AARP(J.Migala) — Si eres un hombre y estás leyendo esto, se espera que mueras varios años antes que una mujer.
Puede que eso no te sorprenda mucho. Después de todo, históricamente las mujeres han vivido más tiempo que los hombres, algo que es cierto en casi todos los lugares del mundo. Pero en los últimos años, la brecha de longevidad entre los sexos solo ha crecido.
Datos publicados en la revista JAMA Internal Medicine (en inglés) en el 2023 encontraron que en el 2021, se esperaba que las mujeres vivieran casi seis años más que los hombres en Estados Unidos, la mayor brecha en la expectativa de vida entre los sexos en casi tres décadas. En el 2022, la diferencia se redujo un poco. Aun así, la expectativa de vida de una mujer en Estados Unidos fue de 80.2 años; para los hombres, fue 74.8, según muestran los últimos datos federales (en inglés).
¿A qué se debe? Los médicos e investigadores señalan varias razones por las que las mujeres generalmente viven más que los hombres.
5 razones por las que las mujeres tienden a vivir más tiempo
1. COVID-19
El coronavirus es en parte culpable del reciente crecimiento de la brecha, dice el Dr. Brandon Yan, médico de la Universidad de California en San Francisco e investigador principal del artículo de JAMA. Los hombres tienen más probabilidades de padecer enfermedades crónicas, como diabetes o EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica), lo que aumenta las probabilidades de sufrir una infección grave.
También enfrentan normas sociales de masculinidad que pueden haber contribuido a la resistencia de usar mascarilla y vacunarse durante el auge de la pandemia, añade Yan, «y comportamientos más arriesgados en general».
Yan sigue «cautelosamente optimista» de que la brecha comenzará a reducirse ahora que estamos en un mejor lugar con la COVID-19. El virus todavía está circulando, pero la mayoría de las personas tienen algún tipo de inmunidad a través de vacunas e infecciones previas, y los tratamientos pueden frenar complicaciones graves si se contrae. Aun así, que la COVID disminuya no significa que las vulnerabilidades de un hombre desaparecerán por completo.
2. Diferencias biológicas
El estrógeno, cuyos niveles caen precipitadamente durante la menopausia, es una hormona que protege la salud, dice Dawn Carr, directora del Centro Claude Pepper de la Universidad Estatal de Florida y profesora afiliada al Institute for Successful Longevity.
Según Cleveland Clinic, el estrógeno puede ayudar a proteger el corazón y el cerebro, y puede reducir la inflamación y mejorar la masa muscular y la densidad ósea. De hecho, se cree que el estrógeno es la razón por la que las mujeres padecen enfermedad cardíaca —la principal causa de muerte en el país— una década más tarde que los hombres.
3. Manejo del estrés
Hay una gran diferencia entre los hombres y las mujeres en términos de cómo procesan el estrés, dice Carr: «Cuando están estresados, los hombres tienden a adoptar comportamientos que tienen más consecuencias para su salud que las mujeres. Podrían beber alcohol y fumar. Y muchas veces no tienen las mismas redes sociales que los protejan para hablar de sus sentimientos y manejar sus emociones».
Las mujeres, por otro lado, podrían ser más propensas a acudir a un amigo o familiar para hablar sobre lo que están pasando, una costumbre que sin duda es más saludable y reduce enormemente el estrés.
4. Atención médica
Desde la juventud hasta la mediana edad, las mujeres tienden a visitar al médico más a menudo que los hombres, según los datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). Sin embargo, cuando llegan a los 65 años, más de 9 de cada 10 hombres y mujeres visitan a un profesional médico (en inglés).
«Las mujeres suelen ser un poco más proactivas con respecto a su salud», dice el Dr. Douglas E. Vaughan, director del Potocsnak Longevity Institute en la Facultad de Medicina Feinberg de la Universidad Northwestern. «Lo vemos en la vida cotidiana y en nuestras prácticas aquí.
Muchas de las medidas preventivas que las personas pueden tomar incluyen la detección del cáncer cervical o una mamografía, que están integradas en la cultura para que las mujeres las realicen. Los hombres pueden ser más reacios a aprovechar las oportunidades de detección que existen».
5. Educación universitaria
También hay una brecha en la educación universitaria: las mujeres superan a los hombres. Eso puede hacer que los hombres realicen trabajos más físicamente exigentes o riesgosos, dice Carr. El nivel de educación también puede influir en el acceso de una persona a una atención médica de calidad a lo largo de su carrera. En el 2021, el 46% de las mujeres de 25 a 34 años tenían una licenciatura, en comparación con el 36% de los hombres en ese rango de edad, según muestra un informe del Pew Research Center.
– 5 consejos para ayudarte a vivir más tiempo
Si te identificas con alguna de estas razones, puedes tomar medidas como hombre para mejorar tus probabilidades de vivir más tiempo, y eso comienza tomando el control de tu salud.
«Estamos empezando a pensar en lo que podemos hacer para ralentizar nuestra edad biológica. Las mujeres tienen la ventaja en ese espacio, pero eso no significa que las intervenciones o cambios de estilo de vida no sean eficaces para todos», dice Vaughan. «Las personas deberían saber que incluso si comienzan tarde —a los 60, 70, incluso 80 años—, no es demasiado tarde».
Te explicamos por dónde empezar:
1. Hazte pruebas de detección
Pregúntale a tu médico qué exámenes de salud te toca hacer. «Aprovecha los exámenes que se pueden hacer para preservar tu salud y potencialmente extender tu vida», dice Vaughan.
En este momento, las recomendaciones para las pruebas de detección de cáncer para hombres mayores de 50 años incluyen pruebas de detección de cáncer colorrectal, cáncer de pulmón (para fumadores actuales o exfumadores) y potencialmente cáncer de próstata, según la American Cancer Society.
Cuándo y con qué frecuencia necesitas realizarte estas pruebas depende de tu edad y salud, y la mejor persona para preguntar es tu proveedor de atención médica.
2. Conoce cómo se encuentra tu salud metabólica
«La diabetes puede ser un trastorno bastante silencioso durante un largo período de tiempo.
Puede pasarse por alto, lo que puede tener efectos devastadores en el sistema cardiovascular», dice Vaughan.
De hecho, un porcentaje más alto de hombres (41%) que de mujeres (32%) tenía prediabetes, pero más mujeres eran conscientes de su prediabetes en comparación con los hombres, según los CDC.
Hacerte análisis de sangre para medir tu HbA1c (una medida de azúcar en sangre) y tus niveles de colesterol, así como una lectura de tu presión arterial, puede indicarte si necesitas hacer ajustes en tu estilo de vida o considerar tomar medicamentos para controlar esos niveles.
3. Evalúa tu salud mental
Es común que los trastornos del estado de ánimo como la depresión estén poco diagnosticados en los hombres. Y la depresión es un factor de riesgo para las acertadamente apodadas muertes por desesperación de suicidio, trastorno por consumo de alcohol y sobredosis de drogas. (El estudio de JAMA también encontró que estos factores contribuían a la brecha en la expectativa de vida entre los hombres y las mujeres).
«La salud mental a menudo se pasa por alto en muchas circunstancias», dice Vaughan. Puede ser realmente difícil abordar el tema, pero tu médico de atención primaria puede ser el primer paso para iniciar la conversación, y puede decirte a dónde ir para obtener ayuda más específica.
4. Mantén tus relaciones
La conexión social es una forma importante de amortiguar el estrés y promover el bienestar emocional, dice Carr. Investigaciones anteriores incluso han concluido que los lazos sociales son tan importantes como dejar de fumar o moderar tu consumo de alcohol cuando se trata de alargar tu vida.
«Mantener relaciones significativas con amigos y familia es esencial y protector», dice. Pregúntate si has hablado con un amigo hoy.
5. Mejora tus hábitos
Las cosas que escuchas todo el tiempo (lo que comes, cómo te mueves, tus hábitos de sueño) pueden no ser sorprendentes, pero siguen siendo importantes para tu salud o los años que vives sin sufrir una enfermedad relacionada con el envejecimiento, dice Vaughan.
Este es el momento en que puedes hacer las actividades que quieres hacer sin que las enfermedades o las limitaciones funcionales te lo impidan. «La dieta y el ejercicio son las mejores cosas que puedes hacer para retrasar tu edad biológica», dice.
En 2023 hubo 2,7 millones de niños adicionales sin vacunar o subvacunados en comparación con los niveles de 2019, antes de que se produjera la pandemia por el coronavirus
Infobae — La vacunación evita que, en el mundo, se produzcan entre 3,5 y 5 millones de muertes al año por enfermedades como la difteria, el tétanos, la tos ferina, la gripe y el sarampión.
Sin embargo, aún el acceso a la inmunización enfrenta barreras. Una preocupación es el problema de las niñas y los niños “cero dosis”. Son chicas y chicos que no reciben una sola dosis de vacuna contra la difteria, el tétanos y la tos ferina, y eso lo pone en riesgo de sufrir enfermedades que pueden ser prevenidas.
De acuerdo al nuevo informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la UNICEF, la cobertura mundial de inmunización infantil se estancó en 2023. Eso dejó a 2,7 millones de niños adicionales sin vacunar o subvacunados en comparación con los niveles de 2019, antes de que se produjera la pandemia por el coronavirus.
El año pasado, el número de niños que recibieron tres dosis de la vacuna contra la difteria, el tétanos y la tos ferina (DTP) se estancó en el 84%. Es decir, fueron 108 millones que solo accedieron a esas dosis.
Pero el número de niños que no recibieron una sola dosis de la vacuna aumentó de 13,9 millones en 2022 a 14,5 millones en 2023.
Gracias a la vacunación se evitan entre 3,5 y 5 millones de muertes al año por enfermedades como la difteria, el tétanos, la tos ferina, la gripe y el sarampión
En la Argentina, la cobertura con la vacuna DTP contra la difteria, el tétanos y la tos convulsa estaba en el 83% en el año 2019. Bajó al 74% en 2020, subió luego al 84% en 2022 y volvió a caer al 64% el año pasado, según el informe de OMS y Unicef.
En cambio, en países como México la cobertura mejoró. En 2019 la cobertura de la vacuna DTP alcanzaba al 82% de la población que tiene que recibir. Bajó al 72% en 2020. Al año siguiente se empezó a recuperar y alcanzó el 85% el año pasado. En el caso de Colombia, también ha ido mejorando: la cobertura bajó al 88% en 2020 y se fue recuperando hasta llegar al 90% el año pasado.
“Las últimas tendencias demuestran que muchos países siguen dejando de lado a demasiados niños”, afirmó la directora ejecutiva de Unicef, Catherine Russell.
La experta precisó cómo debería facilitarse la vacunación masiva. “Cerrar la brecha de inmunización requiere un esfuerzo global, en el que los gobiernos, los socios y los líderes locales inviertan en atención primaria de salud y trabajadores comunitarios para garantizar que todos los niños sean vacunados y que se fortalezca la atención médica en general”.
– Dónde viven los chicos “cero dosis”
La directora ejecutiva de UNICEF Catherine Russell dijo que se debería «cerrar la brecha de inmunización» para que no haya niños sin vacunas
El informe dio detalles sobre quién son los niños “cero dosis” hoy. Más de la mitad de los niños no vacunados viven en 31 países con situaciones frágiles, vulnerables y afectados por conflictos. Están en riesgo de sufrir enfermedades prevenibles como consecuencia de las interrupciones y la falta de acceso a servicios de seguridad, nutrición y salud.
Otro dato: 6,5 millones de niños no completaron su tercera dosis de la vacuna DTP, necesaria para lograr la protección contra enfermedades en la infancia y la primera infancia.
Los datos surgen del informe que la OMS y UNICEF realizan sobre la cobertura nacional de inmunización (WUENIC), y da cuenta de las tendencias de inmunización para 14 enfermedades.
La tendencia muestra que la cobertura mundial de inmunización se ha mantenido prácticamente sin cambios desde 2022 y, “lo que es más alarmante, aún no ha regresado a los niveles de 2019″, señalaron en un comunicado conjunto.
Hay riesgo de brotes por sarampión
La cobertura de la vacunación contra el sarampión no es óptima y eso hace que la infección viral se continúe propagando y generando brotes
La falta de acceso a la inmunización ya tiene consecuencias para la salud pública. Una de ellas es el desarrollo de brotes de sarampión, la infección viral altamente contagiosa que puede ser prevenida con vacunas.
Se detectó que las tasas de vacunación contra la mortal enfermedad del sarampión se estancaron y eso dejó a casi 35 millones de niños sin protección o sólo parcialmente.
En 2023, solo el 83% de los niños en todo el mundo recibieron su primera dosis de la vacuna contra el sarampión a través de servicios de salud de rutina.
Mientras que el número de niños que recibieron su segunda dosis aumentó modestamente con respecto al año anterior, alcanzando el 74% de los niños. Estas cifras no alcanzan la cobertura del 95% necesaria para prevenir brotes, evitar enfermedades y muertes innecesarias y alcanzar los objetivos de eliminación del sarampión.
En los últimos cinco años, los brotes de sarampión afectaron a 103 países, donde viven aproximadamente las tres cuartas partes de los bebés del mundo.
La baja cobertura de vacunación (80% o menos) fue un factor importante. Por el contrario, 91 países con una fuerte cobertura de vacunación contra el sarampión no experimentaron brotes.
Los brotes de sarampión afectaron a 103 países durante los últimos 5 años. Allí viven aproximadamente las tres cuartas partes de los bebés del mundo. La infección puede ser mortal
“Los brotes de sarampión son el canario en la mina de carbón, ya que exponen y explotan las deficiencias en la inmunización y afectan primero a los más vulnerables”, afirmó el doctor Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS.
“Este es un problema que tiene solución. La vacuna contra el sarampión es barata y puede administrarse incluso en los lugares más difíciles. La OMS se compromete a trabajar con todos nuestros socios para ayudar a los países a cerrar estas brechas y proteger a los niños en mayor riesgo lo más rápido posible”, resaltó el director.
– Qué pasó con la vacunación contra el virus del papiloma humano
La cobertura mundial de la vacuna contra el virus del papiloma humano (VPH en español o HPV en inglés) entre las niñas aumentó sustancialmente.
La vacuna contra el virus del papiloma humano sirve para prevenir verrugas genitales y diferentes cánceres
Por ejemplo, la proporción de niñas adolescentes a nivel mundial que recibieron al menos una dosis de la vacuna contra el VPH, que brinda protección contra el cáncer de cuello uterino, aumentó del 20 % en 2022 al 27 % en 2023. Esto se debió en gran medida a las fuertes introducciones en los programas respaldados por Gavi. países como Bangladesh, Indonesia y Nigeria.
El uso del esquema de vacuna contra el VPH de dosis única también ayudó a aumentar la cobertura de vacunación.
“La vacuna contra el VPH es una de las vacunas de mayor impacto en la cartera de Gavi, y es increíblemente alentador que ahora esté llegando a más niñas que nunca”, expresó la doctora Sania Nishtar, directora ejecutiva de Gavi, la Alianza para las Vacunas.
“Con las vacunas ahora disponibles Para más del 50% de las niñas elegibles en los países africanos, tenemos mucho trabajo por hacer, pero hoy podemos ver que tenemos un camino claro para eliminar esta terrible enfermedad”, afirmó.
Sin embargo, la cobertura de la vacuna contra el VPH está muy por debajo del objetivo del 90% para eliminar el cáncer de cuello uterino como problema de salud pública, y llega solo al 56% de las adolescentes en los países de ingresos altos y al 23% en los países de ingresos bajos y medianos.
Una encuesta reciente realizada a más de 400.000 usuarios de la plataforma digital de UNICEF para jóvenes, U-Report , reveló que más del 75% desconoce o no está seguro de qué es el VPH. Esa situación subraya la necesidad de que haya una mayor concientización sobre la infección por ese patógeno y una mejor accesibilidad a las vacunas.
Aún hay falta de conciencia sobre la importancia de la inmunización contra el virus del papiloma humano
La infección por el papilomavirus humano (VPH) es una infección de transmisión sexual común. Generalmente, la infección suele desaparecer por sí sola, sin necesidad de tratamiento. Sin embargo, algunas infecciones pueden generar verrugas genitales y hasta la aparición de células anormales, que se acaban transformando en cáncer. La vacunación por VPH puede prevenir los cánceres.
Cuando a los usuarios de la plataforma digital se les informó sobre el virus, su relación con el cáncer y la existencia de una vacuna, el 52% de los encuestados indicaron que querían recibir la vacuna contra el VPH. Pero se ven obstaculizados por limitaciones financieras (41%) y falta de disponibilidad (34%).
Si bien ha habido avances modestos en algunas regiones, incluida la región africana y los países de bajos ingresos, las últimas estimaciones resaltan la necesidad de acelerar los esfuerzos para cumplir los objetivos de la Agenda de Inmunización 2030 (IA2030) de una cobertura del 90% y no más de 6,5 millones de personas. niños que recibirán “dosis cero” en todo el mundo para 2030.
The Conversation(J.P.López) — Llega un día en la vida de todo niño en el que su habitual cacofonía de sílabas sin sentido, el conocido balbuceo, da paso, casi a modo de pequeño milagro, a la pronunciación de una primera palabra reconocible.
Entre los 13 y los 18 meses, los niños comienzan a comprender y a emplear palabras que nombran objetos cotidianos, acciones frecuentes y personas significativas para ellos. Empiezan a reconocer las partes del cuerpo y giran la cabeza en torno suyo cuando alguien pregunta dónde está algo.
No obstante, en el momento de la aparición de las primeras palabras, así como en la elaboración de las primeras frases, los niños muestran una gran variabilidad. Esto ha hecho que no sea sencillo para algunas familias informarse de cuándo deben preocuparse ante un retraso en la adquisición de este vocabulario temprano. Trataremos de arrojar un poco de luz.
– Hablantes tardíos
Definimos como hablantes tardíos a aquellos niños que, ya a los 24 meses, producen menos de 50 palabras o no emiten oraciones de dos o más elementos. Hay que aclarar que la etiqueta “hablante tardío” no es un diagnóstico. Es un término que sirve para describir a este grupo de niños, cuya prevalencia se estima cercana al 13% de la población. No se recomienda el uso del término cuando hay discapacidad intelectual, daño neurológico, pérdida auditiva o ausencia de intención comunicativa.
Algunos de estos hablantes tardíos acabarán presentando un problema grave y persistente para producir y comprender el lenguaje. Se trata del denominado trastorno del desarrollo del lenguaje, que afecta en torno al 7 % de la población y que implica problemas heterogéneos relacionados, por ejemplo, con la adquisición del vocabulario o con la capacidad de usar y comprender frases complejas.
Sin embargo, en esto encontramos también una gran variabilidad. Algunos estudios señalan que muchos de estos hablantes tardíos, de hecho, no acabarán presentando problemas clínicamente significativos en el desarrollo del lenguaje.
Llegados a este punto cabe preguntarse lo siguiente: ¿deben los hablantes tardíos recibir atención profesional por parte de un especialista en lenguaje? Hay debate al respecto, pero algunos investigadores son taxativos al afirmar que sí. Dan razones como las siguientes:
Incluso aquellos hablantes tardíos que no tengan problemas clínicamente significativos en el desarrollo del lenguaje tendrán, llegada la adolescencia, un vocabulario más pobre que el de sus iguales. Recibir una estimulación del lenguaje temprana y bien fundamentada puede ayudar a los niños tratar de cerrar esas futuras brechas.
El porcentaje de los hablantes tardíos que sí tendrá problemas futuros en el desarrollo del lenguaje estará abordándolos de esta manera de forma temprana. Esto permite a los profesionales actuar lo antes posible ante un problema que tiene un fuerte impacto en el desarrollo académico y personal de estos niños.
– Banderas rojas: ¿Cuándo consultar a un especialista?
Más allá de los hablantes tardíos, algunos estudios han tratado de crear un consenso entre los especialistas acerca de cuáles son las banderas rojas a las que familias y cuidadores deben estar atentos en el desarrollo del lenguaje, el habla y la comunicación en los primeros años.
Entendemos por banderas rojas aquellos aspectos que, de ser observados, deben derivar en la búsqueda de una atención profesional especializada. Se trata de indicadores de extrema gravedad, que bajo ningún concepto deberían ignorarse o asarse por alto.
Entre los 12 y los 23 meses, que el niño presente ausencia de balbuceo o que no reaccione a cambios en el entorno como, por ejemplo, estímulos sonoros, es un motivo para buscar ayuda profesional que tiene un alto consenso entre los expertos.
Más tarde, entre los 24 y los 35 meses, el hecho de que los niños no hayan emitido aún sus primeras palabras, la ausencia de interacciones con el entorno, la falta de intención comunicativa o la falta de reacción ante el lenguaje emitido por otros son las banderas rojas que debemos reconocer.
Finalmente, entre los 36 y los 48 meses, que el habla sea ininteligible para los propios familiares o cuidadores, los problemas en la comprensión de oraciones simples o que los niños no elaboren frases sencillas son algunas de las banderas rojas a tener en cuenta.
Estas banderas rojas son enormemente conservadoras, es decir, recopilan indicadores muy graves y extremos. Es posible encontrar otros problemas más sutiles o con una gravedad menor que hagan recomendable pedir apoyo especializado. No obstante, estos indicadores pueden ayudar a familias y a profesionales a la hora de saber qué indicadores revisten una mayor gravedad.
JotDown(J.Bilbao) — Centauros del desierto,Ben-Hur, Star Wars, Supersalidos… el cine siempre nos cuenta la misma historia con pequeñas variaciones.
No tanto porque estén todas ellas protagonizadas de forma más o menos metafórica por un chaval gordito obsesionado con dibujar penes —que también podría ser— sino porque la última, que podríamos englobar en un subgénero que incluya a Porky’s o American Pie, atribuye a la pérdida de la virginidad proporciones míticas y retrata el tortuoso proceso como si de una epopeya homérica se tratara.
Y por el impacto que tuvieron en el público se ve que lograron que este se identificase con lo narrado. Los protagonistas en tales películas de iniciación adolescente viven su castidad impuesta con una comezón interior digna de Hamlet; divagan, planean, temen y ansían furiosamente la llegada del Gran Momento, ese cataclismo vital que les hará ingresar en un mundo de nuevos placeres y desafíos y que incluso les transformará interiormente. ¿Realmente es para tanto?
Bien, cada uno tiene su experiencia particular y ha escuchado las de otros lo suficiente como para saber que no es algo de vida o muerte. Es más importante, al menos en algunos casos. Para que se hagan una idea, uno de nuestros lectores, de nombre Mikel, nos dejó escrito en la web tiempo atrás un comentario acerca de su imposibilidad de desflorarse, en el que decía, textualmente: «intenté suicidarme ante la tremenda frustración de no poder desahogar esa energía sexual que me devoraba por dentro».
Y remataba: «No por nada siempre se ha dicho medio en serio medio en broma que hasta que uno no folla o no se va de putas no se convierte en un hombre». Vaya por delante que Mikel es un nombre vasco y eso no es casualidad, así que desde aquí le enviamos un fuerte abrazo —casto, que no se haga ilusiones— y le deseamos toda la suerte del mundo.
Céntrate, hombre, y no hagas locuras. Pero además de a un desesperante impulso biológico, esta mitificación del asunto también responde como él reconoce a una necesidad de darle trascendencia y significado, a falta de otros ritos de paso para la pubertad en Occidente.
En este punto nos centraremos: es la forma de representar ante uno mismo y ante los demás el paso de niño a adulto, y el sexo es la barrera más llamativa entre ambos mundos. Quizá por eso le ha dado tan fuerte a la cantante Miley Cirus por hacer guarrerías sobre el escenario, es una manera de conectar con su público, ese que le sigue desde la infancia, diciéndole «ey, mirad, ya somos mayores, ahora hacemos cosas de adultos».
Una de las características fundamentales de las sociedades modernas es el desdibujamiento de los ritos de paso. Los rituales que tradicionalmente jalonaban nuestras vidas van perdiendo importancia, son cada vez más livianos o directamente dejan de existir.
Muchos niños ya no son bautizados, ni hacen la comunión, ya no hay una «mili» que nos haga madurar (o eso se decía), cada año se celebran menos bodas que el anterior y ya no anuncian solemnemente un enlace de cuento para siempre jamás porque el 60 % acaba desembocando en divorcio, los funerales se han aligerado bastante de su carga simbólica y desde luego ya nadie guarda un periodo de luto.
En fin, la conclusión a la que nos lleva todo esto ya la conocen: ¡Se están perdiendo las costumbres! ¡Estamos ante la decadencia de Occidente! Bueno, puede ser, no hay por qué menospreciar tales advertencias, ni tampoco asumirlas acríticamente poniéndonos a correr en círculos con las manos en la cabeza antes de saltar por la ventana más próxima.
Pues al fin y al cabo, como estamos diciendo, esa necesidad de sentido existe, y si no viene por un lado vendrá por otro. Veamos algunos ejemplos de ritos de pubertad.
Una escena de American Pie.
A comienzos del siglo xx el antropólogo Arnold Van Gennep recogió en su influyente Los ritos de paso diversas costumbres existentes a lo largo del mundo para representar diferentes etapas vitales, entre ellas el paso de la niñez a la edad adulta. Algunas son interesantes, otras desconcertantes y también las hay directamente aberrantes.
En una región de China llamada Fu-Tcheu se celebraba una ceremonia de salida de la infancia —que tenía lugar generalmente a los dieciséis años— para la que se construía una puerta con maderas de bambú en el centro de la habitación, el chico o chica pasaba por esa puerta y de esa manera pasaba a estar bajo la autoridad de los dioses y dejaba atrás para siempre a su madre, por ello el rito también es conocido como de «Agradecimiento a la Madre».
Tras ello la puerta debía ser destruida. En la mayoría de las sociedades sin embargo había un ritual específico para las niñas, que suele tener lugar con la primera menstruación y cuya finalidad es dirigirlas a su futuro papel de madres, mientras que el de los niños es más variable tanto en la edad como en la ceremonia y depende del rango de sus padres y del papel que le toque cumplir de mayor: guerrero, jefe, artesano, etc.
Para las primeras, entre los indios thompson la ceremonia tenía lugar en una choza lejos del pueblo, donde la niña permanecía ese tiempo aislada para regresar convertida ya en mujer. Para los chicos había un intervalo entre los doce y dieciséis años en el que según soñaran por primera vez con una flecha, una canoa o una mujer seguirían un rito u otro. Un procedimiento que, sospechamos, dejaba la puerta abierta a manipulaciones…
Entre los kurnai australianos también hay un periodo de aislamiento del niño, que supone la ruptura del vínculo con su madre. Una etapa que queda definitivamente superada y que desde ese momento ya nunca volverá a ser igual. Así mismo, desde entonces ya no volverá a jugar, ha pasado a ser mayor repentinamente.
A veces se pretendía que la ruptura fuera tan grande que, por ejemplo, entre las tribus del Bajo Congo debían simular durante el rito que no sabían andar ni comer, como si volvieran a ser recién nacidos. Y tampoco faltan casos más drásticos, como entre los nativos algonquinos de Norteamérica, que suministraban durante veinte días una droga alucinógena tan potente que provocaba pérdidas de memoria.
De esa manera la infancia del desdichado quedaba olvidada y comenzaba una nueva etapa como hombre. Es frecuente también que al adolescente se le someta a pruebas de resistencia física o de dolor extremo, como ser picado por hormigas venenosas, ser golpeado o someterse a una circuncisión o ablación.
Pero había una, digamos… un tanto extraña, que tenía lugar entre diversas tribus montañesas de Papúa-Nueva Guinea (no sabemos si aún seguirá realizándose en alguna localidad aislada), donde consideraban el semen como una esencia de la virilidad y la fuerza que además podía transmitirse de unos a otros, de manera que a partir de los doce años los muchachos se iban a vivir con tutores algo mayores a los que tenían que realizar la mayor cantidad de felaciones posible para absorber su vigor y convertirse en guerreros.
Unos años después pasaban a ser ellos quienes proporcionaban su néctar seminal a otros y ya en torno a los veinte años esa etapa concluía y entonces pasaban a casarse con una mujer y tener hijos. Es curioso tratar de imaginar cómo debió de sentirse el primero al que se le ocurrió esa ceremonia: «yo cuento esto de la esencia y la fuerza que se transmite y tal y si cuela, cuela».
Una escena de Supersalidos.
Y por último, las más horrendas y pavorosas que quepa imaginar son las que conllevan diversos tipos de mutilaciones en los órganos sexuales. La criminal ablación del clítoris es sobradamente conocida en ese aspecto y por desgracia muy común, pero no es la única. La circuncisión ha sido también una práctica tan habitual en tantas culturas que tampoco entraremos en más detalles. Por su parte en Java realizaban cortes en el glande para introducir pequeños guijarros que quedaban allí una vez cicatrizada la herida.
De esa manera, según el antropólogo Desmond Morris proporcionaban más placer sexual a las mujeres. Pero la más grotesca es la que realizaban algunas tribus de aborígenes australianos, llamada subincisión, realizando un corte a lo largo de toda la parte inferior del pene, dejando toda la uretra al aire, como una sardina abierta para entendernos.
Esto les obligaba a mear de cuclillas y dificultaba notablemente la fecundación, pues difícilmente se puede disparar un proyectil en un cañón perforado desde la base a la punta. Si buscan «subincisión» en Google Imágenes verán varios ejemplos, pero también les digo que se puede ser feliz sin contemplar tales cosas.
Ante tales ejemplos, que en las sociedades contemporáneas andemos algo huérfanos de referencias simbólicas ya no parece tan grave, al menos no nos han rebanado la parte más querida de nuestro ser. Y, sin embargo, la adolescencia como etapa vital aunque sea vagamente delimitada continúa existiendo, demandando algo aunque no sepa muy bien el qué. En ese aspecto me parece muy sugerente la teoría del neuropsiquiatra Dan Siegel.
Sostiene que a partir de los doce o trece años bajan los niveles de dopamina, alterando así el carácter: es la característica personalidad adolescente, aburrirse de todo. Lo que nos fuerza a buscar nuevas sensaciones, experimentar, explorar y, en definitiva, salir del nido materno. Sigue por tanto abierta la manera de representar ante nosotros y ante los demás dicha salida ¿Perdiendo la virginidad o bien de otra forma? ¿Y luego qué?
Que cada uno encuentre su respuesta. A diferencia de las generaciones anteriores, carecemos de unas referencias tan rígidas sobre cómo debe ser cada etapa de la vida y eso nos crea desasosiego, pero también aumenta nuestro margen de elección. Nos permite hacer camino al andar.
La cabeza de Diogo Alves se conserva hasta el día de hoy en el Museo de Medicina de Lisboa
Infobae(F.G.Tomadin) — La historia de Diogo Alves comienza en la aldea lucense de Santa Gertrudis de Samos, donde nació en 1810, en una familia de modestos campesinos gallegos.
Como muchos de sus compatriotas, Alves dejó su hogar en busca de una vida mejor en Portugal. José Viale Moutinho, en el prefacio de Os Crimes de Diogo Alves, explica que para los gallegos, Portugal “parecía algo más próximo y menos incierto que las Indias Americanas”.
En Lisboa, la mayoría de los gallegos trabajaban como aguadores o carreteros. A finales del siglo XVIII, se calculaba que vivían alrededor de 40.000 gallegos en la capital lusa. Alves tuvo la suerte de conseguir empleos como sirviente en casas acaudaladas.
A pesar de su empleo en Lisboa, donde se le conocía como un joven honesto y trabajador, Diogo Alves era apodado “O Pancada” por su falta de inteligencia.
Su historia comenzó a teñirse de negro en 1836, cuando fue despedido debido a sus “instintos feroces”. Sin empleo y con una reputación de iracundo, Alves abandonó las caballerizas por los recovecos del acueducto de Aguas Libres. Allí, en lugar de azotar caballos, golpeaba a los transeúntes solitarios para robarles, arrojándolos después desde lo alto del canal.
El acueducto de Aguas Libres, con sus 35 arcos y una altura máxima de 65 metros, era un lugar estratégico para sus crímenes. Este escenario, elegido con notable criterio a pesar de su fama de poco inteligente, era un camino público frecuentado por campesinos durante la primera mitad del siglo XIX.
Alves asaltaba a sus víctimas de noche, a punta de navaja, y después de robarles, las arrojaba al valle de Alcántara. A la mañana siguiente, la policía y los lugareños encontraban los cadáveres magullados, concluyendo erróneamente que se trataba de una oleada de suicidios.
Lisboa se enfrentó a este terrible asesino en serie en el siglo 19
La carrera de Alves como bandolero en el acueducto se truncó en 1839, cuando un hombre armado evitó ser una de sus víctimas y alertó a la policía. Las autoridades cerraron el paso al acueducto, dejando a Alves sin su principal escenario delictivo. Decidido a seguir delinquiendo, Alves formó una banda y asaltó la casa de un destacado médico en Lisboa y lo asesinó junto a su familia.
Este crimen, que involucró a la alta sociedad local, activó los mecanismos de la justicia portuguesa, llevando a la captura de Alves en 1839 y a su juicio y ejecución en 1841.
El juicio fue un espectáculo público; los ciudadanos exigían una condena ejemplar para quienes habían aterrorizado a la ciudad durante tantos años. El destino de Diogo Alves culminó con su ahorcamiento en Cais do Tojo, junto a otros miembros de su banda. Este hecho marcó el fin de una era de terror en Lisboa.
Diogo Alves fue uno de los últimos condenados a muerte en Portugal en el siglo XIX. Su ejecución fue un evento multitudinario, con miles de personas celebrando la justicia finalmente realizada. Pero el destino le tenía reservado un último macabro capítulo.
Se estima que Alves asesinó a más de 70 personas tirándolas desde el Acueducto de las Aguas Libres en Lisboa
. Una cabeza inmortalizada
El final de Diogo Alves no marcó el fin de su historia. Poco después de su ejecución en 1841, un destacado cirujano portugués, José Lourenço da Luz Gomes, solicitó al rey la cabeza del criminal. Fascinado por la frenología, una pseudociencia que intentaba determinar el carácter y las capacidades mentales de las personas a través de la forma de su cráneo,
Da Luz Gomes vio en la cabeza de Alves una oportunidad única para el estudio. Así, el cráneo del gallego no fue enterrado junto a su cuerpo, sino que terminó sumergido en un frasco de formol, preservado para la posteridad.
La cabeza fue trasladada a la Escola Médico-Cirúrgica, precursor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Lisboa, donde se convirtió en un objeto de estudio. Desde entonces, ha sido custodiada en las estanterías de la facultad, accesible solo para estudiantes de medicina.
A veces, su frasco de formol sale de la facultad y es exhibido en museos, como ocurrió en 2004 en una muestra del Museo Nacional de Arte Antiguo de Lisboa. Con los ojos abiertos y el cabello rojizo flotando en el líquido, la cabeza de Alves sigue causando fascinación y terror a partes iguales.
El interés en el cráneo de Alves trasciende la mera curiosidad. Durante el siglo XIX, la frenología era una disciplina en auge. Se creía que el estudio del cráneo podía revelar rasgos de la personalidad y predilecciones criminales. Aunque hoy en día esta teoría está desacreditada, el cráneo de Alves sigue siendo un testimonio de la fascinación que su figura despierta.
Muy Interesante(F.Navarro) — En las vastas y áridas tierras que hoy conforman el suroeste de los Estados Unidos, una vez patrullaron los misteriosos y casi olvidados dragones de cuera. Estos soldados, parte esencial del Imperio español en América del Norte, defendieron fronteras y forjaron alianzas en territorios que se extienden desde California hasta Texas.
Su historia, tejida entre desafíos y gestas, refleja la complejidad y el alcance de la expansión española en un continente lleno de riquezas y conflictos. A través de su relato, redescubrimos una pieza clave del intrincado mosaico que conforma el pasado norteamericano donde, sí, también hubo presencia española.
¿Qué era los dragones de cuera?
Los dragones de cuera eran unidades de caballería ligeras del ejército español, diseñadas específicamente para la defensa y el patrullaje de los extensos y peligrosos territorios de la Nueva España.
Establecidos en el siglo XVIII, estos soldados combinaban habilidades de caballería con tácticas de infantería, adecuadas para hacer frente tanto a las inclemencias del enorme territorio como a las amenazas de tribus nativas hostiles. Su nombre, «de cuera», proviene de la característica cuera, un abrigo de cuero resistente a las flechas.
Los dragones estaban dispersos a lo largo de una frontera que se extendía desde las actuales Texas, Arizona y California, hasta partes de Nevada y Kansas, cubriendo algunos de los terrenos más hostiles de América del Norte. Su presencia era vital para proteger las rutas comerciales, misiones y asentamientos españoles contra incursiones y revueltas.
Ilustración de un soldado de cuera (siglo XVIII)
– Vestimenta y armamento
La vestimenta de los dragones de cuera era emblemática y funcional, adaptada a las duras condiciones del territorio que patrullaban. Su prenda más distintiva, la «cuera», era un abrigo largo sin mangas hecho de hasta siete capas de cuero, diseñado para ofrecer protección contra las flechas indígenas.
Este abrigo era complementado por un sombrero de ala ancha, pantalones de cuero y botas robustas, preparando a los dragones para el clima extremo y el terreno accidentado.
En cuanto al armamento, los dragones de cuera estaban equipados de manera distinta al ejército regular español. Portaban una combinación de armas ligeras y pesadas que incluían lanzas, escudos de cuero, espadas anchas adaptadas al combate cuerpo a cuerpo y carabinas para ataques a distancia.
Esta diversidad en el armamento reflejaba su rol especializado de fuerza móvil y adaptable, capaz de enfrentar tanto a combatientes a pie como a caballo, crucial para su efectividad en la defensa de las fronteras del Imperio español.
– La vida al servicio del Imperio español
Ser un dragón de cuera requería cumplir con criterios estrictos y un fuerte compromiso de honor, vital para la supervivencia y efectividad en las duras fronteras de la Nueva España. Los candidatos debían tener al menos 16 años de edad, una estatura mínima de 150 cm, estar sanos, ser católicos y libres de pecados graves.
El reclutamiento de los dragones de cuera era voluntario, atrayendo a una mezcla diversa de españoles, criollos, mestizos, indios hispanizados y esclavos liberados, reflejo de la heterogeneidad cultural de los territorios que patrullaban. Esta diversidad no solo fortalecía su capacidad de adaptación y supervivencia en ambientes variados, sino que también fomentaba una rica interacción cultural dentro de las unidades, crucial para su éxito en las fronteras del Imperio español.
– Batallas claves
Los dragones de cuera jugaron un papel central en la gestión y a veces en la confrontación con tribus nativas como los apaches y los comanches, que representaban constantes desafíos para la expansión y seguridad de los asentamientos españoles. Estas interacciones oscilaban entre la diplomacia y el conflicto armado, siendo la caballería y las habilidades de los dragones cruciales en ambos escenarios.
Uno de los eventos más significativos fue la emboscada a Cuerno Verde en 1779, donde el gobernador Juan Bautista de Anza lideró a 150 dragones de cuera en un ataque sorpresa contra el líder comanche, Cuerno Verde, y sus guerreros. Este enfrentamiento, que culminó con la muerte de Cuerno Verde, marcó un punto de inflexión en las relaciones, llevando a tratados de paz que estabilizarían temporalmente la región.
Esta victoria no solo consolidó la presencia española en el territorio, sino que también demostró la habilidad estratégica y el valor de los dragones de cuera en las complejas dinámicas de la frontera norteamericana.
– Soldados olvidados
Con la independencia de México en 1821, el control de los territorios patrullados por los dragones de cuera pasó de España a México, y posteriormente a Estados Unidos tras la guerra mexicano-americana. Este cambio de poder diluyó la memoria de los dragones en la narrativa histórica, eclipsados por figuras más prominentes en la historia de Estados Unidos.
A menudo marginados en los relatos populares, el legado de los dragones de cuera como custodios tempranos de turbulentos territorios es un recordatorio de la rica y compleja historia de la presencia española en América del Norte.
La historia de los dragones de cuera ilumina una faceta poco reconocida pero fundamental de la historia norteamericana, destacando la temprana y extensa influencia española en lo que hoy es Estados Unidos.
Recordar a estos soldados enriquece nuestro conocimiento del pasado y nos ayuda a valorar la diversidad y la complejidad de los procesos históricos que han formado la nación.
Joseph P. Kennedy y Rose Fitzgerald junto a sus nueve hijos.
BBC News Mundo — Pese al poco tiempo que pasaron en la Casa Blanca, muchos consideran a John F. Kennedy (JFK) y a su esposa, Jacqueline Bouvier, como la pareja presidencial más icónica de la historia de Estados Unidos.
En 2017, un estudio de la organización no partidista InsideGov los ubicó en el sexto lugar entre los matrimonios con más poder que han llegado a gobernar ese país.
Como fenómeno político, la presidencia de JFK representó una renovación al inyectar nueva energía y un cierto optimismo en el país. También significó el clímax para una dinastía.
Joseph P Kennedy, el padre de JFK, fue un millonario empresario de raíces irlandesas que nació en el seno de una poderosa familia de Nueva Inglaterra y que llegó a ser embajador en Reino Unido durante la presidencia de Franklin D. Roosevelt.
En 1914, se casó con Rose Elizabeth Fitzgerald, cuyo padre había sido alcalde de Boston y que pertenecía a la clase privilegiada de raíces católicas de esa ciudad. En 1951, el papa Pío XII la nombró condesa.
El matrimonio tuvo nueve hijos, pero muchos de sus descendientes tuvieron un fin prematuro.
Saoirse Kennedy Hill -una de las nietas de Robert F. Kennedy, el hermano de JFK- murió en 2019 por sobredosis. Tenía 22 años.
La última tragedia en la familia tuvo lugar el 1 de agosto de 2019, cuando Saoirse Kennedy Hill -una de las nietas de Robert F. Kennedy, el hermano de JFK- murió por sobredosis a los 22 años.
Su fallecimiento, sin embargo, apenas fue uno de varios eventos traumáticos sufridos por su familia, que han hecho que la opinión pública estadounidense hable de «la maldición de los Kennedy».
BBC Mundo te cuenta sobre otros sucesos trágicos que han marcado a esta familia.
1. La lobotomía de Rosemary
Rosemary Kennedy fue la tercera de los nueve hijos del matrimonio de Joseph P Kennedy y Rose Elizabeth Fitzgerald.
Nació en 1918 y era la primera de las cinco hijas.
Aparentemente por errores médicos cometidos durante el parto, Rosemary sufrió una privación de oxígeno en el cerebro por lo que creció con discapacidades intelectuales, según reveló muchos años después una de sus hermanas.
Por un tiempo, Rosemary se comportó como la sociedad y su padre esperaban: aquí aparece como anfitriona en la celebración del Día de la Independencia en la embajada de EE.UU. en Londres.
Desde pequeña se hizo evidente que tenía dificultades de aprendizaje. Algo que la familia intentó ocultar para evitar el estigma de estar asociada con «genes defectuosos».
En 1941, cuando tenía apenas 23 años, su padre decidió someterla a una lobotomía, una nueva operación «psicoquirúrgica» que implicaba la separación o eliminación de vías entre los lóbulos del cerebro y que por entonces se creía que podía curar muchos males.
Los resultados fueron desastrosos. Rosemary quedó sin poder caminar ni hablar y vivió los siguientes 64 años escondida en instituciones de salud y necesitada de atención a tiempo completo.
2. La muerte del primogénito
Tres años después de la operación de Rosemary, su hermano mayor, Joe Jr. Kennedy, murió en combate mientras participaba como piloto en una operación secreta durante la II Guerra Mundial.
Joe Kennedy Jr. murió como piloto en una misión secreta durante la II Guerra Mundial.
Su muerte prematura lo convirtió en el único de los cuatro hermanos varones que nunca participó en política pese a que también tenía aspiraciones.
De hecho, era él -y no su hermano JFK- el que desde siempre había sido preparado por su padre para convertirse en presidente de Estados Unidos.
Joe Jr. se había ofrecido como voluntario para transportar una enorme carga explosiva que iba a ser lanzada en un lugar próximo al puerto francés de Calais, donde los nazis tenían potentes misiles que usaban en sus campañas aéreas durante la guerra.
Sin embargo, el avión en el que volaba explotó durante el vuelo. El primogénito de los Kennedy tenía entonces 29 años de edad. Sus restos nunca fueron recuperados.
3. Doble tragedia
John F. Kennedy Jr., el primer hijo varón de JFK y Jacqueline Bouvier, murió el 16 de julio de 1999, cuando la avioneta que pilotaba se estrelló en el océano Atlántico, a unos 12 km de la isla Martha’s Vineyard, Massachusetts, en el noreste de Estados Unidos.
John John, como era conocido, era un hombre carismático de 38 años de edad. Junto a él fallecieron su esposa, Carolyn Bessette, de 33 años, y su cuñada, Lauren Bessette, de 34 años.
John John, como era conocido, era un hombre carismático de 38 años de edad. Junto a él fallecieron su esposa, Carolyn Bessette, de 33 años (en la imagen), y su cuñada, Lauren Bessette, de 34 años.
Su muerte tuvo gran impacto no solamente por tratarse de un terrible accidente sino además porque Kennedy era una figura sobre la cual los medios estadounidenses habían puesto su atención prácticamente desde su nacimiento.
Pero John John y su tío Joe Jr. no son los únicos que perdieron la vida en accidentes aéreos.
En 1948, Kathleen Kennedy, la segunda de las hermanas de JFK, falleció cuando volaba hacia el sur de Francia junto a su pareja, el conde William Wentworth-Fitzwilliam, un militar y aristócrata británico.
Kathleen Kennedy también falleció en un accidente aéreo.
Kathleen, o «Kick» como la llamaban cariñosamente, ostentaba entonces el título de marquesa de Hartington pues cuatro años antes se había casado con William John Robert Cavendish, heredero del Ducado de Devonshire.
Sin embargo, la joven enviudó pronto pues -apenas cuatro meses más tarde- su marido murió en acción cuando su compañía intentaba arrebatar a los nazis el control de la ciudad belga de Heppen.
4. El magnicidio de JFK
El sueño de Joseph P. Kennedy de tener un hijo en la Casa Blanca se cumplió con JFK, quien durante su gobierno inconcluso fijó la meta de que Estados Unidos debía llegar a la Luna antes de finales de la década de 1960.
JFK y Jacqueline Bouvier son considerados como la pareja presidencial más icónica de la historia de Estados Unidos.
También fue a él a quien le correspondió manejar la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, que puso al mundo al borde de la III Guerra Mundial.
El 22 de noviembre de 1963, cuando le faltaban dos meses para cumplir tres años de mandato, JFK fue asesinado en Dallas (Texas) mientras iba junto a su esposa en una caravana en un auto descapotable.
Las autoridades detuvieron e inculparon por lo sucedido a Lee Harvey Oswald, un exmarine estadounidense que, tras haber servido en el ejército, se había ido a vivir durante dos años a la Unión Soviética.
Dos días después de la muerte de JFK, Oswald fue asesinado mientras era trasladado por los estacionamientos subterráneos del cuartel de la policía de Dallas, lo que abrió las puertas a un sinnúmero de conjeturas sobre una posible conspiración detrás del magnicidio.
5. El asesinato de Robert
En junio de 1968, Robert Kennedy, uno de los hermanos menores de JFK, era precandidato presidencial del Partido Demócrata cuando fue asesinado en la cocina del hotel Ambassador de Los Ángeles, donde había acudido como parte de su campaña.
Robert Kennedy fue asesinado en el hotel Ambassador de Los Ángeles.
Robert, quien había sido fiscal general durante el gobierno de su hermano y luego había sido electo senador, era visto como un líder del movimiento por los derechos civiles.
Murió asesinado por Sirhan Sirhan, un inmigrante palestino que dijo haberle atacado debido al apoyo de Kennedy al estado de Israel.
«Déjenme explicar. Puedo explicarlo. Lo hice por mi país. Yo amo mi país», gritó Sirham al ser detenido.
Sin embargo, posteriormente dijo que su confesión durante el juicio fue producto de las presiones de su abogado defensor y que no podía recordar el momento del tiroteo.
Pese a que entonces surgieron numerosas teorías de la conspiración, no hay dudas sobre su participación en los hechos.
6. El accidente de Ted
En 1969, Edward «Ted» Kennedy, hermano menor de JFK, tuvo un accidente automovilístico en la isla de Chappaquiddick, en Nueva Inglaterra, que resultó en la muerte de Mary Jo Kopechne.
De los hermanos Kennedy Fitzgerald, Ted fue el único no murió en un suceso trágico.
Ambos regresaban de una fiesta cuando el auto que conducía Ted se salió de la ruta en un puente estrecho y cayó en un río.
La mujer, de 29 años de edad, falleció en el accidente, pero Kennedy logró escapar con vida pese a lo cual no informó a las autoridades sino hasta la mañana siguiente, unas ocho horas después del suceso.
Kennedy, quien era entonces senador por Massachusetts, dio posteriormente un discurso por televisión en el que asumió la responsabilidad por lo ocurrido, negó tener algún tipo de relación impropia con la fallecida y aseguró que cuando ocurrió el accidente no estaba bajo influencia del alcohol.
Ante la justicia, Kennedy se declaró culpable de haber abandonado el lugar donde ocurrió el suceso y fue sentenciado a una condena suspendida de dos meses de prisión.
Así, al final logró evitar la cárcel, pero este suceso pesaría como una sombra a lo largo de toda su carrera política.
The conversation(I.A.Belmonte) — Todo el mundo parece muy preocupado con el aumento de la polarización social e ideológica en la política y en los medios de comunicación. De hecho, el término polarización fue elegido palabra del año por la Fundéu en el 2023 por “su gran presencia en los medios de comunicación y la evolución del significado que ha experimentado”. Y es cierto.
Un trabajo publicado por una de las investigadoras del Grupo Polarización y Discursos Digitales (PODDS), de la Universidad Autónoma de Madrid, constata el aumento progresivo de la frecuencia de uso del término en los medios de comunicación de España, Reino Unido, Italia y Alemania entre 2019 y 2021.
Sin embargo, parece haber menos conciencia social sobre cuáles son los recursos lingüísticos, discursivos y multimodales (imágenes, vídeos, gráficos, sonidos) que ayudan a polarizar los mensajes en mayor o en menor medida, tanto en los medios de comunicación digitales como en las redes sociales. Aprender a identificarlos es el primer paso para esquivar la trampa social que supone el uso constante del lenguaje polarizante en la comunicación pública.
Por lenguaje polarizante me refiero al uso de términos, expresiones y estrategias que tienden a dividir a las personas en grupos opuestos y antagonistas, dificultando el diálogo y la colaboración constructiva. El lenguaje polarizante puede ir desde la atribución de características negativas al “otro” hasta la agresión verbal. Su uso es habitual en la contienda política, tal como reflejan los medios de comunicación diariamente.
En el Grupo PODDS analizamos este tipo de lenguaje, que suele contribuir a simplificar los problemas complejos, presentándolos en términos de “nosotros contra ellos” y promoviendo la hostilidad y la desconfianza entre los diferentes grupos.
– Tipos de polarización
La polarización es un fenómeno complejo de carácter social y multidimensional por el cual la opinión pública sobre un tema se divide en dos extremos opuestos. Hablamos de la división extrema de opiniones y puntos de vista, sin posiciones intermedias. Este tipo de polarización es de carácter temático y suele tener una base ideológica. En España hay algunos temas políticos que suscitan la polarización temática entre la población. Es el caso de la ley de amnistía, por ejemplo.
Hay un tipo de polarización especialmente interesante: la polarización afectiva. Se refiere al afecto que siente el hablante por el que piensa como él y el rechazo que generan las personas que sostienen opiniones distintas. Aquí lo importante ya no es la idea, sino la persona o el grupo que defiende la idea. A mayor polarización temática e ideológica, mayor polarización afectiva.
A mayor polarización afectiva, mayor falta de entendimiento entre las partes. Las consecuencias de esta falta de comunicación efectiva son muy perniciosas a nivel social. Y de aquí que el fenómeno esté suscitando tanto interés y preocupación.
– Estrategias de polarización
Los medios utilizan recursos lingüísticos, discursivos y multimodales que pueden intensificar la polarización. Es habitual que en los textos polarizados se destaque lo bueno de los que piensan como uno y lo malo de los que piensan distinto. Estas narrativas binarias (nosotros contra ellos) son frecuentes en el discurso de los políticos. Hay múltiples ejemplos de este tipo de narrativa en los medios de comunicación.
Esta estrategia de base se puede intensificar combinándola, por ejemplo, con lenguaje evaluativo de valencia negativa. Ilustra esta práctica este artículo sobre las palabras clave de valencia negativa que utilizó el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en su carta a la ciudadanía española.
También se polariza el discurso público cuando los políticos utilizan términos hiperbólicos, peyorativos o incluso insultos para referirse a otros políticos y los medios los reproducen. Hay múltiples ejemplos en la prensa, algunos de ellos especialmente interesantes, como la conocida frase “me gusta la fruta” de Isabel Díaz Ayuso a Pedro Sánchez.
En este caso nos encontramos con un ejemplo de resignificación léxica, es decir, de asignación de un significado nuevo a la citada frase, diferente de su significado literal. Este nuevo significado permitió que el uso de esta frase (con su nuevo significado) se extendiera entre otros políticos y periodistas para referirse a Pedro Sánchez durante meses.
Otra estrategia polarizante consiste en la activación de determinados marcos mentales, bien verbalmente, bien a través de imágenes o vídeos.
Hablamos, por ejemplo, de que el uso de determinadas frases o imágenes puede activar en el oyente o en el lector un marco mental de ataque, que le ponga en alerta en contra de una persona o un colectivo concreto. Este es el caso del presidente Joe Biden, que recientemente dijo en plena contienda electoral que ya era hora de que se pusiera a Donald Trump en la diana (“time to put Trump in a bullseye”). Esto ocurrió días antes del intento de asesinato de su rival. A la vista de los acontecimientos posteriores, Biden lamentó sus palabras públicamente.
Uno de los efectos más peligrosos de las estrategias descritas es la despersonalización y deshumanización del “otro”. Los individuos o grupos que sostienen opiniones diferentes a las nuestras dejan de ser vistos como personas con pensamientos y sentimientos propios y se convierten en meros símbolos de aquello que consideramos incorrecto o amenazante. Una vez que los oponentes son deshumanizados o se les pinta como agresores inmorales o malintencionados, se vuelve más fácil justificar actos de violencia o discriminación en su contra.
– Consecuencias para la sociedad
Las consecuencias de un discurso público constantemente polarizado son muy negativas.
A mayor polarización discursiva y multimodal, mayor polarización afectiva.
La polarización afectiva condiciona nuestra comprensión de eventos presentes y futuros.
Además, la polarización puede dificultar la resolución de problemas comunes, ya que los diferentes grupos pueden volverse incapaces de dialogar y encontrar puntos en común.
Es importante que, como lectores, tomemos conciencia de cómo consumimos y compartimos información.
En todo esto la educación es fundamental.
Fomentar el pensamiento crítico y la alfabetización mediática desde una edad temprana puede ayudar a las personas a evaluar la información de manera más objetiva y a ser menos susceptibles a la manipulación.
Las escuelas y universidades también pueden promover el entendimiento y el respeto por diferentes puntos de vista. Ser conscientes del poder del lenguaje es un primer paso crucial para rebajar la polarización social.
Meer(S.Gil) — Parece que el sueño de muchos enfermos de cáncer podría cumplirse: eliminar la metástasis. Un estudio acaba de desvelar que la expansión de las células malignas por el organismo es más agresiva durante la noche, un dato que puede tener muchas repercusiones beneficiosas para el tratamiento y diagnóstico de una de las enfermedades más preocupantes del siglo XXI.
Hasta ahora se pensaba que los tumores emitían células cancerosas a la sangre de forma constante, sin importar la hora del día. Sin embargo, el equipo del oncólogo suizo Nicola Aceto tomó dos muestras de sangre a 30 mujeres con cáncer de mama con y sin metástasis; una a las 10 de la mañana y otra a las cuatro de la madrugada. Y, según explica Nuño Domínguez, especialista en el tema, «los resultados muestran que los niveles de células tumorales en sangre son mucho mayores de noche y que, además, estas células nocturnas son mucho más agresivas».
El trabajo publicado en Nature, referente de la mejor ciencia mundial, añade al respecto que «las células malignas nocturnas tienen activados genes que favorecen la proliferación celular, un mecanismo que alimenta el crecimiento de los tumores». Igualmente, el estudio aporta una nueva clave de la relación entre el cáncer y el ritmo circadiano, el reloj interno que dicta los periodos de actividad y descanso físico y mental durante las 24 horas del día.
No hay que olvidar que este ciclo está íntimamente conectado con los periodos de día y noche en la Tierra y su alteración por el trabajo o la luz artificial está relacionada con muchas enfermedades, incluido el riesgo de cáncer de mama, próstata, colon, hígado, páncreas o pulmón. Es más, los empleos con horarios nocturnos que alteran los ritmos circadianos son «probablemente carcinógenos», tal y como afirma la Agencia Internacional de Investigación del Cáncer, dependiente de la ONU.
En este sentido, el ciclo diario está gobernado por hormonas, como la melatonina que promueve el sueño y el cortisol que nos despierta; de hecho, Domínguez subraya que:
En 2014, un equipo del Instituto Weizmann de Israel demostró una conexión entre las hormonas nocturnas y la expansión del cáncer y, del mismo modo, el nuevo trabajo también ve una clara relación entre hormonas y metástasis, de forma que las moléculas de este tipo que inician la fase de actividad diaria parecen reducir la capacidad del cáncer para viajar por el sistema circulatorio.
Por su parte, Harrison Ball y Sunitha Nagrath, del Centro de Cáncer Rogel en la Universidad de Michigan (EE. UU.), destacan que estos resultados tienen «sorprendentes implicaciones» en el tratamiento del cáncer. «Es posible que los oncólogos tengan que ser más conscientes de en qué momento del día administran algunos tratamientos».
De modo paralelo, María Casanova, científica del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, cree que el trabajo tiene un valor «enorme»:
El hecho de que las células metastásicas estén más activas de noche no es casual. Los humanos somos una especie diurna y de día estamos más expuestos a virus y bacterias nocivas que de noche. Por eso la parte del sistema inmune que patrulla por el sistema circulatorio está menos activa de noche, cuando descansamos. Esto en parte explica por qué la fiebre o el asma son más intensos de noche.
La misma investigadora también pone de manifiesto que «durante las horas de descanso se activan otras células inmunitarias, los neutrófilos, que están fijos en los diferentes órganos y ayudan a su reparación. Con todo, el cáncer tiene su propio reloj circadiano y sería justo a esta hora cuando las células cancerosas del tumor abandonan los tejidos y saltan al torrente sanguíneo, donde apenas hay vigilancia». Concluye Casanova:
Hay tratamientos oncológicos que son menos efectivos si se dan por la tarde. También hay componentes del reloj circadiano que podrían explicar otras dolencias, como que la mayoría de los ictus sucedan por la mañana. Aún se ignoran los mecanismos concretos que explican estas observaciones, pero ya hay una disciplina emergente llamada cronoterapia que estudia la confluencia de la enfermedad, las terapias aplicadas y el momento del día y la noche. Es más, es posible que podamos encontrar la manera de sincronizar al sistema inmune para que sea capaz de combatir mejor al cáncer cuando está más activo.
JotDown(J.Serralvo) — Michel Foucault, enfant terrible de la filosofía francesa, suicida malogrado, profesor universitario, presunto apolítico, posible militante de izquierdas parapetado de gaullista, maoísta a ratos, jamás trotskista, homosexual, activo, pasivo, otra vez: pasivo, visitante asiduo de los garitos sadomasoquistas y las saunas de ambiente de Nueva York y San Francisco, diplomático y escritor en ciernes, drogadicto esporádico, defensor de los derechos humanos, del LSD y de la revuelta sindicalista polaca de 1981, pensador contumaz, arqueólogo de las estructuras de Poder, con mayúscula, víctima temprana de los excesos del racionalismo, de la alopecia y de la pandemia del sida, enemigo intelectual de Jean-Paul Sartre, estudiante de budismo zen y lanza-adoquines apócrifo en Mayo del 68, entre otras muchas cosas, es el autor de una interesante trilogía titulada Historia de la sexualidad. De ella —i. e. de la trilogía— voy a hablarles en este artículo.
Antes, permítanme una advertencia. O mejor, dos. La primera, que al decir que Foucault era un arqueólogo de las estructuras de Poder, con mayúscula, estaba siendo demasiado cauteloso. O poético. En realidad, Foucault estaba obsesionado con el Poder. No pensaba en otra cosa. Hablase de psiquiatría o de derecho penal, de cárceles o de Las Meninas, todos sus análisis partían de, fluían hacia y desembocaban en el Poder.
Más de un académico, con James Miller, uno de sus biógrafos, a la cabeza, ha llegado a insinuar que lo único que incitaba a Foucault a pasarse sus giras por Estados Unidos visitando garitos sadomasoquistas era su deseo de convertir las relaciones de poder —esta vez con minúscula— en una fuente de placer. (Sin comentarios. Ni juicios de valor, por supuesto).
La segunda advertencia es que, pese al título grandilocuente —después de todo, por más que fuese un enfant terrible, Foucault nunca dejó de ser al mismo tiempo un enfant de la Patrie—, Historia de la sexualidad, pese a sus ca. setecientas páginas, no es más que un prolegómeno en el análisis de este tema.
Aquí les dejo un puñado de razones: (i) Foucault solo llegó a publicar tres de los seis volúmenes que había previsto, por lo que el grueso de la obra apenas pasa de los hábitos sexuales de griegos y romanos; (ii) su campo de estudio se circunscribe a Occidente, ignorando casi por completo el resto del mundo —recordemos una vez más que Foucault era francés: ah, la Grande Patrie!—; y (iii) Foucault afirma que la historia de la sexualidad se articula en torno a dos grandes rupturas, una en el siglo XVII, cuando nacen las grandes prohibiciones, y una en el siglo XX, cuando se aflojan los mecanismos de represión.
Como saben todos los lectores de Jot Down, a día de hoy, al menos en Occidente, habría que incluir una tercera ruptura, auspiciada por el auge del porno. Pero, como diría Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. Ahora, vayamos a lo importante.
La voluntad del saber
Foucault comienza su obra aludiendo a la represión sexual que, según los discursos más extendidos, habría sido puesta en marcha a lo largo del siglo XVII, coincidiendo con el nacimiento de una sociedad burguesa capitalista. Se trataría, como es bien sabido, de una época de interdicciones, de cerrazón amatoria, de sexo exclusivamente reproductivo, de ausencia de placer, de mojigatería, de puritanismo extremo.
El tema que nos incumbe, el sexo, se habría convertido, o así nos lo han querido vender, en poco menos que un tabú.
Ojo: así nos lo han querido vender los otros.
Para Foucault, en cambio, esta hipótesis represiva, oh, là, là, no es más que una técnica de poder. Casi que una quimera.
En realidad, la supuesta sociedad mojigata y burguesa que nace a finales del XVII «habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice».
Tras poner de manifiesto cómo la supuesta reserva en torno al sexo no es, en cierta medida, más que el fruto de una hipocresía generalizada, Foucault enumera una serie de instancias en las que no se hace otra cosa más que hablar de este tema.
Como era de esperar, se apunta en primer lugar a la Pastoral cristiana. Por medio de la confesión, los sacerdotes quieren saberlo todo sobre el sexo. T-o-d-o. No solo lo que se ha hecho, sino también, y sobre todo, lo que se ha mirado, lo que se ha dicho, lo que se ha pensado.
(Nada extraño, por otra parte. Tengan en cuenta que, a falta de Internet, el confesionario era probablemente una forma excelente de paliar la incurable curiosidad humana). En un exceso de celo, la Iglesia establecerá con quién se puede tener relaciones legítimas —i. e. el cónyuge—, cuándo —i. e. tras el matrimonio—, con qué fines —i. e. la procreación— e incluso de qué formas —i. e. nada de posturitas exóticas, ni de juguetitos, ni de desvestirse completamente durante el coito.
Desde luego, la Pastoral cristiana no va a ser la única que se enzarce en esta proliferación de discursos sexuales. En primer lugar, le va a hacer compañía el monarca y la clase gobernante quienes, por primera vez en la historia, no la de la sexualidad, sino de la otra, la normal, la de Tucídides, la hegeliana, van a interesarse por los encuentros carnales del vulgo.
Es la época de las preocupaciones demográficas, de la medición de las tasas de natalidad y mortalidad, y de las catastróficas inquietudes de Malthus, un pastor anglicano que, al más puro estilo Nostradamus, «predijo» que más de cien millones de británicos morirían de hambre como consecuencia del desajuste entre el crecimiento poblacional —que aumentaba en progresión geométrica— y el crecimiento de la producción alimenticia —que lo hacía únicamente en progresión aritmética—.
También es la época en la que las diferentes ramas del poder estatal, y muy en especial la rama judicial, se lanzan a la persecución de los pervertidos. Ahora más que nunca, los depravados, los corrompidos, los viciosos, tendrán que afrontrar el ostracismo social, la tipificación de sus conductas y, a veces, el internamiento en centros especiales o incluso la cárcel.
Por último, pero no menos importante, Foucault nos habla de la proliferación de los discursos médicos sobre la sexualidad. Al igual que en otros ámbitos, el creciente interés por los aspectos medico-científicos del placer vino acompañado de un engañoso recelo a discutir tales temas. Un ejemplo paradigmático es el de Auguste Tardieu, quien en su Estudio médico-forense sobre los atentados a la moral habría escrito lo siguiente:
La sombra que envuelve esos hechos, la vergüenza y la repugnancia que inspiran, alejaron siempre la mirada de los observadores… Mucho tiempo he dudado en hacer entrar en este estudio el cuadro nauseabundo. Tardieu, como la Pastoral cristiana, como los jueces y legisladores, como los gobernantes, no desaprovecha ocasión alguna para hablar de eso que se supone oculto, embozado en el ámbito de lo secreto, de lo privado, de lo prohibido.
El caso de los médicos es especialmente preocupante. A lo largo del siglo XIX no habrá enfermedad alguna a la que no se le suponga una etiología/causa al menos parcialmente sexual. Si se tiene tisis, o tuberculosis, o un resfriado, es porque se están usando los genitales para actos indebidos. (Ole, precisamente, los cojones de los médicos).
En resumen, Foucault insinúa —sin recurrir a esta comparación— que entre los siglos XVII y XIX nos convertimos poco menos que unos voyeurs no del acto sexual, sino de la sexualidad en sí misma:
Inventamos un placer diferente: placer en la verdad del placer, placer en saberla, en exponerla, en descubrirla, en fascinarse al verla, al decirla, al cautivar y capturar a los otros con ella, al confiarla secretamente, al desenmascararla con astucia; placer específico en el discurso verdadero sobre el placer.
Adán y Eva con los genitales ocultos tras hojitas, Lucas Cranach El Viejo
Personalmente, hay dos ideas en las que coincido plenamente con Foucault y una en la que estoy en total desacuerdo.
Empecemos por donde no hay fricción.
Lo primero en lo que uno no tiene más remedio que darle la razón al filósofo francés es en relación con el hecho de que vivimos en una «monarquía del sexo»:
Occidente ha logrado (…) hacernos pasar casi por entero —nosotros, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra individualidad, nuestra historia— bajo el signo de una lógica de la concupiscencia y el deseo (…) El sexo, razón de todo.
Esto es innegable, ¿no? Y quien diga lo contrario, miente.
Lo que dudo mucho es de que hagan falta ciento cincuenta páginas para transmitir un mensaje tan simple.
En mi humilde opinión, esto puede hacerse en un par de frases.
Sirva como ejemplo la concisión de David Lynch en la mítica serie de televisión Twin Peaks.
A mediados de la primera temporada, Cooper, un agente del FBI encargado de investigar el asesinato de Laura Palmer, somete al doctor Jacoby (el terapeuta de Laura) a un interrogatorio.
Cuando Cooper le pregunta al doctor Jacoby si Laura tenía problemas, este le responde que sí. Y cuando le pregunta si los problemas de Laura eran de naturaleza sexual, el doctor Jacoby suelta la mayor verdad de toda la serie: «Agente Cooper», le dice, «los problemas de toda nuestra sociedad son de naturaleza sexual».
Esto es, chispa más o menos, digo yo, no sé, espero, lo mismo a que se refiere Foucault cuando habla de la «monarquía del sexo».
La segunda conclusión irrefutable es que en nuestro entorno cultural, y parece que también en el de los siglos XVII en adelante, el sexo hace las veces de sanctasanctórum de la existencia. O sea, que no es solo aquello que nos define e individualiza, sino también aquello a lo que, excepciones al margen, otorgamos un mayor valor, ya sea gozando con su realización o sufriendo con sus carencias. Foucault escribe lo siguiente:
El pacto fáustico cuya tentación inscribió en nosotros el dispositivo de la sexualidad es, de ahora en adelante, este: intercambiar la vida toda entera por el sexo mismo, por la verdad y la soberanía del sexo. El sexo bien vale la muerte. Cuando Occidente, hace ya mucho, descubrió el amor, le acordó suficiente precio como para tornar aceptable la muerte; hoy, el sexo aspira a esa equivalencia, la más elevada de todas.
Dejando de lado que, en ciertos casos, amor y sexo pueden no ser más que dos caras de una misma moneda, resulta igual de difícil oponerse a la idea que subyace a estas líneas. Indudablemente, el sexo ocupa un lugar primordial en nuestras vidas. Consciente o inconscientemente, por él estamos dispuestos a hacer (casi) cualquier cosa, incluso pasarnos la castidad por el forro de la sotana.
Más de un comentarista cínico ha ejemplificado este supuesto binomio sexo/muerte, o sexo/sacrificio, aludiendo a la propia biografía de Foucault, quien precisamente murió de sida, enfermedad que probablemente contrajo en sus escarceos sexuales en los clubs sadomasoquistas de San Francisco.
Una estupenda novela, no lo digo yo, aunque también, sino la revista Time, que parodia con maestría esta obsesión por el placer, es La broma infinita, del norteamericano David Foster Wallace. Parte de la compleja trama gira en torno a una película tan adictiva, tan grata y placentera, que las personas que la visualizan no logran despegar los ojos de la pantalla. Se olvidan de comer, de dormir, de beber. Al final, sucumben a su propia muerte, víctimas de este placer sin freno.
Wallace explora así no solo los peligros del placer—sexual u otro—, sino la forma en que sus excesos anulan la voluntad y la capacidad de raciocinio. A los personajes que tienen la mala suerte de ver una parte de esta película ya no les queda otra alternativa que seguir mirándola hasta la muerte. Dejar de comer, de dormir y de beber no son el producto de una elección, sino la consecuencia ineludible —e irreversible— de haber dado primacía al placer por encima de todas las cosas.
En estos dos aspectos, el de que el sexo es a la vez nuestra identidad y nuestro mayor interés/condicionante, resulta difícil oponerse a Foucault. Sin embargo, sus argumentos son bastante menos convincentes cuando insinúa, con la ambigüedad propia del académico que desea cubrirse las espaldas, que la proliferación de discursos sobre la sexualidad —i. e. el hecho de que se hable MUCHÍSIMO sobre el sexo— desmiente en lo más mínimo la existencia de esa época de interdicciones, de cerrazón amatoria, de sexo exclusivamente reproductivo, de ausencia de placer, de mojigatería, de puritanismo extremo.
Mal que nos pese, lo cierto es que esos discursos polimorfos y diversos, sobre todo los que venían revestidos de un falso prestigio científico, no hicieron más que marginalizar aún más las sexualidades disconformes. Y aquí ha de entenderse por disconforme todo lo que no sea meter el pene del hombre en la vagina de la mujer para tener un bebé. Déjenme darles un par de ejemplos que, a mi modo de ver, son mucho más relevantes que las referencias de Foucault, quien, en mi opinión, se centra mucho en la cantidad de discursos, pero no lo suficiente en su (falta de) calidad.
Dos desnudos y un gato, Pablo Picasso
Veamos primero a Freud. En sus Tres ensayos sobre teoría sexual, Freud enumera una serie de perversiones: homosexualidad, zoofilia, fetichismo, sadomasoquismo, etc. ¿Saben qué más incluye Freud entre su lista de perversiones? El sexo oral. Solo se libran, de chiripa, los besos: «El empleo de la boca como órgano sexual», escribe el austríaco/checo, «se considera una perversión cuando los labios o la lengua de una persona entran en contacto con los genitales de la otra, y no, en cambio, cuando ambas mucosas labiales tocan una con otra».
Pese a que Freud explica que, a su modo de ver, el término «perversión» no tiene un carácter peyorativo, sino patológico, lo cierto es que todas estas conductas sexuales —lo repito una vez más: básicamente cualquier cosa distinta a meter el pene del hombre en la vagina de la mujer para tener un bebé— se consideran reprobables.
Tanto es así, que el primero de los tres ensayos se titula «Las aberraciones sexuales». (En alemán, Freud utiliza el sustantivo Abirrungen, que en este contexto equivale a desvío o descarrío moral. Quien ingenuamente crea que el uso de estos vocablos no indispone el juicio inconsciente de cualquier lector, por más que el autor se escude en que son términos «no peyorativos», no tiene más que echar un vistazo a los estudios de Berger y Luckmann sobre los efectos constitutivos del lenguaje, o, por qué no, a los estudios del propio Foucault).
¡No se alarmen! El hecho de que ser gay o hacer una mamadita constituyesen antaño una indecencia no era, en sí mismo, un motivo para caer en la desesperación. Afortunadamente, Freud nos tranquiliza con la siguiente noticia: «la inversión puede ser suprimida por sugestión hipnótica».
O sea, que si es usted de los que suscriben la apología del sexo oral de Josep Lapidario, ha de saber que a principios del siglo XX podrían haberle considerado un depravado, un sujeto digno de estudio clínico. Y si hubiese chupado, o le hubiesen chupado a usted, qué más da, y todavía peor si le gustó chupar o que le chupasen, más le hubiese valido mantenerlo en secreto.
Claro que las cosas le habrían ido mucho peor si lo que le pone es montárselo con personas de su mismo sexo y tiene usted la mala suerte de ir a buscar ayuda a la consulta del doctor Gregorio Marañón, quien por cierto era un misógino de mucho cuidado.
Vean lo que escribió en 1930 en La evolución de la sexualidad y los estados intersexuales (les adelanto que la primera vez que me topé con esta referencia me quedé tan boquiabierto, tan incapaz de aceptar que alguien tras cuyo nombre se bautizan hospitales y otros rincones del callejero madrileño hubiese escrito, y peor aún: hecho, cosas tan aterradoras, que no descansé hasta que verifiqué la cita en una primera edición de este monumento al despropósito humano):
En otro lugar he dicho que «cada cual, en este mundo, no ama lo que quiere, sino lo que puede». El papel de la sociedad, por lo tanto, frente al problema de la homosexualidad, es estudiar los orígenes profundos de la inversión del instinto para tratar de rectificarlos. En modo alguno castigar al homosexual: siempre que no sea escandaloso (…)
Varios autores han tratado de combatir la homosexualidad, sustituyendo los testículos del invertido por otros de hombre sano, o por el injerto de testículos de mono en el paciente, según la técnica de Voronoff, con resultados favorables, aunque todavía no exentos de crítica (…)
En dos homosexuales, de mi práctica reciente, he sugerido la realización de un injerto, según Voronoff, realizado por mi colaborador el Dr. Ferrero. En el primero, homosexual típico, con proporciones eunucoides, la tendencia irresistible de su libido hacia el hombre se modificó completamente después de la operación y se mantenía normal a los seis meses.
En el otro se trataba de una homosexualidad también indudable con signos esqueléticos eunucoides y rasgos de feminidad orgánica hemilaterales. A los tres meses de la operación su libido había aumentado, pero en el mismo sentido homosexual.
(De nuevo: sin comentarios. Solo que, esta vez, con juicio de valor agazapado a mi silencio).
En fin, espero que empiecen Ustedes a entender por qué estoy en desacuerdo con la ambigüedad de Foucault. Sin duda, entre los siglos XVII y XX se habló mucho, ¡muchísimo!, de sexo. Pero la mayor parte de las cosas que se dijeron fueron inmensas tonterías. De modo que insinuar que la proliferación de discursos sobre esta temática invalida en lo más mínimo la existencia de un clima represivo es, se mire por donde se mire, totalmente inaceptable.
Inicialmente, el plan de Foucault era continuar la introducción del primer volumen de su obra por un estudio de la sexualidad en la Pastoral cristiana. Sin embargo, acabó cambiando de idea y decidió que la mejor forma de sostener su tesis acerca de la proliferación de los discursos sexuales a partir del XVII era comenzar analizando las costumbres de la tradición grecorromana. Primero, como veremos en el próximo artículo, vinieron los griegos. ¡Eureka!
¿Qué puedo contarles yo de los antiguos griegos que ustedes no sepan? Seguro que ya han escuchado más de una vez que los griegos se comportaban como unos auténticos pervertidos, en el más puro sentido freudiano del término. Pues bien, veamos qué hay de cierto en esto.
Lo primero que Foucault nos dice es que los griegos eran, en lo referente a la moral sexual, mucho más majetes que los cristianos. (Si tienen quejas a este respecto, por favor no me las endiñen a mí al final del artículo: diríjanselas directamente a monsieurDaniel Defert, compañero y legatario de Foucault). Según Foucault, el cristianismo habría asociado el acto sexual «con el mal, el pecado, la caída, la muerte, mientras que la Antigüedad lo habría dotado de significaciones positivas».
Para los griegos, los desajustes respecto a la moral sexual estándar no se consideraban, en sí mismos, un problema. En general, la conducta sexual no solía ser, contrariamente a lo que ocurre desde hace siglos en el Occidente cristiano, objeto ni de escándalos ni de disgustos.
Desde luego, ayudó mucho el hecho de que en la antigua Grecia, salvo un par de pitonisas aspirando gases tóxicos entre las grietas de la montaña, no existía una casta sacerdotal preocupada por adoctrinar a sus creyentes acerca de lo que «estaba permitido o prohibido, o era normal o anormal».
En mi opinión, aunque Foucault no lo mencione, también tuvo que ayudar bastante el hecho de que los propios dioses griegos fuesen acreedores de unas costumbres de lo más disolutas. Piensen ustedes en la cantidad de ocasiones en que Zeus, el mandamás del Olimpo, se saltó a la torera la fidelidad conyugal —a veces literalmente, como cuando se transformó en toro blanco para raptar a la hermosa Europa—.
Además, como nos recuerda Foucault constantemente, la moral sexual de la época, cuyas reglas eran normalmente enunciadas por los filósofos, solo tenía como objetivo establecer la conducta del «hombre ideal». No constreñía a todo el mundo. No era, como en el cristianismo, una norma general de conducta que todos debían seguir.
Y, ciertamente, no había un Dios dentro de la cabeza de los griegos asegurándose de que sus pensamientos eran puros en todo momento, ni un cura en el confesionario esperando a que fuese usted a contarle qué pensamientos impuros había albergado, con qué frecuencia y dónde andaba su mano diestra —o zurda, según el caso— mientras los susodichos pensamientos fluían por su imaginación.
Una vez aclarado que la moral sexual cristiana no ha de servirnos como referencia para entender la (in)trascendencia de la moral sexual griega, toca responder a la siguiente pregunta: ¿en qué consistía esta última?
Básicamente, el precepto primordial era que un ciudadano adulto y libre, o sea, alguien que no era ni mujer, ni niño, ni adolescente, ni esclavo, podía hacer poco más o menos lo que le viniese en gana. Solo había dos cositas que no estaban muy bien vistas: el exceso y la pasividad.
El problema en relación al exceso es bastante singular. Para los griegos, los placeres más elevados eran aquellos vinculados a la vista y al oído, porque eran precisamente los que diferenciaban a los seres humanos de los animales. Todo lo que implicase una satisfacción personal a través de la estimulación corporal, o bien a través de un roce con la garganta —i. e. comida y bebida—, era considerado de carácter inferior. Entre otras cosas, porque la búsqueda de esta clase de placeres coartaba la libertad del individuo.
Copa griega del siglo V a. C. – Museo Nacional, Tarquinia.
Diógenes decía que los esclavos servían a sus dueños, mientras que los inmorales hacían lo propio con sus deseos. Además de eso, como señala Platón (en una explicación que es digna del mismísimo Don Gregorio), había también razones médicas que apuntalaban la inmoralidad de los excesos:
La lujuria debe tomarse como efecto de una enfermedad del cuerpo (…) el esperma, en lugar de seguir encerrado en la médula y en su armadura ósea, se habría desbordado y puesto a fluir por todo el cuerpo.
Viendo el currículum vítae de Zeus, la bisexualidad de Dionisio o las infidelidades de Afrodita —quien, pese a estar casada con el pobrecito de Hefesto, no dudaba en alternar en su lecho al hermoso Adonis y al aguerrido Ares—, es más que legítimo dudar acerca de la importancia de la templanza en la moral sexual griega.
En todo caso, puedo asegurarles que si el grado de constreñimiento de la moral sexual cristiana se aplicase al panteón griego, al menos el 80 % de los dioses olímpicos no vivirían en el Olimpo, sino en el Hades —i. e. el infierno.
El segundo tabú de la moral griega era ser pasivo. Probablemente más que ninguna otra cultura, los griegos concebían las relaciones sexuales como una prolongación de las relaciones sociales. De modo que:
Así como, en la casa, es el hombre el que manda; así como, en la ciudad, no está ni en los esclavos ni en los niños ni en las mujeres ejercer el poder, sino en los hombres y solo en ellos, igualmente cada quien debe hacer valer sobre sí mismo sus cualidades de hombre [en la cama] (…) Ser activo, en relación con quien por naturaleza es pasivo y debe seguir siéndolo.
Tanto fanatismo existía en relación con el tema de la pasividad sexual que si un hombre libre permitía que otro individuo le penetrase quedaba inmediatamente incapacitado para el ejercicio de funciones públicas. «Cuando en el juego de las relaciones de placer se desempeña el papel del dominado, no es válido ocupar el lugar del dominante en el juego de la actividad cívica y política».
En realidad, lo que de verdad molestaba a los griegos era que alguien se saliese del rol que tenía asignado. Esa era la razón por la que el lesbianismo estaba tan mal visto en Grecia. Se asumía que si dos mujeres llegaban a mantener relaciones —algo que seguramente ni siquiera llegó a ocurrir en el caso de la poetisa Safo de Mitilene, quien probablemente se limitó a un desahogo lírico de sus amoríos homosexuales— una de ellas tenía que ejercer el papel activo, penetrar a la otra de alguna forma, dominarla.
Y esto, como ya habrán imaginado, estaba muy pero que muy mal visto. Como contraargumento a tanto sinsentido, ustedes podrían aducir que una mujer puede acostarse con otra mujer sin que ninguna de las dos recurra a la penetración. Y lo mismo con respecto a dos hombres. Otra posibilidad sería que ambos se penetren por turnos.
Pero lo cierto es que, como apunta Jesse Bering en Perv, la idea de la versatilidad —tanto práctica como teórica— en el interior de las parejas homosexuales es bastante reciente.
Copa griega del siglo V a. C. – Museo del Louvre.
Antes de pasar a los romanos, hay que dedicarle unas líneas al tema de las relaciones con los «muchachos» (no intento escudarme en eufemismos, es la palabra que emplea Foucault: l’amour des garçons). Para los griegos, por aberrante que nos parezca, la relación entre un hombre y un muchacho constituía el vínculo más puro y perfecto.
El adulto, el erasta («amante»), no solo persigue al muchacho, el erómeno («amado»), con ardor e insistencia, sino que, si consigue llamar su atención, le colma de regalos y le instruye en los quehaceres de la ciudadanía. A cambio, el erasta adquiere derechos (sexuales) sobre el erómeno.
En la Grecia del siglo IV a. C. uno no se casaba por amor. Las uniones entre un hombre y una mujer perseguían intereses políticos y económicos. Se trataba, ante todo, de asegurar la correcta perpetuación de las élites. En este sentido, el marido no tenía demasiadas obligaciones para con su esposa. Como hemos adelantado, podía acostarse con quien quisiese.
La única prohibición verdaderamente vinculante era la de seducir a otra mujer casada. Y lamento tener que informarles de que esta restricción no pretendía salvaguardar el honor de la mujer casada, sino el del esposo de esta, al que se le consideraba su dueño.
Con esto último en mente, es un poco más fácil entender (ojo: he dicho entender, no justificar) la pasión que los griegos sentían por los muchachos. Resumiendo mucho la cuestión, puede afirmarse que la relación entre un hombre y su esposa siempre tenía un componente sexual, pero no era necesario —aunque ocurriese a menudo— que tuviese también un componente erótico; por el contrario, las relaciones entre un erasta y un erómeno eran siempre de carácter erótico, con lo que esto implica.
Por no dejar la imagen de los griegos tan por los suelos, me permito aclararles que, pese a su fama, no eran un pueblo de pederastas, sino de efebófilos. Es decir, que no practicaban sexo con niños —lo cual estaba prohibido por ley—, sino con adolescentes.
En concreto, los griegos se interesaban por los muchachos durante el breve período que media entre el umbral de la pubertad y «las primeras muestras de barba». Mantener esta relación después de la adolescencia, o sea, cuando el muchacho se convertía, a su vez, en un hombre libre, era considerado inadecuado tanto para el erasta como para el erómeno.
En todo caso, como lo indica Foucault, los adultos no ejercían sobre los muchachos ningún poder estatutario. El erómeno era «libre de hacer su elección, de aceptar o rechazar, de preferir o de decidir». No cabe duda de que, en este contexto, hablar de «elección» resulta cuando menos sospechoso.
Aunque tampoco seré yo quien ponga en duda que, tal vez, un adolescente griego de entre catorce y dieciséis años tenía más margen de maniobra que una joven colona británica en el siglo XVI: quizás se sorprendan ustedes si les digo que, por aquel entonces, en los asentamientos ingleses de Norteamérica la edad de «consentimiento» de las niñas era de tan solo diez añitos.
Para concluir, quédense con esta idea: los griegos no eran unos santos: se burlaban de la igualdad de la mujer, se acostaban con adolescentes y usaban a los esclavos como si fuesen muñecas hinchables. Lo que hacía que los griegos fuesen distintos a los cristianos no era que su moral sexual fuese mejor, sino sencillamente que no estaba vinculada a la idea del mal.
Voy a darles un último ejemplo: los griegos creían que los excesos de placer —i. e. la falta de templanza de la que hablábamos antes— eran perjudiciales para los ojos y la espalda, «que son alcanzados de manera destacada, ya sea porque contribuyen al acto más que los demás órganos o porque el exceso de calor produce en ellos una licuefacción».
Pues bien, esto no es muy diferente de lo que me decía mi abuela cuando pensaba que cometía actos impuros con mi propio cuerpo: «Niño, no te toques que te vas a quedar ciego», «Niño, no te toques que se te derrite el cerebro». Cuando un día me senté junto a mi abuela, que nació a comienzos de la Segunda República, y le pregunté de dónde se había sacado aquellas ideas, me dijo que las contaba un cura de Jerez cuando ella era joven. (Esta anécdota es real).
Como ven, a la hora de decir tonterías los griegos y los cristianos no siempre son tan diferentes: ojos/espalda v. ojos/cerebro. Y, por su puesto, nadie lo pone en duda, Dios me valga, en algunas cosas los griegos eran mucho peor que los cristianos. Lo que realmente les diferencia es que, en el caso de los griegos, uno se daba un masaje de espalda después del coito y se quedaba tan pancho.
En el caso de los cristianos, en cambio, uno primero se queda ciego y luego va al Infierno por ello. Encima de cabrón, apaleado.
Muchacho desnudo junto al mar de Hippolyte Flandrin. – Museo del Louvre.
La inquietud de sí
En el tercer tomo de su trilogía, Foucault se centra en las prácticas sexuales de los romanos. Específicamente, en torno a los siglos I y II de nuestra era. Primero voy a exponerles lo que no cambió respecto a los griegos del siglo IV a. C., y luego aquello que cambió radicalmente.
Lo que no cambió es que los romanos seguían usando a los esclavos como muñecas hinchables, se masturbaban con total tranquilidad y podían tener relaciones sexuales con otros hombres. Ser el polo pasivo de una pareja de varones homosexuales seguía viéndose como algo despectivo, pero sin melodramas. Tampoco cambió la «repulsión» hacia «las relaciones entre mujeres y, sobre todo, [hacia la] usurpación por una de ellas del papel masculino».
Si entre la época griega y la romana hay una mudanza en las costumbres que, a nuestros efectos, merece ser analizada, es sin duda la de la nueva importancia concedida al matrimonio. Como ya apuntamos, para los griegos la unión entre un hombre y una mujer cumplía, ante todo, una finalidad político-económica. Dicha unión se circunscribía claramente a la esfera de lo privado y solo afectaba, en esencia, a las familias de los cónyuges.
En Roma, por el contrario, el matrimonio fue convirtiéndose poco a poco en una institución cívica. «Ya sea por medio de un funcionario o de un sacerdote, es siempre la ciudad entera la que sanciona el matrimonio». Como consecuencia, la conducta de los esposos comienza a ser fiscalizada a través de mecanismos públicos.
Un ejemplo es la ley deadulteriis, que permite condenar por adulterio a la mujer casada que se acuesta con un hombre (casado o no) y al hombre casado que se acuesta con una mujer casada.
En términos morales, tal y como subraya Foucault, esta ley no supone un cambio respecto a las costumbres helenas: las esposas griegas tampoco podían tener relaciones sexuales con nadie, mientras que los esposos podían acostarse con quien quisiesen, excepto con la mujer de otro hombre (pues se consideraba una afrenta hacia este último).
Por lo tanto, lo interesante de la ley de adulteriis no es la regla que establece, sino la sanción que prescribe. En el siglo V a. C. el asunto se habría resuelto en el seno de la familia, intramuros. Ahora se dirime por un juez, de forma oficial y de acuerdo con una serie de formalidades administrativas que conciernen a todos los ciudadanos.
Fresco romano en un prostíbulo de Pompeya.
Poco a poco, empezó a ocurrir lo impensable: se formalizaron parejas por el mutuo acuerdo de un hombre y una mujer, sin previo consentimiento del padre de esta. Así, el matrimonio fue convirtiéndose en una institución más libre y, por consiguiente, más igualitaria.
Mientras que un contrato matrimonial del siglo V a. C. hubiese exigido al marido, a lo sumo, que mantuviese a la concubina fuera de casa, que no le pegase a la esposa o que no tuviese hijos bastardos, en el siglo II d. C. era corriente encontrar cláusulas que especificasen «la prohibición de tener una amante, o un querido, o de poseer otra casa».
Curiosamente, los pensadores de esta época dedicaron una inmensa cantidad de energía a teorizar sobre las ventajas e inconvenientes del matrimonio. No pude evitar una sonrisa cuando llegué a la parte en la que Foucault explica que los epicúreos y los cínicos eran contrarios a esta institución, mientras que los estoicos se mostraban más bien favorables. Me recordó a una vieja viñeta de The New Yorker —políticamente incorrecta.
En fin, el caso es que en el siglo II de nuestra era, el nuevo rango concedido al vínculo matrimonial cambiará para siempre los contornos de la moral sexual. Dos prácticas se verán especialmente afectadas. La primera es la del sexo con los muchachos. Aunque no desaparece, los romanos lo verán cada vez con mayor suspicacia.
En Los amores, un texto atribuido a Luciano, el protagonista, un tal Teomnesto, se cuestiona sobre qué amor es más valioso: el de las mujeres o el de los jóvenes. (Teomnesto admite sufrir de ambos). La conclusión del autor, efebófilo convencido, es que el vínculo que une a un hombre y un muchacho es el más puro de todos.
Sin embargo, la obra no deja de reflejar el aumento de la problematización moral de este asunto, tendencia que, en pocos siglos, acabará censurando por completo esta vieja costumbre. En segundo lugar, como ya se intuía en los párrafos precedentes, las relaciones fuera del matrimonio empiezan a perfilarse como una práctica reprobable.
Musonio Rufo, un filósofo contemporáneo de Nerón, fue uno de los más fervientes defensores de circunscribir toda relación sexual al ámbito del matrimonio. En relación con esta cuestión, Musonio va mucho más allá que cualquier otro pensador de su época. No contento con prohibir el adulterio, condena también las relaciones prematrimoniales y los métodos contraceptivos.
Según Musonio Rufo, la contracepción pone en peligro a la ciudad —que necesita una población— y a la familia —que requiere tener descendencia—, además de atentar contra la voluntad de los dioses: «¿Cómo no pecaríamos contra nuestros dioses ancestrales y contra Júpiter, protector de la familia, cuando hacemos semejantes cosas?».
Doscientos años más tarde, estas ideas serían retomadas por San Clemente de Alejandría en su obra El pedagogo. Y luego, entre los siglos IV y V d. C., por San Agustín, a quien se le ocurrió la brillantísima idea de decir que derramar la simiente masculina fuera del coito equivalía poco más o menos que a un asesinato. Ya conocen ustedes el resto de la historia: nada de tocamientos en la edad infantil, nada de usar preservativos, etc.
Una conclusión, de las muchas que podrían sacarse
Hasta aquí llega la Historia de la sexualidad de Foucault. A la muerte del filósofo francés, el manuscrito del cuarto tomo de su obra, titulado Confesiones de la carne, estaba prácticamente acabado. Desafortunadamente, las restricciones impuestas por el propio Foucault en su testamento impidieron la publicación de este volumen, consagrado íntegramente a la moral sexual en la Pastoral cristiana —i. e. precisamente el tema con que el autor nos azuza la curiosidad desde la mismísima introducción.
Pese a sus interminables divagaciones, pese a su carácter incompleto, e inclusive pese a su ambigüedad, esta obra de Foucault posee un mérito indudable, a saber, el haber demostrado que la sexualidad es, por encima de todo, un producto social de cada época. Los griegos no se acostaban con muchachos porque fuesen unos monstruos. Lo hacían simplemente porque, por incomprensible que nos parezca, para ellos esta forma de amor era prueba del más alto refinamiento.
Y si a alguien se le ocurría decirle a un griego que acostarse con muchachos iba en contra de la naturaleza, porque era algo que no hacían ni los osos ni los leones, el filósofo de turno le respondería, con razón o sin ella, que ni los osos ni los leones cocinan sus alimentos, edifican viviendas más allá de sus cuevas o se visten con sedas perfumadas.
Ahora bien, si la sexualidad humana no es más que un fenómeno cultural, no biológico sino sociológico, tanto a nivel individual como colectivo, articulado por múltiples discursos de poder, el Estado, la familia, la economía política, la religión, la medicina, ¿cuál es la moral que debemos adoptar ante sus diversas manifestaciones?
Por falta de espacio, pues hasta los osados lectores de Jot Down tienen sus límites, me ceñiré a citar una vez más a Jesse Bering, autor de Perv, con el que estoy, al menos en este punto, bastante de acuerdo. Bering escribe lo siguiente:
El único aspecto importante a la hora de ponderar lo que resulta o no resulta sexualmente apropiado es la cuestión del daño. Cualquier desviación respecto a la media poblacional es útil a la hora de recordarnos la amplia panoplia de la diversidad erótica, pero, tal y como hemos visto, la cuestión de qué puede considerarse «norma»¯ o «natural» está tan hueca como un dedal cuando se trata de guiarnos acerca de nuestro propio comportamiento (…) Lo normal no es más que una cifra. Y se trata de una cifra sin ningún valor moral inherente.
Sería interesante añadir unas cuantas palabras sobre qué aspectos de la moral sexual individual pueden considerarse dañinos para otra persona. Les adelanto que, cuando se trata de cualquier práctica que involucre a dos adultos que consienten en el pleno ejercicio de sus facultades, para mí, y espero que también para ustedes, no hay (casi) ningún límite.
En todo caso, me veo en la necesidad de citar una vez más al bueno de Michael Ende: esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.