Malones y cautivas: el choque de dos mundos …

Historia Hoy(O.L.Mato)/memo.com.ar(G.Cairo)/mapuche.info(M.E.D.Guillaumin) — Las mujeres capturadas por los aborígenes se veían obligadas a elegir entre dos mundos. A Lucio Mansilla, en su famoso libro Incursión a los indios Ranqueles, le confiesan claramente: “¿Para qué volver? ¿Para ser despreciadas?”. Muchas mujeres tenían sus hijos criados en las tolderías. Para la literatura nacional, volvían “impuras”, “avergonzadas”, “manchadas”, eufemismos para describir los vejámenes a los que habían sido sometidas.
¿Qué clase de vida tendrían en la civilización?, se preguntaban las cautivas. Mal que mal, se habían adaptado a las costumbres de los aborígenes. Sin embargo, muchas de estas mujeres volvieron a sus hogares y se acostumbraron (o parecieron acostumbrarse) a la vida que habían llevado antes de vivir con la indiada.
Después de cada malón, los indios se llevaban consigo no sólo los ganados de las estancias, sino también un grupo de hombres y mujeres para los cuales comenzaba una nueva vida: una vida entre sus captores, allá, en las lejanas tolderías de «tierra dentro».
¿Qué tareas realizaban los cautivos en las tolderías? debían lavar, cocinar, cortar leña con las manos, hacer corrales, domar potros, cuidar los ganados y servir «de instrumentos para los placeres brutales de la concupiscencia» (describía Lucio Mansilla).
Pero, además, los cautivos cumplían otras funciones en la sociedad indígena. Eran ante todo objeto de comercio intertribal. Había, en efecto, intercambio entre las distintas etnias aborígenes. También eran empleados como baqueanos y mensajeros.
Otras veces jugaban un papel importante en la diplomacia india, pues los enviaban a rescatar como signo de buena voluntad y prólogo de las paces que firmaban, de tanto en tanto, con la sociedad hispanocriolla.
El rescate de cautivos fue una liturgia central en la historia de las relaciones fronterizas. Para los cristianos era el momento dramático en que recuperaban a sus seres queridos. Para los indios era un negocio: a cambio de una serie de bienes y productos se avenían a devolver al cautivo a su sociedad de origen.
Así, en 1779, por el rescate de una cautiva, los blancos entregaron a los indios tres mantas de una bayeta, sombreros, lomillos, estribos, espuelas, un pellón de sal, tres ponchos, cinco caballos y cincuenta yeguas.
En algunas tribus, los cautivos formaban verdaderas comunidades y podían así conservar su lengua y su identidad. Además, difundían entre los aborígenes algunos rasgos de la cultura hispanocriolla.
Las cautivas, especialmente, introdujeron en la cocina indígena comidas de origen criollo. En los toldos ranquelinos, Mansilla fue invitado a comer unos pastelitos preparados por una de ellas.
Rara vez eran llevados los cautivos a los malones. Frente al riesgo de la fuga o la deserción, la mayoría quedaba en la toldería.

Todo intento de escape era severamente castigado; peor para los hombres. A pesar de ello, era frecuente que, ante la menor oportunidad, los prisioneros buscaran liberarse.
El camino hacia la frontera era duro y solitario, debían soportar hambre y sed.
Para sobrevivir, los cautivos fugitivos comían peludos o huevos de avestruz y juntaban el agua llovida en la carona de su recado para aplacar la necesidad de líquido.
No faltó cautivo que, para no morir deshidratado, mojara su poncho en los pastos humedecidos por el rocío y luego lo chupara desesperadamente con sus labios resecos.
Una vez en la frontera y reintegrado a la sociedad de origen, el ex cautivo encontraba rápidamente una salida laboral: era contratado como lenguaraz -una especie de traductor de la lengua de los aborígenes- o como baquiano.
Blas de Pedroza, que permaneció cautivo entre los indios del cacique Anteman, no tuvo mejor idea, a principios del siglo XIX, que abrir un hotel para indios en plena ciudad de Buenos Aires y ofrecer a las autoridades el servicio de espionaje a cambio de recibir el favor oficial.
En el caso de La Cautiva, a Bryan, el héroe romántico brotado de la pluma de Esteban Echeverría, parece no importarle el pasado de su amada, mientras que José Hernández redacta con más crudeza el maltrato a la cautiva, tal como se lo contó el general Lanza Seca Saá gracias a su experiencia vivida con los ranqueles, mientras coincidieron en el exilio de Montevideo.
– Cautivas al modo norteamericano
Si bien la historia recoge varios casos de cautivas en nuestro medio, los norteamericanos cuentan las vicisitudes de estas damas con mayor crudeza. La mayor parte de las mujeres capturadas por los indios morían al poco tiempo o eran intercambiadas como esclavas, después de haber sido mutiladas (las quemaban y le cortaban la nariz y las orejas).
Cuando eran mujeres adultas, la regla era la muerte después de haber sido vejadas. En cambio, las niñas eran entregadas a mujeres que habían perdido un hijo y solían ser tratadas con cariño.
Solo se registró un caso de una joven capturada en Texas por los Comanches, que vivió 24 años entre ellos y al igual que las cautivas de Mansilla, no estaba dispuesta a volver a la civilización. Su nombre era Cynthia Ann Parker, pero era llamada Naduah entre los comanches (que quiere decir “alguien hallado”).
Cynthia era oriunda de Illinois pero fue capturada a los 10 años, cuando su familia se mudó a Texas y se establecieron en un pueblo fortificado, conocido como Fuerte Parker. El 19 de mayo de 1836, seiscientos comanches atacaron el pueblo. Eran guerreros feroces, habilidosos jinetes y diestros en el manejo del arco y flecha. Aun cabalgando a toda velocidad, podían disparar 10 flechas por minuto, que era lo que un americano tardaba en cargar un rifle.
El pueblo fue tomado por sorpresa y rápidamente capturaron a Cynthia y otras cinco personas. Los hombres fueron lanceados y se les cortaron el cuero cabelludo y los genitales. A la abuela de Cynthia Ann Parker, la violaron hasta morir. A un bebé le rompieron la cabeza porque no cesaba de llorar.
A Cynthia se la llevaron atada a la grupa de un caballo. Los Ranger rápidamente salieron a perseguir al grupo y pronto hallaron a una adolescente que había podido huir después de haber sido violada. A los otros, los fueron liberando con el tiempo, pagando su rescate. Sin embargo, Cynthia siguió viviendo entre los Comanches, sin intentar escapar.
Un capitanejo llamado Peta Nocona la tomó por esposa (curiosamente, el jefe permaneció monogámico por el aprecio que le tenía a Cynthia). El mayor de los hijos de esa unión se llamó Quanah Parker y fue el último gran jefe de los Comanches. El segundo varón era Pecos y también tuvieron una hija llamada Topsannah (o Flor de la pradera).
Los Texas Ranger la buscaron por años, exactamente 24 años. A lo largo de ese tiempo, pudieron verla dos veces, pero en ningún caso intentó volver. Rangers dirigidos por Lawrence Sullivan Ross atacaron a un grupo de comanches en Peace River. Nocona y Cynthia trataron de escapar de la embestida, ella llevaba una niña en brazos. Por más que trataron de detenerla, finalmente Nocona fue muerto al resistirse a ser detenido. Cynthia se salvó de morir por sus ojos celestes.
Con el poco inglés que recordaba, Cynthia pudo identificarse como la sobreviviente al ataque del Fort Parker. Y como tal fue conducida a Camp Cooper, donde vivía su tío, el coronel, Isaac Parker, quien inmediatamente la cobijó en su hogar.
En 1861, el Estado de Texas le cedió a Cynthia Ann Parker 4.400 acres de tierra y una pensión de U$S 100 al año. Sus primos, Duke y Benjamín, fueron sus tutores. Cynthia se quejaba de no poder ver a sus hijos. Lamentablemente, Topusana, con quien vivía, murió de gripe. El golpe fue terrible para Cynthia, que se dejó morir de inanición.
Cynthia Ann Parker quedó atrapada entre dos mundos, por un lado, Naduah, la cautiva y por otro la mujer blanca que no dejaba de ser una Comanche. La historia no termina con la muerte de Cynthia Ann Parker, porque su hijo mayor logró huir de la masacre y convertirse en el último caudillo Comanche.
Quanah Parker quiso continuar la guerra como lo habían hecho sus ancestros por 200 años, pero ya había desaparecido el búfalo de las planicies, el modus vivendi de su pueblo y esto exigía una adaptación a un mundo que cambiaba.
Quanah fue cruel y despiadado cuando lo pudo ser, pero sabía que tenía una guerra perdida. Se rindió honrosamente en una reserva y comenzó una vida propia de un pequeño propietario americano. Tuvo su casa, su cuenta de banco, crió animales y hasta usaba los sombreros Stentson luciendo un traje a medida, pero jamás se cortó la melena, y como un buen comanche, cultivó la poligamia.
Buscó a su madre y a su hermana hasta hallar la tumba que las albergaba. En la lápida, se recuerda a Cynthia Ann Parker como madre de Quanah, un consuelo ínfimo para esta historia de dos mundos desencontrados.
– Malón
La noción de malón, que procede de la lengua mapuche, se usa para aludir a un ataque repentino de indígenas. En concreto, podemos determinar que procede de la palabra “mapudungun”, que es sinónimo de “hacer hostilidad al enemigo”. Una palabra esta que también se usaba para hacer referencia exactamente a los ataques por sorpresa que los mapuches realizaban en contra de lo que eran las tropas españolas.
El término hace referencia a una modalidad de irrupción que emplearon pueblos aborígenes de Sudamérica.
El malón se formaba con numerosos combatientes a caballo que llegaban sorpresivamente a un lugar y perpetraban una acción ofensiva. Estos grupos podían embestir contra las estancias y las poblaciones de los europeos y los criollos o incluso contra otras comunidades indígenas.
Al atacar en malón, los aborígenes buscaban robar provisiones y ganado, tomar prisioneros y asesinar a sus enemigos. Muchas veces la agresión se concretaba por la noche para incrementar el factor sorpresa, haciendo que los agredidos no tuvieran tiempo para organizar su defensa.
Los indígenas solían usar boleadoras, mazas y lanzas como armas. En los fortines, los criollos instalaban mangrullos para tratar de avistar a los malones, aunque en horario nocturno quedaban pocos vigías y la visión era dificultosa.

Los malones fueron frecuentes en diversas zonas del Virreinato del Río de la Plata, el Virreinato del Perú y la Capitanía General de Chile. Con la independencia de Argentina y de Chile, estos ataques continuaron, incluso ya entrado el siglo XX, como ocurrió en la llamada masacre de Fortín Yunká de 1919.
Uno de los primeros malones de los que se tiene constancia sucedió en el año 1740 cuando el cacique Cangapol realizó ataques en Luján, Arrecifes e incluso Magdalena. Lo hizo de la mano de pehuenches, huilliches y tehuelches.
Otro malón significativo en la historia es el que se produjo en el año 1821, concretamente el 4 de abril. En concreto, lo que sucedió fue que el criollo y líder de malones José Luis Molina, que estaba al frente de unos 1.500 indígenas, atacó el conocido pueblo argentino de Dolores. Gracias a esa acción ofensiva realizada logró hacerse con la friolera de unas 15.000 cabezas de ganado.
De la misma manera, no podemos pasar por alto la existencia de otro ataque que se dio en llamar “El Malón Grande”. Este dio comienzo en noviembre del año 1875 y fue desarrollado por ranqueles así como diferentes indios. Atacaron lugares como Alvear, Tapalqué, Tandil, Juárez e incluso Azul. El resultado fue que se produjeron numerosas muertes, pero también que lograron apropiarse de una gran cantidad de reses e incluso de prisioneros. Sin embargo, un año después, exactamente el 18 de marzo de 1876, los indios fueron derrotados.
– Cautivas: las grandes olvidadas de la historia argentina
En los primeros años del siglo XIX, es cuando comienza en gran escala el drama de las cautivas blancas, en concomitancia con la araucanización de las pampas argentinas. El cautiverio era habitual en las tribus mapuches provenientes del sur de Chile desde mucho antes.
Miles de mujeres fueron raptadas en los pueblos argentinos por los sangrientos malones que las tenían como principal objetivo. La inmensa mayoría desapareció para siempre. Las que fueron rescatadas luego de años de cautiverio, nunca pudieron sacarse las huellas indelebles de la vejación y el desarraigo.
El de las cautivas es un tema tabú en la historia argentina. La venezolana Susana Rotker en su libro Cautivas. Olvidos y memoria en la Argentina manifiesta: «El tema de las mujeres olvidadas en un medio hostil me impresiona sin remedio».
«Las cautivas argentinas, que dan su despedida desde unas pocas pinturas del siglo XIX para desaparecer para siempre en el silencio. Esta soledad atroz del rechazo y del olvido me obsesiona. El silencio que cubre la existencia misma de las cautivas argentinas en el siglo XIX es devastador: desde el momento del rapto hasta el día de hoy la realidad del cautiverio es más bien sinónimo de desaparición».
«Sin dudas la idea de violación de sus mujeres por parte de un «salvaje» resultaba insoportable para los varones blancos. Se llega a culpabilizar a la mujer que acepta la convivencia con los indios o prefiere seguir viviendo en la «barbarie» por no abandonar a sus hijos mestizos. Muchas mujeres preferían no volver a la «civilización» por temor y vergüenza. De hecho se hacía difícil su reinserción en la sociedad de los blancos luego de haber sido concubinas de un indio».

Testimonios de soldados de la expedición del coronel Rauch en 1823 contra las tribus del sur dan cuenta de numerosas mujeres blancas rescatadas de las tolderías que «durante las marchas nocturnas se arrojaban de la grupa de los caballos, donde las llevaban los soldados y se salvaban a favor de las tinieblas».
Las motivaciones psicológicas eran profundas: la vergüenza de enfrentarse con una civilización que las juzgaría como transgresoras e impuras, aunque hubiesen sido vejadas contra su voluntad.
El escocés Cunningham Graham, conocedor de nuestras pampas escribió:
«Ay de la muchacha que por desgracia caía en sus manos! A toda prisa la arrastraban a los toldos, si eran jóvenes y bonitas les tocaban a los caciques; si no lo eran, las obligaban a los trabajos más rudos y siempre, a menos que lograran ganarse el cariño de su captor, las mujeres indias, a hurtadillas, les hacían la vida miserable, golpeándolas y maltratándolas».
Estanislao Zeballos en Painé y la Dinastía de los Zorros escribió: «La cruel e implacable furia de las indias celosas, los golpes y heridas que éstas les infieren y los horrores de una cautividad sujeta a los caprichos insaciables y feroces de los bárbaros. El espectáculo de los seres queridos inmolados, de las tiernas criaturas arrancadas de sus propios brazos para lancearlas a su vista o para regalarlas a indios que se retiran a sus tolderías lejanas, el recuerdo del incendio que devoró sus hogares y de la sangre en ellos vertida por sus defensores queridos, hunden sus almas en las angustias del martirio supremo»
Uno de los tantos malones de esa época fue el que arrasó con el pueblo de Salto en 1820. Los ranqueles, asociados al caudillo chileno José Miguel Carrera y sus hombres armados dieron el asalto.
Luis Franco en Los Caciques indígenas de la Pampa lo relata:
«La guarnición de Salto era de 40 hombres, que podía hacer frente a las lanzas, pero no a lo fusiles; terminó capitulando, bajo la condición de respeto a las vidas. La mayoría del vecindario había buscado refugio en la iglesia del pueblo. Los indios hicieron saltar el portón de entrada a golpes de ancas de caballo, y las paredes del recinto sagrado resultaron inútiles para contener la marea de la violación, el expolio y el degüello».
Los hombres fueron degollados y lanceados y doscientas cincuenta mujeres, sin contar los niños, fueron invitadas a trasladarse a la capital ranquel, a través de ciento cincuenta leguas de arena, polvo y espinas».
Un año después, Carrera fue fusilado en Mendoza por orden de San Martín a Tomás Godoy Cruz.
Santiago Avendaño, un cautivo de los ranqueles que escapó y dejó escritas sus Memorias cuenta que a la muerte del cacique Painé por un ataque cardíaco, su hijo mayor, culpó a sus 24 esposas de haber provocado su muerte con brujerías (hualicho).
«Con excepción de su madre, la consorte más antigua, el resto de las esposas fueron condenadas a morir de bolazos en la cabeza y apuñaladas, para ser enterradas en la misma fosa junto a Painé.
Sacrificadas de a ocho por vez, en las paradas que se hicieron desde el toldo del cacique hasta el lugar de su entierro.
El último grupo fue sacrificado al borde de la fosa abierta, sobre los caballos de pelea, los perros, y gran número de ovejas, antes de colocar el cuerpo de Painé.
La joven esposa preferida fue ubicada a su costado izquierdo».
Un testimonio inmensamente valioso fue el de Lucio V. Mansilla, Comandante de fronteras, que por mandato de Sarmiento en 1870 hizo un viaje de 18 días a las tolderías ranqueles para firmar con ellos un tratado de paz.
A su regreso escribió el genial Una excursión a los indios ranqueles en el que relata de primera mano:
«A cierta distancia había un grupo de cautivas. Con su mirada me conmovieron. ¿Quién no se conmueve con la mirada triste y llorosa de una mujer? Las cautivas eran las sirvientas. Algunas vestían como indias y estaban pintadas como ellas. Otras ocultaban su desnudez en andrajosos y sucios vestidos. ¡Cómo me miraban estas pobres! ¡Qué mal disimulaba resignación traicionaban sus rostros! Los primeros tiempos que pasan entre los bárbaros son un verdadero vía crucis de mortificaciones y dolores.
Deben lavar, cocinar, cortar leña en el bosque con las manos, hacer corrales, domar potros, cuidar los ganados y servir de instrumento para los placeres brutales de la concupiscencia. ¡Ay de las que se resisten! Las matan a azotes o a bolazos. La humildad y la resignación es el único recurso que les queda.
Y sin embargo, yo he conocido mujeres heroicas, que se negaron a dejarse envilecer, cuyo cuerpo prefirió el martirio a entregarse de buena voluntad». «A una de ellas la habían cubierto de cicatrices; pero no había cedido a los furores eróticos de su señor. Esta pobre me decía, contándome su vida con un candor angelical: ´Había jurado no entregarme sino a un indio que me gustara, y no encontraba ninguno´.
«Cuando el indio se cansa o se le antoja, la vende o la regala a quien quiere. Sucediendo esto, la cautiva entra en un nuevo período de sufrimientos, hasta que el tiempo o la muerte ponen término a sus males».
Una cautiva que se había llegado a nosotros, me dijo que era de San Luis, que durante algún tiempo había vivido con un indio muy malo. Que éste había muerto a consecuencia de heridas recibidas en la última invasión que llevaron los ranqueles al Río Quinto…Vea señor, me decía, cómo me castigaba el indio- Y mostraba los brazos y el seno cubiertos de moretones empedernidos y de cicatrices –
Así, añadía con mezclada expresión de candor y crueldad, yo rogaba a Dios que el indio echara por la herida cuanto comiese. Porque tenía un balazo en el pescuezo y por ahí se le salía todo, envuelto con el humor y… Me dio asco aquella desdichada, cuyos ojos eran hermosísimos. Tenía una lubricidad incitante en la fisonomía. Era esbelta y graciosa».
Entre otros impactantes testimonios el destacado militar agrega:
«Una mujer joven y hermosa, demacrada, sucia y andrajosa diciendo con tonada cordobesa: ´venía a pedirle que me haga el favor de hacer que los padrecitos me den a besar el cordón de nuestro padre San Francisco´.
Arrodillándose, lo beso repetidas veces.
Los franciscanos la exhortaron y acariciaron paternalmente y la tranquilizaron, pero no del todo. – Sollozaba como una criatura.
Partía el corazón verla y oírla. Calmose poco a poco y nos relató la breve y tocante historia de sus dolores. La vida de aquella desdichada era un verdadero vía crucis.
La tenía un indio malísimo que estaba frenéticamente enamorado de ella, y ella resistía con heroísmo a su lujuria. De ahí su martirio. ´Primero me he de dejar matar, o lo he de matar yo, que hacer lo que el indio quiere´, decía con expresión enérgica y salvaje. Yo estaba desesperado. Nadie podía hacer por aquella desdichada nada, nada tenía que darle».
Esteban Echeverría en el poema La Cautiva de 1827 cuenta la historia de una cautiva que logra escapar antes de ser ultrajada. La realidad mostró que casi ninguna tuvo esa suerte. Los indios quemaban o hacían tajos en la planta de los pies de las jóvenes para que no pudieran huir, hasta que aceptaran su triste destino.
Un viajero francés Augusto Guinnard que fue cautivado por una tribu araucana en 1856 describió un intento de fuga en Tres años de cautividad entre patagones»:
«un incidente trágico, horrible, vino a darme lecciones de prudencia. Unos jóvenes argentinos habían sido hechos prisioneros como yo; su suerte debía ser la mía, pero la mayor parte de ellos, confiados en su costumbre de orientarse en las pampas, vecinas de sus provincias natales, y en su destreza con los caballos, intentaron recobrar su libertad y fueron alcanzados de nuevo por los indios después de una larga persecución.
Conducidos a casa de sus amos y condenados a muerte por éstos, fueron colocados en medio de un círculo de indios montados que los asesinaron a lanzadas.
Vi a los asesinos dando aullidos de alegría al revolver la punta de sus lanzas las heridas con que acribillaban los cuerpos de sus víctimas. Enseguida desfilaron por delante de mí, mostrándome con afectación sus armas, la sangre de estos infortunados humeante a lo largo del asta de sus lanzas, y amenazándome con la misma suerte si intentaba fugarme».
Las dos Campañas del Desierto rescataron miles de cautivas. La expedición de Rosas en 1833 rescató unas mil y publicó el listado en el diario La Gaceta. La campaña de Roca en 1879 redimió a otras miles.
Uno de sus cronistas, Estanislao Zeballos en La Conquista de 15 mil leguas dice:
«Cerca de 3000 cautivos fueron libertados. Concluida la expedición, se publicó un folleto con los nombres y señas de todos los cautivos rescatados, folleto que se distribuyó en todas las provincias que tienen fronteras…
Entre esos cautivos los había que eran miembros de las principales familias de las provincias del interior…
Eran conmovedoras las escenas que ofrecían aquellos desgraciados cautivos al encontrarse de repente aliviados del sufrimiento y del martirio que por tanto tiempo habían experimentado».
La citada Susana Rotker reflexionó «la cristiana que ha permanecido largos años en cautiverio y ya ha tenido hijos mestizos está en definitiva, condenada.
Una vez cruzada la frontera ya no pertenecerá más ni a un mundo ni al otro: entre los indios siempre será una prisionera, vivirá intentando escapar o esperando ser liberada.
Luego, en el mundo de los blancos tampoco tendrá escapatoria.
Es ahora un personaje de frontera, una mujer sin identidad, condenada por su transgresión, no importa que ésta haya sido involuntaria y forzada».
– Las cautivas
El tema del cautiverio, y en particular de las cautivas, ha generado a lo largo de la historia diferentes manifestaciones que abarcan, entre otras cosas, la narrativa, la pintura y la escultura. El mito de Perséfone es una clara evidencia de lo anterior. El rapto, la separación violenta de su círculo familiar, la obligación forzada a la práctica sexual, la incorporación a la fuerza de trabajo del grupo agresor, forman parte de lo que caracteriza este fenómeno.
En esta ponencia se pretende desarrollar el tema, es decir, las mujeres cautivas por los apaches y otros grupos indígenas del norte de México durante el siglo XIX, y las mujeres cautivas por los indios ranqueles y los de la pampa argentina en ese mismo período. En ambos casos se trata de mujeres que vivieron las consecuencias de las contradicciones entre los distintos proyectos de Estado-Nación decimonónicos y los indios mencionados, quienes luchaban contra el exterminio de sus formas ancestrales de vida que tales programas políticos representaban.
En este sentido, es necesario aclarar que se ha elegido a esos grupos indígenas porque ambos significaron un freno a la expansión territorial española y luego criolla en las llamadas fronteras interiores. Se trata de comunidades que practicaban una economía de apropiación y que desde antes de la llegada de los españoles solían raptar mujeres y niños para incorporarlos a sus rancherías o tolderías.
Solamente se analizarán algunos ejemplos que considero pertinentes para reflexionar brevemente sobre este tema, en particular para tratar de comprender la supuesta preferencia que tenían los indios por la mujer blanca, la manera como era incorporada al grupo raptor, los roles que ejercía al interior del mismo el mestizaje producto de esa situación.
Asimismo, se pretende realizar un comentario sobre la imagen literaria y la representación plástica de ese rapto y cautiverio, en la que siempre la mujer aparece con una actitud total de sufrimiento y el hombre indio con una mirada llena de lascivia. Alegoría quizás de la “civilización” contra la “barbarie”.

– El significado del cautiverio
Pero, ¿qué significa la voz cautiva?, etimológicamente proviene del latín captivus, es decir, cautivo, prisionero, aprisionado. Era una voz comúnmente empleada por los españoles, que tenían por costumbre, al igual que otros pueblos del Mediterráneo, atrapar a parte de los vencidos en las batallas en calidad de rehenes para luego negociar su libertad e intercambiarlos en caso necesario con los enemigos.
En algunas ocasiones los cautivos pudieron ser de noble linaje; de tal forma, es sabido que los Reyes Católicos tenían en calidad de rehén al pequeño hijo de Boabdil, el último rey moro de Granada, como garantía del cumplimiento de las capitulaciones para entregar la ciudad. Toda vez que terminó el sitio de Granada, el niño fue devuelto a su padre en enero de 1492.
Asimismo, los monarcas españoles liberaron a 500 cautivos moros en esos días. Lo más asombroso de este asunto, y que tiene que ver con el tema de esta ponencia, es recordar que el inicio del infortunio de Boabdil, el Zogoibi, el Desventuradillo, fue la presencia de una cautiva cristiana, doña Isabel de Solís, quien luego profesó la religión islámica y se pasó a llamar Soraya.
Se dice que era una mujer tan bella que lo mismo fue deseada por Boabdil que por Hacen, su padre, el rey granadino, y eso dio inicio a las guerras internas entre los moros, tan bien aprovechadas por los reyes cristianos. Verdad o parte de la leyenda es la frase atribuida a Fernando de Aragón, quien afirmó que ojalá hubiera más cristianas cautivas como Isabel de Solís, quien había logrado con su belleza lo que los soldados españoles no habían podido concretar en el campo de batalla.
El canje de rehenes cautivos y sus fines estratégicos también se puede apreciar en la América española, y ya en pleno período independiente durante el siglo XIX.
En particular, se encuentra una referencia a este tipo de intercambio en el poema épico Martín Fierro de José Hernández, escrito en la década de 1870 y que representa una apología del gaucho y no del indio. En uno de los pasajes de esta obra, el autor relata cómo el gaucho Martín Fierro y su amigo el sargento Cruz son capturados por los indios pampas.
Ante el peligro de muerte están alertas, sin embargo el lenguaraz les explica que no los mataban porque el cacique así lo había decidido ya que estaban preparando un malón (correría, incursión a tierras de no indios) y:
Les ha dicho a los demás
Que ustedes queden cautivos
Por si cáin algunos vivos
En poder de los cristianos,
Rescatar a sus hermanos
Con estos dos fugitivos
El encuentro de Martín Fierro con la cautiva de los pampas se produce en circunstancias terribles. Acusada de brujería por otra de las mujeres del indio que la tenía cautiva, éste había decidido castigarla matándole al hijo producto de su relación. Obviamente, José Hernández trata de producir el mayor efecto dramático en el lector para demostrar el salvajismo del indio y la nobleza del gaucho, redimiendo así a este último a los ojos de la gente civilizada.
Las mujeres, y en general los niños y jóvenes raptados, eran obligados a incorporarse al grupo indio como fuerza de trabajo, y obviamente las mujeres además procreaban los hijos que más tarde participarían en las correrías depredadoras. Sobre este particular, Fernando Operé refiere que “si los cautivos eran piezas preciadas como mano de obra y objetos de valor en el intercambio intertribal y con los cristianos, las cautivas tenían un doble valor, pues podían ser también esposas y madres…
Las mujeres representaban propiedad y eran expresión de poder y status. Sin embargo, aunque la poligamia era una práctica aceptada, sólo caciques y capitanejos se podían permitir el lujo de mantener más de una esposa…
Para muchos indios de bajo status, que no poseían medios para comprar una esposa, raptar una cautiva blanca era una forma de conseguirse cónyuge sin pagar el precio de la novia”.
Desde antes de la llegada de los españoles es sabido que los indígenas americanos raptaban mujeres de los grupos vecinos, habría que recordar la relación conflictiva entre los indios Pueblo y los apaches en el norte de México, o los huarpes y los puelches en Mendoza, Argentina, es decir, grupos dedicados a la agricultura atacados por otros que practicaban una economía de pillaje, de apropiación.
No sólo les robaban sus cosechas, sino sus niños y mujeres. Una especie de rapto de las Sabinas pero a la americana.

Volviendo al Martín Fierro, la mujer le relata sus desventuras luego de que los indios pampas asesinaron a su marido cuando asaltaron su partido llevándola cautiva, y la agobiante carga de trabajo que debía desempeñar en las tolderías indias:
En tan dura servidumbre
Hacían dos años que estaba.
Un hijito que llevaba
A su lado lo tenía.
La china la aborrecía
Tratándola como esclava…
Ansí le imponía tarea
De juntar leña y sembrar
Viendo a su hijito llorar;
Y hasta que no terminaba,
La china no la dejaba
Que le diera de mamar.
Cuando no tenían trabajo
La emprestaban a otra china.
Naides, decía, se imagina,
ni es capaz de presumir
cuánto tiene que sufrir
la infeliz que está cautiva
La china era la mujer principal del indio y por eso sus celos y su empeño en provocarle tanto daño. Con respecto a las tareas que efectivamente desempeñaban las mujeres indias al interior de su comunidad, se puede citar como ejemplo la siguiente descripción de las mujeres apaches: “No se peinan si sus padres o maridos salieron a una expedición, hasta que vuelven. Ellas son las que trabajan: cuidan los caballos, los ensillan cuando el marido tiene que montar, hacen las gamuzas, las teguas, los chimales, fustes, estribos, mitaexas y, en una palabra, todo lo que hay que hacer”.
Asimismo, esta información puede ser complementada con la descripción que ofrece Fernando Operé sobre las tareas que las mujeres realizaban en las comunidades pampas, porque “además del trabajo doméstico, de cuidar a los niños y cocinar, tenían que construir los toldos, montarlos, desmontarlos y mantenerlos en buen estado. Eran también empleadas en labores de pastoreo y cuidado de ganados, curtido de pieles, extracción de grasas, confección de objetos de plumas, madera, hueso, y otros textiles”.
– El indio, la china y la cautiva
El rapto de niños y niñas también es recogido en diversas fuentes, como la del minero francés Louis Lejeune, que durante su viaje al norte de Sonora realizado en los años de 1885-1886, cuando se libraba la última guerra contra los apaches, escribió en su diario las impresiones de lo que presenció; en particular, menciona el trato dado a los niños cautivos: “Los apaches no daban cuartel pero, con frecuencia, antes de matar a sus prisioneros, los conservaban con vida algunas horas y los ‘calentaban’ o los mutilaban para sacarles información o para divertir a las mujeres. Rompían contra un tronco de árbol la cabeza de los niños.
A veces perdonaban la vida a niños o niñas de ocho a doce años y los acostumbraban a la vida salvaje, eliminando a aquellos que servían mal o trataban de huir. Un niño de diez años, tomado en Janos, fue arrastrado desnudo entre los cactus, al galope de un caballo. Su cuerpo, hinchado y ennegrecido, se parecía a ese monstruoso melón del desierto cubierto de espinas y que se llama biznaga”.
Por el contrario, en el libro “Las guerras indias en la historia de Chihuahua”, su autor, Víctor Orozco, menciona que la suerte de los cautivos de apaches y comanches dependía de su edad. De esta forma, “los adultos casi siempre eran eliminados, lo mismo que los niños pequeños que no podían caminar”.
Explica que los menores que lograban llegar a los aduares indígenas “eran asimilados y tratados igual que el resto de los niños, por lo que la mayoría acababa por integrarse a las costumbres y hábitos de sus captores”. Asimismo, incluye el relato de Roque de Jesús Flores, un muchacho cautivo por los comanches que había vivido entre ellos desde los 7 hasta los 22 años. Interrogado por el comandante Pedro García Conde en julio de 1835, narró su vida entre los indios.
Por cierto, en su parte el oficial decía que “este desgraciado joven parece pertenecer a una de las principales familias de Santa Rosa, donde fue hecho cautivo a edad tan temprana que hoy sólo sus facciones lo distinguen de los comanches”. En su relación, Roque de Jesús Flores comentaba “…que existen entre éstos muchos cautivos, aunque no puede decir a punto fijo su número y que ninguno de aquellos se ha ido voluntariamente porque infiere no salen del cautiverio por el buen trato que reciben”. Para los indios también era importante la devolución de sus guerreros capturados. Según Carlos González y Ricardo León, “este era el obsequio más importante que una autoridad podía hacer a un jefe apache: regresarle a uno de sus guerreros que hubiese sido capturado en acción de guerra y enviado fuera de la provincia”.
Ahora bien, desde un principio, los europeos que llegaron a este continente vieron con bastante naturalidad el hacerse de mujeres indias. Es sabido que Paraguay era conocido como “el Paraíso de Mahoma” por la cantidad exagerada de mujeres indígenas que tenía cada conquistador, como por ejemplo, Domingo Martínez de Irala a mediados del siglo XVI.

Durante ese mismo período en la provincia de Tucumán, dependiente del Virreinato del Perú, se conoce que cierto gobernador llamado Francisco de Aguirre era “tan aficionado a las indias que en cierto momento lo llamó la Inquisición de Lima a dar cuentas de su poco cristiana conducta. Pero el fundador de Santiago del Estero salió indemne del Tribunal y se defendió diciendo que de esa manera mejoraba la raza” y fomentaba el poblamiento de la región.
Pero, ¿Qué pensaban los españoles y luego los criollos independientes de que los indios les robaran a sus mujeres blancas?, ¿Cómo han interpretado los historiadores y antropólogos modernos esa situación?
Fernando Operé relata la historia de la cautiva Francisca Medrano, quien desde los cuatro años había sido raptada por los comanches de la casa paterna en Nuevo México. A sus padres los mataron, a sus dos hermanos también los raptaron y no supo más de ellos. Llegó a cumplir 100 años de edad (1831-1931). Sus memorias fueron recogidas por un misionero metodista apellidado Butterfield y publicadas con el título de “Comanche-kiowa and apache missions”.
Durante su cautiverio con los comanches, según se desprende de su relato, no conserva un buen recuerdo, la hicieron trabajar muy duro, acarreó agua y leña y desempeñó todas las tareas que le fueron asignadas. Luego fue vendida a los kiowas, se casó con un guerrero y tuvo tres hijos de los cuales ninguno sobrevivió. También su esposo kiowa murió y fue vendida de vuelta a los comanches.
Se volvió a casar con un comanche y tuvo una hija. Sin embargo, en 1869 se trasladó al recién fundado Fort Sill, en Oklahoma, allí conoció al que sería su nuevo marido, “un joven corpulento, rubio y de ojos azules” de origen español con quien llegó a tener tres hijos.
Operé opina que el relato fue manipulado por el misionero metodista, puesto que abundan las referencias a la vida de Francisca en Fort Sill detallando los trabajos de ella en la misión metodista como una especie de propaganda religiosa, pero no menciona el nombre de sus esposos indios ni el de los hijos muertos, y el autor se pregunta si ella se avergonzaba de su experiencia en cautiverio y si representaba la maternidad con indígenas un estigma para ella.
Como dato anecdótico, vale señalar que nunca se dejó fotografiar porque tenía la creencia de “que si así fuera su espíritu la abandonaría y moriría”, es decir, algo de las costumbres comanches quedó en ella para siempre.
– Mujeres divididas
Lucio V. Mansilla narra sus impresiones acerca de las cautivas que conoció en las tolderías indias durante su viaje a principios de 1870 para efectuar un tratado de paz con los ranqueles del sur de Córdoba, Argentina.
Cuando comenta las condiciones de vida de éstas y las relaciones sexuales que eran obligadas a tener sirviendo de “instrumento para los placeres brutales de la concupiscencia”, cita a una de estas mujeres que fue la excepción puesto que se negó a ser sometida sexualmente:
“Y sin embargo, yo he conocido mujeres heroicas, que se negaron a dejarse envilecer, cuyo cuerpo prefirió el martirio a entregarse de buena voluntad.
A una de ellas la habían cubierto de cicatrices; pero no había cedido a los furores eróticos de su señor.
Esta pobre me decía, contándome su vida con un candor angelical: ‘Había jurado no entregarme sino a un indio que me gustara, y no encontraba ninguno’».
Otra cautiva le cuenta que su presencia fue motivo de disgusto entre las otras mujeres del indio que la raptó, que la “mortificaban mucho”, le pegaban entre todas cuando la agarraban en el monte, pero que desde que el indio había dejado de interesarse en ella, las demás mujeres se volvieron sus amigas.
Mansilla concluye advirtiendo que “cuando el indio se cansa, o tiene necesidad, o se le antoja, la vende o la regala a quien quiere. Sucediendo esto, la cautiva entra en un nuevo período de sufrimientos hasta que el tiempo o la muerte ponen término a sus males”.
Otro ejemplo lo proporciona Operé con la historia de Tomasa. Ella, al contrario de los casos mencionados, deseaba permanecer entre los indios comanches que la raptaron siendo una niña. De hecho, cuando fue canjeada a la edad de diez años en 1851 y colocada como sirvienta en la casa de una familia rica de la ciudad de El Paso, Texas, no se sintió a gusto porque extrañaba a su familia comanche y se escapó junto con otro niño ex cautivo; luego de varios días de viaje y a punto de terminarse sus provisiones, afortunadamente para ellos lograron hallar el campamento comanche.
La clave para entender estas posturas tan diferentes por parte de las cautivas la ofrece Jimena Sáenz, cuando supone que el primer tipo corresponde a mujeres recién raptadas que deseaban escapar, y el otro a mujeres que ya tenían más tiempo entre los indios, porque “cada una de las mujeres se convirtió en esposa de un indio y tuvo varios hijos; su apego a los frutos de una misión forzada las habituó a la dureza y privaciones de la vida errante de sus dueños, y perdieron, si no totalmente el recuerdo de su país, por lo menos el deseo de regresar”.
¿Era un deseo sincero de quedarse entre los indios? La autora señala que no sólo se trata de razones afectivas sino psicológicas, puesto que ninguna de ellas “deseaba encontrarse con su anterior marido y temían más que todo a la civilización y al qué dirán. Sus costumbres y su aspecto eran ya pampas; la vergüenza de enfrentarse con una civilización abandonada, aunque no por propia voluntad, hacía casi imposible el rescate de las cautivas”.
Por esa misma situación pasó Lola Casanova, la muchacha sonorense raptada por los seris a mediados del siglo XIX, cuando al ser rescatada prefirió dejar a su hijito Víctor, de menos de dos años de edad que había tenido con el jefe indio Coyote Iguana.
Según Sergio Córdoba Casas, es muy probable que ella haya tomado esa decisión “pues la sociedad hermosillense era muy conservadora y jamás hubiera aceptado a su hijo entre los blancos”.
Según Fernando Operé, en La Cautiva, Esteban Echeverría en 1837 retrata a la mujer sublime que escapa de los horrores de la barbarie y desprecia la posibilidad de procrear un hijo con un indio; ella se encuentra embarazada del inglés Brian, es decir, evita un hijo mestizo porque en la visión romántica del autor esto “implicaba la pérdida de la pureza sobre la que se querían asentar los cimientos de la nueva nación: una nación étnica y culturalmente blanca”.
Para Echeverría, ella encarna a la civilización y defiende su virtud en contra del salvaje, el mestizaje representaría una violación de esa pureza que pretendía integrar a Argentina “en el coro de las naciones civilizadas”. Deseado o no, el mestizaje interétnico fue una constante en las rancherías indígenas, tanto del norte de México como del sur argentino.
En 1806, una cautiva de los pehuenches del sur de Mendoza se negaba a dejar las tolderías, no era la primera vez que trataban de rescatarla pero ella le dijo al oficial español: “No quise irme porque quiero mucho a mis hijos”.
– La imagen romántica de las cautivas
El romanticismo del siglo XIX, tanto en la plástica como en la literatura, casi siempre representó a la cautiva como una víctima. En los óleos y litografías de la época se observa siempre la figura de la mujer raptada mirando al cielo, semidesnuda, los ojos implorantes, montada en el mismo caballo del indio que con una mano sujeta las riendas y con la otra sostiene su preciada carga mientras la observa con una mirada llena de lascivia sugerida por el pintor y que recrea un imaginario colectivo.
Lo mismo que una portada de una revista estadounidense de fines del siglo XIX que muestra a un apache raptando a una mujer blanca, se pueden apreciar estas escenas en los cuadros de Juan Mauricio Rugendas que representan mujeres raptadas o que tratan de rescatar de sus captores (mediados del siglo XIX); y aunque para la época que Ángel della Valle pinta su obra “La vuelta del malón” ya se ha acabado el llamado “problema indio” en la Argentina de 1892, este artista plasma una situación similar con una mujer blanca desfallecida y semidesnuda en los brazos del indio que la sostiene mientras cabalgan y uno de sus compañeros lleva una cruz como parte del botín.
¿Qué motivaba a los indios a raptar mujeres blancas? Según las palabras del indio ranquel que le contestó a Mansilla la pregunta “¿Qué te gusta más, una china o una cristiana?”, le gustaban más las cristianas porque “ese cristiana, más blanco, más alto, más pelo fino, ese cristiana más lindo…”.
Reynaldo A. Pastor opina que la presencia de la mujer cristiana significó para los indios un incentivo propiciado por sus “mórbidas líneas, la blancura de su cutis, su sedosa cabellera, su presencia angustiada y dolorosa [que] le trastornaban la mente despertando toda su sensual masculinidad”.
Independientemente de esta consideración tan fantasiosa, no se debe olvidar que desde tiempos lejanos, las mujeres raptadas eran incorporadas a las distintas actividades económicas y servían para procrear hijos que aumentarían el número de individuos del grupo en cuestión; de hecho, en el caso argentino, se sabe que los hijos de cautivas y caciques podían ocupar el cargo de su padre al morir éste. Estos mestizos tenían iguales derechos y obligaciones que el resto del grupo al que pertenecían.
De cualquier forma, es difícil abandonar los estereotipos creados por el vencedor de esta historia, porque algo que habría que reflexionar es que tanto los indios del norte de México y los de la pampa argentina hasta ahora descritos en los casos de cautiverio fueron diezmados, muchas veces exterminados del todo, en nombre de la civilización vs. la barbarie.
En 1879, el general Julio Argentino Roca dirigió la Campaña del Desierto en contra de los grupos indios rebeldes de la pampa al sur de la provincia de Buenos Aires, el sur de Córdoba y el sur de Mendoza, en una línea que se extendía de la Cordillera de los Andes hasta el Atlántico y que él y su ejército lograron bajar hasta el río Negro.
En 1887, Jerónimo, el último jefe apache rebelde fue vencido. En ambos casos los indios que sobrevivieron fueron repartidos entre los vencedores en calidad de sirvientes o deportados a lugares completamente diferentes a su hábitat original. Por ejemplo, los ranqueles fueron enviados al Tucumán, y los apaches a Florida.
Para concluir, se reproduce la noticia fechada el 9 de diciembre de 1868 y que probablemente en la actualidad alegraría a algunos estudiantes en vísperas de exámenes; la escribe el subdelegado de la Villa de La Paz, va dirigida al Inspector de Escuelas de la Provincia de Mendoza, Argentina:
“El que suscribe tiene el pesar de anunciar a esa Inspección que con motivo de los deplorables sucesos ocurridos el 22 del pasado en el Departamento de su cargo, será imposible rendir exámenes en el establecimiento de varones; y que con mayor razón lo será en el de niñas porque su digna preceptora es una de las desgraciadas personas que han sido cautivas por los indios.”
Esta nota pretende ser un humilde recordatorio al sufrimiento de esas miles de mujeres y jóvenes que padecieron un inhumano cautiverio en las pampas argentinas y que, como segunda condena, han sido desterradas del inconsciente colectivo nacional.
Sólo alguna novela como Indias Blancas aborda el tema, con una impecable y atractiva dinámica narrativa, pero con un tono de romance y épica, que dista mucho de la espantosa realidad que sufrieron miles de nuestras compatriotas hace poco más de un siglo.










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