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Nazis, infidelidades, traiciones, prácticas sexuales fuera de lo común y un asesinato sin resolver: 86 años de la boda de Wallis Simpson y el duque de Windsor …


La boda de Wallis Simpson y Eduardo VIII el 3 de junio de 1937 en el Chateau de Candé en Francia.

Vanity Fair(R.Piñeiro)El 3 de junio de 1937 se casaban los duques de Windsor una de las parejas más polémicas, seguidas y vigiladas del siglo XX. Wallis Simpson y el –hasta poco antes– rey Eduardo VIII de Inglaterra protagonizaron un romance tan arrollador que a él le costó la corona y estuvo a punto de llevarse por delante un imperio. Sin embargo, su vida –pese a lo escrutada y analizada que ha sido– sigue estando envuelta en grandes misterios.

En una vida documentada en lo externo al dedillo, sabemos cuándo y dónde tuvo lugar su primer encuentro. Sucedió el 10 de enero de 1931 en Burrough Court, una casa señorial en Melton Mowbray, un pueblo de Leicestershire.

El príncipe notó que la señora Simpson estaba muy resfriada, y le preguntó, cortés: “Como estadounidense, ¿echa de menos la calefacción central?”.

La inesperada respuesta de Wallis fue: “Lo siento, señor, pero me ha decepcionado”. “¿En qué sentido?”, inquirió él. “A todas las mujeres de Estados Unidos que vienen a su país se les hace siempre la misma pregunta. Yo esperaba algo más original del príncipe de Gales”.

En un momento en el que nadie se atrevía a hablar con semejante franqueza al heredero del imperio, la pulla tuvo el efecto deseado. Años después, en sus memorias A King’s Story, Eduardo recordaría: “Me fui a hablar con los demás invitados. Pero seguía oyendo el eco de su voz…”.

¿Quién era aquella mujer capaz de desafiar el protocolo intrigando al príncipe de Gales? Durante décadas, el mundo ha intentado comprender qué tenía Wallis Simpson, una mujer no excesivamente bella, que a priori no sería la dama más deseable o llamativa de un salón, para conquistar a uno de los hombres más poderosos y admirados de su tiempo, hasta el punto de que él renunció a un imperio por ella.

Probablemente entender el motivo del amor, la dependencia y la conexión sexual que tuvieron Wallis y el príncipe (o al menos él por ella) sea imposible, porque al fin y al cabo, los asuntos del corazón y órganos ajenos son hasta cierto punto inexplicables, pero lo que está claro es que Wallis Simpson fue, y ella se encargó también de construir esa imagen, una mujer fuera de lo común.

Villana, heroína, víctima o culpable, su vida fue una de las más escrutadas del siglo XX, y aún así, permanece envuelta en sombras. Para cuando conoció al príncipe de Gales, ya llevaba unas cuantas aventuras a sus espaldas; algunas, no precisamente agradables.

“Cuando era buena, por lo general lo pasaba mal y cuando era mala, me sucedía lo contrario”, escribiría Wallis en su autobiografía. Desde luego, fue educada para ser “buena”, en un sentido muy concreto, el que la buena sociedad del sur de Estados Unidos consideraba que significaba la palabra.

Entre otras cosas, porque había existido algo ya “malo” en su nacimiento: Bessie Wallis Warfield llegó al mundo como hija de madre soltera; sus padres se casaron cuando ella tenía 16 meses por presiones familiares, para borrar la vergüenza de ese pecado. Esto, según la biografía de Charles HighamLa señora Simpson.

Otros autores aseguran que el matrimonio se produjo siete meses antes del nacimiento de la niña, en circunstancias un tanto precipitadas. El padre falleció poco después, de tuberculosis, y la madre, Alice Warfield, una joven de la buena sociedad de Baltimore, quedó a expensas de la caridad de sus parientes ricos, sobre todo de su cuñado, para Wallis, el “tío Sol”.

La niña se crio para ser una señorita, una dama: se esperaba que se relacionase con sus compañeros de clase social, revolotease cual belleza sureña y se casase pronto y bien. Y en cuanto se graduó del colegio, Wallis se dedicó a esa misión con gran voluntad aunque sin demasiados medios. Su tío Sol se negó a pagarle su fiesta de debut en sociedad privada, aunque eso no le impidió brillar como una de las jóvenes más llamativas de la temporada. 

No poseía una belleza obvia, pero poseía una personalidad burbujeante, era desenvuelta, divertida y se le daba bien coquetear. Además, se las arreglaba para tener estilo propio y destacaba por su elegancia. Siempre apremiadas por el dinero, su madre Alice y ella se habían hecho expertas en coserse su ropa para intentar suplir con maña la falta de presupuesto. En su condición de chica “pobre” entre las ricas, Wallis siempre fue consciente de la importancia que tenía el aspecto, el vestuario y dar la imagen adecuada ante los demás.

Todo esto se revelaría muy útil cuando en 1916 su prima Corinne la invitó a visitarla en Pensacola, Florida. Corinne estaba casada con un capitán de la marina, destinado a una base aérea en un tiempo en el que la aviación apenas estaba empezando a desarrollarse y los pilotos tenían un aura novedosa, de héroes.

Wallis llegó allí en el mes de abril, a los 19 años, y en 24 horas ya se había enamorado. “He conocido al aviador más fascinante del mundo”, le contó por carta a su madre. El afortunado era el teniente Earl Winfield Spencer, de 27 años, uno de los primeros pilotos de la Marina que eran también aviadores.

“Me transmitía ante todo determinación y valor: me hacía sentir que era un hombre en el que se podía confiar en un apuro”, escribiría una Wallis entregadísima. En sus memorias, publicadas en los años cincuenta, matizaría: “Aunque mi amor por Win Spencer era más que sincero, también me rondaba por la cabeza que, si me casaba, dejaría de ser una carga para mi madre”.

Lo consiguió; seis meses después de conocerse, Wallis y Win se casaron el 8 de noviembre de 1916En la misma noche de bodas Wallis se dio cuenta de un detalle importante que se le había pasado por alto: su marido era un alcohólico que escondía una botella de ginebra en un estado en el que la bebida estaba prohibida, aparte de que como aviador, también le estuviese vetado.

Fue solo el primer disgusto de un matrimonio que pronto se revelaría como un espantoso error. Win era posesivo y muy celoso; le montaba escenas en fiestas si creía que estaba coqueteando con algún otro aviador, y llegaba a atarla a los barrotes de la cama y dejarla un día entero allí, sola. Lo llamaba “detención incomunicada”.

Wallis Simpson en 1919.

Existe además mucha literatura en torno a la vida sexual del matrimonio, que es en realidad solo un subgénero del mucho más amplio tema “sexualidad de Wallis”. Según Charles Higham, Win era bisexual, y ella no quería tener hijos. Pero según Michael Bloch, autor que conoció a Wallis en sus años de vejez en circunstancias oscuras, no es que no quisiese sino que no podía, porque Wallis era intersexual.

Se anima incluso a concretar que tenía “síndrome de insensibilidad andrógina”, es decir, personas que genéticamente son hombres, tienen los cromosomas XY, pero se desarrollan como mujer. La autora Anne Sebba, en su biografía Esa mujer, le da credibilidad a esta teoría. Apunta que por su aspecto físico, según ella, de rasgos masculinos, y su cuerpo muy delgado y de brazos y piernas largos, “sin duda, Wallis respondía a esa descripción”.

Sebba aventura que Wallis sí tendría vagina, aunque de tamaño reducido, pero no útero, y asegura que el que no haga referencia en sus memorias más que en la última página al hecho de no haber tenido hijos indica que algo pasaba. Donald Spoto en Esplendor y Ocaso de la dinastia Windsor cita a Herman Rogers, íntimo amigo de Wallis, que aseguró que “nunca había realizado el acto sexual con ninguno de sus dos primeros maridos ni había permitido a nadie tocarla por debajo de lo que denominaba su línea Mason-Dixon personal”.

Todas estas elucubraciones, de momento indemostrables y según algunos absurdas, no hacen más que acrecentar el morbo y el misterio en todo a su figura.

Lo que sí es cierto es que su vida matrimonial, que era el objetivo para el que había sido educada, era muy infeliz. En su condición de militar, y con Estados Unidos participando ya en la Gran Guerra, a Win lo enviaron a distintos destinos: Boston, Washington, San Diego…

Ella comenzó a aborrecer esa vida de “peregrinar como gitanos de base en base para pasar una corta temporada en un bungaló alquilado o en anodinas viviendas públicas”. Win seguía bebiendo e incluso le retiraron el carnet de conducir. El 7 de abril de 1920, el príncipe de Gales visitó San Diego y su base.

Una leyenda cuenta que fue allí donde Wallis y el príncipe se vieron por primera vez, pero la realidad no está muy clara. Higham asegura que ella le vio de lejos, porque los Spencer no fueron invitados a la recepción, y Anne Sebba asegura que Wallis ni siquiera estaba en San Diego entonces.

Para entonces el matrimonio ya hacía aguas. Win le contó a su esposa que había conocido a otra mujer, y que se iba a Florida con ella; después se reconciliaron y se establecieron en Washington, pero la tregua duró poco. Una tarde de domingo, Win la dejo encerrada en el baño. Cuando consiguió salir, decidió que tenía que divorciarse.

No fue fácil. La familia de Wallis se horrorizó por la noticia y la conminaron a arreglar la situación, sin valorar en su medida la situación de violencia en la que la joven se encontraba. Wallis lo intentó, y las reconciliaciones y rupturas con Win se sucedieron. Para 1922, a Win lo enviaron a un destino que estaba, literalmente, en la otra punta del mundo: China. Wallis no lo acompañó. El matrimonio se había roto.

Al menos, por el momento. A los 25 años, Wallis se encontró viviendo en Washington como una mujer separada, rodeada de pretendientes y frecuentando los círculos de los poderosos de forma habitual. Subsistía con una pensión de 225 dólares al mes, lo que no era mucho, pero perfeccionó su técnica de jugadora de póker, con lo que redondeaba sus ingresos, además de darse fuste en las reuniones en las que el juego estaba bien visto, como una sofisticada herramienta de sociabilidad más.

En Washington conoció a su primer amante, Gelasio Caetani, el embajador italiano. El encuentro resultaría providencial porque ser el embajador italiano en Estados Unidos en 1922 implicaba ser seguidor de Mussolini. Caetani la vio como una forma de introducir las ideas fascistas en Washington, y ahí empezó para ella la simpatía por el fascismo y el régimen autoritario que tantos quebraderos de cabeza traería en un futuro.

Pero el gran amor de Wallis tras Win no fue Caetani, sino Felipe Espil, el secretario de la embajada argentina con el que salió durante una breve temporada, antes de dejarla por una socialite con más dinero y mejor posición social. Entonces, de forma providencial, Win dio señales de vida: le escribió pidiéndole que fuese a China y volviese con él, y Wallis aceptó. Iniciaba lo que ella llamaría después “mi año del loto”.

Llegó en septiembre de 1924 a Hong Kong, en un momento en el que el país estaba al pil pil, al borde de una guerra civil. La situación del matrimonio también estaba muy lejos de la estabilidad; la reconciliación apenas duró dos semanas; Win seguía siendo alcohólico y celoso compulsivo. Además, escribe Wallis “a su ya formidable repertorio de pullas y humillaciones, añadió algunas variantes orientales. Yo imaginaba que durante nuestra larga separación había pasado buena parte de su tiempo en tierra de las casas sing-song. En cualquier caso, se empeñó en que lo acompañara a sus establecimientos favoritos, donde flirteaba descaradamente con las chicas”.

Las casas sing-song eran burdeles en los que también se jugaba y se fumaba opio; lugares de mala reputación dueños de una fama que se contagiaba a cualquiera que los frecuentase, sobre todo si era una mujer occidental.

El año del loto de Wallis forma parte indisoluble del mito de Wallis. Tras la enésima ruptura, Wallis no se limitó a volver a Estados Unidos, sino que dejó Hong Kong para desplazarse a la legendaria, peligrosa y atrayente Shanghái. Y de ahí, aún con China en medio del conflicto, se dirigió a Pekín, porque como ella escribiría en sus memorias, “habiendo llegado tan lejos, no estaba dispuesta a que una simple guerra civil me detuviera”.

Cuando Caroline Blackwood publicó Últimas noticias de la duquesa en los noventa, escribió: “Se desconoce de qué vivía en esa época, con el tiempo corrió el rumor de que fue en Pekín donde aprendió a dominar su asombroso “truco chino”. Lo oriental, lo asiático, estaba todavía asociado en la mentalidad occidental a lo oculto, también en lo sexual, y la fetichización de la mujer oriental (una amalgama entre geisha, prostituta y sing song girl) estaba ligada a ignotas y sofisticadas técnicas sexuales.

La idea de que Wallis fue instruida en lupanares de lujo chinos no es tan lejana al rumor que asegura que Isabel Preysler volvía locos a sus amantes con el “carrete filipino”, y tal vez tenga la misma fiabilidad. Implica en el fondo la creencia de que Wallis tenía que tener acceso a algún saber secreto e increíble para poder seducir a los hombres, una suerte de “hechicería sexual”.

Según Charles Higham, por su relación posterior con el príncipe de Gales, esta etapa de la vida de Wallis fue investigada con profusión, y las conclusiones se recogieron en el dosier chino, que él asegura que es fidedigno. Otros biógrafos e historiadores niegan su existencia.

Higham afirma que el dosier asegura que “Wallis aprendió ‘prácticas perversas’ en estas casas de prostitución”. Higham aventura que ese término solo puede referirse a “exhibiciones lésbicas y el arte del Fang Chung”, que consiste en masajes con aceite caliente en “los centros nerviosos del cuerpo, de forma que el roce de sus dedos fuera capaz de levantar al más moribundo de los hombres. Esta técnica era especialmente útil en los casos de eyaculación precoz. Al tocar un punto determinado, entre la uretra y el ano, podía retrasarse el orgasmo”.

Este es el pasaje sobre el que más se ha elucubrado de la estancia de Wallis en China, pero Higham hace revelaciones que tendrían bastante mayor peso político: asegura que ella fue espía en China para el gobierno de Estados Unidos, que utilizaba a las esposas de los oficiales destinados allí para pasarles información clasificada de forma segura, sin que fuese interceptada por las autoridades locales. 

También la relaciona con el tráfico de drogasasegura que se ganaba la vida como apostadora de grandes sumas de dinero (el juego era ilegal en el país), y cita a la historiadora Leslie Field, que asegura que Wallis era “una mantenida que incluso durante su matrimonio con Win se acostaba con hombres ricos, entre los que había hasta un general chino”.

En otro sorpresivo giro, Higham cita rumores del Ministerio de Exteriores que aseguraban que “Wallis había sido utilizada por los soviéticos durante su estancia”. Es decir, que no solo había pasado información clasificada para su país, sino para la URSS, algo que no se ha podido probar y, habida cuenta de las simpatías de Wallis, parece como poco, discutible.

Menos discutidas son las relaciones que mantuvo Wallis en China tras el fin de su relación con Win: en Pekín tuvo un romance con el militar italiano Alberto Da Zara. Él escribió sobre ella en sus memorias, galante: “Ya entonces expresaba una preferencia por el color que se ha hecho famoso como azul Wallis. Hacía juego con sus ojos”.

En Pekín, se encontró con una vieja amiga de la etapa de San Diego, Katherine Bigelow, que estaba casada con Herman Rogers, oficial del servicio de inteligencia.

El matrimonio la invitó a hospedarse en su casa, en un típico hutong de Pekín; según una amiga, formaron un curioso ménage à trois lleno de celos y, recordemos, en medio de un país que estaba en guerra. Wallis regresó a Hong Kong a tiempo para despedirse de Win, que volvía a Estados Unidos… sin ella.

Y la incansable Wallis regresó a Shanghái, donde tuvo un affaire con otro italiano, en este caso el conde de 21 años Galeazzo Ciano.

Si los anteriores amores italianos de Wallis estaban relacionados con el fascismo, Ciano directamente acabaría casándose con Edda, la hija Mussolini. 

Este flirt tuvo consecuencias graves, porque Wallis se quedó embarazada y se sometió a un aborto en malas condiciones y acabaría dejándola estéril. 

Según Anne Sebba, esto es un invento para explicar por qué Wallis no tuvo hijos, lo que según se teoría, era imposible por su supuesta intersexualidad. Tras tanto trajín y drama, Wallis salió de Shanghái rumbo a Seattle el 29 de agosto de 1925. Llegó a su país natal el 8 de septiembre, e ingresó directa en el hospital, o bien para recuperarse del aborto o de alguna dolencia oculta. De nuevo, la incógnita presente en su vida.

Una vez recuperada, solicitó el divorcio de Win, para lo que falsificaron documentos negando por ejemplo que se hubiesen visto en China (tenían que demostrar que no existía relación marital desde mucho antes), y se encontró, de nuevo, sola. Fue la única vez que intentó trabajar: su madre la animó a apuntarse a una escuela de secretariado, pero lo dejó enseguida. También escribió un artículo para Vogue sobre los sombreros de primavera, pero la revista lo rechazó.

De nuevo, los contactos y las buenas relaciones salvarían el futuro de Wallis. Su amiga de la escuela en Baltimore, Mary Raffray, la invitó a pasar las navidades de 1926 con ella y con su marido en Nueva York, en su casa de Washington Square. Allí, el día de Navidad, conoció al hombre que le daría su siguiente apellido: Ernest Simpson.

Enseguida se gustaron y empezaron a salir. Ernest era medio americano y medio inglés, trabajaba en una compañía naval y, como explica Higham, “era todo un representante de una especie que hoy está en peligro de extinción: el hombre de negocios culto”. Juntos, iban a museos, exposiciones y conciertos, porque como Wallis diría, “había empezado a gustarme la gente de mentalidad cosmopolita, y Ernest evidentemente la tenía”.

Había un pequeño problemilla: Ernest ya estaba casado, con Dorothea Parsons Dechert, y tenía una hija, Audrey. Según las memorias de Wallis, el matrimonio ya solo lo era de facto, pero la versión de Dorothea era menos amable: asegura que ella estaba enferma y cuando logró recuperarse fue para descubrir que Wallis se había metido en su casa y le había quitado a su marido.

El resultado, al final, fue el mismo: Ernest abandonó a su esposa y regresó a Londres a ocuparse de la empresa naval a tiempo completo, no sin dejarle claro a Wallis que estaba más que dispuesto a tener una relación oficial con ella. Dudando si aceptar su proposición de matrimonio o no, Wallis viajó hasta Cannes a visitar a sus viejos amigos de Pekín, Herman y Katherine Rogers (su romance adúltero había terminado en buenos términos), en su casa de Lou Viei.

Resolvió aceptar.

Como le escribió a su madre, se trataba de una decisión pragmática: “Lo mejor y más sensato para mí es casarme con Ernest.

Lo quiero mucho y es muy bueno, lo que será un cambio…

No puedo vagabundear toda la vida y estoy muy cansada de pelearme con el mundo yo sola y sin dinero”.

A Londres partió Wallis a iniciar, otra vez, una nueva vida, que conduciría a otra mucho más asombrosa. Se casaron en julio de 1928, y tras una de miel por Francia y España, se establecieron en el 12 de Berkeley Street. 

Al principio a Wallis le horrorizó la ciudad, y sobre todo el clima. Su marido estaba muy ocupado y ella se encargaba de cuestiones del hogar por puro aburrimiento, como acudir a comprar personalmente la comida.

Para desesperación de los tenderos, exigía que todos los trozos de carne y pescado fuesen iguales para que ningún invitado sintiese que le estaban sirviendo la peor ración. Sobre aquella época, escribiría ella: “Vivíamos sin lujos pero sin estrecheces. Comprar en Fortnum & Mason un tarro de caviar, unos melocotones al brandy o unos aguacates para darse un capricho era una ocasión muy especial”.

Acostumbrada a una vida social frenética y a prolongar las juergas hasta la madrugada, Wallis se aburría en Londres. “Pasé muchos días horribles preguntándome qué iba a ser de mí, y si, como una botella de champán que lleva demasiado tiempo en el congelador, acabaría viendo como mi espíritu perdía las burbujas”. Pero eso estaba a punto de cambiar.

Fueron de nuevo los contactos y la vida social los que determinarían el destino de Wallis, unos contactos más poderosos incluso que la situación económica, y eso que esta no era precisamente tranquila. En 1929, Wallis viajó a Estados Unidos porque su madre se moría. El crac del 29 la pilló a bordo del barco en el que se trasladaba, y no pudo vender sus acciones para tratar de salvar algo. Perdió los 15.000 dólares que constituían su herencia, pero pese a todo, la empresa de Ernest continuaba viento en popa (nunca mejor dicho) y el matrimonio se mudó a un piso todavía mejor, en el 5 de Bryanston Court, una dirección que pasaría a la historia.

Vía su amistad con la millonaria Consuelo Thaw, el panorama de Wallis sobre Londres comenzó a cambiar: varios amigos americanos se trasladaron a la ciudad, y de pronto Wallis se encontró metida en un círculo mucho más animado de gente de dinero e influencia superior a la suya, al que se entregó con dedicación.

Consuelo, de soltera Morgan, era hermana de Gloria –madre de la legendaria Gloria Vanderbilt–, y sobre todo, para lo que cuenta en esta historia, de Thelma Furness, que era nada menos que la amante del príncipe de Gales. En sus memorias El corazón tiene sus razones, escritas años después, Wallis aseguraría que la monarquía “no significaba nada para ella”, pero en los años veinte y treinte, su comportamiento parecía asegurar que no le era tan indiferente.

No se lo era a casi nadie, en realidad. En Londres, Wallis leía los periódicos que daban cuenta de los movimientos de la familia real, y en las cartas a su tía Bessie, se mostraría excitada por la posibilidad de conocer al heredero al trono gracias a sus amigos en común. Y ocurrió.

En enero de 1931, Consuelo y Benny Thaw invitaron a Wallis a Burrough Court, la casa de los Furness. A la perspectiva de pasar un fin de semana en el campo se añadía la estimulante posibilidad de que tal vez acudieran el príncipe de Gales y uno de sus hermanos, Jorge, el duque de Kent.

Era invierno y Wallis estaba muy acatarrada, pero, por supuesto, viajó en tren junto a su marido hasta Leicestershire. A las siete de la tarde llegaron los príncipes. A Wallis le llamó la atención el traje de tweed a cuadros del heredero y su aire de infelicidad. La cena del sábado fue aburrida para Wallis porque giró en torno a las típicas conversaciones inglesas sobre caza y caballos.

Ernest Simpson

Pero al día siguiente, Wallis observó que en el almuerzo los asientos no estaban asignados en la mesa, así que procedió a sentarse al lado de Eduardo, príncipe de Gales. Ahí es cuando tuvo lugar el famoso diálogo sobre la calefacción central. Después, Wallis aseguraría que parte de la valentía u osadía para poder dirigirse así a un miembro de la realeza la sacó de lo que para ella era siempre un motivo de seguridad: su vestuario.

Poco antes, había viajado a París con su tía Bessie, y se había gastado lo que le quedaba de la herencia de su tío Sol en ropa de diseñadores famosos. El famoso domingo de enero, llevaba un vestido de color gris azulado con una capa de nutria, del que diría: “Estaba segura de que el vestido cumplía con el exigente requisito de servir tanto para un ambiente hípico como para uno principesco, y saber que la pieza llevaba por dentro una pequeña etiqueta de raso blanco con el nombre de Molyneux me daba una seguridad añadida”.

A su tía Bessie le escribió: “Qué placer fue conocer al príncipe de manera tan informal. Probablemente no volveremos a saber nada de ellos”. Se equivocaba.

Era difícil sustraerse de la fascinación que Eduardo, príncipe de Gales, generaba en el mundo. Era el heredero de la monarquía más poderosa del planeta; más aún, de un imperio todavía boyante, y junto a la tradición milenaria que encarnaba esta posición, simbolizaba además algo opuesto: la modernidad. Frente a al rígido y severo carácter de su padre, el rey Jorge V, Eduardo aparecía como un joven de su época, mucho más relajado y partidario de mayor liberalidad.

Al menos, en lo superficial. Le gustaba el jazz, el charlestón, le encantaba conducir trenes de vapor, estaba muy preocupado por su forma física, la dieta y el deporte, y la prensa mundial seguía con detalle tanto sus viajes por el globo como su inveterada costumbre de caerse de los caballos que montaba. Otra cosa era profundizar en los aspectos menos luminosos de su existencia.

La personalidad del príncipe de Gales se analizaría hasta la extenuación en una búsqueda de entender porqué renunció al trono para embarcarse en una relación de obsesión y adoración total por Wallis Simpson. Muchos buscaron, y hallaron, motivos para lo que luego se definiría como neurosis en su infancia, tan dorada y oscura como solo podía serlo la de un príncipe inglés.

En una escena de la película El discurso del rey, el actor Colin Firth, que encarnaba a “Bertie”, duque de York y futuro rey Jorge VI, recordaba su traumática infancia, contándole a su logopeda que la niñera encargada de su crianza estaba obsesionada con su hermano mayor, Eduardo, y a él le pegaba y no le daba de comer. Esto también tuvo consecuencias negativas en Eduardo.

Al pequeño príncipe le estaba permitido ver a sus padres una vez al día, pero como esta niñera padecía un trastorno mental, quería al pequeño solo para ella, así que le clavaba las uñas antes de que se produjese la visita para que el niño llorase y fuese rápidamente apartado de sus padres.

A los dos años, la reina María comentaba sobre su hijo que parecía “asustadizo”. Tardaron años en darse cuenta de lo que pasaba. La relación de Eduardo con sus padres, sobre todo con el rey, fue de frialdad extrema e incomprensión mutua.

Del mismo modo en el que se elucubraría sobre la sexualidad de Wallis de múltiples maneras, la orientación sexual del futuro rey fue muy discutida. Todavía se especula con que fuese homosexual o bisexual, empezando por el rumor de que tuvo una relación con uno de sus tutores, Henry Peter Hansell. Charles Higham asegura que en Oxford los definían como “Hansel y Gretel”, en una tradición por lo demás nada alejada de la vida universitaria de las clases altas británicas.

Lo que sí es cierto es que tuvo múltiples relaciones con mujeres, aunque la naturaleza de estas también se discute. Anne Sebba cree que durante buena parte de su juventud fue un “demi vierge, medio virgen”, y también el atribuye estar “dentro del espectro del autismo” o tener “síndrome de Asperger”. Pero desde luego, pretendientas no le faltaban.

Rubio y atractivo, parecía la encarnación del príncipe azul de los cuentos. Aunque más que de cuentos, algunas de sus historias parecían ser material de folletín. Una de sus primeras amantes conocidas fue Marguerite Alibert, una cortesana francesa a la que conoció en París cuando estaba destinado allí durante la Primera Guerra Mundial. Marguerite, de origen humildísimo, trastocó al joven príncipe, que le dirigió unas cartas de amor encendido que ella utilizaría para chantajearlo.

Este proto escándalo pareció solucionarse cuando Marguerite se casó con el millonario egipcio Ali Fahmy, denominado “príncipe”. Pero cuando la “princesa Fahmy Bey” asesinó a tiros a su marido en 1923, la relación con Eduardo estuvo a punto de hacerse pública. La defensa de Marguerite en el juicio consistió en aducir que todo había sido en defensa propia porque su marido la maltrataba. Fue exonerada y se cree que se llegó a un acuerdo para que devolviese las cartas de amor de su antiguo amante.

La Gran Guerra también estuvo detrás de otra de las primeras relaciones de Eduardo, esta mucho más importante y duradera. El comienzo no podría ser más dramático: un bombardeo con zepelines. Freda Dudley Ward era una aristócrata casada y con dos hijas que había salido a cenar “con un tipo. Ni siquiera recuerdo su nombre”, le contaría a Caroline Blackwood.

Como el bombardeo los pilló en plena cita, se refugiaron en una casa vecina en la que se estaba celebrando una fiesta. Todos se metieron en el sótano, y al terminar el bombardeo la anfitriona los invitó a quedarse, señalándole a un joven rubio que estaba muy interesado en que ella se uniese a la celebración.

“Fue más tarde cuando supe que era el príncipe de Gales”, declaraba Freda. Así empezó un romance muy discreto que se alargaría durante la friolera de 15 años. “Mi marido siempre lo supo todo. Pero no le molestaba. Cuando se trata del príncipe de Gales a ningún marido le molesta”, declaraba ella con franqueza. A Blackwood le negó con rotundidad que Eduardo fuese homosexual: “A la gente le gusta decir lo mismo de todos los hombres de la realeza.

Si hubiera sido homosexual, yo lo sabría. La homosexualidad ya no era ningún misterio para nosotros por aquel entonces. El duque era un hombre muy desgraciado”.

El príncipe encadenaba romances y relaciones esporádicas pero ni sombra de un compromiso serio. En 1923 se llegó a anunciar en prensa su boda con la muy adecuada Elizabeth Bowes-Lyon, pero se trató de un error, porque una semana más tarde se publicó el compromiso de la joven con Alberto, duque de York. La pareja tuvo dos hijas y formó una imagen de familia feliz y estable que contrastaba con la soltería del heredero al trono.

Se barajaron otros nombres, como el de la princesa Ileana de Rumanía y el de Alexandra Curzon, pero esta acabó casándose con Edward “Fruity” Metcalfe, ayuda de cámara del príncipe. Los rumores más soterrados aseguraban que ambos mantenían un affaireDudley Forwood, ayuda de cámara posterior, asegura a Charles Higham: “Aunque obviamente yo no estaba en el dormitorio, todo indica que existió un amor intenso entre él y mi señor. Este se desesperaba cuando Fruity no estaba con él. Sus ausencias lo volvían loco”.

Higham también afirma que la aviadora Beryl Markham no solo tuvo un romance con Enrique, duque de Gloucester, sino también con su hermano Eduardo. A todo esto, Freda seguía en la sombra y a esta plétora de amantes se acabó añadiendo Thelma Furness. Estadounidense y ya divorciada, a ella se le achacó cierta “americanización” en el príncipe, lo que era un eufemismo de vulgarización.

Thelma se llegó a mudar a Fort Belvedere, el castillo en el que vivía Eduardo, y hasta lo renovó al estilo Hollywood, tan llamativo como considerado hortera por las clases altas inglesas. En su deseo de divertir y entretener al príncipe, se rodeó de compañías nuevas y relajadas, y ahí fue cuando le presentó a Wallis Simpson, en su propia casa, en enero de 1931. En el futuro tendría ocasión de lamentarlo.

El segundo encuentro entre Wallis y Eduardo también fue cosa de Thelma. El 15 de mayo la socialite invitó a los Simpson a un cóctel para celebrar el regreso del príncipe tras un largo viaje. Cuando vio a Wallis, Eduardo susurró a Thelma que le parecía que la conocía; ella le recordó que se habían visto en aquel fin de semana y el príncipe le comentó cortés cuánto había disfrutado de aquella ocasión.

El 10 de junio volvieron a coincidir de nuevo en un entorno todavía más augusto: en medio de la presentación ante la corte en el palacio de Buckingham. Durante la recepción, Wallis escuchó al príncipe comentar: “Hay que hacer algo con las luces, todas las mujeres parecen pálidas y están espantosas”.

Al terminar el acto, Thelma invitó a los Simpson y a otros amigos a tomar algo con el príncipe de Gales en su casa; cuando Eduardo elogió el vestido de Wallis, ella le respondió: “Señor, creía que había dicho que estábamos todas espantosas”. La bravuconería cayó en gracia y a las tres de la mañana el príncipe se ofreció a llevar a los Simpson a su casa en su coche. Ella lo invitó a subir, él lo rechazó porque tenía que volver a Fort Belvedere, pero aseguró que en otra ocasión sería.

Y la ocasión llegó. En enero de 1932, los Simpson fueron invitados a Fort Belvedere, un auténtico castillo para un príncipe, donde, por cierto, sí había calefacción central, instalada por sugerencia de Thelma. Se encontraban allí los Thaw y otro matrimonio amigo. Wallis se sorprendió al ver que el príncipe dedicaba sus momentos de ocio a bordar, actividad a la que era muy aficionado. También le chocó verlo podando los rododendros, actividad que le encantaba.

Tiempo después, escribiría: “Quizá fui una de las primeras personas que penetraron en su soledad íntima. Durante mucho tiempo guardaría en mi mente la curiosa e incongruente imagen de una figura menuda con pantalones de golf que subía por la pendiente del terraplén blandiendo la podadora y silbando”. Aquel fin de semana los invitados se ocuparon en cenar, jugar a las cartas y componer un puzle gigante. Por la noche bailaron foxtrot y rumbas, y le príncipe le pidió a Wallis que bailase con él. “Me pareció un buen bailarín, diestro, ligero, con verdadero sentido del ritmo”, escribió ella.

Durante los meses siguientes, los Simpson pasaron a formar parte del círculo íntimo del príncipe de Gales. Wallis, más que Ernest, era el motivo de las invitaciones; él se vio tan beneficiado como perjudicado, porque mantener el ritmo social y económico de codearse con semejantes amistades excedía sus posibilidades.

Debía sufragar los viajes de su esposa a Europa, como el que realizó junto a su amiga Consuelo Thaw, que resultaba ser lesbiana e intentó conquistar a Wallis, aunque ella no estuvo por la labor. El negocio de Ernest no iba tan bien y corría riesgos serios de arruinarse, pero había que estar a la altura de las circunstancias.

El romance que fue naciendo entre Wallis y Eduardo no fue meteórico; en algún momento de 1933, su relación se volvió mucho más íntima. El verano de 1933, el príncipe invitó a los Simpson y a otros amigos a Biarritz. Como Ernest no pudo acudir porque trabajaba, la tía Bessie acudió como carabina. Ya observó entonces las atenciones principescas, y advirtió a su sobrina que tuviese cuidado, o se quedaría sin principito y sin marido. En sus memorias, Wallis escribiría: “Tal vez fue durante aquellas veladas ante la costa española cuando cruzamos la línea que señala el límite indefinible entre la amistad y el amor”.

Mientras, Thelma Furness se fue de viaje a Estados Unidos sin saber que estaban ya juntos, y cometió la imprudencia de pedirle a Wallis que cuidase del “hombrecito”, como ella le llamaba. La estancia de Thelma en Nueva York fue provechosa: allí mantuvo un affaire con el príncipe Alí Khan, que estaba ya cultivando su incipiente fama de playboy que culminaría con un matrimonio con Rita Hayworth.

Según Charles Higham, Khan había sido entrenado por prostitutas en El Cairo en técnicas para retener el orgasmo y convertirse en un amante más satisfactorio. Encantado con Thelma, subió por sorpresa en el mismo barco en el que ella regresaba a Inglaterra. Según Higham, “cuando llegó a Londres, Thelma había rejuvenecido 10 años”.

La revista Tatler se hizo eco del romance; el príncipe lo leyó, le montó una gran escena de celos a Thelma, y a ella no se le ocurrió mejor consuelo que recurrir a su querida amiga Wallis. Thelma estaba sincerándose con Wallis en el piso de Bryanston Court cuando una doncella interrumpió la conversación para avisar a la anfitriona de que el príncipe de Gales la estaba llamando.

Thelma se quedó muda mientras escuchaba cómo su confidente hablaba por teléfono con su todavía amante dirigiéndose a él por el apelativo de extrema confianza de “David”. El episodio terminó con Thelma dirigiéndose al sur de Francia a los mucho más complacientes brazos de Ali Khan.

Otras fuentes cuentan una versión distinta: durante una comida con amigos, el príncipe de Gales cogió un trozo de lechuga con los dedos, a lo que Wallis le reprendió dándole un manotazo. Thelma comprendió estupefacta que aquel gesto de familiaridad extrema significaba que había sido reemplazada. Tras este final abrupto, Thelma se encargaría de dejar claro que lo de referirse a Eduardo como “hombrecito” era porque “no estaba bien dotado y era un pésimo amante”.

En qué consistían exactamente las relaciones íntimas entre Wallis y Eduardo ha sido objeto de una especulación que no acaba. Charles Higham cita a Forwood, el ayuda de cámara del duque de Windsor, que le aseguró: “Las técnicas que Wallis descubrió en China no superaron por completo la extrema falta de virilidad del príncipe. No está claro que él y Wallis mantuvieran un intercambio sexual en el sentido habitual de la expresión. Sin embargo, sí que logó aliviarlo.

Aunque reprimido, él siempre había sido un fetichista de los pies, y ella se dio cuenta y satisfizo sus perversiones completamente. Además, a petición de él, se enzarzaron en unos sofisticados juegos eróticos. Entre ellos se incluían escenas de niñera y bebé en las que él llevaba pañales y ella era la maestra. Wallis era la dominante y él se sometía encantado”.

Desde el comienzo, la relación del príncipe y Wallis fue de una dependencia enfermiza por parte de él. Llamaba a su casa constantemente y, como padecía de insomnio, se presentaba allí a las cuatro de la mañana, esperando ser recibido y atendido. Para diciembre de 1933, Ernest Simpson estaba al borde del colapso mental.

Transigía con la relación, como habían hecho todos los maridos de las amantes del príncipe, pero todo indica que seguía amando a su esposa y sufría con lo esquizofrénico de la relación. Wallis, al menos en este primer momento, no estaba enamorada de Eduardo. Sí le parecía atractivo y le gustaba, pero le agobiaban sus requerimientos constantes y cómo reclamaba su atención de forma absoluta.

Pero sobre todo, no podía resistirse a los regalos y la posición que ser su amante le otorgaba. Muy pronto, el príncipe comenzó a inundarla de joyas y procedió a pasarle una asignación económica que mejoraba con mucho su tambaleante estatus. Tras una vida luchando contra la inestabilidad, Wallis disfrutaba por fin de todo lo bueno para lo que había sido criada.

Esto vino acompañado de del adiós definitivo a Freda Dudley Ward. A Caroline Blackwood, Freda le contó que el ascendente de Wallis sobre el príncipe coincidió con la enfermedad de una de sus hijas, así que apenas se dio cuenta de que su amante de 15 años ya no la contactaba. Un día, llamó por teléfono a Fort Belvedere.

El empleado que cogía las llamadas en la centralita de forma habitual, y la conocía de sobras, se puso a llorar y le susurró: “Aquí todo el mundo se ha vuelto loco”. “El príncipe había ordenado que no le pasaran ninguna llamada mía. Nunca volví a saber nada de él. No me escribió nunca, ni siquiera una postal. Después de tantos años juntos, yo esperaba que viniera a verme y me contara lo de la duquesa. Nunca le habría montado una escena de celos. Siempre supe que lo nuestro tenía que terminar”.

Pese a todo, Freda cuenta que lo que más le indignó fue el trato a sus hijas. “Había sido como un padre para ellas. Lo adoraban. Y cuando conoció a la duquesa no volvieron a verle el pelo”.

Según ella, el duque había acordado con una joyería que una de sus hijas siempre recibiría una perla por su cumpleaños, y cuando apareció Wallis en escena, las perlas dejaron de llegar.

“Me pareció horroroso que un hombre que tenía más joyas que nadie en el mundo le quitase una perlita a una niña”.

No era solo el telefonista el miembro del personal de Fort Belvedere que detestaba a Wallis.

La señora Simpson redecoró el palacio y enseguida fue detestada por los criados, que la consideraban indigna de ese mundo.

 La pareja llegaba a las tres de la mañana de sus juergas y exigían que todos se levantasen para atenderles. 

Además, era estadounidense, y el choque cultural estaba a la orden del día. 

Wallis obligó a Finch, mayordomo de Work House, a servir copas a la manera estadounidense, pese a que el “la mera presencia de hielo en un vaso le resultaba repugnante al viejo criado”, según relata Higham. El romance aún no había trascendido a la prensa cuando el verano de 1934 la pareja emprendió un viaje a España y Francia. En Biarritz, el príncipe, en un gesto muy a la altura de lo esperado, salvó a un niño de ahogarse en una piscina, y se los fotografió juntos.

Las imágenes no vieron la luz en Inglaterra, donde un pacto de la prensa protegía a la familia real. Mientras, la prensa americana fantaseaba con un romance entre el príncipe de Gales y la aviadora Amelia Earhart, y desde estamentos más altos, se habló de la posibilidad de casar a Eduardo con la alemana Federica, princesa de Hannover (futura madre de la reina Sofía).

La madre de Federica escribió que la idea les había horrorizado, pero en la primera versión de sus memorias aseguraba que todos estaban encantados con el plan. Esta modificación del pasado obedece a que tras este plan estaban nada menos que Hitler y Ribbentrop también estaban en el plan. Los nazis buscaban asegurarse de que no habría agresión entre Inglaterra y Alemania, y emparentar a sus altas instancias les parecía una forma muy eficaz de lograrlo.

Claro que este fue solo uno de los muchos, muchísimos momentos en los que se relacionó al príncipe de Gales con el nazismo y las potencias del eje, uno de los puntos mejor documentados y más siniestros de su biografía, al que Wallis también contribuyó.

Eduardo VIII y Wallis Simpson con Herman Rogers, durante un crucero por el Adriático en 1936. 

Para cuando conoció al príncipe, Wallis ya había tenido tres amantes fascistas a sus espaldas: el príncipe Caetani, el conde Ciano y Alberto da Zara. Incluso su exmarido, Win, fue condecorado en el 36 por su ayuda en “asuntos relacionados con las fuerzas aéreas italianas”. En los años 30, el fascismo estaba de moda, incluso en Londres. Se veía como una forma eficaz de luchas contra lo que el mundo burgués y desde luego el aristocrático percibían como la auténtica amenaza: el comunismo.

En las familias reales del siglo XX, el asesinato de los zares pasó a ser lo que había sido la muerte de Luis XVI y María Antonieta para las de finales del XVIII y XIX. Inglaterra no fue una excepción. Eduardo nunca olvidó que el zar Nicolás II era primo de su padre y su padrino. Su principal propósito era evitar que hubiese otra guerra mundial, y Mussolini y Hitler, al menos en un primer momento, aparecían como soluciones más que como elementos preocupantes.

Como se ve en la novela Lo que queda del día, en la Inglaterra de entreguerras, los nazis entraron hasta en la cocina. Por ejemplo, la hermana de Alexandra Curzon (esposa de ‘Fruity’) estaba casada con Oswald Mosley, el líder fascista inglés. El círculo en torno a la familia real era estrecho: Higham asegura que la espía nazi Sandra Rambeau, fue amante del príncipe de Gales y de su hermano Jorge, y que Anna Wolkoff, una rusa blanca modista de Wallis, también era espía para Alemania. Incluso el abogado de Wallis era Armand Grégoire, otro espía nazi.

En este complejísimo panorama internacional, la vida sentimental del heredero británico no era solo una cuestión íntima sino alta política. Que estuviese con una mujer tan inadecuada —casada con otro hombre, para empezar— era un dolor de cabeza para los más cercanos. Cuando el príncipe Jorge se casó, se celebró un baile en el palacio de Buckingham en el que Eduardo coló a Wallis sin que hubiese sido invitada.

Mientras todas las damas iban con vestidos claros, ella se presentó de morado con una faja verde. Eduardo le presenta a sus padres, a su hermano Alberto, el duque de York, y a la duquesa. La antipatía mutua fue inmediata y, desde luego, no se solucionó cuando la duquesa de York pilló a Wallis imitándola en Fort Belvedere. El rey Jorge V, preocupado, ordenó recolectar información comprometida sobre Wallis, y lo que descubrió superó sus peores expectativas.

De aquí data el discutido dossier chino y también un dato más: la revelación de que Wallis se estaba acostando con un ejecutivo de Ford, Guy Marcus Trundle, y que, además, le pagaba. Al parecer, las citas tenían lugar en el apartamento de su modista, la agente nazi Anna Wolkoff, o puede que incluso en el taller de Elsa Schiaparelli. A su amigo, el conde Mensdorff, el monarca le confesó: “La anterior amante de mi hijo, lady Durness, también era espantosa.

La primera, la señora de Dudley Ward, tenía mucha más clase y era una dama de la alta sociedad. Mi hijo no tiene ningún amigo que sea un caballero y no sale con nadie decente de la alta sociedad”. Al parecer fue en este momento cuando el rey expresó también su deseo de que nada alejase a su hijo Bertie y a la princesa Isabel de la corona. También vaticinó que el príncipe de Gales estaría perdido solo doce meses después de que él muriera.

Sucedió pronto. En enero de 1936, Jorge V falleció en Sandringham.

Preso de gran excitación nerviosa, el príncipe llamaba a Wallis informándole de todos los pasos.

Cuando su madre, la reina ya viuda María, le besó la mano en señal de respeto al nuevo rey, Eduardo VIII quedó petrificado.

Se daba así una solución no inédita pero chocante: un rey soltero con una amante en la sombra… que él estaba deseando sacar a la luz.

Eduardo vio las salvas públicas de su proclamación al lado de Wallis, en York House, saltándose el protocolo.

Cuando se leyó el testamento de su padre, se llevó un gran disgusto al descubrir que no le dejaba “nada”.

Claro que “nada” era el usufructo de Sandringham y Balmoral además de que ya poseía el ducado de Cornualles, que se estimaba que le había procurado ya un millón de dólares en inversiones y propiedades.

Así empezó el reinado de Eduardo VIII, que fue también el de Wallis.

Recibido con gran alegría por su juventud y espíritu contemporáneo, este aire de cambio no fue bien recibido por los sirvientes reales. Les enfadó “al cambiar los relojes, que se habían adelantado media hora en la época de sus abuelos a fin de ahorrar horas de luz para destinarlas a la caza, y devolverlos al horario normal”, escribe Higham.

También retrasó la hora del almuerzo, que pasó de la una a las dos y media. Wallis, además, le aconsejó que hiciese una “limpieza entre los empleados” que consistió en despedir a los sirvientes mayores y recortar un 10% del sueldo de los que no eran esenciales. También se amenazó con despedir a los empleados a los que se pillase bebiendo agua Evian, que era solo para la mesa real. Si se trataba de ahorro o racanería, depende de a quién se le consulte.

El nuevo rey demostraba comportamientos considerados indignos ante su amante como salir personalmente a la calle, incluso bajo la lluvia, para llamar un taxi para ella a gritos de “Pare, ¡soy el rey!”. Le regaló 300.000 libras, casi un tercio de sus ahorros, que luego bajó a 100.000. Los testigos refieren escenas chocantes como que ella le ordenaba que se quitase los zapatos sucios y él se arrodillaba y lo hacía. Eso sí, todos estaban de acuerdo en algo: Wallis consiguió que el rey fuese más feliz y que estuviera menos neurótico y atormentado.

Logró que dejase de emborracharse y mejorase de su insomnio, y hasta redujo su alto consumo de cigarrillos. Pero hasta qué punto el monarca parecía mucho más preocupado por su propia felicidad personal que por sus responsabilidades empezó a preocupar al gobierno. Pronto comenzó a ignorar los documentos oficiales que le pasaba el primer ministro, Baldwin. Wallis leía muchos de ellos, información confidencial, y Baldwin referiría con horror que algunos le eran devueltos con cercos de bebidas. Enseguida pasó a darle solo los que necesitaban su firma.

Para añadir más elementos al panorama, Ernest Simpson se había enamorado de Mary Raffray, la amiga de infancia de Wallis (que había enviudado), algo que a ella no le hizo ninguna gracia. Pero pronto las parejas se arreglaron con buen ánimo: Ernest y Mary se alojaban en ocasiones en Fort Belvedere, o el rey y Wallis dormían en Bryanston Court en el dormitorio principal (Ernest y Mary se iban discretamente al de invitados).

Ernest solicitó entrar en una logia masónica de alto nivel y fue nombrado baronet. A estas alturas, la existencia de Wallis Simpson en Inglaterra era un secreto a voces, pero todavía secreto para la gran mayoría de la población. La situación era, sin embargo, insostenible. En septiembre del 36, Wallis y Ernest se separaron de forma oficial. La prensa internacional se cebó con ella, y cuando Wallis leyó los titulares, zozobró e hizo un amago de dejar a Eduardo.

Él, fuera de sí, le aseguró: “Da igual a dónde vayas, nunca te dejaré”. Eduardo estaba decidido a casarse con ella y convertirla en reina. ¿Y Wallis, quería serlo? Aunque en algún momento acarició la fantasía, era consciente de que nunca sería aceptada, y veía más posible una ruptura con el rey que la corona. “En el fondo siempre había sabido que el sueño terminaría un día: en algún lugar, en algún momento, de algún modo. Pero, como es propio de mí, me había negado a que esa posibilidad me afligiera”, escribió. Eso sí, dejó claro que nunca renunciaría a su poder.

Más bien parece que albergaba la idea de que el rey se casase con alguna joven adecuada y ella mantuviese su posición como amante. En octubre se inició el proceso de divorcio de los Simpson. Se eligió un juzgado de Ipswich discreto, con la intención de que el tema fuese lo menos escandaloso posible. Puede que el divorcio fuese inevitable, pero desencadenó una serie de acontecimientos que acabarían poco después con sus protagonistas teniendo que abandonar el país.

En 1936 el divorcio era legal en Inglaterra, aunque todavía era un proceso muy complicado en el que había que demostrar que el marido había sido infiel y, en este caso, la inocencia de la esposa. Las preguntas e insidias sobre la intimidad podían dar lugar a situaciones muy desagradables, y la hipocresía de la sociedad sobre el asunto era rampante. Wallis tuvo que comparecer durante apenas quince minutos y no se le hizo ninguna cuestión incómoda.

Por supuesto, no se nombró en ningún momento al rey. La sentencia fue favorable, pero entonces se entraba en un período de alegaciones en el que cualquier ciudadano podía “aducir argumentos”. Eso hizo Francis Stephenson, el empleado de un abogado que, explica Anne Sebba, “alegó que se trataba de un divorcio con connivencia y que la solicitante había cometido adulterio con el rey Eduardo VIII”.

Fue en estas circunstancias cuando los ingleses medios y los súbditos del imperio fueron conscientes de la existencia de Wallis, roto ya el pacto de silencio de la prensa. Y no reaccionaron bien. Sebba refiere en su biografía que leyó las cartas que ciudadanos anónimos enviaron al procurador de la corona, encargado de la investigación del divorcio. En ellas, algunos insultaban a Wallis llamándola “puta yanqui”, pero la mayoría estaban indignados por lo que consideraron una burla al sistema jurídico.

Muchos aseguraban que el resultado del divorcio habría sido otro “si la corona no estuviera directamente involucrada” y sentían que esto demostraba que existía una justicia para ricos y otra para pobres.

Él no quería renunciar a ella. Se sugirió que contrajesen un matrimonio morganático, como por ejemplo el de Luis XIV con Madame de Maintenon, pero era una fórmula compleja y el primer ministro Baldwin no estaba de acuerdo. Los representantes de los territorios imperiales, como Australia y Canadá, dejaron claro que no aceptarían a Wallis como reina.

El gobierno ya conocía el disputado “dossier de China”, la aceptación popular era bajísima y estaba el tema de que Eduardo era jefe de la iglesia anglicana (por mucho que un divorcio hubiese estado en el origen de la misma). En estas circunstancias, y en medio de la preparación de la coronación, Eduardo tenía tres opciones: romper con Wallis, casarse con ella —lo que pronto le dejaron claro que implicaría la dimisión en bloque de su gobierno y una gravísima crisis constitucional—, o abdicar.

Habida cuenta de que el rey parecía ver al duque de York como su relevo, esta posibilidad se fue haciendo fuerte. El principal implicado no estaba en absoluto entusiasmado con la idea. Alberto era serio, fiable y carente de todo tipo de carisma. Además, estaba el tema de su tartamudez. Su esposa, Elizabeth, estaba preocupada por cómo afectarían a su salud semejantes responsabilidades. La reina María hizo un buen resumen de la situación al exclamar: “¡Vaya embrollo!”.

Wallis comenzó a recibir cartas de desconocidos, una constante durante casi todo el resto de su existencia, y no le decían cosas agradables. Llegaron las amenazas de muerte, lanzaron un ladrillo a través de una ventana de su piso y hasta se rumoreó que existía un plan para asesinarla. El rey estaba al borde de la histeria, se temía que atentase contra sí mismo y sus colaboradores más cercanos expresaron en varios momentos que estaba loco (había precedentes en la familia).

Se decidió, por su propia seguridad, sacar a Wallis del país. En secreto, se trasladó con Henry y Katherine Rogers a su villa de Cannes. Ella le sugirió al rey que igual lo mejor era parar la demanda de divorcio e irse a Argentina o Nueva Zelanda. La respuesta de él fue: “Puedes ir adónde quieras. A China, a Labrador o a los mares del sur. Pero allá donde vayas, te seguiré”.

Entre manifestaciones de fascistas y filonazis a su favor y también de ciudadanos que espontáneamente gritaban «¡Queremos a Eduardo», el rey tomó la decisión de abdicar. El día 10 de diciembre de 36 firmó el documento, junto a sus hermanos, que estaban en shock. Según él, se sintió “como un nadador que sale a la superficie desde una gran profundidad”. No llevaba ni un año de reinado y apenas habían pasado seis semanas desde que se había iniciado el proceso de divorcio de los Simpson.

Dejó su amado hogar, Fort Belvedere y se dirigió a Windsor a despedirse de su madre y demás familia. Fue allí, desde la torre Augusta, desde donde se dirigió a la nación a través de un mensaje de radio de la BBC. En su parte más recordada, el discurso inédito explicaba “me ha resultado imposible llevar la pesada carga de responsabilidad y desempeñar mis funciones como rey del modo en que habría deseado sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo”.

Según Wallis, escuchó el discurso en el sur de Francia, en calma, “intentando ocultar las lágrimas”. Katherine Rogers añade pimienta a la situación asegurando que Wallis se puso a romper muebles. “Había conocido los posos de mi taza de fracaso y derrota”, escribiría Wallis con dramatismo. Enseguida la principal preocupación de Eduardo fue cuánto dinero iba a perder y en qué situación económica iba a quedar.

Su hermano tendría que pagarle 25.000 libras anuales por dejar libres Sandringham y Balmoral, y le pasaría una asignación. Fue el duque de York, ahora rey Jorge VI, el que le sugirió que asumiese el título de duque de Windsor. A él le encantó la propuesta y aceptó de inmediato. Antes de dejar la casa, se inclinó ante el que era el nuevo rey.

Pese a que tenía políticos a su favor, como Churchill, se decidió que sería muy incómodo empezar el reinado de Jorge VI con el hasta ahora monarca todavía en Inglaterra. Tampoco hubiera estado bien visto que se reuniese con Wallis en Francia, al menos hasta que se resolviese el dichoso divorcio. Así que el duque de Windsor pasó sus primeros meses tras abdicar en Austria, en el castillo de los Rothschild en Enzesfeld.

Mientras Wallis se hartaba de los Rogers y los alternaba con amigos como Somerset Maugham, aparecieron sus primeras biografías, que la indignaron sobremanera, y estalló cuando supo que le habían hecho una estatua en el museo de cera Madame Tussauds pero que no la habían puesto con la realeza del país, sino con figuras como María Antonieta o Juana de Arco.

Por fin, en marzo del 37, se hizo efectivo del divorcio. Wallis se trasladó al château de Candé, también en Francia. El castillo pertenecía al empresario Charles Bedaux y a su esposa Fern. Bedaux se había hecho célebre por crear un sistema de gestión laboral en serie para fábricas que le había valido el aplauso de los nazis y el odio de los sindicatos (o de Chaplin, que le parodió en Tiempos modernos).

Fue en ese castillo donde se celebró la boda de Wallis y Eduardo, la ceremonia por la que él había renunciado a la silla de san Eduardo.

La ceremonia, por supuesto, no estuvo exenta de polémica. La mayoría de los invitados rechazaron acudir. Ningún miembro de la familia real estuvo presente. Parecía imposible incluso encontrar un reverendo inglés —ya no digamos un obispo— que casase a la pareja adúltera. Al final, un excéntrico sacerdote llamado Jardine se ofreció para oficiar la ceremonia. Para indignación de Eduardo, a Wallis le negaron el título de alteza real, una espina que llevaría clavada toda su vida. Wallis culpaba de todo a sus cuñados.

No era discreta y sus comentarios llegaban a Londres, donde no generaban nada de simpatía. El 3 de junio del 37 se celebró por fin la boda de la década: hubo grandes arreglos florales, muchos periodistas y pocos invitados. Allí estaban los Bedaux, los Rogers, Fruity Metcalfe ejerciendo de padrino junto a su esposa y su hija…

“Siete ingleses en la boda del que seis meses antes era el rey de Inglaterra”, escribió la hija de Metcalfe, que también apuntaría sobre la novia: “Sería posible apreciarla pero su actitud es demasiado correcta y dura. El efecto que causan es el de una mujer mayor impertérrita ante el amor embobado de un hombre más joven”. Wallis lució un vestido de crepé azul claro y chaquetilla a juego, todo en el tono que sería conocido como ‘azul Wallis’. Aquella boda era un triunfo, sí, pero también amarga y poco lucida, cabía preguntarse si vencer había valido la pena. Funcionó como una metáfora del resto de sus existencias.

Tras una luna de miel recorriendo Europa (en Venecia fueron recibidos por Mussolini), los recién casados se establecieron en París, donde buscaron casa. Enseguida, vía Bedaux, surgió el plan de un viaje a la Alemania nazi para, en teoría, “promover la paz”. Para la posteridad han quedado las imágenes de los duques de Windsor saludando a Hitler rodeados de esvásticas.

Lo que hablaron Eduardo y Hitler en una reunión privada es todavía discutidísimo y una de las piedras de toque en la imagen —buena y mala— de los duques. Según Eduardo diría después, Hitler le pareció un hombre un tanto ridículo, pero historiadores apuntan a que ahí surgió el plan de que Eduardo volviese a reinar en Inglaterra como cabeza de un gobierno títere cuando Hitler invadiera el país. El asunto es todavía una espina en el zapato de la monarquía británica.

Poco después, Churchill, defensor de la pareja, fue a visitarles a Francia, y escribiría sobre ellos: “Los W son dignos de lástima, pero también muy felices”. La naturaleza exacta de esta felicidad ha sido puesta en duda: Charles Higham recoge que la duquesa empezó entonces una relación adúltera con William Bullitt, el embajador americano en Francia, que además se prolongaría durante años. Wallis y Eduardo volvieron a Londres en septiembre de 1939, pero sus propósitos de ser recibidos por todo lo alto o incluso de hospedarse en dependencias reales no se vieron cumplidos.

De todos modos, cosas más importantes que el protocolo estaban sucediendo. Ese mes Alemania invadió Polonia y estalló la Segunda Guerra Mundial. En breve, los duques tuvieron que huir de Francia, en junio de 1940, con el país invadido por los nazis (ninguna de sus posesiones francesas sufrió daño alguno). Se alojaron en el Ritz de Madrid, y de ahí pasaron a Lisboa. Aquí se produce, de nuevo, uno de los episodios que incluso sus defensores más acérrimos no consiguen explicar.

El plan era que los duques viajasen de ahí a Inglaterra, pero entonces Eduardo empezó a poner excusas.

Exigió que fuesen recibidos en Buckingham y que si en su calidad de ahora ciudadanos residentes en el extranjero tenían que pagar más impuestos estos salieran del presupuesto de la Casa Real o el erario público.

Wallis lo disculpa en sus memorias como un orgullo de exrey.

Otros sospechan que estaba ganando tiempo para cumplir los planes de Hitler.

Al final, ni España ni Portugal fueron invadidas, pero las maniobras de los Windsor acabaron con la paciencia de Churchill, ahora ya a la cabeza de un país movilizado por la guerra.

La solución fue alejarle de Europa para evitar que cayese en manos nazis (y/o fuese utilizado por ellos): le mandaron como gobernador a las Bahamas.

Puede que las islas fuesen un destino dorado de vacaciones para millonarios americanos, pero los duques no lo vieron así. Partieron de Lisboa el 1 de agosto de 1940, en un barco lleno de refugiados. La duquesa se refirió a su destino como “Santa Elena al estilo 1940”. Su casa de Nassau les pareció pequeña e indigna de su rango, con un comedor que era como “una cabaña de una pista de esquí noruega”.

Procedieron a reformarla y al gobierno británico le propusieron, mientras duraban las obras, trasladarse durante tres meses a la casa de Canadá del millonario Harry Oakes, que habían conocido en Bahamas. Churchill se mostró decepcionado por su actitud, que contrastaba con la responsabilidad de los reyes de Inglaterra, que permanecieron en Londres expuestos a los bombardeos, como el resto de los ciudadanos (Burrough Court, la casa en la que se conocieron Wallis y Eduardo, ardió hasta los cimientos al final de la guerra). No les dieron permiso para mudarse, a lo que Wallis comentó: “Me asombra que en medio de una lucha a vida o muerte el gobierno todavía tenga tiempo para perseguirnos”.

Para soportar el calor y la humedad de lo que llamaba el “chorreo Nassau”, la duquesa encargó a costureras de Nueva York que le hiciesen un vestuario tropical ad hoc. El duque se centraba en sus actividades favoritas: jugar al golf y después de cenar tocar la gaita para disgusto de los oídos de los presentes. La pareja pudo visitar Estados Unidos justo antes de que el país entrase en guerra. Allí, Wallis se enteró de que su antigua amiga Mary, ahora esposa de su ex marido Ernest, había muerto de cáncer.

Le escribió al viudo dándole sus condolencias. Ernest fallecería en el 58. Para ese momento, la fama de Wallis como “la mujer mejor vestida del mundo” ya se había forjado. La cantidad de maleta y equipaje que llevaba fue muy criticada, pero no tanto como el episodio en el que al duque le pidieron que hiciese la ‘V’ de victoria de Churchill, señal de optimismo en medio del conflicto. Eduardo dirigió una mirada a su esposa y ella negó con la cabeza. La tendencia de los Windsor a relacionarse con personajes de ideas políticas dudosas, ahora enemigos de su país, continuó en Bahamas.

En los clubes nocturnos hicieron migas con el sueco Axel Wenner-Gren, antes amigo de Goering, que fabricaba armamento para los enemigos. Estado Unidos ordenó que lo expulsasen. A todo esto, Charles Bedaux, en cuyo château se habían casado, fue acusado de colaboracionista y espía nazi. Se suicidó en 1944 antes de que se celebrara el juicio. La inocencia o culpabilidad de Bedaux todavía no está clara.

Wallis Simpson y el duque de Windsor alrededor de 1942 en las Bahamas. 

Cuando Estados Unidos entró en la guerra, el trabajo de los duques se volvió, de pronto, importante. Después de tanto quejarse del aburrimiento de la isla, Wallis pudo ocuparse montando una cantina para los pilotos de la RAF y fundó una clínica para embarazadas y niños. La comunicación con Londres seguía siendo difícil. En una ocasión, el duque leyó en la revista Life que su cuñada, la reina, se refería a la duquesa como “esa mujer”. Eduardo procedió a escribir a Churchill quejándose, agotando al líder.

Con todo, el episodio más famoso de la estancia de los Windsor en Bahamas perteneces a la crónica negra: en julio de 1943 Harry Oakes apareció asesinado a golpes, y quemado. El comportamiento del duque tras este crimen fue extraño. Llamó a policía de Miami en vez de a los locales o a Scotland Yard. Él, como muchos, creía que el asesino había sido el yerno de Oakes, pero finalmente la policía fue acusada de fabricar pruebas falsas y el hombre fue absuelto.

Se habló de intereses en casinos, se dijo que la mafia amenazó al duque para el caso no se resolviera… El asesinato de Oakes no se resolvió jamás, y permanece como material para libros de investigación, novelas y películas.

Todavía no había terminado la Segunda Guerra Mundial cuando los duques dejaron Nassau en mayo del 45, antes de tener que pasar allí otro sofocante verano. Su primer destino fue Estados Unidos, pero acabaron volviendo a instalarse en París, donde crearon dos casas, una en el Bois de Boulogne, alquilada a precio irrisorio por el Ayuntamiento. También mantenían una suite en el Waldorf Astoria de Nueva York.

Fueron estableciendo una rutina de pasar tres meses al año en Estados Unidos y el resto del año alternar Francia con viajes de placer. El mito de los duques de Windsor como personajes de la jet set procede a esta época, siempre ligada a las fabulosas joyas que él le regalaba, al vestuario de alto copete que ella lucía y la opulencia y elegancia de sus casas, en las que las flores se perfumaban con Diorissimo. Muchos seguían viendo en su relación un carácter sadomasoquista, con él venerándola como una diosa y ella encarnando una especie de madre/amante/ídola. 

Obsesionados por el dinero y por permanecer delgados, vivían a dieta permanente y se especula con que sufriesen algún tipo de trastorno de conducta alimentaria. Elegantes, frívolos, a los duques les rodeaba un aura de leyenda… y de inutilidad. Muchos veían su existencia sin trabajo ni ocupaciones ni objetivos más que su propia diversión un símbolo de egoísmo e irresponsabilidad, los sentimientos por los que Eduardo había renunciado al trono. En eso también simbolizaban los nuevos valores del mundo moderno.

Los años de posguerra de los duques estuvieron marcados por un personaje arrancado de las páginas de una novela: Jimmy Donahue, al que conocieron en 1947. Donahue era el típico niño rico completamente amoral, cuando no de forma directa un sádico que gozaba con el dolor ajeno. Ya era famoso por rumores como que había intentado violar a un camarero junto a un amigo, que cuando no se quedaba contento con un chapero, le obligaba a comer “un sándwich de excrementos”, o una historia bien documentada: durante una noche de juerga y drogas, Jimmy acabó con unos amigos en el apartamento de su madre en la Quinta Avenida.

Habían invitado a un militar, que estaba adormecido por el alcohol. En medio de la noche, Jimmy encontró que sería muy divertido afeitarle el vello púbico con una cuchilla. Entonces, no está claro si por accidente o porque le apeteció, le castró. Metieron a la víctima en un coche y le dejaron abandonado; tras pagar un millón de dólares, el joven retiró los cargos contra Donahue.

Aquí la historia se vuelve (todavía más) compleja porque hay dos versiones: o bien que el duque se enamoró de Jimmy, o lo hizo la duquesa. Formaron un curioso triángulo de celos y disimulos —en varios sentidos— y escenas sórdidas. La duquesa trataba mal a su marido, que parecía sufrir lo indecible y hasta volvió a beber. Lady Diana Mosley evocaría el recuerdo dela duquesa bailando con Donahue sus canciones favoritas, C’est si bon y La vie en rose en una fiesta de Elsa Maxwell, ante la mirada de celos del duque (claro que ¿celos de quién?).

Como se recoge en este artículo, “todo acabó en un balneario de Baden-Baden. Un día que los tres estaban cenando, Wallis le reprochó a Jimmy que el aliento le olía a ajo y este le propinó una patada en la pierna, causándole una pequeña hemorragia. El duque de Windsor dijo hasta aquí y le invitó a largarse para siempre”. Jimmy apareció muerto en su apartamento en 1966 por una sobredosis de drogas.

En 1951, la duquesa sufrió un cáncer, según algunos historiadores de ovarios, según otros, de matriz (lo que no podría ocurrir si fuese cierta su supuesta condición de intersexual, claro). Se recuperó. Cuando al año siguiente falleció el rey Jorge VI, los duques, para su enfado, dejaron de recibir su asignación.

Pese a que Alberto había sido un fumador irredento, a su viuda le quedó la idea de que las preocupaciones y responsabilidades de la corona habían minado la salud de su marido, cuando esa carga no tenía que haberle correspondido. En su día alguien le comentó que la duquesa de Windsor había “hecho mucho por el duque: ha logrado que deje de beber, ya no tiene ojeras”, y la reina contestó: “Sí, ¿quién tiene las ojeras ahora?”.

El sentimiento de desagrado era mutuo; en privado, ellos se referían a la nueva reina Isabel como Shirley Temple, y en un rasgo de humor o mala idea, Wallis bautizó a uno de sus adorados perros como “Capitán Townsend”, el nombre del enamorado de la princesa Margarita con el que ella, al revés que ellos, nunca pudo casarse. El ejemplo de los duques de Windsor, fuera negativo o positivo, pendió sobre la familia real inglesa durante toda la segunda mitad del siglo XX.

El duque de Windsor murió de cáncer de garganta el 28 de mayo de 1972. Pocos días antes había recibido la visita de su sobrina, la reina Isabel. Su ansia era garantizar que su esposa fuese enterrada junto a él en el cementerio de Frogmore, y consiguió que ella se lo prometiese. Wallis regresó a Inglaterra para tratar con su familia política casi por última vez. Tras enterrar a su marido, regresó a París sola.

Los últimos años de Wallis, duquesa de Windsor, están también envueltos en el misterio y la sospecha. Cada vez bebía más, comía menos, y los liftings habían ido transformando su cara. Los achaques de salud fueron acompañados de un progresivo deterioro de la razón, y en esta época cobró vital importancia la abogada de sus últimos años, la letrada Suzanne Blum.

Esta mujer era un personaje fuera de lo común, una brillante abogada vinculada a la resistencia francesa y a los ricos y famosos: había llevado el divorcio de Rita Hayworth y Ali Khan, Merle Oberon y Alexander Korda se casaron en su casa, también gestionó el divorcio de Douglas Fairbanks Jr, casos de Cocteau y Sartre… para cuando llegaron los años 80, la letrada Blum se había hecho imprescindible para la duquesa.

Era su portavoz, su representante ante el mundo y, según algunos, la mantenía secuestrada en su casa del Bois de Boulogne. Los amigos que le quedaban (lady Diana Mosley, una de las Mitford, casada con el fascista Mosley, entre ellos) comenzaron a quejarse de que no les dejaba visitarla. Aline, condesa de Romanones, lo consiguió en varias ocasiones. Aseguraría que habló con ella con perfecto sentido, aunque estuviese en una silla de ruedas, hasta que en un momento le dijo “¿Dónde está David?”.

En su tercera y cuarta visitas, la condesa de Romanones ya no consiguió que la duquesa dijese una palabra. En su libro Últimas noticias de la duquesa, Caroline Blackwood cuenta cómo se entrevistó con Suzanne Blum, que se negó a dejarle ver a Wallis, escudándose en su salud. También explica que parecía obsesionada por su fama y por negar cualquier episodio negativo vinculado a su vida, incluso los más obvios. En aquellos días, Blackwood conoció también a Michael Bloch, empleado de Blum, que poco después publicaría la correspondencia entre los duques y afirmaría en varias biografías que la duquesa era intersexual.

La autora no logra conseguir explicarse por qué la abogada había llegado a tener tanto poder sobre su clienta. Aparte de que Wallis estuviese sola y enferma, Charles Higham asegura que es porque sabía cosas comprometidas de su pasado, como sus idilios con Guy Trundle y William Bullitt, y la naturaleza exacta de su implicación con los nazis. La Blackwood describe en las últimas fotos que le sacaron a la duquesa: “Las manos estaban congeladas por la parálisis y parecían las zarpas embalsamadas de un mono tití”.

No está claro si la duquesa fue consciente de su larga y penosa agonía, recluida en su casa, oculta al mundo y a los amigos que le quedaban. Wallis Warfield, luego Spencer, luego Simpson, luego la duquesa de Windsor, falleció el 24 de abril de 1986. El funeral se celebró en la capilla de San Jorge de Windsor y, conforme había deseado su esposo, fue enterrada en Frogmore. Estaban la reina, el duque de Edimburgo, la Reina Madre, Carlos, Diana y otros miembros. La enterraron en Frogmore.

Hacía tiempo que ya no era protagonista de las noticias, como tiempo atrás. Cuando se entrevistó con el escritor con el que redactó sus memorias, en los años 50, ya se había quejado de que Marilyn Monroe ocupaba todas las portadas que ella solía ocupar. Ahora hasta aquello formaba parte de otro mundo.

Las fabulosas joyas de Wallis se subastaron en Sotheby’s. Los 50 millones de dólares obtenidos se donaron al Instituto Pasteur, a la investigación del sida. Mohamed Al-Fayed compró villa Windsor y la reformó poco después. La vendió en el 97, tras el fallecimiento de su hijo Dodi y Diana de Gales, otro huracán que había levantado escándalo en la familia real y simbolizado tantas cosas contradictorias. Cuando el príncipe Harry y Meghan, los duques de Sussex, abandonaron la monarquía y dejaron Inglaterra, muchos recordaron a los duques de Windsor. Su existencia y su leyenda se resisten a desaparecer.

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