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La ciudad de los muertos, El Cairo, Egipto …


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L.B.V.(J.Álvarez)/El Mundo (F.Carrión)/La Razón(afp)/La Jornada/

A vista de pájaro, encaramado a un minarete cercano, su geografía dibuja una gigantesca colmena en la que no existe la tregua. El silencio no es, en ningún caso, sepulcral en la Ciudad de los Muertos de El Cairo, un cementerio donde los vivos habitan sin reparos mausoleos y tumbas.

A sus 65 años, Sabek ocupa el panteón en el que descansan desde hace seis décadas los cuerpos de un general del ejército y su esposa.

«Mi padre vivió en este lugar desde 1945. Yo nací y crecí aquí. La vida en esta zona es buena y difícil al mismo tiempo«, relata el hombre de rostro cansado en el patio de su vivienda mientras alterna los sorbos de té y las caladas de nicotina.

Las lápidas presiden el jardín al que da el pequeño habitáculo que ha convertido en hogar, con una diminuta cocina y un rudimentario baño.

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Un barbero afeita a un hombre en la Ciudad de los Muertos.

«Vivo en una de las dos habitaciones que construyeron los dueños de la tumba para alojar por separado a las mujeres y los hombres que venían a visitar al difunto», explica quien se gana el sustento sumando, a duras penas, jornales como conductor, mecánico y cuidador de algunas sepulturas desperdigadas por el páramo.

El camposanto más concurrido de la megalópolis cairota, situado en los alrededores del barrio islámico que fascina a los turistas, es una sucesión de criptas donde miles de familias han hallado cobijo. Un paisaje árido y hostil a los pies de la montaña de Mokattam que se pobló de vivos a partir de la guerra árabe israelí de 1967.

En sus calles desembarcaron entonces los desplazados de la zona del canal de Suez y las mudanzas no han cesado, alimentadas por los abismos sociales de una urbe de 20 millones de personas y el hacinamiento de sus principales barrios.

«Muchas veces he pensado en marcharme y buscar otro techo pero no tengo dinero y mi trabajo depende de permanecer aquí«, despotrica Sabek. Hace años, sin embargo, que envió a su esposa y siete hijos a un pueblo del delta del Nilo, lejos del laberinto de tumbas. «Prefiero que estén allí. Esta vida es dura», arguye.

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«El agua y la electricidad de mi casa son robadas. Conecté la luz a la de la tumba de un rico y lo mismo hice con el agua aprovechando unas tuberías que pasan cerca».

«El Arafa» -como se conoce en el dialecto cairota a esta necrópolis- es una ciudad cuya vida discurre en paralelo a la del resto de vecindarios. En sus recovecos se han instalado talleres mecánicos, negocios de orfebres, tiendas de ultramarinos, cafés o constructoras.

Es también el hogar de los sepultureros que se reparten el negocio funerario. Mohamed Basiuni, de 70 años, es uno de los más curtidos en el oficio. «Hay unos cuarenta sepultureros en la zona. Cada uno tiene su territorio dentro del cementerio», comenta el anciano enfundado en galabiya (túnica tradicional) y arrellanado en el suelo de su tumba por la que merodean, atentos, sus cuatro nietos.

«Tengo dos sepelios al mes. Por cada uno de ellos gano unas 200 libras (unos 9,8 euros)», indica mientras su cónyuge maldice su destino. Las letrinas del mausoleo en el que residen desde la década de 1960 no disponen de ducha, sustituida por una cubeta plantada junto a los tendederos, en el exterior de la precaria morada.

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En el olvidado callejero del cementerio, sus inquilinos subsisten por puro milagro, a su libre albedrío.

El área no dispone de clínicas ni escuelas.

«No hay ningún colegio cerca y no tenemos dinero para enviarlos a los centros de las zonas cercanas», se disculpa Mohamed.

Sus desvelos no han recibido hasta la fecha ninguna atención gubernamental.

Hace ocho años un proyecto en estado embrionario amenazó con cambiar la faz del camposanto, trasladando parte de las tumbas al polvoriento extrarradio de El Cairo, proporcionando viviendas dignas a sus actuales vecinos y transfigurando el lugar en un pulmón verde en una ciudad asfixiada por la contaminación y el tráfico.

La revolución que derrocó al octogenario Hosni Mubarak sepultó unos planes que resucitan puntualmente, coincidiendo con la época electoral.

Un hogar histórico

«Los candidatos de las elecciones parlamentarias vinieron y nos prometieron en los mítines que mejorarían nuestra vida.

Nos ofrecieron 100 libras y un lote de azúcar y aceite por votarles y luego, tras las comicios, desaparecieron«, denuncia Sabek, cansado del abandono pero orgulloso del ingente patrimonio que guarda el camposanto.

Algunos de sus edificios, cuyas cúpulas despuntan por el horizonte del barrio, albergan la vida eterna de sultanes, príncipes y princesas de las dinastías fatimí (909-1171 d.C.) y mameluca (1250 – 1517 d.C.) o la extinta monarquía egipcia.

Como el imponente mausoleo de la princesa Fathia, descendiente de un jedive -el título que recibía el virrey de Egipto-, que protege Mohamed Sadek y su familia.

«Es mi casa pero también una parte importante de la historia de este país. Mi tarea es cuidarlo siempre», cuenta el treintañero.

A pesar de su legado, quienes malviven en sus arterias arrastran a menudo el estigma de habitar un asentamiento marginal y degradado, asociado para el cairota corriente con la delincuencia, el crimen y el tráfico de drogas.

«Cuando era niño, solía decirle a mis compañeros de escuela que era de otro barrio. No quería que supieran que vivía con los muertos», murmura el joven universitario.

Desde hace dos años un proyecto financiado por la Unión Europea trabaja para restaurar el complejo palaciego del sultán Al Ashraf Qaytbay, una joya de época mameluca del siglo XV enclavado en mitad de la necrópolis.

Artistas del viejo continente ofrecen cursos y talleres durante sus breves estancias.

Una de las primeras en participar fue la canaria Esther Aldaz con una reflexión sobre el espacio y los lugares intermedios a partir de tres palabras en árabe y español.

«Era una mezcla de arte, instalación y sonido. Los niños participaron con alegría. En esta ciudad pocos pequeños tienen el lujo de irse a la cama tras disfrutar del arte», admite Agnieszka Dobrowolska, la arquitecta polaca que dirige el experimento.

Una metamorfosis lenta para la inmensidad de un cementerio en el que Sabek se siente huérfano.

«Los políticos cruzan a diario la carretera que atraviesa el cementerio pero jamás se detienen.

Hemos reclamado que nos proporcionaran una vivienda o servicios pero nadie nos ha hecho caso.

Vivimos al margen, como si no existiéramos, como si nosotros también estuviéramos muertos«.

Situado al pie de las colinas Mokattam, al sureste de la capital egipcia, en realidad allí lo llaman simplemente El’arafa, que significa El cementerio.

Pero nadie se engaña. Decenas, cientos de miles de personas -no se sabe cuántas a ciencia cierta- se han instalado allí al carecer de otro sitio donde establecer su hogar, dado que la mayoría perdieron el suyo en la Guerra de los Seis Días contra Israel.

Llegaron a El Cairo en busca de fortuna y sólo los muertos los acogieron.

La bélica no fue la única causa que empujó a la gente a vivir allí.

También la especulación urbanística, que demolió manzanas enteras para hacer nuevas viviendas, desahuciando a montones de vecinos y originando otra paradoja: en la ciudad hay docenas y docenas de bloques sin terminar -un barrio entero, de hecho- que también habían acabado por ser ocupados ilegalmente, hasta que sus ocupantes fueron obligados a dejarlos.

Y así, mientras montones de familias tienen que habitar en tumbas y mausoleos, los edificios se quedaron a medio hacer y no se permite el paso a nadie, formando una especie de fantasmal zona de ladrillo rojo.

Volviendo al cementerio, debe ser curioso eso de que un conocido te reciba en su casa abriendo la puerta de un sepulcro o de los pisos que han levantado encima.

Tomar un té con varios cadáveres en el subsuelo, aparte de enganches eléctricos piratas y aseos que no se sabe a dónde van a dar, sin que falten las antenas parabólicas, claro.

O incluso acudir a un taller mecánico o artesano improvisado entre tumbas.

Así a lo largo de casi siete kilómetros, pues en realidad la Ciudad de los Muertos está formada por dos necrópolis unidas.

Lo irónico es que en ellas hay rincones históricos de épocas pasadas, como la Mezquita-Mausoleo de Quait Bey, que es del siglo XV, o el Mausoleo de Ibn Barquq, de tiempos de los mamelucos del XIV (los buryíes al norte y los bahríes al sur).

Pero, aunque dicen que son auténticas obras de arte, no puedo confirmárselo personalmente porque no las ví, ya que resulta un poco cortante eso de hacer turismo entre la miseria.

Sí pude otear una perspectiva general desde la entrada.

El Cairo: la carretera ‘paraíso’ destruye parte de la histórica Ciudad de los Muertos

En la inmensa necrópolis histórica de El Cairo, en Egipto, las vallas no logran esconder los escombros de los mausoleos destruidos de la Ciudad de los Muertos, patrimonio mundial de la Unesco, para construirla polémica carretera al Ferdaus, el «paraíso».

Para unirlos dos grandes ejes de la megápolis cairota, las autoridades egipcias iniciaron a mediados de julio la demolición parcial y la expulsión de los habitantes de la Ciudad de los Muertos, la necrópolis más antigua del mundo musulmán.

Última morada de personalidades ilustres pero también de ciudadanos ordinarios, la necrópolis contiene suntuosas bóvedas, reproducidas por pintores orientalistas y descritas por los historiadores a través de los siglos.

Aunque por el momento la destrucción se limita a panteones que datan de principios del siglo XX, ésta ha «afectado al perímetro de salvaguarda (200 metros)» de los complejos funerarios antiguos y se produce «en el vecindario inmediato de la tumba del sultán Quansua Abu Said (siglo XV)», monumento clasificado, según la urbanista e investigadora Galila el Kadi.

Un patrimonio invaluable

El cementerio, que es anterior a la ciudad fundada en el siglo VII por la dinastía fatimí, es un «componente importante» de El Cairo y la demolición supone una «pérdida de su identidad visual y de su memoria», lamenta la investigadora.

Las autoridades aseguran que no afecta al patrimonio y minimizan el valor histórico y arquitectural de los edificios destruidos. “No hay destrucción de monumentos», solo «tumbas contemporáneas», dice el Ministerio de Antigüedades.

Contactada por la AFP, la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) afirma «que no ha sido informada ni consultada» y «sigue el dosier con las autoridades egipcias (…) para evaluar las consecuencias sobre el interés universal excepcional, la autenticidad y la integridad» del lugar.

Para Kadi, esta situación pone de manifiesto el carácter «ciego y arbitrario» del método de ordenación urbana que se aplica en El Cairo, la «política de la excavadora».

La construcción de al Ferdaus —que une el puente del 6 de Octubre a la auto- pista Tantaui— constituye un enésimo episodio del folletín de la transferencia de los centros de poder hacia la nueva capital administrativa, un proyecto del ejército en pleno desierto, a 45 kilómetros al este.

Este megaproyecto, destinado a albergar las instituciones nacionales y extranjeras a partir de final de este año, se presenta como un símbolo del poder autoritario del presidente Abdel Fatah al Sisi, elegido en 2014, unos meses después de la destitución del presidente islamista Mohamed Morsi.

Se han multiplicado las carreteras de acceso para unir los barrios residenciales a la nueva sede del poder, acabando con décadas, incluso siglos de historia urbana y molestando a menudo a los residentes.

La última polémica

Entre las últimas polémicas, se encuentra la construcción de un puente de autopista prácticamente adosado a los edificios en Guizeh, distrito que engloba a todo el oeste de la capital. En Twitter, las imágenes de los trabajos suscitan la indignación. Uno de ellos —@morocropolis—, cuya familia materna posee un panteón en la calle Quansua desde  la década de 1940, denuncia la chapuza, bajo el anonimato, por temor a las represalias.

«Nos habían dicho que necesitaban una parte de la cámara funeraria de las mujeres pero empezaron a destruir la reja y las piedras de las tumbas antes de desplazar los restos», asegura. Según él, su familia no será indemnizada por los daños  del panteón ya que no «será totalmente destruido».

Pero la necrópolis cairota también alberga a vivos desde hace varios siglos. Se trata de habitantes informales y modestos. «Nos han pillado desprevenidos. La excavadora llegó de pronto al muro y tuvimos que echar nuestras pertenencias fuera como  locos (…) Nos dejaron  en la calle», confía bajo el anonimato la esposa de un guardia del mausoleo.

Esta madre de tres hijos vivía con su familia en el panteón familiar de un notable de principios  del siglo XX, que ha sido prácticamente destruido. Ante la falta de alternativa, viven en casa de unos vecinos cuya vivienda ha sido preservada.

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En la imagen la cúpula de la tumba abandonada del sultán Abu Said al-Zahir Qansuh al-ashrafi (1498-1500 d.C) en medio de las obras viales en curso en la histórica necrópolis de la Ciudad de los Muertos en El Cairo,  

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«Es terrible. Han puesto a los difuntos sobre tapices de paja», explica la treinta- ñera, que forma parte de la tercera generación que vive en la Ciudad de los Muertos. «Maltratan a los vivos y a los muertos, sin piedad», resume., «espero que sea el último de este tipo…».

La relación árabe con los muertos en este cementerio egipcio, no lejano a la histórica plaza del Tahrir, donde los nuevos ciudadanos han protagonizado las caídas del ‘faraon’ Hosni Mubarak y Mohamed Morsi, llama la atención, diría más, se comienza a abandonar una lectura exclusivamente social, de la pobreza, para reemplazarla por lo meramente insólito y cultural del lugar. . En este lugar de vida o muerte, ambas se mezclan de forma natural.

Los niños emulan a Leo Messi, Cristiano Rolando,  jugando ociosamente al fútbol, encima de anónimas sepulturas, sin nombre o con restos del nombre ilegible del muerto, entre vestigios de osamentas…

Caminando por aquellas calles de ‘La Ciudad de los Muertos’ uno se adentra en una extraña paz. El inacabable cementerio musulmán es también un lugar de enamoramiento, donde erotismo y muerte van de la mano y donde el hombre comparte naturalmente su tiempo con los muertos.

La ‘Ciudad de los Muertos’, un cementerio donde vive un millón de personas en el Cairo.

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Dos mujeres, residentes de un cementerio en proceso de demolición, se paran entre los escombros de los mausoleos destruidos durante los trabajos para construir una autopista en la capital egipcia.

“No hay motivo para tener miedo de los muertos”, sonríe Fathiya, ella, su marido y sus seis hijos viven en el panteón de la familia Zaruq, un notable de la época otomana cuyos descendientes siguen siendo enterrados bajo las losas sobre las que tiende la colada y corretean los pequeños.

El mausoleo, cuyo pórtico testimonia un pasado mejor, se halla en la calle Al Hasan al Malakia de Qarafa, el mayor conjunto de camposantos de la capital de Egipto.

A escasez de pisos asequibles confina a 15 de los 80 millones de cairotas a vivir en infraviviendas, algunas tan insólitas como barcas de pesca en el Nilo, chamizos levantados sobre las azoteas o panteones.

Las construcciones funerarias dan fe de la tradición egipcia de sepultar a los muertos en ‘habitaciones’ que permitieran a sus familiares pasar con ellos el duelo de cuarenta días; una necrópolis convertida en metrópolis, donde la muerte no es clandestina como en Madrid, Nueva York, París o Londres.

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