El entierro de las propinas …

Tapas(A.Rodriguez)/BBC News Mundo(T.Wen)/eleconomista.es(J.Calvo) — La tarjeta de crédito se ha comido a la propina. Ya no se escucha al grito de «¡Bote!», el cascabeleo metálico de la moneda precipitándose en el recipiente con otras nacidas en la Casa de la Moneda. El aguinaldo digital es como la comida del astronauta, ocupa poco, es indoloro e higienizante. La propina digital no es propina sino apunte contable.
Los sindicatos se han metido de por medio y denuncian cierta confusión a la hora de repartir, la patronal confirma el descenso de propinas y a todos preocupa que se implante el modelo salarial que sufre el mesero mejicano en Estados Unidos (bajo sueldo y propinas obligatorias que ascienden al 20% pero que el comensal paga a regañadientes, nunca mejor dicho).
Las propinas no se piden. Como los besos no se mendigan. Que un terminal de pago electrónico me pregunte si quiero pagar con propina o no, me parece terminal. Estoy muy a favor del billete que se entrega al llegar a un hotel, a recompensar un buen servicio, una sonrisa, un detalle, una amabilidad; debe ser así, siempre que no me reciban con un «Hola, chicos», donde ni me veo ni me apetece comer.
Parece norma común en España que cuando un cliente quiere pagar con propina digital el recibo le viene totalizado y luego a los 15 días el servicio se lo reparte. Y alguna que otra pillería también habrá, que por eso el Lazarillo se llevó un bastonazo del ciego.
El entierro de la propina es solo el primero. La limosna callejera languidece porque nadie lleva monedas. Y me acuerdo de aquel vagabundo en Times Square que un día me arrancó la sonrisa con su cartel escrito en cartón que decía: «Se acepta América Express».
El curioso origen de las propinas (y por qué en unos países se dan y en otros no)
Se dice que las propinas se originaron en la Inglaterra del siglo XVI cuando los huéspedes dejaban dinero para los empleados de sus anfitriones.
Era una tradición europea. Se calcula que se originaron en Inglaterra en el siglo XVI, cuando los huéspedes dejaban dinero para los empleados de sus anfitriones, para compensar el trabajo adicional que les generaban. Un libro anónimo inglés de 1795, recogido por la BBC, explica un poco su funcionamiento en aquella época.
«Si un hombre con su caballo se aloja en una posada, además de pagar la factura debe dar al menos un chelín al camarero y seis peniques a la mucama, al mozo de cuadra y al limpiabotas, lo que suma media corona».
Un viajero inglés llamado John Fowler, famoso ingeniero especializado en ferrocarriles, viajó a Nueva York en 1830, con esta experiencia y esta cultura de las propinas a sus espaldas.
Tomó numerosas notas durante su visita, entre las que destacaba el siguiente gasto: «Total, 81 centavos; camarero 0, mucama y botas, ídem; y cortesía y agradecimiento por el trato. ¿Se verá esto en Inglaterra? Pasará algún tiempo antes de que allí se convierte en costumbre».
El fenómeno ha fascinado por mucho tiempo a los economistas.
Pagar más, a pesar de que no estamos obligados a hacerlo, parece ir en contra de nuestro propio interés.
La práctica se ha extendido por todo el mundo. Pero cualquiera que haya viajado sabe que las costumbres que rodean a las propinas (cuándo darla, cuánto, a quién y por qué) difieren de un lugar a otro.
En Estados Unidos, es costumbre darle entre un 15% y 25% a un camarero; en Brasil, 10%, en Sueciaentre5% y 10%.
En Japón es tan poco común que es casi tabú y a veces puede llevar a la confusión sobre quién ha dejado dinero y por qué.
«La investigación muestra que cuanto más extrovertidos son los rasgos de personalidad de las personas en un país, mayor es la cantidad de proveedores de servicios a los que dan propinas y mayor es la cantidad que dan», dice Michael Lynn, profesor de administración en la Universidad de Cornell, en Estados Unidos, que ha estudiado el tema.
Pero dice que esa no es la única razón por la cual algunos países dan más que otros. Las normas sociales, los diferentes salarios y si los cargos por servicio son habituales, pesan.
Mansfield dice que los estudiantes extranjeros, los viajeros de negocios y los turistas que vienen a EE.UU. pueden adoptar la práctica de dar propinas y llevarla a su país de origen.
«La propina es económicamente importante, pero en su raíz es una norma social», señala Edward Mansfield, profesor de relaciones internacionales en la Universidad de Pensilvania y autor del estudio.- Motivaciones diferentes
«En los países donde hay más personas que visitan EE.UU., como porcentaje de la población total de ese país, la tasa de propinas en su país tiende a ser mayor».
Lynn explica que tenemos varias motivaciones diferentes a nivel individual para dar propinas, como querer fomentar un mejor servicio en la próxima visita, o recompensar o complacer a quien la recibe u obtener aprobación social.
Si bien sus encuestas han demostrado que en EE.UU. son la minoría, Lynn afirma que muchas personas también lo hacen por respeto a las normas sociales y evitar la desaprobación.
Nuestras diversas motivaciones para dar propinas también determinan cuándo es más probable que lo hagamos.
Quienes propician el estatus social más a menudo dan propinas para ocupaciones poco frecuentes, como mecánicos de automóviles o veterinarios.
Los que lo hacen para recompensar a alguien por un servicio son más propensos a hacerlo con trabajadores en todas las ocupaciones y, especialmente, en aquellas en las que se recibe poca propina.

Quienes lo hacen por obligación, lo suelen hacer solo en aquellas profesiones donde es lo usual, como a quienes te estacionan el coche.
Cuando el siglo XIX tocaba a su fin, los estadunidenses importaron la costumbre europea. Fue la vocación elitista de aquellos americanos, imitadores de las prácticas de la aristocracia europea, los que empezaron a dar propinas en su país. Era un gesto como para recordar que tenían una educación refinada.
También jugó un papel fundamental en la consolidación de esta práctica el fin de la esclavitud. Los restaurantes querían seguir teniendo mano de obra negra gratuita, así que adaptaron las propinas para convertirás en el salario de los empleados. «Les dijeron a los negros: te vamos a contratar, no te vamos a pagar, pero puedes recibir propinas», explica Saru Jayaraman, activista pro derechos laborales, en declaraciones a BBC. Hay que tener en cuenta que los empleados negros representaban casi la mitad de la industria hostelera.
El racismo también ejercía una gran presión en este aspecto. «Los negros aceptan propinas, por supuesto, uno espera eso de ellos, es una señal de su inferioridad. Pero dar dinero a un hombre blanco me daba vergüenza», señaló en 1902 el periodista John Speed, según NPR.
Como ahora, las propinas ya recibían críticas en aquella época. En 1904 surge la primera sociedad contra las propinas, que llegó a sumar más de 100.000 personas que se negaban a pagar propinas. Uno de los principales detractores de esta práctica era el propio presidente, William H. Taft. Hasta 6 Estados llegaron a prohibir por ley las propinas, aunque en la década de los 20 derogaron todas estas leyes.
– ¿Beneficioso? ¿Justo?
Un restaurante puede sugerir en la factura que los clientes paguen un 20% adicional. Recomendar una cantidad alta puede ser contraproducente, pero también podría derivar en una recompensa más alta.
«Cuanto mayor sea la cantidad recomendada, menos personas dejarán una propina», explica Lynn, que ha estudiado el fenómeno. «Más personas dirán ‘oh, olvídalo’. Pero los que sí lo hacen, dejarán más».
Pero ¿es una buena práctica en primer lugar? ¿Es beneficioso? ¿O incluso justo?

Eso depende de la perspectiva que tengas, opina Lynn. El gobierno ganaría si aboliéramos las propinas, ya que gran parte del dinero que cambia de manos no se declara y no se grava de la misma manera que otros ingresos.
«Por ejemplo, un mesero en un restaurante de Nueva York gana aproximadamente US$30 por hora. Los cocineros, la mitad. Se podría argumentar que termina siendo un pago excesivo», considera Lynn.
Desde la perspectiva del propietario, permiten que un restaurante pague menos a su personal y, por lo tanto, ofrecen precios más bajos. Sin embargo, ellos tampoco las reciben.
Y podrían afectar la satisfacción del cliente. Un artículo de Lynn y Zachary Brewster a publicarse en el International Journal of Hospitality Management indica que, en muchos casos, los clientes calificarán menos favorablemente a un restaurante si cambian a una política de no propina.
«Los clientes esperan que las propinas fomenten un mejor servicio. Así que yo espero que un restaurante que tenga propinas tenga un mejor servicio y espero estar más satisfecho, lo que puede sesgar mi percepción», opina Lynn.
El riesgo de cambiar a una política de no propinas no ha impedido que algunos restaurantes lo intenten. El Union Square Hospitality Group (USHG) comenzó a eliminarlas en 2015, empezando con The Modern ubicado en el Museo de Arte Moderno de Nueva York.
Erin Moran, directora de cultura de USHG, asegura que lo hicieron para poder aumentar los salarios del equipo de apoyo y gestionar directamente las trayectorias profesionales de los miembros del personal: «En un mundo con propinas, nuestros clientesestán decidiendo cuánto se está compensando a los miembros de nuestro equipo».
Moran reconoce que su balance final se vio afectado por la nueva política y que ha sido un desafío mayor de lo que esperaban.
Pero los comensales han aceptado el cambio, la rotación de personal ha comenzado a disminuir en The Modern y cree que dará sus frutos a largo plazo.
En España son voluntarias, pero para los profesionales, especialmente en el sector de la hostelería, son esperadas.
Son un gesto de agradecimiento por el servicio recibido, o una forma de asegurarse un trato preferente si el cliente va a volver en el futuro.
Hay otros países, como la vecina Francia, Cuba, Países Bajos, Alemania… donde son obligatorias.
En algunos casos, incluso es un servicio incluido en la cuenta, del que no te puedes librar.
Compensación salarial
La cultura del tipping, de las propinas, se consolida definitivamente en 1966. El Congreso aprueba entonces la Tip Credit, una disposición que permitía a las empresas del sector servicios pagar a algunos empleados por debajo del salario mínimo. Daban por hecho que sus ingresos se verían compensados a través de las propinas recibidas.
En la actualidad, el salario mínimo de estos trabajadores está fijado en 2,12 dólares por hora, una cifra que lleva congelada desde el año 1991. Son muchas las voces que vuelven a insistir en prohibir las propinas en Estados Unidos. Algunos Gobiernos regionales, como los de California, Oregón o Nevada, han impulsado leyes en este sentido, que elevan el salario mínimo de los camareros, para que no dependan de las propinas para completar los ingresos básicos.
Una tendencia que ha llegado ya a la Casa Blanca, que busca impulsar esta especie de Ley de Antipropinas, que tiene como principal objetivo reducir la precarización salarial.



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