En su primera conversación con Bond, Honey Ryder —los nombres parecen siempre el resultado de una apuesta perdida— le cuenta que su vecino la violó y ella lo asesinó con una viuda negra para que agonizase durante siete días. Pero hoy el mundo solo la recuerda mojada saliendo del mar.
Esto no es culpa de Honey ni de Ursula, sino de una saga determinada a pasar a la posteridad por su forma y no por su fondo. Chica Bond es una etiqueta machista —por “chica”, cuando todas son mujeres; y por “Bond anulando su identidad— en la que conviven mujeres muy distintas que lo único que tienen en común es que son glamurosas, delgadas y jóvenes y que no tienen pasado ni futuro al margen de su interacción con James.
Ellas no tienen personalidad, pero él tampoco anda sobrado, de modo que la única forma de equiparar a una chica Bond con el propio Bond es la acción: dándole cosas que hacer y no solo cosas que dejarse hacer. Pussy Galore en James Bond contra Goldfinger (1964) sabía judo porque su actriz, Honor Blackman, era experta —aunque eso no detuvo a Bond para violarla en el granero en una escena cuya música pretende hacer pasar por romántica—; la villana Fiona Volpe en Operación trueno (1965) utilizaba a James para acostarse con él y después capturarlo, tratándolo como él trata a las mujeres —“Había olvidado su ego, señor Bond, según el cual si le hace el amor a una mujer ella empezará a escuchar coros angelicales, se arrepentirá y se volverá buena…

¡Pues esta mujer no!”— y, por supuesto, muriendo tiroteada por haber cuestionado el statu quo del héroe; y aunque fuera de las buenas, Tracy Bond —Diana Rigg, tan famosa por la serie Los vengadores que cobró más que George Lazenby— también debía ser fulminada por haber llevado a 007 al altar en Al servicio secreto de su majestad (1969). Y entonces llegó Vesper Lynd —Eva Green— a enseñarles a todas cómo se hace.
Casino Royale (2006) aprovechó que Pierce Brosnan pasaba el testigo a Daniel Craig para modernizar la franquicia con un Bond de gimnasio que sale mojado del mar —¡ahora ellos también son objetos sexuales!— y una chica Bond que había visto todas las películas: sabía que él esperaba que sus mujeres fuesen “placeres desechables en vez de conquistas valiosas”, flirteaba como en una screwball de Hepburn y Grant y, cuando él le daba un vestido de noche para ir a una gala, ella aparecía con un traje para él.
Su muerte, sin embargo, puso a las chicas de nuevo en la casilla de inicio. James se planteó abandonar su trabajo por Vesper, así que debía ser exterminada y convertida en un detonante para la trama de venganza de Quantum of Solace (2008). El miedo de Barbara él le daba un vestido de noche para ir a una gala, ella aparecía con un traje para él. Su muerte, sin embargo, puso a las chicas de nuevo en la casilla de inicio. James se planteó abandonar su trabajo por Vesper, así que debía ser exterminada y convertida en un detonante para la trama de venganza de Quantum of Solace (2008).

El miedo de Barbara Broccoli —hija de Albert, el productor original, y matriarca de la saga desde su reactivación con GoldenEye (1995)— a pasarse de frenada y actualizar tanto a Bond que acabe neutralizando su esencia la ha llevado a dar dos pasos atrás por cada paso adelante: en El mañana nunca muere (1997) la coronel Wai Lin —Michelle Yeoh— tiroteó y persiguió tantos malos como Bond y sin depender de sus órdenes; en El mundo nunca es suficiente (1999) Denise Richards interpretó a una físico nuclear que correteaba semidesnuda, la otra candidata fue Geri Halliwell. El agente 007 no podrá permitirse dejar de ser una fantasía masculina, y eso implica una irresistible competencia de seducción, pero sí podría modernizarse haciéndole un hueco a sus chicas, y así ellas también puedan funcionar como fantasías aspiracionales para las espectadoras.
Los diálogos de Ana de Armas en Sin tiempo para morir los ha reescrito Phoebe Waller-Bridge y ha avisado de que no la contrataron para hacer menos machista a Bond, sino para hacer menos machista la película. Él seguirá siendo, tal y como lo juzgó M —Judi Dench, la primera jefa de Bond en consonancia con el nombramiento de Stella Rimington como directora del MI6 en 1992—, “un dinosaurio sexista y misógino; una reliquia de la Guerra Fría cuyos encantos adolescentes, aunque no tienen efecto en mí, atrajeron a la joven que envié a evaluarlo”. Cuando M murió en Skyfall (2012), en brazos de Bond, su despedida tuvo una solemnidad que demostró que la saga sabe tratar a sus mujeres. Solo falta que quiera hacerlo.

Aunque arquetípica, la figura de Bond se ha modificado según el actor que lo ha interpretado.
- Sean Connery: El hombre de los andares de oro A Ian Fleming le pareció demasiado rudo (él pensaba en Cary Grant), pero Connery practicó sus andares y el resto es historia.
- George Lazenby: Licencia para escapar El único que se ha casado y que huyó cuando le ofrecieron un contrato de siete películas.
- Roger Moore: Vive y deja morir Moore tenía 46 años cuando debutó como 007, así que no le quedó más remedio que tomarse a sí mismo a pitorreo.
- Timothy Dalton: Panorama para fracasar El más parecido a las novelas, tuvo los peores resultados comerciales de la saga porque competía con los canallas callejeros de La jungla de cristal y Arma letal.
- Pierce Brosnan: El espía que se amó Bond dejó de parecer un personaje casposo gracias a que Brosnan se lo tomaba en serio, con entrega física y sin un ápice de ironía. Era como un niño jugando a ser espía.
- Daniel Craig: Solo para sus tristes ojos El Bond posterior al 11-S ya no sonríe, sangra mucho más y no parece disfrutar tanto de la vida. Ha tenido que dejar de fumar y ya no aspira a salvar el mundo, porque el mundo no tiene remedio.


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