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El misterio de la tumba de Arquímedes: ¿dónde está el tesoro perdido que busca Indiana Jones en su película? …


Cicerón descubre la tumba de Arquímedes, en una pintura de Christian Wink

El Confidencial(M.P.Villatoro)/Madri+d blogs — Revolucionó las matemáticas, la geometría y la aritmética; inventó el barco más grande de su era; creó montones de máquinas de asedio y, según narra la tradición, salió desnudo de la bañera a gritos para celebrar el hallazgo del principio que lleva hoy su nombre.

Arquímedes fue un genio con mayúsculas; un cerebro nacido en la misma Sircacusa –entonces colonia griega– que le vio morir en el 212 a.C. Sin embargo, también dejó tras de sí una serie de misterios. Y el más famoso fue el de la ubicación de su tumba; un enigma que aborda la nueva película de Indiana Jones y que todavía se esconde en la bruma del tiempo.

La muerte de Arquímedes

La muerte de Arquímedes fue narrada por los grandes historiadores griegos y romanos; normal para un personaje que hizo tambalearse las ciencias clásicas.

La tragedia aconteció en el 212 a.C., durante la Segunda Guerra Púnica. Los romanos sitiaban desde hacía dos años la ciudad de Siracusa bajo el anhelo de dominar toda Sicilia de forma definitiva, pero las murallas resultaban infranqueables para las legiones.

El inventor colaboraba por entonces en la defensa de la urbe con su mente; en concreto, y como dejó escrito el historiador del siglo II Plutarco, con la construcción «de toda especie de máquinas de sitio, bien para defenderse o bien para atacar».

Las fuentes clásicas navegan entre la realidad palpable y la ficción más inverosímil, pero parece que fue una traición la que provocó la caída de Siracusa. Cuenta Polibio (nacido en el siglo II a. C.) que uno de los defensores desertó con la llegada del otoño y desveló a las legiones que apenas había combatientes sanos en la ciudad.

La muerte de Arquímedes, por Edouard Vimont (1846-1930)

La celebración de un festival en honor de Artemisa había terminado con cientos de ellos borrachos y extenuados. Marco Claudio Marcelo, al frente del contingente romano, seleccionó entonces a un grupo de soldados expertos para escalar los muros.

El plan tuvo éxito: sin apenas resistencia «mataron a la mayoría sin ser descubiertos, abrieron la primera porterna construida en la muralla y dejaron entrar al general y al resto del ejército».

Fue entonces cuando se desató el caos. Los legionarios arrasaron, violaron y asesinaron sin distinción. Y una de sus víctimas fue el mismo matemático. A partir de aquí, existen varias versiones sobre la muerte de Arquímedes. La primera la recogió el historiador Tito Livio (alumbrado en el siglo I d.C.) en su magna ‘Ab urbe condita’.

El autor escribió que el inventor se hallaba «absorto en silencio con algunas figuras geométricas que había dibujado en la arena» cuando un grupo de legionarios le encontraron. Al final, «resultó asesinado por un soldado que no sabía quién era». Añadió además que aquel episodio fue un ejemplo más de la rapacidad y crueldad del invasor.

Plutarco, por su parte, recogió varias versiones en sus escritos. La más extendida, según sus palabras, es que Arquímedes se hallaba «entregado al examen de cierta figura matemática» y «no sintió la invasión de los Romanos ni la toma de la ciudad». Tras acceder a Siracusa, un soldado se topó con él.

«Este le dio la orden de que le siguiese a casa de Marcelo, pero él no quiso antes de resolver el problema y llevarlo hasta la demostración», escribió el cronista. El combatiente, irritado, «desenvainó la espada y le dio muerte». Con todo, Plutarco también barajó que el militar «venía con intención de matarle» y que él le suplicó que le dejara acabar primero un problema matemático.

Cicerón y los magistrados descubriendo la tumba de Arquímedes en Siracusa, de Benjamin West

Se cuenta, también, que las últimas palabras de Arquímedes fueron «Noli turbare circulos meos» (no perturbeis mis círculos), aunque no existen pruebas. En una obra posterior a los hechos de Valerio Máximo se dice «… sed protecto manibus puluere ‘noli’ inquit, ‘obsecro, istum disturbare’» (“… pero protegiendo el polvo con sus manos, dijo ‘te ruego que no toques esto’”).

Se cuenta también que Marcelo se enfadó muchísimo con el soldado, ya que tenía a Arquímedes por uno de los sabios más venerados en esa época. Esta historia causó una enorme impresión en Sophie Germain, y cuando Napoléon conquista Prusia, intercedió para que no se le causara daño a Carl Gauss. Este agradeció la intervención pero declaró no conocer a Sophie Germain, y esta tuvo que revelarle que era el misterioso M. Le Blanc que se carteaba con el matemático alemán.

En lo que coinciden todos los autores, clásicos y contemporáneos, es en que Marcelo sintió mucho la muerte del que consideraba uno de los mayores genios de su era.

«Quedó muy apesadumbrado y se encargó de que su funeral se llevara a cabo apropiadamente; y, tras haber descubierto dónde estaban sus familiares, fueron honrados y protegidos por el nombre y memoria de Arquímedes», escribió Tito Livio. Plutarco, por su parte, dejó sobre blanco que «consideró aquel soldado como abominable» y que, «habiendo hecho buscar a sus deudos, los trató con el mayor aprecio y distinción».

Aquello fue, en definitiva, una tragedia para la ciencia y la sociedad.

El misterio de la tumba

Arquímedes fue enterrado en Siracusa.

Según explica Alfonso Martínez Ortega en ‘Eso no estaba en mi libro de historia de la física’, pidió que en su tumba se erigiera una esfera inscrita en un cilindro a modo de epitafio.

«Ante todo era un geómetra, y su descubrimiento más importante en este campo fue la relación que hay entre la superficie y el volumen de una esfera y el cilindro que la circunscribe.

Halló que era dos tercios, tanto para su volumen, como para su área», explica este experto en la obra.

El sepulcro, no obstante, se perdió con el paso de las décadas y la caída en desgracia de aquella majestuosa urbe.

Años después se obró la magia. Hacia el 75 a. C., Cicerón asumió el cargo como administrador y recaudador de impuestos en Sicilia. Conocía la existencia del sepulcro, ya olvidado por el paso del tiempo, y decidió iniciar la búsqueda cual Indiana Jones de la antigüedad.

Siracusa era entonces una sombra de glorias pasadas, pero aceptó el reto porque sabía que le beneficiaría en su camino hacia el Senado.

Al final, halló la tumba y recogió su búsqueda en una de sus muchas obras:

“No compararé ahora la vida de éste, la más horrible, la más miserable, la más detestable que yo pudiera imaginar, con la de Platón o Arquitas, hombres doctos y verdaderamente sabios; de la misma ciudad yo voy a hacer salir del polvo y de su varilla a un hombrecillo humilde, que vivió muchos años después, a Arquímedes.

Siendo yo cuestor, logré descubrir su sepulcro, desconocido para los Siracusanos, y cuya existencia ellos negaban, que estaba rodeado y cubierto por completo de zarzas y matorrales.

Yo conservaba en mi memoria unos breves senarios, que según la tradición estaban grabados sobre su monumento, que indicaban que encima del sepulcro se había colocado una esfera con un cilindro.

Mientras yo estaba recorriendo con la mirada toda la zona —pues junto a la puerta de Agrigento hay un gran número de sepulcros—, reparé en una columnita que apenas se elevaba por encima de los matorrales, en la que había la figura de una esfera y un cilindro. Yo dije de inmediato a los siracusanos —también me acompañaban las autoridades— que, según creía, aquello era exactamente lo que buscaba.

Enviados muchos hombres con hoces, limpiaron y despejaron el lugar. Cuando se nos abrió un acceso al mismo, nos acercamos a la parte frontal del pedestal. Se veía una inscripción con las partes finales de los versos corroídas casi hasta la mitad. De manera que la ciudad más ilustre de Grecia, y en otro tiempo también las más docta, habría ignorado el monumento de su ciudadano más ilustre, si no se lo hubiera dado a conocer un hombre de Arpino.”

«En la misma ciudad de Siracusa levantaremos del polvo a un hombre humilde que floreció muchos años después: Arquímedes, cuyo sepulcro, ignorado por los siracusanos y rodeado de zarzas y espesos matorrales hasta el punto de haberse perdido todo rastro de él, descubrí yo siendo cuestor de Siracusa…

Yo tenía ciertos versos senarios, copia de otros que habían sido inscriptos en su monumento, los cuales declaraban que había en su sepulcro una esfera con un cilindro.

Después de haber recorrido todos los innumerables sepulcros que hay cerca de la puerta de Agrigento, vi una pequeña columna que no se levantaba mucho de los matorrales, en la cual estaba la figura de la esfera y del cilindro».

Aclaremos que Arpino, una pequeña ciudad del Lacio meridional, era la patria de Cicerón, y que la “varilla” aludía al polvillo de vidrio que usaban los matemáticos para trazar en él con una varilla sus figuras y diagramas.

A pesar de los esfuerzos de Cicerón, la tumba se perdió de nuevo, auqnue los siracusanos afirman que estaba situada en unas cavidades que muestran a los turistas.

Los matemáticos no hemos olvidado sin embargo a uno de los gigantes de nuestra disciplina, y su efigie y el cilindro y la esfera están grabados en las medallas Fields.

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