Ordalías o juicios de Dios…

Historias de la historia(J.Sanz)/Confilegal(C.Berbell/Y.Rodríguez) — Se llamaban ordalías (o juicios de Dios) a las pruebas que, especialmente en la Edad Media, tenían que superar los acusados para probar su inocencia. Y más valía que el Destino, la Divina Providencia o la Diosa Fortuna estuviesen de tu parte, porque en caso contrario era harto difícil superar las pruebas.
Entonces se creía que Dios se expresaba mediante actos cuasi milagrosos.
Uno de ellos era, precisamente, este llamado juicio de Dios u Ordalía, una institución jurídica medieval que, literalmente, obligaba a poner las manos en el fuego al acusado para demostrar su inocencia.
Su origen es, por supuesto, pagano, en concreto germánico, y se llevaba a cabo en diferentes modalidades.
La más conocida obligaba al acusado a meter ambas manos en el fuego durante un corto espacio de tiempo.
Existían varias «modalidades», como el duelo, la prueba del hierro candente, el pan y el queso o la prueba del agua:
- Duelo o reto.- cada parte elegía un campeón que, con la fuerza, debía hacer triunfar su buen derecho (en los pueblos germánicos este combate era consentido si la disputa se refería a tierras o dinero).
- Prueba del hierro candente.- el acusado debía coger con las manos un hierro al rojo vivo durante un cierto tiempo, si en sus manos había signos de quemaduras era culpable. Otra variedad de esta ordalía era coger un objeto pesado que se encontraba en el fondo de una olla de agua (o aceite) hirviendo e igualmente no mostrar rastro de quemaduras.
- Pan y el queso.- el acusado debía comer cierta cantidad de pan y queso, si era culpable Dios enviaría un ángel para apretarle el gaznate de modo que no pudiese tragar.
- Prueba del agua.- se ataba al imputado de modo que no pudiese mover ni brazos ni piernas y después se le echaba al río (o al mar), se consideraba que si flotaba era culpable y si se hundía era inocente. Se pensaba que el agua siempre estaba dispuesta a acoger en su seno a un inocente mientras rechazaba al culpable. Esta ordalía tenía un pequeño inconveniente, ya que el inocente se podía ahogar; así que hubo que pulirla.
Según el asesinado presidente del Tribunal Constitucional de España, Francisco Tomás y Valiente, las ordalías consistían en «invocar y en interpretar el juicio de la divinidad a través de mecanismos ritualizados y sensibles, de cuyo resultado se infería la inocencia o la culpabilidad del acusado»
Los tribunales de la Inquisición hicieron mucho uso de este juicio divino, sobre todo en los casos en los que era vital demostrar la acusación de brujería contra alguien. En muchas ocasiones se utilizaba una variante de la prueba del fuego, que era la prueba caldaria.
Consistía, como su nombre indica, en la preparación de una caldera hirviente. El acusado debía introducir la mano en el agua hasta la muñeca durante unos segundos, si la acusación era simple. Si, por el contrario, era compleja, estaba obligado a sumergir el brazo hasta el codo.
Al sacarlo, se envolvía el miembro y se dejaba que pasaran tres días. Trascurrido dicho periodo se comprobaba si se habían producido quemaduras. De ser así –y era la mayoría de las veces- se consideraba que el acusado era culpable de brujería y se le ejecutaba, principalmente quemándolo en la hoguera.
Aquél fue un periodo histórico negro para la humanidad. Un periodo de ignorancia y de oscuridad que, sin embargo, no debemos olvidar, desde nuestra era de democracia y de libertad.
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