La inesperada muerte de Sissi…

Historia Hoy(O.L.Mato) — Isabel Amalia Eugenia Duquesa en Baviera (Sissi) encontró la muerte el 10 de septiembre de 1898 a orillas del lago Lernan, en Ginebra a manos del anarquista Luigi Lucheni, quien aprovechó el inesperado encuentro con la emperatriz de Austria, para clavarle un estilete en el pecho. Horas después fallecía esta hija del Duque de Baviera que había cautivado a Francisco José I de Austria.
Su belleza legendaria, los enfrentamientos con su familia política por la frecuente desatención de la estricta etiqueta de la Corte y el tristemente célebre asunto de los «amantes de Mayerlng» con la muerte de su hijo Rodolfo, la había alejado de su marido y el rigor de su suegra.
Vagando por el mundo en busca de la paz que la vida le había negado, encontró la muerte a manos de este anarquista italiano que no tenía en sus cálculos asesinarla. Sissi encarna el mito de las princesas rebeldes que rechazan el protocolo real para llevar adelante una vida de plebeya.
Sissi y Francisco José se casaron el 24 de abril de 1854 en la Iglesia de los Agustinos de Viena.

Desde un primer momento Sissi chocó con la rigurosidad impuesta por su suegra, que instaba a que la educación de sus hijos quedara en mano de tutor, circunstancia que, si bien era común entre la monarquía europea, no había sido la forma poco ortodoxa en la que Elizabeth había sido educada por su padre.
El enfrentamiento hizo eclosión cuando la emperatriz insistió en llevar a sus hijas a una visita a Hungría, a pesar de la prohibición de la Archiduquesa Sofía.
Durante el viaje, una de ellas muere por una diarrea, circunstancia que sume a Elizabeth en una depresión que marcaría su carácter y enfriaría la relación con su marido.
Sissi solo pudo criar a la menor de sus hijas, María Valeria, a quien llamaban despectivamente en la Corte “la niña húngara”, por rumorearse que había sido fruto de una relación impropia con el conde Gyula Andrássy.

Oprimida por la rígida etiqueta de la Corte, la intromisión de su suegra en la educación de sus hijos y la muerte de su hijo Rodolfo en extrañas circunstancias junto a su amante, la baronesa María Vetsera, Sissi se alejó de su marido y de allí en más vistió de negro, impidiendo que fuese retratada para no evidenciar su deterioro físico, viajando a distintos lugares y especialmente al palacio que había construido en la isla griega de Corfú.
Curiosamente, la relación epistolar entre los conyugues se hizo más frecuente y cariñosa a pesar de las desavenencias, la distancia y los amantes que tanto Francisco como Sissi tuvieron durante ese tiempo.

Probablemente Elisabeth haya padecido una anorexia nerviosa, caracterizada por una dieta estricta, largas caminatas que extenuaban a las damas de compañía y horas pasadas en el gimnasio que había construido en el Palacio Schönbrunn.
Por esta razón le habían prescripto cocaína (como se usaba antiguamente a forma de estimulante). Al parecer, la ingesta de esta droga, más su mala nutrición llevó a la caída de sus dientes, razón por la cual no sonreía en público.
Su vida tan particular, entre cuento de hadas y las desgracias que la rodearon (la muerte en un incendio de su hermana, la suerte aciaga de su cuñado en México, la locura de su cuñada, las muertes de sus hijos, etc.) fueron fuente de inspiración de libros, películas y musicales donde exaltan la figura de esta mujer de legendaria belleza y singular personalidad que encontró inesperadamente la muerte en Ginebra.

Al ser condenado Luigi Lucheni, el juez le dijo: “Habéis asesinado a una mujer desdichada”, a lo que Luigi contestó: “Creí haber matado a una mujer que vivía con un lujo obsceno…” Distintas formas de ver la existencia ajena.

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La increíble historia de Omm Sety y sus descubrimientos arqueológicos…

Historias de la historia(J.Sanz/G.Carvajal)/National Geographic(C.Mayans) — Es la historia de Dorothy Eady, una mujer inglesa que afirmaba ser la reencarnación de una sacerdotisa del antiguo Egipto. Aparte de que esto es imposible, lo que no se puede negar son sus habilidades arqueológicas. Esta extraordinaria historia empezó cuando, a los tres años, Dorothy tuvo un grave accidente en su casa de Londres.
La pequeña se precipitó por las escaleras y el médico que acudió a auxiliarla sólo pudo certificar su muerte. Pero una hora después, la niña había recobrado la vida y estaba como si nada jugando sobre la cama. Años más tarde ella misma afirmaría que «alguien» regresó del pasado más remoto para revivirla.
Un año después de su accidente, en 1908, la niña empezó a tener extraños sueños en los que veía un gran edificio rodeado de columnas y de exuberantes jardines repletos de árboles frutales.Cuando se despertaba, les decía a sus padres con desesperación: «¡Quiero volver a casa!». Sus padres no entendían nada de lo que le ocurría a su hija y no hacían más que formularle preguntas que Dorothy no sabía responder.
Cuando sus padres la llevaron a visitar el Museo Británico a los 4 años de edad ocurrió algo extraño. Al entrar en la sala dedicada a Egipto, comenzó a besar los pies de todas las estatuas, afirmando que aquella era su gente y que quería volver a su casa en Egipto. Eady estudió egiptología en el museo Ernest Wallis Budge, aprendió a leer jeroglíficos, y en 1932 se traslada a Egipto donde se casa y tiene un hijo, al que llama Seti. Ella misma comienza a llamarse Omm Seti (madre de Seti).
Pero ¿de dónde venía todo eso? La propia Dorothy estaba impactada por lo que le ocurría, hasta que un día, en un periódico local,vio una fotografía del templo de Osiris en la ciudad de Abydos, en Egipto. Lo reconoció de inmediato, puesto que era el lugar que, según ella, aparecía recurrentemente en sus sueños.
A los 14 años, Dorothy tuvo una auténtica revelación que «disipó» todas sus dudas. Una noche se le apareció una figura vestida con túnica blanca y capa azul: era el faraón Seti I, el mismo monarca que ordenó la construcción del templo de Abydos. A partir de entonces, la joven, con tan sólo diez años, empezó a estudiar egiptología con el mismo Ernest Wallis Budge, conservador del Museo Británico, y aprendió a leer jeroglíficos.
Allí encuentra trabajo en el Departamento de Antigüedades y descubre el Templo de Abydos, erigido por Seti I en el siglo XIII a.C. Precisamente el lugar que decía ver en sus sueños desde los 3 años, y que identificaba como su hogar.

Durante los diez años siguientes, Dorothy recibía todas las noches de luna llena algunos mensajes por medio de escritura automática (un tipo de escritura que no proviene de los pensamientos conscientes de quien escribe). Según ella, los mensajes le fueron dictados por un tal Hor-Re, que le reveló quien fue ella en su vida pasada.
Según Hor-Re, Dorothy fue una joven egipcia llamada Bentreshyt, criada desde los tres años en el templo de Abydos. Su padre era un militar y su madre una modesta verdulera.
Vivió en Abydos desde 1950 hasta su muerte en 1981. Lo curioso es que, aparte de que todo esto no sea más que un cuento posiblemente provocado por algún tipo de lesión cerebral, lo que los estudiosos si reconocen son sus descubrimientos arqueológicos. Cuando ella decía cavad aquí -«recuerdo que aquí estaba«, decía ella-, los arqueólogos cavaban y encontraban lo que ella había dicho.
Así ocurrió por ejemplo con el jardín adjunto al Templo de Seti I. La mayoría de templos egipcios solían tener un jardín adjunto. No obstante, ella fue capaz de identificar el lugar exacto donde había que cavar para encontrarlo. También predijo que habría un tunel que pasaba bajo la parte norte del templo, hallado en una excavación posterior.
Otras de sus predicciones arqueológicas todavía no han sido comprobadas. Como la de que bajo el templo de Seti I hay una bóveda secreta que contiene una biblioteca de registros históricos. Entre sus afirmaciones más controvertidas está también la datación de la Gran Esfinge de Guiza como mucho más antigua de lo que en realidad se acepta hoy en día.
La historia de Dorothy Eady fue bastante famosa en los medios en los años 80. Precisamente en 1979 un corresponsal del New York Times llamado Christopher Wren publicó sus historia, estableciendo una relación entre Eady y El Mago de Oz, una historia de otra Dorothy que también quería volver a casa.
En 1987 el The New York Times retomó la historia, al hilo de un libro publicado por Jonathan Cott y Hanny El Zeini titulado La búsqueda de Omm Sety. Una historia de amor eterno. La propia Eady publicó varios libros, que se pueden encontrar en tiendas online. En Youtube hay varios videos al respecto, pero no son demasiado interesantes porque se centran en el aspecto misterioso y magufo de la historia.

A los 27 años, Dorothy empezó a trabajar en una revista de relaciones públicas egipcia, en la que escribía artículos contra el colonialismo y a favor de la independencia de Egipto. Allí conoció al joven egipcio Abd El Megid, con quien se casó. Poco después, con 29 años, decidida a ir en busca de su pasado, Dorothy y su marido embarcaron en 1933 destino a Egipto.
El barco atracó en el puerto egipcio de Port Said, desde donde un tren llevó a la pareja hasta El Cairo, donde el joven matrimonio se estableció. La pareja tuvo un hijo al que Dorothy puso el nombre de Seti. Desde aquel momento fue conocida, como era tradicional en Egipto, como Omm Seti (la madre de Seti). Dos años después, Abd el Megid recibió una oferta de trabajo en Irak, pero Dorothy no quiso acompañarle por lo que la pareja acabó separándose.
Dorothy se trasladó con su hijo al pueblo de Nazlet El Simanm, cerca de las pirámides de Giza, y consiguió un trabajo en el Departamento de Antigüedades Egipcias como redactora de documentos, siendo la primera mujer que lo logró.Fue contratada por el Dr. Selim Hassan, descubridor de la tumba de la reina Khentkaus I.
Dorothy se encargó de corregir, indexar e ilustrar tres de los diez volúmenes sobre el descubrimiento. Organizó la biblioteca del egiptólogo y continuó perfeccionando sus estudios sobre jeroglíficos. Tradujo al inglés la enciclopedia Aegyptische Worterbuch, e incluso bordó, junto con la esposa del doctor, diez grandes tapetes que recreaban escenas del antiguo Egipto. Nueve de ellos se conservan hoy en día en la biblioteca Wilbour del Museo de Brooklin, en Nueva York.
Dorothy vivió durante veinte años en la zona de Menfis, y trabajó en varias misiones arqueológicas en Giza y Dashur. Escribió numerosos artículos sobre los monumentos excavados que luego arqueólogos como Selim Hassan o Ahmed Fakhry publicaban como propios, dejando el trabajo de Dorothy en segundo plano.
Sorprende pensar que Omm Seti no viajó hasta Abydos, su objetivo final, hasta 1952. Llegó allí una noche de luna llena, entró en el templo, quemó incienso y pasó la noche rindiendo culto a los antiguos dioses. Al final, en 1956, fue enviada allí definitivamente por el Servicio de Antigüedades de Egipto para trabajar como delineante. En Abydos, Omm Seti hallaría, por fin, su propósito en la vida. Vivió hasta el final de sus días en una modesta casa de adobe junto al templo de Seti I, acompañada únicamente de varios gatos, una oca, un burro y alguna serpiente ocasional.
Cuando Omm Seti llegó a Abydos, el templo se encontraba en muy malas condiciones. Su trabajo consistía en catalogar y traducir los bloques grabados del templo de Seti I, tanto los que estaban desperdigados por el suelo como los que había guardados en los almacenes. «Se me presentaron con un montón de fragmentos de piedras escritas, había más de 2.000, unas muy grandes y otras muy pequeñas.

El trabajo consistía en copiar las inscripciones, catalogarlas y, cuando era posible, ajustar unas con otras…», comentaría Omm Seti de su trabajo en una entrevista para National Geographic. Con infinita paciencia esta mujer logró reconstruir los 2.000 bloques de relieves que permanecían desparramados por el suelo del templo. Incluso pudo localizar los restos del antiguo jardín que una vez se alzó en el templo y que había visto tantas veces en sus sueños.
Pero además de su trabajo para el Servicio de Antigüedades, Omm Seti continuó realizando rituales sagrados en las estancias del viejo templo, recuperados a través de la lectura minuciosa que hizo de los jeroglíficos que cubrían sus muros, con lo que adquirió un amplísimo conocimiento de las antiguas ceremonias faraónicas.
«Todos los años, el día de la gran fiesta, y también el de los cumpleaños de Osiris e Isis, vengo aquí con ofrendas de vino, pan e incienso. Me encanta venir. Es un lugar en el que verdaderamente me siento como en casa», explicó en su entrevista a National Geographic.
– Respetada por todos
Durante los años siguientes, Omm Seti siguió trabajando para el Servicio de Antigüedades, guiando a los turistas en el templo de Seti y realizando bordados. De hecho, las autoridades egiptólgicas de la época nunca la consideraron una loca, al contrario, llegaron a decir de ella que era «indispensable para cualquier misión arqueológica o trabajo serio en el área de Abydos».
En Abydos, Omm Seti continuó recibiendo visitas nocturnas de Seti I, según ella misma. En una de ellas,el 29 de julio de 1972, el faraón le dijo a propósito de la Atlántida que «cierto día un navegante procedente de la isla de Creta me relató una historia similar. Según este hombre, el mar Mediterráneo fue hace mucho tiempo una gran extensión de tierra que cierto día se hundió. De este continente perdido solamente habían podido salvarse las cimas de las montañas que hoy forman las islas griegas del Egeo».
Dos años más tarde, el 29 de agosto de 1974, en otro encuentro con el faraón, éste habló a Omm Seti de la vida en otros planetas. De hecho, le relató algunos de sus viajes por esos mundos sin especificar cómo llegó hasta allí. Según el rey, muchos de ellos estaban habitados por seres humanos. El faraón llegó a hacer una curiosa descripción de una ciudad con calles anchas y «cosas metálicas con ventanas y asientos en el interior, pero que no tenían ni alas ni ruedas».

Poco antes de su muerte Omm Seti participó en un par de documentales para la televisión. Uno de ellos, de la BBC, Omm Seti y su Egipto, fue filmado en Abydos en octubre de 1980. El otro, de National Geographic, llamado Egipto, en busca de la Eternidad, fue grabado pocos días antes de su muerte. Junto a su amigo, el farmacéutico Hanni El Zeini, escribió un libro titulado Abydos, Ciudad Santa del Antiguo Egipto, que se publicaría en 1981.
Omm Seti murió en Abydos el 21 de abril de 1981. Ella misma había organizado su funeral. Dispuso que su tumba mirara hacia Occidente, donde se ubica el reino de Osiris, para contemplar cada mañana la salida de Re, el dios Sol,montado en su barca sagrada y dispuesto a realizar su travesía diaria por los cielos de Egipto.
Dorothy Louis Eady (1904-1981), más conocida como Omm Seti, ha sido una de las figuras más controvertidas que ha dado la moderna egiptología. Esta británica pasó la mayor parte de su vida cuidando del templo de Seti I en Abydos y diciendo que era la reencarnación de una sacerdotisa llamada Bentreshyt, que fue amante de Seti, el padre del gran Ramsés II.
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La iglesia en la edad media: Influencia y Poder…

sobrehistoria.com — La iglesia era la institución más omnipresente en la vida medieval y su influencia estaba en casi todos los aspectos de la vida de las personas.
Sus prácticas religiosas formaron el calendario; sus ceremonias sacramentales marcaron momentos importantes en la vida de un individuo (incluidos bautismos, confirmaciones, matrimonios, la eucaristía, la confesión, las órdenes sagradas y los últimos ritos); sus enseñanzas respaldaron creencias clave sobre la ética, el significado de la vida y el más allá.
La Edad Media es una de las etapas más fascinantes de la historia.
Un período que se caracteriza fuertemente por la existencia del Sistema Feudal o Feudalismo.
Un mundo de nobles, campesinos, tributos, vasallos, feudos, y monarquías debilitadas. Pero más allá de esto, el mundo medieval estuvo dominado por la Iglesia católica. Por eso es esencial que para entender el desarrollo de la edad media, investiguemos en profundidad la importancia que tuvo Iglesia Medieval.
De hecho, podemos decir que la iglesia católica tuvo influencia en todos los órdenes de la vida de la edad medieval. En el siglo XI Europa era en gran parte cristiana.
La cristiandad vivió una etapa de gran influencia aunque esta se vio profundamente afectada cuando en el año 1054, los obispos bizantinos negaron la autoridad del Papa, provocando el llamado cisma de Oriente. Desde entonces, el mundo cristiano europeo se dividió en dos: Oriente optó por la Iglesia griega ortodoxa, mientras que Occidente se mantuvo fiel a la Iglesia católica romana como se conoce todavía.
– Rol de la iglesia en la edad media…
En Occidente, la Iglesia se vinculó estrechamente a la sociedad feudal. La misma Iglesia era un gran poder feudal, pues poseía la tercera parte de la propiedad territorial del mundo católico y, entre otras cosas, tenía derecho al diezmo, que era le décima parte de las cosechas de toda la gente.
En la Edad Media, la Iglesia Cristiana tuvo un rol decisivo. Fue la única institución que logró ejercer su poder a lo largo de una Europa fragmentada políticamente.
La vida cotidiana en la Edad Media, y la forma de pensar de nobles y campesinos, estaban muy influenciados por los principios y creencias de la Iglesia Cristiana. Como consecuencia de esto, las acciones de la gente se hallaban estrechamente ligadas a las normas religiosas.
La Iglesia era al mismo tiempo el centro de la vida intelectual. Desde este rol preeminente, posibilitó el afianzamiento de una particular interpretación del mundo, diseñado y ordenado según los designios de Dios. Se cristalizó así una mentalidad medieval basada en preceptos religiosos que perduró durante siglos.

– Los diferentes tipos de iglesia en la edad media
Todos los miembros de la Iglesia conformaban el clero, que a su vez se dividía en dos: el clero secular y el clero regular. El jefe espiritual de todos era el Papa.
. El clero secular
El clero secular eran aquellos miembros de la Iglesia que vivían en el mundo, mezclados con los laicos: el Papa, los arzobispos, los obispos y los párrocos.
Los párrocos eran los que estaban al mando y regulaban pequeños distritos llamados parroquias. Varias parroquias formaban una diócesis, cuyo jefe era un obispo y varias diócesis formaban una arquidiócesis, dirigida por un arzobispo.
. El clero regular
A partir del siglo VI se organiza en Occidente el clero regular. Sus miembros son aquellos eclesiásticos que optaron por aislarse del mundo y vivir en monasterios regidos por un abad. Seguían, además unas reglas específicas. Su regla se basaba en el lema ora et labora, es decir, reza y trabaja.
En Occidente, el monacato lo inició San Benito de Nursia, quien fundó la orden benedictina, la cual obligó a sus miembros a cumplir votos de obediencia, castidad y pobreza. La regla de San Benito fue respaldada por el Papado.
– Los principales movimientos heréticos de la edad media
Los principales movimientos heréticos (aunque no los únicos) que convulsionaron Europa durante la edad Media fueron los siguientes.
. Priscilianismo

El priscilianismo fue un movimiento religioso que se originó en el siglo IV que recibe el nombre de su principal predicador, Prisciliano.
Esta corriente surgió como un rechazo a la creciente riqueza y relajación de costumbres que presentaba la Iglesia de Roma y defendía que la Iglesia debía volver a la pobreza.
Una de las tesis más revolucionarias que defendía el priscilianismo era que la mujer debía tener un papel protagonista en el ámbito eclesiástico, debía disfrutar de una amplia libertad y, además, debía tener autoridad en el contexto cristiano.
El priscilianismo se extendió mucho por la península Ibérica y fue ganando muchos adeptos, pese a las crecientes medidas de contención que puso en marcha la Iglesia de Roma.
Tanto Prisciliano como sus colaboradores más cercanos fueron excomulgados, pero esto solo hizo que su influencia continuara creciendo y las autoridades tomaron medidas cada vez más expeditivas para atajar el problema prisciliano.
Tras ser traicionado por algunos de sus acompañantes, Prisciliano fue ejecutado, la mayoría de sus adeptos más importantes fueron apresados y el resto de los que profesaban esa religión fueron considerados como herejes, llegando a sufrir diversas penas como la confiscación de sus bienes o el destierro.
. Adopcionismo
La idea que defendía el adopcionismo era que Jesús no era un ser divino desde su origen, sino que había sido adoptado por Dios para actuar como su hijo en la Tierra. El adopcionismo cobró una gran importancia durante los primeros siglos del cristianismo, ya que este dictado era fácil de vincular con la cultura clásica, donde muchos héroes habían alcanzado la condición de dioses en reconocimiento a sus actos o hazañas, o con la judía, donde se consideraba que el Mesías era un humano elegido por Dios.
– Los cátaros o albigenses
La herejía cátara se ha convertido en la más popular y conocida de todas las herejías cristianas medievales, en buena medida gracias a la inmensa cantidad de novelas y películas que se han creado en torno a ella.
Esta corriente se hizo muy popular en la zona del sur de Francia y de Aragón y tenía muy poco que ver con los dictados del cristianismo oficial. Los cátaros defendían que el mundo estaba compuesto por una realidad dual, el mundo físico, creado por el Demonio o el Diablo, y el Reino de los Cielos o de Dios, que se encontraba más allá de los límites del ámbito material.
Para ellos, el alma era el único elemento sagrado del ser humano, considerando el cuerpo como una vestidura terrena a la que no debía darse importancia.
Tomando el alma como elemento principal y negando todo el contacto posible con el mundo material, los cátaros practicaban el ascetismo y una severa abstinencia de todo lo terreno. Negaban los sacramentos y crearon una organización propia ajena a la Iglesia y, en buena medida, también al resto de la sociedad del momento.
En un principio, la Iglesia de Roma organizó misiones para evangelizar estas comunidades y devolverlas a la ortodoxia, pero dichas misiones no solo no consiguieron su objetivo, sino que tuvieron que resignarse ante la continua expansión de las ideas cátaras.
Ante tal fracaso, la Iglesia de Roma inició una violenta ofensiva y dio a la lucha contra los cátaros la condición de «cruzada», presentándolos como peligrosos herejes y convenciendo a los poderes civiles de los territorios que contaban con mayor presencia de cátaros de que debían ser exterminados por la fuerza.
. Los husitas

La última de las grandes herejías medievales antes de la llegada de los movimientos protestantes fue la de los husitas.
La llamada “iglesia husita” surgió en Bohemia en el siglo XV y recibe el nombre de su principal ideólogo, Juan o Jan Hus.
Juan Hus, vinculado a la universidad de Praga, defendía que la Iglesia se había apartado hacía mucho de los preceptos de la Biblia, que se había convertido en una autoridad terrena rica y degenerada y que la única autoridad a la que debía obediencia era a la del Libro Sagrado.
Sus críticas constantes a la jerarquía eclesiástica despertaron un importante rechazo entre la Iglesia de Roma, pero en un principio las autoridades civiles prestaron su apoyo a Juan Hus, que se hizo con el control de la universidad de Praga y llegó a ser confesor de la reina Sofía de Baviera.
Sin embargo, las posturas de los husitas se fueron radicalizando y, después de que Juan Hus fuera quemado en la hoguera tras acudir al concilio de Constanza a defender sus preceptos, estalló una verdadera revolución religiosa y civil en la zona de Bohemia.
En 1419 comenzaron las llamadas revueltas o guerras husitas, en las que el ámbito religioso se unía con graves problemas de índole civil. Estas guerras se extendieron hasta el año 1434.
– Las principales reformas eclesiásticas: los cluniacenses y los cistercienses
Uno de los aspectos más importantes que evidencian los cambios que atravesó la Iglesia durante esta época fueron las reformas internas que se llevaron a cabo para adaptarse a los cambios y para luchar contra los problemas internos que iban surgiendo. Las más destacadas de ellas (que no las únicas) fueron las reformas cluniacense y cisterciense.
La reforma cluniacense, que empezó a surgir alrededor de los años 909 y 910, tuvo su origen en la abadía benedictina de Cluny, en Francia. La idea era la de volver a la esencia original del monacato, luchar contra la relajación de costumbres que se podía apreciar en distintos ámbitos religiosos y, también, conseguir una cierta independencia frente a los poderes políticos del momento, especialmente de los señores feudales y de los obispos de la región.
Así, los monasterios cluniacenses se pusieron bajo la protección directa del Papa, sin rendir pleitesía a ningún otro poder político ni religioso y se erigen como entes prácticamente independientes en el que el poderoso abad de Cluny controlaba y coordinaba el resto de monasterios vinculados a esta reforma.
Imponía una rígida disciplina a sus miembros para luchar contra la relajación de costumbres que se apreciaba en aquella época en muchos ámbitos del clero. Los monjes debían hacer voto de pobreza, castidad y obediencia, al mismo tiempo que también prometían ser imagen de humildad y penitencia. En la mayoría de las ocasiones, incluso, se hacía voto de silencio y la oración y la liturgia llenaban la mayoría de sus vidas.
En el siglo XII, llegó a haber más de 1.500 monasterios cluniacenses extendidos por todo el continente, antes de que los cambios políticos y religiosos favorecieran su decadencia y su desaparición final.
La Orden del Císter experimentó un gran desarrollo en el siglo XII de la mano de Bernardo de Claraval, promulgaba que los monjes debían llevar una vida recogida y basada en el trabajo, la oración y la ayuda a los peregrinos.
Se instalaban especialmente en zonas deshabitadas o inhóspitas, en busca de un aislamiento y recogimiento que les acercara más a Dios y les alejara del mundanal ruido.

Así lo hacían, creando unidades prácticamente autosuficientes en las que los monjes trabajaban ayudados por campesinos que buscaban la protección del monasterio, llegando a tener un gran éxito en la producción de productos como telas o vinos cuyos excedentes dedicaban al comercio.
La reforma cisterciense fue enormemente exitosa y experimentó una gran extensión, llegando a contar con más de 700 monasterios y decenas de miles de monjes extendidos por toda Europa a finales de la Edad Media.
Su éxito les llevó a sustituir en muchos ámbitos de poder a los cluniacenses y se convirtieron en la orden monacal más influyente de la Cristiandad.
Sin embargo, como le sucedió a la orden de Cluny, su alejamiento progresivo de sus propios principios y su vinculación cada vez más estrecha con el ámbito del poder hicieron que esta orden entrase pronto en decadencia, aunque nunca llegó a desaparecer del todo.
Ya en el siglo XV, con la irrupción de una nueva forma de religiosidad más vinculada a las órdenes mendicantes, a la ayuda de los pobres y enfermos dentro de la misma ciudad y al auge del ascetismo, los cistercienses dejaron de disfrutar de la preeminencia de antaño y se vieron sustituidos por otro tipo de órdenes como los franciscanos.
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Ray Charles: un rayo atravesando la ruta…

Historia Hoy(L.Balistrieri) — Ray Charles, pianista, cantante, compositor y director de orquesta estadounidense, apodado «The Genius». Se le atribuyó el desarrollo temprano de la música soul, un estilo basado en la fusión del gospel, el rhythm and blues y jazz.
Ray Charles nació el 23 de septiembre de 1930. Cuando era un bebé su familia se mudó a Greenville, Florida, y comenzó su carrera musical a los cinco años en un piano en un café del barrio. Posiblemente por un glaucoma, comenzó a quedarse ciego a los seis años, habiendo perdido completamente la vista a los siete años.
Asistió a la Escuela St. Augustine para Sordos y Ciegos, donde se concentró en estudios musicales, pero dejó la escuela a los 15 años para tocar el piano profesionalmente después de que su madre murió de cáncer. Su padre ya había muerto cuando el niño tenía 10.
Charles construyó una carrera notable basada en actuaciones en vivo cargadas de emoción. Después de emerger como un pianista de blues y jazz, quizás un poco en deuda con el estilo de Nat King Cole a fines de la década de 1940, Charles grabó el clásico de boogie-woogie “Mess Around” y el novedoso “It Should’ve Been Me” en 1952-53.
Su arreglo para “The Things That I Used to Do” de Guitar Slim se convirtió en un éxito con mas de un millón de copias vendidas en 1953. En 1954, Charles había creado una combinación exitosa de influencias del blues y el gospel y se había unido a Atlantic Records.
Impulsado por la voz rasposa distintiva de Charles, “I’ve Got a Woman” y “Hallelujah I Love You So” se convirtieron en éxitos. “What’d I Say” lideró las listas de ventas de rhythm and blues en 1959 y fue el primer millón de vendedores de Charles.

La ejecución rítmica de piano y arreglos de banda de Charles revivió la cualidad “funky” del jazz, pero también grabó en muchos otros géneros musicales. Ingresó al mercado pop con hits arrolladores como “Georgia on My Mind” (1960) y “Hit the Road, Jack” (1961).
Su álbum Modern Sounds in Country and Western Music (1962) vendió más de un millón de copias, al igual que su sencillo “I Can not Stop Loving You”. A partir de entonces, su música enlazó de manera magistral los standars del jazz, la interpretación de canciones pop y un show en vivo cargado de potencia.
A partir de 1955, Charles recorrió extensamente en los Estados Unidos y otras partes del mundo con su propia big band y también con un cuarteto femenino de estilo gospel llamado Raeletts. Se presentó en televisión y trabajó en películas como Ballad in Blue (1964) y The Blues Brothers (1980) como un actor destacado y compositor de la banda sonora.
Formó sus propios estudios de grabación personalizados, Tangerine en 1962 y Crossover Records en 1973. Recibió 13 premios Grammy, incluyendo un premio a la trayectoria en 1987.
En 1986, Charles fue incluido en el Rock and Roll hall of fame. Publicó una autobiografía, Brother Ray: Ray Charles ‘Own Story (1978), escrita con David Ritz. A partir de ese libro, se creó aclamado filme biográfico Ray (2004), que protagonizó Jamie Foxx como Charles en una actuación ganadora del Premio de la Academia.

Falleció a la edad de 73 años, el 10 de junio de 2004 en su casa de California. Sus restos se encuentran en el Cementerio Inglewood Park de Los Ángeles, California.
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La rebeldía de las abuelas…

Historia hoy(O.L.Mato) — Las sufragistas británicas de fines del siglo XIX se agruparon en la Unión Nacional de Sociedades del Sufragio Femenino , asociación que llegó a tener más de cien mil miembros. Su conductora, Millicent Garret Fawcett(1847 – 1929), era partidaria de campañas políticas moderadas, con intención de persuadir a la opinión pública con reclamos dentro del orden y la legalidad.
Sin embargo, estas políticas no dieron el resultado esperado y así lo reconoció la propia Fawcett en 1912: “nosotras queríamos avanzar sin utilizar violencia alguna. Hemos sido decepcionadas… pero podemos dar consuelo a nuestras almas… las más fieras sufragistas están más preparadas para sufrir daño que para infligirlo”.


Emmeline Pankhurst (1858 – 1928) recurrió a tácticas violentas como el sabotaje, el incendio de establecimientos públicos y agresiones a domicilios privados de políticos y miembros del Parlamento.
Hasta una adherente al movimiento, la periodista Mary Richardson (1882/3 – 1961), bajo el lema de Pankhurst (“Deja de hablar y actúa”) atacó con un cuchillo el lienzo de Velázquez, La Venus del Espejo, que, desde 1906, se exponía en la National Gallery de Londres.

Siete certeras puñaladas estropearon la obra del maestro español “como protesta contra los actos de gobierno que están destrozando a la persona más bella de la historia moderna: Mrs Pankhurst”.
La líder sufragista había comenzado una huelga de hambre y las autoridades la estaban alimentando forzadamente con una sonda, siguiendo la ley aprobada por el Parlamento, la llamada ley “del gato y el ratón”, que autorizaba a la introducción de alimentos por la fuerza, liberarlas de la cárcel hasta que recuperaran su salud y volver a detenerla entonces.


Richardson fue condenada a seis meses de cárcel, pero había logrado que la lucha de la Unión Nacional de Sociedades del Sufragio Femenino trascendiese a todo el mundo, aunque con un sesgo de violencia con el que no todas las seguidoras estaban de acuerdo.
Durante la guerra, la violencia feminista mermó y el rol de las mujeres durante la contienda permitió que en 1918 se autorice el voto de las mujeres mayores de 30 años.

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Amor embotellado…
JotDown(M.Crespo) — «Probablemente, este mensaje no será encontrado nunca.
Si, por coincidencia, alguien lo encuentra, me gustaría que me respondieran.
Tengo 21 años. Viajo a bordo del SS Jane, un barco Liberty. Volvemos a casa con soldados que lucharon en la guerra.
Pero el mar está revuelto, así que no llegaremos a tiempo y celebraremos la Navidad en el Pacífico. Solo soy un simple americano que aprecia la vida y la felicidad.
La amistad es lo único que prometo a cambio. Dios bendiga a quien encuentre esta carta. Frank Hayostek».
El mensaje, garabateado en un trozo de papel dentro de un bote de aspirinas, fue lanzado al mar en 1945.
Aquellas palabras huérfanas surcaron tempestades y cielos abiertos hasta que, una mañana de agosto, el diminuto bote se encalló entre las rocas de la Bahía de Dingle, en el condado de Kerry (Irlanda).
Breda O’Sullivan, de grandes ojos azules y familia de rastrillos y granjeros, caminaba cerca de la costa, cuando su perro divisó un tesoro medio hundido en la arena.
Breda era demasiado joven como para no creer en los milagros, lo suficientemente adulta como para alimentar los sueños.
«Querido Señor Hayostek. He encontrado su nota. Vivo en una granja, en la dirección que figura arriba de esta carta. En la mañana del día 23, fui a dar una vuelta por la playa. Vi que mi perro desenterraba un frasco. Al principio no me lo creía. Pero le diré algo sobre mí. Cumpliré 19 años el próximo noviembre. Soy alta, delgada y tengo ojos azul oscuro de irlandesa. Yo no quiero ninguna recompensa porque fue una grata sorpresa. Le deseo mucha suerte. Su cariñosa amiga, Breda».
Breda y Frank se escribieron cartas durante 13 años. Aquellos completos desconocidos estiraban las palabras hasta casi tocarse con los dedos, pero el momento de conocerse se atrasaba. En el año 2012, los periodistas Peter Mulryan y Liam O’Brien, de la radio irlandesa RTÉ, viajaron hasta Philadelphia para conocer a la familia de Frank Hayostek. Allí, su hijo Terry les enseñó una amarillenta pila de papeles atados: más de 70 cartas que Breda mandó a Frank.
«Octubre de 1946. Te mando una foto, no es muy buena. No soy una actriz de cine, pero no estoy mal. Junio de 1947. Querido Frank, mencionaste la posibilidad de trabajar del otro lado del océano. ¿Por qué no Irlanda? Febrero de 1948. He recibido tu regalo, no se cómo agradecértelo».
Frank ahorró durante años 80 dólares al mes para comprar un billete de avión hasta que, por fin, en 1952, siete años después de haber encontrado dueño a aquel gesto de fe, o de esperanza, viajó hasta Irlanda.
Pero entonces llegaron esos vampiros que se alimentan de vidas ajenas: los periodistas. América estaba viviendo sus felices 50. Elvis Presley llenaba los oídos, las faldas eran cada vez más cortas, los trabajos más fáciles, mejor pagados y los americanos sorbían a sorbos el optimismo porque habían sobrevivido a la mayor masacre del mundo Occidental.
Y allí estaba aquella historia idílica, un regalo intacto para los buitres de la plumilla y la cámara. Una inyección de ese nuevo mundo donde todo —hasta el amor después de océanos— era posible.
Cuando Frank aterrizó en las heladas colinas de Irlanda, se encontró con un ejército de simpáticos reporteros.
En cada encuentro, en cada gesto, cada paseo, allí estaba el micrófono dispuesto.
Una de aquellas periodistas contó que Breda se había lanzado al agua embravecida para rescatar la dichosa botella.
Que casi se había ahogado por culpa de aquel estúpido cachivache y ella, claro, se ofendió muchísimo.
En cambio él, contaba mucho después su hijo, disfrutó con aquellos 15 minutos de fama.
Siempre hay dos tipos de personas, los que actúan y los que observan.
En una de las últimas cartas, cuando su amante de papel estaba a punto de llegar, Breda le escribió, algo nerviosa:
«Los periódicos irlandeses están contando nuestra historia. Y yo me siento un poco criminal, porque le prometí a la agencia de noticias que solo se lo contaría a ellos, a nadie más. Ten buen viaje».
El culebrón se seguía con interés en el viejo y el nuevo mundo.
Pero antes de que nadie pudiera anunciar o invitar la boda de aquel cuento, Frank volvió a casa.
Los periódicos de la época recogen la noticia:
«Frank Hayostek creía que para encontrar su verdadero amor debía lanzar botellas al mar con su nombre y su dirección y esperar una respuesta. Hasta la fecha, ya ha lanzado 11 botellas. Pero solo ha recibido dos respuestas. Una era de una mujer holandesa que le pedía cigarrillos.
La otra, como ya les conté y como habrán leído, de una chica irlandesa del pueblo de Lispole, en el Condado de Kerry. Ella le escribió y él se subió a un avión para verla. ‘Pero después de la primera semana ella se volvió fría’, dijo Frank. ‘Ni siquiera me dejaba besarla. No le gustaba la manera americana de ver las cosas.
Demasiado rápido’, describió. ‘Ella y su familia se levantaban a las cinco de la mañana y llevaban a las vacas hasta el campo. Y preferían eso a América’».( Alburquerque Journal, 11 de septiembre de 1952).
Muchos años después, Peter Mulyram, el periodista antes citado, descubrió tres cartas apartadas del montón de los recuerdos. En una de ellas, Frank le confesaba a Breda que se había casado y divorciado años antes, pero le pedía una oportunidad. Ella le contestó que un católico nunca se divorcia y que no la engañara, que ella valoraba la religión más que cualquier otra cosa en el mundo.
No hay final feliz. El soldado valiente no soportó madrugar, ni aquel olor a vaca irlandesa. Ella, la joven soñadora, se agarró a un Dios para escapar del hombre. Ambos volvieron a casarse, el mismo año, en 1959. También murieron el mismo año, en 2009. Pero a pesar de tantas coincidencias, nunca volvieron a encontrarse.
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El rey espartano que fue multado por casarse con una fea…

Historias de la historia(J.Sanz) — La guerra del Peloponeso (431–404 a.C.) fue un conflicto militar de la Antigua Grecia que enfrentó a la Liga de Delos (encabezada por Atenas) con la Liga del Peloponeso (con Esparta a la cabeza).
Durante la primera parte del conflicto, hasta la paz de Nicias en 421 a.C, Esparta lanzó repetidas invasiones sobre el Ática, mientras que Atenas aprovechaba su supremacía naval para atacar las costas del Peloponeso.
A estos primeros 10 años de la guerra se le llamó Guerra arquidámica por el rey espartano Arquídamo II.
Durante las negociaciones con Pericles de Atenas que precedieron a la Guerra del Peloponeso con Pericles, Arquídamo hizo todo lo posible para evitar, o al menos aplazar, la inevitable lucha:
será el legado que dejaremos a nuestros hijos
A pesar de todo, en 431 a.C. el ejército espartano se presentó en el Ática y arrasó los cultivos esperando que los atenienses saliesen a defender sus tierras. Tras un mes de asedio sin ninguna respuesta por parte de Pericles, Arquídamo decidió retirarse.
Según nos cuenta Plutarco, Arquídamo se había casado con Lampito, una mujer de moral intachable pero realmente fea… los eforos, los magistrados de Esparta, le impusieron una multa porque «no engendrará reyes, sino reyezuelos». El caso es que su hijo Agesilao, feo y pequeño, se convirtió en rey de Esparta.
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¿Cuántos cristianos se sacrificaron en el Coliseo en tiempos de Nerón?…

Historias de la historia(J.Sanz) — Supongo que para los que hayáis visto la película Quo Vadis? (1953) os resultará familiar la escena en la que Nerón contempla cómo los cristianos son devorados por las fieras en el Coliseo. En caso contrario, una pequeña sinopsis de la película: el general romano Marco Vinicio regresa victorioso del frente de batalla y, como recompensa, el emperador Nerón -interpretado por un extraordinario Peter Ustinov- le entrega a la esclava cristiana Ligia, de la que se enamora.
Mientras, los desmanes de Nerón en el poder son cada vez mayores. En su delirio, manda incendiar Roma y culpa de ello a la secta cristiana, cuya fama va en aumento y los romanos se sienten cada vez más amenazados por ella.
Para evitar que sean objeto de represalias, Marco va en busca de Ligia y su familia, pero todos son capturados y Nerón los condena a muerte en el Coliseo para que sean devorados por las fieras. Petronio, tío de Marco Vinicio y consejero del emperador, advierte a Nerón de que comete un error pues con esta decisión convertirá a los cristianos en mártires.
Sin embargo, el emperador se halla preso del delirio, y con sus deleznables actos sellará su destino. Y esta es la secuencia que os comentaba al comienzo:
Por otra parte, el Coliseo debe su nombre al Coloso, una estatua de bronce de más de treinta metros erigida por el emperador Nerón que estaba situada junto al anfiteatro.
Detalladas las vinculaciones de Nerón con el Coliseo, una cinematográfica y otra nominal, os diré que las mismas razones que los vinculan son las que os pueden despistar y hacer pensar que la pregunta es imposible de contestar. Pues no, la respuesta es que Nerón no sacrificó ningún cristiano en el Coliseo… porque cuando murió ni se había comenzado a construir.
Tras el gran incendio de Roma del 65 -por cierto, Nerón no estaba en Roma-, el emperador planeó levantar un palacio digno de su megalomanía y de su amor por el arte. Y así comenzó la construcción de la más extravagante edificación de la historia de Roma: la Domus Aurea (la Casa de Oro).
Cincuenta hectáreas de lujosos salones cubiertos de frescos, oro, marfil y piedras preciosas, techos con compuertas a través de las cuales los esclavos arrojaban flores y perfumes, un enorme salón cubierto por una cúpula dorada y que giraba continuamente movido por la fuerza del agua, jardines y patios porticados, más de trescientas habitaciones sólo en la zona privada y una gran laguna artificial, la Stagnum Neronis.
Además, una estatua de bronce representando a Nerón con los atributos de Helios, de más de treinta metros de altura, se levantó en el vestíbulo porticado de la Domus Aurea. Nerón moría en el 68 sin ver terminada su obra magna.
Su sucesor Vespasiano, el primer emperador de la dinastía Flavia, ordenó construir un anfiteatro en el 72 precisamente sobre la anterior ubicación de la laguna de la Domus Aurea. En el año 80, su hijo Tito inauguraba el anfiteatro llamado Flavio.
Con el tiempo, el anfiteatro comenzó a ser conocido popularmente como Colosseum, debido a la proximidad del Coloso, en italiano Colosseo, pasando al español como Coliseo.
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Agnes y Helena, las monjas que pusieron en riesgo su vida para salvar a miles de judíos del horror de los nazis…
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Infobae(G. di Fazio) — Cuando las naciones entran en el cono de la sombra de la muerte, siempre surge la luz que se filtra entre las tinieblas. Ada Vallinda Walsh nació en Lowgate, condado de Hull, Inglaterra. Estudió en St. Charles Voluntary Catholic Academy y en la comunidad parroquial de san Carlos Borromeo. En esta comunidad parroquial sintió el llamado vocacional a la vida religiosa, que la encontrará en la congregación de las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paul.
Ya profesa tomó el nombre de Sour Agnes (Hermana Inés) y sirvió en los conventos de Irlanda, Jerusalén y luego Francia, donde terminó en un convento en Cadouin, una pequeña ciudad medieval muy famosa por su abadía y en la región de Dordoña. Fue en este lugar donde tuvo que soportar y ayudar durante la II Guerra Mundial.
La guerra estaba lejos de esta zona, pero las fuerzas del ejército alemán avanzaban generando terror y masacres por donde pasaban. París cayó el 14 de junio de 1940. En esos días, la madre superiora, Sor Louise Garnier, entabló una conversación casual con un refugiado judío, Pierre Cremieux, en una estación de tren. Había huido del norte de Francia a instancias de sus amigos, suponiendo que las tropas germanas no llegarían tan lejos; erró el cálculo.
Unos meses después del fortuito encuentro con la madre superiora en la estación del tren, en medio de un peligro cada vez mayor, Cremieux llamó al convento de las Hermanas de la Caridad para pedir ayuda. La hermana Agnes, delegada de la comunidad, respondió a la llamada y suplicó a su superiora que acogiera a la familia, compuesta por la esposa de Pierre, dos bebés y su hijo de seis años Alain. Los alemanes ya se habían instalado en la ciudad.
La hermana no lo dudó, los hizo pasar, y sin dudar presentó un plan para auxiliar a esta familia: la Sra. De Cremieux fue presentada como una pariente lejana de la superiora Sor Louise, la cual debía tener casi un reposo absoluto luego de un muy difícil parto de los gemelos, y se alojaría en el hospedaje del convento.
Para el resto de la comunidad no era nada extraño, dado que muchas veces venían familiares y amigos a alojarse allí. La familia Cremieux estuvo “oculta” delante de los nazis, gracias a la Hna. Agnes y nadie se percató de ello. El marido trabajó como jardinero y Alain, el niño de seis años, fue enviado a vivir con el párroco en la casa parroquial local. Aprovechó la biblioteca del sacerdote donde leyó todo lo que pudo y la hermana Agnes le dio lecciones de inglés.

Pero el convento corría un peligro adicional: la Hna. Agnes era inglesa, por tanto, podía ser deportada por los nazis dado que la ciudad estaba tomada por las fuerza de ocupación y comenzaban a hacer las averiguaciones sobre las ciudadanías de los habitantes por si había judíos o de otras nacionalidades en conflicto con Alemania.
La Hermana tenía pasaporte irlandés, dado el tiempo que había vivido en Irlanda. Por tanto, cuando llegó el turno de las averiguaciones en el convento, ella no solo era irlandesa, sino que hablaba perfectamente el idioma de la isla esmeralda, y no iban a pensar que los huéspedes del hospedaje no fueran católicos, así que ni siquiera les preguntaron nada.
Durante la ocupación de Francia se cree que 76.000 judíos fueron deportados de Francia a campos de exterminio alemanes. Alrededor de 2.500 sobrevivieron.
Así pasaron los días, los meses y los años. Y el 2 de septiembre de 1945 termino la guerra y la ocupación. Alain tenía 11 años, los gemelos 5 años; pero ya no vivían en el convento sino en una casa rentada en la ciudad. Nunca nadie se enteró que fueran judíos, y así sobrevivieron a la guerra.
La familia Cremieux mantuvo el contacto con Sor Inés, intercambiando cartas con ella hasta su muerte. La hermana Agnes Walsh murió en 1993 y fue reconocida como “Justa entre las Naciones” por el centro de conmemoración del Holocausto de Israel, Yad Vashem. Ella es una de los 21 británicos reconocidos como tales.
Hoy, su heroísmo es recordado no solo en la ciudad de Cadouin en Francia sino en Lowgate, condado de Hull, donde el intendente del lugar descubrió una placa en la casa natal de la Hna. Agnes donde dice: “…fiel religiosa y mujer valiente que protegió a judíos perseguidos y salvó vidas durante la ocupación nazi de Francia.”
En el 2010 fue honrada como “Héroe del Holocausto” británica, un premio creado por Gordon Brown, el entonces primer ministro.
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A la misma congregación de las Hijas de la caridad de san Vicente de Paul pertenece Helena Studler. Nació en Amiens durante la Tercera República Francesa, en el seno de una familia de origen alsaciano. Su padre, natural de Selestat, se refugió en Amiens en 1871 para no perder su nacionalidad, ya que después de la derrota de Francia en la Guerra franco-prusiana, Alsacia–Lorena había quedado en manos del imperio alemán.
Muertos sus padres, ingresó a la compañía de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul en 1912 bajo el nombre de hermana Helena. Luego de varias vicisitudes fue llevada a prestar servicio en Metz para servir en el Asilo de San Nicolás (Hospice Saint-Nicolas), el hospital más antiguo de la ciudad. El 17 de junio de 1940, las tropas alemanas ingresaron a la ciudad de Metz e instalaron un cuartel de la Gestapo en ella.
Al ser derrotados por los alemanes, los miembros del ejército francés deambulaban por la ciudad, y el interventor alemán decidió que todos fueron albergados en Fort de Saint-Julien, una instalación militar cercana a Metz. Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul de Metz obtuvieron en primera instancia un permiso para recibir donaciones (ropa, agua, comida, remedios) y socorrer a los prisioneros. Pero éstos seguían llegando cada vez más y era casi imposible dar cabida a todos.
La Hna. Helena más de una vez se enfrentó a los nazis por el trato hacia con los franceses, especialmente si eran de origen africano. Pero al caos que esto generaba, la Hna. Helena lo aprovechó para comenzar a organizar una red de escape con ayuda de algunas familias de la ciudad.
El 15 de agosto de 1940, fiesta de la Asunción de la Virgen, la procesión llegó hasta la imagen ubicada frente a la alcaldía de la ciudad, donde estaba ubicada la oficina de la Gestapo. Allí la Hna. Helena, acompañada de los fieles y el obispo Joseph-Jean Heintz entonaron el cantico: “Reina de Francia, ruega por nosotros, nuestra esperanza, ¡¡ven y sálvanos!!” (¡«Reine de France – Priez pour nous – Notre espérance – Venez et sauvez-nous!») y depositaron una ofrenda floral con los colores de la bandera francesa.
El 16 de agosto, el comando de ocupación alemán expulsó al obispo Heintz y a muchos sacerdotes y habitantes de Metz que participaron en la procesión. Pero la red de fuga de la hermana Helena estaba bien organizada, tenía como fin sacar a la mayor cantidad de prisioneros posible y para ello ayudaban iglesias, conventos, monasterios o familias. Iban en tren o autobuses, y en los lugares de refugio encontraban documentaciones falsas, ropa y algún que otro dinero para poder seguir la ruta.
Por este sistema puedo salvar a dos mil prisioneros, entre otros el teniente François Mitterrand, luego presidente de Francia; Boris Holban, comunista rumano de origen judío, organizador y líder militar de los grupos de resistencia FTP-MOI; o al joven sacerdote Marius-Félix-Antoine Maziers, quien sería obispo de Burdeos; y a 42 compañeros que escaparon por las alcantarillas.
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El 4 de febrero de 1941, la Hna. Helena fue puesta prisionera junto con su par, la hermana Cecilia Thil. Soportó 18 sesiones de interrogatorios que duraron tres días y fue condenada a un año de prisión. Al cumplir los 8 meses fue dejada en libertad por cuestiones de salud.
Pero los alemanes tomaron represalias con la Congregación de las hermanas de la caridad de san Vicente de Paul a la que perteneció la Hna. Helena. El 11 de febrero de 1943 arrestaron a la madre general la Rda. Madre Laura Decq, y la encarcelaron en Saarbrücken, Alemania. Fue liberada 4 meses después luego de terribles interrogatorios.
La salud de la Hna. Helena había sido completamente mellada por el hostigamiento de los nazis y su trabajo sin descanso. Fue al hospital de Clermont-Ferrand, donde murió de cáncer en noviembre de 1944, durante el curso de la batalla de Metz en la que el ejército estadounidense liberó a esa ciudad de la ocupación alemana.
No pudo ver a su patria liberada del horror nazi. Luego de su fallecimiento y al culminar la guerra su labor fue reconocida con la Orden Nacional de la Legión de Honor en grado de caballero (dama) y la “Croix de guerre” con palmas, junto con la siguiente cita en la placa:
“Ha sido uno de los elementos esenciales de la Resistencia y uno de los pilares de la causa francesa en la Lorena ocupada. Con peligro de su vida ha facilitado a más de dos mil soldados franceses y a numerosos lorenenses perseguidos por la policía, el poder escapar de los calabozos alemanes”.
El 16 o 17 de junio de 1946 el cuerpo de la Hna. Helena Studler fue trasladado al cementerio del convento de Belletanche en Metz, y más de cien mil personas acompañaron el cortejo fúnebre. La película Red de libertad (España, 2017) ofrece una dramatización de la vida de Helena Studler y de su red de escape durante la Segunda Guerra Mundial. Dirigida y escrita por Pablo Moreno, el papel de la hermana Helena es interpretado por la actriz Assumpta Serna.
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Cicutas y cruces: suicidas ilustres…

JotDown(R.Viguri) — No es lo mismo querer morir que querer matarse.
Y hasta que los desahucios y el acoso escolar no se han cobrado sus víctimas en un sacrificio ritual que la sociedad posmoderna ofrece a sus dioses —como el minotauro se cobraba puntualmente sus jóvenes de entre lo más selecto de la sociedad cretense—, hemos mirado poco el suicidio de frente.
Poco o nada.
“Cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades”, escribió ese poeta eléctrico que fue Gabriel Celaya, a propósito de algo que no era el suicidio, pero que lo absorbía como el cosmos fagocita la vida y la muerte: la habitual capacidad del ser humano para bajar los párpados cuando descubre incertidumbre en lugar de pálpito caliente de carne.
Ya lo sentenció Faulkner —y lo remarcó Laforet con marchamo patrio—, cuando imprimió que el sexo y la muerte eran “la puerta de delante y la puerta de atrás del mundo”.
Hoy los suicidios son noticia, igual que los asesinados han sido noticia desde que la Biblia se convirtiera en la publicación más extensa de sucesos de la humanidad. La muerte a mano propia la habíamos expulsado de los medios de comunicación por temor a un efecto contagio.
Ahora se ha dado la vuelta al asunto para intentar evitar que el sufrimiento de los jóvenes que son acosados —por Internet o en vivo y en directo— les empuje a la puerta de atrás del mundo sin haber transitado apenas por él, al menos en tiempo, aunque ya explicó Ernesto Sabato a quien quisiera entenderlo que el tiempo no era mesurable por cronología sino por intensidad de vida y, en eso, nadie puede saber cuánto vivió un suicida.
Lo que sí está claro es que el tema tabú por excelencia en cualquier religión monoteísta y, por tanto, en la mayoría de las sociedades por número de habitantes, se ha convertido de la noche a la mañana en trending topic.
Echemos la vista atrás para recorrer cómo estuvimos tanto tiempo de espaldas a un asunto al que ahora no sabemos cómo darle la mano.
Séneca, que tanto prestigio consiguió allá por los años cero de esta era cristiana que tan cainita está resultando, terminó con su propia vida. La enorme reputación conseguida por el patricio pensador era síntoma de la consagración de su nobleza de espíritu y —envidia mediante— soliviantó a tantos y tan tremendos enemigos, que el encarnizamiento con que tuvo que batirse le hizo paladear la tierra seca que es una vida vivida en serio.
A partir de esos años y con el afianzamiento cristiano como lo que hoy sería una política de Estado y entonces se llamó religión, lo de hacerse cargo uno de mismo de su propio final estuvo proscrito.
La grandeza de elegir matarse pasó a convertirse en pecado, sobre todo a partir de un pensador con cierto tufo hipócrita como fue San Agustín. Hipócrita, ¿por? Por convivir catorce años con una mujer, tener un hijo con ella y después renunciar al amor humano por la sed de poder en la institución más descollante de la época.
Hay quien puede pensar, incluso, que la disfrazó —su ambición—, como tantos otros, de ansia de virtud: opinable, pero no descabellado porque extraña al pensamiento racional la virtud rara que pueda existir en despreciar el amor palpable en la vida para convertirse a la misoginia.
En cualquier caso, el hecho objetivo y objetivable pasa por que San Agustín pintó el suicidio como pecado más que mortal porque violaba el sexto mandamiento y atentaba contra la voluntad de Dios, que ordenaba sufrir por encima de todas las cosas —diversos concilios han ido versionando el asunto con tintes más dulzones—. Así que uno de los cuatro grandes padres de la Iglesia Católica le echó dos testículos para amenazar a las mentes lúcidas con el infierno si tomaban sus propias decisiones.
Se podría contar de otra manera, pero el resumen del pensamiento occidental filosófico entre la época helenística y la Edad Media transitó entre estos dos puntos como una recta. Y ya explicó Euclides en sus Elementos que “dos puntos determinan una recta, y solo una, a pesar de que ella contenga infinitos puntos”.

En este tiempo también la cultura ha acumulado sabios y necios que han clamado que la vida no está para entenderla, sino para vivirla.
Pero parece que la vida de cada cual es eso: de cada cual, y cada uno debe hacer con ella lo que desee y pueda.
El hecho de que el suicidio fuera considerado un pecado mortal o un delito resulta realmente extraño cuando al estudiar la historia de la humanidad, cualquiera da de bruces con un mundo en el que el afán es dominar al otro, sin ulteriores consideraciones, tal y como se puede leer ya en Tucídides y La guerra del Peloponeso.
Por no hablar de Hobbes y otros ejemplos ilustres que enseñaron que quizá la condición humana no fuera la mejor posible ni éste el mejor de los mundos, con permiso de Leibniz y Voltaire.
Así que ahora podemos echar un vistazo a mentes preclaras, personajes amantes de la vida, incondicionales de la pasión, tremendos jugadores con las cartas del destino que, en un momento dado, supieron que la nobleza suprema, el homenaje máximo a la creación o a la misma condición humana era abandonarla por la puerta grande. Veamos.
Sócrates y Cleopatra desfilaron por la historia sin todavía monasterios y conventos que pudieran condenarlos a los fuegos eternos. A su casi coetáneo Periandro le ha dado menos publicidad la filosofía y el cine, pero ahí estuvo uno de los siete sabios de Grecia, con ganas de matarse.
Y trayendo el tema al presente del que somos hijos filosóficos, literarios y sociales, aunque no inmediatos, podemos afirmar que hace poco —poco en cuanto a formas de pensamiento, como aleccionados nietos de la Ilustración y del Romanticismo—, han desfilado por la muerte escogida mentes más o menos atormentadas, pero, paradójicamente, amantes de la vida todas.
El laberíntico Joseph Conrad, que lo intentó y nunca se supo que volviera a hacerlo; la caústica Dorothy Parker, que como poco reincidió dos veces; el adicto Ernest Hemingway, cuyos tragos son recordados folclóricamente a lo largo y ancho del mundo; el intrépido Emilio Salgari, que hizo de la imaginación su bandera; el atormentado Yukio Mishima, con ese celo asiático que a cualquier europeo hijo de la Ilustración asombra y repugna; la inabarcable Virginia Woolf, como la Antígona que fue, mucho antes de que Benjamín Prado las glosara en sus “Nombres de”; el intelectual Sandor Marai, genio y figura; el lúcido Mariano Larra, que pagó con su ira la imbecilidad ajena; el abrasivo Reinaldo Arenas, cuya carne Julian Schnabel convirtió en cine; o Cesare Pavese, Stephan Zweig, Sylvia Plath y cuantos más crea cada uno, que de ellos hay páginas y páginas… En Internet, sin ir más lejos ni venir más cerca.
De Jesucristo, primer suicida obligado, los observantes consideran sacrílego anotar que Dios exigió a su único hijo inmolarse de una manera que bien podría entroncar con los sacrificios rituales al estilo minoico o maya. Y a los no observantes la cuestión del suicidio les parece algo más científico que un rifirrafe teológico sobre la naturaleza inductiva del “Hágase tu voluntad y no la mía”.
En términos religiosos, Jesucristo podía haber elegido la mentira y la vida —o esa tremenda mentira que es la vida— en lugar de la verdad y la muerte —o esa única verdad que es la muerte—, igual que las víctimas de acoso y desahucio podrían elegir seguir viviendo, pero eligen suicidarse y la actualidad ya no puede obviarlo más.
A James Cameron —que lo mismo dirige Titanic que busca la tumba de María Magdalena, Jesús y el hijo de ambos—, también le parece más riguroso con la historia que el profeta tuviera una vida después de la cruz, sin suicidio inducido de por medio.
Tal y como también atestigua uno de los pergaminos hallados en Qumrán, ese lugar a orillas del Mar Muerto en el que los esenios escondieron una parte de la historia que permaneció siglos oculta, pero no silenciada.
Volviendo al hecho que la religión condene el suicidio como pecado mortal mientras cuenta que Dios lo exigió de su propio hijo, los medios tratan de alertar sobre la tasa creciente en medio de la crisis, también creciente.
Es una elección hecha por muchas personas: algunas lo ejecutan acicateadas por sus propios demonios o luminarias —luciferinos todos— y otras empujadas por la turba cainita y la jauría sedienta de sangre, por esos hijosdalgos —de meretrices— que se dedican al bullying o a la especulación y usura que conllevan los desahucios.

En cualquier caso, Shakespeare y su ser o no ser, Camus y lo de la única cuestión filosófica seria, y Calderón con el hacer nacer y querer morir, laten ahí, sempiternos todos, con la cuestión imperecedera, que inquieta, palpita, atormenta y aletea entre las sábanas cada noche y cada despertar de quien duerme entre la preocupación y la congoja, entre los problemas y la indecisión, en las camas de esos miles de sonámbulos que pueblan el mundo con el terror que produce escuchar sin pausa ni tregua ni alivio ni refugio la conciencia a todas las horas del día.
Ese Nietzsche, que tanto magnetiza a millones de suicidas y adolescentes que lo conocen como materia de estudio antes de llegar a la universidad, viene a ser a la filosofía algo así como Tarantino a la historia del cine.
Pero es alimento nutritivo y disculpa de mucho atormentado, como Rousseau lo es de mucha mente despejada.
Cuando el alemán anunció que el suicidio era “el nuevo orgullo del hombre, que fija su fin e inventa una fiesta: el morir” llevaba unas poderosas razones vitales que los medios empiezan a considerar porque la realidad suicida ya es más real que fantasmagórica.
Y confunde que tantos años no se haya hablado de la muerte a voluntad propia mientras la violencia copa informativos y ficción. Por ejemplo, la selectiva, cruel pero jugosa, terrible pero infantil, casi pederástica, de los Juegos del Hambre, refocilados en la muerte si va precedida de combate, como si matar contuviera tanta nobleza como cobardía el suicidio.
Y ahí hemos estado como sociedad, dando cobertura a la rivalidad de la caverna, a la dominación del otro, a la subyugación hasta anularlo; mientras hemos obviado la posibilidad serena de terminar con lo que otros empezaron por nosotros. No soportamos “morir de un modo altivo, cuando no es ya posible vivir dignamente.
La muerte elegida voluntariamente, la muerte en tiempo oportuno, con claridad y serenidad”, aunque sea elegida por otros, nos amenaza como sociedad porque nos aterra que un día tengamos que ejecutarnos.
Aceptamos los homicidios, los asesinatos, los holocaustos, las guerras, el terrorismo, la tortura, los toros, las peleas de perros, el boxeo, los pirómanos, los descuartizamientos, las violaciones, el manga, el bullying, el mobbing y cualquier forma de violencia institucionalizada —ese mierding—, pero el suicidio es un tabú omnímodo.
“En tiempos de su formación, el cristianismo se sirvió del enorme deseo del suicidio para hacer de él una palanca de su poderío: no conservó más que dos formas de suicidio, las revistió de las más altas dignidades y de las más altas esperanzas y prohibió todas las demás con amenazas terribles.
Pero el martirio y la muerte lenta del ascetismo fueron lícitos”, explicaba el aclamado y odiado Nietzsche en El eterno retorno, y con semejante realidad y poquísimas explicaciones hemos vivido más de veinte siglos.
Cierto es que, en términos cuantitativos y demográficos, la mayoría de la gente no suele suicidarse, pero hay quienes ejecutan su muerte sumarísima a conciencia. Quizá comprender el sentido de la existencia puede asemejarse a encender una bombilla dentro de un submarino con el objetivo de iluminar el fondo marino: inútil.
Y para quien vive no ya en el dolor, que tiene fin y amortiguadores, sino en el sufrimiento, infinito en su calamidad y depredador máximo de la moral humana, la vida puede ser insoportable.
También están los santos y los mártires, los héroes y los supervivientes, los que todo lo soportaron con o sin fe y salieron vivos, o al menos con vida en el cuerpo, de los fuegos locos que arrasaron con devoro su existencia. Los medios, como reflejo y cimiento social, abogan para que todos los que sufren pertenezcan a estos, pero demonizar o ningunear a los otros acaba de terminar. Vivimos en el siglo XXI.
nuestras charlas nocturnas.
Las cruzadas: Origen, historia y consecuencias…

sobrehistoria.com — A lo largo de la historia han existido varios tipos de períodos, algunos de ellos mas pacíficos que otros, otros que trajeron muchos descubrimientos para la sociedad y algunos de ellos que fueron una auténtica guerra por luchar por tierras o por las religiones, uno de estos momentos mas duros de la historia fueron las Cruzadas.
Las Cruzadas fueron una serie de campañas militares organizadas por el Papa y las fuerzas cristianas occidentales para recuperar Jerusalén y Tierra Santa del control musulmán y luego defender esos logros. Entre 1095 y 1270 hubo ocho grandes cruzadas oficiales y muchas más no oficiales.
Las Cruzadas fueron una serie de campañas militares que realizaron los Papas por diversos territorios de la Europa latina cristiana, principalmente por Francia e Italia, pero también por España y otros países de Europa del este. Los ejércitos estaban formados por los cruzados, ciudadanos a los que les eran perdonados sus pecados a cambio de combatir en las cruzadas.
El objetivo de estas Cruzadas era recuperar los territorios de la Tierra Santa y volver a restablecer el dominio de la religión cristiana en ellos.
De esta manera, las Cruzadas de libraron contra pueblos cuya ideología e idiosincrasia rivalizaba con el concepto de cristianismo y Tierra Santa, principalmente contra los musulmanes, pero también contra muchos otros pueblos o incluso clases sociales (esclavos paganos, judíos, cristianos ortodoxos griegos y rusos, mongoles, cátaros, husitas, valdenses, prusianos) y enemigos del cristianismo o del Papa en cuestión.
El punto álgido de las Cruzadas duró unos 200 años (entre 1099 y 1291), aunque en algunos países como España o en Europa del este se prolongaron incluso hasta el siglo XV.

Las Cruzadas tiene su origen a finales del siglo XI, cuando el emperador bizantino Alejo I pidió ayuda al Papa Urbano II para proteger a los pueblos cristianos de oriente ante la dominación musulmana. Estas cruzadas fueron entonces promulgadas durante el Concilio de Clermont. Tras la predicación de las Cruzadas el pueblo cristiano asintió en masa y las aprobó al grito de Deus lo vult («Dios lo quiere»).
Es por ello que el origen de las Cruzadas normalmente se atribuye al fervor religioso y a la necesidad de los cristianos de proteger su religión y sus territorios. Sin embargo, otras lecturas históricas también ven a las Cruzadas como un símbolo del ansia de poder del Papado y de sus ansias de expansión por oriente.
La primera de las Cruzadas se puso en marcha a finales de 1095. Estaba formada por un grupo de fieles cristianos que iban comandados por el predicador Pedro de Amiens el Ermitaño. Su destino era Hungría. Avanzaron aniquilando a todos los judíos que salían a su paso y llegaron finalmente a HUngría. Allí fueron escoltados por los soldados del Rey Coloman.
Sin embargo, los Cruzados mataron a parte de los soldados de la escolta y a más de 4.000 húngaros no cristianos, por lo recibieron el posterior trato hostil del rey Coloman. A esta Primera Cruzada se la denominó Cruzada Popular.
En total se realizaron 9 Cruzadas, de las cuáles 5 de ellas se consideran Cruzadas menores. Pero, ¿cuáles fueron sus consecuencias? ¿Logró el Papado su objetivo de reconquistar lo que ellos consideraban como Tierra Santa?
Asimismo, también se produce el desarrollo de una nueva clase social como es la burguesía. Se trataba de pequeños artesanos o comerciantes que eran cada vez más necesarios para proveer de armas y herramientas al ejército. Esta burguesía todavía tardaría tiempo en adquirir gran importancia pero comenzaba a asomar la cabeza como un nuevo grupo social que ganaba terreno a los señores feudales.

También se abrieron vías al expansionismo y al comercio, sobre todo entre Europa u oriente. De esta manera, ciudades como Génova o Pisa se convirtieron en importantes centros comerciales, sobre todo para el comercio naval en el Mar Mediterráneo.
Por supuesto, otra de las consecuencias de las Cruzadas fue un fortalecimiento del cristianismo y de los símbolos religiosos. Por el lado contrario, se creó entre la población una fuerte animadversión hacia los pueblos judío y musulmán.
Por otro lado, hay que decir que los musulmanes se habían mostrado tolerantes con los cristianos o practicantes de otras religiones en sus territorios de la Tierra Santa.
Sin embargo, las Cruzadas buscaban eliminar de raíz cualquier creencia contraria al cristianismo, por lo que tras el restablecimiento del poder islámico al término de las Cruzadas, muchos seguidores del profeta no se mostraron tan tolerantes como hasta entonces con los cristianos. Ello derivó en persecuciones y matanzas.
En definitiva, las Cruzadas son unas guerras iniciadas por el fervor religioso que cambiaron en gran medida la sociedad, la cultura y la ideología de Europa y oriente.
– Personajes principales protagonistas de las cruzadas
Aunque ya hemos ido dando algunas pinceladas, es cierto que en Las Cruzadas hubo una serie de personajes clave que conviene que conozcamos un poco más en detalle, al menos para ir memorizando sus nombres y el hito que les destaca. Por ejemplo, los siguientes nombres son para recordarles.

Pedro el Ermitaño: También conocido como Pedro de Amiens, fue un clérigo que se hizo líder de la que fuera denominada la Cruzada de los pobres. Esta tuvo lugar en el año 1095 y se extendió hasta el año 1096.
Apenas duró un año. La Cruzada Popular, como se la conoce, fue el pistoletazo de salida de la primera cruzada oficial, por decirlo de algún modo y, aunque fracasó finalmente, reunió a un grupo de hombres armados que, de manera espontánea, decidieron iniciar una peregrinación hacia Tierra Santa.
Junto a Pedro, también destacó como codirector de esta cruzada a Gualterio Sans-Avoir (Walter el indigente).
En la Cruzada de los Príncipes (año 1096-99), destacan Alejo I Commeno, quien fuera el emperador del imperio bizantino en la época; Urbano II, o Papa número 159 de la Iglesia católica; y Godofredo de Bouillón. Este último fue el jefe de la rebelión y llegó a ser rey de Jerusalén tras la conquista. Sin embargo, lo más destacado de él es que se autonombró defensor del Santo Sepulcro.
Aunque hay otros muchos nombres de participantes en las batallas, conviene al menos quedarse con estos que hemos nombrado, y que fueron responsables directos de las Cruzadas.
Si nos ponemos a investigar, podemos encontrar hasta cerca de 40 cruzadas, si bien no todas ellas fueron aprobadas por el Papa. Podemos clasificarlas en cuatro grupos. El primero es el de las Cruzadas en Tierra Santa, que suceden entre los años 1095 a 1291 donde encontramos hasta 13 diferentes. Luego vendrían las Cruzadas posteriores a 1291, que son unas 13.
Más tarde llegaron las Cruzadas populares, donde clasificamos 5 movimientos. Finalmente hay que hablar de las Cruzadas Contra los Cristianos, donde hay hasta seis y que acaba con la Reconquista, en el año 718 a 1492, año del descubrimiento de América.

La Primera de ellas tiene lugar en el año 1905 y sienta las bases para las Cruzadas posteriores y tiene lugar en Tierra Santa. La Segunda Cruzada tiene lugar cuando es tomada la ciudad de Edesa en Mesopotamia y esto conllevó a la muerte de muchos cristianos. Es el año 1144.
Más tarde vendría la Reconquista, en 1147, cuando los moros son expulsados de España. Luego vienen las Cruzadas Bálticas, en los siglos XII a XV. Luego vendría la Tercera Cruzada o Cruzada de los Reyes, donde los líderes europeos quisieron reconquistar Tierra Santa. Sin embargo, se quedaron con las ganas de conquistar Jerusalén.
Luego vendrían tres cruzadas populares más, hasta un total de 8 que fueron las más conocidas, aunque como hemos dicho antes, se cuentan hasta casi 40 de estas campañas.
– Las cruzadas ¿Consiguieron su objetivo?
Las cruzadas tuvieron un fuerte impacto político y social. Gracias a ellas, los papas se convirtieron en los líderes absolutos de la Iglesia Cristiana. Además, muchos territorios fueron cristianizados y los moros expulsados de ellos. Sin embargo, el objetivo principal que era la recuperación de Jerusalén, se resistió.
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«El arroz con leche», el secreto de la resistencia de la Gran Muralla China…

Historias de la historia(J.Sanz) — La Gran Muralla China en realidad no es una gran muralla. Lo que muchos han considerado la octava maravilla del mundo antiguo es más bien un entramado de muros y distintas estructuras defensivas construidas a lo largo del tiempo, bajo el mandato de diferentes dinastías y de forma dispar.
El propósito de tamaña obra de ingeniería y arquitectura militar -con un promedio de 7 metros de altura y 5 de ancho, y una longitud, contando sus ramificaciones y construcciones secundarias, de más de 20.000 kilómetros de largo, desde la frontera con Corea, al borde del río Yalu, hasta el desierto de Gobi, aunque hoy solo se conserva un 30%- fue en todo momento doble: para protegerse de los recurrentes ataques que los pueblos nómadas del norte y para establecer el límite de las tierras cultivables, sobre las que el Estado chino podía imponer unos impuestos y una administración estables.
La Gran Muralla sirvió tanto para no dejar entrar como para no dejar salir.
Fue hacia el año 220 a.C. cuando Qin Shi Huangdi, primer emperador de una China unificada, ordenó la conexión entre las murallas septentrionales preexistentes -algunas del siglo V a.C.- y la construcción de otros tramos que formarían una primera línea continua y que sería la precursora de la actual Gran Muralla, aunque la mayor parte de esta barrera defensiva data de la dinastía Ming (1368-1644).
Los Ming construyeron una nueva Gran Muralla -más de 6.000 kilómetros de nuevos tramos defensivos- de características más avanzadas que las anteriores.
Mientras que en el pasado las fortificaciones se habían erigido empleando la tierra compactada como materia primera, ahora se empleó en la mayoría de los tramos una combinación de piedra en la base, alzado de ladrillo… y una especie de «arroz con leche«.

En Xichang, provincia de Sichuan, se ha puesto en marcha un proyecto para la reconstrucción de parte la antigua muralla de la ciudad tratando de ser fieles a las técnicas de los constructores originales de la dinastía Ming. Las tareas de los trabajadores incluyen la fabricación de ladrillos, la colocación de los ladrillos … y hervir arroz en grandes ollas.
Un estudio reciente sobre los antiguos métodos utilizados para la construcción publicado en la revista American Chemical Society por el Dr. Zhang, profesor de química de la Universidad de Zhejiang, ha demostrado que el secreto del antiguo mortero chino fue el arroz.
Este mortero se elaboraba, y se elabora ahora en la reconstrucción de la muralla de Xichang, mezclando una pasta de arroz pegajoso o glutinoso (una variedad de arroz que se cultiva principalmente en el sur y sureste de Asia hervido y con una textura similar al arroz con leche) con cal apagada o muerta (piedra caliza calentada a alta temperatura y a la que luego se añade agua).
El componente inorgánico es carbonato de calcio, y el componente orgánico es la amilopectina, que viene de la sopa de arroz pegajoso. La amilopectina ayuda a crear una microestructura compacta, estable y resistente.

Aunque el uso de esta mezcla de arroz como cemento para la construcción se desarrolló por primera vez hace 1.500 años, fue la pieza angular de las grandes construcciones bajo la dinastía Ming, como la Gran Muralla.
Curiosamente, es el mismo tipo de arroz, y con la misma textura, que el utilizado en platos chinos tales como zongzi, en el que se envuelve la pasta en hojas de bambú en forma de paquete, o el nian gao, un tipo especial de torta para las celebraciones del Año Nuevo.
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Historia del “Carnicero de Rostov”, el peligroso asesino serial que aterrorizó a la Unión Soviética…

La Tercera(A.P.Mack) — Diciembre, 1978. Una niña de 9 años estaba en una parada de autobús en la ciudad de Shajty, una localidad ubicada en el sudoeste del territorio de la Unión Soviética, pero que hoy es parte de Ucrania.
Mientras esperaba el transporte público, un desconocido de 42 años se le acercó con la supuesta intención de ofrecerle un chicle.
Ella recibió la goma de mascar y el hombre inició una conversación.
Su nombre era Andréi Chikatilo, aparentaba una actitud tímida y había trabajado como profesor en un colegio. Estaba casado y era padre de familia.
Dicho perfil, en ese entonces, no cuadraba con el de un delincuente para la mayoría de las personas.
Sin embargo, ese mismo día, Chikatilo llevó a la menor a una vivienda apartada que tenía en las afueras de la ciudad.
Ahí la asesinó crudamente y dio inicio una serie de crímenes seriales que años más tarde llevaron a que fuese apodado como “El carnicero de Rostov” o “El destripador rojo”.
Cuando fue arrestado y sometido a un interrogatorio con un psiquiatra tras negarse a cooperar con la investigación, Chikatilo reconoció haber sido el responsable de 56 muertes.
Las víctimas eran en su mayoría niños, adolescentes y mujeres, de entre 9 y 45 años, contra quienes efectuaba crueles ataques y abusos.
Y del número mencionado anteriormente, finalmente fue condenado por 53 ante la justicia.
Chikatilo recibió la pena máxima y la noche del 14 de febrero de 1994 fue ejecutado con un disparo en la nuca.
No obstante, la policía tardó más de una década en acusarlo formalmente por esos horribles atentados.
Antes —incluso previo a que asesinara a la niña del paradero— ya había recibido múltiples denuncias de abuso de parte de sus estudiantes en una escuela secundaria, mientras que también había sido detenido como sospechoso en 1984 y liberado poco después.
Los investigadores no creyeron que Chikatilo pudiese haber sido el autor de una sostenida masacre, pero el tiempo demostró que sus impresiones fueron erradas.
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– Andréi Chikatilo, la historia del “Carnicero de Rostov”
Nació el 16 de octubre de 1936 en Yablochnoye, en medio de una época en la que el dictador Iósif Stalin estaba en el poder y en el que la población soviética enfrentaba un escenario de hambruna.
Esto último se intensificó aún más cuando estalló la Segunda Guerra Mundial en 1939.
Según han sugerido algunos historiadores, su madre le decía durante su infancia que su hermano mayor había sido secuestrado, para luego ser víctima de un episodio de canibalismo.
Aquello nunca pudo ser corroborado, pero sí se supo que los relatos de ese tipo y lo que escuchaba sobre la guerra le desencadenaron un intenso temor desde que era un niño.
De la misma manera, informes revisados por La Nación aseguran que supuestamente vio en una ocasión cómo un soldado alemán abusó de su mamá, durante la ocupación de las tropas nazis.
El padre de Chikatilo era un uniformado del Ejército Rojo y en 1949 regresó al hogar familiar. Había sido acusado de traicionar los intereses del gobierno.
Tales situaciones influenciaron a que desarrollara una personalidad más bien introspectiva y temerosa, según se narra en el libro The Killer Department(Pantheon, 1993) de Robert Cullen.
Su etapa escolar tampoco estuvo exenta de complicaciones: le costaba entablar amistades, sus compañeros se burlaban de él y en más de una oportunidad fue agredido por ellos.
Más adelante, cuando se afilió al Partido Comunista, también fue el blanco de otros militantes que lo humillaban constantemente.
Junto con ello, enfrentaba dificultades para tener relaciones sexuales, una arista de la que que se enteró gran parte del pueblo.
Con el propósito de olvidar esas traumáticas experiencias, se fue a Moscú en 1955 y rindió una prueba de admisión para entrar a estudiar derecho en la universidad, pero terminó siendo rechazado.
Tras esa amarga respuesta, optó por formarse académicamente en otras escuelas y cursos, en ámbitos tan variados como la literatura, la política y la ingeniería.
Ya en 1963 contaba con diversos conocimientos y estaba instalado en Rostov, en donde conoció a una amiga de su hermana con quien inició un romance.
La pareja se casó al poco tiempo de haberse conocido. Si bien, Chikatilo seguía enfrentando dificultades para tener relaciones sexuales, pudieron tener dos hijos y formar una familia que aparentaba ser cariñosa y unida.
A 8 años de su llegada a Rostov, obtuvo un puesto como profesor en una escuela secundaria, pero rápidamente se frustró con el comportamiento de sus alumnos, quienes se burlaban de él y lo apodaban “El ganso”.
Solo bastaron tres ciclos como docente para que fuese despedido en 1974, aunque no porque enseñara mal sus asignaturas, sino que más bien, porque recibió numerosas denuncias que lo acusaban de abusos.
A raíz de aquello, él y su familia se trasladaron a la localidad de Shajty, en donde consiguió empleo en un instituto de formación profesional y empezó a mantener una vivienda a escondidas, ubicada en las afueras.
Ese sería el lugar en el que posteriormente concretaría la mayoría de los asesinatos.

– Asesinatos, canibalismo y la detención del “Destripador rojo”
El primero de ellos fue en contra de la niña de 9 años que esperaba en la parada de autobús.
Dos días después de que la pequeña desapareciera, su cadáver fue hallado en un río cercano con rastros de haber sido apuñalada, mientras que también le había sacado los ojos, un macabro acto que posteriormente replicó en otras de sus víctimas.
“Lo hacía porque creía que en los ojos se quedaba la imagen de la última persona a quien había visto la víctima”, explicó recientemente a Cadena SER el académico de criminología de la Universidad Rey Juan Carlos de España, Alberto Albacete, tras hacer una revisión del caso.
La segunda persona que murió a manos de Chikatilo fue una joven de 17 años que ejercía como prostituta, quien fue asesinada el 3 de septiembre de 1981.
Al igual que con la niña de 9 años, la encontró en una estación del transporte público —específicamente en una de trenes— y la llevó a un bosque en el que trató de tener relaciones sexuales con ella.
Cuando la instancia no salió como él deseaba, sacó un cuchillo que siempre llevaba con él, para luego darle múltiples puñaladas.
De esa manera, continuó cometiendo decenas de asesinatos en periodos saltados de tiempo. Todos bajo una modalidad parecida y hacia víctimas que generalmente estaban solas en estaciones de trenes o paradas de buses.
Uno de los puntos que más impactaron a las autoridades cuando descubrieron al responsable de esta masacre, es que Chikatilo tendía a mutilar órganos de los afectados y, en ciertos casos, incluso llegó a practicar el canibalismo.
Asimismo, cuando abandonó la docencia en 1979 y empezó a trabajar para una empresa que vendía materiales de construcción en Rostov, comenzó a viajar más, por lo que fue sumando nuevas víctimas en distintos lugares.
Cifras rescatadas por La Nación detallan que solo hasta 1984, llevaba un total de 24 muertes en su historial.
Ese mismo año fue detenido por un policía, quien vio cómo se acercó a varias jóvenes en una parada de bus.
Cuando los agentes revisaron las pertenencias que llevaba, vieron que en su maleta tenía un cuchillo, una soga y unas muestras de material pornográfico. Sin embargo, aquello no les llamó mayormente la atención y pensaron que Chikatilo no parecía ser un criminal, así que lo dejaron irse al poco tiempo.
Al año siguiente cometió otro atentado.
Según el libro de Cullen, las autoridades soviéticas no consideraban en ese momento la posibilidad de que existiese un asesino serial en su territorio, debido a que lo veían como un fenómeno propio de Estados Unidos y el mundo occidental.
Ese punto fue clave, ya que ni siquiera se permitía informar sobre estos brutales ataques en los periódicos.
Aún así, en noviembre de 1990 —casi un año antes de la caída de la URSS— un policía vio a Chikatilo salir de un bosque con sus zapatos embarrados y rastros de sangre en el rostro.
Le pareció sospechoso, por lo que le solicitó sus datos personales.
Al día siguiente se encontró otro cadáver de una niña en las cercanías de ese sector, por lo que rápidamente pensaron en él como un presunto culpable y fueron a arrestarlo.
Quedó en prisión preventiva.

En un inicio, Chikatilo se negó a cooperar con la investigación y a confesar sus crímenes, por lo que le pidieron a Alexander Bukhanovksy, un psiquiatra que había escrito un extenso perfil sobre él, que tratara de convencerlo.
Bajo ese objetivo, el especialista se reunió con el acusado y le leyó cada una de las más de 60 páginas que había desarrollado.
Cuando terminó de recitar el detallado archivo, Chikatilo se emocionó. Y según contó el psiquiatra en una entrevista con The Guardian en 1999, ese mismo día de 1990 reconoció su culpabilidad por los asesinatos de 56 mujeres y niños, además de manifestar su disposición a ayudar a encontrar el resto de los cadáveres.
Dos años más tarde, en abril de 1992, inició su juicio formal en los tribunales, instancia en la que fue posicionado en una especie de jaula para impedir que los familiares de los fallecidos se levantaran para agredirlo.
En su defensa, aseguró que no tenía intenciones de asesinar, pero que una fuerza interior lo hacía perder el control. Luego, insultó a quienes estaban ahí y hasta se bajó los pantalones.
Los peritos sugirieron que lo hizo para aparentar que enfrentaba problemas de salud mental, lo que podría haber reducido su pena y desembocar que fuese llevado a un psiquiátrico, pero aquello no le resultó y fue culpado por atentar contra un total de 53 personas.
El último sonido que escuchó Andréi Chikatilo, “El carnicero de Rostov”, fue el del tiro detrás de su cabeza en febrero de 1994.
La película Ciudadano X (1995) —disponible en HBO Max—está inspirada en su historia, además de otros filmes como Evilenko (2004) y El niño 44 (2015).
Según una crítica de cine publicada el año pasado en El País, esta última es la que presenta contenidos más explícitos, hasta el punto en que una reseña del New York Post la calificó como “una extraña mezcla entre Doctor Zhivago (1965) y El silencio de los corderos (1991).

nuestras charlas nocturnas.
Los mejores grupos que no han existido jamás…

JotDown(D.Cuevas) — Spinal Tap (oficialmente con diéresis en la n) es probablemente la Mejor Banda de Rock que jamás ha existido. Y la culpa de ello la tiene la película This is Spinal Tap, que estableció su leyenda a base de falso documental descacharrante y logró que el culto que la rodeaba convirtiera la broma en realidad generando giras de la propia falsa-pero-no-tanto formación.
La existencia de Spinal Tap y su estupenda manera de entender el verdadero secreto de una escala de volumen también es la razón de que en productos tan dispares como Toy Story 2, la página de la BBC, House, las novelas de Mundodisco, House of the dead: Overkill, Los Simpson, Hora de aventuras, Scott Pilgrim contra el mundo, Burn out Paradise o Doctor Who existan medidas acotadas que deciden saltarse jocosamente el límite de la decena.
Marshall llegó a comercializar amplificadores luciendo el icónico 1-11, y hasta la propia página de IMDB de la película abandona las diez estrellas habituales de calificación para convertirlas en 11.
This is Spinal Tap puede ser uno de los más influyentes grupos que no han existido, pero podría convivir tranquilamente no solo con otras formaciones creadas a partir de la ficción, sino con bandas reales encabezadas por componentes virtuales, bandas falsas que deberían haber sido reales, artistas falseando agrupaciones musicales o cualquier cosa que juegue a amenazar la presencia en el plano de lo real de la formación melódica habitual.
O algunos de los mejores grupos que no han existido jamás.
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– The Rutles
All you need is cash (1978)
Eric Idle ideó con Neil Innes un sketch para Rutland Weekend Television con una parodia a bocajarro de los Beatles. Un ejecutivo de Saturday Night Live contempló el gag y encontró material para un mockumentary, género que tenía pocos precedentes aparte de Woody Allen, titulado The Rutles: All you need is. Innes se encargó de la BSO con una veintena de temas clones de la herencia escarabajo que le reportarían la nominación a un Grammy.
La película incluía una hilera de famosos: Mick Jagger, Paul Simons, Michael Palin, Ron Wood, Dan Aykroyd, Bill Murray, John Belushi y… George Harrison.
Claro ¿Y los auténticos Beatles? Harrison estaba en el ajo, a Ringo Star le pareció simpática, a John Lennon le encantaba y aconsejó quitar el tema Get up and go del vinilo para evitar demandas de la compañía, a Paul McCartney no le hizo ni puta gracia hasta que su mujer le convenció de lo contrario.
The Rutles sacarían singles y discos, incluyendo un Archaeology en el 96 parodiando el Anthology beatle, y rodarían en gira. Una secuela olvidable, tardía y bastante vaga fue perpetrada por Idle en plan comando en 2002.
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– Cachabolik blues rock
Cachabolik blues rock y el fantasma del museo del Prado (1988)
Al Superlópez de la década de los 80 le tocó un villano contemporáneo: una banda de rock. Cachabolik lideró una agrupación que, gracias a una partitura infernal de Chirridowsky, influenciaba brutalmente a los jóvenes.
Al Trapone estaba detrás de todo aquello y Superlópez decidió combatir la amenaza de la única manera lógica: montando su propia banda.
Hay quien descubrió en las letras de Cachabolik la influencia de Barón Rojo, e incluso apareció alguna formación musical bautizada a partir del tebeo. Pero lo más curioso de todo era ese acercamiento del gran Jan al mundo sonoro, porque el creador de Superlópez es sordo desde los seis años.
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– The Bang Bang
Brothers of the head (1977, novela)
Brothers of the Head (2005, película)
En los 70, convertirse en una superstar del rock implicaba estar cocinado con un punto excéntrico más elevado y notorio que el de la gente normal.
Los hermanos Tom y Barry Howe lo tenían mucho más fácil porque ellos directamente reventaban el medidor de extravagancia: dos siameses que empollaban en su cuerpo una tercera cabeza en estado de hibernación, convirtiendo en una tarea imposible para cualquier competidor intentar molar más de cara a las fotos promocionales.
La adaptación de esa novela de Brian Aldiss al formato mockumentary incluía la valentía de los actores (Luke y Harry Treadaway, gemelos en la vida real) de interpretar ellos mismos los temas de la banda en los antros más selectos de los punkis 70 británicos: Two-way Romeo.
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– Dethklok
Metalocalypse (2006-Actualidad)
Adult Swin alberga Metalocalypse, una serie animada de humor bestia («IM EATING CHIPS») protagonizada por una banda metalera que irradia un extraño carisma pasivo.
Detrás de todo estaban Brendon Small (Home movies) y Tommy Blacha, quienes no solo dieron forma a los descerebrados heavies de tinta, sino también una carrera discográfica: Deathklok publicaría tres entregas de The Dethalbum y girarían junto a Mastodon o High on Fire.
También son los culpables de que exista un videoclip en el mundo titulado Eyaculo fuego.
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– Robin Sparkles
How I met your mother 2×09, 3×16, 6×09 (2006)
Just Dance 3 (2011)
Hay que dudar mucho de la paternidad real para sentarse delante del supuesto progenitor y aguantar la narración de ocho temporadas sobre cómo tu padre se ha dedicado a perseguir culos que no eran el de tu madre. Robin Scherbatsky (Cobie Smulders) fue uno de los los intereses del pesado de Ted Mosby.
Y aquel personaje ocultaba un pasado de superestrella canadiense del pop, de nombre artístico Robin Sparkles, de viaje eterno por los corazones del consumismo interpretando un tema de clip fake ochentero: Let’s go to the mall.
La canción llegó a colarse en el juego Just Dance 3 con escenario dedicado y una Sparkles fosforita azotándose el culete como si fueran dos bongos.
El brillo purpurina de la artista no se libraría de un clásico del espectáculo: la etapa oscura, donde asesinó a Sparkles y alumbró a Robin Daggers.
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– 386 DX
(1998)
Todo lo que necesitaba Alexei Shulgin para montar un grupo era un ordenador vintage.
Configuró el aparato para que interpretara versiones de The Mamas & the Papas, Nirvana o Sex Pistols, lo asentó bajo un paraguas en las calles de Austria y le plantó un tupperware delante por si el viandante decidía dejar limosna.
En esencia convirtió la retroinformática en un intérprete virtual con un repertorio compuesto por versiones.
Shulgin hizo gira con el aparato y ofreció conciertos tan llamativos como el celebrado en la frontera entre San Diego y Tijuana, con Shulgin en el lado estadounidense y el ordenador en el mexicano.
Sí, Shulgin está como una chota, y eso es genial.
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– The Soggy Bottom Boys
O, Brother, Where Art Thou? (2000)
La película de los Coen propició un inesperado revival del bluegrass que acabó logrando que la banda sonora vendiera 7,8 millones de copias (una cantidad mayor que los DVD del film vendidos).
Dan Tyminski, uno de los cantantes encargados de interpretar los temas le dijo a su mujer «En la película verás a George Clooney pero oirás mi voz cantando» y ella contestó «Eso es lo que siempre había deseado».
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– Gorillaz
(1998-2012)
Damon Albarn (Blur) ideó junto a Jamie Hewlett (creador de Tank Girl) la que sería la banda virtual más exitosa.
Los intérpretes animados, comandados por 2D, gozaron de revestimiento con biografías salidas de madre, jugando a crear un universo propio defendido con un alud de colaboraciones (D12, Snoop Dog, Lou Reed, DeLa Soul, Jame sMurphy, André 3000, Gruff Rhys, Daley, Paul Simonon o Mos Def entre otros) con una producción discográfica de lo más interesante, y sobre todo con una serie de videoclips sobresalientes.
Para las giras y actuaciones en directo Albarn y compañía recurrían a proyecciones animadas y ofrecían un show que agotaba entradas con soltura.
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– The Weird Sisters
Harry Potter (2003-2007, novelas)
Harry Potter y el cáliz de fuego (2005, película)
En los libros son un grupo muy peludo que trae loca a la juventud de Hogwarts.
En la película una formación de fugaz aparición con Jarvis Cocker y Steve Mackey de Pulp, Jonny Greenwood y Phil Selway de Radiohead, Jason Buckle de All Seeing I y Steve Claydon.
Rebuscando en la red encontramos el clip de su actuación completa interpretando el ridículo Do the hipogriff ante groupies hechiceras, aporreando unos platillos absurdos y con el elemento menos rockero del mundo: una gaita intentando petarlo.
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– Zack Attack
Saved by the bell 3×22 (1991)
Revisitar Salvados por la campana es más doloroso de lo esperado y uno acaba por comprender por qué Mark-Paul Gosselaar terminó anidando en telefilms y Dustin Diamond rodando porno casero con un dirty sanchez como reclamo.
Pero más vergonzoso resulta descubrir que aquella apestosa tonadilla titulada Friends forever que se escondía agazapada en el subconsciente tarareándose a sí misma no había sido una pesadilla pero sí, en la más pura tradición del guionista haragán, un sueño de Zack Morris.
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– Zona catastrófica
El restaurante del fin del mundo (1980)
La guía del autoestopista galáctico observa que a Zona Catastrófica, un conjunto de rock plutónico de los Territorios Mentales Gagracácticos, se le considera generalmente no solo como el grupo de rock más ruidoso de la galaxia, sino como los productores del ruido más estrepitoso de cualquier clase.
Los habituales de conciertos estiman que el sonido más compensado se escucha en el interior de grandes bunkers de cemento a unos 17 kilómetros del escenario, mientras que los propios músicos tocan los instrumentos por control remoto desde una astronave con buenos dispositivos de aislamiento, en órbita permanente en torno al planeta, o con mayor frecuencia alrededor de otro planeta diferente.
En conjunto, las canciones son muy simples, y la mayoría sigue el tema familiar de un ser-muchacho conoce a un ser-muchacha bajo la luna plateada, que luego explota por ninguna razón convenientemente explicada.
Muchos mundos han prohibido terminantemente sus actuaciones, algunas veces por razones artísticas, pero normalmente debido a que el sistema de amplificación de sonido del grupo infringe los tratados locales de limitación de armas estratégicas.
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– Dragon Sound
Miami connection (1987)
En el 87 los moteros ninja narcotraficantes eran una plaga bastante molesta en las costas de Miami.
Pero para compensar, la humanidad tenía a mano a Dragon Sound, la banda rockera experta en artes marciales que cuando no estaba interpretando su tema Against the ninja, estaba haciendo eso mismo, pasarles zapatos por la cara a los ninjas.
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– Sex Bob-omb
Scott pilgrim (2004-2010, tebeos)
Scott Pilgrim contra el mundo (2010, película)
«We are here to make you think about death and get sad and stuff» debería de ser el grito de guerra de toda banda de garaje rock canadiense desde que Bryan Lee O’Malley lo pusiera en boca de la batera de Sex Bob-Omb en los fabulosos tebeos de Scott Pilgrim.
La conversión al cine del guitarreo salió muy bien parada: Edgar Wright, hastiado por la cutrez de las bandas ficticias en el cin,e quería que el grupo en pantalla sonase real y puso a Beck, Broken Social Scene, Metric o Dan the automator en la trastienda para crear temas dignos.
Y el resultado fue redondo como se puede comprobar (We hate you please die, probablemente el mejor título de canción de la historia).
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– Autobahn
El gran Lebowsky (1998)
Nihilistas, alemanes y con inspiración directa en Kraftwerk nada disimulada: su nombre proviene de un tema de los robots germanos.
De formación ilustre: el Flea de los Red Hot Chili Peppers, Peter Stormare y Torsten Voges.
Un único vinilo de electropop titulado Nagelbett, del que solo catamos la portada y la maldad de simular un secuestro con el dedo cortado de un personaje que interpreta otra artista del mundo real: Aimee Mann.
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– Scare Tactics
Scare Tactics (1996-1998)
Formación de viñetas con elenco de naturaleza indómita: vampira, hombre lobo, reptiliano y mutante ciclado.
La parte más graciosa fue la idea de su guionista (Len Kaminski) de grabar realmente un tema de la banda para regalar a los seguidores: contrató los servicios de un grupo real (cuyo nombre no desvela alegando que está prohibido por contrato) y acabó empaquetando cientos de casetes para que al final DC le comentase que ni los derechos de Scare Tactis eran suyos ni estaban ahí para hacer esas tonterías.
Kaminski acabó comiéndose la montaña de cintas.
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The Oneders (rebautizados como The Wonders)
The Wonders (1996)
Tom Hanks dirigió una película sobre una banda one-hit-wonder y consiguió el mismo efecto que los one-hit-wonders: expandir la canción culpable de todo como si fuera la peste y que todos acabáramos asqueados del cansino That thing you do!.
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– Figrin D’an and the Modal Nodes
Star Wars (1977)
Coloquialmente conocidos como la Cantina band con su tema Cantina band (renombrado como Mad about me en las novelas paralelas).
Ningún otro grupo de ficción ha conseguido cosechar tanto éxito y perversiones de la original, con un tema completamente instrumental compuesto (aproximadamente) en el 3.643 Antes de la Batalla de Yavin.
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– Cold Slither
G.I.Joe (1985)
Es fácil señalar el momento en que G.I.Joe decidió saltar el tiburón: cuando la organización Cobra, apurada por las deudas, decidió montar su propia banda de rock: Cold Slither.
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– Stillwater
Casi famosos (2000)
(No confundir con los Stillwater reales)
Cameron Crowe tiró de los recuerdos de su etapa como periodista para Rolling Stone persiguiendo los talones de Led Zeppelin, The Allmanbrothers Band, Lynyrd Skynrd o The Eagles y se embarcó en un tour en bus con Jason Lee.
Construyó la banda ficticia con la obsesión de hacerla absolutamente creíble y el resto es historia: ¡SOY UN DIOS DORADO!
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– Timmy And The Lords of the Underworld / Faith +1
South Park 4×03, 7×09 (2000,2003)
Rock Band (2007)
Pocos registros vocales pueden plantarle cara a la asombrosa capacidad de mutar y revolverse de las armonías que Timmy era capaz de regurgitar.
The Lords of the Underworld lo vieron claro y reclutaron al chiquillo en su seno para ira y rabia de Phil Collins.
El temazo se publicó como single y apareció como bonus track en el aporrea-botones Rock band.
Del mismo pueblecillo de Timmy era natural Cartman, creador del grupo cristiano Faith+1, con un ilustre método de composición consistente en agarrar canciones poperas de éxito e introducir un «Jesus» de tanto en tanto.
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– Milli Vanilli
(1988-1998)
Versión cárnica del artista virtual. Descubiertos por Frank Farian en Munich, Fab Morvan y Rob Pilatus fueron contratados para simular que eran los verdaderos intérpretes de temas que realmente cantaban Charles Shaw, John Davis y Brad Howell, a quienes Farian descartaría por feos.
Su Girl you know it’s true fue un bombazo pero, tras una actuación accidentada con el playback yéndose de cañas y chivatazos de los verdaderos cantantes a los medios, Farian acabó confesando el engaño y la carrera de Milli Vanilli se desintegró con la misma rapidez con la que se les pidió que devolvieran el Grammy de 1990.
Farian lanzó entonces The real Milli Vanilli, mostrando a los verdaderos intérpretes en portada y fichando entre ellos a un clon de los Vanilli falsos para abrillantar un poco la foto de grupo.
Morvan y Pilatus prepararían un segundo advenimiento, pero Pilatus, tras pasar por prisión, delinquir lo suyo y zambullirse en la droga aparecería muerto y aquel álbum (Back for action) no llegaría a publicarse. Milli Vanilli fueron reales a medias y no andan alejados de otras empresas que proponen maniquís de cara al público con artistas en la sombra.
Realmente tampoco hay mucha diferencia con el Justin Bieber que bailotea (y vomita) sobre las tablas mientras en la trastienda tiene el Autotune rebosándole por las orejas.
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– GLaDOS
Portal (2007)
Saliéndonos del concepto de banda y entrando en el terreno del cantautor. Portal venía como añadido en una caja naranja llena de juegos, y resultó ser lo más interesante de ella.
El reto parecía un pequeño puzle, pero acaba retorciendo toda la narrativa de los juegos amparándose en un gadget genial capaz de crear portales conectados y en uno de los más brillantes antagonistas: GLaDOS, inteligencia artificial maquiavélica que jugaba con el propio jugador y prometía tarta.
La sorpresa de Portal ocurría durante los créditos finales en forma de canción, inesperada y descacharrante, interpretada por la propia GLaDOS: el maravilloso Still alive, o la forma más creativa y menos molesta de cerrar con un «continuará».
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– Wyld Stallyns
Bill & Ted excellent adventures (1989)
Bill & Ted bogus journey (1991)
La carrera de Wyld Stallyns comenzó de manera descerebrada y poco prometedora, viajó en el tiempo en una cabina de teléfonos y terminó con la alineación soñada por cualquiera: aquella que incluía un alienígena, dos robots y a la propia Muerte.
Mucho cuidado, que traerían la paz y armonía al mundo.
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– Jem and The Holograms
Jem (1985-1988)
Jerrica Benton es a Jem lo que Bruce Wayne a Batman, la identidad real de alguien que tiene que ocultar su vocación y una selección de vestuario cuestionable.
Escudándose en la saludable suspensión de la credulidad que ofrecen los dibujos animados, Jerrica utilizaba la tecnología holográfica de sus pendientes para convertirse en frontwoman del grupo Jem and The Holograms, y también para saturar su puesta en escena de FX fucsias.
Una de las bandas rivales se hacía llamar The Misfits, pero desgraciadamente no lucían una cascada de pelo grasiento descendiendo por la cara ni maquillaje cadavérico de horror punk.
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– Hedwig and The Angry Inch
Hedwig and the Angry Inch (2001)
Hedwig and the angry inch es un musical, que hacía gira por pubs, convertido en película. Hedwig es una cantante transexual que entre las piernas tiene más o menos lo mismo que una Barbie.
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– Hatsune Miku
Vocaloid 2 (2007)
Yamaha Corporation desarrolló un sintetizador de voz llamado Vocaloid, donde el usuario introducía una melodía y la letra de la canción y el software se encargaba de cantar.
Los packs de voces los proporcionaban otras compañías, y una de ellas (Crypton future media) se encargó de construir uno a partir de sampleados de la actriz Saki Fujita, creando a la intérprete virtual Hatsune Miku, cuya imagen acabaría decorando la portada de un Vocaloid 2.
Un tema (Ievan polkka) se propagaría rápidamente por internet y pronto aparecerían cientos de creaciones de otros usuarios.
De repente aparecería una fanbase bestial que aportaba miles de ilustraciones sobre la diva, diseñaba su vestuario, construía un universo alrededor de su figura e incluso creaba un programa (Miku Miku Dance) para confeccionar coreografías animadas.
El éxito de Miku fue tan salvaje en Japón como para ofrecer espectáculos en directo, y su imagen tendría tanta fuerza como para protagonizar todo tipo de campañas promocionales potentes.
Miku se convertía en la pop idol virtual definitiva, creada por los fans en lugar de para los fans.
Bonus Points: Hatsune Miku versioneando a otro integrante de esta lista: GLaDOS y su Still alive.
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– Sid Knishes and his Mosh Pit-tatoes / Nine Inch Snails
Muppets Tonight (1996-1998)
Sí, The Muppet Show tenía a la estupenda formación de Dr Teeth and the Electric Mayhem, pero el Muppets Tonight de vida efímera que apareció en los 90 ocultaba entre sus habitaciones dos brevísimas actuaciones estelares: la agónica interpretación (con ese «The shell is my cell» fabuloso) de los Nine Inch Snails, la versión caracol del grupo industrial de Trent Reznor, y por otro lado a Sid Knishes and his Mosh Pit-tatoes, el mejor grupo punkarra formado por patatas que jamás ha existido.
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El calendario a lo largo de la historia: Creación y evolución…

sobrehistoria.com — Calendario proviene del latín calendarium , el libro de cuentas donde se registraban las deudas pagadas por los romanos el primer día del mes, las calendae.
Sin embargo, el calendario derivó en la herramienta para medir los días y los años dado que cada civilización ha sentido la necesidad de medir el tiempo y la base más segura para hacerlo fue el movimiento de las estrellas y los planetas, especialmente el Sol y la Luna.
A pesar de ello, fueron varios los calendarios concebidos hasta llegar al que todos conocemos actualmente así que os ofrecemos ahora la información sobre el calendario a lo largo de la historia: creación y evolución.
Los egipcios tenían un calendario solar; los sumerios y otros pueblos, como los hebreos , se basaban en cambio en los ciclos lunares. Las partes del año variaban en número, por lo tanto en duración, y a menudo estaban vinculadas a ciclos naturales.
En Egipto se distinguían así tres estaciones, ligadas a las fases de inundación del Nilo ya las cosechas. El carácter egipcio solía significar «año», el tallo de una hoja de palma simbolizaba la inundación anual.
Tanto el calendario lunar como el solar no coincidían con la duración real del año solar. Preveían, por tanto, «meses intercalados», es decir, más, suplementarios, para compensar el retraso del calendario.

– El calendario de los romanos antes de Julio Cesar
En el calendario utilizado por los romanos hasta la época de Julio César , el año se dividía en 12 meses lunares y su duración era de 355 días.
De esta forma se atrasaba unos 11 días con respecto al año solar (cuya duración media de 365 días, 5 horas, 48 minutos, 46 segundos, no corresponde a un número entero de días); por lo tanto, se agregó cada dos años un «mes intercalado» de 22 días.
Pero incluso con este recurso, la duración del año no era exacta; por lo tanto, con el pasar de los siglos hubo un serio desencuentro entre las fechas del calendario y los eventos estacionales; por lo tanto, era necesaria una corrección.

– El calendario Juliano introducido por Julio Cesar
En el calendario juliano introducido por Julio César en el 46-45 a.C., se consideraba que el año solar tenía 365 días y 6 horas, por lo que el año civil (compuesto por un número entero de días) se fijó en 365 días, estableciéndose sin embargo en añadir un día cada cuatro años.
De esta forma se compensó la diferencia de seis horas menos que en el año natural.
Después de tres años comunes de 365 días, hubo un año bisiesto de 366 días (el día extra se atribuyó al mes de febrero).
– El por qué de la reforma del calendario juliano
El valor del año solar adoptado en el calendario juliano era ligeramente superior al real y la diferencia (11 minutos y 14 segundos) se hizo sentir a lo largo de los siglos: hacia mediados del siglo XVI, el retorno real del sol al equinoccio vernal ocurrió el 11 de marzo en lugar del 21 de marzo, que siempre se consideró como el comienzo civil de la temporada de primavera.
Esta fuerte brecha suscitó una particular preocupación en Gregorio XIII , papa de 1572 a 1585: si el calendario juliano hubiera permanecido en uso, la Pascua habría terminado celebrándose en el verano.
Para evitar este inconveniente, el Papa Gregorio XIII convocó una comisión especial, integrada por ilustres astrónomos, matemáticos y eclesiásticos, a quienes encomendó la tarea de reformar el calendario juliano.
La solución, sin embargo, la encontró Luigi Giglio , un médico de Cirò (Catanzaro), que ideó un ingenioso proyecto de reforma introducido en 1582.
– El calendario Gregoriano
El nuevo calendario gregoriano, que entró en vigor el 15 de octubre de 1582, en principio, representa simplemente una versión ligeramente modificada del calendario juliano.
Con la «Reforma Gregoriana» se dispuso en primer lugar eliminar la diferencia de 10 días que ya existía entre el año civil y el año solar, y así del 4 de octubre de 1582 saltó directamente al 15 de octubre de 1582.
Además, para evitar la repetición del error, se estableció que entre los años seculares (todos bisiestos en el calendario juliano) sólo se consideraran bisiestos aquellos en los que el conjunto de cifras que preceden a los dos ceros es divisible por 4: así, si bien fue bisiesto el 1600 y el 2400 también lo serán, el 1700, el 1800, el 1900 no lo fueron.
El calendario gregoriano, además de estar dividido en meses, está compuesto por semanas que tienen una duración casi igual a las fases lunares. Cuenta los años desde el nacimiento de Cristo (era cristiana).
Sin embargo, los cambios introducidos en el calendario con la Reforma Gregoriana suscitaron una serie de animadas controversias entre los científicos de la época, muchos de los cuales no estaban convencidos de que el sistema gregoriano representara una alternativa válida al método ya en uso para la construcción del calendario.
La controversia, sin embargo, no fue solo académica sino también religiosa. Gregorio XIII fue un vigoroso partidario de la Contrarreforma y pueblos de diferentes creencias religiosas, como los protestantes, rechazaron el nuevo calendario como un plan del Papa para volver a poner a los cristianos rebeldes bajo la jurisdicción de Roma.
Habiendo superado las objeciones y contrastes iniciales, el calendario gregoriano ahora se adopta casi universalmente; algunos pueblos, sin embargo, utilizan otros calendarios, como el juliano (utilizado hasta hace poco por los ortodoxos), el musulmán y el judío.

– El calendario musulmán
El calendario musulmán se basa en el mes lunar y tiene años de 354 o 355 días. La era mahometana ( Hégira ) comienza a partir de la fecha de la huida de Mahoma de La Meca a Medina, que tuvo lugar el 16 de julio de 622 d.C.
– El calendario judío
El calendario judío también se basa en el mes lunar, pero está diseñado para no retrasarse demasiado con respecto al año solar. Se parte de la supuesta fecha de la creación del mundo ( Annus Mundi ), que debería corresponder al 3761 a.C.
– El calendario mundial o universal
El calendario gregoriano funcionará bien hasta el 4317 dC; entonces será necesario idear algún sistema para remediar un pequeño excedente del año civil sobre el año solar.
Por ello y para eliminar otros defectos inherentes a nuestro calendario (cambio en los distintos años del nombre del día correspondiente a la misma fecha, comienzo de año no coincidente con el comienzo de una estación, movilidad de la fecha de muchos religiosos fiestas, etc.) se está pensando en una reforma moderna que conducirá al establecimiento de un calendario universal (también llamado «mundial»).
Una propuesta que ha recibido mucho aprecio de la «Unión Astronómica Internacional» considera el año dividido en 52 semanas, con 4 cuartos de 91 días -compuesto por tres meses de 31 días, 30 días, 30 días- y con el domingo al inicio de cada cuarto.
Quedarían 1 ó 2 días al año como días «blancos» (es decir, sin denominación, fuera del ciclo semanal), según se trate de un año común o bisiesto.
El año y cada trimestre comenzarían así siempre en domingo y se evitarían los molestos cálculos del ciclo semanal derivados de la diferente duración de los meses.
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«El médico de los presidentes argentinos»…

Historia Hoy(O.L.Mato) — Roque Sáenz Peña murió el 9 de agosto de 1914, dos años antes de terminar su mandato. Desde el momento de la asunción como presidente, su salud no era buena, pero la misma empeoró sensiblemente a partir del año 1913. El doctor Luis Güemes lo acompañó en sus momentos finales.
Luis Güemes (1856 – 1927) fue sin duda uno de los clínicos más destacados de su tiempo. Nieto del prócer, el doctor Güemes, nació en Salta en 1856. Se graduó en la facultad de Buenos Aires en 1879 con una tesis sobre Medicina Moral. Dos años más tarde partió hacia París donde realizó nuevamente la carrera a lo largo de seis años consecutivos. Es quizás el único caso en la historia nacional en que dos veces se sometió voluntariamente a los extensos avatares de la carrera médica. Entonces, su tesis fue menos lírica, versó sobre la Hemato Salpingitis.
A lo largo de sus años en Francia conoció a Jean-Martin Charcot –el maestro de Sigmund Freud–, a Joseph Babinski y a George Dieulafoy –el mismo que le recomendó a Mitre los baños terapéuticos por sus derrames articulares–. Volvió al país en 1888 y desde entonces se convirtió en una figura consular como docente de clínica médica y académico.
En 1907 fue elegido senador por Salta. En el seno de la Cámara Alta, también tuvo una destacada actuación. Fue decano de la Facultad de Medicina a partir de 1912 y a pedido de sus colegas se resolvió dar su nombre a la Sala de Clínica Médica del Hospital de Clínicas donde había actuado.
Fue el árbitro de los diagnósticos difíciles y médico de los casos comprometidos. Nicolás Avellaneda le regaló un reloj de oro por los servicios prestados y el presidente Quintana le obsequió un hermoso escritorio Luis XIV. Además de atender a Roca por su insuficiencia cardíaca, fue consultado por Juárez Celman y Luis, Roque Sáenz Peña y Bartolomé Mitre. A todos ellos acompañó en sus últimos momentos.
Hombre distinguido, humilde, simpático y sin jactancia fue sin duda alguna, el médico de los presidentes argentinos.
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¿Cómo era el mundo vegetal antes que el ser humano le metiese mano?

Historias de la historia(J.Sanz) — Con la Revolución Neolítica se produce la primera transformación radical de la forma de vida de la humanidad pasando de ser nómada a sedentaria y de tener una economía recolectora (caza, pesca y recolección) a productora (agricultura y ganadería).
El desarrollo de la agricultura y ganadería permitieron que se desarrollasen los primeros núcleos de población estables y la construcción de estructuras que permitiesen la vida en comunidad. Esta revolución agrícola conlleva, además de la «domesticación» del mundo vegetal y animal, la manipulación de las especies para adecuarlas al consumo humano.
De hecho, las frutas y verduras que compramos en las fruterías o supermercados no se parecen prácticamente nada a las que cultivaron nuestros antepasados hace miles de años.
Por ejemplo, la banana silvestre se cultivó por primera vez hace 7.000 años en Papúa Nueva Guinea y contenía en su interior una semillas duras y grandes y su color era mucho más verdoso que el de ahora. A día de hoy, los plátanos han sido manipulados genéticamente y el resultado es una fruta con semillas imperceptibles, mejor sabor, más nutrientes y un color mucho más llamativo.

Las sandías, que tienen su origen en África, se convirtieron en un alimento muy común a partir de 1600. El aspecto que tenían entonces era muy distinto de las actuales. Su interior era verde y con unas semillas más grandes. Hoy, las sandías tienen un aspecto mucho más fresco y jugoso, y su interior ha pasado a ser de color rojo.

En el terreno de las verduras, las berenjenas son las que más han evolucionado de forma y color. Y es que a lo largo de toda su historia, han sido blancas, azules, celestes, moradas y amarillas.
Las primeras se cultivaron en China y África y, además, tenían espinas. Y, poco a poco, este cultivo se ha deshecho de las espinas y se ha transformado en la verdura grande y morada con la que nos encontramos en los supermercados.

El maíz amarillo y jugoso que podemos encontrar en las fruterías poco tiene que ver con aquella planta verde y seca, de apariencia poco comestible, que se cultivó por primera vez en el año 7.000 a.C.
La domesticación del maíz la pusieron en marcha los pobladores de Centroamérica –posiblemente los mayas– a partir del teosinte (es la foto del antes).
A Europa ya se trajo la variedad de granos en mazorca y hubo que adaptar su cultivo y su consumo, porque era el responsable de una enfermedad llamada pelagra.

Como ejemplo más radical, las zanahorias. Las primeras que se conocen se cultivaron en el siglo X en Persia y Asia menor. Originalmente deberían haber sido moradas o blancas, con una raíz fina y bifurcada, pero con el paso del tiempo perdieron el pigmento púrpura y se tornaron amarillas.
Los humanos trabajaron en estas finas y blancas raíces y, a través de cambios genéticos y químicos, las convirtieron en las zanahorias grandes y naranjas de hoy.

Así que, la próxima vez que alguien te diga que no deberíamos comer alimentos que han sido modificados genéticamente, puedes decirle que ya lo estamos haciendo.
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La muerte de Gengis Kan…

Historia Hoy(O.L.Mato) — Gengis Kan fundó el imperio más extenso de los que han existido en la historia. Bajo su mando se unieron las tribus mongoles y se extendieron por Asia, Medio Oriente hasta llegar a Europa. Temuyín o Temüdyin (tal su nombre) falleció el 18 de agosto del año 1227, pero sus genes siguen entre nosotros.
Nadie está seguro sobre cuál fue la causa de la muerte de Gengis Kan. La versión más difundida dice que murió al caer de su caballo, cosa muy poco probable en un hombre que pasó su vida cabalgando. Otros dicen que fue una herida de guerra que lo llevó al más allá. Hay quienes hablan de tifus, entonces una afección muy difundida. Por último, no falta quién afirma que fue apuñalado por una de sus 36 concubinas.
La leyenda dice que para mantener el secreto sobre la necrópolis que lo habría de albergar por la eternidad fueron asesinados sus constructores primero y todos aquellos que asistieron al entierro. El secreto fue muy bien cuidado, porque a la fecha se desconoce su ubicación. Albert Yu Min Lin, científico de la Universidad de San Diego está abocado a la búsqueda satelital del enterratorio en algún lugar de Mongolia.
Probablemente, la tumba del gran Kan se encuentra en un sitio llamado Batshireet a 300 kilómetros de Ulan Bator. Allí espera que nadie perturbe su sueño, junto a 40 doncellas y 40 caballos. Para asegurarse que así sea, su enterratorio está custodiado por miles de víboras que han dificultado hasta ahora el trabajo de los investigadores.
Según estudios de la Universidad de Oxford del año 2003, casi 16 millones de personas comparten el mismo cromosoma Y de este líder, al que bien podemos considerar el macho alfa de la familia.
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Biografía e ideas principales del psicólogo Lawrence Kohlberg…

La mente maravillosa(G.Redondo) — La formación del juicio moral es un tema muy estudiado por la psicología del siglo pasado. Dentro de este campo destaca la teoría de Lawrence Kohlberg, la cual gira en torno a los estudios de Jean Piaget y propone razonar para resolver dilemas que nos resultan comprometedores.
De acuerdo con este psicólogo, existen seis etapas invariantes y universales sobre la moralidad. Pero antes de pasar a explicar sus postulados, acompáñanos a conocer sobre su vida.
– Lawrence Kohlberg: biografía y trayectoria
Este psicólogo nació en Bronxville, Nueva York, el 25 de octubre de 1927, en el seno de una familia judía de origen alemán. Era el menor de cuatro hermanos. Sus padres se separaron cuando él tenía cuatro años. Por ello, durante su niñez, convivió bajo la custodia compartida de sus padres. En 1938 esta llegó a su fin y los hijos pudieron elegir con quién querían vivir. Los dos mayores se quedaron con la madre y los dos menores (incluyendo a Lawrence) con el papá.
Estudió los años de instituto en la Academia Phillips en Massachusetts. Posteriormente, sirvió en la Marina Mercante durante la fase final de la Segunda Guerra Mundial.
También trabajó por poco tiempo en un barco que rescataba judíos refugiados en Rumanía y los llevaba a Palestina. Durante este último periodo, el gobierno británico detuvo a Kohlberg y lo mandó a un campo de concentración en Chipre. Por fortuna, el joven logró escapar. Después, se quedó en Palestina algunos años, donde se manifestaba de forma no violenta por los derechos de Israel.
. Formación académica y profesional
En 1948 vuelve a Estados Unidos a cursar estudios superiores en la Universidad de Chicago; allí obtiene el Bachelor of Arts. Y empezó a investigar para su tesis doctoral, basándose en los trabajos de Jean Piaget sobre el desarrollo cognitivo en la infancia. Ya en esta época le interesaba la psicología evolutiva y el desarrollo moral.
Su primera experiencia como docente fue en la Universidad de Yale, siendo asistente en psicología, lo cual mantuvo hasta 1961. En 1968, consigue el puesto de profesor de Educación y Psicología Social en la Universidad de Harvard. Es en esta prestigiosa institución en la que permanece hasta su fallecimiento en 1987.
. ¿Cómo murió Lawrence Kohlberg?
Un hecho que marcó su vida adulta se produce en 1971 en Belice. Kohlberg sufrió una infección por un parásito que le provocó múltiples molestias físicas. Esto fue un factor que propició que el psicólogo sufriese una depresión profunda, desencadenando su muerte prematura a la edad de 59 años, según a través del suicidio.
A pesar de este final trágico, la trayectoria teórica y de investigación de Lawrence Kohlberg es una de las más influyentes en el ámbito de la psicología. Tanto así que, un siglo más tarde, es uno de los autores más relevantes y estudiados en todas las facultades de la disciplina.
– Teoría del desarrollo moral

Como ya adelantamos, el principal ámbito de estudio de Kohlberg fue el desarrollo moral en los seres humanos.
Fundamentándose en los estudios de Piaget, concibió este hito como un proceso que transita por varias fases de mayor complejidad.
Algo novedoso es que en sus investigaciones utilizó el razonamiento moral, orientado a conocer la estructura del pensamiento.
Él presentaba a las personas dilemas, o conflictos de decisión, y clasificaba las respuestas obtenidas.
Los dilemas morales consisten en pequeñas narraciones en las que el protagonista se encuentra en una situación comprometida, debido a que tiene que escoger entre dos alternativas equiparables.
Conforme a Kohlberg, para que establezcamos nuestros principios morales es necesario que primero experimentemos un conflicto cognitivo que ponga en jaque los razonamientos antes sostenidos. Así, a través de dichos conflictos, uno desarrolla sus propios juicios.
Con este método describió seis etapas que corresponden a tres niveles de razonamiento moral. La secuencia es invariante, y la progresión es universal. A través de estudios transculturales, Kohlberg comprobó que todas las personas presentan el mismo proceso. Enseguida detallamos las fases.
1. Nivel preconvencional
El primer nivel que propone Lawrence Kohlberg comprende la edad de 4 a 10 años. Coincide con el pensamiento egocéntrico del niño (según la teoría del desarrollo de Piaget). Además, la etapa preconvencional se divide en las siguientes fases:
. Estadio I: moralidad heterónoma
Lo que guía la moral es evitar el castigo. Es decir, el niño es obediente no porque sienta que deba serlo, sino por temor al castigo.
. Estadio II: individualismo e intercambio
Conocido como relativismo instrumental, solo se siguen las reglas que benefician el propio interés y se respetan los acuerdos, siempre que exista una reciprocidad. El clásico «si tú te portas bien conmigo, yo me porto bien contigo».
2. Nivel convencional
Aparece entre los 10 – 13 años. El adolescente construye relaciones sociales más complejas y abandona el egocentrismo anterior. También abarca dos etapas.
. Estadio III: expectativas interpersonales
La moralidad se vive de acuerdo con lo que esperan personas significativas. Por ejemplo: «No se debe robar, porque mi mamá dice que los niños buenos no roban».
. Estadio IV: orden social
Lo que prima es la responsabilidad social, no solo con otras personas, sino con la sociedad en su conjunto. Las leyes existen para cumplirse.

3. Nivel postconvencional
El tercer y último nivel de Kohlberg es el más avanzado y aparece a partir de la adolescencia, la edad adulta temprana o puede que nunca se llegue a este (depende de la persona). Engloba estos ciclos:
Estadio V: orientación al contrato social
La moral está guiada por la ley que acepta la mayoría de la gente. Las reglas se consideran propias de cada grupo social, fundamentadas en el sistema de valores, y las mismas se deben cumplir por ser un pacto establecido entre todos.
Estadio VI: principios éticos universales
A este último estadio solo unos pocos llegan y es el más complejo. El individuo crea sus propios principios éticos que son compresivos, racionales y universales. La persona es capaz de construir sus juicios acordes a cómo cree que la sociedad debería ser, y no como esta se le impone.
– Los aportes de Kohlberg son relevantes en la educación actual
Lawrence Kohlberg es una figura clave en la historia de la psicología y en la educación y la enseñanza formal. Al respecto, una publicación de la Revista Española de Pedagogía señala que él concebía a los alumnos como autónomos y reflexivos. Es decir, con la capacidad de formarse sus propios juicios, la cual deben estimular los profesores, en lugar de adoctrinarles en unos valores determinados.
Por último, a través de sus postulados, destaca que la verdadera influencia de un psicólogo se evidencia cuando la teoría se lleva a la práctica. Y eso es algo que no dudó en aplicar para entender un poco más los misterios de la psique humana.
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Explicación del modelo atómico de Demócrito…

La mente es maravillosa(J.rojas) — Demócrito de Abdera fue un filósofo griego reconocido por formular el primer modelo atómico. Esta propuesta, en sus inicios filosófica, ha sido fundamental para el desarrollo de la ciencia moderna y contemporánea.
Los modelos atómicos son representaciones que dan cuenta de la estructura de los átomos. En la actualidad, tenemos clara la complejidad que involucran estas pequeñas partículas gracias a los experimentos científicos realizados a partir del siglo XIX.
Sin embargo, Demócrito fue el iniciador de tal teoría que, aunque muy especulativa, mística y sin evidencia empírica, sentó las bases para su posterior desarrollo y sació las necesidades de su época.
– ¿Cómo surgió el modelo atómico de Demócrito?
El atomismo de Demócrito (siglo V a. C.) nace como una respuesta a la aparente incompatibilidad entre «ser» y «no-ser» que propuso Parménides de Elea. La teoría del intelectual de Abdera señala que el «ser» es uno, no generado, eterno, inmóvil e incorruptible.
No obstante, estas características excluyen el «no-ser», identificado con el cambio y movimiento que percibimos del mundo que nos rodea. Entonces, ¿cómo explicar el devenir de nuestra realidad si el «no-ser» es inadmisible?
Es aquí en donde la figura de Demócrito aparece para dar una solución al problema. De acuerdo con su esquema, que constituye la continuación de lo enseñado por su mentor, Leucipo, nuestra realidad está conformada por una infinita cantidad de átomos que, al unirse, forman las cosas que nos rodean.
La novedad que introduce este filósofo es el concepto de vacío que representa al «no-ser». Y dicho vacío es el espacio en el que los átomos se mueven, permitiendo la generación y corrupción de las cosas. Esto significa que el «no-ser» en la teoría atomista existe, pues al dejar que los átomos se muevan cumple una función específica y esencial.
– Principales características
El atomismo fue el intento final y más provechoso de salvaguardar la realidad del mundo físico. Esto contempló no negar que nuestro mundo es cambiante y lo componen una multiplicidad de cosas en constante transformación.
Para ello, Demócrito postuló los conceptos de átomo, vacío, movimiento, azar y necesidad, para responder a las siguientes preguntas: ¿cómo se origina la materia? ¿Cómo explicar que las cosas se transforman a lo largo del tiempo? ¿Cuál fue el origen del universo? Veámoslo en detalle.

. Átomo
El elemento fundamental del modelo atómico de Demócrito es el átomo, que constituye las partículas más pequeñas que existen de la materia. El término proviene del latín atŏmus que significa ‘sin’ (a) y ‘división’ (tŏmus). Por lo tanto, un par de traducciones apropiadas de la palabra son «sin división» e «indivisible».
Asimismo, estas pequeñas partículas son infinitas en cantidad y forma. Cuando se agrupan, crean las cosas materiales que percibimos a través de nuestros sentidos.
Por lo tanto, se trata de elementos indestructibles, indivisibles, de tamaño microscópico, inmutables e imperecederos. Todas estas propiedades los convierten en elementos perfectos para satisfacer las necesidades del ser parmenídeo. Por eso, Demócrito considera que estas pequeñas partículas representan, cada una de ellas, el Uno (o único ser) de Parménides.
. Movimiento
Los antiguos griegos eran unos incesantes investigadores sobre el origen del universo. Por supuesto, Demócrito de Abdera no escapó de esta búsqueda. Su esquema traía consigo una interpretación sobre cómo se generó el mundo en el que vivimos. Esta perspectiva indica que el cosmos surgió a partir del movimiento de los átomos en el vacío.
En ese marco, él sostuvo que, por causa y efecto de las colisiones y choques de estas pequeñas partículas entre sí, se produjo un torbellino originario, caracterizado por su movimiento desordenado e irregular.
Pero esto no era más que una especulación sobre el origen del universo que se enmarca en esta teoría atomista. Varios filósofos, entre ellos Aristóteles y Simplicio, creyeron que se trataba de un movimiento azaroso y sin una estructura determinada.
. Azar y necesidad
Los conceptos de azar y necesidad son importantes en el modelo atómico de Demócrito, porque explican el devenir del universo. El filósofo consideraba que «todo lo que ocurre en este mundo se debe al azar y la necesidad».
¿Qué quiso decir? Pues bien, las cosas que suceden en el mundo están determinadas según leyes inevitables; lo que recibe el nombre de necesidad, ya que no podrían ocurrir de otro modo.
Sin embargo, en la propuesta de Demócrito el azar tiene un lugar y es interpretado como aquello que es impredecible y fortuito.
En este sentido, las interacciones que los átomos realizan entre sí obedecen a leyes naturales y principios inmutables, en consecuencia, ocurren con necesidad. Mientras que hay otras que son del orden de lo azaroso, como por ejemplo la direccionalidad de las partículas en el espacio vacío. De ahí que su movimiento sea irregular y desordenado, debido a que no obedece a ningún principio natural.

– Debates en torno al atomismo de Demócrito
Aristóteles fue el principal filósofo que debatió la teoría del pensador de Abdera, sobre todo en relación con el concepto de azar, casualidad y origen del cosmos. Recordemos que el atomismo de Demócrito consideraba que el mundo surgió a causa del movimiento de los átomos en el vacío.
Contrario a ello, el pensamiento aristotélico sostuvo que el movimiento originario de los átomos en el vacío no pudo ser producto del azar o la casualidad. Más bien, consideraba que la inteligencia y la naturaleza serían las causas primordiales. Esto es lo que se conoce como teleología, es decir, la existencia de propósitos y finalidades inmanentes a las cosas.
Asimismo, esta postura objetaba la idea de que los átomos y el vacío pudieran explicar el cambio que observamos en el mundo. En cambio, exponía que la transformación de las cosas requería una explicación más descriptiva que la simple interacción de las partículas indivisibles.
Al final, Aristóteles se preguntaba cómo era posible concebir un mundo material compuesto por átomos indivisibles y, aun así, que los mismos se separen dando lugar al cambio y movimiento. Desde su perspectiva, el atomismo reflejaba serias contradicciones para sostener el origen del movimiento originario y la transformación de la materia.
– Evolución de la teoría del átomo a partir de Demócrito

El modelo atómico de Demócrito sobrevivió hasta finales del siglo XVIII, momento en el cual se produce una renovación de la filosofía natural. Se suma a ello la revolución científica de la época moderna. La misma rescató el concepto de átomo por medio de nuevos esquemas que enseguida presentamos:
- Atomismo de John Dalton: formulado entre los años 1803 y 1808, fue la primera teoría atomista asentada sobre bases científicas. La misma sostenía el carácter indivisible e indestructible de los átomos, pero aplicado a la química y no a la cosmología.
- Atomismo de Joseph Thomson: propuesto en 1897, añadió el descubrimiento del electrón, una partícula subatómica de carga negativa. Además, asignó a los átomos la propiedad de la divisibilidad, contraria a la propuesta de Demócrito.
- Atomismo de Ernest Rutherford: en 1911 este físico y químico británico halló el núcleo atómico, alrededor del cual orbitan los electrones de carga negativa. También enunció que la mayor parte del volumen del átomo es el espacio vacío.
- Atomismo de Niels Bohr: en 1913 él descubre que los electrones que componen el átomo giran en orbitales. Cada uno de ellos se caracteriza por poseer un nivel energético específico. Esto sentó las bases para el desarrollo de la mecánica cuántica.
– El modelo que contribuyó a la ciencia contemporánea
Con base en la idea de que las cosas que nos rodean están compuestas por átomos que se mueven en el espacio vacío, la teoría atómica de Demócrito marcó un hito en la historia de la ciencia. Tanto fue así que durante la época contemporánea varios conceptos usados por él siguieron en uso.
Así surgieron nuevas propuestas, esta vez fundamentadas mediante experimentos científicos en el área de la física y la química. Y aparecieron las teorías de Dalton, Thomson, Rutherford y Bohr. Cada uno de ellos contribuyó al desarrollo de la ciencia de nuestros tiempos.
nuestras charlas nocturnas.
La muerte de Rodolfo Valentino…

Historia Hoy(O.L.Mato) — Rodolfo Valentino tuvo la buena fortuna de morir en el momento adecuado. De haberlo hecho 10 años más tarde su impecable figura en blanco y negro se hubiese desfigurado por su voz aflautada y el pesado acento italiano. Esta es la historia de la primera estrella mediática en despertar las histerias de sus fans, convertido en el primer sex symbol de la pantalla grande.
Nadie lo recuerda como Rodolfo Alfonso Raffaello Pierre Filibert Guglielmi di Valentina d’Antonguolla (1895 – 1926) a este actor italiano, que tentó fortuna en los Estados Unidos, después de haber perdido en París el poco dinero que su madre le había dado.
Rodolfo Valentino llegó a New York en 1913 sin saber una palabra de inglés. Allí hizo los trabajos más dispares (aún la de gigoló), con poca suerte. Y conoció a la señora Blanca Elena Errázuriz Vergara, acaudalada heredera de una familia chilena, casada con John Saulles, un destacado empresario y jugador de polo y fútbol Americano.
Nunca quedó claro si fue por Valentino que Blanca se divorció, aunque el joven Rudolph (como ya se hacía llamar) quedó envuelto en la escandalosa separación signada por cruzadas acusaciones de adulterio y el asesinato de Mr. Saulles por una atribulada Blanca.
Para dejar atrás su vínculo con Marta, Rudolph (después de estar preso en New York) viajó a Hollywood, donde cambió su nombre a Valentino, un nombre más fácil de pronunciar que su apellido original.

Rudolph ya tenía planes para convertirse en un actor exitoso y dio el primer paso al casarse con Jean Acker. Las peleas y amenazas terminaron en divorcio al mes escaso de haber contraído matrimonio. Natacha Rambova tuvo más suerte (aunque no mucha más suerte) ya que solo duraron pocos meses. Al incumplir la ley de California que obligaba a esperar un año entre divorcio y nuevas nupcias, Rudolph pasó tres días en prisión por bigamia.
De la mano de Norman Kerry probó suerte en el cine, que prometía convertirse en un entretenimiento masivo y, por lo tanto, vehículo de las pulsiones más primarias de la condición humana.
Valentino se convirtió en un símbolo sexual, un seductor nato, el amante latino. Rodolph representaba la estética mediterránea, a diferencia de Douglas Fairbanks, el prototipo sajón. June Mathis lo eligió como protagonista de los Los cuatro jinetes del Apocalipsis, donde personifica a un estanciero argentino que baila un tango estremecedor.
El éxito lo catapultó a la fama (el guion era del español Vicente Blasco Ibañez, que había pasado varios años en Argentina). Le sucedieron The Sheik, The son of the Sheik, Sangre y arena (También con el guión de Ibañez).
Con su esposa Rambova hizo giras bailando por distintas ciudades de Estados Unidos, espectáculo que le permitió ganar fortunas.

Valentino entendió rápidamente la mecánica del Show bussiness: todo podía venderse. Con el fin de lograr más réditos, escribió un libro de poemas, grabó un disco como cantante y vendió su biografía (algo exaltada) a revistas del corazón.
Una úlcera perforada complicada con peritonitis, y una neumonía se lo llevó de este mundo a los 31 años. Valentino estaba condenado a morir justo cuando su presencia convocaba a miles de fans que le impedían llegar a las premiers de sus películas, y obstaculizar al carro mortuorio que lo llevó a su última morada, custodiado por Pola Negri, su última pareja, que se desmayaba una y otra vez, frente a las coronas de flores enviadas por Benito Mussolini (que además puso cuatro guardaespaldas vestidos con la camiccia nera) y un mitómano llamado Stanley Clifford Weyman que la acompañó haciéndose pasar por médico y amigo del actor italiano.
Su cuerpo fue enviado en tren a Los Ángeles y enterrado en el Memorial Cemetery en el panteón de June Mathis, la mujer que había ayudado a consagrar al primer sex symbol en la pantalla.
Al conocerse la noticia hubo varios casos de suicidios. Sus fans no podían tolerar su ausencia.
Tras su enterratorio una dama vestida de negro periódicamente depositaba una rosa sobre la tumba del ídolo, desde entonces, varias mujeres se han sucedido para continuar este rito.
nuestras charlas nocturnas.
John Gotti: el Tony Soprano de los ochenta…

JotDown(E.J.Rodríguez) — Si vivía usted en Nueva York durante los años ochenta, había una cosa segura: mejor no encontrarse por la calle con él, no fuese que tuviesen alguna discusión de consecuencias imprevisibles. Si no, que se lo cuenten a Romual Piecyk, un técnico en reparación de frigoríficos que un buen día de 1984 dejó aparcado su automóvil frente a un restaurante de Queens sin sospechar la pesadilla en que iba a convertirse su vida a causa de ese simple momento.
Al regresar a por el coche encontró que otro automóvil aparcado en doble fila le estaba bloqueando la salida. Enfurecido, comenzó a apretar compulsivamente el claxon. Al poco tiempo salió del restaurante el dueño de aquel otro coche. El tipo se dirigió hacia la ventanilla de Piecyk y sin darle tiempo ni a reaccionar le pegó una bofetada y además le quitó la billetera que llevaba visible en el bolsillo de la camisa.
Romual Piecyk se puso aún más furioso. 1’87 metros de altura y una complexión fuerte le hacían buen rival en una pelea. Salió del coche para enfrentarse al desconocido. No fue una buena idea.
El agresor en cuestión se llamaba Frank Colletta y era una destacada figura en la familia Gambino, la organización mafiosa más importante de Nueva York. Iba acompañado. Del restaurante salió otro individuo que también se acercó a Piecyk para darle un bofetón. Antes de que el pobre agredido pudiera reaccionar, el segundo tipo se llevó la mano a la cintura dejando entrever que llevaba una pistola: «Será mejor que te vayas a tomar por culo de aquí».
Y él, claro, se marchó. Pero buscó a un policía y denunció la agresión, la amenaza con pistola y el robo de la billetera, que contenía trescientos dólares. En los siguientes meses tendría tiempo de arrepentirse de haber interpuesto la denuncia. Mientras se tramitaba y se organizaba el juicio por agresión, el rostro de aquel individuo que le había amenazado con una pistola empezó a aparecer en todas partes: periódicos, televisiones… su nombre era John Gotti.
Romual Piecyk supo de repente que se estaba enfrentado a uno de los criminales más peligrosos de los Estados Unidos y que una discusión de tráfico le había convertido en objetivo directo de la Mafia. Y su vida, como decíamos, se convirtió en una pesadilla. Recibía constantes llamadas telefónicas donde le decían que lo iban a matar; incluso escuchaba amenazas de desconocidos con los que se cruzaba por la calle.
Un día, los frenos de su furgoneta dejaron de responder; alguien había cortado los cables ya fuese como intento de asesinato o quizá como serio aviso de que no debía declarar en contra de John Gotti.
Lo peor, sin embargo, fue conocer algunas historias aterradoras sobre lo que les sucedía a aquellos que se enemistaban con John Gotti; historias que la prensa estaba aireando justo en aquellos días. La que más le preocupaba era la de un antiguo vecino de Gotti, llamado John Favara, inofensivo encargado de sección en una tienda de muebles.
Hacia 1980 Favara estaba sacando el coche de casa cuando el hijo pequeño de la familia Gotti, Frankie, de doce años, salió inesperadamente a la calle con su bicicleta. Favara no podía verlo porque la calle estaba en obras y un contenedor de escombros ocultaba su ángulo de visión.
Al acelerar atropelló al niño, que se había lanzado precipitadamente a circular por la calzada. Frankie Gotti murió en el acto. La policía, tras investigar el atropello, dictaminó que se había tratado de un accidente, que el conductor no había podido evitarlo y que no tenía ninguna culpa. Así pues, no se presentaron cargos.
Pero no había perdón para John Favara, quien ingenuamente no alcanzaba a comprender por qué los Gotti no entendían que se había tratado de un desgraciado accidente. Incluso estuvo a punto de acudir al funeral del niño, pero el párroco del barrio hubo de prevenirle que no resultaba conveniente.
Favara llegó a oír comentarios por el barrio: decían que el conductor que había protagonizado el accidente no iba a vivir mucho más tiempo. Por si guardaba aún alguna duda, el teléfono de su casa empezó a arder con llamadas amenazantes y además dejaron en su buzón una tarjeta del funeral de Frankie Gotti y una foto del niño.
Un día su coche apareció con una pintada en la carrocería: «asesino». Favara entendió finalmente que estaba tratando con mafiosos y, sin saber qué hacer, consultó a un amigo de la infancia cuyo padre había estado en la Cosa Nostra. Su amigo le aconsejó vender la casa y mudarse a toda prisa.
A la desesperada, el pobre Favara acudió al hogar de los Gotti para expresar su arrepentimiento… pero tuvo que salir precipitadamente después de que Victoria Gotti, la mujer de John y madre del difunto, arremetiese contra él golpeándole con un bate de béisbol.
Fue atendido en un hospital a consecuencia de los golpes, pero no denunció la agresión. Supo que tenía que huir. Puso su casa en venta, encontró un comprador y empezó a prepararse para la mudanza.

No tendría tiempo de marcharse. Justo un día antes de que cambiase de casa, cuando salía del trabajo, una furgoneta se detuvo junto a él y un pequeño grupo de hombres le forzaron a entrar en el vehículo ante la mirada atónita de varios testigos. Fue la última vez que se vio a John Favara con vida. Desapareció del mapa. Nunca más se supo de él ni apareció ningún cadáver. La policía no pudo identificar a los secuestradores.
El matrimonio Gotti tenía coartada, porque «casualmente» había salido de viaje en esos días. Aun así fueron interrogados. John Gotti, principal sospechoso de organizar el crimen, se limitó a señalar el hecho de que sin cuerpo no había posible caso de asesinato. En ausencia de pruebas no se lo podía acusar de nada, ni siquiera de inducción al secuestro. Dijo a los policías: «No siento que el tipo haya desaparecido; lo sentiría si apareciese muerto».
Su mujer fue más directa: «No sé lo que le ha pasado, pero no lamento que haya desaparecido. Él mató a mi pequeño». La policía tuvo que olvidar el asunto y después de tres años sin saber de él, John Favara fue declarado muerto. No obstante, y pese a la falta de evidencias que condujesen directamente a John Gotti, nadie dudó nunca de su autoría moral.
Los fiscales y los inspectores policiales pensaban que había ordenado el secuestro y posterior asesinato. La prensa también lo pensaba. La historia se publicó en todas partes a mediados de los ochenta, cuando Gotti saltó a la fama, y todos los dedos le señalaban como responsable. Aun así, el mafioso seguía en la calle, enfrentándose a una denuncia por un altercado de aparcamiento.
Así pues, nuestro infortunado técnico de neveras, Romual Piecyk, tenía más que considerables motivos para ponerse muy, muy nervioso. Aguardaba al juicio día tras día mientras John Gotti ascendía a la jefatura de la familia Gambino después de ordenar asesinar a su propio «Don», Paul Castellano, como se encargaron de airear todos los noticiarios del planeta.
Una vez más no había pruebas contra Gotti, pero todo el mundo entendió que él había matado a su jefe: la prensa, la policía neoyorquina, el FBI, los fiscales… y Piecyk no sabía dónde meterse. Si nada podía hacerse contra Gotti respecto a un crimen cometido prácticamente ante la vista de todo el mundo y del que el país no dejaba de hablar, un técnico de neveras podía sentirse más que completamente indefenso ante el mafioso más poderoso de América.
El FBI y la fiscalía estaban ansiosos por condenar a Gotti aunque fuese por los cargos menores de asalto y robo de una billetera, pero Romual Piecyk dejó claras sus intenciones cuando los agentes federales fueron a visitarle: «No pienso testificar contra John Gotti». Vivía con el terror constante de no saber en qué momento podría terminar corriendo la misma suerte que John Favara. Para colmo, su mujer estaba embarazada.
Se cambió de casa e incluso compró una pistola, pero podía comprender que ni eso lo salvaría. Su única posibilidad de sobrevivir residía en aplacar a John Gotti. Llegó a hablar con la prensa y lo hizo mintiendo porque no le quedaba otra salvación: negó rotundamente haber recibido amenazas o que los frenos de su automóvil hubiesen sido boicoteados.
Intentó despejar cualquier duda sobre el mafioso y aunque finalmente admitió que iría a testificar en el juicio, aclaró que nunca hablaría «en contra del señor Gotti sino a su favor. No quiero perjudicar al señor Gotti». El fiscal del Distrito encargado del caso dedujo fácilmente que Piecyk estaba bajo amenazas y temió que lo mismo pudiese ocurrir con los miembros del jurado, así que solicitó que se conformase un jurado anónimo. Ni siquiera bajo unos cargos relativamente insignificantes resultaba fácil montar un juicio contra el nuevo Don de los Gambino.
Cuando se inició el juicio Romual Piecyk no dio señales de vida. A falta de su testimonio, hubo que posponer. No estaba en su casa, había dejado a su mujer en casa de su madre y nadie conocía su paradero. El FBI temió que hubiese cometido la insensatez de intentar escapar, pero tras varios días de búsqueda lo encontraron en un centro médico donde se había sometido voluntariamente a una operación en el hombro con la esperanza de que el ingreso hospitalario lo librase de tener que acudir que testificar. Naturalmente, las autoridades no iban a dejarlo pasar tan fácilmente.
El fiscal aseguró al juez que Piecyk testificaría. Los abogados de John Gotti, con un descaro total, insistían en que en ningún momento su defendido había tenido noticia del paradero del técnico de frigoríficos, dando a entender que Gotti no se había molestado en seguirlo y que no tenía intención alguna de hacerle daño. No obstante, el FBI tuvo a Piecyk bajo custodia hasta que le dieron de alta varios días después. Entonces, con el brazo en cabestrillo, fue escoltado directamente al tribunal para evitar que intentase escabullirse de nuevo.
Piecyk acudió a un palacio de justicia repleto de cámaras y periodistas, sintiendo que su vida dependía de lo que dijese durante su testimonio. Una vez en el estrado —habían transcurrido un par de años desde su pelea callejera— volvió a estar cara a cara frente a John Gotti y Frank Colletta, sentados frente a él en el banquillo de los acusados. Piecyk aseguró no reconocer a ninguno de los dos, pese a que Gotti no había dejado de aparecer por televisión desde muy poco después del incidente callejero.
También admitió que aquella lejana noche alguien le había robado la billetera sin que él se diese cuenta —el robo había sido denunciado así que no podía desdecirse— pero que no recordaba «nada más». El falso testimonio resultaba tan evidente que el juez aplazó nuevamente el juicio, calificando a Piecyk como «testigo hostil».
Poco después el mismo juez desestimó la petición del fiscal de reanudar la vista, porque sin el testimonio acusador del técnico de neveras no había prueba alguna contra Gotti y Coletta. La prensa resumió el conveniente olvido del testigo principal con un irónico juego de palabras: «I forgotti!».
Unos meses después, cuando Gotti volvía a sentarse en el banquillo —esta vez con cargos bastante más importantes relacionados con el crimen organizado y que podían costarle hasta veinte años de prisión—, Romual Piecyk hizo una aparición sorpresa solicitando testificar en favor de John Gotti, pese a que ¡nada del nuevo juicio tenía que ver con él!
El juez, naturalmente, denegó la extravagante petición, pero Piecyk habló a los periodistas en la misma puerta del tribunal, diciendo que los medios de comunicación y las autoridades estaban tratando «injustamente» al pobre John Gotti. Para entonces Gotti se había convertido oficialmente en la pesadilla no solamente del infortunado técnico de neveras transformado en títere de sus maniobras de relaciones públicas, sino también de las autoridades estadounidenses. Porque Gotti saldría nuevamente absuelto.

– Un simple matón del Bronx
Antes de que empezase a aparecer constantemente en la televisión y de que los medios hiciesen de él una especie de nuevo Al Capone, nadie durante la dilatada carrera criminal de John Gotti había pensado que podía llegar tan lejos.
John Gotti nació en 1940, en el seno de una paupérrima familia neoyorquina donde había trece bocas que alimentar. Ya desde niño era mal estudiante y mostraba una conducta desordenada e incluso agresiva: sus profesores preferían no verlo aparecer por clase, así que acostumbraban a ignorar sus cada vez más frecuentes ausencias. John prefería patear las calles con su pandilla cometiendo sus primeros actos delictivos, generalmente robos.
Sus grandes ídolos eran los wise guys del barrio —los mafiosos a quienes todo el mundo respetaba en aquellas calles— y siendo tan solo un adolescente comenzó a ejercer como recadero para varios de ellos. Tenía veintitrés años cuando pisó la cárcel por primera vez: estuvo veinte días en una celda acusado de robar un coche. Como recientemente se había casado con su novia, Victoria, intentó durante una temporada salir adelante ejerciendo algunos empleos honrados.
Pero siendo de origen pobre y teniendo una nula preparación apenas ganaba para sobrevivir. Su propia esposa terminó animándole para que volviera a aceptar algunos de sus antiguos «trabajos». Nunca más volvió a ser un ciudadano honesto.
Poco a poco iba realizando trabajos más importantes para los mafiosos. No ganaba mucho dinero con ellos, pero aquella era la mejor manera de labrarse su confianza y aprecio, teniendo como tenía en el horizonte un sueño por cumplir: ingresar en la Cosa Nostra. Carmine Fatico, un mando intermedio de la familia Gambino, reclutó a Gotti y a algunos de sus compañeros de pandilla para efectuar robos en la terminal del aeropuerto Kennedy, donde había grandes cantidades de valiosas mercancías escasamente vigiladas.
Era su primer encargo importante. Gotti y sus compinches se hicieron con un camión, lo pintaron como si perteneciese a una conocida compañía de transportes y entraron en el área de carga de la terminal fingiendo hacer una recogida y llevándose lo primero valioso que viesen por allí. El primer botín consistió sobre todo en vestidos de mujer, aunque lo bastante caros como para poder sacar veinte o treinta mil dólares de beneficios.
Fue todo como la seda, nunca mejor dicho. Como el golpe salió bien, Gotti olvidó toda prudencia y le pudieron las ganas de impresionar a Fatico. En lugar de dejar que se olvidara un poco el asunto, subieron de nuevo al camión y volvieron a intentar exactamente la misma maniobra apenas unos días más tarde… pero para entonces la vigilancia aeroportuaria estaba alerta y terminaron todos detenidos. Gotti salió bajo fianza en espera del juicio, pero una vez en la calle siguió demostrando su falta de astucia estratégica.
Estaba tan ansioso por demostrar su compromiso con los mafiosos que, sin importarle la posibilidad de agravar su situación delinquiendo durante la libertad condicional, robó un camión de transporte repleto de cajetillas de tabaco —¡casi medio millón de dólares en cigarrillos!— y una vez más no pudo evitar ser capturado. En esta ocasión no hubo fianza, sino sentencia firme, y John Gotti pasaría los tres años siguientes en la cárcel.
De sus tres principales golpes para los Gambino, dos habían terminado en desastre. Pero aunque había quedado claro que Gotti no era un ladrón brillante, su empeño no pasó desapercibido para Carmine Fatico, que se convirtió en su mentor. También otros miembros de la familia Gambino se fijaron en Gotti: nadie lo consideraba particularmente inteligente, o al menos no brillante, pero había demostrado un considerable carácter ya que habia ido a la cárcel sin delatar a nadie y sin rechistar.
Cuando en 1972 pisó de nuevo la calle tenía ya treinta y dos años, pero poco habían cambiado sus intenciones: quería convertirse en mafioso. Volvió a acercarse a los Gambino, demostrando que su decisión de intentar unirse a la Cosa Nostra había permanecido firme y que los casi tres años a la sombra no le habían hecho recapacitar. Aquella actitud gustó a los mafiosos y varios de ellos pensaron que se necesitaba ese tipo de carácter en la organización.

Tenían que ponerlo a prueba, porque todavía no estaban lo bastante convencidos para convertirlo en uno de los suyos y en aquellos años los «libros» de la Cosa Nostra no se abrían fácilmente para los aspirantes. Cuando Carmine Fatico —que debía alejarse temporalmente de sus actividades a causa de sus problemas legales— tuvo que retirarse temporalmente, permitieron que Gotti se hiciera cargo interinamente de su banda.
Gestionaba un local donde se centralizaban varios negocios ilegales por los que debía responder directamente del subjefe de la familia, el feroz Aniello Dellacroce. Así, aunque indirectamente, John Gotti estaba de repente muy cerca de los círculos del poder de la organización criminal más importante de los Estados Unidos. Gotti era bueno a nivel de calle, se hacía respetar.
Se labró un nombre. Ilustra la confianza que despertaba entre los mafiosos el hecho de que, pese a que ser un mero asociado y no un miembro de pleno derecho de la organización, llegase a conocer nada menos que al mismísimo jefe, Carlo Gambino, un ancianito de aspecto pacífico que hablaba siempre en voz baja y vestía trajes modestos pero que cual Vito Corleone era el capo mafioso más temido y respetado del país. Todo el mundo le llamaba «Don Carlo» y su imagen era tan venerable que incluso había policías que se referían a él como «un caballero».
La gran oportunidad de Gotti llegó cuando apareció una banda de gangsters irlandeses que en alianza con algunos mafiosos resentidos con Carlo Gambino, habían empezado a cometer secuestros, incluyendo el de Francesco Manzo, un miembro de la organización. Secuestrar a un mafioso constituía un atrevimiento insólito. Es más, la misma banda fue responsabilizada del secuestro y posterior asesinato de Emanuel Gambino, sobrino del propioo Don Carlo, algo que era una declaración de guerra.
Era, por fin, el momento de que Gotti demostrase de una vez por todas hasta dónde llegaba su lealtad: le pidieron que buscase a James McBratney, uno de los gangsters irlandeses responsables de los secuestros, para llevarlo a un lugar discreto, sacarle información mediante torturas y posteriormente matarlo. Gotti, junto a sus colegas Angelo Ruggiero —su amigo de la infancia— y Ralph Galione, empezó a rastrear cafés y bares de la zona en busca de McBratney.
Finalmente dieron con él en un restaurante, pero Gotti y sus compinches aún estaban verdes para un trabajo tan delicado. Intentaron (torpemente) hacerse pasar por policías para que McBratney los acompañase fuera del local por su propia voluntad, pero el tipo no creyó una palabra, pidió que le enseñasen alguna placa y en cuanto comprobó que no la tenían decidió ofrecer resistencia. Trató de huir.
Pese al plan inicial de llevarlo a un lugar discreto para matarlo sin testigos, se organizó una trifulca en el mismo restaurante, ante la espantada mirada del personal y otros comensales. Uno de los acompañantes de Gotti terminó disparando a McBratney allí mismo. El trabajo esta hecho, aunque de forma bastante chapucera. Habiendo tantos testigos, a la policía no le costó atar cabos: John Gotti fue detenido acusado de complicidad en el asesinato y declarado culpable, por lo que tuvo que pasar otros dos años en prisión.
La misión, para variar, había puesto de manifiesto que Gotti no era un fino estratega. Pero sí había demostrado su ímpetu y su compromiso con la causa, así que no quedó sin recompensa. Cuando en 1977 salió de la cárcel, con treinta y siete años de edad y varias condenas a sus espaldas que había sobrellevado sin pronunciar la más mínima queja, fue finalmente llevado a la ceremonia de iniciación donde lo convertirían en un verdadero integrante de la Mafia.
Tras hacer el juramento era ya miembro de pleno derecho de la familia Gambino y podía por fin apartarse de los trabajos sucios —robos, tiroteos y demás— para dedicarse a gestionar negocios más importantes. Su carácter agradaba al segundo de la organización, Aniello Dellacroce, y pese a que era un recién llegado fue casi inmediatamente ascendido al rango de «capitán», lo que significaba que estaba al mando de su propia banda.
En realidad era casi la misma tarea que había estado ejerciendo como suplente de Carmine Fatico, pero ahora de manera nominal y sin necesidad de mancharse las manos personalmente. Pese a sus ocasionales chapuzas del pasado, aquel trabajo de organización a nivel de calle sí parecía estar hecho para sus condiciones.

– Cambios en la Cosa Nostra
John Gotti ingresó en la familia Gambino en un momento muy turbulento en la historia de la organización y sin explicar aquel momento no se entendería su posterior ascenso meteórico. Vayamos por partes: aunque John Gotti se había sentido muy impresionado al conocer a Carlo Gambino (y en sus últimos años de vida terminaría imitando algunas de sus costumbres), difícilmente podía alcanzar a entender hasta dónde llegaba la profundidad estratégica de Don Carlo.
El jefe de los Gambino era un «padrino» de la antigua generación que veía la Mafia como un negocio y prefería considerar todas las demás opciones antes de utilizar la fuerza bruta. Don Carlo solía reflexionar mucho cada nueva maniobra y exponía sus argumentos citando frases de Maquiavelo, cuyo manual estratégico El Príncipe había leído hasta aprenderse fragmentos de memoria. Eso no impedía que cuando él lo consideraba necesario pudiera ser implacable y expeditivo, motivo por el que también era muy temido.
Cuando no tenía más remedio que utilizar la violencia recurría a su mano derecha, el agresivo Aniello Dellacroce, el mismo que tan bien se llevaba con John Gotti. En su fuero interno, sin embargo, Carlo Gambino prefería otras maneras de resolver los problemas y no pensaba que alguien como Dellacroce, callejero e inculto, estuviese preparado para sucederle en la jefatura. Cuando Carlo Gambino murió en su cama en 1976, sorprendió a muchos de sus subordinados —y sobre todo a Aniello Dellacroce— dejando una última voluntad con la que nombraba como sucesor a su cuñado, Paul Castellano.
El decreto sucesorio póstumo de Don Carlo se conoció en una tensa reunión entre miembros de la cúpula de los Gambino, algunos de los cuales llegaron a ocultar armas por si allí mismo se desataba una súbita guerra civil en forma de tiroteo. La familia Gambino ingresaba unos cien millones de dólares anuales y su jefatura era el más cotizado botín en el crimen estadounidense. Casi todos en la organización habían dado por hecho que Dellacroce se merecía el puesto, ya que siempre había hecho el trabajo sucio para Don Carlo.
Pero el nombramiento del impoluto Castellano, que apenas había pisado las calles, cayó como un jarro de agua fría. Pese a toda la tensión y un ambiente de guerra inminente se llegó a una solución pacífica cuando Castellano accedió a mantener a Dellacroce como segundo de a bordo. Aquello, al menos en la teoría, iba a servir para aplacar los ánimos.
Pero aquel fue un pobre consuelo para la facción más callejera de los Gambino, entre cuyos miembros destacados se contaba el propio John Gotti. El nuevo jefe resultó no ser bien aceptado. Paul Castellano no era «uno de los suyos». El propio Castellano se consideraba un hombre de negocios, no escondía que carecía de pasado como matón e incluso se jactaba de no saber utilizar una pistola. Mantenía las distancias con sus subordinados, que lo consideraban presuntuoso y altivo.
No solamente detestaban sus humos y sus despliegues de suntuosidad —incluyendo una imponente mansión con servicio y demás lujos— sino que pensaban que como nunca se había probado en las calles, su único mérito era el de que su hermana hubiese sido la esposa de Carlo Gambino.
Así, aunque hubiese sido el difunto y respetado Don Carlo quien había decidido que Castellano debía tomar el mando para que la organización siguiera una nueva dirección más empresarial, más de traje y corbata, a John Gotti aquella era un decisión que le resultaba difícil de entender.
Él mismo, para ingresar en la Mafia, había tenido que efectuar robos, afrontar varias condenas carcelarias e incluso meterse en tiroteos arriesgando su vida. Conocía las calles de primera mano, se había manchado las manos, había conocido diversas facetas del negocio desde lo más bajo. Podía identificarse con un jefe como Aniello Dellacroce, que también había forjado su carrera en las calles. Pero, ¿con Paul Castellano? El tipo apenas había salido más allá de las faldas de Don Carlo. A John Gotti le costaba respetar a alguien así.
El sentimiento era mutuo. A Paul Castellano no le gustaban Dellacroce ni, particularmente, John Gotti. Para empezar, Castellano se ufanaba de sus antepasados sicilianos y menospreciaba los orígenes napolitanos de Gotti. Tampoco le gustaban los modos callejeros y violentos de la banda de Gotti, que juzgaba excesivos e inapropiados. Pero lo que más le incomodaba de John Gotti era un rasgo que había empezado a manifestarse tiempo atrás: su adicción al juego.
Gotti perdía mucho dinero en partidas de cartas donde se involucraba casi a diario, y aquella nefasta costumbre había empeorado tras la muerte de su hijo en el accidente de coche. Aniello Dellacroce trató de defender la conducta de su amigo Gotti ante el jefe: ¿no resultaba obvio que el juego era la manera en que John intentaba sobrellevar su dolor?
Pero Paul Castellano no tragaba con la excusa y continuaba mirando a Gotti de reojo. Sin duda, su manera de pensar no difería mucho de cómo hubiese reaccionado Don Carlo ante esa misma situación: efectivamente, el juego, como cualquier otra adicción, podía hacer vulnerable a un mafioso. Pero aun teniendo razón desde la lógica mafiosa tradicional, a Castellano le perdía no haber sabido ganarse el respeto de sus subordinados y no saber hablarles de tú a tú.
Castellano deducía que la única manera en que John Gotti podía hacer frente a sus cuantiosas pérdidas era el tráfico de heroína, actividad sumamente lucrativa pero que él mantenía terminantemente prohibida en la familia Gambino. Los narcóticos eran un punto débil porque requerían de redes de asociados poco fiables que resultaban fáciles de rastrear para la policía, redes de asociados que podían producir fácilmente arrepentidos que llegasen a acuerdos con las autoridades, señalando a sus contactos mafiosos e incluso convirtiéndose en informantes infiltrados.

Este era el principal motivo por el que el tráfico de heroína estaba vedado. Se hablaba de una ley escrita que decía «el que trafica, muere». Pero ese principio, en la práctica, se convertía en otro distinto: «al que pillen traficando, lo mataremos». Dada la cantidad de dinero que generaban las drogas no era nada extraño que algunos jefes hiciesen la vista gorda, recibiesen su parte y solamente fingiesen estar sorprendidos y escandalizados en el caso de que alguno de sus subordinados fuera detenido por narcotráfico. También este era el caso de Paul Castellano.
Aunque tuviese cierta manga ancha con otros capitanes, intuir que Gotti traficaba desobedeciendo sus órdenes le daba una buena excusa para deshacerse de él. No obstante, necesitaba pruebas de que Gotti efectivamente estaba involucrado en el narcotráfico, o de lo contrario su castigo parecería arbitrario y podría provocar la rebelión de su propio segundo de a bordo, Aniello Dellacroce.
Aquello fue, previsiblemente, lo que terminó de agriar de manera irremediable la relación entre Paul Castellano y John Gotti. La vista gorda hacia el narcotráfico tuvo consecuencias nefastas para las grandes familias mafiosas neoyorquinas. La heroína facilitó que la policía se infiltrase en la familia Gambino, poniendo escuchas telefónicas y micrófonos en diversos puntos estratégicos, incluyendo la propia mansión de Paul Castellano.
Allí, los federales se enteraron de cotilleos tan curiosos como que Castellano era impotente y había prometido a su amante (su sirvienta, con la que mantenía una relación pese a seguir viviendo con su esposa en la misma casa) que se pondría un implante de pene.
Pero más allá de aquellos chascarrillos con los que sin duda se divirtieron mucho los agentes del FBI, el sistema de escuchas —que no se hubiese podido implantar sin la información ofrecida por arrepentidos del narcotráfico— fue sumamente valioso porque dio a las autoridades una buena idea de cómo funcionaba la estructura interna de la organización. Los fiscales y los jueces comenzaron a trabajar intensamente con toda aquella información.
A principios de los ochenta empezaron a llegar las imputaciones. Unos cuantos miembros de la familia Gambino, incluido el propio Castellano, fueron acusados de pertenecer al crimen organizado y tuvieron que empezar a prepararse para ir a juicio. Pero quizá lo más relevante es que Castellano supo que los abogados de algunos de sus subordinados estaban en posesión de grabaciones policiales donde, al parecer, se demostraba la relación entre John Gotti y el tráfico de drogas.
Aquellas cintas eran lo que Castellano necesitaba para poder ordenar la ejecución de Gotti. Sin embargo, movido por su habitual prudencia, decidió esperar. Aniello Dellacroce, su díscolo lugarteniente y principal respaldo de Gotti en la familia, estaba muy enfermo. Le habían diagnosticado un cáncer y le quedaban solamente unos meses de vida.
Además, es posible que hubiese llegado a Castellano la información de que en aquellas mismas grabaciones Dellacroce hablaba pestes de él, y no le convenía oírlas tan pronto para tener que defender su honor frente a un hombre que agonizaba en el hospital.
Así que, por un motivo u otro, esperar a que Dellacroce muriese para exigir las cintas era la mejor manera de evitar un enfrentamiento directo con su lugarteniente. Castellano decidió tener paciencia. Fue un error. Porque, entretanto, Gotti empezó a mover ficha.
En aquellos meses John Gotti fue particularmente clarividente, todo lo clarividente que no había sido en su intensa pero caótica y a menudo torpe carrera criminal. No le costó deducir que Castellano estaba buscando una buena justificación para deshacerse de él y que si encontraba alguna información que lo incriminase en el tráfico de drogas —como por ejemplo, pinchazos telefónicos del FBI—, sería hombre muerto.
Gotti solamente podía llegar a una conclusión: tenía que aniquilar a Castellano antes de que Castellano lo aniquilase a él. Y como decíamos, un insólito arrebato de pericia táctica lo colocó en posición de ventaja. Como su jefe, también decidió esperar a que muriese Aniello Dellacroce, cuya enfermedad parecía una especie de alto el fuego tácito entre dos contendientes que estaban a punto de declararse la guerra.
Pero en el caso de Gotti aquella demora fue providencial. Mientras Dellacroce se consumía, John Gotti desplegó un plan maestro que por una vez en su vida era un golpe de brillantez. Jugó sus cartas con maestría. Aquel plan terminaría aupándolo a lo más alto… justo en los mismos días en que, en algún rincón de Nueva York, un angustiado técnico en reparación de frigoríficos vivía aterrorizado preguntándose si llegaría a ver otro amanecer.
– «Huevos, cerebro y carisma»

El 2 de diciembre de 1985 moría de cáncer Aniello Dellacroce, segundo al mando en la familia mafiosa de los Gambino. Era una muerte anunciada desde meses atrás pero, aun así, causó cierta conmoción. El jefe de la familia, Paul Castellano, no acudió al funeral. Tampoco había visitado a Dellacroce en el hospital, ni una sola vez. Esto no gustó nada a sus subordinados. Castellano puso como pretexto la vigilancia policial, siguiendo su costumbre de no dejarse ver junto a sus hombres. Pero aquello no convenció a nadie.
Era bien sabido que nunca había existido una relación fluida entre ambos y que Castellano lo había nombrado lugarteniente para contentar al sector más callejero de los Gambino. Así pues, su ausencia en el funeral fue considerada insultante por muchos subordinados, entre ellos el más ambicioso de los capitanes de la familia, John Gotti.
El «Gran Paul» sabía moverse en los despachos y era hábil llevando los negocios; de hecho, los ingresos de la familia habían crecido mucho bajo su mandato, hasta alcanzar los 500 millones de dólares anuales. Pero carecía completamente de psicología cuando se trataba de relacionarse con los capitanes de la familia, que no lograban entender su actitud distante y altiva. John Gotti aprovechó la ocasión para ganarse un buen número de aliados.
La tirantez entre Paul Castellano y John Gotti venía de lejos por razones que ya narramos en la primera parte. Pero Gotti no era el único con motivos de queja. Sammy «el Toro» Gravano, metido en el lucrativo negocio de la construcción neoyorquina, dirigía una importante sociedad junto a Louie DiBono, otro mafioso de la familia. Surgieron problemas entre ambos cuando Gravano pensó que DiBono le estaba estafando y presentó una queja ante los jefes.
Paul Castellano y el difunto Aniello Dellacroce organizaron una reunión para dilucidar el asunto. Pero Castellano, con su mentalidad de hombre de negocios, no parecía muy receptivo a sus quejas y prefería que los rentables asuntos inmobiliarios se mantuviesen exactamente como estaban. Gravano, muy enfadado, incluso amenazó con matar a DiBono. Finalmente, solo la intervención de Dellacroce en favor de Gravano hizo que Castellano se decidiese a tomar medidas, disolviendo la sociedad.
El prestigio interno de Dellacroce creció mucho a raíz de aquella reunión —Gotti, por ejemplo, estaba muy impresionado— pero Castellano se sintió menoscabado después de que su segundo le corrigiese públicamente en asuntos de negocios, en los que él mismo se consideraba un especialista. No lo olvidó. Incluso después de muerto Dellacroce, el jefe tenía atravesado a Sammy Gravano. Este era bien consciente de ello y no en vano llevaba ya tiempo involucrado en los planes de John Gotti para asesinar a Paul Castellano.
La falta de mano izquierda de Castellano le hizo seguir cometiendo gruesos errores. Tras la muerte de Dellacroce decidió que su nuevo lugarteniente no sería el que todos en la familia esperaban, Frank DeCicco, sino Thomas Bilotti, quien llevaba mucho tiempo ejerciendo como el principal confidente, guardaespaldas y chofer de Castellano.
Una vez más, esto causó conmoción en la familia. A ojos de los demás, Bilotti no acumulaba méritos para hacerse con un puesto tan importante. Los capitanes no le respetaban, considerándolo el perrito faldero del jefe. Quienes se sintieron desplazados, como Frank DeCicco o el consigliere Joseph Gallo, terminaron uniéndose también a la conspiración secreta de Gotti.
Así, Gotti se había ido haciendo con importantes apoyos dentro de la familia, pero su plan de matar a Castellano todavía tenía que superar serios inconvenientes. Para asesinar a un jefe mafioso se necesitaba la aprobación de la Comisión, el máximo órgano de gobierno de la Cosa Nostra estadounidense, donde estaban los jefes de las principales familias. Y no era fácil que en la Comisión autorizaran algo semejante: si los jefes daban por buenas las sucesiones violentas, sus propios subordinados podían terminar sintiéndose tentados de intentarlo también y rebelarse.
Gotti tenía la difícil misión de conseguir el visto bueno de las otras grandes familias de Nueva York, pero algo así había sucedido muy pocas veces y en circunstancias muy distintas. En 1957, por ejemplo, Carlo Gambino ascendió al poder tras eliminar a su jefe Albert Anastasia, pero entonces habían existido muy buenos motivos para que las otras familias le apoyasen, porque el carácter impulsivo y violento de Anastasia había sido un motivo de preocupación generalizado y a ojos de la Comisión Carlo Gambino iba a actuar en beneficio de todos. En 1985, no obstante, las cosas eran muy distintas.
No existían motivos de peso para que la Comisión aceptase el asesinato de Castellano. Sí, puede que cayese mal a los mandos intermedios. Sí, puede que fuese altivo y poco dado a colaborar. Sí, puede que hubiese faltado al funeral de su lugarteniente. Pero nada de ello justificaba la necesidad de acabar con él sin quebrantar unas reglas que llevaban aplicándose desde los años treinta.
Si John Gotti se presentaba ante los jefes de las grandes familias pidiendo apoyos para matar su jefe, estaría básicamente confesando una traición y obligando a que lo entregasen a Castellano para que este lo ejecutase a su manera preferida. Pero si Gotti cometía el asesinato sin obtener el apoyo de las otras familias, estas le declararían una guerra total por haber roto las reglas y sobre todo para evitar que sus propios capitanes quisieran seguir sus pasos.
¿Qué hacer? La situación parecía complicada. Pero la enfermedad de Dellacroce le había dado varios meses para pensar y en un arranque de inspiración encontró una solución cuya astucia estratégica parecía casi impropia de él (aunque la decisión y ambición con que lo llevó a cabo sí eran característicamente suyas).
Gotti sabía perfectamente que Castellano tampoco caía bien a la mayoría de capitanes mafiosos de las demás familias neoyorquinas, quienes también abominaban de sus aires de superioridad. Aquella fue la rendija por la que buscó nuevas alianzas. En vez de solicitar ayuda directamente a los jefes, sondeó la opinión de los mandos intermedios de las otras familias, que generalmente eran tipos como él, matones a quienes agradaría ver caer al presuntuoso Gran Paul.
Estos capitanes no solamente le dieron su apoyo moral sino que le proporcionaron información acerca de cómo reaccionarían sus propios jefes. De esta manera Gotti evitó involucrar a las cúpulas pero supo que al menos tres jefes de las cuatro restantes familias estarían dispuestos a hacer la vista gorda. Así, con sinuosa astucia, John Gotti obtuvo la aprobación tácita de las familias Bonanno, Lucchese y Colombo.
La única familia a la que no sondeó fue la de los Genovese, cuyo jefe Vincent Gigante era amigo personal de Castellano. Se sabía de antemano que Gigante nunca aprobaría el golpe y que probablemente haría matar a Gotti si se enterase, así que Gotti no se acercó a ninguno de sus subordinados.
Pero Gigante no le preocupaba en exceso ya que estaba poco dispuesto a arrugarse: una vez muerto Dellacroce, pensaba Gotti, ya no había más tiempo. Tenía que actuar con prontitud. Hizo números: si tres de las grandes familias neoyorquinas aprobaban el asesinato y saludaban al nuevo jefe de la familia Gambino —que además era la más poderosa—, Vicent Gigante se encontraría en franca inferioridad.
Pese a su previsible disgusto, tendría que terminar rindiéndose ante el fait accompli. Así que Gotti, por una vez, fue no solamente ambicioso y temerario, sino también estratégicamente brillante. Su partida de ajedrez entre familias iba a funcionar casi a la perfección (en adelante veremos por qué «casi»).

– El ascenso a la cumbre
Solamente dos semanas después de la muerte de Aniello Dellacroce, el 16 de diciembre de 1985, la concurrida calle 46 de Nueva York iba a ser sacudida por un acontecimiento que daría la vuelta al mundo. Faltaba poco para la Navidad y Manhattan estaba repleto de transeúntes. Un lujoso automóvil se detuvo frente al restaurante Sparks Steak House, situado en el mismo corazón de Manhattan. Sus dos ocupantes abrieron la puerta para salir pero apenas habían puesto el pie sobre el asfalto cuando se les acercaron cuatro pistoleros ataviados con abrigos y gorros de invierno al estilo ruso.
Los dos hombres fueron acribillados a balazos. Al escuchar los disparos, los viandantes empezaron a correr aterrorizados buscando algún lugar donde ponerse a salvo. La confusión reinaba en el lugar mientras un automóvil aparcado en la acera de enfrente encendió el motor y, sin apresurar la marcha, abandonó la calle lentamente. El conductor de aquel coche era John Gotti y su copiloto era Sammy «el Toro» Gravano.
Ambos habían observado el tiroteo a escasos metros de distancia, una decisión innecesariamente arriesgada pero muy propia de su bagaje callejero. Habían querido verlo todo con sus propios ojos porque los dos hombres asesinados eran Paul Castellano y Thomas Bilotti. El golpe fue como la seda: los testigos no lograron recordar el rostro de los cuatro asesinos, cuyos atuendos idénticos los confundían en su recuerdo. Tampoco se habían fijado en John Gotti, que todavía estaba a pocas horas de dar el salto a la fama.
La noticia saltó a las primeras páginas de los periódicos y los titulares de los noticiarios de medio mundo. La secuencia parecía directamente salida de la película El Padrino, ya que desde los años treinta apenas se habían visto en los Estados Unidos asesinatos de mafiosos importantes en un lugar público y tan concurrido.
Con Castellano metido en un ataúd llegaba el momento de decidir quién iba a ser el nuevo jefe de la familia Gambino. Puesto que Castellano no había dejado sucesor designado —y si lo hubiese dejado a nadie le hubiese importado, obviamente— se planeó una reunión donde se votaría el nombramiento de un nuevo «Don».
Para evitar un desgobierno temporal en la familia surgió un triunvirato directivo formado por los tres hombres que tenían más papeletas para heredar la jefatura: Frank DeCicco, Joe Gallo y John Gotti. Cada uno de ellos tenía sus propios méritos. Gallo había sido el consigliere de la familia y conocía bien su funcionamiento.
Gotti, evidentemente, estaba allí porque el plan para asesinar a Castellano había sido casi enteramente suyo. Pero el hombre mejor colocado desde hacía tiempo era Frank DeCicco, el mismo al que muchos habían querido ver ascender en lugar de Bilotti y el mismo que ahora esperaban ver convertido en el nuevo boss.
De hecho, había no pocos capitanes que estaban dispuestos a apoyar la candidatura de DeCicco. Por ejemplo Sammy «el Toro» Gravano, quien se acercó a él un día para expresarle su apoyo. Pero DeCicco no se hacía ilusiones al respecto y le sorprendió con una respuesta resignadamente realista con la que daba a entender que el ascenso de John Gotti a lo más alto de la familia le parecía inevitable:
El puto ego de John es demasiado grande. Yo podría ser su lugarteniente, pero él nunca querría ser el mío. Mira: John tiene huevos, tiene cerebro y tiene carisma. Si conseguimos controlarle, si conseguimos acabar con su adicción al juego y sus estupideces extravagantes, podría ser un buen jefe. Te diré qué haremos: le daremos una oportunidad. Dejemos que sea el jefe. Si en un año no funciona, lo matamos: yo me convertiré en jefe, tú serás mi lugarteniente y manejaremos la familia como Dios manda.
El que alguien tan importante en la familia como DeCicco se hiciese prudentemente a un lado sin oponer resistencia alguna hizo que nadie en los Gambino dudase ya de la fiera ambición de John Gotti. A sus colegas se les quitaron las ganas de disputarle el puesto y arriesgarse a enfrentarse abiertamente con él.
El propio Gotti había empezado a comportarse como el jefe de facto desde la muerte de Castellano, cuando ni siquiera se había procedido a la votación, así que todos asumieron que el puesto iba a ser suyo. Todo esto se materializó cuando los veinte principales miembros de la organización se reunieron finalmente para votar y fue el propio DeCicco quien propuso en voz alta el nombre de John Gotti. Salió elegido por unanimidad.
Eso sí, Gotti demostró que entendía perfectamente los requerimientos de la situación y eligió a Frank DeCicco como lugarteniente, una manera de contentar al «perdedor» de la sucesión. Al contrario que Paul Castellano, John Gotti tenía un mínimo de mano izquierda.

Pero, ¿cómo reaccionaron los jefes de las otras cuatro grandes familias neoyorquinas al conocer del asesinato de Castellano y el repentino ascenso de John Gotti? Tal y como Gotti había calculado, no hicieron nada excepto limitarse a saludar su nombramiento. Los Colombo y los Bonnano le enviaron sus bendiciones.
Los Lucchese, más comedidos, se limitaron a dar el visto bueno. El jefe de los Genovese, Vincent Gigante, estaba previsiblemente furioso, pero viéndose en minoría no se encontraba en situación de iniciar una guerra, así que dio también su visto bueno a regañadientes.
Muy a regañadientes, hay que decir, porque no se privó de recordar que Gotti había actuado sin el dictamen de la Comisión y que por lo tanto había cometido una grave transgresión que usualmente se pagaba con la vida. Aunque oficialmente diese por buena la sucesión, en el mensaje de Gigante podía leerse casi una amenaza velada. Muchos, sin embargo, lo tomaron como una especie de rabieta o expresión de frustración que no iría a más.
Por entonces las familias estaban demasiado ocupadas con sus problemas judiciales como para buscarse más metiéndose en una guerra. Teniendo encima al FBI, a la fiscalía y a la prensa, ponerse a pelear a causa de un Paul Castellano que no había caído bien a casi nadie parecía tirar piedras sobre sus propios tejados. Sin embargo, quienes pensaron así subestimaron la rabia que Vincent Gigante había acumulado a raíz de todo el asunto.
– Caos en los tribunales
El salto a la fama de John Gotti se produjo de manera automática. El asesinato de Castellano devolvió la Cosa Nostra estadounidense a la primera línea de la actualidad informativa y dio la casualidad de que Gotti era la figura idónea para fascinar a prensa y público por igual, despertando una excitación desconocida desde los tiempos de Al Capone. Él era muy consciente del papel que jugaba su imagen de mafioso peliculero y como Capone, con quien se lo comparaba a menudo, también adoraba ser el centro de atención.
Con el tiempo había cambiado su forma de vestir y aunque en tiempos pasados sí se había vestido como cualquier matón italoamericano de barriada, ahora solamente se dejaba ver con imponentes trajes hechos a medida que le valieron el sobrenombre de Dapper Don, «el Don apuesto». El manejo que hacía de su persona pública era extremadamente hábil. En cuanto veía una cámara, sonreía. Se mostraba al mismo tiempo cordial y distante con el público o la prensa, a la manera de Capone: parecía un tipo simpático, y realmente era simpático, pero usaba su aura de peligro para imponer respeto y dar la sensación de que con él había que guardar ciertas distancias.
Trataba muy bien a los periodistas, sobre todo si eran del sexo femenino, en cuyo caso incluso las invitaba a desayunar o comer con él. No solía tener inconveniente en responder algunas preguntas, aunque fuese de manera oblicua y breve, y cuando lo hacía era generalmente sin dejar de sonreír. Fue así, desplegando todo su carisma de gánster cinematográfico, como se convirtió en una gran estrella.
La «Gottimanía» se apoderó del país. La obsesión por el personaje llegaba a extremos verdaderamente surrealistas: por ejemplo, la sección de moda de un periódico dedicaba una página diaria a analizar la vestimenta con la que Gotti se presentaba ante los tribunales. Se había convertido en uno de los tipos más elegantes de América y literalmente en un icono de la moda, aunque nadie que lo hubiese conocido años atrás hubiese llegado a imaginar algo semejante.
Pero las sonrisas y los trajes elegantes que tanto gustaban a los periodistas y a muchos observadores casuales no iban a impedir que los jueces y fiscales continuasen con su trabajo. Recordemos que cuando Gotti ascendió a la jefatura de los Gambino tenía varios juicios pendientes: el primero por la agresión al técnico de neveras Romual Piecyk, en que quedó absuelto. Apenas unas semanas después tenía que volver a sentarse en el banquillo y esta vez el asunto era bastante más serio.
Varios miembros de la familia Gambino habían sido encausados gracias a la ley RICO, un mecanismo legal que permitía utilizar la jerarquía de un mafioso en su organización para acusarle de aquellos delitos que, aun sin haber sido cometidos personalmente por él o aun sin que constara con pruebas que los hubiese instigado, podían considerarse el resultado de sus órdenes directas dado su lugar en la jerarquía.
Esto atacaba la línea de flotación del principal sistema de defensa legal de los mafiosos: la estructura piramidal de la Cosa Nostra, que hacía muy difícil encontrar pruebas directas que relacionasen a un mafioso de la cúpula con los crímenes que se cometían en la calle. Una estructura perfeccionada en su día por Al Capone, a quien, recordemos, el FBI solamente pudo encarcelar por evasión de impuestos… mientras que no se probó ninguno de los demás crímenes que todos sabían que había cometido u ordenado.
Los mafiosos copiaron sus tácticas, pero la ley RICO, implantada en los años setenta, estaba pensada para combatir esta impunidad. Cuando las autoridades reunían suficiente información demostrable sobre la estructura interna de una familia mafiosa, podían hacer estragos. En el caso de la familia Gambino, acribillada por escuchas telefónicas y micrófonos desde varios años atrás, los investigadores tenían información más que suficiente.
En este nuevo juicio John Gotti se enfrentaba a una posible pena de veinte años de prisión, incluyendo por ejemplo la complicidad en un asesinato cometido en 1977. Las perspectivas no resultaban nada halagüeñas. Sobre el papel parecía que no podría evitar la cárcel.
Gotti, previendo la dificultad de este proceso judicial, había empezado a tomar medidas desde el mismo momento de su ascenso. Prohibió terminantemente que los miembros de su organización llegasen a acuerdos con las autoridades para acortar o evitar sus condenas, ni siquiera cuando estos acuerdos no implicasen delatar a otros.
No quería que nadie se declarase culpable de nada: dado que la ley RICO trataba la organización criminal como una red, aquello equivalía casi a reconocer que los demás acusados podían ser culpables también. En general, sus hombres obedecieron. Pero se produjo un serio traspiés cuando Armond Dellacroce, hijo del difunto Aniello Dellacroce y además bebedor compulsivo, decidió aceptar una sentencia de culpabilidad.
Profundamente afectado por la muerte de su padre y falto de ganas de afrontar su propia defensa, se declaró culpable de acusaciones bajo las que también se estaba juzgando a John Gotti. El hijo de Aniello Dellacroce no delató a nadie, pero eso no evitó que Gotti se enfureciese. Sin embargo, poco podía hacer. De hecho ni siquiera intentó hacérselo pagar con una vendetta: Armond Dellacroce se retiró de la Mafia y no murió asesinado sino como consecuencia de cirrosis alcohólica un par de años después.

No sería el único tropiezo de Gotti en los inicios del nuevo juicio. Envalentonado porque la intimidación del testigo principal le había librado de la condena en el anterior juicio contra Piecyk, quiso volver a probar suerte intimidando a un importante testigo de la nueva causa. Su intento fracasó y el asunto llegó a oídos del fiscal, que lo aireó todo en la misma sala.
El juez encargado del caso, Eugene Nickerson, amenazó con retirarle a Gotti la fianza y enviarlo directamente a la cárcel si cualquier otro testigo o miembro del jurado era contactado por alguien del círculo de los Gambino, incluyendo a sus abogados. De repente, Gotti se encontraba atado de pies y manos. Le habían pillado con las manos en la masa y sabía que se redoblaría la vigilancia sobre los suyos.
Entre tanto, la prensa realizaba una cobertura cada vez más desmesurada del juicio, que poco a poco iba transformándose en un espectáculo hollywoodiense. Toda aquella repercusión era como un círculo vicioso que se retroalimentaba: cuanto más hablaba la prensa del juicio, más cosas raras pasaban. Y cuantas más cosas raras pasaban, más interesaba el juicio a la prensa. Todo llegó al clímax el día en que el tribunal tuvo que ser desalojado después de recibir el aviso telefónico de la colocación de una bomba.
John Gotti, completamente atónito, supo que el aviso ¡se le atribuía directamente a él! Lógicamente, no había ningún jefe mafioso tan estúpido como para amenazar públicamente a un tribunal estadounidense utilizando su propio nombre y Gotti se escandalizó cuando la prensa dio pábulo a la hipótesis de que él era responsable: «Esto es una puta mentira, se lo están inventando todo».
Por una vez, decía la verdad. La policía no tardó en averiguar que no había bomba alguna y que el autor de la amenaza había sido un enfermo mental que creía ser Gotti. Probablemente pocas anécdotas como esta ilustren la enorme popularidad de John Gotti en aquellos tiempos: ya había gente que creía ser él. Como sucede con Napoleón.
Por si no se había producido suficiente caos en torno al proceso judicial, cuatro días después del desalojo del tribunal todo el país fue sacudido por un nuevo suceso truculento destinado a acaparar los titulares: otra bomba, esta vez de verdad, estalló en las calles de Nueva York.
Frank DeCicco y Sammy Gravano estaban en un restaurante de Brooklyn, asistiendo a una reunión a la que se suponía debía acudir también John Gotti. El coche de DeCicco estaba aparcado en la puerta. Ninguno de los mafiosos asistentes vio a un individuo que pasó por la acera y colocó bajo la carrocería una bolsa que parecía basura de la calle pero que en realidad contenía un potente explosivo que se detonaba a distancia.
Cuando terminó la reunión, DeCicco y Gravano salieron a la calle, mientras el sicario que había colocado la bomba los observaba de lejos con el detonador en la mano. Mientras DeCicco y Gravano caminaban hacia el automóvil se les acercó un mafioso al que conocían, Frankie Bellino. Miembro de la familia Lucchese, Bellino estaba pendiente de juicio a sus casi setenta años y quería pedirle a DeCicco el número de su abogado.
Este recordó que casualmente tenía una tarjeta con el número de teléfono en la guantera del coche, así que ambos, DeCicco y Bellino, se acercaron al vehículo para recogerla. Antes de abrir la puerta DeCicco llegó a ver la bolsa bajo el automóvil pero, ironía del destino, la tomó por basura y bromeó: «Mirad, me han puesto una bomba». Los tres hombres rieron.
El sicario que los vigilaba vio cómo se acercaban al automóvil. Allí estaban dos de los tres altos mandos de la familia Gambino. Pero cuando vio el cabello canoso de Bellino, lo confundió con John Gotti, que era su objetivo principal. Apretó el botón de su detonador. La explosión hizo que los tres hombres volaran por el aire, levantados por la onda expansiva. Sammy Gravano, algo más alejado, fue el único que no resultó herido de consideración.
Frankie Bellino sufrió varias quemaduras y heridas internas por las que tuvo que ser operado de urgencia, además de perder los dedos de los pies. Frank DeCicco era quien estaba más cerca de la bomba y quien recibió de lleno la explosión. Gravano recordaría después que vio su cuerpo tendido y que, preocupado porque el depósito de gasolina no hubiese estallado aún entre las llamas, lo agarró para intentar arrastrarlo más lejos del coche: «Tiré de su pierna, pero el resto de su cuerpo no vino con ella».

El cuerpo de DeCicco estaba partido en dos. Naturalmente, había muerto en el acto. Tras ver aquella carnicería, Gravano se sorprendió al comprobar que la sangre de DeCicco no lo había salpicado: «Miré mi camiseta, asombrado. No había una gota de sangre en ella. La fuerza de la onda expansiva hizo desaparecer todos sus fluidos. No quedaba sangre en su cuerpo. Ni una onza». Con todo, el asesino a sueldo había fallado el verdadero objetivo, porque John Gotti había anulado su presencia en la reunión a última hora, librándose por muy poco del atentado.
El atentado con bomba estaba pensado para intentar confundir a los Gambino sobre su autoría. Colocar explosivos en lugares públicos, con el riesgo de matar a inocentes y desencadenar una campaña policial a gran escala, era algo que estaba estrictamente vetado en la mafia estadounidense.
Únicamente los mafiosos sicilianos inmigrados —a quienes sus colegas estadounidenses llamaban despectivamente Zips— podían llegar a emplear ese sistema, que sí era de uso común en Italia. Aun así, era poco probable que Gotti no cayese en la cuenta de que el golpe no provenía de los sicilianos y que realmente los principales sospechosos eran los Genovese.
Efectivamente, la prensa no tardó en airear informaciones que un confidente había proporcionado a la policía, señalando a Vincent Gigante como principal promotor del atentado. El jefe de los Genovese había querido vengar el asesinato de Castellano y aprovechó la temporal debilidad de Gotti, que estaba demasiado ocupado en un peliagudo juicio como para embarcarse en una guerra de represalia.
Gigante había buscado aliados: presionando al jefe de los Lucchese para hacer valer su alianza formal involucró también a esa familia en el golpe (aunque el hospitalizado Frankie Bellino, presente en el momento de la explosión y miembro de los Lucchese, no sabía nada al respecto).
Gotti, claro, se puso furioso. Además, una total confusión se había apoderado de los Gambino, cuyos miembros no sabían si se había desatado una guerra contra ellos y debían esconderse lo antes posible. Gotti organizó el funeral de DeCicco y para evitar que sus subordinados se escabullesen, decretó que la asistencia era obligatoria. Después les dijo que no se vengaría mientras el grueso de la familia estuviese sub iudice, pero que en cuanto terminase el juicio habría guerra contra los Genovese.
Por su parte la prensa y la televisión se recrearon en el suceso como quien asiste a una escenificación real de El Padrino. Sin embargo, para las autoridades la cosa tenía poco de espectáculo. La policía y el juez estaban más preocupados por el caos que una guerra entre los Gambino y los Genovese-Lucchese podría desatar en las calles justo cuando se estaba juzgando a varios capos de los Gambino.
Viendo además que la atención mediática amenazaba con transformar el proceso judicial en una farsa y que Gotti, habiendo escapado por muy poco de la muerte, estaba alcanzando la categoría de héroe popular, el juez Nickerson decidió aplazar el juicio imponiendo una moratoria de cuatro meses. Revocó la fianza de Gotti, que tendría que esperar a la reanudación del juicio en una celda.
John Gotti, pues, aplazó su venganza y fue a prisión preventiva… aunque sin dejar de sonreír ante las cámaras. Periodistas y espectadores estaban atónitos por su imperturbabilidad. No parecía importarle lo más mínimo estar sometido a graves acusaciones. Era como si la historia no fuese con él. Transmitía una apabullante seguridad en sí mismo.
Y nadie podía sospecharlo entonces, pero Gotti ya sabía que seguramente no iba a ser condenado. Una vez más, los hilos de los poderosos Gambino habían comenzado a moverse entre bastidores.
Estaba a punto de nacer la leyenda de «the Teflon Don», el Don de teflón, el hombre sobre el que resbalaban todas las acusaciones como si fuese una sartén antiadherente. John Gotti iba a convertirse en la pesadilla de la justicia estadounidense, en el nuevo Al Capone, en el gánster que parecía imposible de encarcelar ni aunque todos los esfuerzos de las instituciones estadounidenses se volcasen sobre él.
– Nace el Don de Teflón

¿Qué clase de organización es esta donde el asesinato es un método para ascender? (fiscal Diane Giacalone, alegato inicial del juicio RICO de 1986).
La única familia que el señor Gotti conoce es la de su mujer, hijos y nietos (abogado defensor Bruce Cutler, alegato inicial en el juicio RICO de 1986).
John Gotti… supuesto… presunto… jefe del crimen organizado. Empiezo a pensar que es una persona maravillosa y que probablemente haya sido gravemente malentendido. Me gustaría ser su amigo algún día. (David Letterman, presentador televisivo, ironizando durante un programa de 1988 sobre las continuas absoluciones de Gotti en los tribunales).
Lo decíamos en la primera parte: ser ciudadano de Nueva York a mediados de los ochenta podía conllevar algunos serios inconvenientes. Por ejemplo, que lo seleccionasen a uno como parte de los doce miembros del jurado que se encargaría de dilucidar la culpabilidad o inocencia de John Gotti en los tribunales. Imaginen las noches sin dormir, aguardando una posible llamada intimidatoria de la Cosa Nostra… o algo peor.
De poco serviría saber que las autoridades vigilaban muy de cerca al entorno de la familia Gambino para evitar contactos con el jurado porque el miedo, como suele decirse, es libre. Pero no todos los seleccionados para el jurado se lo tomaron como una maldición. George Pape, residente del barrio neoyorquino de Hell’s Kitchen («La cocina del Infierno», cuna del heroico campeón mundial de boxeo Jim Braddock), no solamente fue inmune al miedo, sino que sintió que le había tocado la lotería.
Pape era un peón de la construcción cuya vida no tenía nada de particular excepto una persistente adicción al alcohol. En cuanto recibió la nominación para el jurado, supo exactamente qué hacer. Años atrás, trabajando en la obra, había conocido a Bosko Radonjic, un emigrante yugoslavo que tras una etapa en la cárcel por haber ejercido como terrorista nacionalista serbio —atentando contra la embajada yugoslava en Nueva York y cosas parecidas— había conseguido auparse a la cúspide de la banda criminal irlandesa con más solera de la Cocina del Infierno, llamada The Westies.
George Pape sabía de las relaciones entre Radonjic y los mafiosos italoamericanos: los entonces todopoderosos Gambino ayudaban a los Westies a mantener a raya su competencia local y estos, a cambio, cuidaban los intereses de los Gambino en el barrio e incluso ejercían puntualmente como brazo armado de alquiler. Pape visitó a su antiguo conocido con una oferta en firme: si le pagaban sesenta mil dólares, estaría dispuesto a vender su voto en el jurado y hacer lo posible para que no hubiese un voto mayoritario en favor de la culpabilidad de Gotti.
El jefe de los Westies fue con la oferta a Sammy Gravano, uno de los capitanes de mayor confianza de Gotti. Pese a la estrecha vigilancia del tribunal para detectar cualquier contacto entre el jurado y el entorno de los Gambino, nadie había contado con la intermediación de una banda como los Westies, que no se encontraban bajo el microscopio. Radonjic se encargó de llevar a buen término el acuerdo sin que el tribunal tuviese la más mínima sospecha.
Así, antes de reanudarse el accidentado juicio donde se lo acusaba de asociación criminal bajo la ley RICO contra el crimen organizado, John Gotti ya sabía que difícilmente podríoa terminar en la cárcel. Dicho y hecho: en el futuro, cuando el jurado se reuniese a puerta cerrada para deliberar, George Pape insistiría en la inocencia de Gotti y haría todo lo posible por boicotear un posible veredicto de culpabilidad, ya fuese mediante su falta de colaboración o mediante la total reticencia ante cualquier debate.
El resto de miembros del jurado estaban atónitos por su conducta, viéndolo desdeñar los debates y bebiendo a escondidas. No tardaron en deducir —errónea aunque comprensiblemente— que los mafiosos lo tenían amenazado. Asustados, no comunicaron sus sospechas al tribunal, temiendo convertirse también en objetivos de la Cosa Nostra (aprensión que Pape, además, se encargó de alimentar en cuanto notó cómo de tenso estaba el ambiente).
Los once miembros restantes de aquel jurado pensaron que bastante marrón les había caído teniendo que decidir la culpabilidad del criminal más peligroso de América como para encima terminar perseguidos por los Gambino si se les ocurría airear las sospechas sobre George Pape. El jurado, pues, estuvo envenenado prácticamente de salida.
El tribunal, la fiscalía, la prensa o el público ignoraban este hecho, así que las autoridades se mostraban optimistas de cara a la reanudación de la vista oral. Los fiscales se encargaron de divulgar entre los periodistas la idea de que Gotti iría a la cárcel con toda seguridad.
Representantes de la policía hicieron correr el rumor periodístico —sin fundamento— de que en los bajos fondos se daba por hecha la condena de Gotti, hasta el punto de que en la familia Gambino se estaba preparando ya una sucesión forzada, lo cual era falso.
Unos meses después tendrían que comerse sus afirmaciones con patatas, duro revés para la campaña generalizada que se estaba desarrollando contra la Mafia estadounidense. Una campaña que, por lo demás, estaba obteniendo buenísimos resultados fruto del trabajo heroico de muchos agentes de la ley… pero que iba a darse de frente con el aparentemente invulnerable John Gotti.
Aun con el jurado estaba comprado, lo que quedaba de juicio iba a resultar casi tan tormentoso y surrealista como antes del aplazamiento. Por el estrado iban a desfilar testigos de la acusación que en muchos casos eran criminales de personalidad estrafalaria, dignos de aparecer en la más surrealista secuencia de Los Soprano o Uno de los nuestros. ¿El resultado? La fiscalía iba a sufrir una cantidad tal de reveses y humillaciones que la vista se convirtió, una vez más, en el espectáculo más esperpéntico de América.

– Más tragicomedia y circo en los tribunales
La reanudación de la vista no comenzó bien para la acusación. El mafioso arrepentido Salvatore Polisi compareció para testificar en contra de Gotti, pero el principal abogado defensor de Gotti, el agresivo y taimado Bruce Cutler, no tardó en ponerle un palo en las ruedas. Cutler supo que solamente dos días antes Polisi había estado dictando parte de sus memorias a un escritor y reclamó astutamente que la defensa tenía derecho a toda la información conocida por el testigo, incliyendo las grabaciones con aquellas conversaciones literarias destinadas al futuro libro.
Cutler alegó que en aquellas cintas podía haber informaciones que pudieran favorecer al acusado y el testimonio de Polisi tuvo que aplazarse mientras la defensa examinaba las grabaciones. Cuando Polisi finalmente regresó al estrado, los abogados de Gotti ya habían preparado un contraataque, desacreditando al testigo al airear públicamente sus ideas racistas ante un jurado en el que había algunos afroamericanos.
Otro testigo clave, Edward Maloney, había sido llamado por la fiscalía para intentar cargar sobre Gotti un antiguo asesinato cometido en los años setenta, cuando Gotti aún era un capitán que intentaba escalar puestos en la organización. Pero Cutler logró demostrar que el testimonio se cimentaba básicamente en historias que circulaban por la Mafia y que Maloney no había tenido conversaciones directas con Gotti sobre el crimen.
El abogado, siguiendo con su táctica de «la mejor defensa es un buen ataque», usó esto para concluir que un «canalla» como Maloney solamente buscaba ingresar en el plan de protección de testigos para librarse de la cárcel y que por eso había exagerado acerca de lo que realmente sabía sobre Gotti. Como puntilla, el maquiavélico abogado dejó caer algunos datos ante el jurado, como que proporcionarle a un testigo una nueva vida de incógnito le costaría al Estado decenas de miles de dólares. Su estrategia funcionó. La declaración de Maloney resultó inservible. Era el segundo testimonio acusatorio machacado por Cutler, a quien en la prensa empezaban a apodar como «la máquina trituradora de testigos».
Otro criminal arrepentido, James Cardinali, había conocido a Gotti en la cárcel durante los años setenta y también había afirmado conocer la implicación de Gotti en aquel antiguo asesinato. Sin embargo, su testimonio terminó siendo una auténtica debacle para la fiscalía. Cardinali, para sonrojo de los fiscales, empezó a hablar en términos elogiosos de Gotti (¡y eso que era testigo de la acusación!). Al ser interrogado por la defensa aseguró que la fiscalía le había prometido diez mil dólares por estar dispuesto a «mentir, hacer trampas o robar» con tal de condenar a Gotti.
Llegó a decir que en su afán de colaborar con la ley había querido entregar a la fiscalía a algunos grandes narcotraficantes sobre los que tenía información clave, pero que ni los fiscales ni la policía se habían mostrado interesados. Aquella era una revelación escandalosa y los periódicos no tardaron en anunciar que la acusación había dejado libres a varios importantes narcos porque estaban obsesionados con cazar a John Gotti.
Pero la sonora bofetada a los fiscales no terminaba ahí. Los abogados defensores preguntaron a Cardinali sobre los rumores que circulaban acerca de la relación entre el juez del caso, Eugene Nickerson y la fiscal del mismo caso Diane Giacalone. Cardinali, con total desparpajo, se hizo eco de las habladurías que corrían por los pasillos del palacio de justicia. Según esas habladurías, Giacalone era una protegida profesional de Nickerson, que la quería casi «como a una hija» y que estaría presumiblemente dispuesto a concederle «cualquier cosa» en detrimento del equipo defensor.
La defensa, una vez más, obtuvo lo que quería. Esto es, titulares que sembraran la duda ante la prensa, el público y especialmente el jurado, sobre las intenciones y métodos de los acusadores.
El siguiente testigo de la acusación, el recluso Matthew Traynor, terminó de convertir el juicio en un circo. Aseguró que los acusadores de Gotti, a cambio de garantizar su testimonio, le habían llevado abundantes drogas a la prisión hasta el punto de que «estaba tan colocado que vomité sobre la mesa de la fiscal». Pero la humillación para la fiscal Diane Giacalone no terminaba ahí. Traynor también dijo que durante la primera entrevista carcelaria con Giacalone, ella había aceptado darle sus medias usadas para que Traynor las guardara en su celda y las usara como fetiche masturbatorio.
Por enésima vez la defensa embarraba la reputación de la acusación ¡volviéndoles en contra a sus propios testigos! El largo juicio, que ya había transitado por amenazas de bomba, desalojos y asesinatos, estaba ahora alcanzando sus más abismales momentos de desvergüenza. Los periodistas, claro, se frotaban las manos ante semejante cantidad de material y no había día en que los noticiarios y diarios proporcionasen entretenimiento sensacionalista al público.
Las tácticas del equipo defensor no solamente se limitaban a astucias como las citadas, que eran legales pero rayanas en la inmoralidad. También transformaron el ambiente del tribunal en algo más propio de una taberna. Con frecuencia hacían comentarios en voz baja —aunque no tan baja para que no se los escuchase— burlándose de los acusadores y muy particularmente de la fiscal Giacalone.
Incluso el propio Gotti, generalmente hierático, llegó a intervenir en voz alta acusando a la policía de haber intimidado a un testigo. Los continuos cuchicheos y burlas provocaron numerosas reprimendas del juez para el equipo defensor, pero esto poco importaba a Gotti y sus abogados. Lo usaban en su favor ante la prensa, transmitiendo la imagen de que el juicio era poco menos que una parodia… parodia que estaban fabricando ellos mismos.
– Golpe a la Cosa Nostra… y Gotti escapa de nuevo

Mientras la acusación de Gotti sufría todos estos escandalosos reveses, le llegó un balón de oxígeno desde otro juicio que se estaba celebrando paralelamente. Los jefes mafiosos neoyorquinos que formaban parte de la comisión de la Cosa Nostra fueron condenados a prisión bajo la misma ley RICO bajo la que se acusaba a Gotti. El propio Gotti se había librado de aquel segundo juicio porque cuando se había iniciado la instrucción del caso todavía no era líder de los Gambino (sí habían sido acusados sus antiguos jefes Paul Castellano y Anniello Dellacroce, pero como sabemos ambos murieron antes de que se celebrase la vista).
Curiosamente, también el jefe de los Bonnano, Philip Rastelli, se salvó de sentarse en el banquillo porque la Comisión mafiosa lo había expulsado antes de la instrucción. ¿Por qué lo habían echado? Pues por permitir que el agente de policía Joe Pistone, más conocido como Donnie Brasco, se hubiese infiltrado en su familia. Así que el heroico Pistone, que tanto daño había hecho a la mafia, ¡terminó haciéndole sin querer un favor a Rastelli!
No obstante la ausencia de Gotti o Rastelli, el éxito de la acusación en aquel segundo juicio fue considerable. Muchos importantes aliadosa de Gotti fueron condenados. El jefe de la familia Lucchese Antonio Corallo, su segundo Salvatore Santoro y su consigliere Christopher Furnari acabaron entre rejas. También fueron a prisión el jefe de los Colombo Carmine Persico y su segundo Gennaro Langella.
Por parte de los Genovese fue a la cárcel «Fat Tony» Salerno, que sobre el papel era «jefe» de la familia, aunque en realidad se trataba de una mera pantalla porque Vicent Gigante —que llevaba décadas engañando a las autoridades haciéndose pasar por demente— actuaba realmente como jefe de facto. Aquellos veredictos supusieron un golpe durísimo para la Cosa Nostra y básicamente descabezaron a media Mafia neoyorquina.
De los principales condenados, Sarlerno y Langella morirían sin salir de prisión. Carmine Persico, a sus ochenta y un años, continúa en la cárcel mientras escribo estas líneas. Solamente el antiguo consigliere Christopher Furnari, que hoy tiene noventa años, ha obtenido permiso para salir en libertad unos meses antes de que se publique este artículo.
Tras semejante victoria judicial —y pese a los sucesivos ridículos de la acusación en el juicio contra John Gotti— la mayoría de los expertos legales apostaban por la condena del «apuesto Don». Mucha de la evidencia en su contra había sido invalidada por sus abogados defensores, ciertamente, pero todavía quedaban motivos por los que el jurado podía convencerse de su culpabilidad. Incluso algunos miembros del entorno de los Gambino se mostraban preocupados, pero Gotti parecía imperturbable.
Cuando el jurado dio el veredicto de absolución de John Gotti, muchos quedaron sorprendidos. Evidentemente nadie sabía por entonces que un miembro del jurado estaba comprado, así que la prensa y el público culparon a la acusación por su torpe selección de testigos y por sus cuestionables estrategias. No sin razón.
Como señalaba el New York Times del día siguiente, muchos expertos continuaban señalando a Gotti como indiscutible jefe mafioso pese a la sentencia absolutoria, pero denunciaban la errónea táctica de los fiscales, consistente en sacar adelante su caso «confiando en chaqueteros criminales profesionales como principales testimonios contra el señor Gotti». La impresión generalizada era la de que los arrepentidos de la acusación no habían servido para nada porque «perro no come perro».
En el momento de subir al estrado y testificar contra erl jefe de los Gambino, aquellos criminales se mostraban menos decididos en sus declaraciones que cuando habían firmado sus acuerdos previos con la acusación. Había quedado claro que los criminales ¡temían más a Gotti que a las autoridades! Sumando a ello la cantidad de anécdotas escabrosas que se habían producido durante la vista, la fiscalía tenía muy buenos motivos para sentirse más que humillada.
A raíz de aquella segunda absolución consecutiva, la aureola de invulnerabilidad de John Gotti continuó creciendo. Él empezó a creérsela, descuidando su conducta y cometiendo errores impropios de quien ya se sabía el criminal más vigilado y perseguido del país (en adelante profundizaremos con mayor detalle sobre esos errores). Pero la verdad es que durante un tiempo pareció verdaderamente intocable. Y eso que casi nadie dudaba sobre su culpabilidad.
Un ejemplo: en 1988 el presentador de moda en el país, David Letterman, incluyó en su programa un célebre sketch titulado «consejos de John Gotti para desgravar impuestos». Entre las supuestas medidas fiscales que Letterman jocosamente atribuía al mafioso, había cosas como «puedes deducir el precio de un piano aunque solo lo hayas comprado para usar las cuerdas», «debes asesinar a alguien en tu casa para poder calificarla como local comercial», «cuatro simples palabras para el auditor: «¿Qué tal tu familia?»» o «El listillo presentador de un talk show puede terminar con gastos médicos superiores a los previstos».
Esto da buena idea de que, pese a la absolución y pese a la existencia de un pequeño núcleo de fans de Gotti que insistían en su inocencia, la mayor parte del país tenía muy claro con qué clase de individuo se la estaban jugando. El propio Letterman se permitía describirlo como un asesino en una de las mayhores cadenas de televisión del país.
Y aun así parecía prácticamente imposible meterlo en la cárcel. La policía estatal neoyorquina fue la que intentó el siguiente asalto contra Gotti, aprovechando sus cada vez más frecuentes descuidos. Pero una vez más el jefe mafioso más famoso del mundo estuvo a un paso de ser condenado… y terminaría dando otra sonora bofetada al sistema.
– John Gotti contra el sindicato de carpinteros

Battery Park City es un barrio del sur de Manhattan que fue planeado en 1968 sobre lo que antes eran las aguas del río Hudson.
Es una extensión artificial de la isla, terreno robado al río y cimentado con los escombros sobrantes de la edificación del World Trade Center y de la mayor obra de construcción en la historia de Nueva York, el faraónico Water Tunnel, que todavía continúa construyéndose y cuya inauguración está prevista para el año 2020.
Planificado de antemano por los urbanistas y no producto del crecimiento natural de la ciudad, Battery Park City es un rincón inusualmente racional, arquitectónicamente hablando, de la capital neoyorquina. Claro que no todo allí era igualmente racional. A fin de cuentas, artificial o no, el territorio seguía siendo parte de Nueva York y pese a su imagen sofisticada, participaba de sus mismas miserias.
En 1986, los dueños del restaurante de lujo Bankers & Brokers decidieron efectuar una costosa reforma sin contratar a carpinteros sindicados, contraviniendo una vieja costumbre de la zona. Cuando esto se supo en la oficina local de la Hermandad de Carpinteros y Ebanistas, el representante sindical local John O’Connor se puso muy nervioso.
De cincuenta años, metido en diversos chanchullos delictivos —que saldrían a la luz con el tiempo— y demostrando una manera más bien callejera de resolver los conflictos laborales, O’Connor se sintió enfurecido por el que no se le hubiera dado baza en unas lucrativas reformas que entraban en el radio de acción de su sindicato.
¿Su solución? Irrumpió en el restaurante durante la noche y se dedicó a tirar abajo cuanto se le puso por delante, causando destrozos valorados en más de treinta mil dólares. Aquello sería el inicio de una pequeña guerra a medio camino entre lo sindical y lo criminal y que en unos meses alcanzaría repercusión mediática internacional.
O’Connor fue denunciado por los destrozos y la policía envió el caso a los tribunales, pero hubo otra consecuencia imprevista. El furibundo sindicalista desconocía que el dueño del restaurante, John Modica, era un «soldado» de la familia Gambino. Dicho de otro modo: acababa de meterse en muy serios problemas al destrozar un restaurante cuya protección dependía directamente de la organización de John Gotti.
Cuando Gotti supo que el restaurante de uno de sus esbirros había sido destrozado, no se lo pensó dos veces y ordenó una inmediata represalia. Según contaría Sammy Gravano años después, Gotti no pretendía que se asesinara a O’Connor, sino más bien que se le diera una paliza. Pero dado que la justicia estaba muy pendiente de los Gambino, el encargo fue delegado una vez más en los Westies, y estos, al parecer, interpretaron las órdenes a su manera.
Una mañana, muy temprano, O’Connor fue tiroteado cuando intentaba entrar en el ascensor de su oficina. Recibió disparos en las piernas, la cadera y las nalgas, pero sobrevivió. Legalmente, el uso de una pistola convertía lo que hubiera sido un asalto en intento de asesinato. John Gotti, que había dado la orden de manera descuidada, desconociendo que la policía estatal lo había estado grabando con un micrófono oculto, fue acusado como instigador del intento de asesinato.
Cuando fue detenido, a principios de 1989, su aureola de intocable continuaba intacta. Se comportó de manera amistosa y simpática con los policías que fueron a detenerlo, sin dejar de sonreír o bromear sobre una nueva absolución. Fue igualmente simpático con el personal de los juzgados y, cómo no, con la prensa. Su contradictoria pero efectiva mezcla de campechanería y altivez continuaba teniendo un efecto mágico sobre empleados públicos y agentes de la ley.
En el edificio de los juzgados se lo trataba como a una autoridad, permitiéndole entrar por puertas traseras y reservándole algunos espacios para que se reuniese con sus abogados en privado o almorzase tranquilamente más allá del alcance de los innumerables periodistas que esperaban incansablemente en la calle. El día en que por primera vez entró en la sala del tribunal para sentarse en el banquillo, Gotti fue ovacionado por muchos de los presentes. Los periódicos y la televisión continuaban fascinados con su figura.
Y como decíamos, una parte de estadounidenses —una parte quizá pequeña pero desde luego ruidosa— defendía su inocencia, aunque probablemente más impulsados por motivos folclóricos, dado que Gotti era uno de los hombres más famosos del país, que por verdadera convicción de que no fuese un jefe mafioso, algo que cualquiera medianamente bien informado sospechaba.
En el juicio se puso de manifiesto que las pruebas contra él no resultaban todo lo sólidas que habían parecido en un principio. La grabación donde se lo oía ordenar el ataque a O’Connor era de poca calidad y los miembros del jurado tuvieron que escucharla mediante auriculares, la única manera de intentar entender algo.
John Gotti no quiso escucharla, a lo que tenía derecho como acusado, y se limitó a mirar fijamente a los miembros del jurado mientras ellos le escuchaban ordenar el ataque, intentando hipnotizarlos con su aura de peligro. La interpretación de lo que se había grabado resultó muy problemática, dado lo difícil que era entender lo que se decía.
Los abogados defensores —entre quienes una vez más estaba el implacable Bruce Cutler— señalaron que el término usado por Gotti era ambiguo. Teóricamente había dicho «we’re gonna bust him up» (algo así como «nos lo vamos a cargar», aunque cabían matices), algo que podía interpretarse como una orden de asesinato.
Pero también parecía que hubiese dicho «we’re gonna bust ‘em up», en plural, que se interpretaba más como una instigación a enfrentarse a los sindicalistas de manera inconcreta y no como la orden de atacar personalmente a uno de ellos. Aquella era la clase de discusión sobre detalles judiciales que alimentaba los noticiarios.
Para colmo, la descoordinación entre distintas fuerzas de la ley terminó de arruinar las cosas. En vez de instalar una sola tanda de micrófonos para utilizar en común el material de las grabaciones, cada fuerza policial o judicial había colocado sus propios micrófonos, bien por pura descoordinación, bien porque todos querían ser los primeros en ponerse la medalla de capturar a Gotti.
En algunos locales de los Gambino había hasta ¡cinco juegos de micrófonos distintos! Eso no solamente había hecho cinco veces más arriesgado el mero hecho de colocarlos, sino que desembocó en que cada fuerza policial realizara sus propias transcripciones de las conversaciones para usarlas en sus propios casos judiciales contra la Mafia. ¿El problema? Que las transcripciones de un material tan poco audible no siempre coincidían entre sí y había discrepancias.
Otras cintas con las mismas conversaciones circulaban por los tribunales, así que sus abogados se hicieron con distintas transcripciones y las ventilaron ante el jurado demostrando que ni las propias autoridades se ponían de acuerdo sobre lo que se decía en aquellas cintas. Los abogados también dejaban caer la posibilidad de que, dada tanta discrepancia entre distintas transcripciones, la acusación hubiese «retocado» las cintas a su conveniencia.
Así pues, la duda estaba sembrada sobre la principal prueba material de la acusación. Y, para variar, algo similar iba a suceder con los testigos.
– Otro caso que se desmonta

¡Al parecer es imposible que doce neoyorquinos se pongan de acuerdo en algo! (El juez, dirigiéndose a los doce miembros del jurado).
Uno de los testigos clave era James McElroy, miembro de los Westies, que había estado presente en el tiroteo de O’Connor.
Según McElroy, Gotti sí había ordenado personalmente «cargarse» a alguien y había felicitado a los pistoleros por «un trabajo bien hecho» (algo contradictorio, por que si Gotti había querido matar a O’Connor, ¡no les hubiese felicitado por fallar y no matarlo!).
Pero el abogado Cutler volvió a poner en marcha la máquina de triturar testigos y McElroy terminó admitiendo que, aunque había conocido personalmente a Gotti en un entierro, nunca había hablado con él del asalto a O’Connor.
Cutler también señaló que McElroy, como otros antes que él, quería entrar en el programa de protección de testigos sin ofrecer una información fehaciente sobre Gotti. El principal testigo de la acusación quedaba abiertamente descalificado.
Los fiscales, no obstante, se guardaban un as en la manga, el típico testigo sorpresa que vemos en las películas. No estaba previsto que testificase la propia víctima del tiroteo, John O’Connor, porque bastante tenía con estar sentado en el banquillo de otro tribunal donde se lo juzgaba por las actividades ilegales de su sindicato, que ya habían salido a la luz. Además, no se tenía constancia de que O’Connor supiese gran cosa sobre Gotti, de lo contrario no se hubiese atrevido a atacar uno de sus negocios.
Su aparición en la sala, pues, causó cierta conmoción e hizo preguntarse a muchos qué tipo de información podría aportar. Sin embargo, O’Connor se comportó como si todo aquello no fuese con él. «Tengo muchos enemigos», dijo refiriéndose a los conflictos sindicales por los que estaba siendo juzgado y dando a entender que no se le ocurría quién podía haber querido dispararle, pese al hecho sabido de que había destrozado un restaurante propiedad de la Mafia. La ayuda que O’Connor prestó a la acusación fue, pues, prácticamente nula pese a la esperanza que los fiscales habían depositado en su testimonio.
Muchos sospecharon que los Gambino lo tenían amenazado, aunque no constaba que se hubiese producido ningún contacto directo del sindicalista con los mafiosos desde el inicio del juicio (después se sabría que efectivamente lo habían amenazado y que, como de costumbre, los Gambino habían delegado en los Westies para hacerle llegar el mensaje de que no debía testificar contra Gotti).
Esto no era todo. Después de que la acusación se diese contra un muro una y otra vez, el jurado se retiró para deliberar. El juez del caso, Edward J. McLaughlin, recibió una nota anónima procedente de un miembro del jurado donde denunciaba sus sospechas de que uno de sus compañeros estaba sospechosamente inclinado hacia la inocencia de Gotti, aunque no se mencionaban nombres.
El juez, naturalmente, se reunió con los doce integrantes del jurado para hacer averiguaciones sobre la nota, pero nadie dio un paso al frente. No pudo averiguar quién había escrito el mensaje ni de quién se sospechaba una extraña inclinación hacia Gotti (recordemos que por entonces no se sabía que Gotti ya había comprado a un jurado en el juicio anterior).
El juez no sacó nada en claro excepto que el jurado no tenía una opinión mayoritaria y no hubo manera de encontrar indicios que sirvieran para invalidar el futuro veredicto. En tono jocoso, aunque presumiblemente contrariado, bromeó resignadamente con la idiosincrasia neoyorquina, que en los Estados Unidos estaba asociada con el estereotipo de un carácter anárquico y desordenado: «¡al parecer es imposible que doce neoyorquinos se pongan de acuerdo en algo!».
Para asombro de muchos, John Gotti salió absuelto por tercera vez consecutiva. Acababa de nacer el Don de Teflón, el hombre a quien le resbalaban todas las acusaciones. La prensa narraba incrédula su tercera victoria judicial y su fama de intocable se hacía más y más grande mientras las autoridades, doblegadas nuevamente, se sumían en la desesperanza.
Sin embargo, Gotti llevaba tiempo creyendo que aquella aureola respondía a la realidad y que realmente era más listo que los agentes de la ley. Henchido de ego, había empezado a descuidarse, tomando decisiones discutibles que lo hacían todavía más vulnerable a las investigaciones. Era verdad que diversas agencias habían intentado tumbarle y habían fracasado, una tras otra. Era cierto que todas ellas habían terminado siendo humilladas en los tribunales. Pero las autoridades siguieron trabajando.
El FBI, particularmente, continuaba con su intensa vigilancia pese al sentimiento de depresión que imperaba entre los investigadores. Era la única gran agencia que todavía no había iniciado motu proprio un juicio contra Gotti y todo el mundo sabía que tarde o temprano el FBI tendría que jugar sus bazas, aun con la convicción de que el mafioso parecía efectivamente hecho de teflón. Nadie confiaba en una condena.
Y sin embargo, justo cuando parecía más intocable, resultó que Gotti empezaba a tener sus horas contadas. Pese a todo su carisma y su saber estar ante las cámaras, el John Gotti torpe y arrogante de sus primeros años en la Mafia estaba a punto de retornar para ponérselo fácil a la justicia.

En 1998, a Gotti se le diagnosticó cáncer de garganta y fue enviado al Centro Médico de Estados Unidos para Prisioneros Federales en Springfield, Misuri, para ser operado.
Aunque el tumor fue extirpado, se descubrió que el cáncer había regresado dos años después y Gotti fue trasladado de nuevo a Springfield, donde pasó el resto de su vida.
El estado de Gotti empeoró rápidamente y murió el 10 de junio de 2002, a la edad de 61 años.
La Diócesis católica de Brooklyn anunció que a la familia de Gotti no se le permitiría celebrar una misa de réquiem, pero sí una misa conmemorativa tras el entierro.
El funeral de Gotti se celebró en una instalación no eclesiástica.
Tras el funeral, se calcula que unos 300 curiosos siguieron la procesión, que pasó por el Bergin Hunt and Fish Club de Gotti, hasta su tumba.
El cuerpo de Gotti fue enterrado en una cripta junto a su hijo, Frank. El hermano de Gotti, Peter, no pudo asistir debido a su encarcelamiento. En un aparente repudio al liderazgo y al legado de Gotti, las demás familias de la ciudad de Nueva York no enviaron representantes al funeral.
Numerosos procesos judiciales desencadenados por las tácticas de Gotti dejaron a los Gambino diezmados. A finales de siglo, la mitad de los miembros de la familia estaban en prisión.
nuestras charlas nocturnas.
Guerras del siglo XIX, resumen (de 1800 a 1848)…

sobrehistoria.com — Las guerras nunca deberían tener lugar, pero por desgracia, suceden. Debemos aprender de ellas para que conflictos similares no vuelvan a producirse y podamos vivir en armonía. Esto queda lejos, lo sabemos, pero la historia forma parte de la sociedad en la que vivimos y es obligado conocer cuáles fueron, en qué año tuvieron lugar y sus razones. Este es un resumen de las principales Guerras del Siglo XIX de 1800 a 1848.
En lista cronológica, siguiendo el orden de los conflictos, el nombre que tómo la pugna y los territorios a los que afectó el enfrentamiento. También se indica qué países estuvieron involucrados y el resultado final.
1801 – Guerra de las Naranjas – Portugal. Enfrentó a Portugal contra Francia y España. Venció la alianza franco-española.
1801 a 1805 – Guerra de Trípoli o Primera Guerra Berberisca – norte de África. Enfrentó a Estados Unidos vs los Estados Berberiscos (norte de África). Si bien hubo un acuerdo de paz, se puede considerar vencedor a Estados Unidos.
1803-1815 – Guerras Napoleónicas – Europa. Se denomina así a un conjunto de enfrentamientos entre el Imperio Napoleónico (Francia) y aliados versus otros países europeos (Coalición). Finalizan en 1815 con la derrota de Napoleón. Compuesta por:
- 1804-1813: Guerra Ruso-Persa
- 1805: Guerra de la Tercera Coalición
- 1805-1810: Guerra Franco-Sueca
- 1806-1807: Guerra de la Cuarta Coalición
- 1806–1812: Guerra Ruso-Turca
- 1807-1809: Guerra Anglo-Turca
- 1807-1814: Guerra de la Independencia Española
- 1814: Guerra Noruego-Sueca
- 1807-1812: Guerra Anglo-Rusa
- 1809: Guerra de la Quinta Coalición
- 1812: Guerra Franco-Rusa
- 1813: Guerra de Liberación
- 1813-1814: Guerra de la Sexta Coalición
- 1815: Guerra Napolitana
- 1815: Guerra de la Séptima Coalición (o los Cien Días)
1804-1806 – Primer Levantamiento Serbio. Serbia se levantó contra la dominación del Imperio Otomano, pero fue vencida.

1806 y 1807: Invasiones Inglesas. Ingleses hacen dos invasiones en el Río de la Plata (colonias americanas españolas) son expulsados por las milicias locales.
1809-1826 – Guerras de Independencia Hispanoamericana. Se trata del levantamiento de varias regiones de las colonias españolas que conlleva a la independencia de vastas regiones de Sudamérica, Centroamérica y México.
1815-1817 – Segundo Levantamiento Serbio. Nuevamente se rebela contra la dominación del Imperio Otomano alcanzando su independencia al constituirse como Principado de Serbia.
1821-1831: Guerra de la Independencia de Grecia se enfrenta al Imperio Otomano, intervienen Rusia, Francia e Inglaterra. El Imperio Otomano es vencido, y Grecia es declarada un estado independiente.
1825-1828 – Guerra del Brasil. Se enfrentan las Prov. Unidas del Río de la Plata (ahora Argentina) y el Imperio del Brasil. Si bien la victoria la obtuvieron las Prov. Unidas, por un tratado se decide la independencia de las tierras en disputa, conformando un nuevo estado, Uruguay.

1838-1851 – Guerra Grande. Guerra civil en Uruguay a la que se suman la Confederación Argentina, el Imperio del Brasil y varias potencias europeas. Finaliza con un tratado entre los contendientes uruguayos que declara que no hubo “ni vencedores ni vencidos”.
1839-1842 – Primera Guerra del Opio, en China. Enfrentó a Gran Bretaña con China por el contrabando inglés de opio. Venció Gran Bretaña, que logró imponer el comercio de esta droga y obtuvo el control de Hong Kong.
1846 – 1848: Guerra Estados Unidos-México o “Intervención Norteamericana”. Venció Estados Unidos, que se apropió de más de la mitad del territorio de México y estableció su control sobre el estado de Texas (“independiente” hasta antes de la disputa).
nuestras charlas nocturnas.
La indisciplina de los soldados, madre de todas las derrotas…

Historia Hoy — José María Paz* nació en Córdoba en 1791 y murió en Buenos Aires en 1854 a los 73 años, de los cuales consagró medio siglo de su intensa y dura vida en las que padeció cárcel, exilio y pobreza. Desde 1810, “perteneció a la causa de la revolución”. Paz y su familia “se distinguieron por sus sentimientos liberales y patrióticos”.
Cuando cumplió 20 años, y en los dieciocho siguientes, participó en la Guerra de la Independencia, intervino en las derrotas de Cotagaita y Vilcapugio y Ayohuma, y en las batallas victoriosas de Salta y Tucumán. Entre 1823 y 1825 organizó en San Carlos (Salta) una división que debía marchar al Perú para reforzar al Mariscal Sucre.
En 1826 se incorporó al Ejército de operaciones en la guerra del Brasil. Entre 1818 y 1830 se enfrentó a los caudillos Juan Bautista Bustos (en San Roque) y Facundo Quiroga (en La Tablada y Oncativo) y los derrotó. Paz fue uno de los jefes militares de mejor formación intelectual: se graduó en Filosofía, Teología, bachiller y maestro en artes.
Aprendió latín y matemáticas. Cursó la carrera de jurisprudencia, que abandonó convocado por la guerra, cuando le faltaba el último curso. Inició su carrera como Teniente y ascendió a General, después de la Batalla de Ituzaingó. Comenzó a escribir sus Memorias en 1839, cuando estaba preso, trabajo que continuó con interrupciones.
Escribió sin apuntes a la vista, apelando a su minuciosa memoria y sujeto a su convicción; “Si no ha de decirse la verdad más vale tirar la pluma”. Su prosa es clara, sobria y pulida. Por esa calidad, su prosa es comparable a la de Sarmiento. El General Paz organizó sus Memorias en tres partes: “Campañas de la Independencia”, “Guerras civiles” y “Campañas contra Rosas”. Este es un fragmento de la primera parte.
Desde la malhadada campaña de Salta, la insolencia de los gauchos había subido a un grado casi insoportable; entraban al pueblo en partidas, y más de una vez hubo riñas con los soldados y lances aún más desagradables. Al fin el ejemplo de una licencia triunfante había influido en lo poco que quedaba de disciplina, de modo que amenazaba la vida del ejército.
Era urgente, indispensable y vital salir de esta posición, y supongo que por orden del Gobierno, resolvió el General dejar Jujuy y toda la provincia, para replegarse cien leguas más, hasta Tucumán. Se emprendió la marcha, al mismo tiempo que mi regimiento la principiaba desde Humahuaca, de modo que siempre fuimos tres o cuatro jornadas a retaguardia.
En Yatasto encontramos al batallón núm. 10 al mando del coronel (hoy General en Chile) don Francisco Antonio Pinto. No sé por qué singularidad este batallón recién venido había quedado atrás, hallándose ya todo el ejército en la Villa las Trancas, a veinte leguas de Tucumán.
Nosotros también hicimos alto en Yatasto y tuvimos la ocasión de tratar de cerca al señor Pinto, que es un caballero distinguido; es natural de Chile y había sido mandado a Europa por el Gobierno de su país. A su regreso tomó servicio en Buenos Aires, no obstante que en su patria se agitaba de un modo más activo la cuestión de independencia, lo que hizo creer que su adhesión a los Carreras, cuyo partido estaba caído, lo obligaba a permanecer entre nosotros.
Después de unos cuantos días de mansión en la hacienda de Yatasto, tuvimos orden de continuar nuestro movimiento hasta las Trancas. El batallón núm. 10 se acantonó en el pueblo, donde estaba la infantería y los Dragones del Perú, quedando acampados a distancia de una legua, sobre el río del Tala.
Ya entonces se extendía la voz de que el general Rondeau iba a ser relevado por el general Belgrano, que había vuelto de Europa y había sido llamado a Tucumán, donde seguía legislando el Congreso. Con este motivo los jefes partidarios de Rondeau, a cuya cabeza estaban los coroneles French y Pagola, pensaron en un movimiento sedicioso, semejante al que se hizo en Jujuy para resistir la admisión del general Alvear; exploraron el campo, sondearon los ánimos y aun se atrevieron a tantearnos al coronel Balcarce y a mí.
Si el fruto que sacaron de otros fue como el que obtuvieron de mi regimiento, debieron sacar un terrible desengaño; así es que desistieron de su empeño y se resignaron. Fuese que el nuevo General lo exigió, fuese porque ellos no quisieron sujetarse al nuevo método disciplinario que iba a establecer, el hecho es que los coroneles French y Pagola y el comandante don Ramón Rojas dejaron sus puestos y marcharon a Buenos Aires; en esos días hicieron lo mismo el coronel Ortiguera, el comandante don Celestino Vidal y otros.

De este modo el general Belgrano quedó sin oposición y en aptitud de dar el impulso que deseaba para mejorar el estado del ejército. Se recibió del mando y pasó una revista, marchándose luego a Tucumán y dando orden de que le siguiese el ejército.
El 9 de Agosto de ese año (1815), recuerdo que pasamos revista de comisario en las Trancas, y luego que se concluyó me invitó Balcarce a dar un paseo por la casa de los médicos (ya entonces mi regimiento había venido al pueblo) para consultarles sobre varios síntomas de enfermedad que él sentía.
Consistían en una tos bastante fuerte y una fatiga que le acometía cuando hacía cualquier ejercicio. Efectivamente, estuvimos con los doctores Berdín y Vico, quienes en el momento graduaron de muy leve la enfermedad; más, en el mismo día variaron de opinión, y la clasificaron de muy grave, cuando hubieron hecho un reconocimiento más prolijo y detenido.
A los dos días declararon que era indispensable que el enfermo fuese trasladado a Tucumán, donde podría ser asistido con mejores auxilios que en la campaña. Yo que estaba ligado por tantos títulos a este digno compañero, tomé el más vivo interés, y no fue sino con pesar que le hice preparar el carruaje y me resolví a separarme de un amigo que no debía ver más. El 22 del mismo mes falleció este benemérito jefe, este virtuoso soldado y patriota distinguido.
El 28 llegó el ejército a dicha ciudad, y solo me encontré con su última voluntad consignada en su testamento, en que me daba una nueva prueba de confianza. Me instituía por su único albacea, y por herederas de una parte que tenía en una casa en Buenos Aires, a sus hermanas solteras. Murió pobre, pero sentido universalmente del pueblo y del ejército. Solicité en nombre de mi regimiento, el permiso de usar luto por dos meses, y se me concedió, lo que todos los oficiales hicieron con la mejor voluntad.
Sus funerales si no fueron suntuosos no carecieron de solemnidad; asistieron a porfía los ciudadanos y los diputados del Congreso como particulares, fuera de los oficiales del ejército. El vicario castrense, canónigo Gorriti, pronunció su oración fúnebre y se acordó de aquel arrebato, de que he hecho mención, cuando la acción de Venta y Media, aunque sin nombrar la persona que fue el objeto de su cólera. El orador dijo y con razón, que en una vida tan llena de mansedumbre y de moderación, solo una vez se le vio exaltarse fuertemente, impulsado por el patriotismo y por el honor militar. Esta desgracia que puedo llamar doméstica, por cuanto vivíamos en una misma casa, comíamos en la misma mesa y estábamos siempre juntos, me causó el más acerbo dolor; luego diré que influyó poderosamente en el quebranto de mi salud.
El 28 de Agosto por la tarde, según he dicho, entró el ejército en Tucumán y fuera del núm. 10 que se acuarteló en la Merced, todos los demás cuerpos pasaron a lo que se decía la Ciudadela, que era aquella fortificación comenzada por el general San Martín, de que hice mención. Apenas había uno o dos malos galpones y los demás debían fabricarlos los mismos cuerpos, a lo que se puso mano inmediatamente.
Mi cuerpo había traído la retaguardia, y de consiguiente fue el último que atravesó la población, cerca de oraciones. Para que hubiese más hombres en formación había mandado suprimir los cargueros de equipajes, echándolos en unas carretas que venían atrás y dando ejemplo con los míos. Veníamos, pues, todos a cuerpo gentil; pero creyendo que no pasaríamos de la ciudad, esperábamos que se nos reunirían las carretas, y además, que no nos faltarían recursos, aun cuando aquello no sucediese.
Era ya entrada la noche cuando recibí orden de continuar la marcha al convento de los Lules, perteneciente a la religión dominicana, situado a tres leguas al sud oeste de la ciudad. Fue preciso seguir; la noche era fría y húmeda; llegamos a la mitad de ella y tuve que pasarla toda en pie y sin tener con qué cubrirme.



