Un poco de Arte (II)…

Sarah Goodridge (Estados Unidos, 1788–1853)
Historia-arte — Sarah Goodridge fue una retratista que sobre todo realizaba miniaturas, retratos en un pequeñísimo formato que tienen precisamente por ese motivo un encanto especial…
Goodridge nació en el estado de Massachusetts y comenzó a dibujar desde muy niña, mostrando pronto habilidades para el arte.
Su hermana Elizabeth también destacaría en la pintura y se convertiría también en una miniaturista famosa.
Por supuesto eran tiempos en los que las niñas ni siquiera podían soñar con una carrera artística, ya ni mencionar una educación en cuanto a pintura, pero la curiosidad de Goodridge era demasiada, y su interés por el mundo del arte hizo que desarrollara una carrera autodidacta (y ya sabemos que eso quiere decir que es aprender de los demás enseñándose a uno mismo).

Título original: Beauty Revealed/Museo: Museo Metropolitano, Nueva York (Estados Unidos)/
Técnica: Acuarela (6,7 x 8 cm.)
(F.Lampkin) – Con casi cuarenta años se fue a vivir con su hermana Eliza a Boston y ahí si que comenzó a recibir clases de pintura con el miniaturista Elkanah Tisdale. Su nivel aumentó considerablemente y empezaría su verdadera carrera cuando empezó a recibir encargos de retratos en miniatura.
Sarah los hacía muy bien. De hecho, cada vez mejor, y su clientela fue creciendo, ganando la artista una merecida fama y una pequeña fortuna con la que pudo ser independiente.
Sus miniaturas pintadas en marfil tienen un encanto extraordinario. Son pequeñas obras de arte, pinturas íntimas, deliciosas, casi secretos guardados para el espectador.
Suzanne Valadon (Francia, 1865–1938)

Suzanne Valadon (nacida Marie-Clémentine Valade, pero apodada Suzanne por hallarse siempre rodeada de viejos) fue de todo antes de ser artista: modista, obrera, funeraria, camarera, acróbata, modelo…
Al final, el estar rodeada de artistas se le debió contagiar y su siguiente aventura fue la pintura, demostrando ser una de las mejores artistas del porst-impresionismo.
Pero claro, su nombre no es tan popular… ¿Será por ser mujer…?
Hija de una lavandera viuda, Valadon empezó a trabajar a los 11 años y se hizo acróbata de circo con 16.
Por el lugar iban mucho artistas como Toulouse Lautrec, a los que no pasó desapercibida la belleza de la joven Suzanne.
Una caída puso fin a su peligrosa actividad, pero le llegaron ofertas para otro trabajo en la que sería la mejor: modelo.
Lautrec, Renoir, Puvis de Chavannes, Degas… Todos pintaron a esta extraordinaria mujer que sale en tantos cuadros de la época. Valadon no perdió el tiempo, y además de labrarse ilustres amistades (y algo más a veces), aprendió los rudimentos del oficio de la pintura.
Por supuesto, su condición de mujer no le impidió ir a los antros de mala reputación de Montmarte con sus colegas y enrollarse con quien le apetecía cuando le apetecía. La moral burguesa del siglo XIX, quizás la más perniciosa para la mujer de la historia, sencillamente le resbalaba. Suzanne Valadon era libre.
Entre sus romances hay numerosos impresionistas, y Suzanne fue el único amor conocido del músico Erik Satie, que acabó con el corazón destrozado. Valadon se casó dos veces, la segunda con el jovencito pintor André Utter, amigo de su hijo.
El bueno de Degas, siempre feminista, vio sus dibujos y la animó a dedicarse a eso. Y no le fue mal. Desde luego tenía talento, mucho más que algunos de sus colegas. Por suerte conoció un merecido éxito en vida y pudo salir a flote económicamente y criar a su hijo Maurice Valadon, de padre desconocido.
Suzanne lo tuvo con 18 años y el pintor Miquel Utrillo le cedió su apellido. Con esa genética Maurice se convertiría en un estupendo pintor en el futuro.
La artista era extravagante: siempre llevaba consigo un manojo de zanahorias, no sabemos bien porqué, y tenía en su estudio una cabra para que se comiera sus malos dibujos. Rodeada de gatos, la Valadon los alimentaba todos los viernes con el mejor caviar.
La obra de Valadon es magnífica. Destaca su dominio de las composiciones y lo vibrante de sus coloridos. Pintó todos los géneros, pero fue famosa por sus desnudos. Tengamos en cuenta que en la época era un escándalo que una mujer pintara desnudos femeninos.
Masculinos ya era impensable. Por supuesto Valadon pintó a hombres y mujeres, y los pintó mejor que nadie en la época.
Al final de sus días murió feliz, rodeada de amigos y familia, y libre, tal y como vivió cada minuto de su vida.

Título original: Adam et Eve/Museo: Centre Pompidou, París (Francia)/Técnica: Óleo (162 x 131 cm.)
(E.Bolaño) – Suzanne Valadon fue una mujer extraordinaria, radicalmente libre, que hizo siempre lo que quiso y cuando quiso. Y eso incluía amantes de todo tipo.
Entre sus romances se cuentan numerosos pintores impresionistas, o por ejemplo el músico Erik Satie, que acabó con el corazón destrozado. En 1909 se separó de su marido Paul Moussis. Tenía 44 años, pero se había enamorado de un amigo de su hijo, André Utter, de 23 años, al que desposó en 1914. Según Valadon, Utter era “hermoso como un Dios”.
Este cuadro muestra a los dos amantes recién enamorados, pintados como si fueran Adán y Eva. La artista se representa bien consciente de su pecado, pero feliz, recogiendo la manzana. André y Suzanne estarían juntos durante 24 años.
La obra tuvo su polémica al margen de infidelidades. Después de todo era el primer cuadro pintado por una mujer que mostraba un desnudo femenino y masculino al mismo tiempo. Suzanne ya había pintado varios tíos desnudos exclusivamente para su disfrute erótico, como llevaban haciendo ellos durante siglos. Las polémicas le resbalaban. Ella era libre.
Aunque la libertad siempre está amenazada. La Sociedad de Bellas Artes le obligó a cubrir el sexo de André con unas hojas (al parecer con el suyo no había problema). Suzanne, muy a su pesar tuvo que ceder y pintó esta especie de guirnalda vegetal en su Adán.

Título original: L’avenir dévoilé ou la tireuse de cartes/Museo: Musée Petit Palais, Ginebra (Suíza)/
Técnica: Óleo (130 x 163 cm.)
(F.Lampkin) – La gran Suzanne Valadon, primero modelo (entre mil cosas más), y después artista que superó a los que la habían pintado (Puvis, Renoir, Lautrec o Degas), creó obras tan sorprendentes como esta “Echadora de cartas”, en la que se nos muestra uno de sus típicos desnudos voluptuosos, una obra con una rica composición y esa narrativa de un misterio que podríamos definir como femenino.
La echadora de cartas enseña a la mujer desnuda la reina de diamantes que acaba de salir en su tirada. Desconozco el significado de este naipe concreto en cartomancia, pero a juzgar por su actitud relajada, parece que esta mujer desnuda no se está tomando mal del todo el porvenir que le acaban de revelar.
Los tonos rojizos del sofá, las telas, las carnes y algún naipe amplifican esta escena cargada de sensualidad.
Por desgracia, esta magnífica obra maestra se encuentra ubicada en el museo más lamentable de toda suiza: El Petit Palais de Genève, un palacete propiedad del típico millonario paleto de este país que tiene encerrados sus tesoros para que nadie pueda disfrutar de ellos.
De vez en cuando, este palurdo podrido de francos suizos “tiene la generosidad” de prestar algunas de sus maravillas para algún museo (estamos hablando de cuadros de Cezanne, Caillebotte, Degas, Gauguin, Lautrec, Picasso y un etcétera demasiado largo), pero el palacete sigue cerrado a cal y canto, suponemos que porque se perdería dinero al abrirlo.
Claude Ghez – el director y actual propietario del Petit Palais – es, por supuesto, de una estirpe de millonarios. Su padre Oscar Ghez, de profesión “industrial”, fue el que se hizo con la impresionante colección y la exhibió para que los suizos disfrutaran del mejor arte que el dinero puede comprar.
Oscar se estableció en este democrático país. Quizás como judío que pudo huir durante la guerra quiso agradecer a Suiza el haberse financiado en parte con los dientes de oro de su pueblo, y demostró buen gusto al comprar semejante cantidad de obras (629), y gran generosidad por compartirlas con la plebe. Antes de que su hijo optara por cerrar años después, el Petit Palais contaba con unos 30 000 visitantes al año.
Es triste no poder disfrutar en directo de una obra como esta. En una de mis visitas por motivos de trabajo a la simpática nación helvética me acerque al palacete y observé con horror el siguiente cartel: “Petit Palais, musée d’art moderne, fermé jusqu’à prochain avis”. Quizás debería haberme informado mejor en la web del propio Palais, construida con toda seguridad por algún oligofrénico local.

Título original: Raminou assis sur une draperie/Colección particular/Técnica: Óleo (80 cm x 60 cm.)
Suzanne Valadon pintó a su gato Raminou en decenas de ocasiones. Era uno de los felinos que campaban a sus anchas por el taller de la pintora, que los alimentaba cada viernes con nada menos que caviar, pero Raminou fue de largo el más pintado. Fue su musa.
Como podemos observar, Raminou era un condenado guaperas atigrado, un ejemplar macho de la Belle Epoque que tenía enamorada a su «dueña», si es que tal calificativo se le puede atribuir a alguien que posee un gato. Todo el mundo sabe que es al revés: el gato es el que posee al humano de turno.
Y esto se ve en la pose de Raminou, sentado sobre una tela (que por cierto, aún se conserva en el museo-taller de Valadon en Montmartre). Ahí está el jefe del taller sobre su tela preferida, suponemos que ronroneando, suponemos que tras una eterna sesión de auto-limpieza, posando como lo que es: un dios griego que regala unos efímeros instantes de belleza a Valadon para que consiga pintar una mínima parte de su grandeza.
Raminou es casi una leyenda en Montmartre: aplastado en más de una ocasión por el culo de Renoir, acariciado por Manet, torturado por el hijo bastardo de la Valadon, que probablemente estaba celoso de Raminou y lo agarraba por el rabo cuando conseguía pillarlo por sorpresa (justo antes de un doloroso y merecido zarpazo). Un animal que estuvo sentado en el regazo de grandes personalidades y fue poseedor de secretos inconfesables sobre la pintora más talentosa de ese Montmartre irrepetible de los años 20.
Pero sobre todo fue el modelo felino más carismático de la época, pintado una y otra vez por la gran Suzanne Valadon, que lo utilizó de inspiración hasta su trágico fallecimiento a la edad 18 años (edad calculada, ya que el minino fue adoptado ya de adulto).

Título original: La Poupée abandonnée/Museo: National Museum of Women in the Arts NMWA, Washington D.C. (Estados Unidos)/Técnica: Óleo (81,30 x 129,54 cm.)
(M.C.Santos) – Un juguete abandonado es una evidente metáfora del paso a la madurez, de una infancia que se acaba, y aquí Suzanne Valadon nos pinta una escena íntima en la que una niña abandona a su muñeca y da su primer paso para convertirse en una adulta, es decir, una persona absolutamente estúpida y mediocre.
Valadon retrata a (suponemos) una madre, sentada en una cama y secando con una toalla a su hija desnuda. A la niña le da igual, en ese momento sólo le interesa mirarse en el espejo con el típico ensimismamiento adolescente. Lleva un lazo rosa que hace juego con el de su pobre muñeca, abandonada en el suelo y símbolo de la infancia perdida que será inevitablemente olvidada.
Es un momento de transición, clave para el desarrollo de todo niño o niña. Sin embargo no deja de ser triste y violento, aunque esperanzador: la niña empieza a ser libre, se empieza a ver a sí misma.
La artista francesa pinta esta escena con su maravilloso estilo: colores vivos, contorneado, patrones textiles y anatomías distorsionadas a propósito. Los desnudos de Valadon son sensacionales, y recordemos que cuando empezó a pintar, no estaba bien visto que una mujer pintara desnudos femeninos. Los masculinos ya era impensable… Suzanne Valadon pintó ambos.
Aquí la artista desafía esa convención de un cuerpo femenino pasivo y sexualizado, reservado para hombres que los pintaban como objetos: sin edad, bellos, seductores, pasivos y vulnerables. El desnudo adolescente que veis (algo ya super-moderno) no es idealizado, como es habitual en los desnudos de Valadon, y es además activo. La niña se retuerce y nos da la espalda a los espectadores en un acto de rebeldía sorprendente para una escena doméstica de la época.
Suzanne Valadon, dama de Montmatre
Estamos hablando de una de las artistas más fascinantes del siglo XX, que si llega a nacer hombre sería una post-impresionista titular. Hija de una lavandera viuda, empezó a trabajar a los 11 años e hizo de todo, incluido acróbata en el circo. Su belleza hizo que los pintores quisieran usarla como modelo, y así Suzanne sale en cuadros de Degas, Puvis de Chavannes, Renoir, Lautrec y demás artistas franceses de la época. En realidad la artista se llamaba Marie-Clémentine Valade, pero fue apodada Suzanne por hallarse siempre rodeada de viejos.
Pero mientras modelaba, además de labrarse ilustres amistades (y algo más a veces ya que se acostaba con quien le apetecía), aprendió los rudimentos del oficio de la pintura y se hizo poco a poco con un nombre, apoyada por sus numerosos amigos en el mundo del arte.
Suzanne tenía talento, como podemos comprobar en el cuadro, desde luego mucho más que algunos de sus colegas. Y tuvo la suerte de tener un merecido éxito en vida y salir a flote económicamente ella sola. Así pudo alimentar a su hijo de padre desconocido (el futuro pintor Miquel Utrillo) y también darle de comer el mejor caviar a sus gatos todos los viernes.
Libre, Suzanne Valadon ejemplifica la mujer que se sale de los límites establecidos en un mundo del arte dominado exclusivamente por los hombres. Y con la cabeza bien alta.
Arnold Böcklin (Suíza, 1827–1901)

Arnold Böcklin fue un simbolista suizo, deudor del Romanticismo, que influyó en las siguientes generaciones de artistas, no sólo en la pintura, sino en la música, el cine o el videojuego.
Nacido en Basilea, se asoció a la escuela de pintura de Düsseldorf donde todos reconocieron en Böcklin a un estudiante muy prometedor.
De joven viajó por Europa, donde copió las obras de maestros flamencos y holandeses, y luego a París, donde trabajó en el Louvre, y después Roma, donde encontró el amor.
Se casaría con Angela Rosa Lorenza Pascucci en 1853
Fue una temporada en la que se empapó de pintura y empezó a pintar figuras alegóricas y mitológicas inspiradas por la ciudad eterna. Al volver al frío norte ya era un artista distinto, pero siempre que pudo regresó a Italia para buscar inspiración.
Influenciado claramente por el Romanticismo, su pintura recuerda a la de Friedrich, pero también a la de los prerrafaelitas, dado el enorme simbolismo unido a temas mitológicos y fantásticos.
Son habituales en sus pinturas las construcciones arquitectónicas clásicas y referencias continuas a la muerte. Unidas dan lugar a un extraño y fascinante mundo de fantasía que interesó a los futuros artistas de tendencias más «fúnebres».
Hasta Marcel Duchamp citó a Arnold Böcklin como su pintor favorito y una gran influencia en su arte. Pero claro, no nos podemos fiar de Duchamp… Otros artistas como Max Ernst, de Chirico, Dalí o su paisano H. R. Giger si tienen rasgos tomados claramente del arte de Böcklin y citan al autor como una influencia capital.

Título original: Die Toteninsel/Museo: Alte Nationalgalerie, Berlín (Alemania)/Técnica: Óleo (80 x 150 cm.)
(M.C.Santos) – ¿Porqué esta obra fascinó a tanta y tan variada gente…? Lenin, Freud, Munch, Nietzsche, Dalí, Rachmaninov… Todos adoraban a Böcklin y a este cuadro en particular. El puto Adolf Hitler estaba obsesionado con el cuadro y lo consiguió tener por fin en 1933 (este mismo que estáis viendo, la tercera versión).
Tan popular fue en una época que Nabokov cuenta en su novela “Desesperación” (1934) que reproducciones de la “Isla de los muertos” podrían “encontrarse en todos los hogares de Berlín”. El artista era un ídolo carpetero.
En esta obra Böcklin pinta a un remero y una figura blanca sobre una pequeña barca que se dirige hacia una isla rocosa. En el bote hay un objeto blanco. Lo lógico por el título y un poco de iconografía es pensar que la figura blanca es Caronte, el tío que conducía a las almas al Hades por la laguna Estigia, y en este caso está custodiando un ataúd.
En el pequeño islote hay altos y oscuros cipreses (como todos sabemos, árboles asociados a los cementerios y al luto), y su perímetro está vallado por acantilados muy escarpados. También hay vanos en las rocas, dando la sensación de ser sepulcros.
Por supuesto, como buen simbolista, Böcklin nunca explicó el significado de su pintura, y eso no hizo más que multiplicar su misterio. Pero sabemos que cerca de su estudio en Florencia (era suizo, pero se fue a Italia a vivir) estaba el cementerio donde descansaban los restos de su pequeña hija María. En total, Böcklin había perdido 8 de sus 14 hijos. Normal que pensara bastante en la muerte.
No hay nada más universal que la muerte (quizás también el amor, pero menos, lógicamente). La muerte es un tema sin duda fascinante, por lo que de ahí exista tanta admiración en tanta gente. A lo mejor hasta hemos creado nuevos admiradores con estas líneas. Si es así, disfrutad de la obra.

Título original: Im Spiel der Wellen/Museo: Neue Pinakothek, Munich (Alemania)/Técnica: Óleo (180 x 238 cm.)
(E.Iborio) – Este influyente pintor simbolista nos regaló este exquisito cuadro sobre unas criaturas marinas divirtiéndose —algunas más, otras menos—con las olas del mar. Como podemos ver, estamos espiando en su mundo. No hay ni rastro de tierra en la distancia.
Aunque parezca mentira, Böcklin se inspiró para pintar esta escena mitológica en una experiencia real. Al parecer, durante una excursión en la italiana isla de Isquia, todo el mundo estaba nadando cuando repentinamente se apareció en la superficie un amigo bromista, el erudito Anton Dohrn, sorprendiendo a todos, y en especial a las damas, que no se lo tomaron del todo bien.
Böcklin quiso transferir ese susto/broma a una escena mitológica con tritones, ondinas, náyades y centauros, mostrando a cada individuo con un gesto específico, dando lugar a una encantadora escena donde se mezclan géneros con un agradable tono de comedia. Algunos de las criaturas retratadas eran al parecer idénticas a los que las inspiraron en la vida real, caso de ese risueño y bromista tritón, con los rasgos de Dohrn.
A la burguesía de finales del XIX le encantó esta obra. El público alemán, quizás exagerando un poco, llegó a considerar esta pintura como uno de los mayores logros de nuestro siglo.
Los críticos, por el contrario, no compartían del todo esta opinión, sobre todo los más defensores de la moral, que vieron en esta pintura un ejemplo de frivolidad y desnudez gratuita.

Título original: Odysseus und Polyphem/Museo: Museum of Fine Arts, Boston (Estados Unidos)/
Técnica: Óleo Temple (66 x 150 cm.)
(E.Iborio) – La Odisea nos cuenta como el héroe Odiseo (o Ulises para los romanos) consigue escapar de la isla de los Cíclopes -unos gigantes de un ojo y muy mal genio- dejando ciego a Polifemo, que se lo toma muy mal y empieza a tirar rocas a ver si acierta a destruir el barco.
Tampoco es que Polifemo fuera del todo noble. Lo cierto es que se había comido ya a buena parte de la tripulación del barco y Odiseo iba a ser uno de los siguientes, pero clavándole un palo en el ojo y ocultándose en las barrigas de las ovejas del cíclope consigue salir de ahí y montarse en el barco hacia su libertad.
Ahora solo tiene que superar el fortísimo oleaje (recordemos que Poseidón, dios del mar, se la tenía jurada) y esquivar los lanzamientos de rocas del muy enfadado cíclope.
Es increíble lo bien que pinta Böcklin el mar, que acompaña el momento de tensión extrema que se está viviendo. También cómo oculta deliberadamente la cara de Polifemo para no distraer nuestra atención de la lucha más grande que el héroe tiene entre manos.
Böcklin sigue fascinándonos de lo bien que pinta, y sobre todo cómo lo pinta. Vivió una época de florecimiento cultural en el norte (Wagner o Nietzsche son dos ejemplos), y supo complacer a un público ansioso de escapar a un pasado anhelado, supo estimular su imaginación y, a través de la mitología, ayudar a comprender ciertas verdades universales e intemporales.
Algo tan básico como la lucha entre lo viejo y lo nuevo, lo apolíneo y lo dionisíaco; entre mitología y la ciencia; entre el hombre y la naturaleza… Entre Odiseo y Polifemo.

Título original: Die pest/Museo: Kunstmuseum, Basel (Suíza)/Técnica: Temple (149.8 x 105.1 cm.)
(M.C.Santos) – En 1898 una terrible epidemia de peste bubónica asoló Bombay. Arnold Böcklin se interesó por estos sucesos y se conmovió cuando supo que buena parte de la población había sido diezmada a causa de la enfermedad.
Un simbolista como él sintió la necesidad de personificar esta tragedia en una figura, y aquí está esta potente imagen de la muerte cabalgando un dragón y segando vidas a diestro y siniestro.
La muerte de este cuadro está ciega, con las cuencas de los ojos vacías, así que no hace distinciones, cargándose a todo el que se le cruza por delante, y además viaja a toda prisa en su dragón acabando con miles de vidas en muy poco tiempo.
Hacía tiempo que un brote de peste bubónica no asolaba Europa, pero varios siglos después la memoria colectiva no olvidaba ese dolor. Además Böcklin sufrió la enfermedad en sus propias carnes: padeció un tifus que casi se lo lleva por delante, la meningitis le había arrebatado a su mujer en menos de un año de matrimonio y el cólera y otros bichos acabaron con ocho de los catorce hijos que había tenido en un segundo matrimonio.
Normal que este cuadro no sea precisamente alegre, y el suizo estuviera obsesionado con la figura de la muerte, que retrató de una u otra manera a lo largo de su carrera.
Pieter Aertsen (Países Bajos, 1508–1575)

Pieter Aertsen conocido también como Lange Pier (Pedrito el largo) por su excesivo tamaño, fue un pintor especializado sobre todo en bodegones, siendo uno de los primeros artistas del género, y sus obras influirían muchísimo en un joven Diego Velázquez.
Pedrito el largo empezó con pinturas religiosas ambientadas en su propia época, como recomendaba la Contrarreforma religiosa, presentando los relatos bíblicos con sencillez para acercarlos al populacho.
Aertsen no tenía que pasar el trabajo de recrear la estética de la época de Cristo, sino que vestía a sus personajes a la moda del XVI holandés.
En eso sería también un pionero, y Caravaggio tomaria buena nota de esto para pintar a sus santos y vírgenes.
Sin embargo, cada vez era más evidente en la obra de Aertsen que lo que le interesaba eran los objetos en principio secundarios. El mobiliario, la comida, las cosas… fueron ganando protagonismo hasta el punto de que la escena principal quedaba relegada a un segundo plano.
En realidad era una sacada de chorra del artista, para demostrar quién pintaba muy bien y demostrar su habilidad técnica. Desde luego la tenía, a juzgar por la asombrosa fidelidad a la realidad en los objetos y sus texturas.
Este nuevo tipo de arte fue recompensado y Aertsen gozó de un inmediato éxito comercial, y el bodegón se convirtió en un género de moda en holanda e influyó en todo el mundo cuando los viajeros flamencos los enseñaron por Europa.

Título original: Een vleesstal met de heilige familie die aalmoezen geeft/Museo: North Carolina Museum of Art, Raleigh (Estados Unidos)/Técnica: Óleo (115.6 x 168.9 cm.)
(M.C.Calvo) – Pieter Aertsen o “Pedrito el largo”, llamado así por su enorme estatura, empezó su carrera pintando cuadros religiosos, pero poco a poco fue dejando las escenas principales en un plano secundario y le empezaron a interesar más las cosas que en principio no tenían importancia: muebles, comida, objetos…
Había nacido un género nuevo: el bodegón.
Por supuesto Pieter Aertsen sólo quería demostrar su pericia técnica y sus habilidades pictóricas, y ¡vaya si lo consiguió! Las naturalezas muertas se convirtieron en el género de moda en Holanda y se esparcieron por toda Europa, influyendo mucho en la siguiente generación de artistas: los barrocos.
Desde luego aquí vemos muy poco de armonía renacentista: esta montaña de comida es puro exceso barroco, el infierno de los veganos.
Aertsen muestra al fondo el tema bíblico de la huida a Egipto (la Virgen María se detiene un momento para dar limosnas a los pobres), pero es en realidad una “naturaleza muerta invertida”. Es evidente lo que le interesa mostrar al artista: el alimento. Aunque cierto es que toda esta comida está llena de simbolismo… pretende ser también una comida espiritual.
Pero el simbolismo queda enturbiado por los placeres de la comida. El estilo es, como vemos, muy realista, despertando los sentidos del espectador con tantos platos en primer plano: carnes, jamón, manteca de cerdo, pescado ahumado, patas y cabeza de cerdo, salchichas, pan, mantequilla, leche, queso…
Nos quedamos abrumados por la composición de tanta naturaleza muerta.
Francesco Hayez (Italia, 1791–1882)

Francesco Hayez fue el pintor más importante del romanticismo italiano.
Realizó una pintura basada en la historia.
Hayez era el menor de cinco hijos de una familia humilde, pero tuvo la suerte de contar con un padrino rico que era además coleccionista y marchante de arte.
De pequeño ya mostraba su predisposición por el arte, por lo que su padrino le financió sus estudios.
Con una brillante carrera académica, acabó ganando un concurso de la Academia de Venecia para estudiar en Roma, y ahí se marchó.
Eran los primeros años del romanticismo europeo, y en Roma, una de las cunas del arte occidental, se respiraba un ambiente muy creativo. No en vano los grandes artistas se iban a estudiar a la ciudad.
En Roma fue discípulo de Canova, y siguió aprendiendo y consolidando una carrera muy prometedora, pero en 1814 sufrió una agresión, al parecer debido a disputas sentimentales, por lo que se vio obligado a marcharse a Nápoles.
Después se fue a Milán donde moriría a los 91 años.
Hoy Francesco Hayez está considerado el mejor y más acreditado exponente del Romanticismo en Italia. Con un repertorio mitológico e histórico, el estilo de Hayez estaba muy cerca de la sensibilidad romántica, que él reinterpretó a la luz de un temperamento claramente clásico y académico.
Entre uno y otro estilo bailó el artista, influído también por el contexto socio-político italiano de la época, con ese rollo de la Italia unida, y un entorno de la propaganda generalizado que propició un melodrama al estilo de Giuseppe Verdi.
Hayez era romántico, pero llama la atención su realismo, que demuestra su búsqueda de la verdad. Eso se ve en algunos de sus desnudos, considerados entonces sin armonía y deliberadamente vulgares.

Título original: Atleta trionfante/Técnica: Óleo (225 x 152 cm.)
(S.Winterspring) – Con el atleta triunfante, Hayez quiso representar a un deportista en pelotas que se acaba de bajar de ese carro sosteniendo la palma de la victoria. Un ganador, como él mismo.
Al parecer este atleta es un lanzador de disco (o al menos eso sugiere el disco de piedra apoyado en la pared al fondo) y Hayez quiso recrearse en su dominio de la anatomía y las poses, con esa compleja postura en la que el atleta se gira hacia la izquierda, mientras su cabeza se dirige hacia el lado opuesto. También es evidente que a Hayez no se le daba mal eso de las proporciones y el claroscuro.
El artista tenía 22 años y todas las ganas de comerse el mundo a bocados. Con esta obra Hayez ganó el prestigioso concorso dell’Accademia milanese di Brera, y gracias a este triufo recibió una gran suma de dinero a modo de beca anual.
Se dice que Antonio Canova, toda una institución del arte italiano, presionó un poquito para que los laureles fueran a parar a Hayez, que tenía toda la pinta de continuar la tradición neoclásica. Pero como sabemos, el arte del siglo XIX iba a dar un giro dramático en los años venideros con la llegada del poco clásico Romanticismo, en el que caería todo un académico como era Hayez.

Título original: Susanna al bagno/Museo: Magyar Nemzeti Galéria, Budapest (Hungría)/Técnica: Óleo (138 x 122 cm.)
E.Bolaño) – Hay miradas en algunas pinturas que nos llegan. Es el caso de esta Susana tomándose un baño, en la que no vemos ni rastro de los viejos, porque a lo mejor ya tiene espectadores.
Ya conocéis la historia, tantas veces representada en el arte: Susana era una joven judía que mientras se daba un baño estaba siendo espiada por dos viejos jueces babosos. Los viejos intentan abusar de ella y ella se resiste, por lo que la acusan de adulterio, que era como una condena a muerte. Todo el mundo, por supuesto, creyó a los viejos.
Al final es salvada por Dios, pero… ¿cuántas Susanas hubo en el mundo? ¿Cuántas habrá…?
Quizás por eso nos mira, buscando culpables entre los espectadores, o quizás algún tipo de complicidad o al menos empatía. Y no es difícil empatizar… todas nos sentimos Susana alguna vez…
El subgénero de Susana y los viejos sirve por un lado de denuncia ante la amenazas que acechan a la mujer, pero por otro como vehículo para transmitir sensualidad, el erotismo, como excusa para mostrar la exuberancia del cuerpo de Susana.
Ya sea ajena a las miradas, consciente de estas (como parece ser este caso) o directamente con los viejos acosándola, Susana encarna varias formas de ver el cuerpo femenino por parte de los artistas, que son reflejo de toda una sociedad.
Lo cierto es que el cuerpo de Susana incita a verlo en este cuadro de apariencia clásica, pero con «otra mirada».

Título original: Consiglio alla vendetta/Museo: Liechtenstein Museum, Viena (Austria)/Técnica: Óleo (237 x 178 cm.)
(A.Fischer) – Hay una doble dualidad en Venganza bajo juramento de Franceso Hayez. Está la contraposición directa de luz y sombra, así como el juego sutil que desdibuja los límites entre la teatralidad y lo que quiere ocultarse de la vista del espectador. Ambas condiciones se complementan, como si entre ellas existiese una línea inquebrantable: ésa que sostiene la tensión entre ambos personajes.
Es interesante que las figuras mismas sean las que dictan los límites de este juego: en ellas está encarnado el sentido dramático de la obra, así como el claroscuro del pincel, que también tiene destellos anímicos.
Una sombra ominosa escurre de la mirada de la mujer del antifaz: parece sumirse en una actitud petitoria que le encorva la espalda, como si con ella cargase el peso plúmbeo de la tela negra que le recubre la cabeza. Ni siquiera el aire primaveral de su vestido floreado logra conferirle algo de luz: es un ser que emerge de las sombras con una carta entre las manos, que intenta esconder del escrutinio del espectador.
La otra voltea el rostro, como si quisiera asegurarse de que nadie las observa. Sin embargo, la teatralidad de la escena no puede disimularse: todos los reflectores están enfocados en ella, que se sostiene con la soberbia oronda de una pieza de mármol de los maestros clásicos de Grecia. Parece, incluso, querer desviar la atención del espectador en esa postura: se sabe esplendorosa, y no duda en que las miradas ajenas son fácilmente concentrables en sus facciones duras.
Es entonces que entre los personajes se crea un pacto silencioso: no se trata únicamente de presentar una escena enigmática, sino de jugar con la atención de aquel que se introduzca en la escena. En esta lucha de contrarios, Hayez logra desdibujar los límites dramáticos de la composición, que destaca por la fineza del trazo y la asertividad de la expresión en sus personajes.
Es la tela que vuela, es el dominio de la figura al natural, es juego del claroscuro del Romanticismo: una doble dualidad más allá del óleo.

Título original: Il bacio. Episodio della giovinezza. Costumi del secolo XIV/Museo: Pinacoteca Brera, Milán (Italia)/Técnica: Óleo (110 x 88 cm.)
(E.Bolaño) – Desde hacía unos siglos, Italia había sido desplazada como núcleo y capital del arte mundial. Es cierto que todo artista que se preciara seguía viajando a Roma, pero lejos quedaba el esplendor del renacimiento y el barroco.
Francesco Hayez era un enamorado de la historia. No sabemos si para él todo tiempo pasado era mejor, pero sin duda le parecía lo suficientemente interesante como para pintarlo. Y aprovechando la marea romántica que barría Europa, pintó este icono, quizás la pintura italiana más conocida del XIX.
Como vemos, “El beso” está ambientado en la Edad Media (siglo XIV según el título) y se complementa perfectamente con el contexto socio-político italiano de esos años. Todo el mundo era super-melodramático, Verdi arrasaba y se respiraba un nacionalismo que quería unificar Italia y echar de una vez a los Habsburgo y los Borbones.
Era como el Gatopardo. Una época genial para pintar cuadros como este, románticos en todos los aspectos de la palabra.
Un beso seguramente de despedida de estos dos amantes, pues el señor está a punto de marcharse, a juzgar por su vestimenta. No parece que les vaya bien a la pareja. Quizás sea un amor imposible. Además una criada está vigilando, por lo que es probable que sea también un amor secreto. Todo esto nos remite lógicamente a Romeo y Julieta. Y es que el amor demasiado intenso acaba mal, como sabemos algunas.
Pero hay ciertos aspectos políticos que debemos conocer para entender realmente la obra. Italia, que como dijimos antes era en la época una potencia insignificante dentro de Europa, estaba bajo el dominio -directo o indirecto- de los Habsburgo de Austria. Organizaciones secretas proliferaron, pero todas fueron reprimidas o censuradas.
En tal contexto histórico Hayez pintó El beso, enmascarando un poco el tema principal de la conspiración y la lucha contra el malvado extranjero. Donde los poderes veían un romántico e inofensivo beso, muchos Italianos vieron la alianza entre Francia y los reinos de Piamonte y Cerdeña, que juntos podría derrotar a los austríacos.
Esto es por algo tan sencillo como los colores de la ropa: azul, rojo, blanco y verde, es decir, Italia + Francia unidas por un beso, un abrazo… una alianza… Un amor secreto.
El cuadro se convirtió en un símbolo de la unificación de Italia, y es probable que ayudara a su éxito final unos años después.
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