La ropa, al servicio secreto de su majestad…

La reina Isabel II en 1988
Vanity Fair(A.Vazquez/A.S.) — Los principales mensajes políticos que lanza la reina Isabel II están relacionados con su propia identidad como monarca, no como mujer. Ella viste para demostrar y reforzar a la casa de Windsor, a la que representa y lidera desde hace 70 años.
Nadie viste como la Reina de Inglaterra. Ninguna reina es la Reina de Inglaterra. El objetivo de su ropa no es ser moderna, sino icónica. Nos gusta decir que todo es política. En el caso de Isabel II, lo personal es siempre muy, muy político. Cuando tu vestido puede aparecer en un sello, lo es.
La monarca británica más longeva de la Historia habla sin parar. Ella se comunica a través de su ropa, que no es azarosa ni inocente. Si no lo es para nadie, mucho menos para ella. No es una política, pero sí lanza mensajes políticos, que es todo aquel que aspira a intervenir en un Estado o comunidad.
No es diplomática, pero sí se viste atendiendo a las normas de la diplomacia. Y todo lo hace de manera sutil, sin gritos, aunque lo parezca cuando decide ir vestida de color rosa chicle.
Los principales mensajes políticos que lanza la reina Isabel están relacionados con su propia identidad como monarca, no como mujer. Ella viste para demostrar y reforzar a la casa de Windsor, a la que representa y lidera desde hace 70 años.
Todos sus movimientos están encaminados a colocar a la monarquía en el centro, de cualquier centro y de cualquier situación, y a hacerlo con firmeza y con mucho color. No cabe la timidez y esa es toda una declaración institucional. Su obligación no es ser moderna, sino icónica.
Los ‘looks’ más elegantes que ha llevado la reina Isabel II


1946 – Posando junto a la princesa Margarita.

1951 – Con Felipe de Edimburgo en una visita a la isla mediterránea de Malta

1952 – Con los primeros ministros de la Commonwealth, entre ellos Winston Churchill (a su derecha).

1952 –Con Felipe de Edimburgo.



1968 –En la estación de Liverpool Street paseando a dos de sus corgis.

1972 –Con Felipe de Edimburgo en la granja de Balmoral, su célebre finca en Escocia.

1975 –Con Felipe de Edimburgo en los terrenos del Guards Polo Club en Windsor.

1976 –Asistiendo a un banquete junto al presidente Gerald Ford y la primera dama Betty Ford en una visita de Estado a Washington DC.

1979 –Intercambiando regalos con el emir de Bahrein, su alteza el jeque Isa Bin Sulman Al Khalifa en el palacio de Qudaibiya en Bahrein.

1979 –Con Felipe de Edimburgo y el sultán Qaboos a bordo del yate real Britannia durante una visita oficial al estado de Omán.

1980 –Con Habib Bourguiba, presidente de Túnez, en una visita de Estado al país.

1981 –En las Islas Salomón, acompañada por Felipe de Edimburgo en una gira por el Pacífico Sur.

1983 –A su llegada a un concierto en Long Beach acompañada de Nancy Reagan durente su gira estadounidense.

1992 –Con el canciller Helmut Kohl en Bonn, Alemania.

2002 –A su llegada a una cena con la reina Beatriz de Holanda y margarita de Dinamarca en el castillo de Windsor.

2002 –Saliendo del palacio de Westminster tras la ceremonia de apertura del parlamento británico.

2006 –Aterrizando en el aeropuerto de Fairbairn en Canberra, Australia.

2009 –A punto de asistir a la inauguración de una nueva estatua de la Reina Madre en Londres.

2021 –Disfrutando de un espectáculo aéreo de los Red Arrows de la RAF durante el desfile del estandarte celebrado en el castillo de Windsor.

2021 –Asistiendo a la carrera de relevos en la XXII edición de los Juegos de la Commonwealth en el palacio de Buckingham.
El primer y más poderoso mensaje es su uniforme. La reina Isabel, una mujer que se puede llegar a cambiar cinco veces al día y participa en cientos de actos públicos al año, viste de uniforme.
Ella repite, con variaciones el siguiente esquema: vestido y abrigo monocolor por las rodillas, sombrero a juego, collar de perla de tres vueltas, broche (que usa para lanzar recados) y guantes. Esta silueta tan estable es una manera de transmitir solidez y confianza.
El país puede enfrentar pandemias, Brexit, crisis económicas, políticas, incluso monárquicas, pero ella está para recordarle a sus súbditos que, aunque todo se agite, ella sigue firme, con su bolso Launer en la mano y sus mocasines negros con tacón de 3 centímetros de Anello & Davide.

Otro mensaje institucional lo lanzan sus colores. La reina Isabel es una reina multicolor. Pensemos en el tono que pensemos ella ya lo ha vestido: desde los rosas palos a los magentas. Katie Nicholls, corresponsal de la Casa Real de Vanity Fair explica documental Así visten los Windsor (Movistar+) el porqué de su querencia por los colores vivos: “no es muy alta y necesita destacar”.
Con ellos busca que todo el mundo pueda verla, con su 1,61, entre la multitud. Además, hay un motivo de peso más: por motivos de seguridad debe poder destacar. La reina ni quiere, ni puede ni debe pasar desapercibida, como lo hacía cuando era joven se escapaba de Buckingham con su hermana, la princesa Margarita.
Cuanto más importante es el evento al que asiste más brillante es el color elegido. “No podría vestir de beige porque nadie me identificaría” declaró una vez a uno de sus sastres, según cuenta Robert Hardman, uno de sus biógrafos.
A la boda del príncipe Guillermo fue de amarillo limón, a la del príncipe Harry de verde lima. Todos ellos son colores con los que solo se atreve Nadal en la pista de Roland Garros. Demasiado chillones, pensaría cualquiera. Con estas elecciones ella coloca en el centro a la monarquía y no deja que nadie desvíe la vista.
Más allá de la reivindicación de la monarquía y la exigencia de la seguridad, el color también lleva otros recados. Es un recurso comunicativo más básico: si se visita un país se viste de los colores nacionales. Ejemplos tiene decenas: un viaje oficial a Irlanda pasa por, en algún momento, vestir de verde.
Cuando, después del referéndum del Brexit la reina compareció ante el Parlamento lo hizo vistiendo de un europeísta color azul. Balmoral es el único lugar donde no necesita vestir de colores brillantes: allí no necesita ser vista.

La reina lleva lanzando (más o menos) secretos mensajes políticos toda la vida, porque lleva entregada al servicio público casi toda su vida. Ella, muy pronto y de manera inesperada, se convirtió en reina. Desde entonces, cada vez que pisa la calle lo hace como monarca, no como mujer.
Su primer gran declaración pública la hizo el 20 de noviembre de 1947, el día de su boda con el príncipe Felipe de Grecia. Para ella eligió un vestido que pagó a Sir Norman Hartnell con cupones de racionamiento.
Se da por sentado que a ella le correspondían más que al resto de los ingleses, pero este gesto simbólico (y comunicado) buscaba sintonizar con una nación devastada en un momento en el que no hacerlo era un suicidio institucional.
La cola, de 4,6 metros, estaba bordada con un motivo inspirado en la Primavera de Botticelli, con el que quería comunicar el renacimiento tras la guerra. Desde joven fue consciente de que podía hablar a través de su ropa y que, además, debía hacerlo.
Años después, Hartnell diseñó el que quizás haya sido su vestido más icónico: el de su Coronación, que llevó en 1953, a los 25 años. Implicó ocho meses de investigación y 3.500 horas de trabajo.
El resultado fue una declaración en la que la reina dejaba claro sobre quién ejercía poder: todo el vestido estaba bordado con motivos que representaban a Reino Unido y todos los países de la Commonwealth.
Este vestido se expone, con motivo del Jubileo de Platino, en el Castillo de Windsor desde el 7 de julio al 26 de septiembre de este año.
El 2 de junio de 1953 se celebraba la coronación de Isabel II. Para conmemorar este aniversario hemos querido rescatar algunas de las fotos de aquel día. En esta imagen, la Familia Real al completo saluda desde el balcón de Buckingham Palace tras la coronación. de izda. a dcha. y rodeando a la joven reina, el príncipe Carlos, la princesa Ana, el príncipe Felipe de Edimburgo y la Reina Madre. La princesa Margarita se encuentra en el grupo de ladies de la izda.

Una sonriente reina a su llegada a Buckingham Palace desde Westminster. La soberana, recién coronada, porta la corona imperial y el orbe, una esfera de oro hueca con gemas en su ecuador y su meridiano que simboliza su papel de defensora de la fe.

8.000 invitados asistieron a la coronación en el interior de la abadía de Westminster, cuya capacidad era de 2.000, lo que ocasionó problemas de logística como la instalación de retretes portátiles en los patios de la abadía (forrados con terciopelo azul) o la contratación de un cámara de 1,50 m de altura para poder situarlo en un pequeñísimo espacio en medio del coro. Se le vistió de frac como los cantantes para que no se distinguiera de ellos.

La Carroza Dorada – Llamada así por el pan de oro que decora su exterior, fue construida por los talleres de Samuel Butler in 1762, pesa 4 toneladas, y los tritones de las esquinas simbolizan el poder del imperio británico.

Los guardianes custodios, también conocidos como Beefeaters, durante un ensayo el 29 de mayo de 1953. La propia Isabel, consciente de la importancia de su coronación, autorizó su retransmisión televisiva por lo que hubo que hacer ensayos durante los días previos.

La reina, que viste el manto de la coronación y la corona Imperial, posa junto a su marido, el duque de Edimburgo. Los consortes de las reinas coronadas no tenían ningún papel en la ceremonia pero el príncipe Felipe de Edimburgo fue el primero, tras el arzobispo de Canterbury, en prestar homenaje a la nueva reina.

La imagen muestra a una sonriente reina Isabel II con los miembros de la Familia Real en el salón del trono de Buckingham Palace. Delante de la reina se encuentran el príncipe Carlos y la princesa Ana. Tras la monarca, el duque de Edimburgo, su marido. A su derecha, su hermana, la princesa Margarita, y a su izquierda la Reina Madre.

Todos los centenarios aspectos simbólicos de la coronación , tanto espirituales como terrenales, fueron cuidadosamente respetados. En la imagen, la reina porta la espada ceremonial y el cetro, entre el arzobispo de Canterbury y el duque de Norfolk, entre otros.

La reina madre Elisabeth Bowes-Lyon, una aristócrata escocesa sin sangre real, se convirtió durante el reinado de su marido, Jorge VI, en el baluarte de la monarquía británica tras el escándalo que supuso la abdicación de Eduardo VIII, quien renunció al trono para casarse con Wallis Simpson. En la imagen, el día de la coronación con su hija menor, la princesa Margarita, y su nieto Carlos, algo aburrido, que había recibido una infantil invitación pintada a mano expresamente diseñada para él.

Todos los países de la Commonwealth estaban representados en el vestido: la rosa de los Tudor por Inglaterra, el cardo de Escocia, el puerro de Gales, el trébol de Irlanda del Norte, el zarzo dorado de Australia, el loto de India y Ceilán; el trigo, el algodón y el yute de Pakistán.
Estos vestidos de novia son parte de su ropa de trabajo. Ella los llama “los disfraces”. Así lo declara Paul Burrell, que fue su mayordomo, en el documental citado. Estos “disfraces” están pensados y cosidos para reforzar el relato institucional. No hay lugar para lo personal en ellos.
En ese mismo documental David Emanuel, diseñador del traje de novia de la princesa Diana, declara: “Seguro que cuando llega a casa se quita la tiara, los zapatos y se pone la bata”. Se desconoce cómo viste la reina en privado, aunque a Peter Morgan le guste fabular sobre ello en The Crown.
Su imagen pública, por el contrario, es escrutada en cada aparición y, a no ser que quiera lanzar mensaje extra, hay poca novedad en ella. Así debe ser.
Para enviar recados se apoya en textiles, bordados o joyas. Cualquier ornamento sirve, por ejemplo, las flores. Cuando estuvo los estudios de la 20th Centry Fox en Hollywood en 1983 lució un traje bordado con margaritas, la flor de California; cuando visitó Irlanda en visita de Estado en 2011 lució uno plagado de tréboles.
En su histórica visita de Estado a China en 1986 lució un vestido de noche de seda rosa bordado con flores de peonía, la flor nacional del país. En muchas ocasiones, la reina recurre a las las joyas para que ellas digan lo que ella no puede.
Por ejemplo, durante la cena de Estado en honor de Donald Trump, en 2018 eligió la tiara Birmese Ruby, una joya de Garrard que lleva engastados los 96 diamantes que el pueblo birmano regaló a la reina tras su boda. La casa (la de joyas, no la de Windsor) declaró que esas piedras sirven de protección contra el mal.

La reina Isabel II visita Irlanda en 2011
Los broches de la reina son un arma diplomática interesante. Recurre a ellos, como lo han hecho también otras mujeres como Madeleine Albright, para enviar mensajes políticos silenciosos. En el Joyero Real se guardan más de cien, regalos familiares u oficiales que la reina usa para conectar (o desconectar) con el acto al que asiste.
Los Trump fueron destinatarios de algunos de sus indirectas. Durante su visita oficial la reina eligió un broche en forma de flor que le regalaron los Obama unos años antes. Un ejemplo: durante la apertura del Parlamento de Gales en 2021 llevó un broche de narciso, la flor nacional.
Cuando compareció en pleno COVID para enviar un mensaje a los británicos eligió vestir de verde, símbolo clásico de esperanza y renacimiento. Sobre su abrigo se prendió un broche de turquesas y esmeraldas, regalado que le hizo la reina Mary; esta joya tiene un significado histórico de protección y liderazgo.
A veces no está muy claro lo que quiere decir con sus estas joyas: cuando se acababa de saber que los duques de Sussex abandonaban el país para vivir en Canadá eligió uno de zafiros regalo del gobierno de Canadá. Si mostraba empatía o no por la decisión nunca lo sabremos.
La historia del joyero de la reina Isabel II a través de sus 12 broches preferidos (y lo que significan)

«El lirio de la ciudad de Londres» – En junio de 1947, la entonces princesa Isabel recibió las llaves de la ciudad de Londres y este broche de diamantes con forma de lirios. Fue aquel un año inolvidable para la monarca, ya que en noviembre celebró su boda con el príncipe Felipe. Isabel II se lo ha puesto para varias de las fiestas que, llegado el buen tiempo, da en el jardín del palacio de Buckingham.

«Cullinan V» – Sin duda este es el broche más impresionante de Isabel II, quien lo heredó de la reina María de Teck, su abuela. La joya esta compuesta por varios diamantes, pero es el central el que destaca con hasta 18,8 quilates. Tallado en forma de diamante, formó parte del famoso diamante Cullinan, el más grande de todos los hallados a lo largo de la historia.

«Cullinan III y IV» – También del Cullinan procede este broche, compuesto con la tercera y cuarta gema obtenida a partir de ese enorme diamante. El broche es conocido como «los cristalitos de la abuelita» en referencia a su primera dueña, la reina María.

«Nudo del amor verdadero» – En 1953, Isabel II heredó este broche de diamantes de su abuela, la reina María, quien lo compró en Garrard en 1932. Su inspiración romántica ha motivado que la monarca lo luzca en bodas familiares como la de su hermana, la princesa Margarita, o la de los duques de Cambridge.

«Girasol escarchado» – Conocido también como «la dalia dorada», el broche es de oro y está cuajado de diamantes. La firma de joyería Garrard lo confeccionó para la reina Isabel II a principios de los años 70.

«Lazo de la reina Victoria» – Isabel II heredó muchas de sus joyas de su abuela, la reina María, pero otras vienen de más antiguo. Es el caso de este lazo de diamantes, confeccionado por deseo de la reina Victoria después de que, en 1858, muchas de las joyas de su abuela, la reina Carlota, pasaran del joyero real británico al de su primo, el rey de Hannover. En 1901, poco antes de morir, la reina Victoria determinó que este broche y otros dos de la misma forma pasaran de monarca a monarca.

«La cesta de flores» – Esta cestita de diamantes colmada de gemas de rubíes o esmeraldas es uno de los broches preferidos de Isabel II. Al parecer, se lo regalaron sus padres con motivo del nacimiento del príncipe Carlos en noviembre de 1948. La entonces princesa heredera Isabel se lo puso para posar junto a su bebé en el famoso retrato que tomó el fotógrafo Cecil Beaton.

«La estrella de Jardine» – Esta estrella de diamantes es uno de los broches favoritos de Isabel II, aunque poco es lo que se sabe de él. Según el libro The Queen’s Jewels, se trata de un diseño victoriano que en 1981 una aristócrata llamada lady Jardine le cedió a la reina.

«La hoja de palma de la Reina Madre» – En 1938, la madre de Isabel II llevó a Cartier algunos diamantes de su colección para que le confeccionaran este broche. Su diseño en forma de Paisley u hoja de palma podría obedecer a un guiño a las raíces escocesas de la Reina Madre, ya que la producción más importante de este famoso tipo de estampado (más conocido en España como cachemira) tuvo su origen en la ciudad escocesa de Paisley.

«Emperatriz Maria Feodorovna» – Compuesta por un zafiro rodeado de dos filas de diamantes y un colgante con una perla, la joya fue el regalo de bodas de los reyes Eduardo VII y Alejandra de Reino Unido, por entonces príncipes de Gales, a la emperatriz Maria Feodorovna, hermana de la consorte y madre del último zar de Rusia. Tras el asesinato de este y su familia, la emperatriz logró escapar a Dinamarca y salvar su broche, que en 1930 sería adquirido en una subasta por la reina María, abuela de Isabel II.

«Rosa del centenario» – El 4 de agosto de 2000, la Reina Madre cumplió 100 años. Para celebrarlo, Isabel II le regaló este broche, confeccionado por la firma de joyería inglesa Collins & Sons. La joya consiste en una rosa pintada a mano encerrada en una cápsula de cristal y rodeada por cien diamantes, uno por cada año de la madre de la monarca. A su muerte, fue heredada por ésta.
La responsable de orquestar este baile se símbolos es Angela Kelly. Esta mujer es la, atención a la longitud del cargo: Asesora Personal y Curadora de Joyería, Insignias y Vestuario de Su Majestad, Vestidora Senior y Diseñadora Interna.
Ella es responsable de su uniforme multicolor y ella organiza, produce y hasta diseña todo lo que la reina viste y elige. Todo es hecho a medida: no se puede arriesgar a coincidir con alguien no es la reina Letizia.
¿Su oficina? Una planta entera de Buckingham: ese es el espacio que ocupa el armario real. Toda esta ropa la paga el Estado porque, como afirma Ingrid Sewall, biógrafa real, “con ellos representa a su país”.
En 2019 Kelly publicó el libro: ‘The Other Side of the Coin’ o ‘La otra cara de la moneda’ . Esta suerte de memoir contó con algo insólito: el beneplácito de la reina.
Sofía de Wessex explica por qué Isabel II viste de colores tan llamativos

Sofía de Wessex en la Real Academia Militar de Sandhurst la pasada Navidad
La condesa Sofía de Wessex es una de las mujeres mejor vestidas de la familia real británica. Tanto, que incluso asesora a Kate Middleton en la elección de sus (acertados) looks. Una royal con experiencia y estilo que sabe qué es lo más apropiado, para qué ocasión y para qué lugar, como ella misma demuestra en cada una de sus apariciones.

Sofia de Wessex en el Día de la Commonwealth 2020
Tiene, por otra parte, una buena maestra en quién mirarse: la reina de Inglaterra, siempre perfecta con sus clásicos trajes de chaqueta y falda de mil colores. Precisamente sobre esto se pronuncia la que, dicen, es la nuera favorita de Isabel II.
La mujer del príncipe Eduardo cuenta en el documental Our Queen at Ninety que la monarca elige esos llamativos colores para que sus conjuntos descaquen entre la multitud.
“No olvides que cuando aparece en algún lugar, las multitudes son dos, tres, cuatro, diez, quince veces mayores, y quien va a verla quiere poder decir que vio un poco del sombrero de la reina cuando pasó”, apunta Sofía de Wessex.
“Necesita destacar para que la gente pueda decir ‘vi a la reina”. Totalmente lógico lo que describe la condesa en este documental sobre la monarca que acaba cumplir 94 y cuyas impresiones recoge la revista Hello!

Sofía de Wessex y la reina Isabel II en las carreras de Ascot en 2016
La condesa de Wessex ha podido rivalizar en con algún llamativo tocado o un traje colorido pero nunca se pondrá al mismo nivel que la reina, consciente de que su colorido tiene una explicación que va más allá de una simple cuestión de gusto.

Kate Middleton y la reina Isabel II
Por lo tanto, junto a la reina, el resto debe rebajar el tono -oscurecer o aclarar dependiendo de las circunstancias- porque los británicos a quien quieren ven por encima del resto es a su monarca, aunque por el momento solo pueda ser desde el castillo de Windsor y por televisión.

Deja un comentario