actualidad, opinion, variedades.

Cuadernos de delicada locura …


Sylvia Plath.

I

Jot Down(A.Yelo) — El detective de homicidios Somerset, de la policía de Nueva York, entra en una habitación. Las paredes están ocupadas por estanterías que llegan hasta el techo. En ellas se apilan miles de cuadernos. Somerset coge uno. Portada sin etiqueta. En el interior se apelotonan las frases escritas a mano, diminutos y borrosos dibujos y fotos pequeñas, aparentemente recortadas de la sección de contactos del periódico.

Los dibujos, imágenes y textos ocupan cada pulgada de las páginas. Somerset toma otro cuaderno y lo hojea. Igual que el primero, lleno hasta el borde. Somerset se acerca a otro estante y saca otro cuaderno. Lo mismo. El detective mira a su alrededor. Están en el domicilio del asesino. Su compañero, el detective Mills, entra en el cuarto.

Se han cometido tres asesinatos brutales. Hay un hilo que une los crímenes: están inspirados por tres de los siete pecados capitales. Los detectives comprueban que los cuadernos no contienen fechas o lugares ni están ordenados según criterio alguno. Todos son iguales y no tienen etiquetas identificativas ni nombres; cada uno de ellos tiene aproximadamente doscientas cincuenta páginas. Tres agentes uniformados entran en la estancia. Somerset abre otro cuaderno y lee en voz alta:

Somos marionetas enfermizas y ridículas. Bailamos en un pequeño y asqueroso escenario. Nos divertimos, bailando y follando. Nadie cuida del mundo. No somos nada. No somos lo que se había pretendido. 

La forma inconexa, la falta de sentido en las anotaciones y, sobre todo, la cantidad de cuadernos a leer, hace imposible encontrar en ellos alguna información útil que ayude a detener al criminal y a evitar los cuatro nuevos asesinatos que casi con seguridad se producirán en los próximos días. 

Esta escena pertenece a Seven, película que fue dirigida por David Fincher y se estrenó en 1995. El guion es obra de Andrew Kevin Walker. El papel del serial killer (que se hace llamar «John Doe»; nombre que se pone en Estados Unidos a los cadáveres no identificados) lo interpretó Kevin SpaceyMorgan Freeman y Brad Pitt se metieron en la piel de los detectives Somerset y Mills.

II

La poeta Sylvia Plath, desde muy joven, fue consciente de que dentro de ella habitaba una sexualidad exigente, siempre presente y capaz de arrastrarla a situaciones que se podían escapar de su control. Se sabía atractiva para los hombres y conocía su necesidad de tenerlos cerca.

Tenía claro que para su vida solo había dos caminos: el de la esposa y madre respetable o el de mujer descarriada y abandonada a las pasiones de la carne. El 17 de julio de 1952, con diecinueve años, escribe en su diario: «¿Cuál de las dos cosas…? ¿La dama o el tigre? En diez años lo sabremos».

Poco antes de casarse, tras pasar un día en la playa, escribe en uno de sus cuadernos:

Era tal el calor que desprendía la roca, un calor tan áspero y confortable, que sentí que podía ser un cuerpo humano. Quemando a través del tejido de mi traje de baño, el inmenso calor se irradiaba a través de mi cuerpo, y mis pechos dolían contra la dura piedra plana. Un viento salado y mojado sopló humedeciendo levemente mi cabello.

A través de mi pelo brillante pude ver el azul centelleo del océano. El sol se filtraba por cada poro de mi piel, saciando dentro de mí cada fibra quejumbrosa de una gran paz dorada y resplandeciente. Estirándome sobre la roca, tensaba el cuerpo y luego lo relajaba. Como sobre un altar, sentí que el sol me violaba deliciosamente; me llenaba y me completaba con un ardor que procedía del impersonal y colosal dios de la naturaleza.

Cálido y perverso era el cuerpo de mi amante debajo de mí. Y la sensación de su carne tallada era diferente a cualquier otra —no era suave, ni maleable, ni mojada con sudor, sino seca, dura, suave, limpia y pura.

Una página de los diarios de Sylvia Plath.

Sylvia Plath intentó suicidarse por primera vez cuando tenía diecinueve años. Desde los once escribía un diario. La escritora nacida en Boston pasó la mayor parte de su vida luchando con la enfermedad mental. En las páginas de sus cuadernos se reflejan sus depresiones, sus problemas matrimoniales, su intensa libido y los altibajos de su trabajo como escritora.

Pero también hay espacio para su amor por la cocina y por la comida. Llama la atención que entre páginas que describen descensos a los más profundos infiernos de la mente o reflexiones de una gran inteligencia sobre su obra o sobre el papel de la mujer en la sociedad, se encuentren otras en las que con detalle se habla simplemente de la comida.

Me lo pasé de maravilla comiendo mis primeros caracoles, ostras, gambas y probando los vinos y todo el maravilloso mundo de neón de ladrones y millonarios. (13/12/54)

Como un huevo para el desayuno, luego subo y trabajo, y bajo al mediodía para hacer una gran comida caliente para Susan, Frieda y para mí, que comemos sentados en la alegre sala de juegos. Luego trabajo. Después de una hora de descanso, una taza de té con Susan, y antes de darme cuenta, los bebés están en la cama. (25/10/62) 

El 11 de febrero de 1963, Sylvia Plath dio los buenos días a sus hijos (de tres y un año); bajó a la cocina, preparó el desayuno para los niños, abrió el gas y metió la cabeza en el horno. Tenía treinta años. 

El poeta Ted Hughes fue responsable de la primera edición (1982) de los dietarios de Sylvia Plath, su mujer. Hughes reconoció que había eliminado numerosas entradas y que de los cuadernos escritos entre 1957 y 1959 no había incluido nada. En el prólogo explicó que había destruido el último cuaderno, el redactado poco antes del suicidio de su esposa.

Lo hizo —argumentó— para evitar que sus hijos lo leyeran y por su propia supervivencia. «Necesitaba olvidar», escribió.

Cinco años después de la muerte de Plath, Assia Wevill, amante de Ted Hughes, se quitó la vida de la misma manera, dejando el gas abierto. En esta ocasión, su suicidio ocasionó la muerte de sus hijas. Dejó una nota: «No se puede vivir con el peso del recuerdo de Sylvia».

III

Cuando ya había cumplido los cuarenta y ocho años, André Gide se enamoró de Marc Allégret, un chico de dieciséis. Gide, por entonces, ya era un novelista de renombre en Francia. Continuaba casado con su prima Madelaine. El matrimonio nunca se consumó.

El muchacho era el cuarto hijo del pastor protestante que fue nombrado tutor legal de Gide al fallecer su padre. En su diario, el 1 de mayo de 1917, anota: «El placer de corromper es uno de los que menos se han estudiado; lo mismo pasa con todo lo que antes que nada nos apresuramos a censurar».

En días sucesivos escribe sobre su estado de felicidad y sobre la calma con que disfruta su enamoramiento, pero lo hace de forma velada: «Me abstendré de hablar de la única preocupación de mi mente y mi cuerpo…» (19 de mayo). El 6 de agosto anota: «Cuento celosamente las horas que me separan de Marc».

Marc Allégret y André Gide (1920)

A partir de ese día comienza a utilizar los nombres ficticios de Fabrice (para él) y de Michel (para Marc) en sus cuadernos.

Gide había sido educado en una familia conservadora y pasó parte de su juventud obsesionado por la culpa y la responsabilidad. Con veintidós años conoció a Oscar Wilde en casa del novelista y poeta simbolista Henri de Regnier. Profundamente impresionado por el novelista británico, lo frecuentó durante las semanas siguientes.

Dicho encuentro le hizo replantearse las normas de conducta que se le habían inculcado durante su infancia y relajar sus principios morales. «Wilde se dedica a matar en mí lo que me queda de alma con el argumento de que para conocer una esencia es preciso suprimirla», le escribe a Paul Valéry.

Gide y Marc viajaron juntos a Suiza. El 7 de agosto anota: «El temor de ver al adolescente crecer demasiado deprisa atormentaba a Fabrice sin cesar y precipitaba sus amores. Lo que más le gustaba de Michel era lo que aún conservaba de infantil, en su tono de voz, en su fogosidad, en sus mimos, todo aquello con lo que poco después volvió a encontrarse, loco de contento, cuando se tumbaron el uno junto al otro a la orilla del lago».

Al final de su vida, Gide escribe a Maria Van Rysselberghe (su mejor amiga): «Solo dos cosas me han interesado apasionadamente: los muchachitos y el cristianismo».

Como cuenta Ignacio Echevarría en su bien documentado prólogo a la edición de los dos primeros tomos de los diarios de Gide, un amigo aconsejó en 1924 al escritor no publicar Corydon. En esta obra justificaba su pedofilia utilizando las prácticas sexuales en la Grecia antigua como argumento para recomendar las relaciones amorosas de adolescentes con adultos.

La respuesta que dio Gide a su amigo fue: «Quiero silenciar a todos aquellos que me acusan de ser un mero diletante, quiero mostrarles mi YO real». El libro se editó y tuvo mucho éxito.

Ese afán de sinceridad presidió el proceso de escritura de los dietarios de Gide. En sus novelas, obsesionado por la forma y el estilo, perfeccionista por esencia, el autor se había acostumbrado a «escribir lento». Esa pausada elaboración de sus textos generaba buena literatura —Gide conocía su calidad—, pero restaba sinceridad a sus páginas.

Para expresar su verdad, por cruda y escandalosa que fuera, se forzó a «escribir deprisa» en sus cuadernos. 

El 3 de junio de 1893, a los veinticuatro años, anota en su diario: «Mi eterna pregunta (y es una obsesión enfermiza): ¿puedo ser amado?». A su querida María Van Rysselberghe le confiesa que se siente un «hipócrita, que su necesidad de simpatizar con los demás lo lleva a adoptar las opiniones ajenas y terminar dando una engañosa impresión de consenso».

Consciente de su inevitable impulso por agradar, conforme Gide avanzaba en la redacción de sus diarios se convenció de que la única sinceridad posible era la que salía de su pluma y quedaba impresa en tinta sobre las hojas de aquellos cuadernos.

En su novela Los falsificadores de moneda se puede leer, en el diario de su personaje Eduard (él mismo): «Este diario es el espejo que paseo conmigo. Nada de lo que me sucede adquiere existencia real hasta que no lo veo reflejado en él».

André Gide ganó el Premio Nobel de Literatura en 1947 y fue el único de los galardonados cuya obra fue prohibida por la Iglesia católica. Falleció cuatro años después, a los ochenta y un años, de una congestión pulmonar. En su lecho de muerte dijo: «Tengo miedo de que mis oraciones se vuelvan gramaticalmente incorrectas. Siempre se trata de la lucha entre lo que es razonable y lo que no lo es».

IV

El domingo 13 de junio de 1937, el joven Tennessee Williams anota en su diario:

Me hubiera gustado ir a nadar, pero las viejas señoras no me han dejado salir a causa de mi nariz magullada. Enfadado y aburrido. ¿Terminaré como Rose? ¡Dios lo prohíba! Mi obra de teatro marcha de mala manera.

El 19 de noviembre de 1938, Williams acude con su madre a ver a su hermana Rose en el sanatorio mental donde está recluida. Describe la visita en su diario y añade en la misma entrada: 

Mañana voy al Club de Poesía. No he visto a nadie últimamente —vida tranquila tipo sonámbulo— ¡¿quizás tengo un toque de la enfermedad de mi hermana?!

Rose Williams fue diagnosticada de «demencia precoz» (denominación con que se llamaba en aquel tiempo la esquizofrenia) e ingresada en una institución psiquiátrica donde pasó el resto de su vida.

Debido a su mal estado, en 1943 se le practicó una lobotomía prefrontal bilateral. Su hermana y su desequilibrio emocional inspiró varios de los personajes de las obras de Williams, entre ellos el de Blanche Du Bois, de Un tranvía llamado Deseo.

Durante la mayor parte de su vida adulta Williams temió padecer la misma enfermedad que su hermana y utilizó sus diarios para medir, para calibrar, qué cerca o qué lejos se encontraba su mente del desequilibrio.

La expresión, «blue devils» (demonios tristes) aparece muy a menudo en las entradas de los cuadernos de Tennessee Williams. Estas dos palabras, popularizadas por los músicos de blues en sus canciones durante los años 30, pasaron a ser una señal en clave de que se encontraba decaído, triste o desmoralizado. Era un aviso de que el perro negro —como lo llamó Churchill— de la depresión podía estar cerca.

El dramaturgo dejó constancia por escrito durante toda su vida de la presencia de los endemoniados e incómodos visitantes: «Un pequeño y salvaje blue devil ha estado conmigo todo el día» (31/08/36). «El blue devil se ha suavizado. Solo queda un pellizco en mi talón» (11/09/43). «Blue devils me amenazaron cuando llegamos a Barcelona, pero de momento se han dispersado» (1/08/54). 

Otras veces, cuando la depresión ya estaba presente y había colonizado su mente, el análisis intentó ser más concienzudo. El 29 de julio de 1951 anota en su dietario:

Finalmente conseguí dormir cerca de dos horas. Creo que hay alguna causa psicológica —más que física— en este insomnio. Aunque soy de naturaleza nerviosa, el insomnio nunca antes había mostrado esta forma. Aunque pienso que también puede haber algo de hipertensión. Creo que abandonaré Venecia mañana, lo veo todo a través de una neblina de enfermedad. ¿Cuál es el camino para salir de esto además del que no quiero tomar? ¿Hay algo más triste que lugares exclusivamente dedicados a perseguir el placer como este gran hotel estilo Miami Beach?

Esa misma madrugada (3 a. m.) vuelve a escribir:

He tomado mi primer Secconal hace media hora y estoy bebiendo un poco de whisky. Me siento relajado, pero no tengo sueño. Me pregunto si con un compañero de cama desaparecería esta extraña aflicción. ¿Y si volviera a mi casa y a mi familia? Voy a intentar usar mi inteligencia para analizar mi vida a través de estos días atormentados. Voy a ser razonable y paciente. Voy a comportarme como un adulto y no me dejaré arrastrar por la desesperación inútil por fácil y tentadora que sea. 

 En 1969, su hermano Dakin ingresó a Tennessee Williams en el psiquiátrico de Saint Louis (Missouri) durante tres meses para recibir tratamiento debido a su abuso del alcohol y otras drogas. 

Una página de Tennessee Williams. 

Su exhaustiva vigilancia acerca de la enfermedad mental (su íntimo enemigo) llegó hasta el final de sus días. En las últimas páginas de sus memorias Williams escribe:

Creo llegado el momento de ponderar si soy o no un lunático, o si puedo ser considerado una persona relativamente cuerda. (…) Cordura y demencia son, en realidad, términos jurídicos. No me consta que el hoy legendario teniente Calley, símbolo de la desalmada brutalidad que tiñó de rojo aquella zanja de la aldea de My Lai (Vietnam) con la sangre de aldeanos indefensos, desde abuelos a bebés, haya sido declarado jurídicamente loco. (…)

He hecho conmigo mismo el pacto de seguir escribiendo, ya que no me queda otra opción, tan arraigado está en mí como forma de existencia y de lucha, pero probablemente no volveré a meterme en más montajes teatrales.

Williams tenía entonces sesenta años (murió doce años después) y ya era un autor teatral reconocido en todo el mundo. Sus obras, entre las que destacan Un tranvía llamado Deseo, El zoo de cristal o La gata sobre el tejado de cinc caliente, fueron llevadas al cine e interpretadas por actores y actrices como Elisabeth TaylorPaul Newman o Marlon Brando, lo que incrementó su fama.

V

Susan Sontag tenía diecisiete años cuando se casó con Philip Rieff, su profesor de sociología en la universidad. Rieff era once años mayor que Sontag.

El 3 de enero de 1951, Susan Sontag anotó en su diario: 

Me caso con Philip con plena conciencia + temor a mi voluntad de autodestrucción.

4 de septiembre de 1956 reflexiona en otro de sus cuadernos: 

El que haya inventado el matrimonio es un ingenioso torturador. Es una institución comprometida con el embotamiento de los sentidos. El propósito del matrimonio es la repetición. Su mayor aspiración es la creación de mutuas y sólidas dependencias. Las peleas al final se vuelven inútiles, a menos que siempre se esté preparado para actuar en consecuencia —es decir, poner fin al matrimonio. Así que, después del primer año, se dejan de «hacer las paces» tras las peleas —solo, uno se vuelve a sumir en un silencio enfadado, que pasa al silencio cotidiano y, entonces, se reanuda otra vez.

La unión solo duró ocho años. 

Susan Sontag

El escritor David Rieff, hijo de Susan Sontag, sabía que en el casi centenar de cuadernos que su madre fue apilando en el vestidor de su dormitorio se contenían sus diarios. La escritora falleció de mielodisplasia en 2004 sin tomar una decisión sobre qué hace con sus dietarios. Sin tener muy claro si su madre quería que fueran publicados, Rieff aceptó ocuparse de su edición.

Prefería ser él quien lo hiciera, aunque sabía que en el proceso no lo iba a pasar precisamente bien. En el prólogo al primer tomo (Mondadori, 2010), el dedicado a los Diarios tempranos 1947-1964, escribe Rieff: «El criterio de selección (de las entradas que se incluyen) fue determinado en parte por mi impresión de que la crudeza y el retrato sin retoques que estos materiales presentan de una Susan Sontag joven, que de modo consciente y con determinación acometió la creación de una identidad que deseaba, era el aspecto más deseable de los diarios».

19 de noviembre de 1959, a los veintiséis años:

La llegada del orgasmo ha cambiado mi vida. Estoy liberada, pero no hay que decirlo así. Más importante: me ha cerrado […] La sexualidad es el paradigma. Antes mi sexualidad era horizontal, una línea infinita con posibles infinitas subdivisiones. Ahora es vertical; sube y se acaba, o nada. El orgasmo concentra. Deseo escribir. La llegada del orgasmo no es la salvación sino, además, el nacimiento de mi ego. 

El 31 de diciembre de 1957 (con veinticuatro años) anota Sontag:

Es superficial entender el diario como mero receptor de pensamientos secretos propios —como un confidente sordo mudo y analfabeto. En el diario no solo me expreso de un modo más palmario que con cualquier otra persona; me creo a mí misma. […] Con un poco de construcción del ego saldré adelante con la confianza de que yo (yo) tiene algo que decir, que debe ser dicho. 

Mi YO es enclenque, precavido, demasiado cuerdo. Los buenos escritores son estruendosamente egoístas, hasta el extremo de la fatuidad. Los cuerdos, los críticos, los corrigen —pero su cordura es un parásito de la facultad creativa del genio.

Más adelante en el prólogo, David Rieff se duele: «En sus diarios destaca su sensación de fracaso, su incapacidad para el amor e incluso para el eros. Se sentía tan incómoda con su cuerpo como tranquila con su mente». Rieff recuerda una anécdota que le contó su madre: Siendo muy joven, Sontag asistió a una representación de la obra dramática Medea en un anfiteatro del sur del Peloponeso (Grecia).

La escritora recordaba emocionada cómo, cuando Medea está a punto de matar a sus hijos, algunos espectadores comenzaron a gritar: «¡No, Medea, no lo hagas!». Rieff añade que, leyendo los diarios de su madre, como a aquellos espectadores griegos, le daban ganar de gritar: «No lo hagas» o «No seas tan severa contigo misma» o «No te vanaglories tanto» o «Ten cuidado con ella, no te quiere».

El 24 de diciembre de 1959 reflexiona:

Mi deseo de escribir está relacionado con mi homosexualidad. Necesito la identidad como un arma, para igualarla al arma con que la sociedad me amenaza. Comienzo a percatarme de cuánto remordimiento siento por ser lesbiana. Serlo me hace sentir más vulnerable, aumenta mi deseo de ocultarme, de ser invisible —que he sentido siempre de todos modos.

El 14 de agosto del 1960 se mortifica:

[En mayúsculas en el cuaderno] NO DEBERÍA INTENTAR HACER EL AMOR CUANDO ESTOY CANSADA. SIEMPRE DEBERÍA SABER CUÁNDO ESTOY CANSADA. PERO NO LO SÉ. ME MIENTO A MÍ MISMA. AÚN NO CONOZCO MIS VERDADEROS SENTIMIENTOS. (¿Todavía?)

Y el 5 de marzo de 1961, intenta aclararse:

Subordino el sexo al sentimiento —en el acto mismo del amor. Me asusta la impersonalidad del sexo: quiero que me hablen, me abracen etc. El sexo como agresividad, maldad. Me dio miedo. Atajo: no llamar sexo al sexo. Llamarlo una investigación (no una experiencia, ni una demostración de amor) en el cuerpo de otra persona. Cada vez se aprende algo nuevo. La mayoría de los estadounidenses comienzan a hacer el amor como si se arrojaran por una ventana con los ojos cerrados.

David Rieff resume que lo que queda en los diarios de su madre es «el dolor y la ambición. Estos diarios fluctúan entre ambos».

VI

Algún día quiero escribir sobre una chica que lleva a su madre (o a su tía, o a su tutora) a la cama, accede a hacerle caso en todo […], le prepara amablemente una taza de leche caliente, le promete que no volverá a hablar con su novio nunca más y, entonces, con una sonrisa en el rostro, clava las tijeras en el pecho de la madre y las gira.

Patricia Highsmith.

La autora de novela negra Patricia Highsmith escribió esto en su diario cuando tenía veintiún años. No se trataba de un ejercicio de estilo ni de un posible argumento para las novelas que décadas después la harían mundialmente famosa. La relación con su madre, Mary, era mala o muy mala. Pat y Mary pasaban del amor al odio con una facilidad asombrosa. Así fue hasta el fallecimiento de Mary, que vivió hasta los noventa y cinco años.

En una carta que en 1972 la madre mandó a su hija desde su residencia de ancianos de Texas le dice que en las fotos de la contraportada de sus novelas se parecía a Drácula y que en Estados Unidos sus libros estaban olvidados. No consta que Highsmith le respondiera, pero sí lo que escribió poco después en su diario sobre ella: «Es un vegetal inerte, un tubo inservible, una cloaca que por un lado devora mi dinero y por el otro expulsa mierda».

En una carta con fecha 12 de septiembre de 1974, la escritora cuenta a su primo Dan Coates cómo en un hotel de Paris, cuando dos periodistas acudieron para entrevistarla, su madre (en su ausencia) pasó más de cinco minutos tratando de convencerlos de que ella era su hija.

En otra entrada de su diario se pregunta si «estaré enamorada de mi madre». Las relaciones amorosas que Highsmith mantuvo con numerosas mujeres mayores que ella y el hecho que la madre intentara suplantar a la hija constituyen un rico material psicológico digno de analizar. 

Highsmith nunca autorizó una biografía mientras vivió. Cuando la escritora falleció en 1995, dieciocho diarios y treinta y ocho cuadernos fueron encontrados en un armario. Más de ocho mil páginas llenas de anotaciones, garabatos, correcciones, croquis, listas de multitud de cosas e ideas (útiles e inútiles), poemas, fobias y reflexiones sobre ella y los demás. 

Patricia Highsmith utilizó sus novelas para ocultar su vida y sus diarios y cuadernos para reflejarla y ordenarla. En sus diarios llevaba el registro de su día a día y los cuadernos le servían para procesar y transformar sus experiencias para aprovecharlas como materia prima para los argumentos de sus novelas. En la entrada del diario de 18 de agosto de 1953 anota: «Lynn llamó a las 12.

Ella siempre bebe un Martini, yo también. Visitamos a Ellen, de cuya casa tengo la llave. Nos tumbamos en la cama. Y eso fue todo». En sus obras de ficción, sin embargo, hace lo posible por confundir al lector mezclando datos reales en su trama. Sirva como ejemplo que las direcciones donde residen los asesinos de sus novelas son las mismas en las que la escritora o sus amantes vivieron, sea en Estados Unidos, Francia, Inglaterra o Suiza.

En 1952, Highsmith publicó The Price of Salt, una historia de amor lésbico entre una mujer madura y una jovencita. La firmó con seudónimo (solo en 1990 se volvió a publicar con el título Carol y con el verdadero nombre de su autora). Como contraste, en 1945, en uno de sus cuadernos, dibuja una tabla con varias columnas en las que clasifica y puntúa a las ocho amantes (mujeres) que había tenido hasta entonces. Las identifica con las iniciales de su nombre y apellidos y en las columnas a la derecha detalla diferentes características como el color de su pelo, la diferencia de su edad con la suya, la duración de la relación y el motivo de la ruptura. 

Lista de amantes en los cuadernos de Patricia Highsmith.

En 2009, Joan Schenkar publicó The Talented Miss Highsmit», una muy documentada biografía sobre la escritora tejana. Schenkar fue la primera estudiosa de la autora en tener acceso a sus diarios y cuadernos y con base en ellos, en sus cartas y en sus novelas, hizo un análisis pormenorizado de su vida y de su trayectoria profesional.

Destaca Schenkar cómo la escritora usó la escritura a mano para mirar de cerca su precaria estabilidad emocional. De puertas afuera Highsmith era agresiva y desagradable. En su mente el diálogo interior era otra cosa. En la página treinta y siete de la edición en español (Circe, 2010) destaca dos frases de sendas cartas (una de 1964 y otra de 1968): «Creo que tengo algunas tendencias esquizoides que hay que observar» y «Me asusta la locura que tengo dentro, muy cerca de la superficie».

En uno de sus primeros cuadernos, cuando tenía poco más de veinte años, anotó: «Qué delicada locura hay en mí. Llega cuando llega el atardecer. Es tan extraña como el estremecerse de una hoja en un árbol, cuando no hay viento». 

Durante su vida, Highsmith inventó treinta y ocho nombres falsos y con ellos mandó cartas a los periódicos para quejarse de temas políticos. La mayoría de las veces, las cartas criticaban el Estado de Israel y a los judíos. Como escribe Schenkar, «para Pat todos los adultos esconden un secreto y todo el mundo —incluida ella misma— es un falsificador».

Dada esta opinión sobre sus congéneres y conociendo su miedo a perder la cordura, la escritura de sus diarios y cuadernos —aunque en algún caso falsificara fechas, lugares y hechos— fueron su método para poner orden en su vida (su orden) y mantener mínimamente el equilibrio emocional.

VII

Hace cuarenta años, en Oralidad y escrituraWalter J. Ong (sacerdote jesuita e historiador cultural) demostraba la superioridad de la escritura sobre la palabra hablada: «En la escritura, las palabras, una vez «articuladas», plasmadas en la superficie, pueden eliminarse, borrarse, cambiarse. No existe ningún equivalente de esto en una producción oral, ninguna manera de borrar una palabra pronunciada: las correcciones no eliminan un desacierto o un error.

Mediante la separación del conocedor y lo conocido, la escritura posibilita una introspección cada vez más articulada, lo cual abre la psique como nunca antes, no sólo frente al mundo objetivo externo sino también ante el yo interior, al cual se contrapone el mundo objetivo».

Desde hace dos décadas se discuten nuevas teorías sobre mente y cognición. Estas nuevas investigaciones contemplan la mente como un ente que podría expandirse más allá de las fronteras del cráneo.

En «Extendida Mente», artículo para la revista Investigación y ciencia, el biólogo Emiliano Bruner (investigador responsable del grupo de paleoneurobiología del Centro Nacional de Investigación sobre Evolución Humana, CENIEH) afirma:

«La teoría de la mente extendida incluye el cuerpo y el ambiente en el mecanismo cognitivo, un ambiente que en su definición abarca la cultura y, por supuesto, la tecnología. Según esta perspectiva, la cognición (la «mente») no sería el producto del cerebro, sino un proceso que surge de la interacción entre cerebro, cuerpo y herramientas».

El mismo Bruner, esta vez en compañía de la filóloga Carmen Cremades, en «Scripta Manibus», un artículo en Jot Down,  explica cómo esta nueva manera de ver la mente ayuda a entender con más profundidad los efectos positivos de la escritura a mano:

La escritura manual traza un camino sobre la cartografía mental que permite hilar un discurso al tiempo que se escribe. Del mismo modo, ante el papel en blanco, no es que el pensamiento se plasme tal y como fue concebido: el texto no es una simple copia, una foto, del pensamiento mental. El acto de escribir se retroalimenta con el acto de pensar.

Escribir es pensar en voz alta. El mecanismo de la escritura activa el engranaje del pensamiento. En muchas ocasiones, coger el boli y deslizarlo por el desierto de papel crea una conexión cerebro-mano que permite que el discurso fluya de un modo que solo pensando o solo hablando no es posible.

El movimiento de los garabatos sobre el papel funciona como una dinamo que da vida al propio pensamiento y lo hace fluir de tal modo que se revela aquello que se ocultaba en la mente a nivel inconsciente y se hace no solo consciente, sino físico.

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