Los “enanos de Auschwitz”: la historia de la familia Ovitz, que sobrevivió a Josef Mengele y el horror nazi…
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Los Ovitz eran artistas que llegaron al campo de concentración, y fueron separados del resto de los prisioneros por Josef Mengele
LaNación(G.Wille)/LaSemana — La noche del 19 de mayo de 1944, un tren proveniente de Hungría ingresó al campo de concentración de Auschwitz, uno de los infernales sitios donde los nazis llevaron adelante el exterminio de millones de judíos, un genocidio que los alemanes del Tercer Reich llamaron entonces la “Solución Final” y que el mundo conoció luego como el Holocausto.
Entre los 3500 pasajeros, en su mayoría judíos húngaros, que viajaron de pie, hacinados y sin luz en ese traslado hacia su condena, había un grupo particular: los Ovitz. Se trataba de una familia de artistas de variedades cuyos integrantes eran, en su mayoría, enanos.
La familia Ovitz era de origen húngaro y habitaba la ciudad de Rozavlea, una localidad del norte de Transilvania, que corresponde a Rumania. El patriarca del clan era un rabino de nombre Shimshon Eizik, que tenía enanismo, específicamente un trastorno de carácter genético que afecta el crecimiento de los huesos llamado pseudoacondroplasia.
Shimshom, que además de rabino era badchen, algo así como un animador de fiestas, se casó dos veces con mujeres de talla corriente. Con la primera de ellas, Brana Frutcher, tuvo dos hijas enanas: Rozika, y Francika.
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La familia Ovitz era muy querida, admirada y respetada en Rozavlea, el pueblo del norte de Transilvania donde vivían antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial
Tras la muerte de su primera esposa, el rabino volvió a desposarse y tuvo, con Bertha Husz, otros ocho hijos. Cinco de ellos, con enanismo, –Avram, Freida, Micki, Elizabeth y Perla- y tres sin esa alteración del crecimiento –Sarah, Leah y Arie. Toda esa prole nació entre 1886 y 1921.
En el año 1923, el rabino falleció tras intoxicarse en una comida y Berta decidió que sus hijos de escasa estatura -las medidas de estos herederos de Shimshon rondaban el metro veinte– no serían del todo aptos para las duras tareas del trabajo de la tierra.
Entonces, los volcó hacia el mundo del arte escénico. Envió a los siete a una escuela de música de la ciudad de Sighet, y, a su regreso, armó con ellos el grupo de variedades Lilliput Troupe, que se convertiría en un exitoso conjunto artístico de música, actuación y comedia.
Mientras los enanos actuaban, los miembros altos de la familia trabajaban detrás de escena, como tramoyistas, iluminadores o vestuaristas.
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De izquierda a derecha: Elizabeth, Perla, Rozika, Frieda, Franziska y Avram
En la década del 30, la troupe artística recorría todo el centro de Europa con sus vodeviles musicales, que además realizaban en varios idiomas, según el lugar donde montaran su escenario: yiddish, alemán, rumano, húngaro y ruso. Su fama alcanzó tal nivel que llegaron a presentarse frente al rey Carol II de Rumania.
En los momentos en los que no estaban de gira, los Ovitz habitaban una casona de Rozavlea, ciudad donde eran queridos y respetados. Además, llevaban un buen pasar.
La biografía de esta familia señala que sus integrantes fueron, en 1934, los primeros en tener un auto en esa localidad de Transilvania y que también fueron pioneros en el hecho de instalar una bañera en su vivienda.
Bajo este sello viajaron con su espectáculo por Europa central en plena Segunda Guerra Mundial, pero cuando estaban en Hungría, en 1944, las tropas alemanas invadieron ese país y los capturaron. Y los enviaron al campo de Auschwitz.
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La familia Ovitz llegó en carreta al ghetto de Dragomiresti, en marzo de 1944 y desde allí serían deportados a Auschwitz poco tiempo después
Apuntados por las armas de los soldados nazis, entre ladridos de perros guardianes y la luz de los reflectores que los cegaban, los prisioneros debilitados por el viaje bajaron de los vagones en los andenes de Auschwitz. La mayoría de ellos no llegaría a ver la luz del nuevo día. Serían fusilados al descender del transporte, y luego cremados.
Pero los Ovitz corrieron otra suerte. Cuando uno de los guardias los vio bajar de la formación, se asombró por su fisonomía y su pequeña estatura y los contó. Eran siete. Entonces, dio la orden de que mantuvieran al grupo a salvo y fue corriendo a despertar a uno de sus superiores, el tristemente célebre médico nazi Josep Mengele.
El llamado «Ángel de la muerte» era un médico habituado a hacer experimentos con los prisioneros en el campo de concentración. En este sentido, el nefasto doctor se veía atraído por los gemelos, y por todos aquellos que divergían del discutible concepto de «normalidad».
Jorobados, obesos, mujeres corpulentas, intersexuales, personas con gigantismo y, por supuesto, enanos. Todos eran buenos cobayos para sus aberrantes prácticas médicas, que muchas veces finalizaban en la muerte.
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La familia Ovitz realizaba giras con sus espectáculos por todo el centro europeo y podían actuar y cantar en varios idiomas
Cuando, minutos más tarde, Mengele estuvo frente a la familia Ovitz, observó a los miembros más bajos con detenimiento, sonrió y dijo en voz alta: «Con estos, tengo trabajo para 20 años más».
Allí, en el mayor complejo de aniquilación de los nazis, donde murió un millón de personas (se calcula que de cada diez prisioneros uno se salvó de las cámaras de gas), los Ovitz sirvieron para los experimentos del doctor Mengele, que buscaba mejorar la raza humana por medio de diferentes pruebas genéticas.
Si los gemelos en general despertaban su curiosidad, mucho más una familia completa de enanos, a los que les perdonaron la vida para hacer sus macabros ensayos. No en vano Perla, la menor de la parentela, diría tiempo después: “A mí me salvó el diablo y que Dios se haga cargo de él”.
En total eran 12 los integrantes de la familia que ingresó al infausto campo de exterminio aquella noche de mayo de 1944. Las edades oscilaban entre los 18 meses y los 58 años. Pero hubo más personas que se sumaron como familiares al peculiar conjunto.
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Elizabeth y Perla Ovitz desplegaban todo su arte y talento musical en los escenarios, en los que la primera tocaba la batería y la segunda, el ukelele
Ocurrió que cuando algunos pasajeros del tren de Auschwitz vieron que los pequeños artistas contaban con cierta ventaja a los ojos de los nazis, comenzaron a gritar que ellos también eran parientes. Así, con la aquiescencia de los Ovitz, que inventaron parentescos donde no existían, el grupo pasó a tener un total de 22 integrantes.
Pero la misma noche del arribo al campo, a la familia -con sus nuevos miembros- le faltaba pasar por una macabra prueba más. Es que, a pesar de la «bienvenida» de Mengele, los pequeños y su grupo vivirían un incidente que los puso al borde de la muerte.
En el libro Gigantes: los siete enanos de Auschwitz, de los escritores e historiadores israelíes Yehuda Koren y Eliat Negev, cuyo extracto publicó el medio británico The Guardian, la propia Perla narró que, en un momento de confusión luego del descenso de los pasajeros, en esa misma noche convulsionada, los soldados nazis llevaron a la familia a una cámara de gas para acabar con ellos.
En la antesala del lugar, los obligaron a desnudarse. Luego se abrió una pesada puerta y fueron empujados al interior, junto con otros prisioneros, en su mayoría ancianos y enfermos. «De repente, sentimos olor a gas y jadeamos pesadamente -relató Perla-, algunos de nosotros nos desmayamos en el suelo.
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La firma del Ángel de la muerte en uno de los registros de los experimentos realizados con los hermanos Ovitz
Pasaron los minutos, o tal vez solo segundos, y escuchamos una voz enojada desde afuera, que decía: ‘¿Dónde está mi familia enana?’ Era el doctor Mengele, que ordenó que nos sacarán de allí».
Todos los integrantes de la familia Ovitz sobrevivirían a Auschwitz.
Muchísimos años más tarde, Perla (Piroska era su nombre original), la menor de las hermanas, recordaba esa lejana llegada al campo de concentración de mayo del 44 y reflexionaba frente a las cámaras de un documental televisivo: «Si hubiéramos tenido un tamaño normal, hubiéramos sido asesinados y quemados esa misma noche».
Solo ella quedaba viva de la familia de enanos. Y les dijo que cuando estuvo en Auschwitz, prometió contarle al mundo su historia para que el nombre de su clan jamás quedara en el olvido.
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Los nombres, edades y fecha de muerte de los siete artistas de variedades que sobrevivieron al campo de concentracioón de Auschwitz
El Ángel de la Muerte y sus hombres habían torturado y diseccionado a varios gemelos y cuando se trataba de enanos, si tenían suerte, los fusilaban. Luego de baleados, sus asesinos los hervían hasta que quedaran solo sus huesos, y los esqueletos iban a un museo de Berlín.
Uno de los Ovitz recuerda haber visto cómo arrojaron a otro enano a un baño de ácido. Pero los siete hermanos liliputienses, más otros cinco miembros de la familia, permanecieron en las casetas de prisioneros especiales, donde recibían una modesta alimentación y no tenían que realizar trabajos forzados.
La tranquilidad tenía un precio. Los Ovitz sufrieron dolorosos e indignantes tratamientos: les inyectaban a las mujeres sustancias químicas en el útero, les extirpaban muestras de tejido y les extraían fluido de la médula espinal.
No era suficiente: los doctores al servicio de Mengele les vertían primero agua hirviendo y luego helada en sus oídos (lo que les hacía perder la cordura) y también les echaban unas gotas en los ojos que los cegaban.
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El Bloque 10, de Auschwitz estaba dedicado a los experiementos científicos con los prisioneros
Y, con toda la sevicia, les extraían los dientes sanos, les arrancaban el pelo y las pestañas, todo para ver si había alguna diferencia entre los pequeños y la gente alta.
Perla narró a los autores del libro que Mengele hacía comparaciones inagotables: “Sacaba la sangre de nuestras hermanas mayores enanas, quienes habían nacido de otra madre, y la comparaba con la nuestra para comprobar si de verdad proveníamos del mismo padre.
Comparaba nuestra sangre con la de nuestras hermanas altas para ver de qué manera era diferente; no podía dejar de preguntarse cómo esa cantidad tan elevada de enanos podía haber salido de dos madres altas y un mismo padre enano”.
Raphael Falk, profesor del departamento de genética de la Universidad Hebrea, dice en esta investigación que revisó los exámenes médicos existentes que les practicaron y, según él, Mengele no tenía idea de qué estaba buscando. Por eso los repetidos test y la gran cantidad de sangre que les sacó.
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Joseph Mengele, el Ángel de la Muerte, separó a los Ovitz del resto de los prisioneros del campo de concentración para hacer con ellos todo tipo de crueles experimentos
La menor de los Ovitz dijo, además, que Mengele era tan guapo como una estrella de cine. “No es algo que esperas que una víctima diga de su victimario”, afirman.
Una vez la acompañaron a una charla que les iba a dictar a unos niños de colegio, un día de conmemoración del Holocausto, y les dijo: “El doctor Mengele era mi jefe en Auschwitz”. De su bolso sacó una foto de él y se las pasó para que la vieran.
Quería que Mengele cayera prisionero para ir a juicio, pero no que lo ejecutaran porque “a mí me salvó la gracia del demonio”. Su falta de deseo de venganza era un gran acto de nobleza, pensaron entonces los escritores.
Cuando los soviéticos liberaron el campo de concentración el 27 de enero de 1945, la familia empezaba a sentir que el científico se cansaría pronto de ellos, y que los iba a separar después de ocho meses de experimentos sin ton ni son. Diez días atrás, Mengele había abandonado Auschwitz con dos maletas llenas de documentos con sus investigaciones.
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La familia Ovitz completa en Bélgica, en el año 1949, antes de partir a Israel
Luego de una breve estadía en un campo de refugiados ruso, regresaron a Rozavlea. De allí emigraron a Bélgica y, en mayo de 1949 partieron rumbo a Israel. Poco tiempo después, instalada en Haifa, la familia Ovitz volvió a ofrecer su arte en los escenarios.
Tal como ocurría antes de la tragedia bélica, Perla tocaba el ukelele, Freida, el címbalo, Rozika y Franzika, el violín, Micki, el violonchelo y el acordeón, Elizabeth, la batería y Avram era quien escribía los guiones y llevaba los números del grupo.
Los Ovitz volvieron al espectáculo, cantar, bailar y recorrer buena parte de Europa, con altas y bajas en sus negocios, porque, como dicen Koren y Negev, por casi 15 años –desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta comienzos de los años sesenta– los sobrevivientes del Holocausto en su mayoría callaron y no contaron su historia.
Se enfocaron en reconstruir sus vidas, concentraron su energía en crear una nueva familia, en tener trabajo, y todo eso no en su lenguaje o lugar de origen, sino en otros países (Israel y Estados Unidos, por ejemplo). El pasado era demasiado doloroso para hablar de él.
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Una de las actuaciones de la troupe Lilliput en Israel, luego de la Segunda Guerra Mundial
En 1955, la famosa troupe Lilliput anunciaba su retiro. La mayoría de ellos fueron longevos y vivieron tranquilos tras su salida del espectáculo. La última en partir de este mundo fue Perla, la menor, que murió en 2001, a la edad de 80 años.
Entre tanto, Mengele llegó a Buenos Aires a finales de agosto de 1949 y, ante el acoso de las autoridades, viajó a Paraguay en 1959. Se supo que poco después llegó a Brasil donde, según su hijo Rolf, murió el 7 de febrero de 1979. Sufrió un infarto mientras nadaba y se ahogó.
En una de sus últimas entrevistas, difundida en el citado documental del canal Smithsoniano, Perla aseguraba que “no odiaba” a Mengele. “Debería hacerlo -decía-, pero nos dejó vivir”.
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Perla Ovitz brindó su testimonio sobre la experiencia de la familia en Auschwitz para un documental estadounidense
Sobre el final de la nota la anciana confesaba cómo era despertarse cada día luego del horror de Auschwitz: “Los labios sonríen, pero el corazón llora”, expresaba entonces, con los ojos llenos de lágrimas.
Los autores del libro siguieron frecuentando a Perla, quien vivía sola, pues los demás hermanos y hermanas habían muerto. Describen que hacia el final de sus días parecía una actriz del viejo Hollywood, siempre bien arreglada, con colorete rojo brillante y su pelo teñido de negro. Koren y Negev recuerdan que “cuando íbamos a verla ‘se encendía’, como si estuviera de nuevo ante su público.
En ocasiones nos cantaba. Durante los siete años que tuvimos contacto, hasta su muerte en 2001, nos dio una lección con su actitud corajuda: sentíamos que no teníamos derecho a quejarnos de nada en la vida”.
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