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María Callas, víctima de la tragedia griega que todavía hoy enfrenta a los Onassis contra los Niarchos…


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SModa(H.A.Aza)/El Mundo(A.Muñoz)/El País(M.Nieto)  —  Las fundaciones de ambos magnates siguen compitiendo por ser la institución cultural más influyente de Grecia, un enfrentamiento que proviene de la enemistad y las trágicas relaciones amorosas de sus fundadores.

Un enorme retrato de Maria Callas preside la estación de metro Megaro Musikis de Atenas, Grecia. Megaro Musikis significa “palacio de la música”, y fue la sede de la Ópera Nacional hasta 2017. La gran diva de la ópera helena dejó de tener su imagen asociada al palacio de la ópera hace cinco veranos.

En junio de 2017, la Ópera Nacional se trasladó a un imponente complejo de varios edificios y un parque diseñado por el arquitecto Renzo Piano para la Fundación Stavros Niarchos.

No fue casualidad que la imagen de la soprano no viajara a la nueva sede. Maria Anna Cecelia Sophia Kalogeropoulou, conocida como Maria Callas, fue la más reconocida de las sopranos del siglo XX.

Aunque su carrera lírica no fue muy larga, cambió para siempre la manera de entender el bel canto. Fue la prima donna de la Scala de Milán durante casi una década y la cantante más ovacionada jamás en la Ópera de París.

No solo nació en una familia griega emigrante en Nueva York, sino que hizo su debut profesional en la Ópera Nacional de Grecia. En 1960, cantó Norma y Medea en el Teatro Antiguo de Epidauro (Grecia), sede del festival de teatro clásico por excelencia.

¿Por qué entonces la Ópera Nacional helena no lleva el nombre de Maria Callas? Porque Callas fue la novia de Aristóteles Onassis. Y Onassis, que en ese momento era el hombre más rico del mundo, tenía un archienemigo: Stavros Niarchos, el segundo hombre más rico de Grecia. Efectivamente, el que da nombre a la fundación que alberga la ópera nacional.

Onassis y Niarchos (pronúnciese “Ñárjos”) se odiaban a muerte. Ambos eran armadores y encarnaban el ideal del macho alfa. Eran ricos, mujeriegos y poderosos. Competían en los negocios, en influencia y en sus relaciones amorosas.

Sus vidas parecen una tragedia griega escrita por un autor extremadamente machista. Agarren una libreta y un boli, que viene una retahíla de nombres necesaria para entender las complicadas relaciones entre ellos.

Las primeras esposas de Onassis y Niarchos eran hermanas, hijas de otro importante armador, Stavros Livanos. Onassis se casó con Athiná “Tina” Livanos en 1946 y Niarchos con Eugenia Livanos en 1947. De esos matrimonios nacieron dos y cuatro hijos, respectivamente. Aristóteles Onassis y Tina se divorciaron en 1960.

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Para entonces, Onassis ya tenía un affaire con Maria Callas. La relación entre Callas y Onassis fue el romance más idealizado del momento. No había celebridad más popular, ni noviazgo al que los medios hicieran más caso.

En Grecia, a pesar de que no estaban casados y la Iglesia ortodoxa no lo aprobaba, los periódicos daban cuenta diaria del lujo que los rodeaba, regado con chovinismo a raudales.

A pesar de la atención mediática que recibían, hicieron falta cuatro décadas para que la opinión pública conociera la realidad: Onassis maltrataba a Callas tanto física como psicológicamente, y llegó a drogarla para mantener relaciones sexuales, según se desprende de los documentos personales a los que tuvo acceso la historiadora Lyndsy Spence.

Callas llamaba a Onassis “torturador”. En 1968, Onassis abandonó a Callas para casarse con Jackie Kennedy, viuda de JFK. En Grecia tal ruptura fue vivida casi como un drama nacional.

Mientras tanto, Tina Onassis se casó con el marqués de Blandford y se trasladó a vivir al Reino Unido. En 1965, Stavros Niarchos se separó de Eugenia. Niarchos comenzó entonces su romance con Charlotte Ford, la hija del magnate estadounidense Henry Ford, cuando ella tenía solo 24 años y él 56. Ford y Stavros tuvieron un hijo, pero la relación apenas duró un año.

Entonces, Niarchos volvió con Eugenia en 1967 y desheredó tanto a Charlotte como a Elena, la hija de esta. Como Stavros y Eugenia nunca se habían divorciado, ante la Iglesia ortodoxa seguían casados. En 1970, Eugenia murió en extrañas circunstancias, que es la expresión que se usa cuando no se quiere molestar al poderoso marido de la mujer que muere.

La versión oficial dice que fue una sobredosis de barbitúricos y la Fiscalía, tras una brevísima investigación, exoneró a Niarchos. Menos de dos años después, Niarchos se casó con Tina, la hermana menor de Eugenia y primera esposa de Onassis.

Es decir, Tina se casó con el padre de sus cuatro sobrinos. Cuatro años después, Tina murió igual que su hermana: sobredosis de barbitúricos. Poco antes, su hijo mayor y heredero de Onassis, había muerto en un accidente de aviación.

Aunque los hijos de Onassis y Niarchos eran primos, el odio mutuo de los patriarcas se heredó de generación en generación. La hija de Onassis y Tina, de nombre Cristina, demandó a su padrastro, es decir, a Stavros Niarchos, por la herencia de su madre, valorada en unos 250 millones de dólares.

Niarchos murió en 1996 y legó una herencia valorada aproximadamente en 5.000 millones de euros, de la que una parte importante debía destinarse a la fundación que lleva su nombre. Onassis había creado la suya dos décadas antes, poco antes de morir.

En 1975 dispuso en su testamento que la mitad de su patrimonio se transfiriera a una fundación que se crearía en nombre de Alexander, el hijo muerto en accidente de avión.

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Fundación Onassis en Atenas

Hoy, las fundaciones Onassis y Niarchos siguen siendo las instituciones privadas más relevantes de Grecia y siguen compitiendo por ser la institución cultural más influyente.

Hasta 2017, la Fundación Onassis contaba con una ventaja respecto a su rival: su sede, situada en la céntrica avenida Syggrou de Atenas, es un moderno edificio donde organiza exposiciones, conciertos, seminarios, todo tipo de actividades.

Pero la Fundación Niarchos dobló la apuesta y edificó su nueva sede, que incluye nuevas instalaciones para la Biblioteca Nacional de Grecia, la Ópera Nacional Griega y el Parque Stavros Niarchos, de 210.000 m².

El parque será donado al Estado griego después de ser gestionado durante 10 años por la propia fundación. No se van a creer el lugar elegido para erigir su sede: en el extremo opuesto de la avenida Syggrou donde está la Fundación Onassis. Desde el amplio mirador de la Niarchos se ve, a lo lejos y empequeñecida, la sede de la Onassis.

Para que Maria Callas no se quedara sin un teatro, el Ayuntamiento de Atenas le puso su nombre al Olympia, uno céntrico en la capital helena. En septiembre de 2021, la artista Marina Abramović representó su obra 7 Deaths of Maria Callas en la Ópera Nacional de Grecia, es decir, en la Fundación Stavros Niarchos.

Pero solo fue una tregua temporal que de ninguna manera acabó con la guerra. El verano de 2022, cuando Grecia parece dejar por fin atrás la pandemia, se presenta repleto de actividades en ambas fundaciones que, una vez más, han hecho todo lo posible para contraprogramarse y hundirse mutuamente.

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Centro cultural fundación Niarchos, Atenas.

«Cada vez que salgo ahí fuera se lanzan contra mí»: por qué María Callas se recluyó totalmente sus últimos días

A lo largo de la historia de la humanidad (desde Juana La Loca hasta Zelda Fitzgerald) la reclusión ha sido para las mujeres un método defensa instintivo o un castigo social. En el caso de María Callas, fue ambas cosas.

“Al final de su vida se recluyó más y más. Muchos amigos la abandonaron y los que no lo hicieron, mantuvieron las distancias. Cada vez era más difícil verla. Había que llamar cinco veces antes de conseguirlo.

Su criada decía ‘Madame está en el baño’, ‘Madame está en la peluquería’ o ‘A Madame le hacen la manicura’. Incluso cuando lo conseguías a la quinta, era muy difícil encontrar un momento que conviniera a los dos. Así que al final me temo que ni te molestabas”.

Así recordaba Jacques Bourgeon, amigo de Maria Callas los últimos meses de la diva para el documental Callas (1981) de Tony Palmer. En alguien que cuando estaba en la cúspide de su carrera decía: “Cada vez que salgo ahí fuera están esperando para lanzarse contra mí” sería de lo más simplón pensar que esta reclusión fue exclusivamente producto de la muerte de Aristóteles Onassis.

Si bien es cierto que, desde la desaparición de Onassis en 1975, ella apenas pisaba la calle, ni recibía visitas, lo cierto es que la existencia de Callas estuvo llena de razones que justificaron este aislamiento.

Desde esa enloquecedora lucha interna entre la Callas y Maria hasta su complicada relación con el bel canto pasando por las numerosas traiciones de su entorno. Pocas veces ha sido tan poco exagerado calificar una vida de tragedia griega. La más dramática de las óperas. En tres actos y un epílogo.

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La cantante a mediados de los años cincuenta.

Acto I: La Callas

La Callas. Así se refería a sí misma Maria Callas cuando hablaba de ‘la otra’, de la soprano. O al menos así lo recuerda Nadia Stancioff, su secretaria. Y es que Maria, la mujer extremadamente vulnerable, era también la Callas, una diva planetaria a la que los medios tachaban una y otra vez de caprichosa y tiránica.

No había entrevista en la que no le hicieran preguntas capciosas, no había salida en la que el acoso de los paparazzi no rozara lo intimidante y no había vez en la que su paranoica autoexigencia no fuera tomada por una intolerable muestra de un temperamento imposible.

Ella siempre se defendía asegurando que no cancelaba más que cualquier otra estrella de la ópera y que no imponía más requerimientos de los normales. Pero probablemente, el gran escollo profesional de Callas, el que la marcó para siempre y la persiguió hasta el final de sus días fue la representación de Norma en Roma en 1958.

La soprano llegó al día de la función sin voz. Con una bronquitis tremenda, defendió como pudo el primer acto para escapar en el segundo. Crónicas de la época relataron lo acontecido con maliciosa ironía. “¿Qué, no hay soprano? Maria ya ha hecho algo así antes, escribían los articulistas del momento. Así que para estar seguro de oírla, no se arregle y vaya a los ensayos. Allí suele quedarse hasta el final”.

Callas vivió aquello como una tremenda injusticia, una lucha contra ella perpetrada con una violencia inaudita. “Me arrastraron por el fango” solía decir. Años después recordando este doloroso episodio citaría una frase de La traviata recogida en el glorioso documental Maria by Callas (2017) de Tom Wolf: “De regenerarse ya la esperanza es nula”.

Un año después empezaría su relación con el magnate Onassis. A medida que crecía su sentimiento por Ari, como ella solía llamarlo, disminuía su interés por su arte. Tanto que con tan sólo 41 años abandonó la ópera para vivir la vida, tal y como le instaba a hacerlo el hedonista de Onassis.

En 1969, Pasolini decide rescatarla. Le propone rodar Medea, mostrar al mundo lo portentosa actriz que es. Ella acepta, convencida de que puede ser el giro que necesita. ¿Y qué mejor papel que el de una hechicera que lo abandona todo por amor?

Aunque pudiera pensarse que dos personalidades como las suyas estaban condenadas a entenderse, lo cierto es que Callas no tardaría en arrepentirse.

Dijo de la película que era siniestra y que ella se veía ridícula. Hoy es un filme de culto. Su intento de volver a los escenarios no corrió mucha mejor suerte. Su última gira con Giuseppe di Stefano en 1973 fue un fracaso absoluto.

Ella que regresaba para sentirse admirada y querida tuvo que leer críticas que describían su voz como “la sombra ronca y cansada de lo que fue”. Le siguieron vanos intentos de escenografías, clases en la academia Juilliard…

Callas parecía condenada a no cumplir la profecía de Elvira de Hidalgo, una de sus primeras profesoras y su eterna confidente. “Lo lograría absolutamente todo” dijo de ella cuando aún era una adolescente.

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María Callas y Aristóteles Onassis en 1959.

Acto II: Maria

“Estoy a su merced porque soy como una virgen que de repente atraviesa ese increíble planeta de revelaciones de vida física”. Así explicaba Callas su apasionado romance con Onassis. Su gran amigo Franco Zeffirelli con el que trabajó en numerosas ocasiones aseguraba que nunca había tenido un flechazo tan carnal como el que tuvo con Onassis.

En el documental Callas, John Ardoin, crítico musical y también amigo de la soprano, recuerda a Onassis como “un hombre de personalidad cuestionable. Coleccionaba a mujeres famosas. Se rumorea que pagó 10.000 dólares por una noche con Eva Perón. Quería a Callas en su colección”.

La historia se ha contado mil veces. Onassis invita a Callas y a su marido Giovanni Battista Meneghini a un crucero.

El magnate llevaba un par de años siguiéndola, mandándole flores. “Del otro griego” firmaba. En 1959, a la vuelta del crucero (que dio mucho de sí, parece que el primer encuentro lo tienen ahí mismo siendo descubiertos por la mujer de Onassis), Callas y su marido se separan y ella empieza su apasionado romance con el millonario.

La relación continúa con sus idas y venidas, con un Onassis incapaz de dar el paso que Callas lleva esperando desde el principio -el matrimonio-, y con una Callas convertida, a su pesar, en reina de la alta sociedad.

En 1968, Callas se entera por la prensa de la boda -contrato demencial de por medio- entre Onassis y Jackie Kennedy. Callas se siente como Medea: traicionada, sola, perdida y abandonada. Se refugia en su apartamento avenida Georges Mandel, 36, en esa casa-museo que le regaló el propio Onassis y que ella decoró. Reclusa con el único amor de sus dos caniches.

“Estudio sola, tengo mis discos que me muestran lo que hacía antaño y mi grabadora que me reproduce lo que hago ahora y que no debería”. En 1970, Callas, rota de dolor, se intenta suicidar. Mientras, el matrimonio de Jackie y Onassis hace aguas por todas partes.

Onassis dice saber de su esposa únicamente por sus facturas. En este sentido, Jackie se muestra muy concienzuda: puede llegar a comprarse 200 pares de zapatos en un solo día. En algún momento, Onassis vuelve a rondar a Callas.

A la antigua usanza. Bajo las ventanas del apartamento de ella. “Le acepté de nuevo” reconoce sencillamente Callas en unas declaraciones recogidas en Callas. Su relación se convierte en “una amistad apasionada”.

Los periódicos se llenan de titulares sobre el feliz retorno. “Ari vuelve con Maria”. “Cómo se enteró Jackie de la aventura de su marido”. “La verdad de los encuentros de Ari con su antiguo amor. Lo que Maria le aporta que Jackie no puede darle”.

Parecían haber encontrado la fórmula. “Mi aventura con Onassis fue un fracaso; mi amistad con él, un éxito”. Tanto que Onassis se fue a morir a París, la ciudad de ella. A pesar de la prohibición, Callas consiguió colarse en el hospital para despedirse y antes de que muriera poder decirle: “Ari, soy yo, Maria, tu canario”.

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La soprano durante la filmación de ‘Medea’, de Pier Paolo Pasolini, en 1969.

Acto III: El encierro

Enclaustrada en su casa, Callas no volvería a salir a pesar de los esfuerzos de sus amigos. Alguna televisión extranjera consiguió alguna entrevista. Pasó sus últimas días con la tele encendida, tomando pastillas, unas para dormir, otras para todo lo contrario.

“Cada día doy gracias a Dios porque me queda un día menos”. El 16 de septiembre, Maria Callas aparecía muerta en su apartamento. Embolia, paro cardíaco, suicidio. Tenía 53 años y hacía dos años, dos meses y cuatro días de la desaparición de Onassis.

Epílogo

Por si la leyenda no fuera suficiente, cuenta el documental Callas – Kennedy – Onassis. Dos reinas para un rey que sus cenizas fueron robadas del cementerio Père Lachaise encontrándose casualmente la urna que las contenía en un callejón.

Fueron llevadas a Grecia y esparcidas en el Egeo. Durante la ceremonia, un golpe de viento las lanzó contra el rostro de los presentes.

La tragedia de Maria Callas: drogada por Onassis, chantajeada por sus padres y estafada por su marido

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Maria Callas vivió la tragedia dentro y fuera de los escenarios. Drogada, maltratada y sometida sexualmente por su amante, Aristotle Onassis, que la abandonó por Jackie Kennedy, chantajeada económicamente por sus padres y estafada por su marido, Giovanni Battista Meneghini, la Divina pasó una vida repleta de penurias causadas por quienes más debían quererla.

Adorada, eso sí, por el público, la diosa del bel canto tuvo una relación tormentosa con el amor que, 44 años después de su muerte, sale a la luz de la mano de la historiadora norirlandesa Lyndsy Spence.

A través de una nueva biografía titulada Cast a diva: The hidden life of Maria Callas, Spence, que ha tenido acceso durante los últimos tres años a una gran cantidad de documentos personales de la soprano, relata por ejemplo cómo Aristotle Onassis, el hombre más rico de su época y una de los hombres más importantes de la vida de la artista, llegó a drogarla para mantener relaciones sexuales con ella.

«La información está sacada del diario de uno de sus amigos más íntimos. Hoy en día lo llamaríamos violación», explica la historiadora sobre unos documentos que hacen referencia a 1966, once años antes del fallecimiento de la artista.

De hecho, Onassis, que debía su fortuna a su imperio naviero en Grecia, habría llegado a maltratar físicamente a la artista hasta el punto en que ella llegó a temer por su propia vida. La obsesión de él habría llegado hasta tal punto que, en un determinado momento, Callas escribió el siguiente mensaje a su secretaria: «No quiero que vuelva a llamarme para que empiece a torturarme de nuevo».

Tampoco le fue mejor con quien le puso un anillo en el dedo. Giovanni Battista Meneghini, su marido, al que ella terminó definiendo como «una sabandija» que «se pasea por ahí como un millonario cuando no tiene un penique», le estafó gran parte de la fortuna que había conseguido sobre los escenarios.

«Mi marido todavía sigue molestándome, y eso que me robó más de la mitad de mi dinero al poner todo a su nombre desde el momento en que nos casamos. Fui una tonta… y todo por confiar en él», lamenta ella en uno de los documentos a los que ha tenido acceso la historiadora.

La tormentosa relación de Callas con algunos de los hombres de su vida tampoco acabó ahí. Durante los primeros pasos de la joven inmigrante griega, Peter Menin, presidente en aquel momento de la Juilliard School de música de Nueva York, no se tomó demasiado bien que la soprano le rechazase, y empezó a poner a todo el conservatorio en su contra para intentar lastrar su carrera profesional.

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«Se ha enamorado de mí, y, como yo no siento lo mismo por él, se ha puesto en mi contra», escribió ella en una carta dirigida a su padrino.

Si los hombres no se portaron bien con ella, tampoco lo hicieron el hombre y la mujer que más deberían haber cuidado de ella.

«Callas estaba resentida con su madre, que había sido prostituta durante la guerra, por el hecho de haber intentado ofrecerla sexualmente a los soldados nazis«, apunta Spence sobre la infancia que la artista pasó en Europa.

Cuando la soprano empezó a cosechar sus primeros éxitos, su madre, que había vendido historias sobre ella a la prensa, pasó a exigir su parte del pastel: «¿Sabes qué es lo primero que hacen las estrellas de cine de orígenes humildes cuando se hacen ricas? Con su primer sueldo compran una casa para sus padres y les cubren de lujos. ¿Qué tienes que decir a eso, Maria?».

Su padre, tampoco se portó mucho mejor. «Le escribió una carta diciéndole que se estaba muriendo en un hospital de mala muerte solo para intentar que ella le diese algo de dinero», asegura la biógrafa, que aporta documentos en los que la soprano se queja amargamente de ellos.

«Estoy harta del egoísmo de mis padres y de su indiferencia hacia mí… No quiero seguir manteniendo una relación con ellos. Solo espero que los medios de comunicación no se enteren, porque si no sí que maldeciré el momento en que tuve padres».

“Por él abandoné una carrera increíble”, dijo María Callas entonces. “Rezo a Dios para que me ayude a superar este momento”, añadió. Aquella decepción la sumió en la tristeza: “No debo hacerme ilusiones, la felicidad no es para mí.

¿Es demasiado pedir que me quieran las personas que están a mi lado”, llegó a decir. Intentó reponerse pero estaba hundida, incluso se habló en 1970 de un intento de suicidio tras ingerir una sobredosis de barbitúricos.

El 16 de septiembre de 1977, con 53 años, la muerte la sorprendió en su domicilio de París. El lugar en el que se había recluido desde casi una década y donde se sintió rechazada por todos.

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