Piratas sanguinarios …

JotDown(I.Ramos/P.L.Orosa) — El juramento había sido promulgado: “De aquí en adelante no daré cuartel a ningún español en absoluto”.
Palabra escrita, clavando el desprecio en cada letra trazada, para justificar una vida y muertes innumerables.
La vida, la del único superviviente que el pirata conocido como François l’Olonnais (para los españoles, El Olonés) había tenido bien a tolerar con el fin de que llevara aquel desafiante mensaje hasta la vista del gobernador de La Habana.
Las muertes, en declaración de principios, las del resto de la tripulación enviada por este último para rescatar la pequeña población de Los Cayos del inminente ataque que sobre ella preparaban El Olonés y sus hombres.
El pirata obligó el desfile de todos aquellos soldados bajo el filo de su espada, y no de cualquier manera. Con toda la parsimonia y sangre fría, los decapitó. Era la consolidación de un sobrenombre extendido por el Mar Caribe y Francia a mediados del siglo XVII a base de empeño, valentía y crueldad. Le Fléau des Espagnols (El azote de españoles).
Lo cierto es que El Olonés (nacido Jean-David Nau en Sables-d’Olonne sobre 1635) había engendrado aquel resentimiento hacia lo español mucho antes.
Incluso en origen, como parte de su propia identidad nacional durante una era en que los reinos de España y Portugal se habían repartido casi la totalidad del Nuevo Mundo y todas las riquezas que este albergaba, dejando así con un palmo de narices, entre otros, a ingleses y franceses.
Esto motivó que el saqueo marítimo se elevara a límites hasta entonces desconocidos, especialmente por culpa de filibusteros de estas nacionalidades, que en múltiples casos además eran avalados por los mismos reyes mediante patentes de corso. Asesinos y ladrones al otro lado del Atlántico, héroes entre sus compatriotas.
De forma más específica, L’Ollonais ya llevaba un tiempo combatiendo contra los españoles, una vez que después de algunos años como sirviente en Martinica obtuviera su libertad y se uniera a la comunidad de los bucaneros para acabar ganándose con despiadados ataques un justo nombre de pirata brutal entre las diversas colonias costeras.
Lo que nos lleva hasta el episodio previo al incidente en Los Cayos -y que en cierta manera lo propició- cuando tras naufragar el francés con su barco en las cercanías de Campeche (Península de Yucatán) fue descubierto por soldados españoles de la zona, que aprovecharon la ocasión para lanzar una eficaz ofensiva que acabó con gran parte de su tripulación y con nuestro protagonista herido, consiguiendo finalmente escapar haciéndose pasar por muerto tras embadurnarse con la sangre de sus propios compañeros caídos.
Desatada su inquina como nunca antes, desde aquel momento sólo llegó a encontrar alivio para la misma a través del asesinato más cruel y la tortura más salvaje de cuanto español se encontrara en su estela de terror y codicia.
En 1667, aquella estela ya borbotaba tras la flota de ocho barcos y más de seiscientos hombres que El Olonés lideraba rumbo a Maracaibo. Barcos abordaron y sustanciosos botines obtuvieron en aquella ruta hacia la tierra donde acabarían perpetrando algunos de sus más cruentos y exitosos asaltos.
Primero con la captura del Castillo de San Carlos que servía de defensa de la propia ciudad de Maracaibo, luego tomando esta sin resistencia por la huida de una población que ya los esperaba. Allí se establecieron durante dos semanas y con la paciencia del que no tiene nada que perder fueron capturando a aquella pobre gente por las zonas aledañas para que confesaran donde escondían sus mayores riquezas.
Para disuadirlos, L’Olonnais, maestro de la tortura, llegó incluso a trocear a uno de los cautivos ante los ojos del resto. Desde aquel lugar avanzaron hacia la más rica y por ello mejor pertrechada ciudad de Gibraltar, que en cualquier caso acabaron conquistando con un balance de quinientas bajas españolas por apenas cuarenta entre los piratas.
Por un mes arrasaron todo aquel territorio para acabar obteniendo un botín de más de 260.000 monedas, joyas y otros artículos de valor. Antes de abandonar aquellas tierras arrasadas aún les quedaron arrestos de volver a Maracaibo para obtener 20.000 monedas y 500 cabezas de ganado como pago para que no volvieran a atacarla. Toda la avaricia de aquellos seres venía a rellenar su falta de escrúpulos.
Aquel mismo año y también el siguiente, otras expediciones muy numerosas se sucedieron.
Primero con el fallido viaje hacia el Cabo Gracias a Dios, que como remedio devino en el robo y destrucción de incontables aldeas indígenas a lo largo de la costa de Honduras.
Más tarde, con la conquista de Puerto Caballos, donde según nos cuenta de primera mano el mayor cronista de la piratería de aquel siglo, Alexandre Olivier Exquemelin en su libro Bucaneros de América: “Asimismo muchos habitantes fueron tomados prisioneros y sobre ellos fueron cometidas las más inhumanas crueldades jamás creadas por los paganos, sometiéndolos a las más atroces torturas que pudieran imaginarse o concebirse.
Era la costumbre de L’Olonnais que, si habiendo atormentado a cualquier persona aún esta no había confesado, instantáneamente los destrozaba con su gancho y les arrancaba la lengua; deseando lo mismo, si era posible, a todo español en el mundo”.
Desde allí se dirigieron hasta la población vecina de San Pedro, en cuyo camino fueron víctimas de embocadas por parte del ejército español, llegándose a la resolución, ante las abundantes bajas infringidas, de encontrar un camino alternativo como fuera.
Según Exquemelin, la respuesta una vez más estaba en los prisioneros: “Habiéndoles preguntado a todos, y descubriendo que no le mostrarían otro camino, creció en L’Olonnais una vehemente indignación; hasta tal punto que desenvainó su sable, y con él le sajó el pecho a uno de esos pobres españoles, y sacándole el corazón con sus sacrílegas manos, comenzó a morderlo y desgarrarlo con sus dientes como un lobo hambriento, diciendo al resto: «Os despacharé de la misma manera si no me enseñáis otro camino»”.
Finalmente San Pedro sería tomado, pero para entonces sus habitantes habían huido y puesto sus bienes salvo, por lo que el botín fue exiguo y no compensó la elevada pérdida de hombres.
Pareciera así que la época de opulencia de El Olonés y su hombres había llegado a su fin, especialmente cuando tras otros desalentadores y costosos asaltos, éste, en un intento de huida hacia delante, se obsesionó con la conquista de Nicaragua, un plan que la mayor parte de su flota rechazó, separándose como consecuencia en varios grupos y dejándolo sólo con un puñados d sus fieles.
El capitán francés había caído en desgracia y un infortunado banco de arena que hizo encallar su barco vino a poner final a su desdicha, cuando avanzando tras muchas penurias en un bote por la costa de Cartagena encontró su justo destino: «Pero unos días después de su llegada los indios lo tomaron prisionero y lo despedazaron vivo, lanzando su cuerpo miembro a miembro al fuego, y sus cenizas al aire, con el propósito de que no quedara ni rastro ni memoria de tan infame e inhumana criatura»
François L’Olonnais, uno de los piratas más sanguinarios de la historia acabó de forma inevitable golpeado por la muerte de la misma manera que él había golpeado la vida. El azote había cesado para siempre.

Con creciente preocupación el gobernador de Campeche arrastró la mirada por entre aquellas últimas palabras: «Y debiera tener cuidado en como es usada esa gente que tiene en su custodia.
Pues en caso de que les sea causado daño alguno, le juramos no dar cuartel a ninguna persona de la nación española que cayera en nuestras manos.»
La amenaza remataba la nota como un tajo, a la firma cierto grupo de piratas que se anunciaba en las inmediaciones de la ciudad preparados para poner en jaque lo previsto: la horca para Roche Brasiliano y todos sus hombres, confinados en aquel momento en los más hediondos calabozos tras ser apresados hacía escasas fechas cuando preparaban un asalto en las lindes costeras.
¿Podía ciertamente rechazarse aquella advertencia y consumar por encima de ellas la necesaria justicia?
La realidad era que Campeche y otras poblaciones circundantes llevaban ya demasiado tiempo siendo devastadas por los ataques piratas, por lo que resultaba mas que una osadía una desfachatez desdeñar la magnitud de los daños que pudieran ser causados en aquel conflicto. Entre la conveniencia y los remordimientos, meditada fue la decisión.
Finalmente el gobernador, resignado, accedió a liberar a aquellos indeseables no sin antes exigirles el juramento de que abandonarían la piratería para siempre, y además, como sello de lo prometido, aceptarían ser enviados como pasajeros o marineros comunes en los galeones con destino hacia España.
Roche Brasiliano comulgó con aquella impuesta alternativa como uno más, con la única salvedad de que como en otras muchas ocasiones había acabado con las manos manchadas de sangre junto a sus compañeros, en aquella, sin embargo, era el único que lo había hecho con las mismas manchadas de tinta.
Aquella que junto a papel y pluma se había ingeniado en conseguir mediante alguna suerte de chantaje o artimaña para una vez escrito lo cavilado en reclusión y oscuridad conseguir que aquella nota saliera de allí encubierta por alguna mano cómplice con dirección al gobernador de Campeche. El más brillante ardid para asegurar la vida y la libertad había funcionado.
Es este un pasaje sin dudas digno de ser destacado por particularmente revelador en la comprensión de cuan taimado podía llegar a ser aquel pirata conocido como La Roca Brasiliano, cuyo nombre real quedara enterrado para siempre bajo el seudónimo de una adoptada condición brasileña, cuando tras nacer en Groningen (por entonces una de las siete provincias unidas de los Países Bajos) sobre el 1630, emigrara con sus padres a la colonia holandesa que mucho después se convertiría en la actual ciudad de Recife.
Allí fue que creció hasta que fue forzado a abandonarla tras la conquista del territorio por parte de los portugueses. Apátrida, buscó su porvenir en el afamado Port Royal (Jamaica) donde se uniría a la Sociedad Pirata y tras ganarse poco a poco el respeto de sus iguales y mostrando virtudes dignas de un líder acabó por comandar un motín que le alzaría definitivamente como capitán de barco.
Como tal ganó renombre, especialmente tras el abordaje de un barco proveniente de Nueva España cuyo botín contenía gran cantidad de plata, pero de manera indefectible su figura siempre estuvo zarandeada por dos pujantes corrientes. Una la de reputado y temido pirata cuyas habilidades le hacían capaz de sobreponerse a cualquier adversidad.
Como aquella en que tras una violenta tormenta que hizo naufragar su barco cerca de las costas de Campeche, se dirigió penosamente con parte de su tripulación, y lo poco que pudieron salvar, hasta más allá de Golfo Triste, a una base habitual de corsarios donde estos solían hacer sus reparaciones, pero donde nada más llegar y afligidos por el hambre y la sed, fueron a toparse con una tropa española formada por un centenar de hombres a caballo que les había seguido la pista en su trayecto.
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Fue entonces que Roche haciéndose cargo de la crítica situación alentó a los poco más de treinta hombres que le acompañaban con un grito descarnado pero a la vez embriagador: «Compañeros, sería mejor elegir morir luchando bajo nuestros brazos como los hombres de valor que somos que rendirnos ante los españoles, quienes en caso de que nos venzan nos arrebatarán la vida con crueles tormentos».
Insuflados de valor y empujados por la imprudencia de los que no tienen nada que perder, consiguieron con la gran destreza de sus mosquetes imponerse finalmente a la caballería y escapar de aquel terrible encuentro con tan sólo un par de bajas. Por el contrario la otra corriente que dominaba a Brasiliano era la del miserable borracho incapaz de gobernarse a si mismo y fuente de las más gratuitas mezquindades.
Como aquellas en que tras abusar de la bebida recorría las calles espada en mano para enfrentarse, y eventualmente dañar, a cualquiera que le saliera al paso. U otras aún más reseñable en crueldad como la ocasión en que decidió quemar vivos a unos campesinos españoles por la simple razón de no confesar donde escondían el vino; así como siempre generoso en fechorías que marcaran el odio que sentía por la nación española y que tanto predominaba entre los piratas de la época.
También reseñable episodio por conjugar a la perfección tal bipolaridad, —por otra parte propia de la idiosincrasia de gran parte de los piratas— fue aquel en que tras conseguir junto a sus hombres tomar con éxito un barco con rumbo a Maracaibo y destriparle una importante suma de monedas de a ocho pusieron rumbo directo a Jamaica para derrochar en pocos días la totalidad del botín por cualquier indigna taberna de la ciudad.
Era en ocasiones de desenfreno como aquellas en que el Brasiliano más desatado surgía para disfrutar con uno de sus pasatiempos preferidos: ese que le llevaba a comprar todo un barril de vino o cerveza, plantarse en medio de la calle y comenzar a regar con alcohol a cualquiera que por allí pasara fuera hombre o mujer, para en un momento dado obligarlos a beber con él incluso si era necesario a punta de pistola.
Todo aquello, la vida de un pirata en su expresión más honesta y brutal, pareció acabar para siempre rumbo a España en aquel forzado destierro para salvar la vida. ¿Pero qué tierra o palabra podría mantener a La Roca alejado de su Mar Caribe por mucho tiempo?
Sabe Dios que ninguna, y fue por ello que en cuanto él y sus compinches consiguieron reunir lo necesario decidieron poner rumbo de nuevo hacia Port Royal, donde a poco le compró un barco a su amigo François L’Olonnais y zarpó de nuevo para continuar sembrando de robos y crueldades aquellas costas, —como no podía ser de otra manera con especial dedicación hacia el odiado poblador español—, e incluso más adelante llegando a navegar bajo el mando del célebre Sir Henry Morgan.
Así fue hasta que un día de 1671, aquel brasileño impostado hecho a golpe de abordajes pirata inveterado, desapareció sin dejar ningún rastro, quién sabe si retirado en algún lugar donde sólo le alcanzó el olvidó o hundido en el fondo de los mares junto a su último barco. Para entonces, sea como fuere Roche Brasiliano ya era pétrea leyenda.
– Burla Negra: historia del último gran pirata del Atlántico

Veinte presas
hemos hecho,
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
El 25 de enero de 1830, con la connivencia del rey Fernando VII, Benito Soto fue ajusticiado por las autoridades británicas en Gibraltar. Sus espaldas, dicen que fuertes y angulosas, cargaban oficialmente con setenta y cinco asesinatos y una decena de saqueos. Quién sabe cuántos fueron en realidad.
Durante meses, quizá los últimos en los que Europa conoció el terror de la Jolly Roger, el Burla Negra se convirtió en el barco más temido del Atlántico. No hubo taberna de marineros entre isla Ascensión y A Costa da Morte en la que no se ondearan las historias del último gran pirata de este lado del mundo.
Apenas cinco años después de su ejecución en el Peñón, José de Espronceda ya había convertido a Benito Soto en leyenda. Aunque no lucía diez cañones por banda el bergantín ni fueron veinte los barcos sometidos por el pillaje de su bandera negra, cuentan que fueron sus hazañas las que inspiraron el personaje del Temido para la célebre «Canción del pirata».
Pero tan proclive como ha sido siempre la España que duele a olvidar a sus mitos, por muy sanguinarios que estos hayan sido, la historia del Burla Negra y su legendario capitán pronto dejó su sitio a otros relatos pavorosos entre los cuentos con los que asustar a los niños y encorajinar bravatas de barra de bar. No han hecho con su vida una superproducción cinematográfica —al menos sí un espectáculo teatral— y apenas algunas páginas de literatura.
Ha sido, como casi siempre, la propia gente quien ha reivindicado su legado: hace más de un siglo que la peña Los Anticuarios canta en los Carnavales de Cádiz la copla del Tío de la Tiza, «aquellos duros antiguos / que tanto en Cai / dieron que hablá», después de que en junio de 1904 las playas de la ciudad se llenaran de «viejos, niños y suegras» para hacerse con el millar y medio de monedas acuñadas en México en el siglo XVIII, el último botín del Burla Negra descubierto por casualidad por los trabajadores de una almadraba al abrir una zanja para enterrar los desperdicios de los atunes.
De un tiempo a esta parte tampoco hay año en el que el Entroido de Pontevedra no le dedique una noche pirata a su ilustre vecino.
Hasta Arturo Pérez-Reverte ha asegurado guardar una carpeta con la historia de Benito Soto, cuyo final ya avanzó en 2006: «Y colorín colorado: esta es la historia de Benito Soto Aboal, el español que, fiel a las esencias nacionales, empezó como truculento pirata y acabó —aquí todo termina igual— en chirigota gaditana».
Pero vayamos por partes.
– Los años perdidos: de A Moureira a Ohué

Séptimo hijo de una familia de catorce de A Moureira, el barrio de marineros que hizo florecer el puerto de Pontevedra con la venta de sardina y la exportación de vino, a Benito Soto nunca le sobró de nada.
Ni siquiera hambre.
No sabía leer, pero sí cómo ganarse la vida.
Todavía imberbe, y tras desertar de la matrícula del mar —el sistema de reclutamiento de la Armada española—, pone rumbo a Cuba con cierta experiencia ya como contrabandista.
Nada se sabe a ciencia cierta de lo que sucedió durante su años en el Caribe. Hay quien dice que navegó en barcos corsarios españoles. T
ambién en buques negreros. Quizás incluso fue uno de los piratas de isla Tortuga. A finales de 1827 —hay autores que lo sitúan en 1823— figura ya como segundo contramaestre de El dDefensor de Pedro, un bergantín de siete cañones de bandera brasileña autorizado para «andar en corso contra la República de Buenos Aires y emplearse igualmente en mercancía donde le convenga y lícito fuese».
Aunque las presiones británicas habían obligado al recién independizado Imperio de Brasil a prohibir formalmente el tráfico de esclavos al norte de la línea del Ecuador, el negocio de la trata de persona florecía de la mano de las grandes familias brasileñas.
Uno de aquellos hombres era el armador José Botelho de Sequeira, quien estaba haciendo fortuna con los buques negreros que traían esclavos al nuevo continente.
Para la misión de El Defensor de Pedro eligió una tripulación experimentada: el capitán, un oficial jubilado de la Armada Imperial brasileña, Pedro Mariz de Sousa Sarmiento, y el piloto, un viejo marino portugués experto en aquellas aguas, Manuel Antonio Rodríguez.
El resto de hombres, una retahíla de buscavidas de mar entre los que se encontraban tres gallegos, Miguel Ferreira, Nicolás Fernández aka «Juan Caro» y un Soto que se hacía llamar Benito Barredo, y un vasco de Mundaca al que todos conocían como «el Vizcaíno».
El Defensor de Pedro tenía como destino el enclave portugués Sao Jorge de Mina, en la bahía de Ohué, el más importante de los puertos esclavistas del África atlántica. El lugar donde se hacían los grandes negocios con la trata de personas. El único inconveniente era que se encontraba cinco grados por encima del Ecuador, lo que autorizaba a la Royal Navy a perseguirlos.
Mientras se acercaban a la costa de oro, Soto se fue ganando la confianza del resto de marineros, especialmente la de un grupo de franceses desertores de un buque inglés a los que convenció con la idea de hacerse con el bergantín una vez estuvieran los esclavos a bordo para después venderlos en Cuba.
Al parecer hubo quien se fue de la lengua al tiempo que el capitán negociaba con los líderes tribales a los que llevaba aguardiente, oro, algodón y fusiles como agasajo, lo que obligó a adelantar el motín nada más atracar en Ohué.
Dice la leyenda que al grito de «abajo los portugueses», Benito Soto izó la bandera negra.
– La inquina a los ingleses

Sin esclavos con los que comerciar, Soto tuvo que cambiar de plan. El Defensor de Pedro puso rumbo a la isla Ascensión, un pequeño refugio en el Atlántico sur, a medio camino entre África y América, a la espera de abordar los mercantes que doblaban el cabo de Buena Esperanza repleto de las mejores alhajas del Índico. Durante el trayecto el capitán Soto ajustició a todos los que dudaron de su mando, entre ellos el ferrolano Ferreira.
Las primeras voces sobre la sucedido en Ohué, donde los amotinados dejaron en tierra al capitán Sousa Sarmiento, habían comenzado a correr por el Atlántico, por lo que Soto decidió coger la pintura de las bodegas y darle un nuevo aspecto al bergantín. Fue el inicio de la leyenda del Burla Negra.
Unas semanas después, a mediados de febrero y no muy lejos de isla Ascensión, el mercante de bandera inglesa Morning Star —nada que ver con el barco pirata de La isla de las cabezas cortadas— se cruza en el camino del Burla Negra. Cuentan los historiadores que trataron de engañarlos ondeando la bandera de la Union Jack primero y la azul y blanca de las Provincias Unidas del Río de la Plata después.
Lo cierto es que el Morning Star trató de escapar, pero como todos los barcos dedicados a la trata —igual que un siglo después las planeadoras del narcotráfico— El Defensor de Pedro era más rápido y no tardó en alcanzarlo, iniciando una de las matanzas más sangrientas de la historia de la piratería atlántica.
Comandados por un extravagante marinero francés, ataviado con una pamela de mujer con cintas azules, tomaron el mercante que volvía de Ceilán con maderas nobles, especias y café. Los piratas del Burla Negra, como fue conocido ya internacionalmente desde entonces, acabaron el asalto ya borrachos.
Entretanto, violaron a las mujeres a bordo y golpearon salvajemente a un soldado recién licenciado que al ser sordo no entendía sus órdenes. Al resto de hombres, aquellos a los que no habían matado todavía, los encerraron en una bodega con la intención de hundir el barco abriendo dos agujeros en el casco. A Benito Soto no le gustaban los testigos.
Pero la impericia de sus hombres dejó a flote el mercante y con vida a algunos tripulantes del Morning Star, que fueron rescatados por otro barco inglés. Pronto toda la marina británica los estaría buscando. Así que el Burla Negra emprendió a toda prisa su particular ruta del pillaje.
La fragata norteamericana Torpaz, que volvía de Calcuta hasta los topes de joyas, piedras preciosas y sedas orientales, fue la segunda víctima conocida de los saqueos del Burla Negra: apenas dejaron un superviviente después de prenderle fuego. Habían aprendido la lección.
Horas más tarde, a pocas millas de Cabo Verde, avistaron las velas de un bergantín, presumiblemente el Unicorne, que había observado lo ocurrido con el Torpaz. Y aunque ya sabemos que a Benito Soto no le gustaba dejar testigos, cuentan que el Unicorne fue el único barco que logró escapar jamás del Burla Negra.
Con solo dos abordajes intentó el capitán Soto convencer a sus hombres de que era el momento de retirarse. Habían conseguido más riquezas de las que necesitaban y la amenaza de que la Armada británica estuviera tras ellos eran motivos aparentemente suficientes para dar por terminada la ruta del pillaje.
Sin embargo varios de sus hombres, recelosos de lo que Soto había hecho con otros de sus marineros, optaron por intentar derrocarlo. El motín no salió bien, pero el Burla Negra ya no sería nunca más un barco bien avenido.
Solo una semana más tarde, siguiendo el rumbo norte y ya a la altura del archipiélago canario, Soto y sus piratas asaltan el brickbarca inglés Sumbury que navega a Saint Thomas y a cuya tripulación acribillan. En pocos días caen también el Cessnok y otros dos barcos portugueses, entre ellos el Melinda (o Ermelinda según algunas fuentes) que había salido también de Río de Janeiro abarrotada de café, té y azúcar.
Relatan algunos historiadores que el trato a las tripulaciones bajo bandera portuguesa fue siempre más decoroso. Como si Benito Soto quisiera vengar, a su manera, la derrota de España en Trafalgar. Así, los tripulantes de su última víctima, al bergantín inglés New Prospect, fueron también brutalmente aniquilados.
– Los papeles de A Coruña y los arrecifes de la isla de León

Las versiones solo coinciden en la fecha. A principios de abril de 1828 el Burla Negra arriba en la ría de Pontevedra.
Algunos testimonios apuntan a que era rojo y volvía a llamarse El Defensor de Pedro.
Otras que lo habían pintado de amarillo y rebautizado como Buen Jesús.
En lo que la historia parece coincidir es que fue el tío materno de Soto, José Aboal, quien les ayudó a descargar y vender parte del botín.
En Pontevedra circula todavía la leyenda de que Soto escondió dos cofres con oro, plata y piedras preciosas que nunca han sido encontrados. En 1926, el diario ABC anunciaba el «Hallazgo de un tesoro» durante unas obras en el barrio de A Moureira. «Encontró enterrada a gran profundidad un arca de hierro de gran tamaño conteniendo un tesoro (…) suponiendo algunos que se trata de uno de los baúles cargados de oro y pedrería que en Pontevedra enterró en 1828 el famoso pirata gallego Benito Soto».
Aunque la más afamada de las teorías, novelada por Alberto Fortes en Amargas han sido las horas, es que el tesoro acabó en algún lugar de A Casa das Campás, el edificio civil más antiguo de la ciudad, hoy vicerrectorado universitario. Francisco Javier Bravo, un hombre de la alta sociedad local con contactos en Portugal, la habría escondido allí a cambio de ayudar a Soto a vender el resto del botín para retirarse al sol de la Berbería.
El plan pasaba por deshacerse de las sedas en el puerto de A Coruña. Bravo consiguió unos papeles falsos con los que pasar la aduana, ya transformado de nuevo en El Defensor de Pedro bajo pabellón brasileño. Soto, quien se había engalanado para la ocasión con las ropas del capitán Mariz, fingió una avería provocada por una gran tormenta para engañar a las autoridades locales.
Aunque encontraron más dificultades de las previstas para deshacerse del botín, el 5 de mayo de 1828 el Burla Negra puso rumbo al sur. Soto disponía de un permiso —conseguido por Bravo— para atracar en Lisboa y hacer efectivos cerca de veinticinco mil pesos en letras de cambio. Pero el plan del pirata era otro: pasar a cuchillo a todos los marineros que no le eran afines, encallar la Burla Negra cerca de Tarifa para después cruzar a Gibraltar, cobrar el dinero y retirarse con su parte.
Pero el plan, quién sabe si adrede, se torció cuando su barco encalló cinco días después junto al Ventorrillo del Chato, apenas a unos kilómetros de Cádiz. Habían confundido la punta de Tarifa con los arrecifes de la isla de León.
– «¡Adiós a todos, la función ha terminado!»
Las autoridades españolas no tardaron en presentarse, pero sobornadas por los piratas hicieron la vista gorda. Y estos decidieron celebrarlo: la jarana por las tabernas de Cádiz fue tal que acabó por obligar a la policía a detenerlos «por sospechas vehementes» de su actividad criminal. Para colmo, ocurrió lo que Benito Soto siempre temió.
Algunos pasajeros del Morning Star habían sobrevivido y llegado a Londres para denunciar la masacre, convertida ya en afrenta nacional para la corona inglesa. Fue su testimonio, tras un fugaz viaje a Cádiz, lo que permitió identificar a diez de los tripulantes del Burla Negra.
No a Soto, quien había aprovechado las filtraciones de las autoridades para escapar a Gibraltar no sin antes tratar de persuadir a sus hombres con todo lo que tenía a mano, oro o cuchillo, para que no le delataran en el juicio. Las notas del mismo, recogidas en 1892 por Joaquín María Lazaga en su obra Los piratas del Defensor de Pedro. Extracto de las causas y proceso, subrayan, sin embargo, el gran fracaso del pirata gallego: son sus propios hombres quienes le cargan la crueldad de los saqueos.
El rey Fernando VII, para el que la ciudad de Cádiz sería siempre una infesta cuna de liberales, maniobró para que los diez tripulantes del Burla Negra fueran ahorcados en plaza pública, ante las Puertas de la Tierra, para después descuartizar los cadáveres y dejar sus cabezas cortadas durante varios días por distintos puntos de la ciudad. Para que el miedo macerase el despertar colectivo.
De Benito Soto dejó que se encargaran los británicos, quienes lo atraparon pocas semanas después en una fonda del Peñón. Cuentan las crónicas que llevaba encima un sombrero y un puñal de los que se había apoderado en el Morning Star y un pasaje a Ceilán. Fue condenado a la horca culpable de setenta y cinco asesinatos y del saqueo de diez barcos.

El 25 de enero de 1830, «un día de lluvia que no impidió a la multitud amontonarse en torno al reo», Benito Soto fue llevado ante la horca. Dicen que rezó fervientemente durante un cuarto de hora aferrado al Cristo que le prestó un sacerdote anglicano. También que fue él mismo quien ayudó al verdugo a prepararla, subiéndose al ataúd para meter bien la cabeza en la soga.
«Escucha la sentencia, leída en inglés y en español, con aire indiferente y los brazos cruzados y, una vez terminada, cuentan, echa una gran carcajada mirando a la muchedumbre reunida y se despide»:
¡Adiós a todos, la función ha terminado!
Pero no lo había hecho. Todavía tuvo el verdugo que ahondar el suelo con una pala para que sus cinco pies y dos pulgadas dejaran este mundo tras una lenta agonía y el regocijo de la muchedumbre.
Para la historia ya solo faltaban unas monedas de plata de ocho reales y una chirigota en Cádiz.

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