Historias de Mujeres …

– La fotógrafa indestructible, Margaret Bourke-White (1904-1971)
Mujeres en la historia(S.F.Valero) — «Maggie la indestructible» era uno de los apelativos con el que sus compañeros de profesión bautizaron a la intrépida Margaret Bourke-White.
Y es que desde que alguien le pusiera una cámara entre sus manos, ya no podría ver el mundo más que desde detrás de un objetivo.
Quiso plasmarlo todo, máquinas, construcciones, personas, acontecimientos, desde ópticas muy distintas.
Para ello se subió a edificios, aviones, barcos y fue testigo de algunos de los momentos más importantes de la historia del siglo XX.
Solamente una terrible enfermedad como el Parkinson la obligó a dejar de hacer lo que siempre la mantuvo viva y la convirtió en un referente del fotoperiodismo mundial.
Margaret White nació el 14 de junio de 1904 en el barrio neoyorquino del Bronx pero creció en Nueva Jersey. Era hija de Joseph White, ingeniero e inventor, y Minnie Bourke, de quien tomó su apellido para unirlo al de su padre. Tenía dos hermanos, Ruth y Roger.
Margaret pasó por varias universidades en las que no llegó a encontrar nada que la apasionara de verdad mientras que se acercaba al mundo de la fotografía como un simple hobby al que era también aficionado su padre. Durante su estancia en Columbia, asistió a clases de fotografía impartidas por el fotógrafo Clarence H. White. En sus años de estudio, Margaret se casó con el que sería su primer marido y del que se divorciaría dos años después, en 1926.
En 1928, después de graduarse en la Universidad Cornell, donde había empezado a inmortalizar edificios con una cámara que le había regalado su madre, decidió trasladarse a Cleveland donde abrió un negocio de fotografía y empezó a especializarse en retratar objetos, materiales industriales, fábricas y construcciones.
El nombre de Margaret empezó a sonar entre los círculos periodísticos y su fama llegó a oídos del magnate Henry Luce, dueño de las publicaciones Fortune y Time y responsable del cambio de línea editorial de la revista Life, que compró en 1936. El primer número de la nueva etapa de Life salió a la venta el 23 de noviembre de 1936 con una fotografía de Margaret en la portada.

El éxito de la revista fue inmediato y supuso el nacimiento de una profesional del fotoperiodismo que colaboraría con Life durante más de dos décadas. Unos años antes, en 1930, Margaret ya había colaborado con Henry para Fortune. En aquella etapa se convirtió en la primera extranjera en fotografiar la Unión Soviética.
Una experiencia que plasmó en su libro Eyes of Russia. Convertida en una reputada fotoperiodista, Margaret trabajó en varios proyectos, entre ellos un libro titulado You have seen their faces en el que plasmaba las deplorables condiciones en las que trabajaban los aparceros sureños.
Las imágenes del libro fueron acompañadas de textos escritos por Erskine Caldwell, quine se convertiría en su segundo marido. En 1941 viajaron juntos a la Unión Soviética para cubrir la invasión alemana. Su segundo matrimonio finalizó al año siguiente. Margaret continuó trabajando, esta vez como fotógrafa acreditada por las Fuerzas Aéreas Americanas con las que voló en misiones de combate.
Con el final de la Segunda Guerra Mundial, Margaret regresó a Europa junto al General Patton para fotografiar los horrores de la Alemania nazi.
Fue testigo de la barbarie cometida en el campo de concentración de Buchenwald que plasmó en su libro Dear fatherland, rest quietly.
Los siguientes años, Margaret viajó por medio mundo para fotografiar la historia del siglo XX.
Sudáfrica, Canadá o Corea fueron algunos de los destinos de esta fotoperiodista que llegó a inmortalizar a Gandhi poco antes de su muerte.
Nada parecía frenar a esta viajera y fotoperiodista incansable. Hasta que en 1956 los primeros síntomas del Parkinson iniciaron un lento pero inexorable declinar de su carrera como reportera gráfica.
Y de su propia vida. Margaret Bourke-White falleció el 27 de agosto de 1971.
– Música desde la oscuridad, Galina Ustvólskaya (1919-2006)
El compositor ruso Viktor Suslin admiró siempre la obra de una de sus compatriotas, Galina Ustvólskaya, de quien afirmó que fue una de las voces desde el «agujero negro».
Este agujero era San Petersburgo, renombrado como Petrogrado y Leningrado en el siglo XX y que fue, durante décadas, escenario del horror y la represión estalinista. Galina no quiso abandonar su ciudad natal. Tampoco sus ideales, ajenos al régimen comunista al que no quiso vender su arte, aunque la desesperación del hambre la obligó en alguna ocasión a hacerlo.
La opacidad de la Unión Soviética mantuvo escondido el arte musical de esta mujer solitaria que sólo al final de su vida empezó a ver reconocido su talento.
Galina Ivánovna Ustvólskaya nació el 17 de junio de 1919 en San Petersburgo, conocida entonces como Petrogrado. En 1926 inició su formación musical en la escuela Leningrad Capella donde aprendió composición y a tocar el violonchelo.
Diez años después, continuó estudiando en la universidad hasta que en 1939 ingresó en el conservatorio de Leningrado donde empezó a recibir clases del prestigio y exigente compositor Dmitri Shostakóvich.

La Segunda Guerra Mundial supuso un paréntesis en sus estudios y en su vida en Leningrado de donde tuvo que ser evacuada en 1941 junto a su familia y no pudo regresar hasta 1944. Después de graduarse en el conservatorio, fue admitida en el Unión de Compositores donde continuó perfeccionando sus habilidades musicales.
En 1947 empezó a dar clases en la escuela de música Leningrad Rimsky-Korsakov donde permanecería durante cinco décadas y supuso un alivio para su precaria situación económica.
Galina destruyó las composiciones que hizo para el régimen estalinista. Las que prevalecieron llevaban apuntado en el margen, «por dinero».
En la década de 1950, las composiciones de Galina empezaron a tener un éxito considerable y su maestro Shostakóvich no sólo cayó rendido a sus pies a nivel profesional, también a nivel personal.
Cuando se quedó viudo, le pidió a Galina que se casara con él a lo que ella se negó. La estrella de Galina empezó a declinar cuando rechazó formar parte del elenco de compositores que regalaban su talento en favor del régimen estalinista. Galina nunca tuvo ningún interés por la política pero tampoco estaba dispuesta a seguir los dictados soviéticos.

Sin embargo, la necesidad le obligó en alguna ocasión a ceder a sus ideales. Las composiciones que hizo para el régimen fueron destruidas y las que prevalecieron llevaban apuntado en el margen, «por dinero».
La obra de Galina Ustvólskaya es difícil de catalogar, expresiva y con altas dosis de espiritualidad. Con una vida solitaria, teniendo a la música como única y fiel compañera en el San Petersburgo natal que nunca quiso abandonar, compuso sinfonías, conciertos de cámara y obras para piano y tan sólo viajó en escasas ocasiones para dar conciertos.
A finales de los años ochenta, con la caída del régimen soviético, la obra de Galina salió del agujero negro en el que había permanecido durante décadas y empezó a ser interpretada por muchas ciudades europeas. Galina Ustvólskaya falleció el 22 de diciembre de 2006 en San Petersburgo.
– Una doctora en el frente, Elsie Inglis (1864-1917)
La Primera Guerra Mundial supuso un antes y un después en la historia de la humanidad.
Por primera vez, países de todo el mundo se enfrentaban en un conflicto global que socavó los cimientos de occidente.
Además de ser un ingente laboratorio de pruebas para la mejora de las técnicas militares, el conflicto permitió a las mujeres avanzar en sus seculares reivindicaciones.

A pesar de que en un primer momento se les negó un papel más allá del tradicional de enfermera, muchas se empeñaron en participar más activamente.
La evidencia de una guerra larga que provocó la necesidad imperiosa de mano de obra en la retaguardia y ayuda sanitaria y logística en el frente, obligó a las mentes más recalcitrantes a rendirse a la evidencia y abrir el camino, aunque fuera a regañadientes, a las mujeres en la guerra.
Uno de aquellos hombres retrógrados le había dicho en cierta ocasión a nuestra protagonista que se marchara a casa.
Ella no le obedeció.
Elsie Maud Inglis había nacido el 16 de agosto de 1864 en las lejanas y exóticas colonias británicas de la India, en una localidad llamada Naini Tal. Hasta allí se había trasladado el magistrado John Forbes David Inglis para ejercer como comisario jefe de los servicios civiles de la Compañía de las Indias Orientales.
Él y su esposa, Harriet Thompson, tenían una visión muy moderna de lo que era la educación de sus hijos y de la igualdad entre sexos. Sus siete hijos, cuatro chicos y tres chicas, iban a recibir la misma formación.
Elsie pasó su infancia en la India hasta que la familia Inglis se trasladó a vivir a Tasmania en 1876, ciudad en la que estuvieron tan sólo dos años. En 1878 se trasladaron a vivir a Edimburgo donde Elsie y su hermana Eva empezaron a estudiar en la Edimburg’s Institution for Educating Young Ladies. Tras finalizar sus estudios secundarios, una joven Elsie de dieciocho años viajaba a París para estudiar protocolo y etiqueta durante dos años en una escuela de señoritas.
Cuando regresó a Edimburgo, Elsie ya tenía claro que quería estudiar medicina pero sus sueños se vieron truncados cuando en 1885 su madre falleció de escarlatina con tan sólo cuarenta y siete años. Elsie no quiso dejar a su padre y decidió permanecer en Edimburgo junto a él.
Pocos meses después, Sophia Jex-Blake, una mujer dispuesta a acercar la educación a las mujeres, abrió en la ciudad una escuela de medicina femenina, la Edinburgh School of Medicine for Women. Elsie empezó a estudiar en el centro de Sophia pero las desavenencias entre ambas hizo que su estancia en el Edinburgh School of Medicine for Women terminara antes de que Elsie completara su formación.
Los siguientes años, estudió en varias universidades hasta que en 1892 se licenció en el Royal College of Physician and Surgeons de Edimburgo y en la Faculty of Physicians and Surgeons de Glasgow. Elsie continuó estudiando y haciendo prácticas en varios centros hasta que empezó a trabajar como doctora y a abrir distintos centros sanitarios.

En sus años de estudio, Elsie había sufrido las injusticias contra las mujeres que se empeñaban como ella en sentarse en las aulas universitarias en igualdad de condiciones con los hombres. Concienciada con la lucha feminista, empezó a colaborar con distintas organizaciones sufragistas.
En 1890 fue nombrada secretaria honoraria de la Edinburgh’s National Society for Women’s Suffrage y en 1906 recibió el mismo cargo en la Scottish Federation of Women’s Suffrage Societies. Colaboró activamente con Millicent Fawcett, entonces líder de la National Union of Women’s Suffrage Societies (NUWSS).
Cuando estalló la guerra, Elsie se dirigió a la Royal Army Medical Corps para ofrecer sus servicios como doctora y cirujana. La respuesta fue: mi querida señora, váyase a casa que quédese sentada.
En 1894, la muerte de su padre sumió a Elsie en una tremenda tristeza pero no dejó de trabajar en su labor como doctora y en su implicación con la causa sufragista.
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, Elsie se dirigió a la Royal Army Medical Corps para ofrecer sus servicios como doctora y cirujana. La respuesta del oficial que la recibió fue «My good lady, go home and sit still» (Mi querida señora, váyase a casa que quédese sentada).
Lejos de obedecer, Elsie fundó, con la ayuda de las sufragistas de la Scottish Federation el Scottish Women’s Hospital. La Cruz Roja escocesa se negó a colaborar con el nuevo hospital de Elsie que consiguió recaudar de manera privada miles de libras en muy poco tiempo.

Como las instituciones británicas rechazaron la ayuda de Elsie, esta buscó en otros países aliados la posibilidad de colaborar en el frente. Fue Francia quien aceptó su ayuda y empezó su periplo en el continente fundando un hospital en la abadía francesa de Royaumont. Elsie se trasladó a Serbia donde trabajó de manera incansable para organizar varios hospitales en el frente del Oeste.
Winston Churchill dijo de ella y de las 1500 mujeres que se unieron a los 14 hospitales de la Scottish Women’s Hospitals en el frente europeo: «Brillarán en la historia».
En 1915, Elsie fue capturada por el ejército austriaco pero la diplomacia americana e inglesa consiguieron liberarla y pudo continuar con su labor en Serbia y otros países como Rumanía, Rusia o Malta. Lo que la guerra no consiguió, frenar a la incansable Elsie, lo hizo un cáncer que la obligó a parar y terminó con su vida en muy poco tiempo.
Elsie se encontraba en Rusia cuando tuvo que regresar a Inglaterra. Pocos días después, el 26 de noviembre de 1917, fallecía sin que los médicos pudieran hacer nada por ella.
Serbia, quien la recordaría siempre como «Madre de la nación», le otorgó la Orden del Águila Blanca de la Corona Serbia, convirtiéndose en la primera mujer en recibir tal honor. En Inglaterra, a su entierro acudieron miembros de la realeza británica y serbia. Winston Churchill dijo de ella y de las mil quinientas mujeres que se unieron a los catorce hospitales de la Scottish Women’s Hospitals en el frente europeo: «Brillarán en la historia».
– Ayudando a las mujeres hindúes, Pandita Ramabai (1858-1922)

En 1889, una mujer que había sufrido la soledad y las injusticias de la sociedad hindú de castas y las desigualdades entre hombres y mujeres, decidió abrir una misión para acoger a mujeres y niñas necesitadas.
Más de un siglo después, aquel pequeño paraíso en la India acoge en la actualidad a más de mil residentes y ofrece educación a más de dos mil niños y niñas.
Desde su fundación, ha ayudado a más de cien mil personas. Detrás de este proyecto se encuentra Ramabai Sarasvati, la primera mujer elevada a la categoría de doctora por la Universidad de Calcuta que se convirtió al cristianismo y adoptó las ideas de las misiones para ayudar a su propio pueblo.
Pandita Ramabai Sarasvati nació el 23 de abril de 1858 en Mangalore, dentro de la casta más elevada de la India. Su padre, Anant Shastri, era un erudito que se había casado en segundas nupcias con Lakshmibai Dongre, una niña de nueve años.
Los matrimonios entre hombres adultos y niñas, habituales en la India, serían criticados duramente por la hija de ambos. A pesar de seguir esta tradición, el padre de Ramabai rompió con otra que relegaba a las niñas a la ignorancia. Anant enseñó sánscrito a toda su familia.
En poco tiempo, Ramabai era conocedora también del marathí además de otras lenguas y textos religiosos.

La familia de Ramabai vivió feliz hasta que una hambruna asoló la región en la que vivían. La joven tenía entonces trece años. En poco tiempo, sus padres fallecieron dejando a Ramabai y Sriniva solos y sin recursos.
Los hermanos vagaron por distintas ciudades hasta que llegaron a Calcuta y fueron acogidos por eruditos brahmanes de la universidad que quedaron sorprendidos de los conocimientos de Ramabai a la que no dudaron en otorgarle el título de Pandita (Docta).
Ramabai y su hermano intentaron reconstruir sus vidas en Calcuta mientras sus creencias religiosas se iban desmoronando. Ramabai había visto en su largo peregrinar por la India la precaria situación de las niñas, obligadas a casarse desde muy pequeñas, así como la de las mujeres viudas que no tenían ningún derecho.
El hinduismo que su padre le había inculcado, el sistema de castas y las desigualdades sociales que observaba no encajaban en su mente.
En 1880, la muerte de su hermano Sriniva la dejó sola en el mundo. Poco después, encontraba en Bipen Behan Das Medhavi, un amigo de Sriniva, un compañero y esposo. Medhavi pertenecía a una casta inferior a la suya pero Ramabai no dudó en romper con otra tradición que impedía las uniones entre las distintas castas. La pareja tuvo una hija, Manorama, quien seguiría los pasos de su madre en la lucha por las injusticias sociales.
Fue en aquella etapa de su vida que Ramabai entró en contacto con las escrituras cristianas. En la biblioteca de su marido encontró una traducción al bengalí del Evangelio de Lucas. Empezó entonces a indagar en la figura de Jesús, quien no hablaba de castas ni de diferencias entre hombres y mujeres y sus creencias religiosas se fueron modificando.

Ella y su esposo, quien compartía con Ramabai la idea de ayudar a las jóvenes viudas que quedaban sin recursos, estaban trabajando en la idea de construir una escuela para esas mujeres cuando Medhavi falleció de cólera.
Habían pasado tan sólo dieciocho meses desde que contrajeran matrimonio y Ramabai no sólo sintió profundamente su muerte sino que sufrió en propia piel las injusticias hacia las viudas. La familia de su marido no la acogió por lo que tuvo que buscarse un nuevo hogar junto a su hija pequeña.
Instaladas en Pune, Ramabai empezó a estudiar inglés y escribió su primer libro, Moral para las mujeres. Dispuesta a continuar con los proyectos que había imaginado con su marido, creó una organización para educar a las niñas y luchar contra el matrimonio desigual entre hombres mayores y mujeres de muy corta edad.
Fue entonces cuando conoció a una misionera inglesa, Miss Hurford, quien apoyó el proyecto de Ramabai y la invitó a viajar con ella a Inglaterra.
Empezaba una nueva vida para aquella mujer que había sufrido tanto y estaba profundamente sensibilizada con las injusticias contra su género. En Inglaterra, Ramabai culminó su conversión al cristianismo que llevaba tiempo madurando y permaneció varios años enseñando sánscrito en el Cheltenham College.
Convertida en portavoz de las reivindicaciones feministas de las mujeres hindúes en todo el mundo, Ramabai viajó en 1886 a los Estados Unidos donde dio conferencias exponiendo la situación de las mujeres en la India. Escribió su segundo libro, Mujer hindú de alta casta y empezó a recaudar fondos para hacer realidad sus proyectos.
De vuelta a la India, fundó en Bombay una escuela para chicas bautizada con el nombre de Sharda Sadan (La casa de la sabiduría) en la que dio cobijo a mujeres viudas. Sus creencias religiosas cristianas y su vinculación con los misioneros provocaron malestar entre la comunidad hindú.
Las presiones hicieron mella en Ramabai quien decidió trasladar su escuela a Pune. Una nueva hambruna, como la que había terminado con la vida de sus padres, asoló el país hacia 1897. Ramabai decidió entonces fundar una misión en Pune, a la que puso el nombre de Mukti (Salvación) en la que además de la escuela para niñas que ya había creado en Bombay, construyó cabañas y cultivó alimentos para dar cobijo a mujeres necesitadas. Su proyecto continúa vivo en la actualidad.
Hacia 1904, Ramabai decidió acercar sus creencias cristianas a las mujeres hindúes y para ello empezó a traducir la Biblia al marathi, una de las lenguas más habladas en la India. En 1913 conseguía publicar el Nuevo testamento y poco antes de morir finalizaba la traducción completa de los Evangelios cristianos.
En 1924, dos años después de su muerte veía la luz la primera edición de la Biblia completa. Ramabai había fallecido el 5 de abril de 1922 poco después de la muerte prematura de su hija, quien había sido una compañera incansable a lo largo de su vida.
Deja un comentario