La guerra por las Islas Malvinas…
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Infobae(J.B.T.Yofré)(A.Panero)/El País(G.Altares) — Los argentinos estamos por cumplir 40 años de los dramáticos días de la guerra de las Malvinas. El conflicto no nació el 2 de abril de 1982 porque la planificación del hecho militar se remonta a varios meses antes y a las circunstancias políticas de esa época. En especial, según la visión militar de entonces, a realizar un acontecimiento de carácter nacional que consolidara a la dictadura frente a la sociedad.
El jueves 10 de diciembre de 1981, el almirante Jorge Anaya anunció la decisión de la Junta de remover al presidente de facto Roberto Eduardo Viola y pidió su renuncia lo más rápido posible: “Se han agotado los procedimientos y los tiempos para el tratamiento de la actual situación institucional”.
Era un ultimátum. A su lado escuchaban el teniente general Leopoldo Fortunato Galtieri y el brigadier general Omar Rubens Graffigna. El militar depuesto no había durado un año en el poder.
En la mañana del 11, Viola se entrevistó con los tres miembros de la Junta en el edificio Libertador.
La conversación no duró más de media hora porque insistió en no renunciar, entonces fue invitado a pasar a otro salón para esperar una decisión y después de unos minutos volvió a entrar para ser notificado de su relevo por “razones de Estado” (porque Viola no presentó su renuncia) y a las 17, el general Héctor Eduardo Iglesias, en nombre de la Junta Militar, informó que Galtieri asumiría la presidencia de la Nación, el martes 22 de diciembre en dependencias del Congreso de la Nación, asiento de la Junta Militar.
Iba a ser presidente de la Nación de facto, reteniendo su cargo de comandante en Jefe del Ejército, para completar el período de Viola.
La Armada y el Ejército habían realizado un “golpe blanco”, sin ruido, como lo denominaron en el exterior.
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Roberto Eduardo Viola
“La última oportunidad” fue el título de una larga columna que firmó Álvaro Alsogaray, el 13 de diciembre en La Prensa, en la que clamó por un cambio de política económica y “una apertura política que lleve a la constitución de un congreso a partir de 1984″.
Frente a los acontecimientos, el dirigente conservador Emilio Hardoy observo que era “difícil apreciar la pérdida en términos económicos. Pero también cuenta el desprestigio, en inseguridad, en incertidumbre, en expectativas nocivas. Esta situación ha creado un costoso escepticismo’”.
El martes 15 de diciembre de 1981, el almirante Anaya se desplazó a la Base Naval de Puerto Belgrano con el objeto de poner en funciones al nuevo comandante de Operaciones Navales, vicealmirante Juan José Lombardo. Después de la ceremonia se realizó una recepción en el casino de oficiales.
A su término, Anaya le pidió al nuevo comandante que lo acompañara a la base aeronaval Almirante Espora pues quería hablarle a solas durante el trayecto. En no más de veinte minutos de viaje, Anaya le dijo a Lombardo: “Quiero que prepare un plan para capturar Malvinas”. Además le observo que lo proyectara en soledad.
Un par de días más tarde Lombardo viajó a Buenos Aires y se encontró en el piso 13 del edificio Libertad con el comandante en Jefe de la Armada. En esta ocasión, pidió autorización para informar y comprometer a sus subordinados inmediatos contralmirantes Gualter Allara (comandante de la Flota de Mar), Carlos Büser (comandante de la Infantería de Marina), Carlos García Boll (comandante de la Aviación Naval) y a su jefe de Estado Mayor.
Según el contralmirante Eugenio Luis Bézzola, en ese tiempo director de Electrónica Naval, Anaya le aclaró: “Se debe planificar para ocupar las islas, vale decir, no para ocupar y mantener las islas, sino solo ocuparlas”.
El 16 de diciembre los dirigentes más importantes de la Multipartidaria se reunieron en la Casa Radical para firmar la declaración “Antes de que sea tarde”. Sus diecisiete carillas fueron rubricadas por Deolindo Bittel (PJ), Carlos Contín (UCR), Arturo Frondizi (MID), Oscar Alende (Intransigente) y Francisco Cerro (Demócrata Cristiano), y en ellas se realizó un fervoroso llamamiento “para encontrar el camino de la unión” y reclamó elecciones generales “sin proscripciones, gradualismos, ni condicionamientos de ninguna especie”.
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Almirante Juan José Lombardo
Las crónicas de esos días no cuentan que el brigadier general Basilio Arturo Lami Dozo estuvo a punto de no integrarse a la Junta Militar, simplemente, porque asumiendo Galtieri como presidente de la Nación con retención de la comandancia en jefe del Ejército se tiraba por la borda años de discusiones sobre el papel de “el cuarto hombre” y el “Órgano Supremo del Estado”, que era la Junta Militar.
“Así no asumo”, le dijo al brigadier general Graffigna. Fue en esas horas que Graffigna lo hizo participar en una reunión de la Junta y Galtieri se comprometió a pasar a retiro en un tiempo “prudencial” (fines de 1982).
En esas horas los militares y civiles próximos al régimen militar trabajaron a destajo para imponer a sus hombres en el nuevo gabinete. Las condiciones para ser canciller las adelantó el secretario general del Ejército, Alfredo Saint Jean: “Deberá ser una persona que comparta ‘la firmeza’ de las Fuerzas Armadas sobre dos temas: el conflicto de límites con Chile y la recuperación de la soberanía argentina sobre las Islas Malvinas, actualmente en poder de Inglaterra”.
Así llegaron sus definiciones al exterior, el 16 de diciembre de 1981, por la Agencia UPI. También las fuentes militares, no identificadas, adelantaron que se buscaría un mayor acercamiento con los Estados Unidos y “es muy probable que Argentina se retire del Movimiento de Países No Alineados que lidera Fidel Castro”.
El 17 de diciembre Basilio Lami Dozo asumió como comandante en Jefe de la Fuerza Aérea Argentina y al día siguiente la Junta Militar comenzó a deliberar sobre las “Las Pautas de la Junta Militar al P.E.N. para el Ejercicio de la Acción de Gobierno 1982-1984.”
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Galtieri en la casa Rosada como presidente de facto
En el Área Internacional se indicó que “las prioridades para la integridad territorial y el ejercicio pleno de la soberanía deberían seguir en gran parte las Pautas para 1981-1984, con la revisión necesaria, en las siguientes directivas:
“-Contribuir a la solución del conflicto con CHILE desarrollando acciones fijadas por el COMITÉ MILITAR.
-Defender y controlar los intereses argentinos en el Cono Sur.
-Preservar nuestros derechos antárticos y desarrollar la presencia argentina en la Región.
-Intensificar todos los cursos de acción necesarios y oportunos para que se obtenga el reconocimiento de nuestra soberanía sobre las Islas MALVINAS, GEORGIAS DEL SUR Y SANDWICH DEL SUR.”
El 18 de diciembre de 1981 llegó a Buenos Aires el contralmirante (R) Luís Pedro Sánchez Moreno, el embajador argentino en Lima, Perú. Se tomaba una corta licencia porque venía a apadrinar la boda de su hija. Ya que estaba, como había una nueva Junta Militar, fue a visitar a cada uno de los comandantes.
El viernes 19, fue a la audiencia que le fijo su compañero de la Promoción 75 y comandante de la Armada, Jorge Isaac Anaya. La entrevista se realizó en el despacho que el jefe naval tenía en el piso 13 del edificio Libertad. Se saludaron con afecto y Sánchez Moreno comenzó a hablar de la situación peruana. Poco rato después, Anaya lo interrumpió:
Anaya: El proceso se ha deteriorado mucho y tenemos que buscar un elemento que aglutine a la sociedad. Ese elemento es Malvinas.
Dicho esto se quedó mirando, esperando una respuesta.
Sánchez Moreno: He estudiado varios años en un colegio inglés. Conozco a los ingleses tanto como vos, Margaret Thatcher no se va a dejar llevar por delante por un gobierno militar. Los ingleses son como los “bull dog”, cuando muerden a la presa no la sueltan….
Inmediatamente, Anaya dio por terminada la reunión. Asumió su papel de Comandante y con un formal “es todo Sánchez Moreno” lo despidió. Sin embargo la cuestión no terminó ahí. El sábado 20, durante la fiesta de casamiento, el dueño de casa y el almirante Carlos Castro Madero –también compañero de Promoción de Anaya – intentaron disuadirlo al comandante en jefe de la Armada pero fue imposible.
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Encabezamiento de la orden del almirante Vigo al almirante Lombardo
El martes 22 de diciembre de 1981, Galtieri juró en el edificio del Congreso —sede de la Junta Militar— como presidente de la Nación. Luego fue hasta la Casa Rosada para juramentar a su gabinete.
Los ministros más destacados eran: Nicanor Costa Méndez, en la Cancillería; Roberto Alemann, Economía; Cayetano Licciardo, Educación; Amadeo Frúgoli, Defensa; Jaime Lucas Lennon, Justicia; el general Alfredo Saint Jean en Interior y el general Héctor Iglesias, Secretario General de la Presidencia.
“El efímero gobierno de Viola dejó una herencia de dificultades económicas y prácticamente en el mismo lugar el proyecto de apertura política, no obstante los primeros esfuerzos concretos para colocarlo en sus carriles”, dijo O Globo de Brasil.
También afirmó: “Los signos de agotamiento del régimen discrecional saltan a la vista”. Más contundente fue Jornal do Brasil al afirmar que el “ciclo de intervenciones militares se revela agotado”.
-Esto se derrumba, palabras más, palabras menos, dijo el embajador de carrera Gustavo Figueroa.
-No se preocupe, el jefe tiene un plan, respondió el coronel Norberto Ferrero, el hombre de íntima confianza de Galtieri, durante una cena a solas con Figueroa, el cónsul en Nueva York, en noviembre de 1981.
En realidad Galtieri no tenía un plan sobre las Malvinas porque el Ejército nunca lo trabajó como hipótesis de conflicto. La que sí tenía un plan que se actualizaba permanentemente era la Armada.
El 22 de diciembre, el mismo día que asumió Galtieri, el almirante Anaya le pasó a su jefe de Estado Mayor, vicealmirante Alberto Gabriel Vigo, una orden escrita a mano que contenía tres puntos, tal como se desprenden de su minúscula letra. Fue la primera orden del conflicto armado que se avecinaba:
“1. MALVINAS
1.1.- El CON (Comandante de Operaciones Navales) presentarme un plan actualizado.
1.2- Enviar personal seleccionado para reconocimiento.
1.3.- Plan después ocupación.
1.3.1.- Efectivos para permanecer en STANLEY.
1.3.2.- Apoyo a dichos efectivos.
1.3.3.– Logística para STANLEY.
1.3.4.– Defensa de STANLEY”.
Sobre la base de esa orden, al día siguiente, el vicealmirante Alberto Gabriel Vigo le envió el documento “Secreto” Nº 326/81 al vicealmirante Juan José Lombardo con la instrucción de que “deberá elaborar personalmente y entregarme a la mano, el Plan actualizado para la recuperación de Malvinas.”
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Leopoldo Galtieri y Nicanor Costa Méndez
El 23 de diciembre de 1981 a la noche, Galtieri apareció hablando por primera vez en cadena nacional al país como Presidente de la Nación. Pidió confianza a la población y reclamó austeridad a su gobierno. Ese mismo día jueves, la Confederación General del Trabajo, en una declaración que tituló “Por una Navidad en paz”, reclamó a Galtieri un gobierno de emergencia con la participación de “todos los sectores de la vida nacional”, al estimar “el fracaso total y absoluto de la pretendida gestión gubernamental del llamado Proceso”.
Faltaban apenas unos días para que la Argentina -y el Mundo- entrara en el año 1982. Una rápida mirada de los diarios que leían los argentinos nos enseña sus preocupaciones y desafíos.
Clarín relata que el presidente Galtieri se había entrevistado con el decano del Cuerpo Diplomático, Monseñor Ubaldo Calabresi, y que se preparaba para recibir la semana siguiente a tres senadores del congreso americano muy importantes.
Uno era el representante de Tennesse y líder del bloque de la mayoría del Senado, Howard Baker (pocos años más tarde Jefe de Gabinete de Ronald Reagan); otro era Paul Laxalt, republicano del Estado de Nevada, considerado el “Primer Amigo” de Reagan de quien fue jefe de su campaña electoral y el tercero fue Ernest Hollings de Carolina del Sur (ex precandidato presidencial Demócrata en 1984).
En otra página se informaba que el almirante Anaya se había reunido con el Consejo de Almirantes, y también se informaba que el presidente de la Unión Cívica Radical, Carlos Contín, había insistido en que “este proceso está agotado” y que las revoluciones no pueden ser perpetuas pues “vienen para corregir un hecho anormal, pero solucionado el problema se debe volver a las instituciones”.
En La Nación el título de tapa del último ejemplar del año fue: “Aumentan tarifas y congelan las remuneraciones del sector público”. En la página 4 sobresalía una foto del Ministro de Economía, Roberto Alemann, siendo abrazado por José Alfredo Martínez de Hoz en ocasión de realizarse el acto de asunción de sus funcionarios.
En ese mismo momento dijo que al nuevo ministro lo acompañaban sus “mejores muchachos”, un hecho que Joaquín Morales Sola lo reseñó de la siguiente manera el 3 de enero: “Nadie ignora que en el equipo de Alemann hay un buen caudal de hombres que estaban con el doctor Martínez de Hoz, pero ningún hombre político puede no saber que esa declaración era impolítica y que en nada benefició al nuevo jefe de la cartera económica”.
Oscar Camilión
Para Nicanor Costa Méndez, volver a la jefatura de la Cancillería, el 22 de diciembre de 1981, fue su gran revancha. Lo sintió como una reivindicación personal. Había partido del Palacio San Martín en 1969, después de la crisis del “cordobazo”, en pleno gobierno de facto del teniente general Juan Carlos Onganía.
Nunca se explicó bien por qué Onganía lo relevó, porque estaba claro que los manifestantes durante los “incendios” en la Docta no pedían personalmente su cabeza. En todo caso, exigían el fin del gobierno militar o, cuanto menos, la inmediata salida de Adalbert Krieger Vasena, el titular de Economía.
“Canoro” Costa Méndez nunca se alejó del mundillo diplomático y su simpatía personal lo mantuvo cerca de los ambientes de poder. También se dedicó a escribir sobre cuestiones internacionales, en la que puso su pluma para afirmar cosas que después no supo o no pudo concretar.
Como editorialista, en el mensuario Carta Política, se convirtió en el más duro crítico de algunas posiciones de la política internacional argentina del régimen de facto. Por casos, las relaciones con Cuba y la pertenencia argentina, como miembro pleno, al bloque de Países No Alineados.
Formar su equipo de colaboradores no fue problemático, se puede decir que el nuevo Ministro introdujo muy pocos cambios en las embajadas. Su amigo Eduardo Roca fue a Naciones Unidas, respetando un acuerdo previo: si Roca era canciller Costa Méndez iba a Naciones Unidas y la misma variante si la situación se daba al revés.
El embajador Juan Carlos Beltramino de Naciones Unidas paso a Austria. Carlos Ortiz de Rozas, que estaba de embajador en Londres, fue designado, al mismo tiempo, jefe de la delegación argentina ante la mediación del papa Juan Pablo II en el conflicto del Beagle, en Roma, en reemplazo del jurista Guillermo Moncayo.
El sábado 2 de enero de 1982 la ciudad de Buenos Aires se mostraba silenciosa. Los porteños, despreocupados, habían partido de vacaciones; otros, los más, aún reparaban sus cuerpos de la fiesta de Año Nuevo. Hasta ese día habían entrado en Mar del Plata 50.000 personas por la angosta y peligrosa Ruta 2.
En general, la gente no hablaba en esas horas de economía, aunque los diarios de ese día se preguntaban: “¿Se logrará en 1982 desindexar la economía?”, mientras se dejaba trascender desde el Palacio de Hacienda la preocupación por “el costo político de la nueva etapa” que se iniciaba.
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Encabezado de la nota de Williams a Lord Carrington
¿Nueva etapa? En realidad, era un capítulo más de un régimen que había nacido el 24 de marzo de 1976 y que todavía no había logrado el despegue económico que había prometido. La gestión anterior había terminado semanas antes en medio de un desorden financiero mayúsculo, con un golpe de palacio que obligó al teniente general Roberto Eduardo Viola a abandonar la residencia presidencial de Olivos y enclaustrarse en su departamento de la calle Juncal.
Como queriendo dar un mensaje diferente, el nuevo presidente Leopoldo Fortunato Galtieri se hizo fotografiar cuando firmó su declaración de bienes en la Casa Rosada ante el escribano de gobierno José María Allende y el auditor general de las Fuerzas Armadas, general de justicia Carlos H. Cerdá. Al mismo tiempo se informaba que tanto los militares en actividad como aquellos en situación de retiro deberían renunciar a sus cargos en empresas del Estado para ser reemplazados por civiles.
La economía estaba en emergencia, la gente lo sabía. Una comisión debía dictaminar en diez días la reducción de los salarios del personal de los canales de televisión y las radios en manos del Estado. Y el subsecretario de Seguridad Social, Santiago de Estrada, tuvo que anunciar que el reclamado aumento a los jubilados y pensionados había quedado postergado.
Las secciones internacionales de los matutinos focalizaban su atención en el mensaje que había dado Juan Pablo II en la Plaza San Pedro el día anterior, a favor del movimiento sindical independiente polaco, e informaban la llegada a Nueva York del peruano Javier Pérez de Cuéllar, el nuevo secretario general de las Naciones Unidas.
El 1º de enero los diarios no habían trabajado, pero la embajada británica en Buenos Aires no dejó de enviar a lord Carrington, Ministro de Asuntos Exteriores del Reino Unido, un largo y benévolo informe del año con un balance del gobierno de Roberto Viola.
El embajador Anthony Williams, entre los conceptos más destacados, señalaba: “1981 fue, para la Argentina, el año del presidente Viola. La Junta Militar confirmó su designación como presidente justo antes de que comenzara el año; Viola asumió su cargo a fines de marzo y fue apartado ‘por razones de Estado’ a mediados de diciembre.
Aunque ni el año ni el presidente fueron tan desastrosos como alegó, con poca empatía, la prensa europea, ambos fueron bastante decepcionantes y se caracterizaron por la incapacidad para lidiar con los problemas de base de este país tan innecesariamente insatisfactorio”.
“En 1981 la Argentina no fue una dictadura militar en sentido estricto ni estuvo en un estado de colapso económico. Pasó todo el año en una efervescencia positiva de debate político, en la que las críticas honestas se hicieron oír fácilmente con más fuerza que las ideas constructivas.
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Informe de la Junta Militar no considerado por la Comisión Rattenbach
Mientras tanto, retuvo su posición como uno de los cuatro o cinco principales exportadores de alimentos, logró ser prácticamente autosuficiente en cuanto a los requerimientos energéticos, y se mantuvo como uno de los países con mayor ingreso per cápita de América Latina. Pero la calificación final sigue siendo, sin lugar a dudas, ‘No se esfuerza lo suficiente’”.
“Un grado considerable de responsabilidad por este mal desempeño recae, con razón, sobre el general Viola. Preparado y presentado como el político más sagaz que los militares fueron capaces de producir para acercar la transición a un gobierno civil, demostró ser poco elocuente, indeciso e incapaz de lograr algún tipo de coherencia en la conducción de gobierno del surtido desparejo de ministros que reunió con una lentitud paralizante durante la primera parte de este año.”
“En la conducción de las relaciones exteriores, el doctor Oscar Camilión —el civil un tanto pretencioso, aunque no incompetente, a quien Viola designó ministro de Relaciones Exteriores— fue particular víctima de esas sospechas frustrantes.
Sus esfuerzos (bastante exitosos) para que las relaciones entre la Argentina y los Estados Unidos regresen, bajo la presidencia de Reagan, a un nivel más alto de respeto y cooperación mutuos; su intento de compensar cualquier incomodidad que pueda surgir de esto o de los vínculos comerciales vergonzosamente exclusivos con la Unión Soviética, enfatizando la posición de la Argentina entre los No Alineados; sus maniobras de dilación para debilitar la disputa con Chile, en la que la mediación papal sobre el canal de Beagle había generado propuestas muy difíciles de aceptar para la Argentina; en estas y muchas otras cuestiones, Camilión se vio desautorizado o eclipsado una y otra vez por miembros de la Junta que procedían sin consulta o advertencia”.
“En ese punto, el peor de todos fue, sin lugar a dudas, el teniente general Galtieri, comandante del Ejército, que ahora asumirá como presidente, al tiempo que conservará su comando durante 1982. Es evidente que 1982 será su año, al igual que 1981 fue el de Viola.
Eligió un buen gabinete de ministros civilizados, de pensamiento liberal, pero decididos y respetados. En lo que hace a todos estos adjetivos, muestran una gran mejoría respecto de sus predecesores. Sin dudas, harán un mejor trabajo, siempre y cuando el contexto se los permita.”
“Al mismo tiempo, no fue un año fácil para el Reino Unido en cuanto a sus relaciones con la República Argentina, tanto en lo político como en la promoción de exportaciones. En el primer punto, con respecto a las Malvinas, tuvimos que caminar como Agag (personaje bíblico que termino descuartizado) todo el año para evitar herir la sensibilidad tanto de los argentinos como de los malvinenses y del lobby Falklands […]

Soldados argentinos caminan el 13 de abril de 1982 para ocupar la base de los Marines Reales capturados en Puerto Argentino/Stanley, unos días después de que la dictadura militar argentina se apoderase de las islas Malvinas, comenzando una guerra entre Argentina y Reino Unido.
Logramos superar este periodo sin llegar a un enfrentamiento, pero con los argentinos y los malvinenses definitivamente más irritados que el año pasado. Mientras tanto, el giro de Reagan hacia una promoción efusiva del régimen argentino actual hace que nuestra comparativa frialdad (a pesar de ser menos asertiva que la de algunos colegas de Europa Occidental) llame más la atención.
Nos gustaría incrementar el comercio con la Argentina y (pese a la nube de ignorancia en la que trabajamos como consecuencia de la huelga del Servicio Civil del Reino Unido) esperamos al menos haber retenido nuestra cuota de un mercado que este año fue muy difícil.
Pero la publicidad que la prensa británica no tarda en ofrecerle a cualquier historia sobre la ineptitud, el colapso inminente o la estupidez arrogante de la Argentina fue fomentada, lamentablemente, por el gobierno del presidente Viola en repetidas ocasiones este año. Solo aquellos que saben que la mayoría de las historias acerca del fin de la Argentina tienden a ser exageradas tienen el coraje de sembrar ahora para cosechar después”.
Aprovechando el período de duro invierno y el receso parlamentario en Washington, entre el martes 5 y el viernes 8 de enero, cuatro legisladores de los Estados Unidos visitaron Buenos Aires. Los que más se destacaban eran el ex gobernador y senador por Tennessee Howard Baker y Paul Laxalt del estado de Nevada.
En conversaciones con Roberto Alemann y Costa Méndez, los influyentes parlamentarios pudieron conocer en detalle los planes que tenía el equipo económico en el corto plazo.
En el Palacio San Martín, el canciller le habló del Beagle y las Malvinas. También Baker pudo escuchar el pensamiento político del gobierno: “Según la versión, los legisladores habrían oído que entre 1983 y 1984, los principales partidos políticos argentinos deberán convenir con el gobierno, una negociación abierta y pública, un candidato de compromiso para la presidencia del período que se iniciará en 1984.
Todo parecía una expresión de deseos, la Multipartidaria ya había proclamado que el gobierno militar estaba extenuado y hasta el ex presidente de facto, teniente general Juan Carlos Onganía (1966-1970) había declarado que ‘el Proceso está agotado’ y que la Junta Militar está tratando de eludir toda responsabilidad de los desastres del país”.
Los diarios del martes 5 de enero de 1982 informaron que los tres comandantes en Jefe de las Fuerzas Armadas se reunirían para analizar distintas cuestiones.
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Puerto Argentino 1982
Entre otras, “la recomposición del cuadro de gobernadores” que secundarían la gestión de Galtieri, los nombramientos de algunos embajadores políticos, la situación de algunos oficiales de las Fuerzas Armadas que ejercían la presidencia en empresas estatales y a los que se les había solicitado la renuncia y algunas líneas generales del plan de austeridad, en particular los gastos de publicidad del Estado.
La reunión se llevó a cabo en el edificio Libertador, sede del Ejército, a partir de las 9 de la mañana. En esa reunión, en el mayor secreto, se analizó la cuestión Malvinas en el contexto de la política exterior y se concluyó que debía adoptarse una política “agresiva”.
Entonces, como surge de la documentación expuesta, la fecha determinante fue el 5 de enero de 1982. Ese día se consideró dar un paso militar en el caso de no progresar la vía diplomática. La decisión fue tomada con la participaron formal de los tres comandantes en jefe. Sin embargo, la cuestión había sido analizada y planificada por la Armada, primero, y tratada entre Anaya y Galtieri después.
Luego el jefe del Ejército se la dijo a Lami Dozo, como al pasar, en un pasillo del tercer piso del edificio Libertador, antes del inicio formal de la reunión: “‘Negro’ (así lo llamaba Galtieri a veces al jefe aeronáutico) quiero hablar con vos sobre Malvinas. La cosa no anda bien” (confesión del jefe aeronáutico al autor). Y ya se observaban las próximas reuniones de fines de febrero en Nueva York.
Tras numerosos y largos argumentos que acentuaban la importancia de las islas y el desasosiego argentino por los años de negociaciones, se decidió encargar un estudio de Estado Mayor “abreviado” con la participación de un representante por cada fuerza armada (que fueron designados en la siguiente reunión de la Junta, en el Edificio Libertador, el 12 de enero de 1982).
La Junta Militar lo recordó así: “Se conversó además, en dicha ocasión, que no solamente había que obtener una reestructuración de las negociaciones con GRAN BRETAÑA con miras a la nueva ronda de negociaciones, sino que se deberían comenzar los estudios para analizar la factibilidad y conveniencia de una ocupación de las islas.
Esta decisión se tomó considerando la rigidez y emotividad que había evidenciado el tema en GRAN BRETAÑA durante el año 1981. Tras otros considerandos, los detalles para analizar tanto la reactivación máxima de las negociaciones por la soberanía de las islas MALVINAS, GEORGIAS DEL SUR Y SANDWICH DEL SUR, como la previsión del empleo del poder militar en caso de fracasar la primera alternativa, se concretarían en la reunión más próxima de la JUNTA MILITAR.”
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Tropas llegan a las Islas Malvinas – 1982
Historias, hazañas y relatos de Malvinas camino a los 40 años del conflicto del Atlántico Sur
Para muchos soldados, Malvinas fue una forma de expresar el amor a la patria. Camino a los 40 años de la guerra, en DEF decidimos crear un material histórico, con un solo objetivo: mantener la memoria viva.
A lo largo de todo el año, en nuestro canal de YouTube, conocimos muchas historias llenas de coraje y emoción. En este especial, y a modo de preparación para lo que será el 2022, intentaremos poner en valor los relatos de quienes pusieron su cuerpo en el conflicto del Atlántico Sur.
Las fuerzas especiales y su llegada a Malvinas
Las Fuerzas Especiales fueron las primeras en llegar y las últimas en retirarse de las islas. El entonces teniente de corbeta Bernardo Schweizer, junto al cabo principal Sequeira, fueron los primeros argentinos en desembarcar en las islas el 2 de abril.
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Miembros del Grupo de Operaciones Especiales durante la guerra de Malvinas.
“La navegación fue muy demorada, muy dificultosa. Pero, de cualquier manera, llegamos a un punto en el que yo, con el único visor nocturno que teníamos, vi la línea de olas adelante, a unos 100 metros, y decidí pasar al kayak, junto a Carlos Sequeira”, comenta el hoy capitán de navío retirado.
El veterano dice que vivió un momento difícil ese 2 de abril y explica que intentó llegar a las playas con mayor rapidez para evitar otra situación así: “En ese momento dije: “Mejor llegar vivo, antes que llegar muerto y tarde“.
La sección gato en Malvinas
Ese mismo día, el 2 de abril de 1982, la compañía C del Regimiento de Infantería 25 fue la responsable del desembarco en las islas. BOTE, ROMEO y GATO, esos eran los nombres de las tres secciones que integraban la compañía. Roberto Reyes, por esos días subteniente del Ejército, estaba a cargo de una de ellas.
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Reyes (a la izquierda de la pantalla) y varios de sus compañeros formaron parte de la Operación Rosario el 2 de abril de 1982.
“Formábamos parte de la cabeza de vanguardia que iba a establecer la cabeza de playa de esa operación. Recuerdo haber estado orbitando en el agua con el vehículo anfibio y con parte de mi sección.
Una vez que se ordenaron en dirección a Playa Roja, que era nuestro objetivo, recuerdo ver en la retaguardia a las compañías anfibias y, en el fondo, al ARA San Antonio. Fue una operación soñada por cualquier soldado: en minutos más, íbamos a recuperar nuestras islas”, confiesa Reyes.
Milagro en el aire
Los soldados argentinos pusieron su vida al servicio de la patria. Y lo hicieron por mar, por tierra y por aire. Los helicopteristas del Ejército Argentino llevaron adelante varias misiones, como las de transportar armamento, tropas y municiones.
Durante la guerra, muchos hombres debieron atravesar momentos difíciles. Horacio Sánchez Mariño tiene muchos recuerdos, pero uno fue clave en su vida.
“El día 21 de mayo estaba despegando de una zona de la reserva, en la que estábamos allí con los helicópteros y una compañía del Regimiento 12. Despegamos y, casi inmediatamente, nos pasaron por delante dos aviones Harrier”, rememora Sanchez Mariño.
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En Malvinas, las tripulaciones volaron cerca de 1500 horas sin la cobertura aérea necesaria que requiere este tipo de vuelos.
Horacio cuenta que él y los suyos sabían que la única solución era aterrizar y abandonar el helicóptero: “Nos salvó que teníamos, a la izquierda, el Monte Kent. Entonces, los Harrier tuvieron que dar la vuelta”
El piloto recuerda haber aterrizado junto a su tripulación (Ramón Alvarado, copiloto, y Rafael De Sio, artillero de puerta) y en conjunto sacar a los infantes por las puertas laterales y, luego, tomar cubierta.
“El primer avión que apareció atacó con cañones mi helicópero, al cual le pegó debajo de la línea de los esquíes y barrió con esquirlas de piedras a las palas. Ellos hicieron cinco pasadas en ese ataque, destruyeron un Puma y destruyeron un Chinook”, cuenta Sánchez Mariño.
Manuel Villegas y una herida de gravedad
Miles de hombres. Miles de historias. Miles de heridas. Algunas de gravedad y con hombres que vivieron para contarlo. Uno de ellos es el sargento ayudante retirado Manuel Villegas, quien con el grado de sargento, fue a Malvinas con el Regimiento de Infantería 3.
Orgulloso de sus soldados, relata que el 13 de junio de 1982 debieron realizar un contraataque sobre Wireless Ridge a fin de reforzar las posiciones del Regimiento 7.

Un grupo de combatientes en Las Malvinas
Sin embargo, lo que nunca imaginaron es que no había comunicaciones y que se había dado la orden de abandonar el lugar. Villegas cuenta que no tomó conciencia de la gravedad de su herida hasta mucho tiempo después.
Horas más tarde, cuando despertó de la anestesia y fue testigo de la entrada de los ingleses al hospital, su cara de asombro fue tal que un enfermero se le acercó para decirle que ya había terminado la guerra con la rendición.
El trabajo de la sanidad en Malvinas
Así como Villegas, muchos hombres resultaron heridos. Por eso, el trabajo de la sanidad durante la guerra fue fundamental tanto para salvar vidas como para el apoyo psicológico y humano a aquellos que fueron a dar la vida por la patria. Silvia Barrera, junto a seis compañeras más, se ofreció como voluntaria para ir a Puerto Argentino.
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El trabajo de la sanidad durante la guerra fue fundamental tanto para salvar vidas como para el apoyo psicológico y humano a aquellos que fueron a dar la vida por la patria.
Barrera cuenta que uno de los casos que más la marcó fue uno en el que, arriba del Irizar, tuvo que atarse a un soldado herido para poder practicarle una intervención quirúrgica: “operamos a un paciente que estaba en muy grave estado.
Justo nos tocó una noche en que el mar estaba bravo, así que nos tuvimos que atar al paciente con vendas de gasa el cirujano, la ayudante, la anestesista y yo, todos atados al paciente para movernos todos al mismo tiempo y poder hacer la cirugía”.
Las banderas y el espíritu de lucha
Las banderas también ocuparon un espacio importante en la guerra de Malvinas. El hoy coronel mayor retirado Leonardo Villegas trajo una de las insignias que estuvo en las islas y su historia fue muy particular: se dio en el momento en el cual él y sus compañeros estaban en situación de rendición. Sin embargo, él y sus compañeros sentían el deber de traer con ellos el estandarte.
“A mí, me tocó destruir la bandera. Con uno de mis suboficiales, quemamos el moño, el asta, enterramos los hierritos y, al momento de quemarla, se me ocurrió proponerle al mayor que podía llevarla. Me dijo que hiciera lo que tuviera que hacer. Así que, cuando empezó el proceso de rendición, arriba de la ropa interior, me la coloqué como chiripá”, comenta.
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Villegas hace memoria y dice que, a pesar de que los palparon tres veces, los ingleses no notaron nada, pero que cuando fueron embarcados en el Northland sus nervios salieron a flote por lo exhaustivo de los controles. “Miré a mi jefe de Compañía y se dio cuenta de que yo estaba inquieto, así que se paró frente a mí y me ordenó: ‘Subteniente, entrégueme la bandera’. La tomó, se la entregó a un mayor inglés y le dijo ‘se la entrego como su responsabilidad’. El británico le respondió como un caballero y expresó que esa bandera tendría un lugar destacado y que nos la volverían a entregar”.
Un avión fantasma en Malvinas
El TC-68, también conocido como Tango Charly 68, fue una aeronave que había sido artillada por la Fábrica de Aviones de Córdoba y estaba en capacidad de lanzar hasta 12 bombas. Roberto Cerruti, por entonces navegador de la aeronave secreta, cuenta que él y la tripulación asumieron varios riesgos con aquella misión.
“Nos encontrábamos en Buenos Aires cuando nos enteramos de que se estaba preparando un avión como bombardero, así que nos presentamos como voluntarios. Esta misión era cumplir con nuestro deber y con nuestra vocación”, confiesa Cerruti antes de meterse de lleno en la historia.
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“El día anterior, un Boeing había detectado a este buque que se dirigía adonde estaba posicionada la flota de Gran Bretaña. Nos enviaron a nosotros a buscarlo. Cuando llegamos, la primera sorpresa fue que era un superpetrolero que medía 320 metros y, la segunda, que se llamaba Hércules.
Si yo digo que un Hércules se va a encontrar con otro Hércules en el medio del Atlántico, nadie me lo va a creer”, cuenta.
Una vez que lo encontraron, comenzaron a llamarlo en las diferentes frecuencias para ordenarle que cambiara su rumbo: en vez de hacerlo, aumentó la velocidad para dirigirse a la flota británica y, cuando la tripulación recibió la orden, lo atacaron en dos pasajes. Luego, quedaron a la espera para orientar a una escuadrilla de Canberras, quienes finalizarían el ataque.
Malvinas, relatos de mujeres isleñas sobre su vida en 1982: “No podíamos imaginar cuánto te endurece la guerra”
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La Operación Rosario: 2 de abril de 1982, la Argentina recupera las islas Malvinas
“Había dos soldados argentinos muertos, tirados boca abajo, aun puedo ver una mano pequeña y sucia sobre el pavimento. No sentimos nada, lo que realmente fue horrible, nunca me imaginé cuánto te endurece la guerra. Los dejamos atrás, y cuando volvimos alguien los había cubierto. Y lo que se ha quedado todos estos años conmigo, es esa pequeña mano sucia”, dice Eileen Vidal, isleña, sobre aquel trágico 1982.
Los archivos de medios británicos de la época señalan numerosas historias sobre lo que sintieron los isleños ante la llegada de las tropas argentinas. “Usted tiene derecho a vivir en libertad”, decía el folleto que entregaban los argentinos a los habitantes de las islas luego del 2 de abril.
Desde un primer momento, lejos de creer en la oferta de libertad, los isleños se sintieron presos y tuvieron una participación activa de resistencia, saboteando comunicaciones, cortando cables, otros ayudaron con sus vehículos, cuando llegaron las tropas británicas, al reconocimiento del terreno.
Eillen Vidal era radio operadora en las islas, y cursaba comunicaciones desde las distintas estancias a la capital (Puerto Argentino). Ella permaneció en la radio luego de la recuperación de las islas ya que hacia pedidos de víveres, medicamente y otras urgencias. Y fue quien logró avisar al buque HMS Endurance, que no se acercara porque los buques argentinos estaban en puerto.
El historiador Federico Lorenz descubrió muchas publicaciones particulares, desarrolladas en breves relatos, que dan cuenta de los sentimientos de los isleños respecto de la “ocupación argentina”.
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Eileen Vidal era radio operadora en las islas, y cursaba comunicaciones desde las distintas estancias a Puerto Argentino. Fue quien logró avisar al buque HMS Endurance, que no se acercara porque los buques argentinos estaban en puerto
Lisa Watson, una niña de once años en 1982, en su libro Waking up to war (Despertar de la guerra) relata como los perros de su padre estaban contentos por esos días porque estaban sueltos todo el tiempo, para alertar a la familia sobre “presencias no deseadas”.
Escribe sobre que dos soldados argentinos le pidieron a su padre que usara sus fusiles para cazar unos patos, porque “ellos tenían hambre y no eran buenos disparando”. El granjero, lo hizo, y expresa su preocupación: “Era mucho más fácil odiar el concepto vago y distante de una Nación Argentina, que despreciar a los que parecían dos seres humanos perfectamente normales”.
A esos mismos jóvenes se les permitió bañarse en casa del granjero. Al irse, se dejaron olvidado el jabón, por lo que los niños hacían bromas y decían que si alguien lo usaba se le caerían los dedos.
Emma Steen, contó a un reportero inglés, que encontró algunos autitos de juguete en su patio luego de la invasión. Unos soldados los llevaban consigo y en la retirada se tuvieron que despojar de todo.
La señora Lucy Beck, en un escrito recordatorio sobre las víctimas civiles (Archivo Histórico UK. PPU. Falklands) habla sobre las consecuencias de la guerra, que alcanzan tanto a hombres como mujeres y niños, y el estrés postraumático que ha sido inevitable.
Sostiene que pudieron ser millones las víctimas cuando se comprobó que algunos buques británicos llegaron al área del Atlántico Sur cargando armas nucleares.
La presencia de estas armas se confirmó en 2003, después de la presión que ejerció The Guardian sobre el Ministerio De Defensa.
La versión señaló que fue accidental porque no hubo tiempo de descargarlas antes de zarpar, pero la Historia Oficial de la Guerra, escrita por Lawrence Freedman, asegura que fue intencional, en caso que el conflicto se intensificara y Rusia interviniera a favor de Argentina.
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Vista de columnas de humo luego de los bombardeos ingleses, en primer plano, el hospital civil de Puerto Argentino, junio 1982
El libro de John Folwer sobre la guerra, 1982- Días Difíciles en Malvinas, es sobre todo humano. Narra el alivio que sintió cuando derribaron un avión argentino, y la pena que no pudo evitar porque pasó tan bajo por su patio que pudo ver la cara del piloto.
Este es un relato en primera persona de cómo era vivir en uno de los lugares más pacíficos del mundo, las Islas Malvinas, cuando de repente, hace casi cuarenta años, se convirtió en escenario de un sangriento conflicto entre las fuerzas armadas de Argentina y Gran Bretaña.
Este libro revela una serie de anécdotas, cada una de las cuales propone una pregunta diferente: algunas difíciles de responder, algunas graciosas y algunas simplemente desconcertantes. John Fowler era en ese momento Superintendente de Educación del Gobierno de las Islas Malvinas y fue en su casa donde ocurrieron las únicas muertes civiles de la guerra.
Fowler cuenta la anécdota de una niña que interroga a su padre ante el paso de soldados argentinos, y demuestra la brecha abierta en el corazón de los isleños:
-¿Papa, son hombres malos?
– Bueno, no conocemos a ninguno de ellos, así que es difícil contestarte. Puede ser que no nos guste lo que están haciendo, pero eso no significa que sean todos malos. Puede ser que tampoco les guste estar aquí, pero deben obedecer órdenes. Simplemente no sabemos, unos pueden ser malos, pero otros pueden ser muy buenos.
– Entonces, papa, ¿porque nadie los quiere?
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El libro de Lisa Watson sobre sus vivencias en la guerra como una niña de doce años
Respecto de las muertes civiles en la casa de los Fowler, Lucy Beck, isleña, guarda todos los recortes de la época de la guerra, porque siempre tuvo la intención de escribir una historia que contara sobre los muertos civiles durante el conflicto de 1982, según le contó al medio británico The Guardian.
Revisa sus recortes, piensa en lo que escribirá, y llega al punto sobre el que aun hoy hay desconocimiento y poca difusión. Muchos civiles han muertos en las guerras del siglo XX, civiles de los que nunca se recuerdan sus nombres.
No se entierran en filas ordenadas como los muertos militares, ni son atendidos por la Comisión de Tumbas de Guerra del Commonwealth, dice.
En las islas, murieron tres mujeres civiles, y esta vez, si se conocen sus nombres: Susan Whitley, Doreen Bonner y Mary Goodwin. Las tres murieron durante un bombardeo por el propio fuego amigo británico. Se habían refugiado en una casa durante un ataque a Stanley.
Los nombres de estas mujeres no aparecen en el Memorial de Saint Paul, pero son recordadas en el Memorial de la Capilla de Malvinas en Pangbourne, frente al pequeño cementerio de San Carlos, donde descansan los muertos ingleses en combate.
También se las homenajea en el Monumento a la Liberación frente a la secretaria de Stanley. Las recuerda SAMA, la organización de la Medalla del Atlántico Sur. Y en la página web el Ministerio de Defensa, hay un cuadro de Honor en memoria de las tres mujeres.
Pero Lucy cuestiona la inclusión de civiles en un homenaje militar, porque sostiene con vehemencia que ellas no eran militares y no optaron por morir en la guerra.
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El memorial para Susan Whitley, Doreen Bonner y Mary Goodwin. Las tres murieron durante un bombardeo por el propio fuego amigo británico. Se habían refugiado en una casa durante un ataque a Stanley
Susan Whitley era profesora de economía doméstica, y en una exposición anual que se realiza en las Islas se exhiben sus obras, sus artesanías y bordados. Se creó un fondo fiduciario para educar niños y niñas de las islas en estas artes, y el fondo lleva su nombre.
Lucy agrega que siete mujeres más murieron en la postguerra, como consecuencia de accidentes provocados en las rutas deterioradas y por la explosión de las minas antipersonales, hoy ya removidas.
Verónica Fowler, tal su apellido de casada durante la guerra, esposa de John, nos envió su diario de guerra. El lugar de la casa que más se identificaba con ella era la sala estilo Laura Ashley; era su reflejo más íntimo. Era el lugar central de la casa y el más seguro -según su marido- para construir un refugio.
Verónica escribió, inmediatamente después del 14 de junio de 1982, lo que ella misma llamo “el cuento de un ama de casa”
“De las muchas indignidades e ignominias sufridas durante esta pequeña guerra podrida”, empezó. La rabia de ver su vida patas arriba. La rabia de ver desmantelar su comedor, celosamente decorado, único lugar de la casa que la reflejaba, para convertirlo en refugio por una guerra.
Había internalizado la idea de su marido de que, si la guerra se prolongaba, se haría callejera, cuerpo a cuerpo, no habría balas perdidas, los matarían a todos y había que evitarlo.
A pesar del dolor por su comedor canibalizado, vuelto refugio, Verónica entendía las razones de John para construirlo. Los días de guerra provocaban angustia, estaban muertos de miedo.
Algunas personas cavaban refugios dentro de sus casas.Pero la casa de Verónica tenía piso de concreto, así que la sala era la mejor opción.
Las dimensiones eran de seis metros por dos, medidas habían sido dictadas no por comodidad de la estancia, sino por las palaciegas dimensiones del aparador Victoriano que otrora guardaba cubertería, mantelería de lino y cristalería.
Esa pieza, cuidadosamente tallada y pulida, se vio despojada de sus tesoros para rellenarla con ropa y libros y convertirla así en la pared principal de contención del refugio.
Las tres paredes restantes fueron revestidas con cajas de té y de Johnny Walker llenas de turba, el techo cubierto con tablones, colchones, almohadones y todo protegido con una gran lona.
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Verónica Fowler en la portada de un diario de 1982: «Bebé que sobrevivió a la explosión de Port Stanley», decía el titular
Verónica había sido un bebé de la Segunda Guerra Mundial, creció jugando en refugios antiaéreos abandonados, conocía bien su humedad, el olor a orina de gato, su oscuridad.
Consiguió que John la dejara dormir con la cabeza hacia afuera de la pequeña abertura que quedaba. La noche que la marina de guerra británica bombardeo su casa, había perdido la batalla con John por dormir con la cabeza fuera. Al momento que aterrizo la primera bomba, ella, John y los niños dormían como bebes.
Esa primera detonación rompió todos los vidrios del comedor y de la terraza de invierno, Verónica estaba segura de que la casa se había mecido sobre sus cimientos cuando reviso el daño.
Se sintió defraudada, John le había prometido que la inteligencia militar poseía la tecnología necesaria para detectar una pelota de golf en el césped. Y ella le había creído. Como también le creyó, que una línea de ropa colgada, era una prueba positiva de existencia humana. En la guerra, no hay pelotitas del golf detectadas en el césped y las líneas de ropa no parecieron ser visibles pruebas de civiles esa noche.
A veces durante la guerra Verónica se preguntaba mirando al cielo: “¿Dónde está el dueño del telescopio que ve que estamos aquí? ¡Olvídense de las pelotas de golf! ¡Estamos aquí!”. Hasta que cayó en la cuenta de que el gran telescopio que imaginaba no encontró la pelotita, y les habían bombardeado el jardín.
Los bebes, después de la primera bomba, quedaron durmiendo en el refugio. Los demás hicieron lo que hace todo británico: se fueron a la cocina a tomar un té.
Las tres civiles muertas en la guerra, luego de la segunda bomba, refugiadas con ellos, cayeron por el fuego amigo del HMS Avenger, esa noche de junio.
Historias de las misiones de las Fuerzas Especiales en la Guerra de Malvinas

En Malvinas, existió un grupo de hombres que llegó primero y que fue el último en retirarse. Un grupo de hombres especialmente entrenado, con conocimientos de francotiradores, paracaidismo, manejo de explosivos e inteligencia militar, entre muchas otras técnicas de combate.
¿Quiénes fueron? Los miembros de las Fuerzas Especiales.
Estas tropas de élite participaron de los momentos más importantes de la contienda: desde el desembarco el 2 de abril hasta los últimos combates que marcaron el fin de la guerra. En un nuevo video de DEF en YouTube,
Patricia Fernández Mainardi presenta algunas historias de las muchas que hay sobre aquellos días.
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Mauricio Fernández Funes participó de la guerra de Malvinas como comando. En ese entonces, era capitán y formaba parte de la Compañía 602.
Comandos, grupo de operaciones especiales y buzos tácticos
Cada una de las Fuerzas Armadas tiene su tropa de élite. Puntualmente en Malvinas, participaron, por el Ejército, los Comandos; por la Fuerza Aérea, el Grupo de Operaciones Especiales; y, por la Armada, los Comandos anfibios y los buzos tácticos.
Hacia finales de marzo de 1982, la operación para recuperar las Malvinas era secreta y solo aquellos que participaron comenzaban a tomar conocimiento.
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Fernández Funes recuerda como la noche más dramática aquella del 10 de junio de 1982.
El plan indicaba que debían desembarcar en las playas lindantes a Puerto Argentino, tomar la gobernación de las islas y lograr la rendición de la guarnición militar local, con la consigna de no producir bajas a los británicos.
El capitán de navío retirado Bernardo Schweizer, en ese entonces, era teniente de corbeta y tenía 24 años. Él, junto al cabo principal Sequeira, fueron los primeros argentinos que desembarcaron en Malvinas ese 2 de abril. “La navegación fue muy demorada, muy dificultosa.
Pero, de cualquier manera, llegamos a un punto en el que yo, con el único visor nocturno que teníamos, vi la línea de olas adelante, a unos 100 metros, y decidí pasar al kayak, junto a Carlos Sequeira”, comenta y agrega que pensó que “por una bengala” había sido descubierto.
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El Grupo de Operaciones Especiales, el 2 de abril, con una bandera inglesa en su poder.
“La técnica en esa circunstancia es agacharse, ofrecer la menor silueta; los dos nos tiramos hacia delante sentados, digamos, doblando el torso, y yo continué mirando a ver de dónde podían venir los tiros, porque a partir de eso era cuestión de segundos, pero no pasó nada”, dice y explica que intentó llegar a las playas con mayor rapidez para evitar otra situación así: “En ese momento dije: ‘Mejor llegar vivo, antes que llegar muerto y tarde’”.
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Integrantes del GOE controlando prisioneros británicos antes de salir de Malvinas para el continente.
Malvinas: Los comandos y la noche del 10 de junio
Mauricio Fernández Funes participó de la guerra de Malvinas como comando. En ese entonces, era capitán y formaba parte de la Compañía 602: “El momento más difícil y más duro fue la noche del 10 de junio. Habíamos salido temprano de nuestra base en Puerto Argentino, con las últimas luces, y ya en horas de oscuridad, habíamos dispuesto una emboscada sobre estribaciones del cerro Dos Hermanas, que es por donde se producía la llegada de aproximación de las tropas británicas”.
Fernández Funes agrega que, en aquella jornada, él y sus compañeros tuvieron una situación de combate directo con ingleses que habían entrado hasta su misma posición. En esa noche, murieron Mario “Perro” Cisnero y Ramón Acosta, que era un comando de Gendarmería, del escuadrón Alacrán, que se había sumado a las Compañías de Comandos 601 y 602.
“Más allá de la intensidad del fuego, que era realmente enorme, la única manera que encontramos de desprendernos fue que la artillería tirara sobre nosotros. Así que el bombardeo, que era permanente a las noches, el bombardeo naval particularmente lo sentíamos próximo, esa noche lo sentíamos sobre nuestras cabezas”, recuerda Funes.
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Integrantes del GOE en la mañana del 2 de abril. En la foto aparece el primer teniente José Luis Castagnari, caído en combate el 29 de Mayo durante un bombardeo nocturno.
El trabajo del GOE en Malvinas
Como parte del ejercicio de mantener la memoria viva, el hoy brigadier mayor retirado Ernesto Osvaldo París se encuentra escribiendo un libro sobre la participación del Grupo de Operaciones Especiales de la Fuerza Aérea en la guerra.
En aquel entonces, tenía 26 años y el grado de teniente cuando, el 29 de marzo, el jefe del GOE le comunicó a él y a otros 28 efectivos que participarían de una misión secreta en el sur. Un dato: hasta ese día, ellos pensaban que se trataba de un ejercicio y no sabían que era una operación real.
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El veterano de Guerra de Malvinas, Mauricio Fernández Funes, en la actualidad.
Llegaron el 2 de abril, en el primer vuelo argentino que aterrizó en las islas Malvinas. “Cuando el Hércules comenzó a llegar y a estar muy cerca de las islas Malvinas, el comandante de la aeronave se encontró con una dificultad: la pista estaba obstaculizada por una serie de maquinarias y viales”, recuerda París y comenta que, cuando la aeronave tocó tierra, bajó la rampa de lanzamiento y los 29 comandos del GOE eran los primeros con la misión de descender.
En Malvinas, el GOE realizó múltiples tareas. Teniendo en cuenta su preparación, por ejemplo, en una oportunidad se desplazaron a la isla Soledad para hacer exploración y reconocimiento con el objetivo de conocer los movimientos británicos tras el desembarco.
En esa batalla, también cayó uno de los miembros del GOE: el capitán post mortem Luis Castagnari. El 29 de mayo, una aeronave se preparaba para aterrizar y el GOE iba a apoyar esta acción. Pero el fuego de una fragata inglesa no lo permitió.
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El veterano de Guerra de Malvinas, Ernesto París, en la actualidad.
“Todos los que participamos en Malvinas entregamos todo, sin pedir nada a cambio, y, si era necesario, dimos la vida, como nuestros 649 héroes. Cincuenta y cinco héroes de la Fuerza Aérea Argentina, donde está incluido un hombre que perdimos nosotros, como fue el primer teniente (Luis) Castagnari”, dice el entonces teniente.
París concluye: “La guerra es horrenda, se ven las miserias humanas, pero también se ve lo que el ser humano saca de su interior para poder ayudar y cumplir con los objetivos que se tienen que cumplir cuando, en este caso, había que realizar todas estas cosas y recuperar nuestras islas Malvinas”. Tras la rendición, París permaneció como prisionero. En total, estuvo 104 días en las islas y regresó al continente el 14 de julio de 1982.
Historias y hazañas de los helicopteristas del Ejército Argentino en Malvinas
En Malvinas, participaron miles de efectivos del Ejército Argentino y, en ese contexto, sus helicopteristas tuvieron un rol clave: fueron los encargados de transportar armamento, tropas y municiones.
Estas misiones los encontraron volando con valor a lo largo y ancho de las islas, a pesar del riesgo de ser encontrados por las patrullas aéreas británicas. En un nuevo video de DEF, Patricia Fernández Mainardi repasa el trabajo y las hazañas de las tripulaciones de los helicópteros de la aviación de Ejército en Malvinas.

Un poco de historia
Después de la Segunda Guerra Mundial, los helicópteros se posicionaron como aeronaves versátiles que ofrecían mayores posibilidades de maniobra. En la guerra de Malvinas, la Aviación de Ejército desplegó más de 20 aeronaves: los helicópteros UH-1H, los A-109 Augusta, los Puma y los Chinook. En aquella oportunidad, las tripulaciones volaron cerca de 1500 horas sin la cobertura aérea necesaria que requiere este tipo de vuelos.
“Los helicópteros son aeronaves muy vulnerables a los ataques aéreos, son muy fácilmente detectables y, digamos, son blancos fáciles para los aviones. Entonces, es importante tener cobertura aérea. Por aquellos días, eso era muy difícil porque la Fuerza Aérea, si bien se llenó de gloria y la Aviación Naval también, tenían sobre el Teatro (de Operaciones) muy poco tiempo de vuelo, pocos minutos”, explica el Veterano de Guerra de Malvinas, Horacio Sánchez Mariño.
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Las misiones llevadas adelante por los helicopteristas de Aviación de Ejército los encontraron volando con valor a lo largo y ancho de las islas
El ataque del 30 de mayo de 1982
Los helicópteros del Ejército volaron desde el inicio hasta el final de la guerra. Cuando los combates se incrementaron, rescataron a las tropas y transportaron a los heridos. En 1982, el teniente coronel retirado Pedro Obregón participó de Malvinas con el grado de capitán.
Por entonces, Obregón volaba los helicópteros Chinook y Puma.
El 30 de mayo de 1982 por la mañana, él y su tripulación, entre la que se encontraba el cabo primero Alfredo Romero, recibieron la misión de trasladar a efectivos del Escuadrón Alacrán de Gendarmería. Horas más tarde, a la altura del Monte Kent, todos ellos recibirían un ataque.
Cuenta Obregón que tras aquella situación, el helicóptero cayó, y él -junto el resto de la tripulación- debieron evacuar rápidamente la aeronave. “Una vez que el fuego consumió el helicóptero y empezó a explotar toda la munición que había y llegó un poco la calma, ahí dijimos “¿qué hacemos?”.
Entonces, agarré a una parte de los que nos salvamos del crush y salimos para el lado del este”, cuenta y agrega que así fue como atravesaron varios kilómetros atravesando campos minados hasta llegar a ponerse a resguardo.
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En la guerra de Malvinas, la Aviación de Ejército desplegó más de 20 aeronaves: los helicópteros UH-1H, los A-109 Augusta, los Puma y los Chinook
Cuenta Obregón que, en las islas, uno de los efectivos que transportaba llegó a comunicarle que el desperfecto había sido ocasionado por el impacto de un misil inglés. Años más tarde, los británicos lo confirmaron.
Las hazañas de los helicopteristas del Ejército que cayeron en Malvinas fueron tan grandes que su legado sigue vivo en las nuevas generaciones. Un dato: el helipuerto presidencial que está en la Casa Rosada lleva el nombre del “Teniente primero Roberto Mario Fiorito”, piloto que fue derribado el 9 de mayo de 1982, en una misión de rescate de los náufragos del pesquero argentino “Narwal”.
Fiorito participaba de esa misión junto a el teniente primero Juan Carlos Buschiazzo y el sargento mecánico de aviación Raúl Horacio Dimotta. Todos héroes de Malvinas.
La guerra del fin del mundo

Las cruces del cementerio de Darwin donde están enterrados los soldados argentinos fallecidos en la guerra de las Malvinas.
La guerra de las Malvinas representó un triste, trágico y lamentable error de cálculo de la Junta Militar argentina, asesina y agonizante, que creyó que iba a encender la llama del orgullo nacional y mantenerse en el poder recuperando un territorio perdido en el Atlántico Sur que el Reino Unido administra desde 1833.
La guerra empezó el 2 de abril de 1982, cuando 200 soldados argentinos desembarcaron en el archipiélago austral, y acabó el 14 de junio, con la rendición del Gobierno de Buenos Aires, 900 muertos después (258 británicos y 649 argentinos).
El presidente Leopoldo Fortunato Galtieri, que murió en 2003 cuando esperaba a ser juzgado por crímenes de lesa humanidad, pensó que Margaret Thatcher iba a negociar sobre los hechos consumados.
Que el apodo de la primera ministra británica fuese la Dama de Hierro tal vez debería haberle dado alguna pista al iluminado militar golpista.
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Una estampita de la Virgen María y el Niño Jesús en un fusil argentino, arrojado a una pila de armamento entregado por soldados luego del cese de fuego el 14 de junio de 1982
Su error representó el principio del final de la Junta Militar y una especie de renacimiento para las Malvinas, que entonces contaban con apenas mil habitantes, una población que se ha doblado, gracias a las ayudas británicas.
Al despertarse con la noticia de la invasión, el 3 de abril, la mayoría de los británicos descubrieron solo entonces que aquellas tierras desarboladas y barridas por el viento (un archipiélago de 760 islas, la mayoría deshabitadas) no estaban en Escocia, sino a 500 kilómetros de las costas argentinas y a 12.000 de la metrópoli.
Tras un intenso debate en su Gabinete, con el apoyo de los militares, Thatcher decidió por motivos más patrióticos que geoestratégicos enviar a la flota británica y a tropas de élite a recuperar las islas.
Ella también necesitaba un chute de nacionalismo con el Reino Unido acosado por la crisis económica y nunca recuperado moralmente de la pérdida de su imperio colonial.
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Un helicóptero Sea King HC4 del Escuadrón Naval Aéreo despega con comandos de la Compañía J de los Royal Marines desde San Carlos a Darwin el 28 de mayo de 1982. En la noche lanzaron el ataque contra las unidades argentinas en Darwin y Goose Green.
Aunque se habla desde hace décadas de posibles bolsas de petróleo, el valor de las Malvinas (más allá de la lana) es ahora como entonces el orgullo patriótico.
Como relata la investigación que realizó The Sunday Times poco después del final del conflicto, un apasionante trabajo periodístico editado como libro bajo el título La guerra de las Malvinas, “las fuerzas británicas que ofrecieron resistencia inmediata a la invasión argentina constaban de dos personas: los marines Roderick Wilcox y Leslie Milne, ambos escoceses”.
Lo nutrido de la guarnición en la isla (68 militares), pese a las constantes reivindicaciones argentinas, refleja la importancia real que los británicos concedían a aquel territorio.
El escritor Jorge Luis Borges lo resumió con certera ironía cuando le preguntaron sobre la guerra: “Son dos calvos peleando por un peine”.
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Prisioneros argentinos capturados en Tumbledown caminan bajo vigilancia. En el combate del 28 de mayo participaron alrededor de 600 hombres del 2º Batallón del Regimiento de Paracaidistas
Desde el momento en que la primera ministra tomó la decisión de recuperar las islas, la derrota argentina era solo una cuestión de tiempo.
Dos factores inclinaban la balanza a favor de los británicos. El primero es que el Reino Unido contaba con tres submarinos atómicos, que desplegó en el Atlántico Sur.
Uno de ellos hundió el 2 de mayo el crucero General Belgrano, matando a 323 de sus 1.093 marineros.

Una foto publicada el 27 de mayo de 1982 por el Ministerio de Defensa británico muestra cómo sus armeros preparan bombas para utilizarlas como parte de sus cometidos a bordo del HMS Hermes durante la crisis de las Malvinas. Londres admitió el 6 de diciembre de 2003 que los buques de guerra británicos durante la guerra de 1982 llevaron cargas de profundidad nuclear a una zona de exclusión alrededor de las Malvinas, pero no al área territorial de la isla.
La incapacidad para detectar, y mucho menos inutilizar, los submarinos ingleses obligó a la flota argentina a replegarse a aguas poco profundas. Los combates marítimos continuaron, y la aviación argentina hundió el destructor Sheffield y tocó el portaaviones Invincible, pero la guerra se jugaba en tierra.
Y ahí también tenían las de perder: Argentina movilizó a soldados de reemplazo, en su inmensa mayoría jóvenes de veintipocos años sin experiencia, mientras que Londres envió a soldados profesionales.
Las tropas argentinas pasaron frío y hambre en las trincheras, y eran sistemáticamente maltratados por sus mandos.
Aun así, los combates fueron feroces y la resistencia enorme; pero la batalla de la Pradera del Ganso, entre el 27 y el 29 de mayo, terminó de inclinar la balanza a favor de los británicos.

Incendio del destructor británico HMS Sheffield tras recibir el impacto de un misil Exocet lanzado por el ejército argentino.
El escritor argentino Rodolfo Fogwill escribió en la semana final de la guerra la obra maestra sobre el conflicto, Los pichiciegos (Periférica), que relata la historia de un grupo de soldados que se esconden para no combatir.
El libro surgió como respuesta a la atronadora propaganda que pretendía convertir el conflicto en una causa nacional en medio de los delirios patrióticos.
“Ni la imagen de decenas de ingleses violetas flotando congelados, que de alguna manera me alegraba, pudo atenuar el espanto que me provocaba el veneno mediático inoculado a mi familia”, explicó el escritor, fallecido en 2010.
El espanto de la realidad se impuso sobre las mentiras de la Junta Militar que lanzó una guerra que nunca pudo ganar y que pagaron soldados adolescentes enviados a morir por delirios de grandeza de unos golpistas aferrados al poder. Una historia triste.
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