Misterios en torno a la Gran Esfinge de Giza…

La Vanguardia(C.G.Paneque)/National Geographic — En el marco excepcional de la necrópolis de Giza, a pocos kilómetros al sudoeste de El Cairo, se yergue imponente la Gran Esfinge. Fue la primera escultura colosal y la más grande erigida en el país del Nilo.
Cuerpo de león y cabeza humana. Este extraño ser híbrido, al que conocemos con el término de esfinge, de origen griego, es uno de los más llamativos del arte egipcio. Los antiguos egipcios lo denominaban Shesep-ankh, «imagen viviente», nombre que daban a las estatuas reales.
Simbolizaban la idea de fuerza y poder, y generalmente se representaba al faraón bajo esta forma. Así lo indica el hecho de que las esfinges portaran el pañuelo real nemes, el ureo (representación de la diosa cobra Uadyet) y a menudo la barba postiza ritual, signos característicos de los soberanos egipcios.
En Egipto, desde tiempos predinásticos y posiblemente antes, la figura del león se asoció a los jefes tribales y más tarde a los faraones. El rey era el guardián y protector de su pueblo, al que conducía victorioso al combate contra sus enemigos. Es por ello natural que, en el pensamiento de aquellos pueblos primitivos, la figura de este vigoroso y bello animal fuera asimilada al monarca.
Por sus características, los egipcios imaginaron el león como un poderoso guardián, y por ello se lo representaba en amuletos, muebles y también en las puertas de los templos, en relieve o esculpido. Asimismo, algunos relieves del Imperio Nuevo muestran un león domesticado que acompaña al monarca en las batallas o en ceremonias religiosas.
Es muy probable, pues, que la imagen de la esfinge surgiera en la mente de los egipcios como una manera de fundir la belleza y la ferocidad del león con la sabiduría del rey.
Puesto que normalmente constituyen representaciones del monarca, las esfinges son consideradas masculinas, aunque a partir del Imperio Nuevo también hay esfinges femeninas que representan a las reinas. Habitualmente las esfinges están en actitud yacente, con laspatas delanteras extendidas, si bien también se las puede encontrar representadas andando sobre sus cuatro patas o, más raramente, sentadas.
Pero existen también esfinges en actitud oferente, cuyas patas delanteras se sustituyen por antebrazos y manos humanas que sostienen vasos como ofrenda. La primera representación de esfinge con forma de león y cabeza humana data de mediados del III milenio a.C. y corresponde a la dinastía IV, que marca el apogeo del Imperio Antiguo egipcio.

Se halló en Abu Rawash, en el complejo funerario de Didufri, hijo y sucesor del faraón Keops, y pertenece a la princesa Hetepheres II, medio hermana y esposa de Didufri.
Este rey también fue representado como una esfinge, de la que sólo ha llegado hasta nosotros la cabeza esculpida en arenisca, que se conserva en el Museo del Louvre.
A mediados de la década de 1970, en la meseta de Gizeh, frente al complejo funerario de Kefrén (el sucesor de Didufri), se halló una pequeña esfinge de la época de este faraón.
Es en tiempos del Imperio Medio, a finales del III milenio a.C., cuando estas imágenes aparacen con más profusión. Los ejemplos descubiertos en Tanis, pertenecientes a Amenemhat III, de la dinastía XII, ofrecen la paticularidad de que la parte humana de la esfinge se reduce al rostro del faraón, mientras que la melena, las orejas y el resto del cuerpo son de león.
Desde inicios del Imperio Nuevo, a mediados del II milenio a.C., aparecen esfinges más desarrolladas, con los rasgos de animal más suavizados; sobre el nemes o pañuelo real ostentan nuevos tocados y adornos, como la doble corona del Alto y Bajo Egipto o la corona atef (la corona blanca del Alto Egipto con dos plumas de avestruz).
También llevan amplios collares, e incluso alas plegadas o el cuerpo cubierto de plumas, seguramente en relación con el dios halcón Horus. Ahora la esfinge se identifica con el dios Amón-Re, lo que da lugar a una nueva esfinge con cuerpo de león y cabeza de carnero, el animal sagrado de Amón.
Por la gran cantidad y variedad de representaciones halladas, se podría decir que la figura de la esfinge alcanza su apogeo a mediados de la dinastía XVIII, la época más gloriosa del Imperio Nuevo. Más tarde, en época grecorromana, desde el siglo IV a.C., la iconografía de la esfinge se enriquece con la de tipo griego, normalmente femenina y casi siempre con alas, aunque con un simbolismo completamente distinto: para los griegos, la esfinge era un monstruo malicioso.
No es de extrañar que su recuerdo se mantuviera vivo durante milenios. Su genialidad reside en que fue enteramente esculpida en un enorme macizo de caliza.
Su debilidad, la calidad de la roca que la compone.
Pero ni siquiera la Esfinge se salvó del declive de la civilización que la veneró. A merced de las arenas, pasó desapercibida. Su rostro inerte ha intrigado desde la Antigüedad, y aún hoy la identidad de su constructor sigue siendo un misterio. La arqueología ha necesitado siglos para adentrarse en sus secretos.

– Doble personalidad
La construcción de la Esfinge se remonta a la dinastía IV (2600-2487 a. C. aproximadamente), artífice también de las tres pirámides que la escoltan. La cabeza representa a un rey, reconocido como tal por el pañuelo real, o nemes, y los restos de la cobra erguida sobre la frente. Convertido en un ser híbrido, el gobernante adquiría una dimensión divina que le alejaba de los mortales. Cual león del desierto, se alzaba en protector de su complejo funerario, vigilando el horizonte oriental.
Este hecho concede a la Esfinge un simbolismo solar que por aquella época comenzaba a despuntar en la religión egipcia. Su imagen se asoció al dios Aker, representado bajo una doble forma: una esfinge que guardaba el lugar por donde nacía el sol y otra que hacía lo mismo con la entrada occidental al subterráneo.
Durante un siglo y medio el cementerio real siguió activo, y luego fue abandonado. En la soledad de la planicie la Esfinge cayó en el olvido. Solo mil años después, durante el Reino Nuevo, los faraones volvieron a percatarse del poder de la imagen. Para entonces, la memoria histórica era demasiado vaga para tiempos tan remotos, y la Esfinge pasó a ser venerada no como un hombre, sino como una divinidad local. Perdió así toda relación con su pasado.
Según algunos autores, fue en ese momento cuando se le añadió una barba divina acorde con su nuevo estatus. Los restos de este postizo se hallarían después esparcidos por el suelo. Su nuevo nombre era “Horus en el horizonte”, Harmachis en griego.
Transformada en un dios piadoso, la Esfinge era uno de los pocos monumentos accesibles en que contemplar el rostro de un dios tan de cerca. Pronto se convirtió en un punto de peregrinación que perduró hasta época romana. Testimonio de esta devoción popular son las numerosas estelas dejadas por particulares cerca de la estatua. Algunas representaban a la Esfinge como una gran oreja a la que se dirigían las plegarias.

– Herencia faraónica
La espectacularidad de la Gran Esfinge contrasta con el mutismo que la rodea. No lleva ninguna inscripción significativa, y ningún documento posterior revela el nombre del faraón que prestó su imagen.
Para resolver este enigma la arqueología busca otras pistas. En el momento de su construcción, la necrópolis de Giza empezaba a tomar forma en un lugar entonces vacío. Había sido inaugurada por el faraón Keops para albergar su complejo funerario, centrado en la Gran Pirámide. Su hijo Kefrén, que accedió al trono tras el fugaz reinado de su hermano Djedefra, construyó el suyo al lado.
La Esfinge era la guinda de un proyecto arquitectónico nuevo y religiosamente osado que encarnaba la capacidad estatal de gestión de recursos humanos y materiales. Ambos monarcas tenían los medios para hacerlo. Los metros que la separan de la pirámide de Keops eran en realidad una zona explotada como cantera para el yacimiento. Fue un promontorio estratégicamente situado en el límite sur el elegido para tallar la escultura.

Tradicionalmente se ha considerado que representa a Kefrén, puesto que se alza justo al lado de la calzada que une su templo bajo con su templo funerario.
Sin embargo, la teoría de que el coloso ya estaba allí antes parece convencer a un gran número de especialistas.
Esto explicaría que Kefrén tuviese que desplazar el eje de su rampa hacia el sur para sortear el obstáculo.
El arqueólogo alemán Rainer Stadelmann aportó hace algunos años nuevos criterios, sobre todo de índole artístico, para considerarla una obra maestra del reinado de Keops.
La forma de la cara, la ausencia de barba postiza o el tipo de nemes solo se apreciarían en sus esculturas, y no en las de su hijo.
Si Keops la integró como parte de su complejo funerario, cuyo nombre era precisamente “el horizonte de Keops”, la Esfinge encajaría como encarnación del monarca en el horizonte.
Sin embargo, la falta de pruebas contundentes deja abierto el debate. Por ahora, la primera esfinge real segura data del reinado de Djedefra. Con la de Giza, se coló en la iconografía del arte egipcio para no desaparecer.
Pifias y retoques
A principios del Reino Nuevo se realizaron los primeros trabajos de limpieza y restauración a instancias de Tutmosis IV. Para entonces la erosión había hecho fuerte mella en el cuerpo. Ello obligaría a futuras intervenciones, especialmente en el siglo VI a. C. y en época grecorromana. Distintos emperadores construyeron variopintos edificios delante de la estatua, como un anfiteatro o una entrada monumental, muy del gusto helenístico, más en la línea de una atracción turística que de un lugar de culto.
Justamente, debido a este interés por la Esfinge, sorprende que ninguno de los primeros viajeros griegos la mencione. El célebre historiador Heródoto estuvo en Giza hacia 440 a. C. Si bien incluyó la pirámide de Keops en su lista de maravillas del mundo, no hizo lo mismo con la Gran Esfinge. Ningún otro autor clásico la cita hasta Plinio el Viejo, en el siglo I d. C. ¿Un silencio pactado? Para otros, la razón sería que ninguno se percató de su existencia por encontrarse total o parcialmente enterrada.

– ¿Cómo fue en realidad?
Las continuas restauraciones hacen difícil determinar el aspecto original de la Esfinge. Plinio el Viejo, en el siglo I, la describe aún con restos de pintura. Una marca en la cabeza indica que debió de añadírsele una corona. Y hay pruebas de que había la intención de recubrir la parte baja con grandes losas de exquisita caliza.
El estadounidense Mark Lehner, gran conocedor de la Esfinge, recalca que, además de los residuos de pigmento rojo todavía visibles en el rostro, restos de pintura azul y amarilla en otros puntos sugieren que la estatua estuvo “recubierta de colores chillones estilo cómic”.
Durante la Edad Media ya solo se veía la cabeza. Los autores árabes la describen con el sobrenombre de Abul’hôl, “padre del terror”, recelosos de los poderes del ídolo pagano. Los viajeros del siglo XVIII la dibujan derrochando imaginación. Incluso hay quien dulcifica su imagen al verla como una mujer asociada con los signos de Virgo y Leo.
Fue gracias a la expedición egipcia que Napoleón Bonaparte dirigió en 1798 que la Esfinge fue redescubierta al mundo. En aquel primer acercamiento científico se procedió a la ardua tarea de medir la cabeza con la simple ayuda de una plomada. Aun así, los pintores nos ofrecen sus versiones, y algunos no dudaron en dibujarla con rasgos negroides, de acuerdo con una Europa inmersa en el polémico debate sobre las razas.
No obstante, fue el misterio de su nariz rota lo que más intrigó. Para algunos, los causantes de ello fueron los mamelucos que conquistaron Egipto; para muchos, las balas de cañón de los artilleros de Napoleón. Lo cierto es que en el siglo XIV el historiador árabe Makrizi ya menciona la mutilación del rostro como obra de un acto vandálico de un sufí iconoclasta en 1378.

– Un lavado de cara
La restauración de la Esfinge ha supuesto un desafío.
La primera excavación la emprendió en 1817 el explorador Giovanni Battista Caviglia (1770-1845), gracias a la financiación del cónsul inglés Henry Salt.
El genovés liberó parte del cuerpo y halló los fragmentos de la barba, hoy en el Museo Egipcio de El Cairo y el Museo Británico de Londres.
A él le siguió la desafortunada intervención de Richard H. Vyse, que utilizó pólvora para abrir la parte trasera de la cabeza.
En su interior esperaba encontrar alguna cámara.
Auguste Mariette, en 1853, encabezó los trabajos efectuados con metodología moderna, continuados tres decenios después por Gaston Maspero y Émile Brugsch. Entre 1925 y 1936 las excavaciones de Émile Baraize sacaron a la luz el cuerpo leonino al completo. El descubrimiento frente al coloso del llamado “templo de la esfinge” añadió, si cabe, más confusión, pues aún se discute si realmente tenía una relación directa con la estatua.
Desde 1979 los trabajos de restauración corren a cargo de la Organización de Antigüedades de Egipto, hoy el Ministerio de Antigüedades. Bajo la dirección de Zahi Hawass se efectuaron varios programas de conservación, no exentos de polémica por el uso abusivo del cemento.
Las nuevas tecnologías han resultado decisivas para analizar la Esfinge. Mediante su uso, el Proyecto Esfinge de ARCE (Centro Americano de Investigación en Egipto), liderado por Mark Lehner, trazó en la década pasada un mapa de las distintas capas de la escultura a partir de la calidad de su piedra y aisló las fases de restauración. Todo para descubrir los secretos del mayor símbolo de Egipto.
– Hechos y teorías sobre la Gran Esfinge de Giza
La Esfinge de Guiza ha sido objeto de múltiples estudios para tratar de resolver todos los enigmas que rodean a su misteriosa figura. Uno de ellos es el que se refiere a su cronología, al habérsele atribuido una antigüedad mayor a la que se le reconoce. Llama la atención el tamaño de las enormes piedras con las que fue construida, mayores que las utilizadas en los edificios circundantes con excepción de uno de los templos situados en las proximidades de la Esfinge, cuya cronología también ha sido objeto de debate.
De igual forma, se ha aludido a la información presente en la Estela del Inventario, cuya traducción parece dar a entender que el templo ya existía mucho tiempo antes del reinado de Kefrén. Aunque, por otra parte, no se debe olvidar que este documento es tardío, de época saíta, y por lo tanto poco fiable para ofrecer una datación precisa.

Todas estas anomalías llevaron a un grupo de estudiosos a plantear hipótesis de naturaleza seudocientífica.
Uno de ellos y tal vez el más conocido fue Edgar Cayce, un curandero y visionario estadounidense que, ajeno a toda realidad, llegó a afirmar que la Gran Esfinge fue construida por la civilización atlante.
La explicación de Cayce dejó atónitos a todos los investigadores serios del Antiguo Egipto, aunque más impacto provocó el hecho de que alguien en su sano juicio se “tragase” sus delirantes ideas.
En efecto, en 1957, Rhonda James viajó hasta Egipto junto con su hermana con la intención de protagonizar uno de los hallazgos más importantes de la egiptología: dar con una supuesta Sala de los Archivos en donde debían seguir escondidas las memorias de los atlantes. En 1973 le tocó el turno a otro defensor de las tesis atlantes, Mark Lehner, pero, como no podría haber sido de otra manera, sus investigaciones resultaron igual de improductivas.
Nuevos investigadores plantearon una antigüedad de la Esfinge mucho mayor que la que aceptaba la ciencia apuntando hacia 10500 a.C., lo que parecía amoldarse a las propuestas de Schwaller de Lubicz, un arqueólogo que, tras excavar entre los años 1937 y 1952 en el Templo de Luxor, afirmó que la cultura egipcia había sido muy anterior a lo que se creía hasta ese momento.
En una de sus obras, Sacred Science, al hablar de grandes inundaciones que asolaron Egipto en el XI milenio a.C., dice: “Una gran civilización debió de preceder a los vastos movimientos de agua que arrasaron Egipto, lo cual nos lleva a deducir que, esculpida en la roca de la colina situada al oeste de Guiza, ya existía la Esfinge, cuyo cuerpo leonino, salvo la cabeza, muestra signos inconfundibles de una erosión causada por el agua”.
No pocos geólogos apoyaron las tesis de Schwaller, al no encontrar huellas de un período pluvioso en la zona anteriores a 10000 a.C., que explicasen la erosión de la Esfinge provocada –en esto no parece existir controversia– por el agua. Uno de los que apoyaron la idea fue Robert M. Schoch, que aseguró en 1992 que la erosión sufrida por el monumento no podía, en ningún caso, haberse producido como consecuencia de la acción de viento.
Estas ondulaciones se produjeron por las precipitaciones, las cuales provocaron fisuras verticales aún observables y, por lo tanto, según Schoch, la enigmática figura no podría tener una antigüedad menor a 9.000 años. Recientes investigaciones dejarían, en cambio, sin argumentos sólidos a los investigadores que pretendieron desafiar a la Historia.

A pesar de que la razón nos lleve a desechar todas estas teorías seudocientíficas, la espectacular Esfinge tiene un gran interés por sí misma, por su significado y su relación con el mundo de los dioses y la muerte.
Desde los albores de la civilización egipcia, las esfinges simbolizaron el poder y la fuerza del faraón, cualidades asociadas a la figura del león.
También tienen relación con la idea de la vida después de la muerte, por lo que su presencia es habitual en contextos funerarios y cerca de los grandes templos.
La rotundidad de las afirmaciones de algunos geólogos, en su intento de demostrar la extremada antigüedad de la Gran Esfinge, parecía jugar a favor de los partidarios de las teorías heterodoxas.
Sin embargo, aunque son muchos los que siguen defendiendo las premisas del geólogo estadounidense Robert M. Schoch, que asegura que la erosión de este desconcertante monumento egipcio se debe a la acción del agua en tiempos muy anteriores a los que los arqueólogos plantean, esta teoría parece haber quedado descartada, porque parte de falsos presupuestos.
Fundamentalmente, porque en Egipto sí que se producen precipitaciones, con poca frecuencia pero de forma torrencial, y este tipo de clima se impuso en la zona hacia el año 2000 a.C., lo que explicaría el tipo de erosión de la Esfinge, provocado evidentemente por el agua pero en fechas más recientes. En este sentido, los geólogos J. Harrel, K. Gauri y G. Vandecruys echaron por tierra la teoría de Schoch, al atribuir a la Esfinge una datación correspondiente a la IV Dinastía.
Un historiador inglés revela varios datos que llevan a pensar que la Gran Esfinge de Guiza tiene una puerta secreta que conduce a túneles de la necrópolis.
Matt Sibson es el hombre detrás del canal de YouTube ‘Ancient Architects’. En un vídeo publicado el 2 de marzo, anunció un sorprendente descubrimiento que alude a un antiguo misterio relacionado con uno de los monumentos más famosos del Antiguo Egipto.
Originalmente había tres estelas —monumento con inscripciones— ubicadas frente a la Esfinge: la Estela de los sueños, construida por el rey Tutmosis entre 1479 a. C y 1425 a. C, que aún permanece en el lugar; y dos estelas más que fueron creadas por Ramsés dos siglos más tarde, pero que terminaron siendo llevadas al Museo del Louvre en París y que «poco se ha hablado de ellas desde entonces».
Luego de encontrar una imagen de una de las dos estelas en un libro escrito por el explorador Richard William Howard Vyse en 1837, Sibson hizo un descubrimiento sorprendente.

«Hay una esfinge en la parte superior de una plataforma, con Ramsés al lado dando una ofrenda.
La esfinge está sentada sobre lo que parece ser una puerta.
En la Estela de los sueños, también hay una puerta debajo de la esfinge que lo respalda», detalló al Daily Star.
Además, señaló que Howard Vyse en su libro afirmó que «los excavadores encontraron una puerta debajo de la Gran Esfinge, que podría conducir a una cavidad debajo de ella». El libro solo muestra una de las estelas en detalle.
«¿Qué muestra la otra? Se necesita analizarla. Podría arrojar más luz sobre la puerta», sugirió Sibson. «Creo que hay algo debajo, hay muchos túneles debajo de la meseta de Guiza», agregó.
A finales de 2010, durante unas excavaciones rutinarias en la zona del monumento, los arqueólogos egipcios descubrieron grandes secciones de muros de adobe que formaban parte de un muro mayor que se extendía a lo largo de 132 metros alrededor de la Gran Esfinge. Los arqueólogos creen que Tutmosis IV construyó el muro tras su sueño para proteger a la Esfinge de los vientos del desierto.
Tras la limpieza ordenada por Tutmosis IV, y a pesar del muro, la colosal escultura volvió a encontrarse bajo la arena. Cuando Napoleón llegó a Egipto en 1798, encontró la Esfinge sin nariz. Los dibujos del siglo XVIII de la era cristiana revelan que la nariz había desaparecido mucho antes de la llegada de Napoleón; una de las historias dice que fue víctima de las prácticas de tiro en el periodo turco.
Otra explicación, quizá la más probable, es que fue arrancada con cinceles en el siglo VIII de nuestra era por un sufí que consideraba a la Esfinge un ídolo sacrílego. En 1858, Auguste Mariette, fundador del Servicio de Antigüedades Egipcias, retiró parte de la arena que rodeaba la escultura y, entre 1925 y 1936, el ingeniero francés Emile Baraize excavó la Esfinge por encargo del Servicio de Antigüedades. Posiblemente, por primera vez desde la antigüedad, la Gran Esfinge volvió a estar expuesta a la intemperie.

(Impresión de la esfigie y la pirámide de Guiza)
Existen varias leyendas sobre pasajes secretos asociados a la Gran Esfinge.
Las investigaciones realizadas por la Universidad Estatal de Florida, la Universidad de Waseda (Japón) y la Universidad de Boston han localizado varias anomalías en la zona que rodea al monumento, aunque podrían ser características naturales.
En 1995, unos obreros que estaban renovando un aparcamiento cercano descubrieron una serie de túneles y caminos, dos de los cuales se sumergen aún más cerca de la Esfinge.
Robert Bauval cree que son contemporáneos de la Esfinge. Entre 1991 y 1993 d. C., mientras examinaba las pruebas de erosión en el monumento utilizando un sismógrafo, el equipo de Anthony West encontró pruebas de anomalías en forma de espacios o cámaras huecas de forma regular, a unos metros bajo el suelo, entre las patas y a ambos lados de la Esfinge. No se ha permitido hacer más investigaciones.
En la actualidad, la gran estatua se está desmoronando a causa del viento, la humedad y el smog de El Cairo. Desde 1950 se está llevando a cabo un enorme y costoso proyecto de restauración y conservación, pero en los primeros días de este proyecto se utilizó cemento para las reparaciones, que era incompatible con la piedra caliza y causó daños adicionales a la estructura.
Durante un periodo de 6 años se añadieron más de 2000 bloques de piedra caliza y productos químicos a la estructura, pero el tratamiento fracasó.
En 1988, el hombro izquierdo de la esfinge estaba tan deteriorado que los bloques se estaban desprendiendo. En la actualidad, la restauración sigue siendo un proyecto en curso bajo el control del Consejo Supremo de Antigüedades, que está reparando el hombro dañado e intentando drenar parte del subsuelo. Por lo tanto, hoy en día la atención se centra en la preservación y no en nuevas exploraciones o excavaciones, por lo que tendremos que esperar todavía mucho tiempo antes de que la Gran Esfinge revele sus secretos.
nuestras charlas nocturnas.
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