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Pobre niña rica, Barbara Hutton (1912-1979) …


Historia Hoy(S.F.Valero)/Mujer Hoy(E.Castelló)/Infobae(A.Serra) — Un compositor inglés llamado Noël Coward compuso una canción con este título inspirándose en una bella dama estadounidense, rica, excesivamente rica.

Esa dama era Barbara Hutton, una multimillonaria que se pasó la vida buscando la felicidad en brazos de amantes y esposos que no supieron darle lo que necesitaba.

Heredera de una de las más grandes fortunas de Norte América, Barbara Hutton moriría sola y arruinada, tras haber tenido una vida de lujos extremos.

Fue sin duda, un ejemplo claro del tópico que afirma que el dinero no da la felicidad. Barbara la buscó toda su vida pero nunca la encontró.

  • Herencia maldita

Barbara Woolworth Hutton nació el 14 de noviembre de 1912 en la ciudad de Nueva York. Barbara era nieta de Frank Winfield Woolworth, magnate de los almacenes que llevaban su apellido y que había amasado una enorme fortuna. La madre de Barbara, Edna, una de las tres hijas del rico empresario, estaba casada con Franklyn Laws Hutton.

La pareja vivía feliz en una mansión construida en la Gran Manzana, primero, y en una suite de lujo del hotel Plaza, después.

La vida de la pequeña Barbara sufrió un duro golpe cuando en 1917 la prensa del corazón, que tanto daño le harían a ella misma en el futuro, publicó unas fotografías de un idilio de su padre. La reacción de Edna fue terminar con su vida. Barbara no sólo tuvo la desgracia de perder a su madre de un modo tan dramático sino que fue ella misma quien descubrió el cuerpo en la lujosa suite del hotel donde vivían.

Con tan sólo cinco años, huérfana de madre y con un padre díscolo y despreocupado, se trasladó a vivir a la mansión de sus abuelos en Winfield Hall. Con una abuela senil y un abuelo sumido en la más profunda de las tristezas por la muerte de su hija, Barbara tuvo una infancia triste.

Era Edna Woolworth, la heredera de los grandes almacenes Woolworth, unos de los más prósperos de Estados Unidos. A pesar de su vida llena de caprichos, no pudo soportar las continuas infidelidades del padre de Barbara, el financiero Franklyn Hutton, y decidió cortar por lo sano.

A partir de ese momento, la infancia de Barbara fue un ir y venir entre las distintas propiedades de la familia en Rhode Island, Palm Beach y Charleston. Siempre rodeada de «nannies» y gobernantas, o ingresada en exclusivos internados, donde las otras niñas se reían de ella por ser «demasiado rica» y «demasiado gordita». Cuando heredó la fortuna familiar, todo fueron guardaespaldas.

Tres años duraría aquella existencia tediosa.

A la muerte de sus abuelos, la herencia Woolworth se repartió entre las dos tías de Barbara y ella misma, única hija de Edna.

Así, Barbara se convirtió en 1924, en una jovencísima multimillonaria de poco más de 12 años, con una fortuna que rondaba los veintiocho millones de dólares.

Empezó entonces un largo y penoso periplo por distintas mansiones de la familia Woolworth, instalándose en casa de familiares y acudiendo a carísimos colegios de élite en los que nadie se atrevía a acercarse a aquella niña poseedora de tamaña fortuna.

En 1926 Barbara se trasladó a vivir con su padre y su madrastra a Nueva York donde pasó un tiempo tranquilo al lado de Irene Curley, la nueva esposa de Frank, con la que mantuvo una buena relación.

Pero su padre decidió que con 14 años su hija ya podía valerse por si misma, así que desbloqueó la fortuna heredada por Barbara para que se pudiera independizar.

Barbara Hutton iniciaba una vida sola. Seguiría estudiando e intentando disfrutar de la vida en una incesante búsqueda de amistades para no sentirse sola. Poco tiempo después, con 21 años, conocería el amor, su primer amor, el primero de una larga lista de hombres que se convertirían en sus siete maridos.

Barbara vivía en un mundo propio, alejado de cualquier realidad. En medio de la Gran Depresión su fortuna se multiplicó por dos. La celebración de su puesta de largo, en 1930, fue una de las fiestas más lujosas de la alta sociedad en varias décadas. Mil personas acudieron al hotel Ritz-Carlton de Nueva York, donde bailaron al son de cuatro orquestas y de la estrella del momento, el «chansonnier» francés Maurice Chevalier.

Las botellas de champagne sumaron varios centenares. En total, 60.000 dólares, sin contar los lujosos regalos que se llevaron los asistentes como recuerdo. La locura había comenzado. Tras presentarse en sociedad, la heredera acudió, ese año, a 40 bailes y recepciones. El presupuesto para decorar su apartamento de Manhattan alcanzó el medio millón de dólares.

  • El amor de un príncipe

En uno de sus viajes por Europa, Barbara conoció a un apuesto príncipe georgiano llamado Alexis Mdivani, prometido entonces de una amiga suya, Louise Astor Van Alen. Años después se rencontraría con el entonces matrimonio Mdivani en París. Era sólo cuestión de tiempo que la atracción que sentían Alexis y Barbara, conocida por todos sus allegados, provocara el divorcio de él.

«Será muy divertido ser una princesa», dijo Barbara ante los cronistas de sociedad que, de nuevo, la denostaron. Pero, ajena a cualquier crítica, decidió celebrarlo encargando tres Rolls Royce a medida. Le regaló uno a su padre, aunque este siempre criticó el enlace.

Un año después de la separación de Van Alen, Alexis Mdivani se casaba con la bella millonaria norteamericana a pesar de la negativa del padre de Barbara. El nuevo matrimonio del príncipe ruso y la rica heredera viviría una larga luna de miel, viajando alrededor del mundo y gastando el dinero sin ninguna preocupación en todo tipo de lujos.

Su generosidad no parecía tener límite: como regalo de bodas para Medvani firmó un acuerdo prenupcial de dos millones de dólares en caso de divorcio y otro cheque de un millón como donativo personal. Para la luna de miel preparó 70 maletas y baúles. Recorrieron el Lago Como y Venecia, donde Barbara compró, en el Lido, un «palazzo» del siglo XII.

Después se dirigieron a China y Japón. El viaje duró un año. Pero el matrimonio con Medvani se había acabado mucho antes. Barbara celebró su 22 cumpleaños en París, en el Hotel Ritz y, a continuación, viajó a Nevada, para obtener el divorcio de su príncipe. Pero la carrera matrimonial no había hecho más que empezar.

Pero a su llegada a Londres, para descansar del largo viaje, la relación de la pareja estaba tocada de muerte. La pasión, que no el amor, se había disipado.

En una fiesta organizada por Alexis para celebrar el vigésimo segundo cumpleaños de su aún esposa, Barbara empezó a flirtear con un conde llamado Court Haugwitz-Reventlow, que se convertiría primero en su amante y después, en 1935, en su segundo esposo.

  • El amor de un conde

El divorcio y posterior boda se produjeron en un intervalo de tiempo de poco más de 24 horas. Barbara se casó con Court en una ceremonia sencilla en Reno. La prensa no dejó pasar la ocasión para criticar a la frívola millonaria que se divorciaba y se casaba con tanta frivolidad.

De su matrimonio con el conde danés nacería Lance, el único hijo de Barbara. Al final, parecía que la Hutton había conseguido formar una familia más o menos normal.

Instalada en una gran mansión en Londres, Barbara disfrutó de uno de los momentos más dulces de su vida rodeada de amor y de lujos mientras los trabajadores de los almacenes Woolworth, al otro lado del Atlántico, criticaban a su derrochadora dueña y hacían huelga para exigir salarios más dignos.

La mala imagen de Barbara en su país de origen empeoró cuando renunció a la nacionalidad estadounidense por petición de su marido quien la convenció para que mantuviera solamente la nacionalidad danesa.

El segundo marido de Bárbara Hutton apareció dos días después de separarse de su primer esposo. Con el conde Kurt Haugwitz-Reventlow, tuvo a Lance, su único hijo

La maltrataba física y psicológicamente, hasta el punto de que acabó ingresada en un sanatorio. El matrimonio duró apenas dos años y, aunque Hauwitz-Raventlow hizo lo posible por incapacitarla y quitarle la custodia de su hijo, Barbara se quedó con el niño, aunque en manos de tutores.

A pesar de todo, el segundo matrimonio de Barbara terminaría pronto. El 28 de julio de 1938 firmaban un acuerdo de divorcio. A punto de estallar la Segunda Guerra Mundial, Barbara volvió a Nueva York con su hijo. El hostil recibimiento que sufrió por parte de la prensa y de los trabajadores de sus almacenes la obligaron a marchar a California donde la esperaba el que iba a ser su tercer marido.

Por entonces, ya era anoréxica, alcohólica y drogadicta Su sufrimiento empezó con su primer marido que, la misma noche de bodas, le dijo que estaba demasiado gorda, sin olvidar a sus compañeras de internado. Su obsesión por el peso ya no cesó y le provocó una infertilidad de por vida, tras el nacimiento de su primer hijo.

En su equipaje almacenaba todas las pastillas posibles: para dormir, para dejar de comer, para evitar el dolor, para combatir la depresión. Pero ella aparecía en las crónicas de sociedad adornada con fantásticas joyas de diamantes, como los collares y las tiaras que habían pertenecido a María Antonieta y la emperatriz Eugenia.

  • El amor del actor

Barbara Hutton había conocido al famoso actor Cary Grant en 1938 en un barco cuando iba hacia Inglaterra.

Ya entonces habían mantenido una discreta relación que ahora, libre de su segundo marido, no tenía que ocultar.

El 8 de julio de 1942 Cary y Barbara se casaban en California en la más estricta intimidad.

Pero una vez más, su matrimonio le dudaría poco más de tres años.

El actor y la millonaria llevaban vidas muy distintas y Cary no pudo soportar la presión de la prensa.

En febrero de 1945 terminaba su historia de amor. Aunque Barbara y Cary mantuvieron una posterior relación cordial, lo cierto es que con 33 años, Barbara estaba de nuevo sola.

Después de mantener algún que otro romance, entre ellos uno con el también actor Errol Flyn, Barbara se trasladó a vivir a un palacio en la ciudad marroquí de Tánger conocido como Sidi Hosni. Después de gastar ingentes cantidades de dinero en decorar su nuevo hogar, lo convirtió en el centro de las fiestas y las tertulias de la alta sociedad mundial.

  • El amor de otro príncipe

En 1948 Barbara volvía a casarse de nuevo. Otro príncipe ocuparía su corazón. Aunque, mientras el primero era un príncipe con un título comprado, el segundo, Igor Troubetzkoy era un verdadero príncipe.

Durante su cuarto matrimonio, Barbara vivió mucho tiempo separada de su marido a causa de varias hospitalizaciones sufridas por una inflamación en los riñones primero y un tumor en el ovario derecho más tarde.

Cuando la joven millonaria tuvo que asumir que se había quedado estéril remprendió con los malos hábitos de la bebida y el abuso de medicamentos que había iniciado tiempo atrás. A todo esto se sumó un diagnóstico de anorexia nerviosa.

En 1951 terminaba su matrimonio con el príncipe ruso y Barbara se trasladó a vivir a Tucson para poder estar más cerca de su hijo.

  • El amor del playboy

En mayo de 1953 Barbara se fue con Lance a Francia para asistir a un campeonato de polo en el que participaba su hijo. Allí conoció al que se convertiría en su quinto marido, Porfirio Rubirosa, un jugador de polo dominicano famoso por su fama de playboy. Ese mismo año se casaban en Nueva York.

En esta ocasión ya desde el principio Porfirio se mostró distante con su enésimo capricho amoroso y se aprovechó sin ningún reparo del dinero de su esposa.

No terminaron el año juntos. Tras meses de viajes buscando no se sabe muy bien qué, Barbara anunció su sexto matrimonio.

  • El amor del barón

Esta vez se trataba de Gottfried Kurt Freiherr, un barón amigo de Barbara desde hacía muchos años. La boda se celebró en Versalles el 25 de noviembre de 1955 y, a pesar de que la pobre Barbara estaba convencida que esta vez era la definitiva, el inevitable interés de Gottfried por los hombres impidió que aquel fuera un matrimonio feliz.

El alcohol y los somníferos continuaron siendo su consuelo. Separada en 1959, y tras haber vivido el enésimo romance con otro hombre, Barbara regresó a Marruecos. Allí conocería al séptimo y último de sus maridos.

De 1957 a 1960, fue pareja del norteamericano James Douglas Henderson III, hijo del Secretario de Estados Unidos para la Fuerza Aérea y agregado en París. Tres años de romance que, esta vez, no terminó en el altar.

En 1960, sobre el inmediato eco de su adiós a Henderson III, conoció al joven, errante y aventurero guitarrista –23 años y ella 48– llamado Frank Franklyn. Para más sofisticación romántica, lo conoció en un bar de la exótica Tánger. Lo llevó a su mundo (antípoda de Marruecos, por cierto), lo llenó con regalos fastuosos, fue su amante mañana tarde y noche, y hasta lo rebautizó con un seudónimo presuntamente aristocrático: Lloyd Franklyn, nada menos. Pero el guitarrista duplicó el negocio: la dejó y se casó muy pronto con la inglesa Penny Ansley, heredera de una fortuna en libras.

El amor del químico

Pierre Raymond Doan era un químico vietnamita que estaba casado y tenía dos hijos, situación que no fue un problema para la pareja de enamorados. Pierre y Barbara se casaron en 1964 para divorciarse pocos años después.

Coincidiendo con la II Guerra Mundial, vivió unos años en California, pero de nuevo inició su peregrinaje por el mundo siempre con su chófer, su guardaespaldas su secretaria personal y su doncella. Una perpetua viajera que conseguía un marido más cruel que el anterior en cada escala. Uno de los lugares que más amó fue Tánger, donde compró otro palacio, Sidi Hosni.

Fue el único hogar que tuvo en su vida. Allí pasaba los veranos y daba siempre una gran fiesta a la que acudían el escritor Paul Bowles y su esposa Jane, la princesa Ruspoli o el interiorista Charles Sevigny. Era ella quien pagaba el viaje y la estancia de todos. Luego viajaba a Paris, a su apartamento del Bois de Boulogne, para pasar el otoño.

Seguía en Nueva York, en el Hotel Pierre de la Quinta Avenida. El invierno lo pasaba siempre en Sumiya, en una mansión de estilo japonés que se había construido en Cuernavaca, México.

Barbara regaló el dinero a sus amigos, a sus maridos y a decenas de organizaciones caritativas. Incluso donaba joyas, automóviles y propiedades a desconocidos. Su vulnerabilidad atraía a todo tipo de aventureros. La soledad y la falta de amor marcaron toda su vida. Durante sus últimos años, se instaló en el ático del Hotel Berverly Whiltshire, en Beverly Hills.

En 1972, el derrumbe es inminente. En España, breve amorío con el torero Ángel Teruel, pero el golpe más duro que recibiría Barbara Hutton le llegaría en julio de 1972 cuando su único hijo Lance moría en un accidente de avioneta. Desde entonces hasta su muerte, no levantó cabeza.

En 1972, Lance, su único hijo, murió en un accidente aéreo. Por entonces, “la pobre niña rica” ya estaba refugiada en el alcohol, las drogas y los barbitúricos

En 1972, Reventlow buscaba desarrolladores inmobiliarios como socios para construir una estación de esquí en Aspen, Colorado , donde tenía una casa. 

Era un piloto experimentado, con miles de horas, calificado completamente para IFR en aviones multimotor, pero el 24 de julio de 1972, Reventlow era un pasajero, explorando ubicaciones en busca de bienes raíces en un Cessna 206 monomotor alquilado . 

El piloto era un estudiante inexperto de 27 años con sólo 39 horas de vuelo que se metió en un cañón ciego durante una tormenta y detuvo el avión mientras intentaba dar la vuelta.  El avión se precipitó al suelo, matando a los cuatro a bordo. 

Reventlow fue inicialmente enterrado, pero sus restos fueron posteriormente exhumados e incinerados. Sus cenizas están enterradas en el mausoleo de Woolworth en el cementerio Woodlawn en el Bronx .

La depresión cierra sus garra sobre la pobre niña rica, que en vano intenta huir con más alcohol, drogas y barbitúricos. Confinada en el hotel de Beverly Hills, llega a pagar a taxi boys: cualquier falso paraíso contra la tragedia de la soledad.

El día de su muerte, la mujer más rica del siglo XX tenía apenas tres mil dólares. Y ni siquiera pudo cumplir su última voluntad: ser enterrada en Tánger.

Barbara Hutton terminó sus días en California, sola, arruinada por culpa de la mala gestión de sus gestores y ayudada tan sólo por los medicamentos y el alcohol.

El 11 de mayo de 1979 moría en un hospital de Beverly Hills por un ataque al corazón. Al entierro de la que fue una de las millonarias más famosas y controvertidas del siglo pasado, asistieron una decena de personas. Yace en el mausoleo de los Woolworth, cementerio de Woodlawn, Bronx, Nueva York.

Barbara Hutton pasó toda su vida gastando su fortuna y buscando la compañía y el amor de muchas personas que no supieron vivir al lado de una de las mujeres más ricas del mundo. Al final no pudo comprar el cariño ni el amor que tanto necesitó.

Último eco: en 2019 y en Sotheby´s, se vendió por 27 millones de dólares la gargantilla de cuentas de jade, firmada por Cartier, que su padre le regaló el día de su primera boda con un caza fortunas.

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