JotDown(C.Frabetti) — Tras ver un preocupante reportaje sobre los «herbívoros» japoneses (soshoku danshi), me acordé de un chiste que me contó un amigo gallego y de una concentración de lolitas.
Un encuestador le pregunta a un campesino de la Galicia profunda:
—¿Qué prefieres, masturbarte o follar?
—Eu… prefiero follar —contesta el campesino tras unos instantes de vacilación.
—¿Por qué?
—Se conoce gente…
Hasta aquí el chiste, que en el Japón actual podría ser toda una declaración de principios. En cuanto a la concentración, tuvo lugar hace unos años en Colonia.
La expresión soshoku danshi fue utilizada por primera vez en 2006 por la escritora japonesa Maki Fukusawa para referirse, en contraposición a los hombres «carnívoros», es decir, depredadores sexuales, a los que adoptan una actitud elusiva, incluso temerosa, frente a las mujeres y declaran abiertamente que, pese a ser heterosexuales, no están interesados en relacionarse con ellas.
Según algunas estimaciones, más de la mitad de los hombres japoneses de entre veinte y cuarenta años son soshoku danshi, lo que ha contribuido de forma significativa a provocar un serio problema de descenso de la natalidad.
Estaba yo disfrutando de un sobrecogedor contrapicado de las dos torres de la catedral, que durante siglos fueron las más altas del mundo, cuando de pronto la plaza empezó a llenarse de lolitas japonesas —y de otras nacionalidades— en sus distintas variantes: góticas, clásicas, punkis, piratas, ciberlolitas…
No sé si la decisión de reunirse frente a aquellos enormes falos de piedra respondía a un propósito consciente de vindicación y réplica; en cualquier caso, para mí aquella explosión de femineidad oriental insumisa representó la segunda caída de las torres gemelas.
Las lolitas aparecieron en Japón en los años setenta del siglo pasado como expresión estética de una juventud femenina que quería desmarcarse de la ultraconservadora sociedad japonesa tradicional, en la que la mujer quedaba relegada al papel de abnegada esposa, material y mentalmente sometida al marido.
Y aunque empezó siendo un movimiento juvenil, en la actualidad es frecuente ver a mujeres de cuarenta o cincuenta años ataviadas como lolitas.
A primera vista, la Lolita fashion podría parecer una forma de huida hacia delante, en la medida en que potencia la imagen de la mujer florero (por no hablar de sus connotaciones fetichistas y pedófilas); pero su misma extremosidad convierte la propuesta estética —y erótica— de las lolitas en una impugnación de lo establecido; su extremosidad irónica y su desenfadado narcisismo, que no busca la aprobación de la mirada masculina.
La dimensión contestataria de un movimiento en apariencia tan «cuqui» (kawaii en japonés) fue captada rápidamente por el manga y el anime, que incorporaron a algunas lolitas guerreras a su elenco de heroínas.
No es casual que el repliegue sexual de los varones japoneses haya coincidido con la eclosión de las lolitas y otras formas de autoafirmación femenina; paradójicamente, la impropiamente denominada «revolución sexual» de los años setenta provocó en el Japón hiperpatriarcal una intensa —y extensa— reacción involutiva.
Me viene a la memoria, a este respecto, un interesante artículo sobre la anomia de la sociedad japonesa actual en el que Santiago Alba Rico hablaba de la relación entre la sexualidad y la pereza (esa pereza que no es la madre de todos los vicios porque les brinde el tiempo necesario para su desarrollo, como creen quienes confunden el esfuerzo con la virtud, sino porque constituye su materia prima); pero habría que hablar también de la compleja relación entre sexo y miedo (las pulsiones más básicas, junto con el hambre).
El campesino del chiste prefiere follar porque se conoce gente; por la misma razón, el soshoku danshi prefiere masturbarse, pues no quiere conocer gente: concretamente, no quiere «conocer» (y no deja de ser significativo el doble sentido del término) a una nueva generación de japonesas que no han sido modeladas por y para el deseo masculino.
En el fondo (y también en la forma), el «herbívoro» tiene miedo de unas mujeres que, en la medida en que se sustraen a su rol tradicional, lo obligan a cuestionarse su masculinidad; no es un misógino, como podría parecer a primera vista, sino un ginófobo.
Amantes de silicona e ídolos de carne y hueso
Hacia la misma época que las lolitas, irrumpieron en el escenario sociocultural nipón las «idols», cantantes adolescentes de aspecto aniñado que catalizan las fantasías de un público eminentemente masculino que ve en ellas la personificación de una femineidad dulce e inofensiva, el objeto ideal —en el doble sentido del término— de una sexualidad drásticamente reprimida por el miedo a las mujeres adultas y empoderadas.
Algunos han visto en las idols japonesas (también las hay chinas y coreanas, aunque no son equiparables) una versión pop de las geishas, en la medida en que encarnan un estilizado paradigma de belleza y de dulzura femeninas; pero las diferencias son mayores que las semejanzas, pues, mientras que las geishas representan la anacrónica pervivencia de la tradición más rancia y la estereotipación de los roles de género, las idols, al igual que las lolitas, escenifican (nunca mejor dicho) la disolución de la imagen —y la función— de la mujer impuesta por una de las culturas más machistas del mundo.
Las geishas son cortesanas, mientras que las idols son princesas: las primeras agasajan a sus clientes; las segundas son agasajadas por sus admiradores.
Por si no fuera suficiente el mero hecho de llamarlas «idols» para manifestar que son objeto de veneración, sus fans —los wota— a menudo se organizan en grupos de apoyo que las acompañan en sus actuaciones y las jalean mediante movimientos y gritos ritualizados —denominados ouendan— que son auténticas coreografías, comparables a las de las animadoras de los equipos deportivos.
Carátula del videojuego Osu! Ttatakae! Ouendan
Al igual que el «herbívoro» solitario que se encierra en una cabina de masturbación o se compra una amante de silicona, el fan gregario que acude a los templos de la música para participar en un rito colectivo de adoración de niñas-fetiche, huye de la mujer adulta y autónoma que problematiza su virilidad por el mero hecho de tenderle un espejo.
La máxima objetualización de la muñeca sexual y la idealización extrema de la idol adolescente (la desublimación represiva, que diría Marcuse, y la sublimación alienante) parten del mismo miedo y conducen al mismo vacío.
Porque, en última instancia, tanto el soshoku danshi como el wota tienen miedo a la libertad; sobre todo a la libertad de las mujeres, pero también a la propia, que solo se puede ejercer realmente en el encuentro igualitario con los —y las— demás.
Un miedo a la libertad que, como señaló Erich Fromm, es el heraldo negro del fascismo. Y en el caso de Japón, huelga decirlo, una recaída podría ser fatal.
Hace 85 años, el «acorazado de bolsillo» Almirante Graf Spee se batió contra una formación británica formada por tres naves.
BBC News Mundo(J.F.Alonso) — Entre Europa y la desembocadura del Río de la Plata hay más de 10.000 kilómetros de separación.
Con tal distancia, ¿quién hubiese imaginado que la primera batalla naval de la Segunda Guerra Mundial ocurriría en sus alrededores? Sin embargo, así fue y los primeros sorprendidos fueron los habitantes de Montevideo.
Todo ocurrió hace 85 años, a primera hora del 13 de diciembre de 1939, cuando cuatro embarcaciones comenzaron a dispararse sin parar durante más de una hora.
Por el bando aliado había tres naves británicas y por el alemán, una, pero no era cualquier embarcación. Se trataba del Almirante Graf Spee, el cual cuando fue lanzado al mar en 1934 fue presentado como “más fuerte que el más veloz y más veloz que el que el más fuerte”.
En 1939 los nazis enviaron a dos de sus buques más modernos al Atlántico para cortar el comercio entre América y Europa, y así forzar la rendición de los aliados.
– Un fantasma en el océano
¿Por qué el enfrentamiento tuvo lugar a solo unos cientos de kilómetros de Uruguay y Argentina, dos países que se habían declarado neutrales?
“Para agosto de 1939 el comando alemán ya preveía el inicio de la guerra y decidió enviar dos de sus barcos al Atlántico para atacar el tráfico mercantil entre América y Reino Unido”, explicó a BBC Mundo el historiador uruguayo Daniel Acosta y Lara.
Sin embargo, el régimen nazi no envió a cualquiera de sus embarcaciones, sino a dos de las más avanzadas de la época: el Almirante Graf Spee y el Deutschland.
Ambas naves eran unos «Panzerschiffe» (acorazados de bolsillo), un nuevo tipo de barco de guerra diseñado para cumplir las restricciones que el Tratado de Versalles le había impuesto a Alemania unos años antes.
El acuerdo que puso fin a la Primera Guerra Mundial prohibió a Berlín desarrollar naves de guerra de más de 10.000 toneladas de desplazamiento.
No obstante, el Graf Spee y Deutschland llegaban hasta las 12.000 toneladas y estaban equipados con cañones de 280 milímetros.
Pero su característica más innovadora era su motor.
“Tenían propulsión diésel y eso les daba un gran radio de acción, en comparación con los barcos de vapor que estaban obligados a estar cerca de Europa, porque consumían mucho más combustible”, explicó Acosta y Lara.
El Almirante Graf Spee era un nuevo tipo de embarcación, la cual se propulsaba con motor diésel, lo cual le daba mayor alcance.
Aunque Alemania carecía de una flota naval que pudiera rivalizar con la aliada, en particular con la británica, sí tenía una estrategia con la que esperaba causar serios daños a sus oponentes: aplicar tácticas de un corsario.
“La idea era que el barco pasara desapercibido el mayor tiempo posible. Sus instrucciones eran hundir mercantes y desaparecer, ubicándose en zonas del Atlántico fuera de la línea de tráfico”, apuntó el historiador coautor del libro “Graf Spee: de Wilhelmshaven al Río de la Plata”.
El experto aseguró que la táctica tenía un doble efecto: “No solamente se producía la pérdida del barco mercante, sino que además otros barcos se desviaban por temor a nuevos ataques, trastocando el comercio”.
De la zona del Río de da Plata salían los envíos de carne y de otros alimentos para Reino Unido.
Entre el 30 de septiembre y el 7 de diciembre de 1939, el Graf Spee hundió ocho cargueros en el Atlántico sur y otro más en el Índico, de acuerdo con los registros de la época.
El crucero británico Exeter encabezó la caza del barco alemán que hundía mercantes en el sur del Atlántico.
– Una decisión fatal
A primera hora del 13 de diciembre el acorazado alemán divisó a lo lejos dos embarcaciones y enfiló a hacia ellas pensando que eran naves mercantes. Sin embargo, se trataban del cruceros británicos Exeter, Ajax y Achilles, los cuales estaban a su caza.
En lugar de huir, el capitán del Graf Spee, Hans Langsdorff, decidió batallar con la formación británica, una decisión que, a juicio del también historiador uruguayo Fernando Klein, selló el destino de la nave.
“Hubo una sucesión de hechos desafortunados para el capitán Langsdorff. El más importante fue que perdió un hidroavión, el cual le permitía ver más lejos de lo que veía con los prismáticos; entonces no supo que eran tres y no dos los barcos británicos que estaban en la zona”, afirmó el autor del libro “El Graf Spee en el tiempo”.
“Con la información errada, el capitán seguramente pensó que era una batalla fácil, pero terminó rodeado y sin escapatoria alguna”, agregó.
Acosta y Lara, por su parte, afirmó que el Graf Spee habría podido vencer a dos de los barcos británicos, pero no a tres.
“Los ‘Panzerschiffe’ tenían cañones pesados, pero disparaban dos proyectiles por minuto. En cambio, los buques británicos disparaban cerca de 24 y eso les daba ventaja”, apuntó.
La pérdida de su hidroavión llevó al capitán Hans Langsdorff a tomar una decisión que terminó sellando el destino de su barco.
Pero como si lo anterior no fuera suficiente, el Graf Spee tampoco tenía suficiente munición.
“El barco ya había utilizado parte de su arsenal durante sus incursiones en el Atlántico y, además, sufrió algunos daños en instalaciones secretas que los alemanes ocultaron para no revelar el talón de Aquiles de la nave”, explicó.
Durante el combate, en el que fallecieron 68 marinos ingleses y 36 alemanes, todas las naves involucradas sufrieron daños. Sin embargo, el acorazado de bolsillo terminó herido mortalmente.
“El Exeter destruyó, por casualidad, la caldera de vapor en la que se preparaba el diésel que utilizaba el Graf Spee para propulsarse. Esto quiere decir que solo tenía combustible listo para unas 16 horas, lo cual era insuficiente para volver a Europa”, indicó Acosta y Lara.
Además de atender los daños, el capitán Langsdorff decidió buscar refugio para “darle sepultura a los fallecidos y tratar lo antes posible a los heridos”, agregó Klein.
Los aliados también se retiraron por considerar que no podían liquidar a su enemigo con las municiones que les quedaban y comenzaron una campaña de propaganda para hacerle creer a su enemigo que una enorme flota estaba en camino.
A pocos cientos de kilómetros de la desembocadura del Río de la Plata se desarrolló la primera batalla naval de la Segunda Guerra Mundial.
– La única opción
Langsdorff puso rumbo hacia el puerto de Montevideo.
Uruguay se había declarado neutral. Sin embargo, el hecho de que los trenes y las empresas de agua y de gas estuvieran en manos de compañías británicas hizo que Londres pudiera ejercer gran influencia sobre el gobierno del país sudamericano. Esto explica por qué las autoridades locales solo le permitieron a la nave estar tres días en el puerto.
Argentina, por su parte, era más proclive a Berlín. No obstante, las posibilidades de llegar hasta Buenos Aires eran mínimas, aseguraron los expertos.
“El viaje a Buenos Aires era imposible por el calado del barco”, explicó Klein.
Aunque el capitán intentó infructuosamente reparar el barco en la capital uruguaya, Acosta y Lara aseguró haber conseguido nueva información en los archivos navales alemanes que indica que Langsdorff tenía en mente una opción más radical.
“El capitán le ordenó a su buque aprovisionador volver a Alemania. ¿Qué significa esto? Que el barco ya no podrá cargar provisiones ni combustible, es decir, que el capitán había decidido que no iba a continuar”, precisó.
“El capitán tenía tres opciones: salir a luchar con el barco dañado, casi sin combustible y sin municiones, con el peligro de que los ingleses lo vencieran y lo tomaran. La otra opción era ir a Buenos Aires, que no era posible por las condiciones del canal de navegación. Y la tercera era volar el barco”, agregó Acosta y Lara.
Para evitar que su nave cayera en manos enemigas, Langsdorff decidió volarlo frente al puerto de Montevideo.
Langsdorff entonces urde su último golpe: saca al grueso de la tripulación hacia Argentina en unos remolcadores y ordena colocar explosivos en distintos puntos de la nave para destruirla.
El objetivo era evitar que los aliados se hagan con avances como la famosa máquina Enigma, la cual servía para enviar mensajes cifrados.
Así, el 17 de diciembre el dañado Graf Spee deja el puerto y, a los pocos minutos, estalla.
“El fuego duró un mes”, contó Klein, quien consideró extraño el sitio escogido por el capitán para volar la nave.
“La explosión se produjo en una zona donde la profundidad de las aguas es de siete metros. De hecho, cuando bajaba la marea, se podía ver la parte superior en el barco. ¿Por qué el capitán no la dirigió hacia el océano donde se llega fácilmente a 30 o 40 metros?”, dijo.
A los meses, militares ingleses recorrieron el barco e incluso compraron partes a través de un testaferro, por supuesto.
El experto recordó que el Graf Spee solo terminó realmente bajo las aguas en 1953, cuando la Marina uruguaya lo volvió a explotar.
El capitán Langsdorff, quien no era un nazi convencido, buscó salvar a sus hombres y proteger los secretos de su barco.
– De misterio en misterio
Tres días después de que el Graf Spee estallara, el capitán Langsdorff apareció muerto en Buenos Aires.
“La propaganda alemana dijo que (Adolfo) Hitler le ordenó hundir el barco, pero eso no es cierto; fue el capitán quien lo decidió. Sin embargo, después de eso no podía volver a Alemania y, por ello, se suicidó”, afirmó Acosta y Lara.
Klein ve algo extraño en este deceso: “El cuerpo del capitán apareció envuelto en la bandera de la marina alemana, pero ¿cómo se pudo disparar si estaba envuelto en la bandera? Esto da motivos para creer que fue asesinado por la Gestapo”.
El historiador aseguró que horas antes de que el oficial falleciera, recibió la visita de dos personas.
“Está la idea de que lo presionaron: eres tú o tu familia y le dejaron un revólver”, agregó.
La decisión de Langsdorff de hundir el barco supuso un duro golpe para la entonces imbatible maquinaria bélica nazi. Así, poco después, ordenaron a todos sus navíos dar batalla hasta el final y jamás rendirse.
“Esto trajo como consecuencia que barcos como el Bismarck fueran hundidos con gran pérdida de vidas”, agregó Acosta y Lara.
El grueso de los miembros de la tripulación del Graf Spee, por su parte, permaneció en Buenos Aires durante el conflicto y, cuando regresaron a la Alemania derrotada, fueron internados durante seis meses en un campo de concentración.
Desde 2006 una parte del Graf Spee protagoniza una batalla política, diplomática y legal en Uruguay.
– Una batalla millonaria
Pese a que ha estado más de ocho décadas en el fondo del Río de la Plata, el buque sigue siendo motivo de controversia en Uruguay.
En 2006 un grupo de empresarios e investigadores bajó hasta sus restos y rescató una pieza que se pensaba perdida para siempre: un águila de más de dos metros de altura que sostiene con sus garras una esvástica,el símbolo nazi.
El hallazgo ha desatado un problema político, judicial y económico que lleva casi dos décadas.
Las autoridades uruguayas no exhiben la pieza ni la han puesto en venta, tal y como establece las leyes locales actuales, por temor a que contribuya a ensalzar al nazismo.
La decisión gubernamental de colocar al símbolo en una caja dentro de un almacén militar, como en las películas de Indiana Jones, ha puesto en pie de guerra a los responsables de hallarla y podría terminar costándole millones al país suramericano.
“No tiene sentido que el águila no se exponga y se explique su contexto”, declaró a BBC Mundo, Alfredo Etchegaray, quien financió la exploración del Graf Spee cuando todavía era legal.
“Su destino debe ser educativo, esa es mi opinión, pero eso lo deben decidir los políticos. Yo lo que busco es que se me compense por mi trabajo”, explicó el explorador, quien anunció que en diciembre presentará una nueva demanda por US$ 25 millones contra el Estado uruguayo.
Así que, a su manera, la batalla del Río de la Plata, continúa.
La llamada batalla del Río de la Plata terminó siendo llevada al cine en 1956.
National Geographic(A.Sala) — La joven de la perla es una pequeña obra maestra. En 1665 Johannes Vermeer pintó el retrato de una chica de mirada cautivadoramente misteriosa en un lienzo poco más grande que una hoja de papel.
El rostro de esta joven ensimismada se ha convertido en uno de los retratos más icónicos de la historia del arte, a la altura, incluso, de la Mona Lisa. Pero en este óleo no todo es lo que parece.
Con una paleta de colores limitada, trazos simples y, en apariencia, poco trabajados, Vermeer llenó el lienzo de trampantojos que crean una ilusión visual que no existe. La perla, los ojos, la boca… Todos ellos son efectos ópticos que nuestro cerebro completa para crear un cuadro lleno de vida y que da cuenta de la maestría como retratista de su autor.
– El pintor de la burguesía de Delft
El siglo XVII es conocido como la Edad de Oro neerlandesa, una época en la que los Países Bajos construyeron un imperio comercial que llegó hasta los confines de Asia y Oceanía y que permitió el progreso de la economía, la ciencia y la cultura neerlandesas.
Johannes Vermeer (1632-1675) fue, junto a Rembrandt, el más destacado de los pintores surgidos a la sombra del generoso patrocinio de la boyante nueva burguesía comercial holandesa, en su caso de Delft, un importante puerto productor y exportador de cerámica, recreado por el propio Vermeer en esta Vista de Delft (hacia 1660), una representación idealizada de su ciudad natal, que debía ser en realidad un populoso centro comercial.
– Maestro olvidado
La pintura de Vermeer se caracteriza por las escenas íntimas y domésticas, plasmadas con una luz asombrosa que refleja una atmósfera casi atemporal, como La lechera, la obra maestra de 1661.
Su obra permaneció en el olvido hasta finales del siglo XIX en la que fue redescubierta por los ávidos coleccionistas de arte y actualmente su escasa producción (tan solo han llegado hasta nuestros días 36 pinturas) cuenta con obras que se encuentran entre los mayores tesoros de los mejores museos del mundo, como La lechera (1660), expuesta en el Rijksmuseum de Amsterdam.
– La Mona Lisa holandesa
La Joven de la Perla ejemplifica a la perfección este periplo de olvido y recuperación de Vermeer.
La historia anterior del retrato tan solo puede rastrearse con certeza hasta 1881, cuando fue adquirido por un coleccionista holandés por una suma ridícula, apenas dos florines.
Fue este quien lo donó al Museo Mauritshuis de La Haya en 1903 donde se expone desde entonces convertida en la obra más célebre de Vermeer conocida como la Mona Lisa holandesa.
– Tronie: entre el retrato y el boceto
A diferencia de la Gioconda, La joven de la perla no es un retrato propiamente dicho, es un tronie, una palabra que deriva del francés antiguo trogne y que significaría cabeza o rostro.
Fueron muy populares durante la Edad de oro neerlandesa y no pretendían ser retratos de un individuo en concreto, sino estudios de expresión y fisonomía de un modelo de personaje, un anciano, un soldado, una mujer oriental…
Normalmente se exageraban sus gestos y facciones, como en este caso: El fumador, pintado por Joos van Craesbeeck.
Un turbante y un pendiente
Aunque muchos han querido identificar en la modelo alguien del entorno cercano a Vermeer, la joven de la perla no es nadie en especial, es una chica vestida al modo oriental que no destaca por su aspecto (no tiene pecas ni marcas que la distingan) sino por los complementos que luce: un turbante de estilo oriental y un pendiente de perla.
De hecho, antes de llamarse La joven de la perla, se piensa que la obra era nombrada en los catálogos de Vermeer como La joven del turbante.
– Una obra compleja de trazos sencillos
La joven de la perla es una pintura que, por momentos, parece un boceto. La ropa está pintada de forma esquemática, sin detalles ni adornos. Vermeer dio volumen a la ropa situando a la protagonista sobre un fondo oscuro, casi negro y a través del juego de la luz y las sombras.
– Un engaño a nuestro cerebro
Vermeer no pintó todo lo que nosotros vemos, pero nuestro cerebro completa lo que falta. La nariz, cuyo detalle vemos sobre estas líneas, no existe como tal. El puente es tan solo una continuación de la mejilla derecha.
– ¿Existe la perla?
El elemento que da nombre a la obra es tal vez el trampantojo más espectacular del cuadro. El pendiente son apenas dos pinceladas blancas sobre el cuello que, de lejos, nuestro cerebro interpreta como un círculo. La parte inferior de la «circunferencia» parece un magistral reflejo del cuello blanco de la camisa de la muchacha. Por no haber, no hay ni cadena que la sujete al lóbulo. Vista de cerca es como si una gota estuviera suspendida en el aire de manera casi mágica.
Un color caro y apreciado
El turbante, que por cierto se dice que salió de un baúl de disfraces de casa del pintor, es uno de los elementos esenciales de la obra. El color elegido para esta prenda es el azul de ultramar, un apreciado y caro tinte importado de Asia.
– Mirada enigmática
La mirada es el atractivo principal de esta chica, aunque tal vez es el elemento menos «detallado» de la pintura. Vermeer no pintó cejas ni pestañas y dejó el contorno de los ojos sin definir, en una especie de sfumato digno del mejor Leonardo que otorga un halo de misterio a su mirada. Unos ven melancolía, otros tristeza, pero hay quien incluso ve alegría. De alguna manera es como si existiese casi una joven distinta para cada espectador.
– Maestro de la luz
En definitiva, la obra en conjunto es un juego de luces y sombras sobre un fondo negro que resalta la figura de la mujer. Vermeer moldea la luz con toques de blanco brillante sobre tonos rojos u ocre para crear una gran ilusión que reproduce una luz cálida sobre la mejilla, destellos húmedos en el labio o volumen en el turbante contrastando dos tonalidades azules.
Sin duda por ello mereció en título de maestro de la luz.
The Conversation(M.C.Pérez) — Se acerca uno de esos momentos especiales del año: la Navidad. Más allá de las competiciones por ser la ciudad más iluminada del mundo o tener el árbol decorado más alto, y de las incitaciones al consumo por cualquier calle y plataforma, la Navidad cuenta con un vocabulario muy específico que nos puede sorprender.
Navidad es la festividad cristiana que conmemora el nacimiento de Jesucristo, el 25 de diciembre según el calendario gregoriano. La palabra “Navidad” procede del latín nativitas,-atis (nacimiento) a partir de la que se realizó una síncopa, es decir, la desaparición de la sílaba “ti”.
Antes de que los cristianos adoptaran el 25 de diciembre para celebrar el nacimiento de Jesús de Nazaret, los romanos celebraban esa misma noche la fiesta del Sol Invictus, en honor al nacimiento del dios Sol durante el solsticio de invierno.
Las fechas concretas en las que se celebró la primera Navidad varían según las fuentes, pero todas se mueven en un periodo de treinta años a mediados del siglo IV y se considera que el primer banquete de Navidad se celebró en el año 379 en Constantinopla.
A partir de esta fecha comenzó a extenderse por el resto del Imperio romano. Un siglo después ya alcanzó Egipto y con el tiempo se fue uniendo a otras fiestas paganas hasta que el periodo navideño se asentó como una celebración desde el 25 de diciembre hasta el 6 de enero.
– De los ‘christmas’ a los memes
Navidad en inglés es Christmas, palabra que procede del inglés antiguo Cristes maesse. Esta expresión, que se utilizó por primera vez en 1038 y cuya traducción literal al español es “la misa de Cristo”, aludía a la eucaristía que se celebraba la noche del 24 de diciembre para conmemorar el nacimiento de Jesucristo.
En español, “christmas” se recoge en el diccionario como anglicismo con el significado de tarjeta de Navidad. A este tipo de evolución semántica lo llamamos “metonimia”, ya que designamos algo con el nombre de otra cosa tomando el efecto por la causa o viceversa.
Cuando mandábamos correo postal, en aquel pasado lejano previo a la aparición del teléfono inteligente, solíamos adaptar la pronunciación de este concepto y simplificarlo en la voz “crismas”.
Ahora son los soportes tecnológicos los que utilizamos para felicitarnos las fiestas a través de los más sorprendentes “memes”. Esta palabra proviene también del inglés, y fue acuñada en 1976 por el biólogo inglés Richard Dawkins para referirse a un elmento básico de la transmisión cultural, por paralelismo con el gen biológico (de “gene” en inglés a “meme”).
Proviene de la raíz griega “μίμημα” (“mímēma” ‘cosa que se imita’) y se refiere a esas creaciones jocosas que combinan imágenes ya existentes en internet y mensajes de texto con fines caricaturescos.
– ¿Belén, nacimiento, pesebre o portal?
Muchas casas dedican un espacio a un belén. “Belén” (nombre tomado de la localidad palestina donde nació Jesucristo), “nacimiento” (del latín “nascere”, “nacer” y de ahí por alusión al nacimiento de Jesucristo mediante la representación con figuras), “pesebre” (tomado del lugar donde comen las bestias por ser el lugar en el que nació Jesucristo) y “portal” (derivado de “puerta) son las palabras más habituales para referirse a la representación del nacimiento de Jesús que adorna millones de iglesias y hogares. La tradición católica sitúa el primer belén en el siglo XIII, obra de San Francisco de Asís.
En Costa Rica emplean también la voz «pasito”, que se aplica al conjunto de las cinco figuras principales: la Virgen María, san José, el Niño Jesús, la mula y el buey. Se podría sostener que la palabra “pasito” es el diminutivo de la palabra “paso” entendida como la efigie o grupo que representa un suceso, muy presente en la Semana Santa, esta vez vinculado no a la pasión de Jesucristo sino a su nacimiento, al ser también una exposición pública o privada de este.
– Turrón, guirlache y polvorones
No hay Navidad sin dulces y muchos son los conceptos y alimentos que solo utilizamos e ingerimos en estas fechas. Por ejemplo, el turrón, palabra de origen incierto. En otras zonas, como en Nicaragua, el turrón es una “bola de harina de trigo bañado con miel de rapadura”.
El guirlache, un dulce también muy navideño, es una palabra que procede del francés antiguo (grillage: manjar tostado). Tal vez por eso sea mucho más frecuente en zonas próximas a Francia, como es el caso de Aragón.
La palabra “polvorón” procede de pólvora, en su acepción “partículas a que se reduce una cosa sólida”. Un origen muy apropiado si consideramos la explosión que sentimos en la boca al comernos un polvorón e intentar decir, al mismo tiempo, la palabra “Pamplona”.
El origen de la palabra mazapán podría ser árabe: pičmáṭ, palabra árabe proveniente de la raíz griega παξαμάδιον (“paxamádion”: bizcochito), influenciado por las palabras masa y pan.
Otros dulces, procedentes de otros países, ya son habituales en nuestras mesas. Uno de ellos es el panettone, propio de Italia. La palabra panettone es un italianismo crudo, es decir, no se ha adaptado, por lo que deberemos escribirlo en cursiva. Las forma sugeridas para el español serían panetone o panetón.
– Villancicos y regalos
Las canciones más típicas navideñas son los villancicos. Esta palabra procede de “villano”, es decir, el que es de la villa o aldea, frente al noble. Por eso se trata de un tipo de canción popular, del pueblo, de la villa.
¿Y de dónde sale esa “Marimorena” a la que nos referimos en uno de los villancicos más populares? Parece ser que la Marimorena era una mujer de armas tomar; tanto es así que en nuestros modismos tenemos “armarse la Marimorena” como sinónimo de gresca o trifulca. Por eso, la letra el villancico apela a la Marimorena a que esté calmada ese día, porque “es la Nochebuena”.
La Nochebuena debe ser una “noche de paz”, en la que nace el “chiquirritín”, el niño Jesús. “Chiquirritín” es el diminutivo de “chiquitín”, que ya es diminutivo de “chico”. Así se hace más pequeño y tierno al recién nacido.
Además de los Reyes Magos y Papá Noel (siendo esta última una expresión adaptada que viene de Francia, ya que allí la Navidad se dice Noël, de ahí que comenzaran a llamar a Santa Claus “Pere Noël”, ‘el padre de la Navidad’) los regalos navideños los puede traer, en Chile, el “Viejito Pascuero” (ya que allí se habla de Pascua y no de Navidad).
En España también trae los regalos el Apalpador (o Pandigueiro) en Galicia; l’Anguleru en Asturias; las Anjanas y el Esteru en Cantabria; el Olentzero en Navarra y el País Vasco o el Tió de Nadal en Aragón y Cataluña.
No importa quién traiga los regalos ni cuándo, lo importante es que nadie se quede sin ellos, sobre todo sin el de la salud. Feliz Navidad.
Infobae(A.Villalobos) — Un reciente estudio de WalletHub analiza cuáles son las mejores y peores ciudades de los Estados Unidos para quienes buscan el amor, evaluando su “dating friendliness” o facilidad para citas.
Este análisis se basó en 182 ciudades, incluyendo las 150 más pobladas del país y, al menos, dos de las ciudades más grandes de cada estado, ofreciendo así un panorama detallado sobre cómo los factores urbanos pueden influir en las experiencias de citas.
El estudio utilizó 35 métricas divididas en tres categorías principales: economía, diversión y recreación, y oportunidades de citas. Cada una de estas categorías se analizó para entender de qué manera las características económicas, demográficas y sociales de una ciudad pueden facilitar o dificultar la posibilidad de encontrar pareja.
Entre los resultados más destacados, ciudades como Atlanta, Georgia, y Las Vegas, Nevada, encabezaron el ranking por sus atractivas oportunidades para solteros, mientras que otras como Pearl City, Hawái, se ubicaron en los últimos puestos debido a limitaciones económicas y demográficas.
– Metodología: Cómo WalletHub clasificó las ciudades
El análisis de WalletHub se construyó a partir de tres factores principales, cada uno con un peso específico en la puntuación total:
Economía: el impacto de la asequibilidad en las citas
El componente económico representó el 25% del puntaje total. Según WalletHub, las ciudades más asequibles tienden a ofrecer más posibilidades para citas al reducir las barreras financieras. Entre las métricas evaluadas en esta categoría se incluyen:
Los costos promedio de una salida, como cenas en restaurantes.
La asequibilidad de la vivienda.
Los ingresos anuales medianos de los hogares.
Ciudades con altos ingresos y costos de vida razonables destacaron en este aspecto, ya que las dinámicas de citas suelen ser más accesibles cuando los recursos financieros no son un obstáculo importante.
Diversión y recreación: el ambiente social como clave
La segunda categoría, también con un peso del 25%, evaluó qué tan dinámico y atractivo es el entorno social de cada ciudad. Aquí se analizaron factores como:
La cantidad y calidad de opciones de vida nocturna.
La seguridad y facilidad para desplazarse caminando.
La variedad y calidad de restaurantes.
Este aspecto fue crucial para identificar ciudades que ofrecen múltiples actividades recreativas y sociales, mejorando así las posibilidades de conocer a alguien en ambientes estimulantes y seguros.
Oportunidades de citas: el poder del potencial demográfico
La categoría con mayor peso (50%) estuvo centrada en las oportunidades reales para encontrar pareja, analizando factores demográficos y tecnológicos como:
La proporción de personas solteras en la población.
El uso de aplicaciones y servicios de citas en línea.
La relación de género entre los solteros, con un enfoque particular en preferencias heterosexuales.
Ciudades con una alta concentración de personas solteras y una infraestructura moderna para citas en línea sobresalieron en esta categoría.
– Las mejores ciudades para quienes buscan el amor
Atlanta, Georgia, ocupa el primer lugar en el ranking, destacándose por su vibrante vida social. WalletHub resalta que más del 69% de la población de Atlanta está soltera, lo que incrementa significativamente las probabilidades de encontrar pareja. Además, la ciudad cuenta con una abundancia de actividades nocturnas, centros comerciales y clubes sociales, lo que la convierte en un lugar ideal para solteros.
En el segundo lugar se encuentra Las Vegas, Nevada, conocida como la “capital del matrimonio”. Su economía favorable, con costos más accesibles en actividades recreativas como cortes de cabello y membresías de gimnasio, fue clave para su alta calificación.
Por su parte, Seattle, Washington, ocupa el tercer puesto gracias a su ingreso medio anual de más de 80 mil dólares, lo que facilita la asequibilidad de las citas. Esta combinación de estabilidad económica y un entorno atractivo posiciona a Seattle como una excelente opción para quienes buscan una relación.
– Ciudades que presentan mayores desafíos para las citas
En el otro extremo del ranking se encuentra Pearl City, Hawái, que ocupa el último lugar en el estudio. WalletHub señala que esta pequeña localidad, con una población de aproximadamente 50 mil habitantes, enfrenta limitaciones demográficas significativas. La baja proporción de solteros y la falta de opciones recreativas también influyeron en su puntuación.
Sin embargo, los solteros de Pearl City tienen una alternativa cercana: Honolulu, ubicada en la posición 22, ofrece mejores perspectivas gracias a su vibrante ambiente de playa y una población más numerosa.
Otras ciudades con bajas calificaciones incluyen localidades pequeñas o con costos de vida elevados que dificultan las dinámicas sociales, aunque estas limitaciones pueden variar dependiendo de los recursos disponibles y las preferencias personales.
– Reflexiones finales: el entorno urbano y las posibilidades de encontrar el amor
El estudio de WalletHub subraya la importancia de factores económicos, sociales y demográficos en las experiencias de citas. Ciudades como Atlanta y Las Vegas destacan por combinar asequibilidad y entretenimiento, lo que crea un ambiente propicio para conocer personas. Por otro lado, localidades más pequeñas como Pearl City enfrentan desafíos estructurales que limitan las oportunidades para los solteros.
En última instancia, este análisis invita a reflexionar sobre el papel que juega el entorno urbano en las dinámicas románticas. Para quienes buscan mejorar sus posibilidades de encontrar pareja, mudarse a una ciudad que combine factores favorables podría ser un paso importante hacia una vida romántica más prometedora.
Psicología y Mente(Psicotools) — A lo largo de la vida, todas las personas enfrentamos momentos difíciles que dejan huellas en nuestra mente y corazón.
Estas experiencias, conocidas como heridas emocionales, pueden surgir de eventos como el rechazo, la pérdida de un ser querido, traumas infantiles o conflictos en nuestras relaciones.
Aunque no invisibles, su impacto puede ser tan profundo como el de una herida física, afectando nuestra autoestima, nuestras decisiones y la manera en que nos relacionamos con los demás.
Con frecuencia, intentamos lidiar con estas heridas por nuestra cuenta, pero muchas veces su peso nos supera. En esos momentos, acudir a un psicólogo puede marcar una gran diferencia.
Los profesionales de la salud mental ofrecen un espacio seguro para explorar estas heridas, entender su origen y aprender a manejarlas de manera efectiva.
Veamos qué son las heridas emocionales, cuáles son los principales razones que nos llevan a buscar ayuda psicológica y por qué es tan importante atenderlas. Al comprender más sobre este tema, fomentamos la desestigmatización de la búsqueda de apoyo y reconocemos que sanar es un proceso que requiere cuidado, empatía y, a veces, acompañamiento profesional.
– ¿Qué son las heridas emocionales?
Las heridas emocionales son traumas psicológicos que afectan nuestra salud mental y bienestar emocional a largo plazo. Estas heridas suelen originarse en experiencias dolorosas y estresantes, como abusos, traiciones, rechazos o pérdidas importantes.
A diferencia de las lesiones físicas, las heridas emocionales no son visibles, pero su impacto es profundo y puede influir en nuestras relaciones, nuestra autoestima y nuestra capacidad para enfrentar las dificultades cotidianas.
Las heridas emocionales pueden manifestarse en forma de ansiedad, tristeza, rabia o miedo, y, a menudo, se repiten a lo largo de la vida si no se abordan adecuadamente. En muchos casos, las personas que surgen de estas heridas no son conscientes de su origen ni de su gravedad, lo que puede hacer más difícil la búsqueda de ayuda.
Sin embargo, al comprender estas heridas, se abre la posibilidad de sanación y crecimiento personal mediante el acompañamiento psicológico.
– Las principales razones por las que las personas van al psicólogo
Las heridas emocionales afectan a cada persona de una manera única, pero existen razones comunes que motivan a la búsqueda de ayuda profesional. Identificar estos motivos y buscar apoyo psicológico es un acto de valentía que permite el afrontamiento de las heridas emocionales, la sanación y la recuperación del equilibrio emocional. Algunas de las más frecuentes son las siguientes:
1. Trauma o abuso
La vivencia de experiencias traumáticas, como abusos físicos, emocionales o sexuales, generalmente por parte de una persona cercana o incluso del entorno familiar, dejan heridas y cicatrices emocionales muy profundas. Estas heridas pueden manifestarse en forma de flashbacks, miedos intensos, dificultad para confiar en los demás o problemas relacionados con la regulación emocional.
2. Baja autoestima
Muchas personas acuden al psicólogo debido a problemas relacionados con una autopercepción negativa arraigada en experiencias pasadas. La crítica constante, el rechazo o las comparaciones desfavorables pueden llevar a una confianza en uno mismo que dificulta el desarrollo personal y profesional.
3. Estrés y ansiedad
El ritmo de vida actual y la acumulación de responsabilidades pueden generar altos niveles de estrés y ansiedad. Estos pueden manifestarse mediante el insomnio, los pensamientos obsesivos o problemas para mantener la concentración, pudiendo afectar el desempeño en el trabajo y el desarrollo de las relaciones interpersonales.
4. Depresión y tristeza prolongada
Cuando la tristeza se convierte en una constante, se pierde el interés en actividades que antes resultaban placenteras y aparece una sensación de vacío, es común buscar ayuda profesional psicológica. La depresión es una de las razones principales para acudir al psicólogo, ya que afecta profundamente la calidad de vida.
5. Relaciones tóxicas y rupturas
Las dinámicas destructivas desarrolladas en relaciones de pareja, familiares o laborales generan heridas emocionales que dificultan el establecimiento de vínculos saludables. Las rupturas, los conflictos constantes o el abuso emocional suelen motivar a las personas a trabajar en su bienestar emocional.
– La importancia de ir al psicólogo
Buscar ayuda psicológica es un paso esencial para sanar las heridas emocionales y recuperar el bienestar. Estas heridas, aunque invisibles, afectan la manera en la que pensamos, sentimos y nos relacionamos con los demás. Ignorarlas puede llevar a problemas emocionales más profundos, como trastornos de ansiedad, depresión o incluso enfermedades psicosomáticas.
El psicólogo ofrece un espacio seguro y libre de juicio en el que las personas pueden explorar sus emociones y experiencias dolorosas. A través de técnicas especializadas, ayuda a identificar el origen de las heridas emocionales y a comprender cómo estas influyen en los comportamientos y patrones de pensamiento actuales.
Este proceso de autoconocimiento es fundamental para desarrollar herramientas que permiten la gestión de las emociones de una forma más saludable.
Además, la terapia no solo alivia el sufrimiento emocional, sino que también fomenta el crecimiento personal. Permite mejorar la autoestima, establecer relaciones más saludables y enfrentar los desafíos de la vida con mayor resiliencia.
Acudir al psicólogo no es un signo de debilidad, sino de valentía y compromiso con uno mismo. Reconocer que se necesita ayuda y tomar acción es el primer paso hacia la sanación, mostrando que las heridas emocionales, aunque profundas, pueden cicatrizar con el apoyo adecuado.
La biblioteca de Babel de Borges, de Erik Desmazieres.
JotDown(E.Bruner) — La escritura, aunque sea un hito reconocido en la historia de la evolución humana, sigue siendo probablemente un elemento infravalorado a nivel de evolución cognitiva. En primer lugar, aumentó hasta un tamaño indefinible y abrumador nuestra capacidad mnemónica, ya que representa el invento del disco duro externo de la mente humana.
En segundo lugar, proporcionó un medio de transmisión y comunicación en el tiempo y en el espacio sin precedentes. En tercer lugar, generó una nueva y poderosa forma de pensar, donde conceptos e ideas se pueden literalmente visualizar, organizar, distribuir, y exportar fuera de nuestra cabeza.
Todo esto en soportes bastante duraderos si los valoramos dentro de la escala de los tiempos históricos, donde los frágiles pendrives pierden de fiabilidad si se comparan con el papiro o con la misma piedra. Scripta, como siempre, manent.
Pero, a pesar del poder increíble de la escritura, y de su rol totalmente fundamental en casi todas las sociedades del planeta, tampoco ha tenido el éxito esperado: incluso entre los que han pasado por un proceso de escolarización, los que leemos y escribimos de una forma cotidiana y consistente hemos sido, en todas épocas, una minoría.
En general, la escritura se suele usar más bien para fines prácticos o administrativos, y la mayoría de las veces su potencial se extingue en una lista de la compra, en la redacción de una multa, o en anuncio de alquileres, más que como crisol mental de un ensayo o de un poema. Pero eso es, lo escrito se queda, y es la única forma de compartir un conocimiento en los almacenes de la consciencia colectiva.
No es de extrañar entonces que la ciencia también haya optado por este tipo de soporte, a la hora de tener que construir y transmitir un corpus de contenidos y de datos reconocidos y compartidos por la comunidad de estudiosos e investigadores, un corpus que es la base del conocimiento corriente público, así como de las discrepancias que (se supone) serán el motor de su propia evolución.
Tanto para almacenar ideas como para ponerlas en discusión y propiciar su desarrollo, necesitamos una mesa común, donde poder recopilar y comparar el material disponible en un preciso momento, así como todos los elementos de su historia, o sea, del proceso que lo ha llevado hasta su forma actual.
Fue así como, desde los albores de la investigación, la publicación se volvió el repositorio del saber y de la información científica global.
El método científico, empírico y experimental, necesita un documento publicado para avalar lo que se ha hecho, y lo que no. Un experimento no puede solo ser efectivo o elegante: si no se ha publicado en un medio reconocido y oficial, no existe para el saber colectivo. Y esto, como es de esperar para una especie conflictiva e incoherente como la nuestra, ha generado problemas desde el principio.
La publicación requiere una criba, y esta criba puede estar sujeta a factores que no son científicos, sino que están asociados a jerarquías, políticas, estado económico, clase social o influencias institucionales. Para unos el acceso a la publicación es más sencillo que para otros, lo cual crea un amplio margen para injusticias sociales y abusos de todo tipo.
Para los que piensan que este es un problema reciente, recomiendo leer las Reglas y consejos sobre la investigación científica, donde ya en 1899 Santiago Ramón y Cajal se quejaba de los mismos chanchullos que bien conocemos hoy en día. O Cazadores de dinosaurios, de Deborah Cadbury, donde se ve cómo desde sus orígenes la paleontología y la geología ya estaban manchadas por juegos de poder y de acceso institucional que dependían de rangos académicos y de recursos privados.
Pero, al fin y al cabo, entrando en los detalles, descubrimos que nada de esto es algo exclusivo del mundo de la investigación, sino parte de un paquete de miserias y de fragilidades propio del género humano, que arrastra por todos sus caminos e inquietudes, como sello de la casa.
Así que, si por un lado tenemos que comprometernos para mejorar esta situación (o, por lo menos, para no empeorarla), al mismo tiempo no podemos pretender resolver el problema eliminando de cuajo la publicación científica como herramienta de valoración y de conocimiento.
Sería como intentar arreglar la corrupción de nuestras democracias restaurando las dictaduras, o solucionar la mala gestión de los hospitales eliminando el servicio de salud pública. Juzgar a los científicos (o a la misma ciencia) por sus publicaciones no es un método perfecto de evaluación, pero sigue siendo el único que tenemos, con lo cual más vale cuidarlo, y hacer lo posible para minimizar el impacto de los abusos propios de la raza humana.
En realidad, digamos que, en este preciso momento, la cosa no está saliendo muy bien. Por un lado, la edición científica se está concentrando en las manos de unas pocas multinacionales. Al mismo tiempo, se está generando un mercado descarado, donde el investigador tiene que pagar por ver publicado su trabajo.
No hablamos de calderilla, sino de cientos o miles de euros por cada artículo, que no paga el investigador mismo sino su institución, con el dinero que el investigador le ha aportado trabajando como un comercial que va buscando financiación año tras año. El investigador entonces ya no es autor de la revista, sino un cliente, y el cliente, como sabemos, siempre tiene la razón.
Rechazar un artículo por parte de la multinacional quiere decir perder dinero. Mucho dinero. Y entonces cabe la duda de si el sistema de valoración de estas publicaciones no estará profundamente sesgado por factores de ganancia, que pueden pasar por alto la calidad del trabajo a la hora de decidir si publicarlo o no.
En este nuevo negocio internacional, por un lado, tenemos nuevas empresas bien estructuradas, que tiran de un maquillaje social bien diseñado, y que han generado colosos económicos presentando este negocio como una innovación guay para compartir el saber con todo el mundo: la empresa cobra sus gastos a los autores, y «regala» la publicación a todo el mundo. ¡Todo sea por el bien del planeta!
Por supuesto, la publicación es solamente online, con lo cual estos gastos no parecen justificar los preciosos absurdos de los artículos. Luego, tenemos una cantidad asombrosa de pequeñas empresas improvisadas que aparecen de la nada y que se sujetan en redes pocos trazables de misteriosos proveedores cibernéticos, generalmente orientales. En este caso no se mantiene ni siquiera la decencia editorial, y los «artículos» son casi documentos de texto editados de aquella manera con un portátil y colgados en la red.
Finalmente, tenemos a grandes revistas históricas que, visto el banquete, no han querido renunciar a su cacho de tarta, y han montado revistas paralelas donde desvían, previo pago, todos los artículos que rechazan por el canal formal de aceptación de los trabajos. En todo este convite de carroñeros están los investigadores, o por lo menos una gran mayoría de ellos, que primero se quejan y luego pagan, porque al final más vale subir al carro que quedarse a pie y fuera de la fiesta.
Evidentemente, la única que sale perdiendo es la ciencia, porque la calidad de las publicaciones cae en picado, ahogada en un mercado capitalista que estruja el sistema en nombre del conocimiento. Y la cosa aún ha empeorado recientemente, cuando alguien ha tenido la brillante idea de empezar a vender incluso los artículos ya aceptados y en publicación: si me das un par de miles de euros, pongo tu nombre en un trabajo que está a punto de salir en una revista de impacto y ¡hala, a fardar en Twitter!
Afortunadamente, muchas revistas siguen utilizando el método de publicación tradicional, donde el artículo lo paga la institución que se subscribe al periódico, y no el autor. Es un método que evidentemente no está libre de defectos, pero desde luego tiene muchas más garantías de control y de calidad. En realidad, la mayoría de las revistas ofrecen un método híbrido, donde el autor decide si pagar y dejar que su artículo sea descargable para cualquiera, o seguir el método tradicional.
Como hemos dicho, se defiende el primer método, de «acceso abierto» (open access), diciendo que así el conocimiento será un bien colectivo. Pero basta un poco de sentido común para entender que es una ética postiza, que prospera gracias a las nuevas tendencias de vender abusos en el falso nombre del derecho social.
Son artículos que solo tienen interés para los especialistas, o sea, investigadores que trabajan para alguna institución. Así que el dinero viene de la misma fuente, con una diferencia: en el caso de un acceso abierto, el precio es exorbitante, la pasta la tiene que buscar el autor y, como ya se ha dicho, su nueva posición de cliente expone el sistema a todos los fallos mencionados arriba.
El número de revistas de pago está aumentando vertiginosamente, así como el número de artículos publicados con estos postulados. Esta burbuja editorial ya huele mal desde hace tiempo, y empieza a ser difícil esconder todo este barro debajo de la alfombra.
Ahora bien, en lugar de apuntar el dedo contra las editoriales, las instituciones y los investigadores que fomentan este tipo de proceso, en muchas situaciones el hipócrita Homo sapiens llora diciendo que es inocente, y que toda la culpa es del cruel sistema de evaluación, que valora a los científicos por su número de publicaciones y los obliga a publicar para seguir adelante con su carrera.
Es el «publish or perish», mecanismo infernal que obliga al bueno y sabio investigador a corromperse para ganarse el salario.
Ante tal planteamiento, si estuviéramos en un sistema racional y sensato, deberíamos considerar dos cuestiones. La primera: ¿es realmente así? ¿Hay una correlación entre producción científica y carrera laboral? Aquí habría que echar cuentas de una forma u otra, pero por lo menos en mi experiencia personal apostaría a que no.
En veinticinco años de profesión no me ha parecido que esta correlación, si es que existe, sea determinante. Para acceder a la docencia universitaria se pide una cantidad de publicaciones bastante escasa, porque prima la enseñanza. Para una gran mayoría de centros de investigación, hoy en día cuenta muchísimo más la habilidad empresarial y el dinero asociado a los proyectos financiados, que la cantidad de artículos.
Y por lo que atañe a estas mismas subvenciones, me puedo equivocar, pero he visto demasiadas veces entregar mucha pasta a proyectos con un escaso y pobre bagaje de publicaciones, o rechazar propuestas avaladas por una larga serie de artículos publicados.
Así que, aparentemente, la publicación de artículos no tiene una gran relevancia a la hora de establecer quién sigue y quién no, elección que, por justa o inicua que sea, suele sufrir el efecto de muchos factores distintos. Es decir, si es que hay una correlación entre número de publicaciones y logros laborales, tiene que ser de todas formas bastante débil.
La segunda cuestión es menos subjetiva y más lógica: ¿qué hay de malo en valorar a un científico por su producción científica? El «publish or perish» se menciona como una medida injusta y atroz (publica o… ¡muere!), que quita a los que no tienen una producción científica suficiente la posibilidad de llevarse a casa una plaza en una universidad o una subvención millonaria.
¿Y? ¿Es esto injusto? ¿Habría que entregar plazas de investigadores o proyectos financiados a quien no ha logrado aportar resultados científicos a la comunidad? Evidentemente, quien critica la publicación de artículos como parámetro de evaluación no suele proponer alternativas.
Entonces, en el momento en que las multinacionales empiezan a tratar a los científicos como clientes, haciéndoles pagar precios inaceptables para publicar sus trabajos, en el momento en que los investigadores aceptan este sistema, y en el momento que, viéndose desenmascarados, ponen ojitos de cachorro diciendo que se han visto obligados por el malvado sistema de evaluación profesional que exige que produzcan ciencia, algo va tremendamente mal.
Y, siendo este un sistema que hoy en día cuenta con el apoyo sustancial de todas las partes implicadas (una gran mayoría de editores, instituciones e investigadores), tampoco es saludable para uno meterse en una cruzada, y sería más recomendable quedarse al margen, dejando que la historia y la sociedad recoja el fruto de sus propias decisiones democráticas. Eso sí, como decía al principio, si no se puede mejorar la cosa, por lo menos hay que intentar no empeorarlas, e intentar dar ejemplos alternativos.
Tengo la sensación que los que hablamos abiertamente de estos problemas, que denunciamos estas dinámicas, y que intentamos transitar y promocionar, en la medida de lo posible, caminos alternativos, no somos muchos.
Curiosamente, yo ya he hablado de muchos de estos temas en otros artículos, y en particular en tres publicaciones que delataban por un lado los abusos de las editoriales científicas, y al mismo tiempo la complicidad de una buena mayoría de instituciones científicas y de investigadores, que están fomentando el valor de la capacidad económica (mover dinero) a expensas de la capacidad científica.
Los artículos se publicaron en la página web de la revista Investigación y Ciencia, que desde hace casi medio siglo representaba la principal revista de divulgación científica en español. Fatalmente, mira tú por dónde, la revista fue adquirida por la multinacional Springer Nature que, en un año, la cerró.
Acto seguido, borró casi cincuenta años de archivos, cancelando todo el material que se había publicado tanto en papel como en digital. Lo cual, en nuestra época, corresponde a una verdadera quema de libros. La misma multinacional controla quizás la loncha principal del mercado, y en sus fabulosas redes sociales farda de hermosos compromisos con el saber y con la promoción de la investigación.
Valga para la ciencia, como para todo, el famoso y sencillo lema del sabio: «Si quieres entender a las personas, no tienes que escuchar lo que dicen, sino mirar lo que hacen».
Infobae(A.Amato) — Ahora es fácil encontrarlo. Está sepulto en la colina de honor Mamayev Kurgán, en el cementerio de Volgogrado, la ciudad que fue Stalingrado durante los años de la guerra contra los nazis de Adolf Hitler y que él, Vasili Záitsev, defendió con uñas, dientes y su infalible rifle de francotirador, el más famoso de la Unión Soviética.
Vasili sobrevivió a la guerra rodeado de su fama y sus condecoraciones, murió a los setenta y seis años en Kiev, en la hoy castigada Ucrania, el 15 de diciembre de 1991, pocos días antes de que la URSS que había defendido en los días helados del asedio nazi, desapareciera para siempre arrastrada por el aluvión de la modernidad: un pasado que Vladimir Putin intenta restaurar.
Si lo dejan, tendrá éxito. Vasili fue enterrado primero en Kiev, pero años después se le concedió el sitial de honor de los muertos ilustres en el cementerio de la vieja Stalingrado. Y allí fue enterrado, con sus historias, sus leyendas, su mitología y su heroísmo.
Hoy es fácil encontrarlo, pero durante toda su vida Vasili Záitsev vivió oculto, disimulado, escondido, cubierto, enmascarado, disfrazado, misterioso, invisible, furtivo, anónimo, incógnito, remoto y callado. Le iba la vida en ello. Esas son las condiciones elementales de un francotirador: el que las viola, es hombre muerto.
Como francotirador, Vasili liquidó a una cantidad no muy determinada de enemigos: las cifras oscilan entre doscientos cuarenta y dos y llegan hasta los cuatrocientos. Muchos.
La verdad de su historia hace juego con su personalidad: está oculta, simulada, remota. Fue beneficiario, acaso también víctima, de la propaganda estalinista desatada sobre sus hazañas de guerra y destinada a ensalzar el valor y la pericia de los francotiradores soviéticos en particular y del soldado soviético en general.
Después, sus memorias escritas al final de la guerra, la literatura y en años recientes el cine, agrandaron su leyenda. Vasili es casi un mito griego: es Odiseo que sitia Troya y luego vuelve a casa, no importan cíclopes y sirenas que se entrometan.
Es verdad que fue un combatiente feroz y eficiente, con una lógica de acero que lo mantuvo sano y vivo; es verdad también que fue un maestro de francotiradores, un tipo que no se calló nada, que hizo escuela y que diseñó una estrategia eficaz y desconocida, inaplicada hasta entonces en el andar de esos lobos solitarios que son los francotiradores: anuló la soledad, empezó a trabajar a dúo con otros colegas emboscados, sigilosos y de excepcional puntería.
Vasili Záitsev (izquierda) con otros francotiradores de su escuadra durante la batalla de Stalingrado.
También es cierto que los alemanes enviaron a uno de sus mejores tiradores silenciosos para que lo liquidara, para terminar con el andar exitoso de Vasili, que mataba cada vez con más eficacia, y que dirigía el cañón de su fusil a la cabeza de oficiales de rango del poderoso VI Ejército del general Friedrich von Paulus que asediaba Stalingrado, como un Odiseo del mal.
Y es cierto también que Vasili liquidó de un certero balazo en la cabeza el enviado alemán y con eso no sólo ganó mayor fama, sino que anuló la estrategia nazi de alzarse con la gloria de haber liquidado el joven héroe soviético para minar así la confianza y los ímpetus de sus camaradas. Todo eso es verdad. Lo que está en el maleable terreno de la épica y la leyenda no es qué pasó, sino cómo pasó. Para eso son los mitos.
Vasili Záitsev nació el 23 de marzo de 1915 en un pueblo, Yeleninka, vecino a los Urales, dos años antes de la llegada de los soviets al poder, en medio de una familia de campesinos. Aprendió a gatear en los bosques y a cazar apenas levantó tres cuartas del suelo: su abuelo le enseñó los misterios del arco y las flechas.
Era un chico tan diestro que, cuando cumplió doce años, el abuelo juntó sus ahorros y le regaló una escopeta. Abuelo y nieto cazaban juntos, esas excursiones no se olvidan nunca, y de a poco, el joven siberiano aprendió un oficio rudo que todavía no sabía de su existencia: la caza de seres humanos.
Vasili contó en sus memorias: “Aprendí a interpretar las huellas de los animales como quien lee un libro; aprendí a buscar las guaridas de lobos y osos, a armar escondites tan bien camuflados que ni mi abuelo podía encontrarme hasta que yo no lo llamaba o me hacía visible”. Esa es la forja de un francotirador.
Las memorias de Vasili, tal vez pasadas al papel con la ayuda de un eficaz escritor del estalinismo, hablan de una pequeña hazaña del muchacho cazador. Su primera presa fue una cabra de monte, una criatura inocente apta sin embargo para guisar en aquel ambiente cerril; la llevó a su guarida y, en plena noche siberiana, ambos fueron acechados por lobos hambrientos que anhelaban hincarle los dientes a uno de los dos, o a los dos.
Vasili mató a un par de lobos de certeros disparos en la cabeza y así fue como paciencia y sigilo se metieron en su piel y empezaron a circular por su torrente sanguíneo.
Vasili Záistev escribió un libro llamado “Memorias de un francotirador en Stalingrado”
Como sucede con toda infancia, la de Vasili terminó junto con sus estudios y con sus experiencias como cazador furtivo. En 1930, a los quince años, se graduó en la escuela técnica de construcción de la ciudad de Magnitogorsk como especialista en instalaciones. La caza, los disparos y el camuflaje quedaron en el atril de la niñez.
Los rumores de guerra en 1937, el ascenso imparable de Hitler en Europa y sus ansias inocultables de expansión territorial hacia el Este, lo había puesto por escrito pero pocos lo leyeron o pensaron que podían controlar a aquel monstruo desatado, hicieron que Vasili fuera reclutado en la Flota del Pacífico de la URSS con un cargo muy alejado de los setos, los robles y los lobos: contador jefe del departamento de Finanzas de la flota.
El cargo hacía honor a sus estudios: Vasili se había graduado en la Escuela de Economía Militar. Fue destinado a la Bahía de Preobrazhenie y allí lo sorprendió el estallido de la Segunda Guerra. La Unión Soviética estaba al amparo del conflicto porque había firmado un tratado de paz y amistad con la Alemania nazi, un tratado que rubricaron Joachim von Ribbentrop por Hitler y Viacheslav Molotov por Stalin.
Hitler iba a convertir ese tratado en papel mojado en el verano de 1941: invadió la Unión Soviética ante la perplejidad de Stalin.
Vasili pasó de los libros contables a las trincheras. Y aquí empieza parte del mito. Una de las leyendas dice que Vasili fue voluntario al frente. En cambio, el escritor e historiador Antony Beevor, en su fantástico “Un escritor en guerra – Vasili Grossman en el Ejército Rojo”, afirma otra cosa.
Vasili Grossman fue el gran cronista soviético de la guerra. Después, como no podía ser de otra manera, fue perseguido por Stalin y su obra censurada y ocultada. Murió en 1964 y su mujer logró sacar de la URSS gran parte de sus manuscritos que se editaron en Europa occidental.
Grossman afirma, según Beevor y no hay por qué no creerle, que “un tal Záitsev” había derribado por accidente a un “piloto famoso” de la URSS y que, como castigo, fue enviado al frente, a Stalingrado, como un soldado más. Grossman estaba seguro de que “un tal Záitsev” era Vasili Záitsev.
De nuevo con un fusil al hombro, Vasili hizo en el frente lo que había hecho en los bosques Urales: mató con precisión y exactitud. Parte de la leyenda dice que los alemanes arrasan con una posición soviética, provocan una decena de muertes y lanzan los cuerpos a una fosa.
Entre los cadáveres, vivo, oculto y disimulado, porque eso era lo suyo, se escondió Vasili que horas después, mata sin hacerse notar a tres oficiales nazis. Con esa hazaña en los hombros, pasa de inmediato a la categoría de francotirador.
Grossman está seguro de que Záitsev era un gran tirador, pero sugiere que las bajas que provocó fueron inferiores a las que le adjudican porque, cuando combatió en Stalingrado, las más grandes batallas habían pasado ya.
Vasili y sus hombres abandonan un edificio en ruinas durante la batalla. La táctica de disparar y esconderse fue perfeccionada por el francotirador y sus discípulos.
Eso es difícil de sostener. Stalingrado fue toda una gran batalla y se combatió con desesperación suicida hasta el último día. Vasili debe haber matado a muchos alemanes como para que, desde Berlín, enviaran a un maestro de francotiradores para acabarlo.
Como fuere, Vasili fue miembro del 1047° Regimiento de Fusileros de la 284ª División de Fusileros Tomsk, parte del 62° Ejército que comandaba el teniente general Vasili Chuikov desde el 17 de septiembre de 1942. Los alemanes sitiaron la ciudad el 23 de agosto de 1942 y se rindieron el 2 de febrero de 1943.
Toda la gran sangría que provocó más de un millón de muertos, duró ciento cuarenta y dos días. Vasili llegó al combate a menos de un mes de iniciado el sitio. ¿Cuánto es mucho tiempo, cuánto es poco, cuánto tiempo es suficiente en una guerra?
Las hazañas de Záitsev fueron reflejadas en la prensa del régimen estalinista, eran parte de la propaganda de guerra destinada a mantener en alto el ánimo de la población y de las tropas. Vasili no sólo intentó con éxito honrar su fama, sino que empezó a adiestrar a otros reclutas en el arte espinoso y arriesgado del ocultamiento y el disparo de precisión.
Entre sus mejores alumnos estuvieron Víctor Medvedev, Anatoli Chéjov y Tania Chernova. Los tres sembraron el terror entre los nazis que empezaron a temer alzar la cabeza de trincheras y ruinas, porque morían de inmediato. Las fuentes, tal vez engolosinadas por la propaganda, afirman que los veintiocho tiradores formados por Záitsev, liquidaron a más de tres mil enemigos.
Cuando la cuenta de matados por Vasili llegó a cien, lo condecoraron con la Orden de Lenin, un reconocimiento que, lejos de aplacarlo, renovó su entusiasmo.
La ciudad de Stalingrado en una fotografía aérea de la Luftwaffe. La explosión de numerosos depósitos de combustible conviritó a la zona de los muelles en un infierno en llamas.
Un párrafo aparte para Stalingrado, que se alzaba en una zona de acceso al petróleo que los nazis consideraban vital para su esfuerzo de guerra. Stalingrado era la obsesión de Hitler, una de sus dos obsesiones. La otra era Leningrado, a la que sitió por hambre. Si hubo una tercera obsesión, fue Moscú, a la que jamás llegó el ejército alemán, sólo arañó algunos suburbios.
Pero Leningrado llevaba a Lenin en su nombre. Y Stalingrado a Stalin: rendirlas era más que una victoria militar. Por lo mismo, los soviéticos defendieron esas dos ciudades símbolos con un empecinamiento que llevó a Stalin a firmar la Orden 227, que obligaba a sus comandantes a impedir la retirada de sus hombres… de cualquier modo.
Autorizó también a los jefes militares a fusilar a todo soldado soviético que intentara retroceder.
La ciudad era un estirado lagarto de veinticuatro kilómetros de largo sobre el Volga y unos diez kilómetros de ancho extendidos hacia el oeste, el lado más poblado, el más útil, el más rico, el más cuidado. El lado este del Volga estaba olvidado. No existían puentes que unieran una y otra orilla, conectadas por un servicio de lanchas y barcazas.
Los bombarderos nazis destruyeron el lado más poblado de la ciudad y su rica zona industrial: redujeron la ciudad a escombros para dominarla. Los soviéticos hicieron de la desgracia una virtud. Usaron esos escombros para apostar a sus tiradores y hacer la conquista de la ciudad muy difícil, si no imposible, al ejército enemigo.
Hubo en las tropas de von Paulus algo de insolencia, de inmodestia, tal vez, de soberbia incluso: la destrucción total, esta vez, no conduciría a la victoria. Otro detalle insignificante: para infundir más terror en la Europa ocupada, las botas, el calzado en general de las tropas alemanas, en especial el de las SS, llevaban la suelas tachonadas de clavos.
Se oía venir a los nazis. Pero en la nieve y el hielo rusos, esas suelas metalizadas favorecieron el veloz congelamiento de los pies de los invasores. La arrogancia nunca es buena consejera, menos en una guerra.
Por esos días de hielo y nieve, tal vez en noviembre de 1942, Vasili supo que los nazis habían enviado a un experto a matarlo. Lo relató en su libro, “Memorias de un francotirador en Stalingrado”, una obra que, bueno es anticiparlo, Beevor califica de exagerada y de “hinchada hasta el cansancio” por los altos mandos del Comité Central del Partido Comunista.
Todo empezó, relató Vasili, una noche en la que sus hombres capturaron a un soldado alemán que confesó que la Wehrmacht había enviado a un tirador experto para liquidar “al gran conejo ruso”. Conejo o liebre, según la traducción, es el significado del apellido de Vasili, Záitsev.
La alusión del prisionero revelaba que los nazis sabían, siempre según las memorias de Vasili, quién era el francotirador al que buscaban. No hacía falta mucha astucia: los datos figuraban en la prensa soviética.
El general Chuikov (izquierda) empuña el rifle de francotirador de Záitsev (a la derecha con capa de camuflaje) en una imagen de la propaganda soviética.
¿Quién era el tirador alemán? Para Vasili era el mayor Erwin Konig, o Konings, tal vez director de la escuela de francotiradores de la Wehrmacht. Relató Vasili en sus memorias: “La noticia me inquietó. Yo estaba tendido, extenuado, y para un francotirador no hay peor enemigo que la fatiga. Un francotirador cansado actúa con apuro, pierde precisión. Konig tenía que ser un zorro astuto.
Los alemanes no eran precisamente unos aficionados, y además, para llegar a director de la escuela de francotiradores, Herr Konig tenía que haber competido con éxito contra los mejores tiradores”. Más adelante, reveló cómo había decidido enfrentarlo: “Cada francotirador tiene sus tácticas y sus técnicas, sus ideas y sus ingenuidades.
Pero todos, principiantes y veteranos, deben recordar siempre que frente a ellos aguarda un tirador maduro, resuelto, perspicaz y certero. Hay que ser más inteligente que él, atraerlo y, así, confinarlo a un solo punto. ¿Cómo? Es preciso distraerlo, confundir su atención, cambiar de rumbo, exasperarlo con movimientos engañosos y agotarlo hasta que no pueda concentrarse”.
Konig hizo de las suyas hasta enfrentarse con Záitsev. Voló la mira telescópica de uno de los mejores hombres de Vasili e hirió a otro sin que nadie hubiera podido descubrir por donde venían los tiros. Para saberlo, Vasili fue hasta la zona donde habían sido vencidos sus dos camaradas junto a otro de sus mejores alumnos, Nikolai Kúlikov.
Trabajar de a dos era el mayor aporte táctico que Vasili había hecho a su trabajo de cazador solitario, que había dejado de serlo. Consistía en que dos francotiradores marcharan juntos, uno como observador con habilidad para disparar, para cubrir una zona desde diferentes ángulos. Los hombres de Vasili, tres grupos de dos, eran conocidos como “Los seises”.
Záitsev y Kúlikov llegaron así a las ruinas de lo que había sido un orgullo de Stalingrado, la fábrica de tractores y cañones “Octubre Rojo”, en referencia clara a la Revolución Rusa, que se había alzado, ahora era todo desechos, cerca de un vital nudo ferroviario que unía a Moscú con el Mar Negro.
La fábrica había funcionado al pie de la colina de Mamyaev Kurgán, donde hoy está el cementerio que guarda los restos de Záitsev. En sus memorias, Vasili escribió: “El día estaba terminando. De repente, apareció un casco que se movía despacio por la trinchera. ¿Debíamos disparar?
No, era una trampa: la inclinación del casco era muy poco natural. El francotirador esperaba a que yo me delatase. De modo que permanecimos inmóviles hasta la noche”.
Un francotirador alemán y su ojeador en una trinchera del frente del este.
Las horas que siguieron fueron de total quietud para los tiradores soviéticos y también para el alemán, que podía intuir donde estaban sus adversarios, mientras que ellos no pudieron saber dónde estaba su enemigo. Se retiraron sin saberlo. El juego de gatos y ratones siguió por dos días hasta que, el tercero, un comisario político llegó con la novedad: había descubierto desde la retaguardia el lugar exacto del tirador alemán.
Cuando se levantó para señalarlo, un balazo lo hirió de gravedad. Vasili recordó haber pensado: “Sólo un francotirador de élite era capaz de hacer un disparo como ese; sólo un especialista podía haber disparado con semejante rapidez y precisión”.
Záitsev intuyó que el alemán podía estar escondido detrás de una pila de ladrillos y debajo de una chapa, un sitio que había pasado inadvertido hasta entonces. Para probar la certeza de su pálpito, Kúlikov alzó por encima del escondite soviético y atado a un palo, un grueso guante de invierno. Sonó un disparo. “Ahí tenemos a nuestra serpiente”, recordó haber pensado Vasili.
La cacería debió esperar. Se apagaba la tarde y, con la noche, recrudecían los bombardeos de la fuerza aérea alemana. La pareja rusa decidió que la mañana siguiente tampoco sería la del ataque porque la inclinación del sol podía hacer brillar las miras telescópicas de sus fusiles. Decidieron, sin embargo, entretener al enemigo: ni bien amaneció, Kúlikov disparó una bala loca, a ciegas, “para despertar el interés de nuestro oponente”, dijo Vasili en sus memorias.
El final del juego esperó hasta pasado el mediodía, cuando la verticalidad de los rayos de sol impedía todo reflejo en el metal de los rifles, “mientras caían a pleno sobre la posición de nuestro rival”. De pronto, algo brilló en el borde de la plancha de hierro, fue un instante, un brillo leve, apenas perceptible: era Konig, era su fusil. Vasili Záitsev relató el desenlace en sus memorias: “Kúlikov se quitó el casco y lo levantó despacio, con una finta que solo un tirador experto era capaz de ejecutar.
El enemigo disparó. Kúlikov se puso en pie, gritó y fingió desplomarse”. El alemán alzó la cabeza apenas por encima de la plancha de hierro para corroborar si le había dado a su enemigo, al que debía imaginar solitario, como él. “Apreté el gatillo y la cabeza del nazi desapareció . La mira de su rifle estaba inmóvil y seguía soltando destellos bajo la luz del sol. La tensión de la caza se había roto. Kúlikov se dio la vuelta en el suelo de la trinchera y prorrumpió en una carcajada histérica”.
En la noche, Záitsev y Kúlikov llegaron a la posición que había ocupado Konig, revisaron su cadáver y entregaron toda la documentación que hallaron a su comando, como prueba de su éxito.
Heinz Thorvald
Hasta aquí, la historia oficial contada por su protagonista y avalada por el estalinismo. Según otra de sus grandes obras, “Stalingrado”, Anthony Beevor afirma que el nombre de Erwin Konig, no es otra cosa que un nombre ficticio inventado por los medios de la época que contaron la hazaña soviética.
El nombre real del alemán sería Heinz Thorvald, jefe de una de las escuelas de francotiradores del ejército alemán. Konig, Konig o Thorvald, la mira telescópica de su fusil, que fue el trofeo más preciado de Vasili, se exhibe hoy en el Museo de las Fuerzas Armadas de Moscú.
Para mayor confusión, todas contribuyen al mito, no hay mención alguna de este duelo en los informes militares soviéticos, incluidos los de Alexsandr Scherbakov, historiador y director de la Oficina de Información Soviética, que registró con minuciosa exactitud al actividad de los francotiradores. Si hubo alguna omisión a corregir, Scherbakov no pudo hacerla. Murió de un ataque al corazón el 10 de mayo de 1945, dos días después de la victoria rusa en Europa. Tenía cuarenta y cuatro años.
Más confusión, más trabas para que Odiseo tarde mucho en regresar a Ítaca: David Webb, autor de “The Gretest Snipers Ever – Los más grandes francotiradores”, sostiene que los nazis destruyeron todos los registros de Erwin Konig, para borrar la humillación de la derrota a manos de un tirador eslavo, etnia a la que los nazis consideraban inferior.
También existe la teoría que afirma que fue Thorvald quien eligió el nombre de Erwin Konig para evitar que su apellido real fuese usado por la propaganda soviética si él caía en combate.
Vasili Záitsev no fue el tirador que más alemanes mató durante la guerra. El que más bajas causó fue Iván Sidorenko, a quien le reconocen quinientas muertes. Vasili fue el más famoso y el secreto de su fama es Stalingrado: al término de esa batalla, después de la rendición del VI Ejército de von Paulus, la Segunda Guerra en el frente oriental se dio vuelta: los nazis iniciaron la retirada hacia Berlín y los rusos empezaron a perseguirlos.
Beevor sostiene: “Para el 62° Ejército, el taciturno Záitsev, un pastor de las laderas de los Urales, representaba mucho más que un héroe deportivo. Las noticias sobre sus logros pasaban de boca en boca por todo el frente”.
Rifle de Vasili Záitsev
Beevor es también un poco implacable: afirma que el duelo entre los dos francotiradores fue un invento de Stalin.
Sin embargo, no puede menos que rendirse ante una tenue evidencia.
En su libro “Un escritor en guerra…” cita a Vasili Grossman que refiere un duelo entre Vasili Záitsev y otro tirador de élite enemigo, que apenas duró pocos minutos.
En palabras de Grossman, el alemán se levantó de su posición al ver una trinchera soviética vacía y Záitsev le voló la cabeza.
Eso cautivaba a Vasili. Escribió en sus memorias: “Me gustaba ser francotirador y gozar de licencia para elegir a mi presa. A cada disparo era como si pudiera oír la bala atravesando el cráneo del enemigo, aunque estuviera a seiscientos metros. A veces, los nazis miraban en mi dirección, como si pudieran verme, sin tener la menor idea de que les quedaban unos pocos segundos de vida”.
Realidad, mito, leyenda, propaganda, Vasili llegó al cine de la mano del actor Jude Law, junto a Ed Harris como Konig en “Enemigo al acecho”, una película dirigida por Jean-Jacques Arnaud que es una versión libre de la novela de William Craig.
Más allá de novelas y películas, cuando Stalingrado fue liberado el francotirador fue condecorado como Héroe de la Unión Soviética y recibió, entre otras medallas, dos órdenes de Lenin y dos órdenes de la Bandera Roja. En enero de 1943, Vasili fue herido por una granada de fragmentación y perdió parte de la visión, que era otro de sus tesoros más preciados.
La recuperó en Moscú gracias al profesor Vladimir Filatov, el mejor oftalmólogo de la URSS. Vasili volvió al frente y terminó la guerra en las colinas de Seelow, Alemania, como capitán del ejército. Ese mismo año se afilió al Partido Comunista. Además de sus memorias, escribió dos valiosos manuales sobre el arte del francotirador.
En la posguerra, Vasili Záitsev se quedó a vivir en Ucrania y trabajó como ejecutivo de la industria textil. Vio desintegrarse a la URSS y murió el 15 de diciembre de 1991, días antes de que la roja bandera con la hoz y el martillo fuese arriada por última vez en el mástil del Kremlin.
Su deseo final fue que lo enterraran en la ciudad que ahora era Volgogrado pero que en su piel sería siempre Stalingrado. Tuvo que esperar. De haber estado vivo, le hubiese importado nada: la paciencia era una de sus más grandes virtudes.
Recién en 2006 sus restos fueron llevados a Volgogrado y enterrados, en una ceremonia con un esplendor que habría hecho sonrojar al tímido francotirador, en una colina del cementerio de Mamayev Kurgán, no muy lejos de la histórica fábrica de tractores y cañones “Octubre Rojo” y ligeramente por encima de donde yacen para siempre treinta y cinco mil defensores de la ciudad.
Así fue como Vasili volvió a estar entre los suyos.
HA!(M.C.Santos/L.Poveda) — Camille Claudel (Francia 1864/1943), siempre a la sombra de su mentor y amante Auguste Rodin.
Sin embargo, su talento fue equivalente, e incluso hay quien afirma que la escultora ayudó a dar forma a algunas de las grandes obras del maestro (por no decir que éste las robó directamente).
Lo que es seguro es que si Claudel hubiera nacido hombre, su reconocimiento hubiera sido otro.
Camille Claudel nació escultora.
Desde muy pequeña disfrutaba moldeando el barro y ya se veía su capacidad para reflejar en ese material los rostros de sus seres queridos.
Un juego que duró al hacerse mayor y que no gustó en absoluto a su familia, que la veían como una futura esposa, madre y «artista del hogar».
Con 17 años fue admitida en una Academia de Arte parisina y de pronto, Auguste Rodin se percató del talento artístico de la joven, entrando en su vida como un terremoto. De alumna del ya legendario escultor pasaría a convertirse en su musa, y de ahí a amante.
El talento de Claudel era evidente, pero la envidia y el machismo de la época hicieron que fuera objeto de comentarios desafortunados que ponían en duda su capacidad artística.
La sombra de Rodin era demasiado larga y la artista empezó a tener una relación de amor/odio. Amaba al maestro con toda su alma, pero también lo odiaba por recibir él todo el reconocimiento público, constantes encargos y alabanzas. Ella era su simple alumna y amante.
Claudel finalmente abandonó a Rodin (que no pensaba dejar a su esposa) y acabaría enloqueciendo… O eso dicen. Recientes biografías hablan de manipulaciones y maltratos por parte de su entorno, e incluso fue obligada a entrar en un sórdido psiquiátrico con el diagnóstico oficial de «manía persecutoria y delirios de grandeza».
En total, 30 años de injusta reclusión en un sórdido lugar en el que se le negaron las visitas y en el que murió sin realizar una sola obra.
Aún así, la escultora dejó una obra de apabullante talento. Su naturalismo tenía rasgos de impresionismo y simbolismo, buscando siempre la emoción que se traduce en un exquisito dramatismo gracias a un perfecto dominio de las técnicas y a su enorme sensibilidad.
Gracias a ella, se demostró que es posible esculpir la emoción.
El Hombre inclinado
Camille Claudel es un ejemplo trágico de lo que significa nacer en el momento equivocado. La sociedad de fin de siglo de Francia, cerrada y misógina, no veía con buenos ojos a una mujer escultora, esto simplemente era una desviación.
En 1886, Camille esculpía L’Homme penché, una obra de gran plasticidad dónde no sólo plasmaba su gran dominio de la anatomía y la técnica escultórica, sino que además deslumbraba por su belleza plástica y expresividad.
La emotividad que desprende la obra es conmovedora, con el uso de la contorsión y la postura forzada, Camille Claudel conseguía transmitir en un solo personaje lo que pocos artistas del momento: la fuerza del cuerpo y la sensibilidad de la fragilidad emocional.
Pensemos que el ejercicio de la escultura suponía un enorme esfuerzo físico, era un oficio sucio, que requería destreza y vitalidad, todos atributos de la masculinidad. Fue por ello que la tragedia, la presión social y la traición marcaron a Camille Claudel, al punto de generarle graves crisis nerviosas que fueron empeorando día a día.
Una tarde, con una orden de la propia familia Claudel, irrumpen en su taller unos enfermeros para llevarla contra su voluntad al centro psiquiátrico donde permanecerá encerrada por el resto de sus días.
Por aquel entonces, en Francia se ejercían las peores prácticas psiquiátricas. Camille Claudel no podía tener razón en defender que era una gran escultora y que se le había ninguneado. Su talento y su destreza no eran normales para una mujer de su época y por ello su diagnóstico fue «una sistemática manía persecutoria acompañada de delirios de grandeza».
Lúcida y desesperada, Camille escribió numerosas cartas, pidiendo que le sacaran de allí. Pero pese a sus quejas desgarradoras y a la opinión de los médicos que con el tiempo empezaron a considerar poco necesario mantenerla encerrada, la familia Claudel nunca accedió a sus ruegos, Camille nunca pudo volver a esculpir.
Entre 1940 y 1945, los centros psiquiátricos públicos dependientes del gobierno colaboracionista de Vichy bajo el mando del mariscal Pétain, dejaron morir de hambre a unas 45.000 personas. Camille Claudel fue una de estas víctimas.
Psicología y Mente(S.R.Comas) — En los países de tradición católica, el belén o pesebre es parte indispensable de la Navidad. Su tradición va mucho más allá de la fe, puesto que es un auténtico símbolo de las fiestas, de la misma forma que el árbol de Navidad o las luces de las calles.
La historia de los belenes o pesebres (como se les llama en lugares como Cataluña o Italia) hunde sus raíces en la bruma del tiempo. Cuenta la leyenda que fue San Francisco de Asís quien, en un lejano 1223, montó el primer belén de la historia. Por otro lado, en España parece ser que fue el mismísimo rey Carlos III, junto con su esposa la reina Amalia, quienes popularizaron esta tradición que, con los años, fue llegando a todos los hogares hispanos.
Si te interesa saber cuál es el origen de los belenes o pesebres, sigue leyendo. Hoy te contamos de dónde surgió esta tradición navideña tan popular.
– El origen de los belenes: ¿fue San Francisco el primer belenista?
El belén o pesebre (presepio en italiano) que montó San Francisco de Asís en la pequeña localidad de Greccio es el primero en estar documentado. Sin embargo, ello no quiere decir que esta costumbre no se viniera dando desde hacía tiempo.
Al parecer, el santo pretendía estimular la fe de los habitantes del pueblo, por lo que, la noche de Navidad, situó a varios personajes en una cueva cercana para que representaran la Natividad de Cristo.
En este caso, la Sagrada Familia y los pastores eran personas reales (al modo de los actuales pesebres vivientes), mientras que el Niño Jesús estaba interpretado por un muñeco de trapo, para evitar que el bebé pasara frío durante la representación. El buey y la mula, por otro lado, corrieron a cargo de un noble de los alrededores, que ofreció a los animales y paja para la cueva.
.Reminiscencias del teatro sacro medieval
Acta capitular de la Catedral de Santiago en la que se hace referencia la Argadelo de Reyes (1511)
Sin embargo, mucho antes de que San Francisco de Asís incentivara la fe navideña mediante un belén a tamaño natural, en las plazas y las iglesias de ciudades y pueblos se celebraba el teatro litúrgico, que tenía como argumento pasajes de la Biblia.
Y, mucho más atrás en el tiempo (en concreto, entre los años 432 y 440 d.C.), el papa Sixto III trajo a Roma, desde Tierra Santa, supuestos fragmentos de la cuna del Niño Jesús.
Estas reliquias se guardaron en la iglesia de Santa María del Praesepe (Santa María del Pesebre), la actual Basílica de Santa María la Mayor.
En otras palabras: el nacimiento de Cristo estaba muy presente en los primeros siglos de la Edad Media y, aunque el belén no se materializó hasta bien entrado el siglo XIII, existen testimonios que cuentan que, durante la vigilia de Navidad, en las iglesias se realizaban representaciones teatrales que escenificaban el nacimiento de Jesús y la adoración de pastores y Magos.
En concreto, las piezas que se dedicaban al nacimiento del Niño se conocían como Officium pastorum y Ordo Stellae, y se centraban, respectivamente, en la adoración de los pastores y la Epifanía.
El conocido Auto de los Reyes Magos, escrito en castellano en el siglo XIII, es el Ordo Stellae medieval más antiguo que se conserva en lengua romance; se cree que se representaba en la Catedral de Toledo el día de Navidad.
.Se prohíben los “belenes”
A principios del siglo XIII, estas representaciones, en un principio religiosas y concebidas para exaltar la fe, se habían convertido en una auténtica fiesta donde no faltaba el ruido, el vino y el exceso. Además, los protagonistas originales, extraídos de la Biblia, se habían empezado a mezclar con personajes de gusto popular, perfectamente reconocibles por las gentes de aquel tiempo. En las representaciones no faltaban los alfareros, los pescadores, los cerveceros o los campesinos, entre muchos otros.
Repugnado por lo que consideraba una “vulgaridad”, el papa Inocencio III prohibió este tipo de representaciones en 1207. De hecho, para poder llevar a cabo su famosa representación en la cueva de Greccio, San Francisco tuvo que pedir una bula a su sucesor, el papa Honorio III.
El “primer belén” del santo tuvo un grandísimo impacto en la sociedad medieval, y su popularidad fue espoleada por la orden franciscana, la principal impulsora del belén como manifestación navideña.
Así, la prohibición papal no tuvo efecto alguno. La antiquísima tradición de representar el nacimiento de Jesús siguió calando hondo en las gentes y, poco a poco, el pesebre fue expandiéndose.
En el siglo XIV, al parecer, era bastante usual encontrar representaciones en catedrales e iglesias, pues tenemos un documento fechado en Valencia en esa época en el que los canónigos de la catedral se quejan de que su belén se había “estropeado”.
Tímpano de la Epifanía de San Miguel de Figueroa (Abegondo-CO, ca. 1325-1350). El enmarque pintado con dosel y cortinas es barroco, pero parece un intento claro de convertir la escena en una representación teatral.
.De actores a figurillas: nace el belén moderno
A juzgar por la expresión, debemos pensar que el belén de la catedral de Valencia estaba ya formado por figurillas y no por actores. De hecho, el belén más antiguo formado por personajes de barro o cartón lo encontramos en Cracovia; este extraordinario testigo histórico data nada menos que del siglo XIII.
De todas formas, el gran siglo del belén es el XVIII. Ya en el siglo anterior, la tradición había entrado en las casas nobles, que competían para ver quién poseía el pesebre más hermoso. Pronto, las clases populares quisieron imitarlos, y por toda la geografía católica empezaron a aparecer mercadillos navideños donde se vendían humildes figuras de barro pintadas a mano que hacían las delicias de niños y adultos.
Una de las ferias de belenes cuyo origen data de esta época es la famosa Fira de Santa Llúcia, que arrancaba cada año el 13 de diciembre en el claustro de la Catedral de Barcelona y sus calles aledañas.
En el siglo XIX, el belén ya forma parte del imaginario colectivo navideño. La fabricación de las figuras cada vez se simplifica más: se producen en serie y existen diversas versiones al alcance de todos los bolsillos.
Los paisajes, que primero no existían (para no quitar protagonismo a las figuras), se convirtieron más tarde en expresiones costumbristas, y cada lugar plasmaba en su pesebre la geografía de su tierra.
Con el auge de la arqueología (especialmente, tras el descubrimiento de Pompeya y Herculano y el reencuentro con Egipto en el siglo XVIII), se empezaron a diseñar paisajes más historicistas, que recuperaban el gusto por el orientalismo.
.Amalia de Sajonia, la reina encandilada con los belenes
Belén del Principe
Pero si existe un personaje que (al menos en ámbito hispano) haya hecho mucho por la popularización del belén es el rey Carlos III, que trajo de su Nápoles amada (de donde había sido rey antes de serlo de España) la tradición del belén napolitano. Sin embargo, a pesar de que el monarca tiene fama de ser el impulsor de esta tradición en tierras hispánicas, fue en realidad su esposa, la reina Amalia de Sajonia, la auténtica enamorada de los pesebres y su principal valedora.
La pasión de la reina era tal que en una de las estancias del Palacio Real de Madrid mandaron instalar el conocido como Belén del Príncipe, que todavía hoy se puede visitar. Se trata de un hermoso belén napolitano que fue ejecutado por José Esteve Bonet, José Ginés Marín y el famosísimo artista murciano Francisco Salzillo (1707-1783), uno de los grandes artífices de los belenes en España. De hecho, en el Museo Salzillo de Murcia podemos ver una de sus creaciones, el denominado Belén de Salzillo, que presenta, majestuoso, los colores vivos y la expresión genuina del siglo XVIII.