Gracias por su visita: identidad, historia y resistencia en las servilletas y sus bares …
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El Confidencial(L.Franco)/Madrid No Frills(L.Pattem)/timeout.es(D.Farrán de Mora)/ABC(B.Pardo) — Necesitas al menos cinco para comerte la tapa que te dieron gratis con tu caña, y otras tres para limpiar la condensación acumulada justo en el punto de la barra donde vas a apoyar el codo. Luego, necesitas una más para añadirla a la colección que tienes en casa. Estoy hablando de las servilletas de toda la vida.
La servilleta de bar de toda la vida es un elemento recurrente en la vida de cualquier persona en España, y se ha convertido en un objeto coleccionable, libre de culpas, para la gente obsesionada con los bares de siempre, como yo. A lo largo de los últimos años las he ido cogiendo poco a poco en los bares de Madrid. Pero no elijo cualquier servilleta, sino que tengo una regla: debe contener la marca del propio bar, algo que es cada vez más difícil de conseguir.

El coste de 12.000 servilletas es tan solo de 25 euros, pero son gratuitas cuando las recibes de una compañía que imprime su propia marca sobre ellas, como lo hacen, por ejemplo, las agencias inmobiliarias. Para algunos bares el ahorro es considerable, pero me pregunto si son conscientes del “caballo de Troya” que supone esta táctica.

Los bares de toda la vida son soldados ocultos de la resistencia contra la gentrificación y el hipercapitalismo de nuestros barrios. Son refugios comunitarios con comida asequible, sin pretensión alguna y con décadas de historia; de modo que duele encontrar en estos lugares servilletas con el sello de otras empresas que quieren hacer que los locales de siempre sean inaccesibles económicamente para sus inquilinos.
Los bares que conservan sus marcas individuales en las servilletas hacen toda una declaración de intenciones sobre su resiliencia, y son de una estética valiosa para nuestros barrios, ciudades y para todo el país. ¡Que viva la servilleta de toda la vida!

La historia de los bares de toda la vida de los barrios de Madrid se puede contar a través de sus servilletas. Estos pequeños trozos de papel se han convertido en todo un icono de autenticidad ligado a la hostelería tradicional española.
Sí, son las mismas que, usadas de una en una, no siempre limpian tanto como uno desearía. Cumplen, sin embargo, una función mucho más importante que dejar mesas y manos impolutas: desde tiempos inmemoriales, han sido unas extraordinarias vallas de publicidad para los establecimientos de toda la vida.
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Tanto es así que, aun hoy, no hay bar que se precie de serlo sin su servilleta con un dibujo característico y personalizado. Tiene sentido. Mucho antes de que el mundo se llenara de gurús de la publicidad, los hosteleros madrileños ya sabían que una buena imagen lo es todo.
Esto es exactamente lo que explica Alejandro Villalba, encargado desde hace ocho años del bar Paraíso del Jamón, en el céntrico barrio de San Bernardo. “Es muy importante que la servilleta venga personalizada. Es algo característico de los bares de siempre, les da autenticidad”, asegura.

Habitualmente, los bares aprovechan el espacio publicitario que les otorga la servilleta para poner su dirección, su teléfono de contacto y su logo.
Pero esto es solo el principio. Hay quien se pone creativo y apura el papel para poner frases inspiradoras, versos o algún eslogan ocurrente. Todo vale para destacar.
Desde que el Paraíso del Jamón abrió sus puertas hace 40 años, el diseño de sus servilletas no han cambiado: una casa que da sensación de hospitalidad, una palmera y un sol de fondo que remiten a la idea del paraíso que da nombre al lugar y, en el centro de la imagen, por supuesto, una imponente pata de jamón.

Abajo, las direcciones de los locales con que cuentan en Madrid. El mensaje es directo, sencillo y claro, y no requiere desde luego de ningún intrincado estudio de semiótica para llegar al cliente. Son un éxito. Cada mes, el local pide una caja con 10.000 servilletas.
Las servilletas han ido evolucionando a lo largo del tiempo. Antes de los años 2000, explica Juan José Sánchez, gerente del portal Tuservilleta.com y auténtico experto en la materia, era común presentarlas en servilleteros planos de los que salían en zigzag.
Hoy, este tipo de servilletero es una excepción, aunque restaurantes como el mítico El Brillante, en mitad de Atocha, todavía lo conservan. “Los mejores calamares de Madrid”, se puede leer en sus servilletas, en las que aparece además un panadero que lleva en la mano unos churros. “Fabricación propia de Churros y Porras”, reza.
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Estas se han ido sustituyendo por el miniservice, los servilleteros con forma de cubo que se pueden encontrar en la mayoría de establecimientos, Paraíso del Jamón incluido. “Con la pandemia, las servilletas se prohibieron y dejamos de vender mucho, pero ahora han vuelto los pedidos”, afirma Sánchez, que vende servilletas a 3.000 bares.
Con unas medidas de 17 centímetros por 17 centímetros, la mayoría están hechas de sulfito o tissú (estas últimas son algo más suaves que las de sulfito), y su precio ronda los 25 euros por cada 12.000 servilletas, lo que significa que cada una de ellas cuesta 0,002 euros.
Pero las servilletas no son una cosa exclusiva de los bares. Sánchez cuenta que cada vez más inmobiliarias y clínicas dentales lo contratan para producir servilletas con el logo de estas empresas. Estas, a su vez, las regalan a los bares que tienen cerca para hacerse publicidad. Unos se ahorran el gasto en este material y otros ganan un lugar más donde promocionarse.
El modo en que lo hacen consiste en proporcionar al bar, por ejemplo, una caja con 4.000 pequeñas servilletas. Esto permite a estos negocios volver pronto al bar y seguir cultivando su relación con el tendero. En torno a las servilletas gira todo un entramado de relaciones públicas entre negocios de toda índole.
Existen cientos de tipos de servilletas y su precio es igual de variado, aunque todas valen menos de un céntimo: no hay moneda lo suficientemente pequeña para comprar una sola. Las más baratas son las que ponen: “Gracias por su visita”: las piden los bares más humildes.
Los restaurantes y bares que ponen sus logos por prestigio y publicidad pagan un coste mayor. Por ejemplo, la del Bar la Gloria, en el céntrico barrio de Malasaña, tiene la cara de Gloria, la abuela de Sol Pérez-Fragero, la actual dueña, y un texto: “Desde el 2013 limpiándose el bigote con nosotros”.
Pérez-Fragero explica que este tipo de detalles definen su bar como un clásico del barrio. “Esa tinta azul sobre una servilleta de una sola capa me traslada en el tiempo a los bares entrañables, para nosotros era muy importante que el bar tuviera este tipo de servilletas, te aseguras tu público”, explica.

Después de la crisis sanitaria, muchos bares tradicionales no pudieron resistir y cerraron. Con ellos, se fueron también sus servilletas, lo que convierte a las que quedan en objetos preciados. Algunos consumidores se las llevan para guardar la dirección del bar y poder volver; otros lo hacen como recuerdo de una cita importante; y hay quien directamente las colecciona, como el fotógrafo madrileño Felipe Hernández, que, fascinado por su estética, es dueño de la cuenta de Instagram Servilletas.
Otra gran amante de la belleza de estas servilletas míticas es Leah Pattem, que a través de sus fotografías ha hecho una radiografía de bares de toda la vida. Es además la autora del blog Madrid No Frills (Madrid Sin Adornos), y explica que no se siente sola en su fascinación por estos cortes de papel. “Son un deleite para todos los madrileños cuando están dentro de un bar de toda la vida”, asegura.
Tras hacer una serie fotográfica de los 100 bares más míticos de Madrid, decidió seguir indagando en el tema y, pronto, se topó con las servilletas. “Es una forma más de mostrar cómo la gentrificación y la burbuja del alquiler está acabando con los comercios de los barrios”, afirma Patterm.

Por ejemplo, una de sus servilletas favoritas son las de la Cafetería Dos Passos, que pertenece al último bar de toda la vida de la calle Pez, en Malasaña. Es la misma calle donde estaban antiguamente El Palentino y el Pez Gordo. “Las servilletas de Dos Passos están adornadas con su logo: un café humeante colocado en las páginas de un cuaderno abierto con una pluma al lado. Es hermoso”, asegura Patterm.
Patterm, en colaboración con Madrid Secreto, han creado una serie de videos y reportajes que llevan por nombre Madrid Tal Cual. Estos toman las historias escritas en inglés de Pattem y las transforma en videos. “En busca de la esencia de Madrid nos topamos con su blog y nos encantó”, afirma Lucía Mos, redactora ejecutiva del medio hiperlocal Madrid Secreto. “He aprendido a mirar las servilletas con otros ojos, son pequeñas obras de arte”.
Ahora cada vez que Mos va a un bar, mira estos pequeños pedazos de papel con cariño: sabe que con ellas desaparece un símbolo del Madrid de siempre.

Los bares más castizos de Madrid, son locales en serio peligro de extinción, pero todavía brillan en Madrid como pequeñas joyas de una ciudad que se gentrifica por momentos.
Son los llamados bares castizos, que anclados en el costumbrismo, nos recuerdan tiempos en los que la hostelería tenía otro ritmo.
Camareros uniformados, con oficio, expertos en el arte de servir (e incluso deliciosamente serviles), decoración austera que hoy en día es verdadero diseño de interior, viandas de cocina demodé extrema, resabios del siglo XX en cada rincón, y un ambiente cañí, castizo y genuinamente español hacen de estos singulares bares una seña de identidad de la marca España.
De hecho, son los favoritos del turismo más enterado.
En esta categoría no caben los toques foodie, ni culturetas, ni pop, ni otras ‘moderneces’.
Por eso los bares castizos de los barrios del centro, que han sido traspasados a ‘modernos’ (por jubilación o por la subida brutal de los alquileres) y que aunque ‘medio mantienen’ ese peculiar tamiz castizo, sirven ceviches, baos y demás delicias gastro dictadas por el ‘instachef’, quedan definitiva y positivamente fuera de esta terna.
Lo castizo es 100% ‘vieja escuela’.

Leah Pattem, periodista, fotógrafa y defensora de los bares de toda la vida escribía: » …Siempre he creído que los bares de toda la vida son lugares inspiradores. Son puertas de entrada al Madrid obrero, al alma migrante y también son involuntariamente bonitos, tal y como lo es la ciudad.
También son el lugar en que nació mi blog, Madrid No Frills, mientras yo estaba en la barra con una caña y una tapa y escuchando la historia del dueño.
Desde los años cincuenta, ciudades como Madrid o Barcelona experimentaron un fenómeno migratorio masivo desde los pueblos de interior a sus periferias. Los setenta y los ochenta son una época excitante en España, pero sobre todo en Madrid.
Las estaciones de tren se llenaron de españoles jóvenes y optimistas que pisaban la capital por primera vez. Me pregunto si estos jóvenes pensaban, mientras bajaban las maletas del tren, que eran ellos quienes forjarían la personalidad moderna de Madrid.
Extremeños, andaluces, gallegos, asturianos armados con valiosas habilidades manuales construyeron los cimientos de la ciudad que conocemos hoy: la infraestructura, las fábricas, las tiendas locales y los bares de toda la vida. Todo esto llegó gracias a los inmigrantes españoles, gracias a quienes podemos disfrutar de los rincones culinarios de todo el país sin salir de Madrid, simplemente tapeando por los pequeños bares de barrio de la ciudad.
Con el paso de los años, he reunido una vasta colección de fotografías y de historias, pero hay algo nuevo que escucho una y otra vez de parte de los dueños de estos bares: los clientes están disminuyendo. Esta disminución de la clientela está profundamente conectada con el desmantelamiento de las redes vecinales y, consecuentemente, con los altos precios de los alquileres en nuestra ciudad.
Recientemente, debido al cierre forzoso de todos los bares durante el confinamiento y el golpe económico que la crisis pandémica ha supuesto, se estima que hasta 60.000 negocios hosteleros han cerrado en el último año, según Hostelería de España.
Los que se mantienen abiertos siguen sirviendo cañas y tapas en una ciudad en la que, sin lugar a duda, las probabilidades de seguir abiertos están en su contra. Pero, mientras sigamos visitando los bares de toda la vida,–los soldados de la resistencia a la gentrificación–, estos seguirán viviendo, al igual que el alma de Madrid.

Espejismos y esperanzas en el Madrid de los bares
Quedan lejos las promesas de futuro. Ya vivimos como si todo fuera de prestado en este mundo incierto. Apuramos cada cerveza con la sospecha de que pudiera ser la última en mucho tiempo, igual que nos despedimos como si siempre nos fuéramos muy lejos. Habitamos últimamente un carpe diem incómodo, un fin de año en bucle: nos persigue la sensación de que esto acabará de un momento a otro, y de que hay que agarrarse a los minutos de descuento.
Un poco así, también, sobreviven los bares, testigos directos de una realidad enrarecida por la pandemia, sacudida por la economía y los pulmones rotos. En sus mesas se refleja la ciudad extraña, esa que bascula entre estampas fantasmales y espejismos de la vieja normalidad, entre el murmullo festivo y el silencio de la ausencia. Allí se acumulan las historias, las ruinas y la esperanza. El miedo al largo invierno, al abismo del mañana. Solo hay que acercarse lo suficiente para ver los matices, para leer el cerco de los vasos. Esto es Madrid de bar en bar.
1. El café y la religión del aperitivo
El día amanece con el primer café. A las siete de la mañana, por ejemplo, con el sol escondido todavía y las campanas de Atocha retumbando fuerte: los techos son demasiado altos para tan poca gente. Falta trasiego, carreras para llegar a alguna parte, ajetreo para llenar el aire, desayunos para llevar.
Deni, responsable de la cafetería La Estación, confirma que apenas están facturando un tercio de lo normal, y que la mitad de la plantilla (once personas) está en ERTE, como tantas otras. Una joven desayuna en una mesa. Es la única del local. La locomotora no funciona.
Fuera, cruzando la carretera, un camarero empieza a montar la terraza de El Brillante con el termómetro por debajo de los diez grados. Declina octubre, la brisa rasca en la cara y seca los labios. En la puerta, el cartelón mítico de neón azul y rojo sigue brillando a modo de anzuelo: tal vez fue eso lo que atrajo aquí a los Clinton en el 97 (un año antes del escándalo Lewinsky), o quizás fue su famoso bocata de calamares, el mejor, dicen, de esta metrópoli sin mar.
En cualquier caso esa luz habla de un pasado amable, cuando su barra (hoy precintada) era un hervidero de gente y de comandas. Sostiene la RAE que un bar es un local en el que las bebidas suelen tomarse de pie, ante el mostrador: qué rápido mueren las definiciones, que rápido nos quedamos sin palabras.
Los montones de servilletas usadas y palillos ya no tapan el suelo, y a los clientes amontonados, que hacían calor, los han sustituido las mesas vacías y limpias y tristes. «Estamos trabajando al mínimo, mi jefe lo abre porque lo abre, pero aquí no hay ganancia. Tenemos algo los fines de semana, pero cuando llegue el frío, la terraza se vaciará. Nosotros vivimos de los turistas, del AVE, y ya no hay nada de eso», lamenta Damián, el encargado.

El drama se repite como un eco por todo el centro. Deudas, puertas cerradas desde marzo, reaperturas tímidas, cuentas delgadas. Ahí va un dato: en la chocolatería San Ginés solían freír unos 80.000 churros al día, ahora no llegan a los 5.000. Eso es la nueva normalidad; el resto es retórica.
***
Son las nueve de la mañana de un viernes gris, casi londinense, y en la Plaza Mayor las terrazas ya están montadas, pero nadie se sienta. Al final alguien pide un café, ese milagro. Es el único cliente del lugar.
—¿Viene aquí habitualmente?
—No, no, para nada. Solo estoy esperando a un cliente —responde, mientras se ajusta la mascarilla con ganas de marcharse o de callarse—.
«Esto es una desolación, parece la plaza de mi pueblo», asevera Fernando, responsable del Magerit, con el tono grave. Madrid, sin turistas, se está transformando de forma improvisada, creando vacíos allí donde reinaba la muchedumbre, dejando un mapa lleno de huecos.
«La Plaza Mayor ha desaparecido y se ha convertido en una calle de paso. Para la gente que vive en la Latina, o en el barrio de las letras, que cruza de un lado a otro. Los sábados y los domingos trabajamos un poquito, y el resto de la semana estamos prácticamente solos.
A las nueve de la noche ya no ves ni un alma», apostilla. Quevedo fue profético: «Y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuese recuerdo de la muerte». No es exagerado.
Ese silencio sepulcral tiene números que lo avalan: una caja en la que entra menos del 80% de lo que debería, una plantilla diezmada, algunos cobrando cada dos meses el ERTE, y otros que llevan noventa días sin ingresar… «Lo más normal sería cerrar, pero si cerramos todos, ¿de qué vamos a comer? Si todo el mundo cierra este país se va a la ruina», remata el hostelero.

La pesadumbre se arrastra hasta Huertas, otro rincón turístico que solo puede mirar atrás, porque enfrente apenas hay nada. El Parnasillo, un decimonónico café de escritores románticos reconvertido en pub internacional, echó el cierre en marzo y no ha vuelto a subir la verja.
Al lado habla Paco, que es portero y lleva casi siete décadas residiendo en la zona: «Esto parece un desierto, y era una colmena. Todos los bares están cerrando. La plaza de Santa Ana es una pena, un desastre. Todo se vende, se alquila.
Si es tuyo el local pues aguantas, pero si no es tuyo pues te vas a Chinchón a por ajos». Antes del adiós, añade: «Habrá que resignarse, ya vendrán tiempos mejores». Sí, ya volverán las oscuras golondrinas…
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En la terraza del Más Corazón, desde la que se ven los añejos cines Doré, hace mucho que se sienta Carlos, con su gorra de abrigo y la mascarilla en la barbilla para aspirar los ducados. Hay vicios que sobreviven a la pandemia, por fortuna.
Él lleva trabajando en el mercado de Antón Martín desde los 13 años, y tiene 69.
Está cansado, pero no de cargar melones.
«Nos vamos a acordar bien de este año… A ver si termina pronto porque estamos hasta los cojones. Los políticos se tiran a matar entre ellos y nosotros a tomar por culo. La gente está harta», denuncia.
En la calle Atocha Jose atiende un bar (el Bar Diego) y resume el mal de tantos locales condenados por la pandemia: «Todo el que no tiene terraza trabaja cuando acaba el verano. Y aquí estamos, sin turistas. El teletrabajo también afecta».
Cerca de allí está el Café Santa Isabel, que tampoco tiene terraza, aunque desde fuera se ven más de la mitad de las mesas ocupadas. Parece un éxito, pero es un espejismo: «Ha sido casualidad, después se vacía. Estamos facturando un 60% menos», explica José Luis, que lleva desde los 17 años (tiene 43) al frente del local.
«Ya solo tengo un empleado a media jornada, y éramos cuatro. En esta zona vivíamos mucho del turismo, porque el Reina Sofía está al lado. Ahora viene la gente del barrio, la de siempre».
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El lema de la resistencia matinal se escucha en el Silma (calle Narváez) poco antes de las dos de la tarde: «Nosotros somos del aperitivo del sábado y el domingo». Lo firman José Luis e Iván, y por eso los fines de semana hay más vida en las calles y algo más de dinero en las cajas. El placer es una religión.
2. Esperanza a la hora de comer
Los sábados aún salimos a comer. Gran ajetreo en Casa Mingo, en el Paseo de la Florida, donde catorce personas esperan su turno, seguramente para pedir su pollo asado y beber unas botellas de sidra. Cruzando el paso de peatones, la terraza de El Piornal respira bien, a pesar de la sombra y el frío recién llegado. «Estamos manteniéndonos.

Con mucha responsabilidad, tratando de dar tranquilidad a los clientes. Esto es una lucha de día a día. La jefa ha mantenido la plantilla como una valiente», celebra Carlos Herrera, uno de los camareros. «Hasta noviembre yo creo que podemos llegar. Y en diciembre, si mejora esto, trabajaremos algo.
La esperanza es que en la próxima primavera estaremos mejor», remacha. Hay fé en Neruda: «No podrán detener la primavera».
Lejos del centro, la vida se abre camino en los barrios, mientras el sol lo permita. «Aquí vienen los clientes de toda la vida. Si antes venían van a seguir viniendo. Si fuéramos un bar del centro, sin turistas, nos afectaría más», comenta Yin al otro lado del Manzanares, mientras atiende el San Pol, un lugar donde los montados tienen tamaño de bocatas y los bocatas tienen tamaño de pecado.
«Estamos facturando menos de lo normal, sobre todo por la noche, porque a las diez no hay casi nadie… Dependemos mucho del sol. Cuando hace sol hay mucha gente y cuando no no hay casi nadie», subraya. Es una certeza pandémica: el hombre no ha logrado dominar la naturaleza. Estamos a la intemperie.
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A unos pasos se encuentra el Juanito y Menganita, un bar que es, también, una historia. La de Vicky, que quince días antes del estado de alarma de marzo firmó un contrato de alquiler por diez años para hacerse con el local que ahora regenta.
«Nos pararon todos los préstamos que teníamos casi concedidos para hacer una pequeña reforma, para arreglar el bar. Y nos quedamos encerrados en casa», recuerda. El encierro lo aprovechó para tapizar sillas y taburetes, coser manteles y diseñar la reforma de la cocina.
Luego, cuando se relajó el estado de alarma, se lanzó al local, que reformó en veinte días. «Me he ido llorando de aquí más de una vez. Por cómo estaba el local, porque no teníamos dinero para todo lo que queríamos hacer. Por desesperación. Pero al final ha salido, ha salido», afirma con una sonrisa que se intuye por debajo de la mascarilla.
El bar tiene una terraza semillena, en la que unos críos celebran su cumpleaños, correteando por aquí y por allá, y varias familias y amigos se dedican a las cañas. Dentro, todos atienden al clásico, que aún va 1-1.
«Creo que el bar ha gustado muchísimo, porque la gente quería algo diferente por esta zona. Pero estamos con mucho miedo. En verano nos fue muy bien por la terraza, pero en cuanto llegue el invierno y se vacíe la terraza va a ser muy duro, muy difícil. Con el 50% de aforo dentro no se sobrevive», asegura. Su preocupación es la de muchos: winter is coming… Ya se ve, de hecho, cómo las mesas que se quedan a la sombra terminan vacías. Nos movemos como lagartos en busca del calor.
Existe una ciudad soleada y otra fantasmal. «Estamos negociando con el Ayuntamiento para poder cerrar la terraza, pero los trámites son muy lentos: tardan tres meses en darnos la licencia. Se nos va a pasar medio invierno sin poder taparnos, y aquí hace mucho frío». La burocracia también es otra historia, pero aburrídisima.
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Pasear por La Latina un fin de semana es como volver al mundo de ayer, el sueño erótico de Zweig. Ni el fútbol ni el frío que se viene vacían las terrazas, llenas de gentes entregadas al arte de la conversación y el alcohol, haciendo la fotosíntesis, pero abrigadas. Esto se escucha en la plaza del Humilladero:
—¿Aguantáis hasta que os eche el invierno?
—No, hasta que nos eche el bar.
Hay gente en Madrid que ya se ha armado de ropas térmicas para resistir en las terrazas, como los últimos de Filipinas, pero en Rusia: defienden el último resquicio de ligereza en estos meses de noticias pesadas, que hacen daño.
La plaza del Cascorro está repleta, como Argumosa, donde siempre cuesta encontrar un sitio para sentarse. Todo parece como antes, salvo que nada es igual. Basta con entrar a los bares sin mesas en la calle y ver las barras en cuarentena, preguntar y escuchar que las cuentas ya no cuadran. La ilusión dura lo que dura el desconocimiento.
Pasear por La Latina un fin de semana es como volver al mundo de ayer

«Antes sacábamos un sueldo para dos personas de mil euros, y ahora saco un sueldo para una persona de media jornada y para mí pues si se puede llegar a 600, pues 600. Y estoy echando muchas más horas, como diez más cada semana», cuenta Ángel, dueño del bar Olivia, en Lavapiés. Lo suyo ha sido un proceso de reconversión.
Deser un local de noche, que hacía caja a la hora de dormir, ha pasado a abrir a las doce de la mañana, servir aperitivos y vermús, renunciar a las sesiones de DJ. «Estamos cambiando la forma de trabajar, cambiando la dinámica. Intentamos buscar una salida al café, pero están viniendo menos clientes. La gente todavía no se ha habituado a que el ocio nocturno ya no existe. Ha desaparecido».
A diez pasos del Olivia está el difunto Melo’s y sus cuarenta años repartiendo raciones que no tenían que ser saludables, sino sabrosas. Era otra época, por supuesto. Hoy ya no es más que una reliquia en venta y/o traspaso de negocio, según reza su cartel. «¡Así cayó Nínive! ¡Así cayó Babilonia!», que gritaban los antiguos.
3. Hasta el último gin-tonic

No hace tanto las noches era tan largas como la voluntad, y Malasaña era un laberinto que solo entendían los noctívagos. De eso ya solo quedan letreros que cuelgan de verjas echadas: el del Penta, el del La Vía Láctea, el del Tupper Ware. Incluso el del Madrid Me Mata, que es un nombre nefasto para estos días. Las colas se forman en los cafés y las tiendas de ropa. Es demasiado pronto (ocho en punto), pero en realidad es muy tarde.
El Ocean Rock Bar lleva un par de semanas abierto. Era un local de copas, que cerraba a las cuatro de la mañana, y que ha terminado jugando en otra liga: la del tardeo. «La gente antes era más descontrolada, iba a copas, y en estos momentos servimos más tercios, más dobles. Te tienes que adaptar, porque no queda otra.
Ya contamos con que esto va a ser así hasta que haya vacuna. Trabajar así no es lo mismo, porque el tiempo pasa más despacio, pero nos damos con un canto en los dientes porque podemos abrir. Hemos estado muchos meses cerrados», reconoce Alberto, uno de los dos socios del bar.
Malasaña era un laberinto que solo entendían los noctívagos. De eso ya solo quedan letreros que cuelgan de verjas echadas: el del Penta, el del La Vía Láctea, el del Tupper Ware. Incluso el del Madrid Me Mata, que es un nombre nefasto para estos días

Decía William Blake que un pub tiene mucho que ver con una iglesia, solo que en estos hay más calor y mejores conversaciones. Al Ocean no le faltan feligreses en las mesas, y son ellos los que van sosteniendo un poco este simulacro de ocio.
«Estamos teniendo mucha suerte porque tenemos mucho público fiel, mucho parroquiano que está demostrando su apoyo, su cariño. Porque ya no hay ese volumen de viandantes que antes pasaban por ahí y entraban», apunta el propietario. Factura menos, claro, un 15% de lo de antes los viernes, y sobre un 30% los sábados. Habrá que rezar.
A un paseo de distancia está el Gorila, donde están sirviendo comida. Lo que hay que ver. «Nos adaptamos, no queda más remedio. Ponemos algo de comida para picar. El fin de semana es algo más apoteósico, pero entre semana se nota mucho.
Malasaña es un barrio nocturno, aquí no hay universidades ni oficinas ni nada. Madrid ya tiene sus barrios que son de tardeo, explica Álvaro. La caja está a medio gas (eso era la nueva normalidad), ya no hay extras y el trabajo se ha vuelto más tedioso.
«Es completamente aburrido. De ser algo de no parar y diveritrte a… Tengo más lucha con la gente por decir que estamos completo que otra cosa. Soy más policía que camarero», sentencia, entre risas.
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En Argüelles las terrazas también se llenan, pero los pubs se mueren poco a poco. En los bajos reina una quietud insólita, inquietante; solo falta la luz tintineante para la película de terror. «A partir de las doce de la noche esto es un desierto, da miedo.
Es un sufrimiento, no te lo crees. Al principio no quería venir, porque me iba reventado a casa, muy deprimido», confiesa Manuel, que lleva tras la barra del Yedra cuarenta años. Lo que han cambiado las cosas. «Me acuesto muy pronto y me levanto a las seis de la mañana. Y digo: ¿dónde voy yo a las seis de la mañana? Tengo mucho más tiempo libre… He visto más televisión estos meses que en toda mi vida», apostilla entre risas.

Va a dar la medianoche, y la policía anda vigilante, por lo que se escucha. Hay que marcharse. Los sueños acaban así: sin previo aviso, a golpe de alarma
Él está abriendo el local más por vocación que por ganancias, porque ahora no entran ni diez personas en todo el día. Nunca se imaginó algo así, Manuel, que habla con un cariño íntimo de la noche. «Vengo con ilusión porque es mi trabajo. La gente que entra son clientes de siempre, estudiantes, jóvenes, amigos.
Al principio pensaba que no iba a ser grave, pero la situación es límite. La noche es un tema importante, vital. Viven muchos negocios de esto. Hay muchas cosas alrededor de los bares de copas, de las discotecas. A mí me gustaría no jubilarme con esta forma de cierre. Pero si esto se alarga mucho…»
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Lejos de esos ambientes estudiantiles, en la calle Eduardo Dato, se escucha el vaivén de camareros del Richelieu, que está hasta la bandera. Ocupado todo, incluidas las mesas que no están cobijadas por la calefacción, las de los valientes.

Son las diez de la noche y uno de los camareros ya avisa: «A las once y media empezamos a desalojar, que a las doce esto tiene que estar vacío».
Llueven los pedidos y los platos y las copas. Llevan así la tarde entera y no decaen.
Hay algo de satisfacción en esa afirmación: la del oasis en medio del desierto, la de la fortuna.
El murmullo es continuo, como antaño, y se estira hasta el instante repentino en el que apagan las luces. Va a dar la medianoche, y la policía anda vigilante, por lo que se escucha. Hay que marcharse. Los sueños acaban así: sin previo aviso, a golpe de alarma.
Vivimos como de prestado, sí, y el último gin-tonic termina en un vaso de plástico. Por lo que pueda surgir.
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