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Las pruebas científicas irrefutables de que Papá Noel existe…


La ciencia moderna ha acumulado evidencias arqueológicas, astronómicas y físicas sobre Santa Claus.

¿Cansado de escuchar que Papá Noel no existe? ¿Harto de los argumentos «racionales» sobre la imposibilidad física y logística de su hazaña anual? La ciencia podría tener noticias sorprendentes para usted. No solo es posible que Papá Noel exista, sino que hay evidencias convincentes de su realidad.

La física cuántica, la arqueología, la filosofía, las matemáticas y la cosmología nos ofrecen pruebas contundentes que podrían convencer incluso al más escéptico. Solo se necesita un poco de espíritu navideño para descubrirlas.

Pruebas arqueológicas

Empecemos por las evidencias arqueológicas fundamentales. Según detalla Atlas Obscura, los restos de San Nicolás de Myra, el obispo del siglo IV que vivió en la actual Turquía y dio origen a la leyenda de Papá Noel, se encuentran dispersos por el mundo. La mayoría se conservan en Bari y Venecia, Italia, aunque también existen fragmentos en Francia, Alemania y Estados Unidos.

Un hallazgo particularmente relevante es el fragmento de pelvis conservado en Illinois. La datación por radiocarbono lo ubica específicamente en el siglo IV, coincidiendo con la época en que vivió el santo.

Sin embargo, las disputas sobre la ubicación exacta de los restos de San Nicolás continúan hasta hoy. Según reporta la Agencia Católica de Noticias, en 2024, arqueólogos turcos liderados por la Profesora Ebru Fatma Fındık descubrieron un sarcófago en la Iglesia de San Nicolás en Demre, Turquía, que podría contener el cuerpo del santo.

Esta revelación podría cuestionar la creencia tradicional de que sus restos fueron trasladados a Bari, Italia, en 1087. Lo que sí está confirmado científicamente es que los huesos encontrados en Bari y Venecia pertenecen a la misma persona, aunque su identidad definitiva sigue siendo un misterio por resolver.

En 2024, arqueólogos hallaron un sarcófago en Demre, Turquía, que podría contener los verdaderos restos de San Nicolás.

Confirmación desde el espacio: el testimonio del Apolo 8

Si la arqueología no lo convence, quizás esto sí: hace 56 años, durante la misión del Apolo 8, se produjo un intercambio revelador entre la tripulación y el control de misión.

 Como reporta la NASA, el astronauta Jim Lovell habló por radio a la Tierra y soltó la frase que dejó boquiabierto a más de uno: «Por favor, sean informados de que hay un Santa Claus», a lo que el Control de Misión respondió: «Afirmativo. Ustedes son los más indicados para saberlo.» 

Ni la NASA ni la tripulación desmintieron el suceso, así que… tomado directamente desde la órbita lunar, algo sabrían que nosotros desconocemos.

El astronauta Jim Lovell (izq.) del Apolo 8 confirmó desde la órbita lunar la existencia de Santa Claus. ¿Ventajas de observar desde el espacio?

La física cuántica lo explica todo

Pero abordemos ahora la cuestión fundamental: ¿cómo logra Papá Noel entregar tantos regalos en una sola noche sin ser visto? Según los cálculos de Forbes, debe visitar por lo menos 500 millones de hogares en tan solo 42 horas, lo que le da apenas 300 microsegundos por casa.

Aunque algunos escépticos utilizan las leyes de la física clásica para argumentar que esta hazaña sería imposible, la física cuántica ofrece una explicación. El físico de altas energías Daniel Tapia Takaki explica a la BBC que el principio de incertidumbre de Heisenberg nos permite comprender este fenómeno.

Papá Noel existe en una superposición de estados cuánticos, lo que significa que múltiples versiones de él operan simultáneamente por todo el planeta.

Esta teoría también explica por qué nunca lo vemos: cualquier observación directa provocaría el colapso de su estado cuántico, interrumpiendo instantáneamente la entrega de regalos.

El principio de incertidumbre de Heisenberg explicó el misterio: Santa Claus existe en múltiples estados cuánticos simultáneos, lo que le permite entregar regalos en todo el planeta.

¿Pero cómo sobrevive a las condiciones extremas de su viaje? 

Forbes detalla que Papá Noel debe viajar a una velocidad promedio de 2.200 kilómetros por segundo. Para poner esto en perspectiva, es más de 6.000 veces la velocidad del sonido, pero aún por debajo del 1 % de la velocidad de la luz.

Para sobrevivir a estas velocidades, Papá Noel necesitaría una tecnología bastante avanzada: un escudo térmico especial que protege tanto al trineo como a los renos; un traje presurizado con un sistema de bombeo más potente que el corazón humano; y la capacidad de realizar tunelización cuántica para atravesar paredes y chimeneas.

El combustible secreto

¿Y de dónde obtiene la energía para todo esto? La respuesta está en las galletas y la leche que le dejamos. De acuerdo con Forbes, Papá Noel utiliza la famosa ecuación de Einstein, E=mc², para convertir la masa de estos refrigerios en energía con una eficiencia del 100 %. Incluso una pequeña galleta proporciona suficiente energía para mover su carga de un millón de toneladas de una casa a otra.

Lógica y paradojas filosóficas

Por otra parte, la lógica nos ofrece uno de los argumentos más simples pero efectivos. El medio científico IFL Science presentó un fascinante razonamiento basado en dos afirmaciones:

  1. Todo lo que aparece en esta lista es falso
  2. Papá Noel existe

Si la primera afirmación fuera verdadera, entonces sería falsa al incluirse a sí misma, lo cual es una contradicción. Así que la única salida lógica es que la afirmación 1 sea falsa, y, por tanto, que la 2 sea verdadera. Y listo: Papá Noel existe. Tan fácil como suena.

Aunque este razonamiento pueda parecer un juego de palabras, no está exento de fundamentos filosóficos. Los más exigentes pueden revisar la famosa «Paradoja del Mentiroso» y los trabajos del lógico Alfred Tarski.

Sin embargo, tal y como señala la matemática Hannah Fry en su libro The Undeniable Existence of Santa Claus, las declaraciones autorreferenciales no tienen por qué ser forzosamente verdaderas o falsas, lo que resuelve la aparente contradicción y refuerza la idea de que Papá Noel sí podría estar entre nosotros.  

¿Cómo logra Santa Claus generar la energía para visitar 500 millones de hogares? La ecuación E=mc² y unas simples galletas navideñas son la respuesta

Las evidencias visuales

Por si fuera poco, tenemos evidencia astronómica. De acuerdo con la ESA, podemos ver a Papá Noel en el espacio: existe una estructura de 200 billones de kilómetros cuadrados en la nebulosa de Orión que se asemeja a su figura, descubierta oportunamente justo antes de Navidad en 2007.

Esta presencia cósmica sugiere una intrigante posibilidad: quizá el espacio sea su verdadero hogar y el Polo Norte solo una residencia temporal. ¿Podría esto ser un guiño del universo hacia su existencia?

Datos astronómicos, paradojas lógicas, superposición cuántica, registros históricos y la propia palabra de astronautas apuntan en la misma dirección: Papá Noel es real y está ahí fuera, repartiendo ilusión a una escala tan grande que desafía los límites de la ciencia.

Después de todo, ¿Qué es más probable: que exista un ser que domina la física cuántica y la conversión de masa en energía, o que billones de personas alrededor del mundo participen en una elaborada conspiración sin ningún beneficio aparente?

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Vivan las bicimamis: por una cultura pop renovada (y renovable)…


Igluu(A.M.Cervilla) — A finales de los años 70, Radio 3, llegaba a las ondas haciendo gala de ser la emisora menos mainstream de la parrilla con un eslogan poderoso: eres lo que escuchas.

En apenas cuatro palabras, la frase resumía con exactitud el papel de la música en la construcción de nuestra personalidad, un poder compartido con las series, la literatura, el cine o la publicidad. Porque, nos guste o no, la cultura que consumimos en la pantalla o en la radio –o en Spotify– moldea nuestra forma de ver el mundo y hasta de comportarnos. 

Al final del día, la cultura pop es un reflejo de nosotros mismos, con todos nuestros gustos, miedos y aspiraciones a nivel individual o colectivo. Y también puede ser algo que nos ayude a imaginar un futuro más sostenible.

Pero conseguirlo no es fácil. En los últimos años –más bien, décadas–, el imaginario colectivo se ha impulsado de manera más o menos obvia por combustibles fósiles. No es ya solo que el lujo aspiracional siga muy ligado al capitalismo fósil –jets privados, velocidad, coches, aire acondicionado a todo trapo– sino que las referencias musicales o cinematográficas también lo están.

Si a comienzos de los años dos mil en nuestro mp3 sonaba La gasolina de Daddy Yankee o el Gasolina, sangre y fuego del rapero Haze mientras íbamos al cine a ver una de las múltiples entregas de A todo gas, hoy intentamos ser más eco con lo que compramos… pero flipamos con la estética Motomami de Rosalía.

Aunque a nivel individual todos tengamos que convivir, en cierta manera, con nuestros dilemas, lo cierto es que la industria cultural es una herramienta poderosa para contar la emergencia climática e intentar crear relatos colectivos más atractivos que inspiren a frenarla. Por ejemplo, ¿cuántos jóvenes querrían ser bicimamis o cuántos preferirían ir A todo voltio

No sabemos la respuesta pero, aunque quizá no queden tan cool en los videoclips o las canciones, sí tenemos la certeza de que ir en bici o coche eléctrico es la mejor alternativa para las personas y el planeta.

El capitalismo fósil no es un tigre de papel (Reloaded) - Viento Sur

– Great for real life

Precisamente sobre esa premisa se construye Great for REAL life (Genial para la vida REAL), la última campaña de la Fundación Renovables y Bankwatch Network. Con ella, ponen de manifiesto el papel que juega la industria audiovisual en la percepción común de la emergencia climática, apelando a un cambio de narrativa que fomente la conciencia en materia de sostenibilidad, haciendo sexy y atractivo el uso de energías renovables.

Bajo el lema Climate action: not great for movies, but great for REAL life (Acción climática: no mejora las películas, pero sí la vida REAL), la campaña intenta añadir componentes clave para la transición energética dentro de conocidos productos culturales reconocibles para todos. 

Algo que puede que no mejore las historias, pero sí que mejorará el imaginario colectivo. Así, a lo largo de cuatro spots y otras veintiún piezas creativas para TikTok e Instagram dirigidas a público europeo, se parodian distintas escenas cinematográficas icónicas acercando, desde el humor, los argumentos técnicos de los beneficios de soluciones climáticas como las bombas de calor, las comunidades energéticas o la mejora de las redes eléctricas. 

Harry Potter, Forrest Gump, El sexto sentido Sonrisas y lágrimas son las películas climatizadas en los vídeos, pero en las piezas de la campaña también han imaginado cómo sería la versión eléctrica de Cars, qué habría pasado si los amigos de Friends hubieran tenido una bomba de calor en aquel episodio el que se le rompe la calefacción o si Tintín hubiese viajado a buscar plantas solares en lugar de ir al país del oro negro.

«Cuando se trata de cuestiones relacionadas con el clima, la industria del cine ha glorificado el uso de combustibles fósiles o presentado narrativas sombrías sobre el fin del mundo que, aunque a veces pueden crear conciencia, no inspiran acción ni explican el lado positivo de la acción climática», explican desde Svalbard, la agencia creativa responsable de la campaña.

«Si nos han colado que El Padrino era superchulo, ¿no vas a conseguir contar que habitar un planeta habitable para la vida es guay?», se preguntaban @climabar en Instagram. En el reino de la distopía, imaginar un planeta mejor y más verde es un reto. Y nos va el futuro en conseguir contarlo (y cantarlo).

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Aprende a meditar mientras caminas…


Caminar vale la pena aunque te caigas”

-Eduardo Galeano-

La Mente es maravillosa(V.Sabater) — Hay quien nunca logra aprender a meditar.

 Su mente no sintoniza con esa calma inmóvil donde practicar una atención plena, donde adquirir un estado profundo de calma mediante la quietud.

Sin embargo, algo tan fácil como empezar a caminar puede dar un giro a sus vidas: se descalzan penas y la mente se libera casi al instante.

Ya hemos hablado aquí de que enfoques tan terapéuticos, como puede ser el Mindfulness, no logra ser útil para todo el mundo.

Los adolescentes o incluso personas con una ansiedad elevada o que han sufrido algún tipo de trauma, no terminan de alcanzar ese punto perfecto de relajación donde aprender a ser más conscientes de su mundo interior a través de un estado relajado.

Cuando la mente grita, cuando nuestros pensamientos son obsesivos y llevamos todas nuestras preocupaciones adheridas como una férrea costra sobre nuestro ser, hay una estrategia que casi nunca falla: caminar.

En realidad, hay algo mágico en el simple acto de andar. El movimiento de nuestro cuerpo es como el metrónomo que marca un compás, un ritmo perfecto donde tarde o temprano la propia mente queda armonizada formando una misma entidad. Una misma música.

A cada paso el corazón crece, la respiración se vuelve profunda, sonora, el cerebro se oxigena y nuestro ser se expande por esos movimientos repetitivos para hallar su punto de equilibrio. Ahí donde tomar las riendas de la propia vida mediante ese ejercicio físico donde se combina la meditación.

Seguidamente, te ofrecemos más datos sobre el tema. Estamos seguros de que te será de gran utilidad.

– Meditar mientras andamos: un medio gratificante para un fin saludable

Cuando un psicólogo decide integrar la atención plena en la psicoterapia no busca convertir a sus clientes en hábiles meditadores espirituales, ni convencerlos de que pasen sus fines de semana en retiros de silencio de línea budista.

En absoluto. Es un medio para un fin, una herramienta donde las personas puedan vivir sus vidas con más equilibrio y con una conciencia más amplia.

Ahora bien, lo más complejo de la meditación es que exige responsabilidad y fuerza de voluntad. Si no es fácil aislar el sonido de nuestros entornos y del rugir de las ciudades, aún lo es más acallar la mente. De ahí, que en la actualidad se aplique este nuevo enfoque que podría resumirse en una ilustrativa palabra que procede del sánscrito “apranihita”, caminar sin llegar. 

Empezar a andar sin tener un destino concreto nos permite más que nunca disfrutar del simple movimiento. Caminamos por el simple placer de caminar.

La mente humana, es casi como ese mono inquieto que va saltando de rama en rama en un viaje caótico, nervioso e improductivo. Casi sin saber cómo acabamos perdidos en nuestros propios laberintos.

Sin embargo, si logramos apaciguar ese nerviosismo a través del ritmo de nuestras piernas y de una respiración que se acompasa a cada paso, lograremos hallar ese control consciente de los pensamientos.

.Cómo aprender a meditar mientras caminamos

Nuestro paseo debe ser diario y no durar más de media hora. Ahora bien, es necesario que lo hagamos por un espacio natural, tranquilo y que vayamos con un buen calzado y ropa cómoda.

  • Empieza a caminar a paso normal. Poco a poco debes encontrar el ritmo que te es más relajante, más catártico y liberador. Hay quien camina a paso lento y quien decide iniciar una marcha más rápida.
  • Es momento de centrar tu atención en algún aspecto. Visualiza tu mente como si fuera una linterna que orienta su luz sobre un aspecto concreto y luego a otro: primero tu respiración, luego la sensación de tus pies cuando tocan el suelo, más tarde el viento que acaricia tu piel… Focaliza tu atención en esos aspectos de modo cíclico, primero uno y luego otro.

  • Poco a poco te darás cuenta de que ya no necesitas centrar tu atención en cada uno de esos aspectos de tu cuerpo. Al cabo de los días el foco de tu linterna será tan amplio que lo percibirás todo de una vez.

Tu conciencia se habrá ampliado tanto que tu ser formará un todo perfecto, en calma y armonía.

– Caminar en un laberinto: la magia de la concentración

Vamos ahora un poco más allá. Imaginemos que en tu caso, ni te es útil el Mindfulness ni logras aprender a meditar mientras caminas. El simple hecho de salir de casa y andar sin un rumbo fijo te distrae, dispersa tu mente y no logras hallar tu punto de equilibrio, tu centro, tu punto de calma.

En este caso podemos iniciarnos en una práctica tan curiosa como antigua en muchas culturas. Hablamos de recorrer un laberinto. Esta práctica ancestral es como visualizar los propios problemas tatuados en el suelo para recorrerlos paso a paso mientras encontramos una salida.

Se sabe, que algunas de las formas más tempranas de laberintos se encuentran en Grecia, y que tenían como finalidad hallar un sentido para la propia vida a través de esos circuitos en espiral.

Era otro tipo de meditación que a día de hoy, se sigue practicando en diversos países. Veamos algunos datos más sobre el tema:

  • En los laberintos no hay una única salida ni se triunfa cuando uno halla cómo salir de él. El beneficio está en el propio recorrido y en lo que conseguimos mientras lo transitamos.
  • El objetivo es “calmar la mente, abrir el corazón” a través del propio ejercicio.
  • Cuando se entra a un laberinto primero hay que detenerse y reflexionar, pensando qué deberíamos dejar ir antes de iniciar ese recorrido concéntrico para centrarnos de forma plena en el presente, en el aquí y ahora.
  • Se camina despacio, poniendo un pie delante de otro y viendo en todo momento la forma de los trazos, de los caminos.

Cuando se llega al centro o a la “roseta” del laberinto, la persona debe descansar y meditar unos minutos sobre el trayecto recorrido. El objetivo de este ejercicio no es encontrar la salida a la maraña de nuestros problemas, sino salir fortalecidos por el aprendizaje adquirido durante ese proceso.

Un ejercicio curioso que nunca está de más conocer. 

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Sobre el tiempo…


La física moderna sugiere que el tiempo no avanza, es solo una ilusión

La física moderna sugiere que el tiempo no avanza, es solo una ilusión

The Conversation(A.C.González)/DW/ Muy Interesante(M.A.Sabadell) — ¿Qué es el tiempo? Un concepto tan familiar parece no requerir explicación. Sin embargo, la física moderna ha desmontado muchas de nuestras intuiciones y el tiempo resulta, en gran parte, una ilusión.

El debate sobre el verdadero significado del tiempo, incluso sobre su propia existencia a un nivel fundamental, está hoy más vivo que nunca y entronca con las cuestiones más profundas de la física teórica.

Einstein y el espacio-tiempo

A comienzos del siglo XX, Albert Einstein revolucionó nuestra concepción del espacio y el tiempo con su teoría de la relatividad especial (1905) y general (1915). Según estas, el tiempo depende de la velocidad del observador y del campo gravitatorio al que está sometido, fenómenos que han sido demostrados experimentalmente.

Desde entonces concebimos el tiempo como una dimensión del mismo carácter que las tres dimensiones espaciales: la cuarta dimensión.

El tiempo transcurre más lento en la cabeza que en los pies

Supongamos que el reloj de su casa marca las 10 cuando usted sale a dar un paseo, y las 11 cuando regresa. El sentido común dice que para usted ha transcurrido una hora y que el reloj que lleva en el bolsillo (si funciona bien) también habrá corrido una hora. Pero, estrictamente hablando, eso es incorrecto.

Por haberse movido, el tiempo transcurrido para usted y su reloj es ligeramente más corto que para el que dejó en casa. La diferencia es tan pequeña que a efectos prácticos es nula. Pero cuando se hace este tipo de experimento usando relojes atómicos se comprueba que el tiempo transcurrido es distinto (y la discrepancia es exactamente la que predice la teoría de Einstein).

Lo mismo sucede con la gravedad: cuanto mayor es el campo gravitatorio más lentamente transcurre el tiempo. Cuando usted está de pie, el tiempo transcurre más rápido en su cabeza que en sus pies. Esto también se ha comprobado experimentalmente.

No hay un tiempo universal. No es posible decir que “en un momento dado” la realidad es una determinada, compuesta de hechos que suceden simultáneamente en diferentes lugares. Para otro observador los hechos que configuran “la realidad del presente” son otros.

El fluir del tiempo para la física

La percepción psicológica más poderosa acerca del tiempo es que, a diferencia del espacio, éste fluye. Los hechos pasados ya sucedieron. Existieron, pero ya no existen. Y los futuros aún no han sucedido. Solo el presente tiene existencia real.

Sin embargo, no hay nada en las ecuaciones de la física que nos diga que el tiempo fluye de esta manera. Esas leyes relacionan sucesos en tiempos diferentes (o sea, caracterizados por valores diferentes de la coordenada tiempo), pero no nos dicen que el tiempo transcurra del pasado hacia el futuro.

Por increíble que parezca, el paso del tiempo es probablemente una ilusión. Eso sí, una ilusión fortísima.

La física moderna sugiere que el tiempo no avanza, es sólo una ilusión -  Salida de Emergencia

¿A qué se debe esa alucinación colectiva?

Suponga que el tiempo fluyera más despacio. ¿En qué lo notaría? En este juego no debe hacerse la trampa de imaginar que el tiempo fluye más lento para todos, excepto para nosotros.

Nosotros somos parte del universo y, por tanto, los procesos de nuestro cerebro (y los consiguientes pensamientos) también se ralentizarían, en sincronía con todos los relojes. Por tanto, la respuesta es que no lo notaríamos en absoluto. Todo lo percibiríamos exactamente igual.

Esto sería así incluso aunque el “fluir del tiempo” fuera hacia atrás. En cada momento nuestros pensamientos serían idénticos, y como consecuencia también lo serían nuestros “recuerdos” y nuestra percepción del tiempo.

La flecha del tiempo

Sin embargo, el tiempo parece transcurrir, y además lo hace en una dirección determinada y no en la opuesta. Es lo que se llama “flecha del tiempo”. Cuando agitamos leche en una taza de café, ambos se mezclan, pero nunca ocurre al revés. Cuando un huevo se nos cae al suelo, se rompe, pero nunca sucede que los trozos se recompongan espontáneamente y el huevo salte a nuestras manos.

 La razón de estos procesos aparentemente irreversibles está en el segundo principio de la termodinámica, según el cual “la entropía siempre tiende a aumentar”.

En términos coloquiales, la entropía es algo parecido al desorden de un sistema físico. Realmente, el segundo principio no es una ley física, sino pura estadística. Hay muchos más estados desordenados que ordenados y, por tanto, la evolución siempre tiende a desordenar los sistemas.

Tome un mazo de 20 cartas rojas sobre 20 cartas negras y mézclelo. Enseguida perderá esa configuración especial. Pero por mucho que baraje, en la práctica nunca volverá a la configuración inicial, aunque en principio sería posible. Son estos procesos irreversibles los que crean una flecha del tiempo, los que distinguen el pasado (entropía menor) del futuro (entropía mayor).

El orden en el Big Bang

El universo en el momento del Big Bang presentaba muy baja entropía, es decir, muy poco desorden. Nadie conoce el porqué de este hecho crucial (aunque hay modelos interesantes para explicarlo), pero gracias a él la entropía pudo aumentar y originarse la flecha del tiempo que nos es familiar.

Desde aquel instante remoto, la entropía no ha hecho más que crecer a través de procesos irreversibles, como los mencionados (huevos que se rompen, líquidos que se mezclan) y otros de más envergadura (estrellas quemando hidrógeno).

Los procesos irreversibles producen una poderosa sensación de causa y efecto, en ese orden temporal. Sin embargo, en las ecuaciones de la física no encontramos esa distinción, ya que todos los procesos son en realidad reversibles.

Debates: Porqué la física moderna sugiere que el tiempo no avanza, y es solo  una ilusión – Chubutline – Últimas noticias

La piedra en el estanque

Imagine que deja caer una piedra a un estanque, originando las típicas ondas concéntricas en la superficie.

En principio, el proceso podría tener lugar al revés: por una fluctuación aleatoria de la superficie del agua se formarían ondas perfectamente concéntricas que avanzarían hasta el centro donde se produciría un remolino que elevaría la piedra desde fondo del estanque y la lanzaría hasta su mano, quedando a continuación la superficie en perfecta calma.

Como una película marcha atrás.

Esto no lo prohíben las leyes de la física, pero es extraordinariamente improbable. La razón está en el segundo principio de la termodinámica: los procesos siempre van de menor a mayor entropía.

Y el estado de la piedra en nuestra mano y el estanque en calma tiene mucha menos entropía que la piedra en el fondo del estanque y el agua ligeramente calentada por el impacto de la piedra.

Si nos muestran una instantánea de unas ondas circulares en la superficie de un estanque, las relacionaremos (diremos que “han sido causadas”) con algún estado de menor entropía (por ejemplo, la caída de un objeto). Lo contrario (una fluctuación aleatoria del agua) es altamente improbable.

Por tanto situaremos la causa en el pasado, en el reino de la baja entropía. Esta es la razón por la que hablamos de causas y efectos, donde las primeras anteceden a los segundos.

Y es la razón también por la que se forman registros y memorias del pasado. Si la piedra cae en barro en vez de en agua, las ondas generadas se quedan “congeladas”, ofreciendo un registro de la “causa” que las produjo, que, como hemos dicho, es siempre un evento en el pasado.

El mundo está lleno de huellas del pasado de este tipo: los cráteres de la Luna, los fósiles, las construcciones humanas, etc. Por el mismo motivo relacionamos los registros de nuestro cerebro (nuestras memorias) con hechos del pasado que los han “causado”.

Y esto es lo que produce la sensación psicológica de que viajamos del pasado al futuro: del pasado (baja entropía) poseemos abundantes registros y memorias, mientras que el futuro (alta entropía) es incierto. La percepción es que el pasado “ya ocurrió”, pero el futuro “aún no lo ha hecho”, aunque las leyes de la física no proporcionen exactamente esta interpretación.

La naturaleza del tiempo

Aunque la mayoría de los físicos estarían de acuerdo con lo dicho anteriormente, lo cierto es que aún no conocemos la naturaleza del tiempo en toda su profundidad. Y no lo haremos hasta que se concilie la teoría de la relatividad general con la mecánica cuántica, los dos pilares de la física moderna.

De momento, podemos disfrutar con la idea de que el paso del tiempo (deseado o no) es solo una ilusión.

– Físicos cuánticos hallan pruebas del «tiempo negativo»

Físicos cuánticos hallan pruebas del "tiempo negativo" – DW – 23/12/2024

Científicos saben desde hace tiempo que a veces la luz parece salir de un material antes de entrar en él, un efecto que se considera una ilusión causada por la forma en que la materia distorsiona las ondas. 

Ahora, investigadores de la Universidad de Toronto afirman haber demostrado, mediante innovadores experimentos cuánticos, que el «tiempo negativo» no es solo una idea teórica, sino que existe en un sentido físico tangible que merece un examen más detenido.

Los hallazgos, que aún no se han publicado en una revista revisada por pares, han atraído tanto la atención mundial como escepticismo. 

Los investigadores enfatizan que estos resultados desconcertantes resaltan una peculiaridad de la mecánica cuántica y no un cambio radical en nuestra comprensión del tiempo. 

«Es difícil, incluso para nosotros, hablar de esto con otros físicos. Nos malinterpretan todo el tiempo», afirma Aephraim Steinberg, profesor de la Universidad de Toronto especializado en física cuántica experimental.

Misterios de la física cuántica

Aunque el término «tiempo negativo» puede parecer un concepto sacado de la ciencia ficción, Steinberg defiende su uso con la esperanza de que provoque debates más profundos sobre los misterios de la física cuántica.

Hace años, el equipo comenzó a explorar las interacciones entre la luz y la materia. 

Cuando las partículas de luz, o fotones, atraviesan los átomos, algunos son absorbidos por ellos y posteriormente reemitidos. Esta interacción modifica los átomos, colocándolos temporalmente en un estado de mayor energía o «excitados» antes de volver a la normalidad. 

En una investigación dirigida por Daniela Angulo, el equipo se propuso medir cuánto tiempo permanecían estos átomos en su estado de excitación. «Ese tiempo resultó ser negativo», explicó Steinberg, es decir, una duración inferior a cero.

Para visualizar este concepto, imaginemos autos entrando en un túnel: antes del experimento, los físicos vieron que, si bien el tiempo promedio de entrada para mil coches podría ser, por ejemplo, al mediodía, los primeros autos podrían salir un poco antes, digamos a las 11:59 de la mañana. Antes, ese resultado se había descartado como insignificante.

Lo que Angulo y sus colegas demostraron fue similar a medir los niveles de monóxido de carbono en el túnel tras la salida de los primeros autos y comprobar que las lecturas tenían un signo de menos delante. 

Los experimentos tardaron más de dos años en optimizarse. Los láseres utilizados tuvieron que ser calibrados cuidadosamente para no distorsionar los resultados. 

Experimento sobre «el tiempo negativo»

Científicos: viajar en el tiempo no es una opción real

Aun así, Steinberg y Angulo se apresuran a aclarar: nadie está afirmando que viajar en el tiempo sea una posibilidad. «No queremos decir que nada haya viajado hacia atrás en el tiempo», afirma Steinberg. «Eso es una mala interpretación». 

La explicación está en la mecánica cuántica, donde partículas como los fotones se comportan de forma difusa y probabilística en lugar de seguir reglas estrictas. 

En lugar de seguir un calendario fijo de absorción y reemisión, estas interacciones se producen a lo largo de un espectro de duraciones posibles, algunas de las cuales desafían la intuición cotidiana. 

Según los investigadores, esto no viola la teoría de la relatividad especial de Einstein, según la cual nada puede viajar más rápido que la luz. Estos fotones no transportaban información, por lo que eludían cualquier límite de velocidad cósmica.  

Controversia por provocativo titular del artículo

El concepto de «tiempo negativo» ha generado tanto fascinación como escepticismo, sobre todo entre destacados miembros de la comunidad científica. 

La física teórica alemana Sabine Hossenfelder, por ejemplo, criticó el trabajo en un video de YouTube visto por más de 250.000 personas. «El tiempo negativo en este experimento no tiene nada que ver con el paso del tiempo, es sólo una forma de describir cómo viajan los fotones a través de un medio y cómo cambian sus fases», señaló. 

Angulo y Steinberg respondieron argumentando que su investigación aborda lagunas cruciales en la comprensión de por qué la luz no siempre viaja a velocidad constante.

Steinberg reconoció la controversia que rodea al provocativo titular de su artículo, pero señaló que ningún científico serio ha cuestionado los resultados experimentales.

«Hemos elegido la forma que consideramos más fructífera de describir los resultados», afirmó, y añadió que, aunque las aplicaciones prácticas siguen siendo difíciles de alcanzar, los hallazgos abren nuevas vías para explorar los fenómenos cuánticos. 

«Voy a ser sincero: actualmente no tengo un camino desde lo que hemos estado observando hacia sus aplicaciones», admitió. «Vamos a seguir pensando en ello, pero no quiero que la gente se haga ilusiones».

Y si el tiempo no existiera?

– ¿Y si el tiempo no existiera?

Los avances de la física sugieren que la inexistencia del tiempo es una posibilidad abierta que deberíamos tomar en serio.

¿Cómo puede ser eso y qué significaría? Nos llevará un rato explicarlo, pero no se preocupe: aunque el tiempo no exista, nuestras vidas seguirán como siempre.

Una crisis en la física

La física está en crisis. Durante el último siglo, más o menos, hemos explicado el universo con dos teorías físicas de gran éxito: la relatividad general y la mecánica cuántica.

La mecánica cuántica describe cómo funcionan las cosas en el mundo increíblemente diminuto de las partículas y las interacciones entre ellas. La relatividad general describe el panorama general de la gravedad y el movimiento de los objetos.

Ambas teorías funcionan muy bien por sí mismas, pero se cree que entran en conflicto. Aunque la naturaleza exacta del conflicto es controvertida, los científicos suelen estar de acuerdo en que ambas teorías deben ser sustituidas por una nueva, más general.

Los físicos quieren elaborar una teoría de la gravedad cuántica que reemplace a la relatividad general y a la mecánica cuántica, pero que recoja el extraordinario éxito de ambas. Dicha teoría explicaría cómo funciona el panorama general de la gravedad a la escala en miniatura de las partículas.

El tiempo en la gravedad cuántica

Resulta que elaborar una teoría de la gravedad cuántica es extraordinariamente difícil.

Un intento de superar el conflicto entre ambas teorías es la teoría de cuerdas. La teoría de cuerdas sustituye las partículas por cuerdas que vibran hasta en 11 dimensiones.

Sin embargo, la teoría de cuerdas se enfrenta a otra dificultad: ofrecen una serie de modelos que describen un universo muy parecido al nuestro, y en realidad no hacen ninguna predicción clara que pueda ponerse a prueba mediante experimentos para averiguar qué modelo es el correcto.

En las décadas de 1980 y 1990, muchos físicos quedaron insatisfechos con la teoría de cuerdas y propusieron una serie de nuevas aproximaciones matemáticas a la gravedad cuántica.

Uno de los más destacados es la gravedad cuántica de bucles, que propone que el tejido del espacio y el tiempo está formado por una red de trozos discretos extremadamente pequeños, o bucles.

Uno de los aspectos más destacados de la gravedad cuántica de bucles es que parece eliminar el tiempo por completo.

La gravedad cuántica de bucles no es la única que suprime el tiempo: otros enfoques también parecen eliminar el tiempo como aspecto fundamental de la realidad.

Tiempo emergente

Así que sabemos que necesitamos una nueva teoría física para explicar el universo, y que esta teoría podría no incluir el tiempo.

Supongamos que dicha teoría resulta ser correcta. ¿Se deduce que el tiempo no existe?

Es complicado, y depende de lo que entendamos por existir.

Las teorías de la física no incluyen mesas, sillas ni personas, y sin embargo seguimos aceptando que las mesas, las sillas y las personas existen.

¿Por qué? Porque suponemos que esas cosas existen a un nivel superior al descrito por la física.

Decimos que las mesas, por ejemplo, emergen de una física subyacente de partículas que zumban por el universo.

Pero mientras tenemos una idea bastante clara de cómo una mesa puede estar hecha de partículas fundamentales, no tenemos ni idea de cómo el tiempo puede estar hecho de algo más fundamental.

Así que, a menos que podamos encontrar una buena explicación de cómo el tiempo surge, no está claro que podamos asumir simplemente que el tiempo existe.

El tiempo podría no existir en ningún nivel.

Tiempo y acción

Decir que el tiempo no existe en ningún nivel es como decir que no hay mesas en absoluto.

Intentar arreglárselas en un mundo sin mesas puede ser difícil, pero arreglárselas en un mundo sin tiempo parece desastroso.

Toda nuestra vida se construye en torno al tiempo. Planificamos el futuro a la luz de lo que sabemos del pasado. Hacemos que las personas sean moralmente responsables de sus acciones pasadas, con la intención de reprenderlas más adelante.

Nos creemos agentes (entidades que pueden hacer cosas) en parte porque podemos planear actuar de forma que se produzcan cambios en el futuro.

Pero ¿qué sentido tiene actuar para provocar un cambio en el futuro cuando, en un sentido muy real, no hay futuro para el que actuar?

El descubrimiento de que el tiempo no existe parecería detener el mundo entero. No tendríamos ninguna razón para salir de la cama.

Una persona caminando bajo un gran reloj que se balancea de una cuerda.

Cómo salir del embrollo

Hay una forma de salir del embrollo.

Si bien la física puede eliminar el tiempo, parece dejar intacta la causación: el sentido en que una cosa puede provocar otra.

Tal vez lo que la física nos está diciendo, entonces, es que la causalidad y no el tiempo es la característica básica de nuestro universo.

Si eso es cierto, entonces el cambio aún puede sobrevivir. Porque es posible reconstruir el sentido del cambio completamente en términos causales.

Al menos, eso es lo que sostenemos Kristie Miller, Jonathan Tallant y yo en nuestro nuevo libro. Sugerimos que el descubrimiento de que el tiempo no existe puede no tener un impacto directo en nuestras vidas, aunque impulse a la física hacia una nueva era.

nuestras charlas nocturnas.

Este verbo sorprende a todos los que quieren aprender español: tiene 64 significados…


El Español(N.Gomez) — Esta palabra castellana es un verbo considerado como una de las palabras con más acepciones. Sus significados son tan diversos que este término se puede usar en diferentes contextos.

El español cuenta con más de 93.000 palabras según el Diccionario de La Real Academia Española, entre las que es posible encontrar más de 19.000 palabras calificadas como americanismos. Sin embargo, el español usa diariamente unas 300 palabras para sus situaciones comunicativas reales.

Y de entre todas las palabras del español te llamará la atención conocer que existe un verbo en castellano que tiene hasta 64 significados. ¿Adivinas cuál y en qué contextos se puede usar?

La palabra en español con más significados

En primer lugar, hay que tener en cuenta que, según el Diccionario de la Real Academia Española, el término que tiene un mayor número de acepciones simples  es «pasar». Se conoce como «acepción simple» aquellos significados que tiene la palabra por sí sola. Son 64 las acepciones simples de «pasar», según la RAE:

1. Llevar, conducir de un lugar a otro. Sin.: llevar, conducir, mover, transportar, trasladar, traspasar, transferir.

2. tr. Mudar, trasladar a otro lugar, situación o clase. U. t. c. intr. y c. prnl. Sin.:
mudar, cambiar, convertir, transformar.

3. tr. Cruzar de una parte a otra. Pasar la sierra, un río. U. t. c. intr. Pasar POR la sierra, POR un río. Sin.: [por un lugar] ir, discurrir, transitar, marchar, fluir. [a través de un lugar] cruzar, atravesar, franquear, penetrar, traspasar, colar, filtrar.

4. tr. Enviar, transmitir. Pasar un recado, los autos.

5. tr. Ir más allá de un punto limitado o determinado. Pasar la raya, el término.

6. tr. Penetrar o traspasar. Sin.: entrar, meter, introducir, penetrar, colar. Ant.: salir.

7. tr. Introducir o extraer fraudulentamente géneros prohibidos o que adeudan derechos.

8. tr. Exceder, aventajar, superar. U. t. c. prnl. Sin.: superar, aventajar, ganar, rebasar, sobrepasar, exceder, sobrepujar.

9. tr. Transferir o trasladar algo de una persona a otra. U. t. c. intr.

10. tr. sufrir (‖ tolerar). Sin.: tolerar, aguantar, aceptar, perdonar, admitir, callar, olvidar, esconder, omitir, transigir, ocultar, disimular, sufrir, padecer, endurar.

11. tr. Llevar algo por encima de otra cosa, de modo que la vaya tocando. Pasar la mano, el peine, el cepillo.

12. tr. Introducir algo por el hueco de otra cosa. Pasar una hebra por el ojo de una aguja. Ant.: sacar, extraer.

13. tr. colar (‖ pasar un líquido por una manga). Pasar por manga.

14. tr. Cerner, cribar, tamizar. Pasar por tamiz.

15. tr. Deglutir, tragar la comida o la bebida.

16. tr. Estar durante un tiempo determinado en un lugar o en una situación. Pasan los veranos en la playa. Ha pasado la noche a la intemperie. Pasó años sin hablarme. U. t. c. prnl. Se pasa el día yendo y viniendo.

17. tr. No poner reparo, censura o tacha en algo. Ant.: rechazar, desaprobar.

18. tr. Dicho del poder temporal: Dar o conceder el pase a las bulas, breves o decretos pontificios.

19. tr. Callar u omitir algo de lo que se debía decir o tratar.

20. tr. Disimular o no darse por enterado de algo. Ya te he pasado muchas.

21. tr. Dicho de un estudiante: Recorrer la lección, o repasarla para decirla.

22. tr. Recorrer, leyendo o estudiando, un libro o tratado.

23. tr. Leer o estudiar sin reflexión.

24. tr. Rezar sin devoción o sin atención.

25. tr. Desecar algo al sol, o al aire o con lejía.

26. tr. Proyectar una película cinematográfica.

27. tr. Dep. Dicho de un jugador: Entregar la pelota a otro de su mismo equipo. Sin.: tocar.

28. tr. p. us. Estudiar privadamente con alguien una ciencia o facultad.

29. tr. p. us. Asistir al estudio de un abogado o acompañar al médico en sus visitas para adiestrarse en la práctica.

30. tr. p. us. Explicar privadamente una facultad o ciencia a un discípulo.

Este es el verbo del español que más sorprende por su número de significados:  tiene hasta 64

31. tr. desus. Traspasar, quebrantar leyes, ordenanzas, preceptos, etc.

32. intr. Dicho de algo que se contagia o de otras cosas: Extenderse o comunicarse de unos a otros. Sin.: contagiar, pegar, transmitir, propagar.

33. intr. Dicho de una cosa: Mudarse, trocarse o convertirse en otra, mejorándose o empeorándose.

34. intr. Tener lo necesario para vivir.

35. intr. En algunos juegos de naipes, no entrar.

36. intr. En el dominó y algunos juegos de naipes, como el cinquillo, dejar correr el turno sin poner por no tener ficha o carta adecuadas.

37. intr. Conceder graciosamente algo.

38. intr. Dicho de una cosa inmaterial: Tener movimiento o correr de una parte a otra. La noticia pasó de uno a otro pueblo.

39. intr. Proceder a una acción o a un lugar. Pasar A almorzar. Pasar A la sala de espera.

40. intr. morir (‖ llegar al término de la vida). U. siempre con alguna otra voz que determina la significación. Pasar a mejor vida.

41. intr. Dicho de una mercadería o de un género vendible: Valer o tener precio.

42. intr. Vivir, tener salud.

43. intr. Dicho de la moneda: Ser admitida sin reparo o por el valor que le está señalado.

44. intr. Dicho de aquello que se podría gastar: Durar o mantenerse. Este vestido puede pasar este verano.

45. intr. Dicho de una cosa: cesar (‖ interrumpirse o acabarse). Pasar la cólera, el enojo. U. t. c. prnl. Sin.: acabar, cesar, terminar, finalizar.

46. intr. Dicho de un asunto: Ser tratado o manejado por alguien. Se usa hablando de los escribanos y notarios ante quienes se otorgan los instrumentos.

47. intr. Dicho de una cosa: Ofrecerse ligeramente al discurso o a la imaginación.

48. intr. Ser tenido en determinado concepto u opinión. Pasar POR discreto, POR tonto.

49. intr. No necesitar algo. Bien podemos pasar SIN coche. U. t. c. prnl.

50. intr. Ir al punto que se designa, para cumplir un encargo o enterarse de un asunto. Pasar POR mi casa, POR tu oficina.

51. intr. Sufrir, tolerar algo. Pasar POR muchas calamidades.

52. intr. Ocurrir, acontecer, suceder. Sin.: ocurrir, suceder, acontecer, acaecer, sobrevenir.

53. intr. coloq. Mostrar desinterés o desprecio por alguien o por algo. Pasaba DE su familia. Pasa DE trabajar. Sin.: renunciar, desentenderse, despreocuparse, descolgarse.

54. prnl. Tomar un partido contrario al que antes se tenía, o ponerse de la parte opuesta.

55. prnl. Acabarse o dejar de ser. Sin.: morir, fallecer, expirar, perecer, fenecer, sucumbir, finar, quedarse, apagarse, irse, acabar, palmar, cascar, espichar, caer, pelarse, petatearse, sonar, ñampiarse.

56. prnl. Olvidarse o borrarse de la memoria algo.

57. prnl. Dicho de la fruta, de la carne o de algo semejante: Perder la sazón o empezarse a pudrir. Sin.: pudrirse, estropearse, enranciarse.

58. prnl. Dicho de algunas cosas: Perderse la ocasión o el tiempo de que logren su actividad en el efecto. Pasarse la lumbre, la nieve, el arroz.

59. prnl. Dicho de la lumbre de carbón: Encenderse bien.

60. prnl. Exceder en una calidad o propiedad, o usar de ella con demasía. Pasarse DE bueno. Pasarse DE cortés.

61. prnl. Dejar salir gotas por sus poros, rezumar. Pasarse un cántaro, el papel.

62. prnl. Entre los profesores de facultades, exponerse al examen o prueba en el consejo, juntas o universidades, para poder ejercitarlas.

63. prnl. En ciertos juegos, hacer más puntos de los que se han fijado para ganar, y en consecuencia perder la partida.

64. prnl. Dicho de aquellas cosas que encajan en otras, las aseguran o cierran: Estar flojas o no alcanzar el efecto que se pretende. Pasarse el pestillo en la cerradura.

nuestras charlas nocturnas.

Las inesperadas revelaciones del mapa más antiguo de un lugar habitado del mundo…


Valcamonica
Pie de foto,En Val Camonica hay rastros de uno de los asentamientos más antiguos de Europa.

BBC News Mundo — La elaboración de mapas es un instinto humano básico: es una de las formas en que damos sentido al mundo que nos rodea.

Y cuando se trata de mapas antiguos, se convierten en ventanas a diferentes épocas y culturas.

Ofrecen una perspectiva específica desde la experiencia subjetiva de los cartógrafos y de las personas que los comisionaron.

Y uno de los más intrigantes se encuentra en la región italiana de Lombardía. Es conocido como el «Mapa de Bedolina«.

– Testigos de piedra

La Val Camonica o Valle Camonica es hogar de uno de los asentamientos más antiguos de Europa.

El arte rupestre de Valcamonica
El arte rupestre de Val Camonica fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979.

Su arte rupestre es una de las colecciones más grandes de petroglifos prehistóricos del mundo, con alrededor de 200.000 figuras y símbolos esculpidos en la roca a lo largo de 8.000 años que muestran escenas cotidianas de labores agrícolas, navegación, guerra y magia.

Pero además, es también considerada la cuna de la cartografía.

Esto es debido a que un mapa creado en ese gran valle de los Alpes orientales ha sobrevivido durante casi 3.000 años, pero no fue identificado por arqueólogos hasta hace 80 años.

– Ahí, donde todo comenzó

Lo que los expertos encontraron finalmente reveló algunas claves sobre las razones que llevaron a la gente de ese antiguo pueblo a hacer mapas incluso antes de aprender a escribir.

Parcelas
Estas formas geométricas -rectángulos con puntos- son típicamente identificadas como campos de cultivo.

Mapa de Bedolina
Así, con trazos en plástico transparente sobre los reales, se ve más fácil.

«Es extraordinario. Lo interesante es que claramente hay una estructura, hay un código, hay un sistema sobre lo que está representado», exclama el historiador y experto en cartografía Jerry Brotton al ver en persona el mapa.

«Puedes ver que estos rectángulos con puntos representan campos. Y, a todo lo largo, hay líneas que parecen representar alguna noción del paisaje.

«Hay casas con entramado de madera… ¡Ahí está el techo y el cuerpo principal de la casa!», señala entusiasmado.

Casa
He aquí una de esas casas: ¡no es cualquier choza!

«Hay guerreros

Figuras talladas en la roca
El de la izquierda definitivamente es un hombre.

…y puedes ver un ciervo con cuatro patas claramente marcadas».

Ciervo
Y el ciervo.

«Para mí, un fanático de los mapas, es increíblemente conmovedor porque aquí es donde comenzó todo», le dice a la BBC.

– Un mapa para una nueva forma de vida

Los orígenes y el propósito del Mapa de Bedolina desconcertó a los arqueólogos durante años.

No se trataba de un mapa geográficamente preciso del área. No se podía usar para ir de A a B.

Entonces ¿para qué servía?

Después de analizar dibujos rupestres y usar técnicas de datación comparativas, los arqueólogos ahora creen que fue creado por una antigua tribu, los cammuni o camunos, en un momento crítico de su historia.

Hace 3.000 años, los camunos fueron pioneros en una forma de vida completamente nueva.

La agricultura estaba reemplazando el estilo de vida de cazadores-recolectores y creando una estructura social más compleja.

El arqueólogo Alberto Marretta piensa que esa es la clave para desvelar los secretos del mapa.

Mapa
El arqueólogo Alberto Marretta traía consigo este diagrama en el que puedes ver más claramente las figuras talladas hace tres milenios.

«Tenemos evidencia del arte rupestre y de la arqueología de que en Val Caminica había aristocracias, algún tipo de pequeños grupos de personas que controlaban las pequeñas comunidades y probablemente también, la tierra», le dijo Marretta a la BBC.

Esa información sobre la organización social fue la que ayudó a entender el mapa.

«Ese grupo de personas, esa aristocracia, registró a través del mapa sus posesiones en esta parte del valle».

– Símbolos e ideales

Parece además que esas élites tribales usaron el mapa para celebrar su propiedad de la tierra. Dibujaron el mapa no para representar un paisaje real, sino uno ideal.

«Fue una especie de representación sobrenatural del paisaje, de cómo debería ser después de que tu tiempo haya pasado», señala Marretta.

«En cierto sentido es una imagen altamente simbólica».

«Los mapas hechos por ‘pueblos primitivos’ pueden ser simbólicos en su forma y significado, de manera que pueden afirmar derechos y soberanía sobre el espacio representado«, enfatizó P.D.A. Harvey, profesor emérito de Historia Medieval de la Universidad de Durham, Reino Unido.

El historiador francés Christian Jacob en su libro «Mapas Soberanos» asegura que «en los orígenes de la cartografía, los mapas no necesariamente cumplían las funciones más elementales, como determinar dónde estás o por dónde ir».

Valcamonica
Los habitantes de esta zona de los Alpes en esa época experimentaron un cambio como ningún otro: el asentamiento de la población.

Teniendo en cuenta que los camunos experimentaron la «revolución neolítica» -domesticación de ciertos animales, asentamiento de poblaciones, las primeras formas de organización urbana, una economía agrícola autosuficiente, diversificación de clases sociales y nuevas prácticas religiosas-, el mapa de Bedolina era «un instrumento de administración de esa vida colectiva, del funcionamiento económico y social en ese espacio», señala Jacob.

Y va más allá: «En su complejo simbolismo, podría indicar la división de trabajo, la planeación y especialización de métodos agrícolas, un sistema de irrigación de las tierras, las leyes que gobiernan y los límites de las propiedades de territorios atribuidas a familias o grupos familiares».

Marretta, por su parte, dedujo que esas imágenes de campos bien ordenados y de abundantes cultivos eran una visión de la prosperidad futura.

«El mapa fue diseñado para reforzar el poder de la élite gobernante, para tranquilizar al pueblo cammuni mostrándoles que la vida mejoraría bajo su liderazgo», señala Brotton.

El Mapa de Bedolina es una ventana fascinante a esa antigua cultura que vivió en los Alpes. Y revela que la creación de mapas estuvo vinculada con la economía, el poder y la política desde el principio.

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La frondosa historia del árbol de Navidad…


En Alemania no hay fiesta de Navidad sin árbol: unos 21 millones de árboles naturales adornaron las habitaciones germanas el pasado año, reporta la Asociación de Productores de Árboles de Navidad (BWS, por sus siglas en alemán). Eso sí, cada persona, familia y región interpreta la tradición a su manera.

  • ¿Quién lo inventó?

El árbol de Navidad es “un invento”, afirma el ensayista Bernd Brunner en un libro que titula justamente: “La invención del árbol de Navidad”. Según sus investigaciones, ningún texto de historia da cuenta de una fecha de nacimiento exacta de la ahora central pieza del decorado navideño, no sólo en Alemania.

Podría haber aparecido por primera vez en Friburgo, en el año 1419, donde se dice que una panadería-dulcería lo adornó con galletas de especias y nueces. Pero nadie puede demostrarlo.

Otras ciudades como Tallin, la capital de Estonia, o Riga, la de Letonia, se adjudican también la invención y exposición del primer árbol de Navidad. Pero la leyenda de Friburgo es de todos hermosa: en año nuevo, según se cuenta, se les permitió a los niños sacudir y saquear el árbol repleto de golosinas.

Las más antiguas pruebas documentales de la presencia de un árbol de Navidad provienen del suroeste del espacio lingüístico germano, sobre todo de zonas protestantes.

Desde la alsaciana Sélestat (Schlettstadt, en alsaciano y alemán) se ha transmitido hasta nuestros días la noticia de que personas notables de la localidad adornaron un árbol con manzanas y obleas, que luego podían ser degustadas el Día de Reyes.

Existen además pruebas documentales de que la Catedral de Estrasburgo exhibió un árbol de Navidad en 1539. Y aunque fueron los gremios y asociaciones quienes terminaron por establecer la presencia de estos arbustos coníferos siempre verdes en sus sedes, la costumbre no se expandió a las casas sino hasta entrado el siglo XIX.

Eso sí, sólo las clases adineradas podían darse este lujo. Al pueblo le tocó conformarse en principio con gajos de frescura y duración limitadas.

  • De culto de brujas a tradición cristiana
El pesebre del mercado navideño de Fráncfort del Meno.
El pesebre del mercado navideño de Fráncfort del Meno

Sobre las más profundas raíces de esta tradición circulan también numerosas teorías.

Antiguas culturas, que practicaron la adoración de bosques y plantas sagradas, consideraban que en los llamados árboles de hojas perennes habitaban dioses, que eran fuentes de vida.

Se les asociaba con la salud, fertilidad, fuerza vital, protección.

Los romanos coronaban sus casas con ramas de laurel para saludar el nuevo año.

Pero el actual árbol cristiano surgió con la novena de Navidad, en el Medioevo, cuando la doctrina cristiana comenzó a representarse como pieza teatral para los fieles iletrados.

Durante mucho tiempo, las iglesias se negaron a tolerar el árbol pagano. “Pero el pueblo se impuso y la iglesia evangélica, siguiendo su tradición democrática, convirtió al árbol de Navidad en símbolo de estas festividades para todo creyente protestante”, dice el pastor Jeffrey Myers. 

Según fuentes históricas, fue hacia fines del siglo XIX que el árbol de Navidad apareció también en las regiones católicas de Alemania y Austria.                                                                                                                                 

  • De objeto de culto a escultura pop

En la Plaza Roja de Moscú también brilla un gigante árbol de Navidad.

El primer árbol iluminado se registra alrededor del año 1611, cuando la duquesa Dorothea Sibylle de Silesia le agregó velas al decorado. En torno a 1830 se sumaron las esferas de cristal soplado.

Según la leyenda, la idea de estas esferas coloridas se le ocurrió a un pobre vidriero de la oriental Lauscha, en Turingia, que no podía darse el lujo de colgar en el árbol las caras nueces y manzanas de los ricos.

Cierto o no, el hecho es que, hasta el día de hoy, la región es internacionalmente conocida como una de las más importantes en el arte del soplado de vidrio en  Europa Central.

De cristal o plástico, las esferas son hoy parte indiscutible del decorado del árbol navideño. Chillonas o clásicas, de uno o varios colores, según se ponga de moda. Con el paso del tiempo la decoración del árbol se ha vuelto cada vez más opulenta y suntuosa.

Y las más “increíbles” tendencias de la moda se muestran cada año en la Christmasworld, la mayor feria internacional de decoración navideña, en Fráncfort del Meno, cuenta también el pastor Jeffrey Myers. Si uno se fija en todo lo que allí se muestra, puede llegar a la conclusión de que el árbol ha vuelto a su origen pagano, dice.

El pastor ya estuvo en la feria una vez, en un pabellón de la iglesia evangélica, para insistir en el significado religioso de la festividad: aunque nadie sepa la fecha exacta del nacimiento de Jesús de Nazareth, la Navidad es la celebración del nacimiento de Jesucristo y «muchos lo han olvidado», cree Myers.

No obstante, en Alemania, el pastor se siente a gusto: después de enterarse de todas las tendencias, los alemanes siguen colgando en el árbol lo mismo que colgaban en su niñez. De ahí que, por estas tierras, las clásicas bolas rojas, plateadas y doradas sigan brillando entre las ramas siempreverdes del abeto navideño.

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Los 20 mejores libros en español del siglo XXI (según expertos hispanohablantes)…


Una mujer lee un libro

BBC(The Conversation) — Cuando el pasado mes de julio el diario The New York Times presentó su lista de los mejores libros publicados en lo que llevamos del siglo XXI, muchas voces se alzaron para reclamar lo que parecían ausencias sonadas.

Sin embargo, donde algunos vieron un problema, The Conversation vio una oportunidad.

Y cuando nuestros compañeros de Australia y Nueva Zelanda presentaron las listas de sus respectivos países, nos reafirmamos en esa idea de oportunidad.

La lista del periódico estadounidense solo incluía seis menciones a escritores latinoamericanos, y dos de esos libros («La maravillosa vida breve de Oscar Wao», de Junot Díaz, y «Fortuna», de Hernán Díaz) habían sido escritos originalmente en inglés.

Pero nosotros siempre hemos defendido la potencia, la pluralidad y la riqueza de nuestro idioma como transmisor de conocimiento.

Así es que, para que la representación de la literatura en español no quedase solo a cargo de quienes habían logrado hacerse un hueco en aquella selección, contactamos con 38 expertos de diversas universidades españolas y latinoamericanas para elegir los 20 mejores libros escritos originalmente en español desde el 1 de enero de 2000.

Les pedimos a nuestros voluntarios que eligiesen un primer libro y dos menciones. En base a eso elaboramos la lista de 20, que hemos preferido no numerar por los diversos empates que se han dado en ella.

Algunos de los autores que votaron los libros elegidos han escrito unas líneas para explicar qué tiene de especial esa obra. Y al final del artículo se incluyen todos aquellos números 1 de los seleccionadores que no entraron en la lista de ningún otro compañero, pero que merecieron un primer puesto en su corazón.

Las listas, al final, más que para establecer un orden de preferencia o de calidad, sirven para recuperar títulos que algunos no recordábamos, o que no sabíamos que habían gustado tanto. Nadie duda de la calidad de los tres primeros seleccionados, que están en boca de todos desde su publicación, pero algunos de los otros libros seleccionados pueden suponer un descubrimiento para muchos lectores.

– «2666», de Roberto Bolaño

Durante bastante tiempo soñé con Hans Reiter, personaje de «2666». Hans Reiter volvía a mí como cada tarde de domingo. Del mismo modo, la frialdad policial de las fichas sobre esas mujeres muertas, violadas, desaparecidas, torturadas se convertía en un fuego de rabia y dolor.

Roberto Bolaño parece anunciar en «2666» el final de Occidente, un apocalipsis caótico en el que los personajes se mueven en espacios de difícil definición, de contornos marcados por fronteras difusas e irreales; espacios habitados, en gran medida, por seres conocedores del horror.

Los murmullos fantasmales de Juan Rulfo ya no se pueden escuchar debido a los gritos no menos fantasmales que salen del violento horror de la frontera mexicana, de la Santa Teresa de Bolaño, aunque ahí, junto a las putas y los ejecutivos vemos también a las «indias con bultos a la espalda», las mismas indias fotografiadas por Rulfo que han llegado a un destino en el que solo se las permite seguir cargando eternamente con sus bultos.

Isabel Giménez Caro, profesora titular de Literatura española, Universidad de Almería

Portada de "2666"

– «El infinito en un junco», de Irene Vallejo

«El infinito en un junco», de Irene Vallejo, ofrece un asombroso viaje por la historia de los libros, piezas de tiempos entrelazados a través del papiro, el pergamino y el papel.

Así, este ensayo nos invita a un recorrido que va desde los clásicos griegos hasta los manuscritos medievales, pasando por la Biblioteca de Alejandría, los talleres de copistas y las pantallas digitales.

Todo ello entretejiendo con maestría una gran cantidad de fuentes historiográficas, literarias y culturales junto a experiencias íntimas acerca del diálogo infinito que implica la preservación del conocimiento, la cultura y la identidad en el corazón de la palabra escrita.

María Di Muro Pellegrino, profesora e investigadora del Centro de Investigación y Formación Humanística, Universidad Católica Andrés Bello

– «La fiesta del chivo», de Mario Vargas Llosa

Publicada en el año 2000, «La fiesta del chivo» puede que sea la última de las grandes novelas del escritor hispano peruano Mario Vargas Llosa, tras títulos de la relevancia de «La ciudad y los perros», «La casa verde», «La guerra del fin del mundo» y, sobre todo, «Conversación en la Catedral».

Supone, además, la culminación de toda una serie de excepcionales relatos de diferentes autores –»El señor Presidente», «Yo, el supremo», «El otoño del patriarca», etc.- que tienen como principal objetivo llevar a cabo una profunda reflexión sobre las dictaduras en América Latina.

La obra de Vargas Llosa destaca, además, por su estilo y fuerza narrativa.

José Belmonte Serrano, profesor de Literatura Española, Universidad de Murcia

– «Tu rostro mañana», de Javier Marías

«Tu rostro mañana», de Javier Marías, es una trilogía compuesta por «Fiebre y lanza» (2002), «Baile y sueño» (2004) y «Veneno y sombra y adiós» (2007). En ella, el autor explora a través de sus personajes diversos episodios de la historia reciente, personas y acontecimientos que han quedado marginados u olvidados, con los que se entremezcla la experiencia de su protagonista, Jaime Deza.

A través de una prosa que evoca la narrativa del grand style, Marías va construyendo un mundo en el que se funden las tramas de la novela de espías, la novela de campus y los acontecimientos históricos más relevantes del siglo XX, en una narración envolvente que arrastra al lector mientras reflexiona sobre el propio proceso de escritura y la constitución de un mundo en que ficción y realidad tienen límites muy difusos.

Juan José Lanz Rivera, catedrático de Literatura Española, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

– «El hombre que amaba a los perros», de Leonardo Padura

Esta novela se asemeja a las grandes del boom latinoamericano por su vocación totalizadora y su ambición histórica e identitaria, y se coloca al margen del marasmo de dudas, pensamiento débil y rendiciones distópicas de una gran parte de las novelas de nuestro siglo.

Leonardo Padura sigue los cánones de la novela histórica moderna y ofrece un fresco monumental, como muy pocos se atreven a intentarlo, de una época en la que los regímenes totalitarios y el terror asolaron el mundo occidental, con un estilo muy ameno, sin dar lecciones de historia, por el que los lectores quedan subyugados, y tratan de establecer conexiones entre las diferentes historias que se combinan en el relato.

Yannelys Aparicio, catedrática de Literatura, Universidad Internacional de La Rioja

Portada de "El hombre que amaba a los perros"

– «Crematorio», de Rafael Chirbes

La obra de Rafael Chirbes era apreciada por los críticos, pero desconocida en buena medida por los lectores hasta la aparición de «Crematorio», una novela que anticipó el desastre económico que sufriría el mundo occidental a inicios del siglo XXI.

En un pueblo inventado de la costa levantina tiene su emporio comercial el arquitecto Rubén Bertomeu. Su riqueza se sustenta no solo en el hormigón, sino en inmoralidades públicas y privadas. Realiza actividades que todos los personajes de su entorno familiar parecen cuestionar, pero de las que no dudan en aprovecharse al máximo.

En el escaso tiempo que dura el traslado, desde el tanatorio hasta el crematorio, del cadáver del hermano de Rubén, Matías, todos los personajes, en largos e intensos monólogos interiores, reflexionan sobre la mezquindad que domina sus vidas.

Chirbes dibuja el declive de una época y un país a través de una familia en concreto, porque la destrucción del paisaje mediterráneo corre en paralelo a la destrucción moral de los Bertomeu.

José María Fernández Vázquez, profesor de Literatura Española, Universidad Pablo de Olavide

– «Pequeñas mujeres rojas», de Marta Sanz

Esta novela policiaca cuenta la historia de la saga familiar constituida por Jesús Beato a partir del enriquecimiento que experimentó con las interesadas delaciones ofrecidas a los falangistas en el verano de 1936.

El estigma de esta familia es la codicia y el crimen codicioso, y las muertes causadas por los Beato alimentan esta trama negra.

La novela edifica un monumento –no de piedra y no vandalizable– a la memoria y a la épica de los vencidos y las vencidas (pequeñas mujeres rojas) en la guerra civil española.

Constituye un alarde estilístico, de estructura y de técnica literaria, que explora los modos de representación de la violencia y del dolor.

Con este fin proyecta la trama sobre el relato fantástico y de terror, en particular sobre las producciones de la factoría Disney desde los tiempos clásicos del «tío Walt» a los más recientes de Tim Burton.

María Ángeles Naval, catedrática de Literatura española, Universidad de Zaragoza

– «Lectura fácil», de Cristina Morales

La obra de Cristina Morales puede definirse como una apuesta decidida por la implosión del texto literario convencional. Pocas novelas hispánicas del siglo XXI llevan más lejos esa demolición que «Lectura fácil», de la mano de sus cuatro voces narrativas y del lenguaje empleado, así como de los mecanismos y materiales que nutren la trama.

Pero, además, muy pocas de esas ficciones están insufladas por un propósito tan radical como sería el cuestionamiento de la noción de «discapacidad intelectual». Su calado es de orden estético y ético; su creación, un logro ante el que palidece la cultura más adocenada.

Rafael Manuel Mérida Jiménez, catedrático de Literatura española y de estudios de género, Universitat de Lleida

– «Las aventuras de la China Iron», de Gabriela Cabezón Cámara

«Las aventuras de la China Iron», de Gabriela Cabezón Cámara, es la primera novela del siglo XXII.

Lo mejor no es su re-escritura neobarroca, carnavalizada y paródica de la obra fundacional argentina, «El gaucho Martín Fierro», a través de una prosa lírica salpicada de spanglish, guaraní y una mezcla procaz de géneros gramaticales, identidades, temporalidades y espacios, sino el genial hallazgo de que para subvertir el canon –patriarcal, mesocrático y colonial– no basta con hacer visible a las autoras y textos olvidados, sino que hay que travestir la propia ficción y su crítica.

Sólo así el futuro literario será un poco más transfeminista. Y feliz.

Ana Gallego Cuiñas, catedrática de literatura latinoamericana en la Universidad de Granada, Universidad de Granada

– «Patria», de Fernando Aramburu

«Patria» destaca por el excelente diseño de los personajes novelescos, la coherencia de su discurso interior y dialógico con los hechos narrados y por la trabazón de causas y efectos que permea su evolución.

La polifonía del relato se conjuga magistralmente con la temática, pues aborda de una manera novedosa el tema de la violencia de ETA, transmitiendo el pensamiento de cada protagonista, sus creencias, ideas y sentimientos, a la vez que las causas subyacentes y explica desde su óptica su comportamiento.

Aporta desde la literatura una verdadera investigación histórica y social al tiempo que consigue emocionar y logra un disfrute estético e intelectual.

María Luzdivina Cuesta Torre, profesora de Literatura española, Universidad de León

– «Nuestra parte de noche», de Mariana Enriquez

«Nuestra parte de noche», de Mariana Enriquez, reúne el horror sobrenatural característico del género gótico y los crímenes cometidos en la dictadura militar.

El vínculo entre ambos componentes es una familia privilegiada, iniciada en una secta que adora a un dios sanguinario al que llaman La Oscuridad.

Para asegurarse la protección de tal divinidad, los líderes de la familia secuestran a jóvenes a los que sacrifican en ceremonias tan violentas como lo fueron las torturas y desapariciones que la Junta Militar ejercía contra sus disidentes.

Al recurrir al gótico, Mariana Enriquez reflexiona sobre la realidad política de su país a la vez que se afirma en una tradición presente en Argentina desde principios del siglo XX.

Teresa Georgina González Arce, profesora investigadora del Departamento de Estudios Literarios, Universidad de Guadalajara

Portada de "Nuestra parte de noche"

– «Distancia de rescate», de Samanta Schweblin

«Distancia de rescate» fue premiada con el Tigre Juan y el Ojo Crítico, nominada en 2017 al Booker International Prize, galardonada en 2018 con el Shirley Jackson, elegida por el Tournament of Books como mejor libro publicado en Estados Unidos y llevada al cine en 2021 por Claudia Llosa.

Se trata de una novela corta con los mejores rasgos del género: tensa, apabullante y terrorífica, introduce al lector en una espiral asfixiante desde su primera frase gracias al ritmo trepidante y el crescendo que le insufla la autora, especialista, además, en trazar perfiles psicológicos de gran profundidad.

Marcada a partes iguales por el lirismo y la potencia del diálogo, combina la denuncia ecosocial –mostrando los peligros del cultivo de glifosato en las comunidades campesinas más pobres– con la expresión del miedo a que aboca la experiencia de la maternidad.

Asimismo, transforma con maestría el característico locus amoenus en un espacio macabro, signado por la amenaza de la enfermedad a cada paso.

Francisca Noguerol Jiménez, catedrática de Literatura Hispanoamericana, Universidad de Salamanca

– «Temporada de huracanes», de Fernanda Melchor

«Temporada de huracanes» da voz a una sociedad profundamente afectada tanto por la degradación medioambiental como por la violencia social.

La narrativa se articula a través de una polifonía de voces fragmentadas, cada una aportando una perspectiva particular sobre el brutal asesinato de la Bruja.

Mediante una prosa visceral y poética, que adopta características del flujo de conciencia y carece de divisiones en párrafos, Melchor ofrece un retrato descarnado de la condición humana en un entorno definido por la desesperanza.

Con resonancias del México de Juan Rulfo y el inframundo de «La Celestina», la obra de Melchor examina desigualdades estructurales arraigadas, como la misoginia, la pobreza y la corrupción sistémica en un pueblo mexicano devastado por huracanes.

Goretti Teresa González, profesora de Literatura, IE University

Portada de "Temporada de huracanes"

– «Soldados de Salamina», de Javier Cercas

La literatura ha de ser necesariamente un espejo donde se mire la imaginación. Es una huida que nos acerca a la realidad de la que se finge escapar.

De ese juego de sombras y de luces nacen siempre las grandes obras, desde «El Quijote» a «Soldados de Salamina», la novela con la que Javier Cercas dio un salto acrobático hacia un número infinito de lectores, renovó la novela de testimonio, convirtió la Guerra Civil y sus secuelas en materia literaria y recordó al mundo que el escritor –libre de géneros y leyes– es dueño y señor de sus historias, ya sean propias o de todos.

José Luis Vicente Ferris, profesor de Literatura Española, Universidad Miguel Hernández

– «Los pacientes del doctor García», de Almudena Grandes

«Los pacientes del doctor García» es una novela de ritmo ágil, impetuoso incluso, y prosa limpia, mimada, sin concesiones.

Las historias entrecruzadas que crea la autora se narran desde diferentes puntos de vista y tejen un tapiz humano denso y reconocible, en la estela de la novela realista del siglo XIX, con Galdós al fondo.

El resultado es una lectura estimulante, que nos reconcilia con los textos atractivos, poliédricos y formalmente bien armados.

Este episodio de una guerra interminable, una de las mejores versiones de la mejor Almudena Grandes, ha sido capaz de seducir tanto a críticos como a académicos, así como a un amplio espectro lector que, desde hace más de un lustro, ratifica su relevancia.

Montserrat Ribao Pereira, catedrática de Literatura Española, Universidade de Vigo

– «El invencible verano de Liliana», de Cristina Rivera Garza

«El tiempo lo cura todo, excepto las heridas».

Esta es la historia novelada de la vida de Liliana, hermana de la autora, quien fue asesinada en julio de 1990 por un exnovio en Ciudad de México.

La novela trata del feminicidio en México como trasfondo, pero en realidad habla sobre las mujeres y la violencia en sus vidas, la impunidad de los delitos, y sobretodo del duelo y cómo lo procesa cada quien a su manera.

Un trabajo de reconstrucción familiar doloroso que es a la vez la reconstrucción memoriosa de nuestra sociedad. Liliana es más que su muerte. Liliana podemos ser (somos) todas.

María Teresa Orozco López, profesora de Escritura Creativa y Literatura Infantil, Universidad de Guadalajara

Portada de "El invencible verano de Liliana"

– «Ordesa», de Manuel Vilas

«Ordesa», de Manuel Vilas, nos ofrece una versión sumamente original de un viejo tema literario como es el duelo por la pérdida de los padres.

En la novela asistimos a un emocionante y desgarrador desnudo del propio autor, donde deja aflorar de manera muy convincente, apenas sin encubrimientos ni trucos literarios, sus miedos, fobias y temores ante la pérdida, la soledad, la muerte y el fracaso, con los que lograron empatizar muchísimos lectores.

Pero, sobre todo, «Ordesa» nos deslumbra por esa inconfundible «marca Vilas», un estilo único y especialmente reconocible, que aúna lucidez, valentía y elegancia con un inteligente sentido del humor.

Teresa Gómez Trueba, catedrática de Literatura Española, Universidad de Valladolid

– «Los aires difíciles», de Almudena Grandes

Los aires difíciles son los vientos que se cruzan en la costa gaditana –el levante y el poniente–, pero también son metáforas de las vidas de Juan Olmedo y Sara Gómez.

Ambos personajes escapan de un pasado en Madrid que les atormenta y en el entorno de una urbanización turística se encontrarán gracias a la asistenta de ambos, Maribel.

«Los aires difíciles» es una extraña historia de amistad entre desconocidos que nunca se hubieran encontrado en la que sin tapujos abren sus corazones para que los vientos del sur arrastren las propias pesadumbres que lastran sus vidas en busca de un futuro posible.

José María Fernández Vázquez, profesor de Literatura Española, Universidad Pablo de Olavide

– «Línea de fuego», de Arturo Pérez Reverte

«Línea de fuego» recrea la batalla del Ebro de la guerra civil española con un relato más atento a la intrahistoria unamuniana que a la dimensión histórica de la contienda.

Y este es, creo, su principal atractivo: saber mirar en profundidad a los hombres y mujeres que protagonizaron los hechos (sus sentimientos, sus miedos, sus expectativas, sus esperanzas, sus valores, sus miserias) y justipreciar, en un logrado y nada fácil equilibrio, cuánto de admirable y cuánto de reprobable hubo en ambos bandos, con un estilo caracterizado por la intensidad narrativa, la precisión en los detalles y la viveza en los diálogos.

Santiago Alfonso López Navia, catedrático de Filología, Universidad Internacional de La Rioja

– «Hecho en Saturno», de Rita Indiana

El viaje de desintoxicación de Argenis Luna a La Habana, desde su natal Santo Domingo, nos lleva a enfrentarnos con el desencanto de una revolución fallida y la desilusión ante unos ideales artísticos consumidos por el capitalismo.

En esta magistral novela de la escritora dominicana Rita Indiana, una de las figuras más importantes de la literatura latinoamericana del siglo XXI, Argenis encarna las contradicciones de una generación que ha quedado a la deriva ante el derrumbe de los relatos redentores de unas ideologías que, como Saturno, han devorado a sus hijos.

María Teresa Vera Rojas, profesora e investigadora de literatura hispanoamericana y española, Universitat de les Illes Balears

– Menciones a…

«Agosto, octubre», de Andrés Barba

«Los sordos», de Rodrigo Rey Rosa

«Revolución», de Arturo Pérez-Reverte

«Las cosas que perdimos en el fuego», de Mariana Enríquez

«Poesía completa» de Mariluz Escribano

«La noche de los tiempos», de Antonio Muñoz Molina

«Himmelweg», de Juan Mayorga

«La madre de Frankestein», de Almudena Grandes

«Lo que hay», de Sara Torres

«En la orilla», de Rafael Chirbes

«El padre de Blancanieves», de Belén Gopegui

«Dublinesca», de Enrique Vila-Matas

«Antígona González», de Sara Uribe

«Mentira», de Enrique de Hériz

«Ventanas de Manhattan», de Antonio Muñoz Molina

«Bartleby y compañía», de Enrique Vila-Matas

«Ensayo general», de Francisca Aguirre

«Cuatro por cuatro», de Sara Mesa

«Dentro de la tierra», de Paco Bezerra

«La habitación de Nona», de Cristina Fernández Cubas

*Los expertos que participaron fueron:

  • Ana Casas Janices (Profesora Titular de Literatura española, Universidad de Alcalá)
  • Ana Gallego Cuiñas (Catedrática de Literatura Latinoamericana, Universidad de Granada)
  • Aurora Martínez Ezquerro (Profesora Titular del área de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Dpto. Filologías Hispánica y Clásicas, Universidad de La Rioja)
  • Emiliano Coello Gutiérrez (Profesor Contratado Doctor de Literatura Hispanoamericana, UNED – Universidad Nacional de Educación a Distancia)
  • Emilio Peral Vega (Catedrático de Universidad, Universidad Complutense de Madrid)
  • Francisca Noguerol Jiménez (Catedrática de Literatura Hispanoamericana, Universidad de Salamanca)
  • Francisco Estrada Medina (Profesor de Literatura y Escritura Creativa, Universidad de Guadalajara)
  • Francisco Javier Sánchez-Verdejo Pérez (Profesor Acreditado Contratado Doctor, Departamento de Filología Moderna, Universidad de Castilla-La Mancha)
  • Goretti Teresa González (Profesora de Literatura, IE University)
  • Isabel Giménez Caro (Profesora Titular de Literatura española, Universidad de Almería)
  • Jaume Peris Blanes (Profesor Titular del área de Literatura Española y Latinoamericana, Universitat de València)
  • Javier Rivero Grandoso (Profesor de Literatura Española, Universidad de La Laguna)
  • Javier de Navascués Martín (Catedrático de Literatura Hispanoamericana, Universidad de Navarra)
  • José Belmonte Serrano (Profesor de Literatura Española, Universidad de Murcia)
  • José Luis Vicente Ferris (Profesor de Literatura Española, Universidad Miguel Hernández)
  • José María Fernández Vázquez (Profesor de Literatura Española, Universidad Pablo de Olavide)
  • Juan José Lanz Rivera (Catedrático de Literatura Española, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea)
  • Juan Ramón Muñoz Sánchez (Profesor Titular del Área de Literatura Española, Universidad de Jaén)
  • Luis Alfredo Álvarez Ayesterán (Profesor de la Escuela de Letras, Universidad Católica Andrés Bello)
  • Marina López Martínez (Profesora de Lengua y Cultura Francófonas, Universitat Jaume I)
  • María Di Muro Pellegrino (Profesora e Investigadora del Centro de Investigación y Formación Humanística, Universidad Católica Andrés Bello)
  • María Isabel Calle Romero (Profesora de Literatura Hispanoamericana, Universitat Rovira i Virgili)
  • María Luzdivina Cuesta Torre (Profesora Titular del área de Literatura Española, Universidad de León)
  • María Teresa Orozco López (Profesora de Escritura Creativa y Literatura Infantil, Universidad de Guadalajara)
  • María Teresa Vera-Rojas (Profesora e Investigadora de Literatura Hispanoamericana y Española, Universitat de les Illes Balears)
  • María del Carmen Alfonso García (Profesora Titular de Literatura Española, Universidad de Oviedo)
  • María Ángeles Naval (Catedrática de Literatura Española, Universidad de Zaragoza)
  • María Ángeles Pérez López (Profesora Titular de Literatura Hispanoamericana, Universidad de Salamanca)
  • Montserrat Ribao Pereira (Catedrática de Literatura Española, Universidade de Vigo)
  • Natalia Vara Ferrero (Profesora Titular de Teoría de la Literatura, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea)
  • Pura Fernández (Profesora de Investigación del Instituto de Lengua, Literatura y Antropología-CCHS del CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas)
  • Rafael Malpartida (Profesor de Literatura y Cine, Universidad de Málaga)
  • Rafael Manuel Mérida Jiménez (Catedrático de Literatura Española y de Estudios de Género, Universitat de Lleida)
  • Santiago Alfonso López Navia (Catedrático de Filología y Vicedecano de Investigación de la Facultad de Educación, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja)
  • Teresa Georgina González Arce (Profesora Investigadora del Departamento de Estudios Literarios, Universidad de Guadalajara)
  • Teresa Gómez Trueba (Catedrática de Literatura Española, Universidad de Valladolid)
  • Yannelys Aparicio (Catedrática de Literatura, UNIR – Universidad Internacional de La Rioja)
  • Álvaro Rodríguez Subero (Profesor e Investigador de Teoría de la Literatura y Literatura Española, Universidad de La Rioja)

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Pérdida del deseo sexual: posibles causas y soluciones…


Pérdida deseo sexual

Psicología y Mente(J.Soriano) — La pérdida del deseo sexual es un tema más común de lo que se suele hablar, afectando tanto a hombres como a mujeres en diferentes etapas de la vida. 

Aunque puede ser temporal, en algunos casos se convierte en un problema persistente que impacta la autoestima, la calidad de vida y la relación de pareja.

Las causas de esta disminución del deseo pueden ser diversas, abarcando aspectos psicológicos, relacionales, físicos y médicos.

Entender las posibles razones detrás de este fenómeno es clave para abordarlo de manera efectiva.

Este artículo explora las principales causas de la pérdida del deseo sexual y propone soluciones que abarcan desde tratamientos médicos y terapias psicológicas hasta cambios en el estilo de vida y mejoras en la intimidad de la relación.

– Causas de la pérdida del deseo sexual

Como hemos comentado, los motivos por los que el deseo sexual puede verse disminuido son muy amplias y variadas. En este apartado, comenzaremos delimitando algunas de las principales causas posibles de la pérdida o disminución del deseo sexual.

1. Factores físicos o médicos

La pérdida del deseo sexual puede estar vinculada a diversas causas físicas o médicas, siendo los desequilibrios hormonales una de las más frecuentes. 

En hombres, niveles bajos de testosterona suelen afectar negativamente la libido, mientras que en mujeres, alteraciones en estrógenos y progesterona, especialmente durante la menopausia o después del parto, también pueden disminuir el interés sexual.

Además, los problemas de tiroides, como el hipotiroidismo, afectan tanto a hombres como a mujeres, reduciendo la energía y el deseo sexual.

Enfermedades crónicas como la diabetes, la hipertensión o las afecciones cardiovasculares pueden interferir en la función sexual, ya sea directamente por su impacto en el flujo sanguíneo o por la fatiga y el estrés que generan. Asimismo, las condiciones que causan dolor crónico, como la artritis o la fibromialgia, dificultan mantener una vida sexual activa y placentera.

Los medicamentos también juegan un papel importante. Fármacos como los antidepresivos, los anticonceptivos hormonales y algunos antihipertensivos tienen como efecto secundario común la reducción de la libido. En estos casos, es fundamental consultar al médico para evaluar posibles ajustes en el tratamiento.

2. Factores psicológicos

El deseo sexual está estrechamente vinculado al bienestar emocional, por lo que los factores psicológicos suelen desempeñar un papel crucial en su gestión y disminución. El estrés cotidiano, derivado de demandas laborales, económicas o personales, es uno de los principales enemigos de la libido. Cuando la mente está sobrecargada, es difícil conectar con el deseo y disfrutar de la intimidad.

La ansiedad, ya sea generalizada o relacionada con el desempeño sexual, también puede inhibir el deseo. El miedo a no cumplir expectativas genera un círculo vicioso de evitación y frustración. Asimismo, la depresión, con sus síntomas de apatía, fatiga y baja autoestima, puede apagar por completo el interés sexual.

Por último, problemas relacionados con la autoimagen y la inseguridad personal, muchas veces arraigados en experiencias pasadas, dificultan la disposición hacia la intimidad. Estos factores emocionales suelen requerir intervención terapéutica para ser abordados de forma efectiva.

Por qué se produce la falta de deseo sexual? | CuidatePlus

3. Factores relacionales

Las dinámicas internas de una relación de pareja pueden influir de forma significativa en el deseo sexual. Los conflictos no resueltos, como discusiones frecuentes o resentimientos acumulados, suelen generar distanciamiento emocional que impacta directamente en la intimidad física. Sin una base de confianza y conexión emocional, el deseo tiende hacia la disminución.

La falta de comunicación es otro factor clave. Cuando las parejas no expresan sus necesidades, fantasías o inquietudes sobre su vida sexual, se genera un ambiente de insatisfacción y desconexión irresuelto. Esto puede dar lugar a malentendidos, expectativas no cumplidas y una percepción de rutina en la relación.

Por otro lado, la monotonía en las relaciones sexuales, especialmente en parejas de largo plazo, también contribuye a la pérdida de interés y química sexual. Sin innovación o esfuerzo por mantener la chispa, la experiencia puede volverse predecible, haciendo que el deseo disminuya progresivamente. La solución para mejorar la comunicación y buscar maneras de renovar la intimidad.

4. Factores externos

El estilo de vida desempeña una influencia importante en la pérdida del deseo sexual. La falta de ejercicio y una alimentación poco saludable pueden generar problemas de salud que afecten la libido, como el sobrepeso o la fatiga crónica. Además, el consumo excesivo de alcohol y drogas puede inhibir tanto el deseo sexual como la capacidad para disfrutar de la intimidad.

El estrés relacionado con el trabajo y otros factores externos también contribuyen, ya que afectan la energía y la capacidad para relajarse. Mantener hábitos de vida saludables es crucial para preservar una vida sexual activa y satisfactoria.

– Soluciones para la pérdida de deseo sexual

Como hemos visto, los motivos de la pérdida del deseo sexual son muy específicos de cada persona y situación relacional. Sin embargo, existen manera de manejar su impacto y trabajar en pareja para recuperar la intimidad.

1. Soluciones médicas

Cuando la pérdida de deseo sexual tiene una causa médica, es fundamental abordarla mediante soluciones y técnicas adecuadas. En muchos casos, el tratamiento médico puede implicar la regulación hormonal. En mujeres, la terapia de reemplazo hormonal (TRH) durante la menopausia, que incluye estrógenos y progesterona, puede ser útil para restaurar el deseo sexual.

En hombres, los suplementos de testosterona pueden ser eficaces cuando los niveles de esta hormona son bajos, aunque siempre bajo la supervisión de un médico, ya que un exceso puede tener efectos secundarios.

En los casos en los que las enfermedades crónicas afectan la libido, tratar la condición subyacente es clave. Por ejemplo, controlar la diabetes, la hipertensión o los trastornos cardiovasculares mediante medicamentos y cambios en el estilo de vida puede mejorar la función sexual.

Si los medicamentos son responsables de la disminución en el deseo sexual, es importante hablar con el médico para ajustar la medicación o buscar alternativas a estos fármacos. Algunos antidepresivos y antihipertensivos, por ejemplo, tienen efectos secundarios sexuales, y un cambio de fármaco podría minimizar estos problemas.

En general, consultar a un profesional de la salud es esencial para identificar y tratar adecuadamente las causas físicas de la pérdida de deseo sexual, siempre adaptando las soluciones a las necesidades individuales de cada paciente.

2. Intervenciones psicológicas

Cuando la pérdida del deseo sexual tiene un origen psicológico, las intervenciones terapéuticas son fundamentales para restaurar la libido. La terapia cognitivo – conductual (TCC) es una de las más efectivas para tratar la ansiedad, el estrés o la depresión que pueden estar interfiriendo con la vida sexual. 

Esta modalidad de terapia ayuda a identificar y modificar los pensamientos negativos y las creencias irracionales relacionadas con el deseo sexual, reduciendo la ansiedad y mejorando la autoestima.

Si la pérdida del deseo está relacionada con una baja imagen corporal o traumas emocionales previos, la terapia centrada en la autoestima puede ser beneficiosa. Los pacientes aprenden a trabajar en su autoaceptación y en la reconexión con su propio cuerpo, lo cual es esencial para recuperar el deseo sexual.

En las parejas, la terapia sexual puede ser clave para mejorar la comunicación y resolver conflictos que afecten la intimidad. Los terapeutas sexuales ayudan a las parejas a identificar las barreras emocionales y físicas que limitan el deseo, ofreciendo estrategias para reavivar la conexión emocional y sexual.

Falta de libido: cómo combatir la pérdida de deseo sexual

3. Cambios en el estilo de vida

Adoptar un estilo de vida saludable es una de las soluciones más efectivas para mejorar el deseo sexual. El ejercicio regular, por ejemplo, aumenta el flujo sanguíneo y mejora la función cardiovascular, lo que puede tener un impacto directo en la libido. Además, la actividad física ayuda a reducir el estrés, mejora el estado de ánimo y aumenta los niveles de energía, factores clave para mantener una vida sexual activa y satisfactoria.

Una alimentación equilibrada, rica en nutrientes esenciales como vitaminas, minerales y ácidos grasos saludables, también es fundamental para el bienestar sexual. Alimentos como los frutos secos, el pescado, las frutas y las verduras no solo mejoran la salud en general, sino que también favorecen la producción de hormonas sexuales y mantienen una situación corporal saludable.

Además, practicar técnicas de relajación como la meditación o el yoga puede ser útil para reducir la ansiedad y el estrés, que a menudo son factores que inhiben el deseo sexual. Dormir lo suficiente y evitar el consumo excesivo de alcohol o sustancias también son importantes, ya que estos hábitos afectan negativamente la energía y el interés sexual.

4. Mejora de la intimidad en la relación

Reavivar la intimidad en una relación de pareja es esencial para superar la pérdida del deseo sexual. La clave está en fomentar una comunicación abierta y honesta sobre las necesidades, expectativas y deseos sexuales.

 Hablar de lo que les gusta, lo que les gustaría exportar y lo que no sienten cómodos haciendo puede aliviar la presión y mejorar la conexión emocional, facilitando una mayor intimidad.

También es importante dedicar tiempo exclusivo para la pareja. El estrés de la rutina diaria y las responsabilidades puede alejar a las parejas, pero reservar momentos para estar juntos sin distracciones ayuda a reconectar.

Esto puede incluir citas, salidas o simplemente invertir tiempo de calidad en pareja sin expectativas sexuales, reforzando el vínculo emocional.

nuestras charlas nocturnas.

Sobre la práctica de culpar…


shame E6VjvL
Michael Fassbender en Shame, 2011.
  • Enfoques filosóficos sobre el culpar

JotDown(P.M.Buitrago) — ¿En qué consiste culpar? ¿Cuándo es razonable esta práctica? ¿Qué formas adopta? Estas y otras preguntas vienen conformando en las últimas décadas un rico debate filosófico sobre la práctica del culpar, debate que tuve la suerte de conocer en profundidad gracias a las clases de Mabel Holgado en la Universidad de Málaga, quien ha trabajado extensamente esta temática universal.

A grandes rasgos, lo que se pretende en esta discusión es elaborar una buena teoría general de esta práctica tan humana (¿solo humana?) que permita, por un lado, establecer los parámetros para su buen uso, razonable y alejado de su empleo “patológico”, y, por otro, delimitar los casos “centrales”, claros, del culpar, respecto a los periféricos, vagos o dudosos.

Todos conocemos casos variados de la práctica del culpar. Pueden ir desde culpar en 2024 a Hernán Cortés hasta hacer lo propio con un hijo por portarse mal; desde el que nos roba la cartera hasta ese ordenador que ha dejado de funcionar y aporreamos con ira; culpamos a grupos enteros y a nosotros mismos. Parece evidente que es una práctica muy arraigada en nuestra psique.

¿Se debe culpar a los romanos por haber sido esclavistas hace milenios? ¿Me debo culpar por no ser capaz de dejar de fumar? ¿No es ridículo golpear con enfado la máquina que ya no funciona? ¿Qué significa este resentimiento que mantengo después de tantos años, acaso es razonable?

Culpamos al delantero de nuestro equipo que no ha marcado gol, al político que miente (aunque empiezo a tener dudas de esto), al amigo que nos llama menos de lo que debería, al borracho que vomita en nuestro portal, a la pareja que ya no nos quiere, al tiempo atmosférico y al atasco, al cáncer y hasta al hecho de haber nacido culpamos. Cualquiera diría que no hay límites para esta práctica.

¿Qué dice al respecto la vanguardia de la filosofía moral contemporánea?

Someramente: el enfoque cognitivo presenta el culpar como un juicio o evaluación negativa de un agente sobre otro; el emocional, como su nombre indica, habla de emociones negativas reactivas como característica central del culpar; el enfoque conativo quita el acento de las emociones y lo pone en la relación, como por ejemplo en la retirada de la buena voluntad hacia el otro.

También se puede mencionar al enfoque funcional, centrado en el propósito del culpar, en su sentido. Vemos así que hay un juicio, que hay emociones, que hay funcionalidad y que hay relaciones entre agentes. La clave está en el énfasis que da cada enfoque a su aspecto predilecto del culpar.

Esto del culpar acaba resultando, por tanto, un tema endiablado, pero pienso que ello lo hace más atractivo. La postura que defenderé parte de dos premisas. Primero, el origen, núcleo y fundamento de la práctica social del culpar lo encontramos en una emoción: la ira (con lo cual, queda claro a qué enfoque me adhiero).

La ira se relaciona con nuestras limitaciones cognitivas. Segundo, sostengo como realidad más plausible el hecho de que la libertad no exista (y adelanto que no sería tan malo como pueda parecer). Argumentaré estas dos premisas para examinar la razonabilidad de la práctica del culpar.

  • La ira, esa emoción
La culpa siempre es del otro - Nihil Obstat

La ira es una emoción sujeta a una gradación continua con, al menos, dos variables, intensidad y tiempo, y que puede ser comparada con manifestaciones energéticas, que van de la irritabilidad (acalorarse) a la furia (explotar), pasando por la indignación (quemarse) o el resentimiento (mantener la incandescencia).

En función de esta gradación, la ira es una emoción que constituye, en acto, un gasto considerable para quien la experimenta, y, en potencia, para quien va dirigida.

Llegué a la conclusión de que la ira es el núcleo del culpar al darme cuenta de que es necesaria y suficiente para que se dé el fenómeno: es necesaria porque sin esta emoción el culpar se diluye por completo, pues resulta muy difícil, si no imposible, imaginar un culpar completamente frío, indiferente, sin atisbo de motor emocional; es suficiente porque la encontramos en todos los modos del culpar, desde la autoinculpación hasta la culpa vicaria en tercera persona, pasando por la culpa silente o la comunicativa, la que conduce a cambiar de actitud o de juicio, o las derivadas de todo tipo de relación, o sin ella.

Además, no hay ira que no sea culpante. Su identificación es plena. Por ello, la ira permite filtrar casos dudosos: ¿culpa el juez que dicta sentencia sin sentir emoción alguna hacia el condenado? En mi opinión, no: no basta con el juicio, con la evaluación (enfoque cognitivo). Lo de ese juez se parece más a un diagnóstico médico que al culpar. Más aún, la práctica del culpar carece con frecuencia de juicio consciente. Para eso, entre otras cosas, existen las emociones.

No obstante, señalar que el culpar es experimentar una emoción supone no decir mucho. Filosóficamente, sería natural preguntarse por qué la ira y no más bien la nada. Veamos, pues, la ira como origen del culpar: afortunadamente, la ciencia nos proporciona ya algunas buenas respuestas: antropólogos, psicólogos evolutivos y otros especialistas han descrito la ira, en un trabajo reciente, como “un sistema cognitivo computacionalmente complejo, que evolucionó para negociar un mejor trato”.

Creo que este origen evolutivo es el único nexo de unión entre las diferentes culturas y sus modos característicos de culpar. Una implicación universal que encontraron en este estudio fue el repertorio típico de expresiones faciales y vocales de la ira humana. También hallaron que la ira se intensifica cuanto más ha sido despreciada la persona del ofendido, lo que no puede extrañarnos.

Nos encontramos aquí toda una imbricada variedad de respuestas fisiológicas, expresivas y cognitivas, las cuales tienen como fin la optimización de la autoconservación. El rastreo evolutivo de esta emoción nos puede llevar cuando menos hasta las fricciones entre hormigas pertenecientes a la misma casta, pero baste en este trabajo con señalar que, sin duda, el culpar o la ira no son manifestaciones exclusivamente humanas: están bien documentadas entre los tipos de reacciones de los chimpancés cuando experimentan lo que se ha llamado “decepción social”.

Nuestra especie padece respuestas fisiológicas muy negativas ante la pérdida de seres queridos, la soledad o el ostracismo, circunstancias que despiertan en nosotros emociones intensas, dolor psicológico, pérdida de salud, locura y muerte.

Estos resortes, de un poderío destacable, difícilmente nos constriñen por pura casualidad: resulta más que plausible la idea de que la selección natural los ha ido afinando e intensificando para que no cometamos el error letal de optar por una vida alejada del grupo.

Es la misma existencia de estos resortes lo que debe llamarnos la atención: parecen reflejar el hecho de que la sociabilidad es un equilibrio frágil que precisa un fuerte pegamento. Así las cosas, resulta claro que existe una fuerte tensión entre nuestras tendencias individualistas y sociales.

La sociabilidad es una horma que no ha terminado de adaptarse del todo bien a nuestro zapato: la fricción y el conflicto entre individuos del mismo grupo son una constante en nuestra vida comunal. Se hizo preciso incidir en el comportamiento del prójimo, hacerle ver que nos daña, que nos damos cuenta, y que ello tiene consecuencias.

▷ No permitas que los demás usen la culpa para dictar tus decisiones ⋆  Rincón de la Psicología

Las distintas “combustiones” de la ira se producen con independencia de la relación que nos venía uniendo al culpado (enfoque conativo), es decir, todas se pueden dar con independencia del carácter de ese lazo, como se intuye fácilmente del esbozo de casuísticas, porque la furia o el resentimiento sirven para influir en el comportamiento tanto de desconocidos como de íntimos (la ira es poderosa y por desgracia funciona también como pegamento social, de ahí la importancia histórica de los chivos expiatorios).

Estas variedades de la ira las considero también el fundamento del culpar porque constituyen constricciones que serán indispensables para analizar la razonabilidad de la práctica.

La constricción que suponen la entiendo en sentido fuerte, ya que descarto que la regulación emocional de la que somos capaces se halle en un plano superior, pues no sería más que otra emoción (como el miedo, la vergüenza o la angustia), de igual rango, en colisión.

Haré un inciso respecto a la idea de la última oración, que es complicada: se suele considerar que un gran poder humano consiste en regular nuestras propias emociones. En este sentido, este poder nos haría diferentes. Esta capacidad nos permitiría, por ejemplo, decidir querer algo incompatible con lo que queremos: por ejemplo, nos permitiría querer no fumar, aunque queramos fumar.

Y actuar en consecuencia. Sin embargo, tiendo a pensar que todo se resume en nuestras emociones en colisión: quiero fumar porque tengo síndrome de abstinencia, pero no quiero fumar porque tiene mil desventajas que me provocan, pongamos, vergüenza.

Además, me dan miedo los efectos en mi personalidad de la abstinencia, pero me da rabia (¡ira!) no ser capaz de controlarlo. Como decía Nietzsche, somos un parlamento, y yo añadiría que un parlamento, concretamente, de nuestras emociones. Por supuesto, nos identificamos con las emociones que nos hacen sentir mejor o cuadran mejor con el relato que nos hacemos de nosotros mismos y nuestra vida. Pero basta con lo dicho para este inciso.

Otro tipo de constricción, relacionada con las anteriores y no menos importante, es la cognitiva, clave añadida para fundamentar la práctica del culpar. Como afirma uno de los impulsores de la psicología evolutiva, John Tooby: “Nuestras mentes han evolucionado para representarse las situaciones de un modo que resalte el elemento del nexo causal que podemos manipular para alumbrar un resultado deseado”.

En otras palabras: a la red causal le damos el hachazo donde podemos y nos conviene. Los factores estables de la situación, ajenos a nuestra capacidad de manipulación, difícilmente aparecen en nuestro poco elaborado mapa mental de causas, ya sea porque aún no hemos accedido a su conocimiento, o porque nos exijan un excesivo gasto energético para su comprensión. Resulta fácil adivinar que el comportamiento ajeno, aunque no todo, sí entra en el reino de nuestras posibilidades de incidencia.

Corrige el error y camina sin culpa” por Tona Galvaliz – VIVIR PLENAMENTE

Esto explica, como se verá más adelante, que la culpa vaya dirigida especialmente y con mayor intensidad hacia aquellas personas permeables a nuestra ira, susceptibles a su eficacia, lo que descarta a los locos y a los niños pequeños, por ejemplo (otro inciso: claro que a veces se culpa a un niño pequeño o a un loco, pero es claramente un caso “patológico” del culpar, porque quien culpa así hace el primo, o algo peor).

Por todo ello, estos dos tipos de constricciones (emocional y cognitiva) serán fundamentales para el estudio de la razonabilidad del culpar que pretendo, pues explican la necesidad e importancia de la ira. Sin embargo, ahora necesito introducir otro tema para explicar una tesis que ha sido con frecuencia malentendida.

  • Significado de la tesis determinista

El determinismo, también llamado incompatibilismo, es la tesis que defiende la imposibilidad de la existencia de la libertad en un universo caracterizado por una materialidad sujeta a la causalidad. Desde esta visión, resulta harto complicado concebir siquiera qué podría ser la libertad, y qué entienden por ella los que sostienen su existencia, de manera análoga a la dificultad que encuentra un ateo o un materialista cuando les hablan de dios o el alma.

Todas ellas son instancias que no aparecen en nuestra cotidianidad, independientemente de que muchos crean intuitivamente en su existencia. En cambio, sí podemos observar que todo ocurre por algo que le precede, hay un desenvolvimiento en las cosas, que se siguen y determinan unas a otras, por más que nuestras limitaciones nos impidan identificar en su globalidad la red dinámica en que se instalan.

Esto también explica nuestra creencia en la existencia del azar, que no es más que nuestra falsa solución al problema de la mencionada limitación. Dicho de otra forma, para resumirlo: suele decirse que el determinismo no está demostrado, pero habría que preguntarse si no es el libre albedrío el que debería ser demostrado.

Soy de la opinión de que los seres humanos no somos más que un tipo de organización de la materia. Niego la libertad porque la considero imposible de comprender: no basta con ser un negativo del determinismo, como no basta ser un negativo de la materialidad para comprender la inmaterialidad.

Así las cosas, en cada momento de su actuar, cada ser humano no pudo haber actuado de otra manera: solo nos queda imaginar, fantasear que con otro elemento condicionante en la ecuación se hubiera actuado de otra forma. El conjunto de sus circunstancias -conocimientos, emociones, salud y demás elementos internos profundamente imbricados, por no hablar de los externos- ofrece en cada momento un producto inevitable, que no pudo ser otro.

Culpar a los demás: cómo evitarlo y asumir tus culpas

Esta es la tesis del determinismo, la cual comparto.

En cualquier caso, no queda más remedio que aceptar el hecho de que este problema filosófico, quizás el más importante, aún no ha sido resuelto, y posiblemente no lo sea nunca.

Sin embargo, me inclino a pensar que el libre albedrío caerá (empleo indistintamente los conceptos “libertad” y “libre albedrío” porque, ya sea en el decidir o en el actuar, igualmente no contemplo su existencia), como cayó el geocentrismo.

Mientras tanto, creo que viene bien ir adelantando sus implicaciones para la moral, a menudo tergiversadas u obviadas por los defensores de la libertad, que son inmensa mayoría en esta disciplina.

  • ¿Qué tiene de razonable culpar?

Gran parte del éxito de nuestra especie y de nuestra salud psicológica -dos aspectos que, por otro lado, también entran en colisión con frecuencia- se ha edificado sobre la base de una percepción distorsionada de nosotros mismos. Sin embargo, propondré que esta dicotomía es falsa: afinar nuestro autoconocimiento puede redundar en beneficio de nuestro bienestar.

Preguntar por la razonabilidad del culpar es tanto como cuestionarse la razonabilidad de la ira.

Explicada esta emoción, se tratará de ver cómo se puede integrar en el conjunto de la vida humana. La eficacia es una noción básica para comprender su necesidad: la ira evolucionó para ser eficaz, o, más exactamente, ha llegado hasta nosotros porque en el pasado fue eficaz, funcionó, y no encuentro razones para sostener que haya perdido esta cualidad en la actualidad.

Esto me permite establecer una clasificación aproximada entre los posibles casos de la práctica del culpar:

  1. Caso central: tiene efecto directo: es el culpar que incide en el culpado, como puede ser el culpar comunicativo.
  2. Caso lateral: posee efecto indirecto: es el culpar que incide en otro, pero no en el culpado. Es la culpa vicaria, de terceros, lanzada para buscar la concordancia con nuestro interlocutor.
  3. Caso periférico: aquí la práctica es inefectiva: es el culpar a elementos estables de las cosas, sin posibilidad real de incidir en ellas.

No pongo ejemplos de cada caso porque son fáciles de imaginar, además de divertidos cuanto más groseros. Estaré encantado de leerlos en comentarios.

La ira es eficiente porque otros modos de incidencia en el prójimo suelen suponer un gasto superior en tiempo y energía. Respecto a sus fines, la ira sirve para multitud de propósitos: incidir en el comportamiento ajeno, cambiar la propia actitud, recordar las afrentas, prevenir el daño…

También sirve a los propósitos del culpado: le permite desarrollarse como individuo socializado, evitando el aislamiento: supone tomarlo en serio e integrarlo en el juego emocional que supone la vida comunitaria. De este modo, la ira protege y moldea a las personas.

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Del mismo modo, desde una postura determinista la principal justificación del culpar es su eficacia, comprendiendo el importante condicionante que supone en nuestro obrar. Para quien continúa instalado en la creencia en la existencia de la libertad, esto supone una pérdida de la inocencia de cualquier culpar, pérdida que nos volvería intolerablemente fríos y duros con el culpado. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que en un mundo determinista la inocencia no se pierde jamás.

Algunas ventajas derivadas de la asunción determinista las encontramos en la primacía que alcanza la facultad de la comprensión: si enfadarse con alguien supone tomarle en serio, tratar de comprender sus condicionamientos es tomarle en serio en un grado superior, más “humano”.

La comprensión es la capacidad costosísima que se traduce en un conocimiento biográfico relativamente exhaustivo, y es una capacidad que, a diferencia de la ira, nos distingue en buena medida del resto de mamíferos.

En las terapias sobre adicciones o problemas psicológicos podemos entender fácilmente que se suspende el juicio (y antes que el juicio, la ira) porque se reconoce al sufriente como perjudicialmente condicionado, buscándose nuevos condicionamientos (como podrían ser nuevos entendimientos sobre el mundo o sí mismo) que incidan positivamente en su comportamiento, mejorando, precisamente, sus condiciones de vida.

En terapia no se culpa porque se comprende y, sobre todo, ya no vale para nada.

Por añadidura, encuentro ciertos inconvenientes derivados de la creencia en la libertad, pues atribuir esta cualidad descarga nuestra conciencia cuando abusamos del culpar, y por ello es frecuente comprender aquí al enemigo como malvado, la pareja de modo egoísta o a algunos conciudadanos negligentemente estúpidos: la mala voluntad, como la buena, impregna nuestra percepción del otro, y ha sido coartada para la aplicación de inimaginables sufrimientos durante miles de años.

Del mismo modo que el dolor, la ira es un desagradable sistema de alerta que nos protege, una consecuencia ambivalente del devenir evolutivo. Sin embargo, a diferencia del dolor, la ira no es exclusivamente interna, sino que se expande y descarga en otros. Este efecto, lógico y grave, ha propiciado con probabilidad nuestra fantasía de libertad, como justificación mediante el juicio de merecimiento.

Por si fuera poco, la creencia en la libertad incrementa la angustia psicológica, ya sea ante el castigo padecido (“soy malo”) o ante el ataque, que suele resultar más perturbador cuando procede de una persona que de un simple hecho físico, a igualdad de daño: de sentimientos de culpa y traumas infligidos por humanos están llenas, concretamente, las clínicas psicológicas.

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No obstante, está lejos de mi intención lanzar sin más una propuesta inhumana para el buen culpar. Prescindir de la ira o culpar parece tan difícil como hacerlo del dolor (tarea para faquires, por tanto). Además de difícil, sería una renuncia peligrosa, como es obvio. En el ámbito público, donde pueden establecerse instancias intermedias y costosas en aras de la objetividad y la comprensión, la erradicación del culpar me parece inexcusable a partir de un cierto grado de civilización.

Necesitaremos seguir protegiéndonos de comportamientos peligrosos, pero el reproche y la venganza creo que son evitables. Respecto al ámbito privado, pienso que se abre un horizonte de perfección, tendente a la disminución del culpar, siempre y cuando se sustituya por la comprensión, y ésta no suponga un gasto imprudente.

Mientras tanto, y según las irreductibles características de cada caso, presento la siguiente lista de opuestos posibles: el resentimiento nos seguirá recordando cosas como que debemos protegernos del daño que nos produce el comportamiento de otro, librándonos de una vida peor, o consumiéndonos en sus brasas; la furia, explosiva, nos ayudará a cortar de raíz las evoluciones catastróficas de una mala situación interpersonal, o su exceso nos arruinará la vida; la irritación, punzante y no definitiva, ayudará a que cualquiera nos tome en serio o a amargarnos el día a día; por último, la mera indignación o enfado podrá fortalecer o degradar una relación.

Por supuesto, la anterior relación es tentativa y aporta una limitadísima lista de posibles situaciones. A partir de aquí, podría etiquetar determinados comportamientos ideales, pero considero imposible establecer una guía de acción o un código que pueda iluminar estas aguas turbias.

En otras palabras, podemos discutir un caso (mediatizados sin duda por nuestra cultura y experiencia), pero no podemos confeccionar una plantilla razonable antes de conocer el mismo. Y conocer, como he intentado dejar claro respecto al ámbito de la psique humana, es una tarea titánica.

Para un determinista, protegerse del otro (y de uno mismo) es protegerse del universo. Dependerá del grado de fuerza e inteligencia la forma de incidir, porque no se trata de otra cosa: incidir y condicionar el comportamiento propio y ajeno. ¿Qué es lo mejor para un determinista? La inclinación de la balanza: menos sufrimiento y más comprensión, lo que directa e indirectamente repercutirá en su beneficio.

(Nota: no he hablado de ese entrañable negativo del culpar, el perdón. Y no lo he hecho porque realmente no es un negativo, no es su contrario: es una posible consecuencia. Para perdonar se precisa haber culpado antes).

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