Bert Sproston, defensor del Tottenham, ayudó a Friedland a obtener una visa para el Reino Unido, salvándolo de la persecución nazi
Infobae(J.M.Godoy) — En la década de 1930, ser judío en Alemania significaba vivir bajo una intensa presión y peligro constante. El ascenso al poder de Adolf Hitler y el Partido Nazi en 1933 marcó el inicio de una sistemática persecución y discriminación hacia la comunidad judía. Las políticas racistas y antisemitas del régimen nazi, junto con la creciente violencia, hicieron la vida cada vez más insoportable para los judíos alemanes.
La situación se agravó dramáticamente en 1938 con eventos como la Kristallnacht, una noche de violencia extrema que resultó en la destrucción de sinagogas y la detención de miles de judíos.
En este contexto de creciente hostilidad y peligro, las familias judías intentaban desesperadamente encontrar una salida del país. Una de esas historias dramáticas se centra en Rolf Friedland, un joven judío de 17 años que, solo y aislado, supo que dejar Alemania era crucial para su supervivencia. Su encuentro con el defensor inglés Bert Sproston cambió el curso de su vida, permitiéndole escapar de la persecución nazi y comenzar de nuevo con una nueva identidad: Ralph Freeman.
Todo comenzó luego de que Alemania recibiera al equipo de fútbol de Inglaterra en mayo de 1938, Rolf Friedland esperaba pacientemente fuera del Olympiastadion de Berlín. Como muchos fans del deporte, este joven estaba ansioso por conversar con algunas de las estrellas del fútbol; pero para él, había mucho más en juego. Friedland sabía que uno de los jugadores ingleses en ese partido tenía el poder para salvar su vida.
– “Me van a matar”
La familia de Friedland ya había huido de Alemania, dejándolo solo y aislado, consciente de que salir del país era esencial para su supervivencia. “Psicológicamente, él estaba desesperado por salir”, contó su hijo, Alan Freeman en diálogo con CNN. “Se quedó con la esperanza de que sus padres pudieran sacarlo, pero no estaba completamente seguro de ello”.
Gracias a Sproston, Friedland, quien se convirtió en Ralph Freeman, logró escapar antes de la Kristallnacht
Determinación y desesperación llevaron a Friedland al estadio ese 14 de mayo de 1938. Ideó un plan para atraer la atención de un jugador inglés que pudiera ayudarlo a escapar del país.
Al salir los jugadores del estadio, fue Bert Sproston, defensor del Tottenham Hotspur, quien se detuvo a escuchar a Friedland. “No creo que mi padre seleccionara especialmente a Sproston como la persona más probable para ayudarle”, dijo Alan. “Simplemente habló con ese jugador en particular, y ese jugador registró la desesperación de mi padre. Tocó su corazón y decidió hacer algo al respecto”.
Sproston fue un destacado defensor inglés cuya carrera deportiva abarcó varios equipos importantes en el fútbol inglés. Inició su carrera profesional en el Leeds United en 1931, donde jugó hasta 1933 antes de unirse al Manchester City. Su paso por Manchester City fue notable, contribuyendo significativamente al equipo hasta 1938, año en que se trasladó a Tottenham Hotspur. Después de su etapa en el Tottenham, también jugó brevemente para el Bolton Wanderers.
Además, Sproston tuvo el honor de representar a su país, vistiendo la camiseta de la selección de Inglaterra en varias ocasiones.
– La vida en peligro de los judíos en Alemania
Mientras que Sproston no conocía los detalles específicos de la vida de los judíos en Alemania, el autor y periodista John Leonard cree que estaba al tanto de la hostilidad nazi hacia los judíos. “Estoy seguro de que se dio cuenta de que para los judíos en Alemania, para decirlo educadamente, les esperaba un tiempo difícil”, comentó Leonard.
Europa estaba al borde de la guerra cuando Inglaterra se dirigió a Berlín en 1938. Las tensiones geopolíticas estaban al límite y el poder de Hitler y el Partido Nazi continuaba creciendo. Ese año incluyó eventos críticos como la anexión de Austria y la Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos, en noviembre.
El ascenso al poder de Adolf Hitler en 1933 marcó el inicio de la persecución sistemática contra los judíos en Alemania
“1938 fue un año realmente crucial”, explicó Berkowitz. La violencia contra los judíos aumentó dramáticamente, incluyendo la quema de sinagogas y ataques en las calles. Según el Museo Memorial del Holocausto de EE.UU., al menos 91 judíos fueron asesinados y 30,000 hombres judíos alemanes fueron arrestados y enviados a campos de concentración durante la Kristallnacht.
– Conseguir una visa para el Reino Unido y comenzar una nueva vida
Después de hablar con Sproston, quien llevó sus detalles de vuelta a Gran Bretaña, Friedland obtuvo una visa para el Reino Unido y pudo dejar Alemania antes de los eventos de noviembre. “No solo Bert Sproston cambió la vida de Ralph Freeman. Le salvó la vida”, sostuvo Leonard. “Sin su intervención, las probabilidades eran que Ralph Freeman hubiera terminado en un campo de concentración”.
El resultado de ese encuentro fue que Sproston tomó los datos de Freeman y los llevó de vuelta al Reino Unido. Gracias a su intervención, él obtuvo una visa para visitar Inglaterra y ver a su equipo favorito jugar. “Necesitas a alguien que te respalde, o puedes venir como parte de algún esfuerzo organizacional”, explicó Berkowitz a CNN. Añadió que era muy difícil obtener una visa sin conexiones personales.
Así, Freeman logró abandonar Berlín y llegó a Londres semanas antes del 9 y 10 de noviembre de 1938 cuando ocurrió la Kristallnacht. Este momento marcó una diferencia clave para sus perspectivas de sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial. Freeman fue finalmente capaz de huir antes de que se intensificara la persecución que llevó a muchos judíos a los campos de concentración.
– Un legado que perdura
Sproston falleció en 2000, y Ralph Freeman en 2010, pero permanecieron en contacto hasta el final. Alan Freeman comentó que su relación se mantuvo fuerte, incluso tras la muerte de Sproston, gracias a la conexión que habían formado.
Alan concluyó: “Si todos pudiéramos actuar con decencia hacia los demás de la manera en que Bert lo hizo con mi padre, el mundo sería un lugar mejor”.
The Sea of Ice por Caspar David Friedrich (1824), inspirado por el relato de la expedición de Parry en 1819–1820.
En 1845, dos navíos rompehielos de la Marina Británica, el Erebus y el Terror, parten de Inglaterra con el encargo real de alcanzar el Polo Norte. Van tirados por poderosos motores de vapor y acumulan provisiones para siete años. Sir John Franklin capitanea la expedición de más de cien hombres. Ni él, si sus barcos, ni su tripulación volverán a ser vistos jamás.
* * *
JotDown(K.Llaneras) — A mediados del XIX, nuestro planeta estaba aún por explorar, pero entre todos los lugares ignotos destacaba el Polo Norte. El punto más septentrional del planeta atraía a los hombres más que a las agujas magnetizadas. Una región helada, inaccesible, despoblada, sin vegetación, sin caza, sin refugios, un lugar vacío de todo. Un lugar donde la vida se antojaba imposible. Un lugar desconocido, misterioso, oculto siempre a los ojos de los hombres. Ser el primero en alcanzarlo garantizaba la fama y la eternidad, y por eso la conquista del polo se convirtió en una obsesión.
Además, viajar al ártico tenía otro atractivo: ofrecía la posibilidad de encontrar lo extraordinario. En las mente de los exploradores estaban los relatos de Julio Verne sobre un volcán islandés que daba acceso al mesozoico centro de la Tierra; o las charlatanerías de Symmes, decoradas por Edgar Allan Poe, que demostraba con sus sofisticados cálculos cómo en el polo se abrían siete mundos interiores, de aire enrarecido, pero habitables.
Hasta Charles Derennes acabó escribiendo sobre El pueblo del Polo, una próspera civilización de reptiles inteligentes que vivían ocultos en el ártico. Todas estas historias se sabían fantásticas, pero mientras nadie fuese hasta allí, había una posibilidad no nula de que el polo estuviese, efectivamente, habitado por reptiles educados.
Así las cosas, fue una doble búsqueda de la celebridad y lo extraordinario lo que nos llevó al Polo Norte. Una carrera enloquecida e infernal, que provocó naufragios, fraudes, asesinatos, suicidios y hasta episodios de canibalismo. Este texto es un breve relato de aquella carrera, que como todas las empresas de su clase, contiene trazas de lo mejor y lo peor de los hombres.
* * *
1. Atisbos de un mar polar abierto (1852). El comandante E. Inglefield acude al rescate de Franklin. Descubre el estrecho de Smith: una paso navegable en dirección al norte; su incursión induce a otros a pensar que es posible navegar hasta un teórico mar polar abierto, y desde ahí al mismo polo.
2. La burbuja del mar polar (1853-1854). Al año siguiente, E. Kane comanda una expedición estadounidense que remonta el estrecho con el propósito de alcanzar el polo. Las cosas se tuercen. Kane sobrevive a un motín, a la pérdida de su barco y a un peligroso viaje de vuelta en bote. Regresa a Nueva York y es recibido con honores. Recorre el país dando conferencias, populariza el mito ártico y anuncia que ha encontrado una extensión de agua libre de hielo.
Aquella promesa de un polo norte navegable impulsa la exploración ártica. Un polo navegable implica una ruta comercial entre Europa y los Estados Unidos, algo que garantiza réditos económicos y estratégicos. Aquella vaga promesa podía financiar un sinfín de expediciones árticas, de ahí que los exploradores obsesionados con alcanzar el polo tuviesen todos los incentivos para hinchar la burbuja del mar polar. Pero aquel mar no existe.
El ártico es una región de hielos perpetuos, flotando siempre a la deriva. Para confirmarlo fueron necesarios muchos años, muchos barcos y muchas vidas humanas.
El Advance atrapado por el hielo, aún muy lejos del polo. Expedición de E. Kane (1856).
3. Mil kilómetros a la deriva (1869-1870). En 1869, dos embarcaciones alemanas se dirigen hacia el polo. Unos pocos tripulantes del Germania, provistos de trineos, exploran la costa y llegan a los 77° 01′ norte. Mientras tanto, el Hansa es aplastado y su tripulación navega a la deriva en un témpano de hielo hacia el sur. Recorre novecientos kilómetros antes de que las corrientes les devuelvan a un lugar seguro.
4. Un Asesinato y un naufragio (1871-1873). La expedición de Hall, a bordo del Polaris, llega a través del estrecho de Smith hasta un nuevo punto más septentrional, 82° 11′. Tras su muerte —quizá su asesinato— la expedición se desintegra. El Polaris naufraga. La mitad de la tripulación navega a la deriva hacia el sur, sobreviviendo sobre un témpano de hielo. Son rescatados seis meses más tarde.
5. Barco hundido: doce hombres perecen (1879-1882). La conquista del Polo Norte es ya una causa popular y vende muchos periódicos. Un magnate de la prensa estadounidense, Gordon Bennert, patrocina una nueva expedición, capitaneada por el teniente George W. De Long, en busca de una «entrada termométrica». El barco se hunde. Doce hombres, entre ellos el teniente, perecen.
6. Muertos y sospechas de canibalismo (1881-1884). Adolphus Greely, del ejército estadounidense, instala un puesto semipermanente en la isla de Ellesmere. Uno de su tenientes llega a un nuevo punto más septentrional en los 83º 23′. Al no recibir suministros, Greely evacua a sus hombres por tierra. Cuando son rescatados, solo siguen vivos seis, de un total de veinticuatro, y se especula sobre si algunos han recurrido al canibalismo.
7. Nuevas tecnologías: esquíes (1893-1896). El científico noruego, Fridtjof Nansen, se adentra en el norte a bordo del Fram, una embarcación proyectada para resistir la presión que ejerce el hielo cuando el invierno congela sus aguas. Durante el viaje, Nansen y un tripulante, Hjalmar Johanssen, abandonan la nave para esquiar hasta el Polo Norte. No lo logran, pero alcanzan un nuevo punto más septentrional, en los 86º 10’.
8. En globo al Polo Norte (1897).Salamon Andrée y otros dos compañeros intentan alcanzar el polo volando en el globo Eagle. No lo logran. El mal tiempo los obliga a aterrizar y tienen que dirigirse a pie a un lugar seguro. Están a punto de conseguirlo. En 1930 se descubren sus restos en una pequeña isla situada al este de Spitsbergen. En la última anotación en su diario, Andrée escribe: «La moral permanece alta».
El globo accidentado de Andrée. Tras el accidente, intentan regresar a pie, pero no lo consigue. La imagen se recuperó treinta y tres años después de su muerte
9. Las primeras sospechas de fraude (1905-1906). En 1906, Robert E. Peary atraviesa la banquisa ártica en trineo y alcanza los 87° 06′ norte, el punto más septentrional jamás alcanzado por un hombre. Sin embargo, sus observaciones resultan dudosas.
10. El primer fraude (1907-1909).Frederick Cook, antiguo compañero de Peary, atraviesa el Ártico desde el oeste de la isla de Ellesmere y afirma que, además, ha llegado al polo. Al principio es recibido como un héroe, pero pronto se le considera un impostor.
11. ¿El primer hombre en el Polo Norte? (1908-1909). En 1909, Peary declara que ha alcanzado el Polo Norte. Lo expresa así: «¡El polo por fin! El premio de tres siglos, mi sueño y mi ambición durante veintitrés años. Mío por fin». En aquel momento se da crédito a su afirmación. Sin embargo, un siglo después, son muchos quienes creen que sus observaciones eran falsas. Hoy la mayoría de estudiosos creen que Peary jamás alcanzó realmente el polo.
Robert E. Peary camino del Polo Norte. Todavía se discute si lo alcanzó; lo probable es que no lo hiciese.
La maldición de la exploración ártica es que su héroe, el hombre que dijo haber conquistado el Polo Norte en 1909, fue un farsante o estaba equivocado. Nunca estuvo allí. En realidad el polo permanecía negado a los hombres, pero el mundo no lo sabía y el ártico dejó de ser una atracción. Se había repartido la gloria y sin ella se perdía el motivo de aquellas expediciones. Nadie volvió en mucho tiempo y el Polo Norte se mantuvo indómito aún por varias décadas, riéndose de los hombres.
Como dice Fleming Fergus, «llegar al polo fue un sueño durante siglos; pero los que llegaron no fueron los que habían soñado con ello».
Esa es la paradoja de la conquista del Polo Norte, que quienes soñaron con el polo jamás lo alcanzaron, aunque lo creyesen o lo fingiesen, y quienes por fin lo alcanzaron lo hicieron sin saber que eran los primeros. El resultado de este engaño fue que la verdadera conquista del polo es una historia sin clímax y casi decepcionante. Ni siquiera podemos otorgar el mérito a un hombre en particular, ya que tres expediciones se reparten el privilegio de ser los primeros en ver el Polo Norte, poner los pies sobre él, y alcanzarlo por medios terrestres. La conquista concluye como sigue, parsimoniosa y sin que apenas nadie estuviese ya prestando atención.
12. Divisar el Polo Norte (1926). Amundsen, Ellsworth y Nobile vuelan de Spitsbergen hasta Alaska en el dirigible Norge. No lo saben, o no están seguros, pero son las primeras personas en ver el Polo Norte. No observan reptiles inteligentes; no hay nada allí más que hielo.
13. Pisar el Polo Norte (1948). Siguiendo instrucciones de Josif Stalin, un equipo de hombres de ciencia viaja en avión al norte con fines científicos y estratégicos. Son, seguramente, los primeros en poner los pies sobre el Polo.
14. Alcanzar el Polo Norte (1968-1969). El explorador británico Wally Herbert se convierte en el primer hombre en atravesar la banquisa polar y llegar al polo por su propio pie. Es 1969. Un hombre conquista el Polo Norte, mientras otro conquista la Luna.
Amenemhat I con dioses, entre ellos Anubis (a su derecha). Dintel de su templo mortuorio en Lisht.
The Conversation(C.G.Zamacona) — Salvapatrias, magnicidas, manipuladores… La Historia está llena de personajes que furtivamente han buscado el poder o se han hecho con él de forma algo deshonesta. Y así lo vemos también en el antiguo Egipto.
Hacia el 1991 a. e. c., Amenemhat, visir del último rey de la dinastía XI, Mentuhotep IV, se convirtió en faraón. Se le conoce como Amenemhat I, fundador de la dinastía XII (1991-1781 a. e. c.), la más importante del Reino Medio.
A lo largo de esas décadas, Egipto llegó a controlar todo el valle del Nilo, incluida Nubia, la zona comprendida entre la primera y segunda “cataratas” del río. Se irrigó la zona del Fayum, ampliándose los cultivos, crecieron la población y la economía y se armó un aparato estatal poderoso que reorganizó el país entero.
Florecieron las artes y las ciencias, se controlaron las vías de comunicación por los desiertos y oasis desde Libia al mar Rojo, se expandió la navegación por ese mar y el Mediterráneo, se fortificaron las fronteras de Nubia y el delta del Nilo y se dominó el Sinaí, con sus preciadas minas de cobre y turquesa. Esto último propició el nacimiento del primer sistema de escritura basado en escribir sonidos: el protosinaítico.
Sin embargo, el origen de la dinastía está envuelto en enigmas. Por un lado, los restos arqueológicos encontrados dan muestras claras de que existían conflictos: Amenemhat I trasladó la capital del reino desde Tebas al norte, a una ciudad de nueva planta (Ichitaui), todavía sin localizar, y abandonó la construcción de su tumba en Tebas y se hizo enterrar en una pirámide en la necrópolis de El-Lisht.
Además, la tumba de los soldados en la necrópolis tebana de Deir el-Bahari, más bien un almacén de decenas de cadáveres sin embalsamar, aporta una prueba especialmente dramática de que se convivía con una inestabilidad grave.
Por otro lado, los textos encontrados –que se discute si son propaganda real o puramente literarios– hablan de profecías, leyendas y conspiraciones. Es decir, Amenemhat fundó una nueva dinastía, sin duda, pero parece que las circunstancias en las que lo hizo son oscuras.
Por cierto, Amenemhat significa “Amón está al frente”. Recuerden otra cosa que les hará falta en lo que sigue: Amón, el dios de Tebas, significa “el oculto”.
– Imeny, el salvador
Óstraco con una copia fragmentaria de la Profecía de Neferty.
Un relato aparentemente reflexivo, La profecía de Neferty, nos traslada a la época del rey Esnefru (dinastía IV), padre de Keops –el de la pirámide–, seiscientos años antes de que Amenemhat I naciera.
El escritor cuenta cómo Esnefru, aburrido, solicitó que le llevasen a alguien que le contase una historia.
Los cortesanos le llevaron a Neferty, un sacerdote de la diosa Bastet.
Este ofreció al rey dos opciones: contarle algo ocurrido o contarle algo por ocurrir.
Sin dudarlo, el rey eligió el futuro y Neferty le describió una época de caos y destrucción que sólo remediaría la llegada de un hombre fuerte de nombre Imeny (“el oculto”), procedente del sur e hijo de una nativa de Nubia.
La profecía de Neferty parece aludir a una época convulsa que tuvo lugar entre el desarrollo del Reino Antiguo y el Medio. En ese contexto siniestro, la solución a todos los males del país se encarnó en Imeny, que no sería otro que Amenemhat I.
– Amenemhat, el prodigioso
Unos grafitos grabados en las paredes de los roquedos del Uadi Hammamat, la principal vía de comunicación del valle del Nilo con el mar Rojo, relatan cómo Amenemhat, cuando todavía era visir de Mentuhotep IV, triunfó en sus arriesgadas expediciones gracias a señales maravillosas de origen divino.
En uno de esos grafiti (Hammamat M110) se cuenta la llegada de una expedición comandada por Amenemhat en busca de una losa de grauvaca adecuada para la tapa del sarcófago de Mentuhotep IV. Entonces interviene el dios Min, quien envía una gacela encinta a dar a luz sobre el bloque de roca que sería elegido para el sarcófago.
– Amenemhat I, el previsor
Papiro Sallier II, página 1, con el comienzo de la Enseñanza de Amenemhat I, depositado en el British Museum.
Tras acceder al trono, aunque se desconoce cómo, en el vigésimo año de su reinado, Amenemhat I nombró rey a su hijo, dudoso de que la sucesión fuera a resultar pacífica.
Esto hizo que, por primera vez, hubiese una corregencia en Egipto.
El texto didáctico Las enseñanzas de Amenemhat I da pistas del ambiente que existía en la corte durante esos momentos clave.
En él, Amenemhat I se dirige a su hijo Sesostris I cuando este ya es rey, le advierte sobre las falsas amistades y le relata un intento de magnicidio del que fue objeto antes de su corregencia:
“Tras la cena, entrada la noche, me había echado a descansar un rato, pues estaba cansado y medio dormido. De repente, las armas del séquito se volvieron contra mí y me sentí como una alimaña en el desierto.
Me despertó la guardia y vi que atacaba un soldado. Si hubiera tenido mis armas, habría podido luchar, pero nadie triunfa en la oscuridad ni en soledad. No hay triunfo sin un protector. El ataque ocurrió en tu ausencia, antes de que la corte supiera que yo te iba a ceder el trono, antes incluso de que me hubiera sentado a hablarlo contigo. No temía nada porque ni siquera lo vi venir”.
No se sabe si Amenemhat I estaba vivo o no en el momento de escribirse la narración, o si es un encargo de su hijo, tras la muerte de su padre, para legitimar su dinastía. Estas dificultades de interpretación son algo bastante común cuando se trabaja con fuentes antiguas –cuanto más antiguas, más complicado es–.
– Amenemhat I, el difunto
Sabemos de la muerte del rey por otra narración, el Cuento de Sinuhé. En ella se narra cómo el cortesano del título, que servía a la esposa de Sesostris I, huyó de Egipto temiendo quizás ser acusado de participar en un posible asesinato de Amenemhat I.
Sinuhé volvía de una expedición a Libia comandada por Sesostris I cuando se enteró de la muerte de Amenemhat I. Las circunstancias de este fallecimiento y la presunta vinculación de Sinuhé con el mismo nos son desconocidas –aunque se entiende que sus contemporáneos las conocerían–, pero sirven como detonante de la narración.
Como por designio divino, Sinuhé escapa cruzando el delta del Nilo hacia el este y llega hasta la actual Siria. Allí prospera gracias al patronazgo de un jefe local, de nombre sospechosamente egipcio, Amunenshi.
Papiro Berlin 3022, página 1, con el comienzo del Cuento de Sinuhé.
Tras largos años en Siria, Sinuhé vence a un enemigo en combate singular, lo que consigue apaciguar a la divinidad que lo había expulsado de Egipto.
Su situación llega a oídos de Sesostris I, quien le envía una copia de una orden de su mano dándole permiso para volver a Egipto y ser readmitido en la corte real.
Con él se cierra el ciclo de textos relacionados con la legitimación de la dinastía XII y su fundador, Amenemhat I, el usurpador.
Parte frontal de un sarcófago antropoide fenicio de una mujer, hecho de mármol, 350–325 aC, de Sidón, ahora en el Louvre
Meer(S.Gil) — Parece que hemos llegado a puerto. Y es que los fenicios, aquel pueblo formado por comerciantes y viajeros a los que debemos la introducción de la escritura -fenómeno sin par, como el descubrimiento del fuego o del mismo Internet-, conocían los papiros como lámina imprescindible para poder elaborar sus contenidos. Lo curioso del tema es que no quedan restos ni prueba alguna que reafirme la existencia de estas primerísimas inscripciones.
José Ángel Zamora, responsable del área de Historia Antigua de la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, señala al respecto que, tras haber estudiado grafitos -trozos de cerámica- en los que se incluían representaciones gráficas fenicias de hace cerca de 3.000 años, sus autores primero habían tenido que aprender a realizarlas en papiros.
Según este experto, aquella civilización que arribó a la Península Ibérica en el siglo IX antes de Cristo y que conocía el Mediterráneo antiguo al dedillo, fue la que realmente tuvo el conocimiento necesario para crear un sistema de signos que duró más de 700 años, llegando a convivir incluso con el latín de los romanos.
Una idea que refuerza el concepto que siempre se había sospechado: a esta comunidad, marinera por excelencia y con tantos puertos a sus espaldas, se le debe que los diferentes lugareños a los que se acercaban en sus periplos adaptaran sus lenguas a sus propias representaciones, ya fuera sobre papiro o sobre cerámica.
Es decir, en la Hispania prerromana fueron naciendo distintas escrituras con la misma raíz fenicia: el tartésico -situado en el suroeste de nuestra geografía- que desapareció en el siglo IV antes de Cristo, el ibero, -desde Andalucía oriental hasta el sur de Francia- y el celtibérico -desde Burgos a Teruel, pasando por Cuenca, Zaragoza y Soria-.
La explosión del uso de estas antiguas escrituras se puede observar tanto en el ámbito privado y personal como en el espacio público, ya sea en monumentos, piedras funerarias o monedas. Pero la llegada del imperio romano a Hispania tuvo como consecuencia la desaparición de estas formas de escritura paleo-hispánica entre mediados del siglo I antes de Cristo y comienzos de nuestra era.
No obstante, aquí se encuentra el verdadero quid de la cuestión ya que para Zamora, «a diferencia de los griegos y los romanos, casi todo lo que escribían los fenicios se ha perdido porque lo hacían sobre soportes perecederos y, una vez derrotados e integrados en la civilización romana (en occidente, tras las guerras púnicas), no tenían a nadie que copiase sus textos, salvo algún raro pasaje».
Además, los problemas para entender y rescatar del olvido las lenguas derivadas -que solo se comprenden todavía parcialmente- son similares a los del fenicio. Esto es, que la mayor parte de lo que escribieron iberos, celtíberos y tartésicos también se ha perdido, pues lo hacían en papiro, tablillas enceradas, pieles, cortezas:
Inscripción en alfabeto fenicio encontrada en Cebelireis Daği cerca de Alanya, Turquía, finales del siglo séptimo antes de Cristo
«La escritura era común, habitual sobre soportes que no se han conservado.
En algunos casos se han perdido las tablillas, pero conservamos el punzón de bronce con el que se escribía en ellas”», declara por su parte Francisco Beltrán, catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Zaragoza.
«Así que el resto de lo que se conoce es a través de la epigrafía, unos testimonios que han sido suficientes para descifrar el alfabeto fenicio, ya en el siglo XVIII, y a partir de ahí la lengua, aunque no todos sus textos se comprenden bien.
Por eso es tan importante encontrar más epígrafes, esos escritos que pueden aparecer en materiales duraderos como piedras, cerámicas o metales; entre los que hay piezas monumentales u objetos preciosos, pero también platos o vasos más humildes en los que alguien escribió breves textos (por ejemplo su nombre) o trozos sueltos de esos materiales que se utilizaron en lugar de los papiros o las pieles para hacer apuntes, bien porque estaban más a mano, bien porque eran más baratos», asegura en este sentido J. A. Aunión, especialista en el tema.
Más concretamente, y para dar fuerza a la teoría del papiro en la Península Ibérica, han sido dos arqueólogos -Juan Miguel Pajuelo y José María Gener- los que han proporcionado el argumento final al encontrar en el Teatro Cómico de Cádiz cinco bulas fenicias (sellos de arcilla empleados para cerrar documentos a modo de lacre) del siglo VIII antes de Cristo. «Esto demuestra que existían textos invisibles fenicios, que esta civilización escribía y escribía mucho, aunque no queden demasiados restos que lo atestigüen», concluye Zamora.
Una de las imágenes rescatadas por Arcángel Bedmar: agosto de 1936, un grupo de mujeres de Montilla (Córdoba) tras ser rapadas por haber estado relacionadas con el bando republicano.
El País(S.Laboreo) — En 1939, en una cárcel franquista de Madrid, una mujer sube a la terraza del edificio y alza a su hija en brazos. Al otro lado de los muros de la prisión se encuentra su marido, que finge leer el periódico mientras aguanta sentado a pleno sol tan solo para poder verlas unos minutos.
Son la histórica militante del Partido Comunista de España (PCE) Julia Manzanal y Hernán Pérez, su compañero. La tarde del 20 de julio de 1936, en Ferrol, un grupo de veinte mujeres vestidas con uniforme de enfermera asaltan el buque militar Almirante Cervera para robar armamento y ayudar así a la resistencia en la ciudad.
El 1 de agosto de 1974, a las tres de la tarde, unas vecinas del municipio sevillano de Carmona cortan la carretera N-IV al grito de “queremos agua”. Están hartas, llevan horas esperando la llegada del camión cisterna. A ellas les siguieron centenares de mujeres y otros tantos cortes en varios puntos con intersecciones de carreteras, lo que provocó grandes retenciones.
Estas son solo algunas de las historias de resistencia que recoge AmigaDateCuenta.org, un proyecto de recopilación, investigación y geolocalización de los espacios vinculados a la memoria democrática de las mujeres en España. Detrás se encuentra Herstóricas, que, en palabras de una de sus fundadoras, la historiadora Sara López Jiménez, es una alternativa cultural y educativa que pretende visibilizar la aportación histórica de las mujeres desde perspectivas feministas.
Este mapa de la memoria, que empezó en 2023 gracias a la financiación del Instituto de las Mujeres y cuya continuación y expansión se encuentra en fase de mecenazgo en la plataforma Goteo, nace de la necesidad de sus creadoras de materializar esos espacios de represión franquista y lucha por la democracia por los que transitamos cada día.
Cárceles femeninas, centros de detención, sedes del Patronato de la Mujer, fosas comunes, cementerios, carreteras y otros lugares, muchos de los cuales se encuentran sin una placa o un recuerdo de lo que allí ocurrió. “Si, en general, ya hay una carencia de conocimiento de la memoria democrática de este país, cuando hablamos de memoria democrática de las mujeres es muchísimo más”, explica López.
Para sus creadoras, AmigaDateCuenta.org es una llamada de atención.
“El silencio que hemos tenido en torno a la memoria democrática no es bueno para nadie.
Es un ‘amiga, date cuenta’ de lo que han hecho con la historia reciente del país.
Es, también, un ‘amiga, date cuenta’ de lo que ha sucedido aquí. ‘
Amiga, date cuenta’ de que cuando la gente pasa por ciertos espacios, todavía le viene a la memoria cuando fueron torturadas o detenidas ilegalmente”, detalla López.
“Ese ‘amiga, date cuenta’ nos lo dicen las mujeres que han luchado o han sido represaliadas por defender unos valores democráticos.
Son esas mujeres que, a través de los archivos, de la historia oral, de objetos que aparecen en las exhumaciones o escondidos en las casas nos están diciendo: ‘chiquis, despertad”.
El mapa interactivo, que ya cuenta con más de 274 puntos y que está en continua actualización, recoge lugares asociados a la memoria democrática desde el inicio de la Guerra Civil hasta la década de los ochenta. Se divide en dos categorías principales: espacios de represión y de resistencia. “Muchas veces, la represión de las mujeres es invisible a los ojos de la historiografía.
Imagínate a los ojos de la ciudadanía”, explica López. Porque la opresión a las mujeres durante el franquismo fue diferente a la que sufrieron los hombres.
“Primero, el estigma de ser una roja, o ser mujer o hermana de un rojo. No te van a dar trabajo, te van a tener controlada, no vas a poder llorar a tus muertos. Aparte de la violencia económica, el tener que estar además en todos los homenajes de, entre comillas, los vencedores, mientras tú a lo mejor tienes a alguien escondido en tu casa o un familiar en la cárcel”, enumera.
La historiadora también detalla violencias específicas como la violencia sexual o la moral. “Esa idea del ángel del hogar. Te machacaban constantemente con ese mensaje, que te atravesaba físicamente, laboralmente, económicamente, te atravesaba por todos lados. Tú tenías que ser la buena esposa y, si no, ya sabes dónde te mandaban”, añade.
Detalle del proyecto de mapa interactivo de Amiga, Date Cuenta.
En AmigaDateCuenta.org también se hace hincapié en toda la resistencia que estas mujeres opusieron al franquismo. Una rebeldía que iba desde huelgas de mujeres en cárceles franquistas y también en fábricas, luchas en la clandestinidad, fugas de película o la creación de organizaciones como el Movimiento Democrático de Mujeres, hasta ser el sostén de las familias represaliadas o rebeldías cotidianas como llevar el Mundo Obrero escondido en el cestillo de la compra.
“El imaginario colectivo que tenemos es de señoras que no hacían nada y que estaban todo el día calladas. Pero allí había mujeres a las que les hacía runrun todo el rato por dentro, algunas mucho más politizadas y otras que estaban llevando esa resistencia desde su vida personal”.
Es entonces, cuando lees y conoces testimonios de mujeres de la época, cuando descubres, explica López, que una cosa es lo que se nos ha vendido y otra lo que ocurrió durante todos aquellos años. “En la historia de las mujeres lo heroico individual que siempre nos han vendido desde los hombres para ellas no existía.
Ellas son heroicas pero siempre en lo colectivo. Y creo que es una buena lección de historia por si acaso necesitamos aplicarla. Necesitamos ejemplos de mujeres diversas porque siempre hemos pensado que ellas estaban en sus casas calladitas y eso es mentira”.
Un grupo de internas en un Patronato de Protección de la Mujer en una imagen del archivo de la Junta de Andalucía.
Cada punto geográfico del mapa se ha creado a partir del vaciado de bibliografía, la lectura de libros testimoniales y también hablando con mujeres. Como reconocen desde Herstóricas, hay muchísimo por hacer. “No te puedes meter en todos los mercados de todas las ciudades, ni en todos los pueblos. Por mucho que llevemos mil lugares el día de mañana, seguirán siendo espacios simbólicos porque quedarán muchos más”, explica.
Este es un trabajo que pretenden seguir ampliando con más puntos porque “una vez que hablas de memoria, la gente se abre. Y todo el mundo tiene algo de contar desde lo cotidiano”. “De esto depende nuestro futuro”, mantiene López. “Y más cuando hay un avance de la extrema derecha.
Hasta en países que parecían que habían trabajado la memoria de manera ejemplar… ¿El qué no va a pasar aquí? Que nunca se ha mirado. Que no se ha tomado en serio. Que siempre con lo de ¡ay!, abrir heridas. Cuando, simplemente, es curar. Que curar y sanar se hace desde el amor, no se hace desde la violencia. La memoria es un acto de amor. No es otra cosa”, finaliza.
Muy Interesante(F.Navarro) — En las vastas y áridas tierras que hoy conforman el suroeste de los Estados Unidos, una vez patrullaron los misteriosos y casi olvidados dragones de cuera. Estos soldados, parte esencial del Imperio español en América del Norte, defendieron fronteras y forjaron alianzas en territorios que se extienden desde California hasta Texas.
Su historia, tejida entre desafíos y gestas, refleja la complejidad y el alcance de la expansión española en un continente lleno de riquezas y conflictos. A través de su relato, redescubrimos una pieza clave del intrincado mosaico que conforma el pasado norteamericano donde, sí, también hubo presencia española.
¿Qué era los dragones de cuera?
Los dragones de cuera eran unidades de caballería ligeras del ejército español, diseñadas específicamente para la defensa y el patrullaje de los extensos y peligrosos territorios de la Nueva España.
Establecidos en el siglo XVIII, estos soldados combinaban habilidades de caballería con tácticas de infantería, adecuadas para hacer frente tanto a las inclemencias del enorme territorio como a las amenazas de tribus nativas hostiles. Su nombre, «de cuera», proviene de la característica cuera, un abrigo de cuero resistente a las flechas.
Los dragones estaban dispersos a lo largo de una frontera que se extendía desde las actuales Texas, Arizona y California, hasta partes de Nevada y Kansas, cubriendo algunos de los terrenos más hostiles de América del Norte. Su presencia era vital para proteger las rutas comerciales, misiones y asentamientos españoles contra incursiones y revueltas.
Ilustración de un soldado de cuera (siglo XVIII)
– Vestimenta y armamento
La vestimenta de los dragones de cuera era emblemática y funcional, adaptada a las duras condiciones del territorio que patrullaban. Su prenda más distintiva, la «cuera», era un abrigo largo sin mangas hecho de hasta siete capas de cuero, diseñado para ofrecer protección contra las flechas indígenas.
Este abrigo era complementado por un sombrero de ala ancha, pantalones de cuero y botas robustas, preparando a los dragones para el clima extremo y el terreno accidentado.
En cuanto al armamento, los dragones de cuera estaban equipados de manera distinta al ejército regular español. Portaban una combinación de armas ligeras y pesadas que incluían lanzas, escudos de cuero, espadas anchas adaptadas al combate cuerpo a cuerpo y carabinas para ataques a distancia.
Esta diversidad en el armamento reflejaba su rol especializado de fuerza móvil y adaptable, capaz de enfrentar tanto a combatientes a pie como a caballo, crucial para su efectividad en la defensa de las fronteras del Imperio español.
– La vida al servicio del Imperio español
Ser un dragón de cuera requería cumplir con criterios estrictos y un fuerte compromiso de honor, vital para la supervivencia y efectividad en las duras fronteras de la Nueva España. Los candidatos debían tener al menos 16 años de edad, una estatura mínima de 150 cm, estar sanos, ser católicos y libres de pecados graves.
El reclutamiento de los dragones de cuera era voluntario, atrayendo a una mezcla diversa de españoles, criollos, mestizos, indios hispanizados y esclavos liberados, reflejo de la heterogeneidad cultural de los territorios que patrullaban. Esta diversidad no solo fortalecía su capacidad de adaptación y supervivencia en ambientes variados, sino que también fomentaba una rica interacción cultural dentro de las unidades, crucial para su éxito en las fronteras del Imperio español.
– Batallas claves
Los dragones de cuera jugaron un papel central en la gestión y a veces en la confrontación con tribus nativas como los apaches y los comanches, que representaban constantes desafíos para la expansión y seguridad de los asentamientos españoles. Estas interacciones oscilaban entre la diplomacia y el conflicto armado, siendo la caballería y las habilidades de los dragones cruciales en ambos escenarios.
Uno de los eventos más significativos fue la emboscada a Cuerno Verde en 1779, donde el gobernador Juan Bautista de Anza lideró a 150 dragones de cuera en un ataque sorpresa contra el líder comanche, Cuerno Verde, y sus guerreros. Este enfrentamiento, que culminó con la muerte de Cuerno Verde, marcó un punto de inflexión en las relaciones, llevando a tratados de paz que estabilizarían temporalmente la región.
Esta victoria no solo consolidó la presencia española en el territorio, sino que también demostró la habilidad estratégica y el valor de los dragones de cuera en las complejas dinámicas de la frontera norteamericana.
– Soldados olvidados
Con la independencia de México en 1821, el control de los territorios patrullados por los dragones de cuera pasó de España a México, y posteriormente a Estados Unidos tras la guerra mexicano-americana. Este cambio de poder diluyó la memoria de los dragones en la narrativa histórica, eclipsados por figuras más prominentes en la historia de Estados Unidos.
A menudo marginados en los relatos populares, el legado de los dragones de cuera como custodios tempranos de turbulentos territorios es un recordatorio de la rica y compleja historia de la presencia española en América del Norte.
La historia de los dragones de cuera ilumina una faceta poco reconocida pero fundamental de la historia norteamericana, destacando la temprana y extensa influencia española en lo que hoy es Estados Unidos.
Recordar a estos soldados enriquece nuestro conocimiento del pasado y nos ayuda a valorar la diversidad y la complejidad de los procesos históricos que han formado la nación.
Joseph P. Kennedy y Rose Fitzgerald junto a sus nueve hijos.
BBC News Mundo — Pese al poco tiempo que pasaron en la Casa Blanca, muchos consideran a John F. Kennedy (JFK) y a su esposa, Jacqueline Bouvier, como la pareja presidencial más icónica de la historia de Estados Unidos.
En 2017, un estudio de la organización no partidista InsideGov los ubicó en el sexto lugar entre los matrimonios con más poder que han llegado a gobernar ese país.
Como fenómeno político, la presidencia de JFK representó una renovación al inyectar nueva energía y un cierto optimismo en el país. También significó el clímax para una dinastía.
Joseph P Kennedy, el padre de JFK, fue un millonario empresario de raíces irlandesas que nació en el seno de una poderosa familia de Nueva Inglaterra y que llegó a ser embajador en Reino Unido durante la presidencia de Franklin D. Roosevelt.
En 1914, se casó con Rose Elizabeth Fitzgerald, cuyo padre había sido alcalde de Boston y que pertenecía a la clase privilegiada de raíces católicas de esa ciudad. En 1951, el papa Pío XII la nombró condesa.
El matrimonio tuvo nueve hijos, pero muchos de sus descendientes tuvieron un fin prematuro.
Saoirse Kennedy Hill -una de las nietas de Robert F. Kennedy, el hermano de JFK- murió en 2019 por sobredosis. Tenía 22 años.
La última tragedia en la familia tuvo lugar el 1 de agosto de 2019, cuando Saoirse Kennedy Hill -una de las nietas de Robert F. Kennedy, el hermano de JFK- murió por sobredosis a los 22 años.
Su fallecimiento, sin embargo, apenas fue uno de varios eventos traumáticos sufridos por su familia, que han hecho que la opinión pública estadounidense hable de «la maldición de los Kennedy».
BBC Mundo te cuenta sobre otros sucesos trágicos que han marcado a esta familia.
1. La lobotomía de Rosemary
Rosemary Kennedy fue la tercera de los nueve hijos del matrimonio de Joseph P Kennedy y Rose Elizabeth Fitzgerald.
Nació en 1918 y era la primera de las cinco hijas.
Aparentemente por errores médicos cometidos durante el parto, Rosemary sufrió una privación de oxígeno en el cerebro por lo que creció con discapacidades intelectuales, según reveló muchos años después una de sus hermanas.
Por un tiempo, Rosemary se comportó como la sociedad y su padre esperaban: aquí aparece como anfitriona en la celebración del Día de la Independencia en la embajada de EE.UU. en Londres.
Desde pequeña se hizo evidente que tenía dificultades de aprendizaje. Algo que la familia intentó ocultar para evitar el estigma de estar asociada con «genes defectuosos».
En 1941, cuando tenía apenas 23 años, su padre decidió someterla a una lobotomía, una nueva operación «psicoquirúrgica» que implicaba la separación o eliminación de vías entre los lóbulos del cerebro y que por entonces se creía que podía curar muchos males.
Los resultados fueron desastrosos. Rosemary quedó sin poder caminar ni hablar y vivió los siguientes 64 años escondida en instituciones de salud y necesitada de atención a tiempo completo.
2. La muerte del primogénito
Tres años después de la operación de Rosemary, su hermano mayor, Joe Jr. Kennedy, murió en combate mientras participaba como piloto en una operación secreta durante la II Guerra Mundial.
Joe Kennedy Jr. murió como piloto en una misión secreta durante la II Guerra Mundial.
Su muerte prematura lo convirtió en el único de los cuatro hermanos varones que nunca participó en política pese a que también tenía aspiraciones.
De hecho, era él -y no su hermano JFK- el que desde siempre había sido preparado por su padre para convertirse en presidente de Estados Unidos.
Joe Jr. se había ofrecido como voluntario para transportar una enorme carga explosiva que iba a ser lanzada en un lugar próximo al puerto francés de Calais, donde los nazis tenían potentes misiles que usaban en sus campañas aéreas durante la guerra.
Sin embargo, el avión en el que volaba explotó durante el vuelo. El primogénito de los Kennedy tenía entonces 29 años de edad. Sus restos nunca fueron recuperados.
3. Doble tragedia
John F. Kennedy Jr., el primer hijo varón de JFK y Jacqueline Bouvier, murió el 16 de julio de 1999, cuando la avioneta que pilotaba se estrelló en el océano Atlántico, a unos 12 km de la isla Martha’s Vineyard, Massachusetts, en el noreste de Estados Unidos.
John John, como era conocido, era un hombre carismático de 38 años de edad. Junto a él fallecieron su esposa, Carolyn Bessette, de 33 años, y su cuñada, Lauren Bessette, de 34 años.
John John, como era conocido, era un hombre carismático de 38 años de edad. Junto a él fallecieron su esposa, Carolyn Bessette, de 33 años (en la imagen), y su cuñada, Lauren Bessette, de 34 años.
Su muerte tuvo gran impacto no solamente por tratarse de un terrible accidente sino además porque Kennedy era una figura sobre la cual los medios estadounidenses habían puesto su atención prácticamente desde su nacimiento.
Pero John John y su tío Joe Jr. no son los únicos que perdieron la vida en accidentes aéreos.
En 1948, Kathleen Kennedy, la segunda de las hermanas de JFK, falleció cuando volaba hacia el sur de Francia junto a su pareja, el conde William Wentworth-Fitzwilliam, un militar y aristócrata británico.
Kathleen Kennedy también falleció en un accidente aéreo.
Kathleen, o «Kick» como la llamaban cariñosamente, ostentaba entonces el título de marquesa de Hartington pues cuatro años antes se había casado con William John Robert Cavendish, heredero del Ducado de Devonshire.
Sin embargo, la joven enviudó pronto pues -apenas cuatro meses más tarde- su marido murió en acción cuando su compañía intentaba arrebatar a los nazis el control de la ciudad belga de Heppen.
4. El magnicidio de JFK
El sueño de Joseph P. Kennedy de tener un hijo en la Casa Blanca se cumplió con JFK, quien durante su gobierno inconcluso fijó la meta de que Estados Unidos debía llegar a la Luna antes de finales de la década de 1960.
JFK y Jacqueline Bouvier son considerados como la pareja presidencial más icónica de la historia de Estados Unidos.
También fue a él a quien le correspondió manejar la crisis de los misiles soviéticos en Cuba, que puso al mundo al borde de la III Guerra Mundial.
El 22 de noviembre de 1963, cuando le faltaban dos meses para cumplir tres años de mandato, JFK fue asesinado en Dallas (Texas) mientras iba junto a su esposa en una caravana en un auto descapotable.
Las autoridades detuvieron e inculparon por lo sucedido a Lee Harvey Oswald, un exmarine estadounidense que, tras haber servido en el ejército, se había ido a vivir durante dos años a la Unión Soviética.
Dos días después de la muerte de JFK, Oswald fue asesinado mientras era trasladado por los estacionamientos subterráneos del cuartel de la policía de Dallas, lo que abrió las puertas a un sinnúmero de conjeturas sobre una posible conspiración detrás del magnicidio.
5. El asesinato de Robert
En junio de 1968, Robert Kennedy, uno de los hermanos menores de JFK, era precandidato presidencial del Partido Demócrata cuando fue asesinado en la cocina del hotel Ambassador de Los Ángeles, donde había acudido como parte de su campaña.
Robert Kennedy fue asesinado en el hotel Ambassador de Los Ángeles.
Robert, quien había sido fiscal general durante el gobierno de su hermano y luego había sido electo senador, era visto como un líder del movimiento por los derechos civiles.
Murió asesinado por Sirhan Sirhan, un inmigrante palestino que dijo haberle atacado debido al apoyo de Kennedy al estado de Israel.
«Déjenme explicar. Puedo explicarlo. Lo hice por mi país. Yo amo mi país», gritó Sirham al ser detenido.
Sin embargo, posteriormente dijo que su confesión durante el juicio fue producto de las presiones de su abogado defensor y que no podía recordar el momento del tiroteo.
Pese a que entonces surgieron numerosas teorías de la conspiración, no hay dudas sobre su participación en los hechos.
6. El accidente de Ted
En 1969, Edward «Ted» Kennedy, hermano menor de JFK, tuvo un accidente automovilístico en la isla de Chappaquiddick, en Nueva Inglaterra, que resultó en la muerte de Mary Jo Kopechne.
De los hermanos Kennedy Fitzgerald, Ted fue el único no murió en un suceso trágico.
Ambos regresaban de una fiesta cuando el auto que conducía Ted se salió de la ruta en un puente estrecho y cayó en un río.
La mujer, de 29 años de edad, falleció en el accidente, pero Kennedy logró escapar con vida pese a lo cual no informó a las autoridades sino hasta la mañana siguiente, unas ocho horas después del suceso.
Kennedy, quien era entonces senador por Massachusetts, dio posteriormente un discurso por televisión en el que asumió la responsabilidad por lo ocurrido, negó tener algún tipo de relación impropia con la fallecida y aseguró que cuando ocurrió el accidente no estaba bajo influencia del alcohol.
Ante la justicia, Kennedy se declaró culpable de haber abandonado el lugar donde ocurrió el suceso y fue sentenciado a una condena suspendida de dos meses de prisión.
Así, al final logró evitar la cárcel, pero este suceso pesaría como una sombra a lo largo de toda su carrera política.
JotDown(J.Serralvo) — Michel Foucault, enfant terrible de la filosofía francesa, suicida malogrado, profesor universitario, presunto apolítico, posible militante de izquierdas parapetado de gaullista, maoísta a ratos, jamás trotskista, homosexual, activo, pasivo, otra vez: pasivo, visitante asiduo de los garitos sadomasoquistas y las saunas de ambiente de Nueva York y San Francisco, diplomático y escritor en ciernes, drogadicto esporádico, defensor de los derechos humanos, del LSD y de la revuelta sindicalista polaca de 1981, pensador contumaz, arqueólogo de las estructuras de Poder, con mayúscula, víctima temprana de los excesos del racionalismo, de la alopecia y de la pandemia del sida, enemigo intelectual de Jean-Paul Sartre, estudiante de budismo zen y lanza-adoquines apócrifo en Mayo del 68, entre otras muchas cosas, es el autor de una interesante trilogía titulada Historia de la sexualidad. De ella —i. e. de la trilogía— voy a hablarles en este artículo.
Antes, permítanme una advertencia. O mejor, dos. La primera, que al decir que Foucault era un arqueólogo de las estructuras de Poder, con mayúscula, estaba siendo demasiado cauteloso. O poético. En realidad, Foucault estaba obsesionado con el Poder. No pensaba en otra cosa. Hablase de psiquiatría o de derecho penal, de cárceles o de Las Meninas, todos sus análisis partían de, fluían hacia y desembocaban en el Poder.
Más de un académico, con James Miller, uno de sus biógrafos, a la cabeza, ha llegado a insinuar que lo único que incitaba a Foucault a pasarse sus giras por Estados Unidos visitando garitos sadomasoquistas era su deseo de convertir las relaciones de poder —esta vez con minúscula— en una fuente de placer. (Sin comentarios. Ni juicios de valor, por supuesto).
La segunda advertencia es que, pese al título grandilocuente —después de todo, por más que fuese un enfant terrible, Foucault nunca dejó de ser al mismo tiempo un enfant de la Patrie—, Historia de la sexualidad, pese a sus ca. setecientas páginas, no es más que un prolegómeno en el análisis de este tema.
Aquí les dejo un puñado de razones: (i) Foucault solo llegó a publicar tres de los seis volúmenes que había previsto, por lo que el grueso de la obra apenas pasa de los hábitos sexuales de griegos y romanos; (ii) su campo de estudio se circunscribe a Occidente, ignorando casi por completo el resto del mundo —recordemos una vez más que Foucault era francés: ah, la Grande Patrie!—; y (iii) Foucault afirma que la historia de la sexualidad se articula en torno a dos grandes rupturas, una en el siglo XVII, cuando nacen las grandes prohibiciones, y una en el siglo XX, cuando se aflojan los mecanismos de represión.
Como saben todos los lectores de Jot Down, a día de hoy, al menos en Occidente, habría que incluir una tercera ruptura, auspiciada por el auge del porno. Pero, como diría Michael Ende, esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión. Ahora, vayamos a lo importante.
La voluntad del saber
Foucault comienza su obra aludiendo a la represión sexual que, según los discursos más extendidos, habría sido puesta en marcha a lo largo del siglo XVII, coincidiendo con el nacimiento de una sociedad burguesa capitalista. Se trataría, como es bien sabido, de una época de interdicciones, de cerrazón amatoria, de sexo exclusivamente reproductivo, de ausencia de placer, de mojigatería, de puritanismo extremo.
El tema que nos incumbe, el sexo, se habría convertido, o así nos lo han querido vender, en poco menos que un tabú.
Ojo: así nos lo han querido vender los otros.
Para Foucault, en cambio, esta hipótesis represiva, oh, là, là, no es más que una técnica de poder. Casi que una quimera.
En realidad, la supuesta sociedad mojigata y burguesa que nace a finales del XVII «habla con prolijidad de su propio silencio, se encarniza en detallar lo que no dice».
Tras poner de manifiesto cómo la supuesta reserva en torno al sexo no es, en cierta medida, más que el fruto de una hipocresía generalizada, Foucault enumera una serie de instancias en las que no se hace otra cosa más que hablar de este tema.
Como era de esperar, se apunta en primer lugar a la Pastoral cristiana. Por medio de la confesión, los sacerdotes quieren saberlo todo sobre el sexo. T-o-d-o. No solo lo que se ha hecho, sino también, y sobre todo, lo que se ha mirado, lo que se ha dicho, lo que se ha pensado.
(Nada extraño, por otra parte. Tengan en cuenta que, a falta de Internet, el confesionario era probablemente una forma excelente de paliar la incurable curiosidad humana). En un exceso de celo, la Iglesia establecerá con quién se puede tener relaciones legítimas —i. e. el cónyuge—, cuándo —i. e. tras el matrimonio—, con qué fines —i. e. la procreación— e incluso de qué formas —i. e. nada de posturitas exóticas, ni de juguetitos, ni de desvestirse completamente durante el coito.
Desde luego, la Pastoral cristiana no va a ser la única que se enzarce en esta proliferación de discursos sexuales. En primer lugar, le va a hacer compañía el monarca y la clase gobernante quienes, por primera vez en la historia, no la de la sexualidad, sino de la otra, la normal, la de Tucídides, la hegeliana, van a interesarse por los encuentros carnales del vulgo.
Es la época de las preocupaciones demográficas, de la medición de las tasas de natalidad y mortalidad, y de las catastróficas inquietudes de Malthus, un pastor anglicano que, al más puro estilo Nostradamus, «predijo» que más de cien millones de británicos morirían de hambre como consecuencia del desajuste entre el crecimiento poblacional —que aumentaba en progresión geométrica— y el crecimiento de la producción alimenticia —que lo hacía únicamente en progresión aritmética—.
También es la época en la que las diferentes ramas del poder estatal, y muy en especial la rama judicial, se lanzan a la persecución de los pervertidos. Ahora más que nunca, los depravados, los corrompidos, los viciosos, tendrán que afrontrar el ostracismo social, la tipificación de sus conductas y, a veces, el internamiento en centros especiales o incluso la cárcel.
Por último, pero no menos importante, Foucault nos habla de la proliferación de los discursos médicos sobre la sexualidad. Al igual que en otros ámbitos, el creciente interés por los aspectos medico-científicos del placer vino acompañado de un engañoso recelo a discutir tales temas. Un ejemplo paradigmático es el de Auguste Tardieu, quien en su Estudio médico-forense sobre los atentados a la moral habría escrito lo siguiente:
La sombra que envuelve esos hechos, la vergüenza y la repugnancia que inspiran, alejaron siempre la mirada de los observadores… Mucho tiempo he dudado en hacer entrar en este estudio el cuadro nauseabundo. Tardieu, como la Pastoral cristiana, como los jueces y legisladores, como los gobernantes, no desaprovecha ocasión alguna para hablar de eso que se supone oculto, embozado en el ámbito de lo secreto, de lo privado, de lo prohibido.
El caso de los médicos es especialmente preocupante. A lo largo del siglo XIX no habrá enfermedad alguna a la que no se le suponga una etiología/causa al menos parcialmente sexual. Si se tiene tisis, o tuberculosis, o un resfriado, es porque se están usando los genitales para actos indebidos. (Ole, precisamente, los cojones de los médicos).
En resumen, Foucault insinúa —sin recurrir a esta comparación— que entre los siglos XVII y XIX nos convertimos poco menos que unos voyeurs no del acto sexual, sino de la sexualidad en sí misma:
Inventamos un placer diferente: placer en la verdad del placer, placer en saberla, en exponerla, en descubrirla, en fascinarse al verla, al decirla, al cautivar y capturar a los otros con ella, al confiarla secretamente, al desenmascararla con astucia; placer específico en el discurso verdadero sobre el placer.
Adán y Eva con los genitales ocultos tras hojitas, Lucas Cranach El Viejo
Personalmente, hay dos ideas en las que coincido plenamente con Foucault y una en la que estoy en total desacuerdo.
Empecemos por donde no hay fricción.
Lo primero en lo que uno no tiene más remedio que darle la razón al filósofo francés es en relación con el hecho de que vivimos en una «monarquía del sexo»:
Occidente ha logrado (…) hacernos pasar casi por entero —nosotros, nuestro cuerpo, nuestra alma, nuestra individualidad, nuestra historia— bajo el signo de una lógica de la concupiscencia y el deseo (…) El sexo, razón de todo.
Esto es innegable, ¿no? Y quien diga lo contrario, miente.
Lo que dudo mucho es de que hagan falta ciento cincuenta páginas para transmitir un mensaje tan simple.
En mi humilde opinión, esto puede hacerse en un par de frases.
Sirva como ejemplo la concisión de David Lynch en la mítica serie de televisión Twin Peaks.
A mediados de la primera temporada, Cooper, un agente del FBI encargado de investigar el asesinato de Laura Palmer, somete al doctor Jacoby (el terapeuta de Laura) a un interrogatorio.
Cuando Cooper le pregunta al doctor Jacoby si Laura tenía problemas, este le responde que sí. Y cuando le pregunta si los problemas de Laura eran de naturaleza sexual, el doctor Jacoby suelta la mayor verdad de toda la serie: «Agente Cooper», le dice, «los problemas de toda nuestra sociedad son de naturaleza sexual».
Esto es, chispa más o menos, digo yo, no sé, espero, lo mismo a que se refiere Foucault cuando habla de la «monarquía del sexo».
La segunda conclusión irrefutable es que en nuestro entorno cultural, y parece que también en el de los siglos XVII en adelante, el sexo hace las veces de sanctasanctórum de la existencia. O sea, que no es solo aquello que nos define e individualiza, sino también aquello a lo que, excepciones al margen, otorgamos un mayor valor, ya sea gozando con su realización o sufriendo con sus carencias. Foucault escribe lo siguiente:
El pacto fáustico cuya tentación inscribió en nosotros el dispositivo de la sexualidad es, de ahora en adelante, este: intercambiar la vida toda entera por el sexo mismo, por la verdad y la soberanía del sexo. El sexo bien vale la muerte. Cuando Occidente, hace ya mucho, descubrió el amor, le acordó suficiente precio como para tornar aceptable la muerte; hoy, el sexo aspira a esa equivalencia, la más elevada de todas.
Dejando de lado que, en ciertos casos, amor y sexo pueden no ser más que dos caras de una misma moneda, resulta igual de difícil oponerse a la idea que subyace a estas líneas. Indudablemente, el sexo ocupa un lugar primordial en nuestras vidas. Consciente o inconscientemente, por él estamos dispuestos a hacer (casi) cualquier cosa, incluso pasarnos la castidad por el forro de la sotana.
Más de un comentarista cínico ha ejemplificado este supuesto binomio sexo/muerte, o sexo/sacrificio, aludiendo a la propia biografía de Foucault, quien precisamente murió de sida, enfermedad que probablemente contrajo en sus escarceos sexuales en los clubs sadomasoquistas de San Francisco.
Una estupenda novela, no lo digo yo, aunque también, sino la revista Time, que parodia con maestría esta obsesión por el placer, es La broma infinita, del norteamericano David Foster Wallace. Parte de la compleja trama gira en torno a una película tan adictiva, tan grata y placentera, que las personas que la visualizan no logran despegar los ojos de la pantalla. Se olvidan de comer, de dormir, de beber. Al final, sucumben a su propia muerte, víctimas de este placer sin freno.
Wallace explora así no solo los peligros del placer—sexual u otro—, sino la forma en que sus excesos anulan la voluntad y la capacidad de raciocinio. A los personajes que tienen la mala suerte de ver una parte de esta película ya no les queda otra alternativa que seguir mirándola hasta la muerte. Dejar de comer, de dormir y de beber no son el producto de una elección, sino la consecuencia ineludible —e irreversible— de haber dado primacía al placer por encima de todas las cosas.
En estos dos aspectos, el de que el sexo es a la vez nuestra identidad y nuestro mayor interés/condicionante, resulta difícil oponerse a Foucault. Sin embargo, sus argumentos son bastante menos convincentes cuando insinúa, con la ambigüedad propia del académico que desea cubrirse las espaldas, que la proliferación de discursos sobre la sexualidad —i. e. el hecho de que se hable MUCHÍSIMO sobre el sexo— desmiente en lo más mínimo la existencia de esa época de interdicciones, de cerrazón amatoria, de sexo exclusivamente reproductivo, de ausencia de placer, de mojigatería, de puritanismo extremo.
Mal que nos pese, lo cierto es que esos discursos polimorfos y diversos, sobre todo los que venían revestidos de un falso prestigio científico, no hicieron más que marginalizar aún más las sexualidades disconformes. Y aquí ha de entenderse por disconforme todo lo que no sea meter el pene del hombre en la vagina de la mujer para tener un bebé. Déjenme darles un par de ejemplos que, a mi modo de ver, son mucho más relevantes que las referencias de Foucault, quien, en mi opinión, se centra mucho en la cantidad de discursos, pero no lo suficiente en su (falta de) calidad.
Dos desnudos y un gato, Pablo Picasso
Veamos primero a Freud. En sus Tres ensayos sobre teoría sexual, Freud enumera una serie de perversiones: homosexualidad, zoofilia, fetichismo, sadomasoquismo, etc. ¿Saben qué más incluye Freud entre su lista de perversiones? El sexo oral. Solo se libran, de chiripa, los besos: «El empleo de la boca como órgano sexual», escribe el austríaco/checo, «se considera una perversión cuando los labios o la lengua de una persona entran en contacto con los genitales de la otra, y no, en cambio, cuando ambas mucosas labiales tocan una con otra».
Pese a que Freud explica que, a su modo de ver, el término «perversión» no tiene un carácter peyorativo, sino patológico, lo cierto es que todas estas conductas sexuales —lo repito una vez más: básicamente cualquier cosa distinta a meter el pene del hombre en la vagina de la mujer para tener un bebé— se consideran reprobables.
Tanto es así, que el primero de los tres ensayos se titula «Las aberraciones sexuales». (En alemán, Freud utiliza el sustantivo Abirrungen, que en este contexto equivale a desvío o descarrío moral. Quien ingenuamente crea que el uso de estos vocablos no indispone el juicio inconsciente de cualquier lector, por más que el autor se escude en que son términos «no peyorativos», no tiene más que echar un vistazo a los estudios de Berger y Luckmann sobre los efectos constitutivos del lenguaje, o, por qué no, a los estudios del propio Foucault).
¡No se alarmen! El hecho de que ser gay o hacer una mamadita constituyesen antaño una indecencia no era, en sí mismo, un motivo para caer en la desesperación. Afortunadamente, Freud nos tranquiliza con la siguiente noticia: «la inversión puede ser suprimida por sugestión hipnótica».
O sea, que si es usted de los que suscriben la apología del sexo oral de Josep Lapidario, ha de saber que a principios del siglo XX podrían haberle considerado un depravado, un sujeto digno de estudio clínico. Y si hubiese chupado, o le hubiesen chupado a usted, qué más da, y todavía peor si le gustó chupar o que le chupasen, más le hubiese valido mantenerlo en secreto.
Claro que las cosas le habrían ido mucho peor si lo que le pone es montárselo con personas de su mismo sexo y tiene usted la mala suerte de ir a buscar ayuda a la consulta del doctor Gregorio Marañón, quien por cierto era un misógino de mucho cuidado.
Vean lo que escribió en 1930 en La evolución de la sexualidad y los estados intersexuales (les adelanto que la primera vez que me topé con esta referencia me quedé tan boquiabierto, tan incapaz de aceptar que alguien tras cuyo nombre se bautizan hospitales y otros rincones del callejero madrileño hubiese escrito, y peor aún: hecho, cosas tan aterradoras, que no descansé hasta que verifiqué la cita en una primera edición de este monumento al despropósito humano):
En otro lugar he dicho que «cada cual, en este mundo, no ama lo que quiere, sino lo que puede». El papel de la sociedad, por lo tanto, frente al problema de la homosexualidad, es estudiar los orígenes profundos de la inversión del instinto para tratar de rectificarlos. En modo alguno castigar al homosexual: siempre que no sea escandaloso (…)
Varios autores han tratado de combatir la homosexualidad, sustituyendo los testículos del invertido por otros de hombre sano, o por el injerto de testículos de mono en el paciente, según la técnica de Voronoff, con resultados favorables, aunque todavía no exentos de crítica (…)
En dos homosexuales, de mi práctica reciente, he sugerido la realización de un injerto, según Voronoff, realizado por mi colaborador el Dr. Ferrero. En el primero, homosexual típico, con proporciones eunucoides, la tendencia irresistible de su libido hacia el hombre se modificó completamente después de la operación y se mantenía normal a los seis meses.
En el otro se trataba de una homosexualidad también indudable con signos esqueléticos eunucoides y rasgos de feminidad orgánica hemilaterales. A los tres meses de la operación su libido había aumentado, pero en el mismo sentido homosexual.
(De nuevo: sin comentarios. Solo que, esta vez, con juicio de valor agazapado a mi silencio).
En fin, espero que empiecen Ustedes a entender por qué estoy en desacuerdo con la ambigüedad de Foucault. Sin duda, entre los siglos XVII y XX se habló mucho, ¡muchísimo!, de sexo. Pero la mayor parte de las cosas que se dijeron fueron inmensas tonterías. De modo que insinuar que la proliferación de discursos sobre esta temática invalida en lo más mínimo la existencia de un clima represivo es, se mire por donde se mire, totalmente inaceptable.
Inicialmente, el plan de Foucault era continuar la introducción del primer volumen de su obra por un estudio de la sexualidad en la Pastoral cristiana. Sin embargo, acabó cambiando de idea y decidió que la mejor forma de sostener su tesis acerca de la proliferación de los discursos sexuales a partir del XVII era comenzar analizando las costumbres de la tradición grecorromana. Primero, como veremos en el próximo artículo, vinieron los griegos. ¡Eureka!
¿Qué puedo contarles yo de los antiguos griegos que ustedes no sepan? Seguro que ya han escuchado más de una vez que los griegos se comportaban como unos auténticos pervertidos, en el más puro sentido freudiano del término. Pues bien, veamos qué hay de cierto en esto.
Lo primero que Foucault nos dice es que los griegos eran, en lo referente a la moral sexual, mucho más majetes que los cristianos. (Si tienen quejas a este respecto, por favor no me las endiñen a mí al final del artículo: diríjanselas directamente a monsieurDaniel Defert, compañero y legatario de Foucault). Según Foucault, el cristianismo habría asociado el acto sexual «con el mal, el pecado, la caída, la muerte, mientras que la Antigüedad lo habría dotado de significaciones positivas».
Para los griegos, los desajustes respecto a la moral sexual estándar no se consideraban, en sí mismos, un problema. En general, la conducta sexual no solía ser, contrariamente a lo que ocurre desde hace siglos en el Occidente cristiano, objeto ni de escándalos ni de disgustos.
Desde luego, ayudó mucho el hecho de que en la antigua Grecia, salvo un par de pitonisas aspirando gases tóxicos entre las grietas de la montaña, no existía una casta sacerdotal preocupada por adoctrinar a sus creyentes acerca de lo que «estaba permitido o prohibido, o era normal o anormal».
En mi opinión, aunque Foucault no lo mencione, también tuvo que ayudar bastante el hecho de que los propios dioses griegos fuesen acreedores de unas costumbres de lo más disolutas. Piensen ustedes en la cantidad de ocasiones en que Zeus, el mandamás del Olimpo, se saltó a la torera la fidelidad conyugal —a veces literalmente, como cuando se transformó en toro blanco para raptar a la hermosa Europa—.
Además, como nos recuerda Foucault constantemente, la moral sexual de la época, cuyas reglas eran normalmente enunciadas por los filósofos, solo tenía como objetivo establecer la conducta del «hombre ideal». No constreñía a todo el mundo. No era, como en el cristianismo, una norma general de conducta que todos debían seguir.
Y, ciertamente, no había un Dios dentro de la cabeza de los griegos asegurándose de que sus pensamientos eran puros en todo momento, ni un cura en el confesionario esperando a que fuese usted a contarle qué pensamientos impuros había albergado, con qué frecuencia y dónde andaba su mano diestra —o zurda, según el caso— mientras los susodichos pensamientos fluían por su imaginación.
Una vez aclarado que la moral sexual cristiana no ha de servirnos como referencia para entender la (in)trascendencia de la moral sexual griega, toca responder a la siguiente pregunta: ¿en qué consistía esta última?
Básicamente, el precepto primordial era que un ciudadano adulto y libre, o sea, alguien que no era ni mujer, ni niño, ni adolescente, ni esclavo, podía hacer poco más o menos lo que le viniese en gana. Solo había dos cositas que no estaban muy bien vistas: el exceso y la pasividad.
El problema en relación al exceso es bastante singular. Para los griegos, los placeres más elevados eran aquellos vinculados a la vista y al oído, porque eran precisamente los que diferenciaban a los seres humanos de los animales. Todo lo que implicase una satisfacción personal a través de la estimulación corporal, o bien a través de un roce con la garganta —i. e. comida y bebida—, era considerado de carácter inferior. Entre otras cosas, porque la búsqueda de esta clase de placeres coartaba la libertad del individuo.
Copa griega del siglo V a. C. – Museo Nacional, Tarquinia.
Diógenes decía que los esclavos servían a sus dueños, mientras que los inmorales hacían lo propio con sus deseos. Además de eso, como señala Platón (en una explicación que es digna del mismísimo Don Gregorio), había también razones médicas que apuntalaban la inmoralidad de los excesos:
La lujuria debe tomarse como efecto de una enfermedad del cuerpo (…) el esperma, en lugar de seguir encerrado en la médula y en su armadura ósea, se habría desbordado y puesto a fluir por todo el cuerpo.
Viendo el currículum vítae de Zeus, la bisexualidad de Dionisio o las infidelidades de Afrodita —quien, pese a estar casada con el pobrecito de Hefesto, no dudaba en alternar en su lecho al hermoso Adonis y al aguerrido Ares—, es más que legítimo dudar acerca de la importancia de la templanza en la moral sexual griega.
En todo caso, puedo asegurarles que si el grado de constreñimiento de la moral sexual cristiana se aplicase al panteón griego, al menos el 80 % de los dioses olímpicos no vivirían en el Olimpo, sino en el Hades —i. e. el infierno.
El segundo tabú de la moral griega era ser pasivo. Probablemente más que ninguna otra cultura, los griegos concebían las relaciones sexuales como una prolongación de las relaciones sociales. De modo que:
Así como, en la casa, es el hombre el que manda; así como, en la ciudad, no está ni en los esclavos ni en los niños ni en las mujeres ejercer el poder, sino en los hombres y solo en ellos, igualmente cada quien debe hacer valer sobre sí mismo sus cualidades de hombre [en la cama] (…) Ser activo, en relación con quien por naturaleza es pasivo y debe seguir siéndolo.
Tanto fanatismo existía en relación con el tema de la pasividad sexual que si un hombre libre permitía que otro individuo le penetrase quedaba inmediatamente incapacitado para el ejercicio de funciones públicas. «Cuando en el juego de las relaciones de placer se desempeña el papel del dominado, no es válido ocupar el lugar del dominante en el juego de la actividad cívica y política».
En realidad, lo que de verdad molestaba a los griegos era que alguien se saliese del rol que tenía asignado. Esa era la razón por la que el lesbianismo estaba tan mal visto en Grecia. Se asumía que si dos mujeres llegaban a mantener relaciones —algo que seguramente ni siquiera llegó a ocurrir en el caso de la poetisa Safo de Mitilene, quien probablemente se limitó a un desahogo lírico de sus amoríos homosexuales— una de ellas tenía que ejercer el papel activo, penetrar a la otra de alguna forma, dominarla.
Y esto, como ya habrán imaginado, estaba muy pero que muy mal visto. Como contraargumento a tanto sinsentido, ustedes podrían aducir que una mujer puede acostarse con otra mujer sin que ninguna de las dos recurra a la penetración. Y lo mismo con respecto a dos hombres. Otra posibilidad sería que ambos se penetren por turnos.
Pero lo cierto es que, como apunta Jesse Bering en Perv, la idea de la versatilidad —tanto práctica como teórica— en el interior de las parejas homosexuales es bastante reciente.
Copa griega del siglo V a. C. – Museo del Louvre.
Antes de pasar a los romanos, hay que dedicarle unas líneas al tema de las relaciones con los «muchachos» (no intento escudarme en eufemismos, es la palabra que emplea Foucault: l’amour des garçons). Para los griegos, por aberrante que nos parezca, la relación entre un hombre y un muchacho constituía el vínculo más puro y perfecto.
El adulto, el erasta («amante»), no solo persigue al muchacho, el erómeno («amado»), con ardor e insistencia, sino que, si consigue llamar su atención, le colma de regalos y le instruye en los quehaceres de la ciudadanía. A cambio, el erasta adquiere derechos (sexuales) sobre el erómeno.
En la Grecia del siglo IV a. C. uno no se casaba por amor. Las uniones entre un hombre y una mujer perseguían intereses políticos y económicos. Se trataba, ante todo, de asegurar la correcta perpetuación de las élites. En este sentido, el marido no tenía demasiadas obligaciones para con su esposa. Como hemos adelantado, podía acostarse con quien quisiese.
La única prohibición verdaderamente vinculante era la de seducir a otra mujer casada. Y lamento tener que informarles de que esta restricción no pretendía salvaguardar el honor de la mujer casada, sino el del esposo de esta, al que se le consideraba su dueño.
Con esto último en mente, es un poco más fácil entender (ojo: he dicho entender, no justificar) la pasión que los griegos sentían por los muchachos. Resumiendo mucho la cuestión, puede afirmarse que la relación entre un hombre y su esposa siempre tenía un componente sexual, pero no era necesario —aunque ocurriese a menudo— que tuviese también un componente erótico; por el contrario, las relaciones entre un erasta y un erómeno eran siempre de carácter erótico, con lo que esto implica.
Por no dejar la imagen de los griegos tan por los suelos, me permito aclararles que, pese a su fama, no eran un pueblo de pederastas, sino de efebófilos. Es decir, que no practicaban sexo con niños —lo cual estaba prohibido por ley—, sino con adolescentes.
En concreto, los griegos se interesaban por los muchachos durante el breve período que media entre el umbral de la pubertad y «las primeras muestras de barba». Mantener esta relación después de la adolescencia, o sea, cuando el muchacho se convertía, a su vez, en un hombre libre, era considerado inadecuado tanto para el erasta como para el erómeno.
En todo caso, como lo indica Foucault, los adultos no ejercían sobre los muchachos ningún poder estatutario. El erómeno era «libre de hacer su elección, de aceptar o rechazar, de preferir o de decidir». No cabe duda de que, en este contexto, hablar de «elección» resulta cuando menos sospechoso.
Aunque tampoco seré yo quien ponga en duda que, tal vez, un adolescente griego de entre catorce y dieciséis años tenía más margen de maniobra que una joven colona británica en el siglo XVI: quizás se sorprendan ustedes si les digo que, por aquel entonces, en los asentamientos ingleses de Norteamérica la edad de «consentimiento» de las niñas era de tan solo diez añitos.
Para concluir, quédense con esta idea: los griegos no eran unos santos: se burlaban de la igualdad de la mujer, se acostaban con adolescentes y usaban a los esclavos como si fuesen muñecas hinchables. Lo que hacía que los griegos fuesen distintos a los cristianos no era que su moral sexual fuese mejor, sino sencillamente que no estaba vinculada a la idea del mal.
Voy a darles un último ejemplo: los griegos creían que los excesos de placer —i. e. la falta de templanza de la que hablábamos antes— eran perjudiciales para los ojos y la espalda, «que son alcanzados de manera destacada, ya sea porque contribuyen al acto más que los demás órganos o porque el exceso de calor produce en ellos una licuefacción».
Pues bien, esto no es muy diferente de lo que me decía mi abuela cuando pensaba que cometía actos impuros con mi propio cuerpo: «Niño, no te toques que te vas a quedar ciego», «Niño, no te toques que se te derrite el cerebro». Cuando un día me senté junto a mi abuela, que nació a comienzos de la Segunda República, y le pregunté de dónde se había sacado aquellas ideas, me dijo que las contaba un cura de Jerez cuando ella era joven. (Esta anécdota es real).
Como ven, a la hora de decir tonterías los griegos y los cristianos no siempre son tan diferentes: ojos/espalda v. ojos/cerebro. Y, por su puesto, nadie lo pone en duda, Dios me valga, en algunas cosas los griegos eran mucho peor que los cristianos. Lo que realmente les diferencia es que, en el caso de los griegos, uno se daba un masaje de espalda después del coito y se quedaba tan pancho.
En el caso de los cristianos, en cambio, uno primero se queda ciego y luego va al Infierno por ello. Encima de cabrón, apaleado.
Muchacho desnudo junto al mar de Hippolyte Flandrin. – Museo del Louvre.
La inquietud de sí
En el tercer tomo de su trilogía, Foucault se centra en las prácticas sexuales de los romanos. Específicamente, en torno a los siglos I y II de nuestra era. Primero voy a exponerles lo que no cambió respecto a los griegos del siglo IV a. C., y luego aquello que cambió radicalmente.
Lo que no cambió es que los romanos seguían usando a los esclavos como muñecas hinchables, se masturbaban con total tranquilidad y podían tener relaciones sexuales con otros hombres. Ser el polo pasivo de una pareja de varones homosexuales seguía viéndose como algo despectivo, pero sin melodramas. Tampoco cambió la «repulsión» hacia «las relaciones entre mujeres y, sobre todo, [hacia la] usurpación por una de ellas del papel masculino».
Si entre la época griega y la romana hay una mudanza en las costumbres que, a nuestros efectos, merece ser analizada, es sin duda la de la nueva importancia concedida al matrimonio. Como ya apuntamos, para los griegos la unión entre un hombre y una mujer cumplía, ante todo, una finalidad político-económica. Dicha unión se circunscribía claramente a la esfera de lo privado y solo afectaba, en esencia, a las familias de los cónyuges.
En Roma, por el contrario, el matrimonio fue convirtiéndose poco a poco en una institución cívica. «Ya sea por medio de un funcionario o de un sacerdote, es siempre la ciudad entera la que sanciona el matrimonio». Como consecuencia, la conducta de los esposos comienza a ser fiscalizada a través de mecanismos públicos.
Un ejemplo es la ley deadulteriis, que permite condenar por adulterio a la mujer casada que se acuesta con un hombre (casado o no) y al hombre casado que se acuesta con una mujer casada.
En términos morales, tal y como subraya Foucault, esta ley no supone un cambio respecto a las costumbres helenas: las esposas griegas tampoco podían tener relaciones sexuales con nadie, mientras que los esposos podían acostarse con quien quisiesen, excepto con la mujer de otro hombre (pues se consideraba una afrenta hacia este último).
Por lo tanto, lo interesante de la ley de adulteriis no es la regla que establece, sino la sanción que prescribe. En el siglo V a. C. el asunto se habría resuelto en el seno de la familia, intramuros. Ahora se dirime por un juez, de forma oficial y de acuerdo con una serie de formalidades administrativas que conciernen a todos los ciudadanos.
Fresco romano en un prostíbulo de Pompeya.
Poco a poco, empezó a ocurrir lo impensable: se formalizaron parejas por el mutuo acuerdo de un hombre y una mujer, sin previo consentimiento del padre de esta. Así, el matrimonio fue convirtiéndose en una institución más libre y, por consiguiente, más igualitaria.
Mientras que un contrato matrimonial del siglo V a. C. hubiese exigido al marido, a lo sumo, que mantuviese a la concubina fuera de casa, que no le pegase a la esposa o que no tuviese hijos bastardos, en el siglo II d. C. era corriente encontrar cláusulas que especificasen «la prohibición de tener una amante, o un querido, o de poseer otra casa».
Curiosamente, los pensadores de esta época dedicaron una inmensa cantidad de energía a teorizar sobre las ventajas e inconvenientes del matrimonio. No pude evitar una sonrisa cuando llegué a la parte en la que Foucault explica que los epicúreos y los cínicos eran contrarios a esta institución, mientras que los estoicos se mostraban más bien favorables. Me recordó a una vieja viñeta de The New Yorker —políticamente incorrecta.
En fin, el caso es que en el siglo II de nuestra era, el nuevo rango concedido al vínculo matrimonial cambiará para siempre los contornos de la moral sexual. Dos prácticas se verán especialmente afectadas. La primera es la del sexo con los muchachos. Aunque no desaparece, los romanos lo verán cada vez con mayor suspicacia.
En Los amores, un texto atribuido a Luciano, el protagonista, un tal Teomnesto, se cuestiona sobre qué amor es más valioso: el de las mujeres o el de los jóvenes. (Teomnesto admite sufrir de ambos). La conclusión del autor, efebófilo convencido, es que el vínculo que une a un hombre y un muchacho es el más puro de todos.
Sin embargo, la obra no deja de reflejar el aumento de la problematización moral de este asunto, tendencia que, en pocos siglos, acabará censurando por completo esta vieja costumbre. En segundo lugar, como ya se intuía en los párrafos precedentes, las relaciones fuera del matrimonio empiezan a perfilarse como una práctica reprobable.
Musonio Rufo, un filósofo contemporáneo de Nerón, fue uno de los más fervientes defensores de circunscribir toda relación sexual al ámbito del matrimonio. En relación con esta cuestión, Musonio va mucho más allá que cualquier otro pensador de su época. No contento con prohibir el adulterio, condena también las relaciones prematrimoniales y los métodos contraceptivos.
Según Musonio Rufo, la contracepción pone en peligro a la ciudad —que necesita una población— y a la familia —que requiere tener descendencia—, además de atentar contra la voluntad de los dioses: «¿Cómo no pecaríamos contra nuestros dioses ancestrales y contra Júpiter, protector de la familia, cuando hacemos semejantes cosas?».
Doscientos años más tarde, estas ideas serían retomadas por San Clemente de Alejandría en su obra El pedagogo. Y luego, entre los siglos IV y V d. C., por San Agustín, a quien se le ocurrió la brillantísima idea de decir que derramar la simiente masculina fuera del coito equivalía poco más o menos que a un asesinato. Ya conocen ustedes el resto de la historia: nada de tocamientos en la edad infantil, nada de usar preservativos, etc.
Una conclusión, de las muchas que podrían sacarse
Hasta aquí llega la Historia de la sexualidad de Foucault. A la muerte del filósofo francés, el manuscrito del cuarto tomo de su obra, titulado Confesiones de la carne, estaba prácticamente acabado. Desafortunadamente, las restricciones impuestas por el propio Foucault en su testamento impidieron la publicación de este volumen, consagrado íntegramente a la moral sexual en la Pastoral cristiana —i. e. precisamente el tema con que el autor nos azuza la curiosidad desde la mismísima introducción.
Pese a sus interminables divagaciones, pese a su carácter incompleto, e inclusive pese a su ambigüedad, esta obra de Foucault posee un mérito indudable, a saber, el haber demostrado que la sexualidad es, por encima de todo, un producto social de cada época. Los griegos no se acostaban con muchachos porque fuesen unos monstruos. Lo hacían simplemente porque, por incomprensible que nos parezca, para ellos esta forma de amor era prueba del más alto refinamiento.
Y si a alguien se le ocurría decirle a un griego que acostarse con muchachos iba en contra de la naturaleza, porque era algo que no hacían ni los osos ni los leones, el filósofo de turno le respondería, con razón o sin ella, que ni los osos ni los leones cocinan sus alimentos, edifican viviendas más allá de sus cuevas o se visten con sedas perfumadas.
Ahora bien, si la sexualidad humana no es más que un fenómeno cultural, no biológico sino sociológico, tanto a nivel individual como colectivo, articulado por múltiples discursos de poder, el Estado, la familia, la economía política, la religión, la medicina, ¿cuál es la moral que debemos adoptar ante sus diversas manifestaciones?
Por falta de espacio, pues hasta los osados lectores de Jot Down tienen sus límites, me ceñiré a citar una vez más a Jesse Bering, autor de Perv, con el que estoy, al menos en este punto, bastante de acuerdo. Bering escribe lo siguiente:
El único aspecto importante a la hora de ponderar lo que resulta o no resulta sexualmente apropiado es la cuestión del daño. Cualquier desviación respecto a la media poblacional es útil a la hora de recordarnos la amplia panoplia de la diversidad erótica, pero, tal y como hemos visto, la cuestión de qué puede considerarse «norma»¯ o «natural» está tan hueca como un dedal cuando se trata de guiarnos acerca de nuestro propio comportamiento (…) Lo normal no es más que una cifra. Y se trata de una cifra sin ningún valor moral inherente.
Sería interesante añadir unas cuantas palabras sobre qué aspectos de la moral sexual individual pueden considerarse dañinos para otra persona. Les adelanto que, cuando se trata de cualquier práctica que involucre a dos adultos que consienten en el pleno ejercicio de sus facultades, para mí, y espero que también para ustedes, no hay (casi) ningún límite.
En todo caso, me veo en la necesidad de citar una vez más al bueno de Michael Ende: esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.
Muy Interesante(S.Romero) — Es indudable que la variada historia de innovaciones en China ha dejado una huella imborrable en el mundo y nuestra historia. Desde la antigüedad hasta la era moderna, los inventores chinos han introducido tecnologías e ideas innovadoras que han transformado la sociedad y nuestra forma de vivir y ver el mundo entero. Hoy repasamos algunos de esos inventos que cambiaron el mundo provenientes del país oriental:
– Papel: revolucionando la comunicación
¿Es el invento más fascinante e importante de todos los tiempos? Probablemente. Le debemos esta genialidad a Cai Lun, un funcionario de la corte china, a quien se le atribuye tradicionalmente la invención del papel durante la dinastía Han.
Aunque los registros muestran que el papel existía en China ya en el año 105 d.C. no fue hasta las mejoras implementadas por Cai Lun en el proceso de fabricación del papel con fibras vegetales maceradas, extendidas, prensadas y secadas, cuando se adoptó masivamente.
Este descubrimiento transformó las técnicas anteriores de escritura, y el papel se extendió gradualmente por todo el mundo. Catapultó la difusión del conocimiento, revolucionando la forma en que se registraba y difundía el saber (antes se usaban la seda y los fragmentos de bambú). La escritura se hizo más accesible y asequible gracias a este papel hecho a mano, facilitando la difusión de literatura, ciencia e información administrativa.
Lástima que su creador acabara sus días suicidándose tomando veneno para evitar ir a la cárcel por motivos cortesanos.
– Pólvora: cambiando la guerra y la historia
La pólvora fue inventada por alquimistas taoístas chinos alrededor del año 1000 d.C. cuando intentaban encontrar una poción para obtener algo tan poco mundano como la inmortalidad humana. ¿Encontraron el elixir de la vida eterna?
Resultó que la mezcla de azufre elemental, carbón vegetal, y nitrato de potasio no tuvo los “fines medicinales” que se preveía, sino que acabó siendo un invento explosivo (que se encendía con fuerza al ser expuesto a una llama o fuego) con gran potencial destructivo que abrió el camino de los artefactos explosivos y posteriormente armas de fuego, y finalmente, artillería (cañones, morteros, obuses…) y cambiaría para siempre el concepto de hacer la guerra.
Todo esto sucedió durante la dinastía Tang, alrededor del siglo IX, diseminándose luego por Europa durante la expansión mongola de 1200-1300 d.C.
– Brújula: orientando la exploración global
Esta importante herramienta de navegación que nos marca la dirección del norte magnético terrestre fue inventada por los chinos entre el siglo II. a.C. y siglo I d.C. durante la dinastía Han (las primeras brújulas estaban hechas de imán, un mineral de hierro naturalmente magnetizado que se alineaban, por tanto, con el campo magnético de la Tierra).
Fue un invento ingenioso que aprovechaba el poder del magnetismo para orientar a los viajeros en la dirección correcta. Con su sofisticación, la brújula mejoró drásticamente la exploración y el comercio marítimos, haciendo que los viajes largos a través de los océanos fueran más precisos y seguros ya que, posteriormente, reemplazando la piedra imán por agujas de hierro que se magnetizaban, se empezaron a usar para estos menesteres de navegación, un paso de gigante para la posterior Era de los Descubrimientos (al permitir a los exploradores europeos descubrir nuevas tierras y establecer rutas comerciales y difundiendo ideas y tecnologías).
– Ábaco: revolucionando el cálculo
Se cree que este dispositivo fue desarrollado por los chinos hace unos 5.000 años. Consiste en un marco de madera con varillas, cada una de las cuales contiene una serie de cuentas que se pueden mover para realizar cálculos aritméticos. Surgió como una herramienta de cálculo sencilla pero ingeniosa que revolucionaría los cálculos matemáticos.
Era fácil de usar y permitía realizar cálculos rápidamente y de forma precisa, por lo que para el comercio fue una herramienta realmente interesante. Incluso a día de hoy, el ábaco sigue siendo un símbolo de ingenio matemático y patrimonio cultural, perfecto para el entrenamiento de la aritmética mental.
– Seda: transformando el comercio internacional
En nuestro repaso por la historia de los inventos chinos no podíamos dejar de nombrar la seda. La producción y el comercio de la seda, que se originaron también en China, tuvieron un impacto profundo en la economía mundial. Se trataba de una fibra de alta calidad producida por las larvas de gusanos de seda. Los datos apuntan a que los chinos ya cosechaban seda hace 6.000 años.
Dominaron la técnica de la sericultura muy rápido y mantuvieron el secreto del tejido muchos siglos. De ahí que se convirtiera en una de las exportaciones más importantes de China, manteniendo durante muchos años el monopolio de la producción, lo que conduciría a la formación de la famosa Ruta de la Seda que conectó a China con el resto del mundo, fomentando el intercambio cultural y comercial.
Meer(S.Gil) — Por primera vez, el contenido de los antiguos manuscritos de Tombuctú, ubicados entre los siglos XI y XX y custodiados durante cientos de años frente a todo tipo de peligros, se va a mostrar al público a través de Internet, revelando la existencia de la profunda y riquísima tradición escrita de África.
Según explica Abdel Kader Haïdara, bibliotecario de Tombuctú y director de la asociación Savama —que llegó a un acuerdo con Google Arts and Culture para subirlos a la red bajo la etiqueta Mali Magic—, «son 40,000 páginas, un total de 85 manuscritos, apenas una gota en el océano de los casi 400,000 que tenemos, pero estoy muy contento porque la iniciativa le da una visibilidad enorme a este legado».
En este sentido, no hay que olvidar que los legajos se encuentran en la capital maliense, Bamako, desde 2012, cuando fueron trasladados allí escondidos en cajas y baúles para huir del extremismo yihadista. «Hemos digitalizado ya unos 300,000 manuscritos y pensamos que este año acabaremos el proceso.
Ahora hay que catalogar, restaurar los más dañados y ponerlos en valor para su explotación científica», añade Haidara. Para José Naranjo, especialista en el tema:
Tombuctú, situada en el desierto del Sahara junto al río Níger, nació en el siglo XI a partir de un emplazamiento provisional que usaban los nómadas tuaregs para abastecerse de agua. La ciudad creció como un auténtico cruce de caminos entre el norte árabe y el África subsahariana, donde se comerciaba con sal, marfil, oro y esclavos, pero también donde se intercambiaban ideas y saber.
En torno a 1300 nace la Escuela de Sankoré, la primera universidad de África, que se convirtió en uno de los principales centros de pensamiento de la antigüedad.
Página de los manuscritos de Tombuctú
Añade Naranjo:
Los manuscritos, escritos en papel italiano, pero también sobre pieles de cabra, oveja o incluso pescado, eran el medio de transmisión de todo aquel saber, pero también recogían detalles de la vida cotidiana, como transmisión de herencias, cuentas comerciales y relatos para niños.
Es más, el mismo especialista asegura que en estos legajos también se abordaban cuestiones como la elaboración de afrodisíacos o elixires e incluso conjuros de magia y cuestiones astrológicas, tan en boga en aquella época en África y Europa.
Muchos estaban escritos en verso para facilitar su memorización y contienen notas al margen que iban añadiendo los copistas a medida que los reproducían y los sabios que los interpretaban, lo que representa un auténtico diálogo intergeneracional que perduró durante siglos.
No obstante, tras la invasión marroquí a finales del XVI y con la colonización francesa, los manuscritos fueron cayendo en el olvido.
Almacenados en lugares oscuros y sin la protección adecuada, pasto de humedades e insectos, muchos se perdieron para siempre y otros fueron vendidos.
Cientos de miles, sin embargo, aguantaron el embate del tiempo y los historiadores comenzaron a apreciar su enorme valor; así, en los años 90 del siglo pasado surgieron numerosas iniciativas para protegerlos, como la creación del Centro Ahmed Baba (Cedrab) en Tombuctú. Pero otra amenaza asomaba en el horizonte.
En 2012, el grupo yihadista Ansar Dine se hace con el control de la ciudad e impone su radical visión de la vida. Entre otras medidas, destruyen edificios históricos como mausoleos o la puerta de la mezquita de Sidi Yahya. Bajo este contexto, los manuscritos estaban en claro peligro y sus propietarios deciden sacarlos a escondidas de la ciudad.
Sin embargo, en enero de 2013, los extremistas queman varios cientos de legajos que estaban expuestos en el Cedrab, mostrando que el peligro era muy real. Pese a todo, el grueso de los papeles había conseguido salir con éxito y los que permanecieron ya habían sido digitalizados en el pasado.
Finalmente, no viene mal subrayar que la iniciativa de Google Arts and Culture es una pequeña ventana que permite al mundo asomarse a una historia de África que ha sido negada o menospreciada. Aún así, el trabajo que queda por delante es inmenso y pasa no solo por la conservación, sino también por la traducción. «Vamos a ver si con esta propuesta logramos atraer la atención de los investigadores e incluso de los turistas; todo vale para conseguir los fondos necesarios y continuar nuestro trabajo», ultima Haidara.
Meer(M.C.F.del Vando Blanco) — Como el guión bien documentado de una interesante película histórica o el tema de una novela basada en el pasado, esta exposición se inspira en un extraordinario hecho de crónica militar acaecido en 1778, cuando del puerto de Livorno (Italia) zarpa el Westmorland, un veloz barco mercantil armado de cañones.
Willis Machell, el comandante asume la orden de conducirlo al puerto de Londres, donde lo esperan aquéllos que le habían encomendado sendos tesoros. En la bodega custodia un cargo variadamente valioso: 33 grandes formas de queso parmesano y una serie de cajones repletos de obras de arte acumuladas por algunos vástagos de barones ingleses a lo largo del Grand Tour (serie de viajes a Italia de formación cultural).
De hecho, a bordo de la fragata se encontraban piezas artísticas adquiridas como souvenir por los ilustres herederos ingleses (como los hijos del primer ministro, del conde Bessborough, del barón de Fordell o del príncipe de Gales) los cuales ejercieron, vanamente, esfuerzos de todo género para recuperar dos retratos y todo aquello que hubiera podido recordar aquel viaje emprendido a Italia en compañía de los propios tutores.
Frederick Ponsonby, vizconde de Duncannon, había mandado cargar en el navío diversas vistas de los sitios arqueológicos romanos, abanicos decorados y tomos de arte; George Legge, por su parte, vizconde de Lewisham, pinturas al óleo, bulbos de flores, libros y hasta muestras de lava del Vesubio.
La incautación de aquel patrimonio artístico y sentimental, se convirtió en objeto de disputas asegurativas y negociaciones diplomáticas. En una de éstas, el ex jesuita John Thorpe encontró a José Nicolás de Azara, el embajador español en Roma, para hablarle, confidencialmente, de un cajón de contenido muy especial.
En la Westmorland viajaba, efectivamente, incluso un bloque de mármol de Siena, con las iniciales ThD, en el interior del cual se había colocado, en una sección secreta, un cofrecito que contenía reliquias, que el Papa enviaba a Lord Arundell, para la capilla del Castillo de Wardour. La caja permaneció en la Academia de San Fernando a lo largo de siete años, aunque, por fin llegó a su destino, donde seguidamente se descubrió que contenía realmente las reliquias de San Clemente.
Anónimo, siglo XVIII, Arco de Settimio Severo, Avenida de Septimius Severo, Roma.
En Málaga el ambicioso tesoro de la bodega fue adquirido por la sociedad Quillin Galwey & O’Brien y de ésta pasó a la propiedad de la Compañía de Longistas de Madrid.
En aquella transacción el cargo habría podido dispersarse si no hubiera sido por los enviados del Rey Carlos III de Borbón, que lo adquirieron por la cantidad de 360.000 reales de plata.
El botín substraído parece, que ahora, haya cristalizado un conjunto de circunstancias perdidas, pertenecientes a ese puñado de aristócratas.
En el equipaje de aquellos viajes instructivos habían añadido diccionarios, guías de las ciudades, textos… además de una serie de mapas, grabados y vistas de Italia.
Sin tener en cuanta los recuerdos bajo forma de retratos de los mismos jóvenes señores, que los habían comprado. marcando las clásicas etapas italianas.
El encargo de una pintura a un conocido pintor, como Canaletto o Piranesi, era el evento típico del viaje. Igual que los lienzos de Pompeo Batoni, que retratan a Francis Basset o George Legge, representan el ejemplo más sofisticado de inmortalizar la propia imagen ante un paisaje romano para testimoniar una extraordinaria e inolvidable vivencia in situ.
Transcurrían los años de la Guerra de Independencia norteamericana que, en el escenario del Mediterráneo, enfrenta a ingleses y a franceses. La suerte no estuvo de la parte del Westmorland que acabó siendo capturado por la Marina Francesa y conducida, escoltada, hasta el puerto de Málaga.
Y de ahí, después de pasar de unas manos a otras, el valioso contenido artístico, acabó en el poder del Rey de España, que lo destina a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, donde aún se encuentra. Bien custodiado invisible y silenciosamente.
Cabe recordar que las menos valiosas formas de queso Parmesano y otros productos alimenticios fueron comprados por la Compañía de Longistas de Madrid. Mientras, aquel cargo artístico constituye un patrimonio intacto y valiosísimo que hace revivir las aventuras de viaje del mitificado Grand Tour, aquella aventura de formación que los jóvenes de la aristocracia británica se proponían llevar a cabo.
De ese enorme patrimonio, constituido por enteras bibliotecas, cajas llenas de partituras musicales nunca más ejecutadas, pinturas y grabados nunca más admirados.
Jacob More, Golfo de Nápoles con vista al Vesubio.
La Bienal del Dibujo ha podido extraer una serie de acuarelas de William Hamilton (Chelsea, 1751 -Londres,1801) y especialmente de John Robert Cozens (Londres, 1752 -1797), que ilustran lagos volcánicos del campo romano, vistas del Vesubio y de los Campos Flegreos (últimamente tierra de inquietantes episodios sísmicos), así como numerosos retratos de los jóvenes de la nobleza encargados en los lugares típicos, junto con otros testimonios de la vicisitud histórica de una embarcación que en vez de seguir un viaje geográfico realizó una accidentada e interrumpida travesía.
Estas enigmáticas obras, que el público puede admirar por primera vez, protagonizan una de las máximas citas expositivas de la IV edición de la Bienal del Dibujo hasta el 28 de julio, en el Museo de la ciudad, Rimini, cuyos comisarios son, José María Luzón, director de la sección artística de la Real Academia de San Fernando de Madrid, junto con Massimo Pulini.
Resulta un evento dentro del acontecimiento, en los períodos de apertura, está prevista la ejecución de conciertos, con algunas composiciones inéditas de Joseph Lidarti (Viena, 1730 – Pisa, 1795) presentes en el depósito madrileño, dando sonido a la voz y a las notas silenciosas tras largo tiempo.
Se trata de obras de un singular arte visual, que poseen la capacidad de liberar sonidos de una época remota, explica el también comisario de la Bienal, Massimo Pulini -catedrático de Pintura en la Academia de Bellas Artes de Bolonia- que concluye: Es como si destapando un frasco de perfume, ciertas músicas durmientes por más de dos siglos, tengan ahora la posibilidad de volver a su natural dimensión sonora.
Indudablemente el cargo de la Westmorland constituye un hallazgo inigualable, capaz de narrar de cerca, cómo se formaba y cómo se organizaba el mítico Grand Tour hacia finales del siglo XVIII.
Paradójicamente, tras el asalto, aquel tesoro saqueado y posteriormente adquirido ha llegado hasta nosotros bajo forma de un equipaje muy personal de una juventud que no se demostró tan afortunada como parecía al principio.
Meer(O.G.César) — ¿Huesos o cenizas?, ¿en Ravena o en Florencia?, ¿custodiados por franciscanos o por guardias de museos?, ¿dónde están en verdad los restos del Dante? Puede entenderse, por razones turísticas, comerciales y hasta religiosas, que a lo largo de varios siglos se siga disputando el resguardo y la custodia de los mortales despojos del poeta, pero lo que importa es algo que está al alcance todos, de cualquiera: sus versos, esos sí, inmortales.
– La persona
Hay frescos, pinturas, dibujos, pero ¿quién era este hombre? Excepto, tal vez, la efigie del Dante que en un gran fresco del Paraíso pintó Giotto en la capilla del Bargello, ya que —dice Vasari— él habría sido “el único que, vivo aún, habría tenido el privilegio y la gracia de la visión paradisíaca”, nadie dejó un retrato más vivo y fiel del florentino que Boccaccio:
De mediana talla fue nuestro poeta, y a partir de cierta edad anduvo siempre algo encorvado. De rostro alargado y de nariz aquilina, los ojos más bien grandes que pequeños, de fuertes mandíbulas y con el labio superior más avanzado que el inferior.
Tuvo color moreno, y los cabellos y la barba espesos, negros y crespos, y su rostro siempre melancólico y pensativo (e siempre nella faccia malinconico e pensoso). Sus vestidos fueron siempre dignísimos y convenientes a su edad, y su andar, grave y reposado. En hábitos domésticos o públicos, fue siempre maravillosamente pulido y circunspecto.
En el comer y en el beber fue de extremada parquedad. Nadie tan vigilante como él en el desempeño de cualquier ocupación que le solicitase.
Raras veces, a no ser que le interrogasen, tomaba la palabra, por más que fuese de gran elocuencia. En su juventud se deleitaba grandemente en sones y cantares, y por placerle tanto, fue amigo de casi todos los músicos y cantantes de su tiempo.
Cuán apasionado fue en cosas de amor, lo hemos dicho antes abundantemente. Avanzando en edad, fue muy solitario y amigo de pocos. En los estudios muy asiduo, de sorprendente capacidad y memoria tenacísima. Fue también de intelecto agudísimo y de sublime ingenio, como lo demuestran sus obras, admirables y peregrinas.
Deseosísimo fue de honor y de pompa, más por ventura de lo que al sabio cuadraría. Pero ¿qué vida ha habido tan humilde que no haya sido tocada de la dulcedumbre de la gloria?
– El poeta
Es difícil que a alguien que lea, escuche o escriba poesía le resulte ajena la palabra Dante.
Si algún poeta representa a la poesía, es él; y es él, más que ningún otro escritor, quien acabó convirtiéndose en su poema.
Cuando decimos Dante —según George Eliot—, designamos poema y poeta a la vez. Shakespeare es todos y nadie —dice Bloom—; Dante es Dante.
Cada quien habla de su mito.
Así, por peculiar que sea, cada interpretación o recreación lo enriquece y preserva.
¿Cómo no preservar el de Dante?
Al dar nuestra versión de algunas de las partes, de entre las muchas que en la summa poética dantesca más nos mueven o conmueven, no deja de resultar curiosa la coincidencia nuestra que en este punto encontramos con los dos pasajes que mayormente captaron la atención de Harold Bloom y de Borges.
Son los que se refieren a Beatriz (‘Canto XXX’ del Purgatorio) y a Ulises (‘Canto XXVI’ del Infierno), son los que hablan del amor y de la libertad, en algunas de sus más altas e inapresables expresiones.
Siguiendo en este pasaje y en otros al admirado maestro Antonio Gómez Robledo, al mencionar los primeros poemas del dolce stil nuovo y de las rimas pétreas (inspirados por una “bella Petra”), recordemos apenas algunas líneas como: “che se ‘l martirio e dolce, la morte de’ passare ogni altro dolce” (que si el martirio es dulce, más aún lo es la muerte, de dulzor insuperable). O bien estas otras, en las que evocando a su amada el poeta confiesa:
Non trovo scudo ch’ella non mi spezzi né loco che dal suo viso m’asconda; ché, come fior di fronda, cosí de la mia mente tien la cima. (No encuentro escudo que de ella me proteja ni lugar donde pueda esconderme a su vista; que, como flor de fronda, así alcanza la cima de mi mente).
En este punto no podríamos dejar de mencionar el famosísimo poema ‘Sospira’ de la Vita Nuova, libro cuyo tema único es Beatriz, escrito dos o tres años después de que ella muere el 8 de junio de 1290. La traducción, insuperable, es de Dámaso Alonso:
Tan gentil, tan honesta en su pasar, es mi dama cuando ella a alguien saluda, que toda lengua tiembla y queda muda y los ojos no la osan contemplar.
Ella se aleja, oyéndose alabar, benignamente de humildad vestida, y parece que sea cosa venida un milagro del cielo acá a mostrar.
Muestra un agrado tal a quien la mira, que al pecho, por los ojos, da un dulzor que no puede entender quien no lo prueba.
Parece de sus labios que se mueva un espíritu suave, todo amor, que al alma va diciéndole: suspira.
Recordamos ahora solamente, de paso, que no habrían faltado razones a Beatriz para tratar con tanta displicencia a Dante, quien sucumbió al traviamento (la embriaguez de la lujuria), ya que no fue una sino varias las amantes con las que se vio envuelto, según nos cuenta nada menos que Guido Cavalcanti, su amigo. Entre ellas, Lisetta, Fioretta, Violetta y Pargoletta, nombres acaso ficticios de personas reales.
Una vez más recurramos a Borges para describir, en mala prosa española —como él mismo dice—, esta parte bellísima donde se dejan ver los rasgos psicológicos más vivos y más reales de la mujer triunfante, poderosa e implacable, ante quien llega a postrarse el hombre enamorado, sediento, para beber las aguas del amor:
Beatriz lo llama por su nombre, imperiosa.
Le dice que no debe llorar la desaparición de Virgilio, sino sus propias culpas. Con ironía le pregunta cómo ha condescendido a pisar un sitio donde el hombre es feliz.
El aire se ha poblado de ángeles; Beatriz le enumera, implacable, los extravíos de Dante. Dice que en vano ella lo buscaba en los sueños, pues él tan abajo cayó que no hubo otra manera de salvación que mostrarle los réprobos. Dante baja los ojos, abochornado, y balbucea y llora.
Hablemos ahora brevemente del pasaje de Ulises, el héroe-villano, el primero de los grandes mujeriegos errantes, el más impresionante de todos los héroes ávidos de perdición, el que de algún modo había regresado de un viaje al infierno, y con el cual naturalmente Dante se identifica e iguala. Citemos solamente dos partes del ‘Canto XXVI’ del Infierno:
ni el halago de un hijo, ni la inquieta piedad de un padre viejo, ni el amor que debía a Penélope discreta, dentro de mí vencieron el ardor de conocer el mundo y enterarme de los vicios humanos, y el valor; (…)
Cuando estábamos ya viejos y tardos, al estrecho llegamos donde había Hércules elevado los resguardos que al navegante niegan la franquía. Sevilla a mi derecha se quedaba y Ceuta al otro lado se veía.
“Oh hermanos que llegáis”, yo les hablaba, “tras de cien mil peligros a Occidente, cuando de los sentidos ya se acaba la vigilia, y es poco el remanente, negaros no queráis a la experiencia de ir tras el sol por este mar sin gente. Considerad”, seguí, “vuestra ascendencia: para vida animal no habéis nacido, sino para adquirir virtud y ciencia”.
– El político
Además del poeta eximio, encontramos también al político comprometido, inclusive exiliado.
Y no es porque exaltara la vocación del poeta sobre cualesquiera otras —pues colocaba al santo, al verdadero papa, al verdadero emperador por encima de aquel—, por lo que Dante asume un muy particular destino.
Ciertamente no fueron las letras, sino la política —por un extraño apego a una visión universal o universalista de la justicia— la que marcó con los hierros fríos del exilio su vida y su camino, pero de los avatares del hombre de las causas justas muy poco o casi nada queda.
Del otro, en cambio, del poeta, permanece prácticamente todo.
Sin embargo, es ya en otra etapa, en la Canción de la Justicia, donde se presiente y puede anticiparse el altísimo vuelo y la fuerza incomparable de la Comedia.
En la Justicia se describe a tres mujeres que llegan a rondar en torno al corazón del poeta y que buscan la hospitalidad del amor; y aunque son efímeras, siempre habrá entre los hombres “gente che queste dardo fará star lucente” (es decir, gente que hará de nuevo relucir el dardo de la justicia).
Viene en el final de ese poema la estrofa en la que Dante se permite aparecer, en primera persona, como el doliente deudo de la justicia que, tal vez en su caso de triste exiliado de Florencia, el destino fuerza a mantener desterrado y a “caer con los buenos”, lo cual —dice— “es siempre digno de alabanza”.
Como en toda creación, en las raíces profundas del imaginario se mezclan y confunden los datos de la conciencia y la memoria, del onirismo real y del soñar despierto, pues a fin de cuentas si bien el acto de escribir corresponde al mundo de la vigilia, su contenido y su despliegue forman parte de un otro mundo, de un más allá en el que la secreta magia y la divina locura coronan con hojas de laurel la entusiasmada frente y la febril cabeza del poeta.
Se trata desde luego, en última instancia, de las formas del sueño desligadas apenas del soñador. Al encontrarse en medio de la famosa selva oscura, el propio Dante nos confiesa: “Tant’ era pieno di sonno a quel punto” (tanto era mi sueño en aquel punto).
Aunque habría más de una razón para ocuparse de los poemas de juventud y aún de los escritos políticos, en el centro y la cúspide está la Comedia, la Divina Comedia.
En la conocida epístola a Cangrande, redactada en latín, Dante dice que la Comedia trata del estado de las almas después de la muerte y, alegóricamente, del hombre en cuanto por sus méritos o deméritos se hace acreedor a los castigos o a las recompensas divinas.
En la primera parte se considera el vicio, llamándolo Infierno; en la segunda, el pasaje del vicio a la virtud, llamándolo Purgatorio; en la tercera, la condición de los hombres perfectos, llamándola Paraíso.
He aquí el retrato de un hombre —Dante-Ulises—, de una figura mítica que encarna como nadie la irrecusable sed de aventura y al que nada, ni siquiera el amor, puede hacer que renuncie a una libertad que es a la vez conocimiento, riesgo, valor y muerte.
Por ello, en modo alguno es casual —como bien señala Bloom— que toda una saga de escritores, la “progenie” dantesca, hayan seguido ese hilo conductor. Entre ellos, Petrarca, Boccaccio, Chaucer, Shelley, Rosetti, Yeats, Joyce, Pound, Eliot, Borges, Stevens y Beckett.
Muy Interesante(E.M.F.Aguilar) — Es posible que hablar de pecados en el siglo XXI pueda parecer sacado de otra época, pero lo cierto es que nos puede ayudar a entender películas que vemos y libros que leemos. Seas o no cristiano, seas o no prácticamente, seguro que alguna vez has oído hablar de los siete pecados capitales.
Si no es así, deberías ver Seven, la película de 1995 dirigida por David Fincher y protagonizada por Brad Pitt y Morgan Freeman. ¿Cuáles son los siete pecados capitales? ¿Quién y cuándo se establecieron los siete pecados capitales?
– Los siete pecados capitales
Vamos a ver en qué consiste cada uno de los siete pecados capitales. Y cuál es la criptonita de cada uno de estos pecados: las virtudes. Más abajo conocerás el origen histórico de estos pecados.
«Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal. […] Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana está principalmente inclinada»
Santo Tomás de Aquino
1. Lujuria
Es el deseo excesivo de placer sexual, y la castidad es una virtud porque promueve la moderación y el equilibrio en el ámbito sexual.
2. Pereza
Se refiere a la falta de esfuerzo o diligencia en las tareas, y la diligencia es una virtud porque impulsa la acción constante y el cumplimiento de responsabilidades.
3. Gula
Consiste en el exceso y la voracidad en la alimentación, mientras que la templanza es una virtud porque promueve el control y la moderación en el disfrute de los placeres sensoriales, incluida la comida.
4. Ira
Es la furia descontrolada que puede llevar a la violencia y la destrucción, y la paciencia es una virtud porque fomenta la calma, la tolerancia y la capacidad de mantener la compostura ante la adversidad.
5. Soberbia
Se trata del exceso de orgullo y arrogancia, y la humildad es una virtud porque promueve la modestia, la aceptación de las limitaciones propias y el reconocimiento del valor de los demás.
6. Envidia
Es el resentimiento hacia los logros y posesiones de otros, y la caridad es una virtud porque implica amor y generosidad hacia los demás, alegrándose por su bienestar y éxito.
7. Avaricia
Es la codicia insaciable por riquezas y posesiones materiales, y la generosidad es una virtud porque promueve compartir y dar, reconociendo que la verdadera riqueza radica en la ayuda a los demás.
Según Santo Tomás de Aquino, el calificativo capital no alude a la gravedad de estos pecados, sino a que de ellos emanan todos los demás
El origen de los siete pecados capitales
El origen de los siete pecados capitales se remonta al siglo IV, cuando el asceta Evagrio el Póntico –también conocido como el Solitario– fijó en ocho las principales pasiones humanas pecaminosas: ira, soberbia, vanidad, envidia, avaricia, cobardía, gula y lujuria. El ascetismo era una doctrina filosófica que buscaba purificar el alma mediante la negación de los placeres materiales, algo bastante poco popular en el siglo XXI.
Un siglo más tarde, el sacerdote rumano Juan Casiano introdujo en Europa las ideas de Evagrio con su libro De institutis coenobiorum, con algunos matices importantes. Y una revisión que pasaría a la historia. Casiano es uno de los Padres de la Iglesia.
En su Moralia, sive Expositio in Job (578-595), San Gregorio Magno (540-604) redujo la lista a los siete ítems que conocemos hoy: lujuria, gula, avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Casiano es uno de los Padres de la Iglesia.
Los siete pecados capitales se popularizaron mucho por parte de Dante en su Divina Comedia. Según Santo Tomás de Aquino, el calificativo capital no alude a la gravedad de estos pecados, sino a que de ellos emanan todos los demás.
Efectivamente, el propio término «capital» significa «cabeza». En palabras del propio Santo Tomás de Aquino: «Un vicio capital es aquel que tiene un fin excesivamente deseable, de manera tal que en su deseo, un hombre comete muchos pecados, todos los cuales se dice son originados en aquel vicio como su fuente principal. […] Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana está principalmente inclinada.»
Por tanto, los siete pecados capitales no están en la Biblia. La primera vez que aparece en el Catecismo fue en 1865. De hecho, en el Catecismo de la Iglesia Católica vigente se definen los pecados capitales como sigue (Artículo 8, V, 1866):
«Los vicios pueden ser catalogados según las virtudes a que se oponen, o también pueden ser referidos a los pecados capitales que la experiencia cristiana ha distinguido siguiendo a san Juan Casiano (Conlatio, 5, 2) y a san Gregorio Magno (Moralia in Job, 31, 45, 87).
Son llamados capitales porque generan otros pecados, otros vicios. Son la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.»
—¿Por qué has conducido así, idiota? ¡Podríamos habernos matado! —Peor que eso, monsieur. Podríamos haber sido capturados. —¿Capturados? ¿Por quién? ¿Por esos hombres con los que hablaste? —No son hombres, monsieur. Son cuerpos muertos. —¿Muertos? —Sí, monsieur… ¡zombis!
Jotdown(E.de Gorgot) — Este breve diálogo que acaban de leer contiene la primera mención a los zombis en un largometraje de ficción. Hace ya ocho décadas. Ahora están en todas partes: muertos vivientes, infectados, cadáveres andantes, devoradores de cerebros… desde hace unos cuantos años, la literatura, el cómic, la televisión y el cine han encontrado un filón en esta temática.
La carne de zombi vale su peso en oro; no hace mucho hablábamos sobre la manera en que The Walking Dead está arrasando en medio mundo, al igual que algunos largometrajes, enormes éxitos en pantalla grande. Es más, el género zombi no solamente se ha convertido en mercancía de consumo masivo sino que, inesperadamente, también ha llegado a ser un producto cinematográfico respetado.
No siempre fue así. Desde que nació en los años treinta, y por lo menos hasta finales de los cincuenta, las películas de zombis fueron consideradas material únicamente apto para matinées, sesiones festivas en cines repletos de niños y adolescentes descerebrados que buscaban en el cine algunas emociones fuertes con las que empezar bien el sábado, olvidando el desagradable colegio. O para pases televisivos de serie B también destinados al público juvenil.
En los años sesenta el género se volvió más adulto, aunque con frecuencia fue utilizado como vehículo para vender sexo, pero sí hubo algunos directores y guionistas que decidieron empezar a tomarse el género ás en serio. La aceptación, sin embargo, tardó unas tres décadas más en llegar.
También es interesante comprobar que el actual género zombi se parece bien poco a las películas pioneras de los años treinta, o que su evolución hasta lo que conocemos hoy no se hubiera producido sin la enorme influencia de películas y novelas que, en algunos casos, ni siquiera pertenecían al género de terror, como por ejemplo la ciencia ficción postapocalíptica o las historias de infiltraciones alienígenas.
En esta historia de los orígenes del cine zombi hablaremos de muchos de sus elementos más tradicionales: brujería colorista, sangre, racismo, efectos especiales dignos de teatrillo de pueblo, guiones absurdos, peleas ridículas, maquillajes atroces, chicas bonitas… ¡los ingredientes clásicos del género! Pero también hablaremos, cómo no, de individuos como Bela Lugosi, Ed Wood, Richard Matheson, George A. Romero… una larga lista de nombres más o menos célebres. Pero basta ya de palabrería y hagamos un poco de historia. ¡Agarren su estaca, vamos a abrir unas cuantas tumbas!
¿Qué es un zombi?
No se puede hablar de cine de zombis sin explicar lo que es un zombi. «¿Para qué?», se dirá usted, «si yo ya sé lo que es un zombi». No crea que está tan claro, y cuando empecemos a repasar películas entenderá por qué resulta indispensable esta precisión. Si usted pregunta a su alrededor, lo más probable es la mayor parte de la gente no le dé una definición correcta del término «zombi» tal y como fue entendido en el cine durante las cuatro primeras décadas de existencia del género.
Se limitarán, casi siempre, a equiparar zombi con muerto viviente, y ya está. Pero eso es algo que solamente hacemos hoy, cuando también hemos llegado a concebir que un vampiro sea capaz de enamorarse. Las viejas temáticas del terror han cambiado mucho con los años y los zombis no son una excepción.
La etimología de la palabra «zombi» es tan compleja que por sí sola merecería un extenso artículo, pero no vamos a entrar a discutirla más de la cuenta; no porque no sea interesante, sino porque sería demasiado largo de contar. Diremos solamente que es un término, o más bien un conjunto de términos, que significa cosas distintas en diversas regiones de África, donde se practicaban religiones animistas. Por ejemplo, puede significar «fetiche», un objeto utilizado en rituales mágicos.
También puede aludir a ciertos espíritus poderosos con quienes se pretende contactar mediante la magia, para que ayuden a los humanos a conseguir determinados fines. En algunas otras regiones, el «Zombi» es la divinidad creadora, esto es, un sinónimo de Dios, Jehová, Alá y demás nombres monoteístas. Como ven, nunca tuvo un significado único.
Y no se preocupen por cómo transcribir la palabra, ya que exploradores, misioneros, estudiosos y literatos europeos llevan siglos sin ponerse de acuerdo al respecto: zumbi, zombi, zombie… todas, y ninguna, son correctas. Lo importante en términos cinematográficos es que estos conceptos africanos pasaron a América y allí adquirieron nuevos significados, algunos bastante sorprendentes.
En Brasil, por ejemplo, un «zumbi» era el líder de una comunidad de esclavos emancipados, que utilizaba esa alusión a la divinidad para conferirse autoridad. Más acepciones para el confuso crucigrama.
Lo que realmente nos interesa es Haití. En el culto vudú haitiano, un «zombi» era aquel ser humano cuyo espíritu había sido capturado por un boko o brujo. El boko empleaba la magia negra para, mediante fetiches tales como figuritas con forma humana, extraer el espíritu de una persona viva o recientemente fallecida.
Después guardaba el espíritu capturado en un cántaro, botella o recipiente similar (¡esto le da todo un nuevo significado a la expresión «alma de cántaro»!) y así podía usarlo en otro tipo de rituales. El robo del espíritu conllevaba una terrible consecuencia: el brujo tomaba el control del cuerpo físico que había albergado ese espíritu antes. Si su víctima era una persona viva, esta persona perdía toda voluntad, viéndose obligada a obedecer al brujo de manera robótica.
La persona, ¡horror!, permanecía consciente, pero no podía comunicarse ni tampoco podía evitar que su cuerpo estuviese manejado por el boko. Pues bien, si se le robaba el alma a un cadáver reciente, el cuerpo físico emergía de la tumba para obedecer a su nuevo amo, aunque en este caso ya no había consciencia en él.
Ni que decir tiene que estas creencias, habituales en la población negra de Haití, combinaban la tradición africana con el trauma del tráfico de esclavos.
Ser convertido en zombi era lo peor que podía pasarle a uno porque implicaba convertirse en esclavo para siempre, sin posibilidad de escapar ni siquiera después de la muerte.
Estas dos versiones del zombi, como muerto andante y como ser humano vivo pero desprovisto de voluntad propia, se usaron indistintamente en el cine durante varias décadas. Hoy ya no sucede, pero hubo muchos zombis vivos en el cine.
Quizá debería decir que el equivalente actual son los «infectados».
El tétrico vudú haitiano extendió su divertida y chispeante influencia por el Caribe, estableciéndose en el sur de los Estados Unidos, y de manera particular en Louisiana, donde se convirtió en parte importante del folclore de la comunidad negra local. Obviamente, no todos los negros de Louisiana creían en estas supercherías, ni mucho menos; sin embargo, sí adoptaban las referencias culturales del vudú como propias, de igual manera que un español ateo se ve influido por las referencias culturales cristianas.
Dado que el concepto de zombi estaba íntimamente ligado con la experiencia de la esclavitud, los negros del sur de los Estados Unidos podían compartir y comprender muy bien el trasfondo de aquellas leyendas sobrenaturales. Un buen ejemplo de esto es que, hasta los años cuarenta y cincuenta, muchas canciones de blues mencionaban rituales de magia negra vudú como parte del imaginario asociado a las regiones sureñas donde nació ese estilo musical.
Incluso alguien como Jimi Hendrix, que nació y creció en el lejano norte del país y culturalmente tenía poco que ver con esos ambientes sureños, adoptaba las referencias al vudú como parte de la tradición musical que había asimilado. Digo todo esto para enfatizar el hecho de que, para cuando se convirtió en protagonista de su propio género cinematográfico, el zombi era un concepto ya muy arraigado en la cultura estadounidense.
Teniendo en cuenta que la industria cinematográfica haitiana era muy pobre, por no decir casi inexistente, no resulta extraño que los primeros largometrajes sobre zombis fuesen estadounidenses. Por entonces, tanto los cineastas como el público entendían al instante que la palabra «zombi» estaba íntimamente relacionada con el vudú.
El nacimiento del género zombi en el cine
El cine de zombis nació, cómo no, en Hollywood. Aunque pocos años antes se había realizado un documental sobre zombis y vudú, el primer largometraje de ficción propiamente dicho fue White Zombie («La zombi blanca»). Estrenado en 1932, estaba protagonizado nada menos que por Bela Lugosi, que interpretaba el papel de un brujo que usa ritos vudú para controlar el cuerpo de una chica.
El legendario actor húngaro estaba viviendo sus mayores momentos de gloria; el año anterior había protagonizado la inmortal adaptación de Dracula por la que pasará a la historia, y tenía un lucrativo contrato con los poderosos estudios Universal. Sin embargo, White Zombie fue una producción independiente rodada sin grandes medios, como proyecto personal del mítico productor Victor Halperin.
En la película encontramos todos los ingredientes clásicos de la mitología vudú, incluyendo a personajes de raza negra que hablaban con acento francés, referencia a la cultura cajún de Louisiana. WhiteZombie recibió críticas poco entusiastas tras el estreno, pero el tiempo le ha añadido una pátina de nostalgia que le confiere bastante encanto (y que ha servido para dar nombre a alguna banda de rock).
La película es irregular, la verdad, pero contiene alicientes legítimos. No solamente la inmensa presencia del gran Lugosi, sino también una atmósfera muy conseguida en ciertas escenas. La mala recepción crítica no impidió su éxito en los Estados Unidos, y curiosamente también en la Alemania de Hitler, donde la censura le dio el visto bueno sabe Dios por qué.
Seguramente, los paranoicos nazis pensaban que el film demostraba cómo los malvados africanos inferiores podían atacar a una mujer blanca, toda una metáfora de sus demenciales teorías racistas. Sea como fuere, el éxito en Alemania debió de producir sentimientos encontrados al pobre Bela Lugosi, que, como después veremos, no era precisamente el mayor fan del III Reich.
Cuatro años más tarde, en 1936, se rodó la segunda película con temática zombi, titulada Ouanga, aunque también conocida como The Love Wanga. Fue estrenada a pequeña escala y tardó varios años en ser proyectada por todo el país. Contaba la historia de una bruja haitiana que revivía cadáveres para usarlos como herramienta de venganza personal, tras ser despechada por un hombre que la había plantado para casarse con una mujer blanca.
Bastante más olvidable que White Zombie, rara vez la verán nombrada como una referencia básica del género. Eso sí, en ella aparece una actriz importante, Fredi Washington, la misma que en Imitación a la vida había interpretado a una mulata que se hacía pasar por blanca (es posible que les suene más el remake que protagonizó Lana Turner en los años cincuenta).
Fredi Washington era hija de mulatos pero, dado que sus rasgos faciales podían pasar perfectamente por europeos, se la contrataba para papeles que jugaban con esa ambigüedad racial en aquellos años de segregación generalizada. También en 1936 se estrenó la igualmente prescindible Revolt of the Zombies, otra producción del indomable Victor Halperin, que quiso ambientarla en Camboya por aquello de darle un toque todavía más exótico al asunto.
Los protagonistas intentaban destruir una fórmula creada por un sacerdote para convertir a los humanos en zombis. Esta mezcla de brujería haitiana con científicos locos se convertiría en un recurso muy común en el género, pero, más allá de esa innovación, la película era mediocre.
En 1940 se estrenó Four Shall Die, un film cuyo mayor aliciente es contemplar en acción a Mantan Moreland. El legendario actor empezó como artista de vodevil y se especializó en comedias, particularmente en las race movies, películas destinadas exclusivamente al público negro (sí, así estaban las cosas en América).
Sin embargo, tenía tanto carisma que se convirtió también en un habitual del cine de terror; como actor cómico era hilarante, pero si se proponía impactar al público adoptando expresiones terroríficas, lo conseguía con creces. Su talento era polifacético. También de 1940 data la primera comedia de zombis, The Ghost Breakers, un film que ha pasado a la historia gracias a la malintencionada, aunque divertida, equiparación que Bob Hope hacía de los zombis con los seguidores del Partido Demócrata.
Como pueden suponer, se trata de una película entretenida que además contaba con la presencia de otra gran estrella, la bonita Paulette Goddard. El tono de comedia desenfadada se repetiría en 1941 con King of the Zombies; vista hoy, resulta más llamativa por su descarado racismo, habitual en aquel Hollywood, que por su calidad.
No es una obra maestra, aunque sí entrañable. Sobre todo porque podemos ver de nuevo a Mantan Moreland, luciéndose en su ámbito preferido, el cómico, pero manteniendo la misma alucinógena expresión de estar contemplando los Horrores del Otro Lado que ya había empleado en la anterior película. Grandioso actor cuya presencia, desde luego, ¡siempre supone un aliciente extra!
Vistos los ejemplos, podrán ustedes deducir fácilmente que, durante los años treinta, poca gente se tomaba en serio el cine de zombis. Era como el hermano pobre de otros subgéneros del terror. Con el cambio de década no mejoraron las cosas. En los cuarenta, el género de terror sufrió una crisis que lastró la carrera de quienes habían gozado sus momentos de esplendor y ahora pagaban el precio de haber sido encasillados en esos papeles.
Bela Lugosi, por ejemplo, seguía siendo muy famoso, pero nunca consiguió abrirse paso en el cine más convencional, ni siquiera cuando tuvo la gran oportunidad de interpretar un papel en Ninotchka, el clásico de Lubitsch, donde pudo compartir pantalla nada menos que con Greta Garbo. En aquel film había muchos extranjeros tanto delante como detrás de las cámaras, empezando por el director y la propia Garbo, así que Lugosi no estaba fuera de lugar.
Y desde luego demostró que no necesitaba vestirse de vampiro para mantener su enorme presencia escénica. Fue uno de los actores con más carisma de todos los tiempos, esto es un hecho… pero Ninotchka no fue el rescate profesional que él esperaba. El público continuaba asociando su nombre al conde Drácula, y su cerradísimo acento húngaro no ayudaba a sacudir esos estereotipos. Por si fuera poco, su drogadicción empezó a cerrarle bastantes puertas.
Lugosi padecía problemas físicos que venían desde la I Guerra Mundial, en la que se presentó voluntario para luchar en el ejército húngaro, combatiendo valientemente como teniente de infantería y siendo herido en tres ocasiones diferentes. Su etapa como soldado le dejó como recuerdo dolores crónicos que terminaron derivando en una fuerte adicción a la morfina.
Por esto, cuando el terror pasó de moda y Lugosi dejó de ser un imán para la taquilla, los ejecutivos de la Universal consideraron que ya no les convenía tener a un drogadicto en plantilla. Decisión injusta, porque Lugosi no era un yonqui problemático. Al contrario, era bien conocida su conducta siempre exquisita y su elegancia poco menos que aristocrática (olviden los exabruptos que le hacen pronunciar a su personaje en la película Ed Wood, ¡Lugosi era un caballero!).
Pero bueno, los grandes estudios no querían arriesgarse a ver las palabras «morfina» y «metadona» en los titulares. Cuando se extinguió su contrato con la Universal, Lugosi tuvo que firmar con un estudio mucho más modesto, Monogram, para filmar películas de bajo presupuesto, incluyendo algún que otro retorno al mundo zombi.
En 1942 protagonizó Bowery at Midnight, film de serie B donde interpretaba a un psicólogo que, tras convertirse en jefe criminal y asesinar a algunos de sus propios sicarios, veía cómo estos regresaban convertidos en zombis (por entonces, como ven, los psicólogos no eran considerados como algo muy diferente a los brujos vudú… supongo que hoy deberían ocupar ese lugar los economistas). No es una gran película, la verdad, pero Lugosi está fantástico en ella.
En 1944 protagonizó The Voodoo Man, interpretando a un doctor que se convierte en brujo y utiliza la magia negra para revivir a su esposa fallecida, para lo cual necesita quitarle la vida a otras mujeres. Pese a su modesta factura, es un film interesante. Lugosi derrocha carisma y la atmósfera visual tiene algunos buenos momentos.
No es una obra maestra pero tanto Lugosi como la fotografía e iluminación hacen que merezca la pena. En ella también podemos ver a John Carradine, por entonces especializado en el cine de terror, y metido de lleno en uno de los personajes más absurdos de su trayectoria… que ya es decir.
Mucho más infantil era la comedia Zombies on Broadway, de 1945, que jugaba con la baza comercial de juntar a Lugosi con Boris Karloff, otro actor encasillado en el terror que se las estaba viendo negras para mantener su estatus profesional. Era simplemente un intento de rentabilizar la menguante pero todavía extendida popularidad de ambos actores, que aparecían juntos por primera vez en pantalla.
Aunque es una película divertida para los niños, en mi opinión resulta indigna del calibre de ambos iconos. En fin, no fueron años nada buenos para Lugosi. Además del declive profesional y del empeoramiento de su adicción, estaba seriamente preocupado por el expansionismo alemán que amenazaba con fagocitar su patria, Hungría.
Cuando, en efecto, Hungría fue ocupada por los nazis, el viejo Bela Lugosi ya no podía alistarse para combatir, pero sacó a relucir su condición de laureado veterano de guerra, encabezando una campaña para concienciar al público americano sobre el negro destino que aguardaba a los judíos y disidentes húngaros. Por desgracia, no se equivocó en sus malos augurios. Para un hombre que había estado dispuesto a dar la vida por su país, aquellos fueron momentos difíciles.
Además de las películas protagonizadas por un Lugosi cuya carrera declinaba rápidamente, en los años cuarenta hubo otros títulos como I walked with a zombie del director Jacques Tourneur, que en 1943 fue despreciada por los críticos aunque, como White Zombie, hoy es vista con mejores ojos a causa de la nostalgia y porque indudablemente contiene buenos momentos, sobre todo desde el punto de vista visual.
Como dato curioso, en ella aparecía cantando nada menos que Sir Lancelot, el gran popularizador del calipso, un estilo musical que tendría bastante éxito en los Estados Unidos. Es chocante que alguna de sus escenas musicales, dicho sea esto como mérito de la muy conseguida atmósfera del film, ¡terminan resultando extrañamente terroríficas! Kubrick y Hitchcock no fueron los primeros en mezclar música agradable con secuencias de oscuro trasfondo.
La intervención de Sir Lancelot no deja de resultar llamativa porque, como veremos, el otro rey del calipso, Harry Belafonte, tendría también un papel importante, aunque indirecto, en la evolución del cine de zombis.
También en 1943 se estrenó la primera secuela de una película de zombis. Revenge of the Zombies era la continuación de King of the Zombies. El film hablaba de un científico que intenta crear un ejército de zombis para el III Reich. De nuevo aparecía el ubicuo John Carradine, pero era nuestro amigo Mantan Moreland quien se las arreglaba para robar casi cada secuencia en la que aparecía; no por nada el hombre es hoy una leyenda entre los más aficionados al género.
Sea como fuere, cualquier escena compartida por Carradine y Moreland es una joya que merece la pena contemplar. En aquel mismo año se estrenó The Mad Ghoul, un film poco destacable pero que merece ser mencionado porque fue el primero en usar la palabra «ghoul» en su título. Este término procedía de la tradición árabe, en la que al-ghūl denominaba a cierto tipo de espíritu, o demonio, que podía presentarse bajo forma humana o animal.
La literatura anglosajona había adoptado el término gracias a la repercusión de Las mil y una noches, y en los Estados Unidos la palabra se convirtió en sinónimo de criatura amenazante que acecha en lugares solitarios, como caminos o cementerios. ¿Por qué digo todo esto? Pues porque, hasta los años sesenta, el cine estadounidense utilizaba la palabra ghoul (y no «zombi») para referirse a los muertos vivientes que salen de sus tumbas sin la intervención de la magia vudú.
Por lo general, el cine solamente hablaba de zombis cuando su aparición estaba vinculada con el vudú (años treinta y cuarenta) o con ese nuevo tipo de vudú que era la ciencia atómica (años cincuenta y sesenta). Y los muertos vivientes que aparecían por las buenas eran ghouls, así que el moderno género zombi perfectamente podría haber terminado llamándose «género ghoul», lo cual hubiese sido más correcto.
En 1946 se estrenó Valley of the Zombies, en la que curiosamente no había zombis, sino un individuo que usaba ritos vudú sobre sí mismo para retrasar su propia muerte. Dado que necesitaba beber sangre humana con regularidad para mantenerse vivo, hablamos más bien de un vampiro vudú. Film prescindible, aunque contaba con la presencia de la elegante Lorna Gray.
La actriz había acariciado el estrellato durante su etapa en Columbia Pictures, pero nunca logró despegar y, al igual que Lugosi, terminó rodando películas de serie B para los más modestos estudios Monogram. El género de terror servía muchas veces como refugio para intérpretes que habían caído en desgracia a ojos de los grandes estudios.
La verdad es que Valley of the Zombies era demasiado mala para una actriz de su talento, así que no resulta extraño que no quisiera aparecer con el nombre artístico de sus mejores tiempos sino con un seudónimo, Adrian Booth. El pasar de compartir pantalla con John Wayne a verse encasillada en películas de zombis era un golpe duro, porque en el escalafón cinematográfico los filmes de zombis estaban entre lo más bajo, y casi siempre eran de los peores.
Tampoco sorprende que decidiese retirarse de las pantallas unos pocos años después, cuando todavía era joven. Probablemente aquella retirada le fue bien a su estabilidad mental, ya que conforme escribo estas líneas Lorna Grey sigue viva y está a punto de cumplir los cien años. A su salud.
Los locos años cincuenta
Si los años treinta fueron los del auge del cine de terror y los cuarenta los de su declive, los cincuenta estuvieron caracterizados por la repentina explosión de la ciencia ficción, cuya imparable fuerza salpicó al género de terror. El subgénero zombi no pudo librarse de esa omnipresente influencia, aunque muchas veces fuese asimilada de manera bastante surrealista. La principal consecuencia de ese influjo fue que en los nuevos guiones, el origen de los zombis cambió.
El vudú era sustituido por la energía atómica o los extraterrestres. En 1952 se estrenó Zombies of the Stratosphere, que, como cabe deducir del título, intentaba explotar el filón de la nueva moda de los platillos volantes. Era básicamente una película de marcianos que usaba la palabra «zombie» para distinguirse de la competencia.
Algo similar sucedía en el film Invisible Invaders, donde los muertos salían de sus tumbas después de que sus cadáveres fuesen ocupados por alienígenas (volvemos a ver a John Carradine).
El travestismo hacia la ciencia ficción continuó con Creature with the Atom Brain, donde un científico del extinto III Reich usaba energía nuclear para resucitar cadáveres que después un gangster reclutaba para que se convirtiesen en sus esbirros, inaugurando la hilarante pero poco continuada tradición del zombi mafioso.
Como se deduce de estos estrambóticos argumentos, no hablamos de filmes particularmente inteligentes, aunque sí demostraban esa evolución del cine zombi hacia temas considerados más actuales, más propios de la ciencia ficción entonces hegemónica.
Más tradicional era Voodoo Island, de 1957, que recuperaba las referencias al control mental mediante muñequitos vudú. Era una película más bien aburrida, pese a contar en el reparto con Boris Karloff y la bonita Beverly Tyler, un antiguo proyecto de starlet de la Metro Goldwyn Mayer que pese a su talento, belleza y elegancia, había terminado en el aparcadero de la serie B, como Lugosi o Lorna Grey.
Por su parte, Karloff interpretaba un papel convencional sin maquillajes raros, pero el público no se acostumbraba a verlo desprovisto de su caracterización como monstruo de Frankenstein, lo que le supuso serios aprietos profesionales.
También en 1957 se estrenó Zombies of Mura Tau, donde una expedición de buscadores de tesoros submarinos se encontraba con los antiguos tripulantes de un barco hundido que retornaban de la muerte. Pese a su original idea de presentar zombis submarinos, no era una película demasiado brillante.
Todavía peor, pero divertida de contemplar, era Voodoo Woman, en la que aparecían algunas mujeres zombi manejadas por (¡sorpresa!) un científico loco que vivía en mitad de la selva africana y que, al parecer, no tenía nada mejor que hacer que mezclar vudú con lo que el cine de serie B entendía como «tecnología punta», esto es, bombillitas, antenas de muelle y demás parafernalia fallera.
Además, como se hacía en otras películas de la época, la ambientación africana incluía un constante tañer de bongos, porque ya sabemos que los africanos se pasan veinticuatro horas al día dándole al tamborcito sin parar. No duermen, ni tienen jaquecas; solo le dan al tambor. La película obtuvo cierta repercusión y un estatus de culto precisamente por su merecida fama de chapucera, pero bien merece la pena recordar a su protagonista, la actriz Marla English.
Su carrera fue rocambolesca: fue descubierta por la Paramount, uno de cuyos empleados la vio ganando un concurso de belleza. Se la consideraba un diamante en bruto gracias a una afortunada combinación de talento y una deslumbrante belleza . Estuvo a punto de triunfar por todo lo alto cuando le ofrecieron compartir pantalla con Spencer Tracy, nada menos, pero no tuvo suerte.
El rodaje iba a realizarse en Europa, y antes de cruzar el charco Marla se vacunó, algo que casi todos los viajeros estadounidenses hacían antes de venir, dado el cochambroso estado en que se hallaba nuestro continente por entonces. Pues bien, la pobre Marla sufrió una reacción adversa a la vacuna: una altísima fiebre la obligó a renunciar al rodaje, porque no viajar de inmediato significaba perder el tren de la película. En aquellos tiempos los grandes estudios no esperaban a nadie.
Se buscó una sustituta a toda prisa (ocupó su lugar la siempre inquietante Claire Trevor). A raíz de ese tropiezo y de algún que otro roce con los directivos, en Paramount decidieron aparcar a su gran promesa. Marla English se vio confinada a la serie B, donde su talento fue desaprovechado una y otra vez en películas cuyos títulos hablan por sí solos (por ejemplo, The She-Creature).
No obstante, los nostálgicos de las modelos glamourosas de los años cincuenta harían bien en echarle un vistazo a su increíblemente sexy catálogo de sesiones fotográficas como pin-up, porque Marla English no tenía mucho que envidiar a toda una Bettie Page.
El gran Bela Lugosi comandando a la «zombi blanca» en la película que inauguró el género.
Como vemos, eran pocas las películas de zombis de cierta calidad. A nadie en su sano juicio se le ocurría considerar la posibilidad de que el cine de zombis se convirtiese en un género respetable.
En 1957 eran básicamente un relleno barato al que los pequeños estudios recurrían de vez en cuando para ofrecer algo de variedad en mitad de la fiebre cinematográfica de los marcianos y la energía atómica. Pero lo peor estaba por llegar. Fue hacia el final de la década cuando el cine zombi empezó a sumergirse en el más absoluto desmadre, una espiral de psicodelia que iba a generar productos deliciosamente aberrantes.
Siguiendo con el despiporre generalizado de finales de los cincuenta, en 1959 se estrenó Teenage Zombies, que tampoco es una obra que hubiese firmado con orgullo Kurosawa. Las andanzas de dos parejas de adolescentes que combaten a un puñado de muertos vivientes alcanzaban tan altas cotas de cretinez como quieran o puedan ustedes imaginar.
Prescindible, excepto porque contiene alguna de las escenas de peleas más absurdas, incomprensibles e hilarantes de todos los tiempos. Hay una secuencia en concreto, hacia el final del film, que no importa las veces que la vea, siempre me provoca un aluvión de carcajadas. Por sí sola, esa pelea ya justifica el visionado. ¡Eso sí es sentido de la épica y no lo de Ben Hur!
Y ya que nos encontramos en las grandes alturas cinematográficas, también en 1959 irrumpía en los altares del cine zombi nada menos que el único e incomparable Ed Wood. En realidad el año anterior ya había rodado una película sobre zombis, Night of the ghouls, que como podrán suponer era bastante cutre.
Pero eso se quedó en nada comparada con su nueva gran hazaña. Me refiero, cómo no, a la inconmensurable Plan 9 from Outer Space, tan mala que hacía que el resto de películas de zombis de aquella década parecieran superproducciones. Incluso su propia Night of the ghouls se antojaba medianamente digna (es un decir) en comparación.
El absurdo batiburrillo de subgéneros, los infinitos errores de producción y la presencia de Tor Johnson, Vampira o El AsombrosoCriswell han convertido Plan 9 from Outer Space en justificado objeto de culto. Además, como bien sabemos, fue la última película en la que apareció el gran Bela Lugosi, por entonces tristemente sometido al completo ostracismo de la industria, arruinado por la falta de trabajo y aprisionado por aquella drogadicción que llevaba arrastrando desde hacía décadas.
De hecho Bela murió durante el rodaje y ni siquiera pudo terminar de interpretar su papel, que fue completado por un imitador que se cubría el rostro con la capa para que «no se notase» (no, qué va). No hace falta decir que esta indescriptible aberración en forma de película es ahora un hito cultural cuyos fans se multiplicaron el día en que Tim Burton decidió dedicarle su genial, aunque no 100% verídico, largometraje Ed Wood.
Como se ve, los años cincuenta aportaron al género zombi mucha locura pero poco avance. Más allá de transformar ocasionalmente a los zombis y ghouls en extraterrestres, o de sustituir la magia negra por desvaríos pseudocientíficos para adaptarse a la moda de la ciencia ficción, hubo pocas cosas nuevas. Fueron películas más difíciles de tomar en serio que las producidas en los años treinta e incluso los cuarenta. Eso sí, los desvaríos de los cincuenta serían superados con creces en la siguiente década.
La primera mitad de los años sesenta iba a proporcionarnos una impresionante sucesión de fascinantes bodrios cuya sola existencia consigue que uno ame apasionadamente el mero hecho de estar vivo. Pero antes de sumergirnos de lleno en el Gran Despiporre de 1961-66, tomémonos un respiro, hagamos un paréntesis y reunamos fuerzas para las aberraciones que están por venir.
– Los locos años sesenta
¿Quién dijo que se necesitaban buenos efectos especiales para provocar el horror?
El last man standing y los primeros hitos del cine apocalíptico
No se extrañen si vamos a conceder mucha importancia a algunas obras que no son de zombis. Es porque la tienen. Me atrevería a decir que desde los años cuarenta y hasta la revolución que supuso la película Night of the Living Dead en 1968, los largometrajes y novelas que más hicieron por la evolución del género, ¡no contenían un solo zombi!
Por ejemplo, hoy nos resulta muy familiar el concepto «Apocalipsis zombi», pero lo cierto es que esa idea nació como la fusión del género tradicional de los zombis vudú y los ghouls con la ciencia ficción posapocalíptica. Dicho de manera simple: sin el género posapocalíptico no podría entenderse el género zombi moderno.
La influencia viene de antiguo. Ya en el siglo XIX se publicaban novelas posapocalípticas con historias muy similares a las que vemos hoy en el cine. Una de las primeras fue Le dernier homme (1805), del francés Jean Baptiste Cousin de Grainville, donde se describe una plaga de esterilidad que amenaza con extinguir la raza humana, mientras los protagonistas intentan encontrar a la última mujer fértil. ¿Les suena? Efectivamente, una premisa casi idéntica servía de base a la película Hijos de los hombres.
En 1826 Mary Shelley publicaba otra novela con el mismo título en inglés, The Last Man, que describía las desventuras del único superviviente de una pandemia, situada en el entonces lejano siglo XXI. Incluso mayor influencia tuvo The Purple Cloud, del escritor británico M. P. Shield. Publicada en 1901, narraba las aventuras de un hombre que, tras regresar de un viaje por el Ártico, descubre que una nube tóxica ha exterminado al resto de la humanidad.
Creyéndose completamente solo en el mundo, pierde la cabeza durante años y llega a quemar ciudades enteras cual Nerón, en pleno acceso de megalomanía. La novela contiene escenas y pasajes muy similares a los que todos hemos visto en varios largometrajes.
Los libros que acabamos de mencionar hablaban de cataclismos que eliminaban a casi toda la raza humana, con frecuencia dejando un único superviviente, por lo que el género es a veces conocido como last man standing, «el último hombre en pie». En los años cincuenta del siglo XX se publicaron otras dos novelas que son probablemente las que más influyeron sobre el nacimiento del moderno género zombi, porque a esos cataclismos añadían un elemento nuevo: la amenaza mutante.
Ambos libros fueron publicados el mismo año, 1954, y ambos serían llevados al cine con distinta suerte. Fueron el último escalón antes del nacimiento del género zombi en su versión moderna. En estas dos novelas la pandemia no solamente acababa con los humanos sino que los transformaba en monstruos, y por tanto los supervivientes, además de hacer frente a la soledad y la falta de recursos, también debían cuidarse de sus antiguos congéneres, ahora convertidos en depredadores.
I Am Legend, de Richard Matheson, tenía ciertos paralelismos con The Purple Cloud. Narraba las aventuras del único superviviente a una epidemia que ha convertido a todos los demás humanos en una especie de vampiros. Su primera adaptación cinematográfica, de 1964, pasó sin pena ni gloria, pero la novela tuvo una influencia fundamental sobre el cine de zombis al inspirar directamente la primera película moderna del género, Night of the Living Dead (más adelante volveremos sobre ello).
Igualmente fundamental fue la novela The Invasion of the Body Snatchers, de Jack Finney. Fue adaptada al cine muy rápidamente, en 1956, por el director Don Siegel. El protagonista de aquel legendario film intenta abortar los brotes iniciales de una soterrada invasión alienígena. Los invasores, mediante unas extrañas vainas vegetales, matan a los humanos y los sustituyen por copias idénticas.
Curiosamente, ese argumento parecía recoger el terror tradicional asociado a los ritos vudú mejor que cualquier película de zombis de aquella misma época, porque mostraba con hábil crudeza psicológica el proceso por el que los seres humanos se transformaban en títeres sin voluntad propia. Aquellos clones alienígenas eran en todo, excepto en las causas de su conversión, como una nueva versión de los antiguos zombis que aterraban a los esclavos.
Además cabe citar un detalle muy importante: la película describía una epidemia de crecimiento exponencial, desde sus inadvertidos síntomas iniciales, cuando el protagonista ni siquiera entiende a qué se estaba enfrentando, hasta el momento en que ya queda claro que el mundo entero corre peligro.
Esta espiral creciente tan característica ha sido imitada bastantes veces en el género zombi actual, por ejemplo en la novela World War Z. En fin, The Invasion of the Body Snatchers es una obra maestra absoluta de la ciencia ficción y el terror. Además tiene la rara virtud de que su segunda adaptación cinematográfica, de 1978, tiene una calidad comparable a la primera.
Si no es considerada como la primera película moderna de zombis se debe a su temática extraterrestre, pero si nos fijamos en su estructura narrativa, la verdad es que casi podemos decir que es el episodio cero de The Walking Dead.
Si en 1956 The Invasion of the Body Snatchers fue un importantísimo precedente, 1959 fue el año definitivo de la explosión del subgénero posapocalíptico en la ficción audiovisual. En el periodo de apenas unos meses se produjeron varias aportaciones clave, importantísimas. Una en la televisión, con el estreno de la inolvidable serie The Twilight Zone, de la que ya hablamos en la revista.
Algún que otro episodio especulaba acerca del destino de los supervivientes a un cataclismo global (en la serie, no lo olvidemos, colaboró como guionista el propio Richard Matheson). En cine se estrenaron dos películas posapocalípiticas paradigmáticas. Una fue On the Beach, ambicioso drama del que hablamos en el artículo sobre cine atómico; además de un reparto de relumbrón, contenía algunas de las primeras secuencias convincentes de un mundo completamente devastado, además de explorar las consecuencias psicológicas que el inminente fin del mundo tenía sobre la población.
Tanto o más influyente, aunque por desgracia poco recordada hoy, fue The World, the Flesh and the Devil, piedra angular de buena parte del cine posapocalíptico moderno. No se sienta mal si nunca ha oído hablar de ella, porque fue un gran fracaso de taquilla en Estados Unidos y en España ni siquiera llegó a estrenarse. Su olvido resulta paradójico, dada la enorme cantidad de veces que ha sido imitada y copiada por otras películas bastante más famosas, incluyendo algún gran éxito de taquilla rodado en España.
Es difícil de explicar por qué nadie habla de este film. Es una buena película con muy buenos momentos, que fue pionera y revolucionaria en muchos aspectos. Tampoco puede decirse que tuviese un reparto desconocido, más bien al contrario. Por ejemplo, su protagonista era Harry Belafonte, el «rey del Calipso», que tanto en lo musical como en lo cinematográfico estaba en su punto álgido de popularidad.
Le acompañaban Mel Ferrer, que también era bastante famoso pese a su labor de eterno secundario, y la malograda actriz de origen sueco Inger Stevens. Antigua bailarina de cabaret, Stevens era una belleza de manual que además poseía uno de los mayores talentos en bruto de su generación.
La mayor parte de espectadores la recuerdan porque años más tarde protagonizó junto a Clint Eastwood Hang’ En High, película que rodó un par de años antes de suicidarse mediante la ingesta de barbitúricos. The World, the Flesh and the Devil se centraba en la dificultad de entablar relaciones sanas entre los supervivientes de un cataclismo global.
Si bien el guion es irregular, cabe insistir en que, desde una perspectiva puramente visual y cinematográfica, la situaría sin dudarlo entre las grandes obras de la ciencia ficción. Las secuencias en blanco y negro de una Nueva York completamente vacía, que fueron rodadas aprovechando las horas más tempranas de un domingo, resultan tan espectaculares que siguen impresionando hoy, más de cinco décadas después.
Ni que decir tiene que han sido imitadas por filmes como El último hombre vivo, 28 días después, I Am Legend o incluso Abre los ojos de Amenábar, cuya secuencia de la Gran Vía despoblada es muy parecida a la de Times Square que podemos ver en aquella antigua película. Una lástima que no se la reivindique lo suficiente.
I Am Legend, The Invasion of the Body Snatchers o The World, the Flesh and the Devil no eran historias de muertos vivientes, pero fueron más importantes para la evolución del género que las mediocres producciones de zombis que se estrenaban en aquellos mismos años.
La ciencia ficción apocalíptica aportó unos ingredientes que nada tenían que ver con el vudú, pero sí con la representación de un mundo arrasado por la catástrofe, así como la agónica lucha de los supervivientes por mantenerse no solamente vivos, sino también cuerdos, y unidos en el intento de recrear algo similar a un residuo de civilización. Ingredientes, claro, sin los que no entenderíamos películas y series de años más reciente.
El Gran Desmadre de los años sesenta (1960-1968)
Volviendo al género zombi propiamente dicho, nos habíamos quedado a finales de los años cincuenta, periodo decadente marcado por artefactos tan delirantes como Plan 9 From Outer Space. Pues bien, aunque parezca mentira, la primera mitad de los sesenta iba a ofrecer productos todavía más salidos de madre. Aquellos años sí que fueron la auténtica Guerra Mundial Z. Es cierto que hubo algunos intentos de hacer películas respetables… pero cuando se rodaban bodrios, eran más bodrios y peores bodrios que nunca.
Hasta 1961, todos los largometrajes sobre zombis habían sido estadounidenses, salvo alguna excepción británica, como aquella del árbol caníbal heterosexual del que hablábamos en el anterior episodio. Pues bien, a partir de 1961 hubo varios países que se subieron al carro, convirtiendo el desmadre zombi en un fenómeno verdaderamente internacional.
Entre las primeras en aportar su granito de arena (y de salero) estuvieron las dos principales industrias cinematográficas de habla hispana: México y, cómo no, España. El film mexicano Santo contra los zombies, estrenado en 1961, era la tercera de muchas películas protagonizadas por el célebre luchador.
Los grandes alicientes de aquel delicioso sinsentido eran los combates de lucha libre, claro, pero también la tecnología «punta» (los consabidos muelles, antenas y bombillas) y las cómicas peleas con musculosos zombis vestidos de Peter Pan. Cualquiera que haya visto largometrajes de Santo, que por cierto fueron bastante populares en nuestro país, puede hacerse una idea de hasta qué cotas de desfachatez llega este despropósito.
Quien no haya visto ninguno quizá debería concederle una oportunidad, porque dudo mucho que se aburra entre tanto disparate. Eso sí, no esperen algo como Casablanca. En cuanto a España, en aquel mismo año Jesús Franco estrenó Gritos en la noche, película muy influida por el tenebrismo gótico europeo, que fue despreciada por los críticos pero alcanzó bastante repercusión internacional bajo el título de The Awful Dr. Orloff.
Eso sí, el astuto Franco (el director) montó dos versiones distintas: una con escenas picantes, destinada a países con manga ancha, y otra mucho más recatada para superar la censura católica del otro Franco (el dictador). Gritos en la noche pretendía ser más seria que Santo contra los zombies, y efectivamente lo era, aunque para eso tampoco hacía falta mucho.
Si México y España se habían adherido con entusiasmo a la Guerra Mundial Z, no podía ser menos la otra gran cinematografía latina del planeta, también especializada en exprimir cada filón comercial hasta la más lacerante agonía. Hablo, cómo no, de Italia. En 1964 hicieron su primera aportación, llamada Il castello dei morti vivi, aunque sea más conocida por su título internacional Castle of the Living Dead.
Contaba como protagonista nada menos que con Cristopher Lee, aunque lo más chocante es ver por ahí a un Donald Sutherland caracterizado en varios papeles secundarios que, sabiendo de su inmensa fama posterior, parecen casi una broma.
Lógicamente este film se rodó antes de que Sutherland alcanzase el estrellato, aunque el actor siempre ha tenido bastante humor para estas cosas y nunca renegó de sus inicios; siendo ya un intérprete respetado, seguía prestándose a cameos estrafalarios solo por diversión (si no lo creen, vean su única aparición, de cinco gloriosos segundos, en la película Kentucky Fried Movie, interpretando al Camarero Patoso).
Il castello dei morti vivi era surrealista a más no poder, con secuencias que parecían salidas de los descartes de Martes y Trece (¡esas caóticas peleas de espadachines!) y un Cristopher Lee que, aunque cuando hacía gala de su elegancia característica podía enriquecer cualquier película de terror con su sola presencia… bueno, digamos que aquí los italianos fueron capaces de despojarle de todo su carisma, lo cual constituye un logro impresionante.
Continuando con las fuerzas del Eje, también los alemanes tenían algo que decir en la nueva moda del zombi internacional, pero lo hicieron con un film algo más interesante. Der Chef wünscht keine Zeugen («El jefe no quiere testigos») adoptaba un tono conspiranoico en la onda de la obra del escritor Robert A. Heinlein.
Describe cómo los extraterrestres se infiltran en la Tierra ocupando los cadáveres de los recién fallecidos, que reviven y se suman a un complot para acabar con los humanos todavía vivos.
Aunque lo más divertido es el nombre que le dieron en la versión internacional; no sé si los responsables fueron los distribuidores estadounidenses y británicos, o los propios alemanes en un inédito alarde de sarcasmo autocrítico, pero el nuevo título parecía casi un lema de la Wehrmacht durante la II Guerra Mundial: No Survivors, Please («Sin supervivientes, por favor»). Con ese título y viniendo de Alemania, es poco probable que la película fuese un gran éxito en países como Polonia.
Cruzando el charco, la industria estadounidense del zombi empezó a utilizar un nuevo reclamo: mostrar piel femenina en pantalla. El Código Hayes, sistema de censura moral imperante desde 1930, empezó a verse agujereado por lagunas legales que las productoras aprovechaban para colar secuencias de contenido carnal, violento o de lenguaje fuerte en los momentos más insospechados de cualquier película.
El sexo, particularmente, se convirtió en un gran reclamo de taquilla tanto en Estados Unidos como en Europa. No solamente habían empezado a proliferar los nudies, «documentales» sobre nudismo, o el sexploitation al estilo Russ Meyer, sino que también los géneros cinematográficos convencionales empezaron a usar el desnudo para atraer a más espectadores adultos.
En los cines había, pues, dos tipos de películas de terror: las tradicionales, destinadas a público infantil y juvenil, y las que añadían un componente erótico. En el género que nos ocupa se recurrió con profusión al sexo y quienes se desnudaban eran casi exclusivamente las actrices.
Pero eso sucedía en el terror; en otros géneros sí había piel masculina en cantidad. Si las mujeres no son lo suyo, no desespere, porque en otras películas de la misma época, como las del género «péplum», no escaseaba la exhibición de señores musculosos en taparrabos. Suit yourself.
Estados Unidos inició la nueva década con The Dead One, estrenada en 1961. Aunque goza del honor de ser la primera película de zombis en color, no tiene mucho más mérito que ese. Retornaba a la tradición vudú de Louisiana, pero solamente como excusa para ofrecer emociones exóticas típicamente sureñas, como la música jazz. Ah, y chicas bailando la danza del vientre, que naturalmente es algo que todos asociamos con Nueva Orleans.
Todo ello aderezado con un hilarante zombi que recuerda al Michael Jackson de los últimos años. Durante 1962 y 1963 no hubo apenas producción de cine zombi en Norteamérica, pero eso era la calma que precedía a la tormenta, porque en 1964 se produjo una súbita explosión con casi una decena de títulos que, más o menos, podríamos encajar en el género.
Sirva como ilustración que un mismo director, el infatigable Del Tenney, se las arregló para estrenar tres películas de zombis en 1964. Una, la más digna de las tres —que tampoco es mucho decir— era The Course of the Living Corpse, la historia de un cataléptico que, tras ser enterrado vivo por su codiciosa familia, regresa para vengarse fingiendo ser un muerto viviente.
Una película no particularmente memorable, la verdad, pero que merece ser mencionada porque su actor protagonista era nada menos que un debutante Roy Scheider. Sí, el mismo de Tiburón y French Connection. Como podemos ver, todo el mundo tiene un pasado… aunque hay que decir que Scheider estuvo brillante en su papel, sobre todo en la impactante secuencia final. Él es con mucho lo mejor de la película y no es de extrañar que terminase siendo fichado para menesteres más importantes.
El mismo director rodó también The Horror of Party Beach, cuyo título da buenas pistas sobre su contenido: música juvenil y cómo no, chicas en bikini. Como pretexto argumental para mostrar jovencitas, playa y rock & roll, teníamos la historia de un marinero ahogado que resucita por el efecto de unos residuos radioactivos y emerge del fondo oceánico convertido en una temible «Ghoulish Atomic Beast», como decía la campaña publicitaria.
O, traducido para la mejor comprensión de ustedes, convertido en una especie de merluza mutante. Convertir un zombi en pescado, he aquí un giro original. Si ya hemos mencionado a Roy Scheider, esta otra película también tenía extrañas conexiones con Tiburón, porque alguna secuencia playera de The Horror of Party Beach recuerda bastante (y salvando las infinitas distancias) a la obra maestra de Steven Spielberg.
Francamente, creo se trata de algo completamente casual, porque dudo mucho que Spielberg encontrase algún tipo de inspiración en este bodrio… aunque nunca se sabe. Estaría bien preguntárselo, la verdad.
El frenético año 1964 del supervitaminado Del Tenney terminó con su obra magna definitiva, titulada simplemente Zombies, aunque más conocida como Zombie Bloodbath o I eat your skin. Con toda seguridad es mi favorita de las tres. Es una película terrible, sí, pero debería ser un film de culto por unos niveles de surrealismo que hacen que Salvador Dalí parezca el estirado secretario de una notaría.
Ambientada en el Caribe y centrada en el vudú tradicional, está repleta de momentos tan hilarantes como unas escenas habladas en «español», con muchas comillas, que verdaderamente no tienen precio. Los actores, evidentemente anglosajones, tenían serios problemas para pronunciar nuestro idioma de manera medianamente digna, y el resultado, claro, ¡es fantástico! (¡Esas canciones en «castellano»!).
Aunque quizá lo mejor es que en Zombies tenemos al brujo vudú más molón de todos los tiempos: rostro pintado, bombín, una pluma en la boca y el toque de glamour definitivo, gafas de sol con cortinillas (yeeeah!). Podría haber formado una banda con George Clinton y Bootsy Collins sin problemas.
Véanlo y díganme que su carisma no le pega cuarenta mil patadas a cualquier villano del Hollywood actual. Dejando aparte a nuestro brujo funky favorito, la película fue concebida como vehículo para lucimiento de la entonces esposa del director.
Porque el infatigable Del Tenney no solamente tuvo tiempo de producir tres Obras Maestras (ejem) del cine zombi en un único año, sino que en ese mismo periodo se casó con Heather Hewitt, modelo de Playboy y protagonista de este film. A eso se le llama exprimir el tiempo… menudo campeón.
Y por fin llega la película con el título más largo de este artículo y de todos los artículos sobre cine que servidor de ustedes haya podido escribir hasta hoy. Hablo de The Incredibly Strange Creatures Who Stopped Living and Became Mixed-Up Zombies!!? (los signos de interrogación y exclamación finales bien podría haberlos puesto yo, pero no, ¡pertenecen al propio título!).
La película está ambientada en una feria donde la pitonisa utiliza brujería hipnótica para convertir al protagonista en un zombi asesino. ¿Qué encontramos aquí? A ver si les suena: música juvenil, bailarinas exóticas con poca ropa, y unos zombis cuya caracterización es tan increíblemente cutre que resulta fascinante de contemplar.
En fin, un típico batiburrillo de la época destinado a atraer a un público facilón. Y a quienes amamos esta clase de esperpentos, otro público facilón.
Crucemos el Atlántico de nuevo. La británica The Earth Dies Screaming narraba la invasión de unos robots extraterrestres que aniquilan a los humanos para después resucitarlos convertidos en agresivos zombis. Aunque el argumento suene a típica tontería de su tiempo, lo cierto es que el planteamiento no era malo. De hecho, el film comenzaba con el espectacular descarrilamiento de un tren (¡a lo cafre!) y diversas muertes súbitas sin explicación, que captan el interés de inmediato.
He de decir que el inicio de Fast Forward (aquella fallida serie estadounidense de ciencia ficción) me recordó bastante a esto. Sin embargo, tras el demoledor inicio, el ritmo se ralentizaba bastante. Eso se uno a que los robots tenían un aspecto ridículo por culpa del escaso presupuesto, aunque admito que los muertos vivientes resultan bastante efectivos en alguna que otra secuencia. No es una obra maestra, ni mucho menos, pero tiene algún momento a rescatar. Incluso diría que contiene cierta dosis de inteligencia cinematográfica, que ya es decir en un film semejante.
Siempre he pensado que con los debidos retoques daría para un interesante remake. En todo caso es un precedente barato pero entrañable de la fusión del género zombi con el apocalíptico, así que cumplió su papel histórico. Otra aportación británica, aunque más estrambótica, fue Monstrosity, conocida también por el título The Atomic Brain. Narra la historia de una malvada anciana que quiere trasplantar su propio cerebro al cuerpo de alguna jovencita (agraciada, a poder ser) para así alargar su propia vida.
Marjorie Eaton interpretaba a la anciana villana; aunque era una actriz muy respetable, ni siquiera su presencia conseguía evitar el desastre. Muy cómicas son de hecho las secuencias en que la pobre Eaton, completamente perdida en mitad de este engendro de guión, hacía como que examinaba atentamente los turgentes cuerpos de las candidatas a receptoras de su cerebro, secuencias que parecían salidas de alguna retorcida película porno.
Ah, los años sesenta, cuando a nadie le importaba un carajo lo que estaba filmando.
En 1965 llegó otra nutrida remesa de subproductos estadounidenses. Se estrenó Creature of the Walking Dead, muy probablemente la película con el peor tráiler de todos los tiempos (¡Impresionante! Además, si se fijan, los sonidos de fondo parecen grabados en un bar donde estén moviendo cajas de tercios). Narra la historia de un científico loco que busca la fuente de la eterna juventud y que, naturalmente, necesita unas cuantas chicas vírgenes para conseguir sus fines.
Porque lo del análisis genético y los radicales libres no estaba muy en boga por entonces, parece ser. En fin, una película desastrosa que usaba lo de las «vírgenes» como el típico reclamo sexual que casi se había convertido en la norma. Pero esto no es nada, amigos. Más chocante todavía era Monsters Crash the Pajama Party —sí, ha leído bien, el título es «Los monstruos irrumpen en la fiesta de pijamas»— vehículo asombrosamente gratuito para mostrar jovencitas gritando mientras corretean en camisón.
Pero no prejuzguemos a la ligera. Si usted cree que este engendro no contiene nada de interés está completamente equivocado. Lo mejor del film era un revolucionario concepto, obra de un Genio, de un Visionario, de un Auténtico Creador, un Artista que iba más allá, mucho más allá de cuanto alcanzábamos a ver los mortales.
El autor del guion decidió que el científico loco de la película se dedicaría a secuestrar humanos para resucitarlos en forma de… ¡gorilas! Sí, ¡¡gorilas zombi!!
Hay ocurrencias que sencillamente no pueden ser superadas. Para colmo, durante algunas proyecciones en salas de cine, algunos tipos disfrazados de gorila aparecían entre el público como efecto especial de la casa, aunque generalmente eran tomados a cachondeo. Les advierto: la visión de este tráiler les cambiará el concepto que tienen del Arte, de la Cultura, e incluso de la vida misma. Porqu esto no es un tráiler; es una Revelación.
Hablando de conceptos inmejorables y hazañas grandiosas, veamos en qué andaba metido Ed Wood, que aquel mismo año retornaba al género zombi con Orgy of the Dead. Pero no, no esperen otro Plan 9 From Outer Space. Esto era un film de puro sexplotaition cuyo principal objetivo era mostrar una retahíla de mujeres bailando con las tetas al aire. Porque literalmente es eso lo que se muestra durante buena parte del metraje con el débil pretexto de escenificar ceremonias vudú.
De hecho apenas hay diferencia entre Orgy of the Dead y una filmación fetichista filmada con pin-ups en aquella misma época. Baste decir que las chicas que aparecían en el film ni siquiera eran actrices de verdad, sino strippers que Ed Wood había ido reclutando en salas de espectáculos.
El pobre Ed se había resignado a que el morbo sexual era ya la única forma que le quedaba para atraer espectadores, así que concibió este engendro de mala gana, como adaptación de un relato propio, y ni siquiera se molestó en dirigirlo en persona.
También tenemos la triste presencia de un Criswell que al parecer no había escarmentado con Plan 9 from Outer Space, aunque en su descargo podemos decir que le resultaba razonable suponer que Wood no sería capaz de rodar algo todavía peor que Plan 9 (et voilà!). Y bien, Orgy of the Dead es una de las más infumables películas en la historia del cine de zombis, aunque si es usted varón heterosexual difícilmente quedará decepcionado.
Salvo, claro está, que busque algún atisbo de argumento, de inteligencia, de coherencia, o del más remoto conato de asomo de sucedáneo de intento de demostrar algún respeto hacia el arte cinematográfico. Pero bueno, si lo que quiere es recrearse la vista, a nadie le amarga un dulce.
En fin, ya vemos que los estadounidenses continuaban sin estar especialmente inspirados en 1965, pero, ¿y los italianos? Pues bien, se dio la paradoja de que mientras los americanos trataban de mostrar la mayor cantidad posible de tetas y culos en pantalla, en Italia, ¡hacían todo lo contrario! Vivir para ver.
5 tombe per un medium era una digna, aunque algo aburrida, imitación del terror gótico al estilo de la Hammer inglesa, productora que se había puesto de moda en Europa y convenció a algunos productores de que merecía la pena intentarlo con el cine de terror serio. Aunque más conseguido que Il castello dei morti vivi, este film italiano también se centraba en un castillo donde habitaban fantasmas y cadáveres, y además contaba con una gran baza interpretativa: la actriz británica Barbara Steele.
Especializada en el terror, Steele fue una estrella habitual del género durante aquellos años, y solía enriquecer sus películas gracias a una intensa presencia y a aquella mirada inquietante que la hacían idónea para papeles de malvada, poseída, etc. Como una versión femenina de Cristopher Lee, vamos, aunque hoy se la recuerde menos. 5 tombe per un medium no es genial, pero al menos era una aproximación adulta al género que contaba con unos medios adecuados y un resultado digno.
En 1966, siguiendo una línea similar, los británicos contraatacaron con Plague of the Zombies —producción, esta sí, de la auténtica Hammer—, donde se describía una plaga que convierte a los humanos en zombis. El argumento rescataba los rituales vudú más tradicionales, aunque curiosamente no los situaba en el Caribe ni en Estados Unidos, sino en Cornualles, al sudoeste de Inglaterra. La verdad es que el resultado era muy curioso y recordaba un poco a las películas de los años treinta, al menos por su temática.
También británica era The Frozen Dead, protagonizada por un desganado Dana Andrews a quien casi puedo imaginar volviendo a casa después de cada día de rodaje, sentándose ante la tele con ojos vidriosos, bebiendo licor y preguntándose cómo demonios había llegado a trabajar en un bodrio tan descomunal.
La película narra las maniobras de un científico que pretende resucitar a unos cuantos criminales nazis que permanecen congelados desde el final de la II Guerra Mundial. Mala, pero muy efectiva para un público infantil y juvenil, porque pese a su factura chapucera contenía detalles inquietantes (y más para la época), siempre combinados con otros bastante risibles.
1968 fue el año en que el género zombi cambió para siempre con Night of the Living Dead del director George A. Romero, pero hablaremos de ello en el siguiente capítulo. Entretanto seguían apareciendo películas infames de las que tenemos que hacernos cargo.
La estadounidense The Astro-Zombies mostraba al típico científico loco que se dedica a matar gente para después usar sus cadáveres, generando poderosos zombis en plan monstruo de Frankenstein, todo ello aderezado con apabullantes efectos especiales como manchas de ketchup y efectos sonoros más propios de diez años atrás a cuando se rodó.
Esta película tiene el aliciente de contar con dos iconos de la serie B, John Carradine y Tura Satana, pero no solamente era cutre sino que fallaba en el tono: su supuesta sofisticación y las risibles ínfulas científicas no hacen más que volverla todavía más ridícula de lo que debería ser.
En fin, baste decir que los momentos más inquietantes son aquellos en que la banda sonora nos tortura con penetrantes sirenas y zumbidos a volumen inhumano, como lo de Cristopher Nolan en Interstellar, pero sin presupuesto para contratar a compositores grandilocuentes. Con todo, aunque The Astro-Zombies es mala y lenta, es entretenida gracias a la profusión de detalles risibles en el argumento, y sobre todo gracias a sus falleros efectos especiales.
Igualmente cutre era Mad Doctor of Blood Island, cuyo título prácticamente resume la película: un científico loco acantonado en una isla se dedica a crearse una corte de zombis. Dirigida por el filipino Eddie Romero (nada que ver con nuestro querido George), era un gazpacho característico del género, aunque se añadía un nuevo reclamo barato de cara a taquilla: el gore.
Por lo demás, estaban las bailarinas exóticas de rigor, y la actriz Angelique Pettyjohn, que apareció en algún episodio de Star Trek, pero que era más conocida por otras razones; en sus filmes solía tener como cláusula contractual el lucir escote de las maneras más peregrinas imaginables. Pero veamos el tráiler, que no tiene desperdicio gracias a la psicótica voz del narrador. ¡Esa risa inicial! ¡Ese acento! ¡Esa pasión por el noble trabajo de crear Terror ante un micrófono! Nunca me cansaría de escucharlo… Mad! Mad! Mad!
Como vemos, en los años sesenta el cine zombi siguió dos tendencias opuestas. Por un lado, sobre todo en Europa, una aproximación más seria influida por la moda del revival del terror gótico de la productora Hammer, aunque solían ser películas donde aparecían más bien pocos zombis. Por otro lado, un feliz despliegue de actrices en trapos menores y la inclusión de temáticas juveniles, reclamos sensacionalistas baratos, y disfraces de gorila.
Pero en ninguno de esos casos escapaban las películas de los lugares comunes del subgénero: podían ser películas mejores o peores, pero siempre previsibles. Y el género quizá no hubiese salido de ahí si en 1968 no se hubiese estrenado una película revolucionaria que básicamente marcó el punto de inflexión entre el cine de zombis tradicional y el cine de zombis moderno. Hablo, claro, de Night of the Living Dead.
– ¡Zombis españoles!
Maria Elena Arpón en La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio, 1973.
Los años setenta y España. No, no todo eran misas y Seiscientos. Muchos de ustedes ya sabrán que durante aquella década nuestro país fue un prolífico productor de terror cinematográfico de serie B. Es más, mucha de esa producción obtuvo una notable repercusión a nivel internacional.
Cuando en tiempos más recientes se ha producido un auge del cine español de terror, ha habido comentaristas que lo han hecho notar con sorpresa, tanto aquí como fuera, pero en realidad no estábamos asistiendo a un fenómeno nuevo, sino al revival de una antigua tradición que creíamos olvidada y que continuaba viva en nuestro subconsciente. En España, todos hemos crecido viendo las pinturas de Goya; es algo que llevamos en el ADN.
Y en el subgénero que nos ocupa, España se abrió el mercado exterior en 1971-72, e inmediatamente después sobrevino un periodo (1973-1975) en que el ritmo de producción de cine zombi en nuestro país alumbró más títulos relevantes que ninguna otra industria del planeta durante aquellos mismos años, incluida la estadounidense. Fue el Trienio de los Castizombis.
En este episodio vamos a hablar fundamentalmente de cine español de los setenta. Pero antes, recordarán, íbamos siguiendo un orden cronológico y da la casualidad de que nos quedamos en vísperas de un acontecimiento central en el desarrollo del subgénero. Hablo, cómo no, de la película de zombis más importante de todos los tiempos.
Night of the Living Dead (1968)
En mis historias, los zombis nunca se apoderan completamente del mundo, porque necesito que continúe habiendo humanos. Los humanos son los que más me desagradan; ellos son los que de verdad causan los problemas.
A mediados de los años sesenta, el joven estadounidense George A. Romero era un ignoto aspirante a cineasta cuya exigua carrera se reducía a un puñado de cortometrajes publicitarios y poca cosa más. Gran aficionado a la ciencia ficción y el terror, estaba deseoso de rodar un largometraje, pero siendo un completo desconocido no le quedaba otra que embarcarse en una aventura independiente. Carecía de dinero, recursos o apoyo de la industria, pero el empeño lo llevaría a dirigir uno de los grandes clásicos del cine de terror de todos los tiempos.
Romero había escrito un relato inspirado en la novela I Am Legend de Richard Matheson. Estaba tan, tan directamente inspirado, que el propio Romero no se corta en calificarlo como «plagio». Este relato se convertiría en la base de su primera película cuando desarrolló un guión a partir del mismo, junto a su amigo John A. Russo.
Sin embargo, yo no sería tan expeditivo a la hora de hablar de plagio. Romero copió la idea de Matheson, sin duda, pero creo que, más que un plagio como tal, lo que estaba intentando crear era una precuela que abordase algunos matices que Matheson había pasado por alto en su propia novela, al hablar de una epidemia que transformaba a los seres humanos en monstruos:
Para mí, I Am Legend trataba sobre la revolución. Y si vas contar algo sobre la revolución deberías empezar por describir sus inicios. La narración de Matheson comienza con un único superviviente, cuando todos los demás humanos del mundo ya se han convertido en vampiros. Yo me dije que teníamos que refinar aquella idea, que teníamos que empezar la historia por el principio. Pero no podía usar vampiros porque Matheson ya los había usado, así que decidí incluir algo que supusiera un cambio radical respecto a su novela. (…) ¿Qué tal si los muertos dejaban de estar muertos?
Fue así, para evitarse una posible acusación de plagio de la que él mismo se sentía culpable, como Romero sustituyó los vampiros de Matheson por muertos vivientes. Decidido a narrar en pantalla los primeros momentos de un cataclismo global protagonizado por cadáveres que retornaban de la tumba, estaba concibiendo la primera fusión realmente seria entre el subgénero zombi y la ciencia ficción apocalíptica.
En otras palabras: estaba creando el moderno cine de zombis tal como lo conocemos hoy. Night of the Living Dead terminó siendo una obra a medio camino entre el terror y la ciencia ficción, como lo habían sido The Invasion of the Body Snatchers o Village of the Damned, por citar dos ejemplos famosos.
El enfoque que iba a utilizar en su historia era sociológico; quería mostrar al público no solamente un puñado de muertos que caminaban y devoraban cerebros, sino la manera en que su aparición cambiaba las relaciones entre los seres humanos, y cómo los choques de personalidades se convertían en un problema añadido al de la amenaza zombi.
Village of the Damned
Ese enfoque es exactamente el mismo que han seguido empleando productos más recientes como 28 días después o The Walking Dead, pero entonces constituía una novedad en el género zombi, aunque se había podido ver en otras películas de terror-ciencia ficción, caso de Los pájaros de Alfred Hitchcock. Estas películas se caracterizan, a nivel argumental, en que lo mollar reside en la reacción de las personas más que en la propia amenaza: Night of the Living Dead podría haber sustituido los muertos por animales, por extraterrestres o por invasores nazis, y el conjunto apenas hubiese cambiado.
Sin embargo Romero fue el primero que describió un cataclismo protagonizado por muertos vivientes. Él inventó el Apocalipsis Zombi y productos como The Walking Dead son poco menos que una larga extensión de aquel film de 1968. Sin embargo, entonces nadie estaba preparado para la llegada de una película semejante y creo que ni el propio Romero era consciente de hasta qué punto iba a romper esquemas. Todo lo que sucedió a raíz de su estreno es el mejor ejemplo.
La película podía engañar (y engañó) a sus primeros distribuidores, porque el argumento empezaba de manera bastante convencional: una pareja de hermanos visita un cementerio para rendir homenaje a un familiar difunto y se ve repentinamente atacada por lo que, suponemos, es un muerto que ha salido de su tumba.
Después de perder a su hermano —esto es un pequeño spoiler pero tranquilos, es que sucede apenas iniciado el metraje—, la chica busca refugio en una casa de campo donde se reunirá con otras personas que también están huyendo de los muertos vivientes. A través de la radio y la televisión descubren que el alzamiento de los cadáveres es un fenómeno generalizado que se está produciendo en todo el país.
Como vemos, la primera parte de Night of The Living Dead no necesariamente se distinguía mucho de otras películas de terror o ciencia ficción de serie B que ya se hubiesen visto por entonces. Parecía no tener grandes pretensiones y además su estilo era definitivamente retro porque, aun siendo de 1968, sin duda imitaba el estilo de los años cincuenta.
Con una narración que comenzaba de forma tan convencional y con un tráiler virtualmente idéntico al de otras películas de terror de la época, resulta comprensible que los dueños del cine de Pittsburgh donde se estrenó creyeran que aquello era un material genérico como otro cualquiera.
Dudo que algún responsable se hubiese molestado en verla entera antes de estrenarla, o de lo contrario no la hubiesen proyectado un sábado por la mañana para un público formado casi en su totalidad por niños y adolescentes. Piensen que en aquel momento no existía la calificación por edades en los Estados Unidos —se implantaría unos meses después—, y recordemos que el Código Hays de censura, todavía vigente pero visiblemente obsoleto y discutido por toda la industria, ya apenas se aplicaba en la práctica.
Como en Night of The Living Dead no se mostraban tetas, que era el factor que básicamente decidía si un film de terror era aceptable para el público infantil o no, tuvieron la ocurrencia genial de estrenarla en plena matiné. Por entonces el terror cinematográfico era algo tan estrambótico, casi siempre tan estúpido, que no resultaba difícil de digerir ni siquiera para los niños, que lo veían como un entretenimiento no demasiado diferente de la ciencia ficción.
Así pues, muchos chavales compraron felices su entrada y durante los primeros minutos del film se lo pasaron en grande, porque en ese tramo inicial la película parecía en efecto algo idéntico a otras cosas que hubiesen visto ya, con torpes muertos vivientes que perseguían a los protagonistas de manera que podría calificarse incluso de cómica.
Pero no, aquella no era una película como otra cualquiera. Conforme avanzaba el metraje, la historia se tornaba más y más escabrosa. No debido a un excesivo gore, sino por un suspense claustrofóbico que iba creciendo en intensidad. Aún más: el tono seco y descarnado que Night of The Living Dead alcanzaba en su parte final era algo insólito en aquellos tiempos. Sabemos por testimonios que durante el estreno se fue haciendo el silencio en la sala.
Night of The Living Dead
El tono tétrico de la película resultaba cada vez más difícil de soportar para el público infantil, hasta el punto en que, durante los momentos de clímax, los pobres chiquillos se echaban a llorar sin consuelo, gritaban como descosidos, o se quedaban completamente paralizados de horror en sus asientos. Incluso los adolescentes, generalmente ansiosos de emociones fuertes, terminaron petrificados ante el tenebroso espectáculo que estaban viendo sus ojos.
No seré muy explícito para no reventar el argumento a quien no la haya visto, pero diré que hay secuencias, y especialmente pienso en una en concreto, que resulta difícil creer que se hubiesen rodado en 1968. No porque fuese sangrientao demasiado gráfica, sino sencillamente porque mostraba una situación concreta por entonces impensable en una película así.
Los adultos de la sala no daban crédito a sus ojos. No, en Night of The Living Dead no había sexo, pero sumergía al público en simas de oscuridad que pocas veces se había visto en la gran pantalla (insisto, ¡era 1968!), y el festival de horror psicológico era cualquier cosa menos adecuado para la infancia. Era, de hecho, la película de zombis más adulta y más dura que se había estrenado jamás… y estaba siendo proyectada ante escolares.
El escándalo provocado por la exposición de los niños a un material tan escabroso le proporcionó una enorme publicidad al film. Hubo muchos espectadores adultos que sintieron curiosidad y descubrieron que, pese al humilde presupuesto con que se había rodado, era una película en verdad escalofriante. Había sido planteada de manera muy inteligente.
Romero había acertado jugando la baza del suspense psicológico, pero también fue hábil al despojar la película de relleno innecesario: no había romances, ni desvaríos aventureros, ni héroes inverosímiles, ni reclamos fáciles como el sexo gratuito tan de moda por entonces. Se había quedado solamente con aquellos elementos capaces de generar tensión, ambientando la película en una atmósfera de amenaza global muy en la línea de La guerra de los mundos.
Otro detalle importante era la animalización de los muertos vivientes, que ya no eran esclavos de una voluntad ajena ni producto de la magia, sino sencillamente cuerpos muertos desprovistos de inteligencia, que parecían tener el único propósito de alimentarse con la carne de los vivos.
Despojarlos de cualquier característica humana y de la influencia de algún mago o científico malvado ayudaba a hacerlos todavía más terroríficos, porque se convertían en una amenaza que no tenía sentido. Gracias a todo ello y pese a sus limitaciones monetarias o técnicas, el film conseguía condensar la angustia de los protagonistas para conducir al espectador por una espiral de tensión en cuyo tramo final, insisto, había algunas secuencias tremebundas que, no importa las veces que usted las vea, siempre le resultarán impactantes.
Night of The Living Dead se estrenó en el resto del país con mucho éxito y también obtuvo una enorme repercusión internacional. El mundo descubrió una película de insólita crudeza que marcaba el momento en que de verdad el género zombi había llegado a su madurez. Fue la película más importante en la historia del cine zombi, aunque curiosamente la palabra «zombi» no se mencionaba ni una sola vez en ella. Es más, ni siquiera el propio George Romero pensaba que había dirigido una película de «zombis», ya que no había magia vudú de por medio, y él, como buen aficionado al terror, tenía una visión bastante tradicional sobre el asunto de las denominaciones.
La suya era una película sobre ghouls —palabra que sí aparece mencionada en el guion—, surgidos por el probable efecto de la contaminación atómica. Sin embargo, la palabra «zombi» terminó volviéndose tan popular y se asoció de tal manera con su cine que incluso el propio Romero se vio forzado a adoptarlo como propio. Pero bueno, más allá de todas estas precisiones terminológicas, lo que todo el mundo asume como cierto es que hubo un antes y un después de Night of the Living Dead. Esto es así, simple y llanamente.
Hoy en día ya no se produce film o serie televisiva de zombis que no sea su deudora directa. Su influencia es universal e inevitable, porque Night of the Living Dead fue el Quijote de las películas de zombis. Es cierto que durante los años inmediatamente posteriores a su estreno apenas tuvo imitadoras. Hoy produce extrañeza pensarlo, pero es que su influencia tardó años en asentarse. Durante casi toda la década de los setenta, buena parte del cine zombi permaneció anclado en patrones tradicionales, y hasta las contadas excepciones a esta regla parecen hoy más anticuadas que el propio film de Romero.
Sin embargo, a partir de los años ochenta el espíritu romeriano se metió en todas partes por motivos varios (entre ellos el mercado videográfico). Y ahí, en todas partes, es en donde permanece esa influencia hasta hoy, incluso se ve esa influencia en aquellas obras de zombis —cinematográficas, literarias, lo que sea— que intentan no parecerse a ella… pero que siempre se parecerán.
The Omega Man
Entre tanto, en el género zombi…
Mientras Night of the Living Dead daba la vuelta al mundo impresionando a espectadores de toda condición, poca cosa más pasó en el cine zombi. Durante 1969 y 1970 no hubo hitos de interés a nivel internacional, salvo algunas películas que trataban el asuntoi de manera tangencial y con escaso interés. En 1971 sí hubo noticias. Hablo, como es natural, de The Omega Man, la segunda adaptación cinematográfica de la novela I Am Legend, que esta vez venía con el respaldo de Hollywood y protagonizada por todo un Charlton Heston.
Se podría alegar que no es exactamente un film de zombis porque aparecen unos mutantes cuya naturaleza no está demasiado clara, pero en todos los aspectos formales podemos considerarla como tal. Para mí, después de Night of The Living Dead, fue la segunda película de zombis moderna, proporcionando un contexto escenográfico e iconográfico que también ha sido muy imitado (ella, a su vez, había imitado a otras que mencionamos en el capítulo anterior).
Varias de sus secuencias ayudaron a sentar un precedente para las películas de zombis de décadas posteriores. Diremos solamente que ha envejecido mal: puedo confesarles que de pequeño era una de mis películas favoritas, pero que me decepcionó bastante al revisitarla de adulto.
Sin embargo, pasada esa decepción, todavía me divierte repasar varias de sus secuencias más célebres. Como poco, la idea de transformar a los vampiros de la novela en una especie de secta de mutantes con gafas de sol, antorchas y fobias tecnológicas resultaba original y estéticamente atrayente.
Si echaban de menos la ración habitual de bodrios, no se preocupen: en 1972 se estrenó otro film estadounidense con el sonoro título de Asylum of Satan, que tan pronto trataba de emular la iconografía de The Omega Man —incluyendo, ¡oh, coincidencia!, una secta de encapuchados aficionados a las antorchas—, como intentaba copiar el estilo del terror europeo, considerado más chic por los americanos. Pero en fin, ni aunque hubiesen intentado copiar Ciudadano Kane.
Es tan, tan mala que no solamente recuerda a lo peor de los locos años sesenta, sino que incluso su tráiler parece una parodia hecha a propósito. Un desastre de dimensiones cataclísmicas.
Todavía peor, aunque parezca absolutamente increíble, era Blood of Ghastly Horror. No en vano hablamos de un largometraje que, agárrense, ¡estaba hecho a base de retales! El infatigable talento creador del cineasta Al Adamson debía de andar corto de recursos, porque combinó el material nuevo con metraje sobrante de una película anterior (Psycho A-Go-Go, 1965), que también había dirigido él. Todo con un encomiable espíritu ahorrador en la mejor tradición de Ed Wood.
¿El resultado? Pues el resultado hace que Ed Wood parezca Yasujiro Ozu. Todo se antojaba rodado por un amateur, con actores de cuarta, diálogos para mentecatos y alguna secuencia de acción cuyo confuso montaje era digno de los momentos más caóticamente cocainómanos de Mad Max: Fury Road. La verdad es que Blood of Ghastly Horror es un artefacto infumable que no sirve ni para reírse pero que, ¡sorpresa!, cuenta con la presencia siempre inquietante, aunque bastante descorazonadora dadas las circunstancias, de un envejecido John Carradine que no merecía verse envuelto en semejante basura para sobrevivir.
Vayamos a Italia. En 1972 se estrenó L’etrusco uccide ancora, cuyo poco sugerente título italiano fue refinado en la versión internacional y transformado en el más romeriano The Dead Are Alive. Aunque en España, claro, nos caracterizamos por bautizar todo lo que viene del extranjero de la forma más rebuscada e inverosímil posible, y aquí la película se llamó El Dios de la muerte asesina otra vez. Eso es tener estilo.
Como podrán comprobar, es muy García Márquez lo de incluir «muerte» y «asesina» en la misma frase («Cien años de aislada soledad», «El coronel no tiene quien le escriba y le redacte»… en fin). Volviendo a lo cinematográfico, L’etrusco uccide ancora era una película formalmente correcta pero muy aburrida, aunque desgraciadamente no da para siesta, por culpa de unos psicóticos arrebatos musicales a volumen atroz que harían las delicias de Christopher Nolan en pleno subidón de azúcar.
Eso sí, para los coleccionistas de curiosidades, tenemos que mencionar la presencia del actor John Marley. Si no les suena su nombre, él interpretaba al productor Jack Woltz en El Padrino. Sí, era el tipo que aparecía con una cabeza de caballo entre las sábanas. Pero descuiden, podemos afirmar sin temor a exagerar que L’etrusco uccide ancora es ligeramente, solo ligeramente, más prescindible que la obra maestra de Coppola.
Aunque no le restemos los méritos que sí tiene, porque hay una cosa verdaderamente genial: su cochambroso tráiler, un impresionante minuto de delirante maravillosidad a medio camino entre cabecera de soap opera televisiva y vaporoso anuncio de colonia. Lloremos todos ante la contemplación de tanta grandeza:
La Spanish Invasion en el terror zombi setentero
Ha llegado el momento. Hablemos de zombis españoles (¡castizombis!). Entre los años 1971 y 1975 se produjo un verdadero aluvión de títulos autóctonos, suceso que se engloba dentro de una racha de productividad de la que los españoles, la verdad, no acostumbramos a presumir demasiado. A menudo nos limitamos a recordar el inmenso impacto que el genial cortometraje televisivo La cabina produjo en el público internacional por entonces, pero lo cierto es que durante los años setenta España fue una de las grandes potencias del terror.
En cuanto al cine zombi, concretamente, estuvo cerca de convertirse en una auténtica meca. Lógicamente, la calidad del producto patrio era desigual, porque seguimos hablando de cine barato hecho con prisas y para un público cuya exigencia de calidad era cercana a cero, pero incluso en aquellas circunstancias España proporcionó al mundo un puñado de títulos que continúan siendo recordados por los más refinados connaisseurs de otros países. Sí, amigos, en la enciclopedia del cine zombi España escribió una página destacada.
¿Cuál era el estilo español? Hubo un poco de todo, pero en general podría decirse que condensaba las características más básicas del terror cinematográfico europeo de la época. Esto es, un enfoque serio frente al estilo estadounidense (que solía primar más el puro entretenimiento para adolescentes), cierta estilización, un enfoque fundamentalmente psicológico con, tendencia al horror gótico, y la ocasional adición de un suave componente erótico. Como en el resto del mundo, la influencia de George A. Romero era recogida de manera todavía superficial, en los casos en que la había, porque no siempre era así.
Vayamos al origen del boom. Entre 1971 y 1972 hubo tres filmes nacionales, relativamente ambiciosos, que intentaron y consiguieron aprovechar la apertura del mercado exterior al terror español. Uno fue Necrophagus, también conocido como Graveyard of Horror o The Butcher of Binbrook. La temática del film es bastante típica, ya que tenemos al científico loco de rigor haciendo diabluras, y poco hay para destacar excepto la presencia del siempre inquietante Víctor Israel.
El director del film, Miguel Madrid, artesano especializado en terror, se marcó un tanto gracias a su repercusión en el extranjero, pero lo cierto es que la película es bastante mala. Muchísimo más recomendable era Horror Express (Pánico en el Transiberiano), una coproducción hispano-británica que contaba con un espectacular reparto: Peter Cushing, Cristopher Lee y Telly Savallas.
En la parte femenina había además algunas caras conocidas del star system nacional como Silvia Tortosa o la alemana españolizada Helga Liné. La película imitaba sin disimulo el estilo de la productora inglesa Hammer, como puede deducirse de la presencia de quienes fueron sus dos grandes estrellas, y tenía un considerable aire retro en la línea de ese terror elegante y de época que los británicos habían hecho tan bien.
El argumento, además, se salía un tanto de la norma; hablaba de un antiguo cadáver rescatado del hielo en una cueva de Manchuria, que despertaba para causar el terror entre los viajeros del famoso tren de lujo. Una buena película, dirigida con muy buen pulso por Eugenio Martín (quien firmó bajo el seudónimo Gene Martin) y un ejemplo perfecto de cine de género ejecutado con dignidad e inteligencia, maximizando hábilmente los recursos disponibles y sacando buen partido a sus tres actores principales.
Hoy es considerada un pequeño clásico y personalmente creo que un remake sería muy interesante, algo en plan «Walking Dead en un tren en marcha».
La noche del terror ciego
También interesante, aunque bastante más serie B, es La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio.
No necesariamente era tan buena como Casablanca, la verdad, pero tenía sus alicientes.
Para empezar poseía unas atmósferas bastante conseguidas, especialmente durante aquellas secuencias ambientadas en ruinas y castillos, lo cual llamaba la atención del público extranjero, muy particularmente del estadounidense (¡Castillos auténticos! ¡Ruinas de verdad! ¡Oh, Europa!).
Aunque lo mejor sin duda eran sus originalísimos zombis, unos aterradores monjes templarios que, con toda probabilidad, eran los muertos vivientes más cool que el público podía recordar por entonces.
La película contenía además detalles de erotismo softcore, incluida alguna suave secuencia lésbica (¡en una película española de 1971!), pensados ex profeso para aprovechar el considerable morbo sexual de María Elena Arpón, una bella y efectiva actriz a la que algunos quizá recuerden porque, entre 1969 y 1973 ,apareció en un considerable número de largometrajes de terror y suspense.
Mucha gente la ha olvidado, pero Maria Elena fue todo un icono de la serie B de su tiempo, incluso más allá de nuestras fronteras. La noche del terror ciego tuvo un buen recibimiento comercial y produjo varias secuelas que, desgraciadamente, fueron cada vez a peor en cuanto a calidad e interés.
Una de las características peculiares de aquel cine español de terror era la superabundancia de rostros femeninos en los repartos. El caso de María Elena Arpón no era único y la nutrida presencia de starlets españolas en estos filmes era una señal de que, con Franco todavía en el poder, el público anhelaba ya lo que más tarde sería conocido como «destape».
Eran los años en que los más osados viajaban a Perpignan para comprobar que en el extranjero las películas mostraban mucha más carne, como deja entrever Lo verde empieza en los Pirineos, aquel título de Vicente Escrivá que hacía referencia al atraso que la cultura española sufría en cuestiones de sexo. Así pues, incluir en el reparto a varias actrices conocidas para solaz del público masculino era un gancho comercial habitual.
Sin embargo, podrán suponer que este reclamo sexual era muchísimo más recatado que el ofrecido por el cine foráneo. No dejen que la cantidad de actrices en aquellas películas les engañe: el terror español de aquel periodo no era un mero vehículo para el erotismo, aunque a veces contuviese escenas picantes. Al contrario. Más allá de que apareciesen mujeres habituales en las portadas de las revistas, y más allá de alguna teta ocasional, eran películas que, mejor o peor, intentaban un auténtico ejercicio de género con cierta dignidad.
La producción española se estaba ganando un público internacional y para mantenerlo no podía competir en términos de sexo, porque había ciertas cosas que en España sencillamente no se podía rodar. Eran películas cuyo débil erotismo estaba dirigido más que nada al consumo interno, que se conformaba con cualquier cosa en ese aspecto, mientras que de cara al espectador extranjero, el terror español buscaba competir en términos puramente de género. Esto, curiosamente, puedo ser uno de los motivos por el que la serie B española consiguió hacerse con un mercado y consiguió también que algunos, por ahí fuera, la sigan recordando con cariño en pleno siglo XXI.
Un ejemplo de lo dicho: La orgía de los muertos, dirigida por el prolífico José Luis Merino, incluía algún desvarío sexual bastante atrevido para la época, como era una breve pero osada secuencia de necrofilia. Sin embargo, sus puntuales concesiones al erotismo retorcido o su provocativo título eran lo de menos, porque básicamente la película intentaba imitar el estilo Hammer y, aunque lo hacía de forma más digna que entretenida, actualmente es un objeto de culto muy apreciado.
Baste decir que su versión internacional The Hanging Woman ha sido distribuida nada menos que por Troma, cosa que no hubiese sucedido de ser una mera película de terror erótico. Además, La orgía de los muertos nos sirve para introducir en nuestro relato al legendario actor Jacinto Molina, esto es, Paul Naschy, quien probablemente era lo mejor de aquel film. Naschy también protagonizó El espanto surge de la tumba, producto flojo donde lo más llamativo era el extensísimo reparto femenino destinado una vez más a atraer al público nacional.
Aparecían la ya mencionada Helga Liné, la lánguida Emma Cohen, la elegante Betsabé Ruiz, la argentina Cristina Suriani —hoy olvidada pero entonces habitual de las revistas del corazón españolas— o una María José Cantudo de veintiún añitos que destacaba por su exótica belleza mucho antes de que Martes y 13 la convirtiesen en objeto habitual de chanza. Veámosla en acción y podrán comprobar que el erotismo de los últimos estertores del franquismo era más bien timorato:
El infatigable Paul Naschy apareció también en La rebelión de las muertas, cuyo confuso menú temático combinaba orientalismo indio, vudú caribeño y satanismo sui generis de manera tan pretenciosa como soporífera. Por entonces no era raro que algunos directores y productores intentasen encasquetar ínfulas a lo Jean Luc Godard incluso en una puñetera película de puñeteros zombis. Eso sí, admito que contiene momentos que producen desasosiego no tanto por lo terrorífico sino por lo inexplicablemente delirante, como aquellas extrañas secuencias en que algunos personajes estrambóticos miran fijamente a la cámara.
Otra película que seguía un estilo similar y por tanto terminó resultando otro ambicioso pero plúmbeo ejercicio de supuesto refinamiento era El pantano de los cuervos. Fue dirigida por Manuel Caño, el Max Power del séptimo arte, cuyo seudónimo internacional era nada menos que Michael Cannon (¡eso sí es un puto apodo molón!). La película modernizaba la figura del científico loco y la verdad es que sus actores principales, como Ramiro Oliveros o la expresiva Marcia Bichette, no hacían un mal trabajo, pero no vean El pantano de los cuervos después de comer porque a esas horas es más fulminante que los documentales sobre ballenas.
Ya vemos que Paul Naschy trabajaba como el que más, pero no siempre obtenía la recompensa que merecía. Experimentó los peores sinsabores de la industria cuando después de escribir un guion basado en un relato de Bécquer, cometió el error de ceder los derechos a la productora Bulnes. ¿Lección? La de siempre en el mundo del arte y la vida en general: no firmen nada sin leerlo bien antes, y sobre todo no regalen una buena idea sin asegurarse antes los derechos.
Paul Naschy estaba ilusionado con un proyecto personal concebido para aprovechar el tirón de La noche del terror ciego y el estilo de Armando de Ossorio, pero en cuanto la productora fue propietaria del guion no solamente empezaron a cambiarlo para disgusto del amigo Molina, sino que ¡le impidieron a él actuar en la película!
Las riendas del proyecto fueron a parar a manos del experimentado director británico John Gilling, que contó con un reparto nacional que casi parece un tópico: Carmen Sevilla (sí, la del Telecupón), Adolfo Marsillach, Emma Cohen, Mónica Randall, Tony Isbert… en fin, todo más español que un tipo con un palillo en la boca compartiendo su sapiencia sobre la necesidad de regular el tráfico sin rotondas mientras pliega el periódico deportivo.
Así pues, Naschy se quedó sin su película. Eso sí, consiguió figurar en los créditos como coguionista gracias a una decisión judicial, porque los productores ni siquiera se habían molestado en considerar la idea de citarlo como autor de la idea. Puñales volando, amigos. That’s show business.
En cuanto a Armando de Ossorio, retornaba en 1973 con El ataque de los muertos sin ojos, secuela de su exitosa La noche del terror ciego. Estaba protagonizada por Fernando Sancho, a quien muchos recordarán por sus apariciones en numerosos eurowesterns, y por una Esperanza Roy que no hacía olvidar el toque de clase de la ausente Maria Elena Arpón. Para ser sincero, esta secuela era bastante menos interesante que su predecesora, pero tenía el aliciente de devolvernos a los carismáticos templarios zombis.
La idea funcionaba tan bien que Ossorio dirigió otras dos secuelas en los siguientes dos años, en las que siguieron desfilando starlets españolas de la época. El barco maldito (1974) era la tercera película de la saga y contaba en el reparto con Bárbara Rey y Blanca Estrada. Bastante olvidable.
La cuarta y última entrega, La noche de las gaviotas (1975) también usaba el reclamo de las actrices guapas: María Kosty y Sandra Mozarowsky, cuya corta vida bien merece un comentario. Mozarowsky, que era hija de una española y un diplomático ruso, se convirtió en sex symbol cuando todavía era una quinceañera.
Esa cualidad de lolita y la exótica combinación de genes mediterráneos con genes eslavos hizo que algunos la apodaran «la Ornella Muti española» (Muti, hija de madre rusa y padre italiano, también se había convertido en sex symbol siendo una adolescente). Aquel apodo auguraba una carrera tan rampante como la de Muti, pero por lo que más se recuerda hoy a la pobre Sandra es por las escabrosas circunstancias de su temprana muerte.
Falleció al caer por el balcón de su casa cuando tenía solamente dieciocho años de edad. Al parecer estaba embarazada. Nunca se supo exactamente qué había pasado, pero quienes la conocían afirmaban que era muy improbable la hipótesis del suicidio y pronto se extendieron los rumores sobre un posible asesinato en el que habría estado implicado el propio servicio secreto. ¿Por qué? Las habladurías relacionaban a la jovencísima actriz con la más alta instancia del Estado, la corona.
Este rumor corrió de boca en boca durante años hasta ser recogido por diversos autores, caso de Andrew Morton en su libro Ladies of Spain.
Volviendo a asuntos más agradables, en 1974 Jorge Grau dirigió No profanar el sueño de los muertos. Por entonces el terror español era un producto fácilmente exportable y de hecho esta película tenía clara vocación internacional desde el mismo inicio, ya que estaba ambientada en Manchester y tenía un reparto mixto hispano-anglosajón que contaba con el estadounidense Arthur Kennedy y la española Cristina Galbó, una refinada actriz especializada en el terror que se hizo cierto nombre con títulos similares.
Concebida casi en tono de ciencia ficción, era un producto digno donde quizá era más prometedor el planteamiento que el resultado final, no demasiado entretenido. Con todo, una obra digna. Otro director que repitió género zombi fue nuestro amigo Manuel Caño, alter ego del superhéroe Michael Cannon, que estrenó Vudú sangriento. Era una película nefasta que, todo sea dicho, contenía detalles tan hilarantes como la música africana menos africana de la historia.
Para ser un país que está tan cerca de África, en España no terminamos de captarle el punto. En su heterogéneo reparto figuraban elementos tan dispares como Aldo Sambrell, Eva León o ¡Alfredo Mayo! (sí, el héroe de Raza, la epopeya nacional cuyo guion se basaba en una idea del propio dictador Franco). Aldo Sambrell también merece un comentario aparte.
Nacido en Vallecas, su verdadero nombre era Alfredo Sánchez Brell; fue futbolista del Rayo Vallecano y del Alcoyano, antes de italianizar su nombre para participar como actor secundario en los cinco mejores spaghetti westerns de todos los tiempos. Esto es, aquellos cinco que dirigió Sergio Leone: Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo, Hasta que llegó su hora y Agáchate, maldito.
Que yo sepa, este carismático actor es una de las poquísimas personas que apareció en todos ellos. Seguramente no mucha gente recuerda ya a Aldo Sambrell, pero como podemos comprobar, ¡el tipo tiene un mejor currículum que el del 90% de las estrellas de Hollywood actuales!
Esta racha de productividad y prestigio del cine zombi español y del terror patrio en general se apagó a partir de 1975. Sí, los monstruosos zombis españoles retornaron a la cripta para ofrecerle al Generalísimo la grata compañía que sin duda merecía. Esto marcó el final de una era breve pero intensa y, vuelvo a insistir, todavía recordada por los estudiosos del cine zombi. ¿Por qué se apagó la llama?
Pues porque al morir Franco terminaban casi cuatro décadas de censura católica y la serie B nacional se volcó con el reclamo comercial más poderoso y barato de todos: el sexo. La llegada del destape arrasó con todo lo demás. Ni siquiera se antojaba necesario invertir los cuatro duros que pudiese costar el maquillaje terrorífico de un zombi. ¿Para qué? Con poner tetas y culos en pantalla se garantizaba una suculenta recaudación.
El cine zombi español entró en un prolongado letargo y, de hecho, nunca nuestro país ha vuelto a producir tantas películas de zombis, o de terror, en tan poco tiempo. Cierto, aquellas películas no fueron obras maestras y de hecho hubo entre ellas varios bodrios. También es cierto que en España no hubo una Night of the Living Dead. Pero tampoco la hubo en los demás países, a excepción de Estados Unidos, y cabe valorar aquel periodo por lo que vale.
Piensen que eran películas baratas destinadas a un público poco exigente que tanto en España como el extranjero iba a cines de poca monta, pagando una entrada asequible para ver películas de usar y tirar. En ese ámbito, la calidad media del terror español superaba, de manera sensible, la calidad media del terror de serie B que se producía en otros países. Puede que no fuesen obras dignas de Tarkovsky, pero tampoco cabía esperarlo.
Estamos hablando de cine zombi, que era el vagón de cola de la serie B, la cual era vagón de cola del terror, el cual era vagón de cola del arte cinematográfico. Y aun así, se intentó hacer las cosas de manera medianamente digna. Quizá no siempre se consiguió, pero si ven películas de zombis hechas en otros países durante aquellos mismos años comprobarán que pocas veces eran de igual calidad, y con frecuencia peores.
El Pais(J.Villalva) — Hasta hace poco, si alguien se ponía a buscar información sobre la industria de la moda española entre la Guerra Civil y la Transición, siempre solía encontrarse con lo mismo: Balenciaga. La enorme sombra del diseñador vasco eclipsaba por completo un periodo de cuarenta años que parecía haber sido un completo erial estilístico.
Y si hablamos de una moda más popular, muchos piensan que las mantillas y el luto se mantuvieron impasibles hasta que a Manolo Escobar le dio por cantar aquello de “no me gusta que a los toros te pongas la minifalda”. Pero, obviamente, las cosas no fueron así. No es tan fácil frenar a las modas y a las tendencias, que son capaces de colarse por los más estrechos resquicios de los regímenes dictatoriales y relucir entre las sombras más oscuras.
Hace diez años, la periodista e historiadora de la moda Ana Velasco Molpeceres decidió que quería acabar con estas ideas preconcebidas y escribir una monografía sobre el estilo durante la dictadura de Francisco Franco, arrojar algo de claridad sobre la época y demostrar que habían pasado muchas más cosas a lo largo de esos años.
Boceto de vestido de novia publicado en la revista Y (1941)
Ese es el origen del libro que ahora presenta y que se titula, sin dejar lugar a dudas, La moda en el franquismo. Para escribirlo, no ha parado de investigar durante todo este tiempo, consultando prensa generalista, revistas especializadas y todo tipo de fuentes de la época.
Por el camino le ha dado tiempo a publicar también Historia de la moda en España. De la mantilla al bikini (2021) y Ropa vieja. Historia de las prendas que vestimos (2023), dos volúmenes en los que se sumerge en otras épocas y aspectos de nuestra forma de vestir. “Hay un gran volumen de información de aquellos años”, nos explica.
“Yo misma tengo una colección de prensa femenina bastante amplia e interesantísima. Pero sí que es cierto que en un determinado momento tuve que parar de investigar y decidir qué era lo que iba a incluir en el libro y qué se quedaría fuera”. Conciso y directo, La moda en el franquismo es una concienzuda colección de referencias, llena de pistas y puertas entreabiertas, entre las que un lector con ganas de saber más podría seguir investigando durante otros diez años.
El libro, sin embargo, resulta entretenido y se centra en hablar sobre cómo se vestían y se peinaban los españoles durante de las décadas de los 40, 50, 60 y 70, dedicándole especial atención a, entre otros temas más sociológicos, la importancia y simbología de la muñeca Mariquita Pérez, el peso social del momento de la boda, las puestas de largo, los problemas de la industria de la moda durante aquellos años y la llegada a nuestro país de los grandes almacenes o del prêt-à-porter, que en España, como casi ocurrió en Francia, contribuyó a poner los clavos en el ataúd de la alta costura nacional.
– La importancia de la moda durante el franquismo
Cuenta Ana que cuando los antropólogos investigan a pueblos remotos, no contactados todavía por la civilización occidental, y no son capaces de explicar alguna de las cosas que estos hacen, se limitan a decir: “esto es ritual”. Incluso existe un chiste entre ellos que usan cuando desconocen algo. Simplemente dicen “es ritual”. Pero es que, en realidad, nuestra vida está plagada de rituales.
Cómo nos saludamos es un ritual, el que intentemos consolar a alguien que está llorando, es un ritual, y cómo nos vestimos también lo es, aunque no lo percibamos como tal.
“El franquismo era una sociedad que tenía, como todas las dictaduras, una terrible represión, un terrible control de las mentalidades y sobre la población, y uno de los aspectos que servían para adherirse al régimen o para pasar desapercibido, uno de sus rituales, era comportarse de acuerdo a los modos que se promovían desde los órganos de propaganda y censura”, explica Ana.
“La indumentaria era muy importante en este sentido. Un ejemplo perfecto de ello es la camisa azul de Falange. [Tener una camisa azul de los años 30 con el yugo y las flechas bordadas en rojo era casi imprescindible para prosperar dentro del régimen]. Entre las mujeres, el peinado ‘Arriba España’, una especie de recogido con mucho volumen en forma de tupé, demostraba también la adhesión a Franco justo después de la guerra”.
Anuncio de Jabón Luz para medias, 1930
Pero la moda siempre ha tenido un punto de rebeldía y aquellos años oscuros no fueron una excepción según Ana. La influencia del cine y de la forma de ser, actuar y vestir de sus estrellas, es absolutamente crucial en todo esto.
El ejemplo más claro, según la experta, son las llamadas chicas Topolino. “Las mujeres durante el franquismo tenían que ir siempre bien vestidas, peinadas y maquilladas, pero no demasiado. Tenían que ser deseables y casaderas, pero con cuidado de no pasarse y ser objeto de deseo fuera del matrimonio.
No obstante, había excepciones”, explica Velasco. “Las chicas Topolino, a las que también se las llamaba peliculeras o noveleras, porque imitaban a las estrellas de cine y de las novelas, al principio eran mujeres de clase alta, modernas, que llevaban gafas de sol, zapatos de plataforma, el pelo teñido, fumaban, bebían… Obviamente el régimen las consideraba todo un atentado contra la familia y las instituciones nacionalcatólicas”.
Puesta de largo de Carmen franco. 1946
El nombre de Topolino (el apelativo de Mickey Mouse en Italia) se les puso porque algunas de ellas conducían (otro atrevimiento) un pequeño Fiat 500. Un vehículo al que se le llamaba familiarmente Topolino y que ya se vendía un tiempo antes del inicio de la Guerra Civil.
“Para conducir un coche siendo mujer en la España de los 30 y los 40 hacía falta tener mucho dinero y además ser de Madrid, Barcelona o como mucho de alguna capital de provincia”, explica la autora.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el estereotipo se extiende a mujeres de estratos sociales más bajos y edades más jóvenes. “Eso también hace que en la prensa comiencen a publicarse bromas y críticas continuas a las costumbres de esas mujeres”, cuenta Velasco.
“‘Una chica de un pueblo de Castilla-La Mancha que se llama Eleuteria, ahora se hace llamar Leti y habla como Claudette Colbert’, se puede leer en algunos artículos de la época”. También cosas menos irónicas, claro, como en las revistas femeninas de Falange, donde se las caracterizaba casi como corruptoras de menores o como cabezas huecas”.
El fenómeno de estas chicas modernas era muy similar al de las swing girls que se estaba dando en otros países como Alemania, Francia o Estados Unidos, donde esta modernidad en las costumbres y la moda iba acompañada de un fuerte componente político y de oposición a las ideas reaccionarias herederas del fascismo.
“Llama la atención que ni ellas mismas fueran conscientes de la enorme amenaza que su actitud representaba para la dictadura”, reflexiona Velasco. “Quizá por ser un fenómeno estrictamente femenino no se le dio una lectura política en nuestro país. El régimen sí que las percibía como una amenaza y por eso las perseguía y las combatía. De todos modos, aunque no se vistieran así ‘contra Franco’, sí que lo hacían contra lo que se esperaba de ellas: casarse y tener hijos”.
– ¿Balenciaga hubiera sido Balenciaga sin la Guerra Civil?
Para los fanáticos de la moda, quizá algunos de los párrafos más interesantes del libro de Velasco serán los que dedica a las industrias de la moda española y cómo la guerra, la autarquía y la represión (también económica) de la dictadura influyó sobre ellas.
La guerra, como para el resto de la industria de nuestro país, supuso una destrucción total de la moda. Algo que lógicamente afectó a la oferta pero también a la demanda, al acabar con la prosperidad económica de la Segunda República. “Lo cierto es que a la dictadura le costó más de 25 años igualar el nivel económico que tenía España antes de la guerra debido a la destrucción que esta produjo”, explica Velasco.
La marcha de Balenciaga a París, donde abrió su mítico taller de la AvenidaGeorge Ven agosto de 1937, podría señalarse como un símbolo de esta decadencia. Sin embargo, no hay que confundir el traslado del modisto de Getaria con un movimiento ideológico. “Balenciaga sigue cosiendo para las Franco sin problema alguno”, afirma Velasco sin rodeos.
“De hecho, incluso el último traje que diseña el creador es para la boda de nieta de Franco, Carmen Martínez-Bordiú. Balenciaga tuvo una relación excelente con las élites franquistas. Si se va a Francia es únicamente porque España ya no soporta una industria de alta costura y porque él lo que quiere es triunfar en París. No se puede triunfar en la alta costura desde Madrid o San Sebastián. Balenciaga no habría sido quien fue si se hubiera quedado en España”.
Una vez terminada la Guerra Civil, Balenciaga vuelve a abrir su estudio de Madrid. De hecho, la relativa paz de España les permitía a las empresas nacionales trabajar mejor que sus competidoras europeas, que estaban en plena Segunda Guerra Mundial. “Había algunos problemas de escasez”, reconoce Velasco, “como por ejemplo con las medias, pero las clases altas podían esquivar bastante bien las estrecheces de la época.
Uno podía ir a un restaurante caro de Madrid y comer lo que le apeteciera, más o menos, o acudir al taller de Flora Villarreal en Madrid o de Pedro Rodríguez en Barcelona, y hacerse con un vestido impresionante. No había escasez para esos lujos”.
Puesta de largo de Cayetana de Alba, publicada en la revista falangista Y (1943)
Se podría incluso decir que la industria de la alta costura española vive una pequeña edad de oro, ajena a los horrores que ocurrían dentro y fuera de nuestras fronteras. Cabe preguntarse entonces porqué la mayoría de las casas de moda que florecieron en esa época no son conocidas hoy en día por el gran público. “La razón de su olvido es que no han tenido continuidad y porque la industria más importante siempre estuvo en Francia”, explica Ana.
De entre todas aquellas marcas nacionales de las que nadie se acuerda la autora destaca a Flora Villarreal que fue la encargada de confeccionar, por ejemplo, el traje de puesta de largo, primero, y de novia, después, de Cayetana de Alba, y que era la otra candidata a crear el vestido de Fabiola de Bélgica (que además era familia suya) del que finalmente se ocupó Balenciaga.
“Flora Villarreal tenía un gran nombre durante aquellos años y una casa muy poderosa en España”, afirma Velasco. “También actuaba como compradora e iba a todos los desfiles internacionales. Fue una mujer muy importante, pero que nunca quiso irse a Francia y cuya figura pocos recuerdan, quizá injustamente”.
Otro diseñador destacable fue Pedro Rodríguez que tenía además una visión comercial muy aguda, con una gran casa dedicada a los bordados y que diseñó los primeros uniformes de las azafatas de Iberia. “Otras marcas fueron El Dique Flotante, Santa Eulalia, que no tienen asociados a diseñadores específicos, y un poco más adelante Carmen Mir, Pertegaz… Y muchos otros diseñadores que no han tenido mucha repercusión posterior”.
Monumento a Pablo Neruda,(Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto) 12 julio 1904-23 de septiembre 1973, Chanca Urrutia, Parral, Chile
Meer(R.P.Roman) — Desde niños, escuchando por primera vez la voz del poeta, ya nos impresionaba el tono de voz. Había en ella como un extraño dejo de quejumbrosa resignación. Escuchando a otros poetas, recitadores y payadores, fuimos comprendiendo que cada artista tiene su estilo y que en la declamación, cada uno pone el dramatismo adecuado para hacer resaltar el sujeto.
Todo comenzó con Gabriela Mistral. De una u otra forma, la poetisa ocupaba el transcurso de la escuela primaria. Leíamos adonde tejemos la ronda…, o piececitos de niños…, etc.
En los años cincuenta sabíamos que Gabriela había recibido el Premio Nobel de literatura (1945). Aparte algunas nociones sobre Rubén Darío en el plano continental de las letras, ella era el referente fundamental de nuestros tiernos años. sin imaginar que otros personajes de las letras americanas, entre ellos Neruda, iban a recibir tan elevado galardón.
Luego aprendimos algunos rudimentos del arte de componer una poesía, por cierto, ejercicios no muy felices. Un verdadero calvario para aquellos que no albergaban las musas bajo la almohada.
Ya en el liceo, pudimos vislumbrar con una cierta profundidad el universo de la creación literaria y de los grandes clásicos, tanto en la perspectiva histórica de las escuelas y tendencias, como en los estilos y temáticas de los numerosos autores. Pero el recorrido fue tan vertiginoso entre las demás materias y asignaturas que sólo aquellos condiscípulos que tenían vocación literaria pudieron profundizar por su cuenta.
Me era difícil comprender, yo que nada tenía de literario, el desdén con que algunos camaradas de clases manifestaban por el arte de la palabra, como si se tratara de elucubraciones gratuitas del conocimiento ante la sagrada seriedad de las ciencias. Más aún, si se tienen en cuenta los comentarios que corrían entre las familias, por esos años cincuenta, respecto a las letras…
¡El que no acierta una en matemáticas o en ciencias, terminará en letras! Probablemente, era la tónica dictada por el culto al siglo de los ingenieros. Los torpes, faltos de vocación científica, tenían su lugar en los oficios de los parlanchines… Para mí, las letras eran tanto o más difíciles que las ciencias o las matemáticas.
Les meandros del lenguaje en los que podemos fácilmente naufragar, cuando debemos expresarnos en público, indican claramente que en materia de lenguas y oratoria, vale más un pálido iniciado que un desgraciado improvisador. El pensamiento, la palabra y el don de la comunicación, son ingredientes difíciles de combinar para jugar con las imágenes, las inflexiones, los acentos, los silencios y, en fin, lograr crear el clima al que los buenos tribunos, escritores o poetas pueden transportar a su público.
– Volviendo a Neruda
Hay un mundo de diferencia entre leer uno mismo sus poemas, tratar de recitarlos, o escuchar al maestro expresarlos con su voz. Ya adultos, aunque todavía simplistas, atribuíamos esa entonación, tan suya, a una manera adquirida de expresar en palabras lo que su rostro nos estaba enviando como mensaje interior, casi al límite inexpresivo para la percepción del profano, No se decía acaso, ¿Qué los poetas románticos bebían vinagre por la noche para exhibir ojeras al día siguiente? Quizás Neruda quería parecer triste y dar así una mayor expresividad, por defecto, a su voz… ¿por qué no?
– Neruda el enigma…
Su voz tenía como un aire de queja solitaria, resignada, cuando no, algo ausente de este mundo. El gesto de Neruda, hombre maduro, poeta consumado, se quedó por siempre, más bien melancólico. Pocas son las fotos donde se le ve sonreír. Nos decíamos, entre imberbes camaradas, que Neruda habría querido reemplazar ese vinagre por la tristeza de su mirada y por la débil expresividad de su voz.
¿Pero de dónde diablos venía entonces esa tristeza? ¿Del clima húmedo de su boscosa región en Temuco, o de las sobrias costumbres de los sufridos habitantes y taciturnos hombres del sur del país? O tal vez de los años y años de estrechez, por la que pasaban, por entonces, la mayoría de los jóvenes poetas…
En la época, nadie podía vivir de sus escritos aunque, podían ganarse algún dinerillo como cronistas de los pequeños diarios regionales que no eran, precisamente, un modelo de generosidad, so pretexto de ofrecer a los escritores una vitrina para darse a conocer.
El rudo trabajo de su padre, conductor de un tren lastrero que trabajaba duro por las noches, expuesto a las inclemencias de una región fría y húmeda, ausente durante el día, reposo obliga, venía a sumarse a la ausencia eterna de la madre que él no conoció. Cierto, sin desmenuzar el peso de cada uno de estos factores, su adición debió contribuir a esa, su tristeza estructural.
La vida de quien debe construirse solo, es extremadamente dura…a lo que se agrega la incertidumbre natural del adolescente que se busca a sí mismo.
– Un poeta sin misterio no es tal…
El escritor Jorge Edwards, amigo y colaborador diplomático de Neruda en Francia, cuenta en sus memorias, la dramática historia del retrato de la madre de Neruda que no la conoció porque ella falleció poco tiempo después de su nacimiento. Probablemente vivió con esas ansias latentes de poder redescubrirla un día.
Dice Edwards que el milagro se produjo cuando una señora anciana, habiendo leído sobre dicho triste pasaje de la vida del poeta, llamó a Neruda diciéndole que había sido amiga de su señora madre y que poseía una foto de ella. El poeta fue a visitarla y la dama, de modesta condición, se la obsequió.
Como se puede imaginar Neruda debe haber experimentado tan gran emoción al descubrir el rostro de su madre que decidió guardar la preciada foto allí donde no podría perderse. Probablemente la puso entre sus papeles y libros más queridos, pero… ¿cuántos pueden ser los papeles más queridos de un poeta que, además, viajó por las cuatro agujas de la rosa de los vientos? ¡Nunca más la encontró!
El sitio web que la Universidad de Chile le dedica al poeta, indica que Neruda habría conocido esa foto en su infancia, pero la versión de Jorge Edwards, por su contacto estrecho con el poeta y con Matilde Urrutia, la viuda de Neruda, parece más exacta.
Veinte años después de su muerte, la foto apareció entre la montaña de libros y papeles cuando, el mismo Edwards la redescubrió con Matilde, después que esta lo llamara para reordenar los viejos escritos del poeta en su residencia de Isla Negra.
Neruda perdió así, dos veces a su madre. Probablemente pudo contemplar su dulce rostro, durante bellas e interminables horas, efímeras horas entre dos eternidades, la pasada y la futura.
– ¡Toda existencia es un viaje…Entonces!
Los viajes… su vida y él mismo fueron una travesía, una búsqueda eterna, lo que parecería un vergonzoso lugar común decirlo aquí, ante una tan grande personalidad literaria, política, en suma, un humanista de esa envergadura.
Todas las vidas son otros tantos viajes, aunque no siempre poéticos. Leyendo la historia de la foto materna, me fui deshaciendo de esa errónea y simplista visión de adolescencia respecto a su voz. Esta percepción me golpeó como un rayo de luz ante el enigma que, de tiempo en tiempo, me volvía el espíritu. Creí comprender el por qué de su mirada ausente que lo caracteriza, perdida en el horizonte… el por qué de su obsesión por los viajes, el por qué de sus insaciables ansias de amor…
– ¿Y los mascarones de proa?
En Confieso que he vivido, Neruda nos relata su pasión por los «mascarones de proa» que coleccionaba, por los barcos, por las olas que revientan sin cesar contra las rocas o se despliegan por las playas como buscando algo.
Y, esas diosas y sirenas, rostros y pechos surcando los océanos… ¿no simbolizan acaso a la mujer, alma en pena, que busca algo en las inmensidades de los siete mares? ¿Acaso un hijo que apenas sintió en unos cuantos berridos, antes de partir para siempre?
– Neruda, la obsesión de construir
La Sebastiana, en el alto de un cerro porteño frente al mar, ¿no es la esperanza en la vigilia? ¿Esperanza de ver llegar un día al puerto, en no sé qué misterioso Caleuche, la madre que había buscado toda una vida?
¿Y La Chascona, no se emplaza por sobre la gran urbe capitalina desde donde se domina el tumulto en el que los individuos se pierden?… Porque, de todos modos, todos y cada uno de los transeúntes andan por ahí, entre los otros, como agujas en un pajar…
– ¿Y en Isla Negra?…
Neruda recogiendo sin cesar toda suerte de maderos y objetos diversos arrojados por la mar… ¿no es acaso un signo de la esperanza de encontrar un botón, un prendedor, un pañuelo, un collar, una traza de ella?
Porque en alguna parte del universo tienen que haber ido a parar…y porque el mar es casi infinito y, en el horizonte, se funde con el cielo y llega hasta el universo…y porque esa madre no puede andar fuera del universo.
¡Imposible, por infinito que este sea!… En Isla Negra, para recoger sin descanso todo lo que el mar arroja. Un día algo llegaría desde la inmensidad del universo…
Doble melancolía la del poeta hecho símbolo y que hoy se confunde con este Chile, lo desborda y se derrama hacia el continente y el mundo, por su cielo, por sus mares y sus cordilleras, con sus vientos y con la lluvia interminable del sur…
Ese llanto eterno por aquella sombra que se fue… La misma que lo albergó en su vientre por tan solo nueve cortos meses, justo el tiempo de insuflarle la vida y traerlo al mundo, para que el mundo lo vea crecer y lo haga suyo hasta verlo convertirse a su vez, en tierra, en agua, en fuego y en nieves eternas…y al final, a través de su palabra mágica, telúrica, en la esencia misma de la libertad…de esa tan ansiada libertad que tarda en llegar… pero que se aproxima todos los días, vacilante…
– La naturaleza, la libertad, los hombres
Las ideas de inmensidad y eternidad son casi constantes en su obra. Los elementos desencadenados están presentes con fuerza, y entre ellos, la tierra-madre que engendra, nutre y ve perecer a sus hijos en la sabiduría regeneradora que es la suya, como en el inmortal Machu Picchu.
Pachamama la llamó el Inca, brecha el campesino chileno y, otros, madre tierra. El poeta, todos los poetas, evocan del surco fundamental cuando se refieren a la fertilidad de la poesía… “surco y semilla”, el poeta es un cultivador incesante de la lengua y la palabra. Neruda vino para sembrar en toda la anchurosa América, entre cordillera y mar, entre su tierra americana y la infinidad del universo…
Todo esto ocurrió en el espacio de cien años, un siglo…Y si ya hemos celebrado el natalicio de Neruda, guardemos también un pensamiento eterno para aquella mujer que lo puso sigilosamente en manos de la humanidad y se retiró en silencio, como probablemente ella misma vino al mundo.
Si la poesía de Neruda es universal, su llanto es interminable, como la lluvia de su Temuco añorado…Su mirada fue pálida, como el gris de las piedras del tren paternal, gris como la camanchaca de aquella lejana mañana en que su padre se perdió, como el poeta mismo lo dice:
en la bruma de la madrugada, a bordo de su tren rastrero…para nunca más regresar…
¡La palabra de Neruda fue fértil… su mirada fue y será melancólica…es la única certeza que nos queda!
La vida es así… y los seres humanos unos extraños objetos no identificados…
Un vampiro es una criatura mítica que se cree que sobrevive alimentándose de la sangre de los vivos.
BBC News Mundo(M.R.Jeremic) — A principios del siglo XVIII, decenas de personas en Serbia comenzaron a morir misteriosamente, supuestamente perseguidas por sus vecinos muertos y luego de experimentar una sensación de asfixia o respirar con dificultad justo antes de morir.
Dos pequeños pueblos en particular, Medveda en el sur de Serbia y Kisiljevo en el noreste, estuvieron en el centro de estos rumores. Las aldeas estaban separadas por 200 kilómetros, pero informaron de un patrón similar de incidentes curiosos en el transcurso de una década.
Médicos austriacos viajaron hasta allí para investigar la causa de estas muertes y elaboraron informes detallados sobre todo lo que descubrieron. Los hallazgos llegaron rápidamente a la prensa austriaca y más tarde a los círculos académicos.
El historiador alemán Thomas M. Bohn, autor de «Vampiros: El origen del mito europeo», dice que así fue como apareció por primera vez la palabra «vampiro», en un diario austriaco llamado «Wienerisches Diarium» en 1725.
Un vampiro es una criatura mítica que se cree que sobrevive alimentándose de la sangre de los vivos.
Se han registrado anécdotas de apariciones de vampiros en culturas de todo el mundo, pero el término «vampiro» se popularizó en Europa occidental después de estos informes en el siglo XVIII.
– Asunto «del diablo»
En Kisiljevo, en 1725, nueve personas murieron en dos días. Todos ellos hablaron presuntamente de cierto vecino antes de su muerte.
Dijeron que un hombre llamado Petar Blagojevic, que había muerto antes, había venido a visitarlos en sueños y comenzó a estrangularlos.
«Drácula» de Bram Stoker es aceptada como la novela de vampiros por excelencia y ha inspirado muchas películas, incluida la versión de 1931.
En respuesta, los lugareños abrieron la tumba de Blagojevic y encontraron un cuerpo bien conservado que fue percibido como una «evidencia de los asuntos del diablo».
«La cara, las manos y los pies, de hecho todo el cuerpo, no podrían haberse conservado mejor si estuviera vivo», escribió un funcionario austriaco que estuvo presente en la exhumación.
«En su boca, para mi gran sorpresa, encontré sangre fresca que, según la creencia general, succionaba de aquellos que mataba».
El profesor Clemens Ruthner del Trinity College de Dublín, Irlanda, cree que la palabra «vampiro» surgió de la época en que los médicos austriacos abrían las tumbas y hablaban con los intérpretes locales para entender lo que había sucedido.
“El intérprete probablemente murmuró algo como ‘upir’, que es una palabra eslovena para demonio, y de ese malentendido nació la palabra ‘vampiro’”, dice.
A través del encuentro colonial entre funcionarios austriacos que se consideraban “ilustrados” y los aldeanos locales que eran percibidos como “primitivos” por los austriacos, surgió una nueva criatura, añade.
Para detener a Petar Blagojevic, los aldeanos le clavaron presuntamente una estaca en el corazón y luego quemaron su cuerpo, poniendo fin a los reportes de vampiros en la aldea.
Aunque estos incidentes llamaron la atención, aún no había llegado el momento de que el «vampirismo», un término utilizado para referirse a la creencia en vampiros, captara la imaginación de un público más amplio, según Bohn.
El espíritu de la Ilustración de aquella época no aceptaba nada que no pudiera explicarse racionalmente.
– ¿Vampiro o chivo expiatorio?
Siete años más tarde, en enero de 1732, el miedo se apoderó del pueblo de Medveda.
En tres meses, 17 personas, algunas de ellas jóvenes y sanas, murieron sin motivo aparente.
Al igual que en los incidentes de Kisiljevo, algunos de los fallecidos se quejaron de una fuerte sensación de asfixia y fuertes dolores en el pecho antes de morir.
Después de cumplir la orden de exhumar las tumbas, el doctor Johannes Fluckinger redactó un informe en el que mencionaba a un miliciano como el principal autor de los casos de “vampirismo”.
Según informes, su cuerpo aún no estaba en descomposición y le había brotado sangre fresca de los ojos, la nariz, la boca y los oídos.
La gente de Medveda lo vio como una prueba de que en realidad era un vampiro, razón por la cual le clavaron una estaca en el corazón y luego también quemaron su cuerpo.
La histórica Abadía de Whitby, en Reino Unido, es famosa por ser la inspiración detrás de Drácula de Bram Stoker.
“Poco se sabe sobre la vida y el destino de este hombre, que murió tras una caída y los aldeanos lo convirtieron en chivo expiatorio”, escribe Thomas Bohn en su libro.
Él cree que este hombre era Arnaut Pavle, un albanés que llegó de Kosovo.
«Petar Blagojevic en Kisiljevo y Arnaut Pavle en Medveda fueron los primeros representantes conocidos de la especie vampírica«, afirma.
– Explicación científica
Si bien los lugareños tenían miedo de los cuerpos que no se descomponían, los patólogos contemporáneos señalan que el estado en el que se encontraron los fallecidos no es infrecuente.
«Christian Reiter, un destacado patólogo vienés, cree que detrás de todos estos casos se encontraba la epidemia de ántrax, algo habitual durante y después de las guerras en el pasado», señala Ruthner.
El ántrax es una enfermedad bacteriana que se transmite de animales infectados a personas y, a menudo, provoca la muerte.
Ruthner también cree que los reportes de asfixia antes de la muerte podrían estar relacionados con la neumonía.
“Si lees los informes con atención, verás que nadie vio a los vampiros con sus propios ojos. La idea de que chupaban sangre era la interpretación de los médicos austriacos”, afirma.
Thomas Bohn también piensa que la succión de sangre era un mito creado por el público occidental.
El castillo de Bran en Rumania fue utilizado brevemente por Vlad el Empalador, quien se cree que inspiró al personaje de Drácula y atrae multitudes de turistas cada año.
La creencia y el miedo a los vampiros aún persisten en la psique, según el historiador local de Medveda, Ivan Nesic.
Incluso mucho después de la muerte de Petar Blagojevic y Arnaut Pavle, dice, los lugareños intentaron proteger su espacio personal de los vampiros.
“Se cree que el vampiro serbio se parece a una burbuja de piel inflada y llena de sangre”, dice.
“Y que se desinflaría como un globo si se pinchara en cualquier parte. Por eso la gente solía poner espinos en portones, ventanas o puertas para protegerse”.
– Alternativa a la “amenaza turca”
Tanto Kisiljevo como Medveda estaban ubicadas en las zonas fronterizas que quedaron bajo la autoridad de la Monarquía de los Habsburgo en el siglo XVIII, después de siglos de dominio otomano.
Ruthner cree que la supuesta aparición de vampiros llamó la atención porque estos incidentes se reportaron en estos territorios tan conflictivos.
“El gran conflicto entre el Imperio Otomano y Occidente es un telón de fondo importante de estos acontecimientos”, afirma.
Bohn también señala que después del segundo asedio otomano fallido de Viena en 1683, los vampiros representaron una alternativa a la «amenaza turca» al cristianismo.
A mediados del siglo XVIII, surgió una nueva ola de avistamientos de «vampiros» en la Monarquía de los Habsburgo, pero se prohibió toda lucha contra las criaturas imaginadas para frenar las creencias supersticiosas.
El mito inspiró películas como «Entrevista con el vampiro» donde Brad Pitt es un ejemplo del vampiro guapo y de piel pálida.
Pero los vampiros pronto resucitaron en una forma diferente.
«Los vampiros en el período romántico eran aristócratas guapos y de piel pálida, y no aldeanos serbios hinchados y con la cara colorada», dice Ruthner.
El carismático y sofisticado vampiro de la ficción moderna nació en 1819 con la publicación de «El vampiro» del escritor inglés John Polidori.
La novela «Drácula» de Bram Stoker de 1897 se celebra como la novela de vampiros por excelencia y proporciona hasta el día de hoy la base de la leyenda moderna.
JotDown(P.Torrijos) — Cuando Olivier Messiaen escribió el Cuarteto para el fin de los tiempos, dividió la pieza en ocho movimientos. Tal vez estos ocho movimientos nos sirvan para contar cómo la compuso, e incluso para entender su propia vida.
– 1er Movimiento. «La Liturgia de Cristal»
Entre las tres y las cuatro de la mañana, el despertar de los pájaros: un mirlo solitario, puede que el ruiseñor, rodeados por un resplandor sonoro, un halo de trinos perdido en lo alto de los árboles. El silencio armonioso del Cielo.
Olivier Messiaen siempre se consideró un ornitólogo. Quizá fue su pobre visión lo que agudizó su oído. Quizá fue el encuentro con la naturaleza que el niño Olivier experimentó un verano de 1911, con apenas tres años, cuando su familia se mudó al pequeño pueblo de Ambert, junto al Parque Natural de Livradois-Forez.
Quizá fue la «educación feérica» que recibió de sus padres —la poetisa Cécile Sauvage y el traductor Pierre Messiaen—. Quizá sencillamente él era así, pero lo cierto es que, desde muy joven, cuando Messiaen escuchaba el canto de los pájaros escuchaba el instrumento musical más bello del mundo.
El trino y el gorjeo. El murmullo y el piar. El susurro, la réplica y la contrarréplica; sencillas, sin ningún esfuerzo. Era la música del universo. Era el silencio inabarcable de Dios.
– 2º Movimiento. «Vocalise para el ángel que anuncia el fin de los tiempos»
La primera y la tercera parte evocan el poder de un colosal ángel. Con arco iris sobre su cabeza y vestido de nubes; un pie en el mar y el otro en tierra. La sección central son las armonías impalpables del cielo. En el piano, cascadas dulces de acordes azules-anaranjados, que encierran en sus lejanas campanadas la canción imperceptible y llana del violín y cello.
Olivier Messiaen era corto de vista, muy corto de vista. Puede que esta condición le sirviese para desarrollar su oído. Puede que le generase una sinestesia que nunca ocultó: veía colores en determinados acordes. Unos eran azules, otros eran verdes, otros eran luminosos y otros bailaban como fosfenos detrás de unos párpados cerrados.
Messiaen nunca se separaba de sus gafas redondas. Gafas que no podían esconder una mirada curiosa e inquisitiva pero delicada y amable. A los once años ingresó en el Conservatorio Nacional de París y a los veintitrés estrenó su primera composición: la suiteLes offrandes oubliées.
Era 1931 y Europa era un lugar aparentemente tranquilo.
En 1939 Francia declaró la guerra a Alemania y Messiaen fue llamado a filas como auxiliar médico. Sus inseparables gafas redondas le apartaron del combate, pero no del frente. Disparos blancos a la orilla del río Somme. Explosiones opacas en la Línea Maginot. Y los mirlos y los ruiseñores no trinaban en Verdun cuando fue capturado en junio de 1940.
– 3er Movimiento. «Abismo de los pájaros»
El abismo es el Tiempo. Con su tristeza, con su cansancio. Los pájaros son lo opuesto al Tiempo; son nuestro deseo de luz, de estrellas, de arco iris y de canciones.
Olivier Messiaen se recostaba sobre la pared interior de un vagón de mercancías cuando conoció a Henri Akoka. Akoka, de tez morena y nariz ancha y prominente, pasaba los dedos por un clarinete algo viejo pero en bastante mejor estado que los uniformes del ejército francés que ambos vestían. A veces pasaba los labios por la boquilla y la lengua por la caña pero nunca soplaba; no quería romper la penúltima lengüeta que le quedaba en los bolsillos.
Messiaen se acercó a él, sacó unas cuantas hojas de papel pautado y se las enseñó. Le dijo que los pájaros eran los mejores instrumentistas del mundo y que si quería, su clarinete podían ser pájaros. A Akoka le daban igual los pájaros, pero amaba su clarinete. Miró la partitura, acercó los labios a la caña y atacó las primeras notas.
Al comienzo era un solo lento y larguísimo. Suave, apenas perceptible. Después entraban los pájaros; un gorjeo alegre y saltarín. Los ojos de Akoka brillaban sorprendidos y felices, resplandecían.
En el vagón de mercancías de un tren acababa de sonar lo que luego sería el tercer movimiento del Cuarteto para el fin de los tiempos. Un tren de mercancías que cruzaba Europa traqueteando en dirección al campo de prisioneros de Stalag VIII-A, en la ciudad germano-polaca de Görlitz. Akoka sacó la lengüeta de la boquilla, sonrío a Messiaen y le estrechó la mano. Henri Akoka, de tez morena y nariz ancha y prominente, era franco-argelino. Y judío.
– 4º Movimiento. «Interludio»
Scherzo. Con un carácter más personal que los otros movimientos, pero de alguna manera conectado a ellos a través de ciertos recuerdos melódicos.
Olivier Messiaen se tumbó boca arriba en la litera que le habían asignado. Miraba las maderas del techo del barracón con expresión ausente, sin terminar de comprender por qué los guardias de Stalag VIII-A le habían requisado sus partituras y su pluma. Si en el campo había hasta una pequeña orquesta de prisioneros, no entendía por qué le habían dejado sin nada.
Cerró los ojos y se dio cuenta de que aún podía escuchar a los pájaros y de que aún le quedaba Dios.
Stalag VIII-A en 1941
5º Movimiento. «Loa a la eternidad de Jesús»
Jesús es la Palabra. Infinitamente lenta, una frase del cello magnifica con amor y reverencia la eternidad de la Palabra, tan delicada y tan poderosa, cuyo tiempo nunca termina. La melodía se extiende, se estira con majestad en una suerte de caricia distante pero inabarcable. «En el principio estaba la Palabra. Y la Palabra estaba con Dios. Y la Palabra era Dios».
Olivier Messiaen era profunda e inquebrantablemente católico. Sentado en una silla frente al destartalado piano del campo, veía el tiempo en Stalag VIII-A y el tiempo era infinitamente lento. El verano sudoroso y asfixiante. Luego, las primeras hojas amarillas se posaban en el suelo terroso arrastradas desde los bosques vecinos por el viento del otoño. Luego, el frío. El frío era infinitamente lento.
Tras innumerables peticiones, uno de los guardas, que había estudiado música en su Leipzig natal, le ofreció un pequeño lápiz y un cuaderno usado de papel de estraza.
Messiaen recordó la «Oración» de las Fiestas de las aguas bellas que no había llegado a publicar en 1937 y comenzó a modificarla y a ajustarla para el violoncelo que el joven Étienne Pasquier había recuperado de la orquesta de prisioneros. Dos de las cuerdas estaban destensadas y las claves apenas podían afinarlas, así que sonaban ásperas y débiles. Pero sonaban.
En diciembre de 1940 la nieve comenzaba a caer en Görlitz, los bosques ya no tenían hojas ni pájaros, y dos cuerdas de un cello vibraban infinitamente lentas. Eternas.
– 6º Movimiento. «Danza de la furia, para las siete trompetas»
Rítmicamente es la pieza más característica de toda la serie. Los cuatro instrumentos al unísono, imitan trompetas y gongs (las seis primeras trompetas del Apocalipsis seguidas de sus terribles desastres. Después, la trompeta del séptimo ángel, anunciando la consumación del misterio de Dios). Valores agregados, ritmos aumentados y disminuidos.
La música de la piedra, el formidable sonido del granito. Irresistibles movimientos de acero, monumentales bloques de rabia púrpura y borracheras de hielo. Hacia el final de la pieza, se escucha especialmente el terrible fortissimo en el tema aumentado y los cambios de registro de las notas.
Olivier Messiaen rezaba en soledad cada noche al misterio de Jesús. Durante el día, rodeado de prisioneros franceses, belgas, holandeses y polacos, creía firmemente que los nazis ganarían la guerra y que estaba asistiendo al fin de los tiempos.
Él estaba preparado, pero aun así quería regalarle al mundo un último mensaje de paz y serenidad, aunque significase enseñarle el Apocalipsis. Quería que el mundo viese su fin como él lo veía, con el color y la textura con la que él escuchaba, y con los sonidos que sus ojos abarcaban en sueños.
Durante la Navidad de 1940, Messiaen, Akoka, Pasquier y el violinista Jean le Boulaire ensayaban a todas horas el Cuarteto para el fin de los tiempos. Inundaban Stalag VIII-A con acordes púrpuras y pájaros de primavera. Muchos prisioneros ya conocían a Messiaen y muchos guardas también lo hacían. En los primeros días de 1941 le conocían todos.
– 7º Movimiento. «Red de arcoíris, para el ángel que anuncia el fin de los tiempos»
Aquí aparecen ciertos pasajes recurrentes del segundo movimiento. El ángel aparece con toda su fuerza, y en especial el arcoíris que le cubre (el arcoíris, símbolo de paz y sabiduría, con toda su vibración luminiscente y sonora).
En mis sueños, oigo y veo acordes y armonías ordenados, formas y colores reconocibles; después, tras esta etapa de transición, paso a través de lo irreal y sufro, en éxtasis, una batalla; una compenetración espiral de colores y sonidos sobrehumanos. Las espadas de fuego, la lava azul y naranja, las estrellas imprevistas: ¡ahí está la red!, ¡ahí están los arcoíris!
Cartel para el estreno del Cuarteto para el Fin de los Tiempos
Olivier Messiaen fue liberado en mayo de 1941 gracias a un falso salvoconducto.
En su mismo tren regresaron a Francia Pasquier y Le Boulaire.
Al poco fue nombrado profesor en el Conservatorio de París, puesto que ocuparía hasta 1978.
Durante más de tres décadas enseñó armonía a compositores como Pierre Boulez, KarleheinzStockhausen o George Benjamin.
Compuso piezas para piano, música de cámara, coros, conciertos y sinfonías.
Introdujo el serialismo y, en los años sesenta, dedicó la mayor parte de su trabajo al estudio y la trasposición musical del canto de los pájaros.
Fue mundialmente famoso y sus obras se estrenaron en teatros y salas de concierto de todo el globo.
En 1959 se le nombró oficial de la Legión de Honor francesa, en 1968 entró en la Academia de Bellas Artes, en 1971 recibió el Premio Erasmus, en 1975 se le concedió la Medalla de Oro de la Royal Philarmonic Society, en 1980 se le ordenó con la Cruz de Comandante de la Orden de la Corona belga y en 1982 recibió el Wolf Prix de las Artes.
Olivier Messiaen murió en su casa de Clichy el 27 de abril de 1992 a los ochenta y cuatro años. Los trinos de la primavera parecían anunciar el reencuentro del compositor con Jesús y con los pájaros.
En 1942 se había reencontrado con los otros tres miembros del cuarteto de Stalag VIII-A; incluso con Henri Akoka, con quien no funcionaron los salvoconductos y que tuvo que escapar una noche de agosto del 41 habiendo dejado todo atrás, salvo su viejo clarinete. Hablaron de la guerra y de música y recordaron una mañana fría de enero.
– 8º Movimiento. «Loa a la inmortalidad de Jesús»
Largo solo de violín, contraparte del solo de violoncelo del quinto movimiento. ¿Por qué esta segunda alabanza? Se refiere especialmente al segundo aspecto de Jesús, Jesús el Hombre, la Palabra hecha carne, la inmortalidad alzada tras la comunicación de su vida. Es todo amor. Su lento ascenso hacia el agudo más extremo es el ascenso del hombre hacia su dios, el hijo de Dios hacia su Padre, el ser hecho divino hacia el Paraíso.
Los copos de nieve caen pesados y acuosos en el patio del campo de prisioneros de Stalag VIII-A. Bailan invisibles contra la mañana blanca y gris de Görlitz y cuando tocan las puntas de los dedos de Olivier Messiaen tan solo son frío.
Junto a él se sientan Henri Akoka y su clarinete, Étienne Pasquier inclinado sobre un violoncelo que tiene dos cuerdas mal afinadas y Jean le Boulaire con un violín apoyado en el cuello. Enfrente se arremolinan cuatrocientos hombres entre prisioneros y guardas.
Es 15 de enero de 1941 y la mano izquierda de Messiaen flota sobre las teclas del ajado piano vertical del campo mientras levanta la derecha indicando el comienzo del Cuarteto para el fin de los tiempos.
Cuarenta y cinco minutos después, una nota agudísima se apaga entre el silencio. Ochocientas manos aplauden en éxtasis. La mañana sigue siendo blanca, gris y helada, pero han escuchado pájaros azules y acordes de piedra y los sonidos del arcoíris. Messiaen sonríe detrás de sus gruesas gafas redondas, en paz. «Nunca se le escucharía con tan absorta atención y una comprensión tan plena».
La Razón(M.Benito) — La Dama de Baza es una escultura íbera de la primera mitad del siglo IV a.C., descubierta el 21 de julio de 1971 por el equipo del arqueólogo Francisco José Presedo Velo. La talla representa una mujer de la aristocracia de la ciudad de Basti, en la actual Baza en Granada, venerada mediante un destacado ritual funerario.
La tumba número 155 de la necrópolis de Cerro Santuario, donde se encontró, no fue destruida como se ha creído durante 44 años. El arqueólogo Alejandro Caballero la ha redescubierto y se encuentra en buen estado. Solo le falta un metro de muro en la parte norte de la misma, a espaldas de la escultura.
La tumba está siendo estudiada de nuevo, ya que hasta ahora apenas existían dos dibujos realizados a plumilla y tres o cuatro fotos. A la sorpresa del hallazgo se una la aparición, en una estructura un poco superior y de una época diferente a la Dama de Baza, de una pequeña vasija funeraria en cuyo interior se han encontrados restos de un niño.
Junto a la tumba también hay un crematorio, algo que según Alejandro Caballero era muy habitual en las necrópolis iberas. Los especialistas ya están estudiando los nuevos hallazgos que aportarán nueva información sobre la tumba y la propia necrópolis, a la vez que se evidencia la necesidad de realizar excavaciones sistemáticas pues el yacimiento, pese a ser expoliado durante décadas, aún puede arrojar mucha información.
Estos últimos hallazgos son de gran interés científico y se han logrado gracias a los trabajos de conservación que el Ayuntamiento de Baza está realizando en los yacimientos arqueológicos de la ciudad ibera de Basti y en la necrópolis de Cerro Santuario, para hacerlos accesibles mediante senderos a pie que recorrerán el asentamiento. Contarán con señalización y puntos de observación que permitirán a los visitantes comprender mejor cómo vivía la población bastetana hace más de 2.500 años.
Cerro Santuario, donde apareció la Dama de Baza y otras muchas tumbas, es propiedad de la familia Duran Farrel, que fue quien costeó las excavaciones hace 44 años.
Visitantes en la exposición “Tempvs Romae Madrid” en el museo arqueológico regional en Alcalá de Henares. La muestra se estructura en cinco áreas expositivas y un epílogo que trazan un recorrido cronológico y temático por los aspectos más relevantes dentro del estudio de la romanización del centro peninsular.
El Ayuntamiento y la familia del ya fallecido mecenas mantienen un convenio de cesión por diez años y una fluida relación por si alguna vez los ajuares o parte de ellos pueden regresar a Baza, de forma temporal o definitiva.
Las excavaciones tuvieron lugar entre 1968 y 1971 gracias una normativa antigua que permitía que la persona que subvencionase los trabajos se podía quedar con una parte del material arqueológico encontrado. Eso es lo que provocó la gran polémica sobre la Dama de Baza, aunque la pieza acabó en el Museo Arqueológico Nacional.
En 2005 se anunció que la Dama de Baza, la escultura ibérica del siglo IV a. C, saldría temporalmente del Museo Arqueológico Nacional para volver a la localidad donde fue descubierta en 1971 y exhibirse en el museo bastetano en una exposición prevista para 2007.
La pieza sí se movió, pero sólo unos metros, hasta los almacenes del museo madrileño, donde estuvo custodiada mientras se remodelaba. La Dama de Baza volvió a aparecer ante los visitantes tal y como era cuando fue descubierta por Francisco Presedo en 1971 después de pasar más de 2000 años enterrada. Pero, además de la estatua ibérica, el museo exhibió más de un centenar de piezas procedentes de Granada, muchas de ellas del Cerro del Santuario de Baza.
JotDown(M.Jorge) — «Voy a salir de la sala. Estaré observando tus reacciones tras el cristal. Déjate llevar por lo que sientas o te ordene tu cerebro al ver las imágenes». Poco después, el científico cierra la puerta y el paciente 19 se queda a oscuras. En unos instantes, comenzará una sucesión de imágenes de contenido sexual que irá in crescendo hasta mostrar las escenas más salvajes del cine pornográfico.
Con una salvedad: solo sexo heterosexual. Cuando la pantalla se enciende, el joven, rodeado de cables en la cabeza y con un implante de electrodos de acero inoxidable con aislamiento de teflón en la región septal del cerebro, no puede dejar de preguntarse, ¿cómo demonios he llegado hasta aquí?
La escena en cuestión ocurrió en una época donde la ciencia experimentaba con los límites de la ética, sin embargo, había algo mucho más profundo y poderoso tras el trabajo que se inició en aquel laboratorio.
Estaba en juego demostrar al mundo entero que el placer más imposible e indescriptible, aquel capaz de aunar el gusto, el deleite, la satisfacción más suprema y el regocijo más indescriptible, no necesitaba de químicos ni de libido, tan solo de un dedo que fuera capaz de apretar el botón de la felicidad.
Una descarga de electricidad que iba a recorrer en milésimas de segundo los resortes del organismo hasta llegar directamente al centro de recompensa del cerebro y, llegado el caso, a un clímax que escapa a la razón.
Lo más curioso de toda esta historia es que esa caja de pandora de la búsqueda del placer, ese «botón» de la felicidad sin necesidad de aditivos, existe desde entonces, pero está guardado con llave en el conjunto de experimentos que, al menos por ahora, no conviene sacar. Al fin y al cabo, un poder semejante tiene el cariz de cambiarlo absolutamente todo.
Y como tantas veces, los acontecimientos surgieron de forma accidental.
El descubrimiento de la recompensa
Erna y Frederic Gibbs
En 1936, la pareja formada por Erna y Frederic Gibbs informaron que la estimulación eléctrica de gatos despiertos podría provocar ronroneos. Después de probar centenares de sitios en todo el cerebro, dicha respuesta ocurrió solo en tres, todos en el hipotálamo lateral posterior. Una década más tarde, el fisiólogo suizo Walter R. Hess exploró las mismas áreas del cerebro utilizando estimulación eléctrica focal en gatos despiertos, un esfuerzo que contribuyó a que ganara el Premio Nobel en 1949.
Sin embargo, por aquel entonces el concepto de la recompensa o, más comúnmente, el refuerzo, era fundamental para las concepciones psicológicas del aprendizaje. Aunque el hipocampo había estado implicado en la formación de la memoria, lo cierto es que la neurociencia del aprendizaje y el refuerzo era, en gran medida, teórica.
Entonces llegaron James Olds y Peter Milner a mediados de la década de 1950. Su trabajo, Positive reinforcement produced by electrical stimulation of septal area and other regions of rat brain (Olds and Milner, 1954), lo cambió absolutamente todo y llevó el concepto del placer al cerebro. Un estudio que transformó nuestra comprensión de la motivación, la emoción y la recompensa, e influyó en las concepciones actuales sobre el aprendizaje, los trastornos del estado de ánimo, la adicción o problemas latentes de nuestra sociedad como la obesidad.
Olds y Milner partían con ventaja sobre los trabajos anteriores. El primero se formó como psicólogo experimental, mientras que Miilner estaba terminando su doctorado con el primero. Ambos estaban convencidos de que comprender el aprendizaje requería investigación del cerebro, y así dieron luz verde a un experimento que, sin saberlo en sus inicios, se convertiría en revolucionario.
¿Cómo? Más o menos como casi todos los proyectos de este tipo: primero fueron las ratas. Los investigadores andaban descifrando todo lo que hay alrededor de la parte del cerebro denominada formación reticular. Su objetivo: implantar electrodos en dicha zona del mesencéfalo de los animales y estudiar los efectos conductuales de la estimulación eléctrica.
Las pruebas originales se realizaron en una mesa. El electrodo estaba conectado mediante cables delgados a un transformador reductor de CA a través de un reóstato. La línea era interrumpida por un interruptor. Una vez que la rata se calmaba, encendían periódicamente el interruptor y observaban el comportamiento del animal.
¿Qué pasó? Al principio del estudio los electrodos no fueron a parar siempre en las áreas del cerebro donde ambos estaban apuntando. De hecho, el electrodo de una de las ratas en particular se desvió y se perdió dicha información, dirigiéndose en su lugar al área septal que se conectaba con el hipocampo (el elemento clave de la memoria). De manera fortuita, aquella criatura desafió el propio experimento. En lugar de huir de la acción que le provocaba la descarga, volvía una y otra vez en busca de otro «choque».
Sí, habían encontrado que si el interruptor se encendía cuando la rata estaba en un lugar distinto de la mesa, por ejemplo, en una esquina, era más probable que regresara a ese lugar. Cuanto más a menudo se encendía el interruptor cuando la rata estaba en el mismo lugar, más frecuentemente regresaba allí. No solo eso. También determinaron que, si cambiaba el lugar de estimulación en la mesa, la preferencia de la rata cambiaría en consecuencia. Así lo describieron en el artículo para Scientific American:
En el experimento de prueba, el animal se colocó en una caja grande con esquinas etiquetadas como A, B, C y D. Cada vez que el animal fue a la esquina A, su cerebro recibía una suave descarga eléctrica. Cuando se realizó la prueba en el animal con el electrodo en el nervio rhinencephalic, el animal volvía a la esquina A.
Después de varias vueltas a la zona A el primer día, finalmente fue a un lugar diferente y se durmió. Sin embargo, al día siguiente parecía aún más interesado en la esquina A. En este punto, asumimos que el estímulo debía provocar la curiosidad; todavía no pensamos en ello como una recompensa.
Tras una experimentación adicional sobre el mismo animal antes indicado, para nuestra sorpresa, su respuesta al estímulo era mucho más que curiosidad.
Al segundo día, después de que el animal había adquirido la costumbre de volver a la esquina A para ser estimulado, comenzamos tratando de alejarlo de la esquina B, dándole una descarga eléctrica cada vez que pasaba en esa dirección.
En cuestión de cinco minutos, el animal estaba volviendo a la esquina B.
Después de esto, el animal podría ser dirigido a casi cualquier punto bajo la voluntad del experimentador.
Cada paso en la dirección correcta fue pagado con una pequeña descarga; a su llegada al lugar designado el animal recibió una serie aún más larga de choques.
Olds y Milner se miraban incrédulos. Incluso si a una rata se le privaba de alimento durante 24 horas, cuando se enfrentaba a una elección entre la comida o el lugar donde recibiría la estimulación cerebral, no había duda, elegía la segunda.
Habían descifrado un efecto como condicionamiento operante y la estimulación eléctrica misma como refuerzo, y todo en un contexto histórico donde el refuerzo era sinónimo de recompensa, y recompensa significaba placer.
Faltaba un último paso para certificar el descubrimiento y legitimar sus observaciones ante la comunidad. Pasaron a probar la rata en una caja ‘Skinner’: la tarea recompensada era presionar una barra, donde el animal podría utilizar una palanca para activar la corriente eléctrica. Los resultaron fueron, si cabe, más alucinantes.
Tras aprender a utilizar las descargas, las ratas se convirtieron en auténticas viciosas, el estímulo las hacía volver una y otra vez. Al principio, a intervalos de minutos, pero los tiempos se fueron acortando, llegando a registrar idas y vueltas cada cinco segundos.
Los investigadores habían encontrado que el área septal era, en efecto, el centro del placer del cerebro, y que tenían entre manos el «arma» más poderosa y temeraria de la historia de la ciencia. Si aquella máquina registraba los mismos resultados entre humanos, la civilización debería hacerse la gran pregunta, ¿estamos preparados para volvernos adictos al placer? ¿a convivir con máquinas que nos descarguen en microdosis la sensación de felicidad más placentera, a todas horas y en cualquier momento?
Ha pasado más de medio siglo desde entonces y no tenemos acceso a algo ni remotamente parecido. La única prueba con humanos nos hace pensar que estamos lejos de democratizar semejante bomba de placer. Ocurrió años más tarde del trabajo de Olds y Milner.
Robert G. Heath
El doctor Frankenstein que jugó a ser dios fue el científico Robert G. Heath, profesor de la Universidad de Tulane y controvertido investigador norteamericano centrado en el estudio de la psiquiatría biológica o, dicho de forma más certera: en la búsqueda de la mente a través del tratamiento de medios físicos.
Ahora sí, ha llegado el momento de volver a aquella sala a oscuras del inicio, el cuarto donde el paciente 19 está a punto de convertirse en un yonqui del placer.
El botón de la felicidad
Heath tomó el testigo del descubrimiento de Olds y Milner y lo llevó a su terreno sin miramientos.
En 1959, el hombre era jefe de neurología y psiquiatría de la universidad de Tulane, espacio donde comenzó a tratar la esquizofrenia implantando electrodos en lo profundo del cerebro de las personas.
Sí, las descargas que anteriormente se habían tratado únicamente con ratas, Heath las trasladó para estimular regiones que mostraban actividad eléctrica anormal y, al mismo tiempo y según explicaba, para inducir placer terapéutico.
Se podría decir que estamos ante los albores de lo que hoy se conoce como estimulación cerebral profunda (ECP), pero sin ningún tipo de ética.
Años antes, el investigador acudió a la llamada de Tulane, donde estaban reclutando científicos visionarios en un intento de convertirse en «el Harvard del Sur». Heath cumplía los requisitos. Su pasión era la esquizofrenia y quería probar un enfoque radical (en un contexto histórico donde la enfermedad todavía no se trataba con medicamentos).
Además, conceptos como la lobotomía estaban en su apogeo. Heath pensaba que el problema central de la esquizofrenia era la anhedonia (la incapacidad de experimentar placer y emociones positivas), lo que significaría que las estructuras profundas del cerebro que dan lugar a las emociones eran fundamentales para la enfermedad.
Su idea: inducir placer estimulando eléctricamente estas estructuras, sacando a los pacientes de su aislamiento mental y haciéndolos susceptibles a la terapia. El objetivo: «taladrar» el área septal, el mismo que Olds y Milner descubrieron clave en el circuito de recompensa. Así, el equipo del investigador colocó electrodos septales a una veintena de personas con esquizofrenia.
Tuvieron sesiones de tratamiento de 60 minutos cada semana en el laboratorio, algunas durante meses y, según su trabajo de 1954, Studies in Schizophrenia, casi la mitad vio mejoras en los síntomas en el seguimiento de un año.
¿Qué ocurrió? Que la cirugía para colocar los electrodos era un tanto arriesgada y varios pacientes sufrieron convulsiones e infecciones, incluso un paciente murió. El investigador concluyó que la estimulación no tenía ningún beneficio permanente en personas con la enfermedad.
Pero para entonces, con una técnica nueva, más segura y precisa para la colocación de electrodos, había observado de manera confiable que estimular el área septal producía una sensación placentera. Con estos datos, amplió sus experimentos para incluir a personas con otros diagnósticos, como la depresión clínica.
En esta fase de su estudio el equipo fue realizando un seguimiento y mapeado de los circuitos cerebrales que en ese momento se pensaba que subyacían a sus condiciones. Heath contó que al estimular las estructuras cerebrales los pacientes relataban la experiencia: placer, malestar, ansiedad, recuerdos repentinos.
Finalmente, implantó una cánula que podría suministrar dosis precisas de productos químicos disparados al cerebro. Es más, al inyectar el trasmisor de impulsos nerviosos (acetilcolina) en el área septal de un paciente, registraron lo que describieron como una «actividad vigorosa», seguido de un «placer intenso», tanto, que el sujeto tuvo orgasmos de hasta 30 minutos (descritos por el propio paciente).
Visto así, Heath pensó que tenía todas las herramientas para manejar a su antojo el comportamiento humano. A comienzos de la década de 1970 dio el paso definitivo que debía encumbrarlo como el mayor científico del siglo XX. Su estudio: Septal stimulation for the initiation of heterosexual behavior in a homosexual male (1972).
El objetivo: modificar la orientación sexual de un paciente a través del «botón del placer».
La habitación del placer
El doctor Robert Galbraith Heath estuvo varias semanas buscando el sujeto perfecto. Paraba a quién veía con posibilidades de formar parte de su experimento y lo interrogaba. Así encontró al sujeto 19, como lo denominó, un joven de veinticuatro años que se quejaba de «alteraciones en su capacidad para experimentar placer» y, según sus informes, tenía tendencias suicidas debido a «su falta de masculinidad».
El investigador decía haber descubierto que, además de un centro de placer, el cerebro tenía un «sistema aversivo», algo así como un centro de castigo. De esta forma, con la estimulación de las regiones decía que podía «convertir» a cualquiera. Es más, se jactaba de que podría volver a una persona temporalmente en un homicida, o bien en la persona más feliz del mundo.
1 -Primera fase:
Tras implantar los electrodos en 19,Heath lo introduce en una sala con una gran pantalla al fondo. Le explica que una vez dé comienzo la sesión a solas, se sucederán una serie de imágenes de carácter heterosexual, escenas que con el paso del tiempo van a ser más «intensas» y pornográficas. Heath sale y entra en la sala contigua desde la que evaluará a 19. Comienza la sesión.
La escena, totalmente verídica, aunque más propia de una novela ciberpunk, recordaba en cierto sentido a la rodada por Kubrick en La naranja mecánica, aquella con el personaje de Alex maniatado mientras trataban de cambiar su conducta en la sucesión de imágenes ultraviolentas. En este caso, 19 podía parpadear, pero cada actividad de su cerebro quedó registrada minuciosamente a través del electroencefalograma.
¿Qué ocurrió? En palabras de Heath, durante las primeras sesiones 19 no mostró ninguna respuesta significativa. Se mostró «de forma pasiva y sus ondas cerebrales indicaban únicamente una actitud de baja amplitud». Esto, según el investigador, confirmó sin ningún género de duda la homosexualidad del chico debido a su «falta de interés en la pornografía heterosexual».
Sin embargo, la investigación avanzó y añadió un elemento novedoso: ahora, el joven, además de observar las imágenes, debía apretar el botón que lo iba a autoestimular conectado a sus electrodos. El paciente 19 no lo sabía todavía, pero tras un par de sesiones, aquel botón se convirtió en una bomba adictiva de la que no podía separarse.
Le había construido una herramienta para «saciarse» cada vez que quisiera y, era, según Heath, «igual que dejar suelto en una tienda de dulces a un adicto al chocolate». Durante una sesión de horas, 19 llegó a presionar el botón más de 1500 veces, aproximadamente una vez cada siete segundos. Para Heath:
Durante estas sesiones, 19 se estimuló a sí mismo hasta el punto de que, tanto en su comportamiento como en su forma introspectiva, estaba experimentando una euforia casi abrumadora… y dicha euforia tenía que ser desconectada a pesar de sus vigorosas protestas.
Ya no era el joven que llegó al laboratorio, 19 era un adicto al placer que no quería separarse del botón, solo suplicaba más imágenes para apretar una y otra vez. Su libido se había disparado, contó Heath, hasta el punto de atraerle las enfermeras con las que trabajaba, «las imágenes lo convirtieron en una máquina de excitación sexual.
De repente, el joven tuvo una erección y más tarde comenzó a masturbarse hasta llegar al orgasmo. Realmente, estábamos ante otra persona, el sujeto había cambiado».
Después de varias sesiones, la investigación registró lo que se entendió como un paso de gigante para cambiar su condición, «expresó su deseo de intentar una actividad heterosexual».
2 -Segunda fase:
Heath pidió permiso a varias instituciones para llegar hasta el final.
Así obtuvo luz verde a través de un tribunal estatal para contratar a una prostituta por la ciencia, una que debía tener relaciones sexuales con 19 y confirmar de una vez por todas el éxito de su trabajo.
A la chica se le advirtió que el encuentro no iba a ser «normal», pero ni siquiera así se podía hacer una idea de la escena que se iba a encontrar.
El investigador preparó horas antes la sala para «acondicionarla».
La había empapelado y oscurecido para que fuera lo «más romántica posible».
La chica entró en la sala y distinguió la figura de un hombre junto a la cama, pero su sombra era extraña.
Sí, su cuerpo encajaba con el de un varón, pero de la zona de la cabeza asomaba algo raro, como hilos, o cables, en cualquier caso, no podía ser cabello.
Al acercarse y situarse frente a 19 descubrió que aquellos extraños eran cables injertados en la cabeza del joven.
No preguntó, como le pidieron antes de entrar, y comenzó un ligero coqueteo y aproximación a 19. Unos minutos antes de aquel encuentro, el sujeto había recibido varias dosis de autoestimulación. Debía estar «ultramotivado».
No hay mejor forma para describir lo que ocurrió entonces que rememorar la publicación del Journal of Behavior Therapy and Experimental Psychiatry:
De manera paciente y con total apoyo, ella le animó a pasar algún tiempo bajo su propia exploración manual mientras examinaba su cuerpo, dirigiéndolo a las áreas particularmente sensibles. A veces, el paciente hacía preguntas y buscaba el refuerzo en cuanto a su rendimiento y progreso con el fin de que hubiera una respuesta directa e informativa.
Tras 15 minutos de interacción, ella comenzó a tener sexo encima de él, aunque al principio él era un poco reticente a alcanzar la penetración. Acto seguido, el intercambio le dio a ella un orgasmo que, al parecer, él también fue capaz de sentir.
Emocionados, él sugirió que ella se diera la vuelta con el fin de poder asumir la iniciativa. En esta posición, a menudo se detuvo para retrasar el orgasmo y aumentar la duración de la experiencia placentera. Entonces, a pesar del entorno y el estorbo de los cables de los electrodos, 19 eyaculó con éxito.
El momento de clímax final fue lo más cerca que estuvo Heath de jugar a ser dios. Los orgasmos múltiples de 19 confirmaban, a ojos del investigador, el claro cambio de orientación sexual. Al terminar esta última fase, Heath dio libertad a 19 y le propuso volver a quedar un año después para comprobar si había cambiado algo sobre sus inclinaciones sexuales.
Sin embargo, el reencuentro no fue el esperado por Heath. Si bien 19 le aseguró que había mantenido relaciones esporádicas con una mujer casada, también tuvo más relaciones sexuales con hombres. Heath, cegado por su propio trabajo, prefirió dar por bueno su estudio con «el uso futuro y efectivo de la activación septal para reforzar el comportamiento deseado y la extinción de un comportamiento no deseado».
A 19 se le perdió la pista para siempre, no sabemos su nombre o identidad, ni siquiera si sigue entre nosotros. Mucho menos si su vida cambió realmente tras aquellos meses entre electrodos y cánulas. En cuanto a Heath, el valor de su trabajo, aunque impactante en el sentido más amplio y con todo tipo de connotaciones, es difícil de calibrar.
Tras publicar su estudio, y con el revuelo inicial entre la comunidad, la ciencia le dio de lado y lo defenestró. Mantuvo su investigación en torno a la estimulación septal, pero nunca se atrevió a tomar a otro sujeto para una «conversión». Su último esfuerzo conocido giró en torno a la construcción de una especie de marcapasos cerebral, en esencia, una batería que fuera capaz de distribuir ese «placer eléctrico» en pequeñas dosis, de estimular el cerebro para calmar «las mentes más perturbadas».
De hecho, su «botón» del placer le valió una visita de la CIA. La agencia quería saber si la tecnología podría usarse para infligir dolor, interrogar a los enemigos o incluso controlar sus mentes. Dicen que Heath los echó de su laboratorio.
El problema es que ya nadie lo quería cerca.
Un tiempo después, una publicación estadounidense sacó un artículo sobre el investigador y sus «experimentos nazis» y, poco después, Heath fue sepultado para siempre pasando a formar parte de ese grupo de personalidades de la ciencia que se salieron del guion establecido.
Nadie volvió a tocar la puerta que había dejado abierta Heath con sus experimentos, al menos no desde ese punto de vista.
Años después, surgió la figura del español José Manuel Rodríguez Delgado, controvertido investigador que emparejó estimuladores cerebrales electrónicos con transceptores de radio, poniendo efectivamente al sujeto bajo control remoto.
De hecho, se hizo famoso por probar la tecnología saltando a una plaza de toros frente a uno de sus animales de experimentación. Mientras el toro cargaba contra él, Delgado pudo detenerlo, bramar y girarlo en círculos con un movimiento de su control remoto.
Como Heath, el español pensaba que la implantación era la solución para mediar en los temperamentos y traumas humanos, en definitiva, creía que el mundo sería un lugar mejor, como quedó reflejado en su libro, Physical Control of the Mind: Toward a PsychocivilizedSociety, en 1969.
Dos hechos acabaron tumbando esas suposiciones con tintes orwellianas de Delgado: la llegada de medicamentos eficaces para tratar enfermedades mentales, y la posibilidad de que el uso de la implantación cerebral llevara en el futuro a situaciones incontrolables para las masas.
Tuvieron que pasar varias décadas para que el ECP se rescatara del olvido y volviera a aparecer en la ciencia. Ocurrió a mediados del nuevo milenio, cuando la neuróloga Helen Mayberg de la Universidad Emory de Georgia introdujo el tratamiento moderno de ECP para la depresión.
Desde entonces, el ECP ha avanzado, siempre poco a poco, de forma lenta y experimental para personas con formas de depresión, anorexia, síndrome de Tourette o trastorno obsesivo-compulsivo resistentes a tratamientos, incluso se ha buscado aliviar la anhedonia en la esquizofrenia resistente al tratamiento o para ayudar a supervivientes de derrames a recuperar el movimiento, pero nunca como intento de implantar electrodos en humanos con el único fin de ofrecer el placer más indescriptible de forma lúdica, uno capaz de modificar hasta nuestros instintos más primarios.
Es curioso, porque hoy es relativamente sencillo implantar estos electrodos, e incluso hay quien aboga por liberar la tecnología a una sociedad cada vez más estresada en busca de esa felicidad que el ser humano anhela. Frente a ellos, gran parte de la comunidad científica replica que el centro de placer de nuestro cerebro evolucionó con el fin de guiar nuestras acciones y motivaciones y, en última instancia, con la recompensa como «premio» al buen hacer.
Desde este prisma, una máquina del placer de ese calibre nublaría la escala de valores y el juicio o las ambiciones humanas. De hecho, muchos investigadores no le dan tantas vueltas, y simplemente recuerdan que conceptos como la pena, el dolor o la propia infelicidad son parte inherente del ser humano y de la vida, si tuviéramos un dispositivo que las aniquila, nuestra concepción como tal dejaría de serlo.
No cabe duda de que eran otros tiempos. La simple idea de utilizar taladros de odontología para cortar pequeños agujeros en los cráneos e introducir finas sondas de metal, de modo que se pudieran administrar pulsos de electricidad directamente al cerebro, asusta.
Pero el descubrimiento de la activación de la región septal como medio para inducir oleadas de placer tan potentes como para atenuar comportamientos está en tinieblas desde hace tiempo. Es la forma más sencilla y monstruosa de vivir por y para el placer.
Psicología y Mente(S.R.Comas) — En la primera mitad del siglo XIII, y a través de las traducciones y comentarios de los filósofos árabes, las ideas aristotélicas se recuperan en la Europa cristiana. Este hecho, aparentemente trivial, resulta tremendamente importante para entender el curso de la historia de la filosofía occidental.
La filosofía de Aristóteles se extendió como la pólvora por las universidades europeas; especialmente, en Inglaterra, donde la de Oxford contó con un grupo de filósofos que renovaron la historia de la filosofía. A este grupo se le denomina “círculo de Roger Bacon” (por uno de sus pensadores más importantes), “escuela de Oxford” o, simplemente, “círculo de Oxford”. Hoy hablamos de esta escuela y de su importancia en la Edad Media.
– El círculo de Oxford: deshaciendo ambigüedades
No podemos empezar este artículo sin acotar a qué nos referimos exactamente con “círculo de Oxford”. A pesar de que lo hemos descrito brevemente en la introducción, es necesario deshacer las posibles ambigüedades que la denominación pueda generar, puesto que en la historia han existido otros grupos así denominados.
Por ejemplo, también se conoce como “círculo de Oxford” o “movimiento de Oxford” al grupo de renovadores de la religión anglicana que, en el siglo XIX, pretendían igualarla en importancia al catolicismo. Nada que ver con los protagonistas de este artículo, puesto que el “círculo de Oxford” al que nos referimos se formó en la Edad Media y estuvo constituido por algunos de los mejores intelectuales franciscanos de la época.
– El contexto: la convulsa y cambiante Europa del siglo XIII
En realidad, este círculo de Oxford medieval no tuvo prácticamente ninguna cohesión, más allá de que sus representantes pertenecían al círculo de su universidad.
Sin embargo, sí que comparte un contexto muy definido: la convulsa y cambiante Europa del siglo XIII.
Pongámonos en situación.
Unos cien años antes de la época de la que hablamos, el siglo XII (denominado por el medievalista C.H Haskins el “renacimiento del siglo XII”) supuso un cambio trascendental para la Europa medieval, cambios que ya se habían empezado a gestar en el siglo anterior.
Entre ellos cabe destacar el crecimiento de las ciudades, el auge de la burguesía (y, por tanto, de los intercambios comerciales) y, por supuesto, el nacimiento de las universidades, que empezaron a dar sus primeros pasos en estos años.
Las universidades más importantes del continente eran, sin duda, la de Bolonia y la de París. En el caso de las islas británicas, era la de Oxford la que gozaba de un peso importante y la que sería epicentro, en el siglo XIII, de una revolución filosófica que cambiaría el curso de la historia.
Porque, si bien la posterior Revolución Científica no es exclusivamente hija de los empiristas medievales, sí que le debe mucho (muchísimo), a los cambios que sucedieron en esta época.
– Entre la tradición y la modernidad
A pesar de que la filosofía medieval es más compleja de lo que puede parecer a simple vista, podríamos resumirla con una sola palabra: escolástica. La escolástica (que viene del término latino scholasticus, “escolástico” o “erudito”) era el método seguido por los centros de saber del medievo, que consistía en un intento de conciliación entre la razón y la fe, aunque la primera siempre estaba, en última instancia, supeditada a la segunda. En este sentido, la filosofía, como ciencia de la razón, era considerada la ancilla Theologiae (la esclava de la Teología).
En el siglo XIII algo empieza a cambiar. El impulso económico, los vaivenes sociales y, sobre todo (y esta es la causa clave) la recuperación de los textos aristotélicos de filosofía natural hace que los escolares o eruditos de las universidades empiecen a considerar una posible separación entre fe y razón. Por supuesto, no por ser ateos (el ateísmo surgió mucho más tarde), sino, simplemente, porque ambas poseían caminos diferentes. Esta diferenciación será definitiva con Guillermo de Ockham (1285 -1347), precisamente uno de los nombres más ilustres del círculo de Oxford.
Así pues, en el siglo XIII vemos ya una especie de clasificación entre los intelectuales de la “lógica antigua” (es decir, la escolástica, grupo liderado especialmente por la Universidad de París) y los seguidores de la “lógica moderna”, cuyos principales pensadores pertenecen a la Universidad de Oxford.
– Características principales de la nueva filosofía
Una vez presentado brevemente el contexto en el que se gestó esta nueva filosofía (que sería el germen de la ciencia moderna) podemos hablar de sus características, que detallamos a continuación:
.Empirismo
Para estos seguidores de la “lógica moderna” lo principal era la observación directa de la naturaleza y el estudio de sus leyes. Como vemos, esta idea hunde sus raíces en la teoría natural de Aristóteles, que empezaba a llegar a Europa traducida y comentada por filósofos árabes y judíos.
.Aparición de nuevas disciplinas
El empirismo conlleva, por supuesto, la aparición de nuevas disciplinas que son las raíces de la ciencia de la modernidad: óptica, mecánica, estudio de la luz… Sin duda, la revolución artística que se da precisamente en los siglos XIII y XIV (y que verá su apogeo en el XV) se deberá en gran parte a los estudios directos de la naturaleza.
.La causalidad natural
Este auge empirista y su consecuente observación de las leyes de la naturaleza lleva a una nueva visión del mundo, que pierde su condición de “teatro divino” para tener sus propias reglas de funcionamiento. Este será, precisamente, uno de los principales debates de la época: si Dios sigue estando detrás de estas leyes y resulta fundamental para su consecución o si, por el contrario, una vez creadas, la divinidad deja al mundo funcionar solo, como un magnífico y grandioso engranaje.
– Los grandes pensadores de Oxford
Hablar del círculo o la escuela de Oxford sin mencionar ni que sea brevemente a sus protagonistas es imposible, puesto que es precisamente en sus obras donde encontramos su esencia. Veamos a continuación algunos de los grandes pensadores de Oxford.
1. Roger Bacon (h. 1214-1294)
Apodado Doctor mirabilis (Doctor admirable), este pensador es uno de los eruditos principales de la escuela, hasta el punto de que el círculo se conoce también como “círculo de Roger Bacon”.
Franciscano como sus compañeros, fue discípulo del gran Robert Grosseteste (1175-1253), considerado el fundador del círculo.
Grosseteste es uno de los grandes filósofos medievales; se interesó prácticamente por todas las disciplinas, especialmente por el estudio de la luz y el color.
En su famoso tratado De luce (Sobre la luz), escrito en 1225, Grosseteste propone una explicación de la creación del mundo sorprendentemente parecida a la del Big Bang, según la cual todo se originó a través de una explosión de luz divina…
Con semejante maestro, no es de extrañar el valor que Roger Bacon otorgaba a la experiencia. Igual que Grosseteste, el alumno realizó interesantes estudios sobre óptica y sobre la naturaleza de la luz, convencido de que existía una “ciencia experimental” más allá de la filosofía y la teología. Su principal obra, Opus maius, fue escrita en 1268 y enviada al mismísimo papa.
Parece ser que fue considerado sospechoso de herejía y encarcelado, aunque este episodio de su vida presenta notables lagunas. Lo más probable es que Bacon cayera en desgracia por la promoción franciscana de la pobreza y su consecuente crítica de la riqueza papal.
2. Juan Duns Escoto (1266-1308)
Tumba de Juan Duns Scoto en la Minoritenkirche (iglesia de los frailes menores conventuales), Colonia (Alemania)
Este otro de los grandes de Oxford nació en Escocia (de ahí su apelativo), y fue un personaje importante en el pulso que mantuvieron la teología y la filosofía en aquella época.
Recordemos: la filosofía era la “esclava” de la teología, por lo que cualquier saber permanecía supeditado a esta última. Este era un concepto que estos primeros pensadores empiristas empezaron a cuestionar.
Escoto cursó estudios en la Universidad de París en la última década del siglo XIII; en 1302 es nombrado profesor del claustro y tres años más tarde recibe el título de Master Theologiae.
Su prematura muerte, acaecida en Colonia en 1308, truncó una interesantísima carrera.
La principal aportación de Duns Escoto es su voluntad de superar la eterna pugna entre filosofía y teología.
Así, a través de la teoría de la doble verdad, el filósofo establece dos verdades: una racional (que se puede percibir mediante la experiencia) y otra absoluta, que se adquiere a través de la Revelación.
Su teoría sobre la omnipotencia divina es igualmente interesante, porque este era uno de los credos básicos de Nicea en los que se apoyaba el cristianismo. El problema venía de lo que ya hemos comentado anteriormente: si existía la causalidad (es decir, unas leyes naturales), la pregunta era ¿participaba en ellas Dios? Según Escoto no existen tales causas secundarias, puesto que Dios, a través de su omnipotencia, establece también esta causa-consecuencia natural.
3. Guillermo de Ockham (1285-1347)
Y finalmente llegamos al que se considera tradicionalmente el gran iniciador de la ciencia moderna (o, al menos, protomoderna): Guillermo de Ockham.
Seguidor radical de la “lógica moderna”, este filósofo nació a finales del siglo XIII en Surrey, Inglaterra, en la pequeña aldea de Ockham, de la que toma el nombre.
Sus ideas, demasiado avanzadas para la época (e inscritas en un contexto ya tardío, en el que abundaban ya las prohibiciones a los escritos aristotélicos) le impidieron ejercer como magister oficial en la Universidad de París.
En 1324, con la cristiandad despedazada por el Cisma (que había llevado a los papas a la ciudad de Aviñón, en Francia), Guillermo es citado ante la corte aviñonesa acusado de herejía.
Consigue huir en mayo de 1328 y se refugia en Múnich, desde donde sigue arremetiendo, cada vez más encarnizadamente, contra la institución papal.
Antes de morir, en 1349 y víctima de la terrible Peste Negra, Guillermo de Ockham dejó para la posteridad valiosísimas obras, entre las que destacan su Summa Logicae (un compendio de filosofía “antigua” y “moderna”) y, sobre todo, su famosa teoría de la “navaja de Ockham”, por la que (y muy resumidamente) la respuesta sencilla es, posiblemente, la más acertada; verdadero punto de partida de la ciencia moderna.
Meer(D.G.Játiva) — Circula desde diciembre del año 2020 un ensayo sobre la faceta política de John Lennon. La virtud de este texto, escrito durante años por el profesor y músico José Farías, radica en que nos descubre un aspecto poco conocido del cantautor, así como nos ayuda a comprender cómo su música, su actividad política y su vida misma se encontraban entrelazadas.
La ruptura con los Beatles y la relación con Yoko Ono hizo aparecer un personaje radicalmente distinto de aquel que cantaba con leva y corbata. Farías apunta que, sin embargo, desde mucho antes de su separación de los Beatles, Lennon poseía un enorme conocimiento de la situación política y social de distintas regiones del mundo, en especial del ámbito de habla inglesa.
Cuando el periodista Art Scheiber lo entrevista en un avión que lo lleva a Estados Unidos, junto a los otros Beatles, le parece estar hablando con un militante político antes que con un músico.
“¿Qué clase de juego es este de hacer cosas porque otra gente así lo quiere?”, declara Lennon en una entrevista. El músico y el activista se confunden. Lennon se distingue como una personalidad excepcional, no por su fama, sino por su deseo de libertad. Dice José Farías:
Así se descolonizó de la familia –en realidad nunca la tuvo– de la opulencia material (…), de las religiones (…), de los Beatles; se descolonizó de su condición de estrella del rock, al subordinarla en cierto momento a otros intereses como el activismo político, se descolonizó de las borregadas políticas dogmáticas, como aquellas que pregonan la revolución violenta y la dictadura del proletariado; se descolonizó de toda la gusanera de la política tras el poder; se descolonizó de la idea convencional del amor en pareja; y se descolonizó del mundillo alrededor de la fama.
Para quien tenga interés en el sentido político de la música del cantautor y en cómo sus gestos y posiciones políticas atrajeron sobre él la atención de otros activistas y de las fuerzas represoras del Estado, este texto es muy útil.
Lennon no sólo se dedica a componer música protesta –como el álbum Some Time in New York– sino que interviene mediante acciones artísticas, inspiradas en parte por Yoko Ono, en la oposición a la guerra de Vietnam: la imagen de Yoko Ono y John Lennon acostados en la cama, en un hotel de Toronto, bajo las leyendas Hair Peace, Bed Peace, la “encamada por la paz”, como protesta contra la guerra sigue siendo tremendamente potente como acción contracultural.
La larga lucha de Lennon contra el Estado de los Estados Unidos, que pretendía deportarlo a Inglaterra; la participación en mítines, manifestaciones y encuentros con personajes como Las Panteras Negras; la osadía, que le venía de antes, cuando declaró que los Beatles eran más famosos que Jesucristo, se potencia aún más durante sus años newyorkinos.
En la sección “Veinte fichas cantobiográficas de John Lennon”, Farías escribe breves ensayos sobre las canciones en las que se puede advertir el carácter inconforme de Lennon desde la época de los Beatles hasta el final de sus días. “Revolution”; “The Walrus”, y “God”, son algunas de las canciones que se comentan allí. Dice Lennon en “God”, canción de 1969:
Dios es un concepto con el que medimos nuestro dolor. No creo en la magía, No creo en el Ying Yang, No creo en la Biblía, No creo en el Tarot, No creo en Hitler, No creo en Jesús, No creo en Kennedy, No creo en Buda, No creo en el Mantra, No creo en el Gita, No creo en el Yoga, No creo en los Reyes, No creo en Elvis, No creo en Zimmerman, Y no creo en los Beatles. Sólo creo en mí, en Yoko y en mí, Es la realidad.
Y comenta José Farías:
Una de las canciones más profundamente críticas, pues barre con órdenes e ídolos sociales de raíz, no con tal o cual ideología, personaje o narrativa, sino con todo ese teatro social del egoísmo y la hipocresía. ‘Con razón lo mataron’, me dijo una vez un gran amigo y familiar, después de escuchar con atención esta obra maestra.
“Sunday bloody Sunday”, sobre la represión del Imperio Británico contra los irlandeses; “John Sinclair”, dedicada a un obrero y activista norteamericano, así como “Angela”, dedicada a Ángela Davis; “Give me some true”, o “Give peace a chance” nos pueden dar una idea de cómo este trovador canta sobre su circunstancia, tomando una posición.
Interrogado por los cantautores en español que podrían ser comparables a Lennon, José Farías señaló que posiblemente sea Violeta Parra quien más se podría comparar. Pertenecieron a la misma época. Murieron jóvenes. Actuaron y cantaron políticamente. Pero, es obvio, son algo más que cantautores protesta. Rompieron con casi todo, o con todo.
JotDown(E.de Gorgot) — Ya lo sabemos: en noviembre de 1963, hace cincuenta años, el presidente de los Estados Unidos, nada menos, era tiroteado hasta la muerte en Dallas. Cuando recordamos aquel hecho, sobre todo quienes no vivíamos aún, tendemos a relacionarlo con multitud de otros sucesos políticos y sociales.
Pero no lo conectamos mentalmente con el entorno cultural del momento. Así que sería buena idea recordar, con la ayuda de ese archivo de la memoria llamado YouTube, cosas que sucedieron ese mismo año en cine, música o televisión. ¿Qué era lo que veía en 1963? ¿Qué música escuchaban? Tratemos de seleccionar algunas cosas, solo algunas, como parte del cuadro en el que, de repente, salpicó el rojo de la sangre del mandatario.
Cultura de masas, fundamentalmente, o en algunos no caso no tanto… pero también dignas de mención.
Para empezar, como bien sabemos por la infinidad de recordatorios y referencias al aniversario que están teniendo lugar, 1963 fue también el año de la Beatlemania. El mismo día del tiroteo en Dallas salió al mercado el segundo álbum de The Beatles y una semana después, el single I want to hold your hand empezaba su rápida escalada al número uno en los Estados Unidos.
Era la llegada de una nueva época: la juventud seguía ansiosa por conocer nuevas sensaciones y el pop melifluo de principios de la década no había satisfecho esos requerimientos.
Porque los todavía jóvenes ídolos de la casi extinta oleada rock estaban fuera de juego por motivos diversos: algunos como Eddie Cochran o Buddy Holly habían fallecido, otros tenían problemas personales como Jerry Lee Lewis, Little Richard o Gene Vincent, otros incluso habían visto cómo sus canciones tenían más éxito en boca de cantantes más comerciales que les robaban su cuota de público mayoritario, como le sucedía a Fats Domino.
Y el máximo responsable de la popularidad del rock & roll, Elvis Presley, se había convertido en una figura tan popular y se había acomodado tanto a una imagen más estandarizada que había perdido buena parte de su poder de excitación a ojos de nuevos adolescentes, para quien Elvis era una «antigualla» más del gusto de sus hermanos mayores.
Películas como Fun in Acapulco, de aquel mismo 1963, no eran exactamente el medio indicado para que la juventud se viese reflejada en Elvis, especialmente teniendo en cuenta que él mismo había rodado largometrajes bastante más interesantes no mucho tiempo atrás:
Así que puede negarse, por más que los Beatles también hubiesen ablandado su imagen de cara al mercado casi antes de empezar a dar el salto, que su música era bastante más vibrante y contagiosa que la mayor parte de la que Elvis estaba grabando por entonces como bandas sonoras de sus decepcionantes ejercicios de recaudación monetaria en Hollywood. Hay a quien no le gusta esta etapa temprana de la banda, pero a mí, la verdad, me parece excelente.
John Beradino y Emily McLaughlin celebrando el décimo aniversario del show (1973).
Más productos de masas, aunque ahora —supongo— de menos calidad.
En 1963 se estrenaba en Estados Unidos el culebrón (o más bien anaconda) General Hospital, que merece figurar aquí aunque solo sea porque a día de hoy, ¡se sigue emitiendo!
No es broma.
Y lleva la friolera de ¡más de 12.000 capítulos emitidos!
Me gustaría desafiar a uno de esos fans enciclopédicos de Star Trek a que se aprenda todos los datos de Trivial de esta interminable serie, pero dudo que haya ningún ser humano con capacidad cerebral para almacenarlos todos.
Hasta Sheldon Cooper se pondría nervioso ante la perspectiva.
Eso sí, me gustaría saber si existe alguna persona viva que haya visto la serie desde sus comienzos: ni la Biblia, ni El señor de los Anillos, ni En busca del tiempo perdido, ni nada. ¡General Hospital sí que es una experiencia épica!
Aparte de la Beatlemania, otro tipo de revolución juvenil estaba en mantillas pero dando ya muestras de fuerza: la canción protesta y los movimientos contestatarios. El folk concienciado y concienzudo de Bob Dylan pegó muy fuerte aquel año, el siguiente a su debut.
Su segundo disco hizo de él una celebridad, especialmente gracias al himno Blowin’ in the wind, pero no era ni mucho menos la única canción memorable que Dylan estaba aportando al mundo por entonces, como prueba esta Don’t think twice it’s alright de la que se han hecho infinidad de versiones.
Me gusta particularmente la fantástica interpretación que por lo general hace Eric Clapton… como suelo decir, uno se da realmente cuenta de lo buenas que son las canciones de Dylan cuando otros se las llevan a su terreno y les sacan todo lo que quedaba de jugo.
1963 fue también un buen año para el cine. El británico Alfred Hitchcock, ya establecido como director estrella en los estudios estadounidenses, estrenaba Los pájaros, una inquietante fábula de ambiguas lecturas que supuso un shock en la época (y eso que el estudio se negó a filmar el tétrico y desesperanzador final que el malévolo Hitch había tramado).
Sin duda alguna, una de las películas más influyentes en el cine de terror y un film cuya extraño argumento no pierde vigencia por mucho tiempo que pase desde su estreno. Obra maestra absoluta.
Además de por Kennedy, los estadounidenses también estaban de luto a causa la muerte de Patsy Cline y otros artistas de country en un accidente aéreo que recordaba muy mucho al de «el día en que la música murió» de 1959.
Por otra parte, sin embargo, había buenas noticias en el género: por ejemplo, Johnny Cash se decidió a grabar un tema que su mujer le había dedicado a él pero que había sido inicialmente grabado —sin ningún éxito— por Anita Carter, cuñada de Johnny. En su voz se convirtió en un hit que permitió al hombre de negro colarse en el top-20 americano.
The Rooftop Singers
La música campestre estadounidense tuvo un buen año aunque en general triunfaba la versión más amable de la misma.
Uno de los mayores éxitos de la temporada —y no solamente en las listas country— fue la muy característicamente ligera y no obstante inolvidable Walk right in de los entrañables The Rooftop Singers.
Un buen tema que tiene más chicha de lo que parece a primera vista (obsérvense esos guitarrazos a lo Everly Brothers).
En un registro muy distinto, el jazz seguía evolucionando por sus propios cauces aunque 1963 fue quizá un año extraño y de cierta inseguridad creativa para no pocos de los grandes nombres de la escena.
Miles Davis, dubitativo, publicaba un disco (Seven steps to heaven) en cuya grabación se mostró descontento y que nunca gozó de la reputación de muy recientes obras maestras suyas como Kind of blue o Sketches of Spain.
Por su parte, se decía que el imprevisible Thelonius Monk parecía estar llevando su habitual excentricidad hasta los límites del mero desequilibrio mental. Desde luego parecía menos productivo: se dedicaba a rehacer antiguos temas propios con arreglos que en ocasiones confundían a sus propios músicos.
Y otro excéntrico pianista, Sun Ra, grababa un indescriptible álbum con el muy elocuente título de Cosmic tones for mental therapy. Un experimento esquizoide que por descontado no sería editado hasta varios años después, ya en plena era del LSD, cuando la gente estaba algo más preparada para recibir semejante artefacto.
O, ¿se imaginan a un fan de The Rooftop Singers tratando de digerir semejante locura? Así que, en plena Beatlemanía, Sun Ra flotaba por el espacio sideral anticipándose a la explosión de la psicodelia. Un disco que es de difícil escucha —para qué negarlo— pero que, le guste a usted o no, fue pionero de toda una revolución que estaba a punto de producirse.
¿Una genialidad? Yo creo que sí, aunque hay quien piensa muy distinto. Por si quieren ustedes saber de dónde salieron los Pink Floyd de Syd Barrett.
1963 fue también el año en que se formó el legendario equipo de compositores de la discográfica Motown, la primera gran empresa dirigida por negros en la todavía muy racista América del norte. Hablo de los hermanos Brian y Eddie Holland, junto con Lamont Dozier, quienes empezaron a escribir éxitos como quien fríe croquetas en serie.
La compañía llevaba ya tiempo funcionando, pero aquel año inició su legendaría política de «cadena de montaje», transformándose en una auténtica factoría donde todos —incluyendo a las estrellas, que no dejaban de ser también empleados sometidos a una dura disciplina— trabajaban a destajo para intentar producir cuantos más éxitos mejor. En esta época se produjo el ascenso de Marvin Gaye.
Otro ejemplo de esta nueva política industrial y del saber hacer comercial del nuevo equipo de compositores fue Heat Wave, un gran éxito de Martha & The Vandellas:
Roger Corman
El cineasta y productor Roger Corman, también especializado en parir películas como churros —aunque en su caso se conformaba con éxitos más modestos— tuvo un año particularmente inspirado. Creó filmes tan memorables como El cuervo o como la oscura X: The man with the X-Ray eyes. Esta última, protagonizada por Ray Milland, narraba la historia de un hombre que a resultas de un experimento podía ver a través de la materia.
Primero se divertía viendo la ropa interior de las señoritas, pero más adelante… En fin, quien tenga la edad suficiente podrá recordar el trauma que bastantes años más tarde, nos produjo a muchos niños la emisión de esta película en horario infantil (¡Dios bendiga a quien tuvo la idea!). Para mí, al menos, ver aquel largometraje fue toda una experiencia que llevo grabada a fuego.
Muy particularmente esa aterradora, impresionante escena final que aunque nos hizo tener pesadillas recurrentes durante meses o incluso años, ¡es una sensación que ahora no cambiaríamos por nada! Incluso viendo ahora esa secuencia, décadas después, noto retazos de aquel irracional terror infantil.
No la pongo aquí para no estropeársela a quienes no la hayan visto, pero les diré que no creo perjudicial que los niños, a cierta edad, descubran aspectos escabrosos del mundo con películas como esta. Ya saben: Si tus ojos te escandalizan…
Volviendo a la música negra, no todo era la elegancia industrial de Motown. James Brown estaba cimentando su gran estrellato a base de soul sudoroso con una fuerte base blues. Aquel año grabó el primero de sus dos directos en el teatro Apollo, catedral de la música negra (el otro directo, de 1968, sería aún más legendario), de donde seleccionaremos un tema.
Aunque no sería hasta 1964 cuando empezara a jugar a la alquimia con su música, introduciendo los primeros elementos de una de las revoluciones más importantes de la música del siglo XX: la creación del funk como un estilo independiente, algo que Brown estaría cociendo en el horno durante algunos años hasta que en 1967, con canciones como Cold sweat, estuviese ya completamente terminado, para terminar de alcanzar la perfección química en 1970.
Pero el James Brown de 1963 todavía seguía los cánones del soul imperante, aunque destacaba por sus interpretaciones pasionales y su entrega:
Federico Fellini se llevó glorias, premios, éxitos y parabienes de todo tipo gracias a una de sus obras maestras, 8½, un film de tintes supuestamente autobiográficos donde Marcello Mastroianni ejercía como Sosias del propio Fellini.
Los escarceos del director con el surrealismo y algunos otros aspectos idiosincrásicos del film le hicieron dudar de que pudiese repetir el éxito internacional de La dolce vita, pero no solamente lo consiguió sino que se llevó entre otras muchas distinciones el Oscar a mejor película de habla no inglesa. En fin, para qué decir más, otra obra maestra absoluta de 1963.
Tito Puente
Aunque con la excepción de los artistas brasileños no soy muy aficionado a la (creo yo) mal llamada «música latina», en 1963 el gran Tito Puente publicó un himno universal que algunos únicamente descubrimos gracias a la versión que grabaría Santana en su extraordinario álbum Abraxas.
Por entonces en España, como de costumbre, las cosas llegaban tarde y mal, caso del rock & roll. Bajo el reinado —porque era un reinado— de un señor llamado Franco que quería seguir mandando a toda costa para vivir bien, se potenciaba los sonidos autóctonos por mera cuestión de identidad nacional, sin importar cuánto merecían ser potenciados o no.
Pero lógicamente no se podía evitar que los ecos del extranjero llegasen a nuestro país y algunos rockeros de pro como Miguel Ríos comenzaban en aquellos años.
En 1962 había tenido un gran éxito adaptando Popotitos de los mexicanos Teen Tops, bajo cuyo estúpido título en castellano se escondía la inmensa melodía de la inmortal Bony Maronie de Larry Williams.
O sea, una canción que ya tenía más de un lustro de antigüedad. Ríos la interpretaba muy bien y en los setenta incluso la tocaba con intro pseudo-prorgresiva, aunque creo que estaría de acuerdo conmigo en que nadie, ni siquiera el autor original, podía hacerla como La Voz, Su Majestad Little Richard.
No he encontrado la versión de Ríos en Youtube, salvo en interpretaciones posteriores, pero creo que para ilustrar bien nos vale la de nuestros primos hermanos mexicanos:
Otro de los grandes films del año fue La gran evasión, acerca de los intentos de un grupo de oficiales aliados por escapar de un campo de prisioneros durante la II Guerra Mundial. Con un reparto de primer nivel, un guion vibrante, acción constante y mucho, mucho entretenimiento de calidad, es la clase de película que resulta imposible de olvidar una vez vista (y, ¡esa música que se te clava en el cerebelo!).
El film, sobre todo, ayudó a consolidar a Steve McQueen como icono de la pantalla gracias a aquella imagen de rebelde cínico y solitario que siguió cultivando en años posteriores. Imprescindible.
Cleopatra (1963)
1963 sería también recordado por el batacazo casi letal que la 20th Century Fox se pegó con el grandilocuente film Cleopatra. En 1945 se había estrenado una película similar con la bella pero recatada Vivien Leigh en el papel de la reina egipcia.
En 1963, sin embargo, se buscaba no solamente reeditar el cine de masas de la Edad Dorada de los estudios, sino también sacar jugo al potencial erótico de la superestrella Elizabeth Taylor, que nunca antes había sido filmada de aquella manera tan explícita porque solía se considerada un sex symbol elegante.
Hubo secuencias de Cleopatra, de hecho, que fueron cortadas en la sala de montaje a causa de su enorme carga sexual y el público de la época se quedó sin ver algo tan inédito como el culo de la actriz de medio lado (algo muy, muy atrevido entonces, no olvidemos que otro sex symbol, Elvis, estaba rodando peliculitas más bien inocentonas y que Marilyn Monroe no había llegado a tanto).
Sea como fuere, en mi opinión Taylor encajaba mejor como Cleopatra que Vivien Leigh precisamente a causa de esa carga sexual que pegaba más con la leyenda. Taylor y otros reclamos como la monumentalidad del film o su rico reparto funcionaron muy bien en taquilla, pero la película terminó perdiendo una fortuna y casi arruinando al estudio.
Se habló mucho de que los caprichos de la voluble Liz Taylor habían contribuido al desastre, pero como de costumbre la verdadera explicación no era tan divertida: simplemente se les había ido tanto la mano con el presupuesto que hubiesen necesitado un éxito verdaderamente monstruoso para hacerla rentable.
Y tuvo éxito, pero no el suficiente. Piensen, por ejemplo, que secuencias como la que sigue las hicieron sin ayuda de ordenadores… lo dicho: un puñetero dineral.
La serie de televisión El fugitivo, protagonizada por el carismático David Janssen —a mucha gente no le suena su nombre hoy, pero en su día fue una superestrella— se estrenó en 1963 y convirtió en un inmediato hit internacional, narrando las aventuras de un médico condenado a muerte, Richard Kimble, que intenta probar su inocencia antes de que lo capturen. Espectadores de medio mundo simpatizaron con el pobre doctor Kimble y quedaron pegados a la pantalla para averiguar en qué terminaba la cosa.
En España, mientras tanto, se publicaba el disco de unos tales Chiquitos de Algeciras, dos jóvenes hermanos que bajo ese nombre quizá no nos suenen demasiado. Pero uno de los dos hermanos, el que tocaba la guitarra influido por monstruos como Sabicas o el Niño Ricardo, no tardaría en llamar la atención por su virtuosismo y en alcanzar el estrellato. Hablamos, cómo no, de Paco de Lucía.
Pink Panter (B.Edwards)
Blake Edwards sorprendió al mundo con su nueva comedia, The pink panther.
O más bien quien sorprendió fue el inefable Peter Sellers gracias a su hilarante interpretación del inspector Clouseau, un policía francés de intelecto rayano en la incapacidad y de una personalidad cómicamente estirada.
Aunque su papel era teóricamente el de sidekick gracioso para el protagonista David Niven, Sellers enamoró de tal manera al público que en la secuela fue ya el protagonista absoluto, y muy merecidamente.
También resultaban muy impactantes los títulos de crédito iniciales: la absolutamente increíble música de ese genio llamado Henry Mancini y un personaje animado tan carismático que terminó teniendo una serie propia de dibujos animados e incluso una malévolamente deliciosa franquicia de insalubres pastelitos industriales.
En otro ámbito, también en la música clásica estaban pasando cosas, incluso entre compositores ya ancianos. Igor Stravinsky continuaba experimentando con métodos de escritura serial y otras técnicas compositivas cuyo resultado puede dejarnos un tanto perplejos —aunque al lado de lo que hacía Sun Ra, claro, sonaba casi convencional e inteligible— y que admito que me producen bastante menos impresión que las grandes obras de su etapa más romántica como El pájaro de Fuego.
Con todo, su nueva obra de inspiración bíblica —como este Abraham e Isaac— puede resultar indigesta para quienes no conseguimos conectar, aunque por momentos contenga retazos del anterior Stravinsky, el que iba más dirigido al corazón que a la cabeza. No se sienta usted culpable, amigo lector, si decide detener el video porque le está dando migraña.
Ese mismo año, el mundo estaba a punto de ser asaltado por una de las tonadas definitivas del siglo XX: Garota de Ipanema. Aunque fue compuesta en 1962 y popularizada en 1964, el tema fue grabado precisamente en 1963, unos meses antes del asesinato de Kennedy.
Por cierto, si tenía usted curiosidad por saber quién era la mil veces nombrada «chica de Ipanema» (tal vez la mujer sin aparente nombre más famosa del siglo), se trataba de la modelo Heloísa Menezes, más conocida por el sobrenombre de Helô Pinheiro.
Dr.Who (1963)
También por entonces se estrenó en el Reino Unido la serie de ciencia ficción Doctor Who, y con sus debidos paréntesis ha tenido una larguísima vida, cimentando un enorme prestigio a lo largo de décadas.
Vean la intro original, con una música adelantada lustros a su tiempo y una estética de oscurantismo minimalista que debía resultar verdaderamente impactante para los espectadores de 1963.
El gran Billy Wilder retornaba a las pantallas con Irma la dulce, un buen film y exitoso en su momento, pero que para mi gusto palidecía un tanto en comparación con sus dos anteriores obras: la inmortal El apartamento y también con la entonces incomprendida Un, dos, tres, cuyo alocadísimo ritmo era tan excesivo que no fue bien recibido por el gusto imperante en 1961 (por mucho menos, Dr. Strangelove, que Stanley Kubrick estrenó en 1964, es considerada una comedia rompedora para su tiempo).
Irma la dulce era un retorno de Wilder a la comedia romántica de el El apartamento con idéntica pareja protagonista —Jack Lemmon y Shirley MacLaine— aunque ni mucho menos con la misma magnitud artística. Pero es una película muy apreciable de todos modos.
También en España tuvimos nuestra ración de obras maestras cinematográficas. El verdugo fueuna de las grandes obras del que para mi gusto y en sus mejores momentos tal vez haya sido el mejor director español de la historia junto a Luis Buñuel: su tocayo Luis García Berlanga.
Muy heredera del realismo italiano pero también repleta de los giros personales del genial tándem Berlanga-Rafael Azcona, era una muestra más de cómo se las arreglaban para colar temas muy, muy duros en su cine sin que la censura franquista cayese en la cuenta de que lo mejor (para la intención de los censores) hubiera sido prohibir una película que hacía pensar, y mucho, a quien estuviese dispuesto a pensar.
Habla del hijo de un verdugo a quien le supone un serio problema moral heredar la profesión de su padre ya jubilado, y dedicarse también a ejecutar sentencias de muerte. Protagonizada por el italiano Nino Manfredi, por una Emma Penella a la que desgraciadamente hemos perdido hace poco (gran, gran actriz que mucha gente redescubrió gracias a las series de TV) y por ese monstruo de la interpretación nunca lo bastante ponderado que era Don Pepe Isbert.
No se pierdan los impresionantes diálogos de la siguiente secuencia, con frases tan repletas de sutil mala leche como: «Que le avisan que tiene que ir a matar a uno, y esto nos pasa ahora, que vivíamos tan felices», «No hagas caso, que lo indultan, la de viajes que he hecho yo en balde», «En Palma de Mallorca… allí no he “actuado” yo, si no te daba una tarjeta». Qué cine se hacía aquí por entonces.
Ha sido una pequeña muestra nostálgica, modesta, muy de domingo… pero francamente, no tenía demasiadas ganas de hablar de las conclusiones de la Comisión Warren. Hay cosas mucho más interesantes: ¡donde esté un hombre con rayos X en los ojos…!
Muy Interesante(F.Navarro) — Están desenterrando a los muertos para comérselos. Este escándalo saltaba de boca en boca en Inglaterra. Acabados los víveres, se comieron a los cerdos y a los caballos. Pasaron a los perros y los gatos. Las ratas terminaron por ser un plato codiciado.
Y cuando no quedaron más alimañas ni raíces que comer, acudieron a las tumbas. Un hombre acabó tan desesperado que mató a su mujer embarazada y guardó su cuerpo troceado en raciones para comérsela poco a poco. En el verano de 1610, llegó a Inglaterra un barco.
A bordo del Swallow venían unos hombres demacrados. Eran desertores de Jamestown, el intento más reciente de mantener un puesto comercial fijo en el continente americano. Sus historias conmocionaron a todo el que las escuchaba. Hablaban de canibalismo y un sinfín de miserias. Los colonos enviados al Nuevo Mundo se habían quedado sin provisiones, estaban rodeados por los indios y no tenían para comer más que la carne de sus propios muertos.
Muchos historiadores modernos han dudado de la veracidad de estas historias en boca de unos fugitivos que necesitaban legitimar su regreso a la metrópoli, pero sus testimonios fueron corroborados por otros supervivientes e implicados en la fundación de Jamestown. Y, por si aún quedaba algún escéptico, en 2012 se encontraron los restos de un esqueleto con marcas que evidencian el canibalismo al que tuvieron que recurrir los primeros colonos ingleses en América.
– La fundación de Jamestown
En diciembre de 1606 partieron de Londres tres barcos rumbo al Nuevo Mundo. Con Christopher Newport al mando, un centenar de personas se repartía a bordo del Susan Constant, el Godspeed y el Discovery. El objetivo: lograr establecer el primer asentamiento inglés permanente en Norteamérica.
Un par de fracasos precedían esta empresa, sin embargo, la Corona inglesa no estaba dispuesta a que únicamente los españoles y portugueses se enriquecieran con la explotación del Nuevo Mundo. El rey Jacobo I (James en inglés) concedió una licencia a la Virginia Company de Londres para comerciar y establecer colonias en América. Los inversores estaban ilusionados y no faltaron manos alzadas para ofrecerse a emprender un viaje de tamañas posibilidades.
El éxito de los españoles hacía pensar que encontrarían oro, plata y piedras preciosas que los hicieran ricos de un día para otro. Tras cuatro meses navegando para cruzar el Atlántico, los colonos ingleses solo encontraron un pantano lleno de mosquitos, enfermedades, miseria y muerte.
La Época del Hambre en Jamestown
Pusieron pie en tierra continental el 26 de abril de 1607. Se encontraban en la bahía Chesapeake y la primera exploración tuvo lugar en el cabo Henry, bautizado así en honor al príncipe de Gales, el hijo de Jacobo I.
Había que encontrar un lugar donde establecer la colonia y escogieron una península ubicada unos 60 kilómetros hacia el interior de un río por varios motivos: el cauce era navegable, tenían una buena posición estratégica para defenderse de posibles ataques de españoles y, no menos importante, allí no vivía ningún indio. Al río le pusieron el nombre de James en honor al rey y, en mayo de 1607, se fundó Jamestown.
Claro que la flamante colonia también contaba con desventajas. Si la península no estaba habitada por nativos era porque ellos conocían el terreno: pantanos, mosquitos y poco acceso a agua potable en una tierra pobre con dificultades para el cultivo. Por si fuera poco, Jamestown se fundó cuando una sequía estaba asolando la región.
Del centenar de hombres y mujeres que llegaron primero, pocos estaban dispuestos a trabajar, pues eran, en su mayoría, acomodados con manos impolutas que solo estaban interesados en los metales preciosos. Los víveres llegarían desde Inglaterra y los salvajes que vivían cerca de la península les cederían gustosamente parte de sus alimentos mientras ellos daban con el oro.
Pero ni los barcos llegaban ni la nación powhatan se mostró tan generosa con los intrusos que reclamaban comida en época de malas cosechas. Resultado: de los 104 colonos que había en Jamestown en 1607, solo quedaban 38 al año siguiente. Apenas habían llegado al lugar y en la colonia ya había más cruces que casas en pie.
Jamestown hubiese sido un apunte más entre los fracasos de la colonización inglesa de América de no haber sido por la intervención de John Smith. Hijo de granjeros que a punto estuvo de ser ejecutado acusado de organizar un motín, John Smith acabó tomando el control del emplazamiento e impuso una disciplina tan básica como extrema: si no trabajas, no comes.
Por extraño que parezca, siguieron llegando barcos con nuevos colonos desde Inglaterra. Traían víveres, pero siempre insuficientes. John Smith tuvo que dividir a los colonos en grupos para buscar cualquier tipo de producto que llevarse a la boca: unos a los bosques; otros a la desembocadura del río, donde se alimentaban de ostras; mientras intentaba llegar a acuerdos con los nativos.
Todos los esfuerzos fueron insuficientes. John Smith regresó a Inglaterra en otoño de 1609 para recuperarse de los daños que sufrió por una explosión de pólvora. George Percy fue elegido presidente del Consejo y hombre al mando. Él mismo se encargó de contar de su puño y letra los terribles sucesos del invierno de 1609-1610 en Jamestown: la Época del Hambre.
Cráneo y reconstrucción de Jane
– Canibalismo en Jamestown
Los intentos de acuerdos con los nativos acabaron en encuentros hostiles (esta frase bien podría resumir el contacto entre colonos y nativos en la historia de los Estados Unidos desde Jamestown hasta hoy). Los indios sitiaron a los colonos e impidieron que salieran a cazar o pescar. Percy escribió:
«Ahora todos en Jamestown empezamos a sentir el agudo pinchazo del hambre que ningún hombre puede describir bien hasta que ha probado su amargura».
Percy tuvo que castigar a los que robaban para comer. No tardaron en quedarse sin los caballos y los cerdos que criaban en la colonia. Empezaron a comerse a los perros y gatos que hacían compañía en las casas del Nuevo Mundo. Las ratas y las serpientes acabaron por ser bocados codiciados. Algunos pusieron al fuego los cueros de zapatos y botas para poder masticarlos antes de engullirlos.
Otros buscaron en los bosques cualquier alimaña y raíces salvajes y desconocidas. Allí fueron atacados por los indios y los asesinados no duraron más de tres días enterrados. Fueron exhumados y comidos. «Y algunos han lamido la sangre que ha caído de sus débiles compañeros».
En este catálogo de aflicción y miseria, George Percy contó la misma historia que los fugitivos del Swallow. Uno de los colonos mató a su mujer embarazada y la saló para comérsela. Ante la sospecha de esta atrocidad, registraron su casa en busca del cuerpo desmembrado. El supuesto asesino y caníbal fue colgado de los pulgares con pesos en las piernas durante un cuarto de hora. Confesó. Percy lo sentenció y fue quemado vivo.
John Smith también mencionó el mismo suceso en su Historia general de Virginia, Nueva Inglaterra y las islas de verano. No estuvo presente en Jamestown durante aquel fatídico invierno, pero recopiló información sobre el asunto y se atrevió a frivolizar: «Tan grande era nuestra hambre, que a salvaje que matábamos y enterrábamos, los más pobres lo desenterraban y se lo comían, y así unos a otros se hervían y guisaban con hierbas y raíces.
Y uno entre los demás mató a su mujer, la saló y se había comido parte de su cuerpo antes de que se supiera, por lo que fue ejecutado, como bien merecía. Ahora bien, si estaba mejor asada, hervida o a la barbacoa, no lo sé, pero nunca he oído hablar de un plato de esposa con sal».
Las duras condiciones sufridas por los colonos de Jamestown se vieron reflejadas por un grupo de supervivientes que escribieron Una breve declaración de la plantación de Virginiadurante los primeros doce años hasta este tiempo presente. En ella se repite el mismo drama con algunos detalles tétricos. Contaban que el hambre les obligó a consumir cualquier alimaña o carroña:
«O cualquier otra cosa que encontráramos creciendo en el suelo, eso llenaría la boca o el vientre. Y fuimos llevados, a partir de un hambre insoportable, a comer aquellas cosas que la naturaleza más aborrecía, como la carne y los excrementos del hombre, tanto de nuestra propia nación como de un indio, sacado por algunos de su tumba después de haber estado enterrado tres días y lo devoraron por completo.
Otros, envidiando el mejor estado del cuerpo de cualquiera a quien el hambre aún no había consumido tanto como el suyo, acechaban y amenazaban con matarlos y comérselos».
Invierno fatídico en Jamestown
– Y de comer: la pequeña Jane
El canibalismo siempre ha sido un tema difícil de tratar para los historiadores. Muchas veces fue una práctica atribuida a los nativos americanos para evidenciar su carácter salvaje frente a los civilizados europeos. El propio John Smith culpa únicamente a los más pobres de Jamestown de haber cometido este acto tabú.
Por ello se suelen tomar con escepticismo las menciones al canibalismo que encontramos en fuentes como las cartas y diarios de George Percy y John Smith. Sin embargo, un equipo de arqueólogos del Instituto Smithsonian de Washington encontró en 2012 parte de un cráneo con claras señales de canibalismo.
Los restos hallados en Jamestown pertenecieron a una niña de 14 años que, tras morir, fue desmembrada y las marcas en la superficie ósea demuestran que le sacaron el cerebro y cortaron la carne de la cara para su consumo. Aunque no pudieron determinar la causa de la muerte de la joven, el hallazgo demuestra que hubo canibalismo durante el invierno de 1609-1610 en Jamestown.
Este fue el germen de lo que terminaría siendo los Estados Unidos de América, pues, a pesar de las penurias vividas, la colonia sobrevivió. Una nueva mezcla de tabaco se convirtió en el cultivo que salvó a Jamestown y la colonia prosperó hasta 1699, cuando se abandonó en favor de Williamsburg como capital colonial de Virginia.
En la actualidad, Jamestown es un Parque Histórico Nacional Colonial en el que se muestran exposiciones sobre la primera colonia inglesa permanente en América y se llevan a cabo trabajos de arqueología y preservación del yacimiento para su estudio. Una de las muestras más llamativas del lugar es el cráneo de «Jane» con los cortes de haber sido comida.