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Aquellos pueblos más longevos en el mundo…


Las historias de los seis matrimonios más longevos del mundo (el más largo  duró 91 años)

ACV(H.G.Barnés)/Clarin(G.Sánchez)/National Geographic(C.C.Garay)/The New York Times(J.Horowitz)/Infobae/DW/XLSemanal(C.M.Sánchez)  —  Cada vez que hablamos de las zonas azules, esas regiones del planeta que Dan Buettner descubrió y en las que abundan las personas que han superado los 100 años de edad, solemos pensar en regiones remotas como Okinawa (Japón).

Sin embargo, al lado de nuestro país, a apenas 1.000 kilómetros de las Islas Baleares, se encuentra Cerdeña, la región que dio por primera vez nombre a las zonas azules en 2004 y uno de los lugares de Europa donde sus habitantes más (y mejor) viven. Tan sólo Icaria, en Grecia, puede mirarle a los ojos en cuestión de longevidad.

Buettner viajó  a Cerdeña para comprender un poco mejor qué ocurre allí para que, entre sus 10.000 habitantes, haya 21 centenarios, una media que multiplica por cinco la de Estados Unidos. El autor nacido en Minesota ha publicado sus conclusiones en un artículo de The Wall Street Journal.

Buettner ha acudido acompañado de un demógrafo, un genetista evolucionario y un físico italiano para entender qué factores hacen que, por ejemplo, la familia más longeva del mundo en 2012 habitase en la región de Olgiastra, al este de la isla, y estuviese formada por nueve hermanos cuyas edades sumaban 818 años.

Es decir, una media de 90 años. Pero no se trata de un fenómeno moderno: según un artículo de National Geographic, en Silanus, 91 de los 17.865 nacidos entre 1800 y 1900 vivieron para ver su centésimo cumpleaños.

 

No es la genética

Durante los primeros años de la investigación de Buettner, este había sospechado que lo que marcaba la diferencia entre los más longevos y aquellos que vivían menos en circunstancias parecidas de higiene y desarrollo sanitario era su configuración genética.

Al igual que ocurría en otras de estas zonas azules, la homogeneidad genética de los sardos era muy alta, mucho más de lo habitual. Sin embargo, las investigaciones realizadas por Gianni Pes, señalan que las diferencias en la mortalidad por enfermedad cardiovascular, el cáncer y la inflamación no son tan sustanciales como para que puedan explicarse por esta única razón.

En definitiva, en la eterna lucha entre configuración genética y hábitos de vida, entre determinismo y libre albedrío, gana este último.

La dieta sí parece ser un importante predictor de la longevidad dentro de una sociedad, pero como ocurría con la alta esperanza de vida de Japón, el país más longevo del mundo, no se debe únicamente a los nutrientes que proporciona, sino también a la gran cantidad de actividades relacionadas con una forma de alimentación más adecuada, su producción y la cultura que la fomenta.

A nivel de alimentación, los carbohidratos complejos parecen influir de manera positiva en la longevidad de los habitantes de todo el mundo. En concreto, las verduras, la fruta, los granos enteros y, sobre todo, las judías. Según los cálculos del grupo de investigadores liderados por Buettner, dos cucharadas al día de este alimento provocaban que la probabilidad de morir descendiese un 8%.

Un alimento que en todos esos lugares sustituía a la carne como la principal fuente de proteína, al mismo tiempo que su aporte de fibra mejoraba la fibra intestinal.

Familia, amigos y nada de milagros

Neira, el pueblo con la población más longeva de Colombia - Otras Ciudades  - Colombia - ELTIEMPO.COM

Buettner recuerda que los occidentales cometemos un craso error a la hora de imitar los comportamientos de los habitantes de estas zonas: tendemos a quedarnos con lo superficial y desestimar lo verdaderamente importante.

Es probable que muchos lectores, al descubrir la importancia de una dieta basada en legumbres, se lancen a cambiar por completo sus hábitos alimenticios… y terminen dejándolos de lado en apenas unas semanas, cuando se den cuenta de que, si van a vivir más, quizá no merezca la pena hacerlo sin meterse un solomillo entre pecho y espalda de vez en cuando.

Pero la dieta no es suficiente para vivir más. Buettner relata uno de sus encuentros con una familia de cinco mujeres que pertenecían a tres generaciones diferentes. Cada pocas semanas, se reunían para cocinar pan de la manera tradicional. ¿El secreto está en la masa? No, sino en todo lo que la rodeaba.

Para preparar el alimento, las mujeres debían cortar leña y atizar el fuego, así como amasar durante casi una hora. Un esfuerzo físico bastante completo que, por sí mismo, resulta aún más agotador que una sesión en el gimnasio. Pero esto no era lo más importante, sino mantener unas relaciones saludables con las personas que los rodeaban.

“La gente se encuentra todos los días en la calle y disfrutan la compañía de los demás”, escribe Buettner en el artículo. “Si alguien enferma, un vecino está ahí. Si un pastor pierde a su rebaño, otros le entregan sus animales para reconstruirlo”. Nadie vive solo, aunque pernocte sin compañía en su casa.

Como recuerda el autor, no hay nada más importante para que una comunidad (y no uno de sus miembros) sea longeva que sus habitantes se apoyen mutuamente. En muchas ocasiones, esto se manifiesta a través de unos lazos familiares fuertes.

Ninguna persona envejece en Cerdeña pensando que va a terminar en una residencia de ancianos, sino que sabe que sus hijos –y nietos, y sobrinos, y primos– podrán cuidarlos en casa hasta el final de sus días.

“Ninguno de los centenarios llenos de vida que he conocido se dijeron a los 50 años, ‘¡voy a adoptar esa dieta de la longevidad y vivir otros 50 años!’”, concluye el autor. “Ninguno de ellos se compró una cinta para correr, se apuntó al gimnasio o se puso a comprar suplementos vitamínicos”.

Más bien, vivían en zonas donde el acceso a la comida saludable como la verdura era fácil y sencillo, iban caminando a todas partes, charlaban todos los días con sus vecinos, amigos y familiares, limpiaban ellos mismos sus hogares y cada 20 minutos hacían un poco de ejercicio físico, como agacharse para recoger una fruta a caminar a casa del vecino.

La clase de actividad que resulta muy difícil de integrar en el día a día de un urbanita pero que en esta clase de entornos rurales sigue siendo una costumbre inconsciente.

Zonas azules lugares del mundo donde se vive más de 100 años

La espiritualidad y el contacto con la naturaleza pueden ayudar a aumentar la longevidad. Foto: Shutterstock

Los alquimistas dedicaron buena parte de su tiempo a buscar la vida eterna. Según ellos, precursores de la ciencia moderna, podrían llegar a prolongar su existencia de forma infinita y curarse de todas las enfermedades mediante el elixir de la vida. Pero en la actualidad no existe ese santo remedio, que bien podría formar parte de la ciencia ficción.

Sin embargo, lo más parecido a esta búsqueda en la vida real se puede encontrar en las denominadas Zonas Azules. Un término acuñado por primera vez en 2005 por Dan Buettner en la revista National Geographic, para referirse a los lugares donde la esperanza de vida es la más larga del mundo y donde se reducen considerablemente los índices de enfermedades coronarias, de cáncer y de demencia senil.

Estos cinco lugares hacen que sus habitantes sean los más longevos del planeta por múltiples factores. Los más importantes tienen que ver con una dieta basada en alimentos saludables, actividad física diaria, una rutina donde el estrés sea reducido, practicar espiritualidad y estar en contacto con la naturaleza.

Encontrar un lugar en el mundo donde reine la paz y la tolerancia, y donde las tensiones diarias no sean moneda corriente parece tarea casi imposible y, de hecho, suena casi utópico.

No obstante, Buettner y su equipo de trabajo lograron encontrar estas características en cinco lugares del planeta donde curiosamente viven los más longevos del mundo: la isla de Okinawa en Japón, la Península de Nicoya en Costa Rica, la Isla de Icaria en Grecia, Loma Linda en California, Estados Unidos y la montañosa región de Barbagia en Cerdeña, Italia.

Pero, ¿qué tienen en común estos cinco lugares del mundo que parecen, a priori, tan distintos entre sí? O mejor aún, ¿qué características específicas tienen para que la gente sea tan longeva?

Isla de Okinawa, Japón.

Isla de Okinawa, Japón. 

Okinawa, Japón

Japón es uno de los países con la esperanza de vida más larga del mundo. Se estima que hay más de 50 mil centenarios japoneses. Pero la isla de Okinawa, una península ubicada al sur del país, tiene el registro más alto del país. Los ancianos llegan a vivir alrededor de 84 años y las mujeres alcanzan los 90 años. El riesgo de enfermedades cardiovasculares, demencias seniles y Alzheimer es bajísimo en comparación con Estados Unidos, por ejemplo.

Los abuelos se mantienen activos realizando actividad física a diario, conservando las relaciones sociales de por vida y nutriéndose con alimentos propios de la isla. En primera instancia, es fundamental conocer el término Ikigai, como se denomina al propósito de vida, es decir, el motivo o la razón para levantarse todos los días de la cama. 

En segundo lugar, moais: un grupo de amigos que se acompañan durante el resto de la vida, con una idea de propósito en común. Esta tradición okinawense busca que la persona envejezca acompañado de alguien cercano que puede brindar un sostén emocional e incluso financiero. El contacto físico y el apoyo de los amigos es fundamental para el buen desarrollo de la salud mental. 

Por último, el Hara Hachi Bu​ es el mantra que repiten antes de comer. Pero también es una dieta basada en vegetales, pescados y productos de la isla. Además de comer hasta un 80% de tu capacidad, es decir, una reducción calórica autoimpuesta. 

Okinawa

Los viajeros que visitaban la isla se daban cuenta. En Okinawa, una zona rural tradicional de Japón, los habitantes llevan vidas muy largas. No sólo sobrepasan los 80 años con salud, sino que la mayor parte de ellos llegan a los 90 tranquilamente. Algunos más son centenarios. Esta condición alzó la curiosidad turística previo a la pandemia. Hoy, a pesar del COVID-19, la población sigue contando con una longevidad poco común en el mundo.

En el centro del pueblo de Ogimi, un monumento para los ancestros de los pobladores corona un camposanto sagrado. Se le conoce como «Piedra angular de la paz», y es un memorial para las víctimas de batallas pasadas en Okinawa. Se tiene registro de que se perdieron más de 200 mil vidas. A diferencia de los demás pobladores, estas personas murieron de manera precoz. Ahí, la gente vive largamente.

Dan Buettner, corresponsal para National Geographic, describe a esta región al sur de Japón como una ‘zona azul’. Según su reporteo, las personas llevan vidas muy extensas y felices. Incluso a pesar de la crisis sanitaria global, las personas han sabido sobrevivir la precariedad y el aislamiento con tranquilidad:

De acuerdo con la investigación, tres factores fundamentales favorecen este estilo de vida: la dieta, las prácticas sociales y la genética. Cuando estas características encuentran un equilibrio saludable, el resultado se manifiesta en poblaciones longevas que retan los límites de la esperanza de vida.

– Longevidad hereditaria

Okinawa

Los pobladores de Okinawa entienden la comida como medicina. Por esta razón, los lugareños dedican gran parte de su energía vital a cocinar. Los menús locales rebosan de cerdo y alcohol —mucho más que cualquier otra parte de Japón. Para compensar este consumo, sirven cinco porciones diarias de frutas y verduras, acompañadas de algún tipo de pescado local.

La tradición culinaria no está basada en calorías, de acuerdo con Craig Willcox, profesor de salud pública y gerontología en la Universidad Internacional de Okinawa. No sólo esto. El calor tropical y la marea apacible favorecen que las condiciones de vida sean mejores en la isla. A diferencia de otras regiones de Japón, la puntualidad y la exigencia es más laxa. Tanto así, que otras ciudades la conocen como el «tiempo de Okinawa».

Además de este ritmo más tranquilo de vida, la sociedad favorece que las personas mayores se mantengan ocupadas y activas. Es común que las mujeres ancianas se dediquen a tejer y a limpiar hilos típicos.

Okinawa

De esta forma, tienen algo productivo que hacer, que aporta a la economía isleña. Con la edad, a diferencia de otras partes del mundo, las personas se mantienen enfocadas en tener una aportación a la sociedad.

A pesar de los más de 2 mil casos de COVID-19 en Okinawa registrados hasta octubre, las personas han aprendido a adaptar sus estructuras sociales para funcionar en términos de la pandemia. Bajo la política de las ‘tres C’, han conservado el distanciamiento social, evitado los espacios cerrados y anulado las reuniones multitudinarias. Así, los ancianos centenarios persisten en la isla japonesa.

Península Nicoya, Costa Rica.

Península Nicoya, Costa Rica. 

Península de Nicoya, Costa Rica

Este sector del país caribeño parece sobresalido del mapa. Los lugareños no conocen de lujos ni excentricidades, más bien de naturaleza, playas paradisíacas, frutos tropicales y trabajo duro en una zona que mayormente estuvo asilada del resto del país. Los ancianos de Nicoya tienen huesos fuertes y bajas tasas de enfermedades cardíacas. Mantienen una vida social activa, además de trabajar mucho y realizar deporte a diario pero de baja intensidad.

En su dieta podría estar la clave de su longevidad. Muchas frutas tropicales y las llamadas “tres hermanas” de la agricultura mesoamericana: los frijoles, el maíz y la calabaza. Este ciclo agrícola posee una combinación perfecta desde su cultivo hasta su ingesta porque aportan calcio, fibra y antioxidantes al mismo tiempo. 

Pero el optimismo, la fe, la confianza y las relaciones familiares y sociales también son fundamentales para que muchos de los habitantes lleguen a viejos. Tienen poco, la vida cotidiana es dura y es obligación trabajar mucho para poder comer. Pero creen que no necesitan más de lo que tienen para vivir.

Isla de Icaria, Grecia.

Isla de Icaria, Grecia.

Isla de Icaria, Grecia

«Uno de cada tres icariotes llega a los 90 años y tienden a vivir 10 años más que el resto de los habitantes de Europa y América», afirma el Centro Internacional sobre el Envejecimiento. Esta isla mediterránea es paradisíaca: posee un clima agradable, el agua como límite, huertas naturales y siestas a diario. La geografía hace que los desplazamientos requieran de un estado físico apto, por lo que los isleños se ejercitan de forma cotidiana sin notarlo.

Pero al maravilloso ambiente se le suma una alimentación acorde. La dieta habitual de los lugareños es similar a la mediterránea: alimentos básicos como aceite de oliva, vino tinto, pescado, infusiones de hierbas, miel no pasteurizada, garbanzos, guisantes, lentejas y cantidades limitadas de carne, azúcar y productos lácteos. Se benefician con un menor índice de enfermedades cardíacas y una mejor salud mental.

Loma Linda, California.

Loma Linda, California.

Loma Linda, California

La mayoría de las Zonas Azules son islas o penínsulas. Loma Linda no lo es, pero funciona como tal. Este pequeño pueblo, aislado por la falta de contacto con otras costumbres, es el hogar de aproximadamente 9 mil seguidores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Los lugareños le dan una importancia fundamental a la fe y a sus creencias religiosas, y aquí parece estar una de las claves de su longevidad. Suelen vivir hasta diez años más que los otros habitantes de California. Pero también su estilo de vida incluye seguir una dieta vegetariana evitando alimentos «bíblicos».

No consumen cerdo ni carnes rojas, y tampoco pueden fumar, tomar café, ni beber alcohol. Su dieta incluye granos integrales, mucha agua, nueces, verduras, frutas frescas y legumbres. Se cree que la rutina de reunirse con otros seguidores de su iglesia favorece la socialización, alivia el estrés y refuerza el estilo de vida saludable.  

Barbaglia en la isla de Cerdeña, Italia.

Barbaglia en la isla de Cerdeña, Italia.

Barbagia, Cerdeña

«En casi todo el mundo, por cada hombre que llega a los 100 años hay cinco mujeres que alcanzan esa edad, aquí la proporción es de uno a uno» aseguró Dan Buettner, autor del libro The Blue Zones. Queda claro, en este lugar los hombres viven más que en cualquier otro lado. Es que, en esta maravillosa isla italiana muchos han trabajado como pastores o granjeros y en la actualidad se mantienen activos caminando varios kilómetros a diario, el ejercicio físico ayuda a mantener las articulaciones y el sistema cardiovascular joven.

También los mayores son muy respetados y forman parte vital de su comunidad. La expectativa de contribuir a la sociedad los mantiene activos. Un estudio de la Universidad de Cagliari determinó que su involucramiento es más alto que en el resto de las comunas. Son fuente de consulta permanente y ayudan en la transmisión de valores, de la historia y de la tradición local

Pero también la alimentación tiene mucho que ver. En su día a día no puede faltar la leche de cabra (reduce el colesterol y es rica en calcio), la cebada molida, el hinojo (alto en fibra y diurético) y la infusión de cardo mariano (antioxidante y antiinflamatorio). Además consumen berenjenas, tomates y habas, entre otros productos, de sus huertas propias y beben diariamente su vino local (elaborado con uvas Cannonau) que es rico en polifenoles y favorable para la salud del corazón.

Perdasdefogu, con apenas 1.765 residentes, alcanzó un nuevo récord Guinnes

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Vittorio Lai, uno de los habitantes de 100 años del pueblo Perdasdefogu ubicado en el sureste de Cerdeña.

En lo profundo de las montañas de Cerdeña, en una carretera sinuosa frente a un parque infantil abandonado, un cartel da la bienvenida a los visitantes a Perdasdefogu, hogar del “Récord Mundial de Longevidad Familiar”. 

Los retratos en blanco y negro de los arrugados habitantes que han alcanzado los 100 años de edad observan una tranquila calle principal cerca de la “Plaza de la Longevidad”. Los afiches de la campaña prometen el renacimiento de la ciudad a través del “ADN” y la “Longevidad”.

El aislado pueblo, antaño más conocido por una base militar que durante décadas fue una plataforma de lanzamiento de oportunidades económicas y misiles de largo alcance, intenta posicionarse como capital mundial de las vidas de largo alcance.

Destruida, como tantas ciudades italianas, por la pérdida de empleo, la baja natalidad y la huida de los jóvenes, Perdasdefogu está aprovechando su reconocimiento en el Guinness de los Récords como el municipio con “la mayor concentración de centenarios” —actualmente hay siete de ellos en una población de unos 1780— para impulsar un rejuvenecimiento económico.

La esperanza es que los extranjeros reacios a morir, desesperados por conocer los secretos para vivir en perpetuidad, impulsen un auge del turismo. O que los investigadores genéticos, deseosos de estudiar la materia prima de los residentes, inviertan en instalaciones de última generación, y tal vez incluso mejoren el servicio telefónico irregular con la instalación de cables de fibra óptica.

Perdasdefogu está aprovechando su reconocimiento en el Libro de los Récords de Guinness como el municipio con “la mayor concentración de centenarios”.

Pero hay un intruso en el dominio de la veteranía de Perdasdefogu. Seulo, un pueblo más pequeño situado en el corazón de la isla, ha amenazado los grandes planes de Perdasdefogu al reclamar el título, y Perdasdefogu lo quiere fuera de su territorio.

La cafetería de uno de los hermanos Melis, la familia que obtuvo el récord Guinness.

“Ni siquiera vale la pena hablar de ellos”, dijo Salvatore Mura, de 63 años, ingeniero y político local que presentó la solicitud de Perdasdefogu a Guinness. Argumentó que, al no tener 1000 habitantes, Seulo no cumplía los requisitos de Guinness para la clasificación y quedaba fuera de la carrera. “Es una cuestión de matemáticas”.

Mura, acompañado por Giacomo Mameli —un dinámico escritor de 81 años que espera que el nuevo estatus de la ciudad genere publicidad para un festival literario que dirige—, caminaba por la plaza del Juicio Final y un mural de ancianos con chalecos de lana y típicas gorras coppola.

Los dos ofrecieron todo tipo de explicaciones sobre la longevidad de los habitantes del pueblo. Señalaron las numerosas huertas con sus calabacines de gran tamaño; hablaron del pan de papa local que, según insinuaron, fue estudiado por genetistas; y exaltaron las ayudas digestivas naturales, incluido un queso ácido que temblaba como un cubo blancuzco de gelatina.

“Esto”, dijo Mameli, levantando un cuenco, “es un Maalox natural”, en alusión al antiácido.

Annunziata Stori, que cumplirá 100 años en agosto, transformaba sémola en pasta frégula.

Los hombres señalaron los retratos de centenarios junto a la florería —cuyo principal negocio son los funerales— y junto al hostal dirigido por la hermana de Mameli, quien mencionó que en Seulo había una mayor concentración de centenarios. (“Pero no tienen 1000 personas”, respondió mordazmente su hermano. “Qué pena”).

Los hombres se detuvieron en el bar de la familia Melis, que en 2014 ganó el récord Guinness de mayor edad combinada, con más de 800 años entre los nueve hermanos vivos.

Mura dijo que el milagro económico de Perdas, como llaman los lugareños al pueblo, ya había comenzado, con una marca de vino inspirada en los centenarios y un nuevo negocio que promovía la miel endulzada por el aire “que respiraban los ancianos”.

Retratos de habitantes centenarios en un museo de Seulo, en Cerdeña

En su paseo, él y Mameli visitaron a los ancianos del pueblo en las plazas y en sus porches, y repartieron a los miembros del club de centenarios comentarios de longevidad sobre el poder del minestrone local y el aire de la montaña, los garbanzos y el estilo de vida sencillo de Perdasdefogu. Pero los centenarios tendían a salirse del guion.

Mura incitó a Bonino Lai, de 102 años, a hablar de los superalimentos locales. Lai, en cambio, recordó cómo, después de los lanzamientos de misiles desde la base que los fiscales cerraron en su día por verter residuos peligrosos enriquecidos con uranio, él y sus amigos buscaban piezas caídas “y champiñones”.

“¡Eran buenos!”, añadió. “Todo el mundo los buscaba”.

El residente de Perdasdefogu que oficialmente tiene mayor edad, Antonio Brundu, de 104 años, cuyo padre vivió hasta los 103, habló con solemnidad sobre la perseverancia en el sufrimiento, en la casa de su hija en Monserrato.

Cuando Mura intentó que Lai volviera a hablar del trabajo al aire libre, él ensalzó las ventajas de conseguir una sinecura permanente en la municipalidad. “Conocía al alcalde y a los concejales”, dijo. “Pensaban que era un buen tipo”. 

Otros decían que la variedad era la sal, o al menos, el conservante de la vida. “Un día hago esto”, dijo Annunziata Stori, que cumplirá 100 años en agosto, mientras enrollaba a ciegas sémola en pequeñas perlas de pasta frégula. “Otro día espaguetis. Otro día lasaña”.

Fotos de un joven Antonio Brundu, el residente de mayor edad de Perdasdefogu

En lo que todos coincidían era en el orgullo por el nuevo récord de su pueblo.

“Habitante por habitante, somos el número 1”, dijo Antonio Lai, de 100 años (sin parentesco directo con Bonino), que responde al apodo de la Pistola y presumió de que hace tan solo dos años renovó su licencia de manejo. (“Debía de ser una licencia inglesa”, dijo su nieto político, Giampiero Lai. “Conducía por el lado equivocado de la carretera”).

La fama del ránking de Guinness vino acompañada de beneficios a los que Lai no tenía intención de renunciar. “Una mujer de 84 años —una mujer grande— se acercó y me dio un beso”, dijo. Los pocos jóvenes que quedan en el pueblo están menos prendados de ostentar el título más decrépito del planeta.

“Todo está orientado a los viejos”, dijo Alessio Vittorio Lai, de 16 años, tataranieto de la Pistola, mientras echaba monedas en una máquina de cigarrillos una noche. Su amigo Gabriele Pastrello, de 16 años, nieto de Bonino Lai, el entusiasta de los champiñones, estaba de acuerdo. “Aquí no pasa nada”, dijo.

Los habitantes de la ciudad de Seulo se burlan de la pretensión de Perdasdefogu al trono geriátrico. “Así no es como es”, dijo Maria Murgia, de 89 años, a la izquierda, mientras paseaba con su amiga Consuelo Melis, de 30 años.
Credit…

En Seulo tampoco parecía pasar mucho.

El pueblo tenía un cartel de bienvenida similar —“El pueblo de los centenarios”— y también decoraba su calle junto a la ladera con las fotos en blanco y negro de los residentes que habían alcanzado el hito de los 100 años.

Su tienda de turismo ofrecía ejemplares de The Blue Zones Kitchen: 100 Recipes to Live to 100, de Dan Buettner, un autodenominado “explorador” —y poseedor del récord Guinness de distancia en bicicleta—, que ha contribuido a poner en el mapa a Seulo y a otros puntos importantes de la llamada Zona Azul, donde la gente vive mucho tiempo.

Los habitantes de Seulo se burlan de la pretensión de Perdasdefogu al trono geriátrico. “Así no es como es”, dijo Maria Murgia, de 89 años, con velo y vestido negro, mientras paseaba con su amiga Consuelo Melis, de 30 años, que llevaba un sostén deportivo y pantalones de yoga. “Se equivocaron en los cálculos”.

“¡Somos nosotros!”, gritó Giovanni Deiana, de 79 años, que estaba sentado en un banco con sus amigos en un parque infantil, por lo demás vacío, a las afueras de la ciudad; le preocupaba de que su esposa viviera hasta los 106 años, igual que su madre. “¡Nosotros!”.

Igual que Perdas con su base de misiles, Seulo también solía ser conocida por otra cosa. Un mural en la pared de la municipalidad muestra a un joven barbudo de los años 30 con botas de pastor y un título de médico para honrar el antiguo récord del pueblo de tener la mayor densidad de graduados universitarios de Italia.

Plaza de la Longevidad en Perdasdefogu

“Pero entonces se fueron”, dice Enrico Murgia, de 55 años, alcalde de la ciudad. Murgia dijo que los cinco centenarios vivos de la ciudad —con dos más en el horizonte— dieron a Seulo, con solo 790 habitantes, una densidad de superancianos mucho mayor que la de Perdasdefogu. (El sábado murió una, Pietrina Murgia, a los 100 años, con lo que el número se redujo a cuatro).

Ingeniero de formación, dibujó gráficos circulares e hizo ecuaciones para mostrar “la cifra real que nos proyecta como la ciudad con mayor longevidad del mundo”. Cálculos aparte, la distinción de Seulo por su extrema longevidad, dijo, era un “vehículo de mercadeo” y se dirigió al pueblo con un puñado de folletos turísticos (“Descubre el elixir de la larga vida”). Se los entregó a personas que ya viven allí.

Se detuvo en la casa de Anna Mulas, de 100 años, quien, al ser preguntada por el secreto de su notable resistencia, recordó que llevaba sacos de cemento en la cabeza para ayudar a construir su casa. Pero, sobre todo, castigaba a su hija por no ofrecer suficientes caramelos a los invitados. Murgia se acercó al Museo de la Longevidad, que abrirá pronto, pintado con murales de ancianos, y prometió “una actividad turística vivencial”.

Al atardecer, contempló la vista de su pueblo de colores pastel y lamentó cómo los años de una gripe porcina habían matado a miles de cerdos, lo que costó muchos puestos de trabajo y obligó a al menos 200 residentes a mudarse. “Habríamos tenido 1000 personas”, dijo. “Con esos 200, podríamos haberle pegado a Perdas”.

La mano de Anna Mulas, de 100 años, de Seulo

Vittorio Lai, apodado Pistol, fue la última persona de Perdasdefogu en celebrar su centenario, un hombre que pese a su avanzada edad todavía conduce y caza jabalíes. Vittorio celebró su cumpleaños el sábado pasado, pero esta semana se unirá otra centenaria igual o más vivaz que él, Piuccia Lai, quien pese a compartir su apellido no tiene relación de parentesco.

Piuccia, una adorable anciana que vive su vida entre Perdasdefogu y Milán, donde están sus hijos y a donde viaja regularmente, es la décima persona del pueblo de 1.765 habitantes en cumplir 100 años. Cerdeña ha sido identificada como una de las cinco regiones del mundo que tienen altas concentraciones de personas que han eclipsado el hito del siglo. Hay 534 personas en toda la isla que tienen 100 años o más, o 33,6 por cada 100.000 habitantes.

Pero Perdasdefogu, un pueblo escondido en lo alto de las escarpadas montañas del sureste de Cerdeña, al que solo se puede acceder por un camino estrecho y sinuoso, es único en el sentido de que el número de centenarios en un pueblo de su tamaño es 16 veces mayor que el promedio nacional.

“La presencia de 10 centenarios confirma la longevidad excepcional de los habitantes de Perdasdefogu y sube aún más el listón”, dijo Luisa Salaris, profesora de demografía en la Universidad de Cagliari a The Guardian. Perdasdefogu saltó a la fama en 2012 cuando la familia Melis, compuesta por nueve hermanos y hermanas, entró en el Guinness World Records como los hermanos vivos más viejos de la Tierra, con una edad combinada de 818 años.

El ciudadano más longevo de la ciudad hasta la fecha es Consolata Melis, la mayor de los hermanos, que murió en 2015, a los 108 años. Antonio Brundu, que cumple 104 años en marzo, es el residente actual de mayor edad. Vittorio Lai se ganó su apodo después de matar su primer jabalí a la edad de 13 años. “Tomé el rifle de mi padre, el jefe del grupo de caza”, le dijo al diario La Nuova Sardegna en un artículo escrito por el historiador Giacomo Mameli. “En aquellos días, la caza libraba al pueblo del hambre”.

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Vittorio Lai cumplió 100 años el sábado 12 de febrero.

Por lo general, todo el pueblo se reúne para conmemorar el cumpleaños número 100, pero debido a las restricciones del coronavirus, Lai celebró invitando a almorzar a familiares y algunos amigos. Dijo que ha trabajado en “cientos” de trabajos a lo largo de su vida. “Fui pastor, peón, obrero de almacén y cocinero, pero sin saber cocinar”. Su esposa, María, tiene 97 años. “Ella quería ser monja”, dijo Lai. “Entonces dije: ‘Está bien, entonces me convertiré en sacerdote o fraile’”.

Piuccia Lai celebra su cumpleaños el 21 de febrero en Milán, donde se reunirá con el alcalde, Giuseppe Sala. “He vivido el hambre y la guerra, durante el fascismo y la democracia”, dijo, y agregó que había votado como mujer por primera vez el 2 de junio de 1946 y había conocido a 10 papas, aunque nació poco después muerte de Benedicto XV, lo que significa que ha estado viva durante ocho papados.

Varios científicos han estudiado Perdasdefogu, con explicaciones para la longevidad de la ciudad que van desde aire limpio y estilos de vida activos hasta una dieta rica en verduras frescas. Piuccia dijo que nunca se levanta de la mesa con el estómago lleno, come poca carne y bebe poco café.

Para Mameli, la clave es el sentido de comunidad del pueblo. “Es muy unido; hay algunas excepciones, pero todos nos amamos y nos cuidamos”.

Vilcabamba: donde viven los “viejos más viejos del mundo”

Ecuador Vilcabamba Tal der Hundertjährigen

Recorrer la bucólica Vilcabamba, situada a 50 kilómetros al sur de Loja, la ciudad más austral de Ecuador, y a 1.700 metros sobre el nivel del mar, es impregnarse de un entorno armonioso y de una suerte de mimetismo de la gente con el terruño.

Los emblemáticos habitantes del “valle sagrado”, que tras haber sobrepasado un siglo de existencia conservan sus facultades vitales intactas, hacen alarde de fortleza en faenas agrícolas o ganaderas como cualquiera agricultor de 40 o 50 años.

Vilcabamba, tierra cubierta de cañaverales y de diversos árboles frutales, posee un clima primaveral que fluctúa entre los 18 y 22 grados centígrados todo el año. Cobró fama en la década de los setenta, cuando científicos se interesaron en estudiar la razón de que muchos habitantes de esa comunidad vivan más de 100 años.

Estos estudios coinciden en señalar que el clima benigno, su apacible atmósfera, la sana alimentación con frutos de la tierra y, en especial, el agua de los ríos Chamba y Uchima y de los múltiples arroyos, son los secretos de la larga y saludable vida de sus moradores.

El agua de sus vertientes contiene magnesio, hierro y otros minerales, por lo que consumirla propiciaría la quema de grasa y también ayudaría a prevenir el reumatismo.

Ecuador Vilcabamba - Steinalt in Vilcabamba(José Javier Delgado y María Mercedes Retete, habitantes de Vilcabamba-2016).

César Paz-y-Miño, director del Centro de Investigación Genética y Genómica de la Universidad Tecnológica Equinoccial, en Quito, dice que la longevidad está relacionada con una relación armoniosa entre genes y ambiente, que está envuelta en el concepto de EPIGENÉTICA, es decir la influencia de factores externos al material genético.

Paz y Miño agrega que, los “actores principales de la longevidad son los genes. Hoy se conoce que muchos genes, unos 30, podrían estar involucrados en el período de vida.

Enfermedades en las que se produce envejecimiento precoz, como la progeria, el mismo Síndrome de Down o la demencia, han mostrado que tienen genes involucrados en su desarrollo; esto fue el origen del estudio de los genes y su relación con el envejecimiento, es decir hay genes para envejecer.

Asimismo, agregó que «entre estos genes está uno llamado por la ciencia bcat-1, que regula el ritmo del metabolismo de las células y que determina mayor sobrevida. Otros genes que están en las zonas terminales de los cromosomas, llamadas zonas teloméricas, se ha demostrado que juegan papel importante en la longevidad. De hecho estas zonas mantienen su tamaño en los longevos, mientras que en los no longevos disminuyen”.

La gran cantidad de longevos que viven en Vilcabamba ha constituido un imán para la visita de cientos de turistas y peregrinos de distintas partes del mundo, que han llegado con diferentes afecciones, sobre todo cardíacas. No en vano, Vilcabamba ha sido calificada como “Isla de inmunidad para las enfermedades del corazón”, “El país de los Viejos más Viejos del Mundo”, “Isla de Longevidad”, o “Centro mundial de Curiosidad Médica y Periodística”.

Ourense esconde el secreto de una de las comarca más longeva del mundo

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Entre las comarcas rurales de nuestras tierras gallegas se hayan algunos de los lugares más longevos del mundo. Hasta hace poco, la isla japonesa de Okinawa estaba considerada poseedora del secreto de la juventud.

Bañada por las aguas del océano Pacífico, esta isla perteneciente a un archipiélago ha gozado durante años de la mayor esperanza de vida del mundo: por cada 100 000 habitantes, 60 centenarios habitan sus calles, según afirma el economista y profesor de universidad Iñaki Ortega en su libro La revolución de las canas. Parece que ese liderazgo podría cambiar.

En general, España va camino de desbancar al país nipón como el país más longevo del mundo en los próximos años. Según un estudio de la Universidad de Washington publicado en The Lancet en 2018, para 2040, la proyecciones sitúan la esperanza de vida de los españoles en 85,8 años.

Pero, por otra parte, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) proyecta a España como el país más envejecido del mundo para el año 2050, con un 40% de la población por encima de los 65 años.

Y no hace falta viajar al futuro: los centenarios de la pequeña región de Ourense superan a los japoneses. “Hay tasas similares a las niponas, o incluso superiores, en la ciudad gallega de Ourense”, afirma Ortega.

Los ancianos orensanos que soplan las velas con tres cifras sobre su tarta van en aumento desde hace más de un lustro. El pasado año, según cifras de del Instituto Nacional de Estadística (INE), los centenarios en Galicia ascendieron a 1.823, más de 340 en Orense.

Esto se traduce en una tasa de 75 centenarios por cada 100 000 habitantes, según el Instituto Gallego de Estadística. En algunas comarcas, como Tierra de Celanova, las cifras se disparan hasta siete veces la media española: 252 centenarios por cada 100 000 personas.

El secreto de la longevidad se esconde en las comarcas de Lugo y Ourense

– Seis minutos más de vida por cada hora

“En 1919, como recuerda el doctor José Antonio Serra, solo uno de cada 100 llegaba a los 65 años. La longevidad, entendida como el fenómeno en el que una gran mayoría de seres humanos alcanza edades avanzadas con buena salud, es algo muy reciente”, afirma Ortega en su obra. “De hecho, durante 8000 generaciones, la esperanza de vida del mundo se mantuvo constante en la cifra de 31 años”.

Tanto en el interior de nuestras tierras gallegas, como a lo largo y ancho del planeta, el volumen de ancianos aumenta día a día sus cifras y la esperanza de vida se multiplica de forma exponencial desde hace dos siglos. Gracias a este rápido aumento, el tiempo extra que las sociedades avanzadas están ganando a la vida es de seis minutos cada hora, según afirma Ortega en su obra.  

“El crecimiento generalizado de centenarios en buena parte del mundo estaba previsto y no sorprende”, explica David Reher, catedrático de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense.

“En realidad, la construcción de estos supervivientes se basa en el progresivo retraso de ‘la vejez’ en buena parte del mundo. Se trata de un gran triunfo de la modernización que se construye a partes iguales a partir de vidas más sanas, trabajos que castigan el cuerpo menos y una medicina cada vez más sofisticada”.

Algunos expertos afirman que las sociedades superlongevas son una realidad más cercana al presente que al futuro. “Algunos biólogos piensan que pronto se podrá vivir hasta los 150 años, aunque es un debate abierto”, afirma a National Geographic el neurocientífico Juan Lerma.

“El cerebro envejece, todos los que tenemos una edad lo estamos experimentando día a día. Ahora sabemos algunos trucos, como desarrollar buenos hábitos, para retrasar ese envejecimiento y que nos permita vivir con una capacidad cognitiva aceptable durante más años”. ¿Cuáles son las claves de la longevidad en nuestras tierras?

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– El mapa de la longevidad

Hace años, cuando comenzó a aumentar la curiosidad sobre por qué las personas viven más en determinadas zonas del mundo, un mapamundi y un grueso marcador azul fueron el germen de un proyecto que dio la vuelta al mundo: las zonas azules.

Se trata de aquellas áreas del mundo – cinco, hasta el momento-, donde las personas superan por décadas enteras la esperanza de vida a nivel mundial y donde, además, las enfermedades asociadas a edades avanzadas, como la demencia o el cáncer, son muy inferiores a la media.

La identificación de las tierras donde se esconde el secreto de la longevidad surgió cuando Michel Poulain y Gianni Pes, un astrofísico  y un gerontólogo, se dispusieron a marcar en el mapa los lugares donde más centenarios encontraban. Según iban trazando un círculo azul alrededor de los pueblos más longevos, se encontraron con que el mapa se iba tiñendo de azul en una zona concreta: la isla de Cerdeña.

Cuando el periodista Dann Buettner escuchó acerca de este descubrimiento, su curiosidad le llevó a embarcarse en una nueva aventura: averiguar si los factores que hacían de aquel lugar una zona azul se repetían en otros lugares.

Así, respaldado por National Geographic y la Sociedad de Gerontología de Norteamérica, Buettner encontró otras cuatro zonas: La isla de Okinawa en Japón, la Península de Nicoya en Costa Rica, la Isla de Icaria en Grecia y Loma Linda en California.

Aquel descubrimiento fue la portada del número de National Geographic de noviembre de 2005: Los secretos para vivir más. Sin embargo, una isla en el Mediterráneo parece poco emparentada a primera vista con el Caribe u Oriente.

Aunque los estudios sobre Ourense aún son escasos y todavía no tiene la denominación de Zona Azul, se encuentra en el punto de mira de los científicos que buscan averiguar cómo llegar al final de nuestro camino de manera tan saludable.

Según las semejanzas encontradas en las investigaciones de Buettner, estas zonas  tienen muchos puntos en común con la vida rural de la ciudad gallega. ¿Cuál es el denominador común de todos estos lugares?

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– Ourense, un paraíso para la salud 

En sus investigaciones, Buettner descubrió que la dieta no es la única clave de la longevidad: también lo son las relaciones sociales, la calidad del sueño, mantenerse activo de manera constante e incluso el sexo. Si nos desplazamos hacia nuestra localidad gallega más longeva, los patrones son los mismos que en las llamadas Zonas Azules.

Tal y como explicaba el periodista en una entrevista sobre los secretos para vivir cien años, en todos aquellos lugares más longevos, las tendencias generales son las mismas: destaca la tranquilidad, la vida activa y la armonía con el entorno.

“Se trata de poblaciones rurales, relativamente pobres, donde no existe obesidad”, afirma Reher. “También suelen ser individuos que viven vidas sencillas, con menos estrés que la mayoría”. A menudo estrechamente relacionadas con el medio rural, estas poblaciones tienen a lo largo de toda su vida una utilidad.

Su papel en la sociedad es útil hasta el final, no como en las ciudades, donde los ancianos pasan a tener un papel únicamente afectivo, pero no productivo, según explica Miguel Ángel Vázquez, presidente de la Sociedad Gallega de Gerontología y Geriatría en el Faro de Vigo.  

Descubre el secreto de la longevidad de los vecinos centenarios de Ourense  - La Noche - COPE

– Vivir más y envejecer mejor: ¿una cuestión de genética?

Al contrario de lo que se pueda pensar en un principio, no se trata solo de una cuestión de genética privilegiada, sino que algunos hábitos pueden mejorar las probabilidades de vivir más años o potenciar esa ventaja natural.

Más allá de lograr vivir más o menos años, para los investigadores destaca especialmente la relación de estos lugares entre sus largas vidas y la salud de su senectud. En aquellas zonas donde destacan los centenarios también llaman la atención sus bajas tasas de enfermedades como arterioesclerosis, cáncer, Alzheimer, etc.

La genética es una pieza clave, pero los expertos afirman que el secreto para llegar a los 100 años se encuentra sin duda en los hábitos de vida. Prueba de ello fue una población de la isla nipona que en 1930 emigró a Brasil y redujo considerablemente su longevidad, según un estudio de la Universidad de Salamanca.  

“No obstante, hay que tener cuidado a la hora de establecer una clara ‘causalidad’ a partir de un grupo tan reducido de la población”, alerta Reher. “En la última década se han localizado las zonas donde hay muchos centenarios, pero sabemos relativamente poco acerca de las causas”.

Hasta el momento, los expertos inclinan la balanza de las causas en estos grupos concretos hacia una alimentación muy sana, basada en productos de la tierra donde abundan las frutas y las verduras, pocas calorías y muchos nutrientes.

Centenarios ourensanos: un laboratorio de la longevidad

– Una vida activa, fuertes lazos y un ikigai

“Mi nombre es Manuel Tato Vilas, nací en Loureiro de Figueroa, provincia de Pontevedra”, explica este centenario a National Geographic como parte del documental Ciencia de la vida: Longevidad. “Tengo 101 años. Hice de todo, fui cantero, carpintero, estuve en la guerra, ¡hasta fui peluquero! Me gusta salir, hay que salir a que te dé el aire y caminar. ¡Caminar es muy bueno!”

Dedicar tiempo a las actividades sociales con la familia y a los amigos y llevar una alimentación ligada a los productos de la tierra con un consumo diario de verduras y frutas parece perfilarse como el pilar de la eterna juventud. 

Además, los centenarios tienen otro punto en común: viven en comunidades pequeñas donde son muy activos, pero sin estrés. Diversos estudios reflejan que es la falta de actividad lo que nos hace más frágiles. Realizan actividad física diaria, constante pero moderada, y su vida tiene un propósito, el llamado ikigai.

La estructura social que representan las familias y comunidades, que constituyen una fuerte red muy cercana en los pueblos, tiene un peso muy importante dentro no solo de vivir más, sino de envejecer mejor.

Los expertos apuntan a que las generaciones de los hijos y los nietos de estos ancianos, que en su mayoría se fueron a las ciudades en busca de un futuro lejos del campo, disminuirán notablemente su salud en sus últimos años de vida respecto a sus abuelos.

Las comarcas de Celanova y O Carballiño son las más longevas

– La ciencia, rumbo a una humanidad centenaria

El INE censa en más de 16.300 los centenarios que viven en nuestro país, donde los hiperlongevos se han multiplicado por 20 en las últimas cinco décadas. Esto convierte a la pequeña región de Ourense en un nicho perfecto para el estudio sobre las causas de la longevidad y la buena salud que acompaña al envejecimiento de nuestra población en las zonas rurales.

Dentro del cóctel de factores que acompañan esta buena salud en los nonagenarios y centenarios, en la comunidad orensana destaca la ausencia de estrés. Sin industria, ni contaminación, los vecinos de Ourense viven tranquilos gracias al campo y al ganado.

El estilo de vida moderno que a menudo nos exigen las ciudades choca frontalmente con muchos de los puntos analizados como claves para la longevidad.

Al preguntar al divulgador científico Manuel Toharia sobre la posibilidad de compatibilizarlo, responde que es posible, “pero hay que empeñarse mucho, porque las trampas nos rodean por doquier: un trabajo estresante, preocupaciones de todo tipo, comida rápida y de mala calidad, a veces en exceso, ocupaciones sedentarias que pretendemos compensar castigando al cuerpo durante el fin de semana, etc.”

La clave, para este experto, está en la actitud. “Sacar una hora al día para andar deprisa o hacer algo de ejercicio físico, adecuado a la edad de cada uno, siempre es posible; pero la pereza del sillón, la tentación de la tele y sus mil y un canales distintos, la comida basura pero muy gustosa… Son tentaciones a menudo inevitables que quizá debiéramos combatir”.

Aunque la ciencia avanza de forma vertiginosa hacia los métodos para revertir el envejecimiento, el debate científico está sobre la mesa.

“Los sistemas biológicos tienen fecha de caducidad, me temo, y aunque se pueda rejuvenecer un órgano, hay que tener en cuenta el organismo en su conjunto, su fisiología, la interrelación de un sistema con otro”, explica Lerma.

“Existen células inmortales, que se han inmortalizado manteniéndose vivas durante más décadas que la vida de una persona, pero están aisladas, no integradas en un órgano”.

No sabemos cómo van a ser las sociedades del futuro pero, tanto en Ourense como en el mundo entero, perfilan uno de los mayores retos demográficos a los que se enfrenta la humanidad.

“Cuanto más se retrase la pérdida de salud, más centenarios habrá, sin duda alguna. Se trata de un proceso de cambio ya en marcha desde hace muchas décadas y no sabemos si, o cuándo, terminará, si es que termina”, concluye Reher.

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Eustaquio Pérez: «Yo mando en mi cuerpo. Nadie decide por mí»

EUSTAQUIO PÉREZ / 99 años, Quintela de Leirado: «Yo gozo. ¿Qué mejor vida que esta? No tengo miedo a la muerte. Estos años son un regalo de Dios. Nunca dejé de trabajar desde los 8 años, que cargaba fardos y cruzaba la raya con Portugal. Iba al contrabando, como todos: cobre, bacalao…

Nunca drogas ni vicios. Luego emigré a Guinea. Mi mujer también está bien. Yo llevo los corderos al monte y me ocupo de la huerta. Las tierras son mías. Nunca pedí una subvención. Y los vecinos tampoco. La carretera la hicimos entre todos. El Gobierno no dio nada. Voy al médico lo menos posible. No iría nunca…

Me dolía una muela y, tras mucho padecer, fui a la dentista. Me dijo que tenía dos mal, que me sacaría una ahora y otra en una semana. Y le dije que no. Sáqueme las dos. Y las dos me sacó. Yo mando en mi cuerpo. Nadie decide por mí».

«No tengo pereza. Me gusta caminar rápido. Raro es que ponga la calefacción. Y más raro que vaya al médico. Como de todo y me bebo un vaso de vino con la comida. Mi mujer me hace un caldo con las verduras de mi huerto.

Luego veo una película del Oeste. Y por la noche me acuesto temprano. Tengo la cabeza clara y llevo las cuentas de casa. ¿Preocupaciones? ¡Yo disfruto de la vida!»,añade este vecino de Quintela de Leirado, en la comarca de Tierra de Celanova, la más longeva de Ourense, que es la segunda provincia más envejecida de España, tras Zamora, y una de las que tienen mayor porcentaje de jubilados de Europa, tras Pinhal (Portugal) y Evrytania (Grecia).

En Ourense, con una población de 306.000 habitantes, la edad media supera los 50 años; el 33 por ciento tiene más de 65 y el 7 por ciento ya sopló las 85 velas y vive, por así decirlo, años de propina, pues ha sobrepasado la esperanza de vida de los españoles (83,3).

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César Iglesias: «El otro día renové el carné de conducir sin problema»

CÉSAR IGLESIAS / 90 años, A Conchada: «Soy jubilado de Campsa. Tenemos un piso en Ourense, mi mujer y yo, pero preferimos estar aquí, en el campo. Esta es la casa donde me crie. Solo bajamos a la ciudad a por suministros. El otro día fui a que me renovaran el carné de conducir. Sin problema.

Somos los únicos que vivimos aquí todo el año. De vez en cuando pasa un ciclista y le damos agua y charlamos. En vacaciones sí que hay vecinos. Cuido del bosque. Tengo mucho que podar. Siempre llevo una azada.

O una hoz, para cortar zarzas. Cuando yo falte, lo van a sentir los caminos. También tengo mis patatas y mis lechugas. ¡Y mis cepas! Hago mi propio vino».

El Padrón Continuo del Instituto Nacional de Estadística contabiliza 16.387 centenarios en nuestro país, que vive una auténtica eclosión de hiperlongevos, pues su número se ha multiplicado por 20 en democracia. Y es una tendencia imparable.

Según la Universidad de Washington, España será el país más longevo del mundo en 2040, superando a Japón y Suiza; y otras proyecciones apuntan a que el número de centenarios españoles podría sobrepasar los 220.000 en 2066.

Esto convierte a Ourense en un laboratorio demográfico de primer orden, y prácticamente virgen, porque apenas ha dado tiempo a estudiarlo.

De hecho, Ourense ni siquiera tiene la consideración de ‘zona azul’, como se conoce a las regiones del mundo más longevas: la mencionada Okinawa, Sardinia (Italia), Loma Linda (Estados Unidos), Icaria (Grecia) y Nicoya (Costa Rica).

En el caso de Ourense no se puede obviar el despoblamiento acelerado de la España vaciada, y que también afecta a otras provincias envejecidas, como Soria, Zamora o Lugo. Pero tampoco se puede negar que la larga vida de los abuelos orensanos tiene su propia idiosincrasia. Y merece un análisis detenido.

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Cándida Conde

CÁNDIDA CONDE /83 años, Palmés: «Atiendo el bar y la tienda cuando no están mis hijos y así tengo la cabeza entretenida. Estoy porque quiero, nadie me obliga. Hago licor café como se hacía hace cien años. Todo natural. Hablo con unos y otros. Necesito hacer cosas, moverme.

Si te jubilas y te quedas en casa sin hacer nada, te estancas y al final caes enferma. Como de todo sin abusar. Yo solo pido que la ‘cabeciña’ valga».

«Cien años es un número redondo, capta nuestra atención, pero no es el dato más importante, ni mucho menos», señala Miguel Ángel Vázquez, médico geriatra, investigador de la longevidad y presidente de la Sociedad Gallega de Gerontología y Geriatría.

«Hay muchísimos nonagenarios en Galicia. Gente que ha sobrepasado con creces la esperanza de vida al nacer. Y que está en muy buenas condiciones, tanto físicas como mentales y anímicas. Eso es lo que resulta asombroso en el caso de Ourense, en concreto del interior rural, más allá de que son comarcas que han sufrido la emigración de los jóvenes.

Son ancianos que ves subidos a un tractor, manejando una desbrozadora de motor en su finca, caminando por el monte, atendiendo a sus vacas o detrás de un mostrador… No están postrados. Cumplen muchos años; pero no es la cantidad, sino la calidad de esos años lo que marca la diferencia», explica Vázquez.

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Pepe Quintas con su mujer Josefa

PEPE QUINTAS / 84 años, con su mujer, Josefa, Soutelo: «Soy agricultor. Me diagnosticaron párkinson hace unos años. Me tiemblan las manos y dormía mal de la preocupación. Pero el hijo de unos vecinos, que es agente forestal, me enseñó a hacer ejercicios de respiración y a relajarme dándome baños de bosque, como hacen los japoneses.

Shinrin-yoku lo llaman. Te mejora incluso la tensión. Todos los días salgo a caminar, recojo trozos de madera para hacer cucharas, arados… Y así, cuando no puedo dormir, pienso en las herramientas que voy a fabricar con la madera que recogí», cuenta Pepe.

«Tenemos unos vecinos, un matrimonio joven: él es bombero y ella, enfermera. Tienen dos niños pequeños y nos los dejan cuando se van a trabajar. Les hago caldo, duermen la siesta…», dice Josefa.

– El minifundio: parte de la explicación

Este fenómeno tiene un nombre científico: compresión de la morbilidad. Básicamente, consiste en que se va demorando la pérdida de autonomía hasta edades muy avanzadas. «Esta gente vive muy pocos años ‘malos’ en comparación con el resto de población anciana. Es un círculo virtuoso. Si llevas una vida saludable, activa, vives mejor más años.

A veces es una cuestión de mentalidad, de ‘creérselo’… Si tengo 87 y me dicen que puedo llegar a los 100, hago cosas. Me planteo que igual tengo que pintar la cocina, o cambiar de coche, o echarme novia», comenta el geriatra.

¿Cuál es el secreto? ¿Genes, buena alimentación, un estilo de vida tradicional? «Un poco de todo, porque detrás de la longevidad hay un cóctel de factores. Pero una de las características del medio rural orensano es la ausencia de estrés. Tiene su explicación. Hay mucho minifundio. Heredaba el primogénito o la primogénita porque, si se repartía entre los hijos, no daba para vivir.

El que se quedaba tenía la supervivencia garantizada. Eso disminuye el nivel de estrés. Los demás emigraban y se buscaban la vida. Hay orensanos por todo el mundo…

Además, la tierra hay que trabajarla. Y la que más ha trabajado desde siempre es la mujer, que lo hacía en el campo y llevaba la casa. El hombre se iba al bar cuando se ponía el sol a echar la partida. Resultado: la mujer vive más, cuatro años de media», expone Vázquez.

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Pilar Nóvoa

PILAR NÓVOA / 82 años, A Conchada: «Llevo un diario y hago versos y canciones. Quería ser maestra, pero no pude estudiar. Sé de las cosas del campo. Los pueblos se quedaron sin gente. Y como no hay sembrados tampoco hay pájaros. Mi marido echa arroz en los caminos para ellos.

Nos trajimos tres gorriones de otro pueblo. Y a los pocos días vinieron diez, porque les pusimos de comer. Criaron en los hórreos. Cuidamos de todo, hasta de las arañas. Vi una entre las cerezas, con un dibujo que parecía una flor de lis, y la puse en un rosal.

Y estuvo con nosotros toda la temporada. Tenemos una estufa, pero nos gusta ver arder el fuego en la chimenea. Un piso es una jaula».

– El clima y la solidaridad de la gente

José Antonio Pérez es alcalde de Quintela de Leirado, uno de los diez ayuntamientos que componen la comarca de Tierra de Celanova. Lleva como regidor desde 1976. «Tengo mi casa a cincuenta metros del Consistorio. Si no estoy en el despacho, los vecinos saben dónde encontrarme». Tiene 72 años, pero no piensa en jubilarse.

«Aquí nunca hubo industria, para bien y para mal, así que tampoco hay contaminación. Quizá por eso se vive tanto. Los vecinos tienen sus huertos, su ganado… Y el clima es bueno. Más suave que en la capital. Apenas hay nieblas. Y por la orografía tenemos muchas horas de sol. Vemos los primeros rayos en el horizonte y los últimos. La luz marca la jornada.

En fin, la gente es solidaria. Todos los vecinos contribuyeron para hacer la carretera. Y acabamos de poner fibra óptica. Se vive bien. No es una vida cómoda, hay que hacer muchas cosas y no da tiempo a acomodarse, pero es tranquila», cuenta.

«La provincia de Ourense es un ejemplo de desertificación», comenta Xosé Santos, miembro de la asociación Amigos da Terra y buen conocedor del medio rural. «En los últimos 30 años se ha pasado de un 40 por ciento de población en los pueblos y aldeas a solo un 6 por ciento.

En Soutelo, el pueblo de mis padres, hay tres vecinos en invierno. El panadero va allí y vende una barra de pan, 80 céntimos, dos a lo sumo. ¿Le resulta rentable? No, pero mi madre le regala unas berzas, charla con unos y otros, comprueba que están bien. Hace un papel social imprescindible. Y la estructura social es un factor determinante en la longevidad», asegura.

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Isaac Pérez y Camila Pinto

ISAAC PÉREZ Y CAMILA PINTO / 88 y 82 años, A Bola: «Venimos los jueves al mercado de Celanova a vender los productos de nuestra huerta. Ya nos cuesta, porque la edad pesa, pero no nos llegan las pensiones. Y es una ayuda que tenemos. Y también es verdad que así la cabeza está ocupada pensando lo que vas a llevar para la venta.

Y, como conocemos a la clientela, con todos hablamos. Vendemos berzas, cebollas… Lo que va siendo de temporada», cuenta Camila. «Tuve un ictus y me pasé unos años sin decir ni una palabra. Pero recuperé el habla y aquí estoy», añade Isaac.

– La clave: envejecer bien

«La comunidad, entendida como la suma del clan familiar y los vecinos, presta apoyo y llega donde no llegan los servicios sociales. Pero se está perdiendo, se ha perdido ya en gran medida. Y dudo que los hijos y los nietos de esta generación tan longeva, y que se han marchado a la ciudad, vayan a vivir tantos años buenos, activos, a pesar de los avances en medicina o en alimentación.

Puede que vivan más, ¿pero envejecerán igual de bien? –se pregunta Santos–. Estamos hablando de gente que ha comido toda su vida los alimentos que ellos mismos producen; que sigue haciendo mantequilla con la leche que da su vaca, a la que alimenta dos veces al día con un pote caliente de verduras que no es muy diferente al que comen ellos mismos.

Han bebido el agua de los manantiales, han respirado el aire de los montes, no han dejado nunca de trabajar y, cuando han enfermado, la comunidad los ha cuidado.

Creo que estamos ante una excepcionalidad demográfica que se perderá cuando esta generación se extinga. Desde luego, tenemos mucho que aprender de ellos. Porque son los ‘últimos mohicanos’ de una manera de vivir en armonía con el entorno.

nuestras charlas nocturnas.

 

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