Psicología y Mente(M.A.) — Que tengas la posibilidad de conectarte todos los días y a toda hora no quiere decir que tengas la obligación de hacerlo.
No descansar ni desconectar, ya sea del trabajo, de las redes sociales o de cualquier otra demanda, puede ser perjudicial para tu bienestar. En un mundo donde siempre estamos «encendidos», es súper necesario encontrar momentos para apagar y recargar.
¿Cómo puedes desconectar en un mundo hiperconectado? En este artículo, te daremos algunas claves prácticas para que puedas encontrar un equilibrio saludable entre tu vida online y offline.
– ¿Por qué es tan importante desconectar?
Desconectar no es solo un capricho, es una necesidad real para nuestro bienestar. En una época como la nuestra, en la que la información nos llega a cada segundo y las notificaciones se suceden sin pausa, nuestro cerebro está en constante alerta. Queramos o no, esta sobreestimulación tiene consecuencias directas en nuestra salud mental y física.
Cuando no desconectamos, nuestro cerebro nunca descansa del todo. Sigue procesando información, respondiendo a estímulos y generando pensamientos, lo que puede llevar a la fatiga mental, el estrés y la ansiedad. Además, la falta de descanso puede afectar nuestra capacidad para concentrarnos, tomar decisiones y ser creativos.
Pero los efectos de la hiperconexión van más allá de nuestra mente. También pueden influir en nuestro cuerpo. El uso excesivo de dispositivos electrónicos se ha asociado con problemas de sueño, dolores de cabeza, tensión muscular y problemas oculares.
Además, puede afectar nuestras relaciones sociales, ya que pasamos menos tiempo interactuando cara a cara con las personas que nos importan.
En definitiva, desconectar es una forma de cuidar de nosotros mismos. Al tomarnos un tiempo para desconectar de la tecnología y de nuestras obligaciones, permitimos que nuestro cuerpo y nuestra mente se regeneren.
– Señales de que necesitas desconectar para conectar
Una verdad delicada: no siempre es fácil notar cuándo hay que parar. Por eso, a veces, alguien más te lo tiene que decir.
En esta sección, exploraremos algunas señales que indican que necesitas desconectar para recargar energías y mejorar tu bienestar.
. Te sientes abrumado por la información y las notificaciones
La constante inundación de información a través de las redes sociales, las noticias y las aplicaciones puede generar una sensación de sobrecarga mental. Si te sientes abrumado por la cantidad de estímulos que recibes, es probable que necesites desconectar para procesar todo lo que está sucediendo en tu vida.
. Experimentas dificultades para concentrarte en una sola tarea
La hiperconexión puede afectar nuestra capacidad de concentrarnos en una sola tarea durante un período prolongado. Si te encuentras saltando de una tarea a otra o si te cuesta mantener la atención en lo que estás haciendo, es posible que estés experimentando los efectos de la sobreestimulación.
. Sientes una ansiedad constante y dificultad para relajarte
La ansiedad y la dificultad para relajarse son síntomas comunes de la hiperconexión. La constante necesidad de estar al tanto de lo que sucede en el mundo virtual puede generar una sensación de estrés y preocupación constante.
. Te sientes desconectado de tu entorno y de tus relaciones
La hiperconexión puede llevar a un distanciamiento de las relaciones personales y del mundo real. Si notas que pasas más tiempo interactuando a través de las pantallas que en persona, o si sientes que te estás perdiendo de experiencias importantes en tu vida, es hora de desconectar.
. Experimentas FOMO de manera intensa
El miedo a perderte algo, también llamado FOMO (Fear of Missing Out) es una emoción muy común en la era digital. Si sientes una ansiedad constante por no estar al tanto de todo lo que sucede en las redes sociales o en la vida de tus conocidos, puede ser una señal de que necesitas desconectar.
El FOMO puede generar una sensación de insatisfacción y afectar tu autoestima. Y, no, créenos que no necesitas ese tipo de presión en tu vida.
. Te cuesta conciliar el sueño
La luz azul que emiten las pantallas de los dispositivos electrónicos puede alterar la producción de melatonina, la hormona responsable de regular el sueño.
Si experimentas problemas para conciliar el sueño o te despiertas a menudo durante la noche, es probable que el uso excesivo de estos dispositivos esté impactando negativamente tu calidad de sueño.
. Sientes necesidad compulsiva de revisar tus dispositivos
Si sientes una necesidad constante de revisar tus notificaciones, tus correos electrónicos o las redes sociales, incluso cuando no hay una razón urgente para hacerlo, es posible que estés desarrollando una dependencia de la tecnología. Esta necesidad compulsiva puede interferir con tus actividades diarias y tus relaciones sociales.
– Claves para iniciar tu desconexión digital
Iniciar una desconexión digital puede parecer abrumador al principio, pero con pequeños pasos y constancia, podrás experimentar los beneficios de un descanso digital. Aquí te presentamos algunas claves para comenzar:
. Establece límites claros
Lo primero que podrías hacer es definir cuándo y dónde desconectarás. Puedes establecer horarios específicos para no usar el teléfono, como durante las comidas o antes de dormir. También puedes designar ciertas zonas de tu casa como «libres de dispositivos».
. Descarga aplicaciones que te ayuden a desconectar
Existen numerosas aplicaciones que pueden ayudarte a limitar el tiempo que pasas en tu teléfono o a bloquear ciertas notificaciones. Estas herramientas pueden ser de gran utilidad para crear hábitos más saludables.
. Encuentra actividades alternativas
Cuando sientas la necesidad de tomar el teléfono, busca actividades alternativas que te permitan relajarte y desconectar. Puedes leer un libro, practicar un deporte, meditar, pasar tiempo en la naturaleza o simplemente conversar con alguien. La clave es encontrar tareas que sean mentalmente estimulantes sin llegar a ser agotadoras, de modo que las puedas incorporar a tu rutina fácilmente sin sentir que te estás castigando.
. Comunica tus límites a tu entorno
Informa a tus amigos, familiares y compañeros de trabajo sobre tu decisión de desconectar. De esta manera, podrán respetar tus límites y evitar interrumpirte con notificaciones o llamadas innecesarias.
. Crea un espacio libre de dispositivos
Designa un espacio en tu hogar como un «santuario libre de dispositivos». Este puede ser tu dormitorio, tu sala de estar o cualquier otro lugar donde puedas relajarte sin la distracción de las pantallas. Al crear este espacio, estarás enviando una señal a tu cerebro de que es hora de desconectar.
. Desactiva las notificaciones
Las alertas constantes se han convertido en una de las distracciones digitales más significativas. Desactiva las notificaciones de las aplicaciones que no sean esenciales y silencia tu teléfono durante ciertos momentos del día. Esto te permitirá concentrarte en lo que estás haciendo y evitar la tentación de revisar tu teléfono constantemente.
. Comienza gradualmente
No intentes desconectar por completo de un día para otro. Es más efectivo hacerlo de forma gradual. Empieza por reducir el tiempo que pasas en las redes sociales o estableciendo límites para el uso de tu teléfono. A medida que sientas más comodidad, puedes ir aumentando la duración de tus desconexiones.
Recuerda que desconectar no significa aislarse del mundo. Se trata de encontrar un equilibrio entre tu vida online y offline. Al establecer límites claros y encontrar actividades alternativas, podrás disfrutar de los beneficios de un descanso digital y mejorar tu bienestar general.
The conversation(A.J.G.Rueda) — Bajo el sol implacable del mediodía, las plazas y calles de los pueblos de España se transforman, especialmente en verano, en un escenario donde se libra una batalla silenciosa. El eco de una tradición milenaria convive con una nueva conciencia que se abre paso: la mirada compasiva hacia el animal y la inquietud por su sufrimiento.
Los pueblos se convierten así en un espejo de la España aparentemente polarizada de hoy, confrontando visiones contrapuestas sobre la identidad, la cultura y el bienestar de los animales.
– Enfoques irreconciliables
El filósofo Fernando Savater señala, con dosis altas de dialéctica, que las guerras culturales pasarían, en sus propias palabras, por la “ideología de género, idolatría LGTBI, alarma catastrofista ante el cambio climático, panteísmo animalista”.
El término guerra cultural fue acuñado, en 1991, por el sociólogo James Davidson Hunter para describir los conflictos de valores que polarizan a la sociedad. Las fiestas populares con toros y vaquillas, arraigadas en muchos pueblos españoles, especialmente desde la llegada de la democracia, se han convertido en un buen ejemplo a pequeña escala de esa cuarta guerra cultural de Savater.
En 2023, se celebraron 18 939 festejos populares en torno a la tauromaquia, sin contar las corridas de toros. Por ello, para muchos habitantes del mundo rural, los festejos taurinos son un símbolo de identidad cultural, una forma de mantener viva la memoria colectiva de sus comunidades.
Pero para otra buena parte del rural y para organizaciones en defensa de los animales estas sueltas de vaquillas generan un sufrimiento a un ser vivo con meros fines de entretenimiento.
La dicotomía se establece entre tradición y bienestar animal, con poco espacio para posturas intermedias.
– Lo que dice la legislación
No ayuda mucho el hecho de que desconozcamos que la regulación de los festejos taurinos ha sido objeto de controversia a lo largo de la historia de España. Las primeras prohibiciones no se remontan a la reciente historia sino que provienen del siglo XIII, con las Partidas del rey Alfonso X El Sabio.
A lo largo de los siglos, se han sucedido periodos de prohibición y tolerancia hasta la regulación actual, que reconoce, por silencio de la constitución española, la competencia de las comunidades autónomas en esta materia.
Y ayuda aún menos el que los diferentes partidos políticos que gobiernan las comunidades autónomas oscilen como un péndulo entre la prohibición, la indiferencia o la sobredosis de financiación pública para estos festejos.
Los unos consideran que estamos ante un fenómeno de maltrato animal y los otros que los festejos taurinos son parte del patrimonio cultural español y que su financiación pública es una inversión en cultura, al mismo o mayor nivel que el cine, el teatro o la literatura. Estos últimos esgrimen, con razón jurídica, que la Ley 18/2013 para la regulación de la tauromaquia como patrimonio cultural sigue estando en vigor.
– El caso de la Serranía de Ronda
La guerra no se escenifica sólo en los medios de comunicación, en las redes, en los despachos, en los lobbies y en los think tank. También se muestra de manera soterrada en los pueblos españoles con diferente nivel de intensidad.
Pongamos el foco hoy en el sur de la cordillera penibética, en la hermosa Serranía de Ronda. Dos ejemplos ilustran que los territorios no son uniformes a la hora de posicionarse en uno u otro lado del imaginario campo de batalla.
Imagen tomada de Facebook que ilustra una de las polémicas que genera este tipo de festejos.
Gaucín es un buen ejemplo de cómo los pueblos se aglutinan alrededor de la tradición del conocido como toro de cuerda del Domingo de Resurrección.
Este festejo popular cuenta, incluso, con una federación española de toro con cuerda, que integra a 24 municipios y que defiende esta práctica como una expresión viva de la tradición y un elemento de cohesión social en los pueblos.
A sólo 12 kilómetros, y algún cerro de de distancia, Benalauría, un pequeño pueblo de la provincia de Málaga, anunció a través de su ayuntamiento que para las fiestas de octubre de la patrona de este 2024 se incorporaba como novedad una suelta de vaquillas.
En una fiesta muy asociada habitualmente a lo masculino y a los jóvenes, un grupo de gente del pueblo lideró toda una campaña para que el ayuntamiento rectificara.
El cronista oficial del pueblo, José Antonio Castillo, documenta la polémica y recoge el sentir de este grupo de jóvenes y de otros vecinos del pueblo en una crónica en redes sociales en la que confiesa:
“No me veréis nunca en una plaza o coso taurino, pero tampoco me oiréis un reproche a quienes a ellos acuden. Abomino tanto de la sangre que se derrama, sea del hombre o de la bestia, como de las intransigentes prédicas que ahora pretenden borrar de un plumazo esta tradición (…) Pero esto de las vaquillas, ¿en qué obra poética o artística podríamos hallarlo? ¿Dónde están aquí la estética, el sentimiento, la pasión?”.
El Ayuntamiento, finalmente, escuchó, valoró y suspendió los festejos taurinos, volviendo al formato tradicional andaluz de fiesta: diana floreada, juegos, baile y procesión.
– Un futuro incierto
La creciente concienciación sobre el bienestar animal y la evolución de la sensibilidad social hacia el trato a los animales representan un desafío para la continuidad de estas tradiciones (o aberraciones, según quién las contemple). Por ello, su inclusión como parte del patrimonio cultural genera dilemas éticos difíciles de conciliar.
La mirada urbana hace que pensemos en la España rural como una realidad única cuando los datos y las experiencias nos devuelven una fotografía compleja y plural, también desde el punto de vista del patrimonio cultural rural.
En conclusión, estos festejos taurinos, a menudo asociados con un pasado idealizado y con la “pureza” de lo auténtico, se encuentran en el centro de un debate sobre su preservación, su adaptación a los valores del siglo XXI o su desaparición.
Psicología y Mente(J.Soriano) — La inteligencia no solo afecta el ámbito académico y profesional, sino que también juega un papel significativo en las relaciones de pareja. Estudios recientes sugieren que los hombres con mayor inteligencia general tienden a comprometerse más en sus relaciones y a reducir comportamientos conflictivos, favoreciendo así un ambiente de respeto y estabilidad.
Este hallazgo sugiere que la inteligencia aporta habilidades como el autocontrol y la resolución de los retos de la convivencia.
Una investigación encabezada por Gavin S. Vance, publicada en Personality and Individual Differences analizó la forma en que ciertos comportamientos de las relaciones de pareja pueden verse influenciados por la inteligencia en los hombres.
Los resultados indican que aquellos con mayores capacidades cognitivas no solo son menos propensos a recurrir a conductas hostiles, como insultos o coerción, sino que también muestran una inversión más positiva y profunda en sus relaciones.
Así, parece que la inteligencia no solo impulsa el éxito personal, sino también el desarrollo de relaciones más sólidas y satisfactorias. Veamos cómo la inteligencia ayuda a reducir los conflictos, promueve un mayor compromiso y contribuye a construir relaciones de pareja duraderas y equilibradas, destacando la relevancia de la inteligencia en la vida afectiva y el éxito de los vínculos románticos.
– Inteligencia general y vida cotidiana
La inteligencia general, también referida como factor “g”, hace referencia a la capacidad de resolver problemas, razonar y aprender de manera eficaz, y está relacionada con una variedad de beneficios en la vida cotidiana. Diversos estudios han mostrado que las personas con una mayor inteligencia suelen tener mejores resultados académicos, ocupan puestos laborales de mayor estabilidad y obtienen mejores ingresos.
Además, presentan una menor propensión a conductas de riesgo, como el abuso de sustancias o actividades delictivas. Esto sugiere que la inteligencia no solo facilita el desarrollo profesional, sino también una vida más estable y saludable en general.
El impacto de la inteligencia se extiende también a las relaciones personales y, en particular, a las relaciones románticas. En el ámbito amoroso, las personas con mayor inteligencia suelen tener menos probabilidades de divorciarse y más posibilidades de casarse y mantener relaciones estables a lo largo de su vida.
Estas ventajas pueden estar relacionadas con habilidades cognitivas específicas, como la memoria de trabajo y la capacidad de resolución de problemas, que facilitan una comunicación más fluida y una comprensión más profunda de la perspectiva de la pareja durante conflictos y momentos de tensión.
Al comprender mejor las dinámicas de pareja y gestionar las emociones, las personas con alta inteligencia pueden reducir la hostilidad y aumentar el compromiso en sus relaciones. Esto convierte a la inteligencia en una herramienta valiosa para la construcción de vínculos más sólidos, promoviendo relaciones románticas más satisfactorias y menos conflictivas.
– Beneficios de la inteligencia en pareja
Los beneficios de la inteligencia en una relación de pareja van más allá de la estabilidad general; afectan directamente la forma en que se interactúa y se gestionan los conflictos.
El estudio realizado por Gavin S. Vance y su equipo muestra que los hombres con mayor inteligencia tienden a comportarse de forma menos hostil con sus pareja, evitando comportamientos negativos como insultos, coerción sexual y tácticas que buscan retener a la pareja mediante costes emocionales.
Estos hombres, en cambio, invierten emocionalmente en sus relaciones, mostrando compromiso, satisfacción y un esfuerzo constante por fortalecer el vínculo.
Esta relación entre inteligencia y comportamiento positivo en pareja podría explicarse a través de habilidades cognitivas clave.
Una de ellas es la capacidad para resolver problemas, la cual permite enfrentar situaciones conflictivas de forma constructiva en lugar de caer en actitudes impulsivas o destructivas.
Por ejemplo, un hombre con buena memoria de trabajo, que retiene y analiza la información del entorno, puede recordar mejor los deseos y necesidades de su pareja, contribuyendo a una comunicación más empática y efectiva.
Otro aspecto importante es la habilidad para reconocer patrones y analizar secuencias de eventos, evaluada en el subtest de series de letras y números del estudio. Esta habilidad ayuda a prever las consecuencias de los actos y, en el contexto de una relación, se traduce en una mayor capacidad para evitar reacciones impulsivas, reduciendo así los conflictos innecesarios.
Por lo tanto, la inteligencia no solo contribuye a un menor uso de tácticas negativas, sino que también promueve una mayor inversión emocional, permitiendo construir relaciones más profundas y satisfactorias. Al gestionar mejor los desacuerdos y ofrecer una visión más equilibrada, los hombres con mayor inteligencia encuentran en sus habilidades cognitivas una herramienta para consolidar relaciones duraderas y positivas.
– Inteligencia, autocontrol y compromiso
La relación entre inteligencia y compromiso en pareja también se explica a través de los procesos de autocontrol. La inteligencia general, al estar vinculada con el razonamiento y la anticipación de consecuencias, proporciona una base sólida para controlar impulsos y responder de forma reflexiva en situaciones tensas.
Este autocontrol puede reducir los conflictos, facilitando que las interacciones sean menos impulsivas y más orientadas al bienestar de ambos. Los hombres que muestran altos niveles de inteligencia pueden así evitar reacciones impulsivas en momentos de tensión, disminuyendo las probabilidades de insultos o acciones impulsivas que puedan dañar la relación.
Un hallazgo clave del estudio de Vance y su equipo es la relevancia del subtest de series de letras y números en la prueba de inteligencia, que evalúa la capacidad de reconocer patrones y secuencias lógicas.
Este tipo de habilidad permite a las personas anticipar y reflexionar sobre los efectos de sus acciones antes de actuar. En una relación de pareja, esto se traduce en una mayor capacidad para manejar los desacuerdos de forma racional, pensar antes de hablar y priorizar la resolución de conflictos en lugar de buscar una victoria individual.
Esta reflexión consciente puede ser un factor que fortalezca el compromiso, haciendo que los hombres con mayor inteligencia sean más propensos a invertir tiempo y esfuerzo en el bienestar de la relación.
El compromiso también se ve fortalecido porque el autocontrol y la capacidad de resolución de problemas facilitan una visión a largo plazo. En lugar de centrarse en pequeñas discusiones, estos hombres pueden valorar los beneficios de mantener una relación estable y armónica, priorizando el vínculo sobre los conflictos momentáneos.
En última instancia, la inteligencia promueve un enfoque maduro y equilibrado hacia la pareja, donde el compromiso surge naturalmente como resultado de una inversión emocional y racional, construyendo así relaciones más sólidas y satisfactorias.
– Limitaciones y futuras investigaciones
La investigación sugiere que la inteligencia en los hombres no solo disminuye la probabilidad de comportamientos negativos, sino que también potencia la inversión positiva en la relación, algo que se traduce en un compromiso más profundo y constante.
Los hombres más inteligentes no solo tienden a evitar conflictos innecesarios; también muestran mayor predisposición a trabajar en el bienestar de la pareja y en su propio desarrollo emocional dentro de la relación.
Una característica que se ha observado en estos hombres es una tendencia hacia una mayor satisfacción en su vida en pareja.
Esto no solo implica felicidad en los buenos momentos, sino también una disposición a enfrentar y resolver problemas cuando surgen.
La inteligencia permite evaluar las dificultades con una perspectiva más amplia y reflexiva, lo que ayuda a evitar el desgaste emocional que los conflictos constantes pueden generar. Así, estos hombres suelen experimentar menos estrés en su vida de pareja y muestran un mayor interés por resolver cualquier desafío que surja, en lugar de dejar que se acumulen tensiones sin resolver.
Este compromiso también se manifiesta mediante la construcción de una relación estable en el largo plazo. Los hombres con mayor inteligencia son más propensos a valorar el crecimiento mutuo y a construir una relación basada en la cooperación y el respeto.
Prefieren estrategias de retención basadas en la inversión positiva, como mostrar aprecio, comunicarse con claridad y cuidar de los intereses y deseos de su pareja, en lugar de usar tácticas de control o coerción.
En conclusión, la inteligencia general no solo está asociada con evitar comportamientos problemáticos, sino con una inversión activa en la relación promoviendo un ambiente de apoyo y respeto mutuo. Esto convierte a la inteligencia en un factor relevante para el éxito y la longevidad de las relaciones románticas, consolidando un compromiso genuino y duradero.
– Conclusiones
En conclusión, la inteligencia en los hombres parece ser un factor importante para el compromiso y la estabilidad en las relaciones de pareja. La capacidad cognitiva facilita el autocontrol, la empatía y la habilidad para resolver problemas, cualidades que reducen los conflictos y promueven una inversión emocional positiva en la relación.
Los hombres más inteligentes muestran una menor tendencia a conductas impulsivas o coercitivas y, en cambio, priorizan estrategias relacionales basadas en el respeto, la cooperación y el apoyo mutuo.
Esta inclinación hacia el compromiso no solo fortalece los vínculos afectivos, sino que también genera una relación más satisfactoria y estable en el largo plazo.
Al final, la inteligencia contribuye a construir relaciones más equilibradas y saludables, convirtiéndose en un recurso valioso para enfrentar los desafíos y mantener una conexión duradera y enriquecedora con la pareja. Estos hallazgos subrayan el papel de la inteligencia en la construcción de relaciones amorosas exitosas.
JotDown(S.Parra) — ¿Tenéis miedo a los lápices y los bolígrafos? ¿A los muslos de pollo? ¿A la bañera? Probablemente, no. ¿Tenéis miedo a sufrir un atentado terrorista o a morir en un accidente de tráfico? Probablemente, sí. Sin embargo, nuestros miedos no están bien enfocados.
Los prejuicios no son necesariamente nocivos. Los prejuicios nocivos son los que se fundan en información sesgada o tendenciosa. Sin embargo, un prejuicio que parta de información relativamente fidedigna constituye un atajo que nos permite ahorrar tiempo minimizando riesgos.
Lo mismo ocurre con el miedo.
El problema, no obstante, es que muchos de nuestros prejuicios y miedos emanan de nuestra intuición, y no del análisis racional. Y nuestra intuición, en lo tocante a prejuicios y miedos, resulta tan incompetente como un miope sin gafas.
Basta echar un vistazo a estas cifras de lesiones producidas anualmente en Estados Unidos extraídas del compendio estadístico de Estados Unidos, según enumera el siempre chispeante Bill Bryson en su libro Historias de un gran país:
«Hay más personas heridas por el manejo de aparatos de alta fidelidad (46 022) que por el disfrute de monopatines (44 068), camas elásticas (43 655) e, incluso, hojas y maquinillas de afeitar (43 365)».
Las escaleras, rampas y rellanos ocasionan dos millones de lesiones. Monedas y billetes de banco, más de 30 000. Casi 50 000 lesiones a causa de lápices, bolígrafos y otros artículos de escritorio.
Está claro, pues, que a fin de reconducir a la buena senda nuestra intuición, recalibrando nuestros miedos, el análisis racional implica el uso de la ciencia, en general, y de las matemáticas, en particular, para así contemplar la realidad a través de unas gafas graduadas por el sentido común.
Pero ¿qué le sucede a nuestro cerebro? ¿Por qué gestiona tan torpemente sus miedos y prejuicios? ¿Por qué requiere de la asistencia de las matemáticas para obrar con cierto juicio? ¿Por qué maneja tan mal el cálculo de probabilidades?
– CINAC, anumerismo y otros salvavidas
El cerebro humano se fraguó en un contexto muy distinto al actual: toda la humanidad procede de una población de cazadores-recolectores que se originó en el sur de África hace 200 000 años.
Y los cerebros que se reproducían (o más exactamente los cuerpos que transportaban dichos cerebros) eran los mejor adaptados para sobrevivir a tal contexto, donde no era fundamental el cálculo extremadamente fino de probabilidades.
Por ello tropezamos tan a menudo con el CINAC (de las siglas en inglés, Correlación No Es Vínculo Causal), es decir, con el hecho de que nuestro cerebro prehistórico no dispone de herramientas estadísticas para establecer correlaciones fuertes o relaciones causa-efecto sin incurrir en sesgos.
La razón de ello estriba en que la evolución darwiniana no hace prevalecer las mejores soluciones, ni tampoco persigue la verdad o la objetividad; la evolución es satisficing (que podríamos traducir como «satisfacer de manera suficiente»), tal y como la denominó el nobel de economía Herb Simon.
La evolución es azarosa y ciega, lo que implica que algunos hitos evolutivos resultan asombrosamente eficaces, pero en otras ocasiones son simples parches que funcionan lo suficientemente bien como para no haber sido erradicados por la selección natural.
En su libro Kluge, el profesor del departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York Gary Marcus ofrece multitud de ejemplos de satisficing, como la columna vertebral (una ineficaz solución para sostener la carga de una criatura bípeda, lo que se traduce en continuos problemas de espalda) o los puntos ciegos de los ojos (que obligan a nuestro cerebro a inventarse parte de lo que vemos).
Nuestra intuición, a la hora de enfrentarse a problemas complejos, pone en evidencia las hebras de satisficing de las que está constituida. Nuestro cerebro no fue diseñado evolutivamente para pensar en términos matemáticos.
Pensar matemáticamente es tan antinatural como leer. Por ello, de puro instinto, nuestros miedos resultan ser infundados en demasiadas ocasiones y son espoleados por lo que el matemático John Allen Paulos bautizó como Innumeracy (anumerismo), esto es, nuestra incapacidad innata para comprender estadísticas y aplicar las sutilezas matemáticas a la vida cotidiana.
– Dos y dos, cinco
A pesar de que moralmente convengamos que el precio de una vida es incalculable, a nivel logístico no podemos dejarnos llevar por tal aforismo.
En muchas ocasiones, las vidas deben llevar la etiqueta de un precio a fin de invertir sabiamente los recursos del sistema.
Por ejemplo, imaginemos que alargar la vida de un individuo cuesta el 100% de los recursos, lo que implica la desatención y, en algunos casos, la muerte, de millones de personas.
Naturalmente, es un ejemplo abstracto, pero existen otros tantos reales que desafían nuestro sentido moral y nuestra intuición, sobre todo al pasarse por el tamiz de las matemáticas.
No solo estamos hablando de compañías de seguros.
El hecho de asignar determinado presupuesto al departamento de bomberos otorga ya un valor implícito a la vida, en el sentido de que algunos desastres quedarán fuera de la capacidad de intervención de los bomberos, condenado así a aquellos cuya muerte es demasiado caro evitar.
En consecuencia, administrar una nación es francamente difícil si no se dispone de un valor orientativo de las vidas de sus ciudadanos, para así priorizar los recursos, tal y como expone Eduardo Porter en su libro Todo tiene un precio:
Las directrices de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos, puesta al día por última vez en 1999, valoraba una vida en 7,5 millones de dólares en dinero de 2010. El Departamento de Medio Ambiente de Gran Bretaña afirma que cada año de vida con buena salud vale 29.000 libras.
Un estudio del Banco Mundial de 2007 estimaba que la vida de un ciudadano de la India valía unos 3162 dólares al año, lo que equivale a poco más de 95 000 dólares por toda una vida.
Cuando ignoramos los costes o no sabemos ponerlos en perspectiva, nuestros miedos cervales y anuméricos promueven políticas injustas y/o ineficaces. De ello no se deriva que las políticas de cualquier signo deban conducirse exclusivamente por el pragmatismo, sino que deberíamos reevaluar nuestros criterios a la hora de otorgar un precio incalculable a una vida humana.
Un precio que, en parte, se ha instaurado debido a nuestra incapacidad natural para relacionarnos en grupos sociales densos: nuestro cerebro se forjó en una época en la que convivíamos en comunidades pequeñas, donde cada muerte era crucial para la supervivencia del resto.
El antropólogo y biólogo evolucionista Robin Dunbar ha estimado que nuestro cerebro está preparado para asimilar conscientemente una comunidad con un tamaño máximo de 150 individuos, después de analizar 21 sociedades distintas de cazadores y recolectores, desde los walbiri de Australia hasta los tauade de Nueva Guinea.
El número medio de miembros de cada poblado es de 148,4. Las sociedades actuales conviven en densidades de millones de individuos, de modo que nuestro cerebro percibe esa cifra como una nebulosa indefinida a efectos psicoemocionales. Cuando pensamos en mucha gente, pensamos en unas 150 personas.
Cuando muere una persona, muere una de ese grupo de 150. Tal y como explica Steven Johnson en Sistemas emergentes: «Tenemos un don natural para teorizar acerca de otras mentes, mientras no sean demasiadas. Tal vez si la evolución humana hubiera continuado durante aproximadamente otro millón de años, todos nosotros modelaríamos la conducta de ciudades enteras».
Por ello los efectos psicológicos de resultas del fallecimiento de quince individuos en un atentado terrorista pueden ser tan profundos, aunque morir a causa del terrorismo resulte anecdótico, y el tiempo en el que estamos pensando en esos quince individuos probablemente habrán muerto mil más por otras causas.
Mil muertes a las que no hemos prestado ningún interés emocional porque los medios de comunicación no han concentrado nuestra limitada atención en ellas.
El ejemplo paradigmático que suele emplearse para explicar la necesidad de un cálculo racional de coste-beneficio para la vida humana es el ataque terrorista que sufrió Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001.
En el transcurso de los siete años posteriores al ataque, el gobierno gastó 300 000 millones de dólares en reforzar la seguridad interior, lo que elevó el coste de cada vida salvada en función del número de muertos que probablemente se evitarían a una cantidad que oscila entre los 64 y los 600 millones de dólares. Por persona.
Cabe de nuevo insistir, por si al lector le sobreviene un brote de anumerismo, que comparar costes con beneficios es indispensable en un mundo donde hay que asignar fondos finitos a prioridades que compiten unas con otras.
Por cada vida salvada reforzando idílicamente la seguridad interior, se perdieron muchas otras. Y también se perdieron en cuanto la intuición colectiva, espoleada por el miedo más primario, provocando que murieran muchas más personas de la que lo habían hecho en el atentado de las Torres Gemelas.
La razón es que mucha gente, temerosa de volar, optó por coger el coche en vez del avión. Como viajar en coche es porcentualmente mucho más peligroso que hacerlo en avión, ese extra global de kilómetros de carretera incrementó el número de víctimas de una forma espectacular. Como si se hubieran sucedido muchos más atentados invisibles.
Mientras se dedica una semana entera a hablar de una niña desaparecida, se deja de hablar de genocidios, hambrunas u otros problemas más acuciantes, a la vez que se permeabiliza emocionalmente a la sociedad para promulgar leyes descompensadas con la realidad.
Porque «la información estadística abstracta no nos influye tanto como la anécdota», tal y como ha señalado el miembro del Instituto de Ciencias Matemáticas de la Universidad de Nueva York Nicholas Taleb Nassim en su libro El cisne negro.
Tras el 11-S se invirtieron tantos recursos policiales en la lucha contra el terrorismo que otros departamentos quedaron desatendidos, a pesar de que el trabajo mata diez veces más gente que el terrorismo.
O que, tal y como han escrito Steven D. Levitt y Stephen Dubner en Superfreakonomics, «la probabilidad de que un norteamericano muera por un atentado terrorista en un año dado es aproximadamente de uno entre cinco millones. Tiene 575 veces más probabilidades de suicidarse».
Aunque no se hubiera producido un atentado como el de las Torres Gemelas, el miedo que la gente tiene a volar acostumbra a ser más acentuado que a viajar en coche o en tren, a pesar de que, como señaló Arnold Barnett, profesor del Massachussetts Institute of Technology (MIT), un niño estadounidense tiene más probabilidades de ser escogido como presidente de su país en algún momento de su vida que morir en un avión de pasajeros.
En el campo de la seguridad aeronáutica, el riesgo de morir en un vuelo elegido de forma aleatoria se conoce como Q. El Q de subir a un vuelo nacional estadounidense es de 1 entre 60 millones; el Q de un viaje en coche es alrededor de 1 entre 9 millones, casi siete veces más que el riesgo de morir en un vuelo nacional.
Barnett, paralelamente, analizó las portadas del The New York Times, descubriendo que la cobertura que se dedicaba a los accidentes de aviación era 1500 veces mayor que los accidentes de carretera; y 6000 veces mayor que la cobertura que se dedica al cáncer, la segunda causa de muerte en Estados Unidos después de los ataques al corazón.
El de las Torres Gemelas no es el caso más extremo de toma decisiones basadas en el miedo. El economista de la Oficina de Información y Regulación de la Casa Blanca John F. Morrall III publicó un estudio de los costes y beneficios de la administración de George W. Bush. Una de las normas emitidas en 1985 por parte de la Administración para la Salud y Seguridad Ocupacional para reducir la exposición en el trabajo al formaldehído salvaba solo 0,01 vidas al año a un coste de 72 000 millones por vida.
Otro estudio sobre los costes y beneficios acerca de la estrategia de la OMS para combatir la tuberculosis subsahariana, Economic Benefit of Tuberculosis Control, documento de trabajo de investigación política del Banco Mundial de 2007, determinó que, de continuar adelante, costaría 12 000 millones de dólares entre 2006 y 2015, pero solo en Etiopía tal programa salvaría 250 000 vidas (92 de cada 100 000 etíopes muere de tuberculosis cada año).
No es importante aquí hasta qué punto estos estudios son precisos, lo relevante es que desafían frontalmente nuestra intuición, y por tanto nos indican que nuestros esfuerzos, acaso, deben estar dirigidos a mejorar dichos estudios, no a perpetuar el mantra (nacido de un parche prehistórico deficitario) de que la vida no tiene precio o que no podemos vivir con miedo.
En ese sentido, el tratamiento de las noticias de los medios de comunicación resulta fundamental a la hora de forjar miedos colectivos sin fundamento.
Estadísticamente, la mayoría de los medios de comunicación, además, emiten más noticias negativas que positivas, convirtiendo el mundo en un lugar lleno de peligros, tal y como ha analizado el neurocientífico David Eagleman, del Baylor College de Medicina.
La razón no estriba en una suerte de miopía por parte de los medios, sino en que los anuncios de situaciones agoreras suscitan más la atención del público porque estimula su amígdala.
La amígdala es una parte del lóbulo temporal de nuestro cerebro que tiene forma de almendra y es responsable de las emociones primarias. Cuando recibimos información amenazante, la amígdala se vuelve hipervigilante y merma nuestra capacidad de ponderar los datos recibidos.
Es la razón de que todos nos volvamos paranoicos cuando se ha anunciado en una ciudad de cuatro millones de habitantes que se ha producido en secuestro de un niño, a pesar de que la probabilidad de que nuestro hijo sea secuestrado es remota, en comparación con otros riesgos.
Tal y como señalan Peter H. Diamanis y Steven Kotler en su libro Abundancia, cuando la amígdala toma el control «el sistema también está diseñado para no apagarse hasta que el peligro potencial haya desaparecido completamente, pero los peligros probabilísticos nunca desaparecen totalmente».
Por esa razón el terrorismo es un arma tan efectiva. Por ello, con independencia de la cifra de muertos en las carreteras, el público se conmoverá con la idea de que debemos luchar hasta que rebajemos la cifra de víctimas a cero.
La gente interpretará, por tanto, que el mundo no es un lugar seguro, y que incluso en más inseguro que nunca, una percepción totalmente falsa de la realidad, tal y como denuncia Marc Siegel, de la Universidad de Nueva York, en su libro False Alarm: The Truth About the Epidemic of Fear:
Estadísticamente, el mundo industrializado nunca ha sido más seguro que ahora. Muchos de nosotros vivimos más y con menos incidentes que nunca.
Sin embargo, vivimos los miedos del peor de los casos […] Los peligros naturales ya no están ahí, pero los mecanismos de respuesta siguen en su sitio, y hoy día están en funcionamiento la mayor parte del tiempo. Hemos convertido nuestro mecanismo adaptativo del miedo en un pánico injustificado.
– Probabilidades contraintuitivas
Calcular el coste de una vida resulta una tarea demasiado fría e incómoda, pero quizá no lo es tanto ponerle precio a pequeños cambios cotidianos en aras de modificar nuestras probabilidades de morir.
En tal caso, somos nosotros mismos, por acción u omisión, consciente o inconscientemente, numérica o a-numéricamente, los que ponemos precio a nuestra vida o la vida de otros (aunque sea por probabilidad). Cuando decidimos abrocharnos o no el cinturón de seguridad en el coche, por ejemplo.
O cuando adquirimos un casco de bicicleta para nuestros hijos (en tal caso, según un estudio realizado en 2003 por W. Kip Viscusi y Joseph Aldy sobre esta inclinación, The Value of a Statistical Life: A Critical Review of Market Estimates Throughout th World, se concluyó que los padres valoraban la vida de sus hijos entre 1,7 y 3,6 millones de dólares).
Cuando permitimos que los medios de comunicación dediquen más tiempo a informar sobre accidentes aéreos o acerca de atentados terroristas, jalonando una cobertura mediática extraordinaria con perfiles de familias conmocionadas, estamos poniendo precio a nuestras vidas, influyendo en el miedo de la ciudadanía y, en consecuencia, dirigiendo torticeramente su postura política y administrativa sobre tales sucesos.
Pero estos datos en frío pueden orientarnos a la hora de escoger actuar de uno u otro modo, y así tomar riesgos que no son tales.
Hasta puntos tan extremos como el que denuncia John Allen Paulos, que afirma que el número de muertos por tabaco equivale aproximadamente a tres aviones Jumbo estrellándose cada día: más de trescientos mil norteamericanos al año.
Sin embargo, la gente no tiembla de terror cada vez que alguien enciende un mechero.
De hecho, vivir en Norteamérica (y en general en cualquier país del primer mundo) te condena a riesgos mucho más elevados que prácticamente pasan desapercibidos por los medios de comunicación, tal y como explica pormenorizadamente Ben Sherwood en su libro El club de los supervivientes:
Más de 115 millones de personas visitan las salas de urgencias cada año en Estados Unidos. Eso supone 315 000 al día o 13 125 cada hora. Cada vez que chasqueamos los dedos hay tres personas que entran rápidamente por la puerta de una sala de urgencias de algún lugar de Estados Unidos […]
Los mordiscos de perros envían a cuarenta y cuatro personas a urgencias cada semana. Nueve personas mueren cada día por ahogarse accidentalmente y casi tres sufren descargas eléctricas.
A pesar de que invertimos gran parte de nuestra energía mental en los riesgos de volar, sufrir un atentado terrorista, o ser secuestrado, nuestros verdaderos riesgos son otros.
Todos tenemos miedo de que nuestro hijo sea secuestrado por un desconocido, y se dedican muchos recursos a evitarlo, pero el verdadero riesgo se encuentra en la interacción con los miembros de la propia familia, por ejemplo.
Exigimos estrictos protocolos en los juguetes para que los niños no se atraganten al tragar alguna de sus piezas pequeñas, pero nos olvidamos de que las muertes por atragantamiento relacionadas con el simple acto de comer: el 90 % de los casos se deben a la coordinación inmadura de la ingestión en menores de cinco años, tal y como explica la experta en el sistema digestivo Mary Roach en su libro Glup:
Es mejor que un niño se trague un animal de corral de plástico o un soldado de juguete, porque el aire puede pasar entre sus piernas o alrededor de su rifle.
Salchichas, uvas y caramelos redondos ocupan los tres primeros puestos de una lista de alimentos asesinos publicada en el número de julio de 2009 de la International Journal of Pediatric Otorhinolaryngology […] Jennifer Long, profesora de cirugía de cabeza y cuello de la Universidad de California, en Los Ángeles, llegó a declarar que las salchichas eran un problema de salud pública.
Los padres no sienten pavor por las salchichas.
Y deberían, incluso cuando ellos mismos las comen, porque los adultos tampoco estamos libres de peligros: los atragantamientos con huesos al comer pollo que se producen son incontables.
El pegajoso mochi de pasta de arroz, un dulce tradicional del Año Nuevo japonés, mata alrededor de una docena de personas al año.
Calcular la probabilidad de la improbabilidad también nos permite evitar, mediante las campañas de concienciación adecuadas, las millones de muertes que producen las bañeras o las escaleras.
De hecho, por buscar quizá el caso más extraño y contraintuitivo, según John A. Templer, un investigador del MIT que publicó un estudio sobre las escaleras titulado The Staircase: Studies of Hazards, Falls and Saer Desing, las cifras reales sobre caídas en escaleras están infravaloradas, pues superan como causa de muerte el ahogamiento o las quemaduras.
Según escribe Bill Bryson en En casa: «Se ha calculado que existe la probabilidad de poner mal el pie en un peldaño una de cada 2222 veces que utilizamos una escalera».
De nosotros depende exigir mayores recursos en la investigación y prevención por muerte en escaleras antes que en prevención e investigación de incendios, otorgándole menos peso a nuestra intuición prehistórica. Así, la próxima vez que nos debamos enfrentar a una escalera, con las estadísticas en la mano, optaremos por coger el ascensor.
Recreación artística del enterramiento de la Edad de Piedra hallado en el yacimiento Majoonsuo, en Outokumpu (Finlandia). Se encontraron restos de un niño, vestido con plumas y acompañado de pelos de perro y restos de fibras vegetales.
The conversation(C.J.Ortín) — Aunque podemos identificar la infancia con un periodo de dependencia, inocencia o necesidad, también es una etapa de exploración, aprendizaje y juegos. Hoy en día… y en la prehistoria.
Ello queda patente en las numerosas huellas de sus pequeñas manos y pies que, desde el Paleolítico, los niños dejaron en diferentes entornos. En La Garma, en Cantabria, se han identificado hasta catorce huellas de niños de entre 6 y 7 años, de hace 16 500 años. Pertenecen a talones, codos, dedos metidos en el barro y tierra movida.
¿Quizás restos de un juego?Investigadores del Instituto Internacional de Investigaciones Prehistóricas de Cantabria (IIIPC) cuentan cómo descubrieron en la cueva cántabra de La Garma catorce huellas de niños datadas en el Paleolítico superior.
Del Mesolítico, encontramos 856 huellas en el estuario del Severn, en Gran Bretaña. El 29 % de ellas se atribuyen a pequeños que se dirigían por un “camino” hacia una zona de pesca. Se cree que podían haber tenido cuatro años o menos, lo que sugiere que jugaban en ese sendero “yendo y viniendo”.
Por otro lado, tenemos sus huellas a modo de improntas en positivo o negativo con pigmentos. Es el caso de las manos de la Cueva de Monte Castillo (Puente Viesgo, Cantabria), fechadas entre 17 000 y 10 000 a. e. c.
Manos infantiles impresas en la roca en la Cueva de Monte del Castillo, Cantabria.
Y, por otra parte, en Rouffignac (Francia), hallamos surcos hechos por dedos de niños de entre 2 y 5 años que, para hacerlos, seguramente fueron “aupados” por adultos, como defiende la investigadora Leslie Van Gelder, de la Universidad Walden en Estados Unidos.
– Retratos de los más pequeños
Otro de los recursos de los que disponemos para estudiar la infancia en la prehistoria son sus representaciones. Se han considerado niños las figuras de pequeño tamaño y formato simplificado, que generalmente aparecen con la cabeza abultada (macrocefalia), en posición curvada y con la determinación sexual poco desarrollada.
Es el caso de la plaqueta de La Marche (Francia), del Paleolítico, que tiene grabadas cinco cabezas infantiles. Se ha interpretado como una posible escena de danza, prueba de que los pequeños formaban parte de las actividades sociales de la comunidad.
Más adelante, en el Neolítico, podemos identificar mujeres gestantes y bebés con cordón umbilical (Centelles, Castellón) o escenas de parto (Higuera de Estecuel, Teruel).
Esquema de las representaciones de niños en las pinturas rupestres del abrigo castellonense de Centelles. Posibles escenas de parto (1 y 2) y posible cordón umbilical (3), según Domingo, 2006.
También encontramos pinturas de niños transportados o en marcha junto a adultos en los conjuntos de Centelles, La Saltadora y Val del Charco (Castellón) o en la Roca Benedí (Jaraba,Zaragoza).
Aunque en las escenas de maternidad el infante parece tener un papel secundario, no es así en las de transporte o marcha, que nos hablan de su cuidado, siempre asociado a mujeres. Cuando van en el fardo, se distinguen por su cabeza erguida y los brazos extendidos, expresión de su vitalidad.
Pueden hablarnos también de presentaciones sociales o ritos de iniciación, cuando forman parte de conjuntos. En todos los casos, son un un actor social más, al poder ser identificados como tal en las representaciones.
– Jugar hace decenas de miles de años
Los niños de todos los tiempos, además de explorar y jugar con animales, suelen conseguir de algún modo juguetes, que no deben ser considerados solo motores de esparcimiento, sino como herramientas pedagógicas.
Por ejemplo, en la cueva de Isturitz (Francia), se han hallado dos figuras de pequeño tamaño, la cabeza de un oso o bisonte realizado sobre hueso y la talla de un león de las cavernas sobre asta de reno. Ambos, animales que no les eran ajenos a los cazadores que habitaban aquellas cuevas hace más de 12 000 años.
Figura de león de las cavernas hallada en el yacimiento paleolítico de Isturitz, Francia.
También se han interpretado como juguetes los rodetes, discos en hueso decorados con animales o signos y con una perforación central que pudieron formar parte de sistros o sonajas. Al introducir un cordón por la perforación y hacerlo girar, permitían al niño ver animales en movimiento, si era el mismo animal en ambos lados, o la rápida alternancia de figuras, si estas son diferentes.
Algunos ejemplos de rodetes son los de las cuevas del Linar y Las Aguas (Alfoz de Lloredo, Cantabria).
Ya en el Neolítico, con la introducción de la cerámica y los poblados, encontramos otros juguetes. Para Juan José Negro, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en la Estación Biológica de Doñana, esta es la función que tienen los ídolos oculados del Calcolítico.
Estas pequeñas pizarras podían ser interpretaciones de búhos realizadas por menores. Pues, si podemos entenderlos con un posible valor ritual, también, podemos hacerlo como objetos de aprendizaje, ya que no son excluyentes ambas interpretaciones.
Según una investigación del CSIC, los ídolos oculados, como esta placa de Valencina, encontrados en la península Ibérica meridional podrían haber sido juguetes hechos por niños.
Asimismo es posible que hubiera muñecas hechas de madera, arcilla o trapo como las usadas por niñas en las tribus del sur de África, pero que no se hayan conservado.
– Objetos para acompañarles al más allá
Ante una muerte temprana, las criaturas recibían el mismo destino que los adultos. Eran lavadas y vestidas, y se colocaban sobre la tierra. De ello tenemos testimonios tan antiguos como el de la Sima de los Huesos (Atapuerca, Burgos, de hace 350 000 años, donde yacían un niño de cinco años y otros nueve de entre once y quince años.
Se considera un enterramiento intencional por el tipo de depósito. Además, los acompañaba Excalibur, un bifaz de sílex rojizo que fue interpretado como ofrenda.
Otro ejemplo es el yacimiento de la Grotta de Arene Candide (Finale Ligure, Italia) con varios niños, uno de ellos de 15 años con un rico ajuar, un casquete recamado de conchas perforadas y cuatro colgantes de marfil de mamut. Yacía junto a cuatro bastones de mando, una asta de alce y una lámina de sílex de 25 centímetros.
El bifaz Excalibur, única herramienta tallada que se ha encontrado en la Sima de los Huesos, hecha de cuarcita roja y amarilla, expuesta en el Museo de la Evolución Humana de Burgos.
Otro niño con un rico ajuar es del Majoonsuo, yacimiento situado en el municipio de Outokumpu, en el este de Finlandia.
El niño tenía entre 3 y 10 años, vestía con una parka hecha de plumas de aves acuáticas decoradas en rojo y le acompañaban flechas de cuarzo y una pluma de halcón.
Posiblemente, a sus pies descansara un perro o un lobo.
Todo ello apareció cubierto de ocre, un colorante natural con valor simbólico, pero también con función antiséptica.
Cuando el infante destaca sobre el grupo por las pertenencias que lo acompañan en su tumba, nos informa además de que perteneció a un linaje importante.
Por otro lado, cuando el número de niños es relevante, da lugar a muchas preguntas a las que, gracias a los estudios de genética, empezamos a dar respuesta.
Podemos resolver si pertenecieron a la misma familia o cuál fue la causa de su muerte.
Con el tiempo, sus enterramientos fueron cambiando, como cambiaron las sociedades a las que pertenecían.
En la Edad del Cobre, los infantes yacen con otros individuos adultos.
Y, junto a objetos en piedra o de adorno personal en hueso y concha, aparecen vasos cerámicos.
Estos restos nos hablan de una vida rica y diversa en la que los animales, los adornos, los juguetes y toda clase de útiles los acompañaban al más allá.
Los niños prehistóricos no eran individuos invisibles dentro del grupo. Contaban con momentos de socialización, de exploración y de juegos. Y cuando su adiós se precipitaba, el dolor del grupo quedaba inmortalizado en el cuidado y complejidad de sus enterramientos y ajuares. Algo que, hoy en día, es una fuente de inestimable valor científico.
El doctor Daniel Mansfield sostiene el Primpton 322, una tablilla babilónico de 3.700 años de antigüedad.
rtve(efe) — Una pieza de arcilla de 3.700 años de antigüedad que ha desconcertado a los matemáticos desde principios del siglo XX es, en realidad, una sofisticada tabla trigonométrica que los babilonios utilizaron para construir edificios y canales, según un estudio que publica la revista Historia Mathematica.
Investigadores australianos aseguran haber descubierto el propósito con el que se grabaron las inscripciones de la tablilla conocida como Plimpton 322, encontrada en el sur del actual Irak hace alrededor de cien años.
La pieza lleva inscritas cuatro columnas y 15 filas de números en base sexagesimal, en escritura cuneiforme, que demuestran que la trigonometría -el estudio de los triángulos- surgió en Babilonia al menos mil años antes que en Grecia.
Plimpton 322 ha intrigado a los matemáticos desde que se dieron cuenta de que contiene secuencias numéricas conocidas como ternas pitagóricas, grupos de tres números que cumplen la ecuación del conocido Teorema de Pitágoras, que relaciona los catetos con la hipotenusa de un triángulo rectángulo.
«El gran misterio, hasta ahora, era su utilidad. ¿Por qué los antiguos escribas habían acometido la compleja tarea de generar y ordenar esos números en la tablilla?», asegura en un comunicado de la Universidad de Nueva Gales del Sur el investigador Daniel Mansfield.
La pieza lleva inscritas cuatro columnas y 15 filas de números en base sexagesimal, en escritura cuneiforme.
Las inscripciones «eran una herramienta poderosa que podrían haber sido usadas para definir la topografía de terrenos, o para desarrollar cálculos arquitectónicos en la construcción de palacios, templos y pirámides escalonadas», señala.
Las ternas de Plimpton 322 describen las formas de triángulos rectángulos a partir de cálculos trigonométricos basados en proporciones, en lugar de en ángulos y círculos, como es habitual en la tradición griega.
– Trigonometría 1.000 años más antigua que la griega
La tablilla babilónica se adelanta más de 1.000 años a la «tabla de cuerdas» del astrónomo y matemático griego Hiparco (190 a.C. – 120 a.C.), con la que lograba relacionar la longitud de los lados y los ángulos de un triángulo.
«Hay una gran cantidad de tablillas babilónicas, pero solo una fracción de ellas se ha estudiado hasta ahora. El mundo de las matemáticas tan solo está despertando ante todo lo que aquella sofisticada cultura nos puede enseñar», afirma Mansfield.
The Conversation(M.C.N.Parra/A.F.García/V.G.Murcia) — El número de fumadores está disminuyendo poco a poco entre las personas más jóvenes. Sin embargo, el auge de los cigarrillos electrónicos indica que los riesgos para la salud del consumo de productos con nicotina son desconocidos para parte de la sociedad.
Esta sustancia, que es la que “engancha”, tiene efectos perjudiciales para la salud. Además, también son peligrosos otros componentes del tabaco y de los cigarrillos electrónicos.
– Tabaco frente a vapers
Para las autoridades sanitarias, el consumo de tabaco sigue siendo un problema de salud a nivel mundial. En España se mantiene como la segunda droga más usada, solamente precedida por el alcohol. No obstante, el consumo del tabaco en adolescentes está disminuyendo progresivamente desde 2006.
En contraste, durante los últimos 10 años se ha visto entre la población más joven un rápido aumento del uso de cigarrillos electrónicos, mal llamados vapers por la apariencia blanquecina del humo que despiden. Aunque parece vapor de agua, el color de este humo se debe a la glicerina que contienen.
El uso de vapers en la población adulta puede ser una ayuda para dejar de fumar. Sin embargo, su utilización por adolescentes se ha asociado con el inicio y/o con un aumento del consumo de tabaco.
El tabaco, junto al alcohol, está muy aceptado en la sociedad. Este hecho, combinado con las sensaciones negativas que aparecen cuando se deja de fumar, hace que los consumidores se planteen si vale la pena el esfuerzo.
La nicotina presente en el tabaco y en los cigarrillos electrónicos tiene un gran potencial adictivo, ya que actúa sobre el cerebro. Su uso puntual genera sensaciones placenteras porque la nicotina provoca la liberación de dopamina, que es uno de los denominados “neurotransmisores de la felicidad”. Sin embargo, su consumo repetido altera el funcionamiento de diferentes circuitos cerebrales.
Como consecuencia de estas alteraciones, el consumo de nicotina se mantiene a lo largo del tiempo. Además, estos cambios en el cerebro también son los responsables de los síntomas desagradables que aparecen cuando se deja de consumirla.
– Impacto de la nicotina en el organismo
Los efectos de la nicotina en el cerebro dependen en gran medida de la edad de la persona que la consume. Varios estudios indican que usar nicotina durante la etapa en la que el cerebro está en desarrollo (hasta el final de la adolescencia), provoca que este funcione mal en el futuro.
En concreto, fumar durante la adolescencia aumenta el riesgo de padecer enfermedades psiquiátricas y alteraciones cognitivas durante la vida adulta. Además, los fumadores adolescentes sufren problemas de atención que se agravan con los años de consumo de tabaco.
Sin embargo, a diferencia de lo que sucede otras sustancias de abuso como el alcohol o la cocaína, se han descrito efectos beneficiosos de la nicotina en el cerebro adulto. Si bien diferentes estudios indican que el consumo habitual de tabaco disminuye el volumen cerebral y aumenta la inflamación y el estrés en el cerebro, también se ha visto que mejora algunos procesos cognitivos.
A pesar de estos beneficios, el consumo de nicotina tiene efectos negativos sobre el resto del cuerpo. Su uso prolongado se ha relacionado con la inflamación y el endurecimiento de las arterias.
Tampoco podemos obviar que la nicotina no es el único componente activo del tabaco ni de los cigarrillos electrónicos. El tabaco contiene gases tóxicos y metales pesados con efectos perjudiciales para los sistemas nervioso, respiratorio y cardiovascular, que pueden provocar distintos tipos de cáncer.
Aun así, el lector no debe justificar el consumo de vapers por la creencia de que contienen menos sustancias dañinas que el tabaco. De hecho, su toxicidad no es nada despreciable. Si bien los primeros estudios que analizaron su seguridad los catalogaron como un “95 % más seguros que el tabaco”, el producto que llega al consumidor en la actualidad no es el mismo que se estudió entonces.
Los cigarrillos electrónicos contienen algunos componentes que pueden dañar el funcionamiento celular. Así, el propilenglicol, que es la sustancia más abundante de estas sustancias, causa inflamación en los pulmones.
En resumen, aunque la probabilidad de desarrollar cáncer por el consumo de vapers se considera bastante baja, su efecto a largo plazo en el organismo todavía no se puede predecir.
– ¿Merece la pena pasar el “mono”?
La tarea de dejar de fumar puede convertirse en una ardua batalla entre el consumidor y el tabaco.
Así, durante el síndrome de abstinencia –coloquialmente llamado mono– de nicotina aparecen síntomas desagradables, tanto emocionales como físicos.
Entre los de tipo emocional se encuentran la irritabilidad, el insomnio, la ansiedad, la falta de concentración, la agitación o la fatiga.
Algunos de los síntomas físicos son el estreñimiento, la ganancia de peso y el aumento de la tos y de las expectoraciones.
Considerando lo anterior, parece lógico que una persona adulta consumidora habitual de nicotina, en forma de tabaco o de cigarrillos electrónicos, se plantee si merece la pena dejarlo.
La respuesta a esta pregunta parece obvia.
Aunque los síntomas del síndrome de abstinencia surgen normalmente en las 24 horas que siguen a la última exposición a la nicotina y alcanzan su máxima expresión entre 1 y 2 semanas después, a partir de entonces disminuyen gradualmente hasta desaparecer.
Además, no solo los efectos desagradables son pasajeros, sino que la huella de la nicotina en el cerebro también podría, hasta cierto punto, ser reversible.
– Ventajas desde el día en el que dejamos de fumar
El abandono del consumo de tabaco tiene muchos beneficios para la salud. Las ventajas comienzan el mismo día en que se deja de fumar y aumentan progresivamente con el paso del tiempo. Por ejemplo, al mes de dejar el tabaco ya se observa una mejoría en la circulación sanguínea y la función pulmonar.
Y, a los 15 años, el riesgo de padecer una enfermedad del corazón podría incluso igualarse al de una persona que nunca ha fumado.
Aunque dejar atrás el consumo de nicotina no es una tarea fácil, parece claro que los beneficios compensan el esfuerzo que conlleva. La mayoría de las personas que han logrado abandonar el tabaco lo habían intentado antes al menos una vez. Es más, en muchos casos esos intentos no habían durado demasiado.
Sin embargo, parece haber consenso entre los ex-consumidores. Las tentativas previas han de considerarse como enseñanzas, nunca como fracasos.
Los relojes nucleares serán aún más precisos que los atómicos y ayudarán a explorar misterios del universo como la materia oscura. Ilustración artística
BBC News Mundo(A.Martins) — «Imagina un reloj de pulsera que no perdería ni un segundo incluso si lo dejaras funcionando durante miles de millones de años». «Aunque aún no hemos llegado a ese punto, esta investigación nos acerca a ese nivel de precisión».
El físico Jun Ye es investigador del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología (NIST) de Estados Unidos y profesor de la Universidad de Colorado en Boulder. Y el reloj al que se refiere es un reloj nuclear.
En un reciente estudio que fue tapa de la revista Nature, Ye y un equipo internacional de científicos describen el primer prototipo de ese tipo de reloj y demuestran que todos los componentes que necesita ya son una realidad. Actualmente el estándar utilizado a nivel mundial para medir el tiempo son los relojes atómicos.
Los relojes nucleares no solo serían aún más precisos que los atómicos, sino que ayudarán a los científicos a explorar grandes misterios del universo como la materia oscura. Llegar a este punto en el desarrollo de un reloj nuclear ha llevado décadas. ¿Por qué es tan importante el avance descrito en la revista Nature? ¿Y cuál es la diferencia entre un reloj atómico y un reloj nuclear?
Es gracias a los relojes atómicos que actualmente se sincroniza a lo largo del planeta el tiempo en computadoras, celulares y muchas otras tecnologías como la investigación espacial.
– Qué es un reloj atómico y cómo influye en tu día a día
Los relojes atómicos registran señales de electrones que cambian su estado de energía, lo que se conoce como un “salto cuántico”.
“Cualquier reloj tiene dos componentes: algo que hace de tic tac, como el péndulo, y algo que cuenta esas oscilaciones”, explica a BBC Mundo la científica colombiana Ana María Rey, física teórica atómica del NIST, profesora de la Universidad de Colorado en Boulder y experta en relojes atómicos.
“En un reloj normal de péndulo, uno ve que el reloj tiene el péndulo y un mecanismo que mueve el péndulo y nos informa cuántas veces se ha movido”.
En el caso del reloj atómico, agrega Rey, lo que oscila (el equivalente al péndulo) es una onda electromagnética de luz que, típicamente, en los relojes atómicos ópticos es un láser, y lo que cuenta las oscilaciones son los electrones de los átomos.
“Las oscilaciones en un reloj atómico pueden ser tan rápidas que ni siquiera los aparatos electrónicos normales las pueden medir”.
“Pero los electrones, por el contrario, como absorben energía a solamente ciertas frecuencias, son los que nos permiten determinar cuándo la frecuencia del láser es exactamente la frecuencia del electrón, porque cuando eso pasa el electrón hace una transición del nivel base al nivel excitado”.
“Y como el láser tiene cierto número de oscilaciones en cierto tiempo, eso nos permite determinar una manera universal, una medida del tiempo.”
«Cuando nosotros miramos nuestros GPS y pedimos instrucciones de cómo ir de un sitio a otro dependemos de los relojes atómicos».
Es gracias a los relojes atómicos que actualmente se sincroniza a lo largo del planeta con precisión de hasta al menos el decimosexto dígito el tiempo en computadoras, celulares y muchas otras tecnologías como la investigación espacial.
“En general, todas las medidas que tenemos dependen de la medida del tiempo. Por ejemplo, la medida de distancia se basa en que sabemos la velocidad de la luz.”
Los relojes atómicos están “en todo”, señala Rey.
“Por ejemplo en los satélites que controlan los GPS. Cuando nosotros miramos nuestros GPS y pedimos instrucciones de cómo ir de un sitio a otro dependemos de los relojes atómicos que están en esos satélites”.
– Cómo funciona un reloj nuclear
En el caso del reloj nuclear no se utilizan señales de electrones, sino del núcleo de un átomo.
“Como hemos dicho, el reloj atómico excita los electrones del átomo. Sin embargo, el átomo no solamente tiene electrones, también tiene el núcleo que está formado por protones y neutrones, y esos estados del núcleo también se pueden excitar”, explica Rey.
“El problema es que esas excitaciones requieren una energía muy alta, pero se ha descubierto cierta clase de átomos, el torio, donde la energía para excitar es mucho más baja que las energías estándares que se encuentran en el núcleo”.
El núcleo solo absorbe energía de un láser en un rango de frecuencias muy pequeño. Y encontrar la frecuencia exacta de ese láser ultrapreciso para generar la transición en el núcleo ha sido un esfuerzo de décadas.
Rey señala que a pesar de que esa transición se había predecido en la década de los 70 no se había hallado porque era como “encontrar una aguja en un pajar”.
Lo que lograron ahora los científicos del estudio en la revista Nature fue utilizar un láser ultravioleta especialmente diseñado para medir con precisión la frecuencia de un salto de energía en núcleos de torio incrustados en un cristal sólido.
“El reloj nuclear utiliza un salto cuántico dentro del núcleo atómico, que es incluso un factor 1000 más pequeño que el átomo mismo. Nuestro trabajo demostró por primera vez que esto es posible. En este caso es un neutrón que salta a un estado energético diferente”, explica a BBC Mundo el científico alemán Thorsten Schumm, investigador de la Universidad Tecnológica de Viena y otro de los autores del estudio.
En el reloj nuclear, un láser ultrapreciso excita el núcleo de un átomo en un cristal. Ilustración artística.
Schumm cree que el reloj nuclear será una realidad en un futuro cercano. “Creo que a partir de ahora las cosas avanzarán muy rápido. Ya en un año hemos visto un progreso increíble y puedo prometer más cosas maravillosas próximamente”.
“Lo que más se necesita es un desarrollo en el lado de los láseres… Yo diría que no llevará más de cinco años”. “Con este primer prototipo hemos demostrado que el torio puede utilizarse como cronómetro para mediciones de muy alta precisión. Solo queda el trabajo de desarrollo técnico, sin que quepa esperar obstáculos importantes”.
– Una nueva ventana al universo
Si bien el reloj nuclear sería aún más preciso que el atómico, Schumm explica que “la ventaja del reloj nuclear no es tanto su mejor rendimiento sino su mayor estabilidad”.
“Debido a que el núcleo es tan pequeño y las fuerzas nucleares involucradas son enormes, las perturbaciones externas como la temperatura o campos magnéticos no lo afectan realmente. Por tanto es un reloj mucho más robusto”.
“Incluso se puede incrustar un número muy elevado de núcleos en algún material portátil simple, como un cristal, sin degradar el rendimiento”. Más allá de sus aplicaciones tecnológicas, algo que entusiasma especialmente a los científicos es que los relojes nucleares abrirán una nueva puerta al estudio del Universo.
“El reloj nuclear es insensible a fuerzas externas, pero es muy sensible a las fuerzas internas que actúan dentro del núcleo. Estas son fuerzas electromagnéticas, pero también fuerzas nucleares, que mantienen unido el núcleo. Especialmente estas últimos son muy difíciles de investigar, por lo que el reloj nuclear también actuará como sensor de algunas de las fuerzas fundamentales de la naturaleza”, señala Schumm.
Thorsten Schumm cree que el reloj nuclear será una realidad en un futuro cercano.
¿Cuáles son algunas de las preguntas que será posible explorar con un reloj nuclear? “Hay muchos aspectos del universo que todavía no entendemos”, señala Rey.
“Por ejemplo, sabemos que más del 80% de los constituyentes del universo no son materia normal,sino materia oscura que no entendemos. Y es posible que operando un reloj nuclear que es bastante sensible a muchos efectos a los que no son sensibles los relojes atómicos normales, podamos tener una clave para entender cuál es el origen de esa materia oscura”.
Los relojes nucleares también podrán compararse con los relojes atómicos, y eso permitirá estudiar si las constantes de la naturaleza que se piensa son universales, como la velocidad de la luz, realmente son invariables en el tiempo y el espacio.
“Una cantidad de preguntas que por ahora no sabemos”, dice Rey. “Así que es una ventana para investigaciones en un futuro que nos permitan descubrir más cosas del universo. Siempre que esto sucede llegamos a mejores desarrollos tecnológicos”.
– Sentir la belleza de la física
Schumm describió a BBC Mundo qué sintió al dar con la frecuencia precisa para cambiar el estado de un núcleo de torio.
“¡Es simplemente asombroso! La mayor parte del tiempo pasamos construyendo cosas y reparando componentes que están rotos, por lo que hay poco progreso (o ninguno), y pensamos mucho en lo fantástico que sería si finalmente funcionara. ¡Y realmente lo hizo! Pocos investigadores tienen el privilegio y la suerte de vivir este momento y agradezco a mi equipo y colaboradores que hayan persistido durante tanto tiempo”.
“Ahora podemos tomar muchas de las herramientas poderosas que se han desarrollado en física atómica y óptica cuántica y transferirlas a la física nuclear. ¡Yo diría que hay suficientes preguntas abiertas para toda una generación de científicos!”, agregó el científico de la Universidad Tecnológica de Viena.
Tanto el reloj atómico como el nuclear muestran además cómo investigaciones en física teórica pueden acabar impactando el día a día de miles de millones de personas.
“En general la física teórica crea los modelos que le permiten a los experimentos tratar de entender cómo se comporta nuestro universo”, señala Ana María Rey.
“Todos los computadores, por ejemplo, se basan en transistores. Y los transistores existen gracias a que entendemos la mecánica cuántica. Entendemos, por ejemplo, cómo los electrones se mueven en un metal, todo eso requiere el entendimiento de la mecánica cuántica”.
“La física teórica es la que da una forma de interpretar el por qué de este comportamiento y hace predicciones de nuevas formas en que la naturaleza se puede comportar. Y es esa interacción entre las predicciones que hace la física teórica y el experimento lo que lleva a descubrimientos que avanzan la tecnología en el día a día en electrónica, comunicaciones, transporte. Todo se debe a nuestro entendimiento de la mecánica cuántica indirectamente”.
“Y los relojes nucleares nos pueden abrir otra forma de entender la mecánica cuántica que no tenemos ahora”.
La científica colombiana Ana María Rey es física teórica atómica. «Sentí la belleza de la física; gobierna nuestro universo, desde los movimientos de electrones dentro de un átomo hasta el comportamiento de los agujeros negros».
En una entrevista con Optica, una sociedad estadounidense que promueve el avance en ese campo científico, Ana María Rey recordó que halló su vocación después de un momento eureka durante su primera clase de física.
“Todos los números y conceptos en mi mente cobraron vida. Sentí la belleza de la física; gobierna nuestro universo, desde los movimientos de electrones dentro de un átomo hasta el comportamiento de los agujeros negros”. “Era un rompecabezas que nos podía contar todo sobre el mundo, y me fascinaba poder resolverlo”.
¿Sigue sintiendo Rey la belleza de su disciplina en su trabajo actual con relojes? “Claro, cada día”, dijo a BBC Mundo.
“Yo llego al trabajo con la emoción de poder tratar de descubrir aspectos de la física que nos pueden informar en una ecuación cómo se comporta el universo, para mí es algo fascinante, ¿Cómo podemos describir matemáticamente qué es lo que va a pasar si aplicamos esta cosa? Si iluminamos un átomo con cierta frecuencia de luz, ¿cómo se va a comportar?, ¿qué es lo que va a pasar?”.
“El poder predecir con un modelo matemático lo que va a pasar es como de magia y eso es lo que me pareció fantástico. Si logro con mi teoría decirle al experimentalista, aplique esto, mida eso y va a encontrar esto y lo encuentra, es lo mejor que puede pasar”.
La mente es maravillosa(V.Sabater) — Sentir celos e incomodidad por los ex de tu pareja es más común de lo que crees. La inseguridad, los problemas de apego y la baja autoestima suelen describir esta dimensión.
Tal vez recuerdes la maravillosa película de Alfred Hitchcock, Rebecca (1940). En ella, su protagonista habitaba en una enorme mansión donde la alargada sombra de la mujer fallecida de su marido parecía dominarlo todo. Los celos hacia esa figura invisible —e inexistente— no solo la torturaban, sino que llenaban de inseguridad el vínculo con la persona que amaba.
El conocido como «síndrome de Rebecca» define la tipología de celos retrospectivos. Si bien es normal pensar en cómo fueron los vínculos anteriores de nuestras parejas, el problema llega cuando esto se convierte en obsesión. Comparar tu relación actual con la que tuvo tu compañero/a en el pasado puede ocasionarte un gran sufrimiento.
– ¿Qué son los celos retrospectivos?
Con frecuencia, en el universo de las relaciones sexoafectivas experimentamos emociones difíciles de definir. Los celos retrospectivos son un claro ejemplo de ello. Pensar de forma constante en las relaciones pasadas de tu pareja y sentir malestar o ansiedad por ellas es un fenómeno muy desgastante. A veces, ni siquiera importa que esas historias no tengan ninguna relevancia en el presente.
La mente se obsesiona igual. Porque los celos pueden tener, en ocasiones, un componente irracional difícil de regular. Esto provoca el surgimiento de conductas en las que, de pronto, como señalan en un trabajo divulgado en Social Media + Society, te veas buscando en redes sociales a esas exparejas para compararte con ellas. Son realidades autodestructivas.
. Cómo se manifiestan
Tu pareja —al igual que tú— dispone de un pasado, de un equipaje relacional y una serie de historias afectivas que trazan parte de su línea de vida. A pesar de ello, existe un hecho indudable: si todo esto se quedó atrás es porque no funcionó. Sin embargo, hay quien se obsesiona con ese historial sexoafectivo del ser amado y, la forma en que se manifiesta, es la siguiente:
Inseguridad y baja autoestima: esta manera de celar está muy ligada a problemas de autoestima. Quienes la sufren tienen la necesidad de obtener validación casi a cada instante, de sentir que son amados y aceptados en todo momento.
Angustia emocional: a menudo, son celos que se acompañan de altos niveles de ansiedad, preocupación y angustia emocional. Los pensamientos sobre el pasado pueden volverse intrusivos y difíciles de regular, mermando por completo el bienestar.
Búsqueda de información: en este tipo de contextos es muy común necesitar saber todo sobre las personas con las que ha estado nuestra pareja. Esto se traduce en pasar horas en redes sociales, mirando fotos, leyendo comentarios, publicaciones, etc.
Comparación: un fenómeno recurrente en estas dinámicas son las comparaciones con las exparejas. Esto puede hacer que uno examine la apariencia física de esas personas y la compare con la propia, así como los logros, la personalidad o incluso la posible vida sexual.
Distorsión cognitiva: la mente dominada por esta clase de celos suele desarrollar llamativas distorsiones cognitivas. Ejemplo de ello es magnificar la importancia de las relaciones pasadas o asumir que, si el ser amado comenta algo de alguna de sus exparejas, es señal de que aún siente algo por ella.
Rumia sobre el pasado de tu pareja: las personas que experimentan estos celos acostumbran a pensar de manera repetitiva y obsesiva en las relaciones anteriores de su pareja. Tales ideas se centran en la duración de esas relaciones, características físicas, si hubo una mayor conexión emocional o sexual, etc.
Dudas persistentes: el síndrome de Rebecca alimenta a quien lo padece de toneladas de dudas y variadas inseguridades. Es usual pensar que el ser amado, por ejemplo, aún tenga sentimientos por esas personas. Algo así abre un abismo de desconfianza con la pareja, a pesar de no existir ninguna evidencia al respecto de esas ideas o sospechas.
Hipervigilancia: cuando las inseguridades se combinan con la ansiedad, el cerebro entra en un estado de alerta constante. La desconfianza, el miedo a la traición o al abandono tienden a hacer que la persona interprete casi cualquier situación como una amenaza hacia su vínculo afectivo. Ejemplo de ello es obsesionarte con saber a quién le envía mensajes tu pareja, pues crees que te traiciona con algún ex.
– ¿Por qué aparece este tipo de celos?
Según un estudio divulgado en Frontiers in Psychology, los celos cumplirían un fin evolutivo: aparecen cuando percibes una amenaza hacia tu relación. Pensar que perderás ese vínculo te pone en alerta y a la defensiva. Ahora bien, con los celos retroactivos sucede algo más complejo.
Lo que te asusta pertenece al pasado y no al presente. Tampoco es una amenaza real, sino que responde a un compendio de miedos e inseguridades incrustadas en ti. ¿Los motivos? Hay varias razones que podrían explicar esta emoción tan incómoda y peligrosa para todo vínculo afectivo. Las analizamos:
. El sesgo del idealismo romántico
Puede que te llame la atención, pero algunas personas desearían que su pareja no tuviera un pasado amoroso, ni que hubiera sentido afecto y deseos sexuales por otros hombres o mujeres. Ese sesgo irracional e idealista les hace ver el historial amoroso del otro como una amenaza.
. Apego ansioso
El apego ansioso se caracteriza por una necesidad constante de validación y miedo al abandono, lo que predispone a quienes lo experimentan a desarrollar celos retrospectivos. La Universidad de Catania realizó una investigación en la que destacan estas mismas características, además de la necesidad de cuidado, búsqueda de protección y la rumia de pensamientos.
Alguien con este estilo de apego está atenazado por las dudas, tanto sobre sí mismo como sobre la propia relación. Ese temor hace que busque detalles sobre el pasado amoroso de su pareja y que se compare con antiguos ex. Este ciclo de inseguridad y celos genera conflictos en la relación presente, creando una espiral negativa que puede ser difícil de romper sin un trabajo emocional o terapéutico adecuado.
. Experiencias pasadas negativas
Muchos de nosotros vivimos relaciones difíciles, esas en las que, entre otras dinámicas, pudimos padecer engaños y traiciones. Este tipo de experiencias afectivas adversas dejan una «herida emocional» que, a veces, dificulta confiar en la pareja actual. El miedo a revivir nuevas infidelidades quizás hace que veamos a los ex como amenazas potenciales para nuestro vínculo.
. Necesidad de control
Hay quien experimenta una necesidad excesiva de controlar todos los aspectos de la relación, incluyendo el pasado del compañero/a. Este deseo estaría motivado por una falta de confianza en uno mismo y en la pareja. Es común que los celos retrospectivos sean una manifestación de este intento de dominar algo que, en realidad, ya no existe ni tiene relevancia en el aquí y ahora.
. Ansiedad y pensamientos intrusivos
Las personas que sufren trastornos de ansiedad, en ocasiones, pueden tener pensamientos intrusivos difíciles de controlar. En el caso del síndrome de Rebecca, estas ideas están centradas en las experiencias pasadas de la pareja, lo cual lleva a una rumiación constante y a un ciclo de ansiedad muy agotador.
. Falta de confianza en la relación actual
Las inseguridades son uno de los elementos constitutivos de los celos. Con frecuencia, cuando alguien no se siente seguro en su relación y no confía en el ser amado, aparece esta emoción. De pronto, cualquier cosa se vuelve amenazante y es motivo de sospecha, incluidas esas exparejas que, a lo mejor, la persona amada mantiene todavía en sus redes sociales.
– Herramientas psicológicas para regular los celos retrospectivos
Regular este problema requiere de un enfoque consciente y reflexivo. No solo son clave las buenas estrategias de comunicación. También lo es trabajar aspectos como la autoestima, la seguridad en nosotros mismos y comprender incluso el tipo de apego que nos define. Ello hace que, en muchos casos, sea recomendable la terapia. A continuación, te brindamos algunas estrategias básicas.
. Reconocer y aceptar los celos
Ten en cuenta que los celos son un fenómeno emocional, cognitivo y conductual que siempre ha acompañado al ser humano. Y tiene su propósito muy claro: alertarte de una posible amenaza al equilibrio emocional con tu pareja.
Nunca está de más comprender la anatomía de estas realidades psicológicas. Sentir celos es una reacción emocional que, aunque incómoda, es válida, y todos la podemos experimentarla más de una vez. Lejos de reprimirla, lo ideal es reconocer su presencia y darle nombre, para, después, comprender su origen y regularla de manera efectiva y racional.
. Identificar los desencadenantes
Comprender qué situaciones o pensamientos están activando esta forma de celar es decisivo. Para ello, puede serte útil llevar un registro de cuándo y cómo aparecen estos sentimientos, identificando patrones específicos. Esta estrategia te permitirá tomar conciencia sobre los contextos que te generan más inseguridad y ansiedad, como pueden ser las conversaciones con tu pareja sobre su pasado.
. Cuestionar pensamientos irracionales
Una herramienta de utilidad es la reestructuración cognitiva. Consiste en identificar y modificar patrones de pensamiento distorsionados a través de cinco pasos que enseguida te describimos:
Identificar: lo primero es reconocer esos pensamientos automáticos que surgen en respuesta a ciertas situaciones y que despiertan en ti celos retrospectivos.
Evaluar: identifica las sensaciones, emociones y sentimientos que experimentas como resultado de esos pensamientos o ideas que te vienen a la mente y que refuerzan dichos celos.
Analizar: pregúntate «¿qué pruebas tengo de que esas ideas sean tal y como yo las creo?». «¿Hay algo que me demuestre su evidencia?».
Generar alternativas: una vez que los pensamientos disfuncionales han sido cuestionados, es momento de generar pensamientos alternativos más realistas y equilibrados. Por ejemplo, «mi pareja no tiene por qué traicionarme con su ex. Si ahora está conmigo es porque me ha elegido a mí, porque me quiere y puedo percibir a diario que está feliz a mi lado».
Cambiar la perspectiva: el último paso es visualizarte en futuras situaciones de celos, enfrentándote a esa sensación de una manera más resuelta, firme y efectiva. Se trata de trabajar en tu bienestar para que la relación de pareja vaya bien, dejando a un lado patrones de pensamiento y conducta disfuncionales.
. Fortalecer la autoestima
Como ya mencionamos, los celos retrospectivos, a menudo, están asociados con una baja autoestima e inseguridad personal. Trabajar en la autoconfianza y el amor propio es fundamental para regular esta realidad. No dudes, por tanto, en practicar la autoaceptación, en validarte y centrarte en tu propio bienestar emocional, en lugar de compararte, por ejemplo, con los ex de tu pareja.
. Buscar apoyo terapéutico
Quizás esta clase de celos es difícil de manejar por tu cuenta, en especial, si están arraigados en problemas de apego o en experiencias pasadas traumáticas. La terapia de aceptación y compromiso (ACT), la cognitivo-conductual (TCC) o la terapia EMDR en caso de traumas, resultan útiles en estos escenarios.
– Mirar al presente con confianza
Los celos retrospectivos te invitan a mirar hacia adentro, más que hacia el pasado de tu pareja. Son, sobre todo, un reflejo de tus propias inseguridades y de la lucha por sentir que vales y eres suficiente en una relación. No veas esta emoción como algo disfuncional, sino más bien como una señal de aviso, como una oportunidad para trabajarte y mejorar tu autoconfianza.
Al aprender a confiar en ti y en la conexión presente con tu pareja, transformas el miedo en aceptación y las dudas en amor propio. Superar los celos no solo te libera del pasado, sino que te permite construir un futuro con base en la confianza, el respeto mutuo y la paz interior. Vale la pena trabajar en ello.
JotDown(S.Parra) — La paradoja de la sorites o paradoja del montón de los filósofos megáricos reza así: supongamos que tenemos un montón de mil granos de trigo. Si apartamos los granos uno a uno, ¿en qué punto cesa de ser un montón? ¿Cuándo un montón deja de ser un montón? Algo similar ocurre con el ser humano.
¿Cuándo se deja de ser humano? ¿Cuándo se empieza? ¿Dónde trazamos la frontera? ¿En qué punto somos nosotros si físicamente apenas no existimos, biológicamente estamos siendo continuamente sustituidos y psicológicamente somos incapaces de objetivar nuestro lugar en el mundo?
¿Cómo podemos siquiera considerar que estamos vivos si nos pasamos gran parte de nuestra vida durmiendo o actuando bajo la férula de nuestro piloto automático mental? ¿Cómo afirmar que somos libres si bailamos al son de la química, la genética y la física?
En qué nos diferenciamos biológicamente de otras especies vivas, o incluso de una mesa de madera, que en palabras del neurofisiólogo Rodolfo Llinás es indistinguible a nivel físico de un cerebro: este, a diferencia de aquella, tiene la propiedad de creerse vivo como la madera de la mesa tiene la propiedad de quemarse con el fuego.
Por lo general, hay que desconfiar de la sabiduría popular, sobre todo cuando esta se presenta como una formulación aforística, pero en esta ocasión viene a colación una en la que, después de leer lo que viene, depositaréis todo vuestro crédito: «no somos nada».
Un puñado de polvo
Como en esencia estamos compuestos de agua (un 60 %), la mayor parte de nuestros elementos constituyentes son oxígeno, hidrógeno y carbono. En concreto, somos un cubo de oxígeno del tamaño de un televisor pequeño, un ladrillo de carbón, un kilogramo de calcio y una cucharadita de hierro.
También estamos formados por un puñado de otros elementos marginales, algunos de ellos tóxicos e incluso radiactivos: unos gramos de fósforo, potasio, azufre, sodio, cloro, magnesio, hierro, flúor, zinc, silicio, rubidio, estroncio, bromo, plomo, cobre, aluminio, cadmio, cerio, bario, yodo, estaño, titanio, boro, níquel, selenio, cromo, manganeso, arsénico, litio, cesio, mercurio, germanio, molibdeno, cobalto, antimonio, plata, niobio, circonio, lantano, galio, telurio, itrio, bismuto, talio, indio, oro, escandio, tantalio, torio, uranio, samario, berilio y walframio.
Este último es el elemento del que albergamos menos cantidad: apenas un cubo de 0,10 milímetros. De algunos de estos elementos ni siquiera se conoce su función específica en nuestro cuerpo, como el rubidio. Sencillamente está ahí, como la burocracia.
No parece, pues, que seamos algo particularmente distinto de lo que nos rodea. Lo único que nos diferencia es, en suma, la proporción de cada uno de los componentes, como en la receta de una tarta.
Cuerpo indistinguible
Sin olvidarnos de la comparación de la tarta, podemos recurrir a otra conocida imagen filosófica similar a la paradoja de la sorites. Todas las moléculas de nuestro cuerpo han sido sustituidas por otras, de modo que somos como la nave de Teseo, la paradoja filosófica basada en una reliquia que al parecer conservaban los antiguos atenienses.
Según Plutarco, el filósofo griego del siglo I:
Estatua posiblemente de Plutarco. Museo arqueológico de Delfos, Grecia.
La nave en la que regresaron Teseo y los jóvenes atenienses tenía treinta remos, y Atenas la conservó incluso hasta la época de Demetrio de Falero, pues las viejas tablas se retiraban a medida que se deterioraban, y se colocaba en su lugar madera nueva y más fuerte, hasta el punto de que la nave se convirtió, entre los filósofos, en un ejemplo vivo de la cuestión lógica relativa a las cosas que crecen; unos sostenían que la nave seguía siendo la misma, y los otros respondían que ya no lo era.
La física nos demuestra que la paradoja no es solo cuestión de lógica: verdaderamente estamos siendo sustituidos continuamente por lo que nos rodea, lo que desafía la continuidad de nuestra identidad, como Arnold Schwarzenegger en Total Recall.
Las células del cuerpo de cualquier individuo (sea lo que sea que signifique eso a estas alturas) se reemplazan en gran parte al menos una vez al mes, e incluso las que no lo hacen (como las hepáticas, que permanecen más tiempo, o las neuronas, que duran toda la vida) reciclan, reparan y sustituyen sus partes constituyentes (como las proteínas y carbohidratos).
Y si alguien tomara todas las células que henos ido sustituyendo, ¿Cuántos yoes podría construir?
¿Cuántos «nosotros» están desparramados por el mundo como un rompecabezas gigante sin resolver?
¿Qué «yo» es más auténtico?
Es, de hecho, muy improbable que alguna molécula de nuestro cuerpo adulto tenga más de nueve años de edad.
Como el calcetín favorito de Locke, quien reflexionaba si, tras ponerle un parche, continuaba siendo el mismo calcetín.
¿Y si, años después, todo el material del calcetín es reemplazado por parches?
A la dificultad de determinar quiénes somos a nivel físico hay que añadir que, superficialmente, somos como los zombis de The Walking Dead: todas las células de la capa superior de nuestra piel están muertas, al igual que si vistiéramos la túnica negra de la Parca.
Un adulto corriente transporta encima de su cuerpo nada menos que dos kilogramos de células cutáneas muertas, de las cuales diariamente se desprenden miles de millones.
O dicho de otro modo: si pudiéramos arrancarnos nuestros átomos con unas pinzas, uno a uno, para apilarlos en un montón de polvo atómico, finalmente ese montón de polvo atómico seríamos nosotros. El cuerpo de un bebé de cuatro kilogramos contiene unos 400.000.000.000.000.000.000.000.000 átomos en su cuerpo.
Pero tarde o temprano, en un plazo máximo de 650.000 horas, los átomos se dispersarán silenciosamente y se dedicarán a ser otras cosas del mundo.
Más que entidades físicas individuales, pues, parecemos remolinos energéticos que atrapan cosas de su alrededor y las integran en nuestro cuerpo, estableciendo una línea divisoria arbitraria entre el nosotros y los demás, tal y como explica el biólogo evolutivo Scott D. Sampso en Este libro le hará más inteligente: «En punto de “corte” puede situarse en muchos sitios, en función de la metáfora del yo que elijamos abrazar».
Somos ellas
Este diagrama esquemático muestra un gen en relación a su estructura física (doble hélice de ADN) y a un cromosoma (derecha).
Podríamos aducir, entonces, que somos seres vivos, aunque ni siquiera haya consenso en la comunidad científica sobre la definición de «vida».
Con todo, suponiendo que los animales sean seres vivos cualitativamente superiores al resto de los seres vivos, no parece que nos diferenciemos mucho unos de otros.
Tim Spector, profesor de genética epidemiológica del King´s College de Londres, lo resume así en su libro Post Darwin: «los humanos compartimos el 99% de nuestra secuencia de ADN con los chimpancés, de los que nos separamos hace ya 6 millones de años; el 90% con las ratas (100 millones de años), e incluso un 31% con la levadura (1500 millones de años)».
Por si esto fuera poco, los seres humanos parecen funcionar más como receptáculo y transporte de nuestros genes, tal y como explica Richard Dawkins en El gen egoísta.
Y, además, la mayor parte de nuestro cuerpo ni siquiera somos «nosotros», sino un universo de bacterias que vive en cada centímetro de nuestro exterior y nuestro interior.
Las bacterias que viven en nuestro cuerpo, y se aprovechan de él, superan en número a nuestras propias células constituyentes.
La proporción es de más de 10 a 1. En un solo centímetro cuadrado de nuestra piel hallaremos una media de cientos de miles de bacterias. En total, unos 1000 millones en la boca, 10 millones en la axila, 10 millones en las ingles y unos 750 billones de bacterias intestinales pertenecientes a más de 400 especies diferentes.
Si nos centramos en la colonia microbiana que nos produce más rechazo, las bacterias intestinales, entonces el intestino delgado está poblado por 100 millones de células bacterianas por mililitro; y el intestino grueso o colon por 100 mil millones por mililitro. Hay entres seis y siete mil especies diferentes.
El peso total de todos estos microbios se ha estimado en más de un kilogramo. Muchos de ellos llevan consigo genes que nos dotan con rasgos y funciones útiles para nosotros, como ayudarnos a asimilar nutrientes, y convertir el resto en excremento que más tarde evacuaremos: un total de cincuenta y cuatro kilogramos de caca al año, de media.
Pero la colonia microbiana de nuestra boca puede llegar a ser igualmente extraña a la par que repugnante Fue descubierta por primera vez en el siglo XVII por el comerciante de tejidos y naturalista holandés Anton van Leeuwenhoek, que se rascó una porción de su placa dental y la observó al microscopio, descubriendo «con considerable asombro… muchos animáculos diminutos, que se movían de un modo muy hermoso… tan juntos que parecían un enorme enjambre de moscas o mosquitos».
Esta comunidad microbiana bucal tiene unas 600 especies diferentes, y cada vez que mantenemos un largo beso con alguien, intercambiamos cinco millones de bacterias.
Somos más una bacteria que un ser humano. Tenemos 25.000 genes contenidos en nuestras células, pero poseemos 20 veces más de genes no humanos procedentes de las bacterias. En consecuencia, tal vez debamos definir el «yo» como nuestro cerebro, la médula espinal, el torrente sanguíneo, y poco más.
Sea como fuere, en nuestro cuerpo vive, o está formado por, más organismos distintos que personas hay en el mundo; incluso por más organismos que números de estrellas encontramos en la Vía Láctea.
Micrografía al microscopio electrónico de barrido de células de Escherichia coli.
Cuerpo vacío
Imaginemos que a estas alturas todavía no nos importa ser iguales a lo que nos rodea, compartir genes con los animales o descubrir que la mayor parte de nuestra masa la componen bacterias. Entonces deberemos enfrentarnos a otro problema: nuestro cuerpo no existe. Prácticamente no es nada. Está vacío aunque, en apariencia, esté lleno.
De hecho, está tan vacío que, si fuera una cueva, produciría eco. Bueno, eso no, pero casi. La razón es que estamos hechos de átomos, y los átomos dejan entre sí enormes espacios en los que no hay nada.
Para entender mejor hasta qué punto el átomo está vacío, la siguiente analogía resulta sumamente gráfica: imaginemos un átomo del tamaño de un estadio deportivo internacional. En tal caso, los electrones se encontrarían en la parte alta de las gradas; se verían tan pequeños como la cabeza de un alfiler.
El núcleo del átomo estaría en el centro del campo y tendría el tamaño aproximado de un guisante. Y en el resto del estadio deportivo, nada. Eso es la materia, eso somos. Un estadio. Deportivo. Vacío. Planteémoslo de otro modo para que sea más fácilmente asimilable: el 99,9999999 % del volumen de un átomo es espacio vacío.
Con todo, a pesar de su tamaño, el núcleo del átomo es muy pesado: el 99,9 % de la masa del átomo reside en el interior del núcleo. Los protones son tan minúsculos que cabrían 500.000 millones de ellos en la cabeza de un alfiler.
Sin embargo, son enormes si los comparamos con los electrones o los quarks: si los protones y neutrones tuvieran un centímetro de anchura, el diámetro de los electrones y los quarks sería menor que un pelo humano, y el diámetro total del átomo sería mayor que la longitud de 30 campos de fútbol americano, tal y como señala Joel Levy en 100 analogías científicas.
O tal y como explica Bill Bryson en Una muy breve historia de casi todo: «Los protones forman una diminuta parte del centro del átomo. Son tan pequeños que una pizca de tinta, como el punto de esta “i”, puede contener 2.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000.000».
No somos nadie
Para demostrar que individualmente somos poca cosa, pero que también lo somos colectivamente, es conveniente reflexionar un momento sobre lo siguiente: si una ciudad con la densidad demográfica como la de Madrid creciera hasta alcanzar el tamaño de España, podría albergar a toda la humanidad, siete mil millones de individuos, y sobraría espacio.
Toda la humanidad, apiñada como en una melé de rugby, apenas ocuparía una pequeña sección del interior del cañón del Colorado. El problema de la superpoblación no tiene que ver con el espacio que ocupamos, sino con los recursos que consumimos.
Repetiremos el ejercicio con otro ejemplo que refiere Cristina García-Tornel en su libro Compendio general e innecesario de cosas que nunca pensó que le fueran a importar, empleando Tenerife como ejemplo:
«Si tenemos en cuenta que la población mundial es de 7000 millones de personas y que cada uno de nosotros ocupa un área de 0,15 metros cuadrados, significa que, si nos juntamos, unos con otros, bien pegados, rellenaríamos un área de 1050 kilómetros cuadrados. Es decir, la humanidad entera ocuparía un poco más de la mitad de la isla de Tenerife».
Si como grupo no somos nada, nuestra historia tampoco reviste importancia desde un punto de vista cosmológico. Por ejemplo, si toda la historia del universo, desde el Big Bang hasta el momento actual, se comprimiera proporcionalmente en un año, produciéndose así el Big Bang el 1 de enero, la vida en la Tierra no aparecería hasta el 30 septiembre.
Los primeros primates, el 30 de diciembre. La historia de la humanidad comenzaría 21 segundos antes de las 00:00 del 31 de diciembre, tal y como ha explicado Carl Sagan en su libro Los dragones del Edén. Toda la historia escrita tiene solo 14 segundos. Jesús de Nazaret nació hace 4 segundos.
Cerebro tonto
Representación artística de un átomo.
Gran parte de lo que vemos y procesamos a través de nuestro cerebro constituye una ilusión, lo cual invalida parcialmente la máxima «ver para creer».
Natural que esta idea desafíe nuestro sentido común, porque a su vez en un sentido poco común: después de todo, solo vemos el 1% del espectro electromagnético y oímos el 1% del espectro acústico.
Los rayos X, los rayos gamma, la luz infrarroja o la ultravioleta son completamente invisibles para nosotros.
A decir verdad, nuestros ojos solo detectan el rojo, el verde y el azul, tal y como explica el físico teórico Michio Kaku en su libro El futuro de nuestra mente:
Eso significa que nunca hemos visto el amarillo, el marrón, el naranja ni muchos otros colores.
Esos colores existen, pero nuestro cerebro solo puede hacerse una idea aproximada de cada uno de ellos combinando en distintas proporciones el rojo, el verde y el azul.
Además, gran parte de lo que vemos se lo inventa alegremente nuestro cerebro, modificando las instantáneas de la realidad como si dispusiera de un sofisticado PhotoShop. Ello se debe a que, si bien nuestro ojo sería como una cámara fotográfica de decenas de megapíxeles, no hay forma de enviar toda esa información al cerebro.
Además, en caso de que se enviaran los aproximadamente 70 gigabytes de información que registra el ojo en cada segundo (es decir, 3500 veces la capacidad de transmisión de datos una conexión de ADSL de 20 megabytes), el cerebro sería incapaz de procesar tal caudal de información (actualmente, aún suponiendo el 2% de nuestro peso corporal, el cerebro ya consume un 20% de nuestra energía total; y en el caso de los recién nacidos, el consumo es de un 65% de la energía total del bebé).
A causa de estas limitaciones fisiológicas, el cerebro se queda con una fracción de la realidad, comprime las imágenes como comprimimos un JPG. Descarta los detalles que no considera relevantes. Por ejemplo, si situamos un dedo frente a nuestros ojos, el dedo se verá muy nítido, pero el resto de la escena que queda detrás quedará borrosa: ese desenfoque es la información que el cerebro descarta en ese instante.
Esta simplificación de lo que registra nuestros sentidos es la razón por la que somos tan proclives a las ilusiones ópticas o acústicas, y en general somos víctimas de gran parte de los trucos de magia de David Copperfield. También deberíamos contemplar continuamente una gran mancha negra delante de nuestros ojos, que es el punto ciego de nuestra visión de resultas de la ubicación del nervio óptico en la retina, pero el cerebro la disimila calculando un promedio.
Incluso al observarnos en un espejo, lo que vemos no somos exactamente nosotros, como si el reflejo especular nos mostrara una suerte de doppelgänger, de modo que estamos incapacitados para saber cómo somos en realidad, tal y como resume Michio Kaku:
Para empezar, me veo con una mil millonésima de segundo de retraso, porque ese es el tiempo que un haz de luz tarda en salir de mi cara, llegar hasta el espejo y volver hasta mis ojos. Además, la imagen que veo es un promedio de miles de millones de funciones de onda. Sin duda se parece a mi imagen, pero no es exacto.
En términos generales, nuestros sentidos reciben unos diez millones de bits de información por segundo, pero tal y como señala Jennifer Ackerman en Un día en la vida del cuerpo humano:
«conscientemente solo procesamos entre siete y cuarenta bits».Timothy Wilson, de la Universidad de Virginia, emplea otra métrica en Strangers to Ourselves para señalar que nuestra mente es capaz de asimilar en un momento dado once millones de informaciones, pero que solo somos conscientes de cuarenta.
La mente consciente tiene una capacidad de procesamiento 200.000 veces menor que el inconsciente, según Ap Dijksterhius, Henk Aarts y Pamela K. Smith en el estudio «The power of the Subliminal, publicado en The New Unconscious».
Y, además, como añade Daniel Gilbert, psicólogo de Harvard, nuestras mentes divagan durante el 46% del tiempo, tal y como sugirió en su artículo de Science «A Wandering Mind Is an Unhappy Mind». O como afirma David DiSalvo en su libro Qué hace feliz a tu cerebro, «la mayoría de nosotros pensamos en cosas distintas de las que estamos haciendo, en un porcentaje de un 30 a un 50 por ciento, durante nuestro estado de vigilia».
O sea, que vestimos ropajes de zombi y pensamos como zombis.
Zombis propensos a la locura, habría que añadir. Porque nuestro cerebro, situado en lo alto de nuestro cuerpo, pendular, expuesto a la intemperie, es propenso a funcionar mal tras una contusión o incluso un ascenso mínimo de temperatura, tal y como escribe Edward O. Wilson en su libro Consilience:
«la cabeza es un globo frágil e internamente licuescente, en equilibrio sobre un delicado eje de hueso y músculo, en cuyo interior el cerebro es vulnerable y la mente se puede aturdir o incapacitar con frecuencia».
No en vano, algunos estudios sugieren que, en el transcurso de una vida, casi la mitad de la población mundial se enfrentará a brotes de una enfermedad mental, desde la esquizofrenia hasta el trastorno obsesivo-compulsivo, pasando por el trastorno bipolar, como ha señalado el psicólogo Gary Marcus en un libro en el que trata de demostrar lo chapuzas que es cerebro en términos generales, Kluge:
«Existe una gran regularidad en las formas en que la mente humana se viene abajo, y ciertos síntomas, como la disforia (tristeza), la ansiedad, el pánico, la paranoia, los delirios, las obsesiones y la agresividad descontrolada, reaparecen una y otra vez».
Los recuerdos de nuestro pasado en realidad son reconstrucciones, no auténticos reflejos de lo que aconteció, con independencia de que nos hayamos emocionalmente involucrados o estemos completamente seguros de que las cosas pasaron tal y como recordamos.
A veces, estas distorsiones se producen en pequeños detalles, como quién hace más la colada en casa; pero otras veces reconstruimos recuerdos completos y traumáticos con un gran número de detalles falsos, como un episodio de violación en nuestra infancia que en realidad nunca tuvo lugar, tal y como explica David LindenEl cerebro accidental.
Empleando una analogía, si nuestra memoria fuera una biblioteca, a menudo estaría sacudida por terremotos, un díscolo bibliotecario cambiaría volúmenes de sitio, y cuando nosotros mismos extrajéramos un volumen concreto, entonces tal volumen se modificaría o arrastraría fragmentos de otros volúmenes.
Cuantas más veces recuperamos un volumen, menos polvo y deterioro acumulará, y más fácilmente accederemos a su contenido, pero incluso así puede que el lugar donde nos encontremos en ese instante influya en cómo recordamos: por ejemplo, es más fácil recordar algo en el lugar donde lo hemos aprendido.
Nuestra lógica dista mucho de ser impecable porque nuestro cerebro no evolucionó expresamente para resolver problemas de lógica, sino para sobrevivir en un contexto prehistórico.
Como nuestro cerebro está jalonado de parches evolutivos, unos sobre otros de otros, como en un palimpsesto, solemos forjarnos nuestras creencias y convicciones a través de datos arbitrarios e irrelevantes que quedan anclados en nuestra mente, a modo de virus.
Nuestro lenguaje también es un caos, no sabemos hablar sin trabarnos de vez en cuando, nuestras palabras y oraciones son ambiguas; nuestros idiomas no son sistemáticos y regulares, sino producto de azarosas combinaciones léxicas y tendencias sociales.
De hecho, lo que llamamos personalidad ni siquiera es algo fijo, coherente e individual: más bien somos múltiples actores representando una obra de teatro, tal y como explica la investigadora Rita Graham en su obra Multiplicidad.
Es nuestra forma de adaptarnos a las nuevas situaciones, así que, en palabras de la psicóloga Patricia Linville, de la Universidad de Duke, cuantas más «personalidades tributarias poseamos», mejor dotados estaremos para enfrentarnos a las situaciones inesperadas.
O parafraseando a Miguel de Unamuno: cuando dos personas se encuentran no hay dos, sino seis personas: una es como uno cree que es, otra como el otro lo percibe y otra como realmente es; esto multiplicado por dos da seis. Ya dijo Montaigne que entre nosotros y nosotros mismos hay la misma diferencia que entre nosotros y los demás.
Marionetas
A pesar de los escritos optimistas del físico matemático Roger Penrose, plasmados en obras como La nueva mente del emperador, en los que se defiende que la conciencia humana es no-computacional, y no se puede describir como otros aspectos del ser humano, no disponemos de la suficiente evidencia como para verter tal afirmación.
Puede que los procesos cuánticos estén implicados en la conciencia y, por ende, en el libre albedrío, pero de ello solo puede derivarse que seremos incapaces de determinar la posición, velocidad y energía de todas las partículas que nos constituyen. Es decir, que estaremos incapacitados para predecir nuestro futuro.
En otras palabras, un sistema dentro de otro sistema no puede calcular ese sistema. No obstante, que seamos incapaces de calcular lo que haremos dentro de una hora no significa que ello no esté determinado por la física, y por tanto el libre albedrío solo constituya una ilusión cognitiva más.
Es muy probable, pues, que todo nuestro comportamiento sea resultado del Big Bang, como si nuestras neuronas fuesen bolas de billar impulsadas por una Gran Tacada.
Lo cual queda atrozmente simplificado en un experimento de 1985 realizado por Benjamin Libet, en el que se solicitaba a personas que miraran un reloj y anotasen con precisión el momento en que decidían mover un dedo. Los escáneres de electroencefalografía revelaron el instante exacto en que se tomaba esa decisión.
Al comparar ambos tiempos, existía una discrepancia: el cerebro había tomado la decisión aproximadamente 300 milisegundos antes de que la persona tomara conciencia de ella.
Es decir, que a veces el cerebro toma decisiones con antelación, sin la participación de la conciencia, y después trata de disimularlo haciéndonos creer que la decisión fue consciente, tal y como lo ha explicado Michael Sweeney:
«Los resultados de Libet sugerían que el cerebro sabe lo que una persona decidirá antes que la persona […] El mundo debe reevaluar no solo la idea de que los movimientos se dividen entre voluntarios e involuntarios, sino la propia noción de libre albedrío».
Un desfase de un cuarto de segundo se nos antoja una cantidad de tiempo despreciable, pero constituye una eternidad si tenemos en cuenta que los impulsos nerviosos solo tardan una décima de segundo en llegar desde la cabeza hasta el dedo gordo del pie.
Lo que también implica que la conciencia no es una corriente fluida, sino más bien una serie de imágenes que adquieren apariencia de continuidad después de que nuestro cerebro complete los huecos; sobre todo cuando hay un exceso de estímulos, tal y como ha escrito el neurocientífico de Caltech Christof Koch:
«Hasta una imagen que golpea la retina una décima de segundo después de otra puede bloquear la percepción consciente de la imagen anterior».
A pesar de ello, continuamos pensando que nuestras decisiones son nuestras, como si viviéramos excluidos de la física circundante, inventándonos toda clase de agentes que rompan las cadenas causales, tal y como ha denunciado el filósofo Robert Kane:
«Los libertaristas han invocado centros de poder transempíricos, egos inmateriales, yoes nouménicos, causas inobjetivables, y toda una letanía de otras instancias especiales cuyas operaciones no quedaban muy claramente explicadas».
Sea como fuere, aunque exista un resquicio en la física por el que pueda colarse un hálito de libre albedrío, aún habría que abordar las cadenas que nos impone el cóctel neuroquímico que tamiza todo lo que hacemos y pensamos, como la varilla de virtudes que controla a una marioneta, tal y como apunta Steven Johnson en La mente de par en par:
La insensibilidad al rechazo y la confianza social de la serotonina; el empuje exploratorio y la búsqueda sin placer de la dopamina; la irregularidad del cortisol; la felicidad «oceánica» de la endorfina; el impulso de la oxitocina para crear vínculos emocionales; la brusca subida de la adrenalina.
En cualquier caso, poco importa dirimir hasta qué punto somos conscientes o libres si nos pasamos gran parte de nuestra vida dormidos, literalmente.
El tiempo que permanecemos dormidos anualmente equivale a 122 días, una tercera parte de nuestra vida, si es que a estas altura alguien tiene claro qué es la vida y, en cualquier caso, si estamos despiertos cuando ponemos en funcionamiento el piloto automático.
La vida es sueño, máxime si tenemos en cuenta que la mayoría de nosotros sueña cinco veces en cada período de sueño de ocho horas, lo que supone alrededor de 1825 sueños al año. Una cifra para esgrimir enérgicamente frente a los que consideran que conectarse a entornos virtuales no es vivir de verdad.
El argumento perfecto para tomar la píldora roja y entrar en Matrix. Para siempre.
No somos el centro de nada
Por si todo lo anterior fuera poco, nuestros átomos no son nuestros, sino que fueron originados en la barriga de una estrella lejana. Muy lejana, de hecho, porque el universo es tan gigantesco que cuesta creer que nosotros seamos algo más que una brizna de hierba.
Concretamente, el universo visible tiene un millón seiscientos mil millones de millones de millones de kilómetros de anchura o 150.000 años luz (con una edad aproximada de 13.800 millones de años).
Es una distancia que somos incapaces de cubrir pero, aunque lo hiciéramos, no llegaríamos a ningún borde o límite: el universo se curva sobre sí mismo de un modo inimaginable, de manera que llegaríamos de nuevo al mismo punto de partida.
Como si estuviéramos atrapados en una esfera de más de tres dimensiones en cuyo exterior no hay nada porque ni siquiera tiene sentido el término «exterior o fuera del universo».
En realidad una esfera es solo una de las tres formas posibles de nuestro universo. Las otras dos son una silla de montar hiperbólica y una forma sin apenas curvatura.
Universo observable.
Además, a pesar de que no somos capaces de percibirlo, el tiempo transcurre más o menos deprisa en función de dónde nos encontremos y a la velocidad a la que viajemos. Por eso, la cola de un perro envejece más lentamente en relación al propio perro (aunque sea a nivel infinitesimal), porque la cola no deja de agitarse (sobre todo si el perro está contento).
Las asimetrías temporales significativas se producen desarrollando grandes velocidades: por ejemplo, los astronautas que formaban la tripulación de la misión espacial soviética Mir EO-3 permanecieron un año en órbita, yendo siempre a 8 km/s, pero al aterrizar solo tenían una diferencia de tiempo respecto a los humanos que permanecimos en la Tierra de 0,01 segundos.
Sin embargo, si un hermano gemelo viajara a una velocidad equivalente al 0,6 de la velocidad de la luz hasta un lugar que se encuentre a seis años luz de distancia, al regresar sería cuatro años más joven que el hermano gemelo que se quedó en la Tierra. Mejor que cualquier tratamiento antiaging.
La altura también influye en esta desincronización temporal. A mayor altitud en la Tierra experimentaremos menos gravedad, y por tanto una dilatación temporal menor. Si permanecemos mucho tiempo en la cima de un rascacielos o una montaña, al bajar seremos un poco más viejos que quienes están en el suelo, más próximos a la fuente de la fuerza de la gravedad.
Hablamos, naturalmente, de asimetrías muy pequeñas: viviendo 79 años en la azotea del Empire State Building, a 380 metros de altitud, perderíamos 0,000104 segundos de nuestro tiempo con respecto a alguien que viviera a ras de suelo. Pero la superficie de Marte es tres años más vieja que la de la Tierra debido al a dilatación temporal gravitatoria.
Un lugar donde experimentar de forma asombrosa esa dilatación temporal sería en la superficie de una estrella de neutrones: estrellas con una gran masa, hasta el punto de que un pedazo de estrella de neutrones del tamaño de un terrón de azúcar pesa tanto como toda la humanidad en conjunto.
En tales condiciones de gravedad, un observador en el espacio experimentaría 60 minutos por cada 65 minutos del que permanece en la estrella de neutrones.
Estaríamos aplastados hasta límites insoportables para la vida, pero teóricamente ganaríamos 5 minutos de vida por hora; y de añadidura, una gravedad tan poderosa también evitaría el problema de que nuestro cuerpo fuera en un 99% vacío: nuestros átomos se comprimirían hasta que prácticamente ocuparan el tamaño del núcleo.
Nuestro tamaño, eso sí, sería microscópico: si el Sol consiguiera aplastarse hasta adquirir la densidad de una estrella de neutrones, ocuparía el mismo volumen que el Everest (actualmente, a efectos comparativos, el diámetro del Sol es cien veces el de la Tierra).
Todo es tan enorme que cuesta imaginar la ingenuidad del ser humano cuando se cree el centro del universo. Uno de los primeros seres humanos que empezó a advertir el error fue Nicolás Copérnico, que plasmó sobre papel su teoría heliocéntrica entre el 1510 y el 1514.
Tardó mucho tiempo en publicar su tratado De revolutionibus orbium coelestium (1543) por temor a recibir represalias de la iglesia, partidaria de que era la Tierra el centro del universo. Más tarde, Charles Darwin hizo lo propio con el ser humano, reduciendo su categoría a la de una especie más; y más tarde lo hizo Werner Heisenberg, poniendo en entredicho la realidad material y hasta el principio de causalidad.
Una imagen de la Vía Láctea.
Todo es tan inabarcable y nosotros somos tan insignificantes que si viajáramos en nuestro coche a 193 km/h ininterrumpidamente por una hipotética autopista imaginaria, tardaríamos 2497 años en llegar a Neptuno, que todavía se encuentra en el sistema solar.
La máxima velocidad desarrollada por tecnología humana es algo más de 250.000 km/h, marca obtenida por la nave Helios 2.
Una tecnología aún sin probar denominada propulsión nuclear de pulso (que básicamente consiste en hacer explotar una bomba atómica debajo de la nave cada segundo) apenas nos permitiría desarrollar una velocidad equivalente al 5% de la velocidad de la luz (que es 300.000 km/s).
Y la luz, para llegar a la estrella más cercana a nosotros, Próxima Centauri, tardaría 4,22 años: Helios 2, sin embargo, tardaría 18.000 años en llegar allí.
La Vía Láctea alberga cientos de miles de millones de estrellas (necesitaríamos 4000 años para nombrarlas todas, suponiendo que pronunciáramos sus nombres a razón de uno por segundo).
Y la Vía Láctea forma parte de los 140.000 millones de galaxias que posiblemente existen en el universo visible. El astrofísico Bruce Gregory calculó que si las galaxias fueran guisantes, habría suficientes para llenar un gran estadio deportivo.
Y no importa que no nos movamos voluntariamente, porque seguimos viajando por el universo a velocidades inimaginables.
En 1929, el astrónomo Edwin Hubble descubrió que todas las galaxias se alejaban de la Tierra y de las demás galaxias, y que además lo hacían a velocidades directamente proporcionales a la distancia mutua.
En honor a Hubble, lanzamos al espacio un telescopio llamado también Hubble que tiene una resolución de 0,085 arcosegundos (el equivalente a leer la inscripción de una moneda pequeña a dos kilómetros de distancia), con la que hemos confirmando que el universo no deja de expandirse.
Eso origina nuestro movimiento, porque formamos parte de una carambola de engranajes que nos impulsa de un lado para otro tal que así: además de girar sobre sí misma a 1.000 km/h (en un punto medio de su superficie), la Tierra describe una órbita alrededor del Sol a una velocidad superior a los 107.000 km/h respecto al Sol, tal y como explican Brian Cox y Jeff Forshaw en ¿Por qué E=MC2?:
«Si te vas a la cama por la noche y duermes ocho horas, cuando te despiertes habrás recorrido más de 800.000 kilómetros».
Pero el movimiento no acaba aquí: el Sol, con la Tierra alrededor, se desplaza por la Vía Láctea a unos 780.000 km/h. Además, la propia Vía Láctea viaja a 900.000 km/h en dirección al centro de los cúmulos de la constelación de Virgo, que a su vez se desplazan a una masa mayor, Acuario, a 1.400.000 km/h.
¿Más? De toda la materia del universo visible, solo un 4% es materia normal, como la materia de la que están formadas todas las cosas que conocemos. Un 23% está hecho de materia oscura (invisible), que los físicos intuyen que existe pero no saben lo que es. El 73% restante, es decir, casi toda la materia del universo, es energía oscura, que también es invisible, y tampoco sabemos qué es.
Tal y como ha observado el físico Walter Lewin en Por amor a la física: «La conclusión es que ignoramos qué es el 96% de la masa/energía del universo».
Y quién sabe si estamos rodeados de infinitas copias de todo cuanto conocemos en diversas dimensiones, algunas de ellas desarrollando instantes y acciones que nunca hemos experimentado nosotros.
O tal vez todo, nosotros incluidos, solo somos una simulación generada por un superordenador (o somos reales y todas las especies extraterrestres de mayor inteligencia que la nuestra han decidido convertir sus mentes a bits para vivir en un universo generado por un superordenador en el que puedan evitar la inminente destrucción del universo, el Big Crunch, ralentizado hasta casi el infinito el reloj subjetivo del superordenador).
El cualquier caso, un día el universo se acabará, y ya no importará lo pensemos al respecto.
Ni siquiera que, a pesar de todo lo escrito, oh, aún nos creemos el centro de la creación.