John Gotti: el Tony Soprano de los ochenta…

JotDown(E.J.Rodríguez) — Si vivía usted en Nueva York durante los años ochenta, había una cosa segura: mejor no encontrarse por la calle con él, no fuese que tuviesen alguna discusión de consecuencias imprevisibles. Si no, que se lo cuenten a Romual Piecyk, un técnico en reparación de frigoríficos que un buen día de 1984 dejó aparcado su automóvil frente a un restaurante de Queens sin sospechar la pesadilla en que iba a convertirse su vida a causa de ese simple momento.
Al regresar a por el coche encontró que otro automóvil aparcado en doble fila le estaba bloqueando la salida. Enfurecido, comenzó a apretar compulsivamente el claxon. Al poco tiempo salió del restaurante el dueño de aquel otro coche. El tipo se dirigió hacia la ventanilla de Piecyk y sin darle tiempo ni a reaccionar le pegó una bofetada y además le quitó la billetera que llevaba visible en el bolsillo de la camisa.
Romual Piecyk se puso aún más furioso. 1’87 metros de altura y una complexión fuerte le hacían buen rival en una pelea. Salió del coche para enfrentarse al desconocido. No fue una buena idea.
El agresor en cuestión se llamaba Frank Colletta y era una destacada figura en la familia Gambino, la organización mafiosa más importante de Nueva York. Iba acompañado. Del restaurante salió otro individuo que también se acercó a Piecyk para darle un bofetón. Antes de que el pobre agredido pudiera reaccionar, el segundo tipo se llevó la mano a la cintura dejando entrever que llevaba una pistola: «Será mejor que te vayas a tomar por culo de aquí».
Y él, claro, se marchó. Pero buscó a un policía y denunció la agresión, la amenaza con pistola y el robo de la billetera, que contenía trescientos dólares. En los siguientes meses tendría tiempo de arrepentirse de haber interpuesto la denuncia. Mientras se tramitaba y se organizaba el juicio por agresión, el rostro de aquel individuo que le había amenazado con una pistola empezó a aparecer en todas partes: periódicos, televisiones… su nombre era John Gotti.
Romual Piecyk supo de repente que se estaba enfrentado a uno de los criminales más peligrosos de los Estados Unidos y que una discusión de tráfico le había convertido en objetivo directo de la Mafia. Y su vida, como decíamos, se convirtió en una pesadilla. Recibía constantes llamadas telefónicas donde le decían que lo iban a matar; incluso escuchaba amenazas de desconocidos con los que se cruzaba por la calle.
Un día, los frenos de su furgoneta dejaron de responder; alguien había cortado los cables ya fuese como intento de asesinato o quizá como serio aviso de que no debía declarar en contra de John Gotti.
Lo peor, sin embargo, fue conocer algunas historias aterradoras sobre lo que les sucedía a aquellos que se enemistaban con John Gotti; historias que la prensa estaba aireando justo en aquellos días. La que más le preocupaba era la de un antiguo vecino de Gotti, llamado John Favara, inofensivo encargado de sección en una tienda de muebles.
Hacia 1980 Favara estaba sacando el coche de casa cuando el hijo pequeño de la familia Gotti, Frankie, de doce años, salió inesperadamente a la calle con su bicicleta. Favara no podía verlo porque la calle estaba en obras y un contenedor de escombros ocultaba su ángulo de visión.
Al acelerar atropelló al niño, que se había lanzado precipitadamente a circular por la calzada. Frankie Gotti murió en el acto. La policía, tras investigar el atropello, dictaminó que se había tratado de un accidente, que el conductor no había podido evitarlo y que no tenía ninguna culpa. Así pues, no se presentaron cargos.
Pero no había perdón para John Favara, quien ingenuamente no alcanzaba a comprender por qué los Gotti no entendían que se había tratado de un desgraciado accidente. Incluso estuvo a punto de acudir al funeral del niño, pero el párroco del barrio hubo de prevenirle que no resultaba conveniente.
Favara llegó a oír comentarios por el barrio: decían que el conductor que había protagonizado el accidente no iba a vivir mucho más tiempo. Por si guardaba aún alguna duda, el teléfono de su casa empezó a arder con llamadas amenazantes y además dejaron en su buzón una tarjeta del funeral de Frankie Gotti y una foto del niño.
Un día su coche apareció con una pintada en la carrocería: «asesino». Favara entendió finalmente que estaba tratando con mafiosos y, sin saber qué hacer, consultó a un amigo de la infancia cuyo padre había estado en la Cosa Nostra. Su amigo le aconsejó vender la casa y mudarse a toda prisa.
A la desesperada, el pobre Favara acudió al hogar de los Gotti para expresar su arrepentimiento… pero tuvo que salir precipitadamente después de que Victoria Gotti, la mujer de John y madre del difunto, arremetiese contra él golpeándole con un bate de béisbol.
Fue atendido en un hospital a consecuencia de los golpes, pero no denunció la agresión. Supo que tenía que huir. Puso su casa en venta, encontró un comprador y empezó a prepararse para la mudanza.

No tendría tiempo de marcharse. Justo un día antes de que cambiase de casa, cuando salía del trabajo, una furgoneta se detuvo junto a él y un pequeño grupo de hombres le forzaron a entrar en el vehículo ante la mirada atónita de varios testigos. Fue la última vez que se vio a John Favara con vida. Desapareció del mapa. Nunca más se supo de él ni apareció ningún cadáver. La policía no pudo identificar a los secuestradores.
El matrimonio Gotti tenía coartada, porque «casualmente» había salido de viaje en esos días. Aun así fueron interrogados. John Gotti, principal sospechoso de organizar el crimen, se limitó a señalar el hecho de que sin cuerpo no había posible caso de asesinato. En ausencia de pruebas no se lo podía acusar de nada, ni siquiera de inducción al secuestro. Dijo a los policías: «No siento que el tipo haya desaparecido; lo sentiría si apareciese muerto».
Su mujer fue más directa: «No sé lo que le ha pasado, pero no lamento que haya desaparecido. Él mató a mi pequeño». La policía tuvo que olvidar el asunto y después de tres años sin saber de él, John Favara fue declarado muerto. No obstante, y pese a la falta de evidencias que condujesen directamente a John Gotti, nadie dudó nunca de su autoría moral.
Los fiscales y los inspectores policiales pensaban que había ordenado el secuestro y posterior asesinato. La prensa también lo pensaba. La historia se publicó en todas partes a mediados de los ochenta, cuando Gotti saltó a la fama, y todos los dedos le señalaban como responsable. Aun así, el mafioso seguía en la calle, enfrentándose a una denuncia por un altercado de aparcamiento.
Así pues, nuestro infortunado técnico de neveras, Romual Piecyk, tenía más que considerables motivos para ponerse muy, muy nervioso. Aguardaba al juicio día tras día mientras John Gotti ascendía a la jefatura de la familia Gambino después de ordenar asesinar a su propio «Don», Paul Castellano, como se encargaron de airear todos los noticiarios del planeta.
Una vez más no había pruebas contra Gotti, pero todo el mundo entendió que él había matado a su jefe: la prensa, la policía neoyorquina, el FBI, los fiscales… y Piecyk no sabía dónde meterse. Si nada podía hacerse contra Gotti respecto a un crimen cometido prácticamente ante la vista de todo el mundo y del que el país no dejaba de hablar, un técnico de neveras podía sentirse más que completamente indefenso ante el mafioso más poderoso de América.
El FBI y la fiscalía estaban ansiosos por condenar a Gotti aunque fuese por los cargos menores de asalto y robo de una billetera, pero Romual Piecyk dejó claras sus intenciones cuando los agentes federales fueron a visitarle: «No pienso testificar contra John Gotti». Vivía con el terror constante de no saber en qué momento podría terminar corriendo la misma suerte que John Favara. Para colmo, su mujer estaba embarazada.
Se cambió de casa e incluso compró una pistola, pero podía comprender que ni eso lo salvaría. Su única posibilidad de sobrevivir residía en aplacar a John Gotti. Llegó a hablar con la prensa y lo hizo mintiendo porque no le quedaba otra salvación: negó rotundamente haber recibido amenazas o que los frenos de su automóvil hubiesen sido boicoteados.
Intentó despejar cualquier duda sobre el mafioso y aunque finalmente admitió que iría a testificar en el juicio, aclaró que nunca hablaría «en contra del señor Gotti sino a su favor. No quiero perjudicar al señor Gotti». El fiscal del Distrito encargado del caso dedujo fácilmente que Piecyk estaba bajo amenazas y temió que lo mismo pudiese ocurrir con los miembros del jurado, así que solicitó que se conformase un jurado anónimo. Ni siquiera bajo unos cargos relativamente insignificantes resultaba fácil montar un juicio contra el nuevo Don de los Gambino.
Cuando se inició el juicio Romual Piecyk no dio señales de vida. A falta de su testimonio, hubo que posponer. No estaba en su casa, había dejado a su mujer en casa de su madre y nadie conocía su paradero. El FBI temió que hubiese cometido la insensatez de intentar escapar, pero tras varios días de búsqueda lo encontraron en un centro médico donde se había sometido voluntariamente a una operación en el hombro con la esperanza de que el ingreso hospitalario lo librase de tener que acudir que testificar. Naturalmente, las autoridades no iban a dejarlo pasar tan fácilmente.
El fiscal aseguró al juez que Piecyk testificaría. Los abogados de John Gotti, con un descaro total, insistían en que en ningún momento su defendido había tenido noticia del paradero del técnico de frigoríficos, dando a entender que Gotti no se había molestado en seguirlo y que no tenía intención alguna de hacerle daño. No obstante, el FBI tuvo a Piecyk bajo custodia hasta que le dieron de alta varios días después. Entonces, con el brazo en cabestrillo, fue escoltado directamente al tribunal para evitar que intentase escabullirse de nuevo.
Piecyk acudió a un palacio de justicia repleto de cámaras y periodistas, sintiendo que su vida dependía de lo que dijese durante su testimonio. Una vez en el estrado —habían transcurrido un par de años desde su pelea callejera— volvió a estar cara a cara frente a John Gotti y Frank Colletta, sentados frente a él en el banquillo de los acusados. Piecyk aseguró no reconocer a ninguno de los dos, pese a que Gotti no había dejado de aparecer por televisión desde muy poco después del incidente callejero.
También admitió que aquella lejana noche alguien le había robado la billetera sin que él se diese cuenta —el robo había sido denunciado así que no podía desdecirse— pero que no recordaba «nada más». El falso testimonio resultaba tan evidente que el juez aplazó nuevamente el juicio, calificando a Piecyk como «testigo hostil».
Poco después el mismo juez desestimó la petición del fiscal de reanudar la vista, porque sin el testimonio acusador del técnico de neveras no había prueba alguna contra Gotti y Coletta. La prensa resumió el conveniente olvido del testigo principal con un irónico juego de palabras: «I forgotti!».
Unos meses después, cuando Gotti volvía a sentarse en el banquillo —esta vez con cargos bastante más importantes relacionados con el crimen organizado y que podían costarle hasta veinte años de prisión—, Romual Piecyk hizo una aparición sorpresa solicitando testificar en favor de John Gotti, pese a que ¡nada del nuevo juicio tenía que ver con él!
El juez, naturalmente, denegó la extravagante petición, pero Piecyk habló a los periodistas en la misma puerta del tribunal, diciendo que los medios de comunicación y las autoridades estaban tratando «injustamente» al pobre John Gotti. Para entonces Gotti se había convertido oficialmente en la pesadilla no solamente del infortunado técnico de neveras transformado en títere de sus maniobras de relaciones públicas, sino también de las autoridades estadounidenses. Porque Gotti saldría nuevamente absuelto.

– Un simple matón del Bronx
Antes de que empezase a aparecer constantemente en la televisión y de que los medios hiciesen de él una especie de nuevo Al Capone, nadie durante la dilatada carrera criminal de John Gotti había pensado que podía llegar tan lejos.
John Gotti nació en 1940, en el seno de una paupérrima familia neoyorquina donde había trece bocas que alimentar. Ya desde niño era mal estudiante y mostraba una conducta desordenada e incluso agresiva: sus profesores preferían no verlo aparecer por clase, así que acostumbraban a ignorar sus cada vez más frecuentes ausencias. John prefería patear las calles con su pandilla cometiendo sus primeros actos delictivos, generalmente robos.
Sus grandes ídolos eran los wise guys del barrio —los mafiosos a quienes todo el mundo respetaba en aquellas calles— y siendo tan solo un adolescente comenzó a ejercer como recadero para varios de ellos. Tenía veintitrés años cuando pisó la cárcel por primera vez: estuvo veinte días en una celda acusado de robar un coche. Como recientemente se había casado con su novia, Victoria, intentó durante una temporada salir adelante ejerciendo algunos empleos honrados.
Pero siendo de origen pobre y teniendo una nula preparación apenas ganaba para sobrevivir. Su propia esposa terminó animándole para que volviera a aceptar algunos de sus antiguos «trabajos». Nunca más volvió a ser un ciudadano honesto.
Poco a poco iba realizando trabajos más importantes para los mafiosos. No ganaba mucho dinero con ellos, pero aquella era la mejor manera de labrarse su confianza y aprecio, teniendo como tenía en el horizonte un sueño por cumplir: ingresar en la Cosa Nostra. Carmine Fatico, un mando intermedio de la familia Gambino, reclutó a Gotti y a algunos de sus compañeros de pandilla para efectuar robos en la terminal del aeropuerto Kennedy, donde había grandes cantidades de valiosas mercancías escasamente vigiladas.
Era su primer encargo importante. Gotti y sus compinches se hicieron con un camión, lo pintaron como si perteneciese a una conocida compañía de transportes y entraron en el área de carga de la terminal fingiendo hacer una recogida y llevándose lo primero valioso que viesen por allí. El primer botín consistió sobre todo en vestidos de mujer, aunque lo bastante caros como para poder sacar veinte o treinta mil dólares de beneficios.
Fue todo como la seda, nunca mejor dicho. Como el golpe salió bien, Gotti olvidó toda prudencia y le pudieron las ganas de impresionar a Fatico. En lugar de dejar que se olvidara un poco el asunto, subieron de nuevo al camión y volvieron a intentar exactamente la misma maniobra apenas unos días más tarde… pero para entonces la vigilancia aeroportuaria estaba alerta y terminaron todos detenidos. Gotti salió bajo fianza en espera del juicio, pero una vez en la calle siguió demostrando su falta de astucia estratégica.
Estaba tan ansioso por demostrar su compromiso con los mafiosos que, sin importarle la posibilidad de agravar su situación delinquiendo durante la libertad condicional, robó un camión de transporte repleto de cajetillas de tabaco —¡casi medio millón de dólares en cigarrillos!— y una vez más no pudo evitar ser capturado. En esta ocasión no hubo fianza, sino sentencia firme, y John Gotti pasaría los tres años siguientes en la cárcel.
De sus tres principales golpes para los Gambino, dos habían terminado en desastre. Pero aunque había quedado claro que Gotti no era un ladrón brillante, su empeño no pasó desapercibido para Carmine Fatico, que se convirtió en su mentor. También otros miembros de la familia Gambino se fijaron en Gotti: nadie lo consideraba particularmente inteligente, o al menos no brillante, pero había demostrado un considerable carácter ya que habia ido a la cárcel sin delatar a nadie y sin rechistar.
Cuando en 1972 pisó de nuevo la calle tenía ya treinta y dos años, pero poco habían cambiado sus intenciones: quería convertirse en mafioso. Volvió a acercarse a los Gambino, demostrando que su decisión de intentar unirse a la Cosa Nostra había permanecido firme y que los casi tres años a la sombra no le habían hecho recapacitar. Aquella actitud gustó a los mafiosos y varios de ellos pensaron que se necesitaba ese tipo de carácter en la organización.

Tenían que ponerlo a prueba, porque todavía no estaban lo bastante convencidos para convertirlo en uno de los suyos y en aquellos años los «libros» de la Cosa Nostra no se abrían fácilmente para los aspirantes. Cuando Carmine Fatico —que debía alejarse temporalmente de sus actividades a causa de sus problemas legales— tuvo que retirarse temporalmente, permitieron que Gotti se hiciera cargo interinamente de su banda.
Gestionaba un local donde se centralizaban varios negocios ilegales por los que debía responder directamente del subjefe de la familia, el feroz Aniello Dellacroce. Así, aunque indirectamente, John Gotti estaba de repente muy cerca de los círculos del poder de la organización criminal más importante de los Estados Unidos. Gotti era bueno a nivel de calle, se hacía respetar.
Se labró un nombre. Ilustra la confianza que despertaba entre los mafiosos el hecho de que, pese a que ser un mero asociado y no un miembro de pleno derecho de la organización, llegase a conocer nada menos que al mismísimo jefe, Carlo Gambino, un ancianito de aspecto pacífico que hablaba siempre en voz baja y vestía trajes modestos pero que cual Vito Corleone era el capo mafioso más temido y respetado del país. Todo el mundo le llamaba «Don Carlo» y su imagen era tan venerable que incluso había policías que se referían a él como «un caballero».
La gran oportunidad de Gotti llegó cuando apareció una banda de gangsters irlandeses que en alianza con algunos mafiosos resentidos con Carlo Gambino, habían empezado a cometer secuestros, incluyendo el de Francesco Manzo, un miembro de la organización. Secuestrar a un mafioso constituía un atrevimiento insólito. Es más, la misma banda fue responsabilizada del secuestro y posterior asesinato de Emanuel Gambino, sobrino del propioo Don Carlo, algo que era una declaración de guerra.
Era, por fin, el momento de que Gotti demostrase de una vez por todas hasta dónde llegaba su lealtad: le pidieron que buscase a James McBratney, uno de los gangsters irlandeses responsables de los secuestros, para llevarlo a un lugar discreto, sacarle información mediante torturas y posteriormente matarlo. Gotti, junto a sus colegas Angelo Ruggiero —su amigo de la infancia— y Ralph Galione, empezó a rastrear cafés y bares de la zona en busca de McBratney.
Finalmente dieron con él en un restaurante, pero Gotti y sus compinches aún estaban verdes para un trabajo tan delicado. Intentaron (torpemente) hacerse pasar por policías para que McBratney los acompañase fuera del local por su propia voluntad, pero el tipo no creyó una palabra, pidió que le enseñasen alguna placa y en cuanto comprobó que no la tenían decidió ofrecer resistencia. Trató de huir.
Pese al plan inicial de llevarlo a un lugar discreto para matarlo sin testigos, se organizó una trifulca en el mismo restaurante, ante la espantada mirada del personal y otros comensales. Uno de los acompañantes de Gotti terminó disparando a McBratney allí mismo. El trabajo esta hecho, aunque de forma bastante chapucera. Habiendo tantos testigos, a la policía no le costó atar cabos: John Gotti fue detenido acusado de complicidad en el asesinato y declarado culpable, por lo que tuvo que pasar otros dos años en prisión.
La misión, para variar, había puesto de manifiesto que Gotti no era un fino estratega. Pero sí había demostrado su ímpetu y su compromiso con la causa, así que no quedó sin recompensa. Cuando en 1977 salió de la cárcel, con treinta y siete años de edad y varias condenas a sus espaldas que había sobrellevado sin pronunciar la más mínima queja, fue finalmente llevado a la ceremonia de iniciación donde lo convertirían en un verdadero integrante de la Mafia.
Tras hacer el juramento era ya miembro de pleno derecho de la familia Gambino y podía por fin apartarse de los trabajos sucios —robos, tiroteos y demás— para dedicarse a gestionar negocios más importantes. Su carácter agradaba al segundo de la organización, Aniello Dellacroce, y pese a que era un recién llegado fue casi inmediatamente ascendido al rango de «capitán», lo que significaba que estaba al mando de su propia banda.
En realidad era casi la misma tarea que había estado ejerciendo como suplente de Carmine Fatico, pero ahora de manera nominal y sin necesidad de mancharse las manos personalmente. Pese a sus ocasionales chapuzas del pasado, aquel trabajo de organización a nivel de calle sí parecía estar hecho para sus condiciones.

– Cambios en la Cosa Nostra
John Gotti ingresó en la familia Gambino en un momento muy turbulento en la historia de la organización y sin explicar aquel momento no se entendería su posterior ascenso meteórico. Vayamos por partes: aunque John Gotti se había sentido muy impresionado al conocer a Carlo Gambino (y en sus últimos años de vida terminaría imitando algunas de sus costumbres), difícilmente podía alcanzar a entender hasta dónde llegaba la profundidad estratégica de Don Carlo.
El jefe de los Gambino era un «padrino» de la antigua generación que veía la Mafia como un negocio y prefería considerar todas las demás opciones antes de utilizar la fuerza bruta. Don Carlo solía reflexionar mucho cada nueva maniobra y exponía sus argumentos citando frases de Maquiavelo, cuyo manual estratégico El Príncipe había leído hasta aprenderse fragmentos de memoria. Eso no impedía que cuando él lo consideraba necesario pudiera ser implacable y expeditivo, motivo por el que también era muy temido.
Cuando no tenía más remedio que utilizar la violencia recurría a su mano derecha, el agresivo Aniello Dellacroce, el mismo que tan bien se llevaba con John Gotti. En su fuero interno, sin embargo, Carlo Gambino prefería otras maneras de resolver los problemas y no pensaba que alguien como Dellacroce, callejero e inculto, estuviese preparado para sucederle en la jefatura. Cuando Carlo Gambino murió en su cama en 1976, sorprendió a muchos de sus subordinados —y sobre todo a Aniello Dellacroce— dejando una última voluntad con la que nombraba como sucesor a su cuñado, Paul Castellano.
El decreto sucesorio póstumo de Don Carlo se conoció en una tensa reunión entre miembros de la cúpula de los Gambino, algunos de los cuales llegaron a ocultar armas por si allí mismo se desataba una súbita guerra civil en forma de tiroteo. La familia Gambino ingresaba unos cien millones de dólares anuales y su jefatura era el más cotizado botín en el crimen estadounidense. Casi todos en la organización habían dado por hecho que Dellacroce se merecía el puesto, ya que siempre había hecho el trabajo sucio para Don Carlo.
Pero el nombramiento del impoluto Castellano, que apenas había pisado las calles, cayó como un jarro de agua fría. Pese a toda la tensión y un ambiente de guerra inminente se llegó a una solución pacífica cuando Castellano accedió a mantener a Dellacroce como segundo de a bordo. Aquello, al menos en la teoría, iba a servir para aplacar los ánimos.
Pero aquel fue un pobre consuelo para la facción más callejera de los Gambino, entre cuyos miembros destacados se contaba el propio John Gotti. El nuevo jefe resultó no ser bien aceptado. Paul Castellano no era «uno de los suyos». El propio Castellano se consideraba un hombre de negocios, no escondía que carecía de pasado como matón e incluso se jactaba de no saber utilizar una pistola. Mantenía las distancias con sus subordinados, que lo consideraban presuntuoso y altivo.
No solamente detestaban sus humos y sus despliegues de suntuosidad —incluyendo una imponente mansión con servicio y demás lujos— sino que pensaban que como nunca se había probado en las calles, su único mérito era el de que su hermana hubiese sido la esposa de Carlo Gambino.
Así, aunque hubiese sido el difunto y respetado Don Carlo quien había decidido que Castellano debía tomar el mando para que la organización siguiera una nueva dirección más empresarial, más de traje y corbata, a John Gotti aquella era un decisión que le resultaba difícil de entender.
Él mismo, para ingresar en la Mafia, había tenido que efectuar robos, afrontar varias condenas carcelarias e incluso meterse en tiroteos arriesgando su vida. Conocía las calles de primera mano, se había manchado las manos, había conocido diversas facetas del negocio desde lo más bajo. Podía identificarse con un jefe como Aniello Dellacroce, que también había forjado su carrera en las calles. Pero, ¿con Paul Castellano? El tipo apenas había salido más allá de las faldas de Don Carlo. A John Gotti le costaba respetar a alguien así.
El sentimiento era mutuo. A Paul Castellano no le gustaban Dellacroce ni, particularmente, John Gotti. Para empezar, Castellano se ufanaba de sus antepasados sicilianos y menospreciaba los orígenes napolitanos de Gotti. Tampoco le gustaban los modos callejeros y violentos de la banda de Gotti, que juzgaba excesivos e inapropiados. Pero lo que más le incomodaba de John Gotti era un rasgo que había empezado a manifestarse tiempo atrás: su adicción al juego.
Gotti perdía mucho dinero en partidas de cartas donde se involucraba casi a diario, y aquella nefasta costumbre había empeorado tras la muerte de su hijo en el accidente de coche. Aniello Dellacroce trató de defender la conducta de su amigo Gotti ante el jefe: ¿no resultaba obvio que el juego era la manera en que John intentaba sobrellevar su dolor?
Pero Paul Castellano no tragaba con la excusa y continuaba mirando a Gotti de reojo. Sin duda, su manera de pensar no difería mucho de cómo hubiese reaccionado Don Carlo ante esa misma situación: efectivamente, el juego, como cualquier otra adicción, podía hacer vulnerable a un mafioso. Pero aun teniendo razón desde la lógica mafiosa tradicional, a Castellano le perdía no haber sabido ganarse el respeto de sus subordinados y no saber hablarles de tú a tú.
Castellano deducía que la única manera en que John Gotti podía hacer frente a sus cuantiosas pérdidas era el tráfico de heroína, actividad sumamente lucrativa pero que él mantenía terminantemente prohibida en la familia Gambino. Los narcóticos eran un punto débil porque requerían de redes de asociados poco fiables que resultaban fáciles de rastrear para la policía, redes de asociados que podían producir fácilmente arrepentidos que llegasen a acuerdos con las autoridades, señalando a sus contactos mafiosos e incluso convirtiéndose en informantes infiltrados.

Este era el principal motivo por el que el tráfico de heroína estaba vedado. Se hablaba de una ley escrita que decía «el que trafica, muere». Pero ese principio, en la práctica, se convertía en otro distinto: «al que pillen traficando, lo mataremos». Dada la cantidad de dinero que generaban las drogas no era nada extraño que algunos jefes hiciesen la vista gorda, recibiesen su parte y solamente fingiesen estar sorprendidos y escandalizados en el caso de que alguno de sus subordinados fuera detenido por narcotráfico. También este era el caso de Paul Castellano.
Aunque tuviese cierta manga ancha con otros capitanes, intuir que Gotti traficaba desobedeciendo sus órdenes le daba una buena excusa para deshacerse de él. No obstante, necesitaba pruebas de que Gotti efectivamente estaba involucrado en el narcotráfico, o de lo contrario su castigo parecería arbitrario y podría provocar la rebelión de su propio segundo de a bordo, Aniello Dellacroce.
Aquello fue, previsiblemente, lo que terminó de agriar de manera irremediable la relación entre Paul Castellano y John Gotti. La vista gorda hacia el narcotráfico tuvo consecuencias nefastas para las grandes familias mafiosas neoyorquinas. La heroína facilitó que la policía se infiltrase en la familia Gambino, poniendo escuchas telefónicas y micrófonos en diversos puntos estratégicos, incluyendo la propia mansión de Paul Castellano.
Allí, los federales se enteraron de cotilleos tan curiosos como que Castellano era impotente y había prometido a su amante (su sirvienta, con la que mantenía una relación pese a seguir viviendo con su esposa en la misma casa) que se pondría un implante de pene.
Pero más allá de aquellos chascarrillos con los que sin duda se divirtieron mucho los agentes del FBI, el sistema de escuchas —que no se hubiese podido implantar sin la información ofrecida por arrepentidos del narcotráfico— fue sumamente valioso porque dio a las autoridades una buena idea de cómo funcionaba la estructura interna de la organización. Los fiscales y los jueces comenzaron a trabajar intensamente con toda aquella información.
A principios de los ochenta empezaron a llegar las imputaciones. Unos cuantos miembros de la familia Gambino, incluido el propio Castellano, fueron acusados de pertenecer al crimen organizado y tuvieron que empezar a prepararse para ir a juicio. Pero quizá lo más relevante es que Castellano supo que los abogados de algunos de sus subordinados estaban en posesión de grabaciones policiales donde, al parecer, se demostraba la relación entre John Gotti y el tráfico de drogas.
Aquellas cintas eran lo que Castellano necesitaba para poder ordenar la ejecución de Gotti. Sin embargo, movido por su habitual prudencia, decidió esperar. Aniello Dellacroce, su díscolo lugarteniente y principal respaldo de Gotti en la familia, estaba muy enfermo. Le habían diagnosticado un cáncer y le quedaban solamente unos meses de vida.
Además, es posible que hubiese llegado a Castellano la información de que en aquellas mismas grabaciones Dellacroce hablaba pestes de él, y no le convenía oírlas tan pronto para tener que defender su honor frente a un hombre que agonizaba en el hospital.
Así que, por un motivo u otro, esperar a que Dellacroce muriese para exigir las cintas era la mejor manera de evitar un enfrentamiento directo con su lugarteniente. Castellano decidió tener paciencia. Fue un error. Porque, entretanto, Gotti empezó a mover ficha.
En aquellos meses John Gotti fue particularmente clarividente, todo lo clarividente que no había sido en su intensa pero caótica y a menudo torpe carrera criminal. No le costó deducir que Castellano estaba buscando una buena justificación para deshacerse de él y que si encontraba alguna información que lo incriminase en el tráfico de drogas —como por ejemplo, pinchazos telefónicos del FBI—, sería hombre muerto.
Gotti solamente podía llegar a una conclusión: tenía que aniquilar a Castellano antes de que Castellano lo aniquilase a él. Y como decíamos, un insólito arrebato de pericia táctica lo colocó en posición de ventaja. Como su jefe, también decidió esperar a que muriese Aniello Dellacroce, cuya enfermedad parecía una especie de alto el fuego tácito entre dos contendientes que estaban a punto de declararse la guerra.
Pero en el caso de Gotti aquella demora fue providencial. Mientras Dellacroce se consumía, John Gotti desplegó un plan maestro que por una vez en su vida era un golpe de brillantez. Jugó sus cartas con maestría. Aquel plan terminaría aupándolo a lo más alto… justo en los mismos días en que, en algún rincón de Nueva York, un angustiado técnico en reparación de frigoríficos vivía aterrorizado preguntándose si llegaría a ver otro amanecer.
– «Huevos, cerebro y carisma»

El 2 de diciembre de 1985 moría de cáncer Aniello Dellacroce, segundo al mando en la familia mafiosa de los Gambino. Era una muerte anunciada desde meses atrás pero, aun así, causó cierta conmoción. El jefe de la familia, Paul Castellano, no acudió al funeral. Tampoco había visitado a Dellacroce en el hospital, ni una sola vez. Esto no gustó nada a sus subordinados. Castellano puso como pretexto la vigilancia policial, siguiendo su costumbre de no dejarse ver junto a sus hombres. Pero aquello no convenció a nadie.
Era bien sabido que nunca había existido una relación fluida entre ambos y que Castellano lo había nombrado lugarteniente para contentar al sector más callejero de los Gambino. Así pues, su ausencia en el funeral fue considerada insultante por muchos subordinados, entre ellos el más ambicioso de los capitanes de la familia, John Gotti.
El «Gran Paul» sabía moverse en los despachos y era hábil llevando los negocios; de hecho, los ingresos de la familia habían crecido mucho bajo su mandato, hasta alcanzar los 500 millones de dólares anuales. Pero carecía completamente de psicología cuando se trataba de relacionarse con los capitanes de la familia, que no lograban entender su actitud distante y altiva. John Gotti aprovechó la ocasión para ganarse un buen número de aliados.
La tirantez entre Paul Castellano y John Gotti venía de lejos por razones que ya narramos en la primera parte. Pero Gotti no era el único con motivos de queja. Sammy «el Toro» Gravano, metido en el lucrativo negocio de la construcción neoyorquina, dirigía una importante sociedad junto a Louie DiBono, otro mafioso de la familia. Surgieron problemas entre ambos cuando Gravano pensó que DiBono le estaba estafando y presentó una queja ante los jefes.
Paul Castellano y el difunto Aniello Dellacroce organizaron una reunión para dilucidar el asunto. Pero Castellano, con su mentalidad de hombre de negocios, no parecía muy receptivo a sus quejas y prefería que los rentables asuntos inmobiliarios se mantuviesen exactamente como estaban. Gravano, muy enfadado, incluso amenazó con matar a DiBono. Finalmente, solo la intervención de Dellacroce en favor de Gravano hizo que Castellano se decidiese a tomar medidas, disolviendo la sociedad.
El prestigio interno de Dellacroce creció mucho a raíz de aquella reunión —Gotti, por ejemplo, estaba muy impresionado— pero Castellano se sintió menoscabado después de que su segundo le corrigiese públicamente en asuntos de negocios, en los que él mismo se consideraba un especialista. No lo olvidó. Incluso después de muerto Dellacroce, el jefe tenía atravesado a Sammy Gravano. Este era bien consciente de ello y no en vano llevaba ya tiempo involucrado en los planes de John Gotti para asesinar a Paul Castellano.
La falta de mano izquierda de Castellano le hizo seguir cometiendo gruesos errores. Tras la muerte de Dellacroce decidió que su nuevo lugarteniente no sería el que todos en la familia esperaban, Frank DeCicco, sino Thomas Bilotti, quien llevaba mucho tiempo ejerciendo como el principal confidente, guardaespaldas y chofer de Castellano.
Una vez más, esto causó conmoción en la familia. A ojos de los demás, Bilotti no acumulaba méritos para hacerse con un puesto tan importante. Los capitanes no le respetaban, considerándolo el perrito faldero del jefe. Quienes se sintieron desplazados, como Frank DeCicco o el consigliere Joseph Gallo, terminaron uniéndose también a la conspiración secreta de Gotti.
Así, Gotti se había ido haciendo con importantes apoyos dentro de la familia, pero su plan de matar a Castellano todavía tenía que superar serios inconvenientes. Para asesinar a un jefe mafioso se necesitaba la aprobación de la Comisión, el máximo órgano de gobierno de la Cosa Nostra estadounidense, donde estaban los jefes de las principales familias. Y no era fácil que en la Comisión autorizaran algo semejante: si los jefes daban por buenas las sucesiones violentas, sus propios subordinados podían terminar sintiéndose tentados de intentarlo también y rebelarse.
Gotti tenía la difícil misión de conseguir el visto bueno de las otras grandes familias de Nueva York, pero algo así había sucedido muy pocas veces y en circunstancias muy distintas. En 1957, por ejemplo, Carlo Gambino ascendió al poder tras eliminar a su jefe Albert Anastasia, pero entonces habían existido muy buenos motivos para que las otras familias le apoyasen, porque el carácter impulsivo y violento de Anastasia había sido un motivo de preocupación generalizado y a ojos de la Comisión Carlo Gambino iba a actuar en beneficio de todos. En 1985, no obstante, las cosas eran muy distintas.
No existían motivos de peso para que la Comisión aceptase el asesinato de Castellano. Sí, puede que cayese mal a los mandos intermedios. Sí, puede que fuese altivo y poco dado a colaborar. Sí, puede que hubiese faltado al funeral de su lugarteniente. Pero nada de ello justificaba la necesidad de acabar con él sin quebrantar unas reglas que llevaban aplicándose desde los años treinta.
Si John Gotti se presentaba ante los jefes de las grandes familias pidiendo apoyos para matar su jefe, estaría básicamente confesando una traición y obligando a que lo entregasen a Castellano para que este lo ejecutase a su manera preferida. Pero si Gotti cometía el asesinato sin obtener el apoyo de las otras familias, estas le declararían una guerra total por haber roto las reglas y sobre todo para evitar que sus propios capitanes quisieran seguir sus pasos.
¿Qué hacer? La situación parecía complicada. Pero la enfermedad de Dellacroce le había dado varios meses para pensar y en un arranque de inspiración encontró una solución cuya astucia estratégica parecía casi impropia de él (aunque la decisión y ambición con que lo llevó a cabo sí eran característicamente suyas).
Gotti sabía perfectamente que Castellano tampoco caía bien a la mayoría de capitanes mafiosos de las demás familias neoyorquinas, quienes también abominaban de sus aires de superioridad. Aquella fue la rendija por la que buscó nuevas alianzas. En vez de solicitar ayuda directamente a los jefes, sondeó la opinión de los mandos intermedios de las otras familias, que generalmente eran tipos como él, matones a quienes agradaría ver caer al presuntuoso Gran Paul.
Estos capitanes no solamente le dieron su apoyo moral sino que le proporcionaron información acerca de cómo reaccionarían sus propios jefes. De esta manera Gotti evitó involucrar a las cúpulas pero supo que al menos tres jefes de las cuatro restantes familias estarían dispuestos a hacer la vista gorda. Así, con sinuosa astucia, John Gotti obtuvo la aprobación tácita de las familias Bonanno, Lucchese y Colombo.
La única familia a la que no sondeó fue la de los Genovese, cuyo jefe Vincent Gigante era amigo personal de Castellano. Se sabía de antemano que Gigante nunca aprobaría el golpe y que probablemente haría matar a Gotti si se enterase, así que Gotti no se acercó a ninguno de sus subordinados.
Pero Gigante no le preocupaba en exceso ya que estaba poco dispuesto a arrugarse: una vez muerto Dellacroce, pensaba Gotti, ya no había más tiempo. Tenía que actuar con prontitud. Hizo números: si tres de las grandes familias neoyorquinas aprobaban el asesinato y saludaban al nuevo jefe de la familia Gambino —que además era la más poderosa—, Vicent Gigante se encontraría en franca inferioridad.
Pese a su previsible disgusto, tendría que terminar rindiéndose ante el fait accompli. Así que Gotti, por una vez, fue no solamente ambicioso y temerario, sino también estratégicamente brillante. Su partida de ajedrez entre familias iba a funcionar casi a la perfección (en adelante veremos por qué «casi»).

– El ascenso a la cumbre
Solamente dos semanas después de la muerte de Aniello Dellacroce, el 16 de diciembre de 1985, la concurrida calle 46 de Nueva York iba a ser sacudida por un acontecimiento que daría la vuelta al mundo. Faltaba poco para la Navidad y Manhattan estaba repleto de transeúntes. Un lujoso automóvil se detuvo frente al restaurante Sparks Steak House, situado en el mismo corazón de Manhattan. Sus dos ocupantes abrieron la puerta para salir pero apenas habían puesto el pie sobre el asfalto cuando se les acercaron cuatro pistoleros ataviados con abrigos y gorros de invierno al estilo ruso.
Los dos hombres fueron acribillados a balazos. Al escuchar los disparos, los viandantes empezaron a correr aterrorizados buscando algún lugar donde ponerse a salvo. La confusión reinaba en el lugar mientras un automóvil aparcado en la acera de enfrente encendió el motor y, sin apresurar la marcha, abandonó la calle lentamente. El conductor de aquel coche era John Gotti y su copiloto era Sammy «el Toro» Gravano.
Ambos habían observado el tiroteo a escasos metros de distancia, una decisión innecesariamente arriesgada pero muy propia de su bagaje callejero. Habían querido verlo todo con sus propios ojos porque los dos hombres asesinados eran Paul Castellano y Thomas Bilotti. El golpe fue como la seda: los testigos no lograron recordar el rostro de los cuatro asesinos, cuyos atuendos idénticos los confundían en su recuerdo. Tampoco se habían fijado en John Gotti, que todavía estaba a pocas horas de dar el salto a la fama.
La noticia saltó a las primeras páginas de los periódicos y los titulares de los noticiarios de medio mundo. La secuencia parecía directamente salida de la película El Padrino, ya que desde los años treinta apenas se habían visto en los Estados Unidos asesinatos de mafiosos importantes en un lugar público y tan concurrido.
Con Castellano metido en un ataúd llegaba el momento de decidir quién iba a ser el nuevo jefe de la familia Gambino. Puesto que Castellano no había dejado sucesor designado —y si lo hubiese dejado a nadie le hubiese importado, obviamente— se planeó una reunión donde se votaría el nombramiento de un nuevo «Don».
Para evitar un desgobierno temporal en la familia surgió un triunvirato directivo formado por los tres hombres que tenían más papeletas para heredar la jefatura: Frank DeCicco, Joe Gallo y John Gotti. Cada uno de ellos tenía sus propios méritos. Gallo había sido el consigliere de la familia y conocía bien su funcionamiento.
Gotti, evidentemente, estaba allí porque el plan para asesinar a Castellano había sido casi enteramente suyo. Pero el hombre mejor colocado desde hacía tiempo era Frank DeCicco, el mismo al que muchos habían querido ver ascender en lugar de Bilotti y el mismo que ahora esperaban ver convertido en el nuevo boss.
De hecho, había no pocos capitanes que estaban dispuestos a apoyar la candidatura de DeCicco. Por ejemplo Sammy «el Toro» Gravano, quien se acercó a él un día para expresarle su apoyo. Pero DeCicco no se hacía ilusiones al respecto y le sorprendió con una respuesta resignadamente realista con la que daba a entender que el ascenso de John Gotti a lo más alto de la familia le parecía inevitable:
El puto ego de John es demasiado grande. Yo podría ser su lugarteniente, pero él nunca querría ser el mío. Mira: John tiene huevos, tiene cerebro y tiene carisma. Si conseguimos controlarle, si conseguimos acabar con su adicción al juego y sus estupideces extravagantes, podría ser un buen jefe. Te diré qué haremos: le daremos una oportunidad. Dejemos que sea el jefe. Si en un año no funciona, lo matamos: yo me convertiré en jefe, tú serás mi lugarteniente y manejaremos la familia como Dios manda.
El que alguien tan importante en la familia como DeCicco se hiciese prudentemente a un lado sin oponer resistencia alguna hizo que nadie en los Gambino dudase ya de la fiera ambición de John Gotti. A sus colegas se les quitaron las ganas de disputarle el puesto y arriesgarse a enfrentarse abiertamente con él.
El propio Gotti había empezado a comportarse como el jefe de facto desde la muerte de Castellano, cuando ni siquiera se había procedido a la votación, así que todos asumieron que el puesto iba a ser suyo. Todo esto se materializó cuando los veinte principales miembros de la organización se reunieron finalmente para votar y fue el propio DeCicco quien propuso en voz alta el nombre de John Gotti. Salió elegido por unanimidad.
Eso sí, Gotti demostró que entendía perfectamente los requerimientos de la situación y eligió a Frank DeCicco como lugarteniente, una manera de contentar al «perdedor» de la sucesión. Al contrario que Paul Castellano, John Gotti tenía un mínimo de mano izquierda.

Pero, ¿cómo reaccionaron los jefes de las otras cuatro grandes familias neoyorquinas al conocer del asesinato de Castellano y el repentino ascenso de John Gotti? Tal y como Gotti había calculado, no hicieron nada excepto limitarse a saludar su nombramiento. Los Colombo y los Bonnano le enviaron sus bendiciones.
Los Lucchese, más comedidos, se limitaron a dar el visto bueno. El jefe de los Genovese, Vincent Gigante, estaba previsiblemente furioso, pero viéndose en minoría no se encontraba en situación de iniciar una guerra, así que dio también su visto bueno a regañadientes.
Muy a regañadientes, hay que decir, porque no se privó de recordar que Gotti había actuado sin el dictamen de la Comisión y que por lo tanto había cometido una grave transgresión que usualmente se pagaba con la vida. Aunque oficialmente diese por buena la sucesión, en el mensaje de Gigante podía leerse casi una amenaza velada. Muchos, sin embargo, lo tomaron como una especie de rabieta o expresión de frustración que no iría a más.
Por entonces las familias estaban demasiado ocupadas con sus problemas judiciales como para buscarse más metiéndose en una guerra. Teniendo encima al FBI, a la fiscalía y a la prensa, ponerse a pelear a causa de un Paul Castellano que no había caído bien a casi nadie parecía tirar piedras sobre sus propios tejados. Sin embargo, quienes pensaron así subestimaron la rabia que Vincent Gigante había acumulado a raíz de todo el asunto.
– Caos en los tribunales
El salto a la fama de John Gotti se produjo de manera automática. El asesinato de Castellano devolvió la Cosa Nostra estadounidense a la primera línea de la actualidad informativa y dio la casualidad de que Gotti era la figura idónea para fascinar a prensa y público por igual, despertando una excitación desconocida desde los tiempos de Al Capone. Él era muy consciente del papel que jugaba su imagen de mafioso peliculero y como Capone, con quien se lo comparaba a menudo, también adoraba ser el centro de atención.
Con el tiempo había cambiado su forma de vestir y aunque en tiempos pasados sí se había vestido como cualquier matón italoamericano de barriada, ahora solamente se dejaba ver con imponentes trajes hechos a medida que le valieron el sobrenombre de Dapper Don, «el Don apuesto». El manejo que hacía de su persona pública era extremadamente hábil. En cuanto veía una cámara, sonreía. Se mostraba al mismo tiempo cordial y distante con el público o la prensa, a la manera de Capone: parecía un tipo simpático, y realmente era simpático, pero usaba su aura de peligro para imponer respeto y dar la sensación de que con él había que guardar ciertas distancias.
Trataba muy bien a los periodistas, sobre todo si eran del sexo femenino, en cuyo caso incluso las invitaba a desayunar o comer con él. No solía tener inconveniente en responder algunas preguntas, aunque fuese de manera oblicua y breve, y cuando lo hacía era generalmente sin dejar de sonreír. Fue así, desplegando todo su carisma de gánster cinematográfico, como se convirtió en una gran estrella.
La «Gottimanía» se apoderó del país. La obsesión por el personaje llegaba a extremos verdaderamente surrealistas: por ejemplo, la sección de moda de un periódico dedicaba una página diaria a analizar la vestimenta con la que Gotti se presentaba ante los tribunales. Se había convertido en uno de los tipos más elegantes de América y literalmente en un icono de la moda, aunque nadie que lo hubiese conocido años atrás hubiese llegado a imaginar algo semejante.
Pero las sonrisas y los trajes elegantes que tanto gustaban a los periodistas y a muchos observadores casuales no iban a impedir que los jueces y fiscales continuasen con su trabajo. Recordemos que cuando Gotti ascendió a la jefatura de los Gambino tenía varios juicios pendientes: el primero por la agresión al técnico de neveras Romual Piecyk, en que quedó absuelto. Apenas unas semanas después tenía que volver a sentarse en el banquillo y esta vez el asunto era bastante más serio.
Varios miembros de la familia Gambino habían sido encausados gracias a la ley RICO, un mecanismo legal que permitía utilizar la jerarquía de un mafioso en su organización para acusarle de aquellos delitos que, aun sin haber sido cometidos personalmente por él o aun sin que constara con pruebas que los hubiese instigado, podían considerarse el resultado de sus órdenes directas dado su lugar en la jerarquía.
Esto atacaba la línea de flotación del principal sistema de defensa legal de los mafiosos: la estructura piramidal de la Cosa Nostra, que hacía muy difícil encontrar pruebas directas que relacionasen a un mafioso de la cúpula con los crímenes que se cometían en la calle. Una estructura perfeccionada en su día por Al Capone, a quien, recordemos, el FBI solamente pudo encarcelar por evasión de impuestos… mientras que no se probó ninguno de los demás crímenes que todos sabían que había cometido u ordenado.
Los mafiosos copiaron sus tácticas, pero la ley RICO, implantada en los años setenta, estaba pensada para combatir esta impunidad. Cuando las autoridades reunían suficiente información demostrable sobre la estructura interna de una familia mafiosa, podían hacer estragos. En el caso de la familia Gambino, acribillada por escuchas telefónicas y micrófonos desde varios años atrás, los investigadores tenían información más que suficiente.
En este nuevo juicio John Gotti se enfrentaba a una posible pena de veinte años de prisión, incluyendo por ejemplo la complicidad en un asesinato cometido en 1977. Las perspectivas no resultaban nada halagüeñas. Sobre el papel parecía que no podría evitar la cárcel.
Gotti, previendo la dificultad de este proceso judicial, había empezado a tomar medidas desde el mismo momento de su ascenso. Prohibió terminantemente que los miembros de su organización llegasen a acuerdos con las autoridades para acortar o evitar sus condenas, ni siquiera cuando estos acuerdos no implicasen delatar a otros.
No quería que nadie se declarase culpable de nada: dado que la ley RICO trataba la organización criminal como una red, aquello equivalía casi a reconocer que los demás acusados podían ser culpables también. En general, sus hombres obedecieron. Pero se produjo un serio traspiés cuando Armond Dellacroce, hijo del difunto Aniello Dellacroce y además bebedor compulsivo, decidió aceptar una sentencia de culpabilidad.
Profundamente afectado por la muerte de su padre y falto de ganas de afrontar su propia defensa, se declaró culpable de acusaciones bajo las que también se estaba juzgando a John Gotti. El hijo de Aniello Dellacroce no delató a nadie, pero eso no evitó que Gotti se enfureciese. Sin embargo, poco podía hacer. De hecho ni siquiera intentó hacérselo pagar con una vendetta: Armond Dellacroce se retiró de la Mafia y no murió asesinado sino como consecuencia de cirrosis alcohólica un par de años después.

No sería el único tropiezo de Gotti en los inicios del nuevo juicio. Envalentonado porque la intimidación del testigo principal le había librado de la condena en el anterior juicio contra Piecyk, quiso volver a probar suerte intimidando a un importante testigo de la nueva causa. Su intento fracasó y el asunto llegó a oídos del fiscal, que lo aireó todo en la misma sala.
El juez encargado del caso, Eugene Nickerson, amenazó con retirarle a Gotti la fianza y enviarlo directamente a la cárcel si cualquier otro testigo o miembro del jurado era contactado por alguien del círculo de los Gambino, incluyendo a sus abogados. De repente, Gotti se encontraba atado de pies y manos. Le habían pillado con las manos en la masa y sabía que se redoblaría la vigilancia sobre los suyos.
Entre tanto, la prensa realizaba una cobertura cada vez más desmesurada del juicio, que poco a poco iba transformándose en un espectáculo hollywoodiense. Toda aquella repercusión era como un círculo vicioso que se retroalimentaba: cuanto más hablaba la prensa del juicio, más cosas raras pasaban. Y cuantas más cosas raras pasaban, más interesaba el juicio a la prensa. Todo llegó al clímax el día en que el tribunal tuvo que ser desalojado después de recibir el aviso telefónico de la colocación de una bomba.
John Gotti, completamente atónito, supo que el aviso ¡se le atribuía directamente a él! Lógicamente, no había ningún jefe mafioso tan estúpido como para amenazar públicamente a un tribunal estadounidense utilizando su propio nombre y Gotti se escandalizó cuando la prensa dio pábulo a la hipótesis de que él era responsable: «Esto es una puta mentira, se lo están inventando todo».
Por una vez, decía la verdad. La policía no tardó en averiguar que no había bomba alguna y que el autor de la amenaza había sido un enfermo mental que creía ser Gotti. Probablemente pocas anécdotas como esta ilustren la enorme popularidad de John Gotti en aquellos tiempos: ya había gente que creía ser él. Como sucede con Napoleón.
Por si no se había producido suficiente caos en torno al proceso judicial, cuatro días después del desalojo del tribunal todo el país fue sacudido por un nuevo suceso truculento destinado a acaparar los titulares: otra bomba, esta vez de verdad, estalló en las calles de Nueva York.
Frank DeCicco y Sammy Gravano estaban en un restaurante de Brooklyn, asistiendo a una reunión a la que se suponía debía acudir también John Gotti. El coche de DeCicco estaba aparcado en la puerta. Ninguno de los mafiosos asistentes vio a un individuo que pasó por la acera y colocó bajo la carrocería una bolsa que parecía basura de la calle pero que en realidad contenía un potente explosivo que se detonaba a distancia.
Cuando terminó la reunión, DeCicco y Gravano salieron a la calle, mientras el sicario que había colocado la bomba los observaba de lejos con el detonador en la mano. Mientras DeCicco y Gravano caminaban hacia el automóvil se les acercó un mafioso al que conocían, Frankie Bellino. Miembro de la familia Lucchese, Bellino estaba pendiente de juicio a sus casi setenta años y quería pedirle a DeCicco el número de su abogado.
Este recordó que casualmente tenía una tarjeta con el número de teléfono en la guantera del coche, así que ambos, DeCicco y Bellino, se acercaron al vehículo para recogerla. Antes de abrir la puerta DeCicco llegó a ver la bolsa bajo el automóvil pero, ironía del destino, la tomó por basura y bromeó: «Mirad, me han puesto una bomba». Los tres hombres rieron.
El sicario que los vigilaba vio cómo se acercaban al automóvil. Allí estaban dos de los tres altos mandos de la familia Gambino. Pero cuando vio el cabello canoso de Bellino, lo confundió con John Gotti, que era su objetivo principal. Apretó el botón de su detonador. La explosión hizo que los tres hombres volaran por el aire, levantados por la onda expansiva. Sammy Gravano, algo más alejado, fue el único que no resultó herido de consideración.
Frankie Bellino sufrió varias quemaduras y heridas internas por las que tuvo que ser operado de urgencia, además de perder los dedos de los pies. Frank DeCicco era quien estaba más cerca de la bomba y quien recibió de lleno la explosión. Gravano recordaría después que vio su cuerpo tendido y que, preocupado porque el depósito de gasolina no hubiese estallado aún entre las llamas, lo agarró para intentar arrastrarlo más lejos del coche: «Tiré de su pierna, pero el resto de su cuerpo no vino con ella».

El cuerpo de DeCicco estaba partido en dos. Naturalmente, había muerto en el acto. Tras ver aquella carnicería, Gravano se sorprendió al comprobar que la sangre de DeCicco no lo había salpicado: «Miré mi camiseta, asombrado. No había una gota de sangre en ella. La fuerza de la onda expansiva hizo desaparecer todos sus fluidos. No quedaba sangre en su cuerpo. Ni una onza». Con todo, el asesino a sueldo había fallado el verdadero objetivo, porque John Gotti había anulado su presencia en la reunión a última hora, librándose por muy poco del atentado.
El atentado con bomba estaba pensado para intentar confundir a los Gambino sobre su autoría. Colocar explosivos en lugares públicos, con el riesgo de matar a inocentes y desencadenar una campaña policial a gran escala, era algo que estaba estrictamente vetado en la mafia estadounidense.
Únicamente los mafiosos sicilianos inmigrados —a quienes sus colegas estadounidenses llamaban despectivamente Zips— podían llegar a emplear ese sistema, que sí era de uso común en Italia. Aun así, era poco probable que Gotti no cayese en la cuenta de que el golpe no provenía de los sicilianos y que realmente los principales sospechosos eran los Genovese.
Efectivamente, la prensa no tardó en airear informaciones que un confidente había proporcionado a la policía, señalando a Vincent Gigante como principal promotor del atentado. El jefe de los Genovese había querido vengar el asesinato de Castellano y aprovechó la temporal debilidad de Gotti, que estaba demasiado ocupado en un peliagudo juicio como para embarcarse en una guerra de represalia.
Gigante había buscado aliados: presionando al jefe de los Lucchese para hacer valer su alianza formal involucró también a esa familia en el golpe (aunque el hospitalizado Frankie Bellino, presente en el momento de la explosión y miembro de los Lucchese, no sabía nada al respecto).
Gotti, claro, se puso furioso. Además, una total confusión se había apoderado de los Gambino, cuyos miembros no sabían si se había desatado una guerra contra ellos y debían esconderse lo antes posible. Gotti organizó el funeral de DeCicco y para evitar que sus subordinados se escabullesen, decretó que la asistencia era obligatoria. Después les dijo que no se vengaría mientras el grueso de la familia estuviese sub iudice, pero que en cuanto terminase el juicio habría guerra contra los Genovese.
Por su parte la prensa y la televisión se recrearon en el suceso como quien asiste a una escenificación real de El Padrino. Sin embargo, para las autoridades la cosa tenía poco de espectáculo. La policía y el juez estaban más preocupados por el caos que una guerra entre los Gambino y los Genovese-Lucchese podría desatar en las calles justo cuando se estaba juzgando a varios capos de los Gambino.
Viendo además que la atención mediática amenazaba con transformar el proceso judicial en una farsa y que Gotti, habiendo escapado por muy poco de la muerte, estaba alcanzando la categoría de héroe popular, el juez Nickerson decidió aplazar el juicio imponiendo una moratoria de cuatro meses. Revocó la fianza de Gotti, que tendría que esperar a la reanudación del juicio en una celda.
John Gotti, pues, aplazó su venganza y fue a prisión preventiva… aunque sin dejar de sonreír ante las cámaras. Periodistas y espectadores estaban atónitos por su imperturbabilidad. No parecía importarle lo más mínimo estar sometido a graves acusaciones. Era como si la historia no fuese con él. Transmitía una apabullante seguridad en sí mismo.
Y nadie podía sospecharlo entonces, pero Gotti ya sabía que seguramente no iba a ser condenado. Una vez más, los hilos de los poderosos Gambino habían comenzado a moverse entre bastidores.
Estaba a punto de nacer la leyenda de «the Teflon Don», el Don de teflón, el hombre sobre el que resbalaban todas las acusaciones como si fuese una sartén antiadherente. John Gotti iba a convertirse en la pesadilla de la justicia estadounidense, en el nuevo Al Capone, en el gánster que parecía imposible de encarcelar ni aunque todos los esfuerzos de las instituciones estadounidenses se volcasen sobre él.
– Nace el Don de Teflón

¿Qué clase de organización es esta donde el asesinato es un método para ascender? (fiscal Diane Giacalone, alegato inicial del juicio RICO de 1986).
La única familia que el señor Gotti conoce es la de su mujer, hijos y nietos (abogado defensor Bruce Cutler, alegato inicial en el juicio RICO de 1986).
John Gotti… supuesto… presunto… jefe del crimen organizado. Empiezo a pensar que es una persona maravillosa y que probablemente haya sido gravemente malentendido. Me gustaría ser su amigo algún día. (David Letterman, presentador televisivo, ironizando durante un programa de 1988 sobre las continuas absoluciones de Gotti en los tribunales).
Lo decíamos en la primera parte: ser ciudadano de Nueva York a mediados de los ochenta podía conllevar algunos serios inconvenientes. Por ejemplo, que lo seleccionasen a uno como parte de los doce miembros del jurado que se encargaría de dilucidar la culpabilidad o inocencia de John Gotti en los tribunales. Imaginen las noches sin dormir, aguardando una posible llamada intimidatoria de la Cosa Nostra… o algo peor.
De poco serviría saber que las autoridades vigilaban muy de cerca al entorno de la familia Gambino para evitar contactos con el jurado porque el miedo, como suele decirse, es libre. Pero no todos los seleccionados para el jurado se lo tomaron como una maldición. George Pape, residente del barrio neoyorquino de Hell’s Kitchen («La cocina del Infierno», cuna del heroico campeón mundial de boxeo Jim Braddock), no solamente fue inmune al miedo, sino que sintió que le había tocado la lotería.
Pape era un peón de la construcción cuya vida no tenía nada de particular excepto una persistente adicción al alcohol. En cuanto recibió la nominación para el jurado, supo exactamente qué hacer. Años atrás, trabajando en la obra, había conocido a Bosko Radonjic, un emigrante yugoslavo que tras una etapa en la cárcel por haber ejercido como terrorista nacionalista serbio —atentando contra la embajada yugoslava en Nueva York y cosas parecidas— había conseguido auparse a la cúspide de la banda criminal irlandesa con más solera de la Cocina del Infierno, llamada The Westies.
George Pape sabía de las relaciones entre Radonjic y los mafiosos italoamericanos: los entonces todopoderosos Gambino ayudaban a los Westies a mantener a raya su competencia local y estos, a cambio, cuidaban los intereses de los Gambino en el barrio e incluso ejercían puntualmente como brazo armado de alquiler. Pape visitó a su antiguo conocido con una oferta en firme: si le pagaban sesenta mil dólares, estaría dispuesto a vender su voto en el jurado y hacer lo posible para que no hubiese un voto mayoritario en favor de la culpabilidad de Gotti.
El jefe de los Westies fue con la oferta a Sammy Gravano, uno de los capitanes de mayor confianza de Gotti. Pese a la estrecha vigilancia del tribunal para detectar cualquier contacto entre el jurado y el entorno de los Gambino, nadie había contado con la intermediación de una banda como los Westies, que no se encontraban bajo el microscopio. Radonjic se encargó de llevar a buen término el acuerdo sin que el tribunal tuviese la más mínima sospecha.
Así, antes de reanudarse el accidentado juicio donde se lo acusaba de asociación criminal bajo la ley RICO contra el crimen organizado, John Gotti ya sabía que difícilmente podríoa terminar en la cárcel. Dicho y hecho: en el futuro, cuando el jurado se reuniese a puerta cerrada para deliberar, George Pape insistiría en la inocencia de Gotti y haría todo lo posible por boicotear un posible veredicto de culpabilidad, ya fuese mediante su falta de colaboración o mediante la total reticencia ante cualquier debate.
El resto de miembros del jurado estaban atónitos por su conducta, viéndolo desdeñar los debates y bebiendo a escondidas. No tardaron en deducir —errónea aunque comprensiblemente— que los mafiosos lo tenían amenazado. Asustados, no comunicaron sus sospechas al tribunal, temiendo convertirse también en objetivos de la Cosa Nostra (aprensión que Pape, además, se encargó de alimentar en cuanto notó cómo de tenso estaba el ambiente).
Los once miembros restantes de aquel jurado pensaron que bastante marrón les había caído teniendo que decidir la culpabilidad del criminal más peligroso de América como para encima terminar perseguidos por los Gambino si se les ocurría airear las sospechas sobre George Pape. El jurado, pues, estuvo envenenado prácticamente de salida.
El tribunal, la fiscalía, la prensa o el público ignoraban este hecho, así que las autoridades se mostraban optimistas de cara a la reanudación de la vista oral. Los fiscales se encargaron de divulgar entre los periodistas la idea de que Gotti iría a la cárcel con toda seguridad.
Representantes de la policía hicieron correr el rumor periodístico —sin fundamento— de que en los bajos fondos se daba por hecha la condena de Gotti, hasta el punto de que en la familia Gambino se estaba preparando ya una sucesión forzada, lo cual era falso.
Unos meses después tendrían que comerse sus afirmaciones con patatas, duro revés para la campaña generalizada que se estaba desarrollando contra la Mafia estadounidense. Una campaña que, por lo demás, estaba obteniendo buenísimos resultados fruto del trabajo heroico de muchos agentes de la ley… pero que iba a darse de frente con el aparentemente invulnerable John Gotti.
Aun con el jurado estaba comprado, lo que quedaba de juicio iba a resultar casi tan tormentoso y surrealista como antes del aplazamiento. Por el estrado iban a desfilar testigos de la acusación que en muchos casos eran criminales de personalidad estrafalaria, dignos de aparecer en la más surrealista secuencia de Los Soprano o Uno de los nuestros. ¿El resultado? La fiscalía iba a sufrir una cantidad tal de reveses y humillaciones que la vista se convirtió, una vez más, en el espectáculo más esperpéntico de América.

– Más tragicomedia y circo en los tribunales
La reanudación de la vista no comenzó bien para la acusación. El mafioso arrepentido Salvatore Polisi compareció para testificar en contra de Gotti, pero el principal abogado defensor de Gotti, el agresivo y taimado Bruce Cutler, no tardó en ponerle un palo en las ruedas. Cutler supo que solamente dos días antes Polisi había estado dictando parte de sus memorias a un escritor y reclamó astutamente que la defensa tenía derecho a toda la información conocida por el testigo, incliyendo las grabaciones con aquellas conversaciones literarias destinadas al futuro libro.
Cutler alegó que en aquellas cintas podía haber informaciones que pudieran favorecer al acusado y el testimonio de Polisi tuvo que aplazarse mientras la defensa examinaba las grabaciones. Cuando Polisi finalmente regresó al estrado, los abogados de Gotti ya habían preparado un contraataque, desacreditando al testigo al airear públicamente sus ideas racistas ante un jurado en el que había algunos afroamericanos.
Otro testigo clave, Edward Maloney, había sido llamado por la fiscalía para intentar cargar sobre Gotti un antiguo asesinato cometido en los años setenta, cuando Gotti aún era un capitán que intentaba escalar puestos en la organización. Pero Cutler logró demostrar que el testimonio se cimentaba básicamente en historias que circulaban por la Mafia y que Maloney no había tenido conversaciones directas con Gotti sobre el crimen.
El abogado, siguiendo con su táctica de «la mejor defensa es un buen ataque», usó esto para concluir que un «canalla» como Maloney solamente buscaba ingresar en el plan de protección de testigos para librarse de la cárcel y que por eso había exagerado acerca de lo que realmente sabía sobre Gotti. Como puntilla, el maquiavélico abogado dejó caer algunos datos ante el jurado, como que proporcionarle a un testigo una nueva vida de incógnito le costaría al Estado decenas de miles de dólares. Su estrategia funcionó. La declaración de Maloney resultó inservible. Era el segundo testimonio acusatorio machacado por Cutler, a quien en la prensa empezaban a apodar como «la máquina trituradora de testigos».
Otro criminal arrepentido, James Cardinali, había conocido a Gotti en la cárcel durante los años setenta y también había afirmado conocer la implicación de Gotti en aquel antiguo asesinato. Sin embargo, su testimonio terminó siendo una auténtica debacle para la fiscalía. Cardinali, para sonrojo de los fiscales, empezó a hablar en términos elogiosos de Gotti (¡y eso que era testigo de la acusación!). Al ser interrogado por la defensa aseguró que la fiscalía le había prometido diez mil dólares por estar dispuesto a «mentir, hacer trampas o robar» con tal de condenar a Gotti.
Llegó a decir que en su afán de colaborar con la ley había querido entregar a la fiscalía a algunos grandes narcotraficantes sobre los que tenía información clave, pero que ni los fiscales ni la policía se habían mostrado interesados. Aquella era una revelación escandalosa y los periódicos no tardaron en anunciar que la acusación había dejado libres a varios importantes narcos porque estaban obsesionados con cazar a John Gotti.
Pero la sonora bofetada a los fiscales no terminaba ahí. Los abogados defensores preguntaron a Cardinali sobre los rumores que circulaban acerca de la relación entre el juez del caso, Eugene Nickerson y la fiscal del mismo caso Diane Giacalone. Cardinali, con total desparpajo, se hizo eco de las habladurías que corrían por los pasillos del palacio de justicia. Según esas habladurías, Giacalone era una protegida profesional de Nickerson, que la quería casi «como a una hija» y que estaría presumiblemente dispuesto a concederle «cualquier cosa» en detrimento del equipo defensor.
La defensa, una vez más, obtuvo lo que quería. Esto es, titulares que sembraran la duda ante la prensa, el público y especialmente el jurado, sobre las intenciones y métodos de los acusadores.
El siguiente testigo de la acusación, el recluso Matthew Traynor, terminó de convertir el juicio en un circo. Aseguró que los acusadores de Gotti, a cambio de garantizar su testimonio, le habían llevado abundantes drogas a la prisión hasta el punto de que «estaba tan colocado que vomité sobre la mesa de la fiscal». Pero la humillación para la fiscal Diane Giacalone no terminaba ahí. Traynor también dijo que durante la primera entrevista carcelaria con Giacalone, ella había aceptado darle sus medias usadas para que Traynor las guardara en su celda y las usara como fetiche masturbatorio.
Por enésima vez la defensa embarraba la reputación de la acusación ¡volviéndoles en contra a sus propios testigos! El largo juicio, que ya había transitado por amenazas de bomba, desalojos y asesinatos, estaba ahora alcanzando sus más abismales momentos de desvergüenza. Los periodistas, claro, se frotaban las manos ante semejante cantidad de material y no había día en que los noticiarios y diarios proporcionasen entretenimiento sensacionalista al público.
Las tácticas del equipo defensor no solamente se limitaban a astucias como las citadas, que eran legales pero rayanas en la inmoralidad. También transformaron el ambiente del tribunal en algo más propio de una taberna. Con frecuencia hacían comentarios en voz baja —aunque no tan baja para que no se los escuchase— burlándose de los acusadores y muy particularmente de la fiscal Giacalone.
Incluso el propio Gotti, generalmente hierático, llegó a intervenir en voz alta acusando a la policía de haber intimidado a un testigo. Los continuos cuchicheos y burlas provocaron numerosas reprimendas del juez para el equipo defensor, pero esto poco importaba a Gotti y sus abogados. Lo usaban en su favor ante la prensa, transmitiendo la imagen de que el juicio era poco menos que una parodia… parodia que estaban fabricando ellos mismos.
– Golpe a la Cosa Nostra… y Gotti escapa de nuevo

Mientras la acusación de Gotti sufría todos estos escandalosos reveses, le llegó un balón de oxígeno desde otro juicio que se estaba celebrando paralelamente. Los jefes mafiosos neoyorquinos que formaban parte de la comisión de la Cosa Nostra fueron condenados a prisión bajo la misma ley RICO bajo la que se acusaba a Gotti. El propio Gotti se había librado de aquel segundo juicio porque cuando se había iniciado la instrucción del caso todavía no era líder de los Gambino (sí habían sido acusados sus antiguos jefes Paul Castellano y Anniello Dellacroce, pero como sabemos ambos murieron antes de que se celebrase la vista).
Curiosamente, también el jefe de los Bonnano, Philip Rastelli, se salvó de sentarse en el banquillo porque la Comisión mafiosa lo había expulsado antes de la instrucción. ¿Por qué lo habían echado? Pues por permitir que el agente de policía Joe Pistone, más conocido como Donnie Brasco, se hubiese infiltrado en su familia. Así que el heroico Pistone, que tanto daño había hecho a la mafia, ¡terminó haciéndole sin querer un favor a Rastelli!
No obstante la ausencia de Gotti o Rastelli, el éxito de la acusación en aquel segundo juicio fue considerable. Muchos importantes aliadosa de Gotti fueron condenados. El jefe de la familia Lucchese Antonio Corallo, su segundo Salvatore Santoro y su consigliere Christopher Furnari acabaron entre rejas. También fueron a prisión el jefe de los Colombo Carmine Persico y su segundo Gennaro Langella.
Por parte de los Genovese fue a la cárcel «Fat Tony» Salerno, que sobre el papel era «jefe» de la familia, aunque en realidad se trataba de una mera pantalla porque Vicent Gigante —que llevaba décadas engañando a las autoridades haciéndose pasar por demente— actuaba realmente como jefe de facto. Aquellos veredictos supusieron un golpe durísimo para la Cosa Nostra y básicamente descabezaron a media Mafia neoyorquina.
De los principales condenados, Sarlerno y Langella morirían sin salir de prisión. Carmine Persico, a sus ochenta y un años, continúa en la cárcel mientras escribo estas líneas. Solamente el antiguo consigliere Christopher Furnari, que hoy tiene noventa años, ha obtenido permiso para salir en libertad unos meses antes de que se publique este artículo.
Tras semejante victoria judicial —y pese a los sucesivos ridículos de la acusación en el juicio contra John Gotti— la mayoría de los expertos legales apostaban por la condena del «apuesto Don». Mucha de la evidencia en su contra había sido invalidada por sus abogados defensores, ciertamente, pero todavía quedaban motivos por los que el jurado podía convencerse de su culpabilidad. Incluso algunos miembros del entorno de los Gambino se mostraban preocupados, pero Gotti parecía imperturbable.
Cuando el jurado dio el veredicto de absolución de John Gotti, muchos quedaron sorprendidos. Evidentemente nadie sabía por entonces que un miembro del jurado estaba comprado, así que la prensa y el público culparon a la acusación por su torpe selección de testigos y por sus cuestionables estrategias. No sin razón.
Como señalaba el New York Times del día siguiente, muchos expertos continuaban señalando a Gotti como indiscutible jefe mafioso pese a la sentencia absolutoria, pero denunciaban la errónea táctica de los fiscales, consistente en sacar adelante su caso «confiando en chaqueteros criminales profesionales como principales testimonios contra el señor Gotti». La impresión generalizada era la de que los arrepentidos de la acusación no habían servido para nada porque «perro no come perro».
En el momento de subir al estrado y testificar contra erl jefe de los Gambino, aquellos criminales se mostraban menos decididos en sus declaraciones que cuando habían firmado sus acuerdos previos con la acusación. Había quedado claro que los criminales ¡temían más a Gotti que a las autoridades! Sumando a ello la cantidad de anécdotas escabrosas que se habían producido durante la vista, la fiscalía tenía muy buenos motivos para sentirse más que humillada.
A raíz de aquella segunda absolución consecutiva, la aureola de invulnerabilidad de John Gotti continuó creciendo. Él empezó a creérsela, descuidando su conducta y cometiendo errores impropios de quien ya se sabía el criminal más vigilado y perseguido del país (en adelante profundizaremos con mayor detalle sobre esos errores). Pero la verdad es que durante un tiempo pareció verdaderamente intocable. Y eso que casi nadie dudaba sobre su culpabilidad.
Un ejemplo: en 1988 el presentador de moda en el país, David Letterman, incluyó en su programa un célebre sketch titulado «consejos de John Gotti para desgravar impuestos». Entre las supuestas medidas fiscales que Letterman jocosamente atribuía al mafioso, había cosas como «puedes deducir el precio de un piano aunque solo lo hayas comprado para usar las cuerdas», «debes asesinar a alguien en tu casa para poder calificarla como local comercial», «cuatro simples palabras para el auditor: «¿Qué tal tu familia?»» o «El listillo presentador de un talk show puede terminar con gastos médicos superiores a los previstos».
Esto da buena idea de que, pese a la absolución y pese a la existencia de un pequeño núcleo de fans de Gotti que insistían en su inocencia, la mayor parte del país tenía muy claro con qué clase de individuo se la estaban jugando. El propio Letterman se permitía describirlo como un asesino en una de las mayhores cadenas de televisión del país.
Y aun así parecía prácticamente imposible meterlo en la cárcel. La policía estatal neoyorquina fue la que intentó el siguiente asalto contra Gotti, aprovechando sus cada vez más frecuentes descuidos. Pero una vez más el jefe mafioso más famoso del mundo estuvo a un paso de ser condenado… y terminaría dando otra sonora bofetada al sistema.
– John Gotti contra el sindicato de carpinteros

Battery Park City es un barrio del sur de Manhattan que fue planeado en 1968 sobre lo que antes eran las aguas del río Hudson.
Es una extensión artificial de la isla, terreno robado al río y cimentado con los escombros sobrantes de la edificación del World Trade Center y de la mayor obra de construcción en la historia de Nueva York, el faraónico Water Tunnel, que todavía continúa construyéndose y cuya inauguración está prevista para el año 2020.
Planificado de antemano por los urbanistas y no producto del crecimiento natural de la ciudad, Battery Park City es un rincón inusualmente racional, arquitectónicamente hablando, de la capital neoyorquina. Claro que no todo allí era igualmente racional. A fin de cuentas, artificial o no, el territorio seguía siendo parte de Nueva York y pese a su imagen sofisticada, participaba de sus mismas miserias.
En 1986, los dueños del restaurante de lujo Bankers & Brokers decidieron efectuar una costosa reforma sin contratar a carpinteros sindicados, contraviniendo una vieja costumbre de la zona. Cuando esto se supo en la oficina local de la Hermandad de Carpinteros y Ebanistas, el representante sindical local John O’Connor se puso muy nervioso.
De cincuenta años, metido en diversos chanchullos delictivos —que saldrían a la luz con el tiempo— y demostrando una manera más bien callejera de resolver los conflictos laborales, O’Connor se sintió enfurecido por el que no se le hubiera dado baza en unas lucrativas reformas que entraban en el radio de acción de su sindicato.
¿Su solución? Irrumpió en el restaurante durante la noche y se dedicó a tirar abajo cuanto se le puso por delante, causando destrozos valorados en más de treinta mil dólares. Aquello sería el inicio de una pequeña guerra a medio camino entre lo sindical y lo criminal y que en unos meses alcanzaría repercusión mediática internacional.
O’Connor fue denunciado por los destrozos y la policía envió el caso a los tribunales, pero hubo otra consecuencia imprevista. El furibundo sindicalista desconocía que el dueño del restaurante, John Modica, era un «soldado» de la familia Gambino. Dicho de otro modo: acababa de meterse en muy serios problemas al destrozar un restaurante cuya protección dependía directamente de la organización de John Gotti.
Cuando Gotti supo que el restaurante de uno de sus esbirros había sido destrozado, no se lo pensó dos veces y ordenó una inmediata represalia. Según contaría Sammy Gravano años después, Gotti no pretendía que se asesinara a O’Connor, sino más bien que se le diera una paliza. Pero dado que la justicia estaba muy pendiente de los Gambino, el encargo fue delegado una vez más en los Westies, y estos, al parecer, interpretaron las órdenes a su manera.
Una mañana, muy temprano, O’Connor fue tiroteado cuando intentaba entrar en el ascensor de su oficina. Recibió disparos en las piernas, la cadera y las nalgas, pero sobrevivió. Legalmente, el uso de una pistola convertía lo que hubiera sido un asalto en intento de asesinato. John Gotti, que había dado la orden de manera descuidada, desconociendo que la policía estatal lo había estado grabando con un micrófono oculto, fue acusado como instigador del intento de asesinato.
Cuando fue detenido, a principios de 1989, su aureola de intocable continuaba intacta. Se comportó de manera amistosa y simpática con los policías que fueron a detenerlo, sin dejar de sonreír o bromear sobre una nueva absolución. Fue igualmente simpático con el personal de los juzgados y, cómo no, con la prensa. Su contradictoria pero efectiva mezcla de campechanería y altivez continuaba teniendo un efecto mágico sobre empleados públicos y agentes de la ley.
En el edificio de los juzgados se lo trataba como a una autoridad, permitiéndole entrar por puertas traseras y reservándole algunos espacios para que se reuniese con sus abogados en privado o almorzase tranquilamente más allá del alcance de los innumerables periodistas que esperaban incansablemente en la calle. El día en que por primera vez entró en la sala del tribunal para sentarse en el banquillo, Gotti fue ovacionado por muchos de los presentes. Los periódicos y la televisión continuaban fascinados con su figura.
Y como decíamos, una parte de estadounidenses —una parte quizá pequeña pero desde luego ruidosa— defendía su inocencia, aunque probablemente más impulsados por motivos folclóricos, dado que Gotti era uno de los hombres más famosos del país, que por verdadera convicción de que no fuese un jefe mafioso, algo que cualquiera medianamente bien informado sospechaba.
En el juicio se puso de manifiesto que las pruebas contra él no resultaban todo lo sólidas que habían parecido en un principio. La grabación donde se lo oía ordenar el ataque a O’Connor era de poca calidad y los miembros del jurado tuvieron que escucharla mediante auriculares, la única manera de intentar entender algo.
John Gotti no quiso escucharla, a lo que tenía derecho como acusado, y se limitó a mirar fijamente a los miembros del jurado mientras ellos le escuchaban ordenar el ataque, intentando hipnotizarlos con su aura de peligro. La interpretación de lo que se había grabado resultó muy problemática, dado lo difícil que era entender lo que se decía.
Los abogados defensores —entre quienes una vez más estaba el implacable Bruce Cutler— señalaron que el término usado por Gotti era ambiguo. Teóricamente había dicho «we’re gonna bust him up» (algo así como «nos lo vamos a cargar», aunque cabían matices), algo que podía interpretarse como una orden de asesinato.
Pero también parecía que hubiese dicho «we’re gonna bust ‘em up», en plural, que se interpretaba más como una instigación a enfrentarse a los sindicalistas de manera inconcreta y no como la orden de atacar personalmente a uno de ellos. Aquella era la clase de discusión sobre detalles judiciales que alimentaba los noticiarios.
Para colmo, la descoordinación entre distintas fuerzas de la ley terminó de arruinar las cosas. En vez de instalar una sola tanda de micrófonos para utilizar en común el material de las grabaciones, cada fuerza policial o judicial había colocado sus propios micrófonos, bien por pura descoordinación, bien porque todos querían ser los primeros en ponerse la medalla de capturar a Gotti.
En algunos locales de los Gambino había hasta ¡cinco juegos de micrófonos distintos! Eso no solamente había hecho cinco veces más arriesgado el mero hecho de colocarlos, sino que desembocó en que cada fuerza policial realizara sus propias transcripciones de las conversaciones para usarlas en sus propios casos judiciales contra la Mafia. ¿El problema? Que las transcripciones de un material tan poco audible no siempre coincidían entre sí y había discrepancias.
Otras cintas con las mismas conversaciones circulaban por los tribunales, así que sus abogados se hicieron con distintas transcripciones y las ventilaron ante el jurado demostrando que ni las propias autoridades se ponían de acuerdo sobre lo que se decía en aquellas cintas. Los abogados también dejaban caer la posibilidad de que, dada tanta discrepancia entre distintas transcripciones, la acusación hubiese «retocado» las cintas a su conveniencia.
Así pues, la duda estaba sembrada sobre la principal prueba material de la acusación. Y, para variar, algo similar iba a suceder con los testigos.
– Otro caso que se desmonta

¡Al parecer es imposible que doce neoyorquinos se pongan de acuerdo en algo! (El juez, dirigiéndose a los doce miembros del jurado).
Uno de los testigos clave era James McElroy, miembro de los Westies, que había estado presente en el tiroteo de O’Connor.
Según McElroy, Gotti sí había ordenado personalmente «cargarse» a alguien y había felicitado a los pistoleros por «un trabajo bien hecho» (algo contradictorio, por que si Gotti había querido matar a O’Connor, ¡no les hubiese felicitado por fallar y no matarlo!).
Pero el abogado Cutler volvió a poner en marcha la máquina de triturar testigos y McElroy terminó admitiendo que, aunque había conocido personalmente a Gotti en un entierro, nunca había hablado con él del asalto a O’Connor.
Cutler también señaló que McElroy, como otros antes que él, quería entrar en el programa de protección de testigos sin ofrecer una información fehaciente sobre Gotti. El principal testigo de la acusación quedaba abiertamente descalificado.
Los fiscales, no obstante, se guardaban un as en la manga, el típico testigo sorpresa que vemos en las películas. No estaba previsto que testificase la propia víctima del tiroteo, John O’Connor, porque bastante tenía con estar sentado en el banquillo de otro tribunal donde se lo juzgaba por las actividades ilegales de su sindicato, que ya habían salido a la luz. Además, no se tenía constancia de que O’Connor supiese gran cosa sobre Gotti, de lo contrario no se hubiese atrevido a atacar uno de sus negocios.
Su aparición en la sala, pues, causó cierta conmoción e hizo preguntarse a muchos qué tipo de información podría aportar. Sin embargo, O’Connor se comportó como si todo aquello no fuese con él. «Tengo muchos enemigos», dijo refiriéndose a los conflictos sindicales por los que estaba siendo juzgado y dando a entender que no se le ocurría quién podía haber querido dispararle, pese al hecho sabido de que había destrozado un restaurante propiedad de la Mafia. La ayuda que O’Connor prestó a la acusación fue, pues, prácticamente nula pese a la esperanza que los fiscales habían depositado en su testimonio.
Muchos sospecharon que los Gambino lo tenían amenazado, aunque no constaba que se hubiese producido ningún contacto directo del sindicalista con los mafiosos desde el inicio del juicio (después se sabría que efectivamente lo habían amenazado y que, como de costumbre, los Gambino habían delegado en los Westies para hacerle llegar el mensaje de que no debía testificar contra Gotti).
Esto no era todo. Después de que la acusación se diese contra un muro una y otra vez, el jurado se retiró para deliberar. El juez del caso, Edward J. McLaughlin, recibió una nota anónima procedente de un miembro del jurado donde denunciaba sus sospechas de que uno de sus compañeros estaba sospechosamente inclinado hacia la inocencia de Gotti, aunque no se mencionaban nombres.
El juez, naturalmente, se reunió con los doce integrantes del jurado para hacer averiguaciones sobre la nota, pero nadie dio un paso al frente. No pudo averiguar quién había escrito el mensaje ni de quién se sospechaba una extraña inclinación hacia Gotti (recordemos que por entonces no se sabía que Gotti ya había comprado a un jurado en el juicio anterior).
El juez no sacó nada en claro excepto que el jurado no tenía una opinión mayoritaria y no hubo manera de encontrar indicios que sirvieran para invalidar el futuro veredicto. En tono jocoso, aunque presumiblemente contrariado, bromeó resignadamente con la idiosincrasia neoyorquina, que en los Estados Unidos estaba asociada con el estereotipo de un carácter anárquico y desordenado: «¡al parecer es imposible que doce neoyorquinos se pongan de acuerdo en algo!».
Para asombro de muchos, John Gotti salió absuelto por tercera vez consecutiva. Acababa de nacer el Don de Teflón, el hombre a quien le resbalaban todas las acusaciones. La prensa narraba incrédula su tercera victoria judicial y su fama de intocable se hacía más y más grande mientras las autoridades, doblegadas nuevamente, se sumían en la desesperanza.
Sin embargo, Gotti llevaba tiempo creyendo que aquella aureola respondía a la realidad y que realmente era más listo que los agentes de la ley. Henchido de ego, había empezado a descuidarse, tomando decisiones discutibles que lo hacían todavía más vulnerable a las investigaciones. Era verdad que diversas agencias habían intentado tumbarle y habían fracasado, una tras otra. Era cierto que todas ellas habían terminado siendo humilladas en los tribunales. Pero las autoridades siguieron trabajando.
El FBI, particularmente, continuaba con su intensa vigilancia pese al sentimiento de depresión que imperaba entre los investigadores. Era la única gran agencia que todavía no había iniciado motu proprio un juicio contra Gotti y todo el mundo sabía que tarde o temprano el FBI tendría que jugar sus bazas, aun con la convicción de que el mafioso parecía efectivamente hecho de teflón. Nadie confiaba en una condena.
Y sin embargo, justo cuando parecía más intocable, resultó que Gotti empezaba a tener sus horas contadas. Pese a todo su carisma y su saber estar ante las cámaras, el John Gotti torpe y arrogante de sus primeros años en la Mafia estaba a punto de retornar para ponérselo fácil a la justicia.

En 1998, a Gotti se le diagnosticó cáncer de garganta y fue enviado al Centro Médico de Estados Unidos para Prisioneros Federales en Springfield, Misuri, para ser operado.
Aunque el tumor fue extirpado, se descubrió que el cáncer había regresado dos años después y Gotti fue trasladado de nuevo a Springfield, donde pasó el resto de su vida.
El estado de Gotti empeoró rápidamente y murió el 10 de junio de 2002, a la edad de 61 años.
La Diócesis católica de Brooklyn anunció que a la familia de Gotti no se le permitiría celebrar una misa de réquiem, pero sí una misa conmemorativa tras el entierro.
El funeral de Gotti se celebró en una instalación no eclesiástica.
Tras el funeral, se calcula que unos 300 curiosos siguieron la procesión, que pasó por el Bergin Hunt and Fish Club de Gotti, hasta su tumba.
El cuerpo de Gotti fue enterrado en una cripta junto a su hijo, Frank. El hermano de Gotti, Peter, no pudo asistir debido a su encarcelamiento. En un aparente repudio al liderazgo y al legado de Gotti, las demás familias de la ciudad de Nueva York no enviaron representantes al funeral.
Numerosos procesos judiciales desencadenados por las tácticas de Gotti dejaron a los Gambino diezmados. A finales de siglo, la mitad de los miembros de la familia estaban en prisión.
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