actualidad, opinion, variedades.

Waterloo: la batalla que Napoleón pudo ganar …


Waterloo

JotDown(E.J.Rodríguez) — La batalla que ha inspirado novelas, películas y canciones. El fin del retorno casi milagroso del general más portentoso de la historia, quien, regresando del exilio con menos de un millar de soldados y enfrentándose a enemigos muy superiores en número, estuvo a las puertas de poner una vez más toda Europa bajo los designios de su voluntad.

Esta es la historia de lo que pudiendo haberse convertido en su más increíble triunfo, pero que significó el final de las andanzas del mayor aventurero de la Historia.

Primavera de 1815. La noticia recorre toda Europa como la pólvora. Ha escapado de su exilio, sorteando a los barcos ingleses encargados de impedir que abandone la pequeña isla en la que está confinado. Acompañado de seiscientos soldados —la escolta que se le permitió mantener a cambio de entregar todo un imperio— ha vuelto a poner pie en Francia. Las cortes europeas son sacudidas por el acontecimiento; de un país a otro circulan los comentarios de asombro y alarma sobre el increíble suceso.

Hay un único individuo en el mundo que puede provocar semejante conmoción con la sola mención de su nombre: Napoleón Bonaparte. El oficial de artillería que ascendió desde la nada hasta el trono de Francia, que derrocó a reyes y dinastías, que dominó toda Europa… y que la perdió cuando el grueso de su ejército murió de hambre y frío en el crudo invierno de las estepas rusas. Exiliado y destronado, parecía vencido para siempre. Y ahora, de repente, Napoleón ha vuelto.

Napoleon en Elba
Napoleón, durante su exilio en Elba

Nadie, ni siquiera en Francia, había podido imaginar que un retorno tan inesperado y espectacular pudiese llegar a suceder.

Los pescadores de la costa francesa apenas pueden creer lo que están viendo cuando un bote llega a la playa y sobre la arena pone el pie una muy reconocible figura: nada menos que el antiguo Emperador, ahora un proscrito de la ley que tiene prohibida la entrada en el país.

Una escena semejante no se había visto jamás.

De boca en boca primero, y mediante mensajeros a caballo después, la chocante primicia llega hasta París.

Bonaparte, que tras su derrota en Rusia había sido insultado y casi linchado por el pueblo durante su marcha hacia el exilio, ahora es recibido con expectación. 

Luis XVIII, el inoperante rey Borbón que asumió el trono tras la caída de Bonaparte, ha decepcionado a los franceses después de apenas unos meses de reinado. Luis XVIII no es menos tirano que Bonaparte, pero sí mucho peor administrador. Un año antes los franceses habían culpado a Napoleón de la derrota militar en Rusia, pero ahora echaban de menos su tiranía. A fin de cuentas había construido escuelas y carreteras. Había escrito leyes que, salvo por el recorte de las libertades, sobre todo las libertades de prensa, podían ser consideradas, en general, bastante razonables.

El pánico invade los palacios de las principales potencias continentales. Los reyes y emperadores que una vez doblaron la rodilla ante él, consumidos por la angustia, comienzan a intercambiar cartas y mensajes diplomáticos, ¡es como si un Apocalipsis fuese a cernirse sobre Europa! Tal es el aura que rodeaba a Napoleón, el hombre más famoso del mundo, cuyas hazañas se conocían desde Sudamérica hasta las remotas Japón y China, donde se había convertido en una figura casi mitológica.

Luis XVIII, ante la preocupante noticia, envía un contingente de soldados comandados por un capitán que tiene la orden de arrestar a Napoleón. En un camino boscoso el destacamento se encuentra con Bonaparte y su escolta de seiscientos hombres. Ambos bandos apuntan al otro con sus armas; la tensión se corta con un cuchillo. Si alguien aprieta el gatillo se desencadenará una masacre. El capitán le dice a Napoleón: “tengo orden de haceros prisionero”.

Pero los escoltas que cubren las espaldas a Bonaparte no mueven una pestaña. Son hombres seleccionados por él mismo, que como siempre se mantienen leales a quien fue su Emperador y que, como siempre, están dispuestos a jugarse la vida por él. La escena puede terminar en una sangría.

Pero Napoleón da un paso adelante y habla a los hombres que han ido a detenerlo. Les dice: “No permitiré que mis soldados derramen su sangre sin motivo. Si alguno de vosotros aún está dispuesto a disparar a su Emperador, aquí lo tenéis” y acto seguido se abre la chaqueta, mostrando su pecho dispuesto a recibir las balas. Es un gesto dramático, sin duda, pero Napoleón intuye que las tropas que han de hacerlo prisionero, las que en otro tiempo sirvieron bajo sus órdenes, siguen siéndole fieles. Acierta. Conmovidos, los soldados renuncian a su misión y comienzan a vitorearlo con gritos de “¡Viva el Emperador!”.

Abandonan a su capitán y se unen a la escolta de quien todavía sienten como su auténtico general. El capitán, abatido pero haciendo gala de gran dignidad y valentía, se dirige a Bonaparte: “Mi intención todavía es la de deteneros, pero mis soldados me han abandonado”. Napoleón, con su fina psicología para tratar a los soldados —él fue soldado antes que ninguna otra cosa en su vida, pues desde niño creció en una escuela militar— no demuestra ningún rencor.

Al contrario, sonríe y lo felicita por su empeño en cumplir la orden recibida. Lo deja en libertad, sin represalias, y un tiempo más tarde, siempre dispuesto a hacer uso de un buen oficial, lo llamará para tenerlo también entre los suyos. El Emperador que nunca consiguió ganarse a los reyes y aristócratas europeos pese a sus constantes empeños de agradarlos, sí sabe tratar a sus tropas y oficiales, y ese es uno de los motivos que lo convierten en el más temido general de su tiempo.

Napoleon retorno de Elba
Napoleón reconquistando la lealtad de sus tropas tras regresar a Francia.

El antiguo Emperador sigue su camino hacia el norte, hacia París.

Cada vez que se topa con un destacamento enviado para arrestarlo, se repite la misma escena: los soldados renuncian la misión y se unen a su escolta, que se engrosa cada vez más.

Un buen día, cuando todavía está de camino a la capital, aparece una pintada en un muro cercano al palacio de Versalles.

Está dirigida al rey: “Luis, no me envíes más soldados, ya tengo más que suficientes”.

Luis XVIII capta el mensaje. El ejército no está de su parte. Hace las maletas y junto con su camarilla de ministros abandona París a toda prisa, con destino a la penosa seguridad del exilio.

Es una decisión juiciosa. Durante años han visto a Napoleón efectuar prodigio tras prodigio y este retorno increíble es solamente un prodigio más en su inigualable carrera.

Sin disparar una sola bala, sin desenfundar un solo sable y apelando únicamente al amor de sus soldados, Napoleón ha recuperado el trono de Francia. Es el comienzo de los Cien Días, un periodo tan fabuloso como anómalo en que se jugó el destino de Europa y, con seguridad, del mundo entero.

Cuatro contra uno

El pánico invade los palacios de las principales potencias continentales. Los reyes y emperadores que una vez doblaron la rodilla ante Napoleón, consumidos por la angustia, comienzan a intercambiar cartas y mensajes diplomáticos, ¡es como si un Apocalipsis fuese a cernirse sobre Europa! Tal es el aura que rodeaba a Napoleón, el hombre más famoso del mundo, cuyas hazañas se conocían desde Sudamérica hasta las remotas Japón y China, donde se había convertido en una figura casi mitológica.

A él mismo le parecía imposible cuando, paseando a caballo por los cerros de la diminuta isla de Elba, se lamentaba por el imperio perdido. Pero ahora es, de nuevo, el Emperador de Francia. Y su primera medida es enviar cartas de paz a todas las potencias europeas, insistiendo en que él jamás inició una guerra y que se limitó a terminar las que habían iniciado otros; recordando que fue amable incluso con los reyes a quienes destronó, y que desea antes que ninguna otra cosa el que no se derrame más sangre sobre suelo europeo.

No recibirá contestación. Ni siquiera su suegro, el emperador Francisco I de Austria —con cuya hija Maria Luisa Napoleón se casó y tuvo un niño al que ya no le permiten ver—se digna responder. No se fían de él. Conocen por experiencia su ambición, su inigualado talento militar y su tendencia a invadir un país detrás de otro.

Le tienen tanto miedo que no pueden darle tiempo para rearmarse. Saben que, aunque el ejército de Francia ya no sea el mismo de unos años antes, bajo el mando de Napoleón puede ser todavía capaz de grandes cosas. No pueden permitir que Napoleón rehaga su Grande Armée. Se forma una Alianza contra Francia —la séptima en trece años, nada menos— liderada por Inglaterra, junto a Prusia, Rusia, Austria y varios otros países cuya aportación militar será menor.

Habrá guerra. Cuatro potentes ejércitos se dirigen a la frontera francesa desde diversas direcciones. Un cerco temible.

Desde el norte llega la amenaza de los dos más potentes ejércitos de la Alianza, el ejército británico dirigido por el Duque de Wellington, que ha acampado en Bélgica junto al ejército prusiano del anciano general Blücher. Desde el este, con algo de retraso, se acercan los rusos y los austriacos.

Demasiados enemigos a los que combatir con un único ejército. Napoleón está perdido. ¿O no? Aunque llevado por su ego fue capaz de cometer grandes errores —como el de invadir España o Rusia, países donde se desangró el poderío militar francés—, ha demostrado mil veces que su astucia militar no conoce límites.

Ya que le obligan a luchar, luchará. Ya que sus enemigos son muchos, buscará la mejor manera de neutralizarlos a todos. Sí, parece imposible… y de hecho, ¡es imposible! Pero sobre un campo de batalla nunca hubo imposibles para Napoleón Bonaparte.

Vieja Guardia
Un soldado de la «Vieja Guardia», la flor y nata de la Guardia Imperial.

En primer lugar decreta una movilización general para recomponer a toda prisa y lo mejor que puede el ejército francés, lo que antaño, antes del desastre de Rusia, había sido la fuerza militar más poderosa sobre la faz de la Tierra.

Había perdido muchos soldados veteranos y valiosos en la estepa, cuando el Zar y sus tropas habían huido de él, pero atrayéndolo con astucia hacia el terrible invierno ruso.

Aun así, Napoleón todavía conserva algunas de sus mejores unidades. Sigue teniendo a la Guardia Imperial, la infantería de élite más temida —y temible— de su tiempo.

Un cuerpo reducido, pero formado por hombres que Napoleón había seleccionado en persona, hombres que debían reunir unas características únicas: alta estatura, complexión fuerte, carácter combativo y mucha experiencia demostrable en el campo de batalla.

De aspecto feroz, tocados con gorros de piel de oso, los hombres de la Guardia Imperial cobraban el triple de salario que el resto de soldados franceses y recibían el doble de ración.

En muchas batallas ni siquiera entraban en combate y descansaban tranquilamente mientras los demás se jugaban la vida.

Un trato de privilegio que, sin embargo, justificaban cada vez que eran llamados a luchar por el Emperador. La Guardia Imperial nunca, jamás, había retrocedido ante nadie.

Cada vez que Napoleón les había hecho levantarse de su cómodo descanso en la retaguardia para entrar en la batalla, los hombres de la Guardia han contribuido de manera decisiva a la victoria final. Es el más intocable cuerpo de infantería del planeta y su sola mención hace que los soldados enemigos se estremezcan.

Bonaparte también conserva su artillería, que es la más avanzada y eficaz de su tiempo. No es difícil explicar por qué: Napoleón, además de Emperador, estratega y general, es —literalmente— el mejor artillero del mundo. Desde niño estudió en una academia militar todo cuanto se podía aprender sobre esa disciplina; lo sabe todo sobre cañones, absolutamente todo. Cómo se fabrican, qué metales se usan, las leyes de la física y la dinámica que rigen la trayectoria de las balas… todo.

Presume con razón de ser capaz de construir un cañón perfectamente funcional desde cero. En algunas de sus primeras batallas como general, cuando era más joven y ágil, llegó a manejar cañones junto a sus hombres, manchándose de pólvora y sudor, y ganándose de paso su respeto.

Cuando en París se celebró con salvas el nacimiento de su primer hijo, el Emperador, de pie ante una ventana de su palacio, escuchaba los cañonazos desde la distancia e iba diciendo qué tipo de cañón y de qué calibre estaba disparando en cada ocasión, distinguiéndolos únicamente por el sonido.

Cuando después de su segunda y definitiva derrota fue conducido a Londres en un barco británico, el capitán inglés —que le había recibido con frialdad despectiva— acompañó a Napoleón a la cubierta de cañones, que el prisionero Bonaparte se empeñaba en visitar.

El marino quedó tan atónito por los conocimientos de Napoleón sobre la artillería del buque —sabía mucho más que todos los artilleros del barco juntos— que envió una carta a su familia describiendo con asombro la erudición balística del general corso. Napoleón es un genio en diversos campos, pero lo es en artillería más que en ningún otro.

Además de la temible Guardia Imperial y su avanzado cuerpo de artilleros, también conservaba un buen cuerpo de caballería de reserva: los coraceros del mariscal Ney, quienes imponían respeto con sus monturas, escogidas con mucho cuidado, y sus uniformes provistos de casco y peto de reluciente metal.

Pero estas tropas de élite, por sí mismas, no resultaban suficientes. Para terminar de rearmarse necesitaba un buen número de soldados con los que reconstruir las demás unidades, las regulares. Tendría que conformarse con muchos reclutas inexpertos, pues no tenía tiempo para formarlos. Su Grand Armée ya no era la misma que asoló Europa unos años antes y, ¿qué podía hacer con un único ejército frente a cuatro grandes ejércitos enemigos?

En Rusia
Napoleón había perdido buena parte de su ejército en Rusia, durante el desastroso camino de retorno a Francia, en el que sus soldados perecían de hambre y frío, sucumbiendo a lo peor del invierno ruso.

Un plan magistral

Napoleón entendió que Inglaterra era la clave de la nueva coalición.

Algunos años antes, las madres inglesas amenazaban a sus hijos diciendo que el temido Bonaparte los visitaría si no se iban a dormir temprano. 

Ahora, sin embargo, Inglaterra el único país que no temía ser invadido por el Emperador de Francia, porque en la batalla de Trafalgar el almirante Nelson había destruido las flotas francesa y española, eliminando toda posibilidad de que el ejército napoleónico desembarcase en Gran Bretaña.

Envalentonados por su dominio de los mares, los británicos ya no tuvieron inconveniente en enviar a Wellington hacia España primero y Bélgica después. Los mares eran propiedad de los ingleses y Napoleón, sin su flota, solo era peligroso sobre tierra. Inglaterra estaba a salvo porque el Canal de la Mancha era su escudo protector; eran los demás quienes tenían miedo. Incluso Rusia, porque si Napoleón ganaba una nueva guerra, no cometería dos veces el mismo error de enfrentarse al General Invierno.

Sin un mar que los protegiese de Bonaparte, tan solo el poder económico, militar y naval de Inglaterra daba a los aliados confianza suficiente como para mantenerse unidos. Napoleón se dijo que si conseguía vencer a los británicos de Wellington en Bélgica, el resto de la coalición se vendría abajo, presa de la falta de confianza. Una idea certera; no podía vencer a todos sus enemigos a la vez, pero conocía a sus rivales, los reyes europeos. Al contrario que él, habían sido educados como aristócratas, no como soldados. Si primero despachaba a los ingleses, aquellos reyes pusilánimes no tardarían en querer firmar tratados de paz con Francia, atenazados por el pánico.

Tres meses después de apearse de una barca en el sur de Francia para recuperar su trono, Napoleón, empujado por las mismas prisas que movían a sus adversarios, se dirige con su nuevo ejército a Bélgica para expulsar a Wellington del continente. ¿El problema? Que Wellington no está solo. El ejército prusiano de Blücher ha acampado cerca de él. Napoleón piensa que quizá podría vencer a británicos y prusianos por separado, pero nunca juntos.

Esto constituía un dilema que hubiese hecho tirar la toalla a cualquier otro militar de su tiempo, y a casi cualquier general de otra época. Pero estamos hablando de Napoleón, el hombre capaz de lo imposible. Él no tiraba la toalla sin buscar una solución, por arriesgada e inverosímil que pudiera parecer a primera vista. Muchas veces durante toda su carrera se había jugado el todo por el todo con apuestas casi imposibles y solamente así había alcanzado la cumbre. Era hora de jugárselo todo a una carta una vez más.

En los inicios de su carrera como militar, cuando defendía el honor francés en Italia, se había enfrentado a dilemas semejantes: dos ejércitos enemigos acampados frente al suyo. Y había encontrado una solución, la llamada «táctica de la posición central”. Cuando un ejército está acampado, depende de una línea de abastecimiento. Los suministros —alimentos, municiones, pertrechos, etc.— llegan bien desde el mar, en barcos, o bien desde una carretera importante, mediante caravanas.

Resulta vital para un ejército no alejarse de esa línea de suministros o se arriesga a que sus soldados se queden sin alimentos ni municiones en muy poco tiempo, sobre todo después de una batalla. Cuando un ejército se ve obligado a replegarse con el fin de prepararse mejor para la siguiente batalla, se replegará siguiendo la dirección de esa línea de suministros. NIngún general con dos dedos de frente se retira alejándose de sus líneas de abastecimiento. Esto es algo que Napoleón sabía bien.

En esto reside el toque genial del Napoleón estratega. Usa principios básicos de manera sorprendente. Sabe que los suministros de los británicos y los prusianos acampados en Bélgica llegaban desde direcciones opuestas: los británicos recibían pertrechos, alimentos y materiales desde la costa belga, a donde llegaban transportados por buques procedentes de Inglaterra.

Los pertrechos prusianos, en cambio, llegaban desde el interior a través de una carretera que unía Bélgica con Alemania. Si Napoleón conseguía forzar la retirada de ambos ejércitos a la vez, y siguiendo su lógica de las líneas de suministros, británicos y prusianos se replegarían en direcciones opuestas… separándose para que Napoleón pudiera atacarlos por separado.

Las batallas de Ligny y Quatre Bras

Los dos enemigos de Napoleón no imaginaban que se atrevería a atacar a ambos a la vez. Sobre el papel, era un movimiento suicida. Pensaban que la jugada más lógica del corso consistiría en intentar atacar Bruselas para bloquear los suministros británicos. Bonaparte sabía que sus enemigos pensaban esto y que un ataque directo los tomaría por sorpresa. Los generales adversarios nunca habían tenido tanta imaginación como él y esta no iba a ser una excepción.

Dividió su ejército en dos partes, una dirigida por él mismo y otra dirigida por el mariscal Ney, para penetrar por sorpresa en la “posición central”, el punto de separación entre los dos ejércitos aliados. Sus rivales no se lo esperaban y ante el ataque no pudieron reaccionar de otro modo que replegándose. Y se replegaron, tal y como Napoleón había previsto, siguiendo sus respectivas líneas de suministros. Británicos y prusianos se separaron.

Cuando quisieron darse cuenta ya era demasiado tarde. Esta primera parte del plan de Napoléon, efectuada dos días antes de la batalla de Waterloo, salió casi a la perfección y parecía poner a los aliados en una posición muy precaria. Sólo un error del mariscal Ney impidió que el gran éxito obtenido por Bonaparte aquel día fuese todavía más rotundo.

Wellington
El Duque de Wellington, imbatido en las guerras napoleónicas.

Ney era retratado en numerosas pinturas de la época montado a caballo, sable en mano, siempre cargando contra el enemigo.

En ocasiones incluso se lo retrataba empuñando un sable con la hoja partida en dos, aunque no se trataba de una exageración propagandística.

El valor del mariscal Ney en la batalla era inigualable, una gran inspiración para sus hombres, y ese era el principal motivo por el que Napoleón lo mantenía al frente de la caballería incluso a sabiendas de que era tácticamente algo inepto (y que además le había traicionado tras su primera derrota).

Napoleón consideraba que el factor psicológico era muy importante en una batalla; algunas de sus más grandes victorias se habían apoyado en ello, y pensaba que si Ney daba ánimos a los suyos y causaba el terror entre los adversarios, entonces el valor intrínseco de Ney como general era enorme.

Aquel día, el enfrentamiento entre Ney y Wellington en Quatre Bras mostró lo bueno y lo malo de la manera de comandar de Ney.

Su fogoso impulso inicial impidió que los británicos ayudasen a sus aliados prusianos y consiguió que, siguiendo los planes de Napoleón, optaran por retirarse a un lugar donde prepararse mejor para una nueva batalla.

Sin embargo, después Ney se entretuvo más de la cuenta haciendo cargas de caballería innecesarias contra los ingleses en retirada, producto de su carácter impulsivo. Tardó demasiado en volver junto a Napoleón para ayudarle a destruir el ejército prusiano.

Mientras tanto, Napoleón se enfrentó a Blücher en Ligny y obtuvo una victoria que obligó a los prusianos a huir, alejándolos todavía más de los británicos. Pero no pudo destruir el ejército de Blücher como era su intención inicial porque Ney llegó demasiado tarde. Un pequeño traspiés al que nadie —ni franceses ni aliados— dio demasiada importancia en su momento, pero que sería fundamental en el resultado de la gran y definitiva batalla que tendría lugar dos días después. Waterloo había empezado a decidirse en Quatre Bras.

Tras finalizar aquellas dos primeras batallas y pese al ligero traspiés de Ney, Napoleón se había salido con la suya. Los dos aliados se habían separado. Envió una parte de su ejército, comandada por el mariscal Grouchy, con la misión de interponerse en el camino de Blücher; había que impedir que los prusianos regresaran para ayudar a Wellington. El general inglés, por su parte, estaba justo donde Napoleón había previsto que estaría: cerca de la localidad de Waterloo, encajonado frente a unas colinas.

Pese a que era una posición ideal para la defensa —y Wellington era bien conocido por sus brillantes tácticas defensivas—, los británicos tenían un bosque a sus espaldas. Eso significaba que en el caso de que Napoleón consiguiera provocar la retirada británica, aquel bosque impediría un repliegue organizado y convertiría las tropas inglesas en una manada desorganizada de presas indefensas que estarían huyendo en desorden, a merced de los cazadores franceses.

Cuando el día anterior a la batalla ambos generales analizaron el mapa, les embargaron sentimientos bien opuestos. Napoleón se sentía triunfante y comentaba a sus ayudantes: “mañana cenaremos en Bruselas”. Pero Wellington, en su tienda de campaña y mirando abatido el mapa dijo: “el maldito Bonaparte me ha tendido una trampa”.

Para Napoleón Bonaparte todo parecía estar de cara. Una vez más en su legendaria carrera había logrado lo que parecía imposible: separar a sus aliados, poniendo a uno de ellos (Wellington) en un atolladero e impidiendo que el otro (Blücher) acudiese en su ayuda. Iba a vencer a los británicos, sacudiendo los cimientos morales de la coalición entre sus enemigos para volver a dominar Europa y cambiar definitivamente el curso de la Historia. Así pues, ¿qué pudo salirle mal? 

Waterloo

Cae la tarde sobre las inmediaciones de Waterloo, en la víspera de la gran batalla. El destino de Europa está en juego sobre la campiña belga. Será la culminación de los fabulosos Cien Días, tres meses en los que Napoleón Bonaparte pasó de apearse de una barca en una playa del sur de Francia, sin corona ni ejército, a poner la Historia patas arriba por segunda vez.

Porque es la segunda vez durante su extraordinaria biografía en que asciende desde la nada hasta lo más alto; ya lo perdió todo una vez y ahora vuelve a jugárselo a una sola carta.

La batalla que todavía no tiene nombre —será el Duque de Wellington quien tiempo después la bautice como “batalla de Waterloo”, entre otras cosas porque era un nombre fácil de pronunciar para los británicos— es la batalla en la que Napoleón se juega su destino, y con él, el destino de Francia y de todo el continente.

Si vence, habrá vuelto a asombrar al mundo y sus enemigos temblarán una vez más ante la sola mención de su nombre. Pero si pierde ya no habrá más oportunidades para él.

La Belle Alliance
Posada «La Belle Alliance», desde donde Napoleón dirigió su última batalla.

Napoleón está sentado en la habitación de una posada de la zona, La Belle Alliance, que está usando como cuartel general. Observa los mapas esperanzado y celebra lo que parece una inminente victoria con una cena junto a su Estado Mayor. Lo tiene todo a su favor. Ha dado una de sus legendarias muestras de inspiración y, como decíamos en la primera parte de este relato, ha conseguido lo imposible separando a sus dos ejércitos adversarios, el británico de Wellington y el prusiano del general Blücher. Además ha encerrado a Wellington en una trampa.

Si el ataque francés sale bien y las tropas británicas se desmoralizan e intentan una inútil retirada a través del bosque que tienen a sus espaldas, serán presa fácil para los franceses. Un bosque siempre impide un repliegue organizado; si Napoleón gana, Wellington ya no tendrá un ejército con el que regresar a las Islas Británicas.

Mientras el Emperador de Francia celebra el éxito de su arriesgado plan, Wellington, en su tienda de campaña, se lamenta con amargura: “el maldito Bonaparte me ha tendido una trampa”. La Alianza europea que intenta frenar a Napoleón en su asombroso retorno pende de un hilo. Si Wellington es vencido en Waterloo, Bonaparte se girará hacia el ejército prusiano de Blücher y lo destruirá sin duda.

Cuando Inglaterra y Prusia hayan sido vencidas de manera casi incomprensible, en solo tres días, por un único ejército y sin ayuda externa, Austria y Rusia se sentirán inseguras y querrán firmar la paz. Tal vez se rindan. Dependiendo de lo que ocurra en las horas siguientes, la Europa del futuro será una, o será otra muy distinta.

Como queriendo subrayar la solemne trascendencia del momento y anticipando un réquiem por los soldados que van a morir, al caer la noche los cielos descargan una tremenda tormenta sobre la campiña belga. Empieza a llover sobre Waterloo.

– El diluvio

Waterloo Lluvia
Fotografía del campo de batalla de Waterloo, durante un día lluvioso. Puede observarse cómo el agua tiende a acumularse en el compacto terreno. Un mal sitio donde pasar la noche al raso.

Va a ser la batalla más grande que el mundo haya visto hasta entonces.

Nunca antes se habían juntado tantos soldados en un espacio tan reducido.

Unos doscientos mil combatientes, entre británicos y franceses, acampan en sus respectivas posiciones.

Para todos ellos va a ser una noche muy dura.

Cuando empieza a llover a cántaros —una lluvia fría y desagradable que se cala hasta los huesos—, los soldados descubren que en aquella zona apenas hay lugares donde refugiarse.

Los más afortunados ocupan los escasos edificios existentes, como algunas granjas, arrancando puertas y ventanas para encender una fogata con la que calentarse.

Otros fabrican un símil de camastro con ramas, si es que pueden hacerse con ellas, y con suerte conseguirán que permanezca más o menos seco para poder dormir sobre él.

Está lloviendo tanto que el torrente de agua que recorre el suelo llega casi hasta los tobillos. Algún incauto hay que, quizá por agotamiento, decide tenderse a dormir sobre el mismo suelo sin que parezca importarle el empaparse. Es así como algunos desgraciados terminan muriendo de hipotermia tras permanecer más tiempo del debido en contacto con el agua fría.

Sin embargo, la mayoría de las tropas han de permanecer en pie, cubriéndose de la lluvia con sus abrigos y resignándose a pasar la noche en una vigilia forzosa. Los jinetes de la caballería, por su parte, intentan dormir medio erguidos, colgándose con un brazo del estribo de sus corceles para no caer al suelo.

No solamente es un problema buscar refugio, también la comida escasea. Ninguno de los dos bandos ha podido traer suministros suficientes para tantas tropas. Se saquean todas las granjas del lugar y se sacrifica todo el ganado disponible, pero con eso apenas comerá una pequeña minoría de soldados. Los demás se alimentarán con lo que queda de sus raciones o con lo poco que los comandantes consiguen repartir: algo de pan, algunas galletas, quizá con suerte algo de carne.

Muchos han de conformarse con calentar una especie de sopa en la que añaden ron, coñac, ginebra o algo de café, si es que todavía llevan algo de eso encima. Para la mayor parte de los soldados que tomarán parte en la batalla más famosa de todos los tiempos, la noche anterior fue sinónimo de frío, insomnio y un hambre que intentaban acallar bebiéndose su ración de alcohol.

Napoleon
Napoleon, enfermo de diversos achaques, no pudo descansar antes de la batalla.

El propio Napoleón Bonaparte pasa una mala noche.

Evidentemente el Emperador podría haber dormido cómodamente en su cuartel general improvisado, la posada Belle Alliance, pero la salud le hace una mala jugada.

No es demasiado mayor, tiene cuarenta y seis años, los mismos que Wellington.

Pero mientras el general inglés está en plena forma, Napoleón sufre diversos achaques y una cistitis que le impide descansar durante la noche previa a la batalla.

Esto tendrá su parte de influencia en el curso de los acontecimientos que están por venir.

La lluvia convertirá la noche en una experiencia muy desagradable para las tropas pero también marcará el futuro desarrollo de la batalla.

Aunque al amanecer ya ha dejado de llover, el suelo está completamente embarrado.

En teoría es el momento propicio para que los franceses ataquen, pero las pesadas piezas de su artillería no pueden maniobrar en el fango y además las balas de cañón resultarían poco efectivas.

En aquella época los proyectiles no eran explosivos y causaban el mayor daño al enemigo cuando rebotaban varias veces sobre el suelo seco, llevándose a varios soldados por delante. En el barro, como es lógico, las balas no rebotarán. En ese terreno húmedo incluso los caballos tienen problemas para mantener su posición.

Napoleón vacila. El suelo mojado recomienda no atacar de inmediato, pero la posibilidad, por remota que sea, de que los prusianos de Blücher regresen y se presenten en Waterloo para apoyar a Wellington parece recomendar la prisa, el finiquitar la batalla cuanto antes. Hay que tomar una decisión.

Al final Napoleón decide confiar en que el mariscal Grouchy, a quien ha enviado con parte de sus tropas para detener el regreso de Blücher, esté cumpliendo con su cometido y los prusianos no consigan regresar. En vez de atacar al amanecer, esperará a que el sol seque el terreno. Esto supone retrasar varias horas el inicio de la batalla.

Bonaparte aún no tiene forma de saberlo, porque no recibe noticias de lo que pueda estar ocurriendo entre Grouchy y Blücher, pero esta decisión terminará resultando fatídica.

Ante la inesperada calma del amanecer y viendo que pese a la costumbre establecida la batalla no se inicia con la salida del sol, los soldados de ambos bandos tratan de dormir como pueden, intentando recuperarse de aquella infernal noche de frío y lluvia que ha minado sus fuerzas.

Hacia las once y media de la mañana, aunque el suelo no está seco por completo, Napoleón decide que sería demasiado arriesgado seguir esperando más y da por fin la orden de atacar. Las tropas francesas avanzan contra el enemigo. Ha comenzado la que entonces era la batalla más grande de todos los tiempos.

Waterloo Film
Espectacular plano aéreo de la película «Waterloo» (1970) mostrando la carga de la caballería francesa contra los inmóviles cuadros de infantería británicos.

– Sembrando el terror

El frente de la batalla estaba dividido en tres partes y Napoleón sabía que no resultaría fácil romper las líneas inglesas.

En el extremo izquierdo había un edificio fortificado, la «granja de Hougoumont”, que resultaba ideal como plaza defensiva para los británicos.

En el extremo derecho había otra granja que los hombres de Wellington podían usar también como eficaz defensa. En la parte central del frente no había edificios, pero las tropas británicas podían ocultarse, al menos en parte, gracias a la elevación del terreno.

En resumen, buenas posiciones de defensa para los británicos en los tres sectores del frente; cosa ideal para el general Wellington, conocido no tanto por su imaginación táctica como por sus buenas técnicas defensivas.

Algunos acusaban a Wellington de ser demasiado conservador, de carecer de la creatividad y arrojo que Napoleón sí tenía, pero el general inglés se había enfrentado varias veces a las tropas francesas que ocupaban España y había salido invicto, sin perder una sola batalla. No iba a ser tarea fácil vencerlo, pues, ni siquiera para todo un Napoleón.

De hecho, el asalto inicial de los franceses no consiguió romper las líneas inglesas en ninguno de los tres sectores del frente, aunque sí se consiguió, sobre todo en la parte central, algo que Napoleón siempre perseguía: la ventaja psicológica frente al enemigo.

Hougoumont
Los franceses lanzaron un fallido —por poco— asalto a la granja de Hougoumont.

En el centro del frente la infantería británica aguardaba el ataque en formación de “cuadros”.

En aquella época, los cuadros eran inmunes a los asaltos de la caballería.

Los soldados formaban cuadrados cuyos lados estaban erizados de bayonetas, barrera que en condiciones normales ningún jinete podía atravesar.

Aquel tipo de formación podía resistir a la caballería, pero tenía el inconveniente de ser inmóvil.

Los cuadros apenas podían avanzar o retroceder, ya que al moverse se descoordinarían, deshaciéndose y volviéndose de inmediato vulnerables a las cargas de los caballos, lo cual podía terminar en desastre.

Así pues, los cuadros estaban obligados a resistir a la caballería enemiga sin poder contraatacar. Aún presentaban otra desventaja, porque los cuadros hacían que el frente fuese discontinuo. Entre un cuadro y otro existían pasillos que la caballería enemiga podía atravesar casi con total libertad, hasta llegar a la retaguardia británica.

Lo cual no servía para mucho, tácticamente hablando, pero sí conseguían minar la moral de los soldados británicos que veían a los jinetes franceses campando a sus anchas. Los hombres de Wellington se estremecían cuando contemplaban a los imponentes coraceros franceses cabalgando entre sus líneas. Más aún cuando el propio Wellington, que estaba inspeccionando la zona a caballo, fue sorprendido por uno de esos asaltos y tuvo que refugiarse en el centro de uno de los cuadros para evitar que los jinetes franceses le diesen caza.

Algún coracero llegaba al punto de pasearse ante las líneas británicas, con actitud provocadora, como desafiando a quien se sintiera capaz de derribarlo de un disparo. Y no lo derribaban. Excepto las carabinas de los francotiradores, más caras y fabricadas especialmente para ese fin, los rifles regulares de aquella época no eran demasiado precisos, así que aquellas bravuconadas podían salirle bien a los jinetes.

Cosa que, claro está, tenía un efecto demoledor sobre el ánimo de los adversarios. Un ejemplo registrado por testigos se produjo cuando un tirador británico asomó la cabeza y vio uno de aquellos gestos de chulería; empezó a seguir con su arma el movimiento del jinete francés, que lo miraba desafiante desde su caballo. El inglés disparó y la bala silbó muy cerca del coracero, a lo que este exclamó sonriendo “Fils de putain!”, aunque sin salir huyendo. No se podía esperar mucho más de aquellas primitivas carabinas.

Así pues, aunque la caballería francesa no estaba consiguiendo ningún resultado real desde un punto de vista táctico, sí ponía a prueba la entereza y la disciplina de los hombres de Wellington.

Artilleria
Napoleón, de niño, no acudió a un colegio normal sino a una academia militar donde se convirtió en el mayor experto en artillería de su tiempo. Gracias a ello, sus cañones eran los más avanzados y precisos.

Algo similar ocurría con el efecto anímico que producía el incesante bombardeo de la temida artillería napoleónica.

Los británicos, como decimos, estaban resguardados por una elevación del terreno y además el suelo húmedo impedía que las balas rebotaran para causar el mayor daño posible.

Aun así, el intenso cañoneo provocaba el horror.

Aunque las bajas causadas eran relativamente pocas y la probabilidad real de ser alcanzado por un disparo directo de la artillería era escasa —más cuestión de mala suerte que otra cosa—, el contemplar de vez en cuando cómo un compañero era partido en dos por la bala de un cañón, o cómo uno de sus brazos o piernas desaparecía de repente, no era algo que ayudase a mantener la calma a un soldado, sobre todo si era inexperto.

Los cuadros de infantería británicos estaban atravesando un auténtico calvario psicológico.

Si algo estaba poniendo  el sector central del frente inglés al borde de la derrota no era el efecto de los cañones y la caballería sobre su número total de fuerzas, que seguían casi intactas, sino el maltrecho estado de sus nervios.

Para colmo, la artillería británica no ayudaba. La orden de Wellington para sus cañones era la de mantener a raya a la caballería e infantería francesas, pero los artilleros británicos empezaron a desobedecer esa directriz para intentar defenderse de los certeros “regalitos” que les llegaban desde los cañones franceses.

La artillería napoleónica estaba demostrando por qué era tan temida; ya que no podían ver a la infantería inglesa, oculta tras la elevación (les disparaba a ciegas), decidieron apuntar también a los cañones ingleses, que estaban mucho más lejos… pero a quienes sí podían ver.

Al comprobar la increíble puntería de los proyectiles franceses, los artilleros de Wellington llegaban incluso a considerar la idea de huir cada vez que un disparo enemigo hacía volar por los aires alguno de sus propios cañones. En algún momento habían estado a punto de huir y su propia caballería, a la que Wellington mantenía en reserva, había tenido que obligarlos a permanecer en su sitio a punta de sable.

No solamente en la parte central del frente estaban los nervios aliados siendo sometidos a una dura prueba. Incluso en los flancos, cuyos edificios eran un punto defensivo ideal donde el ejército francés se daba de bruces, los británicos se estremecían gracias a la tácticas francesas. Por ejemplo, el uso de cócteles Molotov.

También se sentían acongojados cada vez que los muy eficaces miembros del cuerpo de francotiradores francés (los tirailleurs, otra de las unidades de élite napoleónicas) abatían a un inglés. El objetivo principal de los tirailleurs, que permanecían ocultos entre la maleza o en cualquier otro escondite, eran los oficiales.

Pero no desaprovechaban la ocasión y disparaban también a cualquier soldado que cometiese el error de hacerse visible. Los rifles de los tirailleurs eran muy costosos de producir, y no cualquier individuo tenía la preparación necesaria para usarlos, pero aunque no fuesen numerosos, los francotiradores de Napoleón eran tan certeros como su artillería.

Mariscal Ney
El impetuoso mariscal Ney, que comandó la caballería francesa en Waterloo.

Al poco de comenzar la batalla se estaba produciendo un empate táctico.

Las tropas británicas no estaban sufriendo ningún ataque realmente eficaz, pero su ánimo estaba flaqueando y además su artillería estaba descoordinada e ignoraba las órdenes iniciales de su general.

Los británicos no estaban perdiendo sobre el mapa, pero estaban siendo derrotados en sus espíritus.

La apabullante seguridad en sí mismo del ejército francés había llevado la batalla hasta un punto de inflexión emocional donde, quizá, solamente se necesitaba un último empuje para derribar la resistencia inglesa.

Es posible que si en aquel momento hubiese entrado en acción lo mejor de la infantería francesa —la Guardia Imperial, que a diferencia de la caballería sí podría haber destruido los inmóviles cuadros de la infantería enemiga—, las líneas británicas en la parte central del frente se hubiesen venido abajo, lo cual hubiese significado el final de la batalla y el triunfo de Napoleón en Waterloo.

El mariscal Ney, que por una vez estaba viendo lo que sucedía frente con mayor claridad que Napoleón, empezó a enviar mensajes desesperados al Emperador, pidiendo la inmediata intervención de la Guardia Imperial para desbaratar aquellos cuadros de infantería que se mostraban muy nerviosos, pero a los que la caballería nada podía hacer salvo meter miedo.

Aquel era el “momentum”, el instante preciso en que Napoleón había ganado muchas batallas no tanto sobre el mapa sino sobre las mentes y espíritus de sus adversarios. Había que aprovechar la situación psicológica, había que actuar, había que terminar de hundir los ánimos del enemigo. Pero no sucedió nada.

La Guardia Imperial siguió descansando en la retaguardia. Por primera vez en su carrera y por motivos en realidad ajenos a la batalla, Napoleón no actuó y se limitó a esperar.

– La oportunidad perdida

En sus años de máxima gloria Napoleón siempre había dirigido las batallas en primera línea, al contrario que muchos de sus rivales, aristócratas o generales de la vieja escuela que seguían la acción desde la distancia con un catalejo o mirando un mapa en la seguridad de la retaguardia.

En todas sus batallas anteriores Bonaparte había cabalgado de un lado a otro del frente, arriesgándose a recibir algún disparo, sí, pero pudiendo ver con sus propios ojos y muy de cerca lo que estaba ocurriendo en cada momento. Gracias a aquella actitud temeraria y a su desprecio hacia los peligros que implicaba dejarse ver en el fragor de la primera línea, había detectado muchas veces el instante propicio en el que debía tomar una decisión audaz y provocar un giro definitivo en el combate.

Pero el Napoleón de Waterloo ya no era el mismo Napoleón de sus deslumbrantes victorias del pasado. Físicamente enfermo y habiendo sufrido dolores durante toda la noche, se ausentó del campo de batalla e hizo lo que habían hecho tantos de los generales a quienes había derrotado antes: dirigir la batalla sin estar metido en ella.

Quizá por esa razón no vio lo que el mariscal Ney, en primera línea, sí estaba viendo. Que había llegado el “ahora o nunca”, el instante en que tenía que jugarse el todo por el todo, lanzar la Guardia Imperial para terminar de quebrar el ánimo inglés.

Napoleon
La inacción de un achacoso Napoleón le hizo perder una valiosa oportunidad.

Como tenía que ocurrir, el momento de flaqueza británica empezó a diluirse cuando Napoleón, ausente, no hizo nada para aprovecharlo.

Con el transcurso de las horas, los soldados de Wellington se dieron cuenta de que la caballería que tanto les había impresionado no estaba haciendo un gran daño.

Se dieron cuenta de que la artillería no estaba matando a tantos de los suyos.

Se dieron cuenta de que la infantería francesa no estaba avanzando por el centro ni ganando terreno por los flancos.

Los cuadros de infantería británicos recobraron la presencia de ánimo.

Incluso sus artilleros se tranquilizaron y recuperaron la moral.

Todo esto era algo que nunca hubiese sucedido con un Napoleón más joven y sano que hubiese podido leer los rostros y las actitudes de los soldados.

Pero el Napoleón joven ya no existía; el actual Emperador estaba sentado en La Belle Alliance, dolorido, dirigiendo sobre un mapa una batalla de la que no formaba parte.

El mariscal Ney estaba fuera de sí por la inacción de Napoleón, dándose cuenta de que los británicos estaban recuperando el ánimo.

Creyó además que los suyos estaban iniciando una especie de retirada, porque malinterpretó unos movimientos en la retaguardia; tan propenso como era a pensar más bien poco, se sintió ofuscado y ordenó una oleada definitiva de cargas de la caballería contra los cuadros de Wellington.

La carga masiva de sus coraceros fue absolutamente espectacular, como recordarían más tarde los testigos: el suelo temblaba a causa de las pisadas de los caballos, se levantaba una tremenda nube de polvo a su paso… era una visión temible para el enemigo. Pero estas cargas incesantes no sirvieron para nada excepto para dejar a la caballería agotada.

A aquellas alturas de la batalla los infantes británicos ya habían aprendido que una carga en solitario de la caballería era inútil, así que no flaquearon, se mantuvieron firmes y bien preparados. La infantería y la artillería británicas crearon una letal cortina de fuego y masacraron a los jinetes franceses, que estaban avanzando sin cuidado (esto es, en masa, ofreciendo un blanco fácil, pues ni siquiera había que apuntar para darle a alguno de ellos).

El temperamental impulso del mariscal Ney terminó en un completo desastre. Los relucientes coraceros fueron diezmados carga tras carga, hasta que los caballos no daban más de sí. Napoleón se quedó sin su caballería. El momento decisivo de la batalla de Waterloo había pasado ante sus narices.

Mientras en la parte central la caballería napoleónica se consumía en avances inefectivos y suicidas, comenzaron a suceder cosas extrañas en otros lugares de la batalla. En el extremo derecho del frente, donde se seguía combatiendo con ahínco por defender cada edificio y cada muro de las granjas, un oficial británico vio algo inusual a través de su catalejo. En la distancia había tropas francesas, distinguibles por sus uniformes azules, que parecían estar disparándose entre ellas.

¿Qué estaba ocurriendo? El inglés no daba crédito a sus ojos y se preguntó si había estallado una revuelta entre las tropas de Napoleón. Quizá existía un grupo de soldados que eran todavía fieles a la monarquía borbónica y habían decidido rebelarse contra su general. Asombrado por lo que veía, el oficial británico le pasó al catalejo a su superior, quien también quedó completamente anonadado por la escena.

Pronto entendieron lo que estaba ocurriendo. Algunos de los uniformes azules que veían eran, en efecto, de los soldados franceses. Pero otros eran los uniformes también azules del ejército prusiano, del que no habían tenido noticia durante toda la jornada. El general Blücher, sin previo aviso, acababa de llegar al campo de batalla de Waterloo. Ahora eran dos contra uno. Napoleón estaba perdido.

– El canto del cisne de la Guardia Imperial

Blucher
El anciano general prusiano Blücher, cuya determinación fue fundamental para el curso de la batalla y cuya intervención ayudó a salvar a Wellington.

Napoleón y Wellington habían estado combatiendo sin saber qué sucedía con los prusianos en la distancia.

Como vimos antes, Bonaparte había enviado parte de sus tropas, comandadas por el mariscal Grouchy, para interponerse en el camino de Blücher.

Pero Grouchy había fracasado en su intento de bloquear al general prusiano, quien se había limitado a rodearlo, engañándolo con una astuta maniobra y poniéndose más cerca que él del campo de batalla.

A partir de aquel instante, un confuso Grouchy se vio obligado a perseguir a un enemigo al que no sabía muy bien dónde buscar.

Sabedor de que el destino de Europa podía depender de que llegase a tiempo para socorrer a Wellington, Blücher impuso un tremendo ritmo de marcha a sus tropas.

Hubo que sortear toda clase de obstáculos naturales, porque además del terreno irregular, la lluvia de la noche anterior había convertido el trayecto en una carrera de obstáculos: suelo embarrado, malos caminos, numerosas vaguadas y torrentes de agua donde los que los pesadísimos cañones tenían que ser subidos a pulso por los soldados.

Exigiendo aquellos esfuerzos titánicos a lo suyos, Blücher logró la considerable hazaña de recorrer a toda velocidad la distancia que le separaba del campo de batalla para llegar junto a Wellington antes del final de la batalla.

Los prusianos aparecieron por sorpresa en el ala derecha del frente francés mientras Grouchy los seguía persiguiendo sin encontrarlos.

Para Napoleón, que no esperaba la llegada de Blücher, y menos tan pronto, esto fue un golpe demoledor. Los prusianos tomaron el pueblo de Plancenoit, situado en un flanco de la posición francesa. Plancenoit era como la puerta para entrar en la mismísima retaguardia del Emperador. Los soldados prusianos se apostaron en las casas del pueblo y de repente las espaldas del frente francés estaban en serio peligro de sufrir un asalto letal.

Fue entonces cuando Bonaparte, viéndose al límite, se dio cuenta de que no podía seguir esperando. Llamó a la Vieja Guardia, el escuadrón más veterano dentro de la Guardia Imperial. La élite dentro de la élite. Los soldados de la Vieja Guardia se levantaron de su descanso y comenzaron la marcha hacia Plancenoit.

Entraron en las calles del pueblo caminando con lentitud y disciplina, sin mostrar el más mínimo indicio de temor, sin retroceder un solo paso, enfrentándose a tiros con cualquier enemigo que se cruzase en su camino. Su determinación, su presencia de ánimo, su habilidad en combate y el halo legendario que los rodeaba terminaron causando el pánico entre los soldados prusianos, aunque estos estaban apostados en posición ventajosa.

Haciendo gala de su fama, la élite napoleónica hizo huir a los prusianos, que tenían la retaguardia de Napoleón a tiro de piedra pero abandonaron la aldea. Plancenoit volvió a quedar en manos francesas. Una vez más la Vieja Guardia había demostrado por qué se la consideraba el mejor cuerpo de infantería de su tiempo.

Pero aquel sería su último momento de gloria. Los prusianos se rehicieron; siendo conscientes de que eran muy superiores en número, volvieron a asaltar el pueblo. Pese a la feroz resistencia de los gloriosos hombres de confianza de Napoleón, estos empezaron a sufrir las consecuencias de la aplastante inferioridad numérica.

Mientras, allá en la parte central del frente, donde la caballería de Ney se había agotado sin efecto, Napoleón por fin envió al combate al resto de la Guardia Imperial. Pero era ya más que demasiado tarde. Es verdad que sus Guardias avanzaron impasibles ante la lluvia de balas enemigas, abriéndose paso entre una niebla de humo y pólvora, tan serenos e imponentes como de costumbre.

Aunque veían el centro del frente inglés descubierto, con la artillería al fondo, sabían que la infantería no es un blanco tan fácil para los cañones como la caballería y continuaron avanzando en línea con toda la intención de avasallar al enemigo y provocar su retirada. Esta vez, sin embargo, fue del otro lado donde Wellington había tendido las trampas.

Gracias a la inacción anterior de Bonaparte, el general inglés había tenido tiempo más que suficiente para recomponerse y elaborar una táctica defensiva demoledora. Un regimiento de Guardias Británicos se había tumbado en el suelo, aprovechando la inclinación del terreno para esconderse de la visión del enemigo. Cuando la Guardia Imperial estaba a distancia de tiro, se pusieron en pie y dispararon por sorpresa, diezmando a la famosa infantería de élite francesa.

A continuación Wellington ordenó el ataque de su propia caballería, hasta entonces en reserva, contra la Guardia Imperial napoleónica. Apabullada por las circunstancias, la Guardia retrocedió por primera vez en toda su historia. Desde su formación, recordemos, jamás habían dado un paso atrás en combate.

Y se retiraron con dignidad, pero se retiraron. La noticia de la retirada de la Guardia recorrió todo el frente, alentando a los aliados y haciendo cundir el desánimo entre las demás tropas napoleónicas. Las líneas francesas empezaron a descomponerse, mientras los británicos avanzaban por primera vez en toda la jornada, apoyados por los prusianos que acababan de llegar.

Pronto quedó claro que no había ya recursos para detener a los aliados, así que el orden desapareció en el ejército napoleónico y los británicos se adentraron en las líneas enemigas hasta presentarse donde estaba el propio Napoleón, que se vio obligado a escapar de manera apresurada, dejando atrás sus pertenencias; entre ellas varios carros en los que había escondido bolsas repletas de diamantes, que constituían parte de su fortuna, y que fueron depredadas por los soldados británicos. Por todo el frente, pues, los soldados franceses huían a toda prisa.

La batalla de Waterloo había terminado y Napoleón Bonaparte había perdido. Y ahora, ¿qué iba a suceder?

La Haie Sainte1

– Tras la batalla

Los muertos y los heridos sembraban el terreno hasta donde alcanzaba la vista. El olor a sangre se mezclaba con el de la pólvora. Una repentina calma, rota por los gritos de dolor y los llantos de agonía de los heridos, siguió a la retirada francesa.

Entre las tropas aliadas se procedió al saqueo de los soldados muertos y heridos. Los soldados solían llevar consigo su paga y los botines en metálico que hubiesen podido conseguir durante la campaña, lo cual solía consistir en una pequeña bolsa de monedas de oro o plata. Quienes rapiñaban a los caídos, por cierto, no hacían distinciones entre amigos y enemigos.

Un oficial inglés herido en combate, tendido en el suelo, vio cómo un soldado alemán —hasta ese momento su aliado— robaba no solo a los franceses, sino también a los ingleses heridos. Si se movían o protestaban, los mataba a punta de bayoneta aunque acabasen de luchar en su mismo bando.

El oficial se hizo el muerto confiando en no ser descubierto, hasta que oyó a unos soldados ingleses pasar. Les avisó de lo que estaba ocurriendo y los soldados ingleses prendieron al aliado alemán, degollándolo allí mismo. Como se ve, cuando había carroña de por medio, las amistades de la batalla podían desaparecer con suma rapidez. Varios supervivientes de Waterloo recordaron más tarde con horror escenas semejantes de rapiña indiscriminada y avaricia sangrienta.

Turner
«Waterloo tras la batalla», de Joseph Turner.

En cuanto al lado francés, hoy conocemos la batalla de Waterloo como el final de la carrera militar de Napoleón, pero en aquel mismo momento sus soldados no pensaron lo mismo.

Esto puede resultar sorprendente, pero para las tropas francesas aquella batalla, aunque hubiese sido una gran derrota, era solo una batalla más en una campaña que no consideraban terminada.

De hecho, durante los días siguientes, tras haber huido de la persecución inicial del enemigo, las unidades francesas empezaron a acampar como podían, convencidas de que la guerra seguía en marcha.

Se habían retirado pero no habían sido completamente destruidos.

Según la costumbre de la época, les parecía lógico empezar a prepararse para un nuevo enfrentamiento. ¿Por qué no seguir combatiendo? En diversos puntos las tropas francesas se reagrupaban esperando nuevas órdenes de su Emperador.

Solo hubo una nueva orden: la de abandonar las armas y regresar a sus casas. Napoleón, al contrario que sus propias tropas, comprendía cuál era la realidad de la situación. Ciertamente, todavía tenía algo parecido a un ejército, pero había perdido la única y última oportunidad de doblegar a aquella Coalición europea que quería terminar con su segundo y breve reinado.

Incluso reuniendo todo lo que quedaba de su aparato militar, ya no había forma humana de vencer a unos británicos y prusianos que no se iban a dejar separar por sorpresa una segunda vez. Además esperaban refuerzos rusos y austriacos que estaban cada vez más cerca.

Napoleón había dado su último golpe y había estado muy cerca de conseguirlo, pero ya no tenía sentido enviar unas maltrechas tropas a un combate que no podrían vencer jamás. Reconoció lo definitivo de su derrota.  A diferencia de otra guerra que hubo perdido en el pasado, esta vez no hizo falta convencerlo para que abdicara.

Tras ordenar a los suyos que volvieran junto a sus familias, Napoleón se dirigió a París, donde anunció su rendición. Después se marchó a la costa para entregarse a un buque británico. Creía, y se equivocaba, que el gobierno inglés tendría con él un trato cortés. Confiaba retirarse en alguna casita de las afueras de Londres. El futuro, sin embargo, iba a ser bien distinto.

Bellerophon
Napoleón a bordo del Bellerophon, el buque inglés que le llevó prisionero a Inglaterra.

Cuando el barco que lo llevaba prisionero llegó a Inglaterra y ancló en Plymouth, se reunieron en torno al buque cientos de pequeñas embarcaciones repletas de curiosos.

Estaban ansiosos por contemplar al gran enemigo de su patria, a aquel Napoleón Bonaparte del que tantas veces habían oído hablar, el hombre (¿o monstruo?) que había protagonizado las conversaciones de todo el país y que había acaparado los periódicos durante años.

Pero el ex-Emperador permanecía oculto en su camarote; parecía disgustado ante la idea de dejarse ver mientras esperaba a que el gobierno inglés decidiera qué hacer con él.

Hasta que un buen día, harto de pasarse las horas encerrado, decidió salir a cubierta para tomar el aire. Entonces se produjo una escena inolvidable, quizá la forma más épica en que un personaje semejante podía despedirse del continente.

Napoleón Bonaparte apareció en la cubierta del buque y caminó hacia la borda, donde se quedó inmóvil contemplando los miles de curiosos que, en pie sobre toda clase de embarcaciones, habían estado aguardando la oportunidad de verlo salir. Ahora de repente y sin previo aviso, lo tenían ante sus ojos.

Si había esperado un torrente de insultos o gritos, no lo encontró. Reinaba un silencio sepulcral. Los ingleses estaban muy sorprendidos cuando pudieron ver al monstruo con sus propios ojos; el monstruo no era tal, sino solamente un hombre algo barrigón y más bien insignificante.

Sin embargo, el carisma de aquel individuo volvió a causar su efecto. Uno a uno, todavía en silencio, los espectadores comenzaron a quitarse el sombrero en un improvisado y sorprendente gesto de respeto. Cientos de ciudadanos británicos saludaban a su principal enemigo. Napoleón, todavía en silencio, contempló la impresionante escena, podemos presumir que conmovido. Sin decir nada, se retiró a su camarote y ya no volvió a salir.

Bellerophon2

– Exilio y muerte de Napoleón

El gobierno inglés, sin embargo, no fue tan respetuoso. Decidió enviar a Napoleón a una isla perdida en el Atlántico Sur, llamada Santa Elena. Era un lugar muy diferente de la plácida isla mediterránea de Elba, en la que Bonaparte había pasado su primer exilio en condiciones bastante confortables.

Santa Elena era un lugar frío, húmedo e insalubre, indefenso ante los vientos sádicos del océano. Había allí una diminuta y mortecina colonia de pobladores británicos que quizá lamentaban haber terminado habitando aquel pedrusco infernal. La isla, huelga decirlo, no constituía el sitio más indicado para exiliar a un hombre enfermo.

Napoleón pensó, no sin razón, que lo enviaban allí para acelerar su muerte, ya que una ejecución no sería vista con buenos ojos en Europa (y existía el riesgo de provocar una nueva revolución en Francia). Inglaterra, como otras naciones europeas, intentaba desmarcarse del recuerdo aún reciente del terror de Robespierre y compañía, así que optaron por el castigo del exilio. Un exilio bien preparado para acortar su vida.

El propio Napoleón había ejecutado gente a sangre fría más de una vez durante su carrera, incluso en la represión de protestas populares siendo aún oficial de artillería. No había sido un santo. Pero nunca había sido descortés con los reyes y gobernantes europeos a quienes había derrotado. Acostumbraba a ser clemente con sus enemigos. En realidad, tras coronarse no había cometido más barbaridades que las propias de los reyes de su tiempo.

Según las leyes y costumbres de su tiempo no existía suficiente motivo para justificar una ejecución. Pero el gobierno de Londres confiaba en que la dureza de Santa Elena minaría rápidamente su vitalidad y Napoleón pudo adivinarlo cuando supo a dónde se dirigía el barco donde estaba prisionero. Durante la travesía atlántica consideró la idea de suicidarse lanzándose por la borda, pero finalmente se abstuvo.

Aun así, incluso habiendo temido lo peor, se sintió humillado cuando llegó a Santa Elena y conoció las precarias condiciones de su nuevo «hogar»: una especie de antiguo establo reconstruido como casa y muy mal acondicionado para el terrible clima local. Todavía se sintió más humillado con el trato despectivo de sus nuevos carceleros, que se relacionaban con él sin una cortesía mínima e incluso le daban alimentos en mal estado, preocupándose más bien poco por sus necesidades y bienestar.

Tanto era así, que cuando en Inglaterra se conoció la naturaleza del exilio de Napoleón, hubo protestas y hasta alguna campaña popular para hacer retornar a su antiguo enemigo a Europa. Pero aquellas campañas, sorprendentes y bienintencionadas, fueron en vano. El gobierno inglés estaba decidido a hacer desaparecer a Napoleón porque no querían arriesgarse a vivir otros Cien Días. Si le permitían regresar a Europa, ¿quién podía garantizar que no ascendería al trono por tercera vez?

Se le permitió, eso sí, tener algunos ayudantes de confianza en la isla, a quienes dictó sus memorias. Cuando había empezado a sentir dolores en el abdomen dedujo que estaba sufriendo la misma enfermedad que había matado a su padre, un cáncer de estómago.

Pensándose a las puertas de la muerte, alejado de sus hijos y prisionero de unos carceleros ingleses que lo trataban con desprecio, Napoleón inició una etapa existencialista en la que elaboró toda clase de reflexiones filosóficas sobre su propia vida, sobre lo indudablemente extraordinario de su biografía. Era muy consciente de que iba a entrar en la Historia y dedicó esos últimos seis años de su vida a preparar esa entrada, dejando su mensaje para la posteridad.

En Santa Elena, el antiguo conquistador se convirtió en un pensador lúcido y también en un cuidadoso biógrafo de sí mismo, que estaba dándole forma a su propia leyenda.

Sabiendo que nunca volvería a ver Europa, ni Francia, ni su Córcega natal —la cual sí había podido contemplar en la distancia durante su primer exilio en Elba— Napoleón Bonaparte murió el 5 de mayo de 1821, a los cincuenta y un años de edad.

– Epílogo

Durante largo tiempo los aliados estuvieron discutiendo sobre cómo bautizar aquella gran victoria que había puesto fin a la increíble aventura napoleónica. Los prusianos pensaban que la batalla debería ser recordada como batalla de la Bella Alianza, dado que así se llamaba la posada desde donde Napoleón la había dirigido; además, el nombre no podía resultar más adecuado como referencia poética a la coalición vencedora.

Los franceses, en cambio, se referían a ella como batalla de La Haye Sainte, que era la definición más exacta porque así se llamaba el lugar donde se habían producido los combates principales. Pero Wellington, en sus crónicas, la bautizó como batalla de Waterloo.

Primero porque él mismo pasó la victoriosa noche posterior en la posada del pueblo de Waterloo, municipio donde, hablando con propiedad, no se había disparado un solo tiro. Pero también porque era el único nombre de la zona que resultaba fácil de pronunciar y recordar en inglés.

Así pues, la batalla más famosa de la historia terminó siendo bautizada con el nombre de un pueblo en donde en realidad no tuvo lugar. Pero los vencedores escriben la Historia.

Monumento
Monumento conmemorativo erigido en pleno campo de batalla de Waterloo.

Hablando de escribir la Historia, siempre existió la sospecha de que Napoleón pudo haber muerto asesinado, pero durante mucho tiempo se trató de poco más que habladurías sin un fundamento sólido.

En tiempos recientes, sin embargo, se ha hecho el sorprendente —o puede que no tan sorprendente— descubrimiento de que algunos de sus cabellos, que aún se conservaban, contenían altas concentraciones de arsénico.

Ello parece apoyar las viejas teorías de que pudo ser envenenado por sus carceleros, quizá siguiendo una orden secreta del gobierno británico.

El arsénico le hubiese producido síntomas similares a los de aquel cáncer de estómago que creía padecer.

En cualquier caso, envenenado o no, a nadie en la época se le escapó que el exilio en Santa Elena era solamente una forma de intentar acelerar su final.

El descubrimiento de que quizá fue envenenado no modifica lo que ya sabíamos, que el gobierno inglés quería acabar con él, y lo único que cambia es el método utilizado.

Aunque hubiese podido sobrevivir a aquella enfermedad o envenenamiento, es improbable que alguna vez se le hubiese permitido abandonar aquella isla con vida.

Sea como fuere, el destino de Europa podría haber sido muy distinto si Napoleón hubiese logrado aquello de lo que estuvo tan cerca, vencer en la batalla de Waterloo. Existen infinidad de reflexiones, teorías y discusiones sobre cómo hubiese afectado esa victoria el curso de los acontecimientos, sobre cómo serían hoy Europa y el mundo, en qué se hubiese avanzado y en qué no.

Napoleón, al contrario que por ejemplo Hitler, no era meramente un déspota destructivo. Hitler, por el propio impulso de su personalidad, llevaba cualquier nación gobernada u ocupada por él hacia el caos. Lo hizo con Alemania y con los países que invadió. Pero Napoleón, con todos sus defectos y con toda la sangre que sin duda derramó cuando lo consideró necesario—y a veces lo hizo con total frialdad— era también un gobernante constructivo, un hombre ilustrado y un entendido en muchos campos de la administración.

Al contrario que otros déspotas posteriores, dedicó muchos esfuerzos a intentar mejorar las naciones que gobernaba. Su código civil, por ejemplo, ha seguido vigente durante mucho tiempo en varios de los países que él invadió, sencillamente porque a nadie se le ocurría otro código que mejorase el famoso «código napoleónico».

Al gobernar sabía rodearse de expertos de todas las materias, cuyas opiniones respetaba y con frecuencia seguía. Nunca tuvo intención de eliminar razas o minorías. Quería, sí, mantener el poder y eliminar a sus adversarios, pero al mismo tiempo intentaba gobernar para el pueblo. Comparándolo con otros gobernantes europeos de su época, Napoleón Bonaparte era un avance y probablemente el mejor producto, en la práctica, de la Revolución Francesa.

Por otra parte es verdad que fue un tirano absolutista, que prohibió las libertades de prensa y de expresión, que colocó a sus hermanos y familiares en tronos de países extranjeros y que, sobre todo al principio de su carrera, cometió alguna matanza indiscriminada sin que le temblase el pulso. Fue un hombre ambicioso y egocéntrico.

Decimos que puesto en el contexto de la Europa de su tiempo, e incluso de la Europa posterior, no fue la peor de las alternativas posibles, pero su faceta oscura es algo que tampoco debe olvidarse, especialmente por el efecto que sus invasiones tuvieron en las poblaciones locales —y en los patrimonios culturales y artísticos— de países como el nuestro, España.

Nunca sabremos si un Napoleón victorioso en Waterloo hubiese tenido ocasión, o energía, de retomar sus labores edificadoras. Ciertamente, aquellas naciones por donde él pasó mejoraron en varios aspectos, pero también es cierto que oprimió a casi todas ellas contra su voluntad —muy especialmente España— y que sus tropas cometieron no pocas tropelías y excesos en el extranjero.

Es mucho decir que un mundo en el que Napoleón hubiese ganado Waterloo sería mejor que el mundo que tenemos ahora. Pero hay algo que puede decirse con rotundidad: la Historia sería mucho más aburrida sin él, porque su vida y su carrera son uno de los episodios más fascinantes desde que el hombre empezó a dejar sus recuerdos por escrito.

El último episodio, el de la batalla de Waterloo, es apenas la coda a una sinfonía épica. Al menos, debe de haber un buen motivo por el que los locos de los chistes siempre quieren ser Napoleón. Fue un personaje único. Y tarde o temprano, claro, volveremos a hablar sobre él.

nuestras charlas nocturnas.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.