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¿Eyaculación precoz o eyaculación involuntaria?…


Psicología y mente(A.Skcardocci) — La famosa eyaculación precoz. Un término que le ha denominado a un problema real que afecta a muchos hombres, su calidad de vida, seguridad personal, autoestima y relaciones. 

Este es un término que defino injusto y que considero que la palabra precoz no es acertada ya que soy de las que define este problema como: Eyaculación involuntaria. A continuación te explicaré por qué y sus diferencias.

– ¿Qué significa ser «precoz»?

Ser precoz implica hacer, o llegar a algo antes de lo esperado o de manera demasiado rápida o precipitada, ya sea por impulsividad, falta de autocontrol, desconocimiento o simplemente por naturaleza. Puede ser una característica positiva o negativa, dependiendo del contexto.

En el ámbito sexual, el término eyaculación precoz es común y se refiere a cuando un hombre eyacula más rápido de lo que él o su pareja desean o esperaban, es básicamente en relación al tiempo y expectativas del coito. No significa que él no disfrute, sino que el conocimiento y dominio sobre su excitación es limitado.

Imagina que un hombre y su pareja están en los “juegos previos”, apenas han comenzado a besarse y tocarse, y él eyacula en cuanto penetra y sin poder evitarlo. Esto es ser precoz porque su respuesta es demasiado rápida en relación con la expectativa de duración del encuentro sexual.

Mucho se habla sobre la eyaculación precoz, pero casi nadie habla de penetración precoz. El Penetrador Precoz, es un hombre que se apresura por penetrar sin tener en cuenta los tiempos de su pareja de esto podría escribir otro artículo, si te interesa contáctame y házmelo saber.

Tratamiento y soluciones para la eyaculación prematura (precoz)

– Ahora la diferencia significativa: ¿qué significa sufrir de eyaculación involuntaria?

Una persona con eyaculación involuntaria implica que hace, tiene o responde sexualmente a algo sin una intención consciente de hacerlo. No se trata de rapidez o anticipación a las expectativas de tiempo, sino de la falta de dominio sobre la acción o la respuesta.

El caso Real: Un claro ejemplo de respuesta eréctil involuntaria es cuando el cuerpo reacciona de manera automática a veces sin que haya un deseo o intención explícita. Un hombre puede tener una erección en una situación incómoda (como en el transporte público, haciendo ejercicio o en una reunión de trabajo), aunque no esté pensando en nada erótico.

Su erección es involuntaria, no tiene dominio ni intención sobre ella.

Entonces la eyaculación involuntaria es muy común y diferenciarla en sueños eróticos (polución nocturna). El hombre no decide, ni toma la decisión de eyacular, simplemente su cuerpo responde a los estímulos cerebrales y nerviosos mientras duerme. 

Un hombre que sufre de eyaculación involuntaria durante sus relaciones sexuales es aquél hombre que en medio de su excitación no tuvo la intención de eyacular y sin embargo eyaculó.

– ¿Por qué no promuevo el concepto de eyaculación precoz, sino de eyaculación involuntaria?

Simplemente porque el asunto de los tiempos de expectativa de la duración de los coitos, al final del día es irrelevante. No importa si se dura mucho o poco. Se trata de que sea una decisión consciente si el hombre desea eyacular o no, en qué momento sí y cuando no.

No se trata de tiempos o de que sin eyaculación no “hay paraíso” o que es la interpretación directa del orgasmo, lo cual es falso, tal como lo ha vendido el porno. Eyacular se trata de una elección relacionada al placer individual y de pareja, especialmente cuando de tener hijos conscientemente se trata.

– Consecuencias de no tratar la eyaculación precoz

Es recomendable retener la eyaculación? | pene | sexualidad | Sexualidad |  La República

Un hombre con eyaculación involuntaria que no busca soluciones que simplemente se acostumbra, tiene que saber que parte de sus implicaciones pueden aparecer una serie de consecuencias a corto, mediano y largo plazo como baja la autoestima, inseguridad personal, sentimientos de insuficiencia, desconexión con el placer y posteriormente tendrá repercusiones negativas en la relación de pareja.

1. Disminución En la autoestima y confianza

Puede sentirse menos “hombre” o incapaz de satisfacer a su pareja. La preocupación por eyacular sin haberlo deseado hace que el hombre entre en un ciclo de ansiedad e inseguridad que agrava aún más el problema.

Por miedo al «fracaso» o quedar mal, algunos hombres empiezan a evitar las relaciones sexuales y hasta de perder el interés en las interacciones sexuales de pareja, lo que puede llevar a la crisis de pareja.

Mario tuvo varias parejas y en las más recientes empezó a experimentar eyaculación involuntaria. Al iniciar sus encuentros más recientes, su ansiedad e inseguridad lo consume, al principio se valió del uso de retardantes sin embargo la dependencia de uso y el gasto significativo por su consumo prolongado y cada vez en mayores cantidades ya que su cuerpo se terminaba siempre adaptando, pues el problema se repetía.

**Con el tiempo, prefería evitaba relacionarse con mujeres para evitar la frustración, lo que terminó afectando su vida afectiva.

2. Conflictos de pareja y la vida sexual

La pareja logra no sentirse satisfecha, lo que genera frustración, distanciamiento y se abre la posibilidad de la infidelidad en relaciones monógamas. El sexo es un eje fundamental en relaciones sexoafectivas; si uno de los dos lo evita, o si las interacciones eróticas y sexuales dejan de ser satisfactorias la relación puede deteriorarse rápidamente.

No en todos los casos, pero en la mayoría terminan por buscar satisfacción en otra parte cuando la falta de calidad en las interacciones sexuales empiezan a impactar el vínculo emocional, discusiones, desconfianzas etc al no buscar una solución al problema antes de que impacte negativamente en la relación.

“Pedro” y su novia estuvieron juntos por 2 años. Aunque su relación fue buena, el problema de eyaculación involuntaria de él, los distanció. Ella intentó ser comprensiva, pero conforme avanzaba el tiempo sentía que no disfruta del sexo con Pedro. Pues él vivia inseguro sexualmente, evitaba los encuentros, una de las razones que provocó discusiones constantes y el deterioro de su relación.

3. Impactos en la salud mental

Puede generar:

  • Estrés y frustración constante
  • Ciclo de evitación sexual, aislamiento y depresión
  • Predisposición al uso y abuso productos, medicamentos y/o fármacos para «relajarse» en el sexo, pero con efectos contraproducentes
  • Disminución de la seguridad personal
  • Vergüenza y ansiedad: Eyacular involuntariamente con personas de mucha atracción y/o deseo sexual lo que puede ser humillante.
  • Miedo a la interacción social: Si se vuelve recurrente, algunos hombres desarrollan ansiedad social o incluso fobias relacionadas al contacto físico.

– Abordaje desde la Sexología Somática: Recuperar el Dominio Sobre la Eyaculación

Cómo controlar la eyaculación precoz y qué afecta | Top Doctors

Desde un enfoque somático, trabajamos con el cuerpo, la respiración, la consciencia sensorial y la regulación del sistema nervioso para restaurar el dominio eyaculatorio. La clave no es «luchar» contra la respuesta del cuerpo, sino entrenarlo física y mentalmente para que responda de manera alineada con el placer y en el momento decidido.

. Para la Eyaculación Involuntaria: Reentrenamiento Neuro-Sensitivo

Uno de los principales Objetivos: Es no solo ampliar la capacidad de sentir, sino sostener la excitación sin distraerse, reconocer y modular la respuesta eyaculatoria.

  • Reconocer el patrón corporal
  • Respiraciones específicas para favorecer el reflejo pre-eyaculatorio

. Para la Eyaculación Involuntaria: Regulación del Sistema Nervioso

En estos casos, el enfoque es más profundo: calmar la hiperreactividad del cuerpo y entender los desencadenantes involuntarios. Es necesario, descifrar el Origen de la Respuesta Automática Practica la técnica del escaneo corporal (reconocer dónde hay tensión sin juzgarla). Usa la exhalación larga como regulador nervioso (exhala el doble de tiempo que inhalas).

Trabaja en aprender a manejar el estrés, ya que el sistema simpático hiperactivo puede inducir respuestas sexuales involuntarias. Desde el enfoque Somático, nos enfocamos en la expansión del Placer sin Eyacular.

Algunos hombres con eyaculación involuntaria tienen una hipersensibilidad genital. Reentrenar la percepción del placer ayuda a redistribuir la energía erótica.

– Conclusiones

Se aborda la integración del Dominio Natural, lejos de las dependencias de medicamentos, lociones y cualquier producto milagro que pueda causar dependencia y que pueda tener implicaciones de salud a mediano y largo plazo.

Para la eyaculación involuntaria, el secreto está en aprender a sentir más sin distraerse mientras se entrena el sistema nervioso para que no dispare eyaculaciones no deseadas o no gestionadas.

No se trata de «aguantar», sino de educar al cuerpo a responder en armonía con el deseo sin sacrificar el placer ni la seguridad personal del hombre. No importa dónde estés, esto es perfectamente viable.

nuestras charlas nocturnas.

Muertes anunciadas: los finales que la ciencia prevé para nuestros vecindarios en el cosmos…


Dos hallazgos cósmicos podrían reescribir la historia del universo y de la  vida - Libertad Digital

JotDown(A.Aparici) — Es un buen momento para nacer. Tenemos medicina, educación, comunicación instantánea a largas distancias y suficiente perspectiva para saber que la mayoría de los humanos no puede acceder a ninguna de ellas. Tenemos también un buen batallón de conocimiento que nos ayuda a entender cuál es nuestra posición en el universo: que somos más bien delicados y que el cosmos es en general hostil para criaturas sensibles como nosotros.

Cada paso que damos allá afuera, cada velo que levantamos, nos descubre lugares fascinantes y, habitualmente, mortíferos. Cuando nos decidamos a abandonar este mundo tan acogedor, y eso ocurrirá tarde o temprano, lo habremos de hacer pertrechados con nuestro mejor ingenio porque la física no está dispuesta a ponernos las cosas fáciles.

Prueba de ello es no solo lo que vemos en otros lugares del espacio, sino también lo que empezamos a comprender sobre nuestro entorno en otros momentos del tiempo. La Tierra en el pasado no siempre fue habitable; la galaxia no fue siempre el escenario estable y pacífico que conocemos.

Y empezamos a tener herramientas suficientes para predecir que en algún momento del futuro van a dejar de serlo. Este es el viaje que os proponemos en el día de hoy: descubrir que casi nada en el cosmos va a durar para siempre.

Los tiempos que nos encontraremos en este viaje serán a veces muy largos; otras, inconcebibles.

Para ayudarnos en el trayecto algunas referencias pueden sernos útiles: la especie humana lleva 200 000 años sobre nuestro planeta; los dinosaurios lo dominaron durante 140 millones de años; los animales y plantas modernos aparecieron hace 600 millones; la vida en la Tierra, hace casi 4000 millones.

El Sol y el Sistema Solar llevan existiendo 4600 millones de años, y el origen del universo, el evento que llamamos big bang, nos remonta a hace 13 800 millones de años.

Armados solo con estos pocos números y algo de física vamos a imaginar el futuro. Es realmente un buen momento para haber nacido. Aunque solo sea para ver desde la barrera cómo el universo se desintegra.

  • El fin de la vida en la Tierra

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La primera parada de nuestro viaje no nos lleva muy lejos: 800 millones de años en el futuro. Algunas cosas en nuestro planeta han cambiado, como la forma de los continentes y las constelaciones en el cielo. Los días y las noches son más largos; el aire es húmedo y hace algo de calor. De vuelta al cielo, el Sol parece un poco más grande y brillante de lo que estamos acostumbrados; la Luna, en cambio, se ve un poco más pequeña.

Pero lo más perturbador es que la Tierra parece vacía. Los continentes son marrones, grises y amarillos. Los océanos siguen ahí, pero son solo eso: agua. Parece como si estuviéramos ante una mala imitación, un experimento en el que algo salió dramáticamente mal. Cuesta reconocer en este desierto silencioso lo que durante millones de años había sido un vergel.

La explicación nos enseña que las leyes de la naturaleza no siempre juegan a nuestro favor. Como sabéis, las plantas son el sustento de casi toda la vida en nuestro planeta. Ellas toman luz del Sol y CO2 de la atmósfera y los transforman en azúcares que luego se pueden comer. Se los comen ellas… y nos los comemos nosotros, claro.

Las plantas no son los únicos seres capaces de transformar materia inorgánica en comida, pero sí son las que han aprendido a hacerlo de forma más eficiente. Podríamos decir que para ellas el CO2 y la luz son, en cierta manera, una forma muy cruda de comida que han aprendido a digerir.

En el futuro una conspiración que involucra a nuestra estrella y a la química atmosférica hará que el imprescindible CO2 sea un recurso cada vez más escaso. El Sol, en su evolución natural como estrella, está aumentando su brillo de forma lenta pero continua: cada 100 millones de años su luminosidad aumenta un 1 %.

Aquí en la Tierra hay un proceso químico que es sensible a la temperatura: el ciclo del carbonato-silicato extrae CO2 de las rocas cuando las temperaturas son bajas y transforma el CO2 en piedras cuando son altas. Es un proceso muy lento, tarda medio millón de años en actuar, pero solemos pensar en él como una especie de termostato geológico: si hay mucho CO2 en la atmósfera y el efecto invernadero calienta el planeta, el ciclo secuestra el CO2 en forma de piedras para que bajen las temperaturas; si hace frío, lo libera y las temperaturas suben.

La conjunción de estos dos factores será fatal para la vida vegetal de la Tierra: el aumento en la luminosidad del Sol calentará el planeta; fiel a su programación, el ciclo del carbonato-silicato empezará a convertir CO2 de la atmósfera en piedras.

Pero ahora no porque haya un efecto invernadero demasiado fuerte, sino porque el Sol está calentando la Tierra, y el Sol no va a dejar de hacerlo. Ciegamente, el ciclo retira más y más CO2 del aire y las plantas empiezan a notar que les falta comida.

No todas las plantas se ven afectadas inmediatamente. Las primeras en caer son las que utilizan la fotosíntesis de los tres carbonos, que es menos eficiente y necesita más CO2. Este grupo incluye el 90 % de las especies actuales, incluyendo todos los árboles. Durante millones de años todas esas especies languidecen hasta extinguirse, más o menos dentro de 600 millones de años. Tal vez algunas evolucionen hacia fotosíntesis más eficientes y logren llegar un poco más lejos.

También resistirán un poco más las plantas que emplean fotosíntesis de cuatro carbonos, como muchas hierbas y la mayoría de los cactus. Durante un periodo que puede parecer largo, de 200 millones de años, se convierten en las plantas dominantes del planeta. Pero ese periodo tiene un final anunciado: el Sol sigue aumentando su brillo y el carbonato-silicato sigue retirando CO2 del aire.

Al llegar a la Tierra de dentro de 800 millones de años la atmósfera es tan pobre en CO2 que ninguna planta conocida puede sobrevivir. Es posible que algún grupo encuentre una fotosíntesis todavía mejor, será sin duda un momento apasionante para la biología evolutiva, pero el fin está sellado.

Con las plantas mueren los animales. Es una extinción lenta, programada, nada que ver con la de los dinosaurios. En algunos lugares a lo largo de la Tierra algunas especies de bacterias y arqueas sobreviven: obtienen su comida de otra manera, menos dependiente del CO2.

Las bacterias siempre han sido las grandes inventoras del árbol de la vida; encontrarán, sin duda, una manera de resistir hasta el final, pero es difícil que logren llenar el planeta de vida como lo han hecho las plantas durante más de 1000 millones de años. El tiempo de la vida está llegando a su fin, y esto es solo el principio.

  • El fin del sistema solar

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La frágil superficie terrestre, como hemos visto, es muy sensible a los cambios en nuestro entorno, incluso a los pequeños: un poco más de luz solar puede ser suficiente para cambiar el clima, o la química de la atmósfera. En comparación, nuestro vecindario planetario es extremadamente estable: nació hace 4600 millones de años y, aunque tuvo un periodo inicial un poco convulso, viene presentando la misma cara en los últimos 3800 millones.

Un planeta gigante, Júpiter, domina la escena; otros siete, de los cuales cuatro son muy pequeños, ocupan órbitas privilegiadas; y un gran número de cuerpos menores, que se ven sometidos a la dictadura de los planetas, habitan varias regiones en el interior y el exterior del sistema. Este paisaje perdurará todavía durante otros 7500 millones de años.

La razón de que nuestro club planetario sea tan estable es muy sencilla: la fuerza que domina todo el sistema solar es la gravedad, y la práctica totalidad es ejercida por el Sol. El Sol contiene el 99,9 % de la masa de nuestro sistema, y el otro 0,1 % es básicamente Júpiter. Este reparto hace imposible que ningún planeta pueda disputarle a Júpiter la primacía, y el propio Júpiter es irrelevante comparado con el Sol.

El poder absoluto, en definitiva, es garantía de estabilidad. Pero cuidado, porque el razonamiento puede leerse también al revés: si el poder central flaquea todo el sistema se tambaleará. Nuestro Sol no es eterno, y todo lo que le pase va a tener consecuencias para el resto de la familia.

En la actualidad el Sol vive la etapa más estable de su vida. En su núcleo, el hidrógeno calentado hasta 15 millones de grados se fusiona, forma helio y libera calor. Pasará otros 7000 millones de años en esta fase, durante los cuales lo más noticiable será que el núcleo del Sol se volverá más denso, a medida que acumula helio. Más denso significa más pequeño, así que las capas que están encima del núcleo irán cayendo a profundidades mayores, donde la gravedad es más intensa.

Aplastadas por la gravedad, esas capas se calentarán y empezarán a fusionar el hidrógeno más rápido: el Sol, como ya sabíamos, irá haciéndose poco a poco más brillante. Esto, que tendrá consecuencias catastróficas para el clima de la Tierra, no afectará demasiado al sistema solar.

La situación empezará a caldearse cuando el Sol abandone su fase de madurez, dentro de 7000 millones de años: con un núcleo de helio cada vez más grande pero una temperatura demasiado baja para que fusione, toda la región interior del Sol quedará a merced de la gravedad, que la aplasta con fuerza.

Además del núcleo también se comprimen las capas superiores donde se está fusionando el hidrógeno. Esas capas alcanzan temperaturas tan altas que el calor procedente de la fusión empuja a las capas externas hacia fuera. El Sol empieza a crecer hasta convertirse en un leviatán un millón de veces más grande de lo que es hoy: es una gigante roja.

En el proceso engulle al pobre Mercurio, que solo pasaba por allí. Quizá también a Venus.

En la fase de gigante roja la superficie del Sol está sometida a tanta presión desde el interior y está tan lejos del núcleo que la gravedad no puede contenerla. Empieza, literalmente, a evaporarse, y las partículas que salen de ella a toda velocidad forman un potentísimo flujo, el viento solar.

A lo largo de 200 millones de años el Sol pierde hasta el 50 % de su masa de esta manera. Los planetas que no tienen un campo magnético poderoso son barridos por el viento y pierden sus atmósferas. La Tierra, Marte y Venus, si es que aún existe, sufrirán este destino.

A medida que el Sol pierde masa otro fenómeno tiene lugar: los planetas, que se movían a la velocidad adecuada para contrarrestar la gravedad solar, se encuentran con cada vez menos gravedad. Visto de otra manera, van demasiado rápido para este nuevo Sol cada vez más ligero. Como consecuencia empiezan a «escapar», alejándose del Sol.

Ninguno podrá huir del sistema solar de esta manera, pero todo el sistema planetario reculará, alejándose a medida que su líder se descompone.

El Sol vivirá varios de estos episodios. En los últimos, que durarán menos de 500 000 años, las reacciones nucleares se encenderán violentamente alrededor del núcleo y, como una convulsión, expulsarán todo el material que haya por encima. Terminados estos estertores en el centro del sistema solar solo quedará el núcleo de la antigua estrella, extremadamente caliente pero no lo suficiente como para continuar las reacciones de fusión.

A su alrededor quedará una hueste de planetas consumidos, azotados durante millones de años por vientos estelares y privados de su principal fuente de energía. Este es el aspecto que tiene un sistema planetario moribundo.

  • El fin del Sol

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Aun después de arrasar el vecindario, el Sol seguirá brillando. Ya no será una «estrella» en el sentido habitual, porque no habrá reacciones nucleares en su interior. Será una bola caliente de carbono y oxígeno, más o menos del tamaño de la Tierra, pero con tanta masa como la mitad de una estrella: un objeto ultradenso conocido como enana blanca.

De su etapa de estrella heredará una temperatura de millones de grados, pero hasta eso es insuficiente para encender el horno nuclear del carbono y el oxígeno, así que permanecerá como una esfera inerte que poco a poco va radiando su calor hacia el espacio.

Este es el futuro que les aguarda a muchas estrellas, a todas aquellas que son ligeras y no terminan su vida en una explosión de supernova. Las enanas blancas son uno de los tres tipos de remanente estelar, lo que queda cuando la estrella ha agotado su combustible nuclear.

La historia es siempre parecida: sin reacciones nucleares para frenar a la gravedad esta aplasta el cuerpo de la estrella y el aplastamiento desencadena una reacción violenta. Las estrellas pequeñas, como nuestro Sol, dejan una enana blanca después de vomitar sus capas externas; en las estrellas grandes la reacción es mucho más dramática e involucra una gran explosión, una supernova.

En este último caso el remanente puede ser una estrella de neutrones, si la masa inicial era moderada, o un agujero negro, una región del espacio en la que la gravedad es tan intensa que nada puede escapar.

Es tentador pensar en los remanentes estelares como «cadáveres de estrellas», objetos inertes que ya han recorrido su vida útil y no tienen nada interesante que hacer más allá de surcar el espacio silenciosamente y apagarse poco a poco. No nos equivoquemos. Los tres tipos de remanente son cuerpos muy densos y con campos gravitatorios intensos, y lo que mejor se les da es engullir cualquier cosa que se encuentren en su camino.

Las enanas blancas pueden robarle materia a otra estrella y, al calentarla, desencadenar explosiones extremadamente violentas; las estrellas de neutrones, si consiguen engordar por encima de tres veces la masa del Sol, se convierten en agujeros negros. Y los propios agujeros negros no tienen límite conocido para su apetito; además, como veremos, les aguarda mucho protagonismo en los capítulos finales de la historia del universo.

Pero la importancia de los remanentes estelares no termina en las aventuras que puedan tener por su cuenta: su misma existencia afecta a la evolución del universo. Cuando una estrella nace recoge material de una nube de polvo y lo calienta hasta que empiezan las reacciones nucleares. Cuando muere parte de ese material es devuelto al medio interestelar, pero otra parte se queda secuestrado dentro de los remanentes.

La materia de una enana blanca o una estrella de neutrones difícilmente servirá para que nazcan nuevas estrellas. Así que, poco a poco, con la muerte de cada estrella, la materia prima se va agotando. El universo está en una carrera que lo lleva únicamente a un destino: el nacimiento de la última estrella. Estimamos que ese evento tendrá lugar dentro de 100 billones de años. Para que nos hagamos una idea, el tiempo transcurrido desde el big bang es solo un 0,01 % de esa cantidad.

La última estrella nos espera en un futuro extraordinariamente remoto, es verdad, separado de nosotros por un muro de tiempo casi inconcebible, pero inquietantemente finito.

El universo no terminará con la luz de la última estrella. En un cosmos sin estrellas vivas todavía habrá una fuente de luz: las enanas blancas, brillando como luciérnagas en un espacio cada vez más oscuro. Las que no se hayan destruido en alguna colisión fortuita y tampoco hayan engordado lo suficiente para destruirse a sí mismas seguirán enfriándose cuando la última estrella se apague.

Por aquel entonces la mayoría de ellas estarán tan frías que solo serán brillantes en las microondas o en las ondas de radio: primero habían sido blancas y azuladas, después rojas, pero ahora se habrán convertido en enanas negras, y tal vez por entonces sean los objetos más abundantes del cosmos.

Poco a poco, parsimoniosamente, seguirán enfriándose. En el futuro de dentro de 1000 billones de años la mayoría de las enanas negras, incluyendo la de nuestro Sol si es que sigue existiendo, apenas estarán un par de grados por encima del cero absoluto. Y seguirán enfriándose. Tal vez tengan toda la eternidad para hacerlo.

  • El fin de la Vía Láctea

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Las galaxias tampoco son eternas. Y ojo, no me refiero a que chocan y se fusionan y dan lugar a galaxias gigantes. Seguramente habréis leído que la Vía Láctea y la galaxia de Andrómeda van a colisionar en un futuro a medio plazo. Algunos hasta han buscado un nombre para la futura galaxia: «Lactómeda», un término que no es menos Frankenstein que el objeto al que se refiere.

Pero aun estas galaxias gigantes siguen siendo, al fin y a la postre, galaxias. Debo insistir: ninguna galaxia es eterna. Y para desmantelarlas solo necesitamos las leyes de Newton.

¿Qué es una galaxia, en definitiva? Una isla de estrellas en medio del espacio. Pero hemos dicho hace un momento que esas estrellas tienen fecha de caducidad: a lo largo de los próximos 1000 billones de años todas las galaxias del universo van a ir sustituyendo sus componentes estelares, calientes y brillantes, por enanas blancas, estrellas de neutrones y agujeros negros, remanentes mucho más fríos y oscuros.

Un habitante del mundo de dentro de 1000 billones de años, si es que tal cosa existe, posiblemente diría que una galaxia es «uno de esos enjambres de objetos fríos que orbitan en torno a un centro común».

Las galaxias van a cambiar de cara; a medida que el universo se apaga ellas también van a hacerse frías y oscuras, quizá iluminadas de tanto en tanto por la colisión de dos cuerpos despistados que tuvieron mala suerte. Podríamos argumentar que una galaxia apagada ya no es una galaxia, es otra cosa. Pero para lo que hemos venido aquí nos va a dar igual: esa «otra cosa» va a morir también.

La razón es insultantemente sencilla. En esos enjambres de objetos, ya sean fríos o calientes, cada uno sigue su propia órbita alrededor del centro. Según el tipo de galaxia de que estemos hablando, esas órbitas estarán confinadas en un disco más o menos plano o serán más libres, y todas juntas configurarán una esfera o un elipsoide.

En cualquiera de estos casos, ocasionalmente uno de los miembros del enjambre pasará cerca de otro. Si la cercanía es suficiente podrán interaccionar a través de la gravedad: tirarán el uno del otro como si una cuerda los mantuviera unidos, y cuando se alejen esa «cuerda gravitatoria» se esfumará.

Como resultado del encuentro sus velocidades habrán cambiado: normalmente el más ligero habrá ganado velocidad y el más pesado la habrá perdido; el primero, gracias a su velocidad extra, se alejará un poco del centro galáctico; el segundo, con menos energía para oponerse a la gravedad, caerá un poco hacia el interior de la galaxia.

Estos encuentros solo ocurrirán muy de vez en cuando, pero lo bueno del universo es que tiene todo el tiempo del mundo. Después de muchos de estos eventos de ballet gravitatorio los cuerpos ligeros conseguirán suficiente velocidad para escapar de la gravedad de la galaxia, mientras que los pesados se acumularán cada vez más en el centro.

Cómo ocurra esto exactamente depende de la composición inicial de la galaxia, pero estimamos que más del 90 % de los objetos serán expulsados y la galaxia se reducirá a una fracción de su masa inicial concentrada en una nube esférica alrededor del centro. Serán necesarios cerca de 100 trillones de años para alcanzar esta configuración.

Durante ese tiempo la idea de pasar una tarde emocionante consistirá en ver a una enana negra pasar a medio año luz de otra.

El epílogo de esta historia lo cuentan los cuerpos que todavía permanecen en órbita alrededor del centro galáctico. Como los encuentros cercanos han seleccionado a los objetos más pesados de la galaxia, la nube esférica está llena de agujeros negros.

Y ya sabéis lo que se les da bien a los agujeros negros: poco a poco irán recolectando cualquier otro cuerpo que se acerque demasiado a ellos; cuando sean dos agujeros negros los que se encuentren frente a frente se fusionarán y formarán otro agujero negro mayor. En un tiempo muy breve este proceso escalará, y lo que quedaba de la galaxia se convertirá en un solo y gigantesco agujero negro, con una masa equivalente a billones de soles y un tamaño mayor que el del sistema solar.

Este será el fin de las galaxias: solo quedarán cuerpos fríos flotando libres por el espacio intergaláctico y en el centro un solitario monstruo hambriento.

  • El fin del universo

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Después de la muerte de las galaxias la estructura del universo se ha vuelto bastante más simple. Esencialmente tenemos dos clases de objetos: los agujeros negros y los que intentan no caer en un agujero negro. Y por una vez la física conspira para salvar a los segundos en lugar de para destruirlos.

La expansión del universo es tan eficiente separando regiones del cosmos que cuando llega la época en que las galaxias se desintegran cada una de ellas ya está aislada en su pequeño pedazo de universo. La galaxia más cercana siempre queda tan lejos, y el espacio que las separa se expande tan rápido, que haría falta moverse más rápido que la luz para llegar de la una a la otra.

Como ningún objeto material puede moverse más rápido que la luz, los cuerpos que van siendo eyectados de las galaxias saben que no se van a encontrar con nadie en su camino. Tampoco pueden volver, porque han escapado a la gravedad de su galaxia. Simplemente se adentran en el espacio intergaláctico, más vacío y oscuro que nunca, y se pierden para siempre.

Entre tanto, los agujeros negros supermasivos que han engullido lo que quedaba de las galaxias han terminado su festín y no les queda nada para comer. En el universo que pueden ver lo único que hay es cuerpos ligeros huyendo a toda velocidad y una gran enormidad de espacio vacío.

La física en este punto se vuelve incierta: ¿qué le sucede a un agujero negro con el paso de cuatrillones o de quintillones de años? No podemos estar seguros, porque hemos observado pocos agujeros negros y siempre de forma indirecta. Es posible que un agujero negro aislado simplemente pase a un estado de latencia del que nunca despierte.

En ese caso la historia del universo terminaría aquí, con muchos agujeros negros dormidos por toda la eternidad.

Pero hay otra posibilidad. En 1974 Stephen Hawking nos regaló un cálculo según el cual los agujeros negros deberían evaporarse. En ese trabajo describía que cuando se forma un agujero negro el espacio a su alrededor se llena de partículas de forma espontánea. Estas partículas, llamadas radiación de Hawking, parecen radiar del agujero negro, y en principio aparecen de la nada.

Como sabemos que la materia no puede aparecer de la nada, la única opción es que esas partículas le estén robando energía al agujero negro. Literalmente, el agujero negro se va consumiendo mientras su masa escapa al espacio en forma de radiación. Si Hawking está en lo cierto los agujeros negros deberían ser de todo menos negros.

No sabemos si la radiación de Hawking es real, pero si lo fuese los agujeros negros no serían eternos: se evaporarían, llegaría un momento en que consumirían toda su masa. El cálculo de Hawking es muy concreto en este sentido: cuanto más pequeño es el agujero negro más caliente es la radiación que emite y más rápido se evapora.

Por ejemplo, un agujero negro con tanta masa como un asteroide de buen tamaño brillaría de color rojo, como una estrella fría. Lo que lo diferenciaría de una estrella es que sería del tamaño de un virus y que aun así tardaría en evaporarse casi un sextillón de años.

Ahora volvamos a nuestros agujeros negros galácticos e imaginemos que se evaporan a través de la radiación de Hawking. De repente todo un capítulo de la historia del universo, el más largo de todos, los tiene a ellos como protagonistas. Solos en medio del cosmos, empiezan extremadamente fríos, emitiendo partículas de tan baja energía que ni siquiera las podríamos detectar.

Pasan en este estado un tiempo tan largo que es casi delirante: un hexadecillón de años, uno de los tiempos más amplios imaginados por la física. Pero poco a poco, con paciencia, van perdiendo masa y calentándose. Durante otro periodo extremadamente largo están literalmente calientes, emiten en el infrarrojo.

Después se vuelven rojos, blancos y azules a medida que se van haciendo más pequeños que una bacteria, que una molécula, que un átomo. Y finalmente, en una etapa efímera de sus vidas, estallan en una pequeña explosión de rayos gamma. Del monstruo inicial ya no queda nada.

Con esto, el universo llega a su fin. Todo lo que queda en él es radiación dispersándose en todas direcciones y un puñado de objetos fríos aislados en medio del espacio vacío.

Así es como lo vemos hoy, pero ya estamos esperando a saber qué cambiará con lo que aprendamos mañana.

nuestras charlas nocturnas.

Las palabras que usamos y los silencios que se imponen al hablar de la menopausia…


Las palabras que usamos y los silencios que se imponen al hablar de la  menopausia - Mujeres con ciencia
Julie Walters, Meryl Streep y Christine Baranski en una escena de ‘Mamma Mia!’.

The Conversation(L.P.Hernández/C.V.sierra/M.A.O.Llopis) — En un inolvidable episodio de Verano Azul, Tito anunciaba a la pandilla la llegada de la primera menstruación de su hermana Bea: “Mi madre le ha dicho a mi padre que Beatriz es mujer desde hoy”. Su amigo Piraña respondía asombrado: “¿Y lo de antes no sirve?”.

Si la llegada de la regla nos eleva al estatus de mujeres, ¿qué ocurre cuando se retira? ¿Nos convertimos en seres asexuados? ¿Nos evaporamos? La menopausia es todavía hoy un tema tabú en muchos contextos, incluido el familiar.

Las madres preparan a sus hijas para su primera regla, pero es mucho menos frecuente que más adelante les hablen de su propia experiencia con la menopausia, a pesar de ser una fase igualmente relevante de sus vidas.

La menopausia ha sido silenciada durante siglos, pero cuando este silencio se rompe a menudo es para presentarla desde una perspectiva negativa. Una simple búsqueda de esta palabra en Google Images nos muestra cómo la asociamos al sufrimiento (sofocos, dolores, ansiedad), al inexorable paso del tiempo y a su tratamiento médico.

Imágenes, mayoritariamente, de diferentes mujeres con gestos de dolor.
Esto es lo que muestra Google en imágenes al buscar el término ‘menopausia’. Google Images

Investigar el lenguaje que usamos para hablar de la menopausia en diferentes contextos puede ayudarnos a comprenderla mejor y a descubrir algunos sesgos socioculturales que a menudo nos pasan desapercibidos.

– El discurso biomédico sobre la menopausia

Hablar de la menopausia en el entorno médico ha implicado utilizar metáforas reduccionistas y patologizantes que la equiparan con enfermedades mentales (neurosis, a comienzos del siglo XX) o con fallos orgánicos (ovárico, hormonal).

La menopausia se ha entendido como un problema que debe corregirse. Hasta se ha llegado a comparar con la obsolescencia programada. Y así se sugiere que el cuerpo de la mujer deja de ser funcional al cesar la menstruación, dando comienzo al declive, la pérdida de valor y la vejez.

En este contexto, expresiones como “la edad crítica” o “el climaterio” refuerzan su visión negativa, como si, a su llegada, las mujeres debiésemos entrar forzosamente en la unidad de cuidados intensivos.

Un estudio reciente de más de 600 textos biomédicos ha identificado un predominio de palabras asociadas a emociones negativas en este ámbito. También constata la abundancia de metáforas que presentan a las mujeres como “víctimas” de una “enfermedad” caracterizada por fluctuaciones hormonales y emocionales, pérdida de identidad y calidad de vida (sofocos, ansiedad, e insomnio).

El lenguaje biomédico ha dado voz y respuesta a las inquietudes de muchas mujeres que viven la menopausia con distintas experiencias físicas y emocionales. Sin embargo, también ha reforzado los estereotipos negativos sobre ellas y promovido actitudes socioculturales negativas hacia el envejecimiento.

Ejerciendo presión sobre las mujeres para encajar en estándares irreales de juventud y belleza, el discurso biomédico ha favorecido la promoción generalizada de la terapia hormonal sustitutiva, frecuentemente presentada como un “elixir de la juventud”.

Este lenguaje homogeneizante sobre la menopausia choca frontalmente con las perspectivas feministas que resaltan su naturaleza única y personal para cada mujer. También contrasta con numerosos estudios interculturales en los que emergen visiones más diversas y menos patologizantes.

Mientras algunas culturas carecen incluso de una palabra para nombrarla, en otras su significado varía enormemente. En Occidente, se asocia con una fase crítica y conflictiva para la mujer. Sin embargo, en sociedades orientales y matrilineales, representa una etapa de mayor autonomía y de alto prestigio social.

– ¿Qué dicen las mujeres?

Una investigación sobre el lenguaje de las mujeres británicas en sus conversaciones sobre la menopausia revela que utilizan metáforas maleables que les permiten expresar experiencias muy diversas y cambiantes.

Entienden ese periodo como un viaje con muchas estaciones. El camino a veces está lleno de baches y túneles. Otras veces se asemeja a una montaña rusa, a una larga travesía por un mar embravecido o a un breve paseo por aguas pantanosas. Y en ocasiones se trata de un viaje de autodescubrimiento, un trayecto lento por carreteras secundarias, en el que no hay fecha límite, que permite disfrutar del paisaje sin preocupaciones.

También entienden la menopausia como una fuerza negativa. Esta impacta sobre ellas sin previo aviso trayendo el caos a sus emociones, a su estabilidad mental y a sus relaciones familiares y sexuales.

Retratos de diferentes mujeres.
Cada mujer tiene una menopausia diferente. 

Sin embargo, esa misma fuerza a menudo se torna positiva. Las saca de su zona de confort, les obliga a repensar sus necesidades y a ponerlas en primer lugar después de años de cuidados familiares. La menopausia les empuja al autocuidado y cambia el rumbo de sus vidas para mejor.

Durante su viaje a través de la menopausia muchas refieren sensaciones de pérdida de identidad mediante la metáfora del yo dividido: “Dejé de sentirme yo misma […] como si un alienígena se hubiese apoderado de mi cuerpo”. Pero esa misma metáfora les sirve para expresar los efectos positivos de la transformación que la menopausia finalmente ejerce en su persona: “Me sentía como si fuera una nueva yo y era maravilloso”.

El lenguaje que utilizan las mujeres para hablar de esta fase vital presenta un escenario mucho más diverso y equilibrado que el que emerge del discurso biomédico. Incluye tanto los problemas físicos y emocionales asociados a ella como sus beneficios (liberación de la menstruación y de embarazos no deseados, final de la fase de crianza y cuidados familiares, recuperación de autonomía y libertad).

– Los silencios también hablan

Los efectos físicos y psicológicos de la menopausia pueden convertirse en un obstáculo laboral o en la causa de la pérdida de su empleo para algunas mujeres. En el Reino Unido varios fallos judiciales han reconocido explícitamente esta etapa de la vida como una fuente “invisible” de exclusión del mercado laboral.

Un estudio comparativo sobre el discurso judicial revela que en España, por el contrario, las referencias explicitas a la menopausia en juicios de incapacidad laboral de mujeres en este periodo son escasas.

La base oficial de datos CENDOJ, cuya función principal es gestionar, procesar y difundir la jurisprudencia del Tribunal Supremo, apenas recoge evidencias de mujeres que hayan alegado discapacidad o impedimento causado por la menopausia entre los años 2020 y 2022.

El análisis de seis procesos judiciales (tres españoles y tres británicos) muestra diferencias significativas en el uso del lenguaje.

En los procedimientos judiciales británicos se menciona abiertamente la palabra menopausia para explicar los problemas físicos y psicológicos que afectan la capacidad laboral de la demandante. Se enumeran abiertamente sus síntomas (insomnio, estrés, depresión, migrañas, sofocos, etc.) y su impacto en el desempeño profesional.

En contraste, en los procesos judiciales españoles sorprende la ausencia de la palabra menopausia en dos de los tres casos analizados y su uso marginal en el tercero. Se opta por términos genéricos como “accidente”, “incapacidad temporal”, “trastorno”, “estrés” o “ansiedad”.

Las demandantes no quieren o no pueden vincular la causa de sus dolencias con las propias de la menopausia. Este silenciamiento refleja la persistencia de estigmas y prejuicios hacia la menopausia en España. También revela una brutal asimetría legislativa respecto al Reino Unido, donde se reconoce como causa de discapacidad laboral.

Las palabras y los silencios que rodean a la menopausia son reveladores. Frente a los sesgos negativos que reflejan los discursos biomédico y judicial, el lenguaje que utilizan las mujeres la presenta como un viaje único y cambiante. Prestar atención a sus relatos puede evitar tanto su sobre-medicalización como la falta de atención en el ámbito jurídico y laboral.

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Prince, el genio que deslumbró al mundo y murió solo en un ascensor…


Infobae(F.G.Tomadin) — Desde niño, Prince sintió que su nombre no le pertenecía. Lo habían llamado así en honor a su padre, el pianista John L. Nelson, pero él odiaba ese nombre. No se sentía un príncipe. “Llámenme Skipper”, pedía con insistencia.

Pero ni su apodo ni su entorno le daban refugio. Su hogar era un campo de batalla. Su padre tocaba el piano y componía, su madre, Mattie Della, era cantante de jazz. Pero la música no los unía, los separaba.

Según New York Times, el niño crecía entre gritos, discusiones y silencios tensos. A los diez años, su familia se rompió: sus padres se divorciaron. Primero se quedó con su madre, luego se fue a vivir con su padre. Pero este último lo echó de casa.

Prince no tenía un hogar fijo, dormía en casas de vecinos, en la de los Anderson, donde su amigo André se convirtió en su hermano.

Según All That´s Interesting,nada lo ataba a un lugar, salvo la música. Desde pequeño, tocaba el piano de su padre a escondidas, componía canciones antes de aprender a leer correctamente. A los siete años creó su primer tema, “Funk Machine”.

A los diez, cuando su padrastro lo llevó a ver a James Brown en concierto, supo que su destino estaba escrito. “Quiero hacer eso”, dijo, con la certeza de quien ha encontrado su misión en el mundo.

Con su amigo André, formó la banda Grand Central en la adolescencia. Pasaban horas encerrados en sótanos y garajes, puliendo un sonido que nadie más tenía. Prince era pequeño de estatura, pero en el escenario crecía, se expandía, hipnotizaba.

Su pelea contra la industria lo convirtió en símbolo de libertad creativa y control artístico

Él hacía todo: tocaba la guitarra, el piano, componía, cantaba. No confiaba en nadie más que en su propio talento.

En 1976 grabó un demo, y su música llegó a los oídos de la gente correcta. Con 18 años, firmó su primer contrato con Warner Bros. No solo tenía un contrato, tenía control. El sello le dio total libertad artística.

Un debut así era casi imposible en la industria, pero Prince no era como nadie más. En 1978 lanzó su primer disco, “For You”, tocando todos los instrumentos. Lo hacía todo él solo. Era una máquina imparable.

A partir de ahí, fue ascenso tras ascenso. En 1982, con el álbum “1999”, Prince explotó en la escena mundial. “Little Red Corvette” y “1999” sonaban en todas partes. Pero su verdadero golpe a la historia llegó en 1984, con “Purple Rain”.

Purple Rain» convirtió a Prince en una superestrella y definió una era en la música

No solo fue un disco: fue una película, una revolución. Por primera vez, un artista logró tener el álbum número uno, el single número uno y la película número uno en simultáneo en Estados Unidos.

Durante 24 semanas, “Purple Rain” dominó las listas. Prince ya no era un músico, era un símbolo.

Y cuando el mundo creyó que ya había visto todo de él, Warner Bros. le ofreció un contrato récord en 1992: 100 millones de dólares, el más grande en la historia de la música hasta ese momento.

Multiinstrumentista y visionario, Prince componía, producía y tocaba casi todos sus discos

Pero el trato tenía un precio alto: Prince no era dueño de sus propias grabaciones. Para él, fue una traición.

Se rebeló de la forma más radical: dejó de llamarse Prince. Inventó un símbolo impronunciable para reemplazar su nombre y obligó al mundo a encontrar una manera de referirse a él.

Su enigmática personalidad y estilo extravagante lo hicieron inconfundible dentro y fuera del escenario

La prensa comenzó a llamarlo “El artista antes conocido como Prince”.

Se convirtió en un enigma, más recluso que nunca. Sus entrevistas eran escasas. No hablaba de su vida privada, no dejaba que nadie lo viera sin su máscara de estrella. Pero su carrera siguió: en 2004 fue incluido en el Rock & Roll Hall of Fame, en 2010 la revista Time lo nombró una de las 100 personas más influyentes del mundo.

Se presentó en los Grammy con Beyoncé, entregó álbum tras álbum, siempre desafiando lo establecido.

Pero mientras su imagen seguía intacta, su cuerpo empezaba a resquebrajarse.

El dolor era insoportable. Su cadera, su espalda, sus rodillas: todo dolía. Y Prince no podía detenerse. No podía dejar de tocar. No podía dejar de ser Prince.

El 14 de abril de 2016, se presentó en Atlanta. Un día antes, había cancelado el show por problemas de salud. Pero volvió a subirse al escenario. Era su última actuación en vivo.

Un día después, el 15 de abril, subió a su jet privado para volver a casa. Pero nunca llegó a Minneapolis. En pleno vuelo, se desplomó.

Su equipo entró en pánico. El avión aterrizó de emergencia en Moline, Illinois. Cuando los paramédicos entraron, lo encontraron inconsciente.

Según New York Times, le administraron Narcan, un antídoto para sobredosis de opioides. Prince despertó. Cuando le preguntaron qué había tomado, dijo que tenía gripe.

Lo llevaron al hospital, pero se negó a hacerse análisis de sangre. Se fue en cuanto pudo, tomó otro avión y regresó a Minnesota.

El 20 de abril, un día antes de su muerte, fue visto entrando a la consulta de su médico, Michael Schulenberg. Vestía de negro, parecía más delgado que nunca.

Un día antes de su muerte, Prince visitó a su médico buscando alivio para su dolor

Su guardaespaldas y amigo, Kirk Johnson, lo acompañaba. Según ABC News, días antes, desde el teléfono de Johnson, había salido un mensaje: “Prince pide líquidos. ¿Puedes llamarme?”. Schulenberg le recetó un medicamento para tratar la abstinencia de opioides.

Esa noche, Prince volvió a Paisley Park. Estaba solo.

A la mañana siguiente, 21 de abril de 2016, su personal se preocupó al no verlo. A las 9:43 AM, un empleado lo encontró tirado en el ascensor de su casa-estudio. No respiraba. Estaba frío.

El Carver County Sheriff’s Office confirmó la muerte. Tenía 57 años. Los paramédicos lo declararon muerto a las 10:07 AM. No había signos de violencia. Solo un cuerpo agotado.

Cuando la policía registró Paisley Park, encontró pastillas en todas partes. Algunas dentro de frascos con etiquetas falsas.

Prince había estado tomando lo que creía que era Vicodin, un analgésico fuerte. Pero no era Vicodin. Las píldoras estaban mezcladas con fentanilo, un opioide 50 veces más potente que la heroína.

Prince nunca supo lo que estaba tomando.

La autopsia confirmó: sobredosis accidental de fentanilo. Según Usa Today, la investigación no encontró culpables. Nadie sabía quién le había dado las pastillas.

Nadie fue arrestado. Solo quedaba un hombre muerto en un ascensor y un mundo que lloraba su partida

Paisley Park se convirtió en un mausoleo. Sus fanáticos llenaron de flores la entradaLas radios del mundo entero comenzaron a sonar con “Purple Rain”.

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Nada de lo que hagas estará bien para muchas personas, pero ¿qué importa?…


La mente es maravillosa(C.Sabater/Imágenes cortesía de Isabelle Arsenault, Kristin Vestgard) — No lo hagas, no te estreses, no te amargues la existencia porque nada de lo que hagas estará bien para muchas personas.

 Pero, ¿qué importa?

Dejar de preocuparnos por lo que no vale la pena es ganar en salud mental, y es, ante todo, poner fin a esos pensamientos rumiantes que nos roban la energía y la tranquilidad.

Hemos de admitirlo, esa entrega constante hacia los demás es casi un acto reflejo en muchos de nosotros. 

Es como un tendón psíquico que durante mucho tiempo ha cumplido una función muy concreta en el ser humano: lograr ser aceptados por el grupo.

Porque quien piensa diferente o quien actúa mediante un egoísmo sano a veces queda aislado del gran rebaño de ovejas blancas. Y eso, para muchas personas puede ser traumático.

– Adaptación y autoestima

Mujeres serias

Por irónico que parezca, pensar en si lo que hacemos estará bien, cronificar esa entrega constante hacia los demás lo que consigue en realidad es cercenar nuestra autoestima y ahogar nuestras ilusiones.

Porque igual que hay complacientes absolutos, también abundan los depredadores sin escrúpulos.

Especímenes preparados casi instintivamente, para sacar provecho de esas personas para las cuales, la palabra “NO” no existe o está prohibida en su conciencia.

Por ello, lo creamos o no, la necesidad de ajustarnos casi a cada instante a expectativas ajenas es también una forma de autoagresión.

Poco a poco entramos en una compleja dinámica donde descubrir que estamos siendo manipulados, que decir “sí” es ya un acto reflejo imposible de controlar. La frustración, deriva en ira, la ira en desconsuelo y el desconsuelo en una depresión nerviosa.

“La autoestima no es tan vil pecado como la desestimación de uno mismo”

-William Shakespeare-

Nada es tan desolador como alzarnos como nuestro propio enemigo solo por no atrevernos a practicar el egoísmo sano, por pensar siempre silo que hacemos estará bien o no a los ojos de los demás. Te proponemos reflexionar sobre ello.

– Hagas lo que hagas no estará bien a ojos de muchos

Caer en la obsesión por cumplir cada cosa que esperan nuestras parejas, familia o jefes nos roba fuerza mental. Adelgazamos en recursos emocionales y psicológicos, e incluso desarrollamos un tipo de anemia existencial donde el tejido de nuestra autoestima queda seriamente afectado.

Lo más complejo de todo ello es que este sacrificio vital no siempre se ve recompensado.

No todo el mundo entiende de reciprocidad ni aprecia nuestros esfuerzos, pero aún así, seguimos invirtiendo en ellos.

Asimismo, esta dedicación mental no conoce los festivos ni los descansos al final de la jornada.

La sobrecarga psíquica en la que deriva la persona complaciente se intensifica con pensamientos obsesivos y con un refrito de diálogos internos dominados por el “si no hago esto es posible que…”he de hacerlo muy bien porque si no está perfecto puede qué…”

Hay que tener claro un aspecto esencial: este estrés continuado, basado en que cada vez asumimos más exigencias de las que podemos manejar, deriva muchas veces en el ciclo de la depresión.

Albert Ellis, célebre psicoterapeuta cognitivo, nos recuerda que este sufrimiento vital no se debe solo a esas personas que nos demandan, que nos exigen perfección y favores envenenados. Somos nosotros quienes con nuestras creencias irracionales intensificamos un sufrimiento que podría evitarse.

Una de esas creencias irracionales es pensar que la aprobación ajena nos valida como personas. Es posible que de niños nos lo hicieran creer así. No obstante, crecer, madurar y evolucionar es acercarse un poco más a uno mismo para descubrir que la única persona a la cual no debemos defraudar nunca somos nosotros.

Así pues, cuanto antes entendamos que en ocasiones, hagas lo que hagas no estará bien para muchos, mejor. Lograremos ir a la cama con una conciencia tranquila, sin peso alguno, sin ansiedades. Es un modo sensacional de invertir en calidad de vida.

– Aquello que hagas, que te haga feliz

No importa que no tengas gracia para contar anécdotas. Ni que te negaras a cursar esa carrera que soñaban tus padres. Tampoco importa que tus amigos se cuenten con los dedos de una mano o que rías de forma escandalosa. Nada importa mientras seas TÚ en toda su esencia, TÚ en cada palabra dicha, en cada acto llevado a cabo.

“Tú mereces lo mejor de lo mejor, tú eres una de esas pocas personas que en este mísero mundo, siguen siendo honestas consigo mismas y eso es lo que realmente importa”.

-Frida Khalo-

Cuando uno tiene la valentía de dejar a un lado la complacencia, emerge ese ser auténtico, pleno y maravilloso que todos llevamos dentro. Y a quien no le agrade que se de la vuelta. A quien no le guste que tome el camino opuesto.

Porque mientras haya respeto habrá convivencia. No obstante, tal y como hemos señalado antes, el primer paso está en respetarnos a nosotros mismos. Te explicamos cómo conseguirlo.

– Cómo dejar de ser una persona complaciente

mujeres representado aquello que hagas para ser feliz

Una persona complaciente es uno de los seres más amables que existen. 

Los demás lo saben, y a menudo le sacan partido.

Esto es lo que nos enseñan Richard y Rachel Heller en “Egoísmo sano: cómo cuidar de uno mismo sin sentirnos culpables” .

Un libro donde describen ese agotamiento mental y físico al que suele llevar este tipo de perfil comportamental.

  • El primer paso para dejar de alimentar dicha abnegación hacia los demás es reencontrarnos. Hay personas que llevan tanto tiempo ayudando, cuidando y complaciendo que han olvidado por completo cuáles eran sus pasiones, sus ilusiones. Aquello que les identificaba.

  • El segundo paso, una vez hayamos tomado conciencia de nuestros intereses y deseos, es empezar a practicar el egoísmo sano. Para ello, recuerda la siguiente regla: atrévete a decir “SÍ” sin miedo y “NO” sin culpa.

Al principio nos va a costar. Los actos reflejos no desaparecen así como así. No obstante, ten en cuenta este sencillo consejo: deja que discurran unos cuantos minutos entre la petición del demandante y tu respuesta, y procura que esta te haga feliz.

Ese será el momento en el que habrás dejado de ser un complaciente.

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Sirenas, la maldición de la geografía…


1
Un hombre en Puerto Lempira, 2014.

I

JotDown(A.Arce) — En el norte de Honduras, dos amigas llevan un restaurante pequeño, discreto, limpio y ordenado.

Vacío.

Que mira a una playa de palmeras, viento, aguas marrones y arenosas, ya revueltas incluso antes de la lluvia.

Sonríen ante la llegada de clientes.

Hablando quedito y con la segunda cerveza que, pese a los cortes de electricidad, está bien fría, ofrecen langosta.

Es mayo, la veda no se ha abierto aún. No lo hará hasta julio. Que no está permitido venderla —porque son crías— lo explican ellas mismas. Su sonrisa es sincera, en paz con la ley y con su ausencia, la realidad. Es barata, aquí son diez dólares el plato. En Estados Unidos o Europa, en función de la elegancia del lugar, sube hasta treinta dólares por pieza.

La cocinera dice que vienen de allá, de la Mosquitia. Se sirve «típica»: rodeada de tajadas, arroz con frijol y ensalada. «Se meten los misquitos al mar, bien abajo y tiran esa lanza que llevan».

Invitan a la cocina, que lo es de una casa, y muestran. Se saca del freezer, se pone en agua para que descongele y, al mismo tiempo, otra olla a calentar. Cuando el agua hierve —va haciendo mientras habla— se echa la langosta —un minuto o dos— y se saca para que el cascarón se ponga blandito. «Ponés una tabla y le pegás con una piedra, que no se vaya a romper», dice.

«Que se vaya descascarando despacito, porque tiene puya. Hay que saber. En medida con el cuchillo, para que saque la tripa. Ahí ya le añadimos el ajo y los condimentos».

Está deliciosa. Pero el deleite dura poco. Dos hombres entran en el local. Piden cerveza. Se sientan en la esquina de la barra. Se instala la desconfianza. Trabajan en el mar. Uno, de esos rubios de ojos azules, origen estadounidense, gorra calada hasta los ojos, hondureño de Roatán con el inglés como lengua materna, malencarado y desconfiado, dice que fue capitán de bote langostero.

Ya sabe lo que se pregunta, lo que se dice, sobre la langosta. Habla escueto, como si escupiera balas. El problema en Honduras es que no hay respeto, dice. No hay ley, dice. Mala industria, la de la pesca. Los buzos misquitos, sus accidentes, su culpa.

No hacen caso. En vez de ganar dinero trabajando, en vez de permitir que el negocio avance, buscan sacar dinero de los barcos. Se drogan, beben, dice. Tienen accidentes y luego piden para curarse. Luego calla. Cae la noche.

Otro bar en el puerto. Otra vez han cortado la electricidad. A la luz de una vela, apenas se distinguen las sombras de dos buzos. Brazos de piedra, hombros anchos. Misquitos de español quebrado. Sin trabajo hasta que termine la veda, en julio. Hablan de profundidad en el mar, de la necesidad de ir cada vez más abajo para conseguir langostas, de los capitanes y la presión por llevar producto a los barcos. De las prisas, del tiempo de inmersión.

De la subida veloz cuando se acaba el oxígeno y de los accidentes. Son pobres y hablan de ello. Piden dinero para comer, lo exigen, se ponen rudos, rodean, casi asaltan. Es La Ceiba, Honduras.

II

Llegar a Puerto Lempira supone sumergirse en un espacio hostil a la vida, con menos de tres habitantes por kilómetro cuadrado. La avioneta vuela desde occidente y hacia el sur. No hay carretera, el Estado nunca la ha considerado necesaria o no ha podido construirla. Hay que dejar atrás La Ceiba, la sierra presidida por el Pico Bonito, Trujillo, la Punta Caxinas y Puerto Castilla, sobrevolar la selva y pasar sobre los suampos, los pantanos planos e inundables que rodean el mar de la langosta.

Después, la sabana, de un verde degradado por el marrón, neblinoso. El lugar, vacío, es inservible para la agricultura e improductivo desde que los ingleses se llevaron la caoba y los estadounidenses el banano. Cuando el mar lo inunda queda la sal, que mata la tierra.

Por otro lado, muestra unas pocas señales de algo más: ha sido horadado en algunos puntos por los explosivos, que el Ejército de Honduras utiliza para inhabilitar las pistas de aterrizaje clandestinas de los narcotraficantes, cráteres de tres en tres y en línea recta. Por la Mosquitia pasa casi toda la cocaína que sale de Colombia y Venezuela en dirección a los Estados Unidos.

La Moskitia hondureña: biodiversa, costera y entre espejos de agua | IUCN
la Mosquitia hondureña

Puerto Lempira es abandono y soldados en cada calle, movimiento y gesto cansino. Son bicicletas y motocicletas. Alguna camioneta de cristales negros, muestra de poder. Es calor y polvo. De una lentitud pesada y mosquitos que a medida que cae la luz se meten en la boca y los ojos.

Ferreterías de espíritu fronterizo, superávit de misioneros e iglesias evangélicas de madera —muchas— entre pacas con inmensos sacos de ropa usada a precio de saldo y junto a comedores de menú único —rice and beans, pollo, tajadas, cerveza templada que al abrirse se bebe o se calienta—, montones de basura que humean en las esquinas e inmensos cerdos negros en las zanjas de aguas negras que recorren cada calle de la ciudad, mujeres cocinando en hornos al aire libre, niños que juegan desnudos en un lodazal de charcos antes del diluvio de cada tarde.

Pero Puerto Lempira es, sobre todo, una coreografía cruel, dolorosa pero obviada, de buzos enfermos que se arrastran en equilibrios imposibles sobre muletas medio rotas o en sillas de madera para inválidos que avanzan con la cadencia, poca, que los brazos son capaces de transmitir a la cadena que mueve las ruedas. Y mendigan. Nadie, ya, los necesita. Uno de ellos se protege de la lluvia bajo el marco de la puerta de un restaurante.

El hombre, de más de cincuenta años, quebrado el español, quebrados los ojos, quebrada la voz, cuenta que recicla latas, que necesita cien para comprar una libra de arroz. De aquí se ha llevado tres. Tres latas. Luego se va, pedaleando con los brazos, y su mujer camina a su lado, despacio, adaptándose al ritmo de la silla de ruedas.

III

Gabino Tetam tiene cincuenta y un años. Levanta una silla de plástico blanca con el esfuerzo y la lentitud de quien apenas camina. La coloca entre dos caracolas que extrajo del fondo del mar y que le sirven tanto de adorno como de memoria de otra época en la que vivía allí abajo, de lo que sacaba de allí abajo. Ahora trata de construir nasas con estructura de madera, una técnica importada de Jamaica.

Recuerda el accidente sentado frente a su casa en Kaukira, en la barra frente al mar que buceó desde los catorce. Fue en enero de 2010, tras treinta años sacando langosta del fondo del mar. «El tiempo estaba bien fresco, helado, había pasado el norte de Alaska. El profundímetro se me falló y me estaba marcando ochenta pies, pero no era verdad, al salir pregunté al muchacho del cayuco qué profundidad tenemos, y me dijo estamos como ciento y pico pies» (más de cincuenta metros). Entonces supo que «la parada de salida no la había hecho bien».

Y que el golpe siempre llega al salir a la superficie.

«Cuando estoy en el cayuco —continúa— me siento mareado y cuando estaba sentado y tomando mi pulso yo estaba sintiendo que no me estaba equilibrando y cuando me estoy acercando más al bote siento que el cuerpo se deja ir solo para el agua y me pongo acostado. Me desmayé». Ese es el golpe.

La primera medida para disminuir el golpe de la presión, como lo llaman, para equilibrar gases y fluidos dentro del cuerpo, es volver a bajar. «Fue como a las 11 de la mañana, todos los muchachos estaban almorzando y se alistaron a hacer parada de descompresión a la una y cuando nos tiramos al agua estaba lloviendo y yo con esa enfermedad no lo pude aguantar. Bajamos como treinta pies, pero el que me estaba acompañando se salió y, con eso de que estaba afectado, quedé más afectado».

El mal tiempo impidió que la lancha de rescate alcanzase el bote langostero en el que Gabino esperaba, dolorido y casi inconsciente, para llegar al tratamiento en Puerto Lempira, único modo de evitar la parálisis. «En la cámara [hiperbárica] hay que estar antes de veinticuatro horas, pero yo lo hice a las cuarenta y ocho horas. Tuve mucho conflicto para llegar a tiempo».

No hay rencor en su relato. Cobró doscientos cincuenta dólares al mes durante seis meses del dueño del bote. Después de treinta años trabajando, quedó abandonado a su suerte. «Fracasar es como decir ahí me pegó la paralización del buceo. Ya no puedo trabajar más y me quedo así, como decir postrado, ya no soy hombre completo, soy lisiado».

Se levanta de la silla. Arrastra los pies, no tiene fuerza, parece que se va caer en cualquier momento. Pero no lo hace. Avanza, con dolor pero sin pausa, hacia la nasa que construye. Tiene que comer.

IV

2
Una familia en Puerto Lempira, 2014.

El Departamento de Gracias a Dios, más conocido como la Mosquitia, fue el último territorio en incorporarse a Honduras en 1957. Con noventa y un mil habitantes, la gran mayoría misquitos, es el territorio más abandonado de un país duro. Donde el 66 % de su población es pobre y el 22 % extremadamente pobre. En la Mosquitia, el mismo 22 % es también analfabeto. Solo cuatro de cada diez personas pasan más de siete años en la escuela.

La mayoría de los buzos, todos misquitos, tiene grandes dificultades para hablar español. La renta per cápita media de este departamento abandonado es de poco más de mil dólares al año. Alrededor de ocho veces menos que la de la capital, Tegucigalpa. Si Honduras compite solo con Haití por el último lugar en la lista de los países más pobres del continente, esta región es, de largo, la más hundida del país. Hundida y dependiente.

El 26 % de las familias misquitas vive directamente de una sola industria, la que mantienen unos treinta barcos que extraen langosta por buceo para su exportación a los Estados Unidos.

Aquí hay diecinueve mil hombres entre los quince y los cincuenta años. De ellos, alrededor de dos mil son buzos ya incapacitados para el trabajo por el síndrome de descompresión. Al menos uno de cada diez hombres en edad de trabajar está paralizado por accidente laboral. Un estudio realizado en 2012 por el Centro de Ecología Marina, una institución hondureña, en colaboración con el Smithsonian Marine Station eleva esa cifra al 18 % de todos los varones en edad de trabajar.

Cuando trató de levantar un censo, localizó a mil ciento ochenta buzos lisiados y unos dos mil quinientos buzos activos. En 2016 la Asociación de Buzos Lisiados localizó a mil ciento cincuenta buzos lisiados en la mitad de los municipios y no tuvo fondos para visitar toda la región.

La doctora que lideró el conteo, Ana Paz, es quien estima que hay más de dos mil lisiados —una proyección estadística simple en un lugar donde nadie mide el dolor— y dice que pueden ser incluso más, que cada semana incorpora al menos dos expedientes nuevos a su archivo.

La cámara hiperbárica del hospital de Puerto Lempira, que trata a la mayoría de los accidentados, recibe ahora una media de cuarenta y cinco nuevos enfermos al año. El 37 % de los fallecimientos registrados en la región se debe a accidentes buceando. Entre cuatrocientos cincuenta y quinientos han muerto víctimas de ese accidente desde que se detectó el problema hace alrededor de una década.

Cientos más han agonizado —agonizan— durante años hasta morir de enfermedades relacionadas con su inmovilidad.

La mitad de los accidentados no ha recibido ninguna indemnización. El 40 % nunca recibió tratamiento médico tras el accidente.

Todas las cifras son conservadoras. Nadie centraliza la información desde 2012, año en que se publicó un informe de varias organizaciones no gubernamentales locales del que salen estos datos. El ingreso mensual medio de cada buzo es de quinientos dólares, durante los ocho meses del año que se permite la pesca de langosta. Esa cifra se diluye hasta desaparecer en un sistema de intermediarios que contratan a partir de adelantos usureros y financiando un fuerte consumo de drogas y alcohol en el trabajo.

Ante una realidad tan cruel, nadie defiende la continuidad de esta industria. Pero no hay opción. El debate ya tuvo lugar. Y, como siempre, se quedó en debate con fondos de consultoría internacional. El Gobierno de Honduras, presionado por la comunidad internacional, decretó el fin de la pesca de langosta por buceo en 2011. Le puso fecha: 2013. Como tantas cosas en Honduras.

El «fíjese que…», los matices y los peros han provocado que desde entonces se aprueben moratorias para permitir que la única actividad económica de la región continúe ante la ausencia de alternativas laborales para sus habitantes.

En la temporada que cerró en febrero de 2017, según la Secretaría de Agricultura y Pesca, Honduras exportó 1,7 millones de toneladas de langosta por valor de treinta y cuatro millones de dólares, con treinta barcos registrados. El 95 % de la langosta terminó en mesas de los Estados Unidos. En esa temporada, a la lista de los lisiados se sumaron cuarenta y cinco personas. Más de uno por barco, más de uno por cada millón de dólares de volumen de negocio.

V

PUERTO LEMPIRA, HONDURAS - 04 de: video de stock (totalmente libre de  regalías) 1098310297 | Shutterstock
Puerto Lempira

Cristóbal Colón llegó a la costa norte de Honduras en su último viaje, durante un invierno tormentoso de 1502.

Logró superar el cabo Gracias a Dios que hoy da nombre al departamento en el que se incluye la Mosquitia hondureña.

Varios años después, en 1508, Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz de Solís escribieron la palabra Honduras para nombrar el territorio.

Dicen algunos historiadores hondureños que quizás el lugar se llamaba Huntulha y de ahí la castellanización.

La bruma de la historia envuelve todo lo referente a esta esquina del continente.

Los españoles trataron de internarse en estas tierras desde el mar en varias ocasiones sin demasiado éxito ni interés.

Los habitantes de la zona sabían lo que sucedía con los pueblos a los que llegaban los españoles y no ofrecieron ninguna colaboración. Hubo guerras y abandono. La costa de los mosquitos cayó progresivamente bajo control de bucaneros británicos sin que Castilla hiciese mucho por evitarlo.

En torno a 1630 se convirtió en un protectorado británico que duró algo más de dos siglos. Coronaron a un rey local al que dieron un sombrero, ron, algunas armas, y le enseñaron a hablar inglés para que se enfrentara a los españoles. En Nicaragua vive aún un heredero de aquel teatro colonial cuyo argumento siempre ha girado en torno a facilitar la extracción de los recursos naturales de la zona.

En el parque central de Puerto Lempira y en protesta por el abandono de la Mosquitia ondea la bandera de aquel reino misquito —muy similar en sus rayas cruzadas azules y rojas a la del Reino Unido—, izada de nuevo, siglos después, en mayo de 2017, por el Consejo de Ancianos misquitos para llamar la atención hacia su realidad, como siempre con poco éxito.

No se sabe gran cosa de los habitantes originarios de la Mosquitia. Que hubo una civilización precolombina y que desapareció. Que abandonó una ciudad, la ciudad blanca, que hoy espera escondida en la selva. El origen de los misquitos —al menos una versión, ya que se trata un pueblo que no ha dejado ningún testimonio escrito de su pasado— está en los testimonios recopilados por los bucaneros ingleses.

Alrededor de 1640 hubo un motín a bordo de un barco portugués que trasladaba esclavos de Guinea a Brasil. Quisieron regresar a África, pero no sabían manejar el barco y naufragaron frente a la Mosquitia, donde fueron esclavizados por los indios kukra-sumo, herederos de los chorotegas, a quienes supuestamente habría pertenecido aquella ciudad blanca. Los misquitos actuales serían producto de ese mestizaje entre negros e indígenas. Pero nadie sabe a ciencia cierta.

Para protegerse, los caciques misquitos decidieron no dejar rastro escrito de su historia. Toda la costa del Caribe sigue hoy poblada por mestizos, zambos y negros descendientes de esclavos que, en su vida diaria, siguen llamando indios a todos los que viven en el interior.

VI

Los primeros misquitos en salir a formarse a Tegucigalpa lo hicieron en 1933 con becas de una junta militar. «Unos militares cayeron con un avión en un plano y se llevaron estudiantes becados», dice Jacinto Molina, un historiador local. Desde entonces, poco más que eso han logrado. Algunos maestros y muchos soldados. Algunas escuelas y centros de salud mal abastecidos.

Si el Estado de Honduras decidió llegar a instalarse definitivamente a la Mosquitia en la década de los sesenta fue para afianzar su presencia y no caer derrotado en el litigio fronterizo que mantenía con Nicaragua sobre los lindes entre ambos países. Pocos años después, también desde aquí, Estados Unidos influyó, armó, entrenó y envió hombres y armamento para luchar contra la revolución sandinista.

Molina habla, como todos los misquitos, de abandono, olvido, desprecio cultural y rapiña extractiva de los recursos naturales. Ya no queda banano, ya no queda caoba, se está acabando con la langosta y, en esa pelea por seguir produciendo y exportando, se está yendo la salud de los hombres que pueden trabajar.

De la cultura misquita, que fue animista, adoradora del sol, la luna o el trueno, pocos restos quedan. Apenas la percepción de que es necesario proteger los recursos de los que viven.

«Todos los seres vivos, llámense plantas, llámense animales, tienen dueño. Si un misquito va a ir a cortar un árbol de caoba tiene que poner al pie del árbol algo como pago antes de cortar. Ese árbol tiene dueño y, si no lo hace, ese dueño lo puede castigar». Y esa es la misma creencia que muchos aquí aplican con la langosta. «Los misquitos bajan a sacar y a cambio no dejan nada y el castigo cruel que envía la sirena es enfermarse y morir».

Misquitos: Ubicación, Historia, Cultura, Lengua y Mucho Más
Misquitos

Fueron los misioneros cristianos de la Iglesia morava quienes terminaron en el siglo xix con esa religión misquita, con su cosmovisión. Quienes mediaban entre los espíritus de la naturaleza que castigaban por robo de madera o pescado y la población eran los sukias. Expertos en botánica, fueron considerados brujos y equiparados con el demonio por los cristianos. Hoy solo sobreviven algunos ancianos, marginados, estigmatizados y en comunidades remotas que recuerden todo eso. El dolor, en cambio, continúa.

Los misquitos identifican sus males con una sirena, Liwa Mairin, que muchos hombres ven en el fondo del mar antes del accidente que les deja inválidos. Liwa Mairin es el ser que les castiga por robar lo que tiene dueño, por terminar con la tierra y los recursos del mar. También cuentan la leyenda del espíritu que llega en las noches a extraerles el corazón y los pulmones.

Que termina con ellos porque ellos terminan consigo mismos, dirigidos por la avaricia de los capitanes y dueños de barcos langosteros, que fueron antes las empresas de madera y banano. Que termina con ellos por dejarse llevar por la ansiedad que genera el falso maná del narcotráfico, en medio del desinterés de los Gobiernos de Honduras y Estados Unidos, consumidores finales de todo lo que por allí pasa.

No porque queden pocos sukias o las tradiciones desaparezcan muchos de los buzos dejarán de pensar que lo que les sucede es un castigo maligno en represalia por su comportamiento con la naturaleza y no un accidente laboral por no seguir las reglas del buceo, por la necesidad del destajo a cincuenta metros de profundidad para malvivir.

VII

Aparece silencioso, en una esquina. Las piernas le cuelgan inermes. En dos movimientos precisos, fuertes, ágiles, lanza una muleta hacia delante dentro de una zanja, hace pértiga y la cruza de un salto. Se llama Edgardo Bence. De piel morena, barbilampiño. Dulce, tímido, sonriente. Casi no se le oye. Casi no se le entiende. No sabe leer ni escribir. «Cuando yo estoy sentando así me molesta mucho porque el sangre no está bailando, así que yo soy caminante».

Saca un papel que alguien le ha escrito y con el que pide algo para comer. «Buceaba manguera, tanque, pulmón, pipa, máscara, valía. Los buzos misquitos tienen valor para morir». Sigue hablando en el español de los misquitos: «Yo saqué un huevo, saqué el corazón, cuando buceando, al agua salada agarró como así en el pulmón», y se levanta la camiseta para mostrar una cicatriz en el lado izquierdo de su pecho, justo debajo del corazón.

Cree, en realidad lo cree, tras bucear durante veinte años, que un espíritu llegó de noche para castigarle y le extrajo el corazón y el pulmón.

En realidad tuvo dos accidentes de buceo. Uno en el año 2000 y otro a principios de 2017. Muchos hombres regresan al mar tras el primer accidente, no tienen opción. El segundo siempre es peor. Algunos, como Edgardo, con la rehabilitación, pueden recuperar fuerza en las piernas. Pura fantasía, solo sirve, muchas veces, para forzarse hasta el tercer accidente. La alternativa es el hambre.

Recuerda que estaba a ciento sesenta pies. «El agua es muy sucio. Así que yo pensé era un poco seco pero yo bajando y bajando y no encuentro tierra y nosotros tenemos valor y lo miro en el reloj y ciento sesenta pies y cuando yo quiero salir, ya muy hondo, pero veo una loma, una piedra, bastante langosta caminando. Pas, pas, pas, yo lo recogí y salí, y en el cayuco, pom, mareado en mi cabeza, loco, me duele mi cabeza, me duele, le digo al cayuquero vámonos, yo ya estoy muerto».

A medida que aumentan la profundidad y el tiempo bajo el agua, la presión modifica los efectos que genera en el cuerpo la combinación de nitrógeno y oxígeno. Los pulmones se comprimen, los alvéolos dejan de funcionar correctamente y cambian las proporciones entre los gases que circulan por el cuerpo. Es entonces cuando el nitrógeno se impone sobre el oxígeno, ciertas células del tejido nervioso dejan de funcionar correctamente y la transmisión de información entre neuronas comienza a fallar.

La narcosis es un proceso gradual que deteriora el razonamiento, se altera la capacidad de toma de decisiones, se impone la confusión, llega el estupor, se pierde la memoria, cambian la visión y el oído o la percepción del tiempo y llegan las alucinaciones, las sirenas, ya inducidas culturalmente, antes de perder totalmente el conocimiento.

Edgardo dice que tiempo después del accidente llegó a donde vivía quien le había embarcado y le amenazó con prenderle fuego a la casa. Se fue con veinte mil lempiras de indemnización, unos ochocientos cincuenta dólares, más o menos cincuenta dólares por año trabajado. Ahora ofrece costurar ropa y zapatos por Puerto Lempira para mantenerse mientras intenta rehabilitarse. Y también, claro, mendiga.

VIII

3
Un pescador en la región de la Mosquitia, 2007.

Tras el accidente, ya lo hemos visto, los buzos suelen realizar una inmersión con la que tratan de compensar de nuevo los niveles de dióxido de carbono y nitrógeno en su sangre. Rara vez funciona. Los compresores instalados en los barcos langosteros que alimentan el aire de las bombonas con las que bucean los misquitos introducen eso, aire, y no oxígeno, en los pulmones de los pescadores de langosta. Aire sucio que, mezclado demasiadas veces con el humo de los motores, alimenta su delirio.

Además, para que esta medida funcione, existen tablas precisas que manejan el tiempo y la profundidad a la que hacerla. Con oxígeno puro. Cosas, ambas, que los buzos misquitos no conocen.

Cedrack Waldan tiene treinta y cinco años y es uno de los pocos misquitos con barba que uno puede cruzarse. Es el fisioterapeuta, alto, fuerte, vehemente, articulado, que maneja la cámara hiperbárica del hospital de Puerto Lempira. Por sus manos han pasado casi ciento cincuenta hombres accidentados. Los ha escuchado a todos. «Hemos salvado vidas, hemos mejorado la vida del buzo». Cuando uno pasa, renqueando, frente a la puerta, baja la voz, compungido.

«No lo hemos puesto en la condición que él quiere, pero por lo menos logramos que sea algo independiente». La cámara hiperbárica es un objeto de un blanco impoluto pero viejo. Ovalado, claustrofóbico, similar a uno de los primeros submarinos. Dentro, una camilla y varias claraboyas para permitir el contacto visual con quienes están fuera durante las horas, a veces hasta cuatro y media diarias durante dos semanas. Por la necesidad, en el interior se hacinan hasta cinco personas a la vez.

No es fácil aguantar dentro. «Cuando uno entra —dice Waldan— lo primero es que empieza a sudar, la voz se vuelve más fina por la propia presión, uno se siente liviano y, si no se ventila, uno puede deshidratarse ahí porque la calor es tremenda». Conectados a una bolsa de suero y a una sonda, los buzos tienen problemas para orinar y defecar, llegan a la última hora de cada uno de sus encierros sanadores con demasiado monóxido de carbono en la sangre y dependen para respirar del oxígeno externo a la cámara.

El problema de los buzos en su trabajo es que bucean demasiado tiempo. Cedrack sabe explicarlo. Bucean demasiados minutos a demasiada profundidad y salen demasiado rápido, presionados por la falta de un aire que agotan hasta el final, para apurar el tiempo de búsqueda de langosta, sin hacer las paradas de seguridad obligatorias. Ahí llega el golpe.

A más de cincuenta metros de profundidad aumentan los niveles de dióxido de carbono y nitrógeno en el cuerpo y se forma una burbuja en el torrente sanguíneo.

Cuando el tanque que están usando se termina, ya sea por apurar hasta el último segundo de trabajo posible o porque se pierde la noción del tiempo debido a la narcosis que provoca la mezcla entre la profundidad y la mala calidad del aire, la burbuja se va formando y, mientras salen a la superficie, avanza cual guillotina en dirección a los nervios de su médula espinal y asciende hacia la cabeza.

Se trata de una mala práctica profesional, por supuesto. Pero no es tan fácil como decir que no bucean bien y, por tanto, los accidentes son su responsabilidad.

En salidas al mar de incluso quince días seguidos, se imponen, les imponen, una jornada laboral de hasta ocho horas, mucho más larga que la que aceptaría un buzo bien formado y con salario, y suben a la superficie solo para cambiar de bombona y dejar matates cargados de langosta en su cayuco. Trabajan a destajo.

A setenta lempiras, unos dos dólares y medio por libra de langosta. A poco más de un dólar la langosta que vale diez en un restaurante de Honduras o treinta en el primer mundo. Cuanto más saquen en el tiempo limitado de que disponen, más ganan. Y es el único trabajo que tienen en todo el año.

El círculo del descenso a la precariedad se cierra porque cuanta más langosta se extrae del fondo del mar, menos langosta queda. Y la que queda se refugia a mayor profundidad. Por eso cada vez es más peligroso bucear.

Cuando ha llegado el golpe, y el buzo se desvanece, mareado entre intensos dolores musculares y de articulaciones, la única manera de salvarse es llegar a la cámara y hacerlo rápido. No siempre sucede. Sobre todo si están buceando a cientos de millas de la costa. O si no hay lancha rápida, o si la lancha rápida no tiene combustible, o si no está el piloto. O si el capitán decide que el estado del buzo no es tan grave como para perder dinero o tiempo de pesca.

«Vienen con sufrimiento, la vejiga inflada. Enema y enema y enema. Se sienten mal. Sufre el paciente y sufrimos nosotros», sentencia Cedrack. «Conmueve».

IX

El óxido, el calor y los aparatos estropeados contribuyen a la imagen de derrota. Un hombre joven está totalmente paralizado en una cama mientras alguien le mueve los pies. Otro, que aparenta estar entrando en la primera vejez, trata de caminar sobre dos barras de madera con la ayuda de su hijo, que le carga con desgana cada vez que llega al final de su corto recorrido. Cada vuelta es un dolor. Verlo es un dolor. Su cara es un rictus de dolor.

Otro está de pie, apoyado sobre una tabla. Tiene un cinturón de cuero a la altura del pecho y otros dos en las piernas, por encima de cada rodilla. Está atado. Por eso no se cae al suelo. Su cara transmite una inmensa tristeza. Tiene cuarenta y cuatro años, comenzó a bucear a los catorce y fracasó después de veintisiete años trabajando. Habla de su accidente, no recibió indemnización alguna. Quiere ir a Tegucigalpa para demandar a la empresa, no tiene cómo. Me pide que le lleve.

«Si me da algo el dueño del bote yo te doy para fresco», promete, serio. Vive en Kaukira, a cinco dólares de lancha —muchísimo dinero para quien no tiene nada—, y habla de lo que se le complica quedarse en Puerto Lempira una semana, por la necesidad de encontrar cuarto y comida para asistir a las sesiones de rehabilitación y fisioterapia.

Su depresión es profunda. «Estoy triste, hermano, cuando yo acuesto en mi cama muchas cosas vienen en mi mente. Hice cosas que Dios no quería, compré veneno que dicen matarratas, iba a hacer fresco, tomar para morirme, pero mi hija me quitó el vaso y lo botó. Saqué pistola con veintidós tiros y quería poner en mi cabeza, mis hijos me quitó pistola y lo vendió y con eso me dio comida».

Al menos, por ver algo de luz, cuenta más animado que le han quitado la sonda, que le molestaba mucho. Se abre el pantalón y muestra el pañal, verde, que, para él, en su situación significa que algunas cosas pueden mejorar algo. Y si aquí hay algo de luz es por apoyo mutuo.

El fisioterapeuta que les ayuda, Teófilo Vence, es una sonrisa que camina con dificultad, pero camina. Fue buzo, está lisiado. Y mientras un doctor voluntario lo rehabilitó a él, aprendió a rehabilitar a otros. Dice muchas veces que, si él pudo, ellos pueden. Y le creen. Por eso vienen.

X

En el hospital hay un solo psicólogo que es, de hecho, el único psicólogo en todo el departamento. Al menos habla misquito y puede comunicarse con sus pacientes. Se llama Dexter Allen y tiene veinticinco años. Dice que la depresión es colectiva, regional, cultural, de pueblo.

Que el individuo sufre crisis ansiosas recurrentes provocadas por el paso de ser independientes y llevar el sustento a su mujer e hijos a ser totalmente dependientes del cuidado de sus familiares, cuando los tienen y estos aceptan hacerse cargo, lo que no siempre sucede. Dice que, más que tratar una enfermedad, su trabajo es educar para convencerles de que tienen una enfermedad.

Que ellos no lo aceptan, no se adaptan a su nueva vida y que muchos no acceden al tratamiento de cámara hiperbárica porque achacan el síndrome de descompresión al castigo de un ser sobrenatural y no están preparados para entender que el problema es físico.

XI

En 2003 la Asociación Misquita de Buzos Lisiados presentó una demanda colectiva contra el Estado de Honduras. Llegó a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Firmaron la demanda cuarenta y nueve hombres. Veinticinco ya han muerto.

Por ahora, lo único que han conseguido es una pequeña clínica en la que una doctora, Nuria Paz, de veintinueve años, un enfermero y una enfermera atienden a los buzos con poco más que el cuadro básico de medicamentos, sin equipos de rehabilitación y trabajando aunque a veces sus sueldos tarden meses en llegar. Y también aquella lancha que debería transportar a los buzos a la cámara y que cuando tiene piloto no tiene gasolina y cuando tiene gasolina no tiene piloto.

La doctora Paz habla de largo plazo, de una enfermedad progresiva. «En el momento se trata de revertir un poco los daños y se logra». Cuando llegan a la cámara hiperbárica a tiempo y siguen un proceso de rehabilitación. «Salió inconsciente y con descontrol de esfínter y mejora». Así es como ven a los pacientes quienes los ven por primera vez.

«Pero luego vuelven atrás», explica. «Si no están activos, pierden fuerza, sensibilidad, regresan los calambres, se sienten duros, rígidos, y vuelven a la situación original». Lo peor les pasa a los encamados. Y hay cientos. Solo hay que caminar por cualquier aldea de la Mosquitia y preguntar. Están ahí, tirados en el suelo de sus casas.

«Llegan las úlceras por decúbito y a eso súmele que no tienen buena irrigación sanguínea, súmele que pasan orinados, defecados, infectados con bacterias… un todo que va haciendo de ellos… hasta el shock séptico, hasta el momento en que mueren».

Se olvidó de una cosa. «Súmele la desnutrición. Muchos acaban desnutridos».

XII

En los países empobrecidos vive gente en los basureros. Los pepenadores viven de lo que la gente arroja. En Guatemala, en Honduras, en Nicaragua, hay comunidades enteras que viven sobre los restos, exprimiéndolos como un recurso más. En la Mosquitia están los sacabuzos. Los dueños de esos cuarenta barcos langosteros, como sus capitanes, como los de las plantaciones de azúcar en Guatemala, por no ir lejos, no se mezclan, no bajan, no reclutan, no atienden.

Siempre, desde la época colonial, desde el inicio de todo esto, ha existido la figura del capataz, del intermediario, del encomendero, como se llamaba en tiempos de la Corona de Castilla. Los sistemas de explotación no son fáciles de explicar. Nadie quiere reconocerse en ellos.

Sentado a una mesa en Puerto Lempira, Gustavo Martínez, un sacabuzos de cincuenta y cuatro años, habla en general, sin relacionar lo que dice consigo mismo, insistiendo varias veces en eximirse de lo que va a contar, que, paso a paso, coincide con la misma historia repetida por varias personas en varios lugares. La primera idea es, siempre, la culpa de la víctima. «La mayoría de los buzos son viciosos. Se han arruinado con la droga, con eso que han fumado. La marihuana y el crack».

Como resumen, el trabajo del sacabuzos, el sistema, es este: es el hombre de confianza del dueño del bote. A él se le gira el dinero. El sacabuzos da adelantos. Para comida, primero, y también para droga. «Si no hay adelanto, no vienen», espeta como suerte de justificación. Pero a veces ese adelanto equivale a la mitad de todo lo que pueden llegar a ganar en un embarque de dos semanas, que nunca superará los quinientos dólares.

Cuando el barco va a zarpar, se junta a los hombres, unos setenta de media en cada bote langostero y se sale al mar en una lancha para embarcar. Durante esos días en el mar, gran parte del dinero se va en bebida, en droga —hay que aguantar ahí metido quince días de inmersión— y, como varios relatos detallan, hasta en lanchas con mujeres que salen de Kaukira hacia los cayos alrededor de los que fondean los barcos. El sacabuzos espera a bordo mientras los buzos sacan langosta.

Apunta las capturas de cada hombre, lleva cuentas, organiza, provee, aumenta la cuenta. Y días después, una vez en tierra, cuando se ha vendido la mercancía al exportador, recibe una transferencia del propietario del bote. Con esa transferencia convoca a los buzos y, previo descuento de los adelantos para comida —y droga y bebida y mujeres—, incluido el interés —nadie presta dinero gratis—, les paga lo que les quede en la cuenta. Si es que queda algo.

Este sistema de trabajo tiene siglos de antigüedad y ha recibido varios nombres a lo largo de la historia. Ninguno de connotación positiva.

XIII

Victor Wolfgang von Hagen en 1984

Uno de los mejores textos sobre la Mosquitia fue publicado en 1940 en la revista de la American Geographical Society. Su autor, Wolfgang von Hagen, viajó por el territorio durante cinco meses patrocinado por quienes exportaban madera.

Ya entonces explicó que aquí todo sucede contra el tiempo y los misquitos. Auguraba que llegaría el fin de la explotación de la madera y la del banano, en las que la población originaria trabajó sin salarios durante décadas, para otros, y que, cuando en la tierra ya no quedara nada de lo que apropiarse y sus habitantes hubieran perdido su cultura y con ella su capacidad de relacionarse con su entorno, comenzaría una regresión social que terminaría con ellos.

Pero Von Hagen se equivocó en algo. Tras madera y banano, el extractivismo no terminaría. Se renovó y transformó para continuar depredando con voracidad. Esa regresión social anunciada por Von Hagen —la desaparición del pueblo misquito— está sucediendo: es una mezcla de aculturación, pobreza, droga, alcohol, nitrógeno, presión, alucinaciones, explotación laboral y un intenso y sordo sufrimiento colectivo contra los que el Estado no ha querido o no ha podido actuar.

En la Mosquitia, la historia es recurrente, violenta y sigue impuesta desde fuera, para mayor abandono de la población, que no es ya, que no ha sido nunca, más que otro recurso que explotar.

Von Hagen no predijo que en 1970 llegarían los barcos langosteros a la costa misquita. Y unos años después, a esa misma costa, las avionetas y las lanchas rápidas del narco, para alimentar una nueva —otra más— utilización de los misquitos. Y que con ella, contra su cultura, ya casi desvanecida, irrumpirían en este pueblo visiones delirantes de una modernidad deletérea. Mitos de los que la Mosquitia nunca ha estado exenta y que parte de la población cree a pies juntillas.

Mitos como el que extienden desde los púlpitos evangélicos de sus pequeñas iglesias de madera algunos pastores, bien pagados por los traficantes, para que sus fieles crean que la cocaína es el maná que Dios envía por mar y cielo para alimentar a una población necesitada de todo.

No en vano, si de la historia misquita queda algo, es poco más que la idea de un castigo, siempre mutante en los detalles pero siempre el mismo: el de atacar y extenuar a la naturaleza, terminar con la tierra y sus recursos. El de usarla, aunque solo sea como lugar de paso, como geografía maldita.

XIV

La laguna de Caratasca es el centro neurálgico de la Mosquitia. Une —o separa, en función del acceso a transporte que se tenga— la capital, Puerto Lempira, con las aldeas de la barra, las de las playas larguísimas y abiertas, las que dan a esta parte del Caribe, al mar de la langosta, también de la cocaína.

La laguna se pasa a golpes de una lancha que cae como piedra sobre olas que la elevan de nuevo para dejarla caer otra vez. Lo hace como si en cada golpe fuera a partirse en dos, bajo lluvia y viento efímeros, que refrescan lo que tarda en secarse la ropa, no mucho, antes de volver a la humedad pegajosa sobre la que crece el paisaje de palmeras y caballos que corren libres y vegetación y pájaros exóticos.

Si en Kaukira los caballos corren libres, es quizás en homenaje a lo que significa en misquito. Kaukiro es ese ser mitad caballo, mitad hombre, que habitaba en los bosques de la región. Ahora, al llegar a Kaukira, de acuerdo con los tiempos, quien recibe es una mujer, pequeña pero fuerte, enérgica, con una sonrisa ancha como la barra que habita y que no se mueve a caballo sino a lomos de una moto de cross.

Se llama Glennys, tiene veintisiete años, lleva una camiseta de la selección hondureña de fútbol, chapas de identificación militar al cuello y es comerciante de lo que haya, sobre todo medusa. Ofrece comida y cama a los viajeros. De padres indios, es decir, hondureños del interior, nació y creció en el lugar, habla el idioma, comprende. Nos acompaña por Kaukira. Su relato es desolador. No en vano repite que su abuelo llamaba a los misquitos «los abortos de la tierra».

Mirando al mar, desde una cabaña de madera, se cuenta la historia del lugar, hoy. Las lanchas rápidas que llegan de Colombia, Venezuela o Panamá se descubren perseguidas por la fuerza naval hondureña. Por aquí ha llegado a pasar hasta el 87 % de la cocaína que sale del sur y llega a Estados Unidos por Honduras, Guatemala y México. Al ver a la autoridad, las lanchas pican motores y aceleran. Tiran la droga, que flota, al mar. Pocos días después, los fardos llegan a la playa. O a los cayos cercanos, a los fondeaderos en los que los buzos extraen langosta. Está la langosta que se come y la «langosta blanca», que se esnifa.

Pasa en toda la costa, no solo aquí, dice Glennys. «¿Esa gente que camina por la playa?», pregunta, y se responde: «Así se pasan todo el día y la noche, caminando y esperando encontrarse un fardo de cocaína. Hasta los niños dejan de ir a la escuela. Los jóvenes no buscan trabajo. Es mejor perder tiempo buscando droga, aunque sea como encontrar una aguja en un pajar, que buscando empleo, que no hay».

Dice que es cuestión de suerte. «Tengo un tío que tiene años de caminar la playa y no se ha encontrado ni un paquete, y estos años ha habido personas que han hallado muchas veces, y una dice: ¡Coño, que suerte la de este hombre! Como que viene firmada para él». Esa suerte, pocos la esconden.

Caminar por Kaukira supone descubrir sin esfuerzo ni dedos que señalen cómo, entre casuchas de madera e iglesia evangélica, emergen casas nuevas, relucientes, recién construidas, con cuatrimotos y picop a la puerta. Y el relato de quienes allí viven, con jacuzzi y aire acondicionado, sobre todo el aire, que aquí, sin energía eléctrica constante, marca la diferencia, el poder de mantener en funcionamiento un generador que no falla.

Un paseo por Kaukira supone, también, ser testigo de cómo todos se saludan. Se conocen, saben. Todos. Es pequeño el pueblo. Cuando llegan esos fardos, hay que tener cuidado. Dice Glennys que, en el trayecto de la playa a la casa, para esconderlo, ya se ha dado que a uno lo maten, lo linchen para quitárselo.

Que, cuando un barco langostero ha encontrado uno, ha tenido que repartirse entre todos. La amenaza de la delación es real. Y lo peor no es la delación ante el ejército o la policía, sino ante los compradores. Lo deja claro. «Hay personas civilizadas que dicen: te vi que agarraste y dame mi parte o nos morimos o nos morimos».

Laguna de Caratasca - Wikipedia, la enciclopedia libre
La laguna de Caratasca 

Una, dos, tres semanas después de que caiga el fardo, algo que sucede al menos una vez al mes, llega el comprador, con dinero en efectivo, a por su mercancía. Ese día cierran el pueblo y reparten. Vuelan los billetes de quinientas lempiras. Sonríe; a fin de cuentas, es comerciante. «Eso ha afectado el valor de las cosas aquí, que son dos o tres veces más caras que en la ciudad. Si un articulo cuesta cien lempiras y les pides trescientas, te las dan porque es un dinero fácil que han agarrado.

Y como lo tienen y tienen mucho lo hacen». Pero no se equivoca. La mayoría de la gente ni casa se ha hecho. Cierra uno una cantina y se bebe y consume el dinero hasta que se le acaba. Y vuelta a empezar. Glennys habla y, a su lado, dos jóvenes fuman crack. Otros se meten coca pura. De la de fardo. Porque todo eso, claro, si pasa, también se queda.

Y engancha. A los buzos. Que, si no tenían suficiente con la narcosis del nitrógeno, el aire sucio y el tiempo excesivo a demasiada profundidad, descubrieron que el crack y el perico les quitaban el miedo y les ayudaban a aguantar las largas horas de angustia, agotamiento y oscuridad a cien pies de profundidad.

En el idioma de Glennys, «el perico, la mota y el chupe ha hecho a mi pueblo haragán y el dinero mal habido no construye hospitales, al final cuando uno tiene que morirse, ni para llegar a Puerto Lempira le queda y en casa sin médico se muere». Glennys gestiona también esas lanchas que salen con suministros desde Kaukira a los barcos langosteros.

Por eso sabe lo que ganan y consumen los buzos. Habla de los sacabuzos. «Mala gente», dice, pero trabaja con ellos. Cuando quiere cobrar lo que envía a los barcos, no se lo reclama a los buzos sino a los sacabuzos. No tiene dudas, hay buzos que salen de sus embarques de la langosta sin un solo lempira. Se lo han consumido todo mientras trabajaban.

XV

Por todo eso, ante una casa de madera ya de tan vieja ladeada, inestable sobre pivotes alzados sobre el suelo en espera de la inundación y que ejerce de centro cultural misquito, se reúne semanalmente el Consejo de Ancianos del pueblo misquito. Sentados en círculo, reverenciales, jerárquicos, obedientes, alrededor del más anciano. Y tienen un plan. Con respeto y parsimonia muestran dos fotos ploteadas, impresas a definición mediocre sobre plástico.

Son las de los antiguos reyes misquitos. Se advierte en ellos el rasgo barbilampiño, oscuro, de nariz entonces más ancha que ahora, menos mestiza, el pelo rizado y los uniformes hechos a mano. Fueron reino. Es la prueba. Protegidos por Gran Bretaña. Quieren volver a serlo. Porque Honduras no les ha dado nada más que invasión extranjera, ejército. Y, sí, algunos maestros.

Cecilio Tatallón es el presidente, ceremonioso, anciano. Le cuesta expresarse sin traducción. Pero, a su lado, Félix Espinosa, robótico y sintético, resume, ante el asentimiento colectivo. «Aquí antes no había barcos pesqueros, se pescaba con arpones anzuelos para el uso racional de la familia de cada uno. Desde que han venido los barcos en 1971 hay muchas consecuencias. Nuestros ancestros han venido enseñándonos que el mar tiene dueño, los bosques tienen dueño.

A los jóvenes antes les aconsejaban. Si uno pesca demasiado es llevado por Liwa Mairin, el espíritu que vive en el mar. Ella —la sirena— castiga a esa persona que explota exageradamente los recursos. Pero llega la plaga de lo extranjero, de su ejército y de su religión, que dice que nuestras costumbres son satánicas y el resultado es la desaparición de nuestro pueblo».

Ha dicho. Dan por levantada la reunión. Caminan al Parque Central e izan, ceremoniosamente, la bandera del pueblo misquito. Son apenas una docena. Dignos, solos. A su alrededor, la vida sigue.

  • Epílogo

A pocos metros de la Asociación de Buzos está la base de la Fuerza de Tareas del Ejército de Honduras que lucha contra el narcotráfico en la región. El coronel al mando, reacio y desconfiado, recio y atlético, de gafas sin montura y raya, perfecta, al lado, nos da paso, en ropa de deporte —le hemos interrumpido antes de su carrera diaria— a un despacho que, de entrada, lo dice todo. Ni grabadora ni libreta, pide, y revisa que se queden lejos ambas.

El espacio, frío, funcional, de militar que trabaja sobre un iPad y un iPhone, no lo preside Juan Orlando Hernández, jefe del Estado, tampoco el jefe del Estado Mayor, sino un retrato kitsch del general Policarpo Paz, uno de los primeros militares hondureños que llegó a la Mosquitia. Un general que lideró una junta militar de gobierno a finales de los años setenta.

Como todo militar, político, además ha colgado alguna escena bucólica de indígena ante puesta de sol y, en algún momento de una conversación insustancial, responde como militar entrenado, citando artículos de la Constitución de la República que lee en la voz alta trabada de quien no está acostumbrado a leer. Habla, también, de inteligencia emocional y aquel best seller de los noventa. Muchos militares necesitan citar libros, mostrarse, justificarse, antes de que emerja su auténtico yo.

Su trabajo es contra la droga. La culpa es de los misquitos, que les ayudan. A los narcotraficantes. «Haraganes» es la palabra más suave para referirse a los habitantes del lugar. Hoy ya no se trabaja con archivos en papel. Ni siquiera sobre computadora, sino con ese gesto de pasada rápida sobre las fotos del teléfono. Comienza mostrando imágenes protocolarias de pistas de aterrizaje reventadas con explosivos en línea, las mismas que se ven desde al avión, y se viene arriba.

«Esta, por ejemplo, la tenemos controlada y vamos a esperar a que les llegue la avioneta para caerles encima», dice. Después, un vídeo en blanco y negro tomado desde un helicóptero en el que se ve lo que Glennys contaba, las lanchas tirando los fardos al agua, decenas de personas recogiéndolos. Ahí se crece, duda. Revisa, pasa por encima sus fotos de vida diaria, en casa, deportista, en bicicleta de montaña, y llega al final, al premio. Se ha crecido.

Hinchado el pecho, muestra la imagen de una explosión, fuego. Y, luego, una avioneta derribada. De bandera panameña, va cargada de fardos. Algunos no se han quemado. Llevan una esvástica roja dibujada. La marca del propietario, explica. Y dos cadáveres. Los pilotos. Quemados.

Es un sádico. Pasa una y otra vez sobre los cuerpos carbonizados. Amplía la imagen con ese movimiento de dedos que se juntan sobre el punto de la foto a expandir y se retiran deslizándose para que se vea mejor, ya en grande. Se cree muy macho. Porque uno de los cuerpos carbonizados ha estallado y su bajo vientre, que emerge sobre la carne quemada, destila algo de color rosa. Está orgulloso de mostrar los testículos intactos del piloto. «Se creen muy valientes», dice. «Pero nosotros siempre ganamos».

No es verdad. No ganan. La cocaína sigue pasando. Y, además, sus métodos son turbios. Dice que la avioneta se estrelló. Ya. Por eso llegaron a tiempo de grabar la explosión. Por eso lo muestra.

No porque se muestre orgulloso de un accidente. Hace años Estados Unidos, que colaboraba con Honduras facilitando la información de sus radares, le dijo a Honduras que es ilegal derribar avionetas en vuelo. Los hondureños prefirieron perder la información de los radares antes que cumplir la ley, y hacen lo que saben, lo que siempre han hecho, disparar y derribar.

Desde entonces, por más presión que las fuerzas armadas pongan en el lugar, ya sin radar, las lanchas y avionetas del narcotráfico son agujas en un pajar.

¿Los misquitos izando su bandera?

«Sí —dice—, mandé a sacar fotos».

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La Biblia del Diablo: Un manuscrito medieval gigantesco y misterioso…


Codex Gigas, abierto en páginas que muestran al Diablo y la Ciudad Celestial. 

Ancient Origins(A.McDermott) — Hay tres preguntas importantes sobre el Codex Gigas, más conocido como «La Biblia del Diablo», y son: ¿quién lo escribió, por qué y por qué es tan grande?

Algunos dicen que el Códice fue inspirado por el mismo Satanás. Otros dicen que el enorme libro ha sido malinterpretado y que su verdadero propósito es advertir a la gente sobre los malvados propósitos del Diablo. Ambos bandos dicen que su inmenso tamaño tiene como objetivo captar la atención de la gente, para que presten más atención a su mensaje.

La  Biblia del Diablo es famosa por dos características: su tamaño y su representación única del Diablo  a toda página. Se la conoció como el Codex Gigas, «libro gigante», debido a su inmensidad. Es tan grande que se necesitaron más de 160 pieles de animales para hacerlo y es tan pesado que se necesitan dos personas para levantarlo.

Mide 36 pulgadas (91 cm) de alto, 20 pulgadas (50,5 cm) de ancho y casi nueve pulgadas (22,86 cm) de grosor. Pesa 165 libras (74,8 kg). Es tan grande que probablemente sea más preciso decir que fue construido, como una especie de monumento medieval, en lugar de simplemente escrito.

El Códice Gigas en 1906.

– Orígenes legendarios del Codex Gigas

Según la leyenda, el manuscrito medieval fue creado a partir de un pacto con el diablo, por lo que a veces se lo conoce como la Biblia del Diablo. La uniformidad de la escritura sugiere que fue escrito por un solo escriba y las historias dicen que estaba bajo una enorme presión cuando creó el libro.

La leyenda que se esconde tras la creación del Codex Gigas cuenta que fue obra de un monje, a veces llamado Herman el Recluso, que fue sentenciado a muerte emparedado vivo por romper sus votos monásticos .

Como último recurso para sobrevivir, hizo un trato: crearía un libro lleno de conocimientos del mundo a cambio de su vida. Su propuesta fue aceptada, pero su libertad de morir solo le sería concedida si el monje conseguía completar el monumental manuscrito en una noche.

La única manera en que el monje podía verse a sí mismo completando la insuperable tarea era con la ayuda del Diablo. Después de vender su alma, el escriba pudo generar la energía frenética e impía necesaria para cumplir la orden y obtener su libertad.

Supuestamente, este pacto con el Diablo  explica por qué el Príncipe de las Tinieblas está representado de forma tan destacada en el códice. Pero se desconoce el origen de este mito y no hay pruebas que sugieran que el autor del libro quisiera glorificar a Satanás de ninguna manera (la representación que hace el autor del Diablo lo retrata como un monstruo salivante y sediento de sangre).

Versión mejorada de la imagen del Diablo del Codex Gigas.

– ¿Cómo se hizo realmente el Codex Gigas?

Aunque la historia de un pacto con el diablo es bastante inverosímil, el análisis del nivel de uniformidad del texto latino sugiere que fue escrito por un solo escriba. Esa persona puede no haber sido Herman el Recluso, pero probablemente fue un monje del siglo XIII que vivió en Bohemia , una parte de la actual República Checa.

Según National Geographic , una persona habría necesitado trabajar día y noche durante cinco años para recrear a mano el contenido del Codex Gigas (excluyendo las ilustraciones).

Por lo tanto, siendo realistas, el escriba habría tardado al menos 25 años en crear el códice desde cero. Sin embargo, durante todo este tiempo, la escritura conservó una uniformidad increíble de principio a fin, sin vacilar en absoluto a causa de la edad o la mala salud. Esta puede ser la inspiración para la leyenda que dice que el monje lo escribió en un solo día.

Originalmente, la Biblia del Diablo estaba compuesta por 320 páginas de pergamino creadas con la piel de 160 burros, pero en algún momento de su historia se le quitaron diez páginas. Se cree que esas páginas eran la Regla de San Benito , una guía para vivir la vida monástica en el siglo VI.

– ¿De qué trata realmente la Biblia del Diablo?

El Codex Gigas contiene una traducción latina completa de la Biblia, así como otros cinco textos importantes. Comienza con el Antiguo Testamento y continúa con las «Antigüedades de los judíos» de Flavio Josefo (siglo I d. C.); la «Enciclopedia Etimológica» de Isidoro de Sevilla (siglo VI d. C.); una colección de obras médicas de Hipócrates , Teófilo y otros; el Nuevo Testamento; y «La Crónica de Bohemia» de Cosmas de Praga (1050 d. C.), la primera historia de Bohemia.

Página del Códice Gigas que podría representar a Flavio Josefo. Se trata del único retrato de una persona que aparece en el códice.

También se incluyen en el manuscrito textos más pequeños , siendo los más famosos aquellos escritos sobre exorcismo , fórmulas mágicas y un calendario con una lista de santos y personajes bohemios de interés y los días en que se les honraba.

Como se trata de un  manuscrito iluminado , se encuentran ilustraciones y decoración por todo el Codex Gigas. Muchos de los dibujos son impresionantes, pero los más famosos son los dibujos a página completa del Diablo y la Ciudad Celestial , que se yuxtaponen entre sí.

Detalle del retrato del Diablo en el Códice Gigas.

El Diablo es representado como una figura grande y monstruosa que ocupa la totalidad del Infierno . Está dibujado con grandes garras en las puntas de los brazos extendidos, cuernos con puntas rojas, pequeños ojos rojos, una cabeza verde y dos largas lenguas rojas. Se lo muestra agachado entre dos grandes torres y viste un taparrabos de armiño .

Este material era utilizado generalmente por la realeza y puede ser un guiño al Diablo como el Príncipe de las Tinieblas. Aunque los retratos del Diablo eran algo común en el arte medieval , su representación en el Codex Gigas se destaca por presentarlo completamente solo en una página grande.

Frente al Diablo hay una representación a página completa de la Ciudad Celestial. Se muestra en hileras de edificios y con torres detrás de muros rojos. También hay torres que sobresalen de los muros y la Ciudad Celestial está bordeada por dos torres más grandes, como el retrato del Diablo. Esta imagen probablemente tenía la intención de inspirar las ideas de esperanza y salvación y contrastar con la naturaleza malvada del Diablo.

En conjunto, el retrato y la ciudad probablemente pretendían ser una reflexión sobre lo que te aguardaría si vivieras una vida buena o mala. El texto que está antes de la Ciudad Celestial se refiere a la penitencia y el texto que está después del Diablo trata de los exorcismos .

Cabe destacar que el Diablo y la Ciudad Celestial son las únicas ilustraciones que ocupan páginas completas en el Codex Gigas, por lo que está claro que el mensaje que pretendía transmitir el autor aquí, fuera cual fuera, se consideraba de vital importancia.

La ciudad celestial en el Códice Gigas.

– La historia conocida del Codex Gigas

Como ya se ha dicho, se desconoce el verdadero origen del Códice Gigas. En el texto hay una nota que indica que el manuscrito fue empeñado por los monjes de Podlažice en el monasterio de Sedlec en 1295.

Desde allí se lo encontró en Břevnov, cerca de Praga . Dado que los monasterios asociados con la historia temprana del Códice Gigas estaban ubicados en Bohemia y el texto hace referencia a la historia de esa zona, se acepta generalmente que también fue creado en Bohemia .

La siguiente mención del Codex Gigas se produce cuando Rodolfo II lo llevó a su castillo de Praga en 1594. Allí permaneció hasta el asedio sueco a Praga al final de la Guerra de los Treinta Años en 1648. El ejército sueco saqueó la ciudad y uno de los tesoros que se llevaron fue el manuscrito medieval. Así fue como acabó en Estocolmo.

En 1877, el Códice Gigas pasó a formar parte de la colección de la Biblioteca Nacional de Suecia en Estocolmo, donde se conserva hasta hoy. Las historias y leyendas dicen que el Códice Gigas estaba maldito y que acarreaba desastres o enfermedades a quien lo poseyera durante su historia.

Afortunadamente, la Biblioteca Nacional parece inmune a la maldición del códice , ya que sigue siendo una exposición popular que atrae a muchos visitantes.

El Códice Gigas

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Las leyes del prójimo y de las generaciones…


La constitución corporal y su herencia, 1923, Institución Carnegie de Washington, EEUU

MEER(A.R.Contreras) — La muerte no siempre nos sobreviene. Está inscrita en la vida. Las células albergan en su código genético la fecha programada de su muerte. La biología ha descubierto la apoptosis como un mecanismo normal de la vida. Se piensa que ésta constituye un mecanismo biológico de control para células anormales.

En el cuerpo humano cada célula debe vivir para el conjunto. Nos maravilla la capacidad de reproducción y crecimiento de una célula. Pero cuando dicha célula no coopera con las otras convierte el crecimiento en expansión y ésta en muerte. Es el cáncer. Su individualidad no es política, es decir, no puede reclamar derechos de autonomía.

Por ello debemos analizar con gran cuidado toda metáfora biológica de la sociedad y del cuerpo político en general. Es como si un principio de egoísmo biológico se apoderara de la célula cancerosa, cegándose a sus células próximas y a todo su entorno. En la historia reciente de la ciencia el proyecto del genoma humano causó gran expectación.

Se creyó que los genes constituían las unidades mínimas de información de la vida, sus “bits”, con los cuales podríamos sintetizar cada proteína y con ellas, la totalidad del cuerpo humano. De la mano iría la curación de toda enfermedad heredada, pero también una ilimitada posibilidad de diseñarnos.

La decepción llegó pronto: aun poseyendo el mapa completo de los genes su mecanismo de expresión (el paso del genotipo al fenotipo) seguía siendo un misterio. No sólo había una compleja interacción entre los genes, sino entre ellos y su entorno.

El desarrollo del individuo biológico poseía una globalidad que no podían explicar los genes, pensados inicialmente como átomos biológicos o las letras del alfabeto de la vida.

Uno de los más entusiastas defensores fue Richard Dawkins, quien no dudó en concederles personalidad a los genes. Su libro más famoso lo tituló El gen egoísta y nos hablaba, en una tónica neodarwinista ya clásica, de la lucha de cada gen individual por perpetuarse en la descendencia.

Cada átomo de vida luchaba a muerte como los individuos de la sociedad salvaje que describía Hobbes en el Leviatán. Según este temprano teórico político inglés los primeros humanos, sumidos en el “estado salvaje de naturaleza”, eran completamente ajenos a toda cooperación.

Paolo Veronese, pintor renacentista italiano afincado en Venecia, (1528 - 1588), Italia.— Individualidad, finitud, muerte y amor son inseparables. Más amplio que el nacer y ser para la muerte es el amor, porque las conjuga a ambas
Paolo Veronese, pintor renacentista italiano afincado en Venecia, (1528 – 1588), Italia.— Individualidad, finitud, muerte y amor son inseparables. Más amplio que el nacer y ser para la muerte es el amor, porque las conjuga a ambas

Ellos vivían para sí, encerrados en un acérrimo egoísmo, luchando todos contra todos.

El resultado era una vida corta, bruta y violenta.

Hobbes dice que para detener la autodestrucción era preciso instaurar una figura de poder superior que diera cohesión a los individuos guerreros.

Lo llamó el soberano y le puso por tarea salvar a los humanos de sí mismos, a pacificarlos, pero por la fuerza y el miedo.

En vez de temerse mutuamente, todos temerían a una única figura.

La obedecerían.

A cambio, él aseguraría poner fin a la guerra de todos contra todos.

Biología y política tienen una larga historia de intercambios conceptuales y metafóricos.

Se suele explicar lo político en relación con la naturaleza, sea como elevación, caída o continuación.

Como elevación se interpreta la cultura como salida del salvajismo. Como caída se habla del buen salvaje y de cómo la cultura nos ha pervertido y hecho olvidar la naturaleza.

Como continuación se dice que la vida social no es más que una naturaleza potenciada, sea destructiva o constructiva.

Dawkins pertenece a esa amalgama nacida en el siglo XIX y extendida durante el siglo XX entre evolución y sociedad según la cual ambas consisten en una guerra en la que triunfa el más fuerte. En la naturaleza sobrevive el más apto, en la sociedad, el más fuerte. Sociedad de tiburones que se hacen fuertes al competir entre sí.

Ya Mandeville contaba en su Fábula de las abejas que las sociedades más prósperas en industria y ciencias son aquellas donde se da rienda suelta el egoísmo.

Economistas, biólogos y sociólogos que parten del individuo como entidad última tienden a concebir el mundo como una lucha egoísta, como un gran campo de batalla donde muy pocos sobreviven. El psicoanalista Sigmund Freud no fue ajeno a estas discusiones.

Él también coqueteaba con la idea de que no somos sino una continuación de la naturaleza, que la psique es una estructura egoísta que busca su placer propio, su satisfacción, sólo que la sociedad le impone barreras (la represión) para hacer posible la vida en común.

En un raro texto titulado “Más allá del principio del placer” Freud reconoce que hay en los humanos algo más que una estructura de satisfacción natural, según la cual toda nuestra vida psíquica estaría dirigida al equilibrio, a la homeostasis.

En realidad, buscamos el exceso. El desbordamiento. Lo llamamos deseo el cual, a diferencia de las necesidades, no puede ser satisfecho. Si lo fuera, moriríamos como sujetos. Pero lo que más le preocupa a Freud en este texto es la destructividad humana. No es sólo que instrumentalicemos a los otros para nuestros fines egoístas.

Algo en nosotros quiere la muerte, entendida, dice Freud, como un retorno a un estado anterior de la evolución: lo inorgánico. Es decir, que algo en la vida busca la muerte. Si el ser viviente busca el equilibrio interno (metabolismo de funciones) y externo (con su entorno y otros seres) él mismo es un desequilibrio relativo.

Paolo Veronese, pintor renacentista italiano afincado en Venecia, (1528 - 1588), Italia. — Renunciamos a la eternidad y hacemos espacio a los hijos. Renunciamos a la omnipresencia y hacemos espacio a los vecinos. Pero hay algo más, si esto sucede, se hace espacio, si se presta oído, entonces no puedo perseverar con mis fronteras originales
Paolo Veronese, pintor renacentista italiano afincado en Venecia, (1528 – 1588), Italia. — Renunciamos a la eternidad y hacemos espacio a los hijos. Renunciamos a la omnipresencia y hacemos espacio a los vecinos. Pero hay algo más, si esto sucede, se hace espacio, si se presta oído, entonces no puedo perseverar con mis fronteras originales

De otro modo, no sería individuo, sino sería parte indiferente de un todo continuo.

Lo individual se ha separado del todo y de otros individuos, se ha destacado y ha ganado cierta autonomía.

Eso es cierto para el gen, para la célula, para el organismo, para el humano, aunque cada individuación tenga implicaciones diferentes.

Freud se detiene en la observación de biólogos de su tiempo de que cada especie tiene un límite específico de vida.

Los animales pueden ser matados, pero ellos mismos morirán por “causas internas” a una cierta edad promedio.

Pero, ¿qué relación hay entre la pulsión de vida, que busca perpetuarse a partir de un cierto equilibrio y la pulsión de muerte, que busca el equilibrio absoluto, el estado de máxima entropía, diríamos?

¿Y cómo se relacionan ambas tendencias al equilibrio con el desequilibrio que supone la vida en general respecto a lo inanimado y la muerte, respecto a lo vivo?

Freud dice haber estudiado medicina gracias a un poema atribuido durante mucho tiempo a Goethe, aunque finalmente se reconociera la verdadera autoría de Christoph Tobler: La naturaleza.

Éste no solamente constituye una joya poética, sino un pináculo en la filosofía de la naturaleza romántica alemana.

En ella la naturaleza es concebida como el absoluto del cual todo surge. Sus hijos son los individuos, las criaturas que la habitan. Todo en ella es producción, creatividad, génesis primera. Al mismo tiempo, ella se oculta, no revela sus secretos más allá del juego mismo de las criaturas.

Pero, y he aquí el punto que conecta con Freud, la biología y la vida humana, todos los individuos saben del destino ineluctable que les espera: la muerte. Todo individuo nace y muere. Es su ley. Su alegría y su dolor infinito. La naturaleza no vive sino a través de criaturas que, eventualmente, devorará.

A su vez, sabemos que la vida posee una crueldad insoportable porque se alimenta de otras vidas. El poema, sin embargo, nos dice cómo la naturaleza redime la vida finita: por medio de la vida no de uno, sino de varios. El poema reza en una de sus últimas líneas:

Desde la nada hace brotar a sus criaturas sin decirles de dónde vienen y a dónde van. Deben sólo transcurrir. […] La vida es su más bella invención y la muerte su artimaña, para más vida poseer.

Los individuos transcurren entre dos extremos, el nacimiento y la muerte. La primera la celebramos. La segunda, la lloramos. Si la vida es la más bella invención de la naturaleza, ¿no es espantoso que deba terminar? Tobler responde: la muerte es la artimaña de la naturaleza para producir más vida. Cuando un animal se alimenta la vida salta de un individuo a otro.

Porque este animal morirá y alimentará a otro y éste a otro… Un animal morirá, pero proseguirá en las generaciones futuras.

Según Freud la destructividad humana proviene de una fuerza natural, un impulso o fuerza que tiende a la desorganización y a lo simple. La vida, en cambio, es una fuerza que busca que el individuo persevere en su ser. Sin embargo, la pulsión de muerte no opera solamente en contra de la vida.

Paolo Veronese, pintor renacentista italiano afincado en Venecia, (1528 - 1588), Italia. —
El amor es más fuerte que la muerte, pero sólo porque no la quiere desterrar, sino que la asume para formar parte de la vida de las generaciones (Silvana Rabinovich)
Paolo Veronese, pintor renacentista italiano afincado en Venecia, (1528 – 1588), Italia. — El amor es más fuerte que la muerte, pero sólo porque no la quiere desterrar, sino que la asume para formar parte de la vida de las generaciones (Silvana Rabinovich)

Ella es, como en el poema de Tobler, un instrumento de la vida, aunque no del individuo.

La vida es multitud de seres porque unos pasan la llama de la vida a los otros y les hacen espacio.

Mientras que lo universal de los conceptos consiste en cercar, atrapar, aprehender, lo universal de la vida consiste en acoger.

Hay algo hospitalario en la vida en el sitio mismo del drama de la muerte. Por un lado, la vida alberga algo de muerte en ella.

Pero la muerte asegura también el tiempo y el espacio que será de otros y para otros, actuales o venideros, es decir, prójimos e hijos.

He aquí la ley de la vecindad y de la herencia inscrita en la vida que porta la muerte.

Llegar al mundo y ser para la muerte constituyen los dos extremos de la existencia vistos desde el individuo, pero no desde el espacio de las generaciones.

“Existencia” es la palabra del egoísmo.

En efecto el derecho primero que tengo es el de la sobrevivencia, la defensa propia, la autoconservación.

Pero no es el último, ni el más alto, porque el derecho es siempre relación con otros. Relación entre voluntades, cuerpos y las cosas del mundo, para los presentes, los ausentes y aquellos por venir.

Todo esto sonará conocido a quien esté familiarizado con el romanticismo, especialmente el de Schelling. En sus Investigaciones sobre la libertad humana Schelling nos dice, en la misma línea de Tobler, que la naturaleza es una fuerza oscura, misteriosa y creadora de individuos, que van desde lo inerte hasta lo químico, de lo químico a lo vivo y de lo vivo a lo inteligente.

Nacemos como individuos y luchamos todo el tiempo por conservar esa individualidad que es nuestra vida.

Sabemos que ella está hecha de otras generaciones, de otros seres y de diversos materiales, pero eso no niega que seamos individuos. Hay, pues, en efecto un principio egoísta en la naturaleza capturado en el individuo que busca perpetuarse en abstracto. Pero hay otra fuerza, igualmente presente, y que no lucha contra la individualidad, sino que la eleva por su relación con otra individualidad.

Schelling decide llamarla “amor”. El amor no significa fusión; requiere que cada individuo subsista como individuo, pero que se abra más allá de su individualidad, donde la autoconservación y su potenciación constituye su máxima ley. Lo decía Hume, el escéptico: nunca vamos más allá de nosotros mismos. Y tiene razón, porque la relación con otro no está basada en la evidencia, sino en promesas, expectativas y fe.

A principios de los años 70 Lynn Margulis publica un trabajo donde presenta el concepto de endosimbiosis. Su hipótesis es que las células eucariotas son el resultado de la simbiosis de dos organismos diferentes y originalmente independientes. Su encuentro fortuito dio lugar en un momento determinado a un nuevo individuo.

Mitocondrias y cloroplastos poseen material genético propio que habla de este pasado de independencia y aun ahora conservan ciertos comportamientos de independencia en las células que las acogen. A mediados de los 90 Stuart Kauffmann desarrolló la hipótesis de que la emergencia de nuevos seres y propiedades en la evolución responde a encuentros fortuitos que no provienen de mecanismos clásicos de la evolución.

El agujero de una piedra puede un día convertirse en el nicho donde prospere una especie de arañas, creando una relación individuo-entorno nueva. En fechas más recientes el biólogo británico Denis Noble ha polemizado contra Dawkins afirmando que la asociación entre seres, así como intercambios horizontales de material genético entre ellos es un mecanismo fundamental de la evolución.

El individuo deja de ser el átomo de la evolución, trátese del gen o del organismo, para mostrar relaciones fundamentales con otros individuos y con su entorno.

Friedrich Wilhelm Joseph Schelling (1775 - 1854) filósofo alemán. El mal consiste en dirigir la voluntad humana a la autoconservación, cuando es posible el amor. Es decir, cuando nos contentamos con la supervivencia y el cuidado propio sin consideración de lo demás y los demás
Friedrich Wilhelm Joseph Schelling (1775 – 1854) filósofo alemán. El mal consiste en dirigir la voluntad humana a la autoconservación, cuando es posible el amor. Es decir, cuando nos contentamos con la supervivencia y el cuidado propio sin consideración de lo demás y los demás

Estas relaciones de vecindad y cooperación desbordan el cuadro unilateral de la naturaleza como un sitio de individuos guerreros egoístas.

Los trabajos de Margulis, Kauffman o Noble hablan de otra potencia “amorosa” o al menos asociativa y cooperativa en la naturaleza, frente a la guerra de los átomos en el vacío.

Pero digamos algo más del amor.

El poema de Tobler y el ensayo de Schelling culminan sus pensamientos en el amor.

La naturaleza, ciega, incapaz de sentir, indiferente a todo individuo, no es nada sin ellos.

Por ellos y en ellos vive y siente.

Ella misma no puede contemplar el drama que pone en marcha.

Es así que la finitud no constituye una caída respecto de un absoluto perfecto.

El absoluto debe caer para ser absoluto.

Porque lo absoluto no está en la unidad, en el seno de un todo autosuficiente, sino en el encuentro amoroso que persevera en medio de un mundo desgarrado pero que, pese a todo, se atrae y se entrelaza.

El individuo surge en la naturaleza como singularidad frágil. Debe cuidar de sí. La alteridad le amenaza por todos lados: por fuera como depredador, como entorno hostil; por dentro, como desbalance que siempre retorna. La existencia es así penuria y no tiene otro fin que, primero, su autoconservación y luego, la producción de una reserva que le asegure un futuro más amplio.

Es así, entonces, prevención y estrategia. Pero este encierro en sí mismo, aunque recibe toda la atención del organismo individual, no puede mantenerse sin un intercambio interno y otro externo.

Es decir, que su individualidad es trazada por una frontera que lo destaca al mismo tiempo de otros individuos y de un medio circundante. Es así que el mundo y los otros están ahí para el enfrentamiento o la cooperación en la misma medida. En el desarrollo embrionario hay siempre una primera casa que le cuida: el útero o el huevo, y que espera a su momento preciso para dejarle salir.

Afuera, el individuo debe negociar con otros individuos asuntos vitales como su segundo techo, la guarida, el alimento o la reproducción. El ser vivo debe cuidar su interioridad sin poder encerrarse. Es un espacio dinámico y de intercambio.

Ahora bien, en un momento de la historia de este planeta surgió la vida. Eso quiere decir, que, al mismo tiempo, surgió su contraparte, la muerte. Hubo entonces reproducción y también, en otro punto, sexualidad, es decir, separación de los sexos y los gametos. En cierto punto de su historia la evolución elevó a los individuos a un nivel nuevo de complejidad.

Ya no harían copias de sí mismos, sino se combinarían entre sí. A cambio, la unidad se dividiría en sexos. Y ambos sexos estarían condenados a muerte. El costo de una vida más compleja y más variada sería la combinación de vida y muerte.

Como en el poema de Tobler, el surgimiento de la muerte en el universo traía consigo el surgimiento de la ley de las generaciones. El individuo no sólo debe interactuar con lo otro (el entorno) y los otros (individuos), sino que, destinado a morir, debe acceder al plano temporal de la herencia.

Trabajar para “sus” genes significa trabajar para su descendencia, cuyo destino es siempre incierto. Schelling dice en sus Investigaciones sobre la libertad humana que la vida de los hombres comienza con una individualidad encerrada en sí misma. Como la semilla, crece en la prisión de la oscuridad, encerrada sobre una reserva propia. Pero al salir a la luz queda irremediablemente expuesta a todas las otras criaturas con las que comparte la tierra.

Richard Dawkins (1941) es un biólogo, zoólogo y autor evolutivo británico. Los primeros humanos, sumidos en el “estado salvaje de naturaleza”, eran completamente ajenos a toda cooperación
Richard Dawkins (1941) es un biólogo, zoólogo y autor evolutivo británico. Los primeros humanos, sumidos en el “estado salvaje de naturaleza”, eran completamente ajenos a toda cooperación

Dichas criaturas cooperan entre sí sin saberlo: al producir su semilla el árbol también da de comer a mamíferos, insectos, hongos y bacterias.

Las hojas fertilizan la tierra. Existe una larga cadena de préstamos porque cada ser está múltiplemente conectado.

La naturaleza en ello no es avara, no toma el camino más corto sin más, sino al mismo tiempo, el más rico, no siendo nunca igual.

En la sociedad el ser humano tiene todo el derecho a la autoconservación, a perseverar en su ser y a acrecentar sus potencias.

Pero todo ello forma parte de una potencia que poco a poco destruye a los otros que le rodean y al entorno que le mantiene, porque le quita a los primeros y devasta al último.

Si no para, se convierte en plaga o célula cancerosa.

Al trabajar sólo para sí, trabaja, eventualmente, contra él mismo.

La individualidad que procede con egoísmo se consume; no redunda jamás en un bien colectivo sin acuerdos ni cooperación.

Pero si el individuo desease ceder en su ímpetu de individualización, entonces simplemente se dejaría morir, sería disuelto en el suelo que le vio nacer.

Como lo advertía Freud: el individuo puede desaparecer porque no tiene las fuerzas para perseverar en su existencia, se disgrega y es comido por los hongos que desde su nacimiento le han estado esperando como aves rapaces. Si trabaja sólo para sí, llega a un equilibrio que, primero le mata de aburrimiento, pero que después le empieza a destruir porque no puede mantener la relación equilibrio-desequilibrio con lo otro.

El ser humano puede dejarse morir o morir por querer egoístamente su vida. Al final, la respuesta de Freud es la misma que la de Schelling y de Tobler: el amor. Pero no como amor propio, ni como potenciación de sí o voluntad, ni siquiera como deseo. Porque el deseo está dirigido al otro, pero sólo me concierne a mí como sujeto solitario.

La vida individual sólo puede redimirse en una individualidad que persevera, pero que cede a convertirse en el todo. Es decir, es la individualidad que ama sabiendo que va a morir. Por ello, como diría una querida maestra, Silvana Rabinovich, el amor es más fuerte que la muerte, pero sólo porque no la quiere desterrar, sino que la asume para formar parte de la vida de las generaciones.

Sólo el individuo siente y piensa y actúa. Pero lo que siente está limitado si no es, al mismo tiempo, tocado por otros. Y no piensa sino trabajando sobre las ideas de otros. Y no actúa sino frente a los otros.

Individualidad, finitud, muerte y amor son inseparables. Más amplio que el nacer y ser para la muerte es el amor, porque las conjuga a ambas. No el devenir, que siempre puede ser el mío, sino el tiempo escalonado de las generaciones, que incluye la gracia y el luto.

Es así que progenitores y descendencia dejan de aparecernos como una irrelevante peculiaridad de la evolución para demostrar su carácter de verdadero acontecimiento en la historia natural.

El egoísmo nos asegura una reserva para vivir como ser biológico y psíquico. Mantiene los ligamentos y las fuerzas atractivas en orden para que el sistema no se disgregue y funcione bien. El amor, en cambio, es lo que siempre nos permite salir de nosotros mismos.

No la “negatividad”, que viene siempre de fuera y la cual puede muy bien destruirnos, sino la salida desde nosotros por nosotros mismos, que sólo así puede transformar la “universalidad” (ese “para todo el mundo sin distinción”) que abarca y aprehende en una universalidad que acoge.

Pero si el amor requiere que individuo insista y resista, que no se inmole ni se funda con el amado ni el humus de donde proviene, sí exige un precio: la renuncia a ocuparlo y a serlo todo.

Renunciamos a la eternidad y hacemos espacio a los hijos. Renunciamos a la omnipresencia y hacemos espacio a los vecinos. Pero hay algo más, si esto sucede, se hace espacio, si se presta oído, entonces no puedo perseverar con mis fronteras originales. Es decir, no puedo admitir a nadie en mi casa sin que esta deje de ser solamente mi casa.

No puedo estar con otros sin estar presto a modificar los bordes que supongo entre lo propio y lo ajeno, sin hacer permeable la membrana que me contornea.

Schelling dice en su escrito sobre la libertad que el “mal” consiste en dirigir la voluntad humana a la autoconservación, cuando es posible el amor. Es decir, cuando nos contentamos con la supervivencia y el cuidado propio sin consideración de lo demás y los demás.

Podríamos decir que el mal consiste en cerrarse a la posibilidad del amor y al amor mismo en favor de un individuo cerrado sobre sí y que se sirve de los otros para su propio metabolismo. Todo esto es un juego de resonancias entre biología, antropología y filosofía.

No pertenece, en sentido estricto, a ninguna disciplina. Y sin embargo, ¿no es eso lo que toda disciplina lamenta, su encierro, su autocomplacencia, su egoísmo conceptual?

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Tu cerebro cambia al ser madre: lo que la ciencia acaba de descubrir…


Psicología y mente(G.Rodríguez) — ¿Qué pasa en el cerebro de las mujeres cuando se convierten en madres? El cerebro de una madre no vuelve a ser el mismo tras el embarazo y ahora, por fin, la ciencia tiene una explicación.

Un nuevo estudio publicado en 2024 en Nature Neuroscience confirma que la maternidad modifica la materia gris para fortalecer el vínculo con el bebé. Pero ¿qué significa realmente este cambio? ¿Y qué pasa con las madres que no han gestado? La ciencia responde.

Que las mujeres cambiamos durante el embarazo es una obviedad, pero hasta hace muy poco no había evidencia científica al respecto. No se trata solo de un cambio físico, de carácter, de relación con el entorno o de percepción de una misma, sino también de un cambio a nivel cerebral.

Con el embarazo, el cerebro de las madres experimenta cambios anatómicos relacionados con la neuroplasticidad, que es la capacidad para cambiar a lo largo de la vida. Se trata de cambios muy similares a los que se producen durante la adolescencia, de ahí que a este proceso se le denomine Matrescencia.

El concepto lo acuñó por primera vez, en los años 70, la antropóloga Dana Raphael y sirve para describir el proceso de convertirse en madre desde un punto de vista físico, emocional y social.

La doctora en neurociencias Susana Carmona, investigadora del Instituto de Investigación Sanitaria del Hospital público Gregorio Marañón de Madrid, hace años que estudia los cambios que se producen en el cerebro. Recientemente, en 2024, ha coordinado un estudio pionero que constata que durante ese periodo se produce una reducción de la materia gris.

“Disminuye de igual manera que lo hace en la adolescencia para optimizar el procesamiento de información”, explica Carmona en declaraciones a Psicología y Mente. Añade que esta reducción no es algo negativo ni una atrofia, “sino más bien todo lo contrario: una optimización de ciertos procesos”.

El resultado del estudio abre muchas incógnitas, pero sobre todo aporta una certeza: cuanto más cambios en el cerebro de las madres, más vinculación tienen con sus bebés.

Esta conclusión abre también un debate: ¿qué pasa con las madres que no son gestantes o con las madres adoptivas? En este sentido, Carmona es muy clara: “La conducta maternal no depende del cambio del cerebro. Sería absurdo pensar que una mamá adoptiva no va a ser una buena madre porque no pasa por una gestación y un posparto.

Nuestro estudio lo que dice es que a mayor transformación, más vinculación. No hace falta una imagen cerebral para ver que una mamá adoptiva es fantástica, pero sí que hace falta una imagen cerebral para demostrar lo que pasa durante una gestación, porque algo parecido ocurre en la menopausia”, subraya la científica.

Tu cerebro cambia al ser madre y ahora la ciencia lo confirma

– No, no estás distraída: tu bebé ha secuestrado tu atención

“Desde que tuve a mi primer hijo noté dos cosas muy evidentes: la primera es que me volví una loba, tenía una sensación y una necesidad casi biológica de proteger y tener encima a mi bebé; no quería que nadie lo cogiera”, explica María, madre de dos pequeños de 1 y 4 años.

“La otra cosa que noté claramente es una falta de concentración tremenda, ya desde el embarazo, y también que después, en el posparto, se me olvidaban palabras, una sensación muy extraña”, continúa. Las sensaciones de María son comunes en muchas madres y ahora también tienen una explicación científica.

En la vida de las mujeres se producen tres etapas hormonales: la pubertad, el embarazo y la menopausia. El equipo de la neurocientífica ha demostrado con datos de neuroimagen que los cambios que se producen en las gestantes son muy parecidos en tamaño y forma a los que se producen en la adolescencia. 

Se trata de grandes momentos de plasticidad cerebral con muchos cambios cognitivos y emocionales, donde el cerebro tiene que adaptarse para aprender cosas nuevas. En el caso de las madres, hay que aprender a mantener con vida a un ser humano muy demandante.

Carmona, que también es autora del libro Neuromaternal: ¿Qué le pasa a mi cerebro durante el embarazo y la maternidad? (Ediciones B, 2024), cuenta que muchas veces, cuando las mujeres se quedan embarazadas, se dice que “se vuelven tontas o que pierden la memoria”, cuando lo que realmente pasa es que tienen que aprender un millón de cosas nuevas y muy relevantes.

Las incógnitas son todavía muchas, pero en modelos animales se ha visto que las hormonas gestacionales modifican el cerebro para que los estímulos del bebé sean muy relevantes, tanto que son capaces de secuestrar la atención de la madre: “Si antes, el 100% de la atención estaba destinada al día a día, con el bebé el 50% se destina a él y con el otro 50% hay que hacer todo lo demás”, explica.

Así cambia tu cerebro cuando te conviertes en madre: ya nada volverá a ser  igual

-El cerebro de la mujer, un gran desconocido

Estudios como el desarrollado en el Gregorio Marañón servirán para estudiar el cerebro de la mujer, “puesto que existe un sesgo de sexo y género en biomedicina”. Solo el 0,5% de los estudios de neuroimagen abordan aspectos relacionados con el cerebro de la mujer.

Para Carmona, estudiar el cerebro de la mujer es importante no solo para prevenir la depresión posparto, sino también para abordar la menopausia, ya que lo que sucede durante la gestación tiene efectos en ese periodo y en el riesgo de demencia.

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Responsabilidad: del inveterado arte de escurrir el bulto…


11 Apr 1961, Jerusalem, Israel --- Original caption: 4/11/1961-Jerusalem, Israel- A thin faced Adolf Eichmann listens to the reading of a 15 count indictment, accusing him of the murder of millions of Jews during World War II, as a guard stands beside him (R), April 11. The reading of the charges at the trial's opening took an hour and 15 minutes. --- Image by © Bettmann/CORBIS
El criminal de guerra nazi Adolf Eichmann durante su juicio en Jerusalén, Israel, en 1961.

JotDown(A.García) — Si hay un punto de inflexión en la historia contemporánea es sin duda la mayor matanza de la historia; el mundo que sale de la II Guerra Mundial es muy diferente al de preguerra en casi todos los ámbitos de la actividad humana.

El arte, el pensamiento, la ciencia o la tecnología experimentan cambios profundos y acelerados: la magnitud de la masacre, así como la sanguinaria crueldad del sistema de exterminio nazi desembocaron en un lógico interés por encontrar explicación a lo que había pasado.

Detrás del boom de la psicología de la posguerra (por todas partes florecen modelos teóricos nuevos como la psicología cognitiva, de la mano del descubrimiento de los ordenadores, el constructivismo o la psicología humanista, hoy en día aún muy vigentes) se encuentra el interés por responder a la cuestión esencial:

¿Cómo es posible que ocurriera aquello? ¿De quién era la culpa del desastre?

A primera vista, parecía inexplicable que un amplio sector de la población de una de las naciones más adelantadas y cultas del planeta hubiera desatado una guerra de aniquilación tan brutal como aquella.

Estallaron debates filosóficos sobre culpa y responsabilidad, si esta era colectiva, individual o ninguna de las anteriores, y proliferaron estudios sobre conceptos como conformidad u obediencia que pretendían averiguar si los alemanes habían sido obligados o condicionados de alguna manera y si esto era extensible a toda la especie humana.

Estas reflexiones no eran solo por puro afán de conocimiento ni en absoluto inocentes, pues hay un trasfondo político evidente: nos encontramos en los movidos años de la guerra fría y la confrontación política entre un sistema basado en una filosofía individualista como es el capitalismo y otro en la colectivización como era el comunismo, confrontación de resultado incierto.

Sí, se ve que tenemos tendencia a pensar en binario y si no lo creen, dense una vuelta por internet a leer debates.

¿Pero culpa y responsabilidad no vendrían a ser lo mismo, se preguntará alguno? No exactamente.

Para los existencialistas (como Viktor FranklRollo MaySartre o el tío de Spiderman), la responsabilidad va ligada a un gran poder como es la libertad de elección. Implica por tanto «hacerse cargo» de los riesgos, consecuencias, ventajas e implicaciones de cada decisión que tomamos; en psicología humanista, se trata de recuperar o tomar conciencia de aquello que depende de nosotros —incluidas esas cosillas feas que no queremos ver— y por tanto es una fuente de autonomía.

Esto de escoger también puede dar bastante vértigo, lo que se llamó «ansiedad existencial», que queda mucho más bonito, dónde va a parar.

La culpa sería grosso modo un sentimiento, mezcla de rabia y tristeza, que aparece cuando las consecuencias de nuestras decisiones causan algún daño o se saltan alguna norma básica para nosotros.

Se trata, como cualquier párroco sabe, de un mecanismo de control extremadamente eficaz cuya potencia habrán experimentado cuando tratan de dejar a su pareja y esta pone inmediatamente ojos de gatito de Shrek mientras susurra un lastimero «pero… es que yo no puedo vivir sin ti…».

El concepto de culpa ya había sido tratado ampliamente por los psicoanalistas, empezando por tito Freud, que en plan nietzscheano la consideraba un mecanismo de defensa neurótica y punto. Ciertamente tendemos a reprimirnos culpándonos por deseos, acciones o pensamientos que consideramos impropios (y que en realidad son aprendidos, un regalo de nuestros mayores que aceptamos como nuestro), distorsionando las consecuencias o nuestra responsabilidad en ellas.

Un ejemplo clásico sería el niño que se culpa por la separación de sus padres. Pero la culpa no siempre es una neurosis; en ocasiones nos sentamos a analizar la situación, concluimos que hemos actuado erróneamente y nos dedicamos a reparar el daño realizado. Aquí hablaríamos de sentimiento de culpa sana.

Una vez hecho este inciso, volvamos a la posguerra. En 1961 tuvo lugar en Jerusalén el famoso juicio a Adolf Eichmann tras el cual Hannah Arendt postuló sus reflexiones alrededor de la «banalidad del mal», como llamó ella a la vulgar intrascendencia funcionarial que exhibió el nazi.

El manido «solo cumplo órdenes», aquella gris y mortal eficiencia burocrática no representaba en absoluto la figura de un asesino sediento de sangre. Las conclusiones de Arendt influyeron en un psicólogo estadounidense, Stanley Milgram, que diseñó uno de los experimentos más polémicos de la historia de la disciplina para corroborar empíricamente el peso de la obediencia en la comisión de crímenes y maldades varias.

Milgram y su falsa máquina de achicharrar. Fotografía: Joel Elkins / Yale University Archives, Digital Images Database
Milgram y su falsa máquina de achicharrar.

Básicamente, Milgram engañó a los sujetos del experimento haciéndoles creer que se trataba de probar la efectividad del castigo en el aprendizaje. Un individuo en bata blanca, el experto, les mostraba un aparato —falso, obviamente— para suministrar descargas eléctricas a un tercero, el «alumno», si respondía incorrectamente una serie de preguntas.

Las descargas se graduaban de 15 a 450 voltios, y se advertía al sujeto del grave riesgo para la salud del alumno que suponía darle a fondo al botón. Si dudaban, el experto les animaba a continuar. Los resultados del experimento original fueron sorprendentes: el 65% de las personas acababan friendo al alumno incluso a pesar de sus propias objeciones al respecto.

Asombrado, Milgram repitió el experimento hasta dieciocho veces alterando algunas de las variables: un actor hacía de alumno al que se podía observar a través de un falso espejo, dos expertos discutiendo sobre seguir o no, repetirlo solo con mujeres, escoger sujetos de similar condición socioeconómica, etcétera, obteniendo resultados entre 0% y nada menos que el 90%.

Milgram concluyó que las personas pasamos de un estado de autonomía, en el que nos hacemos responsables de nuestros actos, a lo que llamó «estado agéntico», donde uno acaba incluyéndose en una jerarquía y traspasando la responsabilidad a las autoridades; así, Eichmann habría caído en ese estado agéntico desde el cual manejó la logística del Holocausto sin rastro de culpabilidad.

Diez años después, otro controvertido psicólogo, Zimbardo, llevó a cabo un experimento aún menos ético y bastante más cinematográfico; el de la prisión de Stanford.

Los estudiantes elegidos asumieron alegremente sus roles de guardián o prisionero, acabando todo como el rosario de la aurora, y Zimbardo, tras cancelar el desastre no sin apuros, apuntó al peso de la situación y el contexto como factor decisivo para que alguien difumine su responsabilidad personal y se genere obediencia.

Stanford
Experimento de la cárcel de Stanford.

Alguno dirá que muy bien, que vale, llega la autoridad y tendemos a plegarnos a ella, pero… ¿si no hay una jerarquía evidente qué ocurre? Pues aquí nos vamos al barrio de Kew Gardens, New York, 1964. Una chica llamada Kitty Genovese es asaltada y apuñalada cuando volvía a su casa de madrugada.

El agresor, asustado por los gritos de algunos vecinos, huye para regresar diez minutos más tarde y encontrar a Genovese tirada en el suelo delante de la puerta trasera de su casa. Allí la violó, robó y apuñaló hasta la muerte y no por ese orden. El New York Times publicó la historia remarcando el hecho de que durante la tragedia treinta y ocho vecinos habían visto u oído parcialmente la agresión sin hacer nada.

El caso se volvió emblemático en el estudio de lo que se llamó «efecto espectador»; cuantas más personas son testigos de una situación de emergencia, es menos probable que alguna actúe.

Al parecer, solemos valorar que la probabilidad de que algún otro tome la iniciativa (y nos libre así de destacarnos) aumenta y así nuestra posición frente al grupo queda a salvo, porque… ¿y si metemos la pata delante de todos? ¿Y si rechazan nuestra ayuda? ¿Y si no es necesaria?

Por otro lado, en otro ámbito diferente como es la toma de decisiones en grupos, Janis investigó en 1972 este aspecto analizando los errores de bulto cometidos por la Administración estadounidense en asuntos como la guerra de Vietnam o la crisis de Cuba.

El mecanismo de pensamiento grupal también diluye la responsabilidad, primando la consecución de consenso incluso por la vía de la presión sobre el discrepante. Más allá de solucionar el problema de manera efectiva, se trata de alcanzar un compromiso donde los intereses y la posición grupal de todos los implicados quede fuera de riesgo.

Aunque le echemos gasolina al fuego. La historia de la humanidad es pródiga en encontrar figuras abstractas donde colocar la responsabilidad por cualquier atropello; Deus vult, o la Patria, el Mercado, la Compañía, el Partido, incluso la libertad, la seguridad o la coyuntura económica son utilizadas recurrentemente como fuentes de las que emanan decisiones arbitrarias o perjudiciales como sabrán todos aquellos que no hayan vivido en un sótano la mayor parte de su existencia.

Kitty Genovese. Fotografía perteneciente a su familia.
Kitty Genovese. Fotografía perteneciente a su familia.

Me figuro que llegados a este punto la tentación de ingresar en la Iglesia del Individualismo Extremo es muy grande, pero antes de hacerse ermitaño y huir del contacto con el prójimo son necesarias bastantes matizaciones. Se podría decir que Milgram en su investigación empezó la casa por la ventana; sin hipótesis de partida, sus explicaciones son a posteriori, sin que pudiera aportar más datos sobre cómo y cuándo se pasa a estado agente.

La buena noticia es que dejó perfectamente documentados los detalles de su estudio, por lo que se sabe que muchos de los sujetos se resistieron activamente (en general alrededor de los 150 voltios) y mostraron abierta desobediencia. De Eichmann hoy se conoce que no era un simple burócrata, sino un nazi convencido, activo y dinámico.

Por su parte, el mítico caso de Kitty Genovese resultó muy manipulado por la prensa para ofrecer una imagen de apatía social en medio de graves tensiones en EE. UU. sobre los derechos civiles; la cifra de treinta y ocho vecinos parece un invento periodístico, que destacó unos datos (el agresor era negro) y ocultó otros (el lesbianismo de Genovese, la dificultad de ver lo que ocurría).

Sin embargo, el efecto espectador existe, como demostraron posteriores experimentos inocuos. En definitiva, todo apunta a darle la razón a Zimbardo: dependiendo de la situación, y para alegría de existencialistas, tendríamos una opción de decisión propia a pesar de la presión social.

Por malvados que parezcan estos mecanismos de generar conformidad en grupo, lo cierto es que en esencia son «amorales»; un cierto grado de acuerdo es necesario para poder preservar la cohesión de un grupo humano. En el fondo nos capacitan para negociar, para el intercambio y para poner en marcha iniciativas conjuntas mucho más eficaces que el esfuerzo individual.

Favorecen el comportamiento prosocial, imprescindible para mantener la paz de la comunidad, y también pueden corregir o mitigar comportamientos individuales dañinos. El problema radica en su uso patológico o criminal, o para servir a intereses de otros grupos de poder, pero para esto se me leen a Foucault.

La otra cara de la moneda es el individualismo, bandera ideológica de Occidente. Proviene de las revoluciones burguesas, tiene un innegable componente político y económico (ya saben, Hobbes y demás) y ha ido cobrando fuerza a medida que avanzaba el siglo XX y su rosario de horrores industriales.

Tal como resume Rousseau, postula que el hombre nace bueno y libre, y después la sociedad lo pervierte. Pues bien, nacer nacemos buenos (como dijo Berne, todos nacemos príncipes y nuestros padres nos convierten en ranas) pero lamento comunicar que libres solo lo somos parcialmente.

Desde incluso antes de nacer ya tenemos un hueco preparado; una habitación, un nombre elegido, somos depositarios de esperanzas, aspiraciones, miedos, éxitos o fracasos imaginados por nuestros padres.

La partida la juegas tú, pero las cartas te vienen. Nada de tabula rasa, hay ya unos cuantos futuros posibles señalando hacia adelante, y creo que es importante remarcarlo en una época de mensajes individualistas e hiper-responsabilizadores como la que vivimos: si te va mal, es por tu culpa, si no estás feliz, «empoderado» y exitoso, algo has hecho incorrectamente.

Tú puedes transformar el universo y todos esos absurdos mensajes coelhianos. El contexto se desatiende, la situación no existe, se ignora la influencia social en una especie que nace, vive y muere en grupo. Es difícil distinguir en qué medida cae bajo tu entera responsabilidad que tu empresa te meta en un ERE, que te atropelle un camión, que el Gobierno meta mano en tus ingresos para solucionar su problema de deuda, que te asalten por la calle o que la chica que te gusta te rechace.

En el fondo es otro mecanismo de difusión de responsabilidad, que mágicamente recae en cada uno de nosotros. Como ven, es la patata caliente por definición.

Responsabilidad: del inveterado arte de escurrir el bulto - Jot Down  Cultural Magazine

Este mensaje institucional de responsabilidad proviene de las mismas élites políticas y financieras a las que vemos día tras día eludir la suya en la profunda crisis que atravesamos, sin aparente rastro de culpa o arrepentimiento. Por el contrario, estos grupos de poder siguen abusando de los métodos de creación de conformidad y obediencia descritos.

Se trata de un doble mensaje contradictorio: la parte explícita anima a responsabilizarnos de todo mientras que implícitamente vemos que se evita asumir las consecuencias de las propias decisiones.

Estaríamos ante un ejemplo de lo que Bateson llamó teoría del doble vínculo; en el ámbito más reducido de la familia, este tipo de comunicación paradójica (Watzlawick) es fuente de ansiedad, neurosis diversas y en los niños que la sufren por parte de sus cuidadores sería un factor relacionado con la aparición de esquizofrenia u otros trastornos disociativos.

Dado el empeoramiento general de la salud mental en una sociedad cada día más confusa, perdida y desestructurada, no parece descabellado extenderlo al plano social. Baste leer los comentarios a cualquier noticia en internet, convertidos en una feroz lucha por identificar culpables de algún desafuero aunque ello destroce los más elementales principios de pensamiento analítico, empatía o solidaridad humana.

No es más que una versión neurótica del antiguo deporte de encontrar quién asumirá las consecuencias de aquello que pueda fallar.

Que como decía aquel cínico, era la tarea esencial del trabajo en equipo.  

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