– Reliquias Medievales …

el hueso del dedo de San Nicolás está incluido en una lista de reliquias medievales de Battle Abbey.
Araba Alaba/endrinas.wordpress.com/National Geographic/Infobae(G.DiFazio)/Ancient Origins(E.Whelan) — La palabra RELIQUIA procede del latín reliquiae y quiere decir literalmente: lo que queda atrás. La voluntad de recordar a los que habían entregado su vida por la Fe propició desde muy temprano la aparición de prácticas devocionales ligadas a restos corporales humanos que eran tenidos como intermediarios ante la divinidad.
Las reliquias son consideradas la presencia materializada de lo sagrado y quieren ofrecer testimonio de las personas santas y de su hipotético poder sobre el mundo de los vivos.
La aparición del culto a los mártires en los inicios del cristianismo —generalizado a partir del siglo IV— fue un fenómeno contradictorio: el hecho de recoger sus huesos y pertenencias se identificaba con los usos heredados del paganismo.
Pero con el paso de los siglos, al mismo tiempo que el cristianismo se extendía por Europa, se fue normalizando la presencia de reliquias en templos y santuarios.
En la Edad Media temprana se sistematizó la tendencia ya existente de fragmentar los cuerpos de las personas santas y dispersarlos entre las comunidades de fieles, algo que para muchos era difícil de conciliar con la idea de la Resurrección.

Se presume relacionada con las 11.000 Vírgenes de Santa Ursula, ambas tradiciones martirológicas que se presentan muy unidas (por ser ambas un filón inagotable de huesos, entre otras cosas). Estas cabezas están cubiertas por ricas telas bordadas con hilos
Si ya en época medieval era evidente que las reliquias suponían una extraordinaria forma de capital simbólico, en la Edad Moderna su poder se ve incrementado por el propio impulso de los creyentes –reyes, nobles, clérigos o vasallos– desde una mirada no solo devocional, sino también social y política. La posesión y el control de lo sagrado —a través del comercio, la circulación y la transmisión— aumentaban el prestigio de las casas monásticas y de las iglesias, fortalecían a las dinastías inseguras incrementando los tesoros reales, renovaban la hegemonía de los nobles y despertaban el sentimiento religioso del pueblo llano.
En el siglo XVI, las ideas reformistas cuestionaron duramente la veneración de las reliquias tachándola de superstición e irracionalidad vergonzosa. Ello provocó la respuesta de la Iglesia Católica, que acometió el rescate y traslado de muchas reliquias desde los templos del norte de Europa a España o Italia, temiendo su destrucción por los protestantes.
Era una época convulsa que pretendía compaginar el mantenimiento de la tradición y la Fe con el avance de las ciencias, y en la que nobles y plebeyos, ricos y pobres, hombres y mujeres, se sentían irresistiblemente atraídos por las colecciones de reliquias que se podían encontrar en iglesias, monasterios o palacios.
El afán de poseerlas dio lugar a un desmedido comercio y a la producción de gran número de falsificaciones a partir de huesos recuperados de lugares como las catacumbas romanas, descubiertas por aquel entonces.

Dado que el cuerpo de las personas santas era considerado un signo de su alma perfecta, era lógico que sus restos se envolvieran en materiales preciosos que reforzaran su identidad y apuntaran a su presumible disfrute de la morada celestial.
La visión de los huesos no era un requisito imprescindible para experimentar la materia sagrada; de hecho, los relicarios de madera, metales preciosos o ricos tejidos encubren la pudrición de la carne y exponen la reliquia como algo resistente a la descomposición.

Un sello de lacre igual que el que tienen nuestros huesos; a falta de una «auténtica» (el documento oficial que certifica el origen y la «autenticidad» de los huesos) las reliquias de Martioda
El énfasis en el papel de los santos estuvo estrechamente relacionado con el uso de reliquias, el cual aumentó de manera considerable en la Alta Edad Media.
Las reliquias solían ser huesos de santos, u objetos íntimamente vinculados con ellos, y a los que el creyente consideraba dignos de veneración.
Un monje inglés del siglo XII comenzó esta descripción de las reliquias de la abadía diciendo: «Aquí se conserva una cosa más preciosa que el oro.., el brazo derecho de san Osvaldo… Lo hemos visto con nuestros propios ojos y lo hemos besado, y lo sostuvimos en nuestras propias manos… También aquí se conservan parte de sus costillas y un pedazo del suelo donde cayó»
El monje seguía enumerando las reliquias adicionales que tenía la abadía, las cuales incluían dos fragmentos del sudario de Cristo, trozos del pesebre de Jesús y una parte de las cinco hogazas de pan que Jesús utilizó para alimentar a cinco mil personas.
En vista de que la beatitud de los santos se consideraba que estaba presente en sus reliquias, se creía que estos objetos eran capaces de curar a las personas o de hacer otros milagros.
En la Alta Edad Media se convirtió en práctica común de la iglesia asignar indulgencias a estas reliquias. Las indulgencias aminoraban el tiempo pasado en el purgatorio. Se creía que el purgatorio era un lugar de penitencia en que el alma de los difuntos podía purificarse antes de ir al cielo.
Los seres vivos podían aminorar este sufrimiento mediante misas y oraciones ofrecidas en nombre del difunto y, por supuesto, mediante las indulgencias. Estas se recibían a cambio de limosnas caritativas y por venerar las reliquias de los santos.

La piedra de San Esteban
La iglesia especificó los años y días de cada indulgencia, lo que permitía que las almas pasaran menos tiempo en el purgatorio.
Los cristianos medievales creían que la peregrinación a un santo lugar era de particular beneficio espiritual. El más importante lugar sagrado, pero el más difícil de alcanzar, era la Ciudad Santa de Jerusalén.
En el continente europeo, dos centros de peregrinaje eran populares en la Alta Edad Media: Roma —donde estaban depositadas las reliquias de San Pedro y San Pablo—y la ciudad española de Santiago de Compostela, donde se suponía que estaba la tumba del apóstol Santiago.
Atracciones locales, como los lugares santos consagrados a la bienaventurada Virgen María, también se convirtieron en centros de peregrinaje.
Algunas de las reliquias fueron: las piedras con las que se lapidó a San Esteban; la esponja con la que Santa Práxedes recogía sangre de los mártires; las flechas que mataron a San Sebastián; la sandalia del pie derecho del apóstol San Pedro y eslabones de la cadena que soportó en su prisión; plumas de las alas del arcángel Gabriel; el suspiro de San José metido en una botella; más de media docena de ejemplares del Santo Grial; una campana de cobre fundida con una de las 30 monedas de Judas Iscariote; espinas de la corona que llevó Jesús; la lanza que atravesó el costado de Cristo; santo sudario y astillas de la vera cruz …
En esta primera etapa de la Alta Edad Media abundan ya los costosísimos lignum crucis en forma de cruz o estaurotecas, recamadas de pedrería. Para las reliquias de los santos, cuando eran pequeñas, las formas preferidas eran: cajitas, arquetas, encolpios, cápsulas, vasos, anillos, etc.
Cuando se trataba de reliquias grandes y cuerpos enteros, lo mismo que para las traslaciones, se utilizaban relicarios. en forma de sarcófagos o urnas sepulcrales. En la Baja Edad Media, coincidiendo con el transporte masivo de reliquias desde Oriente, promovido por las Cruzadas, se sucede una nueva etapa de esplendor en la historia de los relicarios.
Lanza de Longinos
Se generaliza entonces el uso de bolsas de tejido para llevar reliquias privadas. Las formas se complican y enriquecen; se hacen a manera de tableros, dípticos, trípticos, pequeñas iglesias finamente labradas, píxides, fanales…; los más característicos son, sin embargo, los de forma de busto y los que adoptan el contorno de la reliquia en cuestión: cabeza, torso, corazón, brazo, mano, pierna o pie del respectivo santo.
A fines de la Edad Media abundan los relicarios, en forma de templete apiramidado sobre peana, de tipo gótico, con sus repisas, gabletes, pináculos y crestería.
Las reliquias: fe y negocio en la Edad Media
El culto de las reliquias ha sido uno de los elementos más característicos y llamativos del cristianismo desde sus orígenes.
El culto a las reliquias se popularizó inmensamente durante la Edad Media; las gentes esperaban de ellas efectos casi mágicos y no dudaban en peregrinar cientos de kilómetros para alcanzar las más preciadas, las de los apóstoles Pedro y Pablo y otros incontables santos que había en Roma, o la de Santiago en Compostela.
Esta práctica religiosa evolucionó a lo largo del tiempo, como muestra una conocida anécdota de fines del siglo VI. La emperatriz Constantina, hija del emperador Tiberio II y esposa del también emperador Mauricio, pidió al papa Gregorio Magno que le enviase la cabeza o alguna otra parte del cuerpo del apóstol san Pablo para colocarla en la capilla que estaba construyendo en su palacio de Constantinopla.
Relicario de Tomás Becket, asesinado en 1170 por unos lacayos del rey inglés Enrique II y canonizado en 1173. Sus restos se guardan en este relicario, de la catedral de Santa María, en Agnani.
Pedazos de esqueleto
En su respuesta, el papa le ofreció limaduras de las cadenas que había llevado el mismo san Pablo en su cautiverio y le explicó así la negativa a entregarle la cabeza: «Conozca, mi más serena señora, que la costumbre de los romanos no es, ante las reliquias de los santos, tocar su cuerpo, sino poner un brandeum [una prenda] en una caja cercana al sagrado cuerpo del santo».
El episodio ilustra la idea de que en la Cristiandad occidental, en los primeros siglos de la Edad Media, los sepulcros de los santos no solían ser violados, al contrario de lo que ocurría en Bizancio.
Sin embargo, la realidad contradecía las palabras de Gregorio: cuerpos enteros, y también pedazos de ellos, circulaban por doquier, junto con objetos diversos que en algún momento habían estado en contacto con Jesucristo, la Virgen, los apóstoles u otros santos.
Paños introducidos en sepulcros, ropas, instrumentos de martirio y tierra del Coliseo –lugar donde se había dado muerte a muchos mártires– salían de Roma en manos de emisarios, peregrinos y mercaderes.
El propio Gregorio Magno había regalado al monarca visigodo Recaredo el cáliz de la Última Cena, hallado en la tumba de san Lorenzo.
En la Alta Edad Media, las catacumbas romanas dieron abundante material a los coleccionistas de reliquias. En el siglo IX, el diácono Deusdona creó una asociación destinada a su venta y comenzó a exportarlas fuera de Italia.

Urna con las reliquias de San Severino en la iglesia que lleva su nombre en París
El mercado fue creciendo, pero la materia prima comenzó a escasear. Así, si al principio el interés se centraba en objetos relacionados con Cristo, los apóstoles o los mártires, luego se extendió a los restos de otros santos, obispos, abades e incluso de reyes y aristócratas que habían mostrado en vida alguna relación con la causa religiosa. En ocasiones el tráfico se aceleraba.
Durante la cuarta cruzada, el expolio de los templos de Constantinopla procuró, según decía Roberto de Clarí en 1204, entre otras cosas, «dos fragmentos de la Vera Cruz, tan gruesos como la pierna de un hombre y tan largos como una media toesa. Y se encontró también el hierro de la lanza con la que fue herido el costado de Nuestro Señor y los dos clavos con que clavaron sus manos y sus pies. Y se encontró también la túnica que había llevado y de la que fue despojado cuando lo llevaron al Calvario. Y se encontró también la corona bendita con la que fue coronado, que era de juncos marinos, tan puntiagudos como hierros de leznas. Y se encontró también el vestido de Nuestra Señora y la cabeza de monseñor san Juan Bautista, y tantas otras reliquias que no podría describirlas».
El mercado de las reliquias
Existía un auténtico ránking de reliquias en función de su valor. Las más apreciadas eran las relacionadas con la vida de Cristo, las reliquias de los apóstoles y los restos de los santos más venerados. Los cuerpos enteros, las cabezas, los brazos, las tibias y los órganos vitales tenían más importancia que otros restos humanos, y su antigüedad incrementaba su valor.
Los lugares con menos santos, y con menos poder económico o político, contaban con objetos de menor relevancia.
Con huesos, dientes, pieles, astillas y retales se consagraban altares, se encabezaban procesiones y se elaboraban relicarios. Los clérigos los compraban, incentivados por decretos conciliares en los que se instaba a poseer reliquias para consagrar con ellas los altares.
Los laicos también las adquirían, para tenerlas en sus casas, llevarlas en sus bolsas o colgarlas del cuello. Se entendía que las reliquias ponían en contacto con la divinidad y a muchas se les atribuían poderes sanatorios, e incluso milagrosos.

Reliquias de San Valentín, en la iglesia de San Anton en Madrid
La demanda incentivó el comercio; muchas reliquias pasaban de un lugar a otro, algunas se fragmentaban para atender todas las peticiones, otras se duplicaban, esto es, se falsificaban.
Así se explica que de la más importante de las reliquias de la Cristiandad, la Vera Cruz o lignum crucis –hallada por Elena, madre de Constantino, y siglos más tarde portada por los templarios en las batallas–, se venerasen tantos fragmentos que, según se dice, con ellos podrían haberse compuesto varias cruces.
Otros santos distribuían por sí mismos sus restos, sin necesidad de portadores. Una imaginativa leyenda cuenta cómo en Arlés, al sur de Francia, se conservaba una columna de mármol muy alta, construida justo detrás de una iglesia y teñida de púrpura: era la sangre de san Ginés, un actor convertido al cristianismo en el siglo III al que la «chusma infiel» ató a la columna y degolló.
La historia añadía que, «tras ser degollado, el santo en persona tomó su propia cabeza en las manos y la arrojó al Ródano, y su cuerpo fue transportado por el río hasta la basílica de san Honorato, en la que yace con todos los honores.
Su cabeza, en cambio, flotando por el Ródano y el mar, llegó guiada por los ángeles a la ciudad española de Cartagena, donde en la actualidad descansa gloriosamente y obra numerosos milagros».
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El pie de Santa María Magdalena que se venera en Roma y el relicario con el Cráneo de Santa María Magdalena que se venera en Francia
¿Dos cabezas del Bautista?
Para evitar los frecuentes fraudes que ideaban los mercaderes era posible poner a prueba las reliquias: si no obraban un milagro se consideraba que eran falsas.
Además, debían ser aceptadas como tales por la Iglesia, pues de lo contrario venerarlas se castigaba con el Purgatorio.
Sin embargo, había reliquias improbables, como el prepucio de Jesucristo, la leche de la Virgen o el cordón umbilical de la misma María, por ejemplo, o bien una pluma del Espíritu Santo, que se conserva en Oviedo, las monedas por las que se vendió Judas, distribuidas en diversos lugares, o el suspiro de san José, que se custodiaba en Blois y hoy se guarda en el Vaticano.
Estos y otros objetos creaban polémicas a menudo. Guiberto de Nogent, un escéptico monje benedictino que vivió entre los siglos XII y XIII, creía imposible que el diente conservado en Saint-Medard fuese de Cristo, pues era dogma de fe que su cuerpo había resucitado; y señalaba el absurdo de que hubiese dos cabezas de san Juan Bautista, una en Saint-Jean-d’Angely y otra en Constantinopla, obviando o ignorando que, en realidad, había varias.
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Reliquias de Jesús: Columna de la Flagelación. Basílica de Santa Práxedes. Roma. Maderas de la cuna de Jesús en Santa María Mayor. Roma. Corona de Espinas. Notre Dame. Francia Huellas de Jesús. Capilla del Quo Vadis, Roma
El fenómeno de las reliquias religiosas es mucho más complejo de lo que parece. Observarlo exclusivamente bajo una óptica moderna y con esquemas mentales del siglo XXI sería, al menos, poco serio.
En estos tiempos hemos juzgado sin piedad hechos acaecidos en la historia lejana con los parámetros de nuestra sociedad tecnológica, cientificista y superada. Miramos al pasado con una visión de supremacía intelectual y técnica que muchas veces menosprecia las creencias y la fe de nuestros antepasados.
Olvidamos que sin ellos, sus filosofías, creencias, aciertos y errores, nosotros no estaríamos acá. Por más descubrimientos y avances increíbles que la humanidad hoy crea tener, mañana será juzgada a la luz de una forma de pensar que superará a la actual. Ese juicio se realizará y el veredicto para con este periodo de nuestra actualidad no será muy condescendiente y comprensivo. No lo duden.
Algunas reliquias han sido conservadas hasta el día de hoy. Otras, en cambio; retiradas de la veneración pública por obvios motivos. Si, por ejemplo, nos detenemos en los objetos del nacimiento de Jesús y de sus progenitores, hubo y hay muchas reliquias y en varios lugares.
Repasemos algunas: los “Pañales del Niño Jesús”, las “Sacras Pajas u Heno del portal de Belén”, las «maderas de la cuna del Señor” -veneradas en un bellísimo relicario debajo del Altar de Santa María Mayor de Roma-, el “Santo Prepucio” -muy venerado en Italia-, el “Sacro Ombligo”, el “Bendito Cordón Umbilical de Jesús”. Gotas de la leche de Santa María la Virgen se conservan en varios lugares, así como imágenes de santos siendo amamantados por la misma Virgen, como “Lactatio Bernardi” o “la Sacra Lactatio”
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Relicario de los Reyes Magos en la Catedral de Colonia, Alemania
De Jesús ya adulto existen varias también.
La “mesa de la Última Cena” tuvo más o menos cuatro ejemplares. Y si hay mesa hay mantel, por lo tanto también existe una reliquia del mismo en la Catedral de Coria, en España. Sin embargo, la historia dice que los judíos no cenaban sobre una mesa sino en el suelo, de ahí la costumbre de lavarse los pies. Fueron los pintores los que comenzaron a pintar “mesas”.
Y ya que estamos con la última cena, del lavatorio de los pies (hecho ocurrido antes de repartir el pan y el vino) se veneraba en España la toalla con la que Jesús secó los pies a los apóstoles.
Cálices (el famoso Santo Grial) por lo menos hay dos: en la Catedral de Valencia y el cáliz de León (o cáliz de doña Urraca). Trozos de la “Vera Cruz” están esparcidos por todo el mundo, y es en la basílica de la “Santa Cruz de Jerusalén”, en Roma, donde se encuentra la mayor cantidad de estas reliquias (no solo de la cruz, sino también del sobrescrito, el famoso “Iesvs Nazarenvs Rex Ivdæorvm” –INRI- y clavos).
Una muy famosa de estas “Lignum Crucis” es la “Santa Cruz de Caravaca” (España) cuyo relicario hoy día es más célebre que la reliquia que contiene.
También están la “Columna de la flagelación” que se venera en Roma en la basílica de Santa Práxedes. La “corona de espinas” adquirida por Luis IX de Francia en 1248, quien mandó construir la Sainte Chapelle como relicario.
Actualmente se conserva esa corona (sin espinas), en la catedral de Notre Dame y fue salvada del fuego que destruyó parte de la misma el 15 de abril de 2019. La mortaja de Jesús es la famosa “Sábana Santa de Turín” o “santa Síndone” y el sudario que cubría su rostro está en Oviedo, España. Clavos de la cruz hay por lo menos más de 20 en diferentes lugares; Monza, Milán, Tréveris, Bamberg, Colle di Val d’Elsa, etc…

Cáliz de la última cena. El de Valencia, izquierda. El de León, derecha. Y el Mantel de la última cena en la Catedral de Coria, Cáceres, España
La lista no se detiene ahí. Luego de su Ascensión a los cielos, el Señor siguió dejando huellas en este mundo… y de manera literal. Están grabadas en el mármol de la Vía Apia, por la cual San Pedro huía de la ciudad de Roma a causa de la persecución.
La historia es así: ya en las afueras de la capital del Imperio, habiendo traspasado los muros de la ciudad, se le aparece Cristo en persona cargando la cruz. Sorprendido Pedro le pregunta la famosa frase: “Domine ¿Quo vadis?” (Señor, ¿a dónde vas?) y Jesús le responde: “Romam vado iterum crucifigi” (Voy hacia Roma para ser crucificado de nuevo).
Avergonzado de su cobardía, Pedro regresa a Roma para afrontar su destino: el martirio. Pero al desaparecer, el Señor deja sus huellas grabadas en el mármol, por supuesto en dirección a Roma. Este hecho fue inmortalizado por una novela del autor polaco Henryk Sienkiewicz (ganador del Nobel de Literatura) y luego Hollywood realizó una película.
En realidad, las famosas huellas que hoy se exhiben en la capilla del “Quo vadis” son copia de las originales, que se encuentran en la Basílica de San Sebastián y son solo un exvoto.
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Relicario de la Túnica de la Virgen en la Catedral de Chartres, Francia
De los santos ligados directamente a la vida de Jesús, como el decapitado Juan el Bautista, hay varias cabezas y muchos dedos, por lo menos ¡veinte! Una de las cabezas se expone en la basílica de San Silvestro in Capite, en Roma; o más bien es el cráneo sin la mandíbula, porque la “Sagrada mandíbula” se halla en la ciudad de Viterbo.
Otra cabeza está en la catedral de Notre-Dame de Amiens, Francia.
Una tercera en la Gran Mezquita de Damasco venerada tanto por cristianos que por musulmanes. Y una más en Bulgaria. Pero parece ser que hay muchas otras “Santas cabezas” del pobre Juan el Bautista dando vueltas.
De los apóstoles, muchos de sus cuerpos descansan en varias iglesias de Roma: San Pedro en el Vaticano y San Pablo en su basílica de “Extramuros”; San Bartolomé en la Isla Tiberina; los Santos Felipe y Santiago el menor en la iglesia de “Santos Apóstoles”, Roma.
Otros se encuentran en distintas regiones de Italia: San Andrés en Amalfi y San Lucas el Evangelista en Padua y así… María Magdalena, la fiel discípula de Jesús, también posee su cuerpo en veneración. Su Pie está en la basílica de San Juan de los Florentinos en Roma y su cabeza en la Basílica de Vézelay, Saint Maximin la Sainte Baume, Francia.
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Cabeza y dedo de Santa Catalina en Siena, Italia
Con San Valentín, el patrono de los enamorados, ocurre algo similar. Pero son tres “valentines” diferentes, todos mártires ejecutados en tiempos del Imperio Romano. Los dos primeros en la segunda mitad del siglo III, el tercero en el S. IV.
Para evitar confusiones, se unificó la fiesta de los tres en un mismo día, el 14 de febrero. Uno fue un médico que se hizo sacerdote, cuyos restos supuestamente están en Madrid; el otro fue Obispo en lo que es la ciudad de Treni, cuyo cuerpo está en dicha ciudad pero su cabeza en Santa María en Cosmedin; Roma; y el tercero fue obispo de Reci y su tumba completa está en Dublín, Irlanda.
Y obviamente, hay tres iglesias que poseen tres cuerpos de tres San Valentín. Por si no bastara, también hay lugares que se adjudican partes de su cuerpo: Lesbos, Praga, Polonia, Francia, etc…
Ya en tiempos más cercanos, podríamos citar el caso de Santa Teresa de Jesús, mística, reformadora y doctora de la Iglesia, la cual fue desmembrada y trozos de su cuerpo esparcidos por el orbe. Lo más notorio es que el dictador español Francisco Franco tenía el brazo de la Santa en exposición para su veneración… en su dormitorio.
O Santa Catalina de Siena, que nació en esa ciudad y falleció en Roma. La propiedad de sus sagrados restos ocasionó una disputa entre ambas localidades, pero el Vaticano hizo algo salomónico: cortó el cuerpo de la santa. Su cabeza y un dedo fueron a Siena y el resto quedó en Roma.
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Relicario de San Valentín en Santa María in Cósmedin, Roma. San Valentín en Dublín, Irlanda. Cuerpo de San Valentín (sin su cabeza) en Terni. Y San Valentín en la Iglesia de San Antón, Madrid
Quienes veneran reliquias suelen ser considerados ingenuos, crédulos, fetichistas y se les suman otros epítetos, muchos de ellos descalificantes.
Sin embargo, es innegable que para un colectivo muy amplio de creyentes de muchas religiones su veneración es un componente importante de su fe y una expresión de ella. Encuentran en estas auxilio espiritual y fuerzas para seguir luchando en los avatares del “terrible cotidiano”.
En cualquier caso, la historia nos muestra que la veneración de las reliquias ha sido siempre un fuerte imán, tanto de la religión como del poder civil. Ciudades y reinos se han construido por poseer alguna reliquia insigne de la vida de Cristo, de la Virgen o los santos.
Con solo ver la Catedral de Colonia, Alemania o la Chartres, en Francia, podemos dar cuenta de esa importancia radical. Fueron construidas como gigantes relicarios para preservar en ellas reliquias sagradas: la de Colonia para custodiar los restos de los Reyes Magos, y la de Chartres la túnica de la Virgen.
No sólo el catolicismo las posee. Para el budismo, por ejemplo, sin duda la más famosa es el diente que se conserva en el “Templo del Diente Sagrado” en Kandy, Sri Lanka, hoy uno de los mayores centros de peregrinación budista en el mundo y declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Para el Islam, entre otros, se veneran pelos de la barba del Profeta Mohammed en varios sitios y uno de ellos se encuentra en la Mezquita Sufí de El Bolsón, Provincia de Rio Negro.
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La Santa Síndone o Santa Sábana de Turín. Italia. Y el Sudario de Oviedo. España
También en el Antiguo Testamento observamos que las reliquias de los profetas eran estimadas. Como leemos en el segundo libro de los Reyes (2 Reyes 13:20-21) “Eliseo murió y lo sepultaron. Ya entrado el año, vinieron bandas armadas de moabitas a la tierra.
Aconteció que estaban unos sepultando a un hombre cuando súbitamente vieron una banda armada; entonces arrojaron el cadáver en el sepulcro de Eliseo. Pero tan pronto tocó el muerto los huesos de Eliseo, revivió y se puso en pie”.
Cristianos católicos y ortodoxos las veneran en gran medida. A tal punto siguen las controversias por las reliquias de los santos en este siglo XXI, que durante el pontificado de San Juan Pablo II, la Congregación para el Culto Divino del Vaticano, en el año 2002, estableció un “Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y Orientaciones”.
En el canon 236 se especifica: “El Concilio Vaticano II recuerda que de acuerdo con la tradición, la Iglesia rinde culto a los santos y venera sus imágenes y sus reliquias auténticas. La expresión “reliquias de los Santos” indica ante todo el cuerpo -o partes notables del mismo- de aquellos que, viviendo ya en la patria celestial, fueron en esta tierra por la santidad heroica de su vida miembros insignes del Cuerpo místico de Cristo y templos vivos del Espíritu Santo (cfr. 1 Cor 3,16; 6,19; 2 Cor 6,16).
En segundo lugar, objetos que pertenecieron a los Santos como utensilios, vestidos, manuscritos y objetos que han estado en contacto con sus cuerpos o con sus sepulcros como estampas, telas de lino, y también imágenes, son veneradas.”
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El brazo de Santa Teresa de Jesús. El dictador español Francisco Franco lo tuvo exhibido en su dormitorio
El 5 de diciembre de 2017, el Papa Francisco aprobó la Instrucción sobre “Las reliquias en la Iglesia: autenticidad y conservación” cuyo texto ha sido publicado en L’Osservatore Romano del 17 de diciembre de 2017.
Dicha instrucción emitida por la Congregación de las causas de los Santos específica que “Tradicionalmente son consideradas reliquias insignes el cuerpo de los Beatos y de los Santos o partes considerables de los propios cuerpos o el volumen completo de las cenizas derivadas de su cremación. A estas reliquias (…) se le reservan un especial cuidado y vigilancia para asegurar su conservación y su veneración y para evitar los abusos…
Son consideradas reliquias no insignes los pequeños fragmentos del cuerpo de los Beatos y de los Santos o incluso objetos que han estado en contacto directo con sus personas. A ser posible deben ser custodiadas en tecas selladas. De cualquier modo, deben ser conservadas y honradas con espíritu religioso, evitando cualquier forma de superstición y de comercialización.”
También las reliquias poseen una clara distinción para determinar su procedencia: Las de primera clase son el cuerpo o un fragmento del cuerpo del santo. Éstas suelen subclasificarse en “Insignes” (porción principal del cuerpo), “Minúsculas” (partes de menores dimensiones, como dientes, partes óseas, etc…); y “Notables” (las que no son minúsculas o insignes, como por ejemplo los dedos).
Las de segunda clase son todo lo usado en vida por un santo, especialmente su ropa o un objeto piadoso. Las de tercera clase son los objetos que han tocado una reliquia de primer grado o el sepulcro del santo.
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La cabeza atribuida a San Juan Bautista en la Catedral de Amiens, Francia. Y otra cabeza de San Juan Bautista en San Clemente in capite, Roma
Casi todas las reliquias tienen (o deberían tener) una escritura en latín o lengua del lugar en su relicario donde se pueda leer si son “Ex Ossibus” (huesos), “Ex Capsa” (trozo del ataúd), “Ex Indumentis” (Trozo de Tela), “Ex Pulvis” (cenizas), etc… explicando a qué parte del cuerpo pertenecen o de donde provienen. Desde el siglo XIII se debería adjuntar un documento llamado “auténtica” que da fe que sí es una reliquia verdadera.
El Dr. Marcelo Enrique Vega, especialista en Eclesiología antigua y medieval, explicó que: “Con mucha anterioridad a estos nuevos lineamientos dictaminados por Juan Pablo II y el Papa Francisco ya se habían establecido normas al respecto de la devoción a las reliquias. A comienzos del siglo XIII el IV Concilio de Letrán señala que se prohibirá la veneración de reliquias sin ‘certificado de autenticidad’. De esa manera, el comercio de reliquias fue disminuyendo”.
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Certificado Ex-Capsa, Certificado Ex-Indumentis y Certificado Ex-Ossibus, que la Iglesia Católica exige para garantizar la veracidad de los distintos tipo de reliquia
Los documentos conciliares de Letrán (Capítulo 62, que trata “De las reliquias de los Santos”) especifican: “…Frecuentemente se ha criticado la religión cristiana por el hecho que algunos exponen a la venta las reliquias de los Santos y las muestran a cada paso. Para que en adelante no se critique más esta actividad, estatuimos por el presente decreto que las antiguas reliquias en modo alguno se muestren fuera de su cápsula ni se expongan a la venta. (…) nadie ose venerarlas públicamente, si no hubieren sido antes aprobadas por autoridad del Romano Pontífice…”.
También el Concilio de Trento hará su aporte, dictaminando un ordenamiento al respecto porque las mismas fueron criticadas duramente tanto por Lutero como por Calvino y los demás reformadores. La contrarreforma Católica tomó buena nota de ello. Este concilio dice, respecto de las reliquias, que: “Vender las sagradas reliquias, sea en el precio que fuere, es simonía; y lo mismo el comprarlas”.
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Relicario de la Santa Cruz de Caravaca, España y Reliquias de la Santa Cruz en la Iglesia de la Santa Cruz, Roma
Pero por más documentos conciliares, dictámenes Pontificios o Patriarcales y ante la necesidad de una fe palpable, para la gran mayoría del pueblo (sobre todo en medio de grandes catástrofes) las reliquias siempre surgieron como hongos.
Veneradas, custodiadas, dignificadas, olvidadas; destruidas, codificadas, imposibles o increíbles, las reliquias -sean de personajes sagrados o de héroes de las naciones- siempre han sido un poderoso imán. Los muertos y sus pertenencias en nuestras sociedades poseen un magnetismo que nos supera, aún en esta sociedad tecnología del S.XXI.
Solo queda en nosotros creer o no en ellas: nadie nos obliga, nadie nos lo impone, solo están allí. Y parafraseando el comienzo de la película “La canción de Bernardette”, para los que creen toda explicación es innecesaria; para los que no creen no hay explicación satisfactoria.
La Lista de Reliquias Medievales encontrada en 2019 que Incluía el Hueso de Santa y la Cuna de Cristo
Un documento medieval ha revelado conexiones entre cómo celebramos la Navidad hoy y un monasterio inglés. El documento es una lista de reliquias entregadas a Battle Abbey, fue entregada por dos monarcas ingleses, entre otros. Quizás el elemento más intrigante en el inventario fue el hueso de San Nicolás, también conocido como Santa.
El hallazgo fue anunciado por English Heritage, que administra cientos de sitios históricos en toda Inglaterra, incluida Battle Abbey en Sussex. Este fue un próspero monasterio en la Edad Media antes de que Enrique VIII lo cerrara durante la Reforma. Hoy es una ruina muy impresionante, unos 500 años después de su cierre.

Foto del interior de Battle Abbey en Battle, Sussex, Reino Unido, donde se encontró la antigua lista de reliquias que incluía el hueso de Santa.
La lista medieval de reliquias santas
El Dr. Michael Carter, un historiador que trabaja para English Heritage, estaba traduciendo un documento del siglo XIV del monasterio que detalla las reliquias sagradas que fueron donadas a la abadía.
Es el único de los 32 inventarios similares que han sobrevivido y está escrito en latín y pertenece a una colección de la Biblioteca Huntington en California. Se creía que las reliquias santas tenían poderes especiales por parte de los cristianos porque estaban asociadas con los santos o con Cristo.
La BBC cita a Carter diciendo que «recolectar y apreciar reliquias era un aspecto importante del monacato medieval».

El manuscrito medieval analizado por Michael Carter, de English Heritage, que enumera las reliquias, incluido el hueso de Santa, en Battle Abbey.
El hueso del dedo de Santa revela conexiones navideñas
El inventario enumera 175 artículos que fueron otorgados a Battle Abbey durante un período de cien años. Guillermo el Conquistador le dio al monasterio muchos artículos, algunos de los cuales tienen conexiones cercanas con la Navidad.
Una de las reliquias más importantes enumeradas fue uno de los dedos de San Nicolás. Era un santo de la Turquía moderna, que es ampliamente considerado como «el Papá Noel original», según The Guardian. Este santo era el protector de los niños y se decía que les había dado regalos, lo que dio origen a la historia moderna de Santa Claus.
Entre los otros obsequios dados por William a la abadía se encontraban fragmentos del pesebre de Belén en el que supuestamente nació Cristo. También hubo «huesos de varios de los Santos Inocentes asesinados por orden del rey Herodes, una masacre conmemorada en Occidente el 28 Diciembre», informa The Guardian.
También se donó la supuesta roca utilizada para apedrear al mártir cristiano San Esteban, cuyo día de celebración es el 26 de diciembre. Según KSL.com, Carter declaró que «es fascinante cómo se pueden rastrear las conexiones con nuestra Navidad de hoy en día casi mil años».

Foto del complejo de ruinas de Battle Abbey en Battle, Sussex, Reino Unido, donde se encontró la antigua lista de reliquias que incluía el hueso de Santa.
Salvación de los pecados
Guillermo el Conquistador era un hombre notoriamente mezquino, y daba muy poco a otros monasterios. La batalla de Hastings (1066) permitió a William tomar el trono de Inglaterra, pero no sin derramar una gran cantidad de sangre. Según CNN, se cree que el monarca normando «construyó Battle Abbey en el lugar de su victoria sobre Harold II, el rey anglosajón».
Aunque es recordado por ser desagradable, todavía otorgó muchos regalos en esta abadía. La razón de esto fue que el normando quería expiar sus pecados. Al donar las reliquias, esperaba asegurar el perdón de sus pecados y lograr la salvación.

Representación de Guillermo el Conquistador.
El rey Juan, que es mejor recordado por sus muchas derrotas en la batalla y su firma de la Carta Magna, también entregó varias reliquias a la abadía. «En 1200 dio una reliquia del Santo Sepulcro (la tumba de Cristo) y una porción de la Cruz Verdadera», según The Guardian.
Fueron obtenidos por su hermano, el famoso Ricardo Corazón de León, cuando estaba en una cruzada para recuperar Jerusalén de los musulmanes.
Todas las reliquias probablemente fueron destruidas o perdidas durante la supresión del monasterio por parte de Enrique VIII. Hoy, muy pocas personas creen en el poder de las reliquias sagradas, pero en la Edad Media, fueron fundamentales para la vida espiritual de muchos cristianos. Tenían mucha demanda y esto condujo a una industria masiva en la forja de tales objetos.
Carter le dijo a The Guardian que «para la mente medieval, muchas de estas reliquias habrían sido completamente convincentes». Los resultados del estudio de Carter se publican en The Journal of Medieval Monastic Studies.
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