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La ciudad y su Logos…


Las ciudades no son meros conglomerados de personas y edificios, sino organismos vivos con un espíritu único que emerge de la interacción de sus habitantes

Si quieres ser conocido y no conocer, entiérrate en un pueblo; si quieres conocer y no ser conocido, vive en una ciudad.

(Charles Caleb Colton)

Meer(H.Ramirez) — Definir una ciudad es complejo porque ellas existen en la complejidad. Y son complejas porque en una ciudad se intercomplican las complejidades de los individuos, cuyas complejidades son dinámicas, interminables y donde diferentes complejidades vuelven a entrelazar mentes infinitamente complejas.

Todo va y vuelve en un revoltijo de causas y efectos intercambiables a lo que se le suma lo impredecible en las líneas de acción de cada individuo… y cualquier descripción que intentemos no puede seguir el ritmo de la evolución sabiamente desnortada de estos complejos sociales.

Es que en una ciudad, la descripción misma no sólo es incapaz de ir más allá del instante en que opera sino que, encima, viene a iniciar una línea de causas y efectos nueva que se irá mezclando con las anteriores, siguiendo ignotas leyes. Pero no cambia para el observador sino que cambia con y en el observador.

En consecuencia, la observación cambia sin que el observador se percate de que al realizar una observación propia, al mismo tiempo es condicionado y condicionante del conjunto. Así es la vida de un sistema.

De modo que en una ciudad, pasado, presente y futuro conviven con entera naturalidad: barriadas tranquilas, adoquinados antiguos, edificios modernos, avenidas lujosas con multitudes que trabajan, descansan o visitan, compran, venden o se venden. Memorias y proyectos. Mañana, tarde y noche: la ciudad no puede descansar en el tiempo porque, en gran medida, es el tiempo.

Nos referimos, claro está, a las ciudades verdaderas y no a esos pueblos grandes que están lejos de ser ciudades. Cierto es que se suele poner como referente “objetivo” la cantidad de habitantes por unidad de área para definir si una población es una ciudad, pero el salto cualitativo de pueblo grande a ciudad no es consecuencia de la cantidad de habitantes, sino de las propiedades emergentes de esas aglomeraciones de edificios y almas.

Las propiedades emergentes refieren a aquellos aspectos que aparecen en la esfera de los acontecimientos espirituales de la ciudad sin poder ser previstas por ningún cálculo de base: la ciudad sorprende.

Una ciudad es aquella aglomeración de personas y construcciones que tiene un espíritu acabado y universal que subsume en él a todas las individualidades en una individualidad enteramente diferente, única y original. Un fantasma gigantesco, inabarcable al que rinden sus vidas y realidades todos sus habitantes.

Los sobrevivientes urbanos, conocedores de los secretos más íntimos de las ciudades, son capaces de navegar su entramado con habilidades únicas, adaptándose a sus cambios constantes
Los sobrevivientes urbanos, conocedores de los secretos más íntimos de las ciudades, son capaces de navegar su entramado con habilidades únicas, adaptándose a sus cambios constantes

Arte, humor y lenguajes propios son sus características principales.

Las ciudades desarrollan un folklore privativo de la ciudad, una identidad. Son diferentes.

La diferencia respecto del mundo y sus pueblos es lo que destaca a una ciudad: se convierten ellas mismas en mundos… y cada mundo, y tal como es de prever, desarrolla sus clases especiales de gente.

Las clasificaciones pueden ser muchas, por supuesto, y dependerán de los observadores que las confeccionen.

Sin embargo, todos saben que existe una categoría de personas que vive muy apegada a los mecanismos más íntimos de la ciudad.

Gentes que surgen de sus componentes más entrañables. Son los sobrevivientes.

Los que conocen al dedillo cada rincón de la maquinaria mutable de la ciudad y se ajustan a cada cambio del entorno, lo que les permite ver a la ciudad íntima -secreta, vedada al turista y al Hombre medio-, como mucho más estable y previsible.

Mientras el turista o el Hombre común pueden estabilizar el entorno a través de reconocer horarios de trenes, subterráneos o restaurantes, el sobreviviente estabiliza su mundo urbano, medular y a la vez marginal, sabiendo cómo viajar gratis en subterráneos y en trenes o dónde conseguir comida, baños o albergue para pasar la noche.

Siempre tienen amigos, mujeres o algún lugar querible a donde poder ir a emborracharse… Parafraseando a Sartre: su libertad es su condena, y su condena los libera.

– Geometría urbana

La construcción de las ciudades, según la tradición judeocristiana, fue atribuida a Caín (Génesis 4: 17). Es un síntoma de sedentarización entre pueblos nómadas, y por tanto de una verdadera cristalización de procesos circulares: la procronía: su vida cotidiana se predice a sí misma cada día.

Pero cuando comienzan a emanar identidad, materia cultural sólida y comienzan a tender a ser cuadradas, como símbolo de estabilidad, la iteración novedosa -valga el oxímoron- será su fortaleza.

Los redondos campamentos nómades abandonan el símbolo de la rueda y de la impermanencia y empieza a formarse una ciudad.

Mientras lo cuadrado es lo material, lo circular sigue deambulando como primordio del espíritu de una ciudad que puede llegar a serlo algún día: quizás una preñez y un parto, quizás la fractura de un hueso, quizás un valle con buena caza… cualquiera de estos elementos puede desencadenar sedentarismo.

La antropóloga Margaret Mead enseñaba que el hueso quebrado y cuidado en un esqueleto antiguo, puede ser señal de civilización. Y donde hay civilización, hay ciudades.

Es bajo este esquema conceptual que el paraíso terrenal es circular y manifiesta un simbolismo errante y animal (la ofrenda de Abel), mientras que la Jerusalén Celeste, que cierra el ciclo, es cuadrada y mineral.

El Hombre madura: nace, vive y muere y aparece la necrópolis: la ciudad sin emigrantes: la ofrenda de Caín, la ofrenda de cultivos y trabajo, la ciudad cuadrada, la cristalización del cuerpo… la maldición adámica de haber iniciado el camino hacia Dios.

Las ciudades verdaderas se establecían como centro de algún mundo propio que quiere volver a Dios o como eje trayendo lo celestial a lo terrestre. Por esta causa es que tienden a ser centros espirituales y por lo que tótems, obeliscos, menhires, túmulos o catedrales se hallan en la “zona céntrica”.

Las llamadas “ciudades babilónicas” tenían una referencia religiosa central -un zigurat, por ejemplo- que reaparece como pirámide en el modelo de Tenochtitlán, en Mesoamérica.

El modelo de la “ciudad griega” -con un espacio central vacío- es el que predomina en el mundo hoy. Por su lado, la llajta (o ciudad) incaica tenía una organización mixta entre babilónica -con un sitio sagrado central donde se efectuaban sacrificios y ceremonias religiosas-, y griega, ya que se trataba de una plaza pública, existiendo, políticamente, el ayllu que era una comunidad de parentesco real y/o totémico, como cementación social de los habitantes.

Definir una ciudad implica abordar su complejidad, ya que su dinámica es moldeada por individuos que entrelazan sus historias y acciones en un ciclo continuo
Definir una ciudad implica abordar su complejidad, ya que su dinámica es moldeada por individuos que entrelazan sus historias y acciones en un ciclo continuo

En la Heliópolis o “ciudad del sol” egipcia (Iunu en egipcio y On copto), cerca de El Cairo, teníamos un centro cultural de primer orden, donde estudiaron, entre otros, Solón, Platón y Pitágoras y lugar de residencia del Jefe de los Observadores, nuestros actuales “episcopos” (los que miran por encima) u obispos, que vigilaban la aparición de Sothis -Sirio- justo antes de la salida del sol, anunciando la crecida del Nilo.

Es también el caso de Salem o Shalem, “la ciudad de la paz”.

Dicho nombre deriva de un antiguo dios ugarítico que refiere al “labio inferior” del ocaso y la paz, mientras que su hermano, Sahar es la “estrella de la mañana” (el amanecer o “labio superior”).

*Shalem aparecía en el nombre, por ejemplo, de Jerusalén o en el de Salomón.

También es el caso de la misteriosa Ciudad de la Luz y la inmortalidad, que refiere al almendro: Shaked en hebreo o “el despertar” (por florecer en primavera) y que luego Jacob llamaría Beth-El o “Casa de Dios”, encerrando diferentes simbolismos semíticos de la almendra: la misteriosa Ciudad de Luz, en tanto que ciudad de la inmortalidad, a la que se accedía desde la base de un almendro, relaciona a la dureza exterior de la almendra -lo material y mortal- y el blando alimento que encierra: lo inmortal.

Heliópolis, por su parte, reflejaba una estructura zodiacal, así como la Jerusalén Celeste: una ciudad de doce puertas (tres por punto cardinal), que se corresponden a los doce signos zodiacales, y a las doce tribus de Israel.

Esta división duodecimal era también practicada en las ciudades romanas e hindúes. De hecho, la importancia de la astrología en la construcción de las ciudades necesitaban de la observación del sol, sus movimientos, y cuyo plano coincide a menudo con las posiciones de diferentes estrellas y constelaciones, especialmente la Osa Menor y su estrella Polaris.

En Roma, como en gran parte de Asia -Angkor, India, China-, la ciudad se termina planificando según aquellos aspectos que se consideran dominantes: vientos costeros, aguas subterráneas o superficiales, camino de la luz solar en el día o, incluso, corrientes telúricas.

La cuadratura de una ciudad, en tanto que concebidas para asentarse definitivamente y ser un centro de poder se ajustan a una orientación determinada. En la India, por ejemplo, los lados de la ciudad responden al número de castas.

En Roma, como en Angkor o en Pekín y otras ciudades de influencia china, se trazan dos vías principales (en Roma, el Cardus maximus de norte a sur y el Decumanus maximus de este a oeste) uniendo las cuatro puertas cardinales y haciendo que el plano de la ciudad se asemeje al mandala cuaternario simple de Shiva, donde los cuatro lados de la ciudad refieren a las cuatro castas, apareciendo como la cruz del mandala.

Del mismo modo, un mandala de 64 espacios resulta en el plano de Ayodhyā la ciudad de los dioses, a orillas del río sagrado Arayu y una de las siete ciudades santas (Sapta Puri) del hinduismo. En tanto que mandala, la ciudad que entrampa al cuaternario modela al mundo y no sólo se convierte en una suerte de capital espiritual sino que también sintetiza el alma del imperio que representa.

Es interesante ver que, así como el yogui (el “macizo”) que contempla el mandala mental le resultan indiferentes las sendas de “entrar” o “salir” de él, la ciudad mandálica oscila entre lo macro y lo microcósmico indiferenciados.

Esta disposición hace de la capital el centro y el resumen del eventual imperio: las seis direcciones del espacio (Norte, Sur, Este, Oeste, Cenit y Nadir) emanan de ella y allí confluyen. En todas las direcciones espaciales se irradia la virtud regia y, por principio político-religioso, el resto del mundo y sus ciudades “orbitan” a su alrededor.

Mientras tanto, por las puertas llegan los reconocimientos del vasallaje y se expulsan las malas influencias y se llevan a cabo, en muchos casos, las ejecuciones.

Según Platón, la capital de los atlantes, Atlantis nêsos o “Isla de Atlas” estaba dispuesta en círculos concéntricos: un anillo interior como residencia de la élite de Guardia Real; otro más exterior de agua; luego el Hipódromo, con jardines, santuarios y campos de entrenamiento; un subsiguiente anillo de agua con puerto y, finalmente, la metrópolis amurallada.

Todo atravesado por un canal con agua del mar que unía los tres anillos de agua. Si bien se dice que representa la perfección celeste, resultaba en una eventual materialización de aquella, en un ideario político: un régimen que hoy llamaríamos tiránico y que expresaba la contraparte ideal de Atenas en la mentalidad cuasi fascista de Platón (Karl Popper).

La ciudad no solo alberga a sus habitantes, sino que los define y transforma, actuando como un laberinto simbólico que refleja las aspiraciones y los misterios del ser humano
La ciudad no solo alberga a sus habitantes, sino que los define y transforma, actuando como un laberinto simbólico que refleja las aspiraciones y los misterios del ser humano

En el centro de la ciudad Ayodhyā, sobre el monte Meru, está la estancia de Brahma o Brahmapura: en sánscrito: “ciudad de Brahma” la estancia de Brahma también llamada Brahmāloka, es el sitial que comparte con la diosa Saraswati.

También se lo conoce como Satyaloka (satya: verdad, loka: mundo, o sea: “mundo verdadero”) o como Satya bagecha (bagecha significa “jardín”) en los Puranas: es la ciudad verdadera en cuyo centro está el palacio/mundo Brahmapura.

Brahmaloka es un jardín lleno de flores y es la ciudad planeta más gozosa a la que se puede llegar: el mundo de los más piadosos seres humanos que reencarnan con cuatro caras como Brahma.

 Satyaloka, cubierta con flores de loto gigantes -de las que fluye “energía divina”- tiene por encima el final del universo material y el comienzo de los planetas: Vaikuntha, o morada de Vishnú.

Tomado el conjunto como una ciudad-mandala, en el centro encontramos el Brahmānanda, donde Ananda es “felicidad”, o sea: “aquel cuya felicidad es Brahman”, donde Brahman es, podríamos decir, “lo Brahma de Brahma” o el “non plus ultra” de la felicidad eterna que implica Brahma.

En chino, la palabra ching designa la ciudad capital china que desarrolló un acentuado simbolismo de eje.

Del mismo modo, en las ciudades angkorianas se establece la montaña como imagen del monte Meru, a su vez centro y eje del mundo.

Las murallas exteriores de la ciudad son, macrocósmicamente, las cadenas montañosas que rodean al Universo… y así: ciudad y Universo se identifican. Este templo-montaña contiene el lingam real, el arquetipo del cuerpo grueso y visible inmortal: el lingam, significando “signo”, se utiliza en el Shvetashvatara Upanishad, cuando dice “Shiva, el Señor Supremo, no tiene liūga”. 

Liūga significa que el lingam de la ciudad es trascendental, más allá de cualquier característica. El lingam es el “símbolo exterior de la Realidad sin forma”, la fusión de la “materia primordial o Prakṛti con la “conciencia pura” o Púrusha en el contexto trascendental del emperador como centro de su ciudad capital, eje del imperio.

Por su lado, la ciudad de Pataliputra fue construida en el sitio del monte Meru como ciudad capital de Magadha, en la dinastía Maurya, el primer imperio indio con el gobernante más famoso: Ashoka. Por su parte, Kash, la ciudad-luz, es la antepasada mítica de Benarés y es homóloga a la parte más alta de la cabeza, por donde el Hombre contacta al cielo.

La ciudad divina Brahmapura es también el nombre del corazón: centro del Hombre y donde reside Purusha. Y no es un simbolismo muy diferente el que usa el patriarca zen Huei-neng cuando dice que la ciudad es el cuerpo, las puertas sus sentidos y el rey que allí vive es el sing o la “naturaleza propia” de la ciudad-mundo.

– El Logos

La verdadera esencia de una ciudad radica en sus propiedades emergentes, que no pueden predecirse ni replicarse mediante cálculos cuantitativos

En el Medioevo, el hombre era un viajero entre dos ciudades: su vida era pasar de la ciudad de abajo a la de arriba: vivir es peregrinar por sus calles hasta ascender a la ciudad de los santos.

Hoy se concibe a la ciudad como símbolo de la madre: protección y contención, con su doble aspecto de defensa, desarrollo y límite: la ciudad posee a sus habitantes e hijos y por eso muchas coronas femeninas se representaban como muros.

En el Antiguo Testamento las ciudades son personas: Gálatas 4:26: “la Jerusalén de arriba es libre: ella es nuestra madre; pues está escrito: regocijate, estéril, que no das a luz; estalla en gritos de júbilo tú que no tienes dolores de parto”.

La ciudad alta engendra espiritualmente.

La inferior, por la carne, pero ambas son mujer y madre.

La ciudad mujer del Apocalipsis es “Babilonia la Grande” como símbolo de Roma entendida como la “anticiudad” de la Jerusalén celeste: “Sobre su frente estaba inscrito un nombre -¡un misterio!-, Babilonia la Grande, la madre de las prostitutas y de las abominaciones de la tierra…”.

Roma era la dueña de las siete colinas sobre la que se asentaba la iglesia prostituida, como madre corrupta de muerte y maldición…

Estos son sólo acercamientos, vuelos rasantes a ciudades famosas que edificaron el Logos de la ciudad moderna. Una ciudad es un espacio de expansión del significado humano: un laberinto por el que buscamos el amor que nos rescate.

Escribí:

En el café

“Y de repente entraron tus ojos
de chispa,
de cristal.

Y me buscaste
entre las mesas,
con el alfanje de tu sonrisa
entre las curvas del humo.

Por la puerta que invita a entrar
a los muertos del frío,
el viento entró al café…
el viento, el invierno

y la noche dura,
y la llovizna negra y sin nombre
y sin bordes que se come a las almas…

Pero entraste,
y sonreías
y me buscabas…

Todos te vieron entrar
como a un sueño que regresa
y que vuelve para dejarse llorar.

(NOTA: yo era, en aquella mesa,
junto al mojado ventanal,
el que no era…
el que te esperaba en el café”.)

La ciudad no es un simple hormiguero, es, según Saussure: “la lengua”, el signo. Sus habitantes, “el habla”, palabras dichas por instantes mágicos y simbólicos y su poder reside en sus palabras que son emergentes de los procesos incognoscibles que surgen y se disuelven en el tejido de las vidas de las personas.

Wittgenstein asoció la ciudad al lenguaje: “nuestro lenguaje es como una ciudad vieja: una maraña de callejas y plazas, de casas antiguas y nuevas…”. Para Víctor Hugo, la ciudad era un libro. Para García Lorca, el libro es el pueblo y la ciudad un periódico mentiroso. Y para Borges, un poema indecible…

Como sea, la palabra -el Logos- anima la interfaz entre la urbis -la materia- y la civitas -el ciudadano-. Está en el edificio, en las noticias, grafitis, basuras, películas, mugre, lujo, pordioseros, prostitutas y potentados… la Humanidad misma en un absurdo soliloquio de diálogos que esconde el sentido final de lo humano: la ciudad como metáfora de una compartida soledad en la triste vastedad de un Universo que nos ignora.

Hace más de veinte años que he dejado la ciudad de Buenos Aires y ahora vivo en el campo, junto a una de las más opuestas figuras a la ciudad, que es el mar. ¿Si extraño algo? Sí: el anonimato de Charles Colton, en una mesa de café, de madrugada y siempre esperando… como en un tango.

nuestras charlas nocturnas.

Elon Musk es el hombre más rico del mundo. ¿Por qué duerme en una oficina?…


The New York Times(E.Baker) — Elon Musk odia el fin de semana. Durante más de una década, el hombre más rico del mundo ha proclamado la necesidad de trabajar al menos 80 horas a la semana —“llegando a veces a más de 100″, como dijo en 2018— para “cambiar el mundo”.

Ahora él y sus subordinados del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental trabajan supuestamente hasta 120 horas semanales, razón por la cual, en opinión de Musk, sus “oponentes burocráticos” no tienen ninguna posibilidad. “¡Es como si el equipo contrario abandonara el campo durante dos días!”, comentó Musk recientemente. “Trabajar el fin de semana es un superpoder”.

Esta asociación entre el trabajo incesante y el éxito en el emprendimiento está omnipresente en la cultura de negocios estadounidense actual. Jeff Bezos cuenta que trabajaba 12 horas todos los días de la semana en los primeros años de Amazon. El director ejecutivo de Apple, Tim Cook, es famoso por enviar correos electrónicos a las 4:30 a. m.

El aparente jefe de Musk, a pesar de su conocida afición a los informativos de televisión y las redes sociales, también insiste en que “ningún presidente ha trabajado más que yo”.

Estos alardes, plausibles o no, revelan algo importante sobre la valorización estadounidense del trabajo, y ayudan a explicar por qué esta clase de multimillonarios supuestamente ocupados ha llegado a creerse con derecho a dominar nuestra vida nacional. Para Musk y sus socios, un entusiasmo hercúleo por el trabajo no es simplemente una forma de hacer las cosas; también es una marca de superioridad innata, un “superpoder” que confiere el derecho a imponer su visión al mundo.

Las décadas que Musk lleva en las más altas esferas de la industria tecnológica, rodeado de otros ejecutivos que justificaban su señorío sobre sus imperios privados pregonando su inagotable ética del trabajo, le han enseñado que si trabajas más que los demás, deberías ser recompensado con un control incuestionable sobre tus dominios. Ahora pretende extender esta lógica a nuestro gobierno, transformándolo, como una de sus empresas, en otro feudo personal.

Aunque el ámbito del proyecto de Musk puede ser nuevo, el arquetipo que encarna tiene una larga historia. El economista de origen austriaco Joseph Schumpeter, que enseñó en Harvard desde 1932 hasta su muerte en 1950, contribuyó a popularizar la idea de que los empresarios poseían un conjunto especial de rasgos de personalidad que los diferenciaban de los hombres de negocios y directivos de menor categoría. El espíritu empresarial, según Schumpeter, rompía las rutinas económicas.

Eso requería “voluntad y personalidad”. Los verdaderos empresarios generaban “vendavales de destrucción creativa”, según su célebre frase, una noción que adaptó del economista alemán Werner Sombart, quien sostenía en 1909 que los empresarios eran “hombres (¡no mujeres!) dotados para todo de una vitalidad extraordinaria, de la que brota un impulso inusitado para actuar, una alegría apasionada por el trabajo y un deseo irreprimible de poder”. Eran superhéroes.

Guinness World Record: Elon Musk leed het grootste verlies in de  geschiedenis

Los líderes empresariales estadounidenses no tardaron en adoptar esta forma de pensar. Les permitió racionalizar su éxito como el resultado natural de su propia productividad, y considerar las cargas de trabajo más pesadas como una forma de potenciar a los empleados en lugar de machacarlos.

Cuando en 1960 preguntaron a Georges Doriot, cofundador de una de las primeras grandes empresas estadounidenses de capital riesgo, si tenía previsto contratar a nuevos empleados para mantener el rápido crecimiento de su empresa, él respondió: “No, simplemente trabajaremos todos hasta más tarde por la noche”.

Esta mentalidad se extendió a las empresas tecnológicas en las que Doriot invirtió, y conformó la visión del mundo de los ejecutivos de Silicon Valley. A principios de la década de 1980, los empleados que trabajaban a las órdenes de Steve Jobs en la división Macintosh de Apple se hacían camisetas en las que se podía leer “¡90 horas a la semana y me encanta!”.

En las últimas décadas, dos tendencias de la vida estadounidense han sobrealimentado la difusión de esta ética del trabajo empresarial, ayudando a empujar a los multimillonarios ocupados al centro de nuestra política. En primer lugar, cada vez más estadounidenses de a pie aprendieron a considerar el trabajo como algo escaso.

A medida que la desindustrialización asolaba amplias franjas del país y la sindicalización disminuía, se acostumbraron a los ciclos de despidos y a la necesidad de incorporarse en nuevas ocupaciones o nuevas industrias.

Ahora, en una época en la que más del 70 por ciento de los estadounidenses se preocupan por la disponibilidad de buenos empleos bien remunerados, los jefes de la cúspide de nuestra pirámide de clases perciben correctamente cómo esos empleos se han convertido en un símbolo de estatus: si los ricos de la Edad Dorada tenían un consumo visible, alardeando de ser libres del trabajo, los ricos de nuestra nueva Edad Dorada tienen un trabajo visible.

Los vemos trabajar constantemente mientras nosotros buscamos turnos extra o luchamos por encadenar trabajos a tiempo parcial, y nos maravillamos de lo especiales que deben de ser.

Luego está la amenaza inminente de un avance tecnológico de enormes proporciones. Hoy, muchos líderes tecnológicos creen que el desarrollo de la inteligencia artificial está a punto de automatizar la mayoría de los trabajos hasta dejarlos en el olvido.

Elon Musk Stuns Internet After People Notice Small Detail In This Photo

Empresas tecnológicas como Google, Dropbox y Meta ya han recurrido a señalar los avances de la inteligencia artificial para justificar despidos recientes, y más del 40 por ciento de las empresas de todo el mundo prevén seguir su ejemplo en los próximos cinco años, según una encuesta del Foro Económico Mundial.

Para quienes impulsan el auge de la IA, esta es una perspectiva esperanzadora.

En el mundo automatizado que se avecina, los multimillonarios parecen esperar ser algunos de los últimos trabajadores en pie, encargados de gran parte del único trabajo que imaginan que les quedará por hacer a los humanos: dar órdenes a todos los demás.

Para Musk, seleccionar a los trabajadores de las empresas que adquiere parece ser una forma de acercarse a ese futuro.

Tras hacerse cargo de Twitter, despidió a la mitad de sus empleados e informó a quienes se quedaron de que impondría un estilo de gestión “extremadamente duro”; muchos de ellos aceptaron su oferta de dimitir a cambio de tres meses de indemnización.

Ahora Musk está aplicando el mismo manual de jugadas al gobierno federal, tratando de sustituir a los funcionarios de carrera por soldados de choque del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE por su sigla en inglés) y algoritmos de aprendizaje automático.

“Todo lo que pueda automatizarse mecánicamente, se automatizará”, declaró recientemente a The Washington Post un funcionario que observaba el bombardeo de Musk. “Y los tecnócratas sustituirán a los burócratas”.

El sentido común parecería sugerir obstáculos a esta visión. Como Musk está demostrando ante nuestros ojos, trabajar 120 horas semanales no es lo mismo que hacer un buen trabajo.

Musk y sus secuaces del DOGE están cometiendo el tipo de errores descuidados que cabría esperar de personas que trabajan sin descanso, subsistiendo, como supuestamente hacen, con “un flujo constante de pizzas a domicilio, Red Bull y Doritos” y descansando solo de forma intermitente en las “cápsulas de sueño” de la oficina.

Crearon un sitio web para intentar documentar sus ahorros de costos, que estaba plagado de errores contables evidentes. Despidieron a cientos de trabajadores responsables de la seguridad de las armas nucleares, y luego se apresuraron a volver a contratarlos.

Musk sabe hasta qué punto un ejecutivo puede salirse con la suya cuando se cree que posee poderes productivos extraordinarios. Hizo de Twitter una empresa peor y menos valiosa, desmantelando sus sistemas de verificación y moderación y suprimiendo los enlaces a otros sitios web, y aun así pudo lucrar convirtiéndola en un megáfono de la política MAGA.

Sus coches se incendian y, sin embargo, siguen saliendo de la cadena de montaje de sus fábricas hiperautomatizadas, con el atractivo que su base de seguidores de culto les confiere. Y ahora, al parecer, si algo detiene alguna vez la bola de demolición de DOGE, serán los tribunales, o quizá los celos del presidente, no el descubrimiento de que Musk y su equipo no saben lo que hacen.

Como Peter Thiel observó una vez, “una empresa emergente está estructurada básicamente como una monarquía”. Y como en una monarquía, el objetivo principal de muchas es halagar el ego de sus líderes en lugar de mejorar la vida de la gente común y corriente. Si Estados Unidos se siente cada vez más como un país gobernado por dos reyes petulantes, quizá sea porque el gobierno se está gestionando por fin como una empresa.

nuestras charlas nocturnas.

Así es como tu cerebro te hace querer comer dulces aunque no tengas hambre…


Psicología y Mente(J.Soriano) — ¿Alguna vez te has preguntado por qué, después de una comida abundante, aún tienes espacio para el postre? 

Este fenómeno, conocido coloquialmente como el “estómago para postres”, ha intrigado a científicos y golosos por igual durante años. Ahora, un estudio revolucionario del Instituto Max Planck para la Biología del Envejecimiento ha arrojado luz sobre este misterio culinario.

Contrario a la creencia popular, el deseo de dulces después de estar lleno no se origina en el estómago, sino en el cerebro. Esta investigación revela cómo nuestro cerebro nos hace anhelar azúcar incluso cuando no tenemos hambre, desafiando nuestra comprensión tradicional del apetito y la saciedad.

– El descubrimiento del “estómago para postres”

Un equipo de investigadores del Instituto Max Planck para la Biología del Envejecimiento ha desentrañado el misterio del llamado “estómago para postres”, ese fenómeno que nos hace desear dulces incluso después de una comida abundante. El estudio, realizado principalmente con ratones, ha revelado que este antojo tiene su origen en el cerebro y no en el estómago, como se creía anteriormente.

Los científicos observaron que los ratones completamente saciados aún consumían alimentos dulces cuando se les ofrecía. Intrigados por este comportamiento, centraron su atención en el cerebro de los roedores. Allí descubrieron que un grupo específico de células nerviosas, conocidas como neuronas POMC, juegan un papel crucial en este proceso.

Estas neuronas POMC resultaron tener una doble función fascinante. Por un lado, se activan para señalar la sensación de saciedad después de una comida, indicándonos que estamos llenos. Sin embargo, al mismo tiempo, estas mismas neuronas se vuelven activas cuando los ratones tienen acceso al azúcar, facilitando su apetito por los dulces.

Este hallazgo revoluciona la comprensión en torno a la forma en la que el cerebro regula el apetito y los antojos. Las neuronas POMC, que tradicionalmente se consideraban solo como “supresoras del apetito”, se revelan a partir de este estudio como actores clave en la estimulación del deseo por los dulces. Esta dualidad explica por qué podemos sentirnos llenos y, sin embargo, encontrar espacio para el postre, un fenómeno que muchas personas experimentan pero que hasta ahora carecía de una explicación científica sólida.

Así es como tu cerebro te hace querer comer dulces aunque no tengas hambre

– El mecanismo cerebral detrás del antojo de dulces

El hallazgo más sorprendente del estudio realizado por el Instituto Max Planck fue descubrir cómo las neuronas POMC, responsables de la sensación de saciedad, también juegan un papel crucial en el deseo de consumir azúcar. Este proceso ocurre a través de un mecanismo cerebral que involucra la liberación de una sustancia química llamada β-endorfina, un opiáceo natural producido por el cuerpo.

Cuando los ratones saciados consumían azúcar, las neuronas POMC no solo enviaban señales de saciedad, sino que también liberaban β-endorfina. Esta sustancia actúa sobre otras neuronas que poseen receptores opiáceos en el cerebro, desencadenando una sensación de recompensa y placer.

Este efecto placentero es tan poderoso que lleva a los ratones a seguir comiendo azúcar incluso cuando ya no tienen hambre. En otras palabras, el cerebro activa un circuito de recompensa específico para el azúcar, lo que explica por qué este tipo de alimentos puede ser tan irresistible.

Curiosamente, este mecanismo no se activa con otro tipo de alimentos, como los grasos o los normales. Es decir, el cerebro parece estar programado para responder específicamente de esta manera al azúcar. 

Además, los investigadores descubrieron que al bloquear esta vía opioide en el cerebro, los ratones dejaban de consumir azúcar adicional, pero solo si estaban saciados. En ratones hambrientos, la inhibición de la β-endorfina no tuvo ningún efecto en su consumo.

Este fenómeno sugiere que el deseo por los dulces no está relacionado únicamente con la necesidad energética del cuerpo, sino con una respuesta cerebral específica al azúcar.

Además, los investigadores observaron que este mecanismo se activa incluso antes de consumir azúcar: basta con percibirlo para que las neuronas POMC comiencen a liberar β-endorfina. Este hallazgo subraya cómo el cerebro puede anticipar y amplificar el placer vinculado al consumo de dulces.

– La anticipación y percepción del azúcar

Un aspecto muy interesante del estudio es la forma en que el mecanismo cerebral del “estómago para postres” se activa incluso antes de que el azúcar toque nuestras papilas gustativas. Los investigadores descubrieron que la mera percepción visual o el aroma del azúcar son suficientes para desencadenar la liberación de β-endorfina en el cerebro de los ratones.

Este fenómeno de anticipación sugiere que nuestro cerebro está programado para responder al azúcar de manera casi instantánea, preparando nuestro organismo para recibir esta fuente rápida de energía. Es como si nuestro cerebro tuviere un “radar para dulces” constantemente activo.

Sorprendentemente, este mecanismo también se observó en ratones que nunca antes habían probado el azúcar. En cuanto la primera gota de solución azucarada tocaba sus bocas, se liberaba β-endorfina en la región del “estómago para postres” en sus cerebros. Esta respuesta se intensificó con el consumo adicional de azúcar.

Estos hallazgos indican que la atracción por los dulces no es simplemente un hábito adquirido, sino una respuesta innata profundamente arraigada en nuestro cerebro. Explica por qué incluso las personas que no están acostumbradas a comer muchos dulces pueden sentirse atraídas por ellos, especialmente en situaciones en las que el azúcar es visible o su aroma es perceptible.

Por este motivo su cuerpo”le pide” comer algo dulce - Semana

¿Cómo se relaciona todo esto con la teoría de la evolución?

Desde una perspectiva evolutiva, la existencia de este mecanismo cerebral dedicado al azúcar tiene mucho sentido. Como explica Henning Fenselau, líder del grupo de investigación en el Instituto Max Planck para la Investigación del Metabolismo, “el azúcar es raro en la naturaleza, pero proporciona energía rápida. El cerebro está programado para controlar la ingesta de azúcar siempre que esté disponible”.

En el entorno de nuestros ancestros, las fuentes de azúcar eran escasas y preciadas. Las frutas maduras y la miel, por ejemplo, eran recursos valiosos pero no siempre accesibles. Cuando se encontraban, era ventajoso consumir tanto como fuera posible, ya que proporcionaba una rápida fuente de energía que podía almacenarse en forma de grasa para tiempos de escasez.

Este “estómago para postres” podría haber sido una adaptación crucial para la supervivencia, permitiendo a nuestros antepasados aprovechar al máximo estas raras oportunidades de consumir azúcar. El cerebro, al generar un fuerte deseo de consumir dulces incluso después de estar saciado, aseguraba que no se desperdiciara ninguna oportunidad de obtener esta valiosa fuente de calorías.

Sin embargo, en nuestro mundo moderno, en el que el azúcar es abundante y fácilmente accesible, este mismo mecanismo puede llevarnos a un consumo excesivo, contribuyendo a problemas de salud como la obesidad y la diabetes.

– Paralelismos en humanos

Para investigar si este mecanismo cerebral también está presente en humanos, los científicos realizaron estudios de imagen por resonancia magnética funcional en voluntarios. Los participantes recibieron una solución azucarada a través de un tubo mientras se escaneaban sus cerebros.

Los resultados revelaron que la misma región cerebral que reaccionaba al azúcar en los ratones también lo hacía en los humanos. Específicamente, se observó una disminución de la actividad en el tálamo paraventricular en respuesta al consumo de azúcar. Esta región contiene numerosos receptores opioides cerca de las neuronas de saciedad, de manera similar a lo observado en ratones.

Estos hallazgos sugieren que el mecanismo del “estómago para postres” podría estar conservado entre especies, indicando que los humanos y los ratones comparten procesos cerebrales similares en relación con el deseo de dulces después de las comidas. Esta similitud refuerza la relevancia de los descubrimientos en ratones para nuestra comprensión del comportamiento alimentario humano.

Por qué nos apetece comer algo dulce después de cenar, según la ciencia

– Las aplicaciones de este descubrimiento en el tratamiento de la obesidad

Los hallazgos del estudio sobre el “estómago para postres” podrían tener implicaciones importantes en el posible desarrollo de tratamientos para la obesidad. El Dr. Henning Fenselau, líder de la investigación, sugiere que esta nueva comprensión del mecanismo cerebral detrás del deseo de dulces podría abrir nuevas vías terapéuticas.

Actualmente, existen medicamentos que bloquean los receptores opioides en el cerebro, pero su eficacia para la pérdida de peso es limitada. Fenselau propone que combinar estos fármacos con otras terapias, como los inyectables supresores del apetito, podría resultar muy útil.

Sin embargo, el investigador enfatiza que se necesitan más estudios para explorar estas posibilidades. El objetivo sería desarrollar tratamientos más efectivos que aborden tanto los aspectos fisiológicos como psicológicos de la obesidad, ayudando a las personas a controlar mejor sus antojos de azúcar y lograr una pérdida de peso sostenible.

– Conclusiones

El descubrimiento del mecanismo cerebral detrás del “estómago para postres” nos ofrece una nueva perspectiva sobre nuestros antojos de dulces. Entender cómo nuestro cerebro nos impulsa a consumir azúcar, incluso cuando estamos saciados, puede ayudarnos a desarrollar estrategias más efectivas para controlar estos impulsos. Aunque este mecanismo fue crucial para nuestra supervivencia evolutiva, en el mundo moderno, ser conscientes de él puede ser clave para mantener una alimentación equilibrada y una mejor salud.

nuestras charlas nocturnas.

Te amaré cuando no estés


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John Lennony Yoko Ono after, 1968.

JotDown(A.Vieitez) — Nadie tiene ni puta idea de lo que es el amor. Quizá sea por eso que casi todo el mundo lo persigue a ciegas, chocándose contra las paredes del mundo. De toda la vorágine de constructos sociales que nos envuelven, que nos revisten como si fuésemos cuerpos desnudos ávidos de ser cubiertos por cualquier cosa, no hay ninguno tan complejo, tan inaccesible, tan sórdido como el amor.

Se trata de una cuestión impermeable a las generaciones, a las vidas y las muertes. Es el mástil, el epicentro de todos los temas que existen. La cumbre de la conversación, el pensamiento último.

El amor, esa cosa invisible, es la columna vertebral del arte. Se extiende a través de él como una mano enorme, una mano de dimensiones desproporcionadas. Uno puede pensar que una obra escapa a su yugo, para encontrarse entonces con el perfil desdibujado de su sombra eterna, por el vértice carcomido de sus restos, de las huellas que deja en la espalda de cualquier creación.

Alrededor de él han pivotado movimientos completos tanto en el campo de las artes plásticas como en el de la literatura

. Es algo común a todos los creadores del mundo, a lo largo de todo el tiempo y el espacio: hacer lo que decía Lennon en el arranque de «Julia» (half of what I say is meaningless, but I say it just to reach you, «la mitad de lo que digo no significa nada, pero lo digo solo para llegar a ti»). Todos han escrito, han pintado, han compuesto a ese ente inconquistable, esa cima imposible de coronar.

Las derivaciones temáticas del amor son infinitas. De sus raíces surgen todas las ramas posibles; de ellas brotan la pérdida, la memoria y la identidad. De ellas nace la muerte. Nadie ha enfrentado jamás la muerte como una cuestión ajena al amor. Como línea de creación se la vincula, de hecho, con el romanticismo.

Morir es un desgarro, la culminación eterna de los amores extraviados. El adiós es el último adversario del amor, o su consecuencia. Trabajan ambos siempre en consonancia, indisolubles. Escribió García Márquez en El amor en los tiempos del cólera que lo único que le dolería de morir es que no fuese de amor.

Ahí, en esa frase, se recoge todo lo que se ha escrito sombre ambos temas; de ella se deduce que el amor es una vía lícita (de hecho, la única) para alcanzar la muerte. Morir nunca estaría justificado de otro modo, sería algo banal, estúpido.

Florentino Ariza, protagonista de la novela, pasa medio siglo esperando al amor conocido, el único amor. Gabriel García Márquez construye su romanticismo en una historia de ausencias, de imaginar. Nadie podría imaginar que su vínculo, el de Ariza con Fermina Daza, pudiese haber llegado a ser lo mismo, a contar con ese vigor invencible, de haberse consumado su relación tras su primer encuentro, al pie de los almendros.

Sería absurdo plantear la posibilidad de que ambos, ya sobrepasados los setenta años, viviesen empapados en pasión noches y noches al borde de un barco de haber sumado medio siglo en común. Es lo malo del tiempo: es incompatible con el amor. Uno avanza y el otro retrocede, y se tiene la sensación de que una persona solo puede amar más a otra en caso de perderla, de crearla y recrearla en su mente todos los días, con el esmero y la dedicación con que uno vuelve siempre a las cosas que no querría perder.

Se ha extendido a nivel social la idea de que el amor perdido es algo a superar, una especie de valla que habría que saltar. Está todo por correr tras esa valla, nadie podría atravesar su mundo futuro sin sobrepasarla. Esa idea, sin embargo, todo ese pragmatismo, colisiona de forma frontal con las grandes historias de amor que componen nuestro imaginario cultural, con la concepción que cualquiera de nosotros puede llegar a tener de la idea de amar.

Desde luego, García Márquez lo tuvo claro al contar el viaje de Florentino Ariza a través de las décadas, con su amor primigenio atado a las vísceras para siempre. Para el nobel colombiano, todo se reducía a eso; a esperar cada día, durante toda la vida, a una única persona, aun con la consciencia hábil de que ese momento pudiese no llegar jamás.

El amor se desvirtúa conceptualmente cuando se entiende de forma múltiple. En Alta FidelidadNick Hornby realiza un repaso de todas las relaciones románticas de su atormentado protagonista para acabar reduciéndolas todas a la misma: la única que importa, la corona de todas las demás. Multiplicar al objeto amado hacer perder fuerza romántica al concepto.

Lo hace porque implica suponer dos vías diferentes, ambas igualmente traídas a lo terrenal. La primera, que el amor tiene fecha de caducidad. Si pudo morir una vez, podrá hacerlo de nuevo, y así sucesivamente. De lo contrario, la segunda: que el amor ha de ser repartido entre su reciente receptor y todos aquellos que lo precedieron, como si de una reubicación se tratase. Como si hubiese lugar para las matemáticas en la habitación.

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Blue Valentine, 2010.

Las historias que conmueven son las historias de amor perdido, amor eternamente no correspondido, no asimilado, no traído a la rutina. El día a día es territorio vedado al enamoramiento, es el hogar del desamor.

Ahí se mueve Blue Valentine, esa película de Derek Cianfrance en la que se nos explica por qué dos personas que pretendan encerrar la intensidad intacta de la primera pasión entre cuatro paredes están destinadas a destrozarse, a matar al amor, a asesinarlo a cuchillazos y empapar el papel pintado con su sangre.

La sangre visceral del amor que no quiere morir pero tiene que hacerlo. García Márquez y Florentino Ariza habrían querido que los dos protagonistas de Blue Valentine muriesen intentándolo, que no se rindiesen nunca en su propósito de sostener en los cielos ese sentimiento de pertenencia, esa cosa inmortal que todo lo justifica.

Cianfrance, sin embargo, evita la tragedia y mata al amor para salvar a sus personajes, para cubrirlos de lógica, de ese pragmatismo adquirido que, de haber nacido previamente en sus conciencias, les habría evitado la ridícula idea de siquiera conocerse.

El amor solo vive en la ausencia. En la esperanza. En el dolor. Se puede utilizar la breve pero contundente discografía de Damien Rice, compuesta por tres únicos álbumes, para comprenderlo. En el primero de ellos, O, el músico irlandés canta a lo que nace. En él, el amor crece como una enredadera que escala por su voz.

En «The Blower’s Daughter» repite la frase I can’t take my eyes off you («no puedo apartar mis ojos de ti») tantas veces que uno acaba creyéndoselo, acaba imaginándose a Rice mirando a Lisa Hannigan sin parar, con sus ojos ahí parados, inamovibles, fijados por un soporte atornillado al suelo.

Es lo mismo de lo que habla García Márquez al comienzo de El amor en los tiempos del cólera, cuando Florentino Ariza se desvive por arrancarse música de los adentros, música que llegue al corazón de Fermina Daza, el único destino que podría jamás anhelar.

En su segundo disco, 9, Damien Rice habla de la muerte por contacto. Pasa lo mismo que en Blue Valentine: las cosas explotan por los aires. Del I can’t take my eyes off you se pasa al Fuck you, it’s hell when you’re around («que te jodan, el infierno es estar cerca de ti») de «Rootless Tree».

Precisamente «Rootless Tree» fue una de las últimas canciones a las cuales Lisa Hannigan puso los coros. Aunque ella no lo hubiese explicado en repetidas ocasiones, podríamos hacernos una idea bastante nítida del motivo.

Si uno escucha Odetenidamente, parece imposible pensar que esa misma persona llegaría a escribir, cuatro años después, una canción tan dolorosa, tan rota como «The Animals Were Gone». También resulta ridículo colocarla en el mismo plano que «Rootless Tree», pese a que pertenezcan al mismo disco. Desde luego, no es difícil imaginar el orden en el que fueron compuestas.

«The Animals Were Gone» es, precisamente, un preludio anticipado a su tercer álbum, publicado ocho años después que y llamado My Favourite Faded Fantasy. En él, la figura amada está más idealizada de lo que podía haber llegado a estarlo en cualquier otro plano de posibilidades.

Desde luego, lo está más que en O, a pesar de que aquel disco describía un amor palpable y este no habla más que de memoria, de recuerdos, de papel mojado. Pero, una vez más, el amor vive y arde en la ausencia, y muere cuando llega, cuando se convierte en parte material de la realidad.

My Favourite Faded Fantasy es un álbum de fácil vinculación con Blood on the Tracks, el disco que Bob Dylan vomitó tras su separación con Sara Lownds y uno de los trabajos de un romanticismo más desaforado de la historia de la música.

No existe un amor más vivo que el de «If You See Her, Say Hello» o «You’re Gonna Make Me Lonesome When You Go», y lo paradójico es que ambas canciones hablan de un amor ya muerto, de un amor que no existe más allá de la mente del creador, de la mente de un músico roto por el dolor que sucede a su pérdida.

Con la definición del término en la mano, podríamos decir que Bob Dylan nunca estuvo más enamorado de Sara Lownds que cuando acabó por separarse de ella. Su amor, igual que el de Damien Rice, volvió a nacer nada más morir.

La única vía sostenible para la permanencia de un sentimiento vivo a lo largo de un vínculo real la ofreció Charlie Kaufman en Olvídate de mí, esa parábola sobre el amor dirigida por Michel Gondry y protagonizada por Jim Carrey y Kate Winslet que lo deconstruye absolutamente todo acerca de una relación real entre dos personas.

El problema está en su conclusión; en que esa solución es inverosímil, inviable, puesto que uno no puede, en ningún caso, eliminar a una persona de su cerebro, extraerla como si fuese un virus del que despojarse.

Kaufman presenta ese mundo ideal en el que dos personas se encuentran y se enamoran para adivinar, a posteriori, que ya lo han estado antes, y que ese amor que ahora les resulta atractivo, seductor como ningún otro que hayan conocido antes, es un amor que ya han vivido. Uno que ya han roto y lanzado al desagüe con pavor, ambos derruidos por su efecto.

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¡Olvídate de mí!, 2004.

En el momento álgido de su conexión, en su punto máximo de felicidad, el personaje interpretado por Carrey dice todo aquello que se podría decir sobre el amor. Recostado sobre la nieve, dejando la marca de su silueta sobre la misma y con su amada incipiente (el personaje de Kate Winslet, entiéndase), dice: «Podría morir ahora mismo, Clem».

Podría morir. Esa sentencia, tan aparentemente banal, tan repetida por cualquiera de nosotros de forma inconsciente, es un continente universal. Contiene la idea de que ya no quedan peldaños en la escalera; se está arriba, tan arriba como se podría estar. Se ocupan unas alturas a las que uno solo podría volver en soledad, en retrospectiva, como Dylan cuando dice eso de she might think I have forgotten her, don’t tell her it isn’t so («ella podría pensar que la he olvidado, no le digas lo contrario»).

Así que se abraza esa idea de la muerte como perpetuadora del estado de enamoramiento, se le proporciona a ella la posibilidad de extender en el tiempo algo que la vida, a buen seguro, acabará por asesinar a sangre fría. La muerte es el único candado posible para el amor, el único paraguas que existe.

La única forma de que este sobreviva es que el individuo muera enamorado. Charlie Kaufman, en Olvídate de mí, otorga a su personaje principal el anhelo de elegir ese momento, casi como quien se entrega a un acto de exacerbada heroicidad.

Esa misma heroicidad es la que se entrega a la muerte de Gatsby, el personaje central de la literatura de Fitzgerald y uno de los símbolos más expresivos de la idea del amor en la ausencia. Gatsby, al igual que Florentino Ariza, sostiene su voraz sentimiento en los hombros de la esperanza durante años, y convierte la conscecución de un amor que él mismo sabe improbable en su redifinido sueño americano.

Se trata de un personaje, como canta Springsteennacido para correr, para hacerlo eternamente en busca de esa luz verde que siempre está a una bahía de distancia, por mucho que uno crea acercarse, por mucho que la sensación de proximidad engañe.

Daisy Buchanan, el anhelo de Jay Gatbsy, es un personaje de mayor cinismo que Fermina Daza, quizá porque ambas habitan contextos diferentes, y porque las circunstancias de la primera la obligan a someterse a ciertas reglas sociales que la segunda puede permitirse ignorar.

Sin embargo, ambas comparten ese pragmatismo absurdo, ajeno al deseo y la voluntad propia. Es curioso que García Márquez y Fitzgerald construyesen seres amados tan similares, tan lejanos, tan inaccesibles, curioso aunque comprensible, ya que es el único modo mediante el cual el enamorado puede sostenerse en la ausencia, sin llegar nunca a conseguir su objetivo.

Tanto para Gatsby como para Florentino Ariza, todo se reduce a una cuestión de expectativas. Ambos generan su propio universo mental de futuras posibilidades, los dos se aproximan ligeramente a la idea de lo que querrían conseguir.

Tanto uno como el otro someten su éxito profesional a la romántica idea de que el amor que nunca muere pueda llegar a justificarlo en alguna ocasión, y de hecho lo hace en ambos casos; lo hace en el barco que navega por el Caribe, lo hace en ese encuentro definitivo con Daisy en el salón de estar de Nick Carraway.

A priori, parece obvio que la resolución de El amor en los tiempos del cólera es más optimista y vitalista que la de El Gran Gatsby. La primera termina con los amantes, septuagenarios, inmersos en la idea de viajar para toda la vida entre puertos, sin pisar nunca la tierra firme, ese lugar que siempre los mantuvo separados, sin llegar a tomar nunca consciencia de un mundo real en el que las cosas mueren, en el que las cosas terminan.

La segunda, por su parte, lo hace con Gatsby muriendo solo, abandonado por el amor que fue combustible de su vida. Sin embargo, leyendo los últimos pensamientos que cruzaron su mente, en su última conversación con Carraway, uno entiende que Gatsby murió realmente esperanzado, convencido de que aquello por lo que había esperado durante años, el sueño americano de su propia vida, estaba finalmente al alcance de su mano.

Para Florentino Ariza el amor era el olor de las almendras, mientras que para Jay Gatsby lo era la luz verde. Al final, el amor acabó siendo para ambos una cuestión de ausencias, un constructo solitario, una batalla personal por la supervivencia de un sentimiento frente a todo lo demás.

Nadie en su sano juicio habría luchado tanto por una persona presente, por alguien que sí está, como ellos lo hacen por quien solo habita, aunque inmensamente, las habitaciones de la memoria. Quizá el amor no sea eso, quizá no implique lucha ni sacrificio y deba ser algo sencillo, hogareño, que no duela.

Es posible que no sea más que la justificación más romántica que se ha podido dar al hecho de morir, también al de vivir. La vida sin amor sería menos vida, la gente sin amar perdería determinación, se disiparía la fuerza de voluntad. O quizá no. Quién sabe. Al fin y al cabo, todo el mundo habla de amor, pero nadie tiene ni puta idea de lo que es.

nuestras charlas nocturnas.

Comida, invitados y juegos: los banquetes en la Antigua Grecia…


Los banquetes más informales estaban amenizados por bailarinas y flautistas, mujeres que también podían ofrecer servicios sexuales. En la imagen, flautista en un simposio. Siglo V a.C. Museo Arqueológico Nacional, Madrid.

National Geographic(F.J.Murcia) — Cuenta Jenofonte en su Banquete que en una ocasión Sócrates estaba paseando junto a cuatro amigos cuando los abordó Calias, un ricachón ateniense: «Oportunamente me encuentro con vosotros, pues voy a dar una fiesta […] y pienso que sería más brillante si mi salón está adornado con hombres de espíritu tan elevado como el vuestro».

Sócrates creía que Calias se burlaba de su pobreza, pero el prohombre insistió. 

Entonces le agradecieron la invitación sin prometerle aún que acudirían, hasta que, viendo que se disgustaba, aceptaron seguirlo hasta su casa. Allí pasarían toda la noche comiendo y bebiendo, escuchando música y, sobre todo, conversando, en lo que constituía una de las instituciones más características del modo de vida de los antiguos griegos: el banquete o simposio.

Como podemos ver por la anécdota de Jenofonte, la invitación a un banquete no era demasiado formal. El anfitrión podía hacerla al encontrarse casualmente con los amigos en la calle o en el ágora. Tampoco parece que hubiera problemas si algún invitado traía por su cuenta a otro amigo a la reunión, como vemos que hace Sócrates en el Banquete de Platón. 

Busto romano de Sócrates copiado de un original de Lisipo. Siglo I a.C. Museo del Louvre, París.

Pronto apareció un tipo humano conocido como bufón (ákletos) que acudía sin ser invitado y comía gratis siempre que animara la velada con sus chistes y gracias. Cualquier ocasión festiva podía justificar un banquete: el triunfo de un atleta o de un autor trágico, una celebración familiar y la partida o llegada de un amigo.

Por lo general, el anfitrión pagaba todos los gastos, pero a veces cada invitado llevaba sus propias provisiones, aunque el vino corría siempre por cuenta del dueño de la casa.

La etiqueta exigía cuidar el cuerpo y bañarse antes de acudir a un banquete; Aristóteles dice que «es indecoroso llegar a un banquete sudoroso y lleno de polvo». Sócrates se arreglaba especialmente para esas ocasiones y se ponía las sandalias, dos cosas que hacía pocas veces. 

– Llegan los invitados

Cuando los invitados llegaban a la casa donde tendría lugar el simposio, un esclavo los hacía pasar a la estancia especialmente reservada para estas reuniones: el andrón, la «sala de los hombres», término que indica a las claras que el banquete estaba reservado a los hombres y vetado a las mujeres libres.

Después, los invitados se acomodaban sobre un lecho y un esclavo les lavaba las manos y les quitaba las sandalias antes de que se reclinasen. La buena educación exigía conceder un tiempo a la contemplación y alabar los techos, los adornos o las colgaduras de la estancia. La primera parte de la reunión se dedicaba a la cena (deîpnon). La comida en la Atenas clásica era sencilla y frugal. 

Invitados a un banquete conversan y juegan al cótabo en un fresco de una tumba de Paestum.

El queso, las cebollas, las aceitunas, los higos y el ajo eran esenciales en la cocina. También se consumía una especie de puré de judías y lentejas. La carne se trinchaba en trozos pequeños, porque, como no usaban cuchillos ni tenedores, todo se cogía con las manos.

Tampoco había servilletas; se limpiaban los dedos con trozos de pan que luego tiraban al suelo para que se los comieran los perros de la casa que dormitaban bajo los lechos. Los postres consistían por lo general en frutas, como uvas e higos, o bien dulces elaborados con miel. Durante la cena también se servía vino a los invitados.

Al finalizar la cena, los esclavos retiraban las mesas y limpiaban la sala. Entonces comenzaba el symposion o simposio, la «bebida en común». Era el momento de disfrutar despreocupadamente con el vino, de acuerdo con el dicho «bebe o retírate». Los invitados se perfumaban y se ponían guirnaldas en la cabeza.

Estas guirnaldas, de mirto o de flores, no sólo eran un adorno refinado para la reunión, sino que al parecer atenuaban los dolores de cabeza que producía el beber tanto vino. Luego realizaban una libación de vino puro en honor del Buen Genio. También se hacían libaciones a Zeus y a los dioses Olímpicos, a Zeus salvador y a los héroes, y cantaban un peán o himno a Apolo. 

En la antigua Grecia se consumía más pescado que carne, ya que era mucho más económico; la carne más consumida y barata era la de cerdo. Arriba, plato de cerámica decorado con pescados. Siglo IV a.C.

La libación consistía en beber una pequeña cantidad de vino puro y derramar algunas gotas invocando el nombre del dios. Estas prácticas, obligatorias en todo simposio, nos recuerdan que el banquete tiene un origen religioso, pues en tiempos más antiguos la cena o deîpnon estaba precedida por un sacrificio en el que se daba muerte a los animales que se iban a consumir.

A continuación se designaba, generalmente por azar, al jefe del simposio, el simposiarca. Su función era decidir la mezcla de agua y vino que se debía realizar y cuántas copas tenía que beber cada invitado. La desobediencia al simposiarca suponía una sanción: bailar completamente desnudo o dar vueltas a la sala llevando a cuestas a la flautista. 

Los griegos no bebían el vino puro. Éste se mezclaba con agua dulce en un recipiente de cerámica especial llamado crátera, la pieza clave de todo simposio. Por regla general, la mezcla era de dos partes de vino por cinco de agua, o bien una parte de vino y tres de agua. Así se alargaba el placer de la velada, de modo que sólo al final de la noche los comensales estaban realmente borrachos. 

Algunas fiestas religiosas atenienses, como las Tesmoforias, en honor de las diosas Deméter y Perséfone, incluían banquetes sólo para mujeres. En la imagen, el Partenón, templo dedicado a la diosa Atenea en la Acrópolis de Atenas.

En muchas ocasiones se aprovechaba la mezcla para enfriar la bebida; lo hacían en un vaso especialmente diseñado al efecto, llamado psictera (psykter), donde echaban agua fría o incluso nieve. Por lo general una sola copa circulaba de izquierda a derecha entre los invitados y un joven esclavo se encargaba de llenarla de la crátera en cada ocasión.

Además, durante el simposio, para despertar la sed, los invitados picaban de las mesitas frutos secos, habas o garbanzos tostados, aperitivos que se llamaban tragémata.

-Adictos a los juegos

Además de beber, los invitados se distraían de formas variadas: se proponían acertijos o jugaban a hacer retratos de los asistentes imaginando comparaciones caricaturescas.

Pero lo más habitual era que cantaran al son de la lira los escolios, canciones tradicionales breves y sencillas que trataban sobre la amistad y los placeres del vino, o que exponían hechos históricos o enaltecían los valores sociales de la aristocracia. La palabra escolio, que en griego significa «oblicuo», indicaba el orden que se seguía para continuar el canto.

Así, los invitados iban cantando por turno pasándose una rama de mirto.

Uno de los vasos empleados para beber vino rebajado con agua en los simposios era el cántaro (kantharos), un tipo de vaso con dos asas elevadas y pie alto. El de la imagen superior recrea los rasgos de una mujer griega. 

Uno de los juegos más populares era el cótabo (kóttabos). Una vez vaciada su copa, el invitado la cogía con un dedo por el asa y le daba vueltas con la intención de lanzar los restos de vino que quedaban hacia un blanco fijado previamente, por lo general otra copa. Al tiempo que lo hacía, pronunciaba el nombre de la persona amada.

Si daba en el blanco, se consideraba un presagio favorable para sus pretensiones amorosas. 

El juego tuvo variantes más elaboradas: en una de ellas se trataba de hundir pequeños recipientes de barro que flotaban en un gran vaso; o bien se disparaba a un platillo colocado en equilibrio sobre una vara de metal.

En el año 404 a.C., un aristócrata condenado a muerte, Terámenes, demostró su sangre fría jugando al cótabo con la copa de cicuta mientras pronunciaba las palabras «Por el bello Critias», que era quien le había condenado. 

Crátera ática de terracota decorada con acróbatas y músicos. Siglo IV a.C. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York.

Para amenizar el simposio nunca podía faltar una flautista (aulêtris). En las representaciones del simposio sobre cerámica la vemos actuando semidesnuda entre los asistentes que, con un brazo detrás de la cabeza, parecen transportados por la música. Dada la condición servil de estas flautistas es muy probable que ofreciesen también servicios de carácter sexual. 

Al parecer, la costumbre era poner en subasta a la flautista al final del banquete, lo que creaba discusiones y peleas entre los participantes, que a esas alturas ya estaban bastante borrachos.

Según Aristóteles, una de las funciones de los inspectores urbanos (astynómos) era vigilar a las flautistas, a las tañedoras de lira y a las citaristas para que no cobrasen más de dos dracmas como salario. Es el único ejemplo conocido de regulación de precios en la Atenas clásica.

– Los trasnochadores vuelven a casa

El anfitrión podía traer bailarinas, acróbatas y artistas de mimo. En el Banquete de Jenofonte, el rico anfitrión Calias contrató a un empresario que ofrecía todo un equipo de animadores: una flautista, una bailarina experta en acrobacias y un hermoso muchacho que tocaba la lira y también bailaba.

Al final de la velada, los bailarines ejecutaron una especie de danza erótica, una pantomima que representaba las bodas de Ariadna y Dioniso, el dios del vino, y que excitó enormemente a todos los invitados. 

Un esclavo ayuda a vomitar. a un invitado en un kylix de principios del siglo V a.C. Museo Nacional, Copenhague.

Otras mujeres que asistían con frecuencia al simposio eran las heteras. Eran cortesanas de lujo que se convertían en acompañantes habituales de un hombre que podía pagar sus servicios. Deslumbraban con su belleza y entretenían a los hombres con su ingenio y su refinada conversación.

El simposio les ofrecía la posibilidad de mostrar sus encantos y encontrar generosos protectores. Nadie se engañaba sobre su papel en la reunión; cuenta Ateneo que cuando unos jóvenes se pelearon por los favores de una hetera llamada Gnatena, ésta consoló al que había sido vencido diciendo: «Ánimo, muchacho, que la pelea no es por una corona, sino por tener que pagar». 

Después del banquete los invitados salían a la calle en un ambiente de jarana, escena representada en este stamnos ático fechado en torno al 500 a.C. LACMA, Los Ángeles.

Cuando el simposio terminaba, los asistentes, adornados con sus guirnaldas, salían a las calles y formaban una procesión festiva de borrachos, llamada kómos. Bailaban, gritaban e insultaban a cuantos encontraban a su paso, y también atacaban y dañaban las propiedades ajenas. Su actitud era un desafío a las normas de la sociedad, pues no podemos olvidar que el simposio era propio de la aristocracia. 

Por eso, en algunas ciudades se crearon leyes para impedir estas conductas soberbias hacia otros ciudadanos y destructivas hacia sus bienes.

En Mitilene, por ejemplo, había una pena doble para los delitos cometidos bajo los efectos del alcohol. No obstante, la institución del banquete nunca fue cuestionada y, a pesar de sus excesos y de su origen aristocrático, siguió ocupando un puesto central en las relaciones sociales hasta la época romana. 

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Científicos explican lo que sucedió hace 14 millones de años cuando el Sistema Solar atravesó la región de formación estelar de Orión…


la compleja región de formación estelar de Orión

L.B.V.(G.Carvajal) — Un equipo internacional de investigadores, liderado por la Universidad de Viena, ha revelado que el Sistema Solar atravesó la compleja región de formación estelar de Orión, una estructura vinculada a la denominada Onda Radcliffe, hace aproximadamente 14 millones de años.

Este recorrido interestelar podría haber reducido el tamaño de la heliosfera, la burbuja protectora que envuelve nuestro sistema planetario, permitiendo una mayor entrada de polvo interestelar a la Tierra, lo que podría haber dejado huellas en registros geológicos y haber tenido implicaciones en el clima terrestre.

El hallazgo, publicado en la revista Astronomy & Astrophysics, establece un vínculo interdisciplinario fascinante entre la astrofísica, la paleoclimatología y la geología.

El desplazamiento del Sistema Solar a través de la Vía Láctea lo conduce por diferentes entornos galácticos, cada uno con sus características físicas y químicas particulares. Es como un barco navegando por mares con condiciones cambiantes, explica Efrem Maconi, estudiante de doctorado en la Universidad de Viena y autor principal del estudio. 

En su trayecto, nuestro Sol encontró una región con mayor densidad de gas cuando atravesó la Onda Radcliffe en la constelación de Orión.

Gracias a los datos recopilados por la misión Gaia de la Agencia Espacial Europea (ESA) y observaciones espectroscópicas, el equipo logró determinar con precisión que el paso del Sistema Solar por la región de Orión ocurrió hace aproximadamente 14 millones de años.

 Este descubrimiento amplía el conocimiento que tenemos sobre la Onda Radcliffe, señala João Alves, profesor de astrofísica en la Universidad de Viena y coautor del estudio.

Esta estructura galáctica de gran extensión y forma ondulada está compuesta por diversas regiones de formación estelar interconectadas, entre ellas el famoso complejo de Orión, por el cual nuestro sistema planetario realizó su viaje interestelar.

Durante esta travesía, la región de Orión albergaba cúmulos estelares en pleno proceso de formación, como NGC 1977, NGC 1980 y NGC 1981. Desde la Tierra, esta zona es visible en el cielo nocturno de invierno en el hemisferio norte y en verano en el hemisferio sur. Basta con buscar la constelación de Orión y la nebulosa de Orión (Messier 42), ya que nuestro Sistema Solar proviene de esa dirección, explica Alves.

la Onda Radcliffe

Uno de los efectos potenciales de este encuentro galáctico es el incremento de polvo interestelar en la atmósfera terrestre. Dicho material podría haber introducido elementos radiactivos provenientes de explosiones de supernovas, cuyos vestigios podrían encontrarse en los registros geológicos del planeta. Si bien la tecnología actual aún no es lo suficientemente sensible para detectar estas trazas con certeza, los avances futuros podrían hacer posible su identificación, señala Alves.

Según el estudio, el paso del Sistema Solar por la región de Orión ocurrió entre hace aproximadamente 18,2 y 11,5 millones de años, con una probabilidad máxima de que haya sucedido entre hace 14,8 y 12,4 millones de años.

Curiosamente, este lapso coincide con la Transición Climática del Mioceno Medio, un período marcado por un cambio de un clima cálido y variable hacia un enfriamiento progresivo que llevó a la consolidación de la capa de hielo antártica a escala continental.

Aunque los investigadores sugieren que el polvo interestelar podría haber influido en este cambio climático, enfatizan que se requieren estudios adicionales para confirmar una relación causal directa.

A pesar de que los mecanismos exactos detrás de la Transición Climática del Mioceno Medio aún no se comprenden completamente, las reconstrucciones disponibles sugieren que una disminución sostenida en la concentración de dióxido de carbono atmosférico fue la causa principal de este enfriamiento, explica Maconi. 

Sin embargo, nuestro estudio destaca que el polvo interestelar resultante del cruce de la Onda Radcliffe podría haber desempeñado un papel adicional en este proceso.

No obstante, los investigadores enfatizan que este evento geológico no puede compararse con el cambio climático contemporáneo, ya que la Transición del Mioceno Medio ocurrió a lo largo de cientos de miles de años, mientras que el calentamiento global actual está ocurriendo en una escala de décadas a siglos debido a la actividad humana.

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¿Por qué ya no vamos a la taberna sino a la vinoteca? El rico vocabulario del vino y la vid…


Por qué ya no vamos a la taberna sino a la vinoteca? El rico vocabulario  del vino y la vid

The Conversation(M.R.Gómez/M.V.G.Camacho) — El mundo del vino ocupa una parte importante de nuestro patrimonio cultural inmaterial.

Más allá de su valor económico y gastronómico, el vino está presente en nuestro idioma.

Desde refranes –“Con pan y vino se anda el camino” o “Vino con queso sabe a beso”– a canciones como la que popularizó Manolo Escobar que decía: “Viva el vino y las mujeres”. 

Rafael Farina cantaba al “vino amargo el que bebo, (…) vino amargo que no da alegría” y Estopa “soy como un vino tinto, que si me tomas en frío engaño, y con los años me hago más listo”.

El vino está presente en la mayoría de eventos (institucionales, familiares o sociales) y en la religión cristiana la sangre derramada por Jesucristo es representada por esta bebida. Es decir: en el colectivo popular está presente la cultura vitivinícola de una u otra forma.

– El vino y su mundo en nuestro idioma

Como no podía ser de otra manera, el mundo del vino está muy presente en nuestra lengua. Estudiar, recuperar, analizar y enseñar la gran variedad de léxico existente consecuencia de la presencia de viñas por todo el territorio nacional es lo que hacen los expertos detrás del Atlas Lingüístico y Etnográfico de Andalucía (ALEA), por ejemplo, que en 2023 cumplió 50 años de existencia.

En este medio siglo las transformaciones socioeconómicas, el desarrollo tecnológico o el de las comunicaciones han influido e influyen en la aparición y desaparición de términos. En el ALEA podemos observar todos estos cambios y cómo algunos términos desaparecen o sufren modificaciones en función del área geográfica en que se usan. Esto es lo que hemos investigado en un reciente trabajo de campo.

– Usos locales de palabras

Pese a la ubicuidad del vino y del mundo entorno al cultivo de la uva, es curioso comprobar que existen términos específicos que son locales. Por ejemplo, la palabra “mayetos” se usa en el municipio onubense de La Palma del Condado (cuya producción vinícola pertenece a la denominación de origen de Condado de Huelva) para referirse al grupo de jornaleros que vendimian una propiedad.

Sin embargo, ese término es desconocido en el territorio zamorano y salmantino que abarca la denominación Arribes del Duero.

Por el contrario, el término “corvillo” (instrumento con forma de hoz pequeña para cortar los racimos de uvas) se usa en las tierras que ocupan las denominaciones de origen de Arribes, pero en la localidad onubense no es conocido.

También existen palabras que se emplean en todas las zonas pero con significados diferentes. La palabra “capachos” se refiere en La Palma del Condado a un tipo de cesta de esparto empleada en la recogida de la uva. Sin embargo, en Fermoselle (municipio zamorano con la denominación de origen de Arribes del Duero) designa un apero redondo de esparto para la elaboración de aceite.

Un capacho, en La Palma del Condado (Huelva). 

Un capacho, en Fermoselle, Zamora. 

El término “yema”, para referirse a los brotes de la vid, se usa por igual en todas las zonas.

– Comemos los ‘babos’ y dejamos el ‘escobajo’

Los caprichos dialectológicos hacen que los “granos de uva” o “uvas” se conozcan en Fermoselle como “babos”. Entre las definiciones encontradas en la RAE para este término, ninguna se relaciona con el contexto vitivinícola, aunque sí aparece en el Diccionario de las Hablas Leonesas y se asocia a la zona del Bierzo (León) y a Salamanca, pero no a regiones zamoranas.

¿Se han parado alguna vez a pensar si existe una manera de referirse a lo que queda de un racimo de uvas cuando nos las hemos comido todas? En el ALEA tenemos “escobajo”, mientras que en el municipio onubense aparece “gabado”. Por su parte, la forma usada en Fermoselle es “cascabujo”, término que no consta en los diccionarios.

La forma más similar encontrada es “cascabullo” que está asociado al cascabillo de la bellota. No obstante, tanto “babo” como “cascabujo” muestran vitalidad en la localidad zamorana, ya que son ampliamente conocidos por los habitantes del municipio.

– ¿Se acabaron las tabernas?

Algo que hemos podido comprobar en nuestra investigación es que el término “taberna” comienza un proceso de mortandad en ambas zonas, en favor del vocablo “vinoteca”, término que resulta más moderno y chic para nuestra sociedad, a pesar de las diferencias connotativas de los dos términos.

Otra palabra que está cayendo en desuso es “zarcillo”, que es esa parte fina y alargada, en forma de tirabuzón, que las plantas desarrollan en sus extremos para agarrarse: en La Palma del Condado es desconocida y, en su lugar, aparece “tijereta”. Por su parte, en Fermoselle los habitantes se muestran dubitativos ante ese término reflejado en el ALEA.

Un ‘zarzillo’, palabra casi en desuso.

Partiendo del ALEA, otros términos que también han desaparecido o están en proceso de mortandad en estas dos zonas son “postura” o “vid nueva”, que están dando paso al vocablo “majuelo” para hacer referencia a una vid o a una viña nueva; “granillo/a” para referirse a las uvas no maduras en un racimo que ya ha madurado; o “espita” en La Palma del Condado y “canilla” en Fermoselle, dos términos que se refieren al grifo de madera del que disponen los toneles o cubas.

– Cambios vertiginosos

Comprobar la velocidad a la que el léxico dialectal del ALEA se actualiza nos demuestra el impacto del mundo globalizado en el que vivimos, el constante movimiento de personas y los avances tecnológicos. Todo esto tiene el efecto inevitable en la lengua de perder singularidades de vocabulario y volverse más estandarizada.

También que se introduzcan términos nuevos constantemente mientras otros muchos caigan en desuso, y por tanto, en el olvido.

Como escribía Alfonsina Storni en su poema Adiós: “Las cosas que mueren jamás resucitan / las cosas que mueren no tornan jamás (…)”. El objetivo de artículos como este es que, de alguna manera, esos términos tan particulares de las zonas no caigan en el olvido y desaparezcan para siempre, porque eso quiere decir que perdemos parte de ese patrimonio cultural inmaterial que nos caracteriza y enriquece.

Aquí quedan escritos: ojalá esto ayude a que perduren un poquito más en el tiempo. ¡A su salud!

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Gusano congelado vuelve a la vida tras 46 mil años, desafiando los límites de la biología…


Descendientes del nematodo revivido ayudan a estudiar la resistencia biológica en condiciones extremas

Infobae(A.Reyna) — Un hallazgo sin precedentes ha causado un gran impacto en la comunidad científica: un gusano que estuvo congelado durante aproximadamente 46 mil años en el permafrost siberiano ha sido revivido con éxito.

Este descubrimiento fue realizado por un grupo de investigadores encabezado por el Dr. Philipp Schiffer, del Instituto de Zoología de la Universidad de Colonia. Más allá de evidenciar la increíble capacidad de ciertos organismos para resistir condiciones extremas, el caso plantea nuevas incógnitas sobre los límites de la vida y los mecanismos de supervivencia en entornos hostiles.

El organismo en cuestión, identificado como Panagrolaimus kolymaensis, fue recuperado a 37 metros de profundidad en el suelo permanentemente congelado de Siberia, una región caracterizada por su vasta extensión de permafrost. Este tipo de suelo, que se mantiene helado durante al menos dos años consecutivos, actúa como una cápsula del tiempo natural, conservando material orgánico durante miles de años.

Según los científicos, la combinación de temperaturas extremadamente bajas y la estabilidad del hielo permitió que este gusano permaneciera en un estado de animación suspendida a lo largo de milenios, desafiando así las expectativas sobre la resistencia biológica en condiciones extremas.

– El fenómeno de la criptobiosis: cómo la vida se pone en pausa

El caso abre interrogantes sobre la resistencia extrema y posibles aplicaciones en biomedicina 

El gusano pertenece a un género conocido por su capacidad de entrar en criptobiosis, un estado biológico en el que los procesos vitales se detienen casi por completo en respuesta a condiciones ambientales extremas, como temperaturas extremadamente bajas o sequías severas, según informó Earth.com, sitio dedicado a la difusión de noticias sobre el medio ambiente.

En este estado, no se produce actividad metabólica significativa, lo que permite a los organismos sobrevivir en circunstancias que normalmente serían letales.

La criptobiosis no es exclusiva de los nematodos. Otros organismos, como los tardígrados (también llamados osos de agua) y ciertos tipos de camarones de salmuera, han demostrado habilidades similares. Estos seres suspenden sus funciones corporales hasta que las condiciones ambientales mejoran, momento en el cual reanudan su actividad normal.

Sin embargo, lo que hace único al caso de Panagrolaimus kolymaensises la duración de su estado de suspensión: 46 mil años, un período que supera con creces las expectativas previas de los científicos sobre cuánto tiempo puede mantenerse la vida en pausa.

. Un hallazgo que desafía las expectativas científicas

El análisis genético del gusano reveló que esta especie no había sido descrita previamente en la literatura científica. Según los investigadores, su capacidad para sobrevivir durante tanto tiempo podría estar relacionada con moléculas especiales que estabilizan sus células, protegiéndolas de los daños causados por la deshidratación o las fluctuaciones extremas de temperatura.

Estas moléculas, similares a las encontradas en otros organismos resistentes, podrían ser clave para entender cómo algunos seres vivos logran resistir condiciones extremas.

El Dr. Philipp Schiffer expresó su asombro ante este descubrimiento, afirmando: “Nadie había pensado que este proceso pudiera durar milenios, 40 mil años o incluso más. Es simplemente increíble que la vida pueda comenzar de nuevo después de tanto tiempo, en ese estado entre la vida y la muerte”.

El gusano revivido no sólo retomó su actividad normal en el laboratorio, sino que también logró reproducirse, lo que permitió a los científicos estudiar a su descendencia en condiciones controladas.

Este avance abre la puerta a nuevas investigaciones sobre los mecanismos genéticos y moleculares que permiten la criptobiosis, así como sus posibles aplicaciones en campos como la biomedicina y la conservación.

. El papel del permafrost como cápsula del tiempo natural

El permafrost siberiano ha sido un recurso invaluable para los científicos, ya que conserva restos orgánicos en un estado notablemente intacto.

Este suelo congelado, que en algunas regiones puede extenderse cientos de metros bajo la superficie, actúa como un archivo natural que guarda información sobre la vida en la Tierra hace miles de años.

Las condiciones extremas de estas regiones, aunque inhóspitas para los humanos, son ideales para preservar organismos y materiales biológicos. Según los investigadores, el grosor del hielo y las bajas temperaturas constantes protegen a los organismos atrapados en el permafrost, manteniéndolos en un estado de conservación que permite su estudio incluso después de decenas de miles de años.

– Implicaciones para la ciencia y la exploración espacial

La criptobiosis permite a los organismos detener sus funciones vitales casi por completo

El descubrimiento de este gusano plantea preguntas fascinantes sobre la posibilidad de vida en otros planetas o lunas con condiciones extremas.

Según los expertos, los mecanismos de supervivencia observados en Panagrolaimus kolymaensis podrían tener paralelismos con las estrategias que hipotéticamente podrían emplear organismos en entornos como Marte o las lunas heladas de Saturno.

Además, el estudio de la criptobiosis tiene aplicaciones potenciales en la Tierra. Si los científicos logran aislar los genes o moléculas responsables de la resistencia al frío y la deshidratación, podrían desarrollar nuevas tecnologías para preservar tejidos humanos, órganos para trasplantes o incluso alimentos.

Este tipo de avances podría revolucionar la biomedicina y la industria alimentaria, minimizando los daños asociados con el almacenamiento en frío.

Aunque el espécimen original ha muerto, sus descendientes continúan vivos en el laboratorio, proporcionando una oportunidad única para realizar más experimentos. Los investigadores planean estudiar cómo estos nematodos responden a cambios en la temperatura, la rehidratación y otros factores ambientales, con el objetivo de comprender mejor los límites de la criptobiosis.

Además, los científicos están interesados en explorar muestras de permafrost aún más antiguas en busca de otros organismos que puedan haber sobrevivido en condiciones similares. Estos estudios podrían arrojar luz sobre cómo la vida en la Tierra ha evolucionado para adaptarse a entornos extremos y cómo podría hacerlo en el futuro.

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No, una infancia difícil no hace madurar antes a los niños…


Psicología y Mente(N.Moreno) — Durante mucho tiempo se ha creído que las adversidades en la infancia ayudaban a los niños y niñas a madurar. De hecho, todavía hoy son innumerables las personas que defienden esta postura. Sin embargo, las investigaciones más recientes señalan lo contrario.

A lo largo de este artículo exponemos los diferentes hallazgos, basados en evidencia científica, que desmontan esta creencia tan extendida. Además, hablaremos sobre el verdadero impacto que tiene vivir una infancia difícil. En definitiva, desmontamos esta idea popular mediante argumentos basados en neurociencia.

– La falsa creencia sobre la «madurez forzada»

Es probable que, en más de una ocasión, hayas escuchado afirmaciones que hacen referencia al hecho de haber tenido que madurar antes de lo esperado por las circunstancias vividas durante la infancia. Lejos de plantearlo como algo a lamentar, a nivel popular se suele plantear como un hecho prácticamente elogiable.

De hecho, esta idea se extiende y arraiga en el pensamiento colectivo mediante historias, películas y cualquier tipo de narrativa en las que se acaba romantizando el hecho de haber tenido una infancia difícil. Parece que se premia tener niños y niñas maduros en lugar de permitir que simplemente sean infantes y crezcan a su propio ritmo.

Sin embargo, lo que no saben la mayor parte de las personas que defienden este tipo de creencias es que las adversidades vividas dejan huella. Parece que, como sociedad, a veces se nos olvida lo sensible e importante que es la primera etapa de nuestra vida. Todo lo que vivimos durante la infancia, sea positivo o negativo, puede generar un fuerte impacto en nuestro desarrollo.

– Descubriendo los impactos reales de las experiencias adversas en la infancia

Bella Vista TV - Ser el hijo mayor no siempre es fácil.❤️‍🩹 Muchas veces  nos toca crecer y madurar antes de tiempo, toca ceder el espacio o posponer  nuestras necesidades porque alguien

Afortunadamente, cada vez son más los estudios que demuestran el verdadero impacto de haber vivido todas estas experiencias adversas durante la infancia.

Las consecuencias acompañan a estas personas a lo largo de su vida puesto que marcan su desarrollo y esto acaba produciendo cambios en su organismo.

Un estudio publicado recientemente en la revista Developmental Cognitive Neuroscience muestra cómo determinadas experiencias adversas en la infancia afectan al desarrollo del cerebro.

 En esta investigación se habla de factores como la crianza dura o severa, los conflictos familiares y los vecindarios inseguros entre otros aspectos.

Si bien es cierto que cada una de las experiencias vividas puede tener impactos diferentes en cada persona, se ha demostrado que estas no fortalecen el cerebro. De hecho, se puede afirmar que lo debilitan.

Esto sucede así debido a que los cerebros de los niños deben adaptarse a las circunstancias que están viviendo y, para ello, su desarrollo habitual se ve entorpecido.

Así pues, encontramos dificultades significativas en los adultos que vivieron experiencias adversas durante su infancia. Incluso ya de niños se pueden apreciar estas dificultades para regular las propias emociones. Además, suelen tener dificultades conductuales, académicas y una baja autoestima. Por si fuera poco, también tienen más problemas en el ámbito relacional.

– Hemos confundido madurez con supervivencia

Es cierto que ante determinadas experiencias vitales, los infantes acaban desarrollando comportamientos que habitualmente desempeñan los adultos. Socialmente esto se ha descrito como madurar y, como decíamos antes, se ha llegado incluso a ver como algo positivo y deseable. 

Sin embargo, lo que está sucediendo realmente es que ese cerebro no ha tenido más remedio que adaptarse a esa realidad. Esto sucede puesto que nuestro organismo es plástico y está programado para adaptarse e incluso poder sobrevivir en un entorno desfavorable.

Esto se traduce en que los infantes acaban adoptando conductas que no les corresponden y que suelen estar desatendiendo las necesidades reales que tienen por su momento evolutivo.

Por ejemplo, los niños que habitualmente se etiquetan como muy independientes están intentando suplir el hecho de que no disponen de una persona adulta que les garantice la seguridad que necesitan.

En este sentido, es necesario comprender que lo que habitualmente se ve como un desarrollo precoz y más madurez es en realidad un intento del cerebro para adaptarse a un entorno hostil. Por supuesto, estos niveles elevados de estrés, junto con la carencia de sostén por parte de los cuidadores tiene consecuencias a corto, medio y largo plazo tanto a nivel emocional como cognitivo.

En definitiva, debemos interiorizar que la madurez de un cerebro solo puede darse cuando los infantes crecen en entornos seguros. Debemos respetar los tiempos y las necesidades de cada etapa del crecimiento para poder garantizar un desarrollo óptimo.

– Desmontando creencias erróneas gracias a la neurociencia

Madurar Y No Dejar De Ser Niño | TikTok

Gracias a la neurociencia hoy en día podemos desmontar este tipo de creencias erróneas pero arraigadas fuertemente en la cultura popular.

Los estudios más actuales han permitido saber con profundidad el funcionamiento óptimo del cerebro y cómo se alteran las diferentes áreas al vivir determinadas experiencias.

Además, los estudios que se apoyan en la neuroimagen permiten saber que los cambios producidos en las áreas cerebrales afectadas se mantienen a medio y largo plazo.

Asi pues, la ciencia nos permite insistir en la necesidad de ofrecer entornos seguros y cálidos para los más pequeños.

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El Pacífico no es pacífico…


océano pacífico Pacific Ocean from Land's End, de Armin Hansen.
Pacific Ocean from Land’s End, de Armin Hansen.

JotDown(Y.Santos) — Un escalón. Es lo primero que se siente en el Pacífico, sea en playa rectilínea, sea en bahía. Un desnivel que desconcierta, que hace perder pie enseguida, que da la impresión de una densidad desconocida. Luego está la fuerza de las aguas, incluso en la orilla, capaz de romper tobillos.

Aunque no haya oleaje, el mar se adentra en la arena y rodea los cuerpos con que se topa con avidez, arrastrándolos hacia sí como una garra, como una liana, como una pitón. Cuando hay oleaje, su furia traicionera forma un muro inexpugnable. El Pacífico no es confiable.

A la vuelta del verano de 2007 no se hablaba de otra cosa en la Ciudad de México que de la muerte, a los treinta años, de la escritora Aura Estrada. La mató una ola que le rompió el cuello en Mazunte (Oaxaca). Nada hacía presagiar, se lee en la crónica atravesada por el dolor de su viudo, Frank Goldman, para The New Yorker, que la asesina llevara saña mortal.

«Mantenga la calma, no nade contra la corriente, haga señales de auxilio, intente nadar en paralelo a la orilla». Son frecuentes estos consejos en las costas del Pacífico, donde, si el bañista logra traspasar la pared de olas, no ha de sentirse seguro: puede toparse con una corriente de resaca. Los nadadores locales son expertos en cabalgarlas (y salvar a cientos de personas al año).

«No hay que ponerse nervioso, es mejor dejarse llevar por la corriente porque ella misma vuelve hacia fuera», suelen advertir al viajero.

Muchos, miles al año, no lo cuentan. Como el poeta Manuel Ulacia, nieto de Manuel Altolaguirre, ahogado en una playa del norte de Guerrero en 2001. Los amigos que lo vieron cuentan que parecía que los saludaba de lejos, jovial, antes de desaparecérseles de la vista.

El lecho del Pacífico es traicionero también. En las costas, en uno y otro continente, confluyen placas tectónicas que rugen y llevan la muerte en ondas sísmicas, esas olas terrestres. «En caso de tsunami, aléjese de la costa, suba a un lugar alto».

¿El ser humano piensa en las instrucciones para ponerse la mascarilla en el avión en caso de despresurización de la cabina? ¿Sabe leer la señal quien observa al océano retirarse metros y metros como un Judas Iscariote que besa a Jesús?

Nada tienen que ver, eso sí, las rocas que conforman el fondo marino y sus límites con las corrientes y los oleajes, aclara Víctor Manuel Cruz Atienza, uno de los mayores especialistas en la llamada brecha de Guerrero, de donde predicen vendrá «the big one», el gran terremoto que mañana —dentro de diez años, de cincuenta, de cien— asolará la capital de México.

«Lo que rige las mareas tiene que ver con la interacción de los fluidos entre los océanos, la capa de agua de la Tierra y la atmósfera, y con la gravedad inducida principalmente sobre la Tierra por la Luna», explica el científico, paciente, a la ignorante.

¿Qué sabemos de los océanos los profanos? ¿Qué, del Pacífico, un tercio de la superficie del planeta, donde podrían caber todos los continentes? Las palabras esdrújulas nos parecen nombres de encantamiento y estas, en concreto, llevan la carga de titanes y conquistadores.

Consuela que siga siendo así incluso para los expertos. Lo acredita Santiago Olay García, marino mercante —¿la profesión venerable más antigua del mundo?—, que navega en las redes como Santiago el Marino.

«El Atlántico es como estar en casa y el Pacífico es la promesa de lo exótico —dice—. Cuando ya el Atlántico americano, incluido el Caribe, estaban civilizados, a principios del siglo XIX, el Pacífico suponía aún la vida en la frontera. Y para mí sigue siendo un poco así hoy en día».

Santiago lo compara con explorar la Luna o Marte hace solamente dos siglos, pero los científicos lo siguen considerando así, en cierto sentido. Se sabe más del espacio exterior que de los océanos.

Desde la orilla, sin embargo, todos los mares se parecen. Por eso nos confunden. Núñez de Balboa, el primer occidental que contempló el Pacífico, en 1513, lo hizo desde las costas del istmo de Panamá y por eso lo llamó mar del Sur.

Su nombre definitivo se lo puso Fernando de Magallanes, tras pasar el infierno de la Tierra del Fuego, en 1520. ¿Cómo llamar, si no, a esa balsa azul, después de sufrir en glaciares y angosturas? Cómo predecir, en aquel momento, que de todos los topónimos equivocados, el del océano Pacífico es el más grande de todos.

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