Durante la construcción del Canal eran habituales las visitas de turistas estadounidenses que quería ser testigo de la gran obra.
BBC News Mundo(K.Dailey) — Hubo un tiempo en el que vivir cerca del Canal de Panamá era equivalente a disfrutar de ciertos privilegios. Al menos, si eras estadounidense.
Los nacidos en la zona eran llamados «zoneítas», aunque había distintas clases en aquel «Edén»: los estadounidenses tenían un salario mayor y vivían con lujos, algo que no se aplicaba a los panameños.
Fue así hasta 1999, cuando el territorio dejó oficialmente de pertenecer a Estados Unidos.
El Ancon fue el primer barco que atravesó el Canal de Panamá el día de su inauguración, en agosto de 1914.
Por casi 100 años, miles de estadounidenses vivieron con todo lujo en tranquilas comunidades tropicales cerca de la bahía de Panamá.
Se encargaban del mantenimiento de una de las mayores obras de ingeniería del mundo, el canal de Panamá, y se les conocía como zoneítas o zonianos (por el término en inglés, zonians).
La Zona del Canal de Panamá fue una colonia de Estados Unidos establecida en el país centroamericano en 1903.
Constituía un hogar lejos de casa para aquellos estadounidenses que construyeron el canal y aquellos que posteriormente se encargaron de su mantenimiento, así como de sus familiares y los trabajadores de los servicios dirigidos a éstos.
Se trataba de un área de 1.380 kilómetros cuadrados a lo largo del canal y controlada por Estados Unidos. Las familias recibían generosos beneficios, incluidas viviendas de protección, largas vacaciones, economatos bien surtidos y un personal amable.
El Puente de las Américas atraviesa el Canal de Panamá.
Los residentes de la zona disfrutaban del buen clima y el relajado estilo de vida del lugar. Pero a su vez vivían en cómodas casas del estilo de su país de origen, recibían una educación de primera clase y gozaban de todos los beneficios que les ofrecía la ciudadanía estadounidense.
«Era un extraño lugar artificial», le dice a la BBC Michael Donoghue, autor de Borderland on the Isthmus: Race, Culture, and the Struggle for the Canal Zone(«Zona Fronteriza en el istmo: raza, cultura y la Lucha por la Zona del Canal», 2014).
Su padre recorrió el área durante la Segunda Guerra Mundial y la comparó con «un pequeño pueblo sureño trasplantado en medio de Centroamérica».
La estética de muchos edificios recordaba a Estados Unidos.
– Recuerdos de la zona
«Tenían un chiste», recuerda Jill Bany, quien creció en la Zona. «¿Cuántos zoneítas hacen falta para cambiar una bombilla?», pregunta. Y se responde a sí mismo: «Dos. Uno para llamar al casero y el otro para mezclar las bebidas».
Durante la Guerra de Corea (1950-1953), 100.000 estadounidenses vivían en la Zona, una décima parte de la población del país. En tiempos de paz, eran la mitad.
El inglés era la lengua predominante e incluso aquellos que llevaban toda la vida en la Zona del Canal podían vivir sin hablar una palabra de español.
«Estaban aislados de la población panameña por voluntad propia», cuenta Alonzo Delaguardia, el vicerrector para relaciones universitarias del campus en Panamá de la Universidad Estatal de Florida. El centro fue establecido en la Zona en 1957, por solicitud del Departamento de Defensa de Estados Unidos y para proveer educación a los zoneítas.
«Tenían todo aquí», dice desde el campus. «No necesitaban ir a Ciudad de Panamá».
En efecto, los zoneítas tenían sus propios clubs sociales y equipos deportivos. Había en la Zona cines que proyectaban películas estadounidenses y tiendas en las que se vendían productos procedentes del aquel país.
Los estudiantes de las escuelas secundarias de Balboa y Córdova formaban parte de un equipo de buceo y un coro, además de estudiar biología marina y matemáticas.
«Teníamos loros y monos en el patio trasero. Salir allá era como poner un pie en la jungla», recuerda Bany. A lo que añade que los habitantes de la Zona no sentían temor cuando sus hijos jugaban en la calle. «Era seguro».
– Segregación
En enero de 1964 hubo fuertes enfrentamientos entre estudiantes y agentes de la policía.
Pero no todo era idílico. Durante mucho tiempo la segregación entre estadounidenses y trabajadores del Caribe en general y de las islas británicas fue una realidad en la zona. Existían diferentes servicios para unos y otros, los primeros «de oro» y los segundos «de plata».
Estos términos hacían referencia a la época en la que se construyó la línea de ferrocarril, en el siglo XIX. Los estadounidenses recibieron sueldos más altos, en oro, y los inmigrantes de las islas británicas más bajos, en plata.
La eliminación de la segregación escolar y el Acta de Derechos Civiles no se aplicó hasta la década de 1970, casi 20 años después de que fueran implementados en EE.UU.
«Nací en el mismo hospital que John McCain, pero él salió estadounidense y yo salí panameña», señala Yvette Modestín.
El senador McCain, quien fuera candidato presidencial, pasó sus primeros cinco años de vida en Panamá, como hijo de un almirante de la Marina. Por su parte, Modestín creció en la Zona, pero se nutrió de una cultura con raíces panameñas y caribeñas.
Ella no tuvo contacto con los zoneítas blancos hasta que se eliminó la segregación de las escuelas. Pero esto no afectó a su educación, asegura.
«Conocí enfermeras, médicos, bomberos y profesores negros, por lo que supe que podía convertirme en uno de ellos», explica. «Sabíamos que no poseíamos lo que tenía la comunidad blanca, pero no lo queríamos».
A pesar de ser consciente del brutal racismo sufrido por sus padres y abuelos, se sentía orgullosa del trabajo que su familia y su comunidad hizo para construir el canal.
Tanto Modestín como Bany recuerdan haber participado en la carrera anual de cayucos, en la que los zoneítas remaban por el canal durante tres días.
– Alta tensión
Pero fuera de la Zona del Canal la tensión era alta.
Yvette Modestín fue la primera animadora negra de que la escuela secundaria Cristóbal, tras el fin de la segregación escolar.
«La mayoría de los zoneítas no eran conscientes del resentimiento que habían empezado a provocar entre los panameños», dice Donoghue.
Mientras los estadounidenses vivían con privilegios, los panameños «a veces no podían cruzar su país sin el permiso de la policía foránea», explica. Esos agentes hablaban otra lengua, el inglés, y aplicaban otra ley, la estadounidense.
Incluso enviaron a algunos panameños que quebraron estas leyes a la cárcel administrada por EE.UU. en la Zona.
Cuando Estados Unidos firmó el contrato para terminar el canal en 1903, el gobierno de Panamá garantizó los derechos de aquel país en la Zona del Canal «como si fuera soberano y en perpetuidad».
Las violentas protestas de 1964 contra la Zona causaron la muerte de 21 panameños y cuatro soldados estadounidenses.
La Zona del Canal de Panamá fue una colonia de Estados Unidos establecida en el país centroamericano en 1903.
El 7 de septiembre de 1977 el presidente de EE.UU., Jimmy Carter, y el jefe de gobierno de Panamá, Omar Torrijos, firmaron el Tratado Torrijos-Carter, según el cual Estados Unidos se comprometió a devolver a Panamá el control completo del canal el 31 de diciembre de 1999.
El 60% de la Zona fue devuelta a Panamá en 1979 y, como consecuencia, los hijos de estadounidenses nacidos en aquel área después no fueron considerados oficialmente zoneítas por más tiempo.
Al terminar la transferencia del control sobre el canal el 31 de diciembre de 1999, la mayoría de los estadounidenses regresaron a su país.
– El éxodo
«Tuve una infancia normal, con amigos del barrio en un bonito vecindario de los suburbios, con césped bien segado. Y de repente todo el mundo se había ido», dice Zach Kunkel, quien nació en 1976. «De un día para otro, quedó claro que todo había cambiado y que no había vuelta atrás».
Márquez, cuya familia también se quedó en Panamá, recuerda cómo de los 180 alumnos de su clase, 160 se marcharon.
Por haber sido residentes de la Zona, su familia tuvo en su momento la opción de comprar uno de los dúplex blancos idénticos del área residencial. Después lo vendieron y se mudaron a la ciudad.
Ahora aquellas casas lucen de colores y ya no son iguales.
Muchos las personalizaron, añadiendo porches y otros elementos, para olvidar la uniformidad que reinó en otra época en la Zona del Canal.
Pero Panamá también dejó su marca en los zoneítas que regresaron a Estados Unidos. Cada año, cientos de ellos se reúnen en Tampa (Florida, EE.UU.).
«Si hubiera sido más mayor, nunca me hubiera ido de Panamá», dice Bany, quien tuvo que mudarse con su familia a Tulsa (Oklahoma, EE.UU.).
El populacho asesinó a 43 franciscanos en la iglesia de San Francisco el Grande, «por envenenar las fuentes».
The Objective(L.Reyes) — «¡No os creáis nada, hay mucha intoxicación!», les repetía el rey Felipe a unos muchachos de Paiporta con cara de desesperados. Una imagen nunca antes vista, un rey manchado de barro, rotas todas las medidas de seguridad, intentando calmar de forma individual y directa a las indignadas víctimas.
Y es que para el momento en que el jefe del Estado y el del Gobierno fueron a consolar a los damnificados, los bulos inventados por las redes sociales y aun por algunos medios de comunicación, habían envenenado a la gente.
Los bulos, las mentiras malintencionadas, inventadas para perjudicar, son casi tan antiguos como el lenguaje humano. A lo largo de la Historia tenemos innumerables ejemplos. Cada vez que moría un rey o un príncipe había alguien que decía que lo habían envenenado.
Cuando nació el segundo hijo de Isabel II, un infante robusto que, sin embargo, murió enseguida -como era normal en la Familia Real española durante siglos, debido a la consanguinidad- corrió el absurdo rumor de que lo había asesinado en la misma cámara real el duque de Montpensier, casado con la hermana de Isabel II, que resultaba antipático a la opinión pública porque era francés.
A veces los bulos se han convertido en auténticos mitos literarios. Alejandro Dumas, el novelista más popular del siglo XIX por haber escrito Los Tres Mosqueteros, tenía mucha presión del público para escribir secuelas de los Mosqueteros.
En el tercer libro de la serie, El Vizconde de la Bragelonne, tomó el caso de un prisionero misterioso que hubo en la Bastilla, que ya había fascinado a Voltaire, y lo convirtió en un hermano gemelo de Luís XIV, cuya identidad se ocultaba con Máscara de Hierro para evitar conflictos dinásticos. La invención de Dumas tendría un éxito inmenso y ha dado lugar a muchas películas.
En la Historia de España reciente, en el tormentoso siglo XIX, se disparó un bulo de gravísimas consecuencias, el del envenenamiento del agua de Madrid por los frailes.
Vamos a rememorarlo porque resulta un arquetipo de bulo perverso, por lo absurdo y por lo dañino, y además se puede ver como un nexo que atraviesa los siglos para emparentarse con bulos antiguos y modernos.
Al iniciarse el año 1834 la situación general resultaba angustiosa en la capital de España. Fernando VII, que había gobernado como rey absoluto, manteniendo el orden con el principio de «palo a la burra negra, palo a la burra blanca», falleció en 1833, dejando en el trono como heredera a su hija Isabel II, puesto que no tenía hijos varones.
Esto había provocado la rebelión del hermano del rey, don Carlos María Isidro, que esperaba recibir la corona en aplicación de la Ley Sálica, regla dinástica francesa que impide reinar a las mujeres, que había estado durante algún tiempo en vigor con la dinastía borbónica.
Miniatura de las Crónicas de St. Denis en la que el rey de los francos dicta la Ley Sálica.
Inmediatamente, las dos Españas optaron por uno u otra. La burguesía, la inteligencia y el ejército, los sectores liberales, modernizadores, que incluían a muchos exilados políticos regresados, apoyados por Francia y por Inglaterra, se declararon partidarios de la reina-niña, isabelinos a muerte.
La España tradicional, campesina, la baja Iglesia y las órdenes religiosas, con el apoyo del Papado y de Austria, se proclamaron carlistas y se levantaron en armas, formando «partidas», es decir, en guerra de guerrillas como la que le hicieron a Napoleón. Lo que siguió fueron las tres guerras civiles o guerras carlistas, que arrasaron a España durante el siglo XIX.
A la vez que estallaba el conflicto llegó a España una pandemia de cólera que se había iniciado en la India en 1833.
Precisamente los movimientos de fuerzas militares que se enfrentaban por distintas partes de España a los carlistas sirvieron de vehículo a la infección, que llegó a Madrid en junio de 1834. Aunque el gobierno del liberal Martínez de la Rosa negó que hubiese una epidemia, la Familia Real y las autoridades abandonaron Madrid a toda prisa y se refugiaron en la Granja de San Ildefonso, en la Sierra segoviana.
La sensación de abandono que sintieron los madrileños encendió los ánimos y la capital, con 500 muertes de cólera diarias, se convirtió en una caldera a punto de estallar.
Coincidiendo con el pico de la pandemia y con los calores veraniegos, el 15 de julio llegó la noticia del fracaso del ejército isabelino en el Norte. Don Carlos había entrado en España y los carlistas avanzaban hacia Madrid.
Y comenzaron los bulos. Primero se dijo que el origen del cólera estaba en las aguas de las fuentes públicas, de las que dependía el suministro de la población.
Esto tenía un viso de verdad; en Londres, por ejemplo, se había demostrado que una fuente de agua contaminada había provocado una epidemia, aunque en el caso de Madrid habían sido nuestros soldados quienes trajeron la bacteria de Portugal y Andalucía.
Pero una explicación científica no era del agrado de los que propagaban los bulos. ¡El agua había sido envenenada! ¿Y quién podía estar detrás de algo así, más que los frailes, auténtica quinta columna de los carlistas que avanzaban sobre Madrid?
La chispa que provocó el incendio saltó al mediodía del 17 de julio, en la Puerta del Sol, por la diablura de un chiquillo que echó un puñado de tierra en la cuba de agua de un aguador. Pululaban por las grandes ciudades de la época bandas de golfos callejeros, mendigando, robando o haciendo el gamberro.
Una de sus maldades favoritas era echarle tierra al agua que los aguadores llevaban a las casas. Lo hacían sin más beneficio que el placer del mal, aunque si los pillaba el aguador les daba una paliza memorable, pero en este caso alguien gritó: «¡A ese! ¡Que lo mandan los frailes para envenenar el agua!».
El bulo estaba lanzado, y una masa se echó sobre el crío, lo cosió a puñaladas y arrastró el cadáver por la Calle Mayor. Pero otro contribuyente a la teoría conspiranoica dijo que un cómplice se había escapado y se había refugiado en el Colegio de San Isidro, regentado por los jesuitas. El populacho, que ya había gustado la sangre, asaltó entonces San Isidro y asesinó a 17 jesuitas.
Horrible matanza de los jesuitas en la iglesia de San Isidro de Madrid, litografía de Carlos Múgica
A continuación fueron al Convento de Santo Tomás, popularmente conocido como los Dominicos de Atocha, donde mataron a siete frailes y realizaron actos sacrílegos, disfrazándose con los ropajes litúrgicos para realizar danzas obscenas. A las nueve de la noche le tocó el turno a San Francisco el Grande, donde hubo una auténtica masacre, porque asesinaron a 43 franciscanos.
Y todavía a las once de la noche fueron al Convento de San José, en la plaza de Tirso de Molina, donde mataron a diez religiosos mercedarios.
No era simplemente lumpen y sub-proletariado quienes perpetraron las matanzas, porque según todos los testimonios participaron numerosos miembros de la Milicia Nacional, un cuerpo armado ciudadano que había sido creado por las Cortes de Cádiz para defender el orden y enfrentarse a la reacción, a imitación de la Guardia Nacional de París, que tan importante papel tuvo en la Revolución Francesa.
Incluso participaron soldados de la Guardia Real, por todo lo cual, dos días después sería encarcelado el capitán general de Madrid, Martínez de San Martín, por no haber hecho nada para impedir las matanzas.
Aquella fue la primera vez que se produjo en España una masacre de religiosos. La Iglesia había sido intocable durante todo el Antiguo Régimen, no porque tuviese protección de la autoridad, sino por su propio poder sobre las conciencias de la gente.
Tuvo que venir la Revolución Francesa para que una población católica asaltase las iglesias y conventos y le ajustase las cuentas a curas y monjas.
Un siglo después del bulo del envenenamiento del agua, la mentira se reprodujo casi exactamente igual, también en Madrid. Era el mes de mayo de 1936, vísperas de la Guerra Civil que estallaría el 18 de julio. Unos barrenderos dijeron que habían visto a señoras de Acción Católica y religiosas repartiendo caramelos envenenados a los niños.
¿Cómo sabían los barrenderos que los caramelos estaban envenenados? No lo sabían ni les importaba, un bulo cuanto más inverosímil y ridículo sea, mejor se expande.
El 4 de mayo las turbas comenzaron a «hacer justicia», incendiando centros religiosos como la iglesia de Tetuán de las Victorias, o los colegios de los Salesianos, el Pilar, las Descalzas o los Paules, y a linchar a las supuestas “culpables”. Fueron hospitalizadas 48 víctimas de la ira popular, aunque milagrosamente no hubo muertos.
Esta anomalía se repararía al estallar la Guerra Civil, durante la cual la persecución religiosa se haría general en la España republicana, donde murieron asesinados 6.000 sacerdotes, frailes, seminaristas y religiosas. Pero esa es otra historia.
The Conversation(F.J.E.Ruiz) — El momento de la muerte ha sido siempre un misterio. Aunque no podemos conocer con exactitud qué ocurre en ese instante, la ciencia ha comenzado a desvelar algunos detalles sobre lo que sucede en nuestro cerebro durante los últimos momentos de vida.
– Actividad cerebral
Al contrario de lo que se pensaba, el cerebro no se apaga de inmediato cuando el corazón deja de latir. Allá por 2013, un estudio realizado con ratas de laboratorio mostró que sus cerebros experimentaban un aumento de actividad tras sufrir un paro cardíaco.
Más recientemente, un grupo de científicos ha registrado la actividad cerebral de una persona en el momento de morir. Observaron que en los 30 segundos posteriores al último latido del corazón se producía un aumento de cierto tipo de ondas cerebrales llamadas oscilaciones gamma.
Las ondas gamma están asociadas a funciones cognitivas sofisticadas como soñar, meditar, concentrarse, recuperar recuerdos y procesar información. Los resultados que obtuvieron sugieren que nuestro cerebro podría permanecer activo y coordinado en la transición a la muerte.
– Experiencias cercanas a la muerte
Muchas personas que han estado al borde de la muerte y han sido reanimadas aseguran haber experimentado vivencias similares, lo que se conoce como “experiencias cercanas a la muerte” (ECM). Un estudio reciente encontró que hasta un 20 % de quienes sobreviven a un paro cardíaco experimentan algún tipo de ECM.
Entre las ECM más comunes se encuentran la sensación de separarse del cuerpo físico, ver una luz brillante al final de un túnel, sentimientos de paz y tranquilidad, encuentros con seres queridos fallecidos y la revisión de momentos importantes de la vida.
Los científicos creen que estas vivencias podrían ser producto de la actividad cerebral en los momentos finales: la falta de oxígeno y los cambios químicos en el cerebro podrían explicar muchas de ellas.
Los hallazgos sobre la actividad de las ondas gamma en el cerebro justo antes de la muerte podrían ser clave para entender las ECM. Las oscilaciones gamma, vinculadas a la conciencia y la recuperación de recuerdos, podrían estar involucradas en la generación de las sensaciones que tuvieron los supervivientes a un paro cardíaco, como el repaso de momentos importantes de la vida o la percepción de paz y tranquilidad.
Esto sugiere que las ECM no son solo fenómenos subjetivos, sino que podrían explicarse por lo que ocurre biológicamente en nuestro cerebro en esos precisos momentos.
– La corteza somatosensorial
Para averiguarlo, un estudio llevado a cabo en la Universidad de Míchigan (EE. UU.) registró la actividad cerebral de cuatro pacientes en el momento de su muerte.
Detectaron que en dos de ellos, justo después de retirarles el soporte vital, aumentó el número de latidos del corazón por minuto y se incrementó la actividad de las ondas gamma en una zona específica del cerebro: la corteza somatosensorial.
Esta área, llamada “zona caliente de los correlatos neuronales de la conciencia”, se encuentra en el inicio de la parte posterior del cerebro y se ha relacionado con los sueños, las alucinaciones visuales y los estados alterados de conciencia.
Los hallazgos sugieren que el cerebro podría estar reproduciendo un último “recuerdo de la vida” justo antes de fallecer.
O sea, algo similar a lo que cuentan quienes viven experiencias cercanas a la muerte.
– ¿Sentimos dolor al morir?
Según los expertos, es poco probable que sintamos dolor en el momento de morir. Esto se debe a varios factores fisiológicos y neurológicos que ocurren en las etapas finales de la vida.
Las investigaciones lo ratifican. Específicamente, un estudio que, aunque no aborda directamente el proceso de la muerte, ofrece información sobre cómo el sistema nervioso procesa el dolor y cómo ciertos cambios fisiológicos pueden alterar esta experiencia.
En primer lugar, nuestro cerebro libera sustancias químicas que nos ayudan a sentirnos en paz. Entre ellas se encuentran la noradrenalina y la serotonina, moléculas son hormonas y neurotransmisores. Cuando son liberadas por el cerebro pueden evocar emociones positivas y alucinaciones, reducir la percepción del dolor y promover la sensación de calma y tranquilidad.
Además, cuando se acerca la muerte, las personas suelen ser muy poco sensibles. Esto se debe a que el cuerpo comienza a apagarse gradualmente y, con ello, la capacidad de sentir dolor disminuye. Los sentidos se van perdiendo, y parece ser que en un orden específico: primero el hambre y la sed, y a continuación, el habla y la visión. El tacto y la audición son los últimos en desaparecer, lo que podría explicar por qué muchas personas pueden escuchar y sentir a sus seres queridos en sus momentos finales, incluso cuando parecen estar inconscientes.
– Morir con dignidad
Más allá del interés científico, estos descubrimientos tienen importantes implicaciones éticas y médicas.
Comprender mejor qué ocurre en el cerebro en los últimos momentos de la vida podría ayudar a mejorar los cuidados paliativos, asegurando que el proceso sea más tranquilo y digno.
Además, los hallazgos que hemos presentado plantean preguntas fundamentales sobre cómo definir el momento exacto de la muerte, un tema crucial en decisiones relacionadas con el soporte vital y la donación de órganos.
Todos estos estudios, aunque preliminares, ofrecen una interesante perspectiva sobre lo que podemos sentir al final de la vida y nos recuerda la asombrosa capacidad del cerebro humano. Aún queda mucho por descubrir.
Quizás la lección más importante que podemos aprender es la de valorar cada momento, ya que nunca sabemos cuándo nos llegará la hora de irnos. Y tal vez, justo ahí, nos regalemos un viaje a través de nuestros recuerdos.
MEER(L.Díaz) — Cuando era niña, recuerdo una noche en la que mi familia decidió compartir historias sobre los mitos y leyendas que conocían. Era una de esas noches en las que las conversaciones fluían con facilidad y, mientras nos sentábamos alrededor de la mesa, alguien mencionó a “La Llorona”.
Nunca había oído hablar de ella antes, pero la forma en que mis padres y abuelos contaban la historia, con un tono grave y susurros, me dejó con un nudo en el estómago.
Esa primera experiencia con una leyenda urbana me marcó de una manera que no esperaba. Lo que comenzó como un simple relato contado en el calor del hogar se transformó en una fascinación por entender cómo estas historias pueden tener un poder tan profundo sobre nosotros.
. La leyenda que lo inició todo
Esa noche, mientras la luz de las velas proyectaba sombras en las paredes, mi abuela comenzó a narrar la historia de “La Llorona”.
Me habló de una mujer que, tras perder a sus hijos, vaga por la tierra llorando y buscando venganza.
La tristeza y el terror que envolvían su voz resonaron en mi mente mucho después de que terminara la historia.
Aun siendo solo una niña, comprendí que había algo en esa leyenda que iba más allá de la simple ficción.
Era como si, al contarla, mi familia estuviera conectando con algo antiguo y misterioso.
. ¿Por qué creemos en las leyendas urbanas?
A medida que crecí, me di cuenta de que no era la única que había sido profundamente afectada por una leyenda urbana.
Estas historias se cuentan en todo el mundo, adoptando diferentes formas y matices, pero con un denominador común: tienen un impacto poderoso en quienes las escuchan. Esto despertó en mí la curiosidad por entender por qué creemos en ellas.
Las leyendas urbanas, a menudo transmitidas de generación en generación, juegan con nuestros miedos más profundos.
Ya sea la oscuridad, lo desconocido, o la posibilidad de que lo sobrenatural exista, estas historias capturan nuestra imaginación y se quedan con nosotros.
Además, muchas veces están ligadas a lugares o situaciones cotidianas, lo que las hace aún más creíbles. Es fácil imaginar que algo así podría pasarle a cualquiera, en cualquier momento.
. La evolución de las leyendas urbanas
Lo que comenzó como historias contadas alrededor de una mesa o una fogata ha evolucionado con el tiempo. En la era digital, las leyendas urbanas han encontrado un nuevo hogar en Internet, donde se propagan con una rapidez asombrosa.
Desde foros hasta redes sociales, estas historias viajan más lejos y más rápido que nunca, adaptándose y transformándose en el proceso. Lo que hace unas décadas era solo un rumor local, ahora puede convertirse en un fenómeno global.
. El impacto duradero de las leyendas urbanas
Lo fascinante de las leyendas urbanas es cómo se arraigan en nuestra cultura, a veces incluso influenciando nuestras acciones y creencias.
A pesar de saber que muchas de ellas son ficticias, continúan afectando la manera en que vemos el mundo.
Quizás es el misterio de lo inexplicable lo que las hace tan poderosas.
Nos recuerdan que, por más que intentemos controlarlo todo, siempre habrá algo fuera de nuestro alcance, algo que escapa a la lógica y la razón.
Las leyendas urbanas son más que simples historias de miedo; son un reflejo de nuestros miedos, deseos y la naturaleza humana.
Aunque muchas de ellas puedan parecer absurdas, es innegable el poder que tienen sobre nosotros.
Escuchar la historia de “La Llorona” contada por mi familia cuando era niña me llevó a una fascinación que ha perdurado en el tiempo, y me ha hecho reflexionar sobre el impacto que estas leyendas tienen en nuestras vidas.
A veces, lo que más tememos no es lo que está frente a nosotros, sino lo que habita en la oscuridad de nuestra imaginación.
Psicología y Mente(J.Soriano) — ¿Alguna vez has sentido que las emociones simplemente desaparece, dejando un vacío donde antes coexistían la alegría, la tristeza o el entusiasmo? Esto es lo que se ha acuñado como anestesia emocional, un estado en el que una persona se siente desconectada de sus emociones y del mundo que la rodea.
Aunque puede parecer una forma de protegerse del sufrimiento, esta desconexión afecta la calidad de vida, las relaciones interpersonales y la capacidad de disfrutar de momentos significativos.
La anestesia emocional puede surgir como respuesta a eventos traumáticos, estrés prolongado o incluso como síntoma de trastornos psicológicos. Identificar este estado y entender sus causas es fundamental para abordar sus efectos y recuperar la plenitud.
En este artículo, explicaremos qué es la anestesia emocional, sus principales causas, cómo reconocerla y, lo más importante, las estrategias para gestionarla. Recuperar la conexión con las emociones es clave para vivir de forma auténtica y equilibrada.
– ¿Qué es la anestesia emocional?
La anestesia emocional es un estado psicológico caracterizado por la incapacidad o dificultad para experimentar emociones, ya sean positivas o negativas. Es como si la persona se sintiera “apagada” o desconectada de su mundo emocional, lo que puede afectar significativamente su vida personal, social y profesional.
Aunque puede parecer que la falta de emociones protege del sufrimiento, también priva a la persona de experimentar alegría, amor y conexión.
Este fenómeno a menudo se manifiesta como una respuesta adaptativa ante situaciones de estrés extremo, trauma o acumulación de emociones intensas. Cuando el cerebro percibe que lidiar con las emociones es demasiado abrumador, puede activar una especie de “mecanismo de apagado” para protegerse.
Sin embargo, esta desconexión emocional, que inicialmente parece una solución, se convierte en un problema cuando persiste en el tiempo.
La anestesia emocional puede expresarse de diferentes formas. Algunas personas sienten un vacío constante, mientras que otras describen su estado como una falta de entusiasmo por las cosas que antes disfrutaban.
Puede acompañarse de comportamientos como el aislamiento social, la incapacidad para empatizar con los demás o la dificultad para tomar decisiones que requieran una implicación emocional.
Un caso típico es el de alguien que, tras un evento traumático, como la pérdida de un ser querido, no logra llorar ni expresar tristeza, sintiéndose insensible. Aunque esto puede ser temporal, en algunos casos la anestesia emocional se cronifica, afectando relaciones y la calidad de vida en general.
Reconocer este estado es el primer paso para superarlo. Entender que la anestesia emocional no es “no sentir nada”, sino una forma de represión o desconexión emocional, es clave para iniciar un proceso de recuperación hacia una vida más plena y conectada.
– Causas de la anestesia emocional
La anestesia emocional no aparece de la nada; suele ser consecuencia de factores psicológicos, biológicos y ambientales que afectan la capacidad de una persona para procesar y expresar emociones. Identificar estas causas resulta fundamental para entender por qué se desarrolla este estado y cómo puede abordarse.
1. Exposición a eventos traumáticos
Una de las principales razones es la exposición a eventos traumáticos, como abusos, negligencia en la infancia, o experiencias de violencia. Estas situaciones llevan al cerebro a activar un mecanismo de defensa para protegerse del dolor emocional, generando una desconexión que se mantiene incluso cuando el peligro desaparece. Este tipo de respuesta se observa comúnmente en personas con trastorno de estrés postraumático (TEPT).
2. Estrés crónico
El estrés crónico es otro factor de riesgo relevante. Cuando se vive bajo una presión constante, el cuerpo y la mente pueden entrar en un estado de agotamiento emocional. Para evitar sentirse abrumada, la persona puede “apagar” sus emociones, como una especie de autoprotección frente al colapso.
3. Trastornos psicológicos
Los trastornos psicológicos, como la depresión o la ansiedad, también pueden contribuir. En estos casos, la anestesia emocional no solo es un síntoma, sino que agrava el malestar general, dificultando la recuperación.
4. Medicamentos o sustancias
En algunos casos, la desconexión emocional puede relacionarse también con el uso de medicamentos (como antidepresivos) o sustancias que afectan el sistema nervioso central y la consciencia. Si bien estas herramientas son útiles para manejar ciertas condiciones, incluso necesarias, también pueden reducir la intensidad de las emociones como efecto secundario.
5. Papel neurológico
Por último, el cerebro desempeña un papel crucial en este fenómeno. Regiones como la amígdala (responsable del procesamiento emocional) y la corteza prefrontal (relacionada con el control emocional) pueden alterar su funcionamiento tras experiencias traumáticas o estrés prolongado, contribuyendo a la anestesia emocional.
– Cómo identificar la anestesia emocional
Reconocer la anestesia emocional es un paso esencial para abordar este estado y recuperar la conexión con uno mismo. A menudo, las personas que la experimentan no se dan cuenta de su situación, ya que puede parecer una forma de “funcionamiento normal” tras haber enfrentado experiencias difíciles o un estrés prolongado.
Observar estos signos en uno mismo requiere autoconciencia. Si se identifican estas señales, es importante buscar ayuda profesional. Un psicólogo o terapeuta puede ofrecer herramientas para explorar las causas subyacentes y trabajar en la reconexión emocional. Tomar este primer paso es crucial para recuperar el equilibrio emocional y la calidad de vida.
1. Sentimiento de vacío o desconexión
Una de las señales más comunes es el sentimiento de vacío o desconexión. Las personas pueden describirlo como un estado de indiferencia ante situaciones que normalmente provocarían alegría, tristeza o enojo. Por ejemplo, no sentirse emocionado ante un logro importante o no experimentar tristeza tras una pérdida significativa.
2. Dificultad para expresar emociones
Otra señal clave es la dificultad para expresar emociones. Esto puede manifestarse en la incapacidad para llorar, incluso en momentos de dolor, o en la ausencia de entusiasmo por actividades que antes resultaban placenteras. A menudo, las personas con anestesia emocional sienten que sus emociones están “bloqueadas” o que viven en piloto automático.
3. Apatía generalizada
La apatía generalizada también es un síntoma frecuente. La falta de interés en las relaciones sociales, el trabajo o los pasatiempos puede ser indicativo de desconexión emocional. Esto no implica necesariamente tristeza o depresión, sino una sensación de indiferencia hacia el mundo.
– Cómo gestionar la anestesia emocional
La gestión de la anestesia emocional requiere un enfoque integral que combine estrategias prácticas con apoyo profesional. Reconectar con las emociones no sucede de la noche a la mañana, pero con paciencia y compromiso es posible recuperar la sensibilidad emocional y mejorar la calidad de vida.
1. Psicoterapia
La psicoterapia es una de las herramientas más efectivas para abordar la anestesia emocional. Métodos como la Terapia Cognitivo Conductual (TCC) ayudan a identificar y desafiar pensamientos que bloquean las emociones.
Por otro lado, enfoques como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) o la Terapia Gestalt se centran en explorar las emociones reprimidas y fomentar la aceptación de las mismas. Un profesional capacitado puede guiar el proceso, ofreciendo un espacio seguro para abordar las causas subyacentes y aprender a gestionar las emociones de manera saludable.
2. Mindfulness y meditación
El mindfulness, o atención plena, es una técnica poderosa para reconectar con el presente y las emociones. Al practicarlo regularmente, las personas pueden desarrollar una mayor conciencia de sus sensaciones internas, pensamientos y emociones. Ejercicios simples como concentrarse en la respiración o realizar escaneos corporales ayudan a reducir la desconexión emocional y fomentar la autocompasión.
3. Expresión emocional
Encontrar maneras de expresar emociones reprimidas es clave. Escribir en un diario, practicar arte, bailar o incluso hablar con alguien cercano son formas efectivas de liberar y procesar lo que se siente. Estas actividades no solo permiten explorar las emociones, sino también validar su existencia.
4. Cuidado personal
El bienestar físico está estrechamente vinculado con la salud emocional. Mantener hábitos saludables, como dormir lo suficiente, hacer ejercicio de forma regular y llevar una dieta equilibrada, contribuyen al equilibrio emocional. Llevar a cabo actividades como el yoga o caminar al aire libre pueden ser especialmente beneficiosas para reconectar mente y cuerpo.
5. Construir relaciones de apoyo
Las conexiones sociales son fundamentales para salir del aislamiento emocional. Hablar con amigos o familiares de confianza sobre lo que se siente (o no se siente) puede ser un paso significativo. Además, participar en grupos de apoyo puede proporcionar una red de comprensión y aliento.
JotDown(E.J.Rodríguez) — En los años ochenta fue muy célebre la imagen de Michael Jackson portando una cría de chimpancé en brazos. El simpático simio, llamado Bubbles, causaba sensación en sus apariciones públicas y se convirtió en una estrella por derecho propio. Su relación con el cantante era obviamente muy estrecha.
Bubbles era dependiente, dócil y afectuoso como es propio de todas las crías de chimpancé, que, en estado silvestre y mientras están en la infancia, jamás se separan de sus madres.
Las crías de chimpancé, sin embargo, crecen. Entre los seis y ocho años alcanzan la pubertad, época en que empiezan a despertar sus instintos selváticos. Bubbles empezó a dar muestras de estar volviéndose incontrolable, hasta el punto en que Michael Jackson se vio obligado a dejar su famosa mascota en un centro de acogida.
El albergue estaba repleto de chimpancés adolescentes y adultos procedentes del mundo del espectáculo o de los hogares de humanos caprichosos que, desde la ignorancia, habían pretendido adoptar un animal que, por decirlo en pocas palabras, no puede ser domesticado.
El concepto de que los chimpancés no sean domesticables puede resultar confuso para muchas personas, dado que estos simios parecen muchísimo más «humanos» que otros animales que sí son fáciles de domesticar, como los perros. En un amplio abanico de situaciones, pueden relacionarse con nosotros casi de tú a tú y con relativa «normalidad», siempre que estén habituados al contacto con humanos.
Los chimpancés no solo son nuestros parientes más cercanos (aunque, cabe aclarar, no son nuestros antecesores, sino más bien nuestros primos hermanos); además su especie es la más inteligente del reino animal después de la especie humana. Se estima que, al menos en cierto rango de tareas, un chimpancé adulto posee una inteligencia similar a la de un niño humano de tres o cuatro años de edad. Por supuesto, la inteligencia de un niño es muchísimo más flexible y polivalente.
Aun así, para un animal no humano, ese nivel de inteligencia es excepcional. Los chimpancés pueden aprender tareas sorprendentemente complejas, incluyendo la comunicación mediante signos. En comparación, los perros son intelectualmente muy limitados.
Los chimpancés albergan una rica vida interior y poseen una psique complicada que incluye una muy elaborada percepción de sí mismos y de los otros. Se ha demostrado que poseen una «teoría de la mente», la capacidad para reflexionar sobre el estado mental del prójimo, capacidad que hasta hace no tanto se pensaba exclusiva de los seres humanos.
Estos simios se nos parecen tanto que es fácil cometer el error de creer que, por lógica, deberían ser más aptos para la convivencia con humanos que otros animales. ¿Por qué no iban a ser los chimpancés perfectos compañeros de convivencia? Sin embargo, el que sean o no domesticables no depende de su gran inteligencia o de su estrecho parentesco con los humanos.
Lo realmente decisivo es que provienen de un tipo de sociedad muy distinta a la humana. La testaruda realidad demuestra que los perros, aunque no se nos parezcan, están hechos para convivir con nosotros, pero los chimpancés no.
En cautividad, los chimpancés pueden vivir hasta los sesenta años. Los seis o siete primeros corresponden a la infancia, que es cuando ingenuamente podríamos llegar a creer que resulta fácil domesticarlos. En algunos países es legal poseer chimpancés como mascotas. Hay personas que tienen crías en sus casas y les ponen pañales, les enseñan una rutina o los someten a cierta disciplina.
Los pequeños chimpancés, genéticamente dispuestos a depender por completo de sus madres durante años, no cuestionan nada de esto. Son incondicionalmente cariñosos y sumisos. Muchos «dueños» creen que sus chimpancés mantendrán ese adorable comportamiento cuando crezcan, pero están ignorando la verdadera naturaleza del animal.
Tan pronto alcanzan la pubertad, los chimpancés sufren una metamorfosis psicológica y conductual motivada por su herencia genética. Su instinto los empuja a prepararse para una vida adulta que comenzará entre los diez y trece años de edad. La intensidad del cambio de la adolescencia se manifiesta de manera especialmente severa en los machos.
En la naturaleza, los chimpancés necesitan de altos niveles de agresividad para sobrevivir y para abrirse camino en una sociedad muy competitiva y violenta. Por ello, un chimpancé que de pequeño fue dócil e inofensivo puede empezar a mostrarse agresivo por motivos que los humanos no siempre encontramos evidentes.
Las manifestaciones de agresividad varían de unos individuos a otros, pues son animales muy complejos que, al igual que los humanos, poseen personalidades muy distintivas. En ocasiones, sus conductas agresivas ni siquiera responden a resentimientos o enfados, sino que son simples intentos de demostrar su estatus social.
Incluso en individuos no muy agresivos, la adolescencia suele estar marcada por la desobediencia. Y la insumisión de un chimpancé es un problema mucho más serio que la insumisión de un perro. Si ya es difícil controlar a un perro de tamaño grande, pensemos que un chimpancé adulto posee una potencia física literalmente sobrehumana: sus brazos, por ejemplo, son entre tres y seis veces más fuertes que los de un humano adulto.
Dian Fossey
Sin armas, ni Mike Tyson, ni Conor McGregor, ni ninguna otra leyenda de la lucha tiene posibilidad alguna de ganarle una pelea a un chimpancé.
Incluso sus juegos dentro de una casa pueden destrozar muebles y enseres (y, por supuesto, podrá llegar el día en que se niegue a llevar pañales, lo cual solo empeora el cuadro).
Esta naturaleza insumisa y agresiva no es el producto de un carácter malevolente.
Al hablar de chimpancés y de animales en general, cabe deshacerse de reduccionismos antropomórficos.
Por ejemplo, con frecuencia se dice que los perros son «mejores» o «más nobles» que los humanos, cuando lo cierto es que les es difícil comportarse de otra manera porque han evolucionado para mostrar respeto y fidelidad a la jerarquía.
Del mismo modo, los chimpancés pueden ser agresivos no por decisión propia, sino por buenos motivos evolutivos. Para entenderlo, es útil compararlos con los gorilas.
En algunas películas de la saga El planeta de los simios vemos una sociedad tecnológica donde los gorilas ejercen como soldados y los chimpancés son los más pacíficos civiles.
Esta fantasía cinematográfica responde al aspecto mucho más temible de los gorilas, que son más grandes, más fuertes y más intimidantes que los chimpancés. No obstante, si existiese esa civilización formada por grandes simios, los papeles estarían invertidos: los gorilas serían los civiles pacíficos y los chimpancés ejercerían como soldados.
Los gorilas, también muy cercanos parientes nuestros, siempre tuvieron mala fama por culpa de sus rostros severos, su imponente tamaño, sus aparatosos gestos y sus impactantes rugidos. Los gorilas dan miedo incluso cuando realizan un gesto tan trivial como bostezar dejando asomar sus imponentes colmillos.
Fue la primatóloga Jane Goodall quien demostró que los gorilas, en realidad, no son particularmente violentos. Son animales fundamentalmente vegetarianos. No cazan, y las proteínas animales que consumen provienen sobre todo de insectos. Son casi tan inteligentes como los chimpancés, pero su psicología es muy distinta porque también es muy distinto su modo de vida.
Jane Goodallen su juventud
Los gorilas suelen conformar pequeños grupos dominados por un patriarca, el «espalda plateada», que protege y comanda una familia de hembras y jóvenes.
En esa sociedad gorila, los enfrentamientos violentos son poco habituales y se producen, sobre todo, cuando un macho intenta disputarle el territorio o las hembras al patriarca reinante.
Incluso en ese caso, el enfrentamiento físico suele estar precedido por una serie de avisos.
Los gorilas son conscientes del poder de sus semejantes y no les gusta pelear hasta las últimas consecuencias porque supone arriesgarse a recibir heridas graves.
Así que, cuando es posible, prefieren recurrir a la intimidación y solo llegan a la violencia directa cuando esa intimidación no ha funcionado.
A los patriarcas tampoco les gusta ver peleas entre los suyos, y a veces intervienen para detener conflictos entre otros miembros de su manada.
Es infrecuente que los gorilas ataquen a los humanos. Aunque no es imposible, y sucede. Como con cualquier animal grande, existe un peligro intrínseco y siempre hay que tener cuidado.
Quienes trabajan con gorilas silvestres señalan que, para que tenga lugar ese ataque, deben producirse unas circunstancias específicas. Por ejemplo, la mala suerte. Si un humano se encuentra se repente con un gorila que no lo ha oído venir, será atacado sin advertencia, porque a los gorilas no les gusta verse sorprendidos.
Algo parecido sucede cuando se sienten acorralados, o, de manera especial, cuando sienten que sus crías están siendo amenazadas: los furtivos que pretenden robar crías para venderlas son las principales víctimas humanas de los gorilas. En otros casos, y salvando el mencionado encuentro fortuito e indeseado por ambas partes, los gorilas tienen la costumbre de avisar antes de atacar.
Cuando un humano desconocido entra en el territorio de una manada, lo habitual es que el macho dominante salga al encuentro para desplegar un espectacular repertorio de advertencias: rugir, ponerse sobre dos patas, darse con los puños en el pecho, golpear el suelo para hacer ruido, arrancar ramas y lanzarlas por el aire, correr levantando polvareda, etc.
Estas advertencias son muy evidentes y van de menos a más. Solamente si el humano es lo bastante insensato como para ignorarlas, el gorila se decidirá a lanzar un ataque que normalmente será rápido y no necesariamente tendrá la intención de matar.
Eso sí, dada su fuerza, uno solo de sus golpes puede provocar heridas muy graves (lo que menos se puede esperar son varias roturas de costillas y otros huesos).
Algunas personas han sobrevivido a estos ataques; teniendo en cuenta que un gorila es diez veces más fuerte que un varón humano adulto, esa supervivencia demuestra que el gorila pretendía ahuyentar al invasor y no matarlo, cosa que podría haber hecho en un par de segundos.
Goodall enseñó al mundo que, si se respetan los protocolos sociales de los gorilas y se les permite acostumbrarse a la presencia humana, son animales que no ejercerán la agresión sin motivo aparente. Los gorilas son peligrosos por su fuerza, pero previsibles.
Quienes trabajan con gorilas o los estudian en su hábitat conocen los signos que para un humano no significan nada, pero que un gorila a la defensiva puede interpretar como amenazas (por ejemplo, es mala idea mirarlos fijamente a los ojos, o mostrar los dientes).
Estos profesionales también saben que un gorila nervioso reducirá su agresividad si el humano adopta la correcta postura de sumisión. El sentido común, unido al conocimiento de la psicología del gorila, sirve para prevenir eventos desagradables.
Los gorilas pueden mostrarse incluso protectores con ciertos seres humanos. Es famoso el caso de un niño que cayó en el foso de los gorilas de un zoológico estadounidense en el año 2016. Un macho adulto llamado Harambe, alarmado por los gritos de la gente, decidió proteger al niño.
Su conducta era de aparente brusquedad a ojos humanos, sobre todo cuando corría arrastrando al niño tras de sí, cosa que hacía porque un gorila no puede correr a dos patas llevando al niño en brazos. Lo cierto es que Harambe no trató al niño como a un invasor, sino como a una cría necesitada de ayuda, y no pretendía más que poner a salvo al pequeño humano. Si hubiese querido matar al niño, lo hubiese hecho.
El asunto terminó cuando la policía mató a disparos a Harembe porque, aun a sabiendas de que su conducta era protectora, un niño no es tan resistente a los movimientos bruscos como lo es una cría de gorila (por suerte, el niño salió del incidente solo con algunas heridas menores).
No se trata de «humanizar» la conducta de Harambe, sino sencillamente de juzgarlo por su propia psicología; el pobre gorila trató al niño como hubiese tratado a una de sus propias crías, pero desconocía que una cría humana es mucho más frágil que una de las suyas propias.
Este incidente ilustra que, incluso cuando las cosas acaban mal, la conducta de los gorilas suele seguir unos patrones previsibles. Hablábamos de quienes trabajan con simios salvajes; pues bien, todos ellos prefieren un encuentro con gorilas, esos gigantes vegetarianos y contemplativos, que con chimpancés.
Casi nada de lo aquí dicho sobre los gorilas se aplica a los chimpancés. Para empezar, los chimpancés son omnívoros. Consumen gran cantidad de hojas que son la base de su dieta, pero también les gusta la carne y, al igual que los humanos, han evolucionado para cazar en grupo.
Sus presas predilectas son monos arborícolas a los que atrapan mediante complejas estrategias colectivas ejecutadas por los machos de la manada: unos chimpancés asustan a los monos para dirigirlos en una dirección concreta donde esperan otros chimpancés que han organizado una emboscada.
Es un fascinante ejemplo de trabajo en equipo, unido a la capacidad de estos simios para comunicarse entre sí mediante gestos. Sin embargo, la sociedad chimpancé es mucho más competitiva y caótica que la de los gorilas. Los chimpancés salvajes son cariñosos, tienen una rica vida afectiva y ciertamente poseen empatía, pero viven bajo el efecto de un constante estrés social.
Son, como los humanos, propensos a las neurosis y las frustraciones. Entre los gorilas, un patriarca puede ser desafiado por otro macho y ahí acaba el tumulto porque, resuelto el conflicto, la manada se dedicará a la vida contemplativa.
Pero los chimpancés viven en manadas más numerosas y sienten la constante necesidad de mantener o mejorar su estatus; por ello, y con frecuencia diaria, recurren a amenazas, agresiones e incluso actos de crueldad deliberada.
La agresión de los gorilas es previsible y proporcional, siguiendo patrones relativamente comprensibles para nuestra mirada humana, porque es una agresión cuyo propósito es la autodefensa y la defensa del territorio, de las hembras y de las crías. Por el contrario, la agresión de los chimpancés responde a complicados resortes sociales no siempre obvios para el observador humano.
La agresión del chimpancé puede parecer caprichosa y desproporcionada. Y esto no es todo. Los chimpancés no solo matan, sino que se ensañan con sus víctimas: atacan los ojos, los genitales, etc. Esto, cabe insistir, no significa que los chimpancés sean «malvados», pero se aleja de su idealización pueril como «personitas».
Sí, se parecen mucho a nosotros, más que ninguna otra criatura de nuestro planeta. Y sí, son encantadores: ¿a quién no le enternece ver vídeos de chimpancés? Pero tenemos que recordar que ellos no son como nosotros.
Es verdad que existen algunos humanos capaces de cometer actos tan sanguinarios como los de un chimpancé, pero a estos humanos los consideramos una excepción, una aberración dentro de los parámetros de nuestra sociedad. Salvando esas excepciones, los humanos no somos tan violentos.
Por el contrario, los chimpancés que se comportan de manera sanguinaria no constituyen una aberración entre los suyos. Su conducta es producto de la evolución, sumada a la influencia de sus propias biografías. Pero si los chimpancés son distintos a nosotros incluso en el uso de la violencia, están en su derecho de serlo.
Somos nosotros quienes hemos ido a buscarlos a su hábitat, no a la inversa. De hecho, los chimpancés salvajes suelen evitar a los humanos. El problema con el que se encuentran los mal informados adoptantes de chimpancés consiste en descubrir que no los podrán domesticar porque lo que tienen en sus casas es, básicamente, un pedazo de la selva.
El que los chimpancés no sean domesticables no los convierte en una rareza. Muy pocas especies animales son domesticables. A lo largo de nuestra existencia como humanos hemos domesticado a un muy reducido número de criaturas, mientras que la mayoría se han resistido. Las especies domesticables deben cumplir una serie de condiciones.
Deben ser sociales en origen, pero no cualquier sociedad animal predispone a la domesticación: es importante que en sus manadas primen la obediencia y el respeto a la jerarquía. El perro, que proviene del lobo, ha sido fácil de domesticar porque los lobos tienen una tendencia natural a respetar al líder de la manada, grupo social mucho más estable que el de los chimpancés.
Los actos violentos del perro, como los del gorila, suelen seguir una lógica que los humanos encontramos comprensible. Un perro ve al humano como líder de su «manada» y esto hace que, por su historia evolutiva, le resulte muy difícil comportarse de otra manera.
Es extremadamente raro, aunque en ningún modo imposible, que un perro ataque a quienes considera de su familia, y para que eso suceda suele precisarse la intervención de un factor anómalo, como una enfermedad que afecte a su conducta.
Además, a los millones de años de selección natural del lobo hay que sumar los miles de años de selección artificial del perro: los humanos hemos favorecido la reproducción de los perros más obedientes y dóciles frente a la de aquellos más violentos e indómitos.
Una consecuencia de esto es que los perros domésticos parecen ser menos inteligentes que los lobos, pero son más capaces de prestar atención a lo que hacemos los humanos. Los lobos no nos conocen ni nos comprenden, pero a los perros los hemos adaptado a nosotros y nuestras necesidades.
No todas las especies sociales y jerárquicas son domesticables.
Pese a lo que parece indicar el sentido común, la semejanza entre dos animales no indica que sean igualmente aptos para ser nuestros obedientes compañeros.
Por ejemplo, hemos domesticado con mucho éxito los caballos y los burros, pero no hemos podido hacerlo con las cebras, demasiado indómitas y agresivas.
¿Por qué unas especies sí son domesticables y otras muy parecidas no lo son?
Además del funcionamiento de sus respectivas jerarquías naturales, hay otros factores que entran en juego: cómo manejan las situaciones de miedo y estrés, para qué usan su agresividad, etc. Hasta existe un caso particular de animal no muy social que se ha adaptado perfectamente a nosotros: el gato.
Se cree que los gatos se domesticaron a sí mismos integrándose por voluntad propia en comunidades humanas de África, donde buscaban alimento y refugio. El pequeño tamaño de los gatos no los convertía en una amenaza, así que los humanos toleraron su presencia y pronto descubrieron las ventajas de aquella espontánea compañía felina.
En especial, era beneficiosa la habilidad de los gatos para cazar alimañas, cosa muy apreciada en comunidades agrícolas. Los gatos ni se parecen a nosotros ni proceden de una sociedad jerárquica como la de los perros; eso hace que, como sabe cualquier propietario de gatos, no sean muy obedientes ni estén dispuestos a trabajar para nosotros.
Pero su conducta hacia los humanos es muy tranquila. Los gatos, entre otras cosas, nos temen por nuestro mayor tamaño y saben que no sería buena idea hacernos enfadar.
Los chimpancés «domésticos» no nos temen. Y con razón. Si se lo proponen, pueden matar con facilidad a cualquier persona. Los únicos chimpancés que nos tienen miedo son los silvestres que no tienen experiencia tratando con nosotros.
Los chimpancés silvestres ven que los humanos somos más altos que ellos, así que también nos imaginan más fuertes y evitan toparse con nosotros del mismo modo que evitan toparse con leones o leopardos. Lo peor que puede pasar es que ejemplares salvajes descubran que, pese a nuestra estatura, no somos rivales para ellos.
Esta circunstancia solo se produce cuando se ven forzados a vivir cerca de los humanos, situación que, de ser por ellos, nunca se produciría.
En muchas regiones de África, los pobladores humanos apenas tienen problemas con los chimpancés porque estos animales evitan activamente el contacto. Por desgracia, cuando la deforestación deja a los chimpancés sin hogar, estos empiezan a dejarse ver y terminan deduciendo que los humanos no son tan temibles como sugiere su estatura.
El mejor ejemplo es lo que está sucediendo en zonas rurales de Uganda. La población humana se ha instalado en territorios que hasta hace muy poco eran selva, pero que ahora son tierras de cultivo. Los chimpancés han perdido sus zonas de caza y se ven obligados a subsistir en diminutos parches de bosque que aún quedan junto a las nuevas plantaciones y poblados.
Esta cercanía a los humanos ha ayudado a que los chimpancés descubran que sus nuevos vecinos son vulnerables y, por lo tanto, potenciales presas. Y esta es una muy mala noticia para los agricultores: el chimpancé es un simio cazador de monos, así que un humano vulnerable se convierte, a sus ojos, en un mono comestible más.
En su ansia cazadora, los chimpancés de estas zonas deforestadas han llegado a atacar a niños. Los aterrorizados agricultores, que se habían instalado en esas regiones buscando una vida mejor, construyeron vallas que se terminaron demostrando inútiles ante la fuerza y agilidad de estos simios. Muchos colonos han terminado huyendo porque, aunque eso los devuelve a una situación económica precaria, se han dado cuenta de que los chimpancés cazadores son imposibles de controlar.
Y no solo los humanos pueden ser víctimas; se han documentado ataques colectivos de chimpancés contra gorilas. Los chimpancés saben que, cara a cara, un gorila adulto los puede matar en un segundo, pero una vez aprenden qué individuos (crías, jóvenes, enfermos) son vulnerables a los ataques en grupo, no desaprovecha la oportunidad de cazarlos.
Así, los chimpancés que viven con humanos tienen una psicología sumamente compleja repleta de resortes que escapan a nuestra «teoría de la mente». Es decir, nos es muy difícil interpretar lo que pasa por sus cabezas. Los chimpancés se comunican profusamente entre ellos; normalmente, y salvo en caso de alarma, lo hacen en silencio, mediante gestos que han desarrollado de manera natural.
Travis y Sandy Herold.
Pero no son capaces de hablar con nosotros y su estado mental es fuente de posibles sorpresas que, en ocasiones, son muy desagradables.
En Estados Unidos se hizo célebre el caso de Travis, un chimpancé macho de trece años —esto es, recién empezada su vida como adulto joven— que vivía como mascota en casa de una mujer llamada Sandra Herold.
Travis había crecido entre humanos desde su nacimiento y parecía totalmente adaptado a la vida en una casa.
Dormía con Sandra, comía en la mesa y se divertía realizando diversas tareas domésticas, desde regar las plantas hasta dar de comer a unos caballos.
Veía partidos de béisbol en televisión y había llegado a aprender intuitivamente el horario del camión que llegaba al barrio para repartir su postre favorito, el helado. Había ejercido como «actor» en anuncios y como invitado en programas televisivos. Su relación con la gente de la localidad era, por lo general, afectuosa.
Sandra Herold conducía una grúa para retirar vehículos; cuando iba acompañada de Travis, los lugareños saludaban al chimpancé y contemplaban divertidos cómo este devolvía el saludo. Así, la mayor parte del tiempo, Travis parecía una «personita» más.
Travis, sin embargo, no era tan feliz como aparentaba. Los chimpancés necesitan constante estimulación intelectual y física. Genéticamente preparados para altos niveles de estrés, se aburren con facilidad en torno a los humanos, y no siempre consiguen gestionar las emociones negativas que se derivan de sus carencias y frustraciones.
A esto hay que sumar que sus necesidades dietéticas son difíciles de satisfacer (las verduras de consumo humano no son suficientes), y que cualquier enfermedad puede empeorar su estado anímico.
Travis padecía problemas psicológicos desde el comienzo de su adolescencia: al despertar de su naturaleza selvática se había sumado la enfermedad de Lyme, causada por una pulga, que cuenta entre sus síntomas la confusión mental y elevados niveles de ansiedad. Travis, de hecho, estaba siendo tratado con benzodiacepinas.
Con la pubertad había llegado el primer incidente. En una ocasión, viajando en el coche de Sandra, un desaprensivo tiró un objeto hacia la ventanilla semiabierta junto a la que se sentaba Travis. El objeto pasó por la ventanilla y le golpeó. Los chimpancés son extremadamente inteligentes y no solamente reconocen una intención agresiva, sino que, dado su instintiva tendencia a defender el estatus social, se la toman como algo personal.
Siempre se dice que los elefantes nunca olvidan a la persona que los ha maltratado; esto es muy cierto en el caso de los chimpancés, capaces de guardar rencor —y también un profundo cariño— a personas a las que no han visto durante años. Para vengarse del lanzamiento del objeto, Travis se quitó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y salió en persecución del agresor, aunque no consiguió alcanzarlo porque este había tenido la buena idea de huir al instante.
Así que Travis quedó en mitad de la calle, alterado y buscando venganza, cuando se presentó la policía. Aunque desde bebé conocía a los policías del pueblo, hizo conato de atacarlos. Su dueña lo pudo tranquilizar, pero los policías le aconsejaron que se deshiciera del chimpancé llevándolo a algún centro de conservación.
Por desgracia, la mujer hizo caso omiso. Varios años después se demostró que los policías habían aconsejado sensatamente. La causa visible del nuevo incidente fue un juguete, aunque es seguro que los problemas psicológicos de Travis empeoraron su reacción.
Los chimpancés, como los niños, tienen sus juguetes favoritos y pueden volverse posesivos con ellos. El juguete favorito de Travis era un peluche de Elmo, el personaje de los Muppets. Una amiga de Sandra Herold y visitante habitual de la casa, Charla Nash, tuvo la ocurrencia de agarrar el muñeco.
Sin mediar aviso, Travis se abalanzó sobre ella. Lo que siguió fue verdaderamente escalofriante. En la sanguinaria tradición de las peleas a muerte entre chimpancés, Travis arrancó los ojos y la mandíbula de la mujer, además de destrozarle las manos. Su dueña, Sandra, intentó detener el ataque apuñalando al chimpancé por la espalda con un cuchillo de cocina.
Travis «se giró y me miró como diciendo: mamá, ¿Qué has hecho?». El acuchillamiento incrementó su furia; no atacó a su «madre», pero siguió ensañándose con Charla.
Sandra llamó a emergencias diciendo «¡El chimpancé ha matado a mi amiga! ¡Se la está comiendo! ¡Le ha arrancado la cara!» mientras, en segundo plano, se oía al chimpancé gritando. Aun así, al operador de emergencias le costó casi un minuto creer que la histérica mujer no estaba intentando tomarle el pelo.
Por fin, la policía se presentó y mató al animal a tiros. Increíblemente, Charla Nash sobrevivió al violento ataque de Travis, aunque quedó ciega y muy desfigurada. Los médicos de emergencia que la atendieron nunca habían visto algo parecido y calificaron sus heridas como «horrendas». El oficial de policía que disparó y mató a Travis, llamado Frank Chiafari, conocía al chimpancé desde cría y el suceso lo conmocionó tanto que padeció una depresión como consecuencia.
Sandra Herold dijo después que, pese a los hechos, seguía pensando que «Travis es como mi hijo y no podría serlo más aunque le hubiese dado a luz yo misma», e insistió en que el ataque había sido «una anomalía». Es verdad que Travis era un chimpancé adulto sometido al estrés de una enfermedad y a los efectos de varias medicaciones, pero no es menos cierto que este tipo de ataque hiperviolento se observa también entre chimpancés salvajes.
El de Travis fue quizá un caso extremo, pero no único. Es peligroso acercarse a un chimpancé que está en una jaula y no son pocas las personas que, confiadas, han sido atacadas en zoológicos o centros de investigación, donde los chimpancés llegan a arrancar dedos a través de los barrotes.
Como decíamos antes, lo preocupante es cuando aprenden que son mucho más fuertes que los humanos: dada su inteligencia, ni siquiera necesitan pelear con nosotros para aprenderlo. Les basta con observarnos.
El chimpancé es, pues, el más violento de los grandes simios, mucho más agresivo que los seres humanos. Si tenemos en cuenta nuestra historia cazadora similar a la del chimpancé, somos muy poco agresivos, quizá porque nuestras sociedades han sido mucho más estables. Pero los chimpancés no son así porque lo han decidido.
Es su naturaleza y difícilmente podremos cambiarlos. Una selección artificial que los haga más dóciles parece inviable: viven demasiado tiempo y se reproducen demasiado poco como para planificar, mediante el apareamiento de individuos escogidos, cambios generacionales que se manifiesten a medio plazo.
Intentar hacer con ellos lo mismo que hicimos con los lobos es nadar contra la corriente. El primer problema es que los humanos hemos sido intrusos en el hábitat de los chimpancés, los hemos extraído de él, y hemos intentado adaptarlos a nuestros caprichos. El segundo problema es que esperamos que se comporten como lo que no son.
Y el tercer problema es que durante sus primeros años sí se comportan como nosotros deseamos, mostrándose dóciles y dependientes, y además siendo encantadores. Las redes sociales —Instagram, etc.—, unidas al evidente encanto e inteligencia de estos fascinantes parientes nuestros, han promovido las adopciones de chimpancés como mascotas allá donde esta práctica todavía es legal.
Pero cabe reflexionar sobre si un hogar humano puede cubrir las verdaderas necesidades de estos complejos simios, y sobre la irresponsabilidad de hacerlos crecer en un entorno que quizá los rechace en cuanto abandonen la infancia.
Pero los chimpancés criados entre humanos no pueden retornar a la selva, pues no han podido aprender a relacionarse con sus parientes salvajes que los matarían en minutos, y terminan —en el mejor de los casos— en instituciones dedicadas a recoger a aquellos individuos que ya no son manejables y cuyos «dueños» han descubierto que no son realmente domesticables.
Individuos que, no lo olvidemos, han sido abandonados por humanos a quienes amaban como su familia. Los chimpancés pueden ser indómitos y agresivos, pero no son malvados o insensibles, y parecen sufrir la pérdida y la separación de manera no muy distinta a como los sufrimos nosotros.
Qué mejor manera de respetarlos que dejarlos vivir en su hábitat y bajo sus propias reglas.
abc(M.P.Villatoro) — Se llamaba Nina Petrova y, según la Unión Soviética, segó la vida de 122 soldados germanos, aunque algunas fuentes se limitan a atribuirle un centenar.
Para su desgracia, no pudo disfrutar de las mieles del éxito tras la Segunda Guerra Mundial, pues murió en extrañas circunstancias mientras viajaba en un automóvil ZIS-5 que cayó por un barranco durante 1945.
colmo, su avanzada edad provocó que el aparato de propaganda de Iósif Stalin escondiera su historia durante la contienda. Así lo corrobora el autor John Walter en ‘Snipers at War: An Equipment and Operations History’, donde especifica que el gobierno de la URSS prefería popularizar la imagen de guerreras con veinte primaveras en lugar de favorecer a las más veteranas.
Según explica Walter en su obra, Petrova nació en la ciudad de Oranienbaum, hoy Lomonosov, el 27 de julio de 1893. Poco después se trasladó hasta Leningrado, donde sufrió un duro golpe familiar. «Su padre murió, dejando a su madre al cargo de cinco hijos», añade.
La falta de dinero de la familia de Nina hizo que la pequeña tuviera que cuidar de sus hermanos desde su misma infancia. Tras graduarse en la escuela se mudó a Vladivostok, donde trabajó como mecanógrafa en el astillero de Revel, como bibliotecaria en Svistroje y como contable en Golov.
A la postre, nuestra protagonista tuvo una hija y regresó a Leningrado. Allí consiguió un empleo como instructora en la sociedad deportiva ‘Spartacus’.Noticia Relacionada
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Así lo afirma el mismo autor, quien señala además que era una gran deportista que amaba los paseos a caballo, los viajes en bicicleta, la natación, el baloncesto y el patinaje. Por entonces todavía no había disparado un arma. Pero eso se solucionó rápido. En los años treinta, poco antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial, puso a prueba su puntería.
La decisión no pudo ser más acertada ya que, en pocos meses, ganó varios premios de tiro –en uno de ellos le obsequiaron con un pequeño fusil de precisión– y recibió el distintivo ‘Listo para el trabajo y la defensa de la URSS’.
La excelente puntería de Nina atrajo a los oficiales del Ejército Rojo antes incluso de que Hitler iniciara la Operación Barbarroja y asolara con sus carros de combate las gélidas estepas rusas.
A estos no les debieron parecer poca cosa sus muchos premios, pues la convirtieron en instructora allá por 1936, año en que formó a un centenar de pupilos en el noble arte de destrozar las cabezas de los enemigos desde la distancia.
Tres años después demostró su valía cuando el camarada Stalin libraba su particular contienda contra Finlandia en la llamada Guerra de Invierno.
La misma en la que la ‘Muerte blanca’. el tirador de élite Simo Häyhä, sembró el caos entre las tropas rusas.
Cuando comenzó la Gran Guerra Patria, esta experta francotiradora no estaba obligada a servir en el ejército debido a su avanzada edad. Sin embargo, decidió unirse por propia voluntad a la 4ª División de la Milicia Popular, aunque solo le permitieron hacer las veces de enfermera.
Un año después, sin embargo, la situación era diferente: la escasez de soldados capaces de enfrentarse a los nazis hizo que Nina se uniera a las filas del 284º Regimiento de Infantería como tiradora de élite. Con todo, y aunque estuviera en el frente de batalla, jamás dejó de entrenar a sus camaradas francotiradores.
De hecho, se le atribuye el adiestramiento de más de medio millar de soldados durante el conflicto.
– A combatir
Por si fuera poco, y según explica Michael Jones en su obra ‘Total War, From Stalingrad to Berlin’, se convirtió en la única mujer en combatir en el frente de Leningrado. Este autor rebaja considerablemente el número de soldados que Nina entrenó hasta los 150, pero, de igual modo, incide en que era una de los maestras de tiro mejor consideradas del Ejército Rojo.
Poco después dirigió incluso una unidad de mujeres francotiradoras asignada al 284º Regimiento de Fusileros –la que, a su vez, pertenecía a la 86ª División de Fusileros de la Unión Soviética– y se especializó en organizar los disparos de la artillería pesada.
El asedio de Leningrado supuso para Nina una verdadera recolección de medallas. Quizá porque le motivaba el odio hacia unos teutones que esperaban ansiosos que los habitantes de la ciudad murieran de hambre. Sin embargo, de la que más orgullosa estuvo fue de la ‘Orden de la Gloria’.
Tal fue su felicidad por obtenerla, que no dudó en escribir a su hija y a su nieta en 1944 para contarles la buena nueva: «Mi querida, querida hija. Estoy cansada de pelear. Ya es el cuarto año en el frente. Preferiría terminar esta maldita guerra y regresar a casa.
¡Quiero abrazarte y besar a mi querida nieta! Tal vez vivamos para ver este día feliz. Pronto recibiré la ‘Orden de la Gloria’ de Primer Grado y, así, esta abuela se convertirá en un ‘caballero’ hecho y derecho».Noticias relacionada.
Con todo, antes de recibir el premio tuvo que pasar un curioso examen debido a que uno de sus superiores no creyó que pudiera tener 50 años.
«El 14 de marzo de 1945, el general Fedyuninsky, comandante del 2º Ejército de Asalto, le otorgó a Petrova la Orden de Gloria en persona.
Mientras firmaba las listas de premios, se dio cuenta de lo que creía que debía ser un error: la sargento Nina Petrova, francotiradora, que iba a recibir la Orden de Gloria de Primera Clase, parecía tener cincuenta y dos años» , explica.
En palabras de la autora, el oficial convocó a su jefe de personal y le pidió conocer a esta guerra. «Petrova apareció con unos pantalones acolchados muy desgastados porque no tenía nada más que ponerse. Rechazó un caso de vodka, por lo que tomaron un café y hablaron sobre su vida y su carrera en el frente», añade la experta.
En lo que coinciden todas las fuentes es en que sorprendió tanto a Fedyuninsky que este le hizo un curioso presente: un fusil de francotirador nuevo y una mira telescópica.
A.C. y V. — El nombre no es muy común en nuestro país, pero poco a poco ha ido ganando algo de popularidad, ya que la media de edad de quienes lo poseen es tan solo de 3,9 años.
A la hora de seleccionar el nombre perfecto para un niño o una niña, numerosos padres dedican horas, días e incluso meses en la búsqueda de aquel que tenga un significado especial, resulte agradable al oído y, por supuesto, sea bonito. Ahora bien, ¿qué criterios determinan que un nombre sea considerado el más bello del mundo?
Un reciente estudio realizado por la marca de productos de bebé My First Years (de Reino Unido), y Bodo Winter, profesor asociado de Lingüística Cognitiva en la Universidad de Birmingham, ha determinado que Zayn es el nombre de niño más bonito del mundo.
Esta investigación, dirigida por el profesor de Lingüística Cognitiva Bodo Winter, tenía como objetivo descubrir qué nombres masculinos provocan mayores emociones positivas al ser pronunciados en voz alta. Zayn, nombre de origen árabe que significa «hermoso» o «bello», fue el que obtuvo la puntuación más alta en la evaluación de más de 100 nombres.
El análisis no solo se enfocó en la sonoridad, sino también en la estructura y estética de los nombres. Los resultados destacaron que la pronunciación de Zayn tiene una resonancia especial, lo que lo convierte en una opción atractiva a nivel global. Aunque la percepción de lo que hace bello un nombre puede variar según el contexto cultural, Zayn parece tener un atractivo que trasciende fronteras.
– Otros nombres destacados
Además de Zayn, otros nombres que sobresalieron en el estudio incluyen a Jesse, Charlie, Louie, William, Freddie y George. Estos nombres, aunque más comunes en las culturas anglosajonas, comparten la característica de generar respuestas emocionales positivas en quienes los pronuncian. La investigación sugiere que estos nombres son percibidos como agradables al oído por su estructura fonética.
A pesar de su creciente popularidad en todo el mundo, Zayn no es un nombre muy común en España. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en 2023 había 54 niños registrados con este nombre en el país, con una edad media de 3,9 años. Sin embargo, su resonancia internacional y su significado positivo podrían aumentar su uso entre los padres que buscan un nombre distintivo y cargado de belleza.
En cuanto a su distribución por provincias, aquellas en las que está presente en la actualidad son: Málaga, Madrid, Alicante y Barcelona.
– Impacto cultural y sonoridad
El estudio ha suscitado un renovado interés en cómo los nombres influyen en la percepción y emociones humanas. La elección de un nombre, como demuestra la investigación, no es solo una cuestión cultural o estética, sino que también está relacionada con la respuesta emocional que genera su pronunciación.
El primer jefe de bomberos de Edimburgo fue el inspector de construcción de 23 años James Braidwood.
BBC News Mundo(M.Kinniburgh) — En el siglo XIX, el centro de la ciudad de Edimburgo estaba repleto de edificios, muchos de ellos construidos de madera.
La mayoría de las empresas y hogares dependían del fuego para cocinar, calentarse y realizar todo tipo de trabajos.
Pero cuando el fuego se salía de control, inevitablemente se propagaba rápidamente por las estrechas calles y callejones de lo que ahora llamamos el casco antiguo.
Algunas personas tenían sus propios cubos contra incendios, y aquellos que podían permitírselo pagaban a compañías de seguros con vigilantes para dar la alarma y equipos para apagar los incendios.
Era un sistema muy fragmentado y a menudo fracasaba.
El comisionado de policía de Edimburgo, encargado de mantener el orden en la ciudad, denunció que los bomberos estaban mal equipados, mal organizados, mal entrenados y no estaban adecuadamente formados.
Las compañías de seguros comerciales, por su parte, competían por negocios y a veces incluso se peleaban por el suministro de agua.
Su función era principalmente de salvamento: cuanto más pudieran salvar del incendio, menor sería la reclamación al seguro por parte del asegurado.
Dave Farries fue bombero y ahora cuenta la historia de cómo nació todo.
«Era algo que se hacía a la ligera, arrojando agua al humo y esperando que todo saliera bien«, dice el historiador de incendios Dave Farries del Museum of Scottish Fire Heritage.
«En lo que respecta al seguro, los bomberos que luchaban contra los incendios a veces terminaban peleándose por el suministro de agua.
«Nadie iba al incendio para intentar apagarlo, simplemente intentaban verter agua a través de las ventanas con baldes, en su mayoría sin éxito y la mayoría de las propiedades se quemaban».
– El Gran Incendio
Farries pasó 55 años como bombero y voluntario y ahora es embajador en el museo de Edimburgo.
Cuenta que en 1824, una serie de grandes incendios en el casco antiguo de la ciudad llevaron a las autoridades a buscar una mejor forma de organizar la lucha contra incendios en la ciudad.
Ese otoño el Gran Incendio de Edimburgo ardió durante cinco días.
Trece personas murieron y cientos se quedaron sin hogar después de que sus edificios superpoblados y abarrotados fueran destruidos.
El Cuerpo de Bomberos de Edimburgo fue el primer cuerpo de bomberos del mundo financiado por la ciudad y gratuito para el público.
El primer jefe de bomberos de la ciudad fue James Braidwood, un inspector de construcción de 23 años considerado hoy el «padre del servicio de bomberos moderno».
Una bomba de agua accionada manualmente del año de la fundación del Cuerpo de Bomberos de Edimburgo, expuesta en 2012 en el Museo del Servicio de Bomberos y Rescate de Lothian and Borders (ahora Museum of Scottish Fire Heritage).
Braidwood organizó un servicio mucho más coordinado y eficiente que incluía mejor entrenamiento, preparación física y comunicaciones.
Ayudó a diseñar y desarrollar equipos a medida, desde cascos especiales con protección para el cuello hasta el primer camión de bomberos de Escocia, tirado por bomberos.
Doce personas trabajaban en el aparato contra incendios, accionando la manija 24 veces por minuto.
A los miembros del público que ayudaban les pagaban y les daban cerveza gratis.
Los primeros bomberos fueron reclutados entre trabajadores manuales, incluidos pizarreros, carpinteros y albañiles, de entre 17 y 25 años, porque sabían de construcción de edificios.
«Entran más fácilmente en el espíritu del negocio y se entrenan más fácilmente», escribió Braidwood.
Elogiaba a sus hombres si cuidaban bien el camión de bomberos, pero los multaba si no lo hacían.
– Renombre mundial
«Creó un cuerpo de bomberos que alcanzó renombre mundial», señala Farries, refiriéndose a Braidwood.
«Gente de todas las Islas Británicas y del extranjero fue a Edimburgo para ver cómo funcionaba.
«Luego, en 1830, a instancias de diferentes personas, Braidwood escribió un libro sobre cómo lo hizo, cómo entrenó a sus bomberos en materia de aparatos contra incendios, y eso se convirtió en una biblia para los bomberos«.
Los cuerpos de bomberos de todo el país imitaron al cuerpo de bomberos de Edimburgo. Éste es el de Inverness en 1910.
«James Braidwood introdujo una serie de métodos, tanto en términos de cómo combatían los incendios como en términos de equipamiento», dice Tania Dron, de Mercat Tours de Edimburgo.
«Hasta ese momento no se entraba en los edificios para apagar incendios; se apagaban desde fuera.
«Entrenó a la gente para que realmente entrara.
«Desarrolló nuevos equipos y también se aseguró de ser una figura de autoridad en Edimburgo que era reconocida, de modo que cuando se producía un incendio, él era el que estaba a cargo.
«Hoy todo el mundo está muy agradecido por los servicios de bomberos que tenemos y por su trabajo, pero creo que es fácil olvidar de dónde vino todo eso y muy poca gente se da cuenta de que vino del centro de la ciudad de Edimburgo«.
Sería deseable un equilibrio entre la innovación útil y la regulación necesaria de la IA.
1er deseo: IA en beneficio de la humanidad
DW — La inteligencia artificial impregnará nuestra vida cotidiana y nuestro mundo laboral en 2025. Esto va mucho más allá de los chatbots asistidos por IA en la atención al cliente, o los asistentes personales y los coches autónomos. Apenas estamos empezando a darnos cuenta de las oportunidades y los riesgos que se esconden tras esta revolución tecnológica.
En muchos ámbitos, la IA realizará cada vez más tareas con mayor rapidez y eficacia que los humanos. Esto hará que muchos puestos de trabajo se vuelvan innecesarios. Por otro lado, la IA puede beneficiar a la medicina, ya que enfermedades como el cáncer o el Alzheimer pueden detectarse y tratarse antes.
Esto se debe a que los algoritmos de IA pueden reconocer fácilmente patrones llamativos en procedimientos de imagen como radiografías, ecografías o resonancias magnéticas que los médicos podrían pasar por alto.
Por tanto, sería deseable un equilibrio entre la innovación útil y la regulación necesaria. Debemos utilizar la IA como una herramienta en beneficio de la humanidad. En pocas palabras, es como el fuego que utilizamos para cocinar o calentarnos, pero que también puede servir para incendiar una casa.
2º deseo: Descarbonización e innovaciones en almacenamiento
La expansión de las energías renovables es necesaria para frenar el cambio climático.
Los módulos solares y las turbinas eólicas serán cada vez más eficientes y rentables de aquí a 2025. También se están logrando avances alentadores en el almacenamiento del excedente de energía para garantizar un suministro energético estable e independiente del sol y el viento.
En el futuro, el almacenamiento químico (baterías convencionales, baterías de flujo redox, supercondensadores e hidrógeno) o el almacenamiento físico (volantes de inercia, almacenamiento por bombeo y aire comprimido) se impondrán como grandes sistemas de almacenamiento de energía.
Las primeras baterías de estado sólido, es decir, baterías de iones de litio con electrolitos sólidos, podrían llegar al mercado de la automoción en 2025. Son potentes, se cargan mucho más rápido, son más ligeras y duran más.
Sin embargo, también serían deseables otros tipos de baterías que no dependieran de elementos escasos y caros como el litio y el cobalto. Las baterías de iones de zinc, magnesio o aluminio y las de zinc-aire siguen sin ser tan potentes como las de litio, pero requieren recursos ampliamente disponibles. Y ya se utilizan con éxito algunas baterías de sodio-azufre o de flujo redox.
3er deseo: Decodificar la comunicación animal
Dado que la inteligencia artificial es especialmente buena reconociendo y reproduciendo patrones, pronto podría hacerse realidad un sueño humano: entender el canto de las ballenas, de los pájaros o el lenguaje de los monos. El siguiente paso sería aprender a comunicarnos con los animales.
Pronto podría hacerse realidad un sueño humano: entender el canto de las ballenas.
Esto cambiaría fundamentalmente la conciencia humana como supuesta «cúspide de la creación», al igual que los humanos hemos comprendido gracias a la astronomía que la Tierra no es el centro del universo. Sin embargo, debemos estar preparados para el hecho de que no necesariamente nos gustará lo que los animales tengan que decir.
4º deseo: Combatir los deepfakes y la desinformación
Los deepfakes y la desinformación suponen una gran amenaza para la sociedad porque influyen negativamente en la opinión pública y los procesos políticos.
El uso indebido de la IA no sólo ha aumentado drásticamente la cantidad de desinformación. También se está haciendo cada vez más difícil distinguir entre contenidos y auténticos y contenidos creados artificialmente y manipulados.
Sería deseable la introducción de sistemas de IA que reconocieran y eliminaran la desinformación y los deepfakes en tiempo real.
5º deseo: Vacunas contra el cáncer
Aunque no podemos vacunarnos directamente contra el cáncer, sí podemos vacunarnos contra las infecciones que desencadenan ciertos tipos de cáncer. Ya existen dos vacunas eficaces: el peligroso cáncer de cuello de útero está causado por los virus del papiloma humano (VPH). Y los tumores de hígado están causados por los virus de la hepatitis B.
Durante la pandemia de coronavirus, se utilizó la tecnología del ARNm para desarrollar en pocos meses vacunas muy eficaces contra el patógeno SARS-CoV-2. La tecnología del ARNm también ha dado un impulso completamente nuevo a la investigación del cáncer.
Sería deseable que en un futuro próximo también estuvieran disponibles vacunas contra el cáncer de piel (melanoma), de pulmón, de mama y de páncreas.
6º deseo: Medicamentos accesibles para todos
Es vergonzoso que haya medicamentos muy eficaces que muchas personas no pueden permitirse. El sida, la tuberculosis o la hepatitis C también podrían combatirse eficazmente en el Sur global, pero las patentes y los elevados precios resultantes siguen impidiendo su uso generalizado.
Por supuesto, la investigación y el desarrollo médicos también deben ser rentables para los institutos y las empresas farmacéuticas. Sin embargo, sería deseable que los costes de desarrollo se separaran del precio de venta y que se adoptaran nuevos enfoques de investigación para garantizar un suministro justo de medicamentos en todo el mundo.