Cambio16(N.Hernández) — La tele-transportación nos ha fascinado durante décadas. La ciencia ficción ha mostrado escenarios en los que es posible transportar objetos grandes o personas de un lugar a otro. Y aunque en la vida real es posible, no es como el cine o la televisión la dibujan.
Puede resultar desilusionante, pero todavía no podemos ir de un lugar a otro a no ser que lo hagamos caminando o en algún medio de transporte. Pero científicos sí lo han logrado con otros elementos en el mundo de la física cuántica.
Han transferido el estado cuántico de una partícula a otra sin que haya una transferencia física del objeto en sí. Esto se logra mediante el entrelazamiento cuántico. Dos partículas que comparten un estado tan íntimo que el cambio en una afecta instantáneamente a la otra, sin importar la distancia.
Para teletransportar un objeto se necesita desintegrarlo; es decir, romper todos sus átomos y moléculas para después volverlo a integrar en el destino. En el hipotético caso de una persona, sería un poco complicado por no decir imposible.
No solo estamos formados de átomos, por lo que se tendrían que deshacer todos nuestros órganos, incluido el cerebro que, a su vez, es donde ocurren todos los procesos físicos, químicos y emocionales, los cuales no hay manera de destruir y volver a construir.
Tampoco resultaría sencillo hacerlo con un objeto inanimado, como una taza. El objeto se debería desintegrar por completo, lo cual requeriría grandes cantidades de energía.
– Más lejos que Star Trek
Esas dificultades impiden que haya teletransportación de objetos cotidianos cómo lo hemos visto tantas veces en Stra Trek. Sin embargo, no de partículas individuales a través de procesos cuánticos. Los físicos han logrado enviar partículas en estado cuántico de un lugar a otro como si fueran ondas electromagnéticas, pero se trata de fotones o partículas elementales.
La diferencia entre una partícula de este tipo y las que conforman a los seres humanos es que las personas no solo dependen de las partículas, sino de la interacción entre ellas. Una característica importante del entrelazamiento es que no es una simple correlación clásica; es una conexión instantánea y no local.
Es decir, si se mide el estado de una partícula entrelazada, se puede determinar el estado de la otra partícula instantáneamente, incluso si están a años luz de distancia.
De esta manera, uno de los fotones puede ser enviado a kilómetros de distancia y los cambios que le realicen a uno ocurrirán también en el otro. Eso es la teletransportación cuántica. Entre más grande sea la distancia de transportación más difícil conseguirla, pero los científicos trabajan en sistemas cada vez más eficientes para lograrlo.
Crear y mantener pares de partículas entrelazadas a lo largo de largas distancias requiere tecnología y materiales avanzados que todavía están en desarrollo.
– Diferente de lo que imaginamos
La teletransportación cuántica no ocurre desapareciendo la información o las partículas en un extremo y haciéndolas aparecer en otro, sino que el proceso que sea aplicado en un lado tendrá consecuencias en la partícula de llegada.
No existen leyes cuánticas que logren explicar el porqué de este comportamiento y hasta hace poco se dudaba de que fuera cierto. Es un fenómeno extraño que se escapa de la realidad. Esto fue lo que pensó Albert Einstein mientras estudiaba el entrelazamiento cuántico.
En 1935, junto con otros dos científicos, descubrió matemáticamente el entrelazamiento cuántico. Desde el principio, al trío este fenómeno les pareció tan absurdo que llegaron a denominarlo acción fantasmagórica.
Einstein pensó que debió haber algún error en la fórmula, ya que podían demostrar con el principio del realismo local que las correlaciones entre ambos objetos eran inconsistentes. Lo que no sabía Einstein es que sus conjeturas en torno a esa acción fantasmagórica acabarían fundamentando una hipótesis que nos acerca al teletransporte.
Pero la palabra teletransporte en particular se atribuye al escritor estadounidense Charles Fort. En su libro Lo!, publicado en 1931, la utiliza para referirse a misteriosas apariciones y desapariciones de personas y objetos que parecían desplazarse instantáneamente de un lugar a otro.
– Un camino a escala miscrocópica
Desde esa época hasta la actualidad algunos avances han permitido seguir soñando con la idea. Pero siempre en el mundo cuántico. La primera vez que se propuso el tema fue en 1993. Era el inicio de todo un proceso que tuvo un primer momento inspirador en 2012.
Gracias a la física cuática, científicos de la Universidad de Viena y de la Academia Austriaca de las Ciencias teletransportaron fotones por el aire entre dos masas de tierra de las Islas Canarias. Cinco años después se daría otro paso importante. Físicos chinos lograronhacer lo mismo pero hasta un satélite que orbitaba la Tierra a 300 kilómetros de altura.
Pero en 2020 ocurrió otro momento clave luego de que investigadores estadounidenses lograron teletransportar electrones en lugar de fotones. El hallazgo resultó ser trascendental porque los electrones son más estables y pueden mantener sus estados cuánticos durante períodos más largos.
Lo que podría conducir a avances en el teletransporte de partículas más complejas e incluso de información cuántica a mayores distancias con mayor fiabilidad.
El hecho de poder teletransporta cuánticamente electrones permite pensar que algún día existirá la capacidad de replicarlo con átomos enteros, moléculas, o, tal vez, células vivas y organismos más complejos. Sin embargo, en la actualidad no es posible hacerlo debido al gran número de estados cuánticos implicados en un organismo tan complejo como el humano.
– Ahora problemas técnicos, más adelante éticos
Para conseguir teletransportarnos habría que inventar una tecnología capaz de escanear el cuerpo humano y volverlo a ensamblar en otro lado.
Pero esto requeriría una potencia de cálculo extraordinaria, que ni siquiera los superordenadores más potentes pueden alcanzar.
Aunque la próxima generación de ordenadores cuánticos podría tener la capacidad de resolver esto.
Pero todavía si se consiguiera tal capacidad de cómputo, se plantearían muchos problemas éticos.
La teletransportación cuántico transmite información sobre partículas, no sobre las propias partículas. La interrogante que les surge a los investigadores es si la persona teletransportada sería la misma.
Físicos como John Clauser, uno de los ganadores del Premio Nobel de Física de 2022 por sus trabajos sobre el entrelazamiento cuántico, advierten de la posibilidad de muerte de la persona original durante el proceso.
Muchos piensan también que el resultado es que se crearían clones de la persona teletransportada. «Además, también te dicen que después, un replicante tuyo empieza a andar por ahí haciéndose cargo de tu vida tal y como la conocías», señala explica Clauser.
– Comunicación difícil de hackear
Los científicos están trabajando en desarrollar un entrelazamiento cuántico estable que podría ser una red de comunicación totalmente segura e imposible de hackear. Un equipo de investigadores del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA logró teletransportar información cuántica a una distancia de 44 kilómetros con un 90% de precisión.
También científicos de China lograron teletransportar partículas entre el suelo y un satélite en órbita, demostrando que el proceso no está limitado por la atmósfera terrestre
Estos avance pudiesen ser el principio del desarrollo de redes cuánticas, que revolucionarán la comunicación, internet y la computación. Ayudaría a superar los problemas actuales en la transmisión de información. La capacidad de enviar información sin que viaje físicamente puede resultar en comunicaciones más rápidas y seguras.
Este tipo de comunicación puede ser especialmente útil en situaciones donde la latencia es crítica, como en la exploración espacial y las redes financieras.
A pesar de estos impresionantes avances, todavía hay barreras que superar. La fidelidad y la distancia de la teletransportación cuántica necesitan mejorar para que esta tecnología sea viable para aplicaciones prácticas a gran escala. Sin embargo, los progresos recientes nos acercan a un futuro donde podría ser una herramienta cotidiana en la comunicación.
– Da para todo
Mientras seguimos esperando que el sueño de la teletransportación humana se transforme en realidad, contamos con la ciencia ficción y los dibujos animados para imaginarnos las bondades que podría brindarnos.
No solo los tripulantes del Enterprise se la pasaban yendo de un lado a otro sin pagar pasaje, a Harry Potter, Hechizada, Mi bella genio, Goku, el personaje de La Mosca (aunque no le salió como esperaba) y Jumper, por nombrar solo algunos, también los hemos visto en esos menesteres.
Con ellos aprendimos todo sobre la habilidad de moverse de manera instantánea de un lugar a otro saltando a través del espacio. Y con variantes, pues en algunos casos era a través del tiempo, las dimensiones, mundos paralelos o planos metafísicos. Y no solo llegaba a ser aplicable en uno mismo, si no también en otros usuarios u objetos.
Esto permite que la teletransportación pueda utilizarse para evitar ataques, teletransportar a un enemigo hacia un lugar lejano (un agujero negro, otra dimensión, un mundo paralelo, etc.) o hacia su propio ataque. También teletransportar ataques enemigos (ya sea lejos o de regreso al oponente) y partes del cuerpo de un oponente u objetos a su cuerpo.
– La teletransportación del cine y la TV
Pseudo-teletransportación: es una imitación debido a que es una especie de efecto secundario de correr a una velocidad muy alta (mucho más alta que la velocidad normal del personaje). También se puede llevar a cabo a expensas de la transformación temporal de un usuario en un relámpago/luz/energía/entidad astral (en este caso, el personaje puede ignorar parcialmente los obstáculos encontrados en su camino).
Espacial: movimiento instantáneo o casi instantáneo en el espacio. Puede tener lugar ya sea a expensas de la distorsión espacial (aquí también incluye varios portales espaciales), o como un efecto secundario de la teletransportación cuántica dimensional o el viaje en el tiempo.
Dimensional: entre dimensiones/universos. En los casos más avanzados, permite navegar entre multiversos e incluso hiperversos.
Temporal: viajar en el tiempo de forma instantánea o casi instantánea. Como efecto secundario simula la teletransportación en el espacio (debido a que el personaje toma una cierta distancia en el pasado o en el futuro, y cuando regresa en su tiempo, aparece en un punto diferente en el espacio).
Mágica: movimiento instantáneo o casi instantáneo en el espacio, realizado con la ayuda de hechizos mágicos, pociones o artefactos. A menudo ignora las leyes de la física, la lógica y el sentido común.
Autodirigida: el personaje puede, de alguna manera, moverse en el espacio/tiempo solo a sí mismo.
De objetos: el personaje puede teletransportarse tanto a sí mismo como a otros objetos o seres vivos (lo que permite, por ejemplo, arrojar a un enemigo a la boca de un volcán o en la superficie del sol, o incluso a otra dimensión o vacío exterior).
Intercambio de lugares: consiste en intercambiar lugares espaciales con otro objeto o usuario. Generalmente, este tipo de teletransportación está limitada por el hecho de que el segundo objeto es necesario para moverse en el espacio.
La Bóveda Global de Semillas de Svalbard, en Noruega. Esta instalación alberga más de 1,3 millones de muestras.
The New York Times(A.Nierenberg) — La Bóveda Global de Semillas de Svalbard, en el norte de Noruega, está concebida como el último recurso de la humanidad. Imagínala como el cobertizo del fin del mundo: una cápsula genética segura, a salvo en caso de que alguna catástrofe (como un meteorito o un desastre climático) amenace los cultivos del planeta.
El depósito ya contaba con cerca de 1,3 millones de muestras de semillas de unas 7000 especies, enviadas desde todo el mundo. La semana pasada recibió alrededor de 30.000 nuevas.
La cifra en sí es significativa: es una de las mayores adiciones únicas desde que la bóveda se creó en 2008 (suelen hacerse tres depósitos al año).
Pero, según Asmund Asdal, coordinador de la bóveda noruega, quizá lo más relevante sea la cantidad de los llamados bancos de genes—organizaciones que almacenan sus propias reservas de semillas en lugares de todo el mundo— que participaron en esta última donación.
“Ahora es más importante que muchos bancos de genes nuevos de partes del mundo en desarrollo están depositando material genético valioso y único”, escribió en un correo electrónico. Algunos, dijo, hicieron sus primeras contribuciones la semana pasada.
Svalbard no es el único lugar donde se almacenan semillas. Pero está pensado como una caja fuerte, una cámara de almacenamiento sellada casi por completo, para su uso en caso de emergencia. La mayor parte del trabajo de guardar, estudiar y compartir semillas se realiza en los bancos de genes.
Esos bancos funcionan de manera similar al sistema de archivos de una computadora, en el que se guardan documentos, pero a los que se puede acceder con facilidad. Svalbard es el disco duro externo desde el que se pueden recuperar los archivos en caso de pérdida.
Asdal explicó que, en los últimos años, los organizadores de la bóveda han ampliado su alcance: consideran su trabajo como una carrera contrarreloj, sobre todo para llegar a los países en desarrollo o a las comunidades rurales, con el fin de protegerse de la posibilidad de que los bancos de genes sean destruidos por calamidades como inclemencias meteorológicas, conflictos o averías en los equipos.
Como dice Mike Bollinger, director ejecutivo de Seed Savers Exchange, un banco de semillas sin fines de lucro de Estados Unidos: “Si la pierdes, desaparece para siempre”.
El interés en la recolección de semillas, así como el tamaño del último depósito de muestras, refleja “el creciente estrés, la urgencia, la necesidad de actuar en tiempos de cambio climático”, comentó Stefan Schmitz, director ejecutivo de Crop Trust, que gestiona la bóveda de Svalbard junto con el gobierno noruego y NordGen, un centro de investigación genética.
En esta ocasión, 23 bancos de genes hicieron contribuciones, uno de los mayores grupos en hacerlo en una sola ventana desde 2020. Según el recuento de Crop Trust, en el mundo existen más de 1750 bancos de genes.
“Estos depósitos reflejan una conciencia generalizada de que el clima en el que los humanos han prosperado durante los últimos 10.000 años ha desaparecido”, escribió en un correo electrónico Laurie Parsons, académica de Royal Holloway, Universidad de Londres, que estudia el cambio climático.
El interior de la Bóveda de Svalbard en 2018. Las cajas contienen semillas de todo el mundo. La última donación es una de las adiciones únicas más grandes desde que se inauguró la bóveda en 2008.
El fin del mundo, al menos tal y como lo conocemos los humanos, podría no originarse de una sola catástrofe. Los bancos de genes también protegen contra la posibilidad de una desaparición gradual. Y, como sucede con los huevos, es mejor no poner las semillas en la misma cesta.
Entre las amenazas, la crisis climática ocupa un lugar destacado. En 2023, el año más caluroso jamás registrado, unos 2300 millones de personas enfrentaron una inseguridad alimentaria moderada o grave, según la Organización Mundial de la Salud.
Los investigadores también han descubierto que más de una tercera parte de las especies arbóreas del mundo corren el riesgo de extinción. Muchas de las nuevas semillas de la bóveda proceden de zonas que sufren inundaciones desastrosas o furiosas olas de calor, lo que dificulta la producción de cultivos.
Las amenazas más inmediatas proceden de los conflictos humanos. Los combates han desplazado a los agricultores y las bombas han arrasado los cultivos.
El primer retiro de la bóveda de Svalbard se hizo en 2015, después de que la guerra civil de Siria devastó un banco de semillas cerca de Alepo. Las muestras recuperadas se enviaron a almacenes de Líbano y Marruecos.
Este año, algunas semillas llegaron de los territorios palestinos ocupados por Israel. A principios del año próximo llegarán más de Sudán, país asolado por el hambre y la guerra civil.
Hay otras preocupaciones. Las semillas no se conservan para siempre. Los cultivos modificados genéticamente, utilizados a menudo en la agricultura industrial, han desplazado a las variedades más antiguas.
Esto puede hacer que los cocineros y jardineros locales, que cultivan y utilizan semillas tradicionales, se conviertan en engranajes importantes de la maquinaria de conservación de la diversidad.
Schmitz cree que el futuro de la agricultura resistente al clima podría depender de las semillas que los agricultores han pasado por alto durante décadas. Los 1145 depósitos de Chad, por ejemplo, se han adaptado para resistir un clima extremo. Podrían ser útiles para los investigadores que intentan cultivar plantas resistentes al calor y a las lluvias irregulares.
“La humanidad se olvidó, un poco, de la riqueza, la riqueza de lo que tenemos”, dijo Schmitz.
Svalbard (un archipiélago que también alberga otros registros de la humanidad, como el Archivo Mundial del Ártico, un importante centro de almacenamiento de datos) es clave para la conservación.
Pero el Ártico está cambiando.
El año pasado, las temperaturas aumentaron cuatro veces más rápido que en otras partes del mundo. El deshielo del permafrost provocó una pequeña inundación en la entrada de la bóveda en 2016 (Schmitz comentó que esos problemas se han solucionado desde entonces y el agua de la inundación se acumuló lejos de los almacenes de semillas).
A pesar del aumento de las temperaturas, las semillas deberían estar a salvo en la bóveda protegida de Svalbard, que se mantiene muy por debajo del punto de congelación incluso sin electricidad, señaló Schmitz.
Schmitz reconoció que, aunque no existe la certeza absoluta, “diría que es el lugar más seguro que podríamos encontrar para esta tarea”.
Chic(L.Farreras) — Diversos estudios recientes han analizado cómo la diferencia de edad influye en la satisfacción y durabilidad de las relaciones amorosas, apuntando a que una brecha moderada podría ser clave para el éxito. Investigaciones realizadas en Australia y Estados Unidos han coincidido en que las parejas con una diferencia de edad pequeña tienden a ser más estables y felices.
Una de estas investigaciones, llevada a cabo por Wang-Sheng Lee, de la Deakin University en Australia, y Terra McKinnish, de la Universidad de Colorado, concluyó que las parejas con una diferencia de edad de uno a tres años, donde el hombre suele ser mayor, mostraron los niveles más altos de satisfacción.
Este estudio, publicado en la National Library of Medicine, destaca que las diferencias de edad mayores, especialmente de siete años o más, están asociadas a un deterioro más rápido de la satisfacción en los primeros años de convivencia.
– La brecha de edad y el riesgo de separación
Otro estudio complementario, realizado por la Universidad Emory de Atlanta, evaluó a más de 3.000 parejas y llegó a conclusiones similares.
Según este análisis, la probabilidad de separación aumenta significativamente con la brecha de edad: mientras que las parejas con solo un año de diferencia tienen un 3% de posibilidades de separarse, aquellas con una diferencia de más de una década enfrentan un 39% de riesgo. Este porcentaje se dispara al 95% en relaciones donde la brecha alcanza o supera las dos décadas.
Ambos estudios coinciden en que las parejas de edades similares tienden a compartir más experiencias y a estar en etapas vitales similares, lo que las hace más resistentes a los conflictos. Por el contrario, las relaciones con grandes diferencias de edad pueden enfrentarse a desafíos como discrepancias en intereses, objetivos o perspectivas sobre la vida.
– Factores que determinan la satisfacción en pareja
No obstante, los investigadores de ambos estudios subrayan que estas cifras no son determinantes. Las relaciones exitosas dependen en gran medida de factores individuales como la comunicación, el respeto mutuo y la compatibilidad emocional.
En este sentido, una investigación realizada por Samantha Joel, de la Western University, publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences, refuerza la idea de que la calidad de una relación depende más de la percepción individual de satisfacción.
Este estudio analizó a 11.000 parejas y destacó cinco indicadores clave: el compromiso percibido de la pareja, la apreciación mutua, la satisfacción sexual, la percepción de la satisfacción de la pareja y los niveles de conflicto.
Aunque las estadísticas sobre diferencias de edad pueden ofrecer una guía general, la verdadera clave para una relación exitosa parece residir en factores más profundos y emocionales, que van más allá de los números.
JotDown(B.Ayuso) —La historia nunca ha sido justa con nadie, mucho menos con sus ladrones. El 18 de agosto de 1935 el suplemento Blanco y Negro de ABC despedía con coros y danzas a uno de ellos, retratado como «un Don Quijote honorario que iba por los llanos campesinos inventariando la riqueza de una patria que amaba acaso más que la patria de nacimiento».
En el tono almibarado se podía casi masticar la gloria que parecía merecer Arthur Byne, el presunto experto en arte español:
Antes de morir en un accidente de tráfico en Ciudad Real y mucho antes de convertirse en el hombre que se llevó piedra a piedra monumentos medievales españoles a través del Atlántico, a Arthur Byne (Filadelfia, 1884) se le conocía como «el americano».
Un hombre alto y bien parecido que viajaba fotografiando iglesias, palacios y conventos junto a su mujer, Mildred Stapley, inventariando la riqueza artística española para la Hispanic Society de Nueva York. Al menos, en teoría.
El matrimonio invirtió dos décadas en encandilar a la alta sociedad de la capital —oficiaron de celestinas entre a Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí—, al Gobierno, a la Corona y a la comunidad artística como expertos en el patrimonio cultural instalados en España para glorificarlo.
En realidad, este arquitecto que jamás construyó nada se valió de esa reputación para consumar uno de los mayores saqueos arquitectónicos del arte español, con la aquiescencia de todos ellos.
Ante sus mismísimas narices, robó, sobornó y extrajo del país ilegalmente monasterios, artesonados y un sinfín de edificaciones que desmembró para trasplantarlas después en Estados Unidos, vendiéndolas al mejor postor. Que casi siempre era el mismo.
Byne, refinado, culto y amable, no era en realidad más que un perro de presa, aunque se enmascarara como marchante, agente o anticuario.
Rastreaba piezas valiosas para alimentar la transatlántica voracidad de William Randolph Hearst, mucho más que un magnate de la prensa y mucho menos que un amante del arte. Byne vivió al servicio de la compulsividad del emulado ciudadano Kane, cuyo talonario emplazaba el límite en el cielo.
«Nadie mostraba, simultáneamente, tal deseo voraz de adquirir y tan poca discriminación en hacerlo», decían de él. Si cuando Hearst quería una guerra no tenía más que llamar a un fotógrafo, cuando el antojo era un monasterio medieval para decorar sus mansiones de Florida o California, llamaba a Arthur Byne.
Santa María de Ovila y Sacramenia
A.Byne. Llegó a España en 1915 y murió en 1935, en accidente de tráfico. Fue enterrado en Carabanchel.
En 1925, Hearst se encaprichó del monasterio cisterciense de Sacramenia (Segovia) y del de Santa María de Ovila (Guadalajara).
Byne ya le había enviado un botín de más de ochenta artesonados hispano-musulmanes, y en su salón tenía instalada la sillería del coro de la catedral de Seo de Urgel (Lérida), por lo que no había razón para rebajar la avidez del quizá el más notorio robber baron de la historia.
Hearst deseaba incorporar ambos monasterios a su mansión de California, que llamaría castillo Wyntoon y que reconvertiría las piedras medievales en puro delirio, mofándose de cualquier asomo de preservación histórica.
La capilla de Ovila serviría de piscina y el coro de la iglesia, de trampolín.
La parte norte de la edificación eclesial se transformaría en una playa con arena donde tomar el sol y el conjunto en general, en una monstruosidad de sesenta dependencias en mitad del desierto.
La correspondencia entre Byne y Julia Morgan, la arquitecta encargada de edificar el desvarío en tierras norteamericanas, da cuenta de la profusión de trapicheos que el experto en arte perpetró para conseguir sacar de España ambos monumentos.
También, del sumo secretismo con el que se cocinaba toda maniobra, debido a la nada positiva imagen que el expoliador tenía de España: «Yo no estoy confiando, en este país hablador, a la discreción de cualquier mecanógrafa y enviaré todos mis informes con lápiz», alertaba en una misiva, creando el nombre en clave «Mountolive» para todo lo referido al desmembramiento de Santa María de Ovila.
Con el monasterio segoviano la operación fue sencilla y por apenas cuarenta mil dólares se hizo con él, lo desmontó y se llevó sus treinta y seis mil piedras a Nueva York en pequeños lotes, disfrazándolos de materiales de construcción.
El destino que corrieron una vez atracados en el puerto neoyorquino es bastante más infame, porque quedaron paralizados en los muelles por miedo a la fiebre aftosa.
Cuando comenzó la operación para trasladar Santa María de Ovila, la cosa también se complicó.
En 1926 España aprobó la primera ley que prohibía la exportación de obras de arte, al calor de muchos de los atracones previos de Byne, que a pesar de ello nunca cayó en desgracia.
Al contrario. Los trescientos mil dólares que Hearst ordenó desembolsar obraron maravillas en el débil Gobierno español, que se abrió de piernas ante la violación de las leyes de conservación cultural, las quejas del Ministerio de Bellas Artes y el recto sentido común.
El gran saqueador untó y convenció a las autoridades de que además les hacía un favor, porque el desmontaje y embalaje del monasterio supondría una «solución parcial al problema del desempleo» que también por entonces acuciaba al país. Byne contrató a cien lugareños para echar abajo hasta la última piedra, e incluso logró reconstruir y resucitar líneas de ferrocarril de la Primera Guerra Mundial para poder transportarlo más fácilmente.
Pero la construcción de un ferrocarril para la compra ilegal de un hombre rico solo fue el inicio de la afrenta, la crónica de un tiempo en el que el país hizo almoneda de su casa y la vendió al mejor postor.
Desde la derecha, William Randolph Hearst (primero) y Arthur Byne, justo al lado, también con sombrero, en una visita a Toledo
Si Byne o Hearst se inquietaron en algún momento por los vaivenes políticos que podrían echar abajo su operación de expolio, fue en vano.
La Segunda República fue casi tan ineficiente como la Corona y como la dictadura militar a la hora de proteger su acervo, y ni siquiera el estallido revolucionario detuvo el desmantelamiento del monasterio de Ovila: «Los trabajadores de Byne clavaron la bandera roja de la revolución en la iglesia que estaban destrozando ilegalmente y volvieron al trabajo», resumió la revista Time.
Cuando Azaña quiso declarar los restos del monasterio de Sacramenia patrimonio nacional, no quedaba más que sombra y polvo de ruinas. Los barcos cargados de las piedras medievales de Ovila arribaron a San Francisco en 1931, y allí se quedaron. Lo único que puso freno a la ambición del magnate y la inoperancia española fue el tenaz azote de la Gran Depresión.
El fin del sueño medieval
No hubo piscinas en catedrales, ni soláriums medievales en California. El proyecto del castillo Wyntoon, presupuestado en más de cincuenta millones de dólares, se vino abajo tan pronto las piedras atracaron en suelo estadounidense y la Bolsa se estrelló.
Los asesores financieros de Hearst lo disuadieron, y a resultas de esa renuncia el monasterio de Ovila quedó abandonado a su suerte en un depósito del puerto como un vestigio del capricho. Años después se arrumbó en el parque del Golden Gate, donde permaneció acumulando desidia unas décadas más, hasta hace prácticamente cuatro días.
La travesía desde la estepa castellana concluyó en 2013, cuando la ciudad de San Francisco decidió regalárselo a los monjes de la pequeña comunidad cisterciense de Vina, al norte de California.
Estos se las ingeniaron para reconstruir parte de la edificación del siglo XII —entre otras cosas, asociándose con una marca de cervezas que ahora se bautiza en su honor— y hoy la capilla gótica de Santa María de Ovila vuelve a estar en pie, aunque aún está acordonada de engaños.
El claustro de Sacramenia, empaquetado piedra a piedra, a su llegada a Florida.
«Durante seis centurias el monasterio gozó de una poderosa influencia en los alrededores hasta que en 1935 el Gobierno español lo cerró, junto a otros novecientos que compartieron el mismo destino. Cayó entonces en manos privadas y en un estado de desidia», informa una placa al visitante, tratando de condensar la historia del monasterio en un espacio cuadrangular.
Pero sin Hearst ni Bryne, es solo un pedazo de una historia más injusta.
Tampoco el monasterio de Sacramenia escapó al languidecimiento ni a los escombros. Después de pasar años retenido por el temor a la fiebre aftosa —España había vivido un brote en 1925 y las autoridades estadounidenses no querían asumir el riesgo, así que quemaron el embalaje original—, las 10 571 cajas recalaron en un almacén del Bronx.
Pero, fruto de la quema, también se redujeron a cenizas los números de identificación de las piedras, convirtiendo el monasterio propiedad de Hearst en lo que la prensa de la época bautizaba jocosamente como «el mayor rompecabezas de la historia».
El magnate lo consignó al olvido al ver diezmado su patrimonio, hasta que en 1937 empezó a liquidar masivamente sus posesiones artísticas, entre las que, además de una momia egipcia, armaduras y unas gafas de Benjamin Franklin se encontraban diez mil piezas de un monasterio medieval español que nadie quería.
Veinte años después dos empresarios de Cincinnati, William Edgemon y Raymond Moss, atisbaron en el puzle maldito una posibilidad de negocio de playa. Compraron los restos del monasterio y se lo llevaron a Miami para reconstruirlo, convirtiéndolo en una opción de ocio para los turistas de costa en busca de «un viaje de retroceso en el tiempo de ochocientos años», situándolo como competencia de los parques de atracciones y las playas de arena blanca. No funcionó.
Las pérdidas se acumulaban y los empresarios nunca recuperaron la inversión inicial de la reconstrucción, por lo que el monasterio de Sacramenia —allí bautizado como St. Bernard de Clairvaux— volvió a estar al borde del derrumbe, pero esta vez definitivo.
El talonario de un filántropo y su posterior donación a la diócesis episcopal de la localidad lo impidieron, manteniéndolo hasta hoy como un resquicio de historia en mitad de Miami Beach, que recibe más de cincuenta mil visitantes al año y donde se celebran más de doscientos bodas. A la primera oficiada por el sacerdote actual, la estrella invitada fue Britney Spears.
Los claustros de St. Bernard de Clairvaux, Miami, hoy en día.
La peripecia de Hearst es singular, pero no única. Testimonio de ello son las estructuras medievales que aún subsisten diseminadas al otro lado del Atlántico, en Nueva York, Filadelfia, Detroit, San Francisco, Miami o en mitad de la nada, como en Vina o Milwaukee.
Todas ellas flores raras, desubicadas en su entorno fruto de una fiebre desatada entre 1914 y 1934, cuando la idea de comprar un edificio medieval, desmantelarlo, enviarlo a través del océano, almacenarlo y luego reconstruirlo en una nueva ubicación no era un propósito descabellado, ni una ambición (solo) de unas mentes podridas por el dinero y unas autoridades pusilánimes.
Robar un monasterio solo era cuestión de sobornos. Como Hearst, otros magnates como John D. Rockefeller Jr. trasladaron una veintena de propiedades a EE. UU., aunque el recuento aún mantiene en liza a los historiadores.
Y es que también los menos acaudalados de aquellos inicios del siglo XX pudieron celebrar su atracción por el pasado europeo adquiriendo saldos arquitectónicos medievales, muchas veces ruinosos tras las guerras de religión del siglo XVI: un diplomático estadounidense adquirió una casa señorial inglesa y la llevó, piedra por piedra, hasta Virginia.
La hija de un magnate del ferrocarril se instaló una capilla gótica francesa en su finca de Long Island, junto a un castillo renacentista que había reconstruido anteriormente.
El botín de Byne
Convento de San Francisco de Cuellar (Segovia) – Fue desmembrado entre 1907 y 1927 con la participación de Byne. Algunas de sus partes se encuentran en la Hispanic Society de Nueva York y otras se utilizaron en la reconstrucción del monasterio de Sacramenia, en Miami.
Castillo de Benavente (Zamora) – Byne vendió a Hearst en 1930 parte de su estructura gótica. Actualmente su paradero es desconocido.
Monasterio de Ovila (Guadalajara) – Hearst lo compró en 1931 con la intención de reconstruirlo en Wyntoon, su residencia de San Francisco. Nunca lo hizo y hoy algunas de sus piedras siguen arrumbadas en el parque del Golden Gate. Existe un proyecto de reconstrucción, paralizado.
Reja de la Catedral de Valladolid – Arthur Byne se la vendió a Hearst en 1922. Nunca llegó a usarla. En 1956 se vendió al Metropolitan de Nueva York, que la instaló, después de mutilarla convenientemente para que cupiera. Puede visitarse allí.
Catedral de Seo de Urgel (Lérida) – Uno de sus arcos de jaspe rojo se encuentra en el Castillo de San Simeón, en California.También la sillería del coro, que Hearst instaló en su comedor.
Colección de are del Conde de las almenas – Byne se la llevó a Estados Unidos con la excusa de montar una exposición y después la vendió. Sus artesonados y mobiliario están desperdigados en ese país.
Ya decíamos que la historia es especialmente injusta con sus ladrones. Lo es aún más la gloria, que, aún hoy, sigue abrazando a Arthur Byne, que descansa en un cementerio de Carabanchel, como un «insigne hispanófilo, cuya muerte constituyó una verdadera pérdida para el arte español».
Libro de las Estampas, fol. 41v. Archivo de La Catedral de León.
The Conversation(J.C.López) — En el manuscrito conocido como Libro de las Estampas de la Catedral de León, fechado entre finales del siglo XII e inicios del XIII, se incluye una inusual miniatura final en la que se ilustra claramente un feminicidio.
La imagen es muy elocuente.
En ella, el personaje masculino eleva amenazante una gran espada ante una mujer que, en una evidente postura de sumisión, vuelve la mirada hacia su asesino.
La identificación de la víctima es posible gracias a la cartela que sostiene en sus manos, en la que puede leerse el nombre de Sancha y su condición de condesa.
El texto que acompaña a la miniatura completa la información: es el testamento de la condesa Sancha Muñiz, leonesa del siglo XI.
Sancha era hija de los nobles Munio Fernández y Elvira Fróilaz y su vida estuvo marcada por sus estrechas relaciones con los ámbitos de poder de la primera mitad del siglo XI.
Casada y enviudada en diversas ocasiones, la condesa acumuló un considerable patrimonio familiar.
Además, fue un agente de la máxima relevancia en el patrocinio de las actividades artísticas de su tiempo, como demuestran su vinculación con los monasterios de San Antolín del Esla y San Salvador de Bariones –era propietaria de ambos y además fundadora del primero–, así como su magnificencia con la catedral de León.
De esto da buena cuenta el propio documento del Libro de las Estampas, que incluye la donación que la condesa realizó a la catedral.
A partir del año 1045 se pierde toda referencia de la noble en la documentación, por lo que se ha considerado que su muerte debió producirse en dicha fecha.
Los datos biográficos recogidos y, especialmente, la generosa dádiva concedida a la catedral de León dibujan a una mujer poderosa en el reino, con relevancia política y con un rico patrimonio personal. Sin embargo, tal y como ilustra la miniatura, esta condición no evitó su trágico final.
– El asesinato
Para comprender tanto la razón última de su muerte violenta como la persistencia de este fatal suceso en la cultura visual del León medieval es necesario identificar al individuo que le dio muerte.
Los diversos especialistas han considerado que el personaje que sostiene la espada es Nuño Pérez, sobrino de la condesa y, a la postre, también su asesino. Los motivos de este atroz suceso son recogidos por el Obituario de la catedral de León.
En él se afirma que Nuño se vengó de ella por la donación que la noble había realizado a la catedral, privando con ello al joven de una considerable herencia.
Pero la miniatura no es la única representación de su violenta muerte. La escena también se encuentra en su sepulcro, realizado en el siglo XIV, siglos después de su fallecimiento.
Actualmente, este se dispone en uno de los muros de la capilla de la Virgen Blanca de la catedral de León. En él, además de la efigie de la difunta, se desarrolla un interesante relieve que, frente a la imagen única del Libro de las Estampas, se organiza por medio de diversas escenas que aportan más datos sobre los sucesos acontecidos.
En primer lugar, se ilustra la donación simbólica realizada por la noble a la sede catedralicia, institución que se representa por medio de la imagen de la Virgen con el Niño en el momento de recibir el monasterio de manos de la condesa.
Seguidamente, se dispone el instante inmediatamente anterior al asesinato, en este caso con un tercer personaje que parece sujetar a la condesa mientras su sobrino prepara la espada. A esta escena se asoma una mujer de difícil interpretación y que, en todo caso, parece funcionar a modo de testigo.
Las últimas imágenes del relieve se corresponden con la muerte del asesino, quien, tras su huida a caballo, acaba cayendo fatalmente de su montura.
Detalles del sepulcro que retratan, de izquierda a derecha, de arriba a abajo, la donación, el asesinato, la huida de Nuño Pérez a caballo y la muerte de Nuño Pérez. J. Castiñeiras López
En una cronología diferente y en una técnica y tipología distintas, las imágenes de la donación a la catedral y de la muerte del pérfido sobrino completan figurativamente la -imaginamos ya legendaria- triste historia del final de la condesa leonesa.
– ¿Un reconocimiento?
Las informaciones documentales y artísticas aquí expuestas narran el periplo vital, así como el macabro final, de una acaudalada noble del reino de León en los años centrales de la Edad Media.
No obstante, una importante cuestión sigue abierta: ¿por qué se representa hasta dos veces la muerte de una condesa en la catedral de León siglos después de su fallecimiento? Aunque la pregunta no tiene una respuesta definitiva, parece claro que a la institución catedralicia le interesó mantener la memoria de quien había demostrado su generosidad con la sede, hasta el punto de entregar la vida por ello.
Sea como fuere, imagen, poder y feminicidio parecen darse así la mano en el León medieval, con la historia de una mujer en la vanguardia social y política de su tiempo que, a pesar de ello, terminó violentamente sus días, a manos, ni más ni menos, que de su propio sobrino.
Estas piedras se hicieron muy populares en el año 2016, tras el hallazgo de una gigante en Bosnia y Herzegovina. Sin embargo, hay más en muchos otros países
El confidencial(R.Badillo) — En abril de 2016, un arqueólogo bosnio llamado Semir Osmanagic encontró la que, supuestamente, era la esfera de roca más grande y antigua del mundo. Con un radio de entre 1,2 y 1,5 metros, su peso superaba con creces las 30 toneladas.
En declaraciones a la BBC, el conocido como el Indiana Jones de Bosnia contó que permaneció mucho tiempo oculta en un bosque cercano a la villa de Podubravlje y que era “la prueba de la existencia de civilizaciones avanzadas que vivieron en los Balcanes en un pasado lejano”, aunque de ellas “no queda registro alguno”.
Además, añadió que en la década de 1930 había en torno a 80 de estas rocas esféricas. Sin embargo, la mayoría de ellas se perdieron “arrastradas por el río Bosna, destruidas como consecuencia de los rumores de que albergaban oro en su interior o usadas como elementos decorativos en jardines por los pobladores locales”.
Una historia que, como contamos en El Confidencial, no estuvo exenta de polémica y que fue puesta en duda por arqueólogos y científicos de todo el mundo.
Ahora, Edit Szalai, que participó en las excavaciones arqueológicas encabezadas por Semir Osmanagic en 2016, ha concedida una entrevista al medio Index. En ella asegura que hay formaciones parecidas repartidas por todo el mundo.
De hecho, cita el caso de Costa Rica e, incluso, el de la Antártida: “algunas de las esferas de piedra se formaron mediante procesos geológicos y otras fueron creadas artificialmente”, indicó al respecto.
– Naturales o artificiales, pero sin misterio
En este sentido, asegura que la piedra de Bosnia es artificial, ya que las diferencias respecto a una esfera geométrica perfecta “es de solo uno o dos grados”. También habla de que la primera bola de piedra apareció en Costa Rica en la década de 1940 y que, en los siguientes años, salieron a la luz otras 400. También habla de que en México hay en torno a 250 estructuras similares.
“Bosnia, Serbia, Albania, Croacia, Rusia, Egipto… a principios de siglo también se encontraron bolas de piedra en la Antártida”, afirma el arqueólogo, para después hacer hincapié en que pudieron ser creadas “por una civilización de cien mil años de antigüedad o más que habitase la Antártida cuando no era un continente helado”.
A pesar de sus aseveraciones, diversos estudios han determinado que las rocas esféricas artificiales apenas cuentan con 1.500 años de antigüedad, en el caso de aquellas que tienen orígenes más remotos. Es más, un profesor de geología de la Universidad de Manchester explicó que la mayoría de ellas podrían debido a un proceso llamado “concreción”.
La Tercera(N.Iporre) — Desde que los talibanes tomaron el poder de Afganistán, niñas, adolescentes y adultas viven con las fuertes restricciones impuestas solo hacia ellas. No pueden hablar en público, mostrar su rostro y mucho menos bailar o escuchar música.
Una fotografía de tres niñas de espalda, con el pelo largo hasta más allá de la cintura y en el fondo, globos y serpentinas de cumpleaños. Para muchas personas, esta es una imagen corriente. Pero para las mujeres en Afganistán, es un acto de valentía.
En la capital del país asiático, Kabul, varias niñas accedieron a ser fotografiadas en una de las celebraciones secretas que organizan, con el cuidado de que no se expongan sus rostros. Y es que hace ya casi tres años, los estadounidenses retiraron sus tropas del país y los talibanes volvieron al poder.
Desde entonces, han intentado “borrar” a las mujeres de la vida pública. Instauraron un sinfín de prohibiciones que hacen que el único lugar “seguro” de las niñas sea en casa, con las puertas cerradas.
En este contexto, las adolescentes han decidido arriesgarse a celebrar fiestas donde se liberan de sus velos, que también son obligatorios.
– Cómo viven las mujeres en Afganistán
Por seis meses, la periodista iraní-canadiense Kiana Hayeri, junto a la investigadora francesa Mélissa Cornet, visitaron a decenas de mujeres afganas para mostrar las condiciones en las que viven con las fuertes restricciones que les han impuesto los talibanes.
Según recogió CNN, las mujeres en Afganistán no tienen derechos básicos: son obligadas a usar velo en público, no se pueden escuchar sus voces, no pueden ir a la escuela secundaria, ni trabajar en varios trabajos y menos asistir a muchos espacios sociales.
Las fotografías que muestran esta cruda realidad están siendo exhibidas en París bajo el nombre de No Woman’s Land (Tierra de ninguna mujer), y cada una cuenta una historia diferente.
La imagen del cumpleaños muestra la valentía de las adolescentes que se arriesgan a graves consecuencias solo por celebrar el cumpleaños de una de ellas, que celebraba sus 16 años.
Y es que la música y el baile en público también están prohibidos.
Entonces, las niñas pusieron música desde sus teléfonos móviles en un altavoz y bailaron sin velo ni otras restricciones. Incluso, se tomaron fotografías con el pelo suelto como un acto de rebeldía.
“Han visto que algunas de las chicas siguen compartiendo imágenes de ellas mismas sin cubrirse el pelo, arriesgándose cada vez que lo hacen”, se lee en el artículo de CNN.
Como en este caso, la periodista Hayeri decidió mostrarle al mundo estos pequeños “rituales de belleza” que, por ejemplo, en Occidente se da por sentado que es un acto normal pero que, proviniendo de Afganistán, adquiere otro significado completamente distinto.
“La resistencia para las mujeres afganas no puede significar salir a la calle y protestar, hablar abiertamente”, mencionó al mismo medio. La resistencia “existe, porque los talibanes están tratando de borrarlas de la vida pública y despojarlas de su identidad”.
Todo esto, en manos del jefe de Estado, el jeque Haibatullah Akhundzada.
La resistencia que menciona Hayeri son los “momentos de alegría” en un panorama desolador, donde las madres luchan a diario para poder alimentar a sus hijos y los suicidios de niñas que ya no pueden ir al colegio van en aumento.
“Es importante pensar en la alegría como una forma de resistencia (…) Cuando no hay esperanza, no hay absolutamente ninguna luz al final del túnel, ¿cómo se sigue adelante con la vida?”.
La preocupante situación de niñas y mujeres afganas
La periodista Hayeri y la investigadora Cornet se reunieron con más de 100 mujeres en el primer semestre de este 2024.
Y mientras conocían a cada niña, adolescente y mujer, “semana tras semana, el miedo era diferente”, le dijo Hayeri a CNN. “A medida que veíamos cómo cambiaban las cosas cotidianas y cómo se desarrollaban los acontecimientos, el miedo se centró en lo que iba a pasar con la sociedad y con las mujeres afganas”.
Es por esto que con su informe y fotografías, quieren mostrarle al mundo las “pérdidas inmateriales” que están teniendo las mujeres afganas frente al poder de los talibanes. Y es que son muchas las mujeres que han “perdido la esperanza en el futuro”.
De hecho, un detalle de la investigación que hicieron es que hay mujeres, por ejemplo en las zonas rurales, que viven en ambientes mucho más patriarcales que otras”.
“Sin restar importancia a lo terrible que es la situación… Hay muchas capas. Es un país muy heterogéneo. Así que si uno va al sur, al norte, al centro, al oeste, ve realidades completamente diferentes”, añadió Cornet.
20minutos — Reírse es algo muy natural y cotidiano, pero trasladar ese gesto a los mensajes escritos que enviamos en el día a día puede no ser tan fácil. La Real Academia Española (RAE) ha sorprendido a muchos al anunciar cuál es la forma correcta de expresar la risa en español.
Lo normal para muchos es escribir esta expresión a través del uso de ‘jajaja’, una forma de lo más habitual en redes sociales como Whatsapp, X, o Facebook. Sin embargo, la RAE ha establecido que esta forma no es correcta de acuerdo con las normas de la lengua española y ha propuesto por ello un nuevo modo de expresar la risa.
Así, para la RAE, la expresión adecuada debería ser «ja, ja, ja», con comas intercaladas entre cada ‘ja’. Y es que según la organización esta norma respeta las reglas de acentuación y evita la creación de una palabra compuesta.
Y es que cuando escribimos ‘jajaja’ todo junto, lo que hacemos es crear una palabra llana que, según las normas, debería llevar tilde, ya que esta cae en la penúltima sílaba. Al utilizar la expresión ‘ja, ja, ja’, no se crea una palabra compuesta, sino una serie de expresiones individuales de risa que eliminan la necesidad de acentuación.
Además, tampoco está bien escrito ‘hahaha’, una expresión que proviene del inglés donde la ‘h’ sí suena al contrario que en el español, donde esta letra no representa ningún sonido. De la misma forma, la RAE aclara que las variaciones del ‘jajaja’ como ‘jejeje’, ‘jojojo’, o ‘jijiji’, también deben someterse a las mismas reglas, por lo que su expresión, en realidad, debe ser la de ‘jo, jo, jo’ ‘je, je, je’ o ‘ji, ji, ji’.
El único caso en el que la RAE acepta que vayan juntos y con tilde es cuando su expresión equivale a la de un sustantivo, como es el caso de la expresión «Mucho jijijí y poco trabajar», donde el ‘jijijí’ equivale a una nombre, por lo que se escribe todo junto y con tilde en la última sílaba.
Psicología y Mente(L.M.Real) — Dejar el alcohol no es un paseo por el parque, pero tampoco es una misión imposible. Si estás decidida a decirle adiós a las copas de más, a ese vinito «casual» que se ha vuelto demasiado frecuente, te traigo una lista de diez consejos para dejar de beber por ti misma.
– Consejos para dejar de consumir alcohol por ti mismo
Sin rodeos, sin sesiones de terapia que vacíen tu bolsillo (aunque siempre viene bien una ayudita profesional si lo ves necesario), y sobre todo, sin esperar a que llegue el momento perfecto para hacerlo (spoiler: ese momento perfecto no existe). Así que, aquí te presento 10 consejos básicos para ayudarte a dejar de beber alcohol por ti mismo, sin ayuda.
1. Elimina el alcohol de tu casa y entorno
Vamos al grano: si tienes alcohol en casa, estás jugando con fuego. Es como querer dejar de fumar y tener una cajetilla siempre a mano, tentándote. Así que, ¿qué tal si empiezas quitando cualquier botella que tengas en casa? Y no vale esconderlas en ese armario donde guardas cosas que nunca usas, porque lo único que harás es aumentar la tentación. Tienes que ser radical.
Ya sé que ese vino te lo regalaron para tu cumpleaños o que tienes un whisky especial “para las visitas”, pero vamos a ser sinceras: las visitas no necesitan una copa para disfrutar de tu compañía, y tú tampoco. Crear un entorno libre de alcohol es el primer paso para reducir los antojos.
Piénsalo así: si abres la nevera y lo único que encuentras son refrescos o agua con gas, pues, adivina, no te queda otra que beber algo que no te hará resaca al día siguiente.
2. Haz un seguimiento de tu consumo
Una libretita y un bolígrafo pueden ser tus mejores aliados. ¡En serio! El simple acto de anotar cuántas veces al día piensas en beber puede revelarte más de lo que crees. ¿Qué lo causa? ¿Es esa serie de Netflix que siempre acompañas con una cerveza? ¿O ese amigo que insiste en que «una caña no hace daño a nadie»?
Al llevar un diario de tus impulsos, descubrirás esos patrones invisibles que te empujan al vaso. Con esa información en mano, serás como una detective en busca del culpable, y créeme, te sorprenderás de cuántas cosas son evitables con un poco de consciencia.
No hace falta que te montes un Excel detallado (a menos que seas de esas personas que lo necesita todo ultra organizado), pero sí que anotes lo esencial: cuántas ganas de beber has tenido hoy, qué las ha provocado y, lo más importante, cómo te has sentido. Eso te ayudará a ver si el alcohol está cubriendo alguna necesidad emocional. Y ahí, amiga, es donde empieza el verdadero trabajo.
3. Cambia tu rutina diaria
Esto es clave. Las rutinas son como autopistas mentales: si todos los días pasas por la misma rotonda a las 8 p. m. y acabas en el mismo bar de siempre, pues ya sabemos cómo acaba la película. El truco está en desviar ese camino automático. Si tu día acaba siempre con una copa de vino en la mano mientras ves la tele, plantéate una alternativa: salir a caminar, prepararte un buen té o incluso ponerte a leer un libro.
Las primeras veces vas a sentir que algo falta, pero es normal. Es como cambiar el café por infusiones: al principio no sabe igual, pero con el tiempo te acostumbras y descubres que puedes vivir perfectamente sin ello.
El tema es que tu cerebro necesita nuevas asociaciones. Si cada viernes por la noche lo asocias con salir a beber con amigos, ¿qué tal si conviertes los viernes en la noche del cine en casa o la tarde de gimnasio? Crea nuevas costumbres que no necesiten alcohol para ser divertidas.
4. Evita lugares y situaciones de riesgo
A ver, si sabes que en cierto bar te van a llenar la copa sin ni siquiera preguntarte si la quieres, ¿qué haces allí? Dejar el alcohol es mucho más fácil cuando no te estás poniendo en situaciones donde te empujan a beber.
Y no es que te tengas que volver una ermitaña y dejar de ver a tus amigos, pero sí conviene que, al menos por un tiempo, evites esos lugares donde el alcohol es casi obligatorio. O sea, esos bares donde todo el mundo te mira raro si pides un agua con gas en lugar de una cerveza.
Si tus amigos son del tipo que no sabe divertirse sin una copa en la mano, tal vez es momento de plantearte nuevas formas de pasar tiempo con ellos. ¿Qué tal un paseo en lugar de una quedada en el pub? Cambiar de ambientes puede ser una de las mejores decisiones que tomes.
5. Comprométete públicamente
Aquí viene la parte que a muchas nos da miedo: contarle a los demás que vamos a dejar de beber. Y sí, da un poco de vértigo porque no quieres que te miren como si fueras la aguafiestas del grupo, pero es importante que lo hagas. Cuando dices en voz alta que estás dejando el alcohol, de repente, todo el mundo está pendiente, y eso crea un compromiso real.
Díselo a tus amigos, a tu familia, a tu pareja. Cuanto más lo comuniques, más difícil será dar marcha atrás sin que te pregunten “¿qué pasó?”. Además, contar con el apoyo de quienes te rodean puede marcar una gran diferencia, sobre todo en esos momentos en los que sientes que podrías recaer. Ellos estarán ahí para recordarte por qué tomaste esa decisión.
6. Sustituye las bebidas alcohólicas por alternativas sin alcohol
A ver, que no todo es tragarse litros de agua cada vez que tienes sed. El truco está en encontrar bebidas que te gusten de verdad y que no te hagan sentir que te estás perdiendo de algo. Agua con gas con un chorrito de limón, un té helado o incluso esos cócteles sin alcohol que tienen nombres tan elegantes. De esa forma, cuando salgas, podrás pedir algo que realmente disfrutes sin necesidad de recurrir al alcohol.
Es una estrategia simple, pero efectiva: tener algo en las manos mientras socializas te ayudará a sentirte más cómoda en situaciones donde, de otra manera, te sentirías tentada a pedir lo de siempre.
7. Mantente ocupada
La mente ociosa es el peor enemigo cuando estás tratando de dejar el alcohol. La clave aquí es llenar tu agenda de actividades que te mantengan distraída y entretenida, especialmente en esos momentos donde más ganas tienes de beber.
Puedes probar con ejercicio, leer ese libro que tienes abandonado en la mesilla de noche, aprender algo nuevo o volver a hobbies que habías dejado de lado. La idea es que cuanto más ocupada estés, menos tiempo tendrás para pensar en lo que no puedes (o no debes) hacer.
Además, ¡piensa en todas esas cosas que el alcohol te ha impedido hacer! El tiempo que antes pasabas bebiendo y recuperándote de la resaca, ahora lo puedes invertir en cosas que realmente te hagan sentir bien y orgullosa.
8. Premia tus logros
Darse una palmadita en la espalda no está mal. De hecho, es absolutamente necesario. Cada vez que superes una semana, un mes o el tiempo que te hayas propuesto sin beber, recompénsate. Y no, no vale premiarte con una copita “solo esta vez”. Se trata de encontrar otros premios: un masaje, un día de compras, un viaje de fin de semana. Lo que sea que te haga sentir bien y que no esté relacionado con el alcohol.
Reconocer tus logros es fundamental para mantenerte motivada. No pienses que “una semana no es nada”. Cada paso cuenta, y cada pequeño triunfo es una prueba de que puedes lograrlo.
9. Gestiona tus emociones
El alcohol muchas veces es un escape fácil cuando las emociones se vuelven difíciles de manejar. Pero adivina qué, enfrentarlas sin anestesia líquida es una de las mejores cosas que puedes hacer por ti misma. Cuando te sientas triste, ansiosa o simplemente estresada, prueba otras formas de canalizar esos sentimientos. Sal a caminar, escribe en un diario, escucha música que te haga sentir bien o habla con alguien de confianza.
El truco aquí es aprender a estar presente con lo que sientes, en lugar de taparlo con alcohol. Y claro, es incómodo al principio, pero poco a poco te darás cuenta de que las emociones van y vienen, y que no necesitas alcohol para lidiar con ellas.
10. Ten un plan para las recaídas
¿Recaída? A ver, si pasa, no te hundas. Hay que evitar recaer a toda costa, pero también hay que saber qué hacer cuando ocurra a pesar de todo. Si tienes un desliz, en lugar de castigarte, trata de analizar qué te llevó a beber. ¿Qué situación te hizo caer? ¿Cómo podrías haber actuado de manera diferente? Al tener un plan para estos momentos, es más fácil levantarse y seguir adelante.
La cuestión es que no te enfoques en que has recaído “porque no tienes fuerza de voluntad”, sino en que has recaído porque te juntaste con tus amigos bebedores sin haberles avisado de que tú ya no bebes alcohol, o que tuviste unos días de mucha ansiedad que te hicieron más vulnerable a una recaída. Esas explicaciones son más útiles porque te permiten enfocarte en conductas concretas que cambiar para evitar volver a recaer de la misma forma (no tienes por qué tropezar dos veces con la misma piedra).
Recuerda que dejar el alcohol es un proceso, no un evento único. Las recaídas no significan que hayas fracasado, sino que estás aprendiendo a enfrentar la vida sin alcohol.
JotDown(E.deGorgot) — 1975 fue un año muy loco en los estudios de grabación británicos. Las prestaciones de la tecnología fueron llevadas hacia sus límites a empujones. Las mesas de mezclas de veinticuatro pistas —lo más avanzado de la época— empezaron a echar humo por culpa de dos grupos de música para los que parecía no haber pistas suficientes. En un plazo de seis meses aparecieron dos canciones que llevaron al paroxismo el uso de las veinticuatro pistas de grabación analógicas. Una fue «Bohemian Rhapsody» de Queen, por supuesto. La otra fue «I’m Not in Love» de 10cc.
Las dos canciones cambiaron la noción de lo que podía hacerse en un estudio de grabación, pero tienen historias muy distintas. «Bohemian Rhapsody» fue una creación premeditada de Freddie Mercury, una obra que él ya tenía terminada en su cabeza cuando entró al estudio para grabarla junto a sus compañeros. «I’m Not in Love», en cambio, estuvo a punto de no existir.
Fue un parche que 10cc incluyeron en su álbum a última hora, después de que una primera grabación de la canción hubiese terminado en la papelera. Bueno, no exactamente en la papelera, sino aún peor: el grupo había usado la cinta para grabar otras cosas encima.
En cualquier caso, cuando 10cc decidieron rescatar «I’m Not in Love» debido a una peculiar carambola de circunstancias, la canción todavía era una bossa nova sencilla que podría haberse grabado en media hora. Ellos, sin embargo, decidieron incluir en ella sonidos que hasta entonces nadie había empleado porque no existía una tecnología concreta para generarlos; por culpa de ese afán de experimentación terminaron enfrascados en la grabación de «I’m Not in Love» durante semanas.
Y eso no fue todo. Aunque «Bohemian Rhapsody» era más compleja en lo puramente musical, no lo fue en el aspecto técnico de la grabación, porque «I’m Not in Love», increíblemente, requirió bastantes más fragmentos sonoros distintos. Parece mentira, pero así es. «Bohemian Rhapsody» era monumental, pero no dejaba de sonar a lo que Queen ya habían hecho en su tercer álbum.
Era el estilo ya conocido de Queen, pero llevado al paroxismo. «I’m Not in Love», en cambio, no sonaba a nada que se hubiese editado por entonces. De hecho, 10cc estaban creando un nuevo sonido que se anticipaba en varios años a lo que después se haría con instrumentos electrónicos.
La tecnología de grabación de 1975 puede parecer primitiva comparada con las actuales herramientas digitales, pero se había avanzado muchísimo. Las mesas que permitían mezclar veinticuatro pistas simultáneas hubiesen sido un sueño en 1955, cuando los grupos grababan discos con un único micrófono colgado del techo.
O, como mucho, con dos micrófonos, uno para los instrumentos y otro para las voces. Eso significaba solo podían grabarse dos pistas al mismo tiempo. En ocasiones se grababan unas pistas extra que se mezclaban de manera rudimentaria con las dos anteriores para tener más instrumentos o voces sonando al mismo tiempo, sin acentuar el «efecto habitación» que produce usar un mismo micrófono para varios instrumentos situados en diferentes puntos del espacio.
La técnica de mezclar nuevas pistas con las originales se llamaba overdubbing y permitía, por ejemplo, que dos personas pudiesen sonar como varias. El problema es que solía perderse calidad de sonido. Las técnicas y aparatos evolucionaron con rapidez: a finales de los cincuenta ya se podía grabar a la vez en tres pistas.
Al empezar los sesenta aparecieron las grabadoras de cuatro pistas (y algunas experimentales de cinco), y hacia el final de la década las de ocho y dieciséis. En los setenta empezaron a usarse las de veinticuatro.
Veinticuatro pistas eran muchas, teniendo en cuenta las limitaciones a las que la industria había hecho frente durante décadas. Los instrumentos de un grupo de rock podían grabarse a la vez sin que tuviesen que compartir una misma pista, lo que permitía equilibrar el volumen de cada uno de ellos a posteriori.
También facilitaba el overdubbing, incluyendo más instrumentos en un fragmento de alguna pista original durante aquellos momentos en que el instrumento principal estaba «callado». Así, una pista podía contener fragmentos de más de un instrumento diferente: cuando uno no estaba sonando, sonaba el otro.
Eso sí, había que hacer las cosas con cuidado. Hoy, con un ordenador, cualquiera puede mezclar veinticuatro pistas y muchas más, pero en 1975 solo se usaban cintas magnetofónicas y apenas existía una fracción minúscula de las herramientas con las que cuentan los actuales estudios.
La diferencia entre un disco de entonces y un disco actual es parecida a la que existe entre una película de 1975 y otra de 2019. En 1975 los efectos visuales estaban en desarrollo y para mostrar ciertas cosas en pantalla había que fabricar maquetas físicas, como en Tiburón o La guerra de las galaxias. Hoy, en cambio, se puede recrear cualquier cosa mediante efectos digitales.
Lo mismo pasaba en la música y existían muchos límites en lo que podía hacerse, tanto por motivos tecnológicos como presupuestarios. Ya no era 1955, de acuerdo, pero pretender grabar por encima de cierto número de instrumentos y voces implicaba enfrentarse a serias dificultades.
A 10cc no les importó esto. Como queriendo contradecir aquello de que el rock es una cosa sencilla de grabar, se metieron en un jardín y tardaron en terminar una sola canción el mismo tiempo que otras bandas dedicaban a grabar un doble álbum completo.
Queen, para grabar «Bohemian Rhapsody», emplearon la friolera de ciento ochenta fragmentos distintos de grabación entre instrumentos y voces, fragmentos apelotonados en las veinticuatro pistas disponibles. Pues bien, en «I’n Not in Love» terminaron haciendo falta ¡más de doscientos cincuenta!
Los experimentos de Queen y 10cc con las mesas de mezclas eran innecesarios, excepto para mentes inquietas.
Eso sí, el público los recibió con inesperado entusiasmo.
«Bohemian Rhapsody» y «I’n Not in Love» fueron grandes éxitos pese a que, a priori, habían parecido poco idóneas para ser promocionadas como sencillos.
Ambas duraban seis minutos, algo que incomodaba a las radios.
Lo habitual era que las canciones largas fuesen recortadas a tres o cuatro minutos para la promoción.
Por ejemplo, The Chambers Brothers habían triunfado en los sesenta interpretando una versión muy breve de su himno «Time Has Come Today», mientras que en el álbum, donde tenía un largo interludio psicodélico que las radios no emitían, la misma canción duraba ¡once minutos!
En el aspecto comercial, «I’m Not in Love» y «Bohemian Rhapsody» rompieron todos estos moldes.
Ambas terminarían llegando al número uno en el Reino Unido y colándose en el Top Ten estadounidense.
Eso sí, los grupos que crearon estas dos canciones han corrido distinta suerte de cara a la memoria colectiva. Queen nunca han dejado de estar de moda; son como los Beatles, una institución que trasciende generaciones y dudo que haya alguien en Occidente que no sea capaz de tararear varias de sus melodías.
El caso de 10cc es distinto: tuvieron mucho éxito en los setenta, pero el cambio de década los dejó fuera de juego y terminaron separándose, lo que favoreció que la gente dejase de pensar en ellos. Además de que, todo hay que decirlo, el repertorio de 10cc no es comparable al de Queen y nunca tuvieron al frente un líder tan carismático como Freddie Mercury, lo que siempre ayuda a generar imágenes icónicas de cara a la posteridad.
Aun así 10cc nunca caerán en el completo olvido porque «I’m Not in Love» sigue sonando sin parar en las radios de medio mundo. De hecho, creo que es instantáneamente reconocible incluso para gente que no sabe cómo se titula o quién demonios la interpreta.
10cc son recordados sobre todo gracias a una balada atmosférica y evocadora, así que supongo que mucha gente imagina que el grupo estaba especializado en el romanticismo melancólico. Y no es así, en absoluto. De hecho, «I’m Not in Love» es una absoluta rareza en la discografía de 10cc, que en su tiempo eran conocidos precisamente por todo lo contrario: canciones alegres con letras irreverentes repletas de ingenio y sentido del humor.
No puede decirse que fuesen un grupo punk, pero en parte anticipaban esa actitud. Llegaron a grabar una canción titulada «The Worst Band in the World», en la que decían: It’s one thing to know it but another to admit, we’re the worst band in the world, but we don’t give a… («Una cosa es saberlo y otra cosa es admitirlo: somos el peor grupo del mundo, pero no nos importa una…»)
En los puntos suspensivos venía la palabra fuck, claro, pero no la pronunciaban por aquello de la censura. Sin embargo, al aparecer tocándola en televisión hacían una vistosa peineta a la cámara: pueden verla antes de los veinte segundos de actuación. Es decir, 10cc estaban sacando el dedo medio en la pequeña pantalla años antes de que los Sex Pistols la liaran diciendo tacos durante una entrevista.
«I’m Not in Love» es una pieza elegante y sofisticada, pero 10cc nunca pretendieron proyectar una aureola sofisticada. En realidad no pretendían proyectar ninguna aureola en absoluto. Lo habitual es que los músicos se tomen a sí mismos demasiado en serio y que empiecen a hacerse los interesantes en cuanto alcanzan un mínimo de éxito.
Ni siquiera alguien con el talento de Bob Dylan dejó de recurrir a la pose desde el principio de su carrera. Pero 10cc no eran así. Quizá porque nunca habían pretendido llegar a nada.
Vayamos a principios de los setenta. Los cuatro miembros originales del grupo habían empezado a tocar juntos no con el sueño de convertirse en estrellas, sino ejerciendo como anónimos músicos de estudio que ponían música de fondo en grabaciones de todo tipo, ya fuesen discos crepusculares de figuras nostálgicas o anuncios.
Incluso compusieron cánticos para equipos de fútbol. Los cuatro podían cantar y tocar varios instrumentos, así que se adaptaban a cualquier cosa que les pidiesen. Aquel no era un trabajo muy glamuroso, pero les daba de comer y ellos eran tan poco ambiciosos que ni siquiera se les pasaba por la cabeza editar sus propias canciones.
Quien los convenció fue el cantante estadounidense Neil Sedaka. Por entonces era ya un cantante pasado de moda, pero su historial comercial era apabullante y en el pasado había tenido enormes éxitos que seguro ustedes reconocen al instante, como «Oh! Carol» o «Breaking Up Is Hard To Do».
Sedaka grabó un álbum en Inglaterra con aquellos cuatro músicos anónimos y quedó tan contento con el sonido que les aconsejó que se promocionasen con su propio nombre. Los cuatro tipos despertaron de su letargo y se dieron cuenta de que quizá podían aspirar a algo más que pasarse la vida ejerciendo como mercenarios.
Buscaron discográfica y el primer editor que se interesó por ellos fue Jonathan King, jefe de UK Records, quien además les sugirió el nombre. King les contó que en sueños había visto un cartel que decía «10cc: El mejor grupo del mundo» y que eso le había dado buena espina.
A los cuatro músicos les pareció un buen nombre y lo adoptaron como propio. Eso sí, la leyenda urbana siempre afirmó que ellos cuatro habían elegido llamarse 10cc («Diez centímetros cúbicos») porque la media de volumen de la eyaculación humana es de cinco centímetros cúbicos —no me pregunten, ¡nunca se me ha ocurrido calibrar eso!—, por lo que ponerse como nombre el doble de esa cantidad era una muestra de confianza en su propio poder.
Esa leyenda urbana es apócrifa, pero es normal que mucha gente la tomase como real porque 10cc se harían célebres por buscar nombres con dobles sentidos para casi todo. Basta con ojear sus álbumes para apreciar su afición por los títulos chorras: el álbum de debut se titulaba sencillamente 10cc, pero después vino una sucesión de ocurrencias dignas de Franz Zappa.
En su segundo disco consiguieron convertir en juego de palabras una expresión musical de lo más común: Sheet Music («Música de partitura»), expresión tan habitual que dudo que muchos angloparlantes viesen un chiste ahí hasta que 10cc sugirieron el doble sentido shit music («Música de mierda»).
Para confirmar que, en efecto, les gustaba bautizar a sus discos de manera adulta y solemne, publicaron discos titulados así: How Dare You! («¡Cómo os atrevéis!»), Bloody Tourists («Malditos turistas»), Ten Out of 10 («Diez sobre 10»), o The Original Soundtrack («La banda sonora original»; por supuesto, no había película alguna asociada a ese disco). Fue en The Original Soundtrack, precisamente, donde saldría publicada «I’n Not in Love».
Retomemos la cronología: 10cc se lanzaron en 1972 y obtuvieron su primer gran éxito casi de inmediato, una parodia del doo woop de los cincuenta titulada «Donna». Era una broma más que evidente en la que incluso hacían un cómico falsete más propio de los pitufos.
Es irónico que los dos responsables de la hilarante «Donna», los dos que la cantaron con voces deliberadamente estúpidas, fuesen precisamente los dos miembros del grupo más propensos a la música compleja e intelectualizada. Como veremos, en 10cc había dos equipos.
Lol Creme y Kevin Godley eran el equipo experimental, mientras que Eric Stewart y Graham Gouldman eran el equipo más propenso al pop comercial. Pues bien, la tontísima «Donna» fue escrita y cantada por la mitad supuestamente vanguardista e intelectual del grupo, mientras que la otra mitad no lo veía nada claro, pensando que después de publicar algo semejante ya nadie los respetaría como músicos.
Fue la mitad «seria» de 10cc la responsable de una extravagancia cómico-nostálgica como «Donna». La misma mitad seria que después se opondría a grabar «I’m Not in Love». Nunca dejará de asombrarme el exótico funcionamiento interno de este grupo.
En cualquier caso, para sorpresa de ellos mismos, «Donna» se convirtió en un éxito nacional. Su siguiente éxito y su primer número uno en las listas británicas fue «Rubber Bullets», otra canción con una letra repleta de humor que musicalmente era glam rock festivo del que estaba de moda por entonces, no muy distinto del que hacían Wizzard o Slade.
En la misma línea estuvo «The Dean and I», su tercer éxito en las listas. El cuarto éxito, «The Wall Street Shuffle», era algo más evolucionado en cuanto a sonido, aunque la letra seguía la línea sarcástica de las anteriores («Apuesto a que venderías a tu madre, siempre puedes comprarte otra.»).
Estas eran las cuatro canciones con las que, en menos de tres años, 10cc se hicieron un nombre en el Reino Unido y, en menor medida, en algunos otros países como Holanda o Bélgica.
Bueno, había otras que merece mucho la pena recordar, pero no habían llegado tan alto en las listas (sabe Dios lo que hay en la cabeza del público, ¿Qué más se le puede pedir a una puñetera maravilla como «Silly Love»?). Después de editar dos álbumes, 10cc todavía eran desconocidos en los Estados Unidos, la gran meta para cualquier grupo británico. Sin embargo, en su país se habían labrado su fama y las ventas habían sido bastante buenas.
Los cuatro músicos, no obstante, tenían motivos para sentirse escépticos por el éxito. Su contrato discográfico con UK Records les garantizaba un exiguo porcentaje del 4% de las ventas, aún más exiguo si de él se descontaban, como era práctica habitual, los variopintos gastos que las compañías casi siempre cargaban en la cuenta de los artistas. Vamos, que, después de haber vendido miles y miles de discos, los cuatro miembros de 10cc continuaban bordeando la ruina.
Pese a no ser particularmente ambiciosos, sabían que así nunca saldrían de pobres y que había llegado el momento de cambiar de compañía. El haber obtenido cuatro canciones Top Ten en tres años debía bastar para que otras discográficas mostrasen interés, y así fue.
El que más trabajo se tomó para intentar ficharlos fue el joven Richard Branson, fundador de Virgin Records. Los cuatro músicos simpatizaban con el entusiasmo de Branson, pero Virgin todavía no era el coloso en el que se convertiría más tarde. Ya había obtenido un enorme éxito con el debut de Mike Oldfield, Tubular Bells, pero ese no era un referente con el que predecir el futuro comercial de 10cc en Virgin.
Para empezar, era insólito de por sí que un disco instrumental a base de campanitas hubiese tenido buenas ventas. Además, había ayudado el que uno de sus temas fuese usado casi por pura casualidad en la película El exorcista. El director de El exorcista, William Friedkin, había encargado la banda sonora al compositor argentino Lalo Schifrin, que estaba de moda después de haber escrito cosas tan magníficas como la banda sonora de Harry el Sucio.
Sin embargo, Friedkin quedó espantado cuando Schifrin le entregó un confuso conjunto de composiciones que, de manera absurda, eran bien demasiado terroríficas o bien demasiado poco terroríficas (había alguna pieza más propia de una película erótica en plan Emmanuelle).
Descontento, el cineasta descartó el trabajo de Schifrin y utilizó, entro otras cosas, una de las piezas del reciente Tubular Bells, lo cual ayudó a disparar todavía más las ventas del disco de Oldfield. Así pues, el único gran éxito de Virgin Records era un conjunto de circunstancias difícil de repetir; tan difícil que, como es notorio, Mike Oldfield jamás conseguiría repetirlo.
Además, siendo una compañía joven, no tenía aún potencia en el mercado americano. Así pues, pese a que Richard Branson ofrecía a 10cc unas muy buenas condiciones y mayores porcentajes sobre las ventas, ellos decidieron firmar por Mercury Records. Fue un error del que se lamentarían después, porque con lo que vendieron hubiesen ganado mucho, mucho más dinero con Virgin. Entonces no tenían forma de haberlo predicho.
10cc no eran de perder el tiempo y en 1974, mientras negociaban, ya entraron en el estudio para grabar su tercer álbum. Si iban a cambiar de compañía necesitaban canciones con vocación de éxito y la principal candidata para la promoción era la pegadiza «Life is a Minestrone», que compusieron con el propósito de entrar en la listas a ambos lados del Atlántico.
De hecho sería editada como primer sencillo, aunque conseguiría su objetivo a medias, funcionando muy bien en las Islas británicas, pero siendo, como de costumbre, ignorada en los Estados Unidos. Los 10cc habían pensado que la llave del mercado americano sería uno de sus temas desenfadados y humorísticos, pero estaban muy equivocados.
La verdadera llave del éxito mundial era una canción lenta y sutil que había estado a punto de quedarse fuera del álbum y que fue incluida en él por efecto de una carambola.
«I’m Not in Love» se le había ocurrido a Eric Stewart después de una conversación con su mujer. Llevaban varios años casados y un día ella le preguntó por qué no le decía «te quiero» con mayor frecuencia. Él se puso a reflexionar y dedujo que, si no lo decía más a menudo, era porque le parecía que repetir constantemente «te quiero» podía devaluar su significado.
Descolocado por la pregunta, le pareció que su propia actitud era infantil y escribió una letra cuyo título se puede traducir como «No estoy enamorado» o «No te quiero», pero cuyo contenido es una referencia irónica a su propia cerrazón:
No estoy enamorado, así que no lo olvides: no es más que una fase tonta que estoy atravesando. Y solo porque te llamo, no me malinterpretes, ni creas que lo tienes todo hecho. No estoy enamorado, no, no. Lo hago porque…
Me gusta verte, pero insisto, eso no significa que signifiques gran cosa para mí, así que, si te llamo, no armes un revuelo y no le hables a tus amigos sobre nosotros dos. No estoy enamorado, no, no. Lo hago porque…
Tengo tu foto en la pared tapando una mancha muy fea que hay allí, así que no me pidas que te la devuelva, sé que sabes que no significa mucho para mí. No estoy enamorado, no, no. Lo hago porque…
Oh, vas a esperarme mucho tiempo. Oh, vas a esperar mucho.
Como verán, una canción de amor bastante original, en la que el protagonista pretende hacer creer a su novia de que no está enamorado, pero usando argumentos cada vez más pueriles para negar lo evidente. Después de escribir la letra, Stewart compuso una melodía básica tocando en una guitarra acordes a ritmo de bossa nova.
Después, en el estudio le mostró la canción al bajista Graham Gouldman, quien le ayudó a terminarla, proponiendo algunos cambios en la estructura de acordes. Stewart y Gouldman, recordemos, eran la mitad pop de 10cc, así que aún quedaba el paso de que los otros dos miembros diesen el visto bueno. La grabaron en una cinta con ese propósito.
Cuando Stewart y Gouldman pusieron la cinta con «I’m Not in Love» en las oficinas del estudio y aquella canción de tintes brasileños empezó a sonar por los altavoces, los otros dos miembros, Lol Creme y Kevin Godley, quedaron horrorizados. La rechazaron al instante.
El rechazo fue tan intenso, de hecho, que la cinta con la maqueta original fue borrada de inmediato para usarla en otros menesteres, así que nunca sabremos cómo sonaba aquella versión bossa nova original de «I’m Not in Love» Sí, existe alguna versión bossa posterior hecha por otros músicos, pero se basa en la «I’m Not in Love» que apareció en disco, no en la bossa original que se perdió para siempre.
El hombre que había escrito «I’m Not in Love», Eric Stewart, ya se había resignado a olvidarla como una idea que, por lo visto, había sido un fiasco. Esto era habitual en 10cc, cuyos miembros funcionaban de manera democrática; si no se producía consenso (o mayoría) para grabar un tema, no se grababa y punto. «I’m Not in Love» no había obtenido consenso e iba directa a la papelera de la historia.
Entonces sucedió. Cuando ya habían borrado la cinta y estaban a punto de dejar la canción en el más completo olvido, Stewart escuchó de pasada cómo algunos empleados del estudio seguían tarareando la melodía. Como saben bien los músicos, una melodía que se quede en la memoria después de una sola escucha es algo que no se puede planificar, simplemente sucede y nadie sabe muy bien por qué.
Los músicos no saben el efecto que tendrá una canción en el público hasta que ven al público reaccionar. Stewart empezó a sospechar que quizá la melodía de «I’n Not in Love» tenía algo especial. Para confirmarlo, se le acercó la secretaria del estudio, Kathy Redfern, que había sabido que iban a descartar aquella melodía que sus compañeros andaban canturreando mientras trabajaban.
La chica le dijo: «¿Por qué no termináis esa canción? Me encanta. Es lo mejor que habéis compuesto hasta ahora». Stewart, atónito, les contó a sus compañeros lo que acababa de suceder. Aunque la mitad formada por Creme y Godley seguía sin mostrar entusiasmo, estaba claro que la melodía parecía funcionar, así que aceptaron darle una segunda oportunidad a la canción. Eso sí, con la condición de que no fuese una bossa nova.
No querían más canciones de vocación comercial en el disco. Ya tenían su sencillo de lanzamiento preparado, «Life is a Minestrone», y algunos otros de reserva como «Flying Junk» o «The Second Sitting for the Last Supper», así que la faceta pop del disco estaba cubierta. Creme y Godley solo accedían a incluir «I’m Not in Love» si la usaban como materia de base para la experimentación sonora.
Aunque en principio no sabían qué hacer con ella porque, en realidad, la faceta experimental del disco también estaba cubierta. La pièce de résistance del álbum iba a ser «Une Nuit a Paris», una pequeña ópera rock de casi nueve minutos que mostraba paralelismos con «Marionette» de Mott de Hopple (que quizá influyó a 10cc, ya que fue editada antes de que grabasen «Une Nuit a Paris») y con «Bohemian Rhapsody».
Así pues, con todos los frentes ya cubiertos en el disco, «I’m Not in Love» era un parche de última hora para el que no tenían nada previsto. Habiendo descartado el ritmo brasileño original, solo tenían una melodía que a la gente parecía quedársele en la cabeza, pero sin arreglos, ni instrumentación, ni nada.
El batería Kevin Godley fue quien propuso hacerla completamente a capella. Nunca habían hecho algo así. Sin embargo la idea iba mucho más allá de eso. Godley quería aprovechar las posibilidades que ofrecían las veinticuatro pistas de la mesa de mezclas. Quería algo que sonase como una gran agrupación coral, aunque ellos solo eran cuatro y tampoco tenían medios para contratar una agrupación coral.
Además hubiese sido inútil, puesto que planeaban rehacer la canción sobre la marcha. Contratar un coro hubiese significado entregarles una partitura, que la cantasen y, una vez grabadas las voces del coro, ya no podrían cambiarse. Lo que 10cc querían era poder improvisar mientras grababan, poder cambiar los arreglos sobre la marcha, siguiendo sus instintos.
Necesitaban pistas de voz que sonasen como un coro pero que fuesen flexibles, notas separadas que permitieran improvisar y componer sobre la marcha. Hoy eso no tiene complicación, porque cualquier sintetizador puede recrear, mejor o peor, el sonido de un coro; basta con configurar el sonido, tocar las teclas y el coro suena, pudiéndose regrabar una y otra vez, retocando todo lo que haga falta.
En 1975, aunque ya existían los teclados sintetizadores, no había ninguno capaz de lograr este efecto coral. En otras palabras: lo que 10cc estaban buscando no existía, nadie lo había hecho. Descubrieron que la única manera de conseguir algo parecido a un «teclado vocal» era usar el overdubbing. Esto es, fragmentos y fragmentos y más fragmentos de grabación.
Se les ocurrió grabar todas las posibles notas que puede cantar un coro cantándolas ellos mismos. Tres miembros del grupo, por turnos, empezaron a cantar una misma nota seis veces, haciendo «ahhhh». La nota do, por ejemplo. Eso daba como resultado dieciocho muestras de voz cantando do. Usando la mesa de mezclas, las combinaban en una sola pista, que sonaría como un coro de voces cantando la nota do. Ya tenían una nota.
Y así, una por una, seguirían con las doce notas de la escala en esa octava. Una vez terminada la octava, empezaban con las doce notas de la octava siguiente. Un laboriosísimo proceso cuyo objetivo era tener fragmentos de un coro haciendo «ahhhhh» en todas las notas diferentes que pudiesen necesitar.
Lo hicieron así, grabando, mezclando y regrabando en cintas durante horas y horas. Una demencial ocurrencia que terminó suponiendo tres semanas de trabajo agotador solo para tener disponibles los «ahhhhh» que les permitiese reconstruir la canción a capella.
Habían mezclado tantas voces en una sola muestra sonora que el resultado era un rasposo enjambre de armónicos que no se parecía a ningún instrumento o efecto conocido, pero que se convertiría, junto a la propia melodía, en la característica más sobresaliente del tema.
Una vez tenían las muestras, necesitaban recomponer los acordes haciendo corta y pega sobre una base instrumental que habían grabado como guía provisional.
Para ciertos arreglos, como no existía un teclado que pudiese manejar aquellas muestras de voz, tenían que ponerse tres o cuatro en la mesa de mezclas y manejar los controles de volumen de pistas diferentes, haciendo sonar ciertas notas de manera coordinada (por ese motivo los arreglos corales de la canción fueron sencillos; no había manera humana de complicarlos más con aquellos rudimentarios procedimientos).
Aquello era una locura que, en efecto, nadie había hecho jamás. Suponía tomarse demasiado trabajo. Otros grupos lo hubiesen sustituido con algún instrumento o una sección de cuerda, pero 10cc querían su coro de notas flexibles y se quemaron las pestañas para conseguirlo.
Ya solo faltaba registrar la voz principal.
10cc era un grupo de funcionamiento bastante democrático y entre sus curiosas costumbres estaba la de elegir quién ponía voz principal a cada tema mediante una audición.
Cada uno de ellos cantaba la melodía principal y al final decidían quién lo había hecho mejor, quién tenía la voz que se adaptaba mejor al tema. Lo mismo hicieron con «I’m Not in Love», aunque al final el indicado para cantarla fue el mismo que la había escrito en un principio, Eric Stewart.
El tema estaba casi finalizado pero Kevin Godley insistía en que faltaba algún detalle más.
El interludio medio psicodélico que habían añadido le parecía vacío. Empezaron a pensar en una voz que dijese algo. Lol Creme sugirió una frase que él mismo había pronunciado, aunque sin saber por qué, mientras grababa un solo de teclado: Big boys don’t cry («Los chicos grandes no lloran»).
La frase encajaba con la letra de la canción, solo que preferían una voz femenina que representase a la otra parte de la pareja. Justo en ese momento asomó la cabeza por la puerta Kathy Redfern, la secretaria que les había terminado de convencer para que grabasen «I’n Not in Love».
La chica solo quería comprobar que todo iba bien y no necesitaban nada, pero ellos la hicieron entrar y le pidieron que pusiera su voz en una parte del tema. Ella, horrorizada, protestó diciendo «¡No sé cantar!». Ellos la tranquilizaron, relativamente: «No tienes que cantar, solo has de susurrar una frase». Pasmada, Kathy Redfern repitió la frase varias veces ante el micrófono y de ese modo, sin pretenderlo, entró en la historia de la música.
Cuando por fin escucharon la canción finalizada ya habían abandonado la idea de publicarla a capella. Les gustaba la combinación entre el coro atmosférico hecho a base de interminables overdubbings y aquella base instrumental que, pese a haber sido grabada como guía provisional, sonaba tan bien que terminaría incluida en el disco.
Poco quedaba de la ignota bossa nova original, pero no importaba: 10cc acababan de grabar algo que sonaba diferente a cualquier cosa que se hubiese publicado por entonces:
Ellos mismos tardaron en entender el carácter revolucionario de lo que acababan de hacer. Ya antes de publicar el álbum le enseñaron la canción a algunos conocidos —entre ellos algunos que trabajaban para otras discográficas— que reaccionaban con entusiasta asombro, pero no estaban convencidos de que «I’m Not in Love» tuviese futuro comercial (y mucho menos convencidos estaban los de Mercury Records).
Además, aquel sonido era muy poco característico del estilo con el que 10cc habían labrado su carrera y se habían hecho conocidos. Temían que lanzar «I’m Not in Love» como sencillo pudiese descolocar a los fans. Cuando The Original Soundtrack apareció en las tiendas, se siguió el plan inicial y se lanzó la pegadiza «Life is a Minestrone» como primer sencillo; funcionó bien en Europa, pero no en los Estados Unidos, lo que había sido su objetivo último.
En uno de esos fenómenos comerciales que son dignos de estudio porque invalidan las reglas del marketing, cuando la gente se compraba The Original Soundtrack y se lo llevaba a casa, terminaba descubriendo «I’m Not in Love» y decidiendo que aquella era su canción preferida del disco. Para sorpresa de Mercury Records y de los propios 10cc, empezaron a llegarles cartas con peticiones para que «I’m Not in Love» fuese promocionada como segundo single.
Aún más significativo era que las peticiones no llegaban solo de oyentes anónimos. Roy Wood, el líder de Wizzard y miembro fundador de The Move y Electric Light Orchestra, había comprado el disco de 10cc, había escuchado «I’m Not in Love» y, completamente anodado, había enviado un telegrama urgente a Eric Stewart para decirle que debía promocionarla en la radio cuanto antes.
Roy Wood era toda una institución en la escena inglesa del momento; su opinión no era la de cualquiera. También llegaron mensajes de ejecutivos de otras compañías discográficas, que reaccionaron con el mismo histérico entusiasmo.
Uno de ellos llegó a decirles: «¡Esto es una obra maestra! ¿Cuánto dinero hace falta para que vengáis a mi sello?». Incluso la BBC se puso en contacto con ellos, interesada en radiar la canción aunque ni los propios 10cc hubiesen previsto promocionarla (eso sí, la BBC pedía un recorte en el interludio central).
En definitiva: la canción estaba alzando el vuelo por sí misma desde el momento en que la gente compraba el álbum esperando oír otras cosas y se la encontraban ahí, oculta. Tal fue la fuerza del boca a boca y de las avalanchas de mensajes que Mercury Records cambió de idea y decidió publicar «I’m Not in Love» como segundo sencillo de The Original Soundtrack. Entonces todo explotó.
Cuando el tema fue por fin promocionado, la reacción del público fue descomunal. 10cc obtuvieron su segundo número uno en su país, pero, lo más importante, rompieron la barrera atlántica por fin y llegaron al número dos en las listas estadounidenses. Y eso no fue todo.
Aunque la promoción se inició con una versión recortada por deseo de las radios, los oyentes de diversos países, que ya habían oído la canción completa en el álbum, empezaron a exigir que fuese emitida entera. Las radios también tuvieron que cambiar de opinión.
La arrolladora fuerza comercial de «I’m Not in Love» convirtió a 10cc en un fenómeno internacional, pero la banda iba en camino de desintegrarse. Los cuatro miembros originales aún grabaron juntos un cuarto álbum, How Dare You!, que de nuevo triunfó en las Islas británicas, pero no tuvo tanto impacto en los Estados Unidos.
Las dos facciones dentro del grupo tenían ya ideas tan diferentes sobre el tipo de música que debían grabar que Godley y Creme (la mitad «experimental») se marcharon para empezar proyectos por su cuenta. Stewart y Graham continuaron editando bajo el nombre de 10cc con músicos nuevos y una orientación muy comercial.
Los discos Deceptive Bends (1977) y Bloody Tourists (1978) vendieron muy bien en su país. También consiguieron su segundo éxito estadounidense con «The Things We Do For Love», pero ya no habría más. La llama se iba apagando: Look Hear? (1980) tuvo una carrera comercial modesta y Ten Out of 10 (1981) ni siquiera entró en las listas.
En 1983, Windows in the Jungle tampoco funcionó, aunque a aquellas alturas tanto Stewart como Gouldman habían perdido el interés en 10cc y estaban más implicados con otros trabajos. Paul McCartney había invitado a Eric Stewart a escribir canciones a medias con él; iniciaron una colaboración bastante continuada hasta el día en que, mitad de grabación, Stewart tuvo la ocurrencia de sugerir que McCartney grabase de nuevo unas voces.
Cuando McCartney vio que incluso el productor estaba de acuerdo con Stewart, se giró hacia este último y le espetó: «Y tú, ¿Cuándo escribiste tu último número uno?». Eric Stewart pensó que aquello era demasiado para él y se marchó del estudio.
En cualquier caso, 10cc nunca repitieron en la diana artística como lo hicieron con «I’m Not in Love», pero aquella fue una diana descomunal. Por sí sola inició un nuevo paradigma en el pop melódico y su influencia, sobre todo a partir de los ochenta, fue enorme. Pero enorme.
Cuando la tecnología electrónica posibilitó imitar las texturas sonoras de «I’m Not in Love» con solo darle a un botón, la sombra de 10cc empezó a estar presente en decenas de grabaciones. Ellos habían registrado aquellos sonidos mediante mecanismos analógicos más propios de un científico loco, pero el pop electrónico jamás hubiese sido el mismo sin ello.
Es llamativo que lo hiciesen precisamente 10cc, los tipos que habían grabado cosas como «Donna». Pero, como dice la letra, era «una fase tonta por la que estamos pasando».