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Las razas humanas no existen…


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The Conversation(J.I.P.Iglesias)/Investigación y ciencia(N.Guillon)/El Mundo(M.Corísco)  —  Al decir de alguien que es blanco o negro, es posible que pensemos que pertenece a una categoría biológica definida por su color. Mucha gente cree que la pigmentación de la piel refleja la pertenencia a una raza, “cada uno de los grupos en que se subdividen algunas especies biológicas y cuyos caracteres diferenciales se perpetúan por herencia”, según la RAE. Esa noción, en el caso de nuestra especie, carece de sentido. Desde un punto de vista biológico, las razas humanas no existen.

En la piel hay melanocitos, células que producen y contienen pigmentos. Hay dos tipos de pigmentos, llamados melanina: uno es marrón parduzco (eumelanina) y el otro, rojo amarillento (feomelanina). El color de la piel depende de la cantidad y la proporción de ambos. Esto depende de diferentes genes: unos inciden en la cantidad de pigmento en los melanocitos y otros sobre la proporción entre los dos tipos de melanina. Por lo tanto, colores muy similares pueden ser el resultado de diferentes combinaciones y obedecer a configuraciones genéticas diferentes.

Los africanos, en general, son de piel oscura. Los dinka, de África oriental, la tienen muy oscura; los san, del sur del continente, más clara. Los nativos del sur de la India, Nueva Guinea y Australia también son de piel oscura. En el centro de Asia y extremo oriente, así como en Europa, las pieles son, en general, claras. Los nativos americanos las tienen de diferente color, aunque no tan oscuras como los africanos.

Si nos atenemos al color de la piel escondida bajo el grueso pelaje de los chimpancés, lo más probable es que nuestros antepasados homininos la tuviesen clara. Hace unos dos millones de años los miembros de nuestro linaje vieron reducido el grosor y consistencia del pelaje, que se convirtió en una tenue capa de vello. Esa transformación expuso la piel a la radiación solar ultravioleta, que puede causar cáncer y, además, eliminar una sustancia de gran importancia fisiológica, el ácido fólico. Seguramente por esa razón se seleccionaron variantes genéticas que oscurecían la piel, porque la melanina la protege de dichos daños.

Los seres humanos hemos llegado a casi todas las latitudes. Nuestra piel se ha visto expuesta a diferentes condiciones de radiación. Al igual que un exceso de rayos ultravioleta puede ser muy dañino, su defecto también lo es. Sin esa radiación no se puede sintetizar vitamina D, cuyo déficit provoca raquitismo y otros problemas de salud. Por esa razón, sin descartar otras posibles como la selección sexual a favor de las pieles más claras, la piel humana se ha ido aclarando en algunas zonas geográficas por selección natural.

Además, los movimientos de población han propiciado la mezcla de linajes, cada uno con sus rasgos genéticos y características pigmentarias, para dar lugar a múltiples configuraciones. El color de los seres humanos actuales es el resultado de una compleja secuencia de eventos biológicos y demográficos. No es posible delimitar biológicamente unos grupos y otros con arreglo a ese rasgo.

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La diversidad genética existe

Lo anterior no pretende negar la diversidad genética en la especie humana. Existe diversidad, por supuesto.

Hay poblaciones con numerosas copias del gen de la α-amilasa y otras en las que hay muy pocas.

Los inuits toleran el frío mejor que otros seres humanos y cuentan con unas desaturasas que les permiten alimentarse con una dieta exclusivamente carnívora sin que ello les cause los problemas que provocaría a otros seres humanos.

Los pigmeos africanos presentan variantes genéticas relacionadas con el sistema inmunitario. Una mutación en el gen PDE10A –que codifica una fosfodiestearasa- permite a los bajau laut (los llamados “nómadas del mar”) permanecer sumergidos en apnea hasta trece minutos.

La mayor parte de europeos y descendientes de europeos, así como los miembros de otros grupos humanos en África, la península Arábiga y el subcontinente Indio retienen en la edad adulta la capacidad para digerir la lactosa de la leche.

Los tibetanos tienen menor concentración sanguínea de hemoglobina y una mayor densidad de capilares. Ambos rasgos parecen tener base genética.

En los pueblos de África occidental que hablan lenguas kwa la anemia falciforme es mucho más prevalente que en otros africanos.

Estos rasgos que caracterizan las poblaciones humanas no tienen correspondencia con el color de la piel. Ni las diferencias en el color de la piel se corresponden con muchos otros rasgos que también varían según otros patrones y por efecto de diversas presiones selectivas.

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¿Un concepto útil?

Hay quienes sostienen que la categoría “raza” es útil en nuestra especie a efectos sociosanitarios. Se ha observado, por ejemplo, que los norteamericanos de origen africano (llamados habitualmente “afroamericanos”) tienen mayor propensión a padecer ciertas enfermedades. Por eso defienden el uso del término “raza” para diferenciar a negros de blancos. Un ejemplo es el de la mayor propensión -de base genética- de los afroamericanos a padecer cáncer de próstata.

La mayor parte de ellos descienden de personas esclavizadas procedentes de pueblos de África Occidental en los que es muy frecuente la variante genética responsable. Cuando el gen en cuestión tiene, en esas mismas personas, ascendencia europea, la frecuencia de esa variante es muy inferior. Y todos ellos tienen la piel oscura.

Las categorías biológicas son problemáticas. En el mundo animal se diferencian, no sin dificultades, distintos linajes y grupos de linajes. Clasificamos a los animales en filos, clases, órdenes, familias, géneros, especies y, en algunos casos, subespecies. También pueden definirse categorías intermedias. Pero no tenemos razas. Por debajo de la especie o la subespecie, hay poblaciones.

En los animales domésticos sí se suele hablar de razas, pero ese es un caso muy especial, pues se han obtenido por selección artificial de determinados atributos. Se trata, por ello, de una categoría no trasladable al resto.

Claro que hay diversidad genética en la especie humana. Se ha producido, como en los demás animales, a causa de mutaciones al azar y por efecto de la selección natural sobre la frecuencia de las variantes genéticas en cada población, del flujo génico provocado por migraciones y cruzamientos entre individuos de diferentes poblaciones, y de la deriva genética. Pero no hay conjuntos homogéneos de variantes que permitan definir grandes grupos humanos a los que podamos denominar razas.

No hay, pues, fundamento para invocar su existencia. Como tampoco lo hay para justificar, sobre bases inexistentes, otras diferencias.

El origen evolutivo del color de la piel

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La etnia Hamer, del sur de Etiopía, fue una de las poblaciones africanas que se incluyeron en el estudio.

Si bien la diversidad del color de la piel es una un rasgo característico de los humanos, sus causas genéticas aún son poco conocidas.

Recientemente, sin embargo, un gran estudio genómico de poblaciones africanas publicado en Science ha identificado distintas variantes genéticas implicadas en la pigmentación de la piel.

Estas variantes y su evolución revelan que la historia del color de la piel es mucho más antigua de lo que se pensaba.

Los paleoantropólogos coinciden en que nuestros ancestros australopitecos probablemente presentaban la piel clara debajo del pelaje.

Hasta ahora, defendían la siguiente hipótesis: hace más de dos millones de años, los descendientes de los australopitecos habrían perdido la mayor parte del pelo; a continuación, su piel habría evolucionado rápidamente y se habría oscurecido, lo que les protegería de los efectos nocivos de los rayos ultravioleta; luego, cuando los humanos emigraron de África a latitudes más altas y menos soleadas, su piel habría evolucionado a un color más claro. Sin embargo, el nuevo estudio revela un escenario mucho más complicado.

El trabajo, llevado a cabo por un equipo internacional dirigido por Sarah Tishkoff, de la Universidad de Pensilvania, ha reunido la base de datos más extensa sobre el color de la piel. Los investigadores secuenciaron los genomas de 2092 africanos de diversos orígenes, que hoy viven en Etiopía, Tanzania y Botswana, y los compararon con los genomas de las poblaciones de África occidental, Eurasia y Austro-Melanesia.

«El estudio resulta apasionante. Ya se habían publicado artículos sobre el tema, pero con un enfoque monodisciplinar. La perspectiva empleada aquí es amplia, con medidas de variación del color de la piel, la aplicación de modernas técnicas genéticas a gran escala, la reconstrucción de la historia evolutiva y el uso de especies animales modelo, para explicar funcionalmente el fenotipo asociado a una mutación particular», explica Paul Verdu, investigador en el Museo Nacional de Historia Natural en París, que no participó en el trabajo.

El reciente estudio ha demostrado que una gran parte de las mutaciones asociadas al color de la piel surgieron incluso antes de la aparición de Homo sapiens (hace unos 300.000 años). En particular, plantea que las variantes de dos genes relacionadas con el color claro de los ojos, la piel y el cabello en los europeos en realidad habrían aparecido hace un millón de años en África. Más tarde se habrían extendido a Europa y Asia, donde hoy también las encontramos.

«Algunas mutaciones responsables de la diversidad del color aparecieron poco después de la pérdida del pelo y han formado parte de la dotación genética básica durante mucho tiempo. Se habrían transmitido de modo distinto en diferentes poblaciones bajo el efecto de varias selecciones o del azar», comenta Verdu.

Los autores de la investigación han confirmado también algunas hipótesis planteadas previamente, como las migraciones de regreso a África. De hecho, una variante del gen SLC24A5 relacionada con la piel pálida (despigmentada) y que se halla extendida en Europa se ha encontrado con frecuencia en el este de África, incluso en individuos con piel oscura.

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Esta variante habría surgido en Eurasia en un tiempo relativamente reciente, hace unos 29.000 años, se habría propagado por toda la región hace 6000 años y habría migrado de Oriente Medio a África oriental.

De hecho, cabe pensar en procesos complejos en la historia de cada mutación. Un ejemplo de interés lo constituye el gen MFSD12. Dos mutaciones identificadas en él disminuyen su expresión (la cantidad de proteína que produce) y se asocian a un color oscuro de la piel, según se ha confirmado en modelos de ratón y pez cebra. Estas mutaciones se presentan en poblaciones aborígenes melanesias y australianas.

«Ello confirma la hipótesis de la salida de África por el cuerno de África, hace 80.000 años, después de la aparición de estas mutaciones. Algunas poblaciones migraron al Pacífico o Eurasia y estas mutaciones se mantuvieron en ciertas regiones y no en otras», resume Verdu. «Todo esto debe ser validado por estudios más amplios en los que se incluyan poblaciones de fuera de África, pero este gran trabajo arroja luz sobre la historia evolutiva de los rasgos que observamos hoy», concluye el investigador.

Los negros fueron blancos y viceversa

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Bajo su espeso pelaje, el chimpancé tiene una piel blanquecina. Si, en una pirueta de la evolución, el chimpancé perdiera el pelo que recubre su cuerpo, tal vez esa pálida piel tendría que adaptarse y pigmentarse para evitar el daño de los rayos ultravioletas. Es decir, nuestro pariente más próximo tal vez se volvería negro.

El ejemplo es muy burdo, pero puede servir de base para comenzar a explicar los cambios de pigmentación que, en el transcurso de millones de años, pudieron llevar a los homíninos -especies que caminan de forma erguida- a ser primero blancos, después negros y a que, más tarde, algunos volvieran nuevamente a ser blancos.

La clave de estos cambios, sugiere la genética, estaría en la pérdida del pelo que se produjo en el paso a la bipedestación: cuando, en los tiempos de colonización de la sabana, aquellos primeros homíninos comenzaron a caminar a dos patas, el extenuante ejercicio que hacían habría propiciado que fueran perdiendo su pelaje a fin de enfriar su temperatura.

Pero estamos hablando de África, y esa piel blanca y desnuda sería, en aquellas latitudes, sumamente vulnerable a la intensidad de la radiación solar. Eso explicaría que, en torno a 1,8 millones de años atrás, la evolución favoreciera la fabricación de melanina y, consecuentemente, una intensa pigmentación. Ser negro sería una defensa.

Esta defensa, sugiere el profesor Mel Greaves, biólogo celular del Institute of Cancer Research en el Reino Unido, podría haber sido contra el cáncer de piel. En un artículo publicado en Proceedings of the Royal Society expone sus conclusiones, basadas en un estudio realizado sobre africanos albinos. El punto de partida es que casi todos los albinos del África subsahariana mueren de melanoma a edades jóvenes. «Esto podría haber sido -escribe Greaves- una razón por la que los primeros humanos desarrollaron una piel oscura».

Esta piel oscura y protectora se mantuvo durante más de un millón de años y, de hecho, hay un consenso absoluto acerca de que los primeros humanos que salieron fuera de África, 150.000 años atrás, eran negros. «Ante esto, mis alumnos me suelen preguntar que por qué, entonces, no somos negros todos los humanos», explica Gonzalo Ruíz Zapatero, catedrático de Prehistoria en la Universidad Complutense de Madrid.

«Indudablemente, los primeros homo sapiens sapiens africanos eran todos negros, y por una cuestión muy clara: adaptación a las condiciones climáticas de la zona intertropical. Pero, a lo largo de decenas de miles de años, cuando esos grupos van metiéndose en las zonas frías de Eurasia, tienen que ir adaptándose a las nuevas condiciones».

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Cambio fácil

Con él coincide el profesor Jaume Bertranpetit, catedrático de Biología de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, quien señala que «el color de la piel es un carácter que cambia con relativa facilidad por la selección natural. Los primeros humanos, al salir de África, son altamente pigmentados, pero se empiezan a despigmentar en cuanto emigran a latitudes altas.

Y esta pigmentación no fue igual para los que fueron a Europa y los que fueron al norte de Asia. El sol – continúa explicando- es el factor selectivo que hace que nos tengamos que proteger en latitudes donde hay más insolación; donde no hay esta insolación, la piel clara es mejor, porque necesitamos la energía solar para fabricar vitamina D».

Así pues, mientras los homo sapiens que permanecieron en el África ecuatorial mantuvieron esa piel tan pigmentada, los descendientes de los que habían emigrado fueron paulatina y progresivamente aclarándose. De ahí esa curiosa paradoja acerca de que, posiblemente, primero fuimos blancos, después negros y, más tarde, algunos volvimos a ser blancos.

Es, como decíamos, la tesis que defiende Mel Greaves y a la que da una nueva vuelta de tuerca: la del cáncer de piel. Porque, hasta ahora, se había venido entendiendo que esta adaptación, efectivamente, habría servido como protección contra los daños provocados por los rayos ultravioletas, pero se había desechado la hipótesis de que el cáncer de piel pudiera haber jugado un papel en ella.

¿La razón? Que el melanoma se suele desarrollar a edades avanzadas, más allá de los años reproductivos, lo que lo haría irrelevante a efectos de selección natural y de supervivencia del más fuerte.

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Piel indefensa

Greaves reconoce que «extrapolar el riesgo actual de cáncer de piel en albinos al de aquellos homíninos del África ecuatorial es claramente una especulación, pero si los primeros humanos realmente fueron de piel pálida, probablemente habrían sufrido este problemas durante su edad reproductiva».

En sus conclusiones, expone que «es difícil imaginar un entorno más favorable al cáncer: exposición máxima y sostenida de la piel desnuda a las radiaciones UVB, unida a una mínima posibilidad de defensa por la vía de la melanina».

Según él, los cazadores y recolectores jóvenes serían quienes habrían sufrido la mayor exposición al sol y el mayor riesgo de cáncer; la muerte les habría sobrevenido a una edad temprana -fruto de las metástasis-, y el impacto perjudicial en la reproducción habría sido considerable. En este sentido, concluye, la selección natural habría favorecido a aquéllos que, fabricando más melanina, hubieran ido adquiriendo una piel más y más oscura.

Su trabajo, no obstante, no está dejando de ser controvertido. Como apunta Carles Lalueza-Fox, investigador del Institut de Biología Evolutiva de Barcelona, «no se puede comparar tener la piel clara con ser albino, pues estos últimos no tienen capacidad de ponerse morenos debido a la imposibilidad de sintetizar pigmento.

Al no poderse comparar, la presunta fuerza selectiva asociada a los melanomas se diluye, puesto que, en general, los desarrollas cuando ya te has reproducido. Dicho esto, todo el mundo acepta que, en latitudes tropicales, la pigmentación oscura es necesaria para protegerse de los rayos ultravioleta».

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Lo que dejó dicho charles darwin de razas y colores

«Ninguna de las diferencias entre las razas humanas le presta al hombre ningún servicio directo o especial».

Esta frase de Charles Darwin, extraída de su libro Descent of Man (El origen del hombre, en español, 1871), ha sido interpretada por diversos autores como un rechazo del naturalista inglés a la hipótesis de que la selección natural favoreciera que nuestros antepasados perdieran el pelo y sufrieran cambios de pigmentación.

Con respecto a estos cambios en el color de la piel, Darwin, autor de El origen de las especies, señalaba no estar «en condiciones de juzgar si guardarse de que la piel se queme es de importancia suficiente como para explicar que gradualmente se haya adquirido por el hombre un tinte oscuro a través de la selección natural».

La pérdida de pelo, en su opinión, obedecería más a la selección sexual que a la natural: «La opinión que me parece más probable es que el hombre, o más bien la mujer, llegó a despojarse de pelo con fines ornamentales».

Como el Color de la Piel Humana ha Evolucionado en Diferentes Regiones

La piel es el órgano más grande del cuerpo que sirve como nuestro protector de los severos elementos ambientales. Si bien esta protección es un elemento principal en la constitución biológica, el color de la piel es único para cada individuo. Hasta hace poco, esta diferencia de color que va desde uno muy claro a piel muy oscura, ha sido mal interpretado. Recientes investigaciones revelan las fuerzas impulsoras detrás de la evolución del color de la piel a través de las diferentes regiones, una táctica de supervivencia que se remonta a nuestros primeros antepasados.

Investigación reciente va a la piel profundamente

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En un estudio publicado en el Journal of Human Evolution, los investigadores de la Academia de Ciencias de California analizaron la correlación entre el color de la piel, la región geográfica, y la absorción de vitamina. Estos dos últimos elementos pueden ser las fuerzas impulsoras detrás de la evolución de las variaciones de color en la piel de la humanidad. En éste nuevo estudio se investiga la respuesta del cuerpo humano a la luz ultravioleta (luz del sol) depende enormemente el tono de la piel.

De origen natural en diversos alimentos, el ácido fólico es una vitamina soluble en agua necesaria para el crecimiento saludable de las células en el cuerpo humano. En un estudio de 1978, se encontró que una hora de intensa luz del sol, puede reducir significativamente los niveles de folato de los individuos con piel clara. Los niveles bajos de ácido fólico en las mujeres durante el embarazo pueden tener efectos graves en el niño al nacer, incluyendo defectos del tubo neural.

Los investigadores creen que nuestros antepasados primitivos que vivieron en ambientes tropicales o cerca del ecuador desarrollaron un tono de piel oscuro para guardar sus reservas de folato y protegerse contra los efectos dañinos de la luz solar intensa. Aunque este tono de piel oscura ayudó a reducir la deficiencia de ácido fólico en nuestros primeros antepasados , probablemente comprometieron sus niveles de vitamina D, ya que emigraron desde el ecuador a las regiones con luz solar más débil.

La vitamina D es una vitamina esencial que ayuda al cuerpo a absorber el calcio y es producida principalmente de la luz solar. La falta de vitamina D en su cuerpo puede llevar a una serie de problemas de salud como el raquitismo y la osteoporosis. Debido a que la luz del sol no penetra la piel oscura con la misma facilidad que la clara, los investigadores creen que la piel blanca evolucionó con personas que emigraron a las regiones de poca luz ultravioleta para ayudar a producir cantidades adecuadas de vitamina D.

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Para demostrar esta correlación, los investigadores compararon las mediciones globales de la luz ultravioleta a los datos de color de la piel de más de cincuenta países, y se encontró un vínculo inequívoco entre baja luz ultravioleta y piel clara.

Se cree que la evolución del color de la piel debe haber ayudado a los humanos a adaptarse a diversos entornos de todo el mundo y a sobrevivir de una generación a otra.

Los primeros antepasados que vivieron en zonas altas de la luz ultravioleta cerca del ecuador desarrollaron un tono de piel oscuro para mantener sus niveles de ácido fólico, mientras que los primeros antepasados que vivieron en regiones de poca luz ultravioleta lejos del ecuador desarrollaron un tono de piel clara para mantener sus niveles de vitamina D.

Hoy en día, cada región es más diversa. Con la ayuda de la ciencia moderna y los suplementos vitamínicos, estamos mejor preparados para vivir en ambientes que pueden no ser ideales para nuestro tono de piel.

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