La Habana de Instagram hipnotiza; la otra, la real, es igual de fascinante. Está llena de contradicciones, seguramente irresolubles. Es una ciudad detenida en el tiempo; preciosa, decadente, parcialmente en ruinas y congelada en el tiempo desde hace décadas.
Siempre se ha dicho que sin Fidel se iba a perder su romántica e inalterable esencia. La frase se ha repetido hasta la saciedad: «¡Hay que visitar Cuba antes de que se muera Fidel Castro y sea demasiado tarde!».
No ha sido así: la desaparición del viejo comandante, amo y señor de la isla caribeña durante cerca de 50 años, tan idolatrado como vilipendiado, ha supuesto un punto y seguido. Aquellos que han visitado la isla últimamente aseguran que las cosas siguen más o menos como siempre.

Después del adiós definitivo del viejo guerrillero marxista, el poder ha cambiado dos veces de manos. Primero fue su hermano Raúl Castro quien estuvo al timón, y ya desde abril de 2021 le pasó el testigo a su compañero y líder del Partido Comunista, Miguel Díaz-Canel. Cuba cambia sus presidentes, emprende reformas… y no termina de resolver su galimatías.
Hay un claro descontento en la población tras la pandemia. La vida es más cara, dicen, a pesar del aumento del salario mínimo. La sustitución de las dos monedas de la isla por el peso cubano o moneda nacional (CUP) desde el 1 de enero de 2021 parece que no ha surtido el efecto deseado.
El país no está «en mejores condiciones», como vaticinó Díaz-Canel días antes de que entrase en vigor la medida. Los ciudadanos critican las penurias y la escasez; todos miran al Gobierno. Las protestas llegaron hasta el Capitolio de la Habana el pasado verano sacudiendo el panorama político cubano.
Muchos compararon el clima de pesimismo generalizado con la situación vivida a principios de los 90 tras la disolución de la URRSS, su principal aliado económico.
Cuba es como ese cauto conductor que mira continuamente por el retrovisor del coche. Así es: avanza lo justo y necesario. Abonada a cambios cosméticos. Pero también es auténtica, vibrante y única.
Una realidad inexplicable y compleja que está grabada a fuego en la retina de todos, tanto o más que sus fascinantes rincones, incluidos los menos trillados y explotados por el turismo. Vamos con cinco de ellos.
– Un museo al aire libre
La Habana Vieja se ha convertido en un ir y venir de turistas. Cierto. Otra cosa muy distinta es que tengamos que esquivar este barrio, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1982. Continúa siendo un imán para los viajeros y siempre apetece volver a saborear su inconfundible aroma.
Conviene ser un poco más cuidadoso con las elecciones para no toparnos con marabuntas de visitantes y llevarnos un chasco entrando a lugares emblemáticos que están hasta los topes. No hay más secretos. Dicho esto, darse una vuelta por sus históricas calles -congeladas, restauradas o a medio hacer; ¡qué más da!- es una opción plausible.
¿Un lugar especial? La calle Mercaderes, adoquinada y peatonal. A su paso se recorre una parte importante del casco histórico, un auténtico museo al aire libre repleto de galerías y centros de arte, muchos de ellos gratuitos, tiendas y una arquitectura colonial perfectamente conservada que le transporta al viandante a los tiempos de su nacimiento, en el siglo XVII.

Arquitectura de la ciudad cubana de La Habana.
– Cócteles y toques modernos
No todo ha cambiado para mal en La Habana Vieja. Jama es uno de esos restaurantes fusión del carismático distrito, a medio camino entre la cocina asiática (preferentemente japonesa) y la cubana. En los 80, la mezcolanza podría definirse como exótica y atrevida; hoy en día es lo normal.
El precio medio del menú, según la web alamesacuba.com, es de 8 a 14 dólares y se ofrecen tacos de camarones y pollo, así como tataki de atún, entre otros muchos manjares. También sirven coloridos cócteles y el inevitable surtido de sushi. La decoración es curiosa, está como en tierra de nadie; no es un sushi-bar al uso, pero tampoco se parece demasiado a la típica tasca habanera.
Para música jazz, tapas y más coctelería de fantasía nuestros pasos deberán dirigirse a la coqueta terraza de El del Frente, muy cerquita. Dos apuestas contemporáneas y ganadoras en el socorrido barrio turístico.
– Clase y distinción
Pocos lugares más elegantes en la capital cubana el Paseo del Prado, una extensa calle peatonal y arbolada que cruza de lado a lado, de norte a sur, el distrito municipal de Centro Habana para llegar hasta La Habana Vieja. No es Roma ni París ni Madrid, con quien comparte nombre y cierto espíritu, pero sus aires europeos son innegables. Diseñado por el paisajista francés Jean-Claude Nicolas Forestier a finales de los años 20, fue la primera calle asfaltada de toda La Habana.
También se le conoce como Paseo de Martí, en honor al padre de la independencia cubana. A lo largo del Prado el ambiente es de lo más ecléctico: se ven niños jugando, hay actividades culturales, venta de obras de arte a pie de calle, trabajadores, paseantes… Llega hasta el Malecón y prácticamente alcanza el Capitolio.

El edificio del Capitolio en La Habana (Cuba).
– ¿Playas? Sí, en el este
En Cuba no hace falta desplazarse hasta la impersonal y masificada zona de Varadero, hecha a medida de los turistas de pulserita y piscina en resorts de lujo, para disfrutar de playas paradisiacas. A menos de 30 kilómetros de La Habana se encuentran las Playas del Este y en esta zona costera el municipio marinero de Guanabo es su principal atractivo.
En sus arenales se juntan familias enteras de veraneantes cubanos, un país mucho más auténtico que el que se empeñan en vender en las agencias de viajes y paquetes vacacionales.
– ¿The Cavern? No, Yellow Submarine
En el país de Silvio Rodríguez, Compay Segundo o Celia Cruz el rock también tiene su pequeño y selecto lugar. Yellow Submarine, en una clara referencia a la famosa canción de los Beatles, es una sala de música en vivo articulada como asociación cultural.
Los días en los que no hay concierto la entrada no llega a dos euros (40 CUP) y si se tiene la suerte de toparse con una banda en directo habrá que desembolsar alrededor de seis euros (150 CUP). No es mucho gasto. Con una capacidad para unas 120 personas, además de grupos de versiones de los cuatro fantásticos de Liverpool, también se abren a otras propuestas con las guitarras eléctricas siempre como bandera.

Vehículos en La Habana (Cuba).
– Una capital noctámbula
Premio Príncipe de Asturias 2015, el escritor Leonardo Padura (La Habana, 1955) es una figura imprescindible de las letras castellanas gracias a las novelas policiacas protagonizadas por Mario Conde.
Este melancólico y desorganizado personaje con nombre de banquero corrupto español le ha granjeado la admiración y el reconocimiento internacional desde su inicio en los años 90 hasta el reciente ‘Personas decentes’ (Tusquets, 2022), en un total de diez entregas.
Además de entretener al lector con los habituales tics y trucos del género, Padura ejerce de termómetro de la realidad social del país y especialmente de la capital, donde ha vivido toda su vida.
En ‘La neblina del ayer’ (2003), por ejemplo, se adentra en los bajos fondos de La Habana.
Se trata de un viaje del pasado al presente; del excitante ambiente nocturno habanero de los años 50 a una ciudad deprimida y bastante poco recomendable que acaba de cruzar, con más pena que gloria, la puerta del siglo XXI. Conde -o Padura, según se mire: el sagaz policía es lo más parecido a un alter ego del escritor- se adentra en lugares poco recomendables donde la ley lo marcan personajes de dudosa ética, mostrando una ciudad alejada del clásico canon de son y boleros de La Habana Vieja.

foto de la capital cubana
Que en este país hay música por todas partes es un tópico que se cumple a rajatabla, sobre todo en la animada Trinidad, faro artístico de la isla junto a la omnipresente La Habana. La música y el baile se alternan en la vida local como si no hubiera mañana. La vida social es sagrada en la isla. La película ‘Viva’ (2015), del irlandés Paddy Breatnach, dio un pasito más en el (re)descubrimiento musical y cultural emprendido por Wim Wenders en el aclamado documental ‘Buena Vista Social Club’, de 1999.
Nominada a Mejor película extranjera, ‘Viva’ sorprende por la imagen liberal de una ciudad cabaretera en la que un chico cubano de 18 años se trasviste en su incipiente carrera artística y, al mismo tiempo, tiene que prostituirse para ganarse la vida. Esta historia de ficción nos sirve para conocer un poco mejor esa realidad alternativa y subterránea que también existe y escapa de los estereotipos. En La Habana merece la pena abrir los ojos y dejarse sorprender por lo inesperado. Para hacer el turista y cumplir con los tópicos existen millones de guías sobre Cuba.
Los coches antiguos de La Habana son un auténtico museo al aire libre
Viajar a Cuba es como volver atrás en el tiempo varias décadas, pero, si hablamos solo del aspecto automovilístico, significa retroceder más de medio siglo. Y es que por las calles y las carreteras del país caribeño circulan multitud de coches clásicos, en su mayoría modelos estadounidenses de los años 50.
Esta peculiaridad se da especialmente en su capital, La Habana, donde vehículos antiguos de Ford, Cadillac, Chevrolet, Dodge o incluso de marcas ya desaparecidas como Plymouth o Mercury convierten las calles de la ciudad en un auténtico museo al aire libre.
El bloqueo estadounidense a la isla y la situación económica del país están detrás de esta peculiaridad. Los coches de EE.UU. dejaron de entrar en Cuba en 1959 y la población se adaptó a las circunstancias reparando y manteniendo sus autos sin recambios ni piezas oficiales de las marcas. Estos carros, como los llaman los cubanos, fueron después pasando de generación en generación y aún siguen circulando por el país.
Parece una foto de mediados del siglo pasado, pero no lo es. Pese a los coches antiguos que aparecen en la imagen, esta ha sido tomada recientemente en La Habana, la capital de Cuba.
Por todo el país caribeño, pero especialmente en su capital, circulan multitud de coches clásicos, en su mayoría modelos de marcas estadounidenses de los años 50 del siglo XX.
Precisamente los años 50 del siglo pasado fueron una etapa de prosperidad en La Habana, que se convirtió en una especie de Las Vegas, donde el juego y el contrabando estaban a la orden del día. Muchos aprovecharon su buena situación económica para comprarse los coches estadounidenses más lujosos de la época.
Los 50 fueron también la época de la Revolución cubana, que culminó con la llegada al poder de Fidel Castro en 1959. Ello supuso el embargo estadounidense y sus coches dejaron de exportarse a la isla caribeña.
Esos coches antiguos han ido pasando posteriormente de generación en generación dentro de las mismas familias debido a los problemas económicos de muchas de ellas.
En las calles se pueden ver modelos de Ford, Cadillac, Chevrolet, Dodge o incluso de marcas ya desaparecidas como Plymouth o Mercury.
Incluso muchos de los taxis de La Habana son también coches antiguos estadounidenses. Los cubanos los llaman almendrones.
Con las múltiples modificaciones y arreglos que han ido sufriendo a lo largo de los años, estos autos conservan poco de sus características originales, pero su aspecto exterior sigue siendo prácticamente similar.
En los años 60 y 70 llegaron a Cuba algunos coches fabricados en la Unión Soviética, pero estos no tuvieron tanto éxito como los estadounidenses.
Uno de los aspectos negativos de este museo al aire libre es la gran contaminación que genera. Y es que los coches antiguos contaminaban más que los actuales y, después de haber sufrido tantas modificaciones, emiten aún más gases nocivos.

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