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Frank Zappa, irrepetible…


Historia Hoy(M.A.Hernandez) — Frank Vincent Zappa será recordado como uno de los músicos más feroces e ingobernables del siglo veinte. Compositor incansable, lúcido, intransigente con el tedio, su trayectoria fue una constante explosión creativa desde sus inicios en la California de los años sesenta.

Leyenda en la historia del rock, músico tan prolífico como genial, excéntrico y comprometido, disparó (este es posiblemente el verbo más adecuado) más de setenta discos cargados de soda cáustica contra las cabezas de todos los títeres que a la izquierda y a la derecha asolaban, y sobre todo aburrían, a las “víctimas” del territorio musical americano de la época.

Pero su gran contribución al paisaje musical de nuestro tiempo consistió en cebar esos proyectiles con una especie de pólvora estética que aglutinaba las más diversas influencias, desde la atonalidad hasta el doo-wop, pasando por las veredas de Stravinsky, Stockhausen, el reggae de Marley o el jazz de Charlie Mingus, todo mezclado en combos tan indescifrables como asombrosos.

Tanto su obstinada desobediencia como la compleja extensión de su obra lo han convertido en una pieza insustituible de la cultura contemporánea y a la vez en una especie de anomalía para las liturgias del rock reglamentario.

Frank Zappa fue literalmente ex-céntrico, tocaba casi todos los instrumentos y compuso muchísima música clásica que jamás se editó. Se casó dos veces, y su segunda mujer, Adelaide Gail Sloatman, fue su compañera de vida. Tuvo cuatro hijos, Diva, Moon, Ahmet y Dweezil.

Adelaide Gail y Frank Zappa.
Adelaide Gail y Frank Zappa.

Posiblemente sean muy muy pocos los que conozcan su obra completa, y posiblemente también el mejor recuerdo de este genio único no sea solamente repasar su inigualable obra (que de comienzo a fin es tan disímil como empezar un viaje en Alaska y terminarlo en el Sahara), sino acercarnos a su personalidad anárquica (pero nada caótica, ojo) guiados por él mismo:

“Algunos científicos sostienen que el hidrógeno es el componente básico del universo. Yo discrepo; afirmo que existe menos hidrógeno que estupidez”.

Le gustaba comer tarta de arándanos, ostras fritas, anguilas fritas y sandwichs de maíz (pan blanco y puré de patatas con maíz blanco por encima).

Un muy joven Frank.
Un muy joven Frank.

Su ascendencia era siciliana, griega, árabe y francesa. Su padre era meteorólogo en la base militar de Edgewood, Maryland, y sus abuelos maternos tenían un restaurante. Frank (que decía que su abuelo paterno “no se bañaba” y que su padre lo hacía “de vez en cuando”) solía jugar con elementos químicos que se llevaba del laboratorio de su padre, y sobre todo le atraía el mercurio, con el cual se intoxicó de niño.

Frank pasaba mucho tiempo enfermo, y su segunda infancia la pasó en California, lugar en el que su padre trabajó en una oficina estatal de balística.

Descubrió la batería a los doce años, luego vino la guitarra, y en la secundaria formó su primer grupo, The Black-Outs, la única banda de rythm and blues de la zona del desierto de Mojave (donde vivía entonces), formada por tres negros, dos mexicanos, un representante de “los demás pueblos oprimidos del mundo” (Terry Wimberly) y él.

“Nunca tuve la intención de convertirme en un tipo extravagante. Fue la otra gente la que siempre me endilgó esa etiqueta”.

The Black-Outs.
The Black-Outs.

En 1957 conoce a su amigo y futuro colaborador, Don Van Vliet, alias Captain Beefheart, otro ilustre excéntrico del rock. Pronto Frank se integra en algunas bandas locales, como The Masters y The Soul Giants, escribiendo la música para películas de clase B.

En esa época se hizo cargo del estudio de grabación al que llamó “Studio Z”. En él trabajaba también con otros artistas, y por rumores sobre grabaciones pornográficas fue detenido (luego de un engaño del departamento de detectives de la policía) y juzgado. Se rió del juez en la cara y fue condenado a seis meses de prisión.

“Definición del periodismo de rock: gente que no sabe escribir entrevistando a gente que no sabe pensar cuyo mensaje llegará a gente que no sabe leer.”

Captain Beefheart y Frank Zappa.
Captain Beefheart y Frank Zappa.

Más tarde se traslada a Los Ángeles, donde formó una nueva banda, The Muthers, que actuará por todo el estado. Cambian su nombre a The Mothers en 1965. En 1966 son fichados por Verve y editan su primer disco, un doble llamado “Freak Out!”, que permaneció 23 semanas en listas, gracias a la promoción en medios independientes.

Para entonces ya eran Frank Zappa & The Mothers Of Invention, y hasta 1969 sacaron cinco álbumes.

“Solo la religión y las drogas nos trastornan más que la televisión y los padres”.

Antes de finalizar el año, Zappa disuelve la banda y lanza “Hot Rats”, con Captain Beefheart y el violinista Jean-Luc Ponty, proyecto que llega hasta el número nueve en las listas inglesas. A estas alturas, la fama de Zappa como héroe de la escena underground se extiende por todo el mundo, y reforma The Mothers en 1970.

“Detesto las letras de amor. Una de las causas de la mala salud mental de los Estados Unidos es que la gente se ha educado escuchando ese tipo de letras.”

En 1971, en una visita al Reino Unido, toca junto a Ringo Starr y Keith Moon, y, meses más tarde, actúa en directo en Nueva York junto a John Lennon. Llega uno de sus mejores momentos en 1974 con el álbum “Apostrophe”; disco que se ubica en el Top 10. Su producción comienza a ser cada vez más variada y abarca desde el jazz rock hasta las composiciones de corte clásico.

De estas últimas, la primera fue un concierto con la filarmónica de Los Ángeles, dirigida por Zubin Mehta, e interpretando “200 Motels”. En los ochenta siguió en activo, compuso Joe’s Garage Act I y luego el doble Joe’s Garage Acts II & III, sin abandonar su originalidad.

“La música la hacen los compositores, no los intérpretes. Si un músico improvisa mientras está actuando, entonces se convierte por unos momentos en compositor.”

En 1988 gana un Grammy por “Jazz for Hell”, en la categoría de mejor álbum de rock instrumental. A partir de ese año, y hasta 1992, se lanzan al mercado seis volúmenes de una serie llamada “You can’t do that on stage anymore”, con grabaciones inéditas en directo y con buena parte de los dos centenares de colaboradores de músicos con los que había tocado en su carrera.

Pero en 1990 se le detectó un cáncer de próstata, única circunstancia que pudo detener su genial y prolífica creatividad. Falleció el 4 diciembre de 1993, sin llegar a cumplir los cincuenta y tres años.

La mejor elegía para este genio inclasificable la dijo El Gran Wyoming: “Frank Zappa sería un superventas si el mundo no fuera una mierda. Es el gran genio de la música del siglo veinte. Avergonzaos, no tenéis ni puta idea de quién es.”

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Un mar de ruinas: los medios de comunicación y su retrato de la revolución de octubre de 1934…


Un mar de ruinas: los medios de comunicación y su retrato de la revolución  de octubre de 1934

The Conversation(N.D.Rodríguez) — Hace más de noventa años, el 8 de septiembre de 1934, un discurso sacudió España.

El líder ideológico de la CEDA –Confederación Española de Derechas Autónomas–, José María Gil-Robles, voceaba desde el Santuario de Covadonga sus anhelos gubernamentales.

El 19 de noviembre de 1933 la CEDA había ganado las elecciones generales, pero había sido el Partido Radical de Alejandro Lerroux el encargado de formar gobierno. Para Gil-Robles, en septiembre del 34 ser un mero apoyo táctico escapaba a su deseo, ya inminente, de participar operativa y decisivamente en la Administración.

Lo consiguió un mes después, cuando Lerroux incluyó a tres ministros de la CEDA en su nuevo Gobierno, responsables de Justicia, Agricultura y Trabajo. Esto provocó la mayor movilización obrera vista hasta la fecha, un movimiento huelguístico e insurreccional que se levantó frente al gobierno de derechas.

– Los inicios de la desinformación del 34

La Revolución de octubre de 1934 suele apellidarse “de Asturias” porque fue donde más impacto y duración tuvo. Dentro de la región, su génesis se focalizó en Mieres y su repercusión social en Oviedo. No fue esta, sin embargo, su única geografía.

Hubo movilizaciones en Cataluña, Madrid, Castilla, León. Además, los episodios orquestados en el norte, entre el 5 y el 18 del citado mes, provocaron una segunda revolución: la mediática.

Collage de imágenes. Izq. arriba: doble paginación gráfica de ABC, nº9.805, 27-X-1934, pp. 8-9. Izq. abajo: reportaje del ABC dedicado a la Cámara Santa ovetense, 7-XI-1934. ‘Foto V. Muro’. Dcha. arriba: Ahora, 2-XI-1934, p. 24. Dcha. abajo: Mundo Gráfico, portada del 24-X-1934 y reportaje del 31-X-1934. Archivo ABC y Hemeroteca Digital

Algunos medios nacionales fieles a la derecha política contribuyeron a maquetar la idea de una insurrección que rescataron, convenientemente, durante la posterior guerra civil española. Periódicos, revistas ilustradas y seminarios gráficos de actualidad le dedicaron crónicas, pequeños artículos y reportajes a doble página.

Las cabeceras miraban al norte del país y repetían la misma cantina visual, la de la destrucción.

Mientras tanto, si consultamos las hemerotecas históricas, vemos cómo los diarios regionales fueron suspendidos durante los principales días del conflicto. La sociedad asturiana estaba, por tanto, a merced de la desinformación.

Tanto que la resistencia en Oviedo fue una víctima colateral de esta falta de noticias: el 14 de octubre se creía aún en el desarrollo de una revolución a escala nacional, cuando, a excepción de algunas zonas del norte del país, por esas fechas ya se habían ahogado todos los levantamientos.

Tras la vuelta a las redacciones, a los pequeños cuadernos de anotaciones rápidas, máquinas de escribir y cámaras fotográficas de los ya conservadores El CarbayónLa Voz de Asturias y Región se sumaron los vecinos de la villa marinera de Gijón: El ComercioLa Prensa y El Noroeste –camaleónico éste último entre su apoyo al reformismo melquiadista y un supuesto progresismo–: los medios retrataron Asturias como un mar de ruinas, con especial énfasis en la capital vetusta.

Las noticias que llenaron portadas durante algunas semanas en las cabeceras de gran tirada nacional ocuparon meses, e incluso años, en los talleres tipográficos de la región. Su exposición se ejecutó en varias escalas de acción, y evolucionó de lo mediático a lo cinematográfico e, inclusive, turístico.

– La pena de ser asturiano

En octubre y noviembre de 1934, los titulares de la prensa regional destacaban la pena, la indignación y la miseria que suponía sentirse asturiano, porque lo ocurrido no era español . Se tildó de antipatriótico a todo aquel vinculado con la revolución. No había apenas retratos; a sus protagonistas se les representaba con las huellas dejadas a su paso.

Recortes del diario asturiano _La Prensa_.
Recortes del diario asturiano La Prensa. Fototeca del Museo del Pueblo de Asturias.

Recortes de _La Voz de Asturias_.
Recortes de La Voz de Asturias. Biblioteca Virtual de la Prensa Histórica.

En Oviedo, manzanas enteras de la calle Uría, numerosas construcciones eclesiásticas, el Hotel Inglés, la universidad, el Teatro Campoamor y hasta la Casa del Pueblo, sede del diario socialista Avance, se habían transformado en escombros.

Todos, según se dijo, pasto del bando revolucionario. Hoy en día conocemos que algunos de estos desmanes –como el incendio en el edificio de la universidad– que se atribuyeron a los revolucionarios podrían no haber sido de su autoría, sino de las fuerzas represoras.

– La “Asturias leal”

A finales de octubre, los vecinos de Oviedo recibieron la visita de sus ministros, quienes habían llegado a Asturias para comprobar tamañas destrucciones. Haciendo propaganda, jugaron a la esperanza, a la recomposición del país, la reconquista de la Patria o, al menos, su salvaguarda de una ideología que el Gobierno consideraba negativa.

Los medios conservadores aprovecharon la situación para reconquistar esas ruinas. Modificaron la terminología, para indicar que las destrucciones no eran solo asturianas, sino también heridas hechas a España. La reconstrucción de Asturias se convirtió en urgencia nacional.

Collage de recortes del diario _Región_.
Collage de recortes del diario Región. Biblioteca Virtual de la Prensa Histórica

Una vez asegurada la “Asturias leal” pero manteniendo aún el odio hacia los protagonistas revolucionarios, Acción Popular –partido integrado en la CEDA– deseaba posicionarse como el salvador de la situación. El diario Región relataba frecuentemente las continuas partidas de ropas y alimentos desde la generosidad española para el socorro de los damnificados.

La destrucción se volvió cotidiana y banal, parte del día a día. Los restos de los edificios se transformaron en un elemento turístico de la capital asturiana. Mantener con andamios buena parte del arruinado perfil ovetense quizás fue una estrategia, nunca criticada desde la prensa, para recordar algo que no querían que fuese olvidado.

Collage hecho con recortes del diario El Carbayón y una postal de la época. Hemeroteca El Carbayón (Biblioteca Virtual del Principado de Asturias) y Fondos Gijón 2.0 (Fototeca del Museo del Pueblo de Asturias)

– El primer aniversario

La desinformación, los rumores, la desconfianza y, finalmente, el caso del estraperlo al que se vio arrastrado destruyeron la idea pública de Alejandro Lerroux en octubre de 1935.

Sin embargo, ese mes en el que estuvo sumido en el escándalo no incluyó apenas imágenes periodísticas del político. Más bien, los diarios regionales distrajeron al público con fotografías del primer aniversario revolucionario, y se reutilizaron e intercalaron varias escenas de octubre del 34 con retratos de los honorables desfiles a los héroes militares.

El periódico ovetense El Carbayón arrancó 1936 mencionando la revolución e indicando –con la vista puesta en las elecciones generales– la reconstrucción vetusta.

Tanto esta publicación como Región relacionaban constantemente estas obras con la candidatura de Acción Popular, sin que el partido tuviese en ningún momento la potestad en la reconstrucción, buscando generar una relación de conceptos en la mente de los lectores. Sin embargo, los vecinos de la ciudad continuaban con sus calles andamiadas y arruinadas más de un año después.

Collage de recortes de _Región_ y _El Carbayón_ de inicios de 1936.
Collage de recortes de Región y El Carbayón de inicios de 1936. Hemeroteca El Carbayón (Biblioteca Virtual del Principado de Asturias) y Biblioteca Virtual de la Prensa Histórica (Región)

– Lo que habían contado… no ocurrió así

Tras el triunfo del Frente Popular, se empezó a hablar de las víctimas de la represión de la revolución, hasta entonces opacadas por la existente censura previa de imprenta. No todos los medios cubrieron estas historias, sino solo aquellos más afines a la izquierda, como el diario Avance (que incluso había visto cómo su publicación se suprimía en algunos momentos o se censuraba).

Así, se habló de la muerte de la joven militante comunista Aida LaFuente, de los Mártires del Carbayín, detenidos y asesinados en la represión posterior a la revolución, y del periodista asesinado Luis de Sirval, entre otros.

Esta otra visión convirtió a Asturias y su historia reciente en un lugar mitológico, mártir y víctima de la propaganda en diferentes sentidos.

Más adelante, la Guerra Civil incrementó aun más esta leyenda. Franco reutilizó durante el combate la imagen de una Asturias rebelde que debía ser reconquistada. En 1937 se inició la última ofensiva sublevada en Asturias que dio lugar, meses después, a la caída del Frente Norte.

Desde entonces, ha sido común el empleo de Asturias como escenario propagandístico, tanto durante la dictadura como en casos posteriores. La idea de la revolución cada vez está más desdibujada y más mitificada. Pero ni una ni la otra suponen una lectura correcta sobre lo ocurrido hace exactamente 90 años.

nuestras charlas nocturnas.


La muerte del «Zorro del desierto»…


Erwin Rommel, el Zorro del Desierto, en la campaña de Africa del Norte.

The Objective(L.Reyes) — «Vengo a decirte adiós. Dentro de un cuarto de hora estaré muerto. Sospechan que tomé parte en el intento de asesinar a Hitler… El Führer me da a elegir entre el veneno o ser juzgado por el tribunal popular».

Así se despidió el mariscal Rommel de su esposa, Lucie, con la serenidad y el decoro de los héroes clásicos. Había sido y sigue siendo el general más famoso de la Segunda Guerra Mundial, apreciado incluso por sus enemigos. Una vez que llevaron ante él a un oficial inglés prisionero, cuando el inglés se enteró de quién era, se cuadró y dijo «es un gran honor conocerle, señor». 

Un soldado legendario, el Zorro del Desierto, que con una sola división tuvo en jaque a todo el VIII Ejército británico y hubiera conquistado Egipto y el canal de Suez si le hubiera llegado la gasolina

Pero la estrella de la fortuna de Erwin Rommel había dejado de brillar el 17 de julio de 1944, poco más de un mes después del Desembarco de Normandía, cuando dos aviones británicos ametrallaron su automóvil, que volcó. Todos sus ocupantes resultaron heridos, pero el peor parado era Rommel. Despedido del vehículo contra la carretera, tenía cuádruple factura de cráneo.

Nadie pensaba que pudiera sobrevivir, y ojalá hubiera muerto allí, en una acción de guerra y por el fuego enemigo.

Los conspiranoicos dicen que no está claro qué avión atacó el coche de Rommel, quieren creer que fue un avión alemán, que Hitler quería deshacerse secretamente de Rommel. Pero la RAF (Real Fuerza Aérea) tiene en sus registros identificados los aviones que intervinieron en la operación, incluso el nombre de los pilotos, que eran del Escuadrón Canadiense.

Además, en esa fecha no había ocurrido todavía la Operación Walkiria, el atentado a la bomba contra Hitler. En ese momento, el Führer aún confiaba en su militar más brillante, Erwin Rommel, con el que mantenía una relación personal desde que subiera al poder, hasta el punto que antes de la guerra, cuando era solamente coronel Rommel, lo había puesto al mando del batallón de su guardia.

E.Rommel

Todo cambió, sin embargo, a partir del atentado del 20 de julio de 1944, del que Hitler salió milagrosamente vivo. La represión contra los mandos de la Wermacht sospechosos fue terrible. Rommel se libró en esos momentos porque se hallaba en el hospital, más muerto que vivo.

Pero Alemania era en la época el país más avanzado en ciencias, y uno de sus mejores neurocirujanos, el Dr. Esch, fue capaz de reconstruir la cabeza de Rommel, aunque quedó sordo y tuerto del lado izquierdo.

Rommel recuperó enseguida los sentidos que había perdido, incluido el habla, y fue enviado a su casa de Herrlingen, en Wurtemberg, para pasar la convalecencia junto a su esposa.

Su único hijo, Manfred, oficial de artillería, recibió un permiso especial para acompañar a su padre. Pero mientras tanto iban cayendo militares en la represión, y cuando el 7 de septiembre fue detenido el general Speidel, que era el jefe del Estado Mayor de Rommel, es decir, una persona de su máxima confianza, el Zorro del Desierto olió el peligro.

Le retiraron sin explicaciones la escolta militar de la que gozaba, comenzó a ver gente sospechosa alrededor de la casa, y los vecinos comentaban que habían venido señores de paisano haciendo preguntas… Rommel decidió llevar una pistola cuando salía a dar los paseos que le había recomendado el médico.

Le acompañaban su hijo y su ayudante de campo, el capitán Aldinger, a los que comunicó sus temores, aunque no a su mujer para no angustiarla, aunque Lucie Rommel no era tonta y se daba cuenta de la situación.

Por fin, el 7 de octubre llegó la llamada fatal. Al otro lado del teléfono estaba el mariscal Keitel, jefe del OKW (Oberkommando der Wehrmacht, Mando Supremo de las Fuerzas Armadas), es decir, el militar de mayor rango después del propio Führer.

Pero esta categoría no se traducía en respetabilidad, los soldados de verdad como Rommel lo despreciaban, lo consideraban un lacayo del Führer, y de hecho Keitel sería ejecutado tras el Juicio de Núremberg como responsable de los crímenes del nazismo.

Keitel convocó a Rommel en Berlín el 10 de octubre para «una entrevista sobre su futuro». Pero no se podía hacer caer al Zorro en una trampa tan simple. Dijo que no podía viajar hasta Berlín porque no se lo permitía el médico debido a su delicado estado de salud, y dejó a Keitel con un palmo de narices. «No llegaría vivo a Berlín si hiciera ese viaje», les comentó a su hijo y a su ayudante de campo.

– Ejecución discreta

Naturalmente, la cosa no se quedó ahí. Bien por las confesiones que hiciera el general Speidel cuando fue interrogado por la Gestapo -que por cierto, no lo torturó-, o porque Keitel y otros miembros de la camarilla de Hitler odiaban a Rommel y le malmetieron a Hitler, el caso es que el Führer se había convencido de la traición de su antiguo amigo, creía que Rommel estaba implicado en su atentado y había ordenado su «ejecución discreta».

La Historia no ha podido determinar todavía si Rommel estaba o no estaba metido en la conspiración contra Hitler, o hasta qué punto sabía que se iba a producir el atentado, aunque no estuviese implicado directamente, o si sencillamente lo ignoraba. Existen testimonios de las personas que lo rodeaban en uno u otro sentido. Su esposa Lucie siempre mantuvo que no sabía nada, o que en todo caso no participó en la conspiración.

El general Speidel, en cambio, aseguraba que cuando lo contactaron los conjurados de la Operación Walkiria para que se uniese a ellos, le contó a su jefe, Rommel, los planes del golpe. Un oficial del Estado Mayor de la Marina amigo de Rommel, que había ido a verlo al hospital, decía que el Zorro del Desierto había criticado el atentado contra Hitler, porque no había que matarlo y convertirlo en un mártir, lo que tenía que hacer el ejército era detenerlo y juzgarlo.

El testimonio más asombroso es, sin embargo, el de Manfred Rommel, el hijo del mariscal, según el cual lo que planeaba su padre no era dar un golpe contra Hitler, sino algo más sencillo: rendirse a los Aliados al frente de todas sus tropas, el llamado Grupo de Ejércitos B, 400.000 hombres, lo que supondría abrir la puerta de Berlín a americanos y británicos, pues no había otras fuerzas que detuviesen a los ejércitos aliados desembarcados en Normandía.

Lo más curioso de esta versión es que Rommel contaría con la complicidad de Sepp Dietrich, el más prestigioso general de la SS, que mandaba la unidad más potente a las órdenes de Rommel, el Cuerpo Panzer de las SS.

Todas estas elucubraciones no afectaron a los hechos comprobados, que son que el 14 de octubre se presentaron en el domicilio de Rommel el general Burgdorf, jefe de personal del ejército, y su adjunto Maisel. Eran dos militares de oficina y les habían encargado una misión que habría repugnado a un soldado de verdad.

Se encerraron un rato con Rommel y le plantearon dos alternativas: suicidio o «tribunal popular», una farsa de justicia que estaba condenando a muerte sumarísimamente a todos los sospechosos del atentado contra Hitler.

Si elegía esta segunda solución, habría represalias contra su familia y contra todos los oficiales de su Estado Mayor y sus familias. Si elegía el suicidio se declararía muerte natural, se le enterraría con todos los honores y su familia sería tratada como la de un héroe nacional. Siempre que mantuviesen la boca cerrada, naturalmente. Rommel eligió el suicidio y se despidió de su esposa con la frase que hemos puesto al principio.

Luego se despidió de todos, cogió su bastón de mariscal, afectando que seguía siendo el militar respetado por todo el mundo, y se subió al coche de Burgdorf, cuyo conductor, significativamente, no era un soldado, sino un miembro de las SS. Salieron por la carretera de Ulm, pero no fueron muy lejos, a los pocos minutos Burgdorf ordenó parar bajo unos árboles y dijo que lo dejaran solo con Rommel.

Todo fue rápido y limpio, si se puede emplear este adjetivo en un crimen tan repugnante. Rommel se bebió el veneno que le dio Burgdorf y éste salió del coche y llamó a su adjunto y al chófer, que encontraron al mariscal ya cadáver, tirado sobre el asiento.

«Derrame cerebral», fue el dictamen oficial, pero no hubo autopsia, pese a que era preceptiva por ley, y el cadáver fue incinerado rápidamente. Tuvo un funeral de Estado y se declaró día de luto nacional. La viuda y el hijo mantuvieron el pacto de silencio hasta que cayó el nazismo. El general Burgdorf, verdugo material de Rommel, se suicidó junto a Hitler el 2 de mayo de 1945.

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La única persona (conocida) a la que la reina Isabel I de Inglaterra le permitió tutearla…


Historias de la historia(J.Sanz) — Supongo que será una cuestión de probabilidades y de genética, pero si eres mujer, nacida en las Islas británicas y quieres aparecer en los libros de historia o, por lo menos, que tu historia sea conocida, más te vale que seas pelirroja.

Como muestra, la reina Boudica, la princesa Mérida de Disney o las piratas Anne Bonny y Grace O’Malley. De Boudica y de Anne Bonny ya hemos hablado, para conocer a Mérida es mejor que veáis la película Brave (Indomable), así que, poneos cómodos, porque os voy a contar la historia de la pirata Grace O’Malley.

Para ambientarnos y ponernos en situación os voy a pedir que penséis en las películas Braveheart y Rob Roy que, aunque son relativas a héroes escoceses y nuestra protagonista es irlandesa, os van a servir para que os podáis hacer una idea de esas sociedades de clanes, del paisaje, del paisanaje y de la opresión inglesa.

Pues Grace, nacida en 1530, pertenecía a los O’Malley, uno de los clanes irlandeses más poderosos con flota propia y dedicados al comercio y a alguna que otra actividad no tan legal (algún saqueo que otro). A pesar de recibir la educación propia de una noble -lo que era-, el hecho de nacer y criarse junto al mar despertó el lado más aventurero de Grace que, desde niña, soñaba con navegar en aquellos barcos que recorrían los océanos.

Siendo una niña, se ganó el apodo de Mhaol (calva) por un hecho ocurrido cuando su padre estaba preparando un viaje a España. Grace quería acompañar a su padre a toda costa y, para quitarle la idea de la cabeza y no herirla, le dijo que no podía porque su pelo se enredaría en las velas. La niña, ni corta ni perezosa, se lo cortó.

Carácter no le faltaba, y no os preocupéis porque desde este momento Grace lucirá una melenaza pelirroja con tirabuzones. Como era de esperar, por su posición, con 15 años la casaron con el hijo del jefe de un clan vecino con el que tuvo dos hijos, Owen y Murrough, y una hija, Margaret.

Y a pesar de tener el título de familia numerosa y todo lo que ello conlleva de trabajo y preocupaciones, siempre que podía se embarcaba con su marido en algún viajecito para matar el gusanillo, una compraventa aquí y un saqueo allá. Y así transcurrían los días hasta que su marido fue asesinado por un clan rival en 1560, e incluso llegaron a plantarse a las puertas de su castillo para tomarlo.

Pensaron que con una mujer al frente iba a ser cuestión de coser y cantar. ¡Qué equivocados estaban! La calva les dio para el pelo —sorry, pero es que no he podido evitarlo—. Aun así, sabía que estaba en una posición muy complicada y que otros clanes tratarían de aprovechar aquella situación.

Así que, cogió a sus hijos y regresó a las tierras de los O’Malley, donde bajo su protección podría empezar de cero con una pequeña flota y las familias leales a su marido que quisieron acompañarla. ¿Y a qué se dedicó? Pues a lo que sabía hacer: comerciar, saquear fortalezas de la costa, asaltar barcos y hacer pagar impuestos a los pescadores ingleses.

Lo que viene siendo un emporio comercial con actividades legales, alegales e ilegales, con cuyos beneficios consiguió ampliar enormemente sus posesiones de partida y armar una flota que controlaba el Atlántico Norte, sobre todo cuando también se hizo cargo del clan O’Malley.

A lo largo de todo este tiempo, según su biógrafa Anne Chambers, demostró ser una líder intrépida por tierra y por mar, seguidora acérrima del ojo por ojo, pragmática y estratega, rebelde, pirata y matriarca, la mujer que desafió la turbulenta política del siglo XVI…

aprendió sobre mareas, corrientes y los estados de ánimo del mar, para convertirse en una profeta del clima, para saber cuándo zarpar y cuándo quedarse en tierra; conocer la capacidad de los barcos que navegó, sobre lienzo y guindaleza, lastre y ancla, navegar por estrella y brújula; para aprender sobre los peligros de la traicionera costa irlandesa.

Y si hay que casarse con un rico terrateniente que controla algún castillo y posesiones que nos vienen que ni de perlas para los negocios, pues se monta un matrimonio de conveniencia y apañado.

Y si hay que demostrar que para ella lo de ser valiente era algo natural, pues se «cuenta» que nada más dar a luz a su cuarto en hijo (primero con Richard Burke, que así se llamaba su segundo marido), porque lo hizo a bordo de uno de sus barcos durante una travesía, fueron asaltados por otros piratas y Grace, a la que acababan de cortar el cordón umbilical, subió a cubierta espada en mano para echar a los asaltantes.

De hecho, parece ser que renunció a la baja por maternidad y, claro está, tampoco permitió que el padre se cogiese las semanas correspondientes. Así era ella.

Las cosas comenzaron a complicarse cuando la todopoderosa (y anglicana) Inglaterra se lanzó definitivamente a controlar a la díscola (y católica) Irlanda, y lo hizo socavando la estructura social de los irlandeses basada en los clanes.

Para ello, la reina Isabel I puso al frente de esta operación a Sir Richard Bingham, que comenzó a desmantelar la antigua estructura mediante campañas militares, sobornos y provocar enfrentamientos entre señores irlandeses. Lógicamente, una de las afectadas fue Grace a la que, además de complicarle seguir con sus negocios, Bingham puso la primera en su lista de objetivos.

A cada palo que le daban a la pelirroja, respondía con otro a los ingleses o a los señores que se habían vendido a la libra esterlina. A pesar de seguir la política impuesta desde Londres, estaba claro que el inglés se sentía muy cómodo con el palo y sin la zanahoria, hasta el punto de excederse, incluso para un inglés de la época.

Grace optó por la vía diplomática y envió cartas a la reina para contarle las correrías de su subordinado, y que ella lo único que hacía era defenderse.  Aquello de que lo puenteasen y se dirigiesen directamente a la jefa soliviantó sobremanera al miserable Bingham que optó por tomar el camino de los malos de las pelis: capturar a la esposa y/o los hijos.

Y como aquí la esposa era la rebelde, pues capturó a dos de sus hijos. Y volvió a demostrar que esta mujer era la pera limonera, porque envió una nueva misiva a la reina en la que le decía que…

¡¡¡ponía rumbo a Inglaterra para entrevistarse con ella!!!

Y, contra todo pronóstico, la reina accedió a recibirla. A pesar de que iba a interceder por sus hijos, era importante mantener su dignidad. Así que, en el verano de 1593 se presentó ante Isabel I de Inglaterra ataviada como una reina y, por ello, no se postró ante la soberana.

Mantuvieron una conversación en latín (el único idioma que tenían en común), de igual a igual, y llegaron a un acuerdo: la reina liberaría a su familia, retiraría al gobernador que le hacía la vida imposible, le devolvería las tierras incautadas y perdonaría todos sus crímenes de rebelión; como contrapartida, la irlandesa dejaría de enfrentarse a los ingleses y mantendría la paz entre los clanes.

Marchó con el certificado de penales limpio, liberaron a los suyos y el gobernador fue destituido… y ella enterró el hacha de guerra. Pero, poco tiempo después, los ingleses volvieron a enviar al gobernador y donde dije digo, digo Diego.

Desencantada, Grace dejó a un lado su causa personal y se unió a los irlandeses en el levantamiento contra los ingleses en la llamada Guerra de los Nueve años (1594—1603). Curiosamente, en 1603 fallecían las dos mujeres que protagonizaron aquel momento histórico… de tú a tú.

Hoy, aquella reina irlandesa no coronada es uno de los símbolos de la lucha por la independencia de la isla.

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La terrible historia del ‘Erebus’, el barco que viajó dos veces al infierno y se perdió misteriosamente y el análisis de ADN arroja luz sobre el espantoso final de una fallida expedición al Ártico…


El ‘Erebus’ y el ‘terror’ en Nueva Zelanda en agosto de 1841, según lo imaginó el pintor John Wilson Carmichael.

El Español(D.Barreira)BBC(R.Morelle)/CNN(K.Hunt) — «Viernes 31 de diciembre. Nochevieja (…), el hielo se ha cerrado por completo a nuestro alrededor». La descripción anotada por el sargento William Cunningham en su libro de memorando da cuenta de la coyuntura extrema a la que se enfrentaban el HMS Erebus y su buque gemelo, el Terror, a finales de 1841.

No habían alcanzado todavía el objetivo principal de la expedición, conquistar el círculo polar antártico, y las condiciones climáticas eran cada vez más adversas. Sin embargo, el ánimo permanecía casi intacto en el seno de las dos tripulaciones: «Dimos la bienvenida al Año Nuevo (…) con confianza y alegría».

Incluso varios navegantes, aprovechando el hecho de que se podía caminar entre ambas embarcaciones de nombres apocalípticos, tallaron en la dura nieve la figura de una mujer a la que bautizaron como su «Venus de Médici», de casi dos metros y medio de alto. «La celebración que siguió fue sonada.

Un pingüino que pasara por allí habría visto a marineros que tocaban cuernos y gongs y sostenían cerdos bajo el brazo para que chillaran, en un esfuerzo de cada uno de los barcos por proferir el mayor alboroto posible», recuerda Michael Palin, miembro de los Monty Phyton.

El hombre que hizo de Poncio Pilatos en la divertidísima La vida de Brian, entre otros ilustres papeles, apasionado de las aventuras sobre el mar, escribió una biografía sobre el HMS Erebus, uno de los grandes navíos de exploración del siglo XIX.

Bajo el título de Erebus: historia de un barco (Ático de los Libros), Palin reconstruye con una prosa amena y valiéndose de los testimonios de los protagonistas un doble viaje al infierno, una crónica humana que concluyó en tragedia, con la muerte de toda la tripulación de la expedición de John Franklin, que partió de Gran Bretaña en 1845, en las gélidas tierras y aguas del Ártico.

El Erebus —en la mitología griega representa al hijo de Caos, que simboliza el oscuro corazón del inframundo— fue concebido en Gales como una bombarda, un buque de guerra, y entró en servicio en la Marina Real británica en 1823.

En los primeros años su futuro fue incierto, sin misiones asignadas, hasta que en 1828 se le destinó a patrullar el Mediterráneo e incordiar a los turcos. Pero nunca llegó a desempeñar la función para la que fue creado: los combates marítimos. Su verdadera fama llegaría al ser reconvertido en un barco de exploración.

En 1839, bajo el mando del experimentado y célebre explorador James Clark Ross, el Erebus zarpó rumbo a la Antártida, donde alcanzaron la mayor latitud al sur en la que ningún otro hombre había navegado, un récord que tardía bastantes décadas en batirse.

No había ningún científico como tal a bordo, pero sí dos cirujanos, Joseph Hooker y Dalton McCormick, que fueron anotando cuidadosamente en sus cuadernos y diarios detalles sobre las distintas especies animales y la botánica con las que se iban topando.

James Clark Ross, «el hombre más atractivo de la Marina».

El momento más crítico de esta primera odisea plagada de temperaturas implacabales y peligro constante, que duró casi cuatro años, se registró poco después de la Navidad de 1841. En dirección a las islas Malvinas, un enorme iceberg provocó que el Erebus y el Terror colisionasen entre ellos.

«Nosotros, pobres peregrinos del océano, pensamos que vivíamos nuestros últimos momentos en esta vida», recordaría el marino irlandés Cornellius Sullivan. Milagrosamente, ninguno de los dos barcos, que navegaban a vela, sufrieron daños irreversibles y, después de un tercer reconocimiento por la Tierra del Fuego, consiguieron regresar a casa.

– La desaparición

Después de hacer historia en el Polo Sur, la siguiente singladura del Erebus y su fiel escudero se dirigió al confín opuesto del mundo, el Ártico, a descubrir el paso del Noroeste, una nueva puerta de entrada al Pacífico. No fue Ross el encargado de capitanearla, sino que que esta vez la misión recayó en su amigo John Franklin, que contó con la ventaja de ver dos motores de veinticinco caballos instaladas en los barcos.

Una ayuda nada desestimable, pues era una tecnología puntera para la época, pero esa potencia, sin duda, no iba a marcar una diferencia decisiva a la hora de enfrentarse a los compactos y gigantescos bloques de hielo.

El 19 de mayo de 1845, a las diez y media de la mañana, el Erebus y el Terror, con 24 oficiales y 110 hombres a bordo, levaron anclas en dirección al Polo Norte. Ninguno de ellos regresaría con vida de aquella travesía.

El último avistamiento de la expedición se registró el 26 de julio, cuando el capitán Dannett, del Prince of Wales, intercambió unas breves palabras con alguno de los oficiales. Con la llegada de 1847, y ante la falta de noticias, se activaron las primeras alarmas.

Se envió una misión terrestre de búsqueda, otra marítima liderada por el mismísimo John Ross, el hombre que mejor conocía las embarcaciones que se habían esfumado, que se internó en la bahía de Baffin y el estrecho de Lancaster; u otra más idealista que sensata liderada por lady Franklin, la esposa del marinero jefe, pero todas fracasaron.

No obstante, la suma de esos esfuerzos contribuyó a que el pueblo británico y el Almirantazgo fuesen conscientes de la irreversibilidad del desastre.

No fue hasta agosto de 1850, cinco veranos después de la partida de la expedición, cuando se hallaron los primeros vestigios: fragmentos de suministros navales, harapos o latas de carne en conservas. Otro explorador, John Rae, confirmó lo que parecía una evidencia en 1854, en la bahía de Pelly, gracias a los testimonios de los inuits, un pueblo de esquimales del Ártico.

Así, las piezas del puzle empezaron a encajar: los barcos habían sido aplastados por el hielo, y la tripulación se vio forzada a vagar por un continente helado, en búsqueda de alimentos para poder sobrevivir. Una misión imposible.

El ‘Erebus’ atravesando una cadena de icebergs

Las causas del fallecimiento de los exploradores siguen siendo a día de hoy motivo de controversia.

Hay teorías que señalan el pésimo estado de los víveres cargados en las bodegas del Erebus y el Terror, otras que hablan de un posible envenenamiento o de los efectos de los metales tóxicos de las latas de conserva, una hipótesis que se baraja desde que en 1984 se exhumaron y analizaron los primeros tres cuerpos de la expedición.

Todos estos misterios los aborda Palin en su libro, que combina la literatura de viajes y de aventuras con la historia.

«Al final, no obstante, lo único que se puede asegurar es que los que sirvieron en la expedición de Franklin estaban sencillamente en el lugar equivocado en el momento equivocado», concluye el autor. «Acabaron en el rincón más inhóspito de un remoto archipiélago durante una época a la que hasta los inuits aborígenes denominaron los años sin verano».

El viaje sin retorno al inframundo del Erebus y el Terror, dos barcos que, para aumentar su leyenda, han renacido hace poco, cuando en 2014 y 2016, respectivamente, sus pecios fueron hallados en el fondo del océano.

Después de más de 100 años escondido en las aguas heladas de la Antártida, el barco Endurance del explorador Ernest Shackleton ha sido revelado con extraordinario detalle en 3D.

Por primera vez podemos ver el barco que se hundió en 1915 y está a 3.000 metros de profundidad en el fondo del mar de Weddell, como si le hubieran drenado el agua turbia. El escaneo digital, compuesto por 25.000 imágenes de alta resolución, se realizó cuando el barco fue hallado en 2022.

Las imágenes fueron divulgadas ahora con motivo de un nuevo documental llamado «Endurance», que se proyectará en cines. El equipo examinó meticulosamente el escaneo en busca de pequeños detalles, cada uno de los cuales cuenta una historia que vincula el pasado con el presente.

En la imagen de abajo puedes ver los platos que la tripulación utilizaba para las comidas diarias, que se encuentran ahora esparcidos en la cubierta.

Platos utilizados por la tripulación del Endurance para sus comidas diarias.

En la siguiente imagen hay una bota que podría haber pertenecido a Frank Wild, el segundo al mando después de Shackleton.

Bota de explorador entre los restos del barco

Quizás lo más extraordinario de todo sea una pistola de bengalas a la que se hace referencia en los diarios que llevaba la tripulación.

Pistola para lanzar bengalas entre los restos del barco

La pistola de bengalas fue disparada por Frank Hurley, el fotógrafo de la expedición, cuando el barco que había sido el hogar de la tripulación se perdió en el hielo.

«Hurley toma esta pistola de bengalas y la dispara al aire con una detonación masiva como un tributo al barco«, explica John Shears, quien dirigió la expedición que encontró el Endurance.

«Y luego, en el diario, relata que dejó esa pistola en la cubierta. Nosotros regresamos más de 100 años después y ahí está esa pistola de bengalas, es increíble».

– Una misión condenada al fracaso

La expedición estaba condenada al fracaso desde el principio. El Endurance quedó atrapado en el hielo a las pocas semanas de partir de la isla Georgia del Sur, la mayor del archipiélago qu elleva el mismo nombre.

El barco, con la tripulación a bordo, estuvo a la deriva durante meses antes de que finalmente se diera la orden de abandonar la nave. El Endurance finalmente se hundió el 21 de noviembre de 1915.

Shackleton y sus hombres se vieron obligados a viajar cientos de kilómetros sobre hielo, tierra y mar para llegar a un lugar seguro. Milagrosamente los 27 miembros de la tripulación sobrevivieron.

Su extraordinaria historia quedó registrada en sus diarios, así como en las fotografías de Frank Hurley, a las que se les añadió color para el documental del Endurance.

Ernest Shackleton a bordo del Endurance
Ernest Shackleton a bordo del Endurance. Para el nuevo documental se agregó color a las imágenes de Frank Hurley.

El barco permaneció perdido hasta 2022. Su descubrimiento fue noticia en todo el mundo y las nuevas imágenes de la nave revelaron que está increiblemente conservada por las aguas heladas.

El nuevo escaneo en 3D se realizó utilizando robots submarinos que mapearon los restos del naufragio desde todos los ángulos y tomaron miles de fotografías. Las fotos luego se “unieron” para crear una copia digital del barco.

Filmaciones a esta profundidad solo pueden mostrar partes del Endurance en la oscuridad, pero el escaneo revela los restos de madera completos de 44 metros de largo desde la proa hasta la popa. Las imágenes incluso registran los surcos tallados en el sedimento cuando el barco se deslizó antes de detenerse en el fondo del mar.

El modelo revela cómo el barco fue aplastado por el hielo (los mástiles cayeron y partes de la cubierta quedaron destruidas), pero la estructura en sí está prácticamente intacta.

Los descendientes de Shackleton dicen que el Endurance nunca se levantará del fondo del mar. Y su ubicación en una de las partes más remotas del mundo significa que visitar nuevamente los restos del barco sería un gran desafío.

Pero Nico Vincent, de la compañía Deep Ocean Search, que desarrolló la tecnología para los escaneos junto con la empresa Voyis Imaging y la Universidad McGill en Canadá, afirma que la réplica digital ofrece una nueva forma de estudiar el buque.

Es algo absolutamente fabuloso. Los restos del barco están casi intactos, como si se hubiera hundido ayer”, dijo Vincent, quien también fue codirector de la expedición.

Los científicos podrían utilizar el escaneo para estudiar la vida marina que ha colonizado los restos del naufragio, analizar la geología del fondo marino y descubrir nuevos artefactos, agregó Vincent.

«Así que esta es realmente una gran oportunidad que podemos ofrecer para el futuro».

El escaneo pertenece al Falklands Maritime Heritage Trust, una ONG con sede en Londres que busca preservar la historia marítima de las islas Falkland o Malvinas. La organización también financió y organizó la expedición para encontrar el barco de Shackleton.

El documental Endurance se estrenará en el Festival de Cine de Londres el 12 de octubre y se proyectará en cines de Reino Unido a partir del 14 de octubre.

– Un análisis de ADN arroja luz sobre el espantoso final de una fallida expedición al Ártico

 

Dos vistas de la mandíbula que el análisis de ADN vinculó con James Fitzjames. Las flechas ilustran marcas de corte que coinciden con el canibalismo. 

Arqueólogos han identificado los restos canibalizados de un oficial de alto rango que murió durante una fallida expedición al Ártico del siglo XIX, lo que ofrece una visión de los trágicos y espeluznantes días finales de su tripulación perdida.

Al comparar el ADN de los huesos con una muestra de un pariente vivo, la nueva investigación reveló que los restos óseos pertenecían a James Fitzjames, capitán del HMS Erebus. El buque de la Marina Real y su barco gemelo, el HMS Terror, habían estado bajo el mando de Sir John Franklin, quien dirigió el viaje para explorar áreas no navegables del Paso del Noroeste.

El traicionero atajo a través de la parte superior de América del Norte serpentea a través de las islas del archipiélago ártico canadiense.

En abril de 1848, exactamente tres años después de que los barcos partieran de Inglaterra, la tripulación de la expedición abandonó los barcos atrapados en el hielo tras la muerte de Franklin y otros 23 hombres.

Fitzjames ayudó a guiar a 105 sobrevivientes en una larga retirada; los hombres tiraron de los botes en trineos por tierra con la esperanza de encontrar seguridad. Sin embargo, todos los hombres perdieron la vida durante el arduo viaje, aunque las circunstancias exactas de sus muertes siguen siendo un misterio.

“Todo salió terriblemente mal, terriblemente rápido”, dijo el arqueólogo Doug Stenton, profesor adjunto de antropología en la Universidad de Waterloo en Canadá, quien dirigió la investigación.

En 1993, otro equipo de investigadores encontró 451 huesos que se cree que pertenecen al menos a 13 de los marineros de Franklin en un yacimiento de la isla King William en el territorio canadiense de Nunavut. Los restos identificados como de Fitzjames en el nuevo estudio publicado el 24 de septiembre en el Journal of Archaeological Science, estaban entre ellos.

Los relatos recopilados entre los inuit locales en la década de 1850 sugerían que algunos de los miembros de la tripulación recurrían al canibalismo.

Si bien estos informes fueron recibidos inicialmente con incredulidad en Inglaterra, las investigaciones posteriores realizadas durante las últimas cuatro décadas encontraron que una cantidad significativa de huesos tenían marcas de cortes que ofrecían evidencia silenciosa del final catastrófico de la expedición.

La identificación de los restos de Fitzjames hace que una tragedia que ha atrapado durante mucho tiempo la psiquis colectiva británica y canadiense sea más personal y dio un cierre a las familias involucradas, dijo la antropóloga e historiadora Claire Warrior, curadora de contenido senior en el Museo Marítimo Nacional de Londres, que alberga muchos artículos de la expedición.

“Esta es una persona que tuvo una vida y una familia y cuyas palabras tenemos, … (y él era) vivaz, entusiasta y bromista”, dijo Warrior, que no participó en el nuevo estudio.

Los restos de James Fitzjames, un oficial de alto rango que participó en la expedición perdida de Sir John Franklin al Paso del Noroeste, mostraron signos de haber sido canibalizados, según un nuevo estudio. 

Análisis de ADN y un descendiente directo

Los investigadores desenterraron los restos de Fitzjames en una zona conocida actualmente como bahía Erebus, situada a 80 kilómetros (50 millas) al sur de Victory Point, donde la tripulación desembarcó en busca de refugio y escape. Las circunstancias sugieren que Fitzjames murió pocas semanas después de su partida de Victory Point y posiblemente ya tenía mala salud, según el estudio.

Los huesos excavados en el lugar fueron devueltos a la isla King William en 1994 y enterrados en un túmulo conmemorativo. Sin embargo, en 2013, Stenton formó parte de un equipo que fue a la isla para tomar muestras de los restos para su análisis de ADN. Los investigadores se centraron principalmente en los dientes, que es donde es más probable que se conserve el ADN frágil.

“Tenemos alrededor de 42 perfiles de ADN arqueológico”, dijo Stenton, quien es director jubilado de patrimonio del Departamento de Cultura y Patrimonio de Nunavut. “A medida que hay ADN de nuevos descendientes disponible, lo comparamos con los perfiles de ADN arqueológico”.

A principios de 2024, el equipo de Stenton se puso en contacto con Nigel Gambier, quien había sido identificado por un biógrafo de Fitzjames como descendiente directo.

“Fue un placer ayudar. El esfuerzo que han hecho tantas personas diferentes para tratar de descubrir lo que sucedió. Lo encuentro realmente intrigante y tengo un interés personal en lo que sucedió”, dijo Gambier, que vive en el este de Inglaterra, a CNN.

Gambier conocía desde hacía mucho tiempo a su pariente lejano Fitzjames, quien era un consumado oficial de la Marina Real antes de unirse a la expedición de Franklin.

Después de que Gambier enviara una muestra al coautor de Stenton, Stephen Fratpietro, quien es gerente técnico del Laboratorio de Paleo-ADN de la Universidad Lakehead en Thunder Bay, Ontario, el equipo analizó el ADN del cromosoma Y de Gambier, que rastrea la línea masculina. Los científicos descubrieron que la información genética coincidía con la de la muestra arqueológica.

James Fitzjames, capitán del HMS Erebus, hizo una de las notas manuscritas de este documento que se dejó en un túmulo de piedra cerca de Victory Point en la isla King Willam, donde la tripulación llegó a tierra después de abandonar los barcos atrapados en el hielo. Según el nuevo estudio, dice: «Los barcos de Su Majestad Terror y Erebus fueron abandonados el 22 de abril, a 5 leguas al NNO de este, (habiendo) estado asediados desde el 12 de septiembre de 1846. […] Sir John Franklin murió el 11 de junio de 1847 y la pérdida total por muertes en la expedición ha sido hasta la fecha de 9 oficiales y 15 hombres».

En la bahía Erebus, además de Fitzjames, al menos otros tres hombres de los 13 miembros muertos de la tripulación documentados en el lugar mostraban signos reveladores de haber sido canibalizados.

“Me hace darme cuenta de lo desesperadas que deben haber estado esas pobres personas para tener que ir a comerse a uno de los suyos”, dijo Gambier. “¿Cómo sabrías cómo te comportarías tú mismo? Si te enfrentas a la inanición, entonces podrías verte obligado a hacerlo”.

“Me hace darme cuenta de lo desesperadas que deben haber estado esas pobres personas para tener que ir a comerse a uno de los suyos”, dijo Gambier. “¿Cómo sabrías cómo te comportarías tú mismo? Si te enfrentas a la inanición, entonces podrías verte obligado a hacerlo”.

Quedan más pistas por desentrañar

El descubrimiento de Fitzjames, un oficial de alto rango, como el primer miembro identificado de la expedición que había sido canibalizado mostró cómo el estatus se desvaneció en la lucha por la supervivencia durante los últimos días de la expedición, dijo Stenton.

Warrior, del Museo Marítimo Nacional, estuvo de acuerdo: “Ahora sabemos que era un oficial debido a las marcas de cortes en su mandíbula. Creo que eso da testimonio del hecho de que se trataba de circunstancias desesperadas porque la Marina es una bestia realmente jerárquica”.

Según Warrior, una mayor identificación de los restos a través del ADN podría arrojar algo de luz sobre el misterio de lo que sucedió exactamente. Por ejemplo, dijo, sería interesante saber si los restos encontrados pertenecían a hombres mayores o jóvenes o si provenían del HMS Erebus en lugar del HMS Terror.

“¿Podemos suponer algo que nos diga cómo pudieron haber muerto?”, dijo.

El servicio de parques nacionales de Canadá y las comunidades inuit encontraron el lugar de descanso final del HMS Erebus en 2014 y el HMS Terror en 2016. Es probable que el destino de la expedición perdida de Franklin siga siendo una fuente de fascinación, pero reconstruir los detalles de lo que sucedió requerirá mucha más información, incluida la de los dos naufragios.

La trágica expedición ha inspirado libros y dramas como “The Terror”, una serie de televisión de 2018 basada en la novela homónima de Dan Simmons de 2007.

“Vive en la imaginación tanto como en la realidad”, dijo Warrior. “Las regiones polares son lugares extremos y peligrosos donde la naturaleza todavía puede hacernos sentir pequeños”.

nuestras charlas nocturnas.


Ensayo: Mama Antula, de jesuita a santa…


Busto de Mama Antula, la primera santa argentina

Meer(M.Vota) — Un día, seguramente entre mate y mate, me pregunté por qué no hago las visitas guiadas de mi ciudad. Por qué no recorro esos lugares que me llevan a otros tiempos y que, de alguna manera, tienden un puente al presente.

Para serles sinceros, les romanticé bastante aquel momento epifánico. La verdad es que la pregunta tuvo tintes de enojo: ¿cómo podía ser qué teniendo estas posibilidades no las aprovechara? Yo, que tengo la costumbre de meter la nariz en todos lados. Yo, que me creo fan de cuanta historia esté dando vueltas por ahí.

¿Qué es esa costumbre de relegar por trabajo o responsabilidades, siempre aquello que nos hace bien? Cómo la respuesta a esta última pregunta es un artículo entero a parte, voy a continuar con mi momento epifánico.

Es así como, después de sentirme un poco tonta, decidí cambiar mi destino y empecé una lista:

  • Teatro Colón (que sigo sin visitar).
  • Teatro Cervantes (una amiga estrenó una obra allí. Recomiendo).
  • Palacio Barolo (esperame).
  • Parroquia de Montserrat que tiene uno de los órganos construido en 1868 por los Fratelli Serassi y único en el país. Está un poco venida a menos, pero vale la pena.

La lista sigue.

Pero una noche volviendo a casa en bici por la avenida Independencia, miré, como cada vez que pasaba por esa esquina, la casona colonial blanca, un poco graffiteada. Siempre hermética, estática, camuflada increíblemente entre el ruido de los autos pasando sin ver las luces de neón de la Shell y los barrotes que separan la UADE de la vereda.

Llegué a mi casa y busqué que es esa esfinge silenciosa: un Instagram sin actividad. Una Santa Casa donde hacen ejercicios espirituales, sin fechas claras, pero una visita guiada la semana siguiente. Hice click en el enlace, completé el formulario y lo envié.

Ese sábado yo no sabía si iba a juntarme a meditar con gente o si iban a querer captarme para una secta. Ya me imaginaba entrevistada por Netflix dentro de unos años. Pero, para mi sorpresa, me encontré con las puertas cerradas y una señora bastante pituca que esperaba con anteojos negros.

Me miró, y buscando complicidad, me dijo: ya toqué, pero no atiende nadie. Igual faltan diez minutos. Por lo menos trajimos los anteojos. Tenía razón, el sol pegaba en las paredes donde rebotaba el reflejo como cuchillos que iban directo a los ojos.

Interior de la Parroquia Nuestra Señora de Montserrat, Buenos Aires, Argentina
Interior de la Parroquia Nuestra Señora de Montserrat, Buenos Aires, Argentina

Fue cayendo gente al baile y la señora repetía con la misma entonación las palabras que se perdían cada vez que el semáforo volvía al verde.

Todos andaban haciéndose carpita en los ojos para esquivar los cuchillos de luz.

Cuando abrieron las grandes puertas de madera y entré, estaba prácticamente ciega.

Primero sentí el frío de años, el de las casas viejas.

Y en medio de las sombras, las siluetas de las cosas empezaron a adquirir forma mientras nos tomaban presente como en la escuela.

No seríamos más de diez personas, todas parejas arriba de los cincuenta años; menos la señora que estaba como yo: sola y con anteojos.

Su pelo rubio pajoso, su cara estirada y la piel como un papiro me hacían pensar en las vedettes de las películas de Olmedo y Porcel, y esa imagen chocaba con los muebles de algarroba oscuros, los retratos de marcos dorados sobre las paredes con un poco de humedad.

En ese momento pensé que, probablemente, yo también era extraña en ese mundo.

Dijeron el último nombre y siguieron con un por aquí y nos llevaron a un salón de piso de granito, con columnas frente a una especie de tarima sin ser tarima, pero algo delimitado, más que nada por la disposición de las sillas. Nos fuimos sentando uno a uno y una mujer en la esquina del lugar aguardó el momento de silencio para pasar al frente y presentarse.

No recuerdo su nombre, pero sí que era historiadora. Que trabajó muchos años con el Papa Francisco y que hoy en día trabaja para el legado de Mama Antula y mantener viva la Santa Casa.

Siguiendo las pocas prácticas religiosas que sé, voy a confesarme: no tenía idea de lo que estaba hablando. En ese momento solamente conocía al Papa por argentino, y no mucho más. Estaba ahí de manera random, pero también por curiosidad. El catolicismo atraviesa América Latina, es parte de la historia.

Estoy dentro de esta casa, ¿quiénes más estuvieron?

Hubo una mujer que se llamó María Antonia de Paz y Figueroa, que parece que nació en 1730 en algún lugar de la zona de Santiago del Estero que todavía no era lo que conocemos ahora. Los datos no son concretos, no había todavía libros parroquiales. A los quince años, se inicia en la Compañía de Jesús, que conocemos como los jesuitas.

Parece ser que se los confundían con los teatinos, línea San Cayetano, y santo al cual se la vincula a ella como devota, pero nada es seguro porque estamos hablando de varios años antes de la revolución francesa. En tantos años, algunos registros no están, si es que alguna vez existieron.

Así como la historia puede reconstruirse en cada presente, también decide tirar cosas al fuego.

Esta beata (dícese de persona dedicada a la oración y a ejercer el trabajo social) ayudaba a difundir la palabra del dios católico. Ella hablaba también quechua, de aquí su nombre popular. Pero todo se desmoronó cuando en 1767, Carlos III les suelta la mano a los jesuitas y son expulsados de América.

Todos fueron perseguidos, otros pudieron exiliarse. Mama Antula caminó (sí, caminó) parte de lo que hoy conocemos como el NOA, y llegó a Salta cargando pocas cosas, una de ellas su Manuelito, un niño Jesús abrazado a la cruz. Debo decir que bastante grande tallado en esas maderas pesadas. Siguió su camino buscando asilo y difundiendo los ejercicios espirituales. La historiadora hace una pausa.

Figura de Mama Antula junto a la Cruz. Mama Antula fue declarada santa en febrero de 2024 por el Papa Francisco. Santa Casa de Ejercicios Espirituales San Ignacio de Loyola, Buenos Aires, Argentina
Figura de Mama Antula junto a la Cruz. Mama Antula fue declarada santa en febrero de 2024 por el Papa Francisco. Santa Casa de Ejercicios Espirituales San Ignacio de Loyola, Buenos Aires, Argentina

Nos invita a recorrer entonces la Santa Casa. Pasa por el pasillo que separa un grupo de sillas de otro, y nosotros entendemos que hay que seguirla.

Nos vamos levantando y los ruidos rebotan por las paredes y chocan con mis pensamientos: estas mujeres entonces convivieron de alguna forma con las monjas de clausura de las Catalinas, otro edificio que se sitúa en frente de las famosas Galerías Pacífico en Retiro y que en 1807 fue ocupado por la segunda invasión inglesa.

Pero claro, Mama Antula no llegó a la Independencia de mi país. Nunca supo de San Martín.

Llegamos a una especie de nave central de una iglesia, pero en chiquito.

Un altar al fondo que ocupa toda la pared.

Es tétrico y bellísimo, como todo lo católico.

Las paredes siguen siendo blancas, el aire frío y los bancos de madera oscuros y pesados.

Nos acomodamos en ellos.

La historiadora retoma: Viaja por Tucumán, Salta, Catamarca, va a Uruguay y cruza por Montevideo. Con dos mujeres más, llegan a lo que hoy conocemos como el barrio de Congreso que, en ese momento, eran las afueras de la ciudad (recién en 1880 se definen sus límites).

 De hecho, llegan a la Basílica de Nuestra Señora de la Piedad que sí, estaba construyéndose desde 1762 en el solar de una familia muy adinerada que quería un oratorio para sus prácticas espirituales. La historia dice que llegan y las apedrean: puede que, por mujeres, por estar solas y harapientas.

La historiadora nos anima a continuar, así que nos levantamos y cruzamos claustros, pasillos y habitaciones. En uno de ellos, nos detenemos: hay un Jesús crucificado delante de una puerta de madera colonial.

 Seguramente este espacio lo vean raro, ¿qué hace esta imagen de frente a las puertas? Bueno, ciertos días, en ciertas fechas, las abrían para que aquellos fieles que quisieran hacerlo, pudieran rezar. Como una iglesia abierta. Continuamos a otra nave central con su altar, igualito al primero. También nos sentamos y la historiadora espera el silencio.

Entonces Mama Antula se instala en una especie de pensión en el barrio de Montserrat, el barrio donde vivían los esclavos, durante ya el Virreinato del Río de la Plata. Escribe cartas, pide donaciones, traslada un Jesús crucificado por partes para armar dentro de un espacio seguro. Consigue ayuda de varias familias pudientes de la época.

Una de ellas, la familia Alberti. Le donan un terreno en las afueras de la ciudad donde levanta paredes, hace cuentas, diseña la casa de rezo, empieza su construcción. Y donde hoy, cuentan esta historia. La historia de esta mujer movida por la fe que es parte de la historia de esta ciudad.

Mama Antula gestiona y organiza. También reza. Nos movemos hacia la cocina. Hay azulejos, no me acuerdo de qué color. La luz entra por la puerta que da a un patio al que vamos a ir después. No sentamos uno al lado del otro. Sabemos nuestros lugares porque hay unas tacitas que lo establecen. Nos convidan tortas fritas y nos sirven té.

Puerta y columnas en la entrada a la Parroquia Nuestra Señora de Montserrat, Buenos Aires, Argentina
Puerta y columnas en la entrada a la Parroquia Nuestra Señora de Montserrat, Buenos Aires, Argentina

Este es el lugar de desayuno, almuerzo, merienda y cena.

A mí se me hace el momento colectivo.

Nos reciben con música que sale de un parlante que se va apagando de manera suave.

 En este lugar almorzaban las casi 200 personas que podían llegar a hospedar.

En esta casa, el lugar más antiguo de la ciudad, que no fue víctima de remodelaciones ni intervenciones.

Me llama la atención en una ciudad desguazada, lamentablemente, por negocios inmobiliarios.

Tenemos nuestro momento colectivo en silencio.

Hay gente que saca fotos.

Algunos nos sonreímos.

El choque de la taza en el platito reverbera en las paredes.

Ya en el patio, uno de los tres que visitamos, nos detenemos alrededor del árbol viejo (quizás no todo vaya al fuego, quizás algunas cosas estén guardadas acá). 

Por este patio, en este lugar manejado por mujeres, pasaron algunas condenadas por la sociedad. Condenados hubo, por ejemplo, Camila O´Gorman. Pero no llegó, porque como sabemos por la película de María Luisa Bemberg, la fusilaron antes. Otro nombre distintivo es el de Mariquita Sánchez de Thompson que sí estuvo detenida acá.

Cuando el padre descubre su amorío con Thompson y como prefería casarla con una familia española, la depositó acá mientras arreglaba con el virrey el destino de su hija. En ese momento, cualquier rebeldía de estas características, podía tomar estos tintes. Pero en el medio el padre se muere, y vaya si el virrey tendría sus problemas, que ella pidiendo permiso para casarse, consigue lo que quería. Los contactos siempre fueron importantes.

Se dice que Thompson se hacía pasar por ayudante de aguatero. Nadie jamás lo va a saber, pero pensando un poco, es medio imposible no darse cuenta que no era lo que decía ser. Es muy probable, que estas mujeres se hicieran las tontas. Lo que sí nos consta es que en una época donde estaba muy mal visto por la sociedad que una mujer se quedase sola hasta en su propia casa, cuando el marido tenía que hacer trámites en el Río de la Plata, dejara a su esposa internada acá. Así que no todas eran condenadas en sí, pero los tiempos eran otros.

Siguiente patio: el de las ánimas, llamado así porque encontraron a dos religiosas enterradas. El primer cementerio construido como tal, es el de la Recoleta en 1822. De hecho, Mama Antula muere también en la Santa Casa en 1799.

Tercer patio: el de la Cruz, porque tiene, en el centro, una cruz de madera. La imagen me choca al ver detrás, unos edificios de épocas más modernas. Sin embargo, hay calma. Me doy cuenta que el sonido del exterior no penetra las paredes. Como si la Santa Casa fuese inmune al paso del tiempo.

La sensación es de quietud, pero no de esa muerta, porque es parte del organismo vivo que es la ciudad de Buenos Aires. Pero no se doblega, mantiene su presencia y no puedo creer que esté a media cuadra de la 9 de julio, a tan solo cuatro cuadras de la autopista 25 de mayo.

En el patio de los jazmines, el sol, ya más amable, baña ahora las paredes del beaterio. Ni la señora ni yo necesitamos ya los anteojos de sol. Hay un busto blanco de Mama Antula, declarada santa desde febrero de 2024 por el Papa Francisco. La primera santa argentina. Le saco una foto mientras la gente compra rosarios. Después me siento. Me gusta que el ruido no llegue.

Es en la pausa que me lleno de preguntas.

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Sofonisba Anguissola: biografía de esta pintora del Renacimiento…


Psicología y Mente(S.R.Comas) — Existe una máxima conocida, y es que las mujeres no fueron nunca reconocidas por su arte. Esto es sólo cierto en parte, puesto que este menosprecio es fruto de siglos bastante recientes. A partir del siglo XVIII, pintoras como la extraordinaria Sofonisba Anguissola (h. 1535-1625) cayeron en el más profundo olvido, hasta el punto de que algunas de sus obras (como sucede con la mayoría de las pintoras) fueron atribuidas a compañeros masculinos.

Sin embargo, esto no siempre fue así. El caso de Sofonisba Anguissola es muy claro en este sentido: enormemente apreciada en los círculos artísticos de su Cremona natal, fue alabada por Giorgio Vasari y reconocida por el mismísimo Miguel Ángel, sin olvidar que sus cuadros tuvieron enorme popularidad en la corte de Felipe II.

¿Quién es esta pintora de la que se empieza a recuperar, lentamente, la memoria? En el artículo de hoy te contamos la vida de una de las primeras mujeres en alcanzar fama con su arte: Sofonisba Anguissola.

– Breve biografía de Sofonisba Anguissola, pintora del Renacimiento

Cuando Anton van Dyck (1599-1641), el famoso pintor barroco de origen flamenco, recaló en Palermo, encontró a una Sofonisba anciana, cerca de ser centenaria. Al menos, eso reza en un escrito del pintor, que envuelve a uno de los bocetos que realizó de la artista.

Allí podemos leer que dicho boceto está hecho “del natural”, en Palermo (donde residía la pintora entonces), y que esta contaba con noventa y seis años.

Es difícil saber si la edad es correcta, pues se desconoce la fecha exacta de la venida al mundo de Sofonisba. Los expertos calculan los años 1530-1535 como orientativos, aunque no hay consenso al respecto. Quizá la conmemoración del centenario de su nacimiento, realizada en Palermo en 1632, arroje cierta luz y podamos así establecer 1532 como el año correcto.

Sí se sabe la ciudad en que nació, Cremona, en la actual Italia, y en qué familia: su padre era Amilcare Anguissola, y su madre, una dama llamada Bianca Ponzoni.

– Una educación humanista

Partida de ajedrez(1555)

Sofonisba era la mayor de seis hermanas, cuatro de las cuales también se dedicaron a la pintura.

El padre, Amilcare Anguissola, pertenecía a la baja nobleza de la ciudad. 

Su familia siempre había vinculado los nombres de los hijos varones a la historia de Cartago; él mismo había recibido el nombre cartaginés de Amilcare y, más tarde, impondría nombres parecidos a dos de sus hijos: la misma Sofonisba y el único hijo varón, que llegó el último, Asdrubale.

Amilcare Anguissola era un humanista de su época y había leído lo afirmado por Baldassare de Castiglione (1478-1529) en referencia a la educación de las mujeres.

Así, las seis hijas del noble cremonés recibieron una excelente educación humanista, basada en los clásicos, la música y las artes. De hecho, cuatro de las hermanas de Sofonisba se dedicaron también a pintar, aunque dos de ellas abandonaron la actividad para casarse, y una tercera, Elena, para entrar en un convento.

La otra, Lucia, murió muy joven. Por otro lado, la única de las hermanas que no se dedicó a la pintura fue Minerva, que se convirtió en una notable escritora y latinista.

Muy consciente de las dotes extraordinarias de su hija mayor, Amilcare la pone bajo tutela del pintor Bernardino Campi (1522-1591), que en aquellas fechas se encontraba realizando trabajos para la catedral de Cremona. A Sofonisba la acompaña su hermana Elena, que también se formará en el taller del pintor.

Son los años de aprendizaje de la joven, donde toma de su maestro (y también de Bernardino Gatti, otro de los artistas que la instruirá) un estilo muy cercano a Correggio, del que dan testimonio algunas de sus primeras obras.

Retrato de la familia Anguissola(1559)

– Retratos de familia

A pesar de que Sofonisba cultivó otros géneros, siempre destacó especialmente en el del retrato.

En estos años de formación pinta a menudo a su familia, habitualmente en momentos íntimos y cotidianos, como atestigua la famosa obra La partida de ajedrez (1555).

El fondo, exuberante e irreal (difícilmente sería el paisaje que la familia viera desde su casa de Cremona) recuerda a los paisajes flamencos del XVI.

En primer plano vemos a tres de las hermanas (probablemente, Lucía, Minerva y Europa), que se entretienen con el juego del ajedrez, mientras una de las criadas, en el margen derecho de la pintura, las observa.

Las jóvenes portan atuendos ricamente adornados, símbolo de su estatus.

Un atuendo parecido luce Bianca Ponzoni, la madre, en el retrato que de ella realizó Sofonisba en 1557, poco antes de la partida de la joven a la corte española.

 La madre aparece sentada en posición majestuosa, como de matrona romana, ataviada con un lujoso vestido y magníficas joyas que, curiosamente, se pueden identificar con las que llevan las hermanas en La partida de ajedrez.

Debajo del reposabrazos de la silla donde descansa la dama podemos leer: Sophonisba Angussola Virgo F. 15.5.7, es decir, “Sofonisba Anguissola, doncella, 1557”.

Pero, probablemente, el más notable retrato de juventud de Sofonisba sea el que realiza de su padre, Amilcare, y su hermano menor, Asdrubale, que en el lienzo están acompañados por una de las hermanas, probablemente Minerva, la futura escritora.

El gesto de protección del padre, que coloca la mano sobre su hijo, indica claramente que es el único y esperado varón de toda su descendencia. El lienzo está sin terminar, quizá por la marcha de la artista a la corte española, acaecida al año siguiente.

– Alabada por el mismísimo Miguel Ángel

Retrato de Minerva Anguissola(1564)

Amilcare Anguissola conocía el enorme talento de su hija mayor y siempre intentó promocionarla en los círculos humanísticos de Cremona y el resto de la península italiana.

Entre otras cosas, se carteó con el mismísimo Miguel Ángel, al que pidió que le enviara dibujos para que su hija los copiara y aprendiera de ellos. 

Parece ser que las obras que el orgulloso padre remitió poco después fueron del gusto del genio florentino, puesto que se conservan las cartas de respuesta de Amilcare, donde agradece a Miguel Ángel su amabilidad.

A pesar de que a menudo se dice que Sofonisba llegó a entrevistarse con Miguel Ángel en Roma, no existe ninguna prueba de que este contacto se llevara a cabo, y parece ser que el aprendizaje se llevó a cabo exclusivamente de forma epistolar.

El famoso boceto Niño mordido por un cangrejo, que muestra a Asdrubale, el hermano menor, llorando, es uno de los excelentes dibujos de Sofonisba que Amilcare remitió a Miguel Ángel.

– Los años españoles

Isabel Clara Eugenia(1599)

Poco a poco, la fama de Sofonisba empieza a extenderse.

El duque de Alba, que había sido gobernador de Milán y que había entrado en contacto con la obra de la dama, sopesa la posibilidad de que la cremonesa se convierta en dama de compañía de la reina de España, Isabel de Valois. 

Así, en 1559, y tras algunas negociaciones, Sofonisba parte hacia la corte española en calidad de dama de compañía y profesora de dibujo y pintura de la reina.

Es importante destacar que Sofonisba no fue, como muchos sostienen, la pintora oficial de la corte.

Su papel consistía en ejercer como dama de la reina, y su actividad pictórica quedaba relegada a un plano secundario.

De todos modos, sus cuadros fueron muy apreciados en los círculos de Felipe II, y no fueron pocos los que contrataron sus servicios para que la insigne italiana los plasmara en la tela.

En sus años españoles, Sofonisba entró en contacto con Alonso Sánchez Coello (1532-1588), del que absorbió el gusto español del retrato y que acabó fusionando magníficamente con el estilo italiano que ella había aprendido en Cremona. 

El resultado fueron obras absolutamente extraordinarias, entre las que se encuentran el retrato del príncipe Carlos, realizado poco antes de la reclusión de este en prisión, que gustó mucho al príncipe y por el que la dama fue ricamente compensada.

Destacables son también los retratos de otros miembros de la familia real, con los que Sofonisba llegó a estar muy unida, como Isabel de Valois sosteniendo un retrato de Felipe II o el famoso retrato del mismo rey, atribuido durante mucho tiempo a Sánchez Coello.

– Matrimonio por conveniencia… y matrimonio por amor

La muerte de la reina Isabel de Valois en 1568 dejó muy afligida a la pintora, pues la relación que había establecido con la soberana había sido muy estrecha. Por otro lado, una vez desaparecida su valedora, el futuro de Sofonisba en la corte española pendía de un hilo.

Durante un breve lapso de tiempo la artista fue dama de la nueva reina, Ana de Austria, de la que realizó un magnífico retrato que estaba destinado a ser la pareja del retrato de Felipe II que ya hemos mencionado. Sin embargo, en 1570 Sofonisba tiene ya casi cuarenta años y, al parecer de su círculo, debe casarse con urgencia.

Tres niños con perro(1590)

La reina fallecida había dejado en sus últimas voluntades una cantidad nada desdeñable de dinero para que fuera destinada a su dote, por lo que Felipe II decide respetar el deseo de su difunta esposa y busca un marido para la pintora.

El afortunado acaba siendo Fabrizio Moncada (1535-1579), noble siciliano.

La pareja contrae matrimonio en Madrid en 1573, y parte después a Paternò, Sicilia, donde Fabrizio tiene la casa familiar.

Si el matrimonio fue bien avenido, no hay manera de saberlo con seguridad. El novio era un personaje culto y educado, por lo que existían posibilidades de que hiciera buenas migas con su nueva esposa.

De cualquier forma, no le duró mucho a Sofonisba el matrimonio.

En plena navegación hacia España, unos piratas atacaron el buque donde viajaba Fabrizio, y este falleció ahogado. El caso sigue estando teñido de misterio, y ni siquiera ahora se conocen todos los detalles del suceso.

En cualquier caso, Sofonisba, ya viuda, se ve obligada a hacer frente a las espinosas y siempre agobiantes cuestiones de la herencia. En este menester le ayuda su hermano Asdrubale, que la acompaña de regreso al hogar familiar en Cremona. Lo que Sofonisba no sabe es que este viaje de regreso a sus orígenes va a cambiarle la vida. 

Durante el trayecto, la pintora hace amistad con el capitán del barco que los lleva a la península italiana, Orazio Lomellino, varios años más joven que ella. Ambos acaban enamorándose, y se casan, con oposición de la familia de ella (y del propio rey Felipe II), en 1579.

– Los últimos años

Retrato de MaximilianoII Stampa

La pareja se instala en Génova, aunque también viaja esporádicamente a Palermo, Sicilia, donde la visita Anton van Dyck.

Sofonisba no deja de pintar una vez casada, y se relaciona con los círculos intelectuales y artísticos de la Génova de finales del XVI.

Durante su periodo genovés (el último de su vida) realiza un singular retrato de su antigua amiga, la reina Isabel de Valois, a partir de algunos bocetos que todavía conserva.

El talento de Sofonisba Anguissola es innegable.

También lo es el hecho de que ella fue una de las primeras artistas femeninas en hacerse camino a través del arte, contando con sus propias capacidades como garantía de éxito.

Se trata, pues, de una de las grandes pintoras de todos los tiempos que, por fortuna (y junto a muchas de sus compañeras) poco a poco empieza a ser recordada como merece.

nuestras charlas nocturnas.


Historia del cine de zombis…


Zombis en los años treinta (foto: DP)
Zombis en los años treinta

¿Por qué has conducido así, idiota? ¡Podríamos habernos matado!
—Peor que eso, monsieur. Podríamos haber sido capturados.
—¿Capturados? ¿Por quién? ¿Por esos hombres con los que hablaste?
—No son hombres, monsieur. Son cuerpos muertos.
—¿Muertos?
—Sí, monsieur… ¡zombis!

JotDown(E.deGorgot) — Este breve diálogo que acaban de leer contiene la primera mención a los zombis en un largometraje de ficción. Hace ya ocho décadas. Ahora están en todas partes: muertos vivientes, infectados, cadáveres andantes, devoradores de cerebros… desde hace unos cuantos años, la literatura, el cómic, la televisión y el cine han encontrado un filón en esta temática.

La carne de zombi vale su peso en oro; no hace mucho hablábamos sobre la manera en que The Walking Dead está arrasando en medio mundo, al igual que algunos largometrajes, enormes éxitos en pantalla grande. Es más, el género zombi no solamente se ha convertido en mercancía de consumo masivo sino que, inesperadamente, también ha llegado a ser un producto cinematográfico respetado.

No siempre fue así. Desde que nació en los años treinta, y por lo menos hasta finales de los cincuenta, las películas de zombis fueron consideradas material únicamente apto para matinées, sesiones festivas en cines repletos de niños y adolescentes descerebrados que buscaban en el cine algunas emociones fuertes con las que empezar bien el sábado, olvidando el desagradable colegio.

O para pases televisivos de serie B también destinados al público juvenil. En los años sesenta el género se volvió más adulto, aunque con frecuencia fue utilizado como vehículo para vender sexo, pero sí hubo algunos directores y guionistas que decidieron empezar a tomarse el género en serio. La aceptación, sin embargo, tardó unas tres décadas más en llegar.

También es interesante comprobar que el actual género zombi se parece bien poco a las películas pioneras de los años treinta, o que su evolución hasta lo que conocemos hoy no se hubiera producido sin la enorme influencia de películas y novelas que, en algunos casos, ni siquiera pertenecían al género de terror, como por ejemplo la ciencia ficción pos-apocalíptica o las historias de infiltraciones alienígenas.

En esta historia de los orígenes del cine zombi hablaremos de muchos de sus elementos más tradicionales: brujería colorista, sangre, racismo, efectos especiales dignos de teatrillo de pueblo, guiones absurdos, peleas ridículas, maquillajes atroces, chicas bonitas… ¡los ingredientes clásicos del género!

Pero también hablaremos, cómo no, de individuos como Bela LugosiEd WoodRichard MathesonGeorge A. Romero… una larga lista de nombres más o menos célebres. Pero basta ya de palabrería y hagamos un poco de historia. ¡Agarren su estaca, vamos a abrir unas cuantas tumbas!

– ¿Qué es un zombi?

No se puede hablar de cine de zombis sin explicar lo que es un zombi. «¿Para qué?», se dirá usted, «si yo ya sé lo que es un zombi». No crea que está tan claro, y cuando empecemos a repasar películas entenderá por qué resulta indispensable esta precisión.

Si usted pregunta a su alrededor, lo más probable es la mayor parte de la gente no le dé una definición correcta del término «zombi» tal y como fue entendido en el cine durante las cuatro primeras décadas de existencia del género. Se limitarán, casi siempre, a equiparar zombi con muerto viviente, y ya está.

Pero eso es algo que solamente hacemos hoy, cuando también hemos llegado a concebir que un vampiro sea capaz de enamorarse. Las viejas temáticas del terror han cambiado mucho con los años y los zombis no son una excepción.

La etimología de la palabra «zombi» es tan compleja que por sí sola merecería un extenso artículo, pero no vamos a entrar a discutirla más de la cuenta; no porque no sea interesante, sino porque sería demasiado largo de contar. Diremos solamente que es un término, o más bien un conjunto de términos, que significa cosas distintas en diversas regiones de África, donde se practicaban religiones animistas. Por ejemplo, puede significar «fetiche», un objeto utilizado en rituales mágicos.

También puede aludir a ciertos espíritus poderosos con quienes se pretende contactar mediante la magia, para que ayuden a los humanos a conseguir determinados fines. En algunas otras regiones, el «Zombi» es la divinidad creadora, esto es, un sinónimo de Dios, Jehová, Alá y demás nombres monoteístas. Como ven, nunca tuvo un significado único.

Y no se preocupen por cómo transcribir la palabra, ya que exploradores, misioneros, estudiosos y literatos europeos llevan siglos sin ponerse de acuerdo al respecto: zumbizombizombie… todas, y ninguna, son correctas. Lo importante en términos cinematográficos es que estos conceptos africanos pasaron a América y allí adquirieron nuevos significados, algunos bastante sorprendentes.

En Brasil, por ejemplo, un «zumbi» era el líder de una comunidad de esclavos emancipados, que utilizaba esa alusión a la divinidad para conferirse autoridad. Más acepciones para el confuso crucigrama.

Lo que realmente nos interesa es Haití. En el culto vudú haitiano, un «zombi» era aquel ser humano cuyo espíritu había sido capturado por un boko o brujo. El boko empleaba la magia negra para, mediante fetiches tales como figuritas con forma humana, extraer el espíritu de una persona viva o recientemente fallecida.  

Después guardaba el espíritu capturado en un cántaro, botella o recipiente similar (¡esto le da todo un nuevo significado a la expresión «alma de cántaro»!) y así podía usarlo en otro tipo de rituales. El robo del espíritu conllevaba una terrible consecuencia: el brujo tomaba el control del cuerpo físico que había albergado ese espíritu antes. Si su víctima era una persona viva, esta persona perdía toda voluntad, viéndose obligada a obedecer al brujo de manera robótica.

La persona, ¡horror!, permanecía consciente, pero no podía comunicarse ni tampoco podía evitar que su cuerpo estuviese manejado por el boko. Pues bien, si se le robaba el alma a un cadáver reciente, el cuerpo físico emergía de la tumba para obedecer a su nuevo amo, aunque en este caso ya no había consciencia en él.

Ni que decir tiene que estas creencias, habituales en la población negra de Haití, combinaban la tradición africana con el trauma del tráfico de esclavos. Ser convertido en zombi era lo peor que podía pasarle a uno porque implicaba convertirse en esclavo para siempre, sin posibilidad de escapar ni siquiera después de la muerte.

Estas dos versiones del zombi, como muerto andante y como ser humano vivo pero desprovisto de voluntad propia, se usaron indistintamente en el cine durante varias décadas. Hoy ya no sucede, pero hubo muchos zombis vivos en el cine. Quizá debería decir que el equivalente actual son los «infectados».

El tétrico vudú haitiano extendió su divertida y chispeante influencia por el Caribe, estableciéndose en el sur de los Estados Unidos, y de manera particular en Louisiana, donde se convirtió en parte importante del folclore de la comunidad negra local.

Obviamente, no todos los negros de Louisiana creían en estas supercherías, ni mucho menos; sin embargo, sí adoptaban las referencias culturales del vudú como propias, de igual manera que un español ateo se ve influido por las referencias culturales cristianas.

Dado que el concepto de zombi estaba íntimamente ligado con la experiencia de la esclavitud, los negros del sur de los Estados Unidos podían compartir y comprender muy bien el trasfondo de aquellas leyendas sobrenaturales. Un buen ejemplo de esto es que, hasta los años cuarenta y cincuenta, muchas canciones de blues mencionaban rituales de magia negra vudú como parte del imaginario asociado a las regiones sureñas donde nació ese estilo musical.

Incluso alguien como Jimi Hendrix, que nació y creció en el lejano norte del país y culturalmente tenía poco que ver con esos ambientes sureños, adoptaba las referencias al vudú como parte de la tradición musical que había asimilado. Digo todo esto para enfatizar el hecho de que, para cuando se convirtió en protagonista de su propio género cinematográfico, el zombi era un concepto ya muy arraigado en la cultura estadounidense.

Teniendo en cuenta que la industria cinematográfica haitiana era muy pobre, por no decir casi inexistente, no resulta extraño que los primeros largometrajes sobre zombis fuesen estadounidenses. Por entonces, tanto los cineastas como el público entendían al instante que la palabra «zombi» estaba íntimamente relacionada con el vudú.

– El nacimiento del género zombi en el cine

El cine de zombis nació, cómo no, en Hollywood. Aunque pocos años antes se había realizado un documental sobre zombis y vudú, el primer largometraje de ficción propiamente dicho fue White Zombie («La zombi blanca»). Estrenado en 1932, estaba protagonizado nada menos que por Bela Lugosi, que interpretaba el papel de un brujo que usa ritos vudú para controlar el cuerpo de una chica.

El legendario actor húngaro estaba viviendo sus mayores momentos de gloria; el año anterior había protagonizado la inmortal adaptación de Dracula por la que pasará a la historia, y tenía un lucrativo contrato con los poderosos estudios Universal. Sin embargo, White Zombie fue una producción independiente rodada sin grandes medios, como proyecto personal del mítico productor Victor Halperin.

En la película encontramos todos los ingredientes clásicos de la mitología vudú, incluyendo a personajes de raza negra que hablaban con acento francés, referencia a la cultura cajún de Louisiana. White Zombie recibió críticas poco entusiastas tras el estreno, pero el tiempo le ha añadido una pátina de nostalgia que le confiere bastante encanto (y que ha servido para dar nombre a alguna banda de rock).

La película es irregular, la verdad, pero contiene alicientes legítimos. No solamente la inmensa presencia del gran Lugosi, sino también una atmósfera muy conseguida en ciertas escenas. La mala recepción crítica no impidió su éxito en los Estados Unidos, y curiosamente también en la Alemania de Hitler, donde la censura le dio el visto bueno sabe Dios por qué.

Seguramente, los paranoicos nazis pensaban que el film demostraba cómo los malvados africanos inferiores podían atacar a una mujer blanca, toda una metáfora de sus demenciales teorías racistas. Sea como fuere, el éxito en Alemania debió de producir sentimientos encontrados al pobre Bela Lugosi, que, como después veremos, no era precisamente el mayor fan del III Reich.

Cuatro años más tarde, en 1936, se rodó la segunda película con temática zombi, titulada Ouanga, aunque también conocida como The Love Wanga. Fue estrenada a pequeña escala y tardó varios años en ser proyectada por todo el país. Contaba la historia de una bruja haitiana que revivía cadáveres para usarlos como herramienta de venganza personal, tras ser despechada por un hombre que la había plantado para casarse con una mujer blanca.

Bastante más olvidable que White Zombie, rara vez la verán nombrada como una referencia básica del género. Eso sí, en ella aparece una actriz importante, Fredi Washington, la misma que en Imitación a la vida había interpretado a una mulata que se hacía pasar por blanca (es posible que les suene más el remake que protagonizó Lana Turner en los años cincuenta).

Fredi Washington era hija de mulatos pero, dado que sus rasgos faciales podían pasar perfectamente por europeos, se la contrataba para papeles que jugaban con esa ambigüedad racial en aquellos años de segregación generalizada.

También en 1936 se estrenó la igualmente prescindible Revolt of the Zombies, otra producción del indomable Victor Halperin, que quiso ambientarla en Camboya por aquello de darle un toque todavía más exótico al asunto. Los protagonistas intentaban destruir una fórmula creada por un sacerdote para convertir a los humanos en zombis.

Esta mezcla de brujería haitiana con científicos locos se convertiría en un recurso muy común en el género, pero, más allá de esa innovación, la película era mediocre.

En 1940 se estrenó Four Shall Die, un film cuyo mayor aliciente es contemplar en acción a Mantan Moreland. El legendario actor empezó como artista de vodevil y se especializó en comedias, particularmente en las race movies, películas destinadas exclusivamente al público negro (sí, así estaban las cosas en América).

Sin embargo, tenía tanto carisma que se convirtió también en un habitual del cine de terror; como actor cómico era hilarante, pero si se proponía impactar al público adoptando expresiones terroríficas, lo conseguía con creces. Su talento era polifacético. También de 1940 data la primera comedia de zombis, The Ghost Breakers, un film que ha pasado a la historia gracias a la malintencionada, aunque divertida, equiparación que Bob Hope hacía de los zombis con los seguidores del Partido Demócrata.

Como pueden suponer, se trata de una película entretenida que además contaba con la presencia de otra gran estrella, la bonita Paulette Goddard. El tono de comedia desenfadada se repetiría en 1941 con King of the Zombies; vista hoy, resulta más llamativa por su descarado racismo, habitual en aquel Hollywood, que por su calidad. No es una obra maestra, aunque sí entrañable.

Sobre todo porque podemos ver de nuevo a Mantan Moreland, luciéndose en su ámbito preferido, el cómico, pero manteniendo la misma alucinógena expresión de estar contemplando los Horrores del Otro Lado que ya había empleado en la anterior película. Grandioso actor cuya presencia, desde luego, ¡siempre supone un aliciente extra!

Vistos los ejemplos, podrán ustedes deducir fácilmente que, durante los años treinta, poca gente se tomaba en serio el cine de zombis. Era como el hermano pobre de otros subgéneros del terror. Con el cambio de década no mejoraron las cosas. En los cuarenta, el género de terror sufrió una crisis que lastró la carrera de quienes habían gozado sus momentos de esplendor y ahora pagaban el precio de haber sido encasillados en esos papeles.

Bela Lugosi, por ejemplo, seguía siendo muy famoso, pero nunca consiguió abrirse paso en el cine más convencional, ni siquiera cuando tuvo la gran oportunidad de interpretar un papel en Ninotchka, el clásico de Lubitsch, donde pudo compartir pantalla nada menos que con Greta Garbo.

En aquel film había muchos extranjeros tanto delante como detrás de las cámaras, empezando por el director y la propia Garbo, así que Lugosi no estaba fuera de lugar. Y desde luego demostró que no necesitaba vestirse de vampiro para mantener su enorme presencia escénica. Fue uno de los actores con más carisma de todos los tiempos, esto es un hecho… pero Ninotchka no fue el rescate profesional que él esperaba.

El público continuaba asociando su nombre al conde Drácula, y su cerradísimo acento húngaro no ayudaba a sacudir esos estereotipos. Por si fuera poco, su drogadicción empezó a cerrarle bastantes puertas. Lugosi padecía problemas físicos que venían desde la I Guerra Mundial, en la que se presentó voluntario para luchar en el ejército húngaro, combatiendo valientemente como teniente de infantería y siendo herido en tres ocasiones diferentes.

Su etapa como soldado le dejó como recuerdo dolores crónicos que terminaron derivando en una fuerte adicción a la morfina. Por esto, cuando el terror pasó de moda y Lugosi dejó de ser un imán para la taquilla, los ejecutivos de la Universal consideraron que ya no les convenía tener a un drogadicto en plantilla. Decisión injusta, porque Lugosi no era un yonqui problemático.

Al contrario, era bien conocida su conducta siempre exquisita y su elegancia poco menos que aristocrática (olviden los exabruptos que le hacen pronunciar a su personaje en la película Ed Wood, ¡Lugosi era un caballero!). Pero bueno, los grandes estudios no querían arriesgarse a ver las palabras «morfina» y «metadona» en los titulares.

Cuando se extinguió su contrato con la Universal, Lugosi tuvo que firmar con un estudio mucho más modesto, Monogram, para filmar películas de bajo presupuesto, incluyendo algún que otro retorno al mundo zombi.

En 1942 protagonizó Bowery at Midnight, film de serie B donde interpretaba a un psicólogo que, tras convertirse en jefe criminal y asesinar a algunos de sus propios sicarios, veía cómo estos regresaban convertidos en zombis (por entonces, como ven, los psicólogos no eran considerados como algo muy diferente a los brujos vudú… supongo que hoy deberían ocupar ese lugar los economistas).

No es una gran película, la verdad, pero Lugosi está fantástico en ella. En 1944 protagonizó The Voodoo Man, interpretando a un doctor que se convierte en brujo y utiliza la magia negra para revivir a su esposa fallecida, para lo cual necesita quitarle la vida a otras mujeres.

Pese a su modesta factura, es un film interesante. Lugosi derrocha carisma y la atmósfera visual tiene algunos buenos momentos. No es una obra maestra pero tanto Lugosi como la fotografía e iluminación hacen que merezca la pena. En ella también podemos ver a John Carradine, por entonces especializado en el cine de terror, y metido de lleno en uno de los personajes más absurdos de su trayectoria… que ya es decir.

Mucho más infantil era la comedia Zombies on Broadway, de 1945, que jugaba con la baza comercial de juntar a Lugosi con Boris Karloff, otro actor encasillado en el terror que se las estaba viendo negras para mantener su estatus profesional. Era simplemente un intento de rentabilizar la menguante pero todavía extendida popularidad de ambos actores, que aparecían juntos por primera vez en pantalla. Aunque es una película divertida para los niños, en mi opinión resulta indigna del calibre de ambos iconos. En fin, no fueron años nada buenos para Lugosi.

Además del declive profesional y del empeoramiento de su adicción, estaba seriamente preocupado por el expansionismo alemán que amenazaba con fagocitar su patria, Hungría.

Cuando, en efecto, Hungría fue ocupada por los nazis, el viejo Bela Lugosi ya no podía alistarse para combatir, pero sacó a relucir su condición de laureado veterano de guerra, encabezando una campaña para concienciar al público americano sobre el negro destino que aguardaba a los judíos y disidentes húngaros. Por desgracia, no se equivocó en sus malos augurios.

Para un hombre que había estado dispuesto a dar la vida por su país, aquellos fueron momentos difíciles.

Además de las películas protagonizadas por un Lugosi cuya carrera declinaba rápidamente, en los años cuarenta hubo otros títulos como I walked with a zombie del director Jacques Tourneur, que en 1943 fue despreciada por los críticos aunque, como White Zombie, hoy es vista con mejores ojos a causa de la nostalgia y porque indudablemente contiene buenos momentos, sobre todo desde el punto de vista visual.

Como dato curioso, en ella aparecía cantando nada menos que Sir Lancelot, el gran popularizador del calipso, un estilo musical que tendría bastante éxito en los Estados Unidos.

Es chocante que alguna de sus escenas musicales, dicho sea esto como mérito de la muy conseguida atmósfera del film, ¡terminan resultando extrañamente terroríficas! Kubrick y Hitchcock no fueron los primeros en mezclar música agradable con secuencias de oscuro trasfondo.

La intervención de Sir Lancelot no deja de resultar llamativa porque, como veremos, el otro rey del calipso, Harry Belafonte, tendría también un papel importante, aunque indirecto, en la evolución del cine de zombis.

También en 1943 se estrenó la primera secuela de una película de zombis. Revenge of the Zombies era la continuación de King of the Zombies. El film hablaba de un científico que intenta crear un ejército de zombis para el III Reich. De nuevo aparecía el ubicuo John Carradine, pero era nuestro amigo Mantan Moreland quien se las arreglaba para robar casi cada secuencia en la que aparecía; no por nada el hombre es hoy una leyenda entre los más aficionados al género.

Sea como fuere, cualquier escena compartida por Carradine y Moreland es una joya que merece la pena contemplar. En aquel mismo año se estrenó The Mad Ghoul, un film poco destacable pero que merece ser mencionado porque fue el primero en usar la palabra «ghoul» en su título. Este término procedía de la tradición árabe, en la que al-ghūl denominaba a cierto tipo de espíritu, o demonio, que podía presentarse bajo forma humana o animal.

La literatura anglosajona había adoptado el término gracias a la repercusión de Las mil y una noches, y en los Estados Unidos la palabra se convirtió en sinónimo de criatura amenazante que acecha en lugares solitarios, como caminos o cementerios. ¿Por qué digo todo esto? Pues porque, hasta los años sesenta, el cine estadounidense utilizaba la palabra ghoul (y no «zombi») para referirse a los muertos vivientes que salen de sus tumbas sin la intervención de la magia vudú.

Por lo general, el cine solamente hablaba de zombis cuando su aparición estaba vinculada con el vudú (años treinta y cuarenta) o con ese nuevo tipo de vudú que era la ciencia atómica (años cincuenta y sesenta). Y los muertos vivientes que aparecían por las buenas eran ghouls, así que el moderno género zombi perfectamente podría haber terminado llamándose «género ghoul», lo cual hubiese sido más correcto.

En 1946 se estrenó Valley of the Zombies, en la que curiosamente no había zombis, sino un individuo que usaba ritos vudú sobre sí mismo para retrasar su propia muerte. Dado que necesitaba beber sangre humana con regularidad para mantenerse vivo, hablamos más bien de un vampiro vudú. Film prescindible, aunque contaba con la presencia de la elegante Lorna Gray.

La actriz había acariciado el estrellato durante su etapa en Columbia Pictures, pero nunca logró despegar y, al igual que Lugosi, terminó rodando películas de serie B para los más modestos estudios Monogram. El género de terror servía muchas veces como refugio para intérpretes que habían caído en desgracia a ojos de los grandes estudios.

La verdad es que Valley of the Zombies era demasiado mala para una actriz de su talento, así que no resulta extraño que no quisiera aparecer con el nombre artístico de sus mejores tiempos sino con un seudónimo, Adrian Booth.

El pasar de compartir pantalla con John Wayne a verse encasillada en películas de zombis era un golpe duro, porque en el escalafón cinematográfico los filmes de zombis estaban entre lo más bajo, y casi siempre eran de los peores. Tampoco sorprende que decidiese retirarse de las pantallas unos pocos años después, cuando todavía era joven.

Probablemente aquella retirada le fue bien a su estabilidad mental, ya que conforme escribo estas líneas Lorna Grey sigue viva y está a punto de cumplir los cien años. A su salud.

– Los locos años cincuenta

Si los años treinta fueron los del auge del cine de terror y los cuarenta los de su declive, los cincuenta estuvieron caracterizados por la repentina explosión de la ciencia ficción, cuya imparable fuerza salpicó al género de terror. El subgénero zombi no pudo librarse de esa omnipresente influencia, aunque muchas veces fuese asimilada de manera bastante surrealista. La principal consecuencia de ese influjo fue que en los nuevos guiones, el origen de los zombis cambió.

El vudú era sustituido por la energía atómica o los extraterrestres. En 1952 se estrenó Zombies of the Stratosphere, que, como cabe deducir del título, intentaba explotar el filón de la nueva moda de los platillos volantes. Era básicamente una película de marcianos que usaba la palabra «zombie» para distinguirse de la competencia.

Algo similar sucedía en el film Invisible Invaders, donde los muertos salían de sus tumbas después de que sus cadáveres fuesen ocupados por alienígenas (volvemos a ver a John Carradine).

El travestismo hacia la ciencia ficción continuó con Creature with the Atom Brain, donde un científico del extinto III Reich usaba energía nuclear para resucitar cadáveres que después un gangster reclutaba para que se convirtiesen en sus esbirros, inaugurando la hilarante pero poco continuada tradición del zombi mafioso.

Como se deduce de estos estrambóticos argumentos, no hablamos de filmes particularmente inteligentes, aunque sí demostraban esa evolución del cine zombi hacia temas considerados más actuales, más propios de la ciencia ficción entonces hegemónica.

Más tradicional era Voodoo Island, de 1957, que recuperaba las referencias al control mental mediante muñequitos vudú. Era una película más bien aburrida, pese a contar en el reparto con Boris Karloff y la bonita Beverly Tyler, un antiguo proyecto de starlet de la Metro Goldwyn Mayer que pese a su talento, belleza y elegancia, había terminado en el aparcadero de la serie B, como Lugosi o Lorna Grey.

Por su parte, Karloff interpretaba un papel convencional sin maquillajes raros, pero el público no se acostumbraba a verlo desprovisto de su caracterización como monstruo de Frankenstein, lo que le supuso serios aprietos profesionales.

También en 1957 se estrenó Zombies of Mura Tau, donde una expedición de buscadores de tesoros submarinos se encontraba con los antiguos tripulantes de un barco hundido que retornaban de la muerte. Pese a su original idea de presentar zombis submarinos, no era una película demasiado brillante.

Todavía peor, pero divertida de contemplar, era Voodoo Woman, en la que aparecían algunas mujeres zombi manejadas por (¡sorpresa!) un científico loco que vivía en mitad de la selva africana y que, al parecer, no tenía nada mejor que hacer que mezclar vudú con lo que el cine de serie B entendía como «tecnología punta», esto es, bombillitas, antenas de muelle y demás parafernalia fallera.

Además, como se hacía en otras películas de la época, la ambientación africana incluía un constante tañer de bongos, porque ya sabemos que los africanos se pasan veinticuatro horas al día dándole al tamborcito sin parar. No duermen, ni tienen jaquecas; solo le dan al tambor. La película obtuvo cierta repercusión y un estatus de culto precisamente por su merecida fama de chapucera, pero bien merece la pena recordar a su protagonista, la actriz Marla English.

Su carrera fue rocambolesca: fue descubierta por la Paramount, uno de cuyos empleados la vio ganando un concurso de belleza. Se la consideraba un diamante en bruto gracias a una afortunada combinación de talento y una deslumbrante belleza . Estuvo a punto de triunfar por todo lo alto cuando le ofrecieron compartir pantalla con Spencer Tracy, nada menos, pero no tuvo suerte.

El rodaje iba a realizarse en Europa, y antes de cruzar el charco Marla se vacunó, algo que casi todos los viajeros estadounidenses hacían antes de venir, dado el cochambroso estado en que se hallaba nuestro continente por entonces. Pues bien, la pobre Marla sufrió una reacción adversa a la vacuna: una altísima fiebre la obligó a renunciar al rodaje, porque no viajar de inmediato significaba perder el tren de la película.

En aquellos tiempos los grandes estudios no esperaban a nadie. Se buscó una sustituta a toda prisa (ocupó su lugar la siempre inquietante Claire Trevor). A raíz de ese tropiezo y de algún que otro roce con los directivos, en Paramount decidieron aparcar a su gran promesa. Marla English se vio confinada a la serie B, donde su talento fue desaprovechado una y otra vez en películas cuyos títulos hablan por sí solos (por ejemplo, The She-Creature).

No obstante, los nostálgicos de las modelos glamourosas de los años cincuenta harían bien en echarle un vistazo a su increíblemente sexy catálogo de sesiones fotográficas como pin-up, porque Marla English no tenía mucho que envidiar a toda una Bettie Page.

Como vemos, eran pocas las películas de zombis de cierta calidad. A nadie en su sano juicio se le ocurría considerar la posibilidad de que el cine de zombis se convirtiese en un género respetable. En 1957 eran básicamente un relleno barato al que los pequeños estudios recurrían de vez en cuando para ofrecer algo de variedad en mitad de la fiebre cinematográfica de los marcianos y la energía atómica.

Pero lo peor estaba por llegar. Fue hacia el final de la década cuando el cine zombi empezó a sumergirse en el más absoluto desmadre, una espiral de psicodelia que iba a generar productos deliciosamente aberrantes.

La británica The woman eater, de 1958, fue la primera película de zombis que usó abiertamente el reclamo del sexo (lo cual, como ya veremos, sería cada vez más común en el cine de terror a partir de los sesenta). En el argumento teníamos al científico loco de rigor que convertía a mujeres en zombis sin voluntad propia.

Hasta aquí, nada nuevo. Pero, las convertía en zombis, ¿para qué? Pues para alimentar a un extraño árbol carnívoro que al parecer solamente podía obtener las proteínas del desayuno de mujeres jóvenes e invariablemente bien formadas (sí, un árbol carnívoro heterosexual, ¿qué pasa?).

El estupidísimo argumento era una excusa como otra cualquiera para que desfilasen actrices curvilíneas por la pantalla. Aunque lo mejor de todo, como podrán comprobar, es la extraña planta protagonista, una increíble combinación entre geranio, teleñeco de Barrio Sésamo y Alien el Octavo Pasajero en versión maceta.

Si una planta es capaz de robarle la secuencia a mujeres tan despampanantes como las que aparecen en este film, y desde luego se las roba, lo siento mucho por La pequeña tienda de los horrores, pero aquí estamos hablando sin duda de la Planta Más Carismática De La Historia del Cine.

Siguiendo con el despiporre generalizado de finales de los cincuenta, en 1959 se estrenó Teenage Zombies, que tampoco es una obra que hubiese firmado con orgullo Kurosawa. Las andanzas de dos parejas de adolescentes que combaten a un puñado de muertos vivientes alcanzaban tan altas cotas de cretinez como quieran o puedan ustedes imaginar.

Prescindible, excepto porque contiene alguna de las escenas de peleas más absurdas, incomprensibles e hilarantes de todos los tiempos. Hay una secuencia en concreto, hacia el final del film, que no importa las veces que la vea, siempre me provoca un aluvión de carcajadas. Por sí sola, esa pelea ya justifica el visionado. ¡Eso sí es sentido de la épica y no lo de Ben Hur!

Y ya que nos encontramos en las grandes alturas cinematográficas, también en 1959 irrumpía en los altares del cine zombi nada menos que el único e incomparable Ed Wood. En realidad el año anterior ya había rodado una película sobre zombis, Night of the ghouls, que como podrán suponer era bastante cutre. Pero eso se quedó en nada comparada con su nueva gran hazaña.

Me refiero, cómo no, a la inconmensurable Plan 9 from Outer Space, tan mala que hacía que el resto de películas de zombis de aquella década parecieran superproducciones. Incluso su propia Night of the ghouls se antojaba medianamente digna (es un decir) en comparación.

El absurdo batiburrillo de subgéneros, los infinitos errores de producción y la presencia de Tor JohnsonVampira o El Asombroso Criswell han convertido Plan 9 from Outer Space en justificado objeto de culto. Además, como bien sabemos, fue la última película en la que apareció el gran Bela Lugosi, por entonces tristemente sometido al completo ostracismo de la industria, arruinado por la falta de trabajo y aprisionado por aquella drogadicción que llevaba arrastrando desde hacía décadas.

De hecho Bela murió durante el rodaje y ni siquiera pudo terminar de interpretar su papel, que fue completado por un imitador que se cubría el rostro con la capa para que «no se notase» (no, qué va). No hace falta decir que esta indescriptible aberración en forma de película es ahora un hito cultural cuyos fans se multiplicaron el día en que Tim Burton decidió dedicarle su genial, aunque no 100% verídico, largometraje Ed Wood.

Como se ve, los años cincuenta aportaron al género zombi mucha locura pero poco avance. Más allá de transformar ocasionalmente a los zombis y ghouls en extraterrestres, o de sustituir la magia negra por desvaríos pseudocientíficos para adaptarse a la moda de la ciencia ficción, hubo pocas cosas nuevas. Fueron películas más difíciles de tomar en serio que las producidas en los años treinta e incluso los cuarenta.

Eso sí, los desvaríos de los cincuenta serían superados con creces en la siguiente década. La primera mitad de los años sesenta iba a proporcionarnos una impresionante sucesión de fascinantes bodrios cuya sola existencia consigue que uno ame apasionadamente el mero hecho de estar vivo. Pero antes de sumergirnos de lleno en el Gran Despiporre de 1961-66, tomémonos un respiro, hagamos un paréntesis y reunamos fuerzas para las aberraciones que están por venir.

Bela Lugosi comandando a la "zombi blanca" en la película que inauguró el género.
El gran Bela Lugosi comandando a la «zombi blanca» en la película que inauguró el género.

– El last man standing y los primeros hitos del cine apocalíptico

No se extrañen si vamos a conceder mucha importancia a algunas obras que no son de zombis. Es porque la tienen. Me atrevería a decir que desde los años cuarenta y hasta la revolución que supuso la película Night of the Living Dead en 1968, los largometrajes y novelas que más hicieron por la evolución del género, ¡no contenían un solo zombi!

Por ejemplo, hoy nos resulta muy familiar el concepto «Apocalipsis zombi», pero lo cierto es que esa idea nació como la fusión del género tradicional de los zombis vudú y los ghouls con la ciencia ficción posapocalíptica. Dicho de manera simple: sin el género posapocalíptico no podría entenderse el género zombi moderno.

La influencia viene de antiguo. Ya en el siglo XIX se publicaban novelas posapocalípticas con historias muy similares a las que vemos hoy en el cine. Una de las primeras fue Le dernier homme (1805), del francés Jean Baptiste Cousin de Grainville, donde se describe una plaga de esterilidad que amenaza con extinguir la raza humana, mientras los protagonistas intentan encontrar a la última mujer fértil. ¿Les suena? Efectivamente, una premisa casi idéntica servía de base a la película Hijos de los hombres.

En 1826 Mary Shelley publicaba otra novela con el mismo título en inglés, The Last Man, que describía las desventuras del único superviviente de una pandemia, situada en el entonces lejano siglo XXI. Incluso mayor influencia tuvo The Purple Cloud, del escritor británico M. P. Shield.

Publicada en 1901, narraba las aventuras de un hombre que, tras regresar de un viaje por el Ártico, descubre que una nube tóxica ha exterminado al resto de la humanidad. Creyéndose completamente solo en el mundo, pierde la cabeza durante años y llega a quemar ciudades enteras cual Nerón, en pleno acceso de megalomanía. La novela contiene escenas y pasajes muy similares a los que todos hemos visto en varios largometrajes.

Los libros que acabamos de mencionar hablaban de cataclismos que eliminaban a casi toda la raza humana, con frecuencia dejando un único superviviente, por lo que el género es a veces conocido como last man standing, «el último hombre en pie». En los años cincuenta del siglo XX se publicaron otras dos novelas que son probablemente las que más influyeron sobre el nacimiento del moderno género zombi, porque a esos cataclismos añadían un elemento nuevo: la amenaza mutante.

Ambos libros fueron publicados el mismo año, 1954, y ambos serían llevados al cine con distinta suerte. Fueron el último escalón antes del nacimiento del género zombi en su versión moderna. En estas dos novelas la pandemia no solamente acababa con los humanos sino que los transformaba en monstruos, y por tanto los supervivientes, además de hacer frente a la soledad y la falta de recursos, también debían cuidarse de sus antiguos congéneres, ahora convertidos en depredadores.

I Am Legend, de Richard Matheson, tenía ciertos paralelismos con The Purple Cloud. Narraba las aventuras del único superviviente a una epidemia que ha convertido a todos los demás humanos en una especie de vampiros. Su primera adaptación cinematográfica, de 1964, pasó sin pena ni gloria, pero la novela tuvo una influencia fundamental sobre el cine de zombis al inspirar directamente la primera película moderna del género, Night of the Living Dead (más adelante volveremos sobre ello).

Igualmente fundamental fue la novela The Invasion of the Body Snatchers, de Jack Finney. Fue adaptada al cine muy rápidamente, en 1956, por el director Don Siegel. El protagonista de aquel legendario film intenta abortar los brotes iniciales de una soterrada invasión alienígena. Los invasores, mediante unas extrañas vainas vegetales, matan a los humanos y los sustituyen por copias idénticas.

Curiosamente, ese argumento parecía recoger el terror tradicional asociado a los ritos vudú mejor que cualquier película de zombis de aquella misma época, porque mostraba con hábil crudeza psicológica el proceso por el que los seres humanos se transformaban en títeres sin voluntad propia. Aquellos clones alienígenas eran en todo, excepto en las causas de su conversión, como una nueva versión de los antiguos zombis que aterraban a los esclavos.

Además cabe citar un detalle muy importante: la película describía una epidemia de crecimiento exponencial, desde sus inadvertidos síntomas iniciales, cuando el protagonista ni siquiera entiende a qué se estaba enfrentando, hasta el momento en que ya queda claro que el mundo entero corre peligro.

Esta espiral creciente tan característica ha sido imitada bastantes veces en el género zombi actual, por ejemplo en la novela World War Z. En fin, The Invasion of the Body Snatchers es una obra maestra absoluta de la ciencia ficción y el terror. Además tiene la rara virtud de que su segunda adaptación cinematográfica, de 1978, tiene una calidad comparable a la primera.

Si no es considerada como la primera película moderna de zombis se debe a su temática extraterrestre, pero si nos fijamos en su estructura narrativa, la verdad es que casi podemos decir que es el episodio cero de The Walking Dead.

Si en 1956 The Invasion of the Body Snatchers fue un importantísimo precedente, 1959 fue el año definitivo de la explosión del subgénero posapocalíptico en la ficción audiovisual. En el periodo de apenas unos meses se produjeron varias aportaciones clave, importantísimas. Una en la televisión, con el estreno de la inolvidable serie The Twilight Zone, de la que ya hablamos en la revista. 

Algún que otro episodio especulaba acerca del destino de los supervivientes a un cataclismo global (en la serie, no lo olvidemos, colaboró como guionista el propio Richard Matheson). En cine se estrenaron dos películas posapocalípiticas paradigmáticas.

Una fue On the Beach, ambicioso drama del que hablamos en el artículo sobre cine atómico; además de un reparto de relumbrón, contenía algunas de las primeras secuencias convincentes de un mundo completamente devastado, además de explorar las consecuencias psicológicas que el inminente fin del mundo tenía sobre la población.

Tanto o más influyente, aunque por desgracia poco recordada hoy, fue The World, the Flesh and the Devil, piedra angular de buena parte del cine posapocalíptico moderno. No se sienta mal si nunca ha oído hablar de ella, porque fue un gran fracaso de taquilla en Estados Unidos y en España ni siquiera llegó a estrenarse.

Su olvido resulta paradójico, dada la enorme cantidad de veces que ha sido imitada y copiada por otras películas bastante más famosas, incluyendo algún gran éxito de taquilla rodado en España. Es difícil de explicar por qué nadie habla de este film. Es una buena película con muy buenos momentos, que fue pionera y revolucionaria en muchos aspectos.

Tampoco puede decirse que tuviese un reparto desconocido, más bien al contrario. Por ejemplo, su protagonista era Harry Belafonte, el «rey del Calipso», que tanto en lo musical como en lo cinematográfico estaba en su punto álgido de popularidad. Le acompañaban Mel Ferrer, que también era bastante famoso pese a su labor de eterno secundario, y la malograda actriz de origen sueco Inger Stevens.

Antigua bailarina de cabaret, Stevens era una belleza de manual que además poseía uno de los mayores talentos en bruto de su generación. La mayor parte de espectadores la recuerdan porque años más tarde protagonizó junto a Clint Eastwood Hang’ En High, película que rodó un par de años antes de suicidarse mediante la ingesta de barbitúricos. The World, the Flesh and the Devil se centraba en la dificultad de entablar relaciones sanas entre los supervivientes de un cataclismo global.

Si bien el guion es irregular, cabe insistir en que, desde una perspectiva puramente visual y cinematográfica, la situaría sin dudarlo entre las grandes obras de la ciencia ficción. Las secuencias en blanco y negro de una Nueva York completamente vacía, que fueron rodadas aprovechando las horas más tempranas de un domingo, resultan tan espectaculares que siguen impresionando hoy, más de cinco décadas después.

Ni que decir tiene que han sido imitadas por filmes como El último hombre vivo28 días despuésI Am Legend o incluso Abre los ojos de Amenábar, cuya secuencia de la Gran Vía despoblada es muy parecida a la de Times Square que podemos ver en aquella antigua película. Una lástima que no se la reivindique lo suficiente.

I Am LegendThe Invasion of the Body Snatchers o The World, the Flesh and the Devil no eran historias de muertos vivientes, pero fueron más importantes para la evolución del género que las mediocres producciones de zombis que se estrenaban en aquellos mismos años.

La ciencia ficción apocalíptica aportó unos ingredientes que nada tenían que ver con el vudú, pero sí con la representación de un mundo arrasado por la catástrofe, así como la agónica lucha de los supervivientes por mantenerse no solamente vivos, sino también cuerdos, y unidos en el intento de recrear algo similar a un residuo de civilización. Ingredientes, claro, sin los que no entenderíamos películas y series de años más reciente.

– El Gran Desmadre de los años sesenta (1960-1968)

Volviendo al género zombi propiamente dicho, nos habíamos quedado a finales de los años cincuenta, periodo decadente marcado por artefactos tan delirantes como Plan 9 From Outer Space. Pues bien, aunque parezca mentira, la primera mitad de los sesenta iba a ofrecer productos todavía más salidos de madre. Aquellos años sí que fueron la auténtica Guerra Mundial Z. Es cierto que hubo algunos intentos de hacer películas respetables… pero cuando se rodaban bodrios, eran más bodrios y peores bodrios que nunca.

Hasta 1961, todos los largometrajes sobre zombis habían sido estadounidenses, salvo alguna excepción británica, como aquella del árbol caníbal heterosexual del que hablábamos en el anterior episodio. Pues bien, a partir de 1961 hubo varios países que se subieron al carro, convirtiendo el desmadre zombi en un fenómeno verdaderamente internacional.

Entre las primeras en aportar su granito de arena (y de salero) estuvieron las dos principales industrias cinematográficas de habla hispana: México y, cómo no, España. El film mexicano Santo contra los zombies, estrenado en 1961, era la tercera de muchas películas protagonizadas por el célebre luchador.

Los grandes alicientes de aquel delicioso sinsentido eran los combates de lucha libre, claro, pero también la tecnología «punta» (los consabidos muelles, antenas y bombillas) y las cómicas peleas con musculosos zombis vestidos de Peter Pan.

Cualquiera que haya visto largometrajes de Santo, que por cierto fueron bastante populares en nuestro país, puede hacerse una idea de hasta qué cotas de desfachatez llega este despropósito. Quien no haya visto ninguno quizá debería concederle una oportunidad, porque dudo mucho que se aburra entre tanto disparate. Eso sí, no esperen algo como Casablanca.

En cuanto a España, en aquel mismo año Jesús Franco estrenó Gritos en la noche, película muy influida por el tenebrismo gótico europeo, que fue despreciada por los críticos pero alcanzó bastante repercusión internacional bajo el título de The Awful Dr. Orloff.

Eso sí, el astuto Franco (el director) montó dos versiones distintas: una con escenas picantes, destinada a países con manga ancha, y otra mucho más recatada para superar la censura católica del otro Franco (el dictador). Gritos en la noche pretendía ser más seria que Santo contra los zombies, y efectivamente lo era, aunque para eso tampoco hacía falta mucho.

Si México y España se habían adherido con entusiasmo a la Guerra Mundial Z, no podía ser menos la otra gran cinematografía latina del planeta, también especializada en exprimir cada filón comercial hasta la más lacerante agonía.

Hablo, cómo no, de Italia. En 1964 hicieron su primera aportación, llamada Il castello dei morti vivi, aunque sea más conocida por su título internacional Castle of the Living Dead. Contaba como protagonista nada menos que con Cristopher Lee, aunque lo más chocante es ver por ahí a un Donald Sutherland caracterizado en varios papeles secundarios que, sabiendo de su inmensa fama posterior, parecen casi una broma.

Lógicamente este film se rodó antes de que Sutherland alcanzase el estrellato, aunque el actor siempre ha tenido bastante humor para estas cosas y nunca renegó de sus inicios; siendo ya un intérprete respetado, seguía prestándose a cameos estrafalarios solo por diversión (si no lo creen, vean su única aparición, de cinco gloriosos segundos, en la película Kentucky Fried Movie, interpretando al Camarero Patoso). 

Il castello dei morti vivi era surrealista a más no poder, con secuencias que parecían salidas de los descartes de Martes y Trece (¡esas caóticas peleas de espadachines!) y un Cristopher Lee que, aunque cuando hacía gala de su elegancia característica podía enriquecer cualquier película de terror con su sola presencia… bueno, digamos que aquí los italianos fueron capaces de despojarle de todo su carisma, lo cual constituye un logro impresionante.

Continuando con las fuerzas del Eje, también los alemanes tenían algo que decir en la nueva moda del zombi internacional, pero lo hicieron con un film algo más interesante. Der Chef wünscht keine Zeugen («El jefe no quiere testigos») adoptaba un tono conspiranoico en la onda de la obra del escritor Robert A. Heinlein.

Describe cómo los extraterrestres se infiltran en la Tierra ocupando los cadáveres de los recién fallecidos, que reviven y se suman a un complot para acabar con los humanos todavía vivos.

Aunque lo más divertido es el nombre que le dieron en la versión internacional; no sé si los responsables fueron los distribuidores estadounidenses y británicos, o los propios alemanes en un inédito alarde de sarcasmo autocrítico, pero el nuevo título parecía casi un lema de la Wehrmacht durante la II Guerra Mundial: No Survivors, Please («Sin supervivientes, por favor»).

Con ese título y viniendo de Alemania, es poco probable que la película fuese un gran éxito en países como Polonia.

Cruzando el charco, la industria estadounidense del zombi empezó a utilizar un nuevo reclamo: mostrar piel femenina en pantalla. El Código Hayes, sistema de censura moral imperante desde 1930, empezó a verse agujereado por lagunas legales que las productoras aprovechaban para colar secuencias de contenido carnal, violento o de lenguaje fuerte en los momentos más insospechados de cualquier película.

El sexo, particularmente, se convirtió en un gran reclamo de taquilla tanto en Estados Unidos como en Europa. No solamente habían empezado a proliferar los nudies, «documentales» sobre nudismo, o el sexploitation al estilo Russ Meyer, sino que también los géneros cinematográficos convencionales empezaron a usar el desnudo para atraer a más espectadores adultos.

En los cines había, pues, dos tipos de películas de terror: las tradicionales, destinadas a público infantil y juvenil, y las que añadían un componente erótico. En el género que nos ocupa se recurrió con profusión al sexo y quienes se desnudaban eran casi exclusivamente las actrices.

Pero eso sucedía en el terror; en otros géneros sí había piel masculina en cantidad. Si las mujeres no son lo suyo, no desespere, porque en otras películas de la misma época, como las del género «péplum», no escaseaba la exhibición de señores musculosos en taparrabos. Suit yourself.

Estados Unidos inició la nueva década con The Dead One, estrenada en 1961. Aunque goza del honor de ser la primera película de zombis en color, no tiene mucho más mérito que ese. Retornaba a la tradición vudú de Louisiana, pero solamente como excusa para ofrecer emociones exóticas típicamente sureñas, como la música jazz. Ah, y chicas bailando la danza del vientre, que naturalmente es algo que todos asociamos con Nueva Orleans.

Todo ello aderezado con un hilarante zombi que recuerda al Michael Jackson de los últimos años. Durante 1962 y 1963 no hubo apenas producción de cine zombi en Norteamérica, pero eso era la calma que precedía a la tormenta, porque en 1964 se produjo una súbita explosión con casi una decena de títulos que, más o menos, podríamos encajar en el género.

Sirva como ilustración que un mismo director, el infatigable Del Tenney, se las arregló para estrenar tres películas de zombis en 1964. Una, la más digna de las tres —que tampoco es mucho decir— era The Course of the Living Corpse, la historia de un cataléptico que, tras ser enterrado vivo por su codiciosa familia, regresa para vengarse fingiendo ser un muerto viviente.

Una película no particularmente memorable, la verdad, pero que merece ser mencionada porque su actor protagonista era nada menos que un debutante Roy Scheider. Sí, el mismo de Tiburón French Connection. Como podemos ver, todo el mundo tiene un pasado… aunque hay que decir que Scheider estuvo brillante en su papel, sobre todo en la impactante secuencia final. Él es con mucho lo mejor de la película y no es de extrañar que terminase siendo fichado para menesteres más importantes.

El mismo director rodó también The Horror of Party Beach, cuyo título da buenas pistas sobre su contenido: música juvenil y cómo no, chicas en bikini. Como pretexto argumental para mostrar jovencitas, playa y rock & roll, teníamos la historia de un marinero ahogado que resucita por el efecto de unos residuos radioactivos y emerge del fondo oceánico convertido en una temible «Ghoulish Atomic Beast», como decía la campaña publicitaria.

O, traducido para la mejor comprensión de ustedes, convertido en una especie de merluza mutante. Convertir un zombi en pescado, he aquí un giro original. Si ya hemos mencionado a Roy Scheider, esta otra película también tenía extrañas conexiones con Tiburón, porque alguna secuencia playera de The Horror of Party Beach recuerda bastante (y salvando las infinitas distancias) a la obra maestra de Steven Spielberg.

Francamente, creo se trata de algo completamente casual, porque dudo mucho que Spielberg encontrase algún tipo de inspiración en este bodrio… aunque nunca se sabe. Estaría bien preguntárselo, la verdad.

El frenético año 1964 del supervitaminado Del Tenney terminó con su obra magna definitiva, titulada simplemente Zombies, aunque más conocida como Zombie Bloodbath o I eat your skin. Con toda seguridad es mi favorita de las tres. Es una película terrible, sí, pero debería ser un film de culto por unos niveles de surrealismo que hacen que Salvador Dalí parezca el estirado secretario de una notaría.

Ambientada en el Caribe y centrada en el vudú tradicional, está repleta de momentos tan hilarantes como unas escenas habladas en «español», con muchas comillas, que verdaderamente no tienen precio. Los actores, evidentemente anglosajones, tenían serios problemas para pronunciar nuestro idioma de manera medianamente digna, y el resultado, claro, ¡es fantástico! (¡Esas canciones en «castellano»!).

Aunque quizá lo mejor es que en Zombies tenemos al brujo vudú más molón de todos los tiempos: rostro pintado, bombín, una pluma en la boca y el toque de glamour definitivo, gafas de sol con cortinillas (yeeeah!). Podría haber formado una banda con George Clinton Bootsy Collins sin problemas.

Véanlo y díganme que su carisma no le pega cuarenta mil patadas a cualquier villano del Hollywood actual. Dejando aparte a nuestro brujo funky favorito, la película fue concebida como vehículo para lucimiento de la entonces esposa del director.

Porque el infatigable Del Tenney no solamente tuvo tiempo de producir tres Obras Maestras (ejem) del cine zombi en un único año, sino que en ese mismo periodo se casó con Heather Hewitt, modelo de Playboy y protagonista de este film. A eso se le llama exprimir el tiempo… menudo campeón.

Y por fin llega la película con el título más largo de este artículo y de todos los artículos sobre cine que servidor de ustedes haya podido escribir hasta hoy. Hablo de The Incredibly Strange Creatures Who Stopped Living and Became Mixed-Up Zombies!!? (los signos de interrogación y exclamación finales bien podría haberlos puesto yo, pero no, ¡pertenecen al propio título!). La película está ambientada en una feria donde la pitonisa utiliza brujería hipnótica para convertir al protagonista en un zombi asesino.

¿Qué encontramos aquí? A ver si les suena: música juvenil, bailarinas exóticas con poca ropa, y unos zombis cuya caracterización es tan increíblemente cutre que resulta fascinante de contemplar. En fin, un típico batiburrillo de la época destinado a atraer a un público facilón. Y a quienes amamos esta clase de esperpentos, otro público facilón.

Crucemos el Atlántico de nuevo. La británica The Earth Dies Screaming narraba la invasión de unos robots extraterrestres que aniquilan a los humanos para después resucitarlos convertidos en agresivos zombis. Aunque el argumento suene a típica tontería de su tiempo, lo cierto es que el planteamiento no era malo. De hecho, el film comenzaba con el espectacular descarrilamiento de un tren (¡a lo cafre!) y diversas muertes súbitas sin explicación, que captan el interés de inmediato.

He de decir que el inicio de Fast Forward (aquella fallida serie estadounidense de ciencia ficción) me recordó bastante a esto. Sin embargo, tras el demoledor inicio, el ritmo se ralentizaba bastante. Eso se uno a que los robots tenían un aspecto ridículo por culpa del escaso presupuesto, aunque admito que los muertos vivientes resultan bastante efectivos en alguna que otra secuencia. No es una obra maestra, ni mucho menos, pero tiene algún momento a rescatar.

Incluso diría que contiene cierta dosis de inteligencia cinematográfica, que ya es decir en un film semejante. Siempre he pensado que con los debidos retoques daría para un interesante remake. En todo caso es un precedente barato pero entrañable de la fusión del género zombi con el apocalíptico, así que cumplió su papel histórico. Otra aportación británica, aunque más estrambótica, fue Monstrosity, conocida también por el título The Atomic Brain.

Narra la historia de una malvada anciana que quiere trasplantar su propio cerebro al cuerpo de alguna jovencita (agraciada, a poder ser) para así alargar su propia vida. Marjorie Eaton interpretaba a la anciana villana; aunque era una actriz muy respetable, ni siquiera su presencia conseguía evitar el desastre.

Muy cómicas son de hecho las secuencias en que la pobre Eaton, completamente perdida en mitad de este engendro de guión, hacía como que examinaba atentamente los turgentes cuerpos de las candidatas a receptoras de su cerebro, secuencias que parecían salidas de alguna retorcida película porno. Ah, los años sesenta, cuando a nadie le importaba un carajo lo que estaba filmando.

En 1965 llegó otra nutrida remesa de subproductos estadounidenses. Se estrenó Creature of the Walking Dead, muy probablemente la película con el peor tráiler de todos los tiempos (¡Impresionante! Además, si se fijan, los sonidos de fondo parecen grabados en un bar donde estén moviendo cajas de tercios). Narra la historia de un científico loco que busca la fuente de la eterna juventud y que, naturalmente, necesita unas cuantas chicas vírgenes para conseguir sus fines.

Porque lo del análisis genético y los radicales libres no estaba muy en boga por entonces, parece ser. En fin, una película desastrosa que usaba lo de las «vírgenes» como el típico reclamo sexual que casi se había convertido en la norma. Pero esto no es nada, amigos. Más chocante todavía era Monsters Crash the Pajama Party —sí, ha leído bien, el título es «Los monstruos irrumpen en la fiesta de pijamas»— vehículo asombrosamente gratuito para mostrar jovencitas gritando mientras corretean en camisón.

Pero no prejuzguemos a la ligera. Si usted cree que este engendro no contiene nada de interés está completamente equivocado. Lo mejor del film era un revolucionario concepto, obra de un Genio, de un Visionario, de un Auténtico Creador, un Artista que iba más allá, mucho más allá de cuanto alcanzábamos a ver los mortales.

El autor del guion decidió que el científico loco de la película se dedicaría a secuestrar humanos para resucitarlos en forma de… ¡gorilas! Sí, ¡¡gorilas zombi!! Hay ocurrencias que sencillamente no pueden ser superadas. Para colmo, durante algunas proyecciones en salas de cine, algunos tipos disfrazados de gorila aparecían entre el público como efecto especial de la casa, aunque generalmente eran tomados a cachondeo.

Les advierto: la visión de este tráiler les cambiará el concepto que tienen del Arte, de la Cultura, e incluso de la vida misma. Porque esto no es un tráiler; es una Revelación.

Hablando de conceptos inmejorables y hazañas grandiosas, veamos en qué andaba metido Ed Wood, que aquel mismo año retornaba al género zombi con Orgy of the Dead. Pero no, no esperen otro Plan 9 From Outer Space. Esto era un film de puro sexplotaition cuyo principal objetivo era mostrar una retahíla de mujeres bailando con las tetas al aire. Porque literalmente es eso lo que se muestra durante buena parte del metraje con el débil pretexto de escenificar ceremonias vudú.

De hecho apenas hay diferencia entre Orgy of the Dead y una filmación fetichista filmada con pin-ups en aquella misma época. Baste decir que las chicas que aparecían en el film ni siquiera eran actrices de verdad, sino strippers que Ed Wood había ido reclutando en salas de espectáculos.

El pobre Ed se había resignado a que el morbo sexual era ya la única forma que le quedaba para atraer espectadores, así que concibió este engendro de mala gana, como adaptación de un relato propio, y ni siquiera se molestó en dirigirlo en persona. También tenemos la triste presencia de un Criswell que al parecer no había escarmentado con Plan 9 from Outer Space, aunque en su descargo podemos decir que le resultaba razonable suponer que Wood no sería capaz de rodar algo todavía peor que Plan 9 (et voilà!).

Y bien, Orgy of the Dead es una de las más infumables películas en la historia del cine de zombis, aunque si es usted varón heterosexual difícilmente quedará decepcionado. Salvo, claro está, que busque algún atisbo de argumento, de inteligencia, de coherencia, o del más remoto conato de asomo de sucedáneo de intento de demostrar algún respeto hacia el arte cinematográfico. Pero bueno, si lo que quiere es recrearse la vista, a nadie le amarga un dulce.

En fin, ya vemos que los estadounidenses continuaban sin estar especialmente inspirados en 1965, pero, ¿y los italianos? Pues bien, se dio la paradoja de que mientras los americanos trataban de mostrar la mayor cantidad posible de tetas y culos en pantalla, en Italia, ¡hacían todo lo contrario! Vivir para ver. 

5 tombe per un medium era una digna, aunque algo aburrida, imitación del terror gótico al estilo de la Hammer inglesa, productora que se había puesto de moda en Europa y convenció a algunos productores de que merecía la pena intentarlo con el cine de terror serio. Aunque más conseguido que Il castello dei morti vivi, este film italiano también se centraba en un castillo donde habitaban fantasmas y cadáveres, y además contaba con una gran baza interpretativa: la actriz británica Barbara Steele.

Especializada en el terror, Steele fue una estrella habitual del género durante aquellos años, y solía enriquecer sus películas gracias a una intensa presencia y a aquella mirada inquietante que la hacían idónea para papeles de malvada, poseída, etc. Como una versión femenina de Cristopher Lee, vamos, aunque hoy se la recuerde menos. 5 tombe per un medium no es genial, pero al menos era una aproximación adulta al género que contaba con unos medios adecuados y un resultado digno.

En 1966, siguiendo una línea similar, los británicos contraatacaron con Plague of the Zombies —producción, esta sí, de la auténtica Hammer—, donde se describía una plaga que convierte a los humanos en zombis. El argumento rescataba los rituales vudú más tradicionales, aunque curiosamente no los situaba en el Caribe ni en Estados Unidos, sino en Cornualles, al sudoeste de Inglaterra. La verdad es que el resultado era muy curioso y recordaba un poco a las películas de los años treinta, al menos por su temática.

También británica era The Frozen Dead, protagonizada por un desganado Dana Andrews a quien casi puedo imaginar volviendo a casa después de cada día de rodaje, sentándose ante la tele con ojos vidriosos, bebiendo licor y preguntándose cómo demonios había llegado a trabajar en un bodrio tan descomunal.

La película narra las maniobras de un científico que pretende resucitar a unos cuantos criminales nazis que permanecen congelados desde el final de la II Guerra Mundial. Mala, pero muy efectiva para un público infantil y juvenil, porque pese a su factura chapucera contenía detalles inquietantes (y más para la época), siempre combinados con otros bastante risibles.

1968 fue el año en que el género zombi cambió para siempre con Night of the Living Dead del director George A. Romero, pero hablaremos de ello en el siguiente capítulo. Entretanto seguían apareciendo películas infames de las que tenemos que hacernos cargo.

La estadounidense The Astro-Zombies mostraba al típico científico loco que se dedica a matar gente para después usar sus cadáveres, generando poderosos zombis en plan monstruo de Frankenstein, todo ello aderezado con apabullantes efectos especiales como manchas de ketchup y efectos sonoros más propios de diez años atrás a cuando se rodó.

Esta película tiene el aliciente de contar con dos iconos de la serie B, John Carradine y Tura Satana, pero no solamente era cutre sino que fallaba en el tono: su supuesta sofisticación y las risibles ínfulas científicas no hacen más que volverla todavía más ridícula de lo que debería ser.

En fin, baste decir que los momentos más inquietantes son aquellos en que la banda sonora nos tortura con penetrantes sirenas y zumbidos a volumen inhumano, como lo de Cristopher Nolan en Interstellar, pero sin presupuesto para contratar a compositores grandilocuentes.

Con todo, aunque The Astro-Zombies es mala y lenta, es entretenida gracias a la profusión de detalles risibles en el argumento, y sobre todo gracias a sus falleros efectos especiales. Igualmente cutre era Mad Doctor of Blood Island, cuyo título prácticamente resume la película: un científico loco acantonado en una isla se dedica a crearse una corte de zombis.

Dirigida por el filipino Eddie Romero (nada que ver con nuestro querido George), era un gazpacho característico del género, aunque se añadía un nuevo reclamo barato de cara a taquilla: el gore. Por lo demás, estaban las bailarinas exóticas de rigor, y la actriz Angelique Pettyjohn, que apareció en algún episodio de Star Trek, pero que era más conocida por otras razones; en sus filmes solía tener como cláusula contractual el lucir escote de las maneras más peregrinas imaginables.

Pero veamos el tráiler, que no tiene desperdicio gracias a la psicótica voz del narrador. ¡Esa risa inicial! ¡Ese acento! ¡Esa pasión por el noble trabajo de crear Terror ante un micrófono! Nunca me cansaría de escucharlo… Mad! Mad! Mad!

Como vemos, en los años sesenta el cine zombi siguió dos tendencias opuestas. Por un lado, sobre todo en Europa, una aproximación más seria influida por la moda del revival del terror gótico de la productora Hammer, aunque solían ser películas donde aparecían más bien pocos zombis. Por otro lado, un feliz despliegue de actrices en trapos menores y la inclusión de temáticas juveniles, reclamos sensacionalistas baratos, y disfraces de gorila.

Pero en ninguno de esos casos escapaban las películas de los lugares comunes del subgénero: podían ser películas mejores o peores, pero siempre previsibles. Y el género quizá no hubiese salido de ahí si en 1968 no se hubiese estrenado una película revolucionaria que básicamente marcó el punto de inflexión entre el cine de zombis tradicional y el cine de zombis moderno. Hablo, claro, de Night of the Living Dead.

Maria Elena Arpón en "La noche del terror ciego", de Armando de Ossorio, 1973. (Imagen: Plata Films)
Maria Elena Arpón en La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio, 1973.

Los años setenta y España. No, no todo eran misas y Seiscientos. Muchos de ustedes ya sabrán que durante aquella década nuestro país fue un prolífico productor de terror cinematográfico de serie B. Es más, mucha de esa producción obtuvo una notable repercusión a nivel internacional.

Cuando en tiempos más recientes se ha producido un auge del cine español de terror, ha habido comentaristas que lo han hecho notar con sorpresa, tanto aquí como fuera, pero en realidad no estábamos asistiendo a un fenómeno nuevo, sino al revival de una antigua tradición que creíamos olvidada y que continuaba viva en nuestro subconsciente.

En España, todos hemos crecido viendo las pinturas de Goya; es algo que llevamos en el ADN. Y en el subgénero que nos ocupa, España se abrió el mercado exterior en 1971-72, e inmediatamente después sobrevino un periodo (1973-1975) en que el ritmo de producción de cine zombi en nuestro país alumbró más títulos relevantes que ninguna otra industria del planeta durante aquellos mismos años, incluida la estadounidense. Fue el Trienio de los Castizombis.

En este episodio vamos a hablar fundamentalmente de cine español de los setenta. Pero antes, recordarán, íbamos siguiendo un orden cronológico y da la casualidad de que nos quedamos en vísperas de un acontecimiento central en el desarrollo del subgénero. Hablo, cómo no, de la película de zombis más importante de todos los tiempos.

– Night of the Living Dead (1968)

En mis historias, los zombis nunca se apoderan completamente del mundo, porque necesito que continúe habiendo humanos. Los humanos son los que más me desagradan; ellos son los que de verdad causan los problemas.

A mediados de los años sesenta, el joven estadounidense George A. Romero era un ignoto aspirante a cineasta cuya exigua carrera se reducía a un puñado de cortometrajes publicitarios y poca cosa más. Gran aficionado a la ciencia ficción y el terror, estaba deseoso de rodar un largometraje, pero siendo un completo desconocido no le quedaba otra que embarcarse en una aventura independiente. Carecía de dinero, recursos o apoyo de la industria, pero el empeño lo llevaría a dirigir uno de los grandes clásicos del cine de terror de todos los tiempos.

Romero había escrito un relato inspirado en la novela I Am Legend de Richard Matheson. Estaba tan, tan directamente inspirado, que el propio Romero no se corta en calificarlo como «plagio». Este relato se convertiría en la base de su primera película cuando desarrolló un guión a partir del mismo, junto a su amigo John A. Russo.

Sin embargo, yo no sería tan expeditivo a la hora de hablar de plagio. Romero copió la idea de Matheson, sin duda, pero creo que, más que un plagio como tal, lo que  estaba intentando crear era una precuela que abordase algunos matices que Matheson había pasado por alto en su propia novela, al hablar de una epidemia que transformaba a los seres humanos en monstruos:

Para mí, I Am Legend trataba sobre la revolución. Y si vas contar algo sobre la revolución deberías empezar por describir sus inicios. La narración de Matheson comienza con un único superviviente, cuando todos los demás humanos del mundo ya se han convertido en vampiros. Yo me dije que teníamos que refinar aquella idea, que teníamos que empezar la historia por el principio.

Pero no podía usar vampiros porque Matheson ya los había usado, así que decidí incluir algo que supusiera un cambio radical respecto a su novela. (…) ¿Qué tal si los muertos dejaban de estar muertos?

Fue así, para evitarse una posible acusación de plagio de la que él mismo se sentía culpable, como Romero sustituyó los vampiros de Matheson por muertos vivientes. Decidido a narrar en pantalla los primeros momentos de un cataclismo global protagonizado por cadáveres que retornaban de la tumba, estaba concibiendo la primera fusión realmente seria entre el subgénero zombi y la ciencia ficción apocalíptica.

En otras palabras: estaba creando el moderno cine de zombis tal como lo conocemos hoy. Night of the Living Dead terminó siendo una obra a medio camino entre el terror y la ciencia ficción, como lo habían sido The Invasion of the Body Snatchers Village of the Damned, por citar dos ejemplos famosos.

El enfoque que iba a utilizar en su historia era sociológico; quería mostrar al público no solamente un puñado de muertos que caminaban y devoraban cerebros, sino la manera en que su aparición cambiaba las relaciones entre los seres humanos, y cómo los choques de personalidades se convertían en un problema añadido al de la amenaza zombi.

Ese enfoque es exactamente el mismo que han seguido empleando productos más recientes como 28 días después The Walking Dead, pero entonces constituía una novedad en el género zombi, aunque se había podido ver en otras películas de terror-ciencia ficción, caso de Los pájaros de Alfred Hitchcock.

Estas películas se caracterizan, a nivel argumental, en que lo mollar reside en la reacción de las personas más que en la propia amenaza: Night of the Living Dead podría haber sustituido los muertos por animales, por extraterrestres o por invasores nazis, y el conjunto apenas hubiese cambiado. Sin embargo Romero fue el primero que describió un cataclismo protagonizado por muertos vivientes.

Él inventó el Apocalipsis Zombi y productos como The Walking Dead son poco menos que una larga extensión de aquel film de 1968. Sin embargo, entonces nadie estaba preparado para la llegada de una película semejante y creo que ni el propio Romero era consciente de hasta qué punto iba a romper esquemas. Todo lo que sucedió a raíz de su estreno es el mejor ejemplo.

La película podía engañar (y engañó) a sus primeros distribuidores, porque el argumento empezaba de manera bastante convencional: una pareja de hermanos visita un cementerio para rendir homenaje a un familiar difunto y se ve repentinamente atacada por lo que, suponemos, es un muerto que ha salido de su tumba.

Después de perder a su hermano —esto es un pequeño spoiler pero tranquilos, es que sucede apenas iniciado el metraje—, la chica busca refugio en una casa de campo donde se reunirá con otras personas que también están huyendo de los muertos vivientes. A través de la radio y la televisión descubren que el alzamiento de los cadáveres es un fenómeno generalizado que se está produciendo en todo el país.

Como vemos, la primera parte de Night of The Living Dead no necesariamente se distinguía mucho de otras películas de terror o ciencia ficción de serie B que ya se hubiesen visto por entonces. Parecía no tener grandes pretensiones y además su estilo era definitivamente retro porque, aun siendo de 1968, sin duda imitaba el estilo de los años cincuenta.

Con una narración que comenzaba de forma tan convencional y con un tráiler virtualmente idéntico al de otras películas de terror de la época, resulta comprensible que los dueños del cine de Pittsburgh donde se estrenó creyeran que aquello era un material genérico como otro cualquiera.

Dudo que algún responsable se hubiese molestado en verla entera antes de estrenarla, o de lo contrario no la hubiesen proyectado un sábado por la mañana para un público formado casi en su totalidad por niños y adolescentes.

Piensen que en aquel momento no existía la calificación por edades en los Estados Unidos —se implantaría unos meses después—, y recordemos que el Código Hays de censura, todavía vigente pero visiblemente obsoleto y discutido por toda la industria, ya apenas se aplicaba en la práctica.

Como en Night of The Living Dead no se mostraban tetas, que era el factor que básicamente decidía si un film de terror era aceptable para el público infantil o no, tuvieron la ocurrencia genial de estrenarla en plena matiné. Por entonces el terror cinematográfico era algo tan estrambótico, casi siempre tan estúpido, que no resultaba difícil de digerir ni siquiera para los niños, que lo veían como un entretenimiento no demasiado diferente de la ciencia ficción.

Así pues, muchos chavales compraron felices su entrada y durante los primeros minutos del film se lo pasaron en grande, porque en ese tramo inicial la película parecía en efecto algo idéntico a otras cosas que hubiesen visto ya, con torpes muertos vivientes que perseguían a los protagonistas de manera que podría calificarse incluso de cómica.

Pero no, aquella no era una película como otra cualquiera. Conforme avanzaba el metraje, la historia se tornaba más y más escabrosa. No debido a un excesivo gore, sino por un suspense claustrofóbico que iba creciendo en intensidad. Aún más: el tono seco y descarnado que Night of The Living Dead alcanzaba en su parte final era algo insólito en aquellos tiempos.

Sabemos por testimonios que durante el estreno se fue haciendo el silencio en la sala. El tono tétrico de la película resultaba cada vez más difícil de soportar para el público infantil, hasta el punto en que, durante los momentos de clímax, los pobres chiquillos se echaban a llorar sin consuelo, gritaban como descosidos, o se quedaban completamente paralizados de horror en sus asientos.

Incluso los adolescentes, generalmente ansiosos de emociones fuertes, terminaron petrificados ante el tenebroso espectáculo que estaban viendo sus ojos. No seré muy explícito para no reventar el argumento a quien no la haya visto, pero diré que hay secuencias, y especialmente pienso en una en concreto, que resulta difícil creer que se hubiesen rodado en 1968. No porque fuese sangrienta o demasiado gráfica, sino sencillamente porque mostraba una situación concreta por entonces impensable en una película así.

Los adultos de la sala no daban crédito a sus ojos. No, en Night of The Living Dead no había sexo, pero sumergía al público en simas de oscuridad que pocas veces se había visto en la gran pantalla (insisto, ¡era 1968!), y el festival de horror psicológico era cualquier cosa menos adecuado para la infancia. Era, de hecho, la película de zombis más adulta y más dura que se había estrenado jamás… y estaba siendo proyectada ante escolares.

El escándalo provocado por la exposición de los niños a un material tan escabroso le proporcionó una enorme publicidad al film. Hubo muchos espectadores adultos que sintieron curiosidad y descubrieron que, pese al humilde presupuesto con que se había rodado, era una película en verdad escalofriante. Había sido planteada de manera muy inteligente.

Romero había acertado jugando la baza del suspense psicológico, pero también fue hábil al despojar la película de relleno innecesario: no había romances, ni desvaríos aventureros, ni héroes inverosímiles, ni reclamos fáciles como el sexo gratuito tan de moda por entonces.

Se había quedado solamente con aquellos elementos capaces de generar tensión, ambientando la película en una atmósfera de amenaza global muy en la línea de La guerra de los mundos.

Otro detalle importante era la animalización de los muertos vivientes, que ya no eran esclavos de una voluntad ajena ni producto de la magia, sino sencillamente cuerpos muertos desprovistos de inteligencia, que parecían tener el único propósito de alimentarse con la carne de los vivos.

Despojarlos de cualquier característica humana y de la influencia de algún mago o científico malvado ayudaba a hacerlos todavía más terroríficos, porque se convertían en una amenaza que no tenía sentido.

Gracias a todo ello y pese a sus limitaciones monetarias o técnicas, el film conseguía condensar la angustia de los protagonistas para conducir al espectador por una espiral de tensión en cuyo tramo final, insisto, había algunas secuencias tremebundas que, no importa las veces que usted las vea, siempre le resultarán impactantes.

Night of The Living Dead se estrenó en el resto del país con mucho éxito y también obtuvo una enorme repercusión internacional. El mundo descubrió una película de insólita crudeza que marcaba el momento en que de verdad el género zombi había llegado a su madurez.

Fue la película más importante en la historia del cine zombi, aunque curiosamente la palabra «zombi» no se mencionaba ni una sola vez en ella. Es más, ni siquiera el propio George Romero pensaba que había dirigido una película de «zombis», ya que no había magia vudú de por medio, y él, como buen aficionado al terror, tenía una visión bastante tradicional sobre el asunto de las denominaciones.

La suya era una película sobre ghouls —palabra que sí aparece mencionada en el guion—, surgidos por el probable efecto de la contaminación atómica. Sin embargo, la palabra «zombi» terminó volviéndose tan popular y se asoció de tal manera con su cine que incluso el propio Romero se vio forzado a adoptarlo como propio.

Pero bueno, más allá de todas estas precisiones terminológicas, lo que todo el mundo asume como cierto es que hubo un antes y un después de Night of the Living Dead. Esto es así, simple y llanamente. Hoy en día ya no se produce film o serie televisiva de zombis que no sea su deudora directa.

Su influencia es universal e inevitable, porque Night of the Living Dead fue el Quijote de las películas de zombis. Es cierto que durante los años inmediatamente posteriores a su estreno apenas tuvo imitadoras. Hoy produce extrañeza pensarlo, pero es que su influencia tardó años en asentarse.

Durante casi toda la década de los setenta, buena parte del cine zombi permaneció anclado en patrones tradicionales, y hasta las contadas excepciones a esta regla parecen hoy más anticuadas que el propio film de Romero. Sin embargo, a partir de los años ochenta el espíritu romeriano se metió en todas partes por motivos varios (entre ellos el mercado videográfico).

Y ahí, en todas partes, es en donde permanece esa influencia hasta hoy, incluso se ve esa influencia en aquellas obras de zombis —cinematográficas, literarias, lo que sea— que intentan no parecerse a ella… pero que siempre se parecerán.

– Entre tanto, en el género zombi…

Mientras Night of the Living Dead daba la vuelta al mundo impresionando a espectadores de toda condición, poca cosa más pasó en el cine zombi. Durante 1969 y 1970 no hubo hitos de interés a nivel internacional, salvo algunas películas que trataban el asuntoi de manera tangencial y con escaso interés. En 1971 sí hubo noticias. Hablo, como es natural, de The Omega Man, la segunda adaptación cinematográfica de la novela I Am Legend, que esta vez venía con el respaldo de Hollywood y protagonizada por todo un Charlton Heston.

Se podría alegar que no es exactamente un film de zombis porque aparecen unos mutantes cuya naturaleza no está demasiado clara, pero en todos los aspectos formales podemos considerarla como tal. Para mí, después de Night of The Living Dead, fue la segunda película de zombis moderna, proporcionando un contexto escenográfico e iconográfico que también ha sido muy imitado (ella, a su vez, había imitado a otras que mencionamos en el capítulo anterior).

Varias de sus secuencias ayudaron a sentar un precedente para las películas de zombis de décadas posteriores. En su día ya hablamos de esta película en un artículo al efecto, así que aquí no nos extenderemos mucho más. Diremos solamente que ha envejecido mal: puedo confesarles que de pequeño era una de mis películas favoritas, pero que me decepcionó bastante al revisitarla de adulto.

Sin embargo, pasada esa decepción, todavía me divierte repasar varias de sus secuencias más célebres. Como poco, la idea de transformar a los vampiros de la novela en una especie de secta de mutantes con gafas de sol, antorchas y fobias tecnológicas resultaba original y estéticamente atrayente.

Si echaban de menos la ración habitual de bodrios, no se preocupen: en 1972 se estrenó otro film estadounidense con el sonoro título de Asylum of Satan, que tan pronto trataba de emular la iconografía de The Omega Man —incluyendo, ¡oh, coincidencia!, una secta de encapuchados aficionados a las antorchas—, como intentaba copiar el estilo del terror europeo, considerado más chic por los americanos. Pero en fin, ni aunque hubiesen intentado copiar Ciudadano Kane.

Es tan, tan mala que no solamente recuerda a lo peor de los locos años sesenta, sino que incluso su tráiler parece una parodia hecha a propósito. Un desastre de dimensiones cataclísmicas.

Todavía peor, aunque parezca absolutamente increíble, era Blood of Ghastly Horror. No en vano hablamos de un largometraje que, agárrense, ¡estaba hecho a base de retales! El infatigable talento creador del cineasta Al Adamson debía de andar corto de recursos, porque combinó el material nuevo con metraje sobrante de una película anterior (Psycho A-Go-Go, 1965), que también había dirigido él.

Todo con un encomiable espíritu ahorrador en la mejor tradición de Ed Wood. ¿El resultado? Pues el resultado hace que Ed Wood parezca Yasujiro Ozu. Todo se antojaba rodado por un amateur, con actores de cuarta, diálogos para mentecatos y alguna secuencia de acción cuyo confuso montaje era digno de los momentos más caóticamente cocainómanos de Mad Max: Fury Road.

La verdad es que Blood of Ghastly Horror es un artefacto infumable que no sirve ni para reírse pero que, ¡sorpresa!, cuenta con la presencia siempre inquietante, aunque bastante descorazonadora dadas las circunstancias, de un envejecido John Carradine que no merecía verse envuelto en semejante basura para sobrevivir.

Vayamos a Italia. En 1972 se estrenó L’etrusco uccide ancora, cuyo poco sugerente título italiano fue refinado en la versión internacional y transformado en el más romeriano The Dead Are Alive.

Aunque en España, claro, nos caracterizamos por bautizar todo lo que viene del extranjero de la forma más rebuscada e inverosímil posible, y aquí la película se llamó El Dios de la muerte asesina otra vez. Eso es tener estilo. Como podrán comprobar, es muy García Márquez lo de incluir «muerte» y «asesina» en la misma frase («Cien años de aislada soledad», «El coronel no tiene quien le escriba y le redacte»… en fin).

Volviendo a lo cinematográfico, L’etrusco uccide ancora era una película formalmente correcta pero muy aburrida, aunque desgraciadamente no da para siesta, por culpa de unos psicóticos arrebatos musicales a volumen atroz que harían las delicias de Christopher Nolan en pleno subidón de azúcar.

Eso sí, para los coleccionistas de curiosidades, tenemos que mencionar la presencia del actor John Marley. Si no les suena su nombre, él interpretaba al productor Jack Woltz en El Padrino. Sí, era el tipo que aparecía con una cabeza de caballo entre las sábanas.

Pero descuiden, podemos afirmar sin temor a exagerar que L’etrusco uccide ancora es ligeramente, solo ligeramente, más prescindible que la obra maestra de Coppola. Aunque no le restemos los méritos que sí tiene, porque hay una cosa verdaderamente genial: su cochambroso tráiler, un impresionante minuto de delirante maravillosidad a medio camino entre cabecera de soap opera televisiva y vaporoso anuncio de colonia. Lloremos todos ante la contemplación de tanta grandeza:

La Spanish Invasion en el terror zombi setentero

Ha llegado el momento. Hablemos de zombis españoles (¡castizombis!). Entre los años 1971 y 1975 se produjo un verdadero aluvión de títulos autóctonos, suceso que se engloba dentro de una racha de productividad de la que los españoles, la verdad, no acostumbramos a presumir demasiado.

A menudo nos limitamos a recordar el inmenso impacto que el genial cortometraje televisivo La cabina produjo en el público internacional por entonces, pero lo cierto es que durante los años setenta España fue una de las grandes potencias del terror. En cuanto al cine zombi, concretamente, estuvo cerca de convertirse en una auténtica meca.

Lógicamente, la calidad del producto patrio era desigual, porque seguimos hablando de cine barato hecho con prisas y para un público cuya exigencia de calidad era cercana a cero, pero incluso en aquellas circunstancias España proporcionó al mundo un puñado de títulos que continúan siendo recordados por los más refinados connaisseurs de otros países. Sí, amigos, en la enciclopedia del cine zombi España escribió una página destacada.

¿Cuál era el estilo español? Hubo un poco de todo, pero en general podría decirse que condensaba las características más básicas del terror cinematográfico europeo de la época. Esto es, un enfoque serio frente al estilo estadounidense (que solía primar más el puro entretenimiento para adolescentes), cierta estilización, un enfoque fundamentalmente psicológico con, tendencia al horror gótico, y la ocasional adición de un suave componente erótico.

Como en el resto del mundo, la influencia de George A. Romero era recogida de manera todavía superficial, en los casos en que la había, porque no siempre era así.

Vayamos al origen del boom. Entre 1971 y 1972 hubo tres filmes nacionales, relativamente ambiciosos, que intentaron y consiguieron aprovechar la apertura del mercado exterior al terror español. Uno fue Necrophagus, también conocido como Graveyard of Horror The Butcher of Binbrook.

La temática del film es bastante típica, ya que tenemos al científico loco de rigor haciendo diabluras, y poco hay para destacar excepto la presencia del siempre inquietante Víctor Israel. El director del film, Miguel Madrid, artesano especializado en terror, se marcó un tanto gracias a su repercusión en el extranjero, pero lo cierto es que la película es bastante mala.

Muchísimo más recomendable era Horror Express (Pánico en el Transiberiano), una coproducción hispano-británica que contaba con un espectacular reparto: Peter CushingCristopher Lee y Telly Savallas. En la parte femenina había además algunas caras conocidas del star system nacional como Silvia Tortosa o la alemana españolizada Helga Liné.

La película imitaba sin disimulo el estilo de la productora inglesa Hammer, como puede deducirse de la presencia de quienes fueron sus dos grandes estrellas, y tenía un considerable aire retro en la línea de ese terror elegante y de época que los británicos habían hecho tan bien.

El argumento, además, se salía un tanto de la norma; hablaba de un antiguo cadáver rescatado del hielo en una cueva de Manchuria, que despertaba para causar el terror entre los viajeros del famoso tren de lujo. Una buena película, dirigida con muy buen pulso por Eugenio Martín (quien firmó bajo el seudónimo Gene Martin) y un ejemplo perfecto de cine de género ejecutado con dignidad e inteligencia, maximizando hábilmente los recursos disponibles y sacando buen partido a sus tres actores principales.

Hoy es considerada un pequeño clásico y personalmente creo que un remake sería muy interesante, algo en plan «Walking Dead en un tren en marcha».

También interesante, aunque bastante más serie B, es La noche del terror ciego, de Armando de Ossorio. No necesariamente era tan buena como Casablanca, la verdad, pero tenía sus alicientes. Para empezar poseía unas atmósferas bastante conseguidas, especialmente durante aquellas secuencias ambientadas en ruinas y castillos, lo cual llamaba la atención del público extranjero, muy particularmente del estadounidense (¡Castillos auténticos! ¡Ruinas de verdad! ¡Oh, Europa!).

Aunque lo mejor sin duda eran sus originalísimos zombis, unos aterradores monjes templarios que, con toda probabilidad, eran los muertos vivientes más cool que el público podía recordar por entonces.

La película contenía además detalles de erotismo softcore, incluida alguna suave secuencia lésbica (¡en una película española de 1971!), pensados ex profeso para aprovechar el considerable morbo sexual de María Elena Arpón, una bella y efectiva actriz a la que algunos quizá recuerden porque, entre 1969 y 1973 ,apareció en un considerable número de largometrajes de terror y suspense.

Mucha gente la ha olvidado, pero Maria Elena fue todo un icono de la serie B de su tiempo, incluso más allá de nuestras fronteras. La noche del terror ciego tuvo un buen recibimiento comercial y produjo varias secuelas que, desgraciadamente, fueron cada vez a peor en cuanto a calidad e interés.

Una de las características peculiares de aquel cine español de terror era la superabundancia de rostros femeninos en los repartos. El caso de María Elena Arpón no era único y la nutrida presencia de starlets españolas en estos filmes era una señal de que, con Franco todavía en el poder, el público anhelaba ya lo que más tarde sería conocido como «destape».

Eran los años en que los más osados viajaban a Perpignan para comprobar que en el extranjero las películas mostraban mucha más carne, como deja entrever Lo verde empieza en los Pirineos, aquel título de Vicente Escrivá que hacía referencia al atraso que la cultura española sufría en cuestiones de sexo. Así pues, incluir en el reparto a varias actrices conocidas para solaz del público masculino era un gancho comercial habitual.

Sin embargo, podrán suponer que este reclamo sexual era muchísimo más recatado que el ofrecido por el cine foráneo. No dejen que la cantidad de actrices en aquellas películas les engañe: el terror español de aquel periodo no era un mero vehículo para el erotismo, aunque a veces contuviese escenas picantes. Al contrario.

Más allá de que apareciesen mujeres habituales en las portadas de las revistas, y más allá de alguna teta ocasional, eran películas que, mejor o peor, intentaban un auténtico ejercicio de género con cierta dignidad. La producción española se estaba ganando un público internacional y para mantenerlo no podía competir en términos de sexo, porque había ciertas cosas que en España sencillamente no se podía rodar.

Eran películas cuyo débil erotismo estaba dirigido más que nada al consumo interno, que se conformaba con cualquier cosa en ese aspecto, mientras que de cara al espectador extranjero, el terror español buscaba competir en términos puramente de género. Esto, curiosamente, puedo ser uno de los motivos por el que la serie B española consiguió hacerse con un mercado y consiguió también que algunos, por ahí fuera, la sigan recordando con cariño en pleno siglo XXI.

Un ejemplo de lo dicho: La orgía de los muertos, dirigida por el prolífico José Luis Merino, incluía algún desvarío sexual bastante atrevido para la época, como era una breve pero osada secuencia de necrofilia. Sin embargo, sus puntuales concesiones al erotismo retorcido o su provocativo título eran lo de menos, porque básicamente la película intentaba imitar el estilo Hammer y, aunque lo hacía de forma más digna que entretenida, actualmente es un objeto de culto muy apreciado.

Baste decir que su versión internacional The Hanging Woman ha sido distribuida nada menos que por Troma, cosa que no hubiese sucedido de ser una mera película de terror erótico. Además, La orgía de los muertos nos sirve para introducir en nuestro relato al legendario actor Jacinto Molina, esto es, Paul Naschy, quien probablemente era lo mejor de aquel film.

Naschy también protagonizó El espanto surge de la tumba, producto flojo donde lo más llamativo era el extensísimo reparto femenino destinado una vez más a atraer al público nacional.

Aparecían la ya mencionada Helga Liné, la lánguida Emma Cohen, la elegante Betsabé Ruiz, la argentina Cristina Suriani —hoy olvidada pero entonces habitual de las revistas del corazón españolas— o una María José Cantudo de veintiún añitos que destacaba por su exótica belleza mucho antes de que Martes y 13 la convirtiesen en objeto habitual de chanza. Veámosla en acción y podrán comprobar que el erotismo de los últimos estertores del franquismo era más bien timorato:

El infatigable Paul Naschy apareció también en La rebelión de las muertas, cuyo confuso menú temático combinaba orientalismo indio, vudú caribeño y satanismo sui generis de manera tan pretenciosa como soporífera. Por entonces no era raro que algunos directores y productores intentasen encasquetar ínfulas a lo Jean Luc Godard incluso en una puñetera película de puñeteros zombis.

Eso sí, admito que contiene momentos que producen desasosiego no tanto por lo terrorífico sino por lo inexplicablemente delirante, como aquellas extrañas secuencias en que algunos personajes estrambóticos miran fijamente a la cámara. Otra película que seguía un estilo similar y por tanto terminó resultando otro ambicioso pero plúmbeo ejercicio de supuesto refinamiento era El pantano de los cuervos.

Fue dirigida por Manuel Caño, el Max Power del séptimo arte, cuyo seudónimo internacional era nada menos que Michael Cannon (¡eso sí es un puto apodo molón!). La película modernizaba la figura del científico loco y la verdad es que sus actores principales, como Ramiro Oliveros o la expresiva Marcia Bichette, no hacían un mal trabajo, pero no vean El pantano de los cuervos después de comer porque a esas horas es más fulminante que los documentales sobre ballenas.

Ya vemos que Paul Naschy trabajaba como el que más, pero no siempre obtenía la recompensa que merecía. Experimentó los peores sinsabores de la industria cuando después de escribir un guion basado en un relato de Bécquer, cometió el error de ceder los derechos a la productora Bulnes. ¿Lección? La de siempre en el mundo del arte y la vida en general: no firmen nada sin leerlo bien antes, y sobre todo no regalen una buena idea sin asegurarse antes los derechos.

Paul Naschy estaba ilusionado con un proyecto personal concebido para aprovechar el tirón de La noche del terror ciego y el estilo de Armando de Ossorio, pero en cuanto la productora fue propietaria del guion no solamente empezaron a cambiarlo para disgusto del amigo Molina, sino que ¡le impidieron a él actuar en la película!

Las riendas del proyecto fueron a parar a manos del experimentado director británico John Gilling, que contó con un reparto nacional que casi parece un tópico: Carmen Sevilla (sí, la del Telecupón), Adolfo Marsillach, Emma Cohen, Mónica RandallTony Isbert… en fin, todo más español que un tipo con un palillo en la boca compartiendo su sapiencia sobre la necesidad de regular el tráfico sin rotondas mientras pliega el periódico deportivo.

Así pues, Naschy se quedó sin su película. Eso sí, consiguió figurar en los créditos como coguionista gracias a una decisión judicial, porque los productores ni siquiera se habían molestado en considerar la idea de citarlo como autor de la idea. Puñales volando, amigos. That’s show business.

En cuanto a Armando de Ossorio, retornaba en 1973 con El ataque de los muertos sin ojos, secuela de su exitosa La noche del terror ciego. Estaba protagonizada por Fernando Sancho, a quien muchos recordarán por sus apariciones en numerosos eurowesterns, y por una Esperanza Roy que no hacía olvidar el toque de clase de la ausente Maria Elena Arpón.

Para ser sincero, esta secuela era bastante menos interesante que su predecesora, pero tenía el aliciente de devolvernos a los carismáticos templarios zombis. La idea funcionaba tan bien que Ossorio dirigió otras dos secuelas en los siguientes dos años, en las que siguieron desfilando starlets españolas de la época. El barco maldito (1974) era la tercera película de la saga y contaba en el reparto con Bárbara Rey y Blanca Estrada. Bastante olvidable.

La cuarta y última entrega, La noche de las gaviotas (1975) también usaba el reclamo de las actrices guapas: María Kosty y Sandra Mozarowsky, cuya corta vida bien merece un comentario. Mozarowsky, que era hija de una española y un diplomático ruso, se convirtió en sex symbol cuando todavía era una quinceañera.

Esa cualidad de lolita y la exótica combinación de genes mediterráneos con genes eslavos hizo que algunos la apodaran «la Ornella Muti española» (Muti, hija de madre rusa y padre italiano, también se había convertido en sex symbol siendo una adolescente). Aquel apodo auguraba una carrera tan rampante como la de Muti, pero por lo que más se recuerda hoy a la pobre Sandra es por las escabrosas circunstancias de su temprana muerte.

Falleció al caer por el balcón de su casa cuando tenía solamente dieciocho años de edad. Al parecer estaba embarazada. Nunca se supo exactamente qué había pasado, pero quienes la conocían afirmaban que era muy improbable la hipótesis del suicidio y pronto se extendieron los rumores sobre un posible asesinato en el que habría estado implicado el propio servicio secreto. ¿Por qué?

Las habladurías relacionaban a la jovencísima actriz con la más alta instancia del Estado, la corona. Este rumor corrió de boca en boca durante años hasta ser recogido por diversos autores, caso de Andrew Morton en su libro Ladies of Spain.

Volviendo a asuntos más agradables, en 1974 Jorge Grau dirigió No profanar el sueño de los muertos. Por entonces el terror español era un producto fácilmente exportable y de hecho esta película tenía clara vocación internacional desde el mismo inicio, ya que estaba ambientada en Manchester y tenía un reparto mixto hispano-anglosajón que contaba con el estadounidense Arthur Kennedy y la española Cristina Galbó, una refinada actriz especializada en el terror que se hizo cierto nombre con títulos similares.

Concebida casi en tono de ciencia ficción, era un producto digno donde quizá era más prometedor el planteamiento que el resultado final, no demasiado entretenido. Con todo, una obra digna. Otro director que repitió género zombi fue nuestro amigo Manuel Caño, alter ego del superhéroe Michael Cannon, que estrenó Vudú sangriento.

Era una película nefasta que, todo sea dicho, contenía detalles tan hilarantes como la música africana menos africana de la historia. Para ser un país que está tan cerca de África, en España no terminamos de captarle el punto. En su heterogéneo reparto figuraban elementos tan dispares como Aldo SambrellEva León o ¡Alfredo Mayo! (sí, el héroe de Raza, la epopeya nacional cuyo guion se basaba en una idea del propio dictador Franco).

Aldo Sambrell también merece un comentario aparte. Nacido en Vallecas, su verdadero nombre era Alfredo Sánchez Brell; fue futbolista del Rayo Vallecano y del Alcoyano, antes de italianizar su nombre para participar como actor secundario en los cinco mejores spaghetti westerns de todos los tiempos.

Esto es, aquellos cinco que dirigió Sergio LeonePor un puñado de dólaresLa muerte tenía un precioEl bueno, el feo y el maloHasta que llegó su hora Agáchate, maldito. Que yo sepa, este carismático actor es una de las poquísimas personas que apareció en todos ellos. Seguramente no mucha gente recuerda ya a Aldo Sambrell, pero como podemos comprobar, ¡el tipo tiene un mejor currículum que el del 90% de las estrellas de Hollywood actuales!

Esta racha de productividad y prestigio del cine zombi español y del terror patrio en general se apagó a partir de 1975. Sí, los monstruosos zombis españoles retornaron a la cripta para ofrecerle al Generalísimo la grata compañía que sin duda merecía. Esto marcó el final de una era breve pero intensa y, vuelvo a insistir, todavía recordada por los estudiosos del cine zombi. ¿Por qué se apagó la llama?

Pues porque al morir Franco terminaban casi cuatro décadas de censura católica y la serie B nacional se volcó con el reclamo comercial más poderoso y barato de todos: el sexo. La llegada del destape arrasó con todo lo demás. Ni siquiera se antojaba necesario invertir los cuatro duros que pudiese costar el maquillaje terrorífico de un zombi. ¿Para qué? Con poner tetas y culos en pantalla se garantizaba una suculenta recaudación.

El cine zombi español entró en un prolongado letargo y, de hecho, nunca nuestro país ha vuelto a producir tantas películas de zombis, o de terror, en tan poco tiempo. Cierto, aquellas películas no fueron obras maestras y de hecho hubo entre ellas varios bodrios.

También es cierto que en España no hubo una Night of the Living Dead. Pero tampoco la hubo en los demás países, a excepción de Estados Unidos, y cabe valorar aquel periodo por lo que vale. Piensen que eran películas baratas destinadas a un público poco exigente que tanto en España como el extranjero iba a cines de poca monta, pagando una entrada asequible para ver películas de usar y tirar.

En ese ámbito, la calidad media del terror español superaba, de manera sensible, la calidad media del terror de serie B que se producía en otros países. Puede que no fuesen obras dignas de Tarkovsky, pero tampoco cabía esperarlo. Estamos hablando de cine zombi, que era el vagón de cola de la serie B, la cual era vagón de cola del terror, el cual era vagón de cola del arte cinematográfico.

Y aun así, se intentó hacer las cosas de manera medianamente digna. Quizá no siempre se consiguió, pero si ven películas de zombis hechas en otros países durante aquellos mismos años comprobarán que pocas veces eran de igual calidad, y con frecuencia peores.

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El profundo impacto que el alfabeto latino tuvo en las lenguas que se hablaban en América antes de la llegada de los españoles…


El ‘Códice Mendoza’ es uno de los textos coloniales donde se mezclan pictogramas con escritura alfabética castellana.

BBC News Mundo(R.M.Rodríguez/The Conversation)Cuando los españoles llegaron al territorio de lo que hoy conocemos como México, existía un sistema de escritura principalmente pictográfico, en el que cada “dibujo” significaba una frase o enunciado completo.

Este sistema era utilizado por las castas gobernantes, principalmente para conservar tradiciones religiosas, discursos, hechos históricos o registros poblacionales y tributarios, entre otros asuntos.

Los amanuenses que conservaban estos libros (normalmente tiras de papel plegadas o lienzos o pieles de animales) aprendían de memoria largos discursos y con la punta del dedo repasaban las figuras para apoyarse y no perder el orden del mensaje que querían transmitir.

Es decir, esta escritura estaba más cerca de lo icónico que de lo ideográfico, más cerca de las pinturas rupestres que de la escritura egipcia o china.

Los primeros religiosos que fueron enviados al Nuevo Mundo a evangelizar a los indígenas terminaron aprendiendo el idioma de éstos para poder llevar adelante su tarea.

Eran un pequeño grupo de frailes franciscanos que iniciaron una ingente y titánica obra cristianizadora de los indígenas. A estos les siguieron los dominicos y luego los agustinos.

La labor de las órdenes religiosas no se limitaba a la evangelización. También construyeron pueblos, villas y ciudades, impartieron justicia y fueron consejeros de los funcionarios reales, entre muchas otras actividades.

Por ejemplo, enseñaron a los primeros mexicanos a cultivar las plantas europeas, vestir “a la española”, edificar iglesias, criar animales españoles, labrar acueductos, utilizar el telar europeo y aprender los oficios mecánicos.

Simultáneamente, destruyeron los templos prehispánicos, derrumbaron las esculturas de los dioses, quemaron los libros que mencionamos e hicieron procesos inquisitoriales contra los indios remisos.

Otra página del Códice Mendoza del siglo XVI
Los primeros textos dirigidos a los indígenas se asemejaban más a pinturas rupestres que a lo que consideramos escritura .

Estas actividades pasaban inevitablemente por que los religiosos aprendieran las principales lenguas mesoamericanas. Y así lo hicieron.

En un principio, en la escritura mezclaron los pictogramas y el alfabeto. Por ejemplo, se conserva una interesante transcripción al náhuatl del catecismo ideado por fray Pedro de Gante.

Otros religiosos, quizá deseosos de un mayor acercamiento a los usos y costumbres de los pueblos indígenas, pedían a los copistas que transcribieran en grandes telas, con su sistema, pasajes bíblicos.

Iban de una a otra aldea acompañados de un numeroso séquito de indios ladinos –los llamaron igual que en España llamaban a los judíos y a los musulmanes que se movían entre la cultura propia y la cristiana–, reunían a los pobladores, trepaban en alguna tarima o en algún basamento piramidal en ruinas, mostraban el gran lienzo a los neófitos, señalaban con una vara las imágenes, contaban en español el asunto de la pintura y, finalmente, los ayudantes traducían al náhuatl.

Imagen del letras del alfabeto latino
Los religiosos españoles utilizaron el alfabeto latino para intentar construir la fonética náhuatl.

– Idiomas para los evangelizadores

Una nueva dificultad se les presentó cuando tuvieron que enseñar las lenguas indígenas a los evangelizadores que llegaban.

No era deseable, por pesado y dilatado, que las aprendieran de los indígenas (como tuvieron que hacer los primeros).

Así que organizaron escuelas para que los nuevos frailes estudiaran las lenguas originarias. Esto condujo, como un proceso natural y lógico, a dotar al náhuatl, por ejemplo, de un alfabeto. Y el sistema de escritura no fue otro que el usado en el castellano.

Una vez escrita la lengua mexicana con el sistema alfabético que el español recibió del latín, se desató una fiebre escritural muy variada y abundantísima.

Se hicieron libros a la europea (manuscritos primero, impresos después): silabarios, diccionarios, sermonarios, gramáticas, doctrinas, crónicas, anales, informes, pliegos de agravios, etc.

Por fortuna se conservan testimonios de este proceso.

Recuerdo de mis lecturas que los agustinos fundaron una escuela en Tiripitío para enseñar la lengua michoacana. Incluso en Culhuacán, al sur de la ciudad de México, el convento de estos ermitaños tenía un batán en el que fabricaban papel.

Una figura central en este proceso de adquisición del alfabeto latino por el náhuatl es sin duda el franciscano Bernardino de Sahagún. Sus manuscritos, conocidos como Códice florentino en la actualidad, han sido digitalizados para su consulta universal.

Como afirma la estudiosa Alejandra Ortiz Castañares, el Códice Florentino fue “creado para conocer a los mexicas y evangelizarlos. Es uno de los pocos con lenguaje híbrido, en el que la tradición pictográfica indígena se incorpora no sólo como lenguaje, sino también como refuerzo visual del apenas nacido alfabeto latino en náhuatl”.

Imagen de una página del catecismo de Pedro de Gante
El Catecismo de fray Pedro de Gante es otro ejemplo donde se combinó el español con la lengua de los pueblos originarios mexicanos.

– Pronunciar en otro idioma

Sin duda, fue una solución muy práctica y útil. Pero los evangelizadores no previeron un problema: las diferencias fonéticas entre la lengua modelo y las americanas.

Por ejemplo, en náhuatl no existía el fonema /ñ/ y las vocales eran tres, no cinco. Y en español no existen los fonemas interdentales laterales. Para solucionar eso, improvisaron usando dos grafías (tl, tz).

Además, había fonemas en español que poco a poco se estaban perdiendo, como la cedilla (/ç/), la doble s, la /sh/ (que se escribía como una X), etc.

Tampoco imaginaron dos consecuencias inesperadas. En primer lugar, la prosodia del español –sus acentos, tonos y entonación– en muchos casos arrastró, por decirlo así, a la prosodia del náhuatl.

Como ejemplo, tenemos la pronunciación de la capital del imperio azteca: Mexico-Tenochtitlan. La primera palabra aludía a la etnia (los mexitin, en oposición a tepanecas, acolhuas chalcas, etc.) y la segunda al lugar mismo, el islote donde se fundó. La primera fue y sigue siendo la más usada.

Su pronunciación sería algo así como meshico –palabra grave, no esdrújula–. El fonema /sh/ existía en español y se escribía como una X, de ahí muxer (musher), oxo (osho) y dixe (dishe). Con el paso de los siglos, este fonema del español se fue suavizando hasta pronunciarse como una jota, y así fue como evolucionó la dicción a mujer, ojo o dije.

Con muchas palabras del náhuatl se dio esta “evolución”. Así se pasó de Xalisco (Shalisco) a Jalisco, de Xalapa (Shalapa) a Jalapa y de México a Méjico. En el siglo XIX muchas grafías de estos topónimos se adoptaron a la nueva pronunciación, excepto México, que la seguimos escribiendo a la vieja usanza pero la pronunciamos a la moderna.

Folio del Código Florentino
En el Código Florentino también se utilizaron dibujos y texto para facilitar la enseñanza de la cultura europea y de la religión cristiana a los indígenas.

La segunda consecuencia fue que la pronunciación a la española de las palabras indígenas muchas veces fue adoptada como la forma correcta por los propios indígenas.

Aunque es un fenómeno complejo y de múltiples aristas, estos ejemplos darán una idea al amable lector: de Coliman se pasó a Colima; de Tlalpam a Tlalpan; de Janitzio a Janicho; de Olizapan (Ahuilizapan) a Orizaba y de Cuauhnáhuac primero a Cuedlavaca y, finalmente, a Cuernavaca.

Diremos que hubo palabras que casi quedaron idénticas en esa transición que implicó el mestizaje de las culturas del Nuevo y el Viejo Mundo, mientras que otras locuciones tuvieron una transformación radical. Eso se debió a la facilidad o no de pronunciar esos términos en la nueva lengua dominante.

Como dijo Octavio Paz, lo que entonces pasó no fue un encuentro, sino un encontronazo. Pero no es éste el espacio para hablar de ello. Lo que quiero decir en este breve recuento que ahora hago es que el tema no sólo tiene interés y suma importancia para lingüistas, sino también para literatos, historiadores, antropólogos, sociólogos, etc.

Por desgracia es un espacio muy poco explorado, pero los que hablamos la lengua de Cervantes (vivamos de uno u otro lado del Atlántico) estamos obligados a no permitir que se pierda.

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Cacerías de brujas en pleno siglo XXI: la salvaje práctica del medievo que mata hoy a miles de mujeres…


abc(I.Viana) — Han pasado más de cinco siglos desde que la ‘brujería’ apareció en los textos legales de muchos países de Europa.

Desde ese momento y hasta la actualidad, por extraño que parezca al tratarse de una práctica brutal e irracional que tiene su origen en la Edad Media, todas aquellas personas con reputación de brujas han sido objeto de una persecución masiva en muchas partes del mundo.

Y aunque la mayoría de los gobiernos en los que se produjo este tipo de ataques y asesinatos de mujeres por «brujas» no reconocen este crimen, no quiere decir que se haya erradicado del todo.

Cuenta Silvia Federici en ‘Brujas, caza de brujas y mujeres’ (Traficantes de Sueños, 2021), que en las raíces de la nueva persecución «podemos encontrar muchos de los factores que ya instigaron las cazas de brujas de los siglos XVI y XVII, entre ellos, la religión y la regurgitación de las inclinaciones más misóginas como fundamentos de la justificación ideológica».

Desde 2008, de hecho, asegura esta filósofa e historiadora italo-estadounidense que las cifras de asesinatos cometidos con el pretexto de la brujería se han disparado en gran parte del planeta.

Solo en Tanzania se calcula que cada año se asesinan a más de cinco mil mujeres por brujas. Muchas de ellas son acuchilladas hasta la muerte sin que la justicia real haga nada por impedirlo o castigarlo. A otras las entierran o las queman vivas, como hizo la Inquisición durante siglos.

En algunos países, como la República Centroafricana, las cárceles están llenas de mujeres acusadas también de ser brujas.

En 2016, por ejemplo, se ejecutó a más de cien, las quemaron en la hoguera los soldados rebeldes, quienes, «siguiendo los pasos de los cazadores de brujas del siglo XVI, hicieron negocio con las acusaciones y obligaron a la gente a pagar amenazándola con la probabilidad de su ejecución», apunta Federici.

En ‘El abogado de las brujas’, publicado originalmente en 1983 y reeditado por Alianza Editorial en 2010, Gustav Henningsen describió el proceso inquisitorial que se produjo en Logroño a principios del siglo XVII, con dos mil acusados y casi cinco mil sospechosos. Fue uno de los más copiosos conocido hasta ahora.

Recuerda cómo se extendió el pánico desde Francia hasta el País Vasco español, cómo se puso en marcha la silenciosa maquinaria de la Inquisición y cómo situó al país «al borde de un holocausto después de más de ochenta años en los que el Tribunal del Santo Oficio se opuso a quemar brujas».

‘Aquelarre’ fue una palabra creada por los inquisidores para nombrar a las presuntas reuniones clandestinas. (Francisco de Goya, 1798)

– La caza de Vera

De todas las fuentes existentes que consultó este investigador fallecido en octubre, considerado durante años el mayor experto mundial en el fenómeno de la brujería, se centró especialmente en el pueblo pirenaico de Vera de Bidasoa, donde la caza de brujas llevada a cabo por los celosos curas del lugar alcanzó dimensiones sorprendentes.

Según las estadísticas que los inquisidores de Logroño enviaron a sus superiores de Madrid en 1611, solo en esta localidad se realizaron 32 confesiones por brujería. En ellas se atribuía el mismo delito a otras 187 personas. Si sumamos ambas cifras, nos habla de 219 brujas, el 39% de la población total.

Lo ocurrido en Vera de Bidasoa es un ejemplo perfecto para observar cómo se desencadenaba esta caza de brujas que, tristemente, llegó hasta nuestros días en otras partes del mundo y en sus diferentes versiones.

Henningsen no solo consultó las investigaciones judiciales secretas de la Inquisición, sino otras fuentes como cartas e informes de testigos presenciales, algunos de los cuales, decían no depender del Santo Oficio. Era, por lo tanto, una cacería mucho más amplia de la que podemos imaginar.

Durante la gran persecución, los inquisidores del Tribunal acudieron a Vera en dos ocasiones. La primera fue en 1609, cuando el licenciado Juan del Valle Alvarado se alojó con su comitiva en casa del párroco octogenario Domingo de San Paúl, comisario inquisitorial de la localidad vecina de Lesaca.

El anciano se esforzó por descubrir brujas en su zona, en una tarea en la que también se ensañó un joven párroco, Lorenzo de Hualde. En la segunda, en 1611, se presentó un edicto de gracia para todos los miembros de una supuesta secta diabólica, por el que se dio un salvoconducto a todas aquellas que reconocieran ser brujas.

La comitiva envió al Tribunal 339 confesiones y las arrepentidas ofrecieron los nombres de otros 1607 miembros de la supuesta organización. Viendo el número, se reinstauró la pena de hoguera para todo aquel que no hubiera confesado.

Matthew Hopkins, cazador de brujas | ¡O César o Nada!

– Matthew Hopkins

Un caso más llamativo y fuera de España es el que se produjo cuatro décadas después en Inglaterra, un país que también creyó fervientemente en la existencia de las brujas gracias a Jacobo I.

El Rey, incluso, escribió un libro: ‘Demonologie’. Gracias a esta tendencia, hubo personajes que dedicaron parte de su vida a investigar supuestos casos de brujería entre mujeres inocentes, con el único objetivo de ganar dinero. Tal es el caso de Matthew Hopkins y John Stearn, dos infames cazadores que cometieron todo tipo de abusos.

Desde que se conocieron en 1644, este equipo comprobó que podía convertir la caza de brujas en un negocio muy rentable. Lo primero que hicieron fue contratar los servicios de «buscadoras», mujeres que examinaban los cuerpos de las acusadas para encontrar en ellas marcas del diablo, como lunares, cicatrices, verrugas y cualquier señal que se les ocurriera.

La primera población con la que se cebaron fue Manningtree, donde acusaron a 36 mujeres de pactar con Satanás y practicar magia negra. Fueron ahorcadas 19. Fue el comienzo de su carrera, que sembró el terror en la campiña inglesa.

Un mes después llegaron a Bury St Edmunds, en Suffolk, donde investigaron a un centenar de personas sospechosas de practicar la brujería. En solo un día condenaron y ejecutaron a 18 personas, de las cuales 16 eran mujeres. En un segundo juicio consiguieron acusar a 60 más.

Sus procedimientos fueron tan cuestionados por la prensa de la época, aunque a ellos poco les importó lo que se dijera de ellos, mientras el dinero entrara en sus bolsillos. Siguieron su camino e hicieron lo propio en pueblos como Huntingdonshire, Bedfordshire, Cambridgeshire, Northamptonshire, Norfolk, Suffolk y Essex.

Los métodos que usaban eran de lo más aleatorios e inverosímiles que uno pueda imaginar, además de crueles. Por ejemplo, pinchaban a sus víctimas con agujas, cuchillos y punzones y, si no sangraban, eran brujas. Otro de los más comunes empleados por la pareja era atar al acusado a una silla y arrojarlo a un río o estanque.

Si flotaba, era culpable, pero si se hundía y se ahogaba antes de poder ser rescatado, era inocente. El resultado, por lo tanto, casi siempre era el mismo: la muerte. Hopkins y Stearne se retiraron del negocio en 1647 sin ser juzgados ni condenados por sus actos.

En una de las calles que llegan a la Plaza Mayor de Madrid, se colocó una placa simbólica que recuerda a Margarita de Borja, acusada de hechicería y condenada a padecer 100 azotes por las calles y al destierro.

– La caza actual

Lejos de ser una práctica del pasado, en algunos países nos sorprenden en ocasiones con estas partidas caza. En India, explica Federici, son rampantes las cifras de asesinatos de brujas, especialmente en los «territorios tribales», como por ejemplo la tierra de los adivasi, donde se están desarrollando procesos de privatización de tierras a gran escala.

Y el fenómeno se está extendiendo. «Ahora sabemos que han matado brujas en Nepal, Papúa Nueva Guinea y Arabia Saudí», escribe la historiadora. La diferencia es que, a día de hoy, la tecnología contribuye a esa persecución y hasta se pueden descargar grabaciones de asesinatos de supuestas brujas en internet y manuales que explican cómo se puede reconocerlas.

En 2008, sin embargo, se produjo un aumento de la resistencia de las mujeres contra esta vieja cacería. En India, sobre todo, se han movilizado y van de aldea en aldea combatiendo los rumores sobre la existencia de brujas que esparcen las autoridades locales, los cazadores de brujas y otros perseguidores más o menos sigilosos.

Otras reúnen pruebas y presionan a las autoridades, que a menudo no muestran mucho interés en perseguir a los asesinos.

Según la organización Red de Información sobre Brujería y Derechos Humanos, en la última década se han denunciado más de 20.000 episodios en más de 60 países de los que más de 5.000 fueron asesinatos. Las víctimas son, en su mayoría, ancianas, niños y personas con albinismo.

Los expertos en la materia piensan que, lejos de ser una práctica del pasado, el fenómeno ha aumentado en todo el mundo. En el verano de 2021, Naciones Unidas adoptó por primera vez una resolución condenando las violaciones de los derechos humanos relacionadas con acusaciones de brujería.

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En la estela filosófica de las tres carabelas…


Las carabelas la Pinta, la Niña y la Santa María a su paso por las islas de Margarita y Cubagua, en Venezuela. Imagen: P.B. Boultats / Getty.
Las carabelas la Pinta, la Niña y la Santa María a su paso por las islas de Margarita y Cubagua, en Venezuela.

JotDown(I.Costa) — La llegada de Colón a América fue un acontecimiento de un impacto tan grande que apenas puede compararse con otros de los que tenga memoria la humanidad.

Hoy en día, las misiones al espacio nos dejan estupefactos, por su audacia y por la hazaña científico-técnica superlativa que comportan, pero todavía no han tenido efectos globales tan duraderos y decisivos como el de los viajes de circunnavegación coronados, en 1492, por el desembarco de las tres carabelas en la isla de Guanahani.

Aunque soy de la generación de argentinos que celebraba el 12 de octubre en la escuela sin vergüenzas, como un encuentro, de la importancia de la aventura de Colón tomé verdadera conciencia en la universidad, en los seminarios de grado que dictó en su momento el profesor Abel Orlando Pugliese

A comienzos de 1992, Pugliese —que entonces vivía en Alemania y enseñaba en Berlín–— propuso al Departamento de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, donde se había graduado en 1954, una serie de cursos dedicados a pensar el quinto centenario en clave filosófica.

O mejor dicho: el rol central que jugó América en la trayectoria vertiginosa que llegó a adquirir el pensamiento filosófico europeo entre los siglos XVI y XVII. Pugliese fue hilvanando, con una erudición apabullante, la relevancia de la idea de América en el surgimiento de los estados nacionales, en la idea de naturaleza, y en la crítica de la metafísica (con la subsiguiente transformación de la filosofía en ciencias).

La bibliografía para semejante recorrido era potencialmente infinita; recuerdo haber estudiado MaquiaveloSuárez y VitoriaGrocio y Pufendorf en el primer cuatrimestre. En otro, Ulisse AldrovandiFrancis BaconShakespeare y von Humboldt. Y en el que fue más importante para mí, OresmeKeplerGalileoBrecht y la discusión contemporánea sobre el eppur si muove

Porque en octubre de 1992, mientras multitudes peregrinaban a Expo Sevilla, en Roma, Karol Wojtyła, el papa Juan Pablo II, rehabilitaba oficialmente la figura de Galilei para la Iglesia.

Pero todo ese proceso —que ahora puede parecer una anécdota lejana, borrosa, acaso insólita— llevó en su momento a una profunda revisión del caso Galileo no solo en ámbito teológico sino, sobre todo, en el de la historia de las ciencias físicas y en la de la filosofía.

En ese momento, Pugliese traía al Río de la Plata algunos debates muy precisos que sabíamos que de otra manera, sin tecnologías de la digitalización masivamente disponibles, en tiempos difíciles para las humanidades locales, nos habría sido imposible registrar. 

Al comienzo de su serie Pugliese nos hizo notar un elemento lexical, y conceptual, que nos ayudaría a comprender el efecto diferido que tuvo la empresa de Colón en el pensamiento filosófico occidental. Una reacción en cadena, demorada pero irreversible. Ese elemento estaba cifrado en la lengua en la que se expresó prácticamente toda la filosofía europea de época medieval y moderna.

En latín, la palabra invenio —al igual que en el griego εὑρίσκω—, se funden ambas acciones: la de encontrar y hallar (por casualidad o porque se lo buscaba, y de ahí, en sentido derivado, ganar), la de descubrir, y la de inventar. Incluso, sin forzar demasiado al diccionario, la de fabular o inventar un sofisma, o un pretexto. 

Como ocurre, por ejemplo, en el canto XIX de la Odisea: Penélope mantiene engañados a los pretendientes que acechan, diciéndoles que se va a casar con uno de ellos cuando termine su tela, que teje de día pero desteje de noche.

Así durante tres años, hasta que un día sus siervas, «perras que en nada reparan», descubren su ardid, la denuncian y ella se ve forzada a terminar el tejido: «Y ahora ya ni me puedo negar a esas bodas ni logro inventar (heurisko) otra excusa».

El descubrimiento de América - Tu escuela de español

– Lo que Colón encontró

Como se sabe, el grupo que partió del puerto de Palos en agosto de 1492 tenía como meta llegar a Oriente por vía occidental, pero esquivando la costa africana, que estaba siendo explorada desde hacía algunos años por navegantes portugueses: los Reyes Católicos no querían enemistarse con la monarquía vecina.

En el Diario del Primer Viaje, pocos días antes de avistar tierra, Colón reitera esta misma convicción. La evoca, algunos años después, Bartolomé de las Casas, con una cita textual en su Historia de las Indias: «Su principal intento era ir en busca de las Indias por la vía de Occidente, y esto era lo que había ofrecido a los reyes y los reyes lo enviaban para este fin»

En el momento en que Colón escribe esas líneas, a casi dos meses de la partida, ya era muy manifiesto el descontento de su tripulación, que se había amotinado días atrás por las dificultades del viaje y por la tardanza en alcanzar el objetivo.

Pero si bien el riesgo era enorme, no eran menores el empeño del navegante genovés y la recompensa prometida: además del título de «almirante mayor de la mar océano», le habían asegurado —detalla— nombrarlo virrey y «gobernador perpetuo de todas las islas y tierra firme que yo descubriese y ganase». 

Estos, descubrir y ganar, son los términos con los que Colón se refiere a la que será su hazaña, tanto en el Diario como en la carta que escribe al escribano de la corona, Luis de Santángel, una vez desembarcado en la isla de Guanahani, para avisar de su logro.

Santángel despacha de inmediato la noticia a su par, Alonso de Quintanilla, y poco después la carta se convertirá en imparable best seller en las principales plazas europeas. (Santángel y Quintanilla funcionaban como una suerte de ministros de Hacienda, uno por cada una de las casas que formaban la pareja real: Aragón y Castilla.)

En sus relaciones, Colón habla siempre de «descubrir», de «encontrar», «conseguir», «ganar», «fallar» («hallar», con la típica f- inicial latina que, en muchos casos, se fue convirtiendo en h). Así también aparece referido el acontecimiento de 1492 en otros documentos posteriores.

El licenciado Marcos Felipe, por ejemplo, en su epitafio de Hernando Colón, hijo del almirante, se refiere a Cristóbal como quien «descubrió y halló las Indias y el Nuevo Mundo».

Por supuesto que Colón no habla de sí mismo como inventor ni de su aventura como inventio (en latín). Mucho menos de heurésis o heuretés (en griego). Juan Gil, editor de las cartas colombinas, advierte que, por ser entrenado hombre de mar, «estaba acostumbrado a chapurrear mil lenguas sin lograr expresarse bien en ninguna».

Por eso su escritura, una mezcla de varios dialectos italianos con un portuñol antiguo y algunas palabras sueltas de un latín muy básico, reproduce esa jerga levantisca en la que un marino podía hacerse entender en cualquier puerto, sin enredarse en cuestiones filológicas.

Colón tampoco se interesa por corregir las transcripciones que otros hacen de su aventura a la lengua del saber erudito, en las que sí aparece la familia lexical del invenio. Ni se detiene en ellas ni podría evitarlas.

Colón no hizo el descubrimiento de América: los mitos del encuentro de los  mundos

En el relato de su llegada a una isla del archipiélago de los Lucayos, una de las actuales Bahamas, a la que denomina La Española, Colón describe un panorama de prosperidad inaudita. En un tramo, por ejemplo, cuenta que avanza por tierras «fertilísimas en demasiado grado», atravesadas por «fartos ríos y buenos y grandes ques maravilla», con sierras transitables y alta vegetación.

Con árboles que «parescen que llegan al cielo», unos floridos, otros cargados de frutos, «tan verdes y tan fermosos como son por mayo en España». Enfatiza la gran diversidad de especies que observa, las cuales se distinguen «por la diformidad fermosa dellas». Hay «pinares a maravilla» y «campiñas grandísimas, y hay miel, frutas», y «muchas minas de metales».

Terrenos propicios «para plantar y sembrar, para criar ganados de todas suertes, para edificar ciudades y lugares», con «ríos muchos, de gran torrente, los más de los cuales traen oro». 

Narra el encuentro con los pobladores locales, que transcurre sin hostilidad: curiosidad mutua e intercambio cordial de regalos, por más desigual que sea el trueque. Detalla algunas costumbres, sus herramientas, su indumentaria escasa, sus «perros mastines y branchetes» (del francés blanchet: perrito blanco, faldero).

Observa que nunca ladran. En un momento culminante de su descripción de La Española, el propio Almirante se mezcla con el paisaje: «Y cantaba el ruiseñor y otros pájaros de mil maneras en el mes de noviembre por allí donde yo andaba». Dice Borges que «el ruiseñor, en todas las lenguas del orbe, goza de nombres melodiosos».

En la primera narrativa que tuvo Europa de lo que años más tarde se va a denominar continente americano, Colón lo nombra en castellano.

Algunos meses más tarde, mientras va regresando a España, ratifica su certeza de haber llegado no solo a Oriente sino al confín, es decir, al paraíso que la Biblia sitúa en la tierra. El jueves 21 de Hebrero de 1493, siempre en el Diario, anota: «bien dixeron los sacros theólogos y los sabios philósophos que el Paraíso Terrenal esta en el fin de Oriente, porque es lugar temperadíssimo, así que aquellas tierras que agora él avía descubierto, es —dize él— el fin del Oriente».

Colón es en realidad un invento de patriotas gringos

– Lo que Colón inventó

En 1798, Kant publica sus clases de antropología, dictadas en la Universidad de Königsberg en dos épocas diferentes: corresponden a cursos de 1772-1773 y de 1795-1796.

En el libro segundo de este tratado, dedicado al placer sensible y estético, Kant subraya una importante distinción conceptual en lengua alemana (que corresponde con la diferencia entre los dos principales significados implícitos en el latín invenio y el griego heurísko). La ilustra con el caso de Colón. 

«Inventar algo es muy diferente de descubrir algo. Pues la cosa que uno descubre se supone previamente existente, solo que aún no conocida, p. ej., América antes de Colón; pero lo que se inventa, p. ej., la pólvora, no era conocido antes del artífice que lo hizo.

Las dos cosas pueden tener mérito, pero se puede encontrar algo que no se buscaba (como el alquimista que encontró el fósforo) y eso no es mérito alguno…». (Antropología en un sentido pragmático 57, traducción de Mario Caimi)

Kant viene hablando del placer estético y quiere distinguir al genio (que requiere imaginación no imitativa, originalidad) de las «mentes mecánicas» (concentradas en el aprendizaje de la técnica artística, con reglas, imitación, reiteración).

Opone así a quienes, como Leonardo da Vinci, «muchas veces toman caminos nuevos y revelan nuevas perspectivas», de quienes, aunque no hayan marcado una época, acaso hayan contribuido más a desarrollar las artes, «con su entendimiento cotidiano que progresa lentamente guiado por el bastón y la vara de la experiencia».

Unos parágrafos más adelante, al margen ya del gusto, Kant vuelve sobre los términos que expresan el aumento del conocimiento. Y al profundizar la clasificación anterior, vuelve a ejemplificar con Colón:

«Descubrir algo, [es] ser el primero en percibir algo que ya estaba, p. ej. América, la fuerza magnética que se orienta a los polos, la electricidad del aire. Inventar algo, llevar a la existencia efectiva algo que aún no existía, p. ej., la brújula, el aeróstato…». (Antropología… 72)

Así fueron los cuatros viajes de Colón a América

Kant, una de las mentes más agudas del siglo XVIII, da a entender que Colón simplemente descubrió algo que ya estaba ahí.

En el siglo XIX, Nietzsche alude a esta misma distinción de la Antropología… en tono sarcástico.

Es decir, para burlarse de Schelling y del idealismo que siguió a Kant, habla de ese periodo como «la luna de miel de la filosofía alemana».

Una época inocente, ingenua, «en la que aún no se sabía mantener separados el descubrir y el inventar…».

Ahora, más allá de sus comentarios cáusticos, Nietzsche tampoco advierte las anteojeras especulativas con las que se está observando la llegada de Colón a América.

El hecho de ver allí solo un descubrimiento y no todo lo que esa empresa tiene de invención

Probablemente no fuera una invención del todo original: en la América que Colón proyecta se combinan imágenes preexistentes de origen diverso. Un mapa que sitúa a Oriente en el Caribe, una topografía edénica inspirada en relatos bíblicos, una fauna capaz de dotar a esa geografía nueva, ignota, de algún rasgo familiar. Porque en las Bahamas no había ruiseñores.

Ni los pobladores locales reaccionaban todos con curiosa amabilidad. No tenían mastines, ni mucho menos perritos falderos. Y a los perros que criaban en ámbito doméstico se los comían.

En viajes sucesivos, los colonizadores iban a introducir otras razas caninas, más agresivas, para doblegar a poblaciones rebeldes. No se trataba, en fin, de la Isla de los Bienaventurados ni de ningún otro paraíso, pagano o judeocristiano.

– Epílogo

La Argentina, descubrimiento un poco más tardío, algo relegada del primer impulso colonizador, tampoco ha sido un lugar idílico. No lo era en 1536, cuando los querandíes incendiaron y destruyeron el fuerte de Santa María del Buen Aire, el primer asentamiento de lo que un día iba a ser nuestra capital. Tampoco ha sido lugar idílico en el siglo XX.

Sin ir más lejos, Abel Orlando Pugliese, que en ocasión del quinto centenario proponía un periplo filosófico portentoso, había sido profesor de Gnoseología y Filosofía de las Ciencias en la Universidad de Buenos Aires hasta 1974.

Ese mismo año, durante el gobierno de Isabel Perón, con la universidad intervenida, la Facultad de Filosofía y Letras fue clausurada y sus profesores, cesanteados. Entonces Pugliese, que había recibido un doctorado en Friburgo y título de matemático en la Universidad Tecnológica de Berlín, fue distinguido allí como catedrático. Residió en Europa hasta su muerte.

Pero a partir de 1992 y durante unos diez años fue alternando sus compromisos profesionales en Alemania con algunos cursos en Buenos Aires.

Sin recompensas de ninguna corona, sin la promesa de cargos honoríficos, volvía a adentrarse en un mar de incertidumbres y desembarcaba en un territorio ansiado, a veces hostil, para enseñar a un grupo estudiantes ávidos la coincidencia del descubrir y el inventar.

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Sorprendentes métodos de la medicina medieval: las ruedas de orina y la uroscopia…


Doctor de pueblo examinando la orina de una muestra (década de 1640), óleo de David Teniers el Joven. 

Ancient Origins(W.Mingren) — En la medicina moderna, las muestras de orina son examinadas rutinariamente en laboratorios para obtener información clínica sobre un paciente. Este procedimiento, conocido como análisis de orina, fue desarrollado a partir de un proceso médico más antiguo llamado uroscopia. Aunque esta última técnica ha quedado en gran parte desacreditada hoy en día, los médicos del pasado utilizaron ruedas de orina para diagnosticar enfermedades hasta mediados del siglo XIX.

– La historia de la uroscopia

La historia de la uroscopia se remonta hasta las épocas de las antiguas Grecia y Roma. Uno de los médicos más renombrados de la época clásica fue Hipócrates, y las instrucciones para el examen de orina pueden enconrarse en el Corpus Hippocraticum. Esta obra es una recopilación de textos médicos redactados por diversos autores pertenecientes a la conocida como Escuela de Hipócrates.

 ‘El alquimista médico’, óleo de Franz Cristoph Janneck. (Dominio público)
 ‘El alquimista médico’, óleo de Franz Cristoph Janneck.

En el texto titulado Pronósticos se mencionan los diferentes colores y consistencias de la orina. Estas dos características de la orina de una persona pueden utilizarse entonces para hacer pronósticos sobre el curso de la enfermedad. Sin embargo, los médicos del mundo clásico no daban demasiada importancia a la uroscopia.

Fue sólo durante la Edad Media cuando la uroscopia se convirtió en un importante método de reconocimiento médico. Una posible razón de esto es el hecho de que en aquella época se consideraba socialmente inaceptable examinar directamente a un paciente, o incluso que él o ella se desnudara delante del médico. Por lo tanto, mediante la observación de la orina de una persona el médico esperaba ser capaz de diagnosticar su enfermedad.

Constantino el Africano examina la orina de diferentes pacientes. (Dominio público)
Constantino el Africano examina la orina de diferentes pacientes.

Durante la Edad Media, la uroscopia fue empleada no sólo por los médicos europeos occidentales, sino también por sus homólogos bizantinos y árabes. De hecho, el legado de los médicos clásicos fue preservado por los bizantinos, a quienes sucedieron los árabes en esta tarea. Por otra parte, fue a través de estos últimos como la uroscopia regresó a Europa Occidental.

– La rueda de orina medieval

La urología fue ayudada en gran medida durante la Edad Media por el desarrollo de la rueda de orina. En esencia, se trataba de un diagrama (en forma de rueda, de ahí su nombre) que ayudaba al médico medieval en su diagnóstico de la enfermedad del paciente.

La rueda de orina está dividida en 20 partes, cada una de las cuales muestra un color diferente de la orina. Además de observar la orina, podemos suponer que los médicos de la Edad Media se basaban también en su sentido del gusto y del olfato, ya que el sabor y el olor de la orina de un paciente eran afectados por la enfermedad que padecía, y por lo general se correspondían con unos colores específicos.

Rueda de orina medieval. (OnlineRover)
Rueda de orina medieval.

Las variaciones en el sabor y el olor de la orina estaban también descritas en la rueda de orina. Por ejemplo, el médico inglés del siglo XVII Thomas Willis señalaba que la orina de un paciente diabético sabía “maravillosamente dulce, como si estuviera impregnada con miel o azúcar.”

Fue Willis quien acuñó el término ‘mellitus’ (que significa ‘endulzado con miel’) en la diabetes mellitus, y este trastorno era conocido en el pasado como ‘enfermedad de Willis’.

Como la uroscopia se convirtió en una importante herramienta para los médicos de la Edad Media para diagnosticar enfermedades, muchos tratados sobre este tema fueron escritos y publicados en toda Europa. Por supuesto, estas obras habrían incluido las ruedas de orina, y muchos ejemplos de esta herramienta para el diagnóstico de enfermedades han sobrevivido hasta el día de hoy.

Otra versión de la rueda de orina medieval. (OnlineRover)
Otra versión de la rueda de orina medieval.

Es gracias a estas obras y a las ruedas de orina que tenemos algún conocimiento de la forma en que era empleada la uroscopia por los médicos medievales. Uno de estos tratados, por ejemplo, es De Urinis, de Gilles de Corbeil, un poema médico del siglo XIII sobre la uroscopia. Los colores de la orina de los que habla esta obra incluyen el verde, el blanco, el morado y el color vino.

Ni que decir tiene que Corbeil también instruía a sus lectores acerca de lo que dicen estos diferentes colores sobre la salud del paciente.

Ilustración europea medieval del médico persa Al-Razi en la obra de Gerardus Cremonensis “Recueil des traités de médecine” (1250-1260). Un cirujano (izquierda) examina el contenido de la mátula, recipiente utilizado antiguamente para recoger la orina. (Dominio público)
Ilustración europea medieval del médico persa Al-Razi en la obra de Gerardus Cremonensis “Recueil des traités de médecine” (1250-1260). Un cirujano (izquierda) examina el contenido de la mátula, recipiente utilizado antiguamente para recoger la orina.

– Los análisis químicos se imponen

Los médicos europeos siguieron utilizando la uroscopia y las ruedas de orina para diagnosticar a sus pacientes, independientemente de su condición social, hasta mediados del siglo XIX.

La orina del rey Jorge III del Reino Unido, por ejemplo, era al parecer de color púrpura, lo que podría ser un indicio de que sufría de porfiria, un grupo de enfermedades que afectan negativamente al sistema nervioso. Se ha especulado que este hecho podría haber sido el causante de la locura por la que este rey era tristemente famoso.

Jorge III del Reino Unido (1771), óleo de Johann Zoffany. (Dominio público) Al parecer la orina de este rey era de color azulado o púrpura.
Jorge III del Reino Unido (1771), óleo de Johann Zoffany. Al parecer la orina de este rey era de color azulado o púrpura.

Hacia finales del siglo XIX, los análisis químicos comenzaron a ser utilizados para examinar la orina. En consecuencia, la uroscopia y las ruedas de orina cayeron en desuso, y los médicos ya no tuvieron necesidad de probar el sabor de la orina de sus pacientes.

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El campo de concentración en una isla africana en el que la dictadura de Portugal encerró a sus oponentes


Entrada al campo de Tarrafal
Cabo Verde fue colonia portuguesa hasta 1975, año en el que obtuvo su independencia.

BBC News mundo(J.Rei) — Edmundo Pedro (1918-2018), ingresó al campo de concentración de Tarrafal, en la isla de Santiago, en Cabo Verde, a los 17 años.

Formó parte del primer grupo de prisioneros que fueron a construir el campo, que en ese momento contaba con poco más que tiendas de campaña. Era octubre de 1936.

Edmundo Pedro había sido detenido ocho meses antes por dirigir las Juventudes del Partido Comunista y embarcado hacia Tarrafal sin saber muy bien adónde se dirigía.

Su padre, Gabriel Pedro, también era opositor al gobierno y viajaba junto a él. Ninguno de los dos sabía en ese momento cuánto tiempo pasarían en el exilio. Regresaron 10 años después.

La Colonia Penal de Cabo Verde, nombre oficial del campo de Tarrafal, fue creada en abril de 1936, en el contexto de varias protestas sociales que habían comenzado con la huelga general del 18 de enero de 1934 en Portugal, en la que hubo numerosas detenciones.

El régimen creó un campo de concentración en una de sus colonias y deportó allí a los prisioneros que consideraba ideológicamente más peligrosos.

«La primera fase del campo acogió principalmente a presos políticos opuestos al régimen: anarcosindicalistas, comunistas y socialistas«, explica la historiadora Isabel Flunser Pimentel.

«Se parecía a los campos, no de exterminio, pero si a los campos de concentración que existían en la Alemania nazi o en la España franquista. El objetivo no era matar a los prisioneros, sino neutralizarlos, encerrarlos lo más lejos posible y dejarlos morir», agrega.

Al principio era sólo un campo con tiendas de lona. «Fueron los propios presos, sometidos a trabajos forzosos, quienes construyeron las distintas instalaciones», afirma Nélida Brito, profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Cabo Verde.

Por allí pasaron 340 prisioneros, todos portugueses, en lo que se conoció como la «primera fase» del campo.

Las condiciones eran terribles: además de los malos tratos y las palizas, había escasez de alimentos, falta de condiciones higiénicas (los «baños» eran cinco agujeros en el suelo con latas en su interior), combinado con el clima hostil de Cabo Verde y los peligros de contraer malaria por las picaduras de mosquitos debido a la falta de atención médica.

Tanto era así que Tarrafal empezó a ser conocido como “el campo de la muerte lenta”.

La construcción del campo, en las primeras décadas del siglo XX
La construcción del campo, en las primeras décadas del siglo XX.

Quien hoy visita el campo de Tarrafal, transformado en Museo de la Resistencia, puede leer, inscrita en las paredes, la declaración de intenciones del médico Esmeraldo Pais da Prata, que debía velar por la salud de los prisioneros: «No vengo aquí para curar, sino para expedir certificados de defunción».

«33 presos murieron entre 1936 y 1954. La mayoría por enfermedades como malaria o diarrea, a consecuencia del agua que bebían, que no era potable. Pero otros por los malos tratos que sufrían», dice Nélida Brito.

El peor de los castigos fue la llamada «sartén». Creada por el primer director del campo de Tarrafal, Manual dos Reis, en 1937, era una «caja» de hormigón de seis metros de largo, tres de ancho y con una pequeña grieta en el techo.

«Expuesta al intenso sol de Cabo Verde, el calor en el interior podría alcanzar los 60ºC «, afirma la profesora de historia.

– La «sartén»

«Cuando estaba en la sartén -con doce hombres más- la humedad del aliento se condensaba en las paredes por donde se escurría. No hace falta mucha imaginación para hacerse una idea de lo que podría pasar cuando doce hombres intentaban respirar dentro de una caja así, con el sol tropical calentando el exterior, y la evaporación del aire respirado corriendo por las paredes«, escribió Gilberto Oliveira, prisionero del campo, en el libro Memória Viva do Tarrafal.

«Los cuerpos estaban empapados, el aire sin oxígeno era asfixiante, la sangre palpitaba en la cabeza y elpecho quedaba oprimido en una semiasfixia enloquecedora. Y a esto hay que sumar toda esa humedad viscosa en la que se mezclabanlos ácidos putrefactos de la lata en la que todos hacían sus necesidades. En definitiva, un agujero donde los hombres eran tratados peor que los animales«, escribe.

Gabriel Pedro, padre de Edmundo Pedro, fue el preso que pasó más tiempo allí: 135 días. Su desesperación era tal que un día intentó quitarse la vida cortándose las muñecas con una lata. Lo encontraron a tiempo para salvarle la vida.

El joven Edmundo estuvo encerrado en la sartén durante 70 días, tras un intento de fuga.

«No se imaginan lo que fue eso. La temperatura adentro llegaba a casi 50 grados. Por la noche había condensación así que la humedad corría por las paredes y la lamíamos. Nos quitaron el agua. No puedo explicar el grado de sufrimiento», dijo en una entrevista con un periódico local en 2017.

Vista del campo de concentración de Tarrafal, en la isla de Santiago, en Cabo
Vista del campo de concentración de Tarrafal, en la isla de Santiago, en Cabo Verde.

La mayoría de los prisioneros terminaron en el campo de Tarrafal sin ningún juicio. “Este es el caso de Edmundo Pedro”, dice la historiadora Irene Flunser Pimentel. «Estuvo allí durante 10 años y sólo cuando regresó a la metrópoli fue juzgado y condenado a una pena de medio año, que, por supuesto, ya no cumplió».

En 1954, años después de la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial y de cierta presión internacional, el campo fue cerrado.

Sin embargo, en 1961, con el fin de la guerra de ultramar y con los movimientos independentistas en las colonias portuguesas, el régimen decidió abrir de nuevo el campo.

Se cambió el nombre, se convirtió en Campo de Trabajo de Chão Bom y se destruyó la «sartén».

– La segunda época del campo

En su lugar aparece la «holandinha», una construcción de cemento, también precaria, pero que se encontraba dentro de otro edificio, imposible de ver desde el exterior.

En esta segunda fase, los prisioneros no eran antifascistas portugueses, sino miembros de los movimientos de liberación de las colonias africanas.

«Por allí pasaron 107 angoleños, 100 guineanos y 20 caboverdianos. En esta segunda fase, no hubo tanto trabajo forzoso, sobre todo porque el campo ya estaba construido y pasaban allí la mayor parte del tiempo encerrados», afirma Nélida Brito.

«Se creó una biblioteca que tenía tres funciones: la de biblioteca, gracias al envío de libros, la de escuela y la de iglesia. Además, gracias a la complicidad de algunos guardias, [los presos] obtuvieron 3 radios. Las condiciones continuaron siendo duras (siguieron existiendo castigos corporales y condiciones insalubres), pero no hubo nada de la brutalidad de la primera fase».

Imagen del campo de concentración de Cabo Verde con descripciones de las instalaciones.
Imagen del campo de concentración de Cabo Verde con descripciones de las instalaciones.

Los prisioneros estaban separados por nacionalidades y los guardias no permitían que se mezclaran, para que los diferentes movimientos políticos no «alimentaran» a los demás.

Durante los muchos años que todos estuvieron allí, los prisioneros desarrollaron formas de resistencia.

«Muchos hicieron lo que llamaron superación académica. Los que tenían más estudios enseñaban a otros, algunos sólo sabían escribir su nombre. Y este aprender unos de otros era una manera de sobrevivir y resistir esa opresión», dice Diana Andringa, periodista y autora del documental “Memorias del Campo de la Muerte Lenta”.

Grabado en 2009, en el 35º aniversario del cierre del campo, el documental muestra el reencuentro de los prisioneros que sobrevivieron.

– La maldad inútil

«Fue muy conmovedor vivir eso. Muchos ni siquiera se conocían, la mayoría nunca había regresado allí y compartir recuerdos comunes fue curativo. Entraron allí de una manera diferente, como vencedores, porque lo que estos africanos, encarcelados en los años 60, tenían común con los portugueses, encarcelados en los años 30, era el antifascismo y el anticolonialismo”.

En las imágenes hay relatos de extrema crueldad. De violencia, palizas, historias de aislamiento en la “holandinha” que terminaron en locura. Pero lo que más impresionó a la periodista fue lo que ella llama «la maldad inútil».

«Algunos fueron arrestados con sus padres y, cuando llegaron aquí, fueron obligados a desnudarse. Muchos angoleños y guineanos prefirieron ser golpeados antes que desnudarse delante de sus padres. Eso, en sus culturas, es algo que no se hace. Y es aquí donde el colonialismo muestra una falta de respeto total hacia la cultura ajena, y es allí donde los ataca brutalmente”, dice la periodista.

Patio interno del campo de concentración.
Patio interno del campo de concentración.

«A las familias de los guineanos se les dijo que habían muerto. Y muchos tuvieron un funeral. El peso que esto deja en una familia, el trauma de saber más tarde que un niño fue enterrado en vida… Recuerdo también a la esposa de un anarquista portugués, Mário Castelhano, a la que le devolvieron una carta con la palabra ‘murió’ escrita en rojo. 

Así se enteró de que su marido había muerto. Estas son las brutalidades que más me impactaron, porque es una maldad inútil. No tiene ningún propósito, sólo hacer más daño”, dice.

Cuando se produjo la revolución en Portugal el 25 de abril de 1974, algunos presos escucharon la noticia por la radio. Y también recibieron información de algunos guardias que tenían relación con algunos presos.

«Tengo una buena noticia para ustedes, algo pasó allí», les dijo a escondidas un guardia caboverdiano. Pero ahí no pasa nada. Al menos hasta el 1 de mayo.

Esa mañana, una multitud se reunió en la puerta del campo y exigió la liberación de los prisioneros. El director del campo, Dadinho Fontes, y algunos militares entraron en el campo, anunciaron un cambio de régimen y liberaron a los prisioneros.

Cuando salieron, los presos fueron aclamados por la multitud que los llevó en hombros hasta el centro de la ciudad, en una fiesta que se prolongó durante todo el día.

«El punto no es que intentaran matarnos lentamente», dice en un momento del documental Jaime Schofield, un caboverdiano apresado en 1967. «Lo más importante es que rechazamos esa muerte lenta. ¡En Tarrafal reinventamos la vida, siempre!».

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Crucifixiones, barcos y 3.000 actores: el misterio del espectáculo inaugural del Coliseo de Roma…


Representación de un combate en el Coliseo de Roma

abc(I.Viana) — No lo ha tenido fácil el Coliseo de Roma en los últimos años, tras haber sobrevivido a todo tipo de guerras e inclemencias en sus dos mil años de vida. En 2016 tuvo que ser sometido a una trabajosa tarea de limpieza, la primera de tipo integral que se le ha realizado a lo largo de su historia y que se prolongó durante tres años.

A este trabajo le siguió después la restauración del interior del recinto, que costó 15 millones de euros. En 2020, se anunció la reconstrucción de la arena, donde luchaban hasta morir los gladiadores y las fieras.

A pesar de todos los intentos por recuperar su esplendor, ese mismo año las autoridades de Roma mostraron «preocupación por su supervivencia», debido al gigantesco proyecto de la línea C del metro. Unos trabajos con los que el Ayuntamiento de Roma esperaba ofrecer una solución al enorme problema de movilidad que padecía el centro de la capital italiana.

El miedo se debía a que las obras tenían que pasar a solo 13 metros de este conjunto arquitectónico construido en época de los emperadores Vespasiano y Tito.

En este reportaje, sin embargo, no queremos centrarnos en los problemas de los últimos años, sino en el origen del majestuoso edificio. Concretamente en sus primeros días y en el acto inaugural, que según los testimonios existentes provocó muchas más víctimas que cualquiera de los celebrados en los siglos siguientes.

Cuentan Keith Hopkins y Mary Beard en ‘El Coliseo’ –publicado ahora por primera vez en España por la editorial Crítica–, que el también conocido como Anfiteatro Flavio se inauguró oficialmente en el 80 d. C. con un gran espectáculo de combates, caza y derramamiento de sangre que duró nada menos que cien días.

La magnitud de aquella matanza es difícil de calcular y siempre ha estado rodeada de misterio.

«No tenemos ninguna cifra sobre las muertes de gladiadores, pero el biógrafo de Tito, Suetonio, asegura que durante dichas celebraciones fueron matados cinco mil animales, una afirmación que unos pocos académicos modernos han reinterpretado audazmente en el sentido de ‘todos los días’ del espectáculo.

Esa deducción arroja una cifra total exagerada y francamente inverosímil de medio millón de víctimas animales», advierten los autores.

El Coliseo romano

La construcción

La construcción del famoso coliseo ha sido representada recientemente en la serie ‘Those about to die’, de Prime Video, basada en la novela de Daniel Pratt. Ya reconoció Ridley Scott en más de una entrevista que si hubo un autor que le inspiró a la hora de hacer la película de ‘Gladiator’ fue precisamente este escritor.

La trama se desarrolla en diez episodios y está ambientada en esos mismos años del Imperio romano, su época más dorada, que giran en torno a las intrigas políticas alrededor de la figura del emperador Vespasiano, el mismo que inició la construcción del anfiteatro y interpreta magistralmente Anthony Hopkins.

Fue el anfiteatro más grande del el Imperio romano, realizado con bloques de travertino, hormigón, madera, ladrillo, piedra, mármol y estuco. Sus dimensiones son igualmente descomunales.

En la Antigüedad tenía un aforo de 65.000 espectadores, con ochenta filas de gradas. Su inauguración fue organizada por el hijo del emperador Vespasiano, Tito, en el 80 d. C. El objetivo era celebrar la finalización de las obras que habían comenzado en el 70 y que fueron completadas por él tras la muerte del progenitor en el 79.

El reinado del joven Tito se había iniciado con varias catástrofes, como la erupción del monte Vesubio, un incendio en Roma y un brote de peste, por eso se cree que organizó cien días de juegos, para intentar apaciguar los ánimos de los ciudadanos y de los dioses.

Uno de los relatos más completos de aquellos actos lo escribió el historiador Dion Casio a finales del siglo II, con una visión un poco más comedida que ese medio millón de animales muertos, pero igualmente sorprendente.

Él calculó que las bestias sacrificadas fueron 9.000. En otro texto en el que comentaba los juegos ofrecidos por Julio César en el 46 a. C, el autor reflexionaba sobre la dificultad de calcular el cómputo exacto de combatientes y víctimas.

«Si alguien quisiera documentar la cantidad, tendría dificultades para averiguarla y no sería necesariamente un cálculo riguroso, porque todas estas cosas se agrandan y exageran», lamentaba.

Los planes secretos del Vaticano para convertir el Coliseo de Roma en una  casa de prostitutas o una plaza de toros

Ejecuciones

Las jornadas de celebración se dividían en tres partes. Los juegos con animales se conocían como «venationes» y tenían lugar por la mañana. Por las tarde se producían los combates de gladiadores y la recreación de batallas famosas. La parte más salvaje, la de las ejecuciones de criminales, se producía a mediodía, como si de un aperitivo se tratara.

Aunque este festival de muerte era visto como un símbolo del poder de Roma, las clases más altas normalmente aprovechaban ese momento para dejar el anfiteatro e irse a comer. Algunos emperadores, incluso, fueron criticados por no quedarse a disfrutar de esa parte del espectáculo. Parece ser que Tito era de los que se regocijaba con esas escenas.

Las víctimas incluían desertores, prisioneros de guerra y todo tipo de delincuentes de las clases bajas, para entretenimiento del vulgo. Se realizaban mediante crucifixiones o echándoselos a los animales más salvajes para que se dieran un festín con ellos.

La recreación más gráfica de todos estos eventos se encuentra en los poemas de Marco Valerio Marcial, titulado ‘Libro de los espectáculos’, escrito para conmemorar la inauguración del anfiteatro.

En él registró así la crucifixión de un bandido:

«Al igual que Prometeo, atado en las rocas de Escitia, alimentó con su hígado potente al águila puntual a su cita. Colgado en la cruz, presentó sus entrañas desnudas al oso. Sus músculos lacerados palpitaban en sus miembros sangrantes y en todo su cuerpo no había cuerpo por ninguna parte. Por fin recibió el castigo que merecía: el culpable había cruelmente clavado un cuchillo en el cuello de su padre o en el de su dueño».

En los juegos con animales participaban especies traídas de todos los puntos del Imperio romano, incluso las más exóticas, que ponían a pelear entre sí. El mismo Dion habla de la caza de grullas y otra en la que aparecieron cuatro elefantes.

También cuenta que en las cacerías de animales salvajes dentro del Coliseo participaban mujeres, aunque el historiador se esforzaba por recalcar que no eran mujeres «de distinción social». Marcial, por su parte, menciona elefantes, leones, leopardos, por lo menos un tigre, liebres, cerdos, toros, osos, jabalíes, un rinoceronte, un búfalo y un bisonte. También de avestruces, dromedarios y cocodrilos.

Según sus notas, hubo una competición entre un elefante y un toro, de la que el paquidermo resultó vencedor. Tras su victoria, asegura, el elefante se arrodilló ante Tito. No se especifica si el animal había sido adiestrado, como es de suponer, pero Marcial atribuyó el hecho a un reconocimiento espontáneo del poder del emperador.

El poeta latino también menciona a otro toro que, tras haber sido enfurecido mediante la utilización de fuegos en el Coliseo, fue golpeando diversos objetos a lo largo de la arena que fue embestido por otro elefante y murió.

«Los poemas nos ayudan a captar no solo lo que sucedió, sino también lo que un público romano sofisticado pudo encontrar de admirable en sus representaciones horribles y sangrientas.

Nos enfrentan cara a cara con la exquisita inventiva de la crueldad», subrayan los autores de ‘El Coliseo’, sobre este poemario que empieza elogiando la grandeza del edificio y continúa destacando la variedad del público que acudió al «mayor espectáculo del mundo» aquel año 80.

«Una maravillosa combinación de campesinos de las tierras salvajes del norte de Grecia, los peculiares sármatas del Danubio que beben sangre de sus caballos y los germánico y etíopes, luciendo cada uno un estilo diferente de cabello rizado».

La inundación

Una de las cuestiones que durante siglos ha desconcertado a los arqueólogos e historiadores es si realmente se inundó o no la arena durante los juegos inaugurales.

Dion Casio escribió convencido que «Tito llenó repentinamente la arena con agua e introdujo en ella caballos y bueyes que habían aprendido a comportarse en líquido del mismo modo en que lo hacían en tierra seca».

Es decir, que habían aprendido a nadar.

Y, a continuación, describía los barcos que Tito sacó a la misma arena del Coliseo inundado para representar uno de los combates que libraron las ciudades de Corinto y Corcira en la Grecia del siglo V a. C.

«Evidentemente, este espectáculo extraordinario no habría sido posible en el edificio tal y como está hoy, porque no hay manera de que los cimientos de la arena, con sus intrincados ascensores y demás artilugios para elevar a los animales, pudieran ser impermeables.

Puede que cuando se construyó el anfiteatro, antes de la instalación de toda aquella ingeniosa maquinaria, hubiera la posibilidad de inundarlo», explican Beard y Hopkins. Suetonio, por su parte, sugiere con toda certeza que hubo juegos de agua en un espacio diferente construido para este propósito.

Esta afirmación está en la línea de otro apartado de Casio, en el que comenta que dichos espectáculos se extendieron por toda la ciudad durante esos cien días y asegura que en ellos se escenificaron deportes acuáticos. Entre ellos, una batalla naval en la que participaron tres mil figurantes.

Pero tanto si el anfiteatro se convirtió en un lago gigantesco o no, lo cierto es que la amplia gama de exhibiciones que se ofrecieron durante la inauguración del Coliseo fueron las más suntuosas que se podían recordar en aquella época. Unas que únicamente estaban al alcance de ser costeadas por el Imperio.

nuestras charlas nocturnas.


Carlos Meyer Baldó, el piloto venezolano que voló bajo las órdenes del “Barón Rojo” durante la Primera Guerra Mundial…


Retrato de Meyer Baldó con su uniforme alemán
El teniente Carlos Meyer Baldó es el único as de la aviación que tiene Venezuela, pues en la Primera Guerra Mundial derribó a cuatro aviones enemigos.

BBC News Mundo(J.F.Alonso) — Hace 110 años el mundo entró en un conflicto como nunca antes.

La Gran Guerra o la Primera Guerra Mundial fue un enfrentamiento sin precedentes que abarcó a casi toda Europa y arrastró a países de varios continentes.

Sus efectos fueron devastadores: más de 10 millones de militares y 9 millones de civiles muertos. Asimismo, los bandos no solo lucharon por tierra y mar como en el pasado, sino que también lo hicieron en el aire.

Entre esos pioneros que combatieron en los cielos hay uno que, por su origen, no debía estar allí. Se trata de Carlos Otto Meyer Baldó, un venezolano que voló bajo las órdenes de Manfred von Richthofen, el As de la aviación germana que pasaría a la historia con el apodo del “Barón Rojo”.

¿Por qué Meyer terminó luchando en un conflicto en el que su país natal no era parte ni estaba involucrado? ¿Cómo se hizo piloto? Para responder estas preguntas BBC Mundo entrevistó a historiadores y consultó registros oficiales.

– Una serie de casualidades

Meyer nació en Maracaibo, la capital del occidental estado Zulia (fronterizo con Colombia) el 21 de abril de 1895 en el seno de una familia acomodada y fue bautizado como Karl Otto (Carlos Otto).

Su padre, Johannes Ludwig Karl Meyer Groeve, era un comerciante alemán que se trasladó a finales del siglo XIX a Venezuela atraído por el entonces lucrativo negocio del café.

El empresario llegó como empleado de firmas dedicadas a la exportación de productos agrícolas, pero luego se convirtió él mismo en productor del preciado grano al adquirir grandes plantaciones cafeteras en la zona de Los Andes.

En Venezuela el emigrante conoció a María Amelia Baldó Jara, con quien se casó y tuvo a nueve hijos, de los cuales Carlos sería el quinto.

La participación de Meyer en el conflicto bélico la sellaría, sin intención, su propio padre, quien tras deshacerse del negocio cafetero se mudó con toda su familia de regreso a Alemania, más precisamente a Hamburgo.

“En 1914, cuando estalla la guerra, Carlos estaba en Alemania y como era ciudadano alemán fue llamado a tomar las armas, como ocurrió con todos los demás habitantes de ese país”, afirmó Clemente Balladares Castillo, quien ha escrito dos libros dedicados al personaje.

Un cartel del ejército británico donde se resaltan los tanques, aviones y vehículos mecanizados
En la Primera Guerra Mundial hicieron su aparición las ametralladoras, los tanques y los aviones, cambiando para siempre la manera en que se combate.

Con 18 años cumplidos se alistó en el III Escuadrón de Caballería Dragones Rey Karl I de Rumania y tras un breve entrenamiento fue enviado al frente ruso.

Sin embargo, en 1916 vuelve a Alemania, se lee en el libro «Historia de la Aviación Militar Venezolana».

En este momento otra coincidencia le abriría al joven las puertas al novedoso y peligroso mundo de la aviación castrense.

“Los soldados de clase media, como él, generalmente comenzaban en la caballería«, explicó Balladares, quien pese a ser biólogo de formación, siempre le ha interesado la historia y dedicó más de una década a investigar en Venezuela, en Estados Unidos y en Alemania sobre el aviador.

«En la Primera Guerra Mundial la caballería empezó a perder relevancia debido a la aparición del tanque, de las ametralladoras y de otros avances tecnológicos. Y, por ello, muchas de las unidades de caballería fueron disueltas y sus miembros buscaron otros destinos: la Marina, por los submarinos; y sobre todo a la aviación”, agregó.

Ilustración realizada por Dario Silva
Los llamativos colores con los que estaban pintados los aviones de la escuadra de von Richthofen le ganaron el apodo del «Circo Volante»

– Con el “Circo Volante”

De vuelta en Alemania el ya teniente Meyer se enrola en la Escuela de la Aviación y sus andanzas por los cielos comenzaron como piloto de observación y de reconocimiento.

Su actuación en el frente francés le hizo merecedor de una condecoración y le permitió alistarse en el escuadrón de combate número 11 (Jasta 11), el cual buscaba nuevos pilotos.

A esta unidad se le conoce como el “Circo Volante”, por los colores llamativos con los cuales estaban pintados de los aviones que lo conformaban.

El aeroplano del líder del grupo, Manfred von Richthofen, era de color rojo intenso. Esto, junto al origen aristocrático del aviador explican porque ha pasado a la historia con el apodo del “Barón Rojo”.

El “Circo Volante” era la unidad élite de la naciente aviación militar germana, pues derribó 644 aviones con sólo 56 bajas. Y Meyer fue el único latinoamericano en formar parte de ella.

El propio Von Richthofen liquidó a 80 rivales en 58 enfrentamientos, antes de ser abatido sobre los cielos de Francia el 21 de abril de 1918, según datos del Museo de la Real Fuerza Aérea de Reino Unido.

Foto de los miembros del "Circo Volante", incluido el Barón Rojo con un vendaje en la cabeza.
Meyer (quien en la foto aparece encendiendo un cigarro) terminó en el llamado «Circo Volante» la unidad élite de la naciente aviación germana.

Aunque en julio de 1917 fue herido por un piloto británico, Meyer se recuperó y probó ser un piloto de caza eficaz.

Él tiene cuatro derribos totalmente confirmados (dos ingleses y dos franceses) y además se cree que logró destruir un avión estadounidense y un globo inglés, por lo que en algunos países se le puede considerar un as de la aviación”, afirmó Balladares.

La contribución del venezolano fue reconocida por las autoridades germanas, quienes le dieron dos cruces de hierro, máximas condecoraciones militares.

“Ser piloto de combate en ese momento no era como ahora, que los enfrentamientos se dan a kilómetros de distancia. En ese momento se luchaba a menos de 50 metros para poder dar en el blanco y los aviones eran de madera y de tela; y no había paracaídas. Los paracaídas apenas llegaron en 1917, en el último año de la guerra”, recordó Balladares.

– De vuelta a casa

Pese a la perdida de Von Richthofen, el “Circo Volante” siguió, ahora bajo las órdenes de Hermann Göering, quien luego sería uno de los máximos líderes del régimen nazi. Y Meyer se mantuvo en la escuadra hasta el final de la guerra el 11 de noviembre de 1918.

Tras un breve período como instructor en la escuela germana de pilotos, el venezolano puso punto final a su carrera militar en tierras europeas y regresó a su casa a dedicarse a los negocios familiares.

Sin embargo, la inestabilidad política en la que se sumió Alemania luego de la conflagración lo obligaron a tomar las armas nuevamente para luchar contra grupos radicales que querrían derrocar a la República de Weimar, apuntó Balladares.

Pero a finales de la década de los 20 Meyer volvió a Venezuela.

“Por lo que he hablado con su familia, Meyer se carteaba con sus primos y uno de ellos, Lucio Baldó, lo convenció de que se regresara«, explicó el biógrafo.

«Seguramente le habrá dicho que gracias al petróleo la economía venezolana estaba creciendo”, agregó.

Portada del libro "Por dos banderas"
El biólogo venezolano Clemente Balladares Castillo pasó más de una década investigando sobre el teniente Meyer Baldó y ha escrito dos libros dedicados a él.

En sus primeros años en Venezuela el aviador trabajó como profesor y administrador de una hacienda en Caracas.

En un evento social conoció a Florencio Gómez Núñez, uno de los hijos del general Juan Vicente Gómez, quien gobernaba el país con puño de hierro. El hijo del “Benemérito” fue uno de los impulsores de la fundación de la Fuerza Aérea Venezolana en 1920.

Gómez Núñez era un apasionado de la aviación y, gracias a la amistad que entabló con él, Meyer ingresó a la Fuerza Aérea, con el rango de inspector e instructor, en 1931. Esto, a pesar de las objeciones que había en la época”, afirmó el coronel (r) César Sánchez.

¿Qué reparos había para que el veterano de la Gran Guerra ingresara a la novísima institución?

“La primera era precisamente su pasado: había servido a una potencia extranjera. Y la otra era que estaba un poco ido del vuelo (desentrenado). Meyer tenía más de una década sin volar y la tecnología había avanzado mucho”, agregó el expiloto militar y ahora profesor de derecho de la Universidad Central de Venezuela (UCV).

Otro obstáculo era el Tratado de Paz de Versalles de 1919, el cual restringía la incorporación de los militares de las potencias derrotadas, entre ellos los alemanes, en cualquier otra Fuerza Armada (artículo 179).

No obstante, el respaldo de Gómez le abrió las puertas a Meyer y el gobierno venezolano lo envió a Estados Unidos para actualizarse y adquirir conocimientos que permitieran consolidar a la institución, que entonces era una dependencia del ejército.

Retrato del dictador venezolano Juan Vicente Gómez con su uniforme
El dictador Juan Vicente Gómez fue convencido por uno de sus hijos de aceptar a Meyer Baldó en la naciente Fuerza Aérea, pese a que éste había servido al bando derrotado en la Primera Guerra Mundial.

– Una demostración que terminó en tragedia

Pese a su probada experiencia y a su nueva formación, las autoridades militares no querían que Meyer volara y lo preferían en tierra sirviendo de ejemplo para los cadetes. No obstante, el oficial en más de una ocasión desobedeció y esto lo condujo a su muerte.

A primera hora de la mañana del 27 de noviembre de 1933 el aviador, junto al mecánico Héctor Arias, abordó en la ciudad de Maracay, a unos 100 kilómetros al oeste de Caracas, un Sterman C-3B, un avión biplano usado en la época para el entrenamiento de pilotos.

al realizar unas piruetas muy violentas el plano superior de la aeronave se desprendió y éste entró en barrena estrellándose contra el suelo. Los ocupantes murieron en el acto.

“El avión tenía una falla en su estructura y él no lo sabía”, afirmó Balladares.

La muerte de Meyer trascendió más allá de las fronteras venezolanas. Así el entonces jefe de la aviación nazi, Hermann Göering, envió una delegación a rendirle honores.

“Con emoción, por unirme al caído lazos estrechos de amistad y de sangre (…) os pido señores, que me acompañen inclinándose conmigo ante quien cumplió siempre su deber de soldado, acudiendo valerosamente entonces a defender su patria alemana y muriendo ahora al servicio de su patria venezolana”, fue el mensaje del entonces jefe de la Luftwaffe, reseñó la prensa local en la época.

“Él es un orgullo nacional (…) es el único as (de combate) que tiene Venezuela”, afirmó su biógrafo.

En similares términos se pronunció Sánchez, quien recordó que “la Aviación Militar tiene una condecoración al mérito llamada Carlos Mayer Baldó y varias dependencias de la institución han sido bautizadas en su honor”.

Foto del avión de Meyer donde se ve que tiene un perro boxer en su exterior
Al avión de Meyer se le conocía como el «Boxer babeante» por tener pintado un perro de esa raza en su exterior.

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Curiosidades insólitas…


– Marjorie McCall: La mujer que murió una vez y fue enterrada dos veces

En el año 1705, en un rincón oscuro de Irlanda, la vida de Marjorie McCall se entrelazó con la muerte de una manera tan escalofriante que aún hoy perdura en la memoria colectiva. Marjorie, víctima de una fiebre mortal, fue rápidamente enterrada, su cuerpo sellado en un ataúd adornado con un valioso anillo que su esposo, John McCall, no pudo quitarle debido a la hinchazón de su mano.

Esa misma noche, la codicia llevó a unos ladrones a profanar su tumba, ansiosos por apoderarse del brillante tesoro. Al no poder quitar el anillo de su dedo, los criminales decidieron cortar su dedo, creyendo que así obtendrían la preciada joya sin ningún problema. Sin embargo, en un giro de los acontecimientos tan extraordinario como aterrador, Marjorie despertó de un coma profundo justo en el momento en que los ladrones intentaban mutilarla.

La oscuridad del cementerio fue testigo de su despertar, y el sonido de su respiro resonó en el ataúd, generando un pánico indescriptible entre los profanadores. Según las leyendas, algunos de los ladrones murieron de miedo, mientras que otros huyeron despavoridos en la penumbra. Marjorie, aterrorizada pero viva, logró salir de su tumba y regresar a su hogar.

Al llegar a su casa, donde John McCall permanecía con sus hijos, un misterioso golpe en la puerta interrumpió la tranquilidad de la noche. John, sin saber la verdad, les dijo a los niños que, si su madre aún estuviera viva, juraría que era su golpe. Al abrir la puerta, la sorpresa y el horror se apoderaron de él: al ver a Marjorie de pie frente a él, cayó muerto del susto, y su corazón no pudo soportar el impacto de su regreso.

El destino quiso que ambos estuvieran juntos en la misma sepultura que ella había dejado. Sin embargo, Marjorie no se detuvo ahí. Vivió muchos años más, se casó de nuevo y tuvo varios hijos, convirtiendo su historia en una leyenda de resurrección y segundas oportunidades.

Finalmente, al fallecer, Marjorie fue enterrada en el mismo cementerio de Shankill, en el Burgan, Irlanda, donde su lápida aún se conserva. En ella se puede leer la enigmática inscripción: «Vivió una vez, enterrada dos veces», recordando a todos aquellos que se acercan a su tumba la extraordinaria historia de una mujer que, desafiando todas las leyes de la vida y la muerte, regresó de entre los muertos.

– El caso de Ron Wyatt que afirmó haber descubierto evidencias arqueológicas bíblicas y la sangre de Jesús

Para algunos, Ron Wyatt parecía un Indiana Jones de la vida real, y tal vez incluso “el arqueólogo de Dios”.

A pesar de no tener antecedentes formales en arqueología, Wyatt dedicó gran parte de su tiempo a tratar de descubrir artefactos y lugares bíblicos en el Medio Oriente.

En total, afirmó haber realizado casi 100 descubrimientos bíblicos, incluyendo los restos del Arca de Noé, la espada de Goliat, los Diez Mandamientos originales, el Arca de la Alianza e incluso la sangre seca de Jesucristo.

Esto lo convirtió en una sensación sensacionalista a fines del siglo XX, pero la mayoría de los expertos no tomó en serio sus supuestos descubrimientos. Los estudiosos bíblicos, los arqueólogos profesionales e incluso algunos creacionistas criticaron fuertemente a Wyatt, creyendo que era ingenuo en el mejor de los casos y un fraude en el peor de los casos.

¿Había alguna verdad detrás de sus afirmaciones o lo inventó todo? Aquí tienes un vistazo a la vida y los presuntos descubrimientos de Ron Wyatt.

Ron Wyatt nació el 2 de junio de 1933. Se sabe poco sobre sus primeros años, pero para cuando tenía casi 30 años, trabajaba como anestesista en Madison, Tennessee. A los 27 años, Wyatt se encontró con una foto en la revista Life que cambiaría el curso de su vida para siempre.

Esa foto mostraba el famoso sitio de Durupinar en el este de Turquía, una formación geológica que se asemeja a un barco grande. En la década de 1960, muchas personas especulaban que el sitio podía ser el lugar de aterrizaje del Arca de Noé, o incluso los restos del propio barco bíblico.

Esta idea estimuló la imaginación de Wyatt e lo inspiró a viajar a Turquía para ver el increíble sitio en persona en 1977. Pronto se determinó a cumplir su teoría de que la formación era de hecho el lugar del Arca.

Se embarcó en múltiples investigaciones del sitio, afirmando haber descubierto evidencia de que su teoría era correcta, incluyendo “madera de cubierta” y “piedras de anclaje” del Arca. Sin embargo, los científicos profesionales que se unieron a Wyatt en algunas de sus primeras inspecciones no quedaron convencidos por sus supuestos descubrimientos. Y según el sitio web cristiano Answers In Genesis, un laboratorio que supuestamente probó la “madera” de Wyatt no pudo identificarla definitivamente como madera, y mucho menos como madera de tiempos bíblicos.

A pesar de su falta de evidencia independiente confirmada, Wyatt seguía insistiendo en que el sitio de Durupinar era de hecho el lugar de aterrizaje del Arca de Noé. Siguió viajando al Medio Oriente durante el resto de su vida, y cada vez que iba, parecía descubrir algo nuevo.

Ron Wyatt: el Indiana Jones de la vida real. Descubrimientos bíblicos controversiales pero no comprobados. ¿Fraude o verdad? La polémica continúa.

  • Los presuntos descubrimientos controvertidos de Ron Wyatt

En total, Ron Wyatt pasó aproximadamente 22 años viajando al Medio Oriente como arqueólogo aficionado, explorando sitios bíblicos y afirmando haber encontrado numerosos objetos y lugares del Antiguo y Nuevo Testamento.

Según el Christian Courier, Wyatt dijo que encontró 92 artefactos y sitios, incluyendo los Diez Mandamientos, los sitios de Sodoma y Gomorra, la tumba de Jesucristo, la espada de Goliat, la ubicación exacta del cruce del Mar Rojo, el Arca de la Alianza y una muestra de la sangre seca de Cristo.

Poco a poco, Wyatt se convirtió en una sensación sensacionalista, apareciendo en publicaciones como el National Enquirer para promocionar sus supuestos descubrimientos. Pero ninguno de sus supuestos descubrimientos fue verificado por arqueólogos profesionales.

Es probable que esperara resistencia por parte de científicos seculares, pero los arqueólogos cristianos también eran escépticos de sus afirmaciones. De hecho, algunas de las críticas más fuertes contra su trabajo vinieron de eruditos que pertenecían a la denominación religiosa de Wyatt, la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Como señala el Christian Courier, los ministros y hermanos Russell R. y Colin D. Standish, miembros de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, señalaron que el supuesto descubrimiento de Wyatt de la ubicación del cruce del Mar Rojo parecía ir en contra de Dios y la ciencia.

Wyatt dijo que encontró restos de carros y huesos humanos, aparentemente de las fuerzas destruidas del faraón, mientras buceaba a aproximadamente 200 pies de profundidad. Pero la Biblia afirma que las fuerzas del faraón fueron destruidas “en medio del mar”, que los expertos estiman que tiene una profundidad de casi 3,000 pies.

No solo eso es mucho más profundo que donde Wyatt supuestamente estaba explorando, sino que tampoco se enviaron muestras de los carros y huesos humanos a científicos profesionales para hacer pruebas independientes.

4 ARCA DE LA ALIANZA descubierto en Gólgota por Arqueólogo adventista Ron  Wyatt en 1982 - YouTube

Otro supuesto descubrimiento criticado por los hermanos Standish fue la muestra de sangre seca de Cristo, ya que hay historias contradictorias sobre un “laboratorio” donde se realizaron las pruebas: en algunas versiones, el laboratorio está ubicado en Nashville, Tennessee, y en otras versiones, está en Jerusalén.

Esto ha llevado a muchos a cuestionar si este laboratorio, o la muestra en sí, realmente existieron.

A pesar de su evidente falta de pruebas para respaldar sus descubrimientos, Wyatt se mantuvo firme en sus afirmaciones hasta que murió de cáncer de huesos a los 66 años el 4 de agosto de 1999.

Los hallazgos de Ron Wyatt han sido ampliamente caracterizados como no creíbles por arqueólogos profesionales, tanto cristianos como no cristianos, y estudiosos bíblicos. La falta de pruebas sólidas combinada con una aparente renuencia a compartir sus muestras con las autoridades científicas ha llevado a muchos a creer que Wyatt fue engañado durante sus investigaciones o que simplemente no estaba diciendo la verdad acerca de lo que encontró.

En cuanto a las muestras que finalmente llegaron a laboratorios confiables, los resultados no fueron prometedores. Según Creation Ministries International, alguien que estuvo con Wyatt en su supuesto sitio de Sodoma y Gomorra envió muestras de “cenizas de edificios” a CMI. Entonces CMI envió las muestras a un laboratorio australiano, que informó que las “cenizas” no eran consistentes con un edificio incinerado antiguo, sino simplemente un depósito de minerales tipo yeso.

Sin embargo, hay algunos presuntos descubrimientos hechos por Wyatt que algunos investigadores parecen estar más abiertos a explorar más a fondo, especialmente el presunto sitio del Arca de Noé.

Hasta 2023, científicos afirmaron haber encontrado “actividad humana” que se remonta a tiempos bíblicos en la región, junto con “materiales arcillosos, materiales marinos y mariscos”. Aunque esto no prueba que el Arca haya aterrizado allí, indica un interés continuo por aprender más sobre la historia de la región y su posible conexión con figuras bíblicas.

Aun así, incluso si la región alguna vez se confirmara como el lugar definitivo de aterrizaje del Arca, Wyatt no habría sido quien probara la teoría como verdadera, y tampoco fue quien ideó la idea en primer lugar.

No obstante, Wyatt todavía tiene muchos seguidores devotos que creen firmemente en sus hallazgos. Su página de YouTube, ronwyatt.com, cuenta con 137.000 suscriptores. Y algunos de sus supuestos artefactos se exhiben en su Wyatt Archaeological Museum en Cornersville, Tennessee. Pero por el momento, las ubicaciones reales de la mayoría de los artefactos y lugares bíblicos siguen siendo un misterio.

Ni Tierra plana ni redonda, sino hueca: ¿qué descubrió Richard Byrd en la Antártida?

Foto: El explorador fumando de pipa en su base de la Antártida durante la Operación Highjump en 1947. (Wikimedia)
El explorador fumando de pipa en su base de la Antártida durante la Operación Highjump en 1947.

Según Richard Byrd y, a pesar de ser alguien con unas sólidas convicciones científicas y militares (llegó a ostentar el título de almirante de la marina estadounidense), sus diarios apócrifos constatan la existencia de territorios escondidos en el interior de la corteza terrestre.

Según cuentan, las profundidades guardarían en su interior un enorme país llamado Agartha con un Sol en el medio (que equivaldría al núcleo terrestre) y al que se podría acceder por unos vastos túneles localizados en los dos polos.

Obviamente, todas estas teorías entroncan con el mundo de la conspiración y el esoterismo, de la mano de autores como el italiano Amadeo Giannini o el estadounidense Raymond W. Bernard, quienes se aprovecharon del legado de Byrd para amplificar su leyenda y llenar su mensaje de atribuciones ufológicas y conspiranoicas.

De hecho, los nazis también están involucrados, como no podía faltar en este tipo de relatos. En concreto, estos autores defendieron que la misión concreta de Byrd en la que se topó con este territorio de las profundidades terrestres, ya que realizó varias, tenía un fin militar: defender al mundo de los últimos reductos de la Alemania nazi, cuyos altos representantes habían huido a cobijarse entre mamuts y seres humanoides venidos de otros planetas.

Resulta muy sorprendente (y en ocasiones estimulante, a la par que divertidamente grotesco) bucear en las distintas páginas conspiranoicas que hablan de Agartha y sus confines, así como las ilustraciones que hay de su geografía, cuya capital lleva el nombre de Shamballah y que al parecer tomaron prestado de la cultura budista. De esto se nutren precisamente los grandes relatos fantásticos del siglo pasado, cogiendo un poco de aquí y de por allá.

Richard Byrd a punto de volar a la Antártida. 

Lo cierto es que la figura de Byrd, más allá del pintoresco relato que han hecho otros autores sobre él, responde al arquetipo del aventurero que se obsesiona con tierras inexploradas donde muy pocos seres humanos han estado para revelar un testimonio al mundo que despeje las grandes incógnitas de la humanidad de una forma literaria. Pero también como figura indispensable dentro de las corrientes ufológicas más críticas y escépticas. 

Ahora que creencias precientíficas como el terraplanismo han tomado un lugar visible en la opinión pública, resulta curioso repasar las teorías de la oquedad terrestre y no tanto de su planitud, que otros se encargaron de asociar a Byrd.

  • Entre mamuts y ovnis

«Se me ha denegado la libertad de publicar estas anotaciones y quizá nunca lleguen a la luz de la opinión pública. Pero yo tengo una tarea que cumplir, y lo que yo he vivido lo dejaré aquí por escrito. Confío en que todo esto pueda ser leído, en que venga un tiempo en que la ambición y el poder de un grupo de personas no pueda ya ocultar más la verdad».

Estas supuestamente son las líneas introductorias de uno de los diarios de Byrd, recopiladas por el escritor peruano e investigador ufológico Ricardo González en su blog personal, quien hace un relato apasionante y a la vez crítico con las descripciones de Agartha más inverosímiles que Giannini y Bernard atribuyen a Byrd.

Según la narración que hace González de los diarios apócrifos de Byrd, el explorador describe cómo él y su equipo atraviesan un muro de hielo gigante que esconde un gran agujero que conecta ambos polos de la Tierra, por el que descienden encontrando mamuts en pastos verdes que abundan entre valles y cordilleras.

Avanzando en su recorrido, pueden vislumbrar lo que parece ser una ciudad. El clima era suave y benévolo para estar cerca de la Antártida: 23 grados en una superficie que irradia un sol hermoso y resplandeciente. De ser cierto que hubiera alojada una estrella en el interior, es bastante imposible concebir la vida silvestre en dichas profundidades. 

«Sigo teniendo mis dudas sobre el diario, pero comprendo que algo de lo allí escrito se inspiró en viejas historias», remata González, a quien parece ser que la pasión por las historias de «lo desconocido» (una categoría que engloba esta retórica particular de ciertos foros y blogs) acaba emborronando su juicio.

Esas «viejas historias» a las que González se refiere no solo vienen de la imaginación de grandes escritores como Julio Verne, sino también de científicos del siglo XVII como Edmond Halley (de quien obtuvo el nombre el famoso cometa), quien formuó la teoría de que la Tierra estaba formada «por varias esferas concéntricas huecas, con un centro de lava que hacía las veces de sol interior», como recupera el periodista Diego Cioccio en un artículo de La Nación en el que habla de Byrd.

Más allá de estas locas teorías, cabe resaltar el papel que los nazis tienen en la conspiración montada en torno a las exploraciones de dicho aventurero, a la que González apostilla que, según las fuentes que hablaron de la llamada Operación Highjump, Byrd declamó a su regreso: «si estallase otra guerra mundial, esta sería de polo a polo», lo que invetiblamente recuerda a la mítica y recurrente frase profética de Albert Einstein pero con la cosmovisión de una supuesta Tierra hueca.

  • La Operación Highjump

La Operación Highjump, llamada oficialmente como The United States Navy Antarctic Developments Program, 1946-47, desplegó a una fuerza militar ingente hasta el continente helado de 13 barcos, 4.700 hombres y varias aeronaves.

Byrd fue el organizador dee la operación, ya que por aquel entonces tenía una sólida experiencia en tierras antárticas y había sido ascendido en la Armada.

El objetivo era probar los equipos militares en condiciones climáticas extremas, así como explorar geológica, geográfica, meteorológica y electromagnéticamente el territorio con el objetivo de establecer bases permanentes en el futuro.

A fin de cuentas, la Antártida por aquel entonces era una vastísima región inexplorada, aunque también lo sigue siendo ahora. Tanto territorio debía tener un título de ocupación y explotación, y los estadounidenses querían llevarse la mayor parte al término de la Segunda Guerra Mundial.

Precisamente por su cercanía en el tiempo con la derrota de Hitler (y el descomunal despliegue militar) surgen tantas teorías de la conspiración que no sitúan a Byrd como testigo principal, pero sí como eje principal que fue silenciado.

Un submarino estadounidense de la Operación Highjump.

Se esperaba que la expedición durara entre seis y ocho meses, pero a las ocho semanas se canceló y todos los equipos volvieron a casa; algunos desaparecieron. 

Esto, a su vez nutrió más las ideas conspiranoicas, aunque en realidad podría tener una explicación bastante sencilla: la climatología era tan extrema y adversa, que ningún campamento militar pudo aguantar demasiado tiempo, al igual que ocurre en la actualidad, ya que apenas hay una decena de bases científicas permanentes de distintos países en territorio antártico, mayoritariamente concentradas en su litoral.

Si fuera tan fácil vivir en esas condiciones, seguramente las grandes potencias del mundo se habrían apresurado ya a agotar sus inmensas reservas de petróleo y recursos naturales.

 Como para pensar en que los nazis vivieran entre mamuts y seres de otras galaxias: delirios de nuestro tiempo, delirios que son divertidos, pero que añaden sombras a una realidad social que gracias a las tecnologías cada vez se está volviendo, nos guste o no, más transparente.

– Camille Monfort, la leyende de «la vampira amazona» (1896)

En 1896, Belém se enriqueció vendiendo caucho amazónico al mundo, enriqueciendo de la noche a la mañana a los campesinos, quienes construían sus ricas mansiones con materiales de Europa, mientras sus esposas e hijas enviaban su ropa al viejo continente para ser lavada, e importaban agua mineral de Londres. Para sus baños.

El «Theatro da Paz» fue el centro de la vida cultural en la Amazonía, con conciertos de artistas europeos.

Entre ellos, llamó especialmente la atención del público uno, la bella cantante de ópera francesa Camille Monfort (1869 – 1896), quien provocaba indecibles deseos en los ricos señores de la región, y atroces celos en sus esposas por su gran belleza.

Camille Monfort también causó indignación por su comportamiento libre de las convenciones sociales de su época.

Cuenta la leyenda que se la vio semidesnuda, bailando por las calles de Belém, mientras se refrescaba en la lluvia de la tarde, y también despertaron la curiosidad sus solitarios paseos nocturnos, cuando la vieron con sus largos vestidos negros y vaporosos, bajo la luna llena, a orillas del río Guajará, hacia el Igarapé das Almas.

Pronto, a su alrededor, se crearon rumores y se dieron vida a comentarios maliciosos. Se decía que era la amante de Francisco Bolonha (1872 – 1938), que la había traído de Europa, y que él la bañaba con caros champagnes importados de Europa, en la bañera de su mansión.

También se decía que había sido atacada por el vampirismo en Londres, debido a su palidez y aspecto enfermizo, y que había traído este gran mal a la Amazonía, teniendo unas misteriosas ansias de beber sangre humana, al punto de hipnotizar a las jóvenes.

Belém, años 1910 (Archivo nacional de Brasil)

Con su voz en sus conciertos, haciendo que se durmieran en su camerino, para que la misteriosa dama pudiera llegar a sus cuellos.

Lo cual, curiosamente, coincidió con relatos de desmayos en el teatro durante sus conciertos, que se explicaban simplemente como efecto de la fuerte emoción que su música producía en los oídos del público.

También se decía que tenía el poder de comunicarse con los muertos, y de materializar sus espíritus en densas nieblas etéreas de materiales ectoplasmáticos expulsados de su propio cuerpo, en sesiones medium.

Sin duda, fueron las primeras manifestaciones en la Amazonía de lo que luego se llamaría espiritismo, practicado en cultos misteriosos en palacios de Belém, como el Palacete Pinho.

A fines de 1896, un terrible brote de cólera asoló la ciudad de Belém, convirtiendo a Camille Monfort en una de sus víctimas, quien fue enterrada en el Cementerio de la Soledad.

Hoy, su tumba sigue allí, cubierta de limo, musgo y hojas secas, bajo un enorme árbol de mango que hace que su tumba se sumerja en la oscuridad de su sombra, solo iluminada por unos rayos de sol que se proyectan a través de las hojas verdes.

Se trata de un mausoleo neoclásico con una puerta cerrada por un viejo candado oxidado, de la que se puede ver un busto femenino en mármol blanco sobre la amplia tapa de la tumba abandonada, y adosada a la pared, una pequeña imagen enmarcada de una mujer vestida con negro.

En su lápida se puede leer la inscripción:

«Aqui yace Camila María Monfort (1869-1896) La voz que cautivó al mundo».

Pero hay quienes todavía hoy dicen que su tumba está vacía, que su muerte y entierro no fueron más que un acto para encubrir su caso de vampirismo, y que Camille Monfort aún vive en Europa, hoy a la edad de 154 años.

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La dramática vida de los hibakusha, los sobrevivientes de las bombas atómicas que vivieron con miedo y culpa y ganaron el premio Nobel de la Paz


6 Hibakusha en fotos en blanco y negro
Los hibakusha son el testimonio vivo de la devastación y la tragedia que causaron las bombas atómicas.

BBC News Mundo(C.Serrano) — Las bombas de Hiroshima y Nagasaki terminaron con la vida de miles de personas en un instante. Para los sobrevivientes fue solo el comienzo de años de dolorosas heridas, enfermedades, miedo, sentimiento de culpa y discriminación.

La organización Nihon Hidankyo, que agrupa a los hibakusha o sobrevivientes de las bombas atómicas que Estados Unidos lanzó sobre las ciudades japonesas en 1945, ganó el Premio Nobel de la Paz este año.

El movimiento representa a los 174.080 sobrevivientes de los bombardeos atómicos que residen en Japón, Corea y otras partes del mundo.

No existen cifras definitivas de cuántas personas murieron a causa de los bombardeos del 6 y el 9 de agosto de 1945.

Los cálculos más conservadores estiman que cinco meses después de los ataques unas 110.000 personas habían muerto en ambas ciudades.

Otros estudios afirman que la cifra total de víctimas, a finales de ese año, pudo ser más de 210.000.

Escombros de edificios en Hiroshima.
Hiroshima quedó arrasada tras la explosión de la bomba.

El mundo ha conocido el relato del horror gracias a los sobrevivientes, a quienes se les conoce como hibakusha, que en japonés significa “persona afectada por la bomba atómica”.

Sus testimonios no solo dan cuenta de lo que vieron, sino de los traumas que aún llevan dentro.

“Hay muchos hibakusha que son narradores sociales, pero no son capaces de contarle su propia historia a sus hijos”, le dice a BBC Mundo Yuka Kamite, profesora de Psicología en la Universidad de Hiroshima, quien ha estudiado la salud mental de los hibakusha.

– Una dura batalla

Se calcula que hoy aún viven unos 140.000 hibakusha, que rondan los 80 años de edad.

¿Cómo ha sido la vida de los hibakusha y por qué sobrevivir a la bomba fue solo una parte de la dura batalla que han dado para llevar una vida digna?

Miedo

Los hibakusha que recibieron el impacto de la bomba sufrieron quemaduras y heridas que marcaron sus cuerpos y sus rostros.

Una sobreviviente con quemaduras en la cara
Muchos sobrevivientes sufrieron quemaduras y de los efectos de la radiación.

Aquellos que estuvieron expuestos a mayores dosis de radiación, aunque a primera vista parecían ilesos, luego mostraron síntomas como pérdida del pelo, sangrado y diarrea.

Luego se reportó un aumento en enfermedades como el cáncer y la leucemia.

«Todavía siento miedo de que se me puedan manifestar las consecuencias de la radioactividad y morir en cualquier momento», le dice a BBC Mundo Yasuaki Yamashita, un sobreviviente de Nagasaki que tenía 6 años el día de la explosión y hoy vive en México.

Ese miedo los llevó a una vida de estrés, confusión, incertidumbre y ansiedad. Incluso vivían con temor de pasarle los efectos de la radiación a sus hijos.

“Los efectos de la radiación son invisibles, eso los hizo sentirse inestables e intranquilos, sin saber qué iba a pasar con su futuro”, le dice a BBC Mundo Hibiki Yamaguchi, investigador en el Centro para la Abolición de Armas Nucleares de la Universidad de Nagasaki.

Dos sobrevivientes con heridas
Las bombas causaron heridas físicas y psicológicas.

El miedo marcó para siempre la salud mental y emocional de muchos hibakusha.

Luli van der Does, profesora en el Centro para la paz de la Universidad de Hiroshima que ha estudiado los efectos de la bomba en los sobrevivientes, menciona algunos ejemplos de cómo el miedo se quedó grabado en sus mentes.

“Algunos no pueden comer pescado seco porque les recuerda el olor de los cuerpos quemados”, le dice van der Does a BBC Mundo.

“Otros se tuvieron que ir de Hiroshima y nunca volvieron a visitar su ciudad, otros dicen que no pueden comer pepinos, porque ante la falta de medicinas tras la bomba era lo único que podían usar para curar sus heridas”.

Yasuaki Yamashita en una foto de cuando era pequeño a la izquierda y una foto reciente
Yasuaki Yamashita tenía 6 años cuando explotó la bomba en Nagasaki. Hoy, a sus 81 años, vive en México.

“En casos más severos, dicen que no pueden cruzar puentes ni ver ríos, porque comienzan a recordar los cadáveres que veían flotando tras la explosión”.

El miedo les afectó su salud emocional pero, además, los lanzó a una realidad que hizo aún más difícil su lucha por llevar una vida soportable después de la bomba.

– Discriminación

Las heridas físicas, el temor a que los efectos de la radiación pudieran ser contagiosos y los traumas psicológicos de los hibakusha llevaron a que muchos comenzaran a ser discriminados por su condición.

“La gente temía que los sobrevivientes tuvieran una enfermedad contagiosa”, recuerda Yamashita.

“Decían: ‘Hay que separarlos, no hay que casarse con ellos, no hay que tener amistad con ellos’”.

El temor a la discriminación llevó a que muchos ocultaran su condición de hibakusha o se negaran a hablar de ello.

“Aquellos que tenían queloides [crecimiento excesivo del tejido de una cicatriz] en el cuerpo usaban mangas largas para cubrir sus cicatrices, incluso en pleno verano”, dice la profesora Kamite.

Una persona muestra sus cicatrices abultadas
Los sobrevivientes ocultaban sus cicatrices queloides por miedo a la discriminación.

También se les hacía difícil conseguir y conservar sus trabajos. Así lo recuerda Yasuaki Yamashita:

“Cuando salí de la preparatoria comencé a trabajar y casi al mismo tiempo comencé a sufrir los efectos de la radiación.

Empecé a perder la sangre, evacuaba sangre, vomitaba sangre, entonces no podía trabajar.

Si conseguía un trabajo, venía esa enfermedad y tenía que renunciar, así duré como dos años.

Mucha gente me decía que yo era un flojo, que no quería trabajar, pero no era eso, era que simplemente no podía trabajar. Yo necesitaba trabajar, pero no podía”.

Para las mujeres la situación muchas veces era aún más difícil.

En esa época casarse era muy importante para las mujeres japonesas.

Setsuko Thurlow
Setsuko Thurlow recuerda que cuando era joven, poder casarse era muy importante para las mujeres japonesas.

“Era casi la única cosa que una mujer esperaba”, recuerda Setsuko Thurlow, sobreviviente de Hiroshima, quien en julio compartió sus recuerdos durante un evento en línea para conmemorar el 75 aniversario de las bombas.

“Con esas cicatrices queloides, esas mujeres perdían la fe y la esperanza en la vida”, dijo Thurlow, quien en 2017 recibió en nombre de los sobrevivientes el Premio Nobel de Paz que se le otorgó a la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN, por su sigla en inglés).

Keiko Ogura, otra sobreviviente de Hiroshima, recuerda que vivió esa discriminación en carne propia. Así lo contó en conversación con BBC Mundo:

“Tenía 8 años, era solo una niña pequeña en la escuela elemental, pero sabíamos que no debíamos decir que habíamos estado en la ciudad ese día. Si decíamos algo relacionado con la radiación, no nos podríamos casar.

No decíamos que éramos sobrevivientes. Teníamos un certificado de sobrevivientes y al mostrarlo en el hospital podíamos recibir tratamiento médico que ayudaba a pagar el gobierno. Sin embargo, la gente nos decía ‘no muestres eso’.

Keiko Ogura
A Keiko Ogura le enseñaban que no debía decir que era una sobreviviente de la bomba.

Al principio yo no le prestaba atención, sentíamos que todos compartíamos el mismo destino, pero cuando ya era una mujer en edad de casarme, a los 18 o 20 años, los hombres jóvenes de fuera de la ciudad me preguntaban «Keiko, ¿dónde estabas al momento de la bomba?Por mi parte no hay problema, pero a mis padres les preocupa».

Sé que muchas otras personas también tuvieron esa experiencia”.

La profesora Van der Does cuenta que cuando llegaba el momento de casarse, algunas personas contrataban detectives para investigar si la pareja había estado en Hiroshima al momento de la bomba.

Otros, por su parte, sintieron esa discriminación de una manera más sutil o indirecta, y los puso en una posición vulnerable ante la sociedad. Una «discriminación silenciosa», como la llama la profesora Van der Does.

Yoshiro Yamawaki con una camisa a cuadros.
Yoshiro Yamawaki lamenta no haber podido estudiar una carrera porque tras la muerte de su padre tuvo que dedicarse a trabajar.

“No sabes exactamente qué tipo de discriminación estás sufriendo, pero simplemente la sientes en tus interacciones sociales, o al darte cuenta de que a lo largo de tu vida has recibido un trato injusto”, explica.

Yoshiro Yamawaki, sobreviviente de Nagasaki, es uno de esos casos de discriminación silenciosa.

«La bomba mató a mi padre, mi madre tenía siete hijos y no podía hacerse cargo de ellos. Por eso, tuve que dedicarme a trabajar, sin poder ir a la universidad, creo que eso fue una forma de discriminación», dice Yamawaki en conversación con BBC Mundo.

Según explica Van der Does, es difícil conocer el daño psicológico y emocional que sufrieron los hibakusha porque muchos murieron sin ser capaces de hablar de ello.

Keiko Ogura con 8 años.
Keiko Ogura tenía 8 años cuando estalló la bomba en Hiroshima.

«Hay muchos que no han admitido ser hibakusha por el miedo a la discriminación», dice la investigadora.

En una reciente encuesta que Van der Does realizó entre 1.652 hibakusha de Hiroshima y Nagasaki, encontró que el 31% de ellos ha sufrido varios tipos de trato discriminatorio a lo largo de su vida.

Esa discriminación en ocasiones se dio entre los mismos hibakusha.

“Los hibakusha conocían mejor que nadie lo que les ocurría, por eso muchas veces se discriminaban entre ellos”, dice Hibiki Yamaguchi, de la Universidad de Nagasaki.

Setsuko Thurlow hablando desde la tribuna de los premios Nobel
En 2017 Thurlow asistió a la ceremonia del Premio Nobel representando a las víctimas de los bombardeos.

Según Van der Does, esa discriminación era fruto del miedo y de la desesperación por vivir. “Estaban luchando por sobrevivir, tenían que competir entre ellos por lograr algún tipo de ayuda”, dice la profesora.

Culpa

Al miedo y a la discriminación con que cargaban los hibakusha muchas veces se les sumó un sentimiento de culpa por haber escapado con vida o haber sido incapaces de ayudar a quienes pedían auxilio.

Ese sentimiento de culpa de los sobrevivientes les causó sufrimiento a largo plazo, explica la psicóloga Kamite.

Hiroshima destruida tras la bomba
Muchos hibakusha desarrollaron un sentimiento de culpa por no haber podido ayudar a las personas heridas.

Así lo recuerda la sobreviviente Keiko Ogura:

“Yo, al igual que el 90% de los sobrevivientes, tuve un sentimiento de culpa porque vi morir a familiares y amigos. Después de la explosión vimos gente bajo los edificios derrumbados pidiendo ayuda, pero no podíamos ayudarlos, estaban atrapados. Las madres trataban de sacarlos pero era muy difícil.

Luego, el fuego se esparció tan rápido que no tuvieron más opción que irse del lugar.

Eso los hizo preguntarse: ¿por qué no pude cumplir con el deber de ayudar a mis hijos hasta el último momento?

Tras la explosión, dos personas muy heridas se me acercaron y solo decían ‘agua, agua’. Yo les di de beber y luego murieron frente a mí. En ese momento no lo entendía, era solo una niña de 8 años, pero comencé a culparme porque sentía que los había matado. Sentía que si no les hubiera dado agua, ellos no estarían muertos. Me sentí así durante más de 10 años».

Yasuaki Yamashita hablando en un foro
Algunos hibakusha cuentan su historia en eventos públicos, pero otros prefieren permanecer en silencio.

Según los expertos, la dificultad que muchos sobrevivientes tienen para hablar de su experiencia les ha afectado sus vidas.

“El velo de silencio sobre estos temas funcionó para ocultar las transgresiones ocasionadas por las secuelas atómicas”, dice Kamite.

– Contra el silencio

Algunos hibakusha, sin embargo, han combatido ese silencio y comparten sus historias con los medios o como parte de campañas en contra de la proliferación de armas nucleares.

“Algunos están motivados por la ira, otros por un sentido de misión social, y otros pueden estar motivados por la respuesta al trauma”, dice Kamite.

Takashi Morita sostiene unas flores en la mano
Algunos hibakusha se convirtieron en activistas en contra de las armas nucleares.

La profesora, sin embargo, advierte que son solo unos pocos quienes participan en estas actividades sociales y que es probable que muchos hibakusha hayan sido una “mayoría silenciosa”.

Van der Does, por su parte, explica que con el tiempo los hibakusha lograron construir un sentido de comunidad que los ayudó a ganar aceptación en la sociedad.

“Se convirtieron en líderes en la lucha por el desarme nuclear”, dice la profesora. «Pasaron de ser víctimas a creadores de un mundo nuevo».

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«El Arropiero» y los 5 asesinos más famosos de España…


La mente es maravillosa(P.A.R.Ramirez) — Aunque España no es un país tradicionalmente asociado con asesinos en serie, registra casos escalofriantes que conmocionaron a la nación y dejaron cicatrices en su memoria colectiva. Estos sujetos no solo desafiaron a las autoridades, sino que convirtieron las calles en un lugar de constante miedo.

Cada uno de ellos carga con una historia de psicopatía, traumas y una violencia desmedida que los catapultó al horror público. Y sus formas meticulosas y repetitivas legaron una huella imborrable en el archivo criminal del país, transformando sus nombres en sinónimo de terror.

1. Manuel Delgado Villegas (48 víctimas)

El Arropiero, historia de un 'psicokiller'

Conocido como «el Arropiero», Manuel Delgado es considerado el mayor asesino en serie de la historia criminal de España.

A lo largo de su vida, confesó que mató a 48 personas entre 1964 y 1971, aunque solo se pudieron demostrar ocho de esos homicidios.

Nacido en 1943 en Sevilla, Delgado era un vagabundo que recorría España y otros países de Europa, eligiendo sus blancos al azar.

 Su modus operandi consistía en estrangular a sus víctimas con sus propias manos o golpearles la cabeza con piedras u objetos contundentes.

Además de la violencia extrema de sus crímenes, este hombre tenía parafilias y comportamientos sexuales perturbadores que lo hicieron aún más temido. 

Se relacionaba de modo sexual tanto con hombres como con mujeres y, en varios de sus asesinatos, cometió actos de necrofilia, lo que añade una capa de horror a su perfil.

«El Arropiero» sufría de graves trastornos mentales y era una figura muy peligrosa e impredecible.

Su captura en 1971 fue accidental y, tras su detención, las autoridades descubrieron la magnitud de sus crímenes.

Nunca lo juzgaron debido a su diagnóstico psiquiátrico, y pasó el resto de su vida en hospitales mentales, hasta que murió en 1998 a causa de una enfermedad pulmonar.

2. José Antonio Rodríguez Vega (16 víctimas)

El mataviejas - Quo

También llamado «el Mataviejas», fue uno de los asesinos en serie más infames de España, responsable de la muerte de 16 mujeres mayores, entre 1987 y 1988. Nació en 1957 la ciudad de Santander, capital de la región de Cantabria.

Rodríguez Vega ya tenía antecedentes penales por agresiones sexuales, antes de convertirse en asesino serial. 

Debido a múltiples violaciones, en 1978 lo condenaron a 26 años de prisión, pero solo cumplió ocho años y lo liberaron en 1986 por buena conducta.

Tras su salida, comenzó su ola de crímenes, eligiendo a mujeres mayores, a las que estimaba presas fáciles debido a su vulnerabilidad.

Él se ganaba la confianza de sus víctimas, todas ellas de entre 61 y 93 años, haciéndose pasar por un amable reparador o alguien dispuesto a ayudarlas con tareas domésticas.

Una vez en sus hogares, las atacaba con brutalidad, violándolas y asesinándolas, casi siempre por asfixia o estrangulamiento.

Las autoridades capturaron a este homicida en 1988, después de que una investigación desvelara su patrón de comportamiento.

A lo largo de las averiguaciones, se encontró que José Antonio no solo actuaba con una meticulosidad escalofriante, sino que también mantenía relaciones sexuales con sus víctimas, tanto antes como después de matarlas.

Durante el juicio, mostró una falta total de remordimiento y una actitud desafiante frente al tribunal.

En 1991, lo condenaron a 440 años de prisión por 16 asesinatos, pero su final fue tan brutal como sus crímenes: en 2002, dos compañeros de celda lo apuñalaron hasta la muerte, en la cárcel de Topas, en Salamanca.

3. Francisco García Escalero (11 víctimas)

Angelilla Jolines on X: "▶️«El matamendigos». Nacido en Madrid el 24 de  mayo de 1954, Francisco García Escalero residió durante toda su infancia y  adolescencia a pocos metros del cementerio de la

Apodado «el Matamendigos»García Escalero es uno de los homicidas españoles más sonados, con 11 víctimas confirmadas.

Nació en 1949 en Valladolid y comenzó su carrera criminal en la década de los 90, moviéndose entre varias ciudades y utilizando su apariencia de mendigo para ganarse la confianza de sus víctimas.

Este criminal seleccionaba a personas vulnerables, a menudo, en situaciones de desamparo, y las atacaba. 

Sus métodos incluían ahorcamiento y apuñalamiento, y se cree que sus crímenes estaban motivados por una mezcla de odio hacia la sociedad y un impulso de dominación.

Su apariencia desaliñada y su comportamiento de mendigo le permitieron evitar sospechas durante un tiempo, ya que se mezclaba con la población sin levantar demasiadas alarmas.

Fue arrestado en 1998 y, durante el juicio, se determinó que su esquizofrenia lo hacía inimputable.

Llegó a declarar que «oía voces interiores, me llamaban, que hiciese cosas, cosas raras, que tenía que matar». 

Luego de la sentencia, las autoridades lo recluyeron en el psiquiátrico penitenciario de Fontcalent (Alicante), donde murió en 2014 al atragantarse con el hueso de una ciruela.

4. Joaquín Ferrándiz Ventura (5 víctimas)

Joaquín Ferrándiz el quijote violador

Oriundo de Valencia, Joaquín Ferrándiz, alias «Ximo», se convirtió en uno de los asesinos en serie más famosos de España, tras acabar con la vida de cinco mujeres, entre 1995 y 1996, en la provincia de Castellón.

A diferencia de otros criminales, Ferrándiz Ventura, nacido en 1963, parecía llevar una vida normal, trabajando como agente de seguros, lo que le permitía moverse con libertad sin levantar sospechas.

Pero detrás de esa fachada, ocultaba una mente obsesionada con la violencia sexual.

En 1989, condenaron a Ferrándiz por agresión sexual.

No obstante, en mayo de 1995, lo pusieron en libertad por buen comportamiento. 

Al salir de prisión, sus impulsos se intensificaron, y comenzó a violar y asesinar a mujeres jóvenes, a quienes atacaba de manera calculada y meticulosa.

Abordaba a sus víctimas en la carretera cuando pedían autostop o después de salir de bares y discotecas; luego las llevaba a lugares apartados donde las violaba, estrangulaba y abandonaba sus cadáveres.

Ferrándiz fue arrestado en 1998 y condenado a 69 años de prisión, pero lo liberaron en 2023, tras cumplir 25 años de condena. 

Esto debido a que la prisión permanente revisable, que podría haber prolongado su condena, no estaba en vigor cuando se le impuso la pena. En consecuencia, se permitió su liberación al cumplir el tiempo estipulado.

5. Alfredo Galán (6 víctimas)

Condenan a Alfredo Galán, el "asesino de la baraja", a 142 años y 3 meses  de prisión - Libertad Digital

Entre el 24 de enero de 2003 y el 20 de marzo del mismo año, Madrid vivió el aterrador periodo de los homicidios cometidos por Alfredo Galán Sotillo, conocido como «el Asesino de la Baraja»

Durante esos dos meses, Galán mató a seis personas y dejó un naipe junto a cada una de sus víctimas.

Su apodo se originó cuando en su segunda arremetida, en una parada de autobús, apareció un as de copas en la escena, un detalle que la prensa utilizó para bautizarle.

Él era un exmilitar que sirvió en Bosnia y que, tras su regreso, fue diagnosticado con neurosis y ansiedad.

Aunque su sentencia no reconoció ninguna patología psiquiátrica, sus crímenes revelaron un comportamiento perturbador. Mataba por la espalda y a quemarropa, buscando experimentar la sensación de quitar una vida.

La policía arrestó a Galán en 2003 en Puertollano, después de confesar los crímenes; aunque más tarde este se retractó alegando coacción por parte de un neonazi. A pesar de su retractación, las pruebas, como casquillos de bala y testimonios de supervivientes, confirmaron su culpabilidad.

Fue condenado a 140 años, aunque la ley española limitó su tiempo de encarcelamiento a 25 años, lo mismo que pasó con Joaquín Ferrándiz. Debido a esto, se prevé que saldrá en libertad en el 2028. La historia de Galán inspiró una serie documental para Netflix.

6. (11 víctimas)

joanviladilme conocido como #elceladordeolot o #elangeldelamuerte . ... |  TikTok

También llamado «el Celador de Olot» y «el Asesino del Geriátrico», Joan Vila Dilmé es considerado el mayor criminal en serie español de este siglo, con un total de 11 víctimas.

Nacido en 1968 en Girona, Vila se formó como auxiliar de enfermería en 2005.

Cometió sus asesinatos entre 2007 y 2009 en la residencia geriátrica La Caritat, en Olot, Gerona, en donde mató a nueve mujeres y dos hombres.

Utilizó varios métodos para envenenar a los ancianos, incluyendo la administración de productos cáusticos como la lejía, que causaban graves daños internos y agonía.

Además, mezcló barbitúricos en las bebidas de los residentes y suministró dosis letales de insulina, lo que inducía hipoglucemias severas y provocaba la muerte.

El caso se descubrió en 2009 cuando Vila asesinó a su última víctima, Paquita Gironès, a quien le dio de beber lejía. Las autoridades intervinieron porque no creyeron en su muerte natural.

La investigación posterior reveló el patrón de asesinatos y el modus operandi del sujeto, lo que culminó en una condena de 127 años y medio de prisión, de la cual solo pagará 40.

En la actualidad, Vila cumple su sentencia en el Centro Penitenciario Puig de les Basses, compartiendo celda con otro recluso y participando de forma activa en actividades dentro del lugar.

Su familia, que ha estado marcada por el estigma de sus crímenes, vive en un estado de reclusión y silencio en su localidad natal. El periodista y escritor Matías Crowder cuenta el caso de Vila Dilmé en su libro El Celador de Olot (2022).

– Una mancha imborrable en la historia de España

Conocer las historias de los asesinos en serie más famosos de España nos lleva a entender no solo sus oscuros crímenes, sino también los complejos factores que los impulsaron. Estos casos, aunque impactantes, son una ventana a los misterios de la mente humana.

La maldad no tiene límites y reflexionar sobre estos sucesos ayuda a valorar la importancia de la justicia, el apoyo a las víctimas y la construcción de una sociedad más segura y consciente.

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Sardanápalo, el depravado rey asirio que inspiró a escritores, músicos y pintores, ¿existió realmente?…


El sueño de Sardanápalo, obra de Ford Madox Brown. 

L.B.V.(J.Álvarez) — Hay personajes de la Historia que, por diversos motivos, pueden trascender esa condición para convertirse en paradigmas de algo; en el caso del rey asirio Sardanápalo, en un arquetipo de corrupción, libertinaje y decadencia, algo que el arte y la literatura se han encargado de representar una y otra vez con obras muy conocidas.

Ahora bien, en torno a su figura existen numerosas dudas: ¿existió realmente?, ¿reinó de verdad?, ¿fue tan extremo como se cree? Músicos como Liszt o Berlioz, escritores como Dante, Lord Byron o Dickens y pintores como Delacroix, entre otros, dieron una versión acorde a esa mala fama, pero….

Probablemente Delacroix sea el autor que a más público ha llegado en ese sentido, debido a su cuadro La muerte de Sardanápalo.

Pintó ese cuadro -que se conserva en el Louvre- en 1827 y causó estupor tanto por la febril combinación de violencia y sadismo que exhibe como por el extraño uso del color (tonos cálidos, con predominio del rojo), las pinceladas libres que acentúan la sensación de movimiento y una original pespectiva asimétrica. Él mismo tuvo que explicar su contenido cuando lo expuso por primera vez en el Salón de París:

Los rebeldes asediaron su palacio… Acostado en una magnífica cama, en la cima de una inmensa hoguera, Sardanápalo da la orden a sus eunucos y a los oficiales de palacio de degollar sus mujeres, sus pajes, hasta sus caballos y sus perros favoritos; ninguno de los objetos que habían servido a sus placeres debían sobrevivir.

Un fragmento de La muerte de Sardanápalo, cuadro de Delacroix restaurado por el Louvre en 2023
Un fragmento de La muerte de Sardanápalo, cuadro de Delacroix restaurado por el Louvre en 2023. 

Aquella pintura, símbolo del Romanticismo, resultó demasiado atrevida para su época y por tanto fue mal recibida.

Sin embargo, en 1830 sirvió de inspiración a Hector Berlioz para la composición de una cantata sobre el mismo tema y en 1845, a Franz Liszt para su ópera Sardanápalo; curiosamente, ambas piezas quedaron inacabadas y la primera incluso fue destruida por su autor, salvándose sólo un fragmento de pocos minutos.

Lo cierto es que Delacroix mismo tomó la idea para el cuadro de Sardanapalus, una tragedia en verso publicada en 1821 por Lord Byron, quien se la dedicó a su amigo Goethe induciendo a éste a incluir una alusión al personaje en boca de Mefistófeles, en la segunda parte de Fausto.

Byron, a su vez, usó como fuente la Historia romana de Dion Casio, en la que se establece un paralelismo entre Sardanápalo y Heliogábalo.

Por tanto, como vemos, el proceloso monarca asirio ya había sido objeto de atención por parte de los clásicos: Luciano de Samosata le dedica el segundo capítulo en Diálogos para los muertos junto a otros personajes como los reyes Midas y Creso, el filósofo Menipo de Gadara y el dios Plutón; incluso Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, lo compara con aquellos que tienen una visión de la vida centrada sólo en la búsqueda del placer:

La mayor parte de los hombres, si hemos de juzgarlos tales como se muestran, son verdaderos esclavos, que escogen por gusto una vida propia de brutos, y lo que les da alguna razón y parece justificarles es que los más de los que están en el poder sólo se aprovechan de éste para entregarse a excesos dignos de un Sardanápalo.

Por eso era casi obligado que Dante le hiciera un hueco entre la larguísima lista de personajes que aparecen en su Divina comedia; concretamente, en el capítulo dedicado al Paraíso: «Aún no había enseñado Sardanápalo lo que se puede hacer en una alcoba».

Otros escritores incluyeron referencias a Sardanápalo en sus obras, siempre en ese tono negativo: Molière en Don Juan, Charles Dickens en Historia de dos ciudades, Henry David Thoreau en Walden, Máximo Gorky en Los bajos fondos, Henri Gougaud en La risa del ángel

Y es curioso el interés especial que tenía para los compositores, pues aparte de los ya mencionados también le dedicaron óperas Giovanni Domenico Freschi, Christian Ludwig Boxberg, Giulio Alary, Victorin de Joncières, Victor-Alphonse Duvernoy, Otto Bach y Alexander Sergeievitch Famintzin, mientras que Benjamin Wilhelm Mayer hizo una obertura.

El esplendor asirio queda reflejado en el cuadro Los monumentos de Nínive, del pintor decimonónico Sir Austen Henry Layard
El esplendor asirio queda reflejado en el cuadro Los monumentos de Nínive, del pintor decimonónico Sir Austen Henry Layard. 

Pero ¿qué hay de los historiadores? Hacia el 395 a.C. Ctesias de Cnido escribió dos libros, Pérsica y Babyloniaca, en las que parece identificar por primera vez a Sardanápalo con Asurbanipal. Esos textos se han perdido y únicamente los conocemos de segunda mano, fundamentalmente por Diodoro de Sicilia, quien en su Biblioteca histórica dice:

Sardanapalo, el decimotercer sucesor de Nino, quien fundó el imperio, y el último rey de los asirios, superó a todos sus predecesores en lujo y afeminamiento. Nunca visto por ningún hombre fuera de palacio, vivió la vida de una mujer y pasó sus días en compañía de sus concubinas, hilando telas de color púrpura y trabajando la lana más suave.

Se vestía con ropa de mujer y se cubría la cara y todo el cuerpo con cremas y ungüentos blanqueadores utilizados por los cortesanos, lo que lo hacía más delicado que cualquier cortesana. Se preocupaba de que su voz fuera femenina durante las sesiones de bebida, para disfrutar de los placeres del amor tanto con hombres como con mujeres.

En tal exceso de lujo, de placer sensual y de templanza sin escrúpulos, compuso un himno fúnebre y ordenó a sus sucesores en el trono que lo inscribieran en su tumba después de su muerte, himno compuesto en lengua extranjera y traducido desde entonces por un griego. […]

Su naturaleza de hombre ambivalente no sólo le hizo morir deshonrosamente, sino que provocó la destrucción total del imperio asirio, que existió más tiempo que cualquier otro estado en la historia.

Esa depravación del monarca, continúa Diodoro, habría llevado a la caída de Nínive tras un largo asedio al que la sometió una alianza de medos, persas y babilonios. En el último momento, Sardanápalo mandó encender una gran pira a la que arrojó a sus concubinas y eunucos, inmolándose él también a continuación con «todo su oro, plata y vestimenta real».

En su Epítome de las «Historias filípicas» de Pompeyo Trogo , Justino confirma esa visión y el final:

El último que reinó entre los asirios fue Sardanápalo, un hombre más afeminado que una mujer. Uno de sus prefectos, llamado Arbacte, que gobernaba a los medos, había conseguido, después de muchos trámites, verlo, privilegio difícilmente obtenido antes que él.

Descubrió a Sardanápalo rodeado de una multitud de concubinas, y vestido de mujer, enrollando lana púrpura con una rueca y distribuyendo tareas a las muchachas, pero superándolas a todas en feminidad y desenfreno.

Después de ver esto, e indignado de que tantos hombres estuvieran sujetos a tal mujer, y que la gente que tenía armas de hierro obedecieran a un hilandero de lana, salió para unirse a sus compañeros, contándoles lo que veía, y diciéndoles que no podía obedecer a una cinède que prefiere ser mujer antes que hombre.

Se formó una conspiración y estalló la guerra contra Sardanápalo, quien, al enterarse de lo sucedido, reaccionó no como un hombre que defiende su reino, sino como una mujer asustada por la muerte que busca un lugar al que escapar.

Vencido en la batalla, se retiró a su palacio y, habiendo preparado un montón de combustible, al que prendió fuego, se arrojó allí con sus riquezas, actuando por primera vez como un hombre.

Asurbanipal, montado en su carro de guerra, inspecciona el botín y los prisioneros obtenidos tras la conquista de Babilonia
Asurbanipal, montado en su carro de guerra, inspecciona el botín y los prisioneros obtenidos tras la conquista de Babilonia. 

Ahora bien, Diodoro y Justino cometen algunos errores. Arbacte era el nombre del rey medo Ciáxares, al que se menciona en el apartado dedicado a la caída de Nínive de las Crónicas mesopotámicas (unas tablillas de arcilla escritas en acadio antiguo con signos cuneiformes) y la inscripción de Behistún (de la que ya hablamos en otro artículo).

La mayor parte de la información sobre él corresponde a Heródoto, quien, curiosamente, apenas presta atención a Sardanápalo en el segundo de sus Nueve libros de la Historia y se centra en las riquezas perdidas:

En efecto, los ladrones, queriendo robar los inmensos tesoros de Sardanápalo, rey de Nínive, que se guardaban en lugares subterráneos, comenzaron, desde la casa en la que vivían, a excavar la tierra. Habiendo tomado las dimensiones y medidas más precisas, llevaron la mina al palacio del rey.

Todo esto nos lleva a plantear de nuevo la cuestión de la historicidad y al respecto hay que decir que en la Lista de reyes asirios, compilada por éstos en su época, no figura ningún monarca llamado Sardanápalo.

Los detalles sobre su vida parecen coincidir parcialmente con los de Asurbanipal, rey de Asiria, y su hermano Shamash-shum-ukin, a quien el primero había cedido la corona de Babilonia y que, a pesar de ello, estaba descontento porque los territorios babilonios estaban muy mermados respecto a tiempos pasados, razón que le llevó a sublevarse en el 652 a.C. con apoyo de elamitas, egipcios, sirios, árabes, suteos, caldeos y, en general, todos los enemigos de los asirios.

Shamash-shum-ukin fracasó y la derrota le costó la vida; Babilonia fue sitiada por Asurbanipal durante dos años, cayendo finalmente en el 648 a.C.

Los asirios la saquearon y arrasaron con su proverbial brutalidad y Shamash-shum-ukin pereció en el incendio de su palacio, no se sabe si voluntariamente o no, aunque en la Antigüedad se daba por hecho que sí, quizá porque los escribas querían evitar dejar constancia de una ejecución ordenada por su hermano que se hubiera considerado impía al ser ambos de la misma sangre.

A nadie se le escapará el parecido entre la muerte del rebelde y la de Sardanápalo.

Es posible que éste fuera una sincretización de los dos hermanos. ¿Y el nombre? Una teoría sugiere que se trata de una confusión con un sátrapa de Cilicia, pero la mayoría, basándose en la conocida como inscripción de Çineköy (un texto bilingüe en luvita y fenicio, datado en el siglo VIII a.C., grabado en la piedra de un monumento al dios del trueno Tarhunza), se decanta por una aféresis (modificación fonética) de la palabra aššurû (Asiria), que dio origen al término Siria y que explicaría la desaparición del primer segmento vocal de Aššur-bāni-apli , dando Sur-. Es decir, de Aššur-bāni-apli se pasaría por corrupción a Sar-dan-ápalos.

La tumba de Sardanápalo en Tarso (ciudad vecina de Anquíalo) dibujada por Victor Langlois para el libro Voyage dans la Cilicie et dans les montagnes du Taurus (1861)
La tumba de Sardanápalo en Tarso (ciudad vecina de Anquíalo) dibujada por Victor Langlois para el libro Voyage dans la Cilicie et dans les montagnes du Taurus (1861). 

Por lo demás, ni Asurbanipal ni su hermano Shamash-shum-ukin llevaron una vida tan hedonista como la que se atribuye a Sardanápalo, y mucho menos consta que fueran homosexuales o bisexuales.

Más bien se los presenta históricamente como gobernantes fuertes, ambiciosos, serios y hasta cultos (se sabe que Asurbanipal, bajo cuyo mandato alcanzó el imperio Asirio su máxima extensión, era un erudito poseedor de una vasta biblioteca y versado en astronomía, matemáticas, botánica, zoología, etc).

En cuanto a la caída de Nínive a manos de una coalición de enemigos liderada por el citado Ciáxares, tuvo lugar en el 612 a.C. tras una serie de guerras civiles por el trono.

Reinaba entonces Sin-shar-ishkun, vástago que Asurbanipal tuvo con su esposa Libbali-sarrat, después del asesinato de su hermano y predecesor, Assur-etil-ilani, y de unos pocos meses en los que se impuso el general usurpador Sin-shumu-lisir. No se sabe cuál fue el destino del rey, suponiéndose que murió en combate defendiendo la ciudad.

Le sucedió Ashur-uballit II, que probablemente era su hijo pero que tuvo que gobernar desde Harrán, ya que se invirtieron las tornas y Ninive quedó en poder de Babilonia. Como también fue conquistada la nueva capital, Ashur-uballit II tuvo que huir y, con ayuda del faraón Necao II, retornó para intentar recuperar su reino; no pudo y desapareció de la Historia.

Volviendo a Sardanápalo, tras su óbito en la pira habría sido enterrado en Anquíalo, una ciudad de Cilicia. En su obra El banquete de los eruditos, el retórico y gramático griego Ateneo de Náucratis cuenta al respecto:

En el libro III de sus Pasos, Amintas nos cuenta que en Nínive había un montículo colosal, que Ciro había arrasado, para levantar en su lugar una gran terraza para vigilar mejor las murallas, durante el asedio de la ciudad.

Este montículo era, se dice, el mausoleo de Sardanápalo, rey de Nínive, en cuya cima se había erigido una columna de piedra, donde se podían leer inscripciones en caldeo que Choerilos luego tradujo en versos griegos […] En Anquíalo, ciudad construida por Sardanápalo, Alejandro instaló su campamento, en el momento en que luchaba contra los persas.

No lejos de este lugar, vio la tumba de Sardanápalo donde estaba grabada una imagen del rey, visiblemente representada chasqueando los dedos. Debajo, estas palabras estaban escritas en caracteres asirios: «Sardanapalo, hijo de Anakyndaraxes, construyó Anquíalo y Tarso en un día. ¡Come, bebe y disfruta! ¡El resto importa poco!». Éste, al parecer, es el significado del chasquido de dedos.

La muerte de Sardanápalo en un grabado decimonónico de Georg Weber
La muerte de Sardanápalo en un grabado decimonónico de Georg Weber. 

Ese monumento que reseña el mencionado Amintas (alias el Bematista, un escritor del siglo IV a.C.) seguramente correspondería al período aqueménida y fuera construido por un sátrapa local, pues no hay registro de que ningún rey asirio muriera o recibiera sepultura en Cilicia. Lo interesante es la inscripción porque Diodoro de Sicilia, siempre siguiendo a Ctesias, informa de la existencia de una oración funeraria dejada por Sardanápalo:

…él mismo hizo este epitafio en lengua bárbara, que desde entonces ha sido plasmado en dos versos griegos: «Tomo tesoros que dejo a los vivos, todo lo pongo en satisfacer mis sentidos».

Se ignora dónde estaba exactamente y en qué idioma y tipo de escritura se plasmó, pues dice que se tradujo al griego del caldeo (¿alfabeto arameo, cuneiforme asirio?). Cicerón, en su obra Disputaciones Tusculanas, remonta el conocimiento del epitafio hasta los tiempos de Aristóteles:

Vemos en esto cuál fue la ceguera de Sardanápalo, este opulento rey de Asiria, que hizo grabar en su tumba la siguiente inscripción: “Privado de mi grandeza por una muerte fatal, lo que Amor y Baco me han proporcionado de bienes, son los únicos a partir de ahora que me atrevo a llamar míos; un heredero tiene todo lo demás”. Inscripción, decía Aristóteles, más digna de ser colocada en el foso de un buey que en el monumento de un rey.

Leyendo estos textos es fácil entender la pésima imagen que de Sardanápalo debían tener los griegos: la de un monarca degenerado, cautivo de sus excesos, que combinaba tiranía con frivolidad, feminización con debilitamiento, provocando fatalmente el colapso de su reino.

Los macedonios vincularon esos defectos con los persas y los romanos los contraponían a su virtus, todo lo cual constituye un enfoque recuperado en el siglo XX, en tiempos de Atatürk, para explicar la decadencia que llevó a la caída del Imperio Otomano (el heredero de la Sublime Puerta se crió en un serrallo) y justificar la república. Una mala fama redimida por el arte.

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¿Cómo fue el paso de las villas romanas a los señoríos feudales?…


Psicología y Mente(S.R.Comas) — A partir del siglo III d.C., el Imperio romano empieza a dar muestras evidentes de agotamiento. La unidad del estado se empieza a fragmentar, y ello da como resultado la disminución del comercio y de las rutas de intercambio y, en consecuencia, una caída del poder de las ciudades. La antaño sociedad urbana se iba convirtiendo, paulatinamente, en la sociedad eminentemente rural característica de la Edad Media, con la explotación del campo como base económica.

¿Cómo se dio este paso de la sociedad antigua a la sociedad medieval? ¿Qué papel tuvo en ello el campo y, con él, las famosas villas romanas? ¿Cómo se transformaron estos latifundios en los feudos medievales? En el artículo de hoy repasamos esta transición y te contamos cómo fue el paso de las villas romanas a los señoríos feudales.

– El paso de las villas romanas a los señoríos feudales: historia de una transición

Es evidente que la ruralización fue una de las características básicas de la configuración de la Europa medieval. Sin embargo, no por ello debemos pensar que el mundo romano carecía de poder en el campo. 

De hecho, el núcleo de la producción y del comercio romano eran las villae o villas, explotaciones agropecuarias que descansaban en manos de los dominus o señores y que, con su alta especialización en productos, eran las fuentes de la alimentación de las colonias romanas y de su ejército. Podemos decir que, sin ellas, el mundo romano no se hubiera sostenido.

No obstante, es un hecho que, a partir del siglo III d.C., se observa una ruralización sin precedentes en el viejo mundo romano, ruralización que comportará la caída de las ciudades y el auge del campo como epicentro de la posterior sociedad medieval.

Y, a pesar de que los feudos rurales son característicos del Medievo, su germen lo encontramos ya en la Europa tardoantigua, como veremos.

– Ante el peligro, me encomiendo a un poderoso

Las convulsiones políticas y sociales del siglo III hacen que muchos pequeños propietarios se sientan inseguros. El estado se resquebraja y el poder público es prácticamente inexistente. De esta forma, los campesinos advierten que no se les puede garantizar una seguridad mínima, por lo que se encomiendan a sus vecinos más poderosos.

Se trata del patrocinium, a través del cual un pequeño propietario se pone en manos del dominus (el gran propietario de los latifundios) para que le proteja militarmente. A cambio, el protegido le brindará una serie de bienes, que pueden ser de trabajo (la obligación de trabajar ciertos días de la semana en la propiedad señorial) o de cesión de producto (la obligación de cederle parte de la cosecha).

Como podemos apreciar, estamos hablando de un primitivo sistema feudal, en el que el campo, con los domini a la cabeza, controlan amplias áreas de territorio y una cantidad considerable de sus habitantes. Se trata del testimonio fehaciente de la extinción del poder estatal, característica de la sociedad trardoantigua y, especialmente, de la sociedad medieval, en la que gran parte de la tierra (y de la jurisdicción militar y judicial) está en manos de particulares.

– De esclavos a colonos

La base de la economía romana eran los esclavos, mano de obra gratuita que, además, no tenía ningún derecho porque ni siquiera eran considerados hombres. Las cosas empiezan a cambiar a partir del siglo III d.C.

Primero, porque la creciente Iglesia no ve con buenos ojos la existencia de la esclavitud; segundo, porque, debido a esta inestabilidad social, muchos campesinos libres se encomiendan a poderosos y trabajan para ellos, sin perder por ello su condición de hombres libres. Estos nuevos trabajadores serán los colonos, semilla de lo que serán, en la Edad Media, los vasallos.

A medio camino entre los esclavos (que, aún así, siguieron existiendo hasta bien entrada la Edad Media) y los colonos estaban los siervos, hombres y mujeres que eran libres pero que, sin embargo, estaban sujetos a la autoridad señorial de forma bastante severa. 

A los siervos se les cedía un manso o parcela de tierra con vivienda para su manutención, pero tenían la obligación de trabajar unos días en la reserva señorial. A pesar de ser de condición libre, estos siervos no podían marchar de las tierras del dominus sin su permiso, por lo que su estatus era, en realidad, un camino medio entre la esclavitud y la libertad.

– Los grandes cambios rurales y la transformación de las villas

La rotura del estado como ente aglutinador quita poder a las ciudades. En consecuencia, la población emigra al campo y se instala alrededor de las grandes villas tardorromanas, encomendándose, como ya hemos visto, al dominus. Son los siglos IV y V, la edad dorada de las villae, que empiezan a enriquecerse gracias a esta inesperada afluencia de mano de obra. 

Como resultado, los domini empiezan a comportarse como “protoseñores” feudales, organizando a su alrededor todo un complejo sistema de ceremonial y aglutinando cada vez más responsabilidades que eran, en su origen, del estado.

Las villas romanas tardoantiguas son, pues, enormes latifundios lujosamente decorados donde vive el señor con su familia y, a su alrededor, una multitud de esclavos y colonos que están a su servicio.

Pero la producción de estas villae ya no se destina al comercio, que ha caído estrepitosamente junto con el estado; se trata de células autosuficientes, cuyos excedentes se destinan, más bien, al caprichoso consumo de estas élites rurales eminentemente poderosas.

A partir del siglo VI se produce un acusado debilitamiento de la tradicional villa tardorromana en favor de la denominada “villa carolingia”, que será característica de los primeros siglos de la Edad Media. Se trata de enormes propiedades agrícolas, mayoritariamente concentradas en las zonas del Loira y del Rin, que son herederas de la villa romana pero que, sin embargo, presentan una diferencia: poseen dos partes claramente diferenciadas. 

La primera, la reserva señorial, está destinada al dominus, y en ella deben trabajar los siervos y colonos a cambio de protección y alimento. La segunda, el manso, estaba destinada exclusivamente a la explotación de estos últimos, aunque judicialmente pertenecía al señor.

Poco a poco, estos grandes señores de la tierra empiezan a acumular muchísimas parcelas, generalmente desperdigadas, que conformarán una amalgama de propiedades que constituirá el germen de los futuros feudos.

Un mundo que se acentuará tras las invasiones germanas y el establecimiento de los comites (mundo carolingio), duces (mundo itálico) y earldormen (mundo anglosajón), una especie de “funcionarios” privados al servicio del monarca que tendrán auténtico poder en su territorio rural. Acababa el mundo antiguo y entraba la Edad Media en Europa.

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¿Por qué se produjo la Reforma Anglicana?…


Enrique VIII

Psicología y Mente — En el tema del cisma que introdujo el rey Enrique VIII y que convirtió a la de Inglaterra en una Iglesia totalmente independiente de Roma, ha habido y sigue habiendo multitud de tópicos y leyendas. Desde los que atribuyen la separación a algo dictado en exclusiva por la pasión del monarca por Ana Bolena, hasta los que insisten en describir a Catalina de Aragón como una mojigata de tres al cuarto que se pasaba el día rezando. Como siempre, la historia tiene muchos, pero que muchos matices.

Una de las cosas que se desconoce en general es que, antes de enzarzarse en una guerra ideológica, teológica y política con la Santa Sede, Enrique VIII fue proclamado por el papa León X “defensor de la fe”, con ocasión de un escrito del monarca en el que defendía la fe romana y arremetía contra el naciente protestantismo.

Por supuesto, en ese momento nadie, y mucho menos el papa, podía suponer que, pocos años más tarde, el mismo rey que había redactado semejante documento iniciaría un cisma que acabaría con la instauración de la Iglesia anglicana, totalmente independiente de Roma. Pero vayamos por partes.

– Europa antes del cisma anglicano

Para hablar apropiadamente sobre el cisma de la Iglesia de Inglaterra, es necesario remontarnos a los años anteriores al reinado de Enrique VIII. Es el siglo XV, y el humanismo triunfa por toda Europa.

Pensadores como Erasmo de Roterdam (m. 1536) o Thomas More (1478-1535), más conocido en territorio hispano como Tomás Moro, sostenían la necesidad de un regreso a los orígenes de la Iglesia, a un cristianismo más puro y en consonancia con los Evangelios.

La petición no era baladí; recordemos que el XV es el siglo de los grandes papas del Renacimiento, que habían convertido el Vaticano en un verdadero palacio, por donde pululaban concubinas, prostitutas (de ambos sexos) e hijos ilegítimos.

No sólo eso; con el objetivo de completar el ambicioso proyecto del nuevo San Pedro, el papa León X había iniciado una campaña de venta de indulgencias (entre otras cosas, para librarse del Purgatorio o acortar la estancia en él) para financiar la construcción del templo. Eso era algo que muchos no podían tolerar, pues constituía una auténtica prostitución de la fe.

Erasmo de Roterdam y Thomas More no pretendían, ni mucho menos, cambiar los preceptos de la religión católica. Tampoco querían una separación de Roma. Sólo sugerían una renovatio, una renovación desde los cimientos que devolviera a la corrompida Iglesia los valores promulgados por Cristo. Sin embargo, un monje alemán llevó estas ansias de cambio mucho más lejos.

– Lutero y la nueva fe protestante

Martin Lutero

Este monje alemán era, por supuesto, Martin Luther (1483-1546), Martín Lutero para los hispanohablantes, que había quedado completamente escandalizado por el vergonzoso tráfico de indulgencias que campaba a sus anchas por toda la cristiandad.

Según el teólogo alemán, el hecho de que los fieles tuvieran que pagar para “aliviar su alma” era una aberración que iba en contra del sacramento de la confesión y del arrepentimiento y contrición verdaderos.

En 1517, según cuenta la tradición, Lutero clavó en la puerta del palacio de Wittenberg, en Sajonia, sus más que famosas noventa y cinco tesis, donde exponía sus puntos de vista al respecto.

Este es el hecho que la historia toma como pistoletazo de salida “oficial” para el protestantismo.

No podemos extendernos aquí en el proceso de expansión del luteranismo y en el conflicto en el que se vio sumida Europa a raíz de la protesta de su líder (de ahí el nombre de la nueva fe, por cierto).

Pero sí que es necesario hacer hincapié en esto para entender con profundidad el marco histórico en el que se movió Enrique VIII y en el que se ocurrió su cisma.

Tras la publicación de su texto de defensa de la fe romana y la proclamación de su persona como “defensor de la fe”, es lógico que las relaciones entre el papado y el monarca inglés fueran más que buenas. Por otro lado, en aquella época Enrique ya estaba casado con Catalina de Aragón, una de las hijas de los Reyes Católicos, de la que, por cierto, corren todavía no pocos tópicos que merecen ser examinados.

– La esposa “mojigata” y la amante “impura”

En general, la historiografía tradicional y, sobre todo, el mito popular ha reducido a ambas soberanas inglesas a estos dos epítetos respectivos, tan crueles e ingratos. En realidad, se trata de lo de siempre: la contraposición de la mujer virginal, pura, religiosa y modesta, con la mujer fogosa, sexual y apasionada, fuente de toda perdición.

Catalina de Aragón

Pero, por desgracia para los amantes de los tópicos y la mitología histórica en general, esto no fue así. Al menos, no exactamente.

Catalina de Aragón (1485-1536) fue el último vástago de los Reyes Católicos. 

En 1501, a la edad de dieciséis años, contrajo matrimonio con Arturo Tudor, príncipe de Gales y, por tanto, heredero al trono inglés.

El joven esposo falleció prematuramente, y Catalina volvió a desposarse; en esta ocasión, con el hermano pequeño de su difunto marido, el futuro monarca Enrique VIII.

Este dato es importante, porque será precisamente a lo que se aferrará el rey cuando decida deshacerse de Catalina para casarse con Ana Bolena. Hablaremos de ello más adelante.

Hemos comentado que la mitología popular, espoleada por ciertos historiadores, han alimentado la imagen de la reina Catalina como una mujer extremadamente devota, casi rayando en la mojigatería.

Y, aunque, por supuesto, la hija de los Reyes Católicos seguía con firmeza los preceptos de la Iglesia, no debemos olvidar que fue también una gran humanista que acogió en su círculo a personajes como Erasmo de Roterdam y Luis Vives e impulsó la nueva corriente de pensamiento de su siglo.

La obra de este último De institutione feminae christianae, que defiende la educación de las mujeres, fue de hecho propiciada por la soberana, dotada de gran inteligencia y de una extensa cultura.

De hecho, durante los primeros años de matrimonio, y antes de que la falta de heredero varón minara su matrimonio, Enrique y Catalina se avinieron magníficamente, pues él también era un monarca bastante culto, aficionado a la música y a la poesía.

En contraste con la reina “santurrona”, la historia ha situado a Anne Boleyn, más conocida como Ana Bolena, como la peligrosa sirena que encanta con sus gracias a un ya desenamorado Enrique.

Si bien Ana Bolena es descrita por sus contemporáneos como alegre y encantadora, no es menos cierto que era una mujer notablemente culta e inteligente, pues había sido educada en Francia bajo los auspicios de la reina Claudia.

Resulta realmente difícil discernir a la verdadera Ana Bolena del testimonio de sus (muchos) detractores. Calculadora, fría, ambiciosa… Aunque puede que, en el fondo, existiera algo de eso, también puede ser una simple exageración de los que la odiaban y deseaban su perdición.

De hecho, los expertos coinciden en que era inocente de los cargos que se le imputaron y que la llevaron finalmente al cadalso, entre los que se encuentra la escalofriante acusación de haber mantenido relaciones sexuales con su propio hermano. Parece que, en última instancia, Bolena fue una víctima más de toda aquella pantomima.

El rey quiere un hijo varón

Ana Bolena

En 1525, Enrique ya había empezado a asumir que Dios no le iba a dar un heredero.

Su esposa Catalina tenía ya cuarenta años, una edad en la que la capacidad de concepción disminuye radicalmente.

De los seis hijos que había parido la reina, sólo una hija sobrevivía, la que reinaría más tarde como María Tudor.

Los demás, o nacieron muertos o sobrevivieron un corto periodo de tiempo.

Enrique empezó a pensar que semejante cadena de desgracias tenía algo que ver con un castigo divino.

Pues ¿acaso no se había casado con la mujer de su hermano? Según la Biblia, o, más concretamente, según el Levítico, el hombre que así actuaba estaba cometiendo incesto a los ojos de Dios. 

Se inició así, a petición del monarca, un estudio teológico con el objetivo de valorar la situación y formalizar una anulación para el ya detestado matrimonio.

Por su parte, Catalina se defendía de la acusación esgrimiendo que no había tenido relaciones sexuales con Arturo, por lo que la sentencia del Levítico no tenía fundamento. Hay que tener presente que, en aquella época, un matrimonio sólo era válido si se había producido la consumación.

Catalina lo sabía, y sabía también que su esposo se valdría de ello para deshacerse de ella y negarle su legítimo título de reina de Inglaterra.

¿Mintió la soberana para conservar su estatus? Nunca la sabremos. Parece poco probable, dada la personalidad e integridad de Catalina, que mintiera sobre un asunto tan importante para la salvación de su alma. De cualquier manera, su versión no satisfizo a Enrique, obsesionado con la idea del pecado y con la de morir sin un heredero varón. Y es aquí donde entra en juego Ana Bolena.

– La nueva reina de Inglaterra

Ana Bolena había vuelto a su Inglaterra natal tras estudiar en Francia, como ya hemos comentado, en la corte de la reina Claudia. A su regreso, entró a formar parte del séquito de damas de Catalina de Aragón. El rey, que por aquellas fechas ya estaba desencantado con su matrimonio, se fijó en aquella graciosa muchacha morena, que conocía la moda a la perfección y bailaba y tocaba instrumentos admirablemente.

La idea de deshacerse de Catalina y desposarse con Ana fue madurando en la cabeza del monarca. Tras muchas vicisitudes y un largo conflicto, no solamente teológico, sino político (recordemos que Catalina era tía nada menos que de Carlos V, el poderoso emperador del Sacro Imperio), en 1534 nacía finalmente la Iglesia anglicana, separada oficialmente de Roma, con su rey, Enrique, como cabeza de la misma.

El matrimonio que tantos quebraderos de cabeza había dado a Inglaterra fue declarado nulo por Thomas Cranmer, el arzobispo de Canterbury. Finalmente, Enrique pudo desposarse con Ana, que ya se encontraba embarazada de la futura Isabel I. Catalina, la reina despechada, fue confinada primero al castillo de More y, más tarde, al de Kimbolton, donde vería la muerte en 1536, a los cincuenta años. Hasta el final de sus días se siguió considerando la legítima reina de Inglaterra.

– Después de Enrique

Ya hemos comentado que Enrique no cambió sustancialmente la fe romana. Simple y llanamente, configuró su propia Iglesia en Inglaterra, de la que él era la cabeza visible, tomando de esta manera el papel que antaño había ejercido el papa.

La regencia establecida a causa de la minoría de edad del joven Eduardo VI, el hijo varón que Enrique había tenido con Jane Seymour, su tercera esposa (con la que se casó tras la ejecución de Bolena) había empezado a establecer el protestantismo como la base de la nueva Iglesia anglicana. El tiempo del tan deseado varón se apagó pronto, pues el muchacho falleció con sólo quince años.

Tras el fallecimiento del joven monarca, empieza un periodo de inestabilidad que no podemos resumir aquí y que incluyó el reinado de María Tudor, la hija de Catalina (bautizada por los ingleses como Bloody Mary, “María la Sangrienta”), que se caracterizó por un regreso a la fe católica y la persecución de los disidentes anglicanos.

 A María la sucedió su hermana Isabel, la hija de Ana Bolena. Este reinado significó el afianzamiento de la Iglesia anglicana como ente independiente de Roma, y consolidó su decisiva protestantización.

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El destripador de Gainesville, la historia real que inspiró a la película Scream…


El Destripador de Gainesville, la historia real que inspiró a la película Scream

Infobae(J.M.Godoy) — En el verano de 1990, la tranquila ciudad universitaria de Gainesville, en Florida, fue sacudida por una serie de asesinatos brutales que dejaron a la comunidad sumida en el miedo y la paranoia. Un asesino despiadado acechaba a los jóvenes estudiantes, irrumpía en sus hogares, y los asesinaba de manera cruel y calculada.

Las escenas del crimen eran tan macabras que parecía que estaban diseñadas para atormentar tanto a las víctimas como a las autoridades que las encontrarían.

Este asesino, que fue bautizado por la prensa como el Destripador de Gainesville, tenía un objetivo claro: propagar el horror y sembrar el caos. Este caso aterrador inspiraría más tarde la famosa película de terror de 1996, Scream.

El autor de los crímenes, Danny Rolling, no era un psicópata común; era un depredador que se alimentaba del miedo y el sufrimiento de sus víctimas. Sus asesinatos dejaron una marca imborrable en la memoria colectiva de Gainesville y transformaron la atmósfera despreocupada del campus de la Universidad de Florida en una auténtica pesadilla.

Y aunque la historia de Rolling se ha mantenido en la sombra de la cultura popular, su legado perdura como el monstruo que inspiró una de las franquicias de terror más exitosas de todos los tiempos.

Pero ¿quién era Danny Rolling y qué lo llevó a cometer crímenes tan espantosos? ¿Qué detalles hicieron que el guionista de Scream se inspirara en su historia para crear a Ghostface, el icónico asesino enmascarado que se convirtió en un símbolo del terror cinematográfico? La respuesta a estas preguntas yace en los horribles eventos que sacudieron a Gainesville durante tres días de agosto de 1990.

– La Masacre de Gainesville

Rolling era un vagabundo que llevaba una vida marcada por el abuso y la violencia familiar y llegó a Gainesville a finales de agosto de 1990. Rolling había crecido en una familia disfuncional y, desde joven, mostró tendencias agresivas e impulsivas. Sin embargo, nadie sospechaba que este hombre, que parecía vivir al margen de la sociedad, desataría una serie de crímenes tan atroces.

La mañana del 24 de agosto de 1990, el horror comenzó. Rolling irrumpió en la casa de Sonja Larson, de 18 años, y Christina Powell, de 17, ambas estudiantes de la Universidad de Florida. Las atacó sin piedad: las violó, apuñaló hasta la muerte y luego posó sus cuerpos en posiciones sexualmente provocativas, como si fuera una cruel burla hacia las autoridades.

Como si la violencia y la muerte no fueran suficientes, Rolling se llevó un “trofeo” de la escena: uno de los pezones de las jóvenes, un detalle que revelaba la mente perturbada y sádica del asesino.

Tan solo un día después, Rolling volvió a atacar. Esta vez, su víctima fue Christa Hoyt, otra estudiante universitaria de 18 años. Rolling esperó pacientemente hasta que la joven entró en su casa, la sometió con una técnica de estrangulación, la violó y luego la decapitó.

En un acto especialmente perverso, colocó la cabeza de Hoyt sobre una estantería, frente a su cuerpo mutilado, que también había dejado en una posición sexualmente explícita. La escena era un macabro espectáculo destinado a aterrorizar a cualquiera que lo presenciara.

– Pánico en el Campus y el “Destripador de Gainesville”

La comunidad de Gainesville estaba en estado de alerta. El miedo se apoderó del campus universitario y de toda la ciudad. Las estudiantes comenzaron a organizarse, dormían en grupo, cambiaron sus rutinas y algunas incluso abandonaron la ciudad por temor a ser las próximas víctimas.

Los medios de comunicación intensificaron la cobertura, bautizando al asesino como el “Destripador de Gainesville”, y la policía trabajaba a contrarreloj para evitar que hubiera más víctimas.

Christina Powell, Sonja Larson, Christa Hoyt, Tracy Paules, Manuel “Manny” Taboada (víctimas)

El asesino no se detuvo. Dos días después, el 27 de agosto, Rolling irrumpió en la vivienda de Tracy Paules y Manuel “Manny” Taboada, ambos de 23 años. Rolling atacó primero a Taboada, apuñalándolo mientras dormía, luchando hasta que lo mató de más de treinta puñaladas.

Luego, se dirigió hacia Tracy, quien había escuchado los gritos y trató de refugiarse en su habitación. Rolling derribó la puerta, la ató y violó antes de asesinarla con tres puñaladas por la espalda. El asesino se tomó su tiempo, posando los cuerpos de las víctimas de manera similar a los crímenes anteriores.

En ese punto, la policía temía que la lista de asesinatos continuara, y fue entonces cuando arrestaron a Edward Lewis Humphrey, un estudiante con historial de enfermedades mentales y comportamiento sospechoso. Sin embargo, Humphrey no era el verdadero asesino, aunque durante algún tiempo fue considerado el principal sospechoso, desviando la atención de Rolling.

– La Captura del Asesino y el Juicio Final

La caída de Danny Rolling ocurrió casi por accidente. El 7 de septiembre de 1990, Rolling fue arrestado por un robo menor. Sin embargo, mientras estaba bajo custodia, la policía descubrió un oscuro vínculo con los asesinatos de Gainesville. Una prueba de ADN lo conectó con los crímenes y, finalmente, fue identificado como el verdadero Destripador de Gainesville.

Durante la investigación, se reveló la vida traumática de Rolling: había crecido en un hogar abusivo, sufrió problemas de salud mental y desarrolló múltiples personalidades para hacer frente al dolor. Su inestabilidad mental y odio reprimido lo llevaron a cometer los crímenes que aterrorizaban a Gainesville.

Una prueba de ADN conectó a Danny Rolling con los horribles asesinatos que sacudieron a Gainesville durante el verano de 1990

El juicio de Rolling se llevó a cabo en 1994 y fue condenado a pena de muerte por inyección letal. Durante el juicio, Rolling intentó justificar sus crímenes culpando a “Géminis”, una personalidad maligna que supuestamente lo había poseído. Sin embargo, el jurado no mostró piedad, especialmente después de escuchar testimonios desgarradores y ver las imágenes de las escenas de los crímenes.

Rolling fue ejecutado el 25 de octubre de 2005, y hasta el último momento, su comportamiento fue inquietante. Rolling miró fijamente a la madre de una de sus víctimas antes de comenzar a cantar un himno religioso. Su último deseo fue una opulenta comida: cola de langosta, camarones, patatas al horno y tarta de queso con fresas.

– Del Horror a la Pantalla Grande

La espantosa historia de Danny Rolling fue tan impactante que inspiró a Kevin Williamson, el guionista de la película de terror Scream. Durante una noche de 1990, mientras veía la cobertura mediática de los asesinatos de Gainesville, Williamson quedó tan perturbado que comenzó a tener pesadillas.

Fue precisamente esa atmósfera de terror y suspense lo que lo llevó a crear el guion que redefiniría el género slasher.

Danny Rolling fue condenado a inyección letal después de un juicio en el que se revelaron detalles espeluznantes de su historia personal

En el universo de Scream, la historia sigue a Sidney Prescott, una adolescente que se convierte en el objetivo de un asesino enmascarado. La película utiliza una fórmula novedosa para su época: combinar un tono de “whodunit” —un misterio en el que se busca descubrir al culpable— con referencias al género de terror y a sus clichés.

Ghostface se esconde detrás de una máscara aterradora, llama por teléfono a sus víctimas para burlarse de ellas antes de atacarlas y mata sin piedad. En la ficción, el asesino es una entidad cambiante, cuya identidad se revela solo al final, lo que mantiene a la audiencia en vilo hasta el último momento.

La película Scream se convirtió en un clásico, pero detrás de su icónico asesino enmascarado se esconde la verdadera historia de un hombre que acechó a una ciudad universitaria y dejó un rastro de muerte y miedo. El Destripador de Gainesville marcó una época y, aunque su legado es aterrador, sirve como recordatorio de lo frágil que puede ser la tranquilidad cuando un depredador acecha en las sombras.

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André Breton: biografía del “padre” del surrealismo…


Psicología y mente(S.R.Comas) — Parece ser que, mucho antes de que Salvador Dalí (1904-1989) dijera su frase tan conocida de “El surrealismo soy yo”, André Breton (1896-1966) ya la había dicho. ¿Quién de los dos tenía razón? Porque, si bien es cierto que Dalí fue el gran genio surrealista, no debemos olvidar que fue Breton quien sentó las bases del movimiento y lanzó, en 1924, el primer manifiesto de esta vanguardia.

Hoy hablaremos del “padre” del surrealismo, que recibió otros títulos no tan halagüeños como “el papa del surrealismo”, en referencia a la obcecación que tenía en expulsar del grupo a los disidentes de la ortodoxia del movimiento. Porque Breton fue, además de un gran intelectual, una persona intransigente y autoritaria, si debemos creer a los que le conocieron.

En el artículo de hoy indagaremos en la vida de este personaje, tan sumamente importante para la gestación de uno de los movimientos más importantes de la vanguardia.

– Breve biografía de André Breton, el “padre” del surrealismo

Su mirada tenía un magnetismo extraño, que hacía de él un gran seductor, y no sólo de mujeres. Todos caían rendidos ante la arrolladora personalidad del personaje, que era, por otro lado, bastante ambigua. El poeta mexicano Octavio Paz (1914-1998), que lo conoció durante su estancia en París, dijo de él que tenía “dos caras”: una extremadamente vitalista y muy honesta; la otra, fanática y brutal.

¿Quién era realmente André Breton? Es difícil esbozar la personalidad de alguien; sin embargo, en esta biografía intentaremos reconstruir la vida y el carácter de este personaje. Acompáñanos.

. En contacto con la “locura”

El “padre” del surrealismo tuvo muy pronto contacto con la demencia. Había nacido en 1896 en Tinchebray, Francia, en el seno de una familia modesta que quería que se dedicara a la ingeniería. Sin embargo, el joven Breton se decidió por la medicina. Siendo todavía un estudiante universitario estalló la Primera Guerra Mundial, y en 1916 un Breton de veinte años fue movilizado y enviado a un sanatorio militar, el Centro Psiquiátrico Segundo Ejército, en Saint-Dizier.

Allí, el joven conocería la “locura” de primera mano, a través de los enfermos que desfilaban por el hospital. Se trata de una experiencia muy importante en la vida de nuestro personaje y en la historia del arte en general, puesto que, de los discursos aparentemente incoherentes que Breton escucha decir a los internos, extraerá más tarde las bases para el automatismo, es decir, el fluir espontáneo de la psique, sin trabas de ningún tipo.

Las teorías del neurólogo Jean-Martin Charcot (1825-1893), junto con las del psicoanalista Sigmund Freud (1856-1939) acabaron de perfilar el “automatismo psíquico” que, más tarde, anunciarían los surrealistas. Breton creía firmemente que se debía otorgar libertad al pensamiento, que consideraba encerrado en una dictadura moralista fruto de la hipócrita sociedad burguesa. 

Esta moral era la culpable de todas las inhibiciones que carcomían al ser humano por dentro, y que le causaban, por tanto, toda la serie de traumas y problemas mentales que más tarde esa misma sociedad rechazaba. El testimonio de los enfermos mentales del sanatorio fue, en este sentido, profundamente revelador para Breton.

. El automatismo psíquico y la liberación de la mente

Resulta irónico que quien quiso liberar a las personas del “yugo” de la dictadura burguesa fuera un personaje tan sumamente radical e intransigente.

En un principio, sin embargo, fue así: fascinado por el automatismo, que enlazaba directamente con las profundidades de la psique, Breton escribe en 1919, junto al escritor Philippe Soupault (1897-1990), la que será la primera obra de escritura automática: Les champs magnétiques (Los campos magnéticos).

Los dos jóvenes se retaron a escribir un texto sobre el que no ejercerían ningún tipo de corrección y que no tendría objetivos estéticos. En otras palabras; se trataba de enfrentarse a la hoja de papel y “vomitar” todo aquello que les fuera surgiendo de forma espontánea, sin censurar ni alterar ni una coma.

Los capítulos del libro tampoco tenían sentido alguno; cuando dejaba de fluir el torrente mental, paraban de escribir y se iban a descansar.

El resultado fue un éxito y sobrepasó todas las expectativas que Breton y Soupault se habían propuesto. Acababa de nacer la escritura automática, una manera de crear sin filtros que burlaba todas las trabas que la moral y la lógica imponían al artista.

. Flirteos con Dadá y aparición del Primer manifiesto

Obra de Vladimir Kush

En 1916, se crea en Zurich el grupo dadaísta, liderado por personalidades tan carismáticas como el rumano Tristan Tzara (1896-1963). 

La mentalidad anti-burguesa de Breton no puede quedar al margen de tan magno acontecimiento, y durante unos años se adhiere al movimiento con auténtico entusiasmo.

Como sabemos, el dadaísmo lleva la máxima vanguardista épater le bourgeois (algo así como “impresionar al burgués”) hasta su máxima expresión. Impresionarlo negativamente, se entiende.

Así, Dadá fomenta el absurdo y lleva los valores tradicionales a la quiebra definitiva.

El famoso urinario de Marcel Duchamp (bautizado irónicamente, al más puro estilo dadaísta, como La fuente), presentado a la Asociación Anual de Artistas Independientes, es un claro ejemplo de lo absurdo del movimiento, del que incluso su nombre, dadá, no significa nada.

El dadaísmo tendrá mucho que ver con el posterior surrealismo desarrollado por André Breton. Sin embargo, a principios de la década de 1920, este ha roto definitivamente con Tristan Tzara y los dadaístas y se embarca en solitario en la formación de sus nuevos postulados. En 1924 lanza el Primer Manifiesto Surrealista, en el que sienta las bases de la vanguardia.

¿Cuáles son estas bases? Principalmente, la introducción en un “estado superior de conciencia”, que sólo puede conseguirse a través de la conexión entre sueño y vigilia. El mundo, dice Breton, está demasiado acostumbrado a moverse por la razón, es decir, por el yo consciente; es necesario, pues, añadir el componente de lo ignoto para alcanzar el estado sublime y deseado. Y ese componente ignoto se encuentra en el inconsciente, que es el que mueve los sueños.

. La denostada politización

A mediados de 1920, justo tras la aparición del Primer manifiesto, el surrealismo vive una etapa dorada. A los postulados de Breton se adhieren otros insignes surrealistas como Louis Aragon (1897-1982), con quien funda la revista Littérature, Paul Éluard (1895-1952), más conocido por ser el primer marido de Gala, y Benjamin Péret (1899-1959).

Sin embargo, a finales de la década el movimiento empieza a politizarse. En concreto, Breton, manifiestamente partidario del comunismo, defiende la adhesión del surrealismo a esta corriente política. En 1929 aparece el Segundo Manifiesto Surrealista en la revista La Révolution Surréaliste, y es muy claro al afirmar que el movimiento debe acercarse al marxismo.

La perspectiva de Breton, como siempre autoritaria y radical, provocará muchos conflictos entre los integrantes del grupo, así como varias escisiones. Salvador Dalí será uno de los “herejes” condenados por Breton, que ya empieza a ser famoso por su carácter sectario. Su visión del surrealismo es una y sólo una, y no acepta, bajo ningún concepto, desviaciones de la “ortodoxia” del movimiento. En una palabra, el surrealismo le pertenece.

Adherido al Partido Comunista desde 1927, en 1935 rompe definitivamente con el comunismo y se decanta por el trotskismo. Ese mismo año viaja a México, donde vive exiliado su admirado León Trotski, por cierto, en casa de Diego Rivera y Frida Kahlo. A través de Rivera puede conocer finalmente al líder y escribir con él y con el marido de Frida el Manifiesto por un arte revolucionario independiente, que ve la luz en 1938.

Obra de Leonora Carrington

. Con “alma de líder”

El traductor y crítico de arte Mark Polizzotti (n. 1957) tiene un interesante estudio sobre André Breton que, por su calidad, vale la pena reseñar.

Se trata de una extensísima investigación, donde el autor recoge testimonios y anécdotas que sirven para ilustrar el carácter de nuestro personaje.

Tal y como en su momento manifestó Octavio Paz, según Polizzotti Breton era un ser ambiguo. 

Su humor cambiaba con facilidad y, al parecer, tenía unos apoteósicos ataques de ira. Sin embargo, era una persona muy carismática, poseedora de un enorme magnetismo que extendía sobre cuantos se le acercaban.

Varias fueron las mujeres de su vida. Además de sus esposas (Simone Kahn, Jacqueline Lamba, Elisa Breton), se relacionan muchos otros nombres femeninos con su biografía, entre ellos la enigmática Nadja, la protagonista de una de sus novelas más famosas y que supuestamente está basada en un personaje real.

Pocas personalidades existen en la historia del arte parecidas a la de André Breton. Admirado por unos, detestado por otros, su nombre está indivisiblemente ligado al surrealismo, el movimiento que creó junto a sus compañeros y que tanta influencia tuvo en el panorama artístico del siglo XX. No en vano, y como también afirma Polizzotti en su libro, Breton tenía una auténtica “alma de líder”. Con permiso de Dalí, por supuesto.

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La revista porno más antigua de la historia


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Quisiera ser tu espejo para que me mirases siempre.
Quisiera ser tu ropa para que me vistieses siempre.
Quisiera ser el agua que lava tu cuerpo.
Quisiera ser el ungüento, oh mujer, con el que te untas,
y ser la cinta en torno a tus pechos, y ser las cuentas en torno a tu cuello.
Quisiera ser tus sandalias para estar donde tú pisas.
Oh mi hermosa, quisiera ser parte de tu vida, como una esposa.
Con tu mano en la mía, tu amor sería correspondido.

Fragmento de La canción de la flor, poema egipcio, circa 1500 a. C.

JotDown(E.J.Rodríguez) — En 1824, el francés Jean-François Champollion, padre de la egiptología moderna, estaba preparado para publicar su obra magna, Resumen del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios, en la que hacía una increíble revelación al mundo: sabía cómo descifrar aquella lengua escrita que había permanecido como un enigma, en apariencia irresoluble, durante siglos y siglos.

Aunque su principal arma fue la famosa «piedra de Rosetta», que había estudiado desde 1808, terminó de asegurar la precisión de sus hallazgos gracias a ciento setenta papiros que Bernardino Drovetti, un inescrupuloso coleccionista italiano, se había traído del expoliado país de los faraones.

Champollion se adentró con una reverencia religiosa en la sala de los papiros del Museo Egipcio de Turín, a la que definió con elevados términos: «el columbario de la historia. (…) Ningún capítulo de Aristóteles o Platón es tan elocuente como esa pila de papiros».

En la crónica epistolar de su éxtasis empleó una cita del poeta romano Virgilio para expresar la honda emoción que le invadió ante la visión de aquellos antiquísimos documentos: Quis talia fando temperet a lacrimis?, «¿Quién podría contener las lágrimas?».

Hubo, sin embargo, un papiro que lo dejó estupefacto y consternado. Champollion concebía las representaciones artísticas egipcias como un modelo de elegancia y espiritualidad, desprovistas de la sensualidad desbocada de obras romanas y griegas que retrataban prácticas sexuales de toda suerte.

El erotismo era un tema casi ausente del arte egipcio, cuya escasa imaginería sexual giraba en torno a los antiguos mitos sobre la creación, donde la eyaculación o el coito representaban el impulso vital que pone en marcha el mundo.

En el panteón egipcio, la penetración podía representar también el dominio de un dios sobre otro, en especial cuando ambos eran varones: el dios Seth violó a su sobrino Horus para imponerse a él. En un enfrentamiento, el dios sodomizado sufre la humillación última y es forzado a reconocer su completa derrota.

Incluso antes de traducir los jeroglíficos, resultaba evidente que el erotismo es una rareza en el arte egipcio.

Es comprensible que el llamado «papiro erótico de Turín» (o, a veces, «papiro satírico») perturbase a Champollion, porque ponía en peligro su ideal de los egipcios como un pueblo solemne y mesurado: «Era una imagen de obscenidad monstruosa que me produjo una impresión realmente extraña sobre la sabiduría y la compostura de los egipcios».

Datado en torno al año 1200 antes de nuestra era, el papiro que tanto disgustó a Champollion consta de dos secciones, de las que muchos fragmentos se han perdido.

La primera parte está repleta de imágenes de animales que realizan actos humanos, no a la manera de los dioses con cabeza de animal y otras criaturas mitológicas, sino con intención humorística; las bestias discuten entre sí, conducen carros, recogen fruta de los árboles o practican un juego de mesa que recuerda a una forma primitiva de ajedrez.

En definitiva, estampas caricaturescas no muy distintas a las de nuestros dibujos animados. La segunda parte consta de una docena de viñetas en las que un hombre, provisto de un pene desproporcionado, mantiene relaciones sexuales con varias mujeres en diversas posturas, incluyendo el uso de objetos para la penetración vaginal.    

El Papiro Erótico de Turín - Patrimonio Ediciones

El propósito erótico de estas escenas es evidente y Champollion no podía encontrar la manera de interpretarlas como referencias mitológicas. Las mujeres dibujadas siguen el canon de belleza tradicional del antiguo Egipto, donde juventud y hermosura eran sinónimos; estas mujeres tienen cuello esbelto, son muy curvilíneas en los muslos, las nalgas y las caderas, pero tienen cintura estrecha.

También son de piel broncínea, ni demasiado oscura ni demasiado clara. Aparecen rodeadas de simbología amorosa: flores de loto y campanilla, o un sistro, instrumento similar a una maraca hecha de piezas metálicas que, entre otras cosas, servía para invocar a Hathor, diosa del amor y de la danza.

Así pues, no hay nada en estas figuras femeninas que rompa con el ideal de mujer que los egipcios plasmaron en casi todo su arte.

Los personajes masculinos del papiro, en cambio, sí rompen con todos los cánones. Están medio calvos, cuando entre los varones egipcios lo aceptable era raparse por completo la cabeza, aunque fuese para llevar una peluca. Aún peor, muestran la barba desarreglada; en la época de este papiro, el no afeitarse era signo de bajo estatus social.

Aún podía considerarse aceptable, en determinados estratos, el lucir una barba muy bien cuidada y recortada según la tradición, aunque la moda predominante era la de estar bien afeitado; en pinturas de la época pueden verse escenas de barberos muy atareados, mientras una cola de clientes aguarda con paciencia su turno.

Así pues, los varones del papiro erótico son seres ridículos, inadaptados. El enorme pene, que en otras circunstancias podría representar fertilidad, es un detalle de extravagancia deliberada, pues no teniendo una intención simbólica, es una exageración con propósito burlesco.

Por el cuidado trazo del pergamino, se asume que estaba dirigido a consumidores de clase alta. Champollion pensó que se trataba de una obra clandestina y que la censura imperante entre los conservadores egipcios había impedido que este tipo de pornografía fuese común.

Esta combinación entre pornografía y comedia es algo que existe en nuestra propia cultura, pero que los egiptólogos del XIX jamás hubiesen atribuido a sus amados habitantes del antiguo Nilo. Quizá por eso alejaron el papiro de los focos, por vergüenza profesional y también por su incapacidad para ubicar semejante anomalía en los esquemas preestablecidos.

Aún hoy, de hecho, es el único papiro erótico del que se tiene noticia, aunque sí han aparecido imágenes sexuales, si bien pocas, en algunas pinturas y objetos.

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Fragmentos del papiro erótico de Turín expuestos en el Museo de Egipcio de Turín.

El que Champollion descifrase la escritura jeroglífica permitió, irónicamente, que el análisis de los antiguos jeroglíficos revelase una sexualidad mucho más colorida de lo que podría haber imaginado su mirada decimonónica.

La poesía egipcia ofrece un retrato muy vívido y colorista de su concepto del amor, teñido de un apasionado romanticismo y una fogosa idealización del otro que resultan muy familiares porque son, en esencia, idénticos a los de los poemas y canciones de nuestros días.

En los poemas, que se han seguido descubriendo a lo largo del siglo XX y hasta en el XXI, es donde descubrimos que el papiro erótico no debió de ser clandestino, y ni siquiera algo mal visto por la sociedad egipcia. Aunque entre los egipcios había poetas etéreos, no eran pocos los que escribían de manera muy abierta sobre sexo, incluso en mitad de poesías en las que predomina un tono romántico.

En La canción de la flor, poema que abre este artículo y que en su mayor parte es delicado y sutil, hay unas líneas donde el autor, con lo que suponemos se consideraba elegancia en su tiempo, describe cómo se masturba preparándose para la llegada de su amada:

Y te diría, bien erguido, de pie en la orilla:
Mira mi pez, amor, cómo yace en mi mano,
cómo mis dedos lo acarician y se deslizan por sus costados…
Y entonces diría, con mayor suavidad y con los ojos brillando cuando te miran:
Es un regalo, amor. No hace falta decir nada. Ven, acércate y mira,
esto soy yo.

En este tipo de poseía, como vemos, no siempre necesitaban convertir lo sexual en metáfora; cuando lo hacían era no por pudor, sino porque, como en cualquier otro tipo de literatura, las metáforas eran consideradas bellas.

Frases como «Frotaría mi cuerpo con los vestidos viejos que ella tira» o «Él es el lobo del amor que devora mi cueva» eran muy frecuentes en los poemas.

Este género romántico, por cierto, también recogía el punto de vista femenino, como en este fragmento donde hay alusiones sexuales explícitas, pero también un cofre, una de tantas metáforas que usaban para referirse a la vagina:

El Papiro Erótico de Turín - Patrimonio Ediciones

Si quieres acariciar mi muslo,
te ofreceré también mi seno, ¡no te rechazaré!
¿Te irías porque tienes hambre,
acaso eres un hombre tan centrado en tu barriga?
¿Te irías porque necesitas algo que vestir?
Tengo un cofre repleto de suave lino.
¿Te irías porque quieres algo para beber?
Aquí tienes, ¡toma mis pechos!
Están repletos y desbordantes, ¡y todo es para ti!

El antiguo Egipto era una sociedad conservadora para ciertas cosas; el matrimonio, por ejemplo, era una institución sagrada. Se deseaba, aunque no siempre se cumplía, que fuese para toda la vida. Aunque la ley no dijese nada al respecto, en ciertas comunidades la mujer adúltera podía ser castigada incluso con la pena de muerte.

El varón que forzase a una mujer casada podía ser emasculado, cuando no ejecutado. Si el adulterio era de mutuo acuerdo, ambos podían ser castigados. Mientras el matrimonio estaba en efecto, la esposa debía someterse al marido, aunque tenía voz en los asuntos domésticos y la educación de los hijos; el hombre estaba obligado a mantener a la familia.

Como existía el divorcio, que podía ser solicitado por cualquiera de los cónyuges sin demasiada justificación, hasta en los matrimonios concertados se esperaba que los cónyuges se amasen y respetasen; si eso no sucedía, preferían la separación.

No parece, sin embargo, que existieran normas rígidas para los solteros, salvo la de respetar los matrimonios ajenos. La virginidad no era un valor intrínseco, ni aun en las mujeres, que podían disfrutar de sus cuerpos antes de casarse sin que eso tuviera repercusión en su idoneidad como futura esposa.

No les importaba el historial sexual. Los solteros, de manera pública, usaban anticonceptivos como condones de tela o pieles, y espermicidas como aceites, resina de acacia o extracto de semillas de granada. Se practicaban abortos, que no estaban mal vistos. La prostitución es poco mencionada, signo de que o era poco común o levantaba poco escándalo, o ambas cosas.

El lesbianismo era tolerado; en un relato, una mujer es reprendida porque ha tenido un sueño lésbico, pero el motivo de vergüenza no es fantasear con otra mujer, sino con una mujer casada. Una escritora aclaraba que nunca había mantenido sexo con otra mujer «dentro del templo», dando a entender que sí lo había hecho fuera de él.

La homosexualidad masculina también era tolerada, o al menos estaba bien visto el sujeto activo, porque ser el pasivo sí era motivo de cierta vergüenza.

En cuanto al incesto, los egiptólogos llegaron a pensar que era algo habitual, pero se trató de una confusión debida al lenguaje que se usaba entre cónyuges y amantes, que se llamaban «hermano» y «hermana» como simple expresión de cariño y cercanía.

Todos los egipcios sabían que algunos faraones se habían casado con sus hermanas, pero la gente común lo evitaba como un tabú. Como mucho, se celebraban bodas entre primos.

El Papiro Erótico de Turín - Patrimonio Ediciones

Para disgusto de Champollion, allá donde esté ahora, el papiro erótico de Turín no solo fue la primera revista pornográfica de la historia, sino también una representación fiel del desenfado con el que los egipcios veían todo lo relacionado con el sexo. Salvo el pecado capital de la infidelidad, casi todo estaba permitido.

Las personas solteras podían mantener relaciones entre sí con total libertad. La manera en que experimentaban el enamoramiento o la pasión no era diferente a la nuestra, y en algunos aspectos hemos tardado siglos en llegar a un nivel de tolerancia sexual similar a la del antiguo Egipto.

Como recomendaba el poema La canción del arpista, escrito hace más de cuatro mil años y grabado por varios egipcios en el interior de sus tumbas: «Disfruta del placer mientras estés vivo».

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