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Malcolm X (I): Nacido en un mundo blanco…


Foto: Corbis
Malcolm X frente al Capitolio de Connecticut

El precio de la libertad es la muerte (Malcolm X).

JotDown(E.J.Rodríguez) — El 21 de febrero de 1965, Malcolm X, uno de los más relevantes líderes sociales de los Estados Unidos de América, se disponía a pronunciar un discurso ante varios cientos de personas.

Llevaba meses recibiendo amenazas de muerte, en su mayoría provenientes de miembros y simpatizantes de la Nación del Islam, grupo al que había pertenecido durante dieciséis años y que había abandonado meses antes en mitad de una enorme polémica; sabía bien que sus antiguos compañeros lo consideraban un traidor y admitió en público que no descartaba la posibilidad de terminar sus días asesinado. No le faltaban motivos.

Se enteró, por ejemplo, de que habían planeado poner una bomba en su coche, aunque el incidente más grave se había producido una noche en la que, mientras su familia y él dormían, varios desconocidos prendieron fuego a su casa. Malcolm y los suyos escaparon milagrosamente ilesos.

Pese a todo esto, se negó a modificar su agenda en función de las amenazas de sus enemigos fanáticos. No quería vivir con miedo, o no quería vivir de manera que los demás percibieran que tenía miedo. Malcolm X jamás se había arrodillado ante nadie y el día de su último discurso no iba a ser una excepción

Estaba ya frente al atril para comenzar a hablar cuando dos hombres iniciaron una trifulca entre el público. Parecía una pelea espontánea, pero en realidad se trataba de una acción planeada para atraer la atención de los guardaespaldas de Malcolm X, que se acercaron para intentar detener el altercado, dejando el escenario sin vigilancia. Mientras tanto, otros tres hombres se acercaron al estrado armados con una escopeta recortada y pistolas automáticas.

Apuntaron a Malcolm X. Él vio cómo le apuntaban, pero no tuvo tiempo de reaccionar: recibió un primer disparo de escopeta en el pecho que le hizo caer de espaldas («no se dobló, cayó recto, tal y como había estado de pie», recordaría su mujer, testigo del crimen). Una vez en el suelo, continuaron acribillándolo.

Fue alcanzado por un total de once disparos de pistola y diez fragmentos de metralla de escopeta. Todo ante la mirada aterrorizada de sus hijas —de siete, cinco y dos años de edad— que estaban sentadas en primera fila junto a la madre. Malcolm X no sobrevivió al atentado. Tenía treinta y nueve años.

Dos de los tres asesinos fueron detenidos al instante y un tercero estaba siendo linchado por la multitud cuando llegó la policía para salvarlo in extremis. No se sabe con seguridad quién ordenó el asesinato y existen diversas teorías al respecto, pero la Nación del Islam sigue siendo señalada como la principal responsable. De hecho, los tres asesinos fueron identificados como miembros del grupo.

En todo caso, la muerte de Malcolm X fue el precio que, decepcionado por la deriva corrupta de la organización, pagó por haber renegado de la facción más extremista de la lucha en pro de los derechos de los negros estadounidenses. Tan solo unos meses atrás, Malcolm X había experimentado un renacer espiritual y su pensamiento había empezado a bascular hacia posiciones más moderadas y flexibles; aquel giro pudo haberlo convertido en un personaje todavía más importante a nivel nacional y mundial.

Después de muchos años defendiendo un mensaje cuestionable en el que había dejado de creer, estaba al borde de transformarse en un líder modélico. Pero su destino ya estaba escrito: en cuanto había decidido actuar de acuerdo a los dictados de su conciencia, sus días pasaron a estar contados. Toda su inteligencia, su oratoria y su experiencia fueron desperdiciadas en aquel asesinato. Malcolm X desapareció justo cuando estaba en posición de haberle ofrecido muchas más cosas al mundo.

  • Los hombres blancos que mataron a papá
The Death of Earl Little — Violent Ends

Treinta y cuatro años antes, cuando Malcolm Little —tal era su nombre de nacimiento— tenía solamente seis años, su padre había muerto también en circunstancias violentas. 

Earl Little, que junto a su mujer Louise llevaba una granja en Michigan, era un hombre dinámico y emprendedor capaz de afrontar a base de trabajo las numerosas dificultades que encontraba para sacar adelante a sus siete hijos.

Era, además, muy activo en la defensa de los derechos de los negros y de los trabajadores, lo cual le había causado no pocos problemas. La familia era originaria de Omaha, estado natal del pequeño Malcolm, pero su anterior hogar había sido incendiado por miembros del Ku Klux Klan.

Tras mudarse a Michigan, los Little volvieron a recibir amenazas y su nueva casa fue también incendiada, también durante la noche y con toda la familia durmiendo dentro; una vez más, fue un milagro que nadie muriese entre las llamas o asfixiado por el humo. Aun así, Earl Little no estaba dispuesto a acobardarse. Ya se había marchado una vez de su hogar y no podía pasarse la vida huyendo.

No tendría ocasión de huir, de todos modos. Un día, mientras estaba en la ciudad recolectando pagos aplazados de algunos clientes, un tranvía lo arrolló, seccionando sus piernas y destrozando varias otras partes de su cuerpo. Murió al instante. No hubo investigación sobre un posible asesinato, pese a que era bien sabido que sobre él pesaban numerosas amenazas de muerte de la rama local del Ku Klux Klan. Nadie creyó la versión policial que hablaba de «accidente».

El mayor de sus hijos recordaría más adelante que Earl había sido «arrojado bajo el tranvía». La viuda de Earl, Louise, se quedó sola en la reclamación de una investigación a fondo. Para colmo, la compañía de seguros alegó un posible suicidio, a pesar de que Earl Little ni siquiera era el primero de la familia en conocer un final trágico: tres de sus hermanos habían sido asesinados a sangre fría por el Ku Klux Klan, y un cuarto había sido ejecutado durante un linchamiento multitudinario.

Ahora también él estaba muerto, pero a las autoridades les importaba poco y la policía archivó el asunto sin más pesquisas.

Louise, sola con sus siete hijos, se vio enfrentada a una multitud de obstáculos que empezaron a hacer que se sintiera empequeñecida. Por un lado estaban los problemas económicos; aunque era una mujer cultivada, carecía del espíritu emprendedor y la habilidad para llevar los negocios que había tenido su marido. Incapaz de responder a las crecientes deudas, tuvo que alquilar parte de su propiedad, pero eso no impidió que los Little se viesen condenados a vivir en la pobreza.

Por otra parte, su creciente dificultad para disciplinar a sus hijos ella sola hizo vislumbrar otra amenaza en el horizonte: que las autoridades le retirasen la custodia. Débil, asustada y sometida a enormes presiones durante varios años, acabó padeciendo una severa crisis psicológica que la llevaría a ser ingresada en un hospital psiquiátrico. Como había temido, se le retiró la custodia de sus siete hijos, que fueron repartidos por distintas casas de acogida. Malcolm Little tenía por entonces trece años. No volvería a ver a su madre en más de dos décadas.

Malcolm X

El hecho de crecer contemplando cómo su familia era destruida no hizo que Malcolm perdiese los ánimos de cara al futuro.

Al menos no de inmediato.

En su nueva vida como huérfano en un vecindario donde era el único niño negro parecía integrarse bien, aunque de adulto reviviría aquel periodo con amargura: «era el único negro, así que me tenían como mascota».

Por entonces, sin embargo, no se sentía discriminado; es más, podía llegar a liderar algunos juegos en el barrio y también se aplicaba en la escuela, obteniendo buenas notas y destacando por su aguda inteligencia.

Pronto descubrió su primera vocación y, quizá porque había visto tantos problemas de violencia y conflictos legales en torno a su familia, decidió que de mayor quería convertirse en abogado.

Sin embargo, uno de sus profesores —blanco, como el resto de la gente de su nuevo entorno— cortó de cuajo sus esperanzas y le despojó de sus sueños de la manera más brutal, diciéndole: «Desengáñate, Malcolm, y sé realista: nunca podrás ser abogado. Deberías buscar un trabajo más propio para un negro». El profesor, detalle que Malcolm X recordaría siempre, utilizó el término nigger («negrata»), con el que todos se referían a él en la escuela.

Un término del que Malcolm había llegado a olvidar el trasfondo despectivo, considerándolo casi un apodo cariñoso. Las palabras de su profesor asestaron un golpe definitivo en su autoestima: Malcolm Little se convenció de que nunca podría cumplir sus objetivos mediante el estudio en aquella sociedad gobernada por blancos y supo que nunca podría llegar a donde sí llegarían sus compañeros de clase, todos de piel clara.

Por desgracia para él, había buenos motivos para pensar así, dado que la segregación era endémica en los Estados Unidos y, salvo raras excepciones, los negros tenían las puertas cerradas en determinados ámbitos profesionales; en particular, todos los que implicasen buenas ganancias, respetabilidad y cierta cuota de poder. Al año siguiente, Malcolm hizo caso a su profesor: dejó de interesarse por los estudios y empezó a buscarse trabajos de poca monta.

Pasó buena parte de su adolescencia viviendo con su hermanastra en Boston, ejerciendo como cocinero en el restaurante de un tren. Restaurante donde, por descontado, los únicos negros estaban en la cocina o ejerciendo como camareros. Nunca como clientes.

  • La breve aventura delictiva de Detroit Red

Haber sido un criminal no es una vergüenza. Continuar siendo un criminal, eso sería la vergüenza. Yo fui un criminal. Estuve en prisión. Pero no me avergüenzo por ello. No pueden usar eso contra mí. Están usando el palo equivocado para intentar pegarme. Ni siquiera noto los golpes.

Malcolm Little en sus años como delincuente juvenil.
Malcolm Little en sus años como delincuente juvenil

Después de varios años de fregar platos y servir desayunos, Malcolm Little se cansó de estar al servicio de los blancos a cambio de un mísero sueldo.

Terminó de convencerse de que aquello no prometía ningún futuro cuando entró en contacto con gente de los bajos fondos y descubrió que, ejerciendo diversas actividades delictivas, podía ganar dinero mucho con mucha mayor rapidez.

Se mudó a Nueva York, estableciéndose en el barrio de Harlem, y formó una pequeña pandilla con un amigo negro y las novias de ambos, que eran dos chicas de raza blanca.

Liderados por Malcolm, se dedicaban a la estafa y el robo.

Empezó a consumir cocaína, droga por la que desarrolló una fuerte adicción.

Por entonces, sus conocidos lo llamaban «Red» por su pelo de tono rojizo, herencia de un abuelo biológico escocés, aunque era una herencia de la que no se sentía demasiado orgulloso: «Mi cabello rojo era el recordatorio de que mi abuela había sido violada por un blanco».

Red era un adolescente despreocupado, irresponsable y mujeriego, que vestía de forma estrafalaria, con los trajes coloridos y sombreros de ala muy ancha que gustaban a los jovenzuelos de la calle, los que se hacían llamar hustlers.

Se acostumbró pronto a su nueva y cómoda vida, contento por no tener que trabajar. Hasta que un día todo amenazó con venirse abajo: los Estados Unidos entraron en la II Guerra Mundial y a Malcolm Little le llegó una carta de la oficina de reclutamiento (por descontado, los negros sí eran ciudadanos de pleno derecho cuando se trataba de ser enviados al frente).

Decidido a no ser alistado, hizo gala de toda su astucia durante el examen psicológico previo al reclutamiento. Aunque muchos jóvenes intentaban fingir locura sin mucho éxito para librarse de la guerra, él sí consiguió ser declarado «no apto». Durante la entrevista dijo que su mayor ambición en la vida era reunir un ejército de negros para matar a todos los blancos que se cruzasen en su camino.

Los doctores que hacían la revisión no quisieron hacerse responsables de enviar a semejante individuo al frente, donde estaría con un fusil en las manos, mucha munición a su disposición, rodeado de blancos y con numerosas posibilidades de ejecutar sus planes de venganza racial haciendo creer que sus compañeros habían muerto a manos de los alemanes. Sonriente, Malcolm Little salió del despacho de los doctores con su exención sellada por el Gobierno.

Aunque había evitado la leva, su carrera delictiva no iba a durar mucho más. Al poco de cumplir los veinte años, tras una serie de robos en domicilios y estafas de diverso calado, fue detenido junto al resto de su pandilla. Una vez más, el ser un negro demostró convertirse en una desventaja de salida. Ninguno de los cuatro tenía antecedentes penales. A los cuatro se los había detenido y acusado a raíz de los mismos delitos.

Pero, mientras las dos chicas blancas salían del tribunal con una condena menor, los dos chicos negros fueron condenados a diez años de prisión. La policía había presionado a las chicas para que declarasen que los dos negros las habían inducido a convertirse en criminales. Ellas así lo afirmaron, haciendo que Malcolm se sintiera traicionado, aunque podía haber sido peor: los agentes también intentaron que las chicas acusaran a sus dos compañeros de violación.

Ellas se negaron a llegar tan lejos. Malcolm Little fue enviado a la cárcel con la perspectiva de vivir en una celda durante diez años, hasta que cumpliese los treinta.

Malcolm X: del crimen a la conversión al Islam y la lucha por los derechos  civiles de los negros :: Sabedoria Política

El Malcolm Little que entró en prisión era, según su propio recuerdo, «ineducado e ignorante».

Resentido, malcarado y descreído de todo, sus bruscas maneras le conferían una mala imagen incluso entre los demás presos, que se referían a él como «Satán» por su costumbre de blasfemar todo el tiempo y por lo que uno de sus hermanos definió como «una profunda aversión a la religión».

En realidad, el joven Malcolm estaba sufriendo una severa crisis de identidad.

Proveniente de una familia destrozada por el racismo, desanimado de proseguir los estudios por sus propios profesores, condenado a una existencia servil —o a la única alternativa que estaba a su alcance, la delincuencia—, traicionado por su novia blanca y condenado a pasar diez años en una celda sin perspectiva alguna de futuro, sin drogas que lo ayudasen a pasar el mal trago, Malcolm Little acumuló considerables motivos para deprimirse.

Sin embargo, en la prisión terminó encontrando un inesperado camino hacia la reforma cuando un preso de más edad se fijó en sus obvias aptitudes intelectuales y le aconsejó que, en lugar de vegetar en su celda y lamentarse durante todo el día, utilizase aquellos años en prisión para intentar mejorar como persona. Le animó a leer, a educarse. Malcolm reavivó su perdida pasión por el estudio y empezó a leer cuanto caía en sus manos: política, filosofía, literatura clásica, Historia.

Estudió en profundidad la Biblia y el Corán, así como otros textos religiosos y teológicos. Incluso se sumergió en el diccionario, que repasó con atención de principio a fin, anotando todo aquello que le llamaba la atención y adquiriendo de paso un amplísimo vocabulario por el que sería célebre más tarde. Leyó y se aplicó día tras día, hasta que, al cabo de unos pocos años de encierro, Malcolm Little ya no se parecía en nada al joven delincuente «ineducado e ignorante» que había sido al entrar.

Se transformó en un hombre culto y elocuente. Desarrolló un nivel tan alto de articulación en su discurso que se convirtió en la gran estrella del equipo penitenciario de debates, llegando a impresionar a los prestigiosos equipos de Harvard y Princeton, que de vez en cuando visitaban la cárcel. «Hasta entonces, muy pocos presos se habían interesado por los debates» —recordaría más adelante un funcionario de aquella prisión—, «pero cuando Malcolm participaba, todos los que podían acudían para ver el espectáculo».

  • Un hombre llamado Malcolm X

El preso que tanto le había animado a leer y estudiar tenía otros intereses hacia él, aparte del de compartir conocimientos. Pertenecía a una organización llamada la Nación del Islam, muy poco conocida, que contaba con apenas unos cientos de seguidores. Los ánimos de aquel hombre para que Malcolm se educase formaban parte de un ejercicio proselitista: pretendía captarlo para su organización, y lo consiguió.

En ciertos aspectos, la ideología de la Nación recordaba al nacionalismo negro de Marcus Garvey, el primer líder negro que había organziado un verdadero movimiento político masivo en defensa de su raza; los padres de Malcolm habían sido fervientes simpatizantes y defensores de Garvey.

En la Nación del Islam pensaban que los negros no tendrían nunca un lugar en los Estados Unidos, pero, mientras Garvey había propuesto que la solución consistía en regresar a África, la Nación del Islam abogaba por que Washington cediese a los afroamericanos una parte del territorio estadounidense para fundar una nueva nación en la que pudiesen vivir según sus propias leyes, sin la intervención de los mismos blancos que algunas generaciones atrás los habían mantenido como esclavos, los mismos blancos que ahora seguían viéndolos como siervos.

En la Nación también promulgaban la necesidad de que los negros cultivasen su intelecto para proyectar una imagen de dignidad y seguridad en sí mismos que desafiase los prejuicios de los blancos. Se sometían a estrictas normas de comportamiento, algunas tomadas del credo musulmán, como la prohibición de beber alcohol o comer cerdo, y otras de cosecha propia, como la renuncia a mantener contacto sexual con mujeres blancas.

Estos conceptos atrajeron a Malcolm Little, quien por fin encontraba un ideario que parecía responder a muchas de sus dudas y preguntas, algo que daba sentido a su vida.

El daño que los blancos le habían hecho a su familia y a él mismo, adquiría un significado, porque la Nación del Islam lo explicaba en un contexto histórico: el único propósito de los blancos había sido, durante cuatro siglos, el de esclavizar y humillar a los negros; nunca habían mostrado otra intención y todo el sistema social blanco estaba diseñado para seguir cumpliendo ese propósito maligno. Era hora de rebelarse.

En la Nación también criticaban que los negros estadounidenses se hubiesen convertido al cristianismo —aunque, como el resto de musulmanes, aceptaban la Biblia como texto revelado por Dios, si bien distorsionado en partes, y a Jesús como penúltimo profeta— y proclamaban que el Islam era la religión natural de su raza. También afirmaban que la raza negra era la original y superior a la raza blanca. El hombre blanco era un «diablo» cuyo reinado estaba a punto de terminar. También afirmaban, por descontado, que Dios era negro.

Rare photos of Malcolm X by famed photographer Richard Avedon. | by Great  Epicurean | The Great Epicurean | Medium

A Malcolm Little le costó superar la reluctancia inicial ante algunas de estas creencias, sobre todo la creencia de que los blancos fuesen «diablos».

Sin embargo, terminó adoptándolas como propias porque en el mismo ideario había otros conceptos que resultaban más fáciles de asimilar y en los que veía una incontestable lógica histórica.

Por ejemplo, el que Jesús fuese representado por el cristianismo como un hombre blanco, cuando en realidad debió ser similar a cualquier otro hebreo palestino de la época: piel cobriza, cabello ensortijado, rasgos semitas.

A Malcolm le resultaba fácil identificar estas manipulaciones como parte de la tendencia de la raza blanca a considerarse superior.

Así pues, las ideas políticas; de la Nación fueron lo que primero atrajeron su interés y, más tarde, a despecho de haber sido ateo durante su primera juventud, terminó sintiéndose atraído también por el credo religioso, hasta que se convirtió en miembro de pleno derecho.

Esto iba a suponer un cambio aún más importante en su visión del mundo. La Nación del Islam era, en realidad, más parecida a una secta religiosa que a una organización política como la de Marcus Garvey. La Nación se basaba en el culto a la personalidad de su líder, Elijah Muhammad, un iluminado al que sus fieles consideraban mensajero directo de Alá.

En prisión, Malcolm Little adoptó todas las normas vitales de aquella particular forma de Islam, convencido por fin de que Elijah Muhammad era, en efecto, el mensajero directo de un Dios negro. Su conversión no resulta inexplicable; en la práctica, Malcolm había comprobado que el contacto con miembros de la Nación del Islam era el único estímulo que podía hacer de él una persona de provecho.

Siguiendo una costumbre de la Nación, abandonó el uso de su apellido anglosajón, Little, considerándolo un «apellido de esclavos». Dado que los africanos esclavizados habían sido desprovistos de su apellido original y rebautizados con el de sus nuevos dueños en América, y dado que los negros estadounidenses no conocían el verdadero apellido africano de sus antepasados, Malcolm sustituyó su apellido por el signo matemático de la incógnita: la X.

Cumplió algo más de seis años de su condena de diez. Cuando salió a la calle, no solo era un miembro de la Nación del Islam sino que, a todos los efectos, era también un hombre nuevo. Ahora era Malcolm X: serio, disciplinado, culto, honesto hasta la rigidez.

En la Nación no tardaron en descubrir que acababan de reclutar a un portavoz nato, a un hombre que tenía las cualidades necesarias para ejercer un liderazgo natural ante las multitudes y también para destacar en plena era de la televisión, la nueva gran herramienta propagandística.

Llegaría a rivalizar en atención mediática con el otro gran líder negro de la época, Martin Luther King. Solo que el mensaje de Malcolm X no iba a ser un mensaje de amor, ni de perdón, ni de poner la otra mejilla, ni de ofrecer resistencia pasiva como predicaba King. Porque Malcolm X estaba preparado para impresionar al mundo con su carisma, pero también para sacudirlo con un mensaje más duro e inclemente, un mensaje que iba a causar preocupación entre los periodistas y políticos blancos.

Hubo un momento en que los blancos estadounidenses acusaban a Martin Luther King de ser un racista, un extremista y un comunista. Entonces llegamos los Musulmanes Negros… y los blancos empezaron a dar gracias a Dios por tener a Martin Luther King.

Foto: Corbis

Supe que nunca llegaría a ser alguien implorando al hombre blanco que me dé algo de lo que él tiene, sino consiguiéndolo por mí mismo y convirtiéndome yo a mí mismo en alguien.

  • El ejército de Harlem

Corre el año 1957. Todo sucede en la esquina de la 7ª Avenida con la calle 125, en Harlem, Nueva York. Dos policías efectúan un arresto con brutalidad innecesaria, golpeando a un sospechoso —negro— que, tirado en el suelo, ya no puede defenderse. La escena es vista por un transeúnte llamado Johnson Hinton, también negro, que interpela a los dos agentes: «¡Basta! ¡Esto no es Alabama! ¡Estamos en Nueva York!».

Por toda respuesta, los dos policías se abalanzan sobre Hinton y comienzan a golpearlo también, pese a que no ha cometido ningún delito y se he limitado a intentar detener una paliza. A resultas de los golpes, Hinton sufre varias fracturas en el cráneo. Aun así, es esposado, llevado a comisaría y encerrado en una celda sin que se le hayan procurado los más mínimos cuidados médicos. 

De normal, hubiese sido un ejemplo más de brutalidad y racismo policial que quizá finalizase con la muerte inexplicada de un pobre hombre inocente y un posterior silencio administrativo. No era la primera vez que sucedía, desde luego. Pero algo cambiaba en este caso: Johnson Hinton era un miembro de la Nación del Islam, la organización extremista cuya presencia estaba creciendo en Harlem.

Cuando el malherido Hinton es encerrado, corre la voz sobre el suceso. De boca en boca, la noticia llega a la principal mezquita de la Nación del Islam, que está situada en ese mismo barrio, Harlem. Su director, que tiene por entonces treinta y un años de edad, lleva un lustro fuera de la cárcel y ya se ha convertido en uno de los pesos pesados de la Nación. Decide intervenir. Acompañado de un nutrido grupo de seguidores, parte hacia la comisaría de Harlem.

Una vez allí, sus hombres se colocan en formación, ocupando la calle como si fuesen soldados, aunque no llevan armas. Se limitan a quedarse firmes e inmóviles. Algunos cientos de vecinos, atraídos por la marcha de los Musulmanes Negros, se congregan también y lanzan gritos de indignación contra la policía.

Pero los hombres de la Nación guardan completo silencio. Desde la comisaría, los mandos policiales contemplan con aprensión la insólita escena, sin entender quiénes son aquellos negros que permanecen impertérritos en la calle. Temen que la tensión pueda degenerar en un altercado de consecuencias imprevisibles, así que tratan de averiguar quién el líder de aquellos hombres, para hablar con él. Es ahí cuando escuchan por primera vez el nombre de Malcolm X.

El comisario le invita a entrar en su despacho. Malcolm X pide ver al «hermano Hinton» y comprobar su estado de salud. Exige que, si está grave, la policía se lo entregue para poder llevarlo a un hospital. El comisario se niega a aceptar esta demanda, pero insiste en que desea buscar una salida negociada antes de que las cosas se desmadren y tengan que intervenir instancias superiores.

Malcolm X escucha con atención, pero, al comprobar que su principal petición es desestimada, responde: «En ese caso, no hay nada más que hablar». Se levanta de su silla, sale del despacho y regresa a la calle junto a sus hombres, que ni siquiera se han movido. El número de ciudadanos que rodean el lugar se acerca ya a los dos mil.

Malcolm X - Wikipedia, la enciclopedia libre

El comisario de Harlem saben que la situación va a empeorar; incluso si no estallan disturbios, la noticia sobre la insólita presencia de aquellos misteriosos «Musulmanes Negros», como se hacen llamar, llegará tarde o temprano a los periódicos metropolitanos, quién sabe si hasta los nacionales.

De hecho, algunos reporteros locales ya están allí. Entre ellos James Hicks, periodista que mantiene cierta amistad con Malcolm X.

Como la tensión sigue creciendo, el comisario recurre a Hicks para convencer a Malcolm X de que continúe negociando. Malcolm X acepta regresar a la comisaría, pero dejando las cosas claras desde el principio: «Vuelvo únicamente por el respeto que siento hacia el señor Hicks, porque no siento un particular respeto hacia usted ni hacia el departamento de policía».

Declara que su postura sigue siendo inflexible: quiere ver a Hinton, de lo contrario sus hombres no abandonarán la calle. No hay otra opción posible.

El comisario, ante la posibilidad de ver unos hipotéticos disturbios causados por él en las págnias del New York Times, cede por fin. Malcolm X visita la celda de Johnson Hinton y comprueba que su estado es muy grave. Reclama una ambulancia. Pese a que Hinton está oficialmente detenido, Malcolm X se lo lleva con carácter de urgencia al hospital de Harlem. Los policías no osan impedírselo. Entretanto, los hombres de la Nación del Islam continúan ocupando la calle en perfecta formación.

Un sargento —negro, por cierto— hace guardia en la puerta de la comisaría y contempla con asombro el espectáculo. Nunca ha oído hablar de los Musulmanes Negros, pero se permite hablar de ellos con tono despectivo, asegurándose de que escuchen bien sus palabras.

Ese mismo sargento sugiere al inspector jefe que se autorice el uso de la fuerza para dispersarlos. Los hombres de la Nación continúan guardando escrupuloso silencio, excepto uno, que lo rompe para pronunciar una sola frase: «Inspector, será mejor que retire al sargento de la puerta».

El inspector capta el mensaje y ordena a su subalterno que se aparte de la vista de los miembros de la Nación. Aunque los Musulmanes Negros no han dado el menor indicio de querer iniciar un desorden, los policías se sienten intimidados.

Una vez satisfechas sus demandas y asegurada la atención médica de Hinton, Malcolm X regresa y se sitúa una vez más junto a sus hombres, mientras los policías siguen con atención cada uno de sus pasos. Entonces, Malcolm X, con un gesto de su mano y sin pronunciar una sola orden en voz alta, hace que su pequeño ejército se disuelva.

El periodista James Hicks y un agente de policía observan el momento y no dan crédito a sus ojos: «¿Ha visto usted lo mismo que yo?», pregunta el policía, boquiabierto. «Sí», responde Hicks. El agente sentencia: «Eso es demasiado poder para un solo hombre». Para un hombre negro, se entiende.

  • El radical más famoso de América
Malcolm X and Elijah Muhammad

Después de que Malcolm X saliese de la cárcel e ingresara en la Nación del Islam, el líder absoluto del grupo, Elijah Muhammad, había tardado bien poco en percibir su enorme talento.

Primero lo puso a prueba dirigiendo la mezquita de Harlem, donde su elocuencia y poder de atracción electrizaban a las multitudes, ayudando a crear una considerable base de seguidores que, de hecho, era la más importante de la organización.

Después lo convirtió en su hombre de confianza, primer ministro de la Nación y principal encargado de llevar el mensaje a diferentes partes de los Estados Unidos.

Al igual que en Harlem, las cualidades como líder carismático del nuevo portavoz oficial permiten que la Nación del Islam continúe creciendo con rapidez.

Había estudiado e interiorizado el ideario de Elijah Muhammad hasta el punto de poder defenderlo en público con mucha más eficacia y elocuencia que el propio Muhammad.

Y Muhammad estaba muy contento por ello; difícilmente podía haber encontrado un mejor representante.

El incidente de la comisaría hizo que los medios empezaron a volver sus ojos hacia Malcolm X, hasta entonces un total desconocido, y descubrieron que el personaje era un filón, así que los ciudadanos estadounidenses iban a familiarizarse muy pronto con su rostro, su voz y sus ideas.

Por lo general, los medios no daban tanto pábulo a una organización radical de semejante pelaje —y menos aún a una formada por negros musulmanes—, pero Malcolm X era un producto periodístico demasiado irresistible como para no cederle páginas y minutos de emisión.

La mayor parte del público, incluso entre los negros, lo consideró un extremista. Y lo era. Pero su discurso no podía ser desmontado con facilidad, por más que las ideas de la Nación del Islam, en ocasiones, rayasen lo delirante. Su capacidad dialéctica le permitía defender con éxito conceptos que resultaban difíciles de defender, por no decir que, en los peores casos, eran intrínsecamente indefendibles.

Y, aunque dado lo radical de su mensaje no puede decirse que convenciese a grandes mayorías, incluso aquellos a quienes no convencía se veían obligados a respetar su más que evidente brillantez intelectual. Malcolm X sabía hablar. La manera en que articulaba sus ideas, incluso cuando eran falaces, era muy sólida. Y, para muchos interlocutores, aparentemente inatacable en la práctica. Pocos periodistas u opinadores osaban llevarle la contraria en un cara a cara.

Así, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, Malcolm X era el rostro visible de la Nación del Islam hasta el punto de que mucha gente pensaba, por error, que él era el líder de la organización, aunque empezase muchas de sus intervenciones y razonamientos con la expresión «el honorable Elijah Muhammad dice…» o «el honorable Elijah Muhammad cree…», sin disimular el culto a la personalidad que imperaba en el grupo.

Era era su carisma, no el de Muhammad, el que interesaba a los medios y el que afectaba al público. Era su rostro el que aparecía en las noticias. Eso sí, en sus intervenciones públicas se mantenía siempre fiel al mensaje de la Nación y lo único de cosecha propia eran los argumentos con los que trataba de justificar un ideario ajeno; él mismo recordaría más adelante aquella etapa con cierto embarazo, comparándose a sí mismo con una «marioneta que se limitaba a repetir una y otra vez las ideas de Elijah Muhammad».

Su fama condujo a comparaciones con otros líderes negros. La prensa lo presentaba como el reverso tenebroso de Martin Luther King. Las acusaciones de radicalismo que muchos medios blancos habían vertido sobre King se atemperaron en cuanto Malcolm X apareció en escena; de repente, Martin Luther King ya no era un radical sino el mensajero de la hermandad y la paz, mientras que Malcolm X era visto como el mensajero del odio. La oposición ideológica entre uno y otro era, de hecho, muy pronunciada.

Malcolm X se mostraba muy crítico con King, a quien calificaba como «el tío Tom del siglo XX». Incluso lamentó su nominación para el Premio Nobel de la Paz: «Si sigo a un general y el enemigo le da un premio por la paz, empiezo a sospechar de él. Muy especialmente si le dan el premio por la paz cuando la guerra no ha terminado todavía». Menospreciaba al movimiento por los derechos civiles de King por causa de sus métodos pacíficos, que él calificaba como inoperantes.

Al contrario que Martin Luther King, Malcolm X jamás se dejaba ver en actitud de colaboración junto a los poderes públicos blancos. Si King abogaba por la integración, Malcolm X defendía la necesidad de la separación total entre razas. King apelaba al buen corazón de muchos hombres blancos que no eran racistas, pero que habían tolerado las injusticias del sistema.

Quería obtener su colaboración activa. Malcolm X, en cambio, aseguraba que todos los hombres blancos eran «diablos» (aquella idea que, al principio, se había resistido a asimilar) y que jamás consentirían en hacer la más mínima cesión a los negros, no si los negros no forzaban esa cesión por sus propios medios.

En alguno sus discursos decía: «Si alguien ha venido esperando que yo diga que hay que poner la otra mejilla ante el hombre blanco, se ha equivocado de lugar». Algunos de los juicios que emitía sobre King eran muy duros:

Cuando Alí conoció a Malcolm - Jacobin Revista

El hombre blanco paga a Martin Luther King. El hombre blanco subsidia a Martin Luther King. Así, el reverendo King puede continuar aleccionando a los negros para que sigan indefensos. Eso es lo que significa la no violencia: estar indefensos. Indefensos ante una de las bestias más crueles que hayan tomado a otros seres humanos en cautividad; esto es, el hombre blanco americano.

King, por su parte, respondía a las críticas afirmando que algunos confundían el concepto de «resistencia pasiva» con el de «no resistencia», pero el reverendo ya tenía sus propias preocupaciones —como contábamos en el artículo dedicado a su figura— y Malcolm X no era una de esas preocupaciones.

Ambos líderes nunca llegaron a debatir en televisión u otro evento público. De hecho, solo se vieron  en persona una vez y fue un encuentro tan breve que solo permitió que intercambiasen unas pocas frases y que los fotógrafos inmortalizasen la inesperada escena.

  • Crisis en la Nación del Islam

Malcolm X se empeñaba con afán en la tarea de extender el mensaje de Elijah Muhammad y captar prosélitos, pero su ritmo de vida resultaba agotador.

Dormía apenas tres o cuatro horas diarias, viajaba sin pausa siguiendo los requerimientos de la Nación y llevaba una existencia sometida a una férrea disciplina, donde su única alegría era Betty Shabazz, una conversa a la Nación con la que contrajo matrimonio (el nombre islámico que Malcolm X había adoptado en la esfera privada era El-Hajj Malik El-Shabazz) y con quien tuvo seis hijas, todas niñas  

Por lo demás, su espartano e incansable sistema de trabajo, sumado a su carisma, ayudó en gran manera a que la Nación del Islam se estableciese como un poder civil a tener en cuenta. A principios de los sesenta, sin embargo, aparecieron las primeras grietas en la relación entre la Nación y su más famoso líder mediático.

Algunas personas cercanas empezaron a notar que Malcolm X ya no resultaba tan convincente cuando predicaba el mensaje de Elijah Muhammad. Él negaba que estuviese perdiendo la fe en el «mensajero de Dios», pero en realidad se estaba gestando el desencuentro. Empezaba a sentirse incómodo en la organización.

El legado político de Malcolm X - Alternativa Socialista

Muchos en la Nación se sentían molestos por el hecho de que Malcolm X fuese el rostro reconocible que se llevaba toda la fama. Ahora que Elijah Muhammad, cercano a los setenta años de edad, daba muestras de mala salud, acusaban a Malcolm X de querer hacerse con las riendas de la congregación.

Terminó emergiendo un movimiento de oposición interna que ponía en cuestión la excesiva importancia que Malcolm X había adquirido; al frente de esa oposición se situaría un antiguo protegido suyo, Louis X (hoy más conocido como Louis Farrakhan, actual líder de la Nación del Islam).

Esa nueva corriente interna tenía, además, una manera distinta de hacer las cosas que no agradaba en absoluto a Malcolm X. No podía dejar de notar que, mientras él llevaba una vida modesta, otros dirigentes de la Nación parecían gozar de existencias bastante acomodadas, permitiéndose incluso la adquisición de automóviles lujosos y ropas caras. Él ni siquiera tenía su vivienda en propiedad, sino que habitaba una casa que le había sido cedida por la Nación, y podía darse muy pocos caprichos.

Cierto es que la organización siempre había poseído negocios y eso había formado parte importante de su estructura desde el principio, pero habían sido usados como sostén para financiar las actividades civiles y, sobre todo, para dar a sus hermanos de raza la oportunidad tener un empleo y prosperar.

Al menos así había sido en Harlem, bajo la dirección de Malcolm X. Ahora, sin embargo, daba la impresión de que el objetivo de algunos altos cargos en la Nación era enriquecerse con esos mismos negocios. Él incluso sospechaba que algunos de aquellos líderes coqueteaban con el crimen organizado. La desconfianza mutua entre Malcolm X y buena parte de la nueva cúpula dirigente empezó a constituir un serio problema. No sería el único.

Otro motivo de roce fue provocado por el asesinato de John Fitgerald Kennedy. El presidente estadounidense había sido objeto habitual de críticas por parte de la Nación del Islam y muy en especial por parte de Malcolm X, quien lo había acusado de hacer promesas a los votantes negros en materia de derechos para olvidar esas promesas después de ganar las elecciones:

Cuando los perros de la policía mordían a mujeres negras y niños negros en Birmingham, Alabama, Kennedy decía que no podía intervenir porque ninguna ley federal había sido violada. Pero, tan pronto los negros explotaron, tan pronto comenzaron a defenderse y empezaron a imponerse ante lo más granado de los blancos que tenían delante, Kennedy envió a las tropas.

Y no había ninguna nueva ley federal cuando los negros explotaron, ninguna ley aparte de las leyes que ya había cuando eran los blancos quienes estaban ejerciendo la violencia.

La relación entre Malcolm X y su líder Elijah Muhammad se vino abajo a principios de los sesenta (foto: Corbis).
La relación entre Malcolm X y su líder Elijah Muhammad se vino abajo a principios de los sesenta

Cuando se conoció la noticia del asesinato del presidente, sin embargo, Malcolm X recibió una rápida advertencia por parte de Elijah Muhammad: dado que Kennedy era un personaje muy querido y todo el país iba a estar de luto, la Nación del Islam iba a mostrarse respetuosa.

Aquello significaba que Malcolm X tenía que abstenerse de seguir criticando al difunto presidente, por el bien de la imagen pública de la Nación.

Aquello lo desconcertó por completo.

A sus ojos, el hecho de que Kennedy hubiese sido asesinado no cambiaba su naturaleza como político o el hecho de que su mandato pudiera ser aún criticado.

Malcolm X había defendido todas y cada una de las ideas de la Nación, incluyendo las críticas a Kennedy, pero ahora le estaban pidiendo que traicionase esas ideas para que la Nación hiciese un ejercicio de relaciones públicas.

No lo entendió y no quiso someterse a ello.

En uno de sus discurso, rompió la orden directa de Elijah Muhammad, dejando entrever que el asesinato de Kennedy habría sido una consecuencia lógica de su agresiva política exterior.

Dijo que, si los Estados Unidos causaban dolor en el extranjero, parte de ese dolor les sería devuelto a ellos, como cuando «las gallinas regresan a dormir al gallinero durante la noche» (un conocido refrán estadounidense).

Aquello causó un considerable revuelo, en especial porque la prensa se las arregló para hacer ver que Malcolm X había expresado «felicidad» por el asesinato de Kennedy, algo que él mismo desmentiría más tarde, pero que quedó impreso en la memoria colectiva.

Elijah Muhammad se enfureció. Durante los siguientes días, el periódico de la Nación se dedicó a glosar la figura de Kennedy para intentar compensar el ataque póstumo de Malcolm X. Incluso se hizo público un comunicado en el que la Nación se desmarcaba de las declaraciones de su portavoz, calificándolas como una salida de tono personal con la que ellos no tenían nada que ver.

No solo se le ordenó guardar silencio de nuevo, sino que lo destituyeron como portavoz principal de la Nación y lo apartaron de toda labor propagandística. Malcolm X empezó a sufrir un proceso de ostracismo en el que jugaron un papel importante tanto la oposición liderada por Louis X como, al parecer, la influencia de algunos importantes miembros que eran, en realidad, policías infiltrados, como el entonces subdirector nacional de la Nación.

Todos ellos empezaron a poner a Elijah Muhammad en contra de su antigua mano derecha. El mejor ejemplo lo constituye todo lo relacionado con el ingreso del boxeador Classius Clay en la Nación. Clay, cuando todavía no era campeón mundial, había trabado una estrecha amistad con Malcolm X y este tuvo una clara influencia ideológica sobre el púgil, quien pronto quiso convertirse en miembro de la Nación.

Sin embargo, en la Nación no veían con buenos ojos la personalidad histriónica del boxeador, ya conocido por sus características payasadas y salidas de tono; algo incompatible con la imagen de seriedad que siempre exigían a sus miembros. Además, la Nación había condenado el boxeo como un «espectáculo sucio», así que le habían dicho a Malcolm X que no aceptaban a su nuevo fichaje.

Sin embargo, tan pronto Cassius Clay ganó el título mundial y se convirtió en el deportista más famoso del planeta, la Nación cambió de idea. Como recordaría Betty Shabazz: «De repente, en la Nación se dejaban la piel por intentar acercarse al campeón del mundo». Cassius Clay fue finalmente aceptado con grandes honores bajo el nuevo nombre de Cassius X (poco más tarde adoptaría el de Muhammad Ali), lo cual constituyó una jugada propagandística internacional de enormes dimensiones.

Pero nadie en la Nación agradeció a Malcolm X lo que, en esencia, había sido su gran fichaje. En la multitudinaria ceremonia de ingreso de Cassius Clay en la Nación estuvieron presentes todos los miembros importantes excepto Malcolm X. Y aunque Cassius Clay no era ajeno al enfrentamiento entre la cúpula de la Nación y Malcolm X, no tuvo el más pequeño gesto de apoyo para su amigo.

En el futuro, el legendario campeón tendría tiempo de lamentarse por haber contribuido a que se le asestara aquella puñalada:

Darle la espalda a Malcolm X fue uno de los mayores errores que he cometido en mi vida. Desearía poder decirle que lo siento, que él tenía razón sobre muchas cosas, pero fue asesinado antes de que tuviera oportunidad de decírselo. Era un visionario, estaba por delante de nosotros.

  • El no tan honorable Elijah Muhammad
Malcolm X – Wikipédia, a enciclopédia livre

Malcolm X había caído del cartel.

Estuvo durante meses sin hacer ningún tipo de declaración pública, periodo en el que la Nación continuó haciendo todo lo posible por poner tierra entre ellos y las declaraciones de su antiguo portavoz sobre el presidente asesinado.

A nadie se le escapaba ya que la relación entre Malcolm X y la Nación podía terminar en cualquier momento.

Pero el asunto de Kennedy era apenas la punta del iceberg.

El peor de todos los desencuentros aún estaba por llegar.

Malcolm X hizo ciertas averiguaciones sobre la vida privada de Elijah Muhammad, destinadas a destruir todo lo que quedaba de su fe en la Nación.

Antes del asesinato de Kennedy, Malcolm X había sido el principal apologista de Muhammad, su campeón mediático, pero además le había profesado una ciega y sincera veneración. Sin embargo, no pudo evitar que le llegaran rumores sobre las supuestas relaciones sexuales de Elijah Muhammad con varias de sus jovencísimas secretarias y ayudantes.

Se decía que había tenido hijos ilegítimos con algunas de ellas, en ciertos casos cuando eran menores de edad. En un principio, Malcolm X se negaba a creer esos rumores y ni siquiera hizo caso a indicios que él mismo había observado para desecharlos después considerándolos sugestiones creadas por su imaginación y disparadas por las habladurías.

La Nación del Islam abogaba por la familia tradicional y tenía un ideario sexual bastante puritano, condenando el adulterio y la fornicación (esto es, el sexo fuera del matrimonio). Malcolm X era incapaz de creer que Elijah Muhammad hubiese roto estos principios en no una, sino numerosas ocasiones.

No había querido ver nada sospechoso en el hecho de que se rodease de jovencísimas ayudantes; a fin de cuentas, Elijah Muhammad tenía ayudantes de todo tipo y siempre estaba rodeado de una corte de seguidores, entre los que había también varones. Sin embargo, los indicios resultaban cada vez más claros y sus dudas se hicieron más y más urgentes.

Atormentado por las sospechas, acudió a Warith Deen Muhammad, uno de los hijos mayores de Elijah Muhammad, con quien mantenía una estrecha amistad. Le preguntó sin rodeos si los rumores eran ciertos. Para su sorpresa, Warith le confirmó que sí, que Elijah había tenido hijos con varias chicas jóvenes de la organización.

La fe de Malcolm X en Elijah Muhammad se vino abajo. Muhammad había sido el hombre cuyo mensaje transformó a Malcolm Little, el delincuente sin futuro, en Malcolm X, la respetada figura de relevancia social. Las ideas de Muhammad lo habían sacado del arroyo y le habían dado sentido a su vida, así que lo consideraba casi un segundo padre.

Pero ahora su ídolo estaba cayendo del pedestal. Desesperado, Malcolm X se armó de valor y se presentó ante Elijah Muhammad para comprobar, cara a cara, si todo aquel asunto era real. Muhammad no negó la veracidad de los hechos —porque la evidencia era aplastante—, pero empezó a citar ejemplos de profetas bíblicos que habían tenido un harén a su disposición y dijo que, dado que él iba a ser el último mensajero de Alá, era importante que su semilla se dispersara lo más posible.

Malcolm X no se tragó esta justificación. Poco después, en marzo de 1964, anunció que abandonaba la Nación del Islam, aunque en un principio no hizo pública la razón última de la ruptura y le bastó con citar los desencuentros ideológicos que ya eran conocidos de todos. Su discreción, sin embargo, no lo iba a librar de las represalias.

En la Nación sabían que Malcolm X guardaba un peligroso secreto, la vida sexual de Elijah Muhammad; un arma en sus manos. Era algo que no podían permitir. La cúpula de la Nación calificó a Malcolm X como «hipócrita» (que en su lenguaje era sinónimo de apóstata o traidor), sabiendo que así azuzarían el odio de sus miembros más radicales hacia él. Y la jugada tuvo efecto.

Empezó a recibir constantes amenazas de muerte, tanto en el teléfono de su casa como mediante correo anónimo. Esas amenazas no eran en vano. Le quedaba poco menos de un año de vida. Sin embargo, ese último año sería muy intenso y daría paso al surgimiento de un nuevo Malcolm X.

Durante aquellos meses, como había sucedido con su periodo de prisión, iba a sufrir una transformación. Haría frente a sus enemigos con un fiero valor, pero también se enfrentaría a la certeza de que había pasado años defendiendo un mensaje fanático, cegado por un concepto limitado del mundo. Durante aquellos últimos meses terminaría perdiendo la batalla terrenal contra sus enemigos, pero ganaría la batalla por la inmortalidad.

Malcolm X

Durante el periodo álgido de su papel como portavoz en la Nación del Islam, Malcolm X ofreció numerosos discursos y conferencias en instituciones de todo tipo. Era, por ejemplo, uno de los oradores más solicitados por las universidades estadounidenses.

En una ocasión, después de hablar para los estudiantes de una universidad en Nueva Inglaterra, se le acercó una chica joven a la que más tarde describiría como una «pequeña universitaria rubia». Se mostraba conmovida por el discurso y Malcolm X estaba muy sorprendido: «Nunca antes había visto a alguien tan afectado por mis palabras».

Tiempo después, volvería a verla. Mientras tomaba en una cafetería de Nueva York, vio con asombro cómo la misma chica entraba por la puerta y se dirigía hacia su mesa. La joven se había tomado la molestia de viajar desde el sur del país para encontrarse con él. Parecía provenir de una clase acomodada («Su forma de vestir, de hablar, de estar en pie… todo daba indicaciones de una chica crecida en un adinerado entorno sureño») y afirmaba estar dispuesta a convertirse en una conversa de su causa.

Una causa en la que, como Malcolm X había dejado siempre bien claro, no había sitio para los blancos. Pero ella parecía decidida a demostrar que no todos los blancos eran diablos y que de verdad se había sentido impelida a colaborar en la tarea de combatir el racismo: «¿No cree usted que existen buenas personas blancas?», le preguntó la chica. «Creo en los actos, señorita, no en las palabras», respondió él.

La chica replicó: «Entonces, dígame, ¿Qué puedo hacer para demostrarlo?». Malcolm X, con frialdad, sentenció: «Nada». La chica lo miró en silencio durante un instante y, de repente, se echó a llorar; a continuación, salió corriendo hacia la calle. En el futuro, este pequeño incidente, que en apariencia no va más allá de ser una anécdota sin importancia, regresaría una y otra vez para causarle sentimientos de culpa.

De hecho, hizo varias menciones al suceso en su autobiografía, señal de que, para él, tenía una gran importancia simbólica. De alguna manera, aquella chica enfocaba los remordimientos que sentía por haber malgastado buena parte de su vida defendiendo un mensaje fanático: «Supongo que un hombre está en su derecho de volverse estúpido si está dispuesto a pagar el coste. A mí me costó doce años de mi vida».

  • Revelación en La Meca

Tras abandonar la Nación en 1964, no perdió sus convicciones religiosas islámicas, o mejor dicho, las modificó. Abandonó el islamismo sui generis de la Nación y se convirtió al sunismo, la forma de Islam predominante en el mundo. Se dispuso a cumplir el Hajj, la peregrinación a La Meca que todo musulmán debe efectuar al menos una vez en la vida, salvo eximentes económicos o de salud.

Aunque tenía varias hijas que alimentar y no disponía de medios económicos para el viaje, su hermanastra le prestó el dinero. Malcolm X subió a un avión con destino a Arabia. El inicio de la peregrinación no resultó fácil. Tras aterrizar en Arabia, y pese a su fama internacional, fue retenido en la ciudad de Jedda, donde las autoridades locales querían impedir que continuase viajando hacia a La Meca.

Su condición de estadounidense y el hecho de no saber hablar árabe hacían que dudasen de su fe musulmana, así que el primer contacto de Malcolm X con el mundo islámico extranjero fue bastante incómodo. Sin embargo, la intervención directa de la familia real saudí permitió levantar la prohibición y, por fin, pudo peregrinar a La Meca.

Histórica conversación de Fidel con Malcom X

Aquel fue un momento de revelación.

La peregrinación y los posteriores meses de viajes por África y Europa propiciarían un cambio profundo en su interior, como él mismo admitiría ante la prensa nada más regresar a los Estados Unidos.

Malcolm X se había pasado la vida en la cárcel o en los barrios negros de grandes ciudades estadounidenses.

Había visto poco mundo.

Durante el Hajj, descubrió que en su religión había facetas cuya existencia nunca antes había contemplado.

Para empezar, le impresionó el ambiente de hermandad, hospitalidad y camaradería que reinaba entre los peregrinos musulmanes. Todos debían vestir un ropaje humilde para que no fuese posible distinguir a los ricos de los pobres. Para que la nacionalidad o cultura careciese de importancia y nadie fuese tratado de manera diferente debido a su condición.

Además, se mezcló con musulmanes que procedían de todos los lugares del mundo y aquella experiencia le hizo abrir los ojos: «Aunque no te lo creas» —le escribió a su mujer durante su peregrinación— «estoy compartiendo agua y comida con musulmanes de piel clara, cabello rubio y ojos azules».

Esto le resultó chocante y revelador. En la Nación del Islam, como recordaría él, se le había enseñado que era «física y divinamente imposible» que un blanco acudiese a La Meca para pisar los recintos sagrados. La realidad era bien distinta. El Islam no era una religión racial, como enseñaba Elijah Muhammad. Por primera vez en su vida,Malcom X experimentó la hermandad entre individuos de distintos colores de piel.

Tras el Hajj, fue invitado por gobiernos e instituciones de diversos países africanos y recorrió medio continente, donde continuaba viendo cosas que rompían sus esquemas, en las que nunca habría reparado cuando estaba inmerso en el ambiente social y político tan combativo de los Estados Unidos.

Vio, por ejemplo, a estudiantes blancos que intentaban ayudar a la población negra con un desinterés en el que, en última instancia, no había distinciones por el color de piel. También en Europa se le rasgó el velo. Pasó por algunos países como Francia o el Reino Unido, donde su fama había provocado mucha curiosidad y ansia por escucharlo hablar.

En las islas británicas, sobre todo, causó una honda impresión. Primero participó en un debate universitario en Oxford que fue retransmitido por la BBC, una muestra del interés que despertaba su figura. Después se hizo notar cuando defendió a los negros de Birmingham de una campaña propagandística —no oficial, cabe aclarar— organizada por simpatizantes de la derecha británica, que utilizaba el desafortunado lema «si quieres un negrata en tu barrio, vota a los laboristas».

Malcolm X se refirió al eslogan con su característica acidez, calificando a los conservadores que usaban esas expresiones como «hitlerianos» y advirtiendo con sorna: «Yo de vosotros no esperaría hasta que esta gente se decida a construir hornos crematorios». Con todo, Malcolm X comprobó el genuino interés de muchos jóvenes blancos europeos por su mensaje y aquello le trajo de nuevo a la mente la «pequeña chica rubia» de Nueva Inglaterra.

Cada vez que atravesaba una nueva frontera, sus antiguos prejuicios iban resquebrajándose. Cuando regresó a los Estados Unidos, la prensa estaba esperándole ya en el mismo aeropuerto, excitada por las habladurías de que Malcolm X había sufrido una transformación durante su etapa como peregrino y sus meses visitando África y Europa.

—¿Usará ahora el apellido Shabazz y dejará la X?
—Probablemente, seguiré utilizando el nombre Malcolm X mientras la situación que lo ha producido continúe.
—No siente que Shabazz pueda ocupar el lugar de la X.
—El que yo haya ido a La Meca, el que haya conocido el mundo musulmán y el mundo africano, el que allí me hayan reconocido como musulmán y como hermano… eso es algo que puede haber resuelto el problema para mí, personalmente. Pero pienso que, en realidad, mi problema personal no estará resuelto mientras no se resuelva también para toda nuestra gente aquí, en este país. Así que seguiré llamándome Malcolm X, en tanto exista la necesidad de protestar, de luchar, de pelear las injusticias cometidas contra nuestra gente en nuestra tierra.

Malcolm X con Clayton Powell
Malcolm X con Adam Clayton Powell, primer afroamericano en ser elegido como miembro del Congreso estadounidense

Durante aquellos viajes, por cierto, tuvo un inesperado encuentro cuando dio la casualidad de que el campeón mundial de boxeo y su antiguo amigo, Muhammad Ali, se alojaba en su mismo hotel.

Ambos se vieron en el hall y mantuvieron una breve conversación, en tono cortés, pero con la incomodidad que era de esperar entre dos antiguos amigos que habían sido enfrentados por la supuesta traición de Malcolm X hacia la Nación del Islam, organización a la que Muhammad Ali rendía ahora pleitesía, y para la que Malcolm X se había convertido en el enemigo número uno.

Por lo demás, sus viajes marcaron no solamente el inicio de un cambio ideológico —que no terminaría de completarse, dado que iba a ser asesinado en apenas unos meses—, sino también que se sintiera reforzado por el hecho de que tanto en África como en Europa lo hubiesen tratado como a un líder respetable por sí mismo, ya no por ser portavoz de nadie, cuyas ideas debían escucharse con atención, más allá de que sus interlocutores estuviesen de acuerdo o no con ellas.

En el extranjero era respetado como ideólogo y orador, y eso ayudó a que se reafirmase frente a los tiempos en que, como él mismo decía, había sido un «títere» de Elijah Muhammad. De todos modos, su cambio ideológico empezó siendo progresivo.

Aún tuvo tiempo de pronunciar un famoso discurso (The ballot or the bullet, «La urna o las balas») en el que instaba a los negros a intentar pelear sus derechos mediante el voto, aunque advertía que, si la sociedad blanca continuaba impidiendo el progreso de sus derechos por demasiado tiempo, podía llegar a resultar necesaria una revuelta armada.

No obstante, por primera vez se mostraba proclive a tender una mano «a cualquiera» que estuviese dispuesto a colaborar en la consecución de sus objetivos. Y este «cualquiera» incluía tanto a blancos como a figuras a las que hasta entonces había denostado en público, como Martin Luther King.

Sabemos por él mismo que su peregrinación y posteriores viajes fueron cruciales para que sometiese sus planteamientos a una nueva autocrítica, pero el giro había comenzado a producirse antes. Malcolm X viajó a La Meca durante abril de 1964, pero antes de eso, en marzo, fue cuando se produjo el breve encuentro con Martin Luther King, sucedido tras una rueda de prensa que este había ofrecido en el Capitolio. El encuentro, decíamos, fue tan fugaz como inesperado.

Los fotógrafos captaron la imagen de ambos líderes juntos. Una imagen que, por sí misma, parecía constituir el signo visible del inicio de una nueva era en la lucha por los derechos civiles. Una era que no tuvo tiempo de materializarse, desde luego, pero se hacía patente que Malcolm X parecía haber dejado de considerar al reverendo King un mero perrito faldero de los blancos.

Esa impresión se redobló cuando regresó de sus viajes sosteniendo posiciones más abiertas y flexibles. Un buen ejemplo, al fundar su nueva mezquita, llamada Muslim Mosque Inc, creó también una organización paralela —y secular— en la que podría participar cualquier persona que lo deseara, con independencia de su color de piel, de sus creencias religiosas o de la carencia total de las mismas.

Algo que, un tiempo antes, cuando le dio un desaire a la pequeña chica rubia de Nueva Inglaterra, había parecido impensable. Eso sí, la lucha interna de Malcolm X por liberarse de sus demonios ideológicos no iba a ser nada en comparación con la lucha externa que mantendría con la Nación del Islam durante sus últimos meses de vida.

  • «Probablemente ya soy hombre muerto»

Tienen que matarme. No pueden permitirse el que yo quede con vida. Sé dónde tienen enterrados los cadáveres. Y si me presionan, desenterraré unos cuantos (Entrevista en la revista Ebony, 10 de marzo de 1964).

—¿No se siente quizá preocupado por lo que pueda ocurrirle a usted a raíz de haber hecho estas revelaciones sobre Elijah Muhammad?
—[Sonriendo] Oh, sí. Probablemente ya soy hombre muerto. (Durante una entrevista televisiva, 8 de junio de 1964).

Imagen del único encuentro entre Malcolm X y Martin Luther King. (Foto: DP)
Imagen del único encuentro entre Malcolm X y Martin Luther King.

La relación entre Malcolm X y sus antiguos correligionarios de la Nación del Islam se convirtió en un asunto de vida o muerte, y convirtió su último año de vida en una pesadilla.

Para empezar, la Nación exigió que Malcolm X y su familia desalojasen la vivienda que se les había asignado años atrás, comenzando un proceso legal de desahucio que se prolongó durante varios meses.

El juicio se celebró a principios de verano y, para entonces, Malcolm X llevaba tiempo recibiendo constantes amenazas de muerte por vía telefónica y correo postal.

No le cabía ninguna duda sobre la autoría de esas amenazas y tenía incluso constancia directa de que la Nación del Islam había puesto precio a su cabeza.

En febrero de 1964, su antiguo ayudante en la Mezquita de Harlem fue a visitarlo a su casa. Le confesó que había recibido órdenes directas de la Nación para poner una bomba en su automóvil, pero que al final se había sentido incapaz de hacerlo. Sin embargo, pese a que en el día del juicio por desahucio había presentes unos quince miembros de la Nación del Islam y Malcolm X ni siquiera había pedido medidas especiales de protección policial, la vista tuvo lugar sin incidentes.

No se abstuvo de responder a las amenazas, de todos modos. Sobre todo a través de la prensa, donde habló sin tapujos sobre el hecho de que su vida estaba en peligro. Aunque decía, y era cierto, que no tomaba medidas especiales de seguridad, sí dejó claro que estaba dispuesto a cualquier cosa para defender a su familia: «Tengo un rifle, y estoy dispuesto a usarlo si alguien viene a mi casa con malas intenciones».

En marzo, de hecho, la revista Life había publicado una de sus fotografías más famosas: Malcolm X aparecía junto a una ventana, observando el exterior mientras sostenía un rifle automático. Era la demostración gráfica de que sabía que iban a por él, con la que lanzaba un mensaje a sus enemigos: no pensaba permanecer de brazos cruzados.

Centraba su atención en la cúpula de la Nación. Los seguidores de base, decía él, «sinceramente creen que están haciendo la voluntad de Alá cuando defienden a un hombre, Elijah Muhammad, del que yo mismo les dije que era divino».

En julio, poco después del juicio, puso una denuncia por lo que consideraba un atentado frustrado contra su vida; cuando volvía a su casa alrededor de la medianoche, dos hombres le estaban esperando. Los evitó y no sucedió nada más, pero era una señal de alarma. Durante toda la jornada siguiente, la policía hizo guardia frente a la casa. Las amenazas fueron haciéndose más y más graves.

Además, algunos sucesos le hicieron sospechar que no solamente la Nación del Islam (y, como es obvio, grupos racistas como el Ku Klux Klan) estaban interesados en hacerlo caer. La primera semana de febrero de 1965, viajó a Francia para dar una conferencia en París, donde ya había hablado con mucho éxito durante sus anteriores viajes. Sin embargo, el Gobierno francés le denegó la entrada en la misma frontera.

Aquello le hizo pensar que quizá podía haber otros poderes involucrados en lo que podría ser una conspiración en marcha, ya que no le encontraba sentido a que, tras una primera visita que había transcurrido sin problemas, ahora el Gobierno de París lo tratase como a un delincuente.

Se preguntaba si, quizá, las autoridades estadounidenses estaban intentando ponerle las cosas difíciles. Conocemos estas sospechas porque habló de ellas por teléfono con el escritor Alex Haley, su amigo y biógrafo (y autor de la celebérrima novela Raíces). Nunca sabremos con seguridad hasta qué punto tenían base esas intuiciones.

Como mínimo, hay un dato que hoy conocemos: entre los dirigentes de la Nación del Islam había algún agente policial infiltrado, así que el FBI debía de estar bien informado sobre cuáles eran las verdaderas intenciones de la organización hacia Malcolm X. No hicieron nada por evitarlo. Pero es todo especulación.

Malcolm X en el último año de su vida (Foto: Corbis)
Malcolm X en el último año de su vida

Menos de una semana después de que se le denegase la entrada en Francia y cuando aún estaba rumiando aquellas sospechas, ocurrió el suceso más grave. La noche de San Valentín, a pocos días de la fecha fijada para el desahucio de su vivienda familiar, la casa fue atacada durante la madrugada con bombas incendiarias.

Una de las bombas rebotó en la ventana de la habitación donde dormían sus hijas pequeñas y el que, por puro milagro, no rompiese el cristal evitó que las niñas pereciesen entre las llamas y sirvió además para alertar a la familia. Todos los miembros de la familia escaparon ilesos del incendio. Aquella, como sabemos, no era una escena nueva para Malcolm X.

Siendo niño había visto dos veces cómo su hogar familiar era pasto de las llamas y ahora, muchos años después, volvía a asistir a tan terrible espectáculo… con la diferencia de que ahora él era el cabeza de familia y quienes estaban en peligro eran su mujer y sus hijas. Como de costumbre no se anduvo por las ramas.

Acusó públicamente a la Nación del Islam como autores del atentado y dijo ante las cámaras que, si alguna de sus hijas hubiese sufrido daños a raíz del incendio, él mismo hubiese tomado un rifle para encargarse de los responsables. El 15 de febrero, el día siguiente al ataque, afirmó que Elijah Muhammad «podría parar todo esto con solo levantar una mano», pero que no deseaba hacerlo.

Le acusó de ordenar varios asesinatos y afirmó que se había vuelto loco, destapando la caja de Pandora: «Un hombre no puede tener setenta años, rodearse de chicas de dieciséis, diecisiete o dieciocho años de edad, y mantener la cabeza en su sitio». Malcolm X puso todas las cartas sobre la mesa, revelando por fin ante la prensa una de las principales razones de su ruptura con la Nación del Islam: la vida sexual de Elijah Muhammad.

Aquello ponía en marcha la cuenta atrás para su eliminación definitiva. Le quedaba menos de una semana de vida.

El día 18, a primera hora de la mañana, el duro litigio legal entre Malcolm X y la Nación del Islam llegaba a su fin con la ejecución del desahucio de la familia, que tuvo que trasladarse a otra vivienda. Aquello no interrumpió el nivel de actividad pública de Malcolm X, una actividad que estaba volviendo a ser frenética.

No se ocultaba, pese a que estaba convencido de que un nuevo atentado contra su vida era cuestión de tiempo; de hecho, ya se había podido descubrir a miembros de la Nación del Islam entre los asistentes a alguno de sus actos públicos, lo cual constituía una señal más que inquietante.

Malcolm X era tan consciente del peligro que no quería dormir en viviendas ajenas. El día 20, tras una larga e intensa jornada, un amigo le invitó a pasar la noche en su casa para no tener que desplazarse y poder descansar antes del discurso que debía pronunciar al día siguiente, pero Malcolm X rechazó la invitación: «Tú tienes una familia y yo no quiero que nadie salga herido por mi causa». Palabras premonitorias. En menos de veinticuatro horas sería asesinado.

Al día siguiente, sin embargo, parecía sentirse más confiado, como demuestra el hecho de que, pese a sus reticencias iniciales, permitiese que su mujer y dos de sus hijas acudieran a verlo pronunciar su discurso. Es muy posible que pensara que el auditorio Audubon, asociado a su nueva organización, era un lugar seguro. Allí estaba jugando en casa. Se equivocó.

Como ya narramos en la primera parte, apenas había comenzado a hablar cuando estalló una trifulca entre dos hombres del público, una maniobra de distracción para atraer a los encargados de la seguridad. Mientras, tres hombres se aproximaron al escenario y tirotearon a Malcolm X hasta la muerte, todo ante la horrorizada mirada de su mujer y sus dos niñas presentes. Malcolm X tenía treinta y ocho años.

Dejaba detrás de sí cuatro hijas pequeñas y una mujer embarazada que alumbraría gemelas en el mes de septiembre. En noviembre de ese mismo año, se publicaba su autobiografía. En ella, Malcolm X había dejado escrito estas palabras: «No espero vivir lo suficiente para ver publicado este libro en su forma final».

Foto: Corbis

  • Epílogo

Aunque no siempre estuvimos de acuerdo sobre los métodos para solucionar el problema racial, siempre albergué un profundo respeto por Malcolm y sentí que tenía una gran habilidad para poner el dedo sobre la llaga en cuanto a la existencia y la raíz de este problema. (telegrama de Martin Luther King a Berry Shabazz, enviado justo tras el asesinato de Malcolm X).

El pésame de Martin Luther King a la viuda de Malcom X tuvo un tono más diplomático que cercano. Un tono característico de King, es cierto, pero quizá también el producto de la distancia ideológica que siempre había existido entre los dos líderes más relevantes de la causa negra en los Estados Unidos. Aquel telegrama, sin embargo, contenía también un trasunto que casi nadie podía captar por entonces.

Porque King llevaba tiempo recibiendo también amenazas de muerte, aunque en su caso provenían de supremacistas blancos y —cosa que ni siquiera él sospechaba— de la infame Cointelpro, sección de operaciones encubiertas del FBI. Al contrario que Malcolm X, de carácter mucho más guerrero, Martin Luther King nunca hizo públicas esas amenazas y solo las dejó entrever en alguno de sus últimos discursos, en los que también anunciaba su propia muerte, aunque con palabras más crípticas.

Sin duda, el asesinato de Malcolm X le hizo sentir que la posibilidad de un atentado contra él mismo se tornaba todavía más palpable. No se equivocaba porque, como sabemos, fue asesinado tres años después. Había transcurrido menos de un año desde la peregrinación de Malcolm X, tiempo en el que su ideología empezó a cambiar hacia posiciones más flexibles incluso en mitad del tormentoso e irrespirable ambiente de amenazas y violencia que rodeó sus últimos meses de vida.

Solamente podemos teorizar sobre el papel que Malcolm X hubiese podido desempeñar una vez que su discurso empezó a ser de verdad un discurso propio y no una mera repetición automática de las enseñanzas fanáticas de Elijah Muhammad. Lo que sabemos con seguridad es que su carisma y capacidad de oratoria eran únicas y que, sin duda, hubiese continuado siendo un líder social.

Todavía más relevante. No llegó a suceder. Tampoco King pudo disponer de mucho más tiempo. Ambos fueron mártires en la lucha por los derechos civiles (aunque a Malcolm X no le gustaba llamarlos así e insistía en hablar de «derechos humanos»).

Los asesinos de Malcolm X fueron detenidos y juzgados; los tres eran miembros de la Nación del Islam, demostrando que las continuas advertencias públicas de Malcolm X sobre las intenciones de la Nación habían tenido una sólida base. No obstante, Elijah Muhammad afirmó sentirse «impactado y sorprendido» por la muerte de su antigua mano derecha, negando toda implicación de la organización y presentando el atentado como la acción independiente de fanáticos incontrolados.

En 1975, Muhammad murió por causas naturales y fue sucedido por Louis Farrakhan, el antiguo protegido de Malcolm X y el mismo que había conspirado contra él dentro de la cúpula de la Nación. La actitud de Farrakhan respecto al asesinato ha sido, como poco, sospechosa.

Negó durante muchos años cualquier conexión entre la cúpula de la Nación y el crimen, mantuvo su visión de Malcolm X como de un «hipócrita» —esto es, un traidor— y continuaría atacándolo con tono encendido incluso décadas después de muerto, como si fuese un fantasma con el que tenía que pelear.

Pero en 1993, quizá a su pesar, se dejó llevar y se excedió en sus palabras. Dio a entender, o eso parecía, que ellos lo habían asesinado. Dijo: «Malcolm X era un traidor, y si la Nación se ocupó de él como hace siempre con los traidores, ¿por qué se meten los demás en nuestros asuntos?».

Cuando esta parte del discurso le fue mostrada a la viuda de Malcolm X, Betty Shabazz, ella afirmó en televisión estar convencida de que Louis Farrakhan había ordenado el asesinato de su marido.

Betty Shabazz - Wikipedia

Qubilah Shabazz, segunda hija de Malcolm X y una de las dos que vieron con sus propios ojos su asesinato, fue arrestada en 1995 bajo la acusación de conspirar para asesinar a Louis Farrakhan, a quien consideraba responsable directo de la muerte de su padre.

Según la acusación, habría contratado a un sicario para eliminar a Farrakhan, aunque ella lo negó.

Para sorpresa de muchos, Farrakhan dijo en público que creía en la inocencia de Qubilah; es más, organizó un evento para recaudar dinero destinado a su defensa legal.

Todavía más sorprendente fue que Betty Shabazz asistiese al evento, lo que muchos interpretaron como una señal de reconciliación con Louis Farrakhan, a quien había señalado no mucho antes como instigador de la muerte de Malcolm X.

A nadie le quedó muy claro si Betty Shabazz había perdonado a Farrakhan, o si solo estaba allí para que su hija tuviese un buen abogado. Sea como fuere, Qubilah evitó la posible condena de cárcel mediante un acuerdo extrajudicial.

Poco después, en 1997, Betty Shabazz murió como consecuencia de las graves quemaduras sufridas durante el incendio de su hogar, lo cual impidió resolver el enigma de qué era lo que pensaba sobre Farrakhan a aquellas alturas. El fuego, por cierto, fue provocado por su nieto de diez años e hijo de Qubilah, Malcolm Shabazz.

El niño no murió en el incendio; al contrario, fue encontrado vivo en la calle, con muestras evidentes de haber estado manipulando gasolina. Fue diagnosticado de esquizofrenia; aquel incendio era el último de diversos incidentes producto de su personalidad antisocial e incontrolable.

Incluidas agresiones físicas a su propia madre, quien había pedido a las autoridades, sin éxit,— que lo ingresaran en un sanatorio. Por aquel motivo, el niño estaba viviendo con su abuela cuando provocó el incendio que la mató. La accidentada biografía de Malcolm Shabazz daría para un artículo propio: tras una breve vida de actos delictivos, murió a los veintiocho años, apaleado en México por dos camareros de un bar en el que, al parecer, estaba montando una trifulca.

En el año 2000, Louis Farrakhan, después de muchos años de hacer como que el asesinato de Malcolm X no había tenido nada que ver con la Nación del Islam —salvo aquel desliz de 1993—, llegó a reconocer que, en la época en que Malcolm X fue asesinado, la virulencia verbal de los dirigentes de la Nación y muy en especial la suya propia podía haber sembrado el terreno para el asesinato.

Aseguraba que lamentaba que sus palabras pudiesen haber tenido semejante efecto. Esta especie de arrepentimiento se produjo en el famoso programa televisivo 60 Minutes, pero no convenció a casi nadie. Incluida Quibilah Shabazz.

La hija de Malcolm, durante un tenso cara a cara con el propio Farrakhan, afirmó que, pese a las habladurías sobre la complicidad del FBI en la muerte de su padre, habladurías no del todo descabelladas, ella seguía teniendo claro que la Nación del Islam había sido la principal responsable del asesinato su padre (pueden ver sus palabras en el último minuto de vídeo). Hasta el día de hoy, no existen motivos para pensar lo contrario.

Malcolm X, la voz insumisa de la América negra

Cuando esté muerto —y digo esto porque, por las cosas que sé, no espero vivir lo suficiente para ver este libro publicado en su forma final—, quiero que observéis y me digáis si acaso no tengo razón en lo que voy a decir: que el hombre blanco, en su prensa, va a identificarme con el odio.

Hará uso de mí cuando muerto, como lo ha hecho cuando estuve vivo, como un conveniente símbolo del odio, y eso le ayudará a evitar enfrentarse a la verdad de que todo lo que he estado haciendo ha sido sostener un espejo para reflejar, para mostrar, la historia de los inefables crímenes que su raza ha cometido contra la mía.

nuestras charlas nocturnas.

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