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Así fue sobrevivir a Hiroshima…


Hiroshima Hz


JotDown(E.J.Rodríguez) — Yoshitaka Kawamoto
 tenía trece años. Estaba en el colegio, como todos los demás niños de la ciudad, cuando todo sucedió. Eran las ocho y cuarto de la mañana, su escuela estaba aproximadamente a un kilómetro del epicentro de la explosión. Fue el único chaval de su clase que sobrevivió. Mientras estaba tranquilamente sentado en su pupitre, uno de sus compañeros le llamó la atención a susurros sobre algo que estaba sucediendo en el exterior. Había visto a través de la ventana un bombardero estadounidense que se acercaba volando —extrañamente— en solitario:

«Mi compañero de clase murmuró algo. Señalando hacia la ventana, me dijo: “¡Viene un B-29!”. Apuntó con el dedo. Así que empecé a incorporarme en mi silla para conseguir verlo. Le pregunté “¿dónde está?”. Miré hacia la dirección en que él señalaba, intentando ponerme de pie. Todavía no me había erguido cuando sucedió. Todo lo que recuerdo es un pálido resplandor que duró dos o tres segundos. En ese mismo momento me desmayé. No sé cuánto tiempo pasó hasta que recuperé el conocimiento. Era horrible. Horrible.

El humo entraba por algún resquicio entre los escombros y un polvo arenoso flotaba por toda la estancia. Yo estaba atrapado bajo los escombros y sentía mucho dolor, que fue probablemente el motivo por la que recuperé la consciencia. No podía moverme, ni siquiera un centímetro. Entonces escuché a unos diez de mis compañeros, que habían sobrevivido y empezaron a cantar el himno de la escuela.

Lo recuerdo bien. Podía oír sollozos, alguien estaba llamando a su madre. Los que todavía estaban vivos cantaron el himno de la escuela durante tanto tiempo como pudieron… y creo que yo también me uní al coro. Pensábamos que alguien vendría a ayudarnos, por eso cantábamos tan alto. Pero nadie vino. Empezamos a dejar de cantar uno tras otro. Al final me quedé cantando yo solo»

Sus compañeros, atrapados como él en la penumbra del aula derruida, fueron muriendo uno a uno y sus voces se fueron apagando.

"Little Boy", el quinto jinete del Apocalipsis.
«Little Boy».

Todos los japoneses estaban familiarizados con el B-29, modelo de bombardero estadounidense acerca del que tanto les habían prevenido. Si veían aparecer un escuadrón de aquellos aviones, podían esperar una lluvia de bombas sobre la ciudad. De hecho, aquella misma mañana las autoridades militares habían decretado una alerta aérea al detectar aviones en el radar, pero cuando se dieron cuenta de que únicamente un par de bombarderos estaban sobrevolando el territorio, revocaron la alarma.

Con solo dos aviones no puede efectuarse un bombardeo importante sobre una ciudad. Al ser retirada la alerta aérea, los habitantes de Hiroshima continuaron con su rutina habitual. Los adultos acudieron a sus trabajos y los niños fueron a clase.

Los militares japoneses, muy escasos ya de combustible para sus cazas, no se molestaron en lanzar una misión de intercepción para detener a aquellos B-29 aislados. Se limitaron a disparar algunas salvas de fuego antiaéreo. Los bombarderos estadounidenses, pues, se acercaron a la ciudad sin mayores problemas.

Algunos ciudadanos locales que casualmente miraban al cielo en aquel momento, vieron el primer B-29 acercándose por el horizonte. Era una escena peculiar. No despertó una gran alarma entre quienes pudieron verlo, sino más bien un sentimiento de perplejidad, porque un bombardero volando en solitario se salía de las costumbres de la guerra y no parecía tener demasiado sentido. ¿Qué hacía allí aquel avión sin el acompañamiento de su consabido escuadrón? ¿Acaso se había perdido?

Toshiko Saeki era una mujer de veintiséis años y madre de dos hijos que aquel día, casualmente, no estaba en el propio centro de Hiroshima sino en las afueras, de visita en casa de sus padres. Ella fue una de las primeras personas de la región que vio acercarse alprimer avión:

«Recuerdo un que un avión apareció desde detrás de unas montañas que estaban a mi izquierda. Lo miré, era un B-29. Pensé que resultaba bastante extraño ver un bombardero volando en solitario, especialmente teniendo en cuenta que había artillería antiaérea abriendo fuego contra él. Tan pronto ese avión desapareció por el otro lado, vino otro desde la misma dirección. Aquello me pareció algo muy, muy extraño. Me pregunté qué era lo que iba a pasar»

Cuando el Enola Gay —que así se llamaba el primer bombardero— llegó a la altura del centro de Hiroshima, dejó caer algo. Un objeto se desprendió del avión e inmediatamente después se abrió un paracaídas. En silencio, sin más sonido que el viento, ni otras señales amenazantes que pudieran sugerir algún tipo de peligro, la misteriosa “entrega” fue descendiendo lentamente en una gentil caída. ¿Qué podrá ser?, se preguntaban los que contemplaban la sorprendente secuencia.

¿Qué es lo que los americanos nos están enviando con un paracaídas? Obviamente, pensaban, no puede tratarse de una bomba. De entre todas las cosas de la guerra las bombas serían las últimas en llevar un paracaídas incorporado. Los testigos, pues, observaron el descenso arrastrados por una confusa curiosidad. No tuvieron mucho más tiempo para interrogarse sobre la naturaleza del sorprendente envío.

Cuando el misterioso paracaídas estaba a unos seiscientos metros de altura sobre la ciudad, estalló en pleno cielo. Un súbito resplandor, cegador, al que no se podía mirar directamente, lo llenó todo. Para quienes estaban en el exterior fue como si el mundo entero se hubiese llenado de luz blanca.

El tronco del hongo nuclear, fotografiado desde abajo por el reportero Yoshito Matsushige.
El tronco del hongo nuclear, fotografiado desde abajo por el reportero Yoshito Matsushige.

Aquel objeto silencioso que descendía grácilmente ayudado de un paracaídas era una bomba atómica.

Aquella fue la segunda explosión atómica artificial ocurrida en el planeta Tierra.

La primera vez en la historia de la Humanidad en que un arma nuclear era utilizada por seres humanos sobre otros seres humanos indefensos.

Decíamos que la escuela de Yoshitaka Kawamoto y sus infortunados compañeros estaba a algo menos de un kilómetro del epicentro de la explosión, por lo que fue completamente arrasada.

Pero los efectos directos de la explosión llegaron mucho más lejos.

A casi cuatro kilómetros de distancia, el joven meteorólogo Isao Kita estaba ya en su oficina a las ocho y cuarto, recibiendo un mensaje en la radio.

Sentado cerca de una ventana, con el rabillo del ojo detectó un repentino fulgor.

No le pareció un resplandor de particular intensidad, era más bien como si alguien hubiese disparado el flash de una cámara cerca de la ventana. Se giró, movido por un acto reflejo.

Entonces sus ojos vieron un extraño y silencioso espectáculo que él mismo calificaría después de “asombroso”, especialmente para alguien que se dedicaba al estudio del clima, y que lo dejó por completo atónito: las nubes estaban expandiéndose a toda velocidad por el cielo azul, “como si una flor hubiese florecido de repente en el firmamento”.

Él no lo sabía, pero aquel era el efecto de la tremenda onda expansiva de la explosión atómica, que estaba arrastrando las nubes.

Semejante fenómeno atmosférico lo hipnotizó. Fascinado por la bella e inesperada visión, Isao Kita ni siquiera sintió la necesidad de ponerse a cubierto. Durante aquellos breves instantes no cayó en la cuenta de qué era lo que de verdad estaba sucediendo. Sin embargo, justo a continuación notó otra cosa, mucho más desagradable: una repentina onda de calor. Un calor insoportable, torturante, asfixiante.

Pese a que su ventana estaba cerrada, el calor traspasó el cristal y el joven meteorólogo se sintió instantáneamente sofocado, como “si hubiese puesto la cara justo frente a la puerta de un horno”. La confusión se apoderó de él mientras se debatía para intentar hacer frente a la infernal subida de temperatura: “de haber durado un poco más, no lo hubiera podido soportar”.

Aquel era el segundo efecto que un observador lejano nota en una detonación atómica: primero la luz, que viaja más rápido y llega instantáneamente. Casi al momento se presenta también ese intensísimo calor, la radiación térmica emanada por el proceso nuclear.

Fue entonces cuando Isao Kita supo que algo muy grave estaba pasando. Metidos en una larga guerra y expuestos a la aviación estadounidense, los japoneses habían sido frecuentemente sometidos a ejercicios militares y simulacros de alerta frente a la posibilidad de bombardeos. El meteorólogo recordó los ejercicios y se lanzó al suelo cubriendo sus ojos y oídos con las manos, tal y como se le había instruido.

Empezó a contar: uno, dos, tres… para medir el tiempo ante la llegada de un previsible estallido sonoro. Aquella cuenta puede parecer una muestra de frialdad, aunque en realidad estaba petrificado por el pánico. Pero fue una reacción automática: es lo que acostumbran a hacer en su profesión cuando ven un relámpago y esperan el consiguiente trueno; así calculan la distancia desde el lugar donde ha caído el rayo.

Para un meteorólogo como él, incluso en mitad de aquella confusión y de la desesperación causada por el intolerable calor, la cuenta era un mecanismo involuntario. Uno, dos, tres, cuatro… cuando llegó a cinco empezó a oír un sonido “gimiente”. Después, llegó el tercer efecto de la explosión: la onda expansiva. Los cristales de la ventana saltaron hechos pedazos. El edificio entero fue sacudido.

Mientras, en las afueras, Toshiko Saeki continuaba de pie ante la casa de sus padres. Había observado pasar los dos aviones con mirada interrogativa cuando vio el resplandor en la distancia. A continuación, le llegó también la radiación térmica. Incluso estando a bastante más distancia del epicentro que el meteorólogo, aquella invisible pero ardiente oleada le resultó no menos aterradora. Sintiéndose repentinamente asfixiada, se lanzó al suelo, tratando desesperadamente de huir del insoportable calor.

Reducida durante unos segundos a un amasijo de órganos que intentan sobrevivir al horroroso aumento de temperatura, confiesa que en aquellos confusos instantes “llegué a olvidarme de mis hijos”. Mientras se debatía en el suelo para intentar respirar, llegó el estampido. La casa de sus padres fue golpeada por una onda expansiva que, aunque venía de muy lejos, causó considerables destrozos.

Toshiko se giró para mirar hacia la casa: la mitad del techo se había hundido y la otra mitad había saltado por los aires. Las puertas y ventanas habían volado. En cuanto pudo recuperarse un poco, se dijo que si aquello había sucedido allí, lejos del centro de Hiroshima, qué no habría pasado en la propia ciudad.

Así queda una ciudad tras la explosión de una única bomba no mayor que un utilitario.
Así queda una ciudad tras la explosión de una única bomba no mayor que un utilitario.

El médico militar Hiroshi Sawachika tenía su puesto de trabajo a unos cuatro kilómetros del epicentro, más o menos la misma distancia desde la que vivió la explosión el meteorólogo Isa Kita. A las ocho y cuarto de la mañana Hiroshi acababa de entrar en su oficina. Atravesó la puerta, dio los buenos días a sus subordinados y comenzó a caminar hacia su escritorio. Todavía no se había sentado cuando a través de las ventanas vio producirse un extraño fenómeno.

El exterior apareció repentinamente bañado en un resplandor de color “rojo brillante”. Mientras miraba asombrado, un súbito e intenso calor asaltó sus mejillas. Sin entender del todo lo que estaba ocurriendo— pero actuando de manera refleja debido a su formación militar— ordenó a todos los presentes que evacuasen instantáneamente la oficina.

Sin embargo, no tuvieron tiempo. Apenas las palabras hubieron emanado de boca del médico, todos salieron despedidos por los aires, empujados por la onda expansiva:

«Tan pronto di el grito, me sentí ingrávido, como si fuese un astronauta. Estuve inconsciente unos veinte o treinta segundos. Cuando recuperé el sentido me di cuenta de que todos los presentes, incluido yo mismo, estábamos tendidos en un mismo lado de la habitación. No quedaba nadie en pie. Los escritorios y sillas también habían volado y estaban amontonado en el mismo lado. Ya no había cristales en las ventanas, incluso los marcos habían desaparecido. Me acerqué a las ventanas para averiguar dónde había tenido lugar el bombardeo. Entonces vi la nube en forma de hongo»

Más cerca del epicentro, a algo menos de tres kilómetros, estaba la casa del fotógrafo Yoshito Matsushige, que trabajaba como reportero gráfico para un diario local. Acababa de desayunar y todavía sin vestir se sentó ante una mesa, dispuesto a leer tranquilamente el periódico. Fue entonces cuando a través de las rejas de su ventana brilló un silencioso fogonazo.

De repente, Yoshito se vio deslumbrado: “fue, de qué manera decirlo, como si el mundo a mi alrededor se hubiese vuelto de un blanco brillante”. Quedó inmediatamente cegado, era como “si hubiesen disparado un flash de magnesio justo ante mis ojos”. Cuando llegó la onda expansiva, que lo sorprendió con el torso desnudo, sintió lo mismo que si “centenares de agujas se me estuviesen clavando a la vez”. Fragmentos de las paredes y el techo volaron por los aires.

Aún más cerca de la explosión, a solamente un kilómetro del epicentro, se encontraba la vivienda de Akira Onogi, un adolescente de dieciséis años. Había estudiado en el instituto hasta que, debido a las desesperadas necesidades del gobierno militarista del Japón, fue movilizado para trabajar en una factoría naval de Mitsubishi. Aquel lunes, sin embargo, era su día libre. Aquella mañana, aunque se había levantado temprano, se había quedado en casa y estaba mirando cómics con un amigo.

Ambos estaban tendidos en el suelo, leyendo, cuando un intenso “resplandor azul” llegó desde el exterior. Más tarde describió aquel brillo repentino como parecido al que se produce en la chispa eléctrica de un tren o en un cortocircuito (resulta curiosa la manera en que cada testigo, según la distancia, ubicación y el momento, recordase el destello de un color distinto).

Akira apenas tuvo tiempo de preguntarse qué era aquello, porque justo después la onda expansiva arrasó la vivienda, levantó a los dos chavales por el aire y los arrojó hacia la habitación vecina.

Todavía más próxima —sobrecogedoramente próxima— fue la experiencia de Akiko Takakura, una jovencita de veinte años que trabajaba como chica de la limpieza en el Banco de Hiroshima. Aunque al levantarse aquella mañana había descartado salir de casa por causa de la anuncida alerta de ataque aéreo, cuando esa alarma fue retirada, se vistió y se dirigió a su puesto de trabajo.

Estaba ya en el interior del banco y apenas había empezado sus tareas —estaba limpiando el polvo de los escritorios— cuando tuvo lugar la explosión. El local estaba a solamente trescientos metros del epicentro.

Sin palabras.
Esto fue lo que quedó de una ciudad de más de 250.000 habitantes: nada.

Todo lo que Akiko pudo ver fue un intenso “flash de magnesio” que lo convirtió todo en un mar de luz. Perdió el conocimiento casi de inmediato. Fue una de las pocas personas en el banco que sobrevivió, aunque quedando malherida, gracias a las gruesas paredes reforzadas del establecimiento. Muchos otros de los presentes murieron al instante o poco después. En el exterior del edificio, lógicamente, no había esperanza alguna estando tan cerca del «ojo del huracán».

Por ejemplo, un hombre aguardaba sentado en los escalones de la entrada del banco, en plena calle. Estaba a descubierto a trescientos metros del epicentro, a seiscientos metros bajo la bomba que descendía en paracaídas. Cabe pensar que lo último que vio en su vida fue un resplandor blanco. Décimas de segundo después ya estaba muerto.

Tras la explosión nada quedó de él excepto su “sombra” proyectada en aquellos escalones, que permaneció impresa en el cemento como tétrica huella de su muerte. Es una de las imágenes más célebres y más sobrecogedoras del primer bombardeo atómico de la historia.

Cuatro kilómetros más allá, el médico Hiroshi Sawachika seguía contemplando con fascinado espanto el enorme hongo que se alzaba en la distancia, y que seguiría alzándose durante algún tiempo más. Entonces se dio cuenta de que su camisa, antes blanca, aparecía de un color rojo brillante. “Me pareció extraño porque sabía que yo no estaba herido”.

Pero mirando hacia atrás vio a la chica que había quedado tendida junto a él, completamente acribillada por los pedazos de cristal que habían volado de las ventanas, desangrándose. Los estallidos de las ventanas fueron una de las muchas causas de heridas leves, graves e incluso mortales en el mismo momento del estallido. Fue así hasta en edificios que estaban muy alejados del epicentro.

Llorando
«Imperativo estratégico».

Mientras tanto, el adolescente Akira Onogi, el mismo que momentos antes leía tebeos, recuperaba la consciencia para encontrar su casa casi completamente a oscuras por culpa del polvo que llenaba el ambiente.

Estaba tendido entre escombros, cubierto de tierra y pedazos del tejado.

Viendo el estado de la vivienda, quedó completamente convencido de que una bomba había caído directamente sobre su casa, porque solamente así podía explicarse el nivel de destrozos.

Poco podía imaginar el pobre chaval que la explosión había tenido lugar a más de un kilómetro de distancia y a seiscientos metros de altitud. Akira miró hacia arriba y descubrió un agujero a través del cual se veía el cielo: aquello pareció confirmar su creencia de que la bomba había explotado justo en su techo. Salió a la calle, buscando a su familia.

Pero lo que vio lo dejó helado. No era solamente su casa la que estaba destrozada. Todas las casas, hasta donde alcanzaba su vista, habían sido derruidas. Todas. Todas a la vez. Ni siquiera supo qué pensar, porque aquello parecía irreal.

Caminando sobre los escombros de su propia casa, escuchó una voz que pedía ayuda. La voz venía de abajo, de entre los restos. Allí debían de estar su madre y sus tres hermanas. Empezó a quitar escombros con sus propias manos para intentar liberarlas. Poco después vio al vecino de al lado, que también buscaba a su familia.

El hombre estaba casi completamente desnudo. A poco más de mil metros del epicentro, sin la protección de las paredes, la onda térmica le había destrozado la ropa, pero también la piel de todo el cuerpo, que se le estaba empezando a desprender. Jirones de piel suelta colgaban de las puntas de sus dedos. Akira se acercó a él y se interesó por su estado. El hombre ni siquiera pudo responder.

Imaginen por un momento lo que suponía estar "allí debajo".
Imaginen por un momento lo que suponía estar «allí debajo».

Después, un grupo de vecinos escucharon los gritos de una niña que pedía ayuda por su madre.

Acudieron en su auxilio y encontraron a la mujer atrapada por una viga había caído sobre la parte inferior de su cuerpo.

Un grupo de vecinos —entre ellos el propio Akira— intentaba mover la viga sin éxito cuando se desató uno de los muchos incendios repentinos que empezaban a propagarse por la ciudad.

La oleada de calor había recalentado materiales y sustancias, los incendios crecían por minutos.

El fuego empezó a rodear a los que intentaban ayudar a la mujer, hasta que tuvieron que desistir y echarse hacia atrás, dejándola a su suerte, todavía aprisionada. Ella estaba aún consciente, mirándolos.

Ellos entrelazaron las manos, inclinándose, suplicando perdón por verse obligados a abandonarla en mitad de las llamas.

El fotógrafo Yoshito Matsushige también despertó en mitad de una oscuridad provocada por la intensa nube de polvo que había llenado su vivienda. Vio las paredes a medio derruir, con grandes agujeros que daban al exterior. Calculaba que debían haber pasado unos cuarenta minutos desde la explosión. Entre los escombros consiguió localizar algo de ropa para vestirse e incluso encontró su cámara, que todavía funcionaba.

Se la llevó consigo y salió a la calle dispuesto a dirigirse al periódico para el que trabajaba, también convencido de que la bomba había caído en su casa o a escasos metros. Pero al salir se encontró el mismo panorama desolador que imperaba en toda la ciudad. Viviensas arrasadas, fuego, cadáveres, calor, un ambiente opresivo y una atmósfera llena de humo; heridos que iban y venían en procesión o que suplicaban ayuda tendidos en plena calle.

Vio una aglomeración de gente junto a una comisaría. Entre ellos había un nutrido grupo de colegialas de secundaria que habían sido movilizadas para un ejercicio de evacuación. La explosión las había sorprendido en plena calle y habían sido alcanzadas de pleno por la radiación térmica, que les había provocado ampollas de enorme tamaño en rostro, brazos, piernas, espalda… en todas partes. Parecía difícil que pudieran sobrevivir a semejantes heridas.

Yoshito empezó a alzar su cámara para fotografiar lo que estaba viendo, pero no lo tuvo fácil:

«Cuando vi todo esto, pensé que debía hacer una fotografía, así que levanté mi cámara. Pero no pude apretar el botón. Porque aquella escena era tan patética… y aunque yo también era una víctima de la misma bomba, solamente había sufrido heridas menores por fragmentos de cristal, mientras que aquellas personas estaban muriendo.

Era una visión tan cruel que no podía forzarme a apretar el botón. Estuve allí de pie, debatiéndome durante unos veinte minutos… hasta que finalmente reuní el valor suficiente para sacar la fotografía. Después, caminé unos cuatro o cinco metros para intentar tomar una segunda. Incluso hoy recuerdo claramente cómo el visor de la cámara estaba borroso a causa de mis propias lágrimas.

Sentía que todos me miraban y pensaban con rabia: “ahí está, sacándonos fotografías, sin prestarnos ninguna ayuda”. Aun así, tenía que apretar el pulsador, así que endurecí mi espíritu y finalmente hice la segunda foto. Aquella gente debió pensar que yo era verdaderamente un individuo sin corazón»

Atrapado entre los escombros de lo que hasta unos minutos antes había sido su aula, habíamos dejado a Yoshitaka Kawamoto en la penumbra, escuchando cómo las voces de sus compañeros, que cantaban el humno de la escuela, se iban a apagando una tras otra. Al final se dio cuenta de que quizá era el único que quedaba con vida, porque era el único que seguía cantando:

«Empecé a sentir pánico. Intenté liberarme, empujando los escombros poco a poco, empleando todas mis fuerzas. Finalmente pude abrir un hueco y con mi cabeza asomando por entre los escombros me di cuenta de la magnitud de los daños. El cielo sobre Hiroshima estaba oscuro. Algo parecido a un tornado o una gran bola de fuego estaba arrasando la ciudad. Yo únicamente tenía una herida en la boca y algunas en los brazos. Perdí bastante sangre por la boca, pero más allá de eso estaba bien.

Pensé que conseguiría salir. Sin embargo, me asustó la idea de escapar solo. Habíamos efectuado simulacros militares cada día y nos habían dicho que huir en solitario era un acto de cobardía, así que pensé que debería llevarme a algún compañero conmigo. Me arrastré por los escombros buscando a alguno que aún estuviese con vida. Entonces encontré a uno de mis compañeros de clase , todavía vivo, tendido en el suelo.

Le sostuve en mis brazos. Esto es muy duro de recordar… su cráneo estaba abierto, la carne estaba colgando de su cabeza. Solamente le quedaba un ojo, que me estaba mirando fijamente. Se puso a murmurar algo, pero yo no conseguía entenderle. Empezó a morderse la uña de un dedo. Le quité el dedo de la boca y después sostuve su mano en la mía. Entonces empezó a intentar alcanzar el bloc de notas que llevaba en el bolsillo de su chaqueta, así que le pregunté: “¿quieres que me lleve esto y se lo dé a tu madre?”.

Asintió con la cabeza, aunque estaba a punto de perder el conocimiento. Pero aun así puede escucharle llorar, diciendo: “mamá, mamá”»

Los habitantes de Hiroshima no imaginaban el infierno que aquel solitario avión iba a desplegar sobre ellos.

Los incendios que se habían declarado por todas partes se incrementaban en intensidad.

La ciudad aparecía bajo una luz amarillenta (“el amarillo de un desierto”), a causa del humo y la ceniza que se elevaban en la atmósfera y que cubrían una buena parte de Hiroshima.

Para el adolescente Akira Onogi la vida había sufrido una tremebunda metamorfosis: de leer cómics tendido en su cuarto a verse en mitad de un infierno que era peor que una pesadilla.

Caminó por las apocalípticas calles hasta llegar al río.

Las aguas venían cubiertas de restos flotantes de las viviendas que habían volado en pedazos, y peor aún, de cadáveres arrastrados por la corriente. Ni siquiera podía verse el agua. El jovencísimo Akira recuerda cómo los presentes apenas podían volver la mirada hacia el siniestro panorama del río, así que se miraban unos a otros.

Contemplando a quienes estaban a su alrededor, vio mucha gente con la piel desollada que pedía auxilio entre lamentos. Se le quedó grabada la imagen de un niño de unos seis años, al que le faltaba una pierna y saltaba sobre la que todavía le quedaba, intentando atravesar el puente.

También Isao Kita, el meteorólogo, veía pasar gente sin ropas, sangrando, y a muchos que llevaban a otros heridos sobre los hombros. Contemplando el interminable desfile de gente maltrecha, empezó a entender la magnitud de lo que acababa de suceder. Muchos de los que estaban relativamente ilesos se sintieron avergonzados “por no haber sufrido peores heridas”.

Es la culpa traumática de haber quedado físicamente indemne en mitad de semejante desastre. Más cuando pudo ver Hiroshima desde lo alto de una colina cercana y comprobó que “la ciudad entera había desaparecido”.

Yoshitaka Kawamoto había abandonado por fin las ruinas de su escuela y, muy asustado, caminaba entre multitudes de heridos que le suplicaban que les llevase con él. “Yo corría y todas esas manos intentaban agarrarme de los tobillos. Yo era un niño. Estaba aterrorizado y dolorido. Así que hice lo que pude para librarme de ellos y —esto resulta terrible de contar— llegué a darles patadas a aquellas manos para quitármelas de encima”.

En su huída a ninguna parte fue asaltado por una sed repentina, intensísima, desesperante; la misma sed que empezaron a sentir todos los demás supervivientes. Por ningún lado había agua potable. Al final no pudo evitar acercarse a la orilla del río y beber “aquel agua embarrada”. Para poder beber, tuvo que apartar los cadáveres flotantes con sus propias manos: “ni siquiera puedo encontrar las palabras para describirlo, todo aquello era horrible”.

Bebió de entre los muertos, pero había algo incluso peor: naturalmente, no sabía una palabra sobre radioactividad. No enfermaría hasta dos semanas después. De todos modos, en aquel mismo momento se sentía ya exhausto. Mientras trepaba para regresar de la cuenca del río se dio cuenta de que su cuerpo no proyectaba sombra. Agotado, se dejó caer y se giró para ver qué era lo que estaba ocultando el sol. Solo entonces lo vio:

«No podía moverme. No podía encontrar mi sombra. Miré hacia arriba. Vi la nube, aquella nube en forma de hongo, haciéndose más grande en el cielo. Era muy brillante. Había fuego dentro de ella. Capturaba la luz y mostraba todos los colores del arco iris. Rememorando el pasado, la verdad es que resulta extraño, pero podría decirse que era algo hermoso. Mirando aquella nube pensé que nunca podría volver a ver a mi madre, que nunca podría volver a ver a mi hermano pequeño. Y entonces perdí el conocimiento»

Empezó a llover. Era la “lluvia negra”, el modo en que la maltrecha atmósfera inferior devuelve a tierra muchos de los isótopos radioactivos que flotaban en ella, los ponzoñoso despojos de la explosión. Por toda la ciudad, miles de personas abrieron sus bocas para intentar recoger la lluvia, tanta era la sed que tenían.

Pero ni con la lluvia podían saciarla y desde luego desconocían los peligros que conllevaba tragarse aquel agua contaminada. Pero incluso de haberlo sabido, era tal la sensación de sed que quizá muchos de ellos hubiesen intentando beber de todos modos. Pero la “lluvia negra” no sirvió para aplacar la sed, y tampoco hizo mucho por extinguir los incendios.

Akihiro Takahashi tenía catorce años: él y sus compañeros de clase habían visto cómo se acercaba el B-29 cuando hacían gimnasia en el patio de la escuela. Mientras señalaban el avión movidos por su excitada curiosidad adolescente, los profesores salieron corriendo del edificio y les ordenaron echarse al suelo. Akihiro se tiró y, estando cabeza abajo, no llegó a ver nada. La tremenda explosión que los sorprendió al aire libre le hizo saltar una distancia de diez metros.

El calor redujo sus ropas a jirones y quemó extensas partes de su piel. Pero sobrevivió. Fue uno de los pocos alumnos de toda la clase que salieron vivos de la deflagración. Se levantó, dolorido por las quemaduras, y vio el desolador panorama que había a su alrededor. Ruinas, cadáveres. Junto a un compañero apellidado Yamamoto, dejó la escuela intentando volver a casa.

Iba caminando absorbido por su propio dolor y por los horrores que contemplaba, así que cuando quiso darse cuenta, estaba caminando a solas. Yamamoto había desparecido. Probablemente se había desplomado en algún punto del camino, incapaz de seguir.

Llegó al río y, sintiendo que su cuerpo entero ardía, se remojó varias veces en él, sin importarle el estado del agua repleta de deshechos y cadáveres. Aquella agua le pareció una bendición, “un tesoro”. Más adelante, la casualidad quiso que se encontrase a otro compañero, Tokujiro Hatta.

Hubo un detalle en su amigo que le llamó la atención: tenía las plantas de los pies quemadas. Se preguntó qué clase de explosión había sido aquella, que podría producir quemaduras incluso en el interior de los zapatos. Le ayudó a incorporarse, y alternando ratos de gatear con otros de caminar apoyándose únicamente en los talones, consiguió acompañarlo hasta encontrar a algunos familiares; después, la lotería de la muerte hizo su trabajo.

Akihiro Takahashi, tras dos años de intenso tratamiento, sobrevivió a sus heridas y a los efectos de la radioactividad. Eso sí, durante el resto de su vida tuvo que lidiar con problemas físicos, acudiendo a médicos de toda índole y preocupándose por el momento en que la enfermedad definitiva terminase manifestándose para acabar con él.

Sus dos amigos, Yamamoto y Hatta, tuvieron menos suerte: ambos fallecieron poco después de la explosión a causa del síndrome de intoxicación radioactiva aguda. De sus sesenta compañeros de clase, que estaban haciendo gimnasia al aire libre a kilómetro y medio de la explosión atómica, únicamente diez pudieron contarlo.

Sin palabras.

Mientras Akihiro vagaba por las calles con el cuerpo quemado, el médico militar Hiroshi Sawachika ya estaba ayudando a atender la pléyade de afectados, que aparecían en riadas humanas luciendo un aspecto espectral: “eran como fantasmas”. Entró en una habitación repleta de heridos y experimentó una sensación indescriptible:

«Cuando entré, encontré la habitación llena de un olor muy parecido al del calamar seco cuando lo fríen a la plancha. Era un olor muy fuerte. Es una triste realidad que el olor que los seres humanos desprenden cuando se queman sea el mismo que el del calamar seco a la plancha. El calamar, eso que nos gusta tanto comer. Era un sentimiento extraño. Un sentimiento que nunca había experimentado antes. Aún puedo recordar aquel olor con toda claridad»

Hiroshi, a pesar de haber sido también una víctima y encontrarse agotado, atendió a entre dos y tres mil personas aquel mismo día. Sintió que la jornada no iba a terminar jamás. Y de entre todas las víctimas algunas se le quedaron especialmente marcadas, sobre todo una que le agarró la pierna en la sala donde esperaban los heridos:

«Sentí que alguien me tocaba la pierna, era una mujer embarazada. Dijo que estaba segura de que iba a morir en unas pocas horas. Dijo: “sé que voy a morir. Pero puedo sentir que mi bebé se está moviendo. Quiere salir. No me importa si yo muero, pero si sacan ahora al bebé no tiene por qué morir conmigo. Por favor, ayude a mi bebé a vivir”.

No había obstetras allí, no había sala de partos. No había tiempo para encargarse de su bebé. Todo lo que pude hacer fue decirle que volvería más tarde cuando todo estuviese listo para ella y su niño. Eso la alegró… pareció tan feliz. Pero tuve que volver a mi trabajo, ocupándome de los heridos uno por uno. Había tantos pacientes que sentí que estaba luchando contra el tiempo. Se estaba haciendo de noche.

Y la imagen de la mujer embarazada nunca abandonó mi mente. Más tarde fui hacia el lugar donde me la había encontrado; ella seguía tendida en el mismo sitio. Le di un golpecito en el hombro… pero no dijo nada. La persona que estaba tendida junto a ella me contó que se había quedado en silencio hacía apenas un rato. Todavía hoy recuerdo este incidente porque no pude cumplir el último deseo de aquella mujer tan joven»

La ciudad de Hiroshima tenía 255.000 habitantes a las ocho y cuarto de la mañana del lunes 6 de agosto. Aunque resulta difícil estimar las cifras con total precisión, entre 50.000 y 70.000 murieron ese mismo día, como consecuencia directa de la explosión. Durante las semanas y meses siguientes fallecieron varias decenas de miles más.

Cinco años después, se estima que entre un 60% y un 75% de los habitantes que Hiroshima tenía antes del bombardeo habían muerto. Todo ello provocado por un artefacto de apenas tres metros de longitud. Un artefacto que ahora, en pleno 2013, es casi literalmente un juguete en comparación con las armas nucleares de las que todavía disponen unas cuantas naciones.

No fueron solamente los efectos fisiológicos, sino también la escasez y el hambre, los que prolongaron la agonía de muchas personas. Además, el trauma psicológico fue tremendo. Incluso aquellos que sobrevivieron con relativa buena salud tuvieron problemas para volver a la realidad. Muchos de ellos desarrollaron numerosas fobias.

Algunos fueron incapaces de permanecer junto a una ventana durante años o incluso décadas, recordando aquellas lluvias de cristal que los habían herido a ellos y que se habían llevado por delante la vida de personas que los rodeaban.

Otros no podían evitar sobresaltarse al ver el flash de una cámara o una chispa eléctrica, lo que volvía a despertar el antiguo pánico, la sensación de que la bomba iba a volver a explotar. Toshiko Saeki, la mujer que vio la explosión desde las afueras, ilustra esta otra forma de destrucción posterior asociada a aquella funesta jornada:

«Sí, después de ver la cabeza medio quemada de nuestra madre, mi hermano empezó a decir cosas extrañas. Nos pedía que lo vendásemos bien para cubrir los poros de su piel con tela blanca. Le pregunté para qué, y me dijo que iba a intentar un experimento para extraer la radioactividad acumulada en su cuerpo. Nos pidió que le vendásemos por completo, salvo su boca y sus ojos. Incluso su nariz estaba cubierta. Antes del experimento, bebió un montón de agua.

Bebía más de la que podía tragar, así que el agua le caía por la nariz y por la boca. Después dijo que estaba preparado. Nos pidió que le dejásemos solo y que no entrásemos en su habitación, salvo que nos pidiera ayuda. Nos dijo que nos fuésemos, que nos mantuviésemos alejados. Después de un rato, eché un vistazo a su habitación a través de la puerta. Se había quitado todos los vendajes. Estaba tendido en una esquina. No supe qué le estaba pasando. Pensé que había muerto.

Golpeé la puerta y grité “¡Hermano! ¡Hermano! ¡No te mueras!“ Se despertó y se sentó en el suelo. Dijo que el experimento había fallado. Se puso a llorar, diciendo “qué lástima”. Tenía buen aspecto, pero se estaba volviendo loco. Dijo: “Estoy aumentando de tamaño. Hay que hacer una abertura en el techo, esta habitación es demasiado pequeña y ni siquiera puedo ponerme en pie”. Tras el horrible bombardeo de Hiroshima, la mente de mi hermano quedó hecha pedazos.

La guerra no solamente destruye cosas y mata personas, sino que destroza también los corazones de la gente. Eso es la guerra. Y durante el transcurso de mi vida he aprendido esto en diversas ocasiones. Ahora lo sé»

El meteorólogo que había visto “florecer” el cielo de Hiroshima resume así el significado de aquella experiencia, poniéndola más allá del contexto de una guerra:

«La bomba atómica no distingue. Desde luego, aquellos que están combatiendo sufren. Pero la bomba atómica mata a todo el mundo por igual, desde bebés hasta ancianos. Y no es una muerte fácil. Es una manera muy cruel y muy dolorosa de morir. Creo que no se puede permitir que esto vuelva a suceder en el mundo. No digo esto únicamente porque soy un japonés que sobrevivió a la bomba. Siento que gente de todo el planeta debe decirlo también.»

La noticia del bombardeo recogida en la prensa estadounidense.
El bombardeo recogido en la prensa estadounidense. Algunos pensaron en la victoria, otros recibieron la noticia con horror.

Yoshitaka Kawamoto, el que escuchó morir a sus compañeros uno a uno mientras cantaban el himno de la escuela entre las ruinas esperando un auxilio que nunca llegó, también vivió para contarlo. En el río, después de beber aquella agua plagada de cadáveres, perdió la consciencia mientras contemplaba la siniestra belleza del hongo atómico.

El tiempo desapareció para él. Horas después despertó en el suelo de un almacén. Alguien lo había recogido y lo había llevado hacia alguna de las estructuras todavía en pie, que eran usadas para recibir a los refugiados. Junto a él estaba un soldado, que cuando lo vio despertar se le acercó y le dio una palmadita cariñosa en la mejilla, diciendo “eres un chico con suerte”.

Le contó que lo habían confundido con un cadáver y lo habían apilado en la parte trasera de un camión destinado a limpiar las calles de muertos. La fortuna quiso que su cuerpo inerte se deslizase y que, cuando estaba a punto de caer del montón, el soldado lo agarrase de un brazo.

Fue entonces cuando notó que el pulso del chaval seguía latiendo. Abrumado por aquel error, el militar cargó con él hasta otro camión, el que se llevaba a los vivos. Yoshitaka, por milagrosa casualidad, se había librado de despertar —o con mucha suerte, de morir sin recuperar el sentido— en una fosa común. En 1986, el propio Yoshitaka lo recordaba así:

«Fui realmente afortunado. Pero durante un año no pude tenerme en pie. Unas dos semanas después se me cayó el cabello, incluso los pelos del interior de la nariz desaparecieron. Me quedé completamente calvo. Perdí la visión, probablemente no por causa de la radioactividad sino por mi propia debilidad. No puede ver nada durante tres meses. Pero sólo tenía trece años, todavía era joven y estaba creciendo cuando me golpeó la bomba atómica, así que un año después recuperé la salud. Todavía sigo trabajando, como puedes ver»

La de Yoshitaka fue una de tantas experiencias conmovedoras, pero en su caso adquirió un significado especial porque él mismo, al hacerse adulto, se convirtió en el director del Museo Memorial para la Paz de Hiroshima:

«Hoy, como director del museo, estoy transmitiendo mi mensaje a los niños que lo visitan. Quiero que aprendan sobre Hiroshima. Y cuando crezcan, quiero que pasen ese mensaje a la nueva generación, y que lo hagan con información exacta. Me gustaría verles transmitir el sentido correcto de la justicia que permita que no llevemos a la humanidad hacia la aniquilación. Esa es nuestra responsabilidad»

Tres días después, similares escenas se reprodujeron en la ciudad de Nagasaki. Como estos testimonios hay muchos otros. Las historias humanas detrás de este tipo de desastres son incontables. En las guerras se cometen muchas barbaridades por parte de todos los bandos, y especialmente en conflictos como la Segunda Guerra Mundial.

Pero el lanzamiento de las dos bombas atómicas difícilmente resulta justificable, por más que algunos las quieran encuadrar dentro de necesidades estratégicas. El argumento de que “acortaron la guerra y ayudaron a salvar más vidas de las que destruyeron” jamás puede servir para excusar un asesinato indiscriminado de inocentes.

Estos y otros testimonios de supervivientes pueden encontrarse en el programa Hiroshima Witness, producido por el Centro Cultural de Hiroshima para la Paz y la cadena nipona NHK. En cuanto a las imágenes, he tratado de elegir las menos truculentas en atención a los lectores más sensibles. Una búsqueda le proporcionará fotografías infinitamente más duras, algunas de las cuales, ya se lo advierto, pueden hundirle el día.

Sirva para recordar que siguen existiendo armas nucleares en el planeta y que si algún día cayese una de ellas sobre tu ciudad, amigo lector, no debes esperar una explosión como la de Hiroshima. Ahora sería mucho peor. De hecho, parece de una solemne estupidez que en pleno siglo XXI todavía no hayan sido erradicadas por completo y de manera definitiva.

Se continúan fabricando. No es como para sentirnos orgullosos como especie. Mientras haya una posibilidad, por pequeña y remota que sea, de que se vuelva a detonar una de esas armas, no podremos decir que el ser humano ha dado un paso adelante en su evolución.

La nube atómica sobre Hiroshima, en una foto tomada desde el Enola Gay. (DP)
La nube atómica sobre Hiroshima, en una foto tomada desde el Enola Gay.

nuestras charlas nocturnas.

La época en que el amor era considerado sinónimo de enfermedad (y lo que recomendaban para curarse)…


Encuentro en el Golden Gate, de Jean Hey, finales del siglo XV
Encuentro en el Golden Gate, de Jean Hey, finales del siglo XV.

BBC News Mundo(A.Peirats) — En la Edad Media el amor se podía definir de diversas formas. Desde la perspectiva religiosa, el término era sinónimo de voluntas, caridad, entrega al prójimo. Este tipo de amor se defendía en los textos bíblicos y en la literatura de carácter moralizante.

Pero el amor también se podía definir como pasión o “eros”, resultado de la idealización de la persona amada.

– Un manual sobre el amor en el siglo XII

La asociación del amor como pasión la encontramos ya enDe amore, escrito por Andreas Capellanus, en el siglo XII. Es un tratado científico y práctico que describe las normas que hay que seguir en las relaciones amorosas.

En él se define el amor como una pasión innata, que procede de la contemplación de la belleza y de un pensamiento desmesurado de la forma de la persona amada.

Capellanus clasifica el amor en diferentes tipos: el amor verdadero, entre personas de igual rango social; el amor vulgar, que sería el carnal; el amor imposible y el amor deshonesto. El autor condena este último tipo de amor, contrario a los preceptos morales.

El libro influyó en toda la literatura medieval, en la medicina y en la sociedad. Y también se estableció la idea de que el amor era una enfermedad, basada en la teoría de los cuatro humores corporales. La salud se mantenía cuando estos humores (sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla) estaban equilibrados.

– La visión de los médicos

El médico Constantino el Africano, en su traducción de un tratado sobre la melancolía, estableció una conexión directa entre el exceso de bilis negra y el mal de amor.

Dibujo de Heinrich  Ullrich
El amor de mujeres podía ocasionar la muerte del enfermo, según Bernardo De Gordonio.

La causa de la enfermedad era el exceso de bilis negra, que explicaba la asociación de “amor” con “amaro” (amargo). Según él, esta enfermedad afectaba al cerebro y podía causar pensamientos y preocupaciones intensas en el amante.

En la misma línea, la tesis de Boissier de Sauvages relacionaba la enfermedad del amor con la melancolía.

De acuerdo con el Lilium Medicinae de Bernardo De Gordonio, la causa de la enfermedad era el “amor de mujeres” y podía ocasionar la muerte del enfermo. Se entendía que el hombre se obsesionaba con las imágenes de la amada y las archivaba en su cerebro.

En esta circunstancia aumentaba la temperatura corporal, el movimiento sanguíneo y el deseo sexual. Gordonio explicaba en su manual los síntomas, entre los que destacan el color amarillento de la piel, el insomnio, la falta de apetito, la tristeza constante por la ausencia de la amada, etc.

Este estado se consideró como una enfermedad llamada amor hereos o aegritudo amoris.

Pintura de Robinet Testard, siglo XV
La tesis de Boissier de Sauvages relacionaba la enfermedad del amor con la melancolía.

Arnau de Vilanova, médico medieval, atribuía este trastorno a un juicio erróneo de la “memoria cogitativa”, situada en el cerebro. El resultado era la elevación de la temperatura, provocada por la anticipación del placer sexual a nivel cerebral.

Según el Dragmaticon philosophiae de Guillem de Conches, y después también según Gordonio, el cerebro se dividía en tres compartimentos.

En el primero, situado en la parte superior de la frente, se ubicaba la virtud sensitiva. En el segundo, detrás de la frente, residía la conciencia sensitiva, donde el enfermo juzgaba las imágenes como positivas o negativas. En el tercer compartimento, situado bajo la parte inferior del cuello, se encontraba la memoria sensitiva, a modo de archivo de informatización de imágenes.

El hombre, candidato a idealizar la imagen de la amada, veía alterada la función imaginativa.

– La enfermedad del amor en la literatura

El amor como enfermedad es una constante en los textos literarios de la época. Lucrecio, en el De Rerum Natura, dedica el libro IV al tema del amor, y lo considera una enfermedad muy peligrosa para el equilibrio mental del ser humano.

Garcilaso de la Vega describe la enfermedad del amor como una condición que puede llevar a la locura y a la muerte. En su soneto XIV explica cómo su pasión amorosa le ha arrastrado a la desesperación, donde no puede encontrar descanso ni paz.

La enfermedad se constata en personajes conocidos de la literatura. El Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita evidencia la lucha entre el espíritu cristiano del amor de Dios y el “amor loco” que consume al amante.

En El Corbacho del Arcipreste de Talavera se describe el “loco amor” como la causa directa de la enajenación mental e incluso de la muerte.

Garcilaso de la Vega
Garcilaso de la Vega describe la enfermedad del amor como una condición que puede llevar a la locura y a la muerte.

En la Cárcel de Amor de Diego de San Pedro el protagonista, Leriano, es un ejemplo de la “enfermedad del amor”. Sufre una profunda pasión amorosa por Laureola y por ello pierde el apetito y el sueño, hasta llegar al borde de la muerte.

En La Celestina, Calisto, enfermo de amor, manifiesta un deseo sexual desmedido que lo lleva a la locura amorosa. Hasta elDon Quijote de Miguel de Cervantes busca como fin último que su amada Dulcinea conozca el alcance de su pasión.

También el protagonista Tirant, en el Tirant lo Blanchde Joanot Martorell, padecía el “mal de amar”. Mientras sufría por Carmesina, presentaba falta de apetito, insomnio, llanto y suspiros. Igualmente, en elEspill de Jaume Roig, el sabio Salomón diagnosticaba en sueños al protagonista el amor hereos a causa de una desmedida pasión amorosa.

– ¿Tenía cura la enfermedad del amor?

La curación de la enfermedad incluía una doble recomendación: dieta y disciplina moral. La dieta preceptiva consistía en evitar beber vino, carne roja, leche, huevos, legumbres y alimentos de color rojo.

La razón de prohibir estos alimentos era que incitaban el movimiento de la sangre y el deseo sexual. El enfermo de amor debía comer carne blanca, pescado, y beber agua o vinagre. También era necesario sudar y tomar un baño antes de comer.

Carne cocida
Para curarse del amor se recomendaba dieta -que incluía evitar las carnes rojas- y disciplina moral.

Además de la dieta, se recomendaba dominar los impulsos carnales para someter la voluntad: meter una plancha de hierro frío sobre los riñones –órgano en el que se consideraba que residía el deseo–, dormir en una almohada con ortigas, bañarse en agua fría, etc.

Con todo este programa de tratamiento del amor como enfermedad se concluía que la causa principal de todos los males era dejarse llevar por los instintos carnales.

Una vida virtuosa, alejada de la pasión desmedida, permitía conseguir la armonía entre cuerpo y alma.

Después de todo, el amor podía ocasionar la muerte física y, aún peor, la condena del alma.

nuestras charlas nocturnas.

La inesperada muerte de Sissi…


Historia Hoy(O.L.Mato) — Isabel Amalia Eugenia Duquesa en Baviera (Sissi) encontró la muerte el 10 de septiembre de 1898 a orillas del lago Lernan, en Ginebra a manos del anarquista Luigi Lucheni, quien aprovechó el inesperado encuentro con la emperatriz de Austria, para clavarle un estilete en el pecho. Horas después fallecía esta hija del Duque de Baviera que había cautivado a Francisco José I de Austria.

Su belleza legendaria, los enfrentamientos con su familia política por la frecuente desatención de la estricta etiqueta de la Corte y el tristemente célebre asunto de los «amantes de Mayerlng» con la muerte de su hijo Rodolfo, la había alejado de su marido y el rigor de su suegra.

Vagando por el mundo en busca de la paz que la vida le había negado, encontró la muerte a manos de este anarquista italiano que no tenía en sus cálculos asesinarla. Sissi encarna el mito de las princesas rebeldes que rechazan el protocolo real para llevar adelante una vida de plebeya.

Sissi y Francisco José se casaron el 24 de abril de 1854 en la Iglesia de los Agustinos de Viena.

Retrato de la Familia Real de Austria.
Retrato de la Familia Real de Austria.

Desde un primer momento Sissi chocó con la rigurosidad impuesta por su suegra, que instaba a que la educación de sus hijos quedara en mano de tutor, circunstancia que, si bien era común entre la monarquía europea, no había sido la forma poco ortodoxa en la que Elizabeth había sido educada por su padre.

El enfrentamiento hizo eclosión cuando la emperatriz insistió en llevar a sus hijas a una visita a Hungría, a pesar de la prohibición de la Archiduquesa Sofía.

Durante el viaje, una de ellas muere por una diarrea, circunstancia que sume a Elizabeth en una depresión que marcaría su carácter y enfriaría la relación con su marido.

Sissi solo pudo criar a la menor de sus hijas, María Valeria, a quien llamaban despectivamente en la Corte “la niña húngara”, por rumorearse que había sido fruto de una relación impropia con el conde Gyula Andrássy.

María Valeria.
María Valeria

Oprimida por la rígida etiqueta de la Corte, la intromisión de su suegra en la educación de sus hijos y la muerte de su hijo Rodolfo en extrañas circunstancias junto a su amante, la baronesa María Vetsera, Sissi se alejó de su marido y de allí en más vistió de negro, impidiendo que fuese retratada para no evidenciar su deterioro físico, viajando a distintos lugares y especialmente al palacio que había construido en la isla griega de Corfú.

Curiosamente, la relación epistolar entre los conyugues se hizo más frecuente y cariñosa a pesar de las desavenencias, la distancia y los amantes que tanto Francisco como Sissi tuvieron durante ese tiempo.

Probablemente Elisabeth haya padecido una anorexia nerviosa, caracterizada por una dieta estricta, largas caminatas que extenuaban a las damas de compañía y horas pasadas en el gimnasio que había construido en el Palacio Schönbrunn.

Por esta razón le habían prescripto cocaína (como se usaba antiguamente a forma de estimulante). Al parecer, la ingesta de esta droga, más su mala nutrición llevó a la caída de sus dientes, razón por la cual no sonreía en público.

Su vida tan particular, entre cuento de hadas y las desgracias que la rodearon (la muerte en un incendio de su hermana, la suerte aciaga de su cuñado en México, la locura de su cuñada, las muertes de sus hijos, etc.) fueron fuente de inspiración de libros, películas y musicales donde exaltan la figura de esta mujer de legendaria belleza y singular personalidad que encontró inesperadamente la muerte en Ginebra.

Grabado del asesinato de la Emperatriz.
Grabado del asesinato de la Emperatriz.

Al ser condenado Luigi Lucheni, el juez le dijo: “Habéis asesinado a una mujer desdichada”, a lo que Luigi contestó: “Creí haber matado a una mujer que vivía con un lujo obsceno…” Distintas formas de ver la existencia ajena.

Ficha policial de Luigi Lucheni.
Ficha policial de Luigi Lucheni.

nuestras charlas nocturnas.

El escarabajo atacameño que tiene el doble de proteínas que la vaca (pero una huella de carbono casi cien veces menor)…


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Desafío(C.Bley) — La industria ganadera no da para más. Lo que alguna vez fue una gran herramienta de supervivencia, y luego un excelente negocio, hoy es más bien un chaleco bomba amarrado a la humanidad: la producción de carne, que crece sin parar en el mundo, hoy genera tantas emisiones de carbono como el transporte vehicular. Para el 2050, podría representar casi un cuarto de todos los gases de efecto invernadero liberados a la atmósfera.

Todavía, eso sí, hay tiempo de desactivar este explosivo y la clave no es secreta: debemos conseguir que las proteínas, fundamentales para nuestra nutrición, no provengan solo de vacas, chanchos, pollos u ovejas, animales que por cada kilo de sabor aportan, en su crianza industrial, una profunda huella contaminante.

¿Pero dónde obtener alimentos de tan alto valor proteico como la carne animal, con aminoácidos que son esenciales para la nutrición humana, si no es del confiable ganado? Hay vegetales con muchas proteínas, como las legumbres, frutos secos y otros cereales, pero no todos consiguen ser tan completos: a algunos les falta metionina y a otros lisina, dos aminoácidos de los cuales depende nuestra salud.

Consumir más vegetales y menos animales es definitivamente más conveniente, tanto para el bienestar humano como el del planeta, pero todo indica que no dejaremos de comer carne. Los países en desarrollo solo aumentan su ingesta —tanto en China como en Chile, la tasa de crecimiento es del 2,5 por ciento anual—, mientras que los desarrollados no la bajan. En Estados Unidos, por ejemplo, se mastican unos 120 kilos por persona al año, más que nunca en su historia. 

El protagonismo de la carne, como se ve en el gráfico de arriba, se expande por los platos de todo el mundo. Entre 2000 y 2013, el consumo global de aves de corral aumentó un 59 por ciento, llegando ese año a las 109 millones de toneladas. Hoy, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), hay en la Tierra 25 mil millones de pollos en granjas productivas, o sea más de tres por cada ser humano.

Este ritmo ganadero, por mucho que lo lamenten carnívoros y parrilleros, es simplemente insostenible: solo para hacer una hamburguesa, una sola, se necesitan 1.695 litros de agua. 

La solución, si queremos seguir habitando este planeta en algo parecido a la armonía, no solo es dejar de cocinar animales de cuatro patas, sino que comenzar a producir los de seis. Sí: llegó la hora de comer insectos.

– Hay un escarabajo en mi sopa

Daniel Trujillo, profesor e investigador de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de Atacama, siempre estuvo al tanto del problema de la carne y su ineficiencia. Como magíster en Ingeniería Agroalimentaria, constantemente leía informes sobre las consecuencias de la industria de alimentos, el aumento de la población mundial y la crisis de suelos y recursos para seguir criando y cultivando comida.

En uno de esos reportes, elaborado por la FAO el 2013, le llamó la atención que en vez de cereales, frutas o verduras, en la portada aparecían grillos. Y el informe los destacaba, junto a otros insectos, como una importante fuente de alimentación para dos mil millones de personas en el mundo.

Los bichos, decía ahí, tienen un interesante aporte en nutrientes fundamentales, como las famosas proteínas pero también muchos minerales, aunque su mayor gracia está en lo fácil que es cultivarlos y el bajísimo impacto ambiental que generan.

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Esta es la vaquita del desierto, tan pequeña como nutritiva.

En promedio, para producir un kilo de carne de vaca se necesitan ocho kilos de forraje; uno de insectos, en cambio, solo requiere de dos kilos de alimento, el que además puede provenir de desechos orgánicos. En cuanto al agua, se calcula que al producir larvas de mosca soldado negra —una de las más cotizadas del mundo— se usa hasta diez veces menos que en la ganadería tradicional, además que el espacio requerido puede ser once veces menor.

Cada dato que leía a Trujillo le hacía aún más sentido. La manera en que nos alimentamos está llevando al planeta a sus límites y algo debía cambiar. Nunca, eso sí, había probado un bicho en su vida, pero aprovechó que estaba estudiando unos alacranes en las dunas de Atacama, el 2018, para investigar las propiedades nutricionales de otro insecto muy común en la región: la vaquita del desierto, un escarabajo del género Gyriosomus conocido por las manchas blancas y negras en sus élitros.

Se llevó unos ejemplares a su laboratorio de la UDA, en Copiapó, los congeló y luego, para que no perdieran ninguna propiedad, los deshidrató. Completamente secos, y sin saber con lo que se iba a encontrar, les realizó un perfil nutricional. Los resultados le abrieron el apetito, al menos científicamente.

“Primero, me encontré con que el Gyriosomus tiene buenas cantidades de potasio, magnesio, zinc, hierro y calcio, todos minerales fundamentales para la nutrición humana”, cuenta. “Segundo, y todavía más sorprendente, es que el 58 por ciento del peso de este escarabajo son proteínas. Es decir, el triple de un corte de vacuno tradicional, y el doble que una pechuga de pollo”.

Y no son proteínas cualquiera: el análisis de Trujillo mostró que ocho de los nueve aminoácidos esenciales que nuestro organismo no produce, pero que necesita para funcionar, están presentes en este escarabajo. El único que no apareció fue el triptófano, que sí está en el huevo y la leche.  

Otra virtud de nutricional de la vaquita del desierto es que, a diferencia de las vacas de los campos, tiene muy poca grasa —apenas un 8 por ciento de su peso, tres veces menos que el vacuno—, y la que posee es de muy buena calidad: son principalmente ácidos grasos poliinsaturados y monoinsaturados, las llamadas “grasas saludables”, que ayudan a reducir el colesterol LDL y los triglicéridos en la sangre.

“Estos insectos son de fácil producción”, dice el investigador. “Se podrían generar granjas con ellos, que pueden instalarse en cualquier lugar y hacer concentrados, por ejemplo”. Eso fue lo que hizo Trujillo: en vez de consumirlo como un crocante snack, convirtió al escarabajo en un polvillo seco que puede diluirse en agua o usarlo como suplemento alimenticio.

– ¿Estamos listos para comer insectos?   

Sobran las razones para comer insectos y, aún más, para disminuir el consumo de carne. ¿Por qué no lo hacemos? Tres sílabas: cul-tu-ra.

Llevar un contundente trozo de carne al plato, ojalá de vaca y bien magra, es un símbolo de estatus, una demostración de abundancia e incluso un ejercicio de poder. De poder adquisitivo, por supuesto, pero también poder sobre la naturaleza y la historia.

Es una manera de diferenciarnos de nuestros antepasados, muchos de ellos pobres o rurales, para quienes la carne era un lujo que no se podían permitir muy seguido. Al mismo tiempo, aunque no lo sepamos, comerse un asado es una sabrosa forma de acaparar recursos en el estómago.  

escarabajo insectos comestibles comida carne gyriosomus chile ciencia atacama
Un taco con larvas: un gusto que quizá tendremos que adquirir.

Porque para producir una caloría de vaca se necesitan algo así como diez calorías vegetales. Y cerca del 40 por ciento de los cereales que se producen en el mundo —cereales que podrían ser comidos por humanos, como la soya o el choclo— se usan para alimentar animales que luego nos alimentarán a nosotros. Pocas cosas más ineficientes que un bistec.

Los bichos, en cambio, significan todo lo contrario: todas las virtudes que hemos mencionado sobre la producción y consumo de insectos no parecen capaces, al menos en el mediano plazo, de evitar la repugnancia que provoca la imagen de meterse una larva a la boca. 

Históricamente, escarabajos, moscas y grillos han sido vistos en occidente como seres indeseados o, en el mejor de los casos, invisibles, tolerables solo cuando están lejos de nosotros. Si se acercan, los recibimos con una mueca de asco y luego con un chorro de insecticida.

Comerlos sería, para mucha gente, un retroceso civilizatorio, volver a tiempos prehistóricos, donde corríamos semidesnudos y dormíamos en los árboles. Pero es más probable que volvamos a condiciones así de precarias si seguimos produciendo carne de la forma en que lo hacemos ahora.

“Por eso es tan importante que la ciencia logre acercarse a las personas y a los poderes que toman decisiones”, reflexiona Trujillo. Con investigaciones como la de él, es más posible generar conciencia y acelerar estos cambios culturales. Algo así ha ocurrido en Europa, donde tras la presión de la comunidad científica y otras organizaciones, desde 2023 se permite la producción y venta para consumo humano de tres insectos: larvas de gusano (en polvo, congeladas y deshidratadas) y grillos deshidratados en polvo.

Por ley, en Chile solo se pueden comercializar insectos comestibles para animales o mascotas. Pero pronto eso debe cambiar. “Tenemos que hacer un cambio profundo de paradigma”, piensa el investigador, “y para eso debemos trabajar en conjunto ciencia, ciudadanía y poder político”.

Ahora bien, ¿a qué sabe un escarabajo? Trujillo no lo sabe: aunque sueña con una humanidad que coma más insectos y menos carne, todavía no prueba uno. “No se me ocurrió, pero sí olían bastante fuerte”.

nuestras charlas nocturnas.

España frente a la devolución de bienes culturales coloniales: el escenario legal…


España frente a la devolución de bienes culturales coloniales: el escenario  legal
Sala con objetos de la cultura Quimbaya, Museo de América, Madrid, España

The conversation(M.J.O.Jiménez) — Varios países europeos están dialogando y adoptando políticas sobre la restitución de objetos culturales coloniales. Se trata de un asunto que está inserto en un marco global en el que diversos intereses están en constante tensión y España es protagonista en este asunto.

De este tema se han estado ocupando los Países Bajos (2020), Alemania (2021), Bélgica (2022) e incluso Suiza, que no ejerció poder colonial formalmente en otros territorios, pero participó en diversos procesos coloniales en el mundo.

Estas iniciativas han sido acicateadas por el informe sobre la restitución de objetos africanos encargado hace seis años por el gobierno de Francia. Pero ¿sobre qué se está dialogando exactamente? ¿Qué argumentos se están trayendo a la mesa? España parece estar forzada a hacerse estas preguntas.

Uno de los asuntos que se están tratando es cómo los diversos intereses en juego se traducen legalmente. En este sentido, sobresalen la Convención de la UNESCO sobre importación, exportación y transferencia ilícitas de bienes culturales (1970) y el Convenio de UNIDROIT sobre bienes culturales robados o exportados ilícitamente (1995).

Urna cineraria, Quimbaya (Colombia)

Ambos tratados, que soportan los intereses de los Estados en el control sobre esos objetos, han sido ratificados por España en 1986 y 2002, respectivamente.

Los intereses de los pueblos indígenas, por su parte, se reflejan en los derechos –reconocidos en las Declaraciones sobre los derechos de los pueblos indígenas de la ONU (2007) y la OEA (2016)– a mantener, proteger y desarrollar las manifestaciones pasadas, presentes y futuras de sus culturas a través de sus objetos culturales y a que estos les sean restituidos si han sido privados de ellos sin su consentimiento o en violación de sus leyes, tradiciones y costumbres.

Estos derechos se relacionan con normas del Convenio 169 de la OIT sobre pueblos indígenas y tribales (1989), ratificado por España en 2007.

Por otra parte, en normas de derecho privado de diferentes países europeos se ha establecido que las demandas de restitución de bienes culturales originarios de otro país se decidan conforme al derecho de este último.

Así se encuentra en leyes de Bélgica, Hungría, Bulgaria, Albania, Rumania, Montenegro y Serbia. Esto se corresponde con un desarrollo jurisprudencial que lleva más de cuatro décadas.

Por ejemplo, en Inglaterra y en Italia se han tenido en cuenta las leyes del país de origen.

También en la doctrina jurídica española se ha propuesto una interpretación de las normas civiles en ese sentido. Ciertamente, no hay uniformidad legal en todo el mundo sobre esta materia, pero reconocer en estos casos la aplicabilidad de las leyes del lugar de origen es una tendencia clara.

– La colección Quimbaya

El 9 de mayo de 2024, Colombia solicitó a España el retorno de los objetos asociados a la colección Quimbaya que se encuentran en el Museo de América en Madrid. El origen de esta solicitud se enmarca en el contenido de una sentencia de la Corte Constitucional de Colombia de 2017.

Esta sentencia evaluó tres puntos: la ilegalidad de la donación que el presidente de Colombia hizo en 1893 a la reina regente del Reino de España, la aplicabilidad del derecho internacional y el significado de la colección Quimbaya para los pueblos indígenas.

La Corte Constitucional de Colombia decidió que la donación fue ilegal y afirmó que la colección Quimbaya “pertenece a pueblos indígenas que aún habitan el territorio”.

En este sentido, decidió que las piezas deberían ser repatriadas para que continúen transmitiendo a las generaciones futuras colombianas su legado cultural, para lo cual, afirmó, el Estado colombiano “tiene la responsabilidad de activar todos los procedimientos que el derecho nacional e internacional ofrecen”.

Así las cosas, al solicitar el retorno de la colección Quimbaya, el gobierno de Colombia está cumpliendo con una obligación que tiene de conformidad con el ordenamiento jurídico de su país.

– El caso de las máscaras Kogui

Máscaras Kogui.

Tratándose de restitución de objetos culturales coloniales, una práctica extendida consiste en utilizar mecanismos políticos y diplomáticos.

Son estos los que Colombia está usando para cumplir con la obligación jurídica antes aludida.

Así lo hizo también en el caso de las máscaras Kogui, devueltas a Colombia hace un año por el Museo Etnológico de Berlín, donde estaban desde 1915, y que fueron entregadas a los indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta.

Y así lo está haciendo al celebrar un acuerdo colaborativo con el mismo museo alemán en relación con las piezas líticas de San Agustín, llevadas allí en 1919 y cuya restitución, de conformidad con otra sentencia judicial, el gobierno colombiano debe procurar.

España, por su parte, parece estar atendiendo a un cada vez más vigoroso llamado a decidir qué senderos andar en relación con este asunto.

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Qué es el ecoísmo, la cara opuesta del narcisismo que pocos conocen…


El mito de Eco y Narciso representado en la pintura de John William Waterhouse.

BBC News Mundo(K.Papageorgiou) — La gente está obsesionada con el narcisismo y los narcisistas. Quieren saber si son narcisistas, si están saliendo con un narcisista, si su jefe es narcisista, si su perro es narcisista, y así sucesivamente.

Pero pocos parecen preguntarse por el polo opuesto del narcisismo: el ecoísmo.

Para comprender este rasgo modesto, vale la pena aventurarse primero en la mitología griega, de donde se derivaron los términos «narcisismo» y «ecoísmo».

Eco era una ninfa con una hermosa voz, una voz que usaba para mantener una agradable conversación para distraer a Hera, la reina de los dioses, para que no se diera cuenta de las infidelidades de su marido (Zeus) con las amigas de Eco (otras ninfas de las montañas).

Hera finalmente entendió el pequeño juego de Eco y la castigó para que ya no tuviera control de su propia lengua.

Eco solo podía hablar cuando le hablaban y solo podía repetir las últimas palabras de la persona que le había hablado.

Si bien el castigo le pasó factura a Eco, su verdadero sufrimiento comenzó cuando se enamoró de Narciso, un cazador que se había ganado renombre por su extraordinaria belleza.

El brutal rechazo de Narciso hacia Eco debido a su incapacidad para pronunciar sus propias palabras le causó tal dolor que, al final, no quedó nada de ella excepto su voz.

Como en el mito en el que Eco ayudaba a otras ninfas a aparearse con el rey de los dioses, los ecoístas se centran en satisfacer las necesidades de los demás para evitar considerar las propias.

Y son incapaces de expresar sus propios deseos y pensamientos por miedo a que esto pueda generarles sentimientos de vergüenza o pérdida del amor.

Suelen ser empáticos y evitan o incluso rechazan la atención.

narcisita
A diferencia de los narcisitas, los ecoístas suelen ser empáticos y evitan o incluso rechazan la atención.

Otras características del ecoísmo pueden implicar una incapacidad para crear límites, una tendencia a culparse a sí mismos y a pedir muy poco a los demás por temor a que esto pueda agobiarlos, o que pueda ser visto como un intento de atraer la atención.

En el mito, Narciso y Eco son opuestos que se representan como entidades entrelazadas pero separadas.

Para comprender el ecoísmo, es necesario comprender el narcisismo, ya que el primero se percibe como el extremo opuesto del espectro del narcisismo.

– Los opuestos se atraen

Los ecoístas y los narcisistas pueden sentirse atraídos entre sí. Y si bien puede ser fácil pensar en el narcisista como el agresor y en el ecoísta como la víctima en una relación, la verdad es que ambas partes satisfacen ciertas necesidades.

Un narcisista monopolizará la atención sin ningún desafío o amenaza a su ego. Mientras tanto, el ecoísta se esconderá en las sombras del narcisista para satisfacer su tendencia a rechazar la atención.

Yendo más allá de las dicotomías simplistas entre personalidades buenas y malas, la moraleja del mito, así como la interpretación de hallazgos recientes sobre el narcisismo, sugieren que demasiado o muy poco de cualquier cosa puede ser catastrófico para la persona y las personas que la rodean.

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Un narcisista monopolizará la atención sin ningún desafío o amenaza a su ego.

En el mito, tanto Eco como Narciso mueren trágicamente a una edad muy temprana en la desesperación causada por decisiones equivocadas y necesidades insatisfechas.

Hoy en día, tanto el trastorno narcisista de la personalidad (el extremo superior del espectro del narcisismo) como el ecoísmo (no existe un ecoísmo equivalente al trastorno narcisista de la personalidad) pueden contribuir a problemas de salud mental, aislamiento y soledad.

Por otro lado, un nivel saludable (incluso ligeramente elevado) de narcisismo, principalmente “narcisismo grandioso” (un sentido inflado de importancia y una preocupación por el estatus y el poder), puede contribuir a resultados positivos, como una reducción de las enfermedades mentales y un mejor desempeño bajo estrés.

Esto se debe a que niveles ligeramente elevados de narcisismo grandioso se han relacionado sistemáticamente con una mayor resiliencia ante los trastornos mentales.

También hemos demostrado que cuando estaban bajo estrés para realizar una prueba cognitiva, los narcisistas grandiosos parecían haber tenido la capacidad de ignorar comentarios engañosos y concentrarse en la tarea en cuestión.

Pero para comprender cuánto narcisismo o ecoísmo se necesita antes de que se vuelva tóxico, debemos cambiar la forma en que percibimos la naturaleza humana.

En lugar de pensar en los rasgos de la personalidad como algo fijo (o eres ecoísta o no), deberíamos centrarnos en comprender cómo nuestro comportamiento y nuestra personalidad cambian de un día para otro dependiendo de lo que se requiere de nosotros dentro del complejo entorno social. en el que todos operamos.

nuestras charlas nocturnas.

Los asuntos del follar y otras vergüenzas pretéritas…


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JotDown(M.de Lorenzo) — He recordado algo que me parece oportuno contarles. Pero vamos por orden.

Como ya se habrán ustedes fijado, siempre que una sociedad, directa o indirectamente y a pesar de la imposible unanimidad y la huidiza mayoría, conviene en admitir la ruindad de algún célebre antepasado, sus autoridades proceden de forma similar: afeando su gloria. Y no existe mecanismo institucional más inmediato, eficaz y perdurable a tal efecto que su oprobiosa desaparición del callejero.

El general Franco se ha convertido así en el conde Aranda, en Carrera o en Progreso; Emilio Mola en el Príncipe de Vergara; hasta el presunto pasado nazi de Ferdinand Porsche le ha impedido, desde la tumba, sustituir en Atlanta a Henry Ford. Qué cosas.

Además de calles, plazas y avenidas, sus nombres suelen desaparecer de placas e inscripciones honoríficas tan rápido como de la vista lo hacen sus eternas siluetas, subidas normalmente a lomos de caballos de aleación que decorarán para siempre y junto a sus jinetes el fondo de algún triste almacén municipal.

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Esta práctica, que a algunos parecerá un tanto ridícula porque al fin y al cabo qué más da, qué importa un nombre, a quién molesta, siempre se ha llamado así, solo es una estatua, no ofende a nadie, no estorba, siempre ha estado ahí, no es en realidad una costumbre tan disparatada.

Si el mérito de una vida dedicada al pueblo, a la ciencia, al gobierno o al deporte es recompensado con una placa conmemorativa, una estatua en una plaza o el nombre de una avenida, no es descabellado que tales homenajes sean retirados si el tiempo prueba que aquella dedicación no fue tal.

Más aún si donde creíamos ver honor ahora hallamos bajeza.

Y sobre todo si tras el reconocimiento popular se escondía una obligación tirana —que bien podría, en circunstancias opuestas, imponer la dirección contraria—.

La sociedad, en cualquier caso, tiene derecho a cambiar de opinión y a dejar constancia de ello, y mantener por desidia un homenaje público, sea cual sea su forma, no es muy distinto en la práctica a hacerlo por convicción.

De lo que se trata, en definitiva, es de consolidar el descrédito. De remarcar el desprestigio al que definitivamente se quiere conducir a quien ahora parece merecedor del mismo. Y pocos métodos hay más efectivos que desdeñar su recuerdo. Lograr que su nombre y su figura pierdan relevancia histórica y honor. Omitirlos. Privarlos de pulcritud y arrinconarlos hasta que, eventualmente, caigan en el olvido.

Esa es la intención de quienes deciden retirar una estatua ecuestre, por ejemplo. Era asimismo el objetivo del Comité de Control de los Aliados cuando, en plena desnazificación, se adoptaba un nuevo nombre para alguna “Calle Adolf Hitler”. Ese era, igualmente, el deseo de los responsables de la autodenominada Revolución Libertadora argentina cuando prohibieron que el nombre de Juan Perón fuese mencionado en público tras el golpe de estado de 1955. La condena de la memoria.

Su existencia como pena se remonta siglos atrás. La conocieron las ciudades-estado italianas de la Baja Edad Media; fue aplicada por la cabeza de la Iglesia en el Sínodo del terror; frecuentada por griegos, persas, egipcios. Los romanos la llamaban damnatio memoriae y consistía precisamente en eso.

En su maldición. Mediante decreto, el Senado ordenaba la supresión de cuantos monumentos, efigies, imágenes e inscripciones recordasen a quien no era digno de Roma, llegando incluso a prohibir la pronunciación del nombre de los que eran una vergüenza para su pueblo. Pocos símbolos más exactos de ignominia puede haber que la propia pérdida del nombre, ya que en realidad, más que un símbolo, ese es precisamente su origen. In-nomen.

Excepción hecha de los actos objetivamente más deshonrosos, sería muy difícil determinar con exactitud qué conductas eran merecedoras en cada época y lugar de la ignominĭa, de la abolitio nominis, de la maldición de la memoria, ya que no es en absoluto sencillo precisar los criterios que llevan a una sociedad concreta a considerar en un momento dado un hecho como vergonzoso.

Qué les parecía denigrante y por qué. Qué se lo parecía a otros. Que nos lo parece a nosotros. Y no lo es porque esos criterios son más o menos estrictos en función de cómo sople el viento a lo largo de los años. Lo que en un tiempo pudo ser considerado una vergüenza, tal vez ahora no lo sea. Y viceversa.

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Y es así porque la vergüenza es un sentimiento de humillación.

Es el conocimiento consciente de la transgresión de los límites de la dignidad, fijados por las caprichosas pautas socioculturales de una comunidad en una etapa histórica determinada. 

Charles Darwin recogía en La expresión de las emociones en el hombre y los animales sus manifestaciones físicas —rubor, calor, cabeza baja—. Estas son siempre las mismas independientemente de la época y el lugar porque no son las sensaciones provocadas por la vergüenza las que varían, sino el sentimiento de humillación que las produce.

Qué nos parece humillante y qué no. La similitud con lo que les parecía humillante a los galileos, al hombre renacentista, a los bañistas de los años 20, o lo que les parece humillante a los vietnamitas y japoneses de hoy en día, o lo que se lo parecerá a nuestros descendientes dentro de doscientos años, es —disculpen la hipérbole— pura coincidencia.

El caso, como decía al inicio del artículo, es que me encontraba leyendo acerca de estos asuntos cuando recordé una serie de anécdotas relacionadas con el tema y que, en mi opinión, no tienen desperdicio. Todas ellas están recogidas en la primera serie de Historias de la Historia, la singular obra del recientemente fallecido historiador Carlos Fisas.

Reflexiona el autor, precisamente, sobre el especial pudor que hoy en día impide hablar de los problemas de la vida conyugal “con la misma libertad con que se habla de las afecciones del estómago, pongo por ejemplo”. Agradeciendo que nuestros antepasados tuviesen otro concepto de la vergüenza —de lo humillante, quiere decir—, acomete el repaso de varios y bien documentados episodios históricos relacionados con la “flaqueza de engrandar” y la “poquedad de coito”.

Respecto a la primera, conocida actualmente como impotencia erigendi o disfunción eréctil —aunque “flaqueza de engrandar” me parece un término sublime que, bien lo sabe Dios, usaré de ahora en adelante—, relata Fisas cómo en el siglo XVI los tribunales entendían de esta clase de problemas, aunque hoy nos parezca inverosímil, ya que podían constituir causa de nulidad matrimonial.

Es así que, en una ocasión, una mujer acudió a los jueces acusando a su marido de haberla “desflorado con los dedos y no de otra manera porque él no era para más”. Lo cierto es que esta clase de demandas no eran infrecuentes pero esta vez el buen señor salió airoso.

Se halló que estaba dotado de la necesaria potencia, puesto que no existía “falta en la compostura y formación de los miembros genitales del sujeto”, y además “su miembro, el cual era bien peloso, crecía puesto en agua caliente y fregándole manos de mujer, en tanto que se acortaba con el agua fría”. Inapelable, oigan. Sencillamente inapelable.

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Otra de las curiosas acusaciones registradas en el libro es la de una muchacha que decía estar embarazada de su marido a pesar de seguir siendo virgen puesto que él era impotente.

Los expertos, valiéndose de los procedimientos que ya hemos mencionado, determinaron que los órganos del esposo “estaban bien dispuestos para la cópula”.

En cuanto a la virginidad de su señora, sin embargo, hubo ciertas discrepancias.

Las comadronas confirmaron la versión de la mujer, pero al parecer existían hierbas y sustancias que permitían a las damas aparentar que conservaban la virtud intacta.

Los peritos, por su parte, también le dieron su plácet.

Al fin y al cabo, el médico Juan de Aviñón ya había explicado siglos antes que “la mujer se puede empreñar quedando virgen porque la simiente del hombre puede pasar a través de la tela vaginal cuando esta es rala y floja y muy porosa”.

La esterilidad, o “poquedad de coito”, es un asunto bastante más serio. Tanto que, por aquel entonces, los remedios existentes podían llevar a uno directamente al otro barrio. Así le sucedió, en efecto, a Fernando II de Aragón, “el Católico”. Que no padecía de impotencia generandi lo demuestra vagamente un hecho acaso insignificante: tuvo ocho hijos —quizá más—.

Sin embargo se ve que Germana de Foix no era lo suficientemente excitante per se y decidió dar a probar a su marido un potingue a base de mosca española desecada y triturada capaz de izar la vela mayor de cualquier barco durase lo que durase la tormenta. Pero por algo los romanos repetían aquello de in medio virtus

La buena mujer se excedió en la dosis y semejante erección lo llevó a la tumba. Muerte por priapismo. Supongo que hay peores formas de morir.

Lo misma suerte que Fernando sufrió Martín I, “el Humano”, aproximadamente un siglo antes. Las fuentes oficiales responsabilizaron a la devastadora peste negra, pero se cree que falleció debido a las numerosas sustancias con las que las doncellas, contraviniendo las órdenes de los médicos, le untaban continuamente el glande para que lograse engendrar.

Pero no era la esterilidad un problema reservado al sexo masculino. En el hombre se producía “por yacer con mujer de pocos años, o vieja, o porque está en la menstruación, es tiñosa, sarnosa, hediendo o de aborrecible catamiento”. Pero la culpa no iba a ser solo de ellas, evidentemente.

“También puede sobrevenir por ser el varón niño, decrépito, borracho o tragón, o estar doliente, débil, cansado o poseído de ira o temor grandes”. El que era de “tan fría naturaleza que no se puede esforzar por yacer con las mujeres” lo tenía también bastante jodido. Pobrecito.

La principal causa femenina, sin embargo, era casi poética, pues consistía en tener la mujer “su natura cerrada”. Para el doctor Andrés Ferrer de Brocaldino se debía, en todo caso, a “la destemplanza de la matriz”, y si se trataba de señoritas de vida licenciosa, el motivo era que “la materia de uno —el semen de un hombre— destruye la de otro”.

Cómo decidir quién era el culpable, si ellos o ellas, tenía a pesar de los rudimentarios instrumentos médicos de la época muy fácil solución. Verán:

“Echen en agua la mujer su simiente y el hombre la suya, y la simiente que no bajare, sino que anduviere en lo alto del agua nadando, aquella es en la que está el defecto de no engendrar. Y este experimento lleva razón, porque es señal de que no está bien digerida aquella simiente y que tiene ventosidad que la hace ir nadando”. Científicamente impecable.

“Que orinen ambos, cada uno en una lechuga, y orinen encima. El que primero secase su lechuga es el que tiene la falta en no engendrar. Y este experimento en parte es conforme a la razón, porque significa gran calor y abundancia de humores adustos en aquella lechuga que primero se secase”. Convendrán conmigo en que un análisis más riguroso es imposible.

No entiendo por qué su inventor, el doctor Lobera de Ávila, afirmaba que era conforme a la razón solo “en parte”. Debía de estar loco.

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Más, “Que tome siete granos de trigo y siete de cebada y siete de habas y los ponga en un vaso en un barreño con tierra y otro tanto en otro y orinen el varón en un vaso y ella en otro, y dejarlos estar allí siete días y en el vaso donde se hallasen vacías las simientes o granos, es señal de aquel cuya orina no tiene defecto, sino que es hábil para engendrar”.

Y mi favorita: “Se hace poniendo por debajo de la madre un ajo, y si la mujer siente el sabor en la boca, es señal que el defecto no está en ella, sino en el varón”.

Por debajo de la madre —es decir, de la matriz— es justo ahí, sí… Donde se imaginan. Confío en que no les repita si lo intentan.

También bajo el epígrafe “La vida conyugal”, Carlos Fisas recopila asimismo algunos de los necesarios e importantísimos remedios para la temible “poquedad de coito” utilizados desde el siglo XV en adelante.

Así, “un emplasto hecho con testículos de raposo, meollos de los pájaros y flores de palma” era lo ideal para “facer desfallecerse a la mujer debajo del varón”. Las mismas propiedades se predicaban, cómo no, de la apreciadísima verga del toro.

Desde luego, semejantes porquerías hacen bueno al dicho “es peor el remedio que la enfermedad”. Con tal cataplasma untada en el pene no se le levanta ni a un adolescente escondido en el vestuario de las chicas.

Estaban prohibidas, para evitar “la poquedad de la virtud”, todas aquellas circunstancias “que traen accidentes de la ánima tristosos” así como las “sustancias que enfrían la complixión” y también las que la calientan.

Si el problema era de cortedad fálica, se recomendaba levantar las nalgas de la mujer para que la semilla cayese en el fondo. Si, por el contrario, era de longitud excesiva, el consejo era que el macho o la hembra tuviesen “la raíz de la verga apretada con toda la mano, porque no metan toda la verga y porque la simiente en el camino no se enfríe”. Genial.

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Por último, nos regala el autor una antigua y célebre fórmula diseñada para fecundar a la mujer correctamente, recogida en uno de los más importantes manuales de medicina del momento:

“Después de medianoche y antes del día, el varón debe despertar a la hembra hablando, besando, abrazando y tocando las tetas y el coño y el perineo, y todo esto se hace para que la mujer codicie que las dos semillas concurran juntamente, porque las mujeres lanzan su esperma más tarde —en otras palabras, los preliminares de toda la vida—.

Y cuando la mujer empieza a hablar tartamudeando, entonces se deben juntar en uno y poco a poco deben hacer el coito, y se debe juntar (el pene) de todo en todo con el coño de la mujer de tal manera que el aire no pueda entrar entre ellos.

Y después que haya echado la simiente debe estar el varón sobre la mujer sin hacer movimiento alguno, que no se levante luego. Y después de levantarse, la mujer debe extender sus piernas y estar para arriba y dormir si pudiese, que es muy provechoso, y que no hable ni tosa”.

Otro sistema, usado ni más ni menos que por Juan V de Portugal siglo y medio más tarde, era el descrito en el XVI por Juan Fragoso en su Tratado de las declaraciones que han de hacer los cirujanos acerca de muchas enfermedades y muchas maneras de muertes que suceden, y consistía sencillamente en que la mujer se colocase en situación y “condujese las cosas al lugar oportuno como suele hacerse en algunos establecimientos para el fomento de la cría caballar”. No se puede ser más descriptivo, ¿no les parece?

No se preocupen. No es mi intención elaborar en este punto una reflexión a partir de lo expuesto ni entroncar de nuevo con el tema que abría el artículo. En esta ocasión no hay mensajes, ni moralejas, ni sermones. Que cada sociedad decida qué le parece vergonzoso y considere tabú todo aquello que le venga en gana. Faltaría más. Pero permítanme un simple comentario a propósito de la evidente naturalidad perdida: qué mojigatos nos hemos vuelto, coño. Qué mojigatos…

Que follen ustedes bien.

nuestras charlas nocturnas.

La increíble historia de Omm Sety y sus descubrimientos arqueológicos…


Historias de la historia(J.Sanz/G.Carvajal)/National Geographic(C.Mayans) — Es la historia de Dorothy Eady, una mujer inglesa que afirmaba ser la reencarnación de una sacerdotisa del antiguo Egipto. Aparte de que esto es imposible, lo que no se puede negar son sus habilidades arqueológicas. Esta extraordinaria historia empezó cuando, a los tres años, Dorothy tuvo un grave accidente en su casa de Londres.

La pequeña se precipitó por las escaleras y el médico que acudió a auxiliarla sólo pudo certificar su muerte. Pero una hora después, la niña había recobrado la vida y estaba como si nada jugando sobre la cama. Años más tarde ella misma afirmaría que «alguien» regresó del pasado más remoto para revivirla.

Un año después de su accidente, en 1908, la niña empezó a tener extraños sueños en los que veía un gran edificio rodeado de columnas y de exuberantes jardines repletos de árboles frutales.Cuando se despertaba, les decía a sus padres con desesperación: «¡Quiero volver a casa!». Sus padres no entendían nada de lo que le ocurría a su hija y no hacían más que formularle preguntas que Dorothy no sabía responder.

Cuando sus padres la llevaron a visitar el Museo Británico a los 4 años de edad ocurrió algo extraño. Al entrar en la sala dedicada a Egipto, comenzó a besar los pies de todas las estatuas, afirmando que aquella era su gente y que quería volver a su casa en Egipto. Eady estudió egiptología en el museo Ernest Wallis Budge, aprendió a leer jeroglíficos, y en 1932 se traslada a Egipto donde se casa y tiene un hijo, al que llama Seti. Ella misma comienza a llamarse Omm Seti (madre de Seti).

Pero ¿de dónde venía todo eso? La propia Dorothy estaba impactada por lo que le ocurría, hasta que un día, en un periódico local,vio una fotografía del templo de Osiris en la ciudad de Abydos, en Egipto. Lo reconoció de inmediato, puesto que era el lugar que, según ella, aparecía recurrentemente en sus sueños.

A los 14 años, Dorothy tuvo una auténtica revelación que «disipó» todas sus dudas. Una noche se le apareció una figura vestida con túnica blanca y capa azul: era el faraón Seti I, el mismo monarca que ordenó la construcción del templo de Abydos. A partir de entonces, la joven, con tan sólo diez años, empezó a estudiar egiptología con el mismo Ernest Wallis Budge, conservador del Museo Británico, y aprendió a leer jeroglíficos.

Allí encuentra trabajo en el Departamento de Antigüedades y descubre el Templo de Abydos, erigido por Seti I en el siglo XIII a.C. Precisamente el lugar que decía ver en sus sueños desde los 3 años, y que identificaba como su hogar.

Durante los diez años siguientes, Dorothy recibía todas las noches de luna llena algunos mensajes por medio de escritura automática (un tipo de escritura que no proviene de los pensamientos conscientes de quien escribe). Según ella, los mensajes le fueron dictados por un tal Hor-Re, que le reveló quien fue ella en su vida pasada.

Según Hor-Re, Dorothy fue una joven egipcia llamada Bentreshyt, criada desde los tres años en el templo de Abydos. Su padre era un militar y su madre una modesta verdulera.

Vivió en Abydos desde 1950 hasta su muerte en 1981. Lo curioso es que, aparte de que todo esto no sea más que un cuento posiblemente provocado por algún tipo de lesión cerebral, lo que los estudiosos si reconocen son sus descubrimientos arqueológicos. Cuando ella decía cavad aquí -«recuerdo que aquí estaba«, decía ella-, los arqueólogos cavaban y encontraban lo que ella había dicho.

Así ocurrió por ejemplo con el jardín adjunto al Templo de Seti I. La mayoría de templos egipcios solían tener un jardín adjunto. No obstante, ella fue capaz de identificar el lugar exacto donde había que cavar para encontrarlo. También predijo que habría un tunel que pasaba bajo la parte norte del templo, hallado en una excavación posterior.

Otras de sus predicciones arqueológicas todavía no han sido comprobadas. Como la de que bajo el templo de Seti I hay una bóveda secreta que contiene una biblioteca de registros históricos. Entre sus afirmaciones más controvertidas está también la datación de la Gran Esfinge de Guiza como mucho más antigua de lo que en realidad se acepta hoy en día.

La historia de Dorothy Eady fue bastante famosa en los medios en los años 80. Precisamente en 1979 un corresponsal del New York Times llamado Christopher Wren publicó sus historia, estableciendo una relación entre Eady y El Mago de Oz, una historia de otra Dorothy que también quería volver a casa.

En 1987 el The New York Times retomó la historia, al hilo de un libro publicado por Jonathan Cott y Hanny El Zeini titulado La búsqueda de Omm Sety. Una historia de amor eterno. La propia Eady publicó varios libros, que se pueden encontrar en tiendas online. En Youtube hay varios videos al respecto, pero no son demasiado interesantes porque se centran en el aspecto misterioso y magufo de la historia.

A los 27 años, Dorothy empezó a trabajar en una revista de relaciones públicas egipcia, en la que escribía artículos contra el colonialismo y a favor de la independencia de Egipto. Allí conoció al joven egipcio Abd El Megid, con quien se casó. Poco después, con 29 años, decidida a ir en busca de su pasado, Dorothy y su marido embarcaron en 1933 destino a Egipto.

El barco atracó en el puerto egipcio de Port Said, desde donde un tren llevó a la pareja hasta El Cairo, donde el joven matrimonio se estableció. La pareja tuvo un hijo al que Dorothy puso el nombre de Seti. Desde aquel momento fue conocida, como era tradicional en Egipto, como Omm Seti (la madre de Seti). Dos años después, Abd el Megid recibió una oferta de trabajo en Irak, pero Dorothy no quiso acompañarle por lo que la pareja acabó separándose.

Dorothy se trasladó con su hijo al pueblo de Nazlet El Simanm, cerca de las pirámides de Giza, y consiguió un trabajo en el Departamento de Antigüedades Egipcias como redactora de documentos, siendo la primera mujer que lo logró.Fue contratada por el Dr. Selim Hassan, descubridor de la tumba de la reina Khentkaus I.

Dorothy se encargó de corregir, indexar e ilustrar tres de los diez volúmenes sobre el descubrimiento. Organizó la biblioteca del egiptólogo y continuó perfeccionando sus estudios sobre jeroglíficos. Tradujo al inglés la enciclopedia Aegyptische Worterbuch, e incluso bordó, junto con la esposa del doctor, diez grandes tapetes que recreaban escenas del antiguo Egipto. Nueve de ellos se conservan hoy en día en la biblioteca Wilbour del Museo de Brooklin, en Nueva York.

Dorothy vivió durante veinte años en la zona de Menfis, y trabajó en varias misiones arqueológicas en Giza y Dashur. Escribió numerosos artículos sobre los monumentos excavados que luego arqueólogos como Selim Hassan o Ahmed Fakhry publicaban como propios, dejando el trabajo de Dorothy en segundo plano.

Sorprende pensar que Omm Seti no viajó hasta Abydos, su objetivo final, hasta 1952. Llegó allí una noche de luna llena, entró en el templo, quemó incienso y pasó la noche rindiendo culto a los antiguos dioses. Al final, en 1956, fue enviada allí definitivamente por el Servicio de Antigüedades de Egipto para trabajar como delineante. En Abydos, Omm Seti hallaría, por fin, su propósito en la vida. Vivió hasta el final de sus días en una modesta casa de adobe junto al templo de Seti I, acompañada únicamente de varios gatos, una oca, un burro y alguna serpiente ocasional.

Cuando Omm Seti llegó a Abydos, el templo se encontraba en muy malas condiciones. Su trabajo consistía en catalogar y traducir los bloques grabados del templo de Seti I, tanto los que estaban desperdigados por el suelo como los que había guardados en los almacenes. «Se me presentaron con un montón de fragmentos de piedras escritas, había más de 2.000, unas muy grandes y otras muy pequeñas.

El trabajo consistía en copiar las inscripciones, catalogarlas y, cuando era posible, ajustar unas con otras…», comentaría Omm Seti de su trabajo en una entrevista para National Geographic. Con infinita paciencia esta mujer logró reconstruir los 2.000 bloques de relieves que permanecían desparramados por el suelo del temploIncluso pudo localizar los restos del antiguo jardín que una vez se alzó en el templo y que había visto tantas veces en sus sueños.

Pero además de su trabajo para el Servicio de Antigüedades, Omm Seti continuó realizando rituales sagrados en las estancias del viejo templo, recuperados a través de la lectura minuciosa que hizo de los jeroglíficos que cubrían sus muros, con lo que adquirió un amplísimo conocimiento de las antiguas ceremonias faraónicas.

«Todos los años, el día de la gran fiesta, y también el de los cumpleaños de Osiris e Isis, vengo aquí con ofrendas de vino, pan e incienso. Me encanta venir. Es un lugar en el que verdaderamente me siento como en casa», explicó en su entrevista a National Geographic.

– Respetada por todos

Durante los años siguientes, Omm Seti siguió trabajando para el Servicio de Antigüedades, guiando a los turistas en el templo de Seti y realizando bordados. De hecho, las autoridades egiptólgicas de la época nunca la consideraron una loca, al contrario, llegaron a decir de ella que era «indispensable para cualquier misión arqueológica o trabajo serio en el área de Abydos».

En Abydos, Omm Seti continuó recibiendo visitas nocturnas de Seti I, según ella misma. En una de ellas,el 29 de julio de 1972, el faraón le dijo a propósito de la Atlántida que «cierto día un navegante procedente de la isla de Creta me relató una historia similar. Según este hombre, el mar Mediterráneo fue hace mucho tiempo una gran extensión de tierra que cierto día se hundió. De este continente perdido solamente habían podido salvarse las cimas de las montañas que hoy forman las islas griegas del Egeo».

Dos años más tarde, el 29 de agosto de 1974, en otro encuentro con el faraón, éste habló a Omm Seti de la vida en otros planetas. De hecho, le relató algunos de sus viajes por esos mundos sin especificar cómo llegó hasta allí. Según el rey, muchos de ellos estaban habitados por seres humanos. El faraón llegó a hacer una curiosa descripción de una ciudad con calles anchas y «cosas metálicas con ventanas y asientos en el interior, pero que no tenían ni alas ni ruedas».

Poco antes de su muerte Omm Seti participó en un par de documentales para la televisión. Uno de ellos, de la BBC, Omm Seti y su Egipto, fue filmado en Abydos en octubre de 1980. El otro, de National Geographic, llamado Egipto, en busca de la Eternidad, fue grabado pocos días antes de su muerte. Junto a su amigo, el farmacéutico Hanni El Zeini, escribió un libro titulado Abydos, Ciudad Santa del Antiguo Egipto, que se publicaría en 1981.

Omm Seti murió en Abydos el 21 de abril de 1981. Ella misma había organizado su funeral. Dispuso que su tumba mirara hacia Occidente, donde se ubica el reino de Osiris, para contemplar cada mañana la salida de Re, el dios Sol,montado en su barca sagrada y dispuesto a realizar su travesía diaria por los cielos de Egipto.

Dorothy Louis Eady (1904-1981), más conocida como Omm Seti, ha sido una de las figuras más controvertidas que ha dado la moderna egiptología. Esta británica pasó la mayor parte de su vida cuidando del templo de Seti I en Abydos y diciendo que era la reencarnación de una sacerdotisa llamada Bentreshyt, que fue amante de Seti, el padre del gran Ramsés II.

nuestras charlas nocturnas.

La iglesia en la edad media: Influencia y Poder…


sobrehistoria.com — La iglesia era la institución más omnipresente en la vida medieval y su influencia estaba en casi todos los aspectos de la vida de las personas.

Sus prácticas religiosas formaron el calendario; sus ceremonias sacramentales marcaron momentos importantes en la vida de un individuo (incluidos bautismos, confirmaciones, matrimonios, la eucaristía, la confesión, las órdenes sagradas y los últimos ritos); sus enseñanzas respaldaron creencias clave sobre la ética, el significado de la vida y el más allá. 

La Edad Media es una de las etapas más fascinantes de la historia.

Un período que se caracteriza fuertemente por la existencia del Sistema Feudal o Feudalismo.

Un mundo de nobles, campesinos, tributos, vasallos, feudos, y monarquías debilitadas. Pero más allá de esto, el mundo medieval estuvo dominado por la Iglesia católica. Por eso es esencial que para entender el desarrollo de la edad media, investiguemos en profundidad la importancia que tuvo Iglesia Medieval.

De hecho, podemos decir que la iglesia católica tuvo influencia en todos los órdenes de la vida de la edad medieval. En el siglo XI Europa era en gran parte cristiana.

La cristiandad vivió una etapa de gran influencia aunque esta se vio profundamente afectada cuando en el año 1054, los obispos bizantinos negaron la autoridad del Papa, provocando el llamado cisma de Oriente. Desde entonces, el mundo cristiano europeo se dividió en dos: Oriente optó por la Iglesia griega ortodoxa, mientras que Occidente se mantuvo fiel a la Iglesia católica romana como se conoce todavía.

– Rol de la iglesia en la edad media…

En Occidente, la Iglesia se vinculó estrechamente a la sociedad feudal. La misma Iglesia era un gran poder feudal, pues poseía la tercera parte de la propiedad territorial del mundo católico y, entre otras cosas, tenía derecho al diezmo, que era le décima parte de las cosechas de toda la gente.

En la Edad Media, la Iglesia Cristiana tuvo un rol decisivo. Fue la única institución que logró ejercer su poder a lo largo de una Europa fragmentada políticamente.

La vida cotidiana en la Edad Media, y la forma de pensar de nobles y campesinos, estaban muy influenciados por los principios y creencias de la Iglesia Cristiana. Como consecuencia de esto, las acciones de la gente se hallaban estrechamente ligadas a las normas religiosas.

La Iglesia era al mismo tiempo el centro de la vida intelectual. Desde este rol preeminente, posibilitó el afianzamiento de una particular interpretación del mundo, diseñado y ordenado según los designios de Dios. Se cristalizó así una mentalidad medieval basada en preceptos religiosos que perduró durante siglos.

– Los diferentes tipos de iglesia en la edad media

Todos los miembros de la Iglesia conformaban el clero, que a su vez se dividía en dos: el clero secular y el clero regular. El jefe espiritual de todos era el Papa.

. El clero secular

El clero secular eran aquellos miembros de la Iglesia que vivían en el mundo, mezclados con los laicos: el Papa, los arzobispos, los obispos y los párrocos.

Los párrocos eran los que estaban al mando y regulaban pequeños distritos llamados parroquias. Varias parroquias formaban una diócesis, cuyo jefe era un obispo y varias diócesis formaban una arquidiócesis, dirigida por un arzobispo.

. El clero regular

A partir del siglo VI se organiza en Occidente el clero regular. Sus miembros son aquellos eclesiásticos que optaron por aislarse del mundo y vivir en monasterios regidos por un abad. Seguían, además unas reglas específicas. Su regla se basaba en el lema ora et labora, es decir, reza y trabaja.

En Occidente, el monacato lo inició San Benito de Nursia, quien fundó la orden benedictina, la cual obligó a sus miembros a cumplir votos de obediencia, castidad y pobreza. La regla de San Benito fue respaldada por el Papado.

– Los principales movimientos heréticos de la edad media

Los principales movimientos heréticos (aunque no los únicos) que convulsionaron Europa durante la edad Media fueron los siguientes.

. Priscilianismo

El priscilianismo fue un movimiento religioso que se originó en el siglo IV que recibe el nombre de su principal predicador, Prisciliano.

Esta corriente surgió como un rechazo a la creciente riqueza y relajación de costumbres que presentaba la Iglesia de Roma y defendía que la Iglesia debía volver a la pobreza.

Una de las tesis más revolucionarias que defendía el priscilianismo era que la mujer debía tener un papel protagonista en el ámbito eclesiástico, debía disfrutar de una amplia libertad y, además, debía tener autoridad en el contexto cristiano.

El priscilianismo se extendió mucho por la península Ibérica y fue ganando muchos adeptos, pese a las crecientes medidas de contención que puso en marcha la Iglesia de Roma.

Tanto Prisciliano como sus colaboradores más cercanos fueron excomulgados, pero esto solo hizo que su influencia continuara creciendo y las autoridades tomaron medidas cada vez más expeditivas para atajar el problema prisciliano.

Tras ser traicionado por algunos de sus acompañantes, Prisciliano fue ejecutado, la mayoría de sus adeptos más importantes fueron apresados y el resto de los que profesaban esa religión fueron considerados como herejes, llegando a sufrir diversas penas como la confiscación de sus bienes o el destierro.

. Adopcionismo

La idea que defendía el adopcionismo era que Jesús no era un ser divino desde su origen, sino que había sido adoptado por Dios para actuar como su hijo en la Tierra. El adopcionismo cobró una gran importancia durante los primeros siglos del cristianismo, ya que este dictado era fácil de vincular con la cultura clásica, donde muchos héroes habían alcanzado la condición de dioses en reconocimiento a sus actos o hazañas, o con la judía, donde se consideraba que el Mesías era un humano elegido por Dios.

Los cátaros o albigenses

La herejía cátara se ha convertido en la más popular y conocida de todas las herejías cristianas medievales, en buena medida gracias a la inmensa cantidad de novelas y películas que se han creado en torno a ella.

Esta corriente se hizo muy popular en la zona del sur de Francia y de Aragón y tenía muy poco que ver con los dictados del cristianismo oficial. Los cátaros defendían que el mundo estaba compuesto por una realidad dual, el mundo físico, creado por el Demonio o el Diablo, y el Reino de los Cielos o de Dios, que se encontraba más allá de los límites del ámbito material.

Para ellos, el alma era el único elemento sagrado del ser humano, considerando el cuerpo como una vestidura terrena a la que no debía darse importancia.

Tomando el alma como elemento principal y negando todo el contacto posible con el mundo material, los cátaros practicaban el ascetismo y una severa abstinencia de todo lo terreno. Negaban los sacramentos y crearon una organización propia ajena a la Iglesia y, en buena medida, también al resto de la sociedad del momento.

En un principio, la Iglesia de Roma organizó misiones para evangelizar estas comunidades y devolverlas a la ortodoxia, pero dichas misiones no solo no consiguieron su objetivo, sino que tuvieron que resignarse ante la continua expansión de las ideas cátaras.

Ante tal fracaso, la Iglesia de Roma inició una violenta ofensiva y dio a la lucha contra los cátaros la condición de «cruzada», presentándolos como peligrosos herejes y convenciendo a los poderes civiles de los territorios que contaban con mayor presencia de cátaros de que debían ser exterminados por la fuerza.

. Los husitas

La última de las grandes herejías medievales antes de la llegada de los movimientos protestantes fue la de los husitas.

La llamada “iglesia husita” surgió en Bohemia en el siglo XV y recibe el nombre de su principal ideólogo, Juan o Jan Hus.

Juan Hus, vinculado a la universidad de Praga, defendía que la Iglesia se había apartado hacía mucho de los preceptos de la Biblia, que se había convertido en una autoridad terrena rica y degenerada y que la única autoridad a la que debía obediencia era a la del Libro Sagrado.

Sus críticas constantes a la jerarquía eclesiástica despertaron un importante rechazo entre la Iglesia de Roma, pero en un principio las autoridades civiles prestaron su apoyo a Juan Hus, que se hizo con el control de la universidad de Praga y llegó a ser confesor de la reina Sofía de Baviera.

Sin embargo, las posturas de los husitas se fueron radicalizando y, después de que Juan Hus fuera quemado en la hoguera tras acudir al concilio de Constanza a defender sus preceptos, estalló una verdadera revolución religiosa y civil en la zona de Bohemia.

En 1419 comenzaron las llamadas revueltas o guerras husitas, en las que el ámbito religioso se unía con graves problemas de índole civil. Estas guerras se extendieron hasta el año 1434.

– Las principales reformas eclesiásticas: los cluniacenses y los cistercienses 

Uno de los aspectos más importantes que evidencian los cambios que atravesó la Iglesia durante esta época fueron las reformas internas que se llevaron a cabo para adaptarse a los cambios y para luchar contra los problemas internos que iban surgiendo. Las más destacadas de ellas (que no las únicas) fueron las reformas cluniacense y cisterciense.

La reforma cluniacense, que empezó a surgir alrededor de los años 909 y 910, tuvo su origen en la abadía benedictina de Cluny, en Francia. La idea era la de volver a la esencia original del monacato, luchar contra la relajación de costumbres que se podía apreciar en distintos ámbitos religiosos y, también, conseguir una cierta independencia frente a los poderes políticos del momento, especialmente de los señores feudales y de los obispos de la región.

Así, los monasterios cluniacenses se pusieron bajo la protección directa del Papa, sin rendir pleitesía a ningún otro poder político ni religioso y se erigen como entes prácticamente independientes en el que el poderoso abad de Cluny controlaba y coordinaba el resto de monasterios vinculados a esta reforma.

Imponía una rígida disciplina a sus miembros para luchar contra la relajación de costumbres que se apreciaba en aquella época en muchos ámbitos del clero. Los monjes debían hacer voto de pobreza, castidad y obediencia, al mismo tiempo que también prometían ser imagen de humildad y penitencia. En la mayoría de las ocasiones, incluso, se hacía voto de silencio y la oración y la liturgia llenaban la mayoría de sus vidas.

En el siglo XII, llegó a haber más de 1.500 monasterios cluniacenses extendidos por todo el continente, antes de que los cambios políticos y religiosos favorecieran su decadencia y su desaparición final.

La Orden del Císter experimentó un gran desarrollo en el siglo XII de la mano de Bernardo de Claraval, promulgaba que los monjes debían llevar una vida recogida y basada en el trabajo, la oración y la ayuda a los peregrinos.

Se instalaban especialmente en zonas deshabitadas o inhóspitas, en busca de un aislamiento y recogimiento que les acercara más a Dios y les alejara del mundanal ruido.

Así lo hacían, creando unidades prácticamente autosuficientes en las que los monjes trabajaban ayudados por campesinos que buscaban la protección del monasterio, llegando a tener un gran éxito en la producción de productos como telas o vinos cuyos excedentes dedicaban al comercio.

La reforma cisterciense fue enormemente exitosa y experimentó una gran extensión, llegando a contar con más de 700 monasterios y decenas de miles de monjes extendidos por toda Europa a finales de la Edad Media.

Su éxito les llevó a sustituir en muchos ámbitos de poder a los cluniacenses y se convirtieron en la orden monacal más influyente de la Cristiandad.

Sin embargo, como le sucedió a la orden de Cluny, su alejamiento progresivo de sus propios principios y su vinculación cada vez más estrecha con el ámbito del poder hicieron que esta orden entrase pronto en decadencia, aunque nunca llegó a desaparecer del todo.

Ya en el siglo XV, con la irrupción de una nueva forma de religiosidad más vinculada a las órdenes mendicantes, a la ayuda de los pobres y enfermos dentro de la misma ciudad y al auge del ascetismo, los cistercienses dejaron de disfrutar de la preeminencia de antaño y se vieron sustituidos por otro tipo de órdenes como los franciscanos.

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7 lenguas que han sido resucitadas…


Psicología y Mente(S.R.Comas) — Según Aitor García Moreno, del Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo, no existen parámetros suficientemente claros para determinar cuándo una lengua se considera muerta o extinta. En general, se considera como tal con el fallecimiento del penúltimo de sus hablantes, puesto que ya no se puede establecer ninguna conversación.

Por otro lado, para ser considerada en peligro de extinción, una lengua debe contar con menos de 1.000 hablantes que la usen de forma fluida en su cotidianidad. Según datos de la ONU, actualmente más de la mitad de las lenguas del mundo se encuentran en esta situación, y muchas otras han desaparecido completamente en los últimos años.

– ¿Por qué existen idiomas extintos?

Antes de adentrarnos en algunas de las lenguas que han sido resucitadas, hablemos de por qué se extingue un idioma o por qué entra en proceso de desaparición. Las causas son numerosas, pero, entre todas ellas, resaltan las siguientes:

1. Globalización

En nuestro mundo eminentemente globalizado existe una tendencia a utilizar las lenguas mayoritarias para establecer comunicación con los demás. Así, idiomas como el inglés, el español o el chino, que se cuentan entre los más hablados del planeta, suelen ser algunos de los más usados en este sentido.

Si bien la globalización constituye algo positivo en cuanto a practicidad, resulta tremendamente perjudicial para la riqueza cultural. Como consecuencia de la expansión de las lenguas mayoritarias, muchas otras, habladas solo por pequeños grupos, han visto disminuir su número de hablantes; al menos, en cuanto a primera lengua.

2. Colonialismo e imperialismo

La conquista de otros territorios es una constante en la historia humana. En general, esta conquista conlleva la expansión de la cultura de los conquistadores y, más que a menudo, su imposición sobre las otras culturas minoritarias. Un buen ejemplo son las lenguas africanas, muy dañadas por la creciente colonización europea de los siglos XIX y XX, así como las lenguas indígenas americanas.

La imposición de la lengua de los conquistadores puede darse de varias maneras. Una, a través de la imposición forzada, y dos, mediante políticas culturales que marginan a las otras lenguas y las convierten en una manifestación de una supuesta “incultura”. Esto sucede cuando la lengua recién llegada es percibida o alentada como la representante de lo culto y “civilizado”.

3. Lingüicidio

A veces, la lengua minoritaria es directamente perseguida y anulada. En estos casos hablamos directamente de lingüicidio, puesto que la destrucción del idioma en cuestión es intencionada y agresiva.

7 lenguas que han sido resucitadas

– 7 lenguas que han sido resucitadas

Por fortuna, existen muchas lenguas que han podido ser resucitadas y que, poco a poco, van recuperando hablantes. En el artículo de hoy te traemos 7 de estas lenguas recuperadas.

1. El prusiano

El prusiano es una lengua báltica hablada originalmente en la denominada Prusia Oriental, región que actualmente está repartida entre Polonia, Rusia y Lituania. Su declive comenzó tras las invasiones de alemanes y polacos, y desde el siglo XVIII hasta 2009 se consideró una lengua extinta.

Sin embargo, desde la década de 1970 grupos de eruditos empezaron a reconstruir y expandir el prusiano antiguo a través de plataformas como YouTube, Facebook o algunas ediciones de libros. El resultado de tan magna empresa fue que, en 2009, esta antiquísima lengua báltica volvió a revivir, y poco a poco parece que sigue creciendo.

2. El hebreo

La lengua hebrea es el único caso de lengua extinta no solo recuperada, sino elevada a lengua de uso común de millones de personas. A pesar de que el hebreo se seguía usando como lengua litúrgica, hasta el siglo XIX, y coincidiendo con el auge del sionismo, no empezó a hablarse de forma cotidiana.

El promotor fue Eliezer Ben-Yehuda (1858-1922), considerado el padre del hebreo moderno, que adaptó la antigua lengua sagrada para su uso popular. Él mismo enseñó a su hijo a hablarla, que se convirtió así en el primer hablante de hebreo moderno nativo de la historia. El crecimiento de esta lengua es evidente: actualmente es el idioma oficial de Israel y vehículo de comunicación de muchos miembros de la comunidad judía internacional.

3. El córnico

Este antiguo idioma de la región de Cornualles, en Inglaterra, tiene un origen celta y se extinguió oficialmente en el siglo XVIII, con la muerte de su último hablante nativo.

Sin embargo, actualmente está en proceso de recuperación, cuyos resultados no pueden ser más positivos: en 2000, según un informe del Reino Unido, existían ya 300 personas que hablaban córnico, además de más de setecientas en proceso de aprenderlo. En 2010, la UNESCO descatalogó al córnico como lengua extinta, lo que siempre es una grandísima noticia.

4. El livón

Transmitido de generación en generación como lengua exclusivamente oral, el livón es uno de los pocos idiomas no indoeuropeos que existen en Europa. Originalmente hablado en el Golfo de Riga, actualmente solo 30 personas se registran como hablantes con fluidez, aunque afortunadamente algunas más lo estudian.

En 2009 falleció el último hablante de livón como primer idioma, Viktor Berthold, aunque se supone que algunos de sus descendientes pudieron seguir hablándolo. Ese mismo año, el gobierno letón reconoció el livón como patrimonio lingüístico del país y estableció medidas para su salvaguarda.

5. El nubio

El pueblo nubio fue numeroso e importante en la antigüedad; estuvo, nada menos, que al mando de los destinos de Egipto hacia el siglo VIII a.C. Sin embargo, la migración de población nubia, causada por la apertura de la presa de Asuán, diseminó a los hablantes por Egipto y Sudán.

Dispersa y en convivencia con la población egipcia y sudanesa, la nubia intenta mantener su idioma ancestral a través de aplicaciones que cuentan ya con varios de miles de abonados. Se trata de una de las lenguas más antiguas de África, hablada por una de las etnias más antiguas, lo que convierte su conservación en una responsabilidad histórica y cultural.

6. El normando

Actualmente, el normando es hablado en la Normandía francesa (aunque sin reconocimiento oficial) y en algunas de las islas del canal, especialmente en las islas de Jersey y Guernsey. Pertenece a las antiguas lenguas de oïl (de la familia romance), muy extendidas en la Edad Media y tristemente casi desaparecidas.

Se calcula que hoy en día solo el 2% de la población de las islas mencionadas habla normando, a pesar de que el BIC (British-Irish Council) las reconoce plenamente. En la actualidad, diversos clubs de lengua normanda intentan recuperar y expandir este antiguo idioma europeo.

7. El maorí

Hablado por el pueblo maorí (nativo de Nueva Zelanda), este idioma ancestral se vio seriamente perjudicado con la llegada de los colonos europeos. En 1847, y mediante la Education Ordinance Act, se establecía el inglés como idioma oficial, el único permitido como vehículo de enseñanza en las escuelas. Más tarde, en 1858, el idioma se prohíbe como lengua hablada en los centros educativos.

Afortunadamente, un grupo de jóvenes maoríes (conocidos como Nga Tametoa) inició una campaña de recuperación del maorí en la década de 1970. Como resultado, y con el apoyo del gobierno, desde el año 1996 el idioma ha crecido significativamente.

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