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Adiós, Señor, me voy a California …


El pueblo fantasma de Bodie, California.

JotDown(A.Izagirre)/National Geographic(M.Escobar) — En el invierno de 1878, los periódicos de California y Nevada publicaron historias espantosas sobre el poblado minero de Bodie. En pocos meses, cuatro mil, seis mil, ocho mil personas se habían instalado en una ladera desértica de la Sierra Nevada, atraídos por un filón de oro.

La mina producía ya seiscientos mil dólares al mes. Los mineros recién llegados invadían yacimientos ajenos, se robaban unos a otros, pegaban fuego a las chabolas de sus rivales, había tiroteos, navajazos, descuartizamientos. El diario Tybo Sun contó que un minero de Bodie nunca peleaba dos veces con la misma persona: lo mataba a la primera. Y después se lo comía.

El Gold Hill News se preguntó por qué un hombre no podía ir a Bodie sin tener que pelearse. Y el Weekly Bodie Standard respondió el 25 de diciembre con retranca:

«La verdad, no lo sabemos. Debe de ser la altitud [2550 metros]. En Bodie hay algún tipo de fuerza irresistible que nos empuja a dispararnos y a trocearnos mutuamente.

En la calle Mayor oímos tiroteos a todas horas. Un hombre no puede salir a cenar sin que le hagan tres agujeros de bala en el sombrero o sin que un desesperado le corte sus partes innombrables con un cuchillo. Sí, es triste, pero es verdad: todos los que vengan a Bodie deben luchar».

Otro periódico, el Nevada Tribune, publicó la frase más famosa, la que cuajó como lema. Varias familias se preparaban para viajar al poblado minero en busca de fortuna y una niña rezó para despedirse de Dios: «Adiós, Señor, nos vamos a Bodie». La leyenda del pueblo sin Dios tenía tierra fértil para arraigar. El reverendo Warrington había escrito en una carta que Bodie era «un mar de pecado, sacudido por tempestades de lujuria y pasión».

Hoy Bodie es un pueblo fantasma, «en deterioro suspendido», y es un parque del estado de California. La carretera de tierra sube por una ladera parda, en la que apenas crecen unas matas de salvia, hasta una hondonada entre montañas. Allí aparece un centenar de casas de madera, como un corro de champiñones, con sus tejados a dos aguas, las paredes torcidas, los porches desvencijados: da miedo estornudar.

La entrada cuesta cinco dólares —visitas guiadas y museo aparte— y se puede pasear por las calles de tierra, entre las antiguas tiendas, los almacenes, la escuela, la cárcel, un saloon, una iglesia, algunas viviendas en las que se pueden ver la cocina con sus utensilios decimonónicos, la sala, los dormitorios amueblados.

En esta esquina, o quizá en aquella otra, el terrible Washoe Pete —un personaje más legendario que real— disparó con dos pistolas al periodista del Daily Free Press que había titulado «El tiroteo de ayer fue muy pobre —no hubo muertos—».

Cuando corrió la voz del oro, en Bodie levantaron dos mil edificios en cuestión de meses. Tenían las preferencias claras: había cuatro bancos, una cárcel, una escuela, dos iglesias y sesenta y cinco cantinas. El prostíbulo más famoso era el de 

una francesa bigotuda que se hizo rica jugando a las cartas en los casinos de Montana, Dakota, Arizona y Nevada, antes de instalarse en Bodie.

Aquí diversificó sus negocios —abrió un burdel— y desarrolló una estrategia de comunicación —durante el día paseaba a sus putas en carros por el pueblo—. El 8 de septiembre de 1879 perdió una apuesta muy fuerte, se fue caminando y la encontraron unas horas más tarde, tirada en el monte, muerta por una sobredosis de morfina.

Bodie tuvo un final digno de su historia. El oro escaseó y el pueblo se fue vaciando poco a poco, hasta que en 1932 un vagabundo borracho llamado Bill incendió un almacén, las llamas se extendieron por medio pueblo y arrasaron con casi todas las casas.

«Un nuevo y magnífico clíper para San Francisco». Publicidad de viajes a California publicada en Nueva York en la década de 1850.

La historia de Bodie, el pueblo del pecado, contiene las claves de la colonización californiana: personas que se despidieron de Dios y de las normas sociales para buscar fortuna en una tierra de promesas fabulosas.

El 5 de agosto de 1852, el diario The Call publicó una especie de acta de nacimiento de California:

«Todos están allí: ladrones, mendigos, chulos, mujeres impúdicas, asesinos, caídos al último grado de la abyección, en tugurios donde se embrutecen con el alcohol adulterado, farfullando obscenidades.

Y el desenfreno, el deshonor, la locura, la miseria y la muerte también están allí. Y el infierno, que abre la boca para engullir esa masa pútrida».

El infierno abrió su boca varias veces —terremotos, incendios, epidemias— pero no pudo tragarse la oleada de colonos, mineros, buscavidas, desterrados, embaucadores, utópicos, iluminados y fugitivos que llegaban a California.

Llegaban, primero, por la idea del Destino Manifiesto: Estados Unidos, una pequeña nación de colonias recién independizadas en la orilla del Atlántico, se convenció de que la Providencia le urgía a extender su dominio hasta el Pacífico, para colonizar y civilizar aquel continente casi vacío. A partir de 1832, las caravanas de carretas emprendieron la ruta hacia el oeste con fervor patriótico y a veces religioso.

Los indios nativos fueron arrollados en las praderas, las montañas y los desiertos. México, dueño nominal de terrenos inabarcables, intentó domeñar a los nuevos colonos, pero en pocos años estallaron guerras que expulsaron al ejército mexicano y dibujaron los trazos —algunos sinuosos, casi todos rectilíneos— de los nuevos estados que se adherían a la Unión.

Los colonos llegaban, segundo, por el descubrimiento en 1848 de fabulosas vetas de oro en California. Los forty-niners («los del 49») avanzaron como hormigas atraídas por una mezcla dulce de promesas, mentiras y delirios colectivos.

El oro prometía paraísos y escondía infiernos. El oro arruinó a John Sutter, el colono próspero en cuyas tierras encontraron la primera pepita. Sutter era un comerciante suizo que había emigrado a América en 1834 para escapar de sus deudas y que había comprado unas tierras baratas en la orilla del río Sacramento.

Montó una hacienda llamada Nueva Helvecia, plantó maíz, crió ganado, instaló aserraderos, molinos, curtidurías, empleó a mil personas, hizo mucho dinero, incluso organizó un ejército privado y lo puso al servicio de los estadounidenses para luchar contra los mexicanos.

Un cartel durante la fiebre del oro en California.

El 24 de enero de 1848, su capataz John Marshall dirigía las obras de un aserradero en el paraje de Coloma.

Desde que había partido de su casa en Nueva Jersey, en 1834, llevaba catorce años intentando robar un pedazo del «sueño americano» a su destino.

Durante aquel tiempo había trabajado de agricultor, ganadero y oficial de aserradero, y había servido de voluntario en la guerra contra México de 1846, que supuso la anexión de California a Estados Unidos.

Marshall se estableció luego en Coloma para buscar fortuna en la industria de la madera. En asociación con un empresario local, John Sutter, inició la construcción de un aserradero.

Ese 24 de enero de 1848, Marshall se levantó por la mañana con la idea de solucionar los problemas de la bomba hidráulica para el aserradero.

Al acercarse al río se puso a observar los reflejos del sol en el agua cristalina, hasta que unos centelleos en el fondo le hicieron lanzarse directamente a la corriente.

Cuando sus dedos temblorosos limpiaron la tierra de la mano, un metal parecido al cobre brilló con fuerza bajo la luminosa mañana. 

Marshall salió del río empapado y se dirigió corriendo hacia uno de los hombres de la serrería, llamado Scott. «Lo he encontrado», le dijo, con las manos extendidas. «¿Qué es esto?», preguntó su compañero. «Es oro», respondió Marshall.

Sin saberlo, acababa de dar el pistoletazo de salida a la mayor «fiebre del oro» del siglo XIX. Nada volvería a ser lo mismo en California, y más de 300.000 hombres, mujeres y niños recorrerían mares, océanos, desiertos y bosques para conseguir su pequeño pedazo de felicidad dorada.

Sutter compró corriendo todas las tierras que pudo, una extensión de quince kilómetros cuadrados, sospechando que eran campos de oro. Y trató de guardar el secreto.

A mediados de marzo, el diario Californian de San Francisco publicó una nota escueta:

«Han encontrado una cantidad apreciable de oro en las tierras de Sutter.

Una persona de Nueva Helvecia obtuvo oro por valor de treinta dólares en poco tiempo. California es, sin duda, rica en minerales».

En aquel tiempo San Francisco era una aldea de quinientos habitantes, cobijo esporádico de balleneros rusos, poco más, y aquella primera noticia no tuvo eco.

Pero los trabajadores de Sutter empezaron a pagar sus compras con oro. El comerciante Samuel Brannan, dueño de una tienda de provisiones en Nueva Helvecia, se enteró de los hallazgos. Así que bajó a San Francisco, compró todas las palas y bateas que encontró y luego anunció a voces el descubrimiento del oro.

Había comprado las palas y las bateas a veinte centavos la pieza y las vendió a quince dólares. Ganó treinta y seis mil dólares en dos meses, vendiendo herramientas y provisiones a los cientos que salieron en estampida a buscar pepitas. Así empezó la fiebre del oro, «el mayor movimiento de gentes desde el tiempo de las Cruzadas», según el historiador —y buscador de oro— Theodore Hittell.

Los periódicos aseguraban que en Coloma había montañas de oro puro, que el aire estaba tan impregnado de polvo aurífero que bastaba con cepillarse el abrigo para hacerse rico, que un solo hombre obtenía ocho mil dólares de oro diarios —cuando el sueldo mensual era de siete dólares—.

Los pueblos de California se vaciaron, como describió Walter Colton, alcalde de Monterrey:

«El herrero deja su martillo, el carpintero su garlopa, el albañil su trulla, el granjero su hoz, el panadero su pan, el tabernero su botella. Todos se ponen en camino: a caballo, en carro, incluso con muletas».

El propio diario Californian, que había publicado la primera noticia del oro, se despidió el 29 de mayo:

«Todo el mundo nos abandona, lectores e impresores. Desde San Francisco a Los Ángeles, desde el paseo marítimo hasta las montañas de Sierra Nevada, por todo el país resuena un grito sórdido: “¡Oro! ¡Oro!”. Mientras, el campo queda a medio plantar, la casa a medio construir, y todo se abandona excepto la fabricación de picos y palas. Nos vemos forzados a interrumpir nuestra publicación».

En junio, la mitad de las casas de San Francisco estaban abandonadas. Solo quedaban ancianos, niños, enfermos y bandas de saqueadores. El gobernador Mason pretendió restablecer el orden y salió desde la capital, Monterrey, con ciento cuarenta y cinco soldados.

Mineros durante la fiebre del oro, anónimo, ca. 1900.

Cien de esos hombres le abandonaron por el camino para dirigirse a las zonas auríferas. En un par de meses, el ejército de California sufrió tres mil deserciones. El Gobierno de Estados Unidos envió refuerzos militares por mar, pero en cuanto el navío Ohio tocó puerto, ciento cuarenta de sus hombres saltaron al muelle y corrieron a las montañas.

La noticia recorrió el planeta. En septiembre llegó a San Francisco un buque con los primeros buscadores chilenos, que tardaban menos en navegar hasta California que los estadounidenses de la costa este a través del continente.

San Francisco se hinchó con la llegada de aventureros de todo el mundo: en seis meses aquella aldea de pescadores se convirtió en una ciudad de treinta mil habitantes.

En 1849 llegaron tres mil personas a pie desde Oregón, siete mil pasajeros europeos y americanos cruzaron Panamá para acortar la navegación, otros dieciséis mil doblaron el cabo de Hornos, cincuenta mil estadounidenses del este viajaron en carretas.

En las primeras fotos que se conocen de San Francisco, al fondo de la ciudad se aprecia un bosque de mástiles: son cientos de barcos abandonados que se pudrían en el fango costero. Existen imágenes de navíos semienterrados en mitad de las nuevas calles, rodeados por casas construidas a todo correr.

Como no había material suficiente para levantar una ciudad con tanta rapidez, las velas de los barcos y las cajas de embalajes sirvieron para montar los primeros barrios. Aquel invierno, un lugar para dormir sobre una mesa se alquilaba por diez dólares la noche. Un huevo costaba un dólar.

La ciudad de San Francisco y su puerto en una fotografía de 1851.

Al igual que el comerciante Brannan, los más avispados descubrieron que las verdaderas fortunas no se amasaban en la sierra sino en la ciudad, vendiendo a los mineros todo lo que necesitaran por precios disparatados.

Los mineros destripaban las montañas, bajaban con el oro a San Francisco, lo dejaban en las mesas de juego y en las camas de los burdeles, se arruinaban en un par de días de juerga y volvían a las montañas. «Las gentes de San Francisco están locas de atar», sentenció el New York Evening Post.

Tanta riqueza volátil desató robos, asesinatos, linchamientos, batallas entre bandas mafiosas. En año y medio, seis incendios destruyeron grandes zonas de la ciudad que se volvían a levantar de nuevo en pocas semanas. El infierno abría su boca pero no terminaba de tragarse a los californianos.

Porque el flujo no paraba: también llegaron los fracasados de las utopías europeas de 1848. En 1849 el Gobierno francés organizó una lotería cuyo premio consistía en «el transporte gratuito a California para cinco mil emigrantes».

Fue un sorteo amañado: el prefecto de policía Carlier elaboró las listas de premiados y en ellas incluyó a cinco mil socialistas y revolucionarios. Karl Marx, descorazonado tras las revoluciones fallidas de 1848 y la desbandada hacia California, escribió: «En el proletariado parisino los sueños socialistas han sido reemplazados por los sueños del oro».

Y el cónsul americano de Marsella alertó a las autoridades californianas acerca de aquel contingente: «Viaja la escoria de París, los más peligrosos malhechores de Europa».

El pueblo fantasma de Bodie, California.

Algunos soñaron con crear una sociedad nueva en California. El periodista Taylor, después de visitar las zonas auríferas, hablaba de un «Edén recuperado»:

«En las regiones mineras se han establecido unas normas que son fielmente observadas. En una región donde no hay Gobierno, ni leyes exactas, ni fuerzas de policía, ni cerraduras, y cuyos habitantes poseen riquezas como para tentar a los viciosos y a los depravados, la propiedad y la vida están tan bien protegidas como en cualquier otro lugar de la Unión y el porcentaje de delitos es igual de reducido».

Pero la fraternidad de los mineros duró poco. Después de escarbar hasta el último rincón de las montañas, el oro escaseó. Llegaron el hambre, la miseria, las enfermedades, las peleas entre clanes: los mineros estadounidenses atacaron a los mexicanos y a los chinos, los protestantes a los católicos, los soldados californianos a los mineros franceses que rechazaban pagar impuestos y que se defendían pegando tiros y cantando La Marsellesa. De la república minera solo quedó, al cabo de unos años, algún pueblo fantasma como Bodie.

El oro fue el padre de todos los pecados originales de California, como aprendió su descubridor John Sutter:

«Cuando se divulgó el hallazgo, mis trabajadores empezaron a marcharse. Me quedé solo, con unos pocos mecánicos fieles, y pronto vi pasar un desfile de gente que venía desde las ciudades y que invadía mi hacienda. Así comenzó mi desgracia. Se pararon mis molinos. Me robaron hasta la rueda. Mis curtidurías quedaron desiertas.

El cuero enmohecía y las pieles brutas se pudrían. Mis empleados indios y canacos reunían el oro y lo canjeaban por aguardiente. Mis trigales se pudrían, nadie recolectaba la cosecha de mis huertos, las más hermosas vacas lecheras mugían de hambre hasta morir. Unos hombres vinieron a buscarme y me suplicaron que subiera con ellos a Coloma, a buscar oro. Me fui con ellos, no tenía otra cosa que hacer.

Pronto llegaron más multitudes sin permiso, comerciantes que montaban destilerías y emborrachaban a los indios. Yo me establecía cada vez más arriba en la montaña, pero esa maldita ralea de destiladores nos seguía por doquier. Mis hombres se jugaban el oro reunido y estaban borrachos la mayor parte del tiempo.

Desde la cima de esas montañas veía el inmenso país que yo había fertilizado: lo estaban entregando al pillaje y a los incendios. En el fondo de la bahía se iba edificando una ciudad que crecía a simple vista y el mar aparecía lleno de barcos. Han construido una ciudad maldita, San Francisco, en el lugar exacto que escogí para desembarcar a mis trabajadores.

Si hubiera podido cumplir mis planes, en poco tiempo habría sido el hombre más rico del mundo. Pero en estos años la vida ha sido un infierno. El descubrimiento del oro en mis tierras me ha arruinado. Maldito sea el oro».

Buscadores de oro en un río. Grabado.

El gold rush o fiebre del oro no era nada nuevo en la corta historia de Estados Unidos. En 1828, el descubrimiento de oro en el estado de Georgia produjo un éxodo masivo hacia el norte de Blairsville, una pequeña localidad situada al sur de las montañas Apalaches, en pleno territorio cherokee. 

Las autoridades de Georgia no dudaron en crear una Lotería del Oro para repartir las tierras de los indios entre los miles de mineros que habían llegado al estado. El Gobierno federal construyó una casa de la moneda en Dahlonega para intentar regular las importantes cantidades de oro extraídas.

Los indios fueron arrancados de sus tierras y enviados en condiciones infrahumanas a Oklahoma. En el «sueño americano» no había espacio para los habitantes aborígenes de Estados Unidos.

La primera reacción de Marshall fue llevar sus pepitas a Fort Sutter para con- firmar con su socio su autenticidad. Temía que la noticia se difundiera y que sus sueños de crear una plantación agrícola se vieran frustrados por una avalancha indiscriminada de aventureros y buscadores de oro. Pero, pese a sus precauciones, los rumores se extendieron rápidamente por Sutter hasta llegar a oídos de algunos periodistas de la ciudad de San Francisco.

¡Todos a por el oro!

La primera reacción de Marshall fue llevar sus pepitas a Fort Sutter para con- firmar con su socio su autenticidad. Temía que la noticia se difundiera y que sus sueños de crear una plantación agrícola se vieran frustrados por una avalancha indiscriminada de aventureros y buscadores de oro. Pero, pese a sus precauciones, los rumores se extendieron rápidamente por Sutter hasta llegar a oídos de algunos periodistas de la ciudad de San Francisco.

Dos hombres criban tierra junto a un río en busca del preciado oro. Fotografía tomada en 1898.

Los primeros inmigrantes provenían de las zonas circundantes. Eran habitantes de California y de los territorios limítrofes que llegaron en diferentes oleadas a lo largo de 1848. Los Forty-Eighters, «los del 48», reunieron en pocas semanas grandes cantidades de oro. 

Un periódico resumía el impacto del descubrimiento en esos meses:

«Desde San Francisco a Los Ángeles, desde el paseo marítimo hasta las montañas de Sierra Nevada, por todo el país resuena el grito sórdido: ‘¡Oro, oro!’, mientras el campo queda a medio plantar, la casa a medio construir y todo se abandona excepto la fabricación de picos y palas«.

Para explicar la inmediata y masiva llegada de buscadores de oro a California hay que tener en cuenta diversos factores. Uno de ellos fue el impacto de los medios de comunicación, en una época en que las noticias corrían rápidamente de un lugar a otro gracias a la prensa escrita y el telégrafo. Contribuyó a ello, asimismo, el malestar social y el deseo de muchas personas de mejorar su situación económica.

 El oro, además, constituía entonces la base de la economía mundial, ya que el patrón oro sostenía el sistema monetario. Gracias a la mejora en los medios de transporte, por último, el mundo se convertía en un lugar más pequeño, y los viajes eran más rápidos y su precio resultaba más asequible.

Fue así como un año después llegó la segunda oleada de inmigrantes, procedente de zonas más lejanas. Los californianos los llamaron despectivamente Forty-Niners, «los del 49». La diversidad racial, cultural y social de estos aventureros era sorprendente. 

Gentes de Oregón, Hawái y varios países de Hispanoamérica se hacinaban en condiciones infrahumanas y a precios exorbitantes en las ciudades próximas a los yacimientos, convirtiendo de la noche a la mañana a todo tipo de propietarios sin escrúpulos en hombres ricos.

Campamento de buscadores de oro en California en 1849. Grabado.

La mayor parte de los inmigrantes llegaba por mar, muchos desde la costa este de Estados Unidos; a estos se los conocía con el nombre de Argonautas, dado que debían recorrer toda la costa de Sudamérica hasta alcanzar California después de un agotador viaje en barco que duraba entre cinco y ocho meses. 

A lo largo de 1849 continuó la llegada masiva de mineros desde los lugares más remotos, como Nueva Zelanda, Australia o China. De Europa vinieron miles de franceses, ingleses, alemanes e italianos. Fue la primera fiebre del oro que se extendió por todo el mundo.

La Fiebre del Oro tuvo una profunda repercusión económica en toda California. San Francisco, que antes de 1848 era prácticamente una aldea de apenas 500 habitantes, se convirtió en el plazo de un año en una ciudad de 25.000. El descubrimiento del oro impulsó el desarrollo casi espontáneo de la costa oeste de Estados Unidos, contribuyendo decisivamente a la colonización del vasto territorio arrebatado a México pocos años antes.

El vacío legal en que se encontraba California, anexada a EE. UU. pero no constituida en estado hasta 1850, facilitó el establecimiento de los inmigrantes y el reparto de las concesiones mineras, aunque también propició los enfrentamientos violentos entre mineros y la formación de todo tipo de mafias.

A partir de 1855, las cantidades de oro descubiertas disminuyeron y fueron los grandes empresarios los que se hicieron con las concesiones, puesto que la extracción, convertida en una auténtica industria, requería una inversión previa que los mineros modestos no podían afrontar. 

El oro de California se repartió por varias naciones, sobre todo en los países de procedencia de los mineros, pero gran parte se quedó en Estados Unidos, una joven nación a la que enriqueció enormemente y cuya moneda fortaleció.

Uno de los últimos grandes actos de James K. Polk como presidente de los Estados Unidos fue también uno de los más importantes: ayudó a desencadenar la Fiebre del Oro de California.

Un minero busca oro en California, 1885. La fiebre del oro sólo duró unos años, pero algunos han seguido buscándolo hasta hoy.

El acto de Polk tuvo lugar durante su último debata del Estado de la Unión en diciembre de 1848. Tras hablar de la recién concluida guerra entre México y Estados Unidos, el presidente fue al grano: había oro en las colinas de California.

«Los relatos sobre la abundancia de oro en ese territorio son de un carácter tan extraordinario que difícilmente se pueden creer», dijo Polk al Congreso.

Ya había al menos 4000 buscadores de oro en California, informó. Pronto habría muchos más. Su anuncio contribuyó a desencadenar una loca carrera en busca de riquezas que transformaría el lejano territorio estadounidense en el «Estado Dorado» y dejaría una huella en la conciencia nacional que perdura hoy en día.

De hecho, en mayo de 2023, las fuertes tormentas invernales que azotaron California provocaron una «minifiebre del oro» de entusiastas que recorrían arroyos y ríos en busca de pequeñas pepitas de brillante metal amarillo arrastradas desde las montañas. Está claro que el atractivo de un día de dinero rápido sigue siendo fuerte hoy en día.

La fiebre del oro transformó California

Una forma de medir el impacto de la Fiebre del Oro es a través de la población. En 1850, poco más de un año después de que Polk hiciera su anuncio, la Oficina del Censo hizo su primer recuento: encontró 92 597 residentes.

Una década después, esa cifra casi se había cuadruplicado.

Plaza Portsmouth en San Francisco en 1851 durante la fiebre del oro de California. La ciudad fue una de las grandes urbes que experimentaron una explosión demográfica gracias a la fiebre del oro.

«Todo tipo y condición de hombres, viejos, jóvenes y de mediana edad… abandonaban sus actividades y asociaciones para comenzar una existencia totalmente nueva en la tierra del oro», escribió en sus memorias el artista J.D. Borthwick, nacido en Edimburgo (Reino Unido). Borthwick vivía en Nueva York en 1851 cuando «le entró la fiebre de California» y se unió a la multitud que se dirigía al Oeste.

Sin embargo, no encontraron tierras sin reclamar: California había sido durante mucho tiempo el hogar de varias tribus nativas, y los nuevos líderes del estado les declararon la guerra. En su discurso sobre el Estado del Estado de 1851, el gobernador Peter Burnett afirmó que «cabe esperar que la guerra entre las razas continúe hasta que la raza india se extinga». La población indígena, estimada en 310 000 habitantes en 1769, se redujo a sólo 30 000 en 1860.

Sin embargo, para muchos buscadores de oro recién llegados, las esperanzas de hacerse ricos se desvanecieron rápidamente. La vida podía ser dura: los mineros a menudo comían mal y vivían hacinados en barrios miserables donde las enfermedades se propagaban con facilidad. En Sacramento, la epidemia de cólera mató a 1000 personas en tres semanas en 1850. El trabajo de bateo y excavación en busca de oro era duro y sucio, pero no solía ser productivo. La suerte era un factor más importante que el esfuerzo.

«Pronto nos dimos cuenta de que, aunque en la imaginación podía ser un trabajo agradable, en realidad era el más laborioso y, en la mayoría de los casos, el más insatisfactorio al que podían dedicarse los hombres«, escribió Augustin Hibbard a su hermano unos meses más tarde.

Unos pocos hombres se hicieron muy ricos durante esta época, no tanto con el oro, sino vendiendo mercancías a los que habían llegado al oeste en busca de oro. Eran, como decía una frase popular, «mineros de los mineros». El primer millonario de California no fue un minero, sino un comerciante y editor de periódicos, Samuel Brannan, que pasó la Fiebre del Oro vendiendo equipos y provisiones a los recién llegados. Otros comerciantes fueron Leland Stanford, fundador de la Universidad de Stanford; Domingo Ghirardelli, famoso por su negocio de chocolate y café; y Levi Strauss, fabricante de vaqueros.

La fiebre no sólo trajo emigrantes del este americano, sino también del extranjero. En 1852 llegaron a California 20 000 inmigrantes chinos, un tercio del aumento de población del estado ese año. A menudo se enfrentaban al racismo, recibían salarios bajos y realizaban trabajos peligrosos mientras evitaban ataques violentos en los campamentos.

Inmigrantes Chinos

La ley no ayudó: a los inmigrantes chinos se les prohibió testificar ante los tribunales tras la condena por asesinato de un hombre blanco. La Ley de Licencias para Mineros Extranjeros de 1850 imponía un cargo mensual de 20 dólares a los mineros de oro no estadounidenses, aunque fue derogada un año después.

La ley tuvo un efecto duradero: muchos de aquellos emigrantes chinos se establecieron en San Francisco, creando el primer Chinatown de Estados Unidos.

Todos estos recién llegados transformaron la geografía del estado. Tres pueblos antes pequeños y soñolientos se convirtieron de repente en prósperas ciudades: San Francisco, Sacramento y Stockton. Y ese auge aceleró espectacularmente la expansión de Estados Unidos hacia el oeste. Gracias a sus recursos y a su creciente población, California se convirtió en el 31º estado de Estados Unidos en septiembre de 1850, dejando atrás territorios situados muy al este, como Minnesota y Kansas.

El legado de la fiebre del oro

El apogeo de la Fiebre del Oro en California duró poco. «Ahora oímos hablar del completo agotamiento y abandono de muchas de las excavaciones», se lamentaba un periódico en 1851. Los ingresos de los mineros cayeron de unos 20 dólares al día en 1848 a menos de 8 dólares tres años después.

La minería, que antes era una empresa individual, se convirtió rápidamente en una actividad dominada por las corporaciones: los mineros empezaron a organizarse en empresas cuando quedó claro que había más gente que minas de oro en explotación, y también máquinas. A partir de 1853, las operaciones de «minería hidráulica», que utilizaban chorros de agua a alta presión para volar montañas y descubrir oro, devastaron el medio ambiente. El proceso ensució lagos, taló bosques y represó ríos.

Durante los cinco años transcurridos entre el descubrimiento de Marshall y el inicio de la minería corporativizada, se calcula que se extrajeron 34 toneladas de oro de las montañas, ríos y arroyos de California, con un valor estimado de 81 millones de dólares en 1852. Para entonces, la fiebre había alterado permanentemente el estado.

En muchos territorios, señalaba Borthwick en sus memorias, el asentamiento europeo había sido un proceso gradual. Pero en California «el proceso fue mucho más abrupto», escribió. «Miles de hombres, hasta entonces desconocidos entre sí y sin relación mutua, se encontraron de repente».

Y siguieron llegando.

Tras cuadruplicarse entre 1850 y 1860, la población del estado volvió a duplicarse en los 20 años siguientes y continuó creciendo rápidamente desde entonces, convirtiendo al estado en un ancla para el viaje hacia el oeste de la población estadounidense, que puede que sólo ahora esté llegando a su fin.

En la actualidad, California es la quinta economía del mundo, impulsada por los sectores de la agricultura, la tecnología y el entretenimiento, y es posible que pronto supere a Alemania en el cuarto puesto. El estado ha producido mucha riqueza para mucha gente, y el oro fue sólo el principio.

nuestras charlas nocturnas.

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