Las tumbas perdidas de Nubia: así son las desconocidas 250 pirámides de Sudán …

Las pirámides Meroe en el desierto del Sáhara, Sudán.
ElConfidencial(R.Rodriguez)/The conversation(A.M.A.Mahmoud) — Cuando hablamos de pirámides, inmediatamente una palabra se nos viene a la cabeza: Egipto.
Posiblemente, las estructuras levantadas por aquella civilización hace más de 2.000 años son algunas de las más impresionantes y misteriosas de todos los tiempos y, por ello, muchos expertos siguen afanándose en estudiar cómo se consiguieron levantar con los escasos medios tecnológicos de la época.
Sin embargo, no demasiado lejos de allí existe un lugar que cuenta con muchísimas más pirámides que Egipto y mucho más desconocidas: se trata de Sudán.
La zona del valle del Nilo en Sudán es, posiblemente, uno de los lugares habitados más antiguo del mundo.
Se tiene conocimiento de que allí, hace más de 5.000 años, diversas civilizaciones ocuparon la zona, siendo a partir del año 2.600 a.C. cuando vivieron su gran esplendor.
Desde entonces y hasta el año 300 d.C., esta zona conocida como la antigua Nubia fue gobernada por los kushitas, quienes tuvieron una relación de amor-odio con los egipcios a lo largo de los años.
Batallas y alianzas forman parte de su historia y tan entremezcladas estaban sus culturas que ambas compartieron costumbres, como enterrar a sus reyes dentro de pirámides.

Las tumbas perdidas de Nubia: así son las desconocidas 250 pirámides de Sudán.
Sin embargo, las pirámides de Sudán no son demasiado conocidas a nivel popular.
Los kushitas se organizaron principalmente en tres reinos: Kerma, Napata y Meroe. Cuando esta civilización perdió su esplendor allá por el siglo IV, las pirámides quedaron abandonadas en pleno desierto.
Poco a poco, la arena las fue cubriendo y destrozando parcialmente, hasta quedar en el más absoluto olvido durante siglos.
Sería en el año 1772 cuando el escocés James Bruce halló una serie de obeliscos y restos pétreos apenas perceptibles cuando viajaba de regreso desde las fuentes del Nilo Azul. Por los escritos antiguos, Bruce creyó que podría ser la antigua Meroe.
No sería hasta el año 1822 cuando el francés Frederic Caillaud encontró más de 25 pirámides sobresaliendo de la arena.
Su descubrimiento lo documentó en el libro ‘Viaje a Meroe’, publicado en 1826. Lo que, a priori, podría suponer una buena noticia, como es encontrar los restos de una civilización perdida, en realidad fue todo lo contrario: este anuncio público dio lugar a que cazadores de tesoros y antigüedades se desplazaran hasta la zona, saqueando y dañando gravemente estas estructuras.
De hecho es lo que hizo Giuseppe Ferlini: el italiano encontró un tesoro que perteneció a la Kandake (reina) Amanishakheto y, tras hacerlo, decidió colocar explosivos: se le considera el responsable de la destrucción total y parcial de 40 pirámides.

Fue, de hecho, el detonante para que arqueólogos de medio mundo decidieran poner el grito en el cielo para frenar estos saqueos y la consiguiente destrucción.
A partir de ahí, muchos expertos se empezaron a desplazar a la zona con el objetivo de protegerla y recuperar un tesoro arquitectónico que nos podría contar cómo era la vida en la zona hace varios milenios.
Y esa misión, a día de hoy, no ha acabado, pues casi 300 años después de su redescubrimiento los expertos siguen hallando objetos de preciado valor en la zona.
A día de hoy, se han encontrado más de 250 pirámides repartidas por todo el territorio de Sudán, todas ellas con características muy similares entre sí pero muy diferentes con respecto a las de Egipto.
Todas ellas se tratan de estructuras creadas con granito y arenisca, construidas con hileras escalonadas de bloques de piedra colocados horizontalmente.
Las pirámides nubias contaban entre con entre 6 y 30 metros de altura, pero eran mucho más pequeñas que las egipcias, pues su base era muy estrecha.
Así, aunque en altura son similares, resultan estructuras altas y delgadas con una inclinación aproximada de 70°, mientras que las de Egipto están entre 40 y 50°.

Las pirámides se elevan sobre la arena del desierto de Sahara.
Curiosamente, el número de pirámides encontradas en Sudán es muy superior a las halladas en Egipto, pues se han encontrado más de 250 pirámides nubias a lo largo del río Nilo.
Sin embargo, todas ellas han sido saqueadas y no se han conseguido más que hallar algunos restos de la riquezas que se escondían en su interior.
Algunos féretros, piezas de cerámica, piedras talladas y algunos restos de pintura han conseguido sobrevivir a los saqueos y al paso del tiempo.
Sin embargo, estos grabados sí nos indican que los reyes enterrados en las pirámides fueron momificados, cubiertos con joyas y depositados en cajas de madera.
Sin embargo, las pirámides nubias son prácticamente un secreto para medio mundo, pues son muy poco conocidos a nivel internacional.
El turismo es ínfimamente bajo en comparación con Egipto y, a día de hoy, los expertos creen que quedan muchos enigmas por descubrir.
No en vano, en el año 2003 se encontraron esparcidos por el desierto más de 40 grandes estatuas de faraones hechas de granito, que se consideran que fueron las representaciones de los gobernantes del imperio kushita.
El desierto aún esconde muchos secretos en Sudán: las pirámides nubias son un verdadero tesoro que sigue resistiendo el paso del tiempo.
Construidas a base de arenisca y granito, estas inclinadas pirámides contienen capillas y cámaras funerarias en su interior decoradas con ilustraciones e inscripciones.
Grabadas con jeroglíficos y escritura meroítica, celebran las vivencias de los mandatarios de Meroe, una de las ciudades más ricas de Nilo y centro del poder establecido por Kush, un antiguo reinado que rivalizó con Egipto.

Hay muchas más pirámides en Sudán que en Egipto.
El yacimiento de Meroe está localizado a unos 200 kilómetros al norte de Jartum, la capital de Sudán. y en la actualidad es uno de los lugares designados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.
Sin embargo, la falta de conservación, las duras condiciones climatológicas y la negligencia de algunos visitantes han hecho mella en los monumentos.
Ya en la década de 1880, el explorador italiano Giuseppe Ferlini arrasó algunas pirámides en su búsqueda del tesoro de Kushite, dejando a muchas de las tumbas desprovistas de sus características puntas.
Muchas otras pirámides sudanesas fueron robadas y destruidas por saqueadores.
Arenas cambiantes contra las pirámides
En la actualidad, tormentas y arenas cambiantes suponen las mayores amenazas para los patrimonios más antiguos de Sudán, aunque este fenómeno no es nuevo y ya se recogía en las crónicas de hace miles de años.
Una inscripción encontrada en un templo del siglo 5 a.C. describe a un rey kushita dando una orden de limpiar la arena del camino: “Su Majestad trajo gran multitud de manos para limpiar, hombres y mujeres además de niños reales y gobernantes para mover la arena; y Su Majestad cargó con la arena en sus manos por sí mismo, liderando a la multitud durante muchos días”.
Hoy esa amenaza se ha exacerbado por el cambio climático, haciendo que la tierra sea más árida y las tormentas de arena se den con mayor frecuencia. Las arenas movedizas pueden sumergir casas enteras en las zonas rurales de Sudán, cubrir campos, canales de irrigación y las orillas de los ríos.
Mientras algunos arqueólogos creen que el movimiento de la arena ayuda a preservar las reliquias lejos de los ladrones, es conocido su efecto en detrimento de los yacimientos excavados, sepultándolos en mitad del desierto. La arena proveniente de las tormentas también erosiona las esculturas y los delicados trabajos tallados en piedra.

La arena cubre escala sobre una pirámide en el cementerio real de Meroe.
Luchando contra la desertificación
El mejor modo de combatir el movimiento de la arena y la desertificación pasa por incrementar la cobertura vegetal y uno de los proyectos más ambiciosos para la reforestación de África está avanzando en este sentido.
Agrupando a más de 20 naciones, la Gran Barrera Verde es un proyecto multimillonario que busca frenar el crecimiento del desierto del Sáhara mediante la reforestación de 100 millones de hectáreas de tierra árida desde Senegal, en el oeste africano, hasta Djibuti, en el este.
La intención es cultivar la mayor barrera de vegetación del planeta, siendo Sudán el país que contiene el mayor tramo del “muro”.
Sólo el 4% del objetivo se completa hasta el momento, con grandes variaciones de terreno reforestado entre países.
Cuando se complete, este proyecto experimental probablemente limitará la frecuencia de tormentas de arena y ralentizará los movimientos de arena hasta las tierras fértiles y los lugares Patrimonio de la Humanidad en el norte de Sudán.
También contribuirá a atajar las olas de calor extremo en áreas semi-áridas como la capital, Jartum, donde las temperaturas superan con creces los 40ºC durante el verano.
Sin embargo, monitorizar el impacto de un proyecto que abarca 5.000 millas a lo largo de Áfica requiere de datos a gran escala, que los proporcionarán los últimos satélites disponibles y tecnologías de sensor remoto.

Satélites para monitorizar la arena
Las imágenes satélites pueden proveer información muy valiosa acerca de los movimientos de las arenas.
En la actualidad ya se usa esta tecnología para monitorizar las tormentas de polvo que transportan arena desde el Sáhara hasta la Amazonia a lo largo del Atlántico y que contienen nutrientes esenciales para la fertilización.
Pero… ¿qué pasa con la pequeña escala? ¿Cómo se puede predecir cuándo se introducirá la arena en un campo, un pozo o una pirámide?
En una investigación reciente, se han utilizado múltiples imágenes superpuestas tomadas desde aeroplanos para generar modelos de elevación digital para las dunas de arena en la región norte de Sudán.

Una vista desde lo alto del sitio arqueológico.
Eso llevó a una posterior investigación doctoral, centrada en la monitorización de dunas de arena utilizando imágenes ópticas y de radar desde satélites, imágenes láser desde el aire y numerosas técnicas.
La investigación también se centra en la influencia de factores como la velocidad y la dirección del viento, la presencia de vegetación y la topografía del lugar.
El objetivo es desarrollar un conocimiento exhaustivo acerca de cómo crecen las dunas de arena y cómo migran a lo largo y ancho del desierto.
Esto permitirá monitorizar la efectividad de las intervenciones como las barreras vegetales, ayudando a combatir la desertificación y el cambio climático mientras se asegura que la población sudanesa pueda cultivar la comida suficiente para subsistir en un entorno árido como es este.
Quizá, en un futuro, también sea posible predecir cuándo y cómo se enterrarán estas pirámides para poder prevenir su deterioro.

Entre la leyenda y la historia.
El Imperio Egipcio se mantuvo en pie con mayor o menor gloria durante casi 3.000 años, desde la costa mediterránea hasta la Primera Catarata, en la actual Asuán. Sus fronteras oscilaron más o menos, extendiéndose periódicamente más hacia el Sur y hacia el Noreste, ganando y perdiendo batallas contra los pueblos vecinos a lo largo de los siglos.
Hacia el Sur, después de la Primera y hasta más allá de la Sexta Catarata, se extendía un reino (del que en la Antigüedad se desconocían sus límites precisos) que se apoderó momentáneamente de territorio faraónico, y que a la vez rendían vasallaje y comerciaban con éste.
Se le conocía como Reino de Kush y era la principal fuente de oro de Egipto.
Los propios romanos miraban con interés estas tierras tras convertir a Egipto en una de sus provincias. Con el pretexto de buscar la fuente del Nilo en las región de Nubb (de donde procede el nombre de la etnia nubia que habita hasta el día de hoy en Egipto y Sudán), el emperador Nerón organizó una expedición que pretendía hacerse con el control de estas tierras y dominarlas.
Pero serían repelidos, incluso los nubios obtuvieron un tratado favorable: mantener la soberanía sobre sus propios dominios, sus riquezas, e incluso aumentándolas al convertirse en intermediarios imprescindibles del comercio entre el Imperio Romano y el comercio del Océano ´Indico.

Renacimiento nubio.
La historia kushita o nubia se podría dividir en tres grandes períodos que reciben el nombre de las ciudades que fuesen sus capitales: periodos o reinos de Kerma (2500 – 1500 AC), Napata (1000 – 300 AC) y Meroe (300 AC – 300 DC).
La conexión e influencia con el vecino del norte es innegable. El arte y la arquitectura nubia se empapan e inspiran en el arte egipcio, aunque con rasgos propios, influenciados por los pueblos del Sáhara y tribus de la sabana africana.
Será a partir del Reino de Meroe o Período Meroítico cuando esta cultura intenta buscar una identidad propia, renunciando incluso a la escritura jeroglífica para crear la escritura meroítica, inspirada en las escrituras hierática y demótica, las escrituras manuscritas egipcias.
Y aquí surge el gran problema, y es que al no haberse encontrado hasta la fecha ninguna inscripción en lenguas coetanias, como la famosa Piedra de Rosetta que permitió descifrar la escritura jeroglífica y demótica, todos los textos meroíticos, a excepción de algunos sonidos y nombres sigue siendo un gran misterio.

Las hermanas pequeñas, las pirámides olvidadas de Nubia
De esta misma época de renacimiento de la cultura nubia son sus pirámides.
Se inspiran en sus hermanas mayores de Egipto, pero de dimensiones mucho más comedidas. Para que nos hagamos una idea, si la mayor pirámide egipcia, la Pirámide de Koeps, tenía originalmente una altura de casi 147 metros, una inclinación de unos 52º, y unos lados de 230 metros de longitud.
Las pirámides nubias tienen una altura que oscila entre los 6 y los 30 metros de altura, con unos lados mucho más cortos que su altura provocando que las caras de las pirámides tengan inclinación de hasta unos vertiginosos 75º.
Estos monumentos se distribuyen por el actual Sudán repartidas en numerosas necrópolis, algunas de hasta más de 40 pirámides, como las de el-Kurru, Gebel Barkal, Nuri, Meroe o Sedeinga.
Algunas de las tumbas se han conservado perfectamente, de otras apenas nos han llegado sus cimientos, y muchas fueron testigo de su saqueo.
El interés por las pirámides nubias nació de la mano del explorador italiano Giuseppe Ferlini, pero a un alto coste. Pues fue él quien redujo a escombros la pirámide de la “kandake” o reina Amanishakheto, que gobernó del año 10 AC al 1 DC, llevándose su dorado tesoro a Europa.
Hoy sus joyas pueden encontrarse en el Museo Egipcio de Munich y en el de Berlín, así como en varios otros museos del mundo.
Hoy en día las pirámides olvidadas de Nubia, quedan atrás como refugio de un pasado de más de 2000 años, custodiando el desierto, disfrutando aún de la tranquilidad de no estar apenas explotadas por el turismo, a la espera de una nueva Piedra de Rosetta que ayude a descifrar y desvelar sus secretos.
nuestras charlas nocturnas.
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