Historias de la historia(J.Sanz) — Aunque siempre simpatizó con la causa aliada, durante los primeros años de la Primera Guerra Mundial EEUU se mantuvo neutral.
Aquella no era su guerra y, además, no veía peligrar sus intereses.
La opinión pública se encontraba dividida hasta que en mayo de 1915 un submarino alemán hundió cerca de Irlanda el trasatlántico británico RMS Lusitania que cubría la ruta Nueva York a Liverpool -más de 100 estadounidenses murieron-.
Cierto es que la embajada alemana en Washington había emitido un comunicado de aviso:
AVISO ! Los viajeros que tengan la intención de embarcarse en el viaje por el Atlántico, se les recuerda la declaración de guerra entre Alemania y sus aliados y Gran Bretaña y los suyos, y que la zona de guerra incluye las aguas adyacentes a las Islas Británicas, que, de conformidad con los pertinentes avisos dados por el Gobierno Imperial alemán, los buques que enarbolen la bandera de Gran Bretaña, o cualquiera de sus aliados, podrán ser destruidos en esas aguas y que los viajeros que navegan en la zona de guerra en los barcos de Gran Bretaña o de sus aliados lo hacen bajo su propio riesgo. IMPERIAL EMBAJADA DE ALEMANIA en Washington, DC 22 de abril 1915
Desde este momento, la opinión pública estadounidense comenzó a decantarse por la opción aliada, pero el presidente Woodrow Wilson había basado su campaña en una política antibelicista.
Así que, mantuvo la neutralidad. En 1917 el Imperio alemán facilitó las cosas: Berlín anunció públicamente que los ataques de sus submarinos se reanudarían. Esta vez, sólo contra buques mercantes para cortar los suministros hacia Gran Bretaña y, de esta forma, aislarla y lograr que capitulase.
Esta decisión llevó a la ruptura de relaciones diplomáticas entre EEUU y el Imperio alemán el 3 de febrero. Y aunque parecía que entrar en la Gran Guerra era sólo cuestión de tiempo, sería un telegrama el que prendería la mecha.
El 16 de enero de 1917, un mensaje del ministro de Asuntos Exteriores alemán, Arthur Zimmermann, al embajador alemán en México Heinrich von Eckardt era interceptado y descifrado por los británicos.
Con la reanudación de los ataques de los submarinos, los alemanes sabían que comprometían la neutralidad de los EEUU, así que decidieron buscar a un tercero que los mantuviesen ocupados en su propio territorio.
El telegrama de Zimmermann indicaba al embajador los pasos a seguir si EEUU entraba en guerra: debía contactar con el presidente de México y ofrecerle apoyo militar y financiero para que su país pudiese recuperar los territorios de Texas, Nuevo México y Arizona perdidos a manos de los yanquis.
Además, pretendían que el gobierno mexicano sirviese de intermediario para implicar al Imperio japonés en la Gran Guerra del lado de las Potencias Centrales. A finales del mes de febrero los británicos lo pusieron en conocimiento de los estadounidenses y el mes de marzo los medios se hicieron eco de la noticia.
El presidente Woodrow Wilson se quedó sin argumentos y en abril de 1917 declaraba la guerra al Imperio alemán. Por otro parte, México no quiso saber nada de aquella alianza con los alemanes. Este telegrama es muy conocido y supuso el empujón definitivo para que los EEUU diesen un paso al frente.
Pero hay otro telegrama, también de Zimmermann, que tuvo que ver con el comienzo de la Gran Guerra. Aunque para no echar más leña al fuego de la memoria de Zimmermann, hay que reconocer que este segundo telegrama no se envió… y ese fue el problema.
En la segunda mitad del XIX y los primeros años del XX, Europa experimentó un rápido crecimiento cimentado en la Revolución industrial, la mejora de los medios de transporte y comunicación, las aplicaciones prácticas de la ciencia, la llegada de materias primas de las colonias… los europeos comenzamos a conocer eso de la vida “acomodada”.
Bajo este manto de luz y de color, subyacían problemas latentes entre las distintas potencias por el control los recursos provenientes de las colonias de África y Asia, alianzas estratégicas entre unos y otros, además de crecientes y fuertes sentimientos nacionalistas dentro de los propios Imperios.
Este periodo de tensa calma saltaría por los aires el 28 de junio de 1914 con el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero al trono, y su esposa Sofía Chotek por el nacionalista Gavrilo Princip, miembro de Joven Bosnia (los cachorros de la organización secreta serbia Mano Negra que luchaba por la creación de la Gran Serbia).
Aunque se detuvo al autor material y a otros implicados en el chapucero atentado, Alemania sabía que Viena no se iba a quedar satisfecha e iban a presentar una serie de exigencias a los serbios. El Káiser alemán Guillermo II ordenó a nuestro amigo Zimmermann enviar un telegrama al emperador austrohúngaro Francisco José I en el que le indicase que las exigencias no fuesen “imposibles de cumplir”.
Así lo hizo y ambos, el Káiser y Zimmermann, siguieron con sus vacaciones fuera de Viena pensando que la cosa no llegaría a mayores. El problema es que el telegrama nunca salió de Viena… ni del despacho. En agosto 1917, cuando presentó la dimisión por el telegrama enviado al embajador en México, Zimmermann pasó a recoger sus pertenencias y… encontró su telegrama sin enviar escondido en el fondo de un cajón.
No se sabe quién decidió no enviarlo -ni un moribundo confesaría haber contribuido al inicio de la Gran Guerra- pero había militares de alto rango austríacos partidarios de dar a Serbia un escarmiento. Eso sí, siempre pensaron que aquel conflicto se resolvería con una guerra corta -midieron mal las consecuencias-.
¿Cómo influyó el hecho de que no se enviase aquel telegrama? Al no recibir ninguna misiva, los austríacos pensaron que tenían el apoyo incondicional de Alemania y que también eran partidarios de un escarmiento.
Así que, plantearon exigencias que sabían que los serbios no podrían cumplir, como permitir que los propios austríacos investigasen en suelo serbio la implicación de Mano Negra, y al no hacerlo poder declarar la guerra. La declaración de guerra de Austria a Serbia abrió la veda y las políticas de alianzas estratégicas hicieron el resto.
Tomasina Ray es directora de colecciones de RMS Titanic Inc, la empresa que durante años ha recuperado 5.500 objetos del lugar del naufragio.
BBC News Mundo(R.Morelle/A.Francis) — Un moderno bolso de piel de cocodrilo y pequeños frascos de perfume que aún desprenden un potente aroma son sólo algunos de los objetos recuperados del Titanic, el naufragio más famoso del mundo.
La ubicación exacta del almacén donde se resguardan estos objetos es un secreto bien guardado para prevenir robos. Lo único que podemos decir es que se encuentra en algún lugar en la ciudad de Atlanta, en Georgia, Estados Unidos.
Los estantes están repletos de miles de artículos: desde una bañera y una puerta abollada, hasta cristalería grabada y botones diminutos.
La BBC tuvo la rara oportunidad de explorar las instalaciones de este almacén y descubrir las historias detrás de algunos de estos objetos.
– La historia detrás de un bolso
«Es un bolso pequeño realmente hermoso y moderno», dice Tomasina Ray, directora de colecciones de RMS Titanic Inc, la empresa estadounidense que ha recuperado estos artículos.
La compañía tiene los derechos de salvamento del barco y a lo largo de los años ha recuperado 5.500 objetos del lugar del naufragio, que ocurrióentre la noche del 14 y la madrugada del 15 de abril de 1912.
Una selección de esos objetos se exhibe en todo el mundo.
El bolso, fabricado con piel de cocodrilo, ha sobrevivido durante décadas en las profundidades del Atlántico Norte. También conserva los delicados objetos de su interior, que revelan detalles de la vida de su propietaria, una pasajera de tercera clase llamada Marian Meanwell.
“Era una sombrerera de 63 años”, dice Tomasina. “Viajaba a Estados Unidos para estar con su hija, que había enviudado recientemente”.
Entre los recuerdos había una fotografía descolorida, que se cree que es de la madre de Marian Meanwell.
Una fotografía descolorida de una mujer que se cree que es la madre de Marian Meanwell.
También había documentación que la pasajera necesitaría para su nueva vida en Estados Unidos, incluida una carta de referencia escrita a mano por su antiguo arrendatario en Londres.
«Siempre hemos considerado que la señorita Meanwell es una buena inquilina y puntual en el pago».
Dentro del bolso también estaba su tarjeta de inspección médica, que todos los pasajeros de tercera clase necesitaban para demostrar que no llevaban enfermedades a Estados Unidos. Sin embargo, este documento maltratado por el agua revela un trágico giro del destino.
Marian Meanwell tenía una reserva en el Majestic, otro barco de la compañía White Star Line. Pero no zarpó, por lo que en la tarjeta aparece tachado Majestic y su boleto muestra que fue trasladada al Titanic, donde se convirtió en una de las 1.500 personas que perdieron la vida durante el naufragio.
“Poder contar su historia y tener estos objetos es realmente importante”, afirma Tomasina. «De lo contrario, ella sólo sería otro nombre en la lista».
Un bolso de cocodrilo y una carta dañada por el agua, ambas propiedad de Marian Meanwell.
– Una colección de perfumes
También se han recuperado de las profundidades objetos que pertenecieron a los sobrevivientes.
Tomasina abre un recipiente de plástico y un olor dulzón y empalagoso llena el aire. «Es muy potente», admite.
En el almacén hay pequeños frascos de perfume. Están sellados, pero su fuerte aroma se escapa, incluso después de décadas en el fondo marino.
“A bordo había un vendedor de perfumes que tenía más de 90 frasquitos de este perfume”, explica Tomasina. Se llamaba Adolphe Saalfeld y viajaba como pasajero de segunda clase.
Se han recuperado frascos de perfumes dela zona donde ocurrió el naufragio.
Saalfeld fue una de las 700 personas que sobrevivieron. Pero como las mujeres y los niños tuvieron prioridad durante la evacuación, algunos hombres que lograron salir del barco quedaron en problemas.
«Ya había fallecido cuando encontramos esto», afirma Tomasina. «Pero tengo entendido que vivió con un poco de culpa, la culpa del sobreviviente«.
– Botellas de champán
En la colección también figura una botella de champán completa, que conserva la bebida en su interior y un corcho en la parte superior.
“Probablemente habría entrado un poco de agua a través del corcho al comprimirlo e igualar la presión. Luego simplemente se quedó en el fondo del océano”, dice Tomasina.
Cuando el Titanic se hundió en 1912, después de chocar contra un iceberg, el barco se partió y todo lo que estaba dentro salió desperdigado y creó un vasto campo de escombros.
Esta botella de champán conserva la bebida y el corcho intactos.
«Hay muchas botellas en el fondo del océano y también muchas ollas y cacerolas de cocina, porque el Titanic se rompió alrededor de una de las cocinas«, cuenta Tomasina.
A bordo había miles de botellas de champán. El propietario del transatlántico quería que sus pasajeros de primera clase experimentaran lo último en opulencia, con un entorno suntuoso y la mejor comida y bebida.
«Era como un palacio flotante y se suponía que el Titanic era el transatlántico más lujoso«, añade Tomasina. «Así que tener champán, tener un gimnasio, tener todas estas comodidades y estas cosas maravillosas para los pasajeros habría sido muy importante para ellos».
Había un gimnasio dentro del Titanic.
– Remaches reveladores
Cuando chocó contra el iceberg, el Titanic estaba en su viaje inaugural desde Southampton, una ciudad portuaria en el sur del Reino Unido, hacia Estados Unidos.
El barco tenía características de seguridad avanzadas para la época y se decía que era insumergible.
Tomasina nos muestra algunos de los remaches del barco, gruesas piezas de metal que mantenían unidas las vastas placas de acero. Se calcula que había más de tres millones de remaches.
“Cuando el Titanic se hundió, existía la teoría de que tal vez utilizaban materiales de mala calidad y eso fue lo que hizo que se hundiera más rápido”, explica Tomasina.
Imágenes del exterior del Titanic y tres remaches del barco.
Algunos de estos remaches han sido examinados para ver si contienen impurezas.
«Había altas concentraciones de escoria, que es un material similar al vidrio que los hace quizás un poco más quebradizos con el frío», dice.
«Si estos remaches fueran quebradizos y una de las cabezas de los remaches se hubiera soltado más fácilmente, entonces podría haber permitido que la costura se abriera donde golpeó el iceberg y la hiciera más grande de lo que hubiera sido de otra manera».
Tomasina dice que aún queda mucho por aprender sobre cómo se hundió exactamente el barco.
«Podemos ayudar a investigar las teorías, por lo que contribuir a la ciencia y la historia detrás de ellas es algo que estamos muy felices de hacer».
– La división de clases
La vida a bordo del Titanic variaba según las clases sociales, incluso en las tazas y platos en los que bebían y comían.
Una taza blanca de tercera clase era simple y resistente, con un logo de White Star de color rojo brillante. Un plato de segunda clase tenía una bonita decoración floral azul y un aspecto un poco más elegante. Sin embargo, un plato de primera clase estaba hecho de porcelana más delicada. Tenía un borde dorado y, bajo la luz, se podía vislumbrar un intrincado patrón de guirnaldas.
«Ese patrón habría sido coloreado, pero como estaba fijado sobre el esmalte se pudo lavar», dice Tomasina.
Los pasajeros adinerados de primera clase recibieron un servicio de plata para sus comidas, pero en tercera clase la historia fue diferente.
«Los pasajeros de tercera clase probablemente habrían manipulado la vajilla ellos mismos. Sin duda, debía ser mucho más estable y manejable, con mucha más rudeza que la otra vajilla», explica Tomasina.
Las tazas de tercera clase eran sencillas y resistentes. El plato de segunda clase era de porcelana más fina, mientras que el plato de primera clase tenía detalles confeccionados en oro.
En 1944, un tribunal estadounidense le concedió a RMS Titanic Inc el derecho a ser la única empresa legalmente autorizada para recuperar objetos del sitio. Pero tiene que hacerlo bajo condiciones estrictas: los artículos siempre deben permanecer juntos, no pueden venderse por separado y hay que conservarlos adecuadamente.
Hasta ahora, todos los artefactos han sido recogidos del campo de escombros. Pero recientemente la empresa suscitó polémica al afirmar su deseo de recuperar un objeto del propio barco: el equipo de radio Marconi que transmitió las llamadas de socorro del Titanic la noche del hundimiento.
Una fotografía de la cubierta del Titanic.
Algunos creen que los restos del naufragio son una tumba y deberían dejarse en paz.
«El Titanic es algo que queremos respetar», responde Tomasina. «Queremos asegurarnos de preservar la memoria, porque no todos pueden bajar al Titanic y queremos poder llevar eso al público».
Es posible que pronto se necesite más espacio en las estanterías de este almacén secreto.
La última expedición de la compañía al sitio implicó tomar millones de fotos de los restos del naufragio para crear un escaneo detallado en 3D.
Además de estudiar el estado actual de la sala de radio de Marconi, el equipo también ha identificado objetos entre los escombros que quiere recuperar en futuras inmersiones.
Quién sabe qué encontrarán y qué historias no contadas puede revelar cada artículo sobre el desafortunado Titanic y sus pasajeros.
JotDown(J.L.Molinero) — Paseaba sobre hojas secas en un cementerio de Praga. Y era imposible no enamorarse de él. Yo tendría unos doce o trece años y necesidad de dioses a los que aferrarme. Apunté corriendo el nombre que salía al final del vídeo: «Never tear us apart», INXS. Me había hecho adepto de una nueva religión y no sabía pronunciar su nombre.
El novio de mi hermana mayor, nacido en las antípodas, que en un acto de reafirmación consumía todo lo que llegaba de aquel país, me dijo cómo: «Se pronuncia In Excess, y el cantante es más jodido de decir: Michael Hutchence». Un dios con un nombre impronunciable.
De aquellas no había internet, no era entonces tan fácil saber quién era aquel tipo con el magnetismo animal tan a flor de piel, que rebosaba sexualidad a cada movimiento. Comencé a indagar, a mimetizarme y a imitar todo, cada gesto, cada peinado. Aquel disco, el Kick, les hizo millonarios y famosos en todo el mundo; canciones que se convirtieron en himnos como el «Need you tonight», «Guns in the sky»; una música bailable revestida de rock, con guitarras potentes, saxos y armónicas.
Su música era brutal, algo fresco; pero había algo más, un tótem que eclipsaba todo a su alrededor. La personalidad de Michael Hutchence era tan abrumadora que, a pesar de sus esfuerzos por no destacar, era el centro de atención.
En ferias del disco, en viejas tiendas aún no prostituidas por la música comercial, encontré todos sus discos anteriores. El primero de nombre homónimo, INXS, publicado cuando todavía yo estaba en pañales. El líder no era lo que yo adoraba, un esquelético good boy con granos y una escarola encima de la cabeza. Justo como era yo en ese momento, un motivo más para reafirmar mi fe; tal vez algún día el destino me insuflara aquel aura.
La música antes de su éxito mundial era una mezcla de ska, tecno primitivo y buen rollo, alternaba experimentos con grandes ritmos destinados al impulso de pista de baile. Títulos como «Don’t change», «What you need», «The one thing» u «Original» supusieron un reconocimiento y fama a un nivel alto aun sin llegar al estrellato mediático que consiguieron con Kick.
En esta época, el frontman de Sídney era más codiciado por sus escarceos sexuales y salidas de tono, por pervertir a la infantil y menor Kylie Minogue, chica Disney a la que enseñó la cara oscura de las drogas y el sexo duro.
Después, un disco que reafirmó el anterior, el X, con pelotazos tales como «Suicide blonde», «Disappear» o «By my side», que conjugaron con una estética de elegancia extrema manteniendo el look salvaje de estrellas de rock.
Michael Hutchence en 1986.
Michael Hutchence se tiraba a lo más granado de las pasarelas.
Su romance más famoso con la espectacular Helena Christensen lo puso de nuevo en primera plana del papel couché, lo cual no fue impedimento para seguir haciendo buena música.
Un directo en Wembley les permitió coger oxígeno para quitarse la presión del éxito, y en el 92 lanzaron Welcome to wherever you are, un disco tan bueno como denostado por el público que seguía demandando la misma fórmula con la que les descubrieron.
Siguieron arriesgando, demasiado quizás, en el Full moon, dirty hearts, su disco más flojo seguramente, en el que apostaron por un endurecimiento del sonido.
Su último disco fue Elegantly wasted, en 1997, con el que de nuevo consiguieron sonar en las radio-fórmulas, atrapar el éxito de ventas y atraer nuevos y viejos seguidores.
En aquel tiempo, Hutchence llevaba una vida turbulenta; le robó la mujer a Sir Bob Geldof, aquel mediocre músico famoso por organizar el Live Aid del 85 y crearse un halo de filántropo con tufillo a timo que se aprovechaba de cualquier cara que estuviese de moda.
Precisamente, Geldof fue el detonante de la tragedia; los australianos preparaban su gira de veinte aniversario y el inglés se negaba a dejar ir a Paula Yates, su todavía esposa, a Sídney con sus hijas y la hija en común de Yates con Hutchence.
Una depresión, su adicción al Prozac y a la cocaína, la soledad de la cima y la rabia por el impedimento de estar junto a su familia, desencadenaron la muerte de la estrella, que apareció muerto en la 524 del Ritz Carlton de Sídney colgado de un cinturón de cuero.
Fue un golpe que sacudió Australia y el rock mundial. Se cerró el caso como suicidio, acallando voces que decían que pudo ser un accidente sexual mediante asfixia. Muchos señalamos a Geldof como su asesino, aunque él no abrochara la hebilla al cuello de Hutchence.
Después, poco. INXS lo intento con varios cantantes: Terence Trent D`arby, Jon Stevens, sin éxito por la sombra insalvable del cadáver. Realizaron un Rock Star en televisión y de ahí salió JD Fortune, un joven canadiense con personalidad y talento con el que grabaron Switch, un buen disco si no fuese de INXS, que ya nunca fue lo mismo. Ahí se acabó el camino de esta gran banda de rock cuyas canciones fueron, y son aún hoy, mi biblia particular.
Paula Yates se suicidaría tres años después que Hutchence, por sobredosis de heroína. Hace unos meses, la hija mayor de Geldof y Yates, la hermosa Peaches, murió en extrañas circunstancias. El karma, tal vez. Quizás la alargada sombra del líder de INXS mantiene en el más allá el magnetismo y la fuerza extraordinaria que poseía en vida.
Psicología y mente(S.R.Comas) — En la primera mitad del siglo XIII, y a través de las traducciones y comentarios de los filósofos árabes, las ideas aristotélicas se recuperan en la Europa cristiana.
Este hecho, aparentemente trivial, resulta tremendamente importante para entender el curso de la historia de la filosofía occidental.
La filosofía de Aristóteles se extendió como la pólvora por las universidades europeas; especialmente, en Inglaterra, donde la de Oxford contó con un grupo de filósofos que renovaron la historia de la filosofía.
A este grupo se le denomina “círculo de Roger Bacon” (por uno de sus pensadores más importantes), “escuela de Oxford” o, simplemente, “círculo de Oxford”. Hoy hablamos de esta escuela y de su importancia en la Edad Media.
– El círculo de Oxford: deshaciendo ambigüedades
No podemos empezar este artículo sin acotar a qué nos referimos exactamente con “círculo de Oxford”. A pesar de que lo hemos descrito brevemente en la introducción, es necesario deshacer las posibles ambigüedades que la denominación pueda generar, puesto que en la historia han existido otros grupos así denominados.
Por ejemplo, también se conoce como “círculo de Oxford” o “movimiento de Oxford” al grupo de renovadores de la religión anglicana que, en el siglo XIX, pretendían igualarla en importancia al catolicismo. Nada que ver con los protagonistas de este artículo, puesto que el “círculo de Oxford” al que nos referimos se formó en la Edad Media y estuvo constituido por algunos de los mejores intelectuales franciscanos de la época.
– El contexto: la convulsa y cambiante Europa del siglo XIII
En realidad, este círculo de Oxford medieval no tuvo prácticamente ninguna cohesión, más allá de que sus representantes pertenecían al círculo de su universidad. Sin embargo, sí que comparte un contexto muy definido: la convulsa y cambiante Europa del siglo XIII.
Pongámonos en situación. Unos cien años antes de la época de la que hablamos, el siglo XII (denominado por el medievalista C.H Haskins el “renacimiento del siglo XII”) supuso un cambio trascendental para la Europa medieval, cambios que ya se habían empezado a gestar en el siglo anterior.
Entre ellos cabe destacar el crecimiento de las ciudades, el auge de la burguesía (y, por tanto, de los intercambios comerciales) y, por supuesto, el nacimiento de las universidades, que empezaron a dar sus primeros pasos en estos años.
Las universidades más importantes del continente eran, sin duda, la de Bolonia y la de París. En el caso de las islas británicas, era la de Oxford la que gozaba de un peso importante y la que sería epicentro, en el siglo XIII, de una revolución filosófica que cambiaría el curso de la historia.
Porque, si bien la posterior Revolución Científica no es exclusivamente hija de los empiristas medievales, sí que le debe mucho (muchísimo), a los cambios que sucedieron en esta época.
– Entre la tradición y la modernidad
A pesar de que la filosofía medieval es más compleja de lo que puede parecer a simple vista, podríamos resumirla con una sola palabra: escolástica.
La escolástica (que viene del término latino scholasticus, “escolástico” o “erudito”) era el método seguido por los centros de saber del medievo, que consistía en un intento de conciliación entre la razón y la fe, aunque la primera siempre estaba, en última instancia, supeditada a la segunda. En este sentido, la filosofía, como ciencia de la razón, era considerada la ancilla Theologiae (la esclava de la Teología).
En el siglo XIII algo empieza a cambiar. El impulso económico, los vaivenes sociales y, sobre todo (y esta es la causa clave) la recuperación de los textos aristotélicos de filosofía natural hace que los escolares o eruditos de las universidades empiecen a considerar una posible separación entre fe y razón.
Por supuesto, no por ser ateos (el ateísmo surgió mucho más tarde), sino, simplemente, porque ambas poseían caminos diferentes. Esta diferenciación será definitiva con Guillermo de Ockham (1285 -1347), precisamente uno de los nombres más ilustres del círculo de Oxford.
Así pues, en el siglo XIII vemos ya una especie de clasificación entre los intelectuales de la “lógica antigua” (es decir, la escolástica, grupo liderado especialmente por la Universidad de París) y los seguidores de la “lógica moderna”, cuyos principales pensadores pertenecen a la Universidad de Oxford.
– Características principales de la nueva filosofía
Una vez presentado brevemente el contexto en el que se gestó esta nueva filosofía (que sería el germen de la ciencia moderna) podemos hablar de sus características, que detallamos a continuación:
. Empirismo
Para estos seguidores de la “lógica moderna” lo principal era la observación directa de la naturaleza y el estudio de sus leyes. Como vemos, esta idea hunde sus raíces en la teoría natural de Aristóteles, que empezaba a llegar a Europa traducida y comentada por filósofos árabes y judíos.
. Aparición de nuevas disciplinas
El empirismo conlleva, por supuesto, la aparición de nuevas disciplinas que son las raíces de la ciencia de la modernidad: óptica, mecánica, estudio de la luz… Sin duda, la revolución artística que se da precisamente en los siglos XIII y XIV (y que verá su apogeo en el XV) se deberá en gran parte a los estudios directos de la naturaleza.
. La causalidad natural
Este auge empirista y su consecuente observación de las leyes de la naturaleza lleva a una nueva visión del mundo, que pierde su condición de “teatro divino” para tener sus propias reglas de funcionamiento.
Este será, precisamente, uno de los principales debates de la época: si Dios sigue estando detrás de estas leyes y resulta fundamental para su consecución o si, por el contrario, una vez creadas, la divinidad deja al mundo funcionar solo, como un magnífico y grandioso engranaje.
– Los grandes pensadores de Oxford
Hablar del círculo o la escuela de Oxford sin mencionar ni que sea brevemente a sus protagonistas es imposible, puesto que es precisamente en sus obras donde encontramos su esencia. Veamos a continuación algunos de los grandes pensadores de Oxford.
1. Roger Bacon (h. 1214-1294)
Apodado Doctor mirabilis (Doctor admirable), este pensador es uno de los eruditos principales de la escuela, hasta el punto de que el círculo se conoce también como “círculo de Roger Bacon”.
Franciscano como sus compañeros, fue discípulo del gran Robert Grosseteste (1175-1253), considerado el fundador del círculo.
Grosseteste es uno de los grandes filósofos medievales; se interesó prácticamente por todas las disciplinas, especialmente por el estudio de la luz y el color.
En su famoso tratado De luce (Sobre la luz), escrito en 1225, Grosseteste propone una explicación de la creación del mundo sorprendentemente parecida a la del Big Bang, según la cual todo se originó a través de una explosión de luz divina…
Con semejante maestro, no es de extrañar el valor que Roger Bacon otorgaba a la experiencia. Igual que Grosseteste, el alumno realizó interesantes estudios sobre óptica y sobre la naturaleza de la luz, convencido de que existía una “ciencia experimental” más allá de la filosofía y la teología. Su principal obra, Opus maius, fue escrita en 1268 y enviada al mismísimo papa.
Parece ser que fue considerado sospechoso de herejía y encarcelado, aunque este episodio de su vida presenta notables lagunas. Lo más probable es que Bacon cayera en desgracia por la promoción franciscana de la pobreza y su consecuente crítica de la riqueza papal.
2. Juan Duns Escoto (1266-1308)
Este otro de los grandes de Oxford nació en Escocia (de ahí su apelativo), y fue un personaje importante en el pulso que mantuvieron la teología y la filosofía en aquella época.
Recordemos: la filosofía era la “esclava” de la teología, por lo que cualquier saber permanecía supeditado a esta última.
Este era un concepto que estos primeros pensadores empiristas empezaron a cuestionar.
Escoto cursó estudios en la Universidad de París en la última década del siglo XIII; en 1302 es nombrado profesor del claustro y tres años más tarde recibe el título de Master Theologiae.
Su prematura muerte, acaecida en Colonia en 1308, truncó una interesantísima carrera.
La principal aportación de Duns Escoto es su voluntad de superar la eterna pugna entre filosofía y teología. Así, a través de la teoría de la doble verdad, el filósofo establece dos verdades: una racional (que se puede percibir mediante la experiencia) y otra absoluta, que se adquiere a través de la Revelación.
Su teoría sobre la omnipotencia divina es igualmente interesante, porque este era uno de los credos básicos de Nicea en los que se apoyaba el cristianismo. El problema venía de lo que ya hemos comentado anteriormente: si existía la causalidad (es decir, unas leyes naturales), la pregunta era ¿participaba en ellas Dios?
Según Escoto no existen tales causas secundarias, puesto que Dios, a través de su omnipotencia, establece también esta causa-consecuencia natural.
3. Guillermo de Ockham (1285-1347)
Y finalmente llegamos al que se considera tradicionalmente el gran iniciador de la ciencia moderna (o, al menos, protomoderna): Guillermo de Ockham.
Seguidor radical de la “lógica moderna”, este filósofo nació a finales del siglo XIII en Surrey, Inglaterra, en la pequeña aldea de Ockham, de la que toma el nombre.
Sus ideas, demasiado avanzadas para la época (e inscritas en un contexto ya tardío, en el que abundaban ya las prohibiciones a los escritos aristotélicos) le impidieron ejercer como magister oficial en la Universidad de París.
En 1324, con la cristiandad despedazada por el Cisma (que había llevado a los papas a la ciudad de Aviñón, en Francia), Guillermo es citado ante la corte aviñonesa acusado de herejía.
Consigue huir en mayo de 1328 y se refugia en Múnich, desde donde sigue arremetiendo, cada vez más encarnizadamente, contra la institución papal.
Antes de morir, en 1349 y víctima de la terrible Peste Negra, Guillermo de Ockham dejó para la posteridad valiosísimas obras, entre las que destacan su Summa Logicae (un compendio de filosofía “antigua” y “moderna”) y, sobre todo, su famosa teoría de la “navaja de Ockham”, por la que (y muy resumidamente) la respuesta sencilla es, posiblemente, la más acertada; verdadero punto de partida de la ciencia moderna.
Historias de la historia(J.Sanz) — El 6 de agosto de 1945 el bombardero B-29 Enola Gay, pilotado por el coronel Paul Tibbets y con otros once tripulantes, soltó sobre la ciudad de Hiroshima la primera bomba nuclear utilizada en combate real y bautizada como Little Boy.
Tres días más tarde, sería el bombardero B-29 Bockscar, pilotado por Charles W. Sweeney y con trece tripulantes más, el que soltaría la bomba atómica Fat Man sobre Nagasaki. En ambas misiones participó otro bombardero, The Great Artiste, el único avión con participación directa en las dos.
Fue asignado en la misión de Hiroshima para acompañar al Enola Gay como avión de observación y medición de las explosiones, e iba a ser el encargado del bombardeo de Nagasaki, pero las predicciones meteorológicas obligaron a adelantar la misión dos días y todavía no se habían retirado los instrumentos de medición de la anterior misión.
Así que, para evitar el retraso de la operación, se optó por cargar Fat Man en el Bockscar y que el Great Artiste volviese a participar en la labor de observación y evaluación.
Además de la correspondiente tripulación, nuestro protagonista llevó a bordo a un periodista del New York Times y militares y científicos del Proyecto Alberta (sección del Proyecto Manhattan), cuyo labor era medir y evaluar los estragos producidos por las explosiones nucleares.
Uno de los científicos que participó como observador en la misión de Hiroshima fue el físico estadounidense Luis Álvarez, premiado con el Nobel de Física en 1968.
Luis Álvarez
Aunque estadounidense de nacimiento, Luis Álvarez tiene raíces asturianas. Era nieto de Luis Fernández Álvarez, intrépido médico asturiano, nacido en el concejo de Salas en 1853.
El abuelo Luis emigró a los Estados Unidos siendo jovencito y, he ahí que su primer apellido fue “confundido” con un segundo nombre, cosa típicamente anglosajona, pasando a ser simplemente Luis F. Álvarez.
Fue el inicio de una saga familiar, la de los Álvarez, que hincaba sus raíces en lo más profundo de Asturias pero que iba a florecer de forma asombrosa en el nuevo mundo.
Apenas un minuto antes de que se lanzara Fat Man, Luis Álvarez dejó caer los correspondientes medidores y, además, una nota manuscrita escrita por él mismo, en su nombre y en el de otros dos científicos, y dirigida al físico nuclear japonés Ryokichi Sagane con el que habían trabajado en la Universidad de California en Berkeley.
Agosto de 1945
Para: Prof. R. Sagane De: Tres de sus antiguos colegas científicos durante su estancia en Estados Unidos.
Enviamos esto como un mensaje personal para instarle a que utilice su influencia como físico nuclear acreditado para convencer al Estado Mayor japonés de las terribles consecuencias que sufrirá su pueblo si continúa en esta guerra.
Usted sabe desde hace varios años que se podría construir una bomba atómica si una nación estuviera dispuesta a pagar el enorme costo que supone preparar el material necesario. Ahora que habéis visto que hemos construido las plantas de producción, no os cabe duda de que toda la producción de estas fábricas, que trabajan las 24 horas del día, se lanzará en vuestra patria.
En el espacio de tres semanas, hemos lanzado una bomba en el desierto americano, hemos hecho explotar una en Hiroshima y disparado la tercera esta mañana.
Les imploramos que confirmen estos hechos a sus líderes y que hagan todo lo posible para detener la destrucción y el desperdicio de vidas que, si continúan, sólo pueden resultar en la aniquilación total de todas sus ciudades. Como científicos, deploramos el uso que se ha dado a un hermoso descubrimiento, pero podemos asegurarles que, a menos que Japón se rinda de inmediato, esta lluvia de bombas atómicas aumentará considerablemente su furia.
A mi amigo Sagane. Saludos cordiales de parte de Louis W. Alvarez.
Finalmente firmado el 22 de diciembre de 1949.
La carta llegó a Sagane un mes después, tras ser encontrada a 50 kilómetros del lugar de la explosión.
Álvarez y Sagane se volvieron a encontrar 4 años después, momento en el que finalmente se firmó la carta.
Infobae(F.G.Tomadin) — Detrás de los reflectores y el glamour, muchos actores y cantantes de fama mundial ocultan historias de infancias difíciles y llenas de desafíos. Estas personalidades han conquistado la pantalla y los escenarios con su talento, y también han superado situaciones de adversidad que parecían insuperables.
Desde problemas familiares complejos hasta la pobreza extrema, sus experiencias de vida dan testimonio de su resiliencia y por sobre todo inspiran a millones alrededor del mundo.
– Tom Cruise
Tom Cruise, uno de los actores más reconocidos de Hollywood, tuvo una infancia difícil marcada por el abuso y la inestabilidad. Nacido como Thomas Cruise Mapother IV, su relación con su padre, Thomas Cruise Mapother III, fue una fuente constante de dolor.
En una entrevista con la revista Parade, el actor describió a su padre como un “abusador y cobarde”, que lo maltrataba física y emocionalmente. “Fue una gran lección en mi vida ver cómo alguien te podía llevar a dormir y hacerte sentir seguro, después… ¡bang!”, expresó el actor, describiendo un ambiente de hostilidad y miedo.
La vida escolar de Tom Cruise también estuvo plagada de inestabilidad debido a las constantes mudanzas en busca de empleo de su padre. Asistió a 14 escuelas diferentes, lo que lo convirtió en un extraño en cada nuevo entorno y lo hizo vulnerable al acoso. “Siempre era el niño nuevo con los zapatos equivocados, el acento equivocado (sufría dislexia). No tenía un amigo con quien compartir las cosas y en quién confiar”, recordó Cruise a Parade
La familia enfrentó serias dificultades económicas. Con padres separados y de escasos recursos, Cruise y sus hermanas recorrieron el país en busca de empleos que les permitieran sobrevivir. La inestabilidad laboral de su padre, a quien Cruise describió como “un mercader del caos”, hizo de su infancia una etapa particularmente dura. Vivieron en condiciones de pobreza, y a menudo no tenían dinero suficiente para cubrir necesidades básicas como la alimentación.
A pesar de las adversidades, Tom Cruise encontró un refugio en la actuación. Tras varios meses en un monasterio con la posibilidad de convertirse en cura, descubrió su pasión por la interpretación. A los 19 años, decidió mudarse a Los Ángeles para perseguir su sueño de convertirse en actor. Aunque enfrentó desafíos iniciales, su determinación lo llevó a conseguir papeles que eventualmente lo catapultaron al estrellato.
La madre deTom Cruisejugó un papel crucial en su vida, haciendo lo imposible para que a sus hijos no les faltara nada. A los 7 años, tras el diagnóstico de dislexia, lo que complicó aún más su educación y lo llevó a cambiar de escuela muchas veces, sin terminar la etapa del secundario. A pesar de estos obstáculos, su perseverancia y el apoyo de su madre fueron fundamentales para su eventual éxito en Hollywood.
– Marilyn Monroe
Marilyn Monroe es una de las figuras más icónicas del cine de Hollywood, pero detrás de su deslumbrante sonrisa y glamorosa apariencia, se oculta una historia de vida marcada por el dolor y la dificultad. Nacida en 1926 como Norma Jeane Mortenson, su infancia estuvo plagada de adversidades que moldearían su vida adulta.
Monroe jamás conoció a su padre y su madre, Gladys Monroe, quien sufría de severos problemas mentales que le impedían cuidar de su hija. Como resultado, la pequeña Norma Jeane pasó gran parte de su niñez entrando y saliendo de orfanatos y casas de acogida. Marilyn fue víctima de abusos sexuales al menos en dos ocasiones mientras estaba en esos centros.
Vanity Fair detalla que Gladys dejó a Norma Jeane en un hogar en Hawthorne, California, cuando apenas tenía dos semanas de vida. Gladys, quien ya había perdido la custodia de sus otros dos hijos, Jackie y Berniece, debido a un conflicto con su exmarido, intentaba mantener a su hija menor en su vida de alguna manera, visitándola frecuentemente.
Sin embargo, cuando Norma Jeane tenía tres años, su madre intentó sin éxito secuestrarla de la casa de acogida. Poco después, Gladys sería internada por esquizofrenia paranoide.
A los 11 años, encontró algo de estabilidad al ser recibida por Grace McKee Goddard, una amiga de la familia. Monroe le atribuyó mucho de lo que logró en su vida a esta “tía Grace”, escribiendo en sus memorias publicadas póstumamente, Mi historia: “Si no hubiera sido por Grace, me habrían enviado a una institución estatal o rural, donde hay menos privilegios, como tener un árbol de Navidad o ver una película de vez en cuando”.
Marilyn desarrolló una profunda necesidad de afecto y validación. Esta búsqueda desesperada de amor y atención la hizo presa fácil de personas sin escrúpulos, que solo querían exhibirla como trofeo. La inestabilidad emocional de Marilyn, sin duda, se debía a la infancia traumática que soportó. De adulta, esta necesidad de cariño frecuentemente la llevó a relaciones destructivas con hombres posesivos.
A los 16 años, Marilyn se casó con James Dougherty, un joven marinero, en un intento de escapar del orfanato más que por amor. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Dougherty fue enviado a Australia, lo que obligó a Marilyn a buscar empleo en una fábrica de municiones. Pero su destino cambió cuando un fotógrafo la descubrió en su lugar de trabajo, lanzándola a una carrera de modelo pin-up, a la que su marido no dio su aprobación, precipitando el fin de su matrimonio en 1946.
Aunque su carrera como modelo fue un trampolín hacia la fama, fue su talento innato y su inteligencia lo que realmente la distinguió. Marilyn era una mujer muy inteligente y lectora voraz de alta literatura, características que contrastaban marcadamente con el estereotipo de rubia tonta con el que se la encasillaba.
La vida de Marilyn Monroe continuó siendo tumultuosa, incluso en sus años de mayor fama. Pasó de ser una niña abandonada a una mujer insegura y conflictiva, siempre en busca de un amor y una estabilidad que nunca llegó a encontrar plenamente. El abuso y la explotación que sufrió durante su infancia dejaron cicatrices profundas que jamás lograron sanar del todo.
A lo largo de su vida, Monroe se casó tres veces y tuvo numerosas relaciones amorosas, muchas de las cuales fueron con hombres poderosos e influyentes que la trataron como un trofeo más que como una persona. Según Vanity Fair, su matrimonio con James Dougherty terminó en divorcio, y su posterior éxito en el modelaje y Hollywood la lanzó a un círculo de amoríos y esposos celosos que contribuyeron a su inestabilidad emocional.
– Jim Carrey
Jim Carrey pasó su infancia en una caravana en Canadá, enfrentando desafíos económicos que marcaron su vida. A los 12 años, su familia perdió su hogar debido a graves problemas financieros, lo que los llevó a vivir en una casa rodante. Esta situación obligó a Carrey y a sus hermanos a trabajar como guardias de seguridad para ayudar a la familia a subsistir.
Además de sus labores como guardia de seguridad, tuvo diversos empleos, incluyendo la limpieza y la actuación como payaso en un cabaret. A los 16 años, abandonó la escuela no por falta de interés, sino porque era esencial contribuir económicamente a su hogar. Esta responsabilidad prematura fue una carga considerable, pero también fue una prueba de su determinación y resiliencia.
La situación económica de la familia Carrey no pasó desapercibida para sus compañeros de escuela. Jim se convirtió en el blanco de burlas debido a su vida en una caravana, lo que dejó huellas profundas en su autoestima y confianza. Sin embargo, a pesar de ser objeto de bullying, Carrey encontraba refugio en el humor. Su capacidad para imitar y hacer reír a los demás se convirtió en un mecanismo de defensa y una fuente de consuelo durante esos tiempos difíciles.
– Demi Moore
Demi Moore ha abierto el capítulo más oscuro de su vida en su libro de memorias titulado Inside Out, revelando experiencias traumáticas que jamás había compartido públicamente antes. La actriz contó cómo su niñez estuvo marcada por constantes locaciones en distintas ciudades, mientras su familia huía de las deudas y enfrentaba graves problemas con el alcohol.
Nacida el 11 de noviembre de 1962, Demi Moore creció en un ambiente lleno de caos y dificultades. Sus padres, Virginia y Charles, se separaron antes de su nacimiento, y su madre se casó con Danny Guynes. Danny asumió el papel de su padre, y a pesar de ser un hombre problemático, Moore llegó a considerarlo como tal.
La actriz descubrió su verdadero origen por una tía, quien le reveló que Danny no era su padre biológico. “Se suponía que nunca debía haberme enterado de que él existía. Él nunca estuvo involucrado en mi vida. Mi madre le dejó antes de que yo naciera, mientras estaba embarazada. Cuando nací, Danny estaba allí. Por eso, para mí, es mi padre”, explicó la actriz a Vanity Fair.
Durante sus primeros años de vida, Moore y su familia se mudaron en demasiadas ocasiones, que describe cómo el trabajo inestable de Danny los llevó a transitar por distintas ciudades de Estados Unidos. Según Moore, el desastre familiar llegó a un punto crítico cuando su madre intentó suicidarse ingiriendo pastillas. La actriz, que entonces tenía solo 12 años, logró salvarla, pero describiría ese día como “el fin de su infancia”.
La situación no mejoró con el tiempo. A los 15 años, Moore vivió uno de los episodios más horrendos de su vida al ser agredida sexualmente por un hombre que, presuntamente, pagó a su madre USD 500 por dejarla acceder a ella. Aunque la actriz nunca tuvo certeza de esta salvaje transacción, cree firmemente en la implicación indirecta de su madre.
“Durante muchos años ni siquiera consideré que fuese una violación. Me convencí de que yo había provocado la situación. Me sentí obligada a hacerlo porque eso era lo que ese hombre esperaba de mí, lo que yo había permitido. Había cenado en su restaurante y me había llevado a casa después de clase en multitud de ocasiones, como si fuese un chófer particular. En mi mente de chica de quince años, me merecía lo que me había pasado”, señaló Moore en sus memorias.
A medida que se acercaba a los 17 años, su madre y Danny se separaron definitivamente. Pocos meses después, él se suicidó, dejándola nuevamente en un entorno de pérdida y dolor.
A pesar de las duras experiencias y la ruptura de su familia, Moore nunca renunció a ayudar a su madre. Ya encaminada en su carrera como actriz, intentó llevarla a rehabilitación en varias ocasiones, sin éxito. Virginia falleció a los 54 años, víctima de un cáncer y un tumor cerebral.
Para entonces, Demi Moore se había trasladado junto a su familia a un motel en Nuevo México, cerca de donde vivía su madre, para cuidarla en sus últimos meses de vida, una situación muy tensa que también afectó a su matrimonio con la estrella de cine Bruce Willis y sus hijas, que eran solo unas niñas en ese momento.
La vida de Demi Moore es reflejo de resiliencia y búsqueda de equilibrio en medio del caos familiar y personal. A sus 56 años, con la publicación de sus memorias, ha desnudado las cicatrices que el público desconocía, revelando así una valentía que trasciende la pantalla y llega al papel, donde ha sido verdaderamente implacable consigo misma y su pasado. En Inside Out, documenta cómo sus experiencias formativas dieron forma no solo a su carrera sino también a su fortaleza interior.
– Justin Bieber
Justin Bieber nació el 1 de marzo de 1994 en Ontario, Canadá. Desde temprana edad, su vida estuvo marcada por las dificultades. Criado por su madre soltera, Pattie Mallette, quien quedó embarazada a los 18 años, Justin enfrentó numerosos desafíos. Su padre, Jeremy Bieber, los abandonó, dejando a Pattie a cargo de todo. La madre de Justin tuvo que lidiar con problemas económicos y personales, incluyendo el tráfico de drogas y varios intentos de suicidio.
La situación financiera de la familia fue extremadamente precaria y tuvo un profundo impacto en la infancia de Justin. En varias entrevistas, él ha recordado cómo otros niños se burlaban de él debido a su situación económica. Una anécdota revela cómo su madre le obligaba a pedir agua en lugar de refresco en los restaurantes para ahorrar dinero. Justin incluso mencionó que crecieron con trampas para ratones por toda la casa y que no tenía una cama propia, durmiendo en un sofá azul.
A lo largo de los años, la relación de Justin con sus padres ha sido complicada. Las controversias y los problemas personales afectaron su relación con Pattie Mallette, llevándolos a pasar un tiempo sin hablar. Sin embargo, Justin siempre ha expresado su amor y respeto por su madre, reconociendo sus esfuerzos y sacrificios.
En una entrevista con Billboard, mencionó que están trabajando en reconstruir la confianza y mejorar su relación, a pesar de la distancia, ya que ella vive en Hawaii. Por otro lado, Justin ha reavivado su relación con su padre, Jeremy. En una entrevista con GQ, confesó que se siente mucho más cercano a su padre que a su madre, destacando los esfuerzos por reconectar y fortalecer su vínculo.
La transición de una vida de pobreza a la fama mundial no ha sido fácil para Justin. En el documental “Justin Bieber: Next Chapter”, el cantante habló abiertamente sobre su lucha con la salud mental y los pensamientos suicidas. La presión y el dolor constantes lo llevaron a momentos de desesperación.
Justin admitió que no estaba preparado para los cambios drásticos que la fama trajo a su vida. Su ex manager, Scooter Braun, también reflexionó sobre el rápido ascenso a la fama de Justin y lamentó no haberle proporcionado un terapeuta desde el principio, reconociendo que muchas tragedias podrían haberse evitado.
Estas experiencias han moldeado a Justin Bieber, no solo como artista, sino también como individuo, llevándolo a una constante búsqueda de equilibrio y sanación en su vida personal y profesional.
Recorte central de la fotografía de Peter Hujar para el póster del ‘Gay Liberation Front’.
The Conversation(N.D.Rodríguez) — Estamos a finales de los años 60 e inicio de los 70. Es la época del Watergate, el fin de largas dictaduras latinoamericanas, el auge del terrorismo mundial. También del movimiento hippie, el punk, la liberación sexual… fragmentos de la narrativa común de la historia. Son años en los que la humanidad perdió a grandes artistas (Jimmy Hendrix, Elvis Presley, Salvador Dalí, Picasso) y vio nacer a otros.
Si acercamos aún más la vista podemos distinguir, entre esos naufragios históricos, cómo encaja un joven fotógrafo estadounidense nacido en Trenton (Nueva Jersey). Su nombre es Peter Hujar. Su sueño: reducir las millas de distancia que existen entre su hogar y la vanguardia neoyorquina.
Ahora sabemos que lo consiguió. Aunque allí se convirtió en un ser desdichado, intransigente y nada dispuesto a complacer al mercado artístico contemporáneo.
– El fotógrafo
Hagamos un breve quién es quién. Piense en una persona dedicada a la fotografía, estadounidense, de la misma época. Controvertida, la persona y su trabajo. ¿Se apellida Mapplethorpe? O, tal vez, ¿Goldin?
Ambos fotógrafos, Robert Mapplethorpe y Nan Goldin, fueron contemporáneos a Peter. Esta última incluso amiga. Y ambos recibieron –y tal vez buscaron– mucho mayor reconocimiento artístico. Hujar era, como todo ser humano, poliédrico: crítico consigo mismo pero amable con los demás; un poco introvertido en el paisaje urbano, aunque destacaba en los márgenes de lo que era “aceptable”.
“Hago fotografías sencillas y directas de temas complicados y difíciles”. Así definió él mismo su trabajo. Tanto su personalidad como su modo de vida le harían ajeno a las modas y a la normatividad. Para Hujar, su arte no era mercancía; era un álbum de sus amistades, sus denuncias, sus deseos… Su obra, performativa y compleja, fue un pacto con el carácter más real de la vida.
El contexto
Hujar, como adelantábamos, se hizo un hueco en la selva artística de la Gran Manzana. Alquiló un pequeño loft en el East Village que compartía con su pareja, Jim Fouratt.
A la vez, en el escenario neoyorquino surgen otras voces, de quienes luchan por la integración de las minorías sexuales oprimidas. Entre ellas está el Gay Liberation Front (Frente de Liberación Gay) (1969-1973), organización militante política en defensa de los derechos homosexuales surgida tras los disturbios de Stonewall el 28 de junio de 1969.
Estas protestas nacieron como consecuencia de una de las múltiples redadas a las que las autoridades sometían a los bares a los que acudían miembros del colectivo LGTBI+. Las visitas de la policía venían acompañadas de humillaciones, vejaciones y escarnio público, hasta que ese día de junio, en el Stonewall Inn del Greenwich Village, los ciudadanos contraatacaron y se rebelaron, rechazando el trato y dando origen y fecha al Día del Orgullo LGTBI+.
El Gay Liberation Front se expandió rápidamente por calles, ciudades y pensamientos. Pero además de voz, necesitaban crearse una imagen.
– Una fotografía
Cuando hablamos de las imágenes símbolo, fotografías que forman parte de lo que denominamos poso cultural, éstas siempre dependen del contexto del receptor. Así, unas son más recordadas, y otras ni siquiera serán conocidas fuera del gremio. Pasa lo mismo con los artistas, y aunque este es el caso mayoritario de nuestro fotógrafo, no lo es el de una de sus imágenes.
Estamos en primavera de 1970, a punto de cumplirse un año de la redada policial en Stonewall Inn. Peter Hujar tiene ese aniversario marcado en su calendario. Estuvo allí junto a Jim, miembro del GLF, y fue testigo, en primera persona, de lo sucedido.
Para el aniversario, Hujar recibe un encargo fotográfico por parte de la organización –un encargo actualmente atesorado con cariño en los fondos de la Morgan Library & Museum–. La imagen coreografiada de una manifestación es el resultado de esa petición. No es una convocatoria multitudinaria, ni tampoco lo pretende.
El póster resultado de la imagen tiene por misión reclutar militancia para el GLF, con vistas a llamar a la movilización del Día de la Liberación, en Christopher Street: la primera marcha del Orgullo celebrada en Nueva York. No se estaba pidiendo permiso, ni literal ni políticamente. Tampoco se consideraba necesario. Llegaba la hora de la denuncia.
Imagen del póster del Gay Liberation Front en 1970.
– El escenario y sus protagonistas
En su obra La fotografía y otros ensayos, Siegfried Kracauer declaró: “El ser humano no es quien aparece en su fotografía, sino la suma de aquello que se puede extraer de él”. Quizás estas palabras puedan ayudar a desenvolver, capa a capa, esta imagen. Se desconoce el momento exacto de la toma, pero sí tenemos otros datos.
Estamos en pleno barrio de Chelsea en Manhattan. La calle 19 oeste se encuentra abrazada por el Hudson y el edificio Flatiron. El lugar está desierto –algo que, en Nueva York, siempre es raro– y hay bastante luz –tal vez esté amaneciendo–. En la imagen hay 17 personas. Caminan y sonríen, algunas con el puño en alto. Unas se miran entre sí, otras miran a Peter. Son las cabezas pensantes tras el GLF.
La fotografía crea memoria. Al menos, así la defendemos quienes robamos segundos al tiempo con nuestras cámaras. Y esa fotografía se convertirá en el símbolo de la lucha.
La imagen había conseguido rebosar unidad, conciencia, confraternidad. El lema iba a la par: “Come out!! Join the Sisters & Brothers of the Gay Liberation Front” (“¡Sal! ¡Únete a los hermanos y hermanas del Frente de Liberación Gay!”).
– El resultado: un cartel para el recuerdo
La imagen había conseguido rebosar unidad, conciencia, confraternidad. El lema iba a la par: “Come out!! Join the Sisters & Brothers of the Gay Liberation Front” (“¡Sal! ¡Únete a los hermanos y hermanas del Frente de Liberación Gay!”).
Animaban a salir en un momento donde buena parte de la comunidad no estaba preparada o no se sentía preparada para hacerlo, y en la que había divisiones, entre desacuerdos y disparidades ideológicas. La clase media, por ejemplo, no quería tener nada que ver.
Condenados a la misma suerte que buena parte del trabajo del autor de la foto, los carteles que debían adornar, tan americanamente, troncos de árbol y varios escaparates, se redujeron considerablemente en número. La mayor parte de las copias fueron robadas, siendo el ladrón una incógnita todavía hoy.
Peter Hujar moriría entre los escombros de una obra poco reconocida, víctima del virus que asoló a buena parte de sus amistades. El cartel, sin embargo, resultó una imagen de referencia para la historia reivindicativa del colectivo. Que esto nos sirva para recordarlo entre los grandes, al menos ocasionalmente.
Observatorio de Cincinnati, G. & S. Merz. (Smith’s Illustrated Astronomy, 1848) siglo xix
JotDown(E.J.Rodríguez) — «¿Qué es el sueño?», se preguntó un buen día. Y le pareció bien evidente la respuesta: el sueño era —literalmente— una pérdida de tiempo, una pesada rémora que la humanidad llevaba arrastrando desde la edad de piedra.
Habiendo carecido de una forma económica, accesible y segura de iluminar sus viviendas de manera constante, la mayor parte de los seres humanos había tenido que conformarse con detener su vida cotidiana durante casi todos los periodos de oscuridad, marchándose a dormir poco después del anochecer y despertando cuando salía el sol… ¡cuántas preciosas horas de actividad tiradas a la basura!
Todo porque la Tierra tiene la caprichosa manía de girar sobre sí misma, privándonos de los rayos solares durante inútiles periodos de penumbra.
Sin embargo, la invención y el perfeccionamiento de la bombilla eléctrica anunciaban una buena nueva: la Era del Sueño estaba a punto de terminar. Con una bombilla permanentemente encendida durante las noches, ya no necesitaríamos dormir. Así lo creía, y muy firmemente, Thomas Alva Edison: ¡dormir era una costumbre del pasado! La humanidad iba a entrar de lleno en la Edad de la Luz Constante. «Haremos una electricidad tan barata que únicamente los ricos encenderán velas», dijo.
Cada jornada, el propio Edison no solía pasar más de tres o cuatro horas durmiendo cada día. Estaba convencido de que la siguiente generación, gracias a la iluminación eléctrica, ni siquiera necesitaría cerrar los ojos para descansar. Claro está que Edison era un hombre voluntarioso, que también consideraba positiva su sordera porque le permitía trabajar sin distracciones y dormir aquellos breves periodos sin que ningún ruido lo despertase.
Naturalmente, hoy sabemos que dormir resulta absolutamente necesario para la supervivencia.
Cierto es que unas personas necesitan más horas de sueño que otras y cada individuo reacciona de forma distinta a la privación de ese descanso mental, pero la ciencia ya nos ha demostrado que el cerebro ha de dormir un mínimo de tiempo con regularidad para seguir funcionando con normalidad.
Miguel de Unamuno
Miguel de Unamuno ya lo tenía claro, al menos a su manera: el escritor dormía diez horas diarias y cuando alguien se lo echaba en cara, él respondía sencillamente:
«Duermo mucho, pero es que cuando estoy despierto, estoy más despierto que los demás».
Y aunque Edison no compartía la epicúrea afición de Unamuno por la ataraxia nocturna, no podemos culparle.
Desde su perspectiva y con los conocimientos de su época, la idea de que la luz eléctrica terminaría erradicando el sueño tenía bastante sentido.
De hecho, hoy, mucho tiempo transcurrido tras la comercialización masiva de la luz eléctrica, se calcula que la humanidad en pleno duerme una o dos horas menos por noche en comparación con la época de Edison.
El sueño no ha sido erradicado, pero todos tenemos un poco más de ojeras. Una pequeña victoria moral para Thomas. Una pequeña victoria moral para el optimismo.
El siglo XIX fue el de un mayor y más súbito progreso científico y tecnológico en toda la historia humana. Se produjo un salto cualitativo enorme, un acelerón cuyas consecuencias aún no hemos podido terminar de medir… porque seguimos inmersos en él. La mirada del ser humano dio un giro de ciento ochenta grados.
El universo, especialmente en el ámbito occidental, aparecía bajo una nueva luz y de repente cualquier cosa se antojaba posible. Si el siglo XVIII había sido el de la Ilustración, el «siglo de las luces», también lo fue de la caída de las estructuras establecidas.
Aunque la desaparición del «Antiguo Régimen» pueda considerarse como un gran paso adelante, en su momento tuvo efectos secundarios notables —aunque probablemente no conscientes— en el tono de la producción intelectual y el pensamiento. Defendiendo quizá sin pretenderlo el axioma de que «más vale malo conocido que bueno por conocer», un cierto pesimismo, teñido no pocas veces de cinismo en el sentido clásico, se apoderó de la escena filosófica.
Escena en la que, como en cualquier otra, nunca faltan quienes contemplan los grandes cambios con miedo o preocupación camuflados de muy racionalizadas objeciones. También surgió el romanticismo, como una respuesta menos racionalizada y más visceral pero también reaccionaria a ese derrumbamiento de los viejos valores.
Sin embargo, una vez superado este trauma del cambio —esta «edad del pavo» filosófica—, ese angst adolescente se transformó en un irreprimible entusiasmo juvenil causado por las nuevas y aparentemente infinitas posibilidades de dicha transformación histórica. Si el ser humano dieciochesco se había preguntado con aprensión a dónde llevaba tanta revolución, el decimonónico dejó atrás los temores y abrazó con ansia la idea de traspasar nuevas fronteras. ¡Todo iba a salir bien!
Cuando las máquinas de vapor y otros artilugios mecánicos revolucionaron la industria y los métodos de producción de bienes, parecía deducirse ipso facto que llegaría un tiempo en el que los seres humanos —además de no dormir— tampoco tendrían que trabajar. Hombres y mujeres podrían llevar una existencia de confortable diletantismo, liberados para siempre de los esfuerzos manuales y dedicados por entero al cultivo del intelecto y el espíritu.
Además podrían, por qué no, dedicarse con mayor frecuencia a menesteres más carnales, aprovechando que tenían las manos libres todo el tiempo. El mundo entero sería como una Akademeia de Platón, en la que habría también un inmenso patio de juegos. ¿Para qué ganarse el pan con el sudor de la frente si podía obtenerse tanto o más pan con el sudor de una máquina?
Aquella embellecida visión del porvenir nunca llegó a cumplirse del todo, como sabemos; fue uno de tantos hermosos sueños de la época. Porque si el siglo XVIII fue el del pesimismo prudente y el XIX el de las esperanzas sin límite, el XX fue el de «pongamos los pies en el suelo».
Llegaron individuos tales que el simpático ingeniero Frederick Taylor para demostrar que lo más barato para el empresario y lo más productivo con los números en la mano no era dejarle todo el trabajo a las máquinas —caras de adquirir y costosas de mantener— sino situar a los operarios en cadena. Adiós, posibilidad de una vida diletante. Hola otra vez, vida de trabajo sin descanso.
Thomas Alva Edison.
Pero aquel enternecedor optimismo decimonónico, hijo del progreso científico, no solamente se aplicaba al ámbito del trabajo. El siglo XIX fue el de las nuevas fronteras. En el siglo XV, Cristóbal Colón encontró América por casualidad, inmerso en una valiente y admirable —pero definitivamente pedestre— misión exploratoria consistente en llegar a lo que ya era conocido (Asia) por un camino más corto.
Sin embargo, en el XIX surgió una pléyade de exploradores vocacionales, todos ellos muy decididos a rellenar con sus anotaciones todos los rincones en blanco del mapamundi. De nuevo, la optimista esperanza del descubrimiento, pero no un descubrimiento a la colombiana (esto es, involuntario) sino muy a propósito: ahora se trataba de encaminarse a sabiendas hacia los lugares más ignotos posibles.
El interés por lo exótico y el amor por la frontera —geográfica— era la expresión del amor por otra frontera, la histórica, la que la gente del XIX eran muy conscientes de estar atravesando. Vivían un momento clave, y lo sabían. Y a las incógnitas del progreso añadieron, de buen gusto, las incógnitas de un planeta todavía por desentrañar.
Y ese afán se extendía más allá de los límites de nuestra esfera azul. Es más: algunos confiaban en que el firmamento escondía maravillas insospechadas que estábamos a punto de revelar. Algunos astrónomos (y muchísimos ciudadanos de a pie) estaban convencidos de que existía vida —incluso vida inteligente— en nuestros planetas vecinos.
No podemos culparles por ello: desde su punto de vista y con la información de que disponían, resultaba bastante razonable proponer esa hipótesis, incluso defenderla con cierto ahínco. Tomemos por ejemplo lo que siempre había sido el «lucero del alba», Venus, un planeta casi idéntico a la Tierra en tamaño y situado a una distancia prudente del Sol. Con su purísima palidez, pensaban los astrónomos, se antojaba un planeta completamente cubierto de nubes. Y lo era, efectivamente.
Otra cosa era que bajo aquella perenne capa de nubes albergase un cálido y lluvioso clima tropical en el que floreciesen inmensas selvas y pululasen fantásticos animales bendecidos con los parabienes de una única estación húmeda, eternamente invariable, sin secos veranos ni helados inviernos. Solamente una constante y enriquecedora lluvia templada.
No por nada habíamos bautizado su mundo con el nombre de la diosa de la belleza: el más brillante planeta de nuestro cielo, el astro más fácilmente visible después de la Luna y el Sol, no solamente era hermoso visto en la distancia sino que también sería, en sus mismas entrañas, como un jardín del edén.
Para el amante de los cielos de aquella época, Venus debía ser un planeta húmedo en el que las nubes ejercían de escudo protector ante el fulgor del sol, un paraíso para la vida en el que tal vez existiesen venusianos con una cultura evolucionada… aunque seguramente esos venusianos desconociesen los misterios del firmamento, para ellos oculto por la eternamente nublada atmósfera.
El que nuestro planeta mellizo pudiese ser todavía más benevolente y hospitalario que la propia Tierra era un reflejo del «todo saldrá bien» decimonónico. Desde luego, poco podían imaginar que aquellas blancas y sugerentes nubes no estaban hechas solamente de anodino y enriquecedor vapor de agua, sino también de sustancias tan poco recomendables para la vida compleja como el monóxido de carbono o el ácido sulfúrico.
Tampoco imaginaban el salvaje efecto invernadero que producían esas mismas nubes, el cual —combinado con la febril actividad volcánica venusiana— convierten aquel planeta básicamente en un infernal horno esférico capaz de fundir un lingote de plomo sin más ayuda que la mera temperatura ambiental. Pero bueno, ¿quién iba a imaginar algo así en la era de Julio Verne? Había que ser realmente un malasombra para llegar a tales conclusiones: imaginar Venus como un paraíso resultaba mucho más… apropiado.
No menos estimulante —y, en aquellos tiempos, más evidente— era la posibilidad de la existencia de vida civilizada en Marte. El estadounidense Percival Lowell, un adinerado astrónomo que podía permitirse lujos como el de poseer un sofisticado observatorio privado, fue uno de los mayores divulgadores de la idea de que podría existir toda una civilización en el «planeta rojo».
Lowell se sintió especialmente fascinado por las descripciones que el italiano Giovanni Schiaparelli hizo de la superficie marciana observada a través de un telescopio (instrumento que en aquellos tiempos apenas podía captar algunos detalles muy generales, y eso en circunstancias de observación especialmente favorables).
El astrónomo transalpino había creído observar grandes estructuras geológicas a las que se refirió como canali.
La traducción al inglés de sus descubrimientos bautizó repentinamente aquellos rasgos como canals —palabra que implica un canal de origen artificial— y no como channels, que podía referirse también a canales creados por la propia naturaleza.
Las habladurías sobre una raza marciana que hubiese construido dichos canals se extendieron como la espuma y cautivaron la imaginación de mucha gente.
Entre ellos, la del propio Percival Lowell, quien desde ese momento se dedicó a estudiar Marte con ahínco desde su observatorio particular.
Se convirtió en acérrimo defensor de la hipótesis de que una gran civilización marciana había construido aquellas grandes estructuras para transportar agua desde los polos helados hasta diversas regiones del planeta, desesperados como estaban los marcianos por la progresiva y agónica sequía del planeta.
De acuerdo a las borrosas imágenes que podía contemplar, dibujó una red de gigantescos canales convergiendo en grandes «oasis», lugares a donde era llevada el agua y donde se acumulaba la población.
Pese al entusiasmo con el que Lowell defendía la existencia de aquel pueblo extraterrestre que peleaba por apurar los últimos recursos hídricos de Marte —entusiasmo compartido por el público general, que recibió aquella sugerencia con emoción—, la mayoría de los astrónomos «serios» no quiso subirse al carro de una hipótesis que parecía material de novela de moda.
El prestigio científico del pobre Percival se vino abajo, especialmente cuando nuevas observaciones parecieron indicar que las formaciones marcianas eran demasiado irregulares como para ser producto de la ingeniería de una civilización.
Deseoso de recuperar el respeto de sus colegas, Lowell dedicó sus últimos años a trabajar sobre otra ocurrencia aparentemente extraordinaria: la existencia de un ignoto Planeta X cuyo tirón gravitatorio, según él, desviaba las órbitas de Urano y Neptuno. Murió sin encontrar aquel misterioso mundo oculto. Catorce años después de su muerte, y allí donde se suponía debía estar el Planeta X, fue descubierto Plutón. Otra victoria moral, aunque tardía, para el optimismo.
La expansión del pensamiento materialista y el retroceso del imperativo tradicionalista y religioso en el pensamiento occidental no habían conducido a Occidente hacia el caos, como algunos habían temido. Las nuevas ideas tendían a reforzar la creencia de que no era Dios quien lo proveía todo y de que no había un destino superior trazando el devenir de la humanidad, sino que era la propia humanidad quien por sí sola y en su cotidiano trato con la naturaleza, marcaba el camino a seguir.
El ser humano era capaz de cualquier cosa, sin más limitaciones que las impuestas por el alcance de su imaginación o por los límites de las leyes físicas. Así, no todo estaba escrito ni predeterminado «desde arriba». Los dogmas y los esquemas ya no resultaban inmutables. La verdad ya no era sublime, sino material, y por tanto cuantificable, verificable… y, lo que es más importante, modificable.
Si el universo es materia, el ser humano puede aspirar a controlar el universo. Y bajo este nuevo modo de ver las cosas, ¿cómo no sentirse optimista?
Muchos nombres, demasiados como para citarlos todos, pusieron su granito de arena y contribuyeron a este cambio de paradigma. Pero algunos personificaron este giro materialista particularmente bien tuvieron un papel muy relevante a la hora de modificar el pensamiento occidental para siempre: por ejemplo Charles Darwin, Karl Marx o Sigmund Freud.
Ellos formularon, reformularon, recogieron y sistematizaron observaciones e ideas de lo más diverso en supersistemas que explicaban amplios ámbitos de la experiencia humana. La síntesis fue la clave del pensamiento del XIX, en donde se dio forma a nuevos paradigmas a base de combinar los nuevos conocimientos con los escombros de los paradigmas anteriores, que se habían venido abajo.
Karl Marx.
Charles Darwin escandalizó a muchas mentes conservadoras con su afirmación de que las especies más complejas no habían aparecido tal cual sobre la Tierra, sino que provenían de la progresiva modificación de otras especies menos evolucionadas, lo cual llevaba a pensar que el ser humano no era más que una mutación exitosa de una especie de primate más arcaica.
Algunos se tomaron aquello de que «el hombre proviene del mono» como un insulto o como una blasfemia, y la idea no fue unánimemente aceptada (aún hoy, cosa mucho más inexplicable, existen no pocas personas que se resisten a darla por buena). Para otros, sin embargo, aquello no fue solamente una revelación sino una inyección de optimismo: si las especies evolucionan, ¡el ser humano todavía puede mejorar!
A la especie humana solo le quedaba refinarse cada vez más hasta alcanzar… ¿la perfección? Obviamente, Darwin no le atribuyó ninguna dirección «intencional» al proceso evolutivo y el mecanismo de «selección natural» descrito por él no tenía detrás una mente pensante que mejorase las especies hasta hacerlas perfectas. Las que más se adaptaban al entorno sobrevivían con mayor facilidad, eso era todo, sin importar que las considerásemos «mejores» o «peores».
Pero esta noción fue filtrada por la irreprimible esperanza del siglo XIX de que el mundo iba a ir siempre a mejor: en el futuro, el ser humano podría seguir evolucionando hasta que todos fuésemos extremadamente inteligentes, saludables, resistentes, fuertes, guapos y longevos.
También hubo quien le dio algunas vueltas a aquello de la «selección natural» y la competición entre individuos y especies, surgiendo el llamado «darwinismo social»: ciertos autores adaptaron los mecanismos con los que Darwin explicaba la diversidad biológica para aplicarlos a la sociedad humana. Si existía una competición entre individuos de todas las especies, también la había entre seres humanos, así que aquellos que llegaban a lo más alto lo hacían como consecuencia inevitable de sus superiores dotes.
Esta explicación simplista tuvo bastante éxito entre individuos de capas altas de la sociedad, creyendo que las tesis de Darwin avalaban la superioridad biológica innata de quienes se hallaban en estratos sociales privilegiados. Sin embargo, detrás hubo notables elaboradores que la presentaron de manera no tan simplista: fue principalmente —y a su modo, brillantemente— defendida por Francis Galton.
Pretendió demostrar que el «genio» era hereditario y dedujo que la selección artificial podía usarse para mejorar racionalmente lo que la selección natural había estado haciendo de manera automática, de modo que la raza humana podría mejorarse considerablemente decidiendo qué individuos deberían reproducirse, como los granjeros llevaban siglos haciendo con el ganado. El propio Darwin estuvo de acuerdo con esta idea. Él y Galton, por cierto, tenían un bisabuelo en común, así que además de trabar amistad estaban remotamente emparentados.
La tesis de Galton, la eugenesia, tuvo consecuencias muy resonantes en el siglo siguiente, como todos sabemos. Aunque sería un error asociarla únicamente a regímenes extremistas y totalitarios autores de genocidios planificados. En tiempos de Galton, la eugenesia tenía otro significado.
Estaba, por ejemplo, íntimamente ligada a la frenología, que había querido estudiar la supuesta correlación entre rasgos físicos y cualidades intelectuales o de carácter, pretendiendo describir la personalidad y capacidades de un individuo mediante mediciones objetivas del tamaño y forma de su cráneo y de sus rasgos faciales.
Francis Galton.
Incluso en individuos cultivados e inteligentes que podemos considerar de vanguardia progresista (para su tiempo, claro) se daban ciertas actitudes que hoy consideraríamos inaceptables en un intelectual con dos dedos de frente.
Durante el siglo XIX, el racismo —entendido como separación de las razas en cuanto a aptitudes— no era una posición «políticamente incorrecta» en occidente.
La creencia de que existían unas razas superiores a otras estaba muy extendida, así como la idea de que los varones eran innatamente superiores a las mujeres.
Muchos estudiosos dieron por buenas estas suposiciones según las observaciones que realizaban en sus aproximaciones científicas a la realidad: hoy podríamos considerar algunos de sus trabajos como infantiles o, en el mejor de los casos, metodológicamente sesgados a causa de procedimientos errados.
Pero aunque, como de costumbre, muchos de ellos no pudiesen desembarazarse del todo de sus creencias apriorísticas, a su manera estaban intentando desentrañar el mundo sobre la base de la razón. Es más, algunos iban verdaderamente lejos en su intento de sistematizarlo todo.
El propio Galton se dedicó a medir compulsivamente todo lo que se le ocurría. Sus estudios cubrían las materias más diversas y chocantes; algunas de sus conclusiones científicas rayan incluso lo cómico. Se dedicó a estudiar el tiempo de cocción y la temperatura exactas para conseguir un té con el mejor sabor posible.
Mejor aún, quiso elaborar «mapas de la belleza» mientras visitaba diversas ciudades y anotaba el porcentaje de personas guapas, normales y feas que veía en ellas. Era uno de aquellos hombres que pensaba que la ciencia podía medirlo y explicarlo todo, así que se aplicó a conciencia.
De todos modos, a aquel ímpetu medidor y a sus discutibles ideas no les faltaba cierto grado de honestidad, algo que no era especialmente raro entre los pensadores del siglo XIX, o que resultaba menos raro que hoy en día. Cuando los resultados de aquellos estrambóticos estudios se le volvían en contra, Galton no tenía inconveniente en hacerlo notar públicamente.
Por ejemplo, enfureció a su amigo-pariente Darwin cuando desmintió experimentalmente alguno de los conceptos que este defendía, como la pangénesis (afirmación errónea de que el material genético de los óvulos y espermatozoides procedía en realidad de diversos órganos del cuerpo). Aunque después hizo lo posible por reconciliarse con su primo lejano, eso sí, pero sin renegar de sus estudios.
Incluso tuvo que cuestionar su propia fe religiosa cuando, al estudiar la «eficacia» de la oración mediante uno de sus curiosísimos trabajos estadísticos, descubrió que los sacerdotes tenían una esperanza de vida menor a la de ciertos profesionales de vida igualmente acomodada, como médicos o abogados. Aquello lo dejó perplejo, pues su creencia previa de que la oración servía para mejorar las condiciones de vida era desmentida por el estudio.
Aun así, publicó los resultados tal cual los había obtenido —pese a que contradecían su propia fe— y organizó una considerable escandalera con ello. Quizá las ideas de Galton no eran las más admirables desde nuestra óptica del siglo XXI, pero su actitud debería ser tomada como ejemplo por no pocos intelectuales, periodistas y políticos.
Galton pertenecía, no obstante, a la facción pesimista del siglo XIX, más heredera de aquel catastrofismo dieciochesco de haber visto caer los antiguos sistemas y tener una percepción más cercana a la pérdida, a la visión de un mundo asomándose al caos, que a la de una promesa de futuro.
Galton tenía su faceta dieciochesca y de hecho llegó a conclusiones parecidas a las que ya había expresado Thomas Malthus a finales del XVIII, vaticinando que el crecimiento de la población a causa de la mejora en las condiciones de vida conduciría a la sociedad a un desastre —la «catástrofe maltusiana»— provocado por una súbita cortedad de alimentos y recursos que podría incluso extinguir la especie humana.
Malthus vaticinó que dicho Armagedón demográfico sucedería tan pronto como en 1880 (medio siglo después de su muerte). Obviamente, no sucedió, y probablemente se hubiese desmayado de saber qué cifras globales de población humana se han alcanzado. Aunque Malthus, de quien Galton tomó bastante ideas, no se mostraba particularmente partidario de ciertos aspectos de la eugenesia como la esterilización o eliminación de los «inferiores», sí abogaba por medidas tales como que las familias no pudiesen tener hijos a menos que demostrasen poseer los medios para sostener su existencia.
Thomas Malthus
O, un ejemplo más, la eliminación de ciertos programas de asistencia para pobres, ya que provocaban que aquellos que no podían sostenerse por sí mismos vivieran de a los recursos que correspondían a otros, acelerando el camino hacia esa catástrofe que tanto temía.
Sus ideas no quedaron totalmente en descrédito por la falta de acierto en la fecha o en la cantidad de población necesaria para causar ese desastre, aunque si así hubiese sido, para entonces Malthus ya había ejercido su poderosa influencia no solamente en Galton, sino en los trabajos de Darwin y otros pensadores de renombre.
Otros se mostraban más críticos con las profecías malthusianas, caso de Karl Marx, para quien Malthus había ignorado que el ser humano es capaz no solamente de multiplicarse sino de mejorar al mismo tiempo su capacidad para obtener alimentos y recursos.
Marx era un optimista y en ello era más puramente decimonónico que alguien como Galton, para quien (como para Malthus) el progreso escondía una trampa mortal.
El campo de análisis de Marx era distinto; no se preocupaba de que en el futuro la superpoblación agotase los recursos.
Primero miró al pasado, analizando la evolución de la sociedad humana desde una perspectiva materialista, basándose no ya en los viejos conceptos historiográficos, sino en una recolección de las «relaciones productivas» entre las personas (o por expresarlo en términos más simples, el modo de repartirse los recursos y el trabajo que posibilita la creación y uso de esos recursos).
El «materialismo histórico» de Marx hablaba de una futura e inevitable «sociedad comunista», nacida de la desaparición de las clases sociales.
Esa desaparición sería producto no tanto de una revolución violenta o repentina —esto ya vendría después, cuando otros adaptasen aquellas ideas marxistas a su conveniencia— como de una revolución sistémica impulsada por la imposibilidad de seguir manteniendo las viejas relaciones de producción entre burguesía y proletariado una vez las condiciones de vida hubiesen mejorado lo suficiente como para propiciar el fin de la lucha de clases.
Para Marx, el capitalismo era un paso más (pero un paso necesario) hasta la consecución del comunismo, ese estado mejorado de la sociedad en el que ya no habría subordinación sino asociación entre productores libres.
Efectivamente, Marx era otro optimista. Y aunque pueda sonar paradójico dada la influencia que él o su colaborador Friedrich Engels tuvieron en movimientos políticos posteriores, muy fuertemente ideologizados, la intención de Marx fue precisamente la de analizar la sociedad prescindiendo de dichos posicionamientos ideológicos. Ese análisis, el materialismo histórico, pretendía explicar la sociedad desde una perspectiva científica.
Al igual que la ciencia física explicaba el universo mediante la relación dialéctica entre distintas fuerzas (gravedad, electromagnetismo, etc.), relación que servía para predecir el comportamiento de los objetos —como la manzana de Newton cayendo de un árbol siempre hacia el suelo—, Marx explicaba la sociedad como una relación dialéctica entre «fuerzas productivas», relación que servía para predecir una futura sociedad comunista.
Lanzaba, a sabiendas, un mensaje esperanzador para los proletarios, para los trabajadores que se esforzaban en sus trabajos a cambio de un salario casi inmutable, mientras sus patrones se enriquecían exponencialmente. El análisis de Marx venía acompañado de un guiño optimista: las cosas cambiarán a mejor. Lo que llegó a suceder después cuando otros abanderaron sus ideas es tan culpa suya como culpa de Darwin puedan ser las limpiezas étnicas.
Sigmund Freud.
El mismo criterio científico quiso aplicar Sigmund Freud al estudio del más enigmático de los productos del mundo físico: la mente humana. Así como Marx quiso prescindir de ideologías para su análisis de la historia, Freud trató de ignorar las visiones religiosas, espirituales o acientíficas a la hora de analizar la psique.
También aplicó un modelo de relación entre distintas fuerzas (yo, ello y superyó; consciente e inconsciente; eros y tánatos) para describir la conducta humana e intentar predecirla, al menos hasta cierto grado. Freud llevó el materialismo hasta el mismísimo territorio del alma humana y las explicaciones mágicas quedaban fuera de juego. La mente podía retratarse utilizando conceptos racionales e incluso susceptibles de comprobación empírica, aunque fuese indirecta.
Aunque al igual que Marx, Freud recogió muchas ideas que ya pululaban por ahí en plumas de otros autores, hubo algo que lo hizo destacar. Su toque distintivo, su toque genial, fue el de la capacidad de sistematización. Síntesis, como decíamos, quizá la palabra que mejor describe el pensamiento decimonónico.
Por más discutibles que desde nuestro púlpito del futuro puedan parecer muchas de sus afirmaciones, la importancia de Freud es innegable, fue capital a la hora de permitir que el ser humano comenzase de verdad a entenderse a sí mismo, a analizarse de una nueva manera, a formular nuevas preguntas. Presentó sus ideas en forma de conjunto consistente, en el que unos conceptos y otros parecían estar relacionados con coherencia y sentido.
Además, tuvo el valor de sobreponerse a los tabúes de su tiempo en asuntos como el de la sexualidad. También su trabajo era optimista: la teoría freudiana abría muchas más puertas de las que cerraba, inaugurando caminos de conocimiento que hasta entonces habían parecido intransitables o que sencillamente no se le habían pasado por la cabeza a prácticamente nadie.
Freud expuso que el hombre no tiene por qué constituir un misterio inacabable para sí mismo, sino que la vía del autoconocimiento científico —incluso en el ámbito aparentemente inmaterial de la mente— era más que posible.
Son solamente algunos ejemplos, pero podrían citarse muchos otros. El siglo XIX fue verdaderamente la centuria de los descubrimientos, el fin de la infancia. Y como siempre que termina una infancia, las explicaciones mágicas van perdiendo importancia frente a las racionales, aunque eso puede conducirnos bien a una felicidad más plena y consciente, bien a un desastre. La edad adulta es difícil y peligrosa; a menudo frustrante, no pocas veces desesperante. Pero también premia, cuando lo hace, de manera más concreta y cuantificable.
Ese espíritu decimonónico de exploración, interrogación, curiosidad, progresismo e ímpetu creador, es quizá lo que nos está faltando en nuestro tiempo. Hoy en día, como a principios del siglo XVIII, hay muchos que dan las preguntas por respondidas, que afirman vivir en una sociedad que más nos vale a todos que permanezca inmutable no sea que saltemos de la sartén para caer en el fuego.
Afirman que lo que ahora hay es lo mejor que puede haber, porque la alternativa es el caos. Ya no sienten amor por el progreso ni curiosidad por las fronteras inexploradas. El inmovilismo y el conformismo han vuelto, como si ya lo supiéramos todo, como si hubiésemos encontrado todas las soluciones.
Y sin embargo —no puedo asegurarlo pero me gustaría creerlo— ahora comenzará una etapa de pesimismo que, con suerte, nos conducirá a un nuevo siglo XIX. Mejorado, evolucionado, rejuvenecido, pero dotado de un espíritu similar. Lo sabremos en cuanto surja un nuevo Verne, hablándonos de las prometedoras posibilidades del cambio.
Y ahora, como entonces, habrá quienes profeticen un desastre, quienes censuren el cambio e incluso quienes se escandalicen… pero quizá llegue un día en que digamos, nosotros o quienes vengan detrás de nosotros: «Oh, sí, el siglo XXI fue un nuevo siglo XIX…. y buena falta que hacía».
«El Decamerón», imaginado por el artista alemán Franz Xavier Winterhalter en1837.
BBC News Mundo(D.Duncan) — ¿Cuál crees que fue la obra que la revista The New Yorker describió como «probablemente el más obsceno de los grandes libros del canon occidental»?
No fueron ni «Ulises» de James Joyce o «El amante de Lady Chatterley» de D.H. Lawrence, que estuvieron prohibidos. Ni siquiera la perennemente problemática «Lolita» de Vladimir Nabokov.
Ninguna le llega a los talones a una colección de cuentos escritos en el siglo XIV.
En cuanto a obscenidad pura y escandalosa, el «Decamerón», escrito en italiano por Giovanni Boccaccio a principios de la década de 1350, deja a sus rivales en la sombra.
Hasta dejó su huella en el idioma italiano, con la palabra boccaccesco que describe algo salaz o lascivo.
Volveremos a las obscenidades en un momento, pero antes vale decir que el«Decamerón» tiene mucho más que ofrecer que sus historias impúdicas.
Boccaccio presentó la que se convertiría en su obra más importante señalando:
«Mi plan es contar 100 historias, o fábulas, o parábolas, o historias, o como quieran llamarlas. Fueron contadas durante diez días, como se verá, por una honorable compañía formada por siete damas y tres jóvenes que se reunieron durante la reciente peste».
Se refería a la pandemia de peste bubónica más devastadora de la historia, la cual, aunque apenas se menciona después del primer capítulo, proporciona el telón de fondo del «Decamerón» y le da a la obra un extraño caracter estremecedor.
Fresco retratando al escritor y poeta Giovanni Boccaccio (1313-1375), realizado por el florentino Andrea del Castagno (1423-1457).
Sus pasajes iniciales describen con implacable detalle el horror que se apodera de Florencia con la llegada de la enfermedad. Los cuerpos se pudren en las calles y se instala una especie de libertinaje desenfrenado a medida que se trastoca el orden social.
Las restricciones que mantenían a hombres y mujeres separados, cuidadosamente regulados, desaparecen a medida que se destruyen los hogares. Afuera, sin funcionarios municipales que mantengan la paz, bandas violentas recorren la ciudad saqueando y gritando.
En el campo circundante, los animales sin pastor pastan hasta engordar en los campos sin cosechar.
– Por qué aún resuena
La nueva serie de comedia de Netflix, «El Decamerón», toma como punto de partida esta repentina anarquía. Pensando en nuestra reciente pandemia, la creadora del programa, Kathleen Jordan, dice que quería explorar cómo «en tiempos de crisis, el abismo entre los que tienen y los que no tienen se hace más grande».
Pero en el caos de la Florencia de Boccaccio, con su relajación de las reglas y las jerarquías, Jordan también explora el potencial de realineamiento, de que los sirvientes se hagan pasar por sus amantes y de que los nobles sean arrojados a la servidumbre.
La trama de la serie proviene directamente de Boccaccio: 10 jóvenes nobles huyen del horror de Florencia para pasar lo peor de la pandemia en una finca rural en las afueras de la ciudad, un mundo alternativo, lujoso y sexy que se sube de tono en parte por el horror existencial que ocurre fuera de sus muros.
Sin embargo, lo que la producción de Netflix deja fuera es en realidad la esencia del «Decamerón» original.
Netflix describió la serie como «un juego sexual empapado de vino en la campiña italiana».
Como deja claro la introducción de Boccaccio, su obra es una combinación de 100 cuentos cortos, enmarcados por la historia de estos jóvenes aristócratas que pasan el tiempo libre.
Cada día, cuando el Sol está en su cenit, se reúnen a la sombra para contarse historias, y cada día un miembro del grupo se turna para ser Rey o Reina (maestro de ceremonias, básicamente) que puede, si lo desea, imponer un tema para la narración del día: relaciones desastrosas, por ejemplo, o esposas que juegan bromas a sus maridos, o viceversa.
Parte del placer de leer el «Decamerón» son las diferentes capas que Boccaccio mantiene en juego: nosotros los vemos contándose historias, haciéndose reír, sonrojándose, quejándose o respondiendo con otro cuento.
Si todo esto te recuerda un poco a «Los cuentos de Canterbury» de Chaucer, tienes razón. Chaucer sin duda había leído el «Decamerón» (quizá incluso conoció a Boccaccio en un viaje a Italia) y tomó prestadas algunas de las historias, poniéndolas en boca de sus propios personajes.
Shakespeare también tomó uno de los cuentos de la obra sobre una mujer que engaña a un hombre en el dormitorio a oscuras y lo utilizó como trama de «Bien está lo que bien acaba».
– Sexo sin barreras
Una de las cosas que puede sorprender a un público moderno es la forma en que Boccaccio no rehúye de la sexualidad femenina: la lascivia goza de igualdad de oportunidades. Cuando el grupo se reúne el sexto día es interrumpido por un tremendo alboroto que viene de la cocina.
Dos sirvientes, una mujer llamada Licisca y un hombre, Tindaro, discuten acaloradamente sobre si las mujeres son o no vírgenes el día de su boda. Nunca llegamos a conocer la versión de Tindaro, pero sí escuchamos mucho de Licisca: «No tengo ni una sola vecina que fuera virgen cuando se casó», grita, «y en cuanto a las casadas…».
El discurso sin censura de Licisca hace reír a carcajadas a las aristócratas, pero cuando Elissa –la reina del grupo ese día– finalmente puede decir algo, lanza astutamente la disputa de los sirvientes a los caballeros del grupo:
«¿Quién de ellos tiene razón?». Sin dudarlo, los hombres se ponen del lado de Licisca. «¿No se los dije?», declara Elissa.
«El monje duerme con la esposa mientras el marido reza». Miniatura de Le livre appellé Decameron de Giovanni Boccaccio, década de 1460.
Nadie parece haber tenido muchas dudas sobre el tema de la potencia de la sexualidad femenina. Tomemos otro ejemplo: la historia que uno de los hombres cuenta en el tercer día. Un apuesto joven campesino llamado Masetto solicita el puesto de jardinero en un convento con la esperanza de que le dé la oportunidad de acostarse con alguna de las monjas.
Para conseguir el trabajo, Masetto finge ser sordomudo, pensando que nadie se opondrá a su presencia si creen que no puede seducir a las jóvenes. Pero lo que descubre es que, como no puede hablar, todas las monjas (incluso la abadesa) empiezan a hacerle proposiciones hasta que, finalmente, queda exhausto.
Sin más remedio, le revela lo que le ha estado sucediendo a la abadesa, quejándose de que simplemente no tiene la resistencia necesaria para satisfacer sus apetitos. La historia tiene un final feliz: la abadesa le da un ascenso a Masetto y le establece una lista de turnos para que pueda seguir satisfaciendo las necesidades del convento hasta su vejez.
Si buscas una moraleja, Boccaccio rara vez es tu mejor opción.
«La joven desnuda y el abad, del Decamerón», del alemán Hans Schaufelein (ca.1480–ca.1540).
Por supuesto, no son sólo las monjas las que no pueden controlar su lujuria. Antes del final de ese tercer día, una de las damas del grupo responde con otra historia, esta vez sobre un abad que era «extremadamente santo en todos los sentidos, excepto en lo que se refiere a las mujeres».
El abad lujurioso está locamente enamorado de una bella mujer, pero desafortunadamente su celoso esposo, Ferondo, vigila cada uno de sus pasos. Con la ayuda de sus monjes, el abad droga a Ferondo y lo transporta a una celda del monasterio. Cuando despierta, los monjes le dicen que ha muerto y que ha ido al purgatorio como castigo por sus celos.
Lo mantienen allí durante casi un año, golpeándolo y regañándolo, mientras su esposa, fingiendo estar de luto, disfruta en secreto de sesiones periódicas con el abad. Finalmente, los monjes le dicen a Ferondo que puede regresar al mundo de los vivos siempre que se enmiende.
Aliviado y arrepentido -y una vez más bajo la influencia de la droga somnífera- regresa a su aldea donde pasa el resto de sus días como un marido ideal. Su esposa, por su parte, nunca vuelve a mirar a otro hombre. Con una excepción: «cuando podía hacerlo convenientemente, siempre estaba feliz de pasar tiempo con el abad que había atendido sus mayores necesidades con tanta habilidad y diligencia».
– Prohibido pero leído
«Sigismunda con el corazón de Guiscardo», pintado en 1645 por Francesco Furini, ilustrando la escena del «Decamerón» en la que una princesa recibe el corazón de su esposo a quien su padre mató.
Al leer el «Decamerón», con sus monjes lujuriosos y sus monjas transgresoras, algo que se hace evidente rápidamente es que Boccaccio tenía poco respeto por la autoridad religiosa. Esto no pasó inadvertido para la Iglesia. Cuando el Vaticano publicó por primera vez su «Índice de libros prohibidos» en 1559, el «Decamerón» estaba en la lista.
Pero eso no impidió que la gente lo leyera. De hecho, la protesta pública ante este intento de suprimir la obra condujo a un compromiso: una edición censurada que conservaba las escenas de sexo pero reescribía las que involucraban a miembros del clero, presentándolos como laicos comunes.
Afortunadamente, los cambios no se han mantenido y las traducciones modernas siguen el texto original de Boccaccio en toda su irreverente gloria. Cuando la pandemia de covid-19 paralizó el mundo, el alegre texto de Boccaccio sobre la peste se puso de moda, y se agotó en las librerías.
La nueva serie de Netflix llega en la cresta de esta oleada de popularidad, pero no es el primer intento de aprovechar el clásico de Boccaccio para adaptarlo a la gran pantalla. Algunas, como la galardonada película de Pier Paolo Pasolini «El Decamerón», de 1971, se han mantenido a duras penas en el punto anterior de ser pornografía absoluta; otras no, en absoluto.
Pero la mejor manera de experimentar la energía expansiva del «Decamerón» sigue siendo disfrutarlo en la página. Casi siete siglos después de que se escribieron, estos cuentos terrenales y boccaccescos todavía tienen el poder de brindar placer, consuelo y un poco de sorpresa.
Historias de la historia(J.Sanz) — Si hablamos del Japón feudal, las dos figuras más representativas de este período son los samuráis y los ninjas.
Sin embargo, la imagen que ha quedado en el imaginario popular, y en el mío hasta que conocí a R. Ibarzabal, poco o nada tiene que ver con la realidad, sobre en el caso de los ninjas que se parecen lo que un huevo a una castaña.
Así que, vamos a destripar leyendas
SAMURÁIS (侍)
Samurái es el nombre que se daba en el Japón medieval a la casta guerrera y sus integrantes. El término proviene del antiguo y ya obsoleto verbo “saburau”, que significa servir, pues en teoría un samurái siempre está al servicio de un señor, de quien depende para su manutención. Simplificando mucho las cosas, los samuráis de una provincia serían vasallos del daimyo de esa provincia, cada daimyo del país sería a su vez vasallo del shogun, y el shogun, por su parte, estaría al servicio del emperador.
En un principio, el shogun era un cargo o título militar sin contenido político que concedía el emperador con carácter excepcional para dirigir expediciones de castigo contra tribus enemigas. Con el tiempo y unos sakes, el shogun acabó asumiendo también labores de gobierno, hasta llegar a ser sinónimo de soberano absoluto del país.
Fue Minamoto Yoritomo quien, en 1192, culminó este proceso al nombrarse shogun y asumir el control total del gobierno de Japón, poniendo a los samuráis, surgidos hacia el siglo IX, en lo más alto del escalafón político y social. Desde entonces, y hasta el derrocamiento del régimen feudal en 1868, la casta samurái, a través de tres grandes dinastías (los Minamoto, los Ashikaga y los Tokugawa), va a regir los designios de Japón y a ocupar la cúspide de la pirámide social.
Hablando en términos sencillos, los samuráis serían los nobles e hidalgos del Japón feudal, bajo los cuales estaban los demás estamentos de la sociedad. Como nobleza que son, en principio su único oficio es la guerra y, después, el gobierno y la administración.
Si bien las fronteras sociales varían según la época y pueden ser bastante flexibles en ciertos momentos, desde la era Edo se convierten en un estamento cerrado y adquieren una serie de privilegios exclusivos: poder portar armas, no pagar impuestos, y no poder dedicarse a trabajos manuales.
NINJAS (忍者)
Dentro de los ejércitos samurái, los ninja eran unidades de élite altamente especializadas, entrenadas para realizar misiones especiales, sobre todo en labores de espionaje e infiltración.
El hecho de operar casi siempre en la sombra los ha vestido de negro y, sobre todo, los ha rodeado de un halo de misterio y fascinación, y tanto en su Japón natal como en el extranjero se les atribuyen las más fantásticos poderes, como volverse invisibles, caminar sobre el agua, volar, el uso de armas exóticas (estrellas arrojadizas y demás artilugios peliculeros) o, para rizar el rizo, que eran hijos de un demonio y una mujer cuervo.
La realidad, como de costumbre, es más prosaica. La imagen arquetípica del ninja enmascarado, con su traje negro, trepando por los muros de un castillo para degollar al daimyo de turno es poco más que un mito. La mayoría de las veces la misión del ninja se limitaba a recoger información, a labores de sabotaje, extender rumores o vigilar los movimientos del enemigo.
Por supuesto, disfrazado de monje, de mendigo o de campesino para confundirse entre la multitud y moverse sin levantar sospechas, y con armas prácticas y menos llamativas, como cuchillos y herramientas agrícolas modificadas.
La verdadera destreza y la ingeniosidad de los ninjas residía en su capacidad para adaptarse y utilizar el entorno a su favor, y no en sus habilidades mágicas o sobrenaturales que, lo siento mucho, son pura leyenda.
«No vi otra salida», escribió Einstein en una revista japonesa en 1952 refiriéndose al hecho de que firmó la carta.
BBC News Mundo — En octubre de 1939, Alexander Sachs, uno de los principales economistas de Estados Unidos, se reunió en el Despacho Oval de la Casa Blanca con el presidente Franklin Delano Roosevelt.
Sachs no era ajeno al Despacho Oval ni a Roosevelt, pero por lo general el tema de conversación era economía.
Ese día, tenía otro asunto que exponer ante el presidente.
Llevaba consigo una carta firmada por Albert Einstein que, según se cree, cambió el curso de la historia.
A esa carta la casa de subastas Christie’s le ha asignado un valor estimado de entre US$4 y 6 millones para cuando salga a la venta en Nueva York en septiembre. Es parte de una subasta de artefactos pertenecientes al cofundador de Microsoft, Paul Allen, quien murió en 2018 a la edad de 65 años.
Aunque habrá una variedad de artículos que reflejan su interés e influencia en la informática, se anticipa que esa carta será la pieza central. Una a la que, a pesar de la talla del firmante, inicialmente Roosevelt no le prestó mucha atención.
Otras cosas ocupaban su mente: hacía menos de 15 días, Alemania había invadido Polonia; una guerra con un potencial destructivo impensable estaba en marcha en Europa. Sachs le leyó la misiva, que había sido escrita por un físico húngaro inmigrante poco conocido llamado Leo Szilard. Pero, siendo honestos, aquello de lo nuclear, las cadenas y energías inconcebibles era complicado para ambos.
Incluía párrafos como:
«En el transcurso de los últimos cuatro meses se ha hecho probable (…), que sea posible establecer una reacción en cadena nuclear en una gran masa de uranio, mediante la cual se generarían grandes cantidades de energía y grandes cantidades de nuevos elementos similares al radio«.
El asunto cayó en saco roto.
La carta original enviada al presidente está en la biblioteca y museo Roosevelt en Hyde Park, Nueva York. La que se subastará es una segunda versión, firmada y un poco más corta.
El presidente, sin embargo, invitó a su viejo amigo a tomarse un café a la mañana siguiente. Hay momentos que, cuando suceden, parecen totalmente intrascendentes, pero que van a cambiar el mundo. Ese fue uno de esos momentos.
– Unos meses antes…
Las noticias del otro lado del Atlántico llevaban meses atormentando a Szilard. En enero de 1939, en la Alemania nazi, científicos que habían sido sus colegas lograron dividir el átomo usando neutrones, un proceso llamado fisión. Él lo había previsto media década antes y sabía cuáles podían ser las consecuencias: la guerra nuclear ya no era una ficción.
Temía que los nazis pudieran estar más adelantados en la investigación atómica que todos. Pero también sabía que nadie lo escucharía. Durante los últimos años, había luchado para que los científicos, los políticos y los comandantes del ejército lo tomaran en serio. Dudaban que la fisión fuera posible, pero se había demostrado que él tenía razón.
Con todo y eso, pocas semanas después de la noticia de la fisión, apareció un artículo en el New York Times, en el que su amigo y colega Enrico Fermi desestimó las preocupaciones por ese nuevo descubrimiento científico. Nadie podrá usar la fisión con fines comerciales o militares, predijo, antes de al menos 25 años, posiblemente 50 años.
Creía que era inverosímil, pura ciencia ficción. La fisión dividía un átomo con neutrones, eso liberaba energía y ya. No obstante, Szilard creía que si se podía hacer que un átomo inestable se fisionara, liberaría más neutrones, que dividirían otros átomos inestables, liberando más neutrones, y así sucesivamente.
Una reacción en cadena que liberaría una cantidad extraordinaria de energía.
Lo que atormentaba a Szilard.
El físico necesitaba respuestas, y las encontró en la Universidad de Columbia, en la primavera de 1939, con su colega Walter Zinn, un experto en amañar experimentos nuevos e improbables. Descubrieron que estaba en lo cierto. «El mundo iba camino al dolor», escribiría más tarde.
Por suerte, quienes intentaban crear una reacción en cadena tenían un obstáculo: los neutrones liberados viajaban demasiado rápido para que los átomos los absorbieran. Pero ese detalle no iba a frenar a los nazis.
– Operación D2O
¿Cómo se ralentizan los neutrones? Pues resulta que el agua funciona muy bien, pero absorbe tantos neutrones que la hace ineficaz en una reacción en cadena. Sin embargo, si en lugar de los dos átomos de hidrógeno del H₂O se usa un isótopo con un neutrón extra (D₂O), se soluciona el problema.
Se llama agua pesada pero es difícil de producir. Así que el gobierno nazi envió representantes a Vemork, una planta de energía hidroeléctrica en Noruega, donde estaban produciendo agua pesada como subproducto de su trabajo normal.
Los alemanes ofrecieron comprar todos los suministros existentes de agua pesada a un precio impresionante, instando a la planta a aumentar la producción. Pero los noruegos rechazaron la oferta: aunque no sabían cuáles eran los planes de Hitler, no tenían ningún interés en formar parte de ellos.
Luego, un equipo del Servicio Secreto francés se acercó a la planta y advirtió a los noruegos del posible propósito militar de su subproducto químico. Los noruegos insistieron en que los franceses se llevaran todo el stock sin pagar, pero los alemanes se enteraron.
26 latas de agua pesada fueron sacadas de contrabando en la oscuridad de la noche. Fue una tensa operación. Los aviones de combate nazis estaban listos y esperando. Apuntaron a la aeronave en la que habían visto abordar a los oficiales franceses y la obligaron a aterrizar. La abordaron y lo que descubrieron fue el fracaso.
Años después, en 1943, cuando Noruega estaba bajo dominio nazi, 9 jóvenes y un científico noruegos ejecutaron «el mejor ataque» de la Segunda Guerra Mundial, destruyendo la producción de agua pesada en Vemork.
Era un señuelo. El agua había sido transportaba por ferrocarril y llegó sin problemas a París, donde un equipo científico comenzó urgentemente los experimentos.
– El candidato obvio
La carrera atómica estaba en curso, y aunque Szilard temía la existencia de una bomba en general, le atemorizaba más una bomba nazi. Imaginaba la devastación, la opresión, y estaba convencido de que esa arma hasta entonces impensable estaba a puertas. Llegó a una conclusión simple: los estadounidenses debían desarrollarla antes que los alemanes.
Tenía que convencerlos de que lo hicieran. Tenía que ofrecerles el poder supremo. Necesitaba a un aliado y pensó: ¿cuál es el científico al que ni los más poderosos del mundo ignorarían? El candidato era obvio.
Habían pasado casi 20 años desde que conoció a Einstein en una sala de conferencias en Berlín. Y 15 años desde que solían caminar juntos a casa al final de cada día, compartiendo ideas sobre física, filosofía y política. Ahora ambos estaban exiliados en EE.UU. y vivían a pocos kilómetros de distancia.
Pero ese 12 de julio de 1939, el científico más famoso del mundo estaba en Long Island en la cabaña de un amigo. Allá fue a verlo, junto con su amigo, colega y compatriota húngaro Eugene Wigner. Una vez que Szilard le explicó a Einstein la reacción nuclear en cadena, y le contó que él y Fermi habían estado realizando experimentos, Einstein se sorprendió y alarmó.
Su primera respuesta fue: «No he pensado en eso en absoluto». La ciencia era interesante: E=mc² en acción.
Pero siendo un refugiado de la Alemania nazi, un pacifista comprometido y una persona políticamente consciente, comprendió de inmediato el potencial de las armas nucleares en manos de los alemanes.
Einstein y Szilard con la carta al presidente Roosevelt en Long Island.
Einstein estuvo de acuerdo en que la situación era urgente, con Alemania preparada para la guerra. En lo que más tarde calificaría como el gran error de su vida, accedió a firmar una carta a Roosevelt preparada por Szilard para advertirle sobre el progreso alemán.
Szilard regresó a Nueva York con la carta de Einstein; solo quedaba hacerle llegar la carta al presidente. Y eso nos lleva de vuelta a Alexander Sachs.
– Desayuno con bomba
A Sachs no le había ido muy bien en la primera reunión que tuvo con Roosevelt, a pesar de llevar consigo la carta firmada por Einstein.
La misiva comenzaba diciendo que el uranio podría «convertirse en una nueva e importante fuente de energía en el futuro inmediato» pero, advertía, «ciertos aspectos de la situación que ha surgido parecen requerir vigilancia y, si es necesario, acción rápida por parte del gobierno«.
Alertaba que una reacción en cadena nuclear «podría conducir a la producción de bombas, y es posible, aunque no seguro, que de este modo se puedan armar bombas extremadamente potentes de un nuevo tipo«.
Pero, aunque al final se refería a las decisiones de los nazis respecto al uranio de las minas checoslovacas que controlaban, Sachs sabía que había desconcertado al presidente con tanta información científica.
Sin embargo, la invitación a desayunar a la mañana siguiente era una segunda oportunidad para hacer que el hombre más poderoso del mundo entendiera el peligro que se avecinaba. Y se le ocurrió un plan.
A su amigo Linus Pauling, Einstein le dijo que firmar la carta: «Fue el gran error de mi vida».
Si la ciencia no era la forma de ganarse a ese presidente, le contaría una historia. En medio de las guerras napoleónicas, un joven inventor estadounidense le ofreció a Napoleón construir una flota de barcos de vapor que, explicó, le permitirían desembarcar en Inglaterra sin importar los vientos.
La idea de barcos sin velas le pareció tan absurda a Napoleón que despidió a Robert Fulton, el inventor. Además del barco de vapor, Fulton construiría el primer submarino y los primeros torpedos. Roosevelt permaneció en silencio durante varios minutos, y luego dijo: «Alex, lo que quieres es asegurarte de que los nazis no nos vuelen en pedazos«. «Precisamente», respondió Sachs.
Puede ser que la historia de Fulton y Napoleón llamara la atención del presidente, pero fue la carta de Albert Einstein escrita por Leo Sillard la que lo convenció. El mismo mes en el que la recibió, Roosevelt creó el Comité Asesor sobre el Uranio. Tres años más tarde, Estados Unidos inició el Proyecto Manhattan, que condujo al primer uso de armas atómicas contra Japón en 1945.
Hay historiadores que trazan un hilo directo entre la carta y las bombas en Hiroshima y Nagasaki. Otros no creen que exista una relación tan directa, convencidos de que de todos modos las habría desarrollado. Einstein, por su parte, lamentó mucho y en varias ocasiones haber firmado la carta.
En un artículo de Newsweek de 1947 titulado “El hombre que lo empezó todo”, se le cita diciendo:
«Si hubiera sabido que los alemanes no lograrían fabricar una bomba atómica, nunca habría movido un dedo».
JotDown(A.Bastida) — Estamos en 1859. La Reina Victoria, soberana de medio mundo, asiste complacida a la puesta en funcionamiento del Big Ben de Londres, comienzan las obras del canal de Suez y una tormenta solar (la más grande de la que se tiene constancia) deja fritas temporalmente las líneas telegráficas que unen Gran Bretaña y Estados Unidos.
El equivalente victoriano de “desenchufar” Internet. Sí, todo sacado de Wikipedia. Pero si miramos la “wikilista de acontecimientos de 1859”, apenas cuatro días antes de la tormenta solar ocurría otro hecho que, pese a pasar bastante desapercibido en su momento, cambiaría la historia de la humanidad: Edwin Drake conseguía bombear petróleo de un pozo en Titusville, Pensilvania. Y ya sabéis lo que dicen de los pozos de petróleo: una vez haces el primero, los 500.000 siguientes salen solos.
No nos equivoquemos, la existencia del petróleo era conocida desde hace siglos y muchas culturas le habían encontrado aplicaciones, militares y medicinales en su mayor parte. Pero este era el primer hito en lo que a tecnificar e industrializar la extracción de petróleo del subsuelo se refería. Hasta entonces, se obtenía de yacimientos naturales en los que el petróleo brotaba como lo hace el agua en los manantiales y las pequeñas cantidades obtenidas eran más que suficientes para satisfacer la demanda.
El origen de este evento se remonta a trece años antes, cuando un geólogo canadiense desarrolló un método para obtener queroseno a partir de la destilación de petróleo crudo. Esto abrió las puertas a una alternativa al aceite de ballena empleado en las lámparas. Aun así, la dificultad para obtener grandes cantidades de petróleo barato, hizo que su uso no fuese masivo.
Pero un empresario llamado George Bisell creía saber cómo solucionar eso. Envió en 1857 al coronel Edwin Drake a la región de Oil Creek (Pensilvania occidental) con este propósito.
Quería experimentar con nuevas técnicas de extracción de petróleo o “aceite de roca”, como era también conocido, para posteriormente destilarlo y ofrecerlo como queroseno barato para iluminación. Este tendría como base de operaciones Titusville, el pueblo más importante de la región de Oil Creek.
Edwind Drake posando junto al primer pozo de petróleo en Pensilvania
El coronel Edwin Drake (lo de coronel se lo inventaron para darle más autoridad) no era un experto en el campo de la minería o la geología, pero como jubilado de una empresa de ferrocarriles, podía desplazarse gratuitamente empleando el tren, lo cual le convertía en un explorador bastante barato de mantener.
Aun así, el campo de la prospección petrolífera era algo tan nuevo, que no existían expertos como tal, con lo que Drake no estaba menos capacitado que cualquier otra persona con algo de espíritu emprendedor.
Tras casi un año sin resultados y con el pueblo de Titusville tomándole por loco, se le ocurrió contratar a un herrero para que le ayudara a utilizar las máquinas empleadas en la minería de sal, para tratar de extraer petróleo.
Cuando todo parecía perdido y los inversores habían ordenado desmantelar las instalaciones, decidieron emplear un nuevo sistema de tuberías y bombas de agua para tratar de bombear el crudo.
El sistema funcionó, y el primer barril fue vendido por 40 dólares. Drake demostró que era posible extraer petróleo en grandes cantidades, a precios muy baratos, si se hacía mediante la perforación de pozos y su posterior bombeo.
De la noche a la mañana dio nacimiento a una industria de millones de dólares y la “fiebre del oro negro” se desató en Pensilvania occidental.
Si la burbuja inmobiliaria de España nos pareció un fenómeno económico explosivo, la fiebre del petróleo en Estados unidos en los años siguientes a 1859 fue una bomba nuclear. En tan solo un año, un inversor podía llegar a multiplicar por más de 7.000 cada dólar invertido. Esto vino acompañado de una sobreoferta tal, que en menos de un año el precio del barril pasó de 10 dólares a 10 céntimos.
Aun así, el sector salió adelante. Además, alrededor del petróleo crecieron multitud de industrias de soporte: maquinaria, tonelería, transporte, construcción, maderas… Cientos de personas llegaban todas las semanas a la zona de Oil Creek en busca de su pequeña fortuna.
Uno de los problemas endémicos de la primera fase de esta fiebre del petróleo es lo que el autor del libro The Prize: the epic quest for oil, money and power llama la “metáfora del batido de chocolate”. Si echamos un vistazo a una fotografía de Titusville en 1860, prácticamente toda la ciudad estaba cubierta de pozos de petróleo, había uno cada pocas decenas de metros.
Cada uno compraba su ínfima parcela de tierra y trataba de perforar tantas veces como su equipo y superficie le permitieran, para después instalar bombas de extracción. Es como si un grupo de personas tratara de beberse un mismo batido de chocolate a la vez, metiendo tantas pajitas como fuese posible y sorbiendo todo antes de que el de al lado lo hiciera.
Los pozos se agotaban muchas veces en cuestión de días y había que desmontarlos y volver a perforar en otro lugar para, muchas veces, acabar en la misma situación. Era un sistema pésimamente ideado que llevaba a la gente a una espiral de gloria y ruina.
No fue hasta el fin de la Guerra de Secesión, en 1865, cuando la fiebre del petróleo toco techo en la región de Oil Creek. La euforia que siguió a la firma de la paz trajo aún más aventureros a la zona y la sobreexplotación se hizo aún mayor. En menos de 500 días, el yacimiento petrolífero de la región de Titusville se agotó (para la tecnología de la época) y cientos de personas se arruinaron de golpe.
Los equipos se vendían para chatarra y terrenos por los que se pagaron millones, vieron caer su precio a unas pocas decenas de dólares. Pero Titusville era solo la punta del iceberg y una potente industria se había extendido por todo el oeste de Pensilvania. Y es en este momento cuando hace entrada en escena “El Hombre”, John D. Rockefeller, que moldearía y controlaría la industria petrolífera tal y como hoy la conocemos.
Fue en estos años de locura cuando, para alegría de los productores, el ferrocarril llegó por fin a la región.
Esto fue un arma de doble filo pues, pese a proporcionar un medio fácil de dar salida a la producción local, trajo la competencia de las grandes refinerías de Cleveland, a 400 kilómetros de la región.
Refinerías como la de John D. Rockefeller.
Al parecer, Rockefeller era un hombre obsesionado con la optimización continua de los costes de producción, lo cual llevó a su refinería a ser la una de las más competitivas de la ciudad.
Consiguió reducir los costes de refino en un 50% aplicando economías de escala y optimización de procesos, algo que a los pequeños productores ni se les había pasado por la cabeza.
De este modo consiguió un volumen de refino muy considerable que le permitió renegociar ilegalmente los precios del transporte con las compañías de ferrocarril, dando origen a su (merecida) leyenda negra. Al observar el panorama empresarial de las cuencas petrolíferas de Pensilvania, donde hasta los pastores extraían y refinaban petróleo, Rockefeller veía caos e ineficiencia.
En cierto modo, él se consideraba llamado a poner orden en esa industria, lo cual implicaba llevarse por delante a todo el que se negase a colaborar con él. No solo pretendía acaparar el mayor número de productores y plantas de refino, sino concentrar todo en una misma empresa, creando el esquema de integración vertical de las actuales compañías petroleras.
Por aquel entonces el petróleo y el queroseno se transportaban en tren. Para distancias por encima de 500 km, el precio del transporte podía ser del mismo orden que el de la materia prima. Además, las tres compañías de tren que operaban en Cleveland tenían un acuerdo público por el que todas cobrarían lo mismo por el mismo servicio, fuese al cliente que fuese.
Esto cerraba la puerta a cualquier acuerdo preferente con Rockefeller, al menos de cara al público. Él quería que le hiciesen un “precio de amigo”, pero ante la prohibición explícita de ello, encontró un subterfugio según el cual él pagaría la tarifa completa, ¡pero las compañías le devolverían parte del dinero! De esta manera consiguió una rebaja de un tercio del precio, o si no, se iba a la competencia.
Una vez consigues que te devuelvan parte de tu dinero a escondidas, el siguiente paso es pedir que les cobren más a tus competidores para dártelo a ti. Y eso es lo que a principios de la década de 1870 consiguió Standard Oil, la empresa de Rockefeller. Su volumen de refino era tan grande, que las compañías de transporte no podían permitirse perderlo como cliente.
Llegados a este punto sus competidores estaban perdidos. Difícilmente podían ser más eficientes que Standard Oil en sus procesos, y con el acuerdo secreto con las compañías de trenes, tarde o temprano acabarían por sucumbir ante los precios de Rockefeller.
La gota que colmó el vaso fue la creación de lo que se llamó el esquema “South Improvement Company”. Los grandes refinadores, con Rockefeller a la cabeza, convencieron al director de la compañía de trenes más importante de la zona para crear una sociedad con uno de los nombres más insulsos y opacos de la historia de las empresas: la South Improvement Company (Compañía de Mejora Sur).
El objetivo de esta empresa no era otro que profundizar en las relaciones ventajosas de Rockefeller y sus socios con las diferentes compañías de tren. Esta empresa era un intermediario entre los grandes productores y las compañías de trenes. Sería la encargada de recibir y distribuir en secreto el dinero procedente de los altos precios cobrados a los pequeños productores, a los que también espiaría.
Como colofón, se acordó un aumento del 100% de los precios para todos los productores que no pertenecieran a la South Improvement. El problema es que cuando todo estaba atado y bien atado, se filtró el trato y la noticia saltó a los medios. Los periódicos de la región destaparon las negociaciones, empresas y personas detrás de ellas, desatando lo que se llamó la “Guerra del Petróleo”.
J.D.Rockefeller
Los productores independientes se volvieron locos de ira al conocer el engaño al que habían estado sometidos ¡y al que pretendían someterles apenas unos días después!
Las acciones de sabotaje y boicot a cualquier cosa asociada con la trama de Rockefeller se sucedieron en los meses siguientes y los productores independientes, ahora agrupados en un sindicato, consiguieron que la South Improvement no transportara ni un solo barril de petróleo.
Al final, las compañías de ferrocarriles renunciaron a subir los precios y el ambiente volvió a la normalidad.
La normalidad en este caso significaba que Standard Oil seguiría aplicando sus tácticas predatorias para acaparar cada vez más cuota de mercado, pero sin artimañas tan clamorosas como el esquema South Improvement.
Con el paso de los años, muchos de los productores independientes que lucharon contra Rockefeller entre 1871 y 1872 acabarían por unirse a él.
Lo que vino después fue un proceso de consolidación y hegemonía de la Standard Oil Company, que llegó a controlar cerca del 90% de las refinerías de Estados Unidos en la década de 1880. Muchas de las estrategias que John D. Rockefeller empleó durante las tres últimas décadas del siglo XIX serían, a día de hoy, constituyentes de delito en muchos países, pero no lo eran por aquel entonces.
Dentro del marco del capitalismo norteamericano de finales del siglo XIX, las prácticas de la Standard Oil podían ser tachadas de escasa moralidad, pero era complicado demostrarlas y conseguir emprender acciones legales. Pueblo por pueblo, iban haciendo a los refinadores locales “ofertas que no podían rechazar”.
Por supuesto que no mataban a los que lo hacían, pero en cuestión de meses sus negocios se veían abocados a la ruina por la enorme competitividad de Rockefeller y sus socios. Eran capaces de hundir los precios en una región, perdiendo dinero de manera local durante el tiempo suficiente para hacerse con todo el negocio.
Una vez controlada la zona, volvían a precios de mercado y seguían su avance. Los defensores de Rockefeller argumentan que hubo un gran número de pequeños productores que, aceptando unirse a él, se hicieron mucho más ricos de lo que nunca hubieran podido ser por sí mismos. Dos versiones de una historia y ambas ciertas probablemente.
Seguramente no fue así, pero si tuviera que imaginar la sala de juntas de Standard Oil el día 22 de Octubre de 1879, sería con un montón de señores con traje corriendo en círculos, desnortados, haciendo aspavientos con los brazos, tirándose del pelo y gritando “oh Dios mío, oh Dios mío” (“oh my God oh my God” en el inglés original).
El día anterior, Thomas Edison había presentado su bombilla incandescente y esto iniciaría la cuenta atrás hacia la desaparición de las lámparas de queroseno.
Por raro que parezca, la evolución, en lo que a iluminación doméstica se refiere, entre las Cuevas de Altamira y el Nueva York de 1860 había sido, siendo delicados, algo decepcionante. Veinte años antes de que Edison presentara su bombilla, la gente seguía iluminando sus casas con lámparas de aceite.
Pintura impresionista en vez de bisontes, pero lámparas de aceite para iluminar en ambos casos. Es por eso que las empresas petroleras no nacieron para llenar los depósitos de coches que no se inventarían hasta 25 años después, sino para iluminar las calles y casas del último cuarto del siglo XIX. John D. Rockefeller se convirtió en el hombre más rico de los Estados Unidos iluminado ciudades, casas y fábricas, y de la noche a la mañana el siglo XX llamó a su puerta.
Por suerte para Rockefeller, para poder usar una bombilla se necesita electricidad, y no sería hasta varias décadas después cuando las redes eléctricas urbanas y domésticas se generalizaron en las ciudades de Estados Unidos. La transición fue muy suave y la noticia pasaría como anecdótica para los directivos de la empresa, que tendrían una reunión mucho más aburrida que la imaginada.
De un modo u otro, como sin duda suscribirían Adolf Hitler, Jose María Ruiz Mateos o Mario Conde (aunque sus casos fueron a la inversa): “lo que un día te quita el siglo XX, te lo devuelve al siguiente”. Y lo que Edison le quitó a la industria del petróleo se lo devolvieron con intereses: Benz, Daimler y por encima de todos, Henry Ford. La industria del automóvil convirtió al petróleo en el recurso natural más importante del mundo y a las empresas que lo explotaban en las más importantes.
El descubrimiento de nuevos yacimientos en Texas y California no hizo sino aumentar el tamaño y relevancia de Standard Oil que, allá donde iba, se topaba con el rechazo de la población y los empresarios locales. Aun así, incluso lejos de su base de operaciones consiguió hacerse hueco, cuando no dominar totalmente, las diferentes regiones petrolíferas de los Estados Unidos.
El siglo XX amanecía prometedor para John D. Rockefeller y la Standard Oil Company, pero la lucha contra los monopolios de un presidente, Theodore Roosevelt, acabaría con sus treinta años de hegemonía de modo brusco.
El empeño del carismático presidente, unido a una larga serie de artículos publicados por la periodista Ida Tarbell, pusieron a la opinión pública todavía más en su contra. Tarbell, hija de uno de los productores independientes más importantes de Oil Creek que arruinó Rockefeller, consiguió sacar a la luz los datos y maniobras fraudulentas (esta vez sí, alguna ilegales), que durante más de treinta años habían encumbrado a Standard Oil.
Esta campaña tuvo su cénit el en 1911 cuando un tribunal de Nueva York decretó la disolución de la empresa en más de treinta sociedades independientes, acabando con décadas de monopolio. Pese a su disolución, Rockefeller mantuvo acciones en muchas de las empresas y continuó siendo el hombre más rico de Estados Unidos hasta su muerte.
Como contrapunto a su poco moral carrera como empresario, dedicó sus últimos años de vida a labores filantrópicas, donando más de quinientos millones de dólares y emprendiendo proyectos que abarcaban desde hospitales infantiles hasta la fundación de la Universidad de Chicago.
Sea como fuere, fue este hombre quien dio forma a la industria del petróleo tal y como la conocemos hoy en día y es indudablemente el protagonista de los primeros cuarenta años de esta historia.
Cinisca gana el premio en la carrera de carros. De Mme. De Renneville, «Biografía de las mujeres ilustres de Roma, Grecia y el Bajo Imperio» (París: Chez Parmantier, Libraire, 1825).
BBC News Mundo — Lo que Cinisca logró hace alrededor de 2.400 años fue, sin lugar a dudas, toda una hazaña.
Ganar los laureles en dos Juegos Olímpicos consecutivos -en 396 y 392 a.C. – ya de por sí lo es.
Pero hacerlo cuando a una persona como ella ni siquiera podía estar presente en el festival en honor al dios Zeus, aún más.
Cinisca, por más que fuera una princesa, hija y hermana de poderosos reyes, era una mujer de alrededor de 50 años, y a las mujeres, en esa época, no se les permitía competir.
Tenían hasta prohibido asistir al recinto sagrado del Santuario Olímpico, con las casadas amenazadas con pena de muerte de ser sorprendidas en el evento así fuera como meras espectadoras.
Para ellas había cabida en un festival distinto, en honor a Hera, la esposa de Zeus.
Poco se sabe de esos juegos aparte de lo que contó el viajero, geógrafo e historiador griego Pausanias en su extensa obra «Descripción de Grecia» del siglo II d.C.
Dice que eran organizados y supervisados por un comité de 16 mujeres de las ciudades de Elis, que tenía lugar cada cuatro años y que incluían unas carreras de chicas vestidas con una túnica que colgaba del hombro izquierdo y el pelo suelto.
Pero las atletas tenían que ser niñas jóvenes y solteras, así que Cinisca tampoco habría podido participar en esos juegos.
Entonces, ¿cómo logró obtener la victoria si la competencia olímpica estaba tan celosamente reservada para los varones?
– La excepcional Esparta
Cinisca aprovechó hábilmente una laguna legal. Participó en carreras de carros tirados por cuatro caballos en línea, pero no tenía que conducirlos para ganar… ni siquiera era necesario que estuviera en Olimpia. Ayer como hoy, las victorias en las carreras ecuestres se otorgan a los propietarios de los caballos, no a los jinetes.
¿Por qué tal fisura en las rígidas reglas sobre la presencia de mujeres en los Juegos? Quizás porque la mayoría de las mujeres en la Antigua Grecia en todo caso no habrían podido concursar.
En Atenas, como relata Sarah Pomeroy en su libro «Mujeres espartanas», las leyes suntuarias y las medidas destinadas a reducir la visibilidad de las mujeres en público proscribieron las oportunidades de las mujeres para montar en carruajes, y no hay pruebas de que alguna vez montaran a caballo.
Incluso más tarde, en Roma, donde hubo mucha más riqueza disponible, la Lex Oppia, promulgada como una medida suntuaria en el año 216 a.C., también prohibió a las mujeres montar en carros excepto con fines religiosos. Pero Cinisca era espartana, y como tal, gozaba de libertades inconcebibles para las demás.
«Jóvenes espartanos haciendo ejercicio», imaginados por Edgar Degas c. 1860.
La cultura espartana creía que los hijos más fuertes provenían de padres fuertes, así que, a diferencia del resto de la sociedad griega antigua, las autoridades alentaban a las mujeres a entrenar tanto la mente como el cuerpo.
Como también podían heredar, poseer y administrar propiedades, al igual que los terratenientes masculinos, las espartanas podían conducir carros o montar a caballo para inspeccionarlas.
Poder ir a caballo las dotó a las espartanas de una autonomía única para las mujeres en el mundo griego.
Cinisca, además, amaba los caballos.
Su padre fue el rey Arquidamo II y era hermana del rey Agesilao II, uno de los guerreros más famosos de Grecia, así que gozaba de una vida privilegiada. Según varias fuentes, tenía una gran finca dedicada enteramente a criar y entrenar caballos.
Ella misma preparó a su equipo y esperó al fin de la Guerra del Peloponeso, cuando se levantó el veto a la participación de Esparta en el festival en Olimpia. Sin poner un pie en los terrenos sagrados prohibidos, la princesa inscribió a sus caballos en la carrera de carros olímpicos.
Y su motivación para hacerlo sigue siendo tema de debate.
– ¿Ambición o manipulación?
Puede parecer normal que alguien que ame tanto los caballos y dedique todo su tiempo a entrenarlos quiera participar en la competencia más prestigiosa de la época. No obstante, hubo diversas opiniones sobre lo que motivó a un miembro de la realeza espartana a burlar las reglas de los Juegos.
Los que corren no son necesariamente los que reciben las coronas o medallas.
El filósofo e historiador Jenofonte era amigo del rey Agesilao y lo acreditó con despertar las ambiciones olímpicas de la princesa.
«…convenció a su hermana Cinísca para que criara caballos para carros, y demostró con su victoria que un semental de ese tipo marca al propietario como una persona de riqueza, pero no necesariamente de mérito [varonil]», escribió.
Agregó que Agesilao sentía que la victoria en Olimpia significaba poco; era mejor ser un buen rey, algo que incluía ser virtuoso, modesto y económicamente conservador.
Cinco siglos después, el filósofo Plutarco, al elogiar la modestia del estilo de vida de Agesilao, señaló:
«Sin embargo, al ver que algunos de los ciudadanos se estimaban mucho y se enorgullecían mucho porque criaban caballos de carreras, persuadió a su hermana Cinisca para que participara en las competencias de carros en Olimpia, deseando mostrarle a los griegos que la victoria allí no era una marca de gran excelencia sino simplemente de riqueza y derroche«.
Según Pausanias, no obstante, lo que impulsó a la princesa espartana fue la ambición personal.
«Cinisca deseaba vivamente la gloria en los Juegos Olímpicos y fue la primera mujer que crió caballos y la primera que consiguió una victoria olímpica«, escribió.
¿Fue una victoria engendrada por la princesa o ideada por el rey? ¿Fue Cinisca una pionera o un peón político? El debate de larga data ha continuado y se ha ampliado. Pero, como dice el dicho, nadie nos quita lo bailado, y el triunfo tornó rápidamente a Cinisca en una heroína.
«Después de Cinisca, también otras mujeres, y principalmente de Lacedemonia obtuvieron victorias olímpicas, ninguna de las cuales fue más famosa que ella por las victorias«, relató Pausanias.
Y contó que en «un lugar llamado Platanistas por el anillo ininterrumpido de altos plátanos que crecen a su alrededor» había un «santuario de héroes» dedicado a Cinisca.
Ese era un honor importante; el lugar estaba reservado para ceremonias religiosas y solo los reyes espartanos eran recordados de esa manera, y nunca una mujer. Pero quizás aún más emocionante fue que una estatua de bronce de Cinisca fue erigida en Olimpia, ese lugar en el que triunfó a pesar de su obligada ausencia.
Junto con esculturas de su carro y caballos de bronce, fueron los primeros monumentos dedicados por una mujer para conmemorar las victorias en las competiciones panhelénicas.
Así, aunque poco se sabe de su vida, su nombre pasó a la historia y quedó grabado en la base de su estatua:
«Yo, Cinisca, vencedora con un carro de veloces corceles, (…) me declaro como la única mujer de toda Grecia que ha ganado esta corona«.
Imagen representativa de un historiador romano antiguo.
Ancient Origins(C.Bogaard) — La Historia Augusta presenta un carnaval de historias extravagantes que han desconcertado a los historiadores durante siglos. Pero estas extrañas fabricaciones no se limitan a detalles irrelevantes. La antigua colección de biografías imperiales romanas incluso inventó emperadores, borrando la línea entre la realidad y la ficción en los anales de la historia romana.
– La Historia Augusta y sus gobernantes fabricados de la Antigüedad
La Historia Augusta es una colección de biografías de emperadores y usurpadores romanos, que abarca un período comprendido entre el 117 d.C. y el 285 d.C. Si bien la colección en sí afirma haber sido escrita por un grupo de seis autores entre el 305 y el 325 d.C., los historiadores creen que en realidad fue escrita a finales del siglo IV d.C. por un autor o grupo de autores desconocidos.
Entre la miríada de emperadores romanos narrados en la Historia Augusta, varios se destacan como flagrantes fabricaciones que nunca existieron. Uno de esos emperadores es Firmus Saturninus, que supuestamente reinó durante la crisis del siglo III, un período marcado por la inestabilidad política y los conflictos civiles. Otro es Floriano, cuyo reinado se dice que duró apenas 88 días antes de su prematuro fallecimiento.
Los emperadores imaginarios de la Historia Augusta plantean preguntas intrigantes sobre las motivaciones detrás de su inclusión. Algunos estudiosos especulan que sirvieron como advertencias o ejemplos morales. Otros sugieren que pudieron haber sido añadidos para llenar vacíos en el registro histórico o para crear paralelismos con emperadores reales, realzando la narrativa del texto. En The Play of Allusion in the Historia Augusta, David Rohrbacher sugiere que estas parodias eran en realidad chistes destinados a una audiencia informada.
La portada de una edición de 1698 de la Historia Augusta de la Abadía de Ettal en Alemania.
– Descifrando engaños: noticias falsas en la Historia Augusta
Dentro de la Historia Augusta, las mentiras van más allá de los emperadores inventados e incluyen anécdotas extravagantes e improbables. También hay varios documentos falsificados, incluidas cartas y discursos. Estos cuentos, a menudo rayanos en lo fantástico, desafían los esfuerzos de los historiadores por discernir la verdad de la ficción dentro de los anales de la historia romana.
Un ejemplo de ello es el relato del emperador Carino, que gobernó del 283 al 285 d. C., supuestamente nadando en estanques llenos de manzanas y melones flotantes, una representación caprichosa de la decadencia que pone a prueba la credulidad. Se dice que el comportamiento escandaloso de Heliogábalo, que gobernó como emperador romano del 218 al 222 d.C., incluyó travestismo, matrimonios múltiples y rituales extraños en una descripción cuestionable y sensacionalista.
De manera similar, la Historia Augusta relata la historia de Próculo, un supuesto usurpador que reclamó brevemente el trono imperial en el siglo III d.C., aunque no hay evidencia histórica de su existencia. El texto alega que Próculo desfloró a cien vírgenes en sólo quince días, una historia de notable audacia que desafía la credulidad.
Estos casos de noticias falsas en la Historia Augusta desdibujan la línea entre la realidad y el mito. Esto ha complicado los intentos de los estudiosos de construir una descripción precisa de la sociedad y la cultura romanas antiguas durante una época para la que hay escasez de material.
Historias de la historia(J.Sanz) — Los Juegos Olímpicos de la época clásica se disputaron en Olimpia desde el 776 a.C. hasta que el emperador Teodosio los abolió en 394. De hecho, se llamaba Olimpiada al período de cuatro años que transcurría entre cada edición de los Juegos.
Y aunque no eran los únicos juegos de Grecia -también se celebraban los Píticos en Delfos, los Ístmicos en el istmo de Corinto y los Nemeos en Nemea-, eran los más antiguos y, sobre todo, los que más prestigio aportaban al ganador y a la polis que representaba. Una vez promulgados los Juegos, se firmaba la paz olímpica y los hombres griegos y libres, en representación de diversas ciudades estado, competían en diferentes pruebas por la gloria.
En palabras del poeta Píndaro:
El vencedor, el resto de sus días, tendrá una dicha con sabor de mieles.
– Mujeres en los Juegos Olímpicos de la Antigüedad.
Uno de los atletas más famosos de la época clásica fue Diágoras de Rodas, que además de ser el gran triunfador en los Juegos celebrados en el 464 a.C. inició una saga de campeones olímpicos.
Sus hijos Diamageto, Acusilao y Dorieo, así como sus nietos Eucles y Pisírodo siguieron sus pasos.
Cuando la leyenda que, el día que Diamageto y Acusilao fueron coronados campeones, se acercaron hasta donde estaba su padre, lo subieron en hombros y dieron con él la vuelta triunfal. Fue demasiada emoción para su viejo corazón, y allí mismo falleció Diágoras.
Las mujeres tenían prohibido participar y asistir a los Juegos, pero Calipatira, hija de Diágoras y madre de Pisírodo, estaba tan segura del triunfo de su hijo que decidió jugársela y vivir en directo aquel día. Se vistió con las ropas de los entrenadores y consiguió colarse. Tal y como ella había soñado, su hijo consiguió hacerse con la victoria pero, llevada por su alegría, saltó la valla para felicitar a su hijo y la ropa se quedó enganchada…
Calipatira se quedó desnuda frente a todos. Según las reglas que regían los Juegos, el castigo para las mujeres que infringiesen la ley sería ser despeñadas por el monte Tipeo. En honor a su padre, hermanos e hijo, campeones olímpicos, los jueces le perdonaron la vida; y desde aquel momento se promulgó una nueva norma que obligaba a los entrenadores a ir desnudos, igual que los atletas, para que no volviese a ocurrir.
Algunas fuentes hablan de una mujer que consiguió vencer en los Juegos, concretamente en las pruebas ecuestres, pero sin estar presente. Y la explicación es que el ganador no era el jinete que, lógicamente, era un hombre, sino el propietario del caballo. Daba igual quién lo montase, así que digamos que el jinete era un complemento del caballo.
Cinisca de Esparta, hija del rey Arquídamo II, era la propietaria de los caballos que en las carreras de carros obtuvieron la victoria en las Olimpiadas de 396 y 392 a.C.
Aún así, algunas mujeres decidieron no resignarse y, dado que no podían participar en los Juegos de los hombres, crearon los suyos propios. En honor de la diosa Hera, también cada cuatro años y sólo unos días antes de los masculinos, se celebraron también en Olimpia los Juegos Hereos.
Al frente de la organización de estos Juegos había un grupo seleccionado de 16 mujeres. Las participantes competían divididas en tres grupos según las edades, y lo hacían en una única prueba que consistía en una carrera a pie con un recorrido algo inferior al de los hombres.
Las mujeres no competían desnudas, llevaban una túnica corta, por encima de la rodilla, y tenía descubierto el hombro derecho hasta el pecho. Además, debían llevar el pelo suelto. Al igual que los hombres, las vencedoras en los Juegos Hereos, normalmente espartanas, eran coronadas con olivo. Sabiendo que las mujeres de Esparta ejercitaban sus cuerpos desde muy jóvenes, es normal que fueran las que acaparasen todos los honores.
– Cuando la literatura y la pintura eran disciplinas olímpicas.
A lo largo de los años las disciplinas que han formado parte de los Juegos Olímpicos han ido variando, una veces incorporándose nuevas y en otras desapareciendo, como el tirón el pichón, la pelota vasca, el ascenso en globo, el lacrosse, trepar la cuerda o… el arte (competiciones de arquitectura, escultura, literatura, pintura y música).
En los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 el estadounidense Walter Winans consiguió una medalla de oro con 60 años; para él no era nada nuevo conseguir un metal olímpico, ya tenía una de plata de estos mismo juegos y otras dos (oro y plata) de Londres 1908, todas ellas en la disciplina de tiro; pero aquella tenía un sabor especial… era el oro olímpico en la competición de escultura que consiguió por la obra «An American Trotter«
Aunque en la idea primigenia que tenía Pierre de Coubertin para los Juegos Olímpicos también estaban incluidas las competiciones de arte, no sería hasta los Juegos de Estocolmo 1912 cuando tendrían cabida bajo las disciplinas de arquitectura, escultura, literatura, pintura y música.
El único requisito para poder competir era que las obras tuvieran su inspiración en el deporte. Hasta 33 artistas (principalmente europeos) presentaron sus obras y se otorgó una medalla de oro en cada una de las cinco categorías.
Además de Winans, también consiguieron su medalla de oro el italiano Giovanni Pellegrini en pintura, los suizos Alphonse Laverrière y Eugène-Edouard Monod en arquitectura, el italiano Ricardo Barthelemy en música y en literatura George Hohrod y Martin Eschbach -seudónimo con el que presentó «Ode au Sport» (Oda al Deporte) el propio barón de Coubertin-.
Aunque entre 1912 y 1948 los artistas de estas cinco disciplinas tomaron parte en los Juegos, la realidad es que estas competiciones eran un tanto caóticas: se necesitaban «espacios» diferentes a los puramente deportivos, en varias ocasiones las medallas (ya ampliadas a las típicas de oro, plata y bronce) quedaron desiertas por lo «relativo» del arte y la opinión de un jurado e incluso algunas competiciones se dividían en unos Juegos y agrupaban en otros (en Ámsterdam 1928 la literatura tenían tres subcategorías: líricas, dramáticas y épicas, en Los Ángeles 1932 se reagruparon y en Berlín 1936 se volvieron a dividir).
Pinturas presentadas en los Juegos de Amsterdam 1928
Pero lo que realmente hizo desaparecer el arte de los Juegos Olímpicos fue el amateurismo. Mejor dicho, habría que decir la defensa a ultranza del deporte amateur y la oposición al profesionalismo y a la comercialización de los Juegos Olímpicos del estadounidense Avery Brundage, nombrado presidente del COI en 1952.
Entendía que la mayoría de los participantes en las competiciones de arte eran profesionales en sus disciplinas y que se utilizaban los Juegos como un escaparate para que sus trabajos se conociesen internacionalmente y poder vender sus «productos».
Avery Brundage ganó la partida y las competiciones de arte desaparecieron de los Juegos. De hecho, en los medalleros históricos del COI dichas medallas no están contabilizadas.
El hecho de que los Juegos se convirtiesen en un espectáculo de masas, en el mayor escaparate mundial y en un negocio económico y hasta político, abrió las puertas al profesionalismo… y al dinero. Aún así, las competiciones de arte ya no se recuperaron y nunca más volvieron a ser disciplinas olímpicas… pero hubo un tiempo en que lo fueron.
– ¿Por qué la distancia de la prueba de maratón mide hoy en día 42 Km y 195 m?
El origen de esta prueba se basa en la historia de Filípides, quien en el 490 a.C murió de fatiga tras recorrer 40 km desde Maratón a Atenas para avisar de la victoria sobre los persas. La realidad es que la gesta de Filípides fue mucho mayor: antes de la batalla recorrió la distancia entre Maratón y Esparta, unos 120 Km, para solicitar ayuda y, además, regresó con la respuesta negativa.
En total 240 km. Fuera como fuese, en 1896 la maratón (40 km. aprox.) se incluyó como disciplina olímpica. Para llegar a los 42 Km y 195 m habría que esperar hasta la Olimpiada de Londres en 1908, donde se diseño un recorrido para esta prueba con salida en el castillo de Windsor -residencia de la Corona británica- y meta en el Estadio Olímpico de Londres con una longitud de algo menos de 40 kilómetros.
Sin embargo, por caprichos y comodidad de la realeza, se modificó el recorrido para que viesen la salida desde sus aposentos y la llegada se produjese justo frente al palco real del estadio.
Este ajuste resultó en una longitud exacta de 42 kilómetros y 195 metros que fue adoptada como la longitud oficial de la maratón en los Juegos Olímpicos siguientes. Finalmente, fue estandarizada por la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) para todas las competiciones en 1921.
– Juegos de los calzoncillos
El símbolo más venerado y reconocible de los Juegos Olímpicos es la llama olímpica. En la era moderna, la llama olímpica apareció por primera vez en los juegos de Ámsterdam 1928. La idea fue sugerida por Theodore Lewald, miembro del Comité Olímpico Internacional, que más tarde se convirtió en uno de los principales organizadores de los juegos de Berlín en 1936.
Desde estos Juegos se convirtió en tradición el relevo que lleva la antorcha desde Olimpia, encendida frente a las ruinas del templo de la diosa Hera, hasta la ciudad anfitriona, donde prenderá el pebetero de la llama olímpica.
Olimpia – Templo Hera
Los Juegos de la XVI Olimpiada, celebrados en 1956 en Melbourne (Australia), tuvieron la particularidad de que las pruebas de equitación se tuvieron que trasladar a Estocolmo (Suecia) debido a la severidad de la normativa australiana en cuanto al ingreso al país de caballos extranjeros… y los calzoncillos olímpicos.
Un grupo de nueve estudiantes de la Universidad de Sidney, encabezados por Barry Larkin, quisieron protestar por el origen nazi de la tradición del relevo de la antorcha… echándole un poco de humor. La idea era hacerse pasar por el portador de la antorcha olímpica en el último tramo hasta que se entregase al alcalde Pat Hills.
Uno de los estudiantes, vestido con un pantalón corto y una camiseta blanca, portaría la antorcha y el resto harían de escolta. ¿Y la antorcha? Una casera: una pata de una silla, sobre ella una lata de pudin de ciruela y dentro de la lata unos calzoncillos ¿usados? empapados de queroseno.
Cuando la antorcha llegó a la ciudad, los estudiantes comenzaron su relevo a mitad de camino, pero al principio todos se dieron cuenta de que era una broma y, sobre todo, cuando debido al movimiento de la original antorcha los calzoncillos se caían de la lata. Barry Larkin se percató de que aquello se iba a quedar en una bufonada y decidió coger él mismo la antorcha.
Continuó la carrera y conforme iba avanzando, dejando atrás a los que habían visto que era una broma, la gente se apartaba a su paso —e incluso la policía le escoltó—, convirtiéndose en el relevo oficial. Hasta tal punto que llegó hasta el estrado donde estaba el alcalde y depositó la antorcha. Hills, que estaba más preocupado de su discurso, ni miró lo que portaba aquel hombre.
Barry Larkin con la antorcha
Comenzó su alocución… hasta que alguien se dio cuenta de que aquella no era la antorcha oficial. Barry Larkin se había escabullido entre la gente. Tras unos instantes de «¡Tierra, trágame!» y de no saber qué hacer, tuvieron la suerte de que en aquel momento llegó el portador oficial, Harry Dillon, que hizo la entrega y pudo continuar la ceremonia.
– Cuando la amistad está por encima de la competición.
Los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 tuvieron dos grandes protagonistas: Hitler y el atleta estadounidense Jesse Owens, ganador de las pruebas de 100m, 200m, 4x100m y salto de longitud.
Pero en este artículo no voy a hablar de ninguno de ellos, los protagonistas de esta historia son dos atletas que no ocuparon los titulares de los medios pero que demostraron que la amistad está por encima de las marcas y los resultados… los saltadores de pértiga nipones Shuhei Nishida y Sueo Oe.
En la prueba de pértiga el estadounidense Earle Meadows consiguió superar 4,35 metros y los japoneses Shuhei Nishida y Sueo Oe consiguieron un mejor salto con 4,25 metros.
A las nueve de la noche y después de varias horas saltando sin poder superar los 4,25 metros ninguno de los dos, la organización decidió zanjar el tema y propuso a la delegación japonesa que fuesen ellos los que determinasen el reparto de la medalla de plata y bronce.
A efectos del medallero, Earle Meadows se llevó el oro, Nishida la plata -por haber conseguido el mejor salto en su primer intento- y Oe el bronce. Como aquella decisión no satisfizo a los pertiguistas japoneses, decidieron arreglarlo a su modo cuando regresaron a Japón.
Llevaron ambas medallas a un joyero local y le encargaron que las cortase por la mitad y luego las volviese a unir para que cada una de ellas tuviese una mitad de plata y la otra de bronce. A aquellas medallas se les llamó «las medallas de la amistad».
Medalla de la Amistad
– Peter Norman, ¿héroe o villano?
El Black Power fue un movimiento en defensa de los derechos de la raza negra originado en EEUU en los años 60. El nombre de este movimiento se tomó del libro de Richard Wright, «Black Power«, de 1954.
Sería en los Juegos Olímpicos de México’68 donde se daría a conocer mundialmente. Al principio, los deportistas americanos de raza negra pensaron boicotear los Juegos, pero decidieron participar y utilizar el evento para reivindicar sus derechos (era el mejor escaparate). El 16 de octubre se celebró la final de los 200 metros lisos.
Tras una de las mejores carreras de la historia de los Juegos, ganaba el americano Tommie Smith (19.83), segundo el australiano Peter Norman (20.06) y tercero el también americano John Carlos (20.10).
El momento esperado por el Black Power había llegado, Tommie y John salieron a recoger las medallas descalzos, con calcetines negros y alzaron su puño envuelto en un guante negro mientras comenzaba a sonar el himno estadounidense (John levantó el puño izquierdo porque se había olvidado sus guantes y se puso el de la mano izquierda de Tommie, parece ser que la idea se la dio el australiano).
Peter Norman, como muestra de apoyo, lució el emblema del Black Power en su chándal.
Las consecuencias no se hicieron esperar, el COI los expulsó de los Juegos por utilizar el deporte para reivindicaciones políticas. En EEUU fueron criticados por la prensa y relegados al ostracismo.
¿Qué fue de Peter Norman? El blanco que durante un instante fue negro.
Incluso siendo poseedor, a fecha de hoy, del récord absoluto de Australia en los 200 metros lisos, le prohibieron volver a participar en unos Juegos Olímpicos. Poco tiempo después se retiraba del atletismo, sufrió depresiones, se divorció y tuvo problemas con el alcohol. Su medalla de plata durante estos años sirvió de tope para una puerta.
Ellos sacrificaron sus vidas por una causa pacífica en la que creían. Y estar implicado en esa historia como yo estuve, aunque sea de una manera tan pequeña, te marca de por vida.
Pensó que los Juegos de su país, Sidney’2000, servirían para reivindicar su gesto y recuperar su honor. Otro chasco, fue excluido para realizar la vuelta de honor con los atletas australianos… Pero sí lo hicieron los americanos, quienes lo consideraban como un hermano.
En el año 2004 su sobrino, Matt Norman, comenzó a trabajar en la película «Salute» (Saludo) basada en los hechos ocurridos en la entrega de medallas. Consiguió reunir a los tres atletas por primera vez tras 36 años.
En 2006, cuando estaba preparando un gira para promocionar la película, Peter Norman fallecía de un infarto a los 64 años. Tommie Smith y John Carlos se trasladaron a Melbourne y cargaron el féretro de Norman en el funeral.
Peter no tenía que haber tomado esa insignia, Peter no era estadounidense, Peter no era un hombre negro, Peter no tenía que haber sentido lo que sintió, pero fue un hombre. –John Carlos-
Tras el estreno de la película en 2008, Matt Norman puntualizó:
Si no hubiera estado en esa demostración ese día, habría sido apenas otra medalla de plata que Australia habría conseguido y nadie habría oído hablar de Peter Norman.
– El gimnasta que consiguió 6 medallas compitiendo con una pierna de madera.
El 4 de julio de 2012, el Comité Olímpico Sudafricano confirmó al atleta Oscar Pistorius para asistir a los Juegos Olímpicos de Londres, convirtiéndose en el primer atleta con doble amputación que ha competido en una cita olímpica -llegó a las semifinales de los 400 m-.
Natalie du Toit participó en los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 en la prueba de natación de 10 km en aguas abiertas, siendo el primer nadador amputado que competía en unas Olimpiadas.
Y si ya es un triunfo el hecho de poder participar en unos Juegos dadas sus limitaciones, qué decir del gimnasta estadounidense George Eyser que consiguió 6 medallas (3 de oro) en los Juegos de San Luis (EEUU) de 1904… compitiendo con una prótesis de madera en su pierna izquierda.
George Eyser nació el 21 de agosto de 1870 en Kiel (Alemania), época en la que Otto von Bismarck, el Canciller de Hierro, estaba enfrascado en la unificación alemana.
Años antes, y al calor de creciente fervor nacionalista e independentista, Friedrich Ludwig Jahn había creado el Turnverein, un movimiento deportivo, principalmente basado en la gimnasia, con el fin de mejorar las capacidades físicas de los jóvenes alemanes y de inculcar en ellos la disciplina y el esfuerzo (¿esa raza superior que tantas muertes ocasionó un siglo después?).
Tal fue el éxito de esta iniciativa, que se extendió rápidamente por toda Europa y allí donde los alemanes emigraron. A pesar de la unificación, no todo fueron parabienes y la familia de George tuvo que emigrar a los EEUU cuando apenas tenía 14 años. Después de pasar por Colorado, los Eyser decidieron establecerse en San Luis.
Además de conseguir trabajo como contable en una empresa de construcción, George tuvo la suerte de llegar a una ciudad donde los emigrantes alemanes habían fundado un club de gimnasia llamado Concordia, donde pudo seguir practicando la gimnasia igual que había hecho en su Alemania natal desde muy pequeño.
La vida le sonreía: tenía un trabajo, disfrutaba de su pasión por la gimnasia, consiguió la nacionalidad estadounidense… hasta que sufrió un accidente y un tren le amputó la pierna izquierda.
Lo que para otro habría supuesto el fin de sus aspiraciones deportivas, para George fue sólo otro obstáculo más de los muchos que había tenido que superar.
Tras colocarle una prótesis de madera, trabajó muy duro potenciando su tren superior para compensar la carencias de la extremidad perdida y se puso como objetivo poder participar en los Juegos Olímpicos que se iban a celebrar en su ciudad, San Luis. La elección de San Luis como sede olímpica también tiene su propia historia, porque inicialmente la sede elegida había sido Chicago.
Por aquellas fechas, en San Luis se estaba celebrando una Feria Internacional con motivo del centenario de la compra de Luisiana a Francia. Ante el peligro de que los Juegos pudiesen eclipsar la Feria, James E. Sullivan, uno de los organizadores, amenazó al propio Barón Pierre de Coubertin con boicotear los Juegos y crear competiciones deportivas paralelas en la Feria.
Por no querer que el movimiento deportivo se viese envuelto en aquella disputa, el Barón cedió y concedió a San Luis la celebración de los Juegos Olímpicos de 1904.
Equipo Concordia con George Eyser en el centro con pantalón largo
Y llegó el momento, con 33 años George iba a competir en las diferentes modalidades de gimnasia, tanto individuales como por equipos, divididas en dos jornadas. En la primera jornada, celebrada el 1 de julio, George no estuvo muy bien y sus resultados en las diferentes pruebas fueron discretos.
Todo cambió en la segunda jornada, celebrada el 29 de octubre –¡cuatro meses después!-, cuando nuestro protagonista consiguió 6 medallas: oro en las disciplinas de barras paralelas, salto de potro y subir la cuerda a pulso; plata en caballo con arcos y combinada; y bronce en barra horizontal.
Además, contribuyó a que el club Concordia finalizase en cuarto puesto en la competición por equipos (que no países). Finalizados los Juegos, George Eyser siguió compitiendo con su club, ganando un concurso internacional en Alemania en 1908 y otro nacional en Ohio en 1909… y desapareció. Desde aquel momento no existe ningún registro ni referencia de su vida… ni de su muerte.
– Las tres Olimpiadas de Barcelona.
Supongo que muchos pensaréis que el título de este artículo es erróneo o producto del llamado síndrome postvacacional pero no, el titular es correcto…. las Olimpiadas de Barcelona de 1936, 1952 y 1992. Dos de ellas deportivas (1936 y 1992) y la otra religiosa (1952). Dejaremos a un lado la celebrada en 1992 porque todo el mundo la conoce y nos centraremos en las otras dos:
Olimpiada Popular (1936)
Los Juegos de la XI Olimpiada se se iban a celebrar en 1936 en Berlín (Alemania) y varios países se plantearon el boicot a los Juegos por las políticas racistas de los nazis, pero Hitler sabía que debía aprovechar aquel escaparate internacional para vender su nueva Alemania, así que suavizó las medidas (incluso permitió participara a algún deportista de origen judío) para evitar el boicot… pero España no cedió y boicoteó los Juegos.
Es más, el gobierno de la Segunda República organizó su propia competición: la Olimpiada Popular. Para la organización de dicho evento se creó el Comité de la Olimpiada Popular bajo la presidencia de Josep Antoni Trabal que fijó como fechas del evento del 19 al 26 de julio. Para esta Olimpiada se utilizaría la infraestructura creada para la Exposición Internacional de 1929 y el Estadio de Montjuïc sería la sede de las competiciones deportivas.
Olimpiada Popular no se iba a quedar en una mera competición deportiva sino que también programaron otros actos culturales como un festival internacional de folclore. Además, la participación no quedaba delimitada únicamente a delegaciones nacionales sino que también podían participar territorios que no constituían un país, como Alsacia, Cataluña, Galicia, Protectorado francés de Marruecos o el español.
Se inscribieron unos 6.000 atletas, siendo las delegaciones de Estados Unidos, Francia y Países Bajos las más numerosas. Lógicamente, Alemania no envió ningún representante pero sí se permitió inscribirse a alemanes exiliados del régimen nazi, algunos de ellos judíos.
Barcelona se engalanó y sus calles se convirtieron en un hervidero de alegría, fiesta y, sobre todo, fraternidad. El 18 de julio, un día antes de la inauguración de la Olimpiada y mientras el maestro Pau Casals dirigía los ensayos de la Novena Sinfonía de Beethoven para la ceremonia de apertura, llegó un miembro de la organización…
Suspendan el ensayo. Tenemos noticias de que esta noche habrá un alzamiento militar en toda España. El concierto y la Olimpiada han sido suspendidos.
Los vítores a los campeones, la música, el sudor por el esfuerzo y las lágrimas del perdedor dejaron paso a los gritos de dolor, los bombardeos, la sangre de los heridos y las lágrimas por los muertos…. la Guerra Civil Española.
Algunos atletas nunca llegaron a Barcelona debido al cierre de la frontera francesa, la mayoría de los que ya estaban escaparon pero unos pocos, alrededor de 200 atletas, se unieron a las milicias populares para luchar por la República.
Olimpiada de la Hostia (1952)
A Pío XII se le acusó de no hacer algo más contra la barbarie nazi sufrida por los judíos y, además, de ser tan anticomunista como los fascistas, lo que está claro es que su anticomunismo se vio acentuado cuando terminó la guerra y hubo posibilidades de que ganasen en las elecciones parlamentarias de Italia.
Pío XII declaró que cualquier italiano católico que apoyara a los candidatos comunistas en las elecciones generales italianas del 1948 sería excomulgado e instó a que se apoyase al Partido Demócrata Cristiano de Alcide de Gasperi que, a la postre, resultaría ganador. Además, al año siguiente autorizó a la Congregación para la Doctrina de la Fe a excomulgar a cualquier católico que militara o apoyara al Partido Comunista.
Su acercamiento a la otra potencia, EEUU, era evidente y para ello se sirvió de Francis J. Spellman, arzobispo de Nueva York y amigo personal del Papa. Así estaban las cosas…
En 1952, en plena Guerra Fría, se celebró el XXXV Congreso Eucarístico Internacional en Barcelona donde, según crónicas de la época, se congregaron casi un tercio del Sacro Colegio Cardenalicio, más de doscientos cincuenta obispos de todo el mundo, quince mil sacerdotes y dos millones de fieles. En este Congreso es donde el arzobispo Spellman soltó aquello de…
No hay en la hora mundial actual otra elección: o comunión, o comunismo.
En una de las multitudinarias misas que allí se celebraron se llegó a dar la comunión a 500.000 fieles… y de aquí nació llamarle la Olimpiada de la Hostia.
XXXV Congreso Eucarístico internacional de Barcelona
Historias de la historia(J.Sanz) — Antes de nada habría que precisar que son idiomas basados en el español o castellano, o bien idiomas híbridos, como casi todos por otra parte, en los que la lengua de Cervantes forma parte de la mezcla. Además, seguro que alguien en España habla alguno de ellos o más de uno, pero la inmensa mayoría de los hablantes de estos cuatro idiomas se encuentran allende los mares. Hechas las precisiones, vamos a ello:
– Chamorro
El chamorro es la lengua de la población originaria de las islas Marianas, situadas en el Pacífico norte, al este de Filipinas y al sur de Japón.
Se habla por alrededor de unas 50.000 personas en los dos territorios en los que se divide el archipiélago de las Marianas: la isla de Guam (Islas Marianas del Sur), que es una posesión estadounidense, y la Mancomunidad de las Islas Marianas del Norte, con un estatus político similar al de Puerto Rico, siendo cooficial en ambos con el inglés.
¿Y qué pinta nuestra querida «ñ» en un archipiélago del Pacífico? Antes de nada, ya os digo que no sufráis por la soledad y el posible desamparo de la «ene con virgulilla» por esos mundos de Dios, porque no está sola. De hecho, en torno al 50% del vocabulario chamorro (que así se llamó a los nativos) es de origen español, además de numerosos elementos y construcciones gramaticales.
En 1521, Fernando de Magallanes y Juan Sebastián de Elcano llegaron a la isla de Guam (Guaján para los españoles) en el transcurso de su expedición para circunnavegar el globo, y aunque el primer contacto fue un intercambio amistosos de productos, la realidad es que un problema de interpretación en lo referente al uso de los posesivos (mío, tuyo, nuestro…) dio lugar a un enfrentamiento entre europeos y chamorros. Por este motivo, las llamaron Las Islas de los Ladrones.
En 1668, el padre Diego Luis de San Vitores rebautizó las islas como Las Marianas en honor a la regente española Mariana de Austria, viuda de Felipe IV.
Y Guam iba a funcionar como un punto estratégico relevante cuando en 1565 se estableció la ruta conocida como Galeón de Manila, Galeón de Acapulco o Nao de China, que durante 250 años, hasta 1815, cruzó el océano Pacífico una o dos veces por año entre Manila (Filipinas) y los puertos de Nueva España en América, principalmente Acapulco.
Este galeón protagonizaba la travesía Filipinas-México de una ruta comercial que se extendía desde Europa hasta América y a la región de Asia-Pacífico, convirtiéndose en la primera ruta de comercio mundial de la historia, además de la más larga de su época.
¿Y cuándo dejamos de compartir ñ con los chamorros? El Tratado de París de 1898, firmado el 10 de diciembre, ponía fin a la Guerra hispano-estadounidense –Desastre el 98– y daba la puntilla al Imperio ultramarino español. Mediante dicho tratado, España abandonó sus demandas sobre Cuba y declaraba su independencia, y Filipinas, Guam y Puerto Rico eran oficialmente cedidas a los Estados Unidos por 20 millones de dólares.
La verdad es que, en la práctica, los estadounidenses ya se habían apoderado de Guam al más puro estilo berlanguiano.
Guam, Guaján para los españoles, era a finales del siglo XIX una posesión olvidada con un reducido destacamento de hombres protegiéndola. El último mensaje que las autoridades españolas de Guam recibieron de España era del 14 de abril de 1898, un mes antes del conflicto con los EEUU, en el cual se manifestaba la posibilidad de un acercamiento diplomático que evitara un conflicto armado. Henry Glass, capitán del crucero USS Charleston, se dirigía a Manila cuando recibió órdenes de tomar Guam.
El 20 de junio llegó a la isla y ordenó disparar tres de sus cañones, cuando se disipó el humo una pequeña embarcación con bandera española se acercó al Charleston. La delegación española solicitó subir a bordo para entrevistarse con el capitán. Ante el asombro de éste, le saludaron efusivamente y se excusaron de no poder devolver el saludo, porque ¡¡¡no tenía pólvora para las salvas de cañón!!! Glass le informó que se había declarado la guerra y que venía a tomar la isla.
Debido a la inferioridad numérica de la guarnición española, la escasez de pólvora y de cañones – con el único que no se corría peligro al dispararlo era el dedicado a ceremonias-, sin fortificaciones en la isla y sin posibilidad de ayuda, el general Juan Marina rendía la isla haciendo constar lo siguiente:
Sin defensas de ninguna clase, ni elementos que oponer con probabilidad de éxito a los que usted trae, me veo en la triste decisión de rendirme, bien que protestando por el acto de fuerza que conmigo se verifica y la forma en que se ha hecho, pues no tengo noticia de mi Gobierno de haberse declarado la guerra entre nuestras dos naciones.
Siguiendo las órdenes recibidas, los estadounidenses ondearon la bandera en la isla y continuaron hasta Manila. Siendo Guam las isla más grande de las Islas Marianas, y la «más protegida», nada habría costado a Glass tomar el resto, pero en sus órdenes nada se decía al respecto.
Así que, ante el interés de Alemania, en 1899 sacamos tajada de aquel olvido estadounidense y les vendimos el resto de las Marianas por 25 millones de pesetas (17 millones de marcos), poniendo fin a 378 años de presencia española en el océano Pacífico.
– Chabacano
La primera acepción de la RAE define chabacano como (adjetivo) «grosero o de mal gusto». Entonces, ¿qué es el idioma chabacano? Pues para eso nos vamos a la tercera acepción de la RAE que dice así: «lengua criolla de base española y con estructura gramatical de lenguas nativas, que se habla en Mindanao y otras islas filipinas».
Islas que, a pesar de que los EEUU nos echaran de allí a patadas, han conservado el nombre que se les puso en 1543 en honor al entonces futuro rey de España Felipe II. Se supone que las élites culturales españolas de las islas veían aquella lengua derivada del castellano con simplificaciones y giros locales, propia de los nativos en su esfuerzo por asimilar el vocabulario de los españoles, como una corrupción vulgar y barriobajera de la lengua cervantina, por lo que la consideraron «chabacana».
Aunque está disminuyendo el número de sus hablantes (en la actualidad alrededor de unas 400.000 personas), el chabacano es uno de los principales idiomas de Filipinas. En un país complejo y disperso de más de 7.000 islas, que cuenta con unos 120 idiomas, y sometido a múltiples presiones desde el inglés y el tagalo, el chabacano ocupa el número 12 de los 19 que el Gobierno incluye en el sistema público de enseñanza.
A diferencia de otras lenguas minoritarias filipinas, el chabacano cuenta hoy con el apoyo de un nutrido grupo de académicos empeñados en dignificarlo, prueba de ello es que hace unos años se elaboró el primer alfabeto del idioma (también incluye la ñ).
Este hijo (cultural) de España y Filipinas es un legado lingüístico que viene a confirmar la fusión racial y lingüística de más de 300 años de cohabitación entre españoles y autóctonos.
– Ladino
Desde los tiempos de los godos, en la península ibérica los judíos han sido perseguidos con mayor o menor intensidad dependiendo del momento y el lugar.
Fueron acusados de ser los portadores de la peste, de crucificar niños el día de Viernes Santo para rememorar la pasión de Cristo, se les prohibió practicar determinados oficios, fueron recluidos en guetos y, para rematar la faena, eran marcados con señales distintivas (no fue un invento nazi), culminando con el decreto de expulsión de los judíos, firmado el 31 de marzo de 1492 por los Reyes Católicos en base a un texto de Tomás de Torquemada, Inquisidor General.
Según este decreto, los que no se convirtieron debían abandonar Sefarad (así es como los judíos llamaban a España). Unos 100.000 judíos abandonaron sus casas y su país, obligados a malvender sus pertenencias y a costearse el flete de los barcos. Se exiliaron a Navarra, reino en teoría todavía independiente, a los Balcanes, el Norte de África y el Imperio Otomano.
Hay dos detalles que nos demuestran el apego que tenían por esta tierra, que también era la suya: primero, conservaron las llaves de sus casas y, a fecha de hoy, hay muchas familias que todavía las guardan y son las mujeres las encargadas de transmitirlas de generación en generación; y segundo, mantuvieron el sefardí, juedoespañol, judezmo o ladino (el castellano que se hablaba en el siglo XV en la península) allá donde fueron, incluso en Auschwitz.
Salónica fue una de las ciudades del Imperio otomano que más judíos acogió, llegando a suponer más del 50% de la población en el siglo XVI. Según lo estipulado en el Tratado de Bucarest (1913), Salónica pasó a formar parte de Grecia. En 1941 los nazis tomaron Grecia y comenzaron la persecución y el exterminio de los judíos.
Está claro que Salónica era una especie de capital de lo sefardí: el grupo era rico; el Gobierno turco, tolerante; los rabinistas, inteligentes y tradicionalistas. En los presentes días, sin embargo, Salónica, como núcleo importante de la diáspora, ya no existe; los judíos de Salónica, que hablaban ladino, fueron asesinados por la Gestapo durante la ocupación de Grecia por los ejércitos alemanes. El hecho ha sido un golpe mortal a la vieja lengua que los judíos se llevaron de nuestro país a consecuencia del decreto de expulsión del siglo XV. – Josep Pla, autor del libro «Israel, 1957»-
En noviembre de 2010, con 97 años, falleció Jacques Stroumsa, el llamado violinista de Auschwitz. De origen sefardí y natural de Salónica, era la voz «viva» del ladino en el horror del campo de exterminio. Amaba a España y se reconocía como «hijo de España».
En sus lugares de exilio, los judíos sefardíes mantuvieron aquel castellano medieval, con las particularidades léxicas del hebreo por cuestiones religiosas, porque era un signo de pertenencia a la comunidad judía, y como todo idioma vital, el ladino evolucionó (de forma independiente con respecto al español peninsular y americano) al entrar en contacto con las lenguas propias de los países donde se establecieron los sefardíes expulsados, especialmente la cuenca del Mediterráneo y los Balcanes, enriqueciéndolo y, en cierta medida, modernizándolo.
En la actualidad, se calcula que quedan entre 200.000 y 300.000 descendientes de aquellos judíos españoles en Israel, de los que la mitad conocen el ladino pero no todos lo hablan correctamente. Y aunque no hay un censo sefardí, se estima que puede haber otros 200.000 más repartidos por otros países, quienes en mayor o menor medida podrían tener conocimientos del ladino.
En 1997, se creó en Israel la Autoridad Nacional del Ladino, un organismo encargado del estudio, conservación y protección de una lengua que en la actualidad es hablada sobre todo por personas de avanzada edad y que está perdiendo pujanza entre sus hijos y nietos.
En 2019 se dio un paso al frente en la lucha por evitar su desaparición cuando el pleno de la Real Academia Española (RAE) acordó por unanimidad aprobar la constitución de la Academia Nacional del Judeoespañol (Akademia Nasionala del Ladino) en Israel como correspondiente de la RAE.
Y para los que habéis buscado en la RAE ladino, en su primera acepción lo define como (adjetivo) «astuto, sagaz, taimado», porque así es como los habitantes de la piel de toro durante el Medievo veían a los judíos. Por cierto, de judío tenemos judiada.
Akeyos polvos trujeron estos lodos i estas nuves trujeron estas luvias i estas luvias trujeron estos friyos i estos friyos trujeron estos yelos i estos yelos trujeron hazinura i akeyos polvos son lo ke fueron ke son estos biervos ke mas no serán
– Spanglish
Nuestra querida Real Academia Española incorporó el término spanglish (o espanglish) a su diccionario en 2014, definiéndolo como una “modalidad del habla de algunos grupos hispanos de los Estados Unidos en la que se mezclan elementos léxicos y gramaticales del español y del inglés”.
Una forma de hablar que nació en el siglo XIX en la frontera de Estados Unidos con México hoy día es un fenómeno global. La primera versión del spanglish se gestó durante la guerra entre Estados Unidos y México de 1846-1848, cuando ocurrieron los primeros encuentros lingüísticos entre hispanohablantes y anglohablantes en el conflicto.
Continuó su expansión mediante otra guerra: la hispano-estadounidense de 1898, cuando Estados Unidos llegó al Caribe. A partir de ese momento, comenzó una gran migración y en la ida y vuelta se mezclaron ambos idiomas.
Así es como, a lo largo del siglo XX, el spanglish crece en su alcance y pasa de ser solo una forma de hablar fronteriza y se convierte también en una variedad lingüística migratoria, con la llegada de miles de migrantes latinoamericanos a suelo estadounidense.
Según Francisco Marcos Marín, lingüista y profesor emérito en la Universidad de Texas en San Antonio, «quien habla spanglish lo que quiere es hablar inglés, se ha decidido ya por una evolución hacia el inglés y trata de abandonar el español para expresarse en una nueva lengua que todavía no domina.
No intenta conservar las estructuras lingüísticas del español, sino ir sustituyéndolas por las inglesas, empezando por la más simple, el inventario léxico. Lo que caracteriza a esta lingua franca es su inequívoca condición de transición hacia el inglés». Por tanto, sería un idioma transitorio.
Nada que ver con la opinión de Ilian Stavans, titular de la primera cátedra mundial de spanglish en el Amherst College de Massachussets, que deja claro que ha venido para quedarse: «la aceptación se debe “al ejército mediático” con el que cuenta esta forma de hablar.
Obras de teatro, la música que se escucha en todo el mundo, películas, novelas, libros infantiles y todo tipo de manifestaciones artísticas. Artistas latinos —sobre todo del reguetón y del género urbano en general— han llevado el spanglish a la cima de las listas musicales, con letras que a su vez han propulsado su uso en todos los rincones del mundo.
También están las redes sociales, aplicaciones y webs que promueven su utilización y consumo y muchas corporaciones y negocios que también lo han adoptado. […] el spanglish ha logrado superar las fronteras y las rutas migratorias para convertirse en un fenómeno global exportado a otros países.
Si juntamos la población de Estados Unidos con la población de América Latina que lo usa, habrá unos 50 millones de personas que hablan esta lengua de una forma u otra».
¿Estás ready? Parquea la troca y vamos a janguear.
El chamorro, el chabacano, el ladino y el spanglish son cuatro variaciones del español o castellano y forman parte del arco iris lingüístico de la historia de España.
Infobae(J.Angulo) — Cuando eltelón se alzó, en medio de un silencio respetuoso de la audiencia, Rosa Merino comenzó a entonar las primeras palabras del himno.
La cantante es reconocida en nuestra historia por ser la primera mujer en interpretar la “Marcha Nacional del Perú”, gracias a una convocatoria realizada por el general San Martín. Su fama se remonta al año 1812, mucho antes de interpretar por primera vez el Himno Nacional, cuando formó parte de la compañía lírica liderada por Andrés Bolognesi.
Ella deslumbraba al público con su talento, actuando y cantando en el Teatro Principal, conocido actualmente como Teatro Manuel Ascencio Segura. Este histórico lugar se encuentra ubicado en la cuadra dos del jirón Huancavelica, en el Centro Histórico de Lima, y es considerado uno de los teatros más antiguos de Sudamérica.
Si bien Merino es reconocida como una mujer patriota por entonar las sagradas notas y unirse a la causa de la emancipación a través del arte, existen otros aspectos relevantes en su biografía que merecen atención.
– ¿Cuándo se entonó por primera vez el himno nacional?
Las sagradas notas del Perú fueron entonadas por primera vez el día 23 de septiembre de 1821 en el antiguo Teatro Principal de Lima. Los invitados de honor fueron el general Don José de San Martín y los próceres de la independencia. Cuando se empezó las música, los asistentes se pusieron de pie en señal de respeto.
El episodio histórico de Merino se encuentra documentado en la Gaceta del Gobierno, una publicación en la que se menciona el 7 de enero de 1822. En ese momento, el periódico oficial del gobierno de San Martín informó sobre las contribuciones económicas voluntarias de los habitantes de Lima para financiar la construcción de un buque de guerra.
El objetivo era incorporar a la armada peruana y, de esta manera, fortalecer la lucha independentista mediante un mayor control del Pacífico.
Merino no fue la única mujer que aparece en el listado de la nómina de aportes residentes en el Barrio Tercero de Lima, son otras representantes que dieron voluntariamente 60 pesos: Narcisa Barra, Petronila Figueroa, Josefa Godoy, Catalina Ramírez, Nicolasa Ochoa y Francisca Solano.
– ¿Con quién se casó Rosa Merino?
Se cree que Rosa Merino contrajo matrimonio antes de su fama, a la edad de 16 o 17 años. En el libro Presidentes y Gobernantes del Perú Republicano de Diego Lévano, cuenta que la cantante se casó con el médico cirujano español Francisco Agustín Arenas, con quien tuvo un hijo a quien llamó Manuel Antonio Arenas Merino, quien alcanzó los altos argos en la política peruana: estuvo en el Poder Judicial, Legislativo y Ejecutivo.
No se sabe su fecha de nacimiento, exacta pero se cree que fue a finales del siglo XVIV.
– ¿Cuándo falleció Rosa Merino?¿ Dónde está su cuerpo?
Rosa Merino falleció en 1868 y sus restos descansan en el cementerio Presbítero Maestro. En un nicho ubicado en el cuartel Santa Ana, confundidos y olvidados entre una multitud de urnas, lo que no me parece justo. A pesar de ser una de las mujeres más destacadas de la historia, sus restos no descansan en el Panteón de los Próceres, donde yacen José Bernardo Alcedo y José de la Torre Ugarte, a quienes unió en vida el Himno Nacional.
Los historiadores no tienen una fecha exacta sobre su nacimiento, pero se cree que fue alrededor de 1790, por lo que en el año que entonó el Himno Nacional ya tenía aproximadamente 31 años.
JotDown(E.de Gorgot) — La música, como bien sabemos, se presta particularmente a la aparición de «niños prodigio». Al contrario que otras disciplinas y artes, la música es completamente abstracta y puede ser aprendida rápidamente por un flexible cerebro infantil.
Eso no significa que los niños sean tan buenos músicos como los profesionales adultos; nunca lo son, y no se conoce un niño que haya compuesto una obra maestra, por ejemplo. Incluso los más brillantes niños prodigio ven cómo su trabajo palidece cuando se lo compara con lo que hacen los mayores.
Eso sí, a veces alcanzan cotas de efectividad tremendas que asombran a quienes ni siquiera en la edad adulta poseen ese mismo talento para la interpretación de la música.
Vamos a repasar imágenes o grabaciones de algunos artistas populares que comenzaron como niños prodigio; es una lista incompleta, pero al contrario de lo que podría pensarse la cantidad de pequeños músicos con talento es considerable, así que sirvan estos como ejemplos paradigmáticos.
El ejemplo paradigmático, porque seguramente es el artista precoz con cuyos inicios la gente está más familiarizada.
Todos conocemos la historia: los cinco hermanos que formaban The Jackson 5 fueron respaldados por un gran equipo de compositores —The Corporation, formado a propósito por la discográfica Motown para intentar que llegasen a lo más alto— y se transformaron en un fenómeno comercial: sus cuatro primeros singles fueron número uno en los Estados Unidos.
Los cinco chavales tenían talento artístico, pero uno destacaba de entre todos ellos: Michael, que era con mucho el más dotado. Ya en los comienzos la gente tenía claro que el pequeño Michael era la verdadera fuerza expresiva de los Jackson.
Él mismo se encargó de confirmarlo durante su carrera en solitario, particularmente gracias a aquel extraordinario Thriller que lo encumbró en el negocio.
Con todos los aspectos oscuros, reales o inventados, que hubo en su vida, resulta innegable que Michael Jackson llevaba el espectáculo en la sangre de nacimiento, algo que resulta fácil comprobar escuchando sus viejas canciones o contemplan sus viejas actuaciones. Véanlo aquí, con once años, cuando ya parecía hecho de otra pasta:
Mucha gente asocia a Michael Jackson con el estereotipo de niño prodigio que se convierte en juguete roto y termina teniendo una biografía difícil, pero la historia no es nueva.
Frankie Lymon obtuvo su primer gran éxito en 1956, a los trece años de edad, gracias a la canción «Why do fools fall in love», que interpretaba junto al grupo vocal The Teenagers.
Natural del barrio de Harlem, Lymon se convirtió en una estrella gracias a la claridad y expresividad de su voz.
Pero el temprano éxito tuvo serias consecuencias.
Dos años más tarde ya era adicto a la heroína y su vida se había transformado en un caos.
Para colmo, su carrera se empezó a ir a pique cuando le cambió la voz y perdió el característico timbre adolescente que tanto había gustado al público. Eso no hizo más que empeorar su estilo de vida kamikaze.
No tuvo la oportunidad de volver a gozar el éxito; su carrera nunca remontó y a los veinticinco años de edad —apenas una década después de su ascenso al Olimpo— su abuela lo encontró muerto en el cuarto de baño: había fallecido de una sobredosis de heroína.
La carrera musical adulta de Stevie es de sobra conocida por todos, al menos en sus rasgos más superficiales.
Curiosamente, lo que no tanta gente recuerda es que fue un niño prodigio que debutó como profesional a los once años de edad.
El pequeño Stevie comenzó a cantar en la iglesia; más tarde aprendió a tocar la armónica —su primer instrumento— y luego se aficionó al piano y la batería, revelándose como un precoz multi-instrumentista antes de haber cumplido los diez.
Fue descubierto por un miembro de The Miracles, que tras escucharlo cantar y sabiendo que había encontrado un gran talento, decidió llevar al niño a Motown.
En la legendaria discográfica supieron de inmediato que tenían un diamante entre manos y decidieron preparar cuidadosamente su lanzamiento, incluyendo tutorías personales para compensar la pérdida de horas escolares.
Cuando Steven tenía once años se dio a conocer con un par de álbumes, incluyendo un tributo a Ray Charles donde demostró que podía hacerse cargo de semejante repertorio sin demasiados problemas. Al año siguiente dio su primer gran pelotazo comercial con el disco Recorded live: The 12 year old genius, que se convirtió en número 1 en los Estados Unidos.
No volvería a obtener un éxito similar hasta publicar el famoso álbum Talking Book, diez años más tarde y ya pasada la adolescencia.
Dolorosamente infravalorado —al menos en España— mucha gente lo conoce únicamente por haber sido el «quinto Beatle», el hombre que tocó los teclados en varias canciones legendarias del quinteto de Liverpool y que casi se convirtió en un miembro oficial de la banda, o por lo menos esa era la intención de John Lennon.
Pero además de poseer una impresionante discografía en solitario en la que hay unos cuantos temas con vocación de clásico (veánse, por ejemplo: «Nothing from nothing», «I wrote a simple song», «You are so beautiful», «Will it go in circles», «Outa-Space»… en fin, la lista es larga), para cuando los Beatles se hicieron con sus servicios Preston tenía solamente veintitrés años pero una apabullante carrera como músico a sus espaldas, prestando sus servicios a gente como Little Richard, Sam Cooke, Ray Charles… a una edad en la que muchos otros músicos siguen estudiando todavía sus instrumentos.
Su precocidad fue tremenda: a los diez años ejerció como organista para figuras del góspelcomo Mahalia Jackson, para que nos hagamos una idea.
Otro nombre no particularmente famoso en España pero que fue una de las artistas más exitosas durante los años cincuenta y sesenta, colando decenas de canciones en las listas estadounidenses y vendiendo cantidades ingentes de discos.
Aunque no obtuvo su primer gran éxito hasta los quince años de edad, la pequeña Brenda llevaba grabando, actuando y apareciendo en televisión desde los doce, caracterizándose por interpretar sus canciones con una apabullante contundencia y seguridad, incluyendo temas de rhythm & blues y otros estilos.
Naturalmente, la voz es lo que más se presta a que haya niños que alcancen el estrellato a una edad muy, muy temprana: cantar resulta bastante más fácil que dominar un instrumento a nivel profesional, lo cual —incluso en casos precoces— no empieza a suceder hasta la adolescencia.
Podríamos citar muchísimos ejemplos de cantantes infantiles, pero lo cierto es que pocos han cantado con tanta efectividad a tan corta edad como lo hizo Brenda:
Una de las grandes damas del soul, que triunfó en los años sesenta y setenta con canciones como «I heard it through the grapevine» o «Midnight train to Georgia», y que junto a The Pips llegó a eclipsar sobre los escenarios a artistas de mayor fama.
Pues bien, Gladys se dio a conocer a la tierna edad de siete años, cuando dejó atónitos a los oyentes de un concurso radiofónico destinado a descubrir talentos por la profundidad y dominio de su forma de cantar.
Es cierto que después de aquello tardó un tiempo en alcanzar la gran fama; como en otros casos citados aquí, no fue hasta que Motown se hizo cargo de su carrera.
Pero para entonces ya se había curtido actuando en multitud de escenarios, así que la Gladys Knight que todos conocemos saltó a la fama siendo joven pero con una considerable experiencia acumulada. Aquí, el programa radiofónico al que hacíamos referencia:
El padre de la fusión soul-rock de los sesenta —el hombre de quien Bootsy Collins dijo «es el músico con más talento que he visto jamás»— grabó su primer disco a los nueve años, acompañado por algunos de sus hermanos, también músicos precoces.
Juntos formaban un grupo de góspel que actuaba con bastante éxito en oficios religiosos de la región. Los feligreses estaban encantados de contemplar a una banda formada por niños.
Sly, que pronto empezó a destacar por sus aptitudes para la comprensión musical, empezó a estudiar piano y composición pero terminó abandonando sus estudios a medias, siendo aún un adolescente, decidido a convertirse en una estrella.
Tras pasar media década de los sesenta publicando singles y ejerciendo como uno de los productores más jóvenes del negocio, formó la banda Sly & The Family Stone (en la que militaban dos de sus hermanos), revolucionando la música negra y vendiendo unos cuantos millones de discos. Desgraciadamente, la adicción a la cocaína terminó arruinando su carrera y su vida.
Conocido por su participación en bandas como Traffic o Blind Faith y por su colaboración con gente como Jimi Hendrix (quien al parecer intentó sin éxito ficharlo para su banda), Winwood se dio a conocer en la escena musical cuando aún estaba en el colegio y ejerció como teclista de sesión para un sinnúmero de artistas estadounidenses que visitaban el Reino Unido.
A la edad de catorce, Winwood se unió a Spencer Davis Group como teclista, cantante y ocasional guitarrista, convirtiéndose pese a su juventud en la voz reconocible de la banda.
Un par de años después obtendría junto a ellos su primer gran éxito, «Keep on running».
Proviene de una de las sagas más importantes de la música rock: sobrino de uno de los fundadores de The Allman Brothers Band, el batería Butch Trucks, Derek Trucks comenzó a tocar la guitarra slide a muy corta edad, inspirado por el estilo del guitarrista original de los Allman, Duane Allman.
No puede decirse que el camino no estuviese marcado: sus padres le llamaron Derek en honor a Derek and the Dominos, el grupo en el que Duane Allman grabó junto a Eric Clapton canciones tan famosas como «Layla».
Para sorpresa de todos, el pequeño Derek se destapó como un prodigio hasta el punto de que los Allman Brothers Band comenzaron a invitarlo ocasionalmente al escenario a la temprana edad de once años.
Con el tiempo Derek ha llegado a formar parte de la banda de su tío, ocupando el puesto de su ídolo Duane, que había muerto varios años antes de nacer él. Además, como buen sureño y siguiendo con la tónica familiar, ha montado otra banda junto a su mujer, la guitarrista de blues Susan Tedeschi. Todo queda en casa.
En este vídeo podemos ver a Derek con trece añitos, tocando el slide en «Layla» como hiciera muchos años antes Duane Allman (cuya imagen lleva estampada en la camiseta, si nos fijamos).
Era solamente un anticipo de lo que Derek Trucks llegaría a hacer con el tiempo: ya como adulto es uno de los mayores virtuosos del slide que hay en el mundo y verdaderamente uno de los pocos individuos —si no el único— que se puede calzar las botas del legendario Duane, tanto en Allman Brothers Band como tocando junto a Eric Clapton las canciones de la banda que le valió su nombre, Derek and the Dominos. Lo dicho: todo queda en casa.
Ya mencionamos su caso en el artículo sobre Danny Gatton: el pequeño Bonamassa comenzó a asombrar al público con solamente doce años y una solidez insólita para su edad en un instrumento que penaliza mucho la inmadurez.
Las valiosas lecciones de Gatton le ayudaron a progresar rápidamente y hoy es un guitarrista virtuoso consagrado en el negocio.
A finales de los noventa irrumpió en la escena blues-rock un adolescente de dieciséis años que sorprendió a todos por su fogosidad como guitarrista y sobre todo por una voz rasgada que parecía pertenecer a alguien de mucha más edad.
Mucha gente lo descubrió en un insólito concierto emitido por Disney Channel, y previeron que se trataba de una superestrella en ciernes, porque además de talento poseía imagen y eso podía convertirlo fácilmente en objeto de consumo masivo e ídolo de adolescentes.
Mick Jagger lo invitaba a tocar en su fiesta de cumpleaños, recibía elogios de aquí y allá, todo parecía ir viento en popa.
Aunque finalmente no fue él sino John Mayer quien terminó ocupando el lugar de guitarrista guaperas para las masas. Mayer conquistó ese nicho de mercado girando hacia el pop más comercial, mientras que Lang se quedó pegado a sus raíces y su efímera fama adolescente se resintió por ello.
No obstante, aún resulta sorprendente escuchar el primer disco de su carrera, grabado cuando el chaval tenía trece añitos y ya tocaba mejor que muchos adultos.
Probablemente no muy conocido en España, Skaggs es un músico de country que ha tenido una larga y fructífera carrera —catorce premios Grammy le contemplan— como cantante y guitarrista, pero que destaca particularmente por su virtuosismo con la mandolina, con la que se reveló como niño prodigio a principios de los sesenta: a los dieciséis años ya era lo bastante bueno como para que el legendario Ralph Stanley aceptara llevarlo como telonero.
Ricky empezó a tocar bluegrass con la mandolina a los cinco años de edad, y, solamente dos años después, ¡ya estaba actuando en televisión junto a algunos grandes nombres del género!
Un caso curioso porque la mayor parte del público la asocia con su trabajo como actriz.
Los varones, particularmente, recordarán quizá su despliegue de morbosa belleza en series como The Sopranos o películas, no en vano es una de las mujeres más guapas del negocio audiovisual.
No obstante, la de actriz no parecía ser su carrera predestinada.
De niña fue una superdotada de grado alto —su impresionante precocidad intelectual era prácticamente de manual— y considerada una niña prodigio en música, comenzó a estudiar piano con visos a convertirse en profesional.
Finalmente, siendo aún muy jovencita, abandonó las teclas y decidió explotar su belleza posando como modelo para poder más tarde convertirse en actriz.
Eso sí, paralelamente a las cámaras, actúa como pianista y cantante. Su faceta musical es poco conocida y en mi opinión el estilo melódico-pop que practica no es muy interesante.
Eso sí, cuando en una película ha interpretado a un personaje que toca el piano… no ha necesitado una doble que mueva las manos en su lugar.
Es más: resulta fácil imaginar el asombro del equipo de filmación cuando Alicia se sentaba ante las teclas y hacía cosas como esta mientras decía frases de su guion:
Los héroes del Plus Ultra. Los tres pilotos morirían violentamente, Durán y Franco (primero y cuarto por la izquierda) se estrellaron con sus aviones, Ruiz de Alda (segundo) fue asesinado por los republicanos en la Matanza de la Cárcel Modelo de Madrid. | .
The Objective(L.Reyes) — Icaro quiso volar hasta el Sol y lo consiguió, pero el calor derritió la cera que sujetaba las plumas de sus alas, cayó al mar y las aguas se lo tragaron. Los dioses son implacables con aquellos héroes que quieren apoderarse de los atributos divinos, como es volar.
La semana pasada relatamos el triunfo de Amelia Earhert, la primera mujer que atravesó volando el Atlántico, ahora vamos a llorar su tragedia. Hay héroes que se emborrachan con su gloria, se vuelven adictos a esa droga del espíritu, siempre quieren más. Amelia era de esta raza.
No le bastó su histórica travesía del Atlántico de 1928 en compañía de otros dos aviadores, tuvo que repetirla en 1932 en solitario, como Lindbergh, convirtiéndose así en el primer ser humano, hombre o mujer, que había sobrevolado dos veces el Océano Atlántico.
Pero tampoco esto colmó su necesidad de aventura y peligro, así que decidió ser la primera mujer que diese la vuelta alrededor de la Tierra volando. El 1 de junio de 1937 comenzó su periplo partiendo de Miami acompañada por el navegante Fred Noonan. Bordeó Sudamérica, cruzó el Atlántico y sobrevoló el Sahara de lado a lado.
Pasó sobre el Mar Rojo y el sur de Arabia, la India y el Sudeste Asiático hasta la isla de Java, donde Amelia enfermó de disentería. Pese a ello el 27 de junio reemprendió el viaje hasta Australia y Nueva Guinea.
Había recorrido más de 35.000 kilómetros en un mes cuando el 29 de junio despegó de Nueva Guinea para lo que sería su último viaje. Su destino era la isla de Howland, un minúsculo atolón junto al Ecuador dependiente de Estados Unidos, donde debía repostar.
Un buque norteamericano junto a Howland recibió sus últimos mensajes diciendo que debían estar sobre ellos pero que no los veían, y que se estaba quedando sin gasolina. Y a partir de las 20:14, silencio radio. Nunca se encontró a Amelia Earhart ni su avión.
Pero la venganza de los dioses no solamente cayó sobre ella, muchos de los pioneros de la aviación que citamos la semana pasada también la padecieron. El capitán de la RAF John W. Alcock, el piloto que, acompañando del navegante Arthur Brown, llevó los mandos del primer avión que atravesó el Atlántico en 1919, pagó con la vida por su gloria antes de que transcurriesen seis meses de su hazaña.
Amelia Earhart
Alcock volaba desde los 17 años, solamente seis años después del primer vuelo de la Historia, el de los hermanos Wright; había combatido en la Primera Guerra Mundial, sobreviviendo al derribo de su aparato y al cautiverio en manos de los turcos; había sido el primero en enfrentarse a un vuelo sin escalas de más de 3.600 kilómetros sobre el océano, sin embargo en un viaje banal, cuando llevaba un avión de Inglaterra a París para una feria aeronáutica, la niebla sobre Normandía le hizo tocar un árbol con el ala y se estrelló.
Sobrevivió al accidente, pero no recibió atención médica hasta que fue demasiado tarde y murió con 27 años.
Si Alcock pagó por ser el primero en atravesar el Atlántico por su parte estrecha, por el Norte, también lo haría el portugués Artur de Sacadura Cabral por ser el primero en atravesar el Atlántico Sur en un viaje de más del doble de distancia. Sacadura Cabral pilotó un hidroavión desde Lisboa a Río de Janeiro -con numerosas escalas- acompañado por el viejo general Gago Coutinho como navegante.
No tenían más instrumento de vuelo que un sextante inventado por el general, sufrieron varios accidentes, destrozaron dos aviones, estuvieron perdidos en el mar como náufragos, pero con un tercer hidroavión culminaron su hazaña en junio de 1922. Dos años después, cuando volaba sobre el Mar del Norte, el avión de Sacadura Cabral desapareció. Su cuerpo nunca sería encontrado.
– Los del Plus Ultra
La respuesta española a la hazaña portuguesa sería el vuelo del Plus Ultra. Atravesaría igualmente ese Atlántico Sur que había sido Mare Nostrum de españoles y lusitanos en nuestros siglos de gloria, pero en un vuelo 2.000 kilómetros más largo, hasta Buenos Aires.
A diferencia del accidentado viaje portugués, es español fue un éxito técnico, y sus cuatro tripulantes, el comandante Ramón Franco -hermano del general Francisco Franco- el capitán Ruiz de Alda, el teniente de navío Juan Manuel Durán y el sargento mecánico Pablo Rada, provocaron la locura en Buenos Aires, hasta el punto de que Carlos Gardel le cantaba en un tango: «Franco y Durán, Ruiz de Alda, los geniales,Los tres con Rada; son inmortales».
Pero no lo eran. Tres meses después de haber alcanzado la gloria el más joven de ellos, el marino Durán, que tenía 26 años, participó en Barcelona en unas maniobras conjuntas aeronavales. Finalizadas con éxito, realizaron un desfile aéreo, y el avión que pilotaba Durán chocó con otro y cayó al mar.
Otro marino saltó al agua desde un dirigible para salvar a Durán, y logró sacar su cuerpo de los restos del aparato, pero ya estaba muerto cuando lo subieron a bordo de un destructor que acudió al rescate.
Plus Ultra
Una década después de la tragedia de Durán le tocaría pagar su deuda a los dioses al jefe del Plus Ultra, Ramón Franco.
Había tenido una vida agitada en ese periodo: intentado atravesar el Atlántico Norte se había perdido en el mar tras un amerizaje forzoso, siendo rescatado por un buque inglés; se había convertido en un revolucionario republicano, lo que le llevó varias veces a la cárcel; había sobrevolado el Palacio Real de Madrid con la intención de bombardear al rey Alfonso XIII -que lo había nombrado «gentilhombre de cámara» tras el Plus Ultra- aunque abortó el golpe de estado porque había niños jugando en las inmediaciones; en 1931 fue elegido diputado por Barcelona como independiente en la lista de Esquerra Republicana, pero resulto un desastre como político y, para quitarlo de en medio, Lerroux lo envió a un exilio dorado como agregado aéreo en la embajada de España en Washington.
En esa cómoda posición se hallaba cuando estalló la Guerra Civil y, sorprendiendo una vez más al público, cambió de bando por las razones que explicaré más adelante. Su hermano le nombró jefe de la aviación nacional en Baleares, y aunque por su cargo no debía participar en misiones de guerra, su espíritu aventurero le empujaba a hacerlo.
El 28 de octubre de 1938 despegó con un hidroavión cargado con una tonelada de bombas, dispuesto a arrojarlas sobre su antigua circunscripción electoral, Barcelona, o sobre Valencia, según otras versiones. Nunca llegaría a su destino, encontró mal tiempo y su avión sobrecargado cayó en barrena en el mar, de donde se rescató su cadáver.
Ya hubiera querido morir a los mandos de un avión el tercer aviador del Plus Ultra, Julio Ruiz de Alda, pero el castigo divino fue especialmente cruel con él. En la España convulsa de los años 30, Ruiz de Alda había elegido una opción política opuesta a la de Ramón Franco, el fascismo.
De hecho fue uno de los fundadores de Falange Española junto a José Antonio Primo de Rivera. Cuando estalló la Guerra Civil se encontraba encarcelado por el gobierno del Frente Popular, y el 22 de agosto de 1936 fue uno de los 30 asesinados por milicianos anarquistas en la «Matanza de la Cárcel Modelo». Ese hecho horrorizó a su viejo camarada de aventuras, Ramón Franco, y le hizo cambiar del bando republicano al nacional.
Otro gran aviador, el más famoso del mundo, quizá hubiera querido como Ruiz de Alda morir volando, y no sufrir la maldición que cayó sobre él. Me refiero al norteamericano Lindbergh, el primero que cruzó en solitario el Atlántico. La fama que ganó en su gesta le trajo la fortuna económica, pero también la desgracia personal.
Charles Lindbergh
El 1 de marzo de 1932, cinco años después del histórico vuelo de Lindbergh, su hijo de 20 meses fue secuestrado de su habitación. El o los raptores dejaron una tosca nota exigiendo 50.000 dólares por su rescate, y aunque el dinero se pagó, el niño no fue devuelto. Su cadáver apareció dos meses después no lejos de su casa.
Tras la brutal desgracia familiar, vendría la pérdida de la buena fama del «gran héroe americano», pues lo cierto es que fuera de lo que hizo a los mandos de un avión, Lindbergh fue un personaje deleznable, un antisemita, amigo de los nazis, admirador de Hitler, partidario de la selección racial… Cuando tras Pearl Harbor Lindbergh solicitó incorporarse a la Fuerza Aérea de Estados Unidos, el presidente Roosevelt lo rechazó. Más le valdría estrellado con su avión después de su famosa travesía, cuando aparecía como un héroe inmaculado y era feliz.
Adam Britton (centro) con el naturalista y documentalista David Attenborough.
BBC News Mundo (T.Turnbull) — Desde fuera, Adam Britton parecía un defensor apasionado –más bien tranquilo y aplicado- de los animales.
A lo largo de varias décadas, este hombre de 53 años construyó una reputación pintoresca como uno de los principales expertos en cocodrilos del mundo.
Nadó con los máximos depredadores en la naturaleza, prestó a su mascota, el cocodrilo Smaug, para la filmación de innumerables películas y documentales e incluso recibió a David Attenborough en su casa de Darwin (Australia); todo ello mientras predicaba la necesidad de un mayor respeto por estas criaturas.
(Advertencia: esta historia contiene detalles de abusos que los lectores pueden encontrar perturbadores)
Pero Britton ha sido calificado ahora como uno de los peores maltratadores de animales del mundo, y esta semana fue sentenciado a más de unadécada de cárcel por filmarse a sí mismo abusando sexualmente y torturando a decenas de perros.
Además de 56 cargos de crueldad animal y bestialidad, también admitió cuatro cargos de acceso a material de abuso infantil.
La noticia provocó una oleada de conmoción y repulsión en todo el mundo, mientras que muchos de quienes conocían a Britton se preguntaban cómo se había convertido en el “Monstruo de la Laguna McMinns”, en referencia a la enorme propiedad donde cometió sus crímenes.
Britton era considerado uno de los mayores expertos en cocodrilos del mundo.
Varias personas lo describieron a la BBC como un hombre tímido pero amistoso, otros como un arrogante buscador de atención que se atribuía el mérito de un trabajo que no era suyo. Pero hubo un punto en el que todos coincidieron: cuando buscaron en sus recuerdos pistas sobre la depravación de Britton, no encontraron nada.
“Realmente parece una situación al estilo de Ted Bundy, en la que nunca imaginarías que algo así fuera posible”, dice su excolega Brandon Sideleau, haciendo referencia al asesino serial estadounidense de los años 70
– Fascinación temprana con los cocodrilos
Nacido en West Yorkshire en 1971, documentos judiciales revelan que Britton había ocultado un «interés sexual sádico» por los animales desde que era un niño y que comenzó a abusar de caballos a los 13 años. Pero más allá de eso, poco se sabe sobre su juventud en Reino Unido.
En su blog, Britton escribe que tres personas lo inspiraron a convertirse en zoólogo: su madre, que era una «ávida naturalista», su profesor de biología Val Richards y David Attenborough, su modelo a seguir. Estudió una licenciatura en Ciencias en la Universidad inglesa de Leeds, donde se graduó en 1992, y luego, en 1996, terminó un doctorado en Zoología (sobre los métodos de caza de los murciélagos) en la también inglesa Universidad de Bristol.
Pero su sueño siempre fue escapar de Reino Unido e investigar sobre los cocodrilos, dijo en una entrevista de 2008. Se había sentido fascinado por ellos desde la infancia y quería ayudar a replantear la relación cada vez más tensa entre los humanos y los reptiles. «Si la gente no los entiende, no hay muchas esperanzas de intentar convencer a la gente de que vale la pena conservarlos», señaló al sitio de noticias de entretenimiento Den of Geek.
Britton y su mascota Smaug.
Así que a mediados de la década de 1990, Britton apareció en las polvorientas llanuras del Territorio del Norte (NT), en Australia, hogar de la mayor población de cocodrilos de agua salada del planeta. Allí, Grahame Webb -un pionero en el campo- tomó al joven «muy, muy entusiasta» bajo su protección en Crocodylus Park, un pequeño zoológico y centro de investigación.
Britton gravitó hacia proyectos de filmación, pero también participó en investigaciones, incluido un estudio de 2005 sobre los potentes poderes antibióticos de la sangre de cocodrilo que llegó a los titulares de todo el mundo. En 2006, se fue para iniciar un negocio rival de consultoría sobre cocodrilos junto con su esposa y, más tarde, también asumió un cargo de investigación adjunto en la Universidad Charles Darwin.
Durante las décadas que Britton pasó en la fraternidad de investigación de cocodrilos de Darwin, muchos colegas que inicialmente pensaban que era tímido pero “lo suficientemente agradable” terminaron viéndolo como un “bicho raro” antisocial. “Él era bastante arrogante… así que no era una persona particularmente popular, pero era razonablemente bueno en su trabajo”, comenta John Pomeroy, quien organizó el trabajo de campo de investigación para Crocodylus Park.
El profesor Webb se había visto a sí mismo como una especie de mentor, alguien que le dio a Britton su inicio en la industria y la oportunidad de desarrollar experiencia en filmación, pero Britton quemó todos los puentes cuando renunció.
Desde pequeño, Britton sintió fascinación por los cocodrilos.
Era un egoísta que hizo pasar gran parte del trabajo del equipo de Crocodylus Park como propio, alega Webb, y luego les arrebató los clientes. “Él conocía a todo el mundo y tenía mucho conocimiento, pero eso es diferente. Los bibliotecarios también tienen mucho conocimiento».
“Los tipos como Adam sólo intentan aparecer en las malditas noticias”, agrega. “Hay científicos y luego hay científicos”, remata el profesor Webb a la BBC. Sideleau, que cofundó con Britton una base de datos de ataques llamada CrocBITE en 2013, le cuenta a la BBC una historia similar.
A Britton “le encantaba atribuirse el mérito” del archivo, pero “nunca había contribuido con un solo incidente”, dice Sideleau. Simplemente pagó por el dominio del sitio web.
– Un «líder en el campo»
Pero en la comunidad en general, Britton y su cocodrilo mascota se convirtieron en estrellas. Tras dejar Crocodylus Park, se estableció como un experto en comportamiento de cocodrilos y convirtió su frondosa finca en de la Laguna de McMinns (a las afueras de Darwin) que en un momento fue el hogar de ocho cocodrilos y en un destino de filmación mundial.
«Tenía un prestigio internacional como ningún otro», le dice a la BBC un examigo e investigador de vida silvestre, que pidió no ser identificado. Cuando la serie documental Life in Cold Blood (Vida a sangre fría) de Attenborough llamó a la puerta en 2006, Britton construyó un recinto especializado para Smaug que le permitió al programa capturar imágenes innovadoras de cocodrilos apareándose.
Fue un «sueño hecho realidad» trabajar con su ídolo, le dijo Britton al diario londinense Daily Telegraph años después. Dada la dificultad de filmar muchos comportamientos de cocodrilos en estado salvaje, un circo de equipos de televisión recorrió en bicicleta la Laguna de McMinns.
«Si alguna vez has visto una toma submarina de un cocodrilo de agua salada, es muy probable que sea Smaug», señaló Britton a NT News en 2018.
La propiedad de Britton, ahora a la venta, se encuentra en las afueras de Darwin
Su experiencia también fue solicitada en el extranjero. Ayudó a medir el cocodrilo más largo del mundo, capturado en Filipinas en 2011. Y en 2016 acompañó al presentador de televisión Anderson Cooper en una inmersión con cocodrilos salvajes en Botsuana para un episodio del programa 60 Minutes de la cadena estadounidense CBS.
“Era un líder en su campo… un buen tipo”, le dice el director y guionista australiano Andrew Traucki a la BBC.
– ¿Qué hizo Adam Britton?
Traucki trabajó con Britton durante el rodaje de la película de terror sobre cocodrilos Black Water en 2008, así como de su secuela de 2019. Describió haber pasado muchas horas agradables en la propiedad de Britton, acompañado por sus «increíbles» pastores suizos.
En ese momento, el zoólogo estaba explotando a sus propias mascotas y manipulando a otros dueños de perros para que le dieran las suyas, según escuchó el tribunal que lo juzgó. A través del mercado en internet Gumtree Australia, encontraba personas que a menudo regalaban a regañadientes a sus mascotas y les prometía proporcionarles un «buen hogar».
Si alguien se comunicaba para saber cómo estaban, les contaba «narrativas falsas» y les enviaba fotos antiguas. La mayoría de las veces, los perros ya estaban muertos, después de haber experimentado un sufrimiento indescriptible dentro de un contenedor, equipado con equipo de grabación, que Britton llamaba su «sala de tortura».
Britton ayudando a medir al cocodrilo Lolong en la ciudad de Bunawan.
En los 18 meses previos a su arresto, torturó al menos a 42 perros, matando a 39 de ellos. “Esto es lo que me ha perseguido desde que lo escuché… nunca lo habrías señalado por eso”, dice Traucki.
La noticia también sacudió a la comunidad en general. Cientos de personas en todo el mundo se unieron a grupos de redes sociales dedicados a seguir su caso, y algunos acudieron a sus audiencias judiciales argumentando que debería ser condenado a muerte, a pesar de que la pena está prohibida en Australia desde 1985.
Una pequeña multitud incluso viajó a Darwin para ver el momento en que sentenciaban a Britton, llorando dentro de la sala del tribunal mientras se leían en voz alta los detalles de sus crímenes, demasiado gráficos para publicarlos.
Querían ser una voz para los dueños de mascotas estafados por Britton, la mayoría de los cuales todavía están demasiado traumatizados y llenos de culpa para hablar, así como un símbolo visible del horror de la comunidad. “Miraba a ese hombre y pensaba: ‘Qué hombre tan inteligente y amable’, y luego, al enterarme de lo que había hecho… no dormí durante tres semanas”, comentó Natalie Carey, una de las asistió al juicio.
En retrospectiva, varias personas que conocieron a Britton dicen que hubo momentos fugaces en los que parecía carecer de empatía. Pero todos dicen que no había ninguna indicación genuina de que fuera violento o cruel. “No era como si lo viéramos tirando de las alas de los saltamontes solo para verlos sufrir. No era una de esas personas”, explica Webb.
“Es muy triste cuando te das cuenta de que alguien que conoces ha estado tan (trastornado) mentalmente y no fuiste lo suficientemente agudo para verlo y hacer algo al respecto”, dijo. “Sientes una suerte de responsabilidad”, agregó
El abogado de Britton argumentó que había sufrido un trastorno poco común que causaba intereses sexuales intensos y atípicos desde que era un niño. Pero en su carta de disculpa, Britton aceptó la “plena responsabilidad” por el “dolor y el trauma” que había causado y prometió buscar tratamiento.
“Encontraré un camino hacia la redención”, escribió.
La liberación de Andrómeda, de Piero di Cosimo, año 1520.
JotDown(J.Bilbao) — Y yo me paré sobre la arena del mar, y vi una bestia subir del mar, que tenía siete cabezas y diez cuernos; y sobre sus cuernos diez diademas; y sobre las cabezas de ella nombre de blasfemia. (Apocalipsis 13:1)
La Capilla Sixtina, Madame Bovary, El padrino… resulta desconcertante repasar mentalmente las grandes obras de la literatura universal, del cine o de la pintura y comprobar que en ninguna de ellas podemos ver a nazis cabalgando dinosaurios. ¿Por qué? Nadie lo sabe.
Estas fascinantes criaturas prehistóricas han pasado a ser los leviatanes y dragones de las narraciones contemporáneas. Resulta curioso observar cómo la humanidad ha fantaseado desde hace miles de años con feroces monstruos con apariencia de reptiles, de una escala gigantesca como no conocíamos en la naturaleza que nos rodeaba… ¡Y resulta que ya existían!
Los dinosaurios cubrieron un hueco en nuestra cultura cuya silueta encajaba casi a la perfección con la suya. Es decir, primero los inventamos y luego los descubrimos. ¿Por qué?
Desde el origen del ser humano los mitos han sido el material con el que se ha forjado nuestra mente. Cumplían una doble función: nos dotaban de una cosmovisión y de un sentido moral, es decir, nos explicaban cómo era el mundo y cómo debíamos comportarnos en él.
La primera resultaba un tanto incompleta y actualmente las explicaciones científicas —al menos para una parte de la población— han ocupado su lugar, de manera que el darwinismo sustituye al creacionismo y ahora tendemos a pensar que los rayos tienen más que ver con la electricidad estática que con Thor arreando martillazos con su Mjolnir.
Pero la segunda función sigue ahí coleteando tan fresca y no parece que vaya a remitir. Los mitos, las historias, la ficción en cualquiera de sus formas y en todas las épocas nos ha entretenido pero también nos ha servido de ejemplo a seguir… y en ella los monstruos han ocupado siempre un lugar privilegiado, generalmente como antagonistas. El filósofo René Girard lo explicaba así en su obra El chivo expiatorio:
El equilibrio de los mitos se rompe unas veces en favor de lo maléfico, otras en favor de lo benéfico, o finalmente en ambas direcciones a la vez, y la equívoca divinidad primitiva puede escindirse entonces en un héroe absolutamente bueno y un monstruo absolutamente malo, que asola la comunidad: Edipo y la Esfinge, San Jorge y el Dragón, la serpiente acuática del mito arawak y su asesino liberador.
El monstruo hereda cuanto hay de detestable en la historia, la crisis, los crímenes, los criterios de selección victimaria.
San Jorge y el dragón, de Paolo Uccello, año 1470.
En el antiguo Egipto, por ejemplo, la explicación que encontraron a la eterna sucesión del día y la noche es que el dios solar Ra, siempre a bordo de su barca, se introducía cada atardecer en un mundo subterráneo. Allí le acechaban toda clase de monstruos y a uno de ellos, un envidioso de nombre Apep y aspecto reptiliano, le cortó las extremidades convirtiéndolo así en la Gran Serpiente de la Oscuridad, la encarnación de todos los males.
En la mitología babilónica, por su parte, tenían a Tiamat, una diosa-monstruo de los océanos, origen de toda las cosas, que al intentar devorar al dios de las tormentas abrió tanto la boca que este pudo dispararle dentro una flecha y matarla. Y de acuerdo a los mitos de Ugarit, Lotan era un engendro de siete cabezas que terminó siendo derrotado por Baal.
Pero fue en la Grecia antigua donde el conjunto de narraciones míticas adquirió tal volumen, complejidad y riqueza de significados que todo lo anterior parecía un simple bosquejo en comparación. Además de un gran número de historias en torno a perversiones sexuales y familias disfuncionales que hicieron las delicias de Freud, los griegos tuvieron también un nutrido bestiario fruto en parte de lo anterior.
Así la diosa Gea mantuvo relaciones sexuales con su hijo y de ahí surgieron los hecatonquires —dotados de cien manos y cincuenta cabezas— y los cíclopes, gigantes de un solo ojo. Ambas especies de criaturas ayudaron al nieto de Gea, Zeus, a hacerse con el poder enfrentándose a los titanes y destronando al padre de este.
Pero una vez se hizo con el trono tuvo que defenderse de otro hijo de Gea, una colosal bestia que puesta en pie llegaba hasta el cielo, era capaz de arrancar las montañas y lanzarlas contra sus enemigos, tenía cien cabezas de serpiente saliendo de su cuerpo, provocaba huracanes con sus alas, escupía fuego por los ojos y lava por la boca.
No se trata de una descripción de Albert Rivera hecha por Rosa Díez sino de Tifón, así se llamaba el animalito. Con ciertas dificultades Zeus finalmente logró vencerlo, al lanzarle un rayo justo cuando sostenía la montaña Etna sobre su cabeza para arrojarla con furia. Esta cayó entonces encima de Tifón, aplastándolo y convirtiéndose desde entonces en un volcán activo.
A Tifón se le atribuyeron varios hijos como Hidra, que tenía un aliento venenoso y entre seis y cien cabezas que volvían a crecer si le cortaban alguna, las gorgonas, tres espantosos monstruos con un solo ojo para todas que mataba con solo mirarles su feo rostro, o el can Cerbero, guardián del Hades, con una serpiente por cola y tres cabezas según unos y cincuenta según otros. Parece que los griegos en cuanto sentían animadversión por alguien lo primero que hacían era atribuirle más cabezas, qué fijación.
Precisamente quien logró matar a una de las gorgonas, Medusa, al lograr acercarse a ella mirando su reflejo en un escudo, un semidios llamado Perseo —hijo del mencionado Zeus— fue poco después protagonista de la muerte de otro célebre monstruo. Una doncella llamada Andrómeda fue encadenada en un acantilado como ofrenda en sacrificio a una bestia marina, a la que Perseo dio su merecido tal como podemos ver en el cuadro de Piero di Cosimo que encabeza este artículo.
Santa Margarita de Antioquia y el dragón.
Lejos de quedarse anclados en la cultura grecolatina, los monstruos gigantes fueron capaces de hacerse un hueco también en el cristianismo posterior, también como amenazas para la comunidad y encarnaciones del mal, más concretamente de Satanás. Aunque en internet abundan los memes de Jesús en compañía de dinosaurios, lo más parecido que encontraremos en el Nuevo Testamento a una de estas criaturas es la cita del Apocalipsis de san Juan con la que iniciábamos el texto.
El antiguo es bastante más interesante en ese aspecto, y por ejemplo en Isaías 27,1 se habla de que «en aquel día Jehová castigará con su espada feroz, grande y poderosa al leviatán serpiente huidiza, y al leviatán serpiente tortuosa, y matará al dragón que está en el mar». En Salmos 74, encontraremos otra mención: «dividiste el mar con tu poder.
Quebrantaste cabezas de monstruos en las aguas. Magullaste las cabezas del leviatán». Pero la descripción más minuciosa y escalofriante es sin duda la del Libro de Job, 40-41, la cita es larga pero merece la pena ponerla al completo:
Y a Leviatán, ¿podrás pescarlo con un anzuelo y sujetar su lengua con una cuerda? ¿Le meterás un junco en las narices o perforarás con un garfio sus mandíbulas? ¿Acaso te hará largas súplicas o te dirigirá palabras tiernas? ¿Hará un pacto contigo y lo tomarás como esclavo para siempre?
¿Jugarás con él como con un pájaro y lo atarás para entretenimiento de tus hijas? ¿Traficarán con él los pescadores y se lo disputarán los comerciantes? ¿Acribillarás con dardos su piel y su cabeza a golpes de arpón? Prueba a ponerle la mano encima: piensa en el combate y desistirás.
Tu esperanza se vería defraudada: con solo mirarlo quedarías aterrado. ¿No es demasiado feroz para excitarlo? ¿Quién podría resistir ante él? ¿Quién lo enfrentó, y quedó sano y salvo? ¡Nadie debajo de los cielos! No dejaré de mencionar sus miembros, hablaré de su fuerza incomparable.
¿Quién rasgó el exterior de su manto o atravesó su doble coraza? ¿Quién forzó las puertas de sus fauces? ¡En torno de sus colmillos reina el terror! Su dorso es una hilera de escudos, trabados por un sello de piedra. Se aprietan unos contra otros, ni una brisa pasa en medio de ellos. Están adheridos entre sí, forman un bloque y no se separan.
Su estornudo arroja rayos de luz, sus ojos brillan como los destellos de la aurora. De sus fauces brotan antorchas, chispas de fuego escapan de ellas. Sale humo de sus narices como de una olla que hierve sobre el fuego. Su aliento enciende los carbones, una llamarada sale de su boca. En su cerviz reside la fuerza y cunde el pánico delante de él.
Sus carnes son macizas: están pegadas a él y no se mueven. Su corazón es duro como una roca, resistente como una piedra de molino. Cuando se yergue, tiemblan las olas, se retira el oleaje del mar. La espada lo toca, pero no se clava, ni tampoco la lanza, el dardo o la jabalina. El hierro es como paja para él, y el bronce, como madera podrida.
Las flechas no lo hacen huir, las piedras de la honda se convierten en estopa. La maza le parece una brizna de hierba y se ríe del estruendo del sable. Tiene por debajo tejas puntiagudas, se arrastra como un rastrillo sobre el barro. Hace hervir las aguas profundas como una olla, convierte el mar en un pebetero.
Deja detrás de él una estela luminosa: el océano parece cubierto de una cabellera blanca. No hay en la tierra nadie igual a él, ha sido hecho para no temer nada. Mira de frente a los más encumbrados, es el rey de las bestias más feroces.
El monstruo de tiempos remotos, imagen de Jack Dietz Productions.
A lo largo de la Edad Media los monstruos fueron tomando la forma de dragones con mitos tan conocidos como el de san Jorge, una nueva versión de la historia de Perseo y Andrómeda. En esta ocasión quien pasaba por ahí era el santo de Capadocia, que encontró y rescató a una doncella que había sido ofrecida en sacrificio al dragón que amenazaba a la comunidad.
Pero antes de matarlo lo ató como si de un manso perrito se tratase, marchó con él a la ciudad y exigió la conversión inmediata de todos sus habitantes a la única religión verdadera o si no procedería a liberar el dragón para que siguiera matando a placer. Si eso no es terrorismo ya me dirán.
Otro caso conocido fue el de santa Margarita de Antioquia, a quien un confiado dragón devoró de un bocado pero ella, gracias al crucifijo que llevaba siempre consigo, rasgó su tripa y salió ilesa de su interior. Una historia que nos enseña el valor de la fe en Cristo y de masticar bien la comida antes de tragar.
A lo largo de los siglos posteriores las historias con santos, caballeros y dragones implicados se repitieron con tal asiduidad que terminaron provocando cierto hartazgo en más de uno, como fue el caso del escritor Jorge Luis Borges:
El tiempo ha desgastado notablemente el prestigio de los dragones. Creemos en el león como realidad y como símbolo; creemos en el minotauro como símbolo, que no como realidad; el dragón es acaso el más conocido, pero también el menos afortunado de los animales fantásticos. Nos parece pueril y suele contaminar de puerilidad las historias en que figura. Conviene no olvidar, sin embargo, que se trata de un prejuicio moderno, quizá provocado por el exceso de dragones que hay en los cuentos de hadas.
Aunque para ampliar el repertorio de monstruos gigantes también estuvieron el Kraken y los trols, el siglo XIX trajo consigo un nuevo paradigma. Comenzaron a descubrirse huesos de un tamaño y antigüedad desconcertantes pertenecientes a criaturas antediluvianas que no podían tener otro nombre más adecuado que el de «lagartos terribles».
Esos eran los seres que siempre habíamos temido aunque no supiéramos que existían, y en consecuencia su salto al ámbito de la ficción no tardaría en producirse. La primera alusión a un dinosaurio en una novela de la que se tiene constancia la encontramos en 1853, en la novela de Charles DickensCasa desolada.
Lamentablemente era solo una frase al comienzo de la narración: «Tanto barro en las calles como si las aguas acabaran de retirarse de la faz de la Tierra y no fuera nada extraño encontrarse con un megalosaurio de unos cuarenta pies chapaleando como un lagarto gigantesco Colina de Holborn arriba». Unos años después, en 1864, Julio Verne incluiría en su Viaje al centro de la Tierra un ictiosaurio y un plesiosaurio, que no son dinosaurios exactamente pero eran coetáneos y muy grandes también.
La humanidad en peligro, imagen de Warner Bros. Pictures.
En 1888 una ignota novela de James De Mille titulada A Strange Manuscript Found in a Copper Cylinder hablaba de una isla del Pacífico en la que se habría mantenido un ecosistema poblado de animales prehistóricos, una idea que posteriormente desarrollaría Arthur Conan Doyle en otro libro que, este sí, lograría un extraordinario impacto: El mundo perdido.
Fue al parecer fruto de una apuesta con otro escritor que sostenía que en el ámbito de las novelas de aventuras ya estaba todo escrito. Trece años después, en 1925, llegaría su primera adaptación al cine que al carecer ya de derechos de autor, atención a la espeluznante lucha a partir del minuto 1:04:00.
Con ella se perfeccionó la entrañable técnica del stop motion, por la que recreaba el movimiento con figuras de plastilina fotograma a fotograma, añadiéndole nuevos trucos como pequeñas válvulas dentro de las figuras para simular la respiración o usar chocolate de taza para recrear la sangre de las fieras. La mente que estaba detrás de este despliegue tecnológico era el artesano Willis O’Brien, que después haría posible otro clásico del cine en el que también aparecían dinosaurios, King Kong.
Esta película ofrece una lectura más sutil además del tradicional enfrentamiento de la comunidad humana —o de un héroe singular en su representación— contra la bestia de que encarna la naturaleza, la barbarie. Aquí el monstruo pasa a ser el verdadero protagonista, que además se nos enamora volviéndose irremediablemente humano.
Por contraste Nueva York aparece como un escenario despiadado y amenazador, una ciudad que no está siendo atacada sino que ha secuestrado al pobre animalito para, a su manera, terminar devorándolo.
Así que como vemos los monstruos gigantes contemporáneos no solo empiezan a basarse en aquellos que existieron millones de años atrás, sino que también encarnan aquellos aspectos de la ciencia y de la técnica que creemos que se nos están escapando de las manos. La amenaza no viene de fuera sino que está en nosotros, pero simbólicamente esa parte nuestra que no nos gusta la desplazamos fuera dándole dicho aspecto exótico. Un breve relato de Ray Bradbury, «La sirena de la niebla», dio lugar en 1953 a la estupenda El monstruo de tiempos remotos, en la que una prueba nuclear en el ártico descongela a un enorme rhedosaurus (una especie imaginaria pero quién sabe si no terminará siendo descubierta) que siembra la destrucción en Nueva York hasta que terminan disparándole isótopos radioactivos. A la manera del alcohol para Homer Simpson, la ciencia resulta ser la causa y solución de todos los problemas.
Esta película inspirará el año siguiente otra que se volverá todo un icono del género, hablamos naturalmente de Godzilla. En ella, los ensayos con bombas atómicas desarrollados en el Pacífico provocan un increíble mutante que atacará Japón. El único país que ha sufrido la guerra nuclear exorcizaba así sus temores en una película que inauguraría el subgénero de monstruos gigantes japoneses llamado Kaiju Eiga.
El mismo año, 1954, será también el del estreno de La humanidad en peligro, en la que las pruebas nucleares realizadas en territorio estadounidense dan lugar a hormigas mutantes de tamaño colosal. Por si sirve de consuelo, dado el repelús que dan los insectos a tanta gente, tal cosa no sería posible en la realidad: de acuerdo a la «ley del cubo cuadrado» crecer a un tamaño diez veces superior implicaría ser diez veces más alto, diez veces más ancho y otras diez más largo.
Es decir, su peso resultaría ser mil veces mayor pero sus patas solo serían cien veces más gruesas. Dada su condición de invertebrados acabarían rompiéndose y siendo una masa informe escasamente amenazadora.
Cazador de trolls, imagen de Film Fund FUZZ.
Claro que para amenazas inverosímiles e involuntariamente cómicas la del pajarraco gigante llegado del espacio de The giant claw, que podrán encontrar en YouTube al igual que El planeta de los dinosaurios, en la que esta vez son un grupo de humanos los que llegan a otro mundo, ya habitado como el propio título indica.
Esta última es una cinta tan asombrosamente lamentable que podemos catalogarla sin miedo a exagerar como una de las diez peores de la historia del cine, échenle un vistazo si se atreven. Y cerrando esta trilogía de películas de monstruos digamos… monstruosamente malas, no podemos dejar de mencionar Dinosaurus!, aunque de ella nos llama poderosamente la atención una secuencia en la que sospechamos que muchos años después se inspiró Jame Cameron para la escena final de Aliens: el regreso.
En cualquier caso, el género nos ha dado muchas alegrías incluso en sus peores momentos, continúan asustándonos, divirtiéndonos, sirviéndonos de contraejemplo o de chivo expiatorio. Y en los últimos años con el desarrollo de la infografía resultan cada vez más impresionantes: La niebla, The host, la última versión de Godzilla… no faltan ejemplos, aunque si tuviéramos que escoger una relativamente reciente, probablemente sería Cazador de trolls.
Se trata de una película noruega del año 2010 que es necesario recomendar precisamente porque pasó injustamente desapercibida y bien merece una oportunidad, de lo mejor que se ha hecho en los últimos años.
El Baile a orillas del Manzanares. Francisco de Goya. 1777. Museo del Prado, Madrid.
National Geographic(A.Lopez) — Durante los siglos XVII y XVIII, los bailes de sociedad se convirtieron en una de las aficiones preferidas de las clases elevadas españolas. Solían celebrarse en casas particulares, con ocasión de festividades públicas, sobre todo las de Carnaval.
Un libro publicado en 1720 describe «doce bailes famosos» que se organizaron durante un Carnaval en varias mansiones nobles de Barcelona. Según recoge el historiador James Amelang en su libro Ciudadanos honrados de Barcelona, todos seguían un protocolo parecido.
Cada «sarao» (era el término que se utilizaba entonces) empezaba con un tiempo dedicado a charlar y tomar chocolate caliente, otra moda del momento. Luego seguía una ronda de danzas galantes, a cargo de actores profesionales, que también interpretaban una breve escena de mimo o de comedia castellana.
A continuación empezaba el baile general, en el que los invitados bailaban danzas como las alemandas, minués o las sardanas catalanas. Por último, un actor que encarnaba a Carnaval invitaba a todos al sarao del día siguiente, normalmente en un palacio próximo.
– Una compleja coreografía
Los bailes de carnaval se hicieron cada vez más populares. Con el tiempo ya no se celebraban tan sólo en casas privadas, sino en grandes espacios, como el teatro del Príncipe en Madrid. Eran bailes de máscaras y disfraces que empezaban a las diez de la noche y se alargaban hasta muy entrada la madrugada. Había mostradores con helados, licores, chocolate, café, té, bizcochos, dulces, todos «a precios moderados», y también comida: sopa, caldo, asado, huevos, pastas y fiambres.
Las autoridades trataron de reglamentar una diversión que podía desbordarse muy fácilmente. La entrada estaba vigilada por guardias y estaba prohibido que las parejas se aislaran en los palcos, usándolos a modo de «privados». Dentro de la sala de baile había cuatro directores provistos de un «bastón muy alto» con el que regulaban el desarrollo de las danzas.
Estos directores eran los denominados «bastoneros», lo cual nos indica que lo que se bailaba en esas ocasiones eran las danzas elegantes de moda en toda Europa: minué, pasapié, amable, contradanza, rigodón, gavota, alemanda… La más célebre de todas era el minué, popularizada en la corte de Luis XIV. Era un baile por parejas, lento, ceremonioso y delicado.
Una pareja baila un minué. Grabado de 1725.
Otros bailes podían ser muy complejos, en particular la contradanza, que desbancó al minué como baile más apreciado. En la contradanza participaban ocho, dieciséis y hasta 32 parejas, todas dirigidas por el bastonero, que marcaba el ritmo y atendía a la orquesta, formada generalmente por músicos ciegos que tocaban la guitarra, violín, flauta, oboe y hasta trompas y violas.
– Fin de las formalidades
En la segunda mitad del siglo XVIII, sin embargo, los bailes franceses empezaron a perder atractivo. Resultaban demasiado formales y controlados, al menos si se los comparaba con algunas danzas de origen popular español que se hicieron célebres en todo el país y también entre las clases elevadas. Un viajero francés testimoniaba este contraste.
Bailando un fandango en Portugal. Grabado de 1797.
Hallándose en Barcelona asistió a un «baile de familia», consistente en una sucesión de bailes franceses: «Primero hubo los minués. Todo el mundo estaba triste y peripuesto. Un personaje grave, el bastonero, los hacía bailar, los hombres a un lado, las mujeres al otro.
Pero en el momento en que iba a abandonar esta aburrida reunión, los minués cesan, se oye una guitarra unida a un violín, y una pareja de jóvenes bailarines empezó un fandango, marcando la medida con unas castañuelas. De inmediato se desvaneció el aburrimiento, los hombres se unieron a las mujeres, todo se animó, jóvenes y viejos, tías y sobrinas, y todos seguían la irresistible melodía castañeteando y taconeando».
– Pasión por el baile
Por toda la sociedad se extendió una auténtica fiebre por el baile. En los barrios populares de las grandes ciudades se organizaban fiestas al efecto en casas particulares. Un sainete de Ramón de la Cruz, titulado El fandango de candil, evoca la moda de los «bailes de candil», como se llamaba a estas fiestas nocturnas iluminadas con sencillas lámparas:
«Es que son bailes de fama / los de casa de mi prima: / lo menos tiene guitarra, / violín y bandurria, y toda / llena de asientos la sala; / y no es como en otras partes, / que convidan con fanfarria / a los fandangos, y luego / son cuatro descamisadas / y dos pares de piejosos, / que nenguno tiene gracia / para tocar un estrumento».
Por las noches había quien se paseaba en busca de una casa con baile como si fueran clubes nocturnos: «Pues bien puede usted mirar / si hay baile en alguna casa / conocida, porque a mí / me han asaltado unas ansias / terribles de ver bailar», dice un personaje del mismo sainete.
– El escandaloso fandango
Los bailes más famosos eran el bolero, el fandango y la seguidilla. Los tres eran bailes de parejas, con música de guitarra y castañuelas. En los dos primeros casos eran parejas individuales, mientras que la seguidilla se bailaba por cuatro parejas al tiempo que un cantante entonaba estrofas de cuatro versos con estribillo. La característica común de todos ellos era su sensualidad, sobre todo en el fandango.
Dos parejas de bailarines con trajes goyescos bailan un fandango en España. Pierre Chasselat. 1810.
Giacomo Casanova, el célebre libertino veneciano, se quedó maravillado al ver un fandango durante su viaje por España. Le parecía el baile «más seductor y más sensual que exista. Es indescriptible. Cada pareja, hombre y mujer, no hace más que tres pasos, y tocando las castañuelas al son de la orquesta adopta mil actitudes, hace mil gestos de una lascivia que no admite comparación.
En ellos se expresa el amor, desde que nace hasta su fin, desde el suspiro de deseo hasta el éxtasis del goce. Me parece imposible que tras semejante danza la bailarina pudiera negarle algo a su pareja, porque el fandango debe de llevar a todos los sentidos la excitación del placer».
Algunos se mostraban menos entusiastas ante esta afición por el baile. Beaumarchais, el célebre aventurero y autor teatral francés, quedó muy sorprendido durante su estancia en Madrid en 1764 por la moda del fandango, que calificaba de «baile obsceno».
Al verlo admitió: «Yo, que no soy el hombre más púdico, me sonrojo hasta las cejas», escribía a un corresponsal. A Beaumarchais también le parecía indecente que en Nochebuena las iglesias madrileñas se convirtieran prácticamente en salas de baile, con «los monjes bailando en el coro con castañuelas».
– Crítica de los intelectuales
Otro escandalizado fue Cadalso, que en sus Cartas marruecas (1789) recordaba su encuentro con un joven caballero andaluz que lo llevó a su cortijo, donde se habían reunido unos amigos que al día siguiente debían ir de cacería. Pasaron la noche «jugando, cenando, cantando y hablando», y también viendo los bailes de unas gitanas invitadas para la ocasión.
Fandango en California en el siglo XIX. Grabado coloreado. 1891.
«El humo de los cigarros, los gritos y palmadas del tío Gregorio, la bulla de todas las voces, el ruido de las castañuelas, lo destemplado de la guitarra, el chillido de las gitanas sobre cuál había de tocar el polo (un baile típico andaluz) para que lo bailase Preciosilla, el ladrido de los perros y el desentono de los que cantaban, no me dejaron pegar los ojos en toda la noche«, dice el sufrido escritor, que se dolía de la mala influencia que estas diversiones ejercían sobre la juventud de buena clase social.
También el intelectual ilustrado Jovellanos advertía contra la «miserable imitación de las libres e indecentes danzas de la ínfima plebe» y clamaba contra bailes procaces como la tirana, abogando en favor de otras danzas más «púdicas» como el minué o la polaca. Pero era una batalla perdida.
El pueblo y las clases elevadas habían consagrado un gusto por los bailes españoles que ya no decaería y que se convertiría, con el flamenco, en una seña de identidad.
Su historia encarna el sueño americano… hasta que lo venció una tragedia.
BBC News Mundo — «Caminó por el pasillo que conduce desde la entrada principal hasta el cuarto donde yacía el cuerpo de su hijo».
Así reportó el diario Los Angeles Times la llegada de Edward Lawrence Doheny a la escena de un misterioso crimen que ocurrió en la noche del 16 de febrero de 1929, en una de las mansiones más famosas de Hollywood.
«Se tambaleó un poco y luego, con paso lento, pasó cerca de la cabeza del asesino, que yacía en el pasillo próximo a la puerta de la habitación, y entró. Miró el cuerpo de su hijo por un momento y luego se arrodilló junto a él».
Cuenta que, temblando de emoción, tomó la mano inerte de su hijo, y salió sollozando del lugar.
La pérdida, sumada al peso ejercido por su rol en el escándalo político más grande de Estados Unidos antes de Watergate, destrozó al famoso magnate. Edward L. Doheny no es un nombre tan familiar hoy en día, pero en su época, fue uno de los hombres más ricos y poderosos de EE.UU., a la par de Rockefeller, Hearst y Carnegie.
La fuente de su inmensa riqueza fue el petróleo, y su historia es una de las típicas de pobreza a riqueza que alimentan la imaginación estadounidense, una encarnación del sueño americano. Sólo que en su caso, el lugar en el que su fortuna se hizo colosal fue México, y su historia terminó en desgracia.
– El Wild West
Su padre, Patrick, emigró de Irlanda durante la Gran Hambruna, se casó con Ellen Quigley en Canadá, y la familia se estableció en Fond du Lac, Wisconsin. Edward Doheny, uno de cinco hijos, nació en 1856. Fue uno de los mejores estudiantes de la escuela secundaria.
«Era un genio de las matemáticas. Al igual que Rockefeller podía hacer todos los cálculos en su cabeza. Tenía ese don», señala el historiador y biógrafo Nick Curry, cuyo abuelo fue amigo de Doheny. Se unió al Servicio Geológico de EE.UU. cuando tenía solo 15 años, y sus viajes de campo a la naturaleza abrieron su apetito por buscar oro y plata cuando aún era un adolescente.
«Era la época de la fiebre del oro», apunta Curry. «Estuvo en Arizona, en Oklahoma, en Texas y en Nuevo México». El último es clave en su historia porque fue ahí donde se plantaron las semillas de lo que lo llevaría a forjar su fortuna… y su desgracia.
«Alrededor de 1887, aterrizó en Kingston, Nuevo México, un pequeño pueblo en el corazón de un condado infestado de ladrones de ganado, bandidos y pistoleros de todo tipo», relató el periódico Maryland Jeffersonian el 15 de marzo de 1924.
Gerónimo fue un destacado jefe militar de los apaches Bendoke (Retrato tomado por Aaron B. Canady).
Kingston era parte del Salvaje Oeste donde la tribu apache de Gerónimo lideró frecuentes incursiones contra los miles de buscadores de oro y ganaderos que habían invadido sus tierras ancestrales en busca de fortuna. Era, también, una ciudad caótica de salones, burdeles, iglesias, escuelas, incluso un teatro de ópera.
Además de tratar de hacerse rico excavando en busca de metales preciosos, según el Jeffersonian, Doheny también fue jefe del comité de vigilancia local y luchó contra criminales en todo el Valle del Río Grande, enviando a muchos a prisión. «Era un hombre marcado para los forajidos. Le advirtieron que se fuera. No lo hizo», relata el artículo.
«Un día caminaba por la calle principal de Kingston y un famoso ladrón de ganado le disparó 16 tiros con un rifle Winchester. El hombre era conocido como un pistolero infalible, pero por alguna razón a Doheny no lo alcanzó ni una bala». Doheny cruzó la calle y lo apresó. Y, según el diario, sobrevivió otro atentado similar, así como un peligroso accidente, al caer por el pozo de una mina, pero se salvó.
No corrió con la misma suerte, sin embargo, en su búsqueda de oro. Pero conoció a dos hombres que cambiarían el curso de su vida: Albert Bacon Fall y Charlie Canfield.
El magnate del petróleo y agente inmobiliario estadounidense Charles A. Canfield, además de haber sido pionero en extracción de petróleo en California y México junto a Doheny, cofundó Beverly Hills en California.
Fall era un buscador de oro y abogado, que más tarde sería el secretario de Interior bajo el presidente Warren G. Harding. Canfield se convirtió en su socio. Exploraron juntos una mina, sin éxito, y cuando Canfield decidió desarrollar otra, Doheny declinó la oportunidad.
Canfield hizo una pequeña fortuna y se fue con su familia a California, mientras que Doheny, ya casado y con una hija, tuvo que hacer trabajos ocasionales para sobrevivir.
– L.A.
Cuando Doheny se enteró de que Canfield estaba expandiendo su fortuna en California, sacando provecho del auge inmobiliario de 1887, se fue a Los Ángeles. Para cuando llegó, Canfield había perdido su fortuna. El boom había colapsado y Canfield estaba muy endeudado.
A los 40 años, Doheny estaba trabajando en lo que fuera para alimentar a su familia, y el matrimonio no iba bien. Pero su suerte finalmente estaba a punto de cambiar. «En noviembre de 1892, Doheny vio a alguien conduciendo un vehículo cargado de algo negro que nunca antes había visto», relata Curry.
«Le preguntó qué era, y él le respondió: ‘Breer’, erróneamente pues realmente es ‘brea'», resalta el historiador. Preguntó de dónde la había sacado y fue al lugar indicado, y efectivamente encontró una gran cantidad de esa negra sustancia. «Metió la mano y supo exactamente lo que era». «Se puso en contacto con Canfield y compraron una propiedad allí por US$400 y comenzaron a excavar».
Desde que Doheny y Canfield hallaron el primer pozo hasta el día de hoy, en el condado de Los Ángeles hay pozos de petróleo en medio de barrios residenciales.
Doheny ideó un sistema de perforación usando un tronco de eucalipto. «Excavaron unos 50 metros de profundidad y encontraron petróleo. «Doheny exclamó: ‘¡Me siento como un millonario!’, y Canfield concurrió. Doheny y Canfield acaban de perforar el primer pozo petrolero productivo en Los Ángeles.
Pero, apenas un mes después, la hija de los Doheny, Eileen, murió. Entristecido, Doheny se concentró en hacer un éxito del pozo y lo logró. De hecho, fue ese pozo el que desencadenó el auge petrolero de California. Los socios se expandieron rápidamente.
Perforaron docenas y docenas de pozos en Los Ángeles durante los años siguientes, produjeron cientos de miles de barriles, y empezaron a ganar mucho dinero. Junto con el éxito financiero, la esperanza llegó con el nacimiento de Edward Lawrence Doheny junior, conocido como Ned, en 1893.
Sería el heredero del imperio petrolero de Doheny Senior, que, como Ned, apenas estaba en su infancia. «No llegó a ser grande hasta México», anticipa Curry.
– Tampico
Doheny y Canfield estaban produciendo petróleo en el momento adecuado de la historia porque estaba a punto de ocurrir un gran cambio que transformaría el mundo. Los ferrocarriles estaban cambiando del carbón al petróleo, y ellos suministraban mucho de ese petróleo. Pronto una de las compañías les hizo una propuesta.
Albert Alonzo Robinson, del Ferrocarril de Santa Fe, y constructor y presidente del Ferrocarril Central Mexicano, le contó a Doheny que su línea que discurría entre San Luis Potosí y Tampico dependía del indeseable carbón importado.
Además, acababa de construir la línea secundaria a Tampico bajo presión del gobierno de Porfirio Díaz, y necesitaban desarrollar una nueva industria para que fuera rentable. Así que le ofreció costear todo lo necesario para que fuera a investigar rumores de pozos burbujeantes a lo largo del paso del ferrocarril.
En Ébano descubrieron el primer pozo comercial de México, y después la Faja de Oro, uno de los campos petroleros más importantes del mundo.
En 1900, Canfield y Doheny partieron en busca de oro negro en México. Cuando llegaron a un pueblo llamado Ébano en la región de Tampico, les sorprendió la gran cantidad de filtraciones de petróleo en el monte y el campo circundantes.
Algunos de los chapopotes, como los llamaban los locales, eran tan profundos que estaban cercados para proteger al ganado de ese aceite espeso y pegajoso que burbujeaba en la superficie. Doheny recordaría después cómo verlos «hizo que nos olvidáramos por completo del abrumador clima. Es un ambiente cálido y húmedo, con lluvias aparentemente incesantes en la densa selva boscosa, que parece crecer tan rápido como podemos talarla».
«Todo se olvidó en la alegría de descubrir. Sabíamos que estábamos en una región petrolera que produciría en cantidades ilimitadas lo que el mundo necesita». Tenía razón, y los socios repitieron la hazaña de Los Ángeles: descubrieron el primer pozo petrolero de uso comercial en México.
Pero el petróleo espeso y pesado que encontraron era difícil de procesar, y estaban bajo contrato y presión para suministrar combustible al ferrocarril. Doheny también había persuadido a muchos adinerados estadounidenses ávidos de aprovechar la fiebre del oro negro para que invirtieran.
En el campamento Tres Hermanos, en Veracruz, al frente, a caballo, Charles A. Canfield (izq.) y Edward L. Doheny, quienes ampliaron sus operaciones durante la Revolución Mexicana, se expandieron a Colombia y abrieron nuevos y grandes campos petrolíferos en Venezuela.
Compraron vastas extensiones de tierra sin explotar en Tampico, pero tuvieron dificultades para encontrar el petróleo que necesitaban y por un tiempo pareció que su compañía iba a colapsar. Sin embargo, se mantuvieron firmes y pronto su imperio petrolero mexicano, de hecho, toda la industria petrolera mexicana, comenzó a levantarse del suelo con una velocidad asombrosa.
Así lo retrató Los Angeles Examiner en 1912:
«Los campos petroleros están ubicados en la vertiente oriental de México, dos pozos conocidos como Casiano No. 6 y 7, se encuentran entre los mayores jamás explotados.«(Doheny) ha embarcado tanto oro negro fuera del territorio que ha convertido a Tampico, en el segundo puerto de este continente en valor de exportaciones».
Lo que una vez había sido una selva prístina salpicada de pequeñas aldeas se transformó por completo, como reportó el periódico Jeffersonian.
«A lo largo de su vasta área en México, se extendieron kilómetros y kilómetros de oleoductos, caminos de carretas construidos privadamente, vías férreas, nidos de tanques de almacenamiento monstruosos, refinerías con una capacidad de 30 millones de barriles, camiones, vagones cisterna, tractores oruga y equipos de mulas».
El hombre cuyo padre huyó de una hambruna se estaba convirtiendo en uno de los más ricos del mundo.
Peones trabajando en los campos petrolíferos de México.
¿Cómo logró tanto éxito tan rápido? «La gran pregunta es ¿Dónde estaba Díaz en todo esto?», responde Curry. El general Porfirio Díaz rigió México desde 1876 hasta su destierro a París, Francia, en 1911. «Nunca hemos podido conseguir documentación sobre eso, si es que hubo alguna entre Doheny y los ferrocarriles y el gobierno mexicano».
Durante mucho tiempo ha habido un debate sobre si Díaz tuvo razón al arrendar valiosos yacimientos petrolíferos a inversores extranjeros o si la industria debió haber sido nacionalizada. A Doheny lo que le apasionaba era encontrar petróleo, y tenía una habilidad casi sobrenatural para hacerlo.
Uno de sus hallazgos más que cualquier otro ilustra la escala colosal de los pozos petroleros mexicanos: el pozo Cerro Azul No. 4. «La relativa quietud de la selva fue rota primero por un gruñido de barro, que se hinchó hasta convertirse en un rugido amenazador que sacudió la tierra y se oyó como el sonido de un trueno lejano», recordó Doheny en sus memorias.
«Un poco más tarde, cada hoja, cada flor, cada brizna de hierba, antes vívida con los colores verdes y brillantes de la selva tropical, se convirtió como por arte de magia en el sueño fantástico de algún pintor futurista, todo negro reluciente como moldeado con un metal muy bruñido».
«Sobre un manantial de petróleo – Cerro Azul», dice la nota de la foto, con Doheny en el fondo.
En su biografía de Doheny, «El lado oscuro de la fortuna», Margaret Leslie Davis escribe que el diluvio de ese pozo en 1916 nunca será olvidado por los perforadores que lo presenciaron, ni por los residentes indígenas. Aparentemente se disparó más de 180 metros hacia el cielo, la tierra dentro de un radio de más de 3 kilómetros se saturó y se hizo inhabitable en los años venideros.
Más tarde, cuando le preguntaron a Doheny si había explotado a los nativos de Tampico y sus tierras con fines de lucro, y dijo:
«En el campo petrolero del oeste de Tampico, donde antes las selvas tropicales sólo sustentaban a unos pocos indígenas, 50.000 trabajadores de los campos petroleros, en su mayoría mexicanos, encontraron un empleo continuo inmediato».
Doheny les pagaba relativamente bien, y proporcionó educación y atención médica, pero su legado, así como el de otros barones petroleros extranjeros que ganaron millones en México, sigue siendo controvertido.
– Bajo la nube negra
Mientras Doheny amasaba su fortuna, su vida personal era complicada y marcada por la tragedia. Tras el nacimiento de su hijo Ned, su esposa lo abandonó y se divorciaron.
Él mantuvo la custodia de Ned y, en 1900, se casó con Estelle, una operadora telefónica que conoció a través de sus frecuentes llamadas de negocios. Cinco semanas después, su exesposa Carrie se quitó la vida.
Más estaba por venir: un evento impactante llevó a su socio a dejar México. «Su esposa fue asesinada», relata Curry. «Un exempleado le pidió un préstamo de dinero a la señora Canfield, ella se negó, y él la mató». Parecía como si una nube negra siempre acechara a Doheny, y estaba por oscurecerse más.
Albert B. Fall, el viejo amigo de Doheny, fue condenado a prisión. «El tribunal estaba inquieto cuando se anunció el veredicto. Fall, su esposa y su hija lloraron y uno de sus abogados se desmayó», informó la prensa.
A principios de la década de 1920, EE.UU. fue sacudido por el escándalo del Teapot Dome. Y Albert B. Fall estuvo en el centro, así como su viejo amigo de sus días de prospección en Kingston, Doheny. Fall, quien fungía como secretario de Interior, le había concedido los derechos de perforación de las valiosas reservas petroleras de la Armada de EE.UU. a su amigo Doheny…
…y a otro magnate petrolero llamado Harry Sinclair, sin que Doheny lo supiera. No sólo lo había hecho en secreto y sin licitación competitiva, sino que a cada uno les pidió un préstamo US$100.000 (unos US$2 millones de hoy). El 14 de abril de 1922 estalló el escándalo cuando el Wall Street Journal informó sobre los acuerdos.
Al día siguiente, se anunciaron planes para abrir una investigación del Senado. Las audiencias de esa investigación y los juicios penales y civiles duraron desde 1922 hasta 1930, plagados de reclamos y contrademandas, mentiras, sobornos, código Morse secreto, mensajes, manipulación de jurados y testigos, e intenso escrutinio público sobre los acusados.
Al final de la complicada saga, Doheny y Sinclair fueron obligados a renunciar a los acuerdos, y Fall se convirtió en el primer miembro de un gabinete presidencial en ir a prisión. Aunque los magnates petroleros fueron absueltos de conspiración para defraudar al gobierno, el juicio penal de 1929 en el que los fiscales federales se propusieron probar eso fue el que destrozó a Doheny.
Lo que ocurrió en la suntuosa mansión Greystone que Doheny le había regalado a su hijo y familia esa noche de febrero hace 95 años siempre será un misterio.
El bolso con el soborno requerido por Fall fue entregado por su hijo Ned y su secretario, un amigo íntimo de la familia, Hugh Plunkett. Ambos tenían que testificar en el juicio, y eso puso en marcha los trágicos acontecimientos del 16 de febrero de ese año.
Ese otro hombre que estaba en la habitación en la que Doheny tomó la mano inerte de su hijo al principio de esta historia era Plunkett. Para las autoridades de Los Ángeles, se trató de un claro caso de asesinato y suicidio. No se llevó a cabo ninguna investigación.
Pero lo que ocurrió esa noche en la famosa Greystone Mansion en Beverly Hills sigue siendo un misterio. Doheny nunca superó la muerte de su hijo. Se retiró de la vida pública, convirtiéndose en una especie de recluso, y falleció seis años después, en 1935 a la edad de 70 años.
No llegó a ver expropiación petrolera del presidente de México Lázaro Cárdenas del Río de 1938. Hoy en día, su legado está incrustado en el paisaje mismo de Los Ángeles: Doheny Drive, Doheny Road, Doheny Greystone Mansion, la Biblioteca Conmemorativa de Doheny, la playa estatal de Doheny.
Su dinero construyó iglesias y catedrales desde California hasta México y, sin embargo, su historia es ajena para la mayoría de las personas que pasan por todos esos lugares a diario.
BBC News Mundo(L.Pitt) — El agar (llamado a veces agar-agar) es un ingrediente común en la comida asiática.
Mezclado con agua caliente, es ideal para espesar sopas, darle estructura a los postres y, sobre todo, evitar que pierdan su forma cuando suben las temperaturas.
Sin embargo, lejos del mundo culinario, esta sustancia que se obtiene de las algas marinas tiene un rol fundamental en la ciencia: es el medio estándar en el que se cultivan hongos y bacterias en el laboratorio.
Como tiene una estructura semisólida, las bacterias pueden crecer por encima de forma controlada.
Así, en una placa de petri con agar (el recipiente de vidrio usado para estudiar microorganismos en el laboratorio), se pueden desarrollar distintas colonias bacterianas: pequeños grupos individuales de bacterias contenidos en un mismo espacio.
A simple vista, puede parecer un tecnicismo, pero, según le explica a BBC Mundo la doctora Vanesa Ayala-Nunez, investigadora de los Laboratorios Federales Suizos de Ciencia y Tecnología de Materiales (Empa), “esto es una maravilla, porque al controlar su crecimiento, las puedes aislar”
Y este es un paso crítico tanto para estudiar y entender cómo funciona una infección, así como para llegar a un diagnóstico: identificar qué bacteria es la que está causando la enfermedad es el primer paso en la búsqueda de un tratamiento.
Postre elaborado con flores y agar-agar.
¿Cómo saltó este ingrediente básico de la cocina asiática a los laboratorios hace cerca de 140 años?
Fue gracias a Fanny Angelina Hesse, una mujer de la que pocos –incluidos muchos microbiólogos- han oído hablar.
– Trabajo en equipo
Nacida en 1850 en Nueva York de padres inmigrantes, Lina, como la llamaba su familia, se casó con Walther Hesse, un médico alemán a quien conoció en Nueva York, que investigaba una desconocida enfermedad pulmonar que afligía a los trabajadores de las minas de uranio y que luego se descubrió era cáncer.
La pareja se trasladó eventualmente a Berlín, donde Hesse comenzó a trabajar en el laboratorio de Robert Koch (conocido más adelante como el padre de la microbiología y ganador del Nobel de Fisiología y Medicina en 1905 por identificar el bacilo que producía la tuberculosis).
Aunque Walther era el “científico oficial” en la familia, Lina y su marido trabajaban, codo a codo en el laboratorio.
“Además de sus deberes en el hogar y en la educación de sus tres hijos, ella estaba muy familiarizada con el trabajo científico de Walther y lo ayudaba como si fuera una asistente técnica actual”, escribió el nieto de la pareja, Wolfgang Hesse, en una breve biografía en 1992.
Ilustración de Lina Hesse de los experimentos con bacterias.
Lina no era científica en estricto rigor, pero “tenía una mente científica”, le explica a BBC Mundo Corrado Nai, doctor en microbiología con años de experiencia en el uso de agar.
“No podía serlo por la época y por su rol (era un ama de casa alemana), pero eran un equipo de trabajo”.
“Trabajaban juntos y el marido publicaba con su nombre, porque esa era la norma. Pero ella tenía un papel crucial en los resultados de su marido. Lina preservaba sus registros y hacía ilustraciones científicas”, dice Nai, quien actualmente participa en la elaboración de una novela gráfica sobre la vida de Lina Hesse.
“Estas ilustraciones muestran cómo crece un organismo, cómo se ve, qué forma tiene. Y esto es parte del proceso de identificación de un microorganismo”, agrega Ayala-Nunez.
Y fue trabajando juntos en el laboratorio de Koch, un día de verano 1881, después de muchos experimentos fallidos, cuando surgió la idea de probar el agar como medio de cultivo.
– De la cocina al laboratorio
Para investigar la contaminación microbiana en el aire, Walther utilizaba gelatina, uno de los medios de cultivo comunes en esa época, además de la clara de huevo, el suero, la carne, rodajas de papa y otros alimentos.
Pero una y otra vez, las bacterias degradaban la gelatina y el calor acababa derritiendo sus experimentos.
Mantenerlos en frío no era una solución: dado que el objetivo era estudiar bacterias que podrían producir una enfermedad en el cuerpo, era menester reproducir en el laboratorio la temperatura fisiológica del cuerpo humano.
El agar se mantiene intacto pese al calor.
Y a Lina, entonces, se le ocurrió probar el agar, un ingrediente típico de la cocina tradicional de Java (excolonia neerlandesa, actualmente Indonesia) que acostumbraba usar desde hace años en la elaboración de postres y otros platos con vegetales.
Conocía en parte los secretos del agar y la cocina indonesia porque era mitad neerlandesa y porque tenía amigos en la familia que habían inmigrado a EE.UU. desde la excolonia. Sabía que, gracias al agar, los postres mantenían su estructura intacta más allá del calor que hiciera.
No se sabe con exactitud si fue Walther quien le preguntó a Lina cómo hacía para que sus postres se mantuvieran firmes en altas temperaturas o si fue Lina quien le sugirió reemplazar la gelatina con el agar.
Pero, definitivamente, “ella era la que sabía sobre el agar, ella fue la responsable de esta idea”, señala Nai.
La pareja trabajaba codo a codo en el laboratorio.
– Carta a Koch
La pareja puso a prueba el agar, descubrió sus ventajas y le comunicó la noticia inmediatamente a Koch, que en ese momento estaba centrado en su investigación sobre la tuberculosis, la principal causa de muerte en los países industrializados en el siglo XIX y principios del XX.
Koch demostró en 1882 que la tuberculosis era provocada por una bacteria, lo cual abrió el camino a su diagnóstico y tratamiento.
Y aunque ese mismo año mencionó en una conferencia el papel que jugó el agar en el descubrimiento del Mycobacterium tuberculosis, no incluyó ni el nombre de Lina ni el del Walther Hesse.
“Esta fue la primera vez que el agar-agar apareció en la literatura científica”, comenta Nai.
Hoy día, el agar es una sustancia básica en los laboratorios de microbiología.
Pero el microbiólogo no cree que obviar a los Hesse haya sido una suerte de “mal comportamiento científico”, sino que se debe en parte a que Koch no había reconocido aún lo importante que era este medio de cultivo.
“En el mismo texto dice que, en su opinión, el agar no funciona tan bien como el suero de la sangre”, señala Nai.
Fue un proceso gradual hasta que se reconoció el valor del agar en el laboratorio.
Además, Walther no publicó ningún estudio sobre el agar, y ni él ni Lina intentaron patentar su descubrimiento.
«Los Hesse nunca recibieron ninguna recompensa económica por su ‘invención’, ni siquiera se plantearon explotar el asunto comercialmente. No hubiera sido apropiado», escribe Wolfgang en la biografía de sus abuelos.
“Ellos no buscaron que se reconociera. Simplemente lo tomaron como una forma de solucionar una situación técnica que era muy importante”, sostiene Ayala-Nunez.
“Y es que a veces, en el laboratorio, cuando es algo es técnico se minimiza mucho, pero la verdad es que sin esa parte, no existe la ciencia”, enfatiza la investigadora.
Hoy día, el agar –un producto además barato y sencillo de preparar– es un elemento básico en todos los laboratorios de microbiología.
E incluso, como lo demuestra la competencia anual de la Sociedad Estadounidense de Microbiología, hay quienes hacen arte con él.