua y un gran agujero en el casco. El barco empezó a hundirse rápidamente, y los Baileys cogieron lo poco que pudieron y se dirigieron a su balsa salvavidas.
La pareja quedó varada en el Pacífico con unos pocos días de comida, una brújula, algunas bengalas y poco más. Recogieron agua de lluvia para beber y, cuando se les acabó la comida, comieron pájaros, peces e incluso tortugas.
Durante su estancia en el mar, avistaron siete barcos, a los que intentaron hacer señales, pero nadie se fijó en ellos. Cuando las semanas se convirtieron en meses, sufrieron quemaduras de sol y desnutrición. Su balsa salvavidas empezó a desinflarse, se vieron acosados por tiburones y sufrieron múltiples tormentas.
Tras 117 días varados en el mar, sin provisiones y al borde de la muerte, fueron finalmente rescatados. Un barco coreano que pasaba por allí los vio en el agua y cambió el rumbo para subirlos a bordo. Apenas podían moverse y estaban tan débiles que no podían comer alimentos sólidos.
El barco coreano les dejó en Hawái, donde inmediatamente juraron construir otro yate y volver al mar, porque está claro que no entendieron el mensaje la primera vez. Con las ganancias del libro que escribieron sobre sus experiencias, construyeron un segundo yate y pasaron años navegando alrededor del mundo sin mayor problema.
– Tripulación del Rose Noelle
John Glennie, Rick Hellriegel, Jim Nalepka y Phil Hofman eran cuatro amigos que decidieron tomarse unas vacaciones de invierno en la isla de Tonga. Partieron en su barco, el Rose Noelle, y esperaban una navegación tranquila.
El 4 de junio de 1989, tres días después de zarpar, una enorme ola surgió de la nada y golpeó el barco, volcándolo completamente y dañándolo gravemente. La tripulación se encontró atrapada en la cabina del barco, que empezó a llenarse rápidamente de agua.
Activaron una baliza de señalización en un intento de obtener ayuda, pero la baliza no obtuvo respuesta. Solos y atrapados en un camarote oscuro, los tripulantes tuvieron que abrir un agujero en el casco del barco para escapar. Afortunadamente, el Rose Noelle, aunque ahora estaba boca abajo, no se hundió del todo, y sus restos sirvieron de embarcación en la que los hombres pudieron seguir flotando.
Una semana más tarde, con los suministros agotados, la baliza de señalización dejó de funcionar, sin que todavía hubiera respuesta ni rescate. La tripulación estaba sola.
Cuando se agotaron las reservas de agua del barco, la tripulación montó un sistema para recoger agua de lluvia y empezó a pescar para alimentarse. Seguían a la deriva, tenían comida, agua y refugio, así que no corrían peligro inmediato mientras el tiempo no cambiara.
Estuvieron a la deriva durante semanas sin ser rescatados. Glennie empezó a bucear entre los restos para recuperar piezas del barco que pudieran utilizar. Consiguió recuperar una cocina de gas para que los cuatro hombres pudieran hacer barbacoas de vez en cuando.
El 30 de septiembre, 118 días después de quedar a la deriva, los cuatro náufragos y los restos del Rose Noelle aparecieron en una playa de Nueva Zelanda. Tuvieron mucha suerte. Unos meses después, el viento y las corrientes de agua los habrían llevado en dirección a Sudamérica.
Incluso el lugar de la playa donde llegaron a la orilla fue afortunado. A unas decenas de metros a la izquierda o a la derecha había acantilados rocosos, y si el barco hubiera llegado allí, se habría roto contra las rocas.
– Salvador Alvarenga
José Salvador Alvarenga ostenta el récord de mayor supervivencia en solitario en el mar. Estuvo 438 días a la deriva y recorrió más de 10.780 kilómetros.
Alvarenga es pescador, y el 17 de noviembre de 2012 zarpó del pueblo pesquero de Costa Azul, en México. Con él estaba Ezequiel Córdoba, otro pescador, con el que Alvarenga nunca había trabajado antes.
Poco después de zarpar, una tormenta azotó el barco. Desvió el rumbo del barco y dañó el motor y la mayor parte de los aparatos electrónicos de a bordo. Alvarenga consiguió ponerse en contacto con su jefe por radio antes de que se apagara, pero no pudo ayudarle.
La tormenta duró cinco días. Cuando terminó, Alvarenga y Córdoba no sabían dónde estaban ni cómo volver a casa. La tormenta había destruido la mayor parte de sus aparejos de pesca, dejándolos sólo con las provisiones básicas. Y sin motor, sin velas y sin remos, su barco estaba a la deriva.
Los dos navegaron a la deriva durante meses, sobreviviendo con el agua de la lluvia y capturando animales marinos como peces, tortugas y aves. Tras cuatro meses, Córdoba perdió la esperanza. Dejó de comer y murió de hambre. Alvarenga dice que también pensó en rendirse, pero perseveró.
Incluso después de cuatro meses en el mar, Alvarenga no había superado ni la mitad de su calvario. Intentó hacer señas a todos los barcos que veía, pero ninguno lo vio. Siguió sobreviviendo a base de agua de lluvia y animales marinos, y se mantuvo al tanto del tiempo por las fases de la luna.
Más de un año después de la tormenta que lo dejó a la deriva, Alvarenga divisó tierra. Abandonó su barco y nadó hacia la costa, y se encontró en una de las islas Marshall, al otro lado del Pacífico de donde había partido. Fue trasladado a un hospital, donde se recuperó completamente.
– Louis Zamperini
Louis Zamperini saltó a los titulares de prensa por primera vez en 1938, cuando viajó a Berlín para competir en los Juegos Olímpicos. Corrió en los 500 metros lisos y quedó en octavo lugar, lo que es más que suficiente para ganarse un lugar en los libros de historia. Pero Zamperini aún no había terminado.
En 1941, sólo unos meses antes de Pearl Harbor, Zamperini se alistó en el ejército de Estados Unidos. Se convirtió en subteniente de las Fuerzas Aéreas y, cuando comenzó la guerra, fue destinado como bombardero al Pacífico.
En 1943, durante una misión de búsqueda y rescate, su bombardero sufrió un fallo mecánico que lo hizo caer. Se estrelló en el océano, y ocho de los 11 miembros de la tripulación murieron. Los tres que sobrevivieron fueron Zamperini y sus compañeros de tripulación Russell Allen Phillips y Francis McNamara.
Los tres tripulantes estaban a la deriva en el Océano Pacífico, en territorio enemigo, sin comida, agua ni provisiones. Consiguieron salvar dos balsas de los restos de su avión y recogieron suficiente agua de lluvia para sobrevivir. Comieron pequeños peces y pájaros.
Estuvieron a la deriva durante semanas. Después de 33 días, McNamara murió, dejando sólo a Phillips y Zamperini. Dos semanas después, sus balsas llegaron a la costa de las Islas Marshall y los dos hombres fueron capturados inmediatamente por los japoneses.
Zamperini y Phillips fueron enviados a varios campos de prisioneros de guerra, y Zamperini acabó en el campo de Naoetsu, en el norte de Japón. Allí fue torturado durante dos años por el infame guardia de la prisión Mutsuhiro Watanabe, uno de los criminales de guerra más brutales de Japón. Cuando la guerra terminó en 1945, Zamperini fue liberado y se reunió con su familia.
– Oguri Jukichi
Jukichi era un marinero durante el periodo Edo de Japón, hace unos 200 años. Era el capitán del carguero Tokujomaru y su tripulación de 14 hombres. Estaba transportando soja a la ciudad de Edo, que se convertiría en la actual Tokio, cuando su barco se vio envuelto en una gran tormenta. La tormenta dañó el mástil del barco y los dejó a la deriva.
Rápidamente, la tripulación agotó sus provisiones de comida y agua. Comenzaron a sobrevivir exclusivamente con el agua de lluvia capturada y las grandes reservas de soja de la bodega del barco. Al cabo de varios meses, los miembros de la tripulación empezaron a sufrir escorbuto por falta de nutrientes.
Uno a uno, a lo largo de los meses, la tripulación empezó a morir, mientras el Tokujomaru se alejaba cada vez más de casa. Tras más de un año a la deriva, sólo quedaban tres personas: el capitán Jukichi, y dos miembros de la tripulación, Otokichi y Hanbe. Los tres sufrían los efectos del escorbuto y probablemente estaban a punto de morir cuando su barco fue descubierto frente a la costa de California en 1815.
Los tres marineros japoneses se convirtieron en las primeras personas de ese país en pisar las costas estadounidenses. Habían navegado más de 5.000 millas a la deriva y estuvieron perdidos en el mar durante 484 días.
Los tres marineros regresaron a Japón tras recuperarse, pero Hanbe murió durante el viaje. A su regreso, Jukichi recibió numerosos honores y se le concedió un apellido, Oguri. Incluso 200 años después, Jukichi sigue ostentando el récord Guinness de mayor tiempo a la deriva en el mar.
– Adrián Vásquez, 26 días a la deriva
Lo que empezó como una noche tranquila de pesca, acabó en tragedia para dos de los tres jóvenes panameños que quedaron a la deriva durante 26 días en el Pacífico, en febrero de 2012.
Todo parecía ir según lo planeado: el grupo de amigos consiguió atrapar varios peces, por lo que la experiencia estaba siendo satisfactoria, hasta que de forma repentina el motor de la embarcación se detuvo.
Los dos jóvenes que acompañaban a Adrián Vásquez fallecieron, aunque se desconoce la causa de su muerte porque los cuerpos fueron arrojados al mar, y el rescatado, que fue localizado a 965 kilómetros de la costa de San Carlos (Panamá), sobrevivió a base de pescado crudo.
– Louis Jordan, 66 días a la deriva
En este caso, el que luego se convertiría en náufrago por 66 días, emprendió su viaje en solitario. Desde Carolina del Sur y rumbo a la Corriente del Golfo, su velero de 10 metros se volcó a causa de la marea, y el mástil de la embarcación se rompió. Pero, sorprendentemente, el hábil marinero logró improvisar una vela y sobrevivir a base de pescado crudo, que conseguía capturar con la tela de su propia ropa, y de agua fresca de la lluvia.
Dos meses más tarde -tiempo suficiente para que su barco volcase hasta tres veces-, un buque alemán localizó al náufrago a 321 kilómetros de la costa de Carolina del Norte y lo trasladó hasta el lugar desde donde había partido.
L.B.V.(G.Carvajal) — Hace miles de millones de años, una estrella pudo haber pasado increíblemente cerca de nuestro Sistema Solar, desencadenando una serie de eventos cósmicos que llevaron a la creación de las lunas alrededor de los planetas exteriores y las órbitas inusuales de los cuerpos celestes distantes.
Esta nueva teoría, respaldada por más de 3000 simulaciones por computadora, fue propuesta por un equipo de científicos liderado por Simon Portegies Zwart, un profesor de simulaciones de dinámica estelar, en colaboración con investigadores de Alemania y los Países Bajos.
Los astrónomos han estado perplejos por la gran cantidad de pequeños cuerpos celestes ubicados más allá de la órbita de Neptuno, a menudo referidos como objetos transneptunianos. Estos objetos, muchos de los cuales son más grandes de 100 kilómetros de diámetro, siguen órbitas altamente inusuales alrededor del sol.
Sus trayectorias a menudo están estiradas y inclinadas en ángulos extraños en comparación con las órbitas regulares, casi circulares, de los planetas. Algunos de estos objetos incluso viajan en dirección opuesta a la de los planetas, añadiendo al misterio de cómo llegaron allí y por qué sus órbitas son tan diferentes.
Para explorar este misterio, Portegies Zwart y su equipo realizaron extensas simulaciones por computadora, examinando las posibles causas de estos extraños patrones orbitales.
Sus hallazgos sugieren que una estrella, con aproximadamente el 80% de la masa del sol, pasó cerca del Sistema Solar hace miles de millones de años.
Instantánea del paso estelar. Localización de las partículas de prueba en t = 200 años tras el paso por el periastrón de la estrella perturbadora. Las partículas de color turquesa indican los TNO inyectados en la región planetaria por el sobrevuelo. La estrella perturbadora atravesó el disco a una distancia de perihelio de 110 au en la parte derecha de la imagen.
Según su modelo, esta estrella se acercó al Sistema Solar en un ángulo de aproximadamente 70 grados y se acercó a unas 110 veces la distancia entre la Tierra y el sol, un encuentro increíblemente cercano en términos cósmicos. En comparación, Neptuno, el planeta más externo de nuestro Sistema Solar, orbita a una distancia de solo 30 veces la distancia de la Tierra al sol.
Esta estrella pasajera pudo haber tenido un impacto gravitacional significativo en el Sistema Solar, perturbando las órbitas de pequeños objetos en las regiones exteriores y enviándolos a sus trayectorias extrañas actuales. Esto explicaría por qué algunos objetos, como el planeta enano Sedna, siguen órbitas tan alargadas e inclinadas.
Además, podría dar cuenta de las órbitas peculiares de objetos como 2008 KV42 y 2011 KT19, que se mueven en la dirección opuesta a la de los planetas, desafiando los patrones orbitales habituales observados en el Sistema Solar.
Pero quizás el hallazgo más sorprendente del estudio es su explicación de las lunas alrededor de los gigantes planetas exteriores: Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
Estos planetas tienen dos tipos distintos de lunas: lunas regulares que siguen órbitas relativamente circulares cerca de los planetas, y lunas irregulares que orbitan lejos en trayectorias estiradas e inclinadas. Hasta ahora, el origen de estas lunas irregulares ha sido un tema de debate entre los astrónomos.
Portegies Zwart y su equipo sugieren que el encuentro cercano con la estrella hace miles de millones de años pudo haber causado que algunos de los pequeños objetos en las regiones exteriores del Sistema Solar fueran lanzados hacia adentro, donde fueron capturados por la atracción gravitacional de los gigantes planetas.
Estos objetos capturados se convirtieron en las lunas irregulares que observamos hoy, orbitando los planetas en caminos distantes e inclinados.
Para nuestra sorpresa, las simulaciones también ayudaron a explicar por qué Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno tienen dos tipos de lunas, dijo Portegies Zwart. Debido al paso de la estrella, algunos pequeños cuerpos celestes del exterior del Sistema Solar fueron arrojados hacia adentro y capturados por los gigantes planetas. Estos se convirtieron en las lunas irregulares que ahora orbitan lejos en trayectorias inusuales e inclinadas.
La autora principal, Susanne Pfalzner, del Forschungszentrum Jülich en Alemania, destacó la simplicidad y elegancia del modelo. La belleza de la simulación y el modelo resultante radica en su simplicidad, dijo. Responde a varias preguntas abiertas con un solo evento.
Retrato de una mujer con atuendo victoriano, entre 1890 y 1910. Australian National Maritime Museum’s William Hall collection, CC BY-NC
The Conversation(M.I.R:Ruiz) — En el Reino Unido, la época victoriana debe su nombre al reinado de Victoria (1837-1901), una de las soberanas más admiradas y longevas de la historia.
La situación de la mujer en este período y lugar está determinada por la Revolución Industrial, que abarcó desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta la primera mitad del siglo XIX, siglos en los que el Reino Unido se convirtió en la “factoría del mundo”.
Todo ello propició numerosos cambios, como la emigración del campo a la ciudad o la concentración de la clase trabajadora en los suburbios de las ciudades.
Esta consideración de “fábrica universal” se vio favorecida por la existencia de un Imperio británico que alcanzó su máximo apogeo en esta etapa. Así, la materia prima se obtenía en las colonias británicas repartidas por todo el mundo y se llevaba a la metrópolis, donde era manufacturada.
Después, los artículos producidos en el Reino Unido se vendían y exportaban para el consumo de vuelta en las colonias.
Un mapa de 1886 hecho por Walter Crane en el que se muestran, en rojo, las áreas controladas por el Imperio británico.
Dentro de las transformaciones que se produjeron, el concepto de clase social empezó a tomar fuerza. Apareció y se consolidó una clase media a la vez que nacía el proletariado, lo que provocó que la situación de la mujer en esa época estuviese directamente relacionada con la clase social a la que pertenecía.
– Valores morales propios en las clases trabajadoras
En definitiva, las vidas de las mujeres victorianas podían ser muy diversas dependiendo de su entorno.
Fotografía de dos trabajadoras de superficie en una mina británica, entre 1860 y 1890, por W. Clayton.
Para empezar, la emergente clase media trató de imponer sus valores morales a una incipiente clase trabajadora, que tenía los suyos propios.
Estos estaban caracterizados por la solidaridad y la relajación en las prácticas sexuales, hasta el punto de que, en las zonas rurales, un embarazo antes del matrimonio era deseable para demostrar la fertilidad de la pareja.
Las mujeres de clase trabajadora estaban condenadas a una vida monótona y muy dura. Trabajaban largas horas en las minas y las fábricas, o como sirvientas, lavanderas o costureras, para ayudar a la economía familiar, ya que el sueldo del progenitor no era suficiente.
Muchas de ellas incluso tenían que dedicarse a la prostitución temporal o de forma permanente para mantener a sus familias.
Entre los miembros de su clase esto se veía como una actividad laboral más.
Estas mujeres encadenaban un embarazo detrás de otro.
Tenían familias muy numerosas donde todos los hijos e hijas contribuían a la renta familiar con su trabajo a partir de cierta edad, y en diversas ocasiones se veían solas o abandonadas por sus maridos o compañeros.
Muchos de estos hombres eran a menudo violentos y adictos al alcohol, lo que las acababa dejando desprotegidas.
– Ángeles del hogar en las clases medias
Aunque no se dedicasen al trabajo manual, las mujeres de clase media debían cumplir con los estereotipos asociados a su género de acuerdo con el concepto de “ángeles del hogar”. De hecho, aquellas que tenían una vida sexual activa eran conocidas como “mujeres caídas” o “ángeles caídos”.
Entre éstas se encontraban aquellas que habían sido seducidas y abandonadas por sus amantes y las que se dedicaban de una forma más o menos explícita a la prostitución. La falta de medios y la “mancha” que acarreaban las llevaban a ejercer este trabajo que no era tolerado por sus semejantes.
El ‘ángel del hogar’, la mujer que reinaba en el territorio privado, en casa y con la familia. United States Library of Congress
Sus atributos estaban relacionados con sus papeles fundamentales de esposas y madres, y entre ellos se encontraban la pureza, la falta de deseo sexual, la sumisión, la dependencia, la fragilidad y la empatía.
Todos estos conceptos estaban estrechamente relacionados con la denominada “teoría de las dobles esferas” que se aplicaba a hombres y mujeres. De acuerdo con esta teoría, la esfera pública –el trabajo, los negocios y la vida social– pertenecía a los hombres, mientras que la esfera privada –el hogar y la familia, protegidos del vicio y la corrupción del exterior– pertenecía a las mujeres.
Dentro de la clase media, se podían distinguir diferentes estratos: clase media-alta, clase media y clase media-baja. La situación de las mujeres podía ser ligeramente diferente en cada uno de ellos, y pasar de ser un elemento casi decorativo a colaborar con el marido en las empresas y negocios familiares.
También había una amplia gama de mujeres de clase media que contaban con asistentas y sirvientas de clase trabajadora para llevar sus hogares y hacer las tareas domésticas.
– Vidas confortables pero desiguales en las clases altas
Finalmente, las mujeres de la aristocracia británica llevaban unas vidas económicamente confortables y una actividad social relevante. Esto implicaba contar con residencias en el campo y la ciudad, especialmente en Londres, en las que pasaban diferentes temporadas y acudían a distintos tipos de eventos. Entre estos se incluían el teatro, los bailes, los tratamientos termales o las visitas.
La diferencia entre una mujer de la aristocracia (a la izquierda) y una mujer de la clase trabajadora (a la derecha) en la época victoriana.
En cualquier caso, es necesario recalcar que en este período, en cualquier clase social, las mujeres se encontraban siempre en una situación de inferioridad con respecto a los hombres.
Sus vidas podían ser precarias no sólo en el terreno económico, sino también en el emocional, ya que la inmensa mayoría de ellas no tenían acceso a la educación ni al mundo laboral de los hombres, llevando unas vidas arduas y sin poseer los mismos derechos que tenía el género masculino.
Infobae(D.Borrego) — Los castillos de Francia representan una parte fundamental del patrimonio histórico y cultural del país, reflejando siglos de evolución arquitectónica y política. Desde las fortalezas medievales hasta los lujosos palacios renacentistas, estas construcciones han sido testigos de importantes eventos históricos y simbolizan el poder de la nobleza y la realeza francesa.
Así, el río Loira deja a su paso un impresionante valle de más de 400 kilómetros de extensión que es de las regiones más impresionantes de Europa.
Es conocido también como el ‘Valle de los Reyes’, pues en él se puede encontrar un rico conjunto patrimonial que alberga algunos de los castillos más impresionantes del mundo. Algunos de ellos son verdaderas obras de arte, mientras que otros fueron construidos como palacios de recreo y descanso.
De todas las fortalezas que se pueden encontrar, el castillo de Lavoûte-Polignac destaca por su imponente imagen y la dilatada historia. Además, se incrusta en lo alto de un peñón desde donde domina todos los alrededores del Loira.
– Un castillo ligado a una familia
Situado en el corazón de la región de Auvernia-Ródano-Alpes, el castillo fue construido hace más de 1.000 años, por lo que ha sido testigo de múltiples transformaciones a lo largo de los siglos, reflejando la evolución de la arquitectura defensiva y el gusto aristocrático francés.
Es propiedad de la influyente familia Polignac, cuya historia está estrechamente vinculada a la nobleza y la corte francesa. El castillo ha sido el hogar de generaciones de la familia desde su construcción.
Igualmente, su estilo arquitectónico mezcla elementos medievales con toques renacentistas y neoclásicos, resultado de las diferentes ampliaciones y renovaciones que se llevaron a cabo en distintos periodos de la historia.
De hecho, la familia nobiliaria mandó restaurar en el siglo XIX el ala sur, la cual es el único vestigio del cuerpo de la residencia señorial que subsiste en nuestros días. Sin embargo, el castillo destaca no solo por su imponente arquitectura, sino también por su rica colección de arte y mobiliario histórico.
En su interior, los visitantes pueden admirar muebles antiguos, retratos familiares, tapices y otros objetos que pertenecieron a la familia Polignac, lo que ofrece una visión única de la vida aristocrática francesa a lo largo de los siglos.
Entre los tesoros que se exhiben, se encuentra una vasta colección de documentos y correspondencia que reflejan el papel de la familia en la historia política y social de Francia. Para disfrutar de todo ello, el castillo permite su acceso a través de un gran porche y desde el patio principal se accede al jardín de estilo medieval y renacentista, con poda de tejos, rosales y cosmos.