John Deacon, el enigmático bajista de Queen que se recluyó para siempre en su casa después de la muerte de Freddy Mercury y el último recital que Freddie Mercury hizo con Queen sin saber que era su despedida …
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John Deacon con Freddie Mercury en la gira de 1978 en la que Queen presentó News of the World
Infobae(M.Bauso) — Hace 23 años que no hace apariciones públicas. Su vida es un misterio y él se ha convertido en un recluso que apenas sale de su casa. Hoy cumple 70 años y, seguro, no habrá ningún festejo público. Nadie sabrá quién estuvo en la fiesta. Aunque sea fácil suponer que no habrá ningún famoso. Los invitados no saldrán de su esposa, sus hijos, nueras, yernos y nietos.
John Deacon siempre cultivó el perfil bajo. Todavía en actividad era el miembro más discreto de Queen. Fue el último en entrar en la banda y, justamente, su personalidad apocada, poco propensa a la exteriorización fue uno de los argumentos principales que posibilitaron su incorporación.
Los otros tres (May, Mercury y Taylor) necesitaban un bajista pero también alguien que no desacomodara la química del grupo, alguien que aportara equilibrio. Deacon parecía el candidato ideal.
Prontamente encontró en el vocalista a un amigo. Siendo el menor de los cuatro, Deacon se apoyó en Mercury y solidificaron un vínculo, una amistad genuina. Por eso luego de la muerte de Freddie fue a quien más le costó superar el dolor y volver a poner en funcionamiento la maquinaria Queen.
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John Deacon fue el último miembro en entrar a la banda.
Nació en Leicestershire. Su papá murió cuando él era muy chico. Su madre luchó por salir adelante. Consentía al hijo todo lo que podía. Así cuando él le pidió una guitarra, ella gastó sus ahorros en ella. Era roja y tenía un músico con camisa vaquera roja dibujada en la tapa.
John con sus siete años empezó a domar el instrumento. A los 14 años tuvo su primera banda, The Opposition. Al año siguiente el bajista de un grupo juvenil, que ya había cambiado el nombre a The Art, renunció.
Deacon cubrió su lugar. Unos años después cuando Deacon ingresó a la universidad para estudiar ingeniería electrónica (de las estrellas del rock, los de Queen deben ser los músicos con mayores reconocimientos académicos), la banda se disolvió. John, entonces, revisaba los avisos de las revistas musicales e oba a cuanta audición podía.
Él buscaba alguien que sonara como Deep Purple, pero mientras tanto se conformaba tocando en bandas R&B o soul. Cuando estaba por cumplir 21 años, conoció a Brian May y Freddie en una disco. Estaban sin bajista y lo invitaron a hacer una prueba. Algunos dicen que fue el cuarto bajista en ser escuchado; otros que fue el séptimo.
Lo cierto es que esa misma noche, John Deacon fue aceptado como miembro de Queen. A su madre no le gustó la idea, temía que desatendiera sus estudios. Pero John se recibió con honores poco después.
Que su presencia escénica (pese a sus cambios capilares: pelo largo, afro o trabajada permanente según la época) fuera discreta, no implicaba que su aporte al grupo fuera menor. Él era el balance y la red de contención. Su ductilidad como bajista es reconocida entre pares y especialistas.
La revista Rolling Stone, por ejemplo, lo eligió 32 entre los 100 mejores bajistas de la historia. Su bajo no sólo se encargaba de la parte rítmica, de dar basamento a la música de Queen, sino que se destacaba en las líneas melódicas. A partir del tercer disco empezó a escribir canciones.
Varios de los grandes hits de la banda fueron creación de Deacon: Another one bite the dust, You are my best friend, I want to break free, Spread your wings, entre otras. Co-escribió con Mercury Friends will be friends. Tampoco se debe olvidar que la característica y adictiva línea inicial de bajo de Under Pressure también es obra suya.
Deacon se enamoró y se casó pronto. Con Verónica Tetzlaff, una chica católica de origen polaco. El éxito masivo, las giras globales, los periodistas y las groupies llegarían después. También los (muchos) hijos de Deacon: cinco varones y una mujer.
Con sus primeros ingresos importantes por derecho de autor compró una casa en el sur de Londres. Allí es donde sigue viviendo más de cuarenta años después y con una fortuna que se calcula en los 150 millones de dólares.
Dicen, quienes lo conocen, que nunca quiso mudarse para no afectar la escolaridad de sus hijos, para brindarles una vida lo más normal posible.
En alguna época, en tiempos del éxito masivo y de las giras de dos años de duración, el alcohol y las drogas lo complicaron. También la depresión, en especial en el momento en que el grupo decidió parar y que cada uno de los cuatro se dedicara a sus proyectos solistas. Pero el regreso a los escenarios a mediados de los ochenta lo revitalizó.
Luego de la muerte de Freddie, John Deacon creyó que sin su líder el grupo no podía continuar. Para él, Queen eran ellos cuatro. Si faltaba alguien, y mucho más si esa ausencia era Freddie, el grupo no debía continuar. Sin embargo durante unos años siguió: dos o tres recitales benéficos, algún homenaje, Made in heaven el disco con la voz póstuma de Freddie.
Hasta que en 1996 dijo basta. May y Taylor trataron de convencerlo. Sabían que la franquicia gozaba de buena salud y que quedaba mucho por facturar. Deacon, amable pero firme, resistió los embates y mantuvo su decisión. Llegaron a un acuerdo rápido: los otros dos podían continuar con el nombre de la banda y encarar los proyectos que quisieran, sólo tenían que consultar con él antes de firmar algún contrato de importancia.
De esa manera hubo giras con otros cantantes, publicación de más Greatest Hits, un musical en Londres (que él presenció) y Broadway y, naturalmente, Bohemian Rhapsody, la película que revitalizó el interés por la banda. Muchas veces Deacon ni siquiera se molesta en responder qué opina de estos proyectos.
Sus compañeros asumen que ese silencio implica aprobación y ponen en marcha los negocios. Roger Taylor declaró a periodistas ingleses: «En la gran mayoría de las oportunidades nisiquiera nos responde. Eso si, los cheques los acepta todos». Algunas calculan que cada año, sin salir de su casa, recibe más de 10 millones de dólares en regalías.
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Deacon, tras la muerte de Freddie Mercury, no quiso continuar con la actividad de la banda.
Alguna vez presenció un ensayo en el que los miembros restantes de Queen preparaban We Are The Champions con Robbie Williams. Cuando terminó la interpretación, Deacon quedó en silencio un largo rato. El resto lo miraba expectante. Sólo dijo una breve frase antes de volver a callar: «Este señor, decididamente, no es Freddie»
Su última gran aparición en los medios se produjo en 2002. Fue, sorprendentemente, carne de tabloide. El hombre discreto, el bajista invisible, fue tapa de los medios más escandalosos durante días. Se descubrió que Deacon mantenía una relación con una stripper de 25 años. Los datos comenzaron a llover.
Los testigos de a poco cedieron a la tentación de la fama efímera y fueron contando detalles y aportando datos. Deacon tenía un palco vip permanente en un exclusivo club de strip tease londinense. Convertirse en parroquiano y enamorarse de una de las chicas fue casi una continuidad.
Luego, el seguimiento de los periodistas, la investigación y alguna delación permitieron conocer que le había regalado un Mercedez Benz, un departamento y hasta que había pagado la vacaciones de toda la familia de ella en Marbella.
Cuando el escándalo explotó, Deacon dejó de frecuentar el club, no dio ninguna declaración y aumentó, aún más, sus costumbres eremitas.
Tal vez debe haber pensado que este romance fugaz era una nimiedad para el integrante de un grupo que solía presentar sus discos organizando bacanales de un fin de semana de duración o en el que cada celebración post concierto se convertía en una multitudinaria orgía.
Cuando se estrenó Rapsodia Bohemia, el tanque cinematográfico que narra la vida de Freddie Mercury, en la alfombra roja sólo estuvieron presentes dos de los tres integrantes sobrevivientes de Queen: el guitarrista Brian May y el baterista Roger Taylor.
Aparecieron en todas las fotos, alegres, olímpicos, mezclados con los actores de la película. Peinados urdidos, bronceadas perfectos, sonrisas de varias decenas de miles de dólares, costosas joyas, trajes a medida. Dos rockstars, algo veteranos pero radiantes.
La ausencia del tercer integrante del grupo no sorprendió a nadie. John Deacon no se presenta en eventos públicos desde hace veintitrés años.
En medio del furor post-estreno de la película fueron muchos los periodistas que hicieron guardia frente a su casa para obtener una imagen o una imposible declaración del bajista. Sólo obtuvieron unas pocas fotos. En una esquina, contra una pared de ladrillos, un señor mayos fuma y mira con desconfianza, parece haberse dado cuenta de que estaban apuntándolo con una cámara (o un teléfono).
Los pocos pelos que subsisten peinados para atrás -sólo hay canas en esa cabeza-, un cardigan trenzado, pantalón pinzado, camisa a cuadros, panza prominente. Parece más un bancario retirado que el integrante de uno de los grupos de rock más populares de la historia.
Pero Deacon, después de varios años de excesos, desniveles y depresión, eligió tener una vida normal. Una vida lo más normal posible. Bajarse del circo, salir de debajo de los focos no le costó demasiado. Se refugió en su familia y en su casa de siempre; no necesitó de un palacio para recluirse.
Ante el requerimiento de los periodistas, un vecino confirmó que Deacon seguía viviendo allí pero que no lo solían ver, que salía de su casa muy poco, a veces pasan meses entre una salida y la otra. Su última salida regular y cotidiana se interrumpió hace unos años.
Todas las tardes, él y su mujer, la misma desde hace 46 años, caminaban una decenas de metros para tomar un copa de frío vino blanco en la barra del pub de su cuadra. Charlaban un rato y volvían a su casa para cenar.
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Una de las pocas fotos recientes que se conocen de John Deacon, sacadas en la calle mientras fumaba un cigarrillo. Durante el furor del estreno de Rapsodia Bohemia, los fotógrafos montaron guardia en su casa pero no consiguieron retratarlo
Pese a eso, en épocas de los celulares que filman con gran fidelidad de imagen, y en las que existe la necesidad de que todo quede registrado, no sorprende que circulen por You Tube algunos videos del Deacon actual abordado por fanáticos en alguna calle londinense.
El contraste con su ex compañeros de banda es llamativo. Deacon no tiene aire jovial (indispensable para una estrella de rock), ningún artilugio que lo haga parecer de menos edad (cirugías, tratamientos capilares, maquillajes), viste ropa poco llamativa y se muestra sobrepasado por los requerimientos de sus fans.
En uno de esos videos se tapa la cara con sus manos cuando llegan varios jóvenes a pedirle su autógrafo.
Deacon, siempre apocado, se movió con dificultad en el mundo del rock. Dio conciertos para masas, hizo una fortuna, creó canciones inmortales, integró una de los grandes grupos de la historia, vivió años de excesos y, simultáneamente, formó una familia.
Un día decidió dejar todo. Y disfrutar de otras cosas. Intentó construir, dentro de lo posible, una vida normal con su familia. Las luces, los flashes, la fama y los excesos se convirtieron para él en una cosa del pasado.
Cuando estaba de cerca de cumplir cincuenta años, empezó una nueva vida, con la inteligencia y la prevención de conservar lo mejor de la anterior.
“No puedo más, me duele todo el cuerpo”: el último recital que Freddie Mercury hizo con Queen sin saber que era su despedida
El show había terminado. “Muchas gracias a todos. Buenas noches y dulces sueños. Los amamos”. Esas fueron las últimas palabras de Freddie Mercury sobre el escenario. De fondo sonaba God Save the Queen. La gente ovacionaba a la banda. Él, con el torso desnudo, una larga capa real de terciopelo rojo, una corona en una mano y el cetro y el micrófono en la otra, se retiró del escenario. Y ya no habría bises ni nuevas funciones.
Ninguno sabía que sería la última vez. Ni ellos cuatro ni las ciento veinte mil personas del público. Imposible planear un final tan cercano a la apoteosis, que se confunda con ella. Para todos era sólo un magnánimo final de una gira triunfal.
El Magic Tour en el que presentaban el disco A Kind of Magic había tenido decenas de fechas, siempre agotadas. Queen era una banda de estadios. Su hábitat eran las multitudes.
Un mes antes habían llenado Wembley dos veces. Las entradas para esos conciertos se agotaron en tiempo récord. La gira debía terminar con las tres actuaciones en España. Pero el manager Harvey Goldsmith subió la apuesta y convenció a los músicos de sumar una actuación más. Otra vez en Londres pero en un sitio que de tan grande parecía imposible de llenar.
El 9 de agosto de 1986, hizo 35 años, en Knebsworth Park y ante al menos 120.000 personas (esas fueron las entradas vendidas pero se calcula que había varios miles más) Queen daba su último recital con Freddie Mercury.
Hubo tres grupos que oficiaron de teloneros. A Belouis Some, la primera banda en subir, le fue mal. Los abuchearon, les tiraron todo lo que tenían a mano. Fue una derrota que tal vez, por la masivo, derrumbó definitivamente su carrera. Después llegaron los experimentados Status Quo, que habían estado el año anterior en el Live Aid.
Tampoco convencieron al público. Parecía que cada banda que se presentaba, en vez de distraer a la gente, en vez de hacer que el tiempo pasara más amablemente, sólo les recordaba las horas que faltaban para que apareciera el grupo que ellos habían ido a ver. Por último fue el turno de Big Country, que pasaban por un buen momento con un tema en los charts.
Los atascos en las vías de acceso duraron horas. Algunos, previsores o ansiosos, acamparon en la entrada para ingresar apenas abriera el predio. Otros tardaron hasta 5 horas para hacer un camino que, en circunstancias normales, sólo les llevaría 30 minutos. Los músicos no podían llegar por tierra. Fueron en un helicóptero que aterrizó en un descampado detrás del escenario.
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Aviso del show que salió publicado en diarios y revistas especializadas con el anuncio de las bandas que oficiarían de teloneras en esa jornada histórica
Hay imágenes del precalentamiento de Freddie en el camarín. Prepara la voz, hace flexiones con energía, elonga. Después la caminata triunfal hasta llegar al escenario. Freddie lleva una musculosa amarilla, una chaqueta del mismo color con apliques y charreteras y un pantalón blanco con vivos dorados.
A medida que pasen las canciones, el vestuario se modificará varias veces.
Las condiciones técnicas fueron impecables. Un escenario imponente. Un sonido claro y potente, el mejor posible en la época. Y varios pantallas gigantes, con la más grande detrás de los músicos, para que desde cualquier lugar del predio se pudiera seguir la actuación sin inconvenientes.
Ese día la formación fue la de siempre. Freddie Mercury, Brian May, John Deacon y Roger Taylor. Como durante toda la gira, Spike Edney se sumó en teclados y en coros.
Se apagaron las luces, la multitud gritó nerviosa, ansiosa y empezó God Moves in a Misterious Ways, una introducción instrumental que permitía aumentar la expectativa, que entraran las palmas del público y que se acomodaran los músicos.
Enseguida, el primer tema, One Vision: la guitarra rápida de May y la base rítmica, hasta la entrada de la voz de Freddie.
Era tanta la gente que para la gran mayoría (y también para los músicos) un hecho trágico pasó desapercibido.
Mientras sonaba la primera canción de la noche, en el medio del campo, se produjeron algunas corridas. Parecía que era algo pasajero, que la presión de los del fondo ante la emoción del comienzo del show, había empujado a la multitud hacia adelante.
La masa se movía de manera uniforme, era como una danza colectiva que iba dejando un lugar abierto en el centro. Allí había ocurrido un asesinato. Un joven fue apuñalado tras una discusión. La policía retiró el cadáver aunque pocos se enteraron del grave incidente. Varias semanas después tres jóvenes fueron acusados por el homicidio.
Dos horas de show en la que Queen desplegó cada una de sus caras. Tocaron 5 temas de su último disco (que había sido un éxito de ventas pero al que la crítica había recibido con frialdad, y en alguno casos hasta con ácido sarcasmo; sin embargo A Kind of Magic contenía el tema homónimo, One Vision, Who Wants to Live Forever y Friends Will Be Friends, entre otros).
Y también cada uno de sus hits. Pero la serie final que eligieron era (y lo sigue siendo) invencible: Bohemian Rhapsody, Hammer to Fall, Crazy Little THing Call Love, Radio Ga Ga, We Will Rock You, Friends Will Be Friends y We are the Champions. Un setlist perfecto.
El público enloquecía. Habían recibido lo que habían ido a buscar, y, tal vez, un poco más. Lo que todavía no sabían, no tenían modo de saber era que esa experiencia no se volvería a repetir.
Los músicos volvieron al centro de Londres y a su hotel en helicóptero. La multitud se desconcentró de manera muy lenta. A alguien se le ocurrió una idea que pudo haber provocado daños y pérdidas irreparables. Apenas finalizó el concierto y luego de abrir los accesos, apagaron todas las luces.
Más de 120.000 personas trataban de irse del lugar tanteando a cada paso. Buscaron a ciegas en el bosque y en los campos aledaños el lugar en le que habían dejado su auto. Mientras tanto la policía palpaba a cada espectador y revisaba las carteras y mochilas; buscaban el cuchillo asesino.
La ruta y los caminos de salida están colapsados. A los espectadores la salida del predio les llevó horas.
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Durante las 26 fechas del Magic Tour, Queen presentó A Kind of Magic, su onceavo disco de estudio
El recital en Knebworth fue el final de una gira extenuante pero gloriosa. Queen había revalidado el título que había obtenido un año antes durante el Live Aid, esos 15 minutos en los que conmovió al mundo. Era uno de los grandes shows en vivo.
La música podía pasar de las baladas emotivas al heavy, de la intimidad de Love of my Life a la grandilocuencia operística de Bohemian Rhapsody. La solidez musical de los intérpretes y la prestancia escénica de Freddie Mercury que lograba cautivar a cada espectador.
Mercury logró que el público se sintiera parte, que viviera una experiencia: los coros de épicos We are the Champions, las palmas sincronizadas de Radio Ga Ga son ejemplos evidentes o los juegos vocales que el front-man hacía repetir a la gente.
Apenas terminó el show, el cantante les dijo a sus compañeros: “No puedo más. Me duele todo el cuerpo”. No era una confirmación del final ni mucho menos una renuncia. Sólo una descripción del cansancio tras la sucesión de shows, los viajes, la energía dejada en el escenario ante cientos de miles de personas.
“Freddie siempre decía eso cuando terminábamos una gira. No significaba que no seguiría. Sólo que estaba cansado por el trajín”. En las imágenes de ese día no hay ningún indicio del final. Ni en los momentos previos al show, ni en las palabras finales, ni en la actitud de ninguno de los músicos.
Freddie Mercury estaba convencido que sólo había terminado la presentación de su disco más reciente. En poco tiempo, creía, se iba a volver a encontrar con su público.
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Ni Freddie Mercury, ni los otros tres miembros de Queen sabían que la de Knebworth sería su última actuación.
Al año siguiente, Freddie Mercury supo que tenía HIV. El Sida, en ese entonces, era incurable, una sentencia de muerte que al drama de la enfermedad terminal se sumaba el escarnio público, el estigma. Su deterioro físico fue evidente y veloz. Queen, con su formación original, ya no se presentaría en vivo. Pero ese no fue el final de la banda.
Cuando Freddie les contó a sus compañeros sobre su estado de salud, les pidió seguir grabando. Y así lo hicieron. Queen sacó dos discos más (y dejó material para uno que saldría póstumamente) mientras Freddie lidiaba con la enfermedad y con la prensa que sospechaba que las cosas no andaban bien: los periodistas de los tabloides querían alguna declaración que se convirtiera en un titular que vendiera cientos de miles de ejemplares o, mejor aún, alguna foto escabrosa.
Freddie Mercury murió el 24 de noviembre de 1991, poco más de 5 años después del recital multitudinario recital en Knebsworth, el último con Queen, aunque nadie en ese momento lo supiera.
La grabación de esa última actuación circuló durante décadas en copias piratas. De esa gira se editaron los shows en Wembley y el del primer recital tras la Cortina de Hierro, en Budapest. Sin embargo en 2018, el show de Knebworth, fue lanzado oficialmente.
Un registro de ese show histórico que a su valor musical, le suma el arqueológico y emocional. Ese día terminaba mucho más que el Magic Tour.
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