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La leyenda del comisario Meneses: puños duros, prostitutas soplonas y subordinados en la Triple A …


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Comisario Evaristo Meneses

Infobae(A.Serra/E.Anguita/D.Cecchini)  —  Puños entrenados en el ring en su juventud, con padre y abuelo de buena puntería, Evaristo “el Pardo” Meneses asumió en 1957 como jefe de Robos y Hurtos a los 50 años. Sin padrinos, había pasado 23 años en la Policía Federal.

Ese mismo año, de un ataque al corazón, moría el mítico Eliot Ness, el policía que había metido preso a Al Capone en Estados Unidos. El Pardo en su nuevo cargo tenía un par de oficiales de confianza, dos sargentos y una docena de policías.

Como si fuera una réplica de los sheriffs y agentes duros norteamericanos, Meneses y los suyos no usaban uniforme.

Durante el gobierno militar de Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Rojas -uno general, el otro almirante- en la cúpula de la Policía Federal se alternaban jefes provenientes de esas fuerzas armadas.

El foco de interés de los mandos era “mantener el orden”, básicamente disciplinar los conflictos laborales y reprimir la resistencia peronista a como diera lugar.

Cuando en 1958 Arturo Frondizi llegó a la Casa Rosada por las urnas se mantuvo la misma conducta: el primer jefe policial fue el capitán de navío Ezequiel Niceto Vega, quien pasaba de ser el jefe de Inteligencia Naval a conducir la Federal.

Frente a los métodos dictatoriales y al uso de golpes y picana no existía el contrapeso de una Justicia que colocara a los policías como “auxiliares” de jueces y fiscales. Respecto de perseguir el delito, las patrullas de uniformados actuaban con una autonomía muy grande o, directamente, con instrucciones de terminar con los delincuentes.

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Como si fuera una réplica de los sheriffs y agentes duros norteamericanos, Meneses y los suyos no usaban uniforme. El comisario se convirtió en leyenda

El autoritarismo no era sinónimo de orden. Los cigarrillos y el whisky de contrabando se conseguían en todos los comercios o por cuentapropistas que vendían a la luz del día. En la Aduana había redes mafiosas que permitían el ingreso de mercadería ilegal.

Las crónicas policiales llenaban páginas con figuras temibles como la de Jorge Villarino (el Rey de la Fuga), Eduardo “el Lacho” Pardo (“asesino de policías”) o de algún criminal juvenil como Oscar Langoni (el primer Ángel Rubio).

Por entonces, además del “sensacionalismo” periodístico, algunas series norteamericanas ganaban televidentes argentinos a raudales. Ballinger de Chicago o Los intocables mostraban a policías de saco, corbata y sombrerito que eran implacables con contrabandistas, ladrones de bancos o mafiosos.

Cuatreros

Meneses nació en 1907 en un pequeño pueblo que, paradójicamente, se llama Cuatreros. Está al lado de Bahía Blanca, sobre el mar. Su familia se mudó a Uruguay y el Pardo alternó labores rurales con el gimnasio de boxeo. Cuando le tocó el servicio militar en la Argentina hizo dos años en la Armada y unos cuantos meses los cumplió en la Fragata Libertad.

Cuando llegaba a los 30, fogueado en el ring, con padre y abuelo buenos tiradores por el hábito de salir a cazar en sus pagos, Meneses se presentó en la Escuela de Oficiales Ramón Falcón. Sacó excelentes notas y en 1937 empezó la vida en la repartición sin más padrinos que sus puños y la mandíbula cuadrada.

Veinte años más tarde estaba en la Comisaría de la Casa Rosada cuando una señora de alcurnia, Iderla Anzoátegui, se lo cruzó en la sede de gobierno cuando ella iba en una comitiva que tenía cita con el almirante Isaac Rojas.

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Meneses nació en 1907 en un pequeño pueblo que, paradójicamente, se llama Cuatreros. Está al lado de Bahía Blanca, sobre el mar. Su familia se mudó a Uruguay y el Pardo alternó labores rurales con el gimnasio de boxeo

Poco tiempo después Meneses se convertía en la celebridad policial que fue durante un tiempo al frente de Robos y Hurtos.

El Pardo dejó que Anzoátegui, con algunos varios libros publicados –entre ellos biografías en clave épica de Juana Azurduy y de Domingo Faustino Sarmiento, poemas y cuentos escritos-, se lanzara de lleno a escribir su vida. Meneses contra el hampa salió a las librerías en 1962.

Las fuentes de Anzoátegui se limitaron a los relatos del propio biografiado. Pero antes de que el libro saliera a la calle estalló el conflicto.

-Ella solo intercaló suspiros, lágrimas y otras boberías de mujer. Tuve que rehacer todas las pruebas de imprenta para borrarlos –dijo sin vueltas Meneses a la revista Panorama en abril de 1965, que salió con el comisario –ya en disponibilidad- en tapa.

El Pardo había sido un duro con la señora: tres años antes había dejado el nombre de la autora en la tapa pero hizo estampar una leyenda en la primera página de cada ejemplar: “Las ganancias que obtenga con este libro las destinaré totalmente en ayuda del hijo menesteroso del hombre preso”.

Anzoátegui no dudó en buscar un buen abogado defensor. Al momento de la disputa por la salida del libro, Arturo Frondizi era desalojado de la Casa Rosada por los militares y enviado a prisión en la isla de Martín García.

Uno de los doce hermanos mayores del presidente derrocado (Arturo fue el décimo tercer hijo) Silvio, abogado penalista y profesor de Filosofía, fue quien tomó la defensa letrada de la señora Anzoátegui.

Los hilos de esa disputa por derechos de autor no quedarían ahí como se verá más adelante.

Meneses y las soplonas

Meneses, en medio de la corrupción y el autoritarismo, se había ganado un lugar. Lo suyo era calle, olfato, mano dura y mucha noche. Ya se había separado de su esposa cuando recorría los nigth clubs como parte de su rutina.

-Nunca he sido un don Juan. Ese cuento se lo debo a la cuerda floja. La gente que me veía todas las noches por los cabarets creía que yo era un libertino –le dijo Meneses al periodista Carlos Velazco en 1965, apenas unos meses después de que la Policía Federal lo dejara en disponibilidad.

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El afiche del documental de Mariano Petrecca sobre Evaristo Meneses

Uno de los boliches que frecuentaba el Pardo era el Little Love, en la calle Viamonte cerca de 25 de Mayo, en pleno microcentro. En los ‘60, marineros de todos los países se mezclaban en los cabarets con gente de toda calaña.

Meneses estacionaba su auto en la esquina, entraba, dejaba el funyi en el guardarropa, se sentaba solo en alguna mesa desde la que pudiera ver el panorama, tomaba la precaución de poner su 45 debajo del muslo derecho y pedía whisky.

No bailaba pero las chicas de la barra solían acercarse y sentarse un rato con él. Esa era una de sus fuentes más valiosas de información.

Meneses encarnaba al hombre surgido de abajo y que tenía la eficacia de resolver todos los casos poniendo el pecho y, si era necesario, la 45.

Sin embargo, unos años después de esa época para él gloriosa, vivió su ocaso en la Federal. En efecto, a fines de 1964, el general Mario Fonseca, a cargo de esa institución, firmó su pase a disponibilidad.

Cuando le dijeron que había llegado la hora de su retiro, Meneses no estampó su firma. Un desaire que los mandos silenciosamente no toleraban. Sin embargo, en el mito de Meneses hubo acusaciones de torturas y no pocas veces él mismo aceptaba que lo suyo era terminar con los delincuentes a su manera.

-Nunca robé a los chorros, nunca los ofendí. Nunca tiré a matar. ¿Las muertes? Son accidentes. Uno se consuela pensando que ha cumplido con el deber.

Pero es un momento muy difícil. Hay que conservar la sangre fría porque, de lo contrario, no se pega, y tirar a matar sin pasión, aun para defender la propia vida, es un trance muy amargo –así, se lo dijo al periodista Carlos Velazco.

Y esto podía leerse como una conducta recta y decente o, también, como una muestra de la autonomía y la ausencia judicial en la lucha contra la delincuencia.

El retiro de Meneses en 1964 fue durante el gobierno del radical Arturo Illia. Sin embargo, la Policía Federal seguía siendo manejada por un general. Meneses era apenas un hombre que “la calle” quería al frente de la policía.

No solo porque los cronistas policiales lo tenían en lo más alto sino porque le temían los bandoleros y hasta los comerciantes de joyas reducidas de la calle Libertad.

Cuando el periodista Velazco, pasados unos meses de su retiro, le preguntó qué haría, Meneses se limitó a contestar:

-Estoy desorientado, No sé qué hacer. Toda mi vida estuve en la policía.

El ostracismo de Meneses lo resolvió con un caballete, témperas y la escritura de algunos cuentos.

El general Fonseca, en cambio, cobró notoriedad un tiempo después: siguió al frente de la Federal cuando se produjo el golpe de Estado de Juan Carlos Onganía en junio de 1966.

Fonseca fue el que ordenó el allanamiento de la sede de la Universidad de Buenos Aires en Perú y Moreno que fue conocida como “la noche de los bastones largos”, cuando fueron apaleados alumnos y profesores de la Facultad de Ciencias Exactas.

Acusación de torturas

Mariano Petrecca dirigió el documental Evaristo en el que indagó, entre otras cosas, si que hubiera sido un policía duro pero honesto eran motivos suficientes como para dejar de lado la pregunta de si Meneses había traspasado la ley.

El testimonio de Juan Carlos Coral (un socialista de larga trayectoria en los ‘50 quien y luego candidato presidencial en las elecciones de marzo de 1973) pone una señal de alarma.

En efecto, Coral cuenta que integró una comisión investigadora de la Cámara de Diputados creada por las denuncias de torturas contra Meneses.

También asegura que un grupo de uniformados, cuando se hacía esa incómoda investigación parlamentaria, habría tiroteado el edificio Congreso Nacional mientras iban en el cortejo fúnebre de un policía caído cuando pasaban por la avenida Rivadavia rumbo al cementerio de la Chacarita.

La comisión no llegó a ninguna conclusión, pero lo concreto es que Meneses, al mismo tiempo, fue acusado en los estrados judiciales de torturar a un detenido con picana eléctrica. Fue a fines de 1959, mientras estaba al frente de la división Robos y Hurtos: a raíz de eso pasó detenido 42 días.

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Historietas con la imgen del comisario

El Pardo negó de modo tajante la acusación y recuperó la libertad. No faltan quienes creyeron que fue una cama contra el policía ejemplar. Sin embargo, escasean los casos de policías condenados por torturas en aquellos años.

En 1962, los resultados de Meneses eran contundentes. Fue felicitado por la Sureté francesa y el FBI estadounidense por esclarecer el robo de lingotes de oro en los depósitos de la Aduana en Ezeiza ocurrido en enero de 1961.

Sin embargo, fue cada vez más dejado de lado por la superioridad. Meses después, lo sacaron de un plumazo de Robos y Hurtos.

No había ningún motivo a la vista para que a Meneses lo mandaran a Delitos y Vigilancia. Pese a que fue un descenso y no un ascenso, organizó patrullas de calle muy efectivas y continuó siendo un lobo solitario que por las noches siguió recorriendo boliches donde los delincuentes desparramaban champagne y plata.

En esos boliches, muchas chicas le contaban al oído lo que sus clientes les confiaban entre copas y sábanas.

Adscripto a Investigaciones

El Pardo, cuya intuición parecía infalible, quedó sorprendido cuando un jefe le dijo: “Vas como adscripto a Investigaciones”. No había ninguna sanción disciplinaria y la acusación judicial de uso de picana había quedado como expediente cerrado.

Los cronistas de la época creían que se debía a que había pisado demasiados callos. En la Dirección de Investigaciones duró poco: apenas un año después de su nuevo destino, cuando terminaba diciembre de 1964, regresó a su casa del Bajo Flores para no volver nunca más a la policía.

Colaboró un tiempo en el despacho donde se hacían pericias para compañías de seguro manejada por Héctor Fernández y Esteban Izzo, este último un oficial que había estado a su cargo y también fue pasado a retiro. Pero nunca había sido policía de escritorio y no podía salir ya a cazar delincuentes.

Un conflicto que se cruza con un crimen de la Triple A

Fue en ese 1965 cuando el periodista Velazco, libreta de apuntes en mano, fue al estudio que tenía Silvio Frondizi, defensor de la desairada biógrafa Iderla Anzoátegui, en Corrientes y Talcahuano. El diálogo que sostuvieron tiene un final que resulta indispensable subrayar por el tremendo final de la vida de Frondizi.

El periodista de Panorama se sentó frente al filósofo y penalista para decirle el motivo de la visita.

-Ah, es por Meneses –respondió Silvio Frondizi- ¿Le parece que yo puedo hablar de Meneses? ¿Por qué no me hace un reportaje sobre política? Estoy por publicar un libro sobre la influencia del marxismo en el catolicismo. Le aseguro que va a causar sensación…

¿Meneses? Lo vi una sola vez. Hablamos unos minutos y se despidió. Creo que ha pasado a disponibilidad. Usted sabe lo que ocurre con los militares y policías que están en esa situación. No creo que sea correcto caerle encima…

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Tapa de la revista Panorama

En los hábitos del litigio judicial, quedaba claro que Frondizi tenía escaso interés en defender los derechos de autor de Anzoátegui. Mucho más significativo que eso resulta el “no caerle encima” a Meneses.

Nueve años después de la publicación de marras en Panorama, Silvio Frondizi fue asesinado, el 27 de septiembre de 1974, por la Triple A en la puerta de su casa en pleno barrio de Almagro.

Su militancia a favor de las ideas revolucionarias en América latina y sus clases de filosofía marxista pudieron haber sido los motivos para que la banda criminal liderada por el entonces ministro de Bienestar Social José López Rega decidiera matar a Frondizi.

Sin embargo, hay un dato inquietante que no puede ser pasado por alto. En Robos y Hurtos, mientras Meneses era jefe, reportaban los oficiales Juan Ramón Morales y Rodolfo Almirón. Ambos fueron figuras clave en la formación de la banda parapolicial formada principalmente por policías de la Federal.

El hecho de que ambos supieran que Frondizi tuvo un litigio menor en los tribunales con Meneses no es indicativo de una trama conspirativa que incidiera en su asesinato. Morales y Almirón fueron parte de la patrulla asesina que terminó con la vida de Frondizi.

Los dos policías no habían ido a la Escuela de Panamá ni recibieron instrucción de mercenarios y oficiales franceses como muchos militares formados en el Ejército. En cambio, tenían la escuela de “la calle”: la ley no debía ser un límite para el ejercicio de las armas, la Justicia no era la encargada de establecer castigos.

Meneses versus Meneses

Para 1974, El Pardo vivía en su casa sencilla del Bajo Flores. En el barrio era una institución y puertas adentro pintaba con témperas y acuarelas o, sin mayores méritos, ensayaba algún poema. Nunca lo fueron a buscar para tomar revancha los delincuentes que había metido presos ni cómplices de quienes habían caído abatidos por sus redadas.

Pero tampoco fueron a tocarle el timbre jefes policiales para darle un lugar en la institución que lo había sacado de pista.

El Pardo vivía de sus recuerdos, cobraba una jubilación que le permitía mantenerse y su figura fue exhumada por una historieta de los notables Carlos Sampayo y Francisco Solano López, así como por el documental Evaristo de Petrecca.

El periodista Velazco dio su testimonio en esa película y una frase suya resume esta historia trunca, donde los claroscuros dan lugar tanto al héroe pero también al policía que actúa más allá de la ley.

-Dos leyendas se disputan su fama –dijo Velazco al documentalista Petrecca-. La de los incrédulos, que le cargan el sanbenito de coimero y matón, atribuido en ciertos ámbitos a todos los policías; y la de los amigos, vecinos y centenares de admiradores, que lo aclaman como un héroe.

Solitario, con traje de calle, sombrero, cigarrillo con boquilla y una pistola en cada mano: el comisario que fue el terror del hampa porteña

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Antes de la una de la tarde, con el ímpetu y la bullanga de los dieciséis años, salíamos en tropel de la Escuela Normal Mixta de San Fernando hacia la estación Virreyes, previa parada en un bar donde comprábamos -ritual- la bolsita de maníes mientras esperábamos el tren…

Pero un día, antes de llegar al bar manisero, tres agentes de policía cortaron la calle y nos hicieron un gesto inequívoco de silencio: “shhh”.

Nos paralizamos.

A los cinco minutos llegó un auto negro, común, y de él, bajó un hombre no menos común: traje de calle, corbata, y dos pistolas .45 en las manos…

El bar era muy largo y angosto.

Como pudimos, atisbamos.

Hubo pocas palabras:

-Lacho, entregate.

El tal Lacho simulaba leer el diario donde escondía su arma.

Hizo un mínimo movimiento, y el recién llegado lo dejó seco de un tiro y se fue con la misma serenidad con la que había llegado…

Era la primera vez que veíamos matar.

Más tarde supimos que el caído era el temible pistolero Lacho Pardo, un gángster a lo Chicago años treinta.

Empezaba la leyenda…

El comisario era Evaristo Meneses, pero sus colegas lo llamaban Don Evaristo.

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Lacho Pardo

Vestido de civil, peinado a la gomina, y una cara como tallada a hachazos, jamás hacía alarde de valentía o guapeza. Eso nació de sus compañeros: “Sabía tirar con las dos manos, y una noche, ante una ola de asaltos a taxis -veintitrés en un día-, un colega le sugirió hacer una redada”.

Prendió su cigarrillo, lo unió a su boquilla, se puso el sombrero y preguntó

-¿Dónde es la cosa?

-Por Balvanera -le dijeron.

-Nada de redada, los chorros huelen a los polis con nariz fina. Voy solo.

En menos de un mes no quedó un solo asaltante…, y callado, como siempre, volvió a su modesta oficina.

Tardó en ser comisario: lo envolvieron la envidia y las zancadillas…

Aclaremos…

Meneses no conoció otros extremos del Mal: motochorros, asesinos porque sí -el fatídico matar por matar- aun después de lograr el botín, asaltantes que apenas cumplieron doce años, arranca portones, ladrones de cuanto sea bronce (casas particulares y placas de homenaje), cajeros automáticos… y sigue la lista, y tampoco a los vándalos y criminales de la calaña de la banda de forzudos que en enero de este año masacraron al joven Fernando Báez Sosa.

Es decir, el flagelo nuestro de cada día…

Su oficio y objetivo era el robo a gran escala. Si había que matar, se liquidaban entre ellos, o cuando la cárcel era inevitable…

Uno de sus tótems -tal vez el mayor- fue Luis “el Gordo” Valor, jefe de una banda tentacular que en diez años se alzó con más de cincuenta bancos y otros tantos camiones blindados: los piratas del asfalto, sin contar que escapó del penal de Villa Devoto, con cinco compinches, dos sábanas anudadas, y a tiro limpio…

Pero sobre ese episodio siempre hubo dudas (eran pocas sábanas y muchos cómplices desde adentro).

Teníamos códigos: “Cinco blindados por mes hasta que bajen las aguas, no matar, no secuestrar, no afanarle a un pobre”.

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Margarita Di Tulio, «Pepita la pistorlera»

Otra fiera, Oscar (la Garza) Sosa, salía a robar fusil en mano… hasta que se retiró y fundó una escuela de fútbol antes de que otro lo madrugara con el gatillo…

Y no faltó una mujer: la correntina Margarita Di Tullio, alias Pepita la Pistolera, que operaba en Mar del Plata…

Pero el macabro récord de asesinatos (¡ochenta!) lo ostentó como una medalla Miguel (el Loco) Prieto, pistolero y asesino que murió –extraño caso – quemado en su celda de Devoto, y según los sepultureros, pasada la medianoche, su mujer se suicidó sobre la tierra removida que cubría el ataúd…

El Loco partió de este mundo a los treinta y siete años…, y empezó a matar a los once.

Sin embargo, el caso más asombroso es el de Carlos Frattini, el hombre de las mil llaves, sobre quien hizo una excelente nota Jorge Fernández Díaz.

Tiempo después, aceptó que yo lo entrevistara. Rondaba el medio siglo, “y pasé más tiempo adentro que afuera, es cierto, pero en libertad viví como un rey…”

Frattini era un escruchante: un violador de casas. Pero su sistema estaba entre el delito y la comedia.

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“Tenía un enorme aro de acero con cientos de llaves de todo tipo. Iba todos los días a las carreras, y desde allí vigilaba los edificios de departamentos más lujosos.

Si las ventanas estaban cerradas muchos días, señal de familia en vacaciones, y allá iba.

Entraba al lugar y me llevaba lo mejor. Pero eso sí: nunca ¡nunca! levanté cosas de valor sentimental. ¡Dios me guarde!”

“La plata la gastaba en pilchas; camisas de voile, trajes ingleses, anillos. ¡Un duque! Yo, este desgraciado a quien su viejo echó a patadas del conventillo a los once años…”

Estas historias debieron ser contadas con el lenguaje de los diarios de aquellos tiempos: “malvivientes”, “gente de mal vivir”, “despreciables elementos de hampa”, “carne de cañón”, etcétera.

Pero prefiero volver a Meneses, héroe sin corona, ya retirado, a la modesta casa familiar con sus nueve hermanos comiendo de sus pocos ahorros bien ganados, y un revólver en la misma mesa, “por las dudas”.

El sangriento final de la primera mujer delincuente muerta a tiros por la policía

“Era una mujer baja y de cuerpo bien formado. Una cara agradable; ojos grandes, claros, sombreados y bordeados por largas pestañas.

Una nariz ligeramente respingada y boca grande, pero bien dibujada.

Se expresaba con acento centroamericano. Su palabra era armónica; usaba términos precisos; ante cada pregunta hacía una breve pausa, como pensando el tiempo en que iba a pronunciar un ¡Oh!”.

A la hora de dejar sus memorias escritas -quizá redactadas por alguna pluma amiga-, el comisario Evaristo Meneses no escatimó adjetivos cuando describió a Nelly Herrera Thompson.

No es que Meneses estuviera fascinado por la belleza de la mujer –antigua azafata devenida en una rara flor del hampa– sino por su papel protagónico en una de los robos más limpios y espectaculares de la historia argentina: el asalto a la Aduana de Ezeiza del tórrido domingo 15 de enero de 1961, cuando un grupo de ladrones, sin disparar un solo tiro, se alzó con un botín increíble de lingotes de oro y billetes que, al cambio de la época, se calculó en un millón de dólares.

La idea de dar un golpe que los enriqueciera para siempre fue tomando cuerpo en las conversaciones de la pareja. La información que sin querer le iba dando Quevedo a Nelly -sumada a la que la ex azafata obtenía haciéndole preguntas “inocentes” a su novio aduanero- les permitió hacerse una idea muy precisa de los movimientos en los depósitos de Ezeiza. También de las fechas en que llegaba el dinero.

Solos no podrían dar el golpe, tenían que armar una banda. Esa fue la tarea de Lipsitz. Primero sumó a su primo Gabriel Kreda, a quién le encargó que dibujara los planos de Ezeiza con la información que Nelly le daba.

También le encargó que una ruta de escape. Luego sumó a otros cinco cómplices: Ramón Toscano, Francisco Muraciole, Antonio González, Luciano Spataro y Javier Lorenzo. Algunos de ellos tenían experiencia en asaltos, aunque ninguno de la magnitud que tenía el que estaban proyectando.

Planificaron todo hasta el último detalle. Y todo tenía que ser sin disparar una sola bala. Sólo les faltaba saber cuándo dar el golpe. El dato lo obtuvo Nelly de Quevedo: el domingo 15 de enero habría en el depósito un importante cargamento de oro y billetes.

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Cuando faltaba apenas una semana, ya tenían todo casi listo: habían alquilado un local en Ciudadela donde llevar el dinero después del robo; también habían comprado overoles en Copa & Chego, a los que Nelly les cosió el logo de Panagra, una subsidiaria de Pan American, para engañar a los serenos. Para entrar y salir sin problemas al aeropuerto, el 10 de enero robaron una camioneta a la que también le pintaron el logo de Panagra. Allí cargarían el botín.

Para evitar que la conectaran con el robo, el viernes 13 de enero Nelly Thompson se subió a un aliscafo que la llevó a Colonia y desde allí viajó hasta el balneario Atlántida, donde para quienes reparaban en ella era una mujer llamativa con ganas de tomarse unos días de vacaciones en soledad. Iba a la playa y al pequeño casino de Atlántida, donde deliberadamente se hacía notar.

Elemental: ella era la única pista que podrían seguir los investigadores en caso de que Quevedo fuera interrogado. Nelly tuvo la precaución de tomar sol en la playa Mansa de ese pequeño balneario el día en el que Saúl liderara el golpe.

El gran golpe

La noche del sábado 14 de enero encontró a Saúl Lipsitz tomando un trago en el bar del Aeropuerto Internacional de Ezeiza. Cuando supo por el altavoz que el vuelo señalado había aterrizado pagó la cuenta, salió con paso cansino y subió a su auto. Una hora después estaba en Ciudadela.

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Nelly Herrera y Saúl Lipstz (Los Bonnie and Clyde argentinos)…

Allí lo esperaban sus cómplices con los falsos uniformes de Panagra y la camioneta lista. Se calzó su overol y condujo nuevamente a Ezeiza, con Toscano en el asiento del acompañante y los demás hombres en la caja. Por precaución, todos portaban pistolas calibre 45.

Pasaron sin inconvenientes el puesto de guardia y estacionaron la camioneta en la zona interna del espigón que daba a la pista. Sólo les quedaba esperar.

Entraron a la zona de depósitos a las cuatro y media de la madrugada del domingo y el plan funcionó con la precisión de un reloj suizo: sus uniformes engañaron a los serenos, que fueron reducidos uno por uno; sólo el último se resistió, pero lo pusieron a dormir de un culatazo.

En poco más de 15 minutos habían saqueado la caja de caudales y armado 15 bultos con los lingotes y los billetes. Los cargaron en carretillas y los subieron a la caja de la camioneta. Salieron del aeropuerto pasando por el puesto de guardia sin que nadie los molestara.

Al día siguiente, los diarios hablaron de “robo del siglo” y detallaron el botín, hasta entonces el mayor registrado en un asalto en la Argentina: 360 kilos de oro en barras Johnson & Mathey, 400.000 pesos, 200 cruceiros, 300 libras Elizabeth, 500 libras Elizabeth de oro, 90 monedas de oro (acuñadas con las imágenes de Ana Frank, Ben Gurion, Theodor Felds y Juan XXIII), 200 francos antiguos (destinados a coleccionistas), 20.000 marcos alemanes, 3.000 mexicanos de oro de un peso y 1.600 de dos pesos.

Después de dar el detalle, los cronistas simplificaban: era el equivalente a un millón de dólares.

Dos meses después, la caída

Al principio la policía no supo hacia dónde apuntar. Los investigadores no tenían una sola pista pero, para no quedar tan mal parados, inventaron algunas para exclusivo consumo de la prensa: señalaron a los ladrones y asaltantes más famosos de la época, pero sin ninguna prueba para detenerlos.

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Durante dos meses, los ladrones se dieron la gran vida sin que nadie reparara en ellos. Nelly, ya de vuelta de Uruguay, se fue con Saúl al lugar donde habían iniciado su romance.

En Mar del Plata pasaron unos días felices y, al regreso, ella hizo un viaje a Brasil, mientras que Saúl tenía en mente hacer algún negocio vinculado a la joyería. Muraciole se compró una casa y el resto también hizo algunos gastos.

El dinero en efectivo no conducía a los sabuesos a ninguna parte. Lo que perdió a los ladrones fue la necesidad de reducir los lingotes de oro, imposibles de vender tal como estaban.

La Policía Federal puso al frente de la investigación al temible comisario Meneses, quien tenía informantes por todos lados. Las joyerías del centro porteño, especialmente las de la calle Libertad, siempre tenían algún colaborador de la Federal.

Era un lugar donde muchos pistoleros reducían relojes, anillos o pulseras que robaban. Esto era algo mayor: pero en esos comercios había en venta balanzas de precisión y alguna que otra laminadora para oro.

Meneses no demoró en obtener dos pistas. La primera fue que un comerciante de la calle Libertad llamado Isaac Vigelfager estaba vendiendo oro a 5 pesos por debajo de la cotización. La segunda fue, justamente, la venta de una laminadora de oro y una balanza de precisión.

Meneses encontró la laminadora en los fondos de un local de Corrientes al 3000, donde los ladrones la habían instalado para reducir los lingotes.

Para mediados de marzo de ese 1961, a menos de tres meses del espectacular atraco, estaban todos presos. Por sus propios errores, encandilados por el oro.

Las memorias de Meneses

En sus memorias, Meneses cuenta que cuando detuvo e interrogó a Thompson, la mujer confesó rápidamente. Y que le preguntaba una y otra vez:

-¿Cuánto tiempo voy a estar presa?

Y prometía:

-Cuando salga, va a ver que me voy a rehabilitar por completo.

A Lipsitz, Meneses le preguntó qué lo había llevado a planear el golpe. La respuesta desconcertó al comisario:

-Fue por necesidad.

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Acribillados como Bonnie and Clyde

El robo había sido limpio, no habían matado a nadie y las condenas no fueron grandes. Meneses hizo saber algo venenoso: incriminó a Saúl y Nelly en haber brindado información para detener al resto de la banda. El recurso de acusar de traición por parte de los sabuesos resulta muy útil para las investigaciones y muy dañoso para quienes son señalados como delatores.

Para mediados de 1963, Nelly Herrera Thompson y Saúl Lipsitz estaban en libertad condicional.

La policía decía haber recuperado todo el botín. Nelly y Saúl no tenían dinero. Ahí empezó otra historia. Decidieron dar nuevos golpes.

Pusieron la mira en los bancos y en los años siguientes asaltaron, según la policía, por lo menos cinco: dos en Buenos Aires, uno en el Conurbano, otro en Santa Fe y uno más en Córdoba. Ya no hacían gala de la prolijidad con que habían perpetrado el robo de los depósitos de Ezeiza.

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Durante diez años Buenos Aires fue escenario de una batalla sin cuartel. La consigna era implacable: «matar o morir»

Nelly y Saúl entraban a los bancos pistola en mano. En una oportunidad, en el tiroteo, murieron dos policías.

Ahí fue cuando algún titulador de matutinos habló de “los Bonnie and Clyde argentinos”.

A pesar de estar entre las personas más buscadas del país, pudieron evadir a la policía durante 7 años. Pero el cerco se iba cerrando.

Una denuncia anónima puso sobre aviso a la Bonaerense que posiblemente estuvieran escondidos en una casa de la localidad de Martínez, en la zona norte del Conurbano.

La noche del lunes 14 de septiembre de 1970, la policía rodeó la casa -donde estaban ambos junto a José Carrizo– y los conminó a rendirse.

Se armó una balacera. Con las primeras luces del día intentaron salir, pero no llegaron ni a atravesar el jardín: Lipsitz y Carrizo cayeron junto a la puerta; Nelly Herrera Thomson murió acribillada bajo un limonero.

Dos días después, la revista Así –que dirigía Héctor Ricardo García– publicó la noticia en su portada, con una foto de la mujer en formato gigante:

“Las pistoleras también mueren”, tituló.

Debajo, el semanario dirigido por García explicaba por qué esa mujer acababa de entrar los anales de la historia criminal del país:

“La primera mujer del hampa abatida a balazos”.

Así llegó a su fin, tal vez olvidado. Pero su solo nombre aviva las brasas del coraje, la leyenda, casi el mito.

El comisario inspector Evaristo Meneses murió solo y casi sin un peso, el 26 de mayo de 1992. Tenía 84 años. Fue enterrado con honores en el Panteón Policial de la Chacarita.

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