Relato de tres acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial …

Paracaidistas aliados con una bandera nazi
L.B.V.(J. Álvarez) — La Segunda Guerra Mundial fue un conflicto militar que se desarrolló entre 1939 y 1945.
En ella se vieron implicadas la mayor parte de las naciones del mundo, incluidas todas las grandes potencias, agrupadas en dos alianzas militares enfrentadas: los aliados y las potencias del eje.
Fue la mayor contienda bélica de la historia, con más de cien millones de militares movilizados.
Los portaaviones submarinos que los japoneses utilizaron en la Segunda Guerra Mundial

(Vista frontal del I-400. Se aprecia la torre desplazada a babor)
En el verano de 2002, los pequeños sumergibles Piscis IV y V, pertenecientes al HURL (Hawaii Undersea Research Laboratory), hicieron un emocionante descubrimiento: un kō-hyōteki, minisubmarino japonés que había sido hundido por un proyectil del USS Ward en la mañana del ataque a Pearl Harbor.
Lo que fue definido como «probablemente el hallazgo arqueológico más importante del Pacífico» (no sólo por la nave en sí sino también porque demostraba que en el enfrentamiento de EEUU con Japón el primer disparo fue norteamericano) se mejoró, si cabe, tres años más tarde, en la primavera de 2005, cuando los Piscis encontraron lo contrario que el kō-hyōteki en Barber’s Point: el pecio de un submarino nipón de la clase I-400, la más grande de la Segunda Guerra Mundial, capaz de transportar tres hidroaviones.
La clase I-400 fue concebida por el almirante Isoroku Yamamoto, buen conocedor de EEUU porque, entre otras razones, había estudiado tres años en la Universidad de Harvard, tiempo que empleó en analizar al detalle su industria, de ahí que siempre se mostrase escéptico ante la posibilidad de vencerle y su estrategia se basase en propinarle un golpe inicial tan duro que quizá le obligase a negociar.
Lo hizo con el ataque a Pearl Harbor, sólo que los estadounidenses reaccionaron de forma opuesta a la prevista. En cualquier caso, ya inmerso en la dinámica bélica, otra de las iniciativas inmediatas de Yamamoto fue tratar de llevar las operaciones a América, con la idea de sembrar temor en sus habitantes y, de nuevo, intentar forzar una negociación.
Para ello era necesario alcanzar las ciudades, pero eso requería armas específicas. La flota japonesa sería detectada mucho antes de llegar, así que lo idóneo era hacerlo con aviones.
Ahora bien, éstos necesitarían portaaviones para cubrir la enorme distancia y el problema sería el mismo.
La solución fue construir portaaviones submarinos, algo que sonaría extravagante de no ser porque se encontró una forma de hacerlo: la mencionada clase I-400, también llamada Sentoku (de Sen-Toku-gata sensuikan, o sea, Submarino Especial), un tipo de nave con autonomía suficiente para atravesar el océano Pacífico y capaz de transportar hasta tres hidroaviones.

El I-400 navegando
En enero de 1942, una vez que el capitán Kameto Kuroshima, oficial designado para estudiar la viabilidad del proyecto, consideró que era factible, Yamamoto solicitó al cuartel General de la Armada dieciocho submarinos de ese modelo.
El proceso de diseño duró un par de meses y la construcción se inició un año después, en enero de 1943, extendiéndose hasta febrero de 1944. Durante ese período se desarrollaron los trabajos de cinco naves: el I-400 y el I-404 en el astillero de Kure; I-401 y el I-402 en el astillero de Sasebo; y el I-403 en el de Kobe.
Posteriormente se añadirían otros hasta sumar un total de diecisiete, aunque únicamente se concluyeron tres; los otros fueron cancelados a la mitad por la muerte de su principal valedor, Yamamoto.
Los Sentoku eran los submarinos más grandes hasta la fecha y siguieron siéndolo hasta la aparición de las enormes naves nucleares portadoras de misiles balísticos.
Tenían 122 metros de eslora por 12 de manga y 7 de calado, con un desplazamiento de 5.223 toneladas (6.560 en inmersión).
Para mover esa mole y encima poder hacer una ruta transoceánica de ida y vuelta, como estaba previsto, disponían de cuatro motores de 1.680 kW y depósitos de combustible para dar la vuelta al mundo sobradamente.
La velocidad máxima alcanzaba casi los 19 nudos y podía sumergirse a un centenar de metros de profundidad límite.

Esquema del diseño de un I-400
Dado lo delicado de su forma de operar (tras emerger los tripulantes debían armar los aviones para su despegue junto con la catapulta y la grúa), se equipó a los I-400 con un armamento mayor del habitual: aparte de ocho tubos lanzatorpedos (todos a proa), llevaba un cañón de 140 mm. y cuatro cañones automáticos de 25.
Asimismo, estaba protegido contra las minas magnéticas mediante cables desmagnetizadores dispuestos a lo largo del casco y contaba con varios radares, tanto marinos como aéreos, ya que en sumergirse tardaba el doble tiempo -un minuto- que un submarino normal y eso lo dejaba peligrosamente a merced de la aviación.
Como protección contra el sonar enemigo tenía un revestimiento en el casco compuesto por goma y asbesto que disminuía las vibraciones de los motores.

Marineros estadounidenses con el cañón de cubierta de la clase I-400
Por supuesto, el arma principal, la razón de ser de los I-400 eran los aviones. O hidroaviones, para ser exactos: los Aichi M6A Seiran, monoplanos biplazas de ataque, de hélice frontal y flotadores desmontables, armados con una ametralladora de 13 mm. y un torpedo de 850 kilos.
No tenían mucha autonomía, pero podían plegar sus alas y cola para almacenarse en el hangar del submarino, donde cabían hasta tres.
Dado que se empleaban unos treinta minutos en completar el lanzamiento del trío (la mitad si se prescindía de los flotadores), estaba previsto que la operación fuera nocturna (llevaban pintura luminiscente para facilitar la labor a los operarios); no resultaba fácil, pues debían sacarse del hangar y desplegarse, para que luego una grúa los colocase en una catapulta.
Un terremoto que sacudió la región de Nagoya en diciembre de 1944 provocó un retraso en la producción de los Seiran, que agravó un ataque norteamericano cuatro meses después, pero por fin se terminaron veintiocho unidades, destinadas a la Primera Flotilla de Submarinos.
Estaba integrada por el I-400 y el I-401 -el tercero, el I-402, fue reconvertido sobre la marcha en buque cisterna- más otros dos submarinos de una clase diferente, la I-13 o AM, que también podían llevar un par cada uno. Juntos debían llevar a cabo un tipo de misión denominado sen toku (ataque submarino secreto).

La única unidad de Aichi M6A1 Seiran que queda de la Segunda Guerra Mundial es ésta que se conserva en Washington
La primera, ideada por el capitán Chikao Yamamoto y el comandante Yasuo Fujimori, debía ser realizada por lo que se bautizó como Shinryuu Tokubetsukougeki-tai («Escuadrón de ataque especial Dios-Dragón»), siendo el objetivo las esclusas del Canal de Panamá, con vistas a cortar la linea de suministros estadounidense al Pacífico.
Los submarinos emplearían dos meses en atravesar el océano para a continuación lanzar su carga de diez aviones.
Sin embargo, a esas alturas de la guerra las cosas ya estaban torcidas -los Seiran incluso se modificaron para hacer vuelos kamikaze- y la caída de Okinawa llevó a concluir que atacar Panamá ya no tendría utilidad.
Se cambió así de objetivo, buscando uno menos lejano y más defensivo: el atolón Ulithi, en las Islas Carolinas, donde los estadounidenses concentraban fuerzas aeronavales -quince portaaviones- y terrestres para atacar el archipiélago japonés. Ello implicaba cambiar también algunos detalles.
Por ejemplo, el I-13 y el I-14 debían sustituir sus Seiran por rápidos aviones de reconocimiento (los C6C Saiun Myrt, también desmontables) que informarían de la posición exacta de cada buque enemigo. Luego, esos dos submarinos navegarían hasta Hong Kong para cargar sus Seiran y en Singapur repostarían para unirse los I-400, dirigiéndose todos a Ulithi.

Esquema del hangar de la clase I-400
Empezaría entonces el ataque propiamente dicho, con el nombre clave de Arashi («Tormenta»).
Sería un amanecer de mediados de agosto, con los aviones pintados con insignias de EEUU para despistar -cosa, por cierto, que no gustó nada a los pilotos- y una vez finalizada la misión los submarinos pondrían proa a Hong Kong para cargar otra tanda de aviones, ya que los anteriores se perderían al ser kamikazes. Pero ésa era la teoría; la práctica resultó completamente distinta y decepcionante.
En efecto, el I-13 fue localizado por aviones TBM Avenger, que en varias pasadas lo dejaron tan maltrecho que quedó inerme ante los destructores que llegaron luego y lo hundieron con sus cargas de profundidad.
Quizá el resto del escuadrón hubiera podido seguir adelante sin él, pero la capacidad bélica japonesa ya estaba prácticamente en descomposición y el 16 de agosto, cuando los submarinos estaban todavía de camino a Ulithi, recibieron la noticia de la rendición de Japón.
Con ella, se les envió la orden de destruir todas sus armas, así que se lanzaron los torpedos sin armar y los aviones fueron arrojados al agua.

(Marinos estadounidenses observando el hangar abierto de un I-400)
El I-40o se rindió al destructor USS Blue, provocando el asombro de los captores porque su barco era más pequeño que el submarino.
En ese sentido, más inaudito fue lo del I-401, que hizo otro tanto con el submarino estadounidense USS Second, que medía 27 metros menos de eslora.
Ya vimos que el I-402 había pasado a ser un barco cisterna, dado que no estuvo terminado hasta un mes antes de finalizar la contienda y ni siquiera llegó a navegar.
A su vez, faltaba poco para acabar la construcción del I-404, pero un bombardeo lo dañó considerablemente y hubo que dejarlo.
De se modo, también se disolvió otro osado plan previsto para la segunda mitad de septiembre, la Operación PX (Operación Flores de Cerezo en la Noche), diseñada en diciembre de 1944 por el almirante Jisaburō Ozawa y consistente en un ataque con los Seiran desde los submarinos a la costa Oeste de EEUU (especialmente San Diego, Los Ángeles y San Francisco)… en el que se emplearían armas bacteriológicas (en concreto, bacterias de la peste bubónica, cólera y tifus, así como virus del dengue) preparadas por la Unidad 731 del general Shirō Ishii.

Los submarinos japoneses I-401, I-140 e I-400, abarloados junto al USS Euryale en Sasebo, tras su rendición
La marina de EEUU se adueñó de la flota submarina nipona para estudiarla, pero dado que los soviéticos reclamaron su derecho a lo mismo, optaron finalmente por hundirla en lo que se llamó Operación Road’s End: llevaron las naves al Point Deep Six (un punto cercano a la isla japonesa de Fukue) y las dinamitaron, mandándolas a pique a dos centenares de metros de profundidad.
Eso sí, se quedaron con el I-400 y el I-401 (además de dos sumergibles de la clase I-200 Senkou, que era la más rápida de la guerra), que trasladaron a Hawai para analizarlos más detenidamente. Una vez terminaron, y ante la insistencia de la URSS, el USS Trumpetfish los torpedeó… y, como vimos, descansaron en el fondo a 820 metros, hasta 2004.
Operación Granizo, la destrucción de la flota japonesa en la isla de Truk en venganza por Pearl Harbor

(El ataque a Truk visto desde un avión de EEUU)
Muy pocos lectores ignorarán en qué consistió el ataque a Pearl Harbor, la incursión aérea con que la Armada Imperial Japonesa destruyó la base aeronaval de EEUU en Hawai a finales de 1941, precipitando la entrada del país americano en la Segunda Guerra Mundial.
Lo que quizá no sepan muchos es que Japón sufrió un episodio muy parecido a principios de 1944, un demoledor bombardeo en su base del atolón de Truk que le supuso perder decenas de buques y cientos de aviones, lo que a medio plazo tendría graves consecuencias logísticas y estratégicas para su flota. Fue la llamada Operation Hailstone (Operación Granizo).
Truk (o Chuuk) es el nombre de un conjunto de ocho islas del Pacífico que, junto con Kosrae, Pohnpeo (antigua Ponapé) y Yap, forma los Estados Federados de Micronesia.
Con capital en Weno, Truk no es el más grande en superficie (ciento veintisiete kilómetros cuadrados), pero sí el más poblado (algo menos de cincuenta y cuatro mil habitantes) y con una historia que, en cierto modo, debería sernos familiar porque, si bien ya estaba habitado por austronesios procedentes de Melanesia, fueron navegantes españoles los que lo descubrieron para el resto del mundo.
En efecto, Álvaro de Saavedra registró su avistamiento en 1528 y después fue visitado por Alonso de Arellano en 1565, por lo que fue incorporado a la Corona como parte del archipiélago de las Carolinas.
Sin embargo, el control hispano sobre las islas fue meramente nominal y, salvo por algunos comerciantes y misioneros, su presencia no se hizo efectiva hasta el último cuarto del siglo XIX, cuando el contexto internacional se caracterizó por la expansión imperialista de las potencias occidentales.
En 1886, tras un intento alemán de hacerse con ellas que se solucionó diplomáticamente, se izó una bandera y en 1895 se medió para buscar la paz en un conflicto entre tribus.

(Las Carolinas y otros archipiélagos de la Micronesia)
Pero cuatro años más tarde, ante la derrota en la guerra con EEUU que le hizo perder sus territorios de ultramar, España vendió apresurada y definitivamente las Carolinas -junto con las Marianas y las Palaos- al Imperio Alemán por veinticinco millones de pesetas.
En el lote iban incluidas las islas Truk, que se convirtieron en insospechado escenario de una contienda mayor al estallar la Primera Guerra Mundial.
En el otoño de 1914, Japón, que se alineó con la Entente contra Alemania, envió su flota a tomar los archipiélagos germanos del Pacífico, apoderándose de las Marianas, las Carolinas, las Marshall y las Palaos, que la Sociedad de Naciones dejó bajo su control al acabar la conflagración.
Japoneses y estadounidenses, lanzados a una expansión por el Pacífico en creciente rivalidad mutua, firmaron un pacto para no militarizar las islas, por lo que Truk se destinó a prisión y se construyeron las instalaciones para ello: barracones para los internos, un aeródromo, un hospital…
Pero desde la segunda mitad de los años veinte, en el llamado Período Shōwa (por el nombre honorífico del emperador, Hirohito), la situación se fue volviendo más tensa.
Japón vivió como una humillación tener que limitar el número de barcos de su flota, quedar excluido del grupo de principales potencias y ver cómo su área de influencia se repartía entre americanos y británicos, dejando al país dependiente de importaciones de materias primas para su desarrollo.
Por tanto, el gobierno decidió dar un giro más agresivo a su política y ocupó Manchuria en 1931 para seis años después ampliar la operación a toda China, en lo que consideraba justo por cuanto la comunidad internacional le había obligado a abandonar las conquistas territoriales que había logrado en ese país durante la Primera Guerra Sino-Japonesa.
La intervención soterrada de EEUU en esa nueva edición bélica llevó a que las relaciones quedaran en el filo de la navaja.
En 1939 estallaba la Segunda Guerra Mundial y la aproximación nipona al Eje abocaba a un cada vez más inevitable enfrentamiento directo con EEUU. Y así llegó lo de Pearl Harbor.

(Ofensivas simultáneas al ataque a Pearl Harbor previstas por Japón en noviembre de 1941)
Como es sabido, al día siguiente los nipones iniciaron una auténtica blitzkrieg por el Sudeste Asiático, apoderándose de Malasia, Hong Kong, Filipinas, Wake, Birmania, Tailandia, las Indias Orientales Neerlandesas y Singapur, imponiéndose además en casi todas las batallas, de las que la más importante fue la del Mar de Java.
Pero a partir del segundo semestre de 1942 las cosas cambiaron totalmente y EEUU empezó a recuperar terreno con victorias en Guadalcanal, Midway, Nueva Guinea, Islas Salomón, Islas Gilbert…
Así estaba el tablero bélico cuando el alto mando estadounidense proyectó una operación que debía dar un golpe a una de las principales bases enemigas en el Pacífico para dañar, sobre todo, sus líneas de suministros.
La Operación Granizo, como se la bautizó, marcó como objetivo la isla de Truk, que para entonces ya no era aquel presidio insular de dos décadas antes sino un importante fondeadero de la Armada Imperial, puerto de abastecimiento de la Flota Combinada y centro neurálgico desde donde enviar barcos de refuerzo a las posiciones que los necesitasen.
Especialmente tras la caída de las bases de las Gilbert y Marshall, y de que la Operación Cartwheel, dirigida por el general Mcarthur, tomase otra base capital, la de Rabaul (en Nueva Bretaña, unas isla de Nueva Guinea).

Lanchas de desembarco en la isla de Enewetak, 19 de febrero de 1944
Así, Truk, donde vivían treinta y siete mil japoneses y unos nueve mil nativos, había sido dotada de un activo puerto, protegido por defensas naturales: un atolón con arrecifes de coral con unas pocas entradas cuya defensa se incrementaba mediante baterías costeras y cañones antiaéreos.
Además, se habían construido búnkeres para rechazar un desembarco anfibio y cinco aeródromos para albergar varias escuadrillas de aviones; sumaban trescientos cincuenta aparatos, de gran importancia, ya que habían sido los encargados de abastecer a Rabaul y para los norteamericanos suponían un peligro inmediato: amenazar la invasión de Enewetak, otro atolón de las Marshall, prevista para el 17 de febrero y cuya posesión serviría de palanca para atacar las islas Marianas.
Es decir, la Operación Granizo era el prólogo a ese ataque, tal como lo planificó el almirante Raymond Spruance, comandante en jefe de la Quinta Flota.
Lo sorprendente es que, a pesar de ese valor estratégico de Truk y a que los servicios de inteligencia japoneses descifraron en enero de 1944 unas comunicaciones enemigas sobre un ataque inminente, no se tomaran medidas para reforzar la defensa y el mando nipón se limitase a ordenar una retirada progresiva de buques en octubre de 1943.
En febrero de 1944, al detectarse en el cielo los aviones de reconocimiento estadounidenses, dicha retirada incrementó su ritmo; pero iba a resultar insuficiente, como veremos, ya que allí fondeaban medio centenar de naves, aproximadamente.
En concreto, cinco cruceros, ocho destructores, cinco buques de guerra de otros tipos y cincuenta mercantes.
Frente a ellos, Spruance opuso la Task Force 58 una fuerza de portaaviones de intervención rápida de la que tres de sus grupos de combate fueron destinados a atacar Truk: cinco portaaviones de la clase Essex (Enterprise, York, Intrepid, Bunker Hill y Essex) y cuatro de la clase Independence (Cabot, Cowpens, Belleau Wood y Monterrey) que llevaban quinientos sesenta aviones, apoyados por siete acorazados, diez cruceros, veintiocho destructores y diez submarinos.

El almirante Masami Kobayashi
Al mando estaba el contraalmirante Marc A. Mitscher, que había participado en la batalla de Midway al mando del portaaviones Hornet y se iba a medir con el almirante Masami Kobayashi, que pese a su veteranía no había tenido oportunidad de tomar parte directa en una batalla, al haber sido destinado a labores diplomáticas, burocráticas, de adiestramiento y a formar parte del Estado Mayor.
Además, Kobayashi dirigía la base terrestre de Truk sin tener barcos de guerra asignados, lo que iba a comprometer su actuación afectándola negativamente.
Pese a que el almirante Mineichi Koga continuaba retirando unidades, todavía quedaban algunas destacadas en la isla, caso del acorazado Musashi, los cruceros Oyodo y Agano, etc.
El primero se libró pero otros no lograrían salir, ya que la mañana del 17 de febrero llegó la primera oleada de aviones norteamericanos Grumman F6F Hellcat desde los tres grupos en que se dividió la Task Force 58.
Volaban a baja altitud para evitar el radar, pero además tuvieron la suerte de que no hubiera ninguna patrulla aérea de vigilancia al estar sus miembros de permiso en tierra, por lo que se encontraron que apenas salían a hacerles frente unos ochenta adversarios en obsoletos Mitsubishi A6M Zero.
Fueron derribados treinta zeros por sólo cuatro hellcats, quedando los mercantes del puerto amparados únicamente por los antiaéreos terrestres; los que intentaron zarpar y escapar fueron hundidos por los buques estadounidenses, que habían tomado posiciones en el perímetro exterior del atolón, mientras que los pocos que consiguieron salir acabaron mandados a pique por los submarinos.
Además, los acorazados norteamericanos dispararon sus cañones sobre las instalaciones militares, hangares, pista, depósitos de combustible y todo aquello susceptible de servir a los japoneses, ya que el objetivo no era tomar Truk sino dejarla inoperativa.
Por eso aquella primera oleada sólo fue sólo el comienzo de una serie que hizo que hubiera una en cada hora de la jornada.
A los cazas Hellcat se fueron sumando bombarderos Grumman TBF Avenger y bombarderos en picado Helldiver y Dauntless, que lanzaban bombas normales e incendiarias, sin que se libraran las islas de Eten y Moen, situadas en la laguna del atolón y donde Japón había construido una pista de aterrizaje y una base de hidroaviones respectivamente.
Y, si los aviones japoneses fueron barridos prácticamente sin poder despegar, los barcos no sufrieron mejor suerte.

Barcos japoneses atacados en la laguna de Truk
En el primer envite terminaron hundidos el petrolero Hoyo Maru y el navío de municiones Aikoku Maru (que explotó con tal fuerza que la onda expansiva derribó a los propios atacantes).
En el segundo y tercero se perdieron los integrantes de una escuadra que trataba de escapar: los cruceros Katori y Akagi Maru, los destructores Maikaze y Nowagi (que fue el único que logró huir), y el dragaminas Shonan Maru; habría que añadir al destructor Oite, hundido cuando volvía de rescatar a cuatrocientos supervivientes del también malogrado crucero Agano.
A ellos se sumaron tres cruceros más (Naka, Fukikawa Maru y Kiyuzumi Maru), otros dos destructores (Fumikuzi y Tachikaze), un submarino (el I-169), buques de transporte de tropas o cisternas, petroleros, etc.
Al llegar la noche, con las unidades que les quedaban, los japoneses organizaron ocho pequeños grupos de uno a tres aviones cada uno para llevar a cabo un tímido contraataque.
Uno de ellos, un bombardero Nakajima B5N2, fue capaz de salvar las patrullas enemigas y lanzar un torpedo contra el portaaviones Intrepid, dañándole su costado de estribor y matando a once marineros. Junto con otros treinta hombres muertos, veinticinco aviones derribados y ligeros daños en el acorazado Iowa, fueron todas las bajas registradas por la Task Force 58
Los japoneses sufrieron cuatro mil quinientos fallecidos y perdieron casi todos sus aviones y barcos, quedando el fondo de la laguna del atolón -que aumentó su profundidad por el cráter que dejó el estallido del Aikoku Maru– alfombrado por los cascos de las naves sumergidas y los fuselajes de los aviones derribados.
Irónicamente, la catástrofe de entonces es la riqueza de hoy, pues actualmente los pecios constituyen uno de los principales atractivos del turismo de buceo que llega a la isla.

La brutal explosión del Aikoku Maru
Aquel desastre requería que rodaran cabezas y la más evidente era la de su comandante en jefe, que fue relevado de forma fulminante, siendo nombrado sustituto el almirante Chūichi Hara.
Apodado King Kong por su voluminosa complexión física, había tomado parte en el ataque a Pearl Harbor mandando un grupo de combate compuesto por los portaaviones Zuikaku y Shōkaku, además de participar también en las batallas del Mar del Coral, las Salomón Orientales y las Islas Santa Cruz.
Hara se hizo cargo de una base inoperante y aislada, ya que no recibió refuerzos ni suministros.
Y es que, cumplido el objetivo de la Operación Granizo, los estadounidenses dejaron atrás Truk para continuar avanzando. Las pérdidas infligidas fueron graves; no tanto por la calidad de los barcos de guerra hundidos -los mejores habían podido salir antes del raid- como por los buques cisterna, más otros factores, caso de los diecisiete mil litros de combustible quemados, las cinco pistas de aterrizaje inutilizadas o la ruptura de rutas de abastecimiento al no poder volver a usar el puerto insular.
Eso quedó patente ocho meses más tarde, en la batalla del Golfo de Leyte, donde la escasez de combustible obligó a las fuerzas japonesas a zarpar de diversos sitios y unirse en alta mar.

Momento en el que los aviones estadounidenses alcanzan al crucero ligero Katori. Los cañones y torpedos de la Task Force 58 lo remataron poco después
Tal como había previsto Spruance, Enewetak cayó el 23 de febrero favoreciendo la invasión de Saipán, punto clave para que los bombarderos estadounidenses pudieran alcanzar Japón.
Mientras la marina nipona designaba una nueva localización para la base avanzada de su Flota Combinada, en Palaos primero e Indonesia después, se recompusieron como pudieron las defensas de Truk, que resistió aislada hasta la rendición del país, el 2 de septiembre de 1945, a pesar de que en abril y junio hubo dos nuevos bombardeos que, con los anteriores, sumaron un total de siete mil toneladas de bombas arrojadas.
Chūichi Hara, al contrario que su predecesor en el mando, fue procesado por crímenes de guerra (ejecutar a los pilotos enemigos que sobrevivían al derribo) y sentenciado a seis años de cárcel.
Aun así, obtuvo la libertad un año antes que Kobayashi, en 1951, por haber estado éste implicado indirectamente en otro caso todavía más grave: la llamada Masacre de la isla de Wake, el asesinato de un centenar de civiles norteamericanos ordenado por su superior, el almirante Shigematsu Sakaibara.
Truk quedó bajo administración de EEUU -como territorio en fideicomiso auspiciado por Naciones Unidas- hasta terminar el plazo previsto para ello en 1986.
Ese año los Estados Federados de la Micronesia, que se habían creado en 1979, firmaron un pacto de Libre Asociación con Washington, aunque en la segunda década del siglo XXI empezó a extenderse un movimiento por la independencia que exige un referéndum.
Seguramente lo verían desde óptica distinta los cerca de ciento veinte nativos que fallecieron durante la guerra, así como los que vieron sus casas y bienes expoliados por los japoneses y los que tuvieron que trabajar como esclavos para ellos.
Wikinger, la chapucera operación en la que dos barcos alemanes fueron hundidos por fuego amigo

Ilustración
«La guerra es un asunto demasiado serio como para dejarla en manos de los militares».
La ingeniosa frase pronunciada por el que fue primer ministro de la Tercera República Francesa, Georges Clemenceau, se ha hecho realidad muchas veces a lo largo de la Historia con chapuzas como la carga de la Brigada Ligera, el desembarco de la bahía de Cochinos, la batalla entre miembros del mismo ejército en Karánsebes, etc.
Otro caso menos conocido que tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial: la Operación Wikinger, en la que la que un avión de la Luftwaffe hundió dos barcos… de la Kriegsmarine.
Los tragicómicos hechos tuvieron lugar en febrero de 1940, el mismo mes en que, paralelamente, los soviéticos lanzaron una ofensiva contra los finlandeses en su Guerra de Invierno, Gandhi se reunía con el virrey de la India y, en otro orden de cosas, Walt Disney estrenaba Pinocho.
El escenario fue el entorno del Dogger Bank, un gran banco arenoso (17.600 kilómetros cuadrados) situado en el centro del Mar del Norte, a un centenar de kilómetros de la costa británica; un importante área de pesca, rica en bacalao y arenque, que atraía a muchos arrastreros a faenar en sus poco profundas aguas.
Los alemanes sospechaban de aquella actividad y consideraban que algunos de aquellos barcos eran en realidad lo que llamaban vorpostenboot, es decir, buques de avanzada, mercantes o pesqueros reconvertidos y debidamente armados que se empleaban en labores de reconocimiento, escolta y tendido de minas (o guiando a su flota entre zonas minadas).
Dado que la Luftwaffe también había reportado la detección de submarinos en la zona, el alto mando decidió organizar una escuadra que eliminase la presencia enemiga allí, bien hundiendo las naves, bien capturándolas.

(Extensión del banco Dogger por el Mar del Norte)
Para llevar a cabo la operación, bautizada con el nombre de Wikinger (Vikingos) se destinaron seis unidades de la 1ª Flota de Destructores: Friedrich Eckoldt, Richard Beitzen, Erich Koellner, Leberecht Maass, Max Schulz y Theodor Riedel, todos con tropas embarcadas adicionales a las tripulaciones ante la posibilidad de apresar al enemigo en vez de destruirlo.
Fijémonos especialmente en los tres últimos, pues iban a ser los afectados por el despropósito que les esperaba el 22 de febrero y ya contaban con antecedentes poco halagüeños.
El Z1 Leberecht Maass, de la clase Zerstörer 1934, era un buque bautizado así en honor del contraaalmirante homónimo caído en la batalla de Heligoland, durante la Primera Guerra Mundial.
Fue el primer destructor alemán construido después de la contienda, botado en Kiel en 1935, participando en el bloqueo de Polonia -durante el que resultó alcanzado por fuego enemigo, que le causó cuatro muertos y otros tantos heridos- y en la caza de mercantes británicos, como respuesta al incidente del Altmark.
Gemelo suyo era el Z3 Max Schulz, botado el mismo año que el otro y más desafortunado.
En agosto de 1939 chocó con un torpedero, matando a dos de sus hombres e hiriendo a seis; en el destructor nadie resultó dañado, pero tuvo que ser remolcado a Swinemünde para repararle la proa; allí estaba todavía cuando estalló la guerra.
Más tarde, durante una misión anticontrabando, le explotó una turbina, quedándose sin energía en alta mar hasta que lo pudieron arreglar.

Dibujo del destructor alemán Z1 Leberecht Maass
En cuanto al Z6 Theodor Riedel, era más moderno, botado en 1936, lo que no le libró de algunos incidentes: en 1937 encalló frente a Heligoland y sufrió una avería mientras minaba la costa británica, antes de que le tocase vivir uno de sus peores momentos en la Operación Wikinger.
No salió tan mal librado como sus predecesores y posteriormente pudo intervenir en no pocas acciones -aunque sufriendo daños-, caso de la toma de Trondheim o la batalla del Mar de Barents, hasta que al acabar la contienda pasó a engrosar la Armada Francesa trocando su nombre por el de Kléber.
Lo normal hubiera sido que ese grupo de combate fuera acompañado de apoyo aéreo, pero Hermann Göring, jefe supremo de la Luftwaffe, se había negado a ceder aviones para formar una Marineflieger, por lo que la Marina alemana no tenía asignada una y dependía de la fuerza aérea.
Así lo solicitó; sin embargo, la Luftwaffe planeó su propia operación con dos escuadrones de bombarderos Heinkel He 111, pertenecientes al X Fliegerkorps.
Era un cuerpo que solía realizar ataques contra la marina mercante británica desde que el 14 de febrero Alemania la declarase objetivo militar, aunque también hacía incursiones en su litoral.
Sin embargo, no se informó a la Kriegsmarine de la misión complementaria porque el Fliegerkorps, que prácticamente operaba por su cuenta, no tenía las funciones de reconocimiento que pedía la marina.
A la vez, los aviones, que inicialmente habían planeado una incursión a Inglaterra, no fueron avisados de la presencia de los destructores germanos porque se temía que el enemigo interceptase las comunicaciones; ya habían despegado cuando se supo la coincidencia.
Esa descoordinación iba a resultar cara.

El Z3 Max Schulz en plena navegación
La flotilla de destructores zarpó del puerto de Wilhemshaven el 22 de febrero; iba al mando del comandante Fritz Antz Berger, un oficial prusiano que llevaba navegando desde 1917 y había sido condecorado con dos Cruces de Hierro.
Los buques, con el Friedrich Eckoldt como nave capitana al frente, navegaron por un canal secreto libre de minas llamado Westwall durante once kilómetros, si bien los destructores británicos Ivanhoe e Intrepid se las habían arreglado para minar su tramo final.
No obstante, y pese a que no aparecía la escolta de aviones solicitada, el mar estaba en calma, el cielo despejado y en breve esperaban salir de esa peligrosa zona.
Hacia las siete y cuarto de la tarde uno de los Heinkel, perteneciente al II Gruppe Kampfgeschwader, sobrevoló la escuadra a baja altitud.
Sus tripulantes apenas habían recibido formación en la observación aérea de barcos y en principio, a la luz de la luna, únicamente vieron uno que no supieron identificar, tomándolo por un mercante de unas cuatro mil toneladas.
Recordemos que los aviones no habían sido informados de la presencia allí de los destructores y dado que, por otra parte, tenían orden de atacar sólo si el contrario se mostraba hostil, el piloto del Heinkel decidió acercarse. Desde el Max Schulz creyeron ver la cruz germana en las alas, pero…

Dibujo del Z6 Theodor Riedel
El problema fue que las señales que enviaron los buques no fueron respondidas, así que éstos lo tomaron por un avión enemigo de reconocimiento y empezaron a disparar sus armas antiaéreas, lo que fue respondido con fuego de ametralladora.
El Heinkel viró y luego regresó, lanzándose por popa contra el Leberecht Maass para arrojarle cuatro bombas.
Una de ellas explotó entre el puente y la primera chimenea, dejando la nave tan maltrecha que tuvo que pedir ayuda por radio a los demás.
Éstos recibieron la orden de continuar la marcha mientras el buque insignia, viraba en redondo para acudir en auxilio del Leberecht Maass.
Eran las ocho menos cuarto.
El Friedrich Eckoldt estaba ya a menos de centenar y medio de metros cuando una segunda pasada del avión alcanzó de nuevo al Leberecht Maass con dos bombas, provocando una gran explosión que lo partió por la mitad y lo echó a pique.
Dada la escasa profundidad -unos treinta y seis metros-, tanto la proa como la popa afloraban sobre la superficie, lo que facilitó el rescate de los supervivientes porque, además -y afortunadamente-, el Heinkel se fue sin percatarse de que había más barcos.
Sin embargo, no habían terminado las desdichas; quince minutos más tarde, recién pasadas las ocho de la tarde, se produjo una nueva desgracia.
Los otros buques acudieron a ayudar y continuaban las labores de rescate, con la colaboración del Erich Koellner, cuando se oyó otra fuerte detonación.
Esta vez le había tocado al Max Schultz, que se hundió como una piedra, pero no como resultado de un ataque aéreo, ya que no había aviones a la vista.
En aquellos momentos reinaba la confusión y no se sabía la causa, así que se pensó que había sido un torpedo; hoy se cree que fue una mina, pero en medio del desbarajuste, con barcos perdidos y decenas de marineros en el agua, los destructores iniciaron maniobras evasivas ante la posible presencia de submarinos, dejando solo al Erich Koellner.

(El destructor Z16 Friedrich Eckoldt escoltando en Trondheim al crucero Admiral Hipper, buque en el que se reunió la comisión de investigación de los sucesos del 22 de febrero)
Éste se dirigió entonces hacia el lugar del hundimiento del Max Schultz, pero, al ir a toda máquina, un bote con náufragos que había logrado atar al costado de babor volcó y sus ocupantes se ahogaron.
El destructor alcanzó el punto a las ocho y media, justo cuando volvió a darse la alarma antisubmarina, cualquier resto flotante del naufragio se confundía con un periscopio.
Siguiendo la ley de Murphy, el apresurado lanzamiento de cargas de profundidad por parte del Theodor Riedel hizo que la onda expansiva de los estallidos dejasen inoperativo su timón temporalmente, navegando en círculo.
Finalmente, tras aquella media hora de caos, el comandante Berger ordenó la retirada de todas las unidades para que el Erich Koellner pudiera operar sin obstáculos.
Terminó a las nueve y cinco, ya con plena oscuridad, habiendo recogido 60 supervivientes únicamente – uno de los cuales murió durante el regreso-, lo que significaba que 578 marineros habían perdido la vida, buena parte de ellos por la gélida temperatura del agua en la media hora perdida en buscar submarinos; en realidad, hay que sumar uno más, un miembro de la tripulación del propio Erich Koellner que falleció cuando la roda del buque embistió la lancha desde la que trabajaba en el rescate.
Del Max Schultz no se salvó nadie. La flotilla fue arribando al puerto de Wilhelmshaven a lo largo de aquella fatídica noche y por la mañana se envió el preceptivo informe.
Una comisión de investigación reunida a bordo del crucero Admiral Hipper concluyó que nunca hubo submarinos en aquel área, ya que estaba minada, achacándose los hechos precisamente a las minas.
En el caso del Max Schulz, se dio por seguro; en el del Leberecht Maass, se ignora todavía hoy si el golpe de gracia se debió a una bomba del Heinkel, a una explosión interna provocada por la primera o también a una mina.
El hecho de que ningún oficial de ninguno de los dos barcos sobreviviera y que Göring, jefe de la Luftwaffe, no se mostrase colaborador, agravó las dificultades informativas.

Fotografía de un Heinkel He 111
En definitiva el episodio se saldó con que la Kriegsmarine perdía sus primeros destructores en la guerra, con el baldón de que había sido por fuego amigo.
No se exigieron cuentas a nadie ni se asumieron responsabilidades.
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