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¿Qué es en realidad el amor propio?…


La mente es maravillosa(G.Matamoros) — En una sociedad que nos exige cumplir con estándares de perfección y éxito, quererse a sí mismo representa un acto de resistencia y autoafirmación, donde valoramos nuestra esencia por encima de las expectativas externas.

Romántico, de amistad, familiar… Existen diversos tipos de amor, y todos ellos implican entregar parte de nosotros a otra persona. Pero ¿dónde queda el amor propio? Ese que se siente cálido como un beso, aunque no lo recibimos de alguien más sino de nosotros mismos. Hablar de él evoca una inevitable sensación de felicidad, pues trata sobre nuestra persona, quien debería propiciar ese sentir.

En pocas palabras, es conocernos y admitirnos tal y como somos. Esto quiere decir que abrazamos todos los defectos que nos habitan. Imagínalo como cuando te miras en el espejo y sientes que cada partícula de ti es perfecta. No juzgas esos kilos de más, ni que uno de tus ojos es más pequeño que el otro. Sin caer en el narcisismo, podemos reconocer nuestra valía.

Cultivar esta cualidad es esencial para nuestro bienestar emocional y mental. En ocasiones, las inseguridades, esas vocecitas que intentan socavarlo, surgen para debilitarnos y hacernos dudar de lo que valemos, pero aprender a manejarlas es parte del proceso.

– ¿Qué implica amarse a uno mismo?

El amor propio es la capacidad de reconocer nuestras virtudes y defectos, aceptarnos y tratarnos con la misma compasión y cariño con los que trataríamos a un ser querido. También implica una relación positiva con quien somos, sin depender de la aprobación externa para sentirnos valiosos.

En la actualidad, este concepto ha ganado relevancia, en especial, en una sociedad que nos exige cumplir de manera constante con ciertos estándares de éxito, belleza y comportamiento. Sin embargo, esta idea tiende a malinterpretarse o se percibe como algo superficial, pues, al contrario, quererse a uno mismo significa reconocer el valor intrínseco que tenemos como personas, con independencia de las circunstancias o logros.

Walter Riso, psicólogo clínico, menciona en uno de sus libros que «quererse a uno mismo es considerarse digno de lo mejor, fortalecer el autorrespeto y darse la oportunidad de ser feliz por el solo hecho de estar vivo». No puede ser más acertado. Esta es una invitación a valorar la propia dignidad y a buscar el bienestar personal, no como un objetivo condicionado por logros externos, sino como respeto hacia uno.

No es un acto de egocentrismo, amarse a sí mismo está relacionado con la autoaceptación y la autorresponsabilidad. Esto quiere decir que no solo nos reconocemos como seres únicos y valiosos, sino que también asumimos la responsabilidad de nuestro bienestar, decisiones y crecimiento personal. Al final del día, se trata de ser amables y comprensivos con nosotros y de tener una actitud positiva sobre nuestras habilidades y potencial.

Además, es un compromiso diario de cuidado y respeto. En este punto, es importante aclarar que, aunque tengamos una visión positiva de lo que somos, no significa que todo el tiempo nos sintamos bien con nosotros. Es normal enfrentar alguna decepción o enfado, pero eso no quita la importancia de seguir cultivando el amor personal, incluso en momentos difíciles.

El poder del amor propio: por qué necesitas alimentar tu autoestima para  ser feliz. - Carmen Sancho

– ¿Cómo influye el amor propio en nuestras vidas?

Cultivar una percepción positiva puede ser un desafío, pero es fundamental para la salud mental y emocional. Además, aporta numerosos beneficios que transforman la vida de manera significativa. Veamos algunos:

  • Permite ser más resilientes: quien se ama sabe que, de manera independiente a las circunstancias, es digno de respeto.
  • Motiva mayor disposición hacia los demás: amarnos nos hace capaces de querer a otros, sin esperar nada a cambio y sin depender de factores externos para sentir que valemos.
  • Facilita la expresión emocional: cuando nos valoramos, expresamos con comodidad nuestras emociones sin miedo al juicio. Esto fomenta relaciones auténticas y profundas con otros.
  • Impulsa el rendimiento sin presión excesiva: amarnos motiva a dar lo mejor, sin que se convierta en una exigencia abrumadora. Nos deja disfrutar del proceso y reconocer lo que logramos, sin autocastigarnos por los errores.
  • Ayuda a tomar decisiones alineadas con nuestros deseos y valores: querernos colabora en la toma de decisiones que reflejen verdaderos deseos y valores, en lugar de complacer a los demás o seguir normas impuestas.
  • Contribuye a establecer límites sanos: quien se ama a sí mismo es menos propenso a tolerar el maltrato y más capaz de establecer y mantener límites saludables. Este equilibrio fomenta el respeto y la confianza en las relaciones.
  • Refuerza la autoestima: de acuerdo con el psicoterapeuta Nathaniel Brand, amarse a sí mismo es la experiencia fundamental de que podemos llevar una vida significativa y cumplir sus exigencias. Interiorizar este concepto es esencial para enfrentar los desafíos diarios con seguridad y determinación. Para lograrlo, propone 6 pilares fundamentales que son necesarios nutriendo y afianzando el amor hacia uno mismo.

– ¿Cómo puedes empezar a amarte más?

Fomentar este sentimiento es un proceso constante que requiere tiempo, paciencia y práctica todos los días. En lugar de buscar la perfección, se trata de construir una relación saludable y equilibrada con uno mismo. A continuación, te presentamos algunas formas de fortalecerlo en tu vida diaria.

1. Cuida tu bienestar físico

El cuerpo es el templo que habitamos, por lo que es esencial darle el cuidado que necesita para mantenerlo saludable y fuerte. Practicar una rutina que incluya suficiente descanso, alimentación nutritiva y ejercicio regular, no solo ayuda a prevenir enfermedades, sino que también mejora el estado de ánimo y los niveles de energía. Al tratar tu cuerpo con respeto, te permites funcionar de manera más eficiente y envías un mensaje poderoso de cuidado y valor hacia ti.

2. Fija límites saludables

Establecer límites claros es fundamental para proteger tu salud emocional y mental. En muchas ocasiones, por temor al rechazo o al juicio, permitimos que otros invadan nuestro espacio personal o nos involucramos en compromisos que nos drenan la energía. Sin embargo, decir «no» cuando algo no se alinea con tus valores o necesidades es un acto de respeto contigo.

Si estableces y mantienes límites, los demás aprenden a respetar tu tiempo y energía

3. Practica la autocompasión

La autocompasión es una herramienta poderosa para afrontar los momentos difíciles con mayor resiliencia. Muchas veces, nos tratamos con severidad y nos juzgamos con dureza por errar o fracasar. Pero nadie es perfecto y fallar es una parte inevitable del aprendizaje. Al cambiar la autocrítica por el reconocimiento de tus esfuerzos y el cuidado hacia ti, es posible romper el ciclo del perfeccionismo y desarrollar una visión más amable y realista de tus logros.

En lugar de castigar tus fallos, intenta verlos como oportunidades de crecimiento.

Amor propio: Cómo mirarnos con amor sin morir en el intento

4. Reconoce tus logros

A menudo, tendemos a minimizar nuestros logros o a compararlos con los ajenos, lo que puede deteriorar la autoestima. Tómate un momento cada día para reconocer lo que has logrado, por pequeño que sea. Celebrar tus victorias personales, por mínimas que parezcan, refuerza la idea de que eres digno/a de amor y reconocimiento. Cada paso hacia adelante es un reflejo de tu esfuerzo y determinación, y merece ser reconocido.

5. Agradece

Llevar un diario de gratitud es una excelente forma de entrenar la mente para enfocarse en lo positivo. Al escribir cada día tres cosas por las que agradeces, puedes cambiar tu perspectiva y aprender a apreciar más lo que tienes, en lugar de enfocarte en lo que te falta. Esta práctica es un recordatorio de que, aunque no seas perfecto/a, tu vida tiene muchos aspectos positivos.

6. Busca tiempo para ti

Vivimos en un mundo acelerado donde el tiempo libre parece un lujo. No obstante, reservar unos minutos, ya sea para relajarte, leer un libro o disfrutar de un momento de soledad, es esencial para tu bienestar. Aprender a disfrutar de tu propia compañía es una de las claves para desarrollar un amor propio genuino.

7. Reduce tu tiempo en redes sociales

El uso excesivo de estas plataformas puede provocar comparaciones que conducen a sentimientos de insuficiencia, ansiedad y depresión. Ser más consciente de cómo te afectan y bajar tu tiempo en ellas, a menos de 30 minutos al día, aliviaría sensaciones de soledad y miedo, según una publicación de Journal of Social and Clinical Psychology.

8. Practica mindfulness

El mindfulness es estar presentes en el momento y ser más conscientes de nuestros pensamientos y emociones. Además, esto te desconecta del ruido mental y reconecta con tu esencia, ayudándote a ser más consciente de cómo te sientes y por qué. Al practicarlo, desarrollas una mayor comprensión de ti y aprendes a responder a tus experiencias con una actitud de aceptación y compasión.

9. Cuando te mires en el espejo, date cumplidos

El espejo puede ser un reflejo de nuestras inseguridades, pero también una oportunidad para reconocer nuestra belleza interior y exterior. No te centres en lo que percibes como defectos, busca cualidades que te gusten de ti y exprésalas en voz alta. Al decirte cumplidos sinceros, por ejemplo, «me gusta cómo soy cuando sonrío» o «valoro mi determinación», refuerzas tu imagen positiva. Este simple acto de reconocimiento diario es capaz de transformar tu percepción personal.

10. Siéntete agradecido/a con tu cuerpo

Tu cuerpo es el vehículo para experimentar la vida, y merece ser tratado con gratitud y cuidado. Es fácil enfocarse en lo que nos gustaría cambiar, pero un enfoque de gratitud hacia nuestro cuerpo podría cambiar esta perspectiva. Agradece a tu físico por todo lo que hace por ti: por mantenerte en movimiento, por permitirte respirar profundo, por soportar las tensiones diarias.

Al adoptar esta actitud de gratitud, ves tu ser no como un conjunto de imperfecciones, sino como un aliado en tu camino de vida. Esta transformación de enfoque fomenta una relación más respetuosa con tu propio ser, contribuyendo a amarte más y al bienestar general.

Cómo el amor propio puede ayudarte a alcanzar la felicidad?

– Quererte es el primer paso hacia una vida plena

El amor propio es un viaje continuo de autoaceptación, respeto y autocuidado. No se trata de alcanzar un estado final de perfección, sino de practicar a diario actitudes que nos permitan crecer y fortalecernos en lo emocional. Al desarrollarlo, construimos una relación más equilibrada con nosotros, lo que nos capacita para enfrentar la vida con mayor confianza y resiliencia.

Esta base sólida es fundamental para forjar relaciones saludables, tomar decisiones alineadas con nuestros valores y abordar los desafíos con una mentalidad positiva. Si todavía no has comenzado a cultivar esta forma de amarte, ahora es el momento perfecto para hacerlo. Conócete, acéptate y valórate en cada paso de tu camino.

nuestras charlas nocturnas.

Historia del cine de zombis…


Zombis en los años treinta (foto: DP)
Zombis en los años treinta

¿Por qué has conducido así, idiota? ¡Podríamos habernos matado!
—Peor que eso, monsieur. Podríamos haber sido capturados.
—¿Capturados? ¿Por quién? ¿Por esos hombres con los que hablaste?
—No son hombres, monsieur. Son cuerpos muertos.
—¿Muertos?
—Sí, monsieur… ¡zombis!

JotDown(E.deGorgot) — Este breve diálogo que acaban de leer contiene la primera mención a los zombis en un largometraje de ficción. Hace ya ocho décadas. Ahora están en todas partes: muertos vivientes, infectados, cadáveres andantes, devoradores de cerebros… desde hace unos cuantos años, la literatura, el cómic, la televisión y el cine han encontrado un filón en esta temática.

La carne de zombi vale su peso en oro; no hace mucho hablábamos sobre la manera en que The Walking Dead está arrasando en medio mundo, al igual que algunos largometrajes, enormes éxitos en pantalla grande. Es más, el género zombi no solamente se ha convertido en mercancía de consumo masivo sino que, inesperadamente, también ha llegado a ser un producto cinematográfico respetado.

No siempre fue así. Desde que nació en los años treinta, y por lo menos hasta finales de los cincuenta, las películas de zombis fueron consideradas material únicamente apto para matinées, sesiones festivas en cines repletos de niños y adolescentes descerebrados que buscaban en el cine algunas emociones fuertes con las que empezar bien el sábado, olvidando el desagradable colegio.

O para pases televisivos de serie B también destinados al público juvenil. En los años sesenta el género se volvió más adulto, aunque con frecuencia fue utilizado como vehículo para vender sexo, pero sí hubo algunos directores y guionistas que decidieron empezar a tomarse el género en serio. La aceptación, sin embargo, tardó unas tres décadas más en llegar.

También es interesante comprobar que el actual género zombi se parece bien poco a las películas pioneras de los años treinta, o que su evolución hasta lo que conocemos hoy no se hubiera producido sin la enorme influencia de películas y novelas que, en algunos casos, ni siquiera pertenecían al género de terror, como por ejemplo la ciencia ficción pos-apocalíptica o las historias de infiltraciones alienígenas.

En esta historia de los orígenes del cine zombi hablaremos de muchos de sus elementos más tradicionales: brujería colorista, sangre, racismo, efectos especiales dignos de teatrillo de pueblo, guiones absurdos, peleas ridículas, maquillajes atroces, chicas bonitas… ¡los ingredientes clásicos del género!

Pero también hablaremos, cómo no, de individuos como Bela LugosiEd WoodRichard MathesonGeorge A. Romero… una larga lista de nombres más o menos célebres. Pero basta ya de palabrería y hagamos un poco de historia. ¡Agarren su estaca, vamos a abrir unas cuantas tumbas!

– ¿Qué es un zombi?

No se puede hablar de cine de zombis sin explicar lo que es un zombi. «¿Para qué?», se dirá usted, «si yo ya sé lo que es un zombi». No crea que está tan claro, y cuando empecemos a repasar películas entenderá por qué resulta indispensable esta precisión.

Si usted pregunta a su alrededor, lo más probable es la mayor parte de la gente no le dé una definición correcta del término «zombi» tal y como fue entendido en el cine durante las cuatro primeras décadas de existencia del género. Se limitarán, casi siempre, a equiparar zombi con muerto viviente, y ya está.

Pero eso es algo que solamente hacemos hoy, cuando también hemos llegado a concebir que un vampiro sea capaz de enamorarse. Las viejas temáticas del terror han cambiado mucho con los años y los zombis no son una excepción.

La etimología de la palabra «zombi» es tan compleja que por sí sola merecería un extenso artículo, pero no vamos a entrar a discutirla más de la cuenta; no porque no sea interesante, sino porque sería demasiado largo de contar. Diremos solamente que es un término, o más bien un conjunto de términos, que significa cosas distintas en diversas regiones de África, donde se practicaban religiones animistas. Por ejemplo, puede significar «fetiche», un objeto utilizado en rituales mágicos.

También puede aludir a ciertos espíritus poderosos con quienes se pretende contactar mediante la magia, para que ayuden a los humanos a conseguir determinados fines. En algunas otras regiones, el «Zombi» es la divinidad creadora, esto es, un sinónimo de Dios, Jehová, Alá y demás nombres monoteístas. Como ven, nunca tuvo un significado único.

Y no se preocupen por cómo transcribir la palabra, ya que exploradores, misioneros, estudiosos y literatos europeos llevan siglos sin ponerse de acuerdo al respecto: zumbizombizombie… todas, y ninguna, son correctas. Lo importante en términos cinematográficos es que estos conceptos africanos pasaron a América y allí adquirieron nuevos significados, algunos bastante sorprendentes.

En Brasil, por ejemplo, un «zumbi» era el líder de una comunidad de esclavos emancipados, que utilizaba esa alusión a la divinidad para conferirse autoridad. Más acepciones para el confuso crucigrama.

Lo que realmente nos interesa es Haití. En el culto vudú haitiano, un «zombi» era aquel ser humano cuyo espíritu había sido capturado por un boko o brujo. El boko empleaba la magia negra para, mediante fetiches tales como figuritas con forma humana, extraer el espíritu de una persona viva o recientemente fallecida.  

Después guardaba el espíritu capturado en un cántaro, botella o recipiente similar (¡esto le da todo un nuevo significado a la expresión «alma de cántaro»!) y así podía usarlo en otro tipo de rituales. El robo del espíritu conllevaba una terrible consecuencia: el brujo tomaba el control del cuerpo físico que había albergado ese espíritu antes. Si su víctima era una persona viva, esta persona perdía toda voluntad, viéndose obligada a obedecer al brujo de manera robótica.

La persona, ¡horror!, permanecía consciente, pero no podía comunicarse ni tampoco podía evitar que su cuerpo estuviese manejado por el boko. Pues bien, si se le robaba el alma a un cadáver reciente, el cuerpo físico emergía de la tumba para obedecer a su nuevo amo, aunque en este caso ya no había consciencia en él.

Ni que decir tiene que estas creencias, habituales en la población negra de Haití, combinaban la tradición africana con el trauma del tráfico de esclavos. Ser convertido en zombi era lo peor que podía pasarle a uno porque implicaba convertirse en esclavo para siempre, sin posibilidad de escapar ni siquiera después de la muerte.

Estas dos versiones del zombi, como muerto andante y como ser humano vivo pero desprovisto de voluntad propia, se usaron indistintamente en el cine durante varias décadas. Hoy ya no sucede, pero hubo muchos zombis vivos en el cine. Quizá debería decir que el equivalente actual son los «infectados».

El tétrico vudú haitiano extendió su divertida y chispeante influencia por el Caribe, estableciéndose en el sur de los Estados Unidos, y de manera particular en Louisiana, donde se convirtió en parte importante del folclore de la comunidad negra local.

Obviamente, no todos los negros de Louisiana creían en estas supercherías, ni mucho menos; sin embargo, sí adoptaban las referencias culturales del vudú como propias, de igual manera que un español ateo se ve influido por las referencias culturales cristianas.

Dado que el concepto de zombi estaba íntimamente ligado con la experiencia de la esclavitud, los negros del sur de los Estados Unidos podían compartir y comprender muy bien el trasfondo de aquellas leyendas sobrenaturales. Un buen ejemplo de esto es que, hasta los años cuarenta y cincuenta, muchas canciones de blues mencionaban rituales de magia negra vudú como parte del imaginario asociado a las regiones sureñas donde nació ese estilo musical.

Incluso alguien como Jimi Hendrix, que nació y creció en el lejano norte del país y culturalmente tenía poco que ver con esos ambientes sureños, adoptaba las referencias al vudú como parte de la tradición musical que había asimilado. Digo todo esto para enfatizar el hecho de que, para cuando se convirtió en protagonista de su propio género cinematográfico, el zombi era un concepto ya muy arraigado en la cultura estadounidense.

Teniendo en cuenta que la industria cinematográfica haitiana era muy pobre, por no decir casi inexistente, no resulta extraño que los primeros largometrajes sobre zombis fuesen estadounidenses. Por entonces, tanto los cineastas como el público entendían al instante que la palabra «zombi» estaba íntimamente relacionada con el vudú.

– El nacimiento del género zombi en el cine

El cine de zombis nació, cómo no, en Hollywood. Aunque pocos años antes se había realizado un documental sobre zombis y vudú, el primer largometraje de ficción propiamente dicho fue White Zombie («La zombi blanca»). Estrenado en 1932, estaba protagonizado nada menos que por Bela Lugosi, que interpretaba el papel de un brujo que usa ritos vudú para controlar el cuerpo de una chica.

El legendario actor húngaro estaba viviendo sus mayores momentos de gloria; el año anterior había protagonizado la inmortal adaptación de Dracula por la que pasará a la historia, y tenía un lucrativo contrato con los poderosos estudios Universal. Sin embargo, White Zombie fue una producción independiente rodada sin grandes medios, como proyecto personal del mítico productor Victor Halperin.

En la película encontramos todos los ingredientes clásicos de la mitología vudú, incluyendo a personajes de raza negra que hablaban con acento francés, referencia a la cultura cajún de Louisiana. White Zombie recibió críticas poco entusiastas tras el estreno, pero el tiempo le ha añadido una pátina de nostalgia que le confiere bastante encanto (y que ha servido para dar nombre a alguna banda de rock).

La película es irregular, la verdad, pero contiene alicientes legítimos. No solamente la inmensa presencia del gran Lugosi, sino también una atmósfera muy conseguida en ciertas escenas. La mala recepción crítica no impidió su éxito en los Estados Unidos, y curiosamente también en la Alemania de Hitler, donde la censura le dio el visto bueno sabe Dios por qué.

Seguramente, los paranoicos nazis pensaban que el film demostraba cómo los malvados africanos inferiores podían atacar a una mujer blanca, toda una metáfora de sus demenciales teorías racistas. Sea como fuere, el éxito en Alemania debió de producir sentimientos encontrados al pobre Bela Lugosi, que, como después veremos, no era precisamente el mayor fan del III Reich.

Cuatro años más tarde, en 1936, se rodó la segunda película con temática zombi, titulada Ouanga, aunque también conocida como The Love Wanga. Fue estrenada a pequeña escala y tardó varios años en ser proyectada por todo el país. Contaba la historia de una bruja haitiana que revivía cadáveres para usarlos como herramienta de venganza personal, tras ser despechada por un hombre que la había plantado para casarse con una mujer blanca.

Bastante más olvidable que White Zombie, rara vez la verán nombrada como una referencia básica del género. Eso sí, en ella aparece una actriz importante, Fredi Washington, la misma que en Imitación a la vida había interpretado a una mulata que se hacía pasar por blanca (es posible que les suene más el remake que protagonizó Lana Turner en los años cincuenta).

Fredi Washington era hija de mulatos pero, dado que sus rasgos faciales podían pasar perfectamente por europeos, se la contrataba para papeles que jugaban con esa ambigüedad racial en aquellos años de segregación generalizada.

También en 1936 se estrenó la igualmente prescindible Revolt of the Zombies, otra producción del indomable Victor Halperin, que quiso ambientarla en Camboya por aquello de darle un toque todavía más exótico al asunto. Los protagonistas intentaban destruir una fórmula creada por un sacerdote para convertir a los humanos en zombis.

Esta mezcla de brujería haitiana con científicos locos se convertiría en un recurso muy común en el género, pero, más allá de esa innovación, la película era mediocre.

En 1940 se estrenó Four Shall Die, un film cuyo mayor aliciente es contemplar en acción a Mantan Moreland. El legendario actor empezó como artista de vodevil y se especializó en comedias, particularmente en las race movies, películas destinadas exclusivamente al público negro (sí, así estaban las cosas en América).

Sin embargo, tenía tanto carisma que se convirtió también en un habitual del cine de terror; como actor cómico era hilarante, pero si se proponía impactar al público adoptando expresiones terroríficas, lo conseguía con creces. Su talento era polifacético. También de 1940 data la primera comedia de zombis, The Ghost Breakers, un film que ha pasado a la historia gracias a la malintencionada, aunque divertida, equiparación que Bob Hope hacía de los zombis con los seguidores del Partido Demócrata.

Como pueden suponer, se trata de una película entretenida que además contaba con la presencia de otra gran estrella, la bonita Paulette Goddard. El tono de comedia desenfadada se repetiría en 1941 con King of the Zombies; vista hoy, resulta más llamativa por su descarado racismo, habitual en aquel Hollywood, que por su calidad. No es una obra maestra, aunque sí entrañable.

Sobre todo porque podemos ver de nuevo a Mantan Moreland, luciéndose en su ámbito preferido, el cómico, pero manteniendo la misma alucinógena expresión de estar contemplando los Horrores del Otro Lado que ya había empleado en la anterior película. Grandioso actor cuya presencia, desde luego, ¡siempre supone un aliciente extra!

Vistos los ejemplos, podrán ustedes deducir fácilmente que, durante los años treinta, poca gente se tomaba en serio el cine de zombis. Era como el hermano pobre de otros subgéneros del terror. Con el cambio de década no mejoraron las cosas. En los cuarenta, el género de terror sufrió una crisis que lastró la carrera de quienes habían gozado sus momentos de esplendor y ahora pagaban el precio de haber sido encasillados en esos papeles.

Bela Lugosi, por ejemplo, seguía siendo muy famoso, pero nunca consiguió abrirse paso en el cine más convencional, ni siquiera cuando tuvo la gran oportunidad de interpretar un papel en Ninotchka, el clásico de Lubitsch, donde pudo compartir pantalla nada menos que con Greta Garbo.

En aquel film había muchos extranjeros tanto delante como detrás de las cámaras, empezando por el director y la propia Garbo, así que Lugosi no estaba fuera de lugar. Y desde luego demostró que no necesitaba vestirse de vampiro para mantener su enorme presencia escénica. Fue uno de los actores con más carisma de todos los tiempos, esto es un hecho… pero Ninotchka no fue el rescate profesional que él esperaba.

El público continuaba asociando su nombre al conde Drácula, y su cerradísimo acento húngaro no ayudaba a sacudir esos estereotipos. Por si fuera poco, su drogadicción empezó a cerrarle bastantes puertas. Lugosi padecía problemas físicos que venían desde la I Guerra Mundial, en la que se presentó voluntario para luchar en el ejército húngaro, combatiendo valientemente como teniente de infantería y siendo herido en tres ocasiones diferentes.

Su etapa como soldado le dejó como recuerdo dolores crónicos que terminaron derivando en una fuerte adicción a la morfina. Por esto, cuando el terror pasó de moda y Lugosi dejó de ser un imán para la taquilla, los ejecutivos de la Universal consideraron que ya no les convenía tener a un drogadicto en plantilla. Decisión injusta, porque Lugosi no era un yonqui problemático.

Al contrario, era bien conocida su conducta siempre exquisita y su elegancia poco menos que aristocrática (olviden los exabruptos que le hacen pronunciar a su personaje en la película Ed Wood, ¡Lugosi era un caballero!). Pero bueno, los grandes estudios no querían arriesgarse a ver las palabras «morfina» y «metadona» en los titulares.

Cuando se extinguió su contrato con la Universal, Lugosi tuvo que firmar con un estudio mucho más modesto, Monogram, para filmar películas de bajo presupuesto, incluyendo algún que otro retorno al mundo zombi.

En 1942 protagonizó Bowery at Midnight, film de serie B donde interpretaba a un psicólogo que, tras convertirse en jefe criminal y asesinar a algunos de sus propios sicarios, veía cómo estos regresaban convertidos en zombis (por entonces, como ven, los psicólogos no eran considerados como algo muy diferente a los brujos vudú… supongo que hoy deberían ocupar ese lugar los economistas).

No es una gran película, la verdad, pero Lugosi está fantástico en ella. En 1944 protagonizó The Voodoo Man, interpretando a un doctor que se convierte en brujo y utiliza la magia negra para revivir a su esposa fallecida, para lo cual necesita quitarle la vida a otras mujeres.

Pese a su modesta factura, es un film interesante. Lugosi derrocha carisma y la atmósfera visual tiene algunos buenos momentos. No es una obra maestra pero tanto Lugosi como la fotografía e iluminación hacen que merezca la pena. En ella también podemos ver a John Carradine, por entonces especializado en el cine de terror, y metido de lleno en uno de los personajes más absurdos de su trayectoria… que ya es decir.

Mucho más infantil era la comedia Zombies on Broadway, de 1945, que jugaba con la baza comercial de juntar a Lugosi con Boris Karloff, otro actor encasillado en el terror que se las estaba viendo negras para mantener su estatus profesional. Era simplemente un intento de rentabilizar la menguante pero todavía extendida popularidad de ambos actores, que aparecían juntos por primera vez en pantalla. Aunque es una película divertida para los niños, en mi opinión resulta indigna del calibre de ambos iconos. En fin, no fueron años nada buenos para Lugosi.

Además del declive profesional y del empeoramiento de su adicción, estaba seriamente preocupado por el expansionismo alemán que amenazaba con fagocitar su patria, Hungría.

Cuando, en efecto, Hungría fue ocupada por los nazis, el viejo Bela Lugosi ya no podía alistarse para combatir, pero sacó a relucir su condición de laureado veterano de guerra, encabezando una campaña para concienciar al público americano sobre el negro destino que aguardaba a los judíos y disidentes húngaros. Por desgracia, no se equivocó en sus malos augurios.

Para un hombre que había estado dispuesto a dar la vida por su país, aquellos fueron momentos difíciles.

Además de las películas protagonizadas por un Lugosi cuya carrera declinaba rápidamente, en los años cuarenta hubo otros títulos como I walked with a zombie del director Jacques Tourneur, que en 1943 fue despreciada por los críticos aunque, como White Zombie, hoy es vista con mejores ojos a causa de la nostalgia y porque indudablemente contiene buenos momentos, sobre todo desde el punto de vista visual.

Como dato curioso, en ella aparecía cantando nada menos que Sir Lancelot, el gran popularizador del calipso, un estilo musical que tendría bastante éxito en los Estados Unidos.

Es chocante que alguna de sus escenas musicales, dicho sea esto como mérito de la muy conseguida atmósfera del film, ¡terminan resultando extrañamente terroríficas! Kubrick y Hitchcock no fueron los primeros en mezclar música agradable con secuencias de oscuro trasfondo.

La intervención de Sir Lancelot no deja de resultar llamativa porque, como veremos, el otro rey del calipso, Harry Belafonte, tendría también un papel importante, aunque indirecto, en la evolución del cine de zombis.

También en 1943 se estrenó la primera secuela de una película de zombis. Revenge of the Zombies era la continuación de King of the Zombies. El film hablaba de un científico que intenta crear un ejército de zombis para el III Reich. De nuevo aparecía el ubicuo John Carradine, pero era nuestro amigo Mantan Moreland quien se las arreglaba para robar casi cada secuencia en la que aparecía; no por nada el hombre es hoy una leyenda entre los más aficionados al género.

Sea como fuere, cualquier escena compartida por Carradine y Moreland es una joya que merece la pena contemplar. En aquel mismo año se estrenó The Mad Ghoul, un film poco destacable pero que merece ser mencionado porque fue el primero en usar la palabra «ghoul» en su título. Este término procedía de la tradición árabe, en la que al-ghūl denominaba a cierto tipo de espíritu, o demonio, que podía presentarse bajo forma humana o animal.

La literatura anglosajona había adoptado el término gracias a la repercusión de Las mil y una noches, y en los Estados Unidos la palabra se convirtió en sinónimo de criatura amenazante que acecha en lugares solitarios, como caminos o cementerios. ¿Por qué digo todo esto? Pues porque, hasta los años sesenta, el cine estadounidense utilizaba la palabra ghoul (y no «zombi») para referirse a los muertos vivientes que salen de sus tumbas sin la intervención de la magia vudú.

Por lo general, el cine solamente hablaba de zombis cuando su aparición estaba vinculada con el vudú (años treinta y cuarenta) o con ese nuevo tipo de vudú que era la ciencia atómica (años cincuenta y sesenta). Y los muertos vivientes que aparecían por las buenas eran ghouls, así que el moderno género zombi perfectamente podría haber terminado llamándose «género ghoul», lo cual hubiese sido más correcto.

En 1946 se estrenó Valley of the Zombies, en la que curiosamente no había zombis, sino un individuo que usaba ritos vudú sobre sí mismo para retrasar su propia muerte. Dado que necesitaba beber sangre humana con regularidad para mantenerse vivo, hablamos más bien de un vampiro vudú. Film prescindible, aunque contaba con la presencia de la elegante Lorna Gray.

La actriz había acariciado el estrellato durante su etapa en Columbia Pictures, pero nunca logró despegar y, al igual que Lugosi, terminó rodando películas de serie B para los más modestos estudios Monogram. El género de terror servía muchas veces como refugio para intérpretes que habían caído en desgracia a ojos de los grandes estudios.

La verdad es que Valley of the Zombies era demasiado mala para una actriz de su talento, así que no resulta extraño que no quisiera aparecer con el nombre artístico de sus mejores tiempos sino con un seudónimo, Adrian Booth.

El pasar de compartir pantalla con John Wayne a verse encasillada en películas de zombis era un golpe duro, porque en el escalafón cinematográfico los filmes de zombis estaban entre lo más bajo, y casi siempre eran de los peores. Tampoco sorprende que decidiese retirarse de las pantallas unos pocos años después, cuando todavía era joven.

Probablemente aquella retirada le fue bien a su estabilidad mental, ya que conforme escribo estas líneas Lorna Grey sigue viva y está a punto de cumplir los cien años. A su salud.

– Los locos años cincuenta

Si los años treinta fueron los del auge del cine de terror y los cuarenta los de su declive, los cincuenta estuvieron caracterizados por la repentina explosión de la ciencia ficción, cuya imparable fuerza salpicó al género de terror. El subgénero zombi no pudo librarse de esa omnipresente influencia, aunque muchas veces fuese asimilada de manera bastante surrealista. La principal consecuencia de ese influjo fue que en los nuevos guiones, el origen de los zombis cambió.

El vudú era sustituido por la energía atómica o los extraterrestres. En 1952 se estrenó Zombies of the Stratosphere, que, como cabe deducir del título, intentaba explotar el filón de la nueva moda de los platillos volantes. Era básicamente una película de marcianos que usaba la palabra «zombie» para distinguirse de la competencia.

Algo similar sucedía en el film Invisible Invaders, donde los muertos salían de sus tumbas después de que sus cadáveres fuesen ocupados por alienígenas (volvemos a ver a John Carradine).

El travestismo hacia la ciencia ficción continuó con Creature with the Atom Brain, donde un científico del extinto III Reich usaba energía nuclear para resucitar cadáveres que después un gangster reclutaba para que se convirtiesen en sus esbirros, inaugurando la hilarante pero poco continuada tradición del zombi mafioso.

Como se deduce de estos estrambóticos argumentos, no hablamos de filmes particularmente inteligentes, aunque sí demostraban esa evolución del cine zombi hacia temas considerados más actuales, más propios de la ciencia ficción entonces hegemónica.

Más tradicional era Voodoo Island, de 1957, que recuperaba las referencias al control mental mediante muñequitos vudú. Era una película más bien aburrida, pese a contar en el reparto con Boris Karloff y la bonita Beverly Tyler, un antiguo proyecto de starlet de la Metro Goldwyn Mayer que pese a su talento, belleza y elegancia, había terminado en el aparcadero de la serie B, como Lugosi o Lorna Grey.

Por su parte, Karloff interpretaba un papel convencional sin maquillajes raros, pero el público no se acostumbraba a verlo desprovisto de su caracterización como monstruo de Frankenstein, lo que le supuso serios aprietos profesionales.

También en 1957 se estrenó Zombies of Mura Tau, donde una expedición de buscadores de tesoros submarinos se encontraba con los antiguos tripulantes de un barco hundido que retornaban de la muerte. Pese a su original idea de presentar zombis submarinos, no era una película demasiado brillante.

Todavía peor, pero divertida de contemplar, era Voodoo Woman, en la que aparecían algunas mujeres zombi manejadas por (¡sorpresa!) un científico loco que vivía en mitad de la selva africana y que, al parecer, no tenía nada mejor que hacer que mezclar vudú con lo que el cine de serie B entendía como «tecnología punta», esto es, bombillitas, antenas de muelle y demás parafernalia fallera.

Además, como se hacía en otras películas de la época, la ambientación africana incluía un constante tañer de bongos, porque ya sabemos que los africanos se pasan veinticuatro horas al día dándole al tamborcito sin parar. No duermen, ni tienen jaquecas; solo le dan al tambor. La película obtuvo cierta repercusión y un estatus de culto precisamente por su merecida fama de chapucera, pero bien merece la pena recordar a su protagonista, la actriz Marla English.

Su carrera fue rocambolesca: fue descubierta por la Paramount, uno de cuyos empleados la vio ganando un concurso de belleza. Se la consideraba un diamante en bruto gracias a una afortunada combinación de talento y una deslumbrante belleza . Estuvo a punto de triunfar por todo lo alto cuando le ofrecieron compartir pantalla con Spencer Tracy, nada menos, pero no tuvo suerte.

El rodaje iba a realizarse en Europa, y antes de cruzar el charco Marla se vacunó, algo que casi todos los viajeros estadounidenses hacían antes de venir, dado el cochambroso estado en que se hallaba nuestro continente por entonces. Pues bien, la pobre Marla sufrió una reacción adversa a la vacuna: una altísima fiebre la obligó a renunciar al rodaje, porque no viajar de inmediato significaba perder el tren de la película.

En aquellos tiempos los grandes estudios no esperaban a nadie. Se buscó una sustituta a toda prisa (ocupó su lugar la siempre inquietante Claire Trevor). A raíz de ese tropiezo y de algún que otro roce con los directivos, en Paramount decidieron aparcar a su gran promesa. Marla English se vio confinada a la serie B, donde su talento fue desaprovechado una y otra vez en películas cuyos títulos hablan por sí solos (por ejemplo, The She-Creature).

No obstante, los nostálgicos de las modelos glamourosas de los años cincuenta harían bien en echarle un vistazo a su increíblemente sexy catálogo de sesiones fotográficas como pin-up, porque Marla English no tenía mucho que envidiar a toda una Bettie Page.

Como vemos, eran pocas las películas de zombis de cierta calidad. A nadie en su sano juicio se le ocurría considerar la posibilidad de que el cine de zombis se convirtiese en un género respetable. En 1957 eran básicamente un relleno barato al que los pequeños estudios recurrían de vez en cuando para ofrecer algo de variedad en mitad de la fiebre cinematográfica de los marcianos y la energía atómica.

Pero lo peor estaba por llegar. Fue hacia el final de la década cuando el cine zombi empezó a sumergirse en el más absoluto desmadre, una espiral de psicodelia que iba a generar productos deliciosamente aberrantes.

La británica The woman eater, de 1958, fue la primera película de zombis que usó abiertamente el reclamo del sexo (lo cual, como ya veremos, sería cada vez más común en el cine de terror a partir de los sesenta). En el argumento teníamos al científico loco de rigor que convertía a mujeres en zombis sin voluntad propia.

Hasta aquí, nada nuevo. Pero, las convertía en zombis, ¿para qué? Pues para alimentar a un extraño árbol carnívoro que al parecer solamente podía obtener las proteínas del desayuno de mujeres jóvenes e invariablemente bien formadas (sí, un árbol carnívoro heterosexual, ¿qué pasa?).

El estupidísimo argumento era una excusa como otra cualquiera para que desfilasen actrices curvilíneas por la pantalla. Aunque lo mejor de todo, como podrán comprobar, es la extraña planta protagonista, una increíble combinación entre geranio, teleñeco de Barrio Sésamo y Alien el Octavo Pasajero en versión maceta.

Si una planta es capaz de robarle la secuencia a mujeres tan despampanantes como las que aparecen en este film, y desde luego se las roba, lo siento mucho por La pequeña tienda de los horrores, pero aquí estamos hablando sin duda de la Planta Más Carismática De La Historia del Cine.

Siguiendo con el despiporre generalizado de finales de los cincuenta, en 1959 se estrenó Teenage Zombies, que tampoco es una obra que hubiese firmado con orgullo Kurosawa. Las andanzas de dos parejas de adolescentes que combaten a un puñado de muertos vivientes alcanzaban tan altas cotas de cretinez como quieran o puedan ustedes imaginar.

Prescindible, excepto porque contiene alguna de las escenas de peleas más absurdas, incomprensibles e hilarantes de todos los tiempos. Hay una secuencia en concreto, hacia el final del film, que no importa las veces que la vea, siempre me provoca un aluvión de carcajadas. Por sí sola, esa pelea ya justifica el visionado. ¡Eso sí es sentido de la épica y no lo de Ben Hur!

Y ya que nos encontramos en las grandes alturas cinematográficas, también en 1959 irrumpía en los altares del cine zombi nada menos que el único e incomparable Ed Wood. En realidad el año anterior ya había rodado una película sobre zombis, Night of the ghouls, que como podrán suponer era bastante cutre. Pero eso se quedó en nada comparada con su nueva gran hazaña.

Me refiero, cómo no, a la inconmensurable Plan 9 from Outer Space, tan mala que hacía que el resto de películas de zombis de aquella década parecieran superproducciones. Incluso su propia Night of the ghouls se antojaba medianamente digna (es un decir) en comparación.

El absurdo batiburrillo de subgéneros, los infinitos errores de producción y la presencia de Tor JohnsonVampira o El Asombroso Criswell han convertido Plan 9 from Outer Space en justificado objeto de culto. Además, como bien sabemos, fue la última película en la que apareció el gran Bela Lugosi, por entonces tristemente sometido al completo ostracismo de la industria, arruinado por la falta de trabajo y aprisionado por aquella drogadicción que llevaba arrastrando desde hacía décadas.

De hecho Bela murió durante el rodaje y ni siquiera pudo terminar de interpretar su papel, que fue completado por un imitador que se cubría el rostro con la capa para que «no se notase» (no, qué va). No hace falta decir que esta indescriptible aberración en forma de película es ahora un hito cultural cuyos fans se multiplicaron el día en que Tim Burton decidió dedicarle su genial, aunque no 100% verídico, largometraje Ed Wood.

Como se ve, los años cincuenta aportaron al género zombi mucha locura pero poco avance. Más allá de transformar ocasionalmente a los zombis y ghouls en extraterrestres, o de sustituir la magia negra por desvaríos pseudocientíficos para adaptarse a la moda de la ciencia ficción, hubo pocas cosas nuevas. Fueron películas más difíciles de tomar en serio que las producidas en los años treinta e incluso los cuarenta.

Eso sí, los desvaríos de los cincuenta serían superados con creces en la siguiente década. La primera mitad de los años sesenta iba a proporcionarnos una impresionante sucesión de fascinantes bodrios cuya sola existencia consigue que uno ame apasionadamente el mero hecho de estar vivo. Pero antes de sumergirnos de lleno en el Gran Despiporre de 1961-66, tomémonos un respiro, hagamos un paréntesis y reunamos fuerzas para las aberraciones que están por venir.

Bela Lugosi comandando a la "zombi blanca" en la película que inauguró el género.
El gran Bela Lugosi comandando a la «zombi blanca» en la película que inauguró el género.

– El last man standing y los primeros hitos del cine apocalíptico

No se extrañen si vamos a conceder mucha importancia a algunas obras que no son de zombis. Es porque la tienen. Me atrevería a decir que desde los años cuarenta y hasta la revolución que supuso la película Night of the Living Dead en 1968, los largometrajes y novelas que más hicieron por la evolución del género, ¡no contenían un solo zombi!

Por ejemplo, hoy nos resulta muy familiar el concepto «Apocalipsis zombi», pero lo cierto es que esa idea nació como la fusión del género tradicional de los zombis vudú y los ghouls con la ciencia ficción posapocalíptica. Dicho de manera simple: sin el género posapocalíptico no podría entenderse el género zombi moderno.

La influencia viene de antiguo. Ya en el siglo XIX se publicaban novelas posapocalípticas con historias muy similares a las que vemos hoy en el cine. Una de las primeras fue Le dernier homme (1805), del francés Jean Baptiste Cousin de Grainville, donde se describe una plaga de esterilidad que amenaza con extinguir la raza humana, mientras los protagonistas intentan encontrar a la última mujer fértil. ¿Les suena? Efectivamente, una premisa casi idéntica servía de base a la película Hijos de los hombres.

En 1826 Mary Shelley publicaba otra novela con el mismo título en inglés, The Last Man, que describía las desventuras del único superviviente de una pandemia, situada en el entonces lejano siglo XXI. Incluso mayor influencia tuvo The Purple Cloud, del escritor británico M. P. Shield.

Publicada en 1901, narraba las aventuras de un hombre que, tras regresar de un viaje por el Ártico, descubre que una nube tóxica ha exterminado al resto de la humanidad. Creyéndose completamente solo en el mundo, pierde la cabeza durante años y llega a quemar ciudades enteras cual Nerón, en pleno acceso de megalomanía. La novela contiene escenas y pasajes muy similares a los que todos hemos visto en varios largometrajes.

Los libros que acabamos de mencionar hablaban de cataclismos que eliminaban a casi toda la raza humana, con frecuencia dejando un único superviviente, por lo que el género es a veces conocido como last man standing, «el último hombre en pie». En los años cincuenta del siglo XX se publicaron otras dos novelas que son probablemente las que más influyeron sobre el nacimiento del moderno género zombi, porque a esos cataclismos añadían un elemento nuevo: la amenaza mutante.

Ambos libros fueron publicados el mismo año, 1954, y ambos serían llevados al cine con distinta suerte. Fueron el último escalón antes del nacimiento del género zombi en su versión moderna. En estas dos novelas la pandemia no solamente acababa con los humanos sino que los transformaba en monstruos, y por tanto los supervivientes, además de hacer frente a la soledad y la falta de recursos, también debían cuidarse de sus antiguos congéneres, ahora convertidos en depredadores.

I Am Legend, de Richard Matheson, tenía ciertos paralelismos con The Purple Cloud. Narraba las aventuras del único superviviente a una epidemia que ha convertido a todos los demás humanos en una especie de vampiros. Su primera adaptación cinematográfica, de 1964, pasó sin pena ni gloria, pero la novela tuvo una influencia fundamental sobre el cine de zombis al inspirar directamente la primera película moderna del género, Night of the Living Dead (más adelante volveremos sobre ello).

Igualmente fundamental fue la novela The Invasion of the Body Snatchers, de Jack Finney. Fue adaptada al cine muy rápidamente, en 1956, por el director Don Siegel. El protagonista de aquel legendario film intenta abortar los brotes iniciales de una soterrada invasión alienígena. Los invasores, mediante unas extrañas vainas vegetales, matan a los humanos y los sustituyen por copias idénticas.

Curiosamente, ese argumento parecía recoger el terror tradicional asociado a los ritos vudú mejor que cualquier película de zombis de aquella misma época, porque mostraba con hábil crudeza psicológica el proceso por el que los seres humanos se transformaban en títeres sin voluntad propia. Aquellos clones alienígenas eran en todo, excepto en las causas de su conversión, como una nueva versión de los antiguos zombis que aterraban a los esclavos.

Además cabe citar un detalle muy importante: la película describía una epidemia de crecimiento exponencial, desde sus inadvertidos síntomas iniciales, cuando el protagonista ni siquiera entiende a qué se estaba enfrentando, hasta el momento en que ya queda claro que el mundo entero corre peligro.

Esta espiral creciente tan característica ha sido imitada bastantes veces en el género zombi actual, por ejemplo en la novela World War Z. En fin, The Invasion of the Body Snatchers es una obra maestra absoluta de la ciencia ficción y el terror. Además tiene la rara virtud de que su segunda adaptación cinematográfica, de 1978, tiene una calidad comparable a la primera.

Si no es considerada como la primera película moderna de zombis se debe a su temática extraterrestre, pero si nos fijamos en su estructura narrativa, la verdad es que casi podemos decir que es el episodio cero de The Walking Dead.

Si en 1956 The Invasion of the Body Snatchers fue un importantísimo precedente, 1959 fue el año definitivo de la explosión del subgénero posapocalíptico en la ficción audiovisual. En el periodo de apenas unos meses se produjeron varias aportaciones clave, importantísimas. Una en la televisión, con el estreno de la inolvidable serie The Twilight Zone, de la que ya hablamos en la revista. 

Algún que otro episodio especulaba acerca del destino de los supervivientes a un cataclismo global (en la serie, no lo olvidemos, colaboró como guionista el propio Richard Matheson). En cine se estrenaron dos películas posapocalípiticas paradigmáticas.

Una fue On the Beach, ambicioso drama del que hablamos en el artículo sobre cine atómico; además de un reparto de relumbrón, contenía algunas de las primeras secuencias convincentes de un mundo completamente devastado, además de explorar las consecuencias psicológicas que el inminente fin del mundo tenía sobre la población.

Tanto o más influyente, aunque por desgracia poco recordada hoy, fue The World, the Flesh and the Devil, piedra angular de buena parte del cine posapocalíptico moderno. No se sienta mal si nunca ha oído hablar de ella, porque fue un gran fracaso de taquilla en Estados Unidos y en España ni siquiera llegó a estrenarse.

Su olvido resulta paradójico, dada la enorme cantidad de veces que ha sido imitada y copiada por otras películas bastante más famosas, incluyendo algún gran éxito de taquilla rodado en España. Es difícil de explicar por qué nadie habla de este film. Es una buena película con muy buenos momentos, que fue pionera y revolucionaria en muchos aspectos.

Tampoco puede decirse que tuviese un reparto desconocido, más bien al contrario. Por ejemplo, su protagonista era Harry Belafonte, el «rey del Calipso», que tanto en lo musical como en lo cinematográfico estaba en su punto álgido de popularidad. Le acompañaban Mel Ferrer, que también era bastante famoso pese a su labor de eterno secundario, y la malograda actriz de origen sueco Inger Stevens.

Antigua bailarina de cabaret, Stevens era una belleza de manual que además poseía uno de los mayores talentos en bruto de su generación. La mayor parte de espectadores la recuerdan porque años más tarde protagonizó junto a Clint Eastwood Hang’ En High, película que rodó un par de años antes de suicidarse mediante la ingesta de barbitúricos. The World, the Flesh and the Devil se centraba en la dificultad de entablar relaciones sanas entre los supervivientes de un cataclismo global.

Si bien el guion es irregular, cabe insistir en que, desde una perspectiva puramente visual y cinematográfica, la situaría sin dudarlo entre las grandes obras de la ciencia ficción. Las secuencias en blanco y negro de una Nueva York completamente vacía, que fueron rodadas aprovechando las horas más tempranas de un domingo, resultan tan espectaculares que siguen impresionando hoy, más de cinco décadas después.

Ni que decir tiene que han sido imitadas por filmes como El último hombre vivo28 días despuésI Am Legend o incluso Abre los ojos de Amenábar, cuya secuencia de la Gran Vía despoblada es muy parecida a la de Times Square que podemos ver en aquella antigua película. Una lástima que no se la reivindique lo suficiente.

I Am LegendThe Invasion of the Body Snatchers o The World, the Flesh and the Devil no eran historias de muertos vivientes, pero fueron más importantes para la evolución del género que las mediocres producciones de zombis que se estrenaban en aquellos mismos años.

La ciencia ficción apocalíptica aportó unos ingredientes que nada tenían que ver con el vudú, pero sí con la representación de un mundo arrasado por la catástrofe, así como la agónica lucha de los supervivientes por mantenerse no solamente vivos, sino también cuerdos, y unidos en el intento de recrear algo similar a un residuo de civilización. Ingredientes, claro, sin los que no entenderíamos películas y series de años más reciente.

– El Gran Desmadre de los años sesenta (1960-1968)

Volviendo al género zombi propiamente dicho, nos habíamos quedado a finales de los años cincuenta, periodo decadente marcado por artefactos tan delirantes como Plan 9 From Outer Space. Pues bien, aunque parezca mentira, la primera mitad de los sesenta iba a ofrecer productos todavía más salidos de madre. Aquellos años sí que fueron la auténtica Guerra Mundial Z. Es cierto que hubo algunos intentos de hacer películas respetables… pero cuando se rodaban bodrios, eran más bodrios y peores bodrios que nunca.

Hasta 1961, todos los largometrajes sobre zombis habían sido estadounidenses, salvo alguna excepción británica, como aquella del árbol caníbal heterosexual del que hablábamos en el anterior episodio. Pues bien, a partir de 1961 hubo varios países que se subieron al carro, convirtiendo el desmadre zombi en un fenómeno verdaderamente internacional.

Entre las primeras en aportar su granito de arena (y de salero) estuvieron las dos principales industrias cinematográficas de habla hispana: México y, cómo no, España. El film mexicano Santo contra los zombies, estrenado en 1961, era la tercera de muchas películas protagonizadas por el célebre luchador.

Los grandes alicientes de aquel delicioso sinsentido eran los combates de lucha libre, claro, pero también la tecnología «punta» (los consabidos muelles, antenas y bombillas) y las cómicas peleas con musculosos zombis vestidos de Peter Pan.

Cualquiera que haya visto largometrajes de Santo, que por cierto fueron bastante populares en nuestro país, puede hacerse una idea de hasta qué cotas de desfachatez llega este despropósito. Quien no haya visto ninguno quizá debería concederle una oportunidad, porque dudo mucho que se aburra entre tanto disparate. Eso sí, no esperen algo como Casablanca.

En cuanto a España, en aquel mismo año Jesús Franco estrenó Gritos en la noche, película muy influida por el tenebrismo gótico europeo, que fue despreciada por los críticos pero alcanzó bastante repercusión internacional bajo el título de The Awful Dr. Orloff.

Eso sí, el astuto Franco (el director) montó dos versiones distintas: una con escenas picantes, destinada a países con manga ancha, y otra mucho más recatada para superar la censura católica del otro Franco (el dictador). Gritos en la noche pretendía ser más seria que Santo contra los zombies, y efectivamente lo era, aunque para eso tampoco hacía falta mucho.

Si México y España se habían adherido con entusiasmo a la Guerra Mundial Z, no podía ser menos la otra gran cinematografía latina del planeta, también especializada en exprimir cada filón comercial hasta la más lacerante agonía.

Hablo, cómo no, de Italia. En 1964 hicieron su primera aportación, llamada Il castello dei morti vivi, aunque sea más conocida por su título internacional Castle of the Living Dead. Contaba como protagonista nada menos que con Cristopher Lee, aunque lo más chocante es ver por ahí a un Donald Sutherland caracterizado en varios papeles secundarios que, sabiendo de su inmensa fama posterior, parecen casi una broma.

Lógicamente este film se rodó antes de que Sutherland alcanzase el estrellato, aunque el actor siempre ha tenido bastante humor para estas cosas y nunca renegó de sus inicios; siendo ya un intérprete respetado, seguía prestándose a cameos estrafalarios solo por diversión (si no lo creen, vean su única aparición, de cinco gloriosos segundos, en la película Kentucky Fried Movie, interpretando al Camarero Patoso). 

Il castello dei morti vivi era surrealista a más no poder, con secuencias que parecían salidas de los descartes de Martes y Trece (¡esas caóticas peleas de espadachines!) y un Cristopher Lee que, aunque cuando hacía gala de su elegancia característica podía enriquecer cualquier película de terror con su sola presencia… bueno, digamos que aquí los italianos fueron capaces de despojarle de todo su carisma, lo cual constituye un logro impresionante.

Continuando con las fuerzas del Eje, también los alemanes tenían algo que decir en la nueva moda del zombi internacional, pero lo hicieron con un film algo más interesante. Der Chef wünscht keine Zeugen («El jefe no quiere testigos») adoptaba un tono conspiranoico en la onda de la obra del escritor Robert A. Heinlein.

Describe cómo los extraterrestres se infiltran en la Tierra ocupando los cadáveres de los recién fallecidos, que reviven y se suman a un complot para acabar con los humanos todavía vivos.

Aunque lo más divertido es el nombre que le dieron en la versión internacional; no sé si los responsables fueron los distribuidores estadounidenses y británicos, o los propios alemanes en un inédito alarde de sarcasmo autocrítico, pero el nuevo título parecía casi un lema de la Wehrmacht durante la II Guerra Mundial: No Survivors, Please («Sin supervivientes, por favor»).

Con ese título y viniendo de Alemania, es poco probable que la película fuese un gran éxito en países como Polonia.

Cruzando el charco, la industria estadounidense del zombi empezó a utilizar un nuevo reclamo: mostrar piel femenina en pantalla. El Código Hayes, sistema de censura moral imperante desde 1930, empezó a verse agujereado por lagunas legales que las productoras aprovechaban para colar secuencias de contenido carnal, violento o de lenguaje fuerte en los momentos más insospechados de cualquier película.

El sexo, particularmente, se convirtió en un gran reclamo de taquilla tanto en Estados Unidos como en Europa. No solamente habían empezado a proliferar los nudies, «documentales» sobre nudismo, o el sexploitation al estilo Russ Meyer, sino que también los géneros cinematográficos convencionales empezaron a usar el desnudo para atraer a más espectadores adultos.

En los cines había, pues, dos tipos de películas de terror: las tradicionales, destinadas a público infantil y juvenil, y las que añadían un componente erótico. En el género que nos ocupa se recurrió con profusión al sexo y quienes se desnudaban eran casi exclusivamente las actrices.

Pero eso sucedía en el terror; en otros géneros sí había piel masculina en cantidad. Si las mujeres no son lo suyo, no desespere, porque en otras películas de la misma época, como las del género «péplum», no escaseaba la exhibición de señores musculosos en taparrabos. Suit yourself.

Estados Unidos inició la nueva década con The Dead One, estrenada en 1961. Aunque goza del honor de ser la primera película de zombis en color, no tiene mucho más mérito que ese. Retornaba a la tradición vudú de Louisiana, pero solamente como excusa para ofrecer emociones exóticas típicamente sureñas, como la música jazz. Ah, y chicas bailando la danza del vientre, que naturalmente es algo que todos asociamos con Nueva Orleans.

Todo ello aderezado con un hilarante zombi que recuerda al Michael Jackson de los últimos años. Durante 1962 y 1963 no hubo apenas producción de cine zombi en Norteamérica, pero eso era la calma que precedía a la tormenta, porque en 1964 se produjo una súbita explosión con casi una decena de títulos que, más o menos, podríamos encajar en el género.

Sirva como ilustración que un mismo director, el infatigable Del Tenney, se las arregló para estrenar tres películas de zombis en 1964. Una, la más digna de las tres —que tampoco es mucho decir— era The Course of the Living Corpse, la historia de un cataléptico que, tras ser enterrado vivo por su codiciosa familia, regresa para vengarse fingiendo ser un muerto viviente.

Una película no particularmente memorable, la verdad, pero que merece ser mencionada porque su actor protagonista era nada menos que un debutante Roy Scheider. Sí, el mismo de Tiburón French Connection. Como podemos ver, todo el mundo tiene un pasado… aunque hay que decir que Scheider estuvo brillante en su papel, sobre todo en la impactante secuencia final. Él es con mucho lo mejor de la película y no es de extrañar que terminase siendo fichado para menesteres más importantes.

El mismo director rodó también The Horror of Party Beach, cuyo título da buenas pistas sobre su contenido: música juvenil y cómo no, chicas en bikini. Como pretexto argumental para mostrar jovencitas, playa y rock & roll, teníamos la historia de un marinero ahogado que resucita por el efecto de unos residuos radioactivos y emerge del fondo oceánico convertido en una temible «Ghoulish Atomic Beast», como decía la campaña publicitaria.

O, traducido para la mejor comprensión de ustedes, convertido en una especie de merluza mutante. Convertir un zombi en pescado, he aquí un giro original. Si ya hemos mencionado a Roy Scheider, esta otra película también tenía extrañas conexiones con Tiburón, porque alguna secuencia playera de The Horror of Party Beach recuerda bastante (y salvando las infinitas distancias) a la obra maestra de Steven Spielberg.

Francamente, creo se trata de algo completamente casual, porque dudo mucho que Spielberg encontrase algún tipo de inspiración en este bodrio… aunque nunca se sabe. Estaría bien preguntárselo, la verdad.

El frenético año 1964 del supervitaminado Del Tenney terminó con su obra magna definitiva, titulada simplemente Zombies, aunque más conocida como Zombie Bloodbath o I eat your skin. Con toda seguridad es mi favorita de las tres. Es una película terrible, sí, pero debería ser un film de culto por unos niveles de surrealismo que hacen que Salvador Dalí parezca el estirado secretario de una notaría.

Ambientada en el Caribe y centrada en el vudú tradicional, está repleta de momentos tan hilarantes como unas escenas habladas en «español», con muchas comillas, que verdaderamente no tienen precio. Los actores, evidentemente anglosajones, tenían serios problemas para pronunciar nuestro idioma de manera medianamente digna, y el resultado, claro, ¡es fantástico! (¡Esas canciones en «castellano»!).

Aunque quizá lo mejor es que en Zombies tenemos al brujo vudú más molón de todos los tiempos: rostro pintado, bombín, una pluma en la boca y el toque de glamour definitivo, gafas de sol con cortinillas (yeeeah!). Podría haber formado una banda con George Clinton Bootsy Collins sin problemas.

Véanlo y díganme que su carisma no le pega cuarenta mil patadas a cualquier villano del Hollywood actual. Dejando aparte a nuestro brujo funky favorito, la película fue concebida como vehículo para lucimiento de la entonces esposa del director.

Porque el infatigable Del Tenney no solamente tuvo tiempo de producir tres Obras Maestras (ejem) del cine zombi en un único año, sino que en ese mismo periodo se casó con Heather Hewitt, modelo de Playboy y protagonista de este film. A eso se le llama exprimir el tiempo… menudo campeón.

Y por fin llega la película con el título más largo de este artículo y de todos los artículos sobre cine que servidor de ustedes haya podido escribir hasta hoy. Hablo de The Incredibly Strange Creatures Who Stopped Living and Became Mixed-Up Zombies!!? (los signos de interrogación y exclamación finales bien podría haberlos puesto yo, pero no, ¡pertenecen al propio título!). La película está ambientada en una feria donde la pitonisa utiliza brujería hipnótica para convertir al protagonista en un zombi asesino.

¿Qué encontramos aquí? A ver si les suena: música juvenil, bailarinas exóticas con poca ropa, y unos zombis cuya caracterización es tan increíblemente cutre que resulta fascinante de contemplar. En fin, un típico batiburrillo de la época destinado a atraer a un público facilón. Y a quienes amamos esta clase de esperpentos, otro público facilón.

Crucemos el Atlántico de nuevo. La británica The Earth Dies Screaming narraba la invasión de unos robots extraterrestres que aniquilan a los humanos para después resucitarlos convertidos en agresivos zombis. Aunque el argumento suene a típica tontería de su tiempo, lo cierto es que el planteamiento no era malo. De hecho, el film comenzaba con el espectacular descarrilamiento de un tren (¡a lo cafre!) y diversas muertes súbitas sin explicación, que captan el interés de inmediato.

He de decir que el inicio de Fast Forward (aquella fallida serie estadounidense de ciencia ficción) me recordó bastante a esto. Sin embargo, tras el demoledor inicio, el ritmo se ralentizaba bastante. Eso se uno a que los robots tenían un aspecto ridículo por culpa del escaso presupuesto, aunque admito que los muertos vivientes resultan bastante efectivos en alguna que otra secuencia. No es una obra maestra, ni mucho menos, pero tiene algún momento a rescatar.

Incluso diría que contiene cierta dosis de inteligencia cinematográfica, que ya es decir en un film semejante. Siempre he pensado que con los debidos retoques daría para un interesante remake. En todo caso es un precedente barato pero entrañable de la fusión del género zombi con el apocalíptico, así que cumplió su papel histórico. Otra aportación británica, aunque más estrambótica, fue Monstrosity, conocida también por el título The Atomic Brain.

Narra la historia de una malvada anciana que quiere trasplantar su propio cerebro al cuerpo de alguna jovencita (agraciada, a poder ser) para así alargar su propia vida. Marjorie Eaton interpretaba a la anciana villana; aunque era una actriz muy respetable, ni siquiera su presencia conseguía evitar el desastre.

Muy cómicas son de hecho las secuencias en que la pobre Eaton, completamente perdida en mitad de este engendro de guión, hacía como que examinaba atentamente los turgentes cuerpos de las candidatas a receptoras de su cerebro, secuencias que parecían salidas de alguna retorcida película porno. Ah, los años sesenta, cuando a nadie le importaba un carajo lo que estaba filmando.

En 1965 llegó otra nutrida remesa de subproductos estadounidenses. Se estrenó Creature of the Walking Dead, muy probablemente la película con el peor tráiler de todos los tiempos (¡Impresionante! Además, si se fijan, los sonidos de fondo parecen grabados en un bar donde estén moviendo cajas de tercios). Narra la historia de un científico loco que busca la fuente de la eterna juventud y que, naturalmente, necesita unas cuantas chicas vírgenes para conseguir sus fines.

Porque lo del análisis genético y los radicales libres no estaba muy en boga por entonces, parece ser. En fin, una película desastrosa que usaba lo de las «vírgenes» como el típico reclamo sexual que casi se había convertido en la norma. Pero esto no es nada, amigos. Más chocante todavía era Monsters Crash the Pajama Party —sí, ha leído bien, el título es «Los monstruos irrumpen en la fiesta de pijamas»— vehículo asombrosamente gratuito para mostrar jovencitas gritando mientras corretean en camisón.

Pero no prejuzguemos a la ligera. Si usted cree que este engendro no contiene nada de interés está completamente equivocado. Lo mejor del film era un revolucionario concepto, obra de un Genio, de un Visionario, de un Auténtico Creador, un Artista que iba más allá, mucho más allá de cuanto alcanzábamos a ver los mortales.

El autor del guion decidió que el científico loco de la película se dedicaría a secuestrar humanos para resucitarlos en forma de… ¡gorilas! Sí, ¡¡gorilas zombi!! Hay ocurrencias que sencillamente no pueden ser superadas. Para colmo, durante algunas proyecciones en salas de cine, algunos tipos disfrazados de gorila aparecían entre el público como efecto especial de la casa, aunque generalmente eran tomados a cachondeo.

Les advierto: la visión de este tráiler les cambiará el concepto que tienen del Arte, de la Cultura, e incluso de la vida misma. Porque esto no es un tráiler; es una Revelación.

Hablando de conceptos inmejorables y hazañas grandiosas, veamos en qué andaba metido Ed Wood, que aquel mismo año retornaba al género zombi con Orgy of the Dead. Pero no, no esperen otro Plan 9 From Outer Space. Esto era un film de puro sexplotaition cuyo principal objetivo era mostrar una retahíla de mujeres bailando con las tetas al aire. Porque literalmente es eso lo que se muestra durante buena parte del metraje con el débil pretexto de escenificar ceremonias vudú.

De hecho apenas hay diferencia entre Orgy of the Dead y una filmación fetichista filmada con pin-ups en aquella misma época. Baste decir que las chicas que aparecían en el film ni siquiera eran actrices de verdad, sino strippers que Ed Wood había ido reclutando en salas de espectáculos.

El pobre Ed se había resignado a que el morbo sexual era ya la única forma que le quedaba para atraer espectadores, así que concibió este engendro de mala gana, como adaptación de un relato propio, y ni siquiera se molestó en dirigirlo en persona. También tenemos la triste presencia de un Criswell que al parecer no había escarmentado con Plan 9 from Outer Space, aunque en su descargo podemos decir que le resultaba razonable suponer que Wood no sería capaz de rodar algo todavía peor que Plan 9 (et voilà!).

Y bien, Orgy of the Dead es una de las más infumables películas en la historia del cine de zombis, aunque si es usted varón heterosexual difícilmente quedará decepcionado. Salvo, claro está, que busque algún atisbo de argumento, de inteligencia, de coherencia, o del más remoto conato de asomo de sucedáneo de intento de demostrar algún respeto hacia el arte cinematográfico. Pero bueno, si lo que quiere es recrearse la vista, a nadie le amarga un dulce.

En fin, ya vemos que los estadounidenses continuaban sin estar especialmente inspirados en 1965, pero, ¿y los italianos? Pues bien, se dio la paradoja de que mientras los americanos trataban de mostrar la mayor cantidad posible de tetas y culos en pantalla, en Italia, ¡hacían todo lo contrario! Vivir para ver. 

5 tombe per un medium era una digna, aunque algo aburrida, imitación del terror gótico al estilo de la Hammer inglesa, productora que se había puesto de moda en Europa y convenció a algunos productores de que merecía la pena intentarlo con el cine de terror serio. Aunque más conseguido que Il castello dei morti vivi, este film italiano también se centraba en un castillo donde habitaban fantasmas y cadáveres, y además contaba con una gran baza interpretativa: la actriz británica Barbara Steele.

Especializada en el terror, Steele fue una estrella habitual del género durante aquellos años, y solía enriquecer sus películas gracias a una intensa presencia y a aquella mirada inquietante que la hacían idónea para papeles de malvada, poseída, etc. Como una versión femenina de Cristopher Lee, vamos, aunque hoy se la recuerde menos. 5 tombe per un medium no es genial, pero al menos era una aproximación adulta al género que contaba con unos medios adecuados y un resultado digno.

En 1966, siguiendo una línea similar, los británicos contraatacaron con Plague of the Zombies —producción, esta sí, de la auténtica Hammer—, donde se describía una plaga que convierte a los humanos en zombis. El argumento rescataba los rituales vudú más tradicionales, aunque curiosamente no los situaba en el Caribe ni en Estados Unidos, sino en Cornualles, al sudoeste de Inglaterra. La verdad es que el resultado era muy curioso y recordaba un poco a las películas de los años treinta, al menos por su temática.

También británica era The Frozen Dead, protagonizada por un desganado Dana Andrews a quien casi puedo imaginar volviendo a casa después de cada día de rodaje, sentándose ante la tele con ojos vidriosos, bebiendo licor y preguntándose cómo demonios había llegado a trabajar en un bodrio tan descomunal.

La película narra las maniobras de un científico que pretende resucitar a unos cuantos criminales nazis que permanecen congelados desde el final de la II Guerra Mundial. Mala, pero muy efectiva para un público infantil y juvenil, porque pese a su factura chapucera contenía detalles inquietantes (y más para la época), siempre combinados con otros bastante risibles.

1968 fue el año en que el género zombi cambió para siempre con Night of the Living Dead del director George A. Romero, pero hablaremos de ello en el siguiente capítulo. Entretanto seguían apareciendo películas infames de las que tenemos que hacernos cargo.

La estadounidense The Astro-Zombies mostraba al típico científico loco que se dedica a matar gente para después usar sus cadáveres, generando poderosos zombis en plan monstruo de Frankenstein, todo ello aderezado con apabullantes efectos especiales como manchas de ketchup y efectos sonoros más propios de diez años atrás a cuando se rodó.

Esta película tiene el aliciente de contar con dos iconos de la serie B, John Carradine y Tura Satana, pero no solamente era cutre sino que fallaba en el tono: su supuesta sofisticación y las risibles ínfulas científicas no hacen más que volverla todavía más ridícula de lo que debería ser.

En fin, baste decir que los momentos más inquietantes son aquellos en que la banda sonora nos tortura con penetrantes sirenas y zumbidos a volumen inhumano, como lo de Cristopher Nolan en Interstellar, pero sin presupuesto para contratar a compositores grandilocuentes.

Con todo, aunque The Astro-Zombies es mala y lenta, es entretenida gracias a la profusión de detalles risibles en el argumento, y sobre todo gracias a sus falleros efectos especiales. Igualmente cutre era Mad Doctor of Blood Island, cuyo título prácticamente resume la película: un científico loco acantonado en una isla se dedica a crearse una corte de zombis.

Dirigida por el filipino Eddie Romero (nada que ver con nuestro querido George), era un gazpacho característico del género, aunque se añadía un nuevo reclamo barato de cara a taquilla: el gore. Por lo demás, estaban las bailarinas exóticas de rigor, y la actriz Angelique Pettyjohn, que apareció en algún episodio de Star Trek, pero que era más conocida por otras razones; en sus filmes solía tener como cláusula contractual el lucir escote de las maneras más peregrinas imaginables.

Pero veamos el tráiler, que no tiene desperdicio gracias a la psicótica voz del narrador. ¡Esa risa inicial! ¡Ese acento! ¡Esa pasión por el noble trabajo de crear Terror ante un micrófono! Nunca me cansaría de escucharlo… Mad! Mad! Mad!

Como vemos, en los años sesenta el cine zombi siguió dos tendencias opuestas. Por un lado, sobre todo en Europa, una aproximación más seria influida por la moda del revival del terror gótico de la productora Hammer, aunque solían ser películas donde aparecían más bien pocos zombis. Por otro lado, un feliz despliegue de actrices en trapos menores y la inclusión de temáticas juveniles, reclamos sensacionalistas baratos, y disfraces de gorila.

Pero en ninguno de esos casos escapaban las películas de los lugares comunes del subgénero: podían ser películas mejores o peores, pero siempre previsibles. Y el género quizá no hubiese salido de ahí si en 1968 no se hubiese estrenado una película revolucionaria que básicamente marcó el punto de inflexión entre el cine de zombis tradicional y el cine de zombis moderno. Hablo, claro, de Night of the Living Dead.

Maria Elena Arpón en "La noche del terror ciego", de Armando de Ossorio, 1973. (Imagen: Plata Films)
Maria Elena Arpón en La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio, 1973.

Los años setenta y España. No, no todo eran misas y Seiscientos. Muchos de ustedes ya sabrán que durante aquella década nuestro país fue un prolífico productor de terror cinematográfico de serie B. Es más, mucha de esa producción obtuvo una notable repercusión a nivel internacional.

Cuando en tiempos más recientes se ha producido un auge del cine español de terror, ha habido comentaristas que lo han hecho notar con sorpresa, tanto aquí como fuera, pero en realidad no estábamos asistiendo a un fenómeno nuevo, sino al revival de una antigua tradición que creíamos olvidada y que continuaba viva en nuestro subconsciente.

En España, todos hemos crecido viendo las pinturas de Goya; es algo que llevamos en el ADN. Y en el subgénero que nos ocupa, España se abrió el mercado exterior en 1971-72, e inmediatamente después sobrevino un periodo (1973-1975) en que el ritmo de producción de cine zombi en nuestro país alumbró más títulos relevantes que ninguna otra industria del planeta durante aquellos mismos años, incluida la estadounidense. Fue el Trienio de los Castizombis.

En este episodio vamos a hablar fundamentalmente de cine español de los setenta. Pero antes, recordarán, íbamos siguiendo un orden cronológico y da la casualidad de que nos quedamos en vísperas de un acontecimiento central en el desarrollo del subgénero. Hablo, cómo no, de la película de zombis más importante de todos los tiempos.

– Night of the Living Dead (1968)

En mis historias, los zombis nunca se apoderan completamente del mundo, porque necesito que continúe habiendo humanos. Los humanos son los que más me desagradan; ellos son los que de verdad causan los problemas.

A mediados de los años sesenta, el joven estadounidense George A. Romero era un ignoto aspirante a cineasta cuya exigua carrera se reducía a un puñado de cortometrajes publicitarios y poca cosa más. Gran aficionado a la ciencia ficción y el terror, estaba deseoso de rodar un largometraje, pero siendo un completo desconocido no le quedaba otra que embarcarse en una aventura independiente. Carecía de dinero, recursos o apoyo de la industria, pero el empeño lo llevaría a dirigir uno de los grandes clásicos del cine de terror de todos los tiempos.

Romero había escrito un relato inspirado en la novela I Am Legend de Richard Matheson. Estaba tan, tan directamente inspirado, que el propio Romero no se corta en calificarlo como «plagio». Este relato se convertiría en la base de su primera película cuando desarrolló un guión a partir del mismo, junto a su amigo John A. Russo.

Sin embargo, yo no sería tan expeditivo a la hora de hablar de plagio. Romero copió la idea de Matheson, sin duda, pero creo que, más que un plagio como tal, lo que  estaba intentando crear era una precuela que abordase algunos matices que Matheson había pasado por alto en su propia novela, al hablar de una epidemia que transformaba a los seres humanos en monstruos:

Para mí, I Am Legend trataba sobre la revolución. Y si vas contar algo sobre la revolución deberías empezar por describir sus inicios. La narración de Matheson comienza con un único superviviente, cuando todos los demás humanos del mundo ya se han convertido en vampiros. Yo me dije que teníamos que refinar aquella idea, que teníamos que empezar la historia por el principio.

Pero no podía usar vampiros porque Matheson ya los había usado, así que decidí incluir algo que supusiera un cambio radical respecto a su novela. (…) ¿Qué tal si los muertos dejaban de estar muertos?

Fue así, para evitarse una posible acusación de plagio de la que él mismo se sentía culpable, como Romero sustituyó los vampiros de Matheson por muertos vivientes. Decidido a narrar en pantalla los primeros momentos de un cataclismo global protagonizado por cadáveres que retornaban de la tumba, estaba concibiendo la primera fusión realmente seria entre el subgénero zombi y la ciencia ficción apocalíptica.

En otras palabras: estaba creando el moderno cine de zombis tal como lo conocemos hoy. Night of the Living Dead terminó siendo una obra a medio camino entre el terror y la ciencia ficción, como lo habían sido The Invasion of the Body Snatchers Village of the Damned, por citar dos ejemplos famosos.

El enfoque que iba a utilizar en su historia era sociológico; quería mostrar al público no solamente un puñado de muertos que caminaban y devoraban cerebros, sino la manera en que su aparición cambiaba las relaciones entre los seres humanos, y cómo los choques de personalidades se convertían en un problema añadido al de la amenaza zombi.

Ese enfoque es exactamente el mismo que han seguido empleando productos más recientes como 28 días después The Walking Dead, pero entonces constituía una novedad en el género zombi, aunque se había podido ver en otras películas de terror-ciencia ficción, caso de Los pájaros de Alfred Hitchcock.

Estas películas se caracterizan, a nivel argumental, en que lo mollar reside en la reacción de las personas más que en la propia amenaza: Night of the Living Dead podría haber sustituido los muertos por animales, por extraterrestres o por invasores nazis, y el conjunto apenas hubiese cambiado. Sin embargo Romero fue el primero que describió un cataclismo protagonizado por muertos vivientes.

Él inventó el Apocalipsis Zombi y productos como The Walking Dead son poco menos que una larga extensión de aquel film de 1968. Sin embargo, entonces nadie estaba preparado para la llegada de una película semejante y creo que ni el propio Romero era consciente de hasta qué punto iba a romper esquemas. Todo lo que sucedió a raíz de su estreno es el mejor ejemplo.

La película podía engañar (y engañó) a sus primeros distribuidores, porque el argumento empezaba de manera bastante convencional: una pareja de hermanos visita un cementerio para rendir homenaje a un familiar difunto y se ve repentinamente atacada por lo que, suponemos, es un muerto que ha salido de su tumba.

Después de perder a su hermano —esto es un pequeño spoiler pero tranquilos, es que sucede apenas iniciado el metraje—, la chica busca refugio en una casa de campo donde se reunirá con otras personas que también están huyendo de los muertos vivientes. A través de la radio y la televisión descubren que el alzamiento de los cadáveres es un fenómeno generalizado que se está produciendo en todo el país.

Como vemos, la primera parte de Night of The Living Dead no necesariamente se distinguía mucho de otras películas de terror o ciencia ficción de serie B que ya se hubiesen visto por entonces. Parecía no tener grandes pretensiones y además su estilo era definitivamente retro porque, aun siendo de 1968, sin duda imitaba el estilo de los años cincuenta.

Con una narración que comenzaba de forma tan convencional y con un tráiler virtualmente idéntico al de otras películas de terror de la época, resulta comprensible que los dueños del cine de Pittsburgh donde se estrenó creyeran que aquello era un material genérico como otro cualquiera.

Dudo que algún responsable se hubiese molestado en verla entera antes de estrenarla, o de lo contrario no la hubiesen proyectado un sábado por la mañana para un público formado casi en su totalidad por niños y adolescentes.

Piensen que en aquel momento no existía la calificación por edades en los Estados Unidos —se implantaría unos meses después—, y recordemos que el Código Hays de censura, todavía vigente pero visiblemente obsoleto y discutido por toda la industria, ya apenas se aplicaba en la práctica.

Como en Night of The Living Dead no se mostraban tetas, que era el factor que básicamente decidía si un film de terror era aceptable para el público infantil o no, tuvieron la ocurrencia genial de estrenarla en plena matiné. Por entonces el terror cinematográfico era algo tan estrambótico, casi siempre tan estúpido, que no resultaba difícil de digerir ni siquiera para los niños, que lo veían como un entretenimiento no demasiado diferente de la ciencia ficción.

Así pues, muchos chavales compraron felices su entrada y durante los primeros minutos del film se lo pasaron en grande, porque en ese tramo inicial la película parecía en efecto algo idéntico a otras cosas que hubiesen visto ya, con torpes muertos vivientes que perseguían a los protagonistas de manera que podría calificarse incluso de cómica.

Pero no, aquella no era una película como otra cualquiera. Conforme avanzaba el metraje, la historia se tornaba más y más escabrosa. No debido a un excesivo gore, sino por un suspense claustrofóbico que iba creciendo en intensidad. Aún más: el tono seco y descarnado que Night of The Living Dead alcanzaba en su parte final era algo insólito en aquellos tiempos.

Sabemos por testimonios que durante el estreno se fue haciendo el silencio en la sala. El tono tétrico de la película resultaba cada vez más difícil de soportar para el público infantil, hasta el punto en que, durante los momentos de clímax, los pobres chiquillos se echaban a llorar sin consuelo, gritaban como descosidos, o se quedaban completamente paralizados de horror en sus asientos.

Incluso los adolescentes, generalmente ansiosos de emociones fuertes, terminaron petrificados ante el tenebroso espectáculo que estaban viendo sus ojos. No seré muy explícito para no reventar el argumento a quien no la haya visto, pero diré que hay secuencias, y especialmente pienso en una en concreto, que resulta difícil creer que se hubiesen rodado en 1968. No porque fuese sangrienta o demasiado gráfica, sino sencillamente porque mostraba una situación concreta por entonces impensable en una película así.

Los adultos de la sala no daban crédito a sus ojos. No, en Night of The Living Dead no había sexo, pero sumergía al público en simas de oscuridad que pocas veces se había visto en la gran pantalla (insisto, ¡era 1968!), y el festival de horror psicológico era cualquier cosa menos adecuado para la infancia. Era, de hecho, la película de zombis más adulta y más dura que se había estrenado jamás… y estaba siendo proyectada ante escolares.

El escándalo provocado por la exposición de los niños a un material tan escabroso le proporcionó una enorme publicidad al film. Hubo muchos espectadores adultos que sintieron curiosidad y descubrieron que, pese al humilde presupuesto con que se había rodado, era una película en verdad escalofriante. Había sido planteada de manera muy inteligente.

Romero había acertado jugando la baza del suspense psicológico, pero también fue hábil al despojar la película de relleno innecesario: no había romances, ni desvaríos aventureros, ni héroes inverosímiles, ni reclamos fáciles como el sexo gratuito tan de moda por entonces.

Se había quedado solamente con aquellos elementos capaces de generar tensión, ambientando la película en una atmósfera de amenaza global muy en la línea de La guerra de los mundos.

Otro detalle importante era la animalización de los muertos vivientes, que ya no eran esclavos de una voluntad ajena ni producto de la magia, sino sencillamente cuerpos muertos desprovistos de inteligencia, que parecían tener el único propósito de alimentarse con la carne de los vivos.

Despojarlos de cualquier característica humana y de la influencia de algún mago o científico malvado ayudaba a hacerlos todavía más terroríficos, porque se convertían en una amenaza que no tenía sentido.

Gracias a todo ello y pese a sus limitaciones monetarias o técnicas, el film conseguía condensar la angustia de los protagonistas para conducir al espectador por una espiral de tensión en cuyo tramo final, insisto, había algunas secuencias tremebundas que, no importa las veces que usted las vea, siempre le resultarán impactantes.

Night of The Living Dead se estrenó en el resto del país con mucho éxito y también obtuvo una enorme repercusión internacional. El mundo descubrió una película de insólita crudeza que marcaba el momento en que de verdad el género zombi había llegado a su madurez.

Fue la película más importante en la historia del cine zombi, aunque curiosamente la palabra «zombi» no se mencionaba ni una sola vez en ella. Es más, ni siquiera el propio George Romero pensaba que había dirigido una película de «zombis», ya que no había magia vudú de por medio, y él, como buen aficionado al terror, tenía una visión bastante tradicional sobre el asunto de las denominaciones.

La suya era una película sobre ghouls —palabra que sí aparece mencionada en el guion—, surgidos por el probable efecto de la contaminación atómica. Sin embargo, la palabra «zombi» terminó volviéndose tan popular y se asoció de tal manera con su cine que incluso el propio Romero se vio forzado a adoptarlo como propio.

Pero bueno, más allá de todas estas precisiones terminológicas, lo que todo el mundo asume como cierto es que hubo un antes y un después de Night of the Living Dead. Esto es así, simple y llanamente. Hoy en día ya no se produce film o serie televisiva de zombis que no sea su deudora directa.

Su influencia es universal e inevitable, porque Night of the Living Dead fue el Quijote de las películas de zombis. Es cierto que durante los años inmediatamente posteriores a su estreno apenas tuvo imitadoras. Hoy produce extrañeza pensarlo, pero es que su influencia tardó años en asentarse.

Durante casi toda la década de los setenta, buena parte del cine zombi permaneció anclado en patrones tradicionales, y hasta las contadas excepciones a esta regla parecen hoy más anticuadas que el propio film de Romero. Sin embargo, a partir de los años ochenta el espíritu romeriano se metió en todas partes por motivos varios (entre ellos el mercado videográfico).

Y ahí, en todas partes, es en donde permanece esa influencia hasta hoy, incluso se ve esa influencia en aquellas obras de zombis —cinematográficas, literarias, lo que sea— que intentan no parecerse a ella… pero que siempre se parecerán.

– Entre tanto, en el género zombi…

Mientras Night of the Living Dead daba la vuelta al mundo impresionando a espectadores de toda condición, poca cosa más pasó en el cine zombi. Durante 1969 y 1970 no hubo hitos de interés a nivel internacional, salvo algunas películas que trataban el asuntoi de manera tangencial y con escaso interés. En 1971 sí hubo noticias. Hablo, como es natural, de The Omega Man, la segunda adaptación cinematográfica de la novela I Am Legend, que esta vez venía con el respaldo de Hollywood y protagonizada por todo un Charlton Heston.

Se podría alegar que no es exactamente un film de zombis porque aparecen unos mutantes cuya naturaleza no está demasiado clara, pero en todos los aspectos formales podemos considerarla como tal. Para mí, después de Night of The Living Dead, fue la segunda película de zombis moderna, proporcionando un contexto escenográfico e iconográfico que también ha sido muy imitado (ella, a su vez, había imitado a otras que mencionamos en el capítulo anterior).

Varias de sus secuencias ayudaron a sentar un precedente para las películas de zombis de décadas posteriores. En su día ya hablamos de esta película en un artículo al efecto, así que aquí no nos extenderemos mucho más. Diremos solamente que ha envejecido mal: puedo confesarles que de pequeño era una de mis películas favoritas, pero que me decepcionó bastante al revisitarla de adulto.

Sin embargo, pasada esa decepción, todavía me divierte repasar varias de sus secuencias más célebres. Como poco, la idea de transformar a los vampiros de la novela en una especie de secta de mutantes con gafas de sol, antorchas y fobias tecnológicas resultaba original y estéticamente atrayente.

Si echaban de menos la ración habitual de bodrios, no se preocupen: en 1972 se estrenó otro film estadounidense con el sonoro título de Asylum of Satan, que tan pronto trataba de emular la iconografía de The Omega Man —incluyendo, ¡oh, coincidencia!, una secta de encapuchados aficionados a las antorchas—, como intentaba copiar el estilo del terror europeo, considerado más chic por los americanos. Pero en fin, ni aunque hubiesen intentado copiar Ciudadano Kane.

Es tan, tan mala que no solamente recuerda a lo peor de los locos años sesenta, sino que incluso su tráiler parece una parodia hecha a propósito. Un desastre de dimensiones cataclísmicas.

Todavía peor, aunque parezca absolutamente increíble, era Blood of Ghastly Horror. No en vano hablamos de un largometraje que, agárrense, ¡estaba hecho a base de retales! El infatigable talento creador del cineasta Al Adamson debía de andar corto de recursos, porque combinó el material nuevo con metraje sobrante de una película anterior (Psycho A-Go-Go, 1965), que también había dirigido él.

Todo con un encomiable espíritu ahorrador en la mejor tradición de Ed Wood. ¿El resultado? Pues el resultado hace que Ed Wood parezca Yasujiro Ozu. Todo se antojaba rodado por un amateur, con actores de cuarta, diálogos para mentecatos y alguna secuencia de acción cuyo confuso montaje era digno de los momentos más caóticamente cocainómanos de Mad Max: Fury Road.

La verdad es que Blood of Ghastly Horror es un artefacto infumable que no sirve ni para reírse pero que, ¡sorpresa!, cuenta con la presencia siempre inquietante, aunque bastante descorazonadora dadas las circunstancias, de un envejecido John Carradine que no merecía verse envuelto en semejante basura para sobrevivir.

Vayamos a Italia. En 1972 se estrenó L’etrusco uccide ancora, cuyo poco sugerente título italiano fue refinado en la versión internacional y transformado en el más romeriano The Dead Are Alive.

Aunque en España, claro, nos caracterizamos por bautizar todo lo que viene del extranjero de la forma más rebuscada e inverosímil posible, y aquí la película se llamó El Dios de la muerte asesina otra vez. Eso es tener estilo. Como podrán comprobar, es muy García Márquez lo de incluir «muerte» y «asesina» en la misma frase («Cien años de aislada soledad», «El coronel no tiene quien le escriba y le redacte»… en fin).

Volviendo a lo cinematográfico, L’etrusco uccide ancora era una película formalmente correcta pero muy aburrida, aunque desgraciadamente no da para siesta, por culpa de unos psicóticos arrebatos musicales a volumen atroz que harían las delicias de Christopher Nolan en pleno subidón de azúcar.

Eso sí, para los coleccionistas de curiosidades, tenemos que mencionar la presencia del actor John Marley. Si no les suena su nombre, él interpretaba al productor Jack Woltz en El Padrino. Sí, era el tipo que aparecía con una cabeza de caballo entre las sábanas.

Pero descuiden, podemos afirmar sin temor a exagerar que L’etrusco uccide ancora es ligeramente, solo ligeramente, más prescindible que la obra maestra de Coppola. Aunque no le restemos los méritos que sí tiene, porque hay una cosa verdaderamente genial: su cochambroso tráiler, un impresionante minuto de delirante maravillosidad a medio camino entre cabecera de soap opera televisiva y vaporoso anuncio de colonia. Lloremos todos ante la contemplación de tanta grandeza:

La Spanish Invasion en el terror zombi setentero

Ha llegado el momento. Hablemos de zombis españoles (¡castizombis!). Entre los años 1971 y 1975 se produjo un verdadero aluvión de títulos autóctonos, suceso que se engloba dentro de una racha de productividad de la que los españoles, la verdad, no acostumbramos a presumir demasiado.

A menudo nos limitamos a recordar el inmenso impacto que el genial cortometraje televisivo La cabina produjo en el público internacional por entonces, pero lo cierto es que durante los años setenta España fue una de las grandes potencias del terror. En cuanto al cine zombi, concretamente, estuvo cerca de convertirse en una auténtica meca.

Lógicamente, la calidad del producto patrio era desigual, porque seguimos hablando de cine barato hecho con prisas y para un público cuya exigencia de calidad era cercana a cero, pero incluso en aquellas circunstancias España proporcionó al mundo un puñado de títulos que continúan siendo recordados por los más refinados connaisseurs de otros países. Sí, amigos, en la enciclopedia del cine zombi España escribió una página destacada.

¿Cuál era el estilo español? Hubo un poco de todo, pero en general podría decirse que condensaba las características más básicas del terror cinematográfico europeo de la época. Esto es, un enfoque serio frente al estilo estadounidense (que solía primar más el puro entretenimiento para adolescentes), cierta estilización, un enfoque fundamentalmente psicológico con, tendencia al horror gótico, y la ocasional adición de un suave componente erótico.

Como en el resto del mundo, la influencia de George A. Romero era recogida de manera todavía superficial, en los casos en que la había, porque no siempre era así.

Vayamos al origen del boom. Entre 1971 y 1972 hubo tres filmes nacionales, relativamente ambiciosos, que intentaron y consiguieron aprovechar la apertura del mercado exterior al terror español. Uno fue Necrophagus, también conocido como Graveyard of Horror The Butcher of Binbrook.

La temática del film es bastante típica, ya que tenemos al científico loco de rigor haciendo diabluras, y poco hay para destacar excepto la presencia del siempre inquietante Víctor Israel. El director del film, Miguel Madrid, artesano especializado en terror, se marcó un tanto gracias a su repercusión en el extranjero, pero lo cierto es que la película es bastante mala.

Muchísimo más recomendable era Horror Express (Pánico en el Transiberiano), una coproducción hispano-británica que contaba con un espectacular reparto: Peter CushingCristopher Lee y Telly Savallas. En la parte femenina había además algunas caras conocidas del star system nacional como Silvia Tortosa o la alemana españolizada Helga Liné.

La película imitaba sin disimulo el estilo de la productora inglesa Hammer, como puede deducirse de la presencia de quienes fueron sus dos grandes estrellas, y tenía un considerable aire retro en la línea de ese terror elegante y de época que los británicos habían hecho tan bien.

El argumento, además, se salía un tanto de la norma; hablaba de un antiguo cadáver rescatado del hielo en una cueva de Manchuria, que despertaba para causar el terror entre los viajeros del famoso tren de lujo. Una buena película, dirigida con muy buen pulso por Eugenio Martín (quien firmó bajo el seudónimo Gene Martin) y un ejemplo perfecto de cine de género ejecutado con dignidad e inteligencia, maximizando hábilmente los recursos disponibles y sacando buen partido a sus tres actores principales.

Hoy es considerada un pequeño clásico y personalmente creo que un remake sería muy interesante, algo en plan «Walking Dead en un tren en marcha».

También interesante, aunque bastante más serie B, es La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio. No necesariamente era tan buena como Casablanca, la verdad, pero tenía sus alicientes. Para empezar poseía unas atmósferas bastante conseguidas, especialmente durante aquellas secuencias ambientadas en ruinas y castillos, lo cual llamaba la atención del público extranjero, muy particularmente del estadounidense (¡Castillos auténticos! ¡Ruinas de verdad! ¡Oh, Europa!).

Aunque lo mejor sin duda eran sus originalísimos zombis, unos aterradores monjes templarios que, con toda probabilidad, eran los muertos vivientes más cool que el público podía recordar por entonces.

La película contenía además detalles de erotismo softcore, incluida alguna suave secuencia lésbica (¡en una película española de 1971!), pensados ex profeso para aprovechar el considerable morbo sexual de María Elena Arpón, una bella y efectiva actriz a la que algunos quizá recuerden porque, entre 1969 y 1973 ,apareció en un considerable número de largometrajes de terror y suspense.

Mucha gente la ha olvidado, pero Maria Elena fue todo un icono de la serie B de su tiempo, incluso más allá de nuestras fronteras. La noche del terror ciego tuvo un buen recibimiento comercial y produjo varias secuelas que, desgraciadamente, fueron cada vez a peor en cuanto a calidad e interés.

Una de las características peculiares de aquel cine español de terror era la superabundancia de rostros femeninos en los repartos. El caso de María Elena Arpón no era único y la nutrida presencia de starlets españolas en estos filmes era una señal de que, con Franco todavía en el poder, el público anhelaba ya lo que más tarde sería conocido como «destape».

Eran los años en que los más osados viajaban a Perpignan para comprobar que en el extranjero las películas mostraban mucha más carne, como deja entrever Lo verde empieza en los Pirineos, aquel título de Vicente Escrivá que hacía referencia al atraso que la cultura española sufría en cuestiones de sexo. Así pues, incluir en el reparto a varias actrices conocidas para solaz del público masculino era un gancho comercial habitual.

Sin embargo, podrán suponer que este reclamo sexual era muchísimo más recatado que el ofrecido por el cine foráneo. No dejen que la cantidad de actrices en aquellas películas les engañe: el terror español de aquel periodo no era un mero vehículo para el erotismo, aunque a veces contuviese escenas picantes. Al contrario.

Más allá de que apareciesen mujeres habituales en las portadas de las revistas, y más allá de alguna teta ocasional, eran películas que, mejor o peor, intentaban un auténtico ejercicio de género con cierta dignidad. La producción española se estaba ganando un público internacional y para mantenerlo no podía competir en términos de sexo, porque había ciertas cosas que en España sencillamente no se podía rodar.

Eran películas cuyo débil erotismo estaba dirigido más que nada al consumo interno, que se conformaba con cualquier cosa en ese aspecto, mientras que de cara al espectador extranjero, el terror español buscaba competir en términos puramente de género. Esto, curiosamente, puedo ser uno de los motivos por el que la serie B española consiguió hacerse con un mercado y consiguió también que algunos, por ahí fuera, la sigan recordando con cariño en pleno siglo XXI.

Un ejemplo de lo dicho: La orgía de los muertos, dirigida por el prolífico José Luis Merino, incluía algún desvarío sexual bastante atrevido para la época, como era una breve pero osada secuencia de necrofilia. Sin embargo, sus puntuales concesiones al erotismo retorcido o su provocativo título eran lo de menos, porque básicamente la película intentaba imitar el estilo Hammer y, aunque lo hacía de forma más digna que entretenida, actualmente es un objeto de culto muy apreciado.

Baste decir que su versión internacional The Hanging Woman ha sido distribuida nada menos que por Troma, cosa que no hubiese sucedido de ser una mera película de terror erótico. Además, La orgía de los muertos nos sirve para introducir en nuestro relato al legendario actor Jacinto Molina, esto es, Paul Naschy, quien probablemente era lo mejor de aquel film.

Naschy también protagonizó El espanto surge de la tumba, producto flojo donde lo más llamativo era el extensísimo reparto femenino destinado una vez más a atraer al público nacional.

Aparecían la ya mencionada Helga Liné, la lánguida Emma Cohen, la elegante Betsabé Ruiz, la argentina Cristina Suriani —hoy olvidada pero entonces habitual de las revistas del corazón españolas— o una María José Cantudo de veintiún añitos que destacaba por su exótica belleza mucho antes de que Martes y 13 la convirtiesen en objeto habitual de chanza. Veámosla en acción y podrán comprobar que el erotismo de los últimos estertores del franquismo era más bien timorato:

El infatigable Paul Naschy apareció también en La rebelión de las muertas, cuyo confuso menú temático combinaba orientalismo indio, vudú caribeño y satanismo sui generis de manera tan pretenciosa como soporífera. Por entonces no era raro que algunos directores y productores intentasen encasquetar ínfulas a lo Jean Luc Godard incluso en una puñetera película de puñeteros zombis.

Eso sí, admito que contiene momentos que producen desasosiego no tanto por lo terrorífico sino por lo inexplicablemente delirante, como aquellas extrañas secuencias en que algunos personajes estrambóticos miran fijamente a la cámara. Otra película que seguía un estilo similar y por tanto terminó resultando otro ambicioso pero plúmbeo ejercicio de supuesto refinamiento era El pantano de los cuervos.

Fue dirigida por Manuel Caño, el Max Power del séptimo arte, cuyo seudónimo internacional era nada menos que Michael Cannon (¡eso sí es un puto apodo molón!). La película modernizaba la figura del científico loco y la verdad es que sus actores principales, como Ramiro Oliveros o la expresiva Marcia Bichette, no hacían un mal trabajo, pero no vean El pantano de los cuervos después de comer porque a esas horas es más fulminante que los documentales sobre ballenas.

Ya vemos que Paul Naschy trabajaba como el que más, pero no siempre obtenía la recompensa que merecía. Experimentó los peores sinsabores de la industria cuando después de escribir un guion basado en un relato de Bécquer, cometió el error de ceder los derechos a la productora Bulnes. ¿Lección? La de siempre en el mundo del arte y la vida en general: no firmen nada sin leerlo bien antes, y sobre todo no regalen una buena idea sin asegurarse antes los derechos.

Paul Naschy estaba ilusionado con un proyecto personal concebido para aprovechar el tirón de La noche del terror ciego y el estilo de Armando de Ossorio, pero en cuanto la productora fue propietaria del guion no solamente empezaron a cambiarlo para disgusto del amigo Molina, sino que ¡le impidieron a él actuar en la película!

Las riendas del proyecto fueron a parar a manos del experimentado director británico John Gilling, que contó con un reparto nacional que casi parece un tópico: Carmen Sevilla (sí, la del Telecupón), Adolfo Marsillach, Emma Cohen, Mónica RandallTony Isbert… en fin, todo más español que un tipo con un palillo en la boca compartiendo su sapiencia sobre la necesidad de regular el tráfico sin rotondas mientras pliega el periódico deportivo.

Así pues, Naschy se quedó sin su película. Eso sí, consiguió figurar en los créditos como coguionista gracias a una decisión judicial, porque los productores ni siquiera se habían molestado en considerar la idea de citarlo como autor de la idea. Puñales volando, amigos. That’s show business.

En cuanto a Armando de Ossorio, retornaba en 1973 con El ataque de los muertos sin ojos, secuela de su exitosa La noche del terror ciego. Estaba protagonizada por Fernando Sancho, a quien muchos recordarán por sus apariciones en numerosos eurowesterns, y por una Esperanza Roy que no hacía olvidar el toque de clase de la ausente Maria Elena Arpón.

Para ser sincero, esta secuela era bastante menos interesante que su predecesora, pero tenía el aliciente de devolvernos a los carismáticos templarios zombis. La idea funcionaba tan bien que Ossorio dirigió otras dos secuelas en los siguientes dos años, en las que siguieron desfilando starlets españolas de la época. El barco maldito (1974) era la tercera película de la saga y contaba en el reparto con Bárbara Rey y Blanca Estrada. Bastante olvidable.

La cuarta y última entrega, La noche de las gaviotas (1975) también usaba el reclamo de las actrices guapas: María Kosty y Sandra Mozarowsky, cuya corta vida bien merece un comentario. Mozarowsky, que era hija de una española y un diplomático ruso, se convirtió en sex symbol cuando todavía era una quinceañera.

Esa cualidad de lolita y la exótica combinación de genes mediterráneos con genes eslavos hizo que algunos la apodaran «la Ornella Muti española» (Muti, hija de madre rusa y padre italiano, también se había convertido en sex symbol siendo una adolescente). Aquel apodo auguraba una carrera tan rampante como la de Muti, pero por lo que más se recuerda hoy a la pobre Sandra es por las escabrosas circunstancias de su temprana muerte.

Falleció al caer por el balcón de su casa cuando tenía solamente dieciocho años de edad. Al parecer estaba embarazada. Nunca se supo exactamente qué había pasado, pero quienes la conocían afirmaban que era muy improbable la hipótesis del suicidio y pronto se extendieron los rumores sobre un posible asesinato en el que habría estado implicado el propio servicio secreto. ¿Por qué?

Las habladurías relacionaban a la jovencísima actriz con la más alta instancia del Estado, la corona. Este rumor corrió de boca en boca durante años hasta ser recogido por diversos autores, caso de Andrew Morton en su libro Ladies of Spain.

Volviendo a asuntos más agradables, en 1974 Jorge Grau dirigió No profanar el sueño de los muertos. Por entonces el terror español era un producto fácilmente exportable y de hecho esta película tenía clara vocación internacional desde el mismo inicio, ya que estaba ambientada en Manchester y tenía un reparto mixto hispano-anglosajón que contaba con el estadounidense Arthur Kennedy y la española Cristina Galbó, una refinada actriz especializada en el terror que se hizo cierto nombre con títulos similares.

Concebida casi en tono de ciencia ficción, era un producto digno donde quizá era más prometedor el planteamiento que el resultado final, no demasiado entretenido. Con todo, una obra digna. Otro director que repitió género zombi fue nuestro amigo Manuel Caño, alter ego del superhéroe Michael Cannon, que estrenó Vudú sangriento.

Era una película nefasta que, todo sea dicho, contenía detalles tan hilarantes como la música africana menos africana de la historia. Para ser un país que está tan cerca de África, en España no terminamos de captarle el punto. En su heterogéneo reparto figuraban elementos tan dispares como Aldo SambrellEva León o ¡Alfredo Mayo! (sí, el héroe de Raza, la epopeya nacional cuyo guion se basaba en una idea del propio dictador Franco).

Aldo Sambrell también merece un comentario aparte. Nacido en Vallecas, su verdadero nombre era Alfredo Sánchez Brell; fue futbolista del Rayo Vallecano y del Alcoyano, antes de italianizar su nombre para participar como actor secundario en los cinco mejores spaghetti westerns de todos los tiempos.

Esto es, aquellos cinco que dirigió Sergio LeonePor un puñado de dólaresLa muerte tenía un precioEl bueno, el feo y el maloHasta que llegó su hora Agáchate, maldito. Que yo sepa, este carismático actor es una de las poquísimas personas que apareció en todos ellos. Seguramente no mucha gente recuerda ya a Aldo Sambrell, pero como podemos comprobar, ¡el tipo tiene un mejor currículum que el del 90% de las estrellas de Hollywood actuales!

Esta racha de productividad y prestigio del cine zombi español y del terror patrio en general se apagó a partir de 1975. Sí, los monstruosos zombis españoles retornaron a la cripta para ofrecerle al Generalísimo la grata compañía que sin duda merecía. Esto marcó el final de una era breve pero intensa y, vuelvo a insistir, todavía recordada por los estudiosos del cine zombi. ¿Por qué se apagó la llama?

Pues porque al morir Franco terminaban casi cuatro décadas de censura católica y la serie B nacional se volcó con el reclamo comercial más poderoso y barato de todos: el sexo. La llegada del destape arrasó con todo lo demás. Ni siquiera se antojaba necesario invertir los cuatro duros que pudiese costar el maquillaje terrorífico de un zombi. ¿Para qué? Con poner tetas y culos en pantalla se garantizaba una suculenta recaudación.

El cine zombi español entró en un prolongado letargo y, de hecho, nunca nuestro país ha vuelto a producir tantas películas de zombis, o de terror, en tan poco tiempo. Cierto, aquellas películas no fueron obras maestras y de hecho hubo entre ellas varios bodrios.

También es cierto que en España no hubo una Night of the Living Dead. Pero tampoco la hubo en los demás países, a excepción de Estados Unidos, y cabe valorar aquel periodo por lo que vale. Piensen que eran películas baratas destinadas a un público poco exigente que tanto en España como el extranjero iba a cines de poca monta, pagando una entrada asequible para ver películas de usar y tirar.

En ese ámbito, la calidad media del terror español superaba, de manera sensible, la calidad media del terror de serie B que se producía en otros países. Puede que no fuesen obras dignas de Tarkovsky, pero tampoco cabía esperarlo. Estamos hablando de cine zombi, que era el vagón de cola de la serie B, la cual era vagón de cola del terror, el cual era vagón de cola del arte cinematográfico.

Y aun así, se intentó hacer las cosas de manera medianamente digna. Quizá no siempre se consiguió, pero si ven películas de zombis hechas en otros países durante aquellos mismos años comprobarán que pocas veces eran de igual calidad, y con frecuencia peores.

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El profundo impacto que el alfabeto latino tuvo en las lenguas que se hablaban en América antes de la llegada de los españoles…


El ‘Códice Mendoza’ es uno de los textos coloniales donde se mezclan pictogramas con escritura alfabética castellana.

BBC News Mundo(R.M.Rodríguez/The Conversation)Cuando los españoles llegaron al territorio de lo que hoy conocemos como México, existía un sistema de escritura principalmente pictográfico, en el que cada “dibujo” significaba una frase o enunciado completo.

Este sistema era utilizado por las castas gobernantes, principalmente para conservar tradiciones religiosas, discursos, hechos históricos o registros poblacionales y tributarios, entre otros asuntos.

Los amanuenses que conservaban estos libros (normalmente tiras de papel plegadas o lienzos o pieles de animales) aprendían de memoria largos discursos y con la punta del dedo repasaban las figuras para apoyarse y no perder el orden del mensaje que querían transmitir.

Es decir, esta escritura estaba más cerca de lo icónico que de lo ideográfico, más cerca de las pinturas rupestres que de la escritura egipcia o china.

Los primeros religiosos que fueron enviados al Nuevo Mundo a evangelizar a los indígenas terminaron aprendiendo el idioma de éstos para poder llevar adelante su tarea.

Eran un pequeño grupo de frailes franciscanos que iniciaron una ingente y titánica obra cristianizadora de los indígenas. A estos les siguieron los dominicos y luego los agustinos.

La labor de las órdenes religiosas no se limitaba a la evangelización. También construyeron pueblos, villas y ciudades, impartieron justicia y fueron consejeros de los funcionarios reales, entre muchas otras actividades.

Por ejemplo, enseñaron a los primeros mexicanos a cultivar las plantas europeas, vestir “a la española”, edificar iglesias, criar animales españoles, labrar acueductos, utilizar el telar europeo y aprender los oficios mecánicos.

Simultáneamente, destruyeron los templos prehispánicos, derrumbaron las esculturas de los dioses, quemaron los libros que mencionamos e hicieron procesos inquisitoriales contra los indios remisos.

Otra página del Códice Mendoza del siglo XVI
Los primeros textos dirigidos a los indígenas se asemejaban más a pinturas rupestres que a lo que consideramos escritura .

Estas actividades pasaban inevitablemente por que los religiosos aprendieran las principales lenguas mesoamericanas. Y así lo hicieron.

En un principio, en la escritura mezclaron los pictogramas y el alfabeto. Por ejemplo, se conserva una interesante transcripción al náhuatl del catecismo ideado por fray Pedro de Gante.

Otros religiosos, quizá deseosos de un mayor acercamiento a los usos y costumbres de los pueblos indígenas, pedían a los copistas que transcribieran en grandes telas, con su sistema, pasajes bíblicos.

Iban de una a otra aldea acompañados de un numeroso séquito de indios ladinos –los llamaron igual que en España llamaban a los judíos y a los musulmanes que se movían entre la cultura propia y la cristiana–, reunían a los pobladores, trepaban en alguna tarima o en algún basamento piramidal en ruinas, mostraban el gran lienzo a los neófitos, señalaban con una vara las imágenes, contaban en español el asunto de la pintura y, finalmente, los ayudantes traducían al náhuatl.

Imagen del letras del alfabeto latino
Los religiosos españoles utilizaron el alfabeto latino para intentar construir la fonética náhuatl.

– Idiomas para los evangelizadores

Una nueva dificultad se les presentó cuando tuvieron que enseñar las lenguas indígenas a los evangelizadores que llegaban.

No era deseable, por pesado y dilatado, que las aprendieran de los indígenas (como tuvieron que hacer los primeros).

Así que organizaron escuelas para que los nuevos frailes estudiaran las lenguas originarias. Esto condujo, como un proceso natural y lógico, a dotar al náhuatl, por ejemplo, de un alfabeto. Y el sistema de escritura no fue otro que el usado en el castellano.

Una vez escrita la lengua mexicana con el sistema alfabético que el español recibió del latín, se desató una fiebre escritural muy variada y abundantísima.

Se hicieron libros a la europea (manuscritos primero, impresos después): silabarios, diccionarios, sermonarios, gramáticas, doctrinas, crónicas, anales, informes, pliegos de agravios, etc.

Por fortuna se conservan testimonios de este proceso.

Recuerdo de mis lecturas que los agustinos fundaron una escuela en Tiripitío para enseñar la lengua michoacana. Incluso en Culhuacán, al sur de la ciudad de México, el convento de estos ermitaños tenía un batán en el que fabricaban papel.

Una figura central en este proceso de adquisición del alfabeto latino por el náhuatl es sin duda el franciscano Bernardino de Sahagún. Sus manuscritos, conocidos como Códice florentino en la actualidad, han sido digitalizados para su consulta universal.

Como afirma la estudiosa Alejandra Ortiz Castañares, el Códice Florentino fue “creado para conocer a los mexicas y evangelizarlos. Es uno de los pocos con lenguaje híbrido, en el que la tradición pictográfica indígena se incorpora no sólo como lenguaje, sino también como refuerzo visual del apenas nacido alfabeto latino en náhuatl”.

Imagen de una página del catecismo de Pedro de Gante
El Catecismo de fray Pedro de Gante es otro ejemplo donde se combinó el español con la lengua de los pueblos originarios mexicanos.

– Pronunciar en otro idioma

Sin duda, fue una solución muy práctica y útil. Pero los evangelizadores no previeron un problema: las diferencias fonéticas entre la lengua modelo y las americanas.

Por ejemplo, en náhuatl no existía el fonema /ñ/ y las vocales eran tres, no cinco. Y en español no existen los fonemas interdentales laterales. Para solucionar eso, improvisaron usando dos grafías (tl, tz).

Además, había fonemas en español que poco a poco se estaban perdiendo, como la cedilla (/ç/), la doble s, la /sh/ (que se escribía como una X), etc.

Tampoco imaginaron dos consecuencias inesperadas. En primer lugar, la prosodia del español –sus acentos, tonos y entonación– en muchos casos arrastró, por decirlo así, a la prosodia del náhuatl.

Como ejemplo, tenemos la pronunciación de la capital del imperio azteca: Mexico-Tenochtitlan. La primera palabra aludía a la etnia (los mexitin, en oposición a tepanecas, acolhuas chalcas, etc.) y la segunda al lugar mismo, el islote donde se fundó. La primera fue y sigue siendo la más usada.

Su pronunciación sería algo así como meshico –palabra grave, no esdrújula–. El fonema /sh/ existía en español y se escribía como una X, de ahí muxer (musher), oxo (osho) y dixe (dishe). Con el paso de los siglos, este fonema del español se fue suavizando hasta pronunciarse como una jota, y así fue como evolucionó la dicción a mujer, ojo o dije.

Con muchas palabras del náhuatl se dio esta “evolución”. Así se pasó de Xalisco (Shalisco) a Jalisco, de Xalapa (Shalapa) a Jalapa y de México a Méjico. En el siglo XIX muchas grafías de estos topónimos se adoptaron a la nueva pronunciación, excepto México, que la seguimos escribiendo a la vieja usanza pero la pronunciamos a la moderna.

Folio del Código Florentino
En el Código Florentino también se utilizaron dibujos y texto para facilitar la enseñanza de la cultura europea y de la religión cristiana a los indígenas.

La segunda consecuencia fue que la pronunciación a la española de las palabras indígenas muchas veces fue adoptada como la forma correcta por los propios indígenas.

Aunque es un fenómeno complejo y de múltiples aristas, estos ejemplos darán una idea al amable lector: de Coliman se pasó a Colima; de Tlalpam a Tlalpan; de Janitzio a Janicho; de Olizapan (Ahuilizapan) a Orizaba y de Cuauhnáhuac primero a Cuedlavaca y, finalmente, a Cuernavaca.

Diremos que hubo palabras que casi quedaron idénticas en esa transición que implicó el mestizaje de las culturas del Nuevo y el Viejo Mundo, mientras que otras locuciones tuvieron una transformación radical. Eso se debió a la facilidad o no de pronunciar esos términos en la nueva lengua dominante.

Como dijo Octavio Paz, lo que entonces pasó no fue un encuentro, sino un encontronazo. Pero no es éste el espacio para hablar de ello. Lo que quiero decir en este breve recuento que ahora hago es que el tema no sólo tiene interés y suma importancia para lingüistas, sino también para literatos, historiadores, antropólogos, sociólogos, etc.

Por desgracia es un espacio muy poco explorado, pero los que hablamos la lengua de Cervantes (vivamos de uno u otro lado del Atlántico) estamos obligados a no permitir que se pierda.

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Cacerías de brujas en pleno siglo XXI: la salvaje práctica del medievo que mata hoy a miles de mujeres…


abc(I.Viana) — Han pasado más de cinco siglos desde que la ‘brujería’ apareció en los textos legales de muchos países de Europa.

Desde ese momento y hasta la actualidad, por extraño que parezca al tratarse de una práctica brutal e irracional que tiene su origen en la Edad Media, todas aquellas personas con reputación de brujas han sido objeto de una persecución masiva en muchas partes del mundo.

Y aunque la mayoría de los gobiernos en los que se produjo este tipo de ataques y asesinatos de mujeres por «brujas» no reconocen este crimen, no quiere decir que se haya erradicado del todo.

Cuenta Silvia Federici en ‘Brujas, caza de brujas y mujeres’ (Traficantes de Sueños, 2021), que en las raíces de la nueva persecución «podemos encontrar muchos de los factores que ya instigaron las cazas de brujas de los siglos XVI y XVII, entre ellos, la religión y la regurgitación de las inclinaciones más misóginas como fundamentos de la justificación ideológica».

Desde 2008, de hecho, asegura esta filósofa e historiadora italo-estadounidense que las cifras de asesinatos cometidos con el pretexto de la brujería se han disparado en gran parte del planeta.

Solo en Tanzania se calcula que cada año se asesinan a más de cinco mil mujeres por brujas. Muchas de ellas son acuchilladas hasta la muerte sin que la justicia real haga nada por impedirlo o castigarlo. A otras las entierran o las queman vivas, como hizo la Inquisición durante siglos.

En algunos países, como la República Centroafricana, las cárceles están llenas de mujeres acusadas también de ser brujas.

En 2016, por ejemplo, se ejecutó a más de cien, las quemaron en la hoguera los soldados rebeldes, quienes, «siguiendo los pasos de los cazadores de brujas del siglo XVI, hicieron negocio con las acusaciones y obligaron a la gente a pagar amenazándola con la probabilidad de su ejecución», apunta Federici.

En ‘El abogado de las brujas’, publicado originalmente en 1983 y reeditado por Alianza Editorial en 2010, Gustav Henningsen describió el proceso inquisitorial que se produjo en Logroño a principios del siglo XVII, con dos mil acusados y casi cinco mil sospechosos. Fue uno de los más copiosos conocido hasta ahora.

Recuerda cómo se extendió el pánico desde Francia hasta el País Vasco español, cómo se puso en marcha la silenciosa maquinaria de la Inquisición y cómo situó al país «al borde de un holocausto después de más de ochenta años en los que el Tribunal del Santo Oficio se opuso a quemar brujas».

‘Aquelarre’ fue una palabra creada por los inquisidores para nombrar a las presuntas reuniones clandestinas. (Francisco de Goya, 1798)

– La caza de Vera

De todas las fuentes existentes que consultó este investigador fallecido en octubre, considerado durante años el mayor experto mundial en el fenómeno de la brujería, se centró especialmente en el pueblo pirenaico de Vera de Bidasoa, donde la caza de brujas llevada a cabo por los celosos curas del lugar alcanzó dimensiones sorprendentes.

Según las estadísticas que los inquisidores de Logroño enviaron a sus superiores de Madrid en 1611, solo en esta localidad se realizaron 32 confesiones por brujería. En ellas se atribuía el mismo delito a otras 187 personas. Si sumamos ambas cifras, nos habla de 219 brujas, el 39% de la población total.

Lo ocurrido en Vera de Bidasoa es un ejemplo perfecto para observar cómo se desencadenaba esta caza de brujas que, tristemente, llegó hasta nuestros días en otras partes del mundo y en sus diferentes versiones.

Henningsen no solo consultó las investigaciones judiciales secretas de la Inquisición, sino otras fuentes como cartas e informes de testigos presenciales, algunos de los cuales, decían no depender del Santo Oficio. Era, por lo tanto, una cacería mucho más amplia de la que podemos imaginar.

Durante la gran persecución, los inquisidores del Tribunal acudieron a Vera en dos ocasiones. La primera fue en 1609, cuando el licenciado Juan del Valle Alvarado se alojó con su comitiva en casa del párroco octogenario Domingo de San Paúl, comisario inquisitorial de la localidad vecina de Lesaca.

El anciano se esforzó por descubrir brujas en su zona, en una tarea en la que también se ensañó un joven párroco, Lorenzo de Hualde. En la segunda, en 1611, se presentó un edicto de gracia para todos los miembros de una supuesta secta diabólica, por el que se dio un salvoconducto a todas aquellas que reconocieran ser brujas.

La comitiva envió al Tribunal 339 confesiones y las arrepentidas ofrecieron los nombres de otros 1607 miembros de la supuesta organización. Viendo el número, se reinstauró la pena de hoguera para todo aquel que no hubiera confesado.

Matthew Hopkins, cazador de brujas | ¡O César o Nada!

– Matthew Hopkins

Un caso más llamativo y fuera de España es el que se produjo cuatro décadas después en Inglaterra, un país que también creyó fervientemente en la existencia de las brujas gracias a Jacobo I.

El Rey, incluso, escribió un libro: ‘Demonologie’. Gracias a esta tendencia, hubo personajes que dedicaron parte de su vida a investigar supuestos casos de brujería entre mujeres inocentes, con el único objetivo de ganar dinero. Tal es el caso de Matthew Hopkins y John Stearn, dos infames cazadores que cometieron todo tipo de abusos.

Desde que se conocieron en 1644, este equipo comprobó que podía convertir la caza de brujas en un negocio muy rentable. Lo primero que hicieron fue contratar los servicios de «buscadoras», mujeres que examinaban los cuerpos de las acusadas para encontrar en ellas marcas del diablo, como lunares, cicatrices, verrugas y cualquier señal que se les ocurriera.

La primera población con la que se cebaron fue Manningtree, donde acusaron a 36 mujeres de pactar con Satanás y practicar magia negra. Fueron ahorcadas 19. Fue el comienzo de su carrera, que sembró el terror en la campiña inglesa.

Un mes después llegaron a Bury St Edmunds, en Suffolk, donde investigaron a un centenar de personas sospechosas de practicar la brujería. En solo un día condenaron y ejecutaron a 18 personas, de las cuales 16 eran mujeres. En un segundo juicio consiguieron acusar a 60 más.

Sus procedimientos fueron tan cuestionados por la prensa de la época, aunque a ellos poco les importó lo que se dijera de ellos, mientras el dinero entrara en sus bolsillos. Siguieron su camino e hicieron lo propio en pueblos como Huntingdonshire, Bedfordshire, Cambridgeshire, Northamptonshire, Norfolk, Suffolk y Essex.

Los métodos que usaban eran de lo más aleatorios e inverosímiles que uno pueda imaginar, además de crueles. Por ejemplo, pinchaban a sus víctimas con agujas, cuchillos y punzones y, si no sangraban, eran brujas. Otro de los más comunes empleados por la pareja era atar al acusado a una silla y arrojarlo a un río o estanque.

Si flotaba, era culpable, pero si se hundía y se ahogaba antes de poder ser rescatado, era inocente. El resultado, por lo tanto, casi siempre era el mismo: la muerte. Hopkins y Stearne se retiraron del negocio en 1647 sin ser juzgados ni condenados por sus actos.

En una de las calles que llegan a la Plaza Mayor de Madrid, se colocó una placa simbólica que recuerda a Margarita de Borja, acusada de hechicería y condenada a padecer 100 azotes por las calles y al destierro.

– La caza actual

Lejos de ser una práctica del pasado, en algunos países nos sorprenden en ocasiones con estas partidas caza. En India, explica Federici, son rampantes las cifras de asesinatos de brujas, especialmente en los «territorios tribales», como por ejemplo la tierra de los adivasi, donde se están desarrollando procesos de privatización de tierras a gran escala.

Y el fenómeno se está extendiendo. «Ahora sabemos que han matado brujas en Nepal, Papúa Nueva Guinea y Arabia Saudí», escribe la historiadora. La diferencia es que, a día de hoy, la tecnología contribuye a esa persecución y hasta se pueden descargar grabaciones de asesinatos de supuestas brujas en internet y manuales que explican cómo se puede reconocerlas.

En 2008, sin embargo, se produjo un aumento de la resistencia de las mujeres contra esta vieja cacería. En India, sobre todo, se han movilizado y van de aldea en aldea combatiendo los rumores sobre la existencia de brujas que esparcen las autoridades locales, los cazadores de brujas y otros perseguidores más o menos sigilosos.

Otras reúnen pruebas y presionan a las autoridades, que a menudo no muestran mucho interés en perseguir a los asesinos.

Según la organización Red de Información sobre Brujería y Derechos Humanos, en la última década se han denunciado más de 20.000 episodios en más de 60 países de los que más de 5.000 fueron asesinatos. Las víctimas son, en su mayoría, ancianas, niños y personas con albinismo.

Los expertos en la materia piensan que, lejos de ser una práctica del pasado, el fenómeno ha aumentado en todo el mundo. En el verano de 2021, Naciones Unidas adoptó por primera vez una resolución condenando las violaciones de los derechos humanos relacionadas con acusaciones de brujería.

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¿La esperanza de vida humana llegó a su límite?…


The New York Times(D.G.Smith) — La persona más anciana de la que se tiene constancia, la francesa Jeanne Calment, vivió hasta los 122 años. ¿Cuáles son las probabilidades de que el resto de nosotros también lleguemos a esa edad?

No son muchas, salvo que se produzca un avance médico transformador, según un estudio publicado el lunes en la revista Nature Aging.

El estudio analizó datos sobre la esperanza de vida al nacer que fueron recopilados entre 1990 y 2019 de algunos de los lugares donde las personas suelen vivir más tiempo: Australia, Corea del Sur, España, Francia, Hong Kong, Italia, Japón, Suecia y Suiza. También se incluyeron datos de Estados Unidos, aunque la esperanza de vida de este país es menor.

Los investigadores descubrieron que, aunque la esperanza de vida media aumentó durante ese periodo en todos los lugares estudiados, el ritmo al que lo hizo se ralentizó. La única excepción fue Hong Kong, donde no se desaceleró.

Los datos sugieren que, tras décadas de aumento de la esperanza de vida gracias a los avances médicos y tecnológicos, los seres humanos podrían estar acercándose a los límites de la esperanza de vida media que es posible alcanzar.

“Básicamente, estamos sugiriendo que lo que vivimos ahora es lo máximo que vamos a vivir”, dijo S. Jay Olshansky, profesor de epidemiología y bioestadística de la Universidad de Illinois Chicago, quien dirigió el estudio. Predijo que la esperanza de vida máxima acabará rondando los 87 años —aproximadamente 84 para los hombres y 90 para las mujeres—, una edad media que varios países ya están a punto de alcanzar.

Durante el siglo XX, la esperanza de vida aumentó espectacularmente, impulsada por innovaciones como el saneamiento del agua y los antibióticos. Algunos científicos prevén que este ritmo se mantendrá a medida que se descubran mejores tratamientos y prevenciones para el cáncer, las enfermedades del corazón y otras causas comunes de muerte.

El famoso demógrafo James Vaupel sostenía que la mayoría de los niños nacidos en el siglo XXI vivirían hasta los 100 años.

Sin embargo, de acuerdo con el nuevo estudio, es poco probable que sea así. Los investigadores descubrieron que, en lugar de que un mayor porcentaje de personas llegue a los 100 años en los lugares que analizaron, las edades a las que muere la gente se han comprimido en un marco temporal más reducido.

Olshansky lleva mucho tiempo oponiéndose a la idea de que la esperanza de vida aumentará constantemente y para siempre. En un artículo publicado en Science en 1990, presentaba la teoría de que los seres humanos ya estaban a punto de alcanzar el límite de la esperanza de vida media.

Más de 30 años después, dijo que su nuevo estudio ofrece datos fehacientes que respaldan su hipótesis original, una afirmación que incluso quienes han apostado en su contra dicen que tiene mérito.

Steven Austad, catedrático de biología de la Universidad de Alabama en Birmingham, quien ha apostado con Olshansky a que un ser humano vivo en la actualidad llegará a los 150 años, dijo que el artículo era “excelente” y “establece sin lugar a dudas” que el aumento de la esperanza de vida se ha ralentizado.

Por qué la esperanza de vida está llegando al límite - La Tercera

Jan Vijg, profesor de genética de la Facultad de Medicina Albert Einstein de Nueva York, quien también ha investigado los límites de la esperanza de vida humana, se mostró de acuerdo y dijo que el estudio de Olshansky estaba “bien hecho”.

“Siempre ha sido lo que la gente consideraba pesimista, pero creo que también es realista”, dijo Vijg.

La nueva investigación sugiere que, aunque la medicina moderna ha ayudado a que más personas vivan regularmente hasta los 70, 80 y 90 años, conseguir que la edad media supere esa cifra resultará difícil.

Por ejemplo, los científicos calcularon que aunque se eliminaran todas las muertes antes de los 50 años, la esperanza media de vida máxima solo aumentaría un año en el caso de las mujeres y un año y medio en el de los hombres.

“Podemos fabricar un poco más de tiempo de supervivencia mediante avances médicos”, así como reduciendo las disparidades sanitarias y fomentando estilos de vida más saludables, dijo Olshansky.

Pero, añadió, incluso si se eliminaran las muertes por enfermedades comunes o accidentes, la gente moriría por el propio envejecimiento. “La disminución de la función de los órganos internos y de los sistemas orgánicos aún hace prácticamente imposible que estos organismos vivan mucho más de lo que viven ahora”, dijo Olshansky.

No todo el mundo está de acuerdo. Luigi Ferrucci, director científico del Instituto Nacional sobre el Envejecimiento, coincidió en que es poco probable que veamos aumentos sustanciales de la esperanza de vida si se mantiene el statu quo.

Pero dijo que invertir más en salud preventiva podría cambiar esa situación al retrasar la aparición de enfermedades, lo que a su vez podría dar lugar a “menos daños debidos a la biología del envejecimiento”.

Nadine Ouellette, profesora asociada de demografía en la Universidad de Montreal, discrepó con otro aspecto del estudio.

Dijo que la esperanza de vida media “a veces puede inducir a error”, ya que está muy condicionada por las muertes en los primeros años de vida. En su lugar, recomendó analizar la edad a la que fallece la mayoría de la gente, la llamada edad modal de muerte, que se centra más en los últimos años de la vida.

Para Olshansky, lo único que podría alargar radicalmente la esperanza de vida es que los científicos desarrollaran una intervención para ralentizar el propio proceso de envejecimiento, algo sobre lo que se siente “optimista”, dijo.

Austad también está convencido del potencial de la medicina antienvejecimiento. Y dijo que el nuevo artículo no cambia su apuesta de que un ser humano vivo en la actualidad llegará a los 150 años, porque siempre se ha basado en “un gran avance en el tratamiento del propio proceso de envejecimiento”.

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Consumo de alcohol: cuáles son los riesgos para la salud, incluso en pequeñas cantidades…


Infobae(E.De Rosa Alabaster) — Una de las adicciones que recibe menos visibilidad es el alcoholismo. Veamos algunos datos de la magnitud del problema: según diferentes fuentes, la Argentina es el primer o segundo país en consumo de alcohol en América Latina, donde mueren alrededor de 8000 personas por patologías relacionadas con el alcohol.

Esta cifra es si no se toma en cuenta que, en accidentes de tránsito, aquellos relacionados con consumo de alcohol son abrumadoramente superiores a los que no, o los actos de violencia doméstica, o las diversas formas de violencia.

Contra una creencia popular, no son las drogas el mayor peligro en actos delictivos, sino el alcohol, el cual, por supuesto, sirve como ingreso en el consumo de sustancias más “problemáticas”.

Existe, sin embargo, un sesgo cultural y es que el alcohol ha formado parte de nuestra cultura desde el inicio de los tiempos, toda vez que inclusive era una forma de hidratarse en épocas de escaso acceso a fuentes de aguas no contaminadas.

Por otro lado, y al impulso de una fuerte y poderosa industria, se generó narrativa positiva respecto al alcohol, mostrándola al consumo como un medio de pertenencia, a un grupo o inclusive a una cultura, aun ajena.

La fiesta de San Patricio, bastante ajena a las festividades de nuestro país, o la cultura de las “pintas” en “pubs”, son ejemplos de búsqueda de pertenencia por medio del alcohol.

El inconveniente mayor es que el consumo de un tóxico, el etanol, ya que eso es el alcohol, particularmente importante a nivel del sistema nervioso, es ya no banalizado, sino negado de modo extraordinario. Así surge la tendencia a pensar en dosis sanas o inocuas de alcohol, cada vez mayores.

De esta manera, mucha gente consume considerando que alcoholismo es algo ligado a situaciones de consumo extremas, pero podemos ver en la alcoholemia en controles de tránsito, donde es habitual tasas porcentuales que señalan un grado severo de intoxicación.

Sin embargo, el sujeto en los momentos previos, mientras consume, no tiene conciencia de las consecuencias, y de los peligros en los que solo está según su percepción, socializando. Como si el deterioro cognitivo progresivo, no fuera de importancia hasta llegara la demencia.

Eso lleva a la pregunta que se nos hace en la consulta: ¿Cuánto alcohol es saludable o perjudicial? Este tema ha sido ampliamente debatido durante años: ¿Existe una cantidad “segura” de alcohol que se pueda consumir sin riesgos significativos para la salud? En los últimos tiempos y en base a múltiples publicaciones, la respuesta sugiere que cualquier cantidad de alcohol puede ser perjudicial, en las siguientes áreas:

1. Riesgo de cáncer: El alcohol ha sido clasificado como un carcinógeno del Grupo 1 por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer. Esto significa que hay suficiente evidencia para afirmar que el alcohol puede causar cáncer en humanos. Los tipos de cáncer más comunes asociados con el consumo de alcohol incluyen el cáncer de mama, hígado, colon y esófago.

2. Enfermedades cardiovasculares: Este es un tema particular, ya que algunos estudios han sugerido que el consumo moderado de alcohol, especialmente vino tinto, podría tener beneficios para la salud cardiovascular, pero hoy se considera a la evidencia no concluyente y de alguna manera se logran los mismos beneficios con alimentación específica, ejercicio y eventualmente el suplemento de polifenoles, entre los que se encuentran, por ejemplo, el resveratrol (no flavonoide) y la quercetina (flavonoide). Como ambos se encuentran en los vinos rojos, se dice que el consumo moderado (máximo, una copa al día) es saludable. Otra literatura señala que a pesar de esos productos, el efecto es negativo.

3. Daño hepático: Si bien se puede llegar a enfermedades hepáticas graves, como la cirrosis y la hepatitis alcohólica, incluso el consumo moderado altera la capacidad de actuar de ese laboratorio depurador que es el hígado de funcionar correctamente, llevando por ejemplo a fenómenos inflamatorios de todo tipo.

Por último, los que probablemente sean más evidentes que son los problemas mentales y conductuales. Quizás este sea el núcleo de la cuestión por los efectos neurológicos y en consecuencia comportamentales, de todo tipo. La presencia de cuadros concretos como ansiedad, depresión, trastornos de sueño está claramente comprobada, así como en particular las conductas de riesgo ligada al aspecto del alcohol como depresor del sistema nervioso.

Los efectos se pueden clasificar a corto y a largo plazo. El problema en la relativización del consumo es que los de corto plazo se consideran casi parte de la normalidad dentro de nuestra cultura y así de alguna manera inocuos y reversibles. Así una borrachera parece ser en jóvenes, algo sin consecuencias posteriores y “recreacional”, un aspecto elevado al altar del hedonismo.

– Los efectos a corto y largo plazo del consumo de alcohol

Los efectos a corto plazo son:

  • Deterioro cognitivo: Aún pequeñas cantidades impactan claramente en las funciones mentales, provocando en principio una liberación de funciones, locuacidad, rapidez de pensamiento, etc., pero rápidamente se ven consecuencias en la capacidad de concentración o de orientación y memoria.
  • Coordinación y equilibrio: Si bien muchas veces es considerado algo casi risueño y parte de las consecuencias buscadas, las dificultades para la coordinación en el espacio, la medición de distancias y la dificultad en habilidades motoras finas, se pueden ver reflejadas de manera trágica en accidentes de tránsito, en conductas de riesgo etc.
  • Estado de ánimo y comportamiento: Los efectos a corto plazo que se manifiestan en el área comportamental pueden ir desde la desinhibición con consecuencias ligadas a la pérdida de frenos inhibitorios con respuestas de cambios de humor, desde la elación hasta la agresividad.

Los efectos a largo plazo son más complejos:

  • Daño Cerebral: El consumo crónico de alcohol puede causar daño neuronal irreparable. Un cuadro conocido es el síndrome de Wernicke-Korsakoff, que es una encefalopatía caracterizada por problemas severos de memoria, entre varios otros síntomas, pero que puede llevar incluso al coma y muerte.
  • Neurotoxicidad: Quizás la gran trampa con el alcohol es que se olvida que es neurotóxico. Esto implica daño y muerte neuronal. Las alteraciones en la estructura, evidentes en las neuroimágenes, aseguran consecuencias de diferente gravedad e impacto, según las zonas en las que se ha producido esa pérdida neuronal.
  • Problemas de salud mental: con el uso prolongado de alcohol vemos desde depresión y ansiedad, hasta cuadros psicóticos y síndromes demenciales.

Por otro lado, los efectos a nivel social, familiar, laboral, el ingreso en el mundo de las adicciones de otro tipo y la incapacidad de controlar el consumo, son evidentes. Al igual que otro tipo de adicciones, el sujeto ingresa en un mundo en el que niega la patología y encubre en muchos casos detrás de fantasías, y mentiras la realidad a sus allegados, peor más gravemente a sí mismo.

Aunque el consumo moderado de alcohol puede parecer inofensivo, la evidencia sugiere que cualquier cantidad puede ser perjudicial para la salud. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado que no existe un nivel seguro de consumo de alcohol y enfatiza que el riesgo para la salud comienza desde el primer trago y aumenta con la cantidad consumida.

Por otra parte, existen al igual que en otras adicciones, en las cuales el modelo de abordaje es la reducción de daño, diversas propuestas como las de días intermitentes, reducción de cantidad en base a consumos alternativos, envases de menor volumen, por oposición a aquellos que en ciertos ámbitos superan el litro etc.

En ese sentido el mes de octubre en algunos países es “Sober October” (Octubre en sobriedad) propuesto por un asociación de lucha contra el cáncer en el Reino Unido, una suerte de desafío en el que se busca que participen más personas y cuenten sus experiencias en ese mes piloto, como ha cambiado su vida.

Las medidas que se propone son empezar por informarse de los riesgos reales del consumo, entender cuando se está entrando en una adicción a un producto psicoactivo. Si se decide consumir alcohol, buscar la moderación. Existen diversas propuestas respecto a que es moderado, peor puede ser no más de tres días con no más de dos unidades de medida, por ejemplo. Mantener días de sobriedad, en cualquier caso. Buscar alternativas saludables, como bebidas sin alcohol, hidratarse constantemente y no con bebidas alcohólicas, y desde ya tomar al tema con el cuidado que implica que en caso de dudas se debe consultar a un profesional.

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Atajos hacia el placer: la peligrosa cara oculta de la “hormona de la felicidad”…


Atajos hacia el placer: la peligrosa cara oculta de la “hormona de la  felicidad”

The Conversation(M.P.Lorca/J.M.S.Anquela) — En una sociedad en la que la búsqueda del bienestar y el placer instantáneo se han convertido en prioritarios, es fácil caer en la tentación de buscar atajos para sentirse mejor. Sin embargo, cuando hablamos de recurrir a fármacos o drogas, es crucial entender la compleja interacción cerebral de la serotonina.

La serotonina, o 5-hidroxitriptamina (5-HT), es un neurotransmisor que ha merecido el nombre de “hormona de la felicidad” por su papel en la regulación del estado de ánimo, el sueño y el apetito; en definitiva, porque ayuda a mantener un estado emocional equilibrado, aunque no siempre sea tan estimulante como sugiere su apodo.

En el cuerpo humano, el 90 % del total de la serotonina se encuentra en el tracto digestivo y en los trombocitos o plaquetas. El resto reside en las neuronas. Aunque su biosíntesis a partir del aminoácido triptófano tenga lugar en los intestinos y en el cerebro, es importante subrayar que no puede atravesar la barrera hematoencefálica (sistema que impide la llegada de sustancias potencialmente dañinas al cerebro y el sistema nervioso), por lo que el cerebro debe producir toda la que necesite consumir.

Por eso, los tratamientos para la depresión y otras afecciones mentales no suministran serotonina directamente, sino que desencadenan reacciones para aumentar sus niveles en el cerebro modificando el comportamiento de las denominadas neuronas serotoninérgicas, aquellas en las que tiene lugar la síntesis de la hormona.

– Liberación y recaptación de la serotonina

Cuando dos neuronas se comunican entre sí, la emisora de la señal (presináptica) libera neurotransmisores 5-HT al pequeño resquicio (espacio sináptico) situado entre ambas, donde serán recogidos por los receptores de la neurona postsináptica. Cuando hay un exceso de serotonina libre en el medio, los llamados autorreceptores 5-HT1A se estimulan e inhiben la liberación de la hormona en las terminaciones nerviosas.

A la izquierda, esquema de una neurona serotoninérgica. Entre la terminal presináptica (TPRE) y la postsináptica estimulada por la anterior (TPOS) hay un espacio sináptico. En la región somatodendrítica (RSD) se muestran varios autorreceptores 5-HT1A. A la derecha, esquema de un autorreceptor 5-HT1A. 

Las terminaciones neuronales no captan todos los neurotransmisores 5-HT emitidos: muchos quedan “flotando” en el espacio sináptico, donde son capturados por unas proteínas –los transportadores de serotonina (SERT)– que los devuelven a las neuronas presinápticas.

A la izquierda, transportador de serotonina (SERT) que, cuando aumenta la concentración de serotonina (5-HT) en los espacios sinápticos la transporta hasta las neuronas presinápticas. Ctro. Los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) bloquean los SERT. El resultado es un aumento de la concentración de serotonina en el espacio sináptico. Como consecuencia de lo anterior, aumenta la concentración de serotonina en las regiones somatodendríticas (derecha). 

En los casos de depresión y otros trastornos mentales existe muy poca serotonina en los espacios sinápticos, hasta el punto de que, ávidas de este neurotransmisor, las neuronas postsinápticas crean muchos receptores para recibirlos. Los inhibidores ISRS y otros fármacos antidepresivos bloquean las bombas de recaptación y permiten que se acumule más y más serotonina en el espacio sináptico.

A la izquierda, en respuesta a la estimulación serotoninérgica, la neurona reduce el número de receptores 5-HT1A en un fenómeno conocido como regulación a la baja. Debido a que hay menor cantidad de estos receptores en su región somatodendrítica, la neurona presináptica se desinhibe y la tasa de liberación de serotonina en el espacio sináptico aumenta, lo que estimula a los receptores postsinápticos serotoninérgicos (derecha).

Cuando perciben que hay más cantidad de neurotransmisor disponible, las neuronas postsinápticas empiezan a disminuir el número de receptores, porque ya no necesitan tantos. Entonces, la neurona relaja su estricta norma de no liberar nada, y comienza a poner en circulación serotonina y a activar al resto de neuronas del circuito.

– El síndrome serotoninérgico

El exceso de serotonina en el circuito no produce precisamente una felicidad desbordante, sino el síndrome serotoninérgico, una afección compleja y potencialmente mortal. Por regla general, se debe a medicamentos o interacciones farmacológicas que sobreestimulan los SERT del cerebro y la médula espinal, lo que desencadena una reacción en cadena de alteraciones neuromusculares y cognitivas.

Los síntomas incluyen inquietud, agitación, ansiedad, insomnio, delirio, rigidez muscular, hipertermia, taquicardias, escalofríos, náuseas, vómitos y diarrea. El síndrome serotoninérgico grave puede provocar convulsiones, insuficiencia orgánica y coma.

La lista de medicamentos relacionados con la toxicidad de la serotonina es larga. Incluye desde antidepresivos y antiepilépticos, pasando por preparados a base de hierbas como la hierba de San Juan y el ginseng, hasta drogas psicodélicas como el LSD y el éxtasis.

Continuamente se descubren nuevas combinaciones de medicamentos capaces de disparar los niveles de la hormona de la felicidad, que pueden presentarse en dosis y composiciones con efectos individuales variables. Además, el síndrome serotoninérgico es poco común, por lo que no se detecta fácilmente en ensayos clínicos controlados aleatorios.

– Un viejo conocido

Los registros históricos sugieren que este síndrome puede haber existido mucho antes de la aparición de los fármacos modernos. Sus síntomas coinciden con los de los brotes de “ergotismo convulsivo” que plagaron las aldeas de la Europa medieval y contribuyeron a frustrar las invasiones rusas de Hitler y Napoleón.

Fueron consecuencia del consumo de centeno infestado por el cornezuelo (Claviceps purpurea).

La ingesta accidental de centeno infestado por el cornezuelo (Claviceps purpurea), cuyos alcaloides son agonistas de la serotonina, produce efectos similares al síndrome serotininérgico.

Con todo, la verdadera incidencia del síndrome serotoninérgico es difícil de diagnosticar, ya que muchos casos no se detectan o se confunden con otras alteraciones psicóticas.

– Difícil de detectar

Existen diversos test diagnósticos, como los de Sternbach (1999), Radomski (2001) y Hunter (2005), pero todos tienen limitaciones, especialmente en la detección de casos leves o atípicos.

Dado que no se conoce una prueba específica, el síndrome es difícil de identificar y suele pasar desapercibido. En urgencias, donde se acostumbran a atender los casos agudos, rara vez lo detectan o lo pueden confundir con la ansiedad o con el síndrome neuroléptico maligno.

– ¿Cómo se trata?

El tratamiento consiste en suspender los fármacos que lo provocan. La mayoría de los casos se resuelven en 24 horas, pero los episodios graves pueden requerir intervenciones más agresivas, como ventilación mecánica o medicamentos antagonistas de la serotonina.

Las benzodiazepinas se suelen utilizar para controlar la agitación, la administración de líquidos intravenosos previenen la hipotensión y son necesarias medidas de enfriamiento para la hipertermia (temperatura corporal demasiado alta). Algunos medicamentos como el propranolol o la clorpromazina, que alguna vez se consideraron eficaces, ahora se suelen descartar debido a su potencial para empeorar síntomas como la hipotensión y la hipertermia.

A pesar de algunos avances, continúan los retos para el diagnóstico y el manejo del síndrome. Incluso con un diagnóstico adecuado, el tratamiento es complicado por la rápida progresión de los síntomas de leves a graves y a la prolongada vida media de algunos fármacos, que pueden hacer que dichos síntomas persistan.

Demasiada serotonina no equivale a mucha felicidad. Por el contrario, puede terminar en una situación poco divertida en las urgencias de algún hospital.

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En la estela filosófica de las tres carabelas…


Las carabelas la Pinta, la Niña y la Santa María a su paso por las islas de Margarita y Cubagua, en Venezuela. Imagen: P.B. Boultats / Getty.
Las carabelas la Pinta, la Niña y la Santa María a su paso por las islas de Margarita y Cubagua, en Venezuela.

JotDown(I.Costa) — La llegada de Colón a América fue un acontecimiento de un impacto tan grande que apenas puede compararse con otros de los que tenga memoria la humanidad.

Hoy en día, las misiones al espacio nos dejan estupefactos, por su audacia y por la hazaña científico-técnica superlativa que comportan, pero todavía no han tenido efectos globales tan duraderos y decisivos como el de los viajes de circunnavegación coronados, en 1492, por el desembarco de las tres carabelas en la isla de Guanahani.

Aunque soy de la generación de argentinos que celebraba el 12 de octubre en la escuela sin vergüenzas, como un encuentro, de la importancia de la aventura de Colón tomé verdadera conciencia en la universidad, en los seminarios de grado que dictó en su momento el profesor Abel Orlando Pugliese

A comienzos de 1992, Pugliese —que entonces vivía en Alemania y enseñaba en Berlín–— propuso al Departamento de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, donde se había graduado en 1954, una serie de cursos dedicados a pensar el quinto centenario en clave filosófica.

O mejor dicho: el rol central que jugó América en la trayectoria vertiginosa que llegó a adquirir el pensamiento filosófico europeo entre los siglos XVI y XVII. Pugliese fue hilvanando, con una erudición apabullante, la relevancia de la idea de América en el surgimiento de los estados nacionales, en la idea de naturaleza, y en la crítica de la metafísica (con la subsiguiente transformación de la filosofía en ciencias).

La bibliografía para semejante recorrido era potencialmente infinita; recuerdo haber estudiado MaquiaveloSuárez y VitoriaGrocio y Pufendorf en el primer cuatrimestre. En otro, Ulisse AldrovandiFrancis BaconShakespeare y von Humboldt. Y en el que fue más importante para mí, OresmeKeplerGalileoBrecht y la discusión contemporánea sobre el eppur si muove

Porque en octubre de 1992, mientras multitudes peregrinaban a Expo Sevilla, en Roma, Karol Wojtyła, el papa Juan Pablo II, rehabilitaba oficialmente la figura de Galilei para la Iglesia.

Pero todo ese proceso —que ahora puede parecer una anécdota lejana, borrosa, acaso insólita— llevó en su momento a una profunda revisión del caso Galileo no solo en ámbito teológico sino, sobre todo, en el de la historia de las ciencias físicas y en la de la filosofía.

En ese momento, Pugliese traía al Río de la Plata algunos debates muy precisos que sabíamos que de otra manera, sin tecnologías de la digitalización masivamente disponibles, en tiempos difíciles para las humanidades locales, nos habría sido imposible registrar. 

Al comienzo de su serie Pugliese nos hizo notar un elemento lexical, y conceptual, que nos ayudaría a comprender el efecto diferido que tuvo la empresa de Colón en el pensamiento filosófico occidental. Una reacción en cadena, demorada pero irreversible. Ese elemento estaba cifrado en la lengua en la que se expresó prácticamente toda la filosofía europea de época medieval y moderna.

En latín, la palabra invenio —al igual que en el griego εὑρίσκω—, se funden ambas acciones: la de encontrar y hallar (por casualidad o porque se lo buscaba, y de ahí, en sentido derivado, ganar), la de descubrir, y la de inventar. Incluso, sin forzar demasiado al diccionario, la de fabular o inventar un sofisma, o un pretexto. 

Como ocurre, por ejemplo, en el canto XIX de la Odisea: Penélope mantiene engañados a los pretendientes que acechan, diciéndoles que se va a casar con uno de ellos cuando termine su tela, que teje de día pero desteje de noche.

Así durante tres años, hasta que un día sus siervas, «perras que en nada reparan», descubren su ardid, la denuncian y ella se ve forzada a terminar el tejido: «Y ahora ya ni me puedo negar a esas bodas ni logro inventar (heurisko) otra excusa».

El descubrimiento de América - Tu escuela de español

– Lo que Colón encontró

Como se sabe, el grupo que partió del puerto de Palos en agosto de 1492 tenía como meta llegar a Oriente por vía occidental, pero esquivando la costa africana, que estaba siendo explorada desde hacía algunos años por navegantes portugueses: los Reyes Católicos no querían enemistarse con la monarquía vecina.

En el Diario del Primer Viaje, pocos días antes de avistar tierra, Colón reitera esta misma convicción. La evoca, algunos años después, Bartolomé de las Casas, con una cita textual en su Historia de las Indias: «Su principal intento era ir en busca de las Indias por la vía de Occidente, y esto era lo que había ofrecido a los reyes y los reyes lo enviaban para este fin»

En el momento en que Colón escribe esas líneas, a casi dos meses de la partida, ya era muy manifiesto el descontento de su tripulación, que se había amotinado días atrás por las dificultades del viaje y por la tardanza en alcanzar el objetivo.

Pero si bien el riesgo era enorme, no eran menores el empeño del navegante genovés y la recompensa prometida: además del título de «almirante mayor de la mar océano», le habían asegurado —detalla— nombrarlo virrey y «gobernador perpetuo de todas las islas y tierra firme que yo descubriese y ganase». 

Estos, descubrir y ganar, son los términos con los que Colón se refiere a la que será su hazaña, tanto en el Diario como en la carta que escribe al escribano de la corona, Luis de Santángel, una vez desembarcado en la isla de Guanahani, para avisar de su logro.

Santángel despacha de inmediato la noticia a su par, Alonso de Quintanilla, y poco después la carta se convertirá en imparable best seller en las principales plazas europeas. (Santángel y Quintanilla funcionaban como una suerte de ministros de Hacienda, uno por cada una de las casas que formaban la pareja real: Aragón y Castilla.)

En sus relaciones, Colón habla siempre de «descubrir», de «encontrar», «conseguir», «ganar», «fallar» («hallar», con la típica f- inicial latina que, en muchos casos, se fue convirtiendo en h). Así también aparece referido el acontecimiento de 1492 en otros documentos posteriores.

El licenciado Marcos Felipe, por ejemplo, en su epitafio de Hernando Colón, hijo del almirante, se refiere a Cristóbal como quien «descubrió y halló las Indias y el Nuevo Mundo».

Por supuesto que Colón no habla de sí mismo como inventor ni de su aventura como inventio (en latín). Mucho menos de heurésis o heuretés (en griego). Juan Gil, editor de las cartas colombinas, advierte que, por ser entrenado hombre de mar, «estaba acostumbrado a chapurrear mil lenguas sin lograr expresarse bien en ninguna».

Por eso su escritura, una mezcla de varios dialectos italianos con un portuñol antiguo y algunas palabras sueltas de un latín muy básico, reproduce esa jerga levantisca en la que un marino podía hacerse entender en cualquier puerto, sin enredarse en cuestiones filológicas.

Colón tampoco se interesa por corregir las transcripciones que otros hacen de su aventura a la lengua del saber erudito, en las que sí aparece la familia lexical del invenio. Ni se detiene en ellas ni podría evitarlas.

Colón no hizo el descubrimiento de América: los mitos del encuentro de los  mundos

En el relato de su llegada a una isla del archipiélago de los Lucayos, una de las actuales Bahamas, a la que denomina La Española, Colón describe un panorama de prosperidad inaudita. En un tramo, por ejemplo, cuenta que avanza por tierras «fertilísimas en demasiado grado», atravesadas por «fartos ríos y buenos y grandes ques maravilla», con sierras transitables y alta vegetación.

Con árboles que «parescen que llegan al cielo», unos floridos, otros cargados de frutos, «tan verdes y tan fermosos como son por mayo en España». Enfatiza la gran diversidad de especies que observa, las cuales se distinguen «por la diformidad fermosa dellas». Hay «pinares a maravilla» y «campiñas grandísimas, y hay miel, frutas», y «muchas minas de metales».

Terrenos propicios «para plantar y sembrar, para criar ganados de todas suertes, para edificar ciudades y lugares», con «ríos muchos, de gran torrente, los más de los cuales traen oro». 

Narra el encuentro con los pobladores locales, que transcurre sin hostilidad: curiosidad mutua e intercambio cordial de regalos, por más desigual que sea el trueque. Detalla algunas costumbres, sus herramientas, su indumentaria escasa, sus «perros mastines y branchetes» (del francés blanchet: perrito blanco, faldero).

Observa que nunca ladran. En un momento culminante de su descripción de La Española, el propio Almirante se mezcla con el paisaje: «Y cantaba el ruiseñor y otros pájaros de mil maneras en el mes de noviembre por allí donde yo andaba». Dice Borges que «el ruiseñor, en todas las lenguas del orbe, goza de nombres melodiosos».

En la primera narrativa que tuvo Europa de lo que años más tarde se va a denominar continente americano, Colón lo nombra en castellano.

Algunos meses más tarde, mientras va regresando a España, ratifica su certeza de haber llegado no solo a Oriente sino al confín, es decir, al paraíso que la Biblia sitúa en la tierra. El jueves 21 de Hebrero de 1493, siempre en el Diario, anota: «bien dixeron los sacros theólogos y los sabios philósophos que el Paraíso Terrenal esta en el fin de Oriente, porque es lugar temperadíssimo, así que aquellas tierras que agora él avía descubierto, es —dize él— el fin del Oriente».

Colón es en realidad un invento de patriotas gringos

– Lo que Colón inventó

En 1798, Kant publica sus clases de antropología, dictadas en la Universidad de Königsberg en dos épocas diferentes: corresponden a cursos de 1772-1773 y de 1795-1796.

En el libro segundo de este tratado, dedicado al placer sensible y estético, Kant subraya una importante distinción conceptual en lengua alemana (que corresponde con la diferencia entre los dos principales significados implícitos en el latín invenio y el griego heurísko). La ilustra con el caso de Colón. 

«Inventar algo es muy diferente de descubrir algo. Pues la cosa que uno descubre se supone previamente existente, solo que aún no conocida, p. ej., América antes de Colón; pero lo que se inventa, p. ej., la pólvora, no era conocido antes del artífice que lo hizo.

Las dos cosas pueden tener mérito, pero se puede encontrar algo que no se buscaba (como el alquimista que encontró el fósforo) y eso no es mérito alguno…». (Antropología en un sentido pragmático 57, traducción de Mario Caimi)

Kant viene hablando del placer estético y quiere distinguir al genio (que requiere imaginación no imitativa, originalidad) de las «mentes mecánicas» (concentradas en el aprendizaje de la técnica artística, con reglas, imitación, reiteración).

Opone así a quienes, como Leonardo da Vinci, «muchas veces toman caminos nuevos y revelan nuevas perspectivas», de quienes, aunque no hayan marcado una época, acaso hayan contribuido más a desarrollar las artes, «con su entendimiento cotidiano que progresa lentamente guiado por el bastón y la vara de la experiencia».

Unos parágrafos más adelante, al margen ya del gusto, Kant vuelve sobre los términos que expresan el aumento del conocimiento. Y al profundizar la clasificación anterior, vuelve a ejemplificar con Colón:

«Descubrir algo, [es] ser el primero en percibir algo que ya estaba, p. ej. América, la fuerza magnética que se orienta a los polos, la electricidad del aire. Inventar algo, llevar a la existencia efectiva algo que aún no existía, p. ej., la brújula, el aeróstato…». (Antropología… 72)

Así fueron los cuatros viajes de Colón a América

Kant, una de las mentes más agudas del siglo XVIII, da a entender que Colón simplemente descubrió algo que ya estaba ahí.

En el siglo XIX, Nietzsche alude a esta misma distinción de la Antropología… en tono sarcástico.

Es decir, para burlarse de Schelling y del idealismo que siguió a Kant, habla de ese periodo como «la luna de miel de la filosofía alemana».

Una época inocente, ingenua, «en la que aún no se sabía mantener separados el descubrir y el inventar…».

Ahora, más allá de sus comentarios cáusticos, Nietzsche tampoco advierte las anteojeras especulativas con las que se está observando la llegada de Colón a América.

El hecho de ver allí solo un descubrimiento y no todo lo que esa empresa tiene de invención

Probablemente no fuera una invención del todo original: en la América que Colón proyecta se combinan imágenes preexistentes de origen diverso. Un mapa que sitúa a Oriente en el Caribe, una topografía edénica inspirada en relatos bíblicos, una fauna capaz de dotar a esa geografía nueva, ignota, de algún rasgo familiar. Porque en las Bahamas no había ruiseñores.

Ni los pobladores locales reaccionaban todos con curiosa amabilidad. No tenían mastines, ni mucho menos perritos falderos. Y a los perros que criaban en ámbito doméstico se los comían.

En viajes sucesivos, los colonizadores iban a introducir otras razas caninas, más agresivas, para doblegar a poblaciones rebeldes. No se trataba, en fin, de la Isla de los Bienaventurados ni de ningún otro paraíso, pagano o judeocristiano.

– Epílogo

La Argentina, descubrimiento un poco más tardío, algo relegada del primer impulso colonizador, tampoco ha sido un lugar idílico. No lo era en 1536, cuando los querandíes incendiaron y destruyeron el fuerte de Santa María del Buen Aire, el primer asentamiento de lo que un día iba a ser nuestra capital. Tampoco ha sido lugar idílico en el siglo XX.

Sin ir más lejos, Abel Orlando Pugliese, que en ocasión del quinto centenario proponía un periplo filosófico portentoso, había sido profesor de Gnoseología y Filosofía de las Ciencias en la Universidad de Buenos Aires hasta 1974.

Ese mismo año, durante el gobierno de Isabel Perón, con la universidad intervenida, la Facultad de Filosofía y Letras fue clausurada y sus profesores, cesanteados. Entonces Pugliese, que había recibido un doctorado en Friburgo y título de matemático en la Universidad Tecnológica de Berlín, fue distinguido allí como catedrático. Residió en Europa hasta su muerte.

Pero a partir de 1992 y durante unos diez años fue alternando sus compromisos profesionales en Alemania con algunos cursos en Buenos Aires.

Sin recompensas de ninguna corona, sin la promesa de cargos honoríficos, volvía a adentrarse en un mar de incertidumbres y desembarcaba en un territorio ansiado, a veces hostil, para enseñar a un grupo estudiantes ávidos la coincidencia del descubrir y el inventar.

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Sorprendentes métodos de la medicina medieval: las ruedas de orina y la uroscopia…


Doctor de pueblo examinando la orina de una muestra (década de 1640), óleo de David Teniers el Joven. 

Ancient Origins(W.Mingren) — En la medicina moderna, las muestras de orina son examinadas rutinariamente en laboratorios para obtener información clínica sobre un paciente. Este procedimiento, conocido como análisis de orina, fue desarrollado a partir de un proceso médico más antiguo llamado uroscopia. Aunque esta última técnica ha quedado en gran parte desacreditada hoy en día, los médicos del pasado utilizaron ruedas de orina para diagnosticar enfermedades hasta mediados del siglo XIX.

– La historia de la uroscopia

La historia de la uroscopia se remonta hasta las épocas de las antiguas Grecia y Roma. Uno de los médicos más renombrados de la época clásica fue Hipócrates, y las instrucciones para el examen de orina pueden enconrarse en el Corpus Hippocraticum. Esta obra es una recopilación de textos médicos redactados por diversos autores pertenecientes a la conocida como Escuela de Hipócrates.

 ‘El alquimista médico’, óleo de Franz Cristoph Janneck. (Dominio público)
 ‘El alquimista médico’, óleo de Franz Cristoph Janneck.

En el texto titulado Pronósticos se mencionan los diferentes colores y consistencias de la orina. Estas dos características de la orina de una persona pueden utilizarse entonces para hacer pronósticos sobre el curso de la enfermedad. Sin embargo, los médicos del mundo clásico no daban demasiada importancia a la uroscopia.

Fue sólo durante la Edad Media cuando la uroscopia se convirtió en un importante método de reconocimiento médico. Una posible razón de esto es el hecho de que en aquella época se consideraba socialmente inaceptable examinar directamente a un paciente, o incluso que él o ella se desnudara delante del médico. Por lo tanto, mediante la observación de la orina de una persona el médico esperaba ser capaz de diagnosticar su enfermedad.

Constantino el Africano examina la orina de diferentes pacientes. (Dominio público)
Constantino el Africano examina la orina de diferentes pacientes.

Durante la Edad Media, la uroscopia fue empleada no sólo por los médicos europeos occidentales, sino también por sus homólogos bizantinos y árabes. De hecho, el legado de los médicos clásicos fue preservado por los bizantinos, a quienes sucedieron los árabes en esta tarea. Por otra parte, fue a través de estos últimos como la uroscopia regresó a Europa Occidental.

– La rueda de orina medieval

La urología fue ayudada en gran medida durante la Edad Media por el desarrollo de la rueda de orina. En esencia, se trataba de un diagrama (en forma de rueda, de ahí su nombre) que ayudaba al médico medieval en su diagnóstico de la enfermedad del paciente.

La rueda de orina está dividida en 20 partes, cada una de las cuales muestra un color diferente de la orina. Además de observar la orina, podemos suponer que los médicos de la Edad Media se basaban también en su sentido del gusto y del olfato, ya que el sabor y el olor de la orina de un paciente eran afectados por la enfermedad que padecía, y por lo general se correspondían con unos colores específicos.

Rueda de orina medieval. (OnlineRover)
Rueda de orina medieval.

Las variaciones en el sabor y el olor de la orina estaban también descritas en la rueda de orina. Por ejemplo, el médico inglés del siglo XVII Thomas Willis señalaba que la orina de un paciente diabético sabía “maravillosamente dulce, como si estuviera impregnada con miel o azúcar.”

Fue Willis quien acuñó el término ‘mellitus’ (que significa ‘endulzado con miel’) en la diabetes mellitus, y este trastorno era conocido en el pasado como ‘enfermedad de Willis’.

Como la uroscopia se convirtió en una importante herramienta para los médicos de la Edad Media para diagnosticar enfermedades, muchos tratados sobre este tema fueron escritos y publicados en toda Europa. Por supuesto, estas obras habrían incluido las ruedas de orina, y muchos ejemplos de esta herramienta para el diagnóstico de enfermedades han sobrevivido hasta el día de hoy.

Otra versión de la rueda de orina medieval. (OnlineRover)
Otra versión de la rueda de orina medieval.

Es gracias a estas obras y a las ruedas de orina que tenemos algún conocimiento de la forma en que era empleada la uroscopia por los médicos medievales. Uno de estos tratados, por ejemplo, es De Urinis, de Gilles de Corbeil, un poema médico del siglo XIII sobre la uroscopia. Los colores de la orina de los que habla esta obra incluyen el verde, el blanco, el morado y el color vino.

Ni que decir tiene que Corbeil también instruía a sus lectores acerca de lo que dicen estos diferentes colores sobre la salud del paciente.

Ilustración europea medieval del médico persa Al-Razi en la obra de Gerardus Cremonensis “Recueil des traités de médecine” (1250-1260). Un cirujano (izquierda) examina el contenido de la mátula, recipiente utilizado antiguamente para recoger la orina. (Dominio público)
Ilustración europea medieval del médico persa Al-Razi en la obra de Gerardus Cremonensis “Recueil des traités de médecine” (1250-1260). Un cirujano (izquierda) examina el contenido de la mátula, recipiente utilizado antiguamente para recoger la orina.

– Los análisis químicos se imponen

Los médicos europeos siguieron utilizando la uroscopia y las ruedas de orina para diagnosticar a sus pacientes, independientemente de su condición social, hasta mediados del siglo XIX.

La orina del rey Jorge III del Reino Unido, por ejemplo, era al parecer de color púrpura, lo que podría ser un indicio de que sufría de porfiria, un grupo de enfermedades que afectan negativamente al sistema nervioso. Se ha especulado que este hecho podría haber sido el causante de la locura por la que este rey era tristemente famoso.

Jorge III del Reino Unido (1771), óleo de Johann Zoffany. (Dominio público) Al parecer la orina de este rey era de color azulado o púrpura.
Jorge III del Reino Unido (1771), óleo de Johann Zoffany. Al parecer la orina de este rey era de color azulado o púrpura.

Hacia finales del siglo XIX, los análisis químicos comenzaron a ser utilizados para examinar la orina. En consecuencia, la uroscopia y las ruedas de orina cayeron en desuso, y los médicos ya no tuvieron necesidad de probar el sabor de la orina de sus pacientes.

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La Piedra de Shabako, el más notable documento del pensamiento egipcio conservado, que cuenta el mito de la creación…


La Piedra de Shabako narra la creación del mundo por Ptah, el dios supremo
La Piedra de Shabako narra la creación del mundo por Ptah, el dios supremo 

L.B.V.(A.García) — La Piedra de Shabako es una losa de granito de la XXV dinastía egipcia, que se conserva en el Museo Británico, y en la que se recoge la teología menfita que consideraba a Ptah como dios supremo y creador.

Ptah era el maestro constructor, inventor de la albañilería y patrón de los arquitectos y artesanos. Según algunos especialistas, se trata del documento más notable del pensamiento egipcio que ha llegado hasta nuestros días.

Con sus imponentes dimensiones de 95 centímetros de altura y 1,37 metros de longitud, la Piedra de Shabako ha cautivado a egiptólogos y estudiosos desde su descubrimiento en las ruinas de Menfis en 1805. Había sido erigida como monumento duradero en el Gran Templo de Ptah en Menfis a finales del siglo VIII a.C.

Su superficie, un lienzo de piedra que abarca un rectángulo de aproximadamente 67 por 153 centímetros, está cubierta de jeroglíficos que narran una historia fascinante de creación, poder divino y legitimidad real.

Estatua de Ptah en el Museo Egipcio de Turín
Estatua de Ptah en el Museo Egipcio de Turín. 

El orificio rectangular del centro tiene 12 por 14 centímetros, con once líneas radiales de 25 a 38 centímetros de longitud que destruyeron parte de la inscripción, y que se debe a su uso como piedra de molino o como cimiento de una columna o pilar en algún momento de la Antigüedad.

La historia de la piedra comienza con el faraón Shabako, quien reinó entre el 716 y el 702 a.C. Según cuenta la propia inscripción, durante una visita al templo de Ptah, Shabako encontró un antiguo pergamino devorado por gusanos. Horrorizado ante la posibilidad de perder este valioso texto, ordenó que el contenido restante fuera grabado en la piedra, asegurando así su preservación.

Sin embargo, la piedra plantea tantas preguntas como respuestas ofrece. Los egiptólogos y estudiosos han debatido durante décadas sobre la verdadera antigüedad del texto original que Shabako mandó copiar.

Las estimaciones varían dramáticamente, abarcando un rango de más de 2.000 años. Algunos expertos, como Kurt Heinrich Sethe, propusieron inicialmente que el texto podría remontarse al Imperio Antiguo, o incluso a épocas anteriores. Otros, como James Henry Breasted, que fue el primero en leer su contenido, lo situaron en el Imperio Nuevo o poco antes.

James Henry Breasted copiando un texto jeroglífico en el templo de Buhen, Egipto
James Henry Breasted copiando un texto jeroglífico en el templo de Buhen, Egipto. 

Friedrich Junge propuso en 1973 que el texto de la Piedra de Shabako no sería una copia de un documento milenario, sino una creación original de la XXV dinastía, siendo los elementos arcaicos del texto, en realidad, un ejercicio deliberado de arcaísmo típico del gusto por lo antiguo que caracterizó a las dinastías tardías egipcias.

Bajo esta nueva luz, la narración sobre el descubrimiento del papiro devorado por los gusanos adquiere un nuevo significado. Lejos de ser un simple relato histórico, se trataría de una «leyenda de descubrimiento«, una estrategia literaria destinada a otorgar mayor autoridad y peso al contenido del texto, presentándolo como la «obra de los antepasados».

Esta técnica no solo validaría el contenido teológico del documento, sino que también serviría para legitimar a la recién instalada dinastía kushita, vinculándola directamente con el glorioso pasado egipcio.

La controversia sobre la datación del texto original no es el único misterio que rodea a la Piedra de Shabako. El sentido de lectura de la inscripción ha sido objeto de intenso debate entre los especialistas.

Aunque los jeroglíficos miran hacia la derecha, lo que normalmente indicaría una lectura de derecha a izquierda, muchos estudiosos, siguiendo a James H. Breasted, han adoptado una lectura retrógrada, comenzando desde la izquierda.

Transcripción del texto de la piedra por James H. Breated en 1901
Transcripción del texto de la piedra por James H. Breasted en 1901. 

El contenido mismo de la inscripción es de una riqueza extraordinaria. En su núcleo, presenta una sofisticada teología que sitúa a Ptah como el creador supremo, anterior incluso a la preexistencia misma. Según el texto, Ptah crea el mundo a través del «corazón y la lengua», es decir, mediante el pensamiento y la palabra.

La inscripción narra cómo Ptah concibe primero el mundo en su mente antes de darle existencia a través de la palabra hablada. El corazón, en esta cosmogonía, juega un papel crucial como el órgano que concibe la creación, la planifica y crea los jeroglíficos como medio para registrar por escrito la forma de los objetos que inventa.

Comienza con la titulatura del faraón, dispuesta de manera simétrica. La primera línea invoca a los dioses Ptah y Sokaris, y declara: Horus, el unificador de los dos países, Nebty, unificador de los dos países, Horus de oro, unificador de los dos países, rey del Alto y Bajo Egipto, hijo de Ra Shabako, amado de Ptah-al-sur-del-muro (o Sokaris-al-sur-del-muro) que vive eternamente como Ra.

La piedra de Shabako expuesta en el Museo Británico
La piedra de Shabako expuesta en el Museo Británico. 

La segunda línea describe la inscripción como una copia de un texto corroído, encontrado por Shabako en el templo de Ptah en Memphis: 

Su majestad Shabako escribió este texto nuevamente desde el templo de su padre Ptah-al-sur-de-su-muro. Su majestad encontró la obra de sus ancestros devorada por los gusanos, y como ya no se podía entender de principio a fin, él la recopió de nuevo y mejor, para que su nombre persista por siempre y los monumentos del templo de su padre Ptah-al-sur-del-muro perduren eternamente. Hecho por el hijo de Ra Shabako para su padre Ptah-Tatjenen, que actúe dándole vida para siempre.

Las líneas de la 48 a la 64 exponen la teología menfita y el mito de la creación: 

Así se dice de Ptah: «El que hizo todo y creó a los dioses». Y él es Ta-tenen, quien dio a luz a los dioses, y de quien todo surgió alimentos, provisiones, ofrendas divinas y todas las cosas buenas. Así se reconocido y entendido que él es el más poderoso de los dioses. Así Ptah quedó satisfecho después de haber hecho todas las cosas y todas las palabras divinas. . . . En efecto, Ptah es la fuente de vida de los dioses y de todas las realidades materiales.

Además de su contenido teológico, la Piedra de Shabako también aborda temas de legitimidad política y sucesión real. El texto describe la resolución de la disputa entre Horus y Seth, con Geb actuando como juez divino y proclamando a Horus como el legítimo heredero del trono de Egipto.

Esta narrativa no solo recuenta un mito fundamental de la religión egipcia, sino que también sirve como una poderosa declaración de legitimidad política, especialmente relevante para una dinastía de origen extranjero como la de Shabako.

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