Sin prójimo, ¿hay moral? Sin proximidad, ¿hay ética? …

- La proximidad en la era digital
JotDown(N.Bilbeny) — El tema de ahora es la proximidad. No es un concepto que haya llamado mucho la atención de la filosofía hasta, por lo menos, el pensamiento de Lévinas. Pero ahora sí hay motivos para hacerlo. ¿Qué es, pues, la proximidad? Entiendo que la proximidad no solo compete al contenido teórico de la ética, sino, con otros pocos conceptos, a la supervivencia práctica de esta. O, por lo menos, a la determinación de su sentido hoy. Sin prójimo, ¿hay moral? Sin proximidad, ¿hay ética?
Moral y ética presuponen la existencia del individuo en comunidad y a cada individuo en una directa relación con los demás. Presuponen una interrelación, y desde los tiempos más antiguos de la vida en comunidad, una interrelación que no solo es presencial, sino en contacto de unos con otros, lo cual incluye una cierta forma y un grado u otro de proximidad física de los individuos entre sí. Todo ello parece obvio, pero el vivir actual nos hace redescubrirlo.
El prójimo, la relación de proximidad, y la idea misma de lo próximo, son nociones y también valores en evidente transformación y desgaste respecto de su uso y significación anterior. Al menos lo próximo entre las personas era, y aún sigue siendo, un concepto ligado a la distancia física entre ellas, en el marco, sobre todo, del espacio, aunque también en el del tiempo. Sentimos, por ejemplo, la proximidad de nuestro abuelo en el tiempo, pero apenas la de anteriores familiares.
Pero he aquí que esa distancia física se ve aumentada a consecuencia de los nuevos medios tecnológicos de información y comunicación y su impacto en la relación entre las personas. A la vez que se ha ganado hoy en oportunidades de información y comunicación, se ha perdido en las de presencialidad y contacto, que son las que han posibilitado y estructurado hasta el presente la interrelación de las personas y su noción sobre lo que sea o no sea «próximo» entre ellas.
En nuestra sociedad de individuos hiperconectados gracias a la tecnología, lo distal se está imponiendo a lo proximal, de forma que hoy conectamos más, pero contactamos menos. La distancia real se ha multiplicado, al disponer de medios que, al tiempo que nos hacen ganar en conectividad, nos hacen perder ocasiones para estar presentes frente al otro y vernos y tocarnos.
La pandemia del covid 19 ha contribuido también a ese lento desmantelamiento de la cercanía física de las personas, al imponer el confinamiento en el hogar y tener que mantener por motivos sanitarios la llamada «distancia social».
Más del 60 % de la población mundial vive en ciudades, pero en ellas los principios de ciudadanía y de vecindad, el ius vicini, no tienen aún la fuerza que poseen, para la naturalización civil, los tradicionales principios del ius sanguinis y del ius soli, según los países. No deja de ser una paradoja que en la ciudad actual el nexo social de vecindad sea tan débil y que en las metrópolis sea casi inexistente, sin que la proximidad física de los habitantes se traduzca en una cercanía social y política. Solo nos relacionamos con aquellos con los que ya existe algún tipo de vínculo, entre los que ya no parece que estén nuestros propios vecinos. Esto último, la endeblez de los lazos de la vecindad, forma un bucle con la crisis de la proximidad; digamos que se retroalimentan.
La causa de ambos estados no está solo en la estructura anónima de la ciudad, algo que por cierto ya vio Aristóteles y que no lo tomó como un mal. El filósofo, el mismo que dijo que el hombre es un «animal político», no pudo prever que hoy más del 30 % de los residentes en las ciudades viven solos y que la mayoría de ellos se sienten solos. Según el Instituto Nacional de Estadística, en España 4 850 000 personas viven solas, y el 43 % de ellas son mayores de sesenta y cinco años.

La causa del bucle al que me refería puede encontrarse en la minimización del contacto físico entre los ciudadanos, indirectamente provocado por los nuevos medios digitales de comunicación y su parte alícuota de incomunicación, que socava los hábitos y los valores del contacto presencial de la gente.
La reducción del campo de la percepción interpersonal está conllevando la de la relación interpersonal y, con ella, la de la interacción social.
Como un ejemplo, las clases universitarias en línea hacen casi imposible la interlocución con los estudiantes y la de estos entre ellos.
Serán clases, pero quizás ya no universitarias, en que la interlocución debe ser algo esencial. La secuencia es, en general, la siguiente: menos contacto físico, menos espacio interpersonal, menor sentido de proximidad, menos interacción con el otro. Por eso, y en contraste, el tacto, la mirada y el mismo hecho de sonreír, son valores hoy en alza, precisamente por la disminución de su frecuencia.
Y por ello, aunque parezca anecdótico, aparece tan a menudo en nuestro intercambio de mensajes ese popular emoticón que representa una cara sonriente y amiga. La sonrisa, cierto, desarma, aproxima, y es la señal de amistad más importante, seguida de la disposición al diálogo.
Pero la individualización masiva, un fenómeno de nuestras ciudades, resta posibilidades a que podamos mirarnos a la cara, contactar y sonreírnos face to face. Entramos en el metro o el autobús y vemos a la mayoría de los viajeros con la cabeza gacha mirando su teléfono móvil. Y la mirada social se va haciendo cada vez más distante.
Ver y poder tocar al otro subyace en muchos de los verbos usados en el lenguaje de la moral: «respaldar», «cuidar», «rechazar», «apoyar», «adherirse», «reprimir», «aupar», «repeler», «respetar» —palabra, esta, que indica «volver a mirar»—, etcétera.
No es concebible ninguna teoría ética, desde Platón hasta Habermas, Rorty o Foucault, que no dé por supuesto que los agentes morales se mueven, obviamente, dentro de un marco público o privado donde interactúan presencialmente para llegar, por ejemplo, a un consenso, solidarizarse o enfrentar relaciones de poder.
Las teorías de la ética, y ya no decir, los códigos morales más arraigados, se asientan, en fin, en este elemental supuesto de que las personas se relacionan entre sí en el espacio físico y en la proximidad de unas con otras.
Pero este supuesto tiene tal vez, en la sociedad digital de hoy, un tinte anacrónico, en un mundo donde se prodigan el teletrabajo y el telejuego, la telemedicina y el telecomercio, la teleformación y la teleparticipación política, las teleconferencias y teleseminarios, la telepiratería y el teleacoso, por no hablar del telesexo o de la telebúsqueda de pareja.
Hoy diríamos todo lo contrario de lo que escribió Elias Canetti en Masa y poder a propósito de una pandemia. Dijo: «El mantener las distancias se convierte en la última esperanza». En la actualidad, después de superar una epidemia mundial con más de siete millones de fallecidos, la esperanza se cifra, en cambio, en eliminar aquellas distancias personales a las que la enfermedad nos había acostumbrado.
Hay, pues, un declive de la proximidad real y lo prueba el hecho de que nunca se había hablado tanto de ella como en estos últimos años. Reparemos en la variedad de ocasiones en que se reclama hoy la «proximidad». Se publicitan, por ejemplo, una alimentación de proximidad, una medicina próxima, una administración de proximidad, un comercio próximo, una policía de proximidad, un periodismo de cercanía, una familia real que sea cercana, y hasta hemos leído recomendar la proximidad del columbario al lugar donde reside la familia del difunto. El mismo concepto del «prójimo» ha vuelto, desde finales del siglo pasado, al discurso de la ética, cuando hasta entonces era un término casi desterrado por sus resonancias religiosas.
La proximidad real no es una opción, es una necesidad lo que se dice filogenética. Es un instinto social, bien estudiado por el etólogo Ireneus Eibl-Eibesfeldt. Como especie, el ser humano se ha hecho en contacto con la naturaleza y en reciprocidad con sus congéneres. Se trata de un contacto físico, pero también cultural.
Muchos mitos y ritos humanos, como la institución del saludo, del regalo o de la fiesta, revelan el papel de la proximidad como fuerza vinculante, por ejemplo, para cooperar, o cuando menos para conciliar y apaciguar intereses opuestos. Unas veces nos acercamos al otro por similitud y otras por disimilitud, pero gozando, lo más común, de cierta complementariedad con él.
En particular, la comensalidad, el comer juntos, tiene una función social aglutinante en la Grecia y Roma antiguas, en la vida de Jesús, en las cortes del Renacimiento y entre los puritanos de Nueva Inglaterra, como recuerda aún, en cuanto llega la primavera, la institución de la barbacoa en la sociedad norteamericana.

La cercanía física y simbólica es un factor que facilita la interacción cooperativa e inhibe la agresividad, mientras que la distancia contribuye a todo lo contrario, como ya describieron los psicólogos sociales Theodore Newcomb y Leon Festinger.
Cuanto mayor es el espacio que nos separa, menos va a costar ignorar al otro o mantener el conflicto con él.
En la historia de las guerras, la introducción de las armas de fuego, el bombardeo aéreo, los misiles y hoy los drones, han supuesto la eliminación del sentido de la proximidad del contrario y, con ello, la desinhibición en el uso de la fuerza para destruirlo.
La muerte a distancia rebaja o anula la conciencia del daño provocado.
Pero el instinto de proximidad sigue siendo tan fuerte en nuestra especie que en toda guerra sigue existiendo el riesgo de que los grupos enemigos disminuyan su agresividad en proporción al acortamiento de la distancia entre ellos. Durante las dos guerras mundiales, en ocasiones las tropas enfrentadas salían de las trincheras para intercambiarse cigarrillos.
La atracción entre los humanos, por los efectos que ello tiene de recompensa psicológica y social, sigue siendo más poderosa que la repulsión entre ellos, casi del mismo modo que en el cosmos la fuerza de atracción de las galaxias puede sobre la de su progresivo distanciamiento, como sucede entre Andrómeda y la Vía Láctea. Es natural que el instinto social de proximidad física se encuentre también en la raíz de las reglas morales.
El respeto al prójimo es una de estas reglas, y es prácticamente universal. En el cristianismo es el amor al prójimo. Recordemos el pasaje, en el evangelio de san Lucas, del buen samaritano auxiliando a un extranjero desconocido. Pero, ¿quién es hoy el prójimo? Los resistentes de Ucrania contra el invasor ruso dicen haber redescubierto en su lucha solidaria al prójimo. Para todos, el prójimo es alguien que se encuentra en un punto equidistante entre el hermano y el extraño.
Pero unos ven al prójimo como un hermano y otros como un extraño. El prójimo puede ser desde «otro-como-yo» hasta un definitivamente «otro», un alius, como se decía en Roma, para distinguirlo de un alter. En el anonimato de la metrópolis actual, el prójimo no es «otro-como-yo». Es, por así decir, un «prójimo-extraño», más alius que alter. Es uno que cohabita con nosotros, pero que no sentimos como vecino.
Está ahí, pero nos es indiferente. Pero si vamos, por lo menos, a la etimología y a la definición convencional, el prójimo es el próximo o cercano, en latín proximus. Más aún: proximus señalaba a alguien muy cercano. Tenía un carácter superlativo, parecido a nuestro término «propincuo», que indica el allegado, es decir, uno que es bastante cercano.
Pero, ¿quién está hoy tan cercano a nosotros? ¿Quién es el cercano, el prójimo? En las pantallas que forman parte de nuestro día a día, el prójimo es un ser inmaterial y difuminado, un agregado de píxeles de luz. En la vida real, el prójimo podría ser, por ejemplo, una víctima por nosotros desconocida, a la que le dedicamos nuestra atención o caridad.
Pero puede que no percibamos como prójimo en cambio un vecino conocido, si estamos enemistados con él o ni siquiera sabemos su nombre. No hace falta que, póngase también por caso, un emigrante o un refugiado desconocidos estén físicamente cerca de nosotros, porque el sentido de proximidad, que va más allá del espacio, suplirá esta distancia.
Empatizamos con la situación del distante, lo que, en cambio, no hacemos con el vecino de la escalera, que puede estar en peor situación y sufriendo más que aquél. No obstante, la presencia física sigue siendo decisiva a la hora de establecer el vínculo con el otro. Porque es la proximidad la que hace al prójimo y no éste a la proximidad.
- La percepción de la distancia interpersonal

En términos generales, necesariamente imprecisos, la proximidad es una propiedad física: la de un mínimo de distancia en el espacio o de duración en el tiempo.
En un sentido social, la proximidad es una forma de interacción entre individuos mediada por una relación de cercanía, real o imaginaria, en el espacio o incluso en el tiempo.
Pues lo próximo puede ser relacionado tanto con el espacio, que es lo más común, como con el tiempo. Vamos a relacionarlo sin embargo con el espacio.
Dentro de esta relación hemos de destacar, de entrada, que existen al menos tres dimensiones de la proximidad física o real, para distinguirla de la virtual. Una, en el eje vertical, es cuando lo próximo se encuentra real o figuradamente arriba o abajo.
Otra, en el campo circundante, cuando lo cercano lo tenemos a un lado. Y otra más, en la línea frontal, cuando lo próximo es visto o presentido justo ante nosotros. Esta última es una dimensión de la proximidad «en lo profundo», lo que viene propiciado por la relación de frontalidad con la cosa o el sujeto próximos ante nosotros.
Me referiré, en lo sucesivo, a esta clase de proximidad; aquella en la que el otro se encuentra delante. Es, huelga decirlo, la proximidad que tiene más relieve existencial y aquella que damos por supuesta. Y también la que creemos ser la más importante para los vínculos sociales en general.
La proximidad social no solo presupone en su origen la presencialidad y la frontalidad entre los miembros de la comunidad, sino que es promovida por estos factores, es decir, por la experiencia cotidiana de la relación a través del contacto físico y de la mirada, el face to face.
La psicología social constata cómo las personas cercanas en un mismo espacio físico —escuela, lugar de trabajo, hospitales, centros deportivos— son más propensas a establecer una relación entre sí que aquellas que se encuentran más alejadas. Aunque hay excepciones, como el rechazo al extranjero, aun estando éste dentro de un espacio compartido.
Obligado es en este punto recordar a Max Weber. La modernidad, según él, plantea un desafío a la ciudad, y la ciudad un desafío al valor de la convivencia en ella. Frente a los linajes antiguos, las ciudades alemanas del Renacimiento fomentaban los gremios, y las italianas la idea y el sentimiento de popolo. En ambas existió un interés por la «confraternización», sostiene Weber en los capítulos de su Economía y sociedad dedicados a la ciudad.
Sin embargo, este padre de la sociología no entrará en los aspectos más personales y subjetivos en los que se funda la relación social en las ciudades modernas. De ello se ocupará en seguida su compatriota Georg Simmel, quien repara en la necesidad de proteger lo subjetivo en el nexo de la ciudadanía. De otro modo, una cercanía física sin implicación personal sería como una «máscara» de la proximidad; esta no sería real, como sucede en la gran ciudad frente al extranjero.
Los autóctonos toman al extraño como un «espejo» de sí mismos, pero ante el cual de ninguna manera quieren verse, afirma Simmel en su ensayo El extranjero. En contraste, el fenómeno, en concreto, de la moda, une a generaciones y clases sociales, pues a pesar de que ir a la moda representa cierta forma de distanciamiento del individuo, favorece la identificación de éste con aquellos de esta misma conducta social, que pasan a ser de «los nuestros» debido a la moda.
Lo fundamental en una sociedad, dice Simmel, es la «sociabilidad», es decir, el lograr «estar juntos», sin más añadidos, y ello como un fin superior a cualquier otro, que será solo un fin unilateral (Cuestiones fundamentales de sociología, pág. 83). La sociedad se juega, pues, entre la individualidad, que puede llegar a ser extrema, y la sociabilidad.
Es por ello que en el necesario equilibrio tiene importancia el «sentido del tacto —afirma este autor— porque guía la autorregulación del individuo en su relación personal con otros allí donde no hay intereses externos o inmediatamente egoístas que puedan asumir la regulación».

La «falta de tacto», la ausencia de discreción con el otro, anula la que es, según Simmel, la «primera condición de la sociabilidad».
Se ve, pues, que una cosa es para este sociólogo la «socialización», en la que privan los intereses materiales, y otra cosa es la «sociabilidad», la forma más pura y abstracta de la primera, y hasta su misma condición de existir.
En la sociabilidad, en el vivir juntos, destacan a la vista las fórmulas de «escenificación» de la cercanía personal y de la interdependencia entre los ciudadanos, como son la amabilidad, la cortesía y las reglas de juego de la democracia.
La más plena y pura de estas fórmulas para la sociabilidad es, según el mismo Simmel, la conversación, un ámbito donde desaparecen la individualidad y sus intereses inmediatos.
«En la vida sociable el hablar se convierte en un fin en sí mismo».
Simmel ya vio que en la gran ciudad nos acostumbramos a la indiferencia con quien se encuentra cerca y que, en cambio, podemos mantener una relación íntima y de implicación con quién está lejos.
La razón es que cuanto menos madura sea nuestra conciencia social más nos costará encontrar el equilibrio entre las relaciones de pertenencia y de no pertenencia social. Y otra vez recalca que para una relación de proximidad los órganos de los sentidos son clave. En especial, el sentido de la vista. Mirarse uno a otro es la forma más directa y efectiva de mantener la reciprocidad; y apartar la mirada, aquella que más rápido produce la incomunicación.
Avanzándose a la tesis de Lévinas, Simmel recuerda la significación expresiva del rostro por encima de lo que dicen las palabras, y subraya que mirar a los ojos del otro, y la manera sociable con que lo hacemos, entraña, dice, «la reciprocidad más perfecta en todo el ámbito de las relaciones humanas».
En todo acto interpersonal el rostro no solo es el centro del que irradia el vínculo con el otro, sino el «objeto esencial» del que está pendiente la comunicación. En lo que aquí llamo la frontalidad, «captamos —dice Simmel— de forma inmediata la individualidad del otro».
No obstante, esta reivindicación del tacto y de la mirada, o, en una palabra, del contacto, como el más básico soporte de la proximidad, no equivalen para este sociólogo a una defensa incondicional de la cercanía entre las personas en todas las circunstancias. En ocasiones, la misma sociabilidad va a requerir mantener la distancia física o cuando menos la «distancia interior», dirá.
Si estas faltan es fácil que se produzcan el abuso o el caos en la relación interpersonal, como sucede dentro del seno de la familia o en la amistad. Eugenio d´Ors soñaba con aquel tipo ideal de amistad en que al amigo siempre se le sigue tratando de usted. Dos filósofos unidos en entrañable amistad, José Luis Aranguren —discípulo, por cierto, de D´Ors— y Javier Muguerza, siempre se trataron de usted. A Muguerza el tuteo le recordaba, por lo demás, el que existía entre los camaradas de la Falange.

- Esencia y valor de la proximidad
La frontalidad no solo es cuestión de los sentidos. Involucra la percepción en su integridad. Después de Simmel, la teoría de la Gestalt desarrolla una psicología de la percepción en la que el «principio de proximidad» juega también un importante papel. Kurt Koffka presta especial atención a lo que él llama «percepción espacial», que más allá de la sensorialidad depende de la capacidad de la propia mente para estructurar la experiencia y la conducta «dentro de un campo espacial organizado».
En dicha organización perceptual, especialmente en los ámbitos personal y social, las relaciones de mayor o menor cercanía entre sí de las personas son un factor determinante. No se percibe igual el espacio si la relación es entre sujetos similares o entre quienes son diferentes unos de otros.
Por ello, dado que la diferencia suele ser proporcional a la distancia, el psicólogo alemán sostiene: «Estudiando la organización espacial, encontramos la extraordinaria fuerza de influencia de la mera proximidad espacial sobre la organización», refiriéndose a la organización perceptual.
La proximidad es un concepto ante todo espacial, y como acabamos de ver, relacionado con dos estratos y funciones del conocimiento humano: la sensorialidad y la organización perceptual. Pero está también relacionado con el estrato emocional. La proximidad, como la experiencia del espacio en general, tiene un componente emocional e incluso intencional.
En el espacio de la relación con el otro unas veces preferimos lo frontal a lo lateral, o lo alto a lo bajo, y viceversa, en ambos casos. Así, pues, la emoción o la actitud ante el otro convierte en algo relativo la distancia existente respecto a él. «Lo tuve muy cerca», dice uno que vio a Mick Jagger a veinte metros en un concierto. O «lo sentía tan lejos de mí», confiesa la mujer que ya no amaba a su pareja.
Incluso el mismo espacio hace seres acompañados y seres solitarios. «¿Qué clase de espacio es ese que separa a un hombre de sus semejantes y le hace sentirse solitario?», escribe Henry Thoreau en Walden. El espacio físico entre dos personas es también emocional. El espacio controla la emoción y ésta controla el espacio. El miedo y la desconfianza, sobre todo, hacen que la proximidad sea intimidante.
La persona miedosa teme la cercanía del desconocido. Cualquier agitación emocional influirá en nuestro sentido de la proximidad. En todas partes, la simpatía acerca y la antipatía aleja. Por lo demás, la actitud de prevención y de distanciamiento frente a los extraños es un «rasgo universal», según el citado etólogo Eibl-Eibesfeldt.
Es típico el ejemplo del desconocido que se sienta a nuestro lado en la biblioteca vacía. O que alguien en una playa solitaria extienda su toalla junto a la nuestra. Nos sentimos amenazados. No existiría el problema en una playa atestada o en una biblioteca llena. Y menos, hoy en día, en una discoteca. Las relaciones entre congéneres son ambivalentes y ello se revela también en el sentido de la distancia personal.
Unas veces tenemos tendencias de acercamiento y otras de alejamiento del otro, y ello ya desde la infancia, cuando distinguimos entre familiares y desconocidos, confiando en unos y retrayéndonos ante los otros. La misma ambigüedad de la conducta se manifiesta en la acción de mirar al otro; por una parte, tenemos necesidad de ese contacto, pero por otra parte el hecho de mantenerle a alguien fijamente la mirada se podría interpretar como un acto hostil.

Puede haber poca distancia entre las personas y no solo no sentirse próximas, sino agredidas.
En cualquier supermercado de los Estados Unidos rozarle a alguien con el brazo es casi un entrometimiento en su privacidad y se exige una inmediata disculpa.
En España ello pasa desapercibido.
Como vemos, el sentido social de la distancia no es el mismo en todas las culturas y presenta notables discontinuidades. Edward Hall, el padre de la llamada «proxémica», ya advirtió en su libro La dimensión oculta que el sentido de la distancia interpersonal varía según cada cultura.
También destaca que dicho sentido de la distancia siempre tiene más de aprendido que de innato, a diferencia del sentido del territorio, que es cambiante según las circunstancias.
Recordemos el aprendizaje de la distancia social que hubo que hacer durante la pandemia del covid-19 en 2020.
Y puesto que el sentido de la distancia social es un aprendizaje, hay que tener en cuenta el papel que juegan en él el juicio y la reflexión personales. Ellos hacen también que sintamos próximas unas personas y no otras.
La proximidad, lo mismo que el distanciamiento, pueden ser impulsivos o reflexivos. En el primer caso domina el cerebro emocional. En el segundo, el cerebro sensato, bien sea porque toma un interés en el control de la distancia interpersonal, bien sea porque un determinado valor prevalece sobre el interés egoísta.
Porque es de suponer que todos tenemos la capacidad mental de distanciarnos de algún modo del yo emocional, aunque luego no se practique mucho.
El hecho es que la noción de proximidad no concuerda en las culturas. Y en cada una de ellas tampoco concuerda la distancia física con la distancia social. Pero aún con estas diferencias no se logra romper la ley de que cuanto mayor es la cercanía, mayor es la proximidad y más fácil es también que se dé una relación en profundidad. Así, por más que nos sintamos próximos a los que sufren la injusticia en un país lejano, la relación no será de profundidad. En resumen, la proximidad se constituye en el espacio y está determinada sobre todo por él, pero a la postre es siempre una interpretación del espacio a partir de los sentidos, de la emoción y de la propia reflexión (Kauffmann, págs. 18-23). Si no hay una proximidad física, no hay posibilidad, o se hace muy difícil, el tener un contacto y sostener algún tipo de interacción con los demás. Aristóteles, pese a vivir en aquella bulliciosa Atenas, ya denunció el peligro de la oligoría en la gran ciudad: el menosprecio y la indiferencia frente al otro.
La proximidad es un hecho y es también un valor. Su valor se mide sobre todo por sus ventajas y su objetivo. Hemos dicho antes que la proximidad está sustentada y promovida antes que nada por la presencialidad y la frontalidad de las personas entre sí. Pero sucede, a su vez, que la proximidad promueve la reciprocidad y la convivialidad, queriendo decir esto último (conviviality) la convivencia en la diversidad.
El grado óptimo de proximidad es la reciprocidad y convivialidad entre las personas. Y su objetivo, en suma, no puede ser otro que aquellas, pues la falta de reciprocidad y convivialidad impiden la relación social de cercanía, de sociabilidad, y devuelven las personas a lo contrario, a la distancialidad.
Sin embargo, las relaciones entre los seres humanos se van haciendo cada vez más distales y menos presenciales: más distantes. Aumentamos los canales de conexión de unos con otros, pero acortamos los de contacto. Las llamadas «redes sociales» representan, por lo general, todo lo contrario a un contacto real entre sus usuarios.
La relación humana se está haciendo impersonal y anónima, como es bien patente en las grandes ciudades. «Es de temer —escribe el mismo Eibl-Eibesfeldt— que la desconfianza y el miedo se conviertan en el factor determinante de la vida en común de la colectividad».
La tecnología digital ha hecho, además, que la relación interpersonal, al cabo impersonal y anónima, sea además entre sujetos incorpóreos: sin voz, sin olor, sin presencia tangible ni posibilidad de cruzar con ellos la mirada. El único sentido humano que se ha refinado al paso del tiempo es, al menos en la sociedad occidental, el sentido del gusto; los demás, parecen haber perdido sustancia y aliciente. Nos preguntamos entonces si no estamos yendo a un empobrecimiento de la experiencia humana. Más inteligencia no significa más madurez mental.
- Las tres clases de proximidad

Si lo distante es la sombra, lo próximo es la luz.
En la relación interpersonal suele ser así, y queremos que sea así, aunque a veces la cercanía no guste o nos hiera.
La proximidad es lo opuesto a la distancialidad.
Pero, de pronto, la tecnología digital y los medios de comunicación sustentados por ella nos han entregado a un mundo binario inesperado, donde se oponen lo virtual y lo presencial, lo distal y lo proximal, lo on line y lo off line.
La proximidad tiene su opuesto en la distancialidad y, aunque quisiéramos lo contrario, que entre ambos polos solo existiera una diferencia de grado, no podemos evitar la falta de continuidad entre lo que es o se percibe como próximo y aquello que es o que nos parece distante.
El vivir tecnológico actual acentúa y naturaliza la discontinuidad entre ambas experiencias del espacio interpersonal, mientras que su naturaleza real y la experiencia cotidiana de ambas reculan en el esquema mental que nos hacemos de dicho espacio. Lo virtual adquiere un carácter de real, como en el llamado «metaverso» —una nueva ínsula Barataria—, y todo lo que no viva en las pantallas no tiene vida fuera de ellas, aunque la realidad verdadera nos siga mostrando lo contrario.
En este nuevo escenario la proximidad física y social entre las personas se ha casi volatilizado, siendo por ello mismo que, como reacción, la proximidad se esté, a pesar de todo, revalorizando. Como la «policía de proximidad» o la «comida de proximidad» que decíamos. No deja de ser inaudito que se descubra y reivindique algo tan obvio como que los seres humanos vivimos y hemos vivido siempre en proximidad física unos con otros.
Heidegger se refirió a la distancialidad (Abständigkeit) como el cuidado persistente en cómo uno es distinto de los demás y que se manifiesta, por ejemplo, en la mirada distante, ambigua o antagonista con la gente. Su admirado Nietzsche había escrito, en Así habló Zaratustra («Del amor al prójimo»), que el amor al vecino predicado por el cristianismo es un «mal amor» que debe ser sustituido por el «amor al distante», pues la conexión con quien está lejos, no con el prójimo, es la que en verdad nos permite abrir horizontes. Una comunidad próxima solo nos sumerge en la «moral del rebaño».
Su admirado Schopenhauer recurre, en Parerga y Paralipómena, a la metáfora de los erizos que se arrejuntan en su madriguera para obtener calor, pero sin acercarse mucho, para que no se pinchen. Donde resuena la tesis kantiana de la «insociable sociabilidad» («Ungesellige Geselligkeit») de la especie humana, cuyos individuos se inclinan por estar juntos, sí, pero a la vez se resisten a hacerlo (Ideas para una historia universal en sentido cosmopolita), justificando igualmente una conveniente, civilizada regulación de la distancia social.
Alguien es distante de nosotros si es un extranjero o no pertenece a nuestro círculo, grupo, clase social, etnia o nacionalidad. No hay frontalidad con ese otro, por más que pueda haber presencialidad de su persona. El «encaro» con el otro sigue siendo un hecho facilitador de la relación interpersonal, hecho que no existe ni física ni socialmente en la distancialidad. Pero todo es distinto con la proximidad, en la que siempre hay encaro, excepto en la proximidad imaginaria.
La relación e interacción personales solo son posibles en esta otra forma de concebir y practicar el espacio social. Una forma que presenta dos aspectos fundamentales. Pues hay en la proximidad una dimensión individual o personal y otra dimensión colectiva o social. Llamaremos, para empezar, «proximidad íntima», a la más propia y característica dimensión personal de la proximidad real.

La proximidad íntima, o proximidad de contacto, es la que existe en la familia, entre los que mantienen una relación amorosa y también entre los amigos.
En éstas y otras formas posibles de vínculo las personas viven en una estrecha cercanía física, sobre la base del afecto, con un carácter en último término electivo y generalmente en cohabitación con el otro.
Cohabitan y conviven juntas.
En este vínculo, el otro es «otro como yo»; su ego puede llegar a ser el espejo del nuestro y viceversa.
La proximidad íntima es por lo tanto la proximidad primaria frente a las demás formas de cercanía interpersonal.
Por otra parte, y como en toda relación entre personas, en la proximidad íntima pueden darse conductas de respeto tanto como de falta de respeto. En este segundo caso la impulsividad se habrá impuesto al afecto y a la reflexión, como sucede cuando alguien invade la esfera de la integridad física, intimidad y derechos del otro.
Por lo contrario, el respeto hacia él exige, aún en la intimidad de la convivencia, evitar toda intromisión o entrometimiento en lo moral y todo abuso en lo físico. Entre los que conviven, el respeto consiste en mantener el equilibrio entre lo íntimo y lo social, entre el empleo del cerebro emocional y el del cerebro sensato. Lo primero no excusa lo segundo.
Nada ni nadie «tienen» a una persona. Tampoco nadie «tiene» al ser querido: si nadie te «tiene», tampoco nadie te puede «dejar». Precisamente el hecho de convivir juntos, socialmente valorado como el vínculo básico, agrava el delito cometido contra el otro, como bien recoge la legislación civil y penal.
El segundo tipo de proximidad puede ser llamado «proximidad cercana». Más que el contacto, es ahora simplemente el roce lo que se observa en esta otra forma de relación humana según la distancia. Es la proximidad que existe, por ejemplo, en el trabajo, la educación, la sanidad, los servicios sociales, en la vecindad, el juego compartido, la discoteca o el turismo. Ya no hay en ellos una estrecha cercanía, ni se presupone una relación de afecto.
La cercanía física es de alcance medio y el contacto tiene un carácter coyuntural. Es pues una proximidad secundaria, en que el otro no es un «otro como yo», sino un alter, un tú, sin más. La fórmula básica de esta proximidad no es la familiaridad, sino la confraternización.
Con lo cual, esta proximidad cercana comparte elementos de ambas dimensiones de la proximidad: la personal y la social. Recuerdo al patrono de una industria en la que trabajé presentarse a veces por sorpresa en la cantina, todo él trajeado y perfumado, y pedirles a los empleados que le dejaran probar su bocadillo, como para hermanarse con ellos.
Era un amago de comensalidad, una arraigada institución para ayudar a mantener el vínculo humano más allá de la estricta consanguinidad. Tolstoi la ponía en práctica con sus siervos. Es sabido que el invitar a comer al recién llegado a una comunidad, por ejemplo en ocasión de una fiesta familiar, es una de las vías más claras y efectivas de favorecer la inclusión del foráneo.
Por lo demás, en la proximidad cercana el respeto es también fruto de un equilibrio, ahora entre lo individual y lo colectivo. Y la falta de respeto es igualmente la imposición de lo impulsivo sobre lo reflexivo, como sucede en las conductas de intimidación o presión sobre el otro.
Observemos también que, si en la proximidad íntima se hace difícil ser falso, en la que ahora describimos puede existir una proximidad interesada y solo de apariencia, como sucede entre competidores o incluso entre compañeros que comparten la misma tarea. Es precisamente en la proximidad cercana donde más hay que saber encontrar el equilibrio espacial con las otras personas, para no crear una distancia ni demasiado pequeña ni demasiado grande con ellas.
La regulación de la distancia con el otro requerirá de un aprendizaje desde la niñez, de la que se sacarán buenos réditos, por ejemplo, entre socios y entre compañeros, y en general la habilidad para lograr la mejor relación social. De otro modo es fácil caer en formas ineducadas como la xenofobia, la homofobia o la aporofobia, el miedo a los pobres, del que ha tratado Adela Cortina.
En la civilización, hallar el nivel intermedio puede ser, aunque parezca una contradicción, lo más extremo y costoso, como ya vio Aristóteles al elogiar lo mesotés, el «justo término medio» en nuestra conducta. El maestro, póngase por caso, debe estar lo más cercano al alumno, pero situándose en un punto intermedio entre el contacto físico y la distancia académica.
La antropología conoce la proximidad cercana como «propincuidad», refiriéndose con este término a aquellas relaciones que no son de parentesco, pero que se acercan a él, con fórmulas como la «hermandad», la «congregación» o la «mutualidad». La proximidad cercana es lo que tantas veces hemos visto que buscan los estudiantes que se sienten solos en los campus norteamericanos y pasan tardes enteras leyendo en las cafeterías, para verse al menos rodeados de gente en un ambiente menos impersonal que el de la biblioteca.
Incluso los profesores que viven solos en una casa grande y confortable recorren kilómetros con su coche para pasar las horas en una cafetería, rodeados de desconocidos que por lo menos les hacen sentir menos solitarios. Véase el libro Going solo, del sociólogo Eric Klinenberg. Según él, esos lugares que escapan de la vida on line, como bares, plazas o estaciones de ferrocarril, son «escuelas de convivencia» porque alejan, no solo de la soledad, sino del conflicto, y mantienen y alientan los hábitos cívicos

Por último, hablamos de la «proximidad distante», aquella en que no hay contacto físico, ni roce, y que podemos llamar también proximidad colateral.
Es la «proximidad» que hoy tanto oímos reclamar: una «enseñanza de proximidad», una «medicina de proximidad», etc.
Existe en esta tercera forma mucha menos cercanía física que en las dos formas anteriores.
La proximidad tiene ahora un carácter incidental.
En unos casos lo incidental responderá a situaciones ordinarias: por ejemplo, en las relaciones comerciales, entre ciudadanos, en la administración, en la política, en asociaciones, en la cooperación, la justicia, el servicio religioso, el orden público o en las festividades.
En otros casos, el contacto será sobrevenido, incluso accidental, como sucede en el transporte público, en la asistencia a espectáculos, en acontecimientos deportivos, en desfiles, en la biblioteca, el museo, el restaurante o en los grandes centros comerciales.
El tuteo o el llamarse por el nombre de pila entre desconocidos es un modo de suplir o disimular la carencia de contacto físico donde gustaría que este existiese.
En todas estas circunstancias, el otro ya no es un cercano alter, sino un alius, un tercero en el plano. En las gradas del estadio, o en el transporte, por ejemplo, preferimos que haya un asiento vacío a nuestro lado a que esté ocupado. Y en el ascensor o en la biblioteca evitamos la mirada frontal con el otro. Es la civil inattention, estudiada por el sociólogo Erving Goffman. Hablamos, pues, de una proximidad terciaria.
No hay familiaridad ni confraternización: es el plano abierto de la socialidad. El respeto entraña ahora el mantenimiento de un equilibrio entre lo privado y lo público. Y la falta de respeto es justo cuando se da el desequilibrio entre ambos, otra vez por un dominio de lo impulsivo sobre lo reflexivo, provocando la injerencia o invasión de la privacidad del otro. La proximidad que pueda haber con él tampoco excusa el delito o la falta, como en el acoso.
Es claro que la proximidad real tiene también sus vicios y abusos. Faltar a la norma del respeto, ya se ha dicho, es lo peor que puede pasar en ella. La exigencia de espacio personal es tan natural como la necesidad de contacto. Pero solemos rechazar el contacto visual y corporal excesivo.
Las aglomeraciones, el apiñamiento, tienen sus inconvenientes. Sucede en todas las culturas, y hasta en otras especies animales. La visión regula en los mamíferos la división del espacio y cumple la función añadida de asegurar el territorio y el estatus en el grupo.
Hallar el equilibrio adecuado entre la directa y espontánea intimidad, y al mismo tiempo la protección de la privacidad y los derechos del otro, es uno de los secretos de la estabilidad conyugal y familiar, hoy convertido en un auténtico reto en la constelación de relaciones de todo tipo que pueblan la sociedad digital.
La proximidad ya tiene otro enemigo que aquellos que quieren acabar con ella, como han sido y son el elitismo, la intolerancia y el individualismo egocéntrico: el nuevo enemigo es el exceso de proximidad que impide ser al otro.
Hoy la hiperconectividad puede acabar con la conexión con quien tenemos más cerca. Escribió Roland Barthes, en Cómo vivir juntos, que «necesitamos una ciencia, o quizás un arte, de las distancias». Se preguntaba: «¿A qué distancia debo mantenerme de los otros para construir con ellos una sociabilidad sin alienación y una soledad sin exilio?»

- El valor normativo de la proximidad real
En filosofía, el concepto de proximidad se ha desarrollado, con la fenomenología contemporánea, a partir del estudio del otro y de la alteridad.
Son de referencia las páginas dedicadas por Edmund Husserl al «cuerpo del otro», en Meditaciones cartesianas; por Martin Heidegger al «Ser-ahí de los otros», en Ser y tiempo; por Jean-Paul Sartre, en El ser y la nada, a la «mirada del otro», y por Emmanuel Lévinas al «rostro del otro», en Totalidad e infinito y en Ética e infinito.
Glosaré este último. Según Lévinas, el rostro del otro nos interpela y llama a la responsabilidad, ya antes de que esa imagen nos muestre o nos diga nada, y antes de que tengamos una intención en torno a ella, o siquiera una consciencia de ella. El prójimo no es el extraño, ni tampoco el hermano.
Sino un prójimo en el que no se entra ni cabe entrar a fondo. Nos asombra, antes de que tengamos un sentimiento u otro por él. Y eso es lo que importa. En este sentido, se ha dicho que la relación con el otro es siempre heterónoma o dependiente, para Lévinas. Es el otro quien interpela; yo no le llamo. Es por tanto una relación fuera de todo preconcepto e institución. Se trata de una proximidad, por así decir, anárquica.
Pero, en el fondo, no hay tal heteronomía, porque es una relación egocentrada. Sin mi mirada, sin mi admiración, el rostro del otro no significaría nada. El otro es percibido con mi mirada y es comprendido como próximo en tanto que uno es y se siente responsable de él. No al revés.
Lo que nos une a él es la responsabilidad, «sea aceptada o rechazada, que se sepa o no asimilarla, que se pueda o no hacer alguna osa en concreto con él». La proximidad es por consiguiente una relación fundamentalmente ética, en la que descubrimos una realidad que estaba antes y que está más allá de una experiencia física concreta. La ética nos abre a la trascendencia y la totalidad. Es la filosofía primera.
En la actualidad el enfoque que prevalece es este de Lévinas, que, sin embargo, conduce al autor a una filosofía de la trascendencia. En ella algunos podemos perdernos, dado su lenguaje rayano con la mística, como ya sucedía con su maestro Heidegger. La interpretación fenomenológica de la proximidad sigue hoy, por lo general, a Lévinas, en una línea espiritual (Agamben, Marion, Byung Chul Han, Esquirol…) centrada, igualmente, en el sujeto que se siente llamado a la responsabilidad y al cuidado del otro.
El centro regulador de la relación interpersonal sigue estando en el yo. Sin su valor de celador de la vida y sin su vocación de cuidado, no hay relación de proximidad con el otro. Ésta depende, pues, de uno mismo y del potencialpara la reflexión, el cuidado de sí y la resistencia, o resiliencia, frente a un mundo hostil que ha acabado haciendo abstracción de la vida.

La fenomenología post-Lévinas, en su corriente espiritual, parece conducir al bucle de la intimidad: desde mi intimidad salgo al cuidado del otro, quien me devuelve al cuidado de mí mismo.
A mi parecer, y pese a su profundidad hermenéutica, se trata más bien de una filosofía de la proximidad, finalmente, con uno mismo, en la que lo íntimo y personal prevalecen sobre lo ético y lo público.
Pero frente al enfoque hermenéutico de la proximidad puede oponérsele el enfoque normativo de la misma.
Si en aquél lo próximo se hace metafísico, en éste lo próximo deviene político. Pues hablamos ahora del espacio social y de su parcelación política.
En un enfoque normativo de la proximidad, lo opuesto a lo próximo es lo lejano en la distancia física y lo alejado en la social; no la vida que se ha hecho abstracción, como acusa la fenomenología después de Lévinas.
Se puede, además, dar el caso que a esta corriente filosófica espiritual no le vaya mal el mundo vaciado del que se queja, y en el que la figura del otro se difumina, porque de esta manera está más justificado y es más cómodo volver introspectivamente al yo.
Partiendo, por lo contrario, de un punto de vista empírico y social de la proximidad, el propósito ético del sujeto no puede ser más que el respeto y el reconocimiento del otro, no el proceder a su cuidado, ni recordarnos en general cómo hay que vivir. Estos empeños, loables y hasta beneficiosos, sobrepasan, sin embargo, nuestro interés por el alcance práctico del hecho y el valor de la proximidad.
Lo que nos importa, normativamente, es cómo convivir, la convivialidad, antes que cómo vivir y la espiritualidad. Si nos refugiamos en la resiliencia y otras virtudes de la llamada «inteligencia emocional» nos estamos alejando de los demás y disminuye la proximidad real con el otro.
La proximidad real posee un valor normativo más allá de su valor existencial o espiritual. Tiene aquel valor porque promueve la reciprocidad y la convivialidad, esto es, la convivencia en la diversidad. Y su objetivo no puede ser otro que éste, porque no hay ninguno mejor que fomentar la reciprocidad y la convivialidad. Sería además contradictorio que no fuera tal su objetivo, pues sin ambas cosas la proximidad perdería fuerza y sentido y regresaríamos a la distancialidad.
Es por ello, por su capacidad de promover y de ponerse por objetivo unos valores éticos, que la proximidad tiene, a fin de cuentas, un valor normativo. Fundamentada en este valor, la proximidad puede ser por tanto una fuente de regulación de todas aquellas conductas sociales que incluyan una orientación a la reciprocidad y a la convivencia en la diversidad. La proximidad real posee un valor normativo.
La proximidad está en el mismo origen de la ética, por lo menos en el mundo occidental. El término griego éthos, con una épsilon inicial, significaba en la antigua Hélade «costumbre»; pero con una épsilon al inicio, transcrito como êthos, indicaba «morada». Es seguramente el significado más antiguo de esta palabra, de la que nacerá el sustantivo ethiká y después el término latino ethica.
No en balde es en la «morada» donde el ser humano aprende las costumbres y va adquiriendo forma su personalidad moral. Para todas las culturas, excepto las nomádicas, el lugar donde se «mora» es mucho más que una referencia territorial: es el lugar de la casa familiar y el principal factor indicativo de la ubicación del individuo dentro de un grupo o una sociedad. Cada generación o linaje se adscribían a una casa familiar que identificaba a sus miembros.

Con el tiempo, ser ciudadano consistirá, en último término, en «ser alguien en alguna parte», lo que debe incluir igualmente la casa, la morada, el espacio humano donde más existe la proximidad, como una propiedad física y también moral.
De modo que la historia de la moral y de la ciudadanía son una historia también de aquella proximidad real.
La ética, como filosofía moral, nunca ha dejado de dar por supuesta esta realidad.
Valores reclamados por la ética contemporánea como el diálogo, la conversación, la comunicación, el consenso, la responsabilidad, el respeto, el reconocimiento, el cuidado o la razón pública, presuponen el hecho de la cercanía o proximidad física y moral entre los sujetos, como un a priori social en la práctica pública y privada de la razón.
La sociedad digital, con su característica contracción a lo indispensable de las ocasiones de contacto presencial, afecta como, ya es evidente, a la proximidad de las personas entre sí, tanto en la proximidad que llamamos íntima como en la cercana, aunque menos en la proximidad distante, la del contacto fortuito de la gente.
Entonces: «¿Qué debe hacer la ética?». Esta es hoy una pregunta que traspasa el ámbito académico. La respuesta es quizás más difícil que la de aquel «¿Qué debo hacer?» kantiano. Entonces no se planteaba la existencia misma de la ética, sino su fundamentación. Pero hoy nos planteamos quizás algo más radical que eso, y tiene que ver con el mayor impacto de la tecnología en la sociedad, algo que no se dio tiempo atrás.
Para empezar, nos planteamos la necesidad de la ética misma. Después, abordamos la cuestión de la proximidad, con la que se ha gestado la ética desde la antigüedad. Y ahora, en fin, toca afrontar el dilema entre despertar la proximidad a la presencialidad, o no pensar en ello y dejarla en stand by dentro de este mundo de conectividad rampante, pero de contacto agonizante y con seres de vida, a menudo, solitaria.
La distancia social se ha incrementado y el otro se ha vuelto evanescente. Hay, mientras tanto, una inquietud por saber si nos conformamos con ello o preferimos mantener el contacto humano. Desde Hegel o George Mead hasta prácticamente hoy, con Axel Honneth, Seyla Benhabib o Giorgio Agamben, entre otros, nunca el tema filosófico de la alteridad parecía albergar dudas sobre la existencia y presencia del otro y de que éste es alguien más o menos próximo. Podía preguntarse qué es o quién es el otro, pero no si existía el otro.
Sostiene el citado Honneth que reconocer al otro es más una actitud práctica que una forma de conocimiento, y que la actitud es una «implicación frente a la aprehensión neutral de otras personas». Sin esta implicación, previa al conocer concreto, percibiríamos a los demás, aunque los conozcamos, como meros «objetos insensibles», dirá. Creo que esto ya está sucediendo en la sociedad actual.
La presente crisis de la proximidad real hace que esto último ya no sea un despropósito preguntárselo. Nuestra pregunta es, por lo menos, dónde se encuentra el otro y qué tipo de regulación de la distancia con él se ha de procurar.
- La proximidad en la política y el derecho

La política también se juega con la proximidad.
Incluso los gobiernos y magistraturas que mantienen la distancia con gobernados y administrados aseguran no tenerla y deben reconocer que distanciarse de la gente perjudica a la institución.
Monarcas absolutos y tiranos son los que dicen estar más cerca de su pueblo y ser más queridos por él.
En la alta Edad Media el rey que estrenaba reinado recorría sus territorios durante años para conocer a sus súbditos. Los enfermos querían ser tocados por el rey para sanarse.
Eran, en expresión de Marc Bloch, los «reyes taumaturgos», a los que se sentía más próximos que a los propios obispos. Luego será la corte real, cada vez con mayor número de miembros —pensemos en el Madrid o en el Versalles de los Borbones— la que represente el interés por tener muy cerca al monarca, cosa que un Luis XVI querrá ampliar al pueblo, acercándose hasta el mismo hogar de sus súbditos.
La proximidad, real o aparente, parece más propia de las monarquías, en tanto que la monarquía no deja de ser un símbolo dentro del espacio político y que el imaginario monárquico cultiva mejor este símbolo que el republicano. A pesar de su aparente frialdad, la reina Elizabeth II de Inglaterra movilizó en sus funerales a millones de personas que la sentían cercana a ellas.
En cualquier régimen, la proximidad fue y es un símbolo a través del cual, y como otros tantos símbolos —signos, sintagmas, rituales—, el gobernante adquiere poder y autoridad. Así, y en el caso de la monarquía, el rey o la reina tienen, una vez coronados, dos objetivos inmediatos que alcanzar: la realeza y la popularidad, su verdadera conquista, como recuerda el antropólogo Carmelo Lisón, otro miembro de esta Academia. Y ambas cosas precisan de la proximidad, real o figurada, con los súbditos.
El hecho y el valor de la proximidad han influido también en la evolución del espacio público y la distribución y jerarquía del poder dentro de él. Lo primero a controlar por este es la distancia entre los que moran en un territorio, para que un fenómeno constituyente, como es el de la vecindad, no muestre ni poca ni mucha distancia entre los que cohabitan. La amistad y el anonimato entre ellos pueden ser igualmente peligrosos para el poder establecido.
Construir y mantener una vecindad es por tanto tan difícil como decisivo en la política, y practicar aquella en paz y libertad lo es para cualquier política democrática. La democracia ateniense se fundó en el demos, que era el barrio con su comunidad. En la baja Edad Media europea, el dominio de las parroquias irá siendo sustituido, en aras de la proximidad entre vecinos, por el de los ayuntamientos y las comunas.
Ello vino propiciado por la emigración del campo a la ciudad, el «burgo», como sucedió masivamente en la España de los Austrias.
Así, al inicio de la modernidad, las ciudades fueron borrando las fronteras entre los distintos estamentos con el surgimiento a la vez de la burguesía, los burgueses, y de la ciudadanía como nuevo estatus civil. La cohabitación en la ciudad se fue haciendo más próxima, colaborativa y libre. «El aire de la ciudad hace libre», escribe para esa época Max Weber. Hasta que la ciudad, atestada de vecinos, se hace pequeña, insalubre y potencialmente explosiva en los angostos límites de sus murallas y le convendrá al poder ampliar y reglar rigurosamente el espacio urbano.
El siglo XIX fue, entre otros hitos, el de la planificación urbanística, avanzando ésta en ciudades como Nueva York y la cuadrícula de Manhattan, el Plan Cerdà de Barcelona, el Madrid del Ensanche y el París de Haussman. Aunque hubo mucho antes un primer planificador, Hipodamo de Mileto, admirado por Aristóteles, porque ambos entrevieron que el hábitat crea hábitos en la ciudad.
Y existieron también, antes de las modernas ciudades occidentales, las urbes romanas con su trazado en cruz, y existió una gran ciudad planificada, Tenochtitlán, la mayor del mundo, con amplias avenidas y cruces en ángulo recto, sobre las que se asienta hoy la capital de México. Otra antigua ciudad planificada es la de Briviesca, cuyo trazado geométrico, del siglo XIV, fue exportado por los colonizadores españoles a las Indias.

El sociólogo Richard Sennett ha estudiado la relación entre hábitat y hábitos sociales en la gran ciudad.
La arquitectura, el urbanismo y la movilidad prefiguran las distancias entre sus habitantes y con ello sus movimientos y actitudes, que pueden oscilar de la impersonalidad a la sociabilidad, según el modelo y la práctica de la vecindad.
Lo vecinal, como opuesto tanto al gregarismo como al aislamiento, sigue siendo una meta que alcanzar en toda moderna planificación urbana.
Significaría ya la base de una ética cívica. Escribe Sennett: «La consciencia de los otros, los encuentros con ellos, y el dirigirse a ellos de otra manera que a uno mismo, todo eso constituye la ética civilizadora».
Si, pongamos un caso, el parque está cerca de casa y no es muy grande, no será difícil coincidir con los vecinos. Si hay que tomar el transporte para ir a él y el parque es muy extenso, nuestro paseo será en solitario.
Y ya no digamos si las clases sociales y la población inmigrante se concentran en territorios exclusivos. La distancia física en la ciudad condiciona la distancia social. Por eso el extranjero continúa siendo, dice Sennett, la figura dominante en la metrópolis (pág. 377).
El mismo concepto de masa social ha cambiado con el impacto de la tecnología digital. La cibercultura, y recientemente otro fenómeno global como la pandemia del covid, han transformado su realidad y su sentido. Lo masivo es hoy la individualización masiva de la sociedad, en que además se han introducido la prevención y el miedo al contacto por motivos sanitarios. La masa es como esas manadas de pájaros que vuelan juntos alguna vez y en general en solitario.
El temor que pudo infundir las masas de gente a pensadores como Le Bon, Freud, Ortega o Canetti ya no es el mismo que pueda provocarnos hoy la masa de existencia virtual. Canetti, en su obra Masa y poder, describe la masa presencial como constituida por la igualdad, deseosa de densidad y continuidad, e interesada, por tanto, en no romperse. Pero cabe preguntarse si la masa, en la actualidad, la que existe en y por las llamadas «redes sociales», una masa virtual, tiene tales propósitos.
No hay proximidad real dentro de ella. El líder es un algoritmo, los otros son un dato, la masa es invisible. El poeta Maragall decía que la sardana «és la dansa més bella de totes les danses que es fan i es desfan», y así parece hoy ocurrir con la masa social. Tan pronto se forma y comparece como se vacía y desaparece, olvidándonos de ella. La falta de proximidad física ha contribuido a ello.
Cercanía y distancia pesan sobre la política igual que en tiempos pasados, pero en el presente quizás más que nunca, al irse volatilizando la presencialidad en nuestras vidas. La militancia en partidos políticos, así como la permanencia del militante en ellos, se han reducido drásticamente y hoy el modo de vida refractario al contacto real y continuado puede tener que ver con ello.
Menos proximidad entre los ciudadanos, y de estos con su gobierno —y viceversa—, significa, y así puede constatarse, más dificultad para la cooperación y la solidaridad, de una parte, y para el respeto y la confianza en las instituciones, de otra. La gobernanza se complica cuando la desafección y la desobediencia crecen en la ciudadanía.
Y sobre todo se resiente la participación en las elecciones y en el resultado de estas. De hecho, han crecido el abstencionismo electoral y la fragmentación de los grupos en el Parlamento y la falta de proximidad de la ciudadanía con los representantes políticos es una de las principales causas. La falta de proximidad puede hacer también que el gobierno se sienta menos obligado a la transparencia, dar cuentas de su acción y preocuparse por valores como el bienestar o la equidad de los ciudadanos.
Pocas cosas son hoy tan mutables en la política como la confianza de unos con otros, a raíz de la mutación de la proximidad, que no es solo física, sino simbólica y moral. La confianza es el factor subjetivo clave de la gobernabilidad. El presidente, por ejemplo, teme la desconfianza del vicepresidente tanto como la del ciudadano en paro y crispado que no le va a votar. De pronto, hoy Ucrania se siente distante de su hasta ahora hermana Rusia, y cercana, en cambio, a su hasta ahora distante Europa.
La desconfianza mutua es absoluta en cualquier guerra. La polarización, en países como Estados Unidos, ha hecho también que un republicano se sienta más cerca de un republicano extranjero que de un demócrata de su propio país. La elasticidad política del concepto de lo próximo hace, en otro ejemplo, que un demócrata alemán se sienta mucho más cerca de un refugiado sirio que de un nacionalista de su propio país.
No obstante, la proximidad en sentido físico sigue influyendo proporcionalmente en nuestra construcción moral y política de la distancia, si próxima o lejana. Cuanto mayor es la proximidad, mayor es también la solidaridad. Si tenemos al inmigrante trabajando con nosotros en casa o en la oficina, es más fácil que nos interesemos por él o ella que si trabaja en el gueto o en unas horas que no le vemos en casa o en la oficina. Aunque eso no lo percibamos, toda situación de proximidad o lejanía con otro crea por sí misma una disposición de enjuiciamiento y valoración que será determinante de nuestra atracción o repulsión hacia aquél.

La proximidad es un concepto que cae también dentro del derecho civil y penal.
Sobre todo, a la hora de calificar los delitos y establecer las penas.
Cuando, por ejemplo, se condena a alguien a alejarse de su víctima se tiene en cuenta la distancia física, pero no la que se mide por otros factores, ni que el teléfono móvil les sigue de hecho manteniendo cerca, a pesar de la separación física entre víctima y victimario.
En otro ejemplo, a un interno en la prisión puede parecerle peor pena la retirada de su móvil que la incomunicación física.
En las situaciones extremas en las que media e influye la distancia descubrimos la ambigüedad y maleabilidad de la proximidad, que es física y a la vez moral y psicológica.
Por eso el derecho, como la política, no pueden pasar por alto no solo el relieve humano de este concepto, sino su complejidad y variedad de caras. Pero, en todo caso, lo que obviamente más influye en la percepción y valoración subjetiva de la distancia y el sentido de la proximidad es la experiencia física que precede a estas: esto es, la relación de frontalidad con el otro.
En cualquier sentido de la proximidad, lo determinante es si existe o no la experiencia de la visibilidad inmediata del otro, como queda bien patente, ya que hablamos del derecho, en la práctica, cada vez más frecuente y eficaz, de la mediación. Ésta es tanto más exitosa cuanto más se acorta la distancia entre los litigantes y también con el mediador que actúa en dicho proceso jurídico.
¿Qué clase de proximidad, si lejana, cercana o ninguna, determina la calificación de una conducta, sea por acción o por omisión? ¿Estoy más obligado o tengo más derechos con mis allegados y compatriotas que con quienes no lo son? ¿Excusaría o atenuaría un daño el hecho de haberlo infligido a alguien que está muy lejos de mi círculo o mi país? ¿Sería menor o irrelevante el beneficio, por lo contrario, que le haya podido proporcionar?
Pues bien, dada la importancia humana que tiene la proximidad, por lo general se castiga más el daño a un allegado y se premia más el beneficio a un extraño; al menos, esto último, en un sentido moral, ya que favorecer a un desconocido se considera que tiene más mérito que hacerlo a un allegado. Recordemos el pasaje del buen samaritano según san Lucas. Ante aquel que han apaleado y robado pasa alguien de su misma religión y lo ignora, y llega uno de su misma comunidad y le aparta la vista. Hasta que un extranjero se detiene y le socorre.
¿Quién de los tres se ha comportado como prójimo?, se le pregunta a Jesús. Y este responde, con respuesta que trasciende a toda cultura y toda religión hasta hoy: «Quien se compadeció de él». Es decir, también en aquel camino de Jerusalén a Jericó la proximidad física de tener a la víctima «ante los mismos ojos» se impuso sobre la distancia simbólica y social que se supone que el samaritano debía mantener con ella, por no pertenecer a sus círculos de sangre, vecindad y religión.
La visibilidad inmediata obró por encima de todos estos vínculos. La frontalidad con el herido hizo reaccionar al samaritano de modo compasivo. Desmintiendo a los comunitaristas y patriotas, el proceder de este personaje muestra cómo la proximidad, simplemente el estar ante el otro, puede contar más que el nexo que pueda existir con él. Cuentan los reporteros de guerra que si un militar les detiene en la zona de combate lo primero para zafarse del peligro es poder mirarse a los ojos.
Interpretando al buen samaritano, el filósofo del derecho Jeremy Waldron se permite una crítica del comunitarismo, esto es, la teoría filosófica que subraya la importancia de los lazos comunes, para adentrarse Waldron en el universalismo ético a la manera kantiana. Pero dicho autor no se resuelve en el modo abstracto de la moral universalista —cosmopolita o solidaria, diríamos también—, es decir, el de ayudar por un mandato categórico de la razón.
De ahí, valga la cita, el «escrúpulo de conciencia» que se le crea al personaje de un poemilla de Schiller, que salva a un amigo de ser ahogado y no lo hace por un imperativo moral, sino simplemente porque es su amigo, algo sin valor moral. Waldron aduce que el buen samaritano no ha necesitado ni el vínculo comunitario ni la razón universalista para curar a una víctima desconocida, sino que le ha movido ante todo el hecho de tenerla in his face.
Como un kantiano, Waldron no dice, sin embargo, que el tener ante los ojos mueva sistemáticamente a la compasión, sino que debe hacerlo, en una persona con sano entendimiento, el reconocimiento (recognition) del extraño como otro ser humano igual. La ley, por otra parte, se base o no en el reconocimiento, no puede menos que seguir dando importancia a la proximidad física en el caso de la primera ayuda a desconocidos (accidentes de automóvil, rescate de refugiados, etc.), porque, como recuerda este filósofo, «hay una fuerte correlación entre proximidad y eficacia causal».
Fijémonos, pues: sin el contacto inmediato, sin la frontalidad, no hubiera tenido lugar la respuesta en clave humanitaria del samaritano. Ante los extraños, dice Waldron: «Ellos están ahí y eso los hace mis vecinos». La proximidad, real o imaginaria, importa tanto, que incluso ante el extranjero,
presente o ausente, se puede uno sentir más cercano que ante los propios. Recuérdese a las mujeres europeas que se cortaron la cabellera en un atrevido gesto de solidaridad con las mujeres perseguidas en Irán por no llevar su cabeza cubierta. Sintieron la proximidad con ellas pese a la gran distancia.
Sin llegar a este extremo, hoy en día mandamos montones de «abrazos» por correo electrónico y sistemáticas expresiones verbales de «solidaridad» por teléfono, cuando no hay nada que requiera más la proximidad real que dichos gestos. El mismo término «solidaridad» proviene del latín in solidum, metáfora de obrar unidos como un solo individuo.
No obstante, el concepto y el sentido de la proximidad están cambiando con la nueva experiencia del espacio virtual. Ello hace que hoy se vayan penalizando más las conductas con extraños y seres lejanos, por ejemplo, el delito de piratería informática o el genocidio, y a la vez se estén retribuyendo más aquellas acciones que son beneficiosas con los distantes, algo que tradicionalmente la política y el derecho consideran gratuito, no sujeto a ninguna obligación.
Hasta hoy, el circulo que comprende a aquellos que podríamos dañar es mucho más estrecho que el de aquellos a los que podríamos favorecer. Ello es así, pero ¿está bien? Todo eso, proximidad y distancialidad, parece estar cambiando. Así, podemos ya preguntarnos: ¿cuándo se está próximo uno de otro? ¿qué lo mide y quién lo mide? O sencillamente: ¿quién es mi vecino?
El derecho debe sentirse desafiado por estas preguntas, porque está mientras tanto en cuestión el concepto de ante quién estamos obligados a ayudar y a no perjudicar, y si podemos establecer deberes morales perfectos y deberes legales claros y vinculantes que apoyen nuestra obligación con el otro, sea cual sea la persona y sea cual sea el lugar. Pero lo que ha cambiado menos —pero ha cambiado, también— es el patrón y lo que da fuerza a cualquier sentido de la proximidad, que son la cercanía y frontalidad entre las personas. La proximidad real.
Los deberes de beneficencia y de no maleficencia no se dan solo en la proximidad, pero la proximidad influye en todos ellos. Si no aprendemos a ayudar a los cercanos, ¿cómo ayudaremos a los que están lejos? Mantener la frontalidad y la proximidad sigue importando. Al mismo tiempo, la lejanía ya no debiera de seguir excusando o atenuando el mal, ni tampoco minusvalorando el bien, porque cada vez lo lejano se va sintiendo más próximo, si es, claro está, que hemos aprendido primero lo cercano.
- El interés social por la proximidad real
La proximidad física tiene implicaciones morales, políticas y jurídicas seguramente de primer orden. Todo nuestro mundo social está en redefinición con la tecnología digital y la cibercultura, en todos los ámbitos, que se están desarrollando en él.
Pocas veces en la historia humana se habrá necesitado tanto como hoy —un cambio de época más que una época de cambio— de la aparición de nuevos platones y aquinates, nuevos humes y kants, de nuevos durkheims, webers y deweys que nos ayuden filosóficamente a recodificar un mundo de muchos valores en descodificación. Como este de la proximidad real, hoy afectado por la progresiva mutación del espacio real en espacio virtual.
En la medida que nos interesen la reciprocidad y la convivialidad, es por tanto de interés social —moral, político y jurídico— la defensa y el fomento de una proximidad real entre las personas.
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